7 domingo del Tiempo Ordinario (C)
Liturgia Viva. VII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver 2 Cor 5,18)
Dios fue quien nos reconcilió
consigo mismo en Cristo
y nos dio la tarea
de heredar y transmitir su reconciliación.
Que el Señor del perdón esté con ustedes.
Introducción por el Celebrante
Si somos capaces de hacerlo con la gracia de Dios, quizás no hay nada que nos lleve más cerca de Dios y nos haga tan semejantes a él como la buena disposición para perdonar y la actitud de amar incluso a los enemigos. Estas actitudes son muy contrarias a nuestros sentimientos humanos de no querer ser el hazmerreír de nadie o de ser tratado como un trapo. Y sin embargo el evangelio insiste: Ustedes, que eran enemigos de Dios, ustedes que han recibido el perdón, perdonen también, reconcíliense, sean misericordiosos como su Padre del cielo es misericordioso.
Acto Penitencial
Dios es paciente con nosotros. Podemos siempre acercarnos a él y recibir su perdón. Ahora pidámosle a él y a los hermanos que nos perdonen. (Pausa)
Señor Jesús, tú nos aseguras que el Padre ha olvidado nuestros pecados. Sin embargo, nosotros no podemos olvidar que otros nos han herido y ofendido: R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, por medio de ti el Padre nos transformó: de ser personas que actuaban como enemigos suyos, a ser sus amigos a quienes él ama sinceramente: R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tu viniste no a condenar, sino a salvar lo que estaba perdido. Pero nosotros con facilidad juzgamos y condenamos: R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y continúa perdonando nuestros pecados. Haznos agradecidos y misericordiosos, y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos a nuestro Padre en el cielo
que nos dé un poco de su bondad
y de su bondadosa misericordia.
(Pausa)
Señor Dios, Padre misericordioso:
Tú ves con agrado que tu Hijo nos pida,
con su palabra y su ejemplo,
que no devolvamos mal por mal
y que nos mostremos disponibles
a quienquiera que sea exigente con nosotros.
Haznos totalmente conscientes de que esto es
lo que tú y Jesús han hecho por nosotros.
Que tu Santo Espíritu nos inspire
con una fuerte confianza en tu amor misericordioso,
y nos ayude a llegar a ser un poco como tú,
que eres siempre para con nosotros
mejor de lo que nosotros podremos ser para los hermanos.
Concédenoslo por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (1 Sam 26,2.7-9.12-13.22-23): Un Hombre de Corazón Grande
David va huyendo de la venganza de Saúl. Cuando tiene a Saúl en su poder, le perdona la vida, porque la vida del rey es sagrada. La misericordia de Dios se hace visible en David.
Segunda Lectura (1 Cor 15,45-49): Tenemos que Volvernos Semejantes a Cristo
Nosotros tendemos a seguir meramente nuestras inclinaciones humanas. Cristo es nuestro modelo; él nos muestra en sí mismo el tipo de persona espiritual a la que estamos llamados y él nos da la fuerza para llevarlo a cabo.
Evangelio (Lk 6,27-38): Sean Compasivos Como su Padre es Compasivo
Jesús y el evangelio son un reto constante para ir más allá de un mero código humano en nuestras relaciones con los otros. Nos llama a seguirle a él en su modo radical, teniendo siempre como nuestro modelo el amor misericordioso de Dios.
Oración de Los Fieles
Nuestro Padre del cielo ha sido extremadamente bueno con nosotros. Oremos para que su amor misericordioso marque nuestras relaciones con cada uno de nuestros hermanos, y digamos:
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Por todos los cristianos, para que nuestra disposición para perdonar y nuestra constante búsqueda de tolerancia y paz sean motivadas por Cristo y su evangelio, como nuestros modelos de conducta cristiana, roguemos al Señor.
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Por todos los que difícilmente pueden creer en el perdón, por los que no dan a los otros, nuevas oportunidades, por los que siguen almacenando rencor y resentimiento en su corazón, por los cegados y endurecidos por el odio, para que Dios les cambie el corazón y les haga compasivos y misericordiosos, roguemos al Señor.
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Por todas las naciones del mundo, para que sus metas y objetivos no sean el dominio político o económico, sino la amistad y solidaridad universal, respetando siempre los derechos y los intereses de cada uno, roguemos al Señor.
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Por los perseguidores y enemigos de los que creen, para que el Dios misericordioso les perdone y abra sus ojos al amor creativo de los planes de Dios para cada ser humano, roguemos al Señor.
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Por nuestras comunidades cristianas y por todos sus miembros, para que oigamos el llamado de Jesús a eliminar de nosotros toda división y egoísmo, y que podamos vencer al mal con bondad y grandeza de corazón, roguemos al Señor.
R/ Señor, que participemos de tu amor compasivo.
Padre misericordioso, tú amas todavía a los que te han sido ingratos y desleales -incluidos nosotros-. Ayúdanos a entregarnos como tú, con corazón compasivo, a nuestros hermanos, ya que tú eres de verdad Padre misericordioso de todos nosotros, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre misericordioso:
Tú nos preparas la mesa de tu Hijo
como un signo de tu amor abierto a todos
en un mundo tantas veces inhumano y cruel.
Así como hemos aceptado tu invitación,
que sepamos también aceptar todas sus consecuencias,
para que tu amor compasivo
se haga carne y sangre en nosotros,
que somos débiles e inseguros,
y que se beneficien amigos y enemigos por igual
por la fuerza de Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Nos unimos a Jesús en su sacrificio, por el cual nos trajo el perdón y misericordia de Dios. Que esta oblación de sí mismo nos colme con el perdón de Dios y nos disponga a perdonar a los otros.
Invitación al Padre Nuestro
Pidamos a nuestro Padre en el cielo
que sepamos perdonar como él nos ha perdonado
y dar, así como nosotros hemos recibido de él.
Digamos con Jesús:
R/ Padre nuestro…
Invitación al Rito de Paz
En respuesta al llamado de Jesús
olvidemos nuestras diferencias y egoísmos
y deseémonos unos a otros la paz, la alegría y amistad.
Que la paz del Señor esté siempre con ustedes.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
modelo de todo lo que nosotros
estamos llamados a ser
y que nos lleva a nuestro Padre misericordioso.
Dichosos nosotros, invitados a esta sana cena.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios, Padre amoroso:
En esta eucaristía, en tu Hijo,
tú nos has mostrado la medida perfecta de tu amor.
Que él sea nuestra fuerza
que nos ayude a aprender a dar
y a perdonarnos los unos a los otros
con tu propia medida singular,
para que seamos tus hijos e hijas
por medio de Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición
En esta celebración eucarística
Jesús nos ha proclamado un mensaje exigente.
Ojalá no tomemos esas palabras
como exageraciones de oratoria vacía,
sino como un reto que exige una respuesta.
Si recurrimos al Dios misericordioso,
estamos obligamos a ser también misericordiosos.
Y si nos tememos que esto sea
algo por encima de nuestras fuerzas,
danos la gracia de estar seguros
de que lo podemos llevar a cabo
con la fuerza y bendición de Dios todopoderoso.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros
y nos acompañe siempre.
Amad a vuestros enemigos.
El mensaje del Evangelio de hoy es de esos que, quizá, no precisaría de muchos comentarios. Bastaría con leerlo tranquilamente, para que entendiéramos lo que Jesús nos quería decir. Lo que no significa que estemos siempre de acuerdo, o que sea fácil de cumplir. Por eso es bueno meditar un poco sobre ese Evangelio y sobre las demás lecturas.
Es que algunas veces parece que Jesús exagera con sus propuestas - peticiones. Parece que nos pide imposibles. No tenemos muchas ganas de ir por el mundo recibiendo bofetadas, y poniendo además la otra mejilla. Y no nos apetece andar comprando abrigos cada dos por tres, que sale muy caro ir regalando el que llevamos puesto. El caso es que no es para tomárselo a broma, por eso quizá tengamos la tentación de censurar o, directamente, saltarnos esta página, cuando leemos el Evangelio. Porque con los Diez Mandamientos nos basta y nos sobra. Son más razonables, por decirlo así.
Pero, a la hora de la verdad, este texto está en los Evangelios porque se consideró útil para la vida de los creyentes de todos los tiempos. Para andar por el mundo los Diez Mandamientos no son suficientes, sobre todo si los vivimos de forma algo superficial. Ciertamente, en nuestro camino nos podemos encontrar con gente que nos insulte, que nos maldiga, que nos injurie, que no devuelva lo que le prestamos, incluso que nos odie. ¿Qué hacer en esos casos, para responder evangélicamente? ¿Dejarnos llevar por el espíritu del mundo – y tú más – o por el espíritu del Evangelio? El instinto natural lleva al discípulo a reaccionar, a pagar con la misma moneda, a responder a la violencia con la violencia, al mal con otro mal y con venganza. Esta página evangélica se conservó para que los discípulos del tiempo de Jesús, y de todos los tiempos, supiéramos cómo reaccionar.
Ya en la primera lectura aparece el conflicto entre la lógica humana y la lógica de Dios. Abisay, fiel escudero de David, quiere vengar a su señor, matando al que quiere matarlos. David, por el contrario, sin ser un santo (que tenía lo suyo también) toma la decisión “evangélica”. Perdona a su perseguidor, porque entiende que Saúl es el ungido de Dios y, a pesar de todo, debe respetarlo. La elección del perdón hecha por David ya es un paso significativo hacia el amor del enemigo que predicará años después el Maestro.
Para reflexionar sobre este texto de Lucas, tenemos que recordar unas palabras del domingo pasado: “Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.” No sólo en la teoría, sino en el día a día.
O podemos también recordar la historia de muchos mártires, jóvenes o mayores, capaces de morir por aquello en lo que creían. Como los Beatos Mártires Claretianos de la Guerra Civil española del año 1936, por ejemplo. Con su testimonio les decían a sus asesinos que “nos podéis quitar la vida, pero es a Otro a quien hemos hecho entrega de nuestra voluntad. Nuestra conciencia no está a merced de vuestras promesas o de vuestras amenazas”. Los mártires no pasaron de puntillas por esta página del Evangelio. Y morir por Cristo es vivir con la radicalidad propia de una situación de vida o muerte el primer mandamiento: «amarás a Dios sobre todas las cosas». Lo amarás con todo tu corazón, con toda tu alma, o sea, con tu vida misma. Y perdonando a los que te asesinan.
Todo esto no tiene lugar automáticamente. Nos recuerda san Pablo que “no es primero lo espiritual, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.” Hay que recorrer un camino, que sólo se puede andar junto a y con la ayuda de Jesús. Sólo un corazón profundamente reconciliado (y esto es obra de Dios) puede aceptar esta iluminación del Espíritu, para reaccionar de forma pacífica ante una agresión, dominando los impulsos, en el terreno del bien y evitando responder al mal con el mal.
Los ejemplos que encontramos en este Evangelio no siempre hay que tomárselos al pie de la letra. Por supuesto que podemos responder, en defensa propia, si nos atacan a nosotros o a los nuestros. No hablamos de eso. Lo que Jesús quiere es que sus discípulos se dejen mover por su Espíritu, por el Espíritu de Dios, que sean testigos del amor incondicional de Dios. Y para que se entienda bien, nos da los ejemplos de la bofetada, de la capa, del pedigüeño. Se trata de ser generosos, como lo es Dios con nosotros. Romper el círculo vicioso del “ojo por ojo y diente por diente” y no rehuir al que nos tiende la mano, pidiendo ayuda.
Podríamos decir que este relato es un “manual de emergencia para tiempos de crisis y para tiempos corrientes”. Es una forma de responder cristianamente a los golpes del día a día; no dejar que las debilidades o las malas jugadas de los otros nos agrien el humor; que no se nos caliente la cabeza (y la sangre) por lo que digan de nosotros, incluso si no es verdad. Esta sabiduría y este valor para vencer al mal a fuerza de bien son don del Resucitado.
¿Por qué? ¿Por qué hemos de comportarnos así? ¿Por qué dirige Jesús esta invitación a los discípulos? Porque eres hijo de Dios, y Dios es así, Dios se comporta así. Hace que salga el sol para buenos y malos, que llueva sobre los campos de los justos y sobre los de los pecadores. La pregunta de hoy es, entonces: ¿quieres ser rostro de Dios en medio de la gente? Hacen falta en nuestra sociedad esos rostros de Dios. Vive la gratuidad, vive la respuesta paradójica. ¿Por qué? Porque eres discípulo de Jesús. Y ya sabes cómo se condujo Jesús: toda su vida estuvo presidida por la gratuidad. Y la suya fue una respuesta paradójica. Conscientes de que nuestra forma de pensar sobre todas estas cosas necesita ser corregida y conscientes también de nuestra debilidad, nos disponemos a confesar la fe (en este clima de paz litúrgica) y a orar.
EVANGELIO
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,27-38
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- A los que me escucháis os digo: amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues si amáis sólo a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien sólo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores lo hacen.
Y si prestáis sólo cuando esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores con intención de cobrárselo.
¡No! Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada: tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados; dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis la usarán con vosotros.
Palabra de Dios.
SIN ESPERAR NADA
Haced el bien... sin esperar nada.
¿Por qué tanta gente vive secretamente insatisfecha? ¿Por qué tantos hombres y mujeres encuentran la vida monótona, trivial, insípida? ¿Por qué se aburren en medio de su bienestar? ¿Qué les falta para encontrar de nuevo la alegría de vivir?
Quizás, la existencia de muchos cambiaría y adquiriría otro color y otra vida, sencillamente si aprendieran a amar gratis a alguien. Lo quiera o no, el ser humano está llamado a amar desinteresadamente; y, si no lo hace, en su vida se abre un vacío que nada ni nadie puede llenar. No es una ingenuidad escuchar las palabras de Jesús: «Haced el bien... sin esperar nada». Puede ser el secreto de la vida. Lo que puede devolvernos la alegría de vivir.
Es fácil terminar sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida.
Pero eso, ¿es vida? Despreocupado de todos, reducido a mi trabajo, mi profesión o mi oficio, impermeable a los problemas de los demás, ajeno a los sufrimientos de la gente, me encierro en mi «campana de cristal». ¿Para qué? ¿Para encontrar mi felicidad?
Vivimos en una sociedad donde es difícil aprender a amar gratuitamente. En casi todo nos preguntamos: ¿Para qué sirve? ¿Es útil? ¿Qué gano con esto? Todo lo calculamos y lo medimos. Nos hemos hecho a la idea de que todo se obtiene «pagando»: alimentos, vestido, vivienda, transporte, diversión. Y así corremos el riesgo de convertir todas nuestras relaciones en puro intercambio de servicios.
Pero, el amor, la amistad, la acogida, la solidaridad, la cercanía, la intimidad, la lucha por el débil, la esperanza, la alegría interior.., no se obtienen con dinero. Son algo gratuito que se ofrece sin esperar nada a cambio, si no es el crecimiento y la vida del otro.
Los primeros cristianos, al hablar del amor utilizaban la palabra ágape, precisamente para subrayar más esta dimensión de gratuidad, en contraposición al amor entendido sólo como eros y que podía tener para muchos una resonancia de interés y egoísmo.
Hay muchos hombres y mujeres entre nosotros que sólo pueden recibir un amor gratuito, pues no tienen apenas nada para poder devolver a quien se les quiera acercar. Personas solas, maltratadas por la vida, incomprendidas por casi todos, empobrecidas por la sociedad, sin apenas salida alguna en la vida.
Helder Cámara nos recuerda la invitación de Jesús con estas palabras: «Para liberarte de ti mismo, lanza un puente más allá del abismo de la sociedad que tu egoísmo ha creado. Intenta ver más allá de ti mismo. Intenta escuchar a algún otro, y, sobre todo, prueba a esforzarte por amar en vez de amarte a ti sólo».
¿QUÉ ES PERDONAR?
Amad a vuestros enemigos.
El mensaje de Jesús es claro y rotundo: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian». ¿Que podemos hacer con estas palabras?, ¿suprimirlas del Evangelio?, ¿tachar las como algo absurdo e imposible?, ¿dar rienda suelta a nuestra irritación? Tal vez, hemos de empezar por conocer mejor el proceso del perdón.
Es importante, en primer lugar, entender y aceptar los sentimientos de cólera, rebelión o agresividad que nacen en nosotros. Es normal. Estamos heridos. Para no hacernos todavía más daño, necesitamos recuperar en lo posible la paz y la fuerza interior que nos ayuden a reaccionar de manera sana.
La primera decisión del que perdona es no vengarse. No es fácil. La venganza es la respuesta casi instintiva que nos nace de dentro cuando nos han herido o humillado. Buscamos compensar nuestro sufrimiento haciendo sufrir al que nos ha hecho daño. Para perdonar es importante no gastar energías en imaginar nuestra revancha.
Es decisivo, sobretodo, no alimentar nuestro resentimiento. No permitir que la hostilidad y el odio se instalen para siempre en nuestro corazón. Tenemos derecho a que se nos haga justicia: el que perdona no renuncia a sus derechos. Lo importante es irnos curando del daño que nos han hecho.
Perdonar puede exigir tiempo. El perdón no consiste en un acto de la voluntad que lo arregla rápidamente todo. Por lo general, el perdón es el final de un proceso en el que intervienen también la sensibilidad, la comprensión, la lucidez y, en el caso del creyente, la fe en un Dios de cuyo perdón vivimos todos.
Para perdonar es necesario a veces compartir con alguien nuestros sentimientos, recuerdos y reacciones. Perdonar no quiere decir olvidar el daño que nos han hecho, pero sí recordarlo de otra manera menos dañosa para el ofensor y para uno mismo. El que llega a perdonar se vuelve a sentir mejor. Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.
Quien va entendiendo así el perdón, comprende que el mensaje de Jesús, lejos de ser algo imposible e irritante, es el camino más acertado para ir curando las relaciones humanas. siempre amenazadas por nuestras injusticias y conflictos.
NO MANIPULAR EL PERDÓN
Amad a vuestros enemigos.
«Dime cómo hablas del perdón, y te diré qué objetivo persigues.» Es lo que he sentido al analizar mucho de lo que se ha dicho y escrito entre nosotros sobre el perdón estos últimos años. Muchas voces se han hecho oír no para perdonar, sino para reclamar a las víctimas el perdón o para exigir a los agresores que lo pidan; para precisar las condiciones en que tal vez sería posible concederlo, o para declararlo inútil y hasta dañoso mientras no haya arrepentimiento previo. No es difícil advertir bajo tanta palabra interesada una instrumentalización que vacía de contenido el concepto genuino del perdón cristiano.
Este perdón brota siempre de una experiencia religiosa. El cristiano perdona porque se siente perdonado por Dios. Toda otra motivación es secundaria. Perdona quien sabe que vive del perdón de Dios. Ésa es la fuente última. «Perdonaos mutuamente como Dios os ha perdonado en Cristo» (Ef 4, 32). Olvidar esto es hablar de otra cosa muy diferente del perdón evangélico.
Por eso, el perdón cristiano no es un acto de justicia. No se le puede reclamar ni exigir a nadie como un deber social. Jurídicamente, el perdón no existe. El código penal ignora el verbo «perdonar». El gesto sorprendente y muchas veces heroico del perdón nace de un amor incondicional y gratuito. No depende de condiciones previas. No exige nada, no reclama nada. Si se perdona es por puro amor. Hablar de requisitos para perdonar es introducir el planteamiento de otra cosa.
En el Evangelio se invita simbólicamente a perdonar «hasta setenta veces siete» (Mt 1 8, 22), a perdonar incluso al agresor que no muestra arrepentimiento alguno, desde la actitud del mismo Cristo que en el momento en que está siendo crucificado grita a Dios: «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Le 23, 34).
Nadie se ha de engañar. Perdonar no es fácil. Es mejor confesarlo así. Todo menos manipular el discurso del perdón para exigir a otros responsabilidades o para defender cada uno nuestra propia posición. Hace unos años Juan Pablo II invitaba a «custodiar la autenticidad del perdón», algo que sólo es posible «custodiando su fuente, esto es, la misericordia del mismo Dios, revelada en Jesucristo» (Dives in misericordia, 14).
No es posible escuchar la llamada de Jesús: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen», si uno no conoce la experiencia de ser perdonado por Dios.
NADA HAY MAS IMPORTANTE
Haced el bien a los que os odian.
Para muchas personas, el perdón es una palabra sin apenas contenido real. La consideran un valor con el que se identifican interiormente, pero nunca han pedido perdón ni lo han concedido. No han tenido ocasión de experimentar personalmente la dificultad que encierra ni tampoco la riqueza que entraña el acto de perdonar.
Sin embargo, el clima social que se ha generado entre nosotros, con enfrentamientos callejeros, insultos, amenazas y agresiones, al mismo tiempo que abre heridas y despierta sentimientos de odio y rechazo mutuo, está exigiendo, a mi juicio, un planteamiento realista del perdón.
Las posturas ante el perdón son diferentes. Muchos lo rechazan como algo inoportuno e inútil. En algunos sectores se escucha que hay que «endurecer» la dinámica de la lucha, «hacer sufrir» a todos, «presionar» con violencia a la sociedad entera; desde esta perspectiva, el perdón sólo sirve para «debilitar» o «frenar» la lucha; hay que llamar al pueblo a todo menos al perdón. En otros sectores, se dice que es necesario «mano dura», «cortar por lo sano», «devolver con la misma moneda»; el perdón sería, entonces, un «estorbo para actuar con eficacia.
Otros lo consideran, más bien, como una actitud sublime y hasta heroica, que está bien reconocer, pero que en estos momentos es mejor dejar a un lado como algo imposible. Ya hablaremos de perdón, amnistía y reconciliación cuando se den las condiciones adecuadas. Por ahora es más realista y práctico alimentar la agresividad y el odio mutuo.
Hay, además, quienes se erigen en jueces supremos que dictaminan lo que se podría tal vez perdonar y lo que resulta «imperdonable». Ellos son los que deciden cuándo, cómo y en qué circunstancias se puede conceder el perdón. Por otra parte, si se perdona, será para recordar siempre al otro que ha sido perdonado; el perdón se convierte así en lo que el filósofo francés, Olivier Abel, llama «eternización del resentimiento»
Sé que no es fácil hablar del perdón en una situación como la nuestra. ¿Cómo perdonar a quien no se considera culpable ni se arrepiente de nada?, ¿a quién perdonar cuando uno se siente herido por un colectivo?, ¿qué significa perdonar cuando, al mismo tiempo, es necesario exigir en justicia la sanción que restaure el orden social? Cuestiones graves todas ellas, que muestran el carácter complejo del perdón cuando se plantea con rigor y realismo.
Sin embargo, hay algo que para mí está claro. Nada hay más importante que ser humano. Y estoy convencido de que el hombre es más humano cuando perdona que cuando odia. Es más sano y noble cuando cultiva el respeto a la dignidad del otro que cuando alimenta en su corazón el rencor y el ánimo de venganza.
Entre nosotros se está olvidando que lo primero es ser humanos. Inmenso error. Un pueblo camina hacia su decadencia cuando las ideologías y los objetivos políticos son usados contra el hombre. Mientras tanto, el mensaje de Jesús sigue siendo un reto: «Haced el bien a los que os odian.»
AMOR AL ENEMIGO
Amad a vuestros enemigos.
«A los que me escucháis os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian.» ¿Qué podemos hacer los creyentes de hoy ante estas palabras de Jesús? ¿Suprimirlas del evangelio? ¿Borrarlas del fondo de nuestra conciencia? ¿Dejarlas para tiempos mejores?
No cambia mucho en las diferentes culturas la postura básica de los hombres ante el «enemigo», es decir, ante alguien de quien sólo se pueden esperar daños y peligros.
El ateniense Lisias (s. y antes de Cristo) expresa la concepción vigente en la antigüedad griega con una fórmula que sería bien acogida en nuestros tiempos: «Considero como norma establecida que uno tiene que procurar hacer daño a sus enemigos y ponerse al servicio de sus amigos.»
Por eso hemos de destacar todavía más la importancia revolucionaria que se encierra en el mandato evangélico del amor al enemigo, considerado por los exégetas como el exponente más diáfano del mensaje cristiano.
Cuando Jesús habla del amor al enemigo no está pensando en un sentimiento de afecto y cariño hacia él (philia), menos todavía en una entrega apasionada (eros), sino en una apertura radicalmente humana, de interés positivo por la persona del enemigo (ágape).
Este es el pensamiento de Jesús. El hombre es humano cuando el amor está en la base de toda su actuación. Y ni siquiera la relación con los enemigos debe ser una excepción. Quien es humano hasta el final, descubre y respeta la dignidad humana del enemigo por muy desfigurada que se nos pueda presentar. Y no adopta ante él una postura excluyente de maldición, sino una actitud positiva de interés real por su bien.
Quien quiera ser cristiano y actuar como tal en el contexto de violencia generado entre nosotros ha de vivir todo este conflicto sin renunciar a amar, cualquiera que sea su posición política o ideológica.
Y es precisamente este amor universal, que alcanza a todos y busca realmente el bien de todos sin exclusiones, la aportación más positiva y humana que puede introducir el ciudadano o el político cuya actuación quiera inspirarse en la fe cristiana.
Este amor cristiano al enemigo parece casi imposible en el clima de indignada crispación que provoca la violencia terrorista. Sólo recordar las palabras evangélicas puede resultar irritante para algunos. Y, sin embargo, es necesario hacerlo si queremos vernos libres de la deshumanización que generan el odio y la venganza.
Hay dos cosas que los cristianos podemos y debemos recordar hoy en medio de esta sociedad, aun a precio de ser rechazados. Amar al delincuente injusto y violento no significa en absoluto dar por buena su actuación injusta y violenta. Por otra parte, condenar de manera tajante la injusticia y crueldad de la violencia terrorista no debe llevar necesariamente al odio hacia quienes la instigan o llevan a cabo.
ASUNTO DE AMOR
Haced el bien y prestad sin esperar nada.
Ser cristiano no es un asunto de voluntad ni de aceptar una determinada concepción de la vida, sino fundamentalmente es un asunto de amor.
El cristiano es un hombre que descubre que es amado de manera insondable y radical y siente que el único modo de responder a ese amor es vivir amando.
Naturalmente, todo esto puede parecer a más de uno ingenuas elucubraciones que no conducen a ninguna parte. Pero lo cierto es que sin amor la vida se vacía de sentido.
Cuando uno no se siente amado, aunque tenga de todo, en realidad no tiene nada pues el vacío de amor no se puede llenar con cosas ni personas.
Por otra parte, cuando uno no sabe amar y deja sin resolver el problema del amor, puede cubrir su vacío con mil caretas pero, en el fondo, no está haciendo sino ocultar su fracaso como ser humano.
Unos se esconden detrás del dinero. Otros tras el poder. Crece en ellos la necesidad de acaparar y tener seguridad, pero no saben disfrutar de lo mejor que tiene la existencia, que es la amistad y el amor.
En realidad, cuando uno no sabe amar, corre el riesgo de irse haciendo indiferente o cínico, cauto o desconfiado, agresivo o explotador. Poco a poco se habitúa a vivir dominando a los más débiles y concentrando todos sus esfuerzos en aparentar, sobresalir y triunfar.
En nuestra sociedad nacen y se desarrollan ideologías que siempre encierran algo de verdad. Se conciben planes y proyectos que podrían hacernos avanzar hacia una convivencia más humana.
Pero el hombre contemporáneo no se atreve a afrontar con decisión el cambio que realmente necesita: dejar de vivir encerrado egoístamente en sí mismo, dejar de girar interesadamente en torno a su propio “yo”.
Y seguimos tratando de construir una sociedad más solidaria con hombres y mujeres radicalmente egoístas. Nos esforzamos por lograr una sociedad más socialista con personas viciadas por el espíritu capitalista.
Pero no es posible “progreso revolucionario” alguno mientras en una sociedad se piense que hombre de éxito es aquel que logra acumular en menos tiempo la mayor cantidad de dinero o poder y que es un imbécil quien vive dando desinteresadamente su vida por los demás.
Hay otra manera de ver las cosas. La de aquel Jesús que valor6 por encima de todo la capacidad de amar y la libertad interior de quien sabe incluso amar al enemigo y “hacer el bien sin esperar nada”.
EL PERDON DE UN PUEBLO
Perdonad y seréis perdonados.
Es doloroso para un creyente escuchar las consignas que se gritan entre nosotros tratando de arrancar a nuestro pueblo su capacidad de perdonar.
De muchas maneras se quiere presentar el perdón como una actitud indigna, propia de quienes no aman de verdad al pueblo, una virtud propia de débiles, una resignación cobarde de aquellos que no se atreven a luchar por su libertad.
Sin embargo, no se hará la paz en nuestro pueblo si, por encima de apasionamientos y enfrentamientos viscerales, no cultivamos una actitud de perdón.
Sin el perdón mutuo, nunca podremos liberarnos del pasado ni nos abriremos paso hacia un futuro que hemos de construir entre todos. En algún momento hemos de olvidar de manera consciente y generosa las injusticias pasadas para iniciar un diálogo nuevo.
Una lucha animada sólo por la voluntad absoluta de lograr los propios objetivos políticos, sin sensibilidad alguna hacia el perdón y mutua comprensión, degenera siempre en venganza destructiva y odio irreconciliable. Por este camino, jamás se logrará entre nosotros una paz firme y estable.
Hemos olvidado la importancia que puede tener el perdón para el avance de la historia de un pueblo. Sin embargo, el perdón liquida los obstáculos que nos llegan del pasado. Despierta nuevas energías para seguir luchando. Reconstruye y humaniza a todos porque ennoblece a quien perdona y a quien es perdonado.
Los creyentes hemos de descubrir y reivindicar entre nosotros la fuerza social y política del perdón. Sin una experiencia colectiva de perdón, la sociedad queda mutilada en algo importante.
Las palabras de Jesús: «No condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados», no han de ser sólo una invitación a adoptar personalmente una postura de perdón. Nos tienen que urgir, además, a cultivar un clima social de perdón, absolutamente necesario para avanzar hacia la paz.
Nuestra actitud de perdón nace de la experiencia gozosa de sentirnos perdonados por Dios. Experiencia que nos ha de ayudar, a pesar de todas las reacciones en contra, a defender el perdón, por amor precisamente a ese pueblo al que queremos ver luchar por sus derechos por otros medios que no sean los de la venganza.
La capacidad de perdonar con generosidad puede ser, para un pueblo, más importante y mas liberador que la capacidad de recordar con espíritu vengativo las injusticias del pasado.
LOUIS MONLOUBOU
Aunque el texto de las Bienaventuranzas, leído el domingo pasado, apela a Dios cuya intervención eficaz promete, el fragmento de evangelio propuesto para este domingo (v. 27 a 36, y no a 38) no sigue el mismo razonamiento. Se dirige a cristianos: "vosotros que me escucháis", colocados en una situación difícil; hay unos enemigos que los "odian", los "maldicen", los "maltratan", les hacen pasar mil vejaciones, descritas con fórmulas más o menos metafóricas: pegar en una mejilla, quitar la capa, llevarse lo de uno, etc. Lo que Jesús quiere reglamentar en su discurso es la actitud que hay que adoptar frente a estos adversarios brutales.
¿Qué pide? Una actitud profundamente original. Los discípulos de Jesús deben tener un modo de vida radicalmente distinto del adoptado en su entorno por los que Jesús llama "los pecadores". Estos "pecadores" no ignoran, sin embargo, el amor: saben "amar a los que les aman", "hacen bien a los se lo hacen a ellos", prestan a quienes lo necesitan, con el deseo de recibir lo equivalente a su préstamo: formas todas de obrar que todos consideramos muy laudables.
Los discípulos de Jesús no pueden, sin embargo, limitarse a este comportamiento notable; no puede bastarles actuar como los "pecadores". Deben llegar más lejos, precisamente por ser discípulos de Jesús. Incluso amarán a los que no les aman, harán el bien a quienes no se lo hacen a ellos, prestarán sin esperanzas. Así, adoptando una actitud original, harán ver la originalidad de su estatuto de discípulos de Jesús. Yendo más lejos que los "pecadores", los discípulos de Jesús obtendrán un resultado fundamental: serán "hijos del Altísimo"; imitarán a Dios que "es bueno con los malvados y desagradecidos".
Adhiriéndose a Jesús, escuchando su enseñanza -"Vosotros que me escucháis"-, adoptando el estilo de vida original que él pide, imitan la bondad de Dios, se hacen semejantes a El, son realmente sus hijos.
Como "hijos del Altísimo", estos discípulos tendrán naturalmente derecho a la herencia: "Vuestra recompensa será grande".
Es digno de notarse que en medio de consideraciones tan elevadas el evangelista haya tenido en cuenta un consejo propio, según parece, de una inspiración que podríamos decir más realista: "Lo que queréis que los demás hagan por vosotros, hacedlo también vosotros por ellos". A algunos les parecerá quizá que este consejo suena a "interesado" y que desentona en el discurso hasta aquí desarrollado: "Ser hijos del Altísimo" y después..."que hagan por vosotros". Este consejo no es excepcional en el evangelio. Conecta con la fórmula encontrada en otra parte en el mandamiento del amor: "amar al prójimo como a sí mismo" (/Lc/10/21). Resulta fácil desarrollar una teoría sobre el absoluto desinterés del amor fraterno y considerar engreídamente estas fórmulas como "interesadas". Sería preferible subrayar las exigencias prácticas contenidas en la breve expresión: "Amar al prójimo como a sí mismo". He ahí unas palabras que llevan lejos e incluso muy lejos. Tener por norma el que el instinto de conservación, la necesidad de vivir, tan poderosos en todo ser humano, no queden en reacciones orientadas únicamente al bien individual, sino que se pongan al servicio de los hermanos y aun de todos los hombres, he ahí algo que ha de tener consecuencias extremas que sólo puede calcular quien se pone a practicar efectivamente tal precepto. Además, amar a sus enemigos, bendecir a los que maldicen, es también "hacer a los demás un bien que uno quisiera le hiciesen los demás...". Por más que parezca restringido al interés personal, el precepto de Jesús está dotado de una extensión ilimitada.
Añadamos dos consideraciones más. La primera, para recordar cómo Lucas se complace en presentar a Jesús practicando él mismo durante su Pasión el amor y el perdón que había pedido. La frase: "Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen" (/Lc/23/34) ilustra perfectamente el "orad por los que os maltratan". Y una segunda consideración, finalmente, para notar que Esteban, a su vez, imita perfectamente a Jesús y observa a la letra la invitación al perdón de los enemigos, exclamando ya próximo a morir: "Señor, no les tengas en cuenta este pecado" (Hech/07/60). Todo el relato de la Pasión según san Lucas, completado con el de la muerte de Esteban, pueden leerse como ilustraciones del sermón sobre el amor a los enemigos, presentado este domingo como evangelio.
J. Mateos
UNA REGLA DE ORO, VALIDA PARA TODOS
La segunda parte del discurso del llano va orientada a los oyentes, a todo el pueblo. En primera instancia, Jesús invita a todos a un amor generoso y universal (6,27-38), a fin de llegar a asemejarse del todo al Padre del cielo. De no ser así, si actuamos como lo hacen los paganos y descreídos, ¡vaya gracia! Si pagamos con la misma moneda, quiere decir que no hemos renunciado a sus falsos valores. El hombre que se abre al amor se vuelve generoso como el Dios de la creación; él mismo se fabrica la medida con la que será recompensado.
La continuación del discurso (6,39-49) se inicia con el anuncio de una parábola que, de hecho, no se expondrá hasta el final (vv. 47-49). Primero formula una cuestión sirviéndose de un dicho proverbial: «¿Puede acaso un ciego guiar a otro ciego?... »(6,39). El discípulo sólo puede llegar a ser guía de otros cuando alcanza la talla del maestro. Después viene una segunda cuestión: «¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (6,41): la manera de actuar revela la realidad interior del hombre (ceguera/hipocresía/opacidad o claridad de visión/frutos buenos/transparencia).
La tercera cuestión va al fondo del problema: «¿Por qué me invocáis: "¡Señor, Señor!", y no hacéis lo que os digo?» (6,46). Responde ahora con una parábola doble: «Todo el que se acerca a mí, escucha mis palabras y las pone por obra, os voy a indicar a quién se parece: se parece a un hombre que edificaba una casa...» (6,47); «en cambio, el que las escucha y no las pone por obra, se parece a uno que edificó una casa...» (6,49). El contenido del discurso de Jesús dirigido al pueblo de Israel (cf. 7,1) reemplaza el lugar de la Ley, pero no se puede quedar en jaculatorias vacías de sentido. La casa edificada sobre «la roca», la fe/adhesión personal a Jesús y a su programa, no se la llevan las riadas ni le afectan los temblores de tierra o huracanes; en tiempo de crisis y de defecciones, tan cíclicos como los fenómenos atmosféricos o los cataclismos, se mantiene firme e inconmovible. En cambio, la casa que no tiene cimientos, la fe que no ha enraizado mediante el compromiso personal, se hunde y se pierde inexorablemente.
Diario Bíblico.
La realidad animal, producto de la terrenalidad de la que surge el ser humano, domina a todo hombre y a toda mujer. Bíblicamente el ser humano está creado de polvo de la tierra, de "adamah": esta realidad pesa sobre los seres humanos y, al no saberla manejar, puede convertir a los individuos en puros animales, asesinando en ellos al Espíritu de Dios, que nos inhabita desde la creación. El egoísmo humano no manejado, puede llevarnos a ser las creaturas más desequilibradas de toda la creación. El apóstol Pablo, quien hace un análisis del relato de la creación de Génesis, llama la atención para que los cristianos no se dejen dominar por la pura animalidad, sino para que actúe dentro de ellos la fuerza del Espíritu de Dios, para que, de esta forma, puedan llegar a colaborar con Dios en la terminación de su obra creadora.
Debemos configurar nuestra vida con Jesús quien vivió de forma coherente su humanidad. Jesús, durante toda su vida, pasó haciendo el bien a todos los que le rodeaban, y por todos los medios buscó manifestar el verdadero sentido de la humanidad. Su trabajo más intenso consistió en lograr que el grupo de sus seguidores asumiera nuevos criterios de relación y de fraternidad, que ayudaran a sacar este mundo de la profundidad a donde lo había introducido la tendencia humana egoísta mal manejada.
Jesús enseñó una nueva forma de concebir la vida. Esta nueva forma de entender no es simple palabrería y predicación alejada de la vida. Jesús ratificó con su vida, con su comportamiento, con sus acciones, que era posible actuar de forma diferente a lo establecido y asimilado como normal dentro de la cultura judía. La forma de ser de Jesús puso en conflicto a muchos, en especial a la clase dirigente y a los líderes de la religión que se sentían interpelados por el actuar libre y sincero de Jesús de Nazaret.
Jesús no le hace el juego a la tradición recibida. Él es capaz de cambiar el curso de las relaciones establecidas y propone un mundo pensado de forma diferente, de forma alternativa al establecido hasta entonces. Este mundo de forma diferente, Jesús lo quiere comenzar a partir de unas nuevas bases para las relaciones interpersonales, que por lo general son las que, en definitiva, pueden cambiar el modelo de relación socialmente aceptado.
Frente al modelo social que vivían los discípulos y el resto del pueblo, Jesús propone un modelo de vida que a nuestro pensar se nos hace imposible de vivir. No podemos olvidar que nosotros, al igual que los discípulos, hemos nacido en una sociedad netamente egoísta, y por lógica social, solemos responder de la misma forma que como nos tratan. Jesús va mucho más lejos e invita a los discípulos a superar el egoísmo y a construir una nueva experiencia, donde la justicia, la fraternidad, la igualdad y el amor sean la norma reguladora de la vida de todo hombre y de toda mujer que quiera vivir la experiencia universal del Reinado de Dios en libertad y en fraternidad.
Estamos llamados a vivir, de forma creativa y desde la libertad, toda la ética mayor que Jesús durante su vida nos propuso. Cuando asumamos el compromiso de vivir como Jesús vivió, entonces sabremos que sí es posible pensar y organizar este mundo de otra manera.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
El discurso de Jesús en la montaña capta hoy nuestra atención. La enseñanza es profunda y novedosa: Jesús invita a sus discípulos a amar a los enemigos (Ev). Tal enseñanza era desconocida por el mundo judío y extraña para el mundo griego. Era una novedad que expresaba el amor con el que Dios ama a los hombres. Esta enseñanza se expresa en dos sentencias de Jesús: tratad a los demás como queréis que ellos os traten, es decir no trates a los demás como ellos te traten a ti, sino como tú quisieras ser tratado por ellos; y la segunda sentencia reza así: sed misericoridosos como vuestro Padre es misericordioso, que nos revela el grande amor de Dios Padre. La primera lectura nos presenta precisamente a David que perdona a Saúl cuando lo tenía a punto para matarlo (1L). David, figura del Rey mesiánico, muestra entrañas de misericordia ante sus enemigos. Por su parte, Pablo nos habla del primer Adán (el hombre creado) y el último Adán (Cristo). Aquí se revela la gran vocación del hombre a ser un hombre nuevo en Cristo (2L).
Mensaje doctrinal
1. Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Esta sentencia se presenta al final de una serie de exhortaciones de Jesús sobre el modo de tratar a los demás. "Hay que amar a los enemigos", es decir, no se puede seguir a Jesús si se aplica la ley del talión: ojo por ojo... No se puede seguir a Jesús si se guarda rencor, resentimiento, odio y deseo de venganza. Todo esto denigra la dignidad humana. Y, sin embargo, con qué facilidad nosotros y todos los hombres somos presas de estos sentimientos. ¡Cómo nos cuesta perdonar! No, ya cuando alguien haya cometido contra nosotros ultrajes y daños irreparables, sino cuando simplemente han sido descuidos, faltas de atención. Sí, el egoísmo en el hombre es una pasión grande que brinca por todas partes. Es pues, imprescindible pasar del "hombre viejo", el primer Adán, al hombre nuevo, el último Adán, Cristo mismo. Ejemplo de este paso los tenemos y los hemos experimentado: recordemos a aquel joven que en la vigilia de Tor Vergata en el año 2000, año del gran Jubileo, y por tanto, del gran perdón, perdonaba en público en presencia del Papa a los asesinos de su hermano. ¿Cómo es posible llegar a un amor de esta naturaleza? Sólo es posible en Cristo, cuando Cristo ha tocado el íntimo del corazón y habla a la persona y le revela el verdadero camino de la felicidad. Aquel muchacho había pasado del rencor al amor, tendía una mano a los asesinos de su hermano y se tendía una mano a sí mismo. El perdón lo condujo al amor. Hoy, purificada la memoria, puede caminar por las rutas de la vida con esperanza. Si Él no hubiese perdonado, hoy su memoria infectada sería fuente de amargura, de desesperación, de rabia.
El Papa Juan Pablo II en su mensaje del 1 de enero de 1997 decía: "es verdad que no se puede permanecer prisioneros del pasado: es necesaria, para cada uno y para los pueblos, una especie de ’purificación de la memoria’, a fin de que los males del pasado no vuelvan a producirse más. No se trata de olvidar todo lo que ha sucedido, sino de releerlo con sentimientos nuevos, aprendiendo, precisamente de las experiencias sufridas, que sólo el amor construye, mientras el odio produce destrucción y ruina. La novedad liberadora del perdón debe sustituir a la insistencia inquietante de la venganza. Pedir y ofrecer perdón es una vía profundamente digna del hombre y, a veces, la única para salir de situaciones marcadas por odios antiguos y violentos".
De aquí, pues, nace la máxima de gran alcance: tratad a los demás como quisiera que a mí me trataran. Si deseo que me traten con respeto, debo tratar con respeto; si quiero ser amado, debo amar; si quiero ser comprendido y perdonado, debo aprender a comprender y perdonar. Está máxima es de sumamente práctico y de gran actualidad, supone sin embargo, una profunda renuncia de sí mismo. Supone que el "yo egoísta" no es el centro de la personalidad y de los propios intereses, sino el "tu". No puede haber plena realización de la persona si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás. Por lo demás la experiencia nos dice que quien no perdona, poco a poco se amarga la vida y los resentimientos empiezan a corroer su alma.
2. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. Importa mucho ver el término de comparación: el Padre es misericordioso. Sabemos que el Padre es misericordioso porque Cristo nos ha revelado el rostro del Padre. Lo sabemos porque Cristo, muriendo en la cruz y resucitando, nos ha dicho cuán valioso es el hombre a los ojos del Padre. Lo sabemos porque la parábola del Hijo pródigo en su sencillez, nos anuncia verdades magníficas al mostrarnos cómo nos recibe el Padre eterno cuando volvemos a su hogar. Así, pues, nadie desespere, nadie se abandone, nadie lance por la borda su vida: el Padre es misericordioso y la prueba es su Hijo Jesucristo en quien tenemos acceso a Él. Quien hace experiencia honda de esta paternidad, es capaz, a la vez, de expresar esta paternidad ante el mundo. Esos son los santos al estilo de Francisco de Asís, Leopoldo Mandic, Madre Teresa, Santa Terista de Lisieux. Ellos han tenido una experiencia profunda de que Dios es Padre y se cuida de todas y cada una de sus creaturas, especialmente del hombre, creado a su imagen y semejanza. Ellos, lo santos, descubren a Cristo en todos los hombres, porque el Verbo al encarnarse se ha unido de algún modo a todo hombre. Ellos se sienten solidariamente hermanos de todos los hombres, porque se sienten hijos del Padre.
Sea pues, la consigna: misericordia. Que nuestras entrañas se revistan de misericordia para ver nuestra propia vida y para ver la vida del prójimo. Todos tenemos necesidad de misericordia.
En la canonización de Sor Faustina Kowalska (30 de abril de 2000), Juan Pablo II decía: "No es fácil, en efecto, amar con un amor profundo, hecho de un auténtico don de sí mismo. Este amor se aprende en la escuela de Dios, al calor de su caridad divina. Fijando la mirada sobre Él, sintonizando con su corazón de Padre, nos hacemos capaces de mirar a los los hermanos con ojos nuevos, en una actitud de haber recibido todo gratuitamente y para compartirlo con los hermanos, una actitud de generosidad y de perdón". ¡Todo esto es misericordia!
Sugerencias pastorales
1. Aprender a perdonar desde pequeños. Aquí las madres de familia tienen un gran campo de acción. Son ellas las que van formando el corazón de sus hijos. No cabe duda que en los años tiernos de la infancia el corazón es más moldeable. En este corazón se puede ir formando una gran capacidad de amor y perdón, pero por desgracia, también se pueden ir alimentando rencores y rencillas. Educar en el amor misericordioso, en el perdón a los otros hermanos o niños de la escuela. Educar en el amor a la verdad, a la justicia, en la capacidad de experimentar misericordia por el pobre, por el que sufre, por el enfermo. Los niños, paradójicamente, pueden ser muy crueles con sus compañeros menos dotados física o intelectualmente, cuando no están educados en el verdadero amor. La beatificación de los niños de Fátima ha puesto en evidencia que es posible la santidad para los pequeños.
2. La generosidad. Un alma generosa es una alma que da sin medida, un alma que no calcula su entrega, sino que se dona hasta donde le alcanzan sus fuerzas. Estas almas las conocemos, es la madre de familia de nuestro edificio, es la anciana que ayuda a todos en la parroquia, es el joven voluntario que anda girando el mundo ayudando en servicio social, es el médico que no le cobra a los pobres, es el maestro que tiene una paciencia ilimitada con sus alumnos. En fin, esas personas generosas existen y son las que sostienen el mundo. En cada uno de nosotros existe esa persona generosa que quiere vivir así "donándose sin cesar". Sin embargo, también en cada uno de nosotros existe la contrapartida, el hombre que quiere vivir sólo para sí. Enfrentemos la noble batalla para hacer vencer la generosidad por encima del egoísmo.
P. EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO.
Se nos está dando esta última catequesis para cerrar este periodo que sigue a la Navidad, que es todo un misterio, misterio que es la puerta de la vida cristiana. Es el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios en el seno de María.
En esta catequesis de estos 7 domingos de este tiempo ordinario de los meses de enero y febrero, se nos ha revelado, que Dios nos ama de tal modo y manera, que se quiere unir místicamente a nosotros, como jamás hombre y mujer algunos han podido estar unidos y que lo manifestó simbólicamente en el relato de las bodas de Caná.
Es un matrimonio místico, como lo experimentó y vivió San Juan de la Cruz, por poner un ejemplo, y que decía a Dios: “¿A dónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Como el ciervo huiste, habiéndome herido. Salí tras ti clamando y ya eras ido”.
Y más adelante, cuando su amor a Dios haya crecido por los muchos encuentros y frecuente trato, le dirá: “¿ Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no lo sanaste? Y pues me lo has robado ¿por qué así lo dejaste y no tomas el robo que robaste?”. Y acabará diciéndole: “Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero. No quieras enviarme de hoy, más ya mensajero, que no saben decirme lo que quiero!”.
En la catequesis de hoy nos está revelando y enseñando el Señor, que en esa unión íntima con él tendremos la completa y total felicidad, que todo ser humano anda buscando sin cesar, día y noche, porque Dios mismo nos creo para ser felices y no desdichados. Pero para ello hay que purificar nuestro amor, herido y dañado por el pecado de venganza, que es la negación de todo amor; por el pecado de rencor y odio, que destruye el amor; por el pecado de impureza que desfigura y anula el amor.
Hay pues, que hacer una elección entre Dios, poniendo en él nuestra confianza o ponerla en el hombre y, buscando en la carne toda nuestra fuerza. Hay que elegir entre la maldición del desierto o la bendición del árbol frondoso, plantado junto a las corrientes de agua, que no deja de dar fruto, que nos decían el domingo pasado Hay que elegir entre dichosos, bienaventurados vosotros o entre el ¡ay de vosotros, malditos!
Para ser dichosos y bienaventurados, se nos dice hoy, hay que purificar el amor del corazón, como antes os decía. Sin esa purificación, nunca llegarás a esa unión íntima con Dios, nunca llegarás a tu plena y total felicidad, sino que te contentarás, como los animales, con las sobras de la basura. Qué pena, ¿verdad? Como os decía antes, hay que purificar nuestro amor, herido y dañado por el pecado de venganza, que es la negación de todo amor; por el pecado de rencor y odio, que destruye el amor; por el pecado de impureza que desfigura y anula el amor.
En la primera lectura nos narran un caso concreto y práctico de ese dominio, ese señorío sobre el instinto de venganza y del rencor. El rey Saúl ha cogido ojeriza y está lleno de envidia de los éxitos de David.
Con el comienzo de la monarquía, en Israel, Dios hace pasar su promesa de enviar un Salvador o Mesías a través de uno de los descendientes del rey, que será, pues, ungido, signo de consagración, que manifiesta que el elegido y consagrado, está revestido por el espíritu de Dios y su justicia. Es el guía divino, es el mediador humano.
El Señor te puso hoy en mis manos, le dijo David al rey Saúl, pero yo no quise atentar contra ti, no me quise vengar. Perdona, pues, la vida a su enemigo, que salió en su busca, con un gran ejército para matarle. David respeta y venera la sacralidad de la función real mesiánica del rey Saúl, símbolo de Dios-Salvador.
El hombre de las bienaventuranzas es el hombre generoso, abierto a la comprensión del enemigo, lleno de paciencia. Así el Cristianismo y la Iglesia son creíbles. Ese valor y ánimo fuerte para perdonar y hacer así del enemigo un amigo, es como el DNI del verdadero cristiano, seguidor de Cristo, es su carné de identidad cristiana, que como Jesús pedirá y dirá de aquellos que lo explotan y hasta le dan muerte cruel: “Padre, perdónalos, que no saben lo que se hacen”
El cristiano de verdad, de verdad, no tiene enemigos, porque a los que se dicen sus enemigos, él los ha hecho amigos. No solo, pues perdonarlos, que por ahí se empieza, sino después hacerles amigos y no simplemente perdonados. Eso es mucho, eso es demasiado para las fuerzas humanas, pero ese e el listo, al que hay que llegar poco a poco para ser cristianos de verdad. Solos no lo podemos hacer, pero con su gracia todo lo conseguiremos y su gracia, su ayuda, no nos va a faltar.
Somos imagen del hombre terreno. Seremos imagen del hombre celes- tial. El hombre ha soñado siempre con ser un super-hombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico. Sueño nazi, despertar horroroso: 6 millones de judíos masacrados y una guerra aun más cruel si cabe, la guerra del 1939 a 1945. Sin embargo el último Adán, es decir, Jesucristo resucitado, nos garantiza el sueño. No de simples super-hombres, sino hombres celestiales, al resucitar con él, resucitado, empezando a vivir, no el sueño, sino la realidad de una nueva vida, con la carne, el cuerpo y el espíritu glorificados.
Nos lanzamos a esa carrera de ser nosotros mismos, tal como Dios nos creo, para ser felices, dichosos, bienaventurados al ser trasformados por Cristo resucitado, en resucitados a una nueva manera de vivir y de ser: no hombres terrenales, sino hombres celestiales.
Prepararemos, con renovadas catequesis y homilías, la profundización de este misterio mayor y cumbre de la RESURRECCIÓN DE JESÚS, que anuncia la nuestra, e intentaremos vivir ese misterio de resurrección con más fe comprometida, más alegría contagiosa, más esperanza esperanzada y amorosa.
Nos ayudará en este empeño la cuaresma, cuarenta días, de prepara- ción, con la limosna, la oración y el ayuno para celebrar, vivir e interiorizar el otro gran misterio de la vida cristiana, que es misterio cumbre y central: LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO, que anuncia nuestra propia resurrección. Porque como nos decía el domingo pasado San Pablo, si Cristo no ha resucitado, nosotros tampoco resucitaremos y entonces seremos los hombres más desgraciados de este mundo, porque habremos fracasado en este deseo incoercible, incontenible de ser felices.
Que esta Eucaristía nos llene de esperanzas y refuerce nuestro ímpetu para comenzar con ilusión renovada este proyecto cristiano, a partir del Miércoles de Ceniza.
OCARM
Clave de lectura:
Lucas nos narra (Lc 6,17-19), que descendiendo de la montaña con los Doce, Jesús encuentra a una gran muchedumbre que quería escuchar su palabra y tocarlo, porque de Él salía una fuerza que sanaba a todos. Jesús acoge a las gentes y les dirige la palabra. El texto de la Liturgia de este domingo nos pone a consideración una parte del discurso que Jesús pronunció en aquella ocasión. En el evangelio de Lucas, los destinatarios de este discurso son “los discípulos“ y “aquella gran multitud de pueblo venido de toda la Judea, de Jerusalén y del litoral de Tiro y de Sidón (Lc 6,17), o sea, se trata de judíos (Judea y Jerusalén) y de paganos (litoral de Tiro y de Sidón). En el Evangelio de Mateo, este mismo discurso se presenta como la Nueva Ley de Dios, como la Antigua Ley, pronunciada desde lo alto de la Montaña. (Mt. 5,1).
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Lucas 6,27-28: Consejos generales
Lucas 6,29-30: Ejemplos concretos de cómo practicar los consejos generales
Lucas 6, 31: Resumen central de la enseñanza de Jesús
Lucas 6,32-34: Quien quiera seguir a Jesús, debe superar la moral de los paganos
Lucas 6,35-36: La raíz de la nueva moral: imitar la misericordia de Dios Padre
Lucas 6,36-38: Ejemplos concretos de cómo imitar a Dios Padre
4) Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Qué parte del texto te ha gustado más o ha llamado más tu atención?
b) ¿Por qué Jesús dice este discurso? Observa bien las informaciones del texto y trata de sacar tus conclusiones.
c) Según tu parecer ¿cuál es el centro o raíz de la enseñanza de Jesús?
d) ¿Cómo cumplir hoy, en nuestra sociedad consumística e individualista, la moral propuesta por Jesús? ¿Qué quiere decir “ser misericordioso como es misericordioso el Padre del cielo?”
e) ¿Has encontrado en el texto alguna frase que te sea motivo de esperanza y de ánimo?
5) Una clave de lectura
para los que quisieran profundizar más en el tema
i) El contexto del discurso de Jesús:
• Lucas presenta la enseñanza de Jesús como una revelación en forma progresiva. Varias veces, desde el comienzo de su evangelio hasta el capítulo 6,16, Lucas hace saber a sus lectores que Jesús enseñaba a la gente, pero nunca dice sobre el contenido de esta enseñanza (Lc 4,15.31.32.44; 5,1.3.15.17; 6,6). Pero ahora, después de haber dicho que Jesús vio a la multitud deseosa de escuchar la palabra de Dios, traza el primer gran discurso que se inicia con las exclamaciones “¡Bienaventurados vosotros, los pobres!” (Lc 6,20), pero “¡Ay de vosotros los ricos!” (Lc 6,24).
• Algunos llaman a este discurso el “Sermón de la Llanura”, porque según Lucas, Jesús desciende de la montaña y se quedó en un rellano, donde dijo el discurso (Lc 6,17). En el evangelio de Mateo, este mismo discurso se dice desde la montaña (Mt 5,1) y es llamado “El Sermón de la Montaña”. En Mateo, se dan en el sermón nueve bienaventuranzas, que trazan un programa de vida para la comunidad cristiana de origen judaica. En Lucas, el sermón es más breve y radical. El sermón enuncia cuatro bienaventuranzas y cuatro maldiciones, dirigidas a la comunidad helenística, constituida por ricos y pobres. Los versículos del Evangelio de este domingo séptimo del Tiempo Ordinario contienen el núcleo central de la enseñanza de Jesús de cómo deben comportarse los que quieren ser sus discípulos.
ii) Comentario del texto:
• Lucas 6,27a: Jesús habla para todos
Desde el principio del discurso hasta ahora, Jesús había hablado para sus “discípulos” (Lc 6,20). Aquí, en el texto de Lucas 6,27a, su auditorio aumenta y Él se dirige a “vosotros que queréis escuchar”, o sea, a los discípulos, a aquella gran multitud de pobres y enfermos, llegados de todas partes (Lc 6,17-19) y ¡a nosotros, vosotros y yo, que en este momento “escuchamos” la palabra de Jesús!
• Lucas 6,27b-28: Consejos generales que delinean la nueva enseñanza
Las palabras que Jesús dirige a aquella muchedumbre pobre y necesitada son exigencias difíciles: “Amar a los enemigos, hacer el bien a los que os odian, bendecir a los que os maldicen, rezar por los que os calumnian”. Estos consejos de Jesús superan en mucho las exigencias que, en aquella época, la gente aprendía desde la infancia de los escribas y fariseos en las reuniones semanales que se realizaban en la sinagoga, esto es, “amar al prójimo y odiar al enemigo” (Mt 5,43). La nueva exigencia de Jesús supera esta moral determinada y tan frecuente, incluso hoy, y revela un aspecto de “justicia mayor” que Jesús exige de aquéllos que quieren seguirlo (Mt 5,20).
• Lucas 6, 29-30: Ejemplos concretos de cómo practicar la nueva enseñanza de Jesús
Jesús pide que se ofrezca la mejilla a quien te hiera en la otra, y pide que no se reclame cuando alguien me quita lo que es mío. ¿Cómo entender estas palabras? Entonces, ¿debe el pobre resignarse cuando el rico le golpea, le roba y le engaña? Si tomásemos estas palabras literalmente, estos consejos favorecerían a los ricos. Pero ni siquiera Jesús las observó literalmente. Cuando el soldado le golpeó en el rostro, no puso la otra mejilla, sino que reaccionó con firmeza. “Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si no, ¿por qué me pegas? (Jn 18,22-23). Esta práctica de Jesús nos amonesta a no tomar literalmente estas sus palabras. Además, las palabras que siguen en el mismo discurso, nos ayudan a entender lo que Jesús quiere enseñar (Lc 6,31)
• Lucas 6,31: Resumen central de la enseñanza de Jesús
Jesús pronuncia esta frase revolucionaria: “Lo que queráis que os hagan los hombres, hacedlo vosotros a ellos”. El mejor comentario de esta enseñanza son algunas frases recogidas de algunas religiones: el islamismo: “Ninguno puede ser creyente hasta que no ame a su hermano como a sí mismo”. El budismo: “De cinco modos un jefe debe tratar a sus amigos y dependientes: con generosidad, cortesía, indulgencia, dándoles los que esperan recibir y siendo fieles a su palabra”. El taíismo: “Considera el buen éxito de tu vecino, como tuyo propio, y su mal como si fuese el tuyo”. El hinduísmo: No hagas a los otros lo que a ti te produciría dolor si te lo hiciesen”. En su enseñanza, Jesús, muchas veces, verbaliza el deseo más profundo y universal del corazón humano, el deseo de fraternidad, nacida de la voluntad de querer bien a los otros en total gratuidad, sin pretender obtener beneficios, méritos o recompensas. Es en la fraternidad sincera, bien vivida, donde se revela el rostro de Dios.
• Lucas 6, 32-34. Quien quiera seguir a Jesús debe superar la moral de los paganos
¿Qué pensar de aquéllos que sólo aman a los que los aman? ¿Y de los que hacen el bien solamente a los que les hacen el bien? ¿Prestar solamente a aquéllos que sabemos ciertamente que nos lo restituirán? O sea, en todas las sociedades, sean cuales sean, las personas de una misma familia tratan de ayudarse mutuamente. Jesús afirma que esta práctica es universal: “También los pecadores obran así”. Pero esta práctica universal no basta para los que quieren ser seguidores de Jesús. Jesús es muy claro sobre este punto. ¡No basta! Es necesario dar un paso adelante. ¿Cuál es este paso? La respuesta se halla en lo que sigue.
• Lucas 6, 35-36: La raíz de la nueva moral: imitar la misericordia de Dios Padre
Mediante su predicación, Jesús trata de cambiar y convertir a las personas. El cambio que Él desea, no se limita a una simple inversión de la situación, de modo que aquéllos que están abajo sean puestos arriba y los de arriba abajo. Porque de este modo nada cambiaría y el sistema seguiría funcionando de la misma forma inalterable. Jesús quiere cambiar el modo de vida. Quiere que sus seguidores tengan una forma de comportarse contraria: “¡Amad a vuestros enemigos!”. La Novedad que quiere construir viene de la nueva experiencia de Dios, Padre de amor. El amor de Dios por nosotros es totalmente gratuito. No depende de lo que nosotros hagamos. De aquí que el verdadero amor quiere el bien del otro independientemente de que él o ella han hecho por mí. Así imitamos la misericordia de Dios Padre y seremos “hijos del Altísimo, que es bueno con los ingratos y con los malvados”. Seremos “misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Estas últimas palabras de Jesús evocan la experiencia de la misericordia de Dios que Moisés tuvo en el Monte Sinaí: “¡El Señor, el Señor! Dios misericordioso y piadoso, lento a la ira y rico de gracia y fidelidad” (Ex 34,6).
• Lucas 6,36-38: Ejemplos concretos de cómo imitar a Dios Padre
¡No juzgar, no condenar, perdonar, dar sin medida! Estos son los consejos de Jesús para aquéllos que aquel día lo escuchaban. Estos ejemplos convierten explícitas y concretas las enseñanzas de Jesús en el versículo precedente sobre el amor misericordioso a los enemigos y sobre el comportamiento como hijos del Altísimo. Es la misericordia que se manifiesta en las palabras del Buen Samaritano, del Hijo pródigo y que se revela en la vida de Jesús: “¡ Quien me ve, ve al Padre!”
iii) Más informaciones para poder entender mejor el texto:
a) Bendecir a los que nos maldicen:
• Las dos afirmaciones del mismo discurso: “¡Dichosos vosotros los pobres!” (Lc 6,20) y “¡Ay de vosotros los ricos!” (Lc 6,24) obligan a los oyentes a escoger, a hacer opciones a favor de los pobres. En el Antiguo Testamento, Dios coloca a la gente delante de posibilidades de escoger entre la bendición y la maldición. A la gente se le concede la posibilidad de poder escoger: “Yo te he puesto delante la vida y la muerte; la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia (Dt 30,19).
• No es Dios quien condena. Es el mismo pueblo el que escogerá la vida o la muerte, según su conducta delante de Dios y de los demás. Estos momentos de elección son momentos de la visita de Dios a su pueblo (Gen 21,1; 50,24-25; Ex 3,16; 32,34; Ger 29,10; Sal 59,6; Sal 65,10; Sal 80,15; Sal 106,4). Lucas es el único evangelista que se sirve de esta imagen de la visita de Dios (Lc 1,68.78; 7,16; 19,44; Act 15,16). Para Lucas, Jesús es la visita de Dios que pone al pueblo de frente a escoger o la bendición o la maldición: “¡Dichosos vosotros, los pobres!” y “¡Ay de vosotros, los ricos!” Pero el pueblo no reconoce la visita de Dios (Lc 19,44). Y hoy en nuestro mundo, cuya mayor producción es la pobreza de tantos, ¿somos capaces de reconocer la visita de Dios?
b) Los destinatarios del discurso de Jesús:
• Jesús comienza su discurso usando la segunda persona del plural:
“¡Bienaventurados vosotros, los pobres!” – “¡Ay de vosotros los ricos!” Pero delante de Jesús, en aquella extensa llanura, no había ricos. Sólo había gente pobre y enferma, venida de todas partes (Lc 6, 17-19). Pero el texto dice: “¡Ay de vosotros, los ricos!”, Lucas, cuando transmite las palabras de Jesús estaba pensando también en las comunidades helenísticas de Grecia y Asia menor de los años 80, cincuenta años después de Jesús. En ellas existía discriminación de los pobres por parte de los ricos (cf. Ap 3,15-17; Sant 2,1-4; 5,1-6; 1Cor 11,20-21), la misma discriminación típica del Imperio Romano.
• Jesús critica dura y directamente a los ricos: “¡Vosotros, ricos, tenéis ya vuestro consolación! ¡Ay de vosotros los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡ Ay los que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!”. Esto indica que para Jesús la pobreza no es una fatalidad, sino el fruto de un enriquecimiento injusto de los otros. Dígase lo mismo para la frase: “¡Ay, cuando todos los hombres hablen bien de vosotros. Lo mismo hacían vuestros padres con los falsos profetas!” Esta cuarta amenaza se refiere a los judíos, o sea, a los hijos de aquéllos que en el pasado elogiaban a los falsos profetas. Citando estas palabras de Jesús, Lucas piensa en los judíos convertidos de su tiempo que se servían de su prestigio y de su autoridad para criticar la apertura hacia los paganos.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Sal 12, 6
Señor, yo confío en tu misericordia:
que mi corazón se alegre porque me salvaste.
Cantaré al Señor, porque me ha favorecido.
Oración colecta
Concédenos, Dios todopoderoso,
que, meditando sin cesar las realidades espirituales,
llevemos a la práctica en palabras y obras
cuanto es de tu agrado.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Al celebrar estos misterios con la debida reverencia,
te suplicamos, Señor, que los dones ofrecidos para tu gloria
nos obtengan la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Sal 9, 2-3
Proclamaré todas tus maravillas;
quiero alegrarme y regocijarme en ti
y cantar himnos a tu nombre, Altísimo.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
concédenos alcanzar la salvación eterna,
cuyo anticipo hemos recibido en este sacramento.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
El Señor te entregó en mis manos,
pero no quise atentar contra el ungido del Señor
Lectura del primer libro de Samuel 26, 2. 7-9. 12-14. 22-23
Saúl bajó al desierto de Zif con tres mil hombres, lo más selecto de Israel, para buscar a David en el desierto.
David y Abisai llegaron de noche, mientras Saúl estaba acostado, durmiendo en el centro del campamento. Su lanza estaba clavada en tierra, a su cabecera, y Abner y la tropa estaban acostados alrededor de él.
Abisai dijo a David: «Dios ha puesto a tu enemigo en tus manos. Déjame clavarlo en tierra con la lanza, de una sola vez; no tendré que repetir el golpe». Pero David replicó a Abisai: «¡No, no lo mates! ¿Quién podría atentar impunemente contra el ungido del Señor?».
David tomó la lanza y el jarro de agua que estaban a la cabecera de Saúl, y se fueron. Nadie vio ni se dio cuenta de nada, ni se despertó nadie, porque estaban todos dormidos: un profundo sueño, enviado por el Señor, había caído sobre ellos.
Luego David cruzó al otro lado y se puso en la cima del monte, a lo lejos, de manera que había un gran espacie entre ellos, y empezó a gritar a la tropa y al rey Saúl: «¡ Aquí está la lanza del rey! Que cruce uno de los muchachos y la recoja. El Señor le pagará a cada uno según su justicia y su lealtad. Porque hoy el Señor te entregó en mis manos, pero yo no quise atentar contra el ungido del Señor».
Palabra de Dios.
SALMO Sal 102, 1-2. 3-4. 8 y 10. 12-13 (R.: 8a)
R. El Señor es bondadoso y compasivo.
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga a su santo Nombre,
bendice al Señor, alma mía,
y nunca olvides sus beneficios. R.
Él perdona todas tus culpas
y sana todas tus dolencias;
rescata tu vida del sepulcro,
te corona de amor y de ternura. R.
El Señor es bondadoso y compasivo,
lento para enojarse y de gran misericordia;
no nos trata según nuestros pecados
ni nos paga conforme a nuestras culpas. R.
Cuanto dista el oriente del occidente,
así aparta de nosotros nuestros pecados.
Como un padre cariñoso con sus hijos,
así es cariñoso el Señor con sus fieles. R.
Como hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal,
también lo seremos de la imagen del hombre celestial
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 15, 45-49
Hermanos:
Esto es lo que dice la escritura: «El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente»; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después.
El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial.
De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 13, 34
Aleluia.
«Les doy un mandamiento nuevo:
ámense los unos a los otros, así como Yo los he amado»,
dice el Señor.
Aleluia.
EVANGELIO
Sean misericordiosos,
como el Padre de ustedes es misericordioso
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 27-38
Jesús dijo a sus discípulos:
Yo les digo a ustedes que me escuchan: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian. Bendigan a los que los maldicen, rueguen por lo que los difaman. Al que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y al que tome lo tuyo no se lo reclames.
Hagan por lo demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los aman, ¿qué mérito tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes, ¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos.
Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados; perdonen y serán perdonados. Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante. Porque la medida con que ustedes midan también se usará para ustedes.
Palabra del Señor.
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