Presentación del Señor
Liturgia Viva – La Presentación del Señor
Nota: Como ahora es Fiesta del Señor, ya no directamente de la Virgen, esta celebración del 2 de febrero reemplaza al Domingo del Tiempo Ordinario en caso de coincidir ambos el mismo día. – Si cae en días entre semana, puede suprimirse una de las dos primeras lecturas.
UNA LUZ PARA ALUMBRAR
Saludo (Ver segunda lectura)
Jesús compartió nuestra misma carne y sangre
para poder ser completamente
como los hombres, sus hermanos,
y, compasivo y digno de confianza,
para expiar por nuestros pecados.
Que este Señor, Jesús, esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
Hemos venido hoy para celebrar juntos la Fiesta de la Presentación del Señor. Es una fiesta de alegría por la esperanza que este niño trae a la gente -jóvenes y viejos-: Aquí está el futuro, aquí está la salvación: Dios ha guardado su promesa de vida y de perdón. Pero hay también tristeza en esta fiesta: El niño causará dolor a su madre y él será rechazado aun por algunos de su misma gente, aunque viene para ser luz para todos. Que las velas encendidas en nuestras manos sean el signo de que no rechazamos a Jesús, sino que queremos seguirle como la luz de nuestra vida.
I. BENDICIÓN DE LAS CANDELAS
Roguemos para que el Señor encienda nuestros corazones con un fuego santo para seguir a Jesús, nuestra Luz.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú eres la luz verdadera.
Cuando tú hablas,
la oscuridad da paso a la luz del día,
el mundo refleja tu resplandor,
y podemos vivir en la luz de tu amor.
Date a conocer a nosotros
mientras portamos en nuestras manos estas candelas,
y haz nuestros rostros resplandecientes con tu gloria.
Haznos hijos de la luz,
líbranos de la oscuridad del pecado
y llévanos a tu luz eterna
por medio de aquel que es
nuestro camino, nuestra verdad y nuestra vida
y la luz del mundo, Jesucristo, nuestro Señor.
(Aspersión de las candelas con agua bendita)
Procesión
¡Marchemos en paz para encontrar al Señor!
II. MISA
En la Misa con bendición de candelas, no hay acto penitencial después del canto de entrada, sino que la Misa continúa con el Gloria y la oración colecta. En otras Misas del día sin bendición de candelas, se podrá usar el siguiente acto penitencial.
Acto Penitencial
Nosotros nos hemos visto ofuscados a veces
por “luces” mundanas,
diferentes de Cristo, que es la verdadera Luz.
Le pedimos ahora al Señor que nos perdone.
(Pausa)
Señor Jesús, que tu luz nos guíe
en el camino hacia el Padre:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, irradia sobre nosotros
la luz de la verdad y de la sabiduría del Espíritu:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, que la luz de tu misericordia
reúna a todas las naciones en tu amor:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor,
y perdona nuestros pecados.
Que caminemos siempre en la luz de Cristo
hasta que nos lleves a la vida eterna.
Oración Colecta
Roguemos para que con Jesús, nuestra luz,
partamos resueltamente por el camino
de la auténtica renovación.
(Pausa)
Oh Dios y Padre nuestro:
Es difícil para nosotros decir adiós
a todo lo que nos es seguro y familiar:
nuestros hábitos rutinarios, nuestra auto-complacencia,
nuestras certezas y nuestras prácticas habituales.
Nos ofrecemos ahora con Jesús, nuestro Señor,
presentado en ofrenda en el templo de Jerusalén,
y te pedimos fortaleza para seguir su luz.
Ayúdanos a aceptar, con él,
las inseguridades de la auténtica conversión,
y a llevar a todos los que nos rodean
la luz y el calor de tu Hijo.
Que éste sea el sacrificio agradable que te ofrecemos hoy juntamente con Jesucristo nuestro Señor.
Liturgia de la Palabra
Primera Lectura (Mal 3,1-4): El Salvador te Purificará
El Salvador vendrá a su templo, es decir, vivirá en medio de su pueblo, para purificar nuestros corazones. Entonces nuestras ofrendas agradarán a Dios.
Segunda Lectura (Heb 2,14-18): Jesús se Hizo como Nosotros para Ayudarnos
Jesús se hizo humano como nosotros para comprendernos, para ser uno con nosotros en nuestras pruebas y sufrimientos, para hacernos libres para Dios y para los hermanos.
Evangelio Lc (2,22-40): La Luz Ilumina a los Que la Aceptan.
Los que esperan con fe la venida de Dios le reconocerán incluso en sus humildes apariencias. Pero seguir a Cristo es con mucha frecuencia bien exigente.
Oración de los Fieles (Gracias al P. René Mouret; adaptado)
Oremos juntos a Jesús, nuestro comprensivo y fiable sumo sacerdote, que puede ayudar a todos nuestros hermanos y hermanas, y digámosle:
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Para que nuestro Señor acoja a los niños, aun cuando nadie se los presente, roguemos al Señor.
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Para que el Señor acoja a los padres, aun cuando no hayan logrado llevar a sus hijos hacia él, roguemos al Señor.
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Para que el Señor acepte a los ancianos (como Simeón y Ana), aun cuando no hayan reconocido todavía al Salvador y no hayan encontrado la auténtica paz, roguemos al Señor.
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Para que el Señor acoja a todos los hombres, aun cuando no sean conscientes de las riquezas que Cristo les ofrece y de la felicidad que ha preparado para ellos, roguemos al Señor:
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Para que el Señor acepte a todos los cristianos, aun cuando hayan fallado en hacer brillar su luz a todas las naciones, roguemos al Señor:
R/ Acógenos, Señor, en tu luz y en tu amor.
Señor, acoge nuestra oración en este santo lugar, en nuestro templo, a donde tú has venido (como en Jerusalén) para encontrarnos. Muestra tu amor a todos los que acabamos de presentarte, a ti, nuestro Dios y Señor, por los siglos de los siglos.
Oración sobe las Ofrendas
Señor Dios, Padre todopoderoso y amoroso:
Tú haces brillar tu luz en nuestra oscuridad;
tú nos das a tu Hijo Jesucristo
y nos permites participar en su propia ofrenda.
Acéptanos con nuestras medias verdades
y nuestros esfuerzos borrosos para buscar tu voluntad.
Purifica nuestra fe en las pruebas de la vida.
Que nuestra ofrenda ahora sea grata a tus ojos
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Jesús fue presentado y ofrecido en el Templo de Jerusalén. Con él, y con María y José, nos ofrecemos ahora para ser, con y como Jesús, luz para nuestros hermanos y hermanas.
Introducción al Padre Nuestro
Ofrezcamos la oración de Jesús a nuestro Padre del cielo. R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de la tiniebla del pecado
y que la luz de tu amor y tu paz
brille sobre nosotros, tu pueblo.
Purifica a tu Iglesia para que dé testimonio
de la luz del evangelio
en un mundo roto por el materialismo y la mentira,
por la miseria y la injusticia,
por los conflictos y por las guerras.
Que tu luz agradable nos empuje adelante
en alegría y esperanza,
mientras trabajamos
por la plena venida entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Porque tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor,
que es la luz que vino a este nuestro mundo
para iluminar a todos los hombres.
Dichosos nosotros de participar
en esta sagrada ofrenda, la eucaristía,
y de recibirle como nuestro pan de vida.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Tú expresaste tu poderosa palabra: “¡Hágase la luz!”
a un mundo sumido todavía en tinieblas,
y hubo luz.
Tú nos has hablado con tu Palabra viva,
Jesucristo ente nosotros
y hay luz en nuestras mentes y corazones.
No permitas que guardemos esta luz de Jesús
escondida bajo la sombra de nuestra mediocridad,
sino que brille en nuestras palabras y en nuestras obras,
para que iluminen los pasos
de todos los hombres que buscan la verdad.
Te lo pedimos por aquél que es la luz
y la estrella que guía nuestras vidas:
Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Hemos visto hoy la luz verdadera que ilumina nuestras vidas. Ésta es la luz a la que intentamos seguir como guía de todo lo que hacemos. Porque con esta luz vemos el camino y la meta adonde nos dirigimos y adonde nos llevará. ¡Que esa luz brille sobre nosotros y en nosotros!
Y que todos la vean y la sigan.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Podemos ir en paz llevando la luz de Cristo con nosotros.
LA NAVIDAD SIEMPRE VIVE
Celebramos hoy la fiesta de la Presentación del Señor en el templo. Aunque parezca mentira, han pasado cuarenta días desde la celebración de la Navidad. José y María se acercan a Jerusalén, a cumplir con las normas judías de purificación. Es una nueva revelación de Jesús, el Mesías, al que todos esperaban, pero sólo dos personas, Simeón y Ana, fueron capaces de reconocer.
En Belén la gloria del Señor envolvió de luz a los pastores; en los lejanos países de Oriente la estrella brilló para los Magos; en el templo de Jerusalén ha aparecido la luz para iluminar a la gente. Es un puente entre la Navidad y la Pascua, y María, la Madre de Dios, es el vínculo de unión entre estos dos momentos de salvación. En Oriente, se conoce la fiesta del encuentro, entre el Niño Dios y el anciano Simeón, el Antiguo y el Nuevo Testamento.
Aprovechando la Presentación de Jesús en el templo, la Iglesia celebra la Jornada de la Vida Consagrada. La idea de san Juan Pablo II era que “la Iglesia valore cada vez más el testimonio de las personas consagradas y éstas renueven cuanto debe inspirar su entrega al Señor”. Como dice el Papa Francisco, “para ser «peregrinos y sembradores de esperanza», los consagrados acuden al Señor y se sienten «anclados en la esperanza»; poderosamente estimulados a aferrarse, con toda la Iglesia, al «ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina, donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús» (Heb 6,18-20).”
Con estos antecedentes, vayamos con las lecturas.
En los versículos anteriores a lo que hoy leemos, en el libro de Malaquías, el pueblo judío se estaba quejando de que no sabían dónde estaba el Dios de justicia. En el fragmento que se nos presenta este domingo, el profeta da la respuesta que esperaba su pueblo. Llegará el Salvador, al que todos esperaban, y purificará el templo, para que las ofrendas sean justas, agradables a Dios.
El oráculo de Malaquías se cumplió con la venida de Jesús. Él ha entrado en el templo que debería haber sido “casa de oración para toda la gente” y que los sacerdotes y levitas habían convertido en “cueva de ladrones”. Como en los tiempos de Jesús, hoy sigue habiendo resistencia a aceptar la llegada del Salvador. De alguna manera, el texto que hoy meditamos puede ser una invitación a abrir las puertas de nuestro templo al Señor, que viene para purificarlo, para que nuestras ofrendas sean justas.
La Carta a los Hebreos nos recuerda, para que no se nos olvide, la Encarnación del Señor. Para ayudar a todos sus hermanos – no a los ángeles – Jesús se hizo uno de nosotros. Porque para eso se hizo hombre el Señor. El enlace entre los hombres y el Padre, que solo un Dios – Hombre o un Hombre – Dios podía llevar a cabo.
Porque nuestros miedos y preocupaciones son las preocupaciones y el miedo de Cristo. Es lo que significa la Encarnación, participar en nuestros problemas e inquietudes, desde dentro, no desde fuera, no como un observador neutral. Habiendo sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado, es capaz de entender nuestras debilidades, echarnos un cabo, cuando parece que nos ahogamos y aliviarnos en los momentos de dificultad.
Israel había guardado celosamente la profecía de Malaquías que encontramos en la primera lectura. Creían que un día Dios manifestaría su fuerza contra los incumplidores de la ley. En el evangelio de hoy Lucas nos narra la desconcertante respuesta del Señor a esta esperanza. Desde luego, no fue como se lo imaginaban los fariseos. Se imaginaban, quizás, su ingreso triunfal, entre legiones de ángeles, como un juez severo pronto para condenar. He aquí, sin embargo, su sorprendente ingreso en el templo: es un recién nacido, débil e indefenso, envuelto en pañales, en brazos de una muchacha poco más que adolescente, acompañada de su joven marido.
Los dos, María y José, saben que el niño que llevan en brazos no es suyo: les ha sido confiado por Dios para que sean sus cuidadores, pero que pertenece a Dios. Lo cuidarán con mucho amor, hasta que llegue el día de comenzar la misión que su Padre le ha encomendado. Lo llevan al templo, con confianza, para que el mundo sepa que ya está ahí.
Y el encuentro se produce con dos representantes de la tercera o cuarta edad. Un hombre y una mujer. Los únicos capaces de reconocer al Mesías. Conservamos los nombres: Simeón y Ana. Dos ancianos tienen un maravilloso encuentro con un niño de cuarenta días. Un hombre y una mujer que habían llegado al ocaso de sus vidas se encuentran con la Luz recién venida al mundo. Fue un encuentro tan especial que los dejó maduros para morir. Así lo confiesa Simeón: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz».
El Salvador también conoció la muerte. Porque se encarnó del todo. En medio de la vida y como un fuerte y angustioso oleaje, tuvo que enfrentarse a la “hermana muerte”. Pero la afrontó como lo que era, como todo un Señor, como «el Señor». Venció a la muerte entregándose a ella. No dejó que el miedo a la muerte le amordazara la boca, impidiéndole dar su testimonio.
Esa llamada al testimonio la tienen todos los cristianos. Nadie está libre de dar razón de su fe. Pero algunos, con una vocación especial, debemos dar testimonio de entrega a Dios hasta el final, sin reservarnos nada. Ese es el testimonio que los religiosos estamos llamados a dar. Del encuentro personal con Cristo, que cambia la existencia, nace la llamada a seguirlo más de cerca. A veces, con riesgo de la propia vida. Pero con mucha confianza en Dios, como los padres de Jesús.
Estamos necesitados de mucha apoyo y oración, Por eso, me parece oportuno terminar hoy con la oración que la Conferencia Episcopal Española ha preparado para este año.
Oración de la XXIX Jornada de la Vida consagrada. Oración del jubileo.
Padre que estás en el cielo, la fe que nos has donado en tu Hijo Jesucristo, nuestro hermano, y la llama de caridad infundida en nuestros corazones por el Espíritu Santo, despierten en nosotros la bienaventurada esperanza en la venida de tu reino.
Tu gracia nos transforme en dedicados cultivadores de las semillas del Evangelio que fermenten la humanidad y el cosmos, en espera confiada de los cielos nuevos y de la tierra nueva, cuando vencidas las fuerzas del mal, se manifestará para siempre tu gloria.
La gracia del jubileo reavive en nosotros, peregrinos de esperanza, el anhelo de los bienes celestiales y derrame en el mundo entero la alegría y la paz de nuestro redentor.
A ti, Dios bendito eternamente, sea la alabanza y la gloria por los siglos. Amén.
EVANGELIO
Mis ojos han visto a tu Salvador.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2, 22-40
Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones.»
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
- «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
- «Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.»
Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.
Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.
Palabra de Dios.
BANDERA DISCUTIDA
«Será como una bandera discutida.»
Simeón es un personaje entrañable. Lo imaginamos casi siempre como un sacerdote anciano del Templo, pero nada de esto se nos dice en el texto. Simeón es un hombre bueno del pueblo que guarda en su corazón la esperanza de ver un día «el consuelo» que tanto necesitan. «Impulsado por el Espíritu de Dios», sube al templo en el momento en que están entrando María, José y su niño Jesús.
El encuentro es conmovedor. Simeón reconoce en el niño que trae consigo aquella pareja pobre de judíos piadosos al Salvador que lleva tantos años esperando. El hombre se siente feliz. En un gesto atrevido y maternal, «toma al niño en sus brazos» con amor y cariño grande. Bendice a Dios y bendice a los padres. Sin duda, el evangelista lo presenta como modelo. Así hemos de acoger al Salvador.
Pero, de pronto, se dirige a María y su rostro cambia. Sus palabras no presagian nada tranquilizador: «Una espada te traspasara el alma». Este niño que tiene en sus brazos será una «bandera discutida»: fuente de conflictos y enfrentamientos. Jesús hará que «unos caigan y otros se levanten». Unos lo acogerán y su vida adquirirá una dignidad nueva: su existencia se llenará de luz y de esperanza. Otros lo rechazarán y su vida se echará a perder. El rechazo a Jesús será su ruina.
Al tomar postura ante Jesús, «quedará clara la actitud de muchos corazones». El pondrá al descubierto lo que hay en lo más profundo de las personas. La acogida de este niño pide un cambio profundo. Jesús no viene a traer tranquilidad, sino a generar un proceso doloroso y conflictivo de conversión radical.
Siempre es así. También hoy. Una Iglesia que tome en serio su conversión a Jesucristo, no será nunca un espacio de tranquilidad sino de conflicto. No es posible una relación más vital con Jesús sin dar pasos hacia mayores niveles de verdad. Y esto es siempre doloroso para todos.
Cuanto más nos acerquemos a Jesús, mejor veremos nuestras incoherencias y desviaciones; lo que hay de verdad o de mentira en nuestro cristianismo; lo que hay de pecado en nuestros corazones y nuestras estructuras, en nuestras vidas y nuestras teologías.
¡QUÉ FAMILIA!
Se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Hoy se habla mucho de la crisis de la institución familiar. Ciertamente la crisis es grave. Pero no es lícito ser catastrofistas. Aunque estamos siendo testigos de una verdadera revolución en la conducta familiar, y muchos han predicado la muerte de diversas formas tradicionales de familia, nadie anuncia hoy seriamente la desaparición de la familia.
Al contrario, la historia parece enseñarnos que en los tiempos difíciles se estrechan más los vínculos familiares. La abundancia separa a los hombres. La crisis y la penuria los une. Ante el presentimiento de que vamos a vivir tiempos difíciles, son bastantes los que presagian un nuevo renacer de la familia.
Con frecuencia, el deseo sincero de muchos cristianos de imitar a la sagrada familia de Nazaret ha favorecido el ideal de una familia cimentada en la armonía y la felicidad del propio hogar. Sin duda, es necesario también hoy promover la autoridad y responsabilidad de los padres, la obediencia de los hijos, el diálogo y la solidaridad familiar. Sin estos valores la familia fracasará.
Pero no cualquier familia responde a las exigencias del reino de Dios planteadas por Jesús. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad, y familias egoístamente replegadas sobre sí mismas. Familias autoritarias y familias de talante dialogal. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad.
Concretamente, en el contexto de la grave crisis económica que estamos padeciendo, la familia puede ser una escuela de insolidaridad en la que el egoísmo familiar, se convierte en virtud y criterio de actuación que configurará el comportamiento social de los hijos. Y puede ser, por el contrario, un lugar en el que el hijo o la hija puede recordar que todos tenemos un Padre común, y que el mundo no se acaba en las paredes de la propia casa.
Por eso, no podemos celebrar responsablemente la fiesta de la Sagrada Familia, sin escuchar el reto de nuestra fe. ¿Serán nuestros hogares un lugar donde las nuevas generaciones escucharán la llamada del evangelio a la fraternidad universal, la defensa de los abandonados, y la búsqueda de una sociedad mas justa, o se convertirán en la escuela más eficaz de insolidaridad, inhibición y pasividad egoísta ante los problemas ajenos?
SHALOM
Luz para alumbrar a las naciones.
El evangelista que narra el nacimiento de Jesús no sabía cómo transmitir su emoción ante lo sucedido en aquella noche santa. Sólo pudo decir lo que él «escuchaba» en lo íntimo de su corazón. Un canto entonado por ángeles, que venía a decir así: «A Dios gloria, alabanza y agradecimiento sin fin. A los hombres paz y sólo paz».
Es correcto traducir el término hebreo «shalom» por paz, como hacen todas las biblias, pero es demasiado poco. «Shalom» es la experiencia dichosa de la vida, el placer de vivir, el gozo total que Dios quiere para cada criatura, para cada árbol y cada animal, para cada niño y para cada hombre y mujer.
«Shalom» es lo que Dios quiere que experimentemos en cada cosa y en cada situación. «Shalom» es salud y bienestar, es casa segura y tierra fértil. Es gozar con la pareja, tener hijos, dormir seguros. «Shalom» es alegría, gozo y armonía interior. «Shalom» es la bendición de Dios: lo que Dios quiere desde siempre para la humanidad entera. Lo único que explica el nacimiento de ese niño.
Las sociedades modernas no despiertan necesidad de «shalom» ni anhelo de plenitud. Sólo producen necesidades artificiales que se satisfacen adquiriendo cosas. Hasta en estos días entrañables pretenden convencemos de que la falta de ternura y de calor se puede llenar comprando artículos de regalo.
Me dicen que vivo en una sociedad del bienestar, pero conozco a mucha gente que se defiende como puede entre la depresión y la resignación. Me aseguran que pertenezco a una religión que es portadora de una alegría universal y siento entre nosotros tristeza, resentimiento y hasta crispación. Al parecer, ni los creyentes damos un voto de confianza a Dios.
Y, entonces, ¿qué tengo que hacer yo para vivir con corazón limpio estas fechas de Navidad? Tal vez, muy poco. No escaparme de este mundo ni de esta Iglesia. No vivir de espaldas a los que sufren. Participar en la vida de las personas. No ahogar en mí el placer de vivir. No cansarme de hacer la vida más amable. Vivir dando gloria a Dios y buscando «shalom» para todos. Felices vosotros y yo si, por lo menos, despertamos en nosotros el deseo de vivir así.
INDIFERENCIA
Luz para alumbrar a las naciones.
La actitud más inhumana ante el sufrimiento de tantos hombres y mujeres que mueren de hambre en el mundo es, sin duda, la apatía e insensibilidad de quienes nos sentimos a salvo de tan trágica situación. Gracias al desarrollo de los medios de comunicación hoy sabemos más que nunca de la miseria, el hambre y las desgracias que asolan a pueblos enteros de la tierra. Pero todo ello, lejos de estimular nuestra solidaridad, nos acostumbra a veces a mirarlo todo con resignación y apatía.
Hemos aprendido a quedarnos indiferentes ante las cifras y estadísticas que nos hablan de miseria y muerte. Podemos calcular cuántos niños mueren de hambre cada minuto, sin que se conmueva un ápice nuestra conciencia. Las imágenes más crueles y trágicas que pueda servirnos la televisión quedan rápidamente borradas por el telefilme o el concurso de turno.
Y, sin embargo, la muerte por hambre es la más indigna e inmoral de todas las muertes porque es evitable y sólo se produce por nuestra indiferencia y complicidad. Lo dicen los expertos: sobran alimentos, falta solidaridad.
La indiferencia en los países occidentales alcanza a veces rasgos escandalosos y provocativos. Estas mismas navidades hemos podido ver anunciadas en la prensa donostiarra cenas de fin de año a 115 euros el cubierto. A los pocos días se nos informaba que los indios de Chiapas (México) viven durante todo el año con el equivalente aproximado a 85 euros. ¿Cómo se puede calificar este estado de cosas?
Mientras cien mil personas mueren de hambre cada día, en nuestras sociedades ricas casi la mitad de la población vive preocupada por problemas derivados de una alimentación excesiva. Sobre la misma tierra en que caen cada día tantos hombres y mujeres vencidos por el hambre, nosotros, bien alimentados, paseamos, corremos o hacemos «footing» para bajar el exceso de peso.
Este es nuestro pecado y también nuestra mayor vergüenza. En esta fiesta de la Sagrada Familia hay algo que los creyentes no deberíamos olvidar. Según Jesús, la familia no puede quedar reducida a quienes estamos unidos por lazos de sangre. Todos los humanos formamos «la familia de Dios». No podemos celebrar satisfechos la Navidad dentro de nuestro hogar mientras hay familias en el mundo que mueren de hambre.
LAS ABUELAS
Se volvieron a Galilea.
La crisis de fe que se observa en la sociedad repercute de diversas formas en la familia, verdadera «caja de resonancia» de cuanto se produce en el entorno social. Algo ha cambiado durante estos años en no pocos hogares: han desaparecido, en buena parte, los signos religiosos, se han perdido costumbres cristianas, son pocas las familias que se reúnen para rezar. En general lo que se transmite a los hijos no es fe, sino indiferencia religiosa y silencio.
La situación concreta es, sin embargo, más variada y compleja. Hay ciertamente familias donde los padres adoptan una postura de rechazo a lo religioso e impiden que sus hijos sean iniciados en la fe. No son muchos. En esos hogares lo religioso sólo aparece para ser objeto de ataque o de burla.
Hay, por el contrario, hogares donde se mantiene viva la identidad cristiana. La fe es un factor importante a la hora de configurar el clima familiar. Se reza, se cuidan los valores religiosos, y los padres se preocupan de la educación cristiana de los hijos. Se trata de un grupo más numeroso de lo que a veces se piensa.
La situación más generalizada es otra. No pocos padres se han alejado de la práctica religiosa y viven instalados en la indiferencia. No rechazan la fe, pero tampoco les preocupa la educación religiosa de sus hijos. No les parece algo importante para su futuro. Bautizan a sus hijos, celebran su primera comunión, pero no les transmiten fe.
En estos hogares son las abuelas las que están desempeñando muchas veces una labor de gran importancia dentro de su aparente humildad. Calladamente y de la forma más natural, van enseñando al nieto o a la nieta a rezar, lo llevan a la iglesia y, a su estilo y manera, le van explicando las «cosas más fundamentales» sobre Dios y Jesús. Ni ellas mismas se dan cuenta de que están despertando en el niño las primeras experiencias religiosas.
Algunas van más lejos, y se preocupan de comprarles una «Biblia para niños» o libros adecuados para explicarles con detalle las parábolas de Jesús o el sentido de las fiestas cristianas. No siempre es una labor solitaria. Cuentan muchas veces con la «complicidad» del abuelo y el asentimiento agradecido de los padres que, en el fondo, saben que todo eso es bueno para el hijo.
En esta fiesta de la Sagrada Familia quiero alabar la actuación de estas mujeres. Tal vez un día, más de uno recuerde agradecido a la «amona» que le habló de un Dios que nos ama sin fin o le contó la parábola del hijo pródigo.
HACIA UNA FAMILIA MÁS SANA
Se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Entre no pocos padres se ha extendido una sensación de pesimismo y desaliento. Es problemático lograr una convivencia sana y gozosa en el hogar. Por todas partes se habla de crisis de la familia y se apuntan toda clase de dificultades. Sin embargo, psicólogos y pedagogos siguen recordando las grandes posibilidades de la familia. Eso sí. Los padres han de cuidar algunos aspectos básicos.
Lo primero es que los padres se quieran de verdad, y que los hijos puedan verlo. Saber y experimentar que los padres se quieren es el mejor regalo para los hijos. La base para crear un ámbito de confianza y seguridad donde los hijos pueden crecer de manera sana. Los psicólogos insisten en que también hoy la persona vuelve, por lo general, a aquellos valores, experiencias y actitudes que vivió con gozo y satisfacción en los primeros años de su vida.
Naturalmente, es decisivo el afecto de los padres hacia sus hijos: el cariño, la atención a cada uno, el interés por sus cosas, la cercanía. Para un hijo, lo más importante es que el padre y la madre le dediquen tiempo a él solo. Los lazos que se crean en ese encuentro a solas son más decisivos que todas las discusiones que se tienen a lo largo del día. El futuro de los hijos que se sienten queridos así por sus padres es siempre más sano y positivo.
Es importante también crear en casa un clima de comunicación. Esto exige eliminar lo que puede generar desconfianza, agresividad o autoritarismo. Pide también momentos de encuentro, un cierto control de la TV, salidas de toda la familia junta. Es cierto que la vida moderna hace más difícil la convivencia en familia. Pero lo más importante no es sacar más tiempo para estar juntos, sino que, cuando la familia esté reunida, se puedan encontrar a gusto, en un clima de confianza y cercanía. Difícilmente van a encontrar los hijos un clima semejante en la sociedad actual.
Los padres han de cuidar también la coherencia entre lo que piden a sus hijos y lo que viven ellos mismos. El padre y la madre pueden cometer errores y tener momentos malos. El hijo sabe que tampoco sus padres son perfectos. Lo importante es que pueda ver en ellos un esfuerzo honesto por vivir según sus propias convicciones. Es esto lo que convence y da autoridad a la palabra de los padres.
Unos padres creyentes, preocupados por crear este clima en su hogar, pueden, al mismo tiempo, darle un carácter cristiano. Es mucho lo que se puede hacer, desde ensayar una oración en pareja y enseñar a rezar a los hijos pequeños, hasta cuidar los signos religiosos en casa o compartir la fe en momentos señalados.
La fiesta litúrgica de la Sagrada Familia puede ser, en estas fechas de Navidad, una buena ocasión para la reflexión y la renovación del clima familiar.
EL CANSANCIO DE OCCIDENTE
Luz para alumbrar a las naciones.
No es un libro más, sino el título de una apasionante conversación entre dos importantes intelectuales que se atreven a analizar el mundo occidental con absoluta libertad y penetrante lucidez. Un libro que invita a la reflexión y al cambio (El cansancio de Occidente. Rafael Argullol y Eugenio Trías, Edic. Destino, 1992).
Hay algo que se hace evidente a medida que avanza el análisis de los dos autores. Occidente está profundamente cansado. El mito del progreso se desmorona sin remedio. La vida humana se empobrece. Cada vez son más palpables “los signos de agotamiento” de nuestro pretendido mundo feliz.
La técnica ha introducido un modo de ser y de pensar que sólo mira a la eficacia, el rendimiento y la operatividad. No interesa nada que pueda hacer relación al destino o al sentido de la vida, al misterio del cosmos, a lo sagrado. Todo queda descalificado por el pragmatismo.
Sólo interesa el bienestar, el éxito, la seguridad. El hombre contemporáneo se encoge de hombros ante cualquier planteamiento más profundo sobre el hombre, el mundo, la divinidad. “¿Para qué ocuparse de aquello que carece de respuestas claras, exactas?”
Poco a poco, Occidente se ha convertido en “una suerte de máquina productiva” que va arrasando ideas, valores culturales, poéticos y religiosos, demoliendo cualquier religación al misterio. El resultado es un ciudadano “bárbaro-civilizado” que Argullol y Trías analizan, de manera incisiva, para sacarnos de la ceguera.
Un ser “radicalmente irresponsable”, incapaz de reflexionar por su cuenta, perfectamente adaptado a los patrones de vida que se le imponen. Un hombre ignorante, de “sensibilidad embotada”, con una tendencia creciente a trivializarlo todo. Capaz de acumular muchos, datos de los medios de información, pero carente de verdadera formación.
Aparentemente, siempre en incesante actividad, pero en realidad un “hombre pasivo” que participa dócilmente en un plan de vida que él no ha trazado. Un “individuo-masa”, productor, consumidor, automovilista, espectador televisivo, convertido en “átomo-cápsula” que reproduce ese carácter incapsulado de su ser en su vivienda, su célula familiar, su automóvil, su sector laboral.
El libro de Argullol y Trías no es amargo. Está inspirado por un motivo noble y esperanzador: “Debemos atrevemos a replantear el propio rumbo seguido por la civilización moderna”. Occidente está necesitado de la luz de una “nueva evangelización”. Y éste es el gran reto para la Iglesia: acoger ella misma la llamada de Cristo a la conversión, y urgir al hombre de hoy a cambiar de rumbo.
A la Iglesia se le piden hoy muchas cosas. Pero ella ha de saber que también hoy su tarea primera y fundamental es hacer presente en medio de la sociedad moderna a ese Cristo que, según el cántico de Simeón, es “Salvador de todos los pueblos” y “luz para alumbrar a las naciones “.
EL ARTE DE ENVEJECER
Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón.
Nadie quiere envejecer. La vejez evoca casi siempre en nosotros soledad, tristeza, esclerosis, aislamiento, amnesia..., incapacidad para vivir intensamente.
¿No es posible ser un anciano dichoso? Sin duda, depende de la familia, de los amigos, del ambiente, de la salud, de las condiciones de jubilación. Pero, en buena parte, depende también de cada hombre o mujer.
Hay gente mayor que se hunde en la desconfianza, la rebelión o el pesimismo. Gente mayor amargada por el egoísmo, que tiraniza a quienes les rodean. Pero hay también gente mayor que ha descubierto la riqueza de esta edad.
El evangelista Lucas nos describe la figura simpática de Simeón y Ana, dos ancianos que consumen sus últimos días a la sombra del templo de Jerusalén dando gracias a Dios y ofreciendo su sabiduría al pueblo.
Sin duda, envejecer no es un arte fácil. Tal vez, lo primero sea saber aceptar humildemente la vida tal como es, con su ritmo, sus posibilidades y sus limitaciones. Es gran sabiduría aceptar serenamente y sin engaños el momento particular de la vida en que nos encontramos.
Pero, ¿qué posibilidades puede ofrecer una edad aparentemente tan triste y temida como la vejez?
En primer lugar, la vejez puede ser la gran ocasión para recuperar la paz del corazón y reconciliarnos con nosotros mismos. En la medida en que van disminuyendo otras actividades y preocupaciones, puede ser más fácil descansar de tanta agitación y encontrarse serenamente con uno mismo.
Para ello, es necesario confiar en Dios. Mirar nuestra vida pasada con los ojos de ese Dios que comprende nuestras equivocaciones, perdona nuestros pecados más oscuros y nos acepta como somos. Dejar en sus manos nuestro futuro porque sólo El nos ama al fin.
Entonces, la vejez puede ser tiempo para saborear la bondad de Dios, momento propicio para agradecer el regalo de la vida, tal como ha sido, con sus horas hermosas y sus momentos amargos.
Pero puede ser, además, el tiempo de la sabiduría y de la verdad. Tiempo para relativizar con humor tantas cosas que no tenían la importancia que les hemos dado a lo largo de la vida. Tiempo para recordar a los jóvenes dónde está, al final, lo verdaderamente esencial.
Y, sobre todo, tiempo de oración sencilla para convertir esas largas horas de silencio, soledad y, tal vez, de sufrimiento, en maduración confiada para el encuentro final con Dios.
LA FAMILIA NECESARIA
Entraban sus padres con el Niño Jesús.
En poco tiempo estamos asistiendo a un cambio profundo de la institución familiar entre nosotros.
La familia numerosa ha desaparecido para ser sustituida por una «familia nuclear» formada por la pareja y un número muy reducido de hijos.
La mujer ha salido del hogar para realizar un trabajo profesional tan valorado como el de su esposo, abandonando así su rol anterior de esposa y madre dedicada exclusivamente a las labores del hogar.
Los divorcios y separaciones han crecido notablemente. Esta inestabilidad matrimonial ha traído consigo el aumento de hijos que crecen en un hogar en que vive solamente uno de los progenitores.
¿Significa todo esto que la familia está llamada a desaparecer? Los estudiosos de la familia apuntan hoy, más bien, la posibilidad de que se extinga la familia tal como la hemos conocido, pero ninguno de ellos anuncia la desaparición de la dimensión familiar.
El hombre necesita el ámbito familiar para abrirse a la vida y crecer dignamente. Por otra parte, estamos viviendo momentos de grave crisis y la historia nos enseña que en los tiempos difíciles se estrechan los vínculos familiares. La abundancia separa a los hombres y la penuria los une.
Los problemas de la pareja y de la familia no se van a resolver con la ley del divorcio ni con la despenalización del aborto. Es una equivocación pensar que es un progreso establecer una mayor liberalización del divorcio y del aborto.
Lo que necesitan y reclaman los hombres y mujeres de esta sociedad no es poder divorciarse sino poder formar una verdadera familia. Lo que nos tenemos que preguntar seriamente todos es cuáles son las condiciones necesarias para formar un matrimonio duradero y una familia estable, cálida y acogedora.
Los hombres y mujeres de nuestros días están necesitados de experiencias fundamentales de amor y la familia es, tal vez, el marco privilegiado para vivir una experiencia de amor amistoso, gratuito y confiado.
Para los creyentes este amor es precisamente experiencia privilegiada para expresar y vivir la gracia y el amor de Dios.
¿QUE FAMILIA?
Se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret.
Recientemente, un escritor canadiense resumía así la crisis de la familia contemporánea: «Cómo optar por una descendencia en una sociedad aparentemente sin futuro, en una situación social que parece sin salida? ¿Cómo proyectar una larga aventura de educación, cuando se la concibe como una gota de agua en un mar de influencias incontrolables? » (J. Grand’Maison).
Ciertamente, la crisis es grave. Pero no es lícito ser catastrofistas. Aunque estamos siendo testigos de una verdadera revolución en la conducta familiar, y muchos han predicado la muerte de diversas formas tradicionales de familia, nadie anuncia hoy seriamente la desaparición de la familia.
Al contrario, la historia parece enseñarnos que en los tiempos difíciles se estrechan más los vínculos familiares. La abundancia separa a los hombres. La crisis y la penuria los une. Ante el presentimiento de que vamos a vivir tiempos difíciles, son bastantes los que presagian un nuevo renacer de la familia.
Pero, ¿qué familia? Los católicos hemos defendido, con frecuencia, la familia en abstracto, sin detenernos demasiado a reflexionar cuál debe ser el contenido de un proyecto familiar entendido y vivido desde la fe.
Pero, no cualquier familia responde a las exigencias del evangelio. Hay familias abiertas al servicio de la sociedad, y familias egoístamente replegadas sobre sí mismas. Familias autoritarias y familias de talante dialogal. Familias que educan en el egoísmo y familias que enseñan solidaridad.
Concretamente, en el contexto de la grave crisis económica que estamos padeciendo, la familia puede ser una escuela de insolidaridad en la que el egoísmo familiar, se convierte en virtud y criterio de actuación que configurará el comportamiento social de los hijos.
Y puede ser, por el contrario, un lugar en el que el hijo puede recordar que todos tenemos un Padre común, y que el mundo no se acaba en las paredes de la propia casa.
Por eso, no podemos celebrar responsablemente la fiesta de la Sagrada Familia, sin escuchar el reto de nuestra fe. ¿Serán nuestros hogares un lugar donde las nuevas generaciones podrán escuchar la llamada del evangelio a la fraternidad universal, la defensa de los abandonados, y la búsqueda de una sociedad más justa, o se convertirán en la escuela más eficaz de insolidaridad, inhibición y pasividad egoísta ante los problemas ajenos?
VIVE EN TU FAMILIA, LA GRANDEZA DE SER PLENAMENTE HUMANO
Fray Marcos
Lc 2, 22-40
La liturgia nos propone hoy la familia de Nazaret como punto de reflexión. No sabemos casi nada de esa familia, pero teniendo en cuenta el refrán: "de tal palo tal astilla", debemos suponer que fue una familia ideal. No obstante, tenemos que dejar claro desde el principio que el modelo de familia de aquella época tenía muy poco que ver con el nuestro. Los estudios sociológicos que se han hecho sobre la familia en tiempo de Jesús no dejan lugar a duda.
Si no tenemos en cuenta los resultados de esos estudios será imposible entender nada del ambiente en que se desarrolla la infancia de Jesús y no saldremos nunca de las artificialidades que se nos han querido enseñar como hechos reales. La verdad es que el tipo de familia de Nazaret que se nos ha propuesto durante siglos no ha existido nunca. El modelo de familia del tiempo de Jesús era el patriarcal. La familia molecular era completamente inviable, tanto por motivos sociológicos como económicos.
Cuando el evangelio nos dice que José recibió en su casa a María, no quiere decir que formaran una nueva familia, sino que María dejó de pertenecer a la familia de su padre y pasó a integrarse en la familia a la que pertenecía José. Esto no quiere decir que no tuvieran su intimidad y sus relaciones más estrechas, los tres; pero no debemos pensar en una casita separada donde vivían los tres con autonomía de todos sus familiares.
El relato de la pérdida del Niño en Jerusalén es impensable en una familia de tres. Pero cobra su verosimilitud si tenemos en cuenta que es todo el clan el que hace la peregrinación y vuelven a casa todos juntos. Lo mismo cuando el evangelio nos cuenta que su madre y sus hermanos vinieron a llevárselo porque decía que no estaba en sus cabales. Los representantes de la familiar querían evitar un descalabro para todo el clan.
El pasaje evangélico que acabamos de leer es muy rico en enseñanzas teológicas. Está escrito sesenta o setenta años después de morir Jesús. Lucas quiere dejar claro, desde el principio de su evangelio, que la vida de Jesús estuvo insertada plenamente en las tradiciones judías. Su persona y su mensaje no son realidades caídas del cielo, sino surgidas desde el fondo más genuino del judaísmo tradicional.
Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte.
Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto, pueden servirnos como ejemplo a nosotros, en nuestro propio modelo de familia. Lo importante no es el modelo de familia, sino los valores humanos que desarrollamos, cualquiera que sea el modelo donde tenemos que vivirlos.
Jesús predicó lo que vivió. Si predicó el amor, es decir, la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió él. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. Todo ser humano nace como proyecto que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.
Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas. Nunca debemos poner a las personas al servicio de la institución, sino al contrario.
Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas con uñas y dientes. Claro que no son las instituciones las que tienen la culpa. Son algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.
No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano; ni siquiera cuando me reporte ventajas o seguridades egoístas.
La familia sigue siendo el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino que debe ser el campo de entrenamiento durante todas las etapas de nuestra vida.
El ser humano sólo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas.
Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo, en cada una de esas situaciones la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana si todo encuentro con el otro lo aprovechamos para desplegar nuestra capacidad de amar.
Los lazos de sangre o de amor natural deberían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio. Las relaciones familiares tendrían que enseñarnos a dejar nuestro individualismo y egoísmo. Si en la familia superamos la tentación del egoísmo amplificado, aprenderemos a tratar a todos con la misma humanidad: exigir cada día menos y darnos cada día más.
No tenemos que asustarnos de que la familia esté en crisis. El ser humano está siempre en constante evolución, si no fuera así, hubiera desaparecido hace mucho tiempo.
En el evangelio no encontramos ningún modelo especial de familia. Se dio siempre por bueno el existente. Mas tarde, como el cristianismo se extendió por el imperio romano, se adoptó el modelo romano, que tenía muchas ventajas, pues desde el punto de vista legal era muy avanzado. Los cristianos de los primeros siglos hicieron muy bien en adoptar ese modelo. Lo malo es que se sacralizó y se vendió después como modelo cristiano, sin hacer la más mínima critica a los defectos que conllevaba.
Con el evangelio en la mano, debemos intentar dar respuesta a los problemas que plantea la familia hoy. La Iglesia no debe esconder la cabeza debajo del ala e ignorarlos o seguir creyendo que se deben a la mala voluntad de las personas.
No conseguiremos nada si nos limitamos a decir: el matrimonio indisoluble, indisoluble, indisoluble; aunque la estadística nos diga que el 50% se separan.
No se trata de que hoy las personas sean peores que hace cincuenta años. Hoy para mantener un matrimonio se necesita una madurez mucho mayor. Al no darse esa madurez, los matrimonios fracasan.
Dos razones de esta mayor exigencia son:
a) La estructura nuclear de la familia. Antes las relaciones familiares eran entre un número de personas mucho más amplio. Hoy al estar constituidas por tres o cuatro miembros, la posibilidad de armonía es mucho menor, porque los egoísmos se diluyen menos.
b) La mayor duración de esa relación. Hoy es normal que una pareja se pase sesenta años juntos. Es más fácil que en algún momento, surjan dificultades insuperables.
Como cristianos tenemos la obligación de hacer una seria autocrítica sobre el modelo de familia que proponemos. Jesús no sancionó ningún modelo, como no determinó ningún modelo de religión u organización política. Lo que Jesús predicó no hace referencia a las instituciones, sino a las actitudes que debían tener los seres humanos en sus relaciones con los demás.
Jesús enseñó que todo ser humano debía relacionarse con los demás como exige su verdadero ser, a esta exigencia le llamaba voluntad de Dios. Cualquier tipo de institución que permita esta relación plenamente humana, puede ser cristiana.
No debemos identificar un matrimonio roto con una infidelidad al evangelio. La falta de amor puede ser sustituida durante mucho tiempo por intereses mutuamente satisfechos. Cuando ese equilibrio de intereses se rompe, no queda más remedio que reconocer la falta de amor.
No sólo no es malo que se separen dos personas que no se aman. Es completamente necesario que se separen, porque no hay cosa más inhumana que obligar, por decreto, a vivir juntas dos personas que no se aman.
Creo que con el tiempo debería aparecer una ley que prohíba tajantemente vivir juntos a dos personas que no se aman. Esto no contradice en nada la indisolubilidad del matrimonio, porque lo único que demostraría es que la falta de amor ha hecho nulo de todo derecho lo que hemos llamado matrimonio.
Estamos muy acostumbrados a oír que el estado de perfección se da entre los que deciden no casarse. Esto necesitaría también una pequeña revisión. Creo que el verdadero estado de perfección es el de unos padres que sean, de verdad, modelos para sus hijos; es decir, que les ayuden a desplegar plenamente su humanidad caminando delante de ellos con su humanidad desplegada. Es muy difícil ser padres si no se conforman con enseñar de palabra un evangelio que no se vive personalmente. Muchas veces se lo he oído a los religiosos que se han casado.
Meditación-contemplación
El niño iba creciendo y robusteciéndose y se llenaba de sabiduría.
Éste es el Jesús que nos interesa de verdad.
Un ser humano que recorre nuestro propio camino,
y de esa manera, nos puede indicar la dirección a nosotros.
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No nos debe asustar que no hayamos llegado a la meta.
Siempre nos quedará un gran trecho para llegar.
Como el horizonte, la meta se verá más lejos,
aunque nos estemos acercando a ella.
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En nuestra vida espiritual
lo importante es no instalarse ni apoltronarse.
Paso a paso debemos avanzar, aunque sea en la oscuridad.
Mientras sigas dando pasos, estás en el buen camino.
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"EL SALVADOR"... ¿QUÉ ES SALVARSE?
Enrique Martínez Lozano
Lc 2, 22-40
La purificación de la madre y la presentación del niño constituían los dos momentos del rito que estipulaba la ley mosaica –y otras similares, en otras tantas culturas-, justo cuarenta días después del parto. Tras ese tiempo –la "cuarentena"-, la mujer salía por primera vez de casa, tras haber dado a luz.
Sabemos que las culturas antiguas eran propensas a regular minuciosamente todo lo relacionado con la vida y la sexualidad: se trataba de dos dimensiones básicas, ante las que el ser humano se sentía sobrecogido. No es extraño que lo relacionado con ellas fuera campo propicio para la legislación que establecía tabúes y, en una cultura machista o patriarcal, declarara "impura" a la mujer cuando vivía algo relacionado con el sexo y el origen de la vida.
Esta práctica, legislada en la ley judía, se halla en la base del establecimiento, precisamente el día 2 de febrero –una vez que se había convenido en fechar el nacimiento el día 25 de diciembre: "Dies Natalis Solis"- de esta doble fiesta en la Iglesia católica: la purificación de María y la presentación de Jesús.
Y, como lectura adecuada para la misma, se toma este texto correspondiente al "evangelio de la infancia", de Lucas. Si todo el relato evangélico –aun sin negar un fondo histórico, nada fácil de determinar en cada caso- es catequesis, los relatos de la infancia no tienen otra finalidad que la de presentar –en clave teológica- lo que será Jesús para la comunidad de sus seguidores.
Nos hallamos, pues, en la perspectiva de Lucas, en pura teología. Desde el inicio de su escrito, el autor quiere decirnos quién es Jesús. Y para ello se sirve de la figura de dos ancianos venerables, caracterizados por su ardiente espera de la liberación del pueblo.
De ese modo, Lucas pone en labios de Simeón la palabra que, según su propia comunidad, define la identidad de Jesús: es el Salvador. No es casual: el llamado "tercer evangelio" será el que se refiera a Jesús con ese término, poniendo especial énfasis en mostrar su dimensión compasiva o misericordiosa, en particular con respecto a los pobres, los necesitados y los considerados "pecadores" por parte de la religión oficial.
"Salvación", sin embargo, es una de tantas palabras gastadas y, en cierto sentido, pervertidas por el uso excesivo e inadecuado. Los tonos mítico-heterónomo, espiritualista, individualista, perfeccionista-culpabilizador, moralista-rigorista..., con los que ha solido venir revestida, la han sacado definitivamente de nuestro vocabulario cotidiano.
Si, como sucede también con otras palabras igualmente gastadas, tuviéramos que encontrar otra que evocara su contenido, quizás podría servirnos el término "comprensión" (o incluso "consciencia").
Porque la "salvación" no es "algo" añadido a lo que somos; ni algo que hayamos de buscar "fuera" o en el futuro. Si todo es aquí y ahora, si únicamente existe el Presente y Presencia es nuestra verdadera identidad, la "salvación" (de la ignorancia, de la confusión, del sufrimiento y de la muerte) no puede consistir en otra cosa que en reconocerlo, es decir, en comprender y vivir lo que somos.
En este sentido, es claro que nos "salvamos" en la medida en que accedemos a nuestra verdadera identidad. Y esta no puede ser objeto de una "creencia" –no se halla al alcance de la mente-, sino de una experiencia: únicamente podemos conocer quiénes somos precisamente cuando lo somos.
Desde esta clave, Jesús no "viene a salvarnos" de un supuesto pecado original que nos habría hecho perder, por generaciones, la amistad de Dios. Nos salva porque reconocemos en él a alguien que ha "comprendido", que ha "visto" el Secreto último de lo Real y se ha vivido en coherencia con ello. Jesús nos salva porque nos hace de "espejo" de lo que somos todos (Enrique Martínez).
DONDE LA FAMILIA NO ES LO IMPORTANTE
José Luis Sicre
Dos lecturas que encajan
En una fiesta de la Sagrada Familia, esperamos que las lecturas nos animen a vivir nuestra vida familiar. Y así ocurre con las dos primeras lecturas.
El libro del Eclesiástico insiste en el respeto que debe tener el hijo a su padre y a su madre; en una época en la que no existía la Seguridad Social, "honrar padre y madre" implicaba también la ayuda económica a los progenitores. Pero no se trata sólo de eso; hay también que soportar sus fallos con cariño, "aunque chocheen".
La carta a los Colosenses ha sido elegida por los consejos finales a las mujeres, los maridos, los hijos y los padres. En la cultura del siglo I debían resultar muy "progresistas". Hoy día, el primero de ellos provoca la indignación de muchas personas: "Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el Señor." Cuando se conoce la historia de aquella época resulta más fácil comprender al autor.
Un evangelio atípico
Si san Lucas hubiera sabido que, siglos más tarde, iban a inventar la Fiesta de la Sagrada Familia, probablemente habría alargado la frase final de su evangelio de hoy: "El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba." Pero no habría escrito la típica escena en la que san José trabaja con el serrucho y María cose sentada mientras el niño ayuda a su padre. A Lucas no le gustan las escenas románticas que se limitan a dejar buen sabor de boca.
Como no escribió esa hipotética escena, la liturgia ha tenido que elegir un evangelio bastante extraño. Porque, en la fiesta de la Sagrada Familia, los personajes principales son dos desconocidos: Simeón y Ana. A José ni siquiera se lo menciona por su nombre (sólo se habla de "los padres de Jesús" y, más tarde, de "su padre y su madre"). El niño, de sólo cuarenta días, no dice ni hace nada, ni siquiera llora. Sólo María adquiere un relieve especial en la bendición que le dirige Simeón, que más que bendición parece una maldición gitana.
Sin embargo, en medio de la escasez de datos sobre la familia, hay un detalle que Lucas subraya hasta la saciedad: cuatro veces repite que es un matrimonio preocupado con cumplir lo prescrito en la Ley del Señor. Este dato tiene enorme importancia. Jesús, al que muchos acusarán de ser mal judío, enemigo de la Ley de Moisés, nació y creció en una familia piadosa y ejemplar. El Antiguo y el Nuevo Testamento se funden en esa casa en la que el niño crece y se robustece.
La misma función cumplen las figuras de Simeón y Ana. Ambos son israelitas de pura cepa, modelos de la piedad más tradicional y auténtica. Y ambos ven cumplidas en Jesús sus mayores esperanzas.
Sorpresa final
Las lecturas de hoy, que comenzaron tan centradas en el tema familiar, terminan centrando la atención en Jesús. Con dos detalles fundamentales:
1. Jesús es el importante. La escena de Simeón lo presenta como el Mesías, el salvador, luz de las naciones, gloria de Israel. Ana deposita en él la esperanza de que liberará a Jerusalén. José y María son importantes, pero secundarios.
2. Jesús es motivo de desconcierto y angustia. Lo que Simeón dice de él desconcierta y admira a José y María. Pero a ésta se le anuncia lo más duro. Cualquier madre desea que su hijo sea querido y respetado, motivo de alegría para ella. En cambio, Jesús será un personaje discutido, aceptado por unos, rechazado por otros; y a ella, una espada le atravesará el alma. Lucas está anticipando lo que será la vida de María, no sólo en la cruz, sino a lo largo de toda su existencia.
JESÚS ES NUESTRA PAZ
Enrique Martínez Lozano
Lc 2, 22-40
Los llamados "evangelios de la infancia" (de Mateo y Lucas), más que "crónicas históricas", son reflexiones teológicas, a través de las cuales, los evangelistas presentan, desde el inicio mismo, un semblante "completo" de la identidad de Jesús.
En la narración que leemos hoy, Lucas da voz a dos ancianos –varón y mujer- que representan la tradición sapiencial del Israel fiel. Y son ellos quienes manifiestan que en Jesús se cumplen todas las promesas. Por eso..., "puedes dejar a tu siervo irse en paz": ya ha visto al Mesías, al "Salvador".
El "pretexto" que utiliza Lucas es el cumplimiento de los cuarenta días tras el nacimiento: pasado este tiempo (la "cuarentena"), tenía lugar, tal como prescribía la ley, la "presentación" del niño y la "purificación" de la madre.
El contenido que quiere transmitir, a través de aquellas figuras sabias (ancianos) y proféticas, es simple y contundente: Jesús es el Salvador definitivo, gloria de Israel y luz para toda la humanidad. Pero, al mismo tiempo –y esta es la paradoja- su existencia estará marcada por el conflicto. Se trata, por tanto, de una síntesis de lo que luego desarrollará el evangelio.
Lucas compone este relato para presentar, ya desde el inicio, a Jesús como "Salvador", tal como había sido anunciado también en la narración de su nacimiento: "Os ha nacido un salvador" (Lc 2,11). Se trata de un título muy querido para este evangelio, que habitualmente se dirige a Jesús llamándolo de esa manera. Por medio de la entrañable figura del anciano Simeón, se nos dice que la "presentación" de Jesús es ya la salvación del pueblo y luz para todos. Y también desde el principio, el autor resalta lo que será la vida del Maestro: un puro "signo de contradicción" (Lucas habla desde lo que ya había ocurrido).
"Puedes dejar a tu siervo irse en paz": cuando sabemos que todo está a salvo, recobramos la paz; cuando aceptamos incluso aquello que nos parecía inaceptable, se hace presente la paz. En la tradición cristiana, "Jesús es nuestra paz" (Ef 2,14). Eso significa que, en Jesús, más allá de las apariencias, reconocemos que todo está bien. Y eso precisamente es lo que significa "salvación". Jesús viene a recordarnos lo que siempre ha sido: todo está a salvo; lo que somos no está amenazado.
Los cristianos lo vemos a través de Jesús; quienes no son cristianos lo verán desde otra perspectiva. Pero más allá de las personas que nos hayan ayudado a verlo, la realidad es que, en nuestra verdadera identidad, somos Paz. Solo nos queda vivirnos desde ella y poner los medios que nos ayuden a reconocerla y cultivarla en nuestras relaciones.
LA MEDIDA DE LA RELACIÓN CON DIOS
Faustino Vilabrille
Lc 2, 22-40
La religión de Israel imponía muchos ritos y obligaciones a sus fieles, nada menos que 613, que José y María quisieron cumplir con absoluta fidelidad y sinceridad, pero que no pocas eran absurdas y sin sentido, como que el parto y la menstruación de la mujer eran algo impuro y por eso tenían que purificarse. Hoy sabemos que son algo totalmente normal y natural, propio de la naturaleza que Dios ha creado. Era la forma de entender entonces la fidelidad a Dios.
José y María eran buena gente y querían cumplir fielmente todo lo mandado, pero muchas veces las religiones mandan a sus fieles hacer y cumplir cosas que no tiene sentido e incluso son irracionales. Esto produce resistencia y rechazo de la religión en ambientes que piensan un poco, lo que los aleja de Dios, de la fe y de la Iglesia. Y lo peor es que venga detrás el alejamiento de Jesucristo y el compromiso con su mensaje, y esto sí es grave, porque es de suma importancia para el bien de la humanidad.
El mensaje de Jesús no es ninguna religión. El mensaje de Jesús es amor, fraternidad, justicia, igualdad, solidaridad, vida, dignidad, paz, esperanza, sentido profundo de la existencia; compromiso con lo débil, lo pobre, lo marginado, lo mal tratado, lo despreciado...
En esa religión tan leguleya de Israel fue educado Jesús, pero enseguida se dio cuenta de que la fidelidad a Dios iba por otro camino, que era la fidelidad al hombre. Por eso Jesús se desvió de tanta letra y precepto legal de la religión judía, para presentar una forma totalmente nueva de relación con Dios a través de la relación con el ser humano, presentando la justicia, la misericordia y la lealtad como lo más importante (Mateo 23,23).
Esta opción nueva de entender la relación con Dios y con el hombre le llevó a enfrentarse con los fariseos, leguleyos y ritualistas, que llegaron a ver en él a un enemigo declarado porque rompía con los ritos, las costumbres y rutinas judías, que imponían grandes cargas a la gente en vez de facilitarle vivir con dignidad.
Desde la lectura del Evangelio resulta admirable comprobar cómo Jesús rompió con todo aquello que se consideraba sagrado o intocable, pero que lejos de liberar oprimía, y por eso presenta una forma completamente nueva de entender la relación con Dios, que es rescatar, liberar, sanar, salvar, facilitar la vida de la gente y de cada persona, hasta el punto que para Jesús solo es verdadera relación con Dios la que pasa a través de la relación con el hombre: el bien que se hace a este es camino de vida, y el mal que se le hace es camino de muerte.
La Presentación de Jesús en el Templo
Antonio Orozco-Delclós
El día 2 de febrero la Iglesia contempla y celebra en su liturgia el misterio de la Presentación de Jesús en el Templo de Jerusalén (cuarto misterio gozoso del Santo Rosario). Misterio, sí, porque acontece mucho más de lo que se ve con la sola razón y su alcance es universal: afecta a toda la humanidad, como todos los actos de la vida de Jesús-Dios Hijo. Tratemos de ahondar un poco, en algunos aspectos, del relato de Lucas:
Y cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está mandado en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor; y para presentar como ofrenda un par de tórtolas o dos pichones, según lo mandado en la Ley del Señor. Había por entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Este hombre, justo y temeroso de Dios, esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba en él. Había recibido la revelación del Espíritu Santo de que no moriría antes de ver al Cristo del Señor. Así, vino al Templo movido por el Espíritu... " (Lc 2, 22-24) [continúa en nota (1)]
Aquí se contempla un conjunto maravilloso de fidelidades a la Ley del Señor, en un precepto que iba a caducar en breve. Pero en ese entonces era vigente y José y María son amorosos observantes de las disposiciones del Padre celestial hasta en sus menores detalles. Lo que se ve es todo normal: La Sagrada Familia sube a Jerusalén con el fin de dar cumplimiento a dos prescripciones de la Ley de Moisés: purificación de la madre, y presentación y rescate del primogénito. Según Lev 12, 2-8, la mujer al dar a luz quedaba impura. Para la madre de hijo varón a los cuarenta días del nacimiento terminaba el tiempo de impureza legal con el rito de la purificación. María Santísima, siempre virgen, de hecho, no estaba comprendida en estos preceptos de la Ley porque ni había concebido por obra de varón, ni Cristo al nacer rompió la integridad virginal de su Madre. Sin embargo, Santa María quiso someterse a la Ley, aunque no estaba obligada, sin preocuparse de si iba a durar poco o mucho su vigencia. No le parece falta de personalidad o de madurez o de categoría personal obedecer a aquella Ley que a Ella no le incumbía.
Humildad, obediencia delicada y recia de la Virgen Madre. Contraste con lo que hoy es frecuente: búsqueda incesante de excusas --aunque sean ridículas-- para no cumplir la sabia ley de Dios. María hace lo contrario de quienes suponen que el año dos mil nosécuántos la Iglesia no mandará ir el domingo a Misa y ya no van, sin darse cuenta del inmenso don que se están perdiendo, a la vez que soslayan un imperativo del amor de Dios y de nuestra madre la Iglesia. Incluso reconociendo el valor de la ley, tendemos a pensar con frecuencia que somos casos excepcionales, que no podemos, que no debemos someternos a tales o cuales exigencias de la norma divina, natural o evangélica. Quisiéramos un estatuto individual, un menú extraordinario como el de la abeja reina.
Sin embargo, María, criatura realmente extraordinaria, la persona humana más excelsa, no busca salirse de lo corriente, no se avergüenza de pasar como una más, no hace el menor aspaviento, pasa inadvertida entre la muchedumbre. Porque ahí está el camino normal de santificación, donde los normales hijos de Dios necesitamos hallar el espejo, el ejemplo, la imagen, el molde de lo que ha de ser nuestra vida.
II. "Un hombre justo y temeroso de dios..."
Aparece el anciano Simeón, hombre justo y santo, de paciencia a toda prueba. Hombre de esperanza inquebrantable. Mucho tiempo hacía que se le había revelado que no moriría hasta ver al Mesías. Los años corrían, la vejez avanzaba y el Mesías no llegaba. Pero Dios siempre es fiel a su palabra. Y como premio a las virtudes teologales del anciano --fe, esperanza, amor--, fue llevado por el Espíritu al Templo y allí se encontró con la Luz en sus brazos. El Espíritu Santo, Amigo, Guía, Maestro, Fuego de Fuego, Sabiduría de Amor. Simeón ya puede descansar en paz. No es poco.
Con frecuencia la paciencia nos explota en las manos. ¿Por qué Dios no fulmina ya de una vez a los injustos y en cambio permite que los justos sufran, especialmente este justo «que soy yo»? ¿Por qué no quedamos sólo «los buenos»? La sabiduría que alcanzó Pedro con el tiempo nos remite a esa virtud que nos escasea: «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos se conviertan. La paciencia de nuestro Señor juzgadla como salvación, como os lo escribió también Pablo, nuestro querido hermano, según la sabiduría que le fue otorgada...» (2 Pedro 3, 9). En efecto, Pablo nos advierte que estamos en «el tiempo de la paciencia de Dios», que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Y espera, espera, espera, mientras nosotros nos impacientamos, porque somos listillos, sabihondos, sabelotodos, aunque no veamos más allá de un palmo de nuestros anteojos. «Para ser Él justo y justificar al que vive de la fe en Jesús», es por lo que Dios espera. Y quien espere en Él no quedará defraudado. Simeón, no ha dudado. No es el sacerdote del templo, es sencillamente un hombre santo. Y Dios le premia con la sonrisa del Dios-Niño y la luz de su mirada que ilumina el sentido de todas las cosas. Paciencia, pues, que todo lo alcanza.
III. «Alma sacerdotal» de la Virgen.
Estamos en la Escuela de María, Mujer eucarística, tal como nos ha enseñado el Papa Juan Pablo II en el capítulo VI de su entrañable Carta Encíclica Ecclesia de Eucaristía. Al presentar a Jesús en el Templo, la Madre de Dios ejerce su «alma sacerdotal», que corresponde al sacerdocio real, común a todos los fieles por el Bautismo y la Confirmación; y ha de hallarse ciertamente en María en modo superior, eminente. Ella ofrece a Jesús al Padre y se ofrece a sí misma entera con El, se hace un solo corazón, una sola alma, un solo espíritu con su Hijo. No es el Calvario, ni la Misa propiamente, pero sí es como un anticipo del Calvario y de la Misa. En el ofrecimiento de María y de José están los Tres, enteros, con toda su vida temporal; por tanto, con sus futuras muertes. Nosotros podemos hacerlo también todos los días: ofrecer con Cristo nuestra vida y nuestra muerte -como Dios quiera, cuando Dios quiera, donde Dios quiera-, toda nuestra existencia terrena, con su pasado, presente y futuro, con todo lo que haya de oración, trabajo, sacrificios por los demás, pequeños o grandes. Así resulta un «sacrificio espiritual» espléndido a los ojos de Dios. Las vidas de Jesús, María y José, forman una unidad maravillosa, inefable. ¡sacerdotal!, a la que cada uno de nosotros nos podemos unir, porque sacerdotal es el Pueblo de Dios, la Iglesia, y cada uno de los fieles. Todos los días podemos tomar a Jesús, al Cristo del Triduo Pascual y ofrecerlo en nuestro propio nombre al Padre en el ejercerse la Redención que es cada Misa.
Ir a Misa, de la mano de María y de José, es revivir la Presentación de Jesús en el Templo, pero incluyendo su Pasión, Muerte y Resurrección, tal como se encuentra en la Eucaristía, en el Sacrificio eucarístico y en el Cielo. Todo esto nos es dado. ¿Cómo no acogerlo con acción de gracias exultante, con el «espíritu del Magnificat», según nos sugiere Juan Pablo II? (Cfr. Ecclesia de Eucharistía, c. VI)
La Trinidad no es cansable, no se cansa de que le ofrezcamos todos los días lo mismo, porque es Amor, y le encanta que con amor, cada día le ofrezcamos lo que tengamos en las manos, en la mente, en el corazón, aunque parezcan las mismas cosas que ayer. También lo hace Jesús y lo sigue haciendo todos los días -en un «hoy» permanente- dondequiera que se celebra la Santa Misa. Tampoco es un hecho aislado en la vida de la Virgen, sino una constante en el templo de su corazón inmaculado. «El misterio de la Presentación del Señor en el templo se ha convertido en un modelo y fuente de inspiración» (Juan Pablo II, Hom 2-II-1982). Es luz que ilumina la vida humana. Y el Papa ve el corazón del hombre como «un gigantesco templo del cosmos, donde el hombre ofrece sacrificios espirituales. El corazón del hombre, en virtud del misterio de la Presentación se transforma en un gran espacio cristocéntrico del espíritu creado, en el que actúa el Espíritu Santo. ¡Cuánto puede el pequeño corazón humano cuando se deja penetrar por la luz de Cristo y se convierte en el templo de la Presentación!» (Ibid.)
Altare Dei cor nostrum, nuestro corazón es un altar donde se adora, se agradece, se expía, se impetra, se ofrecen víctimas espirituales, agrada000bles a Dios por Jesucristo. «Todos, por el Bautismo hemos sido constituídos sacerdotes de nuestra propia existencia» (San Josemaría). Ha de ser un altar perenne: ofreciendo de la mañana a la noche y de la noche a la mañana toda nuestra existencia, con el espíritu de Jesús y de María y de José, por amor al Padre y a toda la Humanidad, con afán de corredimir con Cristo y salvar a todas las almas. Así todo el día es «una Misa», una preparación para la siguiente o una acción de gracias de la pasada.
Insistamos: todos los cristianos somos partícipes del sacerdocio de Cristo, según las palabras de Pedro: «Vosotros sois el linaje escogido, una clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista, para publicar las grandezas de aquel que os sacó de las tinieblas a su luz admirable. Vosotros que antes no erais pueblo, y ahora sois el pueblo de Dios; que no habíais alcanzado misericordia, y ahora la habéis alcanzado» (1 Ped 2, 9 10; cfr Es Cristo que pasa, 98; 96; 184; 120, etc.).
A esto vamos a Misa: a incorporarnos a Cristo y a su obra, a identificarnos con Él, de modo que podamos decir de veras, con Pablo: "ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí" (Gal 2, 20). Y con Él nos ofrecemos por la salvación de todo el mundo, para la gloria de Dios Padre. Por eso, la Santa Misa es "centro y raíz de la vida del cristiano" (San Josemaría), momento y lugar donde el sacerdocio común de los fieles, el alma sacerdotal, encuentra su más eficaz ejercicio y su expresión excelsa.
IV. El niño es luz
Una antífona del 2 de febrero reza así: «el anciano llevaba al Niño, el Niño guiaba al anciano». Aunque nos muramos de viejos ha de guiarnos ese Niño, debemos dejarnos guiar, debemos acogerlo en nuestros brazos y dejarnos invadir por su Luz.
"Vamos en procesión, llevando en las manos las candelas: el signo de la luz que ilumina a todo hombre (Jn 1, 9).
-Signo de Cristo nacido en Belén.
-Signo de Cristo presentado en el templo.
-Signo de contradicción (cf. Lc 2, 34)
-(...) signo de Cristo crucificado y resucitado"
«No hay época -decía el Romano Pontífice en 1982- en la que no se le haya contradicho. Pero -añadía- en esta contradicción se ha desvelado de nuevo cada vez la Luz para iluminar al hombre. Sus contemporáneos le infligieron la muerte, para apagar la Luz. Pero la muerte de cruz no extinguió la luz de Cristo. No fue aplastado por la losa de la tumba». Resucitó y vive. «¿No es también nuestro siglo la época de una contradicción múltiple con relación a Cristo? ¿Y precisamente en este siglo, no se revela Él de nuevo como la Luz para iluminar a los hombres y a los pueblos?»
«Cuida de que tu luz no tenga parte de tinieblas». Purificación en la vida cotidiana, purificación de la memoria, del entendimiento, de la voluntad, de los sentidos. De ordinario, con y en el pequeño deber de cada momento, con alma sacerdotal
LA PROFECÍA DE SIMEÓN.
A. Serra
Cuando José y María presentaron al niño en el templo de Jerusalén, Simeón les bendijo y luego, bajo el impulso del espíritu profético, se dirigió a la Virgen con estas breves palabras: ''Este niño está destinado para ser caída y resurgimiento de muchos en Israel, será signo de contradicción, para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones. Y una espada traspasará tu alma" (Lc 2,34-35). La realidad es que Jesús no fue un conformista dispuesto a darles la razón a todos, sus palabras y sus gestos obligaban a opciones concretas. en favor o en contra de él: "Quien no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama" (LC 11,23).
a) Otras voces del NT sobre Jesús como signo de división. Antes de entrar en un examen inmediato de la profecía de Simeón, escuchemos algunos otros ecos de la tradición neotestamentaria acordes con LC 2,34-35 a la hora de presentar a Jesús como uno que provoca la disensión que suscita la adhesión o la repulsa.
Pedro advierte que a Cristo se le podía aplicar lo que decía Is 08,14: "Él (el Señor de los ejércitos) será una piedra de tropiezo, una roca de escándalo para las dos casas de Israel, un lazo y una trampa para los habitantes de Jerusalén" (cf I Pe 2,6-8; cf también ICor 1,23-24).
Mateo pone estas palabras en labios de Jesús: "No penséis que vine a traer paz sobre la tierra; no vine a traer paz, sino espada. Porque vine a separar al hombre de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra. Enemigos del hombre, los de su casa" (Mt 10, 34-36).
La predicación de Cristo —señala Juan en tres ocasiones (Jn 7,43; 9,16; 10,19)— era motivo de cisma entre la gente, ya que daba lugar a pareceres discordes sobre su persona. El mismo Jesús (según Jn 9,39) lo reconoce sin medias tintas, cuando afirma: "Yo vine a este mundo para un juicio: para que los que no ven vean y los que ven se queden ciegos". El elemento discriminante de este juicio es Cristo-luz, es su palabra que revela al Padre (Jn 12,44-50). Esa palabra escudriña los corazones: "En efecto, quien obra mal odia la luz y no va a la luz, para que no se descubran sus obras. Pero el que obra la verdad va a la luz, para que se vean sus obras, que están hechas en Dios" (Jn 3,20-21).
El autor de la carta a los Hebreos (12,3) define la muerte de Jesús como una contradicción que los pecadores arrojaron contra él. Israel —comenta Pablo citando a Is 65,2— fue "un pueblo desobediente y rebelde" (Rom 10,21: antilégonta).
Del conjunto de estas citas se deduce que la tradición evangélica junto con la petrina y la paulina, aun con la diferencia de los términos empleados, está sustancialmente de acuerdo. El evangelio de Jesús, como soplo acariciador e impetuoso al mismo tiempo, sacude al hombre desde dentro, lo provoca a una actitud. ¡Sí, la fe es una inquietud saludable! Lc 2,34-35 recoge el tema que hemos esbozado en esta rápida panorámica sobre el NT. Lo acoge, anticipándolo en la infancia de Jesús, como si se tratara de un presagio que tendrá la contrapartida en su ministerio público y en el de la iglesia apostólica.
El oráculo de Simeón, el santo anciano del templo, tiene dos aspectos: uno se refiere al pueblo de Israel y el otro a María. Veámoslo más en concreto.
b) Israel frente a Cristo. Respecto a todos los miembros del pueblo elegido (tal es el sentido de muchos en el v. 34, según las normas de la filología), Jesús está destinado a ser causa de "caída y resurgimiento". Con este binomio antitético, Simeón profetiza cuál será el éxito en conjunto de la misión de Jesús. Para quienes lo rechacen, es decir, para los que crean que están en pie fiándose de sus propias seguridades (cf Lc 14,9), él será piedra de tropiezo; pensemos, por ejemplo, en los escribas y fariseos, orgullosos de su ciencia (Lc 11,52-54); en el fariseo de la parábola (Lc 14,9-13.14b), en los invitados a la boda que declinan la invitación por tener otros intereses (Lc 14,16-21ab.24)... Por el contrario, Cristo será ocasión de salvación para cuantos se encuentran en un estado de miseria, de pecado, pero acogen su palabra; pensemos en el publicano (Lc 14,13-14), en Zaqueo (Lc 19,2-10), en los pobres, los cojos, los ciegos y los lisiados que sustituyen a los que fueron invitados primero a la boda (Lc 14,21-23)... Así pues, además de la acogida, Jesús conocerá la amargura y la tragedia del rechazo, será un "signo de contradicción", dice el anciano profeta.
Signo, en primer lugar: en efecto, en su persona Dios se hace manifiesto y cercano a su pueblo (cf Lc 1,68; 7,16), especialmente en la gran revelación pascual: "Como Jonás fue un signo para los ninivitas, así el Hijo del hombre lo será para esta generación" (Lc 11,30). Pero de contradicción; es decir, objeto de repulsa por parte de Jerusalén y del judaísmo oficial, que no reconoció los tiempos de la visita de Dios (cf Lc 19,44b-47; 29,9-18...). Se trata, por consiguiente, de un sendero lleno de espinas el que se perfila para Jesús. "Para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones", añade Simeón (v. 35). La presencia de Cristo tendrá este efecto: revelar cuáles son las esperanzas de todos respecto a él: quién lo acoge y quién lo rechaza. El término pensamientos (gr. dialoguismói) es todavía genérico, sin ninguna cualificación positiva ni negativa. Se necesita un adjetivo, o bien el contexto, para determinar si se trata de intenciones rectas o condenables (cf Lc 1,29 [dieloguízeto]; 5,22; 6,8; 9,46.47; 24,38; además, Mc 7,21, Mt 15,19; Sant 2,4...).
En Lc 2,35 el sustantivo mencionado parece tener una función bivalente; es decir, designa las diversas actitudes, favorables u hostiles, frente a Cristo. Nos relacionamos entonces con el v. 34, en donde se dice que Jesús es motivo tanto de caída como de resurgimiento.
En versión eclesial, Lucas elabora además los mismos enunciados en el libro de los Hechos, donde entra en escena una iglesia que experimenta la contradicción que había padecido antes su Señor. En Iconio, por ejemplo, después de la predicación de Pablo y de Bernabé apoyada en signos y en prodigios (He 14,1-13), "la población de la ciudad se dividió: unos estaban con los judíos y otros con los apóstoles" (v. 4). Y hacia el final del libro
Lucas hace decir a los judíos convocados por Pablo: "Sabemos que esta secta (= cristianismo) encuentra oposición en todas partes (28,22: pantajou antiléguetai).
c) El alma de María traspasada por una espada. La persona y el mensaje de Jesús lleva a cabo un discernimiento dentro de Israel. Pero todo lo que ocurre en Israel como pueblo tiene una repercusión en María como persona: "... También a ti una espada te atravesará el alma" (Lc 2, 35a).
Lo mismo que en el Magnificat, se observaba un paso de lo individual (María: Lc 1,46-49) a lo colectivo (Israel: Lc 1,54), así aquí se da una alternancia entre una comunidad (Israel) y una persona individual (María). Esto basta para concluir que también en este paso Lucas asocia a María a su pueblo; ella es hija de Sión.
Nos queda por preguntarnos ahora cuál es el significado más pertinente del término espada. Recorriendo la literatura judeo-bíblica, se ve que la espada es uno de los símbolos más frecuentes para designar la palabra de Dios. En el AT tenemos dos casos (Is 49,2 y Sab 18,15) Este mismo tipo de simbolismo aparece con frecuencia en los comentarios judíos a los textos bíblicos. También el NT, en siete ocasiones, recurre a este lenguaje: la palabra de Dios, que se identifica ahora con la palabra de Jesús, es comparada con una espada cortante de doble filo. Las referencias más abundantes nos las ofrece el Apocalipsis (1,16: "De su boca salía una espada aguda de dos filos": 2,12.16 19,15.21). Está asimismo la carta a los Efesios (Ef 06,17: "Tomad también... Ia espada del Espíritu, que es la palabra de Dios"). Hay que dedicar una especial atención a la carta a los Hebreos (Hb 4,12): "La palabra de Dios es viva y eficaz; ella penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y es capaz de distinguir los sentimientos y pensamientos del corazón".
Se notará fácilmente la gran analogía que hay entre Lc 2,35 y Heb 4,12. En ambos trozos se habla de espada que "penetra en el alma" y "revela-escudriña los pensamientos del corazón". Esta relación no se le escapó, por ejemplo, a san Ambrosio.
Una vez asentada esta ecuación simbólica espada = palabra de Dios, se asoma la hipótesis de que la espada a la que alude Simeón es figura de la palabra de Dios, tal como se expresa en la enseñanza de Jesús.
Efectivamente, esta descodificación del símbolo espada se armoniza muy bien con el contexto anterior. Poco antes, Simeón había celebrado a Jesús como luz de las gentes y gloria de Israel (v. 32). Sus palabras hacen eco a los poemas del Siervo de Yavé (Is 42,6; 49,6). Pues bien, precisamente uno de esos poemas (49,2) presenta al Siervo de Yavé como un profeta de cuya boca Dios ha hecho una espada afilada. La imagen, como hemos visto, fue recogida varias veces en relación con Cristo en el Apocalipsis (I,16; 2,12.16; 19, 15.21). Pero también Simeón, al preconizar en Jesús al Siervo de Yavé por excelencia, parece decir que su palabra es semejante a una espada.
Escogiendo esta orientación exegética (que, lejos de excluir a las demás, puede perfectamente integrarlas), la imagen de María seria la de una creyente que, lo mismo que todo Israel, su pueblo, tendrá que enfrentarse con la palabra del Hijo, simbolizada místicamente en la espada. Su alma se verá profundamente penetrada por ella. Efectivamente, siempre en el tercer evangelio vemos que ella acogía y guardaba los acontecimientos y las palabras de Jesús (Lc 2,19.51b; cf 8,19-21 y 11.27-28). Con una actitud sapiencial se esforzaba en sondear su alcance, incluso cuando le procuraban sufrimientos y no llegaba a comprender todo su sentido (L.c 2,48-51b).
Así pues, María hizo que sus pensamientos se aclarasen y se juzgasen a la luz de aquella palabra y se conformó a ella con un crecimiento constante. Esto suponía para ella gozo y dolor. (gozo, al ver los frutos copiosos que la semilla de la palabra evangélica producía en ella misma y en cuantos la acogían con un corazón "bueno y perfecto" (cf Lc 8,15). Dolor, cuando buscaba angustiada a Jesús en Jerusalén y no comprendió su respuesta: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que tengo que estar en la casa de mi Padre? Y ellos no comprendieron sus palabras" (Lc 2,49-50). Conservando en su corazón el enigma de esa frase, ella "avanzó en la peregrinación de la fe" (LG 58), no sin pruebas ni oscuridades. Pero el colmo de la aflicción inundó su espíritu cuando vio a su Hijo rechazado y crucificado. Obedecer a la voluntad del Padre (¡ella, la madre del ajusticiado!), permanecer fiel a las palabras del Hijo sobre todo en aquel momento de tiniebla (cf Redemptoris Mater 18): he aquí el punto crucial de la transfixión que esta palabra produjo en las fibras de María. Según esta exégesis, no seria lógico restringir solamente a la compasión de la Virgen al pie de la cruz la profecía de Simeón. Abarca más bien todo el arco de su misión de madre del Redentor y especialmente el drama del Calvario. ¿No decía acaso Jesús: "Si alguno quiere venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz de cada día y sigan" (Lc 9,23)?.
Abrahán, nuestro padre en la fe, "obedeciendo la llamada divina, partió para un país que recibiría en posesión, y partió sin saber a dónde iba" ( /Hb/11/08). María, madre de los creyentes (cf Jn 19,26-27a), aceptó que su vida se plantease según la palabra del Señor que le había sido revelada por el ángel (Lc 1,38). Con su fiat se dispuso a salir de si misma para seguir los caminos de Dios, que "es más grande que nuestra conciencia y lo sabe todo" (1Jn 3,20). La Virgen llevaba a su Hijo en los brazos, pero no se negaba a dejarse conducir por el Hijo por un camino incierto y difícil; también para ella se hizo realmente ejemplar la frase de Jesús: "El que pierda su propia vida por mi, la salvará" (Lc 9,24; cf Mc 8,35; Mt 16,25; Jn 12,25). Contemplada en esta dimensión, MarÍa, además de madre, es hermana nuestra a la hora de compartir la gozosa fatiga de creer.
Francisco Bartolome Gonzalez
Es interesante comparar los capítulos que Mateo y Lucas dedican a la infancia de Jesús. Mientras el primero incluye en su narración a los grandes del mundo (Herodes, sacerdotes y escribas, Magos), Lucas describe a la gente del pueblo que espera: los pastores, los ancianos piadosos, la gente sencilla.
Mateo describe la realidad de la vida: las dudas de José, la persecución, el llanto, la muerte de inocentes, la emigración, la indiferencia. Lucas nos transmite un ambiente de familia, de alegría, de confianza, de poesía.
El evangelio de Lucas interpela directamente nuestra vida y nuestro mundo. Reprueba todo fariseísmo, toda apariencia y legalismo, toda falsedad. Nos muestra cómo tiene que ser nuestra vida, nuestras relaciones personales y comunitarias con Dios y con los demás. Nuestro mundo, destrozado por la injusticia y la opresión, lleno de lágrimas y amarguras, encuentra en el evangelio de Lucas una respuesta a sus esperanzas.
Todo el capítulo segundo de Lucas presenta dos rasgos importantes. El primero es que va ampliando progresivamente el horizonte de los que oyen la Buena Noticia: los pastores, los ancianos Simeón y Ana; finalmente, los "doctores", sentados en el templo, escuchan la palabra pronunciada por el mismo Jesús.
Con ello el autor nos quiere expresar su concepción de la eficacia de la Palabra: sus comienzos son modestos, pero su marcha es irresistible, como refleja el mismo Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles. El esquema del progreso evangélico, sobre el que están estructurados los dos libros de Lucas, está ya contenido en este capítulo. El segundo rasgo es el modo de comunicar la Buena Noticia: primero "desde arriba", por los ángeles a los pastores. Luego, mediante el testimonio personal: es el relato que los pastores hacen de su experiencia al que quiera oírles. Finalmente, por la palabra profética dirigida, bajo el "impulso" del Espíritu Santo, a la comunidad reunida para la oración: Simeón y Ana representan a los profetas que comunican a la asamblea de los creyentes cómo entienden ellos los gestos de Dios. Sus palabras expresan lo que la comunidad cristiana piensa de Jesús. Nos muestran que la Palabra divina no penetra en la comunidad, no alcanza a los corazones de sus miembros más que por la iluminación del Espíritu (Mt 16,17), que actúa a través de los profetas (I Cor 12,3).
El texto de Lucas es también fruto de una doble preocupación: subraya el lazo de unión de Jesús con el judaísmo y sugiere la novedad significada y realizada por Jesús. Hay continuidad del Antiguo al Nuevo Testamento, cumplimiento; pero, a la vez, una cierta ruptura.
Es de notar la avanzada edad de todos los que representan al Antiguo Testamento: Zacarías e Isabel, Simeón y Ana.
1. El templo, casa de oración
Maria, como hacían todas las mujeres israelitas, va a cumplir los ritos de la purificación, obligatorios para las que acababan de dar a luz. Toda madre, al tener un hijo, quedaba legalmente "impura", y tenía que ser declarada "pura" en el templo por un sacerdote. Además, todo primogénito pertenecia a Dios (Ex 22,28). Los primeros nacidos de los animales eran sacrificados; el primer hijo de cada familia era rescatado por medio de una ofrenda. Se habia convertido en un buen negocio para los que controlaban el templo.
La purificación de la madre y el rescate del primogénito, prescritos por la ley (Lev 12,1-8), se convierte en Lucas en una presentación del Niño. El tercer evangelista da gran importancia a esta primera entrada de Jesús en el templo de Jerusalén, centro para él del plan divino de salvación.
La ofrenda que presentan los padres de Jesús para rescatarle es la de los pobres: "un par de tórtolas o dos pichones". Los ricos presentaban animales más grandes y más caros. El templo era un lugar que avalaba todo tipo de diferencias sociales y raciales: había en él lugares reservados para los sacerdotes y grandes personajes, los hombres y las mujeres estaban en lugares distintos; lugares a los que no podían entrar los gentiles.
José y María, que llevaban en su sangre las inquietudes expresadas en el Magnificat, ¿no sentirían una gran repugnancia ante aquellas diferencias sociales y aquel negocio? ¿Cómo no rompían con todo aquello, tan indigno de Dios y que tanto atacaban los profetas del Antiguo Testamento, lo mismo que atacan los "negocios" de la Iglesia los profetas actuales?
Ellos aguantaron aún. Pero el Hijo que traían en brazos iba a desenmascarar todo aquello: "Mi casa es casa de oración; pero vosotros la habéis convertido en una cueva de bandidos" (Lc 19,46).
2. El profeta, pregonero de utopía
Cuando Jesús nació, muchos en Israel anhelaban un cambio social profundo y la expulsión de los romanos de Palestina. Simeón y Ana veían acercarse su muerte sin haber visto nada de ello. Morirían, como tantos, y todo seguiría en vagas promesas.
Simeón es un profeta: esto es lo que significa el don del Espíritu que posee. De ahí que pueda hablar del futuro y en nombre de Dios. El Espíritu Santo actúa y abre los ojos de este anciano, que descubre en el hijo de María "el consuelo de Israel". Iluminado por el Espíritu, intuye, a través de los signos de pobreza, la gran realidad presente en Jesús: la salvación-liberación de Israel.
Por eso profetiza, aunque lo único que tiene en brazos es un recién nacido, hijo de unos pobres habitantes de un pueblo insignificante. En aquel Niño vislumbra la revolución liberadora, falte el tiempo que falte. Es posible cambiar las cosas. Podemos llegar a esa utopía que Jesús llamará "reino de Dios".
Para el que sabe descubrir estos signos y seguir la lucha que ellos marcan, la muerte cambia de sentido, deja de ser algo desesperante y absurdo.
El himno de Simeón es un bello ejemplo de oración. Es la oración de un hombre cercano a la muerte, que da gracias por la "salvación" que se le ha concedido "ver" durante su vida y que le ha producido una profunda alegría. Ha captado el misterio del Niño y encuentra la paz; sabe que Dios es la plenitud humana y canta la gratuidad de la salvación.
Las palabras de Simeón corresponden a las dos etapas históricas del plan divino: una es de alabanza a Dios porque la salvación ya ha llegado al pueblo y tiene una dimensión universal, por mediación de Israel (Is 60); la segunda, el rechazo de la mayoría del pueblo elegido, que traerá la crisis y la división en el interior del mismo.
La "luz" que llega al templo tiene un destino universal. Israel, representado por el anciano Simeón, puede "morir" como institución religiosa, pues ha llegado el tiempo nuevo de la salvación para todas las naciones, sin distinción alguna. Salvación que no se realizará sin luchas y oposición. Israel deberá abrir su luz a todos los pueblos de la tierra.
Sólo entre todos los hombres llega a ser vivido en plenitud lo humano. Sólo existimos verdaderamente en virtud de la comunidad de los hombres. No existe ninguna profundidad en la vida sin la profundidad de la vida en común. Nuestra vida en la historia se mueve tan en la superficie como nuestra vida individual.
El amor de Dios por todos y cada uno de los hombres no es un amor puramente sentimental, no es sólo ternura y expresión de sentimiento, sino también exigencia y renuncia. El amor de Dios no es paternalista, sino que es, sobre todo, liberador: hace personas libres.
Jesús es el "Salvador" para "todos los pueblos", "luz" de "las naciones" y "gloria de Israel".
Es "luz". No sólo una luz que ayuda a caminar, sino una luz que salva, que guía por un camino que conduce a la vida. Por eso se llama "Salvador".
Es "gloria". En lenguaje bíblico significa la manifestación del mismo Dios. Jesús es la "gloria de Israel", porque es la máxima manifestación de Dios en el pueblo.
Lucas -que no era judío- nos dice que Jesús es la "gloria" -la culminación- del pueblo judío. Pero, al mismo tiempo, insiste que es para "todos los pueblos".
Jesús está plenamente injertado en la historia de la humanidad inquieta, inconformista, utópica. El largo caminar durante siglos del pueblo judío es una progresiva preparación necesaria para llegar a la manifestación culminante de Dios en Jesucristo.
Manifestación que ya no queda encerrada en un pueblo, sino que es para todos. Ningún pueblo, ninguna clase, ninguna cultura, ninguna Iglesia tendrá derecho a monopolizar esta "luz" de Dios.
La misión propia del pueblo judío fue preparar el advenimiento de esta luz que es Jesús. La misión propia de la Iglesia es comunicar esta luz a todos los pueblos, en todas las épocas. Y si la tentación del pueblo judío fue la de resistirse a traspasar lo que nació en él, también la tentación de la Iglesia -de los cristianos y de las comunidades- es la de no ser transmisores para todos de la luz de Jesús. El pueblo judío sucumbió a esa tentación. La Iglesia también, en gran parte de su historia: ¿qué "evangelio" encarna? ¿Será capaz de abrirse y conectar con los grandes valores del pueblo secularizado contemporáneo?
3. Necesidad de una opción dolorosa
Ser creyente es ser peregrino, caminar en la incertidumbre y en la inseguridad, caminar de sorpresa en sorpresa. El amor de Dios es exigente, siempre está empujando para que los hombres crezcamos y maduremos.
Para los padres de Jesús fue difícil comprender el plan de Dios y la misión que se les encomendaba. Porque, por muchas ideas que tengamos sobre los planes de Dios hacia nosotros y hacia los que nos rodean, es siempre mucho más lo que se escapa a nuestra comprensión. Estaban admirados de lo que Simeón decía del Niño. Sólo los pobres tienen capacidad de admirarse ante otros. A los "ricos" les da vergüenza: es signo de debilidad y sencillez.
María y José, que son las personas más próximas a Jesús, también necesitan de las palabras de los demás para ir comprendiendo mejor lo que el Padre quiere realizar en Jesús para los hombres. Su fe les va descubriendo las profundidades del amor del Padre sobre el Niño. Poco a poco, y con sufrimiento, comprenderán el significado de la misión de su Hijo.
Lucas, que escribe muchos años después del asesinato de Jesús, hace decir a Simeón que el Niño será causa de contradicción, "será como una bandera discutida". Jesús viene a renovar todas las cosas. Pedirá un si o un no, con todas las consecuencias. Y será discutido, será portador de una crisis. Ante El será necesaria una actitud clara de la persona.
El Niño provocará la caída de unos y la elevación de otros; unos avanzarán con El hacia la plena liberación, otros se hundirán en egoísmos y conformismos estériles y crueles. La vida de Jesús dará fe de ello. Y la historia, hasta hoy, también. ¿Dónde colocar a los que dicen que "creen" y actúan en contra de esa fe; o a los que dicen que "no creen" y realizan obras de justicia? Desde ahora, la suerte de cada uno se jugará en su decisión ante Jesús, ante lo que El representa: búsqueda de libertad, de amor, de justicia, de paz, de solidaridad... para todos; o encerrarse en las propias conveniencias.
El Padre destinó a Jesús para que cada hombre, todo Israel, tome ante Él su decisión; decisión que debe ser clarificada por las obras. No es posible mantenerse neutral. En Israel, el pueblo elegido de Dios, no reciben la liberación y logran la salvación más que los que toman una opción por el Hijo. Sólo el que opta personalmente por Jesús -antes y ahora- pertenece verdaderamente al pueblo de Dios. Una opción que lleva al compromiso de tomar únicamente desde El todas las decisiones de la propia vida.
Jesús es bandera discutida porque sitúa al hombre ante la decisión. Y decidirse es doloroso, porque nos pide ponernos al lado de los desheredados, hacernos desheredados. La contradicción no existe -lo saben muy bien los cristianos bien acomodados- cuando unimos una fe de palabra con una vida sin relación con esa fe. Pero entonces no hay opción por Jesús, aunque nos empeñemos en lo contrario. Por eso existe tan poca contradicción con la sociedad que nos rodea: falta opción por Jesús, vida comprometida con el pueblo en la mayoría de los cristianos.
La sociedad de consumo viene en ayuda del hombre moderno para impedirle pensar en el modo de vivir la fe en Jesús, incapacitándole para que descubra la dicotomía entre las palabras y la vida. Hay en nuestra sociedad demasiado ruido y demasiadas prisas, demasiadas comodidades y superficialidades, demasiados egoísmos para llegar a Jesús, presente en lo más profundo del corazón humano.
La oposición ocasionada por El será tan brutal, que alcanzará dolorosamente a su madre. Madre e Hijo se ven asociados en un mismo destino doloroso. María irá acompañando a Jesús hasta el momento de su muerte en la cruz, en que "una espada le traspasará el alma". La espada que atravesará a María designa no sólo su sufrimiento personal, sino también el desgarramiento de la "hija de Sión" por la devastación del país, por la opresión y la explotación de los pobres de la tierra.
Dios ha dicho su última palabra en Jesús; el hombre dará su respuesta mayoritaria con la cruz: una minoría -los dirigentes religiosos y políticos- dirigiendo el crimen, una mayoría -el pueblo, siempre manejado y alienado- sirviendo de comparsa. La victoria del Mesías nacerá de su derrota. La vida llega por la muerte.
Todavía no se habla de la cruz, pero ésta es la última consecuencia de la contradicción. Un hombre como Jesús inquieta demasiado y hay que matarlo para poder interpretarlo después a nuestro gusto. Es lo que se hace normalmente con los hombres de esta categoría. Las verdaderas causas por las que murió Jesús resuenan ya en el evangelio de la infancia.
Pero, a la vez, quedan al descubierto los pensamientos y los intereses de muchos corazones, a poco que queramos interpretarlos.
La decisión que se tome ante la señal que es Jesús y las razones que demos para seguir compaginando una fe sin una vida, descubren las profundidades ocultas de los sentimientos humanos, lo que hay en realidad dentro de cada corazón.
4. Ana canta la alegría de una esperanza
Y otra anciana, llena de verdadera religiosidad, que esperaba que todo cambiara un día, entra también en escena. Las palabras de Simeón hallan eco en esta mujer piadosa, profetisa y bendecida por Dios con una larga ancianidad. Como los pastores de Belén, también ella alaba a Dios y habla a todos de aquel Niño, que es la liberación de Israel y de todas las naciones. Caminos que iban a acabarse en la nada, de repente, encuentran sentido. Morirán con esperanza.
La palabra de Dios, que sacia las esperanzas de su pueblo, se ha hecho Hombre. Este pueblo está representado en esta mujer pobre y viuda, que ha gastado su vida en ayunos y oraciones cerca de la casa de Dios.
Ana reconoce la llegada del Mesías y, llena de gozo, se convierte en apóstol. Cuando nos llena una gran alegría, un gran ideal, no tenemos más remedio que gritarlo. Si esto no nos ocurre, ¿tendremos dentro de nosotros algo que merezca realmente la pena? Ana no cesa de hablar de Jesús a todos los que esperaban al Mesías. Solamente se puede hablar del Mesías a los que esperan algo en la vida, a los insatisfechos, a los pobres, a los que se sienten oprimidos... Los que ya se creen liberados y satisfechos, ¿qué pueden entender?
La palabra de Dios tenemos que aceptarla desde nuestras propias ilusiones y esperanzas, buscando en ella las respuestas a los acontecimientos diarios, sean del tipo que sean. Tenemos que aceptarla como se acoge a un íntimo amigo en casa. María y estos dos ancianos iluminan perfectamente el misterio de Cristo Mesías, y se convierten para nosotros en modelos de la espiritualidad basada en la esperanza de los pobres.
5. Y el Niño crecía...
Retornan a Nazaret, el pueblo de Maria, donde el Niño crece y se robustece. El crecimiento abarca a toda su persona; goza en plenitud de la gracia de Dios y de su sabiduria. Gracia y sabiduría que le iban llevando a profundizar en los acontecimientos, a descubrir el porqué de tantas situaciones y la salvación ofrecida por Dios a todas las naciones. Si "se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba", ¿qué le llevaría a hacer, viendo tantas injusticias y opresiones a su alrededor, cuando fuera mayor? José, su padre, era el "arregla todo" del pueblo. Su posición económica debía ser muy modesta. Crecía, se hacía fuerte, aprendía... como hacen todos los niños con un mínimo de condiciones normales para vivir. Fue de los que tuvieron suerte de poder sobrevivir, crecer y robustecerse; porque entonces allí -igual que ahora en tantos lugares del mundo- muchos niños de familias modestas morían por desnutrición, miseria, falta de posibilidades higiénicas...
MISAL DOMINICAL
LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Fiesta
Bendición y procesión de las candelas
Primera forma: Procesión
1. En la hora más conveniente se reúnen todos en una iglesia menor o en otro lugar oportuno, fuera de la iglesia hacia la que va a encaminarse la procesión. Los fieles tienen en sus manos las candelas apagadas.
2. Llega el sacerdote con los ministros, revestidos con vestiduras blancas como para la misa o bien con la capa pluvial que en este caso se usa hasta que termine la procesión.
3. Se encienden las candelas mientras se canta la antífona:
Ya el Señor llega con poder,
e iluminará los ojos de sus servidores. Aleluia.
u otro cántico apropiado.
4. El sacerdote saluda como de costumbre al pueblo y hace luego una breve monición para invitar a los fieles a celebrar esta fiesta de manera activa y consciente. Puede servirse de esta monición o de otra semejante:
Queridos hermanos:
Hace cuarenta días, hemos celebrado con alegría
la Navidad del Señor.
Hoy conmemoramos el día feliz
en que Jesús fue presentado en el templo por María y José,
cumpliendo públicamente la ley de Moisés,
pero, en realidad,
yendo al encuentro de su pueblo que lo esperaba con fe.
Los santos ancianos Simeón y Ana fueron al templo
impulsados por el Espíritu Santo;
allí, iluminados por el mismo Espíritu,
conocieron al Señor y lo proclamaron con alegría.
También nosotros, congregados en la unidad por el Espíritu Santo,
vayamos hacia la casa de Dios al encuentro de Cristo.
Lo encontraremos y reconoceremos en la fracción del pan,
hasta que vuelva revestido de gloria.
5. Después de la monición, el sacerdote bendice las candelas, diciendo con las manos juntas:
Oremos.
Dios y Padre nuestro, fuente y origen de toda luz,
que en este día has mostrado al justo Simeón
la Luz para iluminar a las naciones:
te pedimos humildemente que + bendigas estos cirios.
Escucha las súplicas de tu pueblo,
que se dispone a llevarlos para alabanza de tu nombre,
a fin de que, siguiendo el camino de las virtudes,
pueda llegar a la luz que no tiene fin.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
Oremos.
Señor y Dios nuestro,
luz verdadera que creas y difundes la luz eterna:
derrama la claridad de tu luz en el corazón de los fieles,
para que cuantos son iluminados en tu santo templo
por el resplandor de estos cirios,
puedan alcanzar el esplendor de tu gloria.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Y rocía las candelas con agua bendita sin decir nada, y coloca el incienso para la procesión.
6. El sacerdote recibe del diácono o ministro su propia candela encendida y comienza la procesión, diciendo el diácono (o, en su defecto, el mismo sacerdote):
Vayamos en paz al encuentro del Señor.
O bien:
Vayamos en paz.
En cuyo caso, todos responden:
En el nombre de Cristo. Amén.
7. Todos llevan sus candelas encendidas. Durante la procesión puede cantarse alternadamente la siguiente antífona I Luz para alumbrar a las naciones con el cántico (Lc 2, 29-32), o la antífona II Embellece tu trono u otro cántico apropiado.
I
Ant. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu servidor irse en paz.
Ant. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador.
Ant. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
A quien has presentado ante todos los pueblos.
Ant. Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.
II
Embellece tu trono, Sión, y recibe a Cristo Rey:
Abraza a María, la puerta del cielo,
pues ella conduce al Rey de la gloria
revestido de nueva luz.
Permanece Virgen llevando en sus manos
al Hijo nacido antes del lucero del alba.
Simeón lo tomó en sus brazos
y proclamó ante los pueblos
que es el Señor de la vida y de la muerte
y Salvador del mundo.
8. Cuando la procesión entra al templo, se canta la antífona de entrada, u otro canto apropiado. Llegado el sacerdote al altar, lo venera, y si se utiliza el incienso, lo inciensa. Va a la sede, si la ha utilizado cambia la capa pluvial por la casulla y después inicia la oración del Gloria; a continuación sigue la oración colecta. Y la misa continúa de manera habitual.
Segunda forma: Entrada solemne
9. Los fieles, con candelas en sus manos, se reúnen en la iglesia. El sacerdote, con ornamentos blancos, acompañado por los ministros y algunos fieles, va a un lugar adecuado: delante de la puerta o en la misma iglesia, donde al menos la mayor parte de los fieles pueda participar cómodamente del rito.
10. Cuando el sacerdote llega al lugar establecido para la bendición de los cirios, éstos se encienden mientras se canta la antífona Ya el Señor llega con poder (n. 3), u otro canto adecuado.
11. El sacerdote, después del saludo y la exhortación bendice los cirios como se indica en los nn. 4-5 y se hace la procesión hacia el altar, mientras se canta (nn. 6-7). Para la Misa se observa lo que indica el n. 8.
Misa
Antífona de entrada Cf. Sal. 47, 10-11
En tu santo templo, Señor, evocamos tu misericordia;
la gloria de tu nombre llega hasta los confines de la tierra.
Tu derecha está llena de justicia.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
te pedimos humildemente
que así como tu Hijo único, hecho hombre,
fue presentado hoy en el templo,
también nosotros podamos presentarnos a ti
con un corazón puro.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Mira con agrado, Dios nuestro,
la ofrenda de tu Iglesia desbordante de alegría,
tú que aceptaste el sacrificio de tu Hijo único,
ofrecido como Cordero inmaculado
para la vida del mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO:
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.
Porque tu Hijo eterno,
al ser presentado hoy en el templo,
es proclamado por el Espíritu
gloria de Israel y luz de los pueblos.
Por eso nosotros, llenos de alegría,
salimos al encuentro de nuestro Salvador
y junto con los ángeles y santos
te alabamos sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Antífona de comunión Lc 2, 30-31
Mis ojos han visto tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos.
Oración después de la comunión
Padre, por estos sacramentos recibidos,
completa en nosotros la obra de tu gracia,
y así como colmaste el anhelo de Simeón
de contemplar al Mesías antes de morir,
concédenos recibir la vida eterna
saliendo al encuentro del Señor.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.
LECCIONARIO DOMINICAL
LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR
Fiesta
Cuando esta fiesta no cae en domingo, se elige sólo una de las siguientes lecturas antes del Evangelio.
Entrará en su templo el Señor a quien ustedes buscan
Lectura de la profecía de Malaquías 3, 1-4
Así habla el Señor Dios.
Yo envío a mi mensajero, para que prepare el camino delante de mí. Y en seguida entrará en su Templo el Señor que ustedes buscan; y el Ángel de la alianza que ustedes desean ya viene, dice el Señor de los ejércitos.
¿Quién podrá soportar el Día de su venida? ¿Quién permanecerá de pie cuando aparezca? Porque Él es como el fuego del fundidor y como la lejía de los lavanderos. Él se sentará para fundir y purificar: purificará a los hijos de Leví y los depurará como al oro y la plata; y ellos serán para el Señor los que presentan la ofrenda conforme a la justicia.
La ofrenda de Judá y de Jerusalén será agradable al Señor, como en los tiempos pasados, como en los primeros años.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 23, 7-10
R. El Rey de la gloria
es el Señor de los ejércitos.
¡Puertas, levanten sus dinteles,
levántense, puertas eternas,
para que entre el Rey de la gloria! R.
¿Y quién es ese Rey de la gloria?
Es el Señor, el fuerte, el poderoso,
el Señor poderoso en los combates. R.
¡Puertas, levanten sus dinteles,
levántense, puertas eternas,
para que entre el Rey de la gloria! R.
¿Y quién es ese Rey de la gloria?
El Rey de la gloria es
el Señor de los ejércitos. R.
Debió hacerse semejante en todo a sus hermanos
Lectura de la carta a los Hebreos 2, 14-18
Ya que los hijos tienen una misma sangre y una misma carne, Jesús también debía participar de esa condición, para reducir a la impotencia, mediante su muerte, a aquel que tenía el dominio de la muerte, es decir, al diablo, y liberar de este modo a todos los que vivían completamente esclavizados por el temor de la muerte.
Porque Él no vino para socorrer a los ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió hacerse semejante en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel en el servicio de Dios, a fin de expiar los pecados del pueblo.
Y por haber experimentado personalmente la prueba y el sufrimiento, Él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la prueba.
Palabra de Dios.
ALELUIA Lc 2, 32
Aleluia.
Luz para iluminar a los paganos
y gloria de tu pueblo Israel.
Aleluia.
EVANGELIO
Mis ojos han visto tu salvación
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-40
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor". También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos.»
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con él.
Palabra del Señor.
O bien más breve:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 22-32
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: "Todo varón primogénito será consagrado al Señor". También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:
«Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel.»
Palabra del Señor.
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