4 Domingo de Adviento

 Liturgia Viva del IV Domingo de Adviento

Saludo (Ver el Evangelio) 

Benditos los que creen, con María,
que el Señor cumplirá sus promesas.
El Señor esté con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)

 

1. Dios Visita a su Pueblo 

Nuestro mundo está lleno de gente ordinaria, humilde, que vive en oscuros pueblecitos, y sin embargo algunas personas como ésas han cambiado el curso de este mundo. Dentro de la historia de la Iglesia honramos hoy a la primera persona que procede de ese medio ambiente ordinario. Una frase sencilla suya, un humilde “Sí”, cambió el curso del mundo y de la futura Iglesia. Con la canción popular preguntaremos: “¿Quién será la mujer…?” Ella es María. Su SÍ a Dios, su “Heme aquí”, le dio a ella y a nosotros a Jesús, el Hijo de Dios. Ello hizo posible el “Aquí estoy, vengo para hacer tu voluntad” de Jesús. El SÍ de María y el de Jesús nos llama a nosotros y a toda la Iglesia hoy a dar nuestro SÍ incondicional a Dios. Pidamos en esta eucaristía que podamos unirnos a Jesús y a María en su SÍ. Y de ese modo podremos cambiar el curso del mundo hoy.

2. Cómo Viene Dios

Para solucionar nuestros problemas humanos recurrimos a medios fuertes, como autoridad, influencia, dinero y poder. Los inquietantes estándares de Dios son totalmente diferentes de los nuestros. Para salvar a nuestro mundo y a nosotros se une a la gente en su debilidad y se hace humano como nosotros. El Salvador nace no en la capital del país, sino en una dormida ciudad rural. Nace en pobreza. Él derriba el poder del mal con la aparente debilidad de humildad, obediencia y servicio. Una mujer sencilla y un niño frágil están en el origen de nuestra salvación. Reconozcamos la forma sorprendente y asombrosa de la venida de Dios.

 

Acto Penitencial (Dos Opciones)

 

1. Dios Visita a su Pueblo

Con demasiada frecuencia hemos dicho “no” a Dios,
y a los hermanos que nos suplicaban y pedían nuestra ayuda.
Pidámosles que nos perdonen.
(Pausa)

Señor Jesús, María dijo su “Sí” a Dios
y de este modo tú pudiste nacer como uno de nosotros:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú dijiste tu “Heme aquí”
al Padre y a toda la humanidad
y así pudiste traernos vida y amor.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tú invitas a todos y a cada uno
a decir SÍ a Dios y a los hermanos,
junto contigo y con tu madre:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten piedad de nosotros, Señor,
y perdona nuestros pecados.
Haz que nos confiemos totalmente a ti
y llevemos a cabo tus planes,
de modo que nos puedas llevar a la vida eterna.

2. Cómo viene Dios

¿Estamos dispuestos a acoger al Señor
y dejarle que trabaje en nosotros,
no a la manera como nosotros queremos,
sino según sus planes?
Examinemos nuestra conciencia.
(Pausa)

Señor, tú viniste a restaurar nuestra fuerza
viniendo a nosotros en debilidad humana:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú nos hiciste ricos en gracia
por tu pobreza y humildad:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, tú desplegaste tu poder salvador
sirviendo y sufriendo por nosotros:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor,
sálvanos a nosotros y al mundo del mal del pecado,
conviértenos y condúcenos a tus caminos
y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta (Dos Opciones también)

 

1. Dios Visita a su Pueblo

Oremos para que con María
nos preparemos con entusiasmo
para la venida del Señor.
(Pausa)
Oh Dios siempre fiel:
Que podamos ver el rostro de tu Hijo,
y seremos salvados.
Que Jesús venga con tanta vida a nosotros, su pueblo,
que con él podamos buscar tu voluntad en todo lo que hacemos.
Ayúdanos a servirte a ti y a nuestros hermanos
junto con María, tu humilde sierva,
y cantar con ella el himno alegre
de quienes has hecho libres,
por medio de Jesucristo nuestro Señor.

2. Cómo Viene Dios

Oremos a Dios para que sepamos acoger a su Hijo
con profunda fe.
(Pausa)
Oh Dios y Padre nuestro:
Estamos esperando anhelantes
la venida más profunda de tu Hijo entre nosotros.
Prepáranos para conocerle y recibirle
cuando venga en su propia forma asombrosa.
Esperábamos que viniera con gran poder
y viene en pobreza y humildad;
le buscábamos en lugares lejanos
y él está a nuestro lado;
esperábamos signos extraordinarios
y le descubrimos en la sencillez
de la gente y de la vida de cada día.
Acostúmbranos a Jesucristo y a sus maneras,
para que él cambie nuestras vidas
y las conforme a la suya,
porque él es nuestro Señor y Salvador
por los siglos de los siglos.

 

Oración de los Fieles

 

Con María firmemente creemos que Dios está cumpliendo sus promesas. Con María también rogamos al Padre.

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Para que la Iglesia, Pueblo de Dios hoy, acoja a Jesús, el Señor, con calor y alegría, en los pequeños y en los pobres. Roguemos al Señor.

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Para que los que tienen el corazón orientado hacia la paz lleven a nuestro mundo, roto y dividido, la armonía y la cooperación que Jesús, Príncipe de la Paz, quiso otorgarnos, roguemos al Señor.

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Para que la justicia florezca en nuestros días, que los necesitados se colmen de bienes, y que haya amor y compasión entre los hombres al aceptar a Jesús como a su Salvador, roguemos al Señor.

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Para que los que ha perdido el camino y los que viven en la noche de la duda y del temor lleguen a conocer quién es su Salvador, roguemos al Señor:

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Para que todas nuestras comunidades, grandes y pequeñas, que celebran la alegría de la Navidad, crezcan en unidad y amistad, y en entrega a un servicio generoso y desinteresado, roguemos al Señor.

R/ Señor, dígnate darnos a tu Hijo.

 

Padre nuestro que estás en el cielo, sí, dígnate darnos a tu Hijo porque lo necesitamos para hacernos nuevos a nosotros y a nuestro mundo. En él ponemos toda nuestra esperanza, ahora y por siempre.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Oh Dios misericordioso:
Tú estás tan cerca de nosotros
que Jesús, tu Hijo, nacido de la Virgen María,
se hace uno de nosotros como nuestro Emanuel,
nuestro “Dios-con-nosotros”.
Y se parece tanto a nosotros
que tememos no reconocerle
cuando pasa entre nosotros.
Que le descubramos verdaderamente
en los pobres y en los necesitados,
e incluso en nosotros mismos,
en nuestra propia debilidad,
para que nos tome de la mano
y nos lleve a ti,
Dios y Padre nuestro,
por los siglos de los siglos.

Introducción a la Plegaria Eucarística

El Señor Jesús está cercano a nosotros en esta Navidad para tomar un espacio mayor en nuestras vidas, Él está cerca de nosotros aquí en esta eucaristía. Con él damos gracias al Padre por su perenne bondad.

Invitación al Padre Nuestro

Con las palabras de Jesús, nuestro hermano,
oremos a nuestro Padre
para que sepamos cumplir su voluntad.

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todos nuestros males
y haz que tu Hijo sea nuestra fuerza y nuestra paz.
Ayúdanos a entender
que amar es no solamente dar
sino también tomar y recibir.
Abre nuestros corazones para acoger a tu Hijo
y para recibir de él luz y vida,
mientras nos preparamos con gozosa esperanza
para la venida de nuestro Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión

Éste es Jesús, el Señor,
que dijo, al venir a este mundo:
“Oh Dios, aquí estoy para hacer tu voluntad”.
Dichosos nosotros invitados
a recibir este pan de vida
que nos ayudará a buscar y a cumplir
la voluntad de Dios.
R/ Señor, no soy digno…

Oración después de la Comunión

 

Señor Dios, Padre amoroso:
En esta celebración eucarística
nos has dado a Jesús tu Hijo.
Ayúdanos a acogerle siempre
con la actitud de María, su Madre,
listos para recibirle cuando menos le esperamos,
reconociéndole en los hermanos
y en los acontecimientos de la vida,
y compartiéndolo con la alegría de un amor servicial
con todos los que nos encontremos en nuestro camino.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

Bendición

Nos acercamos a la Navidad
y nos sentimos ya llenos de gozo.
Que la nuestra no sea una alegría superficial,
sino profunda, que proceda de decir siempre SÍ
a Dios, a sus planes, a su amor,
y también de darnos a nosotros mismos con amor
a todos los que nos rodean.
Que Dios les otorgue a ustedes esa alegría
y les bendiga a todos.
Que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre todos ustedes y les acompañe siempre.

 


 

EVANGELIO

 

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,39-45

 

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.

 

En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito.

 

- ¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!

 

¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

 

Palabra de Dios.

 

 

MUJERES CREYENTES

 

Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha "deprisa", con decisión. Siente necesidad de compartir con su prima Isabel su alegría y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.

 

El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena de espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima en nombre de Dios.

 

María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó el saludo del Ángel: "Alégrate, llena de gracia".

 

Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura que lleva en su seno, y los interpreta maternalmente  como "saltos de alegría".  Enseguida, bendice a María "a voz en grito" diciendo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre".

 

En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: "Dichosa porque has creído".

 

Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?".

 

Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar. Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos esta haciendo daño a todos.

 

El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por el varón, nos impide tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad.

 

RASGOS DE MARÍA

 

María se puso en camino.

 

La visita de María a Isabel le permite al evangelista Lucas poner en contacto al Bautista y a Jesús antes incluso de haber nacido. La escena está cargada de una atmósfera muy especial. Las dos van a ser madres. Las dos han sido llamadas a colaborar en el plan de Dios. No hay varones. Zacarías ha quedado mudo. José está sorprendentemente ausente. Las dos mujeres ocupan toda la escena.

 

María que ha llegado aprisa desde Nazaret se convierte en la figura central. Todo gira en torno a ella y a su Hijo. Su imagen brilla con unos rasgos más genuinos que muchos otros que le han sido añadidos posteriormente a partir de advocaciones y títulos más alejados del clima de los evangelios.

 

Ø     María, «la madre de mi Señor». Así lo proclama Isabel a gritos y llena del Espíritu Santo. Es cierto: para los seguidores de Jesús, María es, antes que nada, la Madre de nuestro Señor. Este es el punto de partida de toda su grandeza. Los primeros cristianos nunca separan a María de Jesús. Son inseparables. «Bendecida por Dios entre todas las mujeres», ella nos ofrece a Jesús, «fruto bendito de su vientre».

 

Ø     María, la creyente. Isabel la declara dichosa porque «ha creído». María es grande no simplemente por su maternidad biológica, sino por haber acogido con fe la llamada de Dios a ser Madre del Salvador. Ha sabido escuchar a Dios; ha guardado su Palabra dentro de su corazón; la ha meditado; la ha puesto en práctica cumpliendo fielmente su vocación. María es Madre creyente.

 

Ø     María, la evangelizadora. María ofrece a todos la salvación de Dios que ha acogido en su propio Hijo. Esa es su gran misión y su servicio. Según el relato, María evangeliza no solo con sus gestos y palabras, sino porque allá a donde va lleva consigo la persona de Jesús y su Espíritu. Esto es lo esencial del acto evangelizador.

 

Ø     María, portadora de alegría. El saludo de María contagia la alegría que brota de su Hijo Jesús. Ella ha sido la primera en escuchar la invitación de Dios: «Alégrate… el Señor está contigo». Ahora, desde una actitud de servicio y de ayuda a quienes la necesitan, María irradia la Buena Noticia de Jesús, el Cristo, al que siempre lleva consigo. Ella es para la Iglesia el mejor modelo de una evangelización gozosa.

 

 

MADRES CREYENTES

 

Dichosa tú que has creído.

 

La escena es conmovedora. La ha compuesto Lucas para crear la atmósfera de alegría, gozo profundo y alabanza que ha de acompañar al nacimiento de Jesús. La vida cambia cuando es vivida desde la fe. Acontecimientos como el embarazo o el nacimiento de un hijo cobran un sentido nuevo y profundo.

 

Todo sucede en una aldea desconocida, en la montaña de Judá. Dos mujeres embarazadas conversan sobre lo que están viviendo en lo íntimo de su corazón. No están presentes los varones. Ni siquiera José, que podía haber acompañado a su esposa. Son estas dos mujeres, llenas de fe y de Espíritu, quienes mejor captan lo que está sucediendo.

 

María saluda a Isabel. Le desea todo lo mejor. ahora que está esperando un hijo. Su saludo llena de paz y de gozo toda la casa. Hasta el niño que lleva Isabel en su vientre salta de alegría. María es portadora de salvación: es que lleva consigo a Jesús.

 

Hay muchas maneras de «saludar» y de acercarnos a las personas. María trae paz, alegría y bendición de Dios. Lucas recordará más tarde que era eso precisamente lo que su hijo Jesús pedía a sus seguidores: en cualquier casa que entréis, decid lo primero: Paz a esta casa.

 

Desbordada por la alegría, Isabel exclama: Bendita tú entre todas las mujeres y bendito e/fruto de tu vientre. Dios está siempre en el origen de la vida. Las madres, portadoras de vida, son mujeres «bendecidas» por el creador: el fruto de sus vientres es bendito. María es la «bendecida» por excelencia: con ella nos llega Jesús, la bendición de Dios al mundo.

 

Isabel termina exclamando: Dichosa tú, que has creído. María es feliz porque ha creído. Ahí está su grandeza e Isabel sabe valorarla. Estas dos madres nos invitan a vivir y celebrar desde la fe el misterio de la Navidad.

 

Feliz el pueblo donde hay madres creyentes, portadoras de vida, capaces de irradiar paz y alegría. Feliz la Iglesia donde hay mujeres bendecidas por Dios, mujeres felices que creen y transmiten la fe a sus hijos e hijas. Felices los hogares donde unas madres buenas enseñen a vivir con hondura la Navidad.

 

  

 

LA ALEGRÍA DE VIVIR

 

Alégrate... el Señor está contigo.

 

No es fácil la alegría. Nunca lo ha sido, tampoco hoy. Los sociólogos de la salud que analizan la epidemia moderna del pesimismo y depresión, piensan que estamos pasando de la era de la ansiedad a la de la melancolía. Ya no vivimos tan ansiosos por satisfacer nuestros deseos, pero no encontramos descanso en nada. Nos falta algo para alimentar la alegría de vivir y no sabemos qué.

 

No hemos de confundir la alegría con el sentido del humor. Saber reírse de uno mismo y de los sinsabores de la vida con ternura y piedad hace bien. El humor se niega a que el sufrimiento y la frustración se impongan. Por eso, el humor ayuda a mantener la alegría, pero la alegría es otra cosa.

 

Tampoco hemos de identificarla con el optimismo que es la inclinación a esperar siempre lo mejor. Ser optimista no es verlo todo de color de rosa. No es sustituir la esperanza alimentando ilusiones baratas. El optimista lee la vida de manera positiva y esto es bueno. No olvidemos que no son los hechos los que, por lo general, nos hacen sufrir, sino nuestro modo de interpretarlos y vivirlos. Pero tampoco el optimismo es la alegría.

 

La alegría nace de lo más hondo de la persona y la impregna por entero. Da un brillo especial y una luz nueva a la existencia. Hace vivir con una confianza básica. Lleva a la persona a darse, abrirse, abrazar. El que vive con alegría no es indiferente a los sufrimientos de los demás. El dolor no le incomoda, le conmueve.

 

La auténtica alegría no se fabrica desde fuera, introduciendo en nuestra vida diversión o entretenimientos. Brota del interior. En realidad, la alegría emerge cuando aprendemos a vivir en la verdad y el amor. La alegría es el mejor signo de una vida vivida de manera sana desde su raíz.

 

Los creyentes dicen con frecuencia que Dios es fuente de alegría. Y es así. Pero sólo cuando se le percibe no como alguien que está ahí amargándonos la existencia, sino invitándonos a vivir. Sólo entonces se puede vivir la vida de manera confiada y no resentida. Sólo entonces experimenta el creyente la alegría de vivir.

 

En el pórtico de la Navidad se nos invita a escuchar las mismas palabras que María: «Alégrate, el Señor está contigo». No es sólo una invitación a vivir unas fiestas dichosas. Es algo más. La alegría es más fácil cuando uno sabe que no está solo, perdido en la vida. Navidad es el anuncio de esta gran noticia: ningún ser humano está solo. A todos nos acompaña Dios.

 

 

CREER DE OTRA MANERA

 

¡Dichosa tú, que has creído!

 

Estamos viviendo unos tiempos en que, cada vez más, el único modo de poder creer de verdad va a ser para muchos aprender a creer de otra manera. Ya J. H. Newman anunció esta situación cuando advertía que una fe pasiva, heredada y no repensada acabaría entre las personas cultas en indiferencia, y entre las personas sencillas en superstición. Son muchas las cosas a pensar con más rigor, pero, tal vez, lo primero es aclarar algunos aspectos esenciales de la fe.

 

La fe es siempre una experiencia personal. No basta creer en lo que otros nos hablan o predican de Dios. Cada uno sólo cree, en definitiva, lo que de verdad cree en el fondo de su corazón ante Dios, no lo que oye decir a otros. Para creer en Dios es necesario pasar de una fe pasiva, infantil, heredada, a una fe más propia y personal. Ésta es la primera pregunta: ¿Yo creo en Dios, o en aquellos que me hablan de Él?

 

En la fe no todo es igual. Hay que saber diferenciar lo que es esencial y lo que es accesorio, y, después de veinte siglos, hay mucho de accesorio en el cristianismo actual. La fe del que confía de verdad en Dios está más allá de las palabras, las discusiones morales y las normas eclesiásticas. Lo que define a un cristiano no es el ser virtuoso u observante, sino el vivir confiando en un Dios cercano por el que se siente amado sin condiciones. Ésta puede ser la segunda pregunta: ¿,Confío en Dios o me quedo atrapado en otras cuestiones secundarias?

 

En la fe lo importante no es afirmar que uno cree en Dios, sino saber en qué Dios cree. Nada es más decisivo que la idea que cada uno se hace de Dios. Si creo en un Dios autoritario y justiciero, terminaré tratando de dominar y juzgar a todos. Si creo en un Dios que es amor y perdón, viviré amando y perdonando. Ésta puede ser la pregunta: ¿En qué Dios creo yo: en un Dios que responde a mis ambiciones e intereses o en el Dios vivo revelado en Jesucristo?

 

La fe, por otra parte, no es una especie de «capital» que recibimos en el bautismo y del que podemos disponer para el resto de la vida. La fe es una actitud viva que nos mantiene atentos a Dios, abiertos cada día a su misterio de cercanía y de amor a cada ser humano.

 

María es el mejor modelo de esta fe viva y confiada. La mujer que sabe escuchar a Dios en el fondo de su corazón y vive abierta a sus designios de salvación. Su prima Isabel la alaba con estas palabras memorables: «¡Dichosa tú que has creído!» Dichoso también tú si aprendes a creer. Es lo mejor que te puede suceder en la vida.

 

 

SOCIEDAD DE ADICTOS

 

Dichosa tú que has creído.

 

Hay quien piensa que se está cumpliendo a la perfección lo que escribía hace unos años J.P. Sartre: «El hombre es el ser que manifiesta su libertad eligiendo sus esclavitudes.» De hecho, en las sociedades que se consideran más liberadas, las gentes van cayendo en dependencias y adicciones cada vez más graves.

 

La plaga de la drogadicción no se detiene; se estudian las causas, se proponen medidas, pero la situación se agrava. El alcoholismo sigue creciendo; según las estadísticas, afecta ya a más de dos millones de españoles. Se estima que son más de trescientos mil los esclavos del juego patológico. Nadie puede calcular los efectos de la «teleadicción». Los observadores comienzan a hablar de una «cultura adicta».

 

La adicción se produce cuando el individuo se siente arrastrado a hacer algo, a pesar de que le resulta dañoso. Es su único recurso para superar ciertos problemas u obtener un efecto gratificante. Llega un momento en que no puede vivir sin su «droga». Algunos Llega un momento en que no puede vivir sin su «droga». Algunos necesitan del alcohol para superar sus miedos y enfrentarse a la vida; otros acuden a la cocaína para afirmar su personalidad; muchos se agarran al televisor para soportar el aburrimiento.

 

Las drogas, en realidad, no son el problema. Como advierte J. A. Marina, con su habitual perspicacia, las drogas son «una mala solución» a un problema previo. La raíz de tantas conductas adictivas está, en buena parte, en la inconsistencia interior, la vulnerabilidad de la persona, su incapacidad para enfrentarse a la vida con sentido. Castilla del Pino diría que se trata de estrategias de «apuntalamiento» de un yo frágil.

 

El adicto busca una solución rápida y fácil a sus problemas. Trata de resolverlos con el alcohol, las drogas, los tranquilizantes, la actividad frenética o el televisor. Ello le ayuda a soportar las situaciones sin necesidad de afrontarlas de raíz. Ahí está el engaño. El que vive de la adicción busca cambiar su estado de ánimo, pero no hace nada por orientar su vida de manera más sana.

 

El verdadero bienestar de la persona no se alcanza por esos «atajos vertiginosos». El camino es más largo. Es necesario cuidar mejor todas las dimensiones de la persona, alimentar la vida interior, vivir con más lucidez y sentido.

 

Naturalmente, hay adicciones graves y leves. Pero una «cultura adicta» nos puede conducir fácilmente a errar gravemente el camino. En este contexto, la fe en Dios vivida como sentido, esperanza y estímulo de una vida más humana, no es algo superfluo. También hoy se podría decir, recordando las palabras de Isabel a María: «Feliz tú si crees».

 

 

FELIZ EL QUE CREE

 

Dichosa ti que has creído.

 

B. Pascal se atrevió a decir que «nadie es tan feliz como un cristiano auténtico». Pero, ¿quién puede creer hoy realmente esto? La inmensa mayoría piensa más bien que la fe poco tiene que ver con la felicidad. En todo caso, habría que relacionarla con una salvación futura y eterna que queda lejos todavía, pero no con esa felicidad concreta de cada día que ahora mismo nos interesa.

 

Más aún. Son bastantes los que piensan que la religión es un estorbo para vivir la vida de manera intensa y espontánea, pues empequeñece a la persona y mata el gozo de vivir. Además, ¿por qué iba a preocuparse un creyente de ser feliz? Vivir como creyente, ¿no es fastidiarse siempre más que los demás? ¿No es seguir un camino de renuncia y abnegación? ¿No es, en definitiva, privarnos de felicidad?

 

Lo cierto es que los cristianos no parecen mostrar con su manera de ser y de vivir que la fe encierre una fuerza decisiva para enfrentarse a la vida con dicha y plenitud interior. Muchos nos ven más bien como F. Nietszche al que los creyentes le daban la impresión de ser «personas más encadenadas que liberadas por Dios».

 

¿Qué ha sucedido? ¿Por qué se habla tan poco de la felicidad en las iglesias? ¿Por qué muchos cristianos no descubren a Dios como el mejor amigo de su vida?

 

Como ocurre tantas veces, parece que también en el cristianismo se ha perdido la experiencia original que al comienzo lo vivificaba y animaba todo. Al enfriarse aquella primera experiencia y acumularse luego otras capas ideológicas y otros códigos y esquemas religiosos, a veces bastante extraños al evangelio, la alegría cristiana se ftie oscureciendo.

 

¿Cuántos sospechan hoy que lo primero que uno escucha cuando se acerca a Jesucristo es una llamada a ser feliz y a hacer un mundo más dichoso?

 

¿Cuántos pueden pensar que lo que Jesús ofrece es un camino por el que podemos descubrir una alegría diferente que puede transformar desde ahora nuestra vida?

 

¿Cuántos creen que Dios busca sólo y exclusivamente nuestro bien y felicidad, que no es un ser celoso que sufre al vernos disfrutar, sino alguien que nos quiere desde ahora gozosos y felices?

 

Estoy convencido de que una persona está a punto de tomar en serio a Jesucristo cuando intuye que en él puede encontrar lo que todavía le falta para ser feliz con una felicidad más plena y verdadera.

 

El saludo a María: «Feliz tú que has creído» puede extenderse, de alguna manera, a todo verdadero creyente. A pesar de todas las incoherencias y de toda la infidelidad que habita nuestras vidas mediocres, feliz también hoy el que cree en el fondo de su corazón.

 

 

¿COMO CELEBRAR LA NAVIDAD?

 

Dichosa tú que has creído.

 

Más de uno, al acercarse estas fiestas navideñas, nos preguntamos si es posible vivir hoy la Navidad cristiana en medio de este ambiente tan superficial y manipulado que se respira estos días entre nosotros.

 

A mi entender, sería una equivocación encerrarnos en la nostalgia de navidades pasadas, de recuerdos entrañables. Es mejor preguntarnos cómo vivir hoy con un poco de hondura y desde su verdadera raíz la Navidad cristiana. Porque también hoy se puede celebrar con gozo el misterio de un Dios cercano a los hombres.

 

Cuando las calles se llenan de estrellas que no orientan a nadie hacia Belén y se encienden toda clase de luces que no conducen hacia Aquel que ha venido a iluminar nuestras tinieblas, el creyente, en medio de esta sociedad poblada de “símbolos vacíos”, puede abrir su corazón a ese Dios que ilumina de manera nueva nuestra existencia.

 

Cuando entre nosotros se cruzan toda clase de felicitaciones y deseos de prosperidad, nacidos, con frecuencia, del mero compromiso por cumplir con un rito social, el creyente sabe que este Dios nacido para salvar al hombre nos urge a todos a poner nuestra pequeña colaboración por construir día a día a nuestro alrededor un mundo más feliz y más humano.

 

Cuando estos días escuchamos villancicos y cantos navideños que nos hablan de paz, en una tierra donde la violencia sigue llenando de muerte los hogares, un creyente sabe que sólo puede sentirse en paz si hace lo posible por promover un clima de no-violencia, de diálogo y reconciliación.

 

Cuando estos días las gentes corren a comprar para abastecer sus hogares y poder crear un clima de fiesta y jolgorio, un creyente recuerda que este Dios solidario de los hombres nos debería hacer correr más bien hacia los que estos días sentirán con más dureza su soledad y llorarán con más amargura sus problemas.

 

Son días en los que un creyente puede hacerse muchas preguntas. Dios ha bajado a lo profundo de nuestra existencia, ¿por qué la vida nos sigue pareciendo tan vacía? Dios ha venido a habitar el corazón de los hombres, ¿por qué sentimos un vacío interior tan insoportable? Dios ha querido hacerse presente entre nosotros, ¿por qué está tan ausente en nuestras relaciones?

 

Tal vez, la manera mejor de vivir la Navidad sea empezar por pedir a Dios esa sencillez y simplicidad de corazón que nos permitan descubrir, incluso en el fondo de estas fiestas tan estropeadas, un Dios entrañable que sigue estando cerca también hoy de todos nosotros aunque no sepamos ni celebrar su venida.

 

 

ACOMPAÑAR A VIVIR

 

Se puso en camino...

 

Uno de los rasgos más característicos del amor cristiano es saber acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

 

Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador. Ponerse en camino y marchar aprisa junto a otra mujer que necesita en estos momentos su cercanía.

 

Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días y que consiste en «acompañar a vivir» a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida.

 

Estamos consolidando entre todos una sociedad hecha sólo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida.

 

Estamos fomentando así lo que alguien ha llamado «el segregarismo social» (J. Moltmann). Reunimos a los niños en las guarderías, instalamos a los enfermos en las clínicas y hospitales, guardamos a nuestros ancianos en asilos y residencias, encerramos a los delincuentes en las cárceles y ponemos a los drogadictos bajo vigilancia...

 

Así, todo nos parece que está en orden. Cada uno recibirá allí la atención que necesita, y los demás nos podremos dedicar con más tranquilidad a trabajar y disfrutar de la vida sin ser molestados.

 

Entonces procuramos rodearnos de personas simpáticas y sin problemas que no pongan en peligro nuestro bienestar, convertimos la amistad y el amor en un intercambio mutuo de favores, y logramos vivir «bastante satisfechos».

 

Sólo que así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Se explica que muchos, aun habiendo logrado un nivel elevado de bienestar y tranquilidad, tengan la impresión de que viven sin vivir y que la vida se les escapa aburridamente de entre las manos.

 

El que cree en la encarnación de un Dios que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra indigencia, se siente llamado a vivir de otra manera.

 

No se trata de hacer «cosas grandes». Quizás sencillamente ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad y la desconfianza, estar cerca de ese joven que sufre depresión nerviosa, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño solitario marcado por la separación de sus padres.

 

Este amor que nos hace tomar parte en las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor «salvador», pues libera de la soledad e introduce una esperanza y alegría nueva en quien sufre, pero se siente acompañado en su dolor.

 

 

LA MENTIRA DE LA NAVIDAD

 

María se puso en camino.

 

Uno de los rasgos más tristes de nuestra sociedad contemporánea es la capacidad de vaciar de contenido y de verdad las fiestas y los acontecimientos más entrañables.

 

Y la Navidad es sin duda una de las fiestas más estropeadas por el hombre de hoy. Unas fiestas de significado profundo para los creyentes, son celebradas hoy entre nosotros, sin que apenas se conozca su motivación original y su verdadero contenido.

 

Por eso, puede ser bueno, aunque resulte duro, el denunciar humildemente, pero con lucidez, la mentira inmensa de nuestra Navidad.

 

Es mentira creer en un Dios que se ha hecho solidario de la humanidad y, al mismo tiempo, organizarse la Navidad y la vida entera de manera individualista y egoísta, ajenos totalmente a los problemas de los demás.

 

Es mentira creer que Dios se ha hecho hombre buscando la liberación plena de la humanidad, y no esforzarse por ser más hombre cada día y trabajar por un mundo más humano y más liberado.

 

Es mentira creer que Dios ha querido compartir nuestra vida para restaurar todo lo humano, y, al mismo tiempo, colaborar en la deshumanización de nuestra sociedad, atentando de alguna manera contra la dignidad de la persona y los derechos de cada hombre.

 

Es mentira creer en un Dios que se ha entregado hasta la muerte por defender y salvar al hombre y, al mismo tiempo, pasarse la vida sin hacer nada por nadie.

 

Es mentira enviar felicitaciones a los familiares y amigos, y desear un feliz año nuevo, y, al mismo tiempo, no hacer nada por lograr un mundo ms feliz para todos.

 

Es mentira cantar y celebrar la paz en estas fiestas navideñas, y no hacer nada porque desaparezcan las causas de los conflictos y quede desterrada la violencia de nuestra sociedad.

 

Es mentira hacer regalos a nuestros hijos, nuestros familiares y amigos, y no saber regalarles nuestra cercanía, nuestra comprensión, nuestra ayuda gratuita.

 

Es mentira aprovechar la Navidad como una ocasión para realizar gestos tranquilizantes de «caridad», y vivir luego sosteniendo una sociedad clasista cuyas diferencias e injusticias se hacen ms palpables durante estas fechas.

 

 

 

 

EL CAMINO DE SALVACIÓN LLEVA A

LA PLENITUD HUMANA

 

Fray Marcos

 

 

CONTEXTO

 

Durante el Tiempo de Navidad, vamos a leer una y otra vez relatos del comienzo del evangelio de Lucas y Mateo; lo que se llama “el evangelio de la infancia”. 

 

Los exegetas nos han demostrado por activa y por pasiva, que esos textos no podemos tomarlos como si fueran crónicas de sucesos. Esos relatos son teología narrativa.  En estos casos, que el texto se ajuste más o menos a los hechos, que sea totalmente inventado o que tenga como fundamento mitos ancestrales, no tiene importancia ninguna.

 

Lo importante es descubrir el mensaje espiritual que el autor ha querido transmitirnos; y tenemos la obligación de interpretarlos desde los conocimientos del mundo y del hombre que hoy tenemos, y con la ayuda inestimable de la exégesis. Toda la ‘prodigiosa’ literatura que se ha desarrollado, tomando los relatos por históricos, no hace más que distorsionar el mensaje.

 

EXPLICACIÓN

 

El texto que acabamos de leer es exclusivo de Lucas. Todo el conjunto tiene un sentido simbólico; desde la primera palabra ‘anastasa’, que significa levantarse, surgir; y que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que se emplea para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida, la del Espíritu, que le lleva a darse a los demás. 

 

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. María y Jesús (lo más grande) se digna visitar a lo pequeño. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo, una visita. Todo acontece fuera del marco de la religiosidad oficial. 

 

Desde ahora, a Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, donde se desarrolla la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría.

 

Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu Santo el que provoca esa alabanza: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces se habrá repetido esta alabanza a través de los siglos?

 

“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Aquí creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza sin límites en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación del texto evangélico que hemos leído, María pasa el elogio a Dios con el canto del magníficat. 

 

Lo que intentan estos relatos de la infancia de Jesús, es presentarlo como una persona de carne y hueso, pero extraordinario ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El Nuevo Testamento hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. 

 

Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas para referirse al mismo Jesús, es muy distinto. Basta comparar los relatos de la infancia de Mateo y Lucas con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia. Tanto unos como otro, no se puede tomar al pie de la letra; hay que interpretarlos para que nos lleven al verdadero mensaje.

 

A esa vivencia de Jesús, hacen referencia las palabras de la carta a los Hebreos que acabamos de leer. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las expectativas de Dios sobre él. 

 

La clave de la salvación que aporta está en esa frase: "Aquí estoy para hacer tu voluntad." No se trata de ofrecer a Dios “dones”, del tipo que sea. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es la caracte­rística de una persona volcada sobre su verdadero ser, proyectada hacia lo divino que hay en él. 

 

Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios “no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias”. Sólo haciendo su voluntad, damos cultos a Dios. En Juan, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre” y "El Hijo no hace nada que no vea hacer al Padre". 

 

Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieran la “naturaleza” de Dios y la de Cristo y vieran que coincidían, sino porque descubrieron que Jesús cumplió, en todo, la voluntad de Dios. Hacía presente a Dios en lo que era y lo que hacía. 

 

Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, ser imagen del padre. Esa fidelidad al ser del padre era lo que convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús, les llevó a considerarlo, sin ningún género de duda, Hijo de Dios.

 

Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios, que le iba diciendo lo que debía hacer. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubrién­dola a lo largo de su vida, lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no sólo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimien­tos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. 

 

‘La voluntad de Dios’ no es algo añadido a nuestro ser o venido de fuera. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios, es ser fiel a sí mismo. 

 

APLICACIÓN

 

En todas las épocas, y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir.

 

Es una pena que después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van casi todas las oraciones, los sacrifi­cios, las promesas, votos, etc. que las personas “religiosas” hacemos a Dios.

 

Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Damos por supuesto que Jesús no tenía nada de qué ser salvado. Pero es que falla la idea de salvación que manejamos. 

 

Como consecuencia de nuestro maniqueísmo, creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo (pecado). La salvación de Dios nunca puede consistir en algo negativo (quitar) sino que consiste en alcanzar la plenitud humana que paradójicamente, está más allá de lo simplemente humano. 

 

Todo ser humano comienza su andadura como un proyecto que tiene que ir desarrollándose. Jesús llevó ese proyecto, “querido por Dios”, al límite. Por eso es el Hijo de Hombre, el hombre acabado, el hombre perfecto. Por eso hace presente a Dios, por eso es Hijo.

 

Jesús, descubriendo las exigencias de su ser y llevándolas a la practica, desplegó todas las posibili­dades del ser humano y nos ha marcado el camino que nosotros debemos seguir para alcanzar también la misma plenitud. 

 

Pero cada uno debe recorrer su propia senda. Partiendo siempre de nuestra realidad concreta. Nadie puede recorrer el camino por nadie. Nadie puede tomar el camino de otro como modelo. La meta sí es la misma para todos, pero el punto de salida es siempre distinto para cada uno. 

 

Los demás pueden ayudarme a descubrir mi camino, incluso, pueden decirme que voy por el camino equivocado, pero nunca podrán recorrerlo por mí; nunca podrán hacer lo que tengo que hacer yo, porque la meta de todo el recorrido es el centro de mi propio ser.

 

El relato evangélico de hoy, nos quiere transmitir que María descubre al verdadero Dios dentro de ella misma. Ese descubrimiento le impulsa al servicio, “fue a toda prisa a la montaña”. 

 

Todo el mensaje del evangelio de Lucas está condensado en este sencillo relato. La escena nos está diciendo que la verdadera salvación siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La salvación no puede quedar encerrada en uno mismo; si es verdadera, la llevaremos a donde quiera que vayamos, aún sin proponérnos­lo. 

 

La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Una vez más descubrimos el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús. Por dos veces en tan corto espacio nos dice que saltó la criatura en su vientre.

 

La novedad que se manifiesta en María, no elimina ni desprecia la tradición, sino que lo integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al Antiguo Testamento. 

 

En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo nunca será auténtico.

 

Cuando pretendemos una salvación personal, al margen o en contra de los demás, estamos a años luz del evangelio. Eso es lo que hacemos todos, todos los días. Una vez más volvemos a lo mismo. Salvarse no es potenciar nuestro “ego”, sino deshacernos del ego en beneficio de los demás. 

 

La lucha feroz por acumular más bienes materiales sin discernir si, el acaparar sin medida, está privando a otros seres humanos de los medios imprescindibles para su supervivencia, está en la antípoda del mensaje evangélico. María nos está diciendo, que no hay manera de descubrir a Dios sin volcarse en el prójimo.

 

 

 

Meditación-contemplación

 

 

“¡Dichosa tú que has creído!” dice Isabel a María.

¡Dichoso tú si, de verdad, confías!

María, después de haber engendrado a Jesús, lo lleva a su prima Isabel.

Incluso antes de darle a luz, ya lo manifiesta a los demás.

 

....................................

 

Con gran atrevimiento dice el Maestro Eckhart:

“La tarea más importante del alma, es engendrar a Dios”.

Claro que una vez engendrado, no tiene más remedio que ver la luz.

También dice Eckart: “Dios me necesita para existir”.

 

.........................

 

La semilla divina ya está dentro de ti;

Solo tienes que dejar que se desarrolle. Así de sencillo.

Si la dejas crecer en ti,

enseguida se manifestará en la superficie de tu ser.

Como María, irás a todas partes, llevando a Dios.

…………………………

 

 

 


MARÍA, CONFIADA Y ENTREGADA,

PROTOTIPO DE LA MUJER MÍSTICA

 

Enrique Martínez Lozano

 

 

 

En el evangelio de Lucas, este episodio hace de bisagra en los relatos de la infancia: antes de él, se narró el doble anuncio del nacimiento de Juan y de Jesús; a continuación, se narrará el nacimiento de ambos. 

 

En cierto modo, Lucas está escribiendo según el modelo, muy familiar en su época, de las “vidas paralelas”: los dos anuncios, las dos madres, los dos niños… Y tendrá especial cuidado en subrayar la “superioridad” de Jesús sobre Juan, antes incluso de que nazcan. 

 

Al mismo tiempo, se está ya adelantando lo que será la misión del Bautista: “reconocer” y proclamar a Jesús; una misión que el autor hace que empiece a ejercer desde el vientre de su madre.

 

En el breve texto que leemos hoy, Lucas ha agrupado varios temas muy queridos para él: el servicio, la alegría, la acción del Espíritu, el reconocimiento de Jesús como “Señor”, la dicha de la fe… 

 

Todo ello nos muestra el interés teológico y catequético de esta composición lucana, que ni siquiera concreta el lugar del encuentro: habla de “un pueblo de Judá”, que la tradición posterior situaría en Ain Karim, un pequeño poblado a unos 8 kilómetros de Jerusalén (y a unos 150 de Nazaret). 

 

El evangelista parece mostrar interés por señalar la “prisa” de María, no la que nace de la ansiedad que no encuentra reposo ni puede descansar en el presente, sino la que es expresión de un amor servicial que busca ser eficaz. 

 

Al lector del evangelio no le cuesta nada identificar en esta actitud de María la imagen del auténtico discípulo de Jesús, cuya vida y mensaje se van a centrar en el servicio. “Entre vosotros, el más importante ha de ser como el menor, y el que manda como el que sirve… Yo estoy entre vosotros como el que sirve”: Lucas será el único que coloque este conocido texto sinóptico nada menos que en el centro del relato de la última cena (22,24-27).

 

La llegada de María, embarazada de Jesús, provoca, antes que nada, alegría. Se trata de la alegría mesiánica, cuyo portador es Jesús, ya desde antes de nacer. Y que constituirá –en este evangelio- el primer anuncio de su nacimiento: “No temáis –dirá el ángel a los pastores-, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador” (2,10-11). El gozo recorre todo el evangelio de Lucas, como don unido a la persona de Jesús. 

 

Isabel va a profetizar, es decir, va a hablar de parte de Dios. Lucas la presenta “llena del Espíritu Santo” y “a voz en grito”: es decir, se trata de una palabra divina y verdadera. Su profecía es un reconocimiento de María en cuanto madre del “Señor” y mujer de fe. 

 

“Bendita tú entre las mujeres”: los lectores familiarizados con el Primer Testamento saben que se trata de la misma fórmula de saludo aplicada a otras mujeres del pasado: 

 

Ø  “Bendita entre las mujeres sea Yael” (Libro de los Jueces 5,24)

 

Ø  “Hija, que te bendiga el Altísimo entre todas las mujeres de la tierra”, le dirá Ozías a Judit (Libro de Judit 13,18).

 

María sigue la estela de las mujeres liberadoras de su pueblo. 

 

Tras el saludo, el autor pone en labios de Isabel el motivo central de lo que está ocurriendo y la actitud básica de María.

 

El motivo no es otro que la presencia del Señor. La cristología del evangelio de Lucas gira en torno a ese nombre. Para la comunidad lucana, Jesús será, antes que nada, “el Señor”. Se comprende que sea nombrado de ese modo, ya desde el inicio, antes incluso de su nacimiento. 

 

Y la actitud destacada en María es la fe, que es fuente de dicha: “Dichosa tú, porque has creído”. Es la primera bienaventuranza del evangelio.

 

¿Cuál es esa fe que provoca dicha? No, ciertamente, el asentimiento mental a unos enunciados, sino la confianza y adhesión cordial de quien ha experimentado o “visto”, por la que puede entregarse y abandonarse descansadamente en el Misterio de lo Real, en la Vida que fluye, en el Presente que es.

 

“Creer” significa, en realidad, “confiar”. Y la confianza nace de la certeza inquebrantable de quien ha “visto”. Se trata de un “ver” que trasciende la mente, y que emerge cuando detenemos el pensamiento y venimos al presente no pensado.

 

La mente no puede ver más allá de la mente; del mismo modo que el soñador no puede ver más allá del sueño. Por eso, el conocimiento mental es tan limitado y, con frecuencia, engañoso. ¿Cómo va a saber la mente quién soy yo…, si soy más que mente? Nunca podré saber quién soy a fuerza de pensar; lo sabré cuando lo sea. Del mismo modo, cuando lo conozca lo seré. Ser y conocer van de la mano. Por eso, habría que sospechar de cualquier supuesto “conocimiento” que no vaya acompañado de una transformación personal. 

 

Hablando de la filosofía, Mónica Cavallé escribe: 

 

“El conocimiento transformador tiene siempre un carácter experiencial… En sus orígenes, conocimiento y transformación iban de la mano… El filósofo era, de hecho, el prototipo de hombre virtuoso”. 

 

Lo que ocurrió es que, posteriormente, la filosofía se fue convirtiendo en un conocimiento puramente especulativo y académico, girando sobre sí mismo. 

 

Algo parecido sucedió con la religión.

 

“La religión, con el asentamiento del cristianismo oficial, elaboró todo un cuerpo de doctrina sustentado en ciertas premisas de naturaleza dogmática. 

 

Se considera que estas premisas han de ser aceptadas por “fe”, y se interpreta esta fe como confianza en la autoridad de la fuente de la revelación, y más en concreto, en quienes históricamente dicen encarnar esa autoridad: las autoridades eclesiásticas. 

 

Desde que se concibe así la religión, la duda, la indagación crítica y la libertad de pensamiento ya no tienen en ella un campo libre de expresión: sólo se permiten dentro de ciertos límites” 

(M. CAVALLE, La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia, Martínez Roca, Barcelona 2006, p. 78).

 

Lo que parece claro es que una cosa es pensar, y otra ver. Pensar es interpretar y proyectar. Ver equivale a “dejar en suspenso” los pensamientos para poder mirar desde “más allá” de ellos. “La interpretación de los hechos nos impide ver”, decía Krishnamurti.

 

Por eso, 

 

“el sabio desnuda la verdad; el filósofo sin sabiduría la recubre, la empapela con palabras…. El sabio nos deja con los pies y el corazón calientes y con la cabeza fresca, serena; el filósofo sin sabiduría nos deja con los pies y el corazón fríos, y la cabeza caliente… El sabio es aquello que conoce; el filósofo sin sabiduría se aferra a aquello que dice conocer… La filosofía sin sabiduría pone toda su confianza en la razón; el sabio la pone en la visión”. 

(Ibid., p. 83). 

 

¿Qué puede ayudarnos a “ver”, sin quedar enredados y reducidos al movimiento mental? Una doble práctica, ejercitarnos en: 

Ø venir al presente y

Ø situarme como “Testigo”. 

 

Al venir al presente, la mente se detiene. Sólo hay “aquí y ahora”, aprendemos a estar, a ser: logramos una actitud contemplativa.

 

Entra en contacto con tu cuerpo, siéntelo vivo, siente la Vida, y permítete estar en ella, sin pensar ni pretender controlar nada. Estar-sin-pensar: ésa es la pura conciencia de ser, lo que nos trae y nos ancla en el Presente. 

 

¿Qué ocurre entonces? Que, al experimentar la presencia, nos descubrimos ser Presencia. Esa es la “magia” que encierra el presente: en él, conocer es ser, y ser es conocer. 

 

Por otra parte, al situarme como “Testigo”, tomo distancia de los contenidos mentales –y, por tanto, de mi yo habitual-, de modo que puedo observar todo sin identificarme con nada. No hay nada que afecte a mi identidad. No me identifico con estados de ánimo, con ideas ni creencias. Soy el Testigo de todo ello, un foco de atención pura que experimenta todo sin rechazo, sin distorsión y sin identificación. 

 

Progresivamente, crecerá la libertad interior, el gozo sereno y la seguridad incondicional…, que son reflejo de nuestra verdadera naturaleza, pues es lo que permanece cuando me limito a estar atento, en un estado de aceptación incondicional; cuando me limito a ser, y no me empeño en ser –ni en que las cosas sean- de un modo particular. Y todo ello es posible cuando no cifro mi identidad en aquello que experimento. Esta atención que nada rechaza, aparentemente pasiva, es fuente de profundos cambios.

 

Esta atención es confianza y lleva consigo la dicha y la alegría. No la dicha que desaparece cuando surgen problemas y contratiempos, sino aquélla que es capaz de abrazarlos e integrarlos. Pues como dice M. Brown, 

 

“la alegría no es exactamente sentirse bien; es sentirlo todo” 

(M. BROWN, El proceso de la presencia, Obelisco, Barcelona, 2008, p. 248). 

 

Pero, aunque parezca paradójico, sólo podemos sentirlo todo, en libertad, sin identificarnos con ello, desde la actitud del “Testigo”. 

 

“¡Dichosa tú que has creído!”… La dicha asociada al pensamiento –a ideas, creencias, estados de ánimo…- es siempre frágil, efímera y oscilante. La dicha estable acompaña a la visión característica del “Testigo” que, porque puede observar todo sin identificarse con nada, permanece en un presente ecuánime desde el que percibe el “secreto” de lo Real: ahí conoce lo que es, y es lo que conoce, abrazándolo todo en la única Conciencia no-dual. El gozo es tan inevitable como la experiencia del Misterio.

 

María es, en la tradición cristiana, el prototipo de la mujer mística –la que “ha visto”- y, por eso, confiada y entregada, que gira en torno a un eje, que constituye su oración: “Que se haga en mí según tu palabra” (evangelio de Lucas 1,38).

 

En rigor, es la única oración que puede brotar de una persona mística: Que todo sea, asiento a lo que es. El gozo es el fruto y la señal de que eso se vive.     

 

 

DIOS APUESTA POR LA HUMANIDAD

 

José Enrique Galarreta

 

 

En estos domingos hemos leído fragmentos del evangelio de Lucas, pero "al revés", empezando por el capítulo 3º (la predicación del Bautista) para retroceder ahora al capítulo 1º, en que el Bautista (y Jesús) están aún en el seno de su madre.

 

Lucas ha construido el principio de su evangelio como un anuncio del Mesías, haciendo un paralelismo sistemático entre Juan y Jesús: 

 

Ø   el capítulo 1º se dedica a la concepción y nacimiento del Precursor; 

Ø   el capítulo 2º a la concepción y nacimiento de Jesús; 

Ø   el capítulo 3º, en su primera parte, a la predicación del precursor; en su segunda parte, presenta a Jesús, señalado por el Bautista como "el que ha de venir". Así, Juan, desde el seno de su madre y en su predicación, es el Profeta enviado por Dios para "preparar el camino".

 

Nuestra liturgia ha invertido el esquema de Lucas: en los domingos anteriores vimos la predicación de Juan, y ahora retrocedemos a tiempos en que Juan y Jesús están en el vientre de sus madres. Esto se hace sin duda para preparar inmediatamente el acontecimiento del nacimiento de Jesús, puesto que la escena que leemos sucede nueve meses antes de él.

 

La clave de interpretación de estos textos nos la da la mención expresa y repetida de "El Espíritu Santo". Aquí es Isabel la que, llena del Espíritu, reconoce quién es la que le visita y quién es el que está ya en el seno de María.

 

Es la intención común de Lucas (y Mateo) con sus evangelios de la infancia: Jesús es "fruto del Espíritu". Primero en Juan Bautista como Precursor y luego en Jesús como Mesías, se está realizando la Obra de Salvación de Dios. Los ojos de carne no ven más que dos mujeres embarazadas, como más tarde en Belén sólo verán un niño pobre recién nacido; los ojos de la fe, por la fuerza del Espíritu, reconocen ahí la presencia de Dios Salvador.

 

Es una pena que el texto de Lucas haya quedado en la liturgia tan mutilado. A continuación de las palabras de Isabel vienen las de María, el cántico que llamamos el “Magnificat”, en que se expresa la totalidad del anuncio: el Espíritu no muestra solamente un milagro de presencia sino un modo de presencia: el anuncio a los pobres y el rechazo a los poderosos. 

 

Es también el mismo mensaje del relato del nacimiento: la señal ofrecida por Dios no es coro de los ángeles ni las luces celestiales sino un niño pobre que nace en una cuadra.

  

En el último Domingo de Adviento, la Iglesia centra su atención, más que en las ideas de "la venida del Señor", en "El que viene". El que viene es Jesús, y el anuncio más inmediato de la venida se hace en el Evangelio de Lucas que leemos hoy: 

 

María está embarazada y su pariente Isabel es la primera "mensajera" humana del que va a nacer. Isabel proclama ya quién es el niño que aún está en el vientre de María, y para reconocerlo apela a la fe: hay que saber quién es este niño, que para los ojos normales será un niño normal y para los ojos de la fe será "El Señor". 

 

Todo esto se introduce con el bello texto de Miqueas y se interpreta en el texto de la carta a los Hebreos. 

 

Las palabras que pone Lucas en boca de Isabel forman parte, junto con las palabras del ángel en la Anunciación, de nuestra más bella oración a María: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre". Y las últimas palabras de la escena resumen extraordinariamente bien un eje esencial de nuestra fe:

 

                                 "Dichosa tú que has creído

                  porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá"

 

Estas palabras nos centran en lo esencial de nuestra preparación de la Navidad: tiempo de creer, de intensificar nuestra fe en Jesús, en Dios Salvador.

 

Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá. 

 

Estas palabras pueden entenderse como referidas a Israel. El nacimiento histórico del Mesías cumple sus esperanzas. Pero a nosotros nos importa más otro significado. Dios no nos va a defraudar. 

 

La vida humana nos tienta a veces de desesperanza, y la contemplación de la locura del mundo nos lleva a pensar que Reino es una utopía forjada por la mente de un iluso, que pagó con su muerte en la cruz sus fantasías de salvación universal. Las dos preguntas más vitales son: ¿qué va a ser de mí? y ¿tiene remedio la humanidad?

 

El panorama de nuestra propia vida es de mediocridad consentida. No creemos en nuestra capacidad de cambiar. No sentimos la fuerza de la semilla, no experimentamos la levadura de Dios que va fermentando nuestra masa. 

 

El panorama de la humanidad es trágico:

 

Ø inmensas multitudes de desamparados, de muertos de hambre

Ø enfermedades que podemos curar y siguen matando a los más pobres porque no es lucrativo fabricar los medicamentos adecuados 

Ø niños que no saben más que matar

Ø enormes intereses económicos que fabrican muerte para hacer inmensas fortunas

Ø estados que proclaman alianzas de civilizaciones y fabrican y venden armas a los países más pobres para esclavizarlos más

Ø economías dilapidadoras que sólo creen en comprar, gastar, disfrutar, enteramente ajenas al dolor del mundo

Ø religiones que sólo parecen atender su propio prestigio, que procuran imponerse por la fuerza incluso matando… 

 

¿tiene remedio todo esto?

 

Es verdad que en nuestro tiempo hay profetas, quizá más que en ningún otro tiempo de la historia; profetas a los que vamos matando, físicamente o desautorizándolos o amordazándolos. El poder civil, el poder económico, nuestra desaceptación práctica y aun el poder religioso se encargan de silenciarlos y hasta de eliminarlos. Son una llamita frágil y vacilante en un océano agitado y poderoso.

 

Todo esto siembra en nosotros la desesperanza, la resignación, y es un llamamiento a la vulgaridad de la fe y a la mediocridad.

 

Y éste es precisamente el desafío de Jesús, de nuestra fe en él, y el mensaje básico de los evangelios de la infancia y de la cruz: creer en él, creer que, a pesar de todo lo que se ve, “Dios estaba con Él”. Si Dios estaba con él, es que Dios apuesta por la humanidad. 

 

Delante del niño indefenso y pobre, delante del crucificado, decir “Creo en ti” es una apuesta valiente. 

 

Y delante del niño y del crucificado, decir “creo en ti” significa “quiero ser como tú” y “creo que vivir como tú es lo mejor para mí y para el mundo”.

 

“Ser como tú” es creer en la semilla y en la levadura y es también creer en la humanidad como Dios mismo ha creído en ella. 

 

La fe en el niño crucificado lleva a la esperanza. Es la fe en el amor de Dios que resplandece en el niño crucificado lo que nos hace creer en el amor como fuerza definitiva de la humanidad. 


 

R. GONZALEZ

 

I. DE TIPO GENERAL

1) Se acerca la fiesta de Navidad

El IV domingo de Adviento está penetrado por el deseo y la convicción de que la meta de la Navidad está a punto de ser alcanzada. Por eso la poscomuni6n pide que el pueblo cristiano "sienta el deseo de celebrar dignamente el nacimiento de tu Hijo al acercarse la fiesta de Navidad". Este deseo se convierte en súplica en la antífona de entrada (Is 45,8): "Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad la victoria; ábrase la tierra y brote la salvación". Esta salvación es la gracia del Emmanuel que la Iglesia pide en la oración colecta: "Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que hemos conocido por el anuncio del ángel (a María) la encarnación de tu Hijo"... El prefacio II proclama en este domingo: "El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza". La perspectiva de Navidad, ya cercana, marca los textos e invita a una preparación más intensa.

2) María es quien alumbra al Salvador

El IV domingo pone a María en conexión profunda con el Mesías que viene. En la antífona de comunión se propone el versículo de Mt 1,23 que recoge a Is 7,14: "La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel". La oración sobre las ofrendas reza: "El mismo Espíritu, que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique... estos dones que hemos colocado sobre tu altar". María es la tierra fecunda, que por la acción santificadora del Espíritu Santo, da a luz al mundo, al Dios- con-nosotros. Este IV domingo la contempla como figura culminante del Adviento, en su actitud de donación y fecundidad generosa. María "esperó (a su Hijo) con inefable amor de Madre". María, portadora del Hijo de Dios, lo lleva a casa de Isabel. María es la "bendita... entre las mujeres" y lo que es porque ha "creído". Al final "se cumplirá... lo que... ha dicho el Señor" (evangelio).

También la Iglesia llegará a la Navidad siendo dichosa si acoge a Jesús como María, si cree lo que el Espíritu Santo le comunica en la Palabra y en los signos de los tiempos, si es portadora de Dios (=evangelizadora) y lo comunica con fidelidad y en actitud de servicio.

3) Deseo profundo de celebrar dignamente la Navidad

DESEO/ORACION Ante la proximidad de la celebración de Navidad, la Iglesia ora a Dios con insistencia. Le pide avivar el deseo que le ha acompañado sobre todo desde el III domingo. Deseo de poder celebrar con piedad, con provecho espiritual el nacimiento del Hijo de Dios en la carne (poscomunión). Este deseo lo alimenta la Iglesia, en Adviento, sobre todo a partir de la Eucaristía, "la prenda de su salvación" (Ibid.), garantía de la plenitud gozosa del cielo. San Agustín hablando de este deseo que se expresa en gemidos (Sal 37) dice: "Tu deseo es tu oración". Si este deseo es constante, constante será también la oración. Y añade: "Cualquier cosa que hagas, si deseas aquel reposo sabático (=verle, contemplarle, estar con él, amarle, trabajar por él) no interrumpes la oración". La oración sólo cesa cuando se deja de amar. El trabajo y los afanes diarios no suprimen el amor. Por eso quien desea vehementemente celebrar el nacimiento del Señor vive esa espera en el amor y servicio, vive con profundidad el Adviento.

II. LAS LECTURAS

1) "El tiempo en que la madre da a luz" (1. lectura). El profeta Miqueas, ocho siglos antes anuncia el nacimiento del Mesías en la pequeña aldea de Belén de Efrata. Será "el jefe de Israel". Cuando "la madre dé a luz" todo cambiará para el pueblo elegido. Esa madre dibujada vagamente por Miqueas es María de Nazaret, la Virgen. La Madre del que "pastoreará con la fuerza del Señor", aquel cuyo "origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial", el Hijo eterno del Padre. Sus dones serán: la "tranquilidad" y la "paz". Este anuncio resuena con dulzura.

2) "Aquí estoy" (2. lectura). ¡Cómo resuenan sinceras y comprometidas las palabras de la Carta a los Hebreos! Jesús a punto de entrar en el mundo (Navidad-Encarnación), expresa sus sentimientos, en oferta gozosa al Padre. Son palabras garantizadas por el Espíritu Santo y puestas en boca del Hijo eterno, que se desposa con la humanidad para rescatarla y elevarla: "... me has preparado un cuerpo... Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad". Palabras casi idénticas, pero en situaci6n dramática, dirá en Getsemaní, poco antes de aceptar la pasión (Lc 22,42). La Navidad ya encierra la Pascua.

3) "María se puso en camino y fue aprisa a la montaña" (evangelio). En este domingo María es la gran figura del Adviento para la Iglesia. María, conocedora de la situación de Isabel "se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá". Sale de su tranquilidad y presurosa, va a ayudar a su prima. Ejemplo de servicio, pero sobre todo figura de quien se deja conducir por el Espíritu, para llevar a Cristo a los demás. María modelo de evangelización, portadora del gozo de Dios. Dichosa por su fe; modelo privilegiado de las actitudes que pide el Adviento a la Iglesia. Así se está dispuesto y preparado para recibir a Dios en la Navidad. María es la aurora que anuncia la cercanía del nuevo día: Cristo-Jesús.

 

ALAIN GRZYBOWSKI

MEDITACIÓN SOBRE LA VISITACIÓN: 

PRIMER MISTERIO

Hemos colocado nuestra peregrinación "bajo el signo de la Alianza" y nos encontramos en la contemplación de este misterio de la Alianza en un momento decisivo. Del mismo modo que el arca de la Alianza va desde Beth-Shemesh (en Galilea) hasta Jerusalén, así la Virgen María -la que porta y acoge a Dios en su seno, para manifestar su presencia y su gloria al mundo- la nueva arca de la Alianza, se pone en camino de Galilea hasta Jerusalén en donde se sellará de un modo definitivo y superabundante por la Sangre del Cordero la alianza de Dios con los hombres. Este camino realizado por la nueva arca de la Alianza es el que vamos a contemplar y más especialmente de las disposiciones que rebosan en el corazón de María.

M/SERVICIO SERVICIO/M En primer lugar la disponibilidad de su corazón. Han bastado unas palabras del ángel tras el anuncio de la extraordinaria noticia: "Mira también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y éste es ya el sexto mes de aquella a quien llamaban estéril, porque nada hay imposible para Dios" (Lc 1, 36-37). La indicación de la situación de Isabel basta para provocar el movimiento de la Virgen María. En vez de encerrarse exclusivamente en sí misma, en el caso único que representa, en los problemas que se van a suscitar o incluso en el carácter excepcional y milagroso de su relación con Dios, permanece totalmente disponible para las alegrías y las preocupaciones de los demás. Comprende pronto que su prima, de edad ya avanzada, va a necesitar ayuda. María, que sabe leer los signos de los tiempos y que posee un sentido concreto de la llamada de Dios, comprende rápidamente el sentido de la llamada particular que se le dirige: lleva tu ayuda a tu prima.

María, madre siempre disponible, haz que a semejanza tuya, sepamos reconocer en nuestra vida, en los signos concretos, las llamadas de Dios y que respondamos, como tú hiciste, de manera concreta. Tú bien sabes que cuando nos ponemos a rezar, tendemos a quedar tan absortos en nuestros impulsos pseudomísticos que corremos el riesgo de desviarnos de la realidad cotidiana. Ninguna relación de un ser humano con Dios ha llegado tan lejos como la tuya, sin embargo, tú permaneces atenta a los hechos menudos que constituyen la vida de los hombres. Ruega a tu Hijo para que me conceda ver esos signos: una parroquia sin sacerdote, un enfermo que necesita ser visitado, un colaborador en apuros, un joven en crisis, y comprender la llamada que Dios puede dirigirme a través de una circunstancia particular. Ruega a tu Hijo para que me otorgue el discernimiento necesario a fin de que sepa distinguir entre lo que es realmente llamada y lo que sería una abnegación intempestiva por mi parte. Porque lo importante no es ser abnegado sino responder a la llamada. La abnegación que sólo es una búsqueda de la valoración de uno mismo hace cometer muchos errores, envenena nuestras relaciones con los demás, falsea lo que realizamos. Basta con que miremos en torno de nosotros: ¡Cuántas personas abnegadas e insoportables en nuestras parroquias, cuántos lugares ocupados en detrimento del amor verdadero!

Que al mirarte, María, sabiéndome llamado y queriendo responder de manera concreta, comprometiendo algo de mi vida y de mi tiempo, vaya yo contigo hacia la tarea que Dios me confía tratando de poner allí mi fidelidad.

Dios te salve, María...

SEGUNDO MISTERIO

María se pone pues en camino y quiero imaginar que va en compañía de José. Las mujeres de Oriente no hacían nunca solas desplazamientos de importancia: eran unos cuatro días de marcha. Veo, pues, a María y a José, poniendo la albarda sobre su pequeño asno, reuniéndose de etapa en etapa con grupos de viajeros, porque los caminos son poco seguros. Consideremos este camino que harán juntos como el icono del camino que tenemos que hacer para reunirnos con los demás. Porque es cierto que existe una distancia entre nuestros hermanos y nosotros. Desde los más alejados por la raza, el ambiente, las ideas o la fe, hasta los más próximos. Distancia que crean la timidez, el respeto humano, el orgullo, la negativa a dar el primer paso, la dificultad de comunicarse. O muro de silencios acumulados, de desconfianzas irrazonadas, de golpes bajos de unos contra otros. Estamos llamados a franquear esta distancia...

Para franquearla, María, caminas pobremente. Tu medio de transporte es pobre; tu equipaje es pobre; tu competencia es pobre. Porque bien está eso de ir a ayudar a una prima pero tú no tienes experiencia alguna en la que puedas apoyarte. Vas con lo poco que eres y tienes. Cuántas ocasiones he perdido porque quería franquear la distancia que me separa de mi hermano, pero con la condición de aportarle algo, de hacer algo sonado. Tú aceptas lo poco que eres capaz de dar; te acercas a tu prima con tus pobres medios. El símbolo de la pobreza de este acto es el pequeño asno que te acompaña. Que todos los asnos de Tierra Santa nos recuerden esta esencial disposición interior de pobreza que debe caracterizar nuestro camino hacia los demás: al contemplarte, María, comprendo que debo ir hacia los otros con los pequeños medios de que dispongo. "Nuestra Señora de los pequeños medios, ruega por nosotros".

Dios te salve, María...

TERCER MISTERIO.

María camina no sólo en pobreza sino también en humildad. No es que sufra humillaciones o que trate de infligirse humillaciones. Nadie se burla de su acento galileo ni de su escaso equipaje; pasa desapercibida y eso le parece muy natural. Nadie la presta atención especial en el curso de estas marchas colectivas a ella, que lleva el Mesías esperado del pueblo judío, y que lo sabe, al menos por la naturaleza milagrosa de la concepción virginal, aunque esté lejos de haber comprendido lo que su corazón acoge ya en plenitud.

Mientras, nosotros observamos sin cesar el efecto que causamos. Si tengo un puesto importante, ¿tienen los demás plena conciencia de la importancia de mi misión? Si tengo un puesto modesto, ¿nadie se da cuenta de que valgo para más? Analizo sin cesar y experimento el choque del efecto producido. Tú, María, eres la que soñarían ser todas las mujeres de Israel, eres la Madre del Mesías de una manera simple y gratuita. Eres la Virgen pura y limpia. Consientes en paz al designio de Dios sobre ti y el lugar que ocupas. Que tu oración del Espíritu Santo purifique, María, mi corazón a fin de que me abandone en la paz, confiando en sus manos mis actividades y los trabajos que estoy llamado a desempeñar. Todo está en tus manos y no en las mías. Si me encuentro en tu compañía, María, ¿no me contagiaré sin darme cuenta de tu simplicidad, de tu pureza? ¿Y no es eso el rosario, oración que los hombres de hoy -más aún que las mujeres- preocupados por la eficacia y el rendimiento hasta en la acción apostólica, relegarían de buena gana al almacén de lo accesorio? Ojalá guardemos la fidelidad a esta oración del pobre; estar contigo, en presencia de Dios, sin grandes ideas, sin estremecimientos pseudomísticos, sin otras palabras que las tan perfecta- mente conocidas de la salutación evangélica.

Dios te salve, María...

CUARTO MISTERIO.

María camina silenciosamente. Esto no quiere decir que esté encerrada en sí misma. Hay silencios que están replegados sobre sí y son una negativa a exponerse a los hermanos o simple actitud exterior. No, María no es la promotora de una regla de vida tediosa. Es una mujer radiante, simpática, alegre. Es una mujer enamorada. ¿Quién se atrevería a dudar de su amor a José? Su amor no es un simulacro, aunque generaciones de cristianos hayan querido hacer de San José un hombre sin virilidad, un anciano compasivo. ¡Como si con eso los engrandecieran y agrandaran la decisión de virginidad que los dos tomaron! Esta pareja enamorada se comunica con facilidad y los dos se comunican fácilmente con los demás. Constituyen la alegría de su pequeña caravana pues, al obstáculo que la naturaleza humana aporta desde Adán y Eva para la comunicación fraternal no añaden ese otro que es el pecado personal.

Sin embargo, María y José se muestran silenciosos. Tú tienes, María, una larga costumbre de escuchar a Dios; llevas en tu seno el Verbo de Dios y le escuchas en tu corazón; es él quien te dice que vayas a tu prima y hacia los demás. Esa será siempre tu actitud primera: "Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón" (Lc 2, 51). Tú nos invitas a hacer lo mismo, porque tenemos la tentación de pensar que el silencio es bueno para los monjes. Sin embargo, advertimos muy bien que en nuestro caminar hacia los demás en la vida social, en la vida familiar o apostólica, se oye el ruido de nuestra vanidad, nuestros rencores y nuestra voluntad de poder. Tenemos problemas o nos los creamos.

Ojalá podamos imitándote, adquirir el silencio del corazón y comprendamos lo que antes no comprendíamos... "Sí, es cierto, me equivoqué, juzgué con harta precipitación, no comprendí que tenía que hacer esto o aquello. Pero ahora, en el silencio, encuentro el verdadero camino de la comunicación con los demás". Comunícame, María, tu pasión por tener un corazón silencioso para poder amar mejor a mis hermanos.

Dios te salve, María...

QUINTO MISTERIO.

Estamos en Ain Karem donde residían Isabel y Zacarías cuando no estaba al servicio del templo. Isabel (y Juan el Precursor en su seno) y María (y Jesús en su seno) constituyen la primera iglesia y hacen posible la efusión del Espíritu Santo en esta Iglesia naciente. No se veían a menudo pero se querían. Esta escena ha inspirado a muchos escultores de nuestras catedrales: María en los brazos de Isabel, Isabel en los brazos de María. Dos mujeres habitadas por el Espíritu Santo comparten la obra de Dios en un impulso de ternura de donde brota un fuego: Isabel, que practica la virtud del asombro, ejerce el don de la profecía -¿Cómo sabe que María es la madre de su Salvador?- y María que recoge en el Magnificat la riqueza del Antiguo Testamento para proclamar el amor de Dios y revelar su designio sobre los pobres y la liberación de los hombres. Finalmente, Juan el Bautista, que baila en el seno de su madre ante la nueva arca de la Alianza, como bailó David ante el arca de la alianza al entrar en Jerusalén.

¿Cuál es el punto de origen de esta manifestación del Espíritu Santo, de este esplendor divino que estalla? Un acto de amor verdadero, un gesto fraternal verdadero. Verdadero por pobre, humilde, por hecho en el silencio ¡Qué más simple que una ayuda a las madres! Podría creerse que no existe medida entre este acto simple y la gloria de Dios manifestada al mundo. Y sin embargo... Nos sucede lo mismo cada vez que somos capaces de franquear la distancia que nos separa de nuestros hermanos en la pobreza, la humildad y el silencio. Dios se manifiesta cada vez que hacemos un acto de amor verdadero al servicio de nuestros hermanos. Sin duda porque no somos ni María ni Isabel, no se produce la misma manifestación resplandeciente que la Visitación. Al observar a María y a Isabel, sabemos en la fe que Dios se comunica en este acto fraternal, en este camino realizado, en esta distancia franqueada. Dios se comunica con los hombres cada vez que los hombres hacen un verdadero gesto fraternal y por consiguiente, pobre, humilde y silencioso.

Esto es lo que nos confirma San ·Ambrosio-SAN en su Tratado sobre el Evangelio de San Lucas: "Feliz, le dice, tú que has creído" (Lc 1, 45). Felices vosotros también que habéis oído y creído; pues toda alma que posee la fe, concibe y da a luz la palabra de Dios y reconoce su obra. ¡Que resida en cada uno el alma de María para glorificar al Señor, en cada uno el espíritu de María para estremecerse en Dios! Aunque Cristo no tiene más que una madre según la carne, es el fruto de todos según la fe... El Señor es exaltado no porque la voz humana le añada algo, sino porque es exaltado en nosotros... Por eso, si alguien actúa con piedad y justicia, engrandece esta imagen de Dios, a cuya semejanza fue creado y al exaltarla se eleva hasta una especie de participación en su grandeza".

Que resida en cada uno de nosotros el alma de María. Que por la oración de María se nos otorgue esa pobreza, esa humildad, ese corazón silencioso a fin de que se manifieste en nosotros y en torno de nosotros la gloria de Dios.

 

ALESSANDRO PRONZATO

MARIA OBLATIVA.

En el evangelio, el episodio de la encarnación (revelación de la vocación de la Virgen), se une inmediatamente con la visitación (conciencia de la misión). La Virgen no se entretiene en complacerse en lo que le ha sucedido. Se pone de pie inmediatamente, dispuesta a partir.

Después de dejarse encontrar por Dios, va a buscar a alguien. Su "llamada" es tal que no la deja cerrada en casa, sino que la pone en la carretera. La partida es la consecuencia lógica de la obediencia. "María se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad...".

Esta imagen de la Virgen que camina aprisa por vericuetos me ha fascinado siempre. Esos pasos expresan conocimiento, decisión, coraje, alegría de un anuncio. Lleva dentro de sí un misterio. Un misterio consumado en la profundidad de su ser. Y que ahora se celebra al aire libre, en los caminos de los hombres. Dentro de poco el silencio estallará en canto. Y la Palabra se hará fuerza perturbadora. Ella ha respondido a las esperanzas de Dios. Ahora está dispuesta a responder a las esperanzas de los hombres.

El acontecimiento que se ha verificado dentro de ella, se hace mensaje, noticia que se difunde. Dios se ha hecho Emmanuel, o sea el "Dios con nosotros", porque aquella muchacha ha querido estar presente en el encuentro con él (el encuentro es, precisamente, disponibilidad para estar con...). Dios vuelve a decir sí al mundo, porque María ha salvado tantas negativas con su sí decisivo. Por eso camina de prisa. Su paso no es ciertamente el de quien sigue un entierro. Es el paso de quien anuncia el nacimiento de los "tiempos nuevos". Y ella no es espectadora, sino protagonista junto con el Espíritu. Ella es de verdad la que "atisba la aurora". Quisiera decir más: hace la aurora.

Gracias a los pasos de la Virgen, Jesús está en camino, antes aún de nacer, por los caminos del mundo. Gracias a María, que afronta un sendero intransitable, Cristo acude adonde hay una necesidad, va hacia los hombres. Dentro de poco, veremos en los evangelios a un Cristo continuamente en movimiento, "itinerante". Pero no olvidemos que Cristo ha comenzado a ser itinerante ya en el seno de su madre.

No me gustan ciertas Vírgenes que tienen al niño apretado junto a su pecho. Parece que tienen miedo a que alguien se lo lleve, o también a que lo toquen solamente. Las llamo "Vírgenes acaparadoras". Esos artistas no han entendido nada de la actitud fundamental de María. Que es oblativa, no acaparadora. Personalmente tengo sobre la mesa una pequeña imagen que me regalaron las Hermanitas del hermano Carlos de Foucauld. La Virgen está inclinada hacia adelante y sus manos sostienen al niño como una patena, para ofrecerlo. Por su parte, el niño, sonriente, parece escapar de las manos de la madre, tiende los brazos como buscando otros infinitos brazos que lo reciban. Me atrevería a decir que, tanto en la Virgen como en el niño, se advierte una especie de impaciencia. La impaciencia del don. Desde la visitación, María deja entrever esta impaciencia. Es consciente de que el Hijo no le pertenece. Está destinado a los otros. Es un don de Dios ofrecido a todos. Y ella, antes de darlo a luz, lo lleva a los destinatarios legítimos. Lo lleva hacia los hombres.

La visitación expresa un dinamismo de participación, la alegría de compartir, no la actitud celosa de quien retiene, guarda para sí un tesoro. La Virgen -para usar una expresión clásica- es una custodia. Pero una custodia que camina. No una custodia que se mantiene a distancia. Al contrario, anula las distancias. Como no me gustan las Vírgenes acaparadoras, cuyo abrazo parece ahogar y oprimir al Hijo, también me fastidian ciertos cristianos y ciertos grupos que dan la impresión de considerar a Cristo como su propiedad privada, y al cristianismo un asunto "reservado", de su exclusiva competencia.

Existe un individualismo (¡también comunitario ¡) que representa lo contrario de la lógica de la visitación.

"¡Feliz la que ha creído ¿...". Isabel inventa la bienaventuranza más adaptada a su huésped. Capta la verdadera grandeza de María. La Virgen es la que ha creído. O sea, se ha adherido a otro, se ha fiado de otro, se ha dejado llevar por otro. No ha aceptado un elenco de proposiciones, una serie de verdades, una doctrina. Se ha aferrado a una palabra, una palabra desnuda, despojada, que no le ha suministrado seguridades, no ha exhibido pruebas convincentes, pero le ha puesto en camino, la ha lanzado a lo largo de un itinerario impensado, y todavía por descubrir, le ha abierto lo imprevisible. María ha creído "las cosas que le fueron dichas de parte del Señor".

Tener fe, en el fondo, significa que Dios mantiene la palabra. La Virgen no es una criatura que sabe, sino una criatura que cree. No se siente a salvo, equipada de garantías. Se fía, no pide informaciones. No posee, por anticipado, las respuestas a todos los interrogantes. Apuesta, más bien, por Dios que no defrauda cuando una persona desmonta las propias defensas, se entrega totalmente a él. Sí, la fe. Es sólo la fe la que puede traer a Dios a un mundo que parece haberlo excluido. El cristiano, gracias a la fe, debe ser, como la Virgen, "teóforo", esto es, portador de Dios en el mundo de la ausencia.

 

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI

La Iglesia es Belén

 

¿Cómo encontrarme hoy con Jesús? ¿De verdad que está vivo? ¿Cómo contemplar su gloria? Pesando en una balanza las dificultades, no sé yo cuál vencería; si la de sus contemporáneos para ver en Jesús a Dios, o la de los modernos para encontrar en la Iglesia a Jesucristo.

"Tú, Belén, pequeña entre las aldeas de Judá; de ti saldrá el Jefe de Israel". ¿Por qué Belén? ¿Por qué el vientre joven de una nazarena? ¿Por qué el pesebre, el refugio en Egipto y la Cruz del Calvario? ¿Y de Nazaret puede salir algo que merezca la pena? ¿Y el joven Jesús, que ni es doctor, ni sacerdote, ni siquiera fariseo? ¿Por qué este hombre poco ejemplar -dicen- que no es asceta sino que come y bebe, que deja a su madre viuda en casa para irse de profeta por esos mundos de Dios, que alterna con publicanos, vendidos al poder y al dinero, que pasa los fines de semana en la finca de Lázaro, que se mezcla con pecadores ignorantes, con leprosos y con gente de mal vivir? No te engañes, hermano, no sueñes. Abre los ojos y aterriza en la verdad. No busques a Jesús en tu imaginación, ni a su Iglesia en Olimpos de perfección. El Verbo se hace hombre con todas las consecuencias, excepto el pecado: niño, fugitivo, artesano, sudoroso, fatigado, decepcionado, fracasado, crucificado. Y Jesús se elige un Pueblo como el pescador que echa las redes en el mar del mundo: sale de todo. Y si algo tendrán que proclamar los apóstoles primeros y los de hoy, es el perdón de los pecados.

¿Dónde encontrar hoy a Jesús? Tendrás que ir a Belán, aunque te resulte humillante, "pequeña entre las aldeas". Tendrás que ir a la Iglesia cargada de sombras. Y no esperes tropezar con espíritus angelicales; más probablemente con un cura pecador y con una Comunidad necesitada de celebrar continuamente el perdón de Dios. Ese Jesús, Dios, que es verdaderamente hombre. Esa Iglesia que es verdaderamente comunidad de pecadores. Pero en el Niño del pesebre de Belén y en las manos pecadoras de la Iglesia, está el Tesoro. El que lo encuentra, va, vende lo que tiene y lo compra: sin remilgos. Sin acusaciones pueriles a la Iglesia, sino más bien agradecido a ella, que será muy humana, pero le descubrió lo que buscaba su corazón.

Te digo una cosa: Cuando a través de un cura o de un seglar, en la calle o en el templo, escuches la Noticia de la Salvación que trae Jesús, y sientas que algo se alegra y se mueve dentro de ti, no vaciles ni te hagas líos mentales. Recuerda a Isabel. Ella ante el Jesús encerrado en el seno de su prima María, y tú ante el Jesús encerrado en la predicación de la Iglesia. Que no en vano tiene en María su Madre y Modelo.

Alégrate y grita con Isabel:¡Bendita tú, Iglesia, entre las naciones, y bendito el fruto de tu predicación y de tus sacramentos!. Y dichoso tú si has creído. Porque lo que te ha dicho el Señor, se cumplirá.

 

OCARM

Meditatio

a) Clave de lectura 

Parte integrante del mensaje evangélico de Lucas es la necesidad de la conversión; metanoia, o sea, el cambiar la propia mentalidad por el modo de pensar y obrar de Dios. 

Muchas veces encontramos en el Evangelio de Lucas escenas en la que la misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y los humildes de corazón (Lc 1, 465; 2, 1-20; 5, 12-31; 6, 17-38). Estas escenas contrastan con el tratamiento severo reservado a los ricos y orgullosos que tienen el corazón duro y cerrado para Dios y para el prójimo necesitado (Lc 16, 19-31; 17, 1-3).

El texto que nos propone la liturgia dominical nos presenta esta temática. El pasaje 3, 10-18, es parte de la exposición lucana de la predicación del Bautista como preparación al ministerio de Jesús. Juan Bautista anuncia la venida inminente del día del Señor: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?” (Lc 3,7). Los profetas habían anunciado la llegada de este día de ira y de salvación, como también la venida de un mensajero reconocido como Elías (Sir 48,11), que preparase el camino delante del Señor (Mal 3, 1-5). En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara el día de la llegada del Señor, el Mesías: “viene uno que es más fuerte que yo” (Lc 3,16). El ministerio de Juan de hecho se desarrolla en un tiempo de grandes expectativas mesiánicas: “el pueblo estaba expectante” (Lc 3, 15) y pide al Bautista si era él el Mesías. Esta petición se hará también con relación a la persona de Jesús (Lc 9, 7-9; 18-21) que en seguida revela su identidad con la confirmación implícita de la profesión de fe de Pedro.

En los versículos 3,1-18 del evangelio de Lucas, tenemos todo cuanto se refiere al ministerio y la misión de Juan Bautista. Él ha sido enviado para bautizar en señal de arrepentimiento y de predicar la conversión que lleva la salvación: “haced pues obras dignas de conversión” (Lc 3,7); “yo os bautizo con agua” (Lc 3,16). Con su predicación, Juan “anunciaba la buena noticia” (Lc 3,18), que la salvación no estaba reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los publicanos y soldados (Lc 3, 10-14) y a todos los que obran con justicia y caridad. Jesús a su vez aclarará más esta verdad con su comportamiento misericordioso hacia los publicanos, los pecadores y los marginados (Lc 7,1-10, 36-50; 17,11-19; 18, 9-14). El tema de la salvación está en los hechos estrictamente ligados a la venida del Reino de Dios, que está en medio de nosotros (Lc 17, 20-21) y tiene una implicación social de justicia, de igualdad entre todas las personas (Lc 3,10-14), por tanto la salvación no es solamente una realidad abstracta e individual, sino real y colectiva. Esta salvación nos viene ofrecida por Dios en aquel que nos bautiza en Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16b). “Él tiene el bieldo para limpiar su era y para recoger el trigo en el granero; pero la paja, la quemará con fuego que no se apaga” (Lc 3,17). Muchas veces con el transcurrir del relato evangélico, Jesús hará símiles referencias en su predicación sobre la venida del Reino, con amonestaciones y parábolas (Lc 13,1-5; 17, 22 – 37). Se puede decir que, al tratar del ministerio y la misión de Jesús, Lucas nos hace ver el perfeccionamiento de la predicación y del anuncio de Juan. Aquí se puede hacer referencia a lo que Jesús dice en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oídos con vuestros oídos”. (Lc 4,21) 

b) Algunas preguntas para orientar la meditación y actualizarla 

a)    Necesidad de la conversión: metanoia o sea, el cambiar la propia mentalidad imperfecta según el modo de pensar y de obrar de Dios. ¿Siento yo esta necesidad? 

b)    La misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y para los humildes de corazón. ¿Me identifico con ellos? 

c)    “El pueblo estaba expectante” (Lc 315) Los primeros cristianos esperaban con ansia la segunda venida del Señor: El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven! Y aquel que escuche repita: ¡Ven!” (Apoc 22,17). ¿Atiendo yo a la venida del Señor o estoy del todo inmerso en la vida material, y por tanto, atraído desordenadamente por todo lo que pasa? 

d)    En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara al pueblo a la primera venida del Señor Jesús, el Mesías. La Iglesia ha recibido la misma misión de preparar el camino del Señor que viene: “¡Sí, vendré presto!” (Apoc 22, 20). ¿Qué puedo yo hacer para preparar la segunda venida del Señor? 

e)    La salvación no está reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los que son considerados por nosotros “indignos” de la salvación de Dios. En el tiempo de Jesús en la categoría de “indignos” se incluían los publicanos y paganos. Hoy, ¿quiénes son esas personas que tantas veces vienen consideradas “indignas” de la salvación? 

f)    El tema de la salvación está estrechamente unido a la venida del Reino de Dios, que tiene una implicación social de justicia: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21,5). ¿Qué puedo yo hacer para promover la justicia en un mundo que parece que gusta de caminar con estructuras de injusticia social?

 

 

 

 

 

 


IV DOMINGO DE ADVIENTO

Antífona de entrada     Cf. Is 45, 8
Envíen los cielos el rocío de lo alto, y las nubes derramen la justicia.
Ábrase la tierra y brote el Salvador.

No se dice Gloria.

Oración colecta
Señor, Derrama tu gracia en nuestros corazones,
y ya que hemos conocido por el anuncio del Ángel
la encarnación de tu Hijo Jesucristo,
condúcenos por su Pasión y su Cruz,
a la gloria de la resurrección.
Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas

Te pedimos, Padre, que el mismo Espíritu
que fecundó con su poder el seno de María, la Virgen Madre,
santifique estos dones que hemos depositado sobre tu altar.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

PREFACIO III DE ADVIENTO

 

CRISTO, SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA


En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.

Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.

En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.

El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la esperanza dichosa de su reino.

Por eso, mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo...


Antífona de comunión     Is 7, 14
La virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y lo llamará con el nombre de Emmanuel.

Oración después de la comunión
Después de recibir el anticipo de nuestra redención eterna,
te rogamos, Dios todopoderoso,
que cuanto más se acerca el alegre día de la salvación,
tanto más se acreciente nuestro fervor
para celebrar dignamente el misterio del nacimiento de tu Hijo.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

1. Adviento

Dios todopoderoso y lleno de misericordia,

por la primera venida de su Hijo Unigénito, en la que creemos,

y por la segunda que esperamos,

los ilumine con su luz

y los colme con su bendición.

R. Amén.

 

En el camino de esta vida los haga constantes en la fe,

alegres en la esperanza

y activos en la caridad.

R. Amén.

 

Para que, celebrando la venida en el tiempo de nuestro Redentor,

sean recompensados con el don de la Vida eterna

cuando el venga por segunda vez en la gloria.

R. Amén.

 

Y la bendición de Dios todopoderoso,

del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

R. Amén.

 


 

LECCIONARIO DOMINICAL

De ti nacerá el que debe gobernar a Israel

Lectura de la profecía de Miqueas     5, 1-4ª


Así habla el Señor:
Y tú, Belén Efratá,
tan pequeña entre los clanes de Judá,
de ti me nacerá el que debe gobernar a Israel:
sus orígenes se remontan al pasado,
a un tiempo inmemorial.

Por eso, el Señor los abandonará
hasta el momento en que dé a luz
la que debe ser madre;
entonces el resto de sus hermanos
volverá junto a los israelitas.
El se mantendrá de pie y los apacentará
con la fuerza del Señor,
con la majestad del nombre del Señor, su Dios.

Ellos habitarán tranquilos,
porque él será grande
hasta los confines de la tierra.
¡Y él mismo será la paz!

Palabra de Dios.



SALMO     79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19


R.
 Restáuranos, Señor del universo.

Escucha, Pastor de Israel,
tú que tienes el trono sobre los querubines,
resplandece, reafirma tu poder
y ven a salvarnos. 
R.

Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso. 
R.

Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que Tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre. 
R.

Aquí estoy para hacer, Dios, tu voluntad

Lectura de la carta a los Hebreos     10, 5-10


Hermanos:
Cristo, al entrar en el mundo, dijo:
«Tú no has querido sacrificio ni oblación;
en cambio, me has dado un cuerpo.
No has mirado con agrado los holocaustos
ni los sacrificios expiatorios.
Entonces dije: Dios, aquí estoy, yo vengo
-como está escrito de mí en el libro de la Ley-
para hacer tu voluntad».
El comienza diciendo: «Tú no has querido ni has mirado con agrado los sacrificios, los holocaustos, ni los sacrificios expiatorios, a pesar de que están prescritos por la Ley». Y luego añade: «Aquí estoy, yo vengo para hacer tu voluntad». Así declara abolido el primer régimen para establecer el segundo. Y en virtud de esta voluntad quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre.

Palabra de Dios.

ALELUIA     Lc 1, 38


Aleluia.
Yo soy la servidora del Señor;
que se cumpla en mí lo que has dicho.
Aleluia.

EVANGELIO

¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     1, 39-45
En aquellos días:
    María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó:
    «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor.»

Palabra del Señor.

 


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