Domingo de Ramos (C)

 Liturgia Diaria Domingo de Pasión - Ciclo C

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR (Ciclo C)


Nota: Tengan en cuenta que en el Domingo de Ramos hay presente normalmente un buen número de fieles, que no suelen ir a la iglesia los domingos. Este es un incentivo para procurar que la liturgia “hable bien” de Dios, por medio de símbolos, textos sencillos, y canciones en las que el pueblo puede participar con facilidad.

I.    BENDICIÓN DE LAS PALMAS Y PROCESIÓN

Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)

1.  Jerusalén: Lugar de Sufrimiento y de Triunfo

Sabemos, por la escuela de la vida, que no todos los días son días de alegría y embeleso:  Hay también días oscuros y deprimentes, de sufrimiento, de frustraciones y fracasos. Pero hoy, Domingo de Ramos “de la Pasión del Señor”, se nos dice en términos bien claros que ésta fue la suerte libremente aceptada, nada menos que de Jesús mismo.  Primero lo vemos el domingo, aclamado en un pequeño triunfo, pero enseguida escuchamos cómo le conducen a la muerte. Dentro de una semana, en la Noche de Pascua, oiremos el pregón pascual proclamando con claridad y énfasis que su muerte le condujo al triunfo de su propia resurrección; oiremos también sobre el perdón y la vida que él nos trae. Hoy nos unimos a nuestro Señor en su triunfo y en su pasión y muerte, y le pedimos que transforme nuestra vida y nuestra muerte y las haga tan aceptables y tan cargadas de sentido como la suya.

2.  Y la Pasión Continúa

Hoy, y durante toda la Semana Santa, nuestra atención se concentra en los sufrimientos que nuestro Señor soportó por nosotros y cómo esos sufrimientos condujeron a su resurrección y a nuestro salir del pecado y del mal, y finalmente de la muerte. Pero tenemos también muy presente que Jesús sigue sufriendo hoy en su cuerpo, es decir, en los que son víctimas de injusticia, de pobreza y penuria, traición, persecución. Roguemos por ellos para que se alcen con el Señor, y para que nosotros les ayudemos a levantarse.



Oración de la Bendición de los Ramos

Oh Dios de toda vida:
Venimos hoy ante ti con ramos verdes,
símbolos de vida y juventud,
y símbolos de Jesús,
que se llamó a sí mismo “árbol verde”.
Bendícenos, y bendice (+) estos ramos
que portamos en nuestras manos.
Que estos pequeñas ramas y hojas
aclamen a Cristo como a nuestro Señor,
que nos trae plenitud de vida,
aun cuando tengamos que caminar con él
por el difícil camino del sufrimiento y de la muerte
hacia la victoria final.
Te lo pedimos por medio del mismo Jesucristo
nuestro Señor, que vive y reina
por los siglos de los siglos.
(El sacerdote rocía los ramos en silencio)

Evangelio de la Bendición de Ramos (Lc 19,28-40): Bendito el que viene en nombre del Señor.
El pueblo aclama a Jesús, pero a los pocos días, durante su juicio, gritarán: “¡Crucifícalo, crucifícalo!”.  ¿De qué lado estamos nosotros?

Se puede tener una breve homilía. Después el sacerdote o el ministro invita al pueblo a la procesión:

Y ahora, con los discípulos
y con el pueblo de Jerusalén,
aclamamos a Jesús con alegría
como nuestro Señor y Salvador.
Nosotros le seguimos,
agitando nuestros ramos.

II.    LA EUCARISTÍA

Canción: El canto de procesión sirve también de Canto de Entrada. Después de la procesión o de la entrada solemne, el sacerdote recita inmediatamente la Oración Colecta. Solamente si no hay procesión o entrada solemne, se dice el acostumbrado Acto Penitencial y Señor Ten Piedad, según el misal.

Oración Colecta


Oremos para que sepamos seguir a Jesús
en su camino de cruz, servicio y amor.
        (Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Por medio de Jesús, tu Hijo, nos has mostrado
que el camino que conduce a la victoria
es el camino del servicio amoroso
y la disposición interior
para pagar el precio del sacrificio
por un amor fiel e inquebrantable.
Danos la mentalidad y la actitud de Jesús,
para que aprendamos a servir con él
y a amar, sin contar el precio, y sin medida.
Y que así lleguemos a ser victoriosos con él, 
Jesús Resucitado, que es Señor nuestro
por los siglos de los siglos.



Primera Lectura (Is 50,4-7): Dios Vendrá en Mi Ayuda
El Siervo de Dios, Sufriente, permanece fiel a su misión incluso cuando es perseguido, ya que confía plenamente en Dios.

Segunda Lectura (Plp 2,6-11): Jesús se Humilló a Sí Mismo y así Llegó a Ser Señor Nuestro
El Hijo de Dios se humilló a sí mismo para hacerse uno de nosotros y para servirnos. Por eso Dios lo resucitó y le hizo Señor de todo.

Proclamación de la Pasión (Lc 22,14 – 23,56): Sufrimiento y Muerte de Jesús
En la pasión, Lucas presenta a Jesús como el que vino a buscar y salvar lo que estaba perdido. Ofrece la misericordia de Dios al pueblo de hoy.

Oración de los Fieles


Con Jesús rogamos y sufrimos para que todos encontremos perdón y vida. Y así decimos: 

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, Salvador nuestro, mientras nos unimos a tu agonía y sufrimos contigo, te rogamos por todos los que hoy estén agonizando en ansiedad y en dolor, y así te decimos:      

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, arrestado como un criminal, te rogamos por todos los que sufren condena en las cárceles, y así te decimos:  

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, negado y abandonado por tus mejores amigos, te rogamos por los que son ignorados y están abandonados por sus seres queridos, y así te decimos:   

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, citado ante jueces injustos e injustamente condenado, te pedimos por todos los que sufren injusticia, especialmente en tribunales corruptos, y así decimos:  

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, azotado y coronado de espinas, te pedimos por todos los que son torturados y despreciados en su dignidad humana, y así te decimos: 

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, que cargaste una pesada cruz, te rogamos por los que no saben cómo soportar las cruces y aflicciones de la vida, y así te decimos:  

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, que mueres abandonado en la cruz, te pedimos por todos los que se encuentran rechazados, abandonados y solos en la vida, y así te decimos:  

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

-    Señor Jesús, resucitado de entre los muertos, te pedimos que por tu resurrección nos traigas a todos vida, alegría de vivir y paz, y que un día nos resucites contigo, y así te decimos:  

 

R/ Señor, salva a tu pueblo.

Señor Jesús crucificado, escucha nuestra oración. Danos aquí ahora el pan de la resurrección y de la vida. Transforma nuestros caminos oscuros y tortuosos de cruz en amplias avenidas de luz, vida y alegría. Quédate con nosotros, por los siglos de los siglos.

Oración Sobre las Ofrendas


Oh Padre amoroso
En la víspera de su muerte,
Jesús se dio a sí mismo a sus amigos
en la forma de pan y vino,
como lo hace con frecuencia
aquí entre nosotros, en la eucaristía.
Danos un corazón agradecido por toda su bondad
y haznos lo bastante fuertes
para entregarnos generosamente, con él,
a todos los hermanos
que nos encontremos en el camino de la vida.
Que esta ofrenda nos traiga reconciliación
con nuestros hermanos y contigo.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.

Introducción a la Plegaria Eucarística
La cruz y muerte de Jesús nos trajo perdón y vida. Él murió para que nosotros vivamos. Con Jesús, le damos gracias ahora al Padre por su amor.

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor, de todo pecado y de todo mal.
Por tu misericordia, da amor y esperanza
a los marginados y abandonados
y a los que están sufriendo angustiosamente
a causa de sus cruces.
Condúcenos a todos hacia adelante con esperanza
hacia la venida plena entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Cordero de Dios, que dijo:
”Quien quiera ser grande entre ustedes,
tiene que ser el servidor de todos,
como yo, que vine no a ser servido sino a servir,
y dar mi vida en rescate por muchos”.
Dichosos nosotros si seguimos al Señor.

R/ Señor, no soy digno

 


Oración después de la Comunión


Oh Padre bondadoso:
En esta eucaristía del Domingo de Ramos,
tu Hijo Jesús se nos ha dado a sí mismo
como se dio un día totalmente en la cruz.
Queremos aprender de él
a guardar viva nuestra esperanza en ti,
y a continuar caminando adelante animosos
por nuestro camino en la vida
incluso desconociendo qué nos deparará el futuro
o cuándo tendremos que cargar pesadas cruces;
porque confiamos en ti,
y sabemos que un día resucitaremos,
por encima de nuestras miserias,
a una vida de alegría sin fin,
por el poder de Jesucristo nuestro Señor.

Bendición
Hermanos:  Hemos percibido hoy en Jesús cómo el amor a Dios y el amor al prójimo van de la mano, son inseparables. El amor de Jesús al Padre le obligó a ir hasta el fin en su amor a nosotros. Murió por llevar a cabo esa misión. Y en su muerte todos hemos renacido. Que este pensamiento nos guíe durante esta Semana Santa e inspire también toda nuestra vida cristiana:
Jesús es el Maestro y el Señor, y nosotros le seguimos.
Que él nos dé fuerza para seguirle.
Para ello, la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

EL MESÍAS JESÚS

Acción de gracias

 

Realmente es nuestra obligación darte gracias, Padre Dios,

y de modo especial en esta fiesta del Domingo de Ramos,

porque obra tuya es el universo entero

y lo sigues sosteniendo,

porque somos fruto de tu amor y nos das la vida.

Es justo que te demos gracias porque eres un buen Dios,

que amparas a todos los seres humanos por igual,

sin reparar si somos más ricos o más pobres,

más o menos cultos, creyentes o no,

más o menos cumplidores.

Para ti, sólo somos hijos tuyos, todos somos tus hijos. Gracias, Padre.

Queremos ahora unir nuestras voces

a las de todo el género humano, para bendecir tu nombre,

aclamarte y proclamar tu infinita bondad.

 

Memorial de la Cena del Señor

 

Queremos dedicar la semana que hoy comienza

a recordar los últimos días de la vida de Jesús,

su pasión y su muerte.

Tenemos vivas todas las imágenes de sus sufrimientos

a lo largo de aquel primer vía crucis,

y de verdad que nos siguen doliendo en el alma.

Pero también queremos ser conscientes

de que otros muchos hijos tuyos

están ahora sufriendo en sus carnes toda una pasión,

que se nos están muriendo de hambre y sed

y toda suerte de violencias.

A modo de testamento, Jesús nos explicó

en dos gestos y unas pocas palabras

que nuestra vida, como la suya,

no puede tener otro sentido

que entregarla por amor a tantos hermanos

que imploran nuestra ayuda.

 

Invocación al Espíritu de Dios

 

Envía tu Espíritu en medio de nosotros,

para que caminemos por el sendero que Jesús nos enseñó.

En un mundo en crisis,

donde la esperanza brilla por su ausencia,

queremos ser profetas de la esperanza.

En un mundo triste, donde predominan las malas noticias,

queremos ser portadores de consuelo y de buena nueva.

En un mundo que malvive en situaciones de opresión,

queremos estar del lado de los excomulgados de la vida.

Y denunciar formalmente, como Iglesia de Jesús,

las injusticias que sufren, por las que mueren,

tantos seres humanos, hermanos nuestros.

Te agradecemos, Señor, ahora todo lo bueno

que han hecho por nosotros nuestros familiares difuntos,

que ya sólo viven en ti.

Nos unimos en una sola comunidad

a todas las personas de buena voluntad,

para prometerte que pondremos todo nuestro empeño

en hacer un mundo más justo y solidario.

AMÉN.

 

 


 

¿QUÉ HACE DIOS EN UNA CRUZ?

 

Lo crucificaron.

 

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado sobre la colina del Gólgota se burlaban de él y, riéndose de su impotencia, le decían: «Si eres Hijo de Dios, bájate de la cruz». Jesús no responde a la provocación. Su respuesta es un silencio cargado de misterio. Precisamente porque es Hijo de Dios permanecerá en la cruz hasta su muerte.

Las preguntas son inevitables: ¿Cómo es posible creer en un Dios crucificado por los hombres? ¿Nos damos cuenta de lo que estamos diciendo? ¿Qué hace Dios en una cruz? ¿Cómo puede subsistir una religión fundada en una concepción tan absurda de Dios?

Un "Dios crucificado" constituye una revolución y un escándalo que nos obliga a cuestionar todas las ideas que los humanos nos hacemos de un Dios al que supuestamente conocemos. El Crucificado no tiene el rostro ni los rasgos que las religiones atribuyen al Ser Supremo.

El "Dios crucificado" no es un ser omnipotente y majestuoso, inmutable y feliz, ajeno al sufrimiento de los humanos, sino un Dios impotente y humillado que sufre con nosotros el dolor, la angustia y hasta la misma muerte. Con la Cruz, o termina nuestra fe en Dios, o nos abrimos a una comprensión nueva y sorprendente de un Dios que, encarnado en nuestro sufrimiento, nos ama de manera increíble.

Ante el Crucificado empezamos a intuir que Dios, en su último misterio, es alguien que sufre con nosotros. Nuestra miseria le afecta. Nuestro sufrimiento le salpica. No existe un Dios cuya vida transcurre, por decirlo así, al margen de nuestras penas, lágrimas y desgracias. Él está en todos los Calvarios de nuestro mundo.

Este "Dios crucificado" no permite una fe frívola y egoísta en un Dios omnipotente al servicio de nuestros caprichos y pretensiones. Este Dios nos pone mirando hacia el sufrimiento, el abandono y el desamparo de tantas víctimas de la injusticia y de las desgracias. Con este Dios nos encontramos cuando nos acercamos al sufrimiento de cualquier crucificado.  

Los cristianos seguimos dando toda clase de rodeos para no toparnos con el "Dios crucificado". Hemos aprendido, incluso, a levantar nuestra mirada hacia la Cruz del Señor, desviándola de los crucificados que están ante nuestros ojos. Sin embargo, la manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión. Sin esto, se diluye nuestra fe en el "Dios crucificado" y se abre la puerta a toda clase de manipulaciones. Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo.

 

 

ANTE EL CRUCIFICADO

 

Detenido por las fuerzas de seguridad del Templo, Jesús no tiene ya duda alguna: el Padre no ha escuchado sus deseos de seguir viviendo; sus discípulos huyen buscando su propia seguridad. Está solo. Sus proyectos se desvanecen. Le espera la ejecución.

El silencio de Jesús durante sus últimas horas es sobrecogedor. Sin embargo, los evangelistas han recogido algunas palabras suyas en la cruz. Son muy breves, pero a las primeras generaciones cristianas les ayudaban a recordar con amor y agradecimiento a Jesús crucificado.

Lucas ha recogido las que dice mientras está siendo crucificado. Entre estremecimientos y gritos de dolor, logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen". Así es Jesús. Ha pedido a los suyos "amar a sus enemigos" y "rogar por sus perseguidores". Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón.

Esta petición al Padre por los que lo están crucificando es, ante todo, un gesto sublime de compasión y de confianza en el perdón insondable de Dios. Esta es la gran herencia de Jesús a la Humanidad: No desconfiéis nunca de Dios. Su misericordia no tiene fin.

Marcos recoge un grito dramático del crucificado: "¡Dios mío. Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Estas palabras pronunciadas en medio de la soledad y el abandono más total, son de una sinceridad abrumadora. Jesús siente que su Padre querido lo está abandonando. ¿Por qué? Jesús se queja de su silencio. ¿Dónde está? ¿Por qué se calla?

Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, ¿por qué nos abandonas? ¿no vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?

Lucas recoge una última palabra de Jesús. A pesar de su angustia mortal, Jesús mantiene hasta el final su confianza en el Padre. Sus palabras son ahora casi un susurro: "Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu". Nada ni nadie lo ha podido separar de él. El Padre ha estado animando con su espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitará.

Esta semana santa, vamos a celebrar en nuestras comunidades cristianas la Pasión y la Muerte del Señor. También podremos meditar en silencio ante Jesús crucificado ahondando en las palabras que él mismo pronunció durante su agonía.

 

 

MURIÓ COMO HABÍA VIVIDO

 

Lo crucificaron.

 

¿Cómo vivió Jesús sus últimas horas?, ¿cuál fue su actitud en el momento de la ejecución? Los evangelios no se detienen a analizar sicológicamente sus sentimientos. Sencillamente, recuerdan que Jesús murió como había vivido. Lucas, por ejemplo, ha querido destacar la bondad de Jesús hasta el final, su cercanía a los que sufren y su capacidad de perdonar. Según su relato, Jesús murió amando.

En medio del gentío que observa el paso de los condenados camino de la cruz, unas mujeres se acercan a Jesús llorando. No pueden verlo sufrir así. Jesús se vuelve hacia ellas y las mira con la misma ternura con que las había mirado siempre: No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos. Así va Jesús hacia la cruz: pensando más en aquellas pobres madres que en su propio sufrimiento.

Faltan pocas horas para el final. Desde la cruz sólo se escuchan los insultos de algunos y los gritos de dolor de los ajusticiados. De pronto, uno de ellos se dirige a Jesús: Acuérdate de mí. Su respuesta es inmediata: Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso. Siempre ha hecho lo mismo: quitar miedos, infundir confianza en Dios, contagiar esperanza. Así lo sigue haciendo hasta el final.

El momento de la crucifixión es inolvidable. Mientras los soldados lo van clavando al madero, Jesús decía: Padre, perdónalos porque no saben lo que están haciendo. Así es Jesús. Así ha vivido siempre: ofreciendo a los pecadores el perdón del Padre, sin que se lo merezcan.

Según Lucas, Jesús muere pidiendo al Padre que siga bendiciendo a los que lo crucifican, que siga ofreciendo su amor, su perdón y su paz a todos los hombres, incluso a los que lo rechazan.

No es extraño que Pablo de Tarso invite a los cristianos de Corinto a que descubran el misterio que se encierra en el Crucificado: En Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres. Así está Dios en la cruz: no acusando al mundo de sus pecados, sino ofreciendo su perdón. Esto es lo que celebramos esta semana.

 

 

CON LOS CRUCIFICADOS

 

Lo crucificaron.

 

El mundo está lleno de iglesias cristianas presididas por la imagen del Crucificado y está lleno también de personas que sufren, crucificadas por la desgracia, las injusticias y el olvido: enfermos privados de cuidado, mujeres maltratadas, ancianos ignorados, niños y niñas violados, emigrantes sin papeles ni futuro. Y gente, mucha gente hundida en el hambre y la miseria.

Es difícil imaginar un símbolo más cargado de esperanza que esa cruz plantada por los cristianos en todas partes: «memoria» conmovedora de un Dios crucificado y recuerdo permanente de su identificación con todos los inocentes que sufren de manera injusta en nuestro mundo.

Esa cruz, levantada entre nuestras cruces, nos recuerda que Dios sufre con nosotros. A Dios le duele el hambre de los niños de Calcuta, sufre con los asesinados y torturados de Irak, llora con las mujeres maltratadas día a día en su hogar. No sabemos explicamos la raíz última de tanto mal. Y, aunque lo supiéramos, no nos serviría de mucho. Sólo sabemos que Dios sufre con nosotros y esto lo cambia todo.

Pero los símbolos más sublimes pueden quedar pervertidos si no sabemos redescubrir una y otra vez su verdadero contenido. ¿Qué significa la imagen del Crucificado, tan presente entre nosotros, si no sabemos ver marcados en su rostro el sufrimiento, la soledad, el dolor, la tortura y desolación de tantos hijos e hijas de Dios?

¿Qué sentido tiene llevar una cruz sobre nuestro pecho, si no sabemos cargar con la más pequeña cruz de tantas personas que sufren junto a nosotros? ¿Qué significan nuestros besos al Crucificado, si no despiertan en nosotros el cariño, la acogida y el acercamiento a quienes viven crucificados?

El Crucificado desenmascara como nadie nuestras mentiras y cobardías. Desde el silencio de la cruz, él es el juez más firme y manso del aburguesamiento de nuestra fe, de nuestra acomodación al bienestar y nuestra indiferencia ante los crucificados. Para adorar el misterio de un «Dios crucificado», no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, acercamos un poco más a los crucificados, semana tras semana.

 

 

DIOS NO ES SÁDICO

 

Lo crucificaron.

 

No son pocos los cristianos que entienden la muerte de Jesús en la cruz como una especie de «negociación» entre Dios Padre y su Hijo. Según una determinada manera de entender la crucifixión, el Padre, justamente ofendido por el pecado de los hombres, exige para salvarlos una reparación que el Hijo le ofrece entregando su vida por nosotros.

Si esto fuera así, las consecuencias serían gravísimas. La imagen de Dios Padre quedaría radicalmente pervertida, pues Dios sería un ser justiciero, incapaz de perdonar gratuitamente; una especie de acreedor implacable que no puede salvarnos si no se salda previamente la deuda que se ha contraído con él. Sería difícil evitar la idea de un Dios «sádico» que encuentra en el sufrimiento y la sangre un «placer especial», algo que le agrada de manera particular y le hace cambiar de actitud hacia sus criaturas.

Este modo de presentar la cruz de Cristo exige una profunda revisión. En la fe de los primeros cristianos, Dios no aparece como alguien que exige previamente sufrimiento y sangre para que su honor quede satisfecho y pueda así perdonar. Al contrario, Dios envía a su Hijo sólo por amor y ofrece la salvación siendo nosotros todavía pecadores. Jesús, por su parte, no aparece nunca tratando de influir en el Padre con su sufrimiento para compensarle y obtener así de él una actitud más benévola hacia la Humanidad.

Entonces, ¿quién ha querido la cruz y por qué? Ciertamente, no el Padre que no quiere que se cometa crimen alguno y menos contra su Hijo amado, sino los hombres que rechazan a Jesús y no aceptan que introduzca en el mundo un reinado de justicia, de verdad y fraternidad. Lo que el Padre quiere no es que le maten a su Hijo, sino que su Hijo lleve su amor a los hombres hasta las últimas consecuencias. Dios no puede evitar la crucifixión, pues para ello debería destruir la libertad de los hombres y negarse a sí mismo como Amor. Dios no quiere sufrimiento y sangre, pero no se detiene ni siquiera ante la tragedia de la cruz, y acepta el sacrificio de su Hijo querido sólo por su amor insondable a los hombres. Es lo que celebramos los cristianos esta Semana llamada Santa.

 

 

UNA SEMANA DIFERENTE

 

Lo crucificaron.

 

Para muchos, la Semana Santa se ha convertido en las «vacaciones de primavera» que permiten un pequeño respiro mientras se acerca el descanso veraniego. Unos días de monte o de relax en alguna playa, o tal vez un viaje rápido a algún país de interés turístico. Nada más.

Para otros, siguen siendo unos días cargados de sentida religiosidad. El descanso no les impide celebrar dignamente los misterios centrales de su fe. Es cuestión de organizarse de manera responsable e inteligente.

Hay también un sector no pequeño de cristianos que se han ido alejando progresivamente de la práctica dominical, pero en cuyo interior no se ha apagado la fe en Cristo, aunque ésta sea vacilante y débil. Son personas para las que estas fechas siguen teniendo una resonancia religiosa.

Yo sé la hondura que puede tener para un creyente la celebración de la Cena del Señor el atardecer del jueves, la liturgia de la pasión y muerte del Salvador la tarde del viernes o la celebración gozosa de la resurrección la noche de Pascua. Pero sé también que cada hombre y cada mujer se puede encontrar con Dios por caminos que sólo Él sabe.

Conozco a alguien que se alejó hace mucho de la Iglesia y que estos días busca algún concierto sacro o dedica un cierto tiempo a escuchar música religiosa —la Pasión según san Mateo de J.S. Bach—, pues le ayuda a elevar su corazón hacia el misterio de Dios.

Sé de personas alejadas de la práctica dominical que, año tras año, toman parte en un viacrucis del Viernes Santo. Apenas mueven los labios. No sé si recuerdan ya alguna oración. Pero allí están en silencio entre la gente que hace el recorrido tradicional. Estoy seguro de que en el corazón de no pocos se despiertan sentimientos hace tiempo olvidados de arrepentimiento, agradecimiento y confianza en Dios.

Hace algunos años, un médico me decía que sólo asiste a la celebración litúrgica del Viernes Santo. Escucha con atención el relato de la Pasión y luego espera lo que, para él, es el momento culminante: cuando se descubre la cruz y el pueblo se acerca a besarla. Lleva años sin comulgar. Pero cada Viernes Santo se acerca puntualmente a besar la imagen de Cristo crucificado. ¿Qué pondrá este hombre en ese beso?

Yo me imagino a Dios estos días «contemplando» con ternura infinita a sus hijos e hijas, a los que disfrutan en la playa y a los que se congregan en los templos, a quienes buscan de alguna manera su rostro y a quienes creen no necesitarlo para nada. Todos caben en su corazón. Por todos ellos murió Cristo en la cruz.

 

 

MIRAR AL CRUCIFICADO

 

Lo crucificaron.

 

El sufrimiento deja al ser humano sin palabras. De nada sirven tas teorías ni las explicaciones piadosas. Ningún razonamiento es capaz de consolarlo. Lo primero que brota de un corazón dolorido es la queja, el gemido y la impotencia. Ninguna idea, ninguna palabra puede escamotear el escándalo del mal. Tiene razón D. Sólle cuando descalifica de forma rotunda cierta teología: «El afán de los teólogos por interpretar y hablar donde sería más conveniente callarse es insoportable.»

De hecho, el Dios encarnado en Jesús no ha dado explicaciones sobre el mal. Ha hecho algo más: lo ha compartido. Hay dos actitudes básicas de Jesús ante el mal. Por una parte, lo ha combatido con todas sus fuerzas por verlo arrancado de la vida. Por otra, no se ha dejado bloquear por él y lo ha asumido hasta el final confiando plenamente en su Padre. Al grito estremecedor del «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», le ha seguido el «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.» Y Dios le ha respondido resucitándolo de la muerte.

Toda persona que sufre tiene derecho a quejarse ante Dios. Pero tendrá que hacerlo, no ante un «Dios apático», que se supone está en su cielo disfrutando de su eterna felicidad, sino ante ese «Dios crucificado» que ha compartido nuestro dolor e impotencia hasta la muerte. Tendrá que quejarse, no a un «Dios indiferente y lejano», sino a un Dios que, encamado en Jesús, se ha comprometido contra el mal hasta dar la vida. Lo captó muy bien el teólogo alemán D. Bonhoffer, prisionero de los nazis, mientras esperaba su ejecución: «Dios ha aparecido impotente y débil en el mundo y sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. »

El sufrimiento lleva al gemido y a la queja. Quien está oprimido por el dolor protesta, busca, pregunta: « ¿Por qué esto?», « ¿Por qué a mí?» La fe cristiana no responde con bellas teorías sobre el mal. Sencillamente, invita al creyente a levantar los ojos hacia el Dios que sufre en la cruz.

Esta mirada al Crucificado puede cambiar de raíz la actitud del cristiano que padece la enfermedad, es víctima de la desgracia o sufre la dureza de la vida. Cuando se olvida al «Dios crucificado», la reacción espontánea ante Dios es casi siempre la misma: « ¿Por qué me mandas esto?, ¿qué pecado cometí?, ¿por qué no lo remedias?» Cuando, por el contrario, se mira al Dios clavado en la cruz, la oración que brota del creyente es muy diferente: «Dios mío, sé que mi sufrimiento te duele tanto como a mí; sé que también ahora me acompañas y me sostienes, aunque no te sienta. Confío en Ti No sé cómo ni cuándo, pero un día conoceré contigo la paz y la dicha.»

 

 

TOMAR LA CRUZ

 

Lo crucificaron.

 

Esta semana en que los creyentes meditamos y celebramos la muerte y resurrección de Jesús puede ser buena ocasión para escuchar de manera renovada la llamada evangélica a «tomar la cruz».

Antes de nada, hemos de recordar que el dolor y la enfermedad, los conflictos y tribulaciones de la vida no los ha inventado Cristo ni la teología cristiana. Están ahí como parte integrante de nuestra existencia. Tarde o temprano, todos hemos de enfrentarnos al sufrimiento y la prueba.

Por otra parte, cuando Jesús nos llama a «tomar la cruz», no nos está invitando a procurarnos una vida todavía más dolorosa y atormentada, añadiendo nuevo sufrimiento a nuestro vivir diario. «Tomar la cruz» es descubrir cuál es la manera más acertada y sana de vivir ese sufrimiento que ha de aceptar quien quiere ser humano hasta el final.

El sufrimiento no tiene ningún valor en sí mismo. Es una experiencia negativa que ningún hombre sano ha de buscar arbitrariamente y sin necesidad. Pero al mismo tiempo, es una experiencia ante la cual hemos de tomar postura. Y es aquí donde el cristiano acude al Crucificado para aprender a vivir de manera humana los diferentes sufrimientos.

Hay, en primer lugar, un sufrimiento que forma parte de nuestra condición humana, siempre frágil y caduca. Todos estamos expuestos al dolor y la enfermedad. Todos vivimos amenazados por la desgracia y la muerte. «Tomar la cruz» significa, entonces, vivir esa experiencia dolorosa siguiendo de cerca a Cristo, sostenidos por una confianza absoluta en un Dios que, incluso en los momentos más oscuros, está junto a nosotros y de nuestra parte.

En segundo lugar, hay un sufrimiento inevitable en todo aquel que busca renovarse y crecer de manera positiva. Estamos tan arraigados en un egoísmo enfermizo que todo aquel que desea liberarse y ser cada día más humano, debe aceptar el precio que exige esa superación constante. «Tomar la cruz» significa, entonces, asumir y trabajar gozosamente nuestra conversión aceptando las renuncias y sacrificios que nos llevarán a una vida más plenamente humana.

En tercer lugar, hay un sufrimiento que es resultado de una trayectoria fiel a Cristo y de un compromiso inquebrantable por el evangelio. «Tomar la cruz» significa, entonces, aceptar pacientemente el rechazo, el descrédito o la persecución que nos pueden llegar como consecuencia del seguimiento a Cristo, sabiendo que el destino de quien trata de humanizar la vida como Jesús es compartir también con él la crucifixión.

Pero la cruz no es el último destino de quien sigue a Cristo. Si los cristianos asumimos esa cruz inevitable en todo aquel que se esfuerza por ser él mismo más humano y por construir un mundo más habitable, es porque queremos arrancar para siempre del mundo y de nosotros el mal y el sufrimiento. A una vida crucificada corno la de Jesús sólo le espera resurrección.

 

 

LA VERDAD DE LA CRUZ

 

Lo crucificaron.

 

Desde los primeros siglos el cristianismo ha sido despreciado por anunciar un mensaje de salvación que se fundamenta en algo tan indigno como es la muerte de un crucificado.

Naturalmente, en nuestra sociedad nadie se molesta en atacar la cruz como lo hacía el filósofo Celso hacia el año 180. Pero son muchos los que, al disfrutar estos días de semana santa, mirarán con extrañeza y hasta casi con pena a esos creyentes que se reúnen a celebrar al Crucificado.

Para muchos de ellos, adorar la Cruz es justificar lo inhumano, bendecir el dolor, fomentar una ascesis morbosa, coartar la alegría de vivir.

La cruz impide buscar libremente la expansión y el gozo de la vida. La cruz glorifica las desdichas, el sufrimiento, las humillaciones y la muerte. La cruz es enemiga de la vida y va en contra de nuestro deseo más íntimo de ser felices.

Todo esto se puede pensar y decir cuando se prescinde de Aquel que fue crucificado o se ignora lo que fue la crucifixión.

Porque Jesús no murió en una cruz para magnificar el dolor, promover un ideal ascético de sufrimiento o ir en contra de la felicidad y la vida.

Jesús ha muerto no porque despreciaba la vida sino porque la amaba tanto que no quiso consentir que fuera disfrutada sólo por unos pocos privilegiados.

Jesús ha muerto no porque menospreciaba la felicidad sino para dar testimonio de la seriedad con que se ha de respetar y buscar la felicidad de todos los hombres, incluso de los más pobres e indefensos.

Jesús ha muerto no porque se resignó a las opresiones e injusticias sino porque se puso del lado de los oprimidos sin caer en el juego de desencadenar nuevas violencias e injusticias en nombre de ellos.

La Cruz de Jesucristo, lejos de justificar el dolor y la desdicha, desenmascara la inhumanidad de nuestra sociedad donde el juego de intereses termina por excluir y crucificar siempre a los más débiles.

La Cruz de Jesucristo que celebraremos los cristianos esta semana no se opone a la felicidad, sino sólo a la de aquellos que disfrutan egoístamente de la vida, burlándose del sufrimiento de los crucificados y desheredados de la tierra.

 

 

MÁS QUE LA VIDA

 

Le cargaron la cruz.

 

La primera palabra de Jesús no es la cruz. Y su mensaje central no es la predicación de la muerte sino el anuncio de una Buena Noticia: la bondad infinita de Dios que quiere la felicidad total del hombre.

Por eso, la actuación de Jesús no ha consistido en «producir cruces» ni crear sufrimiento. Ni su palabra ha sido para legitimar las cruces que unos hombres imponen sobre los hombros de otros.

Toda su vida ha sido, por el contrario, una lucha contra el sufrimiento. Un combate por liberar a los crucificados de toda clase de sufrimiento y de mal.

Es esto lo que resuena a través de todo el evangelio: una llamada a todos para evitar el sufrimiento producido por los hombres, y una esperanza para dar sentido último a la cruz inevitable de nuestra existencia finita y mortal.

Los creyentes no debemos olvidar nunca que toda la actuación y el mensaje de Jesús está orientado a liberarnos de las cruces de la vida y a hacernos más llevadero el peso de nuestra existencia.

Pero tampoco hemos de olvidar que esta Buena Noticia propuesta por Jesús ha sido frontalmente rechazada y ha provocado una reacción violenta contra él.

Jesús ha experimentado en su propia carne que es peligroso «ir demasiado lejos» en el amor a los crucificados y que no se puede exigir impunemente a una sociedad que busque realmente la felicidad de todos.

Y es precisamente en este momento en que se ve rechazado por todos cuando Jesús asume la cruz. No deja que el odio tenga la última palabra. Y decide no huir, sino ofrecer su vida y sacrificarse.

Y es entonces cuando se nos desvela el verdadero misterio de la cruz y el significado último del Evangelio: «La vida en la tierra no es el valor supremo. Hay cosas por las que merece la pena entregar la vida. Morir así es un valor supremo» (L. Boff).

En el Crucificado descubrimos que es el amor a Dios y la solidaridad con los hermanos lo que da un sentido último a todo nuestro ser y nuestro hacer.

Hay un modo de vivir y de morir que no se perderá jamás en el vacío. Hay algo que es más fuerte que la misma muerte y es el amor.

La resurrección nos revelará todo el vigor y la fuerza salvadora que se encierra en esta vida sacrificada. Esta vida entregada por amor no ha sido vencida. Al contrario, ha encontrado su plenitud en la vida misma de Dios.

 

 

TOMAR LA CRUZ

 

Y le cargaron la cruz.

 

Tarde o temprano, todos nos encontramos en la vida con el sufrimiento y podemos experimentar en nuestra propia carne la verdad de aquellas palabras del libro de Job: «El hombre nacido de mujer es corto de días y harto de inquietudes».

Y, sin embargo, el hombre no ha nacido para sufrir. Y ante la experiencia dolorosa del sufrimiento hay algo que se nos revela en lo más hondo de nuestro ser. No queremos sufrir.

Tampoco el creyente que trata de seguir al Crucificado, busca de manera masoquista sufrir. Trata sencillamente de descubrir desde Jesús cuál es la manera más humana y liberadora de asumir y vivir el sufrimiento propio y ajeno.

El sufrimiento siempre es algo malo. Y es equivocado e inútil pretender piadosamente convertirlo en algo bueno y deseable.

La fe no cambia la naturaleza del mal. El mal continúa siendo algo malo. Pero, precisamente por eso, puede convertirse para el creyente en el medio más realista, verdadero y convincente para vivir su fe total en el Padre y su solidaridad y amor desinteresado a los hermanos.

Esa es precisamente la postura de Jesús. Movido por su fidelidad al Padre y su amor a los hombres, acepta el sufrimiento como la realidad donde mejor puede vivir y manifestar su fe absoluta en el Padre y su amor radical a los hombres.

No se trata pues de subrayar morbosamente el carácter doloroso y penoso de la vida. Se trata de vivir sencillamente nuestra vocación de hombres y creyentes, sin reservas e incondicionalmente, asumiendo si es preciso el dolor y la tribulación.

Quizás tengamos que aprender los creyentes a descubrir las exigencias concretas que puede tener hoy el tomar la cruz de Cristo.

Cosas tan necesarias en nuestra sociedad como éstas: preferir sufrir injustamente antes que colaborar con la injusticia; compartir solidariamente el sufrimiento de los necesitados; aceptar las consecuencias dolorosas de una defensa firme de la justicia, la verdad y la libertad; sufrir la inseguridad, la debilidad y los riesgos de una actuación honrada y consecuente con la fe cristiana; comprender el valor de una vida austera y equilibrada en medio de esta sociedad de bienestar y consumo.

 

 

NO TE BAJES DE LA CRUZ

 

Según el relato evangélico, los que pasaban ante Jesús crucificado se burlaban de él y, riéndose de su sufrimiento, le hacían dos sugerencias sarcásticas: Si eres Hijo de Dios, «sálvate a ti mismo» y «bájate de la cruz».

  Ésa es exactamente nuestra reacción ante el sufrimiento: salvarnos a nosotros mismos, pensar sólo en nuestro bienestar y, por consiguiente, evitar la cruz, pasarnos la vida sorteando todo lo que nos puede hacer sufrir. ¿Será Dios así? ¿Alguien que sólo piensa en sí mismo y en su felicidad?

  Jesús no responde a la provocación de los que se burlan de él. No pronuncia palabra alguna. No es el momento de dar explicaciones. Su respuesta es el silencio. Un silencio que es respeto a quienes lo desprecian, comprensión de su ceguera y, sobre todo, compasión y amor.

  Jesús sólo rompe su silencio para dirigirse a Dios con un grito desgarrador: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» No le pide que lo salve bajándolo de la cruz. Sólo que no se oculte, ni lo abandone en este momento de muerte y sufrimiento extremo. Y Dios, su Padre, permanece, en silencio.

  Sólo escuchando hasta el fondo ese silencio de Dios, descubrimos algo de su misterio. Dios no es un ser poderoso y triunfante, tranquilo y feliz, ajeno al sufrimiento humano, sino un Dios callado, impotente y humillado, que sufre con nosotros el dolor, la oscuridad y hasta la misma muerte.

  Por eso, al contemplar al crucificado, nuestra reacción no es de burla o desprecio, sino de oración confiada y agradecida: «No te bajes de la cruz. No nos dejes solos en nuestra aflicción. ¿Para qué nos serviría un Dios que no conociera nuestra cruz? ¿Quién nos podría entender?

  ¿En quién podrían esperar los torturados de tantas cárceles secretas? ¿Dónde podrían poner su esperanza tantas mujeres humilladas y violentadas sin defensa alguna? ¿A qué se agarrarían los enfermos crónicos y los moribundos? ¿Quién podría ofrecer consuelo a las víctimas de tantas guerras, terrorismos, hambres y miserias? No. No te bajes de la cruz pues si no te sentimos «crucificado» junto a nosotros, nos veremos más «perdidos».

 Es difícil imaginar algo más escandaloso que un «Dios crucificado». Y tampoco algo más atractivo y esperanzador. No sé si podría creer en un Dios que fuera sólo poder. Creo que los humanos sólo podemos confiar en un Dios débil, que sufre con nosotros y por nosotros, y sólo así despierta en nosotros la esperanza.

  Estos días he podido ver con qué arrogancia actúan los poderosos y con qué facilidad se destruye a los débiles; quiénes son los satisfechos y quiénes los desgraciados; dónde están los que deciden y organizan todo, y dónde mueren las víctimas que lo padecen todo.

  ¿A qué me podría yo agarrar si Dios fuera simplemente un ser poderoso y satisfecho, que decide y organiza el mundo a su antojo, muy parecido a los poderosos de la tierra, sólo que más fuerte que ellos? ¿Quién me podría dar una esperanza si no supiera que Dios está sufriendo con las víctimas y en las víctimas? ¿Quién me podría consolar si no supiera que un «Dios crucificado» es lo más opuesto a estos «dioses» que sólo saben crucificar?

  Ese Dios crucificado me ayuda a ver la realidad desde los crucificados. Desde estos hombres y mujeres abatidos sin miramiento alguno, se ve mejor cómo está el mundo y qué le falta para ser humano. El mal tiende a disfrazarse, pero allí donde alguien es crucificado, todo se esclarece. Sabemos dónde está Dios y dónde están los que se le oponen.

  Los crucificados no me dejan creer en esas grandes palabras como «progreso», «democracia» o «libertad», cuando sirven para matar inocentes. Siempre se ha matado en nombre de algún «dios». El poder tiende a sacralizarse a sí mismo, se presenta como intocable e indiscutible, se legitima en los votos o en las grandes causas. Da lo mismo. Cuando aterroriza y destruye a inocentes, queda desenmascarado. Ese poder nada tiene que ver con el verdadero Dios.

  Esta Semana Santa, al besar la Cruz, quiero besar a todos los crucificados, pedirles perdón y ver en ellos a ese Dios crucificado que me llama a recordarlos y defenderlos siempre.

 

 

MUERTE, POR AMOR, EQUIVALE A VIDA

Fray Marcos

Lc 19, 28-44

 

La liturgia de este domingo es desconcertante. Empieza celebrando una entrada "triunfal" (Lc 19,28-40), y termina recordando una muerte ignominiosa (Lc 22,14 a 23,56). Es francamente difícil armonizar estos dos momentos de la vida de Jesús. Podríamos decir que ni el triunfo fue triunfo, ni la muerte fue muerte. Todos los evangelistas plantean la subida a Jerusalén como resumen de la actividad pública de Jesús. La muerte en la ciudad santa es considerada como la meta última de toda su vida.

 

En la vida de Jesús se vuelve a escenificar el Éxodo, el paso de la esclavitud a la libertad, de la muerte a la vida (pascua, paso). Allí iba a dejar patente el amor incondicional de Dios al hombre, manifestado en el servicio hasta la muerte.

 

¿Por qué fracasó Jesús tan estrepitosamente? Porque la salvación que él ofrece no coincide con la salvación que esperamos la mayoría de los humanos. Jesús pretendió llevarnos a la plenitud, pero en nuestro verdadero ser. Nosotros nos empeñamos en salvar nuestro ser engañoso, nuestro "ego".

 

Para nada nos interesa acomodarnos a la "voluntad" de Dios; preferimos que Dios se acomode a lo que nosotros queremos. Dios "quiere" para nosotros lo mejor. Ni siquiera puede querer lo menos bueno. Y nosotros estamos tan pegados a nuestra contingencia, que seguimos creyendo que en la individualidad está nuestro futuro. No hay que entender la voluntad de Dios como venida de fuera. Lo que Dios quiere es la exigencia más profunda de nuestro verdadero ser.

 

El fracaso humano de Jesús en su intento de instaurar el Reino de Dios nos invita a reflexionar sobre el verdadero sentido de las limitaciones humanas. Si nuestro primer objetivo es evitar el dolor a toda costa y buscar el máximo placer posible, nunca podremos aceptar la predicación de Jesús. Él confió completamente en Dios, pero Dios no lo libró del dolor ni de la muerte. Interpretar este aparente abandono extremo de Jesús por parte de Dios, sería la clave de nuestro acercamiento a su pasión y muerte y sería la clave también para interpretar el dolor humano y tratar de darle el verdadero sentido, que escapa a la mayoría de los mortales y está más allá de toda sensiblería.

 

Es un disparate pensar que Dios exigió, planeó, quiso o permitió la muerte de Jesús. Peor aún si la consideramos condición para perdonar nuestros pecados. La muerte de Jesús no fue voluntad de Dios, sino fruto de la imbecilidad de los hombres. Fue el deseo de poder y el afán de someter a los demás, lo que hizo inaceptable el mensaje de Jesús. El pecado del mundo es la opresión.

 

Lo que Dios esperaba de Jesús fue su total fidelidad, es decir, que una vez que tuvo experiencia de lo que Dios era, no dejara de manifestarlo a cualquier precio. La muerte de Jesús no fue un accidente; fue la consecuencia de su vida. Una vez que vivió como vivió y predicó lo que predicó, era lógico que lo eliminaran por insoportable.

 

Dios no está solo en la resurrección, está siempre en el hombre, también en el dolor y en la muerte. Si no sabemos encontrarlo ahí, seguiremos pensando como los hombres, no como Dios. Es ésta una lección que no acabamos de aprender. Seguimos asociando el amor de Dios con todo lo placentero, lo agradable, lo que me satisface. El dolor, el sacrificio, el esfuerzo lo seguimos asociando a castigo de Dios, es decir a ausencia de Dios. Las celebraciones de Semana Santa nos tienen que llevar a la conclusión contraria. Dios está siempre en nosotros, pero necesitamos descubrirlo, sobre todo, en el dolor y la limitación.

 

Los textos de la Pasión no son una crónica de sucesos, sino teología extraída de unos hechos, que al relatarlos no tienen como objetivo principal informarnos sino trasmitir la teología sobre la muerte de Jesús que fueron elaborando los primeros cristianos. Aunque hay grandes diferencias entre los cuatro evangelios, el relato de la pasión es la parte en que más coinciden los cuatro. Esto se debe a que fue el primer relato que se redactó por escrito, seguramente, como catequesis. Por eso quedó fijado muy pronto en sus rasgos generales, que reflejan después los evangelistas con su propia peculiaridad en sus respectivas redacciones. Dentro del marco recibido por la tradición, cada uno le da su propio matiz.

 

La pasión de Lucas tiene una clara tendencia catequética. Aunque utiliza la narración de Marcos u otra más antigua que ya utilizó el mismo Marcos, le da un toque de humanización muy significativo. Suaviza mucho la relación de los que están alrededor de Jesús con su persona. No todo es negativo. Incluso los paganos quedan de alguna manera justificados. Hay en el relato muchos personajes que están con Jesús y pretenden ayudarle. El mismo Jesús se relaciona con algunos con total comprensión y como ayudándoles a entender lo que está pasando. Lucas elimina de su relato todos los extremismos y presenta una pasión más humana.

 

Para nosotros hoy, lo verdaderamente importante no es la muerte física de Jesús, ni los sufrimientos que padeció. A través de lo que conocemos de la historia humana, miles de personas, antes y después de Jesús, han padecido sufrimientos mucho mayores y más prolongados de los que sufrió él. Lo importante de la figura de Jesús en ese trance, fue su actitud inquebrantable de vivir, hasta sus últimas consecuencias, lo que predicó. Para nosotros, lo importante es descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuáles fueron las consecuencias de su muerte para él, para los discípulos y para nosotros.

 

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos, etc. no eran gente depravada que se opusieran a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía, de buena fe, ser fieles a la voluntad de Dios, que para ellos estaba definida de manera absoluta y exclusiva, en la Ley de Moisés. Para ellos defender la Ley y el templo, era defender al mismo Dios.

 

La pregunta que se hacían era esta: ¿era Jesús el profeta, como creían algunos de los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo y le llevaba fuera de la religión judía? La respuesta no era sencilla. Por una parte veían que Jesús iba contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofeta. Pero por otra parte, los signos que hacía eran una muestra de que Dios estaba con él. El desconcierto de los discípulos ante la condena y muerte de Jesús tiene mucho que ver con esa confrontación de sus representantes religiosos. ¿A quién debían hacer caso, a los representantes legítimos de Dios, o a Jesús, a quien los sacerdotes consideraban un blasfemo?

 

¿Por qué murió? Solo indirectamente podemos aproximarnos a la actitud que Jesús adoptó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco. Pronto se dio cuenta de que los jefes religiosos querían eliminarlo. Jesús debió tener razones muy poderosas para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que eso le acarrearía la muerte. Sabía que el pueblo que no le entendía, dejaría de seguirle. Pero también sabía que los jefes religiosos no se iban a conformar con no hacerle caso. Sabiendo todo eso, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Que le importara más ser fiel que salvar la vida, es lo que debemos valorar. Eso es lo que Dios esperaba de él, y eso es lo que tuvo siempre claro.

 

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Para los apóstoles, fue el imprescindible revulsivo que les llevó al descubrimiento del verdadero Jesús. Durante su vida lo siguieron como amigo, maestro, profeta, pero estaban muy lejos de conocer el verdadero significado de la persona de Jesús. A ese descubrimiento no podían llegar a través de lo que oían y lo que veían; se necesitaba un proceso de maduración interior. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret, al Señor, Mesías o Cristo y al Hijo...

 

En esto consistió la experiencia pascual. Si queremos entender la muerte y la resurrección de Jesús, todos tenemos que seguir ese mismo camino de la vivencia interior. No hay explicación racional posible ante los acontecimientos que vamos a celebrar.

 

Meditación-contemplación

Jesús, con su muerte, manifestó que la VIDA estaba en él.

Si la VIDA (Dios) estaba en él, ¿qué podía temer de la muerte fisiológica?

La muerte ni añade ni quita nada a su verdadero SER.

La muerte no le puede arrebatar un ápice de VIDA

................................

 

La verdadera Vida está ya en mí.

Lo único que tengo que hacer es descubrirla.

Toda "muerte" (entrega, servicio) es signo de Vida.

Todo egoísmo (opresión, dominio) es signo de "muerte".

..........................

La Vida-Amor es el fundamento de mi ser.

No la encontraré en lo superficial y accidental.

Sólo entrando dentro de mí, muy adentro, más adentro;

descubriré lo esencial de mí mismo.

.......................

 

 

 

UN ASNO QUE ESTORBA

 

Entra Jesús en la ciudad, sobre un asno: 

rechazando todo triunfalismo, 
rechazando imponerse, o aprovecharse de tantos que le apoyan y aclaman 
rechazando cualquier tipo de violencia, llega «en son de paz» 
rechazando las expectativas de la gente, que aguardan un Mesías Libertador.

Dios no llega como quisiéramos, como nos gustaría que llegara... 
No es un político populista, que se aproveche del desencanto de las gentes.
Por eso, este asno que ha elegido Jesús ciertamente nos estorba 
ya que nos obliga a renunciar a nuestros sueños de grandeza, de triunfo,
de ser muchos y con influencia para alcanzar nuestros nobles objetivos...
Y en cambio, optar por el trabajo sencillo, humilde y tenaz, entre gente sin poder...
Optar por la Palabra que construye, por la cercanía a los que sufren, por sanar,
por la transformación de los corazones, por integrar a los descartados, ... aunque esto sea fatigoso y de lentos resultados;
nos obliga a bajar la guardia, renunciando a nuestras armas y escudos,
para acogerle con paz, con nuestros mantos, con nuestros cantos, 
con nuestras gritos de esperanza,
reconociendo que necesitamos la presencia de Dios entre nosotros,
y atentos cuando se presente de manera tan desconcertante, 

acogiéndolo y aclamándole con la alegría de los niños.

Pero siempre corremos el peligro de que el espectáculo exterior, las aclamaciones, la procesión, los cantos, las liturgias.... tengan poco que ver con lo que «pasa» por dentro. Toda aquella gente que ha acudido a la procesión con sus palabras y ramos de olivo, que le recibe, le aclama, le aplaude... ¿dónde está los días siguientes? ¿De qué modo han sintonizado con él, se han identificado con él, se han puestos a su disposición? Según terminaron con su desfile, se marcharon a casa como si no hubiera pasado nada. Decían que estaban con el Mesías, que confiaban en él... pero no se han quedado con él. Por dentro no parece que haya cambiado nada. Como si lo esperaran todo de Dios... pero sin poner nada de su parte. 

Por eso, la lectura de la Pasión (según San Lucas) y la Primera Lectura nos ponen sobre aviso.

Este hombre que se despojó de su grandeza, 
que se presentó (se presenta) como un esclavo, 
que soporta escupitajos, latigazos, insultos y desprecios, 
que quedó sin túnica, HOMBRE DESNUDO, 
sin títulos,
sin multitudes alrededor,
nos deja a nosotros al desnudo, con nuestra verdad al aire.

Cuando él realmente se presenta como es —y no es fácil reconocerlo— habrá quienes:

- Como la gente, podremos cruzarnos de brazos y marcharnos a nuestras cosas y cambiar de opinión en un sólo día, del «hijo de David» al «crucifícalo».

- Como los sumos sacerdotes, podremos acusarle de muchas cosas: 

+ de descolocar nuestras ideas y expectativas sobre Dios 
+ de poner en evidencia hipocresía de nuestra religiosidad y culto 
+ de protestar y quejarnos porque no resuelve nuestros problemas: ¿Dónde estás cuando estalla una guerra que no queremos? ¿Dónde estás cuando la enfermedad agarra a los nuestros? ¿dónde estás cuando no sabemos qué elegir en nuestra vida? ¿Por qué nos haces sentir mal cuando nuestros estilos, planes, y opciones... no están de acuerdo, no se parecen a los tuyos?

- Como Pilatos, tendríamos muchísimas preguntas que hacerle, pero ningún interés por sus respuestas, si pretendemos defender nuestros «tronos», si suponen reconocer que tenemos otros señores a los que servimos, si podríamos «perder» algo... si preferimos lavarnos las manos en vez de mojarnos por defender la justicia y la verdad.

- Como Simón de Cirene, se muestren dispuestos a ayudarle con sus cruces, aunque la iniciativa no haya sido nuestra, y a lo mejor lo hagamos con desgana

- Como Pedro, puede ser puesto a prueba nuestro testimonio público y hacer que se tambaleen nuestra autosuficiencia y chulería.

- Podemos burlarnos de él: ¿Quién necesita un rey como ése? Demuéstranos quién eres, cuál es tu poder, danos buenas razones para ponernos de tu parte frente a los tiranos de siempre.  

- Podemos también permanecer orando con él en la noche de la fe (orad para no caer en la tentación), o quedarnos dormidos primero, y salir huyendo después.

- Podemos aceptar su Pan y su Copa, permitir que nos lave los pies... o negarnos, venderle, marcharnos

En fin, ya se irá viendo dónde y cómo se coloca cada uno en la celebración de esta Semana Santa. Porque el Evangelio es Palabra Viva hoy, no es un simple «recuerdo» de lo que ocurrió entonces... sino de lo que hoy sigue ocurriendo entre nosotros. La historia se repite y cada cual elegiremos uno o más «papeles» para asistir a la Pasión del Cristo de HOY.

 

 

UN MESÍAS DIFERENTE

José Enrique Galarreta

 

 

Lc 19, 28-44

 

La celebración de hoy tiene dos partes: la procesión de los ramos y la eucaristía, que deben unirse en un único mensaje. Tenemos la tendencia a celebrar la entrada triunfal independizándola de la Pasión y Resurrección. Pero forman un conjunto: no sólo los sucesos son un todo sino el mensaje es único. Nuestra tendencia es celebrar una entrada triunfal, asemejándola demasiado a la entrada de un rey terreno que triunfa de sus enemigos. Más que una entrada triunfal es una entrada mesiánica, y no del mesías que el pueblo y sus jefes esperaban, sino del siervo sufriente que no viene a hacer triunfar al estado sobre sus enemigos sino a convertir los corazones a Dios.

 

Aunque los rasgos de la entrada mesiánica han sido magnificados por los redactores de los textos, para mostrar su fe en Jesús Señor, todavía podemos descubrir en los textos la modestia de la entrada de Jesús en Jerusalén, y los símbolos de su negación a conformarse con la imagen mesiánica al uso (el borrico como cabalgadura). El cuarto evangelio subraya mucho la actuación de Jesús que se niega a entrar como Rey y viste su entrada con todos los signos de su porfiada negación del Mesianismo Davídico.

 

No podemos olvidar la secuencia completa de los hechos tal como la narra el evangelio de Lucas que se propone como final de la procesión de los ramos:

 

Entrada mesiánica (bajando el monte de los olivos)

Llanto por Jerusalén (al acercarse a la ciudad)

Purificación del Templo

Enseñanza a diario en el Templo.

Los jefes se ratifican en acabar con él.

 

Del conjunto de los textos se puede concluir:

 

• Jesús acepta la entrada mesiánica (no va a pie como todos los días...). Pero se preocupa de imponer los signos externos que muestran su rechazo al mesianismo regio triunfal.

• Jesús anuncia en ese momento el rechazo de Jerusalén y su destrucción. "Toma posesión" del Templo (que será destruido) pero no para triunfar en él sino para purificarlo y enseñar en él.

 

Es por tanto importante que nuestra celebración de este "suceso" no degenere en superficiales aclamaciones triunfalistas [los dos salmos que se ofrecen para acompañar la procesión (23 y 46) parecen incitar más bien a una celebración triunfal, exterior].

 

Como siempre, los evangelios se preocupan de subrayar que los discípulos no se han enterado de gran cosa, y siguen pensando en quién es el mayor y en sillones ministeriales a la derecha y la izquierda del Rey. Los mismos textos, y especialmente la profunda elaboración del cuarto evangelio, nos muestran a los discípulos entusiasmados por un triunfo exterior, y a Jesús empeñado en dar sentido interior a su mesianismo.

 

Este año leemos la Pasión según Lucas. Y resulta interesante mostrar las peculiaridades de este evangelista en el relato de la Pasión del Señor.

 

Lucas es el único que menciona:

 

• la disputa de los discípulos por quién es el mayor, en la Cena (en paralelo con el lavatorio de los pies, de Juan).

• la frase "haced esto en recuerdo mío", en la Cena.

• la aparición del ángel confortador en Getsemaní.

• la calificación de "agonía" y el sudor de sangre en Getsemaní.

• Jesús mira a Pedro cuando ya éste le ha negado.

• la presencia de Jesús ante Herodes. Como en los Marcos y Mateo, Jesús está mudo durante todo el "interrogatorio civil", pero esto se señala más en Lucas por silencio ante Herodes.

• las hijas de Jerusalén en la Vía Dolorosa.

• la primera palabra de Jesús: "Padre, perdónales..."

• el perdón del buen ladrón.

• no cita el "¿por qué me has abandonado?"

• la última palabra de Jesús: "Padre, en tus manos ..."

• señala la hora de la muerte de Jesús.

• indica que las mujeres que están con Jesús son "las que le habían seguido desde Galilea".

 

En todo lo demás, su relato es muy semejante al de los otros dos Sinópticos, más especialmente al de Marcos, aunque más de una vez cambia el orden de los acontecimientos.

 

Sería importante que la lectura de la Pasión en el contexto de la Eucaristía lleve a los fieles, más allá del sentimiento, hacia la conversión: en su modo de vivir y en su compromiso con otros.

 

 

 

Jesús y el éxito

 

En un día en que vamos a celebrar procesiones triunfales, con palmas y cánticos, con los sacerdotes revestidos de preciosos ornamentos de rojo y oro, conviene recordar cómo se situó Jesús ante eso que nosotros llamamos triunfo.

 

Un triunfo es lo que esperaban los que le seguían desde el lago, desde el Jordán. Les dejó tan fascinados que lo dejaron todo y le siguieron porque estaban convencidos de que era el Mesías esperado, el Ungido del Señor. Lo esperaban todo de él. Pero esperaban mal. Esperaban un nuevo David, el rey por excelencia, el Ungido por excelencia, el conquistador, el unificador, el que tenía que devolver a Israel la Soberanía, la paz, la preeminencia sobre las naciones, la paz, la abundancia. El que haría que todas las naciones vinieran a adorar a Dios en su (¿de Él o de ellos?) Santo Templo de Jerusalén. El Mesías, luz de las Naciones y gloria de tu pueblo Israel. Y los discípulos son, naturalmente, como todos. Todo Israel – los que esperan al Mesías – esperan así.

 

Durante toda su vida pública, Jesús se esfuerza lo indecible para alejarse de esa imagen. Oculta sus milagros, que le están dando fama de legendario curador todopoderoso, evita la propaganda, huye de los que le quieren hacer rey, anuncia reiteradamente que su final es la muerte en cruz rechazado por los jefes. Nadie le cree. Los discípulos, que le siguen más que nadie, los que menos.

 

La subida a Jerusalén es penosa: Jesús predicando constantemente en contra del mesianismo acostumbrado; la gente imperturbable, los discípulos cada vez más lejos del pensamiento del Maestro, hasta pidiendo sillones ministeriales. Hasta podemos adivinar un conato de triunfalismo davídico en la organización por los discípulos de la entrada en Jerusalén, estropeada por Jesús al dirigirse al Templo y armar el mayor escándalo de su vida. Jesús se ha pasado la vida entera desmontando la idea de triunfo que impera en el pueblo y en sus amigos.

 

Pero no bastará: para romper definitivamente esa idea será necesaria la cruz: entonces se romperá en mil pedazos la fe de los discípulos: han podido con él, lo han matado... luego Dios no estaba con él. Nosotros esperábamos que éste sería el Libertador de Israel, pero lo han rechazado los jefes del pueblo, lo han eliminado... Nosotros esperábamos pero, ya no esperamos. Fue necesaria la muerte en cruz para que los discípulos perdieran la fe vieja. Y ahí nació la fe. Todos los relatos de la resurrección insisten en lo mismo: re-conocerle, re-leer la Escritura.

 

Re-conocerle, volver a conocerle, conocerle de nuevo. Antes no le conocían, sólo se imaginaban quién era basados en una falsa lectura de la Escritura. Jesús resucitado les enseña a leer las Escrituras, y entonces empiezan a conocerle, empiezan a descubrir que la salvación de Dios no viene del triunfo político, de la aclamación social, de la imposición desde arriba, de la religión desde fuera. La resurrección es ante todo una terrible conversión/inversión de criterios. Y la esencia de esa conversión es: es el crucificado el que nos merece fe, no el Rey David poderoso y triunfante.

 

El éxito de Jesús consiste en que es capaz de ir hasta el final, de ser consecuente hasta el final, de no echarse atrás, en no ceder a ninguna tentación mesiánica. El éxito de Jesús consiste en no querer triunfar como lo esperan todos.

 

Importante para nosotros la iglesia hoy, que seguimos queriendo triunfar por fuera, por poder, por prestigio, por influencia social, por espectáculo. Importante para cada uno de nosotros la iglesia. El mesianismo davídico fue una grave tentación para Jesús, una grave dificultad para los primeros seguidores, y es hoy una terrible tentación para nosotros la iglesia y más aún para los que la gobiernan. Y hoy que hablamos de nueva evangelización, tenemos que pararnos a pensar y preguntarnos: ¿Qué pretendemos? ¿Volver a ser numerosos, poderosos, dueños de la conciencia de la gente? ¿Volver a llenar los templos en grandes celebraciones y las calles con procesiones esplendorosas?... ¿A qué llamamos evangelizar?

 

 

 

La señal del cristiano es la santa cruz

 

La señal del cristiano es la santa cruz. El discípulo, como su maestro. Si a Él le crucificaron, a sus seguidores también. Y les crucificarán los mismos: el dinero, el poder y los dioses.

 

Jesús no dio ningún motivo "revolucionario" para que le matasen. No fue un agitador social ni un líder político ni un guerrillero. No lo mataron por eso, aunque le acusaron de eso, calumniándole, para que los romanos quisieran matarle. Lo mataron por ser un revolucionario mucho mayor: por creer en un Dios distinto, por considerar a todos iguales, por preferir a los pequeños, por pasar del poder y del dinero.

 

Y por eso no nos matan a nosotros. Porque seguimos creyendo en los dioses, porque no consideramos a todos iguales, porque no preferimos a los pequeños, porque no pasamos del poder y del dinero. Jesús era peligroso, nosotros no. No nos parecemos; así de sencillo.

 

El Dios de Jesús es peligroso, porque no se sienta arriba con poder para juzgar, sino que está debajo para sustentar, dentro para fermentar. Y eso no vale para asentar en los dioses el poder y la dignidad. Esto no les gusta nada a los sacerdotes, porque su dignidad se deriva directamente de la dignidad de dios, y si dios no está arriba, ellos tampoco.

 

Para Jesús todas las personas son iguales porque todos son hijos. Ni por ser rico ni por ser pobre se es más ni menos. Esto no les gusta nada a los ricos. Es muy incómodo tener un hermano pobre, compromete, afea, es fuente de numerosas molestias. Tampoco les gusta del todo a los pobres: es molesto que el rico sea mi hermano, no podremos odiarle y matarle sin sentir remordimientos. Es mucho más sencillo que sea sin más mi enemigo.

 

Para Jesús son antes los pequeños, sencillamente porque necesitan más. Y las madres y los médicos y los pastores y los maestros ... emplean más tiempo y más esfuerzo en los que necesitan más. Esto no les gusta nada a los grandes, porque les impiden disfrutar en paz de su grandeza, les llena de preocupaciones, no pueden quedarse sin más con lo que Dios les ha dado, se sienten responsables y por tanto despojados de su libertad. Y sobre todo, se sienten desprestigiados. Ser grande ya no es un mérito adquirido, una bendición de Dios, sino un compromiso, un talento, una responsabilidad.

 

Pasar del poder y del dinero es de locos. Todo el mundo corre enloquecido tras el poder y el dinero. Hay que comprar cosas para disfrutar de cosas, hay que tener poder, prestigio, status, influencia ... Meta de la vida. ¿A qué loco se le ha ocurrido que el poder y el dinero no son buenos? ... Pues, a Jesús, que ha descubierto algo tan sencillo como esto: el poder y el dinero son bienes pegajosos, tienden a apoderarse del que los tiene y lo deshumanizan. A Jesús, que observa que el poder y el dinero son difícilmente compatibles con la compasión, la sencillez y la libertad.

 

Poder para servir a los pequeños, dinero para aliviar a los pobres ... Entonces, ¿para qué quiero el poder y el dinero? ... Nuestra cultura ha resuelto a veces el problema con mucha inteligencia: la limosna, el porcentaje: el 90% del poder y el dinero para mí, para mi satisfacción: el 10% para justificarme y conseguir mejor imagen. O sea, también para mí.

 

Un gobernante que use el poder para servir a la gente, sobre todo a los más pequeños, no genera riqueza y poder para sus amigos, no reparte más que cargas ... no durará mucho en el poder; será crucificado como gobernante.

 

Un empresario que tiene menos interés en los beneficios que en el nivel de vida de los obreros sirve mal a la clase empresarial. Será crucificado.

 

Un matrimonio que gasta poco, que no renueva el guardarropa en cada estación, que tiene más de dos hijos, que no cambia de coche cada dos años, que pierde todos los días varias horas con sus hijos, que reduce su consumo a lo razonable, que recicla, que reutiliza, que comparte... es odioso; parece que te esté echando en cara todos los días cada cosa que haces... ni siquiera se puede hablar con ellos de las cosas normales. Será marginado, sutilmente, cotidianamente... Será crucificado.

 

Un cura que no predica de la iglesia y sus dogmas y órdenes sino de Jesús y sus compromisos, que no hace teología dogmática sino que cuenta parábolas, que no manda en su iglesia sino que anima, aconseja, invita, carga con lo menos atrayente, se mete en los líos de la gente... no llegará a Obispo. Será crucificado.

 

Y así tantos y tantos. Todos los que quieran vivir piadosamente, siguiendo a Jesús, sufrirán persecución. Todos, menos nosotros, que seguimos a Jesús estupendamente bien, creemos lo que hay que creer, esperamos lo que hay que esperar, cumplimos lo que hay que cumplir según lo mandan los representantes de Cristo en la tierra, y vivimos tan ricamente, ajenos a la compasión, respetados por el poder y por el dinero, disfrutando aquí del ciento por uno y seguros del premio de la vida eterna, y tan lejos de la cruz como sea posible. Aunque, eso sí, la exhibimos por todas partes, la llevamos colgadita al cuello, la besamos. Bonitas cruces, de madera, de plata, de marfil, adornadas con brillantes, obras de arte quizás. La única palabra que se me ocurre ahora es "farsa".

 

Quizá sea precisamente hoy, durante la procesión de los ramos, cuando nos tenemos que preguntar: ¿qué estamos celebrando? ¿qué triunfo celebramos? ¿por qué estamos contentos y llevamos palmas y cantamos himnos triunfales?

 

Que cada uno se responda. Con hacerse la pregunta quizá sea ya suficiente.

 

 

DOS GIROS DECISIVOS PARA COMPRENDER A JESÚS

Enrique Martínez Lozano

 

 

Lc 19, 28-44

 

En menos de cien años, la cristología (la comprensión de la persona y de la misión de Jesús) ha experimentado dos giros notables: uno se encuentra ya en cierto modo consolidado –a pesar de que todavía algunos documentos magisteriales, así como algunos centros de estudios teológicos, parezcan no haberse enterado-; el otro, se halla todavía en sus inicios.

 

Quiero hacer referencia a ellos, porque nos van a ofrecer claves valiosas para entender la cruz de Jesús, liberándonos de lecturas expiacionistas y sacrificiales, a las que la teología, la catequesis y la predicación anteriores nos tenían acostumbrados.

 

El primer giro consistió en el paso de una “cristología descendente” a otra “ascendente”. Se inició con la “nouvelle théologie” francesa, y se desarrolló y profundizó en los años del Concilio Vaticano II y siguientes (1960-1980), con el influjo poderoso de la teología europea (alemana, holandesa…).

 

En síntesis, podría decirse que el cambio consistió en pasar de decir: “Jesús es Dios”, a decir, más bien, “Dios es Jesús”. Y supuso una auténtica revolución. La cristología descendente “creía” saber quién era Dios; a partir de ahí, se trataba sencillamente de aplicar a Jesús aquellos supuestos atributos divinos (omnipotencia, omnisciencia, eternidad, impasibilidad…), olvidando incluso, en la práctica, su realidad humana.

 

Pero ahí mismo se ocultaba la trampa: en el hecho de que no sabemos qué sea Dios. Pon tanto, lo que se hacía era proyectar una imagen de Dios a nuestra propia medida que, invariablemente, lo convertía en un ídolo. Esos rasgos se decían también de Jesús, convertido en un objeto de culto y adorado como Dios, cuya vida histórica pasaba casi desapercibida.

 

La cristología ascendente funciona justo al revés: si los cristianos afirmamos que Jesús nos revela a Dios, empecemos por conocer a Jesús: en su vida, sus acciones, sus palabras…, conoceremos algo más de lo que decimos cuando pronunciamos la palabra “Dios”.

 

Las consecuencias fueron notables: la práctica de Jesús, antes “olvidada” pasó a ocupar un lugar central, corrigiendo imágenes de Dios que una filosofía y una teología abstractas, durante muchos siglos, habían inoculado en el imaginario cristiano.

 

Por lo que se refiere al tema de la cruz, en la cristología descendente, se veía como el sacrificio del salvador celeste que, viniendo del cielo, saldaba así la deuda contraída por el pecado de nuestros primeros padres. Las consecuencias de esta lectura expiacionista todavía perduran.

 

En la cristología ascendente, por el contrario, queda claro que la cruz de Jesús no es en primer lugar voluntad de un Dios vengativo, sino consecuencia de un modo de vivir, que resultaba insoportable para los poderosos de turno, que terminaron eliminando al maestro de Nazaret. Bajo esta perspectiva, más acorde con la historia, la lectura de la cruz cambia radicalmente: Jesús vive como entrega –en línea con la fidelidad amorosa de toda su vida- lo que fue un atropello inhumano.

 

El segundo giro, no menos copernicano, en el modo de entender la figura de Jesús, apenas se está iniciando. Su origen no se halla en la propia teología (o cristología), sino, mucho más ampliamente, en el modo de conocer. Se trata de un cambio profundamente revolucionario en nuestra manera de acercarnos a ver (toda) la realidad, caracterizado por el paso del “modelo mental” al “modelo no-dual” de conocer.

 

El primero nos hace creer que todo son “objetos separados” y que esa es la verdad última de lo real. Dado que la mente, para pensar, necesita separar, terminamos concluyendo que todo se halla separado de todo…, Dios incluido.

 

El modelo no-dual nos saca de ese error: basta acallar la mente, para caer en la cuenta de que nada se halla separado de nada; todo es una gran red, en una admirable interrelación holística. No se niega ninguna diferencia, se reconoce el valor de cada “forma” aislada, pero se ve que todas las formas se hallan secretamente abrazadas en una unidad mayor que las constituye. No-dualidad es unidad-en-las-diferencias, como las olas en el océano, donde todo es la misma agua.

 

Por lo que se refiere al tema de la cruz, este nuevo giro nos hace ver a Jesús como un “espejo” nítido en el que se refleja ese “agua” que somos todos, nuestra identidad más profunda y compartida. En él encontramos también el modo de afrontar el dolor y la muerte, en la certeza de que lo que somos no muere jamás.

 

 

OCARM

 

Lectura 

a)    Clave para la lectura: 

•      Contexto litúrgico: la antigua tradición de proclamar el Evangelio de la Pasión y Muerte de Jesucristo el domingo anterior a la Pascua se remonta a la época en la cual las celebraciones de la Semana Santa estaban reducidas al mínimo. La finalidad de tal lectura es la de llevar a los oyentes a la contemplación del misterio de muerte que prepara la Resurrección del Señor y que es, por lo tanto, la condición por la cual el creyente ha entrado en la “vida nueva” en Cristo. El uso de hacer esta larga lectura entre varios lectores sirve, no solamente para hacer menos monótona la proclamación o para facilitar una escucha atenta, sino para hacer que la participación de los oyentes sea más emotiva, como si se quisiera transmitir la sensación que ellos están presentes y son agentes de lo que se narra. Las dos lecturas que preceden al Evangelio de este domingo, contribuyen para dar una perspectiva interpretativa del texto: el Siervo de Yahvé es Jesús, el Cristo, Persona divina que, a través de la muerte ignominiosa que padece, llega a la gloria de Dios Padre y comunica su propia vida a los hombres que le escuchan y lo acogen. 

•      Contexto evangélico: sabemos ya que el núcleo literario, en torno al cual se formaron los Evangelios, es el de la narración de la Pascua del Señor: Pasión, Muerte y Resurrección. Estamos, pues, frente a un texto bastante antiguo y unitario en su composición literaria, aunque se haya formado gradualmente. Su importancia es, de todos modos, capital: se narra el acontecimiento fundamental de la fe cristiana, aquél con el que cada creyente debe confrontarse y conformarse constantemente (aun cuando el texto que se ofrece en este domingo acaba en la sepultura de Jesús). Lucas, como siempre, se nos revela narrador eficaz y detallado, atento a los detalles particulares y capaz de hacer ver al lector los sentimientos y movimientos interiores de sus personajes principales, sobre todo, de Jesús. El dolor terrible e injusto que padece se nos muestra a través del filtro de su actitud inalterable de misericordia hacia todos los hombres, aunque estos sean sus perseguidores y asesinos; algunos de ellos quedan tocados e impresionados por este modo suyo de afrontar el sufrimiento y la muerte, de tal manera que dan signos de creer en Él: el tormento de la Pasión viene suavizado con la potencia del amor divino de Jesús. En el contexto del tercer Evangelio, Jesús va solamente una vez a la Ciudad Santa: la vez decisiva para la historia humana del Cristo y para la historia de la salvación. Toda la narración evangélica lucana es como una larga preparación para los acontecimientos de aquellos últimos días, Jesús los pasa en Jerusalén predicando y haciendo gestos, a veces de tono grandioso (por ej.: la expulsión de los mercaderes del Templo, 19,45-48), otras veces, misteriosos o un poco provocadores (por ej.: la respuesta acerca del tributo debido al César, 20,19-26). No por casualidad, el evangelista concentra en estos últimos días acontecimientos y palabras que los otros sinópticos ponen en otras fases de la vida pública del Señor. Todo esto se desarrolla mientras el complot de los jefes del Pueblo se intensifica y se hace cada vez más concreto, hasta que a Judas se le ofrece una ocasión propicia e inesperada (22,2-6). El tercer evangelista, para indicar esta última y definitiva etapa de la vida del Señor, utiliza varios términos en el curso de su obra: es una “partida” o un “éxodo” (9,31), es una “asunción” (9,51) y es un “cumplimiento” (13,32). Así pues, Lucas da a entender a sus lectores, anticipadamente, cómo interpretar la terrible y escandalosa muerte del Cristo al cual han confiado su propia vida: Él realiza un paso doloroso y difícil de entender, pero “necesario” en la economía de la salvación (9,22; 13,33; 17,35; 22,37) para llevar a buen éxito (“cumplimiento”) su itinerario hacia la gloria (Cf. 24,26; 17,25). Tal itinerario de Jesús es paradigma de áquel que cada discípulo suyo debe llevar a cabo (Hch 14,22). 

 

b)    Una división del texto para ayudar a la lectura: 

•      La narración de la última cena: desde 22,7 a 22,38; 

•      La oración de Jesús en el huerto de Getsemaní: desde 22,39 a 22,46; 

•      El arresto y el proceso hebraico: desde 22,47 a 22,71 

•      El proceso civil delante de Pilato y Herodes: desde 23,1 a 23,25 

•      La condena, la crucifixión y la muerte: desde 23,26 a 23,49 

•      Los acontecimientos sucesivos a la muerte: desde 23,50 hasta 23,56. 

 

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración. 

a)    Al final de esta larga lectura, ¿qué sensación prevalece en mí: descanso como fin de la fatiga, admiración por Jesús, dolor por su dolor, alegría por la salvación obtenida, o qué otra cosa? 

b)    Vuelvo a leer el texto, poniendo atención en cómo han actuado los distintos “poderosos”: sacerdotes, escribas y fariseos, Pilato, Herodes. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera podido pensar, actuar, hablar y decidir yo en su lugar? 

c)    Leo otra vez la Pasión: pongo atención, esta vez, en cómo han actuado los “pequeños”: discípulos, gente, los particulares, mujeres, soldados y otros. ¿Qué pienso de ellos? ¿Cómo creo que hubiera actuado, pensado y hablado yo en su lugar? 

d)    Finalmente, repaso mi modo de actuar en la vida diaria. ¿A cuál de los personajes, principales o secundarios, logro asemejarme? ¿A cuál, sin embargo, desearía asemejarme más? 

 

Una clave para la lectura 

para los que deseen profundizar en el tema. 

Deteniéndome en algunos puntos-claves: 

•      22,14: Cuando llegó la hora se sentó a la mesa y sus discípulos con Él: no obstante que escriba para una comunidad de cristianos provenientes, en su mayoría, del paganismo, Lucas subraya que la última cena de Jesús está encuadrada dentro de los ritos del Pesah hebraico. Poco antes ha descrito los preparativos (vv. 7-13). 

•      22,15: Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer: es una llamada a 12,50: “Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!” (cfr. también Jn 12,32). Lucas nos ofrece un rayo de luz sobre la dimensión interior de Jesús, mientras se dispone a padecer y morir: lo que le empuja es, como siempre para Él, la opción radical de aceptar la voluntad del Padre (Cf. 2,49), pero se vislumbra, incluso, en estas palabras un deseo humanísimo de fraternidad, de compartir y de amistad. 

•      22,17: Tomó luego una copa, dio gracias: no estamos todavía en el cáliz eucarístico propiamente dicho, sino en la primera de las cuatro copas de vino que se tomaban en el transcurso de la cena pascual. 

•      22,18: A partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios: segunda indicación expresa a la muerte que ya está próxima. Se vuelven a tomar los anuncios de la Pasión (9,22.44; 12,50; 18,31-32) y, como aquellos, hacen una llamada implícitamente a la resurrección. El tono, de todos modos, dada la seriedad del momento, contiene los acentos de esperanza y de espera escatológica, con la certeza de que el Padre no lo abandonará a la muerte. Jesús es consciente de lo que tiene que afrontar, pero se nos muestra profundamente sereno, interiormente libre, seguro del propio destino y de los últimos resultados de cuanto está para sucederle. 

•      22,19-20: la narración de la institución de la Eucaristía contiene muchas afinidades con la narración de Pablo (1Cor 11,23-25) y tiene un carácter muy marcado sacrificial: Jesús está en un estado de oblación y no ofrece cosas, sino a sí mismo, en beneficio del que crea en Él. 

•      22,21: La mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa: Jesús admite a comer y, a la comunión con Él, a Judas, aun cuando es consciente de que este discípulo está para traicionarlo definitivamente. El contraste es estridente y querido por el evangelista, como otras veces en el curso de esta narración. 

•      22,28: Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas: al contrario que Judas, los otros discípulos “han perseverado con Jesús en las pruebas”, porque han permanecido junto a Él, al menos hasta este momento. El Señor, pues, reconoce que han alcanzado un alto grado de comunión con Él, de tal modo, que merecen un honor especial en la gloria del Padre (v. 29). Es, pues, Jesús el que establece un paralelo estrecho entre la comunión constante de sus discípulos (los de entonces como los de hoy) con su sufrimiento y la comunión final eterna de su gloria (“comer y beber”, v. 30). 

•      22,31-37: ¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca: este pequeño trozo parece tomado de otro contexto. La indicación de Jesús a Satanás y a su acción en sus discípulos, evoca todo lo que el evangelista había ya señalado sobre las causas de la traición de Judas (22,3) y hace un paralelo con la perspectiva lucana de la Pasión como de un último asalto de Satanás en relación a Jesús (Cf. 4,13; 22,53). Pedro es defendido de las insidias del tentador por la oración del mismo Jesús y por el hecho de haber elegido ser discípulo del Señor, porque tiene una misión especial en relación con sus hermanos en la fe (v. 32b). Jesús se adelanta a ponerlo en guardia: a él, como a los otros discípulos, la Pasión de Jesús será una dura lucha contra Satanás y a tantas emboscadas que, bajo distintas formas, tiende a los discípulos que estarán con Jesús en las distintas etapas de su Pasión (vv. 35-36) a causa de la terrible prueba a la que Él se verá sometido (v. 37); en estas últimas palabras se cita expresamente el texto de Isaías sobre el “Siervo doliente” (Is 53,12), con el cual es identificado abiertamente Jesús. 

•      22,33-34: Él dijo: «Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte. Pero él contestó: «Te digo, Pedro, que antes de que hoy cante el gallo habrás negado tres veces que me conoces»: Pedro es un hombre de carácter generoso, un poco impetuoso, como demuestra su declaración, que hace que Jesús le declare la previsión de su negación. Como en los versículos 24-27 los jefes de la comunidad eran colocados frente a la propia responsabilidad de “siervos” de la fe de los hermanos que les eran confiados, ahora se les pide el deber de la prudencia y de la vigilancia sobre ellos mismos, sobre su propia debilidad. 

•      22,39-46: la narración de la agonía-espiritual en Getsemaní sigue muy de cerca la de Marcos (14,32-42), menos en algunas particularidades, especialmente en lo referente a la teofanía consoladora mediante la presencia del ángel del cielo (v. 43). Jesús intensifica su propia oración, mientras se acerca el momento más difícil e insidioso de la propia vida. Getsemaní, como señala Lucas, era el lugar “acostumbrado” (v. 37) en el que pernoctaba Jesús en Jerusalén (21,37). 

•      22,47-53: con el arresto, comienza la verdadera y propia Pasión de Jesús. Esta narración del pasaje presenta los acontecimientos siguientes como “la hora de las tinieblas” (v. 53) y muestra a Jesús como aquel que vence y vencerá sobre la violencia mediante la paciencia y la capacidad de amar, incluso, a sus perseguidores (v. 51); resaltan, sin embargo, las palabras tristes, pero amorosas, que Jesús dirige a Judas: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» (v. 48). 

•      22,54-71: El proceso judío no tiene ninguna evolución durante el curso de la noche. Del Jesús prisionero no se refiere nada hasta la mañana. Esta ausencia de noticias acerca de lo que sucede a Jesús después del arresto hasta el comienzo del proceso es típico de Lucas. 

•      22,60-62: Le dijo Pedro: «¡Hombre, no sé de qué hablas!» Y en aquel mismo momento, cuando aún estaba hablando, cantó un gallo. El Señor se volvió y miró a Pedro. Recordó Pedro las palabras que le había dicho el Señor: «Antes que cante hoy el gallo, me habrás negado tres veces» y, saliendo fuera, rompió a llorar amargamente: el cruce de miradas, ocurrido en la agitación de aquella noche interminable, señala la toma de conciencia de Pedro: a pesar de las jactanciosas declaraciones de fidelidad, se realizó lo que Jesús le dijo poco antes. En aquella mirada Pedro experimenta en primera persona la misericordia del Señor de la cual había oído hablar a Jesús: no esconde la realidad del propio pecado, sino la cura trayendo al hombre a la conciencia plena de la propia realidad y del amor personal de Dios por él. 

•      22,70-71: «Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?» Él les dijo: «Vosotros lo decís: Yo soy.» Dijeron ellos: «¿Qué necesidad tenemos ya de testigos, pues nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca?»: el proceso judío comienza propiamente con las primeras luces del día (v. 66) y se centra en la búsqueda de pruebas (las verdaderas, en Lucas, pero cfr. Mc 14,55-59) en base a las cuales condenar a muerte a Jesús. Según Lucas, pues, los jefes judíos no recurren a falsos testimonios, sino – aún en su aversión feroz contra Jesús – se portaron con una cierta corrección jurídica hacia Él. Jesús, respondiendo afirmativamente a la pregunta “¿eres tú el Hijo de Dios?”, se muestra plenamente consciente de su propia dignidad divina. En virtud de la misma, su sufrimiento, su muerte y su resurrección, son testimonios elocuentes del Padre y de su voluntad benéfica hacia la humanidad. De este modo, sin embargo, él “firma” la propia condena de muerte: es un blasfemo que profana el Nombre y la realidad de Yahvé, porque se declara explícitamente “hijo” de Él. 

•      23,3-5: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Él le respondió: «Sí, tú lo dices.»… Pero ellos insistían diciendo: «Solivianta al pueblo con sus enseñanzas”: estamos en el paso del proceso judío al romano: los jefes judíos entregan el condenado al gobernador para que lleve a cabo su propia condena y para ofrecerle una motivación aceptable para él, “domestican” los motivos de su condena, mostrándola bajo el punto de vista político. Jesús, por eso, es presentado como soliviantador del pueblo y usurpador del título real de Israel (que entonces solamente era ya un recuerdo y un honor). El instrumento mediante el cual Jesús habría cometido su delito, en este caso, es su predicación: ¡aquella palabra de paz y misericordia que había esparcido a manos llenas, ahora la utilizan contra Él! Jesús confirma la acusación, pero la realeza que buscaba no era aquella de la que le acusaban, sino que era uno de los destellos de su naturaleza divina. Pero esto, ni Pilato, ni los demás, son capaces de entenderlo. 

•      23,6-12: Lo envió a Herodes: Pilato, habiendo intuido, tal vez, que se trataba de involucrarlo en un “juego sucio”, trata de deshacerse del prisionero, aduciendo el respeto a la jurisdicción: Jesús pertenece a un distrito que no está, en aquel momento histórico, bajo la responsabilidad de los romanos, sino que depende de Herodes Antipas. Éste es presentado en los Evangelios como un personaje ambiguo: admira y al mismo tiempo detesta a Juan Bautista a causa de los reproches del profeta contra su situación matrimonial irregular y casi incestuosa, después lo hace prisionero y lo mata para no quedar mal delante de sus huéspedes (3,19-20; Mc 6,17-29). Después, trata de conocer a Jesús por pura curiosidad, puesto que había oído su fama como obrador de milagros, incoa un proceso contra Él (v. 10), lo interroga en persona, pero después – ante su obstinado silencio (v. 9) - lo abandona a las befas de los soldados, como había ocurrido al final del proceso religioso (22,63-65) y como sucederá cuando Jesús sea crucificado (vv. 35-38). Acaba por volver a mandarlo a Pilato. Lucas concluye este episodio con una anotación interesante: el gesto de Pilato inaugura una nueva amistad entre él y Herodes. Sobre la limpieza de los motivos de tal amistad, las circunstancias hablan claramente. 

•      23,13-25: «Me habéis traído a este hombre como alborotador del pueblo, pero…no he hallado en él ninguno de los delitos de que le acusáis: como había anticipado en el primer encuentro con Jesús (v.4) y como repetirá de inmediato (v. 22), Pilato declara que es inocente. Trata de convencer a los jefes del pueblo y dejar irse a Jesús, pero aquellos han decidido ya su muerte (vv. 18.21.23) e insisten en que sea condenado a muerte. ¿En qué ha consistido el interrogatorio efectuado por el gobernador? Bien poco, a juzgar por las pocas frases de Lucas (v. 3). Y, sin embargo, Jesús ha respondido positivamente a Pilato declarándose “¡rey de los judíos!" A este punto, es evidente que Pilato no lo considera un hombre peligroso a nivel político, ni para el orden público, quizás porque el tono de la declaración de Jesús no dejaba dudas al respecto. Es bastante evidente el intento del evangelista, que trata de atenuar la responsabilidad del gobernador romano. Éste, sin embargo, es conocido por las fuentes históricas como un “hombre inflexible por naturaleza y, además de su arrogancia, duro, capaz sólo de conclusiones, de violencias, rapiñas, brutalidades, torturas, ejecuciones sin proceso y crueldades espantosas e ilimitadas» (Filón di Alejandría) y «que le gustaba provocar a la nación que le estaba encomendada, recurriendo ya sea a desaires como a duras represiones” (Flavio Josefo). 

•      23,16.22: Así que le daré un escarmiento y le soltaré…: el hecho de haber sido declarado inocente, no lo libraba de un duro “castigo”, infligido solamente para no dejar frustrada las expectativas de los jefes judíos. 

•      23,16.18.25: ¡Fuera ése, suéltanos a Barrabás!…Soltó, pues, al que habían pedido, al que estaba en la cárcel por motín y asesinato, y a Jesús se lo entregó a su deseo: al final, Pilato cede totalmente a las insistencias de los jefes y del pueblo, aun cuando no pronuncia una condena formal respecto a Jesús. Barrabás, verdadero delincuente y agitador político, se convierte así en el primer hombre salvado (al menos en aquel momento) por el sacrificio de Jesús. 

•      23,26-27: Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús. Le seguía una gran multitud del pueblo y mujeres que se dolían y se lamentaban por él: Simón y la mujeres, más que testigos privilegiados de la Pasión, son, en Lucas, modelos del discipulado, personas que muestran al lector cómo seguir, de hecho, al Señor. Gracias a ellos y a la muchedumbre, Él no estará solo mientras que se acerca a la muerte, sino que está rodeando de hombres y mujeres que le están emotivamente cercanos, aun cuando tengan necesidad de convertirse, cosa a la que Él no cesa de llamarlos, no obstante, su situación terrible (vv. 28-31). Simón de Cirene fue “obligado”, pero Lucas no lo muestra como rechazando ayudar al Señor (cfr. Mc 15,20-21). La “gran muchedumbre” es, incluso, partícipe viva de todo lo que le sucede a Jesús. Esto crea un contraste estridente, pues poco antes ha pretendido la condena de Jesús. 

•      23,34: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen: Lucas pone de evidencia la preocupación principal del Señor crucificado que, aun cuando está en un sufrimiento físico atroz causado por la obra de la crucifixión, ora por ellos al Padre: no le interesa su propia condición o las causas históricas que la han producido, sino solamente la salvación de todos los hombres. Como Él, lo hará el mártir Esteban (Hch 7,60), para demostrar el carácter paradigmático de la vida y muerte de Jesús para la existencia de todo cristiano. Para subrayar esta orientación clara de Jesús, Lucas omite el grito angustioso que narran los otros sinópticos: "¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!” 

•      23,33.39-43: Crucificaron allí a él y a los malhechores… Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino…Te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso: el episodio del diálogo con uno de sus compañeros de condena es emblemático en el modo en el que Lucas comprende la muerte de Jesús: un acto de auto donación realizado por amor y en el amor de llevar la salvación al mayor número de hombres, de cualquier condición y en cualquier situación que se encuentren. ”Hoy” (v. 43): el ladrón había hablado de futuro, pero Jesús le responde usando el verbo en presente: la salvación que Él da actúa inmediatamente, los “últimos tiempos” comienzan con este acontecimiento salvífico. ”Estarás conmigo” (v. 43):

expresión que indica la plena comunión que hay entre Dios y aquellos que acoge junto a Él en la eternidad (Cf. 1Tess 4,17). Según algunos escritos tardojudaicos, el Mesías debía, de hecho, “abrir las puertas del Paraíso”. 

•      23,44-46: Era ya cerca de la hora sexta…y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu.» Y, dicho esto, expiró: las últimas palabras de Jesús, por su índole, parecen que están en contraste con el fuerte grito que le precede. Llegado al extremo de su vida humana, Jesús realiza un acto supremo de confianza en el Padre, por cuya voluntad Él había llegado a tanto. En estas palabras se pueden vislumbrar una referencia a la resurrección: el Padre le volverá a dar esta vida que Él ahora le entrega (cfr. Sal 16,10; Hch 2,27; 13,35). Lucas narra muy detalladamente los últimos momentos de Jesús: no le interesa detenerse en particulares que ofrecerían satisfacción a una curiosidad macabra, la misma que atraía y atrae a tantos espectadores de ejecuciones capitales en todas las plazas del mundo. 

•      23,47-48: Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.» Y toda la muchedumbre…al ver lo que pasaba, se volvió dándose golpes de pecho: la eficacia salvífica del sacrificio de Jesús actúa casi inmediatamente, con la sola evidencia de los hechos ocurridos: los paganos (como el centurión que estaba al mando del pelotón encargado de la ejecución) y los Judíos (la gente) comienzan a cambiar. El centurión “glorifica a Dios” y parece estar a un paso de hacerse cristiano. Las muchedumbres judías, sin darse cuenta de ello, se alejan cumpliendo gestos de arrepentimiento, como Jesús pidió a las mujeres de Jerusalén (v. 38). 

•      23,49: Todos sus conocidos…se mantenían a distancia: a una distancia prudente ya que conocían las disposiciones romanas que prohibían excesivos gestos de luto por los condenados a la cruz (la pena: padecer la misma condena), el grupo de los discípulos asistían atónitos a toda la escena. Lucas no hace referencia de sus emociones o actitudes: tal vez, el dolor y la violencia los tenían aturdidos hasta el punto de hacerlos incapaces de cualquier reacción visible. De modo semejante, las mujeres del grupo no participan de algún modo en la operación con la cual José de Arimatea entierra a Jesús: se limitan a observarlo (v. 55). 

•      23,53: Después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca: Jesús padeció verdaderamente el suplicio. Es verdaderamente un muerto, como tantos otros hombres, antes y después de él, en la cruz, en un cuerpo de carne común. Este acontecimiento, sin el cual no habría salvación, ni vida eterna para ningún hombre, se verificó por el mismo hecho que hubo que sepultarlo; tan es verdad, que Lucas se extiende en algunos particulares en relación al rápido rito de sepultura realizado por José (vv. 52-54). 

•      23,56:Y el sábado descansaron según el precepto: así como el Creador descansó en el día séptimo de la creación, consagrando de esta manera el sábado (Gn 2,23), ahora el Señor realiza su sábado en la tumba. Ninguno de los suyos parece que fuera capaz ya de esperar algo: las palabras de Jesús sobre la resurrección se han olvidado aparentemente. Las mujeres se limitan a preparar los óleos para hacer más digna la sepultura de su Maestro. 

•      El evangelio de este “domingo de Pasión” acaba aquí, omitiendo la narración del descubrimiento del sepulcro vacío (24,1-12) y haciéndonos gustar el sabor agridulce del sacrificio del Cordero de Dios. Se nos deja en una atmósfera doliente y en suspenso y quedamos sumergidos en ella, aun cuando conocemos el resultado final de la narración evangélica. Esta muerte terrible del Rabí de Nazaret no pierde su significado con la resurrección, sino que adquiere un valor del todo nuevo e inesperado, que no prescinde de su dimensión de muerte sacrificial, libremente aceptada, con una finalidad “excesivamente” alta en relación a nuestra capacidades humanas de comprender: es un misterio en estado puro. 

 

 

 

LOUIS MONLOUBOU

 

Ahora nos detendremos únicamente en el evangelio. Su extensión no nos permite un comentario proporcionado; habrá que contentarse con señalar algunas de las numerosas particularidades que presenta el relato de Lucas. Al seguir paso a paso este relato, en paralelismo con los otros, advertimos los puntos siguientes.

 

En el momento mismo en que "va a sufrir", Jesús vive en plena esperanza; no comerá ya la Pascua, ni beberá más el vino de la fiesta; pero él sabe que la Pascua terrestre tendrá su cumplimiento en los cielos y que él será su comensal; sabe que el Reino de Dios vendrá ciertamente, y entonces volverá a encontrar a sus discípulos en la fiesta. Más adelante, en los versículos 28 y 30, Jesús vuelve a hacer profesión de su esperanza, con fórmulas que le otorgan un papel muy importante y muy activo en el establecimiento del reino, mientras que en las expresiones que acabamos de leer, Jesús era solamente el beneficiario de la venida del Reino. Ahora dice "mi reino", y afirma que dispone de él en persona, tal como, explica, "el Padre ha dispuesto" en su favor.

 

El gesto eucarístico será un "memorial" de Jesús; con él los discípulos, acordándose de él, guardarán igualmente el recuerdo de sus palabras, de sus actos, del misterio del que él habrá sido el signo.

 

El cuerpo es "dado por vosotros"... "la sangre derramada por vosotros", en tanto que Mc y Mt hablan de las "multitudes". Lucas ve primeramente el don de Jesús hecho en beneficio de sus discípulos y amigos. Queda muy subrayada la atmósfera familiar de la última cena; el "discurso después de la Cena" que Lucas propone, más breve que el de Juan, recoge también ese tema, invitando a los discípulos a comportarse unos con otros como siervos, y recordando la fidelidad que estos discípulos han demostrado a Jesús durante "sus pruebas", fidelidad que les valdrá participar en su triunfo.

 

Porque hasta ahora, es Jesús el que ha sido "probado"; a partir de ahora les toca a sus discípulos ser "tentados", "cribados por Satanás". En vista de este combate, están obligados a armarse; pero Jesús, con su oración, los sostiene. Al menos ha obtenido para Pedro el que permanezca firme, para que sea un apoyo inquebrantable para los demás. Antes, sin embargo, conocerá Pedro la traición, consecuencia quizá de la presunción que aparece en su declaración: porque existe una diferencia entre el "Yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca", y el "yo estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte".

 

El episodio de Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos. Son ellos los que deben "orar para no entrar en tentación". Jesús ora, y su oración es el modelo de la oración cristiana (ver la semejanza con el Padrenuestro"; y el combate que libra es el modelo de la lucha que debe entablar el cristiano: combate penetrado de oración y sostenido con la ayuda de Dios (el ángel que recuerda la marcha dolorosa de Elías sostenido por un ángel, 1 Re 19, 4-8).

 

El arresto de Jesús se desarrolla muy rápidamente. Y en medio de este movimiento rápido, el único que se hace notar por los lectores es Jesús: por la frase con que acoge a Judas... y por la dulzura de que da pruebas con Malco. Resuena, en fin su voz, que atribuye el escenario en el que es la víctima, al temible poder de las tinieblas (tema ya notado en vv. 3 y 31).

 

Al contar la traición de Pedro, Lucas omite las imprecaciones con que el Apóstol subraya su negación; nota sobre todo la mirada que Jesús dirige a Pedro. Esta mirada, verosímilmente contraria a las exigencias inútiles de la topografía, dice cómo Jesús, en medio mismo de su drama, sabe ser amigo.

 

La comparecencia de Jesús ante el Sanedrín es referida brevemente. Hay una frase que reviste una particular significación. "Desde ahora, afirma Jesús, el Hijo del hombre está sentado...". Las decisivas palabras: "desde ahora", van unidas a una cita que proclama el reino del Hijo del hombre, sin mencionar su venida sobre las nubes. Lucas llama, pues, la atención sobre el presente, nuestro presente, que es ya el tiempo en que reina el Hijo del hombre. No olvida el futuro, marcado por la última venida, pero omitiendo esta dimensión de su fe, atestiguada en otras partes, subraya la actualidad de una salvación que compromete nuestra comprensión de la vida, de nuestra vida presente, diaria.

 

Es notable, por otra parte, que Lucas no espere a la mañana de Pascua para gritar al mundo ese "desde ahora"; lo hace cuando Jesús es entregado por Judas, traicionado por Pedro, ridiculizado por los criados, acusado por los jefes. El autor relaciona humillación y triunfo de una forma que no deja de sorprendernos.

 

Acusado ante Pilato de pretensiones políticas y de intrigas antiromanas, Jesús es, finalmente, inocente; el juez romano no "encuentra ningún motivo de condena" en él: sorprendente afirmación del carácter apolítico de la acción desarrollada por Jesús. Lucas, el único en referir la comparecencia ante Herodes, la aprovecha para hacer ver el sentido especial de la realeza de Jesús. "Tratado con desprecio", convertido en objeto de un juego indigno, Jesús, sin embargo, se halla revestido con una "vestidura magnífica", que dice al creyente su verdadera dignidad.

 

Al dar cuenta de la segunda audiencia de Pilato, Lucas insiste, por una parte, en el juicio dado por el romano -Jesús es inocente- y, por otra, en la unanimidad que reúne a "sumos sacerdotes, jefes y pueblo" en la condena de Jesús, conseguida con su insistencia, varias veces renovada... De esta manera, los paganos salvan, en parte al menos, su responsabilidad, mientras que los judíos comprometen gravemente la suya.

 

La subida al Calvario permite una oposición muy esclarecedora para los cristianos de todos los tiempos. Entre Simón de Cirene, que va "detrás de Jesús" "llevando la cruz", o las mujeres que sólo saben llorar el destino de Jesús, ¿cuál es el discípulo más fiel? Simón de Cirene, sin duda; las mujeres que lloran por Jesús se equivocan. Si hay que llorar es por el destino de los responsables de la muerte de Jesús. Lo que Jesús espera de sus verdaderos amigos es no que se conmuevan por su suerte, sino que vayan con él llevando la cruz y que, una vez llegada la muerte, sepan dirigirle la oración de ese otro personaje modelo. El buen ladrón: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas...". Pero, ¿por qué es necesario que los modelos de los cristianos hayan sido tomados no entre los discípulos formados por la enseñanza de Jesús, sino entre unos ladrones o entre quienes parecían encontrar a Jesús por primera vez o de casualidad? ¿Será que es entre ellos donde se encuentra la verdadera fidelidad? De la crucifixión que pinta Lucas, hay que fijarse sobre todo en las dos palabras de Jesús: la petición de perdón que dirige a su Padre, junto con el motivo que se da -"No saben lo que hacen: ¡sorprendente afirmación de la irresponsabilidad de los hombres sobrepasados por su propia historia!-, y la frase confiada con la que Jesús marca su muerte. Nada recuerda aquí el trágico grito que refieren Marcos y Mateo. Jesús, según Lucas, expira en medio de un sorprendente movimiento de abandono filial.

 

"Desde ahora, afirmaba Jesús, el Hijo del hombre estará sentado...". De hecho, es a partir del ahora de su crucifixión, más aún, de su muerte, cuando "las hijas de Jerusalén", símbolos de la ciudad incrédula, se interesan por él, cuando uno de los ladrones crucificados con él le saluda con un acto de fe, cuando un centurión "glorifica a Dios" por la muerte de este justo, cuando la gente se arrepiente de esto, y sus amigos vuelven a aparecer. Entre ellos, José de Arimatea, hasta entonces desconocido, se enfrenta a Pilato y coloca a Jesús en una tumba digna de él, mientras las mujeres empiezan los preparativos cuya inutilidad se encargará de dejar claro el futuro ya próximo.

 

Del cuadro pintado por Lucas surge una silueta de Jesús absolutamente sublime. Sublime, por la dulzura de una amistad que Jesús manifiesta hasta el final a quien quiere acogerle...

 

Sublime, por la confianza obstinada que pone en su Padre. Esa misma confianza aparece en el curso de la comida eucarística, y colorea su muerte con un matiz único. Esta sublimidad es el reflejo, infinitamente discreto pero accesible al creyente, de un reino celeste ya empezado.

 

Esta actitud de Jesús, única, signo de un misterio divino, atrae a los discípulos, y les compromete a recorrer de la misma forma el camino de su propia vida. Porque, a lo largo del relato, los cristianos están detrás de la figura de tal o cual héroe: Pedro, las mujeres de Jerusalén, el ladrón, el centurión, José de Arimatea, etc. De suerte que, al meditar en la Pasión de Jesús, reflexionan en su propia existencia. Una reflexión que hay que renovar constantemente.

 

 

 

 


 

DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

 

En este día la Iglesia conmemora la entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para dar cumplimiento a su misterio pascual. Por esta razón, en todas las Misas se recuerda este ingreso del Señor, por medio de la procesión o entrada solemne antes de la Misa principal, o por medio de la entrada simple antes de las otras Misas. La entrada solemne, pero no la procesión, puede repetirse antes de aquellas Misas que se celebran con gran asistencia de fieles.
Cuando no se pueda celebrar la Misa, es conveniente que se haga una celebración de la Palabra sobre la entrada mesiánica y la Pasión del Señor, ya sea el sábado por la tarde, ya el domingo en una hora oportuna.

 

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén


Primera forma: Procesión

A la hora indicada el pueblo se reúne en una iglesia menor o en otro lugar apto, pero fuera del templo hacia el cual se dirigirá la procesión. Los fieles tienen los ramos en sus manos.

El sacerdote y los ministros, revestidos con los ornamentos rojos requeridos para la Misa, se dirigen al lugar donde el pueblo se encuentra congregado. El sacerdote puede usar la capa pluvial roja que dejará, una vez concluida la procesión, para revestir la casulla.

Mientras tanto, se canta la siguiente antífona u otro cántico adecuado:

Antífona     Cf. Mt 21, 9

Hosanna al Hijo de David.
Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel.
Hosanna en las alturas.

El sacerdote y los fieles hacen la señal de la cruz, mientras el sacerdote dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Después saluda al pueblo de la manera acostumbrada.
Seguidamente, el sacerdote hace una breve monición en la que invita a los fieles a participar activa y conscientemente en la celebración de este día. Puede hacerlo con estas palabras u otras semejantes:

Queridos hermanos:
Después de haber preparado nuestros corazones
desde el comienzo de la Cuaresma,
por medio de la penitencia, la oración y las obras de caridad,
hoy nos congregamos para iniciar con toda la Iglesia,
la celebración del misterio pascual de nuestro Señor.
Este sagrado misterio se realiza por su muerte y resurrección;
para ello, Jesús ingreso en Jerusalén, la ciudad santa.
Nosotros, llenos de fe y con gran fervor,
recordando esta entrada triunfal,
sigamos al Señor para que, por la gracia que brota de su cruz,
lleguemos a tener parte en su resurrección y en su vida.

Después de esta monición, el sacerdote, para bendecir los ramos, dice una de las siguientes oraciones, con las manos extendidas.
Oremos.
Dios todopoderoso y eterno,
santifica con tu bendición 
+ estos ramos
para que, cuantos seguimos con aclamaciones a Cristo Rey,
podamos llegar por él a la Jerusalén celestial.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

O bien:
Oremos.
Dios nuestro, aumenta la fe de cuantos esperamos en ti
y escucha nuestras súplicas,
para que, quienes hoy llevamos estos ramos
en honor de Cristo victorioso,
te presentemos el fruto de las buenas obras, unidos a él.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Y rocía los ramos con agua bendita, en silencio.

Luego el diácono, o en su defecto el mismo sacerdote, proclama el Evangelio de la manera acostumbrada. Se toma el texto correspondiente al ciclo dominical en curso. Según las circunstancias, puede usarse el incienso.

«Bendito el que viene en nombre del Señor»

AÑO A:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     Mt 21, 1-11

    Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos, diciéndoles:
    «Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, respondan: «El Señor los necesita y los va a devolver enseguida»».
    Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta:
    «Digan a la hija de Sión:
    Mira que tu rey viene hacia ti,
    humilde y montado sobre un asna,
    sobre la cría de un animal de carga».
    Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús montó sobre él. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas.
    La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba:
    «¡Hosanna al Hijo de David!
    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    ¡Hosanna en las alturas!».
    Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: «¿Quién es este?».
    Y la gente respondía:
    «Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea».

Palabra del Señor.

AÑO B:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     Mc 11, 1-10

    Cuando Jesús y los suyos se aproximaban a Jerusalén, estando ya al pie del monte de los Olivos, cerca de Betfagé y de Betania, Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:
    «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Qué están haciendo?», respondan: «El Señor lo necesita y lo va a devolver en seguida»».
    Ellos fueron y encontraron un asno atado cerca de una puerta, en la calle, y lo desataron. Algunos de los que estaban allí les preguntaron: «¿Qué hacen? ¿Por qué desatan ese asno?».
    Ellos respondieron como Jesús les había dicho y nadie los molestó. Entonces le llevaron el asno, pusieron sus mantos sobre él y Jesús se montó. Muchos extendían sus mantos sobre el camino; otros, lo cubrían con ramas que cortaban en el campo. Los que iban delante y los que seguían a Jesús, gritaban:
    «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
    ¡Bendito sea el Reino que ya viene,
    el Reino de nuestro padre David!
    ¡Hosanna en las alturas!».

Palabra del Señor.

O bien:

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     Jn 12, 12-16

    La gran multitud que había ido para la fiesta de la Pascua, se enteró de que Jesús se dirigía a Jerusalén. Y, tomando hojas de palmera, salieron a su encuentro y lo aclamaban diciendo:
    «¡Hosanna!
    ¡Bendito el que viene en nombre del Señor,
    el rey de Israel!».
    Al encontrar un asno, Jesús montó sobre él, conforme a lo que está escrito:
    «No temas, hija de Sión;
    ya viene tu rey,
    montado sobre la cría de un asna».
    Al comienzo, sus discípulos no comprendieron esto. Pero cuando Jesús fue glorificado, recordaron que todo lo que le había sucedido era lo que estaba escrito acerca de Él.

Palabra del Señor.

AÑO C: 

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     Lc 19, 28-40

    Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén.
    Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles:
    «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita»».
    Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron:
    «¿Por qué lo desatan?».
    Y ellos respondieron:
    «El Señor lo necesita».
    Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino.
    Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:
    «¡Bendito sea el Rey que viene
    en nombre del Señor!
    ¡Paz en el cielo
    y gloria en las alturas!».
    Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:
    «Maestro, reprende a tus discípulos».
    Pero él respondió:
    «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

Palabra del Señor.



Después del Evangelio, si se cree oportuno, puede hacerse una breve homilía. Luego el sacerdote, el diácono o un ministro laico invita a comenzar la procesión con estas palabras u otras semejantes:
Queridos hermanos:
Imitemos a la muchedumbre que aclamó a Jesús
y caminemos cantando y glorificando a Dios,
unidos por el vínculo de la paz.

O bien:
Caminemos en paz.

Y, este caso, todos responden:
En el nombre de Cristo. Amén.

Y comienza la procesión hacia la iglesia en la que se celebrará la Misa. Si se usa incienso, el turiferario va adelante con el incensario humeante; lo sigue un acólito u otro ministro con la cruz, adornada con ramos según la costumbre del lugar, entre dos ministros con cirios encendidos. Luego sigue el diácono con el Evangeliario, el sacerdote con los demás ministros, y detrás de ellos los fieles con ramos en las manos.
Durante la procesión, el coro y el pueblo entonan los cánticos siguientes u otros similares en honor de Cristo Rey.

Antífona 1

Los niños hebreos, llevando ramos de olivo,
salieron al encuentro del Señor, aclamando y diciendo:
Hosanna en el cielo

Según las circunstancias, esta antífona puede alternarse con los versículos del salmo 23.

Salmo 23

Del Señor es la tierra y todo lo que hay en ella,
    el mundo y todos sus habitantes,
porque él la fundó sobre los mares,
    él la afirmó sobre las corrientes del océano.

(Se repite la antífona)

¿Quién podrá subir a la Montaña del Señor
    y permanecer en su recinto sagrado?
El que tiene las manos limpias y puro el corazón;
    el que no rinde culto a los ídolos ni jura falsamente.

(Se repite la antífona)

Él recibirá la bendición del Señor,
    la recompensa de Dios, su salvador.
Así son los que buscan al Señor,
    los que buscan tu rostro, Dios de Jacob.

(Se repite la antífona)

¡Puertas, levanten sus dinteles,
    levántense, puertas eternas,
    para que entre el Rey de la gloria!
¿Y quién es ese Rey de la gloria?
    Es el Señor, el fuerte, el poderoso,
    el Señor poderoso en los combates.

(Se repite la antífona)
 

¡Puertas, levanten sus dinteles,
    levántense, puertas eternas,
    para que entre el Rey de la gloria!
¿Y quién es ese Rey de la gloria?
    El Rey de la gloria
    es el Señor de los ejércitos.

Antífona 2
Los niños hebreos extendían sus mantos por el camino
y aclamaban diciendo:
Hosanna al Hijo de David
Bendito el que viene en nombre del Señor

Según las circunstancias, esta antífona puede alternarse con los versículos del salmo 46.

Salmo 46

Aplaudan, todos los pueblos,
    aclamen al Señor con gritos de alegría;
porque el Señor, el Altísimo, es temible,
    es el soberano de toda la tierra.

(Se repite la antífona)

Él puso a los pueblos bajo nuestro yugo,
    y a las naciones bajo nuestros pies;
Él eligió para nosotros una herencia,
    que es el orgullo de Jacob, su predilecto.
El Señor asciende entre aclamaciones,
    asciende al sonido de trompetas.

(Se repite la antífona)

Canten, canten a nuestro Dios,
    canten, canten a nuestro Rey.
El Señor es el Rey de toda la tierra,
    cántenle un hermoso himno.

(Se repite la antífona)

El Señor reina sobre las naciones,
    el Señor se sienta en su trono sagrado.
Los nobles de los pueblos se reúnen
    con el pueblo del Dios de Abrahám;
del Señor son los poderosos de la tierra,
    y él se ha elevado inmensamente.

(Se repite la antífona)

Himno a Cristo Rey

Coro:    Gloria, alabanza y honor a ti, Cristo,
             nuestro Rey y Redentor,
             a quien los niños con júbilo cantaban: Hosanna

Todos:  Gloria, alabanza y honor a ti, Cristo,
             nuestro Rey y Redentor,
             a quien los niños con júbilo cantaban: Hosanna

Coro:    Tú eres el Rey de Israel,
             noble descendiente de David,
             Rey bendito que vienes en nombre del Señor.

Todos:  Gloria, alabanza...

Coro:    Los ángeles te alaban en el Cielo;
             también los hombres y todo el universo.

Todos:  Gloria, alabanza...

Coro:    El pueblo hebreo salió a tu encuentro
             con palmas en las manos:
             aquí estamos nosotros con himnos,
             ofrendas y plegarias.

Todos:  Gloria, alabanza...

Coro:    Ellos te aclamaban cuando ibas a morir,
             ahora que reinas, nosotros te cantamos.

Todos:  Gloria, alabanza...

Coro:    Ellos te agradaron;
             acepta también nuestro homenaje,
             Rey bueno, Rey piadoso,
             que te complaces con todo lo bueno.

Todos:  Gloria, alabanza...

Al entrar la procesión en la iglesia, se canta el siguiente responsorio u otro cántico alusivo a la entrada de Señor en Jerusalén:
Responsorio
V.
 Al entrar el Señor en la ciudad santa,
los niños hebreos con palmas en las manos
anunciaban la resurrección de Cristo, diciendo:
*Hosanna en el cielo

R. Al enterarse de que Jesús llegaba a Jerusalén,
el pueblo salió a su encuentro
y con palmas en las manos, aclamaba:
*Hosanna en el cielo

 

Al llegar al altar, el sacerdote lo venera y, según las circunstancias, lo inciensa. Luego se dirige a la sede; si usó la capa pluvial, la deja, y se coloca la casulla. Omitidos los ritos iniciales y, según el caso, también elSeñor, ten piedad, pronuncia la oración colecta de la Misa como conclusión de la procesión, y continúa como de costumbre.

 

 

 

Segunda forma: Entrada solemne

 

Cuando no es posible hacer la procesión fuera de la iglesia, la entrada del Señor se celebra dentro del templo en forma solemne, antes de la Misa principal.

Los fieles se reúnen ante la puerta del templo, o bien dentro de éste, con los ramos en sus manos. El sacerdote, los ministros y un grupo de fieles se dirigen a un sitio adecuado del templo, fuera del presbiterio, desde donde la mayor parte de los fieles pueda ver el desarrollo del rito.

Mientras el sacerdote se dirige al lugar elegido, se canta la antífonaHosanna (n.4) u otro canto adecuado. En este lugar se bendicen los ramos y se proclama el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén, como se ha indicado más arriba (nn. 5-7) Después del Evangelio, el sacerdote con los ministros y un grupo de fieles que lo acompañó más de cerca, se dirigen solemnemente por la iglesia hacia el presbiterio, mientras se canta el responsorio: Al entrar el Señor (núm. 10) u otro canto apropiado.

Al llegar al altar, el sacerdote lo venera. Luego se dirige a la sede. Omitiendo los ritos iniciales y, según el caso, también el Señor, ten piedad, pronuncia la oración colecta de la Misa como de costumbre.

 

Tercera forma: Entrada simple

En todas las demás Misas de este domingo en las que no se hace la entrada solemne, se conmemora la entrada del Señor en Jerusalén por medio de una entrada simple.

Mientras el sacerdote se dirige al altar, se canta la antífona de entrada con su salmo (n. 18) u otro canto similar. El sacerdote, al llegar al altar, lo venera y se dirige a la sede. Después de la señal de la cruz, saluda al pueblo. Luego, la Misa continúa como de costumbre.
En las Misas en las que no es posible hacer el canto de entrada, el sacerdote llega al altar, lo venera, saluda al pueblo, lee la antífona de entrada y prosigue la Misa de la manera acostumbrada.


Antífona de entrada     Cf. Jn 12,1.12-13; Sal 23, 9-10

Seis días antes de la solemnidad de la Pascua,
cuando el Señor entraba a la ciudad de Jerusalén,
los niños salieron a su encuentro con palmas en sus manos
y aclamaban con toda su voz:
*Hosanna en las alturas. Bendito tú, que has venido lleno de misericordia.

Puertas, levanten sus dinteles.
Ábranse, puertas eternas, para que entre el Rey de la gloria.
¿Y quién es el Rey de la gloria?
El Rey de la gloria es el Señor de los ejércitos.
*Hosanna en las alturas. Bendito tú, que has venido lleno de misericordia.

 

Misa

 

Después de la procesión o de la entrada solemne, el sacerdote comienza la Misa con la oración colecta:

Oración colecta


Dios todopoderoso y eterno,
tú mostraste a los hombres
el ejemplo de humildad de nuestro Salvador,
que se encarnó y murió en la cruz;
concédenos recibir las enseñanzas de su Pasión,
para poder participar un día de su gloriosa resurrección.
Él que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Para la lectura de la Pasión, no se llevan cirios ni se inciensa; se omite el saludo y la signación del libro. La lectura está a cargo de un diácono o, en su defecto, del mismo sacerdote. Sin embargo, es recomendable confiar a otros lectores las distintas partes según indica el Leccionario, y reservar al diácono o al sacerdote la parte correspondiente a Cristo. Solamente los diáconos que intervienen en la proclamación piden la bendición del sacerdote, como se hace antes del Evangelio.

Después de la proclamación de la Pasión, si se cree oportuno, hágase una breve homilía. Puede hacerse también un momento de silencio.

Se dice 
Credo y se reza la Oración Universal.

Oración sobre las ofrendas


Por la Pasión de tu Hijo unigénito
danos, Señor, tu perdón
y aunque no lo merecen nuestras obras,
haz que lo recibamos de tu misericordia
por este sacrificio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

PREFACIO:

De la Pasión del Señor


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Jesucristo, Señor nuestro.

Él que era inocente,
quiso padecer por los pecadores
y fue condenado injustamente para salvar a los culpables;
al morir, borró nuestros pecados
y al resucitar, nos obtuvo la salvación.

Por eso, con todos los ángeles,
te alabamos, diciendo con alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor,


Antífona de comunión     Mt 26, 42
Padre mío, si no puede pasar este cáliz
sin que yo lo beba, que se haga tu voluntad.



Oración después de la comunión


Alimentados con tu sagrados dones,
te pedimos, Padre, que así como por la muerte de tu Hijo
nos haces esperar lo que creemos,
por su resurrección lleguemos a la gloria que anhelamos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Oración sobre el pueblo


Padre, dirige tu mirada sobre esta familia tuya,
por la cual nuestro Señor Jesucristo
no dudó en entregarse a las manos de los verdugos
y sufrir el suplicio de la cruz.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

 

DOMINGO DE RAMOS

Año "C"

EN LA PROCESIÓN DE RAMOS


¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     19, 28-40

 

    Jesús acompañado de sus discípulos, iba camino a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: "¿Por qué lo desatan?", respondan: "El Señor lo necesita"».
    Los enviados partieron y encontraron todo como Él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?»
    Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita».
    Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras Él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino.
    Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:
    «¡Bendito sea el Rey que viene
    en nombre del Señor!
    ¡Paz en el cielo
    y gloria en las alturas!»
    Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:
    «Maestro, reprende a tus discípulos».
    Pero él respondió:
    «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras».

Palabra del Señor.


MISA

 

La misa de este domingo incluye tres lecturas, cuya proclamación mucho se recomienda, a no ser que razones pastorales aconsejen lo contrario.
Teniendo en cuenta la importancia de la lectura de la pasión del Señor, está permitido al sacerdote, en vista de las necesidades de cada comunidad, elegir una sola de las lecturas que preceden al Evangelio, o leer únicamente la historia de la Pasión, también en forma abreviada, si fuera necesario. Esto vale exclusivamente para las misas celebradas con el pueblo.


No retiré mi rostro cuando me ultrajaban,
pero sé muy bien que no seré defraudado

Lectura del libro de Isaías     50, 4-7

El mismo Señor me ha dado
una lengua de discípulo,
para que yo sepa reconfortar al fatigado
con una palabra de aliento.
Cada mañana, Él despierta mi oído
para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído
y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban
y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba;
no retiré mi rostro
cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda:
por eso, no quedé confundido;
por eso, endurecí mi rostro como el pedernal,
y sé muy bien que no seré defraudado.

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto». 
R.

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies
Yo puedo contar todos mis huesos
 R.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero Tú, Señor, no te quedes lejos;
Tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. 
R.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel». 
R.


Se anonadó a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos     2, 6-11

Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
«Jesucristo es el Señor».

Palabra de Dios


ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO     Flp 2, 8-9

Cristo se humilló por nosotros
hasta aceptar por obediencia la muerte,
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

 

 

 

EVANGELIO

En los lugares en que pareciere oportuno, durante la lectura de la Pasión, se pueden incorporar aclamaciones.

 

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     22, 7. 14 -- 23, 56

 

He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes
antes de mi Pasión

C. Llegó el día de los Ázimos, en el que se debía inmolar la víctima pascual. Cuando fue la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
+ «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios».
C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:
+ «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios».

Hagan esto en conmemoración mía

C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía».
C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:
+ «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.
La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!»
C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.
Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:
+ «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, Yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso Yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero Yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos».
C. Pedro le dijo:
S. «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte».
C. Pero Jesús replicó:
+ «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces».
C.
 Después les dijo:
+ «Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?»
C. Respondieron:
S. «Nada»
C. Él agregó:
+ «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: "Fue contado entre los malhechores". Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí».
C. Ellos le dijeron:
S. «Señor, aquí hay dos espadas».
C. Él les respondió:
+ «Basta».

En medio de la angustia, Él oraba más intensamente

C. En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:
+ «Oren, para no caer en la tentación».
C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
+ «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya».
C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:
+ «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación».

Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?

C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:
+ «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»
C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:
S. «Señor, ¿usamos la espada?»
C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:
+ «Dejen, ya está».
C. Y tocándole la oreja, lo sanó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:
+ «¿Soy acaso un bandido para que vengan con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas».

Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente

C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:
S. «Este también estaba con Él».
C. Pedro lo negó diciendo:
S. «Mujer, no lo conozco».
C. Poco después, otro lo vio y dijo:
S. «Tú también eres uno de aquellos».
C. Pero Pedro respondió:
S. «No, hombre, no lo soy».
C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:
S. «No hay duda de que este hombre estaba con Él; además, él también es galileo».
C. Dijo Pedro:
S. «Hombre, no sé lo que dices.»
C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

Profetiza, ¿quién te golpeó?

C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían:
S. «Profetiza, ¿quién te golpeó?»
C. Y proferían contra Él toda clase de insultos.

Llevaron a Jesús ante el tribunal

C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribaS.Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:
S. «Dinos si eres el Mesías».
C. Él les dijo:
+ «Si Yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso».
C. Todos preguntaron:
S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»
C. Jesús respondió:
+ «Tienen razón, Yo lo soy».
C. Ellos dijeron:
S. «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca».
C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

No encuentro en este hombre ningún motivo de condena

C. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:
S. «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías».
C. Pilato lo interrogó, diciendo:
S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
+ «Tú lo dices».
C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:
S. «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena».
C. Pero ellos insistían:
S. «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí».
C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

Herodes y sus guardias lo trataron con desprecio

C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de Él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

Pilato entregó a Jesús al arbitrio de ellos

C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:
S. «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».
C. Pero la multitud comenzó a gritar:
S. «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!»
C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»
C. Por tercera vez les dijo:
S. «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en Él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí

C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por Él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
+ «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»
C. Con Él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen

C. Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:
+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

Este es el rey de los judíos

C. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:
S. «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
C. También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:
S. «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
C. Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos».

Hoy estarás conmigo en el Paraíso

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo».
C. Y decía:
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino».
C. Él le respondió:
+ «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».

Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:
+ «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu».
C. Y diciendo esto, expiró.

Aquí todos se arrodillan, y se hace un breve silencio de adoración.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:
S. «Realmente este hombre era un justo».
C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al verlo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

José colocó el cuerpo de Jesús en un sepulcro cavado en la roca

C. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Palabra del Señor.

 


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