Domingo 5º de Cuaresma - Ciclo B
Liturgia Viva del Domingo 5º de Cuaresma - Ciclo B
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Cristo, el Hijo de Dios,
aprendió a obedecer a través del sufrimiento;
y así se hizo, para todos los que le obedecen,
fuente de salvación eterna.
Que este Señor, Jesús, esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
· Perder la Vida para Encontrarla
Todos los que cultivan plantas, incluso gente de la ciudad que aman las flores, saben que las semillas tienen que morir en la tierra para que los retoños puedan brotar de ellas y darnos flores llenas de color, La semilla tiene que morir para dar vida. – De la misma manera, Jesús murió para darnos vida. Y nosotros, sus discípulos hoy, tenemos que seguir sus huellas. Tenemos que entregarnos a nosotros mismos para que los otros sean felices y vivan. San Pablo dice con Jesús: "Nadie vive para sí mismo". ¿Podemos decir eso de nosotros mismos?
· Como un Grano de Trigo
No es de ningún modo razonable buscar dolor y sufrimiento, sin embargo, sabemos que en la vida hay ciertos sufrimientos que tenemos que aceptar en línea con nuestras tareas -una mujer tiene que pasar por los dolores de parto para traer un niño al mundo, los padres tienen que sacrificarse por sus hijos, las enfermeras tienen que dedicarse a aliviar las penas de los enfermos. Sí, la semilla tiene que morir en el surco para dar vida a una nueva planta. - Hoy Jesús nos invita a a seguirle aceptando el dolor y los esfuerzos necesarios para llevar a cabo nuestra misión en la vida.
Acto Penitencial
Pedimos ahora perdón al Señor por haber vivido demasiado centrados en nosotros mismos.
(Pausa)
· Señor Jesús, tú nos recuerdas: "Quien ama su vida la perderá, pero quien entrega su vida logrará vida eterna":
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tú nos invitas: "Los que quieran servirme tienen que seguir mis huellas":
R/. Cristo, te n piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú nos das a la vez el ejemplo y la fuerza para vivir no sólo para nosotros, sino para los demás:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Restaura nuestra vida con tu perdón, Señor, y que sea una vida al servicio de Dios y de los hermanos que nos rodean,
de modo que tú puedas otorgarnos la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos pidiendo un amor que se dé a sí mismo a los demás.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro;
Tú plantaste a tu propio Hijo, Jesús,
como un grano de trigo
en los surcos de nuestra tierra,
y de su muerte brotó y creció
la abundante cosecha de una nueva humanidad.
Danos valor para seguirle,
para que nuestro amor también
traiga vida y alegría a muchos.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo, nuestro Señor.
Primera Lectura (Jer 31,31-34): Una Nueva Alianza
En tiempo de mucha infidelidad, Dios promete una nueva Alianza, una nueva unión de vida y amor de Dios con su pueblo. Se guiarán por la ley interior de amor en sus corazones.
Segunda Lectura (Hb 5,7-9): La Muerte de Jesús es Nuestra Fuente de Vida
Jesús tenía miedo al sufrimiento y a la muerte; sin embargo, los aceptó por lealtad al Padre y por amor a nosotros. Con su muerte nos trajo vida.
Evangelio (Jn 12,20-30): Morir para Dar Vida a Otros
Muriendo en tierra, el grano de trigo produce una rica cosecha. Muriendo en la cruz, Jesús nos da vida eterna. También los discípulos de Jesús deben arriesgar sus vidas por los demás.
Oración de los Fieles
Con sus brazos extendidos en la cruz Jesús quiso atraer a todos los hombres a sí mismo. Acerquémonos a él con las necesidades y esperanzas de todos y digamos:
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
Por los que están buscando una fe en que creer, para que la encuentren en la Iglesia, y vean allí presente a Jesús, en su amor y preocupación por los pobres y por los que sufren, roguemos al Señor.
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
Por los que se preparan para el bautismo para que logren ver a Jesús en la comunidad, que les va a apoyar en su fe, roguemos al Señor.
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
Por las personas que se comprometen a llevar alegría, felicidad y esperanza a otros, para que sigan viendo a Jesús en aquellos a quienes sirven, roguemos al Señor.
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
Por las muchas víctimas de las guerras y de la violencia, para que no caigan en desesperación, sino que logren ver a Jesús sufriente y saquen de él fuerza y esperanza, roguemos al Señor.
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
También por nosotros mismos, para que en días difíciles veamos a Jesús, el Señor, como nuestra inspiración y nuestra fuente de confianza y valor, y que nos dé la gracia de crecer en madurez a través de nuestras atenciones y cuidados, roguemos al Señor.
R/. Salva a tu pueblo, Señor.
Señor Jesús, seguimos buscándote. Sálvanos en la hora del desaliento. Consérvanos unidos íntimamente a ti, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
Señor, Dios nuestro:
En esos signos de pan y vino
recordamos a Jesús, tu Hijo,
como pan que tiene que partirse y compartirse,
y como vino que tiene que escanciarse
para alegría de todos.
Danos el Espíritu de Jesús,
para que también nosotros nos comprometamos:
a hacer felices a los que nos rodean.
Otórganos disponibilidad para aceptar el sufrimiento
si ése es el precio que hay que pagar
para ser fieles a ti y a los hermanos.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Jesús entregó su vida por nosotros para traernos todas las riquezas de la vida de Dios. Él vino a ser la semilla que muere en el surco para que nosotros tengamos vida, crezcamos y florezcamos. Nos unimos a Jesús para dar gracias al Padre.
Introducción al Padre nuestro
Con toda honestidad Jesús podía llamar a Dios "Padre", porque cumplió la voluntad del Padre hasta el fin.
Pidamos, con Jesús, la misma apertura a la voluntad de Dios.
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
y del miedo a comprometernos
en entrega a nuestras hermanos.
Por tu misericordia, guárdanos libres
de nuestro egoísmo y falsos apegos
y protégenos de toda ansiedad frente al sufrimiento.
En nuestras pruebas, danos la fuerza de tu Hijo,
mientras trabajamos con alegría y esperanza
para la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesús, el Cordero de Dios,
que se hizo para nosotros
como grano de trigo que muere en tierra
para que vivamos y seamos capaces de amar.
Dichos nosotros de recibirle ahora en comunión.
R/. Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Dios y Señor nuestro, Padre amoroso:
A causa de su amor hacia ti y hacia nosotros,
para tu Hijo Jesús ningún sufrimiento fue demasiado doloroso,
ninguna muerte demasiado costosa,
con tal de conseguirnos vida y felicidad eterna.
Por medio de esta eucaristía, ayúdanos a aceptar las invitaciones y los riesgos del amor.
Danos la gracia de seguir a tu Hijo,
viviendo no para nosotros mismos sino para los demás,
y danos la certeza de que el dolor o la muerte no es el fin,
sino la semilla de un nuevo comienzo
en Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Cristo no impuso ni exigió forzosamente a los otros, ya que el amor no impone ni exige; sólo invita.
Lo que hizo Cristo fue entregar. Se entregó a sí mismo.
A donde va el maestro, debe seguir el discípulo.
Que aprendamos también nosotros, sus discípulos, a darnos a los demás, aun a costa de sufrimiento, para que crezcamos como hijos de Dios.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Ha llegado la hora.
Entramos en la quinta semana de la Cuaresma. A siete días del domingo de Ramos, y a catorce de la Pascua. Cada vez más cerca. No ha llegado la hora, pero está llegando. Seguimos en camino, acompañados por la Liturgia.
Esta semana, otra vez, podemos meditar sobre las relaciones de Israel con su Dios, o mejor, de cómo Dios no abandona a su pueblo. En esta ocasión, versión Jeremías. Como todos los profetas, recuerda la alianza que existía desde antiguo, a la que Israel prometía ser fiel, pero siempre acababa traicionándola. Como cada vez, las consecuencias fueron terribles para ellos. Y cada vez, en vez de mostrarse como un Dios resentido o vengativo, procede a dar otra oportunidad, porque Él no actúa como los hombres. Promete una Nueva Alianza, que no será frágil y temporal, sino fuerte y definitiva.
La historia del pueblo de Israel puede ser nuestra propia historia. Prometer mucho y no conseguir hacer nada, confesarse una y otra vez de los mismos pecados, puede llevar al pesimismo. Pero, a pesar de todo, lo prometido por Dios ha comenzado a realizarse. Y en lo profundo de nuestro corazón está escrita la Ley del Señor y, desde allí, va creciendo lentamente, sin que sepamos muy bien cómo. Esa semilla es débil, necesita muchos cuidados y ayuda, pero puede dar mucho fruto.
Vivir, para nosotros, los creyentes, no es fácil. Lo sabe bien Jesús, que pasó por esta vida como uno más. No se quedó allá arriba, a contemplar nuestros problemas. No nos salva desde las alturas, a distancia, sino que se encarnó, para recorrer el camino de la vida junto a nosotros, sus hermanos. A pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Compartió el pan, se hizo “compañero” de camino. Por eso sabe lo que nos cuesta ser fieles, por eso podemos confiar en Él, porque nos ayuda en ese camino, su carga es llevadera y su yugo es suave (cfr. Mt 11, 28-30). No pide cosas imposibles, cuando invita a seguirlo. Él mismo se sintió tentado de
Seguir a Jesús o, por lo menos conocerlo, querían los griegos de los que habla el Evangelio. No era una curiosidad «teórica». Después de haber oído mucho sobre Él, seguramente querían saber cómo pensaba y, quizá, de qué manera podían seguirlo. Nosotros, ¿pensamos que ya lo sabemos todo, o seguimos interesándonos por Jesús? ¿Le buscamos, o estamos sentados, sin más?
Esos griegos no se acercan directamente a Cristo. Comprenden que no es fácil acercarse al Maestro, sin pasar por la comunidad. Por eso, entran en contacto con los apóstoles, para que éstos los lleven a Jesús. La comunidad cristiana como medio para llegar a Él. ¿Cómo es mi comunidad? ¿Abierta, expansiva, misionera? ¿O cerrada, sin ganas de acoger a nadie? ¿Testigos de la Luz o “guardianes del calabozo”?
¿Qué descubrieron los griegos, estando cerca de Jesús? Probablemente vieran a un hombre entregado a una causa, la causa del Reino de Dios. Una causa por la que estaba dispuesto a morir. Porque muriendo se vive plenamente, conforme a los planes de Dios. Es lo que debe hacer la semilla, para dar fruto. Por eso, toda la vida la vida de Jesús fue un ir muriendo poco a poco, entregándose a la voluntad del Padre, para acabar ofreciendo su existencia en la cruz. Eso fue lo que vieron y aprendieron los griegos, viviendo con Jesús.
Todo proceso de siembra, todo crecimiento implica trabajo, sufrimiento, sudor, dolor. A veces, lágrimas. Nuestra propia formación, como personas, como profesionales, como cristianos, incluso. Pero siempre con esperanza: porque queremos ser mejores, porque deseamos ser cada vez más parecido a lo que deberíamos ser. El ejemplo de Dios Hijo y su Palabra son la fuente de esa esperanza.
El Hijo de Dios muere para dar vida. No sé si lo podemos entender del todo. Sólo podemos contemplar ese misterio y asistir sobrecogidos a ese sacrificio de amor. Es el momento de preguntarnos si queremos seguir y servir a Jesús. Responder con amor a ese amor. Estar cerca de Él, como los griegos, y que vaya creciendo la atracción hacia Él cada día más. Sobre todo, para saber a qué debemos morir. El mundo en que vivimos no favorece mucho la entrega a los demás. Parece que cada uno mira por lo suyo. Y, sin embargo, cuando hay una catástrofe – tsunamis, terremotos, incendios, accidentes… – la solidaridad se dispara. Contra la “ley de la selva” está la “ley del amor”. A pesar de todo, otro mundo es posible.
Conocer de verdad a Jesús significa renunciar a nosotros mismos, a nuestros prejuicios, Dejar que sea Dios el que marque el camino, según su voluntad. Pedirle a menudo, para que nos dé lo que estamos necesitando. Después de querer conocerlo y de aprender a renunciar a uno mismo, seguir avanzando, reconociendo el gran amor que el Padre nos ha tenido, para hacer una sociedad mejor. Muriendo un poquito cada día.
EVANGELIO
Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 12,20-33
En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la Fiesta, había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:
- Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús.
Jesús les contestó:
- Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre.
Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.
Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora, Padre, glorifica tu nombre.
Entonces vino una voz del cielo:
- Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.
Jesús tomó la palabra y dijo:
- Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.
Palabra de Dios.
EL ATRACTIVO DE JESÚS
Unos peregrinos griegos que han venido a celebrar la Pascua de los judíos se acercan a Felipe con una petición: «Queremos ver a Jesús». No es curiosidad. Es un deseo profundo de conocer el misterio que se encierra en aquel hombre de Dios. También a ellos les puede hacer bien.
A Jesús se le ve preocupado. Dentro de unos días será crucificado. Cuando le comunican el deseo de los peregrinos griegos, pronuncia unas palabras desconcertantes: «Llega la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre». Cuando sea crucificado, todos podrán ver con claridad dónde está su verdadera grandeza y su gloria.
Probablemente nadie le ha entendido nada. Pero Jesús, pensando en la forma de muerte que le espera, insiste: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí». ¿Qué es lo que se esconde en el crucificado para que tenga ese poder de atracción? Sólo una cosa: su amor increíble a todos.
El amor es invisible. Sólo lo podemos ver en los gestos, los signos y la entrega de quien nos quiere bien. Por eso, en Jesús crucificado, en su vida entregada hasta la muerte, podemos percibir el amor insondable de Dios. En realidad, sólo empezamos a ser cristianos cuando nos sentimos atraídos por Jesús. Sólo empezamos a entender algo de la fe cuando nos sentimos amados por Dios.
Para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz, Jesús emplea una imagen sencilla que todos podemos entender: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Si el grano muere, germina y hace brotar la vida, pero si se encierra en su pequeña envoltura y guarda para sí su energía vital, permanece estéril.
Esta bella imagen nos descubre una ley que atraviesa misteriosamente la vida entera. No es una norma moral. No es una ley impuesta por la religión. Es la dinámica que hace fecunda la vida de quien sufre movido por el amor. Es una idea repetida por Jesús en diversas ocasiones: Quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida.
No es difícil comprobarlo. Quien vive exclusivamente para su bienestar, su dinero, su éxito o seguridad, termina viviendo una vida mediocre y estéril: su paso por este mundo no hace la vida más humana. Quien se arriesga a vivir en actitud abierta y generosa, difunde vida, irradia alegría, ayuda a vivir. No hay una manera más apasionante de vivir que hacer la vida de los demás más humana y llevadera. ¿Cómo podremos seguir a Jesús si no nos sentimos atraídos por su estilo de vida?
ATRAÍDOS POR EL CRUCIFICADO
Atraeré a todos hacia mí.
Un grupo de «griegos», probablemente paganos, se acercan a los discípulos con una petición admirable: «Queremos ver a Jesús». Cuando se lo comunican, Jesús responde con un discurso vibrante en el que resume el sentido profundo de su vida. Ha llegado la hora. Todos, judíos y griegos, podrán captar muy pronto el misterio que se encierra en su vida y en su muerte: «Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
Cuando Jesús sea alzado a una cruz y aparezca crucificado sobre el Gólgota, todos podrán conocer el amor insondable de Dios, se darán cuenta de que Dios es amor y sólo amor para todo ser humano. Se sentirán atraídos por el Crucificado. En él descubrirán la manifestación suprema del Misterio de Dios.
Para ello se necesita, desde luego, algo más que haber oído hablar de la doctrina de la redención. Algo más que asistir a algún acto religioso de la semana santa. Hemos de centrar nuestra mirada interior en Jesús y dejarnos conmover, al descubrir en esa crucifixión el gesto final de una vida entregada día a día por un mundo más humano para todos. Un mundo que encuentre su salvación en Dios.
Pero, probablemente a Jesús empezamos a conocerlo de verdad cuando, atraídos por su entrega total al Padre y su pasión por una vida más feliz para todos sus hijos, escuchamos aunque sea débilmente su llamada: «El que quiera servirme que me siga, y dónde esté yo, allí estará también mi servidor».
Todo arranca de un deseo de «servir» a Jesús, de colaborar en su tarea, de vivir sólo para su proyecto, de seguir sus pasos para manifestar, de múltiples maneras y con gestos casi siempre pobres, cómo nos ama Dios a todos. Entonces empezamos a convertirnos en sus seguidores.
Esto significa compartir su vida y su destino: «donde esté yo, allí estará mi servidor». Esto es ser cristiano: estar donde estaba Jesús, ocuparnos de lo que se ocupaba él, tener las metas que él tenía, estar en la cruz como estuvo él, estar un día a la derecha del Padre donde está él.
¿Cómo sería una Iglesia «atraída» por el Crucificado, impulsada por el deseo de «servirle» sólo a él y ocupada en las cosas en que se ocupaba él? ¿Cómo sería una Iglesia que atrajera a la gente hacia Jesús?
UNA LEY PARADÓJICA
Si el grano de trigo no cae en tierra.
Pocas frases encontramos en el evangelio tan desafiantes como estas palabras que recogen una convicción muy de Jesús: «Os aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».
La idea de Jesús es clara. Con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo, que tiene que morir para liberar toda su energía y producir un día fruto. Si «no muere», se queda solo encima del terreno. Por el contrario, si «muere» vuelve a levantarse trayendo consigo nuevos granos y nueva vida.
Con este lenguaje tan gráfico y lleno de fuerza, Jesús deja entrever que su muerte, lejos de ser un fracaso, será precisamente lo que dará fecundidad a su vida. Pero, al mismo tiempo, invita a sus seguidores a vivir según esta misma ley paradójica: para dar vida es necesario «morir».
No se puede engendrar vida sin dar la propia. No es posible ayudar a vivir si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los demás. Nadie contribuye a un mundo más justo y humano viviendo apegado a su propio bienestar. Nadie trabaja seriamente por el reino de Dios y su justicia, si no está dispuesto a asumir los riesgos y rechazos, la conflictividad y persecución que sufrió Jesús.
Nos pasamos la vida tratando de evitar sufrimientos y problemas. La cultura del bienestar nos empuja a organizarnos de la manera más cómoda y placentera posible. Es el ideal supremo. Sin embargo, hay sufrimientos y renuncias que es necesario asumir si queremos que nuestra vida sea fecunda y creativa. El hedonismo no es una fuerza movilizadora; la obsesión por el propio bienestar empequeñece a las personas.
Nos estamos acostumbrando a vivirlo todo cerrando los ojos al sufrimiento de los demás. Parece lo más inteligente y sensato para ser felices. Es un error. Seguramente, lograremos evitamos algunos problemas y sinsabores, pero nuestro bienestar será cada vez más vacío, aburrido y estéril, nuestra religión cada vez más triste y egoísta. Mientras tanto, los oprimidos y afligidos quieren saber si le importa a alguien su dolor.
ANTE LA ENFERMEDAD
Si el grano de trigo no cae en tierra...
No están habituados nuestros oídos a escuchar palabras como éstas de Jesús: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». Nosotros pensamos que lo único realmente positivo que puede construir nuestra vida es la salud, el éxito, lo agradable, lo que nos sale bien. ¿Qué pueden aportar de bueno y positivo a nuestra existencia la enfermedad, el sufrimiento, la desgracia o el fracaso?
Pensemos, por ejemplo, en esa experiencia dolorosa de la enfermedad que todos podemos sufrir, tarde o temprano, en nuestra propia carne. La enfermedad se nos presenta como algo totalmente malo y negativo. Una fatalidad absurda e injusta que nos ataca de pronto echando por tierra todos nuestros proyectos.
Sin embargo, los mismos científicos nos advierten que la enfermedad no es siempre algo dañoso. Puede ser también la reacción sabia del organismo que emite una señal de alarma para que la persona se cure de heridas y conflictos profundos, y reoriente su vida de manera más sana.
En cualquier caso, la enfermedad puede ser una experiencia de crecimiento y renovación si el enfermo acierta a vivirla de manera positiva. He aquí algunas sugerencias.
La enfermedad grave rompe nuestra seguridad. Vivíamos tranquilos y sin problemas, y de pronto nos vemos obligados a dejar el trabajo, detener nuestra vida y permanecer en el lecho. Entonces llegan las preguntas: ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Me curaré? ¿Podré hacer de nuevo mi vida de siempre? Al enfermar, comprobamos que nuestra vida es frágil y está siempre amenazada. Si estamos atentos, escucharemos cómo la enfermedad nos invita a apoyarnos en algo o alguien más fuerte y seguro que nosotros.
Al mismo tiempo, en esas largas horas de silencio y dolor, el enfermo comienza a revivir recuerdos gozosos y experiencias negativas, deseos insatisfechos, errores y pecados. Y surgen de nuevo las preguntas: ¿Y esto ha sido todo? ¿Para qué he vivido hasta ahora? ¿Qué sentido tiene vivir así? Es el momento de reconciliarse con uno mismo y con Dios, confesar los errores del pasado y acoger en nosotros la paz y el perdón.
Pero la enfermedad nos ayuda, además, a abrir los ojos y ver con más lucidez el futuro. Al caer muchas falsas ilusiones, el enfermo empieza a descubrir lo que de verdad es importante en la vida, lo que no quisiera perder nunca: el amor de las personas, la libertad, la paz del corazón, la esperanza. Es el momento de reorientar nuestra vida de manera más humana. Intuimos que nos irá mejor.
Pasarán los días y las noches. El organismo se curará o, tal vez, caerá en un proceso incurable. Pero siguiendo a Cristo, más de uno podrá descubrir que el grano que muere da fruto, el sufrimiento purifica y la enfermedad puede conducir a una vida más sana.
EVANGELIOS
Señor, quisiéramos ver a Jesús.
Me encuentro más de una vez con personas cansadas de discursos eclesiásticos, sermones rutinarios y palabras vacías. Quisieran encontrar algo más vivo y auténtico. Me lo decía hace unos días una joven: «Callaos, dejaos de rollos y ayudadme a encontrar a Dios». Sus palabras me recordaban las de San Juan de la Cruz. Cito de memoria: «No quieras enviarme ya más mensajero, que no saben decirme lo que quiero».
He pensado de nuevo en ello al leer en el texto evangélico el deseo de aquellos gentiles que se acercan a Felipe con este deseo: «Quisiéramos ver a Jesús». A quienes están cansados de «oír a los curas» les invito a hacer una experiencia diferente. Consiste en leer despacio el Evangelio fijándose bien en qué dice y qué hace Jesús. De esta manera podrán descubrir por sí mismos a Jesucristo, la persona que ha despertado más esperanza y ha generado más amor y solidaridad que nadie en toda la historia de la humanidad.
Mucha gente no tiene claro quién fue Jesús y por qué ha tenido tanta influencia en la historia. Se preguntan por qué es tan diferente de otros personajes y qué puede aportamos en nuestros días. A mi juicio, el mejor camino para sintonizar con él es acercarse personalmente a los evangelios y conocer directamente el relato de los evangelistas.
Jesús no deja a nadie indiferente. Sus palabras penetrantes, sus gestos imprevisibles, su vitalidad y amor a la vida, su confianza total en el Padre, su manera de defender a los desgraciados, su libertad frente a todo poder, su lucha contra la mentira y los abusos, su comprensión hacia los pecadores, su cercanía al sufrimiento humano, su acogida a los despreciados, su interés por hacer más digna y dichosa la vida de todos... nos ponen ante la persona más excepcional que jamás haya existido y suscitan un interrogante: ¿qué misterio se encierra en este hombre?
Quien se acerca directamente a Jesucristo y sintoniza con él descubre todo lo que él puede aportarnos para encontrar un sentido acertado a nuestra vida, para vivir con dignidad y sensatez, y para caminar día a día movidos por una esperanza indestructible.
NO DEFORMAR LA CRUZ
Si el grano de trigo no cae en tierra...
La fe cristiana puede quedar gravemente deformada cuando se recogen frases evangélicas o palabras de Jesús de manera aislada, sin enraizarlas correctamente en el conjunto de su mensaje y sin entenderlas desde la inspiración central de su vida.
Textos como «quien quiera venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, torne su cruz y me siga», o «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo», tomados de manera absoluta y sin contexto, pueden darle a la vida un sello dolorista que no responde al espíritu ni a la orientación fundamental de lo que vivió Cristo.
Se impone, por ello, la relectura de un cierto «ascetismo» que no tiene su origen en la cruz de Cristo, sino en corrientes culturales extrañas al cristianismo. Un ascetismo convertido en elemento autónomo y nuclear, inspirador de todo lo demás, que hace girar a la persona en torno a la renuncia y al dolor, considerados como valores en sí mismos, independientemente de la orientación profunda de la vida, es algo totalmente extraño al cristianismo. Por otra parte, la renuncia y la abnegación, aislados en sí mismos y vividos sin el Espíritu que animó a Jesús, pueden generar resentimiento y teñir de negatividad el hecho mismo de ser cristiano.
No se trata de negar el valor de la renuncia y, mucho menos de encubrir el hecho capital de la cruz, cediendo a los gustos de una cultura hedonista. Al contrario, se trata de purificar versiones falsas y empobrecedoras para asumir y vivir la cruz cristiana en toda su pureza y verdad.
El dato que nunca hemos de olvidar es éste: Jesús no vivió para la cruz; su vida no se centra en buscar sufrimientos. Jesús vivió para amar; la cruz es consecuencia de su vida desbordante de entrega y de servicio; fruto de su libertad total, de su coherencia, de su fidelidad a Dios y de su pasión por hacer el bien a las gentes.
Lo que Jesús busca a lo largo de toda su vida es la felicidad del ser humano. Por ello, lucha contra toda clase de sufrimientos: los que provienen de la injusticia de los mismos hombres y los que sobrevienen de manera inevitable. Pero lo hace con tal radicalidad y verdad que, en su búsqueda de felicidad para todos, no se detiene ni siquiera ante su propio sufrimiento, sino que lo asume por fidelidad al Padre y por amor al ser humano.
Por eso, «llevar la cruz» siguiendo a Cristo no significa añadir a la vida nuevos sufrimientos y nuevas cargas, como si esto nos identificara sin más con el Crucificado. Quien quiere seguir a Cristo de verdad no se pone a buscar sufrimientos, se dispone a desvivirse por los demás. La renuncia y la cruz le llegan no como recorte de su libertad, sino como fruto de una plenitud y como consecuencia de esa experiencia positiva de servicio y entrega.
¿QUE HACER EN LA ENFERMEDAD?
Si el grano de trigo no cae en tierra...
No están habituados nuestros oídos a escuchar palabras como éstas de Jesús: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto”. Nosotros pensamos que lo único realmente positivo que puede construir nuestra vida es la salud, el éxito, lo agradable, lo que nos sale bien. ¿Qué pueden aportar de bueno y positivo a nuestra existencia la enfermedad, el sufrimiento, la desgracia o el fracaso?
Pensemos, por ejemplo, en esa experiencia dolorosa de la enfermedad que todos podemos sufrir, tarde o temprano, en nuestra propia carne. La enfermedad se nos presenta como algo totalmente malo y negativo. Una fatalidad absurda e injusta que nos ataca de pronto echando por tierra todos nuestros proyectos.
Sin embargo, los mismos científicos nos advierten que la enfermedad no es siempre algo dañoso. Puede ser también la reacción sabia del organismo que emite una señal de alarma para que la persona se cure de heridas y conflictos profundos, y reoriente su vida de manera más sana.
En cualquier caso, la enfermedad puede ser una experiencia de crecimiento y renovación si el enfermo acierta a vivirla de manera positiva. He aquí algunas sugerencias.
La enfermedad grave rompe nuestra seguridad. Vivíamos tranquilos y sin problemas, y de pronto nos vemos obligados a dejar el trabajo, detener nuestra vida y permanecer en el lecho. Y llegan las preguntas: ¿Por qué me sucede esto a mí? ¿Me curaré? ¿Podré hacer de nuevo mi vida de siempre? Al enfermar, comprobamos que nuestra vida es frágil y está siempre amenazada. Si estamos atentos, escucharemos cómo la enfermedad nos invita a apoyarnos en algo o alguien más fuerte y seguro que nosotros.
Al mismo tiempo, en esas largas horas de silencio y dolor, el enfermo comienza a revivir recuerdos gozosos y experiencias negativas, deseos insatisfechos, errores y pecados. Y surgen de nuevo las preguntas: ¿Y esto ha sido todo? ¿Para qué he vivido hasta ahora? ¿Qué sentido tiene vivir así? Es el momento de reconciliarse con uno mismo y con Dios, confesar los errores del pasado y acoger en nosotros la paz y el perdón.
Pero la enfermedad nos ayuda, además, a abrir los ojos y ver con más lucidez el futuro. Al caer muchas falsas ilusiones, el enfermo empieza a descubrir lo que de verdad es importante en la vida, lo que no quisiera perder nunca: el amor de las personas, la libertad, la paz del corazón, la esperanza. Es el momento de reorientar nuestra vida de manera más humana. Intuimos que nos irá mejor.
Pasarán los días y las noches. El organismo se curará o, tal vez, caerá en un proceso incurable. Pero siguiendo a Cristo, más de uno podrá descubrir que el grano que muere da fruto, el sufrimiento purifica y la enfermedad puede conducir a una vida más sana.
LA CONFIANZA ABSOLUTA
El que se ama a sí mismo se pierde.
Nuestra vida discurre, por lo general, de manera bastante superficial Pocas veces nos atrevemos a adentramos en nosotros mismos. Nos produce una especie de vértigo asomarnos a nuestra interioridad. ¿Quién es ese ser extraño que descubro dentro de mí, lleno de miedos e interrogantes, hambriento de felicidad y harto de problemas, siempre en búsqueda y siempre insatisfecho?
¿ Qué postura adoptar al contemplar en nosotros esa mezcla extraña de nobleza y miseria, de grandeza y pequeñez, de finitud e infinitud? Entendemos el desconcierto de San Agustín que, cuestionado por la muerte de su mejor amigo, se detiene a reflexionar sobre su vida: «Me he convertido en un gran enigma para mí mismo».
Hay una primera postura posible. Se llama resignación y consiste en contentarnos con lo que somos. Instalarnos en nuestra pequeña vida de cada día y aceptar nuestra finitud. Naturalmente, para ello hemos de acallar cualquier rumor de trascendencia. Cerrar los ojos a toda señal que nos invite a mirar hacia el infinito. Permanecer sordos a toda llamada proveniente del Misterio.
Hay otra actitud posible ante la encrucijada de la vida. La confianza absoluta. Aceptar en nuestra vida la presencia salvadora del Misterio. Abrirnos a ella desde lo más hondo de nuestro ser. Acoger a Dios como raíz y destino de nuestro ser. Creer en la salvación que se nos ofrece.
Sólo desde esa confianza plena en Dios Salvador se entienden esas desconcertantes palabras de Jesús: «Quién vive preocupado por su vida la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella la conservará para la vida eterna». Lo decisivo es abrirnos confiadamente al Misterio de un Dios que es Amor y Bondad insondables. Reconocer y aceptar que somos seres «gravitando en torno a Dios, nuestro Padre». Como decía Paul Tillich, «aceptar ser aceptados por él».
NUESTRA INGENUIDAD ANTE LA MUERTE
Yo soy la resurrección y la vida....
El hombre contemporáneo no sabe qué hacer exactamente con la muerte. Lo único que se nos ocurre es ignorarla, no hablar de ella, no pronunciar e1 nombre de las enfermedades incurables.
Hemos convertido a la muerte en el moderno «tabú» que ha sustituido al antiguo tabú sexual. A los niños se les explica todo sobre el origen maravilloso de la vida, pero nadie se atreve a iniciarlos al misterio de la muerte.
Son muchos los padres que, ante el niño que pregunta a donde se ha ido el abuelo, sienten el mismo malestar o mayor que antes, cuando preguntaban de donde venían los niños al mundo.
Son admirables todos los esfuerzos que hacemos por retrasar la muerte, ignorarla y vivir apartando de nosotros todo lo que nos puede recordar su cercanía.
Todo el mundo quiere parecer joven, fuerte, agresivo e invulnerable. Añoramos la juventud, la salud y la fuerza porque creemos poder encontrar en todo eso una protección contra lo irremediable: la vejez y la muerte.
No queremos recordar lo que en realidad somos: seres profundamente débiles, vulnerables y, en definitiva, mortales.
Pero hay todavía algo más. Son bastantes los que se dicen cristianos porque admiran el evangelio y veneran a Jesucristo, aunque confiesan modestamente no ambicionar ni añorar o esperar con gozo la resurrección. En realidad, se contentarían con prolongar esta vida de manera indefinida.
¿No es todo esto síntoma de un grave empobrecimiento y signo de una profunda ingenuidad?
Si nuestra vida es insatisfactoria, no es porque sea corta sino porque nunca podrá satisfacer nuestras aspiraciones más profundas. El hombre puede y debe prolongar esta vida, humanizarla, hacerla siempre mejor. Pero, sólo con ello, no alcanza la vida que anhela.
Sólo desde el realismo profundo de nuestra condición mortal y desde la necesidad sentida de salvación, podemos escuchar con fe la promesa de Jesucristo: «Yo soy la Resurrección y la Vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá».
Quizás, para entender estas palabras, necesitamos antes que nada, dejar a un lado autoengaños ilusorios, liberarnos de nuestra ingenuidad y recordar aquella observación tan certera de D. Sölle: «El hombre no vive sólo de pan, muere también de sólo pan».
NO SE AMA IMPUNEMENTE
… pero si muere, da mucho fruto
Pocas frases tan desafiantes y provocativas como las que escuchamos hoy en el evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.»
El pensamiento de Jesús es claro. No se puede engendrar vida sin dar la propia. No se puede hacer vivir a los demás si uno no está dispuesto a «des-vivirse» por los otros. La vida es fruto del amor, y brota en la medida en que sabemos entregarnos.
En el cristianismo no se ha distinguido siempre con claridad el sufrimiento que está en nuestras manos suprimir, y el sufrimiento que no podemos nosotros eliminar. Hay un sufrimiento inevitable, reflejo de nuestra condición creatural, y que nos descubre la distancia que todavía existe entre lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Pero hay también un sufrimiento que es fruto de nuestros egoísmos e injusticias. Un sufrimiento con el que los hombres nos herimos mutuamente.
Es natural que nos apartemos del dolor, que busquemos evitarlo siempre que sea posible, que luchemos por suprimirlo de nosotros. Pero precisamente por eso, hay un sufrimiento que es necesario asumir en la vida. El sufrimiento aceptado como precio y consecuencia de nuestro esfuerzo por hacerlo desaparecer de entre los hombres. «El dolor sólo es bueno si lleva adelante el proceso de su supresión» (D. Sölle).
Es claro que en la vida podríamos evitarnos muchos sufrimientos, amarguras y sinsabores. Bastaría con cerrar los ojos ante los sufrimientos ajenos, y encerrarnos en la búsqueda egoísta de nuestra dicha. Pero siempre sería a un precio demasiado costoso: dejando sencillamente de amar.
Cuando uno ama y vive intensamente la vida, no puede vivir indiferente al dolor grande o pequeño de las gentes. El que ama se hace vulnerable. Amar a los hombres incluye sufrimiento, «compasión», solidaridad en el dolor. «No existe ningún sufrimiento que nos pueda ser ajeno» (K. Simonow).
Esta solidaridad dolorosa hace surgir salvación y liberación para el hombre. Es lo que descubrimos en el Crucificado: sólo salva el que comparte el dolor, y se solidariza con el que sufre.
CARLOS DIAZ
-A la búsqueda de Jesús
Unos gentiles se acercan a Felipe para rogarle: "Quisiéramos ver a Jesús." Es la urgencia de un feliz encuentro con el mismo Dios, que ahora se asoma al rostro de Jesús.
"Quisiéramos ver a Jesús." ¿No es éste el ruego que, con urgencia clamorosa, nos hacen llegar a los creyentes millones de hombres de nuestra época? "Hombres de Iglesia, devolvednos a Cristo." ¿Quién no conoce o ha escuchado este grito de Roger Garaudy, el comunista con alma de cristiano? Hasta ha tenido el valor de escribir: "El Evangelio todavía tiene que decir algo a la humanidad." No nos quepa la más mínima duda: Jesús sigue interesando vivamente a los hombres que, aun sin saberlo, están clamando por El y por su Evangelio.
-"Un hombre llamado Jesús"
No otra explicación tiene un fenómeno registrado en París, en los cinco últimos meses, y que constituye, de por sí, un hecho sociológico tan llamativo que hace pensar seriamente. Se trata de la obra titulada" Un hombre llamado Jesús" ("Un hombre nommé Jésus"). Es una dramatización del Evangelio.
En ella interviene un lector, con voz muy bien timbrada, que no tiene más papel que el de leer literalmente el Evangelio, sin añadir ni quitar nada, absolutamente nada.
Los actores, por su parte, no pronuncian ni una sola palabra: tan sólo se limitan a ir escenificando el contenido de la lectura, poniendo en su acción la mayor sencillez y una exquisita unción.
El lugar del espectáculo tiene por escenario el Palacio de Deportes (Le Palais des Sports) de París.
Diariamente acuden a presenciarlo cuatro mil espectadores, habiéndose calculado, previsoramente, que a ese ritmo de asistencia se habría alcanzado la cifra de setecientos mil espectadores, entre el 20 de septiembre de 1984 y el 19 de febrero de 1985.
¿Habéis leído bien? ¡Setecientos mil! Algo increíble en un espectáculo de ese género, sin que ningún otro espectáculo, en Francia, haya sido capaz de reunir tan ingente multitud. Es indudable que una parte de los asistentes son creyentes.
Pero son aún más los incrédulos que, en gran parte, no saben nada de la historia de Jesús de Nazaret. Incluso un buen número deberían serle hostiles políticamente, si no ya filosóficamente.
Sin embargo, cada día se repite la misma tónica: los cuatro mil espectadores se sienten atraídos y cautivados por el espectaculo y, sobre todo, por el personaje llamado Jesús. Y allí están: silenciosos, como en tensión, para no perderse detalle, absortos, conmovidos y participando de alguna forma, sin que se atisbe ni un solo encogimiento de hombros, ni la más leve sonrisa irónica, ni menos aún una palabra de mofa o de desprecio.
¿Quiere decir ello que todos creen que ese Jesús es Dios? No es, ahora, éste el problema. Lo importante es que, durante dos horas, se está con el hombre llamado Jesús y durante dos horas se escuchan sus palabras vivas y directas... Al concluir la representación y, tras impresionantes ovaciones, todos se marchan diciendo: ¡Lo que ha dicho, hace veinte siglos, ese hombre llamado Jesús, es realmente formidable! Este encuentro con El, de tamañas dimensiones, causa desconcierto a los mismos analistas y, a no dudarlo, merece un estudio en profundidad.
De alguna forma, se repite aquí la escena de aquellos gentiles que rogaban a Felipe: "Queremos ver a Jesús." En el fondo del espectáculo descrito late la misma pregunta de esos setecientos mil espectadores, que condensan la misma idéntica pregunta, quizá inconsciente, de todos los hombres actuales: "Quisiéramos ver a Jesús."
-Porque Jesús vive
Sí. Vive. Veamos. Los sumos sacerdotes y los ancianos de los judíos habían acusado al Apóstol Pablo de supuestos delitos, pidiendo sentencia condenatoria. El Apóstol ejerce su derecho de apelación al César, para ser juzgado. Comparece ante el rey Agripa, encargándose de su presentación el procurador Festo, el cual reconoce que "solamente tenían contra él unas discusiones sobre su religión y sobre un tal Jesús, ya muerto, pero de quien Pablo afirma que vive" (Hech. 25, 19).
Con San Pablo, también nosotros y los creyentes de todos los siglos afirmamos, sin la menor dubitación, que Jesús está vivo y es Señor del tiempo y de la historia.
-El domingo es fiesta:
Pero ¿qué fiesta celebramos y cómo la celebramos? En realidad tendríamos que preguntarnos si los domingos celebramos fiesta. Porque celebrar una fiesta significa celebrar algún acontecimiento importante para nosotros y que nos da motivos para estar alegres y para expresar y contagiar nuestra alegría.
Pero una fiesta no se improvisa. Hay que prepararla y prepararse para celebrarla juntos, en comunidad, ya que uno solo no hace fiesta, ni es posible celebrarla estando de mal humor o en desacuerdo con los demás.
Pero ¿puede cualquiera descubrir estas características de una fiesta en la fiesta pascual que celebramos cada domingo los cristianos? ¿En qué se nota nuestra alegría "pascual"...? ¿Alguien puede tomarse en serio que celebramos de verdad un brindis por la pascua triunfal de Cristo...? ¡Qué imagen o qué vivencia de Cristo resucitado presentan nuestras asambleas cristianas cuanto están, no infrecuentemente, presididas por la prisa, por el tedio y el aburrimiento...? ¿Es posible que los "gentiles" de hoy puedan descubrir, sobre todo, al mismo Jesús...? Seamos conscientes y responsables de esto.
San Pablo confiesa que Cristo vive. Y todos los creyentes confesamos lo mismo. Pero ¿dónde está Cristo para esas masas inmensas de hombres, que no acaban de descubrirlo...? Y sin embargo, Cristo sigue ejerciendo su poder de seducción sobre los hombres de todos los tiempos, cuando les es presentado en directo y sin empañamientos que entorpecen su visión personal!
-Jesús es la fiesta y no el templo: Demos un paso más. Aquellos peregrinos que piden "ver a Jesús" son extranjeros, no judíos, sino griegos, probablemente iniciados en la religión mosaica. Ellos venían de lejos para celebrar la fiesta.
Afortunadamente, dejan de ir al templo, para ir a ver a Jesús, porque en definitiva Jesús es la fiesta y no el templo, que ha quedado superado por Jesús. Y es que donde está Jesús hay fiesta, no donde está el templo, ya que Jesús ha dado un salto cualitativo pasando del templo material al templo de su cuerpo glorioso, cuando dijo aludiendo a su muerte y resurrección: "Destruid este templo (su cuerpo) y en tres días yo lo levantaré." A partir de entonces, Jesús será en su cuerpo viviente el verdadero templo, lugar sagrado de encuentro con el Dios vivo y verdadero. Su cuerpo será, a un mismo tiempo, templo y ofrenda: será ofrecido al Padre y destruido en la cruz, para volver a ser reedificado por la Resurrección.
-Nuestros templos son lugares de reunión
Nuestros templos materiales son lugares donde nos reunimos los cristianos para actualizar la "memoria del Señor". Lugares donde celebramos la fiesta; pero la fiesta es Jesús. Por El debemos preguntar. A El debemos ir y hacia El debemos encaminar a los hombres que preguntan por El.
-Abramos caminos, señalemos rutas
Para que nuestras asambleas, lo mismo que nuestras vidas, abran caminos a los hombres para ir a Jesús, será preciso:
a) Una vida testimonial, dando en un mundo secularizado vivo testimonio de la fe en Cristo. Seamos testigos del Señor resucitado, del Señor que vive.
b) Una vida litúrgica: es como la vía normal para compartir la Palabra de Dios y la Eucaristía, pues en la Eucaristía es donde culmina la vida de la Iglesia, según la expresión conciliar.
c) Una vida de comunión: por la vivencia del amor fraterno, único signo auténtico del amor de Dios, tanto más necesario cuanto que vivimos en un mundo duro e inhumano en muchos aspectos.
d) Una vida de servicio al mundo: porque la Iglesia -que somos nosotros- no está ni existe sino para eso.
Con un talante así, ya sería más fácil que descubriéramos a los hombres el rostro inconfundible de Jesús y que en ellos se despertara la fe. Atinadamente dice ·Congar-Y: "La historia me ha enseñado que la fe resurge allí donde se la creía desarraigada... La Palabra de Dios permanece eternamente y siempre joven".
ALESSANDRO PRONZATO
"Quisiéramos ver a Jesús..." Sostengo que esta es la exigencia, la demanda más urgente -si bien con frecuencia inconfesada- del mundo de hoy en relación a los cristianos.
Nos toca a nosotros satisfacer esta pretensión legítima. Nosotros, los "buscadores de Dios", deberíamos estar preparados para implicar a los otros en esta aventura fascinante.
La vida cristiana o es epifanía, manifestación de Dios, o es chata academia espiritual, escuálida cadena de montaje de obras más o menos "buenas" y piadosas, "horrible charlatanería" (Kierkegaard).
El compartir los "descubrimientos", representa el desembocar natural de nuestro itinerario religioso.
Tú que te has lanzado a esta aventura, tú que te has jugado la vida por esta "apuesta" de la "perla preciosa", ahora saca afuera lo que has encontrado. "Ilustra" los resultados de tus exploraciones.
Hay alguien que espera. "Quisiéramos ver a Jesús".
Tú que eres de Betsaida de Galilea, que eres su discípulo, debes conocerlo bien, perteneces a su raza. Así pues, preocúpate tú.
Si el Señor no te ha defraudado, intenta tú no defraudar las esperas de los hermanos. El mundo actual está orgulloso de sus conquistas, se jacta de estar bajo el signa del progreso.
Progresar significa hacer mucho camino, correr, andar cada vez más deprisa, abolir las distancias.
Y todos los hombres están atrapados por este ritmo frenético.
El hombre moderno corre, corre en demasía, está devorado por el delirio de la velocidad.
Pero en su loca carrera ha terminado por dejarse a la espalda muchas cosas importantes: el espíritu, Dios, la oración, la contemplación, el estupor, la atención, los ideales gratuitos.
Es más, se ha olvidado de sí mismo, ha perdido la propia identidad. Ha perdido el "sentido" de su correr desenfrenado. Ya no sabe a dónde va y para qué.
El hombre, este desmemoriado.
El hombre, ese atolondrado.
Pero también: el hombre, ese insatisfecho.
Armado de derechos, alimentado y sobrealimentado, puede disponer de placeres y de comodidades que le ofrece abundantemente la técnica, puede concederse todas las libertades a que la así llamada sociedad permisiva le... obliga (con una salvedad, pero que es una cosa totalmente marginal, la libertad de ser sí mismo), puede desencadenarse en una gran "bonanza".
Pero le falta algo.
No tiene necesidad de dinero (aunque lo busca siempre).
Necesita, simplemente, todo aquello que el dinero no puede dar.
El hombre, ese frustrado.
El psicoanálisis subraya los desastres provocados en un individuo por la represión o remoción del instinto sexual. Pero nadie se preocupa de poner en guardia al hombre moderno frente a los desastres provocados por el sofocamiento de su instinto de lo divino.
Pero, como parece que el hombre no se da cuenta de lo que ha perdido, es más, ya se ha resignado a ello, nos toca a nosotros hacerlo consciente, despertando en él la nostalgia de lo que ha perdido.
En una palabra, se trata de volverle a dar el deseo de Dios.
El hombre debe volver a ser "criatura de deseo".
Pero aquí debemos evitar responder a esta espera, a este requerimiento fundamental, de una manera equivocada.
¡Y la manera equivocada puede ser la de ofrecer al hombre de hoy lo que ya posee! (caso que no es precisamente raro...).
Pero la manera equivocada es, sobre todo, la pretensión de "enseñar a Dios".
Quisiéramos ver a Jesús. No queremos oír discursos inteligentes acerca de él.
Tenéis que "mostrárnoslo", no "demostrárnoslo".
"Cuando un monje habla de Dios, es un viajero que cuenta".
No uno que cuenta lo que ha leído en los libros, ni siquiera en los textos de geografía religiosa.
Sino uno que ha estado...
Uno que ha explorado personalmente ese continente misterioso y fascinante, pagando el precio correspondiente.
No se enseña a Dios. Hay que contarlo. Con el entusiasmo, la competencia y la admiración de un explorador.
No se discute sobre Dios. Hay que manifestarlo.
Por eso sostengo que la virtud principal de la vida cristiana, el test decisivo de su autenticidad es su trasparencia.
La bienaventuranza propia de la trasparencia es sin duda la de los "limpios de corazón".
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios" (/Mt/05/08).
Y añadiría: "...y harán ver a Dios".
La pureza del corazón no es solamente la castidad del cuerpo. Sino la castidad de todo el ser. O sea, la limpieza, la trasparencia de toda la persona, que ha eliminado las escorias, las sombras, la opacidad, las hipocresías, y se convierte en cristal limpio que refleja la imagen auténtica de Dios.
"Una iglesia en la que no hubiera ya grandes monjes que no realicen la peregrinación hacia la inmensidad de Dios para volver después hacia los hombres con el rostro radiante como el de Moisés cuando bajaba del Sinaí, sería una Iglesia agonizante. La iglesia goza de buena salud sólo cuando puede disponer de mártires o de monjes" (O. Clément). Pero, entiéndase bien, monjes capaces de volver con... ¡aquel rostro radiante! Y todos nosotros cristianos podemos, debemos serlo.
Sucede, con frecuencia, que nos lamentamos de la indiferencia, del desinterés de los hombres de nuestro tiempo hacia Dios, hacia las "cosas del espíritu".
Un sacerdote me decía: "En mi parroquia tengo la impresión de estar en medio de una manada de individuos que roncan".
Pero en estas circunstancias es honesto que nos planteemos una pregunta: Y nosotros ¿qué hacemos para despertarlos? ¿Qué capacidad tenemos para inquietarlos? ¿Qué imagen de Dios somos capaces de presentar? Saint-Exupéry dice amargamente: "Hay mucha gente que dejamos dormir".
Entonces, ¿cuál es el don esencial de la vida cristiana en relación al mundo moderno? Creo que es precisamente el don de la nostalgia.
Nostalgia de otra cosa.
Nostalgia de Otro.
El hombre, además del coche, del televisor y de una discreta colección de ídolos, posee en la profundidad de su ser algo muy precioso: la marca de fábrica. Podríamos también decir: la cicatriz de Dios.
"Y dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza..." (/Gn/01/26).
En cada hombre existe esta marca de fábrica, quizás sepultada bajo montones de polvo y ... sueño.
Nuestra tarea consiste precisamente en hacer de espejo. Despertar esa imagen, sacarla a la luz.
En este caso "no dejar dormir" no significa tanto levantar la voz, cuanto sobre todo ser trasparentes.
El hombre, ese nostálgico.
Quisiera dejarte, amigo lector, al terminar estas reflexiones, un ejercicio para tu fantasía. Intenta imaginar que alguien, hoy, te aborda y te lanza allí mismo la misma petición que hicieron a Felipe:
-Quisiera ver al Señor...
Y yo, si me lo permites, quisiera ver precisamente cómo te las arreglas. Pero quiero también regalarte una última imagen para tu examen de conciencia, además de la de Felipe.
Cuando murió el abbé Amadeo Ayfre -el creador de la teología de la imagen- tenía cuarenta y dos años. Con su minúsculo 2 Cv se había estrellado contra un árbol en la carretera de Locarno.
Su epígrafe más hermoso fue dictado, aunque involuntariamente, por una actriz: -Qué quieres que te diga -confesó a un periodista que la entrevistaba- ...era un hombre que, cuando te encontrabas con él, te provocaba el deseo de Dios.
Piénsalo un poco. ¿Te ha ocurrido alguna vez que hayas provocado en alguien el deseo de Dios?
CARLO M. MARTINI
"Ahora es el juicio del mundo; ahora el amo de este mundo va a ser expulsado. Y cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mi" (/Jn/12/31-32).
El comentarista más célebre de este pasaje evangélico es Soren Kierkegaard. En un libro escrito en 1850, titulado Escuela de cristianismo, dedica nada menos que siete meditaciones a la frase de Jesús "Atraeré a todos hacia mí". Me gusta leeros la oración con la que introduce esas reflexiones:
Señor Jesucristo, muchas son las cosas que quieren entretenernos; las estériles preocupaciones, los fútiles placeres, los vanos cuidados. ¡Demasiadas cosas intentan asustarnos y hacernos retroceder! El orgullo, demasiado vil para aceptar socorros; la pusilanimidad, que se encoge para su propia ruina; la angustia del pecado, que rehuye la pureza de lo que es santo, como la enfermedad rehuye el remedio. Pero Tú eres, no obstante, el más fuerte: ¡atráenos hacia ti siempre más fuertemente!
Nosotros te llamamos Salvador y Redentor nuestro; Tú viniste al mundo para librarnos de las cadenas que nos ataban o que nosotros mismos nos habíamos forjado, y para salvar a quienes has rescatado. Esta es la obra que Tú has realizado y realizarás hasta el fin de los tiempos. Tú harás conforme a tu palabra: levantado de la tierra, ¡atraerás a todos hacia ti!
La oración de Kierkegaard es hondamente liberadora al subrayar que es Jesús mismo quien nos atrae, que es él quien nos ha traído y él quien desvela a cada uno de nosotros el misterio de Dios encerrado en sus palabras. Yo no deseo sino dejar que este misterio resuene.
Las palabras de Jesús
Esas frases son unas de las últimas pronunciadas por Jesús en su vida pública; dirá todavía algunas otras, pero dirigidas ya sólo a sus amigos, en la intimidad de la última cena. En cambio, las que ahora consideramos forman parte de un contexto más amplio, en el capítulo 12 de Juan: vemos a una muchedumbre que sale de Jerusalén y con ramos de palmas se acerca a Jesús. Es entonces cuando unos griegos piden a Felipe poder ver al Señor. Jesús responde con una frase enigmática: Si el grano de trigo cae en tierra y no muere, queda solo. Luego, cuenta el evangelio, Jesús se turba profundamente y está a punto de pedir al Padre que le libre de esta hora, porque ya no aguanta más. Sin embargo, añade: "¡Pero si precisamente he llegado para esto! [...] ¡Padre, da gloria a tu nombre!"
Entonces se deja oír una voz misteriosa de ratificación, y Jesús exclama: "Hay ya una sentencia de condena contra este orden de cosas y contra su jefe. En efecto, yo, cuando me levanten de la tierra, tiraré de todos hacia mí". Traduzco así para ajustarme más al texto.
Procuremos entender estas palabras, que indican algo negativo: "Hay ya una sentencia de condena contra este orden de cosas", a lo que sigue algo positivo: 'En efecto, [...] tiraré de todos hacia mí".
"Este orden de cosas"
1. ¿Qué es, ante todo, "este orden de cosas", que normalmente se traduce por este mundo?
Es el ordenamiento dominante en el sentido negativo, o sea todas las estructuras y condicionamientos que gravan la vida de cada uno, la vida de grupo y la vida de las sociedades. Podríamos llamarlo también en sentido negativo, "cultura dominante". El cúmulo de indicaciones, de voces que nos estimulan a la tristeza, al incompromiso; el cúmulo de presiones que inducen al predominio de los intereses particulares sobre el bien común; el cúmulo de fuerzas que engendran escepticismo frente a las reales posibilidades de paz y de reconciliación. Fuerzas negativas que tienen raíces profundas dentro de nosotros y que tienden a truncar cualquier empresa positiva, fraterna, esperanzada.
Equivalen, por tanto, a la suma de las tendencias disgregadoras y degenerantes, que a veces asumen el disfraz de lo inocuo y de lo frívolo, pero que, en realidad, esconden en sí frialdad, insensibilidad, egoísmo, todo lo que tiende a rebajar el nivel de amor de cada uno de nosotros y del mundo.
Este orden de cosas destructoras tiene un jefe: el amo de este mundo. Jesús intenta decir algo que es difícil de explicar, y que podemos expresar diciendo que hay un poder inteligente del mal.
El mal del mundo no es la mera suma de las estupideces o desconsideraciones humanas: hay una lucidez de degradación que tiene también manifestaciones diabólicas. Pensemos en los campos de exterminio, en las torturas, en la muerte paladeada como fatal autodestrucción en los casos límite de droga. Son casos extremos en los que una precisa inteligencia del mal se nos presenta como absurdez vivida y degeneradora.
"Hay ya una sentencia de condena"
2. Pero tal ordenamiento ya está condenado. Y la realización de la sentencia de condena que lo desenmascara es la muerte misma de Cristo. Jesús en la cruz muestra que ese acervo de inclinaciones, de egoísmo, de búsqueda del bienestar privado contra los demás y contra el bien común, todas estas fuerzas negativas tienen como resultado la muerte del justo, del indefenso, la laceración del cuerpo del hombre y del cuerpo del mundo: y nosotros somos cómplices de esa laceración. Eso es lo que nos dice el Crucifijo que veneramos. Pero esta sentencia no es mero desenmascaramiento: la cruz de Cristo anuncia también la derrota de la susodicha "cultura dominante".
"Cuando yo sea levantado de la tierra"
3. ¿Cuál es la conexión entre la sentencia de condena y el "ser levantado" de Jesús? "Ser levantado" es otra expresión enigmática, pues de suyo podría significar la entronización de un rey: un gran rey que con la potencia de las armas derrota políticamente al mal. Tal sigue siendo, en efecto, la tentación del mesianismo político. Jesús la desenmascara con sus palabras: para él "ser levantado de la tierra" quiere decir el suplicio infame, la cruz.
¿Pero cómo puede, preguntamos nosotros, que estamos ante el misterio central de nuestra fe, cómo puede un suplicio infame vencer al ordenamiento presente, fundado en el egoísmo? Pues porque vence atrayendo, vence por la atracción que la muerte de Jesús por amor ejerce sobre todo hombre, sobre el mundo, sobre la historia: "Atraeré a todos hacia mí". La de la cruz no es una atracción de lo horroroso o de lo macabro. La muerte sigue siendo siempre repugnante. Pero esta muerte es el momento de la Pascua, es el gesto serio de amor liberador, el gesto serio de un amor hasta el fondo que deja entrever la pasión sin límites de Dios por el hombre, desgastándose por él, jugándoselo todo a una carta, desgastándose por mí, por ti, dándose por cada uno de nosotros: esta donación suya que nos alcanza en la Eucaristía.
La cruz, expresión de pasión incondicionada por mí y por mi vida, me alcanza en la Eucaristía por la fuerza misteriosa del Espíritu Santo, efundido por Jesús muerto y resucitado. Y es una fuerza capaz de transformar el mundo. Transforma porque remueve los dinamismos más profundos de la conciencia, que son los dinamismos del deseo. Cada uno de nosotros, en efecto, es ilimitado en el deseo: esta potencia dinámica, si encuentra el punto justo de atracción se despliega hasta lo sublime, hasta el pleno desarrollo de sí. Es la vocación cristiana.
La vocación cristiana
Hemos de contemplar, pues, la cruz, la Eucaristía, a Jesús, que atrae a todos hacia sí, para poder comprendernos a nosotros mismos, la totalidad de nuestros deseos que él ordena, haciéndoles brotar gradualmente, obligándonos a poner en juego todas las fuerzas recibidas hasta descubrir la vida como respuesta a una llamada, como servicio.
Esta tarde, al comenzar nuestros encuentros, se nos invita, pues, a adorar la cruz y a dar gracias a Jesucristo, que nos ha atraído con su pasión y con su amor infinito.
Se nos invita a preguntarnos qué es lo que hemos de vencer en nosotros porque se opone a esta atracción de la Eucaristía; qué es lo que en nuestra vida nos carga y nos bloquea, impidiendo que nuestros deseos se expresen con perfecta autenticidad y que sintamos la atracción de Jesús como algo que nos toca y nos seduce de manera irresistible.
Se nos invita a pedir al Señor dejarnos transformar por la Eucaristía para poder conocer a qué nos llama él.
Dentro de poco nos pondremos en oración: yo rezaré por vosotros, y vosotros rezaréis para que también en mí se dé esta atracción misteriosa de la cruz de Cristo y que yo comprenda mejor mi llamada.
Podemos servirnos de las palabras con las que Kierkegaard concluye sus meditaciones sobre la frase de Jesús "Atraeré a todos hacia mí":
"Pero Tú, Tú, Señor Jesucristo, te lo pedimos, ¡atráenos del todo a ti!
Sea que nuestra vida se desgrane tranquila en la cabaña, a la orilla de un lago en calma; sea que nos veamos trastabillando en la lucha contra las tempestades de la vida en el océano desencadenado; sea que luchemos deprimidos, atráenos, ¡atráenos del todo a ti! [...]
Te pedimos por todos: te pedimos por el tierno niño cuyos padres te lo presentan para que Tú le atraigas a ti; te pedimos por quienes han renovado contigo la alianza, renovándola algunos, rompiéndola otros; te pedimos por quienes han conocido lo que humanamente da a esta vida su sentido más hermoso; te pedimos por quienes se han encontrado en el amor, por quienes se aman, para que no se prometan más de lo que pueden mantener; te pedimos por el esposo, te pedimos por la esposa; te pedimos por el anciano en el ocaso de la vida. Te pedimos por todos, te pedimos por el feliz y afortunado de este mundo, te pedimos por quien sufre y no sabe adónde ir con su miseria, para que Tú le atraigas a ti. Te pedimos por quienes tienen necesidad de convertirse, para que Tú les atraigas a ti en el camino de la verdad; por quienes ya se han convertido a ti y han encontrado la vida: te pedimos les concedas avanzar en el camino atraídos por ti. Así te pedimos todos, aunque no podamos nombrar a cada uno. ¿Quién podría, aunque sólo fuera enumerar todas nuestras diferencias? Vamos a recordarte una sola: te pedimos por los servidores de tu Palabra, por aquellos cuya misión es atraer a los hombres hacia ti, dentro de lo que el hombre puede. Te pedimos que bendigas su obra, pero que al cumplirla también ellos se sientan atraídos hacia ti, para que en su celo de atraer a los demás hacia ti no se queden lejos de ti. Y te pedimos por todos los cristianos de las comunidades para que, atraídos hacia ti, no tengan una idea mezquina de sí mismos, como si no les fuera concedido también el atraer a otros hacia ti, dentro de lo que el hombre puede. Sí, dentro de lo que el hombre puede, porque sólo Tú puedes atraer hacia ti, aunque puedas valerte de todo y de todos para atraer hacia ti a todos los hombres".
SEGUIR A JESÚS ES DAR LA VIDA, POR AMOR, DÍA A DÍA
Jn 12, 20-33
Si el grano no cae en tierra y muere, queda infecundo.
CONTEXTO
Estamos en el capítulo 12 del evangelio de Juan. Después de la unción en Betania y de la entrada triunfal en Jerusalén, y como respuesta a los griegos que querían verle, Jesús hace un pequeño discurso que no responde ni a los griegos ni a Felpe y Andrés.
Versa, como el domingo pasado sobre la Vida, pero desde otro punto de vista. Aquí la Vida solo puede ser alcanzada después de haber aceptado la muerte. También hoy hace referencia a ser levantado en alto, pero aquí para atraer a todos hacia él.
Los "griegos" que quieren ver a Jesús podían ser simplemente extranjeros simpatizantes del judaísmo. El mensaje de Juan en este relato en muy claro: Los "judíos" rechazan a Jesús, y los paganos le buscan.
EXPLICACIÓN
Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria de este Hombre. Todo el evangelio de Juan es como una gran lente que concentrara todos sus rayos en la "hora". Por tres veces se ha repetido en el texto la palabra "hora"; y otras tres veces aparece el adverbio "ahora".
No se trata de un tiempo cronológico, sino de un cairos, momento decisivo, manifestado en la muerte de cruz. Llegada la "hora", se manifiesta la gloria-amor de Dios y de "este Hombre". Reflejar lo que es Dios en su entrega total, será la mayor honra del hijo.
Todos estamos llamados a esa plenitud humana que se manifiesta en el amor-entrega. Ahora es posible la apertura a todos. El valor fundamental del hombre no depende ni de religión ni de raza ni de cultura. Los que buscaban su salvación en el templo, tiene que descubrirla ahora en "el Hombre".
Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, permanece él solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto. Declaración rotunda y central en el mensaje de Jesús. Dar Vida es la misión de Jesús. La Vida solo se comunica aceptando la muerte. La Vida es fruto del amor, pero el egoísmo es la cáscara que impide germinar esa vida, aunque esté dentro de mí. Amar es romper la cáscara y darse deshaciéndose. La muerte del falso yo es la condición, para que la verdadera Vida se libere.
La verdadera potencialidad está latente hasta que es capaz de la entrega-amor total. La incorporación de todos a la Vida, será la tarea que se impone Jesús y será posible gracias a su entrega total hasta la muerte.
El fruto no va a depender de la comunicación de un mensaje. Dependerá de la manifestación de un amor total. El amor es el verdadero mensaje. "Si no muere, permanece él sólo" El fruto-amor solo puede darse en la nueva comunidad. Esta idea es original de Juan; no se encuentra en los demás evangelistas.
Hoy sabemos que el grano de trigo no muere más que en apariencia. Solo desaparece lo accidental para ser alimento de lo esencial. En la semilla hay vida, pero está latente, esperando la oportunidad de desplegarse. Esto es muy importante a la hora de interpretar el evangelio de hoy. La vida no se pierde cuando se convierte en alimento de la verdadera Vida. La vida biológica cobra pleno sentido cuando se pone al servicio de la Vida espiritual. La vida humana llega a su plenitud cuando trasciende lo puramente natural. Lo biológico no queda anulado por lo espiritual, sino potenciado y "plenificado".
Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este, es conservarse para una Vida definitiva. La plenitud del ser humano está en el amor. Pero si el amor no es total, no podremos alcanzar la meta. El amor tiene que superar el apego a la vida biológica.
En contra de lo que parece, entregar la vida no es desperdiciarla, sino llevarla a plenitud. No se trata de entregarla de una vez muriendo, sino de entregarla poco a poco en cada instante, sin miedo a que se termine. El mensaje de Jesús no conlleva un desprecio a la vida, sino todo lo contrario, solo cuando nos atrevemos a vivir a tope, dando pleno sentido a la vida, alcanzaremos la plenitud a la que estamos llamados.
La muerte al falso yo, no es el final de la vida biológica, sino su plenitud. Consciente de esto y perdido el temor a la muerte, nadie ni nada te puede esclavizar. El evangelista tiene muy claro cuál es el sentido de la muerte de Jesús, que no coincide en absoluto, con el sentido que se le ha dado después.
El que quiera colaborar conmigo, que me siga, y así, allí donde yo estoy, estará también mi colaborador. "Diakonos" significa servir, pero por amor, no servir como esclavo. Traducir por servir y servidor, no deja claro el sentido que el texto quiere dar. Jesús invita a seguirlo en el camino que acaba de trazar, dar la vida. Seguir a Jesús es compartir la misma suerte. Seguir a Jesús es entrar en la esfera de lo divino, es dejarse llevar por el Espíritu.
El lugar donde habita Jesús, es el de la plenitud del amor. Lo manifestará cuando llegue su "hora". Allí entregando su vida, hará presente el Amor total, que es Dios. No se trata de la muerte física; mucho menos en el género de muerte que él sufrió. Se trata de dar la vida, día a día, en la entrega confiada a los demás.
En Jn 15,13, dice: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los amigos". Pero el texto griego no dice "bios" ni "zoe", sino "psijes" que no significa vida biológica, sino vida síquica, es decir lo específicamente humano. El verdadero amor se manifiesta cuando pones todo lo que eres al servicio de los demás.
Ahora me siento fuertemente agitado; ¿Qué voy a decir? "Padre líbrame de esta hora" ¡Pero, si para esto he venido, para esta hora! En esta escena, que los sinópticos colocan en Getsemaní, se manifiesta la auténtica humanidad de Jesús. Nos está diciendo, que ni siquiera para Jesús fue fácil lo que está proponiendo. Se trata del signo supremo de la muerte al "ego". Se deja llevar por el Espíritu, pero eso no suprime su condición de "hombre". Su parte sensitiva protesta vigorosamente. Pero está en el ámbito de la Vida, y eso le permite descubrir que se trata del paso definitivo.
Ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera. Cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí. Como el domingo pasado, identifica la cruz y la glorificación, idea clave para entender el evangelio de Juan. Todos nos tenemos que sentir, no solo llamados, sino empujados hacia la misma meta.
APLICACIÓN
Muerte y vida se entremezclan y se confunden en el evangelio de Juan. Para entender este lenguaje, hay que tener muy claro que está hablando de dos clases de muerte y dos clases de vida.
Una es la Vida con mayúscula (la espiritual y definitiva) como opuesta a la vida con minúscula (la biológica). Y una es la muerte espiritual al falso yo superando todo egoísmo y otra la muerte física, que ni añade ni quita nada al verdadero ser del hombre.
La muerte física no es imprescindible para llegar a la Vida. La muerte al falso "yo", sí, porque es el único camino hacia la Vida. La vida interior, la vida divina, la vida de Dios en nosotros, es una realidad muy difícil de aprehender, pero a la que hay que llegar para alcanzar la plenitud humana que está más allá de la vida biológica, y de las satisfacciones sensoriales terrenas. Toda vida espiritual es un proceso, un paso de la muerte a la vida, de la materia al espíritu. El mismo mensaje a Nicodemo: hay que nacer de nuevo.
Mi plenitud humana no puede estar en la satisfacción de los sentidos, de las pasiones, de los apetitos, sino que tiene que estar en lo que tengo de específicamente humano; es decir, en el desarrollo de mi capacidad de conocer y de amar. La meta está en el descubrimiento de que mi verdadero ser existe en la medida que me doy a los demás, que la razón de mi existencia lo encontraré en la entrega y en el servicio.
El dolor que causa el renunciar a la satisfacción de la parte inferior de mi ser, la interpreta el evangelio como muerte, y sólo a través de esa muerte se puede acceder a la verdadera Vida. Si nos empeñamos en salvar una, perderemos la otra. Si ponemos todo nuestro ser al servicio de la vida biológica y sicológica, nunca alcanzaremos la espiritual.
Estamos aquí para vivir muriendo. Aceptar la muerte es darse cuenta de nuestra limitación fundamental como criaturas, como seres vivos, como animales, y descubrir la posibilidad de ser más en lo que tenemos de específicamente humano. Estoy aquí para llevar a la materia hacia el espíritu, para poner Vida donde sólo había vida.
El gran secreto, revelado en el evangelio, es que el hombre que vive biológicamente, puede acceder a otra realidad que llamamos Vida. Esta es la verdadera meta de un ser humano. El objetivo del hombre es esa Vida con mayúscula, no eliminar la muerte biológica y alcanzar una inmortalidad física.
Si enfocamos todas nuestras energías en la vida terrena, nunca descubriremos la vida espiritual. Esto es lo que el evangelio llama perder la vida. Se malgasta la terrena y no se alcanza la espiritual. El que se empeñe en salvar a toda costa su vida biológica, terminará perdiéndola. Pero dará pleno sentido a esta vida si descubre que puede acceder a otro nivel y encontrar la verdadera Vida.
Meditación-contemplación
Si el grano de trigo no cae en tierra y muere...
Se trata de una condición que no podemos soslayar.
Si queremos dar fruto, es decir, dar sentido a nuestra vida,
tenemos que gastarnos y consumirnos.
.....................
La vela solo cobra sentido cuando está encendida.
Pero si está encendida, se consume.
La rosa al esparcir su fragancia, entrega algo de sí mismo,
y así está manifestando su verdadero ser.
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La vida es movimiento y por lo tanto, energía desplegada.
Puedo consumirla en beneficio del ego (falso yo),
y entonces la malogro.
Puedo consumirla en beneficio de los demás,
y entones consumarla dándole plenitud.
OCARM
Lectura
a) El contexto:
Estamos al final del "libro de los signos", que es la clave interpretativa que usa Juan en su Evangelio y ya se está perfilando el encuentro mortal entre la clase dirigente y Jesús. Este pasaje es como un broche entre lo que hasta ahora Juan ha contado y se concluye con esta aparición de las "gentes" (señalados por estos "griegos") y lo que está por suceder. Los próximos sucesos Juan los subdivide en dos ámbitos. El primer ámbito es el diálogo con sólo los discípulos, en el contexto de la cena pascual (cc 13-17); el otro ámbito será la escena pública de la pasión y después la aparición del resucitado (cc 1821). Este episodio, quizás no es del todo real: quiere señalar que la apertura a las gentes ha comenzado ya con Jesús mismo. No se trata tanto de andar a convencer a los otros de cualquier cosa, sino de acoger ante todo su búsqueda y llevarla a la madurez. Y esta madurez no llega sino con la colaboración de los otros y con un diálogo con Jesús. No se dice si Jesús ha hablado a estos griegos: el texto parece abreviar la narración, haciendo llevar pronto a la evidencia a qué "tipo" de Jesús se deben acercar aquéllos que lo buscan. Se trata del Jesús que ofrece la vida, que da frutos a través de la muerte. No, por tato, un Jesús "filósofo", "sabio"; sino ante todo aquél que no está atado a la propia vida, sino que la ha dado y se ha puesto al servicio de la vida de todos. Los versículos 27-33, que manifiestan la angustia y la turbación de Jesús frente a la muerte inminente, se llaman también "el Getsemaní del IV Evangelio" en paralelo con la narración de los Sinópticos sobre la vigilia dolorosa de Jesús en el Getsemaní: Como sucede con el trigo: sólo quebrantándose y muriendo puede liberar toda su vitalidad; así muriendo Jesús mostrará todo su amor que da vida. La historia de la semilla es la historia de Jesús, y de todo discípulo que quiere servirlo y tener vida en Él.
Algunas preguntas
para recoger del texto los núcleos importantes y comenzar a asimilarlos.
a) Felipe y Andrés ¿por qué han sido interpelados precisamente ellos?
b) ¿Qué buscaban verdaderamente estos "griegos"?
c) ¿Recibimos también nosotros a veces preguntas semejantes sobre la fe, la Iglesia, la vida cristiana?
d) No parece que Jesús se haya encontrado con estos "griegos"; pero ha confirmado su próxima "hora": ¿por qué ha hablado de esta manera?
e) ¿Quería Jesús que respondiesen con fórmulas? ¿O más bien con testimonios?
Algunas profundizaciones en la lectura
"Señor, queremos ver a Jesús"
• Se trata de una pregunta que hacen algunos "griegos" a Felipe. De ellos se dice que " subían a adorar en la fiesta". Probablemente son aquellos "timoratos de Dios" de los que se habla con frecuencia en los textos neotestamentarios; simpatizantes de la religión hebrea, aunque sin ser verdaderos judíos. Pudieran también ser de origen sólo siro fenicio, como indica con la misma palabra Marcos (7,26), cuando habla de la mujer que pedía la curación de su hija. En la petición de ellos podemos encontrar solo curiosidad por acercarse a un personaje famoso y discutido. Pero el contexto en el que nos lo presenta Juan, esta búsqueda señala por el contrario que buscaban de verdad, con corazón abierto. Tanto es así que ellos son presentados tan pronto como se ha dicho: "Ya véis que todo el mundo se va en pos de Él" (Jn 12,19) Y luego la noticia es comentada por Jesús como el "llegar la hora del Hijo del hombre". El hecho de que se hayan dirigido a Felipe, y éste los envíe a Andrés, es debido al hecho de que los dos eran de Betsaida, una ciudad donde la gente estaba mezclada, y se necesitaba entenderse en varios idiomas. Los dos personajes representan de todos modos dos sensibilidades: Felipe es más tradicionalista (como se ve por su frase después de haber conocido a Jesús (Jn 1, 45): mientras que Andrés, que ya había participado en el movimiento de Juan Bautista, era de carácter más abierto a lo nuevo (cfr Jn 1, 41). Para indicar que la comunidad que se abre a los paganos, que acoge la solicitud de quien busca con corazón curioso, es acogida por una comunidad que vive en su variedad de sensibilidades.
"Si el grano de trigo no cae en tierra…"
• La respuesta de Jesús parece menos interesada a los griegos, que deseaban verlo, y más orientada hacia todos, discípulos y griegos. Él ve abrirse las fronteras, siente la tumultuosa adhesión de las gentes; pero quiere llamar la atención que esta fama que le rodea, esta "gloria" que quisieran conocer de cerca, es de otro género de aquélla que ellos quizás se esperaban. Se trata de una vida que está por ser destruida, de una "palabra" que viene silenciada, quebrantada hasta la muerte, sepultada en las entrañas del odio y de la tierra, para hacerla desaparecer. Y en vez de ver una gloria al estilo humano, están delante de una "gloria" que se desvela a través del sufrimiento y la muerte. Vale para ellos, pero vale también para toda comunidad cristiana que quiere abrirse a "los griegos": debe "consultar" con el Señor, o sea, debe estar en contacto con este rostro, con esta muerte por la vida, debe dar la propia contemplación del misterio y no sólo aportar nociones. Debe vivir el verdadero despojo de las seguridades y de las gratificaciones humanas, para poder servir al Señor y recibir, también él, honor del Padre. El apego a la propia vida y a la sabiduría humana – y en el mundo griego éstos eran valores fuertes – es el verdadero obstáculo al verdadero "conocimiento de Jesús". Servir al nombre del Señor, acoger la solicitud de quien "lo busca", llevar a Jesús a estos buscadores, pero sin vivir el estilo del Señor, sin dar sobre todo testimonio de compartir la misma elección de vida, el mismo don de la vida, no sirve para nada.
"Ahora mi alma está turbada"
• Esta "agitación" de Jesús es un elemento muy interesante. No es fácil sufrir, la carne se rebela, la inclinación natural te hace huir del sufrimiento. También Jesús ha sentido esta repugnancia, ha sentido horror, delante de una muerte que se perfilaba dolorosa y humillante. En su pregunta "¿qué voy a decir?", podemos sentir este escalofrío, este miedo, esta tentación de sustraerse a una muerte semejante. Juan coloca este momento difícil antes de la última cena; los sinópticos, por el contrario, lo colocan en la oración del Getsemaní, antes de la captura (Mc 14, 32-42; Mt 26, 3646; Lc 22, 39-46). En todo caso, todos está concordes en subrayar en Jesús este temblor y fatiga, que lo asemeja a nosotros, frágil, lleno de miedo. Pero Él afronta esta angustia "confiándose" al Padre, reclamando para sí mismo que este es su proyecto, que toda su vida tiende precisamente a esta hora, que se revela y se asume. El tema de la hora – lo sabemos bien – es muy importante para Juan: véase la primera afirmación en las bodas de Caná (Jn 2,4) y luego más frecuentemente (Jn 4, 21; 7,6.8.30; 8,20; 11,9; 13,1; 17;1). Se trata, no sólo de un tiempo puntual, cuanto de una circunstancia decisiva, hacia la cuál todo se orienta.
"Atraeré a todos hacia mi"
• Puesto fuera de la violencia homicida de la que se sentía amenazado, esta suspensión de la cruz se convierte en una verdadera entronización, o sea, una colocación buena en vista de aquél que es para todos salvación y bendición. De la violencia que lo quería marginar y quitar del medio, se pasa a la fuerza centrípeta ejercida por aquella imagen del entronizado. Se trata de "un atraer" que se engendra no por curiosidad, sino por amor; será suscitador de discipulado, de adhesión en todos aquéllos que sabrán andar más allá del hecho físico, y verán en Él la gratuidad hecha totalidad. No será la muerte ignominiosa la que alejará, sino que se convertirá en fuente de atracción misteriosa, gramática que abre nuevos sentidos por la vida. Una vida entregada que genera vida; una vida sacrificada que genera esperanza y nueva solidaridad, nueva comunión, nueva libertad.
Antífona de entrada Cf. Sal 42, 1-2
Hazme justicia, Señor, y defiende mi causa contra la gente sin piedad:
líbrame del hombre falso y perverso, Señor,
porque tú eres mi Dios, mi fortaleza.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Señor y Dios nuestro,
te rogamos que tu gracia nos conceda
participar generosamente de aquel amor
que llevó a tu Hijo a entregarse a la muerte
por la salvación del mundo.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Escúchanos, Dios todopoderoso,
y por este sacrificio purifica a estos hijos tuyos
que has iniciado en la fe cristiana.
Por Jesucristo nuestro Señor.
PREFACIO DE LA PASIÓN DEL SEÑOR I:
LA FUERZA DE LA CRUZ
V. El Señor esté con ustedes
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Por la Pasión salvadora de tu Hijo
la humanidad entera fue capaz de glorificarte,
porque en la fuerza inefable de la cruz
se manifestó el juicio del mundo
y el poder de Cristo crucificado.
Por eso, con todos los ángeles y santos,
cantamos sin cesar tus alabanzas:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Cuando se lee otro Evangelio Jn 12, 24
Les aseguro que si el grano de trigo
que cae en la tierra no muere, queda solo;
pero si muere, da mucho fruto.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
concédenos que podamos contarnos siempre
entre los miembros de Cristo,
cuyo Cuerpo y Sangre hemos recibido.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
Oración sobre el pueblo
Padre, bendice a tu pueblo que espera en tu misericordia
y concédele que obtenga lo que desea por tu inspiración.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BIBLICAS
Estableceré una nueva alianza
y no me acordaré más de su pecado
Lectura del libro de Jeremías 31, 31-34
Llegarán los días -oráculo del Señor- en que estableceré una nueva Alianza con la casa de Israel y la casa de Judá. No será como la Alianza que establecí con sus padres el día en que los tomé de la mano para hacerlos salir del país de Egipto, mi Alianza que ellos rompieron, aunque Yo era su dueño -oráculo del Señor-.
Esta es la Alianza que estableceré con la casa de Israel, después de aquellos días -oráculo del Señor-: pondré mi Ley dentro de ellos, y la escribiré en sus corazones; Yo seré su Dios y ellos serán mi Pueblo.
Y ya no tendrán que enseñarse mutuamente, diciéndose el uno al otro: «Conozcan al Señor.» Porque todos me conocerán, del más pequeño al más grande -oráculo del Señor-. Porque Yo habré perdonado su iniquidad y no me acordaré más de su pecado.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 50, 3-4. 12-15
R. Crea en mí, Dios mío, un corazón puro.
¡Ten piedad de mí, Señor, por tu bondad,
por tu gran compasión, borra mis faltas!
¡Lávame totalmente de mi culpa
y purifícame de mi pecado! R.
Crea en mí, Dios mío, un corazón puro,
y renueva la firmeza de mi espíritu.
No me arrojes lejos de tu presencia
ni retires de mí tu santo espíritu. R.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
que tu espíritu generoso me sostenga:
yo enseñaré tu camino a los impíos
y los pecadores volverán a ti. R.
Aprendió qué significa obedecer
y llegó a ser causa de salvación eterna
Lectura de la carta a los Hebreos 5, 7-9
Hermanos:
Cristo dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión. Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, Él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen.
Palabra de Dios.
ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 12, 26
«El que quiera servirme, que me siga,
y donde Yo esté, estará también mi servidor», dice el Señor.
EVANGELIO
Si el grano de trigo que cae en tierra muere, da mucho fruto
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 12, 20-33
Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de Pasua. Estos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús.» Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió:
«Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado.
Les aseguro que, si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto.
El que tiene apego a su vida la perderá;
y el que no está apegado a su vida en este mundo,
la conservará para la Vida eterna.
El que quiera servirme que me siga,
y donde Yo esté, estará también mi servidor.
El que quiera servirme, será honrado por mi Padre.
Mi alma ahora está turbada.
¿Y qué diré:
"Padre, líbrame de esta hora"?
¡Si para eso he llegado a esta hora!
¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar.» La multitud que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel.»
Jesús respondió:
«Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes.
Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera; y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra,
atraeré a todos hacia mí.»
Palabra del Señor.
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