Domingo 2º de Cuaresma

 Liturgia Viva del Domingo 2º de Cuaresma - Ciclo B

Saludo (Ver Segunda Lectura)

"Dios no perdonó a su propio Hijo,
sino que lo entregó para beneficiarnos a todos".
Prefirió que muriera su Hijo, 
antes que renunciar a su amor por los hombres.
Ese Jesús está ahora con nosotros, 
como la garantía del amor de Dios.
Que Jesús, el Señor, esté siempre con ustedes.


Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)

1.           Cruz y Gloria


Cuando estamos sufriendo, nos produce felicidad oír una palabra de preocupación y de ánimo. Es una experiencia feliz cuando, en medio de nuestras cuestiones y problemas, nos llega un rayo de luz que levanta nuestro ánimo y nos asegura que Jesús viene con nosotros en nuestro fatigoso caminar. Nos resulta reconfortante, durante el tiempo de Cuaresma, el hecho de que Jesús mismo, en el misterio de la Transfiguración, nos dé una visión fugaz anticipada de su victoria en Pascua. Todo eso es maravilloso y queremos que dure, pero como Pedro y con Jesús tenemos que volver a las realidades de la vida. Pero Jesús está todavía, siempre, con nosotros, aun cuando no estemos conscientes de ello. 

 

2.           En la montaña… de Momento


Seguimos nuestra aventura a través de la Cuaresma. ¿A dónde nos conducirá el camino? A Jesús, el camino le llevó a Jerusalén, a la cruz. Nosotros, con Jesús, tenemos que cargar con nuestra cruz; pero sabemos también que con Jesús la meta no será la muerte, sino la vida, no el sufrimiento, sino la resurrección. Este consuelo nos parece exiguo, a veces; pero para el cristiano es real. No tenemos que pedir sufrimiento; pero, cuando venga, lo tomamos, como Jesús, por amor a Dios y a los hermanos. Por eso, de nuevo como Jesús, vemos en la montaña una visión que nos anima. Dios está con nosotros, él nos ve, y nos ama. Nosotros nos fiamos de él.

 


Acto Penitencial


Nuestros caminos no son siempre los caminos del Señor. 
Pidámosle a Jesús, el Señor, que nos perdone y que transforme nuestras vidas.
(Pausa)

·                Señor Jesús, en nuestra aflicción y en nuestras pruebas seguimos confiando en ti:

R/. Señor, ten piedad de nosotros.

·                Cristo Jesús, nosotros somos tus siervos. Nos has liberado de las amarras del pecado:

R/. Cristo, ten piedad de nosotros.

·                Señor Jesús, tú eres el Hijo amado del Padre. Queremos escucharte, acogerte y seguirte: 

R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdónanos todos nuestros pecados.
Muéstranos la luz de tu rostro y llévanos a la vida eterna. 



Oración Colecta

 

Oremos al Padre
que la luz de Cristo resplandezca sobre nosotros.
(Pausa)
Oh Padre amoroso:
Durante un breve tiempo
transfiguraste y glorificaste a tu Hijo en el monte Tabor
para animarle a llevar a cabo su misión
y para fortalecer a sus discípulos.
Que la presencia de Jesús aquí con nosotros,
en esta nuestra eucaristía,
y las palabras que él nos dirige
nos transformen y nos den luz y fuerza
para tomar con responsabilidad nuestra misión en la vida
y para aliviar la carga de nuestros hermanos y hermanas,
hasta que nos transformes a imagen y semejanza suya
en la luz eterna de tu gloria.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.


Primera Lectura (Gn 22,1-2, 9-13, 15-18): Sin Rehusar Nada a Dios
Como hombre de fe profunda, Abrahán estaba dispuesto a sacrificar su propio hijo a Dios. Pero el Dios de la vida le devolvió su hijo como señal de la Alianza.

Segunda Lectura (Rm 8,31-34): Dios Sacrificó a Su Propio Hijo por Nosotros
Dios no quiso ahorrarle a su propio Hijo la cruz y la muerte, sino que las permitió para que fueran el camino de Jesús hacia su victoria y la fuente de la nuestra.

Evangelio (Mc 9,2-10): Antes de la Cruz, una Visión Fugaz de Gloria
Jesús y sus apóstoles más íntimos experimentan un vislumbre de la gloria que Jesús mismo gozará en su resurrección. Esta visión fugaz les mantendrá durante la pasión del Señor.


Oración de los Fieles


    Dios no ha ahorrado el sufrimiento a su propio Hijo. Nosotros podemos estar seguros de que, después de semejante don, él no nos rehusará nada de lo que puede darnos. Con fe oramos a nuestro Padre diciéndole:


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo confianza de que Dios está también cercano a nosotros en nuestra más profunda soledad y en todas nuestras pruebas, roguemos al Señor.


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo valor y constancia, para que sigamos obrando lo que es recto y bueno, aun cuando ello exija dolor y esfuerzo, roguemos al Señor.


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo manos y corazones abiertos, dispuestos a ayudar a todos los que sufren, roguemos al Señor.


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo paz, que sólo Dios puede dar y que aleja todos los miedos y vacilaciones, roguemos al Señor.


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo solidaridad y cooperación en nuestras comunidades cristianas y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, roguemos al Señor.


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Pidiendo fe confiada en que no estamos perdidos en la muerte, sino salvados con Cristo en las manos de Dios. 


R/. ¡Escucha a tu pueblo, Señor!

Señor, si tú estás a nuestro lado, ¿quién puede estar contra nosotros? Tu Hijo Jesús intercede por nosotros. Escúchanos y escúchale a él, ahora y por los siglos de los siglos.


Oración de Ofertorio

 

Señor Dios nuestro:
Te presentamos ahora este pan y este vino.
Transfórmalos en Jesús, tu Hijo,
y ayúdanos a ver, más allá de las apariencias,
a aquél que es nuestra fuerza y alegría
y nuestro camino que nos une entre hermanos.
Te lo pedimos por medio del mismo Jesucristo, nuestro Señor.


Introducción al Padrenuestro

Oremos con toda confianza
la oración de Jesús, nuestro Señor,
que intercede por nosotros ante el Padre.
R/. Padre nuestro…



Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todo pecado
y libéranos del temor al cambio
y a hacernos más semejantes a tu Hijo.
Líbranos de nuestros intereses personales
y abre nuestros ojos a las necesidades de los hermanos.
Ayúdanos a trabajar sin miedo
Por un mundo donde tus hijos puedan vivir, reír y ser felices,
y prepararse con esperanza
para la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Porque tuyo es el reino…


Invitación a la Comunión

Éste es Jesucristo, el Señor.
Recibámoslo con fe
y que su Espíritu nos guíe
para cuidarnos los unos de los otros.
R/. Señor, no soy digno…

 


Oración después de la Comunión

 

Señor Dios y Padre nuestro:
Junto con los apóstoles,
y con los ojos de la fe, 
hemos visto a tu Hijo transfigurado
Que él nos fortalezca a nosotros también 
para afrontar las realidades y dificultades de la vida
y a comprometernos con mayor audacia 
a animar y alegrar la vida de nuestros hermanos con fe y amor
y para aliviar sus pesadas cargas.
Otórganoslo por medio de Jesucristo nuestro Señor.


Bendición

Hermanos: No hay nada en el mundo
que nos prevenga de aceptar el dolor de la renovación,
de la transfiguración, es decir, de la transformación,
en nosotros mismos, así como en la Iglesia que amamos,
y en el mundo que nos rodea,
ya que Dios está de nuestro lado
y Jesús permanece con nosotros.
Que Dios nos bendiga,
para que logremos ser bendición para todos.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros
y nos acompañe siempre. 

 

 

 

¡Qué bien se está aquí!

 

 

Después del desierto, en la segunda semana de Cuaresma, la Transfiguración. Cada año, la Liturgia arroja un rayo de luz, antes de pasar por la cruz. En la montaña, en un lugar apartado, donde se manifiesta Dios.

En el caso de las lecturas de este domingo, me parece que nosotros jugamos con ventaja. Sabemos lo que va a pasar, antes de que suceda. El relato de Abrahán da cierta ventaja a los lectores frente al mismo Abrahán, pues desde el primer versículo sabemos que se trata de una prueba: “Dios quiso probar a Abrahán...” A la persona que amamos podemos entregarle lo que más queremos. Abrahán amaba al Señor hasta tal punto que llegó incluso a pensar en ofrecerle su primogénito, el hijo que amaba más que a la misma vida.

Los dioses de la región donde vivía Abrahán exigían sacrificios humanos, especialmente del primogénito. Para Abrahán, siendo un hombre de fe, la petición de Dios no debió resultarle extraña, sino contradictoria, dado que pedía la vida del hijo de la promesa. ¿Qué es lo que realmente quiere Dios? Se trata de una prueba formativa. Dios quiere que Abrahán abandone definitivamente los dioses que exigen la muerte de sus hijos y crea en el Dios que no acepta sacrificios humanos porque es el Dios de la Vida. La fe y la obediencia en este Dios le permiten a Abrahán ganar su vida y la de los demás, una vida bendecida y multiplicada como las estrellas del cielo.

También tenemos ventaja frente a los contemporáneos de Jesús. Sólo unos pocos elegidos pudieron verle en todo el esplendor de su gloria. Y escuchar esas ocho palabras de Dios. Nosotros hemos escuchado también esas palabras. Y son esas ocho palabras («Éste es mi hijo, el amado, mi predilecto») las que nos revelan la verdad de Jesús, la dimensión más profunda de su ser, el sentido de todo lo que hace y dice. Jesús es ese hijo que ejerce como tal, que vive la relación filial colmadamente. Relación filial que significa apertura a esa dimensión teologal de toda vida humana, plena confianza en Dios porque de Él es imposible que nos venga algo malo, abandono en las manos de Dios, actitud de adoración, entrega y disponibilidad absoluta, obediencia a veces muy dura, pero radical, hasta el punto de llevarlo a la aceptación de la muerte que sufrió.

Después de escuchar la voz de Dios, los discípulos miran a su alrededor y ven solo a Jesús, la única luz que permanecerá encendida al bajar del monte y acercarse a la oscuridad de Jerusalén. ¿Cómo sobrevivir a los momentos de oscuridad que tenemos en nuestras familias, cómo salir de la oscuridad de un mundo lleno de injusticia, exclusión y violencia, si no es teniendo a la mano la luz de Cristo, una luz segura y firme para llegar al amanecer de la Pascua? El silencio que ordena Jesús a los tres discípulos es una manera de decirles que todos los acontecimientos terrenos que viven ahora sólo serán perfectamente comprensibles después de la resurrección. Sólo después contarán todo lo que han visto y oído. Una Buena Noticia que seguimos anunciando con fe y con alegría, con nuestras palabras y sobre todo con nuestras vidas.

"¡No contéis a nadie la visión!" He aquí un secreto sorprendente que tiene una fecha de caducidad más sorprendente aún: ¡hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos! Los tres apóstoles, Pedro, Santiago y Juan, son agraciados con la revelación más insospechada: Jesús les manifiesta su interioridad, su misterio. ¡Es el Hijo amado, único, del Padre Dios! El Padre dice que escuchen sus palabras, que contemplen su belleza, que profundicen en su misterio. Jesús estaba transfigurado, al revelar toda la Luz que lo habitaba. Los tres amigos recibieron la gracia de la mirada y vieron aquello ante lo que habían sido ciegos. Más aún: descubrieron que Moisés y Elías -los grandes padres del Pueblo- eran amigos íntimos de Jesús. Quedaron sorprendidísimos. Pedro estaba fuera de sí: ¡Qué bien se está aquí! Quiso establecerse en esa felicidad. ¡Hagamos tres tiendas! En el fondo quería hacer un límite para solo privilegiados. Poner cerco a la felicidad para disfrutarla ellos sólos.

Pero Jesús endereza las cosas. Les dice que tienen vocación de aventureros. Que es necesario descender. Seguir el camino sin pararse hasta llegar a la montaña de la muerte y de la Resurrección. Les anuncia que habrá resurrección de entre los muertos y que la vida tiene un segundo tiempo decisivo. Esa es nuestra vocación, seguir a la escucha de lo que Dios quiere de nosotros.

Así pues, en esta Palabra de hoy, recibimos tres invitaciones. Si las secundamos, nos harán más sabios, más libres, más luminosos.

La primera invitación va dirigida a Pedro, Santiago y Juan, y viene dirigida a todos los que con ellos somos discípulos de Jesús: es una invitación a escuchar a Jesús. Porque él sabe muy bien lo que se dice, sabe muy bien lo que nos dice. Tiene palabras de vida que nos harán más sabios, nos darán más luz, nos sensibilizarán más a los verdaderos valores.

La segunda invitación tiene por destinatario a Abraham, y en él a nosotros, los hijos de Abraham. Se nos estimula a obedecer a Dios. ¿Estamos seguros de que no convendría que nos desengancháramos de algo? Ciertos apegos y querencias que generan en nosotros «dependencias negativas»; tierras de ídolos; demonios familiares. Acaso abrirnos a lo nuevo. Quizá sea el momento de emprender una nueva etapa en nuestro camino humano y creyente. Si esta es la ocasión, no la dejemos pasar.

La tercera invitación, “tomar parte en los trabajos del evangelio”. Irradiar nuestra fe, con sencillez, con buen ánimo. Si hemos experimentado la gracia, el amor de Dios que se nos ha hecho presente y comunicado en Jesús, dejemos que esta gracia se manifieste al exterior. Seamos signos, seamos luz.

Decía al principio que llevamos ventaja frente a Abrahán, y frente a los que vivieron con Jesús. Sabemos el final de ambas historias. Y en lo alto de la montaña se estaba bien, con Jesús, Moisés y Elías. Pero que muy bien. Pero no es nuestro destino final. Hay más estaciones en el camino. Hay que seguir la marcha. Hemos recibido una vocación. Reconocer la vocación propia puede llevar al temor. Uno siempre se siente indigno, impreparado, incapaz. Pero Dios, lo que quiere, lo hace. Nadie es llamado para disfrutar sólo de Dios. Somos llamados para contar la Visión, pero el día prefijado por Aquél que nos envía. Antes de la cruz, unos pocos vieron la gloria de Dios. A nosotros, la muerte y resurrección de Cristo nos ha dado una “visión superior” del mundo y de la historia. La Luz que nos habita irá poco a poco iluminando el mundo y llenándolo de vida. Sigamos con los ojos abiertos, para no perderla.

 

 

EVANGELIO

 

Éste es mi Hijo amado.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 9, 2-10

 

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo.

 

Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:  - «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Ellas.»

 

Estaban asustados, y no sabía lo que decía.

 

Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube:

 

- «Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»

 

De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.

 

Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó:

 

- «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»

 

Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».

 

Palabra de Dios.

 

 

 

 

LIBERAR LA FUERZA DEL EVANGELIO

 

El relato de la "Transfiguración de Jesús" fue desde el comienzo muy popular entre sus seguidores. No es un episodio más. La escena, recreada con diversos recursos de carácter simbólico, es grandiosa. Los evangelistas presentan a Jesús con el rostro resplandeciente mientras conversa con Moisés y Elías.

 

Los tres discípulos que lo han acompañado hasta la cumbre de la montaña quedan sobrecogidos. No saben qué pensar de todo aquello. El misterio que envuelve a Jesús es demasiado grande. Marcos dice que estaban asustados.

 

La escena culmina de forma extraña: «Se formó una nube que los cubrió y salió de la nube una voz: “Este es mi Hijo amado. Escuchadlo”». El movimiento de Jesús nació escuchando su llamada. Su Palabra, recogida más tarde en cuatro pequeños escritos, fue engendrando nuevos seguidores. La Iglesia vive escuchando su Evangelio.

 

Este mensaje de Jesús, encuentra hoy muchos obstáculos para llegar hasta los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Al abandonar la práctica religiosa, muchos han dejado de escucharlo para siempre. Ya no oirán hablar de Jesús si no es de forma casual o distraída.

 

Tampoco quienes se acercan a las comunidades cristianas pueden apreciar fácilmente la Palabra de Jesús. Su mensaje se pierde entre otras prácticas, costumbres y doctrinas. Es difícil captar su importancia decisiva. La fuerza liberadora de su Evangelio queda a veces bloqueada por lenguajes y comentarios ajenos a su espíritu.

 

Sin embargo, también hoy, lo único decisivo que puede ofrecer la Iglesia a la sociedad moderna es la Buena Noticia proclamada por Jesús, y su proyecto humanizador del reino de Dios. No podemos seguir reteniendo la fuerza humanizadora de su Palabra.

 

Hemos de hacer que corra limpia, viva y abundante por nuestras comunidades. Que llegue hasta los hogares, que la puedan conocer quienes buscan un sentido nuevo a sus vidas, que la puedan escuchar quienes viven sin esperanza.

 

Hemos de aprender a leer juntos el Evangelio. Familiarizarnos con los relatos evangélicos. Ponernos en contacto directo e inmediato con la Buena Noticia de Jesús. En esto hemos de gastar las energías. De aquí empezará la renovación que necesita hoy la Iglesia.

 

Cuando la institución eclesiástica va perdiendo el poder de atracción que ha tenido durante siglos, hemos de descubrir la atracción que tiene Jesús, el Hijo amado de Dios, para quienes buscan verdad y vida. Dentro de pocos años, nos daremos cuenta de que todo nos está empujando a poner con más fidelidad su Buena Noticia en el centro del cristianismo.

 

 

NO CONFUNDIR A NADIE CON JESÚS

 

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

Según el evangelista, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan, los lleva aparte a una montaña, y allí «se transfigura delante de ellos». Son los tres discípulos que, al parecer, ofrecen mayor resistencia a Jesús cuando les habla de su destino doloroso de crucifixión.

 

Pedro ha intentado incluso quitarle de la cabeza esas ideas absurdas. Los hermanos Santiago y Juan le andan pidiendo los primeros puestos en el reino del Mesías. Ante ellos precisamente se transfigurará Jesús. Lo necesitan más que nadie.

 

La escena, recreada con diversos recursos simbólicos, es grandiosa. Jesús se les presenta «revestido» de la gloria del mismo Dios. Al mismo tiempo, Elías y Moisés, que según la tradición, han sido arrebatados a la muerte y viven junto a Dios, aparecen conversando con él. Todo invita a intuir la condición divina de Jesús, crucificado por sus adversarios, pero resucitado por Dios.

 

Pedro reacciona con toda espontaneidad: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No ha entendido nada. Por una parte, pone a Jesús en el mismo plano y al mismo nivel que a Elías y Moisés: a cada uno su tienda. Por otra parte, se sigue resistiendo a la dureza del camino de Jesús; lo quiere retener en la gloria del Tabor, lejos de la pasión y la cruz del Calvario.

 

Dios mismo le va a corregir de manera solemne: «Éste es mi Hijo amado». No hay que confundirlo con nadie. «Escuchadle a él», incluso cuando os habla de un camino de cruz, que termina en resurrección.

 

Sólo Jesús irradia luz. Todos los demás, profetas y maestros, teólogos y jerarcas, doctores y predicadores, tenemos el rostro apagado. No hemos de confundir a nadie con Jesús. Sólo él es el Hijo amado. Su Palabra es la única que hemos de escuchar. Las demás nos han de llevar a él.

 

Y hemos de escucharla también hoy, cuando nos habla de «cargar la cruz» de estos tiempos. El éxito nos hace daño a los cristianos. Nos ha llevado incluso a pensar que era posible una Iglesia fiel a Jesús y a su proyecto del reino, sin conflictos, sin rechazo y sin cruz. Hoy se nos ofrecen más posibilidades de vivir como cristianos «crucificados». Nos hará bien. Nos ayudará a recuperar nuestra identidad cristiana.

 

 

ESCUCHAR

 

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

Cada vez tenemos menos tiempo para escuchar. No sabemos acercamos con calma y sin prejuicios al corazón del otro. No acertamos a escuchar el mensaje que todo ser humano nos puede comunicar. Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenemos a escuchar realmente a nadie. Se nos está olvidando el arte de escuchar.

 

Por eso, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado, en buena parte, que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Más aún. Sólo desde esta escucha nace la verdadera fe cristiana.

 

Según el evangelista Marcos, cuando en la «montaña de la transfiguración» los discípulos se asustan al sentirse envueltos por las sombras de una nube, sólo escuchan estas palabras: «Este es mi Hijo amado: escuchadle a él».

 

La experiencia de escuchar a Jesús hasta el fondo puede ser dolorosa, pero apasionante. No es el que nosotros habíamos imaginado desde nuestros esquemas y tópicos piadosos. Su misterio se nos escapa. Casi sin damos cuenta, nos va arrancando de seguridades que nos son muy queridas, para atraernos hacia una vida más auténtica.

 

Nos encontramos, por fin, con alguien que dice la verdad última. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Algo nos dice desde dentro que tiene razón. En su vida y en su mensaje hay verdad.

 

Si perseveramos en una escucha paciente y sincera, nuestra vida empieza a iluminarse con una luz nueva. Comenzamos a verlo todo con más claridad. Vamos descubriendo cuál es la manera más humana de enfrentarnos a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta de los grandes errores que podemos cometer los humanos, y de las grandes infidelidades de los cristianos.

 

Tal vez, hemos de cuidar más en nuestras comunidades cristianas la escucha fiel a Jesús. Escucharle a él nos puede curar de cegueras seculares, nos puede liberar de desalientos y cobardías casi inevitables, puede infundir nuevo vigor a nuestra fe.

 

 

NUEVA IDENTIDAD

 

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

Para ser cristiano, lo importante no es qué cosas cree una persona sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.

 

En las fuentes cristianas se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible hoy reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Sólo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos pues, entre otras cosas, les animaba a creer sólo en Jesús.

 

La escena se sitúa poéticamente en una «montaña alta». Jesús está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Sólo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Éste es mi Hijo querido. Escuchadle a él».

 

Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más vital y honda con Jesucristo. Sólo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la Iglesia.

 

Sólo esta comunión creciente con Jesús va transformando nuestra identidad y nuestros criterios, va cambiando nuestra manera de ver la vida, nos va liberando de las imposiciones de la cultura, va haciendo crecer nuestra responsabilidad.

 

Desde Jesús podemos vivir de manera diferente. Ya las personas no son simplemente atractivas o desagradables, interesantes o sin interés. Los problemas no son asunto de cada cual. El mundo no es un campo de batalla donde cada uno se defiende como puede. Nos empieza a doler el sufrimiento de los más indefensos. Podemos vivir cada día haciendo un mundo un poco más humano. Nos podemos parecer a Jesús.

 

 

MIEDO

 

Éste es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

Probablemente es el miedo lo que más paraliza a los cristianos en el seguimiento fiel a Jesucristo. En la Iglesia actual hay pecado y debilidad, pero hay, sobre todo, miedo a correr riesgos; hemos comenzado el tercer milenio sin audacia para renovar creativamente la vivencia de la fe cristiana. No es difícil señalar alguno de estos miedos.

 

Hay miedo a lo nuevo como si «conservar el pasado» garantizara automáticamente la fidelidad al Evangelio. Es cierto que el concilio Vaticano II afirmó de manera rotunda que en la Iglesia ha de haber «una constante reforma» pues «como institución humana la necesita permanentemente». Sin embargo, no es menos cierto que lo que mueve en estos momentos a la Iglesia no es tanto un espíritu de renovación como un instinto de conservación.

 

Hay miedo para asumir las tensiones y conflictos que lleva consigo el buscar la fidelidad al Evangelio. Nos callamos cuando tendríamos que hablar; nos inhibimos cuando deberíamos intervenir. Se prohíbe el debate de cuestiones importantes para evitar planteamientos que pueden inquietar; se promueve la adhesión rutinaria que no trae problemas ni disgusta a la jerarquía.

 

Hay miedo a la investigación teológica creativa. Miedo a revisar ritos y lenguajes litúrgicos que no favorecen hoy la celebración viva de la fe. Miedo a hablar de los «derechos humanos» dentro de la Iglesia. Miedo a reconocer prácticamente a la mujer un lugar más acorde con el espíritu de Cristo.

 

Hay miedo a anteponer la misericordia por encima de todo, olvidando que la Iglesia no ha recibido el «ministerio del juicio y la condena», sino el «ministerio de la reconciliación» (2 Cor 5, 18). Hay miedo a acoger a los pecadores como lo hacía Jesús. Difícilmente se dirá hoy de la Iglesia que es «amiga de pecadores», como se decía de su Maestro.

 

Según el relato evangélico, los discípulos caen por tierra «llenos de miedo» al oír una voz que les dice: «Este es mi Hijo amado... escuchadlo». Da miedo escuchar sólo a Jesús. Es el mismo Jesús quien se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Sólo el contacto vivo con Cristo nos podría liberar de tanto miedo.

 

 

DÓNDE APOYARNOS

 

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

El teólogo alemán H. Zahrnt estudia en uno de sus libros (La búsqueda de Dios. Diálogo teológico entre fe e indiferencia, 1989) tres momentos culturales en la historia de Occidente. A finales de la civilización antigua, la sociedad estaba angustiada por la fatalidad de la muerte: «quién me podrá liberar de mi destino mortal?» Al terminar la Edad Media, las gentes vivían atormentadas, sobre todo, por el pecado y la condenación eterna: «¿lograré alcanzar la salvación?» Hoy, cuando el segundo milenio llega a su fin, el hombre moderno aparece turbado, sobre todo, por el vacío y el sinsentido de la existencia: «,qué sentido puedo darle a mi vida?»

 

Ciertamente, también hoy preocupan la culpa y la muerte, pero no constituyen el primer problema de la persona mientras recorre su vida. Ya no inquietan como en el pasado el perdón del pecado o la salvación eterna. Lo que el hombre de hoy anhela es vivir de manera plena y dichosa. Pero, ¿qué ha de hacer la humanidad para orientarse hacia la felicidad verdadera?, ¿en qué se puede apoyar?

 

De la vida se puede decir lo mismo que de una casa: los cimientos son más importantes que el edificio. No basta construir el «edificio de la existencia» asegurando el alimento, la salud, el desarrollo o el bienestar. Por mucho que cuidemos todo esto (y hay que hacerlo), nuestra existencia no tendrá estabilidad si está construida sobre arena.

 

La vida necesita de un «fundamento sólido» para tener consistencia, pero el ser humano no puede sustentarse a sí mismo. Necesita confiar en «algo» que no es él mismo. Ese «fundamento seguro» no puede la persona dárselo a sí misma. Lo ha de buscar para apoyarse en él.

 

En esta sociedad pluralista se nos hacen llamadas a sustentar nuestras vidas en los más variados fundamentos: bienestar, prestigio social, calidad de vida, progreso, placer. Cada hombre y cada mujer ha de decidir sobre qué fundamenta su existencia con todo el riesgo y la incertidumbre que esto lleva consigo. Desde el evangelio se nos hace una llamada clara a construir nuestra vida apoyándonos en Jesucristo como verdadero salvador. Así dice la voz que resuena en lo alto del Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadlo. » Y, cuando los discípulos caen por tierra asustados, el mismo Jesús los reconforta: «No tengáis miedo

 

No hemos de tener miedo. Lo propio de la fe cristiana consiste en fundamentar la existencia en Jesucristo. Él es el salvador no sólo de la muerte, también de la vida. El es el salvador no sólo del pecado, también del absurdo de una vida vivida sin sentido profundo alguno. El es el camino, la verdad y la vida. El que lo ha encontrado, lo sabe.

 

 

NI DE RODILLAS NI DE PIE

 

Este es mi Hijo amado. Escuchadlo.

 

Según no pocos expertos en fenomenología religiosa, nada caracteriza mejor la religiosidad de una determinada época que la forma de orar. También en nuestros días, si se quiere conocer la religión del hombre de hoy, lo importante no es examinar los dogmas que confiesa, sino observar cómo ora.

 

Por eso, el dato más significativo de la cultura religiosa actual es, tal vez, la profunda crisis de la oración. Se hace cada vez más difícil encontrar personas que saben orar desde el fondo de su corazón. El hombre moderno se está quedando sin capacidad para comunicarse con Dios. Son cada vez más los que no aciertan a invocarlo.

 

El hecho no es casual. Desde hace tiempo, la crítica a la religión ha difundido una especie de sospecha radical frente a todo lo que sea comunicación con un Dios personal. Para L. Feuerbach, rezar solo es hablar con uno mismo, ya que Dios no es sino una proyección creada por el hombre. Según S. Freud, la oración es un deseo infantil, una especie de necesidad ancestral, vacía hoy de sentido; el hombre adulto no necesita de esos juegos religiosos para organizarse su vida.

 

Poco a poco, algunos han terminado pensando que ya no es posible rezar. La oración les suena a algo falso. Una especie de superstición que hay que abandonar. Una concesión al sentimentalismo, pero no una actitud digna de ese «homo excelsior» del que hablaba E Nietzsche. El hecho es que bastante gente ni sabe, ni puede, ni quiere comunicarse con Dios.

 

Sin duda, todavía es pronto para ver cómo será un hombre abandonado a sí mismo y cerrado a toda comunicación con Dios. En su reciente obra, «I nuovi pagani» (Los nuevos paganos), S. Natoli sostiene que el hombre de hoy no sabe «ponerse de rodillas» ante Dios, pero tampoco acierta a «estar de pie» con dignidad. Son muchos los que viven, más bien, replegados sobre sí mismos o, incluso, abatidos por el peso de la vida.

 

En este contexto resulta aún más significativa la escena evangélica del Tabor. Según el relato, una «nube luminosa» cubre con su «sombra» a los discípulos. De pronto, se oye una voz: «Este es mi Hijo amado... Escuchadlo.» Al oír tales palabras, los discípulos caen por tierra, llenos de espanto. Entonces, Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levantaos, no tengáis miedo

 

El hombre de hoy, como el de siempre, vive entre luces y sombras. En el corazón de no pocos la fe se entremezcla con la incredulidad. Son bastantes los que no se atreven a invocar a Dios. Tal vez no existe. Tal vez todo es un engaño. Desde el evangelio, nos llega una llamada: «No tengáis miedo.» Hay una oración que también hoy puede brotar del corazón inquieto del hombre moderno: «Creo, ayuda a mi poca fe.»

 

 

EL GUSTO DE CREER

 

¡Qué bien se está aquí!

 

Hasta hace todavía muy poco, el temor ha sido uno de los factores que más fuertemente ha motivado y sostenido la religiosidad de bastantes personas. Más de uno aceptaba la doctrina de la Iglesia sólo por temor a condenarse eternamente.

 

Hoy, sin embargo, en el contexto sociológico actual, se ha hecho cada vez más difícil creer sólo por temor, por obediencia a la Iglesia o por seguir la tradición. Para sentirse creyente y vivir la fe con verdadera convicción es necesario tener la experiencia de que la fe hace bien. De lo contrario, tarde o temprano, uno prescinde de todo ese mundo y lo abandona.

 

Y es normal que sea así. Para una persona sólo es vital aquello que la hace vivir. Lo mismo sucede con la fe. Es algo vital cuando el creyente puede experimentar que esa fe le hace vivir de manera más intensa, acertada y gozosa.

 

En realidad, nos vamos haciendo creyentes en la medida en que vamos experimentando de manera cada vez más clara que la adhesión a Cristo nos hace vivir con una confianza más plena, nos da luz y fuerza para enfrentarnos a nuestro vivir diario, hace crecer nuestra capacidad de amar, alimenta nuestra esperanza.

 

Esta experiencia personal no puede ser comunicada a otros con razonamientos y demostraciones, ni será fácilmente admitida por quienes no la han vivido. Pero es la que sostiene secretamente la fe del creyente incluso cuando, en los momentos de oscuridad, ha de caminar “sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía” (San Juan de la Cruz).

 

En el relato de la Transfiguración se nos recuerda la reacción espontánea de Pedro que, al experimentar a Cristo de manera nueva, exclama: “¡Qué bien se está aquí!”. No es extraño que, años más tarde, la primera carta de Pedro invite a sus lectores a crecer en la fe si “habéis gustado que el Señor es bueno” (1 Pe 2,3).

 

En su importante estudio “Theologie affective”, Ch. A. Bernard ha llamado la atención sobre la escasa consideración que la teología reciente ha prestado al “afecto” y al “gusto de creer en Dios”, ignorando así una antigua y rica tradición que llega hasta San Buenaventura.

 

Sin embargo, no hemos de olvidar que cada uno se convence de aquello que experimenta como bueno y verdadero, y se inclina a vivir de acuerdo con aquello que le hace sentirse a gusto en la vida.

 

Tal vez, una de las tareas más urgentes de la Iglesia sea hoy despertar “el gusto de creer”. Deberíamos cuidar de manera más cálida las celebraciones litúrgicas, aprender a saborear mejor la Palabra de Dios, gustar con más hondura la Eucaristía, alimentar nuestra paz interior en el silencio y la comunicación amorosa con Dios.

 

 

ANTE EL TELEVISOR

 

Escuchadlo.

 

Sería una postura cerril no valorar las fantásticas posibilidades de información, comunicación y disfrute que la Televisión ha traído consigo. Pero sería una ingenuidad boba ignorar los riesgos y ambigüedades que la pequeña pantalla encierra.

 

Por eso son de agradecer estudios como «El simio informatizado» de R. Gubern que, sin caer en moralismos baratos, nos ayudan a ser más lúcidos en esta sociedad postindustrial.

 

Según las estadísticas, los españoles dedican por término medio tres horas y media a ver televisión, es decir, más de un día cada semana.

 

Naturalmente, este impacto televisivo tan intenso está produciendo efectos profundos en la estructuración de la vida social y en el mismo modo de ser de las personas. Sólo apuntaré los más destacados por el investigador catalán.

 

La televisión es, antes que nada, “una gran fábrica de consenso social» que tiende a homogeneizar las ideologías, los gustos, las modas, los centros de interés. Para muchos, la verdadera «escuela» en que aprenden a vivir.

 

Por otra parte, el televisor ha ocupado un lugar central y estratégico en muchos hogares, impidiendo con frecuencia una verdadera comunicación y diálogo en la familia. Las personas están físicamente juntas pero incomunicadas entre sí, en silencio ante el televisor o hablando de lo que aparece en la pantalla por muy ajeno que sea a su vida personal o familiar.

 

Aunque la televisión es un gran medio de información, no hemos ‘ de olvidar que nos ofrece una visión de la realidad seleccionada y manufacturada por expertos, fragmentada en imágenes, entremezclada con el telefilm de aventuras o la publicidad de un detergente.

 

Entonces lo real tiende a convenirse en «espectáculo», la imagen suplanta a la reflexión, la vida se banaliza. Es significativa esa costumbre que se va introduciendo de acabar los telediarios con una noticia divertida o una broma del presentador que pone así un final feliz e intrascendente al espectáculo.

 

Sin embargo, R. Gubern no subraya, a mi entender, de manera suficiente, esa fuerza que posee la televisión de alejar a la persona de la reflexión, la lectura reposada o la meditación, vaciando su vida de silencio e interioridad.

 

El hombre de “conciencia televisiva”, agarrado todas las noches al mando a distancia, es un hombre al que se le hará cada vez más difícil entrar en su interior y encontrarse consigo mismo. No acertará a escucharse a sí mismo ni a escuchar a Dios.

 

También hoy se puede vivir con hondura y libertad interior. Pero es necesario escuchar otras llamadas que no nos llegan del televisor. El creyente no ha de olvidar la invitación: «Este es mí Hijo amado. Escuchadlo ».

 

 

EL ARTE DE ESCUCHAR

 

Escuchadlo...

 

Los hombres ya no tenemos tiempo para escuchar. Nos resulta difícil acercarnos en silencio, con calma y sin prejuicios al corazón del otro para escuchar el mensaje que todo hombre nos puede comunicar.

 

Encerrados en nuestros propios problemas, pasamos junto a las personas, sin apenas detenernos a escuchar realmente a nadie. Se diría que al hombre contemporáneo se le está olvidando el arte de escuchar.

 

En este contexto, tampoco resulta tan extraño que a los cristianos se nos haya olvidado que ser creyente es vivir escuchando a Jesús. Y sin embargo, solamente desde esa escucha cobra su verdadero sentido y originalidad la vida cristiana. Más aún. Sólo desde la escucha nace la verdadera fe.

 

Un famoso médico siquiatra decía en cierta ocasión: «Cuando un enfermo empieza a escucharme o a escuchar de verdad a otros... entonces, está ya curado». Algo semejante se puede decir del creyente. Si comienza a escuchar de verdad a Dios, está salvado.

 

La experiencia de escuchar a Jesús puede ser desconcertante. No es el que nosotros esperábamos o habíamos imaginado. Incluso, puede suceder que, en un primer momento, decepcione nuestras pretensiones o expectativas.

 

Su persona se nos escapa. No encaja en nuestros esquemas normales. Sentimos que nos arranca de nuestras falsas seguridades e intuimos que nos conduce hacia la verdad última de la vida. Una verdad que no queremos aceptar.

 

Pero si la escucha es sincera y paciente, hay algo que se nos va imponiendo. Encontrarse con Jesús es descubrir, por fin, a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué vivir y por qué morir. Más aún. Alguien que es la Verdad.

 

Entonces empieza a iluminarse nuestra vida con una luz nueva. Comenzamos a descubrir con él y desde él cuál es la manera más humana de enfrentarse a los problemas de la vida y al misterio de la muerte. Nos damos cuenta dónde están las grandes equivocaciones y errores de nuestro vivir diario.

 

Pero ya no estamos solos. Alguien cercano y único nos libera una y otra vez del desaliento, el desgaste, la desconfianza o la huida. Alguien nos invita a buscar la felicidad de una manera nueva, confiando ilimitadamente en el Padre, a pesar de nuestro pecado.

 

¿Cómo responder hoy a esa invitación dirigida a los discípulos en la montaña de la transfiguración? «Este es mi Hijo amado. Escuchadlo».Quizás tengamos que empezar por elevar desde el fondo de nuestro corazón esa súplica que repiten los monjes del monte Athos: «Oh Dios, dame un corazón que sepa escuchar».

 

 

FIDELIDAD A DIOS Y A LA TIERRA

 

Subió con ellos a una montaña alta.

 

Se ha dicho que la mayor tragedia de la humanidad es que «los que oran no hacen la revolución, y los que hacen la revolución no oran».

 

Lo cierto es que hay quienes buscan a Dios sin preocuparse de buscar un mundo mejor y ms humano, Y hay quienes pretenden construir una tierra nueva sin Dios.

 

Unos buscan a Dios sin mundo. Otros buscan el mundo sin Dios. Unos creen poder ser fieles a Dios sin preocuparse de la tierra. Otros creen poder ser fieles a la tierra sin abrirse a Dios.

 

Si algo se puede ver con claridad en Cristo es que tal disociación es imposible. Jesús nunca habla de Dios sin el mundo, y nunca habla del mundo sin Dios. Jesús habla del «reino de Dios en el mundo».

 

En las cartas escritas por Dietrich Bonhoeffer desde la cárcel, descubrimos la postura verdadera del creyente: «Sólo puede creer en el reino de Dios quien ama a la tierra y a Dios en un mismo aliento».

 

La «escena de la transfiguración» es particularmente significativa, y nos revela algo que es una constante en el evangelio. «Cristo no lleva al hombre a la huida religiosa del mundo, sino que lo devuelve a la tierra como su hijo fiel». (J. Moltmann).

 

Jesús conduce a sus discípulos a una «montaña alta», lugar por excelencia de encuentro con Dios según la mentalidad semita. Allí vivirán una experiencia religiosa que los sumergirá en el misterio de Jesús.

 

La reacción de Pedro es explicable: « ¡Qué bien se está aquí! Hagamos tres tiendas...». Pedro quiere detener el tiempo. Instalarse cómodamente en la experiencia de lo religioso. Huir de la tierra.

 

Jesús, sin embargo, los bajará de nuevo de la montaña al quehacer diario de la vida. Y los discípulos deberán comprender que la apertura al Dios trascendente no puede ser nunca huida del mundo.

 

Quien se abre intensamente a Dios, ama intensamente la tierra. Quien se encuentra con el Dios de Jesucristo, siente con más fuerza la injusticia, el desamparo y la autodestrucción de los hombres.

 

El eslogan de Taizé, que año tras año atrae a tantos jóvenes, está apuntando hacia algo que necesitamos descubrir hoy todos: Lucha y contemplación. La fidelidad a la tierra no dispensa de la oración. La fidelidad a Dios no dispensa de la lucha por una tierra más feliz.

 

 

¿A QUIÉN ESCUCHAR?

 

Los cristianos han oído hablar desde niños de una escena evangélica llamada tradicionalmente «la transfiguración de Jesús». Ya no es posible saber con seguridad cómo se originó el relato. Quedó recogida en la tradición cristiana sobre todo por dos motivos: les ayudaba a recordar la «realidad oculta» encerrada en Jesús y les invitaba a «escucharle» sólo a él.

 

En la cumbre de una «montaña alta» los discípulos más cercanos ven a Jesús con el rostro «transfigurado». Le acompañan dos personajes legendarios de la historia de Israel: Moisés, el gran legislador del pueblo, y Elías, el profeta de fuego, que defendió a Dios con celo abrasador.

 

La escena es sugerente. Los dos personajes, representantes de la Ley y los Profetas, tienen el rostro apagado: sólo Jesús irradia luz. Por otra parte, no proclaman mensaje alguno, vienen a «conversar» con Jesús: sólo éste tiene la última palabra. Sólo él es la clave para leer cualquier otro mensaje.

 

Pedro no parece haberlo entendido. Propone hacer «tres chozas», una para cada uno. Pone a los tres en el mismo plano. La Ley y los Profetas siguen ocupando el sitio de siempre. No ha captado la novedad de Jesús. La voz salida de la nube va a aclarar las cosas: «Éste es mi Hijo amado. Escuchadle». No hay que escuchar a Moisés o Elías sino a Jesús, el «Hijo amado». Sólo sus palabras y su vida nos descubren la verdad de Dios.

 

Vivir escuchando a Jesús es una experiencia única. Por fin, estás escuchando a alguien que dice la verdad. Alguien que sabe por qué y para qué hay que vivir. Alguien que ofrece las claves para construir un mundo más justo y más digno del ser humano.

 

Entre los seguidores de Jesús no se vive de cualquier creencia, norma o rito. Una comunidad se va haciendo cristiana cuando va poniendo en su centro el evangelio y sólo el evangelio. Ahí se juega nuestra identidad. No es fácil imaginar un hecho colectivo más humanizador que un grupo de creyentes escuchando juntos el «relato de Jesús». Cada domingo podrán escuchar su llamada a mirar la vida con ojos diferentes y a vivirla con más sentido y responsabilidad, construyendo un mundo más habilitable.

 

 

ESCUCHAR A JESÚS Y SOLAMENTE A ÉL

Fray Marcos

Mc 9, 2-10

 

CONTEXTO

En los tres ciclos litúrgicos leemos el segundo domingo de cuaresma, el relato de la transfiguración. Hoy leemos el de Marcos, que es el más breve, aunque hay muy pocas diferencias con los demás sinópticos. Lo difícil para nosotros es dar sentido a este relato. Marcos coloca este episodio entre el primer anuncio de la pasión y el segundo. Parece que hay una intención clara de contrarrestar ese lenguaje duro y difícil de la cruz.

 

EXPLICACIÓN

Es muy complicado encontrar un significado coherente con nuestra perspectiva actual. Sobre todo, si nos negamos a entrar por la puerta fácil y trillada de la explicación oficial. Para mí, es inaceptable que Jesús se dedicara a hacer su puesta en escena particular. Mucho menos que tratara de dar un caramelo a los más íntimos para ayudarles a soportar el trago de la cruz (cosa que no consiguió).

Con ello estaría fomentando lo que tanto critica Marcos en todo su evangelio: poner como objetivo último la gloria; aceptar que lo verdaderamente importante es el triunfo personal, aunque sea a través de la cruz.

La misma estructura del relato y su redacción a base de símbolos del AT, nos advierte de que no se trata de un hecho histórico, sino de una teofanía, a ejemplo de las que se narran a lo largo de todo el AT. Como todas las epifanías, no supone que Dios en un momento determinado, desde su omnipotencia, realice un espectáculo de luz y sonido. Son solamente experiencias subjetivas que en un momento determinado garantizan la presencia de lo divino en un individuo concreto.

La presencia de lo divino es constante en toda la realidad creada, pero el hombre puede descubrir esa cercanía y vivirla de una manera experimental en un momento determinado de su vida.

A Dios nunca podemos acceder por los sentidos. Si en esa experiencia se dan percepciones sensoriales, se trata de fenómenos paranormales que la misma persona produce.

Dios está en cada ser acomodándose a lo que es como criatura, no cambiando o violentando nada de ese mismo ser. Es más, la llegada a la existencia de todo ser, es la consecuencia de la presencia divina en él. Esto no quiere decir que la experiencia de Dios no sea real. Quiere decir que Dios no está nunca en el 'fenómeno', sino en el 'noúmeno'. "Si te encuentras al Buda, mátalo".

El domingo pasado decíamos que Jesús, como verdadero Hijo de hombre, tuvo que luchar en la vida por alcanzar su "salvación". Esto es la consecuencia de ser completamente humano. El relato de hoy quiere decir que aun siendo hombre, había en él algo, que iba más allá de lo humano.

Es muy probable que se trate de un relato pascual que, en un momento determinado se consideró oportuno retrotraer a la vida terrena de Jesús. En los relatos Pascuales, se insiste una y otra vez, en que ese Jesús Vivo, es el mismo que anduvo con ellos por las tierras de Galilea. En la trasfiguración, se dice lo mismo, pero desde el punto de vista contrario. Ese Jesús que vive con ellos es el mismo Cristo glorificado.

Quiere demostrar que lo que descubrieron de Jesús después de su muerte, ya estaba en él durante su vida, sólo que no fueron capaces de apreciarlo.

Jesús fue siempre lo que se quiere contar en este relato, antes de la muerte y después de ella. Lo que hay de divino en Jesús, está en su humanidad, no añadido a ella en un momento determinado. Este mensaje es muy importante a la hora de superar visiones demasiado maniqueas de Jesús con el fin de manifestar de manera apodíctica su divinidad.

"A los seis días" tiene un carácter simbólico. El sexto día del Génesis, tiene lugar la creación del hombre. A los seis días de trabajo sigue el descanso del sábado. También Moisés sube al monte Sinaí y está seis días cubierto por la nube, y al séptimo le habla Dios.

Pedro, Santiago y Juan fueron los únicos a los que Jesús cambió el nombre. Era buena gente, pero un poco duros de mollera. Parece que necesitaban clases de apoyo para poder llegar al nivel de comprensión de los demás. Los tres acompañan a Jesús en la agonía del huerto. Los tres son testigos de la resurrección de la hija de Jairo. Pedro acaba de decir a Jesús, que de pasión y muerte, ni hablar. Santiago y Juan van a pedir a Jesús, en el capítulo siguiente, que quieren ser los primeros en su reino... Los tres demuestran no haber entendido nada del mensaje de su Maestro. Los tres necesitan un buen correctivo.

La montaña alta, la nube, la luz, la voz, el miedo, son todos elementos que aparecen literalmente en las teofanías del AT.

El monte sin nombre, es una clara referencia al Sinaí. Lugar de la más grande teofanía.

La nube fue siempre signo de la presencia de Dios. La nube trae agua, trae sombra, trae vida. Sobre todo en el tiempo del desierto está siempre presente como signo de que Dios les acompaña.

Los vestidos blancos son signo de la divinidad.

El hecho de que todos sean símbolos, no disminuye en nada la profundidad del mensaje que nos quieren transmitir; al contrario, al emplear el lenguaje bíblico se asegura la comprensión de los destinatarios que eran todos judíos.

Moisés y Elías conversando con Jesús. Además de ser los testigos de grandes teofanías, representan todo el AT, la Ley y los profetas. Me pregunto cómo supieron que se trataba de esos dos personajes. También me gustaría saber en qué lengua hablaban. Está claro que lo que se intenta es manifestar el traspaso del testigo a Jesús. Hasta ahora, La Ley y los profetas eran la clave para descubrir la voluntad de Dios. Desde ahora, la clave de acceso a Dios será Jesús.

¡Qué bien se está aquí! Para Pedro era mucho mejor lo que estaba viendo y disfrutando que la pasión y muerte, que les había anunciado unos versículos antes Jesús para dentro de muy poco. Cuando les anuncia por primera vez la pasión, Pedro había dicho a Jesús: ¡Ni hablar! Pero ahora se encuentra a sus anchas.

Vamos a hacer tres chozas. Pedro está en la "gloria", y pretende retener el momento. Pedro, tan espontáneo, diciendo lo que piensa, manifestando su falta total de comprensión del mensaje de Jesús. Le ha costado subir, pero ahora no quiere bajar, porque se habían acercado a Jesús con buena voluntad, pero sin descartar la posibilidad de medrar.

Todos estamos dispuestos a subir, pero nos cuesta mucho bajar. No habrá plenitud de humanidad, mientras los de arriba no decidan bajar, y los de abajo no renuncien a subir por encima de los demás. Al poner al mismo nivel a los tres personajes, Pedro niega la originalidad de Jesús. No acepta que la Ley y los profetas hayan cumplido su papel y están ya superados. La voz corrige esta visión de Pedro.

¡Escuchadle! Es la palabra clave. A Moisés y Elías les habéis escuchado hasta ahora. Llega el momento de escucharle solamente a él. El AT ha sido para los primeros cristianos, y sigue siendo hoy, el mayor obstáculo para escuchar a Jesús.

Hoy también lo es la estructura religiosa y todos los prejuicios que nos han inculcado sobre el mismo Jesús. Escuchar, es la actitud básica del discípulo. En el Éxodo, escuchar a Dios no es aprender de Él, sino obedecerle. La Palabra que "escuchamos" nos compromete y nos arranca de nosotros mismos.

No contéis a nadie... Es la referencia más clara a la experiencia pascual del relato. No tiene sentido hablar de lo que ellos ni estaban buscando ni habían descubierto.

No solo no contaron nada, sino que a ellos mismos se les olvidó muy pronto. En el capítulo siguiente nos narra Marcos la petición de los primeros puestos por parte de Santiago y Juan. Pedro siguió sin enterarse de quién era Jesús y termina negándolo ante una criada. Estos dos hechos hubieran sido impensables después de una experiencia como la transfiguración.

 

APLICACIÓN

La conclusión no es que no tengamos más remedio que aceptar la cruz porque esta sea el único camino para la gloria. Ni para Jesús ni para nosotros, programa Dios unos sufrimientos porque quiera premiarnos con mayor gloria. No se llega a la vida a través de la muerte, sino que en lo que llamamos "muerte" está ya la Vida.

Seguimos aferrados a la dinámica de Pedro. Seguimos buscando una gloria que no tiene nada que ver con el evangelio. La única noticia buena es que la mayor gloria que podamos imaginar, ya está aquí. Pero está en la humillación y en la derrota, aceptada por amor, y no nos lo creemos. Sólo en la muerte de mi "ego" puedo alcanzar la verdadera "gloria".

Con relación al AT, tenemos un mensaje muy claro en el relato de hoy: hay que escuchar a Jesús para poder comprender La Ley y los profetas, no al revés.

Seguimos demasiado apegados al Dios del AT, como si el mensaje de Jesús nos viniera demasiado grande. Como Pedro, a lo más que nos hemos atrevido es a poner al mismo nivel a la Ley, a los profetas y a Jesús.

Todavía no nos hemos creído del todo que Dios sea Padre, Amor, Misericordia, Compasión. Seguimos escuchando mensajes sobre un dios que premia a los buenos y castiga a los malos, que curiosamente siempre son los otros.

Aplicando a Dios el método que nosotros empleamos con los animales, domesticarles a base de palo y zanahoria, estamos ridiculizando a Dios y desconfiando del hombre.

Meditación-contemplación

¡Escuchadle!
No se refiere sólo a lo que nos dijo con sus palabras.
En Marcos Jesús nos habla más y mejor con sus hechos.
El mayor atractivo de Jesús es su coherencia.
En él, lo que pensaba, lo que decía y lo que hacía era todo uno.
........................
Esa autenticidad es la clave de un verdadero ser humano.
Jesus era verdad, le miraras por donde le miraras.
Ahí tenemos el modelo y el ejemplo.
Nuestro objetivo será arrancar de nosotros la mentira.
..................
Ahí está la tarea de toda nuestra vida:
purificar, día a día, nuestros pensamientos;
apartar de nuestra lengua toda mentira;
evitar en todas nuestras acciones la falsedad.
...........

 

 

ALESSANDRO PRONZATO

 

"...Vamos a hacer tres chozas...".

Extraño destino el de Pedro "proyectista". Se diría que no da una. Poco antes, cuando Cristo revela el itinerario que conduce al Calvario, tiene la pretensión de trazar para el Maestro, un camino "distinto", no siendo capaz de captar que el camino está ya trazado anticipadamente por Dios.

Propone la instalación de tres tiendas, sin darse cuenta de que la nube está más adaptada para este fin.

Interpreta la visión como una señal de reposo (y quiere organizarse en tal sentido) mientras ésta constituye una señal de partida, una invitación a caminar (mientras él no está preparado).

No tenemos que escandalizarnos si aquí se añade otro rasgo característico del discípulo: además de ser "alguien que no entiende" (un tema que vuelve una y otra vez en el evangelio de Marcos) es también "uno que no sabe lo que dice".

No. No es cuestión de humillar al discípulo. Sencillamente se trata de precisar y corregir continuamente su posición respecto de las palabras del Maestro.

"Escuchadlo". Auténtico discípulo es el que sabe lo que dice el maestro.

 

TRANSFIGURAR

-La alianza entre Dios y Abrahán

El Antiguo Testamento está lleno de personas que se enfrentaron cara a cara con la invitación que les hacía Dios a vivir en comunión con El, a colaborar con El, a cumplir sus planes en favor de los demás.

El domingo pasado recordábamos la alianza de Dios con Noé, después del diluvio. Hoy estamos admirando a Abrahán, "el padre de los creyentes".

Dios le pidió cosas difíciles: que saliera de su tierra, para peregrinar a lo desconocido; que abandonara su religión pagana; que se fiara de su promesa de que le daría un hijo, a pesar de su avanzada edad; y cuando tuvo el hijo, Dios le puso de nuevo a prueba pidiéndole que se lo sacrificara. Abrahán lo aceptó, con obediencia total. Su disponibilidad tuvo el premio, la promesa de la bendición para él y su descendencia: "por haber hecho eso, por no haberte reservado tu hijo, te bendeciré... todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido".

Misteriosos los caminos de Dios. Admirable la actitud de Abrahán.

Diálogo difícil que se ha repetido a lo largo de la historia en tantas y tantas personas que han dicho "Sí" a Dios no solo en los días en que todo les iba bien, sino también en las pruebas y dificultades.

-La verdadera Alianza por la obediencia de Jesús

Nosotros admiramos todavía más la profundidad de la alianza en Cristo Jesús. El amor de Dios y la disponibilidad de Jesús llegan a la totalidad. Si al hijo de Abrahán, Isaac, se le perdona la vida, el plan de salvación de Dios y su nueva Alianza se cumplen con plena generosidad. Para salvar a la humanidad de su mal y de su pecado, Dios encuentra un camino asombroso: asume nuestro pecado, toma para sí nuestro castigo, reedifica los puentes rotos por nuestro pecado, restablece la amistad interrumpida por nosotros.

El amor profundo de Dios vence a nuestro pecado con su propio dolor. El Hijo se entrega hasta el final, consiguiéndonos el perdón y la Nueva Alianza.

Tenemos buen valedor ante Dios. Podemos alegrarnos de la garantía que Él nos da. San Pablo ha cantado con entusiasmo un himno a este amor de Dios: "Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio HIjo, ¿cómo no nos dará todo con El? ¿Quién nos condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, que está a la derecha de Dios y que intercede por nosotros?".

Por parte de Dios la Alianza es firme. Y nunca como en este tiempo de Cuaresma lo recordamos más gozosamente: la entrega absoluta de Jesús en la Cruz y la apuesta por la vida que Dios hace resucitándole para nuestra salvación.

-La alianza es siempre costosa

Ahora bien, a Jesús le costó su obediencia. Le costó sudor de sangre, miedo a la muerte, soledad, lágrimas.

También para nosotros el camino de la alianza con Dios puede resultarnos a veces oscuro y difícil. Abrahán no debió entender los motivos por los que Dios le pedía el sacrificio de su hijo.

Los apóstoles no lograron entender por qué Jesús les anunciaba tantas veces su muerte.

Por eso la escena de la Transfiguración que hemos escuchado hoy puede interpretarse como una ayuda que Jesús hace a los suyos, como una lectura anticipada del sentido de su Pascua.

Y es que la Alianza pasa por la Pascua, y el camino de la Pascua es un camino serio.  Como lo es el camino de toda amistad y de todo amor. La amistad y el amor no sólo saben de sonrisas y cercanías, sino también de entrega, fidelidad, sacrificio.

No son buenos modelos de alianza los que encontramos en las relaciones humanas. No parecen muy creíbles y estables las varias alianzas políticas, o comerciales, o incluso a veces las matrimoniales. La Alianza que Dios ha sellado con la humanidad en Cristo Jesús sí es una Alianza firme, a la que en esta Cuaresma somos invitados a sumarnos con mayor claridad que en años anteriores.

Cada año, en la Vigilia Pascual, somos interrogados sobre la lucidez con la que seguimos esta Alianza: ¿Creéis en Dios, creéis en su Hijo Cristo Jesús? ¿renunciáis al pecado, al mal, a lo que no es Pascua, a lo que es antievangelio? La Pascua, para poder ser celebrada legítimamente, comporta esta actitud, sumándonos a la actitud de obediencia y novedad de vida de Cristo Jesús.

-La Eucaristía, viático hacia la Pascua

A nosotros, para animarnos en nuestro camino, no se nos aparece Jesús, rodeado de Elías y Moisés, en el monte de la transfiguración.

Pero sí nos sale al camino como a los discípulos desanimados de Emaús, ofreciéndonos el alimento de la Eucaristía, el alimento de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. La Eucaristía, una Pascua concentrada, es nuestro "viático" para el camino. Para que, recibiendo como alimento al mismo Señor Resucitado, vayamos asimilando su Vida y su Alianza Nueva.

 

JESUS BURGALETA

LA MONTAÑA, UN SÍMBOLO.

FIN: Descubrir en la Transfiguración la llamada a vivir con realismo y a afrontar la realidad con esperanza, a pesar de su crudeza.

DESARROLLO:

1. El símbolo de la montaña.
2. La montaña como tentación.
3. La montaña como aliento.

Sin escaparse de la realidad;
es un quehacer;
es una conquista;
supone la fe.

TEXTO:

1. El símbolo de la montaña.

La montaña es un símbolo muy sugerente, que no ha pasado desapercibido para los hombres de la Biblia. Está cerca del cielo, confundiéndose con la misma luz y respirando el aire más puro. Subir a la montaña evoca la imagen de la superación, la constancia, la liberación de la pesadumbre del valle. Desde allí todo se contempla con otra perspectiva: el hombre se siente más ágil, dominador. Lo alto, la cumbre, la cima más allá de la cual no hay otra, un horizonte sin barreras, el final de lo tangible... Grandes manifestaciones de Dios han ocurrido en la montaña; basta recordar el Sinaí (Ex 19, 16 ss.). El gran acto de la fe de Abraham y el cumplimiento de la Promesa por parte de Dios, se realizan también en la montaña (Gen 22, 1 ss.). El Evangelio de hoy nos dice que Jesús «subió con ellos a una montaña alta y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador... Se le aparecieron Moisés y Elías». Todos estos rasgos son los símbolos de la transfiguración humana según el modelo de la condición divina.

2. La montaña como tentación.

La montaña, la meta, el final de todo esfuerzo, el triunfo o la victoria, pueden ser una tentación. Los Apóstoles se dieron cuenta, por un momento, de que estaban arriba y se apresuraron a decir: «Maestro, qué bien se está aquí. Haremos tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías» (Mc 9, 5).

Los cristianos tenemos el peligro de refugiarnos en la montaña, cobardemente. En el fondo, para muchos, la oración es una huida. Nos refugiamos en un ámbito ideal, imaginado; no sabemos ni con quién. Sólo que en ese gesto nos encontramos a gusto, lejos de la pesadumbre cotidiana. Lo mismo puede pasar con la comunidad, el grupo. Todo ello nos puede llevar a un falso espiritualismo, a los espacios verdes creados por el espejismo de deseos sin alcanzar. A veces caemos en la tentación de quedarnos sentados en el camino, esperando que el Reino venga a nosotros. Pero no vendrá. No hay cielo ni tierra prometida para los que se sientan, para los que suspiran por el cielo despreciando la tierra, para los que quieren alcanzar el cielo sin transformar el mundo, para los que cuelgan las cítaras en los sauces del río y comienzan a lamentarse y a recordar a Jerusalén (Sal 136).  Cuántos confundimos aún la transfiguración cristiana con estar fuera del mundo, en la altura, sin el ruido, sin el equívoco normal de toda situación; encarnados en la posesión de la verdad, como un pedestal; amparados en la contemplación de la verdad pura, contemplándonos en el bruñido dogma, más allá del bien y del mal, por encima de la zozobra, la angustia, la contaminación y el agobio de la existencia.

«Miramos al cielo y contamos las estrellas» (Gen 15, 5). Pero hoy no se puede estar sólo mirando al cielo. Tendremos que escuchar de nuevo la increpación de los ángeles a la comunidad primitiva, que había puesto toda su ilusión en las alturas: «Galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? El que habéis visto subir volverá» (Act 1, 11). A la tierra es necesario volver, en donde encontraremos al Señor Jesús.

3 La montaña entrevista, la transfiguración, es como un alto en el camino, como una fuerza, un coraje para seguir hacia adelante.

--En la montaña, en la oración, en la liturgia, en la reunión de la comunidad, en el grupo cristiano, no se sale y se escapa el hombre del mundo. El tema de conversación, el objeto de celebración es la vida diaria. «Se habla del Éxodo» (Lc 9, 31), del acontecimiento diario, de su complejidad y de su exigencia, del fracaso, la debilidad y el compromiso. La oración sólo puede ser verdad cuando es un encuentro con lo cotidiano en profundidad, en actitud de revisión (Ex 3, 7 ss.).

--Descubrir la montaña, intuir la tierra prometida, es un compromiso y un quehacer. «Este es mi Hijo, mi programa, escuchadle» (Mc 9, 7). En El se ha realizado la posesión de la tierra prometida a la descendencia (Gen 22, 15 ss.). Para que nosotros podamos llegar a las metas del hombre nuevo, ha sido sellada una alianza en la Sangre de Jesús de Nazaret.

Moisés en la montaña escuchó una misión. El prefería quedarse contemplando el santo resplandor de la zarza ardiendo (Ex 3, 155). Alegaba que era tartamudo, como Abraham viejo. Pero la voz imperiosa seguía clamando desde la montaña: baja al valle, a la calle de la ciudad, despierta todas las opresiones, injusticias, egoísmos y esclavitudes de Egipto, de Jerusalén y de todos los poderes; convoca un éxodo: haz salir al pueblo hacia la liberación, de la tierra extraña a una tierra propia; escala el calvario de la desesperanza, para llegar a la otra colina de la Ascensión, de la liberación, superando el vado -como un mar Rojo- de la muerte.

La montaña, la Promesa, la ciudadanía que esperamos es una fuente de energía, de poder. Son las primicias o las arras de nuestro porvenir. La garantía que nos permite lanzarnos al negocio. Tomar contacto con la promesa es como un trampolín, una rampa de lanzamiento, un cohete propulsor.

-- La transfiguración nos avisa que la montaña es una conquista: Jesús, como Abraham (Gen 22, 1-2), está abocado al fracaso; ve que la muerte se le viene encima, se le traga y le aplasta como en el derrumbamiento de un edificio. Sin embargo, espera; tiene presente la montaña, la conquista, el deseo de superación, la victoria. En el camino de Jerusalén, para morir, entrevé la vida; en la fatiga de la lucha, la posesión del descanso; en el fracaso de su obra, un triunfo. Jesús acepta, que la historia de los creyentes, Moisés y Elías, la ley y los profetas, le iluminen el camino, le descubran su sentido, le revelen su éxodo y la Pascua 

-- La montaña de la transfiguración es como una esperanza; pero en la vida «Jesús se encontró sólo» (Mc 9, 8). Es la experiencia humana. Abraham comienza también su grave aventura «sin descendencia». «¿Por qué me has desamparado?» (Mc 15, 34.) Estamos angustiosamente solos. Y no lo resistimos. Pedimos pruebas, buscamos la tierra ya, queremos descendencia inmediata. Solos, pero con la fe. Fe en la promesa y en la Alianza.  Solos, pero sobre la Realidad total, acogedora, que nos da fuerzas, que nos ayuda a andar, que germina todas nuestras posibilidades. Solos, pero con la firme experiencia "de que una antorcha ardiente ha pasado entre los trozos de nuestra existencia y nos hemos estremecido de fuerza y confianza" (Gen 15, 17). Solos, sin montaña, sin cielo, con oposición, abocados al fracaso, impotentes ante la obra de la liberación. Solos ante el mundo, ante nosotros, mirando de soslayo al cielo, pero abocados irremediablemente a construir la tierra, a hacer el éxodo del pueblo, a transformar nuestra humilde condición humana, a consumar nuestra obra por medio de la muerte.

Solos, con la fe, que es la victoria que vence al mundo. Ella es la garantía de lo que se espera (Hech 11, 1.8; 12, 2-4).

 

 


II DOMINGO DE CUARESMA

Antífona de entrada         Sal 26, 8.9
Mi corazón sabe que dijiste: Busquen mi rostro.
Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.
 
O bien:         Cf. Sal 24, 6.2.22
Acuérdate, Señor, de tu compasión y de tu amor, que son eternos:
que nuestros enemigos no triunfen sobre nosotros.
Dios de Israel, líbranos de todas nuestras angustias.
 
No se dice Gloria.
 
Oración colecta

Padre santo, que nos mandaste escuchar a tu Hijo amado,
alimenta nuestro espíritu con tu Palabra,
para que, después de haber purificado nuestra mirada interior,
podamos contemplar gozosos la gloria de su rostro.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
 
Se dice Credo.
 
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Padre,
que este sacrificio borre nuestros pecados
y santifique el cuerpo y el alma de tus fieles
para poder celebrar dignamente las fiestas pascuales.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
 
PREFACIO:

La Transfiguración del Señor

V. El Señor esté con ustedes
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
 
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor Nuestro.
 
Él mismo, después de anunciar su muerte a los discípulos
les reveló el esplendor de su gloria en la montaña santa,
para que constara, con el testimonio de la Ley y los Profetas,
que, por la pasión, debía llegar a la gloria de la resurrección.
 
Por eso, con los coros celestiales,
te alabamos en la tierra llenos de alegría,
cantando sin cesar:
 
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
 
Antífona de comunión         Mt 17, 5
Este es mi Hijo muy querido,
en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo.
 
Oración después de la comunión
Después de haber recibido estos gloriosos misterios, Padre,
te damos gracias, porque, aun viviendo en la tierra,
ya nos haces partícipes de los bienes del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
 
Oración sobre el pueblo
Señor, bendice a tus fieles y protégelos constantemente;
haz que se identifiquen de tal modo con el Evangelio de tu Hijo,
que anhelen siempre aquella gloria
con la que se mostró a los Apóstoles
y puedan alcanzarla felizmente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Año "B"

El sacrificio de Abraham,
nuestro padre en la fe

Lectura del libro del Génesis     22, 1-2. 9-13. 15-18

    Dios puso a prueba a Abraham.
    «¡Abraham!», le dijo.
    Él respondió: «Aquí estoy.»
    Entonces Dios le siguió diciendo: «Toma a tu hijo único, el que tanto amas, a Isaac; ve a la región de Moria, y ofrécelo en holocausto sobre la montaña que Yo te indicaré.»
    Cuando llegaron al lugar que Dios le había indicado, Abraham erigió un altar, dispuso la leña, ató a su hijo Isaac, y lo puso sobre el altar encima de la leña. Luego extendió su mano y tomó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero el Ángel del Señor lo llamó desde el cielo: «¡Abraham, Abraham!»
    «Aquí estoy», respondió él.
    Y el Ángel le dijo: «No pongas tu mano sobre el muchacho ni le hagas ningún daño. Ahora sé que temes a Dios, porque no me has negado ni siquiera a tu hijo único.»
    Al levantar la vista, Abraham vio un carnero que tenía los cuernos enredados en una zarza. Entonces fue a tomar el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
    Luego el Ángel del Señor llamó por segunda vez a Abraham desde el cielo, y le dijo: «Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: porque has obrado de esa manera y no me has negado a tu hijo único, Yo te colmaré de bendiciones y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar. Tus descendientes conquistarán las ciudades de sus enemigos, y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra, ya que has obedecido mi voz.»

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 115, 10. 15-19

R.
 Caminaré en presencia del Señor.

Tenía confianza, incluso cuando dije:
«¡Qué grande es mi desgracia!»
¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos! 
R.

Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor. 
R.

Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo,
en los atrios de la Casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén. 
R.

Dios no perdonó a su propio Hijo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma     8, 31b-34

Hermanos:
    Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con Él toda clase de favores?
    ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?

Palabra de Dios.


ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO

Desde la nube resplandeciente se oyó la voz del Padre:
«Este es mi Hijo amado; escúchenlo»


EVANGELIO

Este es mi Hijo muy querido

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     9, 2-10

    Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
    Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor.
    Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo.»
    De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos.
    Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos.»

Palabra del Señor.


 

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