Domingo de Corpus Christi
Liturgia Viva del Corpus Christi
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Cristo vino al mundo,
y por su propia sangre
nos adoptó como hijos en el amor de Dios,
por medio de una nueva y eterna Alianza.
Que él nos guarde unidos con Dios
y esté siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu.
Introducción por el Celebrante
1.Mi Cuerpo y mi Sangre para Ustedes
Admiramos grandemente a hombres y mujeres que dedicaron sus vidas para el bien de otros e incluso estuvieron dispuestos a morir por ellos. Esto es precisamente lo que celebramos siempre que nos congregamos juntos para la eucaristía. Celebramos la vida y la muerte de Jesús por nosotros; pero también celebramos su resurrección, porque él está vivo aquí entre nosotros, en su Iglesia, en nuestro mundo. Pero cuando hacemos lo que él nos mandó -“Hagan esto en conmemoración mía”-, tenemos que aprender a entregarnos a nosotros mismos a Dios y a los hermanos, como Cristo se entregó. En esta eucaristía él quiere regalarnos esta disposición interior.
2.La Sangre de la Alianza
Muchos cuerpos son destrozados hoy por el uso de la fuerza bruta y de la tortura; se derrama mucha sangre de gente inocente y de niños. La violencia lleva al odio y a más violencia. Hoy, en esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo, oiremos de Alguien cuyo cuerpo quebrantado nos trajo paz, y cuya sangre derramada nos trajo el perdón y el amor de Dios. “Este es mi cuerpo entregado por ustedes. Esta es mi sangre de la Alianza eterna.” Cada eucaristía nos trae un mensaje de esperanza de que el amor de Dios está con nosotros ahora y para siempre. Demos hoy gracias al Padre por el gran regalo de Jesús Eucaristía.
Acto Penitencial
Una pregunta: ¿Nos comprometemos a hacer el bien a los demás, incluso cuando el coste es alto? Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, tú dijiste: “Esto es mi cuerpo, este soy yo mismo que se entrega por ustedes.” Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Jesucristo, tú dijiste: “Esta es mi sangre de la Alianza derramada por ustedes y por todos” Cristo, ten piedad de nosotros. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú dijiste: “Este es mi cuerpo para la vida del mundo. Quien lo coma posee la vida eterna”. Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros
Señor, ten misericordia de nosotros, y por la eucaristía concédenos el perdón de todos nuestros pecados y llévanos a la vida eterna. R/ Amén.
Colecta
1. Mi Cuerpo y mi Sangre para Vosotros
Oremos para que podamos ofrezcer esta eucaristía
con la misma actitud de entrega de Jesús.
(Pausa)
Señor Dios nuestro,
tú no aceptas nuestros lánguidos sacrificios
a no ser que nos comprometemos a ti
y a cada uno de nuestros hermanos
Aquí estamos ante ti sin otro sacrificio
que el de tu querido Hijo Jesucristo,
que derramó su sangre por amor.
Cólmanos con su Espíritu
para que también nosotros
vivamos para ti y para los hermanos
con un amor generoso y altruista
que une a todos, ama a todos, sirve a todos.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
2. La Sangre de la Alianza
Oremos a Dios para que le encontremos a él en su Hijo Jesús.
(Pausa)
Oh Dios vivo de la Alianza,
nos has escogido para hacernos para siempre
como parientes tuyos de sangre
y hermanos y hermanas unos de otros
por medio de la sangre de Jesús, tu Hijo.
Que te encontremos y nos unamos fuertemente a ti
por medio de aquél que es nuestro alimento de unidad
y nuestra bebida de alegría,
Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
R/ Amén.
Primera Lectura /Ex 24,3-8)
Como Parientes de Sangre de Dios Dios escoge para sí un pueblo y comparte su destino. Lo une a sí mismo con lazos como de sangre, comiendo y bebiendo con ellos.
Segunda Lectura (Heb 9:11-15)
El Nuevo Pueblo de Dios en la Sangre de Cristo Derramando su sangre por nosotros, Cristo ha hecho transfusión de vida nueva al pueblo de Dios. Ahora somos capaces de ser libres del pecado y de ser fieles a Dios con fidelidad duradera.
Evangelio (Mt 24:12-16, 22-26)
La comida de Nuestra Alianza Jesús renueva la Alianza con nosotros cuando comparte su cuerpo y su sangre en cada celebración eucarística. Intercesiones Generales –
Oración de los fieles
Oremos con la máxima confianza a Dios nuestro Padre, porque nos ha elegido a nosotros como sus socios en la vida; hechos libre por la sangre de su Hijo. A cada petición responderemos:
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Por el Papa, por los obispos y sacerdotes, para que sepan dar a su pueblo no solamente el pan de la palabra de Dios y el pan de la Eucaristía, sino también el pan de sí mismos, roguemos.
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Por todas la Iglesias cristianas, para que un día puedan llegar a la auténtica unidad en torno a la mesa eucarística del Señor, roguemos.
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Por las naciones que tienen más abundancia de bienes, en alimentos y en recursos humanos, para que consideren como una tarea de justicia el compartir generosamente con otros pueblos que tienes menos y el ayudarles a seguir adelante en la ruta del desarrollo humano y económico, roguemos.
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Por nuestras comunidades cristianas, para que los ricos y los pobres, los de alto nivel social y los de nivel bajo, arrendatarios y propietarios de tierras, patronos y obreros, participen en igualdad en la eucaristía y lleguen a ser responsables los unos de los otros en un fuerte convenio de justicia, amor y paz, roguemos.
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Por todos nosotros, para que la eucaristía llegue a ser cada vez más la fuente de nuestra fuerza y unidad y de nuestro compromiso mutuo, roguemos.
R/ Señor, hazte cercano a nosotros, tu pueblo.
Señor, Dios Padre, hazte efectivamente cercano a nosotros. Sigue nutriéndonos con el cuerpo y la sangre de tu Hijo, de tal forma que crezcamos hacia la vida eterna, ahora y por siempre. R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro, tú te haces presente
dondequiera que haya hombres y mujeres que te acojan
y te permiten ser uno de ellos.
Danos la gracia de encontrarte a ti en tu Hijo.
Que él sea hoy para nosotros nuestro pan de fidelidad
y el vino de vida y alegría,
para que tú seas nuestro Dios y nosotros seamos tu pueblo,
ahora y por siempre. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
En la siguiente plegaria eucarística expresemos nuestra gozosa gratitud al Padre por danos a Jesús en la Eucaristía. Esta es la manera maravillosa de Dios de estar hoy con nosotros, su pueblo querido.
Introducción a la Oración del Señor, el Padre Nuestro
Antes de recibir el Pan de Vida,
bendigamos al Padre por su bondad
y recemos la oración de la mesa
que el Jesús mismo nos enseñó: R/ Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todo mal
por Jesucristo, el Cordero de Dios,
que derramó su sangre por nosotros.
Únenos en el cuerpo y la sangre de tu Hijo
como al pueblo que tú has elegido como tuyo.
Prepáranos para la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el Reino…
Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre nuestro,
tú nos has unido a ti mismo
por el cuerpo y sangre de tu Hijo
en un destino común.
Acepta nuestra acción de gracias
y, ya que somos uno en tu Hijo,
haznos compartir los unos con los otros
el pan de nosotros mismos
y escanciar entre todos
el vino del sano compañerismo y de la esperanza;
así podremos peregrinar juntos hacia ti
como hermanos y hermanas de Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro
por los siglos de los siglos. R/ Amén.
Bendición
Nuestro Señor encontró una forma maravillosa
de permanecer siempre a nuestro lado
y acompañarnos en el camino de la vida.
El se hizo carne y sangre, en la Eucaristía.
Encontremos también nosotros caminos
para apoyarnos unos a otros en días oscuros
y para alegrarnos juntos en días luminosos.
Y que Dios vaya siempre y totalmente con ustedes
y les bendiga:
el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. R/ Amén
Podemos ir con el Señor
y acompañarnos unos a otros
como hermanos y amigos en la vida.
R/ Demos gracias a Dios.
EVANGELIO
Esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 14-12-16. 22-26
El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:
- «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»
Él envió a dos discípulos, diciéndoles:
- «ld a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?"
Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.»
Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo:
- «Tomad, esto es mi cuerpo.»
Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron.
Y les dijo:
- «Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.»
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.
Palabra de Dios.
EUCARISTÍA Y CRISIS
Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un "refugio religioso" que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.
A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa, sin escuchar las llamadas del Evangelio.
El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón, sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.
En los próximos años se pueden ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se dictan irán haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van quedando a merced de un futuro incierto e imprevisible.
Conoceremos de cerca inmigrantes privados de una asistencia sanitaria adecuada, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro... No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.
La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.
No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el Evangelio de Jesús, sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre "el pan nuestro de cada día" sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.
LA CENA DEL SEÑOR
Tomad, esto es mi cuerpo.
Los estudios sociológicos lo destacan con datos contundentes: los cristianos de nuestras iglesias occidentales están abandonando la misa dominical. La celebración, tal como ha quedado configurada a lo largo de los siglos, ya no es capaz de nutrir su fe ni de vincularlos a la comunidad de Jesús.
Lo sorprendente es que estamos dejando que la misa «se pierda» sin que este hecho apenas provoque reacción alguna entre nosotros. ¿No es la eucaristía el centro de la vida cristiana? ¿Cómo podemos permanecer pasivos, sin capacidad de tomar iniciativa alguna? ¿Por qué la jerarquía permanece tan callada e inmóvil? ¿Por qué los creyentes no manifestamos nuestra preocupación con más fuerza y dolor?
La desafección por la misa está creciendo incluso entre quienes participan en ella de manera responsable e incondicional. Es la fidelidad ejemplar de estas minorías la que está sosteniendo a las comunidades, pero ¿podrá la misa seguir viva sólo a base de medidas protectoras que aseguren el cumplimiento del rito actual?
Las preguntas son inevitables: ¿No necesita la Iglesia en su centro una experiencia más viva y encarnada de la cena del Señor, que la que ofrece la liturgia actual? ¿Estamos tan seguros de estar haciendo hoy bien lo que Jesús quiso que hiciéramos en memoria suya?
¿Es la liturgia que nosotros venimos repitiendo desde siglos la que mejor puede ayudar en estos tiempos a los creyentes a vivir lo que vivió Jesús en aquella cena memorable donde se concentra, se recapitula y se manifiesta cómo y para qué vivió y murió Jesús? ¿Es la que más nos puede atraer a vivir como discípulos suyos al servicio de su proyecto del reino del Padre?
Hoy todo parece oponerse a la reforma de la misa. Sin embargo, cada vez será más necesaria si la Iglesia quiere vivir del contacto vital con Jesucristo. El camino será largo. La transformación será posible cuando la Iglesia sienta con más fuerza la necesidad de recordar a Jesús y vivir de su Espíritu. Por eso también ahora lo más responsable no es ausentarse de la misa sino contribuir a la conversión a Jesucristo.
UNA DESPEDIDA INOLVIDABLE
Celebrar la eucaristía es revivir la última cena que Jesús celebró con sus discípulos y discípulas la víspera de su ejecución. Ninguna explicación teológica, ninguna ordenación litúrgica, ninguna devoción interesada nos ha de alejar de la intención original de Jesús. ¿Cómo diseño él aquella cena? ¿Qué es lo que quería dejar grabado para siempre en sus discípulos? ¿Por qué y para qué debían seguir reviviendo una vez y otra vez aquella despedida inolvidable?
Antes que nada, Jesús quería contagiarles su esperanza indestructible en el reino de Dios. Su muerte era inminente; aquella cena era la última. Pero un día se sentaría a la mesa con una copa en sus manos para beber juntos un «vino nuevo». Nada ni nadie podrá impedir ese banquete final del Padre con sus hijos e hijas. Celebrar la eucaristía es reavivar la esperanza: disfrutar desde ahora con esa fiesta que nos espera con Jesús junto al Padre.
Jesús quería, además, prepararlos para aquel duro golpe de su ejecución. No han de hundirse en la tristeza. La muerte no romperá la amistad que los une. La comunión no quedará rota. Celebrando aquella cena podrán alimentarse de su recuerdo, su presencia y su espíritu. Celebrar la eucaristía es alimentar nuestra adhesión a Jesús, vivir en contacto con él, seguir unidos.
Jesús quiso que los suyos nunca olvidaran lo que había sido su vida: una entrega total al proyecto de Dios. Se lo dijo mientras les distribuía un trozo de pan a cada uno: «Esto es mi cuerpo; recordadme así: entregándome por vosotros hasta el final para haceros llegar la bendición de Dios». Celebrar la eucaristía es comulgar con Jesús para vivir cada día de manera más entregada, trabajando por un mundo más humano.
Jesús quería que los suyos se sintieran una comunidad. A los discípulos les tuvo que sorprender lo que Jesús hizo al final de la cena. En vez de beber cada uno de su copa, como era costumbre, Jesús les invitó a todos a beber de una sola: ¡la suya! Todos compartirían la «copa de salvación» bendecida por él. En ella veía Jesús algo nuevo: «Ésta es la nueva alianza en mi sangre». Celebrar la eucaristía es alimentar el vínculo que nos une entre nosotros y con Jesús.
EXPERIENCIA DECISIVA
Tomad, esto es mi cuerpo.
Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas...
Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.
En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.
De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.
No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.
Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él.
HACER MEMORIA
Tomad. Esto es mi cuerpo.
Jesús creó un clima especial en aquella cena de despedida que compartió con los suyos la víspera de su ejecución. Sabía que era la última. Ya no volvería a sentarse a la mesa con ellos hasta la fiesta final junto al Padre. Quería dejar bien grabado en su recuerdo lo que había sido siempre su vida: pasión por Dios y entrega total a todos.
Esa noche lo vivía todo con tal intensidad que, al repartir- les el pan y distribuirles el vino, les vino a decir estas palabras memorables: «Así soy yo. Os doy mi vida entera. Mirad: este pan es mi cuerpo roto por vosotros; este vino es mi sangre derramada por todos. No me olvidéis nunca. Haced esto en memoria mía. Recordadme así: totalmente entregado a vosotros. Esto alimentará vuestras vidas».
Para Jesús, era el momento de la verdad. En esa cena se reafirmó en su decisión de ir hasta el final en su fidelidad al proyecto de Dios. Seguiría siempre del lado de los débiles, moriría enfrentándose a quienes deseaban otra religión y otro Dios olvidado del sufrimiento de la gente. Daría su vida sin pensar en sí mismo. Confiaba en el Padre. Lo dejaría todo en sus manos.
Celebrar la eucaristía es hacer memoria de este Jesús, grabando dentro de nosotros cómo fue él hasta el final. Reafirmarnos en nuestra opción por vivir siguiendo sus pasos. Tomar en nuestras manos nuestra vida y compromisos para intentar vivirlos hasta las últimas consecuencias.
Celebrar la eucaristía es, sobre todo, decir como él: «Esta vida mía no la quiero guardar exclusivamente para mí. No la quiero acaparar sólo para mi propio interés. Quiero pasar por esta tierra reproduciendo en mí algo de lo que él vivió. Sin encerrarme en mi egoísmo; contribuyendo desde mi entorno y mi pequeñez a hacer un mundo más humano».
Es fácil hacer de la eucaristía otra cosa muy distinta de lo que es. Basta con ir a misa a cumplir una obligación, olvidando lo que Jesús vivió en la última cena. Basta con comulgar, pensando sólo en nuestro bienestar interior. Basta con salir de la iglesia sin decidirnos nunca a vivir de manera más entregada.
MESA ABIERTA A TODOS
Mientras comían.
Nosotros hablamos de «misa» o de «Eucaristía». Pero los primeros cristianos la llamaban «la cena del Señor» o incluso «la mesa del Señor». Tenían todavía muy presente que celebrar la Eucaristía no es sino actualizar la cena que Jesús compartió con sus discípulos la víspera de su ejecución. Pero, como advierten hoy los exégetas, aquella «última cena» fue solamente la última de una larga cadena de comidas y cenas que Jesús acostumbraba celebrar con toda clase de gentes.
Las comidas tenían entre los judíos un carácter sagrado que a nosotros hoy se nos escapa. Para una mente judía el alimento viene de Dios. Por eso, la mejor manera de tomarlo es sentarse a la mesa en actitud de acción de gracias y compartiendo el pan y el vino como hermanos. La comida no era sólo para alimentarse, sino el momento mejor para sentirse todos unidos y en comunión con Dios, sobre todo el día sagrado del sábado en que se comía, se cantaba, se escuchaba la Palabra de Dios y se disfrutaba de una larga sobremesa.
Por eso, los judíos no se sentaban a la mesa con cualquiera. No se come con extraños o desconocidos. Menos aún, con pecadores, impuros o gente despreciable. ¿Cómo compartir el pan, la amistad y la oración con quienes viven lejos de la amistad de Dios?
La actuación de Jesús resultó sorprendente y escandalosa. Jesús no seleccionaba a sus comensales. Se sentaba a la mesa con publicanos, dejaba que se le acercaran las prostitutas, comía con gente impura y marginada, excluida de la Alianza con Dios. Los acogía no como moralista sino como amigo. Su mesa estaba abierta a todos, sin excluir a nadie. Su mensaje era claro: todos tienen un lugar en el corazón de Dios.
Después de veinte siglos de cristianismo, la Eucaristía puede parecer hoy una celebración piadosa reservada sólo a personas ejemplares y virtuosas. Parece que se han de acercar a comulgar con Cristo quienes se sientan dignos de recibirlo con alma pura. Sin embargo, la «mesa del Señor» está abierta a todos como siempre.
La Eucaristía es para personas abatidas y humilladas que anhelan paz y respiro; para pecadores que buscan perdón y consuelo; para gentes que viven con el corazón roto hambreando amor y amistad. Jesús no viene al altar para los justos, sino para los pecadores; no se ofrece a los sanos, sino a los enfermos. Es bueno recordarlo en la fiesta del Corpus.
ENCUENTRO PERSONAL
Tomad, esto es mi cuerpo.
Hace unos años, quienes se acercaban a recibir la comunión, adoptaban después de comulgar una actitud peculiar de silencio y recogimiento sagrado. Hoy, por lo general, no es así. Se entonan cantos de alabanza y acción de gracias, se subraya más la participación comunitaria, pero se corre el riesgo de restarle hondura a la comunión personal con Cristo. Falta a veces el silencio y la unción que permitirían un encuentro más vivo con él. El riesgo es evidente: convertir la comunión en un rito externo y rutinario que «anuncia» el final ya cercano de la misa.
Sin embargo, comulgar no es «hacer algo», sino «encontrarnos con alguien». La comunión sacramental es para el creyente un encuentro personal con Cristo, cargado de misterio, de gracia y de fe. Cristo sale a nuestro encuentro y nosotros vamos al encuentro de Cristo. Como todo encuentro interpersonal, también éste pide atención consciente, entrega confiada y, sobre todo, amor.
Es cierto que, en la comunión eucarística, Cristo se ofrece siempre, de manera segura e indefectible (la teología clásica hablaba del ex opere operato). Pero, para que este ofrecimiento objetivo se haga realidad personal en cada creyente, es necesaria la respuesta libre y consciente de quien se acerca a comulgar (el opus operantis de los teólogos).
Dicho de manera sencilla, el encuentro eucarístico con Cristo exige, antes que nada, una atención consciente. Recordar con quién me voy a encontrar, qué es lo que conozco de Cristo, qué espero de él, qué significa para mí. Cada cristiano tiene su idea personal de Cristo, más o menos clara, más o menos interiorizada. La comunión con Cristo no es un «encuentro a ciegas». Al acercarnos a comulgar, sabemos a quién buscamos.
Pero el encuentro pide, sobre todo, amor y entrega confiada. Las personas se encuentran de manera más plena cuando entre ellas se establece un diálogo confiado y una comunicación amistosa y cordial. Lo mismo sucede en la comunión eucarística. Lo más importante es el diálogo entre Cristo y el creyente que busca la presencia de la persona amada.
Todo esto no son palabras. Es la experiencia de quien comulga con fe. La presencia de Cristo se hace entonces más real, su Persona adquiere un significado más profundo, crece la confianza del creyente. Cristo es el Absoluto que no puede faltar, el horizonte de todas las experiencias, la fuente que llena la vida de fortaleza, de paz y de alegría interior. La comunión de cada domingo no es un rito más. Puede ser el encuentro vital que alimenta y fortalece nuestra fe. Es bueno recordarlo en esta fiesta del Corpus Christi.
NO ES MUCHO UNA HORA
Tomad, esto es mi cuerpo.
Se han extendido estos años objeciones diversas contra la práctica dominical. Algunas suenan a eslogan: «la misa no me dice nada», «la fe no consiste en ir a misa», «nadie es mejor por ir a misa». Sin duda, hay algo de verdad detrás de ese lenguaje. De los sondeos realizados se deduce, sin embargo, que los motivos principales por los que se abandona la misa dominical son la comodidad y la falta de interés religioso. La persona valora más el descanso o las actividades del fin de semana. Prefiere «dormir más» o «estar más libre».
Por otra parte, el ambiente que en otros tiempos favorecía la práctica dominical, hoy actúa en contra. Todo invita a no ir a misa. De hecho, quien sale de su casa para dirigirse a la iglesia a participar en la misa dominical, hace un gesto que contrasta con la conducta y costumbres de la mayoría.
Este descenso de la práctica religiosa no es tan negativo como pudiera parecer. Por una parte, está provocando un proceso de aclaración que era necesario; ahora conocemos mejor la importancia que le damos a la fe, y la debilidad o la fuerza de nuestras convicciones religiosas. Por otra parte, cada vez son menos los que practican por pura obligación o por tradición familiar. Hoy van a misa quienes quieren alimentar su fe y vivirla con cierta coherencia.
De esta forma se está descubriendo mejor la razón de ser y los valores que quiere proteger el llamado «precepto dominical». Como escribe X Basurko, «el domingo no es importante porque sea de precepto, sino que es de precepto porque es algo vital, tanto para el creyente como para la comunidad cristiana». De hecho, la misa del domingo es para muchos cristianos el único momento de encuentro con Dios y la única experiencia que alimenta su fe.
El creyente se reserva una hora para celebrar la eucaristía como núcleo del domingo. Como dice el Catecismo holandés, «una hora semanal no es mucho para quien cree que su vida y su dicha vienen de la mano de Dios». Sin embargo, esa hora vivida desde dentro, como una experiencia de encuentro con Dios, puede ser el mejor alimento de la fe en tiempos nada fáciles.
La fiesta del Corpus es una invitación a reavivar la eucaristía dominical. Hace bien detenerse cada semana para encontrarse con otros creyentes, escuchar juntos el evangelio de Jesús, expresar nuestro agradecimiento a Dios por el regalo de la vida, y alimentamos del mismo Cristo.
COMULGAR
Tomad, esto es mi cuerpo.
"Dichosos los llamados a la cena del Señor". Así dice el sacerdote mientras muestra a todo el pueblo el pan eucarístico antes de comenzar su distribución. ¿Qué eco tienen hoy estas palabras en quienes las escuchan?
Son muchos, sin duda, los que se sienten dichosos de poder acercarse a comulgar para encontrarse con Cristo y alimentar en él su vida y su fe. No pocos se levantan automáticamente para realizar una vez más un gesto rutinario y vacío de vida. Un número importante de personas no se sienten llamadas a participar y tampoco experimentan por ello insatisfacción ni pena alguna.
Y, sin embargo, comulgar puede ser para el cristiano el gesto más importante y central de toda la semana, si se hace con toda su expresividad y dinamismo.
La preparación comienza con el canto o recitación del Padre nuestro. No nos preparamos cada uno por su cuenta para comulgar individualmente. Comulgamos formando todos una familia que, por encima de tensiones y diferencias, quiere vivir fraternalmente invocando al mismo Padre y encontrándonos todo en el mismo Cristo.
No se trata de rezar un "Padre nuestro" dentro de la misa. Esta oración adquiere una profundidad especial en este momento. El gesto del sacerdote con las manos abiertas y alzadas es una invitación a adoptar una actitud confiada de invocación.
Las peticiones resuenan de una manera diferente al ir a comulgar: "danos el pan" y alimenta nuestra vida en esta comunión; "venga tu Reino" y venga Cristo a esta comunidad; "perdona nuestras ofensas" y prepáranos a recibir a tu Hijo...
La preparación continúa con el abrazo de paz, gesto sugestivo y lleno de fuerza que nos invita a romper los aislamientos, las distancias y la insolidaridad egoísta. El rito, precedido por una doble oración en que se pide la paz, no es simplemente un gesto de amistad. Expresa el compromiso de vivir contagiando "la paz del Señor", restañando heridas, eliminando odios, reavivando el sentido de fraternidad, despertando la solidaridad.
La invocación "Señor, no soy digno", dicha con fe humilde y con el deseo de vivir de manera más sana es el último gesto antes de acercarse cantando a recibir al Señor. La mano extendida y abierta expresa la actitud de quien, pobre e indigente, se abre a recibir el pan de la vida.
El silencio agradecido y confiado que nos hace conscientes de la cercanía de Cristo y de su presencia viva en nosotros, la oración de toda la comunidad cristiana y la última bendición ponen fin a la comunión.
Una pregunta en esta festividad del "Corpus Christi". ¿No se reafirmaría nuestra fe si acertáramos a comulgar con más hondura?
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
Hoy, fiesta del Corpus Christi, la Iglesia nos pone delante la Última Cena, el último encuentro de Jesús con sus discípulos. Fue un encuentro tenso, lleno de
contradicciones. Judas había decidido traicionar a Jesús (Mc 14,10). Pedro lo ha negado ya (Mc 14,30). Jesús lo sabía. Pero no perdió la calma, ni el sentido de la amistad. Al contrario, precisamente en esta Última Cena instituyó la Eucaristía y realizó el supremo gesto de su amor por ellos (Jn 13,1). Los cuatro versículos que describen la Eucaristía (Mc 14,22-25) forman parte de un contexto mucho más amplio. (Mc 14,1-31). Los diversos sucesos, narrados antes y después de la Eucaristía, ayudan mucho a entender mejor el significado del gesto de Jesús. Antes del gesto de la Eucaristía, Marcos narra la decisión tomada por las autoridades de matar a Jesús (Mc 1,1-2), el gesto de fidelidad de la mujer anónima que unge a Jesús en vista de su sepultura (Mc 14,3-9), el pacto de la traición de Judas (Mc 14,10-11), la preparación de la Pascua (Mc 14,12-16) y la indicación de quién será el traidor (Mc 14,17-21). Después de este gesto, sigue el aviso de fuga por parte de todos (Mc 14,26-28) y el anuncio de la negación de Pedro (Mc 14,29-31). La liturgia de este día talla algo del texto, pero mantiene lo esencial de la narración de la Institución de la Eucaristía (Mc 14,12-16,26-28). En el texto que ofrecemos conservamos los versículos 17-21 y los versículos 27-31, omitidos en el texto de la Misa. En el comentario podremos limitarnos al texto propuesto por la liturgia del día. En el curso de la lectura, pensemos que estamos con Jesús y sus discípulos en la sala, participando de la Última Cena y tratemos de fijar nuestra atención en lo que más nos llame la atención y toca nuestro corazón.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Marcos 14,12: Los discípulos quieren saber dónde celebrar la Pascua
Marcos 14,13-15: Jesús da instrucciones sobre dónde y cómo preparar la Pascua
Marcos 14,16: Los discípulos hacen lo que Jesús les manda hacer
Marcos 14,17-21: El anuncio de la traición de Judas
Marcos 14,22-26: Jesús da un sentido nuevo al pan y al vino
Marcos 14,25-26: Palabras finales
Marcos 14,27-31: El anuncio de la dispersión de todos y de la negación de Pedro
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto de este texto que más te ha llamado la atención y por qué?
b) ¿Cuáles son, uno por uno, los diversos sucesos que describe el texto?
c) ¿Cuál es el comportamiento de Jesús ante Judas que lo traiciona y ante Pedro que lo niega?
d) ¿Qué significa el gesto de Jesús que parte el pan diciendo: “¡Tomad y comed! ¡Esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros!”? ¿Cómo ayuda este texto a entender mejor la Eucaristía?
e) Mira en el espejo del texto, entra en tu corazón y pregúntate: “¿Soy como Pedro que negó? ¿Soy como Judas que traicionó? ¿Soy como los doce que huyeron? ¿O soy como la mujer anónima que permanece fiel?" (Mc 14,3-9).
Para aquéllos que desean profundizar más en el texto
a) Contexto:
Estamos en la sala de la Última Cena. Los acontecimientos de los dos anteriores días aumentaron la tensión entre Jesús y las autoridades. La entrada solemne de Jesús en Jerusalén (Mc 11,1-11), la expulsión de los vendedores del templo (Mc 11,12-26), las discusiones con los sacerdotes, los escribas y los ancianos (Mc 11,27 a 12,12), con los fariseos y herodianos (Mc 12,13-17), con los saduceos (Mc 12,18-27), con los escribas (Mc 12,28-40), la reflexión sobre las ofrendas de los ricos y de los pobres (Mc 12,41-44), el anuncio de la destrucción del templo (Mc 13,1-3) y el discurso del juicio final (Mc 13,4-37): todo esto hace crecer la oposición de los grandes contra Jesús. Por un lado la mujer anónima, una discípula fiel, que aceptaba a Jesús como Mesías y crucificado (Mc 14,2-9).
Por otro lado los discípulos que no conseguían entender y mucho menos aceptar la Cruz, y que querían huir, negar y traicionar (Mc 14,17-21.27-31). Y en medio de este ambiente tenso y amenazador, llega el gesto de amor de Jesús que se da totalmente partiendo el pan para sus discípulos. En los años 70, época de Marcos, muchos cristianos por miedo habían rechazado, negado o traicionado su fe. Y ahora se preguntaban: “Hemos roto la relación con Jesús. ¿No sucederá que también Él rompa su relación con nosotros? Quizás podamos volver”. No había una respuesta clara. Jesús no ha dejado nada escrito. Y fue reflexionando sobre los hechos y recordando el amor de Jesús como los cristianos fueron descubriendo la respuesta. Como veremos en el comentario, Marcos, en el modo de describir la Última Cena, comunica la respuesta que descubre a estas preguntas de las comunidades. Y es ésta: la acogida y el amor de Jesús superan el abatimiento y el fallo de los discípulos. ¡El regreso es siempre posible!
b) Comentario del texto:
Marcos 14,12-16: Preparación de la Cena Pascual.
En total contraste con la discípula anónima que ungió a Jesús, Judas, uno de los doce, decide traicionarlo y conspiró con los enemigos que le prometieron dinero (Mc 24,1012). Jesús sabe que será traicionado. Pero aún así, trata de fraternizar con los discípulos en la última cena. Seguramente que han gastado mucho dinero para alquilar “aquella sala grande, al piso superior, con tapetes” (Mc 14,15). Además, siendo la noche de pascua, la ciudad está que rebosa de gente que está de paso. Por lo que la población se triplicaba. Era difícil encontrar una sala para reunirse. En la noche de Pascua, las familias llegadas de todas las partes del país cargaban su propio cordero para ser sacrificado en el templo, y luego, cada familia en una celebración íntima y muy familiar en casa, celebraban la Cena Pascual y comían el cordero. La celebración de la Cena Pascual estaba presidida por el padre de familia. Por esto Jesús presidía la ceremonia y celebraba la pascua junto a sus discípulos, su nueva “familia” (cf. Mc 3,33-35). Aquella “sala grande al piso superior” quedó en la memoria de los primeros cristianos como el lugar de la primera eucaristía. Es allí donde se reúnen después de la Ascensión del Señor Jesús (Act 1,13) y allí estaban reunidos cuando descendió el Espíritu Santo en el día de Pentecostés (Act 2,1). Pudo ser la sala donde se reunían para rezar durante la persecución (Act 4,23.31) y donde Pedro los encontró después de su liberación (Act 12,12). La memoria es concreta, ligada a los tiempos y lugares de la vida.
Marcos 14,22-26: La Eucaristía: el gesto supremo de amor.
El último encuentro de Jesús con los discípulos se desarrolla en el ambiente solemne de la tradicional celebración de Pascua. El contraste es muy grande. Por un lado, los discípulos, que se sienten inseguros y no entienden nada de lo que sucede. Por otro lado, Jesús tranquilo y señor de la situación, que preside la cena y realiza el gesto de partir el pan, invitando a los amigos a tomar su cuerpo y su sangre. Él hace aquello por lo que siempre oró: dar su vida a fin de que sus amigos pudiesen vivir. Y este es el sentido profundo de la Eucaristía: aprender de Jesús a distribuirse, a darse, sin miedo de las fuerzas que amenazan la vida. Porque la vida es más fuerte que la muerte. La fe en la resurrección anula el poder de la muerte. Terminada la cena, saliendo con sus amigos hacia el Huerto, Jesús anuncia que todos lo abandonarán: ¡Huirán o se dispersarán! Pero ya les avisa: “¡Después de la resurrección os precederé en Galilea!”. ¡Ellos rompen las relaciones con Jesús, pero Jesús no las rompe con ellos! Él continúa esperándolos en Galilea, en el mismo lugar donde tres años antes los había llamado por primera vez. O sea, la certeza de la presencia de Jesús en la vida del discípulo ¡es más fuerte que el abandono y la fuga! Jesús continúa llamando. ¡El regreso es siempre posible! Y este anuncio de Marcos para los cristianos de los años setenta es también para todos nosotros. Por su modo de describir la Eucaristía, Marcos acentúa todavía más el contraste entre el gesto de Jesús y la conducta de los discípulos. Antes del gesto de amor habla de la traición de Judas (Mc 14,17-21) y, después del gesto de Jesús, habla del anuncio de la negación de Pedro y de la huida de los discípulos (Mc 14,26-31). De este modo pone el acento en el amor incondicional de Jesús, que supera la traición, la negación y la fuga de los amigos. ¡Es la revelación del amor gratuito del Padre! Quien lo experimentó dirá: “¡Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad. ni ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios, en Cristo Jesús, nuestro Señor! (Rom. 8,39).
c) Ahondando en el tema:
La celebración de la Pascua en tiempos de Jesús
• La Pascua era la fiesta principal de los judíos. En ella se conmemoraba la liberación de la esclavitud de Egipto, que se encuentra a los orígenes del pueblo de Dios. Pero más que una simple memoria del Éxodo, la Pascua era una puerta que se abría de nuevo cada año, a fin de que todas las generaciones pudiesen tener acceso a aquella acción liberadora de Dios que, en el pasado, había generado el pueblo. Mediante la celebración de la Pascua, cada generación, cada persona, bebían de la misma fuente de la que habían bebido los padres en el pasado, al ser liberados de la esclavitud de Egipto. La celebración era como un renacimiento anual. En tiempo de Jesús, la celebración de la Pascua se hacía de modo tal que los participantes pudiesen recorrer el mismo camino que fue recorrido por el pueblo, después de la liberación de Egipto. Para que esto pudiese suceder, la celebración se desarrollaba con muchos símbolos: hierbas amargas, cordero mal asado, pan sin levadura, cáliz de vino y otros. Durante la celebración, el hijo menor debía preguntar al padre: “Papá, ¿por qué esta noche es diversa de las otras? ¿Por qué comemos hierbas amargas? ¿Por qué el cordero está a medio asar? ¿Por qué el pan no tiene levadura?” Y el padre respondía, narrando con libertad los hechos del pasado: “Las hierbas amargas nos permiten experimentar la dureza y amargura de la esclavitud. El cordero mal cocinado evoca la rapidez de la acción divina que libera al pueblo. El pan no fermentado indica la necesidad de renovación y de conversión constante. Recuerda también la falta de tiempo para preparar todo, siendo como es muy rápida la acción divina”. Este modo de celebrar la Pascua, presidida por el padre de familia, daba libertad y creatividad al presidente en el modo de conducir la celebración.
Eucaristía: La Pascua celebrada por Jesús en la Última Cena
• Fue con la intención de celebrar la Pascua de los judíos, cuando Jesús a la vigilia de su muerte, se reunió con sus discípulos. Era su último encuentro con ellos. Por esto lo llamamos encuentro de la “Última Cena” (Mc 14,22-26; Mt 26, 26-29; Lc 22,1420). Muchos aspectos de la Pascua de los judíos continúan siendo válidos para la celebración de la Pascua de Jesús y son el fondo. Ayudan a entender toda la portada de la Eucaristía. Aprovechando de la libertad que el ritual le daba, Jesús dio un nuevo significado a los símbolos del pan y del vino. Cuando distribuye el pan, dice: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo entregado por vosotros” Cuando distribuye el cáliz con el vino, dice: “Tomad y bebed, ésta es mi sangre derramada por vosotros y por todos”. Y finalmente, sabiendo que se trataba del último encuentro, la “última cena”, Jesús dice: “Ya no beberé más del fruto de la vid hasta el día en el que lo beberé de nuevo en el reino de Dios”. (Mc 14,25). De este modo Él unía su dedicación, simbolizada en el pan partido y compartido, a la utopía del Reino. Eucaristía quiere decir celebrar la memoria de Jesús que da su vida por nosotros, a fin de que nos sea posible vivir en Dios y tener acceso al Padre. He aquí el sentido profundo de la Eucaristía: hacer presente en medio de nosotros y experimentar en la propia vida, la experiencia de Jesús que se da, muriendo y resucitando.
La celebración de la Eucaristía por parte de los primeros cristianos
• No siempre los cristianos han conseguido mantener este ideal de la Eucaristía. En los años cincuenta, Pablo critica a la comunidad de Corinto porque cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario, porque algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho (1Cor 11,2022). Celebrar la Eucaristía como memorial de Jesús quiere decir asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar el proyecto de Jesús. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de los pobres. Al final del primer siglo, el evangelio de Juan, en vez de describir el rito de la Eucaristía, describe cómo Jesús se arrodilla para cumplir el servicio más común en aquel tiempo: lavar los pies. Al término de aquel servicio, Jesús no dice: “Haced esto en memoria mía” (como en la institución de la Eucaristía en Lc 22,19; 1Cor 11,24), sino que dice: “Haced lo que yo he hecho” (Jn 13,15). En vez de ordenar que se repita el rito, el evangelio de Juan pide actitudes de vida que mantenga viva la memoria del don sin límite que Jesús hace de sí mismo. Los cristianos de la comunidad de Juan sentían la necesidad de insistir más en el significado de la Eucaristía como servicio, que del rito en sí.
Resumiendo
Olvidar la riqueza de la Pascua de los Judíos, cuando se celebra una Eucaristía, es como tirar por tierra la pared donde está colgado el cuadro. La riqueza de la celebración de la Pascua, tal como se hacía en el Viejo Testamento y en el tiempo de Jesús, ayuda a profundizar el sentido de la Eucaristía y evita la rutina que banaliza todo. Haciendo un resumen de todo lo visto, he aquí algunos aspectos que pueden enriquecer nuestras celebraciones:
• Tomar conciencia de la opresión en la que vivimos todavía – masticar hierbas amargas.
• Recordar la liberación de la opresión – la respuesta del padre a la pregunta del hijo
• Experimentar la rapidez de la fuerza liberadora de Dios – carne mal cocida y pan sin levadura
• Celebra la Alianza, asumir de nuevo el compromiso – comprometerse comiendo el pan que Jesús ofrece.
• Dar gracias a Dios por las maravillas de Dios en nosotros – gestos de alabanza
• Reanimar la fe, la esperanza el amor – animación recíproca
• Recordar todo lo hecho y lo no hecho aun – recordar lo que Dios hizo por nosotros
• Recrear en nosotros el mismo don que Jesús hizo de sí – lavar los pies
• Vivir la pasión, la muerte y la resurrección – del misterio permanente de la vida
• Recibir la comunión, generadora de fraternidad – gestos de paz y ayuda.
LOUIS MONLOUBOU
Con unas cuantas palabras sencillísimas, proporciona la primera lectura interesantes elementos para una reflexión sobre la Eucaristía. Comienza todo con la propuesta de Yahvéh a su pueblo de gobernar su vida con prescripciones y leyes. El pueblo la acepta, reconociendo el derecho de Yahvéh a dirigir la vida cotidiana de sus fieles. Se advierte que no se recuerda aquí la fuente de este dominio; el esquema habitual se referirá a la liberación de Egipto, pero nada se dice expresamente de ella. Así pues, el pueblo se encuentra únicamente ante el enunciado de un exigente llamamiento que él tiene que aceptar o rechazar.
El pueblo lo acepta; pero en el mundo bíblico no existe compromiso profundo en el que no se expresen las disposiciones interiores mediante un signo visible que las hace apreciables y las consolida, al mismo tiempo. Pues bien, el gesto de obediencia del pueblo va acompañado de un rito: el sacrificio de los novillos.
El texto habla de un "sacrificio de comunión". El nombre recordaba varias cosas a la conciencia de los hebreos. Este tipo de sacrificio se caracterizaba por la comida religiosa que formaba parte de él; en ella predominaba la alegría, frecuentemente mencionada por los autores. Primero se ofrecía la víctima a Dios, que la admitía; después se repartía. Una parte se les daba a los fieles, que la comían juntos; la otra se colocaba sobre el altar y en él era quemada. No se hacía esto para que Yahvéh comiera del manjar así presentado, sino como una señal de dependencia. Por corresponderle a Yahvéh la grasa y la sangre, se le reservaban éstas como un tributo ofrecido con la intención de restablecer las relaciones entre él y los fieles. Así pues, el rito era una acción destinada a establecer, o restablecer, la Alianza.
Aunque la descripción del rito de comunión descrito por el Éxodo se encuentra un poco sobrecargado en lo relativo a los sacrificios de comunión ordinarios, su significado está bastante claro. Este rito reúne a la comunidad entera en una gozosa unidad -es interesante señalar esto- en la que no quedan desatendidas las verdaderas particularidades de los grupos que integran esta unidad: cada una de las tribus está representada por una estela, símbolo de su presencia y de su compromiso. La comunidad reunida muestra su dependencia de Dios ofreciéndole los bienes que tiene por él. Por ejemplo, expresa su adhesión a Dios, y lo hace de dos maneras:
Primero, mediante la inmolación de novillos, parte de cuya sangre se derrama sobre el altar. El altar es la representación ritual de Dios, significándose así una relación que tiene en él su punto de partida. Con la otra parte de la sangre Moisés rocía al pueblo que acaba de aceptar las exigencias de Dios y de prometer cumplirlas. Expresada por la sangre recibida, a un mismo tiempo por el altar, representación de Dios, y por el pueblo, se establece la Alianza entre Yahvéh y las doce tribus. Y esta misma alianza se expresa, después, con la comida fugazmente mencionada en los versículos que siguen inmediatamente a nuestro texto; estos versículos hablan de la unión misteriosa, pero estrecha y amistosa, obrada gracias a una comida efectuada en común entre Dios y los ancianos de Israel, representantes de todo el pueblo.
Si, para comentar el gesto eucarístico de Jesús, el autor del evangelio toma de la descripción hecha por el Éxodo una fórmula característica, "sangre de la Alianza", es porque él concibe la Eucaristía partiendo del rito sacrificial de comunión practicado ordinariamente por Israel, y más especialmente, del que realizó Moisés. Así se sugieren algunos aspectos de la teología eucarística vislumbrados por los autores cristianos. Piensan estos autores, en primer lugar, en un rito sacrificial, la oblación de una víctima con lo que la comunidad expresa vigorosamente su dependencia de Aquél de quien lo recibe todo, especialmente la víctima que ofrece; por otra parte, es una comida que reúne a la comunidad en alegría y unidad. Se recibe entonces el don que Dios hace a su pueblo, reunido para adherirse a El; y también por El, el pueblo, que reconoce su dependencia y acepta el llamamiento a establecer una alianza con Dios.
Pero el relato evangélico hace algo más que repetir las antiguas ideas del "sacrificio de comunión": posee una doctrina propia sobre el gesto de Jesús que es preciso considerar. Este gesto es una comida: repetidamente se dice que se trata de "comer" (vv. 12. 14. 22); se trata también de "beber" (vv. 23. 25) y de beber "del fruto de la vid" (v. 25), lo cual supone una comida festiva ya que, en días ordinarios, los contemporáneos de Jesús no bebían más que agua en las comidas. Este mismo carácter festivo se señala también con la idea de los cuidadosos preparativos (vv. 12. 15. 16), de la sala dispuesta (v. 15) y, sobre todo, con la puntualización bíblica: es la cena pascual.
La palabra "Pascua", a la que viene a reforzar el sinónimo "los Ácimos", cuatro veces citada, empalma el gesto de Jesús con la larga tradición bíblica, cuidadosa de recordar cada año, para dar gracias, el gesto capital de Dios que liberó a Israel. Así la comida de Jesús, comida de los cristianos, aparece en línea de continuidad con el rito celebrado por Israel.
Sin embargo, la comida de Jesús se distingue del citado rito; este "pascualizante", que organiza los preparativos de la cena ritual en el tono magistral con que suena el envío de los discípulos, no es un peregrino corriente; el que dice: "¿dónde está mi sala?", es el Maestro. Además, la comida de Jesús se distingue por una originalidad más sugerente. Esta comida, que se sitúa en continuidad con la tradición bíblica, no lleva consigo la obligada víctima. No se trata del cordero ritual; Jesús, por el contrario, centra las miradas en el pan y en el vino. Finalmente, en lugar de la carne y la sangre de las víctimas, menciona sólo su propio cuerpo y su propia sangre, llamada "sangre de la Alianza". El presente es continuación del pasado, pero se diferencia de él. Así pues, el pasado, esa búsqueda de una alianza establecida entre Dios y los hombres, queda satisfecho: "mi sangre de la Alianza". Y esta novedad está expresada de una manera nueva por el pan y el vino que substituyen a las antiguas víctimas.
El presente es nuevo con relación al pasado; pero más nuevo es el porvenir. Esta cena es un festín final; no volverá Jesús a participar en ninguna fiesta, en ninguna comida: "no volverá a beber del fruto de la vid". Sin embargo, "beberá el vino nuevo en el Reino de Dios". Así anuncia Jesús este "tiempo del Reino", tiempo venidero; tiempo de fiesta comunitaria, pues en ella se bebe vino; tiempo diferente del actual, por ser ocasión de un "vino nuevo".
Entre este porvenir y el presente, media la muerte de Jesús, de la que habla todo el contexto de la cena; muerte necesaria, parece, como lo era la de las víctimas; a través de ella encontrará Jesús el Reino, ese lugar de las esperadas festividades, y a través de ella, "muchos" (las multitudes) serán establecidos en Alianza. La muerte de Jesús es el nuevo camino al Reino venidero; el rito del pan y del vino, remembranza del don hecho a las multitudes, realiza la comunión entre Dios y los hombres: la Alianza.
La segunda lectura, tomada de la epístola a los Hebreos, subraya la superioridad del paso dado por Jesús, en comparación con todos los esfuerzos hechos por los hombres para acercarse a Dios. Ya el Antiguo Testamento representaba un progreso, en el sentido de que conducía a los hombres hasta Dios, por un camino garantizado por Dios mismo, que había fijado su trazado. Este camino era provisional; con Jesús se establece la vía que lleva hasta Dios con la mayor seguridad.
Los hebreos se reunían para encontrar a Dios en Jerusalén, en un "templo hecho por manos de hombre" y que por lo tanto no podía ser el lugar de la verdadera morada divina. Allí practicaban unos ritos cruentos que sólo podían alcanzar a lo exterior, a "la carne". En adelante, quien actúa es el propio Cristo: "se ofreció... con su propia sangre..., a sí mismo sin tacha"; está animado por un "Espíritu eterno"; es capaz de alcanzar "más allá de esta creación, el santuario". Su obra es más eficaz: alcanza a "nuestra conciencia", y obra "una redención eterna"; gracias a ella, podemos "rendir culto al Dios vivo" y un día "recibir la herencia eterna prometida".
SANTOS BENETTI
1. Hacia un culto interior
La festividad del «Corpus Christi», que de alguna manera es una repetición del jueves santo, podría, a primera vista, dar la impresión de que en el cristianismo el culto externo tiene una importancia de primerísimo orden. La pomposa celebración del Corpus y la relevancia que se le ha asignado en los países católicos, así parece confirmarlo. Y, sin embargo, los textos neotestamentarios que hoy ocupan nuestra reflexión más bien parecen insinuar lo contrario, es decir: en el cristianismo lo fundamental es el culto interior, característica de la nueva alianza.
Tratemos de ahondar en esta idea tan desarrollada por el Evangelio de Juan, por Pablo, y también vigorosamente insinuada por Marcos, el evangelista que nos acompañará a lo largo de este año. En la historia de las religiones, podemos distinguir dos etapas o estadios, más que cronológicos, cualitativos:
El primer estadio, reflejo de una mentalidad infantil, coloca el acento en el cumplimiento formal de la ley y en los actos exteriores de culto. La religiosidad se expresa fundamentalmente en normas y en ritos.
Si leemos los evangelios con cierta detención y sin prejuicios, podremos observar cómo Jesús criticó a menudo la religiosidad de fariseos y escribas por este motivo. En lo que respecta a la ley, la piedad judía acentuaba la meticulosidad de su cumplimiento, la escrupulosidad formal y la primacía de la norma sobre la conciencia del sujeto.
Jesús, por su parte, insistió en la relevancia del corazón y de la conciencia, es decir, de lo interior sobre lo exterior, como muchas veces tuvimos ocasión de comentar. En lo que respecta al culto, éste había sido sobrevalorado aun por encima del mandamiento supremo del amor, y se había caído en el ritualismo: el valor del rito por el rito, como si la ofrenda del hombre a Dios no incluyera al mismo hombre. También aquí la reforma de Jesús es bastante radical: el auténtico culto a Dios es el culto que nace del corazón y que se expresa en el amor al prójimo y en el servicio a la comunidad.
En efecto, parece infantil que Dios necesite la ofrenda de toros, panes o pájaros; o que sea suficiente para ser un hombre de fe el contentarse con un recitado de oraciones, cánticos o jaculatorias.
En este sentido, ya la oración del Señor, el Padrenuestro, es clara en su estructura: lo primero que el hombre le pide a Dios es el advenimiento de su Reino y el cumplimiento de su voluntad. Como diría en otra ocasión Jesús: si esto se consigue, el resto viene por añadidura.
Así se llega a un segundo estadio en la maduración de la religiosidad, en la que, no solamente en lo que a la ley respecta, el acento se coloca en lo interior del hombre, sino que también el culto exterior pasa a ser la expresión externa -necesaria en una comunidad- de un culto interior que no puede ser otro sino la entrega a Dios de la propia vida a través de la entrega a los hermanos.
Por tanto, el cristianismo no puede ya centrarse en el culto por el culto, en la hostia por la hostia, en el sacramento por el sacramento, sino en aquellas actitudes y en aquella praxis que hacen que sacramentos y cultos tengan valor y significados existenciales. Si nos quedaran dudas sobre esto, basta una rápida relectura de los dos textos neotestamentarios de hoy, para que surja una convicción clara.
2. El culto de la entrega servicial
a) El texto de Marcos, uno de los más primitivos del Nuevo Testamento y ciertamente anterior a la Carta a los Hebreos, ya lo insinúa con seguridad al narrar la institución de la cena eucarística. En efecto: Jesús ordena preparar la cena como conmemoración de la Pascua judía, es decir, del paso liberador de Dios. No hay duda, por tanto, de que el acto cultual central del cristianismo está relacionado con la liberación del hombre. Sin liberación, no hay pascua ni hay tampoco eucaristía.
Pero en Jesús la liberación no es una palabra demagógica. Es un acontecimiento en el cual tuvo que poner todo de sí: no sólo los años de su predicación sino su propia vida. Jesús dio su vida por la liberación humana: esta frase no es una metáfora. Fue una realidad histórica que se concretó un viernes, a las tres de la tarde. Pues bien, como expresión simbólica o cultual de esa real entrega -el culto nuevo propiamente dicho, el culto interior-, Jesús instituye el rito eucarístico en el que entrega su cuerpo y su sangre bajo el símbolo del pan y del vino. Si la primera alianza se selló con la sangre de animales, la nueva se sella con la sangre real y caliente de Jesús, ajusticiado por el poder religioso de los judíos y por el poder político de los romanos.
El texto evangélico es claro; pues bien dice: cuerpo "entregado" y sangre «derramada». No es la materialidad del cuerpo o de la sangre de Jesús lo que constituye la ofrenda cultual a Dios, sino todo su ser en cuanto es dado, ofrecido y entregado por la liberación humana. Ese «en cuanto es dado, ofrecido y entregado» constituye la esencia misma del culto cristiano.
No hay duda, por lo tanto, de que la esencia del culto eucarístico está en esa actitud de entrega a Dios, no de animales, ni siquiera del cuerpo materialmente tomado, sino de toda la persona que vibra por un nuevo sentimiento: el servicio a la comunidad. El evangelista Lucas remacha este criterio -por si hiciera falta- cuando, con motivo de la discusión de los apóstoles por los primeros puestos, Jesús les recuerda que él no ha venido para ser servido sino para servir. Idéntica cosa hace Juan con motivo del lavatorio de los pies...
b) No menos claro es el autor anónimo de la Carta a los Hebreos en un texto que casi no necesita comentarios: «Cristo -dice- ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado. No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario... consiguiendo la liberación eterna.»
Y más adelante insiste en que es «la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, para purificar nuestras conciencias de las obras muertas y para llevarnos al culto del Dios vivo».
La conclusión de todo esto es clara: al celebrar hoy la festividad solemne del Cuerpo y de la Sangre de Jesús, no adoramos el cuerpo y la sangre de Jesús materialmente tomados, sino que veneramos el gesto de Jesús de ofrecerlos por nuestra purificación y liberación. Pero hay algo más: no se trata de una veneración estática. Es una veneración activa, que nos lleva a celebrar ese mismo "culto del Dios vivo", como dice la Carta a los Hebreos. Una celebración del Corpus sin nuestra entrega generosa para que hoy esta humanidad concreta, este país concreto, esta comunidad concreta, logren la ansiada liberación de cuantos males externos e internos las aquejan, no pasaría de ser un rito vacío desde la perspectiva de la nueva alianza. No basta cambiar la carne del becerro por la hostia y el vino consagrados para que celebremos el nuevo culto al Dios de la vida. Lo que se necesita es que esa hostia que hoy luce en relicarios de oro, sea la expresión de una vida efectivamente entregada en el prosaico relicario del trabajo, de la familia, del estudio, de la profesión, del arte, de la política, etc.
Si así fuera, nuestra celebración del Corpus Christi estaría encuadrada en el espíritu de la Pascua, tal como lo estuvo la última cena. Si millones de cristianos de nuestro país celebran hoy la fiesta del Corpus, esto debe significar que millones de cristianos están diciendo con sus vidas sí a la liberación del hombre.
Corinto
Situada entre dos mares, con sus dos puertos, Corinto era el centro más importante del archipiélago griego, encrucijada de culturas y razas, a mitad de camino entre Oriente y Occidente.
Su población estaba compuesta por doscientos mil hombres libres y cuatrocientos mil esclavos. Dicen que Corinto tenía ocho kms. de recinto amurallado, veintitrés templos, cinco supermercados, una plaza central y dos teatros, uno de ellos capaz para veintidós mil espectadores. En Corinto se daban cita los vicios típicos de los grandes puertos. La ociosidad de los marineros y la afluencia de turistas, llegados de todas partes, la habían convertido en una especie de capital de Las Vegas del Mundo Mediterráneo. "Vivir como un corintio" era sinónimo de depravación; "corintia", el término universalmente empleado para designar a las prostitutas, y ya puede uno imaginarse lo que significaba "corintizar".
En Corinto, cuya población era muy heterogénea (griegos, romanos, judíos y orientales) se veneraban todos los dioses del Panteón griego. Sobre todos, Afrodita, cuyo templo estaba asistido por mil prostitutas.
Hacia el año 50 de nuestra era llegó a esta ciudad Pablo de Tarso. Tras predicar el Evangelio fundó una comunidad cristiana. Durante dieciocho meses permaneció como animador de la misma. Sus feligreses pertenecían a las clases populares (pobres y esclavos), pero también los había de entre la gente notable, por su cultura y por su dinero. Nació así una de las comunidades cristianas primitivas más conflictivas.
Cuando Pablo, por exigencias de su trabajo misionero, se marchó de Corinto, se declaró en su seno una verdadera lucha de clases que se manifestaba vergonzosamente en la celebración de la Eucaristía. Los nuevos cristianos, ricos y pobres, libres y esclavos, convivían, pero no compartían; eran insolidarios. A la hora de celebrar la Eucaristía (por aquel entonces se trataba simplemente de comer juntos recordando a Jesús) se reunían todos, pero cada uno formaba un grupo con los de su clase social, de modo que "mientras unos pasaban hambre, los otros se emborrachaban" (1 Cor 11,l7ss). (¡Qué actual es todo esto!).
Desde Efeso, Pablo les dirigió una dura carta para recordarles qué era aquello de la Eucaristía, lo que Jesús hizo la noche antes de ser entregado a la muerte cuando, “mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio a ellos, diciendo: Tomen, esto es mi cuerpo. 23y, tomando una copa, pronunció la acción de gracias, se la pasó y todos bebieron. 24Y les dijo: Esto es la sangre de la alianza mía que se derrama por todos”
Poco hemos entendido estas palabras los católicos. La teología concluyó que lo que Jesús mandó fue ir a misa y comulgar, un rito que en nada complica la vida. Rito que no sirve para nada si, antes de misa, no se toma el pan -símbolo de nuestra persona, nuestros bienes, nuestra vida entera- y se parte, como Jesús, para repartirlo y compartirlo con los que son nuestros prójimos cotidianos.
[Impresiona visitar las iglesias y comprobar la diversidad de clases sociales que alojan. Todas tienen cabida en ellas, sin que se les exija nada a cambio. El rico entra rico, y el pobre, si entra, sale igual. En circunstancias similares a las que concurren en muchas misas dominicales, Pablo dijo a los feligreses de Corinto: "Es imposible comer así la cena del Señor". Dicho de otro modo, "así no vale la eucaristía", pues la cena del Señor iguala a todos los comensales en la vida, y comulgar exige, para que el rito no sea una farsa, partir, repartir y compartir.
La lucha de clases, como en Corinto, se ha instalado en nuestras eucaristías. Y donde ésta existe no puede ni debe celebrarse la cena del Señor. Los israelitas en el desierto comprendieron bien que la alianza entre Dios y el pueblo los comprometía a cumplir lo que dice el Señor, sus mandamientos. Jesús, antes de partir, celebra la nueva alianza con su pueblo y le deja un único mandamiento, el del amor sin fronteras. Éste es el requisito para celebrar la eucaristía: acabar con todo signo de división y desigualdad entre los que la celebran].
Habrá que recuperar, por tanto, el significado profundo del rito que Jesús realiza. “La sangre que se derrama por ustedes” significa la muerte violenta que Jesús habría de padecer como expresión de su amor al ser humano; “beber de la copa” lleva consigo aceptar la muerte de Jesús y comprometerse con él y como él a dar la vida, si fuese necesario, por los otros. Y esto es lo que se expresa en la eucaristía; ésta es la nueva alianza, un compromiso de amor a los demás hasta la muerte. Quien no entiende así la eucaristía, se ha quedado en un puro rito que para nada sirve.
Una mala interpretación de las palabras de Jesús han identificado el pan con su cuerpo y el vino con su sangre, llegándose a hablar del milagro de la “transustanciación o conversión del pan en el cuerpo y del vino en la sangre de Cristo”. Los teólogos, por lo demás, se las ven y se las desean para explicar este misterio. Como si esto fuera lo importante de aquel rito inicial. El significado de aquellas palabras es bien diferente: “En la cena, Jesús ofrece el pan (“tomad) y explica que es su cuerpo. En la cultura judía “cuerpo” (en gr. soma) significaba la persona en cuanto identidad, presencia y actividad; en consecuencia, al invitar a tomar el pan/cuerpo, invita Jesús a asimilarse a él, a aceptar su persona y actividad histórica como norma de vida; él mismo da la fuerza para ello, al hacer pan/alimento. El efecto que produce el pan en la vida humana es el que produce Jesús en sus discípulos. El evangelista no indica que los discípulos coman el pan, pues todavía no se han asimilado a Jesús, no han digerido su forma de ser y de vivir, haciéndola vida de sus vidas. Al contrario que el pan, Jesús da la copa sin decir nada y, en cambio, se afirma explícitamente que “todos bebieron de ella”. Después de darla a beber, Jesús dice que “ésa es la sangre de la alianza que se derrama por todos”. La sangre que se derrama significa la muerte violenta o, mejor, la persona en cuanto sufre tal género de muerte. “Beber de la copa” significa, por tanto, aceptar la muerte de Jesús y comprometerse, como él, a no desistir de la actividad salvadora (representada por el pan) por temor ni siquiera a la muerte. “Comer el pan” y “beber la copa” son actos inseparables; es decir, que no se puede aceptar la vida de Jesús sin aceptar su entrega hasta el fin, y que el compromiso de quien sigue a Jesús incluye una entrega como la suya. Éste es el verdadero significado de la eucaristía. Tal vez nosotros la hayamos reducido al misterio, por lo demás bastante difícil de entender y explicar, de la conversión del pan y del vino en el cuerpo y la sangre de Cristo.
"Mi Cuerpo es Comida"
Mis manos, esas manos y Tus manos
hacemos este Gesto, compartida
la mesa y el destino, como hermanos.
Las vidas en Tu muerte y en Tu vida.
Unidos en el pan los muchos granos,
iremos aprendiendo a ser la unida
Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos.
Comiéndote sabremos ser comida,
El vino de sus venas nos provoca.
El pan que ellos no tienen nos convoca
a ser Contigo el pan de cada día.
Llamados por la luz de Tu memoria,
marchamos hacia el Reino haciendo Historia,
fraterna y subversiva Eucaristía.
(Pedro Casaldáliga)
LA PLENITUD CONSISTE EN DEJARSE COMER
Mc 14, 12-16 y 22-26
Es sin duda ninguna, el sacramento más importante de nuestra religión. Pero si Jesús volviera hoy y asistiera a nuestras misas, sentiría la misma indignación que experimentó al ver los trapicheos que se traían los sacerdotes en el templo. Y es que seguimos olvidados de lo esencial, que es hacer presente en nosotros todo lo que significó Jesús con su vida de total entrega a los demás.
La mejor manera de expresar lo que quiero decir, es contaros el relato que he oído (en un vídeo, por supuesto) a Tony de Mello. El hombre más avispado de una tribu descubrió la manera de hacer fuego. Enseñó a todos, la manera de utilizar el fuego y, el pueblo entero, dio un paso de gigante en su evolución. No contento con eso, cogió los bártulos y se fue a la tribu más cercana para que pudieran ellos aprovechar también las ventajas del invento. Les enseñó el proceso y todos quedaron maravillados al ver aparecer el fuego ante sus ojos. Se marchó muy contento por haber ayudado a aquellos hombres. Mucho tiempo después volvió a ver lo que habían avanzado con la utilización del fuego. Cuando les preguntó, ellos muy orgullosos le sacaron del poblado a un lugar maravilloso. Allí había construido un altar donde habían guardado en una urna de oro y piedras preciosas, los instrumentos de hacer fuego. Todos los días iban a adorar aquellos útiles que tenían el poder de reproducir el fuego. Pero no había fuego por ninguna parte. El invento no les había servido para nada...
Para el que quiera entender, sobran los comentarios. Para el que no quiera entender, ningún comentario añadiría nada. Asistimos a misa porque está mandado y para no cometer un pecado mortal. Sin darnos cuenta que el verdadero pecado es asistir a misa sin que eso cambie en nada nuestra actitud vital.
Muchas veces me han protestado ante esta acusación: Yo no vengo a misa porque está mandado, vengo porque me apetece. Aún así es posible que te apetezca asistir a la magia de una celebración donde se realiza un "milagro" tan sorprendente que tranquiliza tu conciencia y te da ciertas seguridades.
He dicho muchas veces que no escribo para que penséis como yo, sino para que penséis. Cuando hace unos años me llamaron al orden, me dijo el vicario episcopal que me examinaba: "Tú tienes que ser como el farmacéutico, que despacha las pastillas a los clientes sin explicarles lo que han hecho en el laboratorio". Mi desacuerdo con esta propuesta es absoluto. El ácido acetilsalicílico produce su efecto en el paciente automáticamente, aunque no tenga ni idea de su composición. Pero los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada que no se puede dar si no contamos con una mente despierta. Sin esa conexión, el rito se queda en puro folclore.
Ya sabemos que, como sacramento, la eucaristía es un signo, no magia. Sabemos también que la eucaristía la celebra la comunidad reunida, aunque esto no está tan claro. La inmensa mayoría de los cristianos sigue pensando que la misa la celebra el sacerdote. Este despiste generalizado es consecuencia de creer que el sacerdote tiene poderes especiales para realizar un milagro. Mientras no superemos esta manera de entender la celebración y el sacerdocio estaremos incapacitados para entender el verdadero significado del sacramento. Jesús dijo: donde dos o más estés reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Nunca dijo: donde haya un sacerdote con poder para consagrar, en el pan me haré presente yo. Es la comunidad reunida la que recuerda a Jesús y le hace presente.
Es muy importante que tomemos conciencia clara de que el signo no es el pan, a secas, sino el pan partido y repartido, preparado para ser comido. El hecho de partir el pan forma parte de la esencia del signo. Jesús se hace presente en ese gesto, no en la materia del pan. Si comprendiéramos bien esto, se evitarían todos los malentendidos sobre la presencia real de Jesús en la eucaristía. El pan consagrado hace siempre referencia a una fracción del pan, es decir, a una celebración eucarística. Sin esa referencia no tiene entidad ninguna.
Lo mismo en la copa. El signo no es el vino, sino el vino bebido, es decir, compartido. Para los judíos la sangre era la vida, (no signo de la vida, como para nosotros, sino la misma vida). La copa derramada es la vida de Jesús puesta al servicio de todos, su vida se da para que todos participen de ella.
La realidad significada no es Jesús sino Jesús como don, es decir, es el AMOR que es Dios, manifestado en Jesús.
Empecemos por aclarar que la palabra hebrea que traducen los textos al griego por "soma", no significa exactamente cuerpo. En la antropología judía del tiempo de Jesús, el ser humano era un todo único, pero podían distinguirse distintos aspectos de ese todo: hombre carne, hombre cuerpo, hombre alma, hombre espíritu. Hombre cuerpo no hace referencia a la carne, sino a la persona como sujeto de relaciones.
El "soma" griego tiene varios significados pero al traducirlo al latín por "corpus", terminó por imponerse el significado material de cuerpo físico y esto distorsionó el mensaje original. Jesús no dijo: Esto en mi cuerpo (físico) sino esto soy yo, esto es mi persona que se ha entregado a los demás. Esta perspectiva nos abre a una nueva comprensión del sacramento.
La eucaristía resume la actitud vital de Jesús, que consistió en manifestar lo que es Dios. Como buen hijo hace presente al padre allí donde está él. Esa realidad significada, por ser espiritual, no está sometida al tiempo ni al espacio. Está siempre ahí, ni se trae ni se lleva, ni se pone ni se quita, ni se crea ni se destruye. Hacemos el signo, no para crearla, sino para descubrir su presencia, y poder así vivir conscientemente nuestra más impresionante profundidad de ser. Salir de la dinámica del milagrito y de la magia, no es tan fácil; exige un esfuerzo mental que muchos no están dispuestos a hacer.
Los primeros cristianos tomaron del griego, por lo menos, seis palabras para indicar distintas realidades que nosotros metemos en el mismo saco de la palabra "amor":
Agape: sería Dios mismo como puro don de sí, pero sin darse, sino atrayendo hacia sí. Lo que llamamos su "amor" al hombre.
Caritas, síntesis del Eros informado por el Ágape. Sería el Amor cristiano.
Filia: amor amistad. Satisface deseos, apegos, ideales.
Eros: amor puramente humano. Placer en la cercanía.
Libido: placer sensible que sigue al Eros. Impulso sexual.
Nomos: relación con el otro a través del estricto cumplimiento de la ley.
El "amor" del que habla el evangelio, referido a Dios, sería el "ágape"; Referido al hombre sería la "caritas".
El amor humano es la relación entre dos personas; y mientras más profunda y estrecha es esa relación, más amor existe entre las dos. Ese amor no anula a las personas, sino que las potencia como tales; de tal modo que es más humana la que es capaz de amar más. Este amor no se puede dar en Dios, porque no hay nada fuera de Él con lo que pueda relacionarse como algo distinto a Él.
El "ágape" no es relación al modo humano, sino la misma realidad de Dios que funde sin confundir, que une e identifica en sí a todos los seres. Dios no es un ser que ama, sino el amor. Un ejemplo podría aclarar estas ideas, un poco difíciles de asimilar. Imaginemos que llamamos amor al calor. Dios no es un ser caliente, ni siquiera imaginado a millones de grados. Dios es el calor que funde todo lo que encuentra haciendo de lo diverso una sola realidad. Toda la creación es una en Dios.
En los evangelios, Jesús no hace hincapié en que ama mucho a su Abba, Padre; sino: "Yo y el Padre somos uno", y "el que me ve a mí, ve a mi Padre". Esa misma es la experiencia de todos los místicos de todas las religiones. S. Juan de la Cruz lo expresa muy bien: "¡Oh noche que guiaste! ¡Oh noche amable más que la alborada! ¡Oh noche que juntaste amado con amada, amada en el amado transformada!"
Dios no puede hacerse presente en un lugar acotado, sencillamente porque no puede dejar de estar en todo lugar. Tampoco puede estar más presente aquí que allí. Nosotros, como seres humanos que somos, no tenemos más remedio que percibirlo en un lugar. Mas aún, tenemos que acotarlo en un lugar para poder tomar conciencia de su realidad.
Cuando Jesús propone el mandamiento nuevo, Jesús está hablando de las consecuencias que debería tener en nuestra vida, el amor (ágape) del Padre. El fin último de la celebración de una eucaristía, es hacer presente con los signos, este ágape que nos fundiría con Dios y nos abriría a los demás, hasta sentirlos fundidos en Dios también. El hombre tiene el privilegio de poder tomar conciencia de este hecho y vivirlo. El que lo descubre y lo vive no es que esté más fundido en Dios que el que no lo percibe. Simplemente descubre su verdadero ser y disfruta siéndolo.
Meditación-contemplación
Esto soy yo, pan que me parto y me reparto.
Esto tenéis que ser vosotros.
Todo el mensaje de Jesús esta aquí,
todo lo que hay que saber y hay que hacer.
..................
Celebrar la eucaristía no es una devoción.
Su objetivo no es potenciar nuestras relaciones con Dios.
Celebrar la eucaristía es comprometerme con los demás,
es aprender de Jesús, el camino de la entrega.
..................
Si la celebración es compatible con mi egoísmo;
si sigo desentendiéndome de los que me necesitan;
mis eucaristías no son más que un rito vacío.
El pan que Jesús da nos salvará,
si al comerlo, aprendo a dejarme comer como hizo él.
.......................
LITURGIA DE LA MISA
Antífona de entrada Cf. Sal 80, 17
El Señor los alimentó con lo mejor del trigo,
y los sació con miel silvestre.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Señor Jesucristo,
que en este admirable sacramento
nos dejaste el memorial de tu Pasión,
concédenos venerar de tal manera
los sagrados misterios de tu Cuerpo y de tu Sangre,
que podamos experimentar siempre en nosotros
los frutos de tu redención.
Que vives y reinas con el Padre en la unidad del Espíritu Santo,
y eres Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Señor y Dios nuestro,
concede bondadosamente a tu Iglesia
los dones de la unidad y de la paz,
significados en las ofrendas que te presentamos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio de la Santísima Eucaristía II o I.
Antífona de comunión Jn 6, 56
Dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y yo en él.
Oración después de la comunión
Señor Jesucristo,
te pedimos que podamos saciarnos con el eterno gozo de tu divinidad,
anticipado en la comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre.
Que vives y reinas por los siglos de los siglos.
PREFACIO DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA I
El SACRIFICIO Y EL SACRAMENTO DE CRISTO
60. Este prefacio se dice en la Misa de la Cena del Señor; puede decirse también en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo y en las Misas votivas de la Santísima Eucaristía.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Él mismo, verdadero y único Sacerdote,
al instituir el sacrificio de la eterna alianza
se entregó primero a sí mismo como víctima de la salvación,
y nos mandó ofrecerlo en su memoria.
Cuando comemos su Carne, inmolada por nosotros,
somos fortalecidos;
cuando bebemos su Sangre, derramada por nosotros,
somos purificados.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
y con todos los coros celestiales,
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
PREFACIO DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA II
LOS FRUTOS DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
61. Este prefacio se dice en la solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo y en las Misas votivas de la Santísima Eucaristía.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Él mismo, mientras comía con los apóstoles en la última cena,
para perpetuar el memorial salvífico de la cruz,
se entregó a sí mismo como Cordero inmaculado
y sacrificio perfecto de reconciliación.
Con este venerable sacramento alimentas y santificas a tus fieles,
para que todos los que habitamos en el mundo,
seamos iluminados por una misma fe
y congregados en una misma caridad.
Nos acercamos así a la mesa de este sacramento admirable
para que la abundancia de tu gracia nos conduzca a la vida eterna.
Por eso, todas las criaturas del cielo y de la tierra
te adoran entonando un cántico nuevo,
y también nosotros, con los ángeles,
te alabamos cantando sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor,…
PREFACIO DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA III
LA EUCARISTÍA, VIÁTICO PARA LA PASCUA ETERNA
61b. Este prefacio se dice en las Misas en las que se imparte el Viático o cuando las circunstancias lo aconsejen y no corresponda un prefacio más propio.
V. El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo darte gracias,
es bueno bendecir tu nombre,
Padre santo, Dios de misericordia y de paz.
Porque has querido que tu Hijo
obediente hasta la muerte de cruz,
nos precediera en el camino del retorno a ti,
término de toda esperanza humana.
En la Eucaristía, testamento de su amor,
él se hace comida y bebida espiritual,
para alimentarnos en nuestro viaje
hacia la Pascua eterna.
Con este anticipo de la resurrección futura,
en la esperanza, participamos ya
de la mesa gloriosa de tu reino
y, unidos a los ángeles y a los santos,
proclamamos el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,…
LECTURAS BIBLICAS
Esta es la sangre de la alianza
que el Señor hace con vosotros
Lectura del libro del Éxodo 24, 3-8
Moisés fue a comunicar al pueblo todas las palabras y prescripciones del Señor, y el pueblo respondió a una sola voz: «Estamos decididos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor.»
Moisés consignó por escrito las palabras del Señor, y a la mañana siguiente, bien temprano, levantó un altar al pie de la montaña y erigió doce piedras en representación de las doce tribus de Israel. Después designó a un grupo de jóvenes israelitas, y ellos ofrecieron holocaustos e inmolaron terneros al Señor, en sacrificio de comunión. Moisés tomó la mitad de la sangre, la puso en unos recipientes, y derramó la otra mitad sobre el altar. Luego tomó el documento de la alianza y lo leyó delante del pueblo, el cual exclamó: «Estamos resueltos a poner en práctica y a obedecer todo lo que el Señor ha dicho.»
Entonces Moisés tomó la sangre y roció con ella al pueblo, diciendo: «Esta es la sangre de la alianza que ahora el Señor hace con ustedes, según lo establecido en estas cláusulas.»
Palabra de Dios.
SALMO Sal 115, 12-13. 15-16. 17-18 (R.: 13)
R. Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor.
¿Con qué pagaré al Señor
todo el bien que me hizo?
Alzaré la copa de la salvación
e invocaré el nombre del Señor. R.
¡Qué penosa es para el Señor
la muerte de sus amigos!
Yo, Señor, soy tu servidor,
tu servidor, lo mismo que mi madre:
por eso rompiste mis cadenas. R.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
e invocaré el nombre del Señor.
Cumpliré mis votos al Señor,
en presencia de todo su pueblo. R.
La sangre de Cristo purificará nuestra conciencia
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 11-15
Hermanos:
Cristo, en cambio, ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes futuros. El, a través de una Morada más excelente y perfecta que la antigua -no construida por manos humanas, es decir, no de este mundo creado- entró de una vez por todas en el Santuario, no por la sangre de chivos y terneros, sino por su propia sangre, obteniéndonos así una redención eterna.
Porque si la sangre de chivos y toros y la ceniza de ternera, con que se rocía a los que están contaminados por el pecado, los santifica, obteniéndoles la pureza externa, ¡cuánto más la sangre de Cristo, que por obra del Espíritu eterno se ofreció sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras que llevan a la muerte, para permitirnos tributar culto al Dios viviente!
Por eso, Cristo es mediador de una Nueva Alianza entre Dios y los hombres, a fin de que, habiendo muerto para redención de los pecados cometidos en la primera Alianza, los que son llamados reciban la herencia eterna que ha sido prometida.
Palabra de Dios.
SECUENCIA
Esta secuencia es optativa y puede decirse íntegra desde * Este es el pan de los ángeles.
Glorifica, Sión, a tu Salvador,
aclama con himnos y cantos
a tu Jefe y tu Pastor.
Glorifícalo cuanto puedas,
porque él está sobre todo elogio
y nunca lo glorificarás bastante.
El motivo de alabanza
que hoy se nos propone
es el pan que da la vida.
El mismo pan que en la Cena
Cristo entregó a los Doce,
congregados como hermanos.
Alabemos ese pan con entusiasmo,
alabémoslo con alegría,
que resuene nuestro júbilo ferviente.
Porque hoy celebramos el día
en que se renueva la institución
de este sagrado banquete.
En esta mesa del nuevo Rey,
la Pascua de la nueva alianza
pone fin a la Pascua antigua.
El nuevo rito sustituye al viejo,
las sombras se disipan ante la verdad,
la luz ahuyenta las tinieblas.
Lo que Cristo hizo en la Cena,
mandó que se repitiera
en memoria de su amor.
Instruidos con su enseñanza,
consagramos el pan y el vino
para el sacrificio de la salvación.
Es verdad de fe para los cristianos
que el pan se convierte en la carne,
y el vino, en la sangre de Cristo.
Lo que no comprendes y no ves
es atestiguado por la fe,
por encima del orden natural.
Bajo la forma del pan y del vino,
que son signos solamente,
se ocultan preciosas realidades.
Su carne es comida, y su sangre, bebida,
pero bajo cada uno de estos signos,
está Cristo todo entero.
Se lo recibe íntegramente,
sin que nadie pueda dividirlo
ni quebrarlo ni partirlo.
Lo recibe uno, lo reciben mil,
tanto éstos como aquél,
sin que nadie pueda consumirlo.
Es vida para unos y muerte para otros.
Buenos y malos, todos lo reciben,
pero con diverso resultado.
Es muerte para los pecadores y vida para los justos;
mira como un mismo alimento
tiene efectos tan contrarios.
Cuando se parte la hostia, no vaciles:
recuerda que en cada fragmento
está Cristo todo entero.
La realidad permanece intacta,
sólo se parten los signos,
y Cristo no queda disminuido,
ni en su ser ni en su medida.
* Este es el pan de los ángeles,
convertido en alimento de los hombres peregrinos:
es el verdadero pan de los hijos,
que no debe tirarse a los perros.
Varios signos lo anunciaron:
el sacrificio de Isaac,
la inmolación del Cordero pascual
y el maná que comieron nuestros padres.
Jesús, buen Pastor, pan verdadero,
ten piedad de nosotros:
apaciéntanos y cuídanos;
permítenos contemplar los bienes eternos
en la tierra de los vivientes.
Tú, que lo sabes y lo puedes todo,
tú, que nos alimentas en este mundo,
conviértenos en tus comensales del cielo,
en tus coherederos y amigos,
junto con todos los santos.
ALELUIA Jn 6, 51
Aleluia.
Dice el Señor: Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente.
Aleluia.
EVANGELIO
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 14, 12-16. 22-26
El primer día de la fiesta de los panes Ácimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, los discípulos dijeron a Jesús: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la comida pascual?»
El envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan a la ciudad; allí se encontrarán con un hombre que lleva un cántaro de agua. Síganlo, y díganle al dueño de la casa donde entre: El Maestro dice: "¿Dónde está mi sala, en la que voy a comer el cordero pascual con mis discípulos?" El les mostrará en el piso alto una pieza grande, arreglada con almohadones y ya dispuesta; prepárennos allí lo necesario.»
Los discípulos partieron y, al llegar a la ciudad, encontraron todo como Jesús les había dicho y prepararon la Pascua.
Mientras comían, Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: «Tomen, esto es mi Cuerpo.»
Después tomó una copa, dio gracias y se la entregó, y todos bebieron de ella. Y les dijo: «Esta es mi Sangre, la Sangre de la Alianza, que se derrama por muchos. Les aseguro que no beberé más del fruto de la vid hasta el día en que beba el vino nuevo en el Reino de Dios.»
Palabra del Señor.
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