3er domingo de Pascua (B)

 TERCER DOMINGO DE PASCUA (Ciclo B)

 

Saludo (Ver Primera Lectura)


Dios ha glorificado a Jesús, su siervo,
el Santo, el Justo, 
el príncipe de vida.
Dios le resucitó de entre los muertos
y nosotros somos testigos de ese acontecimiento.
En su nombre estamos reunidos aquí.
Que el Señor Resucitado esté siempre con ustedes.


Introducción por el Celebrante
 (Dos Opciones)

 

1.           Marcado con Heridas


Nuestra fe en el Señor Resucitado es una fe concreta, una fe en alguien que ha resucitado, sí, pero que no es un “fantasma”, ni un producto de la imaginación, sino alguien real y totalmente como nosotros en todo menos en el pecado, sin excluir heridas, cicatrices y dificultades. ¿Es éste el Cristo en quien creemos, que camina con nosotros en el camino de la vida, que nos sostiene con su amor y fortaleza cuando tenemos problemas y nos sentimos heridos? Él ha resucitado realmente, y viene con nosotros para ayudarnos a levantarnos ahora ya en esta vida por encima de nuestros problemas, temores y cobardía, hasta que nos acoja en su eterna alegría y felicidad. Que sea este Jesús el que esté con nosotros, con el que nos podemos identificar y del que damos testimonio en la vida de cada día.

 

2.           Muriendo y Resucitando con Cristo


¿Acaso no tenemos todos, con frecuencia, experiencia en nuestra vida de cometer disparates y compensarlos, de dar un traspié y ponernos firmes otra vez, de caer y levantarnos de nuevo? Esto no es sólo una imagen o metáfora, sino que es básicamente la realidad misma como resurrección; para un cristiano esta vida es ya un repetido morir y resucitar con Cristo. La resurrección no es meramente algo que nos ocurrirá en el juicio o cuando entremos a la morada de Dios después de la muerte. La resurrección está aquí con nosotros, de forma bella y repetida. Por la gracia de la Resurrección de nuestro Señor seguimos, incluso ahora, muriendo y resucitando. Compartamos en esta eucaristía el banquete de resurrección con el Señor Resucitado.

 

Acto Penitencial


Si tuviéramos más fe en la cercanía del Señor Resucitado caeríamos menos en el pecado.


Imploremos el perdón del Señor.


(Pausa)

·                Jesús, Señor resucitado, tú nos muestras tus manos y tus pies, pues estás cerca de nosotros.
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

·                Cristo Jesús, Señor Resucitado, antes de resucitar sufriste y te entregaste a la muerte para traernos perdón y vida.
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.

·                Jesús, Señor Resucitado, tú nos invitas a comer contigo para compartir con nosotros tu fuerza y tu vida.
R/. Señor, ten piedad de nosotros.

 

Señor, por el poder de tu amor transfórmanos, perdona todos nuestros pecados y acompáñanos en el camino que nos conduce a la vida eterna.

Oración Colecta


Oremos para que sepamos vivir la nueva vida de Jesús Resucitado.
(Pausa)

Oh Dios de los vivientes,
¿quién creerá que tu Hijo ha resucitado 
si Él no vive entre nosotros hoy?
No permitas que la muerte del pecado nos atrape, 
ya que él nos ha hecho libres por su sangre.
Que su vida se desborde en nosotros, 
de modo que fluya sobre los que nos rodean 
con obras de perdón compasivo y de generosidad sin medida.
Nútrenos con esa vida en la eucaristía,
banquete de Jesucristo tu Hijo, nuestro Señor. 

 

Primera Lectura (Hch 3,13-15,17-19): Pedro, Testigo del Señor Resucitado
En esta predicación, Pedro da testimonio firme de que Cristo resucitó de entre los muertos. Pide a sus oyentes volver a Cristo y permitirle que los renueve.

Segunda Lectura (1Jn 2,1-5a): Fieles al Señor Resucitado
Cuando seguimos los mandamientos del amor de Cristo, somos fieles a Cristo Resucitado y crecemos en el amor de Dios.

Evangelio (Lc 24,35-48): Testigos del Señor Resucitado
Jesús se apareció a sus discípulos, que dudaban, para fortalecer su fe de que él había resucitado. Después los envió -como nos envía a nosotros- para dar testimonio de su perdón y de su nueva vida.

 

Oración de los Fieles


Oh Dios, Padre nuestro, tú nos ayudas a los que acudimos a ti porque tu Hijo Jesucristo permanece con nosotros y habla en nuestro nombre. Te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos, Señor, que entre nosotros haya más fe, más confianza en el futuro, porque estamos seguros de que Cristo vive y está presente entre nosotros. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos, Señor, una actitud más positiva hacia toda clase de vida en la tierra, mayor comprensión y solidaridad entre los pueblos y culturas, sea cual sea su lengua, porque estamos seguros de que tú llamas a todos a la paz y a la amistad. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos, Señor, que nos concedas una buena disposición para hacer sacrificios personales, pues estamos seguros de que de esa manera podemos promover la felicidad de la comunidad. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos, Señor, el espíritu de amor cristiano y de perdón hacia todos y cada uno de nuestros prójimos, pues estamos seguros de que todos están invitados en Cristo a participar de tu infinita felicidad. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos, Señor, por los bautizados en nombre de Cristo, para que sigan las huellas del mismo Cristo; y por todos los matrimonios, para que sean fieles a ti y a sí mismos, ya que tenemos la certeza de que tú eres fiel a ellos. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

Te pedimos para nosotros humildad, ya que estamos seguros de que Cristo no ha completado todavía su obra en nosotros y de que tenemos todavía que crecer en esta vida. Y así te decimos:

 
R/. Señor, Dios nuestro, escucha a tu pueblo.

 

 

Oh Dios Padre amoroso, que tu Hijo Resucitado viva entre nosotros, en nuestras palabras y acciones. Oye las súplicas de tu pueblo, a causa de Aquél que permanece contigo y con nosotros, Jesucristo, nuestro Señor, por los siglos de los siglos. 

 

Oración de Ofertorio

 

Oh Padre bondadoso, fuente de vida:
Con pan y vino celebramos en esta eucaristía
la presencia de tu Hijo en medio de nosotros,
aquí alrededor de esta mesa
y en la vida de cada día.
Que le podamos experimentar aquí
como el gran don que tú nos brindas
y que permanezca con nosotros 
en nuestra inacabada búsqueda 
de ser tu pueblo libre de pecado
y de vivir la vida nueva 
de Jesucristo Resucitado, nuestro Señor. 

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
¿Dónde puede Jesús estar más cerca de nosotros que aquí en la eucaristía? Él nos habla y le escuchamos; le comemos y bebemos. Aquí él nos asegura que él nos acompaña en nuestro caminar, a veces agotador. Demos gracias al Padre por darnos a Jesús su Hijo.

 

Introducción al Padrenuestro

Jesús está con nosotros
y vive en la presencia del Padre 
para interceder por nosotros.
Con él oramos a nuestro Padre del cielo:
R/. Padre nuestro… 

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la fe y la paz en nuestros días
por medio de la presencia de tu Hijo Resucitado.
Que él esté con nosotros en nuestras penas y temores
para que con él podamos superarlos.
Que él esté también con nosotros 
en días de risa y de alegría, 
para que él haga más profunda nuestra felicidad.
Que la esperanza crezca en nosotros 
mientras anhelamos el día de su venida gloriosa
como Señor y Salvador nuestro, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino… 

 

Invitación a la Comunión

Éste es Jesucristo, Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo .
Él murió por nosotros, pero vive para siempre.
Dichosos nosotros de tocarle
y de recibirle como nuestro pan de vida.
R/. Señor, no soy digno…
 

 

Oración después de la Comunión

 

Oh Dios de vida y de amor salvador:
Hemos gozado de la presencia de tu Hijo entre nosotros
porque nos hemos reunido en su nombre.
Él nos ha proclamado su palabra de vida
y hemos participado en su banquete de salvación.
Que él siga viviendo en nuestra comunidad
por nuestra presencia atenta hacia los otros, 
por nuestra fe común expresada 
en nuestras obras de amor y servicio,
de gratitud y perdón, 
por nuestros esfuerzos en crear un mundo mejor 
donde haya justicia y esperanza para todos.
Y de este modo queremos caminar juntos hacia ti 
y dar testimonio de que Jesucristo 
es Señor y Salvador nuestro, por los siglos de los siglos.

 

Bendición
Hermanos: Cristo nos llama a dar testimonio de su presencia entre nosotros como nuestro Señor Resucitado.
Vivamos, pues, como nuevo Pueblo de Dios, llenos de fe, esperanza, amor y perdón mutuo. 
Y, para que podamos llevar este don al mundo, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

 

Homilia

A veces tengo la sensación que Jesús, durante la Pascua, tuvo que sonreír a menudo. Se presentaba a sus amigos, cumplía lo que les había prometido, y sus amigos, en vez de alegrarse, se asustaban. Creen que es un fantasma. Reaccionan de tal manera que el mismo Cristo los corrige: “De qué os asustáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?” Lentos para entender lo que pasaba en sus vidas hasta el final.

Tener clara la imagen de Jesús es importante también para nosotros, cristianos del siglo XXI. Para toda la Iglesia, y para cada uno en particular. Hay tantas imágenes de Cristo, y tan distintas, que no es difícil confundirlo con un fantasma. Se nos desvanece. Se nos olvida que hablamos de una persona de carne y hueso.

Por eso, para ver a Cristo, es tan importante encontrarse en el domingo, el día del Señor. En comunidad, escuchando la Palabra del Señor y compartiendo el Pan y el Vino, podemos sentir la experiencia del Resucitado en medio de nosotros. Es que el Resucitado nunca se alejó de su comunidad, siempre ha estado con ellos. Eran los ojos de los Discípulos los que no podían verlo. Hasta que sus ojos se abren a la luz de la Pascua, y pueden verlo como es realmente. Toman conciencia de que verdaderamente ha resucitado, y que está en medio de ellos.

Una cosa podemos tener en común con los Discípulos de la comunidad de Lucas. Les pasaba como a nosotros, no acababan de ver claro. Incluso después de resucitar, Jesús tiene que seguir catequizándolos. Antes, hablaba del Reino. Ahora, convencerles de que les toca ser testigos de la resurrección. También ellos tienen que morir a sus miedos, y resucitar a la vida nueva. Convertirse en pregoneros de la Buena Nueva. Otra llamada para cada uno de nosotros. Hablar de Cristo a las personas que nos encontremos. Necesitamos tener claro Quién es Jesús para nosotros, ver la vida a la luz del Resucitado, para ayudar a los hermanos a aclarar sus imágenes de Jesús.

Hoy, como en el tiempo de los Apóstoles, las condiciones no son las mejores para descubrir a Dios. Parece, como en la barca en el lago, que hay muchas olas y parece que nos hundimos. La oscuridad del mundo (las guerras de Ucrania, de Gaza…) nos lleva a pensar que hay mucho mal y sufrimiento en nuestra tierra. Y, además, están nuestros miedos personales. Nos da miedo abrir las puertas, como a los Discípulos. No dejamos que nos conozcan como somos, por si decepcionamos, o ven en nosotros cosas que nos avergüenzan, o se descubren nuestros miedos o errores pasados… Puede que se nos olvide cómo somos de verdad. Y una de las condiciones del testigo es ser auténtico.

Jesús nos invita a superar nuestros miedos y oscuridades, para, con su ayuda, ser nosotros mismos. A ser como Dios. Porque él se hizo hombre de verdad. Hasta la muerte. Para resucitar. A sus Discípulos les ofrece pruebas muy humanas: comer con ellos y enseñarles las manos. Esas manos que les habían repartido el pan, habían expulsado demonios y acariciado niños. Manos que habían lavado sus pies, la señal de máximo amor y servicio, manos que se dejan clavar en la cruz. Así deberían ser nuestras manos, orantes, religiosas, serviciales… Jesús no tiene manos, tiene sólo nuestras manos, recuerda una oración muy conocida. Hagamos de nuestras manos unas manos como las de Jesús. Manos que no empuñan armas, como creían los que veían a Jesús como un líder guerrillero, sino que son unas manos amables, siempre abiertas, libres para acariciar y repartir amor.

Saber reconocer a Jesús, esperarlo siempre, y ver los signos de su manifestación; hacer de nuestras manos unas manos como las de Jesús, siempre abiertas y serviciales; superar nuestros miedos personales, y ser testigos auténticos con toda nuestra vida. Pueden ser los mensajes que nos deja la Palabra hoy. No los desaprovechemos.

 

 

EVANGELIO

 

Así estaba escrito: el Mesías padecerá

y resucitará de entre los muertos al tercer día

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 24, 35-48

 

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.

 

Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice:

 

- «Paz a vosotros.»

 

Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo:

 

- «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»

 

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:

 

-«¿Tenéis ahí algo que comer?»

 

Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo:

 

- «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»

 

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió:

 

-«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»

 

Palabra de Dios.

 

 

TESTIGOS

 

Lucas describe el encuentro del Resucitado con sus discípulos como una experiencia fundante. El deseo de Jesús es claro. Su tarea no ha terminado en la cruz. Resucitado por Dios después de su ejecución, toma contacto con los suyos para poner en marcha un movimiento de "testigos" capaces de contagiar a todos los pueblos su Buena Noticia: "Vosotros sois mis testigos".

 

No es fácil convertir en testigos a aquellos hombres hundidos en el desconcierto y el miedo. A lo largo de toda la escena, los discípulos permanecen callados, en silencio total. El narrador solo describe su mundo interior: están llenos de terror; solo sienten turbación e incredulidad; todo aquello les parece demasiado hermoso para ser verdad.

 

Es Jesús quien va a regenerar su fe. Lo más importante es que no se sientan solos. Lo han de sentir lleno de vida en medio de ellos. Estas son las primeras palabras que han de escuchar del Resucitado: "La Paz esté con vosotros... ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior?".

 

Cuando olvidamos la presencia viva de Jesús en medio de nosotros; cuando lo ocultamos con nuestros protagonismos; cuando la tristeza nos impide sentir todo menos su paz; cuando nos contagiamos unos a otros pesimismo e incredulidad... estamos pecando contra el Resucitado. Sí no es posible una Iglesia de testigos.

 

Para despertar su fe, Jesús no les pide que miren su rostro, sino sus manos y sus pies. Que vean sus heridas de crucificado. Que tengan siempre ante sus ojos su amor entregado hasta la muerte. No es un fantasma: "Soy yo en persona". El mismo que han conocido y amado por los caminos de Galilea.

 

Siempre que pretendemos fundamentar la fe en el Resucitado con nuestras elucubraciones, lo convertimos en un fantasma. Para encontrarnos con él, hemos de recorrer el relato de los evangelios: descubrir esas manos que bendecían a los enfermos y acariciaban a los niños, esos pies cansados de caminar al encuentro de los más olvidados; descubrir sus heridas y su pasión. Es ese Jesús el que ahora vive resucitado por el Padre.

 

A pesar de verlos llenos de miedo y de dudas, Jesús confía en sus discípulos. Él mismo les enviará el Espíritu que los sostendrá. Por eso les encomienda que prolonguen su presencia en el mundo: "Vosotros sois testigos de estas cosas". No han de enseñar doctrinas sublimes, sino contagiar su experiencia. No han de predicar grandes teorías sobre Cristo sino irradiar su Espíritu. Han de hacerlo creíble con la vida, no solo con palabras. Este es siempre el verdadero problema de la Iglesia: la falta de testigos.

 

 

 

CREER POR EXPERIENCIA PROPIA

Entonces les abrió el entendimiento.

 

 

No es fácil creer en Jesús resucitado. En última instancia es algo que sólo puede ser captado y comprendido desde la fe que el mismo Jesús despierta en nosotros. Si no experimentamos nunca «por dentro» la paz y la alegría que Jesús infunde, es difícil que encontremos «por fuera» pruebas de su resurrección.

 

Algo de esto nos viene a decir Lucas al describirnos el encuentro de Jesús resucitado con el grupo de discípulos. Entre ellos hay de todo. Dos discípulos están contando cómo lo han reconocido al cenar con él en Emaús. Pedro dice que se le ha aparecido. La mayoría no ha tenido todavía ninguna experiencia. No saben qué pensar.

 

Entonces «Jesús se presenta en medio de ellos y les dice: “Paz a vosotros”». Lo primero para despertar nuestra fe en Jesús resucitado es poder intuir, también hoy, su presencia en medio de nosotros, y hacer circular en nuestros grupos, comunidades y parroquias la paz, la alegría y la seguridad que da el saberlo vivo, acompañándonos de cerca en estos tiempos nada fáciles para la fe.

 

El relato de Lucas es muy realista. La presencia de Jesús no transforma de manera mágica a los discípulos. Algunos se asustan y «creen que están viendo un fantasma». En el interior de otros «surgen dudas» de todo tipo. Hay quienes «no lo acaban de creer por la alegría». Otros siguen «atónitos».

 

Así sucede también hoy. La fe en Cristo resucitado no nace de manera automática y segura en nosotros. Se va despertando en nuestro corazón de forma frágil y humilde. Al comienzo, es casi sólo un deseo. De ordinario, crece rodeada de dudas e interrogantes: ¿será posible que sea verdad algo tan grande?

 

Según el relato, Jesús se queda, come entre ellos, y se dedica a «abrirles el entendimiento» para que puedan comprender lo que ha sucedido. Quiere que se conviertan en «testigos», que puedan hablar desde su experiencia, y predicar no de cualquier manera, sino «en su nombre».

 

Creer en el Resucitado no es cuestión de un día. Es un proceso que, a veces, puede durar años. Lo importante es nuestra actitud interior. Confiar siempre en Jesús. Hacerle mucho más sitio en cada uno de nosotros y en nuestras comunidades cristianas.

 

 

HACEN FALTA TESTIGOS

 

Contaban lo que les había acontecido en el camino.

 

Los relatos evangélicos lo repiten una y otra vez. Encontrarse con el Resucitado es una experiencia que no se puede callar. Quien ha experimentado a Jesús lleno de vida, siente necesidad de contarlo a otros. Contagia lo que vive. No se queda mudo. Se convierte en testigo.

 

Los discípulos de Emaus «contaban lo que les había acontecido en el camino y cómo le habían reconocido al partir el pan». María de Magdala dejó de abrazar a Jesús, se fue donde los demás discípulos y les dijo: «he visto al Señor». Los once escuchan invariablemente la misma llamada: «Vosotros sois testigos de estas cosas»; «como el Padre me envió así os envío yo»; «proclamad la Buena Noticia a toda la creación».

 

La fuerza decisiva que posee el cristianismo para comunicar la Buena Noticia que se encierra en Jesús son los testigos. Esos creyentes que pueden hablar en primera persona. Los que pueden decir: «esto es lo que me hace vivir a mí en estos momentos». Pablo de Tarso lo decía a su manera: «ya no vivo yo. Es Cristo quien vive en mí».

 

El testigo comunica su propia experiencia. No cree «teóricamente» cosas sobre Jesús; cree en Jesús porque lo siente lleno de vida. No sólo afirma que la salvación del hombre está en Cristo; él mismo se siente sostenido, fortalecido y salvado por él. En Jesús vive «algo» que es decisivo en su vida, algo inconfundible que no encuentra en otra parte.

 

Su unión con Jesús resucitado no es una ilusión: es algo real que está trasformando poco a poco su manera de ser. No es una teoría vaga y etérea: es una experiencia concreta que motiva e impulsa su vida. Algo preciso, concreto y vital.

 

El testigo comunica lo que vive. Habla de lo que le ha pasado a él en el camino. Dice lo que ha visto cuando se le han abierto los ojos. Ofrece su experiencia, no su sabiduría. Irradia y contagia vida, no doctrina. No enseña teología, «hace discípulos» de Jesús.

 

El mundo de hoy no necesita más palabras, teorías y discursos. Necesita vida, esperanza, sentido, amor. Hacen falta testigos más que defensores de la fe. Creyentes que nos puedan enseñar a vivir de otra manera porque ellos mismos están aprendiendo a vivir de Jesús.

 

 

EL PROBLEMA DEL BIEN

 

No acababan de creer por la alegría.

 

Se habla mucho del problema del mal. Se dice que es «la roca del ateísmo» y, de hecho, son bastantes las personas a las que se les hace difícil creer que pueda existir un Dios bueno del que haya brotado un mundo en el que el mal tiene tanto poder.

 

Las preguntas se agolpan una tras otra: ¿Cómo puede quedar Dios pasivo ante tantas desgracias físicas y tragedias morales o ante la muerte cruenta de tantos inocentes? ¿Cómo puede permanecer mudo ante tantos crímenes y atropellos cometidos muchas veces por quienes se dicen sus amigos?

 

Y, ciertamente, es difícil obtener una respuesta si uno no la encuentra en el rostro del «Dios crucificado». Un Dios que, respetando absolutamente las leyes del mundo y la libertad de los hombres, sufre Él mismo con nosotros y desde esa «solidaridad crucificada» abre nuestra existencia dolorosa hacia una vida definitiva.

 

Pero no existe sólo el problema del mal. Hay también un «problema del bien». El famoso biólogo francés Jean Rostand, ateo profeso pero inquieto hasta su muerte, hacía en alguna ocasión esta honesta confesión: «El problema no es que haya mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien. Que de vez en cuando aparezca, como dice Schopenhauer el milagro de la ternura. Es más bien esto lo que hará decir que no todo es molecular La presencia del mal no me sorprende, pero esos pequeños relámpagos de bondad, esos rasgos de ternura son para mí un gran problema».

 

El hombre que sólo es sensible al mal y no sabe gustar la alegría del bien que se encierra en la vida, dificilmente será creyente. Sólo quien es capaz de captar la generosidad, la ternura, la amistad, la belleza, la creatividad y el bien, puede intuir «el misterio de la alegría» y abrirse confiadamente al Creador de la vida.

 

Es significativa la observación de Lucas que nos indica que los discípulos «no acababan de creer por la alegría». La vida y el horizonte que se les abren en Cristo resucitado les parecen demasiado grandes para creer. Sólo creerán si aceptan que el misterio último de la vida es algo bueno, grande y gozoso.

 

Probablemente, la increencia de bastantes comienza a engendrarse muchas veces en esa tristeza que se produce en la persona cuando se ha vaciado de interioridad, ha cortado el lazo vital que la unía con Dios, ha reducido su vida sólo a lo pragmático y se ha inventado una moral propia tan tolerante como egoísta.

 

Pablo VI, en su hermosa Exhortación Gaudete in Domino, invita a aprender a gustar las múltiples alegrías que el Creador pone en nuestro camino: vida, amor, naturaleza, silencio, deber cumplido, servicio a los demás... Puede ser el mejor camino para «resucitar» nuestra fe. El Papa llega a pedir que «las comunidades cristianas se conviertan en lugares de optimismo donde todos los miembros se entreguen resueltamente al discernimiento de los aspectos positivos de la persona y de los acontecimientos».

 

 

ELOGIO DE LA RISA

 

… no acababan de creer por la alegría.

 

Reír es propio de los seres humanos. Ninguna otra criatura se ríe. La risa es la manifestación más expresiva de la alegría interior. Algo que le nace de modo natural a quien vive disfrutando de la vida. Junto con la sonrisa, puede manifestar el gozo y la jovialidad de quien vive en paz consigo mismo, con los demás y con Dios.

 

La risa ha estado, sin embargo, muchas veces bajo sospecha entre los cristianos. Reír era considerado, en algunas tradiciones ascéticas, poco digno de la seriedad y gravedad que ha de caracterizar a quien se relaciona con Dios (¡). Una manifestación excesivamente mundana, más propia de personas de vida relajada que de cristianos de fe madura. Sin embargo, siempre han quedado los exegetas sorprendidos de la frecuencia con que la Biblia alude a la alegría en todos sus matices de gozo, paz interior, exultación o júbilo.

 

Naturalmente hay muchos tipos de risa. Todos conocemos la risa irónica y burlona que pone al otro en ridículo, la risa sarcástica que hace daño, o la vengativa que hiere y destruye. La risa sana es diferente. Nace de la alegría interior, relaja las tensiones y favorece la libertad. Es risa benevolente que aproxima a las personas, crea confianza y ayuda a vivir. Según S. Freud, el humor es un «elemento liberador».

 

Hay también una risa propia del creyente. Nace como respuesta gozosa al amor de Dios. Brota de la confianza total y expresa compasión y cariño hacia toda criatura. P. Berger la llama «risa redentora» (La risa redentora. La dimensión cómica de la experiencia humana. Kairos, Barcelona 1999). Esta risa hace la vida más saludable y llevadera. Es una victoria sobre el malhumor, la impaciencia o el desaliento. No se ríen los fanáticos, los intolerantes o amargados. Se ríen los que se enfrentan a la vida de manera sana y liberada.

 

Pascua ha sido desde antiguo un tiempo de gozo intenso. Tertuliano lo llamaba «laetissimum spatium», un espacio de tiempo lleno de inmensa alegría. Dos palabras resumen el clima que el Resucitado crea con su presencia: gozo y paz. En el evangelio de Lucas se llega a decir que los discípulos «no acaban de creer por la alegría». Una de dos: o el cristianismo es demasiado grande y hermoso para ser creído o hemos de escuchar la invitación paulina: «Estad siempre alegres en el Señor. Os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca» (Flp 4, 4-5).

 

 

COMPAÑERO DE CAMINO

 

… lo que les había acontecido en el camino.

 

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del fanático que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición. La suya es una fe cerrada donde falta acogida y escucha del Misterio y donde sobra arrogancia. Esta fe no libera de la rigidez mental ni ayuda a crecer, pues no se alimenta del verdadero Dios.

 

Está también la posición del escéptico que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada ni de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más.

 

Está además la postura del indiferente que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Sólo le interesa de verdad lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?

 

Está también el que se siente propietario de la fe, como si ésta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta.

 

Está además la fe infantil de quienes no creen en Dios, sino en aquellos que hablan de él. Nunca han hecho la experiencia de dialogar sinceramente con Dios, de buscar su rostro o de abandonarse a su misterio. Les basta con creer en la jerarquía o confiar en «los que saben de esas cosas». Su fe no es experiencia personal. Hablan de Dios «de oídas».

 

En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por Alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Sólo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.

 

Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino» (Lucas 24, 35). Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Cristo como «compañero de camino».

 

 

CON LAS VICTIMAS

 

Les mostró las manos y los pies.

 

Según los relatos evangélicos, el Resucitado se presenta a sus discípulos con las llagas del Crucificado. No es éste un detalle banal, de interés secundario. Se trata de una observación de importante contenido teológico. Las primeras tradiciones cristianas insisten, sin excepción, en un dato que, por lo general, no solemos valorar hoy en su justa medida: Dios no ha resucitado a cualquiera; ha resucitado a un crucificado.

 

Dicho de manera más concreta, ha resucitado a alguien que ha anunciado a un Padre que ama a los pobres y perdona a los pecadores; alguien que se ha solidarizado con todas las víctimas; alguien que, al encontrarse él mismo con la persecución y el rechazo, ha mantenido hasta el final su confianza radical en Dios.

 

La resurrección de Cristo es, pues, la resurrección de una víctima. Al resucitar a Jesús, Dios no solo ¡ibera a un muerto de la destrucción de la muerte. «Hace justicia», además, a una víctima de los hombres. Y esto arroja nueva luz sobre «el ser de Dios».

 

En la resurrección no solo se nos manifiesta la omnipotencia absoluta de Dios sobre el poder de la muerte. Se nos revela también el triunfo de su justicia sobre las injusticias que cometen los hombres. Por fin y de manera plena, triunfa la justicia sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo.

 

Esta es la gran noticia. Dios se nos revela en Jesucristo como «el Dios de las víctimas». La resurrección de Cristo es la «reacción» de Dios a lo que los hombres han hecho con su Hijo. Así lo subraya la primera predicación de los discípulos: «Vosotros lo matasteis elevándolo a una cruz... pero Dios lo ha resucitado de entre los muertos.» Donde los hombres ponen muerte y destrucción, Dios pone vida y liberación.

 

En la cruz Dios todavía guarda silencio y se calla. Ese silencio no es manifestación de su impotencia para salvar al Crucificado. Es expresión de su cercanía absoluta al que sufre. Dios está ahí compartiendo hasta el final el destino de las víctimas. Los que sufren han de saber que no están sumidos en la soledad radical. Dios mismo está en su sufrimiento.

 

En la resurrección, por el contrario, Dios habla y actúa para desplegar toda su fuerza creadora en favor del Crucificado. La última palabra la tiene Dios. Y es una palabra de amor resucitador hacia las víctimas. Los que sufren han de saber que su sufrimiento terminará en resurrección.

 

La historia sigue. Son muchas las víctimas que siguen sufriendo hoy, maltratadas por la vida o crucificadas por los hombres. El cristiano sabe que Dios está en ese sufrimiento. Conoce también su última palabra. Por eso, su compromiso es claro: defender a las víctimas, luchar contra todo lo que mata y deshumaniza; esperar la victoria final de la justicia de Dios.

 

 

EL PROBLEMA DEL BIEN

 

No acababan de creer por la alegría.

 

Se habla mucho del problema del mal. Se dice que es “la roca del ateísmo” y, de hecho, son bastantes las personas a las que se les hace difícil creer que pueda existir un Dios bueno del que haya brotado un mundo en el que el mal tiene tanto poder.

 

Las preguntas se agolpan una tras otra: ¿Cómo puede quedar Dios pasivo ante tantas desgracias físicas y tragedias morales o ante la muerte cruenta de tantos inocentes? ¿Cómo puede permanecer mudo ante tantos crímenes y atropellos cometidos muchas veces por quienes se dicen sus amigos?

 

Y, ciertamente, es difícil obtener una respuesta si uno no la encuentra en el rostro del “Dios crucificado”. Un Dios que, respetando absolutamente las leyes del mundo y la libertad de los hombres, sufre El mismo con nosotros y desde esa “solidaridad crucificada” abre nuestra existencia dolorosa hacia una vida definitiva.

 

Pero no existe sólo el problema del mal. Hay también un “problema del bien”. El famoso biólogo francés Jean Rostand, ateo profeso pero inquieto hasta su muerte, hacía en alguna ocasión esta honesta confesión: “El problema no es que haya mal. Al contrario, lo que me extraña es el bien. Que de vez en cuando aparezca, como dice Schopenhauer, el milagro de la ternura. Es más bien esto lo que hará decir que no todo es molecular. La presencia del mal no me sorprende, pero esos pequeños relámpagos de bondad, esos rasgos de ternura son para mí un gran problema”.

 

El hombre que sólo es sensible al mal y no sabe gustar la alegría del bien que se encierra en la vida, difícilmente será creyente. Sólo quien es capaz de captar la generosidad, la ternura, la amistad, la belleza, la creatividad y el bien, puede intuir “el misterio de la alegría” y abrirse confiadamente al Creador de la vida.

 

Es significativa la observación de Lucas que nos indica que los discípulos “no acababan de creer por la alegría”. La vida y el horizonte que se les abren en Cristo resucitado les parecen demasiado grandes para creer. Sólo creerán si aceptan que el misterio último de la vida es algo bueno, grande y gozoso.

 

Probablemente la increencia de bastantes comienza a engendrarse muchas veces en esa tristeza que se produce en la persona cuando ha desacralizado el universo, se ha vaciado de interioridad, ha cortado el lazo vital que la unía con Dios, ha reducido su vida sólo a lo pragmático y se ha inventado una moral propia tan tolerante como egoísta.

 

Pablo VI, en su hermosa Exhortación “Gaudete in Domino”, invita a aprender a gustar las múltiples alegrías que el Creador pone en nuestro camino: vida, amor, naturaleza, silencio, deber cumplido, servicio a los demás... Puede ser el mejor camino para “resucitar” nuestra fe. El Papa llega a pedir que “las comunidades cristianas se conviertan en lugares de optimismo donde todos los miembros se entreguen resueltamente al discernimiento de los aspectos positivos de la persona y de los acontecimientos”.

 

 

CON LAS VICTIMAS

 

Mirad mis manos y mis pies.

 

Hay un dato, descuidado con frecuencia por los creyentes, y que tiene, sin embargo, gran importancia en los relatos pascuales: el resucitado se presenta a sus discípulos mostrándoles sus manos y pies de crucificado.

 

Esto significa algo realmente sorprendente. Los hombres hemos de buscar la fuerza salvadora de Dios no en cualquier parte ni en cualquier hombre sino, precisamente, en éste que ha sido víctima del rechazo y la violencia de todos.

 

Jesús, el hombre que ha sido “sólo víctima” de la violencia y nunca su inspirador o generador, se convierte en la única fuente de esperanza para la humanidad.

 

Ese círculo infernal de opresión y represión, violencia y contraviolencia que envuelve y ahoga a la humanidad con su fuerza destructora, se rompe precisamente en Jesús, arquetipo del “hombre nuevo” que se niega a crear nueva violencia y opresión, aun a costa de terminar crucificado.

 

Sólo desde el Crucificado, resucitado por Dios se trasciende nuestra triste historia de odios, venganzas y violencia y se nos abre el camino hacia una humanidad nueva, capaz de otro tipo de relaciones.

 

Todo esto tiene hondas repercusiones para nuestro modo de entender y vivir la fe cristiana.

 

Antes que nada, hay que decir que el Dios de Jesucristo no es cualquier dios, sino precisamente un Dios que, en el interior de las relaciones violentas de los hombres, se identifica siempre con la víctima y no con el opresor.

 

Lo queramos o no, el verdadero rostro de Dios queda distorsionado y falseado, cuando se pretende hacer de él un ser neutral o indiferente a los crucificados o cuando se convierte la religión en coartada para cualquier tipo de discriminación, exclusión o violencia.

 

El Dios que ha resucitado al crucificado nos obligará siempre a preguntarnos si estamos de parte de los que crucifican o de parte de los crucificados.

 

No hemos de engañarnos. Todos tenemos algo de opresores y algo de víctimas. Por eso, la conversión pascual sólo es posible cuando nos volvemos hacia aquellos que son nuestras víctimas para reconocer las llagas que vamos produciendo en sus vidas.

 

Experimentaremos la novedad y transformación de la Resurrección de Cristo si aprendemos a curar en vez de herir, ayudar en vez de dañar, acoger y liberar en lugar de rechazar y esclavizar.

 

 

QUERER CREER

 

… por qué surgen dudas en vuestro interior?

 

Lucas pone en boca del resucitado estas palabras dirigidas a los discípulos: «Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen tantas dudas en vuestro corazón?»

 

Cuántos hombres y mujeres de nuestros días responderían inmediatamente enumerando un conjunto de razones y factores que provocan el nacimiento de innumerables dudas y vacilaciones en la conciencia del hombre moderno que desea creer.

 

Antes que nada, hemos de recordar que muchas de nuestras dudas, aunque tal vez las percibamos hoy con una sensibilidad especial, son dudas de siempre, vividas por hombres y mujeres de todos los tiempos.

 

No hemos de olvidar aquello que con tanto acierto dice Jaspers: «Todo lo que funda es oscuro». La última palabra sobre el mundo y el misterio de la vida se nos escapa. El sentido último de nuestro ser se nos oculta.

 

Pero, ¿qué hacer ante las dudas, los interrogantes o inquietudes que nacen en nuestro corazón? Sin duda, cada uno hemos de recorrer nuestro propio itinerario y hemos de buscar a tientas, con nuestras propias manos, el rostro de Dios. Pero es bueno recordar algunas cosas válidas para todos.

 

Antes que nada, no hemos de olvidar tampoco hoy que el valor de una vida depende del grado de sinceridad y fidelidad que vive cada uno de cara a Dios. Y no es necesario que hayamos resuelto todas y cada una de nuestras dudas para vivir en verdad ante El.

 

En segundo lugar, hemos de saber que para que muchas de nuestras dudas se diluyan, es necesario que nos alimentemos interiormente de «la savia espiritual cristiana». De lo contrario es fácil que no comprendamos nunca nada.

 

Además, hemos de recordar que el querer creer, a pesar de las dudas que nos puedan asediar sobre el contenido de dogmas o verdades cristianas, es ya una manera humilde pero auténtica de vivir en verdad ante Dios.

 

Quisiéramos vivir algo más grande y gozoso y nos encontramos con nuestra propia increencia. Quisiéramos agarrarnos a una fe firme, serena, radiante y vivimos una fe oscura, pequeña, vacilante.

 

Si en esos momentos, sabemos «esperar contra toda esperanza», creer contra toda increencia y poner nuestro ser en manos de ese Dios a quien seguimos buscando a pesar de todo, en nuestro corazón hay fe. Somos creyentes. Dios entiende nuestro pobre caminar por esta vida. El resucitado nos acompaña.

 

 

AL PARTIR EL PAN

 

Reconocieron a Jesús al partir el pan.

 

Se ha señalado con razón que los relatos pascuales nos describen con frecuencia el encuentro del resucitado con los suyos en el marco de una comida.

 

Sin duda, el relato ms significativo es el de los discípulos de Emaús. Aquellos caminantes cansados que acogen al compañero desconocido de viaje, y se sientan juntos a cenar, descubren al resucitado «al partir el pan», término técnico empleado en las primeras comunidades para designar la cena eucarística.

 

Sin duda, la Eucaristía es lugar privilegiado para que los creyentes abramos «los ojos de la fe», y nos encontremos con el Señor resucitado que alimenta y fortalece nuestras vidas con su mismo cuerpo y sangre.

 

Los cristianos hemos olvidado con frecuencia que sólo a partir de la resurrección podemos captar en toda su hondura el verdadero misterio de la presencia de Cristo en la Eucaristía.

 

Es el Resucitado quien se hace presente en medio de nosotros, ofreciéndose sacramentalmente como pan de vida. Y la comunión no es sino la anticipación sacramental de nuestro encuentro definitivo con el Señor resucitado.

 

El valor y la fuerza de la Eucaristía nos viene del Resucitado que continúa ofreciéndonos su vida, entregada ya por nosotros en la cruz.

 

De ahí que la Eucaristía debiera ser para los creyentes principio de vida e impulso de un estilo nuevo de resucitados. Y si no es así, deberemos preguntarnos si no estamos traicionándola con nuestra mediocridad de vida cristiana.

 

Las comunidades cristianas debemos hacer un esfuerzo serio por revitalizar la Eucaristía dominical. No se puede vivir plenamente la adhesión al Resucitado, sin reunirnos el día del Señor a celebrar la Eucaristía, unidos a toda la comunidad creyente. Un creyente no puede vivir «sin el domingo». Una comunidad no puede crecer sin alimentarse de la cena del Señor.

 

Necesitamos comulgar con Cristo resucitado pues estamos todavía lejos de identificamos con su estilo nuevo de vida. Y desde Cristo, necesitamos realizar la comunión entre nosotros, pues estamos demasiado divididos y enfrentados unos a otros.

 

No se trata sólo de cuidar nuestra participación viva en la liturgia eucarística, negando luego con nuestra vida lo que celebramos en el sacramento. Partir el pan no es sólo una celebración cultual, sino un estilo de vivir compartiendo, en solidaridad con tantos necesitados de justicia, defensa y amor. No olvidemos que «comulgamos» con Cristo cuando nos solidarizamos con los más pequeños de los suyos.

 

 

Lectio 

i) El texto: 

35 Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan. 36 Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.» 37 Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. 38 Pero él les dijo: «¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo.» 40 Y, diciendo esto, les mostró las manos y los pies. 41 Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» 42 Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. 43 Lo tomó y comió delante de ellos. 44 Después les dijo: «Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.» 45 Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras 46 y les dijo: «Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día 47 y que se predicaría en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de estas cosas. ii) Momento de silencio: 

Dejamos que la voz del Verbo resuene en nosotros. 

3. Meditatio

i) Algunas preguntas: 

a)             Había sucedido en el camino; lo habían reconocido: ¿Cuántos momentos de gracia en el camino de nuestra existencia?¿Lo reconocemos mientras parte con nosotros el pan del presente en el mesón del hacerse tarde? 

b)            Jesús en persona aparece en medio de ellos. ¡Palpadme y ved. Soy yo mismo! ¿Tocamos con la mano los dones de la libertad en la persona de Cristo viviente y en la fracción del estar juntos? 

c)             Sobresaltados y asustados creían ver un espíritu: ¿Qué Dios nos fascina? ¿El Dios de lo imprevisto que está siempre al otro lado de nuestro pequeño mundo o el Dios “espíritu” de nuestro deseo omnipotente? 

d)            No acababan de creérselo a causa de la alegría: ¿Es el gozo nuestro bastón de viaje? ¿Vive en nosotros el sentido de la espera o nos movemos en las sombras de la resignación? 

e)             Abrió sus inteligencias para comprender las Escrituras: ¿Dónde está la criatura imagen en nuestro investigar? ¿Hemos hecho de la Escritura la nostalgia de una Palabra dejada al andar como brisa del Amor eterno entre los ramos del dolor humano?  ii) Clave de lectura: 

               La categoría del camino aclara bien en Lucas el itinerario teológico de aquel camino de gracia que interviene en los sucesos humanos. Juan prepara la senda al Señor que viene (Lc 1,76) e invita a allanar sus caminos (Lc 3,4); María se pone en camino y va con prisa hacia la montaña (Lc 1,39); Jesús, camino de Dios (Lc 20,21), camina con los hombres y señala el camino de la paz (Lc 1,79) y de la vida (Act 2,28), recorriéndolo en primera persona con su existencia. Después de la resurrección continúa el camino junto a sus discípulos (Lc 24,32) y queda el protagonista del camino de la Iglesia que se identifica con el suyo (Act 18,25). Toda la razón de ser de la Iglesia está en este camino de salvación (Act 16,17) que conduce a Dios (Act 18,2). Ella está llamada a vivirlo y a indicarlo a todos para que cada uno, abandonando el propio camino (Act 14,16) se oriente hacia el Señor que camina con los suyos. 

               v. 35 Ellos por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan. La experiencia del encuentro con la Vida permite volver sobre sus propios pasos. No es el regreso del remordimiento, ni el retorno del lamento. Es el regreso de quien relee la propia historia y sabe encontrar, a través del camino recorrido, el lugar del memorial. Dios se encuentra en lo que acaece. Es Él el que viene al encuentro y se para en el camino a veces árido y desnudo de lo no cumplido. Se hace reconocer a través de los gestos familiares de una experiencia saboreada de lejos. Son los surcos del ya consumado que acogen la novedad de un hoy sin ocaso. El hombre es llamado a tomar la nueva presencia de Dios sobre su camino en aquel viajero que se hace reconocer a través de los signos fundamentales para la vida de la comunidad cristiana: las Escrituras, leídas en clave cristológica y la fracción del pan (Lc 24, 1-33). La historia humana, espacio privilegiado de la acción de Dios, es historia de salvación que atraviesa todas las situaciones humanas y el discurrir de los siglos en una forma de éxodo perenne, cargado de la novedad del anuncio. 

               v. 36. Estaban hablando de estas cosas, cuando Él se presentó en medio de ellos y les dijo: “¡La paz con vosotros!” Lucas enlaza sabiamente los sucesos para dar fundamento y continuidad a la historia de la salvación. Los gérmenes anunciados florecen y la atmósfera de novedad que aletea en las páginas de estos sucesos hacen de telón de fondo al desenvolverse en una memoria Dei que se propone nuevo de vez en vez; Jesús vuelve a los suyos. Está en medio de ellos como persona, todo entero, también como antes, aunque en una condición diferente y definitiva. Se manifiesta en su corporeidad glorificada para demostrar que la resurrección es un hecho que ha acaecido realmente. 

               v. 37. Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. La reacción de los discípulos parece no concordar bien con la narración precedente desde el momento que se creía ya en la resurrección de Jesús por la palabra de Pedro (v.34). De todas maneras su perplejidad no se refiere a la convicción de que Jesús ha resucitado, sino a la naturaleza corpórea de Jesús resucitado. Y en tal sentido no hay contradicción en la narración. Era necesario para los discípulos hacer una experiencia intensa de la realidad corpórea de Jesús para realizar de un modo adecuado su futura misión de testigos de la buena noticia y aclarar las ideas sobre el Resucitado; no creían que fuese Jesús en persona, sino pensaban que lo veían sólo en espíritu. 

               v. 38-40. Pero él les dijo: “¿Por qué os turbáis? ¿Por qué se suscitan dudas en vuestro corazón? Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo: Palpadme y ved, porque un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo”. El Jesús del evangelio de Lucas es casi un héroe que afronta su suerte con seguridad y las pocas sombras que permanecen sirven simplemente para comprender y subrayar su plena realidad. Lucas había recordado los humildes orígenes y la genealogía, del todo común y despojada de figuras prestigiosas, una muchedumbre de individuos obscuros de los cuales surgía la figura de Cristo. En la turbación y en la duda de los discípulos después de la resurrección aparece evidente que Jesús no es el Salvador de los grandes, sino de todos los hombres, por sobresaltados o asustados que estén. Él, protagonista del camino de la Iglesia, recorre los senderos humanos de la incredulidad para sanarlos con la fe, y continúa caminando en el tiempo, mostrando las manos y los pies en la carne y en los huesos del creyente. 

               vv. 41-43. Como no acababan de creérselo a causa de la alegría y estaban asombrados, les dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer? Ellos le ofrecieron un trozo de pescado. Lo tomo y lo comió delante de ellos. Cada invitación a comer esconde el deseo de intimidad, es un permanecer, un compartir. La resurrección no quita a Jesús el presentarse como el lugar del compartir. Aquel pez asado, comido por años junto a los suyos, continúa siendo vehículo de comunión. Un pez cocinado en el amor, el uno por el otro: un alimento que no cesa de asegurar el hambre escondida del hombre, un alimento capaz de desbaratar la ilusión de algo que termina entre las ruinas del pasado. 

               v. 44. Después les dijo: “Éstas son aquellas palabras mías que os dije cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”. Los momentos de ansia, de conmoción, de llanto por la propia nación (Lc 9, 41), la fatiga subiendo a Jerusalén, las tentaciones habían marcado aquel confín perennemente presente entre la humillación-escondimiento y afirmación–gloria focalizado en las varias fases de la vida humana de Jesús a través de la luz del querer del Padre. Amargura, obscuridad y dolor habían alimentado el corazón del Salvador: “ Tengo que recibir un bautismo ¡y como estoy angustiado hasta que se cumpla!” (Lc 12, 50). Ahora es plenamente visible, positiva la obra de la gracia, porque a la obra del Espíritu el escatón ya actuado en Cristo y en el creyente, crea una atmósfera de alabanza, un clima de gozo y de paz profunda, típicas de las cosas cumplidas. La parusía señalará el final del camino salvífico, tiempo de consolación y de restauración de todas las cosas. (Act 3,21). 

               v. 45. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras. La fe apostólica en la resurrección de Jesús constituye la clave hermenéutica para la interpretación de las Escrituras y el fundamento del pregón pascual. La Biblia se cumple en Cristo, en Él se unifica en su valor profético y adquiere su pleno significado. El hombre no puede por sí solo entender la Palabra de Dios. La presencia del Resucitado abre la mente a la comprensión plena de aquel Misterio escondido en las palabras sagradas de la existencia humana. 

               vv. 46-47. Y les dijo: “Así está escrito: que el Cristo debía padecer y resucitar de entre los muertos al tercer día y que se predicará en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones empezando por Jerusalén.” En Lucas la salvación toca todas las dimensiones humanas a través de la obra de Cristo que salva del mal, que libra de las tinieblas (Act 26,18) y del pecado (Lc 5,0-26; Act 2, 38), de la enfermedad y del sufrimiento, de la muerte, de la incredulidad, de los ídolos: que realiza la vida humana en el ser comunidad de Dios, fraternidad alegre en el amor; que no deja huérfanos, sino que se vuelve presente incesantemente con su Espíritu de lo alto (Act 2,2). La salvación radical del hombre está en el librarse de su corazón de piedra y en recibir un corazón nuevo que comporta un dinamismo que libra de toda forma de esclavitud (Lc 4,16-22). Dios dirige la historia; es Él el que obra la evangelización y guía el camino de los suyos. El evangelista de los grandes horizontes – desde Adán al Reino, de Jerusalén a los confines de la tierra- y también el evangelista de la cotidianidad. Es en acto el proceso histórico-escatológico por el cual la historia completa se cumple transcendiendo la historia humana y Jesús continúa ofreciendo la salvación mediante su Espíritu que crea testigos capaces de profecía que difunden la salvación hasta que en la venida de Cristo (Lc 21, 28) se vuelva manifiesto la plena liberalización del hombre. En Act 2,37 se encuentra resumido todo el iter salutis que aquí se ha apuntado: acoger la palabra, convertirse, creer, hacerse bautizar, obtener el perdón de los pecados y el don del Espíritu. La palabra de salvación, palabra de gracia, despliega su potencia en el corazón que escucha. (Lc 8, 4-15) y la invocación del Nombre del Salvador sella la salvación en aquel que se ha convertido a la fe. Hay complementariedad entre la acción de Jesús por medio del Espíritu, actuada sin la mediación de la Iglesia (Act 9, 3-5) y aquella cumplida mediante la Iglesia a la cual el mismo envía como en el caso de la llamada de Pablo (Act 9, 6-19). 

               v. 48. Vosotros sois testigos de estas cosas. Llamada a trazar en la historia humana el camino del testimonio, la comunidad cristiana proclama con palabras y obras el cumplimiento del reino de Dios entre los hombres y la presencia del Señor, que continúa obrando en su Iglesia como Mesías, Señor, profeta. La Iglesia crecerá y caminará en el temor del Señor, llena de la fortaleza del Espíritu Santo (Act 9,31). Es un camino de servicio, trazado para hacer resonar en los extremos confines de la tierra (Act 1,1-11) el eco de la palabra de Salvación. Poco a poco el camino se aleja de Jerusalén para dirigirse al corazón del mundo pagano. A su llegada a Roma, capital del imperio, Lucas pondrá la firma a sus pasos de evangelizador. Ninguno en verdad será excluido en el camino. Destinatarios de la salvación son todos los hombres, en particular los pecadores, por cuya conversión hay gran gozo en cielo (Lc 15, 7.10). Como María, que para Lucas es el Modelo del discípulo que camina en el Señor, los creyentes somos llamados a ser transformados enteramente para vivir la maternidad mesiánica, no obstante la propia condición “virginal” expresión de la propia pobreza de criatura (Lc 1, 30-35). El sí del Magnificat es el camino que hay que recorrer. Caminando, llevando en nosotros la palabra de salvación; caminando en la fe, fiándonos de Dios que mantiene las promesas: caminando en el gozo de Áquel que nos hace dichosos, no por nuestros méritos sino por la humildad de vida. Sea el itinerario de María, nuestro itinerario: andar llevados del Espíritu, hacia nuestros hermanos teniendo como único equipaje la Palabra que salva: Cristo Señor (Act 3,6).  iii) Reflexión: 

Jesús en el encuentro personal con los hombres ofreció su benévola presencia y esperó que las semillas de la palabra y de la fe germinasen. El abandono de los apóstoles, la negación de Pedro, el amor de la pecadora, la cerrazón de los fariseos no lo han escandalizado, ni turbado. Sabía que no se perdería lo que les había dicho y propuesto… y de hecho después de Pentecostés los mismos hombres se presentan delante del sanedrín sin temor, para afirmar que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. Pedro predica abiertamente hasta morir en una cruz como su Maestro, las mujeres son enviadas como testigos de la resurrección a los apóstoles, y un fariseo hijo de fariseo, Pablo de Tarso, se convierte en el apóstol de las gentes. Si no puedes, hombre, substraerte a vivir cotidianamente la muerte de ti mismo, no debes al menos olvidar que la resurrección se esconde en tus heridas para hacerte vivir de él, desde ahora. En el hermano que para tí puede ser sepulcro de muerte y de fango, una cruz maldita, encontrarás la vida nueva. Sí; porque Cristo Resucitado asumirá la semblanza de tus hermanos: un hortelano, un caminante, un espíritu, un hombre a la orilla del lago…Cuando sepas acoger “el reto” de Pilato que penetra los siglos y no aceptes el cambio propuesto (Jn 18, 39-40), porque hayas aprendido en la noche del abandono que no se puede cambiar la vida de un bandolero, tú que llevas indignamente su nombre: Bar-Abba, hijo del Padre, por la vida de Jesús, el Hijo unigénito del Dios viviente, el Señor de la vida y de la muerte…entonces gritarás también tú como el apóstol Tomás en el estupor de la fe: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20,28), mi Dios y mi todo, y no tramontará más en el horizonte de tus días la belleza de la alegría. 

UNA PRESENCIA REAL PERO NO CORPÓREA

Fray Marcos

 

Lc 24, 35-47

 

Seguimos en tiempo pascual. El tema de este domingo sigue siendo Jesús que vive y da Vida. Esa nueva Vida queda reflejada en las tres lecturas de hoy como conversión y perdón.

El pecado es la única muerte a la que debíamos tener miedo, porque es la única realidad que aniquila la verdadera Vida. Pero pecado es siempre hacer daño a los demás o hacerse daño a sí mismo. Solo cuando hay injusticia y opresión podemos decir con propiedad que hay pecado. Si hay pecado, hay muerte y por tanto, falta de Vida

Todos estamos de acuerdo (incluido el Papa) en que Jesús no volvió a la vida biológica; por lo tanto lo que pasó en Jesús después de su muerte no puede ser objeto de la ciencia ni de la historia.

Una realidad no puede ser a la vez material y espiritual. Si Jesús recuperó su cuerpo, necesariamente tiene que estar en el tiempo y en un lugar. Si decimos que su cuerpo es espiritual (Pablo lo dice expresamente), estamos afirmando que no hay cuerpo. Si no es cuerpo, no se puede constatar por los sentidos y no puede caer dentro del ámbito de lo histórico.

Esta realidad, en sí misma, no se puede constatar históricamente, pero los efectos que produjo en sus seguidores, sí pueden ser constatados por la ciencia y por la historia. Solo a través de esos efectos podemos enterarnos de que Jesús sigue vivo y está dando vida a la comunidad. Esto es lo que los textos nos quieren transmitir.

La aparición a los once es narrada, por todos los evangeli­stas, aunque de muy distinta manera. Un verdadero relato lo encontra­mos solo en Lucas y Juan. Recordemos que son los dos últimos en escribir su evangelio, y por eso nos trasmiten relatos muy elaborados teológicamente.

En los textos más antiguos se habla siempre de (ôphthè) "dejarse ver". Es este un término técnico, que normalmente se traduce por aparecerse, aunque no es una traducción adecuada.

Para que veáis la dificultad de traducir esa palabreja, basta tener en cuenta que...

· Pablo la utiliza en 1 Cor, 15 para decir que Cristo se apareció a Cefas, a Santiago y a Pablo; y en 1 Tim 3,16, para decir que se apareció a los ángeles.

· La misma palabra es empleada para decirnos que Moisés y Elías se "aparecieron" junto a Jesús.

· También se utiliza para designar las lenguas de fuego que "aparecieron" sobre la cabeza de los apóstoles.

· En el discurso de Esteban, Dios se "aparece" a nuestro padre Abrahán.

En los relatos más tardíos, se tiende a la materialización de la presencia, tal vez para contrarrestar la duda, que se destaca cada vez más. En Mateo se duda que sea el Cristo; en Lucas y Juan se duda de que sea Jesús de Nazaret.

La materialización y la duda están relacionadas entre sí. Cuando los testigos de la vida de Jesús van desapareciendo, se siente la necesidad de insistir en la corporeidad del Jesús resucitado. Caen en la trampa en la que nosotros seguimos aprisionados: confundir lo real con lo que se puede constatar por los sentidos. Hoy sabemos que la verdadera realidad no es lo sensible, sino lo espiritual.

En el evangelio de Lucas que acabamos de leer, Jesús aparece de improviso, como había desaparecido después de partir el pan en Emaús. Se presenta en medio, no viene de ninguna parte. En el relato que precede de Emaús, había dejado claro que Jesús se hace presente en el camino de la vida, en la Escritura y en la fracción del pan. Aquí se hace presente en medio de la comunidad reunida. Esto lo tenía ya muy claro la primitiva iglesia cincuenta o sesenta años después de la muerte de Jesús, cuando se escribió este evangelio.

"Llenos de miedo". No tiene mucha lógica el terror manifestado, si tenemos en cuenta que los discípulos ya habían recibido el anuncio de las mujeres, la confirmación del sepulcro vacío por parte de Pedro, y una aparición al mismo Pedro que el evangelio menciona, pero no relata. En ese mismo momento en que aparece Jesús, los de Emaús les estaban contando lo que les acababa de pasar.

Si a pesar de todo, siguen teniendo miedo, quiere decir que no fue fácil comprender que la Vida puede vencer a la muerte. También nos advierte de que, lo que se narra, no pudo ser una invención de los discípulos, porque no estaban nada predispuestos a esperar lo sucedido.

Es curioso: en Juan, los discípulos reunidos tienen miedo de los judíos; en Lucas, tienen miedo del mismo Jesús que se les aparece.

"Creían ver un fantasma". El texto se empeña en que tomemos conciencia de lo difícil que fue reconocer a Jesús. Los que acaban de llegar de Emaús caminan varios kilómetros con él y cenan con él sin conocerle. Incluso Magdalena pensó que se trataba del hortelano.

¿Qué nos quieren decir estas acotaciones? Era Jesús, pero no era él.

En el relato de hoy se dice: "Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros". ¿Es que en ese momento no estaba con ellos?

Estas incongruencias nos tienen que abrir los ojos. No es tan sencillo descubrirlo, pero los textos nos quieren decir mucho más que la simple narración de un suceso.

"Mirad mis manos y mis pies, palpadme". Las manos y los pies, prueba de su muerte por amor en la cruz; y de que ese Jesús que se deja ver ahora, es el mismo que crucificaron. Una vez más se insiste en la materialidad de lo narrado. Es importante dejar claro que no se trata de fantasías o ilusiones de los discípulos. En absoluto estaban predispuestos a creer en la resurrección, más bien se les impuso contra el común sentir de todos ellos.

Esto da plena garantía de autenticidad a lo que nos quieren trasmitir, aunque al empaquetarlo en una narración, tenemos el peligro de quedarnos en la materialidad.

No les importa la falta de lógica del relato. Un refrán escolástico dice: "Lo que prueba demasiado no prueba nada". Cuando desapareció Jesús ¿qué pasó con aquel trozo de pescado que comió?

"Así estaba escrito" Otra característica de Lucas es la insistencia en que se tienen que cumplir las Escrituras. Esto es muy interesante, porque todos los salmos que hablan del siervo doliente terminan con la intervención de Dios que se pone de su parte y reivindica su justicia.

En las primeras comunidades, todos eran judíos; no tenían otro universo religioso para interpretar a Jesús que su Escritura. A pesar de que Jesús dio un paso de gigante sobre las Escrituras a la hora de decirnos quién es Dios, ellos siguen echando mano del AT para poder interpretar su figura.

Al insistir en que las Escrituras se tienen que cumplir, nos están diciendo que todo está bajo el control de Dios. No son los enemigos de Jesús los que se han salido con la suya, sino que el plan de Dios se cumple a través de los acontecimientos por muy adversos que se puedan presentar. Hoy sabemos que este afán por descubrir en las Escrituras lo que después pasó en Jesús, no pasa de ser una interpretación acomodaticia.

"Mientras estaba con vosotros". Indica con toda claridad que ahora no está con ellos físicamente. Estas son las pistas que tenemos que advertir para no caer en la trampa de una interpretación literal.

Jesús está presente en medio de la comunidad. Su presencia es objeto de experiencia personal, pero no caen en la tentación de creer que sea la misma presencia de la que disfrutaron cuando vivía con ellos.

Jesús es el mismo, pero no está con ellos como antes. Está con ellos, come con ellos se relaciona con ellos, pero no de la misma manera que lo hacía cuando andaba por los caminos de Galilea.

Tampoco pensemos que esta presencia es de inferior categoría. Esta presencia de Jesús en medio de la comunidad es mucho más real que antes. Ahora es cuando descubren al verdadero Jesús.

También el encargo de predicar la buena noticia se apoya en las Escrituras. La buena nueva es la conversión y el perdón. Las otras dos lecturas de este domingo apuntan en esta dirección.

Si pecado es toda opresión, el dejarse matar antes que oprimir a nadie es la señal suprema de que el pecado está superado.

La buena noticia de Jesús es que Dios es amor. Su experiencia del Abba nos tiene que tranquilizar a todos. El amor de Dios es incondicional por su parte. Pero en la primera lectura, Pedro, y en la segunda Juan, nos recuerdan que somos nosotros los que fallamos en la parte que nos corresponde para hacer nuestro ese amor de Dios.

(Hch 3,13-19) "Arrepentíos y convertíos para que se os perdonen los pecados".PRIVATE

(1 Jn 2,1-5) "Quien dice: yo le conozco, y no guarda sus mandatos, es un mentiroso y la verdad no está en él."

Para terminar, recordemos la última diferencia notable entre Lucas y Juan. En Juan, sopla sobre ellos y les confiere el Espíritu. En Lucas les promete que se lo enviará. La diferencia es solo aparente, porque el Espíritu ni tiene que mandarlo ni tiene que venir de ninguna parte. Es una realidad espiritual que está siempre en nosotros. Podríamos decir que llega a nosotros, cuando lo descubrimos, y vivimos su presencia.

La epístola de Juan tiene que hacernos reflexionar. Quien dice: yo le conozco y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso. Está claro que no habla de un conocimiento teórico, sino de una identificación con él.

Una erudición exhaustiva sobre la figura de Jesús, no garantiza una vida cristiana. Aceptar con escrupulosidad todos los dogmas, no dará seguridad ninguna de verdadera salvación en Jesús. No se trata de conocer mejor a Jesús, sino de nacer a la Vida que él vivió y desplegarla con la mayor intensidad posible.

Meditación-contemplación

Jesús se hace presente en medio de la comunidad.

Ésta es la realidad pascual vivida por los primeros seguidores.

Ésta es la realidad que tememos que vivir hoy,

si queremos ser de verdad sus discípulos.

...................

No debemos esperar que Jesús se vaya a aparecer visiblemente.

Somos nosotros los que tenemos que hacerle presente.

El objetivo de la vida humana de Jesús,

fue hacer presente a Dios en este mundo.

....................

Hacer presente a Jesús es hacer presente a Dios.

Puesto que Dios es amor, solo con amor se le puede manifestar.

Cada vez que ayudamos, de cualquier forma, a otra persona,

estamos haciendo presente a Dios.

...................

 

OCARM

La reunión no podía estar más animada. Los de Emaús cuentan y no acaban. El Caminante, después de una autorizada catequesis sobre el Mesías, con las Escrituras al fondo, se les ha manifestado de un modo familiar: "en el partir el pan". Y, a pesar de sus palabras y de su talante optimista y alegre, entusiasta quizás, los demás discípulos siguen tristes, cariacontecidos, desanimados.

La aparición de Jesús ni les da seguridad, ni les quita las dudas. Creen ver un fantasma. No se fían ni de ellos mismos.

Frente a esa actitud, por lo demás lógica, el Señor les va a ofrecer dos signos permanentes de su presencia y lo que con ella quiere en sus Apóstoles y en todos nosotros. 

 

-PRIMER SIGNO: UNA COMIDA FRATERNAL

Es curioso lo que supone en la vida de Jesús la comida como signo de fraternidad, expresión de amistad y ocasión para comunicarnos su mensaje.

Comiendo con publicanos y pecadores nos revela para quién ha venido; en una comida de cierto rango social acoge a la pecadora y la defiende, mientras que al anfitrión le pide cuentas por no haber cumplido unas normas elementales de cortesía que para él, en ocasión distinta, son totalmente secundarias; en otra comida, a la que él se invita, nos revela que con él ha entrado también la salvación a aquella casa; en una comida singular -la cena última con los suyos- Jesús nos adelantará su entrega, la perpetuará en un sacramento, tendrá para con los suyos las más hondas expansiones y nos dejará aspectos fundamentales de su mensaje. Y será precisamente en varias comidas en las que Jesús se aparecerá a los suyos y los hará partícipes de su Resurrección, de manera que el propio Pedro lo recordará, años más tarde, en uno de sus sermones: "Nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos" (Hechos 10, 41).

Jesús en esta ocasión pide de comer para así fortalecer su fe, quitar sus miedos y traspasarles su paz. La sencillez, la cercanía, el diálogo, la fraternidad, son en Jesús -y deberían ser en nosotros- signos de una vida nueva.

-SEGUNDO SIGNO: APERTURA A LA PALABRA DE DIOS

Es otra de las constantes de Jesús Resucitado con sus Apóstoles: abrirles el entendimiento para que comprendieran las Escrituras.

Le preocupa al Señor el que los Apóstoles encuentren sentido al pasado inmediato que tanto les afecta. Por eso tanto a los de Emaús en el camino, como a todos juntos en esta ocasión, "comenzando por Moisés y siguiendo por los Profetas, les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura" (Lc. 24,27).

La obsesión de Jesús es que los discípulos comprendan el significado de la Cruz, de su Pasión y de su Muerte. Que comprendan que la historia de Israel, que es historia de salvación, pasa por la muerte del Hijo de Dios. Que comprendan que el "fracaso" del Viernes Santo no es fracaso para la muerte, sino condición de Vida, "paso" necesario de este mundo al Padre para él y para todos nosotros.

Todo lo ocurrido no sólo estaba previsto, sino que estaba anunciado.

La gran lección que les da Jesús -que nos da- es que él se nos presenta como el centro de toda la Escritura. Hasta El toda ella fue preparación para su venida. Tras El, todo será consecuencia de su Muerte y de su Resurrección, de su Vida y de su Mensaje.

-LA RESURRECCIÓN,(RS/PERDON) LA PASCUA DE JESÚS, SIGNO Y FUENTE DE PERDÓN UNIVERSAL.

Es el mensaje común a las tres lecturas del presente domingo y en las tres aparece la relación Resurrección-perdón.

"Dios cumplió lo que había dicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer. Por tanto, arrepentíos y convertíos" (Hechos).

"Si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo" (1. Juan, 2, 1). "Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará... y en su nombre se predicará la conversión y el perdón a todos los pueblos" (Lc. 24, 26).

La Resurrección de Jesucristo universaliza el perdón y abre la perspectiva estrecha y localista de los Apóstoles.

La Eucaristía (significada por la comida), la Palabra y el Perdón ya no van a ser patrimonio de unos pocos, signos de distinción de un pueblo determinado. Jesucristo quiere que se prediquen a todos los pueblos y ésta será, desde ahora, la tarea de los Apóstoles. Y este triple motivo será el que semanalmente nos reúna a los cristianos, en el Día del Señor, en la Pascua semanal, cuando todos juntos celebremos el Perdón, nos abramos a la Palabra y ofrezcamos al Padre el Sacrificio Eucarístico de Jesucristo Resucitado.

DANIEL ORTEGA GAZO

 

La Resurrección presencia de la salvación

En este tercer domingo de Pascua,  Jesús Resucitado nos invita a acercarnos a él, a tocar sus heridas y convencernos de que no es un fantasma. Igual que los discípulos, también nosotros nos sentimos “aterrados y llenos de miedo”, habitados por las dudas y asustados, atemorizados por el futuro incierto de nuevas guerras, nuevas masacres, nuevas malas noticias, sobrecogidos por el dolor de nuestros hermanos y hermanas que, en muchas partes del mundo, sufren las consecuencias de la miseria, la violencia, la violación de los Derechos Humanos... En otras ocasiones, la duda y el miedo nos rondan y se hacen presentes en el interior de nuestra propia vida, de nuestro corazón herido por los golpes y desgarros que recibimos.

Sin embargo, “el autor de la vida”, al que mataron y Dios ha resucitado de entre los muertos, como proclama el apóstol Pedro en la primera lectura, se pone insistentemente, una y otra vez, “en medio”. En el centro de los suyos, de la comunidad cristianael Señor Resucitado nos ofrece su saludo de paz, nos  invita a preguntarnos por la razón de nuestros sustos y temores, nos muestra en sus pies y manos las llagas de su amor, nos anima a acercarnos a él, a tocar su cuerpo herido y a caer en la cuenta de que “es él”, el mismo que por los caminos se empeñó en suscitar vida, curar a los enfermos, liberar a los oprimidos, anunciar la bendición y ternura de Dios a todos los hombres y mujeres con los que se iba encontrando y, especialmente, a los más pobres y marginados.

Ante las “resistencias” de los discípulos para creer, muy semejantes a las nuestras, el Evangelio de este domingo va desgranando una serie de signos cotidianos: comer, explicar, recordar, ser testigos... Con estos signos, el Resucitado intenta ablandar la dureza de nuestro corazón y nuestra mente para que, desde él y con su gracia, podamos “conocerlo” y llegue a nosotros “el amor de Dios a su plenitud”, como afirmará Juan en la segunda lectura.

 

Miguel de Burgos, OP

La Resurrección de Jesús presencia de salvación

 

1ª Lectura: Hechos (3,13-19): Anunciar que el crucificado vive, ¡sin miedo!

I.1. La primera lectura de hoy es el segundo discurso de Pedro en los Hechos de los Apóstoles, el segundo discurso kerigmático, después del de Pentecostés, porque «proclama» con claridad la fuerza del mensaje pascual: la muerte y resurrección de Jesús. La ocasión es la curación extraordinaria de un cojo, alguien que está impedido de andar, como si el evangelista Lucas, que tanto interés ha puesto en el camino, en el seguimiento, quisiera decirnos que la resurrección de Jesús hace posible que todas las imposibilidades (físicas, psíquicas y morales), no fueran impedimento alguno para seguir el camino nuevo que se estrena especialmente por la resurrección de Jesús.

 

I.2. Pedro, pues, el primero de los apóstoles, es el encargado de este tipo de discursos oficiales en Jerusalén para ir dejando constancia que ahora yo no tendrán miedo para seguir a Jesús, el crucificado, ni ante las autoridades judías, ni ante las autoridades romanas. Al contrario, deben anunciarlo ante el pueblo, para poner de manifiesto que ellos están por este crucificado que es capaz de dar un sentido nuevo a su existencia. Es un discurso en el que se pone de manifiesto que el Dios de los «padres», el Dios de la Alianza, el Dios de Israel, es el que hace eso, no otro dios cualquiera. Que si quieren ser fieles a las promesas de Dios, el único camino es el de Jesús muerto y resucitado.

 

2ª Lectura: 1Juan (2,1-5): La muerte redentora frente al mundo

II.1. La segunda lectura, al igual que el domingo pasado, insiste en los mandamientos de Jesús para vencer al pecado. La comunidad joánica se enfrenta con el “pecado del mundo”, le abruma, y el autor pone ante sus ojos la muerte redentora de Jesús como posibilidad excepcional de la victoria sobre el mismo.

II.2. Es verdad que no debemos entender la expiación de Jesús en un sentido jurídico, como una necesidad metafísica para que Dios se sienta satisfecho, ya que Dios no necesita la muerte de su Hijo. Pero su muerte es un sacrificio por nosotros, porque en ella está la fuerza que vence al mundo y el pecado del mundo, el pecado en el que se estructura la historia de la humanidad y que los cristianos deben vencer desde la fuerza de la muerte redentora de Jesús.

 

Evangelio: Lucas (24,35-48): Una nueva experiencia con el Resucitado

 

III.1. La lectura del texto lucano quiere enlazar, a su manera, con el del domingo pasado (el evangelio de Tomás), ya que todo el capítulo lucano es una pedagogía de las experiencias decisivas de la presencia del Viviente, Jesús el crucificado, en la comunidad. El que se mencione en esta escena el reconocimiento que hicieron los discípulos de Emaús al partir el pan, viene a ser una introducción sugerente para dar a entender que el resucitado se «presenta» en momentos determinados entre los suyos con una fuerza irresistible. El relato de hoy es difícil, porque en él se trabaja con elementos dialécticos: Jesús no es un fantasma, enseña sus heridas, come con ellos... pero no se puede tocar como una imagen; pasa a través de las puertas cerradas. Hay una apologética de la resurrección de Jesús: el resucitado es la misma persona, pero no tiene la misma “corporeidad”. La resurrección no es una “idea” o un invento de los suyos.

III.2. Esta forma semiótica, simbólica, de presentar las cosas, pretende afirmar una realidad profunda: el Señor está vivo; las experiencias que tiene con los discípulos (aunque exageradas por la polémica apologética de que los cristianos habían inventado todo esto) les fascina, pero no para concebirlas en términos de fantasía sobre la resurrección, sino para convencerles que ahora les toca a ellos proseguir su causa, anunciar la salvación y el perdón de los pecados. Creer en la resurrección de Jesús sin estas consecuencias sería como creer en cosas de espíritus. Pero no se trata de eso, sino de creer en la realidad profunda de que el crucificado está vivo, y ahora les envía a salvar a todos los hombres.

III.3. No podemos olvidar que las apariciones pertenecen al mundo de lo divino, no al de las realidades terrestres. Por lo mismo, la presentación de un relato tan “empirista” como este de Lucas requiere una verdadera interpretación. Lo divino, es verdad, puede acomodarse a las exigencias de la “corporeidad” histórica, y así lo experimentan los discípulos. Pero eso no significa que, de nuevo, el resucitado da un salto a esta vida o a esta historia. Si fuera así no podíamos estar hablando de “resurrección”, porque eso sería como traspasar los límites de la “carne y de la sangre”, que no pueden heredar el reino de Dios (cf 1Cor 15,50). Los hombres podemos aplicarle a lo divino nuestras preconcepciones antropológicas. Está claro que tuvieron experiencias reales, pero el resucitado no ha vuelto a la corporeidad de esta vida para ser visto por los suyos. El texto tiene mucho cuidado de decir que Jesús es el mismo, pero su vida tiene otra corporeidad; no la de un fantasma, sino la de quien está por encima de la “carne y la sangre”.

 

III.4. Hoy está planteado en el evangelio la realidad y el sentido de las apariciones del resucitado y debemos ser valientes para “predicar y proclamar” que las apariciones de Jesús a los suyos no pueden ser entendidas como una vuelta a esta vida para que los suyos lo reconocieran. Se hizo presente de otra manera y ellos lo experimentaron tal como eran ellos y tal como sentían. Esto es lo que pasa en estas experiencias extraordinarias en las que Dios interviene. Jesús no podía comer, porque un resucitado, si pudiera comer, no habría resucitado verdaderamente. Las comidas de las que se quiere hablar en nuestro texto hacen referencia a las comidas eucarísticas en las que recordando lo que Jesús había hecho con ellos, ahora notan su presencia nueva. En definitiva: la “corporeidad” de las apariciones de Jesús a sus discípulos no es material o física, sino que reclama una realidad nueva como expresión de la persona que tiene una vida nueva y que se relaciona, también, de forma nueva con los suyos. Esta capacidad nueva de relación de Jesús con los suyos y de éstos con el resucitado es lo que merece la pena por encima de cualquier otra cosa.

 

Carmina Pardo O.P:

Tocar y palpar las heridas del Resucitado

 

A pesar de lo que habían contado los peregrinos de Emaús, su encuentro con Jesús Resucitado y cómo lo habían reconocido al partir el pan, los discípulos siguen encerrados en ellos mismos, en su incredulidad y miedos. De nuevo, el Señor se aparece en medio de ellos para disipar sus temores y dudas. Y Jesús les muestra sus manos y sus pies llagados, signos elocuentes de que es él mismo, el Crucificado. Pero no sólo les invita a mirar sus manos y pies, sino a tocar y palpar su cuerpo para que logren convencerse de que no están ante un fantasma, fruto de su imaginación turbada por el miedo.

Las heridas del Resucitado son las marcas de su muerte injusta y violenta y en ellas se prolongan los sufrimientos y dolores que golpean brutalmente a las víctimas de todos los lugares y de todos los tiempos de la historia. Esas huellas se convierten para los creyentes en un recuerdo permanente de todo atentado contra la dignidad humana no sólo en lo que concierne a la realidad corporal de las personas: pena de muerte, tortura y malos tratos, asesinato, genocidio y exterminio, violación... sino también lo que supone un daño para su espíritu: la privación de libertad, la manipulación, la explotación, el desprecio, el expolio de sus sueños, de sus tradiciones y valores religiosos...”Todo lo que hagáis al más pequeño de los míos, a mí me lo hacéis”. 

Pero, las heridas de Jesús son también fuente de vida “sus heridas nos curaron” (1 P 2, 24). En ellas descubrimos la fuente del amor. Las marcas del Crucificado-Resucitado se convierten en cauce de gracia, de perdón, de paz. 

 

Acabar de creer

 

Incluso después de la invitación de Jesús para que toquen su cuerpo herido, los discípulos “no acababan de creer”. Esta es la pertinaz cuestión que vuelve, una y otra vez, a nuestras vidas de creyentes: no terminamos de creer, nuestra existencia avanza en un claroscuro con zonas de fe y zonas de duda.  

La resurrección del Jesús no consistió para las primeras discípulas y discípulos en la simple afirmación: “El Señor ha resucitado”, como podemos decir: “hoy hace buen tiempo”, sino que es una confesión de fe que brota de la honda experiencia de un encuentro, de una aventura que afecta y trastoca la existencia y requiere tiempo, que es larga, difícil, progresiva.  Se trata de un itinerario, un recorrido que hay que llevar a cabo dejando que la Vida del Resucitado se vaya adueñando de nuestra vida hasta penetrar en el hondón de nuestro ser.

Y como a sus amigos, también a nosotros Jesús tendrá que abrirnos una y otra vez el entendimiento para comprender las Escrituras sobre todo, cuando el fracaso, la maldad echen por tierra la imagen triunfante y gloriosa del Mesías omnipotente, piedra de escándalo para los creyentes de todos los tiempos.

Quizás lo que la Resurrección puede obrar en nosotros –y no sería pequeño milagro- es que logremos situar nuestra historia personal y la historia de la humanidad en una visión de esperanza sostenida, confiados en que los límites siguen estando ahí, pero que ya no pueden encerrarnos.

 

Enviados a ser testigos

 

El encuentro de Jesús con sus discípulos termina en el evangelio de este día, igual que en los demás relatos de las apariciones, con el envío a ser testigos de la resurrección: “Vosotros sois testigos de esto”. Ser testigos de la resurrección no es afirmar su simple vuelta a la vida, sino que, por vivir como vivió, tuvo que padecer el suplicio y muerte destinado a los malhechores. Sin embargo, la muerte no tuvo en él la última palabra porque Dios confirmó definitivamente y para siempre la verdad de la vida de su Hijo. Este es el testimonio que Pedro nos ofrece en la lectura de los Hechos de los Apóstoles.

Y en nombre de Jesús somos invitados también nosotros a prolongar este testimonio hoy, afirmando la vida de cada persona, hijos e hijas del mismo Padre. 


III DOMINGO DE PASCUA

Antífona de entrada     Cf. Sal 65, 1-2
Aclame al Señor toda la tierra.
Canten la gloria de su nombre. Aleluia.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro,
que tu pueblo se alegre siempre por la nueva vida recibida,
para que, con el gozo de los hijos,
aguarde con firme esperanza el día de la resurrección final.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas

Recibe, Señor,
las ofrendas de tu Iglesia desbordante de alegría
y después de haberle concedido el motivo de un gozo tan grande,
concédele participar de la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.



Antífona de comunión


Año B:     Lc 24, 46-47
El Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día,
y en su nombre debía predicarse a todas las naciones
la conversión para el perdón de los pecados. Aleluia.


Oración después de la comunión
Padre, mira con bondad a tu pueblo,
y, ya que lo has renovado con los sacramentos de la vida eterna,
concédele alcanzar la gloria de la resurrección.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

PREFACIO DE PASCUA III
CRISTO VIVE PARA INTERCEDER SIEMPRE POR NOSOTROS

47. Este prefacio se dice durante el tiempo pascual.

V. 
El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.

Él sigue ofreciéndose por nosotros
e intercede constantemente en nuestro favor;
inmolado ya no muere más,
muerto vive para siempre.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.


LECTURAS BÍBLICAS

 

Ustedes mataron al autor de la vida,
pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     3, 13-15. 17-19

En aquellos días, Pedro dijo al pueblo:
    «El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, el Dios de nuestros padres, glorificó a su servidor Jesús, a quien ustedes entregaron, renegando de Él delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerlo en libertad. Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidiendo como una gracia la liberación de un homicida, mataron al autor de la vida. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, de lo cual nosotros somos testigos.
    Ahora bien, hermanos, yo sé que ustedes obraron por ignorancia, lo mismo que sus jefes. Pero así, Dios cumplió lo que había anunciado por medio de todos los profetas: que su Mesías debía padecer.
    Por lo tanto, hagan penitencia y conviértanse, para que sus pecados sean perdonados.»

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 4, 2. 4. 7. 9

R. Muéstranos, Señor, la luz de tu rostro.

O bien:

Aleluia.

Respóndeme cuando te invoco, Dios, mi defensor,
Tú, que en la angustia me diste un desahogo:
ten piedad de mí
y escucha mi oración. 
R.

Sepan que el Señor hizo maravillas por su amigo:
Él me escucha siempre que lo invoco.
Hay muchos que preguntan:

«¿Quién nos mostrará la felicidad,
si la luz de tu rostro, Señor,

se ha alejado de nosotros?» R.

Me acuesto en paz
y en seguida me duermo,
porque sólo Tú, Señor,
aseguras mi descanso. 
R.

 

Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados
y por los del mundo entero

Lectura de la primera carta de san Juan     2, 1-5a

    Hijos míos, les he escrito estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos un defensor ante el Padre: Jesucristo, el Justo. Él es la Víctima propiciatoria por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.
    La señal de que lo conocemos, es que cumplimos sus mandamientos. El que dice: «Yo lo conozco», y no cumple sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero en aquel que cumple su palabra, el amor de Dios ha llegado verdaderamente a su plenitud.

Palabra de Dios.


ALELUIA     Cf. Lc 24, 32

Aleluia.
Señor Jesús, explícanos las Escrituras.
Haz que arda nuestro corazón mientras nos hablas.
Aleluia.


EVANGELIO

El Mesías debía sufrir,
y resucitar de entre los muertos al tercer día

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     24, 35-48

    Los discípulos, que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
    Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz esté con ustedes.»
    Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: «¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy Yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que Yo tengo.»
    Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: «¿Tienen aquí algo para comer?» Ellos le presentaron un trozo de pescado asado; Él lo tomó y lo comió delante de todos.
    Después les dijo: «Cuando todavía estaba con ustedes, Yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos.»
    Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto.»

Palabra del Señor.

 


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