Sexto Domingo Tiempo Ordinario (ciclo B)
Liturgia Viva del Domingo 6º del Tiempo Ordinario - Ciclo B
Comunidades Abiertas
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Todo lo que hagan, háganlo por la gloria de Dios.
Traten de ser amables con todos
para provecho de demás.
Tomen a Cristo como su modelo.
Que Jesucristo, el Señor, esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
Cuando nos reunimos para la eucaristía, lo hacemos porque somos comunidad. ¿Hasta qué punto somos comunidad, aun estando aquí juntos en torno a Cristo? Quizás falten aquí hermanos, porque no se sienten aceptados. Quizás son demasiado pobres para lucir bonita indumentaria, o temen que los menospreciemos por su incapacidad o deficiencia social o mental, o incluso física. ¿Por qué nuestra comunidad no se abre suficientemente para integrarlos y para liberarlos de sus temores y soledad? ¿Estamos dispuestos a reintegrarlos a la comunidad, como hoy nos enseña Jesús con su palabra y con su ejemplo?
Acto Penitencial
Con demasiada frecuencia nos hemos quedado indiferentes cuando el Señor nos tocaba con su poder de sanación.
Pidamos perdón al Señor.
(Pausa)
· Señor Jesús, tú nos dijiste: "Por supuesto, quiero que te cures" cuando nos tocaste con tu mano que perdonaba.
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tú nos dijiste: "Desde luego, quiero que te cures",pero nosotros no te permitimos que nos tocaras y que cambiaras nuestro corazón.
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú nos dijiste: "Naturalmente, quiero que te cures", pero nosotros no nos hemos curado unos a otros. R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Impón tu mano sanadora sobre nosotros, Señor, líbranos del contagio del pecado y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Pidamos al Padre de todos que nos acepte y que nos ayude a aceptar a los otros.
(Pausa)
Oh Dios de misericordia y compasión:
Los auto-satisfechos rechazaron a tu Hijo;
los pecadores y los marginados le aclamaron
y, con lágrimas y alegría, le reconocieron
como a su Señor y su Salvador.
Y así pudo él sanarlos.
Ayúdanos a hacer lo mismo que hizo tu Hijo.
Envíanos, sin condescendencia alguna,
en busca de los hermanos débiles
para que recuperen su autoestima,
su esperanza y su coraje indestructible
para poder llegar a ser de nuevo plenamente humanos
como hermanas y hermanos nuestros.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
Primera Lectura (Lv 13,1-2. 44-46): Puros ante Dios
En el Antiguo Testamento, la gente estaba tan preocupada por su pureza exterior que, llevados por su celo, excluían de la comunidad cultual a personas con serias infecciones de la piel. --- Cristo insiste más bien en la pureza interior.
Segunda Lectura (1 Cor 10,31; 11,1): No Ofendan a Nadie
Pablo insiste en que Cristo liberó a la gente de excesivas regulaciones de la Antigua Ley. Para los cristianos la caridad debería prevalecer donde algunos no comprenden todavía esta libertad.
Evangelio (Mc 1,40-45): Jesús Tocó al Leproso y Lo Curó
Para Jesús, los leprosos -y los pecadores- no son ya marginados, sino personas a quienes tenemos que amar y a quienes, por amor de Dios, tenemos que reintegrar a la comunidad.
Oración de los Fieles
En nombre de Jesús oremos al Padre de todos, que quiere que todos seamos felices, y que no rechaza a nadie que le suplica. Y digámosle:
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Por todos los miembros del Pueblo de Dios, para que no nos aislemos del mundo ni erijamos muros para guardar a otros hermanos lejos, sino que compartamos el amor de Dios con todos, roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Por nuestro país, que la preocupación por los débiles y los pobres sea nuestro honor y sano orgullo, y para que todos trabajemos sin descanso por la justicia y la dignidad humana, incluidos especialmente los últimos y los menos agraciados, roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Por las víctimas de discriminación, por los que no tienen ni nombre ni fama, por los proscritos de la sociedad, por los enfermos y los ancianos que viven solos: para que, aun indefensos, confíen en Jesús, que estaba indefenso en las manos del pueblo, roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Por los enfermos incurables, por los que tienen que vivir bajo la presión de la sospecha, del descrédito o de la calumnia; por aquellos cuya auto-confianza se ha visto erosionada por el duro juicio de otros, por los excarcelados y marginados, para que todos nosotros sepamos dirigirles palabras de sanación e inspirarles con una nueva fe y una nueva esperanza, roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Por todos nosotros aquí reunidos, para que seamos una comunidad en la que nos aupemos y apoyemos unos a otros con el amor, bondad y respeto que el Señor nos mostró a todos, roguemos al Señor.
R/. Señor, escucha a tu pueblo.
Señor Dios nuestro, escucha de veras nuestras súplicas, y danos un corazón suficientemente grande para acoger y amar a todos, en nombre de Jesucristo nuestro Señor.
Oración de Ofertorio
Oh Padre misericordioso:
Con el pan y el vino recordamos cómo nos has alzado,
por medio de Jesucristo,
por encima de nuestro sentimiento de culpa,
de nuestros miedos y de nuestro aislamiento
Que estemos dispuestos para compartir con todos
tu alegría, tu acogida y tu afecto
a causa de aquél que compartió nuestra pobreza
y se hizo a sí mismo débil y humilde con nosotros,
Jesucristo, nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Nuestro Padre misericordioso nos ha llamado a todos por medio de Jesucristo, su Hijo, a ser uno, sin discriminación ni favoritismos, ya que él nos ama a todos. Expresémosle nuestra acción de gracias y nuestra alabanza.
Introducción al Padrenuestro
Con Jesús nuestro Señor, oremos al Padre de todos, que hace brillar el sol por igual sobre los buenos y sobre los débiles.
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la paz y alegría
de vivir juntos en unidad y paz.
Guárdanos de rehusar proferir las palabras
de bienvenida y de aliento
que caldean los corazones de nuestros hermanos y hermanas.
Ayúdanos a caminar juntos hacia ti
y a compartir nuestra fuerza con ellos,
para que nos preparemos con esperanza creciente
para la gloriosa venida
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Vengan y participen en el banquete del Señor.
Este pan que hemos partido se destina para todos,
ya que el Señor es la vida de todos sus seguidores.
Ya que él no excluyó a nadie, aprendamos nosotros a compartir nuestras vidas unos con otros,
en la alegría y en las tristezas,
en la riqueza y en la pobreza,
en la enfermedad y en la salud,
pues éste es Jesús, el Dios-con-nosotros.
R/. Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Padre, lleno de ternura y misericordia:
Sentados a la mesa de tu Hijo hemos aprendido
a estar presentes los unos a los otros,
como él ha estado aquí presente con nosotros.
Que esta eucaristía nos inspire
con un amor discreto y alentador
como un soplo de aire fresco.
Por aquél que ha suavizado la dureza de nuestros corazones,
danos no sólo disponibilidad
para compartir nuestras riquezas y nuestra pobreza,
sino también para acogernos unos a otros
y para suavizar entre nosotros la dureza de nuestros corazones.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: ¡Qué super-feliz sería nuestra comunidad si pudiéramos aceptarnos plenamente unos a otros justamente tal como somos: sin condenar, sin juzgar , envidiar, ni mirar con malos ojos, sin menospreciar a nadie, sin intentar crear a los otros a nuestra imagen y semejanza…
Más bien, edifiquémonos unos a otros a imagen y semejanza de Cristo;
y que la compasión y la misericordia permanezca viva en nuestras comunidades.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.
Sintiendo lástima, lo tocó.
Queridos hermanos, paz y bien.
No podemos imaginar lo que significaba la lepra. Hoy sabemos que no es contagiosa, al menos, tanto como se creía en la antigüedad. Lo que en libro del Levítico se consideraba lepra, se entiende en nuestra época como otras afecciones más leves y temporales, que, en muchas ocasiones, se pueden curar. De todos modos, la prudencia sanitaria aconsejaba que el enfermo se marchara del grupo, y esta marginación social incluía, además, una marginación religiosa: el enfermo era declarado impuro. Se le privaba de la salvación, porque la enfermedad era causada por alguna culpa, y eso significaba que el enfermo era un pecador.
Antes de seguir, merece la pena recordar que Jesús es un hombre que no considera a nadie impuro ni perdido, porque todos son hijos de Dios. Es más, son los marginados los favoritos de Jesús, hasta el punto de ser considerado impuro Él mismo. También Él, en su momento, morirá fuera de la ciudad, en la cruz, como un apestado.
En realidad, la enfermedad siempre tiene algo de marginación. Hasta las más leves, como una gripe, nos pueden dejar “fuera de combate”. Nos impide trabajar, nos hace débiles y dependientes, reduce nuestra libertad. Es verdad que, gracias a Dios, las enfermedades no se consideran ya ni maldiciones ni castigos divinos. Pero nos enfrentan con nuestra debilidad y con la fragilidad de la vida. La reciente pandemia del covid nos lo ha recordado a toda la humanidad. El enfermo, físico o psíquico, por culpa propia o ajena, o por pura casualidad, es alguien que está al margen y que para sobrevivir necesita pedir, incluso suplicar. Con esa situación de necesidad nos podemos sentir todos identificados.
Pablo nos recuerda una realidad que, a veces, la sociedad competitiva y de éxito en la que vivimos olvida. No siempre debemos hacer todo aquello a lo que tenemos derecho (cfr. Rom 15, 1). A veces, por amor, tenemos que dejar de ejercer nuestros propios derechos. Cargar con el peso de los débiles.
Pablo quiere cerrar el debate sobre si es lícito comer la carne sacrificada a los ídolos. Se ve que, como ahora, había distintas sensibilidades. Para unos era solo carne; para otros era una blasfemia. Pablo entendía que esta pregunta podría ser un motivo de cisma en la naciente Iglesia. Por eso apela a las conciencias, para que le imiten a él, que procuraba “contentar en todo a todos, no buscando mi propio bien, sino el de la mayoría, para que se salven.” Con otras palabras, reír con los que ríen, llorar con los que lloran, estar siempre pendiente de anunciar la Palabra y dejas las cosas que son menos importantes en un segundo plano. Si uno puede comer esa carne, que la coma. Pero si puede ser motivo de escándalo para otros, mejor abstenerse.
El Reino de Dios llegó de verdad para el leproso del Evangelio. Jesús no sólo habla con él, sino que toca su piel, para curarlo. No sólo le devuelve la integridad física, sino que le devuelve al seno de la comunidad. A costa de contaminarse Él mismo, según la ley de los judíos. De esta forma, limpia lo que es impuro, y declara que no hay nada que nos aparte de Dios si somos capaces de ponernos en sus manos y suplicarle.
Quizá llame la atención que Jesús, después de quebrantar la ley de impureza, al tocar al leproso, le pida que cumpla con las prescripciones de esa misma ley. A la vez, le pide que no hable con nadie, cuando es evidente que una curación tan espectacular no se puede mantener en secreto. Antes de la Pascua, Jesús no quiere que se le considere como “el Mesías”. Tiene que ir revelando progresivamente de qué modo Dios nos libera de la muerte. Hasta entonces, había que ir poco a poco. Entonces, ¿por qué le pide que se presente a los representantes de la ley? Puede que Jesús quisiera que los sacerdotes sepan que ha surgido un gran profeta en Israel. Que el Reino de Dios se ha revelado en este mundo. A su vez, el enfermo sanado tiene la ocasión de dar testimonio de su sanación.
Contemplando al leproso que suplica su curación, podemos volver la vista a nuestro mundo y a nosotros mismos. Hoy la lepra no es una enfermedad preocupante, pero existen otras formas de lepra, física, moral, ideológica, espiritual…, que producen marginación y también hacen sufrir, nos separan de los otros. ¿Qué leprosos hay en nuestra sociedad? ¿Cuáles son mis propios leprosos? Como a san Francisco de Asís, quizá nos haga falta un roce con uno de esos leprosos, para cambiar nuestra forma de ver las cosas.
¿Podemos sentir lástima, compadecernos de los sufrimientos de los otros? Quizá tengamos diversos grados de compasión, algunos hechos nos afecten más que otros. El ejemplo de Jesús nos recuerda que la compasión está bien, pero no es suficiente. Nos debe mover a la acción, a mancharnos las manos, a traspasar esas fronteras y, como san Francisco, atrevernos a besar al leproso. En otras palabras, hacer el bien, por amor al prójimo. Sin buscar nada a cambio, solo que Dios sea conocido, amado y servido por todos.
Y yo mismo, como el bravo leproso del Evangelio, debo tener el coraje de reconocer mi necesidad, mis “lepras”, suplicar a Jesús que me toque y que me cure. Decirle a Jesús “si quieres”, con la conciencia de que significa “sé que puedes”. Claro que puede. Para eso, hay que acercarse, como suele decirse, “ponerse a tiro”, para que Él nos pueda tocar. En la oración, en la Eucaristía, en la Reconciliación, en la lectura diaria de su Palabra… Y, después de sentirnos sanados, como la suegra de Pedro, vivir con un corazón agradecido, en actitud de servicio, diciendo bien alto a todos lo que Cristo ha hecho con nosotros.
EVANGELIO
La lepra se le quitó, y quedó limpio.
Lectura del santo evangelio según san Marcos 1, 40-45
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas:
- «Si quieres, puedes limpiarme.»
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo:
- «Quiero: queda limpio.»
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.
Él lo despidió, encargándole severamente:
- «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.»
Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.
Palabra de Dios.
AMIGO DE LOS EXCLUIDOS
Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, olvidados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.
Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: "Dios hace salir su sol sobre buenos y malos". Así es él.
Por eso a veces, reclama con fuerza que cesen todas las condenas: "No juzguéis y no seréis juzgados". Otras, narra una pequeña parábola para pedir que nadie se dedique a "separar el trigo y la cizaña" como si fuera el juez supremo de todos.
Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de "hombre de Dios" comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.
Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: "Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores". Jesús no se defendió. Era cierto, pues en lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.
Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.
De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero. Queda limpio».
Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, psicóticos, inmigrantes, homosexuales...) o los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida, nos estamos alejando gravemente de Jesús.
DIOS ACOGE A LOS «IMPUROS»
De forma inesperada, un leproso «se acerca a Jesús». Según la ley, no puede entrar en contacto con nadie. Es un «impuro» y ha de vivir aislado. Tampoco puede entrar en el templo. ¿Cómo va a acoger Dios en su presencia a un ser tan repugnante? Su destino es vivir excluido. Así lo establece la ley.
A pesar de todo, este leproso desesperado se atreve a desafiar todas las normas. Sabe que está obrando mal. Por eso se pone de rodillas. No se arriesga a hablar con Jesús de frente. Desde el suelo, le hace esta súplica: «Si quieres, puedes limpiarme». Sabe que Jesús lo puede curar, pero ¿querrá limpiarlo?, ¿se atreverá a sacarlo de la exclusión a la que está sometido en nombre de Dios?
Sorprende la emoción que le produce a Jesús la cercanía del leproso. No se horroriza ni se echa atrás. Ante la situación de aquel pobre hombre, «se conmueve hasta las entrañas». La ternura lo desborda. ¿Cómo no va a querer limpiarlo él, que sólo vive movido por la compasión de Dios hacia sus hijos e hijas más indefensos y despreciados?
Sin dudarlo, «extiende la mano» hacia aquel hombre y «toca» su piel despreciada por los puros. Sabe que está prohibido por la ley y que, con este gesto, está reafirmando la trasgresión iniciada por el leproso. Sólo lo mueve la compasión: «Quiero: queda limpio».
Esto es lo que quiere el Dios encarnado en Jesús: limpiar el mundo de exclusiones que van contra su compasión de Padre. No es Dios quien excluye, sino nuestras leyes e instituciones. No es Dios quien margina, sino nosotros. En adelante, todos han de tener claro que a nadie se ha de excluir en nombre de Jesús.
Seguirle a él significa no horrorizarnos ante ningún impuro ni impura. No retirar a ningún «excluido» nuestra acogida. Para Jesús, lo primero es la persona que sufre y no la norma. Poner siempre por delante la norma es la mejor manera de ir perdiendo la sensibilidad de Jesús ante los despreciados y rechazados. La mejor manera de vivir sin compasión.
En pocos lugares es más reconocible el Espíritu de Jesús que en esas personas que ofrecen apoyo y amistad gratuita a prostitutas indefensas, que acompañan a sicóticos olvidados por todos, que defienden a homosexuales que no pueden vivir dignamente su condición… Ellos nos recuerdan que en el corazón de Dios caben todos.
EXTENDER NUESTRA MANO
Extendió la mano y lo tocó.
La felicidad sólo es posible allí donde nos sentimos acogidos y aceptados. Donde falta acogida, falta vida, nuestro ser se paraliza, la creatividad se atrofia. Por eso una «sociedad cerrada es una sociedad sin futuro. Una sociedad que mata la esperanza de vida de los marginados y que finalmente se hunde a sí misma» (J. Moltmann).
Son muchos los factores que invitan a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a vivir en círculos cerrados y exclusivistas. En una sociedad en la que crece la inseguridad, la indiferencia y la agresividad, es explicable que cada uno tratemos de asegurar «nuestra pequeña felicidad» junto a los que sentimos iguales.
Las personas que son como nosotros, que piensan y quieren lo mismo que nosotros, nos dan seguridad. En cambio, las personas que son diferentes, que piensan, sienten y quieren de manera distinta de nosotros, nos producen inseguridad.
Por eso se agrupan las naciones en «bloques» que se miran mutuamente con hostilidad. Por eso buscamos cada uno nuestro «recinto de seguridad», ese círculo cerrado de la amistad con aquellos que son de nuestra misma condición.
Vivimos como «a la defensiva», excluyéndonos mutuamente, cada vez más incapaces de romper distancias y adoptar una postura de amistad abierta hacia toda persona. Nos hemos acostumbrado a aceptar sólo a los más cercanos. A los demás los toleramos, o los miramos con indiferencia, si no es con verdadera repulsa.
Ingenuamente pensamos que si cada uno se preocupa de asegurar su pequeña parcela de felicidad, la humanidad seguirá caminando hacia su progreso. Y no nos damos cuenta de que estamos creando marginación, aislamiento y soledad. Y que en esta sociedad, va a ser cada vez más difícil ser feliz.
Por eso el gesto de Jesús cobra especial actualidad para nosotros. Jesús no sólo limpia al leproso. Extiende la mano y lo toca, rompiendo prejuicios, tabúes, temores y fronteras de aislamiento y marginación que excluían a los leprosos de la convivencia en la sociedad judía. Los creyentes deberíamos sentimos llamados a aportar amistad abierta a los rincones marginados de nuestra sociedad. Son muchos los que necesitan una mano extendida que llegue a tocarlos.
BARRER LA CALLE
Extendió la mano y lo tocó.
En la sociedad judía el leproso no era sólo un enfermo. Era, antes que nada, un peligro. Un ser estigmatizado, sin sitio en la sociedad, sin acogida en ninguna parte, excluido de la vida. El viejo libro del Levítico lo decía en términos claros:
«El leproso llevará las vestiduras rasgadas y la cabeza desgreñada... Irá avisando a gritos: “Impuro, impuro “. Mientras le dura la lepra será impuro. Vivirá aislado y habitará fuera del poblado».
La actitud correcta y santa, sancionada por las Escrituras, era clara: la sociedad ha de excluir a los leprosos. Es lo mejor para todos. Una postura firme de exclusión y rechazo. Siempre habrá en la sociedad personas que sobran.
Jesús se rebela ante esta situación. En cierta ocasión se le acerca un leproso avisando sin duda a todos de su impureza. Jesús está solo. Tal vez, los discípulos han huido horrorizados. El leproso no pide «ser curado» sino «quedar limpio». Lo que busca es verse liberado de la impureza y del rechazo social. Jesús queda conmovido, extiende su mano, «toca» al leproso y le dice «Quiero. Queda limpio».
Jesús no acepta una sociedad que excluye a leprosos e impuros. No admite el rechazo social hacia los peligrosos. Jesús toca al leproso para liberarlo de miedos, prejuicios y tabúes. Lo limpia para decir a todos que Dios no excluye ni castiga a nadie con la marginación. Es la sociedad la que, pensando sólo en su seguridad, levanta barreras y excluye de su seno a los indignos.
Hace unos años pudimos escuchar todos la promesa que el responsable máximo del Estado hacía a los ciudadanos: «Barreremos la calle de pequeños delincuentes». Al parecer, en el interior de una sociedad limpia, compuesta por gentes de bien, hay una «basura» que es necesario retirar para que no nos contamine. Una basura por cierto no reciclable pues la cárcel actual no está pensada para rehabilitar a nadie sino para castigar a los «malos» y defender a los «buenos».
Qué fácil es pensar en la «seguridad ciudadana» y olvidarnos del sufrimiento de pequeños delincuentes, drogadictos, prostitutas, vagabundos y desarraigados. Muchos de ellos no han conocido el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo. Atrapados para siempre, ni saben ni pueden salir de su triste destino. Y a nosotros, ciudadanos ejemplares, sólo se nos ocurre barrenos de nuestras calles. Al parecer, todo muy correcto y muy «cristiano». Y también muy contrario a Dios.
MENSAJE PARA LOS EXCLUIDOS
Quiero: queda limpio.
Al inicio de su evangelio, Marcos presenta a Jesús curando enfermos, liberando a poseídos y purificando a leprosos. Los especialistas llaman a esta sección «la primavera de Galilea». Son relatos que no han de ser leídos de manera superficial pues el evangelista los ha redactado para revelar en su hondura la acción salvadora de Jesús y su profunda interpelación a todos.
Uno de los relatos más significativos es «la purificación del leproso» (Mc 1, 40-45) pues Jesús no sólo lo cura de la lepra, sino de todo lo que ella representaba. El texto no habla de curación, sino de «purificación» e insiste en el deseo de Jesús de verlo integrado en la convivencia.
No es fácil evocar hoy la situación del leproso en aquella sociedad judía. Ciertamente es un enfermo que sufre esta cruel enfermedad clasificada médicamente sólo en 1870. Pero es, además, un hombre «castigado» por Dios ya que la lepra era considerada como una consecuencia de graves pecados (vida libertina, homicidio, burla de la religión). Convertido en fuente de peligro y contaminación, el leproso es excluido de la convivencia y apartado del hogar y de la sociedad. Su vida no tiene solución.
El relato de Marcos es dramático. Un leproso se atreve, a pesar de todo, a acercarse a Jesús que se encuentra solo (los discípulos, al parecer, se han alejado rápidamente). El hombre, arrodillado en tierra, le invoca con fe: «Si quieres, puedes limpiarme». ¿Cuál será la reacción de Jesús, el hombre habitado por el amor insondable de Dios? El evangelista ha cuidado hasta el extremo la redacción: «Sintió lastima, extendió su mano, lo tocó y le dijo: Quiero: queda limpio». Jesús no sólo permite que se acerque, sino que él mismo lo toca y manifiesta de manera rotunda su voluntad: «Quiero: queda limpio de esta lepra».
Con su gesto, Jesús provoca una verdadera revolución. Revela que Dios no usa las enfermedades para castigar; arranca a aquel hombre del aislamiento y la exclusión, hace saltar los prejuicios y discriminaciones de la sociedad, rompe las barreras y muros que los humanos levantan entre sí, y enseña a todos que el camino acertado es el amor que lleva a la inclusión y a la convivencia fraterna.
Los excluidos y estigmatizados, marcados por la sociedad o las iglesias, hayan salido o no de cualquier tipo de «armario», habéis de conocer la Buena Noticia de Jesucristo: Cuando no encontréis un lugar digno entre los hombres, sabed que lo tenéis en el corazón de Dios. Cuando nadie os entiende, el os comprende; cuando nadie os respeta, Él os acoge: cuando la gente os excluye, Él extiende su mano y os envuelve con su bendición.
LA FUERZA DE LA ALABANZA
Empezó a divulgar el hecho.
«La alabanza es dinamita espiritual que tiene un poder explosivo. La alabanza revoluciona todo lo que entra en contacto con ella, pues es nuestro punto de contacto con Dios.» Son palabras de Merlin Carothers. Dejemos a un lado el estilo típicamente americano de ese pastor cuyos libros alcanzan tiradas millonarias. Lo que dice es cierto: la alabanza encierra una fuerza capaz de transformar la vida, pues nos pone en contacto con Dios.
La alabanza brota cuando la persona descubre el «don de Dios» y comienza a experimentar la vida de manera absolutamente diferente. Todo es don de Dios. Él ha creado y crea constantemente la vida sólo por amor. La naturaleza que nos rodea, el espacio en el que nos movemos, el aire que respiramos, el tiempo que vivimos, los acontecimientos que van tejiendo nuestra vida, el cuerpo y el aliento vital que nos hacen ser, todo es don de Dios. En cada instante y en cada experiencia vivimos, lo sepamos o no, recibiendo el amor de Dios.
Por eso, la alabanza no es una manera de vivir entre otras, sino la única posibilidad de vivir con autenticidad ante el don de Dios, la verdadera vocación del ser humano. El que vive la vida desde su fuente vive alabando. Son los muertos «los que no alaban a Dios» (Salmo 6, 6). Cuando la persona descubre esto, su vida se transforma, sabe que ha encontrado lo esencial. No hará, tal vez, grandes cosas en la vida, pero sí la más importante. De su corazón brota sólo un deseo: «Alabaré a Dios mientras viva» (Salmo 145, 2).
Desde sus orígenes el cristianismo ha considerado la alabanza a Dios y la acción de gracias como el núcleo esencial de la vida cristiana: «En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios quiere de vosotros en Cristo Jesús» (1 Tesalonicenses 15, 18). La vida de un cristiano ha de ser «celebración». Todo lo demás viene después. Son conocidas las palabras de Clemente de Alejandría, que en el siglo u describía así la vida cristiana: «El perfecto cristiano proclama su acción de gracias, no en un lugar concreto, ni en un templo escogido, ni en ciertas fiestas o fechas precisas, sino en todos los instantes y en todos los lugares.»
El cristianismo actual ha perdido, en buena parte, la alabanza y la acción de gracias y, mientras no las ponga de nuevo en el centro del ser cristiano, no recuperará la alegría y la audacia misionera. La actuación de los leprosos curados por Jesús es aleccionadora. En el relato de Marcos, aquel hombre que se ve agraciado por Jesús no puede callar y, olvidándose de la prohibición del Maestro, divulga por todas partes el regalo que se le ha hecho (Marcos 1, 45). En el relato de Lucas, el leproso vuelve «glorificando a Dios» (Lucas 17, 15). Si experimentáramos en nuestras vidas el don de Dios, brotaría en nosotros la alabanza, y la alabanza transformaría nuestro vivir diario.
SENTIMIENTOS DE CULPA
Si quieres, puedes limpiarme.
No hace falta haber leído mucho a Freud para comprobar cómo una falsa exaltación de la culpa ha invadido, coloreado y, muchas veces, pervertido la experiencia religiosa de no pocos creyentes. Basta nombrarles a Dios para que lo asocien inmediatamente a sentimientos de culpa, remordimiento y temor a castigos eternos. El recuerdo de Dios les hace sentirse mal.
Les parece que Dios está siempre ahí para recordarnos nuestra indignidad. No puede uno presentarse ante él si no se humilla antes a sí mismo. Es el paso obligado. Estas personas solo se sienten seguras ante Dios repitiendo incesantemente el «mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa».
Esta forma de vivir ante Dios es equivocada. Esa «culpa persecutoria», además de ser estéril, puede destruir a la persona. El individuo fácilmente termina centrándolo todo en su culpa. Es este sentimiento el que moviliza toda su vida religiosa, sus plegarias, ritos y sacrificios. Una tristeza y un malestar secreto se instalan entonces en el centro de su religión. No es extraño que personas que han tenido una experiencia tan negativa, un día lo abandonen todo.
Sin embargo, no es ése el camino más acertado. Es una equivocación eliminar de nosotros el sentimiento de culpa. C. G. Jung y Castilla del Pino, entre otros, nos han advertido de los peligros que encierra la negación de la culpa. Vivir «sin culpa» sería vivir desorientado en el mundo de los valores. El individuo que no sabe registrar el daño que está haciéndose a sí mismo o a los demás, nunca se transformará ni crecerá como persona.
Hay un sentimiento de culpa que es necesario para construir la vida porque introduce una autocrítica sana y fecunda, pone en marcha una dinámica de transformación y cambio, y conduce a vivir más y mejor.
Como siempre, lo importante es saber en qué Dios cree uno. Si Dios es un ser exigente y siempre insatisfecho, al que nada se le escapa y que lo controla todo con ojos de juez vigilante, la fe en ese Dios generará angustia e impotencia ante la perfección nunca lograda. Si Dios, por el contrario, es el Dios vivo de Jesucristo, el amigo de la vida y aliado de la felicidad humana, la fe en ese Dios engendrará un sentimiento de culpa sano y sanador, que impulsa a vivir de forma más digna y responsable.
La oración del leproso a Jesús puede ser ejemplo de la invocación confiada a Dios desde la experiencia de culpa: «Si quieres, puedes limpiarme.» Una oración de este estilo es reconocimiento de la culpa, pero es también confianza en la misericordia de Dios y deseo de transformar la vida.
REGRESION SEXUAL
Queda limpio.
Lo queramos ver o no, algo paradójico está sucediendo en nuestros días. Vivimos en una sociedad que se afana por satisfacer todas las necesidades del hombre excepto la más humana de todas, que es la necesidad de amar y ser amado.
Cada vez son más los que sufren de soledad. Las personas buscan que alguien se interese por ellas, pero no lo encuentran fácilmente. Necesitan amor y amistad pero no aciertan a experimentarlos.
Este déficit de amor se detecta tal vez de manera más trágica y paradójica precisamente allí donde más se habla de “amor”: en la experiencia de la sexualidad. Estamos viviendo una “inflación sexual” que, lo mismo que la inflación económica, trae consigo una devaluación y depreciación del mismo sexo.
La raíz más profunda de todo ello está, tal vez, en olvidar que, cuando la sexualidad no encarna ni expresa verdadero amor, deja de ser humana, y no puede satisfacer la necesidad más honda de la persona, que no es obtener placer, sino amar y ser amada.
Todo queda deshumanizado cuando una persona utiliza a otra, sólo con el fin de satisfacer su tensión sexual. El otro queda convertido en instrumento de placer. Ya no hay encuentro personal. Se elige un “objeto placentero”, pero no se ama a la persona en su singularidad y misterio.
Entonces se tiende fácilmente al cambio de ese “objeto sexual”. Un objeto debe ser útil y, si no satisface debidamente, ha de ser sustituido por otro mejor. Es algo intercambiable, canjeable.
Se llega así a la promiscuidad. Se cambia fácilmente de pareja. Se pasa de una experiencia a otra. Y si no satisface ya ni la misma promiscuidad, se llega a la pornografía que es la búsqueda del placer, sin seleccionar siquiera a una persona con- creta como objeto sexual.
Todo esto puede ser exaltado como “libertad sexual” o superación de viejos tabúes. Puede ser favorecido por determinadas campañas de orientación sexual que se ofrecen a las nuevas generaciones. Pero, en realidad es una regresión. Y quien estimula una conducta regresiva del hombre no tiene nada de progresista.
Lo que esta sociedad necesita, incluso para disfrutar del sexo, es aprender a amar. Un científico tan poco ingenuo como A. H. Maslowllega a decir que “las personas que no saben amar, no obtienen del sexo la misma calidad de emoción que las que pueden amar”.
El mensaje cristiano del amor sigue de permanente actualidad. Sólo el amor vivido de manera responsable puede humanizar de raíz el disfrute sano del sexo y limpiar nuestras relaciones de aquello que las degradan.
CARNAVAL TODO EL AÑO
Queda limpio.
Sería un error ver en los Carnavales únicamente desenfreno, inmoralidad y libertinaje. Los estudiosos de las costumbres populares saben analizar también los aspectos positivos que encierran.
Pocas veces puede el pueblo erigirse, como en estos días, en protagonista de su propia fiesta, sin limitarse a ser mero espectador de un festejo.
Pocas fiestas ofrecen a las gentes una posibilidad tan rica de desarrollar su creatividad y fantasía, e incluso su sentido crítico.
Por otra parte, son muchos los que viven el Carnaval con sano regocijo, sin caer en la frivolidad grotesca o la degeneración.
Más preocupante que los excesos que se puedan cometer estos días es observar que los aspectos más ambiguos y negativos del Carnaval se extienden a la vida de todos los días, fuera ya del clima festivo de estas fechas.
El disfraz y la máscara no son un juego en la sociedad contemporánea sino todo un estilo de vivir. Hay que ofrecer “buena imagen”, representar bien «el personaje”, aunque uno termine por desconoce su propia identidad.
Tampoco se produce sólo en Carnaval ese fenómeno, no tan raro hoy entre nosotros, de ridiculizar lo sagrado, parodiar lo espiritual, invertir los valores, hacer de lo religioso una mascarada.
Por otra parte, romper todo tipo de barreras y límites morales ya no es algo propio de estas fechas, sino el modo de vida de quienes aceptan ciegamente el hedonismo como el valor central de nuestra cultura.
El esfuerzo ya no está de moda. Todo lo que supone austeridad y disciplina queda arrinconado. Es la hora de dar culto al deseo y al placer inmediato.
Hay que disfrutar de todo y ahora mismo. Excitación permanente. Sexo a la carta. Seguir los impulsos. Gustarlo todo, hacerlo todo, ir siempre más lejos, buscar nuevas combinaciones.
Lo lamentable es que, cuando el Carnaval deja de ser una fiesta para convertirse en un modo de vida, la persona se disuelve, la existencia se vacía, el ser humano se envilece.
La vida convertida en orgía repetitiva y sin misterio pierde su sabor más sano. La violación permanente de toda regla crea vacío. La persona, travestida y disfrazada con mil máscaras, olvida su verdadero rostro.
Del Carnaval no nace un hombre nuevo y esperanzado sino un ser triste, cansado y aburrido.
CONTACTO HUMANO
… y lo tocó.
Cuando el único afán de las personas es verse libres de todo sufrimiento, resulta insoportable el contacto directo con el dolor y la miseria de los demás.
Por eso se explica que muchos hombres y mujeres se esfuercen por defender su pequeña felicidad, evitando toda relación y contacto con los que sufren.
La cercanía del niño mendigo o la presencia del joven drogadicto nos perturba y molesta. Es mejor mantenerse lo más lejos posible. No dejarnos contagiar o manchar por la miseria.
Privatizamos nuestra vida cortando toda clase de relaciones vivas con el mundo de los que sufren y nos aislamos en nuestros propios problemas, haciéndonos cada vez más insensibles al dolor ajeno.
Son muchos los observadores que detectan en la sociedad occidental un crecimiento de la apatía, la indiferencia e insensibilidad ante el sufrimiento de los otros.
Hemos aprendido a amurallarnos detrás de las cifras y las estadísticas que nos hablan de la miseria en el mundo y podemos calcular cuántos niños mueren de hambre cada minuto, sin que nuestro corazón se conmueva demasiado.
Incluso, las imágenes más crueles y trágicas que pueda servirnos la TV quedan rápidamente relegadas y olvidadas por el telefilme de turno.
El gran economista J.K. Galbraith ha hablado de la creciente «indiferencia ante el Tercer Mundo». Según sus observaciones, el aumento de riqueza en los países poderosos ha aumentado la indiferencia hacia los países pobres. «A medida que aumentó la riqueza, se podía haber esperado que la ayuda aumentara a partir de la existencia de recursos cada vez más abundantes. Pero he aquí que ha disminuí- do la preocupación por los pobres tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo rico».
La actitud de Jesús hacia los marginados de su tiempo resulta especialmente interpeladora para nosotros.
Los leprosos eran segregados de la sociedad. Tocarlos significaba contraer impureza y lo correcto era mantenerse lejos de ellos, sin contaminarse con su problema ni su miseria.
Jesús no sólo cura al leproso sino que lo toca. Restablece el contacto humano con aquel hombre que ha sido marginado por todos.
La sociedad seguirá levantando fronteras de separación hacia los marginados. Son fronteras que a un creyente sólo le indican las barreras que ha de traspasar para acercarse al hermano necesitado.
SENTIR LÁSTIMA, SER COMPASIVOS
Mc 1, 40-45
CONTEXTO
Seguimos en el primer capítulo de Marcos. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar (fue predicando por las sinagogas y expulsando demonios), nos narra la curación de un leproso.
Sigue Marcos más atento a los hechos que a las palabras. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento.
EXPLICACIÓN
La primera lectura es suficientemente expresiva. La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra en la antigüedad, no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante.
Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad, no son originales del judaísmo; se encuentran en otras culturas y religiones más antiguas. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero hay que tener en cuenta la necesidad de defenderse de una enfermedad que podía causar estragos en una población. Se trataba de salvaguardar la vida de la comunidad, indefensa ante una enfermedad contagiosa y mortal.
Sin la garantía de que era Dios el que lo mandaba, no hubiera tenido ningún efecto la prohibición. Por eso todas las normas se presentaban como recibidas de Dios, aunque fueran simplemente profilácticas. En una de las losas donde se encontró escrito el Código de Hammurabi, lo primero que aparece es la figura del rey recibiendo de Dios el escrito.
"Se acercó, suplicándole de rodillas". Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a trasgredir la Ley, pero también temor a ser rechazado, precisamente por eso.
"Si quieres... Quiero..." La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso, y respuesta que no defrauda... No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo limpiar, verbo que significa también 'purificar', 'liberar'.
Nos está lanzando a un significado mucho más profundo del que podía tener a primera vista una curación. No solo desaparece la enfermedad, sino que le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social, y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para todo buen judío.
"Sintiendo lástima". Siempre me ha llamado la atención que la insistencia en el amor de Jesús tiene su paralelo en Buda en la compasión. La devaluación del significado de la palabra "amor" nos tenía que obligar a buscar conceptos más adecuados para expresar hoy esa realidad.
En el NT, compasivo se dice sólo de Dios y de Jesús. La acción de Dios se manifiesta a través de los sentimientos humanos. La compasión (padecer con) era ya una de las cualidades de Dios en el AT. Jesús la hace suya en toda su trayectoria humana.
Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano, sino potenciarlo. ¡Qué poco se habla en nuestro cristianismo de la compasión! Y sin embargo, es la forma más humana de manifestar el amor. Cuando uno siente como suyo el sufrimiento del otro es cuando, de verdad, se le ha hecho próximo.
"Le tocó". El significado del verbo griego aptw, no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo.
Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto. Es suficiente, por sí mismo, para hacer patente la actitud vital de Jesús. No solo demuestra que está por encima de la Ley cuando se trata del bien de un hombre, sino que, al creer que era una enfermedad contagiosa, demuestra el riesgo personal que Jesús asume.
Lo echó fuera... y cuando salió..." La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar desértico, sin embargo el texto griego dice literalmente: 'lo expulsó fuera', y del leproso dice: 'cuando salió'. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual. Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote.
Una vez más, manifiesta Marcos el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado fueran mal interpretadas. ¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés.
Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está nunca contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de la Ley. Él mismo tuvo que defenderse de malentendidos, aclarando: "no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud".
Jesús solo se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. La obligación de presentarse al sacerdote para que certifique la curación, era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus religioso y social. Solo los sacerdotes podían certificar una curación.
El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación del hecho fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. "Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo".
Las consecuencias de la divulgación del hecho, podían ser igualmente negativas para el leproso. Era el sacerdote el único que podía declarar impuro o puro al contagiado. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación.
APLICACIÓN
Al oír la primera lectura y la explicación sobre las consecuencias sociales y religiosas de la lepra en tiempos de Jesús, nos quedamos horrorizados. Pero pensándolo un poco, ¡qué hipócritas somos! ¿Acaso no mantenemos hoy dosis de marginación mayores que las del tiempo de Jesús?
La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas sociales suponen para los instalados en el bienestar.
En la mayoría de los casos no somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes verdaderamente humanas. A veces se toman medidas para aliviar la situación de los marginados, pero a la vez, teniendo mucho cuidado de no cambiar la situación que la genera, porque eso supondría perder nuestros privilegios.
Seguimos levantando muros de separación, cada vez más eficaces, entre la sociedad satisfecha y los marginados de toda índole. Un cristiano, no solo no debe poner un dedo para construir esos muros, sino que debe estar siempre dispuesto a derribarlos.
Jesús se pone al servicio del hombre. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley, sea humana o divina. Jesús se salta a la torera la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre.
El valor de cada persona es absoluto en sí, no depende de ningún aditivo ajeno a ella misma. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley, que el acercamiento al marginado.
También seguimos teniendo una actitud contraria a la de Jesús, cuando consideramos a otros 'apartados' de Dios porque han 'pecado', o nos sentimos nosotros mismos apartados de Dios porque no hemos cumplido con las normas. Como para los fariseos del tiempo de Jesús, la ley sigue estando por encima de las personas.
Seguimos temiendo a un Dios, que sólo nos acepta cuando somos puros. Seguimos creyendo en un Dios legislador y leguleyo. Ese no es el Dios de Jesús. No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu que es mucho más dañina que la del cuerpo.
Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús, es sobre todo buena noticia sobre Dios. El Dios de Jesús es Padre y es Madre porque es Amor. De Él, nadie nunca se tiene que sentir apartado, excluido.
La experiencia de ser aceptado por Dios, es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.
Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor, la libertad, la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Este paso tendríamos que dar si de verdad somos cristianos.
Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!
Meditación-contemplación
Si quieres, puedes limpiarme. Quiero, queda limpio.
Es imposible decir más en menos palabras.
La actitud de cada uno no hubiera servido de nada por separado.
El efecto liberador surge por la reciprocidad.
.....................
Todos estamos con frecuencia en la situación del leproso y de Jesús.
Como impuros necesitamos una mano que nos limpie.
Como seres humanos con entrañas,
podemos compadecernos de los que esperan nuestra ayuda.
........................
El nuevo nombre del 'amor' tendría que ser 'compasión'.
Todos los que encontramos en nuestro caminar
esperan que sepamos hacer nuestras sus "pasiones".
Un mundo donde fuésemos todos capaces de compadecernos,
sería el "Reino de Dios".
........................
OCARM
ALESSANDRO PRONZATO
El leproso era tenido lejos de la comunidad, no sólo por motivos higiénicos, sino también, en términos religiosos, porque era considerado "herido por Dios".
Acercarse a él, tocarlo, significaba contraer impureza, como con el contacto de un cadáver.
Son significativas las prescripciones del libro del Levítico:
"El afectado por la lepra llevará los vestidos rasgados y desgreñada la cabeza, se cubrirá hasta el bigote e irá gritando: ¡Impuro, impuro! Todo el tiempo que dure la llaga, quedará impuro. Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada" (13, 45-46). El leproso contamina no sólo a las personas que se acercan a él, sino también los objetos que toca y las casas en que entra.
A Jesús, pues, se le acerca uno de estos "cadáveres" que, en lugar de mantener la debida distancia, se le tira delante de rodillas, y en vez de gritar "¡impuro, impuro!", le suplica: "Si quieres, puedes limpiarme". Con este gesto, con estas palabras, demuestra "lo que significa creer, esto es, osar en humildad" (G. Dehn).
"Compadecido de él...". Algunos códices antiguos usan un verbo muy distinto "airado", y es probable que sea el término original, precisamente porque es el más difícil de entender. Verosímilmente, algunos copistas, que tropezaban con un Cristo "airado" y no logrando conciliar la ira con la postura de misericordia expresada en el milagro, han tenido la feliz idea de corregirlo por "compadecido" (y sería inimaginable un proceso inverso).
J/IRA: Sin embargo, la irritación, el enojo no están fuera de lugar. Cristo se encuentra ante algo escandaloso, que contradice el plan original de Dios, su voluntad benéfica. Es la creación presa de la corrupción y del mal, devastada por el pecado. Es lo contrario de lo "bello", de lo "bueno" salido de las manos del creador.
Sea como sea, airado o compadecido -y quizá las dos cosas a la vez- toca lo intocable. Esta vez no es ya sólo la palabra. Tenemos también el gesto. Algo que recuerda el sacramento. Tocar, además de dar la curación, expresa el contacto humano restablecido con quien debía ser echado fuera.
"En vez de ser contaminado por él, le comunica su propia santidad" (Radermakers). "Al instante, le desapareció la lepra".
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El evangelio de este sexto domingo del Tiempo Ordinario nos muestra cómo Jesús acoge a un leproso. En aquel tiempo, los leprosos eran las personas más excluidas de la sociedad, evitadas por todos. No podían participar en ninguna cosa. Porque antiguamente, la falta de medicinas eficaces, el miedo al contagio y la necesidad de defender la vida de la comunidad obligaba a las personas a aislarse y a excluir a los leprosos. Además, entre el pueblo de Dios, donde la defensa del don de la vida era uno de los deberes más sagrados, se llegó a pensar que fuese una obligación divina la exclusión del leproso, porque era el único modo de defender a la comunidad contra el contagio de la muerte. Por esto, en Israel, el leproso se sentía impuro y excluido no sólo de la sociedad, sino hasta de Dios (cfr. Lev 14,1-32). De todos modos, poco a poco, en la medida en que se descubría mejores remedios y sobre todo gracias a la experiencia profunda comunicada por Jesús respecto a Dios nuestro Padre, los leprosos comenzaron a ser acogidos y reintegrados, en nombre del mismo Dios, como hermanos en la convivencia humana. A pesar de dos mil años de cristianismo, la exclusión y la marginación de ciertas categorías de personas continúan hasta hoy, tanto en la sociedad como en la Iglesia. Por ejemplo, los enfermos de sida, los emigrantes, los homosexuales, los divorciados, etc. ¿Cuáles son hoy, en tu país, las categorías de personas excluidas y evitadas en la sociedad y en la Iglesia? Con estas preguntas en la mente nos disponemos a leer y meditar el evangelio de este domingo.
b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura:
Marcos 1,40: La situación de abandono y de exclusión de un leproso
Marcos, 1,41- 42: Jesús acoge y cura a un leproso
Marcos 1, 43- 44: Insertar de nuevo a los excluidos en la convivencia humana Marcos 1, 45: El leproso proclama el bien recibido por Jesús, y Jesús se convierte en un excluido
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
¿Qué punto de este texto te ha gustado más y cuál te ha llamado más la atención?¿Por qué?
¿Cómo se expresa en este texto la marginación de los leprosos?
¿Cómo Jesús acoge, cura y reintegra al leproso? Intentemos observar bien todos los detalles.
¿Cómo imitar hoy la conducta de Jesús con los excluidos?
Para aquellos que desean profundizar más en el tema
a) Contexto de entonces y de hoy:
Tanto en los años 70, época en la que escribe Marcos, como hoy, época en la que vivimos nosotros, era y continúa siendo muy importante tener criterios o modelos para saber cómo vivir y anunciar la Buena Nueva de Dios y cómo realizar nuestra misión de cristiano. En los versículos del 16 al 45 del primer capítulo, al reunir otros episodios,
Marcos describe cómo Jesús anunciaba la Buena Nueva. Cada episodio constituye un criterio para la comunidad de su tiempo, de modo que ésta pudiese examinar su misión. El texto de este domingo concreta el octavo criterio: “reinsertar a los excluidos”. He aquí el cuadro de conjunto que se explicará a continuación.
TEXTO
ACTIVIDAD DE JESÚS
OBJETIVO DE LA BUENA NUEVA
Marcos 1,16-20
Jesús llama a los primeros discípulos
Formar comunidad
Marcos 1,21-22
La gente se admira de su enseñanza
Crear conciencia crítica
Marcos 1,23-28
Jesús arroja a un demonio
Combatir el poder del mal
Marcos 1,29-31
La curación de la suegra de Pedro
Restaurar la vida por medio del servicio
Marcos, 1,2-34
La curación de enfermos y endemoniados
Acoger a los marginados
Marcos 1,35
Jesús se levanta para orar estando oscuro
Permanecer unido al Padre
Marcos 1,36-39
Jesús sigue anunciando la Buena Nueva
No limitarse a los resultados
Marcos 1,40-45
Jesús cura a un leproso
Reintegrar a los excluidos
b) Comentario del texto
Marcos 1, 40:La situación de abandono y de exclusión de un leproso
Un leproso se acerca a Jesús. Era un excluido, impuro. Debía ser alejado de la convivencia humana. Quien se le acercaba también quedaba impuro Pero aquel leproso tenía mucho valor. Hace caso omiso de las normas de la religión para poder estar cerca de Jesús. Le dice: “¡Si quieres, puedes curarme!” O sea: “¡No hay necesidad de que me toques! ¡Basta que lo quieras, para que yo sea curado!”. La frase revela dos males: 1) el mal de la enfermedad de la lepra que lo convertía en impuro; 2) el mal de la soledad a la que estaba condenado por la sociedad y por la religión. Revela también la gran fe de los hombres en el poder de Jesús.
Marcos 1,41-42: Acogiendo y curando al leproso Jesús revela el nuevo rostro de Dios
Profundamente compasivo, Jesús cura los dos males. En primer lugar, para curar el mal de la soledad, toca al leproso. Es como si le dijese: “Para mí, tú no eres un excluido. ¡Te acojo como hermano!” En segundo lugar, cura la enfermedad de la lepra diciendo: “¡Quiero! ¡Queda limpio!” Para poder entrar en contacto con Jesús, el leproso había transgredido las normas de la ley. Jesús, para poder ayudar al excluido y así revelar el nuevo rostro de Dios, transgredió las normas de su religión y toca al leproso. En aquel tiempo, quien tocaba a un leproso se convertía en impuro a los ojos de las autoridades religiosas y ante la ley de la época.
Marcos 1, 43-44: Reinsertar a los excluidos en la convivencia fraterna
Jesús no sólo cura, sino que quiere que la persona curada pueda de nuevo convivir con los otros. Reintegra a la persona en la convivencia. En aquel tiempo, para que un leproso fuera de nuevo acogido en comunidad tenía necesidad de un certificado de curación dado por un sacerdote. Así estaba escrito en la ley con respecto a la purificación de un leproso (Lev 14, 1-32) Lo mismo sucede hoy. El enfermo sale del hospital con la cartilla médica firmada del correspondiente médico. Jesús obliga al leproso a consignar el documento a las autoridades competentes de modo que pueda reinsertarse con normalidad en la sociedad. Obligando así a las autoridades a reconocer que el hombre ha sido curado.
Marcos 1, 45: El leproso proclama el bien que Jesús le ha hecho y Jesús se convierte en excluido
Jesús había prohibido al leproso el hablar de la curación. Pero éste no lo hace. El leproso, comenzó a proclamar y a divulgar el hecho, al punto que Jesús no podía entrar públicamente en una ciudad. Sino que se quedaba fuera en lugares desiertos. ¿Por qué Jesús se quedaba fuera en lugares desiertos? Jesús había tocado al leproso. Por tanto, según la opinión de la religión de aquel tiempo, ahora él mismo estaba impuro, y debía vivir alejado de todos. No podía entrar en las ciudades. Pero Marcos indica que a la gente no le importaba mucho estas normas oficiales, sino que ¡… venían a él de todas partes! ¡Subversión total!
c) Ampliando los conocimientos
Los ocho criterios para evaluar la Misión de la Comunidad
Una doble esclavitud marcaba a la gente de la época de Jesús: la esclavitud de la religión oficial, mantenida por las autoridades oficiales de la época, y la esclavitud de la política de Herodes, apoyada por el Imperio Romano y sostenida por todo el sistema organizado de violencia y represión. A causa de todo esto, una gran parte de la gente era excluida de la religión y de la sociedad. ¡Al contrario, por tanto, de la fraternidad que Dios soñó para todos! Y es precisamente en este contexto en donde Jesús comienza a desarrollar su misión de anunciar la Buena Nueva de Dios. El evangelio de este domingo forma parte de una unidad literaria más amplia (Mc 1,16-45). Además de la descripción de la preparación de la Buena Nueva (Mc1,1-13) y de su proclamación (Mc 1,14-15), Marcos reúne ocho actividades de Jesús para describir cómo fue la misión de Jesús de anunciar la Buena Nueva y cómo debe ser la misión de las comunidades (Mc 16-45). Es la misma misión que Jesús recibió del Padre (Jn 20,21). Marcos recoge estos episodios, que se transmitían en las comunidades oralmente, y los une entre sí como viejos ladrillos de una nueva pared. Estos ocho episodios son ocho criterios que sirven a las comunidades para una buena revisión y para verificar si están desarrollando bien su misión.
Veamos:
Mc 1,16-20: Crear comunidad
La primera cosa que Jesús hace es llamar a las personas para que lo sigan. Una tarea fundamental de la misión es congregar las personas en torno a Jesús y crear comunidad.
Mc 1,21-22: Suscitar una conciencia crítica
La primera cosa que la gente percibe es la diferencia entre la enseñanza de Jesús y la de los escribas. Forma parte de la misión obrar de modo que la gente asuma una conciencia crítica, incluso ante la religión oficial.
Mc 1,23-28: Combatir el poder del mal
El primer milagro de Jesús es la expulsión de un espíritu impuro. Forma parte de la misión combatir el poder del mal que destruye la vida y aliena a las personas de sí misma.
Mc 1,29-31: Restaurar la vida mediante el servicio
Jesús cura la suegra de Pedro, y ésta se levanta y empieza a servir. Forma parte de la misión preocuparse de los enfermos de modo que puedan alzarse y de nuevo ofrecer a los otros sus servicios.
Mc 1,32-34: Acoger a los marginados
Después que pasó el sábado, la gente llevaba delante de Jesús a todos los enfermos y endemoniados para ser curados por Jesús, y él los cura a todos, imponiendo sus manos. Forma parte de la misión acoger a los marginados.
Mc 1,35: Permanecer unidos al Padre mediante la oración
Después de un día de trabajo que se prolonga hasta el atardecer, Jesús se levanta pronto para poder orar en un lugar desierto. Forma parte de la misión permanecer unidos a la fuente de la Buen Nueva, que es el Padre, mediante la oración.
Mc 1, 36-39: Mantener la conciencia de la misión
Los discípulos estaban contentos de los resultados y querían que Jesús volviese. Pero él continuó por su camino. Forma parte de la misión no contentarse con el resultado obtenido, sino mantener viva la conciencia de la misión.
Mc 1,40-45: Reinsertar a los marginados en la convivencia
Jesús cura a un leproso y pide que se presente al sacerdote para poder ser declarado curado y poder volver a vivir entre la gente. Forma parte de la misión reinsertar a los excluidos en la convivencia humana.
Estos ocho puntos tan bien escogidos por Marcos indican la finalidad de la misión de Jesús: “He venido para que todos tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 19,19. ). Estos mismos ocho puntos pueden servir para evaluar nuestra comunidad. Así se ve cómo Marcos ha construido su evangelio. Una bella construcción que ha tenido en cuenta dos cosas al mismo tiempo: 1) Informar a las personas respecto a lo que Jesús ha hecho y ha enseñado; 2) formar las comunidades y a las personas en la misión de anunciadores de la Buena Nueva de Dios.
VI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Cf. Sal 30, 3-4
Señor, sé para mí una roca protectora,
un baluarte donde me encuentre a salvo,
porque tú eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre, guíame y condúceme.
Oración colecta
Dios nuestro,
que te complaces en habitar en los corazones rectos y sencillos,
concédenos la gracia de vivir de tal manera
que encuentres en nosotros una morada digna de tu agrado.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Que esta ofrenda nos purifique y renueve, Señor,
y sea causa de recompensa eterna
para quienes cumplen tu voluntad.
Por Jesucristo, nuestro Señor
Antífona de comunión Cf. Sal 77, 29-30
Ellos comieron y se saciaron, el Señor les dio lo que habían pedido;
no fueron defraudados.
O bien: Jn 3,16
Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único
para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna.
Oración después de la comunión
Saciados con el pan del cielo, te pedimos, Padre,
la gracia de desear siempre este alimento
que nos da la vida verdadera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BÍBLICAS- LITÚRGICAS
DOMINGO SEXTO
El leproso vivirá apartado
y su morada estará fuera del campamento
Lectura del libro del Levítico 13, 1-2. 45-46
El Señor dijo a Moisés y a Aarón:
Cuando aparezca en la piel de una persona una hinchazón, una erupción o una mancha lustrosa, que hacen previsible un caso de lepra, la persona será llevada al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes.
La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: «¡Impuro, impuro!».Será impuro mientras dure su afección. Por ser impuro, vivirá apartado y su morada estará fuera del campamento.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 31, 1-2. 5. 11
R. ¡Me alegras con tu salvación, Señor!.
¡Feliz el que ha sido absuelto de su pecado y liberado de su falta!
¡Feliz el hombre a quien el Señor
no le tiene en cuenta las culpas,
y en cuyo espíritu no hay doblez!
R. ¡Me alegras con tu salvación, Señor!.
Pero yo reconocí mi pecado,
no te escondí mi culpa,
pensando: «Confesaré mis faltas al Señor».
¡Y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado!
R. ¡Me alegras con tu salvación, Señor!.
¡Alégrense en el Señor,
regocíjense los justos!
¡Canten jubilosos
los rectos de corazón! R.
Sigan mi ejemplo,
así como yo sigo el ejemplo de Cristo
Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los cristianos de Corinto 10, 31-11, 1
Hermanos:
Sea que ustedes coman, sea que beban, o cualquier cosa que hagan, háganlo todo para la gloria de Dios.
No sean motivo de escándalo ni para los judíos ni para los paganos ni tampoco para la Iglesia de Dios.
Hagan como yo, que me esfuerzo por complacer a todos en todas las cosas, no buscando mi interés personal, sino el del mayor número, para que puedan salvarse.
Sigan mi ejemplo, así como yo sigo el ejemplo de Cristo.
Palabra de Dios.
ALELUIA Lc 7, 16
Aleluia.
Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros
y Dios ha visitado a su Pueblo.
Aleluia.
EVANGELIO
La lepra desapareció y quedó purificado
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 1, 40-45
Se le acercó un leproso a Jesús para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado.
Jesús lo despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio».
Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.
Palabra del Señor.
IV
Jesús, que pasó haciendo el bien
La siguiente forma de esta Plegaria eucarística puede usarse convenientemente con los formularios de las Misas, por ejemplo, por los prófugos y exiliados, en tiempo de hambre o por los que padecen hambre, por los que nos afligen, por los cautivos, por los encarcelados, por los enfermos, por los moribundos, para pedir la gracia de una buena muerte, en cualquier necesidad.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
CP
En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación,
darte gracias siempre y en todo lugar,
Padre misericordioso y Dios fiel:
Porque nos diste como Señor y redentor nuestro
a tu Hijo Jesucristo.
Él siempre se mostró misericordioso
con los pequeños y los pobres
con los enfermos y los pecadores,
y se hizo cercano a los oprimidos y afligidos.
Él anunció al mundo, con palabras y obras,
que tú eres Padre
y que cuidas de todos tus hijos.
Por eso, con los Ángeles y todos los Santos,
te alabamos, te bendecimos,
y cantamos sin cesar
el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
2. El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP
Santo eres en verdad y digno de gloria,
Dios que amas a los hombres,
que siempre estás con ellos en el camino de la vida.
Bendito es, en verdad, tu Hijo,
que está presente en medio de nosotros
cuando somos congregados por su amor,
y como hizo en otro tiempo con sus discípulos,
nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.
3. Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Por eso te rogamos, Padre misericordioso,
que envíes tu Espíritu Santo
para que santifique estos dones de pan y vino,
Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan para nosotros
en el Cuerpo y + la Sangre
Junta las manos.
de Jesucristo, nuestro Señor.
4. En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.
Él mismo, la víspera de su Pasión,
en la noche de la Última Cena,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan, te bendijo, lo partió
y se lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora, haciendo genuflexión.
5. Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz,
te dio gracias
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora, haciendo genuflexión.
6. Luego dice:
CP
Éste es el Misterio de la fe.
O bien:
Éste es el Sacramento de nuestra fe.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Anunciamos tu muerte,
proclamamos tu resurrección.
¡Ven, Señor Jesús!
O bien:
CP
Éste es el Misterio de la fe, Cristo nos redimió.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Cada vez que comemos de este pan
y bebemos de este cáliz,
anunciamos tu muerte, Señor, hasta que vuelvas.
O bien:
CP
Éste es el Misterio de la fe, Cristo se entregó por nosotros.
Y el pueblo prosigue, aclamando:
Salvador del mundo, sálvanos,
que nos has liberado por tu cruz y resurrección.
7. Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CC
Por eso, Padre Santo,
al celebrar el memorial de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador,
a quien por su pasión y muerte en cruz
llevaste a la gloria de la resurrección y lo sentaste a tu derecha,
anunciamos la obra de tu amor, hasta que Él venga,
y te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de bendición.
Mira con bondad la ofrenda de tu Iglesia,
en la que se hace presente el sacrificio pascual de Cristo
que se nos ha confiado,
y concédenos, por la fuerza del Espíritu de tu amor,
ser contados ahora y por siempre
entre el número de los miembros de tu Hijo,
cuyo Cuerpo y Sangre comulgamos.
C1
Lleva a tu Iglesia, Señor,
a la perfección en la fe y en la caridad,
con nuestro papa FRANCISCO., y nuestro Obispo ISMAEL,
con los demás obispos, presbíteros y diáconos,
y todo tu pueblo.
Abre nuestros ojos
para que conozcamos las necesidades de los hermanos;
inspíranos las palabras y las obras
para confortar a los que están cansados y agobiados;
haz que podamos servirlos con sinceridad,
siguiendo el ejemplo y el mandato de Cristo.
Que tu Iglesia sea un vivo testimonio
de verdad y libertad,
de paz y justicia,
para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza.
C2
Acuérdate de nuestros hermanos (N. y N.),
que se durmieron en la paz de Cristo
y de todos los difuntos,
cuya fe sólo tú conociste:
admítelos a contemplar la luz de tu rostro
y dales la plenitud de la vida en la resurrección.
Y, terminada nuestra peregrinación por este mundo,
concédenos, también,
llegar a la morada eterna
donde viviremos siempre contigo
y allí, con santa María, la Virgen Madre de Dios,
con los apóstoles y los mártires,
(con san N. santo del día o patrono)
y en comunión con todos los santos,
te alabaremos y te glorificaremos
Junta las manos.
por Jesucristo, Señor nuestro.
8. Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva, y dice:
CP o CC
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
Amén.
Después sigue el rito de la Comunión.
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA XXXII JORNADA MUNDIAL DEL ENFERMO
11 de febrero de 2024
«No conviene que el hombre esté solo».
Cuidar al enfermo cuidando las relaciones
«No conviene que el hombre esté solo» (Gn 2,18). Desde el principio, Dios, que es amor, creó el ser humano para la comunión, inscribiendo en su ser la dimensión relacional.Así, nuestra vida, modelada a imagen de la Trinidad, está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones, de la amistad y del amor mutuo. Hemos sido creados para estar juntos, no solos. Y es precisamente porque este proyecto de comunión está inscrito en lo más profundo del corazón humano, que la experiencia del abandono y de la soledad nos asusta, es dolorosa e, incluso, inhumana. Y lo es aún más en tiempos de fragilidad, incertidumbre e inseguridad, provocadas, muchas veces, por la aparición de alguna enfermedad grave.
Pienso, por ejemplo, en cuantos estuvieron terriblemente solos durante la pandemia de Covid-19; en los pacientes que no podía recibir visitas, pero también en los enfermeros, médicos y personal de apoyo, sobrecargados de trabajo y encerrados en las salas de aislamiento. Y obviamente no olvidemos a quienes debieron afrontar solos la hora de la muerte, solo asistidos por el personal sanitario, pero lejos de sus propias familias.
Al mismo tiempo, me uno con dolor a la condición de sufrimiento y soledad de quienes, a causa de la guerra y sus trágicas consecuencias, se encuentran sin apoyo y sin asistencia. La guerra es la más terrible de las enfermedades sociales y son las personas más frágiles las que pagan el precio más alto.
Sin embargo, es necesario subrayar que, también en los países que gozan de paz y cuentan con mayores recursos, el tiempo de la vejez y de la enfermedad se vive a menudo en la soledad y, a veces, incluso en el abandono. Esta triste realidad es consecuencia sobre todo de la cultura del individualismo, que exalta el rendimiento a toda costa y cultiva el mito de la eficiencia, volviéndose indiferente e incluso despiadada cuando las personas ya no tienen la fuerza necesaria para seguir ese ritmo. Se convierte entonces en una cultura del descarte, en la que «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar, especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como los no nacidos—, o si “ya no sirven” —como los ancianos—.» (Carta enc. Fratelli tutti, 18). Desgraciadamente, esta lógica también prevalece en determinadas opciones políticas, que no son capaces de poner en el centro la dignidad de la persona humana y sus necesidades, y no siempre favorecen las estrategias y los medios necesarios para garantizar el derecho fundamental a la salud y el acceso a los cuidados médicos a todo ser humano. Al mismo tiempo, el abandono de las personas frágiles y su soledad también se agravan por el hecho de reducir los cuidados únicamente a servicios de salud, sin que éstos vayan sabiamente acompañados por una “alianza terapéutica” entre médico, paciente y familiares.
Nos hace bien volver a escuchar esa palabra bíblica: ¡no conviene que el hombre esté solo! Dios la pronuncia al comienzo mismo de la creación y nos revela así el sentido profundo de su designio sobre la humanidad, pero, al mismo tiempo, también la herida mortal del pecado, que se introduce generando recelos, fracturas, divisiones y, por tanto, aislamiento. Esto afecta a la persona en todas sus relaciones; con Dios, consigo misma, con los demás y con la creación. Ese aislamiento nos hace perder el sentido de la existencia, nos roba la alegría del amor y nos hace experimentar una opresiva sensación de soledad en todas las etapas cruciales de la vida.
Hermanos y hermanas, el primer cuidado del que tenemos necesidad en la enfermedad es el de una cercanía llena de compasión y de ternura. Por eso, cuidar al enfermo significa, ante todo, cuidar sus relaciones, todas sus relaciones; con Dios, con los demás —familiares, amigos, personal sanitario—, con la creación y consigo mismo. ¿Es esto posible? Claro que es posible, y todos estamos llamados a comprometernos para que sea así. Fijémonos en la imagen del Buen Samaritano (cf. Lc 10, 25-37), en su capacidad para aminorar el paso y hacerse prójimo, en la actitud de ternura con que alivia las heridas del hermano que sufre.
Recordemos esta verdad central de nuestra vida, que hemos venido al mundo porque alguien nos ha acogido. Hemos sido hechos para el amor, estamos llamados a la comunión y a la fraternidad. Esta dimensión de nuestro ser nos sostiene de manera particular en tiempos de enfermedad y fragilidad, y es la primera terapia que debemos adoptar todos juntos para curar las enfermedades de la sociedad en la que vivimos.
A ustedes que padecen una enfermedad, temporal o crónica, me gustaría decirles: ¡no se avergüencen de su deseo de cercanía y ternura! No lo oculten y no piensen nunca que son una carga para los demás. La condición de los enfermos nos invita a todos a frenar los ritmos exasperados en los que estamos inmersos y a redescubrirnos a nosotros mismos.
En este cambio de época en el que vivimos, nosotros los cristianos estamos especialmente llamados a hacer nuestra la mirada compasiva de Jesús. Cuidemos a quienes sufren y están solos, e incluso marginados y descartados. Con el amor recíproco que Cristo Señor nos da en la oración, sobre todo en la Eucaristía, sanemos las heridas de la soledad y del aislamiento. Cooperemos así a contrarrestar la cultura del individualismo, de la indiferencia, del descarte, y hagamos crecer la cultura de la ternura y de la compasión.
Los enfermos, los frágiles, los pobres están en el corazón de la Iglesia y deben estar también en el centro de nuestra atención humana y solicitud pastoral. No olvidemos esto. Y encomendémonos a María Santísima, Salud de los Enfermos, para que interceda por nosotros y nos ayude a ser artífices de cercanía y de relaciones fraternas.
Roma, San Juan de Letrán, 10 de enero de 2024
Francisco
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