Liturgia Diaria Domingo 1º de Adviento - Ciclo B
Liturgia Diaria Domingo 1º de Adviento - Ciclo B
Saludo
Hermanos: Les doy la bienvenida
con el saludo de San Pablo:
La gracia y la paz con ustedes
de parte de Dios nuestro Padre
y de Jesucristo el Señor.
Introducción por el Celebrante (Dos opciones)
1. Señor, que Veamos Tu Rostro
Durante este nuevo tiempo de Adviento nos sentimos confrontados por una pregunta muy vital para nosotros, cristianos: ¿Qué espacio estás dejando a Cristo en tu vida? ¿Te sientes cercano a él? Una cosa es cierta: Él está cerca de nosotros. ¿Intentamos verle, reconocerle en las muchas formas como él se hace presente entre nosotros: en nuestro prójimo, en la naturaleza, en los acontecimientos de la vida, incluso en nuestros problemas, y hasta en su propio silencio? Tenemos que volvernos vigilantes para captar su presencia, no sólo en nuestro pequeño mundo, sino también en la Iglesia y en el ancho mundo. Hoy clamamos en la eucaristía: ¡Ven, Señor, muéstrate a nosotros; hazte visible entre nosotros!
2. Esperamos un Mundo Mejor
La gente sueña con frecuencia en un mundo bello y hermoso, sin problemas, preocupaciones y sufrimiento. Aunque sabemos que nuestro mundo nunca llegará a ser tal paraíso. La imperfección es la marca de nuestro mundo y de cada ser humano.
Pero el Adviento nos recuerda esto: Que ojalá, Dios, venga a nuestro mundo y entre en nuestras vidas; entonces todo será mejor. Y Dios vino ya: Está aquí con nosotros en Jesús. Con él podemos hacer de este mundo no un paraíso todavía, pero al menos podemos hacerlo mucho mejor si con Jesús aprendemos a soportar el dolor del mal en este mundo y luchar contra él con todas nuestras fuerzas. Entonces nuestro mundo podrá llegar a ser un signo del paraíso del cielo. Dejemos que Cristo nos colme con esa fuerza y esperanza.
Acto Penitencial
¿Buscamos al Señor?
¿Y cuándo lo encontramos, lo mostramos a otros?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
· Señor Jesús, despierta tu poder y ven en nuestra ayuda:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, recupéranos para ti; que tu rostro brille sobre nosotros y así seremos salvos.
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, nunca te abandonaremos de nuevo; danos vida, para que invoquemos tu nombre.
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y quita todos nuestros pecados. Muéstranos tu rostro y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que seamos vigilantes y percibamos la presencia de Jesucristo en medio de nosotros.
(Pausa)
Oh Dios, Salvador nuestro:
Hace mucho tiempo,
tú enviaste a tu Hijo Jesús a vivir entre nosotros;
pero nosotros hemos sido poco conscientes de su presencia
e incluso lo ocultamos a los otros.
Despiértanos, haz que le reconozcamos;
que él sea la luz de nuestras vidas,
y que con entusiasmo llevemos a nuestros hermanos a él.
Que él construya entre nosotros y con nosotros
un mundo y un reino de paz y amor
en el que te sirvamos en los hermanos,
mientras avanzamos en esperanza
a tu casa de eterno descanso y alegría.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Is 63,16b-17; 64,1.3-8): ¡Desgarra los Cielos y Desciende a Nosotros!
En nombre de su pueblo sufriente y desalentado, el profeta proclama su confianza en Dios: El pueblo merece su suerte, pero no hay situación desesperada cuando podemos contar con un Dios salvador.
Segunda Lectura (1 Cor 1,3-9): Esperando la Segunda Venida de Cristo
Pablo ve la vida de un cristiano como la de alguien unido ya con Cristo y, sin embargo, anhelando su venida gloriosa hasta el retorno final del Señor.
Evangelio (Mc 13,33-37): ¡Estén Atentos a la Venida del Señor!
Los cristianos habrían de estar siempre listos para lo inesperado, pues pueden encontrar al Señor en cualquier momento: en la gente, en los acontecimientos de la vida y hasta en la muerte. ¿Estamos despiertos y dispuestos para responder a su venida?
Oración de los Fieles
Pidamos a nuestro Señor Jesucristo que nos dé la gracia de estar atentos a su presencia y que su salvación venga a todo nuestro mundo. Y digámosle
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Enriquece a tu Iglesia con mucha ternura, Señor, para que muestre tu camino a todos los que buscan, acoja con compasión a los pecadores y sea refugio y defensora de los pobres, y así te decimos:
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Enriquece con tu sabiduría a los líderes de nuestro mundo, Señor, para que trabajen eficazmente por la paz y la justicia en sus respectivas naciones y a nivel internacional, y así te decimos:
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Enriquece a los que sufren, fuertemente esperanzados en ti, Señor, para que perciban cuánto les amas, y para que puedan encontrar a hermanos que te siguen en tu compasión y comprensión, y así te decimos.
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Enriquece con tu espíritu de fidelidad, Señor, a esposos y esposas que se estén distanciando, a sacerdotes y religiosos que hayan perdido el sentido de dirección en su vida, a amigos frustrados en su confianza y mutuo apoyo, y así te decimos:
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Enriquece nuestras comunidades con tu amor, Señor, para que nos respetemos y apreciemos unos a otros, estemos unidos en toda nuestra diversidad, y estemos atentos a las necesidades y expectativas de los demás, y así te decimos:
R/. ¡Señor, ven a salvarnos!
Señor Jesucristo, tú eres quien va a venir a renovarnos a nosotros y a nuestro mundo. Sé nuestra alegría, nuestra paz, toda nuestra esperanza, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
(basada en la encíclica del Papa Pablo VI "80 Años Después" – "Octogessimo Anno")
Oh Dios, Padre nuestro,
te pedimos Jesucristo tu Hijo
venga a este altar bajo las especies de pan y vino.
Inspíranos con el poder de tu Espíritu
y mantén nuestra esperanza,
para que nos comprometamos a construir entre nuestros hermanos
una ciudad que sea humana, pacífica, justa y fraternal
como una ofrenda que te agrade a ti
Dios y Padre nuestro,
por los siglos de los siglos. Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
En el prefacio y en toda la Plegaria Eucarística expresamos nuestro anhelo por la venida del Señor a su pueblo y al mundo.
Introducción al Padrenuestro
Pidamos a nuestro Dios siempre fiel, con las palabras de Jesús su Hijo, para que su reino venga a todos.
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, del mal del pecado
que no nos permite ver que tu Hijo está ya entre nosotros.
Ayúdanos a descubrir su presencia
en nuestros hermanos y hermanas.
En este tiempo de prueba e incertidumbre
guárdanos vigilantes
y asegúranos que, aun con nuestros oscuros esfuerzos,
estamos ya preparando el nuevo mundo
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
el que era, el que es y el que vendrá,
esperanza y salvación de todos.
Dichosos nosotros de recibirle
como nuestro Emanuel, nuestro Dios-con- nosotros.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
¡Qué bueno estar aquí con tu Hijo
y recibir de él el pan de la esperanza!
Ayúdanos en nuestros torpes intentos
de llevar a nuestro mundo frío
el calor de su amor y su amistad,
de su compasión e integridad,
para que la gente vea el día
en el que puedan reconocer entre nosotros
a tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición:
Hermanos: Adviento es el tiempo en que esperamos la venida de Jesús, nuestro Señor.
Pero hace ya mucho tiempo que él vino.
Entonces, ¿qué es lo que estamos esperando?
Estamos esperando su venida real a mí, a ustedes, a nuestro mundo.
¿Dónde está su reino entre nosotros?
¿Cómo puede la gente percibir si él ésta aquí?
¿Pueden nuestros hermanos verlo en nosotros, en nuestras comunidades?
Esto es lo que estamos esperando, o mejor, lo que el Señor está esperando de nosotros.
El Señor está esperando nuestra preparación activa de su amor y justicia entre nosotros.
Pero él no quiere hacerlo solo; él lo hará con nosotros.
Que el Señor venga y nos active.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Velad.
Queridos hermanos, paz y bien.
Feliz Año Nuevo litúrgico. El Adviento nos abre a un nuevo ciclo, en este año 2023 nos corresponde el ciclo B. Cada año, con el comienzo del Adviento, cambiamos de Evangelio en los domingos. En esta ocasión, nos deja Mateo y nos recibe Marcos. Un Evangelio más breve, pero intenso, pensado como un camino catequético. Intenta presentarse no como buena noticia en sí mismo, sino como una presentación de cuál es el "origen de la Buena Noticia de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios" (Mc 1,1), tal como se predica en una comunidad concreta, necesitada de saber en quién han creído.
Empezamos el Adviento, como digo. Es uno de los tiempos fuertes de la Liturgia. La Santa Madre Iglesia, que es muy sabia, nos prepara así para vivir mejor la Navidad, como pasa con la Cuaresma, antes de la Pascua. En este tiempo fuerte sería bueno recurrir con mucha más frecuencia a la Palabra de Dios, que está siempre disponible. Y que esa Palabra de Dios nos supiera a poco.
Porque no agotamos la verdad de esas palabras con una sola lectura. Ojalá volviéramos sobre ellas, ahondando más en su sentido, para extraerles todo el jugo posible, para que nos ayuden a ver más claro, para que nos ayuden a vivir mejor. Son como una fuente. No agotamos el manantial con un solo sorbo, y probablemente tampoco agotamos nuestra sed con un solo sorbo. Que tengamos ganas de beber más, siempre.
La primera lectura nos habla de un pueblo en el exilio que, a pesar de todo, sigue confiando. Han visto cómo Jerusalén era saqueada y ellos mismos llevados al destierro. Todo parece estar en contra. Pero confían. Esperan. Es un pueblo que sabe Quién es su Señor, y no desesperan. Nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano. Cuando todo va mal, sólo queda confiar y orar. Cuando rezamos bien, como Dios quiere, se logra la paz interior, la esperanza, una mirada optimista que ayuda a seguir viviendo. En los brazos de Dios uno puede sentirse seguro, a pesar de todo. Porque Dios no nos abandona. Hay que recordar esto con frecuencia.
Es que no siempre hacemos las cosas bien. A menudo sentimos que somos débiles, que no podemos corregirnos. Parece que estamos llamados a repetir los errores. Confesamos a menudo los mismos pecados. ¿Por qué Dios lo permite? Seguramente, para dejar que ejerzamos nuestra libertad. Para que, cada día, optemos por él. Podemos. Nos lo recuerda san Pablo. No carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él, que comenzó en nosotros la obra buena, la llevará a término. Su fidelidad no depende de nuestra respuesta, Él es siempre fiel. A pesar de nosotros mismos. Si podemos creer en esto, crecerá nuestra esperanza cristiana. En eso consiste el amor de Dios. Amar a pesar de todo. Y a eso estamos llamados nosotros.
El evangelio, otra vez, nos invita a velar. Empezamos el año (litúrgico) como lo terminamos. Para que no se nos olvide. De noche, es difícil velar. Lo sabemos bien en Múrmansk, en mi parroquia. En invierno la noche polar nos envuelve. Muchas horas de oscuridad, muy poca luz. Es pesado. Las ganas de dormir son permanentes. Además, de noche, surgen los miedos, la inquietud. Se puede perder hasta la fe. Porque no vemos claro, porque no sabemos dónde ir. Entonces, ¿qué podemos hacer?
Hay un remedio para no dormir. Se lo dijo Jesús a sus discípulos en Getsemaní. “Velad y orad”. Es lo que significa vigilar. Rezar, hablar con Jesús, en permanente diálogo con Él. Preguntarle, contarle lo que nos pasa, confiarle nuestra vida. Siempre.
Eso sí, tenemos que recordar, quizá en tiempo de Adviento especialmente, que Dios actúa de un modo discreto y silencioso, pero eficaz. No siempre como nos gustaría, no de forma drástica o exagerada, sino como el fermento en la masa. Todo lleva su tiempo. Y el tiempo de Dios no es nuestro tiempo. Eso también tenemos que recordarlo.
Es que Jesús plantó un germen de vida, en lugar de implantar algo imponente y grandioso ya desde el comienzo. Para ayudar al desarrollo de ese germen de vida, cada uno tenemos una tarea. Dio a cada uno de sus criados su tarea. Cuando nos bautizaron, por obra y gracia del Espíritu, entramos a formar parte de ese plan de Jesús. Y fue plantada en nuestro corazón nuestra propia semilla. Deja que esa semilla crezca en tu vida. Con la ayuda de Dios crecerá. Él os mantendrá firmes hasta el final. Y espera. Todo está en marcha. Trabaja, sin prisa, pero sin pausa, con paciencia, y con alegría. Porque nos preparamos para algo grande.
EVANGELIO
Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 13,33-37
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara.
Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡velad!
Palabra de Dios.
LA CASA DE JESÚS
Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos.
Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.
«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no os encuentre dormidos.
El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.
En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.
Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Lo seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: «vivid despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad».
El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.
Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.
UNA IGLESIA DESPIERTA
Lo digo a todos: velad.
Las primeras generaciones cristianas vivieron obsesionadas por la pronta venida de Jesús. El resucitado no podía tardar. Vivían tan atraídos por él que querían encontrarse de nuevo cuanto antes. Los problemas empezaron cuando vieron que el tiempo pasaba y la venida del Señor se demoraba.
Pronto se dieron cuenta de que esta tardanza encerraba un peligro mortal. Se podía apagar el primer ardor. Con el tiempo, aquellas pequeñas comunidades podían caer poco a poco en la indiferencia y el olvido. Les preocupaba una cosa: «Que, al llegar, Cristo no nos encuentre dormidos».
La vigilancia se convirtió en la palabra clave. Los evangelios la repiten constantemente: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Según Marcos, la orden de Jesús no es sólo para los discípulos que le están escuchando. «Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad». No es una llamada más. La orden es para todos sus seguidores de todos los tiempos.
Han pasado veinte siglos de cristianismo. ¿Qué ha sido de esta orden de Jesús? ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos? ¿Se mantiene viva nuestra fe o se ha ido apagando en la indiferencia y la mediocridad?
¿No vemos que la Iglesia necesita un corazón nuevo? ¿No sentimos la necesidad de sacudirnos la apatía y el autoengaño? ¿No vamos a despertar lo mejor que hay en la Iglesia? ¿No vamos a reavivar esa fe humilde y limpia de tantos creyentes sencillos?
¿No hemos de recuperar el rostro vivo de Jesús, que atrae, llama, interpela y despierta? ¿Cómo podemos seguir hablando, escribiendo y discutiendo tanto de Cristo, sin que su persona nos enamore y trasforme un poco más? ¿No nos damos cuenta de que una Iglesia «dormida» a la que Jesucristo no seduce ni toca el corazón, es una Iglesia sin futuro, que se irá apagando y envejeciendo por falta de vida?
¿No sentimos la necesidad de despertar e intensificar nuestra relación con él? ¿Quién como él puede despertar nuestro cristianismo de la inmovilidad, de la inercia, del peso del pasado, de la falta de creatividad? ¿Quién podrá contagiarnos su alegría? ¿Quién nos dará su fuerza creadora y su vitalidad?
DESPERTAR
Lo digo a todos: ¡velad!
Un día la historia apasionante de los hombres terminará, como termina inevitablemente la vida de cada uno de nosotros. Los evangelios ponen en boca de Jesús un discurso sobre este final, y siempre destacan una exhortación: «vigilad», «estad alerta», «vivid despiertos». Las primeras generaciones cristianas dieron mucha importancia a esta vigilancia. El fin del mundo no llegaba tan pronto como algunos pensaban. Sentían el riesgo de irse olvidando poco a poco de Jesús y no querían que los encontrara un día «dormidos».
Han pasado muchos siglos desde entonces. ¿Cómo vivimos los cristianos de hoy? ¿Seguimos despiertos o nos hemos ido durmiendo poco a poco? ¿Vivimos atraídos por Jesús o distraídos por toda clase de cuestiones secundarias? ¿Le seguimos a él o hemos aprendido a vivir al estilo de todos?
Vigilar es antes que nada despertar de la inconsciencia. Vivimos el sueño de ser cristianos cuando, en realidad, no pocas veces nuestros intereses, actitudes y estilo de vivir no son los de Jesús. Este sueño nos protege de buscar nuestra conversión personal y la de la Iglesia. Sin «despertar», seguiremos engañándonos a nosotros mismos.
Vigilar es vivir atentos a la realidad. Escuchar los gemidos de los que sufren. Sentir el amor de Dios a la vida. Vivir más atentos a su venida a nuestra vida, a nuestra sociedad y a la tierra. Sin esta sensibilidad, no es posible caminar tras los pasos de Jesús.
Vivimos inmunizados a las llamadas del evangelio. Tenemos corazón, pero se nos ha endurecido. Tenemos los oídos abiertos, pero no escuchamos lo que Jesús escuchaba. Tenemos los ojos abiertos, pero ya no vemos la vida como la veía él, no miramos a las personas como él las miraba. Puede ocurrir entonces lo que Jesús quería evitar entre sus seguidores: verlos como «ciegos conduciendo a otros ciegos».
Si no despertamos, a todos nos puede ocurrir lo de aquellos de la parábola que todavía, al final de los tiempos, preguntaban: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento o extranjero o desnudo o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?».
VIVIR DESPIERTOS
Estad en vela.
La falta de esperanza está generando cambios profundos que no siempre sabemos captar. Casi sin darnos cuenta, van desapareciendo del horizonte políticas orientadas hacia una vida más humana. Cada vez se habla menos de programas de liberación, o de políticas que busquen nuevas fronteras sociales entre los pueblos.
Cuando el futuro se vuelve sombrío, todos buscamos seguridad. Que nada cambie, a nosotros nos va bien. Que nadie ponga en peligro nuestro bienestar. No es el momento de pensar en grandes ideales de justicia para todos, sino de defender el orden y la tranquilidad.
Al parecer, no sabemos ir más allá de esta reacción casi instintiva. Los expertos nos dicen que los graves problemas medioambientales, el fenómeno del terrorismo desesperado, la agresión preventiva o el acoso creciente de los hambrientos penetrando en las sociedades del bienestar, no están provocando, al parecer, ningún cambio profundo en la vida personal de los individuos. Sólo miedo y búsqueda de seguridad. Por lo demás, cada uno trata de disfrutar al máximo de su pequeño bienestar.
Sin duda, muchos sentimos una extraña sensación de culpa, vergüenza y tristeza. Sentimos, además, una especie de complicidad por nuestra indiferencia y nuestra incapacidad de reacción. En el fondo, no queremos saber nada de un mundo nuevo, sino de nuestra seguridad.
Las fuentes cristianas han conservado una llamada de Jesús para momentos catastróficos: «despertad, vivid vigilantes». ¿Qué significan hoy estas palabras? ¿Despertar de una vida que discurre suavemente en el egoísmo? ¿Despertar de la palabrería que nos rodea en todo instante impidiéndonos escuchar la voz de la conciencia? ¿Liberarnos de la indiferencia y la resignación?
¿No deberían ser las comunidades cristianas un lugar para aprender a vivir despiertos, sin cerrar los ojos, sin escapar del mundo, sin pretender amar a Dios de espaldas a los que sufren? Puede ser una buena pregunta al comenzar el Adviento cristiano.
DESEO DE ALGO NUEVO
¡ Velad!
Hay un grito que se repite en el mensaje evangélico y se condensa en una sola palabra: «Vigilad!». Es una llamada a vivir de manera lúcida, sin dejarnos arrastrar por la insensatez que parece invadirlo casi todo. Una invitación a mantener despierta nuestra resistencia y rebeldía, a no actuar como todo el mundo, a ser diferentes, a no identificamos con tal mediocridad. ¿Es posible?
Lo primero, tal vez, es aprender a mirar la realidad con ojos nuevos. Las cosas no son sólo como aparecen en los medios de comunicación. En el corazón de las personas hay más bondad y ternura que lo que captamos a primera vista. Hemos de reeducar nuestra mirada, hacerla más positiva y benévola. Todo cambia cuando miramos a las personas con más simpatía, tratando de comprender sus limitaciones y sus posibilidades.
Es importante, además, no dejar que se apague en nosotros el gusto por la vida y el deseo de lo bueno. Aprender a vivir con corazón y querer a las personas buscando su bien. No ceder a la indiferencia. Vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de los problemas de la gente: sufrir con los que sufren y gozar con los que gozan.
Por otra parte, puede ser decisivo dar su verdadera importancia a esos pequeños gestos que aparentemente no sirven para nada, pero que sostienen la vida de las personas. Yo no puedo cambiar el mundo pero puedo hacer que junto a mí la vida sea más amable y llevadera, que las personas «respiren» y se sientan menos solas y más acompañadas.
¿Es tan difícil, entonces, abrirse al misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios»? No estoy pensando en una adhesión de carácter doctrinal a un conjunto de verdades religiosas, sino en esa búsqueda serena de verdad última y en ese deseo confiado de amor pleno que de alguna manera apuntan hacia Dios. Según pasan los años, tengo la impresión de que uno se va haciendo más hondamente creyente y, al mismo tiempo, tiene cada vez menos «creencias».
REACCIONAR
¡ Velad!
Se dice que en las sociedades desarrolladas se está disolviendo la fe en Dios. No se advierte, sin embargo, que lo que se está perdiendo no es sólo la dimensión religiosa, sino las mismas raíces donde se asienta el ser humano.
Lo que queda fuera de la ciencia, la técnica o la economía parece siempre menos real e importante. Lo material se ha apoderado de muchas vidas arrasando cualquier otro tipo de ideales estéticos, espirituales o altruistas. Ser «humano» ya no es una aspiración noble, sino un lenguaje cada vez más anacrónico.
El progreso, tal como se está desarrollando, no genera personas más fuertes, sino más débiles. No está creciendo la capacidad para una comunicación más honda; lo que se extiende cada vez más es el aislamiento, los contactos fugaces y las relaciones pasajeras y superficiales. No se fortalece la libertad interior, sino que aumentan las dependencias. De hecho, se está debilitando la «responsabilidad moral», pues las gentes se someten a modas y corrientes de opinión sin apenas capacidad para escuchar su propia conciencia.
¿Qué hacer? ¿Resignarse, maldecir el progreso, seguir apoyando la inconsciencia? Sin duda, lo importante es sanar las raíces del ser humano y su capacidad de reacción. Y es precisamente entonces cuando aparece en toda su gravedad un dato del que Europa comienza a tomar conciencia.
Estamos ya viviendo, según muchos, en ese «mundo simulado» del que habla el pensador francés Brouillard, cada vez con menos capacidad para distinguir el mundo real y el reproducido artificialmente por los medios de comunicación. Pero hay algo más grave. La televisión nos está privando de nuestras propias imágenes, nuestro lenguaje y nuestro pensamiento propio. Todo se nos impone desde fuera, y corremos el riesgo de convertirnos en esos «analfabetos satisfechos» de los que habla el sociólogo norteamericano N. Postman, experto en mass media.
En este contexto cobra nueva fuerza la llamada de Jesús: «Vigilad». No basta alimentarse del último «flash» televisivo. No todo ha de ser entretenimiento o diversión. Para ser humana, la persona necesita cultivar el espíritu, escuchar su conciencia, alimentar otras dimensiones, abrirse al misterio, acoger a Dios. Esta es la llamada profunda de este tiempo de Adviento que hoy comienza.
¿INTERESA DIOS?
¡ Velad!
No es fácil celebrar hoy el Adviento. ¿Cómo desear, pedir o esperar la venida de Dios en medio de una sociedad donde, al parecer, Dios ya no interesa? Más que hablar de un Dios que viene (adveniens), ¿no deberíamos reflexionar sobre un Dios que se aleja, se oculta y se hace cada vez más extraño?
En muchos ambientes, Dios se ha ido reduciendo a un recuerdo del pasado. Ya no se habla de él en los hogares. En muchas conciencias, Dios no es sino una sombra poco agradable. Incluso no pocos que se dicen creyentes, apenas lo invocan. La actitud más generalizada es una indiferencia cada vez más frívola y que constituye, según el pensador J Moingt, «la experiencia cultural más cruel de la muerte de Dios».
Al parecer, Dios hoy no atrae ni preocupa. No suscita inquietud ni alegría. Sencillamente deja indiferentes a las personas. La vida humana puede discurrir tranquilamente, sin que nadie lo eche de menos. Pero, ¿es verdad que el hombre no necesita de Dios?
Desde el siglo dieciocho, se fue extendiendo la idea de que la ciencia y la técnica iban a librar al hombre de todo aquello que la religión no lo había podido librar: el hambre, las guerras, la pobreza o la tiranía. La fe en Dios parecía llamada a desaparecer como algo propio de una fase de ignorancia y oscurantismo de la historia de la humanidad.
Hoy, cuando vislumbramos ya el año dos mil, un hecho parece incuestionable: los grandes problemas, lejos de desaparecer, han crecido amenazadoramente. La culpa no es de la ciencia ni de la técnica, que han hecho posibles logros admirables. El que está mal es el hombre que utiliza ese poder científico y tecnológico. Y lo cierto es que ni la ciencia ni la técnica hacen al hombre ni más sabio ni más bueno.
Ha llegado el momento de hacerse una pregunta sencilla pero radical. ¿Qué es lo que puede hacer más humanos a los hombres y mujeres de hoy? ¿Qué es lo que puede dar sentido, orientación ética y esperanza a sus esfuerzos?
Ciertamente, Dios no es necesario para fundamentar la ciencia ni para desarrollar la técnica. Dios no es la respuesta a nuestras preguntas científicas ni la solución mágica para nuestros problemas. Pero, Dios, creído y acogido como Creador y Padre, puede ser el mejor estímulo para vivir con sentido, el mejor impulso para actuar de manera responsable, el horizonte más válido para vivir con esperanza.
Pero no hemos de ser ingenuos. Veinte siglos de cristianismo ponen ante nuestros ojos un hecho que no hemos de eludir. Tampoco la religión hace automáticamente a los cristianos más humanos que a los demás. Sólo un Dios acogido de forma responsable en el fondo del corazón puede transformar al ser humano. Por eso, celebramos los cristianos el Adviento.
DESPERTAR LA ESPERANZA
¡Velad!
Alguien ha podido decir que “el siglo XX ha resultado ser un inmenso cementerio de esperanzas”. La historia de estos últimos años se ha encargado de desmitificar el mito del progreso. No se han cumplido las grandes promesas de la Ilustración. El mundo moderno sigue plagado de crueldades, injusticias e inseguridad.
Por otra parte, el debilitamiento de la fe religiosa no ha traído una mayor fe en el hombre. Al contrario, el abandono de Dios parece ir dejando al hombre contemporáneo sin horizonte último, sin meta y sin puntos de referencia. Los acontecimientos se atropellan unos a otros, pero no conducen a nada nuevo. La civilización del consumismo produce novedad de productos, pero sólo para mantener el sistema en el más absoluto inmovilismo. Los filósofos postmodernos nos advierten de que hemos de aprender a “vivir en la condición de quien no se dirige a ninguna parte” (G. Váttimo).
Cuando no se espera apenas nada del futuro, lo mejor es vivir al día y disfrutar al máximo del momento presente. Es la hora del hedonismo y del pragmatismo. Una vez instalados en el sistema con cierta seguridad, lo inteligente es retirarse al “santuario de la vida privada” y disfrutar de todo placer “ahora mismo” (just now).
Por eso, son pocos los que se comprometen a fondo para que las cosas sean diferentes. Crece la indiferencia hacia las cuestiones colectivas y el bien común. La democracia no genera ya ilusión ni concita los esfuerzos de las gentes para crear un futuro mejor. Cada uno se preocupa de sí mismo. Es la consigna: “Sálvese quien pueda”.
Esta crisis de esperanza está configurada por múltiples factores, pero, probablemente, tiene su raíz más profunda en la falta de fe del hombre contemporáneo en sí mismo y en su progreso, la falta de confianza en la vida. Eliminado Dios, parece que el ser humano se va convirtiendo cada vez más en una pregunta sin respuesta, un proyecto imposible, un caminar hacia ninguna parte.
¿No estará el hombre de hoy necesitando más que nunca al “Dios de la esperanza” (Rm 15,13)? Ese Dios del que muchos dudan, al que bastantes han abandonado, pero un Dios por el que tantos siguen preguntando. Un Dios que puede devolvernos la confianza radical en la vida y descubrirnos que el hombre sigue siendo “un ser capaz de proyecto y de futuro” (J.L. Coelho).
La Iglesia no debería olvidar hoy “la responsabilidad de la esperanza” pues ésa es la misión que ha recibido de Cristo resucitado. Antes que “lugar de culto” o “instancia moral”, la Iglesia ha de entenderse a sí misma y vivir como “comunidad de la esperanza” (J. Moltmann).
Una esperanza que no es una utopía más, ni una reacción desesperada frente a las crisis e incertidumbres del momento. Una esperanza que se funda en Cristo resucitado. En él descubrimos los creyentes el futuro último que le espera a la humanidad, el camino que puede y debe recorrer el hombre hacia su plena humanización y la garantía última frente a los fracasos, la injusticia y la muerte.
Comenzamos hoy el Adviento, escuchando una vez más el grito de Jesús: “Velad, vigilad”. Es una llamada a despertar la esperanza.
REACCIONAR
Vigilad.
No siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día a día llenos de vida.
Por el contrario se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible.
Tal vez sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo más o menos lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos “llena”.
Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia.
Poco a poco todo se ha ido complicando. Quizás ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido.
La amargura y el malhumor se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos nunca. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Hace tiempo que no acertamos a rezar.
Quizás comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, sólo sabemos quejamos, condenar y descalificar.
Insensiblemente hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o “la pereza total». Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación, ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena.
Preocupados por muchas cosas que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros. ¿Qué podemos hacer?
Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.
Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo.
Hoy no es un domingo más para los cristianos. Con este primer domingo de Adviento comenzamos un nuevo año litúrgico. Por eso las palabras que escuchamos hoy de boca de Jesús son una invitación a reaccionar para vivir con más lucidez.
Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno de nosotros: «Vigilad». Tal vez, hoy mismo hemos de tomar alguna decisión.
VIVIR SIN DROGA
Os digo a todos: Vigilad...
Son muchos los que no aman su vida concreta. Tampoco saben vivirla. Tal vez porque no encuentran ni buscan, quizás, razones para vivir.
La vida cotidiana se les hace dura y penosa. Excesivamente aburrida, monótona, rutinaria y vulgar. Viven atrapados por las cosas. Demasiado agitados, aturdidos y vacíos para poder detenerse a ahondar en su vida e intentar responder a su verdadera vocación de ser personas.
Cuando a esto se añade un clima social conflictivo y un horizonte de inseguridad y crisis, es fácil la tentación de evadirse a un «mundo feliz» que nos consuele de la vida real y nos anestesie de los sinsabores y amarguras de cada día.
Cada uno busca su «vía de escape» y consume su propia droga. Y sería una equivocación creernos libres de toda «drogadicción» por no ser esclavos de ninguna sustancia tóxica.
No es fácil calcular el número de «teleadictos» que devoran diariamente dos o tres horas de televisión (más de mil horas al año). Sentados pasivamente ante el televisor encuentran en la pantalla un aliento sin el que no sabrían vivir.
Otros recurren al vaso de «whisky» o a las cenas de fin de semana. Hay adictos al bingo o a la modesta máquina «tragaperras». Crece el número de quienes no pueden prescindir de la película del video.
Lo importante es huir, olvidar, «dejarse llevar», diluirse fuera de uno mismo, no enfrentarse a un proyecto de vida personal, no asumir con responsabilidad la propia vida.
Pocas veces habrá tenido tanta actualidad la llamada de Jesús a la vigilancia, la lucidez y la libertad de espíritu. «A todos os digo: vigilad».
No se puede vivir una vida auténticamente humana bajo la esclavitud de una droga. Todos necesitamos despertar de la inconsciencia, la evasión y la superficialidad en que caemos constantemente. Se puede y se debe vivir sin droga.
En su última Carta Pastoral, los Obispos nos han recordado algo que con frecuencia se nos olvida. «La vida es buena, es un regalo de Dios. Contiene en sí misma las fuentes de satisfacción necesaria para vivirla con alegría: el amor, la amistad, la realización profesional, el placer estético, el bienestar corporal, el gozo de servir y ser útil, la paz de la conciencia, la relación viva con Dios».
Cuando un hombre sabe ahondar en todo ello, no necesita recurrir a fuentes artificiales y nocivas de satisfacción.
DESPERTAR
Vigilad.
En contra de lo que, con frecuencia, puede parecer, corremos el riesgo de pasarnos la vida entera embotados y adormecidos por mil intereses accidentales, extraños a nuestro mismo ser, incapaces de despertarnos al sentido más profundo de nuestra vida.
Son muchos los hombres y mujeres que caminan por la vida sin meta ni objetivo, con el riesgo de no descubrir nunca una fuerza que los despierte de su indiferencia, su pasividad y superficialidad cotidiana.
Es asombroso contemplar cómo el hombre puede enriquecer sus conocimientos y acrecentar su poder técnico hasta límites insospechados, sin obtener por ello un dominio mayor de su espíritu y una lucidez más penetrante sobre el misterio ultimo de la vida.
Es triste tener que confesar que, a nivel general, nuestro conocimiento sobre vida interior, dominio de nuestros instintos, y esfuerzo serio por cultivar los valores del espíritu, son bien precarios.
Muchos suscribirían la oscura descripción que G. Hourdin hace del hombre contemporáneo: « El hombre se está haciendo incapaz de querer, de ser libre, de juzgar por sí mismo, de cambiar su modo de vida. Se ha convertido en el robot disciplinado que trabaja para ganar el dinero, que después disfrutará en unas vacaciones colectivas. Lee las revistas de moda, escucha las emisiones de T. V. que todo el mundo escucha. Aprende así lo que es, lo que quiere, cómo debe pensar y vivir».
Necesitamos volver a despertar nuestra vida interior. Siguen teniendo actualidad las palabras de H.Hesse: «Cualquiera que sea el rumbo del mundo, no encontrarás médico ni ayuda, no hallarás futuro ni impulso nuevo más que en ti mismo, en tu pobre alma maltratada e indestructible».
Los creyentes podemos añadir algo más. Nuestra alma no encontrará descanso, sosiego y alegría verdadera, mientras no acertemos a abrirnos con humildad y coraje al misterio de Dios.
Quien trate de escuchar con fidelidad el mensaje de Jesús, es fácil que lo perciba en el fondo de su alma, como una llamada a despertar y vivir con lucidez, y como una fuerza capaz de humanizar, personalizar y dar sentido y gozo insospechado a nuestras vidas.
Y es fácil también que, al dejarnos interpelar sinceramente por su palabra, vivamos uno de esos raros momentos en que nos sentimos despiertos en lo más hondo de nuestro ser.
J. ALDAZABAL
No nos resulta cómodo que nos despierten y nos inviten a velar. Y eso es lo que ha hecho Cristo con nosotros. Miles y miles de comunidades cristianas han escuchado la llamada inicial del Adviento. La consigna de Xto: "lo digo a todos: velad", es un toque de atención. Porque nuestra tendencia, con el correr de los días y de los meses, es quedarnos un poco dormidos, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, distraídos de los valores fundamentales, entretenidos en otros muchos valores intermedios. A pesar de que somos cristianos, fácilmente perdemos contacto con lo esencial. Y hoy, el primer día de Adviento, somos convocados a una vigilancia dinámica. Eso es lo contrario de la tranquilidad estática. Claro que todos somos conscientes de que Dios nos ha llenado de sus gracias y dones, como nos ha dicho Pablo, pero tenemos que seguir caminando. Esos dones no se nos dan de una vez para siempre. Tenemos que crecer, progresar.
El Adviento nos urge a no quedarnos demasiado satisfechos con lo ya conseguido, sino a mirar adelante con valentía, a seguir caminando, porque hay mucho que conquistar todavía. Lo que Xto Jesús inauguró con su venida, hace veinte siglos, todavía está sin realizarse del todo. Es un programa vivo, más que historia. Y ese programa cada año lo iniciamos de nuevo con esperanza y energía.
¡Y si nuestro único mal fuera la pereza! Pero es que empezamos el Adviento desde una situación negativa, de pecado.
Isaías ha hablado también en nombre nuestro cuando decía: "nos hemos extraviado de tus caminos, Señor. Todos somos impuros. Nuestra justicia es como un paño manchado..." Estamos en déficit, tanto a nivel mundial, como en nuestra sociedad más cercana y en nuestra historia personal. Realmente tenemos que dirigirnos a Dios con una conciencia humilde de pobreza y de pecado.
Pues bien: precisamente a nosotros, tan imperfectos y limitados, la Palabra de Dios nos ha llamado a la confianza. Porque a pesar de que nosotros fallamos tantas veces, Él sigue siendo el "Dios fiel", "nuestro Padre y redentor", "el que sale al encuentro": así nos lo ha presentado Isaías. Nuestra oración, al comienzo del Adviento, puede ser la misma de él: que se abran los cielos y que podamos gozar de ese Dios fiel, el Dios salvador. Porque somos su pueblo. Porque en medio de las propagandas y confusiones de nuestro mundo, reconocemos que sólo en Él está la auténtica salvación. Las "seguridades" que nos ofrece el dinero, o las promesas de los numerosos "mesías" que van pidiendo nuestra adhesión, son efímeras, interesadas. La salvación sólo nos viene desde más allá de la materia, de la técnica y del hombre.
El Adviento significa despertar. Abrir los ojos para descubrir a ese Dios cercano: a ese Jesús, el Mesías, que está en lo más íntimo de nosotros mismos, en la historia de cada día, en los nuevos rumbos de la Iglesia... No es que Xto tenga que "venir". Él "está" siempre ahí. Los que "no estamos" somos nosotros, distraídos por mil cosas. Descubrirle presente, encontrarnos verdaderamente con Él: ese es el programa, gozoso y comprometedor a la vez, del Adviento. Un programa que afecta a toda nuestra vida, que puede revolucionar nuestros proyectos y que nos pone en actitud de búsqueda, de atención y de marcha. Cada vez que celebramos la Eucaristía miramos hacia el pasado: porque es el memorial de la Muerte del Señor. Pero también miramos hacia adelante: "mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, JC". Y en el centro de cada Eucaristía proclamamos: "Ven, Señor Jesús".
En estas cuatro semanas nuestra celebración tendrá un color más claro de espera y de vigilancia. No porque veamos próximo el fin del mundo. Sino porque el Mesías, Xto Jesús, vive, y "viene" continuamente a nosotros. Las 24 horas del día. Él nos invade, nos rodea, es el Señor Glorioso que vive y que se nos hace presente de mil modos.
Su presencia en la Eucaristía es el signo más concreto y eficaz de su presencia salvadora en toda nuestra existencia. Que estos domingos de Adviento nos ayuden a descubrir al Señor Jesús en nuestra vida. Eso es lo que dará confianza y ánimos a nuestro camino de cada día.
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-LLAMADA A LA VIGILANCIA
Es insistente en el evangelio de hoy el aviso de Jesús: velad, vigilad. No nos resulta cómodo que nos despierten y nos inviten a velar. Y sin embargo ésta es la llamada inicial del Adviento: un toque de atención. Nuestra tendencia, con el correr de los días y los meses, aunque intentemos ser buenos cristianos, es quedarnos un poco dormidos, perezosamente instalados en lo que ya tenemos, entretenidos en muchos valores intermedios y distraídos de los que deberían ser fundamentales.
Y si sólo fuera nuestra pereza... Nuestra situación de pecado nos hace estar en déficit: Isaías hablaba de que «nos hemos extraviado de tus caminos, Señor, todos somos impuros, nuestra justicia es como un paño manchado...». Tanto en el nivel social como en el personal, es bueno que empecemos el camino de la Navidad con una confesión de humildad. Somos débiles. Necesitamos ser salvados. No nos salvarán las ideologías o las estructuras o los ídolos que se nos ofrecen como mesías en este mundo.
-SALIR AL ENCUENTRO DEL SEÑOR QUE VIENE
Vigilar significa estar atentos, salir al encuentro del Señor, que quiere entrar, este año más que el pasado, en nuestra existencia, para darle sentido total y salvarnos. Isaías nos ha presentado a Dios como "Dios fiel», «nuestro Padre y redentor", «el que sale al encuentro».
En medio de las propagandas y confusiones de nuestro mundo, vivir el Adviento es reconocer que sólo en Dios está la salvación. Las «seguridades» que nos ofrece el dinero, o el placer, o el éxito social, son efímeras.
Deberíamos hacer nuestro el eslogan de Israel: «Ojalá rasgases el cielo y bajases».Cada año somos convocados a creer de veras que en Dios está la respuesta a nuestras preguntas y la salvación de nuestros males. Y esa respuesta se llama Cristo Jesús. Vivir Adviento-Navidad-Epifanía es esperar y celebrar gozosamente la cercanía de Dios, su venida continua a nuestra historia.
-PREGONEROS DE LA ESPERANZA
De tanto repetir las lecturas y los cantos del Adviento, tal vez nos pasa que no tomamos en serio lo que decimos: no nos sale desde dentro el «ven, Señor Jesús», «ven a visitar tu viña... no nos alejaremos de ti». Tendríamos que «descongelar» estas palabras y decirlas creyéndolas desde nuestra historia concreta. Adviento es un tiempo de espera gozosa y exigente. La espera activa de los que hacen una opción por la esperanza, por la mejora de nuestro mundo, por la confianza en que es posible lo imposible, porque Dios puede hacer milagros y puede cambiar nuestra vida, y la de la comunidad, y la de la Iglesia. Él quiere reconstruir unos cielos nuevos y una tierra nueva, cada año: si le dejamos. En Adviento debemos dejarnos llenar de esperanza, sabiendo ver los muchos signos de la cercanía de Dios a nuestro mundo, y convertirnos después en pregoneros de esa esperanza, más con nuestros hechos que con nuestras palabras. Está bien que cantemos aquí «ven, Salvador, ven sin tardar», pero luego, en nuestro modo de tratar a las personas y de trabajar, se tiene que notar que lo hemos pedido en serio.
Cada vez que celebramos la Eucaristía miramos hacia el pasado, porque es el memorial de la Muerte salvadora de Jesús. Pero también miramos hacia delante: «Mientras aguardamos la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo». Y en el centro de cada Eucaristía proclamamos: «Ven, Señor Jesús». En estas semanas de Adviento debemos dejarnos invadir de esta confianza. La Eucaristía es el signo más concreto y eficaz de la presencia salvadora del Señor en nuestra vida: anticipo de la salvación definitiva final.
MATEOS
24. COMENTARIO 3
v. 33 "¡Andaos con cuidado, ahuyentad el sueño, que no sabéis cuándo va ser el momento! Es como un hombre que se marchó de su país: dejó su casa, dio a los siervos su autoridad -a cada uno su tarea-"
En lo que toca a los discípulos empieza Jesús exhortándolos a evitar un peligro (Andaos con cuidado): no deben ceder al sueño, que equivale a renunciar a la actividad: el desconocimiento del momento de la prueba exige una continua vigilancia.
Jesús pone una analogía: un hombre que se marchó de su país, alusión a él mismo y a su muerte; su casa/hogar, representa la nueva comunidad, compuesta de los dos grupos de seguidores, los discípulos, que proceden del judaísmo, y los otros, que no proceden de él; Jesús se separa de los suyos y les deja la responsabilidad de la misión entre los paganos, que ha de conocer gran desarrollo en la época siguiente a la destrucción de Jerusalén; los siervos es una manera de indicar la misión de sus seguidores, que deben estar dispuestos a rescatar a todos los que sufren la opresión de los gobernantes paganos; les da su autoridad (2,10: la del Hijo del hombre), el Espíritu, capacitándolos para borrar el pasado (2,5) y comunicar vida a los hombres; a cada uno su tarea, el servicio es responsabilidad de cada uno y se realiza según su modo personal.
v. 34 "y en especial al portero le mandó mantenerse despierto".
El portero, está presentado como una figura individual, pero la recomendación que se le hace, mantenerse despierto, se extiende inmediatamente al grupo de discípulos (35: "manteneos despiertos") y, más tarde, a todos los seguidores de Jesús (37: "a todos"). Representa, pues, a todos "los siervos", asignándoles una función común en medio de la diversidad de tareas: todos han de estar dispuestos a abrir el mensaje de Jesús y las puertas de la nueva comunidad a los paganos.
El encargo al portero: mantenerse despierto, es el "mandamiento" que da Jesús a los suyos, como contradistinto del mandamiento de Moisés y de los mandamientos de Dios (10,18.19): Significa mantener un estado de expectativa, estar dispuesto para la acción, sin echarse atrás ante la persecución ni incluso la muerte: "renegar de sí mismo, cargar con su cruz"). La prontitud para la entrega por amor a la humanidad es el mandamiento de Jesús, que sustituye a los de la antigua alianza (12,29-31); formula la fidelidad a Jesús, siguiéndolo hasta el fin.
v. 35 "Por tanto, manteneos despiertos, que no sabéis cuándo va a llegar el señor de la casa -si al oscurecer o a media noche o al canto del gallo o de mañana".
-La expresión el señor de la casa está en paralelo con "el señor/dueño de la viña (12,9), que designaba a Dios en relación con Israel, y muestra la función divina de Jesús respecto a la nueva comunidad humana (2,19: "el Esposo"). La imagen de la viña/reino de Dios queda sustituida por la de casa-familia / reino de Dios y del Hombre, que se va construyendo en un plano humano universal (casa-hogar), no étnico ("casa de Israel") ni religioso-institucional (templo).
El señor de la casa va a llegar: será la llegada del Hijo del hombre (13,26), con su fuerza de vida, para reunir a los suyos que han llevado a cabo su tarea sin dejarse acobardar. Solamente los que estén despiertos, es decir, los que hayan mantenido viva esa disposición de entrega podrán encontrarse con él.
La llegada se espera durante la noche, en uno de los cuatro espacios designados: al oscurecer, etc., nombres de las cuatro partes en que los romanos dividían el tiempo nocturno; nueva referencia a la misión universal (13,10; 14,9). Se alude así a la noche mesiánica, la del nuevo éxodo: la llegada del dueño de la casa significa la liberación definitiva de los suyos, en correspondencia con la llegada del Hijo del hombre (13,26s). "El día" se va a revelar en medio de "la noche".
v. 36 ... "no sea que, al llegar de improviso, os encuentre dormidos".
La llegada tendrá lugar de improviso, por sorpresa; no dejará tiempo para cambiar de actitud. Con esta expresión previene Jesús contra la negligencia en la misión (estar dormidos), contra la dejación del seguimiento hasta el final (13,13). Si no ha habido esa entrega, la llegada para reunir a "sus elegidos" quedaría frustrada.
v. 37 "Y lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: manteneos despiertos".
El mandamiento, la disposición a la entrega, vale y es necesaria para todos los seguidores de Jesús, tanto para los discípulos, israelitas (vosotros) como para los no israelitas (todos). Señala la actitud interior que ha de orientar la vida y la actividad del cristiano.
OCARM
MEDITATIO
a) Clave de lectura:
“¡Vigilad!” Esta es la palabra clave en el corto pasaje que la Iglesia reserva para la liturgia del primer domingo de Adviento. Vigilar, estar atentos, esperar al dueño de la casa que debe regresar, no adormilarse, es esto lo que Jesús pide a todo cristiano. Estos cuatro versículos del evangelio de San Marcos forman parte del discurso escatológico del capítulo trece. Este capítulo nos habla de la ruina del Templo y de la ciudad de Jerusalén. Jesús aprovecha la ocasión por una observación que le hace un discípulo: “¡Maestro, mira qué piedras y qué construcción! (Mc 13, 1). Jesús, por eso, aclara las ideas: “¿Véis estas grandes construcciones? No quedará piedra sobre piedra, que no sea demolida” (Mc 13,2). El Templo, signo tangible de la presencia de Dios en medio de su pueblo elegido, Jerusalén, la ciudad “bien unida y compacta” adonde “suben junta las tribus del Señor, para alabar el nombre del Señor” (Salmo 122,4), todo esto, signo seguro de la promesa hecha a David, signo de la alianza, todo esto irá a la ruina... es sólo un signo de algo que sucederá en el futuro. Los discípulos llenos de curiosidad piden al Señor sentado en el monte de los Olivos, de frente al Templo: “Dinos, ¿cuándo acaecerá eso y cuál será el signo de que todas estas cosas están por cumplirse? (Mc 13,4). A esta pregunta, usando el estilo apocalíptico judaico inspirado en el profeta Daniel, Jesús se limita sólo a anunciar las señales premonitoras (falsos cristos y falsos profetas que con engaño anunciarán la venida inminente del tiempo, persecuciones, señales en las potencias del cielo. cf: Mc 13, 5-32), “en cuanto al día y a la hora, ninguno los conoce, ni siquiera los ángeles del cielo, y ni siquiera el Hijo, sino sólo el Padre” (Mc 13,32).
De aquí se comprende la importancia de la espera vigilante y atenta a los signos de los tiempos que nos ayudan a acoger la venida del “dueño de la casa” (Mc 13,35). Cuando venga él, todo desaparecerá, “ el poder de los siervos” (Mc 13,34), incluso los signos que nos ayudan a recordar su benevolencia (templo, Jerusalén, casa). Los “siervos” y el “portero” (Mc 13,34) a la llegada del dueño no mirarán ya a los signos, sino que se complacerán en el mismo dueño: “He aquí que llega el Esposo, salidle al encuentro” (Mt 25,6 + Mc 2,19-20).
A menudo Jesús pedía a los suyos que vigilasen. En el huerto de los Olivos, en la tarde del jueves, antes de la pasión, el Señor dice a Pedro, Santiago y Juan: “Quedaos aquí y vigilad conmigo” (Mc 14, 34; Mt 26,38). La vigilancia nos ayuda a no caer en la tentación (Mt 26,41) y a permanecer despiertos. En el huerto de los Olivos los discípulos duermen porque la carne es débil, aunque el espíritu está pronto (Mc 14, 38). Quien se duerme va a la ruina, como Sansón que se deja adormecer, perdiendo así la fuerza, don del Señor (Jue 16, 19). Se necesita estar siempre despiertos y no adormilarse, sino vigilar y orar para no ser engañados, acercándose así a la propia perdición (Mc 13,22 + Jn 1,6). Por eso “despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará” (Ef 5,14).
b) Preguntas para orientar la meditación y actualización:
● ¿Qué significado tiene para ti la vigilancia?
● El Señor predice la ruina del templo y de la ciudad de Jerusalén, orgullo del pueblo elegido, símbolos de la presencia de Dios. ¿Por qué Jesús predice su ruina?
● El templo y la ciudad santa eran formas concretas de la alianza entre Dios y el Pueblo. Pero a ellos les ha llegado la ruina. ¿Cuáles son nuestras formas concretas de alianza? ¿Crees que tendrán el mismo fin?
● Jesús nos llama a sobrepasar las formas para acercarnos a Él. ¿Qué cosas, formas, signos, crees que el Señor te pide que trasciendas para acercarte a Él?
● ¿Estás adormecido? ¿En qué?
● ¿Vives siempre a la espera del Señor que viene? ¿Es el Adviento una ocasión para ti, que te recuerda el elemento vigilancia en la vida cristiana?
ALESSANDRO PRONZATO
"Vigilar significa estar constantemente alertas, despiertos, a la espera. Significa vivir una actitud de servicio, a disposición del amo que puede volver en cualquier momento. Implica lucha, esfuerzo, renuncia. No es en modo alguno falta de compromiso o indiferencia" (B. Maggioni).
Se trata, con otras palabras, de adquirir un cierto modo de orientar nuestra atención hacia lo que es verdaderamente importante, y que no es otra cosa que un cierto aire de ser puntuales, o sea, de no dejarse sorprender por los acontecimientos decisivos de la existencia.
El amo que marcha no deja individuos que le esperen, sino individuos que tienen algo que hacer, a quienes ha encargado algo que hacer.
Cuando vuelva, no le va a importar tanto saber que lo estaban esperando, cuanto si han cumplido la tarea, que les dejó encargada.
El equivalente del criado de la parábola de Mateo que va a esconder el talento recibido, es aquí el criado que se deja sorprender dormido.
Cierto, el Señor llega de improviso. Por la tarde, de noche, o a las primeras luces del alba. Puede suceder que esté para llegar.
Con la primera venida de Cristo, el Reino de Dios ha llegado YA, está presente aquí, ahora, en medio de nosotros, en la tierra.
Por tanto, hay algo peor que estar dormidos. Y es el no darse cuenta de una presencia.
VELAR: VIVIR EN LA ATENCIÓN
Mc 13, 33-37
La palabra de Jesús ("velad") bien podría traducirse por "estad atentos", "estad despiertos".
Lo opuesto a la atención es la rutina y el modo de funcionar en "piloto automático". La rutina tiene la "ventaja" de que facilita las cosas y nos otorga una cierta sensación de seguridad: nos movemos por caminos trillados en los que todo resulta familiar. Los hábitos permiten que hagamos muchas cosas sin n siquiera tener que pensar: las hace el "piloto automático".
Sin embargo, y aun reconociendo la necesidad de hábitos –de aprendizajes automatizados-, si no estamos atentos, ese modo de funcionar tiene un precio muy alto que puede llegar a manifestarse como aburrimiento y vacío. Perdemos la novedad y el frescor de la vida. En realidad, más que vivir, vegetamos, sobrevivimos o actuamos.
La atención, por el contrario, nos conecta con la vida, porque nos trae al presente. Y el presente es el único lugar de la vida. Gracias a la atención, vivimos en la consciencia, acogiendo todo desde la lucidez y amando todo desde la sabiduría. Nos alineamos con la corriente de la vida, y venimos a hacer el descubrimiento mayor al que podemos aspirar: que la consciencia no es solo una actitud que podemos favorecer, sino que constituye nuestra verdadera identidad.
No soy un yo capaz de poner atención o consciencia en lo que hago. Soy la única Consciencia que penetra todo lo real y en todo se expresa. Consciencia que se halla siempre a salvo y que –al hilo de las palabras de Jesús- nunca puede ser sorprendida por ladrones o peligros de ningún tipo.
Decía que la "vigilancia", de que habla el evangelio, no es sino otro nombre de la "atención". Gracias a ella, habitamos el momento presente, dejándonos fluir con la vida misma.
Pero, para ello, debido a la inercia de un funcionamiento que nos había encerrado en la mente, necesitamos una práctica continuada, que nos vaya adiestrando en desarrollar una capacidad de presencia tal que, progresivamente, nos conduzca a hacernos conscientes de nuestra identidad más profunda.
Esta es, precisamente, la riqueza que el presente encierra: al venir a la Presencia, experimentamos que somos ella misma. El yo es sólo un "objeto" dentro de la Presencia consciente que somos.
Pero esta identidad no está al alcance del pensamiento; emerge, cuando la mente se silencia. Relájate, hazte presente a ti mismo/a, suelta todos los pensamientos y preocupaciones, y quédate sólo aquí y ahora... En ese mismo momento, te apercibirás de que "Todo es". Déjate estar ahí, en el desnudo "estar"...
Venir al presente implica acallar la mente (pensante), situándonos como "testigos" desapasionados de todo lo que se mueve en ella y aprendiendo a descansar en el silencio mental.
Y, en medio de cualquier actividad, acostúmbrate a preguntarte: ¿Estoy completamente aquí? El cultivo de la atención hará posible la salida progresiva del sueño y de la ignorancia para poder vivir en la luz. La práctica continuada, no solo hará que saboreemos la vida, sino que reconozcamos y nos familiaricemos con nuestra verdadera identidad: en sentido absoluto, no somos la "ola" que emerge haciendo piruetas, sino el "océano" de donde la ola surge. Ver esto es "estar despiertos".
DIOS NOS ESPERA
Mc 13, 33-37
INTRODUCCIÓN
Estamos en el día de Año Nuevo de la liturgia. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús, si no nos obliga a vivir en constante Adviento. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso es solo el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que solo es una gran metáfora (mitología). Lo verdaderamente importante es descubrir que está viniendo en este instante.
Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Durante dieciocho siglos, el pueblo judío ha vivido esperando que Dios cumpliera sus promesas. Dios les va prometiendo lo que ellos, en cada momento más ansían. A Abrahán, descendencia; a los esclavos en Egipto, libertad; a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel; cuando han conquistado Canaán, una nación fuerte y poderosa; cuando están en el Exilio, volver a su tierra; cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc., etc. En el AT siempre les promete cosas terrenas porque es lo único que ellos esperan. Jesús promete algo muy distinto. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante."
Esta trayectoria del pueblo judío debería hacernos reflexionar. ¿Se trata de un Dios que durante dieciocho siglos les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero, para hacerles caminar según su voluntad? Sería ridículo. Dios nunca hace promesas para el futuro, porque ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios, son hechas por los profetas, como una estratagema para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados. Nada de los que anunciaron los profetas, se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación de seguridades materiales. Pero podemos entender aquellas imágenes como metáforas de la verdadera salvación.
La clave del relato evangélico está en la actitud de los criados. Nos quiere decir que Dios está siempre viniendo. Él es el que viene. La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios cicatero que se complace en hacer rabiar a la gente obligándole a infinitas esperas antes de darle lo que ansía. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de fuera, lo tengo ya dentro.
Vigilad. Para verno solo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despiertopara afrontar la vida con una conciencia lúcida. Se trata de vivir a tope una vida que puede transcurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tendría que aterrarme; que pueda transcurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado. La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es o plenitud humana o simple animalidad.
Pues no sabéis cuándo en el 'momento'. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por "tiempo": "kairos" y "chronos". Chonos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. Kairos sería el tiempo psicológico. Significa el momento oportuno para tomar una decisión por parte del hombre. Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas de la Escritura. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos, es decir del tiempo oportuno. Naturalmente que el hombre, como criatura material, se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es descubrir el kairos.
El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no puede ser nuestro salvador. La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. Esta vez sí, nos salvará de verdad, porque vendrá con "poder y gloria". ¿No os parece un poco ridículo? La médula de su mensaje es que la salvación que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total.
En las primeras comunidades se acuñó una frase, repetida hasta la saciedad en la liturgia: "Maranatha" (ven Señor Jesús). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. "Ya, pero todavía no". "Ya", por parte de Dios, que nos ha dado ya todo lo que necesitamos para esa salvación. Si no fuera así, se convertiría en un tirano. "Todavía no", por nuestra parte, porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto el alcance de la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque "todavía no" ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el "ya". Eso nunca lo conseguiremos, si permanecemos dormimos.
¿Cómo podremos seguir luchando con todas nuestras fuerzas por un mayor consumismo y a la vez convencernos de que la felicidad está en otra parte? Creo que es una tarea imposible. Descubrir esa trampa, sería estar despiertos. El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.
La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos un Dios que llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no funciona. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer otro ser humano. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solo yo puedo hacer.
También la religión me ofrece salvación, pero solo puede salvarme de las ataduras que ella misma me ha colocado. Ninguna institución puede darme lo que ella no tiene. Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mi auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo. Tengo que dejar de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad se desvanece. Esa experiencia de salvación transformaría radicalmente mi comportamiento con los demás y con las cosas.
El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cuál de los dos vencerá? Muy sencillo y lógico. Vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.
Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más... Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá. Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. Dios sigue esperando.
Meditación-contemplación
"Despierta tú que duermes, y Cristo será tu luz".
Para ver se necesita tener los ojos bien abiertos,
pero también se necesita una buena luz.
De estas dos realidades tienes que preocuparte.
..................
No se trata de los ojos del cuerpo, sino los del "alma".
Curiosamente, no se puede ver desde dentro
si no tienes los ojos del cuerpo cerrados
y la razón aparcada, para que no se ocupe de los asuntos terrenos.
..................
La luz que puede ayudarte sí puede venir de fuera de ti.
La experiencia interior de los demás,
puede ser la mejor luz que ilumine tu vida.
Para nosotros, la experiencia de Jesús, será la mejor guía.
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DOMINGO PRIMERO DE ADVIENTO
AÑO B
¡Si rasgaras el cielo y descendieras!
Lectura del libro de Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2-7
¡Tú, Señor, eres nuestro padre,
«nuestro Redentor» es tu Nombre desde siempre!
¿Por qué, Señor, nos desvías de tus caminos
y endureces nuestros corazones para que dejen de temerte?
¡Vuelve, por amor a tus servidores
y a las tribus de tu herencia!
¡Si rasgaras el cielo y descendieras,
las montañas se disolverían delante de ti!.
Cuando hiciste portentos inesperados,
que nadie había escuchado jamás,
ningún oído oyó, ningún ojo vio
a otro Dios, fuera de ti, que hiciera tales cosas
por los que esperan en Él.
Tú vas al encuentro de los que practican la justicia
y se acuerdan de tus caminos.
Tú estás irritado, y nosotros hemos pecado,
desde siempre fuimos rebeldes contra ti.
Nos hemos convertido en una cosa impura,
toda nuestra justicia es como un trapo sucio.
Nos hemos marchitado como el follaje
y nuestras culpas nos arrastran como el viento.
No hay nadie que invoque tu Nombre,
nadie que despierte para aferrarse a ti,
porque Tú nos ocultaste tu rostro
y nos pusiste a merced de nuestras culpas.
Pero Tú, Señor, eres nuestro padre,
nosotros somos la arcilla, y Tú, nuestro alfarero:
¡todos somos la obra de tus manos!.
Palabra de Dios.
SALMO 79, 2ac. 3b. 15-16. 18-19
R. Restáuranos, Señor del universo.
Escucha, Pastor de Israel,
Tú que tienes el trono sobre los querubines,
reafirma tu poder
y ven a salvarnos. R.
Vuélvete, Señor de los ejércitos,
observa desde el cielo y mira:
ven a visitar tu vid, la cepa que plantó tu mano,
el retoño que Tú hiciste vigoroso. R.
Que tu mano sostenga al que está a tu derecha,
al hombre que Tú fortaleciste,
y nunca nos apartaremos de ti:
devuélvenos la vida e invocaremos tu Nombre. R.
Esperamos la revelación de nuestro Señor Jesucristo.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 1-3-9
Hermanos:
Llegue a ustedes la gracia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo.
No dejo de dar gracias a Dios por ustedes, por la gracia que Él les ha concedido en Cristo Jesús. En efecto, ustedes han sido colmados en Él con toda clase de riquezas, las de la palabra y las del conocimiento, en la medida que el testimonio de Cristo se arraigó en ustedes. Por eso, mientras esperan la Revelación de nuestro Señor Jesucristo, no les falta ningún don de la gracia. Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Porque Dios es fiel, y Él los llamó a vivir en comunión con su Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Palabra de Dios.
ALELUIA Sal 84, 8
Aleluia.
¡Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación!
Aleluia.
EVANGELIO
Estén prevenidos,
porque no saben cuándo llegará el dueño de casa
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos. 13, 33-37
Jesús dijo a sus discípulos:
«Tengan cuidado y estén prevenidos, porque no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela.
Estén prevenidos, entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que llegue de improviso y los encuentre dormidos.
Y esto que les digo a ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!».
Palabra del Señor.
I DOMINGO DE ADVIENTO
Antífona de entrada Sal 24, 1-3
A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío, yo pongo en ti mi confianza.
Que no tenga que avergonzarme ni se rían de mí mis enemigos.
Ninguno de los que esperan en ti tendrá que avergonzarse.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
te rogamos que la práctica de las buenas obras
nos permita salir al encuentro de tu Hijo
que viene hacia nosotros,
para que merezcamos estar en el Reino de los cielos junto a Él.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, acepta los dones que recibimos de ti
y ahora te presentamos;
que esta ofrenda realizada en el tiempo presente,
sea para nosotros anticipo de la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio de Adviento I, II o V
Antífona de comunión Sal 84, 13
El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que fructifique en nosotros la celebración de los santos misterios
con los que tú nos enseñas a amar y adherirnos a los bienes eternos,
mientras peregrinamos
en medio de las realidades transitorias de esta vida.
Por Jesucristo, Nuestro Señor.
Puede impartirse la bendición solemne.
Adviento
Dios todopoderoso y lleno de misericordia,
por la primera venida de su Hijo Unigénito, en la que creemos,
y por la segunda que esperamos,
los ilumine con su luz
y los colme con su bendición.
R. Amén.
En el camino de esta vida los haga constantes en la fe,
alegres en la esperanza
y activos en la caridad.
R. Amén.
Para que celebrando la venida en el tiempo de nuestro Redentor,
sean recompensados con el don de la Vida eterna
cuando el venga por segunda vez en la gloria.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
R. Amén.
PREFACIO DE ADVIENTO I
LAS DOS VENIDAS DE CRISTO
Este prefacio se dice en las Misas del tiempo, desde el primer domingo de Adviento hasta el 16 de diciembre, y en las restantes Misas que se celebran durante este tiempo y que no tienen prefacio propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo Señor nuestro.
Él vino por primera vez en la humildad de nuestra carne,
para realizar el plan de redención trazado desde antiguo,
y nos abrió el camino de la salvación;
para que, cuando venga por segunda vez
en el esplendor de su grandeza,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora aguardamos en vigilante espera.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
y con todos los coros celestiales
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PREFACIO DE ADVIENTO II
CRISTO, SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA
Este prefacio se dice en las misas del tiempo, desde el primer domingo de Adviento hasta el día 16 de diciembre, y en las restantes Misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.
Tú has querido ocultarnos el día y la hora en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la Historia,
aparecerá sobre las nubes del cielo revestido de poder y de gloria.
En aquel día, tremendo y glorioso al mismo tiempo,
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
El Señor se manifestará entonces lleno de gloria,
el mismo que viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y para que demos testimonio por el amor,
de la espera dichosa de su reino.
Por eso, mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PREFACIO DE ADVIENTO III
LA DOBLE ESPERA DE CRISTO
El siguiente prefacio se dice en las Misas del tiempo desde el 17 hasta el día 24 de diciembre, y en las restantes Misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo Señor nuestro.
A Él que había sido anunciado por los profetas,
la Virgen Madre lo llevó en su seno con amor inefable;
Juan Bautista proclamó la inminencia de su venida
y reveló su presencia entre los hombres.
El mismo Señor nos concede ahora
preparar con alegría el misterio de su nacimiento,
para que su llegada nos encuentre
perseverantes en la oración
y proclamando gozosamente su alabanza.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
y con todos los coros celestiales
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PREFACIO DE ADVIENTO IV
MARÍA, NUEVA EVA
Este prefacio se dice el cuarto domingo de Adviento y en las Misas del tiempo, desde el día 17 hasta el día 24 de diciembre, así como en las restantes Misas que se celebran durante este mismo tiempo y no tienen prefacio propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
alabarte, bendecirte y glorificarte
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por el misterio de la Virgen Madre.
Del antiguo adversario nos vino la ruina,
pero en el seno virginal de la hija de Sión recibió la vida
aquél que nos nutre con el pan de los ángeles,
y surgieron para todo el género humano
la salvación y la paz.
La gracia que perdimos por Eva nos fue devuelta en María;
su maternidad redimida del pecado y de la muerte,
se abre al don de una vida nueva.
para que, donde abundó el pecado sobreabundara tu misericordia
por Cristo, nuestro Salvador.
Por eso nosotros, mientras esperamos la venida de Cristo,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PREFACIO DE ADVIENTO V
LA PROMESA DEL SALVADOR
Este prefacio se dice en las Misas que se celebran durante el tiempo de Adviento y no tienen prefacio propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo Señor nuestro.
Porque Él es el Salvador
que en tu misericordia y fidelidad
prometiste al hombre extraviado,
para que su verdad instruyera a los ignorantes,
su santidad justificara a los pecadores
y su fuerza sostuviera a los débiles.
Al acercarse el tiempo en que ha de llegar tu Enviado
y amanece el día de nuestra salvación,
llenos de confianza en tus promesas,
cantamos, Padre, con filial alegría,
el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
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