5º Domingo Tiempo Ordinario (Ciclo B)

 Liturgia Diaria Domingo 5º del Tiempo Ordinario - Ciclo B

Gritando Nuestro Dolor


Saludo (Ver Salmo Responsorial)
En esta eucaristía alabemos al Señor, porque es bueno;
él cura a los desolados y venda todas sus heridas. 
Que Jesús, el Señor, esté con todos ustedes.


Introducción por el Sacerdote


Hoy se nos recuerda una vez más que hace mucho tiempo el mismísimo Hijo de Dios gritó su ansiedad y su dolor: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Sabemos que el Señor nos ha hecho para ser felices, y, sin embargo, nosotros también tenemos cruces que llevar. No siempre vemos la razón de nuestra miseria y nuestro sufrimiento. --- Vemos también cómo Jesús curaba a algunos enfermos, pero ¿qué eran éstos en medio de tantos otros no curados? Recordamos que la cruz llevó a Jesús a la vida y a la resurrección. Nosotros expresamos hoy nuestra confianza y esperanza en un Salvador que sufrió con nosotros y por nosotros.


Acto Penitencial


¿Por qué no nos duele más cuando nos ofrecemos miseria unos a otros con nuestros pecados?
Pidamos perdón a Dios y unos a otros.
(Pausa)

·     Señor, Jesús, tú gritaste desgarradoramente en el huerto de los olivos: "Padre: Aparta de mí este sufrimiento, pero que se haga tu voluntad".
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

·     Cristo Jesús, en la cruz tú preguntaste: "Dios mío, por qué me has abandonado?".
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.

 

·     Señor Jesús, tú nos has dejado el signo de la cruz para recordarnos tu sufrimiento y para respetarla con esperanza.
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

 

Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdónanos el dolor que nos hemos infligido unos a otros y el sufrimiento de tu Hijo. Que él nos lleve a la vida eterna.


Oración Colecta


Oremos a nuestro Dios compasivo
que está cercano a nosotros en Jesucristo.
(Pausa)
Oh Dios bondadoso:
Cuando te gritamos nuestro dolor
en nuestro cansancio, nuestro dolor y nuestra enfermedad,
recuerda cómo tu Hijo también
acudió a ti en su sufrimiento de muerte.
No permitas que nos callemos por auto-compasión
y fortalécenos en la convicción
de que podemos encontrarte en nuestro dolor
lo mismo que en nuestras alegrías,
y de que tú siempre te preocupas por nosotros
por medio de aquél que nos mostró cuánto nos amaste,
Jesucristo nuestro Señor.

Primera Lectura (Job 7,1-4. 6-7)
: Job Grita Su Miseria a Dios
He aquí un hombre que, probado seriamente, grita a Dios su miseria y su soledad. Es un hombre de fe, pero lucha por conseguir una respuesta: ¿Por qué sufrir?

Segunda Lectura (1 Cor 9,16-19. 22-23)
: Con los Débiles Me Hice Débil
A causa de la Buena Nueva de Cristo, Pablo se hizo todo para todos, incluso débil con los débiles.

Evangelio (Mc 1,29-39): Jesús Curó a Muchos Que Sufrían
Jesús curó a muchos como una invitación a creer en él.


Oración de los Fieles


Como pueblo que hemos experimentado el sufrimiento presentemos todas las necesidades y sufrimientos de los hombres a Dios, cuyo Hijo sufrió y murió, y digamos: 


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

 

Por todos los que predican el evangelio, para que lleven la Buena Nueva de Cristo a los hombres, en sus realidades plenamente humanas, y con todas sus necesidades, roguemos al Señor.


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

Por los líderes y gobernantes de las naciones, para que hagan de la justicia y del servicio el fundamento del orden social, y de esa forma lleven a todos un sentido de dignidad y de plena realización humana, roguemos al Señor.


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

Por las víctimas de discriminación, por los que buscan seguridad y amor, por los que viven solos y desesperados de la vida, por los enfermos y discapacitados, para que puedan encontrar al Señor en hermanos que les den amor y esperanza, roguemos al Señor.


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

Por todos los que cuidan a los enfermos, para que no se cansen nunca de tratarlos con atención personal e infinito respeto, como lo harían con el Señor mismo, roguemos al Señor.


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

Por todas las comunidades cristianas, especialmente la nuestra, para que los desalientos y los fracasos no nos amarguen la vida, sino que nos lleven más cerca del Señor; para que todos seamos un solo corazón y una sola alma y no permitamos que nadie entre nosotros viva en necesidad, roguemos al Señor.


R/. Escúchanos, Señor, y ten piedad. 

 

Oh Dios vivo y amoroso, tú te sabes muy bien nuestras necesidades y preocupaciones y ves nuestros sufrimientos, ya que nos conoces por nuestro nombre. Confiamos en ti a causa de tu Hijo, Jesucristo, nuestro Señor.

 



Oración de Ofertorio


Oh Dios y Padre nuestro:
En estos signos de pan y vino
recordamos a tu Hijo Jesucristo.
Acepta nuestra buena disposición
para llegar a ser como él,
y así, cólmanos con su Espíritu
para que también nosotros
nos hagamos débiles con los débiles
y servidores los unos de los otros.
Que de esta forma tu Hijo viva en medio de nosotros
como nuestro Señor y Salvador
por los siglos de los siglos.

Introducción a la Plegaria Eucarística
Damos gracias a Dios por mostrarnos en Jesús el poder de su amor sanador. Por medio de él nuestro Padre del cielo nos trajo amistad, perdón y fortaleza. Démosle gracias y alabanza.

Introducción al Padrenuestro
Nuestro Padre del cielo nos ama en Cristo.
Así pues, recitémosle la oración confiada de su Hijo. 
R/. Padre nuestro…


Líbranos, Señor


Señor, quizás sea parte de tu plan
que nuestra fe sea probada en tribulaciones y sufrimiento.
Pero líbranos del desaliento y del espíritu de rebeldía,
que se queja de todo y amarga la vida.
Danos la serenidad de saber
que vivimos en la palma de tus manos,
aun en momentos de dificultad y sufrimiento.
Ayúdanos a apoyarnos unos a otros
mientras nos preparamos con alegría y esperanza
para la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…


Invitación a la Comunión

Éste es Jesús, el Cordero de Dios,
que cargó con todos nuestros males
y se sacrificó a sí mismo por nosotros
para librarnos de la muerte y de todos nuestros temores.
Dichosos nosotros de ser invitados a acercarnos a él
con nuestras cargas y sufrimientos. 
R/. Señor, no soy digno…

 


ORACIÓN DE ABANDONO EN DIOS (Bto. Charles de Foucauld)

El líder de la oración podría recitar despacio la siguiente plegaria como acción de gracias, o todos juntos si el pueblo dispone del texto.

Padre:
Me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que fuere,
por ello te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo
con tal de que se cumpla
tu voluntad en mí
y en todas las criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te encomiendo mi alma,
te la entrego
con todo el amor de que soy capaz,
porque te amo y necesito darme,
ponerme en tus manos sin medida,
con infinita confianza,
porque tú eres mi Padre.

 


Oración después de la Comunión

 

Oh Dios y Padre nuestro:
Nadie sino tú puede comprender plenamente 
las penas y alegrías que experimentamos,
ya que tu Hijo se hizo uno de nosotros.
Por la fuerza que él nos ha dado en esta eucaristía,
que sepamos acercarnos los unos a los otros 
y compartir los unos las penas y alegrías de los otros. 
Y cuando las palabras nos fallen, 
que sepamos estar simplemente cerca de los que sufren
en respetuoso silencio, 
a causa de aquél que está siempre cerca de nosotros
y nos cura de todas las enfermedades, 
Jesucristo, nuestro Señor.

 


Bendición

Hermanos: El sufrimiento siempre permanecerá 
como un escándalo o al menos un misterio.
Podemos intentar actuar como si no nos afectara,
negar que exista o alejarnos de él, 
pero para un cristiano no hay escape verdadero.
Está escrito en nuestra existencia
desde que Cristo murió en la cruz.
Nunca lo comprenderemos cabalmente,
pero sabemos que tiene sentido y es salvador.
Que ojalá aprendamos a llevar nuestras penas con Cristo,
con esperanza y valor. 
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, 
Padre, Hijo y Espíritu Santo 
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

 

 

Se puso a orar.

 

Las lecturas hoy nos presentan a personas que sufren. En la primera lectura y en el Evangelio. Job, desde luego, no ve su futuro nada claro. No es lo que acostumbramos a ver en las redes sociales, o incluso, en nuestras relaciones diarias. Sólo a algunas personas les contamos lo que nos pasa de verdad. En general, “bien” o “como siempre” son las respuestas a la pregunta de “¿cómo estás?”. No queda tiempo para quejarse, o, a veces, ya no hay ganas, porque sentimos que no sirve para nada. Nos guardamos todo, aunque, quizá, hay gente a nuestro alrededor dispuestos a ayudarnos, si nos abriéramos. Pero no. Ponemos al mal tiempo buena cara, y seguimos adelante. Es difícil confiar. Nos cuesta mostrarnos débiles. No creemos que podamos merecer la compasión ajena.

En realidad, lo que le pasa a Job es parecido a lo que nos puede pasar a nosotros. Mucha gente lo está pasando mal. La situación económica, el trabajo, la salud, el amor… Sabemos que es así, aunque ellos no digan nada. Nosotros tampoco decimos nada, por un falso respeto. Y así seguimos.

Lo que tenemos que hacer es hablar, contar lo que nos sucede, para mejorar y que puedan apoyarnos. Hay que encontrar el sentido de la vida, para evitar caer en la depresión. Hay una solución, más barata que un psicólogo. Es lo que hizo Job. Le cuenta a Dios todos sus sentimientos, su falta de esperanza, lo mal que le va todo. Es valiente, para confiar en el Señor. ¿Y yo? ¿Soy capaz de acudir a dios como Padre bueno, al que le puedo contar mis cosas, y quejarme, si es el caso? Puede que sí, puede que no. Si soy creyente, he de confiar en Dios y pedirle ayuda y amparo en los malos momentos. Una sincera oración, confiando en Él, nos puede ayudar. Eso es lo que hizo Job. No es un golpe de pesimismo, es poner en manos de Dios todo lo que le pasa. Quien llora y grita su dolor, aunque no lo sepa, está clamando a Dios, está pidiéndole fuerza y luz para el camino.

Pablo nos habla de predicar el Evangelio de Cristo como algo superior a sus fuerzas. Un hecho que no puede evitar. Como el bailarín que no puede dejar de bailar, o como un padre que se preocupa por sus hijos. O lo que sentía san Antonio María Claret: La caridad me urge, me impele, me hace correr de una población a otra, me obliga a gritar (Autobiografía, ? 212). Pablo dice que no puede hacer otra cosa, y que lo que enseña no es su palabra, sino el Evangelio, la Palabra de Dios. Este es un buen consejo. Transmitir la doctrina de la Iglesia, no lo que yo pienso o lo que a mí me parece. Hay que entregar la Palabra como es, sin rebajas ni descuentos. Y hacerlo a tiempo y a destiempo.

 

Además, Pablo ha dedicado su vida a los hermanos gratuitamente, sin esperar nada a cambio. No le debe nada a nadie, lo hace todo desinteresadamente y porque no puede vivir de otro modo. Y no le pide nada a nadie. No tiene más deuda que la del amor (cfr. Rom 13, 8). Se ha encontrado con el tesoro escondido, y lo quiere compartir con todos. A costa de muchos sufrimientos, con mucho desgaste físico, ha entregado todo su ser a la causa del Reino. Es lo que sienten muchas personas en sus voluntariados, que “pierden” tiempo por los demás. Gratis et amore. Es a lo que, puede ser, te está llamando también a ti Dios.

 

El Evangelio continúa narrándonos una jornada “típica” de Jesús. El pasado domingo vimos cómo enseñaba en la sinagoga, con autoridad. Hoy seguimos su periplo al salir de dicho lugar. Se va a comer a casa de su amigo Pedro, y allí le cura la fiebre a la suegra de éste. No es un milagro espectacular, como el de la semana pasada, los cerdos de Gerasa que caen por el acantilado o la resurrección de Lázaro.

Es verdad que es algo pequeño, en comparación. Pero, al mismo tiempo, es muy simbólico este “milagrito”. Nos explica, en pocas palabras, qué significa ser seguidor de Jesús. Seguir a Cristo significa haber sido curado por Él, y, ya curado, ponerse a servirle a Él y a los demás. Él nos muestra su amor, se nos acerca en la Reconciliación y en la Eucaristía, cada vez que celebramos esos sacramentos. Nos sana, nos cura. Y el que ha sido curado, lo normal es que, como agradecimiento, se ponga a servir, haga de su buen estado de salud un don para los demás. Servir, como testimonio de los dones que hemos recibido. Ayudar a los que están cerca, sin olvidarnos de los que están lejos, en estos tiempos de globalización. Que no se nos cierren las entrañas, ante tanta necesidad. “Tuve hambre y me disteis de comer” (Mt 25, 35)

La jornada de Jesús prosigue con las curaciones de enfermos y endemoniados. Y otra vez, impone el silencio. “como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.” Es que Cristo no buscaba el éxito, sino la conversión de los corazones. Y ni el bien hace ruido, ni el ruido hace el bien. Servicio a todos, para que se vieran las señales de la llegada del Reino, pero sin prisa. Todo tiene su tiempo. Mover los corazones, en profundidad, no por haber visto unos signos extraordinarios.

 

Y tiempo para orar es lo que abre la jornada de Jesús. Después de la predicación y del servicio, la oración es otro de los pilares de su jornada. La oración. Un lugar desierto, soledad, silencio… Toda la misión surge de aquí, de esta fuente interior. No sería la única vez que Cristo se retiró a orar. Tiempo para Dios, antes de dedicar tiempo a los demás. Para poder dedicarse a la obra del Reino, necesita estar unido a su Padre. Discernir permanentemente su voluntad, para hacer lo que Dios quiere. Antes de hacer, orar. Algo que nos viene a todos bien recordar. Que la jornada empiece pidiendo a Dios ayuda, y termine dándole gracias y pidiendo perdón por los errores.

Cuando los discípulos le encuentran – todos le buscan - escuchan de sus labios lo que podríamos llamar el ideal misionero de Jesús: “vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.” El sueño de Jesús es estar siempre en salida. Lo que nos recuerda a menudo el Papa Francisco, ir al encuentro de todos los necesitados. Jesús se dedicó a viajar por muchos lugares. Nosotros, quizá, no podemos estar tan libres para la misión. Pero sí podemos imitar a Jesús en la oración, en la dedicación a los demás, con nuestro tiempo o nuestras capacidades, sanando heridas o soledades, en mayor o menor medida, y en la preocupación por el desarrollo del Reino de Dios. Que se note que somos creyentes. Cada día.

 

 

 

 

 

EVANGELIO

 

Curó a muchos enfermos de diversos males

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 29-39

 

En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

 

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron:

 

- «Todo el mundo te busca.»

 

Él les respondió:

 

- «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido.»

 

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

 

Palabra de Dios.

 

 

A LA PUERTA DE NUESTRA CASA

 

En la sinagoga de Cafarnaún Jesús ha liberado por la mañana a un hombre poseído por un espíritu maligno. Ahora se nos dice que sale de la «sinagoga» y marcha a «la casa» de Simón y Andrés. La indicación es importante, pues en el evangelio de Marcos lo que sucede en esa casa encierra siempre alguna enseñanza para las comunidades cristianas.

 

Jesús pasa de la sinagoga, lugar oficial de la religión judía, a la casa, lugar donde se vive la vida cotidiana junto a los seres más queridos. En esa casa se va a ir gestando la nueva familia de Jesús. En las comunidades cristianas hemos de saber que no son un lugar religioso donde se vive de la Ley, sino un hogar donde se aprende a vivir de manera nueva en torno a Jesús.

 

Al entrar en la casa, los discípulos le hablan de la suegra de Simón. No puede salir a acogerlos pues está postrada en cama con fiebre. Jesús no necesita más. De nuevo va a romper el sábado por segunda vez el mismo día. Para él, lo importante es la vida sana de las personas, no las observancias religiosas. El relato describe con todo detalle los gestos de Jesús con la mujer enferma.  

 

«Se acercó». Es lo primero que hace siempre: acercarse a los que sufren, mirar de cerca su rostro y compartir su sufrimiento. Luego, «la cogió de la mano»: toca a la enferma, no teme las reglas de pureza que lo prohíben; quiere que la mujer sienta su fuerza curadora. Por fin, «la levantó», la puso de pie, le devolvió la dignidad.

 

Así está siempre Jesús en medio de los suyos: como una mano tendida que nos levanta, como un amigo cercano que nos infunde vida. Jesús solo sabe servir, no ser servido. Por eso la mujer curada por él se pone a «servir» a todos. Lo ha aprendido de Jesús. Sus seguidores han de vivir acogiéndose y cuidándose unos a otros.

 

Pero sería un error pensar que la comunidad cristiana es una familia que piensa solo en sus propios miembros y vive de espaldas al sufrimiento de los demás. El relato dice que, ese mismo día, «al ponerse el sol», cuando ha terminado el sábado, le llevan a Jesús toda clase de enfermos y poseídos por algún mal.

 

Los seguidores de Jesús hemos de grabar bien esta escena. Al llegar la oscuridad de la noche, la población entera, con sus enfermos, «se agolpa a la puerta». Los ojos y las esperanzas de los que sufren buscan la puerta de esa casa donde está Jesús. La Iglesia solo atrae de verdad cuando la gente que sufre puede descubrir dentro de ella a Jesús curando la vida y aliviando el sufrimiento. A la puerta de nuestras comunidades hay mucha gente sufriendo. No lo olvidemos.

 

 

RETIRARSE A ORAR

 

 Y allí se puso a orar.

 

En medio de su intensa actividad de profeta itinerante, Jesús cuidó siempre su comunicación con Dios en el silencio y la soledad. Los evangelios han conservado el recuerdo de una costumbre suya que causó honda impresión: Jesús solía retirarse de noche a orar.

 

El episodio que narra Marcos nos ayuda a conocer lo que significaba la oración para Jesús. La víspera había sido una jornada dura. Jesús «había curado a muchos enfermos». El éxito había sido muy grande. Cafarnaúm estaba conmocionada: «La población entera se agolpaba» en torno a Jesús. Todo el mundo hablaba de él.

 

Esa misma noche, «de madrugada», entre las tres y las seis de la mañana, Jesús se levanta y, sin avisar a sus discípulos, se retira al descampado. «Allí se puso a orar». Necesita estar a solas con su Padre. No quiere dejarse aturdir por el éxito. Sólo busca la voluntad del Padre: conocer bien el camino que ha de recorrer.

 

Sorprendidos por su ausencia, Simón y sus compañeros corren a buscarlo. No dudan en interrumpir su diálogo con Dios. Sólo quieren retenerlo: «Todo el mundo te busca». Pero Jesús no se deja programar desde fuera. Sólo piensa en el proyecto de su Padre. Nada ni nadie lo apartará de su camino.

 

No tiene ningún interés en quedarse a disfrutar de su éxito en Cafarnaúm. No cederá ante el entusiasmo popular. Hay aldeas que todavía no han escuchado la Buena Noticia de Dios: «Vamos… para predicar también allí».

 

Uno de los rasgos más positivos en el cristianismo contemporáneo es ver cómo se va despertando la necesidad de cuidar más la comunicación con Dios, el silencio y la meditación. Los cristianos más lúcidos y responsables quieren arrastrar a la Iglesia de hoy a vivir de manera más contemplativa.

 

Es urgente. Los cristianos, por lo general, ya no sabemos estar a solas con el Padre. Los teólogos, predicadores y catequistas hablamos mucho de Dios, pero hablamos poco con él. La costumbre de Jesús se olvidó hace mucho tiempo. En las parroquias se hacen muchas reuniones de trabajo, pero no sabemos retirarnos para descansar en la presencia de Dios y llenarnos de su paz.

 

Cada vez somos menos para hacer más cosas. Nuestro riesgo es caer en el activismo, el desgaste y el vacío interior. Sin embargo, nuestro problema no es tener muchos problemas, sino tener la fuerza espiritual necesaria para enfrentarnos a ellos.

 

 

UN CORAZÓN QUE VE

 

Curó a muchos enfermos de diversos males.

 

Los evangelios van relatando con cierto detalle episodios y actuaciones concretas de Jesús. Pero, con frecuencia, ofrecen «resúmenes» o «sumarios» donde se describe el perfil de su estilo de vivir: lo que más grabado quedó en el recuerdo de sus seguidores.

 

En la comunidad donde se escribió el evangelio de Marcos se recordaban sobre todo estos rasgos: Jesús era un hombre muy atento al dolor de la gente. Incapaz de pasar de largo si veía a alguien sufriendo. Lo suyo no era sólo predicar. Lo dejaba todo, incluso la oración, para responder a las necesidades y dolencias de las personas. Por eso le buscaban tanto los enfermos y desvalidos.

 

He leído con alegría el primer escrito del Papa a toda la Iglesia pues, junto a otros aciertos, ha sabido exponer de manera certera lo que él llama el «programa del cristiano», que se desprende del «programa de Jesús». Según su espléndida expresión, el cristiano ha de ser, como Jesús, «un corazón que ve. Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia».

 

El Papa mira el mundo con mucho realismo. Reconoce que son muy grandes los progresos en el campo de la ciencia y de la técnica. Pero, a pesar de todo, «vemos cada día lo mucho que se sufre en el mundo a causa de tantas formas de miseria material y espiritual».

 

Quien vive con un corazón que ve, sabe «captar las necesidades de los demás en lo más profundo de su ser para hacerlas suyas». No basta que haya «organizaciones encargadas» de prestar ayuda. Si yo aprendo a mirar al otro como miraba Jesús, descubriré que «puedo ofrecerle la mirada de amor que él necesita».

 

El Papa no está pensando en «sentimientos piadosos». Lo importante es «no desentenderse» del que sufre. La caridad cristiana «es ante todo y simplemente la respuesta a una necesidad inmediata en una determinada situación: los hambrientos han de ser saciados, los desnudos vestidos, los enfermos atendidos, los prisioneros visitados».

 

Es necesaria una atención profesional bien organizada. El Papa la considera requisito fundamental, pero «los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial».

 

 

ALIVIAR

 

Curó a muchos enfermos.

 

La enfermedad es una de las experiencias más duras del ser humano. No sólo padece el enfermo que siente su vida amenazada y sufre sin saber por qué, para qué y hasta cuándo. Sufre también su familia, los seres queridos y los que le atienden.

 

De poco sirven las palabras y explicaciones. ¿Qué hacer cuando ya la ciencia no puede detener lo inevitable? ¿Cómo afrontar de manera humana el deterioro? ¿Cómo estar junto al familiar o el amigo gravemente enfermo?

 

Lo primero es acercarse. Al que sufre no se le puede ayudar desde lejos. Hay que estar cerca. Sin prisas, con discreción y respeto total. Ayudarle a luchar contra el dolor. Darle fuerza para que colabore con los que tratan de curarlo.

 

Esto exige acompañarlo en las diversas etapas de la enfermedad y en los diferentes estados de ánimo. Ofrecerle lo que necesita en cada momento. No incomodarnos ante su irritabilidad. Tener paciencia. Permanecer junto a él.

 

Es importante escuchar. Que el enfermo pueda contar y compartir lo que lleva dentro: las esperanzas frustradas, sus quejas y miedos, su angustia ante el futuro. Es un respiro para el enfermo poder desahogarse con alguien de confianza. No siempre es fácil escuchar. Requiere ponerse en el lugar del que sufre y estar atento a lo que nos dice con sus palabras y, sobre todo, con sus silencios, gestos y miradas.

 

La verdadera escucha exige acoger y comprender las reacciones del enfermo. La incomprensión hiere profundamente a quien está sufriendo y se queja. «Animo», resignación»... son palabras inútiles cuando hay dolor. De nada sirven consejos, razones o explicaciones doctas. Sólo la comprensión de quien acompaña con cariño y respeto alivia.

 

La persona puede adoptar ante la enfermedad actitudes sanas y positivaso puede dejarse destruir por sentimientos estériles y negativos. Muchas veces necesitará ayuda para mantener una actitud positiva, para confiar y colaborar con los que le atienden, para no encerrarse solo en sus problemas, para tener paciencia consigo mismo o para ser agradecido.

 

El enfermo puede necesitar también reconciliarse consigo mismo, curar las heridas del pasado, dar un sentido más hondo a su dolor, purificar su relación con Dios. El creyente puede ayudarle a orar, a vivir con paz interior, a creer en el perdón y confiar en su amor salvador.

 

El evangelista nos dice que las gentes llevaban sus enfermos y poseídos hasta Jesús. El sabía acogerlos con cariño, despertar su confianza en Dios, perdonar su pecado, aliviar su dolor y sanar su enfermedad. Su actuación ante el sufrimiento humano siempre será para los cristianos el ejemplo a seguir en el trato a los enfermos.

 

 

MANO TENDIDA

 

… la cogió de la mano y la levantó.

 

La exégesis moderna ha tomado conciencia de que toda la actuación de Jesús está sostenida por la «gestualidad». No basta, por ello, analizar sus palabras. Es necesario, además, estudiar el hondo contenido de sus gestos. Recomiendo el estudio divulgativo de un biblista y un pedagogo, F. Armelliní-G. Moretti, Tenía rostro y palabras de hombre. Un retrato de Jesús (Ed. Paulinas, Madrid 1998).

 

Las manos son de gran importancia en el gesto humano. Pueden construir o destruir, curar o herir, acariciar o golpear, acoger o rechazar. Las manos pueden reflejar el ser de la persona. De ahí que los exégetas estudien con atención las manos de Jesús en las que tanto insisten los evangelistas.

 

Jesús toca a los discípulos caídos por tierra para devolverles la confianza: «Levantaos, no temáis» (Mt 17, 6-7). Cuando Pedro comienza a hundirse, le tiende su mano, lo agarra y le dice: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?» (Mt 14, 31). Jesús es, muchas veces, mano que levanta, infunde fuerza y pone en pie a la persona.

 

Los evangelistas destacan, sobre todo, los gestos de Jesús con los enfermos. Son significativos los matices expresados por los diferentes verbos. A veces, Jesús agarra al enfermo para arrancarlo del mal. Otras veces, impone sus manos en un gesto de bendición que transmite su fuerza curadora. Con frecuencia, extiende su mano para tocarlo en un gesto de cercanía, apoyo y compasión. Jesús es mano cercana que acoge a los impuros, los envuelve con su bendición y los protege de la exclusión.

 

Desde estas claves hemos de leer también el relato de Cafarnaúm (Mc 1, 31). Jesús entra en la habitación de una mujer enferma, se acerca a ella, la coge de la mano y la levanta en un gesto de cercanía y de apoyo que le transmite nueva fuerza. Jesucristo es para los cristianos «la mano que Dios tiende» a todo ser humano necesitado de fuerza, apoyo, compañía y protección. Ésa es la experiencia del creyente a lo largo de su vida.

 

RELIGIÓN TERAPÉUTICA

 

Curó a muchos enfermos.

 

La teología contemporánea trata de recuperar poco a poco una dimensión del cristianismo que, aun siendo esencial, se había ido perdiendo en buena parte a lo largo de los siglos. A diferencia de otras religiones, «el cristianismo es una religión terapéutica» (E. Biser).

 

En el origen de la tradición cristiana nada aparece con tanta claridad como la figura de Jesús curando enfermos. Es el signo que él mismo presenta como garantía de su misión: «Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen... » Por otra parte, nada indica mejor el sentido de la fe cristiana que esas palabras tantas veces repetidas por Jesús: «Tu fe te ha sanado.» No es extraño que Cristo haya sido invocado en la Iglesia antigua con esta hermosa plegaria: «Ayúdanos, oh Cristo, Tú eres nuestro único Médico.»

 

Es fácil resumir lo sucedido posteriormente. Por una parte, el cristianismo se preocupó cada vez más de justificarse frente a objeciones y ataques, utilizando la teología para exponer el contenido de la fe de manera doctrinal; poco a poco se terminó pensando que lo importante era «creer verdades reveladas». Por otra parte, la curación fue pasando enteramente a manos de una medicina cada vez más capacitada para curar el organismo humano.

 

No se trata ahora de que la fe recupere el terreno cedido a la medicina científica echando mano de la oración o de otras prácticas para curar enfermedades. La religión no es un remedio terapéutico más. La perspectiva ha de ser otra. La medicina moderna ha convertido al enfermo en un «caso clínico» para poder aplicarle con eficacia su técnica e instrumental científico. Pero el ser humano es mucho más que un «caso clínico».

 

Asegurada la curación de buena parte de las enfermedades graves, el mal se cuela por la puerta trasera y vuelve a entrar en el ser humano bajo forma de sinsentido, depresión, soledad o vacío interior. No basta curar algunas enfermedades para vivir de manera sana.

 

Algunos teólogos apuntan dos hechos que pueden abrir un horizonte nuevo para la fe en el próximo milenio. Por una parte, se está desmoronando por sí sola una religión sustentada por la angustia y el miedo a Dios; es tal vez uno de los signos más esperanzadores que se está produciendo secretamente en la conciencia humana (E. Biser). Por otra parte, se abre así el camino hacia una forma renovada de creer y de «experimentar a Dios como fuerza sanadora y auxiliadora» (J. Gnilka). Tal vez, en próximos siglos sólo creerán quienes experimenten que Dios les hace bien, los que comprueben que la fe es el mejor estímulo y la mayor fuerza para vivir con sentido y esperanza.

 

 

UNA SALUD MAS HUMANA

 

Curó a muchos enfermos.

 

Desde que la Organización Mundial de la Salud la definió en 1946 como “un estado de perfecto bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedad”, el concepto de salud ha sido debatido y enriquecido desde múltiples perspectivas.

 

Antes que nada, hemos de recordar que la salud es mucho más que la ausencia de enfermedad. No basta eliminar en un individuo los trastornos físicos o los desequilibrios síquicos para que se pueda decir que es sano. La salud es todo “un modo de vivir orientado hacia el crecimiento integral, libre y responsable de la persona”.

 

Desde esta perspectiva, podemos afirmar que alguien está sano en la medida en que es capaz de orientar sus energías físicas, su fuerza mental y su potencial sicológico y espiritual hacia el crecimiento positivo de su persona.

 

Por eso, los expertos hablan de posturas sanas en medio de la enfermedad y de posturas enfermizas en la ausencia de la misma. Si una persona vive sin objetivo ni proyecto vital alguno, sin dar sentido a su vida, replegado estérilmente sobre su propio yo, aunque no se le pueda detectar ninguna enfermedad médica, su modo de vivir no es humanamente sano.

 

Por el contrario, cuando un hombre atrapado por la enfermedad incurable sabe asumir positivamente su deterioro y, desde su estado médicamente precario, es capaz de seguir abierto a los valores auténticamente humanos, de él se puede decir que vive su enfermedad de manera sana.

 

Por eso, cuidar la salud no es sólo velar por el buen funcionamiento del cuerpo o cuidar el desarrollo armonioso del propio organismo, sino vivir desplegando de manera responsable todas las virtualidades positivas del ser humano.

 

Algunos necesitarán, tal vez, vivir de manera más sobria y moderada, siguiendo un ritmo más saludable de trabajo y descanso, cuidando mejor el cuerpo o haciendo el ejercicio físico adecuado.

 

Otros pueden necesitar comprometerse en un trabajo personal que les ayude a ir pasando del resentimiento al amor, del aislamiento a la comunicación, del aburrimiento a la creatividad, del propio rechazo a la sana autoestima.

 

Otros necesitarán cuidar mejor su espíritu; recuperar esa relación sana con Dios que, quizás, ha quedado atrofiada y reprimida en su interior; liberarse de heridas y culpabilidades malsanas del pasado; dar un sentido más profundo a su vida.

 

El cristiano, como cualquier otro hombre o mujer, ha de escuchar hoy una llamada a cuidar su propia salud de manera integral y plena, pero ha de saber que en su fe cristiana puede encontrar precisamente fuerzas, estímulos y orientaciones que le ayudarán a desplegar aquello que le hará crecer como persona de manera sana.

 

El relato evangélico nos recuerda con insistencia el carácter sanador de Jesús que “curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”.

 

 

JUNTO A LOS ENFERMOS

 

Curó a muchos enfermos.

 

El evangelista Marcos tiene particular interés en señalar que existe una especie de incompatibilidad entre Jesús y la enfermedad. Donde Jesús aparece, la enfermedad se retira y el enfermo recobra salud y vida.

 

La enfermedad sigue siendo también hoy una de las situaciones más perturbadoras para el hombre. Nada nos revela mejor nuestra impotencia, que sentirnos enfermos y experimentar que no podemos liberarnos de nuestra precariedad.

 

No es fácil decir qué es enfermar. La ciencia médica se niega cada vez más a establecer fronteras precisas entre el enfermo y el sano. Han caído los esquemas simples de otros tiempos. Hoy se nos habla de fases alternas, descompensaciones, bloqueos y regresiones de la energía vital.

 

Por eso, tampoco la curación es un proceso sencillo. No se trata solamente de recomponer el funcionamiento biológico del organismo. Curar significa liberar a la persona de todo aquello que bloquea su salud, estimular en ella las energías que le ayuden a crecer, devolverla a la vida.

 

Aquí se encierra, sin duda, uno de los problemas más graves de la medicina moderna. La intervención técnica y farmacológica es necesaria. Puede hacer prodigios. Pero resulta parcial y limitada si se reduce a resolver un problema puramente fisiológico.

 

Para curar a hombres y mujeres enfermos hoy de tantos males, no basta una medicina técnica que afronta la enfermedad pero no se acerca a curar integralmente a la persona enferma.

 

¿No es un grave error someter al enfermo a las técnicas más sofisticadas y aislarlo al mismo tiempo de aquellas personas amigas que podrían ayudarle a rehacerse desde sus raíces?

 

Junto al cuidado técnico, muchos enfermos necesitan cerca a alguien que les ayude a recuperar de nuevo el gusto por la vida, liberándose de tensiones y fijaciones que la bloquean y aprendiendo a relacionarse de manera más sana consigo mismos y con los demás.

 

Tal vez éste sea el mayor reto al que se enfrentan hoy los profesionales de la salud: ¿Cómo “humanizar» el servicio técnico al enfermo, convirtiendo cada vez más “la medicina de órganos» en “medicina de toda la persona”?

 

No es sólo un problema de técnica sanitaria sino de personas. No hemos de olvidar que realmente cura aquel que vive de manera sana; despierta gusto por la vida aquel que se siente vivo por dentro. La salud es algo que se contagia.

 

 

CANSANCIO

 

se marchó al descampado.

 

Jesús no se ha dejado destruir por el activismo. No se ha «vaciado» en la actividad agotadora de cada jornada. Rodeado de gentes que se agolpan sobre él, incluso, después de anochecer, sabe encontrar tiempo para reavivar su espíritu.

 

Según la información de Marcos, Jesús tenía esta costumbre: se levantaba de madrugada, se retiraba a un lugar solitario y, allí, se entregaba a la oración.

 

Cuando, al amanecer, los discípulos lo llaman de nuevo, Jesús se levanta con nuevas fuerzas, dispuesto a continuar su servicio generoso e incondicional a las gentes de Galilea.

 

El cansancio es algo con lo que tiene que contar todo hombre o mujer que se esfuerza por cumplir su tarea diaria con entrega y responsabilidad.

 

Un día las fuerzas se desgastan y el agobio se apodera de nosotros. Quedan atrás la euforia y vitalidad de otros tiempos. Ahora sólo sentimos la falta de aliento, la impotencia, el hastío.

 

Las raíces del cansancio pueden ser muy diversas. Las ocupaciones nos dispersan, la actividad constante nos desgasta, la mediocridad misma de nuestra vida y nuestro trabajo nos aburre.

 

Perdemos energías en las mil contrariedades y roces de cada día y no sabemos cómo ni dónde reparar nuestras fuerzas. Nos yacíamos quizás generosamente a lo largo del día, pero no cuidamos el alimento de nuestro espíritu.

 

¿Qué hacer cuando la alegría interior se nos escapa y sentimos el alma cansada y sin aliento?

 

Quizás, lo primero sea aceptar con paciencia el cansancio como «compañero de nuestro camino». Pero, al mismo tiempo, recordar que la soledad y el silencio pueden sanar de nuevo nuestras raíces.

 

Hay una oración callada, humilde y confiada que puede devolver- nos el aliento y la vida en las horas bajas del cansancio y el agobio.

 

Todos necesitamos, de alguna manera, saber retirarnos a «un lugar solitario» para enraizar de nuevo nuestra vida en lo esencial.

 

Necesitamos más silencio y soledad para reconocer con paz «las pequeñas cosas» que hemos agrandado indebidamente hasta agobiarnos, y para recordar las cosas realmente grandes e importantes que hemos descuidado día tras día.

 

Esa oración no es huida cobarde de los problemas. Es renacimiento, reencuentro y renovación del espíritu. Es sentirse vivo de nuevo y dispuesto para el servicio.

 

 

PASION POR LA VIDA

 

Curó a muchos enfermos de diversos males.

 

Donde está Jesús crece la vida. Esto es lo que descubre con gozo quien recorre las páginas entrañables del evangelista Marcos, y se encuentra con ese Jesús que cura a los enfermos, acoge a los desvalidos, sana a los enajenados y perdona a ios pecadores.

 

Donde está Jesús hay amor a la vida, interés por el hombre, pasión por la liberación de todo mal. No deberíamos olvidar nunca que la imagen primera que nos ofrecen los relatos evangélicos es la de un Jesús curador. Un hombre que difunde vida y restaura lo que está enfermo.

 

Por eso encontramos siempre a su alrededor la miseria de la humanidad: posesos, enfermos, paralíticos, leprosos, ciegos, sordos. Hombres a los que falta vida. «Los que están a oscuras», como diría B. Brecht.

 

Ciertamente, los milagros de Jesús no han solucionado prácticamente nada en la historia dolorosa de los hombres. Su presencia salvadora no ha resuelto los problemas. Hay que seguir luchando contra el mal.

 

Pero nos han descubierto algo decisivo y esperanzador. Dios es amigo de la vida, y ama apasionadamente la felicidad, la salud, el gozo y la plenitud de los hombres.

 

Inquieta ver con qué facilidad nos hemos acostumbrado a la muerte: la muerte de la naturaleza destruida por la polución industrial, la muerte en las carreteras, la muerte por la violencia, la muerte de los intoxicados por un aceite criminal, la muerte de los que no llegan a nacer, la muerte de las almas.

 

Es desalentador observar con qué indiferencia escuchamos cifras aterradoras que nos hablan de la miseria del tercer mundo, y con qué pasividad contemplamos la violencia callada, pero eficaz y constante, de estructuras injustas que hunden a los débiles en la marginación.

 

Por todas partes se gritan reivindicaciones insolidarias. Cada uno reivindica para sí. Los dolores y sufrimientos ajenos nos preocupan poco. Cada uno parece interesarse sólo por su problema, su convenio colectivo, su bienestar y seguridad personal.

 

La apatía se va apoderando de muchos. Corremos el riesgo de hacernos cada vez ms incapaces de amar la vida y vibrar con el que no puede vivir feliz.

 

Los creyentes no debemos olvidar que el amor cristiano es siempre interés por la vida, búsqueda apasionada de felicidad para el hermano. El amor cristiano es la actitud que nace en aquél que ha descubierto que Dios ama tan apasionadamente nuestra vida que ha sido capaz de sufrir nuestra muerte.

 

 

JESÚS CURA PARA QUE SEAMOS CAPACES DE SERVIR

Fray Marcos

Mc 1, 29-39

Recuerda que los evangelios no son crónicas de sucesos. Son teología narrativa. No tiene ninguna importancia que las palabras de Jesús sean exactamente las que él pronunció; ni que los hechos narrados hayan acontecido así, en un momento y lugar determinado.

Lo importante es el mensaje que quieren trasmitirnos y que seamos capaces de traducirlo a nuestro lenguaje, siempre relativo, de manera que lo podamos entenderlo hoy. Para ello es imprescindible que nos coloquemos en el ambiente de aquella época y conozcamos las características de aquella cultura. Es lo que intento.

 

CONTEXTO

Seguimos en el primer día de la actuación de Jesús. Marcos intenta perfilar a grandes rasgos y con firmes trazos, la figura de Jesús. Se trata de un montaje programático, para dejar muy clara la manera habitual que tenía Jesús de desarrollar su ministerio.

No podemos desligar la perícopa que hemos leído hoy de la del domingo pasado. Ambas forman un todo teológico progresivo, que empieza en el lugar de oración del pueblo, la sinagoga, y termina orando solo en descampado. Allí revive la experiencia de Dios, que le permite hablar y actuar con autoridad.

 

EXPLICACIÓN

El paso de la sinagoga a la casa, y después a la calle, nos dice que Jesús lleva la salvación a todos los lugares en donde se desarrolla la vida y a todas las personas que tienen necesidad de liberación.

Con toda naturalidad se nos habla de la suegra de Pedro, aunque nunca se hable de la esposa. En aquella sociedad era impensable el estado de soltero, y Jesús nunca cuestionó las normas existentes con relación a la sexualidad, al matrimonio o a la familia.

Las mujeres se casaban a los 12 - 13 años; los hombres a los 14 – 15. Recordad que no formaban una familia aparte, sino que seguían integrados en el clan. La media de vida era de 35 - 40 años. Si no se casaban a esa edad, no tenían tiempo de educar a sus hijos hasta que se casaran.

Los cambios que después se produjeron en la doctrina sobre la sexualidad, no se pueden vender como cristianismo.

"La cogió de la mano y la levantó. La palabra katekeito para decir "estaba postrada", puede significar enfermedad o muerta, en cualquier caso, escasa de vida. También para decir que la levantó, Marcos emplea hgeiren, que puede significar levantar o resucitar. Está claro el sentido que quiere dar Marcos a las dos palabras.

"Se le pasó la fiebre y se puso a servirles". Jesús cura para que la mujer pueda servir. En el mundo griego, el servicio (diakonía) se consideraba una deshumanización. En las primeras comunidades cristianas, era el signo de seguimiento de Jesús.

El verbo que se utiliza en griego es dihkonei = servía. Los cristianos eligieron precisamente la palabra "diakonía" para expresar el nuevo fundamento de las relaciones humanas en la comunidad. El mismo Jesús dirá que no ha venido a ser servido, sino a servir.

"Al anochecer..." Nos está indicando que los que se admiraban de las palabras y obras de Jesús, no habían superado la dependencia de la Ley, que era la causa de la opresión. Al ponerse el sol terminaba el sábado, y la obligación de descanso. Por lo tanto, ya podían ellos llevar a los enfermos y Jesús curar, sin faltar al primer precepto de la Ley.

"Cura a muchos y expulsa muchos demonios". Todos buscan a Jesús para ser curados. Aquí debemos hacer una profunda reflexión. En todos los evangelios se comienza con un éxito espectacular de la predicación de Jesús. Más tarde se verá que no les interesa nada más que ese beneficio material de ser atendidos en sus necesidades.

"Se marcha a descampado y allí se puso a orar". Es muy significativo que en muchos lugares de los cuatro evangelios se diga que Jesús se retiró a orar. "Se levantó de madrugada, se fue a un descampado y allí se puso a orar". "Pasó la noche en oración". "Por la mañana estaba allí sólo". Es la clave de la vida de Jesús.

Esta necesidad de la oración echa por tierra nuestra concepción mitológica de la figura de Jesús. Si era la segunda persona de la Trinidad, si era Dios entendido literalmente, ¿qué necesidad tenía de orar? O ¿se trataba de un paripé para enseñar a los otros lo que tenían que hacer, aunque él no lo necesitara? No, realmente lo necesitaba como verdadero ser humano que era. Descubrir lo que era su Abba para él, fue la clave de su espiritualidad.

El desierto es siempre el lugar del mal. En el desierto, Jesús lucha contra las fuerzas del mal. La oración, tal como nosotros la queremos entender, se debía desarrollar en el monte, que es el lugar donde habita Dios.

El domingo pasado decía el evangelio que hablaba con autoridad, no como los letrados. La clave está en este descubrimiento continuado de la presencia de Dios en él. A pesar de la absorben­te actividad, encontraba tiempo para estar a solas consigo mismo y cargar las baterías.

Los evangelios nos dicen que también iba al templo, pero el verdadero encuentro con Dios lo realizaba a solas y en medio de la naturaleza.

"¡Todo el mundo te busca!" En el relato encontramos tres exageraciones intencionadas: todo el mundo te busca; la población entera; todos los enfermos y poseídos.

Los discípulos están en la misma dinámica que la gente. No quieren que su Maestro pierda la ocasión de afianzar su prestigio. Pero Jesús sabía muy bien lo que tenía que hacer: "Vámonos a otra parte...".

En el principio del relato se habló por dos veces de su enseñanza (didach). El escrito más antiguo del cristianismo lleva ese título: "didaje" Ahora nos dice que ha venido para predicar (khruxw, de donde viene kerigma, concepto clave de la primera comunidad).

No es su objetivo presumir y arrollar con un éxito espectacular. El evangelio es buena noticia, pero no siempre la buena noticia coincide con lo que la gente espera. Deja entrever que la búsqueda es sólo interés egoísta.

 

APLICACIÓN

Todos los evangelios empiezan constatando la euforia de la gente en el seguimiento de Jesús. Pero poco a poco, se va apoderando de ellos, primero la decepción, después el abandono, y finalmente la oposición total.

En Juan, este proceso se escenifica de manera genial en un solo capítulo. En el cap. 6, después de la multiplicación de los panes, quieren hacerle rey por la fuerza, y terminan abandonándole todos diciendo: "Duras son estas palabras, ¿quién puede hacerle caso?"

El por qué de esta actitud es claro: Todos se apuntan a los aspectos liberadores de la enseñanza de Jesús. Están encantados de ser curados, de ser liberados, de ser queridos. Lo malo empieza cuando se descubren las exigencias del mensaje: tienes que curar al otro, tienes que servir, tienes que amar...

Si tomásemos conciencia del por qué se produjo este cambio en la gente, tal vez empezásemos a comprender dónde falla nuestro cristianismo. La respuesta está en el relato de la curación de la suegra de Pedro. Jesús cura para que seamos capaces de servir. Esto es precisamente lo que no nos gusta del mensaje.

Cuando Jesús va dejando claro que Dios no es un tapagujeros, que su predicación lo que persigue es cambiar las actitudes fundamentales del ser humano y convertirle en libre servidor en vez de opresor del otro, la gente empieza a sentirse incómoda y le abandona sin contemplaciones.

El evangelio no habla en ningún caso de resignación ante cualquier clase de dolor, sea físico, sea psíquico, sea moral. Pero no identifica la salvación con la supresión del dolor. Todo lo contrario, afirma expresamente que la verdadera salvación puede alcanzarla todo hombre a pesar del mal que nos rodea (bienaventuranzas).

Siempre que se pueda, se debe suprimir, pero la victoria contra el mal no está en suprimirlo, sino en evitar que te aniquile. Toda verdadera teología es liberadora, pera esa liberación no siempre coincide con la eliminación del opresor. Aun permaneciendo el opresor, el oprimido puede ser libre y plenamente humano. Suprimido el opresor, puede ser sustituido por cualquiera de los que antes fueron oprimidos.

La solución al problema vital del hombre no puede venir de fuera, la tenemos que encontrar dentro. Sólo un conocimiento de lo hondo del ser nos descubrirá lo que somos. El hombre tiene que aceptar sus limitaciones. Pero solo lo conseguirá descubriendo que esas limitaciones no le impiden alcanzar su plenitud. Conocerme a mí mismo es conocer a Dios como fundamento de mi propio ser. Ser fiel a sí mismo es la única manera de ser fiel a Dios.

El gran fallo del cristianismo fue convertir la buena noticia liberadora del evangelio en una religión. La buena noticia de Jesús consistió en liberar al ser humano de todo lo que le impide ser él mismo, incluida la religión. El organigrama de una religión, nos da seguridades y nos sumerge en la ilusión de ser algo absoluto.

Jesús no ha venido a resolver los problemas materiales de los hombres, ni a liberarle de las limitaciones de su naturaleza, sino a enseñarnos cómo podemos ser libres a pesar de los problemas y aunque no se resuelvan. Hay problemas que no tienen solución, pero una vida más humana siempre es posible.

 

Meditación-contemplación

Se levantó de madrugada, se fue a descampado y allí se puso a orar.

El mensaje no puede ser más claro.

No puede haber espiritualidad sin verdadera contemplación.

No se trata de "rezar", sino de fundirse con el Abba.

........................

 

No es suficiente rezar ni meditar.

Lo que te cambiará será la contemplación,

Que es la conexión con lo Absoluto que hay en ti.

Lo importante no es la cantidad,

sino la intensidad de la conexión.

.............

 

Si hacemos pasar una corriente por un hilo

enrollado en una barra de acero,

un instante de conexión a la corriente

es suficiente para que la barra quede imantada.

.............

 

Conseguir la conexión puede llevar hora, días o años.

Quedar impregnados de Dios es cuestión de un instante.

...........

 

 

 

RAMÓN M. NOGUÉS

 -Quejarse no es raro ni nuevo

Las descripciones catastróficas del mundo no son ni raras ni nuevas. Que no son raras es evidente. Recientemente, en el ámbito eclesial, hemos visto documentos muy oficiales lamentando los desastres que nos afligen. (Digamos de paso que sería de desear un esfuerzo por conseguir análisis más ponderados que resultarían más serenos que los catastrofistas, y podrían ser un punto de equilibrio entre estos y los juicios como el de Karl Poper cuando dice que el mundo nunca había ido tan bien como en nuestra época). Quejarse no es raro. Pero tampoco es nuevo. La liturgia de hoy empieza con una antiquísima y depresiva descripción de la vida humana que hallamos en el libro de Job. La vida es una esclavitud, la herencia del vivir es vacuidad, la noche es un desasosiego, los días se suceden los unos a los otro sin esperanza, la vida es un soplo y mis ojos no verán más la dicha. Resultaría difícil hallar frases más gráficas para describir el estado depresivo del espíritu. Es decir, que convertirse en profeta de calamidades -lo que tanto intentó evitar Juan XXIII- es realmente vulgar y difícilmente puede funcionar como "Buena Nueva" evangélica.

-Jesús lucha contra esta "fiebre"

La liturgia de hoy nos presenta a Jesús luchando contra esta fiebre. La suegra del primer Papa se convierte pues, en el evangelio de hoy, en un bonito signo de la actitud curativa de Jesús. Porque, aunque sea tan frecuente ir anunciando desdichas, es una enfermedad de la que hay que curar. Y la curación de fiebres y enfermedades de las que habla san Marcos, en una cultura que lleva cuarenta años de antibióticos, la hemos de entender de las fiebres y enfermedades del espíritu.

Afirmar que las descripciones sistemáticamente pesimistas son enfermizas, no quiere decir que seamos tan ingenuos que no nos demos cuenta de los peligros. En nuestra sociedad hay graves peligros. Por ejemplo, el de una guerra total, o el de la atonía de los espíritus respecto a la justicia o el de la fragilidad de los jóvenes ante la droga. Pero excepto el de la guerra total -que hay que convenir en que es espantoso y nuevo-, los otros peligros son muy antiguos. El mundo ha sido siempre muy insolidario, lleno de salteadores de caminos y guerrilleros de todo pelaje (incluidos los clérigos), frecuentemente dominado por torturadores vergonzosamente legalizados, herido de mil desastres en relación a la salud o las fuerzas de la naturaleza. En nuestra época se manifiestan algunos signos muy interesantes de progreso moral, además de los de progreso técnico: hay una conciencia creciente de la libertad y de los derechos (hijos poco reconocidos del Evangelio); tiene mala conciencia ante la injusticia, se preocupa por aligerar los sufrimientos de los que padecen por enfermedad...

La manía de predicar desastres no se deduce del Evangelio, sino de las "fiebres" que nos centran obsesiva y depresivamente en los aspectos negativos de la realidad, iniciando el proceso que en castellano definimos de una manera gráfica: "hinchar el perro". En nuestro país, además, el hecho de que algunas esferas eclesiásticas insistan -ahora especialmente- en el catastrofismo y no en la esperanza, podría llevar a sospechar que el malhumor es debido a que la economía no funciona y que además hemos perdido la hegemonía en la sociedad, aspectos que ofrecen un apoyo poco elegante a la fundamentación de las quejas.

-La actitud "curativa"

Parece que la actitud de Jesús no era la de quejarse. En medio de un mundo que objetivamente era un desastre, con un derecho partidista y sectario, Jesús en vez de ir quejándose, adopta actitudes "curativas", tanto que arrastraba a la gente y tenía que esconderse como medida cautelar. La gente sencilla no lo debía ir siguiendo porque los regañase o amenazase, sino porque suscitaba en ellos perspectivas gratificantes y maduras, en medio de unas propuestas serenamente dignificadoras de las persona, y en un ámbito de cogida incondicional y nada espantadizo ante las limitaciones humanas.

Sería bueno que aprendiéramos a conjurar a los malos espíritus y las fiebres que vamos incubando cuando perdemos de vista que Jesús comunicaba buenas nuevas. Los males del mundo son muchos y casi todos son muy antiguos; pero, como dicen los chinos, vale más encender cerillas, que no maldecir las tinieblas. Jesús encendía cerillas, incluso antorchas, y sobre todo encendía los corazones. Y sin hacer trampas; es decir, sin infantilismos, sin escamotear la realidad, sin disimular el mal ni exagerarlo interesadamente; haciendo propuestas positivas, maduradoras, en conexión con las situaciones reales (y no con el mal humor que gastan los que querrían un mundo a su medida); hablando mucho de actitudes que estimulan y muy poco -el mínimo imprescindible- de las que prohíben. Llamaba la atención porque invitaba a vivir. En cambio, algunas de nuestras exhortaciones invitaban a abandonar y echarlo todo por la borda.

Dios sabe que es difícil ser bueno. Hablar de esperanza puede hacerlo más fácil y viable. Llenarlo todo de grises y negros, hace la bondad penosa. Seamos evangélicos y curémonos de las fiebres depresivas.

 

ALESSANDRO PRONZATO

Marcos tiende a organizar el espacio. En la narración de hoy el espacio se divide en tres sectores:

- sinagoga

- casa

- puerta de la casa.

Por tanto tenemos la sinagoga como lugar de la plegaria pública.

La casa, lugar de la vida privada.

La puerta, o sea el espacio externo -digamos la plaza- como lugar de la vida pública.

La indicación resulta evidente: "Marcos pone junto todo el espacio imaginable, religioso y profano, privado y público. Un modo, el suyo, para mostrar que la acción de Jesús interesa al ser humano en su totalidad, en todas sus dimensiones" (J. Delorme).

La actuación de Cristo no se limita al espacio religioso, sino que entra en la esfera de la amistad y va dirigida a ponerse en contacto con la multitud.

En un determinado momento la sinagoga -la de Nazaret- lo echará fuera de la puerta (6, 2). Pero no por esto se parará la actividad de Jesús. Siempre habrá gente, siempre habrá espacios abiertos de la vida profana. "El evangelio no puede ser aprisionado dentro del mundo religioso" (J. Delorme).

Marcos, además de organizar el espacio, organiza también el tiempo. Frecuentemente no duda concentrar en una sola jornada sucesos que se desarrollan en tiempos diversos. Pone la geografía, como la topografía, como las indicaciones cronológicas, al servicio de una perspectiva teológica.

También aquí, la de Cafarnaún, puede ser una jornada tipo. Por consiguiente los acontecimientos no se desarrollan estrictamente en las 24 horas del día. Son estos:

- Jesús enseña, en la sinagoga y cura a un endemoniado (la narración que comentamos el domingo pasado).

- Cura a la suegra de Pedro.

- Cura a muchas personas después de la puesta del sol.

- Se retira a orar a un lugar solitario.

Por tanto una jornada que se abre con la plegaria pública y se cierra (abriéndose otra) con la oración en solitario, y se desarrolla a través de la enseñanza y las obras.

Una jornada en que se da el elemento lucha y el elemento contemplación, el estar juntos entre amigos, y el estar con la gente común, la atención a la miseria humana y la atención a Dios, el entrar y el salir, el darse y el liberarse. En suma, puede decirse, una jornada en la que no falta nada. Completa.

La "jornada tipo" de Jesús en Cafarnaún debería cerrarse con las curaciones efectuadas ante la puerta de la casa.

En realidad la jornada resulta completa, en cuanto a significado, sólo con esta narración de la fuga mañanera para orar en la soledad.

Es un episodio-bisagra que cierra una jornada y abre otra, fin y principio al mismo tiempo.

Una primera lectura puede captar de inmediato el contraste ciudad-desierto. Multitud-soledad.

La ciudad como momento de la actividad, el desierto como momento de la oración. La muchedumbre como "lugar" de encuentro con Dios.

Pero es necesario estar atentos para no caer en un exceso de simplificación. Porque las dos realidades no están tan contrapuestas como se quisiera hacer creer. Y así la oración puede ser una forma de actividad y la soledad puede ser el lugar de encuentro con los otros, además de serlo con Dios.

Así también el "darse" y el "retirarse" no son opuestos, sino complementarios. No hay duda de que Jesús no considera cumplida su misión porque ha enseñado, curado, liberado, aliviado las miserias humanas.

La soledad y la oración completan el cuadro de su ministerio, forman parte de su actividad, pertenecen a la agenda de sus compromisos

J/ORACION: A la fuga de Jesús corresponde la búsqueda de los discípulos, que se convierten en intérpretes de los deseos de la multitud.

La frase de Pedro "todos te buscan" se puede entender de dos maneras:

- "Hay tanto que hacer" y tú estás aquí perdiendo el tiempo. En este caso la postura de Pedro tiene todas las características de la incomprensión.

No entiende que la oración de Jesús es no sólo el momento culminante de su ser-para-el-Padre, sino de su ser-para-los-hombres.

En la oración Cristo continúa su servicio en favor de los hombres, les lleva al Padre, les hace encontrarse con el Padre.

En la oración Jesús está en acción, prolonga su propio servicio. En favor de todos. - Pero Pedro, con su frase, quiere invitar a Jesús a "recoger", en términos de popularidad, lo que el día anterior ha sembrado con la predicación y las curaciones. "No dejes escapar la ocasión". "Aprovéchate del éxito".

En este sentido, su postura se convierte en tentación.

Sí. Esta es la primera tentación de Pedro.

O sea, es el intento de hacer desviar al Maestro del camino emprendido, sugiriéndole una vereda de facilidad.

Cristo rechaza la sugerencia. No sabe qué hacer con ese consenso entusiasta que se convierte en coartada para sustraerse a las rudas exigencias del seguimiento, del evangelio traducido en la conducta.

Así, al margen del aspecto literal, es significativo el verbo "salir". Jesús salió para escapar de la gente, para encontrar al Padre y ratificar las líneas de su misión.

Se diría que el Cristo de Marcos es un Cristo que continúa saliendo.

Sale siempre fuera de las fijaciones ajenas, de las imágenes ajenas. de los caminos que los otros quieren tomar, de los deseos de la gente.

Cristo "sale" de la geografía y de los programas de los hombres.

El Dios que se encuentra con el hombre es también el Dios que sale fuera, continuamente, de los esquemas de los hombres.

Así la oración solitaria se convierte en el lugar por excelencia de su libertad.

"Vayamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para que también allí predique".

La misión de los discípulos no logra que Jesús vuelva sobre sus pasos. Pero ni siquiera Jesús queda allí. Marcha a otra parte.

Debemos, pues, tomar nota de la última sorpresa de este desierto, que se convierte en "paso" para ir a otra parte.

"Es el desierto, la soledad, lo que relanza la misión" (J. Delorme).

La oración así no es sólo culmen de la actividad, sino fuente de actividad. Parada, pero también punto de partida hacia nuevos itinerarios.

El desierto, para Jesús, es el lugar de las decisiones imprevisibles.

Con excesiva frecuencia se acude a la oración para justificar situaciones de inmovilismo, para neutralizar cualquier tímida tentativa de búsqueda, para rescatar a cualquiera que pretenda arriesgar algo.

No estará mal relacionar el concepto de oración con la dimensión de lo imprevisible, de la sorpresa, de la creatividad.

Un hombre que reza es un hombre que descubre nuevos itinerarios.

La oración no sirve para "mantenerse buenos" y ni siquiera para "mantenerse firmes". A un individuo que reza puedes encontrarlo siempre, pero no hacerte ilusiones de que lo posees. Porque existe otro que le indica a dónde tiene que ir.

Dócil, sí, pero al Espíritu, no a los cálculos y a las prudencias humanas. Rezo, luego estoy... en otra parte.

La autenticidad de la oración viene medida también por su fuerza de riesgo. O la soledad del desierto nos hace abrir los ojos sobre lo nuevo, sobre el todavía no, sobre las zonas inexploradas para el Reino, o puede convertirse en el lugar del reposo y de la falsa seguridad, de la pereza enmascarada de fidelidad.

Existe quien descubre una geografía inédita, y quien se recuesta en las laderas conocidas.

Los ojos abiertos son los que expresan la diferencia entre oración como sueño y oración como toma de conciencia.

 

 

OCARM

Lectura

a) Para colocar el pasaje en su contexto:

En continuidad con los vv. precedentes (21-28), el pasaje describe la conclusión de una jornada típica de Jesús. Aquí está en Cafarnaún, un día de sábado, y, después de haber participado en la liturgia sinagogal, Jesús continúa la celebración de la fiesta en la casa de Pedro, en un clima familiar. 
Con el ocaso del sol, terminado el descanso, Jesús continúa su ministerio, extendiéndolo a toda Galilea. El Evangelio nos presenta tres secuencias, que no es una crónica, para que yo sepa lo que ha hecho Jesús en Cafarnaún, sino que revelan el misterio grande de la salvación de Cristo, que trastorna mi vida. Puede ayudar el estar atentos al recorrido que Jesús hace: de la sinagoga a la casa, al desierto, hasta todas las aldeas de Galilea. Y también en el trascorrer de los tiempos que subraya el evangelista: al llegar la tarde, o sea al ocaso del sol y la mañana inmersa todavía en la obscuridad. 

b) Para ayudar en la lectura del pasaje:

vv. 29-31: Jesús entra en la casa de Pedro y acoge la súplica de los discípulos, curando la suegra de Pedro, que yace en el lecho con fiebre.
vv. 32-34: Pasado el sábado, Jesús cura muchos enfermos y endemoniados, que le han traido. 
vv. 35-39: Jesús se adelanta a la luz en la oración, retirándose a un lugar solitario, pero muchos lo siguen, hasta que consiguen encontrarlo. Él los lanza consigo, hacia un ministerio más amplio, que abraza toda la Galilea.

Algunas preguntas

Que pueden ayudar a mis oídos espirituales a escuchar más profundamente y a los ojos de mi corazón a contemplar, hasta encontrar la mirada de Jesús. 

a) Jesús deja la sinagoga para entrar en la casa de Pedro, que se convierte en el centro luminoso de su obra de salvación. Pruebo a seguir el recorrido de Jesús: El llega hasta el sitio más íntimo de la casa, a saber, la alcoba con el lecho. Reflexiono, buscando y mirando, el "camino" que está dentro de mí, casa de Dios. ¿Dejo a Jesús la posibilidad de recorrer este camino hasta el fondo, hasta el corazón? Observo y tomo nota de los gestos de Jesús: Entra rápido, se acerca, toma la mano, levanta. Son términos típicos de la resurrección. ¿No siento al Señor que me dice también a mí:"¡Álzate, resucita, nace de nuevo!"? Noto la insistencia sobre la obscuridad: "ocaso del sol, todavía obscuro" ¿Por qué? ¿Qué significa y qué otros términos pueden añadir a estas expresiones? "Todos delante a la puerta de Jesús" Estoy también yo en medio de aquellos "todos". Me resuena en el corazón aquella palabra de Jesús, que dice: "Llamad y se os abrirá". Pruebo a imaginarme la escena: alzo la mano y llamo a la puerta de Jesús. Él abre. ¿Qué le diré? ¿Y cómo me responderá Él? "Lo conocían". Me pregunto sobre mi relación con el Señor. ¿Lo conozco verdaderamente? ¿O sólo he sentido hablar de Él, como afirma Job? Me miro dentro y pido a Jesús que me ayude en esta relación de descubrimiento, de acercamiento, de comunión y de compartir con Él. Trato de recordar los versículos que puedan ayudarme: "Hazme conocer, Señor, tus caminos", "Muéstrame tu rostro" Jesús ora en un lugar desierto. ¿Tengo miedo de entrar yo también en esta oración, que atraviesa la noche y precede a la luz? ¿Tengo miedo de los tiempos de silencio, de soledad, de compañía a solas con Él? Noto el tiempo imperfecto del verbo "oraba ", que indica una acción calmada, prolongada, profunda. ¿Tiendo, a veces, a huir, a no quererme parar? "Las huellas de Jesús" Es una bella expresión que me recuerda el manuscrito de Santa Teresa del Niño Jesús, donde ella dice que las huellas luminosas de Jesús se hayan diseminadas a lo largo de las páginas del evangelio. Reflexiono. ¿Me he comprometido alguna vez a seguir estas huellas, a veces bien marcadas, a veces casi imperceptibles? ¿Sé reconocerlo, a lo largo de los senderos del tiempo y de la historia de cada día, la mía y la de todos los hombres? ¿Hay una huella especial de Jesús, una impronta indeleble, que haya dejado en la tierra de mi corazón, de mi vida?

b) Hago una pausa sobre los últimos versículos y traigo a la luz los verbos de movimiento, de acción: "Vamos a otro lugar, para predicar, he venido, fue, predicando". Sé que yo también he sido llamado para caminar y hacerme anunciador del amor y de la salvación de Jesús. ¿Estoy dispuesto, con la gracia y la fuerza que viene de esta Palabra que he meditado, a tomar ahora un compromiso concreto, preciso, aunque sea pequeño, de anunciar y evangelizar? ¿Hacia dónde iré? ¿Qué pasos decido dar?

Una clave de lectura

Puedo hacer algunos recorridos de profundidad, que me ayuden a entrar más aun en diálogo con el Señor, escuchando su Palabra. 

·     El paso de la sinagoga a la Iglesia

La sinagoga es la madre, pero la Iglesia es la Esposa. Jesús, que es el Esposo, la revela y nos hace conocer la belleza y el esplendor, que ella nos irradia. Si probamos a seguirlo, en los evangelios, nos damos cuenta que Jesús nos conduce, en un camino de salvación, de la sinagoga a la Iglesia. Marcos, como también Lucas, insiste mucho sobre el nexo que Jesús instaura con la sinagoga, que llega a ser el lugar privilegiado y sagrado de su revelación, el lugar de sus enseñanzas. Leo, por ejemplo, Mc 1,21 y Mc 6,2, o también Lc 4, 16 y 6,6, y también Jn 6,59; durante la pasión, Jesús dirá delante de Pilato que Él siempre ha enseñado abiertamente, en la sinagoga y en templo (Jn 18,20). Pero es además el lugar de las curaciones, donde Jesús se revela como potente Médico, que cura y salva: por ejemplo, en Mc 1, 23 y 3,1: Esta doble acción de Jesús se convierte en el puente a través del cual se pasa a la nueva casa de Dios, casa de oración para todos los pueblos, o sea la Iglesia (Ef 5,25), porque Él es la cabeza (Ef 1, 22; 5,23), con su propia sangre la ha comprado (At 20,28) y no cesa de alimentarla y cuidarla (Ef 5, 29). Ella es el edificio espiritual constituido de piedras vivas, que somos nosotros, como dice San Pedro (1 Pt 2, 4s). La vida surge de nosotros, como agua de la roca, si nos abandonamos en el Señor (Ef 5,24) en un don recíproco de amor y confianza, si perseveramos en la oración insistente y por todos (At 12,5) y si participamos en la pasión del Señor por la humanidad (Col 1,24). La iglesia es la columna y el sostén de la verdad (1 Tim 3,15), es bello caminar en ella, unidos a Cristo el Señor. 

·     La fiebre como signo del pecado

Como dice la misma etimología de la palabra griega, la fiebre es como un fuego que se enciende dentro de nosotros y nos consume de modo negativo, atacando nuestras energías interiores, espirituales, haciéndonos incapaces de cumplir el bien. En el salmo 31, por ejemplo, encontramos una expresión muy elocuente, que puede representar bien la acción de la fiebre del pecado en nosotros: " Tornóse mi vigor en sequedades de estío. Te confesé mi pecado..," (Sal 31,4s). El único modo para ser curados, en efecto, es el ya visto en el evangelio, a saber, la confesión, el llevar delante del Señor nuestro mal. 
El libro de la Sabiduría revela otro aspecto muy importante, allá donde dice que un fuego devorará a aquellos que rechazan conocer al Señor (Sab 16, 16). 
También en el Deuteronomio la fiebre se señala como una consecuencia de la lejanía de Dios, de la dureza del corazón, que no quiere escuchar su voz y seguir sus caminos (cfr. Dt 28, 15.22; 32,24). 

·     Jesús médico misericordioso

Este pasaje del Evangelio, como muchos otros, nos ha hecho encontrar con Jesús, que como verdadero médico y verdadera medicina, se acerca a nosotros para alcanzarnos en los puntos más heridos, más enfermos y traernos su curación, que es siempre salvación. Él es el samaritano, que a lo largo del camino de la vida, nos ve con certeza, con mirada aguda y amorosa y no pasa de largo, sino que se acerca, se inclina, venda las heridas y deja caer sobre ellas la buena medicina que lleva en su corazón. Son muchísimos los episodios en el Evangelio que narran las curaciones obradas por Jesús; puedo buscar algunas, aunque sea limitándome al Evangelio de Marcos: Mc 2,1-12; 3,1-6; 5,25-34; 6,54-56; 724-30; 7, 31-37; 8, 22-26; 10, 46-52: Puede ayudarme en un trabajo para profundizar y confrontar, para meter dentro de mí las características de Jesús, que cura y, así, recibir también yo, a través de la escucha profunda de su Palabra, la curación interior y de todo mi ser. Por ejemplo, hago una parada en los verbos, sobre los gestos específicos que Jesús cumple y que se repiten en muchas de estas narraciones y pongo todavía más a la luz las palabras que Él dice. Me doy cuenta que no son muchos los gestos de Jesús para curar, sino su palabra: "álzate y ve; vete en paz; ve, tu fe te ha salvado" Raramente hace Él gestos especiales que atraigan la atención y que asombren; encuentro estas expresiones: "lo tomó por la mano, llevándolo a parte; puso, impuso las manos". Resuena en estas narraciones, la palabra del salmo que dice: Envió su palabra y los curó (Sal 106, 20). Jesús es el Señor, Áquel que cura, como ya proclamó en el libro del Éxodo (Ex 15,26) y puede serlo porque Él mismo carga sobre si nuestra enfermedad, nuestros pecados: Él es un Médico herido, que nos cura con sus heridas (cfr 1 Pt 2, 24-25). 

·     La tarde, las tinieblas transfiguradas por la luz de Cristo

El tema de la noche, de la obscuridad, de las tinieblas, atraviesa un poco toda la Escritura, desde los primeros versículos, cuando la luz aparece como la primera manifestación de la fuerza del amor de Dios, que crea y salva. A las tinieblas sigue la luz, a la noche el día y paralelamente la Biblia nos hace ver que también a la obscuridad interior que puede invadir al hombre, sigue la luz nueva de la salvación y del encuentro con Dios, del abrazo en aquella mirada suya luminosa que embelesa. "Por ti las tinieblas son como la luz", dice el salmo (138,12) y es verdad, porque el Señor es la misma luz: "El Señor es mi luz y mi salvación" (Sal 26,1). En el Evangelio de Juan, Jesús afirma de si mismo que es la luz del mundo (Jn 9,5), para indicarnos que quien Le sigue no camina entre tinieblas; de hecho, es Él quien, como Palabra de Dios, se convierte en lámpara para nuestros pasos en este mundo (Sal 118,105). 
Las tinieblas son muchas veces asociadas con las sombras de la muerte, por decir que la obscuridad espiritual es igual a la muerte; puedo leer, por ejemplo, el salmo 87, 7; 106,10.14. El brazo fuerte del Señor no teme la obscuridad, sino que en ella Él nos apresa y nos hace salir, rompiendo las cadenas que nos oprimen. "Sea la luz" es una palabra eterna, que Dios no se cansa nunca de pronunciar y que alcanza a todo hombre, en toda situación. 
"Quédate, Señor, con nosotros, porque se hace tarde" (Lc 24,9); es la oración de los dos de Emaús, pero puede ser la oración de todos; así como las palabras de la esposa en el Cántico resuenan también en nuestros labios: "¡Antes que se alarguen las sombras, regresa, o amado mío"! (T 2,17).
San Pablo nos ayuda a hacer un recorrido interior muy fuerte, que nos acerca a Cristo y nos salva del pecado. Así nos invita: "La noche está avanzada, el día está cercano. Arrojemos pues las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz" (Rm 13,12); "Todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día; nosotros no somos de la noche, de las tinieblas (1 Tes 5,5ss.). Pero también de otras muchas maneras la Palabra nos invita a hacernos hijos de la luz, y a exponernos a los rayos del Sol divino, que es Jesús, el Oriente, para ser iluminados y transfigurados. Cuanto más nos apropiemos de la luz de Cristo, tanto más verdad será para nosotros la palabra del Apocalypsis: "No habrá para ellos noche, ni necesitarán de luz de lámpara, ni de luz, ni de sol, porque el Señor Dios los iluminará y reinarán por los siglos de los siglos" (Ap 22,5).

 

Varios

Sigue el texto de Marcos. Vimos a Jesús curando en la sinagoga (Mc 1, 21-27). Hoy entra en Casa de Simón, cura y come, cura a la puerta y sale al campo, un camino ejemplar en tres partes: (1) En pleno día, entra en casa de Simón y cura a la suegra, que le sirve, apareciendo así como la primera seguidora verdadera de Jesús. (2) Al comienzo de la noche, sale ante la puerta de la casa y cura a todos los enfermos y posesos que se acercan, suplicándole una ayuda. (3) Al amanecer del día siguiente, sale al campo abiertopara orar inicia un camino de evangelio por todas la aldeas del entorno, en contra de Simón que le quería convertir en curandero a su servicio, ante su casa. Marcos nos sitúa así ante el Jesús cercano y lejano de este tríptico de amor y de servicio, al favor de la vida. Las cosas no pasaron así, como las cuenta Marcos (él ha compuesto nuestro tríptico); pero el relato recoge el corazón del evangelio, con Jesús y Simón como prot-agonistas y ant-agonistas. No sé si a este Simón se le puede ya tratar como “papa”; pero es evidente que es un signo de aquello que muchos quieren hacer y no hacen.

1) Un sábado en casa de Simón;
curación y servicio de suegra (1, 29-31).

29 Al salir de la sinagoga, se fue inmediatamente a casa de Simón y Andrés, con Santiago y Juan. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Le hablaron en seguida de ella, 31 y él se acercó, la agarró de la mano y la levantó. La fiebre le desapareció y se puso a servirles.

De la sinagoga (ámbito judío) pasamos a la casa (espacio normal de la comunidad cristiana). Jesús viene con sus cuatro discípulos, signo de esperanza escatológica (los cuatro tiempos, los cuatro estaciones), a la casa de Simón, cuya suegra está enferma. No se dice que tenga un espíritu impuro, como el hombre de la sinagoga (cf. 1, 23), sino simplemente calentura (pyressousa: 1, 30), una fiebre que le impide trabajar. Parece impotente; nadie le ayuda. Pero Jesús agarra con fuerza su mano, para levantarla, en gesto y palabra de evocación pascual.

Se completa así la pareja de enfermos primordiales del comienzo de Marcos: el endemoniado de la sinagoga (1,21-27) sometido a la impureza de una enseñanza opresora; la enfebrecida de una casa que parece invadida por varones. Jesús cura a los dos, pero sólo a la mujer la levanta o “resucita”,de manera que ella puede servir en la casa, entendiendo a Jesús, haciéndose “cristiana”.

-- La casa (oikia: 1, 29) es espacio de reunión y grupo familiar, lugar privilegiado de la comunidad (cf. 3, 20.31-35). Estamos en la casa de Simón y Andrés, donde entra Jesús con sus cuatro. Es quizá la casa de pascua donde deberían reunirse las mujeres de la tumba vacía cuando vuelvan a Galilea (cf. 16, 7). Jesús toma la mano de la enferma y la levanta (êgeiren autên: la resucita: 1, 31; cf. 16, 6), para convertirla en servidora. Casa de evocación pascual y servicio mutuo será la iglesia de Jesús. La mujer curada, es la primera cristiana de la historia. Ésta es la casa cristiana de la resurrección y del servicio mutuo, donde el primer “ministro” (obispo o papa) es una mujer. 

-- El sábado (cf. 1, 21). Para los judíos es día sagrado en que nadie se afana en cosa externa (trabajo material). Parece irrelevante que ese día una mujer enferme, pues no tiene labor que realizar entre las obras o trabajos de la casa. El sábado no hay servicio, da igual que la mujer esté enferma. Pues bien, Jesús la toma de la mano y la levanta. Ésta es una experiencia eclesial: superada por Jesús la fiebre (signo de muerte), la enferma se levanta y transforma el sábado en día pascual de servicio a los demás. Jesús no le manda. Es ella la que asume la iniciativa y saca las consecuencias, descubriendo el valor del servicio mutuo, por encima de la sacralidad del sábado judío; sirve, da de comer, actúa a favor de los demás. Ha entendido a Jesús, es cristiana. 

-- Ella les servía (diêkonei autois: 1, 31). La diakonía era el signo primordial de los ángeles de Dios que, en vez de descansar, sirven a Jesús en el desierto (1, 13) y define a las mujeres que al fin del evangelio aparecen como servidoras mesiánica (15, 41). La suegra de Simón interpreta el don que ha recibido; su servicio no se puede entender como trabajo servil de la mujer, bajo el dominio de varones ociosos, sino como verdadero ministerio mesiánico, creador de la nueva familia de Jesús. Por eso, la curada es la primera servidora de Jesús (cf. esquema 6, 4). En el origen de toda obra eclesial se encuentra esta mujer, conforma a Marcos.

La suegra curada y Jesús comparten una misma liturgia.
Él la cura en sábado, levantándola del lecho.
Ella le (les) asiste en gesto que inaugura la nueva sacralidad cristiana del servicio mutuo; nadie se lo ha dicho; no ha tenido que aprender de alguna exégesis rabínica muy alta; ella lo ha sabido al recibir la ayuda de Jesús y al responderle, precisamente en sábado. Su diakonía o servicio en la casa es un anuncio y principio de todo el evangelio. 

Simón y los restantes discípulos no lo entenderán hasta la pascua: no querrán hacerse servidores los unos de los otros (cf. Mc 9, 35; 10, 43), en contra del Hijo del humano, que ha venido a servir y dar la vida por todos (10,45). Ella, en cambio, lo sabe ya: ha superado el judaísmo de los escribas y se ha vinculado a Jesús; en el fondo ya es cristiana diaconisa, servidora de la iglesia reunida en la casa de su yerno.

2. Ante la casa.
Milagros en la noche tras el sábado (Mc 1, 32-34)

Al atardecer, cuando ya se había puesto el sol, le llevaron todos los enfermos y endemoniados. 33 La población entera se agolpaba a la puerta. 34 Él curó entonces a muchos enfermos de diversos males y expulsó a muchos demonios, pero a éstos no los dejaba hablar, pues sabían quién era.

Frente a la sinagoga de los endemoniados surge aquí la iglesia que está a la puerta de la casa de Simón donde en plena calle, al anochecer, se junta la multitud de aquellos que quieren escuchar y ser curados. A la puesta del sol, terminado el descanso inútil de estos judíos (escribas incapaces de curar), las gentes del entorno vienen trayendo ante la casa de Simón a sus enfermos para que Jesús les cure (1, 32-34), pues son muchos los que siguen oprimidos por el mal, endemoniados. Precisamente cuando acaba el sábado judío del culto y el descanso religioso, que no han logrado curar a los enfermos, puede empezar para los pobres el tiempo mesiánico de las curaciones. 

Éste es sin duda un texto irónico; es como si hubiera que esperar el fin del tiempo de la religión (santo sábado) para recibir el don de Dios. Ante la puerta de la casa de Simón se agolpa la ciudad, en culto verdadero de miseria (van trayendo a los enfermos) y esperanza que se expresa a través de la palabra y curaciones de Jesús 

El espacio que está delante de la casa de Pedro puede haberse convertido en una especie de iglesia doméstica, donde se reúnen los cristianos de Cafarnaum. Para los lectores de Marcos, que celebraban su culto en iglesias doméstica, tanto nuestro pasaje como los que describen después a Jesús actuando en casas (cf. Mc 2, 1-2. 15; 3, 20 etc) son muy importantes: muestran la forma en que Jesús manifestó su poder en las casas (ante las casas) durante el tiempo de su ministerio público. De la misma forma se manifiesta ahora Jesús, en las casas ,a través de su presencia continuada en las pequeñas comunidades cristianas. Hemos pasado de la sinagoga (en Mc 1, 21-28) a la casa de Simón (es decir, a la iglesia-doméstica, vinculada a la casa) (en 1, 29-34). 

La población se amontona ante la casa, no ante la sinagoga… Allí, ante la puerta de la casa de Simón, donde ha curado a la suegra, se amontona la gente, esperando las curaciones de Jesús.
Cuando Marcos describe esas curaciones, él añade que Jesús no permitió que los demonios hablaran «porque le conocían». No quiere propaganda, no quiere que los endemoniados revelen su gloria. Quiere curar en gesto silencioso de amor, en gesto fuerte de servicio.
Estamos ante la gran “batalla final”: ha venido Jesús, el Sanador de Dios… y allí en la noche, ante la puerta de Simón, pasado el Sábado judío va curando en silencio, por amor, sin propaganda. Quiere curar, es decir, quiero en bien de los enfermos y posesos, no quieren que le exalten. No hace propaganda, no convierte sus curaciones en un tipo de negocio, al servicio del grupo (como querrá Simón en la escena siguiente).
Así se muestra Jesús, en silencio, al comienzo de la noche, como sanador de Dios, curando, limpiando, abriendo un camino de vida, ante la puerta de Simón, no dentro de su casa… Cura y limpia porque vienen: han oído lo que hace, le buscan, él cura… Así le vemos, creando un nuevo estilo de vida, abriendo una espeanza. 

3.- Aldeas del entorno.
Jesús no es curandero de barrio (1, 35-39)

35 Muy de madrugada, antes del amanecer, se levantó, salió, se fue a un lugar solitario y allí se puso a orar. 36 Simón y los que estaban con él le persiguieron, buscándole 37 Cuando lo encontraron, le dijeron: Todos te buscan.
38 Y les contestó: Vamos a otra parte, a los pueblos vecinos, para predicar también allí, pues para esto he venido.39 Y se fue a predicar en sus sinagogas por toda Galilea, expulsando los demonios.

Marcos no quiere encerrar a Jesús en una casa, no quiere establecerle en un lugar, en contra de Simón y compañeros. Lo propio de Jesús es el mensaje abierto, la misión de reino que él ofrece a su iglesia. Así lo muestra este pasaje, oponiendo los proyectos "eclesiales" de Simón y Jesús.
De la sinagoga (judaísmo) y de la casa de Simón (iglesia) nos conduce el evangelio al servicio misionero. Queda en medio la noche de la división. Se han retirado los enfermos. Jesús y sus discípulos meditan, se dividen en la noche, de forma que al amanecer se enfrentan sus posturas:

a. Jesús, un camino abierto
Jesús se va. Las primeras palabras (kai prôi ennykha lian anastas: y de madrugada, levantándose Jesús...) son como un anuncio de la resurrección (kai lian prôi: y muy temprano...: 16, 2; recordemos que en ambos casos nos hallamos en el día después del sábado: cf. 1, 32; 16, 1 ). Entre la noche y la mañana hay un gran cambio que el pasaje presenta como anastasis, en término de clara evocación pascual: Jesús se levanta, como el día de la resurrección… y se va a otro lugar (cf. 5, 42; 8, 31; 9, 9.31; 10, 34; 12, 18.23; 13, 2). Jesús. Jesús se levanta de mañana (resucita) para orar en un lugar desierto (1, 35). Es como si debiera retornar a la experiencia de encuentro con Dios (Bautismo) y compromiso mesiánico (tentación). No se queda en lo hecho, busca en Dios (en oración y discernimiento) lo que debe hacer.

b: Simón, una oficina de curaciones.
Simón persigue a Jesús, como cabeza de grupo (viene con los suyos: hoi met'autou: 1, 36) apelando a la necesidad de la multitud (todos te buscan: 1, 37). Es el primer enfrentamiento, la primera discusión mesiánica. Simón es signo de una iglesia que quiere utilizar a Jesús para servicio propio, convirtiéndole en curandero doméstico, establecido en su propia casa a la que acuden los necesitados y enfermos del entorno (cf. 1, 33-34).
Simón no quiere servir a los demás, como su suegra, sino servirse de Jesús para su provecho, interpretando en forma egoísta su pesca (1, 16-20). Evidentemente quiere hacerse "dueño" de Jesús, representante de su empresa. Simón necesita que Jesús se quede, instalando una "oficina de curaciones" a la puerta de su casa, para prestigio social y/o económico del grupo: junto a un "dios" o taumaturgo curador siempre ha corrido y crecido la fama, un tipo de negocios.
Lógicamente, Simón sale en busca de Jesús muy de mañana, para organizar su agenda de sanador mesiánico; así aparece como jefe de grupo, encabezando al resto de sus compañeros, que son hoi met'autou (1, 36), en velada y fuerte oposición al auténtico grupo cristiano formado por aquellos a los que Jesús ha llamado para que sean met'autou, con-él, en 3, 14. Es evidente que, conforme a la visión de Mc, "los que están con Simón, dejándose influenciar por él, y Simón mismo, han de pasar a estar con Jesús" (Mateos, Los Doce, 217). Tanto aquí como en 8, 27-31 y 16, 7-8, Mc está suponiendo y pidiendo la conversión de Simón, que tiene que abandonar su proyecto eclesial de mesianismo triunfante (milagros al servicio del grupo) para asumir el mesianismo del Hijo del humano. Planteamiento polémico del tema en J. D. Crossan, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona 1994, 400.

c: Jesús rechaza la propuesta de Simón:
No quiere establecerse en una casa (en una iglesia), para convertirla (convertir su movimiento) en negocio de milagros al que acuden en gesto de esperanza los de lejos y medran, egoístas, los de cerca (1, 38-38). En medio de la noche se ha escapado para orar en soledad de gracia ante Dios; en pleno día inicia un recorrido en el entorno, ofreciendo el don de Dios (kerigma, curaciones) en las sinagogas de los judíos y en Galilea. No quiere encerrarse en una estructura sagrada, fundando otro centro espiritual de sanación entre los centros que ya existen en el mundo (sinagogas, escuelas filosóficas, templos). Dios le ha enviado (exêlthon: he salido, en sentido teológico) para ofrecer el kerigma a los necesitados; para que vayan con él ha llamado a Simón y a los suyos, no para establecerse con ellos (sea en la casa de milagros de Cafarnaum, sea en una iglesia que Simón ha podido establecer en Jerusalén u otro lugar). 

Jesús ora y busca a todos:
Ha vuelto al lugar deshabitado, adecuado para la plegaria (erêmos: 1,35), a fin de iniciar allí un trabajo generoso, universal, para bien de los enfermos. No deja que los suyos le encierren, manipulando su misión a partir del éxito logrado ((todos vienen...!). Toma distancia (encuentro con Dios), en soledad de tiempo (noche) y espacio (desierto), para redescubrir y recrear su entrega por el reino. Por eso, cuando Simón y los suyos pretenden encerrarle en el círculo cómodo y estrecho de lo ya sabido (como a un curandero doméstico y domesticado), desde la hondura de su propia libertad mesiánica, abre su camino hacia los necesitados del entorno.
No ha caído en la tentación del éxito, no se ha dejado llevar por la inmediatez del triunfo; no ha creado una casa eclesial de milagros sino que ha ofrecido su poder de curación y/o de palabra a los más necesitados del entorno. Ciertamente, Jesús aparece también a veces en la casa, dejado que los necesitados le busquen. Pero no ha querido establecerse en una casa fija (Vaticano o Almudena), con lo que eso implica de institucionalización. Él es ante todo un misionero, alguien que busca a los necesitados, dejando que ellos le encuentren. Quizá podamos llamarle un experto en libertad y comunicación, en apertura de palabra y curaciones. 

Simón tienta, quiere instalarse:
Simón ha dejado las redes, pero quiere hacerse administrador de las curaciones de Jesús. Es evidente que habría salido ganando: sería el "gerente del negocio de Jesús". Pues bien, frente a ese riesgo de institucionalización eclesial (grupal: de Simón y los que estaban con-él) instaura Jesús su camino de fuerte gratuidad. No busca el honor propio, al servicio de un grupo, no establece en su casa (casa de Simon) un santuario de sagradas curaciones; no funda un negocio de reino. Por eso ha rechazado el proyecto de Simón; no ha construido una casa de superioridad religiosa sobre los demás.
No es casual que el primer tentador de Jesús sea Simón, cabeza de grupo de aquellos que olvidan su oficio de "pescadores" para volverse opresores de la casa mesiánica. En esta perspectiva, al menos en cierto nivel, el Pedro de Mc representa a la iglesia judeocristiana que quiere "encerrar a Jesús en una casa" (en Jerusalén), sin asumir la apertura pascual, universal, de Galilea (cf. 16, 7-8): Cf. W. Tyson, The Blindness of the Dissciples in Mark, JBL 80 (1961) 261-268; A. Rodríguez, La figura de Pedro en el evangelio de Marcos, en R. Aguirre (ed.), Pedro en la iglesia primitiva, EVD, Estella 1991, 29-42.

 


 

DOMINGO QUINTO

 

Soy presa de la inquietud hasta la aurora

Lectura del libro de Job     7, 1-4. 6-7

Job habló diciendo:
¿No es una servidumbre la vida del hombre sobre la tierra?
      ¿No son sus jornadas las de un asalariado?
Como un esclavo que suspira por la sombra, 

como un asalariado que espera su jornal,
así me han tocado en herencia meses vacíos, 

me han sido asignadas noches de dolor.
Al acostarme, pienso: «¿Cuándo me levantaré?»
Pero la noche se hace muy larga
      y soy presa de la inquietud hasta la aurora.
Mis días corrieron más veloces que una lanzadera:
      al terminarse el hilo, llegaron a su fin.
Recuerda que mi vida es un soplo
      y que mis ojos no verán más la felicidad.

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 146, 1-6


R.
 Alaben al Señor, que sana a los afligidos.

¡Qué bueno es cantar a nuestro Dios,
qué agradable y merecida es su alabanza!
El Señor reconstruye a Jerusalén
y congrega a los dispersos de Israel. 
R.

Sana a los que están afligidos
y les venda las heridas.
Él cuenta el número de las estrellas
y llama a cada una por su nombre. 
R.

Nuestro Señor es grande y poderoso,
su inteligencia no tiene medida.
El Señor eleva a los oprimidos
y humilla a los malvados hasta el polvo. 
R.

 

¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     9, 16-19. 22-23

    Hermanos:
    Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!
    Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión.
    ¿Cuál es entonces mi recompensa? Predicar gratuitamente el Evangelio, renunciando al derecho que esa Buena Noticia me confiere.
    En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio.
    Y todo esto, por amor a la Buena Noticia, a fin de poder participar de sus bienes.

Palabra de Dios.


ALELUIA    Mt 8, 17

Aleluia.
Cristo tomó nuestras debilidades
y cargó sobre sí nuestras enfermedades.
Aleluia.


EVANGELIO

Sanó a muchos, que sufrían diversos males

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     1, 29-39

    Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
    Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era Él.
    Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
    Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando».
    Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido».
    Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra del Señor.


 

V DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Sal 94, 6-7
Vengan, inclinémonos para adorar a Dios,
doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó; porque él es nuestro Dios.

Oración colecta
Dios nuestro, cuida a tu familia con incansable bondad,
y, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza,
defiéndela siempre con tu protección.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Señor y Dios nuestro,
que has creado los frutos de la tierra
para sostener nuestra fragilidad,
haz que estos dones se conviertan en sacramento de vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Sal 106, 8-9
Den gracias al Señor por su misericordia
y por sus maravillas en favor de los hombres,
porque Él sació a los que sufrían sed
y colmó de bienes a los hambrientos.

O bien:     Mt 5, 4.6
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia,
porque serán saciados.

Oración después de la comunión
Señor, que nos hiciste compartir el mismo pan y el mismo cáliz,
concédenos vivir de tal manera que, unidos en Cristo,
demos fruto con alegría para la salvación del mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


 

IV
Jesús, que pasó haciendo el bien

1. La siguiente forma de esta Plegaria eucarística puede usarse convenientemente con los formularios de las Misas, por ejemplo, por los prófugos y exiliados, en tiempo de hambre o por los que padecen hambre, por los que nos afligen, por los cautivos, por los encarcelados, por los enfermos, por los moribundos, para pedir la gracia de una buena muerte, en cualquier necesidad.

         V.
 El Señor esté con ustedes.
         R. Y con tu espíritu.

         V. Levantemos el corazón.
         R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

         V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
         R. Es justo y necesario.

CP
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Padre misericordioso y Dios fiel:

Porque nos diste como Señor y redentor nuestro
a tu Hijo Jesucristo.

Él siempre se mostró misericordioso
con los pequeños y los pobres
con los enfermos y los pecadores,
y se hizo cercano a los oprimidos y afligidos.

Él anunció al mundo, con palabras y obras,
que tú eres Padre
y que cuidas de todos tus hijos.

Por eso, con los Ángeles y todos los Santos,
te alabamos, te bendecimos,
y cantamos sin cesar
el himno de tu gloria:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

2. El sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CP

Santo eres en verdad y digno de gloria,
Dios que amas a los hombres,
que siempre estás con ellos en el camino de la vida.
Bendito es, en verdad, tu Hijo,
que está presente en medio de nosotros
cuando somos congregados por su amor,
y como hizo en otro tiempo con sus discípulos,
nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.

3. Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:

CC
Por eso te rogamos, Padre misericordioso,
que envíes tu Espíritu Santo
para que santifique estos dones de pan y vino,

Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan para nosotros
en el Cuerpo y 
+ la Sangre

Junta las manos.
de Jesucristo,  nuestro Señor.

4. En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.
Él mismo, la víspera de su Pasión,
en la noche de la Última Cena,

Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan, te bendijo, lo partió
y se lo dio a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.


Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora, haciendo genuflexión.

5. 
Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,

Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz,
te dio gracias
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:

Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.


Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora, haciendo genuflexión.

6. 
Luego dice:
CP

Éste es el Misterio de la fe.

O bien:
Éste es el Sacramento de nuestra fe.

Y el pueblo prosigue, aclamando:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!

 

7. Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:

CC

Por eso, Padre Santo,
al celebrar el memorial de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador,
a quien por su pasión y muerte en cruz
llevaste a la gloria de la resurrección y lo sentaste a tu derecha,
anunciamos la obra de tu amor, hasta que él venga, y nuestro obispo 
y te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de bendición.

Mira con bondad la ofrenda de tu Iglesia,
en la que se hace presente el sacrificio pascual de Cristo
que se nos ha confiado,
y concédenos, por la fuerza del Espíritu de tu amor,
ser contados ahora y por siempre
entre en número de los miembros de tu Hijo,
cuyo Cuerpo y Sangre comulgamos.

C1
Lleva a tu Iglesia, Señor,
a la perfección en la fe y en la caridad,
con nuestro papa 
N., y nuestro Obispo N.*

con los demás obispos, presbíteros y diáconos,
y todo tu pueblo.

Abre nuestros ojos
para que conozcamos las necesidades de los hermanos;
inspíranoslas palabras y las obras
para confortar a los que están cansados y agobiados;
haz que podamos servirlos con sinceridad,
siguiendo el ejemplo y el mandato de Cristo.
Que tu Iglesia sea un vivo testimonio
de verdad y libertad,
de paz y justicia,
para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza.

C2
Acuérdate de nuestros hermanos 
(N. y N.),
que se durmieron en la paz de Cristo
y de todos los difuntos,
cuya fe sólo tú conociste:
admítelos a contemplar la luz de tu rostro
y dales la plenitud de la vida en la resurrección.

Y, terminada nuestra peregrinación por este mundo,
concédenos, también,
llegar a la morada eterna
donde viviremos siempre contigo
y allí, con santa María, la Virgen Madre de Dios,
con los apóstoles y los mártires,
(con san N. santo del día o patrono)
y en comunión con todos los santos,
te alabaremos y te glorificaremos

Junta las manos.
por Jesucristo, Señor nuestro.

8. Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva, y dice:
CP o CC
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.

El pueblo aclama:
Amén.

Después sigue el rito de la Comunión.

 

 

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