Domingo de la Santísima Trinidad
Liturgia Viva de la Santísima Trinidad
Saludo
El amor del Padre,
el perdón y la vida del Hijo
y la fuerza del Espíritu Santo
Esté siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu
Introducción por el Celebrante
1.Dios es Amor
Para la mayoría de nosotros la fiesta de hoy, la Santísima Trinidad, quizás no sea tan apasionante y conmovedora como las de Navidad, Pascua de Resurrección o Pentecostés; sin embargo compendia y sintetiza a todas ellas. Es sencillamente la fiesta de un Dios que nos muestra tres rostros bien queridos. Podemos llamarle Padre, incluso Papito (Abba), como le llamó Jesús. Podemos llamarle hermano nuestro en la persona de Jesús. Podemos llamarle nuestro aliento en la persona del Espíritu, que es nuestra fuerza, vida y amor que nos mantiene vivos, dinámicos, comprometidos en la construcción de la Iglesia y del mundo. Y, si queremos compendiar a Dios en una sola palabra, decimos con San Juan: “Dios es amor”. Si Dios nos ama tanto, no podemos menos que amarnos unos a otros.
2. “Estoy aquí para Ustedes”
Con demasiada frecuencia mucha gente considera a Dios como un Dios lejano, muy distante y difuso, un Dios al que aparentemente es difícil acercarse, pero a quien retornamos cuando todo lo demás falla. ¡Ojalá fuéramos más conscientes de la realidad! Nuestro Dios está cerca, muy cercano a nosotros. Ya en el Antiguo Testamento él mismo nos reveló su nombre como “Yo soy es que está ahí (para ustedes –Yahwé-)”, el Dios que siente nuestras miserias y nuestras alegrías. En Jesús él se hizo uno de nosotros, hermano, compañero en el camino de la vida. Por el Espíritu de amor vive en nosotros y nos capacita para la comunidad y para el amor… ¡Si solamente fuéramos conscientes de esto! Que Jesús nos despierte hoy a las riquezas y a la belleza de Dios!
3. Como nuestro Pariente de Sangre
¿Dónde está Dios para nosotros? ¿Acaso lejos, en su alto cielo, y bien alejado de nuestra vida de cada día, como alguien a quien tememos enojar? Hoy, conforme vayamos celebrando esta Fiesta de la Trinidad, honramos a un Dios que vive en nuestra comunidad, que es fruto de una relación de alianza con nosotros; es decir, un Dios que nos toma como sus familiares de sangre; un Dios tan cercano a nosotros como un cónyuge en el matrimonio; un Dios que nos prefirió a nosotros antes que a su propio Hijo ya que permitió que Jesús diera su vida por nosotros; un Dios que sigue moviéndonos por medio del Espíritu con sus inspiraciones de amor y ternura, de compasión y de valor.
Que esta eucaristía sea un himno de acción de gracias al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
Nota: Esta es una buena oportunidad para realizar el rito de aspersión con agua, ya que nos recuerda que en el bautismo nos sumergimos en el amor de la Santísima Trinidad. Para el texto, ver el Sacramentario,. Si no hay rito de aspersión, usar el Acto penitencial, a continuación.
Acto Penitencial
Pedimos perdón al Señor nuestro Dios
porque no siempre hemos correspondido a su amor.
(Pausa)
Señor Jesús, tú nos has revelado al Dios Padre
que se preocupa profundamente por nosotros:
Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, Tú nos amaste totalmente
entregando tu vida por nosotros:
Cristo, ten piedad de nosotros.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú derramas sobre nosotros
el Espíritu de unidad y de amor:
Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Oh Dios amable y misericordioso
perdónanos todos nuestros pecados
y ayúdanos a corresponder a tu infinito amor.
Y llévanos a la vida eterna. R/ Amén
Colecta
1 y 2: El Dios Amor, aquí para Nosotros
Oremos a Dios
como hijos e hijas a quienes él tanto ama.
(Pausa)
Oh Dios, fuente de vida y amor,
te cantamos hoy la alegría de nuestra fe y de nuestro amor.
Tú nos has amado primero,
incluso antes de que pudiéramos conocerte.
Padre de bondad, que nos agracias
con un amor tan tierno como el de una madre,
nuestros corazones reconocen tu grandeza y tu compasión.
Encomiendas a Cristo ser como tu rostro,
nuestro hermano cercano y afable,
que nos salva por su muerte y resurrección.
Y tu Espíritu nos anima con tu amor y tu fuerza.
Mantén vivo en nosotros ese amor y esa alegría:
¡que nuestra gratitud resuene por toda la tierra!
Para ti todas nuestras bendiciones y alabanzas
por Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.
3. Como nuestro Pariente de Sangre
Demos gracias a Dios de todo corazón
porque es nuestro Dios cordial y afectuoso.
(Pausa)
Oh Dios Padre nuestro, querido, vivo, afectuoso,
tú eres todo ternura y amistad.
Tú estableciste una unión permanente de vida y de amor
entre ti y nosotros en el momento de la Alianza.
Gracias por todo tu amor.
Gracias por darnos a tu Hijo Jesús como a hermano nuestro
para acompañarnos en el camino de la vida.
Gracias por el Espíritu Santo que nos conduce a ti.
Que él nos guíe también hacia los hermanos
y nos haga ser un solo corazón y una sola alma.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/ Amén
Primera Lectura (Dt 4:32-34, 39-40): Dios es el Dios del Pueblo
Dios, el creador, guió el destino de su pueblo escogido, Israel, para revelarse a sí mismo como un Dios que salva, y para hacer a su pueblo signo de salvación para todos.
Segunda Lectura (Rom 8:14-17): El Espíritu nos hace Hijos de Dios
Por medio del Espíritu Santo que vive en nosotros sabemos que somos hijos del Padre y somos llamados, con el Hijo de Dios, Cristo Resucitado, para ser herederos de un mundo futuro.
Evangelio (Mt 28:16-20): En el nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo
Nosotros somos los misioneros de Dios, bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Venimos de Dios, y con Cristo, vivo en medio de nosotros, tenemos que llevar el mundo a Dios.
Intercesiones Generales
Con el Espíritu de Jesús vivo en nosotros, oremos a nuestro Dios vivo y afectuoso y digamos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por habernos llamado por nuestro nombre, demos gracias a nuestro Padre del cielo; para que sepamos darle una respuesta fiel a su amor, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por habernos salvado llegando a ser uno de nosotros, compartiendo nuestra vida humana y muriendo por nosotros, demos gracias a Jesús nuestro Señor; para que tengamos la fuerza para seguirle, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por guiarnos en nuestras horas oscuras, y por fortalecernos con su alegría y amor, demos gracias al Espíritu Santo; implorando nos dé sabiduría y ánimo, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por los que predican el evangelio en cualquier parte del mundo, para que la gente reciba la Buena Noticia de Jesús con entusiasmo y alegría, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por los padres y madres, para que a través de ellos sus hijos descubran la paternidad de Dios y aprendan a amarle sin reservas, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Por los desalentados y cansados, para que experimenten la fuerza alentadora del Espíritu Santo, roguemos:
R/ Oh Dios nuestro, bendito seas por siempre.
Oh Dios, dador de vida, gozosamente te conocemos y te amamos como Padre, Hijo, y Espíritu Santo. A nosotros, a nuestras comunidades, y a muchos otros hermanos y hermanas, haznos crecer en este conocimiento y amor, ahora y por siempre. R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre nuestro,
ni nuestras palabras ni todo el ancho mundo
pueden abarcarte o expresarte
y, sin embargo, tu Hijo quiere estar cerca de nosotros
sacramentalmente en estos signos sencillos de pan y vino.
Sé siempre nuestro “Dios-con-nosotros”,
por medio de Jesús, vivo en medio de nosotros,
y danos la fuerza de tu Espíritu
para atestiguar ante todo el mundo
que tú eres nuestro Dios viviente
y que nosotros somos tus hijos,
ahora y para siempre. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
En la Plegaria Eucarística alabamos a Dios como Padre, Hijo y Espíritu Santo en su inmensa grandeza y, aun así, en su cercanía a nosotros.
Por medio de Jesús, y unidos por el Espíritu Santo, ofrecemos nuestra gratitud y alabanza al Padre.
Introducción a la Oración del Señor – Padre Nuestro
Movidos por el Espíritu Santo,
clamamos a Dios nuestro Padre
con las palabras de Jesús, el Hijo.
Oración por La Paz
Señor Jesucristo,
tú prometiste estar con nosotros
hasta el fin del tiempo y del mundo.
Otorga generosamente a tu Iglesia la paz y la unidad
para que ella sea signo para todo el mundo
de tu paciente y solícito amor.
Tú eres Señor nuestro por los siglos de los siglos. R/ Amén.
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor,
el Hijo de Dios que se hizo hombre
para hacernos hijos humanos del Padre,
por el Espíritu, fuente de unidad.
Dichosos nosotros, invitados ahora
a la mesa del Señor. R/ Señor, yo no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor, Dios nuestro,
en esta celebración eucarística
graciosamente nos has permitido experimentar de nuevo
cuán cerca de nosotros tú deseas estar por medio de tu Hijo.
Acepta bondadoso nuestra acción de gracias,
y, con la fuerza de tu Espíritu,
ayúdanos a ser para nuestros hermanos
los labios de tu Hijo que profiere palabras de compasión y ánimo,
su corazón que ama y comparte su alegría,
su voluntad que trae libertad y justicia,
sus manos que bendicen
y sus pies que caminan esforzadamente con ellos
en el polvoriento camino hacia ti,
Padre nuestro, por los siglos de los siglos. R/ Amén.
Bendición
Por nuestro bautismo
recibido en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
Dios ha venido a ser nuestro Dios;
Él ha hecho suyo propio nuestro destino
y su vida nuestra vida.
Que él esté siempre cercano a nosotros
y que nos bendiga a todos:
el Padre, cuyos hijos e hijas somos,
el Hijo, que es nuestro hermano y nuestro Salvador,
y el Espíritu Santo que vive en nosotros dándonos vida y amor.
R/ Amén.
Podemos ir en paz y ser cercanos a todos los que nos rodean
como Dios es cercano a nosotros.
R/ Demos gracias a Dios.
Santisima Trinidad
Estamos en el tiempo ordinario, pero la Liturgia no nos da reposo. El lunes pasado, con la memoria de Santa María, Madre de la Iglesia. Y hoy, con la solemnidad de la Santísima Trinidad. Para que no nos relajemos.
Meditar acerca de la Trinidad significa intentar comprender cómo es nuestro Dios. Sabemos que a Dios no podemos verlo, pero eso no significa que no se manifieste. Cristo ha sido la manifestación definitiva de Dios. Él es el rostro del Padre. Y en sus palabras, en sus gestos, podemos ver cómo actúa, como siente nuestro Dios. Por ejemplo, en sus predicaciones. Cuando nos recordó que Dios hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace que llueva para los justos y para los pecadores, o cuando declaró si vosotros, que no sois un prodigio de bondad, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que se lo piden! También las parábolas de la oveja perdida (dejar a 99 para buscar a una), de la moneda perdida o del hijo pródigo (o del padre misericordioso, como algunos exégetas la denominan).
En la vida de Jesús también hay gestos que nos recuerdan la forma de ser de su Padre. Como cuando se acerca al publicano Mateo, a la mujer samaritana o Zaqueo. El dejad que los niños se acerquen a mí, los milagros, tanto las sanaciones como las revivificaciones y, finalmente, su muerte en la cruz, como culmen de su vida entregada y cercana.
De esa cercanía habla la primera lectura. El pueblo de Israel, en el destierro, se pregunta por qué han llegado a esa situación, si eran el pueblo elegido. Están deprimidos, desorientados, y unas palabras de aliento no vienen mal. Lo que nos cuenta el autor del Deuteronomio es que nuestro Dios no es como los “dioses” de Grecia o de Roma, que vivían en las alturas y se divertían viendo como los hombres, seres inferiores, sufrían y morían, incapaces de alcanzar ese cielo ansiado.
El Dios de Israel es un Dios cercano, que siempre está presente en la historia, que da segundas (y terceras y cuartas y las que haga falta) oportunidades y muestra cómo remediar los errores que, muy a menudo, cometían los fieles. Por eso, no debían perder la alegría, porque no hay nada tan terrible que no pueda perdonarse.
Ese Dios, Uno y Trino, que es comunidad, que es diálogo, Él mismo busca a su pueblo, lo ayuda a salir de Egipto, lo lleva a la Tierra Prometida, y promete habitar en medio de ellos. Pero no solo eso. La segunda lectura habla de ser hijos de Dios. Ya no solo tener a un vecino todopoderoso, sino que es nuestro Padre. Y, como hijos de Dios, tenemos acceso a una herencia de vida eterna. Herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con Él para ser también con Él glorificados. Casi nada. Hay que dejarse llevar por ese Espíritu, para estar en la sintonía de Dios.
A los Discípulos les costó sintonizar con ese espíritu de Dios. Al ver a Jesús, algunos vacilaban. Pero a todos el Señor les dice que tienen una misión, la misión de continuar su obra. Y esa misión se debe concretar en una serie de acciones, con el poder en el cielo y en la tierra del mismo Jesús. La petición de Jesús es especial. “Id”, es la primera parte. El Papa Francisco nos habla a menudo de la Iglesia en salida. No hace falta esperar a que los demás vengan a nosotros. Somos nosotros los que debemos ponernos en marcha. Movidos por el Espíritu de Dios, hay que hablar del amor que Él nos tiene. Para que todos sepan que son hijos del mismo Dios.
El segundo momento es “haced discípulos de todos los pueblos”. La carta a los Romanos (Rom 10, 13-15) nos dice que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará. Pero ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán en aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les predique? Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! Tengo un amigo que, todos los fines de semana, se dedica, con otros voluntarios, a salir por las calles de su ciudad, a hablar de Dios con todos, repartiendo estampitas y alguna frase de los Evangelios. Gracias a él. Mucha gente ha vuelto a entrar en la iglesia, y se ha confesado. Llega a mucha gente, unos lo aceptan, otros no, pero parece que es un mensajero de pies hermosos.
También entre habla el Evangelio de bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. El Bautismo es la forma que tenemos de incorporarnos a la vida de Dios, de participar en la relación de amor el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Es la manera de sentirnos felices.
Y, por fin, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Obra de misericordia sigue siendo enseñar al que no sabe. Aquí, se trata de cumplir primero con lo que Dios nos pide, para que, predicando con el ejemplo y con las palabras, seamos testigos de la nueva vida del Reino.
Hay un guía interior para poder llevar a cabo esa tarea: el Espíritu de Dios. Cuando nos sentimos débiles, cuando no entendemos, Él nos lleva a la verdad plena. Para eso ha sido derramado en nuestros corazones, para que sepamos mirar a Jesús y ver al Padre; para que sepamos acercarnos con confianza a nuestro Abba.
Éste es nuestro Dios, y esto es lo que nos pide. Un Dios discreto, que no se impone; un Dios que da señales de vida, para que lo encuentre el que lo busca, y que se manifiesta en Jesús. En este Dios creemos, al que confiamos nuestra vida, y el que vamos a confesar en breve.
El salmo nos recuerda que es dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad. Nosotros somos esa heredad. Nosotros somos dichosos. Que no se nos olvide, pues, ser felices.
EVANGELIO
Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Lectura del santo evangelio según san Mateo 28, 16-20
En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
- «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»
Palabra de Dios.
EL MEJOR AMIGO
En el núcleo de la fe cristiana en un Dios trinitario hay una afirmación esencial. Dios no es un ser tenebroso e impenetrable, encerrado egoístamente en sí mismo. Dios es Amor y solo Amor. Los cristianos creemos que en el Misterio último de la realidad, dando sentido y consistencia a todo, no hay sino Amor. Jesús no ha escrito ningún tratado acerca de Dios. En ningún momento lo encontramos exponiendo a los campesinos de Galilea doctrina sobre él. Para Jesús, Dios no es un concepto, una bella teoría, una definición sublime. Dios es el mejor Amigo del ser humano.
Los investigadores no dudan de un dato que recogen los evangelios. La gente que escuchaba a Jesús hablar de Dios y le veía actuar en su nombre, experimentaba a Dios como una Buena Noticia. Lo que Jesús dice de Dios les resulta algo nuevo y bueno. La experiencia que comunica y contagia les parece la mejor noticia que pueden escuchar de Dios. ¿Por qué?
Tal vez lo primero que captan es que Dios es de todos, no solo de los que se sienten dignos para presentarse ante él en el Templo. Dios no está atado a un lugar sagrado. No pertenece a una religión. No es propiedad de los piadosos que peregrinan a Jerusalén. Según Jesús, "hace salir su sol sobre buenos y malos". Dios no excluye ni discrimina a nadie. Jesús invita a todos a confiar en él: "Cuando oréis decid: ¡Padre!".
Con Jesús van descubriendo que Dios no es solo de los que se acercan a él cargados de méritos. Antes que a ellos, escucha a quienes le piden compasión porque se sienten pecadores sin remedio. Según Jesús, Dios anda siempre buscando a los que viven perdidos. Por eso se siente tan amigo de pecadores. Por eso les dice que él "ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido".
También se dan cuenta de que Dios no es solo de los sabios y entendidos. Jesús le da gracias al Padre porque le gusta revelar a los pequeños cosas que les quedan ocultas a los ilustrados. Dios tiene menos problemas para entenderse con el pueblo sencillo que con los doctos que creen saberlo todo.
Pero fue, sin duda, la vida de Jesús, dedicado en nombre de Dios a aliviar el sufrimiento de los enfermos, liberar a poseídos por espíritus malignos, rescatar a leprosos de la marginación, ofrecer el perdón a pecadores y prostitutas..., lo que les convenció que Jesús experimentaba a Dios como el mejor Amigo del ser humano, que solo busca nuestro bien y solo se opone a lo que nos hace daño. Los seguidores de Jesús nunca pusieron en duda que el Dios encarnado y revelado en Jesús es Amor y solo Amor hacia todos.
LO ESENCIAL DEL CREDO
… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
A lo largo de los siglos, los teólogos cristianos han elaborado profundos estudios sobre la Trinidad. Sin embargo, bastantes cristianos de nuestros días no logran captar qué tienen que ver con su vida esas admirables doctrinas.
Al parecer, hoy necesitamos oír hablar de Dios con palabras humildes y sencillas, que toquen nuestro pobre corazón, confuso y desalentado, y reconforten nuestra fe vacilante. Necesitamos, tal vez, recuperar lo esencial de nuestro credo para aprender a vivirlo con alegría nueva.
«Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra».
No estamos solos ante nuestros problemas y conflictos. No vivimos olvidados Dios es nuestro «Padre» querido. Así lo llamaba Jesús y así lo llamamos nosotros. Él es el origen y la meta de nuestra vida. Nos ha creado a todos sólo por amor, y nos espera a todos con corazón de Padre al final de nuestra peregrinación por este mundo.
Su nombre es hoy olvidado y negado por muchos. Nuestros hijos se van alejando de él, y los creyentes no sabemos contagiarles nuestra fe, pero Dios nos sigue mirando a todos con amor. Aunque vivamos llenos de dudas, no hemos de perder la fe en un Dios Creador y Padre pues habríamos perdido nuestra última esperanza.
«Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor».
Es el gran regalo que Dios ha hecho al mundo. Él nos ha contado cómo es el Padre. Para nosotros, Jesús nunca será un hombre más. Mirándolo a él, vemos al Padre: en sus gestos captamos su ternura y comprensión. En él podemos sentir a Dios humano, cercano, amigo.
Este Jesús, el Hijo amado de Dios, nos ha animado a construir una vida más fraterna y dichosa para todos. Es lo que más quiere el Padre. Nos ha indicado, además, el camino a seguir: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo». Si olvidamos a Jesús, ¿quién ocupará su vacío?, ¿quién nos podrá ofrecer su luz y su esperanza?
«Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida».
Este misterio de Dios no es algo lejano. Está presente en el fondo de cada uno de nosotros. Lo podemos captar como Espíritu que alienta nuestras vidas, como Amor que nos lleva hacia los que sufren. Este Espíritu es lo mejor que hay dentro de nosotros.
SÓLO AMOR
… en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Es necesario creer en la Trinidad, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe en Dios y nuestra vida cristiana si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil».
Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no sólo nuestra manera de mirar a Dios sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. Dios no es un ser frío, cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Dios es un foco de amor insondable. Su intimidad misteriosa es sólo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad dando sentido y existencia a todo no hay sino Amor. Todo lo existente viene del Amor.
El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor: «Sólo él empieza a amar sin motivos, es más, es él quien desde siempre ha empezado a amar» (E. Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre, sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca retirará su amor y fidelidad. De él sólo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Sólo amando acertamos a vivir plenamente.
El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente» antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste pues en dar y en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de Dios, estamos hechos no sólo para amar sino para ser amados.
El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es cerrazón o posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos mutuamente sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.
MINIATURA DE DIOS
A lo largo de veinte siglos de cristianismo, grandes teólogos han escrito estudios profundos sobre la Trinidad, tratando de pensar conceptualmente el misterio de Dios. Sin embargo, ellos mismos dicen que, para saber de Dios, lo importante no es «discurrir» mucho, sino «saber» algo del amor.
La razón es sencilla. La teología cristiana viene a decir, en definitiva, que Dios es Amor. No es una realidad fría e impersonal, un ser triste, solitario y narcisista. No hemos de imaginarlo como poder impenetrable, encerrado en sí mismo. En su ser más íntimo, Dios es amor, vida compartida, amistad gozosa, diálogo, entrega mutua, abrazo, comunión de personas.
Lo grande es que nosotros estamos hechos a imagen de ese Dios. El ser humano es una especie de «miniatura» de Dios. Es fácil intuirlo. Siempre que sentimos necesidad de amar y ser amados, siempre que sabemos acoger y buscamos ser acogidos, cuando disfrutamos compartiendo una amistad que nos hace crecer, cuando sabemos dar y recibir vida, estamos saboreando el «amor trinitario» de Dios. Ese amor que brota en nosotros proviene de él.
Por eso, el mejor camino para aproximarnos al misterio de Dios no son los libros que hablan de él, sino las experiencias amorosas que se nos regalan en la vida. Cuando dos jóvenes se besan, cuando dos enamorados se entregan mutuamente, cuando dos esposos hacen brotar de su amor una nueva vida, están viviendo experiencias que, incluso cuando son torpes e imperfectas, apuntan hacia Dios.
Quien no sabe nada de dar y recibir amor, quien no sabe compartir ni dialogar, quien solo se escucha a sí mismo, quien se cierra a toda amistad, quien busca su propio interés, quien sólo sabe ganar dinero, competir y triunfar, ¿qué puede saber de Dios?
El amor trinitario de Dios no es un amor excluyente, un «amor egoísta» entre tres. Es amor que se difunde y regala a todas las criaturas. Por eso, quien vive el amor desde Dios, aprende a amar a quienes no le pueden corresponder, sabe dar sin apenas recibir, puede incluso «enamorarse» de los más pobres y pequeños, puede entregar su vida a construir un mundo más amable y digno de Dios.
LA FIESTA DE DIOS
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
¿Cómo se comunicaba Jesús con Dios?, ¿qué sentimientos despertaba en su corazón?, ¿cómo le experimentaba día a día? Una cuidadosa investigación lleva a una doble conclusión: Jesús le sentía a Dios como Padre, y lo vivía todo impulsado por su Espíritu.
Jesús se sentía «hijo querido» de Dios. Siempre que se comunica con él, lo llama Padre. No le sale otra palabra. Para él, Dios no es el «Santo» del que hablan todos, sino el «Compasivo». No habita en el Templo acogiendo sólo a los de corazón limpio y manos inocentes. Jesús lo ve llenando la creación entera, sin excluir a nadie de su amor compasivo. Cada mañana disfruta porque Dios hace salir su sol sobre buenos y malos.
Ese Padre tiene un gran proyecto en su corazón: hacer de la tierra una casa habitable. Jesús no duda. Dios no descansará hasta ver a sus hijos e hijas disfrutando juntos de una fiesta final. Nadie lo podrá impedir: ni la crueldad de la muerte ni la injusticia de los hombres. Como nadie puede impedir que llegue la primavera y lo llene todo de vida.
Jesús vive lleno de Dios, y movido por su Espíritu, sólo se dedica a una cosa: hacer un mundo más humano para todos. Todos han de conocer la Buena Noticia, sobre todo los que menos se lo esperan: los pecadores y los despreciados. Dios no da a nadie por perdido. A todos busca, a todos llama. No vive controlando a sus hijos, sino abriendo a cada uno caminos hacia una vida más humana. Quien escucha hasta el fondo su propio corazón, le está escuchando a él.
Ese Espíritu le empuja a Jesús hacia los que más sufren. Es normal, pues ve grabados en el corazón de Dios los nombres de los más solos y desgraciados. Los que para nosotros no son nadie, ésos son precisamente los predilectos de Dios. Jesús sabía que a ese Dios no le entienden los grandes sino los pequeños. Su amor lo descubren quienes le buscan porque no tienen a nadie que enjugue sus lágrimas.
La mejor manera de creer en el Dios trinitario no es tratar de entender las explicaciones de los teólogos, sino seguir los pasos de Jesús que vivió como Hijo querido de un Dios Padre y que, movido por su Espíritu, se dedicó a hacer un mundo más amable para todos. Es bueno recordarlo hoy que celebramos la fiesta de Dios.
TERNURA
.... en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
El misterio de Dios supera infinitamente lo que la mente humana puede captar. Pero Dios ha creado nuestro corazón con un deseo infinito de buscarle de tal manera que no encontrará descanso más que en Él., Nuestro corazón, con su deseo insaciable de amar y ser amado, nos abre un resquicio para intuir el misterio inefable de Dios.
En el delicioso relato de «El Principito», A. de Saint Exupéry hace esta admirable afirmación: «Sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible a los ojos». Es una forma bella de exponer la intuición de los teólogos medievales:
«Ubi amor, ibi est oculus»: «donde reina el amor, allí hay ojos que saben ver». San Agustín lo había dicho de un modo más directo: «Si ves el amor, ves la Trinidad».
Cuando el cristianismo habla de la Trinidad quiere decir que Dios, en su misterio más íntimo, es amor compartido. Dios no es una idea oscura y abstracta; no es una energía oculta, una fuerza peligrosa; no es un ser solitario y sin rostro, apagado e indiferente; no es una sustancia fría e impenetrable. Dios es Ternura desbordante de amor.
Ese Dios trinitario es fuente y cumbre de toda ternura. La ternura inscrita en el ser humano tiene su origen y su meta en la Ternura que constituye el misterio de Dios. Por eso, la ternura no es un sentimiento más; es signo de madurez y vitalidad interior; brota en un corazón libre, capaz de ofrecer y de recibir amor, un corazón «parecido» al de Dios.
La ternura es la «huella» más clara de Dios en la creación; lo mejor que ha desarrollado la historia humana; lo que mide el grado de humanidad de una persona. Esta ternura se opone a dos actitudes muy difundidas en nuestra cultura: la «dureza de corazón» entendida como barrera, como muro, como apatía e indiferencia ante el otro; el «repliegue sobre uno mismo», el egocentrismo, la ausencia de solicitud y cuidado del otro.
El mundo se encuentra ante una grave alternativa entre una «cultura de la ternura» y, por tanto, del amor y de la vida, o una «cultura del egoísmo», y por tanto, de la indiferencia, la violencia y la muerte. Quienes creen en la Trinidad saben qué han de promover.
MISTERIO
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Lo sepa o no, el ser humano está siempre remitido a un Misterio sagrado que lo constituye y orienta desde el fondo de su existencia. Este Misterio es lo más originario y fundamental de nuestro ser, pero, por ello mismo, lo más oculto y desapercibido. Nos habla con más claridad cuando guardamos silencio, y se nos hace más presente cuando, desde la experiencia de nuestros propios límites, captamos su ausencia. A este Misterio los creyentes llamamos Dios.
Es posible que alguno no caiga nunca en cuenta de su presencia, pero él constituye lo más íntimo en nosotros y, a la vez, lo más trascendente. El hombre o la mujer que acoge su propia existencia con amor y responsabilidad absoluta, el que busca y espera con confianza la plenitud de la vida, se está encontrando con Dios, cualquiera que sea el nombre que le dé. En realidad, su verdadero nombre sólo es pronunciado con verdad cuando enmudecemos ante su Misterio.
Es difícil captar, bajo el trajín de la vida diaria, las experiencias más profundas de nuestra existencia, pero todos sabe mos que nadie es dueño de su propia vida: todos venimos de lo desconocido y nos encaminamos hacia lo desconocido. Lo queramos o no, hemos de tomar postura ante el Misterio que nos envuelve. Podemos cerrar los ojos a lo esencial de la existencia y encerrarnos en nuestra propia finitud o podemos abrirnos confiadamente al Misterio que intuimos en el fondo de todo. A esto último los creyentes llamamos creer en Dios.
Quien se abre así a Dios puede experimentar, en su historia más íntima, que ese Misterio silencioso y lejano es, al mismo tiempo, amor cercano. Ese amor de Dios es la salvación del ser humano y el verdadero sentido de todo cuanto existe. A este amor de Dios intuido de alguna manera en lo hondo de nuestra existencia llamamos los cristianos gracia.
Esta gracia es ofrecida a todos como luz y como promesa de vida eterna. Actúa en cada hombre y en cada mujer desde el fondo de su ser, aun antes de que asuma una religión o entre en una iglesia. Toda persona puede acoger ese amor salvador de Dios siempre que viva responsablemente el amor, escuche fielmente la voz de su conciencia y confíe en el Misterio de Dios a pesar de todas la tinieblas y oscuridades. Esta confianza fundamental en Dios podemos compartirla quienes nunca pronunciarán el nombre de la Trinidad y quienes bajo este nombre adoramos y agradecemos su Amor eterno.
¿VACIO MENTAL O ENCUENTRO CON DIOS?
… en el nombre del Padre, y del Ho, y del Espíritu Santo...
Está creciendo el número de personas, creyentes o no, que buscan en la meditación una especie de terapia eficaz contra el «stress» o el desequilibrio interior provocados por el ritmo agitado de la vida moderna. Basta leer los anuncios de los periódicos para comprobar la oferta de los diferentes centros, gurús o yoguis.
Por otra parte, el contacto cada vez más frecuente con las religiones orientales y sus métodos de meditación está llevando a no pocos cristianos a incorporar técnicas como el zen o el yoga, desconocidas entre nosotros hasta hace unos años.
Todo ello puede ser enormemente positivo y enriquecedor para los cristianos de Occidente si sabemos reavivar la originalidad de la meditación cristiana sin desfigurarla ni sustituirla con elementos extraños. De ahí la necesidad de algunos criterios claros.
Antes que nada, hemos de recordar que la meditación cristiana es diálogo personal, íntimo y profundo entre el hombre y Dios. Una meditación que desembocara solo en un estado de quietud o en «una inmersión en el abismo indeterminado de la divinidad» no es todavía encuentro gozoso con el Dios trinitario. La meditación cristiana es alabanza e invocación confiada al Padre, escucha fiel del Hijo, transformación gozosa en el Espíritu Santo.
Por otra parte, las diversas técnicas pueden ser una preparación óptima para la contemplación cristiana, conduciendo a la persona de la agitación y dispersión al recogimiento y silencio interior, necesarios para el encuentro personal con Dios. Pero las técnicas no «producen» automáticamente la «experiencia de Dios», que siempre es un acontecimiento de gracia. Por eso, no hay que confundir nunca las sensaciones de quietud y distensión que generan ciertos ejercicios síquico-físicos con la comunicación espiritual con Dios.
Asimismo, el «vacío mental» que se logra a través de ciertas técnicas no tiene en sí mismo valor religioso cristiano si no lleva a la persona a «llenarse» de la riqueza del Dios trinitario, misterio de amor insondable, que suscita en el orante la adoración, la acción de gracias y la invocación confiada.
Por último, no hemos de olvidar que la meditación cristiana conduce a la purificación de la persona, liberándola, sobre todo, de ese egoísmo desordenado que la lleva a acaparar las cosas y las personas para someterlas a su propio yo como a su destino último. Una «experiencia de Dios» que no transforma moralmente a la persona, es un engaño. El Dios cristiano siempre remite al orante a la práctica del amor al prójimo.
La fiesta de la Trinidad es una invitación a la acogida gozosa del misterio gratuito de Dios. San Cirilo de Jerusalén decía que «la Trinidad se revela a quien ¡a acoge como gracia y no a quien la manipula como una presa del entendimiento».
RECUPERAR UN SIMBOLO
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Los gestos simbólicos pueden ayudarnos a vivir la existencia con más hondura, pero, repetidos de manera distraída, pueden convertirse en algo mecánico y rutinario, vacío de todo significado vital.
Así sucede con frecuencia con esa cruz que los cristianos hemos aprendido desde niños a trazar sobre nosotros mismos y que resume toda nuestra fe sobre el misterio de Dios y sobre el espíritu que ha de animar nuestra vida entera.
Esa cruz es "la señal del cristiano" que ilumina nuestro caminar diario. Ella nos recuerda a un Dios cercano, entregado por nosotros. Esa cruz nos da esperanza. Nos enseña el camino. Nos asegura la victoria final en Cristo resucitado.
Pero ese gesto tiene un significado más hondo. Al hacer la cruz con nuestra mano, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo hasta el derecho, consagramos nuestra frente, boca y pecho, expresando así el deseo de acoger el misterio de Dios Trinidad en nosotros y la trayectoria que queremos dar a nuestra vida.
Esto es lo que queremos: que los pensamientos que elabora nuestra mente, las palabras que pronuncia nuestra boca, los sentimientos y deseos que nacen de nuestro pecho, sean los de un hombre o mujer que viva "en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".
El gesto nos anima así a superar la dispersión de nuestra vida unificando todas nuestras actividades para vivir desde una confianza total en el Padre, siguiendo fielmente al Hijo encarnado en Jesús, dejándonos impulsar por la acción del Espíritu en nosotros.
Al mismo tiempo, este gesto realizado conscientemente en medio de una sociedad que va vaciando la vida de su grandeza y misterio, nos invita a vivir adorando el misterio trinitario de Dios, origen, fundamento y meta última de toda la creación, y dándole gracias por el don misterioso de la vida.
El creyente vive envuelto por este símbolo tan expresivo. Lo hacemos al comenzar la Eucaristía y al recibir la bendición final, al iniciar y terminar una oración, al bendecir la mesa, al empezar el día y al acostarnos. Si lo hiciéramos de manera consciente, podría ser un mensaje de alegría y salvación en medio de nuestra vida.
En esta fiesta de la Trinidad hemos de recordar que el misterio de la Trinidad no es un asunto para la reflexión exclusiva de los teólogos o la experiencia de los místicos. También un humilde creyente, alejado incluso de la práctica religiosa, puede elevar su corazón hasta Dios y santiguarse despacio en el nombre de la Trinidad, agradeciendo arrepentido su perdón y alabando gozoso su amor insondable.
TRINIDAD
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Desgraciadamente, la Trinidad no representa nada realmente decisivo en la vida de muchos cristianos.
Su fe gira en torno a dos polos: Por una parte, un Dios lejano, más o menos indefinido, al que se teme o invoca en las situaciones límite. Y por otra, ese Jesús más o menos conocido del que hablan los evangelios.
Si por un imposible, la Trinidad fuera eliminada un día de la doctrina cristiana, nada cambiaría en su corazón ni en su vida.
La Trinidad les resulta una idea extraña y abstrusa. Una especie de «teorema religioso” para entretenimiento de teólogos desocupados pero sin incidencia alguna en la vida práctica.
Sin embargo, es el Dios trinitario cuya imagen llevamos impresa en nuestro propio ser, quien fundamenta la estructura más profunda del hombre.
Dios es Padre, es don, comunicación, fuente de vida. Dios es Hijo, es acogida, respuesta agradecida y amorosa. Dios es Espíritu, es intercambio de vida, comunión y diálogo de amor.
Dar. Acoger. Intercambiar vida y amor. Esa es la necesidad más profunda que se encierra en el ser humano.
Siempre que amamos con ternura y hacemos nacer la vida a nuestro alrededor, siempre que somos amados con respeto y acogemos en nosotros ese amor o amistad, siempre que compartimos e intercambiamos vida, estamos saboreando el amor trinitario del que brota nuestro verdadero ser.
Lo sepa o no, el hombre, para ser plenamente humano, necesita amar, ser amado y compartir amorosamente la vida.
Por ello, quien viva sólo para sí, en actitud narcisista, en la pura contemplación de sí mismo, no llegará nunca a ser humano. Como tampoco lo será el autosuficiente que crea bastarse a sí mismo y no necesitar de nadie para vivir.
Pero las consecuencias son todavía más graves. Cuando marginamos a alguien excluyéndolo de nuestra amistad o solidaridad o arrinconándolo en la soledad o el desprecio, lo estamos deshumanizando.
Cuando vivimos en actitud paternalista o de manera dominante y machista, estamos impidiendo que crezca a nuestro alrededor una vida verdaderamente humana.
Confesar la Trinidad como fuente última de nuestro ser exige vivir de manera trinitaria, generando y acogiendo vida, en una actitud de intercambio amoroso y creador.
DIOS ES HUMILDE
en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
En otros tiempos, «Dios» fue una palabra llena de sentido para muchos hombres y mujeres. Hoy son cada vez más los que se avergüenzan de hablar de Dios de manera seria. Para muchos, Dios trae malos recuerdos. No interesa pensar en él. Es mejor «pasar» de Dios.
¿Cuál es la raíz profunda de este «ateísmo mediocre» que sigue creciendo en el corazón de tantos que, incluso, se llaman cristianos? Quizás, muchos de ellos han experimentado a Dios como alguien prepotente, tirano poderoso ante el que tenemos que defender nuestra libertad, rival invencible que nos roba la espontaneidad y la felicidad.
Sin darse cuenta, siguiendo la invitación de F. Nietzsche, están matando en su corazón a este Dios indeseado porque están secretamente convencidos de que ¿s un ser prepotente que nos estropea la vida avasallando nuestra libertad.
No saben que ese Dios tirano y dominador contra el que inconscientemente se rebelan, es un fantasma que no existe en la realidad.
La clave para recuperar de nuevo la fe en el verdadero Dios sería, para muchos, descubrir que Dios es amigo humilde y respetuoso. Dios no es un ídolo satisfecho de sí mismo y de su poder. No es un tirano narcisista que se goza y se complace en su omnipotencia.
Dios no grita, no se impone, no coacciona. Dios no se exhibe. No se ofrece en espectáculo. Son muchos los que se quejan de que Dios es demasiado invisible y no interviene espectacularmente en nuestras vidas, ni siquiera para reaccionar ante tantas injusticias. No han descubierto todavía que Dios es invisible porque es discreto y respeta hasta el final la libertad de los hombres.
La fiesta de la Trinidad nos vuelve a recordar algo que olvidamos una y otra vez. Dios sólo es Amor y su gloria y su poder consiste sólo en amar. Para nosotros, la gloria siempre es algo ambiguo y nos sugiere renombre, éxito por encima de todo, triunfo sobre los demás, poder que puede con los otros... La gloria de Dios es otra cosa.
Dios sólo es amor y, precisamente por eso, no puede sino amar. Dios no puede manipular, humillar, abusar, destruir. Dios sólo puede acercarse a nosotros para que nosotros podamos ser nosotros mismos. «La gloria de Dios consiste en que el hombre esté lleno de vida» como dice S. Ireneo.
Muchos hombres y mujeres cambiarían su actitud ante Dios si descubrieran que su idea de Dios es una «degradación lamentable» y si aprendieran a creer en un Dios humilde y respetuoso, amigo de la vida y la felicidad de los hombres, un Dios que no sabe ni puede hacer otra cosa que querernos.
DIOS
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
Alguien ha dicho que «la humanidad sufre hoy la más terrible de todas las experiencias: la lejanía de Dios» (L. Boros). Lo cierto es que para muchos contemporáneos, Dios es algo lejano y vago, algo que se confunde casi con lo ilusorio e irreal.
De hecho, son bastantes los que casi insensiblemente, van pasando poco a poco de una fe débil y superficial a un ateísmo también débil y superficial, sin detenerse con sinceridad ante la realidad de quien es origen y destino último de nuestro ser.
¿Cómo dar de nuevo un contenido vivo a ese nombre de «Dios» cuando uno lo ha ido vaciando de vida, con una fe banal y una existencia mediocre? ¿Cómo aprender de nuevo a vivir con gozo ante Dios?
Quizás el gesto primero y más espontáneo del hombre actual al sentirse interpelado por Dios, sea la retirada, la huída cobarde y silenciosa. ¿Cómo ponerse de nuevo en camino hacia El?
Probablemente hemos de redescubrir, antes que nada, que Dios en su realidad más profunda es trinidad. Es decir, que Dios no es algo frío e impersonal, un ser solitario e inerte, sino vida compartida, amor comunitario, amistad gozosa, ternura vida en plenitud.
Dios no es alguien que nos ciega con su poder divino. Dios es amor que nos acoge, amistad que nos envuelve, ternura que nos busca por todos los caminos de nuestra existencia.
Por eso la presencia de Dios en el mundo es humilde y discreta, como lo es siempre la presencia de la ternura y el amor verdadero.
Sólo quien sabe de amor sabe de Dios. Sólo quien es capaz de vivir incondicionalmente la amistad, de irradiar amor y bondad en esta sociedad egoísta, de poner un poco de justicia y ternura en la construcción de este mundo, puede encontrar a Dios.
Es el amor vivido incondicionalmente el que purifica nuestras falsas imágenes de Dios, y nos coloca en la verdad y la humildad necesarias para acercarnos al Dios trinitario.
Ireneo de Lyon escribió una frase que se ha hecho famosa aunque no es fácil de traducir: «gloria Dei, vivens homo». Y viene a decir esto: el hombre que más honra a Dios es aquél que está más lleno de vida. Ciertamente, el hombre que da más gloria a la Trinidad es aquél que con más fuerza y más pureza vive el amor y la ternura.
Nuestra sociedad no necesita «defensores triunfalistas» que nos hagan la propaganda de Dios, sino testigos humildes que con su vida nos hagan percibir el amor y la amistad de Dios por los hombres.
NO ES POSIBLE EXPRESAR LO TRASCENDENTE
Mt 28, 16-20
Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Juan los dos domingos pasados, en esa medida, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en otro tiempo.
Mal orientados por los textos, la inmensa mayoría de los cristianos las entendemos mal. No podemos seguir utilizando un lenguaje que responde a una visión mítica de la realidad. Cuando se creía que Dios estaba en lo más alto, que el hombre estaba en el medio y que el demonio estaba en lo más bajo, el lenguaje utilizado se entendía perfectamente. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió a subir. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado drásticamente. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.
Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante.
Los conceptos que le aplicamos son los que utilizamos en esta vida para determinar realidades temporales. La realidad trascendente a la que los aplicamos no tiene lugar ni tiempo; se queda fuera del alcance de los sentidos. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios, entendido literalmente es absurdo.
Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es la realidad sujeta al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia alguna. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los cristianos, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos y constatar históricamente. Esa realidad no temporal, no localizable es la que hay que tratar de descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia transformadora.
Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió a una hora determinada, en un día determinado, en un lugar determinado, ¿qué puede significar para nosotros hoy? ¿Es simplemente un recuerdo, una celebración como la celebración de un cumpleaños? Esta es la clave que yo quiero resaltar hoy. Es un tema importante porque puede marcar la diferencia entre recordar y vivir.
Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido hace dos mil años, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra propia vida. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos.
La ascensión del hombre Jesús, empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: "Todo está cumplido". Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura, de elevarse sobre sí mismo. Después de ese paso no existe el tiempo, por lo tanto, no puede suceder nada para él. Es todo como un chispazo instantáneo que dura toda la eternidad.
Él había llegado a la meta, a la plenitud total en Dios. Precisamente por haberse despegado de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno, sólo permaneció de él lo que había de Dios, y por tanto se identificó con Dios totalmente, absolutamente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo; por el descubrimiento de lo divino, llegar al don total de sí mismo.
¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta.
Como en Jesús, ese don total sólo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente, y está en mí para llevar a cabo esa obra de amor.
Tal vez nos conformemos con quedarnos pasmados mirando al cielo y esperando que él vuelva por nosotros. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en esta tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer en un momento determinado algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo están haciendo todo por mí en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y hacerla mía viviéndola.
El relato de Mateo que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas.
Situar la escena en un monte sin nombre, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo. El monte significa el ámbito de lo divino, donde está Dios y donde quiere situar también a Jesús.
Que Mateo lo sitúe en Galilea, tiene también un significado muy importante. En Galilea había comenzado Jesús su predicación. Es allí donde Mateo quiere localizar el comienzo de la predicación de la Iglesia naciente. Quiere resaltar que Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde debía uno encontrarse con Dios.
1.- La primera idea que resalta es la de la glorificación de Jesús.
"Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra".
Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque lo primero que hizo después del bautismo fue rechazar todo poder como la mayor de las tentaciones.
Esta ambivalencia del lenguaje nos ha despistado de tal manera que es muy difícil aclararse. No puede haber un poder bueno y otro malo. Todos son perversos sobre todo el religioso.
Quiere indicar la máxima exaltación posible. No podemos entenderlo en el sentido de poder coercitivo o glorificación externa. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo.
Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, que ha llegado hasta nosotros, está formulada en términos de exaltación y glorificación; antes incluso de hablar de resurrección. Los textos quieren dejar muy claro que mientras mayor ha sido la humillación, más resaltará la gloria.
2.- La segunda es el envío a predicar. También tiene un carácter absoluto: "todos los pueblos".
El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intenta justificar lo que era ya práctica generalizada de los cristianos. La predicación del "Reino de Dios", no es un capricho de unos iluminados, sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro.
Sin embargo, en los Hechos se plantean muy seriamente si se debía aceptar a los gentiles a la fe o se les tenía que obligar primero a ser judíos. Si hubieran recibido de Jesús un encargo tan claro y directo, no hubieran tenido motivos para la duda.
La fórmula: "En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", nos está hablando de una larga andadura en teología pascual. Es impensable que se utilizara desde el principio. La primera fórmula del bautismo fue: "En el nombre del Señor Jesús".
Más importante es la particularidad de la enseñanza. No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como manifestación de la presencia de Dios en Jesús, y como consecuencia de la adhesión a Jesús. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que en la práctica, lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano, es ese amor.
3.- La tercera idea es también clave en la comprensión del misterio pascual. "Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados: "no os dejaré desamparados".
Sin esta presencia sería imposible llevar a cabo la tarea encomendada. Ya los evangelios habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre o que era el Espíritu el que actuaba en él. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores.
Hay que resaltar que el final del evangelio de Mateo, sea precisamente la promesa de Jesús de estar siempre con nosotros.
Recordemos que Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Son maneras de hablar que no deben confundirnos. Los tres "vendrán" a mi conciencia cuando me dé cuenta de que están ahí. En realidad no tienen que venir de ninguna parte porque la realidad trascendente ni está aquí ni está allí.
Meditación-contemplación
"Os conviene que yo me vaya,
porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros"
Celebramos la Ascensión
y se nos dice que estará con nosotros para siempre.
En esta contradicción está el secreto.
Ni se va ni se queda. Para Jesús resucitado no hay lugar ni tiempo.
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No puede haber Vida si no trascendemos el tiempo y el espacio.
Nuestra Vida "divina" es la misma ahora y siempre.
Contemplar, es salir del tiempo y del espacio.
Es identificarse con Dios que es eternidad.
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El tiempo y el espacio son grilletes que nos atan a la materia.
Sin salir de esa cárcel no puedo adentrarme en el Espíritu.
Lo que hay de Dios en mí, me lanza al infinito.
En Dios, estoy fuera del tiempo y del espacio.
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FRATERNIDAD: ICONO DE LA TRINIDAD
Víctor Codina, s.j.
La fraternidad, el mejor icono de la Trinidad.
Al monje pintor ruso Andrés Roublev le pidieron que decorase una iglesia de la Trinidad, en pleno siglo XV, cuando toda la población vivía en un clima de guerra e invasiones de los tártaros, en medio de fuego, hambre y matanzas.
El iconógrafo Roublev no pintó el Juicio final, que tal vez habría sido lo más cercano a la realidad que el pueblo vivía, sino el icono de la Trinidad. Los tres misteriosos ángeles que visitan a Abraham y Sara junto a la encina de Mambré (/Gn/18/01-15), son representados como símbolo de la Trinidad. En una atmósfera de profunda serenidad, las tres figuras, esbeltas y alargadas, iguales en sus colores básicos (azul y dorado) y diferentes en sus posturas y colores propios, centran su atención sobre una mesa, donde hay un cáliz con un cordero degollado. Es la Trinidad, que se abre al mundo creado.
En un clima de comunión y de mutua circularidad entre los tres personajes, el ángel pintado en el centro del icono, con su túnica roja, color de sangre, representa al Hijo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Toda la Trinidad es un diálogo de amor sobre la salvación y la vida que el Hijo va a derramar sobre el mundo, creado por amor. El Padre envía al Hijo, el Espíritu fecundará y hará posible esta misión audaz: el Hijo se hace hombre y entra en nuestra historia como primogénito de muchos hermanos (Rm 8, 29), para reunir a los hijos de Dios dispersos por el pecado y la división (Jn 11, 51-52), para superar la división de Babel (Gn 11).
En el icono de Roublev, junto al Hijo hay una viña, símbolo del árbol de la vida y de la cruz, vid verdadera que da vida al mundo.
Junto al Espíritu hay una roca, símbolo de la nueva creación, que tiene que pasar del caos a una nueva tierra. Junto al Padre hay una edificación: la casa del Padre.
Del Padre surge la creación y la vida; a la casa del Padre retorna todo. El Padre es la raíz última de toda fraternidad, de quien procede toda paternidad y fraternidad en la tierra, de quien toma su nombre toda familia en el cielo y en la tierra (Ef 3,14-15).
Este icono de Roublev nos muestra de forma gráfica, como evangelio en color, la raíz última de toda fraternidad: el misterio de comunión de la Trinidad; una verdadera ecología divina de la fraternidad que brota de la casa del Padre.
Si somos hermanos, es porque tenemos un Padre común al que podemos llamar «Padre Nuestro». Si somos hermanos, es porque tenemos una casa común.
AMOR-COMUNICACIÓN TOTAL
Josep Vives
La Iglesia, la comunidad cristiana, tiene conciencia de que, si es verdad lo que el Nuevo Testamento dice, que Dios envió a su propio Hijo, que Dios habló por medio de su Palabra, que Dios se ha revelado en su imagen, quiere decir que Dios es una realidad comunicable. Los diversos títulos que se otorgan a Jesús expresan de diversas maneras que éste es comunicación de Dios. Como Hijo, es la comunicación de vida del Padre. Como Palabra, es la comunicación de sus designios. Como Imagen, es la comunicación de la estructura divina.
En estas expresiones hay una necesidad de expresar esta realidad: Dios no es alguien que no se comunica; no es alguien cerrado sobre sí mismo; no es alguien como estéril, muerto.
En los catecismos se decía: "Dios es el ser perfectísimo, absoluto, inmutable, simple, impasible". La Biblia dice otra cosa: Dios es amor, Dios es comunicación, Dios es donación, Dios no es un absoluto autosuficiente y cerrado, sino que es un absoluto de comunicación.
Si Dios es comunicación, si Dios es un absoluto de amor, es el amor total, perfecto, la comunicación total, perfecta. El ama eternamente, se comunica eternamente, habla eternamente, se refleja a sí mismo eternamente. «Luz, resplandor de la Luz». Todas las otras expresiones del Credo son otra forma de decir esto mismo: que la realidad de Dios, por sí misma, es comunicación, amor, donación, manifestación. Y lo es por su misma esencia, por su misma manera de ser.
Nosotros no tenemos por esencia ser comunicación. Somos seres mezclados de comunicación e incomunicación. Somos espíritu y materia; somos amor y egoísmo; somos cerrados y abiertos. Por eso tenemos momentos de comunicación y momentos de no comunicación; tenemos momentos de palabra y momentos de silencio; momentos en que hacemos hijos y momentos en que no hacemos nada, sino más bien devoramos los hijos de los otros, y los propios; tenemos una imagen, pero la imagen no representa adecuadamente lo que somos, y no acabamos de ser capaces de representarnos. Si pudiéramos comprender lo que puede ser un amor total, alguien que es todo amor; una comunicación total, alguien que es todo comunicación; una palabra total, que expresara todo lo que hay, comprenderíamos qué es la Trinidad: Tres en una misma realidad comunicada totalmente.
Son Dios tanto el Uno como el Otro y el Otro. Porque cuando la comunicación es total, todo lo que tiene el Padre lo tiene el Hijo, y el Padre no se queda con nada que no le dé al Hijo. El Evangelio de San Juan subraya esto: "No tengo nada que el Padre no me haya dado"; «todo lo que tiene el Padre me lo ha dado a mí»; «el Padre y yo somos una misma cosa»; "quien me ve a mí, ve al Padre".
Si pudiéramos imaginar un amor total, si pudiéramos darnos del todo al que amamos, de manera que yo fuese el otro, y el otro fuese yo, comprenderíamos lo que son el Padre y el Hijo y el Espíritu. El Padre es tan Dios como el Hijo, y el Hijo es tan Dios como el Padre; y el Espíritu que es la comunión que hay entre ambos, es tan Dios como el uno y el otro. No hay más. Es el amor total, la comunicación total.
Si, por un imposible, un papa dijese que dejáramos correr el creer en la Trinidad, tendríamos que dejar de creer en Dios. En un Dios que no sea Trinidad no se puede creer, porque sería un Dios cerrado sobre sí mismo; sería un Dios que no puede salir de sí mismo, que no puede interesar a nadie, que no puede entrar en relación, que no puede crear, porque ha de crear por su Palabra. ¿Por qué, hace unos años, estaba de moda hablar de la muerte de Dios? Porque un Dios que no sea Trinidad -y ahora la gente parece haber perdido el sentido del Dios trinitario, quizá porque no hemos sabido predicarlo- es un Dios que está muerto de hastío, de soledad, de esterilidad. Un Dios así no sabe qué hacer en toda la eternidad; es un Dios estéril que no puede hacer nada; no tiene actividad. Es un Dios muerto.
La Trinidad es la vida de Dios, y la vida es comunicación. Y nuestra dificultad ante la Trinidad se debe, sencillamente, a que tenemos una metafísica implícita de Dios, aunque la gente no lo sepa. Es la metafísica del ser estático, "cósico", que no nos deja captar que el principio de todo es la vida y que la vida es comunicación. Dios no es un absoluto de ser sino un absoluto de comunicación, de amor. La Biblia dice bien claro que Dios es amor. Pero parece que se nos ha gastado la palabra.
El Padre está toda la eternidad engendrando al Hijo. «Nacido del Padre antes de todos los siglos». Es tan eterno como el Padre, es la vida de Dios. «Dios nacido de Dios, Luz resplandor de la Luz». Esta palabra, «Luz», es de San Atanasio, y quizá es la manera más bonita de decir lo que es muy difícil de expresar. Entre la luz y su resplandor hay diferencia y no la hay. Quizá es la imagen que encontraban más aproximada: veían que la luz y el resplandor es lo mismo y no es lo mismo; es decir, la luz tiene una entidad en sí, pero hacia fuera es el resplandor. Es como si dijéramos «Dios hacia dentro» y «Dios hacia afuera». «Luz resplandor de la Luz, Dios verdadero nacido de Dios verdadero. Engendrado, no creado". Con esta imagen se quería combatir la concepción arriana. Se quería contraponer el nivel del «hacer» (fabricación de algo extrínseco) y el nivel del "engendrar" (que surge de la misma vida interna): la creación temporal y la generación eterna. El Hijo es «engendrado, no creado». El lenguaje es convencional, como siempre. También lo será después la oposición entre naturaleza-persona. Querían decir: al hablar de "engendrar" queremos expresar la generación eterna, y al hablar de «creado» nos referimos a la creación en el tiempo. Sólo las criaturas son creadas; la generación de Dios es eterna. El lenguaje es muy insuficiente, pero es la única manera que hay de intentar entrar en la inefable realidad de Dios.
Un principio de la teología trinitaria moderna es que "Dios se manifiesta tal como es y es tal como se manifiesta". A nosotros Dios se nos manifiesta realmente como Padre, Hijo y Espíritu. El Nuevo Testamento nos habla de los tres. Entonces, si se nos ha manifestado como Padre, Hijo y Espíritu, es que Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Si no, el Nuevo Testamento sería un engaño. Dios nos habría engañado. Ninguno de nosotros puede decir: «yo me manifiesto tal como soy y soy tal como me manifiesto», porque mi capacidad de manifestarme es muy limitada. Yo sólo me puedo manifestar a trozos, por partes. Tengo la ilusión de pensar que sé más cosas de las que soy capaz de decir o expresar. Pero en Dios no pasa así: si El se manifiesta como Padre, Hijo y Espíritu, es que El es Padre, Hijo y Espíritu. Siempre como algo provisional, no del todo adecuado, ya que todas estas denominaciones no son más que aproximativas, y por eso en el Nuevo Testamento se dan distintos modos de hablar: Hijo, Palabra, Imagen, Resplandor... Lo importante es que con estas expresiones, tan imperfectas, lo que queremos confesar es la realidad de la encarnación y de la salvación, la diferencia entre un Dios personal y comunicativo y un Dios impersonal; entre un Dios vivo y un Dios muerto, reducido quizá a una ciega fuerza cósmica.
El cristiano cree en el Dios viviente, que vive en la vida trinitaria y que es capaz de comunicarnos su propia vida trinitaria con la comunicación del Hijo y del Espíritu.
OCARM
Lectura
a) Una clave de lectura: La liturgia del domingo de la Santísima Trinidad nos trae los últimos versículos del Evangelio de Mateo (Mt 28, 16-20). Al comienzo del Evangelio, Mateo presentaba a Jesús como el Emmanuel, Dios con nosotros (Mt 1,13). Ahora en el último versículo de su Evangelio, Jesús comunica la misma certeza: "Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo" (Mt 28,20). Este era el punto central de la fe de la comunidad de los años ochenta (d. de C.) y continúa siendo el punto central de nuestra fe. Jesús es el Emmanuel, Dios con nosotros. Es también la perspectiva para adorar el misterio de la Santísima. Trinidad.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto que más ha llamado tu atención en el texto? ¿Por qué?
b) ¿Cuál es la imagen de Jesús que este texto nos comunica?
c) ¿En qué manera el misterio de la Trinidad aparece en este texto?
d) En las Actas 1,5 Jesús anuncia el bautismo en el Espíritu Santo. En las Actas 2,38 Pedro habla del bautismo en el nombre del Señor Jesús. Aquí se habla del bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¿Cuál es la diferencia entre estas tres afirmaciones, o acaso se trata de un mismo bautismo?
e) ¿Cuál es exactamente la misión que Jesús confiere a los Once? ¿Cuál es hoy la misión de nuestras comunidades como discípulos de Jesús? Según el texto, ¿dónde podemos encontrar la fuerza y el valor para cumplir nuestra misión?
Una clave de lectura
para profundizar en el tema.
i) El contexto:
Mateo escribe para la comunidad judeocristiana de Siria-Palestina. Eran criticadas por los hermanos judíos que afirmaban que Jesús no podía ser el Mesías prometido y, por tanto, su modo de vivir era errado. Mateo trata de dar un apoyo a su fe y les ayuda a comprender que Jesús realmente es el Mesías que ha venido a realizar las promesas hechas por Dios en el pasado, por medio de los profetas. Un resumen del mensaje de Mateo a las comunidades se encuentra en la promesa final de Jesús a los discípulos, que en este domingo de la Santísima Trinidad meditamos.
ii) Comentario del texto:
• Mateo 28, 16: La primera y última aparición de Jesús resucitado a los Once discípulos. Jesús aparece antes que a nadie a las mujeres (Mt 28,9) y, a través de las mujeres, hace saber a los hombres que debían andar a Galilea para verlo de nuevo. En Galilea habían recibido la primera llamada (Mt 4, 12.18) y la primera misión oficial (Mt 10,1-16). Y es allá, en Galilea, donde todo comenzará de nuevo: ¡una nueva llamada, una nueva misión! Como en el Antiguo Testamento, las cosas importantes acontecen siempre sobre la montaña, la Montaña de Dios.
• Mateo 28, 17: Algunos dudaban. Al ver a Jesús, los discípulos se postraron delante de Él. La postración y la posición del que cree y acoge la presencia de Dios, aunque ella sorprende y sobrepasa la capacidad humana de comprensión. Algunos, por tanto, dudaron. Todos los cuatro evangelistas acentúan la duda y la incredulidad de los discípulos de frente a la resurrección de Jesús (Mt 28,17; Mc 16,11.13.14; Lc 24,11.24.3738; Jn 20,25). Sirve para demostrar que los apóstoles no eran unos ingenuos y para animar a las comunidades de los años ochenta d. de C. que tenían todavía dudas.
• Mateo 20,18: La autoridad de Jesús. "Me ha sido dado todo poder sobre la tierra". Solemne frase que se parece mucho a esta otra afirmación: "Todo me ha sido dado por mi Padre" (Mt 11,27). También son semejantes algunas afirmaciones de Jesús que se encuentran en el evangelio de Juan: "Sabiendo que el Padre le había puesto todo en sus manos" (Jn 13,3) y "Todo lo que es mío es tuyo y todo lo tuyo es mío" (Jn 17,10). La misma convicción de fe con respecto a Jesús se vislumbra en los cánticos conservados en las cartas de Pablo (Ef 1,3-14; Fil 2,6-11; Col 1,15-20). En Jesús se manifestó la plenitud de la divinidad (Col 1,19). Esta autoridad de Jesús, nacida de su identidad con Dios Padre, da fundamento a la misión que los Once están por recibir y es la base de nuestra fe en la Santísima Trinidad.
• Mateo 28, 19-20ª: La triple misión. Jesús comunica una triple misión: (1) hacer discípulos a todas las naciones, (2) bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y (3) enseñarles a observar todo lo que había mandado. a) Llegar a ser discípulos: El discípulo convive con el maestro y aprende de él en la convivencia cotidiana. Forma comunidad con el maestro y lo sigue, tratando de imitar su modo de vivir y de convivir. Discípulo es aquella persona que no absolutiza su propio pensamiento, sino que está siempre dispuesto a aprender. Como el "siervo de Yahvé", el discípulo, él o ella, afinan el oído para escuchar lo que Dios ha de decir (Is 50,4). b) Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: La Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha traído es la revelación de que Dios es el Padre y que por tanto todo somos hermanos y hermanas. Esta nueva experiencia de Dios, Jesús la ha vivido y obtenido para nuestra bien con su muerte y resurrección. Es el nuevo Espíritu que Él ha derramado sobre sus seguidores en el día de Pentecostés. En aquel tiempo, ser bautizado en nombre de alguno significaba asumir públicamente el empeño de observar el mensaje anunciado. Por tanto, ser bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, era lo mismo que ser bautizado en el nombre de Jesús. (At 2,38) y lo mismo que ser bautizado en el Espíritu Santo (At 1,5). Significaba y significa asumir públicamente el compromiso de vivir la Buena Noticia que Jesús nos ha dado: revelar a través de la fraternidad profética que Dios es Padre y luchar porque se superen las divisiones y las separaciones entre los hombres y afirmar que todos somos hijos e hijas de Dios. c) Enseñar a observar todo lo que Jesús ha ordenado: No enseñamos doctrinas nuevas ni nuestras, sino que revelamos el rostro de Dios que Jesús nos ha revelado. De aquí es de donde se deriva toda la doctrina que nos fue transmitida por los apóstoles.
• Mateo 28,20b: Dios con nosotros hasta el final de los tiempos. Esta es la gran promesa, la síntesis de todo lo que ha sido revelado desde el comienzo. Es el resumen del Nombre del Dios, el resumen de todo el Antiguo Testamento, de todas las promesas, de todas las aspiraciones del corazón humano. Es el resumen final de la buena Noticia de Dios, transmitida por el Evangelio de Mateo.
iii) La historia de la revelación del Nombre de Dios Uno y Trino:
Un nombre, cuando se oye por primera vez, es apenas un nombre. Pero en la medida en la que se vive con la persona, el nombre se convierte en la síntesis de la persona. Cuanto mayor es la convivencia con la persona, tanto mayor será el significado y el valor de su nombre. En la Biblia Dios recibe muchos nombres y muchos títulos que expresan lo que Él significa o puede significar para nosotros. El nombre propio de Dios es YHWH. Este nombre aparece ya en la segunda narración de la creación, en el Génesis (Gen 2,4). Pero su significado profundo (resultado de una larga convivencia a través de los siglos, ha pasado también por "la noche obscura" de la crisis del destierro en Babilonia) está descrito en el libro del Éxodo con ocasión de la vocación de Moisés (Ex 3,7-15). La convivencia de Dios a través de los siglos dio significado y densidad a este nombre de Dios. Dios dio a Moisés: "Ve a liberar a mi pueblo" (Ex 3,10). Moisés tiene miedo y se justifica simulando una postura humilde: ¿Quién soy yo? (Ex 3,11). Dios responde: "¡Ve, Yo estaré contigo!" (Ex 3,12) Aunque sabe que Dios estará con él en la misión de liberar al pueblo oprimido por el faraón, Moisés tiene miedo y de nuevo se justifica, preguntando a Dios por su nombre. Dios responde reafirmando sencillamente lo que estaba diciendo: "Yo soy el que soy". O sea, ciertamente estaré contigo, de esto no puedes dudar. Y el texto continúa diciendo: "Dirás al pueblo: Yo-soy me manda a vosotros". Y termina concluyendo: "Este es mi nombre por siempre: este es el título con el que seré recordado de generación en generación" (Ex 3,14-15). Este breve texto, de gran densidad teológica expresa la convicción más profunda de la fe del pueblo de Dios: Dios está con nosotros. Él es el Emmanuel. Presencia íntima, amiga, liberadora.
Todo esto se resume en las cuatro letras YHWH del nombre que pronunciamos como Yahwhé: Él está en medio de nosotros. Es la misma certeza que Jesús comunica a sus discípulos en la promesa final sobre la montaña: "Estaré con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos" (Mt 28,20). La Biblia permite dudar de todo, menos de una cosa: del Nombre de Dios, o sea, de la presencia de Dios en medio de nosotros, expresada por el mismo nombre de Yahwhé: "Él está en medio de nosotros". El nombre Yahwhé aparece más de 7.000 veces, ¡solamente en el Antiguo Testamento! Es el pabilo de la llama alrededor del cual se colocó la cera de las historias. Es muy trágico lo que sucedió (y continúa sucediendo) cuando en los siglos posteriores al exilio de Babilonia, el fundamentalismo, el moralismo y el ritualismo obraron de tal manera que, poco a poco, aquello que era un rostro vivo y amigo, presente y amado, se convirtiera en una figura rígida y severa, colgado indebidamente en las paredes de la Sagrada Escritura, y que hacía crecer el miedo y la distancia entre Dios y su pueblo. Así en los últimos siglos antes de Cristo, el nombre YHWH no se podía pronunciar. A su puesto, se decía Adonai, traducido después por Kyrios, que significa Señor. La religión estructurada en torno a la observancia de las leyes, el culto centrado en el templo de Jerusalén y la exclusión en la raza, crearon una nueva esclavitud que sofocaba la experiencia mística e impedía el contacto con el Dios vivo. El Nombre que debería ser como un espejo transparente para revelar la Buena Noticia del rostro amigo y atrayente de Dios, se convirtió en un espejo que mostraba solamente la cara de quien en él se miraba. ¡Trágico engaño de la autocontemplación! No bebían nunca más directamente de la fuente, sino del agua embotellada por los doctores de la ley. Hasta hoy continuamos bebiendo mucha agua del aljibe y no del manantial. Con su muerte y resurrección Jesús quitó las barreras (Col 2,14) rompió el espejo de la
autocontemplación idólatra y abrió de nuevo la ventana a través de la cual Dios nos muestra su rostro y nos atrae hacia Él. Citando un cántico de la comunidad, San Pablo proclama en la carta a los filipenses: "Jesús recibió un nombre que está sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos y en la tierra y en los abismos: y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor" (Fil 2, 9-11). Jesús muerto y resucitado, es la revelación de que Dios, el mismo de siempre, es y continúa siendo YHWH (Adonai, Kyrios, Señor), presencia íntima, amiga y liberadora en medio de su pueblo, vencedor de toda barrera. Incluso de la propia muerte. A partir de Jesús y en Jesús, el Dios de los padres, que parecía tan distante y severo, recibió el trato de Padre bueno, lleno de ternura. ¡Abba! ¡Padre Nuestro! Para nosotros los cristianos, la cosa más importante no es confesar que Jesús es Dios, sino testimoniar que ¡Dios es Jesús! Dios se hace conocer en Jesús. Jesús es la clave para una nueva lectura del Antiguo Testamento. Él es el nuevo Nombre de Dios. Esta nueva revelación del nombre de Dios en Jesús es fruto de la total gratuidad del amor de Dios, de su fidelidad al propio Nombre. Pero puede llegar hasta nosotros, esta fidelidad, gracias a la obediencia radical y total de Jesús: "Obediente hasta la muerte, y a la muerte de cruz" (Fil 2,8). Jesús llega a identificarse en todo con la voluntad de Dios. Él mismo dice: "Yo hago siempre lo que el Padre me manda (Jn 12,50) "Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre" (Jn 4,34). Por esto Él es transparencia total, revelación del Padre: "¡Quien me ve, ve al Padre!" (Jn 14,9). En Él habita la plenitud de la divinidad" (Col 1,19). "Yo y el Padre somos una misma cosa" (Jn 10,30). Esta obediencia no es fácil. Jesús tuvo momentos difíciles, en los cuáles llegó a gritar: "¡Pase de mi este cáliz!" (Mc 14,36). Como dice la carta a los Hebreos: "Con fuertes gritos y lágrimas suplicó a quien podía salvarlo de la muerte" (Heb 5,7). Venció por medio de la oración. Por esto se convirtió para nosotros en revelación y manifestación plena del Nombre, de aquello que el Nombre significa para nosotros. La obediencia de Jesús no es de tipo disciplinar, sino profética. Es acción reveladora del Padre. Por medio de ella, se rompieron los lazos y se rasgó el velo que escondía el rostro de Dios. Se abrió para nosotros un camino hacia Dios. Mereció para nosotros el don del Espíritu que Él nos obtiene cuando le llamamos Padre en su nombre en la oración (Lc 11,13). El Espíritu Santo es el agua viva que Él nos mereció con su resurrección (Jn 7,39). Es a través del Espíritu como Él nos instruye, revelando el rostro de Dios Padre (Jn 14,26; 16,12-13).
LITURGIA
Solemnidad
Antífona de entrada
Bendita sea la Santísima Trinidad,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
porque ha tenido misericordia con nosotros.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios Padre, que revelaste a los hombres tu misterio admirable
al enviar al mundo la Palabra de verdad y el Espíritu santificador;
te pedimos que, en la profesión de la fe verdadera,
podamos conocer la gloria de la eterna Trinidad
y adorar al único Dios todopoderoso.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglo
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Señor y Padre nuestro,
por la invocación de tu Nombre
santifica los dones que te presentamos
y conviértenos por ellos en ofrenda eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio
El misterio de la Santísima Trinidad
V. El Señor esté con ustedes
R. Y con tu espíritu.
V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno:
Que con tu Hijo único y el Espíritu Santo
eres un solo Dios, un solo Señor,
no una sola Persona,
sino tres Personas distintas de una misma naturaleza.
Cuanto creemos de tu gloria, Padre,
porque tú lo revelaste,
lo afirmamos también de tu Hijo
y del Espíritu Santo, sin diferencia alguna.
Por eso, al proclamar nuestra fe
en la verdadera y eterna Divinidad,
adoramos a tres personas distintas,
de única naturaleza e iguales en dignidad.
A ti los ángeles y arcángeles,
con todos los coros celestiales,
te alaban sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.
Antífona de comunión Cf. Gal 4, 6
Porque ustedes son hijos
Dios infundió en sus corazones
el Espíritu de su Hijo, que clama: Abbá, Padre.
Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro,
te pedimos que el sacramento recibido
y la profesión de nuestra fe en ti,
único Dios en tres personas,
sirva para nuestra salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BÍBLICAS
El Señor es Dios -allá arriba, en el cielo,
y aquí abajo, en la tierra- y no hay otro
Lectura del libro del Deuteronomio 4, 32-34. 39-40
Moisés habló al pueblo diciendo:
«Pregúntale al tiempo pasado, a los días que te han precedido desde que el Señor creó al hombre sobre la tierra, si de un extremo al otro del cielo sucedió alguna vez algo tan admirable o se oyó una cosa semejante.
¿Qué pueblo oyó la voz de Dios que hablaba desde el fuego, como la oíste tú, y pudo sobrevivir? ¿O qué dios intentó venir a tomar para sí una nación de en medio de otra, con milagros, signos y prodigios, combatiendo con mano poderosa y brazo fuerte, y realizando tremendas hazañas, como el Señor, tu Dios, lo hizo por ustedes en Egipto, delante de tus mismos ojos?
Reconoce hoy y medita en tu corazón que el Señor es Dios -allá arriba, en el cielo, y aquí abajo, en la tierra- y no hay otro.
Observa los preceptos y los mandamientos que hoy te prescribo. Así serás feliz, tú y tus hijos después de ti, y vivirás mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da para siempre.»
Palabra de Dios.
SALMO Sal 32, 4-6. 9. 18-20. 22
R. ¡Feliz el pueblo que el Señor se eligió como herencia!
La palabra del Señor es recta
y Él obra siempre con lealtad;
Él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. R.
La palabra del Señor hizo el cielo,
y el aliento de su boca, los ejércitos celestiales;
porque Él lo dijo, y el mundo existió,
Él dio una orden, y todo subsiste. R.
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. R.
Nuestra alma espera en el Señor:
Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti. R.
Ustedes han recibido el espíritu de hijos adoptivos,
que nos hace llamar a Dios «Abba», es decir «Padre»
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 8, 14-17
Hermanos:
Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre!
El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos de Cristo, porque sufrimos con Él para ser glorificados con Él.
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. Apoc 1, 8
Aleluia.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,
al Dios que es, que era y que viene.
Aleluia.
EVANGELIO
Bautizándolos en el nombre del Padre
y del Hijo y del Espíritu Santo
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 28, 16-20
Después de la Resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de Él; sin embargo, algunos todavía dudaron.
Acercándose, Jesús les dijo: «Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que Yo les he mandado. Y Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.»
Palabra del Señor.
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