3º Domingo de Cuaresma - Ciclo B

 Liturgia Diaria Domingo 3º de Cuaresma - Ciclo B

 

Saludo (Ver Segunda Lectura)
"Cristo crucificado
Es el poder y la sabiduría de Dios". 
Que él nunca sea ni obstáculo ni escándalo para nosotros.
Que el Señor Jesús esté siempre con ustedes.


Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)

1.           La Casa de Mi Padre


Si un cristiano viene a misa los domingos, pero el resto de la semana no se preocupa para nada de Cristo, engaña en sus negocios, miente, no muestra amor, entonces la religión de este cristiano no es genuina. Nuestro Señor nos dice hoy que la religión auténtica, el adorar en espíritu y en verdad, unifica nuestras vidas de tal manera que no debe haber una parte reservada para Dios y otra parte sólo para nosotros: Dios debe estar presente en todo lo que hacemos, Cristo es nuestro compañero en toda nuestra vida. Pidámosle a Cristo, presente con nosotros en esta eucaristía, que inspire todo lo que hacemos y que camine siempre con nosotros a través de nuestra vida.

 

2.           Verdadera Adoración


Hoy seguimos caminando por el camino de Cuaresma hacia la Pascua, Se nos recuerda cómo Jesús arrojó a los mercaderes fuera del templo. –sería bueno preguntarnos a nosotros mismos: ¿Qué desearía el Señor que alejáramos de nosotros, de forma que lleguemos a ser mejores cristianos? ¿Qué obstaculiza nuestro camino para ser más íntimos y cercanos a Jesús en nuestra vida diaria? Lo realmente importante para nosotros, cristianos, es que nos adhiramos al Señor y nos acerquemos con amor a los hermanos que él nos ha confiado. Entonces podemos adorarle con toda nuestra vida.

 

Acto Penitencial


Muchas veces hemos reservado parte de nuestra vida sólo para nosotros mismos. Pidamos perdón al Señor.
(Pausa)

·                Señor Jesús, tú nos invitas a encontrarnos contigo en cualquier momento, en cualquier lugar, en cualquier hermano:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

·                Cristo Jesús, con demasiada frecuencia venimos a la iglesia con corazones demasiado atiborrados con nuestras preocupaciones o demasiado vacíos para orar y adorarte.
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.

·                Señor Jesús, tú quieres que adoremos a Dios en espíritu y en verdad:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

Ten misericordia de nosotros, Señor, sal a nuestro encuentro con tu amor que perdona y llévanos a la vida eterna.


Oración Colecta


Oremos para que seamos templo santo de Dios.
(Pausa)
Señor, Dios nuestro:
Con frecuencia hacemos de nuestros corazones
casas de soberbia y avaricia
en vez de hogares de amor y bondad
donde tú te sientas a gusto, como en casa.
Destruye el templo del pecado en nosotros,
Aleja todo pecado de nuestros corazones,
y haznos piedras vivas de una comunidad
en la que tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
pueda vivir y reinar por los siglos de los siglos.

Primera Lectura (Ex 20,1-17): Los Mandamientos: Carta de la Fidelidad a la Alianza
Dios dio sus "diez palabras" (mandamientos) a su Pueblo, no tanto como leyes a obedecer, sino como carta de su libertad. Siguiendo los mandamientos, expresarían su lealtad y fidelidad al Dios siempre fiel, al Dios de la Alianza.

Segunda Lectura (1Cor 1,22-25): ¿Es Cristo una Piedra de Escándalo?
Para los que observan desde fuera, la muerte de Jesús en la cruz es o una locura o un fracaso. Pero para los que creen, es fuente de vida.

Evangelio (Jn 2,13-25)
: Hacia un Nuevo Templo
Cristo purifica el Templo judío, para que no sea un lugar que retiene y confina a Dios. Los romanos lo destruirán. Nosotros podemos encontrar a Cristo Resucitado en cualquier parte y él será el fundamento del Nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia.



Oración de los Fieles (Basada en un modelo del P. René Mouret)


Oremos a Jesús, el Señor, que sabe lo que hay en el corazón de los hombres, y supliquémosle en espíritu y en verdad: 

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Para que, cuando la gente busque un Dios a quien orar y en quien confiar, no encuentre otro Dios que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, para adorarle, amarle y servirle, roguemos al Señor.

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Para que, cuando la gente busque una fe con la que creer, encuentre a Jesús, el Señor, escuchen lo que él les dice y le sigan en lo que él hace, roguemos al Señor.

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Para que, cuando la gente busque una esperanza en la que confiar, descubra la palabra de Jesús que le inspire y le guíe, roguemos al Señor. 

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Para que cuando la gente busque amor fiel, descubra a Jesús, el Señor, que vive en la gente tanto en sus palabras como en sus obras, roguemos al Señor. 

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Para que cuando la gente busque una comunidad, descubra a la Iglesia, como el hogar del Padre donde encuentre a Jesús y a los hermanos.

 

R/. Señor, escucha nuestra oración.

Señor Jesús, danos la gracia de ser íntimos tuyos y que te amemos no solamente aquí en la eucaristía, sino en todo lo que hagamos y digamos, pues tú eres nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.


Oración de Ofertorio

 

Señor Dios, Padre nuestro:
Con el pan de vida y el vino de alegría de sí mismo,
tu Hijo renovará tu Alianza con nosotros en esta eucaristía.
Que Jesús nos dé la voluntad y el amor
para ser fieles a las exigencias de esa Alianza
como él mismo fue fiel a ella,
incluso cuando implicó la cruz,
ya que queremos darte verdadera adoración
por medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.


Introducción a la Plegaria Eucarística
    Demos gracias al Padre y con Jesús ofrezcámosle el culto de nuestra vida.

Introducción al Padrenuestro

Con las palabras de Jesús, pidamos al Padre para que todos busquemos y hagamos su voluntad:
R/. Padre nuestro…

 


Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, del mal del pecado
y de nuestra obstinada voluntad egoísta
que tantas veces rehúsa escucharte a ti
y a los que nos has dado como nuestros guías. 
Ayúdanos a liberar a nuestros hermanos
del hambre de poder y de riqueza
y de las estructuras opresoras
que les impiden vivir con dignidad como hijos tuyos.
Ayúdanos para prepararnos con esperanza y libertad
para la venida final en gloria
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…


Invitación a la Comunión

Éste es Jesucristo, Señor y Salvador nuestro,
poder y sabiduría de Dios. 
Fue crucificado porque cumplió tu voluntad hasta el fin.
Dichosos nosotros de acogerle
y de recibir con plenitud su poder y su amor. 
R/. Señor, no soy digno…

 


Oración después de la Comunión

 

Oh Dios, nuestro Padre fiel:
Tú nos has dado en esta eucaristía a tu Hijo Jesucristo
para mostrarnos en él lo que significa obediencia fiel.
Que tu Hijo viva en nosotros,
de forma que nuestra comunidad cristiana
sea el templo en el que él viva y que nos reúna juntos como hermanas y hermanos suyos.
Líbranos de todo formalismo hipócrita,
para que te adoremos con nuestras vidas
por el poder y sabiduría de Jesucristo nuestro Señor.


Bendición
Hermanos: Con sus palabras y acciones, Jesús nos ha dicho hoy que debemos servir a Dios como él mismo lo hizo:
En espíritu y en verdad.
Nuestra vida diaria tiene que corresponderse con lo que creemos, en servicio fiel a Dios y a los hermanos. 
Con respeto y amor, tenemos que ser libres para él y para los hermanos, Que el Señor nos bendiga y nos guíe.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo Descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.

 

Muchos creyeron en su nombre

 

Hemos dejado atrás el desierto (las tentaciones, primera semana de Cuaresma) y la montaña (la Transfiguración, segunda semana de Cuaresma). La Liturgia nos pone en suerte hoy los Mandamientos, que, seguramente, conocemos desde pequeñitos. Acostumbrados a estudiarlos de corrido, quizá nos hayamos acostumbrado a tenerlos de fondo, como algo que está bien, pero que no nos afecta demasiado. Total, ni robo, ni mato, ni “nada de nada”, como dicen algunos al confesarse.

Se nos olvida que los Mandamientos hay que entenderlos desde su origen: el recuerdo de la esclavitud en Egipto, la liberación y el deseo de vivir según unas normas que permitan constituir una sociedad distinta a la egipcia. Sin faraón, y con Dios. Sin esclavitud, y con libertad. Sin desigualdades, y con igualdad. Sin muerte, y con vida. La sociedad, el mundo que Dios quiere para todos. No es ya un catálogo de pecados graves a evitar, como piensan muchos.

En realidad, los Mandamientos, aunque algunos opinen de otra manera, siguen estando vigentes. Todos. Jesús, lejos de derogarlos, viene a darles sentido y plenitud. Son una muy buena forma de contrastar nuestro estilo de vida con lo que Dios quiere de nosotros. Los diez. Aquí no hay posibilidad de ir eligiendo, como si del menú de un restaurante se tratara. Éste me gusta, éste no tanto… Todos afectan a todos. Desde el Papa hasta la última de las abuelitas en una parroquia perdida en el fin del mundo.

Esta primera lectura nos recuerda que para Israel sólo debía haber un Dios. Esas palabras del Señor a su pueblo nos las dice hoy también a cada uno de nosotros. Los “diosecillos” que el mundo nos puede ofrecer no pueden ser los que dirijan nuestra vida. Es verdad que parecen muy atractivos, pero ni el dinero ni el placer ni el poder traen la verdadera felicidad. El Dios único, que se manifestó en la persona de Jesucristo, es el que debe dirigir nuestro existir, configurar nuestros valores, dar sentido a nuestra vida. Ésta es la verdadera y eterna alianza que Dios ha hecho con nosotros, sellada con la sangre de su Hijo, para que seamos fieles hasta el final.

Sabemos que Jesús resumió los Diez Mandamientos en dos, amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo (Mt 22, 33-34.) Quizá por eso sería bueno, antes de aprender – o enseñar – de memoria el Decálogo, aprender a sentir el amor de Dios, hablar de ello y predicarlo más a menudo. Amar, parece, es el resumen de los Mandamientos. Y ese amor nos obliga a abrir nuestra mente, para poder, incluso, amar a los enemigos. Y a perdonar sin límites. Y a compartir nuestro tiempo y nuestros bienes con los hermanos. Incluso, a morir por ellos. De esto no se dice nada expresamente en los Diez Mandamientos, pero es la consecuencia de la ley del Amor, con mayúscula. Si debemos tener un corazón lleno de amor, como el Padre, y si debemos darnos en todo momento, ¿quién va a querer robar, engañar, matar, convertirse en adúltero…? Todo eso va en contra de la Ley del Amor.

Hace muchos años, en un retiro en el monasterio de Santa María, en Buenafuente del Sistal, (Guadalajara, España) el padre Ángel Moreno, capellán del monasterio, me regaló una estampita con el Cristo que preside el presbiterio y una dedicatoria que decía: “El Crucificado es el icono del amor de Dios”. Es lo que nos recuerda hoy san Pablo en la segunda lectura. La cruz no es ya un únicamente un símbolo de muerte, sino el signo del amor que va más allá de la muerte. Mirando la cruz, se ve el amor que Dios nos tiene.

Este misterio de amor no era ni es evidente para todos. Algunos judíos no veían más allá del escándalo de la muerte en cruz, reservada a los bandidos y maleantes. Los griegos, más racionales, no podían entender la muerte del Hijo de Dios para salvar a todos los hombres. E incluso para algunos cristianos existe todavía la tentación de querer explicar con argumentos lo que sólo se puede explicar desde la fe y el amor. A nadie le gusta la cruz, pero fue necesaria para llegar a la luz de la resurrección. Hay mucho que meditar en este misterio de amor.

En el Evangelio, se reflexiona sobre el templo de Jerusalén, durante la Pascua. Seguramente, era la época del año donde todo el mundo “hacía el agosto”, con la gran cantidad de sacrificios, cambios de monedas y visitantes necesitados de alojamiento que llenaban la ciudad. Ante el volumen de negocio, parece que no había nada sagrado. Ni en el interior ni el exterior del templo.

Mientras que para los judíos no pasaba nada, Jesús reacciona de forma poco pacífica. Los discípulos vieron que el celo por la casa de Dios devoraba a Cristo. Él hizo una limpieza en profundidad (los cuatro evangelistas lo recogen, debió de ser algo notable), corrigió todos los excesos, expulsando a los mercaderes a golpes, incluso a los animales y aprovechó para hablar del nuevo templo de su cuerpo. El espacio físico del templo, que era considerado como la garantía de la cercanía de Dios con su pueblo, ya no será más necesario. Se acaba con la necesidad de peregrinar a la ciudad santa para ser un buen judío. El encuentro de Dios con cada uno de nosotros ya no sucederá en un lugar determinado, sino en el nuevo templo del cuerpo de Cristo Resucitado. Ese Jesús que, tras su muerte, resucitará y al que debemos adorar en espíritu y verdad. Que está siempre con nosotros, donde dos o más se reúnen en su nombre (Mt 18, 20).

Si nos podemos encontrar con Cristo en cualquier parte, ¿para qué necesitamos las iglesias, entonces? Pues, por ejemplo, para encontrarnos con la comunidad, cada domingo, cada vez que nos juntamos para la Misa. Para tener un sitio tranquilo donde rezar, celebrar los sacramentos y recordar lo que Dios ha hecho por nosotros. Un lugar especial de referencia para todos.

Muchos creyeron en Él. Nosotros, también. Pero no todos creyeron por los motivos correctos. Algunos, al ver los milagros que hacía, no prestaron atención a nada más. Les bastaba el poder comer de esos panes y de esos peces “milagrosos”. Cuando llegó el momento de la verdad, el de subir a Jerusalén, lo abandonaron. Nosotros también nos llamamos cristianos, seguidores de Cristo. ¿Prestamos atención a su mensaje, o nos quedamos en lo externo? ¿Le seguimos porque nos relaja, o es simplemente una costumbre, o tenemos miedo de que nos pase algo, si no “vamos a misa”? La fe adulta no precisa de signos, amenazas o supersticiones. Al adulto en la fe le vale la Palabra de Jesús, y eso debe llevarle a vivirla con intensidad en el mundo y a anunciarla en medio de los hermanos.

Jesús nos conoce mejor que nosotros mismos. Es un gran privilegio, porque además nos quiere como somos, y espera que seamos mejores. Nuestro corazón es su casa. Podríamos hoy pedir al Señor que purifique nuestras motivaciones para seguir a Jesús. Que no llenemos nuestra casa con imágenes que no representan a Cristo. Que seamos capaces de dar menos importancia a todo aquello que no permite el crecimiento del Reino. Que nos podamos liberar de los ídolos que nos frenan, sean personas, cosas o afectos desordenados, de forma que podamos vivir más como Dios quiere, con más tiempo para el encuentro con Cristo, y menos excusas para no hacer lo que Él nos pide.

 

 

 

EVANGELIO

 

Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 2, 13-25

 

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

 

-«Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.»

 

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.»

 

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: - «¿Qué signos nos muestras para obrar así?»

 

Jesús contestó:

 

- «Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron:

 

-«Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»  pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

 

Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

 

Palabra de Dios.

 

 

LA INDIGNACIÓN DE JESÚS

 

Acompañado de sus discípulos, Jesús sube por primera vez a Jerusalén para celebrar las fiestas de Pascua. Al asomarse al recinto que rodea el Templo, se encuentra con un espectáculo inesperado. Vendedores de bueyes, ovejas y palomas ofreciendo a los peregrinos los animales que necesitan para sacrificarlos en honor a Dios. Cambistas instalados en sus mesas traficando con el cambio de monedas paganas por la única moneda oficial aceptada por los sacerdotes.

 

Jesús se llena de indignación. El narrador describe su reacción de manera muy gráfica: con un látigo saca del recinto sagrado a los animales, vuelca las mesas de los cambistas echando por tierra sus monedas, grita: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

 

Jesús se siente como un extraño en aquel lugar. Lo que ven sus ojos nada tiene que ver con el verdadero culto a su Padre. La religión del Templo se ha convertido en un negocio donde los sacerdotes buscan buenos ingresos, y donde los peregrinos tratan de "comprar" a Dios con sus ofrendas. Jesús recuerda seguramente unas palabras del profeta Oseas que repetirá más de una vez a lo largo de su vida: «Así dice Dios: Yo quiero amor y no sacrificios».

 

Aquel Templo no es la casa de un Dios Padre en la que todos se acogen mutuamente como hermanos y hermanas. Jesús no puede ver allí esa "familia de Dios" que quiere ir formando con sus seguidores. Aquello no es sino un mercado donde cada uno busca su negocio.

 

No pensemos que Jesús está condenando una religión primitiva, poco evolucionada. Su crítica es más profunda. Dios no puede ser el protector y encubridor de una religión tejida de intereses y egoísmos. Dios es un Padre al que solo se puede dar culto trabajando por una comunidad humana más solidaria y fraterna.

 

Casi sin darnos cuenta, todos nos podemos convertir hoy en "vendedores y cambistas" que no saben vivir sino buscando solo su propio interés. Estamos convirtiendo el mundo en un gran mercado donde todo se compra y se vende, y corremos el riesgo de vivir incluso la relación con el Misterio de Dios de manera mercantil.

 

Hemos de hacer de nuestras comunidades cristianas un espacio donde todos nos podamos sentir en la «casa del Padre». Una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas, donde a nadie se excluye ni discrimina. Una casa donde aprendemos a escuchar el sufrimiento de los hijos más desvalidos de Dios y no solo nuestro propio interés. Una casa donde podemos invocar a Dios como Padre porque nos sentimos sus hijos y buscamos vivir como hermanos.

 

 

UN TEMPLO NUEVO

 

Jesús hablaba del templo de su cuerpo.

 

Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto provocativo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».

 

Pero Juan, el último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».

 

No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva veinte o treinta años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?

 

El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora atrevida. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.

 

Para quienes ven en Jesús el nuevo templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarse con Dios, no basta entrar en una iglesia. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.

 

En este nuevo templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».

 

Las puertas de este nuevo templo que es Jesús están abiertas a todos. Nadie está excluido. Pueden entrar en él los pecadores, los impuros e, incluso, los paganos. El Dios que habita en Jesús es de todos y para todos. En este templo no se hace discriminación alguna. No hay espacios diferentes para hombres y para mujeres. En Cristo ya «no hay varón y mujer». No hay razas elegidas ni pueblos excluidos. Los únicos preferidos son los necesitados de amor y de vida. Necesitamos iglesias y templos para celebrar a Jesús como Señor, pero él es nuestro verdadero templo.

 

 

LO PRIMERO NO ES LA RELIGIÓN

 

No convirtáis en mercado la casa de mi Padre.

 

Todos los evangelios se hacen eco de un gesto audaz y provocativo de Jesús dentro del recinto del templo de Jerusalén. Probablemente no fue muy espectacular. Atropelló a un grupo de vendedores de palomas, volcó las mesas de algunos cambistas y trató de interrumpir la actividad durante algunos momentos. No pudo hacer mucho más.

 

Sin embargo, aquel gesto cargado de fuerza profética fue lo que desencadenó su detención y rápida ejecución. Atacar el templo era atacar el corazón del pueblo judío: el centro de su vida religiosa, social y política. El Templo era intocable. Allí habitaba el Dios de Israel. ¿Qué sería del pueblo sin su presencia entre ellos?, ¿cómo podrían sobrevivir sin el Templo?

 

Para Jesús, sin embargo, era el gran obstáculo para acoger el reino de Dios tal como él lo entendía y proclamaba. Su gesto ponía en cuestión el sistema económico, político y religioso sustentado desde aquel «lugar santo». ¿Qué era aquel templo?, ¿signo del reino de Dios y su justicia o símbolo de colaboración con Roma?, ¿casa de oración o almacén de los diezmos y primicias de los campesinos?, ¿santuario del perdón de Dios o justificación de toda clase de injusticias?

 

Aquello era una «cueva de ladrones». Mientras en el entorno de la «casa de Dios» se acumulaba la riqueza, en las aldeas crecía la miseria de sus hijos. No. Dios no legitimaría jamás una religión como aquella. El Dios de los pobres no podía reinar desde aquel Templo. Con la llegada de su reinado, perdía su razón de ser.

 

La actuación de Jesús nos pone en guardia a todos sus seguidores y nos obliga a preguntarnos por la religión que estamos cultivando en nuestros templos. Si no está inspirada por Jesús, se puede convertir en una manera «santa» de cerrarnos al proyecto de Dios que Jesús quería impulsar en el mundo. Lo primero no es la religión, sino el reino de Dios.

 

¿Qué religión es la nuestra?, ¿hace crecer nuestra compasión por los que sufren o nos permite vivir tranquilos en nuestro bienestar?, ¿alimenta sólo nuestros propios intereses o nos pone a trabajar por un mundo más humano y habitable? Si se parece a la del Templo judío, Jesús no la bendeciría.

 

 

LA CASA DE TODOS

 

La casa de mi Padre.

 

Según el relato evangélico, cuando Jesús llega a Jerusalén, encuentra el templo lleno de «vendedores y cambistas». Aquella liturgia no es encuentro sincero con Dios, sino culto hipócrita que encierra intereses e injusticias de todo género. Jesús se indigna ante tanta mentira. No tolera un templo que no es ya signo de la presencia salvadora de Dios en medio del pueblo. Aquel templo no es la casa del Padre de todos. No es el lugar donde se acoge a todos fraternalmente corno hermanos y hermanas.

 

A lo largo de estos años, hemos sido testigos de un hecho doloroso que, por desgracia, se sigue repitiendo entre nosotros. Tras cada asesinato o muerte violenta, las familias cristianas traen sus muertos a la iglesia para ofrecerles la última despedida y orar por ello a Dios. Muchas veces, son celebraciones ejemplares donde la fe y el perdón sincero prevalecen heroicamente sobre los sentimientos de rabia y venganza que quieren apoderarse de familiares y amigos de la víctima.

 

Pero, ¿qué decir de otras celebraciones en que se pervierte el significado profundo del culto cristiano? ¿Qué sentido tiene instrumentalizar la Eucaristía, signo por excelencia de comunión y fraternidad, para acrecentar sentimientos de odio y venganza? ¿Se puede oír con sinceridad la Palabra de Dios escuchando de El sólo condena para los otros? ¿Se puede «monopolizar a Dios tratando de identificarlo con nuestra causa y nuestros intereses partidistas?

 

La trágica situación que vivimos en este pueblo hace todavía más urgente la necesidad de encontrar al menos en el templo un espacio donde todos nos dejemos juzgar por el Único que lo hace con justicia y donde, sobre todo, escuchemos la voz de un Padre que nos urge a todos a liberarnos de la violencia insensata, del odio y la venganza.

 

A lo largo de estos años, se viene manteniendo en la Iglesia una línea de actuación que no siempre es comprendida y respetada. Nunca se da autorización para introducir en los funerales banderas, símbolos o insignias de significado político. Tampoco se deja las iglesias para organizar reivindicaciones de carácter partidista.

 

Todo ello ha sido, en ocasiones, motivo de protestas y tensiones no pequeñas. Pero en una sociedad en que se quiere introducir la violencia en todos los ámbitos de la vida sin respetar fiestas, celebraciones ni actos religiosos, la Iglesia quiere defender el templo cristiano como un espacio de encuentro, sin convertirlo en lugar de divisiones y enfrentamientos. No lo hace para desentenderse de los problemas y sufrimientos de este pueblo, sino para recordar, de forma humilde pero firme, que ante Dios todos seguimos siendo hermanos.

 

 

SIN SITIO PARA DIOS

 

El celo de tu casa me devora.

 

Cada vez son más los que toman nota de ese dato que ponía de relieve hace unos años P Richard: Dios está presente en los pueblos pobres y marginados de la Tierra, y se está ocultando lentamente en los pueblos ricos y poderosos. Los países del Tercer Mundo son pobres en poder, dinero y tecnología, pero son más ricos en humanidad y espiritualidad que las sociedades que los marginan.

 

Tal vez, el viejo relato de Jesús expulsando del Templo a los mercaderes nos pone sobre la pista (no la única) que puede explicar el porqué de este ocultamiento de Dios precisamente en la sociedad del progreso y del bienestar. El contenido esencial de la escena evangélica se puede resumir así: allí donde se busca el propio beneficio no hay sitio para un Dios que es Padre de todos los hombres.

 

Cuando Jesús llega a Jerusalén no encuentra gente que busca a Dios, sino comercio. El mismo Templo se ha convertido en un gran mercado. Todo se compra y se vende. La religión sigue funcionando, pero nadie escucha a Dios. Su voz queda silenciada por el culto al dinero. Lo único que interesa es el propio beneficio.

 

Según el evangelista, Jesús actúa movido por «el celo de la casa de Dios». El término griego significa ardor, pasión. Jesús es un «apasionado» por la causa del verdadero Dios y, cuando ve que está siendo desfigurado por intereses económicos, reacciona con pasión denunciando esa religión equivocada e hipócrita.

 

La actuación de Jesús recuerda las terribles condenas pronunciadas en el pasado por los profetas de Israel. Sólo citaré las palabras que Isaías pone en boca de Dios: «Estoy harto de holocaustos... No me traigáis más dones vacíos ni incienso execrable... Yo detesto vuestras solemnidades y fiestas; se me han vuelto una carga que no soporto. Cuando extendéis las manos, cierro los ojos; aunque multipliquéis las plegarias, no escucharé. Vuestras manos están llenas de sangre. Lavaos, apartad de mi vista vuestras malas acciones. Cesad de obrar el mal, aprended a obrar el bien. Buscad la justicia, levantad al oprimido; defended al huérfano, proteged a la viuda. Entonces, venid» (Isaías 1, 11-18).

 

No es extraño que en la «Europa de los mercaderes» se hable hoy de «crisis de Dios» (Gotteskrise). Allí donde se busca la propia ventaja o ganancia sin tener en cuenta el sufrimiento de los necesitados, no hay sitio para el verdadero Dios. Allí el anhelo de la trascendencia se apaga y las exigencias del amor se olvidan. Esta Europa del bienestar donde la crisis de Dios está ya generando una profunda crisis del hombre, necesita escuchar un mensaje claro y apasionado: «Quien no practica la justicia, y quien no ama a su hermano, no es de Dios» (1 Juan 3, 1).

 

 

LA VIOLENCIA SE APRENDE

 

El celo de tu casa me devora.

 

Ningún ser humano nace con impulsos hostiles o violentos. La violencia se aprende. Esta es la tesis que defiende, junto con otros muchos expertos, el prestigioso psiquiatra, L. Marcos Rojas, en su último libro, «Las semillas de la violencia

 

Según el profesor de Nueva York, es, sobre todo, el entorno social el que estimula la racionalidad, la tolerancia y la bondad del individuo, o el que, por el contrario, desarrolla en él las semillas del disparate, el odio o la crueldad. Nadie se vuelve violento sin aprendizaje.

 

A lo largo de estos años se han cometido entre nosotros toda clase de crímenes sangrientos. Esta bárbara violencia ha estado siempre envuelta en un lenguaje legitimador que pretende justificar lo injustificable. Pero nunca hasta ahora se había producido un hecho tan grave como es el cultivar y desarrollar positivamente la violencia de las nuevas generaciones.

 

Jóvenes casi adolescentes, movilizados por análisis simplistas del problema vasco y por consignas privadas de todo sentido ético, son alimentados en el odio e incitados a la lucha callejera, la destrucción y la siembra de terror.

 

Este aprendizaje de la violencia exige la puesta en marcha de mecanismos bien conocidos. Para que se pueda despertar la violencia en las conciencias juveniles, es necesario, antes que nada, «fabricar el enemigo». Deshumanizar al otro, incluso «demonizarlo»; propagar falsos estereotipos que lo rebajen como ser humano y lo presenten como merecedor de una agresión justa. Solo así puede crecer el odio en el corazón noble de un joven.

 

Por otra parte, debe funcionar el mecanismo psicológico de la «proyección», descrito hace mucho por S. Freud. El joven tiene que defenderse de sus impulsos inaceptables de violencia y justificarlos de alguna forma ante sí mismo. Entonces proyecta sus propias actitudes sobre las víctimas. «Los odiamos» se convierte en «nos odian». «Los acosamos» en «nos acosan». Solo esta distorsión le permite proseguir su lucha con una sensación de dignidad.

 

Estos jóvenes no saben —quizás tampoco quienes los manipulan— que la primera víctima de su violencia será ellos mismos. Separados de la realidad y marcados por el odio y el fanatismo, su vida será cada vez menos humana y más desdichada. De seguir por ese camino, se convertirán en una juventud perdida para la paz. Habituados a la coacción, la agresión violenta y la destrucción, poco podrán aportar a una convivencia más justa y tolerante.

 

La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén no es una acción de violencia destructora, sino el gesto de un profeta que reacciona indignado contra lo que pervierte el culto a Dios y destruye la convivencia fraterna. Este pueblo no necesita sembradores de odios y violencias, sino hombres y mujeres que sepan reaccionar con indignación frente a todo lo que va contra el ser humano.

 

 

 AMOR NO SE COMPRA

 

No convirtáis en un mercado

la casa de mi Padre

 

Cuando Jesús entra en el templo de Jerusalén, no encuentra gentes que buscan a Dios sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a “vendedores y cambistas” no es sino la reacción del Profeta que se topa con la religión convertida en mercado.

 

Aquel templo llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloría de Dios y su amor fiel al hombre, se ha convertido en lugar de engaño y abusos donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.

 

Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de todo su mensaje es la gratuidad de Dios que ama a los hombres sin límites y sólo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.

 

Por eso, una vida convertida en mercado donde todo se compra y se vende, incluso la relación con el misterio de Dios, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover entre los hombres.

 

Es cierto que nuestra vida sólo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir todas nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.

 

Casi sin darnos cuenta, nos podemos convertir en “vendedores y cambistas” que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.

 

Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor y el amor no se compra. Por algo repetía Jesús que Dios “quiere amor y no sacrificios” (Mt 12,7).

 

Tal vez, lo primero que el hombre de hoy necesita escuchar de la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado donde nada hay gratuito y donde todo es exigido, comprado o ganado, sólo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo pues es el signo más auténtico del amor.

 

Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida, tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.

 

Quien conoce “la sensación de la gracia” y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

 

 

EL CUERPO

 

Hablaba del templo de su cuerpo.

 

Durante mucho tiempo el hombre occidental ha ignorado su cuerpo como algo superfluo o poco importante. Hoy las cosas parecen haber cambiado notablemente.

 

Un interés nuevo y casi febril se ha despertado en la sociedad moderna. Ha llegado el momento de cuidar el cuerpo y rodearlo de toda clase de atenciones y solicitudes.

 

Lo primero es la salud. Hay que preocuparse de la higiene, cuidar ‘la línea», controlar el peso. Se hace casi indispensable el chequeo periódico, la alimentación dietética, el régimen adecuado.

 

Todo es poco para mantenerse en forma. Masajes, sauna, “footing”, yoga o acupuntura. Hay que conservarse joven y fuerte.

 

Pero no se trata sólo de cuidar el buen funcionamiento del organismo. El hombre contemporáneo comienza a sentir y vivir su cuerpo de manera distinta.

 

Las generaciones actuales aprenden hoy técnicas de relajación, expresión corporal o comunicación sensible, totalmente desconocidas entre nosotros sólo hace unos años.

 

Hemos de valorar y celebrar en su justa medida este redescubrimiento del cuerpo. Es algo que puede ayudar a muchos hombres y “mujeres a crecer de manera más sana y armoniosa.

 

Esta afirmación del cuerpo será todavía más positiva y humanizadora si no olvidamos dónde radica su grandeza y dignidad.

 

El evangelista Juan nos recuerda que Jesús «hablaba del templo de su cuerpo» Sabemos que San Pablo, por su parte, lo considera “santuario del Espíritu Santo”.

 

El cuerpo no es algo vacío y hueco, privado de interioridad. En nuestro cuerpo crece y se expansiona ese Espíritu de Dios que alimenta nuestro ser.

 

El cuerpo no es sólo una máquina cuyo buen funcionamiento hemos de asegurar. Nosotros mismos somos cuerpo, materia viva, animada por el Espíritu del Creador.

 

Cuando esto se olvida, el declive corporal puede convertirse en verdadera tragedia. Hay que disimular los estigmas de la vejez, borrar las arrugas, hacerse la cirugía estética, retrasar la muerte.

 

Todo inútil. Cansado en tantas luchas y combates, gastado en tantos trabajos y penalidades, el cuerpo nos conduce humildemente hacia ese Dios de cuyas manos un día nacimos.

 

En el corazón del creyente brota entonces una esperanza. Este templo será reconstruido y levantado de nuevo. Cristo es nuestra esperanza.

 

 

EL CULTO AL DINERO

 

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

 

Hay algo alarmante en nuestra sociedad que nunca denunciaremos bastante. Vivimos en una civilización que tiene como eje de pensamiento y criterio de actuación la secreta convicción de que lo importante y decisivo no es lo que uno es sino lo que uno tiene. Se ha dicho que el dinero es «el símbolo e ídolo de nuestra civilización» (Miguel Delibes). Y de hecho, son mayoría los que le rinden su ser y le sacrifican toda su vida.

 

J. Galbraith, el gran teórico del capitalismo moderno, describe así el poder del dinero en su obra «La sociedad de la abundancia». El dinero «trae consigo tres ventajas fundamentales: primero, el goce del poder que presta al hombre; segundo, la posesión real de todas las cosas que pueden comprarse con dinero; tercero, el prestigio o respeto de que goza el rico gracias a su riqueza».

 

Cuántas personas, sin atreverse a confesarlo, saben que en su vida, en un grado u otro, lo decisivo, lo importante y definitivo, es ganar dinero, adquirir un bienestar material, lograr un prestigio económico.

 

Aquí está sin duda, una de las quiebras más graves de nuestra civilización. El hombre occidental se ha hecho en buena parte materialista y, a pesar de sus grandes proclamas sobre la libertad, la justicia o la solidaridad, apenas cree en otra cosa que no sea el dinero.

 

Y, sin embargo, hay poca gente feliz. Con dinero se puede montar un piso agradable, pero no crear un hogar cálido. Con dinero se puede comprar una cama cómoda, pero no un sueño tranquilo. Con dinero se pueden adquirir nuevas relaciones, pero no despertar una verdadera amistad. Con dinero se puede comprar placer pero no felicidad. Pero, los creyentes hemos de recordar algo más. El dinero abre todas las puertas, pero nunca abre la puerta de nuestro corazón a Dios.

 

No estamos acostumbrados los cristianos a la imagen violenta de un Mesías fustigando a las gentes. Y, sin embargo, ésa es la reacción de Jesús al encontrarse con hombres que, incluso en el templo, no saben buscar otra cosa que no sea su propio negocio.

 

El templo deja de ser lugar de encuentro con el Padre cuando nuestra vida es un mercado donde sólo se rinde culto al dinero. Y no puede haber una relación filial con Dios Padre cuando nuestras relaciones con los demás están mediatizadas sólo por intereses de dinero. Imposible entender algo del amor, la ternura y la acogida de Dios cuando uno solo vive buscando bienestar. No se puede servir a Dios y al Dinero.

 

 

AMBIGÜEDAD DEL CULTO

 

No convirtáis en un mercado

la casa de mi Padre.

 

En la década de los años 60, los llamados «teólogos de la muerte de Dios» profetizaron la rápida desaparición de la fe en Dios y el espectacular derrumbe de lo religioso en la sociedad moderna.

 

Apenas han pasado unos años, y ya ha perdido toda actualidad aquella moda teológica. Dios no ha muerto. Lo religioso sigue persistiendo, y la fe no parece abocada a una rápida desaparición.

 

Sin duda, la crisis religiosa es profunda y se plantea en las raíces mismas de nuestra civilización. Pero no se puede afirmar ligeramente que lo religioso esté desapareciendo para siempre. Si se escucha el parecer de sociólogos y teólogos, se diría casi lo contrario. «Desde el punto de vista de los datos empíricos, no hay razones para pensar que la religiosidad en general, y la práctica religiosa en concreto, estén en vías de desaparición, sino más bien de todo lo contrario». (J. M. Castillo).

 

El interés por el misterio, la atracción por ciertas prácticas de piedad, el acercamiento a los sacramentos en los momentos más decisivos de la vida (Bautismo, Matrimonio, funeral) no han descendido como se esperaba.

 

Pero, uno no puede menos de hacerse la pregunta: ¿qué hay tras esa religiosidad? ¿qué se esconde en esa liturgia? ¿qué se busca a través de ese culto? ¿con qué Dios se encuentran estos hombres y mujeres en el templo?

 

La actuación de Jesús en el templo de Jerusalén nos pone en guardia frente a posibles ambigüedades, ambivalencias y manipulaciones de lo cultual.

 

También nosotros hemos de preguntarnos en qué hemos convertido «la casa del Padre». ¿Son nuestras iglesias lugar donde nos encontramos con el Padre de todos, que nos urge a preocuparnos de los hermanos, o el lugar en que tratamos de poner a Dios al servicio de nuestros intereses egoístas?

 

¿Qué son nuestras celebraciones? ¿Un encuentro con el Dios vivo de Jesucristo que nos impulsa a construir su reino y buscar su justicia, o la puesta en práctica de unos mecanismos de los que esperamos obtener efectos tranquilizadores?

 

¿Qué son nuestros encuentros dominicales? ¿Una escucha sincera de las exigencias y las promesas del evangelio y una celebración de nuestro compromiso de fraternidad, o el cumplimiento de una obligación rutinaria y aburrida que nos permite una «cierta seguridad» ante Dios?

 

Sólo hay una manera de que nuestras iglesias sean «casa del Padre»: celebrar un culto que nos comprometa a vivir como hermanos.

 

 

J. ALDAZABAL

 

-La alianza que se demuestra en la vida

La Cuaresma de este año, además de orientarnos claramente hacia la vivencia de la Pascua, lo hace insistiendo en un tema importante: la Alianza. La Alianza que Dios ha realizado en Cristo, y que él quiere que en la Pascua de este año de gracia de 1991, renovemos con todas las consecuencias.

La primera lectura nos ha presentado a otro personaje del Antiguo Testamento, Moisés, de quien se sirvió Dios para liberar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. En este momento tan crucial, Dios, en el monte Sinaí, selló una Alianza muy expresiva con Moisés e Israel. Hemos escuchado su resumen: lo que llamamos "el decálogo", o "los diez mandamientos", de los que se subraya sobre todo el primero, "no tendrás otro Dios más que a mí".

A la acción liberadora de Dios, que ha tomado la iniciativa para salvar a su pueblo y le está conduciendo a la tierra prometida, corresponde ahora, por parte del hombre, un compromiso de vida.

La Alianza, como el amor, es de doble dirección. Y no se tiene que quedar en teorías: se pide a Israel que viva un estilo de vida distinto del de los pueblos paganos. Dios ha sido fiel.

Ahora le toca al hombre mostrar su fidelidad y su aceptación de la Alianza viviendo según la voluntad de Dios.

-Nosotros pertenecemos a una Nueva alianza

Nosotros los cristianos vivimos en el Nuevo Testamento, o sea, en la Nueva Alianza. La que Dios ha sellado definitivamente por medio de uno superior a Moisés: Cristo Jesús, su Hijo.

La primera Alianza, la de Moisés, a la salida de Egipto, la sellaron con un gesto muy expresivo: con la sangre de animales rociaron el altar (símbolo de Dios) y también al pueblo: así quedaba expresada la unión entre Dios y su Pueblo.

Ahora, la Nueva Alianza, queda sellada con la Sangre de Cristo, en la Cruz. Esta es la prueba de la seriedad con que Dios ha tomado la Alianza. De nuevo se ha adelantado para salvar a la humanidad. Ha entregado a su propio HIjo.

Pablo, en la segunda lectura, dice convencido que para nosotros la verdadera sabiduría y la fuerza está en Cristo crucificado. La mirada a la Cruz de Cristo es la que explica nuestra nueva relación con Dios.

Cristo no sólo nos consiguió una nueva alianza en cuanto que nos explicó la doctrina sobre la voluntad salvadora de Dios. Los diez mandamientos del Antiguo Testamento también valen para nosotros, pero han quedado completados y perfeccionados por Cristo, por ejemplo en las bienaventuranzas, mucho más profundas y exigentes que el decálogo de Moisés.

Pero Cristo sobre todo lo que ha hecho es entregarse, por solidaridad con la humanidad, hasta la muerte, sellando así la Nueva Alianza con Dios. El amor de Dios, manifestado en Cristo, ha vencido a nuestro pecado. En la Pascua de Cristo se ha realizado la reconciliación.

También el evangelio de hoy lo podemos considerar como un anuncio simbólico de la muerte de Cristo. Cristo se compara con el Templo de Jerusalén: "Destruid este Templo y en tres días lo reedificaré". Pero, como explica Juan, "él hablaba del Templo de su Cuerpo", entregado a la muerte pero glorificado por el poder de Dios.

-Una comunidad que mira a la Cruz

Esta es la perspectiva de nuestra Cuaresma. Nosotros, en Cuaresma, miramos hacia delante, a la Cruz de Cristo. Miramos a la Pascua. Y vemos en ella la razón de ser de nuestra vida y de nuestra identidad: la Alianza que Dios nos ha ofrecido, en Cristo Jesús, que nosotros hemos aceptado ya desde nuestro bautismo, pero que en esta Pascua somos invitados a renovar con mayor fidelidad.

En la Vigilia Pascual renovaremos comunitariamente nuestro compromiso de fidelidad a Dios, las promesas bautismales. 

Afirmaremos delante de todos que renunciamos a lo que no sea conforme con la Alianza de Cristo. Que creemos en Dios, en Cristo, en su Espíritu, en la Iglesia.

Renuncia y profesión de fe. Estilo de vida que queremos que sea más conforme a la Pascua de Cristo. Pascua es paso a la novedad.

Pascua nos interpela. No deben ser sólo aleluyas y admiración por la poderosa acción de Dios que resucita a Cristo. Pascua es también respuesta nuestra a Dios. Como lo fue el decálogo para los israelitas.

Ya estamos en el tercer domingo de Cuaresma. Pensemos en nuestra renovación pascual. En las direcciones de nuestra conversión.

Pensemos también en el sacramento de la Reconciliación, que tiene particular sentido en la cercanía de la Pascua.

Respondamos a Dios con generosidad. Su fidelidad está pidiendo de nosotros una actitud de mayor coherencia a la Alianza.

En la Eucaristía repetimos cada vez que el Cáliz de la Sangre de Cristo es la "Sangre de la Nueva Alianza": comulgar con el Cristo que se nos entrega en la comunión es aceptar una vez más la Alianza que conquistó en la Cruz. La Eucaristía es, por tanto, la que mejor nos prepara a la Pascua, y la que más impulso nos da para que también en nuestra existencia, en nuestro estilo de vida, sea Pascua.

 

 

ALESSANDRO PRONZATO

 

-Dimensiones del acontecimiento. El gesto realizado por Jesús quizás haya sido menos espectacular de lo que generalmente se cree.

Y esto por dos motivos. En primer lugar, el mercado era de proporciones tan vastas que se habría necesitado mucho tiempo y sobre todo se habría necesitado un "comando" formado por muchas personas para provocar destrozos de cierta consideración. Bastará un dato significativo. Un negociante que se llamaba Raba ben Buba, contemporáneo de Herodes el Grande, una vez presentó sobre la explanada del templo algo así como tres mil cabezas de ganado menor, poniéndolos a disposición para los sacrificios.

Además el comisario del templo -que en la escala jerárquica seguía inmediatamente al sumo sacerdote- no habría tardado en dar la orden de intervención al cuerpo de guardia que tenía en las propias dependencias, si la acción de Jesús hubiera asumido proporciones tales que disturbasen el desarrollo... de los negocios.

Por si fuera poco, desde lo alto de la fortaleza Antonia, vigilaban los centinelas romanos. En el caso de una escaramuza de tumulto que amenazase el orden público, se habría recurrido a la fuerza para sofocarla de raíz.

Parece que nadie se ha movido. Ni hay rastros del incidente en el proceso. Evidentemente Jesús más que otra cosa ha hecho un acto demostrativo, pero limitado en las proporciones externas. En definitiva, una acción simbólica. Sin duda un hecho histórico, pero mucho más importante por el significado que por las dimensiones. De tal modo que inquietase a las autoridades religiosas sobre todo por sus consecuencias.

Los daños en sí son limitados (un pequeño foco de protesta, algún puesto tirado, algunos vendedores mal tratados, unos pocos animales asustados). Pero la operación es considerada inquietante por las consecuencias que podría acarrear.

-Lectura del acontecimiento. El punto de vista peor en la escena de la expulsión de los mercaderes del templo es, sin duda, el del espectador que "no tiene que ver" con cuanto sucede.

Instintivamente se pone a un lado, sobre una grada, aparte. Ve a Jesús, con una mal disimulada complacencia, dejando la plaza limpia...

Sí. La cosa se refiere siempre a los otros. Quizás a los curas con sus aranceles por bodas y funerales; o a los que venden medallas en los comercios cercanos a los santuarios...

Nosotros estamos allí de paso. Y comentamos "bien hecho les está", "ya lo había yo dicho siempre, que era una vergüenza, algo intolerable".

Con una actitud de este tipo no captamos el significado del episodio. Somos como los centinelas romanos de la torre Antonia, que no miden la importancia del acontecimiento. Nadie puede creerse dispensado de aquella limpieza.

¿Quién de nosotros está seguro de no ser un frecuentador "abusivo" del templo? ¿Quién puede sostener que no ha ido alguna vez a comerciar con Dios? ¿Quién no se ha dirigido de vez en cuando a la iglesia sólo para sentirse bien, tranquilo? El gesto de Jesús se comprende sólo si nos colocamos entre los destinatarios de su ira.

El templo está "purificado" -ahora que han sido echados los mercaderes- sólo a condición de que no entren los que se consideran "puros".

Aún más. Lo que impresiona en las palabras de Jesús es la alternativa inexorable entre "casa de mi Padre" (o "casa de oración" según Marcos) y "mercado" (o "cueva de bandidos" según el texto de Marcos).

No hay posición intermedia.

El templo que no es "casa de oración" se convierte inevitablemente en "mercado". Si no se celebra la liturgia de la gratuidad de Dios, se celebra el mercado. O los ritos de Dios o los del dinero.

En el fondo, el mercado consiste en utilizar el nombre de Dios para operaciones en las que interviene el dinero. Una especie de etiqueta sagrada que debería esconder los productos de la actividad humana. Una cobertura divina sobre tratos e intereses mezquinos.

Mercader no es sólo el que saca ganancias del templo, sino también quien saca honores, carrera, títulos, privilegios.

Pero volvamos al significado central del episodio.

La frase se nos ofrece por la amarga constatación referida por Marcos (/Mc/11/17): "Mi casa será casa de oración para todos los pueblos, pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos". La expresión "cueva de bandidos" (mejor que ladrones) no se refiere necesariamente al mercado y al tráfico que se desarrolla a la sombra del templo. Se refiere, más bien, a un cierto tipo de religiosidad.

La actitud que Jesús condena se puede entresacar del párrafo de Jeremías del que está tomada la cita y que sería oportuno leer íntegro (/Jr/07/02-11).

El pueblo ofrece sacrificios, participa en grandiosas ceremonias y se siente tranquilo: "Estamos salvados". Es decir: "El señor está con nosotros". Jeremías replica sin vacilar: "No. El señor está con vosotros sólo cuando estáis con él, es decir, cuando vuestra conducta es conforme a su voluntad". No se va al templo para obtener una especie de impunidad, para comprar un buen puesto de seguridad. Hay que convertirse. Con Dios no se comercia, como se hace con los vendedores para el sacrificio. No se enderezan las cosas torcidas con cualquier salmo. Las cosas torcidas sólo se enderezan... mejorándolas.

No se puede ir en peregrinación al templo y después continuar robando, explotando, calumniando al prójimo.

No se puede ser sinceros con Dios, cuando se engaña a los propios semejantes. Dios no acepta las genuflexiones de quien pisotea la justicia.

No consiente que se sustituya con un "homenaje religioso" lo que es debido al prójimo. "Enmendad vuestra conducta y vuestras acciones...".

No se va a la iglesia para huir de las exigencias éticas más comprometidas, sino precisamente para tomar conciencia de las propias responsabilidades.

En otras palabras, lo que se condena es el templo como refugio (esta es la cueva, la caverna que oculta a los delincuentes de un justo castigo).

Lo que se desautoriza es el aspecto tranquilizador de las prácticas religiosas.

Lo que se denuncia es la piedad como coartada. Por lo que uno puede ilusionarse de ir a la casa del Señor a revalidar -con alguna oración u ofrenda- una conducta fundamentalmente mala y contraria a las exigencias de justicia, de honradez y caridad hacia el prójimo.

Un culto de este género es un culto mentiroso y la seguridad que proporcionase una falsa seguridad.

En este sentido la purificación del templo se traduce en desenmascarar la hipocresía de las personas religiosas que creen "poner en regla" sus acciones poco limpias con el Señor, obteniendo, por el pago de alguna "práctica", un certificado de buena conciencia.

Jesús deja intuir, refiriéndose a Jeremías, que el problema es el modificar la conducta, no el multiplicar las invocaciones o aumentar las ofrendas.

La alternativa al templo "cueva de bandidos" es el templo abierto, no ciertamente a las personas perfectas, sino a las personas que quieren vivir en la fidelidad, en la claridad y sinceridad y que buscan en Dios no un "cómplice" dispuesto a cerrar los ojos ante ciertos hechos, sino alguien que guía por el camino de rectitud.

 

OTRO

 

Enseñados y memorizados en las catequesis, aprendimos los diez mandamientos descontextualizados, de una manera individualista y como un catálogo de los pecados graves que debemos evitar... Pero los diez mandamientos hay que entenderlos desde su contexto: el recuerdo doloroso de la esclavitud en Egipto, y el propósito de tener unas normas de convivencia que permitan construir una sociedad distinta a la de aquel Egipto, es decir, con Dios y sin faraón, con libertad y sin esclavitud, con igualdad y sin desigualdades, con vida y sin muertes... Es la sociedad que aun quiere Dios para todos. Los mandamientos se dividen en dos partes, los tres primeros hablan de la relación con Dios, los siete restantes sobre las relaciones entre las personas y la comunidad.

1) “No tendrás otros dioses fuera de mí...”. El dios del Faraón justificaba la esclavitud y la opresión del pueblo. El Dios de Israel en cambio se la juega toda por su pueblo, por eso es el único. Las imágenes deben ser solo instrumentos de recuerdo que permitan mejorar la comunicación con Dios, nunca para manipularlo o reemplazarlo. El único que salva es Dios.

2) No pronunciarás el nombre de Dios en vano. No se trata solo de jurar, sino de aprovecharse del nombre de Dios para justificar estructuras económicas, proyectos políticos, privilegios, injusticias y corrupción, tal como lo hacía el faraón. Pronunciamos el nombre de Dios en vano cuando con nuestra vida no permitimos que otros conozcan el verdadero Dios, el del amor, la justicia y la fraternidad.

3) Acuérdate del día sábado, para santificarlo... El pueblo en Egipto trabajaba como esclavo. No había permiso para el descanso ni la celebración. Por esto, el problema no es si es sábado para los judíos, domingo para los cristianos, o viernes para los musulmanes, lo importante es ser un día de descanso para celebrar la vida, compartir con la familia, la comunidad y con Dios. El resto de los mandamientos apuntan a la comunidad:

4) respetar a los padres y a los dirigentes de la comunidad;

5) respetar y defender la vida como el don más preciado de Dios;

6) que las relaciones igualitarias partan del respeto y la fidelidad en el matrimonio, en el que hombres y mujeres son iguales;

7) que se respeten los medios de vida y los bienes del otro, y ante los imprevistos que crezca la solidaridad;

8) que no se mienta para que las relaciones en la comunidad se funden siempre en la verdad, fortaleciendo así la confianza mutua;

9-10) que no se codicie nada de lo que pertenece al prójimo porque aumenta proporcionalmente el egoísmo y la acumulación en unos pocos, rompiendo la justicia y la igualdad en la comunidad.

En la segunda lectura, Pablo responde a las divisiones de la comunidad de Corinto al interpretar el sentido de la cruz, dejando claro que para los cristianos la cruz es fuerza y sabiduría de Dios. Es la fuerza de Dios que nos libera de los poderes del mal que esclavizan la humanidad y es la “locura” sabia de Dios que nos rescata de la muerte para darnos vida eterna.

El evangelio es una reflexión sobre el templo. Veamos lo que piensan los personajes que aparecen en el texto: los discípulos manifiestan el celo de Jesús por el templo. Los judíos no ven problemas en la relación templo-mercado ni la autoridad de Jesús para cambiar esta relación. Jesús aprovecha para enseñar en la necesidad de destruir el viejo templo y construir uno nuevo. Para el narrador (Juan), el nuevo templo es el propio Jesús, que después de muerto resucitará a los tres días, a quien debemos adorar en “espíritu y verdad”, y que permanece siempre presente donde “hay dos o más reunidos en su nombre”.

Es claro que ni los discípulos, ni los judíos habían entendido el hecho. Según Juan, muchas de las cosas que dijo e hizo Jesús sólo se comprendieron a la luz de la resurrección. Ningún templo, catedral o capilla, suplanta la relación personal y comunitaria que debemos tener con la persona de Jesús. Todos los espacios son templos de Dios por que allí está Jesús. ¿Cuál es entonces el papel de nuestros templos? Son necesarios como el espacio privilegiado elegido por la comunidad, para encontrarse personal y comunitariamente con Jesús, a través de la oración y la celebración de los sacramentos.

Para terminar, Jesús hace una evaluación sobre lo que motiva realmente nuestra fe. ¿Creemos en Jesús por los signos o milagros que hace? ¿O porque le tenemos miedo? ¿O porque nos relaja? ¿O porque es ya una costumbre? Mucho cuidado, que todos estos motivos quedan descalificados. La fe adulta no necesita de los signos, la amenaza o la terapia de Jesús, le basta su palabra y el compromiso por anunciarla y vivirla en medio de los hermanos.

Datos muy interesantes sobre el movimiento económico del Templo de Jerusalén en los tiempos de las fiestas de pascua pueden ser tomados de "Un tal Jesús", episodio 107, "Con el látigo en la mano", de los hermanos López Vigil. También se pueden encontrar datos muy ilustrativos en el «clásico» libro de Joaquín Jeremías, "Jerusalén en tiempos de Jesús", editorial Cristiandad, Madrid 1977.

 

Para la revisión de vida
¿Qué significan para mí «los diez mandamientos»? ¿Están en el centro de mi visión moral, o los he superado y transcendido en el mandamiento de Jesús, el «mandamiento nuevo»?
¿Los tomo demasiado como «mandamientos», como una orden, como si fueran algo así como una orden irracional, o los he interiorizado y hecho míos?
¿Vivo pendiente de la ley, o de alguna manera vivo ya en el espíritu de la ley, sin vivir atenazado por la «obligación»?
 

Para la reunión de grupo
- Se nos enseñó que para hacer nuestro «examen de conciencia» siguiéramos «los diez mandamientos de Dios y los 5 de la Iglesia»… Todavía hay personas cuyo «guión de examen» contiene en primer lugar o exclusivamente esos 15 mandamientos. ¿Es correcto ese planteamiento? ¿Por qué? ¿Pueden ocupar el gran espacio los mandamientos del Primer Testamento? ¿Y los mandamientos de Jesús? ¿Cuáles?
- Tener como referencia moral unos «mandamientos» puede tener un peligro: el de creer que las cosas malas son malas por estar prohibidas, que su pecaminosidad procede simple o principalmente del hecho de que han sido prohibidas. Santo Tomás de Aquino tiene un adagio famoso: «las cosas malas no son malas porque estén prohibidas, sino que están prohibidas porque son malas» (non mala quia prohibita, sed prohibita quia mala). Entender esto o no, posibilita dos tipos de espiritualidad o de moral: uno legalista, otro adulto.
- En la Edad Media europea hubo una corriente filosófica de lo que podríamos llamar un «voluntarismo ético»: Dios ha mandado unos preceptos y con ello queda para nosotros claro la ética y la moral, pero en realidad podría haber mandado las cosas al revés, porque el bien y el mal lo dicta la «voluntad de Dios». Comentar esta posición teológica.
- Los diez mandamientos es uno de tantos elementos que en la biblia están repetidos, contados dos veces, y para más extrañeza, elencados de forma diversa. Están en Ex 20,1 y en Dt 5, 1. El estudio moderno de la Biblia comenzó presicamente observando repeticiones como ésta, y tratando de deducir su significado. El grupo puede hacer el intento de interpretar la diferencia de las dos redacciones.
- Si se quiere completar toda una sesión de trabajo y formación sobre la base de los mandamientos, se puede tocar el tema del retiro del segundo mandamiento (prohibición de hacer imágenes) y el desdoblamiento del décimo para recuperar el número de diez (“deca”-logo). Ambas cosas (retiro y desdoblamiento) tienen un significado teológico digno de profundizar.
- Que el "Templo" pueda convertirse en una "cueva de ladrones" no se refiere sólo a la mercantilización de la religión (hoy más improbable que en el tiempo de Jesús), sino también a su connivencia con el capital. En un sistema capitalista neoliberal como el actual, que reconocidamente produce una concentración de la riqueza y una exclusión creciente de los pobres, ¿qué tendría que hacer la religión para «no ser ni parecer» legitimadora del desorden económico mundial actual? Si en el mundo 20/80 (el mundo en el que el 20% de la población acapara el 80% de los recursos) ese 20% más rico "es" cristiano, ¿qué pensar del "Templo" cristiano? Si los máximos multimillonarios actuales "son" cristianos, ¿qué decir de sus capellanes?

 

 

UNA RELACIÓN DE AMOR, NO COMERCIAL

Fray Marcos

Jn 2, 13-25

 

INTRODUCCIÓN

En las tres primeras lecturas de los domingos que llevamos de cuaresma, se nos ha hablado de pacto. Después de la alianza con Noe (Dom. 1) y con Abraham (Dom. 2), se nos narra hoy la tercera alianza, la del Sinaí. La alianza con Noe, fue la alianza cósmica del miedo. La de Abrahán fue la familiar de la promesa. La de Moisés fue la nacional de la Ley.

¿Cómo debemos entender hoy estos relatos? Noe, Abrahán y Moisés, son personajes legendarios. La historia "sagrada" que narra la vida y milagros de estos personajes empezó a escribirse hacia el siglo IX antes de Cristo. Son míticas leyendas que no debemos entender al pie de la letra. Se trata de experiencias vitales que responden a las categorías religiosas de cada época.

Hoy nadie, en su sano juicio, puede pensar que Dios le dio a Moisés unas tablas de piedra con los diez mandamientos. No fue Dios quien utilizó a Moisés para comunicar su Ley, sino Moisés el que utilizó a Dios para hacer cumplir unas normas que él consideró imprescindibles para la construcción y supervivencia del un pueblo.

Dios no puede hacer pactos con nadie porque no puede ser "parte". Una cosa es la experiencia de Dios que los hombres tienen según su nivel cultural, y otra muy distinta lo que Dios es. Jesús nos habló del Dios de la "alianza eterna".

Dios actúa de una manera unilateral y desde el amor, no desde un 'toma y daca' con los hombres. Dios se da totalmente sin condiciones ni requisitos, porque el darse (el amor) es su esencia. En el Dios de Jesús no tienen cabida los pactos ni las alianzas. Lo único que espera de nosotros es que descubramos la presencia de ese amor total identificado con nuestro propio ser, y actuemos con los demás como Él actúa con nosotros.

 

EXPLICACIÓN DEL EVANGELIO

El nombre de "purificación del templo" no es adecuado, porque no se trata de purificar, sino de sustituir. El pasaje del templo lo hemos entendido de una manera demasiado simplista. Una vez más la exégesis viene en nuestra ayuda para descubrir el significado profundo del relato.

Como buen judío, Jesús desarro­lló su vida espiritual en torno al templo; pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se cocía no era lo que Dios esperaba de los seres humanos. Es muy importante recordar que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión y podía caer en la tentación de repetir aquella manera de dar culto a Dios.

Es casi seguro que algo parecido a lo que nos cuentan, sucediera realmente, porque el relato cumple perfecta­mente los criterios de historici­dad. Por una parte lo narran los cuatro evangelios. Por otra es algo que podía interpretarse por los primeros cristianos (todos judíos) como desdoro de la persona de Jesús: no es fácil que nadie se lo pudiera inventar si no hubiera ocurrido y no hubiera estado en las fuentes.

Nos han repetido, por activa y por pasiva, que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo de una actividad de compraventa ilegal y abusiva. Según esa versión, Jesús lo que intenta es que al templo se vaya a rezar y no a comprar y vender.

Esto no tiene fundamento alguno, puesto que lo que estaban haciendo allí los vendedores y cambistas, era completa­mente imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo. Se vendían bueyes ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios que se ofrecían en el templo. Los animales vendidos en el templo para sacrificarlos estaban controlados por los sacerdotes; de esa manera se garantizaba que cumplían todos los requisitos de legalidad.

También eran imprescindibles los cambistas, porque al templo solo se le podía ofrecer dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo, a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús quiso manifestar con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios, no era la correcta. Imaginad que una persona entra en la sacristía de una iglesia, se apropia del vino y las formas e impide que se diga la misa. No se le juzgaría por apoderarse de unos gramos de pan y una mínima cantidad de vino, sino por impedir la celebración de la eucaristía.

No podemos pensar en una acción espectacular. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo ocho o diez mil personas. Es impensable que un sólo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente. Además, el templo tenía su propia guardia, que se encargaba de mantener el orden.

Por si esto fuera poco, en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima para las autoridades romanas. Cualquier desorden hubiera sido sofocado en unos minutos.

Los textos que citan los evangelistas son la clave para interpretar el hecho. Debemos tener claro que la Biblia no estaba dividida en capítulos y en versículos como ahora. Era una escritura continua que ni siquiera separaba las palabras unas de otras. Para citar la Biblia se recordaba una frase y con ella se hacía alusión a todo el contexto.

Los sinópticos ponen en labios de Jesús una cita de (Is 56,7) "mi casa será casa de oración para todos los pueblos"; y otra de (Jer 7,11) "pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos".

El texto de Isaías hace referencia a los extranjeros y a los eunucos que estaban excluidos del templo, y dice: "yo los traeré a mi monte santo y los alegraré en mi casa de oración. Sus sacrificios y holocaus­tos serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos."

Isaías está diciendo, que en los tiempos mesiánicos, los eunucos y los extranjeros podrán dar culto a Dios. Ahora no podían pasar del patio de los gentiles.

El texto de Jeremías (Jer 7,8-11) dice así: "No podéis robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: 'Estamos seguros' y seguir cometiendo los mismos crímenes. ¿Acaso tenéis este templo por una cueva de bandidos?"

Los bandidos no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque solo buscaban seguridad. Lo que Jesús critica es que con los sacrificios se intente comprar a Dios.

Juan va por otro camino y cita un texto de Zacarías (14,20) "En aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: "consagrado a Yahvé", y serán las ollas de la casa del Yahvé como copas de aspersión delante del altar; y toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé y los que vengan a ofrecer comerán de ellas y en ellas cocerán; y ya no habrá comerciante en la casa de Yahvé en aquel día".

Esa inscripción "consagrado a Yahvé" la llevaban los cascabeles de las sandalias de los sacerdotes y las ollas donde se cocía la carne consagrada. Quiere decir que en los tiempos mesiánicos, no habrá distinción entre cosas sagradas y cosas profanas, Dios lo inundará todo y todo será sagrado, es decir, ordenado al Señor.

Las personas no serán santas porque vengan a rezar al templo, su santidad se hará presente en la vida ordinaria. En el Apocalipsis (Ap. 21.22) se dice: "No vi santuario en la ciudad, pues el Señor todopoderoso y el Cordero, eran su santuario."

Los vendedores interpelados (los judíos) le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma, quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús serán 'hacer presente la gloria de Dios a través de su amor'.

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Juan y no el de Marcos. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y él contesta haciendo alusión a su muerte.

Su muerte hará de él el santuario único y definitivo. Una de las razones para matarlo, será que se ha convertido en un peligro para el templo. Es interesante descubrir que, para Juan, el fin de los templos está ligado a la muerte de Jesús.

 

APLICACIÓN

La aplicación a nuestra vida del mensaje del evangelio de hoy, podría tener consecuencias espectaculares en nuestra relación con Dios.

Si dejásemos de creer en un Dios 'que está en el cielo', no le iríamos a buscar en la iglesia (edificio), donde nos encontramos tan a gusto.

Si de verdad creyésemos en un Dios que está presente en todas y cada una de sus criaturas, trataríamos a todas con el mismo cuidado y cariño que si fuera Él mismo.

Nos seguimos refugiando en lo sagrado, porque seguimos pensando que hay realidades que no lo son. Una vez más el evangelio está sin estrenar.

 

Meditación-contemplación

"Ya no habrá comerciantes en la casa del Señor, en aquel día".

Ha llegado, de verdad, para mí "aquel día".

¿He salido ya de un toma y daca en mis relaciones con Dios?

¿He descubierto que Él me lo ha dado todo

y que yo tengo que hacer lo mismo?

.....................

Mis relaciones con Dios tienen como base su amor total.

Nada puedo pedir ni esperar de Él que no me haya dado ya.

Mi tarea consiste en tomar conciencia de ese don total.

Mi vida real responderá entonces a esa realidad.

.....................

Todas las criaturas son manifestación de Dios.

La única Realidad es Él mismo.

Nosotros solo somos la imagen que se refleja en el espejo,

que no estaría ahí si Él no estuviera presente al otro lado.

.....................

 

 

 

OCARM

 

Lectura  

i) Contexto y estructura:  

Nuestro pasaje sigue inmediatamente al primer signo de Jesús en Caná de Galilea (2, 112). Existen algunas expresiones y frases que se repiten en las dos escenas y hacen pensar que el autor haya querido crear un contraste entre las dos escenas. En Caná, una aldea de Galilea, durante una fiesta de bodas, una mujer hebrea, la madre de Jesús, demuestra una confianza ilimitada en Jesús e invita a la acogida de su palabra (2, 3-5). Por otra parte, "los Judíos" durante la celebración de la Pascua en Jerusalén rechazan el creer en Jesús y no acogen su palabra. En Caná Jesús hizo el primer signo (2,11), aquí los judíos piden un signo (v.18), pero no aceptan el signo que Jesús les da (2,20). El desarrollo de nuestra pequeña historia es muy sencillo. El v. 13 la encuadra en un contexto espacial y temporal bien preciso y significativo: Jesús sube a Jerusalén por la Pascua. El v. 14 introduce la escena que hace desencadenar una fuerte reacción por parte de Jesús. La acción de Jesús viene descrita en el v.15 y motivada por el mismo Jesús en el v. 16. La acción y la palabra de Jesús suscitan dos reacciones. La primera, la de los discípulos, es de admiración (v. 17); la segunda, aquélla de los "judíos", es de desacuerdo y confrontación (v.18). Ellos reclaman una explicación por parte de Jesús (v. 19), pero no están abiertos a acogerla (v.20). En este momento interviene el narrador para interpretar auténticamente la palabra de Jesús (v.21). "Los Judíos" no pueden entender el verdadero significado de la palabra de Jesús. Pero ni siquiera los discípulos, que lo admiran como un profeta lleno de celo por Dios, la pueden entender ahora: sólo después de su cumplimiento creerán en la palabra de Jesús (v.22). Finalmente, el narrador nos ofrece un resumen sobre la acogida entusiasta de Jesús por parte de las gentes en Jerusalén (vv. 23-25). Pero esta fe basada sólo en los signos no entusiasma a Jesús. 

 

Algunas preguntas  

para ayudarnos en la meditación y en la oración.  

i)              ¿Soy capaz de confiarme a Dios completamente en un acto de fe o pido siempre signos?  

ii)             Dios me proporciona muchos signos de su presencia en mi vida ¿soy capaz de acogerlos?  iii) ¿Me contento con el culto exterior o trato de ofrecer a Dios el culto de mi obediencia en la cotidianidad de la vida?  iv) ¿Quién es Jesús para mí? ¿Soy consciente de que sólo en Él y por medio de Él es posible encontrar a Dios?  

 

Una clave de lectura  

para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.  

 

"Los Judíos"  

               El Evangelio de Juan tiene el carácter de un largo debate sobre la identidad de Jesús. En este debate cristológico está de una parte Jesús y de la otra "los Judíos". Pero este debate, más que la situación histórica del tiempo de Jesús, expresa la situación desarrollada hacia los años ochenta del primer siglo entre los seguidores de Jesús y los hebreos, que no lo han aceptado como Hijo de Dios y Mesías. Ciertamente, el enfrentamiento se inició ya durante el ministerio de Jesús. Pero la división entre los dos grupos que étnicamente eran todos lo mismo y constituido por hebreos, se hizo definitiva cuando aquéllos que no aceptaban a Jesús como Hijo de Dios y Mesías, sino que lo tenían como blasfemo, expulsaron a los seguidores de Jesús de las sinagogas, o sea, de la comunidad de fe hebraica (ver Jn 9, 22; 12,42; 16,2). Por tanto, "los Judíos" que encontramos a menudo en el cuarto evangelio no representan el pueblo hebreo. Son los elementos literarios en el debate cristológico que se desata en este evangelio. Ellos representan, no una raza, sino a aquéllos que han tomado una posición clara de rechazo absoluto de Jesús. En una lectura actualizada del evangelio, "los Judíos", son todos aquéllos que rechazan a Jesús, sea cual sea la nación o época a la que pertenezcan.  

 

Los signos  

               Las curaciones y otras acciones taumatúrgicas de Jesús que los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) llaman milagros o prodigios, Juan los llama signos. En cuanto que son signos señalan algo que va más allá de la acción que se ve. Ellos revelan el misterio de Jesús. Así, por ejemplo, la curación del ciego de nacimiento revela a Jesús como luz del mundo (Jn 8,12; 9, 1-41); la resurrección de Lázaro revela que Jesús es la resurrección y la vida (ver Jn 11, 1-45). En nuestra narración "los Judíos" piden un signo en el sentido de una prueba, que autenticase las palabras y acciones de Jesús. Pero en el cuarto evangelio, Jesús no obra signos como pruebas que garanticen la fe. Una fe basada en los signos no es suficiente. Es sólo una fe incipiente que puede conducir a la verdadera fe (ver Jn 20.30-31), pero que también puede no tener éxito (ver Jn 6,26). El evangelio de Juan nos pide que vayamos más allá de los signos, de no quedarnos en lo maravilloso, sino acoger el significado más profundo de revelación que los signos quieren indicar.  

 

Jesús nuevo Templo  

               El templo de Jerusalén era el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Sin embargo, los profetas insistieron incesantemente en que no bastaba acceder al templo y ofrecer sacrificios para ser agradables a Dios (ver Is 1,10-17; Jer 7, 1-28; Am 4, 4-5; 5, 21-27). Dios pide la obediencia y una vida moralmente recta y justa. Si el culto exterior no expresa estas posturas vitales, es vacío (ver 1 Sam 15, 22). Jesús se injerta en esta tradición profética de purificación del culto (ver Zac 14, 21 y Mal 3,1 para la acción del futuro "Mesías" a este respecto). Los discípulos lo admiran por esto y rápidamente piensan que por este modo de comportarse tendrá que sufrir en la persona como Jeremías (ver Jr 26, 1-15) y los otros profetas . Pero para el evangelio de Juan la acción de Jesús es más que un gesto profético de celo por Dios. Es un signo que prefigura y anuncia el gran signo de la muerte y resurrección de Jesús. Más que una purificación, lo que hace Jesús es anunciar la abolición del templo y del culto allí celebrado, porque ya el lugar de la presencia de Dios es el cuerpo glorificado de Jesús (ver Jn 1,51; 4, 23).  

 

 


LECTURAS BÍBLICAS

La Ley fue dada por medio de Moisés

Lectura del libro del Exodo     20, 1-17

    Dios pronunció estas palabras:
    «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud.
    No tendrás otros dioses delante de mí.
    No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas.
    No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto, porque Yo soy el Señor, tu Dios, un Dios celoso, que castigo la maldad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación, si ellos me aborrecen; y tengo misericordia a lo largo de mil generaciones, si me aman y cumplen mis mandamientos.
    No pronunciarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque Él no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano.
    Acuérdate del día sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas; pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor, tu Dios. En él no harán ningún trabajo, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tus animales, ni el extranjero que reside en tus ciudades. Porque en seis días el Señor hizo el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, pero el séptimo día descansó. Por eso el Señor bendijo el día sábado y lo declaró santo.
    Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.
    No matarás.
    No cometerás adulterio.
    No robarás.
    No darás falso testimonio contra tu prójimo.
    No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca.»

Palabra de Dios.


O bien más breve:

Lectura del libro del Éxodo     
20, 1-4. 7-8. 12-17

    Dios pronunció estas palabras:
    «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud.
    No tendrás otros dioses delante de mí.
    No te harás ninguna escultura y ninguna imagen de lo que hay arriba, en el cielo, o abajo, en la tierra, o debajo de la tierra, en las aguas.
    No pronunciarás en vano el Nombre del Señor, tu Dios, porque Él no dejará sin castigo al que lo pronuncie en vano.
    Acuérdate del día sábado para santificarlo.
    Honra a tu padre y a tu madre, para que tengas una larga vida en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.
    No matarás.
    No cometerás adulterio.
    No robarás.
    No darás falso testimonio contra tu prójimo.
    No codiciarás la casa de tu prójimo: no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su asno, ni ninguna otra cosa que le pertenezca.»

Palabra de Dios.



SALMO     Sal 18, 8-11

R.
 Señor, Tú tienes palabras de Vida eterna.

La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple. 
R.

Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos. 
R.

La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos. 
R.

Son más atrayentes que el oro,
que el oro más fino;
más dulces que la miel,
más que el jugo del panal. 
R.



Nosotros predicamos a un Cristo crucificado,
escándalo para los hombres, pero sabiduría de Dios para los llamados

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     1, 22-25

Hermanos:
    Mientras los judíos piden milagros y los griegos van en busca de sabiduría, nosotros, en cambio, predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero fuerza y sabiduría de Dios para los que han sido llamados, tanto judíos como griegos. Porque la locura de Dios es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fortaleza de los hombres.

Palabra de Dios.


ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO     Jn 3, 16

Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único;
para que todo el que crea en Él tenga Vida eterna.


EVANGELIO

Destruyan este templo
y en tres días lo volveré a levantar

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     2, 13-25

    Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio.»
    Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.
    Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»
    Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»
    Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?»
    Pero Él se refería al templo de su cuerpo.
    Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
    Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.

Palabra del Señor.

 


III DOMINGO DE CUARESMA


Antífona de entrada         Sal 24, 15-16
Mis ojos están siempre fijos en el Señor,
porque él sacará mis pies de la trampa.
Mírame y ten piedad de mí, Señor, porque estoy solo y afligido.
 
O bien:         Cf. Ez 36, 23-26
Dice el Señor: Cuando manifieste mi santidad en medio de ustedes,
los reuniré de entre todos los países de la tierra;
derramaré sobre ustedes el agua pura,
serán lavados de todas sus manchas y pondré en ustedes un espíritu nuevo.
 
No se dice Gloria.
 
Oración colecta
Padre de misericordia y origen de todo bien,
que en el ayuno, la oración y la limosna
nos muestras el remedio del pecado,
mira con agrado el reconocimiento de nuestra pequeñez,
para que seamos aliviados por tu misericordia
quienes nos humillamos interiormente.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
 
Se dice Credo.
 
Oración sobre las ofrendas

Señor, por este sacrificio concédenos
que, así como te pedimos perdón por nuestros pecados,
sepamos también perdonar las faltas de nuestros hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
 
 
PREFACIO:

PREFACIO DE CUARESMA V
EL CAMINO DEL ÉXODO EN EL DESIERTO CUARESMAL

Este prefacio se dice en las Misas de las ferias de Cuaresma.

V.
 El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo bendecir tu nombre,
Padre rico en misericordia,
ahora que, en nuestro itinerario hacia la luz pascual,
seguimos los pasos de Cristo,
maestro y modelo de la humanidad
reconciliada en el amor.

Tú abres a la Iglesia el camino de un nuevo éxodo
a través del desierto cuaresmal,
para que, llegados a la montaña santa,
con el corazón contrito y humillado,
reavivemos nuestra vocación de pueblo de la alianza,
convocado para bendecir tu nombre,
escuchar tu Palabra,
y experimentar con gozo tus maravillas.

Por estos signos de salvación,
unidos a los ángeles, ministros de tu gloria,
proclamamos el canto de tu alabanza:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

 
Cuando se lee otro evangelio:         Sal 83, 4-5
Hasta el gorrión encontró una casa,
y la golondrina tiene un nido donde poner sus pichones:
junto a tus altares, Señor del universo, mi Rey y mi Dios.
Felices los que habitan en tu casa y te alaban sin cesar.
 
Oración después de la comunión
Padre, alimentados en la tierra, con el pan del cielo,
anticipo de la eterna salvación,
te suplicamos que lleves a su plenitud
el misterio que se realiza en nosotros
Por Jesucristo nuestro Señor.
 
Oración sobre el pueblo
Padre, dirige los corazones de tus fieles,
y concédeles generosamente la gracia de permanecer
en el amor a ti y al prójimo,
para que así lleguen a la perfección de tu ley.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


 

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