Domingo 2 de Pascua o de la Divina Misericordia
Liturgia Viva del II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia
Saludo (Ver el evangelio)
A los discípulos reunidos como comunidad
se les apareció Jesús y les deseó la paz.
A todos ustedes, reunidos aquí
como comunidad del Señor,
les saludo con el mismo deseo
y con las mismas palabras de Jesús:
“¡Que la paz esté con ustedes!”
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Creyendo en el Señor Resucitado
Creemos que Cristo ha resucitado y vive para siempre. ¿Qué significa esa fe para nosotros? ¿Está Jesús tan vivo para nosotros de forma que podemos encontrarle personalmente en oración, escuchándole y hablándole como de amigo a amigo, de corazón a corazón? ¿Tocamos sus heridas en los hermanos heridos por la vida, en sus cuerpos o en sus corazones? ¿Le encontramos en nuestras propias tristezas? ¿Le encontramos en nuestras alegrías y en las alegrías de nuestros amigos? ¿Está Jesús vivo en nuestra comunidad cristiana, y le encontramos ahí? Pidamos al Señor en esta eucaristía que le encontremos vivo y real todos y cada uno de nosotros.
2. Todos Uno en el Señor Resucitado
Sabemos lo desalentados y deprimidos que estaban los apóstoles y discípulos del Señor después que Jesús murió en la cruz. Cuando experimentaron que había resucitado, supieron que estaba vivo y presente entre ellos. Su fe en el Señor Resucitado los unió a todos como “un solo corazón y una sola alma” y les movió a preocuparse los unos por los otros. Y nosotros ¿qué? Nos hemos reunido aquí en la presencia del Señor Resucitado. ¿Somos todos uno en él? ¿Nos preocupamos los unos de los otros?
Acto Penitencial (Dos Opciones)
1. Creyendo en el Señor Resucitado
Pidamos perdón al Señor porque con demasiada frecuencia no somos conscientes de que él está con nosotros.
(Pausa)
· Señor Jesús, tú viniste para eliminar nuestros pecados y todavía hoy nos brindas la paz de tu perdón, Señor y Dios nuestro:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tú nos has otorgado vida eterna y todavía hoy nos colmas con tu vida, Señor y Dios nuestro:
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú has resucitado y vives para siempre y nos haces resucitar contigo, Señor y Dios nuestro:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, derrama sobre nosotros tu Espíritu de paz que nos libre de todos nuestros pecados. Haznos vivir con tu nueva vida y llévanos a la vida eterna.
2. Todos uno en el Señor Resucitado
¿Formamos nosotros una comunidad en la que Jesús vive?
Examinémonos ante el Señor y ante los hermanos.
(Pausa)
Señor Resucitado, tú estás presente donde las personas se sienten unidas en alma y corazón, en una fe y un amor:
R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Resucitado, tú estás presente donde las personas son sensibles a las necesidades de los demás y se preocupan unos de otros:
R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Resucitado, tú estás presente donde los miembros de las comunidades comparten con los necesitados y se sirven unos a otros: R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdona todos nuestros pecados. Que nos conozcan por nuestro amor como comunidades en las que tú vives. Y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta (Dos Opciones)
1. Creyendo en el Señor Resucitado
Oremos para que lleguemos a ser realmente una comunidad de fe y amor.
(Pausa)
Señor Dios nuestro, Padre amoroso:
Nosotros no hemos visto a tu Hijo Resucitado,
ni hemos metido nuestras manos en su costado,
pero creemos que él es nuestro Señor.
Que esta fe nos una en amor
y nos haga responsables
de cualquiera que esté necesitado entre nosotros.
Que seamos realmente una comunidad
“una en alma y corazón”,
creyendo, esperando, compartiendo,
partiendo el pan unos con otros con alegría,
y alabándote a ti, Dios nuestro,
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
2.Todo Uno en el Señor Resucitado
Oremos para que Cristo Resucitado permanezca con nosotros y obre en nosotros.
(Pausa)
A ti, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
sean dadas toda alabanza y toda acción de gracias.
Tú nos has dado a tu Hijo Resucitado
para que estemos vivos y comprometidos en nuestras comunidades.
Danos la gracia de verle con los ojos de la fe,
para que él nos una, con “un solo corazón y una sola alma”.
Que su presencia dinámica entre nosotros
nos mueva a llegar a ser con él
pan de vida, los unos para los otros,
de modo que nadie entre nosotros viva en necesidad
de alimento, o de amor, o de ayuda en la dificultad.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Hch 4:32-35): Un Solo Corazón y una Sola Alma
Las miembros de las primeras comunidades cristianas creían firmemente que el Señor Resucitado estaba vivo entre ellos. A causa de esta fe, eran “un solo corazón y una sola alma” y compartían con los necesitados. ¿Tenemos también nosotros esta fe y este amor?
Segunda Lectura (1 Jn 5:1-6): Una Vida de Fe y Amor
Los que creen en Dios y en su Hijo Jesucristo Resucitado también aman a su prójimo. Pertenecen a la familia de Dios, como nosotros, aun cuando a veces los otros nos parecen parientes extraños.
Evangelio (Jn 20:19-31): De la Duda a la Fe
Para personas como nosotros, que no hemos visto a Cristo Resucitado, Juan nos relata la historia del incrédulo Tomás que se convirtió en el Tomás creyente y fiel.
Oración de los Fieles
Confiemos y encomendemos a Cristo, nuestro Señor Resucitado, a su Iglesia y al mundo entero con todos los hombres y sus necesidades. Y digamos:
R/. Señor, que tu paz esté con nosotros.
Para que Cristo sea realmente para todos los cristianos su Señor y su Dios en quien confíen, a quien sigan y amen, roguemos al Señor.
R/. Señor, que tu paz esté con nosotros.
Para que el Señor reúna en torno a este pan único y a esta copa de salvación de la eucaristía a todos los cristianos ahora divididos por sus creencias y por sus prejuicios; para que todos los cristianos aprendamos del Señor a compartir unos con otros lo que tenemos, roguemos al Señor.
R/. Señor, que tu paz esté con nosotros.
Para que el Señor nos otorgue a nosotros y a todos los pecadores la paz de su perdón y su nueva vida; para que a todos los que se atarean en construir la paz y realizar la reconciliación les dé el necesario tacto, comprensión y paciencia para crear unidad, roguemos al Señor.
R/. Señor, que tu paz esté con nosotros.
Para que Cristo pueda encontrarse en sus comunidades -pequeñas y grandes- y que las haga ser de “un solo corazón y una sola alma”, roguemos al Señor.
R/. Señor, que tu paz esté con nosotros.
Señor Jesús, danos ojos para verte, oídos para escucharte, corazones que te comprendan y te amen, pues tú eres nuestro Señor por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
Oh Dios y Padre nuestro:
Te pedimos alimento y bebida,
y tú nos das a tu Hijo.
Que nadie en nuestra comunidad pase hambre
o se sienta abandonado en miseria y aflicción,
sino que aprendamos de tu Hijo
a ser compañeros fieles de todos los que nos necesitan.
Que, junto con nuestro solaz y apoyo,
nos demos a nosotros mismos,
como hizo y sigue haciendo Jesús por nosotros,
él que es nuestro Señor por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Cada vez que celebramos la eucaristía profesamos nuestra fe en Jesús, nuestro Señor Resucitado, por la aclamación después de la consagración. Hagámoslo hoy conscientemente y con alegría.
Introducción al Padrenuestro
Como comunidad de fe y amor
hecha “un solo corazón y una sola alma” por el Espíritu
podemos orar al Padre de todos
con la oración de Jesús nuestro Señor.
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos en nuestros días
la certeza y la paz
que tu Hijo Resucitado otorgó a sus discípulos
en su hora de temor y de ansiedad.
Con tu compasión conserva nuestra fe
libre de toda duda y vacilación,
mientras aguardamos con gozosa esperanza
la gloriosa venida de nuestro Salvador, Jesucristo.
R/. Tuyo es el reino…
Invitación al Signo de Paz
Nosotros intentamos ser una comunidad que tiene “un solo corazón y una sola alma”.
Expresemos esto con nuestro saludo de paz.
Invitación a la Comunión
San Pablo apóstol dice:
“El hecho de que hay un solo pan significa que, aunque seamos muchos, formamos un solo cuerpo,
porque todos compartimos de este único pan”.
Éste es el cuerpo de Cristo que viene a formarnos como su cuerpo, su comunidad viva.
R/. Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Con fe hemos encontrado a tu Hijo Jesús
en esta celebración eucarística.
Que, con él a nuestro lado,
seamos una comunidad de fe profunda
en la que el amor y el compartir
no sean palabras huecas;
una comunidad que siga soñando
en que podemos encontrarnos unos a otros como hermanos
y crear juntos un nuevo futuro
en Jesucristo, nuestro Señor Resucitado,
que vive y reina contigo y también con nosotros
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Nuestra tarea no es fácil.
Nosotros somos utópicos, gente que tiene grandes sueños de formar y ser una auténtica comunidad, y de construir un mundo nuevo y mejor en Cristo.
Sabemos que estos sueños nunca se verán realizados a la perfección porque somos limitados, humanos, débiles;
pero podemos seguir adelante intentándolo y creciendo.
Éste es el reto de nuestra fe.
Lo podremos realizar si Cristo vive realmente entre nosotros.
Que Dios nos bendiga para esta tarea y misión.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Paz a vosotros.
Terminamos la Octava de Pascua. Porque la resurrección de Cristo es algo tan grande, que no cabe en un solo día. Hace falta más tiempo, una semana, para celebrarlo, asimilarlo y empezar a vivir de los frutos de ese hecho trascendental en la historia de la humanidad. No basta con una vigilia, por muy sentida y solemne que sea.
Ha pasado ya una semana desde que, en la Vigilia, nuestros templos e iglesias se fueron iluminando con las pequeñas llamas de las velas encendidas del cirio pascual. Con ese pequeño gesto, con el compartir unos con otros las llamitas, la Luz de Cristo se extendió, ayudando a sentirnos parte de una comunidad. Es importante. Porque la fe es una cuestión personal, por supuesto, pero, al mismo tiempo, es algo más. No me pertenece del todo. Es un tema comunitario, se trata de algo eclesial. Está de moda ahora la “sinodalidad”. Es de lo que nos habla la primera lectura. Porque somos creyentes no sólo individualmente, en la intimidad, sino en también en comunidad.
Esa primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta una imagen de la primitiva comunidad de Jerusalén. Tenían los mismos pensamientos, incluso los mismos sentimientos, y todo lo poseían en común. La Iglesia de los primeros siglos era muy activa, se juntaban para rezar unidos, celebrar la Fracción del pan y para ocuparse de las necesidades y los problemas de cada uno de los presentes, y de los enfermos ausentes.
En aquellos tiempos, no había cristianos “no practicantes”. Había que vivir la fe con palabras y obras. No se nos olvide que eran tiempos muy difíciles, de persecución y de mucha presión por parte de la sociedad. Vivir la fe en comunidad era una necesidad psicológica, incluso. Juntos se defendían. Había que apoyarse en los hermanos, para animarse y ampararse mutuamente. Y en la comunidad, unidos en la oración, se sentía más claramente la presencia del Resucitado.
Extrapolando los datos, todo ha cambiado mucho – ya no hay persecuciones, pero siguen siendo tiempos recios – pero la fe necesita, como en los inicios, de los hermanos para fortalecerse y crecer. Es que la Iglesia no son las paredes del edifico, sino, sobre todo, el conjunto de fieles que se reúne, con alegría, frecuentemente, para celebrar su fe en Cristo Resucitado.
La segunda lectura nos recuerda lo difícil que fue para muchos aceptar la muerte del Hijo de Dios. En los primeros tiempos, no todos los creyentes entendían lo que había pasado. Dios se había manifestado en el Bautismo de Jesús y en los milagros que llevó a cabo. Pero el que murió en la cruz no podía ser el mismo que había predicado por toda Galilea. En la cruz murió el hombre Jesús, no el Cristo, Hijo de Dios. Surgen las herejías, desviaciones de la verdadera fe.
Por eso, en la segunda lectura hemos oído “Éste es el que vino con agua y con sangre, Jesucristo. No solo con agua, sino con agua y con sangre”. Porque Jesús es el Hijo de Dios también en el momento de su muerte. En el Bautismo en el Jordán, y en el monte Calvario. Es en ese último instante donde se nos manifiesta hasta qué punto se ha hecho uno Dios con el hombre. Con su muerte nos abre también a nosotros las puertas de la resurrección. La Encarnación llega a su máxima expresión. Nació, vivó y murió. Como nosotros. Sigue costando entenderlo, porque es la máxima expresión del amor. Pero así es.
Y otro detalle importante. Nuestra fe debe ser incondicional. No como la de Tomás, que, para poder creer en la resurrección, fija unas condiciones bien precisas. No significa que la fe, nuestra fe, sea un gesto meramente irracional, que depende del gusto de cada uno. Tenemos buenas razones para creer. Al final del Evangelio, se nos ha hablado de los muchos signos que hizo Jesús, para mostrar a todos Quién era Él.
Pero una cosa en que la fe tenga sus razones, y otra es intentar poner condiciones a Dios para creer en Él. Tenemos que entrar en la lógica de Dios. Mirar el mundo con Sus ojos, para encontrar los signos de su amor que hay en él. Ese es el camino. Vivir todos los sucesos de nuestra vida y vivirlos con paz. La paz que Cristo dejó a sus Apóstoles, y la paz que podemos sentir nosotros, cuando confiamos en Dios. Como María. Como los mártires, que supieron morir por Cristo en paz.
Fe vivida en comunidad, fe completa y fe vivida en comunidad. Y todo con la paz que Cristo nos da. Puede ser el resumen de las lecturas de este domingo. Que lo sepamos interpretarla en cada momento de nuestra vida, y vivirla como corresponde cada día.
EVANGELIO
A los ocho días, llegó Jesús.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-31
Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
-«Paz a vosotros.»
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.»
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor.»
Pero él les contestó:
- «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.»
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a vosotros.»
Luego dijo a Tomás:
- «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.»
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.»
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.
Palabra de Dios.
RECORRIDO HACIA LA FE
Estando ausente Tomás, los discípulos de Jesús han tenido una experiencia inaudita. En cuanto lo ven llegar, se lo comunican llenos de alegría: "Hemos visto al Señor". Tomás los escucha con escepticismo. ¿Por qué les va creer algo tan absurdo? ¿Cómo pueden decir que han visto a Jesús lleno de vida, si ha muerto crucificado? En todo caso, será otro.
Los discípulos le dicen que les ha mostrado las heridas de sus manos y su costado. Tomás no puede aceptar el testimonio de nadie. Necesita comprobarlo personalmente: "Si no veo en sus manos la señal de sus clavos... y no meto la mano en su costado, no lo creo". Solo creerá en su propia experiencia.
Este discípulo que se resiste a creer de manera ingenua, nos va a enseñar el recorrido que hemos de hacer para llegar a la fe en Cristo resucitado los que ni siquiera hemos visto el rostro de Jesús, ni hemos escuchado sus palabras, ni hemos sentido sus abrazos.
A los ocho días, se presenta de nuevo Jesús a sus discípulos. Inmediatamente, se dirige a Tomás. No critica su planteamiento. Sus dudas no tienen nada de ilegítimo o escandaloso. Su resistencia a creer revela su honestidad. Jesús le entiende y viene a su encuentro mostrándole sus heridas.
Jesús se ofrece a satisfacer sus exigencias: "Trae tu dedo, aquí tienes mis manos. Trae tu mano, aquí tienes mi costado". Esas heridas, antes que "pruebas" para verificar algo, ¿no son "signos" de su amor entregado hasta la muerte? Por eso, Jesús le invita a profundizar más allá de sus dudas: "No seas incrédulo, sino creyente".
Tomás renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo experimenta la presencia del Maestro que lo ama, lo atrae y le invita a confiar. Tomás, el discípulo que ha hecho un recorrido más largo y laborioso que nadie hasta encontrarse con Jesús, llega más lejos que nadie en la hondura de su fe: "Señor mío y Dios mío". Nadie ha confesado así a Jesús.
No hemos de asustarnos al sentir que brotan en nosotros dudas e interrogantes. Las dudas, vividas de manera sana, nos salvan de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, sin crecer en confianza y amor. Las dudas nos estimulan a ir hasta el final en nuestra confianza en el Misterio de Dios encarnado en Jesús.
La fe cristiana crece en nosotros cuando nos sentimos amados y atraídos por ese Dios cuyo Rostro podemos vislumbrar en el relato que los evangelios nos hacen de Jesús. Entonces, su llamada a confiar tiene en nosotros más fuerza que nuestras propias dudas. "Dichosos los que crean sin haber visto".
VIVIR DE SU PRESENCIA
Entró Jesús y se puso en medio de ellos.
El relato de Juan no puede ser más sugerente e interpelador. Sólo cuando ven a Jesús resucitado en medio de ellos, el grupo de discípulos se transforma. Recuperan la paz, desaparecen sus miedos, se llenan de una alegría desconocida, notan el aliento de Jesús sobre ellos y abren las puertas porque se sienten enviados a vivir la misma misión que él había recibido del Padre.
La crisis actual de la Iglesia, sus miedos y su falta de vigor espiritual tienen su origen a un nivel profundo. Con frecuencia, la idea de la resurrección de Jesús y de su presencia en medio de nosotros es más una doctrina pensada y predicada, que una experiencia vivida.
Cristo resucitado está en el centro de la Iglesia, pero su presencia viva no está arraigada en nosotros, no está incorporada a la sustancia de nuestras comunidades, no nutre de ordinario nuestros proyectos. Tras veinte siglos de cristianismo, Jesús no es conocido ni comprendido en su originalidad. No es amado ni seguido como lo fue por sus discípulos y discípulas.
Se nota enseguida cuando un grupo o una comunidad cristiana se siente como habitada por esa presencia invisible, pero real y activa de Cristo resucitado. No se contentan con seguir rutinariamente las directrices que regulan la vida eclesial. Poseen una sensibilidad especial para escuchar, buscar, recordar y aplicar el Evangelio de Jesús. Son los espacios más sanos y vivos de la Iglesia.
Nada ni nadie nos puede aportar hoy la fuerza, la alegría y la creatividad que necesitamos para enfrentarnos a una crisis sin precedentes, como puede hacerlo la presencia viva de Cristo resucitado. Privados de su vigor espiritual, no saldremos de nuestra pasividad casi innata, continuaremos con las puertas cerradas al mundo moderno, seguiremos haciendo «lo mandado», sin alegría ni convicción. ¿Dónde encontraremos la fuerza que necesitamos para recrear y reformar la Iglesia?
Hemos de reaccionar. Necesitamos de Jesús más que nunca. Necesitamos vivir de su presencia viva, recordar en toda ocasión sus criterios y su Espíritu, repensar constantemente su vida, dejarle ser el inspirador de nuestra acción. Él nos puede transmitir más luz y más fuerza que nadie. Él está en medio de nosotros comunicándonos su paz, su alegría y su Espíritu.
ALEGRÍA Y PAZ
No les resultaba fácil a los discípulos y discípulas expresar lo que estaban viviendo. Se les ve acudir a toda clase de recursos narrativos. El núcleo, sin embargo, siempre es el mismo: Jesús vive y está de nuevo con ellos. Esto es lo decisivo. Recuperan a Jesús lleno de vida.
Los discípulos se encuentran con el que los había llamado y al que habían dejado solo. Las mujeres abrazan al que había defendido su dignidad y las había acogido como amigas. Pedro llora al verlo: ya no sabe si lo quiere más que los demás, sólo sabe que lo ama. María de Magdala abre su corazón a quien la había seducido para siempre. Los pobres, las prostitutas y los indeseables lo sienten de nuevo cerca, como en aquellas inolvidables comidas junto a él.
Ya no será como en Galilea. Tendrán que aprender a vivir de la fe. Deberán llenarse de su Espíritu. Tendrán que recordar sus palabras y actualizar sus gestos. Pero, Jesús, el Señor, está con ellos lleno de vida para siempre.
Todos experimentan lo mismo: una paz honda y una alegría incontenible. Las fuentes evangélicas, tan sobrias siempre para hablar de sentimientos, lo subrayan una y otra vez: el resucitado despierta en ellos alegría y paz. Es tan central esta experiencia que se puede decir, sin exagerar, que de esta paz y esta alegría nació la fuerza evangelizadora de los seguidores de Jesús.
¿Dónde está hoy esa alegría en una Iglesia, a veces tan cansada, tan seria, tan poco dada a la sonrisa, con tan poco humor y humildad para reconocer, sin problemas, sus errores y limitaciones? ¿Dónde está esa paz en una Iglesia tan llena de miedos, tan obsesionada por sus propios problemas, buscando casi siempre su propia defensa antes que la felicidad de la gente?
¿Hasta cuándo podremos seguir defendiendo nuestras doctrinas de manera tan monótona y aburrida, si, al mismo tiempo, no experimentamos la alegría de «vivir en Cristo»? ¿A quién atraerá nuestra fe si, a veces, no podemos ya ni aparentar que vivimos de ella?
Y, si no vivimos del Resucitado, ¿quién va a llenar nuestro corazón, dónde se va a alimentar nuestra alegría? Y, si falta la alegría que brota de él, ¿quién va a comunicar algo «nuevo y bueno» a quienes dudan, quién va a enseñar a creer de manera más viva, quién va a contagiar esperanza a los que sufren?
NO OCULTAR AL RESUCITADO
Se llenaron de alegría al ver al Señor.
María de Magdala ha comunicado a los discípulos su experiencia y les ha anunciado que Jesús vive, pero ellos siguen encerrados en una casa con las puertas atrancadas por miedo a los judíos. El anuncio de la resurrección no disipa sus miedos. No tiene fuerza para despertar su alegría.
El evangelista evoca en pocas palabras su desamparo en medio de un ambiente hostil. Va a «anochecer». Su miedo los lleva a cerrar bien todas las puertas. Sólo buscan seguridad. Es su única preocupación. Nadie piensa en la misión recibida de Jesús.
No basta saber que el Señor ha resucitado. No es suficiente escuchar el mensaje pascual. A aquellos discípulos les falta lo más importante: la experiencia de sentirle a Jesús vivo en medio de ellos. Sólo cuando Jesús ocupa el centro de la comunidad, se convierte en fuente de vida, de alegría y de paz para los creyentes.
Los discípulos «se llenan de alegría al ver al Señor». Siempre es así. En una comunidad cristiana se despierta la alegría, cuando allí, en medio de todos, es posible «ver» a Jesús vivo. Nuestras comunidades no vencerán los miedos, ni sentirán la alegría de la fe, ni conocerán la paz que sólo Cristo puede dar, mientras Jesús no ocupe el centro de nuestros encuentros, reuniones y asambleas, sin que nadie lo oculte.
A veces somos nosotros mismos quienes lo hacemos desaparecer. Nos reunimos en su nombre, pero Jesús está ausente de nuestro corazón. Nos damos la paz del Señor, pero todo queda reducido a un saludo entre nosotros. Se lee el evange¡jo y decimos que es «Palabra del Señor», pero a veces sólo escuchamos lo que dice el predicador.
En la Iglesia siempre estamos hablando de Jesús. En teoría nada hay más importante para nosotros. Jesús es predicado, enseñado y celebrado constantemente, pero en el corazón de no pocos cristianos hay un vacío: Jesús está como ausente, ocultado por tradiciones, costumbres y rutinas que lo dejan en segundo plano.
Tal vez, nuestra primera tarea sea hoy «centrar» nuestras comunidades en Jesucristo, conocido, vivido, amado y seguido con pasión. Es lo mejor que tenemos en la parroquia y en la diócesis.
EN MEDIO DE NOSOTROS
Se puso en medio.
El evangelio de Juan dibuja con rasgos precisos cómo se quedan los discípulos al desaparecer Jesús de entre ellos. Podrían servir para describir algunas de nuestras comunidades: «está anocheciendo» y comienza a apagarse la luz; los discípulos están paralizados «por el miedo»; el grupo permanece «con las puertas cerradas» y sin horizonte alguno. Sencillamente, falta Jesús.
Cuando lo experimentan de nuevo lleno de vida en medio de ellos, todo cambia y se transforma. No están solos. Está Jesús en medio de ellos animando, impulsando y recreando al grupo. Él los libera del miedo, les infunde paz, les contagia su alegría, abre puertas y ventanas: «Paz a vosotros. Recibid el Espíritu. Yo os envío como el Padre me envió a mí».
El centro de una comunidad cristiana no es el párroco, la superiora ni el abad. Es Cristo vivo, escondido en el corazón de cada creyente, y resplandeciente en la amistad, el afecto mutuo y el servicio recíproco de todos. Esta experiencia de Jesús viviente, recordada, buscada y alimentada en la cena del Señor, en la escucha de su evangelio y en la oración compartida es lo único que puede transformar hoy nuestras parroquias, grupos y comunidades.
Si no sentimos su presencia viva entre nosotros, ¿quién va a llenar nuestro corazón, dónde se va a alimentar nuestra alegría, qué nos va a sostener? Y, si falta la alegría que brota de Jesús, quién va a comunicar algo «nuevo y bueno» a la gente de hoy, quién va a enseñar a creer de manera más viva, quién va a abrir caminos nuevos hacia los que sufren?
En muchos países, la Iglesia comprueba que sus ritos y doctrinas interesan cada vez menos. Lo estamos pasando mal. Pero, lo que está sucediendo no es, quizás, tan malo. Nos va a hacer bien. Cada vez va a ser más imposible un cristianismo vacío del espíritu de Jesús y de la frescura del evangelio. Pronto nos veremos obligados a hacernos preguntas cada vez más esenciales. Pronto nos iremos comprometiendo en una transformación más evangélica de nuestras comunidades. La fuerza del Viviente no se apagará.
FUNDACIÓN PERMANENTE
Paz a vosotros.
El relato de Juan describe con rasgos precisos el estado de la comunidad cristiana cuando falta la presencia viva del Resucitado. La luz se apaga y llega la noche; los discípulos quedan paralizados por «el miedo a los judíos»; la comunidad permanece encogida y acobardada, con «las puertas cerradas», sin fuerza para la misión. Falta vida, vigor, vitalidad. Todo es miedo, cobardía, oscuridad.
La presencia de Cristo vivo en medio de ellos lo cambia todo. El evangelista subraya, sobre todo, dos aspectos. Por una parte, el Resucitado arranca de sus corazones el miedo y la turbación, y los inunda de paz y alegría: «La paz con vosotros». Al mismo tiempo, les infunde su aliento, abre las puertas y los envía al mundo: «Como el Padre me envió, así también os envío yo».
El misterio de Cristo resucitado es, antes que nada, fuente de paz: la vida es más fuerte que la muerte, el amor de Cristo más poderoso que nuestro pecado, Dios más grande que el mal. Nicolás Cabasilas, un laico místico del siglo XIV hablaba así de esta experiencia profunda de paz: «Vas por la calle y estás muy ocupado, pero de repente recuerdas que Dios existe, que Dios te ama, que Cristo está presente en lo profundo de tu ser, y así, poco apoco, tu corazón despierta».
Por otra parte, Cristo resucitado conduce a sus discípulos a la apertura creadora al mundo. Liberada del miedo y la inseguridad, la Iglesia ha de abrirse confiadamente al futuro, renunciando a la voluntad de poder, de saber y de tener, para buscar, como Cristo, ser «fermento» y «sal».
La Iglesia no es una institución fundada por Cristo en un momento determinado para seguir funcionando luego por sí misma. Podemos decir que la Iglesia se encuentra en fundación permanente. Es Cristo resucitado quien desde dentro la anima, la mueve, la impulsa y la crea incesantemente.
El mayor pecado de la Iglesia consiste en olvidarlo. Es entonces cuando pierde la paz y se apodera de ella el miedo; es entonces cuando renuncia a la creatividad y se deja llevar por la inercia y el instinto de conservación; es entonces cuando se debilita por dentro y busca sustentarse en algún poder.
APRENDER A CREER
No seas incrédulo, sino creyente.
En una carta escrita pocos meses antes de ser ejecutado por los nazis, el célebre teólogo D. Bonhoeffer comentaba a un amigo el encuentro que había tenido en cierta ocasión con un joven pastor protestante. Ambos se planteaban qué es lo que querían hacer con su vida. El pastor afirmó con convicción: «Yo quisiera ser santo.» Bonhoeffer, por su parte, le escuchó con atención y dijo su deseo: «Yo quisiera aprender a creer.»
He pensado más de una vez en estas palabras del teólogo alemán. Creo que pueden ser, en estos tiempos, una buena definición de un cristiano responsable: un hombre o mujer que desea aprender a creer, día a día, hasta el final de su vida.
bCómo vivir si no la fe cuando uno se ha iniciado a ella de niño y no ha tenido luego ocasión de cultivarla o profundizarla?
Es tal la confusión actual que son muchos los que ni siquiera saben por dónde se camina hacia Dios. Piensan que la única manera de consolidar su fe sería contar con pruebas verificables que llevaran a comprobar científicamente a Dios. De lo contrario, la fe les parece un «salto al vacío», propio de hombres y mujeres que, no se sabe bien por qué extraña ingenuidad, aceptan lo invisible como algo real. No entienden al grupo de apóstoles que creen a partir de su experiencia de encuentro con Cristo. Se identifican más con el discípulo Tomás que pide comprobar con sus propias manos y dedos la «verdad» del Resucitado.
Tal vez, una de las aportaciones más importantes para el hombre del próximo milenio sea el esfuerzo que se está haciendo hoy por precisar y diferenciar mejor el ámbito propio de los diversos conocimientos: el científico, el filosófico, el religioso, el poético o el místico. Todos han de ser respetados como modos diferentes de aproximarnos a la realidad, cada uno con su propio contenido, sus métodos y sus límites. Todos pueden servir para el crecimiento integral del ser humano.
Como dice A. Manaranche en su «Teología fundamental», los cristianos «no creemos por razones, pero tenemos razones para creer». No creemos porque hemos logrado comprobar científicamente un dato al que llamamos «Dios», sino porque conocemos la experiencia de sabernos absolutamente fundamentados, amados y perdonados por ese Misterio de amor insondable que no cabe bajo ningún nombre. No olvidemos que, según el relato evangélico, Tomás no llega a meter sus dedos ni sus manos en las llagas del Resucitado. Su fe se despierta cuando se siente reclamado por el Misterio del Resucitado.
DECISION DE CADA UNO
No seas incrédulo, sino creyente.
Hace aproximadamente dos mil años, apareció en Galilea un profeta llamado Jesús de Nazaret. Apenas vivió algo más de treinta años. Las autoridades lo ejecutaron cuando no llevaba ni tres predicando su mensaje de amor y fraternidad entre los hombres. Fue una llama que, apenas se encendió, fue apagada.
Veinticinco años más tarde, el emperador Nerón daba muerte a su fiel consejero, el filósofo estoico, Séneca. El motivo: Séneca le aconsejaba, una y otra vez, tratar a las personas con «humanitas» y «clementia».
La figura del filósofo romano es recordada con veneración por los estudiosos de la antigüedad, que se interesan por su doctrina estoica. Pero nadie se reúne en su nombre, ni fundamenta su existencia sobre su persona. No sucede así con el Profeta de Galilea. Veinte siglos después de su muerte, millones de hombres y mujeres se siguen reuniendo en su nombre, lo invocan como Señor y esperan de él «la salvación de Dios». ¿Por qué?
Cuando los cristianos hablan de Jesús, no están recordando a un muerto del pasado. Cuando se reúnen en su nombre, no es para celebrar (con retraso) el funeral de un difunto. Cuando escuchan su mensaje, no lo hacen para recoger el testamento dejado a la posteridad por un sabio maestro. La experiencia cristiana es diferente y original. Para estos creyentes, Cristo está vivo. San Pablo lo dice en una sola frase: «Conocerle es conocer la fuerza de su resurrección» (Filipenses 3, 10).
Este hecho singular se presta a múltiples consideraciones. ¿Cómo puede un muerto generar una fe de estas características? Ciertamente, hay personas extraordinarias que, incluso después de muertas, han generado entusiasmo en sus seguidores (recuérdese el impacto del Che Guevara hace todavía unos años). Pero, luego, el entusiasmo se difumina y los recuerdos se apagan. Las generaciones siguientes apenas se conmueven. Pronto se convierte el personaje en objeto de investigación para los historiadores, siempre que la historia le reconozca ese privilegio.
Naturalmente, este tipo de consideraciones no constituye una «prueba» de la verdad del cristianismo. La fe cristiana, como cualquier otra ideología, religión o ateísmo, podría ser una «colosal ilusión». Pero, hay algo que no se debe olvidar. Los seres humanos podemos vivir de «ilusiones», pero, ciertamente, no podremos morir sino confiándonos a un Dios Salvador o dejándonos hundir en el vacío de la nada.
Cada uno ha de escuchar la invitación que se le hace: «No seas incrédulo, sino creyente.» Cada uno ha de saber cómo se enfrenta al misterio último de la existencia, bien confesando su fe como Tomás («Señor mío y Dios mío»), bien siguiendo solo su propio camino, desconfiando de toda salvación.
¿AGNOSTICOS?
¡Señor mío y Dios mío!
Pocos nos han ayudado tanto como Ch. Chabanis a conocer la actitud del hombre contemporáneo ante Dios. Sus famosas entrevistas son documentos imprescindibles para saber qué piensan hoy los científicos y pensadores más reconocidos acerca de Dios.
Chabanis confiesa que, cuando inició sus entrevistas a los ateos más prestigiosos de nuestros días, pensaba encontrar en ellos un ateísmo riguroso y bien fundamentado. En realidad se encontró con que, detrás de graves profesiones de lucidez y honestidad intelectual, se escondía con frecuencia “una absoluta ausencia de búsqueda de verdad”.
No sorprende la constatación del escritor francés, pues algo semejante sucede entre nosotros. Gran parte de los que renuncian a creer en Dios, lo hacen sin haber iniciado ningún esfuerzo por buscarlo. Pienso, sobre todo, en tantos que se confiesan agnósticos, a veces de manera ostentosa, cuando en realidad están muy lejos de una verdadera postura agnóstica.
El agnóstico es una persona que se plantea el problema de Dios y, al no encontrar razones para creer en él, suspende el juicio. El agnosticismo es una búsqueda que termina en frustración. Sólo después de haber buscado, adopta el agnóstico su postura: “No sé si existe Dios. Yo no encuentro razones ni para creer en él ni para no creer”.
La postura más extendida hoy consiste sencillamente en desentenderse de la cuestión de Dios. Muchos de los que se llaman agnósticos son, en realidad, personas que no buscan. Xabier Zubiri diría que son vidas “sin voluntad de verdad real”. Les resulta indiferente que Dios exista o no exista. Les da igual que la vida termine aquí o no. A ellos les basta con “dejarse vivir”, abandonarse “a lo que fuere”, sin ahondar en el misterio del mundo y de la vida.
Pero, ¿es ésa la postura más humana ante la realidad? ¿Se puede presentar como progresista una vida en la que está ausente la voluntad de buscar la verdad última de nuestra vida? ¿Se puede afirmar que es ésa la única actitud legítima de todo? ¿Se puede afirmar que es ésa la única actitud legítima de honestidad intelectual? ¿Cómo puede uno saber que no es posible creer si nunca ha buscado a Dios?
Querer mantenerse en esa “postura neutral”, sin decidirse a favor o en contra de la fe, es ya tomar una decisión. La peor de todas, pues equivale a renunciar a buscar una aproximación al misterio último de la realidad.
La postura de Santo Tomás no es la de un agnóstico indiferente, sino la de quien busca sostener su fe en la propia experiencia. Por eso, cuando se encuentra con Cristo, se abre confiadamente a él: “Señor mío y Dios mío”. Cuánta verdad encierran las palabras de Karl Rahner: “Es más fácil dejarse hundir en su propio vacío que en el abismo del misterio santo de Dios, pero no supone más coraje ni tampoco más verdad. En todo caso, esta verdad resplandece si se la ama, se la acepta y se la vive como verdad que libera”.
¿POR QUE NO?
Dichosos los que crean.
El error más grave que puede encerrarse dentro de una ideología, un sistema de pensamiento o una religión es dejar de lado la única cuestión que interesa al final a todo hombre: su muerte.
Las modas culturales pueden maquillar el problema pero nunca ahogarlo. La euforia del progreso técnico nos puede distraer durante un cierto tiempo, pero tarde o temprano, la pregunta se hace inevitable: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros más allá de la muerte?
Los hombres y mujeres de nuestros días mueren en el hospital, rodeados de toda clase de atenciones y servicios técnicos, pero mueren también hoy como se moría antes: con una mirada errante que parece buscar algo que ninguno de los que le rodean le pueden proporcionar.
Lo confiese o no, el hombre de hoy como el hombre de todos los tiempos sigue anhelando vida eterna.
Por eso, la resurrección de Jesús no es para los creyentes una verdad más, perdida en el Credo entre otras verdades que confesamos con fe.
Es el acontecimiento decisivo que lo cambia todo. La realidad que nos revela el misterio último de Dios y de la humanidad. Una “explosión de vida” que no viene de las fuerzas internas del mundo ni del esfuerzo del hombre, sino del mismo Dios.
Máximo el Confesor, gran teólogo oriental del siglo VII, escribía: “Aquel que ha sido iniciado en la fuerza oculta de la resurrección conoce ya el fundamento final sobre el que Dios, en sus designios, ha querido establecerlo todo”.
Nadie nos fuerza a creer si no queremos hacerlo. Podemos permanecer escépticos. Reducir todo el misterio de la existencia a nuestros cortos planteamientos. Cerrarnos a toda salvación.
Pero podemos también abrirnos confiadamente a la Vida. «Se nos pide lo más audaz y al mismo tiempo lo más normal: tener el valor de ver en nuestra propia existencia que toda ella en su conjunto estí orientada a Dios” (K Rahner).
¿Por qué su amor no va a ser más fuerte que la muerte? ¿Por qué ha de acabar todo en el vacío y la nada? ¿Por qué no se van a cumplir los deseos de vida eterna que habitan nuestro corazón?
La resurrección de Cristo nos revela que Dios mismo nos espera en el interior de nuestra muerte. Nuestra vida está a salvo en su vida. Esto nos basta para vivir y morir con confianza.
LA PAZ
Paz a vosotros.
El máximo deseo del resucitado para todos los hombres es la paz. Ese es el saludo que sale siempre de sus labios: «la paz con vosotros».
La vida de los hombres está hecha de conflictos. La historia de los pueblos es una historia de enfrentamientos y guerras. La convivencia diaria está salpicada de agresividad.
La gran opción que hemos de hacer para superar los conflictos es la de escoger entre los caminos del diálogo, la razón y el mutuo entendimiento o los caminos de la violencia.
El hombre ha escogido casi siempre este segundo camino. A lo largo de los siglos ha podido experimentar una y otra vez el sufrimiento y la destrucción que se encierra en la violencia. Pero, a pesar de ello, no ha sabido renunciar a ella. Y ni siquiera hoy que siente la amenaza de la destrucción y el aniquilamiento local, parece capaz de detenerse en este camino.
El resucitado nos invita a buscar otros caminos. Hemos de creer más en la eficacia del diálogo pacífico que en la violencia destructora. Hemos de confiar más en los procedimientos humanos y racionales que en las acciones bélicas. Hemos de buscar la humanización de los conflictos y no su agudización.
Nos hemos acostumbrado demasiado a la violencia, sin reparar en los daños actuales que produce y en el deterioro que introduce para el futuro de nuestra convivencia.
Aun los que justifican la violencia, tienen que reconocer que la violencia es un mal. La violencia daña al que la padece y al que la produce. La violencia mata, golpea, aprisiona, secuestra, manipula las mentes y los sentimientos, deforma los criterios morales, siembra la división y el odio.
La violencia nos deshumaniza. Busca imponerse, dominar y vencer, aunque sea atentando contra los derechos de las personas y los pueblos. Los hombres no tenemos la vocación de vivir haciéndonos daños unos a otros.
El que vive animado por el resucitado busca la paz. Y busca la paz no solamente como un objetivo final a alcanzar, sino como que busca la paz ahora mismo, utilizando procedimientos pacíficos, caminos de diálogo y negociación.
El seguidor de Jesús no busca sólo resolver a cualquier precio los conflictos. Busca también humanizarlos. Lucha por la justicia, pero lo hace sin introducir nuevas injusticias y nuevas violencias.
¿COMO CREER HOY EN EL RESUCITADO?
Y no seas incrédulo, sino creyente.
Los discípulos han llegado a la fe en el Resucitado desde su propia experiencia. Pero, ¿con qué experiencias podemos contar nosotros para agregarnos a la fe de los primeros creyentes?
Ciertamente, el testimonio de los primeros testigos no basta. Cada uno debemos recorrer nuestro propio itinerario hacia el encuentro con el Resucitado.
La equivocación de Tomas no esta en pretender su propia experiencia pascual, sino en querer verificar la «realidad» del Resucitado con sus manos y sus ojos. No es la verificación científica la que lleva al encuentro con el Resucitado, sino la experiencia de fe.
Pero, ¿cual puede ser hoy nuestra experiencia del Resucitado? ¿Dónde y cómo vivir la fe en la resurrección, sin reducirla a un mero convencimiento teórico e inoperante? ¿Cómo y cuando se hace presente la fuerza del Resucitado en la vida y la actuación de los creyentes?
Antes que nada, hemos de decir que la resurrección se vive y se hace presente donde se lucha por la vida y se combate contra la muerte. Donde se liberan las fuerzas de la vida y donde se lucha contra todo lo que deshumaniza y mata al hombre.
Creer hoy en la resurrección es comprometerse por una vida más humana, más plena, más feliz. «La resurrección se hace presente y se manifiesta allí donde se lucha y hasta se muere por evitar la muerte que está a nuestro alcance, y por suprimir el sufrimiento que se puede evitar» (J. M. Castillo).
Quien a pesar de fracasos, frustraciones y sufrimientos, lucha incansablemente por todo aquello por lo que luchó Jesús, está caminando con él hacia la vida.
Creemos en el gesto resucitador de Dios cuando darnos vida a los crucificados, cuando damos vida a quienes están amenazados en su dignidad y en su vida misma. Vivir como resucitados es vivir como servidores, buscando la vida y la justicia por la que Jesús vivió y murió.
A partir de la resurrección, los primeros creyentes confesaron a Jesús como Señor. Pero esto no es una pura afirmación teórica. Se trata más bien dé hacer que Jesús sea realmente Señor de la historia y de la vida.
Pero entendámoslo bien. El señorío de Jesús resucitado no significa solamente que Cristo sea reconocido por los creyentes, sino que seamos servidores como él lo fue. «El reino de Cristo se hace real en la medida en que hay servidores como él lo fue» (J. Sobrino).
OCARM
Lectio
a) Clave de lectura:
Estamos en el así llamado “libro de la resurrección” donde se narran, sin una continuidad lógica, diversos episodios que se refieren a Cristo Resucitado y los hechos que lo prueban. Estos hechos están colocados, en el IV Evangelio, en la mañana (20,118) y en la tarde del primer día después del sábado y ocho días después, en el mismo lugar y día de la semana. Nos encontramos de frente al acontecimiento más importante en la historia de la Humanidad, un acontecimiento que nos interpela personalmente. “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra predicación, y vana es también nuestra fe. y vosotros estáis aún en vuestros pecados” (1Cor 15,14.17) dice el apóstol Pablo, que no había conocido a Jesús antes de la Resurrección, pero que lo predicaba con toda su vida, lleno de celo. Jesús es el enviado del Padre. Él también nos envía. La disponibilidad de “andar” proviene de la profundidad de la fe que tenemos en el Resucitado. ¿Estamos preparado para aceptar Su “mandato” y a dar la vida por su Reino? Este pasaje no se refiere sólo a la fe de aquéllos que no han visto (testimonio de Tomás), sino también a la misión confiada por Cristo a la Iglesia. b) Una posible división del texto para facilitar la lectura:
20,19-20: aparición a los apóstoles y muestra de las llagas
20,21-23: don del Espíritu para la misión
20,24-26: aparición particular para Tomás ocho días después
20,27-29: diálogo con Tomás
20,30-31: finalidad del evangelio según Juan
Meditatio
a) Algunas preguntas para ayudar a la meditación:
• ¿Quién o qué cosa ha suscitado mi interés y maravilla en la lectura que he hecho?
• ¿Es posible que haya algunos que se profesen cristianos, pero que no crean en la Resurrección de Jesús? ¿Tan importante es creer?
• ¿Qué cambia si sólo nos quedásemos con su enseñanza y su testimonio de vida?
• ¿Qué significado tiene para mí el don del Espíritu para la misión?
• ¿Cómo continúa, después de la Resurrección, la misión de Jesús en el mundo?
• ¿Cuál es el contenido del anuncio misionero?
• ¿Qué valor tiene para mí el testimonio de Tomás?
• ¿Cuáles son, si las tengo, las dudas de mi fe?
• ¿Cómo las afronto y progreso? ¿Sé expresar las razones de mi fe? b) Comentario:
• Al atardecer de aquel día, el primero de la semana: los discípulos están viviendo un día extraordinario. El día siguiente al sábado, en el momento en el que viene escrito el IV evangelio, es ya para la comunidad “el día del Señor” (Ap 1-10), Dies Domini (domingo) y tiene más importancia que la tradición del sábado para los judíos.
• Mientras estaban cerradas las puertas: una anotación para indicar que el cuerpo de Cristo Resucitado, aún siendo reconocible, no está sujeto a las leyes ordinarias de la vida humana.
• Paz a vosotros: no es un deseo, sino la paz que había prometido cuando estaban afligidos por su partida (Jn 14,27; 2Tes 3,16; Rom 5,3), la paz mesiánica, el cumplimiento de las promesas de Dios, la liberación de todo miedo, la victoria sobre el pecado y sobre la muerte, la reconciliación con Dios, fruto de su pasión, don gratuito de Dios. Se repite por tres veces en este pasaje, como también la introducción (20,19) se repite más adelante (20,26) de modo idéntico.
• Les mostró las manos y el costado: Jesús refuerza las pruebas evidentes y tangibles de que es Él el que ha sido crucificado. Sólo Juan recuerda especialmente la herida del costado producida por la lanza de un soldado romano, mientras Lucas tiene en cuenta las heridas de los pies (Lc 24-39). Al mostrar las heridas quiere hacer evidente que la paz que Él da, viene de la cruz (2Tim 2,1-13). Forman parte de su identidad de Resucitado (Ap 5,6)
• Los discípulos se alegraron de ver al Señor: Es el mismo gozo que expresa el profeta Isaías al describir el banquete divino (Is 25,8-9), el gozo escatológico, que había preanunciado en los discursos de despedida, gozo que ninguno jamás podrá arrebatar (Jn 16,22; 20,27). Cfr. También Lc 24,39-40; Mt 28,8; Lc 24,41.
• Como el Padre me envió, también yo os envío: Jesús es el primer misionero, el “apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos” (Ap 3,1). Después de la experiencia de la cruz y de la resurrección se actualiza la oración de Jesús al Padre
(Jn 13,20; 17,18; 21,15,17). No se trata de una nueva misión, sino de la misma misión de Jesús que se extiende a todos los que son sus discípulos, unidos a Él como el sarmiento a la vid (15,9), como también a su Iglesia (Mt 28,18-20; Mc 16,15-18; Lc 24,4749). El Hijo eterno de Dios ha sido enviado para que “el mundo se salve por medio de Él” (Jn 3,17) y toda su existencia terrena, de plena identificación con la voluntad salvífica del Padre, es una constante manifestación de aquella voluntad divina de que todos se salven. Este proyecto histórico lo deja en consigna y herencia a toda la Iglesia y de modo particular, dentro de ella, a los ministros ordenados.
• Sopló sobre ellos: el gesto recuerda el soplo de Dios que da la vida al hombre (Gn 2,7); no se encuentra otro en el Nuevo Testamento. Señala el principio de una creación nueva.
• Recibid el Espíritu Santo: después que Jesús ha sido glorificado viene dado el Espíritu Santo (Jn 7,39). Aquí se trata de la transmisión del Espíritu para una misión particular, mientras Pentecostés (Act 2) es la bajada del Espíritu Santo sobre todo el pueblo de Dios.
• A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos: el poder de perdonar o no perdonar (remitir) los pecados se encuentra también en Mateo de forma más jurídica (Mt 16,19; 18,18). Es Dios quien tiene el poder de perdonar los pecados, según los escribas y fariseos (Mc 2,7), como según la tradición (Is 43,25). Jesús tiene este poder (Lc 5,24) y lo transmite a su Iglesia. Conviene no proyectar sobre este texto, en la meditación, el desarrollo teológico de la tradición eclesial y las controversias teológicas que siguieron. En el IV evangelio la expresión se puede considerar de un modo amplio. Se indica el poder de perdonar los pecados en la Iglesia como comunidad de salvación, de la que están especialmente dotados aquéllos que participan por sucesión y misión del carisma apostólico. En este poder general está también incluso el poder de perdonar los pecados después del bautismo, lo que nosotros llamamos “sacramento de la reconciliación” expresado de diversas formas en el curso de la historia de la Iglesia.
• Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo: Tomás es uno de los protagonistas del IV evangelio, se pone en evidencia su carácter dudoso y fácil al desánimo (11,16; 14,5). “Uno de los doce” es ya una frase hecha (6,71), porque en realidad eran once. “Dídimo” quiere decir Mellizo, nosotros podremos ser “mellizos” con él por la dificultad de creer en Jesús, Hijo de Dios muerto y resucitado.
• ¡Hemos visto al Señor! Ya antes Andrés, Juan y Felipe, habiendo encontrado al mesías, corrieron para anunciarlo a los otros (Jn 1,41-45). Ahora es el anuncio oficial por parte de los testigos oculares (Jn 20,18).
• Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré: Tomás no consigue creer a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección (Lc24, 34-40; Mc 16,11; 1Cor 15,5-8), especialmente aquéllos que no han visto al Señor. Tomás es su (nuestro) intérprete. Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por temor a errar. Jesús no ve en Tomás a un escéptico indiferente, sino a un hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión para lanzar una apreciación a hacia los futuros creyentes (versículo 29).
• Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente: Jesús repite las palabras de Tomás, entra en diálogo con él, entiende sus dudas y quiere ayudarlo. Jesús sabe que Tomás lo ama y le tiene compasión, porque todavía no goza de la paz que viene de la fe. Lo ayuda a progresar
en la fe. Para profundizar más en la meditación, se pueden confrontar los lugares paralelos: 1Jn 1-2; Sal 78,38; 103,13-14; Rom 5,20; 1Tim 1,14-16.
• ¡Señor mío y Dios mío!: Es la profesión de fe en el Resucitado y en su divinidad como está proclamado también al comienzo del evangelio de Juan (1,1) En el Antiguo Testamento “Señor” y “Dios” corresponden respectivamente a”Jahvé” y a “Elohim” (Sal 35,23-24; Ap 4,11). Es la profesión de fe pascual en la divinidad de Jesús más explícita y directa. En el ambiente judaico adquiría todavía más valor, en cuanto que se aplicaban a Jesús textos que se refieren a Dios. Jesús no corrige las palabras de Tomás, como corrigió aquéllas de los judíos que lo acusaban de querer hacerse “igual a Dios” (Jn 5,18ss), aprobando así el reconocimiento de su divinidad.
• Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído: Jesús nunca soporta a los que están a la búsqueda de signos y prodigios para creer (Jn 4,48) y parece reprochar a Tomás. Encontramos aquí un pasaje hacia una fe más auténtica, un “camino de perfección” hacia una fe a la que se debe llegar también sin las pretensiones de Tomás, la fe aceptada como don y acto de confianza. Como la fe ejemplar de nuestros padres (Ap 11) y como la de María (Lc 1,45). A nosotros, que estamos a más de dos mil años de distancia de la venida de Jesús, se nos dice que, aunque no lo hayamos visto, lo podemos amar y creyendo en Él podemos exultar de “un gozo indecible y glorioso” (1Pt 1,8).
• Estos [signos] han sido escritos para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre: El IV evangelio, como los otros, no tiene la finalidad de escribir la vida completa de Jesús, sino sólo demostrar que Jesús era el Cristo, el Mesías esperado, el Liberador y que era Hijo de Dios. Creyendo en Él tenemos la vida eterna. Si Jesús no es Dios, ¡vana es nuestra fe!
JESÚS VIVO ÚNICAMENTE SE DEJA VER CON LOS OJOS DE LA FE
Jn 20, 19-31
Si superamos la interpretación de la resurrección como la reanimación de un cadáver, se complica mucho la comprensión de la Pascua.
La experiencia pascual es una vivencia que afectó vitalmente a los seguidores de Jesús, y por tanto cambió su manera de ver a Jesús y a Dios. Es una falta de perspectiva exegética el creer que la fe de los discípulos se basó en las apariciones o en el sepulcro vacío. Los evangelios nos dicen más bien, que para "ver" a Jesús después de su muerte, hay que tener fe. El sepulcro vacío, sin fe, solo lleva a la conclusión de que alguien se ha llevado el cuerpo de Jesús, como hace Magdalena; y las apariciones, a pensar que estamos ante un fantasma.
La resurrección es el concepto con el que los primeros cristianos quisieron trasmitir la manera de ver a Jesús después de su muerte. Esa experiencia de que seguía vivo, y además les estaba comunicando a ellos mismos Vida, no era fácil de comunicar. Antes de hablar de resurrección, en las comunidades primitivas, se habló de exaltación y glorificación. Primero se interpretó a Jesús como el juez escatológico, que vendría al fin de los tiempos a juzgar, es decir a salvar definitivamente a los suyos. Vieron a Jesús como dador de salvación definitiva sin hacer ninguna referencia a la resurrección.
Otra cristología que se puede percibir en algunas comunidades primitivas, es la de Jesús como taumaturgo que manifestó con su poder, que Dios estaba con él. Para ellos los milagros eran la clave de la comprensión de Jesús. Esta cristología es muy criticada ya en los mismos evangelios, lo cual quiere decir que se quería contrarrestar su influjo.
Otra manera de explicar la experiencia pascual, que no tiene explícitamente en cuenta la resurrección, es la que considera a Jesús como la Sabiduría de Dios. Sería el Maestro que conectando con la Sabiduría preexistente del AT, nos enseña lo necesario para llegar a Dios.
Estas maneras de entender a Jesús después de su muerte, fuero condensándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado par explicar la vivencia de los seguidores de Jesús una vez muerto.
En ninguna parte de los escritos canónicos del NT se narra el hecho de la resurrección. La resurrección no puede ser un fenómeno constatable empíricamente; no puede ser objeto de nuestra percepción sensorial. Todos los intentos por demostrar la resurrección como un fenómeno constatable por los sentidos, están de antemano abocados al fracaso.
La experiencia pascual sí fue un hecho histórico. Cómo llegaron los primeros cristianos a esa experiencia no lo sabemos. En los relatos pascuales se manifiesta el intento de comunicar a los demás una vivencia íntima, que es intransferible. Desde su universo conceptual fueron elaborando unos relatos que intentan convencer a los demás de lo que ellos estaban viviendo. Desde el nuevo paradigma en el que nos encontramos hoy, no podemos entender el mensaje que quieren trasmitir. Al entenderlo literalmente, tomamos los relatos por crónicas de sucesos y perdemos el verdadero mensaje.
Cómo llegaron los discípulos a esta convicción, tenemos que descubrirlo a través de nuestra propia vivencia de resurrección. Es imposible conocer lo que pudo suceder en el interior de cada uno de ellos. Pero es muy importante que lo planteemos, porque ese mismo proceso tiene que realizarse en nosotros, si queremos entender la resurrección.
El relato que hemos leído hoy, fue escrito hacia el año cien, es decir 70 años después de morir Jesús. Como todos los relatos de apariciones, se ajusta al esquema teológico que es común a todos: una situación dada; aparición repentina; saludo; reconocimiento después de dudar; la misión. El querer entenderlo literalmente, nos priva del verdadero contenido. Es curioso que el relato de hoy no tenga en cuenta para nada el inmediato anterior del evangelio que leímos el domingo pasado. (Magdalena, Pedro y Juan en el sepulcro)
"Reunidos el primer día de la semana". Sigue insistiendo en el primer día de la semana. La creación del mundo había durado seis días. El séptimo descansó Dios. Jesús comienza la nueva creación el primer día de una nueva semana, es decir, el tiempo de otra creación, esta vez definitiva. Esta interpretación teológica vino después de la práctica que muy pronto se hizo común entre los cristianos. Los que seguían a Jesús, todos judíos, empezaron a reunirse después de terminar la celebración del Sábado. Como el paso de un día a otro, se producía a la puesta del sol, al reunirse en la noche, era ya para ellos el domingo. El texto demuestra que en las comunidades cristianas estaba ya consolidado el ritmo de las reuniones litúrgicas (cada ocho días).
"Con las puertas atrancadas, por miedo a los judíos". ¿No eran judíos ellos? En muchos textos de Juan, cuando dice judíos quiere decir fariseos. Cuando se escribió, ya les habían expulsado de la sinagoga, por lo tanto se sentían cristianos, no judíos. El local cerrado delimita el espacio de la comunidad en medio del mundo hostil.
"En medio". No recorrió ningún espacio, su presencia se efectúa directamente. Jesús había dicho: "Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Él es para la comunicad fuente de vida, referencia y factor de unidad. La comunidad cristiana está centrada en Jesús y solamente en él. Jesús se manifiesta, se pone en medio y les saluda. No son ellos los que buscan la experiencia, sino que se les impone.
"Les mostró las manos y el costado". Los signos de su amor evidencian que es el mismo que murió en la cruz. No hay lugar para el miedo a la muerte. La verdadera vida nadie puedo quitársela a Jesús ni se la quitará a ellos. La permanencia de las señales, indica la permanencia de su amor. La comunidad tiene la experiencia de que Jesús comunica vida.
"Recibid Espíritu Santo". "Sopló" es el verbo usado en Gn 2,7 en la traducción al griego de los 70. Con aquel soplo se convirtió el hombre barro en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da verdadera Vida. Termina así la creación del hombre. "Del Espíritu nace espíritu" 3,6. Esto significa nacer de Dios. Se ha Hecho realidad la capacidad para ser hijos de Dios. La condición de hombre-carne queda transformada en hombre-espíritu.
"Tomás no estaba con ellos". Esta aclaración prepara una lección para todos los cristianos. Separado de la comunidad no tiene la experiencia de Jesús vivo; está en peligro de perderse. Solo unido a la comunidad puedes encontrar a Jesús.
"Los otros le decían, hemos visto al Señor". Significa la experiencia de la presencia de Jesús que les ha trasformado. Les sigue comunicando la Vida, de la que tantas veces les ha hablado. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que ahora brilla en la comunidad. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. Tenemos aquí otra enseñanza clave. Los testimonios nunca son suficientes, no pueden suplir la experiencia personal de la nueva Vida.
"A los ocho días". Es decir, en la siguiente ocasión en que la comunidad se vuelve a reunir. Jesús se hace presente en cada celebración comunitaria. El día octavo es el día primero de la creación definitiva. La creación que Jesús ha realizado durante su vida, el día sexto, y que tiene su máxima expresión en la cruz, llega a su plenitud en la Pascua. Tomás se ha reintegrado a la comunidad, allí puede experimentar el Amor.
"Trae tu dedo, aquí tienes mis manos". En este relato, la duda está personalizada en Tomás. Las señales son inseparables del nuevo Jesús porque son el símbolo del amor total. Gracias a que posee el Espíritu en plenitud, puede ahora comunicarlo a sus seguidores. La resurrección no le ha separado de la condición humana anterior.
"¡Señor mío y Dios mío!" La respuesta de Tomás es tan extrema como su incredulidad. Se negó a creer si no tocaba sus manos traspasadas. Ahora renuncia a la certeza física y va mucho más allá de lo que ve. Al llamarle Señor y Dios, reconoce la grandeza, y al decir mío, el amor de Jesús y lo acepta dándole su adhesión.
"Dichosos los que crean sin haber visto". Tomás tiene la misma experiencia de los demás: ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al presente. Solo el marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo, resucitado.
Por exigir esa presencia, la experiencia de Tomás no puede ser modelo. La demostración de que Jesús está vivo, tiene que ser el amor manifestado en la comunidad. El descubrimiento de ese amor, tiene que llevar a la fe en Jesús vivo.
Naturalmente, todos tienen que creer sin haber visto, porque lo que se ve no se cree. Fijaros que Tomás ve el cuerpo de Jesús, pero dice: ¡Señor mío y Dios mío! La resurrección no puede ser objeto de conocimiento, ni sensorial ni intelectual, sino de fe. Solo experimentando a Cristo Vivo, sabré lo que es la resurrección.
Meditación-contemplación
Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. (Pablo)
Métete esto bien en la cabeza:
Sin experiencia pascual, no hay cristiano posible.
Es necesario un proceso de interiorización de lo aprendido sobre Jesús.
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El difícil paso que dieron los discípulos de Jesús,
del conocimiento externo y sensorial a la experiencia viva,
es el paso que tengo que dar yo, del conocimiento teórico de Jesús,
a la vivencia interna de que me está comunicando su misma VIDA.
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El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.
El mismo Espíritu que descendió sobre él,
me está invadiendo a mí en cada momento.
Si dejo que él tome las riendas de mi ser, me hará vivir su misma Vida.
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Tomado de B. Caballero: La Palabra cada domingo
NADIE PASABA NECESIDADES
El libro de los Hechos nos presenta el testimonio de la resurrección por parte una comunidad cristiana. Los signos de la resurrección se daban al interior de la comunidad: unidad integral, compartir solidario de las pertenencias y ausencia de necesidades insatisfechas por parte de los miembros de la comunidad.
La resurrección del Señor no es un hecho científicamente comprobable. Es una experiencia de fe que se demuestra, no en un tubo de ensayo ni con elucubraciones racionales, sino con el testimonio vida. Tendríamos que cuestionar muy fuerte el tipo de fe que llevamos en nuestros países con más de un 90% de los ciudadanos declarados cristianos y a su vez con tantas necesidades. En los últimos tiempos los hombres más ricos de nuestros países han duplicado y triplicado sus fortunas, mientras han aumentado los campos de concentración de la miseria.
Celebramos hace poco la pascua. Contemplamos o hicimos las representaciones de la cena del Señor, el prendimiento, la pasión, muerte y resurrección. Vimos caras de tristeza y hasta algunas lágrimas junto con el “mea culpa” por los pecados “cometidos”. Admiramos la solemnidad o criticamos los baches de las “ceremonias” y cantamos glorias y aleluyas con el toque de campanas que anunciaba el triunfo de la vida sobre la muerte.
Las celebraciones sin duda debieron animarnos para hacer realidad el Reino por el cual Jesús entregó su propia vida. Pero no podemos quedarnos ahí con la calentura del corazón. “De buenas intenciones está hecho el infierno”, decían nuestros viejos. Las realidades tan escalofriantes de nuestros países cristianos contrastan con la utopía propuesta por el libro de los Hechos: “No había nadie que pasara necesidades entre ellos”. ¿Qué está pasando? ¿Cristo no ha resucitado entre nosotros? ¿Nos hemos quedado con el Jesús muerto? ¿Nos hemos quedado con el mito? ¿Pensamos que ser cristianos es ir a misa y comulgar?
No están mal las celebraciones sentidas. Por el contrario, necesitamos avivar nuestra dimensión celebrativa y gozarnos con el encuentro con Dios y con el hermano. Pero es preciso pasar a la acción. Nos haría analizar la crítica que hacía Teodoro Adorno cuando dijo: “el cristianismo proclamó la consigna del amor, pero fracasó porque dejó intacto el ordenamiento social que produce la frialdad”.
NUEVA VIDA
Lo que buscan fundamentalmente los escritos joánicos (evangelio y cartas de Juan) es que sus lectores crean en Jesús. Creer en la literatura joánica se entiende como una apertura total de la vida a la acción de Dios; una disposición para que Jesús actúe, salve, ilumine, conduzca y transforme toda realidad. Creer en Jesús no es afirmar una verdad de fe o estar de acuerdo con un dogma como verdad incuestionable.
La elaboración, la promulgación y además la adhesión intelectiva a un dogma pueden ayudar a tener una solidez doctrinal, a darle seriedad al proyecto y a evitar el cristianismo vaporoso que se va tras de cualquier ideología de moda. Pero lo fundamental en la fe del creyente no es tanto la adhesión del intelecto a un dogma. El fin último de la fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios, es tener vida en su nombre: “Estos han quedado consignados para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre”.
Queremos decir con esto que estamos invitados a creer, o sea a encontrarnos en nuestra propia carne con el Jesús vivo, personal y colectivamente. Si estamos abiertos a su acción, ese encuentro envolverá nuestra existencia de tal manera que seremos transformados a su imagen. La tristeza, la desidia, los egoísmos o el sinsentido de la vida; pensamientos, sentimientos, impulsos, todas las realidades humanas serán cubiertas por la nueva y definitiva realidad: Jesucristo resucitado y resucitador.
Con la fuerza y la gracia de Jesús, piedra desechada por los arquitectos, convertida en piedra angular, podremos vencer todas las fuerzas desintegradoras que envuelven al ser humano. Todo lo que es contrario a la vida, a la justicia y al amor, o sea, al Proyecto salvífico de Jesús, aquello que la literatura joánica llama mundo: “al mundo no lo vence sino el que cree que Jesús es el Hijo Dios” (2da lect.) Así como Jesús venció al mundo con su vida, muerte y resurrección, si creemos en él, podremos vencerlo también.
Los discípulos estaban con las puertas trancadas y con miedo. Con mucha frecuencia ante los problemas, conflictos o persecuciones, nos encerramos y no hallamos soluciones. Jesús llegó, se puso en medio de ellos y les brindó la paz. A Jesús lo encontramos ahí en medio de la comunidad. Podemos convertir a los demás en la cruz que cargamos a lo largo de nuestra vida, o en el refugio en el que encontramos y brindamos apoyo, identidad, solidaridad y cariño, en el lugar del encuentro con Jesús vivo que nos cubre con su paz. Una paz que no equivale a pacifismo adormecedor sino a un instrumento emancipador no violento, sereno y esperanzado. Una dinámica que enfrenta el poder tiránico en una atmósfera de amor solidario. De esta manera la comunidad será el espacio donde los miedos y rencores que impulsan comportamientos agresivos, se reduzcan a la mínima expresión y se viva el esplendor del perdón.
Oraciones de los fieles:
A cada invocación oremos diciendo:
Por la Resurrección de tu Hijo, escúchanos Padre.
1. Por todo el pueblo cristiano, convocado en el día del Señor, Pascua de la semana: para que manifieste la presencia de Cristo resucitado con la alegría de vivir en un mismo lugar y con el mismo corazón. Roguemos al Señor.
2. Por nuestra comunidad: para que crezca, junto a los recién bautizados, como una verdadera familia de Dios, asidua en la escucha de la Palabra, perseverante en la oración, testigo en la caridad fraterna. Roguemos al Señor.
3. Por todos los que viven la experiencia del dolor: para que no se dejen vencer por el desánimo, sino que, por la fuerza de la fe y la solidaridad de los hermanos, sientan que el Señor está cerca de cada uno de ellos. Roguemos al Señor.
4. Por el cristiano que duda, por el incrédulo que quisiera creer y por todos los que buscan con amor la verdad: para que, iluminados por la gracia pascual, reconozcan que no hay otro, fuera de Cristo que pueda salvarnos. Roguemos al Señor.
5. Por todos los aquí presentes: para que nos dejemos evangelizar con un corazón dócil y seamos resonancia viva de la Palabra que nos salva. Roguemos al Señor.
Exhortación final
Señor Jesús, aunque no te vemos con estos ojos de carne,
Nuestra ardiente profesión de fe es hoy la del apóstol Tomás,
Primeramente incrédulo y después creyente ejemplar:
¡Creemos en ti, Señor nuestro y Dios nuestro!
Vamos buscando razones, pruebas y seguridad absoluta
Para creer y aceptar a Dios en nuestra vida personal y social.
Pero tú nos dices: ¡Dichosos los que crean sin haber visto!
Tú eres, Señor, la razón de nuestra fe, esperanza y amor.
Ábrenos, Señor Jesús, a los demás, a sus penas y alegrías,
Porque cuando amamos y compartimos, estamos testimoniando
Tu resurrección en un mundo nuevo de amor y fraternidad.
Amén
ALESSANDRO PRONZATO
PAZ - PERDERLA:
Paz es el nombre de la resurrección. Cristo, cuando se aparece a sus discípulos, utiliza la palabra "shâlôm", que era un saludo familiar para todo israelita, una expresión augural. La paz era un don de Yahvé, y más que un vocablo, era un concepto teológico. El estado de paz, en una persona, indicaba una condición de plenitud, de bienestar, realizable solamente por medio de una íntima comunión con Yahvé.
El resucitado, pues, augura la paz. Y se trata, bien entendido, de su paz. Detengámonos a considerar esta paz que hemos de poseer en nosotros mismos, para poderla irradiar a los demás y así llegar a ser -usando el lenguaje de las bienaventuranzas- "constructores de la paz".
Como de la alegría, también de la paz, se puede decir que existen en el comercio dos tipos. La nuestra y la que nos dan los otros. La primera tiene características de inalterabilidad. La otra existe bajo el signo de lo precario y lo provisional. Me explico con un ejemplo. Pablo es un niño simpático. Un día decide construir una cabaña en su propio patio. Convoca a los compañeros de juego y todos se comprometen a colaborar en la empresa. Uno trae los palos, otro una tienda, otro una silla, otro una estera, otro un florero, otro un espejo...
El pacto se mantiene durante algunas semanas. Una tarde los chicos riñen con Pablo. "Si no fuese por mi patio...", se hace el fuerte. "Pero nosotros hemos puesto todo lo demás". Al terminar la acalorada disputa, cada cual retira lo que había ofrecido para la construcción de la cabaña. Cada uno recupera precipitadamente su propiedad y se la lleva a casa. Todo se deshace en un momento.
¡Y Pablo se queda con su patio vacío y una escoba! Aquí está todo el problema. ¿Con qué materiales hemos fabricado nuestra paz? Cuando alguno se queja en el confesonario: -Padre, me han hecho perder la paz... Yo respondo: -Si los otros se han llevado su paz, es porque no era verdaderamente tuya. Los otros se han limitado a recuperar lo que habían prestado... Estaban en su derecho. Demasiadas veces nuestra paz está construida con materiales que no nos pertenecen. Uno nos da una migaja de confianza, otro nos ofrece un poco de comprensión, otro todavía una pizca de estima por nuestro trabajo, una manifestación de consenso con nuestra ideas, una sonrisa, un elogio.
Y nosotros vivimos en paz en nuestra cabaña. Todo marcha a la perfección. No tenemos el valor de reconocer que tal construcción se mantiene en pie con materiales prestados. Que nuestra paz depende, en realidad, de lo que han puesto los otros. Luego, un día hay un grande o pequeño incidente. Alguien retira su parte (un desaire, una incomprensión, una advertencia injusta, una indelicadeza, una malignidad, una interpretación malévola de una acción nuestra). Y nuestra paz se viene abajo. Es natural. No era nuestra. Simplemente hemos perdido lo que no nos pertenecía. La paz que no es nuestra dura mientras todo va bien. La paz nuestra, en cambio, dura también cuando todo fracasa. "No tengo ya paz...". No la has poseído de verdad nunca. La que tenías estaba expuesta a la intemperie, a las variaciones meteorológicas, al capricho de los otros, a los humores cambiantes de las personas que viven a tu lado.
Para que la paz sea nuestra, es necesario recibirla como don de Cristo. El nos da su paz. Y no la vuelve a tomar ya. Nos pertenece. Pero tengamos presentes, según invitación de un estudioso ·Ricca-P, las características fundamentales de esta paz suya, que puede hacerse también nuestra, si la queremos, si la aceptamos.
Es una paz crítica. Es una espada que corta, divide, parte ciertas ligaduras. Por lo que esa paz representa la crisis, y quizás el fin de nuestra paz.
Es una paz militante. "He venido a traer fuego a la tierra, ¿y qué quiero sino que se encienda?" (Lc 12,49). No podemos separar este fuego de su paz. No se trata, pues, de una paz tibia, sino de una paz que quema, que deja la señal en la carne. La paz evangélica lleva al combate más que al reposo. No es un punto de partida sino de llegada.
Es una paz diversa. Excluye el miedo, brota de la lógica del ir más adelante, de la capacidad de andar contra corriente.
Y, finalmente, es una paz crucificada. Aquel que es nuestra paz, es también aquel que ha sido traicionado, arrestado, entregado, juzgado, condenado a muerte, crucificado. O sea, su paz es una paz rechazada. No es la paz triunfante como la "pax romana". Si esta paz todavía hoy se anuncia, se proclama, se vive, es debido al hecho de que Dios ha resucitado al crucificado. Por eso está aún presente y operante en medio de nosotros. La paz que nos da Cristo se sitúa en el centro, en las profundidades de nuestro ser, no se pega a la piel, con peligro de verla desaparecer al más ligero soplo de viento en contra. El es nuestra paz (Ef 01,14; Flp 04,07).
Acoger la paz de Cristo significa acoger su persona, no simplemente un don suyo "separado". La paz es la consecuencia necesaria del don fundamental de su persona, y el signo más evidente de que hemos abierto de par en par las puertas a Cristo. En tal caso, solamente nosotros podemos perder esta paz. Desentendiéndonos del huésped. O también, lo que es igual, obligándole a cohabitaciones desagradables. La paz, más que una conquista, es una elección.
II DOMINGO DE PASCUA
o de la Divina Misericordia
Antífona de entrada 1 Ped 2, 2
Como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la palabra,
que los hará crecer para la salvación. Aleluia.
O bien: 4 Esd 2, 36-37
Celebren con alegría su victoria dando gracias a Dios,
que los llamó a su reino celestial. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios de eterna misericordia,
que en la celebración anual de las fiestas pascuales
reavivas la fe del Pueblo santo;
acrecienta en nosotros los dones de tu gracia,
para comprender, verdaderamente, la inestimable grandeza
del bautismo que nos purificó,
del espíritu que nos regeneró
y de la sangre que nos redimió.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las ofrendas
que te presentamos, (junto con los recién bautizados),
y haz que, renovados por la confesión de tu nombre
y por el bautismo,
lleguemos a la felicidad eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO DE PASCUA II
LA NUEVA VIDA EN CRISTO
46. Este prefacio se dice durante el tiempo pasacual.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
glorificarte siempre, Señor;
pero más que nunca en este tiempo
en que Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado.
Por Él, los hijos de la luz nacen a la Vida eterna,
y se abren para los creyentes las puertas del reino de los cielos,
porque en la muerte de Cristo
nuestra muerte ha sido vencida,
y en su Resurrección
todos hemos resucitado a la Vida.
Por eso, con esta efusión del gozo pascual,
el mundo entero está llamado a la alegría
junto con los ángeles y los arcángeles
que cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Antífona de comunión Cf. Jn 20, 27
Acerca tu mano, y reconoce el lugar de los clavos:
en adelante no seas incrédulo, sino fiel. Aleluia.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso, concédenos
que los frutos del sacramento pascual que hemos recibido,
permanezcan siempre en nuestros corazones.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Puede usarse la bendición solemne.
6. Tiempo pascual
Dios Padre, que por la resurrección de su Unigénito
los ha redimido y les ha dado la gracia de la adopción filial
los colme con el gozo de su bendición.
R. Amén.
Cristo, que por su redención les obtuvo la perfecta libertad,
les conceda participar de la herencia eterna.
R. Amén.
Y ustedes, resucitados con él en el bautismo por la fe,
por medio de una vida santa
puedan llegar a la patria celestial.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
R. Amén.
Para despedir al pueblo, el diácono o el mismo sacerdote canta o dice:
Pueden ir en paz, aleluia, aleluia.
R. Demos gracias a Dios, aleluia, aleluia.
LECTURAS BÍBLICAS
Un solo corazón y una sola alma
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 4, 32-35
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma. Nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo era común entre ellos.
Los Apóstoles daban testimonio con mucho poder de la resurrección del Señor Jesús y gozaban de gran estima.
Ninguno padecía necesidad, porque todos los que poseían tierras o casas las vendían y ponían el dinero a disposición de los Apóstoles, para que se distribuyera a cada uno según sus necesidades.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24
R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!
O bien:
Aleluia.
Que lo diga el pueblo de Israel:
¡es eterno su amor!
Que lo diga la familia de Aarón:
¡es eterno su amor!
Que lo digan los que temen al Señor:
¡es eterno su amor! R.
«La mano del Señor es sublime,
la mano del Señor hace proezas.»
No, no moriré:
viviré para publicar lo que hizo el Señor.
El Señor me castigó duramente,
pero no me entregó a la muerte. R.
La piedra que desecharon los constructores
es ahora la piedra angular
Esto ha sido hecho por el Señor
y es admirable a nuestros ojos.
Este es el día que hizo el Señor:
alegrémonos y regocijémonos en él. R.
El que ha nacido de Dios vence al mundo
Lectura de la primera carta de san Juan 5, 1-6
Queridos hermanos:
El que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios; y el que ama al Padre ama también al que ha nacido de Él. La señal de que amamos a los hijos de Dios es que amamos a Dios y cumplimos sus mandamientos.
El amor a Dios consiste en cumplir sus mandamientos, y sus mandamientos no son una carga, porque el que ha nacido de Dios, vence al mundo. Y la victoria que triunfa sobre el mundo es nuestra fe. ¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Jesucristo vino por el agua y por la sangre; no solamente con el agua, sino con el agua y con la sangre. Y el Espíritu da testimonio porque el Espíritu es la verdad.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 20, 29
Aleluia.
«Ahora crees, Tomás, porque me has visto.
¡Felices los que creen sin haber visto!», dice el Señor.
Aleluia.
EVANGELIO
Ocho días más tarde, apareció Jesús
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-31
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»
Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!»
Él les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.»
Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe.»
Tomás respondió: «¡Señor mío y Dios mío!»
Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor.
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