5 Domingo de Pascua
Liturgia Viva del V Domingo de Pascua
Saludo (Ver Segunda Lectura)
No tenemos que tener miedo a la presencia de Dios;
y confiamos en que cualquier que le pidamos lo recibiremos,
es decir, si cumplimos sus mandamientos
creyendo en Cristo y amándonos unos a otros.
Que el amor y la paz de Jesús esté con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Ramas de la Misma Vid
Nuestra fe es mucho más que creer en una serie de verdades. Nuestra fe debe ser una unión con una persona viva, unidad de vida con Jesús nuestro Señor. Sus palabras y sus obras son nuestra guía en la vida; nuestro corazón entra en sintonía con su corazón, y su amor desinteresado y servicial a Dios y a los hombres es nuestra inspiración y nuestro modelo. No podemos estar pensando en él y orando todo el tiempo, pero podemos, con su ayuda, intentar vivir su vida. Así es cómo podemos vivir en él, permanecer en él, ser uno con él como él es uno con el Padre. Seamos íntimamente uno con él, aquí ahora en esta eucaristía y en la vida de cada día.
2. Diferentes, pero Uno en Cristo
De muchas manera diferimos unos de otros. ¡Damos gracias a Dios por la riqueza de esta variedad! ¡Qué triste sería nuestro mundo si todos fuéramos iguales, idénticos, ya que solamente veríamos nuestra propia imagen! Somos diferentes en nuestro rostro, nuestro carácter, nuestra personalidad, nuestra ocupación, nuestro lenguaje y cultura, en tantas otras cosas. Sin embargo, hay una cosa que nos une. Pertenecemos a Cristo, estamos unidos en él. Él quiere que esta unión sea una unión íntima: como ramas de un mismo árbol, como sarmientos de una misma vid que da vida. Todos juntos en él somos uno. Pedimos que esta unión sea íntima y efectiva.
Acto Penitencial
¿Somos realmente como amigos íntimos con Jesús nuestro Señor, conscientes de que nos ama profundamente y está cercano a nosotros?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
· Señor Jesús, tu vida fluye en nosotros: ¡A ti toda alabanza!
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tu amor se desborda en nosotros: ¡A ti toda alabanza!
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tu entrega al Padre y al bien de los hombres rebosa en nosotros: ¡A ti toda alabanza!
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Muéstranos tu misericordia, Señor. Guárdanos unidos en tu amor y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que todos lleguemos a ser uno en Jesús, nuestra verdadera vid.
(Pausa)
Oh Dios nuestro, fuente de vida y amor:
Tú has querido hacerte muy cercano e íntimo a nosotros
en tu Hijo Jesucristo.
Por medio de él podemos vivir tu vida, rica y generosa,
y que alcanza a los hermanos,
ya que Cristo vive en nosotros y nosotros podemos vivir en él.
Que tu Hijo nos reúna a todos juntos en él,
que todos lleguemos a ser sarmientos de la misma vid
y que el vino nuevo de justicia y amor
llene toda esta nuestra tierra con alegría y paz.
Te lo pedimos por medio de Aquél
cuya savia de vida fluye en nosotros,
Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Hch 9,26-31): Los Comienzos Difíciles de un Apóstol
De fanático perseguidor, Pablo se convierte en un celoso apóstol. Al comienzo, la gente no se fía de él. Bernabé responde por él y Pablo es aceptado, pero aun entonces provoca controversia.
Segunda Lectura (1 Jn 3,18-24): Fe en Jesús y Amor Mutuo
Estamos seguros de que Dios está presente en nosotros y de que estamos unidos a él si creemos en Jesucristo y nos amamos unos a otros con un amor auténtico y activo.
Evangelio (Jn 15,1-8): Yo Soy la Vid, Ustedes los Sarmientos
Sólo cuando estamos unidos con Jesús con fe y amor, como sarmientos de una misma vid, pueden nuestras vidas producir fruto y Dios nos dará todo lo bueno.
Oración de los Fieles
Si permanecemos en nuestro Señor Jesucristo como sarmientos de la vid, podemos pedir lo que queramos y él nos lo concederá. Y así digámosle:
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Por la vida de la Iglesia universal, para que todos sus fieles permanezcamos uno en Cristo, vivamos en su amor, y difundamos su compasión y su calor, roguemos al Señor.
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Por los cristianos de las Iglesias jóvenes, para que sean fervorosos en su fe; por los fieles de la vieja cristiandad, para que aprecien su fe como es debido; por los creyentes de las Iglesias perseguidas, para que se mantengan firmes y se apoyen unos a otros, roguemos al Señor.
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Por los vinicultores y agricultores, para que su esfuerzo producta suficiente alimento y bebida para todos, de modo que nadie pase de nuevo ni hambre ni sed, roguemos al Señor.
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Por todos los que se han aislado de la Iglesia y de Cristo, para que el ejemplo inspirador de buenos cristianos les haga regresar de nuevo al camino del Señor, roguemos al Señor.
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Por todas las comunidades cristianas, la nuestra y otras por igual, para que nos llenemos de alegría, ya que sabemos que Cristo nos ama y comparte nuestras preocupaciones y nuestros momentos felices, roguemos al Señor.
R/. Escucha a tu pueblo, Señor.
Señor Jesús, vid en la que vivimos, permanece siempre con nosotros, guárdanos siempre unidos contigo y con los hermanos, y danos la gracia de producir fruto que permanezca, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
Señor Dios nuestro, Padre amoroso:
Tú plantaste a tu Hijo en medio de los hombres
como la verdadera vid, de amor siempre fiel.
Que él se nos dé a nosotros hoy
como nuestro pan de fortaleza
y escancie para nosotros el vino de la fidelidad,
para que vivamos en él y él en nosotros
y para que demos frutos de unidad y de amor,
por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Alcemos nuestras mentes y nuestros corazones al Padre para darle gracias por habernos dado a Jesús como nuestro Señor Resucitado y como la verdadera vid que nos une consigo mismo y unos con otros.
Introducción al Padrenuestro
Unidos con el Hijo de Dios como sarmientos de la vid,
oremos a Dios nuestro Padre
la oración que Jesús mismo nos enseñó:
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos en nuestros días
la paz de la unión con tu Hijo,
que es nuestra verdadera vid,
y con todos nuestros hermanos.
Protégenos de toda ansiedad y perturbación,
mantennos fieles a ti
y haz que demos frutos de amor y de paz,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la venida gloriosa de nuestro Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es reino…
Invitación a la Comunión
Ésta es la verdadera vid, Jesús nuestro Señor,
sin el cual no podemos hacer nada.
Dichosos nosotros, invitados a su mesa,
para que él viva en nosotros y nosotros en él.
R/. Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Padre de bondad:
Tú eres más grande que nuestro corazón.
En esta celebración eucarística te damos gracias,
por darnos la verdadera vid, tu Hijo Jesucristo.
Que ojalá sigamos viviendo unidos a él
y unos a otros, para que en las incertidumbres de la vida
sigamos creyendo, esperando y amando.
Y cuando andemos a tientas en la oscuridad en días de prueba,
danos la seguridad de que estás solamente purificando nuestra fe
y de que tú estás siempre con nosotros
en los hermanos y en tu Hijo,
Jesucristo, nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Nuestro Señor nos ha dicho hoy:
“Permanezcan en mí como yo permanezco en ustedes”.
Si, permanezcamos en su amor
y hagamos las obras de la vida diaria
unidos a él y animados con su fuerza.
Llevémosle a nuestros hermanos
con nuestro interés y amor.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Permaneced en Mí.
Después de haber reflexionado sobre el Evangelio del Buen Pastor, pasamos a contemplar a Jesús como la Vid verdadera. Un sólo rebaño, una sóla vid. Buenos ejemplos, para pensar en lo que debería significar Cristo para cada uno de nosotros.
Seguimos caminando con la Iglesia primitiva. Asistimos a su desarrollo y crecimiento, con gran aceptación, animada por el Espíritu Santo. Volvemos a toparnos con una figura conocida: Saulo, el perseguidor, se ha convertido en Pablo, heraldo de Cristo. De él desconfían los cristianos de Damasco. Con razón. Había ido a su ciudad para disolverlos, arrestarlos y llevarlos a Jerusalén. Normal que les inspirara “prevención”. Menos mal que Bernabé es un poco más abierto y acepta la voluntad de Dios.
La mirada de Dios no es como la de los hombres. A nosotros nos parece difícil, sino imposible, que la gente cambie. Pero lo que a nosotros nos parece imposible, no lo es para Dios. Por eso el hombre más malvado puede acabar siendo un santo. Y viceversa. Lo peor, quizá, para poder cambiar, es escapar de la sospecha de los llamados “buenos”, la desconfianza sobre la rectitud de la conducta y las intenciones del que cambia. Ojalá no pongamos zancadillas a los que quieren caminar hacia Él, porque quieren dejar de ser pecadores.
De palabra y de obra. No solo de pensamiento. El apóstol Juan quiere que amemos con lo que decimos y con lo que hacemos. No sólo de palabras, como denunció en su tiempo el profeta Isaías: “este pueblo me alaba con la boca y me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” (Is 29, 13)
Quizá, si revisamos nuestra vida, veamos que no siempre hemos sido fieles a la palabra dada. Que, muchas veces, se nos va la fuerza por la boca, caemos en los mismos errores, perseveramos en nuestros defectos y nos condicionan los malos hábitos adquiridos. Y, por eso, nos decimos a nosotros mismos que nada puede cambiar, nos condenamos antes del juicio. Porque pensamos que también Dios nos critica y nos condena. Y no es así.
Lo que nos recuerda hoy san Juan es que, si somos capaces de amar a pesar de todo, estamos cumpliendo los mandamientos, y podemos sentirnos y estar orgullosos de ser hijos de Dios, como nos recordaba la semana pasada el Evangelio. Y que Dios es capaz de ver el amor que tenemos, que ponemos en cada acto y en cada una de nuestras relaciones. Él quiere nuestra salvación, no busca nuestra condena.
En el Evangelio vemos al Buen Pastor desde otro punto de vista, como Vid verdadera. De la vid se esperan frutos dulces, abundantes. De los sarmientos que son los Discípulos se esperan frutos de amor y de justicia. Para que haya buenos frutos, es preciso dedicar tiempo al cultivo y cuidado de la vid. El mismo Jesús actúa de viñador, poda y corta todo aquello que no nos deja crecer. Es duro sufrir la poda, pero si se corta todo aquello que no nos deja crecer, como el orgullo, la pereza, la ira, en definitiva, nuestros pequeños y grandes pecados, entonces, la purificación merece la pena.
Es así, insertados en la vid, limpios de ramas secas e improductivas, como podemos dar mucho fruto, como podemos ser portadores del amor de Dios e incluso llegar a dar la vida por Él. Siguiendo su ejemplo, unidos a Él como el sarmiento a la vid.
No todo es fácil en este camino. Miramos a la cruz, y comprendemos qué difícil es llegar hasta el final. Pero, unidos a la vid, podemos con todo. Ya es difícil vivir, pero más complicado aún es vivir en cristiano. Pero esos momentos de dificultad pueden ser nuestra poda, momentos de purificación. Así crece la posibilidad de dar fruto.
Tenemos que entender que de nuestro poco o mucho fruto depende el avance del Reino. Cristo entregó su vida por todos. Nuestra unión con la vid nos convierte en portavoces y continuadores de la obra del Maestro. Porque todos somos hermanos en Cristo, hijos de un mismo Dios. Por eso es importante cuidar nuestro crecimiento, para que la vid no deje de crecer.
De este modo, a lo largo de estas semanas de Pascua hemos reflexionado sobre la comunidad primitiva, la Iglesia Naciente, que ayuda a encontrar al Resucitado, lo reconoce en la Eucaristía y lo siente cercano en los pastores de esa Iglesia. Ahora, la savia de la que nos nutre la vid nos impulsa a seguir creciendo para ser testigos y hablar a todo el mundo del mucho amor que Dios nos tiene. Los Apóstoles ya lo hicieron. Es tu turno.
EVANGELIO
El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15,1-8
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador.
A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto.
Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.
Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará.
Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»
Palabra de Dios.
CONTACTO PERSONAL
Según el relato evangélico de Juan, en vísperas de su muerte, Jesús revela a sus discípulos su deseo más profundo: "Permaneced en mí". Conoce su cobardía y mediocridad. En muchas ocasiones les ha recriminado su poca fe. Si no se mantienen vitalmente unidos a él no podrán subsistir.
Las palabras de Jesús no pueden ser más claras y expresivas: "Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí". Si no se mantienen firmes en lo que han aprendido y vivido junto a él, su vida será estéril. Si no viven de su Espíritu, lo iniciado por él se extinguirá.
Jesús emplea un lenguaje rotundo: "Yo soy la vid y vosotros los sarmientos". En los discípulos ha de correr la savia que proviene de Jesús. No lo han de olvidar nunca. "El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada". Separados de Jesús, sus discípulos no podemos nada.
Jesús no solo les pide que permanezcan en él. Les dice también que "sus palabras permanezcan en ellos". Que no las olviden. Que vivan de su Evangelio. Esa es la fuente de la que han de beber. Ya se lo había dicho en otra ocasión: "Las palabras que os he dicho son espíritu y vida".
El Espíritu del Resucitado permanece hoy vivo y operante en su Iglesia de múltiples formas, pero su presencia invisible y callada adquiere rasgos visibles y voz concreta gracias al recuerdo guardado en los relatos evangélicos por quienes lo conocieron de cerca y le siguieron. En los evangelios nos ponemos en contacto con su mensaje, su estilo de vida y su proyecto del reino de Dios.
Por eso, en los evangelios se encierra la fuerza más poderosa que poseen las comunidades cristianas para regenerar su vida. La energía que necesitamos para recuperar nuestra identidad de seguidores de Jesús. El Evangelio de Jesús es el instrumento pastoral más importante para renovar hoy a la Iglesia.
Muchos cristianos buenos de nuestras comunidades solo conocen los evangelios "de segunda mano". Todo lo que saben de Jesús y de su mensaje proviene de lo que han podido reconstruir a partir de las palabras de los predicadores y catequistas. Viven su fe sin tener un contacto personal con "las palabras de Jesús".
Es difícil imaginar una "nueva evangelización" sin facilitar a las personas un contacto más directo e inmediato con los evangelios. Nada tiene más fuerza evangelizadora que la experiencia de escuchar juntos el Evangelio de Jesús desde las preguntas, los problemas, sufrimientos y esperanzas de nuestros tiempos.
NO DESVIARNOS DE JESÚS
La imagen es sencilla y de gran fuerza expresiva. Jesús es la «vid verdadera», llena de vida; los discípulos son «sarmientos» que viven de la savia que les llega de Jesús; el Padre es el «viñador» que cuida personalmente la viña para que dé fruto abundante. Lo único importante es que se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo más humano y feliz para todos.
La imagen pone de relieve dónde está el problema. Hay sarmientos secos por los que no circula la savia de Jesús. Discípulos que no dan frutos porque no corre por sus venas el Espíritu del Resucitado. Comunidades cristianas que languidecen desconectadas de su persona.
Por eso se hace una afirmación cargada de intensidad: «el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid»: la vida de los discípulos es estéril «si no permanecen» en Jesús. Sus palabras son categóricas: «Sin mí no podéis hacer nada». ¿No se nos está desvelando aquí la verdadera raíz de la crisis de nuestro cristianismo, el factor interno que resquebraja sus cimientos como ningún otro?
La forma en que viven su religión muchos cristianos, sin una unión vital con Jesucristo, no subsistirá por mucho tiempo: quedará reducida a «folklore» anacrónico que no aportará a nadie la Buena Noticia del Evangelio. La Iglesia no podrá llevar a cabo su misión en el mundo contemporáneo, si los que nos decimos «cristianos» no nos convertimos en discípulos de Jesús, animados por su espíritu y su pasión por un mundo más humano.
Ser cristiano exige hoy una experiencia vital de Jesucristo, un conocimiento interior de su persona y una pasión por su proyecto, que no se requerían para ser practicante dentro de una sociedad de cristiandad. Si no aprendemos a vivir de un contacto más inmediato y apasionado con Jesús, la decadencia de nuestro cristianismo se puede convertir en una enfermedad mortal.
Los cristianos vivimos hoy preocupados y distraídos por muchas cuestiones. No puede ser de otra manera. Pero no hemos de olvidar lo esencial. Todos somos «sarmientos». Sólo Jesús es «la verdadera vid». Lo decisivo en estos momentos es «permanecer en él»: aplicar toda nuestra atención al Evangelio; alimentar en nuestros grupos, redes, comunidades y parroquias el contacto vivo con él; no desviarnos de su proyecto.
NO QUEDARNOS SIN SAVIA
El que permanece en mí... da fruto abundante.
La imagen es de una fuerza extraordinaria. Jesús es la «vid», los que creemos en él somos los «sarmientos». Toda la vitalidad de los cristianos nace de él. Si la savia de Jesús resucitado corre por nuestra vida, nos aporta alegría, luz, creatividad, coraje para vivir como vivía él. Si, por el contrario, no fluye en nosotros, somos sarmientos secos.
Éste es el verdadero problema de una Iglesia que celebra a Jesús resucitado como «vid» llena de vida, pero que está formada, en buena parte, por sarmientos muertos. ¿Para qué seguir distrayéndonos en tantas cosas, si la vida de Jesús no corre por nuestras comunidades y nuestros corazones?
Nuestra primera tarea hoy y siempre es «permanecer» en la vid, no vivir desconectados de Jesús, no quedamos sin savia, no secamos más. ¿Cómo se hace esto? El evangelio lo dice con claridad: hemos de esforzamos para que sus «palabras» permanezcan en nosotros.
La vida cristiana no brota espontáneamente entre nosotros. El evangelio no siempre se puede deducir racionalmente. Es necesario meditar largas horas las palabras de Jesús. Sólo la familiaridad y afinidad con los evangelios nos hace ir aprendiendo poco a poco a vivir como él.
Este acercamiento frecuente a las páginas del evangelio nos va poniendo en sintonía con Jesús, nos contagia su amor al mundo, nos va apasionando con su proyecto, va infundiendo en nosotros su Espíritu. Casi sin darnos cuenta, nos vamos haciendo cristianos.
Esta meditación personal de las palabras de Jesús nos cambia más que todas las explicaciones, discursos y exhortaciones que nos llegan del exterior. Las personas cambiamos desde dentro. Tal vez, éste sea uno de los problemas más graves de nuestra religión: no cambiamos, porque sólo lo que pasa por nuestro corazón cambia nuestra vida; y, con frecuencia, por nuestro corazón no pasa la savia de Jesús.
La vida de la Iglesia se trasformaría silos creyentes, los matrimonios cristianos, los presbíteros, las religiosas, los obispos, los educadores tuviéramos como libro de cabecera los evangelios de Jesús.
VIDA COTIDIANA
El que permanece en mí... da fruto abundante.
La vida cotidiana ocupa, con gran diferencia, la mayor parte de nuestra vida. Por otra parte, aunque pensamos que lo importante de nuestra existencia sucede en los momentos excepcionales, fuera de lo cotidiano, lo cierto es que la persona va creciendo o se va empobreciendo en esa vida aparentemente pequeña de cada día. Podemos «soñar» grandes cosas, pero en el fondo no somos sino lo que somos en el vivir diario.
He estado releyendo estos días el estudio que publicó hace diez años J L. Aranguren con el título Moral de la vida cotidiana. Un libro, como todos los suyos, lleno de agudas reflexiones y sabias pautas para aprender a vivir.
Según el pensador, no está nada fácil lo de vivir con cierta autenticidad en nuestro pequeño mundo de cada día. De entrada, querámoslo o no, casi todos hemos de desempeñar un rol, muchas veces impuesto; hay que ajustarse al «guión» y representar bien nuestro papel. Pero, ¿se tratará sólo de ser un buen «actor»? ¿Cómo ser el «director» de la propia vida?
Está luego, la presión social; hay que estar atentos «a lo que se hace», «lo que se dice», «lo que se lleva». Muchas personas perciben su vida como algo monótono y rutinario, sin aliciente alguno. Se puede deber, en parte, a esta ciega sumisión al comportamiento establecido por la mayoría. Pero, ¿cómo ser más libres frente a tanta alimentación colectiva?
Aranguren apunta formas muy frecuentes hoy de vivir la cotidianeidad. Hay quienes viven procurando en todo momento dominar la situación y sacar el mayor partido de lo que sea. Para otros, lo importante es aparentar, quedar bien, dar buena imagen; no les interesa «ser», sino «parecer». Muchos viven pensando sólo en lo inmediato; esclavos del reloj, la agenda y el calendario, sólo viven para trabajar y «hacer cosas». Así se les pasa la vida.
Pero la vida cotidiana puede ser mucho más. Aranguren recuerda que «hay un cómo hacemos lo que hacemos y un para qué lo hacemos, es decir, hay un proyecto». Cada uno de nosotros está llamado a apropiarse personalmente de la vida penetrándola de sentido. El problema está en cómo elaborar y vivir ese proyecto de persona que queremos ser.
Para el cristiano, la fe en Jesucristo se convierte en la fuente más decisiva de su vivir diario. De su mensaje y su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante».
CREER
El que permanece en mí…
La fe no es una impresión o emoción del corazón. Sin duda, el creyente siente su fe, la experimenta y la disfruta, pero sería un error reducirla a «sentimentalismo». La fe no es algo que depende de los sentimientos: «Ya no siento nada; debo estar perdiendo la fe». Ser creyentes es una actitud responsable y razonada.
La fe no es tampoco una opinión personal. El creyente se compromete personalmente a creer en Dios, pero la fe no puede ser reducida a «subjetivismo»: «Yo tengo mis ideas y creo lo que a mí me parece». La realidad de Dios no depende de mí ni la fe cristiana es fabricación de uno. Brota de la acción de Dios en nosotros.
La fe no es tampoco una costumbre o tradición recibida de los padres. Es bueno nacer en una familia creyente y recibir desde niño una orientación cristiana de la vida, pero sería muy pobre reducir la fe a «costumbre religiosa»: «En mi familia siempre hemos sido muy de Iglesia». La fe es una decisión personal de cada uno.
La fe no es tampoco una receta moral. Creer en Dios tiene sus exigencias, pero sería una equivocación reducirlo todo a «moralismo»: «Yo respeto a todos y no hago mal a nadie». La fe es, además, amor a Dios, compromiso por un mundo más humano, esperanza de vida eterna, acción de gracias, celebración.
La fe no es tampoco un «tranquilizante». Creer en Dios es, sin duda, fuente de paz, consuelo y serenidad, pero la fe no es sólo un «agarradero» para los momentos críticos: «Yo cuando me encuentro en apuros acudo a la Virgen». Creer es el mejor estímulo para luchar, trabajar y vivir de manera digna y responsable.
La fe cristiana empieza a despertarse en nosotros cuando nos encontramos con Jesús. El cristiano es una persona que se encuentra con Cristo y en él va descubriendo a un Dios Amor que cada día le atrae más. Lo dice muy bien Juan: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es Amor» (1 Jn 4, 16).
Esta fe crece y da frutos sólo cuando permanecemos día a día unidos a Cristo, es decir, motivados y sostenidos por su Espíritu y su Palabra: «El que permanece unido a mí, como yo estoy unido a él, produce mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada».
¿FE SIN MORAL?
El que permanece en mí... da fruto.
Existe una relación muy estrecha entre la imagen que cada uno se hace de Dios y el modo de entender y vivir la moral. Como dice el profesor de moral, Marciano Vidal, también aquí se puede aplicar el dicho popular: «Dime qué imagen de Dios tienes, y te diré qué tipo de moral practicas»; y viceversa, .dime qué moral vives, y te diré qué idea de Dios tienes».
Cuando uno cree en un Dios «abstracto», alejado de la realidad humana, que nada tiene que ver con la vida de las personas (ese «algo tiene que haber», que dicen algunos cuando se les pregunta por Dios), es normal que haya un divorcio entre religión y moral. Esa fe no hace vivir, no estimula el compromiso moral, no conduce a decisiones empeñativas. Sin embargo, la moral cristiana siempre lleva a una vida nueva al estilo de Cristo.
Cuando uno ve a Dios como el «legislador» universal y «juez» supremo de sus criaturas, es fácil caer en una moral infantil que lejos de ayudar a crecer a la persona, la hace vivir permanentemente en el miedo al castigo o en la búsqueda del premio. Sin embargo, vivir responsablemente ante un Dios que te ama incondicionalmente es otra cosa.
Cuando se piensa que Dios es alguien «interesado» que, en definitiva, sólo busca su propio honor y gloria, la moral se convierte en una «carga pesada» de la que uno se querría liberar para vivir de manera más dichosa y placentera. Sin embargo, Jesús habla de que su propuesta es un «yugo suave» y una «carga ligera» (Mateo 11, 30).
La verdadera moral cristiana brota y se alimenta de la fe en un Dios que busca sólo y exclusivamente el bien de todos sin contrapartida alguna. A Dios lo único que le interesa somos nosotros y nuestra felicidad total. Lo que le da «gloria» es vernos a todos vivir de manera digna y dichosa. De aquí nace el comportamiento cristiano que consiste fundamentalmente en buscar el bien integral de todos. Esta es la síntesis de la moral cristiana según el Vaticano II: «Producir frutos en la caridad para la vida del mundo» (Optatam totius, n. 16).
Para reavivar la conciencia moral en nuestros días, lo importante no es apelar al miedo a Dios, ni desarrollar una predicación más rigorista, sino ayudar a descubrir en Cristo a ese Dios absolutamente bueno que nos urge a ser buenos con todos. Desde esta perspectiva cobran otra luz las palabras de Jesús: «El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante» (Juan 15, 5). La adhesión a Jesús se traduce siempre en vida moral.
VIDA COTIDIANA
El que permanece en mí... da fruto abundante.
La vida cotidiana ocupa, con gran diferencia, la mayor parte de nuestra vida. Por otra parte, aunque pensamos que lo importante de nuestra existencia sucede en los momentos excepcionales, fuera de lo cotidiano, lo cierto es que la persona va creciendo o se va empobreciendo en esa vida aparentemente pequeña de cada día. Podemos «soñar» grandes cosas, pero en el fondo no somos sino lo que somos en el vivir diario.
He estado releyendo estos días —pequeño homenaje al profesor desaparecido recientemente— el estudio que publicó hace diez años J.L. L. Aranguren con el título «Moral de la vida cotidiana». Un libro, como todos los suyos, lleno de agudas reflexiones y sabias pautas para aprender a vivir…
Según el pensador, no está nada fácil lo de vivir con cierta autenticidad en nuestro pequeño mundo de cada día. De entrada, querámoslo o no, casi todos hemos de desempeñar un rol, muchas veces, impuesto; hay que ajustarse al «guión» y representar bien nuestro papel. Pero, ¿se tratará solo de ser un buen «actor»? ¿Cómo ser el «director» de la propia vida?
Está, luego, la presión social; hay que estar atentos a «lo que se hace», <do que se dice», «lo que se lleva». Muchas personas perciben su vida como algo monótono y rutinario, sin aliciente alguno. Se puede deber, en parte, a esta ciega sumisión al comportamiento establecido por la mayoría. Pero, ¿cómo ser más libres frente a tanta alienación colectiva?
Aranguren apunta formas muy frecuentes hoy de vivir la cotidianeidad. Hay quienes viven procurando en todo momento dominar la situación y sacar el mayor partido de lo que sea. Para otros lo importante es aparentar, quedar bien, dar buena imagen; no les interesa «ser», sino «parecer». Muchos viven pensando solo en lo inmediato; esclavos del reloj, la agenda y el calendario, solo viven para trabajar y «hacer cosas». Así se les pasa la vida.
Pero la vida cotidiana puede ser mucho más. Aranguren recuerda que «hay un cómo hacemos lo que hacemos y un para qué lo hacemos, es decir, un proyecto». Cada uno de nosotros está llamado a apropiarse personalmente de la vida penetrándola de sentido. El problema está en cómo elaborar y vivir ese proyecto de persona que queremos ser.
Para el cristiano, la fe en Jesucristo se convierte en la fuente más decisiva de su vivir diario. De su mensaje y su espíritu extrae sentido, orientación, confianza, estímulo para vivir y crecer como ser humano. La llamada de Jesús que escucha en su interior no es una llamada entre otras, sino la que da sentido último a su vida. Quien se toma en serio el evangelio y sigue de cerca a Cristo, cree en sus palabras: «El que permanece en mí y yo en él ése da fruto abundante.»
DOGMAS PROGRESISTAS
Si permanecéis en mí.
Alguien tendrá que estudiar un día con rigor qué significa ser progresista, pues pocos términos son utilizados hoy de manera más ligera y equívoca. El progresismo se ha convertido en una especie de “mito” dentro del cual cabe todo, con tal de que uno defienda lo último que va imponiendo la moda social.
Progresar significa “avanzar hacia adelante”, pero ¿en qué dirección? ¿Es progresista destruir los valores sobre los que se fundamenta la dignidad humana? ¿Es un progreso caminar hacia un estilo de vida egoísta e insolidario, tan viejo como la humanidad misma?
No hemos de olvidar que se puede caminar hacia atrás y cambiar a peor. Y entonces, lo más progresista no es sintonizar con los retrocesos de la sociedad, sino “permanecer” fiel a lo que hace progresar al hombre en dignidad y convivencia justa y solidaria.
Desde aquí hemos de entender la invitación de Jesús a “permanecer” en él y a que sus palabras “permanezcan” en nosotros. En su última Carta Pastoral, los Obispos vascos nos recordaban algunas convicciones inquebrantables que no hemos de abandonar si queremos permanecer en la verdad. Resumo brevemente las más importantes.
No es verdad que la ciencia haya probado que la fe en Dios esté ya superada y condenada, por tanto, a desaparecer inexorablemente. La ciencia es impotente para afirmar o negar la existencia de Dios. Decir lo contrario es una mentira que ninguna persona progresista debería utilizar para engañar a nadie.
No es cierto que hay que eliminar a Dios para liberar al hombre y devolverle su dignidad perdida. Al contrario, quien vive una relación sana con Dios descubre en la fe la energía más estimulante para crecer como hombre libre y liberador. Quien diga otra cosa, no sabe de qué habla o está simplemente condenando “caricaturas” de fe.
Es un engaño destruir, en base a una supuesta modernidad, valores éticos imprescindibles para salvar al hombre. Al contrario, corremos el riesgo de sacrificar al hombre en aras de un progreso superficial y falso que va minando las bases que sostienen la dignidad del ser humano. No querer advertirlo es cerrar los ojos a la verdad.
Es una grave mutilación de la persona fijarle como objetivo único de su vida el disfrute del máximo placer en cada momento o situación. El placer es necesario y positivo, pero no ha de ocupar el primer puesto. El amor y la solidaridad exigen, muchas veces, diferir el placer o, incluso, renunciar a él. Quien no lo reconoce así, no conoce todavía el secreto último de la existencia.
Es una gravísima equivocación valorar al hombre por lo que tiene y no por lo que es. El afán de poseer siempre más y más, termina por esclavizar y degradar a la persona. El ser humano es más grande que todas las cosas y vale por lo que es, no por lo que gana y posee. Quien no lo entiende así, equivoca su trayectoria en la vida.
UNO DE MAYO
Ese da fruto abundante.
El 1o de Mayo es una fecha cargada de historia, de luchas y de esperanza en un mundo más justo y más humano. Sin embargo, los grandes valores que representa (justicia social, dignidad humana, solidaridad obrera) parecen diluirse de día en día.
Las nuevas tecnologías y la disminución progresiva de mano de obra van quitando fuerza y protagonismo a la clase obrera tradicional, verdadero motor de la revolución social promovida por la izquierda.
Por otra parte, la crisis económica ha introducido en el mundo obrero una profunda división entre parados y obreros en activo, sin que el sentido de clase haya logrado mantener una solidaridad básica.
Los sindicatos obreros se enfrentan entre sí movidos por intereses contrapuestos. Los diferentes sectores luchan por sus reivindicaciones sectoriales y sus intereses corporativos aunque su logro dañe necesariamente a otro sector.
Cada uno busca su propio interés cada vez con menos pudor. No están los tiempos para planteamientos idealistas de solidaridad. Lo importante es “sobrevivir» y no perder el puesto de trabajo o el nivel salarial.
Una sola consigna parece mover todo el mundo socio-económico y también a la clase obrera: “Sálvese quien pueda”.
Por eso, apenas extraña ya a nadie que la crisis económica esté siendo afrontada por un Gobierno socialista desde soluciones liberales que permiten la imposición del más fuerte y el aumento dramático de las desigualdades.
Hace unos años se despertó la esperanza de muchos al oír consignas de “cambio» y de “ética» nueva en la vida socio-política.
Hoy estas palabras han desaparecido de escena sustituidas por otras más pragmáticas como “modernización», “sociedad progresista», “homologación con los países de la Comunidad europea», que ciertamente no prometen una ética más justa, digna y solidaria.
Pero, ¿en qué queda convertido el uno de Mayo si pierde su mística de solidaridad y su lucha por una sociedad más justa y digna para todos los trabajadores?
El uno de Mayo es hoy, antes que nada, una llamada a reconstruir la solidaridad y a recuperar la esperanza en una ética de mayor justicia e igualdad social.
Los creyentes no podemos sentirnos ajenos a esta tarea. La fe no es un sentimiento inoperante sino un estímulo para luchar por cambios humanizadores. Esta es la promesa de Jesús: “El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante».
VIDAS ESTERILES
Sin mí no podéis nada...
Los hombres somos un deseo intenso de vida y cumplimiento. Hay dentro de nosotros algo que quiere vivir, vivir intensamente y vivir para siempre. Más aún, los hombres nacemos para hacer crecer la vida.
Sin embargo, la vida no cambia fácilmente. La injusticia, el sufrimiento, la mentira y el mal nos siguen dominando. Parece que todos los esfuerzos de los hombres por mejorar el mundo terminan tarde o temprano en el fracaso.
Movimientos que se dicen comprometidos en luchar por la libertad terminan provocando iguales o mayores esclavitudes. Hombres y mujeres que buscan la justicia terminan generando nuevas e interminables injusticias.
¿Quién de nosotros, incluso el más noble y generoso, no ha tenido un día la impresión de que todos sus proyectos, esfuerzos y trabajos no servían para nada?
¿Será la vida algo que no conduce a nada? ¿Un esfuerzo vacío y sin sentido? ¿Una «pasión inútil» como decía J.P. Sartre?
Los creyentes hemos de volver a recordar que la fe es «fuente de vida». Creer no es afirmar que debe existir Algo último en alguna parte. Creer es descubrir a Alguien que nos «hace vivir» superando nuestra impotencia, nuestros errores y nuestro pecado.
Una de las mayores tragedias de los cristianos es la de «practicar la religión» sin ningún contacto con el Viviente. Y sin embargo, uno empieza a descubrir la verdad de la fe cristiana cuando acierta a vivir en contacto personal con el Resucitado. Sólo entonces se descubre que Dios no es una amenaza o un desconocido, sino Alguien vivo que pone nueva fuerza y nueva alegría en nuestras vidas.
Con frecuencia, nuestro problema no es vivir envueltos en problemas y conflictos constantes. Nuestro problema más profundo es no tener fuerza interior para enfrentarnos a los problemas diarios de la vida.
La experiencia diaria nos ha de hacer pensar a los cristianos la verdad de las palabras de Jesús: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada».
¿ No está precisamente ahí la raíz más profunda de tantas vidas estériles y tristes de hombres y mujeres que nos llamamos creyentes?
FE ESTERIL
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.
La imagen es realmente expresiva. Todo sarmiento que está vivo tiene que producir fruto. Y si no lo hace es porque no responde a la vida que la vid puede comunicar. No circula por él la savia de la vid.
Así es también nuestra fe. Vive, crece y da frutos, cuando vivimos abiertos a la comunicación con Cristo. Si esta relación vital se interrumpe, hemos cortado la fuente de nuestra fe.
Entonces la fe se seca. Ya no es capaz de animar nuestra vida. Se convierte en confesión verbal, vacía de contenido y experiencia viva. Triste caricatura de lo que los primeros creyentes vivieron al encontrarse con el resucitado.
Digámoslo sinceramente. Esa ausencia de dinamismo cristiano, esa capacidad para seguir creciendo en amor y fraternidad con todos, esa inhibición y pasividad por luchar arriesgadamente por la justicia entre los hombres, ese inmovilismo y falta de creatividad evangélica para descubrir las nuevas exigencias del Espíritu, ¿no están delatando una falta de comunicación viva con Cristo resucitado?
Por paradójico que pueda parecer, una soledad interior se agazapa en el corazón de más de un cristiano. Cogido en una red de relaciones, actividades, ocupaciones y problemas, puede sentirse más solo que nunca en su interior, incapaz de comunicarse vitalmente con ese Cristo en quien dice creer.
Quizás la derrota más grave del hombre occidental sea su incapacidad de vida interior. El hombre contemporáneo parece vivir siempre huyendo. Siempre de espaldas a sí mismo. Sin saber qué hacer con su vacío interior.
Se diría que el alma de muchos hombres y mujeres es un desierto. Son muchos los afectados por esta epidemia de soledad y vacío interior. Lo advertía ya P. Claudel: «Nunca los hombres han sido tan solidarios, ni han estado tan solos».
Este aislamiento interior de ese Cristo que es fuente de vida, conduce poco a poco- un «ateísmo práctico». De poco sirve seguir confesando fórmulas, si uno no conoce la comunicación cálida, gozosa, revitalizadora con el resucitado.
Esa comunicación de quien sabe disfrutar del diálogo silencioso con él, alimentarse diariamente de su palabra, recordarlo con gozo en medio de la agitación y el trabajo cotidiano, descansar en él en los momentos de agobio.
ALESSANDRO PRONZATO
Se trata de morar en Jesús (/Jn/06/56). Por lo que se puede decir -como afirma Mollat- que el discípulo está desarraigado de sí mismo y descentrado. Su morada y su centro, de ahora en adelante, se encuentran en Cristo.
Es el todo en una dinámica de reciprocidad: "permaneced en mí y yo en vosotros". "Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros...".
Cristo, su vida, su mensaje, constituyen pues el terreno vital en que debe radicar la Iglesia.
Si la Iglesia radica "en otra parte" -en la fuerza, en el poder, en el triunfo, en el número, en el prestigio, en la riqueza, en la diplomacia, en las obras grandiosas- puede ser todo menos la viña del Señor. Y está condenada inexorablemente a la esterilidad.
J. ALDAZABAL
-RASGOS DE LA COMUNIDAD PASCUAL
Ojalá vayan siendo también nuestras las características que aparecen en la primera comunidad después de la Pascua.
Sigue creciendo la Iglesia, convencida de la presencia activa de su Señor resucitado y guiada por su Espíritu. Crece y madura, ayudada también por las dificultades internas y externas, con una difícil serenidad y paz.
Hay un rasgo interesante hoy: la comunidad apostólica acoge a Pablo, el que luego será el gran apóstol de Cristo entre los paganos.
Por parte de Pablo es noble la actitud y el testimonio: va a Jerusalén, a confrontar su misión con Pedro y los demás apóstoles, y les cuenta la experiencia de su encuentro con Cristo y su conversión.
Pero también es admirable el mérito de la comunidad: a pesar de las más que justificadas suspicacias que podía suscitar la persona de Pablo, le acogen, no se cierran al carisma que brota, saben ver en él la acción del Espíritu. La aceptación de Pablo es una lección de universalismo y de imaginación, porque Pablo va a ser apóstol "de otro modo".
Ya hay aquí una primera interpelación a nuestra comunidad eclesial concreta, religiosa o parroquial, para que crezca y madure, se deje guiar por el Espíritu y sepa aceptar la variedad de dones que Cristo regala a su Iglesia. Hacen falta muchos Bernabés que sepan discernir y muestren un corazón capaz de dar un margen de confianza a las personas.
-CRISTO, LA VID; NOSOTROS, LOS SARMIENTOS
Pero hoy y el domingo que viene, el evangelio, tomado del discurso u oración de la Ultima Cena, nos invita a profundizar en el misterio pascual de Cristo en cuanto a nuestra relación con El.
El domingo pasado se nos presentaba Cristo como el Buen Pastor.
El domingo que viene nos anunciará su testamento del amor y la alegría. Hoy es la hermosa metáfora de la vid y los sarmientos la que nos ayuda a entender toda la intención de la Pascua.
Es una comparación sencilla, pero profunda, que nos ofrece muchas sugerencias para la vida cristiana. Si ya era hermoso que se nos invitara a unirnos a Cristo como a nuestro Pastor, más profunda es la perspectiva del sarmiento que se entronca en la vid y vive de ella.
La imagen apunta claramente a una comunión de vida con Cristo.
Como la savia vital que fluye a los sarmientos y les permite dar fruto (y al revés, la separación produce esterilidad y muerte), así nosotros con Cristo: "sin mí nada podéis hacer". Celebrar la Pascua es, no sólo alegrarnos del triunfo de Cristo, sino incorporarnos -dejarnos incorporar por el Espíritu- a la Nueva Vida de Cristo.
Una expresión típica de Juan es la de permanecer en Cristo: siete veces aparece en su evangelio: el Resucitado no sólo quiere que vivamos "como" El, o que sigamos "tras" El, o que seamos "de" El, o que caminemos "con" El, sino que vivíamos "en" El. Es un programa de comunión de vida. Ciertamente "permanecer en El" no se interpreta pasivamente, sino que es un programa dinámico y comprometedor como pocos.
-APLICACIONES CONCRETAS
La imagen admite traducciones muy concretas en nuestra vida, según los ambientes de las varias comunidades:
-la comunión de la verdad y la fe (cf. 2 lect.); creer en El es el primer y radical lazo que nos une; "somos de la verdad", se nos propone "que creamos en el nombre de Jesús";
-pero esa fe debe desembocar en el amor: Juan relaciona estrechamente las dos perspectivas: "creamos... y nos amemos unos a otros"; éste es el mandamiento, estos son los frutos de nuestra unión con el Resucitado; el que ama "permanece en Dios" (será el tema central del domingo que viene);
-la unión con Cristo retrata también nuestra oración: la oración personal y comunitaria nos hacen centrarnos de modo privilegiado con Cristo, con su Palabra, con sus sacramentos; este encuentro -la Eucaristía diaria o dominical, por ejemplo- son como el motor y el alimento de nuestra unión existencial con Cristo;
-hay una dirección interesante en la imagen, la poda; a los que se mantienen unidos a Cristo, Dios los "poda", para que den más fruto; ¿qué aspectos de nuestra vida estamos dejando que sean podados en esta Pascua, qué purificación y renovación se nota en nuestra existencia personal, en nuestra comunidad? Este programa, positivo pero empeñativo, de nuestra Pascua con Cristo debe conducir también claramente a la experiencia de nuestra Eucaristía. Cuando Juan, en el cap. 6 de su evangelio, dice cuáles son los frutos de la Eucaristía, habla en los mismos términos: "el que me come permanece en mí y yo en él". Más aún: "como yo vivo por el Padre, que vive, así el que me coma vivirá por mí". La celebración eucarística es como el resumen y el motor de toda una vida cristiana en unión con Cristo.
SANTOS BENETTI
1. Podar la viña
El Evangelio de Juan vuelve a urgirnos a la intimidad de la reflexión. La liturgia pascual, domingo tras domingo, parece no querer desprenderse de una idea esencial: la presencia del Señor y la intimidad de vida establecida entre él y sus discípulos.
Hoy el tema es: permanecer en Cristo como sarmientos aferrados a la vid...
Palestina era famosa por sus viñedos y sus higueras, de ahí que los profetas compararan al pueblo hebreo con una vid o con una higuera, según los casos. Con su cepa robusta y sus mil ramificaciones, la vid expresa magníficamente lo que debe ser la comunidad de Dios.
Nada extraño, entonces, que hoy Jesús nos diga: «Yo soy la verdadera vid.» El es la verdadera, la auténtica, la que fue plantada y podada por el Padre para que fructificara en la sangre de sus racimos, el nuevo pueblo de Dios. Cristo parece identificado con esta misteriosa planta, cuya sangre, el vino, es asumida como su propia sangre derramada en la cruz y entregada en la Eucaristía.
Aparentemente, parece haber cierta contradicción en la alegoría de Jesús: podríamos pensar que sería más exacto afirmar que él es la cepa, nosotros los sarmientos, que todos juntos formamos la vid. Pero Jesús quiere insistir en la unidad que existe entre él y los suyos, a tal punto que él mismo se define como la vid verdadera, ya que está presente en cada uno de sus discípulos, y cada discípulo, a su vez, está presente y vive en Cristo.
Podríamos así afirmar que Cristo es la comunidad y que la comunidad es Cristo. Y llega tan allá esta identificación, que el Señor no teme afirmar en el juicio final, según lo describe Mateo: "Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber... ¿Cuándo, Señor?... Cuando lo hicisteis con uno de mis hermanos" (25,35 s).
La vid -es decir, la comunidad en Cristo- es una sola, a pesar de sus extensas ramificaciones; o, como dice Pablo: «Todos formamos un solo cuerpo, porque Cristo es uno en todos» (2 Cor 12).
Jesús insiste en la unidad de los creyentes y sabe que esa unidad es posible si partimos de la misma fe en su presencia en cada uno de los miembros. Separarse de la comunidad o de un solo hermano, es separarse de Cristo, ya que se destroza su único cuerpo.
Cuando Juan (o sus discípulos) escribía esta página a fines del primer siglo, ya habían aparecido algunas divisiones en el seno de la Iglesia; mas ¡qué lejos se estaba aún de los tremendos odios que llevarían un día a la viña del Señor a desgajarse entre Oriente y Occidente, y más tarde, entre católicos y protestantes, sin contar otras divisiones menores! ¿No se hubieran podido evitar tales disensiones si la fe en Cristo resucitado, presente en toda la Iglesia y en cada miembro, hubiera estado viva?
Y si Cristo es la vid, el Padre es el viñador: «El corta todos los sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda y lo limpia para que dé más todavía.»
El Padre quiere que su viña dé frutos, es decir: que viva en el cumplimiento de su proyecto. Para eso hace la poda, es decir, para eso están las persecuciones, las dificultades, la vida de pobreza, para impedir que la energía de la comunidad se malgaste en tantas cosas que nada tienen que ver con la vivencia del Evangelio.
El primero en ser podado en la cruz fue Cristo, y en los primeros siglos las permanentes persecuciones constituyeron la mejor oportunidad para afianzar la fe y discernir quiénes querían dar frutos y quiénes sólo especulaban al amparo de la vid.
La experiencia de la historia de la Iglesia demuestra bien a las claras que cuando falló la poda, entonces creció el follaje estéril de las riquezas, de la vanidad mundana, de la superficialidad en el culto, y todo esto fue en más de una ocasión la triste oportunidad para que la vid se desgajara irremediablemente.
Cuando en una comunidad existe espíritu de renuncia y de pobreza, valentía para afrontar las persecuciones y la oposición del mundo, entonces se enriquece la vida de fe, reviven las comunidades, se afianzan las responsabilidades de los laicos y florece un culto vivo. Pero cuando nos ponemos a pensar en el inmenso poderío de la Iglesia en recursos humanos, haciendas, influencias políticas, congregaciones religiosas, campos y edificios, colegios y editoriales..., y que sólo una mínima parte de su esfuerzo está realmente orientado al anuncio del Reino y a la evangelización, uno se pregunta si no hará falta una poda, radical y extensa...
Y miremos también nuestra comunidad parroquial: ¿Qué cosas habría que podar para que la energía del Espíritu corra con más libertad, para que suspendamos discusiones inútiles, para que prescindamos de tantas cosas que no son más que signo de lucro y vanidad, para que cortemos ciertos esquemas de pensamiento que obstaculizan el encuentro de Cristo con los hombres de hoy?
¿Y qué tiene que podar cada uno de nosotros: en su manera de tratar a los demás, en el uso del dinero, en el empleo del tiempo, en sus ambiciones...?
Cuando el viñador hace la poda, siente cierta tristeza porque tantos sarmientos van a parar al fuego y la vid de pronto se transforma en un esqueleto desnudo e inútil... Y, sin embargo, si no lo hace, sólo podrá cosechar hojas en la próxima temporada... Aceptemos, pues, esta poda del Padre, sobre todo la poda del corazón, para que toda la energía del Espíritu, la savia de la vid, se transforme en el otoño en frutos de amor, de santidad y de liberación. El fruto de la vid es el Reino de Dios...
2. Permanecer en Cristo
"Permaneced en mí como yo permanezco en vosotros... El que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto, porque, separados de mí, no podéis hacer nada".
Jesús supone como condiciones para que demos fruto el que permanezcamos en él... Y nosotros necesitamos preguntarnos hoy: ¿qué significa permanecer en Cristo?
-- En primer lugar, significa permanecer en el amor. Pero sobre este tema reflexionaremos el próximo domingo, ya que el texto evangélico de hoy continúa la semana viene.
--En segundo lugar, permanecer en Cristo es unirse a la comunidad. Esto se clarifica con la primera lectura de hoy, extractada de los Hechos de los Apóstoles. Pablo o Saulo, después de su conversión en el camino de Damasco, siente la necesidad de venir a Jerusalén para conocer a los demás apóstoles y a los miembros de la comunidad madre, y sentirse de esta manera integrado de lleno a la Iglesia.
Como dice el texto: «trata de unirse a los discípulos», pero éstos desconfían, ya que no estaban del todo seguros de que el antiguo perseguidor de la Iglesia hubiera abrazado sinceramente la fe de Cristo.
Es importante subrayar este esfuerzo de Pablo por acercarse y unirse a una comunidad que, incluso, tenía una mentalidad bastante distinta a la suya, ya que eran de espíritu un tanto cerrado y se oponían a la apertura a los paganos, salvo que primero se judaizaran. (Este recelo no desaparecerá nunca y, tiempo después de este episodio, se transformará en abierta oposición cuando Pablo se convierta en el evangelizador de los gentiles y postule la libertad en la fe, prescindiendo de la ley judaica)
Entonces interviene Bernabé, su amigo, y hace de intermediario. Es un magnífico gesto. Bernabé, un «viejo de la comunidad», sirve de enlace entre un miembro nuevo y la comunidad. Bernabé da testimonio de cómo Pablo ha visto al Señor resucitado y de cómo ha predicado ya su evangelio. Pero eso no es suficiente: ahora hay que integrarlo de lleno en la comunidad, en la única vid del Señor, pues él no puede ser un miembro aislado ni un francotirador.
Así lo comprende la comunidad de Jerusalén, y por eso concluye el texto: «Desde ese momento permaneció con los discípulos, actuando con libertad en Jerusalén y predicando decididamente en el nombre del Señor.» Tiempo después, cuando la vida de Pablo se halla en peligro por la oposición judía a su antiguo colaborador, la misma comunidad lo ayuda a ponerse a salvo.
Es reconfortante considerar todo esto, tan humano en sus elementos y que, sin embargo, nos hace ver que el "permanecer en Cristo" no es una frase más sino que halla concreción en nuestra inserción plena en la comunidad.
Para unirse a la comunidad y permanecer en Cristo, hace falta querer unirse y acercarse. Pablo hace un largo viaje para ello.
Pero también hace falta que la comunidad elimine sus prejuicios y recelos, y se abra al nuevo miembro que quiere incorporarse... a pesar de que, en el caso de Pablo, tal miembro había sido hasta hacía poco un encarnizado perseguidor de los cristianos. Muchas veces nuestras comunidades se anquilosan y vegetan por cierto endurecimiento de los "antiguos fundadores", que llegan a sentirse dueños de la comunidad y que, más que acoger a los nuevos, los espantan con sus recelos.
Jesús enfatiza que la no integración del miembro a la comunidad, y de la comunidad al miembro, hace estéril a la vid. ¿Quién de nosotros duda ya de esto?
El anuncio evangélico sólo tiene fuerza cuando surge del testimonio de una comunidad unida. El estar unidos no significa que no existan diferencias de criterios sobre ciertos aspectos, como lo demuestra con claridad meridiana el libro de los Hechos: hubo discusiones y distintos puntos de vista entre Pablo y Bernabé, entre Pedro y Pablo, entre los cristianos judíos y los helenistas, entre la comunidad de Jerusalén y la de Antioquía... Pero jamás la diversidad de criterios fue tal como para no sentirse todos identificados con la única comunidad de Cristo.
Eso exige madurez. Ser miembro de la Iglesia es comprender con espíritu realista que no puede existir una comunidad ideal en la que todos piensen lo mismo, como si fuese un horizonte uniforme, en la que no haya discusiones ni enfrentamientos, o en la que todos tengan que someter sus pensamientos y voluntad al criterio de uno solo. Nuestra inmadurez afectiva nos lleva a ser sectarios frente a los que no son iguales que nosotros, a considerar con menosprecio a los que tienen puntos de vista diferentes a los nuestros; a separar definitivamente a un miembro o a no querer recibirlo por algún suceso de su vida pasada, cuando quizá -como en el caso de Pablo- hay muchos otros hechos que ponen en evidencia aspectos sinceros de su personalidad.
Se nos exige madurez para apoyar nuestra fe en Cristo y no en las contingencias históricas de la Iglesia. Creer en este Cristo que da unidad a una Iglesia tan múltiple, es encontrar una razón profunda para respetar a los demás, para no querer imponer nuestras ideas, para hacer el bien a todos sin distinción alguna y sin sectarismos.
Quizá a alguno le pueda sonar demasiado místico eso de que «hay que permanecer en Cristo»; de ahí a no tenerlo en consideración no hay más que un paso.
C/V/DIFICIL: Pero particularmente Pablo y Juan -ciertamente dos grandes místicos en el mejor de los sentidos-, que fueron los dos apóstoles que más reflexionaron sobre el misterio de la Iglesia como comunidad de Cristo y en Cristo, no abrigan duda alguna de que si no partimos de esa premisa, el concepto de Iglesia es una simple ficción.
A todos nos cuesta aceptar esta misteriosa unión con Cristo en la comunidad, pero no tanto por sus elementos teóricos, cuanto por las consecuencias prácticas. Aceptar que somos una única vid en unión intima y estrecha con el Señor resucitado, nos obliga a cambiar muchos cómodos esquemas mentales.
A partir de ese momento hay que dejar a un lado las distinciones sociales y culturales, como las divisiones basadas en cerrados egoísmos; hay que comenzar a amar al pobre y al rico, al docto y al ignorante; hay que aprender a hacer silencio para escuchar al otro; hay que dejar toda postura de mandamás y sabelotodo... En fin, hay que aprender a vivir en comunidad, en esta comunidad concreta y real en la que estamos insertos, sin vanos sueños, sin rencores y sin resentimientos...
3. Cumplir la Palabra de Cristo
Y una última reflexión surgida de este evangelio, a pesar de que el material de hoy ya es harto espeso y un tanto duro de digerir.
Jesús concluye diciendo: «Si permanecéis en mi y mis palabras permanecen en vosotros..., pedid lo que queráis y lo obtendréis.»
Según el paralelismo semita, no cabe duda de que Cristo identifica permanecer en él y permanecer en sus palabras.
Es decir: no podemos decir que estamos unidos a Cristo si hacemos caso omiso de sus palabras. En este sentido, podemos correr el riesgo de cierto sentimentalismo por el que afirmamos que estamos muy unidos a nuestro Jesús-amigo, al que hacemos a nuestra imagen y semejanza.
En efecto, es muy común decir: «Cristo es mi amigo, yo le cuento todo, él me comprende, siempre me escucha...» Sin entrar a discutir ahora sobre la validez de estos sentimientos, cuidémonos de hacer de Jesús un paño de lágrimas barato. Ser amigos de Jesús, estar unidos a él, etc., son expresiones que están en los evangelios...; pero también tienen un sentido muy preciso: Jesús es el que es, el que se dio a conocer, y es a ese Cristo al que debemos unirnos. De otra forma, caeríamos irremediablemente en un sentimentalismo adolescente.
Por lo tanto, ¿cómo unirnos a Cristo? El mismo lo responde: aceptando su evangelio con el corazón sincero y poniéndolo en práctica.
Sin un profundo conocimiento del evangelio, las antedichas expresiones no son más que un lirismo inmaduro que termina cuando encontramos otro paño de lágrimas para nuestras penas.
No basta escuchar el evangelio, hay que permanecer en él. Tampoco es la simple permanencia en el recuerdo sino en la vida, en la praxis cristiana. Permanece si está vivo en lo que sentimos, decimos o hacemos.
Concluyendo...
La alegoría de la vid es una página cargada de criterios fundamentales para la vida de la comunidad. Se nos obliga a ir al fondo de ciertas frases o eslogans que se han hecho rutina en la liturgia y en nuestras reuniones.
Cristo opta claramente por la calidad de la vid y de sus frutos, y no por el follaje de una comunidad que sólo sirve para dar sombra...
No hagamos de la vid una simple enredadera a cuya sombra nos sentamos para descansar y hablar de trivialidades. A la vid-comunidad se le exigen frutos. Y el fruto de la vid es el vino que hoy en la Eucaristía se hace sangre de Cristo y sangre nuestra, sangre que debe ser derramada para la liberación de muchos.
OCARM
Lectura
a) Para colocar el pasaje en su contexto:
Estos pocos versículos forman parte del gran discurso de Jesús a sus discípulos en el momento íntimo de la última cena y comienza con el versículo 3 del cap. 13 prolongándose hasta todo el cap. 17. Se trata de una unidad muy estrecha, profunda e indisoluble, que no tiene par en todos los Evangelios y que recapitula en sí toda la revelación de Jesús en la vida divina y en el misterio de la Trinidad; es el texto que dice lo que ningún otro texto de las Sagradas Escrituras es capaz de decir con relación a la vida cristiana, su potencia, sus deberes, su gozo y su dolor, su esperanza y su lucha en este mundo y en la Iglesia. Pocos versículos, pero rebosantes de amor, de aquel amor hasta el final, que Jesús ha decidido vivir con los suyos, con nosotros, hoy y siempre. En fuerza de este amor, como supremo y definitivo gesto de ternura infinita, que recoge en sí todo otro gesto de amor, el Señor deja a los suyos una presencia nueva, un modo nuevo de existir: a través de la parábola de la vid y de sus sarmientos y a través, del maravilloso verbo permanecer, repetido muchas veces, Jesús da comienzo a esta su historia nueva con cada uno de nosotros, que se llama inhabitación. Él no puede quedarse junto a nosotros porque vuelve al Padre, pero permanece dentro de nosotros.
b) Para ayudar en la lectura del pasaje:
• vv. 1-3: Jesús se revela a sí mismo como verdadera vid, que produce buenos frutos, óptimo vino para su Padre, que es el agricultor y nos revela a nosotros, sus discípulos, como sarmientos, que tienen necesidad de permanecer unidos a la vid para no morir y para llevar fruto. La poda, que realiza el Padre sobre los sarmientos a través de la espada de su Palabra, es una purificación, un gozo, un canto.
• vv. 4-6: Jesús consigna a sus discípulos el secreto para que puedan continuar viviendo esta relación íntima con Él: es permanecer. Como Él entra dentro de ellos y permanece en ellos y nunca más queda afuera, así también ellos deben permanecer en Él, dentro de Él; este es el único modo para ser plenamente consolados, para poder resistir en el camino de la vida y para poder dar el buen fruto, que es el amor.
• v. 7: Jesús, una vez más, deja en el corazón de los suyos, el don de la oración, la perla preciosísima, única y nos explica que permaneciendo en Él, podremos aprender la verdadera oración, aquélla que pide el don del Espíritu Santo con insistencia y que sabe que ha de ser escuchada.
• v. 8: Jesús nos llama una vez más a Él, nos pide que le sigamos, de hacernos y ser siempre sus discípulos. El permanecer hace nacer la misión, el don de la vida por el Padre y por los hermanos; si permanecemos verdaderamente en Jesús, permaneceremos también en medio de los hermanos, como don y como servicio.
Esta es la gloria del Padre.
Algunas preguntas
que me ayuden a permanecer, a descubrir la belleza de la vida, que es Jesús; que me guíen al Padre, para dejarme asir de Él y trabajar, seguro de su buen trabajo de amoroso Agricultor; y que me sostenga dentro de la savia vital del Espíritu, para encontrarme con Él como única cosa necesaria, para pedir sin cansarme.
a) "Yo soy": es muy bello que el pasaje comience con esta afirmación, que es como un canto de alegría, de victoria del Señor, que a Él le gusta cantar continuamente dentro de la vida de cada uno de nosotros. "Yo soy: y lo repite al infinito, cada mañana cada tarde, cuando llega la noche, mientras dormimos y de Él no nos acordamos. Él en cambio vive propiamente en función de nosotros: existe por su Padre y por nosotros, para nosotros. Me reposo sobre estas palabras y no sólo las escucho, sino que las hago entrar dentro de mí, en mi mente, en mi más recóndita memoria, en mi corazón, en todos los sentimientos que me embargan y la retengo para rumiarla y absorber aquel su Ser en mi ser. Comprendo, ahora, dentro en esta Palabra, que yo no soy, sino en Él y que no puedo ser nada, sino permanezco dentro del ser de Jesús. Pruebo a descender a lo más profundo de mi ser, venciendo los miedos, atravesando toda la oscuridad que puedo encontrar y recojo aquella parte de mi ser, de mí, que mayormente siento sin vida. La tomo en la mano y la porto a Jesús, la consigno al su "Yo soy".
b) La vid me hace traer a la mente el vino, ese fruto tan bueno y precioso, me hace pensar en la alianza que Jesús cumple con nosotros, nueva y eterna, alianza de amor, que nada ni nadie podrá romper. ¿Estoy dispuesto a permanecer dentro de este abrazo, dentro de este sí continuo de mi vida, que se deja entrelazar con la suya? ¿Alzaré también yo, como el salmista, el cáliz de la alianza, invocando el nombre del Señor y diciéndole que, sí, que yo lo amo?
c) Jesús define a su Padre como "agricultor" o "viñador", utilizando un término muy bello que lleva dentro de sí toda la fuerza del amor del que se dedica al trabajo de la tierra; expresa un doblarse sobre la tierra, un acercarse del cuerpo y del ser, un contacto prolongado, un intercambio vital. ¡El Padre hace exactamente esto con nosotros! San Pablo dice sin embargo: "El agricultor, que se fatiga, debe ser el primero en recoger los frutos de la tierra" (2 Tim 2,6) y con él Santiago nos recuerda que "el agricultor espera pacientemente los frutos de la tierra". (Sant 5,7). ¿Desilusionaré, yo tierra, la esperanza del Padre que me cultiva cada día, cavando la tierra, limpiándome de piedras, poniéndome buen abono y construyéndome una valla alrededor, para que yo permanezca protegido? ¿A quién consigno yo los frutos de mi existencia? ¿Para qué existo yo, para quién decido y escojo el vivir de cada día, cada mañana, cuando me levanto?
d) Sigo con atención el texto y subrayo dos verbos, que se repiten con mucha frecuencia: "llevar fruto" y "permanecer"; entiendo que estas dos realidades son símbolo de la misma vida y están las dos entrelazadas, una depende de la otra. Solamente permaneciendo es posible llevar fruto y, en realidad, el único verdadero fruto que nosotros, sus discípulos, podemos llevar en este mundo es precisamente el permanecer. ¿Dónde permanezco yo, cada día, por todo el día? ¿Con quién permanezco? Jesús une siempre este verbo a esta partícula estupenda, gigantesca "in me". ¿Me confronto con estas dos palabras: yo estoy "in", o sea, estoy dentro, vivo en lo profundo, excavo para buscar al Señor, como se excava para hacer un pozo (cfr Gén 26, 18) o para buscar un tesoro (Prov 2, 4), o más bien, estoy fuera, siempre disperso sobre las diversas superficies de este mundo, lejos lo más posible de la intimidad, de la relación y del contacto con el Señor?
e) Por dos veces Jesús nos coloca delante la realidad de su Palabra y nos revela que es ella la que nos vuelve puros y es también ella la que nos abre el camino de la oración verdadera; La Palabra se nos anuncia y se nos da como presencia permanente en nosotros; también ella, de hecho, tiene la capacidad de permanecer, de fabricar su casa en nuestro corazón. Por tanto, debo preguntarme: ¿Qué oídos tengo yo para escuchar este anuncio de salvación y de bien, que el Señor me envía a través de sus Palabras? ¿Dejo espacio a la escucha, a esta escucha profunda, de la que toda la Escritura me habla continuamente, en la Ley, en los Profetas, en los Salmos, en los Escritos apostólicos? ¿Me dejo encontrar y alcanzar hasta el corazón por la Palabra del Señor en la oración, o prefiero fiarme de otras palabras, más suaves, más humanas y semejantes a las mías? ¿Tengo miedo de la voz del Señor, que me habla urgentemente y siempre?
Una clave de lectura
Como sarmiento, busco el modo de estar siempre más injertado en mi Vid, que es el Señor Jesús. Bebo, en este momento, de su Palabra y de su savia buena, tratando de penetrar más en profundidad para absorber el escondido alimento, que me transmite la verdadera vida. Estoy atento a las palabras, a los verbos, a las expresiones que Jesús usa y que me reclaman a otros pasajes de las divinas Escrituras y me dejo, así, purificar. El encuentro con Jesús, el Yo Soy
Este pasaje nos ofrece uno de los textos en el que aparece esta expresión tan fuerte, que el Señor nos envía para revelarse a sí mismo. Es muy bello recorrer en un largo paseo toda la Escritura, a la búsqueda de otros textos como éste, en el que la voz del Señor nos habla así directamente de él, de su esencia más profunda. Cuando el Señor dice y repite hasta el infinito y de mil modos, de mil formas diversas "Yo Soy", no lo hace para anonadarnos o humillarnos, sino por la fuerza portentosa de su amor hacia nosotros, que nos quiere hacer partícipes y vivos de esta vida que a le pertenece. Si dice "Yo Soy", es para decir también: "Tú Eres" y decirlo a cada uno de nosotros, a todo hijo o hija suyos que viene a este mundo. Es una transmisión fecunda e ininterrumpida de ser, de esencia y yo no quiero dejarla caer en el vacío, sino que quiero recogerla y acogerla dentro de mí. Sigo, pues, la huella luminosa del "Yo Soy" y trato de pararme a cada paso. "Yo soy tu escudo" (Gén 15, 1), "Yo soy el Dios de Abrahán tu padre" (Gén 24, 26), "Yo soy el Señor, que te ha librado y te librará de Egipto" (cfr Ex 6,6) y de cualquier faraón, que atente a vuestra vida, "Yo soy el que te cura" (Ex 135, 26). Me dejo envolver de la luz y de la potencia de estas palabras, que realizan el milagro de que hablan: lo cumplen también hoy, precisamente para mi, en esta Lectio. Y luego continúo y leo, en el libro del Levítico, por lo menos 50 veces, esta afirmación de salvación: "Yo soy el Señor" y creo en esta palabra y me adhiero a ella con todo mi ser, con mi corazón y digo: "Si, en verdad el Señor es mi Señor; fuera de Él no hay otro". Noto que la Escritura cada vez profundiza más, a medida que el camino avanza, también ella avanza dentro de mí y me lleva a una relación siempre más intensa con el Señor; el libro de los Números, en efecto, comienza a decir: "Yo soy el Señor que moro en medio de los Israelitas (Núm. 35-44). "Yo soy" es el presente, aquél que no se aleja, que no da las espaldas para irse; es aquél que cuida de nosotros de cerca, desde dentro, como solo Él puede hacerlo: leo a Isaías y recibo vida: 41,10; 43,3; 45,6 etc.
El santo Evangelio es una explosión de ser, de presencia, de salvación; lo recorro, sobre todo haciéndome guiar de Juan: 6,48; 8,12; 10,9.11; 11,15; 14, 6; 18,37. Jesús es el pan, la luz, la puerta, el pastor, la resurrección, el camino, la verdad, la vida, es el rey; y todo esto por mí, por nosotros y así quiero acogerlo, conocerlo, amarlo y quiero aprender, dentro de estas palabras, a decirle: ¡Señor, Tú eres! Y este "Tú" que da significado al mío yo, que hace de mi vida una relación, una comunión; sé con certeza que sólo aquí gozo yo plenamente y vivo por siempre.
La viña, la vid verdadera y el buen fruto
Viña de Dios es Israel, viña predilecta, escogida, plantada sobre una fértil colina, en un lugar con tierra limpia, labrada, libre de piedras, custodiada, cuidada, amada, extendida y que el mismo Dios la ha plantado (cfr Is 5,1s: Jer 2, 21). Es tan amada esta viña, que nunca ha dejado de resonar, para ella, el cántico de amor de su amado; notas fuertes y dulces al mismo tiempo, notas portadoras de vida verdadera, que han atravesado la antigua alianza y han llegado, todavía más claras, a la nueva alianza. Primero cantaba el Padre, ahora canta Jesús, pero en los dos es la voz del Espíritu la que se hace sentir, como dice el Cantar de los Cantares: "La voz de la tórtola todavía se oye…y las vides esparcen su aroma" (Cant 2, 12s). Es el Señor Jesús quien nos atrae, quien nos lleva del antiguo al nuevo, de amor en amor, hacia una comunión siempre más fuerte hasta la identificación: "Yo soy esta viña, pero lo soy también vosotros en mi". Por tanto está claro: la viña es Israel, es Jesús y somos nosotros. Siempre la misma, siempre nueva, siempre más elegida y predilecta, amada, cuidada, custodiada, visitada: visitada con las lluvias y visitada con la Palabra; enviada por los profetas día a día, visitada con el envío del Hijo, el Amor, que espera amor, o sea, el fruto. "El esperó que produjese uva, pero dió uvas agraces" (Is 5,2); la desilusión está siempre al acecho, en el amor. Me detengo sobre esta realidad, me miro dentro, intento buscar el lugar de cierre, de aridez, de muerte: ¿Por qué la lluvia no ha llegado? Me repito esta palabra, que resuena a menudo en las páginas bíblicas: El Señor espera…" (ver Is 30, 18; Lc 13, 6-9). Quiere el fruto de la conversión (cfr Mt 3,8), como nos manda a decir por boca de Juan; los frutos de la palabra, que nacen de la escucha, de la acogida y de su custodia, como nos dicen los sinópticos (cfr. Mt 13, 23; Mc 420 y Lc 8,15), los frutos del Espíritu, como explica San Pablo (cfr Gál 5, 22). Quiere que "llevemos frutos de toda clase de obra buena" (Col 1, 10), pero sobre todo, me parece, el Señor espera y desea "el fruto del seno" (cfr Lc 1, 42), o sea, Jesús, por el que somos verdaderamente benditos y dichosos. Jesús, en efecto, es la semilla que, muriendo, lleva mucho fruto dentro de nosotros, en nuestra vida (Jn 12, 24) y reta a toda soledad, cerrazón, lanzándonos a los hermanos. Este es el fruto verdadero de la conversión, sembrado en la tierra de nuestro seno; este convertirse en sus discípulos y, en fin, esta es la verdadera gloria del Padre. La poda como purificación que da gozo
En este pasaje evangélico, el Señor me ofrece otro camino que recorrer detrás de Él y junto a Él: es un camino de purificación, de renovación, de resurrección y vida nueva: está oculto por el vocablo "podar", pero puedo descubrirlo mejor, de iluminarlo gracias a su misma Palabra, que es la única maestra, la única guía segura. El texto griego usa el término "purificar", para indicar esta acción del viñador con sus vides; cierto, queda claro que Él poda, que corta con la espada afilada de su Palabra (Heb 4, 12) y que nos hace sangrar, a veces; pero es más cierto todavía, que permanece su amor, que solamente penetra, cada vez más y así nos purifica, nos refina, Sí, el Señor se sienta como lavandero para purificar, o es como un orífice para hacer más resplandeciente y luminoso el oro que tiene en sus manos (cfr Mal 3, 3). Jesús trae consigo una purificación nueva, la prometida desde hace tanto tiempo por las Escrituras y esperada para los tiempos mesiánicos; no es una purificación que llega mediante el culto, mediante la observancia de la ley o sacrificios, purificación sola provisional, incompleta, temporal y figurada. Jesús realiza una purificación íntima, total, la del corazón y la conciencia, que cantaba Ezequiel: "Os purificaré de todos vuestros ídolos; os daré un corazón nuevo…Cuando yo os purifique de todas vuestras iniquidades, os haré habitar en vuestras ciudades y vuestras ruinas serán reconstruidas…(Ez 36, 25ss.33). Leo también en Ef 5,26 y Tit 2, 14, muy buenos y grandes testigos, que me ayudan a entrar mejor dentro de la luz y la gracia de esta obra de salvación, de esta poda espiritual que el Padre cumple en mí.
Hay un versículo del Cantar que puede ayudarme todavía más a comprender; dice así: "El tiempo del canto ha vuelto" (Cant 2,12), usando sin embargo, un verbo que significa al mismo tiempo "podar", "tallar" y "cantar". Por tanto la poda es tiempo de canto, de gozo. Es mi corazón el que canta, delante y dentro de la Palabra, es mi alma la que se regocija, por la fe, porque sé que a través de esta larga pero magnifica peregrinación por las Escrituras, también yo me hago partícipe de la vida de Jesús, consigo unirme a Él, el puro, el santo, el Verbo inmaculado y permaneciendo así, en Él, también yo soy lavado, purificado con la pureza infinita de su vida. No para mí, no para permanecer solo, sino para llevar mucho fruto, para dar hojas y frondas que no se marchitan, para ser sarmiento, junto a otros sarmientos, en la vida de Jesucristo.
V DOMINGO DE PASCUA
Antífona de entrada Cf. Sal 97, 1-2
Canten al Señor un canto nuevo, porque él hizo maravillas;
reveló su victoria a los ojos de las naciones. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios omnipotente y eterno,
realiza plenamente en nosotros el misterio pascual,
para que, renacidos por el santo bautismo,
con tu ayuda demos fruto abundante
y alcancemos la alegría de la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, que por este santo sacrificio
nos concedes participar de tu vida divina;
te pedimos que así como hemos conocido tu verdad,
vivamos de acuerdo con ella.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO DE PASCUA II
LA NUEVA VIDA EN CRISTO
46. Este prefacio se dice durante el tiempo pasacual.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Por Él, los hijos de la luz nacen a la Vida eterna,
y se abren para los creyentes las puertas del reino de los cielos,
porque en la muerte de Cristo
nuestra muerte ha sido vencida,
y en su Resurrección
todos hemos resucitado a la Vida.
Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Antífona de comunión Cf. Jn 15, 5
Dice el señor: Yo soy la vid, ustedes los sarmientos,
el que permanece en mí y yo en él, da mucho fruto. Aleluia.
Oración después de la comunión
Padre, ayuda con bondad a tu pueblo,
que has alimentado con los sacramentos celestiales;
concédele apartarse del pecado
y comenzar una vida nueva.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BIBLICAS
Bernabé les contó en qué forma Saulo
había visto al Señor en el camino
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 9, 26-31
En aquellos días, cuando Saulo llegó a Jerusalén, trató de unirse a los discípulos, pero todos le tenían desconfianza porque no creían que también él fuera un verdadero discípulo. Entonces Bernabé, haciéndose cargo de él, lo llevó hasta donde se encontraban los Apóstoles, y les contó en qué forma Saulo había visto al Señor en el camino, cómo le había hablado, y con cuánta valentía había predicado en Damasco en el nombre de Jesús. Desde ese momento, empezó a convivir con los discípulos en Jerusalén y predicaba decididamente en el nombre del Señor.
Hablaba también con los judíos de lengua griega y discutía con ellos, pero estos tramaban su muerte. Sus hermanos, al enterarse, lo condujeron a Cesarea y de allí lo enviaron a Tarso.
La Iglesia, entre tanto, gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba consolidando, vivía en el temor del Señor y crecía en número, asistida por el Espíritu Santo.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 21, 26b-28. 30-32
R. Te alabaré, Señor, en la gran asamblea.
Cumpliré mis votos delante de los fieles:
los pobres comerán hasta saciarse
y los que buscan al Señor lo alabarán.
¡Que sus corazones vivan para siempre! R.
Todos los confines de la tierra
se acordarán y volverán al Señor;
todas las familias de los pueblos
se postrarán en su presencia. R.
Todos los que duermen en el sepulcro
se postrarán en su presencia;
todos los que bajaron a la tierra
doblarán la rodilla ante Él. R.
Mi alma vivirá para el Señor,
y mis descendientes lo servirán.
Hablarán del Señor a la generación futura,
anunciarán su justicia a los que nacerán después,
porque esta es la obra del Señor. R.
Su mandamiento es éste:
que creamos y nos amemos
Lectura de la primera carta de san Juan 3, 18-24
Hijitos míos, no amemos solamente con la lengua y de palabra, sino con obras y de verdad. En esto conoceremos que somos de la verdad, y estaremos tranquilos delante de Dios aunque nuestra conciencia nos reproche algo, porque Dios es más grande que nuestra conciencia y conoce todas las cosas.
Queridos míos, si nuestro corazón no nos hace ningún reproche, podemos acercarnos a Dios con plena confianza, y Él nos concederá todo cuanto le pidamos, porque cumplimos sus mandamientos y hacemos lo que le agrada.
Su mandamiento es este: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó.
El que cumple sus mandamientos permanece en Dios, y Dios permanece en él; y sabemos que Él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 15, 4a. 5b
Aleluia.
Permanezcan en mí,
como Yo permanezco en ustedes.
El que permanece en mí, da mucho fruto.
Aleluia.
EVANGELIO
El que permanece en mí, y Yo en él,
da mucho fruto
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 1-8
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. Él corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. Ustedes ya están limpios por la palabra que Yo les anuncié. Permanezcan en mí, como Yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí.
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y Yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde.
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán.
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»
Palabra del Señor.
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