6 Domingo de pascua (B)
Liturgia Viva del VI Domingo de Pascua
Saludo (Ver la Segunda Lectura)
El amor viene de Dios
y todos los que aman
han nacido de Dios y conocen a Dios.
Que Jesús, el Hijo de Dios,
que nos dio a conocer su amor,
esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Un Amor sin Límites ni Fronteras
Hoy se nos recuerda de nuevo que el corazón del cristianismo es el amor: Amor a Dios, amor de unos para con otros. Jesús nos dice que tenemos que amarnos unos a otros como él nos ha amado. Éste es un amor muy exigente, ya que nos compromete a amar no sólo a los que nos caen bien y que nos aman o son compañeros cristianos de las mismas ideas, sino también a los difíciles, a los “no atrayentes”, a gente muy lejos de ser perfecta, a marginados y extraños… Eso no es tan fácil, y esa es probablemente la razón por la que él lo llama “mandamiento”. Pidamos al Señor en esta eucaristía que crezcamos en esta apertura de auténtico amor.
2. Como Yo Les He Amado
Con frecuencia nos sorprendemos de lo inventivo que puede ser el amor y de descubrirlo donde menos lo esperábamos. Causa sorpresa el que un marido adusto propicie a su esposa un gesto impredecible de ternura, o el que una pareja que vive en sector de chabolas adopte a un niño encontrado abandonado en la calle. El amor de Dios, siempre sorprendente y asombroso, es la fuente de todo eso. Nos lo muestra él cuando renuncia a su propio Hijo por nosotros. Jesús siguió mostrándonos una forma humana al amor de Dios, cuando se preocupó por la gente y dio nuevas oportunidades incluso a marginados y proscritos, a los no amados y a los “no atrayentes”. Hoy nos convoca a nosotros, sus amigos, y nos dice: “Ámense unos a otros como yo les he amado”. Con estas palabras nos reta ahora, en esta eucaristía.
Acto Penitencial
Estamos todavía lejos de amar a los hermanos
como Jesús quiere que les amemos.
Pidamos al Señor y a los hermanos que nos perdonen.
(Pausa)
· Señor Jesús, tú nos has amado como el Padre te ha amado a ti.
Guárdanos en tu amor: R/. Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, el modo como nos has amado consiste en que entregaste tu vida por nosotros. Haz que vivamos y nos desvivamos los unos por los otros: R/. Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú amaste a los débiles, a los pecadores, a los que es difícil amar:
Suscita nuestro amor y hazlo como el tuyo: R/. Señor, ten piedad de nosotros.
Por tu bondad, perdónanos, Señor, y haz que nuestra característica como pueblo tuyo
sea un amor siempre entregado y comprometido.
Y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Pidamos al Padre que no permita
que pongamos límites ni fronteras a nuestro amor.
(Pausa)
Oh Dios bondadoso:
Tu nombre es AMOR
y tú nos lo has revelado en toda su profundidad
cuando enviaste a tu Hijo al mundo
para ser sacrificado por nuestros pecados.
Por medio de Jesús, que nos llama sus amigos,
haz nuestro amor tan fuerte como la vida y la muerte;
que el amor tenga siempre la última palabra en nosotros
y que sepamos compartirlo gratis, como tú lo hiciste.
Que permanezcamos siempre en tu amor
y nos amemos unos a otros como Jesús nos ha amado,
él que es nuestro Salvador y Señor
por los siglos de los siglos.
Primera Lectura (Hch 10, 25-26, 34-35, 44-48): El Amor de Dios Abierto a Todos
La señal que Dios da a Pedro y a la Iglesia de que acepta y ama a los creyentes que proceden del paganismo es que el Espíritu Santo desciende también sobre paganos.
Segunda Lectura (1 Jn 4, 7-10): Dios Nos Ama; Nosotros Nos Amamos Unos a Otros
Dios nos amó de tal manera que su amor tomó forma humana en Jesucristo. Desde entonces, nuestro amor hacia el otro es la señal del amor de Dios y de su presencia en medio de nosotros.
Evangelio (Jn 15, 9-17): Ámense Unos a Otros como Yo Les He Amado
Jesús nos ama y quiere que permanezcamos en su amor y alegría guardando sus mandamientos de amor mutuo.
Oración de los Fieles
Ya que Jesús es nuestro amigo, podemos encomendarle todos aquellos a quienes amamos y presentarle confiadamente las necesidades de aquellos a quienes deberíamos aprender a amar. Y digamos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, haz que en la comunidad de tu Iglesia haya amor, amistad y confianza, entre sus líderes y los fieles, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, que haya amor y amistad entre todas las personas y las iglesias que afirman que tú eres su Señor y Pastor; que lleguen a ser realmente uno en ti, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, que el amor y la amistad reine en todas nuestras comunidades de religiosos, para que todos sus miembros sean excelentes testigos de tu amor, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, que el amor y la amistad reine en todas las familias cristianas, para que los padres y sus hijos sean células vivientes de las que crezca en nuestro mundo comprensión y amor, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, que haya entre nosotros amor y amistad que abran nuestros ojos, manos y corazones a las necesidades y a las personas de los enfermos y de los que viven en soledad, de los pobres y de las víctimas de la injusticia, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, que haya amor y amistad en todas nuestras comunidades cristianas, para que la gente llegue a creer en ti cuando vea cómo nos amamos unos a otros, y así te decimos:
R/. Señor, danos el don del amor.
Señor Jesús, amigo nuestro, queremos permanecer en tu amor y con él darnos calor humano unos a otros, pues tú eres Señor y Salvador nuestro por los siglos de los siglos.
Oración de Ofertorio
Señor Dios nuestro, Padre amoroso:
Tu amor se nos mostró con rostro humano
en tu Hijo Jesucristo.
Él nos mostró toda la profundidad de tu amor y del suyo propio
entregando su vida por nosotros, sus amigos.
Mientras se da a sí mismo por nosotros como pan de vida,
que él sea nuestro alimento
en el camino de la vida y del amor,
no sólo cuando es fácil amar,
sino también cuando resulta difícil ser fiel
y cuando el amor exige mucho sacrificio.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Alcemos nuestros corazones y nuestras voces a nuestro Padre bondadoso por habernos amado antes de que nosotros pudiéramos amarle. Con Jesús, signo máximo del amor de Dios hacia nosotros, ofrezcamos al Padre nuestro deseo y voluntad de dejar que su amor se derrame sobre todos los hermanos.
Introducción al Padrenuestro
Con Jesús, nuestro hermano,
oremos juntos a nuestro Padre del cielo
que nos ama con un amor tan grande
que nos dio a su propio Hijo:
R/. Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todas formas de egoísmo
que nos cierra a nuestros hermanos.
Mantennos libres de todo pecado
que pusiera en peligro el amor entre nosotros
y concédenos la paz de la unidad.
Haznos atentos y abiertos a todos,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo,
R/. Tuyo es el reino…
En el Saludo de Paz
Que el saludo de paz que nos damos hoy sea expresión de nuestro genuino amor mutuo, y que a ella sigan muchos otros signos, gestos y detalles de amor en la vida diaria.
Que la paz del Señor esté siempre con ustedes.
Invitación a la Comunión
Éste es nuestro Señor que dijo:
“Ámense unos a otros como yo les he amado”.
Dichosos nosotros invitados a la mesa del Señor,
mesa de amor y de unidad.
R/. Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
En esta celebración eucarística
nos has dado una nueva prueba de tu amor
al darnos a tu Hijo y a su Espíritu.
Jesús ha fortalecido nuestro amor.
Acepta, Padre, nuestra acción de gracias
y suscita lo mejor en nosotros,
para que demos rico fruto
de amor confiable y fiel.
Que tu Santo Espíritu nos una
para construir comunidad todos juntos
y vivir en tu amor y alegría
ahora y por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Sabemos que Dios nos ama
y que quiere vivir entre nosotros.
Él nos llama sus amigos, sus escogidos.
Respondamos a su amor sin medida.
Estamos seguros de que amamos a Dios
y que él está presente entre nosotros
cuando nos amamos unos a otros.
Que Dios nos dé la fuerza para hacerlo.
Y para ello, que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Permaneced en mi amor.
Sexta semana de Pascua. Si habéis visto algún aeropuerto, estación de tren o de autobús, o en ocasiones, las grandes tiendas, tienen unos carteles con una flecha muy grande que dice: Usted está aquí. Es bueno saber dónde está uno, para no perderse en el camino. Y llevamos ya mucho camino recorrido. Tras la Octava de Pascua, comenzamos con siete días para ver la presencia del Resucitado en la Comunidad. Después, durante otra semana pudimos reflexionar sobre la presencia viva del Resucitado en la Eucaristía. A continuación, la liturgia nos invitó a reflexionar sobre el servicio en la Iglesia, con el domingo del Buen Pastor. Seguimos con la semana de la vid y los sarmientos, y hoy ya –señal de vejez es lo rápido que pasa el tiempo – comenzamos la sexta semana de Pascua, en la que se nos invita a meditar sobre el amor y la elección. Fieles y alegres en por haber sido elegidos para ser apóstoles en nuestro mundo.
La semana pasada era Bernabé el que ayudaba a Pablo, aceptándolo en la comunidad. El Espíritu Santo le inspiró para que cambiara su punto de vista, y Bernabé fue dócil. Esta semana es Pedro el que debe tomar una decisión muy importante. Decidir es siempre dejar una cosa y elegir otra. No siempre entre una cosa buena y otra mala. En este caso, se trataba de renunciar a su pasado judío, a su mentalidad y a su forma de entender la religión, la vida en general, o bien renunciar a todo lo vivido con Cristo y al Espíritu que lo había guiado hasta Cesarea, para abrir un nuevo camino en el desarrollo del Reino.
Pedro tomó la decisión correcta. Por encima de sus convicciones, cayó en la cuenta de que, a los ojos de Dios, no hay alimentos puros o impuros, no hay personas dignas e indignas; para Él todo es puro, todos son dignos, porque son sus hijos. Así que renunciar a lo anterior no le resultó tan duro, ya que se le abrieron nuevas posibilidades. El mundo entero como lugar de evangelización, con el don del Espíritu Santo accesible para todos.
Quizá lo que hizo Pedro fue lo que pide el apóstol Juan en la segunda lectura. Mirar a todos con amor, aceptarlos y amarlos. Nada nuevo. Nada original. Nuestro mundo siempre quiere nuevas ideas. Cada día, la publicidad se esfuerza por encontrar nuevas maneras de vender nuevos productos para la gente nueva del nuevo siglo. No nos basta lo de ayer. A nuestro alrededor, vemos como todos quieren cambiar lo que ayer era lo último de lo último. Ordenadores, coches, teléfonos móviles, programas de ordenador… A veces, hasta nuevos maridos, nuevas esposas, todo se puede cambiar, si se gasta.
Lo que Jesús proclamó, lo que Juan, Pedro y tantos otros anunciaron, entonces, puede no ser original, pero sí fue original la forma de anunciarlo. Llevando ese amor hasta la entrega en la cruz Cristo, hasta el martirio los apóstoles, por amor. Siguiendo la voluntad del Padre, siempre. Respondiendo a lo que Dios quiere de nosotros, para ser felices. Porque si aceptamos esa misión, nos convertimos en “otros Cristos” y, a través de nosotros, es Él el que sana, ama, consuela y llena de paz. Unidos a Él, como el sarmiento a la vid, portadores de alegría y de paz.
Si lo pensamos bien, a nuestro alrededor hay muchas cosas que nos prometen esa paz y esa alegría. Pero pasan pronto. Más que hacernos crecer como personas, lo que la sociedad nos ofrece, en muchas ocasiones, solo fomenta el egoísmo, la búsqueda del placer y la autosatisfacción. Es atrayente, por supuesto, pero todas esas son alegrías efímeras, pasajeras. La auténtica alegría, la que da Jesús, se puede medir con la vara de la prueba. En los malos momentos, a pesar de las dificultades, el creyente puede mantener la paz y sentirse alegre, por está cumpliendo la voluntad de Dios. Como los mártires, que pudieron morir contentos, porque morían por Cristo.
Sin llegar hasta el martirio, intentar cumplir los Mandamientos puede ser difícil, incluso doloroso, si nos lo tomamos en serio. Es que muchas cosas están en contra. Pero Jesús está a nuestro favor. Porque somos sus amigos, no sus siervos. Tenemos una comunión de vida con Jesús, no nos pide nada a cambio de haber dado la vida por nosotros. Y ahí está nuestra fuerza. Tenemos un aliado incansable en nuestro caminar por la vida.
Para poder hablar de paz, amor y alegría a los demás, es necesario sentir primero esa paz, ese amor y esa alegría en el corazón de cada uno, primero, y en nuestras comunidades, después. Solo si en nuestros grupos se practica la escucha, el perdón, la acogida, la tolerancia, podremos anunciar al mundo entero la Buena Nueva de Cristo. “Quien no ama al hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20). Y todo eso deriva de la experiencia de amistad con Cristo. Que sea nuestro confidente, que sintamos su apoyo y que nos mueva a amar, testimoniar y entregarnos a Él más y más cada día.
EVANGELIO
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 9-17
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y' permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.
Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
De modo que lo que pidáis el Padre en mi nombre os lo dé.
Esto os mando: que os améis unos a otros.»
Palabra de Dios.
AL ESTILO DE JESÚS
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre. Ahora los tiene que dejar. Conoce su egoísmo. No saben quererse. Los ve discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. ¿Qué será de ellos?
Las palabras de Jesús adquieren un tono solemne. Han de quedar bien grabadas en todos: "Éste es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos.
De Jesús quedó un recuerdo imborrable. Las primeras generaciones resumían así su vida: "Pasó por todas partes haciendo el bien". Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.
Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín, se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale desde dentro su amor hacia aquella desconocida: "Mujer, no llores". Quien ama como Jesús, vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.
Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo, o abatidos o como ovejas sin pastor. Rápidamente, se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús, aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.
Es admirable la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. No piensa en sí mismo. Está atento a cualquier llamada, dispuesto siempre a hacer lo que pueda. A un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino, lo acoge con estas palabras: "¿Qué quieres que haga por ti?". Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús.
Jesús sabe estar junto a los más desvalidos. No hace falta que se lo pidan. Hace lo que puede por curar sus dolencias, liberar sus conciencias o contagiar confianza en Dios. Pero no puede resolver todos los problemas de aquellas gentes.
Entonces se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús.
NO DESVIARNOS DEL AMOR
Permaneced en mi amor.
El evangelista Juan pone en boca de Jesús un largo discurso de despedida en el que se recogen con una intensidad especial algunos rasgos fundamentales que han de recordar sus discípulos a lo largo de los tiempos, para ser fieles a su persona y a su proyecto. También en nuestros días.
«Permaneced en mi amor». Es lo primero. No se trata sólo de vivir en una religión, sino de vivir en el amor con que nos ama Jesús, el amor que recibe del Padre. Ser cristiano no es en primer lugar un asunto doctrinal, sino una cuestión de amor. A lo largo de los siglos, los discípulos conocerán incertidumbres, conflictos y dificultades de todo orden. Lo importante será siempre no desviarse del amor.
Permanecer en el amor de Jesús no es algo teórico ni vacío de contenido. Consiste en «guardar sus mandamientos», que él mismo resume enseguida en el mandato del amor fraterno: «Éste es mi mandamiento; que os améis unos a otros como yo os he amado». El cristiano encuentra en su religión muchos mandamientos. Su origen, su naturaleza y su importancia son diversos y desiguales. Con el paso del tiempo, las normas se multiplican. Sólo del mandato del amor dice Jesús: «Este mandato es el mío». En cualquier época y situación, lo decisivo para el cristianismo es no salirse del amor fraterno.
Jesús no presenta este mandato del amor como una ley que ha de regir nuestra vida haciéndola más dura y pesada, sino como una fuente de alegría: «Os hablo de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Cuando entre nosotros falta verdadero amor, se crea un vacío que nada ni nadie puede llenar de alegría.
Sin amor no es posible dar pasos hacia un cristianismo más abierto, cordial, alegre, sencillo y amable donde podamos vivir como «amigos» de Jesús, según la expresión evangélica. No sabremos cómo generar alegría. Aún sin quererlo, seguiremos cultivando un cristianismo triste, lleno de quejas, resentimientos, lamentos y desazón.
A nuestro cristianismo le falta, con frecuencia, la alegría de lo que se hace y se vive con amor. A nuestro seguimiento a Jesucristo le falta el entusiasmo de la innovación, y le sobra la tristeza de lo que se repite sin la convicción de estar reproduciendo lo que Jesús quería de nosotros.
UNA ALEGRÍA DIFERENTE
Para que mi alegría esté en vosotros.
Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor». El evangelio de Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Os he hablado... para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena».
¿Qué ha podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo resucitado? ¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores? ¿Dónde está?
La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano. Es un rasgo característico. Una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir a Jesús. Aunque nos parezca «normal», es realmente extraño «practicar» la religión cristiana, sin experimentar que Cristo es fuente de alegría vital.
Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirla con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.
El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». Pablo de Tarso dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: «es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros».
La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús.
Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas contagiando alegría realista y esperanza.
DEL MIEDO AL AMOR
Permaneced en mi amor.
No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor». Estamos tocando aquí el corazón mismo de la fe cristiana, el criterio último para discernir su verdad.
Únicamente «permaneciendo en el amor», podemos caminar en la verdadera dirección. Olvidar este amor es perderse, entrar por caminos no cristianos, deformarlo todo, desvirtuar el cristianismo desde su raíz.
Y sin embargo, no siempre hemos permanecido en este amor. En la vida de bastantes cristianos ha habido y hay todavía demasiado temor, demasiada falta de alegría y espontaneidad filial con Dios. La teología y la predicación que ha alimentado a esos cristianos ha olvidado demasiado el amor de Dios, ahogando así aquella alegría inicial, viva y contagiosa que tuvo el cristianismo.
Aquello que un día fue Buena Noticia (eu-angellion) porque anunciaba a las gentes «el amor increíble» de Dios, se ha convertido para bastantes en la mala noticia (dis-angellion) de un Dios amenazador que es rechazado casi instintivamente porque no deja ser, no deja vivir.
Sin embargo, la fe cristiana sólo puede ser vivida sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y gozosa. Por eso, en un momento en que muchos abandonan un determinado «cristianismo» (el único que conocen), la Iglesia ha de preguntarse si en la gestación de este abandono y junto a otros factores nada legítimos, no se esconde una reacción colectiva contra un estado de cosas que se intuye poco fiel al evangelio.
La aceptación de Dios o su rechazo se juegan, en gran parte, en el modo cómo le sintamos a Dios de cara a nosotros. Si le percibimos sólo como vigilante implacable de nuestra conducta, haremos cualquier cosa para rehuirlo. Si lo experimentamos como padre que impulsa nuestra vida, lo buscaremos con gozo. Por eso, uno de los servicios más grandes que la Iglesia puede hacer al hombre de hoy es ayudarle a pasar del miedo al amor de Dios.
Sin duda, hay un temor a Dios que es sano y fecundo. La escritura lo considera «el comienzo de la sabiduría». Es el temor a malograr nuestra vida encerrándonos en la propia mediocridad. Un temor que despierta al hombre de la superficialidad, y le hace volver hacia Dios. Pero hay un miedo a Dios que es malo. No acerca a Dios. Al contrario, aleja cada vez más de él. Es un miedo que deforma el verdadero ser de Dios haciéndolo inhumano. Un miedo destructivo, sin fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona.
Para muchos, éste puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios que no engendra sino angustia y rechazo más o menos disimulado, a una confianza en él, que hace brotar en nosotros esa alegría prometida por Jesús: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a la plenitud».
ALEGRÍA
...para que mi alegría esté en vosotros.
Desde su nacimiento, el cristianismo se ha presentado como la proclamación de una gran alegría, la única verdadera alegría posible sobre la tierra: Dios está con los hombres buscando su dicha final. Sin esta alegría el cristianismo resulta incomprensible. De hecho la fe cristiana se extendió por el mundo como una explosión de alegría y comienza a perder terreno allí donde esta alegría se va perdiendo.
No deja de ser significativa la acusación de F. Nietzsche a los cristianos: «Tendrían que cantarme cantos más alegres. Sería necesario que tuvieran rostros de salvados para que creyera en su Salvador». Estas palabras tantas veces citadas son un buen indicador de lo que sienten no pocos ante un cristianismo que les resulta demasiado triste, sombrío y envejecido.
Digámoslo enseguida. La alegría del cristiano no es fruto del bienestar material o del disfrute de una buena salud. No nace de un temperamento optimista. No es tampoco un estado de ánimo que hay que esforzarse por lograr. La alegría cristiana es siempre consecuencia de una fe viva en el Dios Salvador manifestado en Jesucristo.
Como recuerda P. Evdokimov en su apasionante libro «El amor loco de Dios», Jesús pide a sus discípulos que vivan con una gran alegría «por el único y asombroso hecho de que Dios existe». Esta alegría no es sólo un sentimiento. Es una manera de estar en la vida. Un modo de entenderlo y vivirlo todo, incluso los momentos malos. Es experimentar día a día la verdad de las palabras de Jesús: «Permaneced en mi amor... Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea completa» (Jn 15, 9. 11).
Son bastantes los cristianos que no dan importancia a la alegría. Les parece algo secundario y hasta superfluo, de lo que no hay por qué ocuparse. Grave error. Sin alegría es difícil amar, trabajar, crear, vivir algo grande. Sin alegría es imposible una adhesión viva a Cristo. La alegría es, de alguna manera, «el rostro de Dios en el hombre» según el bello título de un libro reciente de A. Goettmann, «Lajoie, visage de Dieu dans l‘homme» (Desclée de Brouwer, París 2000).
Cristo es siempre fuente de alegría y paz interior. Quienes lo siguen de cerca lo saben, y a su vez, se convierten en fuente de alegría para otros, pues la alegría cristiana se contagia.
SATISFACCIÓN INMEDIATA
Permaneced en mi amor.
Vivimos en una cultura de la «satisfacción inmediata». Es, sin duda, uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual. Desde la aparición de la gran obra de Gerhard Schulze, «La sociedad de la vivencia» (1992), los estudios se han multiplicado. El hombre occidental —se dice— busca la gratificación inmediata. Apenas le preocupa el pasado, no espera lo que le pueda traer el futuro. Por sí acaso, se lanza a disfrutar del momento presente.
Esta es hoy «la estrategia más razonable»: sacarle todo el jugo que se pueda al momento, no privarse de nada, estrujar cada instante. La palabra clave es «ahora». Hay que experimentarlo todo ahora mismo porque, tal vez, mañana sea demasiado tarde.
Las razones de este fenómeno parecen claras. El hombre moderno está sometido a la presión de un ritmo vertiginoso. Todo cambia constantemente. Lo que hoy tiene plena validez mañana queda anticuado. No puede uno detenerse en nada. Los autores repiten una y otra vez las mismas palabras: «transitoriedad», «inestabilidad», «précarité», «insecurity», «incertezza». Nada parece seguro ni duradero. Lo mejor es agarrarse al presente y vivirlo satisfactoriamente.
Esta actitud empieza ya a configurar los diversos ámbitos de la vida. Ya no hay compromisos duraderos. Las personas dependen de los deseos y apetencias del momento. Lo que importa es que la vida sea interesante y divertida. El matrimonio ya no es un compromiso «hasta que la muerte nos separe», sino un contrato «mientras la satisfacción dure». Esta búsqueda de satisfacción repercute también en el modo de entender y vivir lo religioso. Interesa la emoción, lo excitante y novedoso. Se busca lo exótico y se abandona lo que parece gastado y superado, sólo porque es familiar y conocido de siempre.
No es difícil captar en todo esto no poco de huída y evasión, «falta de seriedad» que diría S. Kierkegaard. De ahí la importancia de escuchar la llamada de Cristo: «Permaneced en mi amor... Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (Juan 15, 9-10). En el seguimiento a Cristo lo importante no son los sentimientos, emociones o novedades, sino el saber «permanecer» fieles en el amor. La existencia no es sólo diversión y entretenimiento. Es también responsabilidad.
AUTISTAS
Como yo os he amado.
Por lo general, hablamos del amor como si supiéramos lo que es. Las personas aman, dejan de amar, buscan amor, cambian de amor. Pero, ¿qué es en realidad el amor? ¿Cómo es y cómo se vive el verdadero amor? Cada uno encierra en esta palabra su propia experiencia. Pero, ¿se le puede a cualquier cosa llamar «amor»?
Ya B. Pascal advertía de algo que después se ha llamado «el autismo del amor»: Yo digo que amo a tal persona, pero la amo en tanto que la experimento en mí mismo como dotada de belleza, de simpatía o inteligencia, de fidelidad y de afecto hacia mí.
Por eso, fácilmente puede suceder que lo que yo amo de verdad no sea a la otra persona, sino las experiencias positivas y gozosas que esa persona produce en mí. En realidad, no amo a la persona que digo querer tanto. Amo lo que de ella recibo. Por este camino puedo terminar amando sólo a aquellos que me aman, pues, en el fondo, solo me amo a mí mismo. Los grandes «amantes» de las revistas del corazón son, casi siempre, personas «autistas». Si aman, dejan de amar o cambian de amor es porque solo saben amarse a sí mismos y amar su propio bienestar.
El riesgo de vivir el amor de forma «autista» ha crecido notablemente en una sociedad donde tanto se exalta «lo útil» y «lo agradable». Los penetrantes análisis de Max Scheler llevan a una conclusión: «Lo agradable es el valor fundamental.» Las cosas y las personas interesan en la medida en que producen satisfacción y bienestar. Si la relación con una persona ya no resulta agradable, ¿por qué no sustituirla por otra?
Esta falsificación del verdadero amor se enmascara a veces bajo un lenguaje progresista. Se dice que hay que ser persona «liberada»: yo soy dueño de mi cuerpo y de mi afectividad; amo a quien quiero, como quiero y hasta que quiero. Pero, ¿es realmente libre el que solo es capaz de buscar su propia satisfacción?
Otras veces, se exalta la «sinceridad de los sentimientos» por encima de la hipocresía social. No tiene sentido exigir compromisos firmes y estables; hay que estar abiertos a nuevas experiencias. Pero, ¿es un progreso la inestabilidad de la pareja, la trivialización del encuentro sexual o el juego de la aventura amorosa? ¿Hay más verdad en esa búsqueda hábil del propio disfrute?
Nosotros podemos llamarle «amor» a cualquier cosa. Pero lo cierto es que, donde hay amor, hay entrega generosa, respeto, cuidado del otro, fidelidad, perdón, ternura compartida. Quien se siente cristiano sabe, además, que su amor puede y debe inspirarse en el estilo de amar de Jesús. Nos lo recuerdan sus palabras: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»
DEL MIEDO AL AMOR
Permaneced en mi amor.
No se trata de una frase más. Este mandato, cargado de misterio y de promesa, es la clave del cristianismo: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor”. Estamos tocando aquí el corazón mismo de la fe cristiana, el criterio último para discernir su verdad.
Únicamente “permaneciendo en el amor”, podemos caminar en la verdadera dirección. Olvidar este amor es perderse, entrar por caminos no cristianos, deformarlo todo, desvirtuar el cristianismo desde su raíz.
Y sin embargo, no siempre hemos permanecido en este amor. En la vida de bastantes cristianos ha habido y hay todavía demasiado temor, demasiada falta de alegría y espontaneidad filial con Dios. La teología y la predicación que ha alimentado a esos cristianos ha olvidado demasiado el amor de Dios, ahogando así aquella alegría inicial, viva y contagiosa que tuvo el cristianismo.
Aquello que un día fue Buena Noticia (eu-angellion) porque anunciaba a las gentes “el amor increíble” de Dios, se ha convertido para bastantes en la mala noticia (dis-angellion) de un Dios amenazador que es rechazado casi instintivamente porque no deja ser, no deja vivir.
Sin embargo, la fe cristiana sólo puede ser vivida sin traicionar su esencia como experiencia positiva, confiada y gozosa. Por eso, en un momento en que muchos abandonan un determinado “cristianismo” (el único que conocen), la Iglesia ha de preguntarse si en la gestación de este abandono y junto a otros factores nada legítimos, no se esconde una reacción colectiva contra un estado de cosas que se intuye injusto y poco sano.
La aceptación de Dios o su rechazo se juegan, en gran parte, en el modo cómo le sintamos a Dios de cara a nosotros. Si le percibimos sólo como vigilante implacable de nuestra conducta, haremos cualquier cosa para rehuirlo. Si lo experimentamos como padre que impulsa nuestra vida, lo buscaremos con gozo. Por eso, uno de los servicios más grandes que la Iglesia puede hacer al hombre de hoy es ayudarle a pasar del miedo al amor de Dios.
Sin duda, hay un temor a Dios que es sano y fecundo. La Escritura lo considera “el comienzo de la sabiduría”. Es el temor a malograr nuestra vida encerrándonos en la propia mediocridad. Un temor que despierta al hombre de la superficialidad y le hace volver hacia Dios.
Pero hay un miedo a Dios que es malo. No acerca a Dios. Al contrario, aleja cada vez más de él. Es un miedo que deforma el verdadero ser de Dios haciéndolo inhumano. Un miedo destructivo, sin fundamento real, que ahoga la vida y el crecimiento sano de la persona.
Para muchos, éste puede ser el cambio decisivo. Pasar del miedo a Dios que no engendra sino angustia y rechazo más o menos disimulado, a una confianza en él, que hace brotar en nosotros esa alegría prometida por Jesús: “Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a la plenitud”.
MARGINADOS
Como yo os he amado.
Nuestra sociedad, construida desde los sanos y para los sanos, va generando constantemente grupos marginales de personas enfermas y deterioradas cuya atención y asistencia no parece apenas interesar a nadie, al no ser rentable ni económica ni políticamente.
Ahí está ese grupo creciente de ancianos enfermos que no pueden valerse a sí mismos o padecen demencia senil. Hombres y mujeres que sólo producen gasto e incomodidad.
Nadie sabe qué hacer con ellos. Los hospitales, concebidos para tratar a otro tipo de enfermos, los dan de alta para no colapsar sus servicios. Los familiares se sienten impotentes para atenderlos debidamente en sus casas. Las residencias normales de ancianos no los reciben. No hay sitio para ellos en nuestra sociedad.
Ahí están los enfermos mentales, eternos marginados por una sociedad que los teme y los rechaza. Ofenden nuestra estética. Alteran nuestra convivencia tranquila con su comportamiento extraño y peligroso. Nada mejor que encerrarlos lejos de la sociedad y olvidarnos de ellos.
Ahí están también esos enfermos crónicos cuya atención es poco rentable y apenas ofrece interés científico. Enfermos de patología desagradable o de escaso interés social como los cirróticos, asmáticos, hemipléjicos, bronquíticos que arrastran su enfermedad ante la inhibición y pasividad de la política sanitaria.
Ahí están también los toxicómanos enfermos, los alcohólicos, los afectados por el SIDA y tantos otros que sólo despiertan en torno a ellos miedo, desconfianza y rechazo.
Esta insensibilidad ante estos enfermos más necesitados y desasistidos no es sino reflejo de una sociedad que, una y otra vez, tiende a estructurarse en el olvido y la marginación de los más débiles e indefensos.
Lo mismo sucede en nuestras comunidades cristianas. Con frecuencia atendemos a los enfermos más conocidos y cercanos, ignorando precisamente a aquellos que se encuentran más necesitados de ayuda.
Las palabras de Jesús que escuchamos en este Día del enfermo: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” han de sacudir nuestra conciencia.
Hemos de crear entre todos una nueva sensibilidad social ante estos enfermos marginados. Hemos de promover y apoyar toda clase de iniciativas, actividades y asociaciones encaminadas a resolver sus problemas.
Es exigencia del amor cristiano llegar al enfermo a quien nadie llega y atender las necesidades que nadie atiende.
UNA ALEGRIA OLVIDADA
para que mi alegría esté en vosotros...
Quien observa con cierta atención a las personas, tiene, con frecuencia, la impresión de que la alegría ha huido de muchas vidas y es difícil recuperarla por mucho que se la busque en escaparates, salas de fiesta, el ambiente animado de los restaurantes o la compañía de los amigos.
El misterio de cada individuo es demasiado grande y profundo para que pueda ser explicado desde fuera. Y, sin duda, pueden ser muchas las raíces de esa tristeza e insatisfacción que inútilmente pretendemos disimular.
Pero, casi siempre olvidamos que hay en nuestra vida una tristeza difusa que no es, muchas veces, sino el rostro de nuestro vacío interior y de nuestra incoherencia personal.
Hemos exaltado la libertad hasta el punto de no aceptar apenas limitación moral ni norma ética alguna. Hemos querido borrar de nuestras vidas el rastro de toda culpabilidad. Nos hemos permitido avanzar por caminos cada vez menos señalizados. Rara vez nos preguntamos si somos fieles a nuestras convicciones más profundas. Lo importante es disfrutar.
Y en esa búsqueda incontrolada de disfrute, confundimos modernidad con una amoralidad superficial e irresponsable. Identificamos la «sexualidad adulta» con frivolidad. Reducimos el goce erótico de la vida a un consumismo sexual vacío de ternura y fidelidad.
Y sin embargo, no se respira entre nosotros una alegría sana y gratificante. Son muchos los que viven secretamente insatisfechos de sí mismos. Muchos los que se atormentan con pensamientos negativos y frustrantes. Hombres y mujeres que sienten su vida como una inmensa equivocación.
Más aún. Hay creyentes que viven su vida tratando de ocultarla continuamente a sus propios ojos y a los de Dios. Cristianos a los que una «mala conciencia» más o menos disimulada, les impide encontrarse con Dios con espontaneidad y alegría.
Los creyentes hemos olvidado demasiado el deseo insistente de Jesús de comunicarnos su propia alegría. No terminamos de creer que el encuentro con Jesucristo pueda ser para nosotros una fuente de alegría capaz de renovar nuestra existencia en su misma raíz.
Necesitamos escuchar de nuevo las palabras de Jesús «Os he hablado para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud». Experimentar de nuevo cómo ‘la tristeza, la mentira, la insatisfacción y el pecado se nos van lentamente transformando en gozo, luz interior, reconciliación y acción de gracias, en el encuentro personal con Jesucristo.
No es una alegría estéril sino una fuerza gozosa que nos ilumina, nos limpia, nos transforma y nos impulsa a vivir de otra manera. Una alegría que nos libera de la tristeza cuando sentimos la tentación de desesperar de ios hombres y de nosotros mismos.
UNA ALEGRIA DIFERENTE
Para que mi alegría esté con vosotros.
No es fácil la alegría. Los momentos de auténtica felicidad parecen pequeños paréntesis en medio de una existencia de donde brotan constantemente el dolor, la inquietud y la insatisfacción.
El misterio de la verdadera alegría es algo extraño para muchos hombres y mujeres. Todavía quizás saben reír a carcajadas, pero han olvidado lo que es una sonrisa gozosa, nacida de lo más hondo del ser. Tienen casi todo, pero nada les satisface de verdad. Están rodeados de objetos valiosos y prácticos, pero apenas saben nada de amor y amistad. Corren por la vida absorbidos por mil tareas y ocupaciones, pero han olvidado que estamos hechos para la alegría.
Por eso, algo se despierta en nosotros cuando escuchamos las palabras de Jesús: «Os he hablado para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo». Nuestra alegría es frágil, pequeña, y está siempre amenazada. Pero algo grande se nos promete. Poder compartir la alegría misma de Jesús. Su alegría puede ser la nuestra.
El pensamiento de Jesús es claro. Si no hay amor, no hay vida. No hay comunicación con él. No hay experiencia del Padre. Si falta el amor en nuestra vida, no queda más que vacío y ausencia de Dios. Podemos hablar de Dios, imaginarlo, pero no experimentarlo como fuente de gozo verdadero. Entonces el vacío se llena de dioses falsos que toman el puesto del Padre, pero que no pueden hacer brotar en nosotros el verdadero gozo que nuestro corazón anhela.
Quizás los cristianos de hoy pensamos poco en la alegría de Jesús, y no hemos aprendido a «disfrutar» de la vida, siguiendo sus pasos. Sus llamadas a buscar la felicidad verdadera se han perdido en el vacío, tal vez porque los hombres seguimos obstinados en pensar que el camino más seguro de encontrarla es el que pasa por el poder, el dinero o el sexo.
La alegría de Jesús es la de quien vive con una confianza limpia y condicional en el Padre. La alegría del que sabe acoger la vida con agradecimiento. La alegría del que ha descubierto que la existencia entera es gracia.
Pero la vida se extingue tristemente en nosotros si la guardamos para nosotros solos, sin acertar a regalarla. La alegría de Jesús no consiste en disfrutar egoístamente de la vida. Es la alegría de quien da vida, y sabe crear las condiciones necesarias para que crezca y se desarrolle de manera cada vez más digna y más sana. He aquí una de las enseñanzas clave del Evangelio. Sólo es feliz quien hace un mundo más feliz. Sólo conoce la alegría quien sabe regalarla. Sólo vive quien hace vivir.
POR Y CON EL AMOR DE DIOS
Jn 15, 9-17
INTRODUCCIÓN
El evangelio de hoy es continuación del que leímos el domingo pasado. Sigue explicando, en qué consiste esa pertenencia del cristiano a la vid. Poniendo como modelo su unión con el Padre, va a concretar Jesús lo que constituye la esencia de su mensaje. Ya sin metáforas ni comparaciones, nos coloca ante la realidad más profunda del mensaje del evangelio: El AMOR, que es a la vez la realidad que nos hace más humamos.
Jesús les da las señas de identidad que tienen que distinguirlos como cristianos. Es el mandamiento nuevo, por oposición al mandamiento antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos alianzas. Jesús no manda amar a Dios ni amarle a él, sino amar como él ama.
En realidad no se trata de una ley, sino de una respuesta a lo que Dios es en cada uno de nosotros, y que en Jesús se ha manifestado de manera contundente. Nuestro amor será "un amor que responde a su amor" (Jn 1,16). El amor que pide Jesús tiene que surgir desde dentro, no imponerse desde fuera. Se trata de manifestar lo que es Dios en lo hondo de mi ser, a través de las obras.
EXPLICACIÓN
Juan emplea en este relato la palabra agape. Los primeros cristianos emplearon no menos de ocho palabras, para designar el amor: agape, caritas, philia, dilectio, eros, libido, stergo, nomos. Ninguna de ellas excluye a las otras, pero solo el "agape" expresa el amor sin mezcla alguna de interés personal. Sería el puro don de sí mismo, solo posible en Dios.
Al emplear agapate (que os améis), está haciendo referencia al amor que es Dios, es decir, al grado más elevado de don de sí mismo. No está hablando de un amor de amistad o de una "caridad". No es desarrollando sus cualidades humanas como puede el cristiano cumplir el encargo de Jesús. Se trata de desplegar una cualidad exclusiva de Dios. Se nos está pidiendo que amemos con el mismo amor de Dios.
Dios demostró su amor a Jesús con el don de sí mismo. Jesús está en la misma dinámica con los suyos, es decir, les manifiesta su amor hasta el extremo. El amor de Dios es la realidad primera y fundante.
Juan lo ha dejado bien claro en la segunda lectura: "En esto consiste el amor, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó". Descubrir esa realidad y vivirla, es la principal tarea del que sigue a Jesús. Es ridículo seguir enseñando que Dios está condicionado por nuestras obras; es decir, nos ama si somos buenos y nos rechaza si somos malos.
Pero hay una diferencia que tenemos que aclarar. Dios no es un ser que ama, es el amor. En Él, el amor es su esencia, no una cualidad como en nosotros. Yo puedo amar o dejar de amar, y sigo siendo yo. Si Dios dejara de amar un solo instante, dejaría de existir.
Dios manifiesta su amor a Jesús, como se lo manifiesta a todas sus criaturas; como me lo manifiesta a mí. Pero no lo hace como nosotros. No podemos esperar de Dios "muestras puntuales de amor", porque no puede dejar de demostrarlo un instante.
El amor que es Dios, tenemos que descubrirlo dentro de nosotros, como una realidad que está inextricablemente unida al ser. Jesús, que es hombre, sí puede manifestar el amor de Dios, amando como Él ama y obrando como Él obraría si fuera un ser humano.
Otra consecuencia decisiva de la idea de Dios, que Juan intenta trasmitirnos, es que, hablando con propiedad, Dios no puede ser amado. Él es el amor con el que yo amo, no el objeto de mi amor. Aquí está la razón por la que Jesús se olvida del primer mandamiento de la Ley: "amar a Dios sobre todas las cosas". Juan comprendió perfectamente el problema, y deja muy claro que solo hay un mandamiento: amar a los demás, no de cualquier manera, sino como Jesús nos ha amado. Es decir, manifestar plenamente ese amor que es Dios, en nuestras relaciones con los demás.
Naturalmente, no se puede imponer el amor por decreto. Todos los esfuerzos que hagamos por cumplir un "mandamiento" de amor, están abocados al fracaso. El esfuerzo tiene que estar encaminado a descubrir a Dios que es amor dentro de nosotros. Todas las energías que empleamos en ajustarnos a una programación, tienen que estar dirigidas a tomar conciencia de nuestro verdadero ser.
En el fondo, se nos está diciendo que lo primero para un cristiano es la experiencia de Dios. Solo después de un conocimiento intuitivo de lo que Dios es en mí, podré descubrir los motivos del verdadero amor.
El amor del que nos habla el evangelio es mucho más que instinto o sentimiento. A veces tiene que superar sentimientos e ir mucho más allá del instinto. Esto nos despista y nos lleva a sentirnos incapaces de amar. Los sentimientos de rechazo a un terrorista o a un violador, pueden hacernos creer que nunca llegaré a amarle. El sentimiento es instintivo, involuntario y anterior a la intervención de nuestra voluntad. Pero el amor va más allá del sentimiento. Y la verdadera prueba de fuego del amor es el amor al enemigo. Si no llego hasta ese nivel, todos los demás amores que pueda desplegar, son engañosos.
El amor no es sacrificio ni renuncia, sino elección gozosa. Esto que acaba de decirnos el evangelio, no es fácil de comprender. Tampoco esa alegría de la que nos habla Jesús es un simple sentimiento pasajero; se trata más bien, de un estado permanente de plenitud y bienestar, por haber encontrado tu verdadero ser y descubrir que ese ser es inmutable y eternamente estable. Una vez que has descubierto tu ser luminoso indestructible, desaparece todo miedo, incluido el miedo a la muerte. Sin miedo, como decía Buda, no puede haber sufrimiento. Surgirá espontáneamente la alegría que es nuestro estado natural cuando nada impide que el ser se despliegue totalmente.
Solo cuando has descubierto que lo que realmente eres, no puedes perderlo, estás en condiciones de vivir para los demás sin límites. El verdadero amor es don total. Si hay un límite en mi entrega, aún no he alcanzado el amor evangélico. Dar la vida, por los amigos y por los enemigos, es la consecuencia lógica del verdadero amor. No se trata de dar la vida biológica muriendo, sino de poner todo lo que somos al servicio de los demás.
Desde esta dinámica, no tiene ningún sentido hablar de siervo y de señor. Más que amigos, más que hermanos, identificados en el mismo ser de Dios, ya no hay lugar ni para el "yo" ni para lo "mío". Comunicación total en el orden de ser, en el orden del obrar y en el orden del conocer.
Jesús se lo acaba de demostrar poniéndose un delantal (vestido de siervo) y lavándoles los pies. La eucaristía nos dice exactamente lo mismo: Yo soy pan que me parto y me reparto para que todos me coman. Yo soy sangre (vida) que se derrama por todos para comunicarles esa misma Vida. ¿Dónde pueden albergarse ahora los secretos, si ha desaparecido la individualidad diferenciadora? Jesús lo compartió todo.
Que vuestra alegría llegue a plenitud. Es una idea que hay que resaltar, porque en nuestro cristianismo no siempre lo hemos tenido claro. Jesús afirma que Dios quiere que seamos felices, eso sí, con una felicidad plena y definitiva, no con la felicidad que puede dar la satisfacción de nuestros sentidos. La causa de esa alegría es saber que Dios nos ama incondicionalmente; que esa actitud nos transforma en amigos; que nada podrá apartarnos de Él. Nos decía un maestro de novicios: "Un santo triste es un triste santo".
"No me elegisteis vosotros a mí, os elegí yo a vosotros". Expresa la experiencia de los primeros cristianos. Son conscientes de su libertad a la hora de seguir a Jesús, pero saben que el acercamiento empieza siempre por el amor de Jesús a cada uno. Debemos recuperar esta vivencia. El amor de Dios es lo primero. Dios no nos ama coma respuesta a lo que somos o hacemos, sino por lo que es Él.
No tiene ningún sentido seguir hablando del Dios que premia a los buenos y castiga a los malos. Dios ama a todos de la misma manera, porque no puede amar más a uno que a otro. De ahí el sentimiento de acción de gracias en las primeras comunidades cristianas. De ahí el nombre que dieron los primeros cristianos al sacramento del amor. "Eucaristía" significa acción de gracias.
APLICACIÓN
Para saber si estamos con Jesús no hay más criterio que las obras de amor. Cualquier relación con Dios sin un amor manifestado en obras, será pura idolatría. Pero esa manera de actuar tiene que surgir de lo hondo del ser, y no de una obligación externa.
La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos o normas morales. El único distintivo debe ser el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tengan que ajustarse a unos estatutos (este sigue siendo hoy nuestro error fundamental) sino una comunidad que experimenta a Dios como amor y cada miembro lo imita, amando como Él ama.
Esta oferta supera todas las ofertas que las instituciones pueden hacer, por eso se muestra Jesús a distancia e independiente de todas ellas. Ninguna otra realidad puede sustituir lo esencial. Si esto falta no puede haber comunidad cristiana.
Meditación-contemplación
Sin la experiencia de unidad con Dios
no podemos desplegar el verdadero amor (agape).
Sin la savia divina que nos atraviesa
nunca podremos dar el verdadero fruto.
.....................
Desde lo puramente humano ese amor es imposible.
No somos nosotros los que tenemos que amar.
Es el mismo Dios el que se da a través nuestro.
Desde nuestra verdadera humanidad podemos manifestar lo divino.
......................
El verdadero amor no es fruto del voluntarismo.
Tampoco surge del deseo de alcanzar una plenitud.
Amar es deshacerme de todo lo que creo ser,
para que solo quede en mí lo que es Dios.
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PERMANECER EN LO QUE SOMOS
Jn 15, 9-17
Solo en la primera parte del capítulo 15, aparece siete veces uno de los verbos preferidos por el autor del cuarto evangelio: ménein, que puede traducirse como "estar", "morar" o "permanecer". Comporta la idea de un estar-en, de manera continuada y estable, hasta el punto de llegar a ser "uno" con quien se permanece.
Jesús tiene conciencia de permanecer en el Padre y en los discípulos, y eso mismo es lo que desea que sus discípulos hagan consciente. Todo permanece ya, y desde siempre, en la Unidad, porque no puede existir nada al margen de nada. Lo que nos falta es tomar conciencia de ello, salir del engaño al que nos induce la mente, para reconocerlo y vivirlo. No somos islotes separados; siempre somos-en y somos-con.
El olvido de esta realidad hace que nos reduzcamos al ego –la identidad que nos proporciona nuestra mente- y vivamos a partir de esa creencia. Egocentrismo, individualismo, soledad, miedo, ansiedad, enfrentamiento... son las primeras consecuencias de aquel engaño.
Permanecer en Jesús y en el Padre equivale a experimentarnos en esa identidad profunda, que es no-dual y, por tanto, compartida. No cabe intimidad mayor: más allá de los "mapas" que son las creencias y las religiones –mapas valiosos en muchos casos-, nos reconocemos en el "Territorio" común. Más allá de pensarnos como "sarmientos" separados, nos descubrimos ser "vid" unificada.
Y eso mismo es Gozo, alegría que "nadie puede quitar". Porque no se halla a merced de lo que pueda ocurrir, sino que constituye el fondo mismo que somos y que compartimos con todos los seres.
Es el gozo permanente, que puede convivir con movimientos emocionales de diverso tipo, como aquella espaciosidad no-dual que abraza tanto alegrías como tristezas más superficiales y episódicas.
Y el Gozo es también uno con el Amor. "Ama, y haz lo que quieras": en esta máxima resumía san Agustín el comportamiento moral del cristiano. Para el evangelio, es así: el único mandato de Jesús –"los mandamientos de mi Padre", "lo que yo os mando"- es el amor.
Y, sin embargo, los manuales, los catecismos y las predicaciones han elaborado listas interminables de mandamientos, llegando en ocasiones a una casuística que hoy nos haría sonrojar.
Los factores que explican ese deslizamiento son varios: la necesidad de todo grupo de darse un ordenamiento jurídico; la necesidad de responder a situaciones concretas de la vida cotidiana; la necesidad de "tranquilizar" la conciencia –siempre es más fácil y menos exigente cumplir una lista de preceptos que, sencillamente, amar-; el ejercicio del poder, por parte de la autoridad, en forma de control de las conciencias... Sin embargo, frente a esos o cualesquiera otros motivos, es bueno volver a la originalidad de Jesús: "Esto os mando: que os améis unos a otros".
Consejos al visitar a un enfermo
ENFERMOS/VISITA
He aquí unas sugerencias que pueden ayudar a quienes visitan a los enfermos, escritas por dos capellanes de la Clínica Universitaria de Navarra, Miguel A. Monge y José Luis León. Ellos nos advierten que nuestra presencia puede dar alivio y consuelo, pero también puede molestar y añadir nuevo sufrimiento:
1. Al entrar en la habitación hay que mirar a la cara al enfermo. En un segundo entenderemos si molestamos o si nuestra presencia es grata.
2. En los casos de enfermos graves convienen hablar poco, en tono suave y trasmitiendo calma, serenidad, esperanza.
3. A los que han pasado por el quirófano, visítales dos o tres días después de la operación, a no ser que seas de mucha confianza.
4. Que la visita sea corta; se han de evitar las tertulias en la habitación del enfermo para no cansarle o fatigarle. Puede tener necesidades perentorias que no se atreva a pedir.
5. Mejor optar por el silencio escuchando sus penas, sus rebeldías y sus cansancios; comprende sus reacciones y no te escandalices de ellas; responde con una sonrisa sincera y una actitud bondadosa. Intenta sintonizar con sus sentimientos.
6. El calor humano, ponerse a su disposición para pequeños servicios, no dar sensación de prisa, no mirar al reloj, no referir nuestras obligaciones, un pequeño obsequioÉ son detalles que le pueden ayudar a abrirse.
7. El enfermo necesita alivio, no le satures con lamentaciones, penas, preocupaciones, problemas, desgracias o cosas negativas. Es él quien se tiene que descargar. Está prohibido hablar de enfermedades y de otros enfermos.
8. Distráele de sus preocupaciones y si te es posible, hazle reír y olvidarse de su dolor cuantas veces puedas.
9. No llores ante el enfermo, no necesita compasión, necesita tu comprensión y que le contagies confianza y esperanza. Infúndele ánimo y ganas de luchar.
10. Evita palabras vacías, frases hechas, sermones, broncas o consejos pesados.
11. Como los contemporáneos de Jesús, lleva al enfermo junto Jesús, ponlo a sus pies. Que escuche a Jesús.
12 Reza por el enfermo y, si lo desea, reza con él. Ayúdale a recorrer su camino hacia Dios y respeta su ritmo. Dios es el más interesado en que alcance la santidad.
J. ALDAZABAL
Este proyecto sigue las lecturas del domingo 6 de Pascua Eso sí: a la 2ª lectura, de la carta de Juan, se le podría añadir la 2ª del domingo 7 de Pascua, que es su continuación.
(Artículo primero: el amor)
Las lecturas de hoy nos han centrado claramente en la consigna del amor como el programa prioritario de los cristianos. Como si la Pascua, que estamos celebrando, tuviera aquí su clave principal: ¿amamos o no amamos? Este es el "mandamiento" por excelencia, que nunca acabamos de aprender y cumplir. No está mal que nos miremos a este espejo y nos examinemos, para saber si estamos siguiendo bien los caminos del Resucitado.
(Un amor en tres tiempos)
La carta de san Juan, y de nuevo el evangelio de san Juan, nos proponen este tema del amor con una "lógica" que nos podría parecer un poco extraña.
* Ante todo, nos asegura que Dios es amor. No somos nosotros los que amamos primero. Es él el que nos ha amado, anticipándose a nosotros. Y lo ha demostrado en toda la historia, sobre todo en su momento central, cuando hace ahora dos mil años nos envió a Cristo su Hijo.
La mejor prueba del amor de Dios la tenemos precisamente en la Pascua que estamos celebrando desde hace cinco semanas: ha resucitado a Jesús y en él a todos nosotros, comunicándonos su vida. De Dios podemos resaltar su inmenso poder, su sabiduría, su santidad. Pero hoy hemos escuchado una definición sorprendente: Dios es amor. Y ahí está el punto de partida de todo.
* Un segundo paso es constatar que Cristo Jesús es la personificación perfecta de ese amor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo". En Cristo vemos el amor de Dios en acción. Cristo nos muestra su amor: "Ya no os llamo siervos, os llamo amigos". Y lo puede decir con pleno derecho, porque es el que mejor ha hecho realidad esa palabra: "Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos".
El Cristo de la Pascua, el entregado a la muerte y resucitado a la vida, es el que puede hablar de amor. En la misma escena en que dice estas palabras -su cena de despedida- hará con sus discípulos un adelanto simbólico de su entrega en la cruz: se ciñe la toalla y les lava los pies. El amor del que sirve, del que se entrega hasta el final, del que no se busca a sí mismo.
* Y ahora viene la conclusión. Amaos unos a otros: Es el tercer momento de esta propuesta del amor. Una conclusión que parece como que rompe la lógica, porque se podría suponer que acabara de otro modo: si Dios os ama, si yo os he demostrado mi amor, responded vosotros con vuestro amor a Dios y a mí. Y sin embargo, la conclusión de Jesús es otra: "Amaos unos a otros". Es una lógica sorprendente, pero que Juan subraya una y otra vez. Sólo el que ama a los demás "ha nacido de Dios", sólo el que ama "conoce a Dios".
(Amor de hijos y de hermanos)
"Amor" es una palabra que usamos mucho y que puede llegar a vaciarse de contenido. Pero aquí se nos presenta cargada de contenido. El que se siente amado por Dios, el que tiene conciencia de "hijo" de Dios y "hermano" de Cristo, tiene un programa de vida clarísimo: tiene que amar a su hermano. Si yo soy hijo de Dios, y los demás también lo son, todos nos debemos sentir hermanos y amarnos. Es un programa que nos ofrece los mejores ideales y a la vez la más auténtica alegría: "Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría llegue a plenitud". La alegría de Cristo es profunda y seria: es la alegría del que se ha sacrificado por los demás hasta las últimas consecuencias. En nuestra vida familiar y social tenemos muchas ocasiones para ejercitar este primer mandamiento, hecho cercanía, comprensión, perdón, ayuda generosa...
(Un amor universal: el caso de Cornelio)
Hemos escuchado en la primera lectura un caso muy hermoso de esta caridad fraterna, concretada en la actitud de tolerancia y universalismo. La comunidad primera, por medio de Pedro, primero, y luego de todos, aceptan en la fe a una familia pagana, romana por más señas (o sea, de la nación ocupante), la familia del centurión Cornelio. Iluminados por el Espíritu, se dan cuenta de que Dios no hace "acepción de personas", que no distingue entre naciones y lenguas y procedencias. La comunidad cristiana aprendió así una lección de apertura.
Esto sigue costándonos a nosotros. Es difícil aceptar a personas de distinta formación, de carácter, cultura, ideología y edad diferentes... Y, sin embargo, la lógica es clara: Dios quiere a todos, Cristo se entregó por todos, por tanto nosotros debemos amar también con corazón universal.
En cada Eucaristía escuchamos todos la misma Palabra, recibimos el mismo alimento de vida, y nos damos la paz. Que se note también en la vida que estamos aprendiendo a amar con el mismo corazón universal de Dios y de Cristo.
ALESSANDRO PRONZATO
Las palabras de Cristo en el domingo anterior subrayaban la exigencia de "dar fruto". La viña de Dios no puede ser una viña decorativa, un elemento ornamental del paisaje, bella para la vista, puesta allí como objeto de admiración. Debe "dar mucho fruto".
La iglesia, viña de Dios, no posee en sí misma la propia justificación. Su razón de ser son esos frutos que el propietario espera de ella. Su justificación está en la ventaja que el hombre saca de ella.
Hoy se precisa en qué consiste exactamente el "dar fruto".
En el lenguaje de Juan, "fruto" no significa genéricamente "obras buenas". La palabra tiene aquí una significación bien definida: son los frutos de amor, de caridad.
O sea, quien vive en Cristo debe producir frutos de bondad, justicia, paz. El amor constituye la tarea fundamental del cristiano.
Si el cristiano se revela incapaz de amar es un fracaso.
Si la Iglesia no aparece como un testigo creíble de caridad, justicia, atención a los pobres, es una viña estéril.
La presencia en nosotros de las palabras de Cristo ("Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros...") se traduce en amor fraterno. "Dar fruto" es precisamente esto.
La palabra de Dios, es como una semilla que, penetrando en el corazón del hombre, está destinada a germinar, crecer, y "dar fruto, el ciento por uno" (Mc/04/20). Frutos de misericordia, perdón, generosidad, abnegación, compresión, compromiso a favor de los hermanos, capacidad de arriesgarse por los débiles, los oprimidos, los marginados.
En el evangelio que se nos propone en este domingo -también tomado del "discurso de despedida" de Jesús- hay un martilleo inquietante de frases que precisan el deber fundamental del cristiano.
"Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor" (v. 9-10).
Cada una de las frases -como dice M. E. Boismard- establece un paralelismo entre el Padre y Jesús por una parte, entre Jesús y sus discípulos por otra. La primera frase nombra, sucesivamente, al Padre, a Jesús y finalmente a los discípulos. La segunda sigue un movimiento inverso.
Tenemos, pues, como una parábola que parte del Padre y vuelve al Padre.
El amor encuentra la propia fuente en el Padre, pasa del Padre a Cristo, y de Cristo a los discípulos.
La condición para "permanecer en el amor" consiste en observar los mandamientos de Jesús, como Jesús ha observado los mandamientos del Padre. Los mandamientos, después, se reducen a un mandamiento único, el que encierra a todos y representa la síntesis y el espíritu de la ley: el amor.
Consiguientemente los lazos que unen a los discípulos con Jesús son análogos a los que unen a Jesús al Padre. Los discípulos "guardan" los mandamientos de Jesús y son amados por él, así como Jesús "guarda" los mandamientos del Padre y es amado por él.
En el centro, Juan coloca el tema de la alegría: "Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud".
La alegría, pues, como fruto de la obediencia y del amor.
El discípulo se caracteriza por la alegría, no por otra cosa.
Su alegría no es una alegría cualquiera o una alegría disminuida.
Es una alegría "plena", completa, la misma del Maestro, que se adueña de su vida y que irradia de toda su persona.
Pero no basta. Jesús se propone como modelo del deber de amarse unos a otros: "...como yo os he amado".
Y él nos ha amado "hasta el extremo" (/Jn/13/01). Que hay que entender no sólo en sentido de fidelidad temporal, sino en términos de intensidad, radicalismo, incluso exceso: hasta el extremo, hasta el máximo, hasta "dar la vida" por los amigos.
Su amor ha sido un amor sin medida "loco". He hablado de "martilleo inquietante" de estas frases.
En efecto, personalmente no me siento de ninguna manera confortado, tranquilo. Mi posición, entre esas dos realidades implacables -"como el Padre me ha amado" y "como yo os he amado"- está muy lejos de ser cómoda. Me siento como aplastado por estas exigencias que me quitan el aliento.
Quisiera amar como yo quiero, cuando yo determino, y cuando yo decido. Sin embargo esos dos "como" me proyectan hacia una medida divina, lejanísima de mis horizontes habituales, me desinstalan de mis programas de equilibrio para imponerme un estilo de locura, caracterizado por excesos increíbles.
Me hago ilusiones de que sé amar y de que no tengo necesidad de aprender. Creo que el amor es algo natural, y que funciona sin más.
Pero cuando soy alcanzado por esa provocación "como yo os he amado", empiezo a sospechar que el amor es una materia más bien difícil de aprender, una posibilidad que aún he de explorar por completo. Y cuando caemos en la escuela de tal Maestro, se llega a negarse a sí mismo, a olvidarse, a perderse.
Cristo nos ha amado no quedándose en su sitio, sino abajándose, "anonadándose", haciéndose siervo de todos.
Yo, por el contrario, prefiero que no me cueste demasiado en materia de sacrificios, renuncias, despojo.
Quisiera amar quedándome en mi sitio, sin molestarme excesivamente, sin privarme de aquello a lo que estoy apegado. Me resulta extremadamente duro "salir" de mí mismo, de mi egoísmo, de mis cálculos, de mi confort, de mis programas, de mis intereses, para llegar hasta el otro, caer en la cuenta de su presencia, entrar en su problema, penetrar en su sufrimiento.
Quiero ser yo quien decida a quién debo amar, quien establezca quién es digno y quién no merece mi interés.
Y Cristo me hace entender que no debo excluir a nadie, ni a los antipáticos, ni siquiera a quien me ha hecho algún mal.
El maestro insiste en machacar sobre el clavo fastidioso de que no debo ser yo quien "elija" al prójimo. El prójimo se presenta como quiere, en el momento menos oportuno, de la manera menos elegante; con las pretensiones menos discretas, muchas veces con una cara repugnante.
Bah, sí estoy dispuesto a dar algo, especialmente de los superfluo, después de haber hecho bien las cuentas de caja.
Y Cristo me explica que no hay amor verdadero si no se llega a "darse", o sea, a darse a sí mismo más que las cosas.
Y este darse, en ciertas circunstancias, puede significar "dar la vida por los amigos". Entonces me viene la duda de que soy un analfabeto en cuestión de amor, aunque tenga la palabra a todas horas en los labios. Bien lejos de ese "no tengo nada que aprender". Soy un principiante que he llamado amor a lo que era un simple egoísmo barnizado de buenos sentimientos.
La cruz de Cristo. La señal de los clavos. La traición. Frente a tales "ilustraciones", mi amor se pone en crisis, ya no me atrevo a pronunciar esa palabra.
"...Todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer". Menos mal, una frase que me tranquiliza, después de esas precedentes que quemaban. Este Cristo revelador de los secretos celestiales me gusta más que ese Cristo que pretende que yo ame a mis semejantes como él nos ha amado. En el fondo, Jesús viene de lo alto. Su condición de Hijo hace que esté al corriente de los secretos del Padre.
La idea de una religión "privilegiada" con Cristo, que me admite en el ámbito restringido de los "iniciados", en la élite de los elegidos para revelaciones sensacionales. Señor, aquí estoy para escuchar tu Palabra. Estoy atento para no dejar escapar ni siquiera una tilde de tus confidencias.
Adelante, Señor, habla. Estoy dispuesto a acoger y a custodiar todos los secretos que quieras desvelarme.
No me tengas más en suspenso. Estamos entre amigos, lo has dicho tú. "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer".
Espero con ansia este todo. Todo lo que has captado de labios del Padre.
"...Esto os mando: que os améis unos a otros". Ahí está todo el secreto. Todos los secretos reducidos a éste. Todas las cosas son una única cosa. Del Padre ha oído todo esto. Nada más. He entendido, Señor. Tu tarea de Maestro termina al revelarme, al enseñarme una sola cosa. La única cosa que no sé. La única cosa que no hago. Sin embargo, la única cosa por la que vale la pena comenzar...
OCARM
Lectura
El contexto de estos versículos del Evangelio de Juan contribuye a determinar el tono: nos encontramos ante el largo discurso de Jesús a los discípulos en la última cena, tras haber cumplido aquel gesto que, según el relato de Juan, califica el ministerio de Jesús como amor hasta el fin: lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,1-15). Mirando estos intensos capítulos podemos reconocer en ellos un dinamismo que va desde el gesto como tal, el lavatorio de los pies, - un gesto en línea con las obras que Jesús ha realizado como signo que expresa su identidad y que llama a la fe a quien ve y escucha, - al largo discurso dirigido a los discípulos, expresión de despedida pero también indicación de posturas que hay que asumir y realidades que hay que atender, hasta la oración “sacerdotal” de Jesús al Padre (Jn 17), oración que supera los confines del grupo de sus discípulos para dirigirse en beneficio de todos los creyentes de todos los tiempos. Un movimiento ascensional del relato con el enaltecimiento de Jesús sobre la cruz, enaltecimiento percibido y puesto en evidencia por Juan como glorificación salvífica de Jesús y que califica ulteriormente la Pascua como paso del Verbo que desde los hombres vuelve al Padre.
• En el discurso de Jesús las frases se subsiguen, se concadenan en un vértigo comunicativo que sin embargo no oprime con su ritmo, no cansa. Cada una de las expresiones es completa e incisiva en sí, y se inserta en el mundo expresivo de Jesús según Juan, en la continuidad de los temas y de los términos preferentemente usados.
• En el contexto inmediatamente previo Jesús ha hablado de sí mismo como vid verdadera (Jn 15,1); esta imagen tiene como marco dos relaciones: el Padre es el viñador y los discípulos son los sarmientos. Es una imagen reveladora: antes de ser una exhortación dirigida a sus discípulos, es expresión de un hecho: el Padre cuida de la planta preciosa, de la relación instaurada entre Jesús y los suyos, así como los discípulos viven una realidad de comunión que los califica desde ahora. La exhortación se expresa con las palabras mismas que explicitan la imagen y se centra en el verbo “permanecer”; los discípulos están llamados a permanecer en Jesús así como lo hacen los sarmientos en la vid, para tener vida y dar fruto. El tema de dar fruto, pero también el tema de pedir y obtener que vamos a encontrar en los versículos que comentamos, ha sido anticipado aquí, ofreciéndonos un ejemplo del estilo de Juan, que retoma los temas profundizándolos. Ciertamente en el verso n. 9 en el tono del discurso se percibe un cambio: no hay imágenes, sino la referencia directa a una relación: “Como el Padre me amó, yo también os he amado”. Jesús se pone en medio de un recorrido descendiente que va de Dios a los hombres. El verbo “amar” lo habíamos encontrado ya en el capítulo 14 al hablar de la observancia de los mandamientos; y ahora despunta de nuevo para llevar a una nueva síntesis en nuestro relato allí donde los “mandamientos” dejan paso al “mandamiento” que es el de Jesús: “Esto es lo que os mando: que os améis unos a otros” (Jn 15,17). La relación de reciprocidad se retoma inmediatamente tras un imperativo: “Permaneced en mi amor”; se pasa del verbo “amar” al sustantivo “amor” para indicar que la acción procedente del Padre y que pasa por el Hijo a los hombres ha creado y crea un nuevo estado de cosas, una posibilidad que era impensable hasta ese momento. Y en el verso 10 la reciprocidad se realiza en sentido contrario: la observancia de los mandamientos de Jesús es para los discípulos la manera de responder a su amor, en analogía y en continuidad real con la actitud del Hijo que ha observado los mandamientos del Padre y por esto él también permanece en su amor. Entonces, la perspectiva es muy distinta de aquel legalismo que había monopolizado los conceptos de “ley” y “mandamientos”: Jesús vuelve a colocar todo en su perspectiva más verdadera: una respuesta de amor al amor recibido, el anuncio de la posibilidad de estabilidad en la presencia de Dios. También la frase en el v. 11 se convierte en una salida ulterior de la perspectiva legalista: el fin es el gozo, un gozo, eso sí, de relación; el gozo de Jesús en sus discípulos, su gozo presente en plenitud.
• En el v. 12, como ya se ha dicho, el discurso se hace más apremiante: Jesús afirma que sus mandamientos se reducen a uno sólo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”; notamos como la línea relacional sea la misma, siempre en clave de respuesta: los discípulos se amarán como Jesús los ha amado. Pero lo que sigue restablece en términos absolutos el primado del don de Jesús: “Nadie tiene mayor amor que éste: dar la vida para los amigos” (v. 13). Es ésta la obra insuperable de su amor, una acción que levanta a su nivel más alto el grado de implicación: el don de la vida. De aquí una importante digresión sobre este nuevo nombre dado a los discípulos: “amigos”; un término que se ve ulteriormente circunstanciado en contraposición con otra categoría, la de los “siervos”; la diferencia está en la falta de conocimiento del siervo respecto de los proyectos de su señor: el siervo es llamado a ejecutar y basta. El discurso de Jesús sigue su lógica: justamente porque ha amado a sus discípulos y está a punto de dar la vida por ellos, él les ha revelado el proyecto suyo y de su Padre, lo ha hecho mediante signos y obras, lo hará en su obra más grande, su muerte en la cruz. Una vez más Jesús señala su íntima relación con el Padre: “Os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre” (v. 15). Y sin embargo, en el corazón de la afirmación de Jesús sobre los discípulos como amigos no se olvida lo que se ha expresado antes: “Sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (v. 14).
• Los últimos versículos de nuestro texto vuelven a lanzar la imagen de la vid, con además lo que ha sido afirmado: es Jesús que ha elegido a sus discípulos, no el contrario, la iniciativa sale de él. Sin embargo la imagen se ha dinamizado un poco: al contrario de una vid plantada en tierra, los discípulos están llamados para que vayan y para que en este ir den fruto; el fruto está destinado a permanecer (mismo verbo usado para invitar a permanecer en el amor de Jesús), otra calificación de estabilidad que vuelve a dar equilibrio al dinamismo.
• Su identidad de discípulos se fundamenta en la elección hecha por Jesús y presenta un camino que recorrer, un fruto que dar. Entre el pasado de la llamada, el presente de la escucha y el futuro de la fructificación, el cuadro del discípulo parece completo. Sin embargo, hay que arrojar luz sobre Alguien, hay todavía una actitud que proponer. “Dar fruto” puede llevar a los discípulos a un actuar unilateral; la partícula “para que” enlaza el fruto con lo que sigue: pedir y recibir, experimentar la indigencia
y el don dado con abundancia (“todo lo que pediréis”) y gratuitamente. Aquel Alguien que Jesús revela es el Padre, fuente del amor y de la misión del Hijo, el Padre al cual es posible dirigirse en nombre del Hijo ya que hemos permanecido en su amor. Y la conclusión se plantea de manera solemne y lapidaria: “Esto os mando: que os améis unos a otros”.
Meditación
Las palabras de Jesús poco antes de su glorificación indican a la Iglesia el sentido del seguimiento y sus exigencias. Son palabras fuertes, que reflejan la gloria de Aquel que se entregará y dará su vida, libremente, para la salvación del mundo (cfr. Jv 10,17-18); pero al mismo tiempo son palabras íntimas, y por esto mismo sencillas, esenciales, cercanas, concadenadas, típicas de un discurso de despedida donde la repetición se convierte en llamada apremiante. Ser discípulos de Cristo es ante todo un don: es El que ha elegido a los suyos, es El que les ha revelado su misión y está revelando el gran “trasfondo” del proyecto de salvación: el querer del Padre, el amor entre el Padre y el Hijo que ahora se comunica a los hombres. Los discípulos ahora conocen, a diferencia del pasado de los primeros pasos de la historia de salvación y del presente de los que se han encerrado en sí mismos optando por no comprender el valor de las obras realizadas por el Hijo por voluntad del Padre; este conocimiento pide e pedirá opciones coherentes para no quedarse en una pretensión vacía y estéril (cfr. 1Jn 4,8.20). “Permanecer” en el amor de Jesús y observar sus “mandamientos” es ante todo una revelación, el don de una suprema posibilidad que libera al hombre de la condición servil respecto de Dios mismo para ponerlo en una nueva relación con El, marcada por la reciprocidad, la relación típica de la amistad. “Permanecer en su amor” es lo que los Sinópticos llamarían el reino de Dios”, nueva situación en la historia antes herida por el pecado y ahora liberada.
En la cultura hebrea la observancia de los mandamientos iba unida a unos preceptos que iban hasta los más nimios particulares; todo esto tenía y tiene su valor, testimoniando así el esfuerzo de fidelidad a Dios de parte de los israelitas, llenos de celo; el riesgo, común a todas las realidades humanas, era el de perder de vista la iniciativa de Dios enfatizando la respuesta humana. En el evangelio de Juan Jesús restaura y por lo tanto renueva el campo semántico de la “ley” y de los “mandamientos” con el concepto de “permanecer”. Renueva y personaliza, ya que anuncia y muestra el amor del Padre dando su vida para salvar el mundo; es amor que revela la calidad no en abstracto, sino en el rostro concreto y cercano de Cristo que ama “hasta el fin” y vive en primera persona el amor más grande. Más de una vez Jesús ha descrito su relación con el Padre; el hecho que él se ponga bajo la señal de la obediencia al Padre califica la obediencia misma; no es la obediencia de un siervo, sino la del Hijo; es la obra que realizar, los “mandamientos de mi Padre”, no son algo exterior a Jesús, sino lo que El conoce y desea con todo su ser. El Verbo, que estaba con el Padre, está siempre con él haciendo lo que le complace en una comunión de operatividad que engendra vida. Y es justamente esto que Jesús pide a sus discípulos, teniendo en cuenta que aquel “como el Padre me amó... como yo os he amado” no queda a nivel de ejemplo, sino que se pone a nivel generativo, originario: es el amor del Padre la fuente de amor expresado por el Hijo, es el amor del Hijo la fuente de amor que los discípulos podrán dar al mundo.
Conocimiento y praxis están pues íntimamente enlazados en perspectiva del
“Evangelio espiritual”, así como ha sido definido el Evangelio de Juan desde los tiempos de los Padres de la Iglesia. La fe misma, cuando es auténtica, no soporta dicotomías ante la vida.
Los discípulos aparecen en estos versículos como objeto del amor entrañable de su maestro; él no los olvidará ni siquiera al acercarse de la prueba, cuando rezará al Padre por ellos y “por todos aquellos que por su palabra creerán...” (Jn 17,20). En el horizonte de la escucha, de la acogida y del compromiso está su gozo, que es el mismo que el del maestro. Es El quien los ha elegido, con los criterios que sólo Dios conoce, una elección que recuerda la opción de Israel, el más pequeño de todos los pueblos. Es Jesús quien los ha constituido, instruido, fortalecido. Todo esto asume un significado todavía más intenso si leído a la luz de Pascua y de Pentecostés. Parece una paradoja, pero es justamente a esto a lo que están llamados: ser firmes/permanecer, y sin embargo ir. Firmeza y dinamismo cuya fuente sigue siendo el misterio de Dios, por el cual el Verbo estaba con el Padre, y sin embargo puso su morada entre nosotros (cfr. Jn 1,2.14).
Ser constituidos en esta solidez, ir y dar fruto define así el cometido de los discípulos después de la Pascua del Señor Jesús. Pero todo esto lo tenemos en los versículos unido a la invitación a pedir al Padre, en nombre de Jesús. Del Padre, en Cristo y con la fuerza del Consolador se espera, pues, la gracia para amar y, amando, testimoniar.
Oración
Del texto emergen algunos elementos que pueden renovar nuestro estile de oración:
• una oración que sea realmente “trinitaria”, no solamente en el sentido de conciencia o expresión, sino que también en el sentido de la dinámica inherente a la oración misma;
• la exigencia de unidad entre oración y vida; la oración como reflejo, expresión y verificación de la vida de fe;
• el gozo que tiene que acompañar la actitud de la oración;
• la valoración de todo lo que es humano (conciencia de la relación, gusto de la oración, experiencia de gozo, percepción de unión con Dios), pero también el saber relativizar en la perspectiva de que todo es don. Salmo 119,129-136
Tus dictámenes son maravillas, por eso los guarda mi alma. Al manifestarse, tus palabras iluminan, dando inteligencia a los sencillos. Abro bien mi boca y hondo aspiro, que estoy ansioso de tus mandatos. Vuélvete a mí y tenme piedad, como es justo con los que aman tu nombre. Afirma mis pasos en tu promesa, que no me domine ningún mal. Rescátame de la opresión humana, y yo tus ordenanzas guardaré. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, y enséñame tus preceptos. Ríos de lágrimas vierten mis ojos, porque no se guarda tu ley.
Contemplación
La Palabra de Dios nos llama a reiterar en el corazón y con hechos la novedad de nuestro ser discípulos del Hijo. Los cuatro aspectos de relación con Dios, de lectura de la realidad, de compromiso en la realidad y de atención a la vida de la Iglesia serían como semillas de contemplación, ya que raíz de actitudes y de posibles opciones. Relación con Dios: crecer en la conciencia de estar insertos en la relación trinitaria: somos pensados, queridos, dados, salvados entre el Padre y el Hijo en el Espíritu; plantear siempre nuestras acciones como respuesta al amor de Dios que nos amó primero. Lectura de la realidad: reconocer el reflejo en lo privado de parte de personas e instituciones, así como el acatamiento del concepto de “amor” tanto en su interpretación materialista como también en huidas espiritualistas. Percatarse, por otro lado, de las expectativas de relación gratuita y liberadora, así como de las experiencias de don auténtico que quedan en la sombra en la mayoría de las veces. Compromiso con la realidad: dar la vida (en todas sus formas) como expresión concreta y que da valor al amor; la importancia de nuevas comunicaciones de experiencias y de sabiduría, fruto del testimonio del Evangelio en el mundo que Dios quiere salvar. La vida de la Iglesia como vida de relación en relación; percibir la Iglesia no sólo como imagen de la Trinidad, sino “dentro” de la Trinidad misma. Recuperar el sentido de la libertad y del gozo en la comunidad de los creyentes.
VI DOMINGO DE PASCUA
Antífona de entrada Cf. Is 48, 20
Con gritos de alegría anuncien y proclámenlo hasta los confines de la tierra:
El Señor ha liberado a su pueblo. Aleluia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso,
concédenos continuar celebrando con intenso fervor
estos días de alegría en honor de Cristo resucitado,
de manera que prolonguemos en nuestra vida
el misterio de fe que recordamos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Lleguen hasta ti, Señor,
nuestras oraciones junto con estas ofrendas,
para que, purificados por tu gracia,
recibamos el sacramento de tu inmensa bondad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Jn 14, 15-16
Dice el Señor: Si me aman, cumplirán mis mandamientos.
Y yo rogaré al Padre y él les dará otro Paráclito,
para que esté siempre con ustedes. Aleluia.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
que nos haces renacer a la vida eterna
por la resurrección de Cristo,
concede que los sacramentos pascuales
den fruto abundante en nosotros,
e infunde en nuestros corazones
la fuerza de este alimento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BÍBLICAS LITÚRGICAS
El Espíritu Santo era derramado
también sobre los paganos
Lectura de los Hechos de los Apóstoles 10, 25-26. 34-36. 43-48
Cuando Pedro entró en la casa del centurión Cornelio, este fue a su encuentro y se postró a sus pies. Pero Pedro lo hizo levantar, diciéndole: «Levántate, porque yo no soy más que un hombre.»
Después Pedro agregó: «Verdaderamente, comprendo que Dios no hace acepción de personas, y que en cualquier nación, todo el que lo teme y practica la justicia es agradable a Él. Él envió su Palabra al pueblo de Israel, anunciándoles la Buena Noticia de la paz por medio de Jesucristo, que es el Señor de todos. Todos los profetas dan testimonio de Él, declarando que los que creen en Él reciben el perdón de los pecados, en virtud de su Nombre.»
Mientras Pedro estaba hablando, el Espíritu Santo descendió sobre todos los que escuchaban la Palabra. Los fieles de origen judío que habían venido con Pedro quedaron maravillados al ver que el Espíritu Santo era derramado también sobre los paganos. En efecto, los oían hablar diversas lenguas y proclamar la grandeza de Dios.
Pedro dijo: «¿Acaso se puede negar el agua del bautismo a los que recibieron el Espíritu Santo como nosotros?» Y ordenó que fueran bautizados en el Nombre del Señor Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara con ellos algunos días.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 97, 1-4
R. El Señor reveló su victoria a las naciones.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.
Dios es amor
Lectura de la primera carta de san Juan 4, 7-10
Queridos míos, amémonos los unos a los otros, porque el amor procede de Dios, y el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.
El que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de Él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 14, 23
Aleluia.
«El que me ama será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará e iremos a él», dice el Señor.
Aleluia.
EVANGELIO
No hay amor más grande
que dar la vida por los amigos
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 15, 9-17
Durante la última cena, Jesús dijo a sus discípulos:
«Como el Padre me amó, también Yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he dicho esto para que mi gozo sea el de ustedes, y ese gozo sea perfecto.
Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que Yo les mando. Ya no los llamo servidores, porque el servidor ignora lo que hace su señor; Yo los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí de mi Padre.
No son ustedes los que me eligieron a mí, sino Yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero. Así todo lo que pidan al Padre en mi Nombre, Él se lo concederá.
Lo que Yo les mando es que se amen los unos a los otros.»
Palabra del Señor.
Plegaria eucarística especial I
La Iglesia en camino hacia la unidad
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
CP
En verdad es justo y necesario darte gracias,
y cantarte un himno de gloria y de alabanza,
Señor, Padre de infinita bondad.
Porque has reunido por medio del Evangelio de tu Hijo
a los hombres de todo pueblo, lengua y nación,
en una única Iglesia,
y por ella, vivificada por la fuerza de tu Espíritu,
no dejas de congregar a todos los hombres en la unidad.
Ella manifiesta la alianza de tu amor,
ofrece incesantemente la gozosa esperanza del reino,
y resplandece como signo de la fidelidad
que nos prometiste para siempre
en Jesucristo, Señor nuestro.
Por eso, con los ángeles del cielo
y con toda la iglesia, te aclamamos en la tierra,
diciendo a una sola voz:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
2. El sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CP
Santo eres en verdad y digno de gloria,
Dios que amas a los hombres,
que siempre estás con ellos en el camino de la vida.
Bendito es, en verdad, tu Hijo,
que está presente en medio de nosotros
cuando somos congregados por su amor,
y como hizo en otro tiempo con sus discípulos,
nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan.
3. Junta las manos y, manteniéndolas extendidas sobre las ofrendas, dice:
CC
Por eso te rogamos, Padre misericordioso,
que envíes tu Espíritu Santo
para que santifique estos dones de pan y vino,
Junta las manos y traza el signo de la cruz sobre el pan y el cáliz conjuntamente, diciendo:
de manera que se conviertan para nosotros
en el Cuerpo y + la Sangre
Junta las manos.
de Jesucristo, nuestro Señor.
4. En las fórmulas que siguen, las palabras del Señor deben pronunciarse claramente y con precisión, como lo requiere la naturaleza de las mismas palabras.
Él mismo, la víspera de su Pasión,
en la noche de la Última Cena,
Toma el pan y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó pan, te bendijo, lo partió
y se lo dio a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y COMAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ESTO ES MI CUERPO,
QUE SERÁ ENTREGADO POR USTEDES.
Muestra el pan consagrado al pueblo, lo deposita luego sobre la patena y lo adora, haciendo genuflexión.
5. Después prosigue:
Del mismo modo, acabada la cena,
Toma el cáliz y, sosteniéndolo un poco elevado sobre el altar, prosigue:
tomó el cáliz,
te dio gracias
y lo pasó a sus discípulos, diciendo:
Se inclina un poco.
TOMEN Y BEBAN TODOS DE ÉL,
PORQUE ÉSTE ES EL CÁLIZ DE MI SANGRE,
SANGRE DE LA ALIANZA NUEVA Y ETERNA,
QUE SERÁ DERRAMADA
POR USTEDES Y POR MUCHOS
PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS.
HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA.
Muestra el cáliz al pueblo, lo deposita luego sobre el corporal y lo adora, haciendo genuflexión.
6. Luego dice:
Éste es el Misterio de la fe.
7. Después el sacerdote, con las manos extendidas, dice:
CC
Por eso, Padre Santo,
al celebrar el memorial de Cristo, tu Hijo, nuestro Salvador,
a quien por su pasión y muerte en cruz
llevaste a la gloria de la resurrección y lo sentaste a tu derecha,
anunciamos la obra de tu amor, hasta que él venga,
y te ofrecemos el pan de vida y el cáliz de bendición.
Mira con bondad la ofrenda de tu Iglesia,
en la que se hace presente el sacrificio pascual de Cristo
que se nos ha confiado,
y concédenos, por la fuerza del Espíritu de tu amor,
ser contados ahora y por siempre
entre en número de los miembros de tu Hijo,
cuyo Cuerpo y Sangre comulgamos.
C1
Renueva, Señor, a tu Iglesia (que está en N.),
con la luz del Evangelio.
Consolida el vínculo de unidad
entre los fieles y los pastores de tu pueblo,
con nuestro Papa Francisco., nuestro Obispo Ismael,
y todo el orden episcopal,
para que tu pueblo brille,
en este mundo dividido por las discordias,
como signo profético de unidad y de paz.
C2
Acuérdate de nuestros hermanos (N. y N.),
que se durmieron en la paz de Cristo
y de todos los difuntos,
cuya fe sólo tú conociste:
admítelos a contemplar la luz de tu rostro
y dales la plenitud de la vida en la resurrección.
Y, terminada nuestra peregrinación por este mundo,
concédenos, también,
llegar a la morada eterna
donde viviremos siempre contigo
y allí, con santa María, la Virgen Madre de Dios,
con los apóstoles y los mártires,
(con san N. santo del día o patrono)
y en comunión con todos los santos,
te alabaremos y te glorificaremos
Junta las manos.
por Jesucristo, Señor nuestro.
8. Toma la patena con el pan consagrado y el cáliz, los eleva, y dice:
CP o CC
Por Cristo, con él y en él,
a ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo,
todo honor y toda gloria
por los siglos de los siglos.
El pueblo aclama:
Amén.
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