Domingo 32 del Tiempo Ordinario (A)

 

Liturgia Diaria Domingo 32º del Tiempo Ordinario - Ciclo A

 

Dispuestos para el Señor

Saludo (Ver Segunda Lectura)
Creemos que Jesús murió y resucitó
y que a todos los que han muerto en él
les llevarán a la vida con su Señor.
Que Jesús, el Señor de la vida, 

esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante


Muchos hombres y mujeres, cuando oyen que tienen que estar vigilantes y dispuestos para la venida del Señor, piensan que tienen que estar listos para la muerte, para que no los coja ignorantes y por sorpresa. Pero hay mucho más todavía. Tenemos que aprender a encontrar al Señor ahora en las diversas formas en que viene a nosotros: como nuestro compañero en el camino de la vida, en nuestro prójimo, en nuestra oración, en la celebración de la eucaristía. Todas estas formas nos prepararán para el encuentro final. Pidamos al Señor la gracia de estar atentos a su constante presencia entre nosotros.

 

Acto Penitencial


¡Ojalá hubiéramos sido más conscientes 
de la frecuencia con que encontramos
al Señor en la vida! 
Pidámosle perdón al Señor.   
           (Pausa)
Señor Jesús, nos parece que estás ausente 
cuando luchamos con el sufrimiento;
pero ahí estás tú dándonos fortaleza. 
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús,
con frecuencia nos olvidamos de ti
en los afanes de la vida diaria; 
pero ahí estás tú con nosotros. 
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, nos descuidamos 
de atenderte en nuestros hermanos 
enfermos y abandonados;
pero tú quieres que te sirvamos en ellos. 
R/. Señor, ten misericordia de nosotros.

 

Perdónanos todos nuestros pecados, Señor,
y haz que busquemos siempre tu presencia.
Ven con nosotros al caminar
y llévanos a la fiesta de la vida eterna.

 

Oración  Colecta


Oremos por la unión con el Señor,
aquí en la tierra como en el cielo.
           (Pausa)
Señor Dios, Padre nuestro:
Tú quieres que encontremos a tu Hijo
aquí en la tierra
como nuestro compañero en la vida.
Mantennos siempre despiertos y abiertos a su amor, 
que él nos ofrece en la eucaristía, en su perdón, 
en los acontecimientos de la vida 
y en nuestros hermanos que él nos confía.
Que tu Hijo Jesús sea nuestra paz en nuestras tensiones,
nuestra alegría aun en medio del sufrimiento,
nuestra vida y felicidad más allá de la muerte.
Que él nos admita a tu eterna fiesta de gozo y alegría,
porque es nuestro Dios y Señor
por los siglos de los siglos.

 

Primera Lectura (Sab 6,12-16): Los Que Buscan la Sabiduría de Dios La Encontrarán
La sabiduría de Dios, la que nos dice cómo vivir conforme a los caminos de Dios y cómo ser feliz, es fácil de encontrar para los que la buscan. De hecho, si estamos abiertos a él, Dios y su sabiduría nos van a buscar más que nosotros buscamos a Dios. 

Segunda Lectura (1 Tes 4,13-18): Los Que Mueren en Cristo Resucitarán
Los Tesalonicenses están preocupados por sus difuntos. Si han muerto antes del retorno de Cristo, ¿cómo se pueden salvar? Pablo les dice: Si han muerto en unión con Cristo, resucitarán de entre los muertos y vivirán para siempre.

Evangelio (Mt 25,1-3): Listos para Encontrarse con el Señor
Los cristianos no deberían dar por supuesta su fe. Deberían ser vigilantes  y trabajar esperanzados por el retorno de Cristo. El Señor vendrá, ciertamente, pero no sabemos cuándo. 

 

Oración de los Fieles


Nosotros no somos como los que no tienen esperanza, ya que tenemos un Salvador que resucitó de entre los muertos. Le esperamos con expectación, mientras le decimos: 

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

Por el Papa, los obispos y los sacerdotes, para que recuerden constantemente al pueblo de Dios la dimensión eterna de la vida y nos dirijan con sabiduría,  paciencia y vigilancia, roguemos al Señor.

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

Por los jóvenes, para que se mantengan críticos ante la mediocridad de sus vidas y sigan todavía esperando y construyendo un mundo nuevo y mejor, roguemos al Señor.

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

Por los que se encuentran en peligro de muerte, para que no teman ni se desesperen, sino que se entreguen con esperanza al Señor, que venció a la muerte; también por los ancianos, para que en paz y serenidad se preparen para encontrar un día al Señor cara a cara, roguemos al Señor.

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

Por los desalentados y heridos por la vida, para que no vivan amargados y para que, gracias a nuestra presencia y amistad, sientan nueva fuerza y esperanza, roguemos al Señor.

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

Por nuestros queridos difuntos, para que vivan en la alegría del Señor, roguemos al Señor.

 

R/ Señor glorioso y resucitado, en ti confiamos.

 

 

Señor Jesucristo, sólo tú conoces el día y la hora de todas las cosas y de cada persona. Que los afanes y preocupaciones del día no cierren nuestros corazones a tu venida. Ven a nuestro encuentro ahora y, después, en el gozo y alegría eternos. Amén

 

Oración de Ofertorio


Señor Dios nuestro:
Nosotros, pueblo tuyo en marcha,
te presentamos este pan y este vino
como ofrenda y oración
para que tu Hijo Jesús
nos acompañe en nuestro fatigoso caminar
y nos sostenga en la fe y  en la esperanza.
Que él colme todos nuestros días 
con obras de bondad y sabiduría. 
Y que este banquete de la eucaristía 
nos prepare para tomar parte, gozosamente, 
en tu fiesta eterna, por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
            Cristo entre nosotros, aquí en la eucaristía, es la prenda o promesa de que un día nosotros disfrutaremos con él en la felicidad del cielo. Con él le damos ahora gracias a Dios nuestro Padre.

 

Introducción al Padrenuestro
Como pueblo de esperanza,
oremos a nuestro Padre del cielo
con  la oración de Jesús nuestro Señor.
R/. Padre nuestro…

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor,
de nuestro descuido y despreocupación
que en la rutina del día nos hacen olvidar
el fin para el que tú nos has creado.
Guárdanos libres de pecado
y danos sabiduría y previsión
para prepararnos con alegría y esperanza
para el encuentro con tu hijo.
Anhelamos estar listos para encontrar sin temor
a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión
Éste es Jesús, Cordero de Dios de Dios
muerto y resucitado.
El viene a nuestro encuentro ahora con toda solicitud.
para que podamos encontrarle con alegría
cuando venga de nuevo, en su venida gloriosa.
R/. Señor, no soy digno…

 

Oración después de la Comunión


Oh Dios, causa de nuestra alegría y esperanza:
Estamos seguros y gozosos 
de haber encontrado a tu Hijo Jesús 
en esta celebración eucarística. 
Hemos reconocido su voz
en la proclamación de la Palabra;
él nos ha alimentado con el pan de sí mismo.
Que el mismo Jesús sea la lámpara 
que ilumine claramente nuestra vida
y haz que sepamos escuchar siempre su voz
que clama a nosotros en nuestros hermanos necesitados,
para que así, cuando venga, nos encuentre dispuestos  
para reunirnos con él en la fiesta del reino,
por los siglos de los siglos.

 

Bendición
Hermanos: En la presencia del Señor 
hemos reflexionado en sus palabras
sobre la sabiduría y la vigilancia. 
¿Qué somos nosotros,  necios o sabios?
Probablemente un poco de los dos: 
necios cuando pecamos,
sabios cuando estamos vigilantes
y cuando intentamos vivir un poco como Jesús
y poner sus palabras en práctica.
Que Dios nos mantenga siempre vigilantes y sabios.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, 
Padre, Hijo y Espíritu Santo,                                                
descienda sobre nosotros                                                                
y nos acompañe siempre.

 

 

No sabéis el día ni la hora

 

Quedan pocos días para el final del año litúrgico. En dos semanas celebraremos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Por ello, las lecturas huelen a final. Y hablan de final. Es que hay que estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora. Sería un buen modo de terminar la homilía, preguntando si estás preparado, pero resultaría muy corta, así que vamos a reflexionar un poco más.

Todos esperamos algo. El bebé aguarda las caricias de su madre; y la llama llorando si tarda. El niño aguarda en el patio del colegio a que vengan a buscarlo, y aguarda con ansia el día de su cumpleaños o Navidad y con mucho tiempo anda pensando lo que le van a regalar. El adolescente aguarda a sus amigos: los necesita, está perdido sin ellos. Se siente nervioso si el teléfono móvil no suena para avisarle dónde y cuándo salen. El estudiante espera los resultados de su último examen; y pregunta al profesor con insistencia: ¿han salido bien?, ¿hay muchos suspensos? El enamorado aguarda a su amada en ese sitio donde siempre quedan. Puede que llegue un poco tarde, pero llegará, y entonces se olvidarán del reloj. La madre aguarda el nacimiento de su bebé, lo va sintiendo dentro, lo acaricia desde fuera, y hasta le habla, y prepara todo con cuidado para cuando llegue. Y pone especial atención en no hacer nada que puede dañar al bebé: ¡es tan débil! El trabajador espera su paga, la renovación del contrato temporal, el ascenso y se inquieta pensando qué pasará si alguna de estas cosas falla. Los padres aguardan al hijo que salió de viaje, a que la hija les traiga el nieto a casa. El preso cuenta los días que le faltan para salir en libertad, y el enfermo que no consigue dormir espera que de una vez pase la noche y amanezca. El anciano que vive solo está deseando que el cartero le traiga noticias, que suenen el teléfono o el timbre de la puerta...

Todos aguardamos algo o a alguien: el resultado de una prueba médica, unas vacaciones o un viaje, el día de la boda, una fiesta familiar, un puesto de trabajo, el sorteo de lotería, a un amigo... Quien no espera nada ni a nadie está ya como muerto. La espera da ritmo y emoción a nuestra vida, y la imaginación hace ya presente aquello que estamos esperando, y el corazón va preparándose, gradualmente, para recibir y gozar de lo bueno.

Pero: ¿esperamos nosotros a Cristo? ¿Os ha sonado rara la pregunta? ¿Tiene algo que ver con todo lo que venimos diciendo? ¿Inquietud? ¿Preparación del corazón? ¿Ilusión? ¿Nervios? Parece que estas palabras tuvieran poco o nada que ver con «esperar al Señor.» ¿Es que tiene que venir? ¿Y para cuándo? ¿Y para qué nos hace falta? ¿Y cómo hay que prepararse? ¿Y para qué nos va a servir suponiendo que venga? Incluso hasta puede que estorbe o moleste...

El Evangelio de hoy se sitúa en esta clave: diez muchachas jóvenes estaban esperando al novio. Llevaban lámparas, tenían ilusión en que llegara: les esperaba una fiesta de bodas nada menos. Algunas han previsto que la espera fuera más larga de la cuenta, y se han llevado aceite. Pero todas se quedaron dormidas. Esa espera es muy habitual es la Escritura. En muchos salmos se habla de la espera. En la misma celebración eucarística, rezamos en diversas ocasiones:

Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección: ¡Ven, Señor Jesús! Aquí tenéis: le estamos llamando.

- En el Padrenuestro: «Venga a nosotros tu Reino».

- Después del Padrenuestro: Líbranos, Señor, de todos los males... mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.

- En la plegaria eucarística: ... Mientras esperamos su venida gloriosa, te ofrecemos en esta acción de gracias el sacrificio vivo y santo...

Así pues, decimos que esperamos. Y decimos que buscamos a Dios, o que lo intentamos. Pero, a menudo, nos cansamos. Nos quedamos dormidos. Y no somos previsores. Necesitamos, pues, el aceite de la Palabra de Dios, que viene a sacudirnos, a despertarnos. En la lámpara de nuestra fe hay que poner mucha Palabra, para que nuestra fe no decaiga. En el Bautismo nos ungieron, en la Confirmación nos ungieron con el aceite sagrado. Es muy posible que todavía te quede algo de ese aceite. Y, si lo has descuidado, los demás no te podrán dar del suyo, es personal e intransferible. Si te falta, siempre hay remedio. Tendrás que pedírselo con fuerza al Único que te lo puede dar. Ponte a buscarle otra vez, reza, escúchate dentro y, sobre todo, no te canses. Sigue rezando y leyendo la Palabra.

Porque llegará el Señor a tu encuentro. Eso es seguro. Antes o después. Lo llamamos con frecuencia, aunque sea porque la Liturgia nos lleva. Y si viene y encuentra que te quedaste sin aceite, que dejaste de esperarlo, Él entrará y cerrará la puerta, después de decir que no te conoce. Algo muy duro.

Estad atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora. Pero seguro que vendrá. ¡Vaya si vendrá! ¡Y le encuentran los que le buscan! (Como nos recordaba la primera lectura).

 

 

 

EVANGELIO

 

¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo 25, 1-13

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

 

-«Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo.

 

Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas.

 

Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.

 

El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.

 

A medianoche se oyó una voz:

 

¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!

 

Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas.

 

Y las necias dijeron a las sensatas:

 

"Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas."

 

Pero las sensatas contestaron:

 

"Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis."

 

Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.

 

Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:

 

"Señor, señor, ábrenos."

 

Pero él respondió:

 

"Os lo aseguro: no os conozco.

 

Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.»

 

Palabra de Dios.

 

 

 

 

ENCENDER UNA FE GASTADA

 

La primera generación cristiana vivió convencida de que Jesús, el Señor resucitado, volvería muy pronto lleno de vida. No fue así. Poco a poco, los seguidores de Jesús se tuvieron que preparar para una larga espera.

 

No es difícil imaginar las preguntas que se despertaron entre ellos. ¿Cómo mantener vivo el espíritu de los comienzos? ¿Cómo vivir despiertos mientras llega el Señor? ¿Cómo alimentar la fe sin dejar que se apague? Un relato de Jesús sobre lo sucedido en una boda les ayudaba a pensar la respuesta.

 

Diez jóvenes, amigas de la novia, encienden sus antorchas y se preparan para recibir al esposo. Cuando, al caer el sol, llegue a tomar consigo a la esposa, los acompañarán a ambos en el cortejo que los llevará hasta la casa del esposo donde se celebrará el banquete nupcial.

 

Hay un detalle que el narrador quiere destacar desde el comienzo. Entre las jóvenes hay cinco «sensatas» y previsoras que toman consigo aceite para impregnar sus antorchas a medida que se vaya consumiendo la llama. Las otras cinco son unas «necias» y descuidadas que se olvidan de tomar aceite con el riesgo de que se les apaguen las antorchas.

 

Pronto descubrirán su error. El esposo se retrasa y no llega hasta medianoche. Cuando se oye la llamada a recibirlo, las sensatas alimentan con su aceite la llama de sus antorchas y acompañan al esposo hasta entrar con él en la fiesta. Las necias no saben sino lamentarse: «Que se nos apagan las antorchas». Ocupadas en adquirir aceite, llegan al banquete cuando la puerta está cerrada. Demasiado tarde.

 

Muchos comentaristas tratan de buscar un significado secreto al símbolo del «aceite». ¿Está Jesús hablando del fervor espiritual, del amor, de la gracia bautismal…? Tal vez es más sencillo recordar su gran deseo: «Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ¿qué he de querer sino que se encienda?». ¿Hay algo que pueda encender más nuestra fe que el contacto vivo con él?

 

¿No es una insensatez pretender conservar una fe gastada sin reavivarla con el fuego de Jesús? ¿No es una contradicción creernos cristianos sin conocer su proyecto ni sentirnos atraídos por su estilo de vida?

 

Necesitamos urgentemente una calidad nueva en nuestra relación con él. Cuidar todo lo que nos ayude a centrar nuestra vida en su persona. No gastar energías en lo que nos distrae o desvía de su Evangelio. Encender cada domingo nuestra fe rumiando sus palabras y comulgando vitalmente con él. Nadie puede transformar nuestras comunidades como Jesús.

 

 

 

 

ENCENDER LAS LÁMPARAS

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Entre los primeros cristianos había, sin duda, discípulos «buenos» y discípulos «malos». Sin embargo, al escribir su evangelio, Mateo se preocupa sobre todo de recordar que, dentro de la comunidad cristiana, hay discípulos «sensatos» que están actuando de manera responsable e inteligente, y hay discípulos «necios» que actian de manera frívola y descuidada. ¿Qué quiere decir esto?

 

Mateo lo explica al recoger dos parábolas de Jesús. La primera es muy clara. Hay algunos que «escuchan las palabras de Jesús», y «las ponen en práctica». Toman en serio el Evangelio y lo traducen en vida. Son como el «hombre sensato» que construye su casa sobre roca. Es el sector más responsable: los que van construyendo su vida y la de la Iglesia sobre la autenticidad y la verdad de Jesús.

 

Pero hay también quienes escuchan las palabras de Jesús, y «no las ponen en práctica». Son tan «necios» como el hombre que «edifica su casa sobre arena». Su vida es un disparate. Construyen sobre el vacío. Si fuera sólo por ellos, el cristianismo sería pura fachada, sin fundamento real en Jesús.

 

Esta parábola nos ayuda a captar el mensaje fundamental de otro relato en el que un grupo de jóvenes salen, llenas de alegría, a esperar al esposo, para acompañarlo a la fiesta de su boda. Desde el comienzo se nos advierte que unas son «sensatas» y otras «necias».

 

Las «sensatas» llevan consigo aceite para mantener encendidas sus lámparas; las «necias» no piensan en nada de esto. El esposo tarda, pero llega a medianoche. Las «sensatas» salen con sus lámparas a iluminar el camino, acompañan al esposo y «entran con él» en la fiesta. Las «necias», por su parte, no saben cómo resolver su problema: «se les apagan las lámparas». Así no pueden acompañar al esposo. Cuando llegan es tarde. La puerta está cerrada.

 

El mensaje es claro y urgente. Es una insensatez seguir escuchando el Evangelio, sin hacer un esfuerzo mayor para convertirlo en vida: es construir un cristianismo sobre arena. Y es una necedad confesar a Jesucristo con una vida apagada, vacía de su espíritu y su verdad: es esperar a Jesús con las «lámparas apagadas». Jesús puede tardar, pero no podemos retrasar más nuestra conversión.

 

 

 

 

ANTES DE QUE SEA TARDE

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Mateo escribió su evangelio en unos momentos críticos para los seguidores de Jesús. La venida de Cristo se iba retrasando demasiado. La fe de no pocos se relajaba. Era necesario reavivar de nuevo la conversión primera.

 

Movido por esta preocupación, recogió tres parábolas de Jesús y las trabajó profundamente para llamar a todos a la responsabilidad: «No esperes que otros te den “aceite” para encender tu “lámpara”, tu mismo tienes que cuidar tu fe; no te contentes con conservar tu “talento” bajo tierra, tienes que arriesgarte a hacerlo fructificar; no estés esperando a que se te aparezca Cristo, lo puedes encontrar ahora mismo en todo el que sufre».

 

La primera parábola nos habla de una fiesta de bodas. Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Unas llevan consigo aceite para encender sus antorchas; a las otras ni se les ha ocurrido pensar en ello. Creen que basta con llevar antorchas en sus manos.

 

Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entra el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo. Las jóvenes previsoras encienden sus antorchas y entran con él en el banquete. Las inconscientes se ven obligadas a salir a comprarlo. Para cuando vuelven «la puerta está cerrada». Es demasiado tarde.

 

Es un error andar buscando un significado secreto al «aceite»: ¿será una alegoría para hablar del fervor espiritual, de la vida interior, de las buenas obras, del amor...? La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.

 

Es una irresponsabilidad llamarnos cristianos y vivir la propia religión, sin hacer más esfuerzos por parecemos a él. Es un error vivir con autocomplacencia en la propia Iglesia, sin planteamos una verdadera conversión a los valores evangélicos. Es propio de inconscientes sentimos seguidores de Jesús, sin «entrar» en el proyecto de Dios que él quiso poner en marcha.

 

En estos momentos en que es tan fácil «relajarse», caer en el escepticismo e «ir tirando» por los caminos seguros de siempre, sólo encuentro una manera de estar en la Iglesia: convirtiéndome a Jesucristo.

 

 

 

 

POCO SENSATOS

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Son bastantes las parábolas en que Jesús repite de una manera o de otra el mismo mensaje: «Lo mejor que tenéis es la esperanza. No la estropeéis. Mantenedia viva. No apaguéis vuestro anhelo de vida eterna. Esperad con el corazón ardiendo. Sed lúcidos. No hay nada más triste que una persona «acabada» que ha perdido la esperanza en Dios».

 

Jesús no utiliza un lenguaje moral. Para él, dejar que se apague en nosotros la esperanza no es un pecado, es una insensatez. Las jóvenes de la parábola que dejan que se apague su lámpara antes de que llegue el esposo son «necias» pues no han sabido mantener viva su espera. No se han ocupado de lo más importante que ha de hacer el ser humano: esperar a Dios hasta el final.

 

No es fácil escuchar hoy este mensaje. Hemos perdido capacidad para vivir algo intensamente de manera duradera. El paso del tiempo lo desgasta todo. Al hombre de nuestros días sólo parece fascinarle lo nuevo, lo actual, el momento presente. No acertamos a vivir algo de manera viva y permanente sin dejarlo languidecer. ¿Cómo mantener viva la esperanza hasta el final?

 

Nosotros hemos encontrado otra manera más razonable y sensata para vivir con tranquilidad. Somos maestros en hacer toda clase de cálculos y previsiones para no correr riesgos y alejar de nuestra vida la inseguridad. Nos preocupamos de asegurar nuestra salud y garantizar nuestro nivel de vida; planificamos nuestra jubilación y nos organizamos una vejez serena y tranquila. Todo ello está muy bien, pero, no dejamos de ser insensatos si no reconocemos algo que es claro y evidente: todas estas seguridades fabricadas por nosotros son inseguras.

 

La advertencia evangélica no es irracional o absurda. Jesús invita sencillamente a vivir en el horizonte de la vida eterna, sin engañarnos ingenuamente sobre la caducidad y los límites de esta vida: «,Qué previsiones hacéis más allá de lo visible y perecedero?, ¿dónde pensáis encontrar seguridad cuando se desmoronen vuestras seguridades?»

 

Mantener despierta la esperanza significa no contentarse con cualquier cosa, no desesperar del ser humano, no perder nunca el anhelo de «vida eterna» para todos, no dejar de buscar, de creer y de confiar. Aunque no lo sepan, quienes viven así están esperando la venida de Dios.

 

 

 

 

CON ESPERANZA INCANSABLE

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Sorprende la insistencia con que Jesús ha hablado de la vigilancia. Son numerosas las parábolas que nos invitan a adoptar una actitud vigilante y atenta ante la existencia. Nuestra mayor insensatez sería vivir «sin horizonte». Sumergirnos en el presente sin otra perspectiva más amplia. Ahogar nuestra vocación de infinito en la vulgaridad de una vida superficial y satisfecha.

 

La esperanza cristiana no es algo desfasado. Por una parte, nos puede liberar de un optimismo excesivamente ingenuo que cree que el hombre puede darse a sí mismo todo lo que anda buscando. Por otra, nos puede despertar del inmovilismo propio de quien se siente resignado o satisfecho.

 

El hombre no tiene sólo necesidades que se esfuman cuando han quedado satisfechas. Lo propio del hombre es «el deseo» que no se sacia nunca, puesto que está abierto a lo infinito y universal. El hombre es deseo de amor, verdad, plenitud, felicidad total. «Nunca hay nada logrado para el hombre» (L. Aragón). Nada puede satisfacerlo por completo.

 

Pero también es verdad que el hombre puede llegar a instalarse y quedar atrapado en la mera satisfacción de algunas de sus necesidades. ¿No hay entre nosotros hombres y mujeres «acabados», sin afán alguno de superación, instalados aburridamente en una vida satisfecha? ¿No hay entre nosotros gentes que, en el fondo, no desean que cambie nada? Individuos replegados sobre sí mismos, insensibles al dolor ajeno, personas a las que se les ha «apagado» hace mucho tiempo «la lámpara» del amor gratuito y generoso.

 

El Evangelio nos invita a la vigilancia. La esperanza cristiana no instala en el inmovilismo. Al contrario, inquieta. Crea en nosotros un dinamismo mayor. Anima nuestra responsabilidad y creatividad. No nos deja descansar. Un hombre que mantiene encendida la lámpara de la fe y la esperanza es un hombre eternamente insatisfecho, que nunca está del todo contento ni de sí mismo ni del mundo en que vive. Por eso, precisamente, se le ve comprometido allí donde se está luchando por una vida mejor y más liberada.

 

Estos son los hombres «sabios» que tanto necesita nuestra sociedad. Personas de esperanza incansable. Hombres y mujeres que saben que el crecimiento del nivel de vida no es la «última salvación» que apaciguará al hombre. Creyentes que luchan por un mundo más humano, pero que saben que éste nunca será un puro y simple desarrollo de nuestros esfuerzos y proyectos, sino gracia y regalo de Aquél con quien nos encontraremos un día.

 

 

 

 

¿SÓLO EL MÁS ACÁ?

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Aunque pueda parecer sorprendente, no es raro hoy encontrarse con personas que dicen creer en Dios y, al mismo tiempo, piensan que todo acaba en la muerte. No les preocupa la vida del más allá. Lo que les interesa de verdad es vivir siempre mejor en esta tierra.

 

Hay otros que creen en la resurrección de Cristo y en su propia resurrección, pero esta fe apenas tiene influencia alguna en su vida ni en su comportamiento. Se diría que pertenece simplemente a su patrimonio cultural. Afirman que hay resurrección más o menos como dicen que el mundo es redondo. Sin repercusión alguna en sus vidas.

 

¿A qué se debe esta falta de interés por la vida después de la muerte? No parece ser fruto de una reflexión sólida. Menos aún, de una mala voluntad. Sencillamente y sin saber cómo ni por qué, a muchas personas se les hace difícil creer. Desearían poder hacerlo, creer desde el fondo de su ser, pero no les sale.

 

Son varios, sin duda, los factores culturales que hacen más difícil la fe en la resurrección, pero hay uno de especial importancia en este punto concreto: ha cambiado radicalmente el modo de pensar la muerte. Como ha dicho E. Schillebeeckx, el hombre de hoy «ya no trata la muerte metafísicamente, sino de modo funcional». Dicho de otra manera, la muerte no provoca hoy, de manera tan directa como en el pasado, la pregunta sobre lo que le sucede a la persona después de morir. Lo que preocupa son otras cosas de carácter más práctico e inmediato.

 

Ante la muerte, lo más importante parece casi siempre retrasarla al máximo, hacerla lo más llevadera posible, mitigar el dolor. Por otra parte, una vez ocurrida, lo que preocupa es cómo quedan aquí los seres queridos.

 

Este modo funcional de abordar la muerte ha contribuido probablemente a desarrollar de forma más adecuada la ayuda médica al enfermo haciendo más soportable el morir desde el punto de vista físico y psicológico. Pero, ¿no ha traído también una forma menos sabia y profunda de enfrentarse al misterio de la muerte?, ¿por qué hemos de engañarnos ante el hecho brutal e inevitable del morir?, ¿por qué hemos de andar evitando el problema de fondo: hay o no hay un Dios que acoge a este ser humano que muere?

 

 

 

 

DELGADEZ ESPIRITUAL

 

Se nos apagan las lámparas.

 

A veces pensamos que lo contrario de la esperanza es la desesperación. No siempre es así. En una época de crisis como la nuestra, la pérdida de esperanza se manifiesta, sobre todo, en una actitud de desesperanza que lo va penetrando todo. Es fácil observar hoy este «desgaste» de la esperanza en bastantes personas.

 

A veces, el rasgo más evidente es la actitud negativa ante la vida. El que pierde la esperanza, lo va viendo todo de manera cada vez más negativa. No es capaz ya de captar lo bueno, lo hermoso que hay en la existencia. No acierta a ver el lado positivo de las cosas, las personas o los acontecimientos. Todo esta mal, todo es inútil. En esa actitud negativa y desesperanzada va malgastando la persona sus mejores energías.

 

La falta de esperanza se manifiesta, otras veces, en una pérdida de confianza. La persona no espera ya gran cosa de la vida, de la sociedad, de los demás. Sobre todo, no espera ya mucho de sí misma. Por eso, va rebajando poco a poco sus aspiraciones. Se siente mal consigo misma, pero no es capaz de reaccionar. No sabe dónde encontrar fuerzas para vivir. Lo más fácil entonces es caer en la pasividad y el escepticismo.

 

La desesperanza viene otras veces acompañada de la tristeza. Desaparece la alegría de vivir. La persona se ríe y divierte por fuera, pero hay algo que ha muerto en su interior. El mal humor, el pesimismo y la amargura están cada vez más presentes. Nada merece la pena. No hay un «porqué» para vivir. Lo único que queda es dejarse llevar por la vida.

 

A veces, la falta de esperanza se manifiesta sencillamente en cansancio. La vida se convierte en una carga pesada, difícil de llevar. Falta empuje y entusiasmo. La persona se siente cansada de todo. No es la fatiga normal después de un trabajo o actividad concreta. Es un cansancio vital, un aburrimiento profundo que nace desde dentro y envuelve toda la existencia de la persona.

 

Sin duda, son muchos los factores que pueden generar este desmoronamiento de la esperanza, pero, muchas veces, todo comienza con la pérdida de «vida interior». El problema de muchas personas no es «tener problemas», sino no tener fuerza interior para enfrentarse a ellos.

 

Leo en el último número de El Ciervo las palabras de ese filósofo agnóstico, tan poco sospechoso de devaneos espirituales, que es Rafael Argullol: «Creo que bajo nuestra apariencia de fortaleza material y técnica, hay una debilidad sustancial. Se va adelgazando la silueta espiritual del hombre. » Según el escritor catalán, esa «delgadez espiritual» está en el origen del miedo, la inseguridad e inconsistencia del hombre contemporáneo.

 

Son momentos de recordar la parábola de Jesús y su advertencia. Es una insensatez dejar que se apague «el aceite de nuestras lámparas». Un hombre, vacío de espíritu y empobrecido interiormente, no puede caminar hacia su verdadero progreso ni orientarse hacia su salvación definitiva.

 

 

 

 

INCREDULIDAD DE LOS CREYENTES

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Desde hace algunos años se viene designando así la paradójica situación de hombres y mujeres que se confiesan creyentes, pero en los que la fe ya no es una fuerza que influya en sus vidas. Cristianos de fe tan lánguida, esperanza tan apagada y vida tan pagana como la de muchos contemporáneos que ya no se dicen creyentes.

 

Son personas que viven en un estado intermedio entre el cristianismo tradicional que conocieron de niños y la descristianización general que respiran hoy en su entorno. Se confiesan cristianos, pero su vida cotidiana se nutre de fuentes, convicciones e impulsos muy alejados del espíritu de Cristo.

 

Mal cuidada y peor alimentada, la fe va perdiendo fuerza en ellos, mientras la incredulidad se va extendiendo en sus conciencias de manera casi imperceptible, pero cada vez más firme.

 

Cristianos de rostro irreconocible, su estado está bien descrito en esas jóvenes de la parábola evangélica que dejan que se apaguen sus lámparas antes de que llegue el esposo.

 

¿Es posible reavivar de nuevo esa fe antes de que sea demasiado tarde? ¿Es posible que vuelva a iluminar la vida de quien se va deslizando poco a poco hacia la incredulidad total?

 

Antes que nada, es necesario reconocer la propia incoherencia y reaccionar. No es sano vivir en la contradicción sin plantearla explícitamente y resolverla. Hay que pasar del «cristianismo por nacimiento» al «cristianismo por elección». ¿Cómo va a ser uno creyente en una sociedad laica y plural, si no es por decisión consciente y libre?

 

Pero es necesario, además, cuidar la fe, conocerla cada vez mejor, cultivarla. Un cristiano ha de preocuparse de leer personalmente el evangelio e interesarse por el estudio de la persona de Cristo y su mensaje. Difícilmente se sostendrá hoy «la fe del carbonero» en una sociedad donde el cristianismo está expuesto a un examen cada vez más crítico.

 

Pero, lo más decisivo es, sin duda, alimentar la experiencia religiosa. La fe consiste básicamente en fundamentar nuestra existencia, no en nosotros mismos sino en Dios. Cuando falta esta entrega confiada a Dios, la fe queda reducida a un añadido artificial y engañoso.

 

¿Cómo puede decirse creyente un hombre que no invoca a Dios ni se para nunca a escucharlo vivo en su interior? ¿Cómo puede crecer la esperanza de un cristiano que no celebra nunca el domingo ni se alimenta jamás de la eucaristía? El cristiano sólo crece cuando acierta a alimentar «la lámpara» de su fe.

 

 

 

 

ENVEJECER CON SABIDURIA

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Envejecer no es una desgracia. Nuestra vida tiene su ritmo y no lo podemos alterar. La verdadera sabiduría consiste en saber aceptarlo sin amargura ni enojos inútiles, tal como Dios lo ha querido para cada uno de nosotros.

 

Saber caminar en paz, al ritmo de cada edad, disfrutando del encanto y las posibilidades que nos ofrece cada día que vivimos.

 

En una sencilla parábola, Jesús nos pone en guardia ante un peligro que acecha siempre al ser humano pero que puede acentuarse en los últimos años. El peligro de gastarnos, «quedarnos sin aceite», dejar que el espíritu se apague en nosotros.

 

Sin duda, la vejez trae consigo limitaciones inevitables. Nuestro cuerpo no nos responde como quisiéramos. Nuestra mente no es tan lúcida como en otros tiempos. El contacto con el mundo que nos rodea puede hacerse más difícil.

 

Pero nuestro mundo interior puede crecer y ensancharse. Cuando han terminado ya otras preocupaciones y trabajos que nos han tenido tantos años lejos de nosotros mismos, puede ser el momento de encontrarnos por fin con nosotros y con Dios.

 

Es el momento de dedicarnos a lo realmente importante. Tenemos tiempo para disfrutar de cada cosa por pequeña que nos parezca. Podemos vivir más despacio. Descansar. Hacer balance de las experiencias acumuladas a lo largo de los años.

 

Tal vez, sólo el anciano puede vivir con verdadera sabiduría, con sensatez y hasta con humor. El sabe mejor que nadie cómo funciona la vida, cuánta importancia le damos a cosas que apenas la tienen. Sus años le permiten mirarlo todo con más realismo, con más comprensión y ternura.

 

Lo importante es no perder la energía interior. Cuando nos quedamos vacíos por dentro, es fácil caer en la amargura, el aburrimiento, el desequilibrio emocional y mental.

 

Por eso, cuánto bien puede hacerle al hombre avanzado en años el pararse a rezar despacio y sin prisas, con una confianza total en ese Dios que mira nuestra vida y nuestras debilidades con amor y comprensión infinitas. Ese Dios que comprende nuestra soledad y nuestras penas. El Dios que nos espera con los brazos abiertos.

 

Jesús tenía razón. Hemos de cuidar que no se nos apague por dentro la vida. Si no encontramos la paz y la felicidad dentro de nosotros, no las encontraremos en ninguna parte. Como ha dicho alguien con ingenio, lo importante no es añadir años a nuestra vida sino añadir vida a nuestros años.

 

 

 

 

DESGASTE DE LA ESPERANZA

 

Se nos apagan las lámparas.

 

Los hombres no podemos vivir sin esperar en algo o en alguien. De alguna manera, siempre andamos buscando una felicidad, una seguridad o una satisfacción que todavía no poseemos.

 

Naturalmente, las «esperanzas» que marcan nuestra vida diaria pueden ser muy distintas y variadas. Mientras uno espera encontrar trabajo, otro espera salir curado del centro sanitario. Mientras uno espera el descanso del fin de semana, el otro vive esperando el nacimiento de su hijo.

 

Pero todas estas «esperas» no constituyen todavía «la esperanza» que verdaderamente importa.

 

El hombre necesita una esperanza más honda y fundamental cuando siente la vida como algo cruel y pesado, algo insoportable que no merece la pena ser vivido.

 

En esos momentos en que no encontramos ya nada grande ni seguro en medio de nuestros miedos y sufrimientos, fácilmente se despierta en nosotros una pregunta: ¿Esto es todo? ¿No hay nada más que esperar?

 

Los especialistas afirman que bajo todos nuestros miedos, subyace en último término un miedo fundamental a la soledad y a la pérdida del amor. Este miedo a no ser amados es el que destruye de raíz la esperanza del hombre.

 

Pero, incluso en las experiencias más gozosas de la vida, cuando uno puede disfrutar de la cercanía misteriosa del otro y sentirse comprendido, aceptado y querido, aún entonces surge en el corazón humano el interrogante: ¿No falta ahí nada? ¿ Es todo plenitud?

 

La verdad es que cuando reducimos el horizonte de nuestra vida y nos limitamos a vivir de «pequeñas esperas», nos empobrecemos. Las «esperanzas» se desgastan un día, el optimismo se nos consume, el mal humor se apodera cada vez más fácilmente de nosotros.

Entonces, podemos seguir actuando movidos por la ambición, la envidia o el deseo de triunfar, pero sabemos que nos falta lo más grande: la esperanza.

 

La parábola de Jesús sobre aquellas jóvenes a las que se les gasta el aceite de sus lámparas mientras esperan al esposo, nos debe recordar a los creyentes que ser cristiano es saber esperar en Dios.

 

Si esta esperanza se apaga en nosotros, hemos perdido lo más importante. Nuestra vida se hace atea. San Pablo nos diría que entonces vivimos «sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef 2, 12).

 

 

 

 

 

ADULTERAR LA LITURGIA

 

Uno de los factores que llevó a Jesús a su ejecución fue sin duda su ataque frontal a la liturgia del templo judío. Criticar la estructura del templo era poner en cuestión uno de los pilares fundamentales de la sociedad judía.

 

Al subir a Jerusalén, Jesús encuentra el templo lleno de «vendedores y cambistas», hombres que no buscan a Dios, sino que se afanan egoístamente por sus propios intereses. Aquella liturgia no es un encuentro sincero con Dios, sino un culto hipócrita que encubre injusticias, opresiones, intereses y explotaciones mezquinas a los peregrinos.

 

La crítica profunda de Jesús va a desenmascarar aquel culto falso. El templo no cumple ya su misión de ser signo de la presencia salvadora de Dios en medio del pueblo. No es la casa de un Padre que pertenece a todos. No es el lugar donde todos se deben sentir acogidos y en donde todos pueden vivir la experiencia del amor y la fraternidad.

 

Uno se explica la reacción de malestar y las quejas que puede provocar en algunos creyentes el ver que algunas celebraciones litúrgicas no se ajustan en todos sus detalles a una determinada normativa ritual. Pero antes que nada, si no queremos adulterar de raíz la liturgia de nuestros templos, hemos de saber escuchar la crítica profunda de Jesús que no se detiene a analizar el ritual judío sino que condena un culto en donde el templo ya no es la casa del Padre.

 

Solamente recordaremos un hecho que desgraciadamente se repite constantemente entre nosotros. Vivimos en una sociedad en donde los hombres se matan unos a otros y donde todos traen sus muertos al templo cristiano para llorar su dolor y orar por ellos a Dios. Con frecuencia son celebraciones ejemplares en donde la fe, la esperanza cristiana y el perdón sincero prevalecen sobre los sentimientos de impotencia, rabia y venganza que tratan de apoderarse de los familiares y amigos de las víctimas.

 

Pero, ¿qué decir de otras celebraciones que deforman el significado profundo de la liturgia cristiana? ¿Se puede orar a un mismo Padre, llorando la muerte de unos hermanos y pidiendo la destrucción de otros? ¿Se puede instrumentalizar la Eucaristía y servirse de lo que debería ser el signo más expresivo de la fraternidad, para acrecentar los sentimientos de odio y venganza frente al enemigo? ¿Se puede oír fielmente la palabra de Dios, escuchando de él solamente una condena para los otros? ¿Se puede intentar «monopolizar» a Dios, tratando de identificarlo con nuestra causa y nuestros intereses parciales y hasta partidistas?

 

La trágica situación que estamos viviendo, hace todavía más urgente la necesidad de encontrar al menos en el templo un ámbito en donde todos nos dejemos juzgar por el Unico que lo hace justamente, un lugar en donde tratemos de encontrarnos como hermanos ante un mismo Padre, un espacio en donde busquemos en el Creador de la vida fuerza para liberarnos del odio y la venganza. No convirtamos la casa del Padre en un lugar de división, enfrentamientos y mutua destrucción.

 

 

 

EL CULTO AL DINERO

 

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos lo bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación, la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es sino lo que tiene.

 

Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho, son mayoría los que le rinden y sacrifican todo su ser.

 

J. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra «La sociedad de la abundancia». El dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».

 

Cuantas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, lo decisivo, lo importante y definitivo es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.

 

Aquí está sin duda, una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.

 

Y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se puede adquirir nuevas relaciones pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer pero no felicidad.

 

Pero, los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.

 

No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes con un azote en las manos. Y, sin embargo, ésa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa sino su propio negocio.

 

El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas sólo por intereses de dinero.

 

Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios a los hombres cuando uno vive comprando o vendiéndolo todo, movido únicamente por el deseo de «negociar» su propio bienestar.

 

 

 

J. LLIGADAS

BANQUETE: UNA DE LAS MÚLTIPLES IMÁGENES QUE QUIEREN EXPRESAR LA INEXPRESABLE PLENITUD DEL REINO DE DIOS.

-Los tres domingos del capítulo 25

Quedan ya sólo tres domingos para que finalice el año litúrgico, y la lectura de Mt nos hace penetrar en los tres relatos que componen el capítulo 25, que vienen a ser como un esquema para evaluar la actuación cristiana: ¿construimos realmente, con nuestra manera de vivir, el nuevo pueblo de Dios iniciado por Jesús? La predicación de los tres domingos tendríamos que pensarla en conjunto, para no repetir y, al mismo tiempo, para encaminar adecuadamente el sentido de los textos. El proceso podría ser éste:

* Domingo 32 (la parábola de las diez vírgenes): ¿Estamos preparados para tener suficiente aceite para alumbrar cuando llegue el esposo? Es una invitación a recordar que nuestra vida tendrá un final.

* Domingo 33 (la parábola de los talentos): ¿Hacemos fructificar para el Reino de Dios todas nuestras posibilidades, o nos las guardamos para nosotros?

* Cristo Rey (el juicio final): Qué clase de aceite hay que tener preparado, y qué quiere decir hacer fructificar los talentos: el criterio básico de todo es el bien de los que necesitan de nosotros, porque en los necesitados es donde está presente el Señor, el Rey.

 

 

J. ALDAZABAL

Los tres últimos domingos del año tienen en sus lecturas un claro tono de "escatología": apuntan, cada uno a su modo, a la Venida de Cristo. Hoy, con la parábola de las vírgenes, el próximo, con la de los talentos, y el último, con la solemnidad de Cristo Rey.

Luego, el Adviento, seguirá también en esa clave de mirada al futuro y de invitación a la vigilancia. Es la temporada del año en que los cristianos somos interpelados por la Palabra respecto a nuestra esperanza y preparación hacia esa venida. Hoy la homilía podría tener este matiz: la sabiduría verdadera está en saber estar atentos y vigilantes ante la presencia del Señor en nuestras vidas y su vuelta final.

EL SABIO Y EL NECIO. Ya la primera lectura nos ha presentado la urgencia de encontrarnos con la verdadera sabiduría, que el autor ha descrito como una persona que nos sale al encuentro y quiere que la busquemos: el que está con los ojos abiertos y sabe acogerla, ése será en verdad afortunado. Y, según este texto, es fácil poseer la sabiduría. No hace falta mucha ciencia o cultura: muchas personas sencillas han tenido ese don de la sabiduría, han sabido ver lo que valía la pena en la vida, mientras que otros muchos que se creen muy sabios, no han dado en la clave de este saber según Dios y han malgastado sus energías y su vida.

La descripción de Cristo en su parábola, llena de vivacidad, nos vuelve a poner ante el dilema. Las cinco muchachas necias no supieron estar atentas y preparadas para la venida del novio, y así no pudieron entrar a la fiesta de bodas. Aquí la invitación es muy clara: "velad, porque no sabéis el día ni la hora".

-¿A QUÉ VIGILANCIA SE NOS INVITA?

a) Ante todo hay que presentar a la comunidad eclesial como esencialmente "escatológica", o sea, como un pueblo en marcha, peregrino, que mira hacia adelante, que espera la Venida última de su Señor y Esposo. Esta perspectiva se irá repitiendo en los próximos domingos, hasta la Navidad. Y es una actitud fundamental para todo cristiano: además de la fe y de la caridad, un cristiano es una persona que espera, que está en vela mirando al futuro. El cristiano vive entre el recuerdo del gran acontecimiento de Cristo y la tensión hacia su vuelta final.

b) La vigilancia del cristiano es vivir en esta atención despierta. Los judíos no supieron estar atentos a la llegada del Esposo. Pero también nosotros corremos el peligro de adormecernos y dejar pasar el momento de gracia una y otra vez. Podemos pasar los días y los años distraídos; o bien locos tras otros valores (tras el anuncio de otros esposos y otras fiestas). Y luego, cuando llega el verdadero esposo, estamos desprevenidos. Y eso que una y otra vez Cristo nos ha avisado de que llegará en el momento menos esperado. Las comparaciones del ladrón que realiza su atraco, o del amo que vuelve del viaje, o del esposo que viene a poner en marcha su séquito de muchachas, son muy significativas.

c) Pero esto no sólo se refiere a la Vuelta final de Cristo, ni tampoco sólo al momento de nuestra propia muerte, aunque son los dos momentos culminantes de la historia comunitaria y personal. Se cumple aquello de nuestra literatura clásica: "que al final de la jornada, aquél que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada".

Pero hay otras "venidas" de Cristo, el Esposo, a las que también debemos estar preparados y con los ojos bien abiertos. TODA LA VIDA ESTA LLENA DE MOMENTOS IMPORTANTES, IRREPETIBLES. Entre la venida primera y la última de Cristo, está su venida continuada, diaria, a nuestra vida personal y eclesial: "yo estoy con vosotros todos los días..." El cristiano sabio es el que está atento a esta presencia (Ver poesía "Dios nos habla a todas horas..."), el que sabe descubrir la cercanía de Cristo y de Dios en su vida, el que ve todas las cosas con los ojos de la fe, el que orienta su vida desde la perspectiva de Cristo. La verdadera vigilancia es una actitud continua de atención, de espera gozosa.

Como dice Pablo en la 2a. lectura, a un cristiano la vida se le llena de esperanza porque está convencido de una cosa: así como Cristo ya ha resucitado de entre los muertos, así todos estamos destinados a resucitar también a la nueva vida. Y esto ilumina y da un color de sabiduría a cada uno de nuestros días.

d) "Vigilar" no es estar siempre con miedo, ni dejarnos atenazar por la angustia. Un cristiano no deja de vivir, y de gozar la vida, y de incorporarse seriamente a las tareas de la sociedad y de la Iglesia. Lo que pasa es que lo hace con responsabilidad, con la atención puesta en los verdaderos valores, los que valen en verdad la pena, sin dejarse amodorrar por las innumerables drogas de este mundo, o por la pereza y la inercia. Vivir en tensión gozosa. Los pocos años que vive quiere vivirlos de modo que acierte en la clave fundamental de su existencia. La presencia -invisible- del Esposo y su vuelta -visible y gloriosa- le sirven de focos que iluminan cada uno de sus pasos.

Sería hoy una buena ocasión -aunque tendremos más en domingos sucesivos- para destacar aquellos aspectos de nuestra celebración dominical que "miran al futuro": el canto del Sanctus, "bendito el que viene"; la aclamación "ven, Señor Jesús"; las palabras de la Plegaria Eucarística, "mientras esperamos su venida gloriosa...". Pero todo ello en medio de una celebración que no sólo espera la venida futura, sino que se goza ya en la presencia actual, porque comulga con el Cristo ya presente, que nos invita a su cena de bodas.

 

J. MATEOS

 

SENSATEZ Y NECEDAD
Durante mucho tiempo se ha considerado que lo importante, lo sensato para un cristiano era prepararse a bien morir; se nos ha dicho que lo que al final contaba era alcanzar la vida eterna. Y quizá pensando en la otra vida hemos cometido la necedad de olvidarnos de la vida presente. 

FIESTA DE BODAS
En los tiempos de Jesús, después de que la pareja llevara un año de noviazgo oficial, se celebraba la boda. La ceremonia, en sus rasgos más generales, se desarrollaba así: el novio, con sus amigos, que lo acompañaban cantando y tocando instrumentos, se dirigía a la casa de la novia, donde era recibido por las amigas de ésta, que llevaban lámparas encendidas. Después de recoger a la novia, se dirigían juntos, entre cánticos y danzas, al lugar en el que se celebraba el banquete nupcial, con el que se iniciaba la fiesta de bodas, que podía durar varios días.
Desde otro punto de vista, la boda, el banquete o la fiesta de bodas se usa muchas veces en la Biblia para referirse a quienes, antes o después de su muerte, viven junto a Dios. Es un modo de describir la cercanía de Dios como una situación en la que reinan el amor y la alegría.
En la parábola que comentamos hoy, la llegada del novio representa el momento del encuentro definitivo de los creyentes con el Padre.

NECIAS Y SENSATAS
En la parábola del evangelio, entre las muchachas que esperaban al novio, se presentan dos tipos, cada uno de los cuales describe un modo distinto de prepararse para ese definitivo encuentro con Dios: uno lo constituyen las muchachas necias, el otro las sensatas.
En el evangelio de Mateo se considera sensata aquella persona que escucha el mensaje de Jesús y lo pone por obra; necia, la que conoce el mensaje de Jesús, pero no lo practica:
"Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato... Y todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra, se parece al necio. . . " (Mt 7,24-27). El aceite que las necias habían olvidado no es sino la práctica del mensaje de Jesús.
Las muchachas necias podrían representar a todos aquellos que tienen una cierta fe y una cierta esperanza: creen, en teoría, que Jesús de Nazaret es el Mesías, enviado de Dios, salvador de la humanidad; creen sinceramente que Dios es Padre y que todos los hombres somos hermanos; creen en la Iglesia y en su doctrina, creen lo que dicen el credo y los artículos de la fe... Y esperan; quizá sobre todo esperan, como las muchachas, el encuentro con el Señor; y su esperanza, quizá muy fuerte y muy firme, no tiene otra perspectiva que el más allá, la otra vida, el otro mundo...
Pero, a pesar de que conocen, creen y esperan, no aman. Y eso es lo que caracteriza a la práctica cristiana: el amor.
Las sensatas, no hace falta explicarlo demasiado, simbolizan a quienes viven aquello que creen, a quienes hacen lo posible por anticipar la felicidad que esperan, a quienes procuran que su fe en un Dios que es Padre se manifieste en la práctica del amor a los hermanos...
Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No se trata de egoísmo: es que resulta imposible amar en nombre de otra persona o considerar propias las acciones que otro ha realizado.

Con esta parábola insiste Jesús en que la muerte del discípulo es el fruto de su vida. La muerte en sí misma no tiene nada de terrible ni de decisivo; corona la vida que se ha llevado (13: "Estad en vela").

La figura del novio o esposo designa a Jesús mismo (cf. 9,15). 
El uso de los términos "necias, sensatas" pone a esta parábola en estrecha relación con la de las dos casas (7,24-27). Las muchachas necias son las que han escuchado el mensaje, pero no lo han llevado a la práctica; las sensatas son las que lo han traducido en su vida. No se puede improvisar esto en el último momento ni se puede prestar o transferir de uno a otro.

La llegada del esposo es, como antes, el momento de la persecución y de la muerte, presentado en su aspecto de salvación, de entrada en el reino de Dios definitivo, figurado por el banquete de boda. La frase de rechazo: "No sé quiénes sois" (12), recuerda la de 7,23: "Nunca os he conocido", dirigida también a quienes han pertenecido a la comunidad cristiana.

 

ALESSANDRO PRONZATO

 

Decir vigilancia significa tener el sentido de la espera. Espera de Alguien, más que de algo.

Los cristianos expresaban su fe en la "primera venida" de Jesús (encarnación). Pero testimoniaban también la fe en la espera de la "segunda venida". Se trata entonces de la parusía. Una palabra que significa, literalmente, presencia, o también venida (o sea: hacerse presente). Pero el vocablo se usa habitualmente para indicar el retorno de Jesús al final de los tiempos.

Entre la primera y la segunda venida se coloca el tiempo presente. El tiempo de la espera. El tiempo de la Iglesia.

Sin embargo, no pocos fanáticos tendían a acortar este tiempo intermedio, hasta casi anularlo.

Aparecía así el fenómeno preocupante de un pulular de impostores que, aprovechando la emotividad popular, predicaban la inminencia del fin. Era la corriente llamada "apocalíptica", que tenía un indudable gancho entre la gente. (...). Jesús declara que él no ha venido a suministrar precisiones acerca del "cuándo". El cristiano no tiene necesidad de conocer la hora exacta. Puede ser antes de lo que uno espera. Pero también más tarde de lo que se cree. Jesús, más que establecer un plazo, exhorta a la vigilancia. "Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora".

La vigilancia viene motivada por la incertidumbre acerca de la fecha de la llegada del Señor.

El creyente no es alguien que viaja con el calendario en la mano. Como mucho lleva en la mano una brújula.

Cristo da la dirección del camino. No nos ofrece la descripción anticipada de lo que sucederá a lo largo del viaje.

Su palabra -ésa que no pasa- no es una llave mágica para resolver los enigmas de la historia, los enigmas de la crónica cotidiana. Es luz que permite captar el significado de los eventos. El cristiano, efectivamente, no es alguien que ya sabe todo de antemano.

La culpa del cristiano no es la de no estar informado. Sino la de no estar preparado. De no saberse orientar, aclarar en medio de los enredos de la historia y de la crónica de cada día.

En cierto sentido el cristiano "sabe". Pero no sabe "cuándo" ni "cómo". Entonces, en lugar de la curiosidad, la vigilancia. Jesús dice: "Velad. No os dejéis coger de improviso". (...) Pero existe también otra perspectiva en la parábola. Hay que evitar dos posturas extremas. Puede haber quien confunda espera vigilante con estar esperando pasivamente, inerte, olvidando el presente, es más, vaciando de valor el presente. Así se rechaza la historia. Se substrae uno de las obligaciones terrenas considerándolas indignas del cielo. La vida se convierte en una aburrida sala de espera...

Pero puede haber también quien olvida la cita, pierde el sentido de la espera y tiende a absolutizar el presente, eternizándolo.

Se sitúa, se instala, se cierra a toda perspectiva del más allá. Hace todo como si nunca hubiera que partir. Y entonces la vida está determinada únicamente por la preocupación de amontonar, gozar, situarse. (...).

El pecado está precisamente en no caer en la cuenta, en vivir inconscientemente, en despreocuparse de todo, en no sospechar, en vivir como si... O sea, en eludir la cuestión fundamental, porque se está sumergido en las preocupaciones terrenas. El esposo puede retrasarse.

Pero por ninguna parte aparece que haya mandado decir que ya no llegará...

 

LA GLORIA ESTÁ EN SERVIR

Fray Marcos

Mt 25, 1-13

 

CONTEXTO

En los tres domingos que quedan vamos a leer todo el capítulo 25 de Mateo (el último, antes del relato de la pasión). Los tres episodios que en él se narran (diez doncellas, los talentos y juicio definitivo) siguen siendo advertencias a su comunidad, con el fin de poner en guardia a los cristianos de las consecuencias últimas de sus actitudes vitales.

Ni Dios ni Jesús tienen que hacer ya nada. La pelota está en nuestro tejado y depende de nosotros que la juguemos bien o mal. En cualquier caso, pitarán el final del partido.

Los textos de estos últimos domingos de año litúrgico nos invitan a velar, a estar preparados. No para que la muerte nos coja confesa­dos, esa es la visión miope que nos han querido inculcar. De ahí la tremenda frase: "Dios te coja confesado", que es un insulto a Dios y a todo el mensaje de Jesús.

Por fortuna, ya no pensamos en ese Dios vengativo que está al acecho para ver cómo puede cogernos en un renuncio y condenarnos. Dios no nos espera al final del camino para someternos a un juicio; lo cual daría por supuesto que de entrada hay sospecha de culpabilidad. No, Dios está en nosotros todos los instantes de nuestra vida para que podamos llevarla a plenitud, es decir, para salvarnos en Él.

Se ha aprovechado este lenguaje para meter miedo a la gente: No sabéis el día ni la hora de vuestra muerte. ¡Temblad! Y eso que, en este ciclo litúrgico nos libramos de los textos apocalípticos, que son todavía mucho más terroríficos y nos pueden despistar aún más.

No es la muerte la que tiene que dar sentido a nuestra vida, sino al revés, sólo aprendiendo a vivir se aprende a morir. Aunque sólo os quedara un segundo de vida, haríais muy mal en pensar en la muerte. Sería mucho más positivo el vivir plenamente ese segundo. La muerte no arregla nada; si hay problemas, debemos arreglarlos mientras estamos de pie.

 

EXPLICACIÓN

La tendencia de la primera comunidad a alegorizar la parábola, nos ha privado de su sentido más profundo. El punto de inflexión de la parábola está en la falta de aceite para que las lámparas puedan estar encendidas. Comparar a Cristo con el esposo y a la Iglesia con la esposa, que ni siquiera se menciona, no tiene apoyo ninguno exegético.

El relato está tomado de la vida cotidiana. Después de un año o más de desposorios, se celebraba la boda, que consistía en conducir a la novia a la casa del novio, donde se celebraba el banquete. Esta ceremonia no tenía ningún carácter religioso. El novio, acompañado de sus amigos y parientes iba a casa de la novia para conducirla a su propia casa. En la casa de la novia le esperaban las amigas de la novia, que la acompañarían en el trayecto. Todos estos rituales empezaban a la puesta del sol y tenían lugar de noche, de ahí la necesidad de las lámparas para poder caminar.

La importancia del relato no la tiene el novio ni la novia, ni siquiera los acompañantes. Lo que el relato destaca es la luz. La luz es más importante que las mismas muchachas, porque lo que determina que entren o no entren en el banquete es que tengan o no tengan el candil encendido. Una acompañante sin luz no pintaba nada en el cortejo. Ahora bien, para que dé luz una lámpara, tiene que tener aceite. Aquí está la madre del cordero. Lo importante es la luz, pero lo que hay que procurar es el aceite.

Jesús había dicho: "Yo soy la luz del mundo". Y también: "vosotros sois la luz del mundo". El ser humano es luz cuando ha desplegado su verdadero ser; es decir, cuando trasciende y va más allá de lo que le pide su simple animalidad. No es que nuestra condición de animales sea algo malo, al contrario, es la base para alcanzar nuestra plenitud, pero si no vamos más allá cercenamos nuestras posibilidades de humanidad.

La primera lectura nos puede ayudar a encontrar el sentido de la parábola.

(Sab 6, 13-16) "Fácilmente encuentran la sabiduría los que la aman y la buscan".

La verdadera Sabiduría es encontrar la manera de dar un sentido a la vida. Dar sentido a la vida es más importante que la vida misma. Ese sentido no viene dado, tenemos que buscarlo. Esa es la tarea más específicamente humana. Nuestra vida puede quedar malograda como tal vida humana.

Esa es la advertencia de la parábola. Hay que estar alerta, porque el tiempo pasa. Si estamos dormidos, hay que despertar, porque de lo contrario, perderé la oportunidad de descubrir esa Sabiduría.

¿Cuál es el aceite que hace arder la lámpara? Si acertamos con la respuesta a esta pregunta, tenemos resuelto el significado de la parábola. En Mt 7,24-27, se dice:

"Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra, se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca. Y todo aquel que no las pone por obra, se parece al necio..."

La luz que tiene que arder son las obras. El aceite que alimenta la llama, es el amor. El ser sensato no depende de un conocimiento mayor sino de la práctica.

Así se entiende que las sensatas no compartan el aceite con las necias. No se trata de egoísmo: es que resulta imposible amar en nombre de otra persona o considerar propia la entrega que otro ha realizado. Nuestra lámpara no puede arder con el aceite de otro. La llama a la que se refiere la parábola no puede ser encendida con aceite comprado o prestado.

El sentido a toda una vida no se puede improvisar en un instante. Sólo con lo que hay de Dios en mí, descubierto, reconocido, desplegado, puede considerarse encendido nuestro ser. Ese despliegue constituye la Sabiduría de la que nos hablaba la primera lectura. Sin esa llama, seremos irreconocibles incluso para el mismo Dios. Para entrar a formar parte de una orquesta, no basta con adquirir un buen violín; hay que aprender a tocarlo y armonizar tu música con los demás.

Interpretar esta parábola en el sentido de que debemos estar preparados para el día de la muerte, es tergiversar el evangelio. El esperar una venida futura es una perspectiva inútil, porque Jesús ya dijo a sus discípulos: "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo".

La parábola no hace especial hincapié en el fin, sino en la inutilidad de una espera que no va acompañada de una actitud de amor y de servicio. Las lámparas deben estar encendidas siempre; si esperamos a prepararlas en el último momento perderemos la oportunidad de entrar con el novio.

Obsesionados por la "salvación eterna", hemos interpretado esta parábola como una advertencia de preparación para la muerte, o peor aún, para el juicio. Nada más lejos del sentido del relato. Si el aceite es el amor, que hace funcionar la vida cristiana, no podemos pensar en el "último día" para que tenga sentido. Hay que buscar una interpretación más de acuerdo con el mensaje de Jesús. Lo que el evangelio pretende es que alcancemos una Vida que me dé sentido, durante esta vida biológica.

La venida de Jesús al final de los tiempos, es una imagen escatológica que no podemos tomar al pie de la letra; tiene un significado mucho más profundo. Jesús, con su muerte en la cruz, consumió todo su aceite en una llamarada que sigue iluminándonos. El don total de sí mismo trasformó todo lo humano en divino. Allí culminó su "historia" porque sólo permanecerá identificado con Dios, y Dios está fuera del tiempo y del espacio. Todo lo que podemos decir de Jesús después de su muerte, serán "historias".

Pronto los cristianos cayeron en la trampa de entender la segunda venida de Jesús de una manera temporal e inminente. Y nosotros seguimos esperando esa segunda venida en la que no se hablará de cruz, sino de gloria para todos.

No acaba de gustarnos cómo terminó Jesús su paso por la tierra. Esta es la causa por la que hemos inventado un futuro a nuestro gusto para él y para nosotros. Nos sentiríamos muy a gusto si volviera lleno de gloria y nos comunicara a los "buenos" esa misma gloria.

Esta visión raquítica, la hacemos desde nuestro falso yo, que nunca aceptará el desaparecer, mucho menos consumirse en beneficio de los demás. El "yo" sigue pretendiendo poner al mismo Dios a su servicio. Lo esencial sería el "yo" y todo los demás, incluido Dios, es accidental, que está al servicio de lo esencial.

Si de verdad queremos dejar de ser necios y empezar a ser sensatos, tenemos que desplegar nuestra vida desde otra perspectiva. Tenemos que abandonar todo proyecto de glorificación, sea en este mundo o sea en el otro, y entrar por el camino del servicio a los demás hasta la entrega total de todo lo que somos.

El aceite sólo da luz a costa de consumirse. Si aceptamos el programa del evangelio sólo porque nos han prometido una "gloria", la cosa no puede funcionar. Estamos completamente equivocados. La inserción definitiva en Dios sólo es posible si desaparezco consumiéndome en el servicio de los demás.

Todo lo que hemos proyectado para el más allá, lo tenemos al alcance de la mano en el más acá. Ni Dios ni Jesús pueden darnos más de lo que nos están dando en este momento. Descubrir ese don, es la tarea de todo ser humano. La vida humana cobra pleno sentido, y alcanza su fin por una toma de conciencia de lo que Dios nos ha dado. La verdadera sabiduría no es más conocimiento, sino más vivencia.

 

Meditación-contemplación

 

"Yo soy la luz del mundo".

Esto no lo decía Jesús como Dios, sino como ser humano.

Su experiencia de Dios como "Abba", fue su lámpara encendida.

Esa misma luz está también en cada uno de nosotros.

..................

 

Dentro de ti debes descubrir el aceite.

Si prende, dará luz que alumbrará tus pasos.

Esa llama, si es auténtica, no se puede ocultar,

sino que alumbrará también a todos los demás.

..................

 

Tienes que descubrir tu propio aceite.

Nadie te lo puede prestar, porque es su propia vida.

Toda vida se mueve de dentro a fuera.

Si se mueve desde fuera, será sólo un mecanismo muerto.

.......................

 

 

OCARM

Lectura 

a)  Una clave de lectura:  

Meditamos la parábola de las diez vírgenes o de las diez jóvenes doncellas. En las parábolas, Jesús gusta de usar hechos bien conocidos de la vida del pueblo como medios de comparación para aclarar un aspecto desconocido del Reino de Dios. En el caso de la parábola de las diez vírgenes, Él construye una historia en torno al comportamiento diferente de las doncellas que acompañan al esposo en el día de la fiesta del matrimonio.  

Este hecho bien conocido de todos, es usado por Jesús para poner en claro la llegada de improviso del Reino de Dios en la vida de las personas.  

Generalmente, Jesús no explica las parábolas, sino que dice: "¡Quien tenga oídos para entender, que entienda! O sea: "¡Así es! Lo habéis oído. Ahora tratar de entender". Él provoca a las personas, para que los hechos conocidos en la vida cotidiana les ayuden a descubrir las llamadas de Dios en sus vidas. Él compromete a los oyentes en el descubrimiento del significado de la parábola. La experiencia que cada uno tiene del hecho de vida narrado en la parábola, contribuye a descubrir el sentido de las parábolas de Jesús. Señal era de que Jesús tenía confianza en la capacidad de comprensión de las personas. Ellos se convierten en coproductores del significado. 

Al final de la Parábola de las diez vírgenes, Jesús dice:" Velad, pues que no sabéis ni el día ni la hora". Esta advertencia final sirve como clave de lectura. Ella indica la dirección del pensamiento de Jesús. Durante la lectura tratar de descubrir cuál sea el punto central de esta parábola que sirve a Jesús como semejanza del Reino de Dios.  b) Una división del texto para ayudar a la lectura:  

        Mt 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo; cinco prudentes y cinco necias.  

        Mt 25,5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche  

        Mt 25, 7-9: El comportamiento diferente de las prudentes y de las necias  

        Mt 25, 10-12: La suerte diferente de las prudentes y de las necias  

        Mt 25, 13: Conclusión de la parábola  

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la reflexión personal.  

a)   ¿Cuál es el punto de la parábola que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?  

b)   ¿Cuál es el contexto de la vida normal del pueblo, sobre el cuál Jesús insiste enesta parábola? 

c)   Desde el principio, hacer una distinción entre "prudentes y "necias". ¿En qué consiste la prudencia y la necedad o  

d)   ¿Cómo juzgar la respuesta tan dura del esposo: "En verdad no os conozco?"  

e)   ¿De qué día y de qué hora habla Jesús al final de la parábola? 

Una clave de lectura 

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.  

El contexto en el cuál Mateo conserva las palabras de Jesús  

        El Evangelio de Mateo tiene dos tipos de parábolas: Las que ayudan a percibir el Reino de Dios presente en las actividades de Jesús y las que nos ayudan a prepararnos para la venida futura del Reino. Unas son las que aparecen sobre todo en la primera parte de la vida apostólica de Jesús. Las otras son más frecuentes en la segunda parte, cuando parece evidente que Jesús será perseguido, arrestado y muerto por manos de las autoridades civiles y religiosas. En otras palabras, en las parábolas se mezclan las dos dimensiones del Reino: (1) el Reino ya presente, aquí y ahora, escondido en el cotidiano de nuestra vida y que se descubre y profundiza por parte nuestra; (2) el Reino futuro que todavía debe venir y para el cuál cada uno debe prepararse desde ahora. La tensión entre el ya y el todavía no invade toda la vida cristiana. La Navidad es al mismo tiempo, una celebración del Reino ya presente y un anticipo del Reino que todavía debe venir. 

Comentario de las palabras de Jesús, conservadas por Mateo: 

        Mateo 25, 1-4: La conducta diferente de las doncellas que acompañan al esposo: 

cinco prudentes y cinco necias Jesús comienza la parábola con las palabras: " El Reino de los cielos será semejante…"  

        Significa que la parábola de las diez vírgenes se refiere a la venida futura del Reino, para el cuál debemos prepararnos desde ahora. Para aclarar esta dimensión del Reino, Jesús recurre a la costumbre bien conocida de invitar a algunas jóvenes para acompañar al esposo a su llegada para la fiesta de la boda. Ellas debían acompañar al esposo con las lámparas encendidas. Pero las lámparas eran pequeñas y el aceite que contenían bastaban sólo para un tiempo determinado. Por esto era prudente que cada una llevase consigo un poco de aceite de reserva. Porque el recorrido con el esposo podía durar más del tiempo limitado del aceite en la lámpara.  

        Esto es lo que se sobreentiende en esta historia de las diez vírgenes: que quien acepta un determinado oficio debe prepararse en base a las exigencias del mismo oficio. La joven que acepta ser dama de honor en las bodas debe comportarse de modo adecuado a esta función. Debe ser previsora y llevar el aceite necesario para su lámpara. Quien debe hacer un viaje de 100 kilómetros en una carretera sin señales de tráfico, y sabiendo esto, sale con gasolina para apenas unos 50 kilómetros, no es previsora ni prudente. La gente exclama: "Qué estúpido, no tiene cabeza". 

        Mateo 25, 5-6: El retardo del esposo y su llegada de improviso en la noche La secuencia de los hechos narrados por Jesús es muy normal. Es de noche y el esposo tarda. Aun sin quererlo, por muy grande que sea la voluntad de las jóvenes, comienzan a adormilarse. Y al mismo tiempo se esfuerzan por estar atentas, porque el esposo puede llegar de un momento a otro. De pronto el grito: "Ahí está el esposo". Es la señal que todas estaban esperando. Es en este momento de crisis en el que se revela el valor de las personas. Los hechos que acaecen de improviso, independientes de nuestra voluntad, demuestran si somos previsores o necios. 

        Mateo 25, 7-9: Actitudes diferentes de las sabias y de las necias Una vez despiertas, las jóvenes empiezan a preparar las lámparas que deben servir para alumbrar el camino. Había llegado la hora de echar más aceite, porque las lámparas se estaban extinguiendo. Las jóvenes que no tenían consigo aceite de reserva, piden aceite prestado a las otras. Estas responden que no pueden darles, porque al final faltaría para unas y otras. Si fuese sido solo para alumbrar el camino, las sabias hubieran podido decir: " Caminad junto a nosotras y veréis donde ponéis los pies". Pero no se trata de alumbrar el camino. Las lámparas servían también para festejar e iluminar la llegada del esposo. Este era el deber de las damas de honor: que cada una tuviese una lámpara encendida en la mano.  

        En el momento de la crisis las jóvenes necias piden el compartir. Piden que las sabias compartan con ellas el aceite que han llevado. El compartir es una práctica muy importante y fundamental en la vida del pueblo de Dios. Pero aquí no se trata solo de compartir: porque si las prudentes hubieran compartido el aceite hubieran provocado daño al esposo, arruinando la fiesta de las bodas y hubieran terminado por no cumplir ni ellas ni las otras la tarea que habían asumido. Por esto las prudentes, de frente a la petición de las necias, responden que no pueden compartir y dan un consejo realista: "¡Id a comprarlo!". Siendo ya medianoche, sería difícil encontrar una tienda abierta. 

        Mateo 25, 10-12: Destino diferente de las prudentes y de las necias Mientras las necias iban a comprar, llegó el esposo y las que estaban preparadas entraron con él a la fiesta de las bodas, y se cerró la puerta. En la historia de la parábola, las necias encontraron una tienda abierta, y compraron el aceite. Aunque retardadas, llegaron y gritaron:" ¡Abridnos la puerta! El esposo ( a lo menos parece que es él) responde con dureza: "En verdad os digo: que no os conozco". 

        Mateo 25, 13: Conclusión: vigilancia La conclusión del mismo Jesús, al final de la historia, es una frase que puede servir de clave para toda la parábola: "Vigilad, pues que no sabéis el día ni la hora". Dios puede venir en cualquier hora de nuestra vida. Todos debemos estar preparados. Como las jóvenes de la boda, todos deben ser prudentes y previsores, llevando cada uno consigo aceite suficiente. O sea, deben estar atentos a no ser causa de descarrilamiento para otros, aunque insistan sobre cosas buenas como el compartir. Deben aprender a estar siempre atentos al servicio que deben dar a Dios y al prójimo.  

        Para complementar ¿Cómo explicar la frase tan severa: "¡No os conozco!"? Ponemos aquí dos sugerencias para la respuesta: -- Muchas parábolas tiene algo de extraño: el padre que no reprueba al hijo pródigo, el pastor que deja las noventa y nueve ovejas para preocuparse de una sola, el samaritano, que obra mejor que el sacerdote y que el levita, etc. Generalmente estos aspectos extraños y sorprendentes esconden una clave importante para descubrir el punto central de la parábola. Así, en la parábola de las diez vírgenes hay varias cosas extrañas, que por lo regular no suceden: (1) De noche no hay tiendas abiertas. (2) En las bodas no se acostumbra a cerrar las puertas. (3) En situaciones normales, el esposo nunca dice: "No os conozco". Es por estos aspectos extraños por los que pasa el hilo central de la enseñanza de la parábola. ¿Cuál sería? "El que tenga oídos para entender, que entienda". 

        El esposo de la parábola es (también) el mismo Jesús, que llega repentinamente de noche. Es lo que el contexto de otros textos del Evangelio y del Antiguo Testamento sugieren. En la conversación con la samaritana Jesús le dice que tenía cinco maridos y que el que tiene ahora, o sea el sexto, no es su verdadero marido. El séptimo es Jesús el esposo verdadero (Jn 4, 16-18). Mientras el esposo está con los discípulos ellos no tienen necesidad de ayunar (Mc 2, 19-20). Desde los tiempos del profeta Oseas, siglo VIII antes de Cristo, crecía en el pueblo la esperanza de poder llegar un día a una intimidad tal con Dios, semejante a la intimidad del esposo con la esposa. (Os 2, 19-20). Isaías dice claramente: es deseo de Dios ser el marido del pueblo (Is 54, 5; Jer 3, 14), gozar con el pueblo como un esposo goza con la presencia de su esposa (Is 62, 

5).  

Esta esperanza se realiza con la llegada de Jesús. Cuando Jesús hace su entrada en la vida de las personas, todo debe retirarse, porque Él es el esposo. Esta visión de fondo de la historia y de la esperanza secular del pueblo ayuda a comprender mejor el sentido de la frase tan severa del esposo: "¡No os conozco"! Por la falta de empeño y seriedad, las cinco jóvenes necias mostraron claramente que todavía no estaban preparadas para el compromiso definitivo del matrimonio con Dios. Tenían necesidad de otro tiempo para prepararse: "Vigilad, porque no sabéis el día ni la hora".

 


 

PLEGARIA EUCARÍSTICA 

DE LA RECONCILIACIÓN  II


         V. El Señor esté con ustedes.
         R. Y con tu espíritu.

         V. Levantemos el corazón.
         R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

         V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
         R. Es justo y necesario.

CP
En verdad es justo y necesario
darte gracias y alabarte,
Dios, Padre todopoderoso,
por todo lo que haces en este mundo,
por Jesucristo, Señor nuestro.

Pues en una humanidad dividida
por las enemistades y las discordias,
sabemos que tú diriges los ánimos
para que se dispongan a la reconciliación.

Por tu Espíritu mueves los corazones de los hombres
para que los enemigos vuelvan a la amistad,
los adversarios se den la mano,
y los pueblos busquen la concordia.

Con tu acción eficaz puedes conseguir, Señor,
que el amor venza al odio,
la venganza deje paso a la indulgencia,
y la discordia se convierta en amor mutuo.

Por eso, con los coros celestiales
te damos gracias continuamente
y en la tierra cantemos sin cesar el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en el nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

 
El Sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CP

A ti, Padre omnipotente,
te bendecimos por Jesucristo, tu Hijo,
que ha venido en tu nombre.
Él es la Palabra de salvación para los hombres,
la mano que tiendes a los pecadores,
el camino que nos conduce a tu paz.
Cuando nos habíamos apartado de ti
por nuestros pecados, Señor,
nos reconciliaste contigo,
para que, convertidos a ti, nos amáramos unos a otros
por tu Hijo, a quien entregaste a la muerte por nosotros.

Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Y ahora, celebrando la reconciliación que Cristo nos trajo,
te suplicamos
que por la efusión de tu Espíritu santifiques estos dones


Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
para que se conviertan en el Cuerpo y 
+ la Sangre de tu Hijo,
que nos mandó a celebrar estos misterios.

Junta las manos.

En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor han de pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.

Porque él mismo, cuando iba a entregar su vida
por nuestra liberación,
sentado a la mesa,


Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan en sus manos,
y dando gracias te bendijo,
lo partió y se lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.


Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora, haciendo genuflexión.

Después prosigue:

Del mismo modo, aquella noche,


Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó en sus manos el cáliz de la bendición,
y, proclamando tu misericordia,
lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.


Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora, haciendo genuflexión.

6. Luego dice:
CP
Éste es el Misterio de la fe.

Y el pueblo prosigue, aclamando:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!


Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CC

Así, al celebrar el memorial
de la muerte y resurrección de tu Hijo,
que nos dejó esta prenda de su amor,
te ofrecemos lo que tú nos entregaste,
el sacrificio de la reconciliación perfecta.

Te pedimos humildemente, Padre santo,
que nos aceptes también a nosotros, junto con tu Hijo,
en este banquete salvífico,
concédenos el mismo Espíritu,
que haga desaparecer toda enemistad entre nosotros.

C1
Que este Espíritu haga de tu Iglesia signo de unidad
e instrumento de tu paz entre los hombres,
y nos guarde en comunión con el Papa 
FRANCISCO., con nuestro Obispo ISMAEL
con los demás Obispos y con todo tu pueblo.

C2
Recibe en tu reino a nuestros hermanos
que se durmieron en el Señor
y a todos los difuntos cuya fe sólo tú conociste.
Así como nos has congregado ahora, en torno a la mesa de tu Hijo,
reúnenos con la gloriosa Virgen María, Madre de Dios,
con los apóstoles y con todos los santos.
Reúne también a los hombres
de toda raza y lengua,
en el banquete de la unidad eterna,
en los cielos y en la tierra nueva,
donde brille la plenitud de tu paz.

Junta las manos.
por Jesucristo, Señor nuestro.

Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva, y dice:

CP
 o CC
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

El pueblo responde:
Amén.

Después sigue el rito de la Comunión.

 


 

XXXII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Sal 87, 3
Que mi plegaria llegue a tu presencia, Señor;
inclina tu oído a mi clamor.

Oración colecta
Dios todopoderoso y rico en misericordia,
aleja de nosotros todos los males,
para que, sin impedimentos en el alma y en el cuerpo,
cumplamos tu voluntad con libertad de espíritu.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Mira con bondad este sacrificio, Señor,
y concédenos alcanzar los frutos de la pasión de tu Hijo,
que ahora celebramos sacramentalmente.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

Antífona de comunión     Sal 22, 1-2
El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
y me conduce a las aguas tranquilas.

O bien:     Lc 24, 35
Los discípulos reconocieron al Señor Jesús al partir el pan.

Oración después de la comunión
Te damos gracias, Padre, por la eucaristía que nos ha alimentado;
imploramos tu misericordia para que, por el Espíritu Santo,
quienes recibimos la fuerza de lo alto perseveremos fielmente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 


 

 

DOMINGO TRIGESIMOSEGUNDO



La Sabiduría se deja encontrar por los que la buscan

Lectura del libro de la Sabiduría     6, 12-16

La Sabiduría es luminosa y nunca pierde su brillo:
se deja contemplar fácilmente por los que la aman
y encontrar por los que la buscan.
Ella se anticipa a darse a conocer a los que la desean.
El que madruga para buscarla no se fatigará,
porque la encontrará sentada a su puerta.
Meditar en ella es la perfección de la prudencia,
y el que se desvela por su causa
pronto quedará libre de inquietudes.
La Sabiduría busca por todas partes
a los que son dignos de ella,
se les aparece con benevolencia en los caminos
y les sale al encuentro en todos sus pensamientos.

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 62, 2-8

R.
 Mi alma tiene sed de ti, Señor.

Señor, Tú eres mi Dios,
yo te busco ardientemente;
mi alma tiene sed de ti, por ti suspira mi carne
como tierra sedienta, reseca y sin agua. 
R.

Sí, yo te contemplé en el Santuario
para ver tu poder y tu gloria.
Porque tu amor vale más que la vida,
mis labios te alabarán. 
R.

Así te bendeciré mientras viva
y alzaré mis manos en tu Nombre.
Mi alma quedará saciada como con un manjar delicioso,
y mi boca te alabará con júbilo en los labios. 
R.

Mientras me acuerdo de ti en mi lecho
y en las horas de la noche medito en ti,
veo que has sido mi ayuda
y soy feliz a la sombra de tus alas. 
R.



Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica     4, 13-18

    No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él.
    Queremos decirles algo, fundados en la Palabra del Señor: los que vivamos, los que quedemos cuando venga el Señor, no precederemos a los que hayan muerto. Porque a la señal dada por la voz del Arcángel y al toque de la trompeta de Dios, el mismo Señor descenderá del cielo. Entonces, primero resucitarán los que murieron en Cristo. Después nosotros, los que aún vivamos, los que quedemos, seremos llevados con ellos al cielo, sobre las nubes, al encuentro de Cristo, y así permaneceremos con el Señor para siempre.
    Consuélense mutuamente con estos pensamientos.

Palabra de Dios.


O bien más breve:

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica     
4, 13-14

    No queremos, hermanos, que vivan en la ignorancia acerca de los que ya han muerto, para que no estén tristes como los otros, que no tienen esperanza. Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él.

Palabra de Dios.



ALELUIA     Mt 24, 42a. 44

Aleluia.
Estén prevenidos y preparados,
porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
Aleluia.


EVANGELIO

Ya viene el esposo, salgan a su encuentro

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     25, 1-13

    Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:
    El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes.
    Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos.
    Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: «Ya viene el esposo, salgan a su encuentro».
    Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: «¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?» Pero éstas les respondieron: «No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado».
    Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
    Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: «Señor, señor, ábrenos».
    Pero él respondió: «Les aseguro que no las conozco».
    Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Palabra del Señor.

 

 

 

 

 

 

 

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