Domingo de Pentecostés (B)

 Liturgia viva del domingo de Pentecostés, solemnidad

 

Saludo (Ver la Segunda Lectura)
Todos hemos sido bautizados en un mismo Espíritu
y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
Que todos ustedes reciban el Espíritu Santo
y que Él esté siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu.

 

Introducción por el Celebrante

 

1.           El aliento de fuego
¿Quién no sueña en un día futuro, en el que ya no tenga miedo de hacer las cosas proyectadas por tanto tiempo, simplemente porque le faltaba valor y coraje para emprenderlas? ¿Quién no espera tener más entusiasmo para realizar con alegría las tareas de cada día, para arriesgarse a amar más profundamente a Dios y a los hermanos, sin condiciones ni vacilaciones? ¿Quién no desea estar mucho más inspirado y ser mucho más dinámico y creativo en la vida? Hoy es el día en que esto puede comenzar a suceder, porque hoy es Pentecostés, el día del Espíritu, el día en que el viento celestial huracanado renueva nuestro amor, el día en que el fuego divino nos trae alegría y libertad, el día del Espíritu Santo. Que Jesús, el Señor, aliente su Espíritu sobre nosotros e inflame nuestros corazones con su luz y con su vida.

 

2.           Como una Tormenta
Nos resultan familiares los vientos huracanados, las tormentas y los huracanes, que sacuden casas y arrancan árboles de cuajo. Hoy celebramos la acción de otro viento misterioso, que unas veces se presenta violento y tempestuoso sin ser destructor, y otras veces se muestra suave y refrescante como dulce brisa reconfortante. Es el Espíritu, el aliento de Dios, el Espíritu Santo que irrumpe y sopla. ¿De dónde viene este Espíritu alentador? ¿A dónde va; y a dónde nos dirige? Es el Espíritu poderoso de Dios, tormenta divina de amor y valentía; Espíritu creativo, renovador, “inspirador”, que quiere realizar con nosotros un nuevo Pentecostés. — Que ojalá hoy, en esta celebración eucarística, el Espíritu Santo de Dios traiga aire fresco a nuestros corazones, renueve nuestra fe y haga crecer visiblemente nuestro amor.

 

Acto Penitencial


Nosotros, tantas veces, no hemos utilizado los dones maravillosos que el Espíritu Santo continuamente nos ofrece.
Pidámosle a Dios que nos perdone bondadosamente y que abra nuestros corazones a los dones del mismo Espíritu.
(Pausa)

Señor Jesús: Alienta tu Espíritu sobre nosotros que nos quiere impulsar a entendernos y acogernos, a apreciarnos y a apoyarnos mutuamente.Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesucristo: Alienta tu Espíritu sobre nosotros que quiere unirnos en un mismo amor. Haz que ese amor sea inventivo y creador.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús: Alienta tu Espíritu sobre nosotros para que nos libere de todos los miedos que nos paralizan y para que nos mueva a servir con alegría a Dios y a los hermanos.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Por tu gran bondad, Señor, perdona nuestros pecados, ábrenos al Espíritu de vida y amor y llévanos a la vida eterna. R/ Amén.

 

Introducción al Gloria
Que el Espíritu Santo nos ayude a alabar a Dios con entusiasmo y alegría.

 

Colecta


Pidamos a Dios nuestro Padre que nos envíe el Espíritu Santo como lo envió en Pentecostés a su joven Iglesia.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Haz, te pedimos, que el Espíritu Santo
nos sorprenda con el don del ardor y del vigor cristianos;
que nos rejuvenezca y nos renueve
como lo hizo con los miembros de la Iglesia recién nacida.
Que tu Espíritu renueve nuestros días, nuestro amor y nuestra vida;
que nos traiga ternura y alegría
junto con apertura y acogida para con todos;
que nos fortalezca con valentía y coraje
para defender y apoyar todo lo que es recto y justo.
Que el mismo Espíritu nos una en su amor y nos lleve a ti.
Todo esto te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

R/ Amén

 

Primera Lectura (Acts 2:1-11): El Espíritu Llega Como Fuerte Tormenta
Ruido ensordecedor, fuerte tormenta, fuego, diferentes lenguas… han sido símbolos tradicionales para describir el primer Pentecostés cristiano. Estos símbolos nos hablan con fuerza de que algo totalmente nuevo está brotando. El Espíritu poderoso de Dios está irrumpiendo en el mundo para unir a la humanidad dividida en una nueva comunidad, donde haya lugar para todos.

Segunda Lectura
 (1 Cor 12:3-7, 12-13): Somos Uno en el Espíritu
Cualquier cosa buena que tengamos, cualquier don que Dios nos ha dado, todo proviene del Espíritu que obra en nosotros. Por encima de nuestros diferentes talentos, tareas y responsabilidades, el Espíritu nos une en el Cuerpo de Cristo, formando una comunidad de fe, esperanza y amor.

 

Evangelio (Jn 20:19-23): Recibe el Espíritu Santo
El Espíritu Santo completa la obra de Cristo en nosotros, y, a través de nosotros, en el mundo. Al igual que los apóstoles, también nosotros hemos recibido el mandato de romper y abandonar nuestros muros cercados y llevar sanación y paz al mundo.

 

Oración de los Fieles


Roguemos a Dios Padre que derrame sobre nosotros y sobre el mundo entero el Espíritu de audacia y de unidad. Y digamos:


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

Sobre las iglesias locales esparcidas por toda la tierra, sobre las comunidades con mil rostros, sobre los cristianos diseminados por todo el ancho mundo, Señor: derrama tu Espíritu.


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Sobre el Papa y demás líderes de las Iglesias, sobre obispos y sobre pastores, sobre todos aquellos que tienen un ministerio de servicio, Señor: derrama tu Espíritu.


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Sobre los cristianos perseguidos por su fe, sobre los que dudan, vacilan o flaquean, sobre todos los que buscan a Dios y esperan al Espíritu Consolador, Señor: derrama tu Espíritu.

R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Sobre los que oprimen a sus hermanas y hermanos, sobre los que ostentan posiciones de poder, sobre los que son y se sienten marginados y esclavizados, y también sobre los que se sienten liberados y libres, Señor: derrama tu Espíritu.


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Sobre los que extienden y proclaman el evangelio, sobre aquellos cuya misión es perdonar pecados, sobre aquellos atrapados por los cepos de sus vicios y pasiones, Señor: derrama tu Espíritu.


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Sobre todos los que estamos reunidos aquí, ahora, en tu nombre, sobre aquellos que han abandonado nuestra comunidad, sobre los nuevos bautizados en estos días pascuales, Señor: derrama tu Espíritu.


R/ Que tu Santo Espíritu renueve la faz de la tierra.

 

Por todos ellos te rogamos, Señor Dios nuestro. Envía tu Espíritu a cada uno de nosotros; que él nos inflame con su amor siempre, todos los días de nuestra vida, y por los siglos de los siglos. R/ Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas 


Oh Dios, Señor nuestro:
Dígnate concedernos
que tu Espíritu descienda sobre este pan y este vino
y los llene con la fuerza vital de Jesús, tu Hijo.
Que tu Espíritu descienda sobre nosotros,
invitados a sentarnos a la mesa santa de tu Hijo Jesús,
y llénanos con su vida y alegría.
Que él nos convierta verdaderamente en el Cuerpo de Cristo
en el cual nosotros seamos visiblemente
el corazón y las manos de nuestro Señor y Salvador,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/ 
Amén.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
Con el Espíritu Santo en nuestros corazones, participemos juntos, con alegría y gratitud, en la acción de gracias de Jesús nuestro Señor.

 

Introducción al Padre Nuestro
No podemos decir “Jesús es Señor”
si no es por medio del Espíritu.
No podemos llamar “Padre” a Dios
sino por el Espíritu,
que clama desde lo más íntimo de nosotros.
Movidos por este Santo Espíritu,
digamos ahora con total confianza
la oración que Jesús mismo nos enseñó.
R/ Padre nuestro….


Líbranos, Señor


Líbranos, Señor, de todos los males y concédenos la paz de Cristo en nuestros días,
paz que es obra de tu Espíritu.
Por tu bondadosa misericordia  líbranos de todos los pecados
que obstaculizan la unidad y la universalidad de tu Iglesia;
protégenos de todo peligro y perturbación y danos la seguridad de que,
incluso en las incertidumbres de nuestro tiempo,
el Espíritu Santo nos conduce hacia adelante,
con gozosa alegría, hacia la gloriosa venida
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el Reino…

 

Invitación a la Comunión (Ver Rev 22:17, 21)
El Espíritu y la Iglesia dicen: ¡Ven!
Que cada uno que escucha responda: ¡Ven!
Que todos los que tienen sed vengan a beber.
Que todos los que quieran saciarse con el agua de vida
la obtengan siempre como el mejor don.
Éste es Jesucristo glorioso y resucitado,
cuyo Espíritu nos impulsa
a dar testimonio del amor de Dios.
R/ Señor, yo no soy digno…

 

Oración después de la Comunión


Oh Dios y Padre nuestro:
Hemos escuchado a tu Hijo Jesús,
que graciosamente nos ha dirigido su palabra
y con gozo nos hemos alimentado
con el Pan de Vida en su mesa eucarística
Que el Espíritu Santo ponga fuego en esas palabras de Jesús,
que ojalá sigan ardiendo en nuestros corazones
y nos sacudan y nos saquen de nuestra indiferencia.
Haz, Señor, que el Espíritu Santo nos urja y nos impulse
a llegar a ser, los unos para con los otros, como sabroso pan;
que rejuvenezca y edifique a nuestras hermanas y hermanos
en su caminar hacia ti, nuestro Dios de vida.
Todo esto te lo pedimos en nombre de Jesucristo, el Señor.
R/ Amén 

 

Bendición


En esta eucaristía Dios ha derramado de nuevo sobre nosotros
el fuego vivo y el fuerte aliento del Espíritu.
Ojalá que este mismo Espíritu nos mueva a arriesgarnos con valentía
en nuestro sincera y total entrega a Dios y a los hermanos.
Que él nos dé el valor para transformarnos a nosotros mismos
y a la Iglesia que tanto amamos.
Que lleguemos a ser para todo el mundo signos vivientes
de la presencia bondadosa de Dios.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
R/ Amén.

Podemos ir en paz; y que el Espíritu Santo mantenga nuestros corazones ardiendo siempre con el amor de Dios.
R/ Demos gracias a Dios.

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Ha llegado. El soplo del Espíritu que inspiró a la Iglesia primitiva, que es el mismo que se derramó sobre cada uno de nosotros el día de nuestro Bautismo. Ya está aquí. Hemos vivido la Pascua. Hoy, cincuenta días después de la Pascua de Resurrección, coronamos este tiempo: la Pascua de Resurrección culmina en esta Pascua de Pentecostés. El Señor Resucitado entrega a los discípulos su Espíritu; el Señor resucitado y ascendido envía su Espíritu a la primera comunidad cristia­na. El Espíritu es, pues, el fruto maduro de la Pascua de Jesús.

En el Antiguo Testamento, en la aparición de Dios a los hebreos en el Sinaí, Moisés recibió los Mandamientos en medio de truenos, relámpagos y llamas de fuego. El evangelista Lucas, para que todos lo entendieran, usa el mismo modelo. Se cierra el círculo. Lo que en Babel provocó la dispersión de todos los pueblos de la tierra, la división de la humanidad con las distintas lenguas (Gn 11, 1-9), se supera ahora por la obra y gracia del Espíritu, en el día de Pentecostés. Todos entienden a todos. Se vuelve a formar una sola familia. Y el nexo de unión, el pegamento es el amor que Dios nos tiene.

Se nos aclaran varias cosas en esta solemnidad. Sabemos que, sin el Espíritu de Dios, no podemos conocer a Dios. Per te sciamus da Patrem, noscamus atque Filium, teque utriusque Spiritum, credamus omni tempore, (Por Ti conozcamos al Padre y también al Hijo y que en Ti, que eres el Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo) dice el texto del Veni Creator Spiritus, Es por su gracia que llegamos a entrar en la profundidad de la vida de Dios.

También caemos en la cuenta de que, sin el Espíritu de Dios no podemos amar a Dios: «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu que se nos ha dado» (Rom 5,5). Cuanto más abiertos estemos a la acción de ese Espíritu, más capaces seremos de poder amar, como Dios nos ha amado.

Sin el Espíritu de Dios no podemos tomar parte en las cosas de Dios Participar en los misterios o sacramentos: agua y Espíritu; dones eucarísticos y Espíritu. Participamos en la vida diaria, en ese culto o liturgia existencial que es la vida diaria de los movidos por el Espíritu de Dios que son, así, gratos a Dios: éstos son mis hijos amados en quienes tengo mis complacencias. Lo que se escuchó en el Bautismo de Jesús. Lo que se escucho en el Bautismo de cada uno de nosotros.

Sin el Espíritu de Dios no podemos orar a Dios. Uno de los dones del Espíritu es justamente el don de piedad, por el que nos podemos sentir hijos de Dios y se crea sintonía y suavidad para escuchar a Dios y acogerlo y para volvernos a Él y hablarle a semejanza del modo confiado en que Jesús hablaba al Padre. «Y la prueba de que sois hijos es que Dios envió a vuestro interior el Espíritu de su Hijo, que grita: ¡Abba! ¡Padre!» (Gal 4,6).

Sin el Espíritu de Dios no podemos desear a Dios. Son muchos los salmos que hablan de la sed de Dios. Estaría bien releerlos en esta clave pentecostal, v.gr. el salmo 42 o el salmo 63. Que tengamos siempre deseo de esa agua viva.

Sin el Espíritu de Dios no podemos dar testimonio de Dios. Es el Espíritu el que nos ayuda a cumplir con la misión que Dios nos ha encomendado. Gracias a Él, podemos ser referencia para los demás, para que, al vernos, sepan que somos creyentes. En lo que decimos y en lo que hacemos.

El apóstol Pablo recurre a la imagen del cuerpo para hablar de la Iglesia. Porque también en el cuerpo cada miembro tiene su función. Y todos dependen los unos de los otros. Y, si nos duele un pie, o una muela, todo el cuerpo está incómodo. En esta Iglesia nuestra, santa y pecadora, es el Espíritu el que nos mantiene unidos. Los diversos carismas, las gracias recibidas de Dios, nos ayudan a formar un solo cuerpo. Somos diferentes. Pero somos iguales.

El Evangelio vuelve a presentarnos a Jesús con sus discípulos, el primer día de la semana. Ya vimos en la primera semana de Pascua que es en la comunidad donde se encuentra al Resucitado, cuando están todos juntos. Es lo que celebramos cuando nos reunimos en el nombre del Señor. Porque fuera de la comunidad hace frío, y no se reconoce a Cristo, como les pasó a los discípulos de Emaús.

El Maestro se presenta en medio de sus discípulos, deseándoles la paz. La paz de Cristo lleva la alegría, e invita a salir, a unirse a la misión, para compartirla. En la comunidad se siente la paz de Dios, y se puede sentir el perdón. Estando en paz, se puede luchar contra el mal, en todos los sentidos, contra el pecado, para que el mundo sea un lugar mejor. Hay que crear las condiciones, primero en el corazón de cada uno, y luego en nuestros grupos, para que ese regalo que es el perdón de Dios no sea algo sólo nuestro, sino que llegue a todo el mundo. Esa paz, esa alegría, debe ser universal. Como nuestra Iglesia.

Termina, pues, con esta solemnidad el tiempo pascual. Se reanuda el tiempo ordinario (que no aburrido) con lo que tiene de vuelta a la rutina, que es donde nos movemos la mayor parte del tiempo. No estamos solos, nos va llevando el Espíritu. Déjate llevar. Siempre será para tu bien.

 

 

 

EVANGELIO

 

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Recibid el Espíritu Santo.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 20, 19-23

 

Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

 

-«Paz a vosotros.»

 

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

 

-«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. »

 

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

 

-«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

 

Palabra de Dios.

 

O bien:

 

Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.

Recibid el Espíritu Santo.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 15, 26-27; 16, 12-15

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.

 

Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

 

El me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará».

 

Palabra de Dios.

 

 

RENUÉVAMOS POR DENTRO

 

Poco a poco estamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de bienestar. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven, Espíritu Santo, y libéranos del vacío interior.

 

Hemos aprendido a vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la desorientación.

 

Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. Pero no encontramos sosiego ni paz. Ven, Espíritu Santo, y libéranos de la oscuridad y la confusión interior.

 

Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien: hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a vivir.

 

Queremos ser libres e independientes, y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo lo llamamos "amor", y al placer "felicidad", pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a amar.

 

En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven, Espíritu Santo, y enséñanos a creer.

 

Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos todos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo, a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos, exhalando sobre ellos su aliento: "Recibid el Espíritu Santo". Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros y reavivar nuestra existencia por caminos que solo él conoce.

 

 

RECIBID EL ESPÍRITU

 

Poco a poco, vamos aprendiendo a vivir sin interioridad. Ya no necesitamos estar en contacto con lo mejor que hay dentro de nosotros. Nos basta con vivir entretenidos. Nos contentamos con funcionar sin alma y alimentarnos solo de pan. No queremos exponernos a buscar la verdad. Ven Espíritu Santo y libéranos del vacío interior.

 

Ya sabemos vivir sin raíces y sin metas. Nos basta con dejarnos programar desde fuera. Nos movemos y agitamos sin cesar, pero no sabemos qué queremos ni hacia dónde vamos. Estamos cada vez mejor informados, pero nos sentimos más perdidos que nunca. Ven Espíritu Santo y libéranos de la desorientación.

 

Apenas nos interesan ya las grandes cuestiones de la existencia. No nos preocupa quedarnos sin luz para enfrentarnos a la vida. Nos hemos hecho más escépticos pero también más frágiles e inseguros. Queremos ser inteligentes y lúcidos. ¿Por qué no encontramos sosiego y paz? ¿Por qué nos visita tanto la tristeza? Ven Espíritu Santo y libéranos de la oscuridad interior.

 

Queremos vivir más, vivir mejor, vivir más tiempo, pero ¿vivir qué? Queremos sentirnos bien, sentirnos mejor, pero ¿sentir qué? Buscamos disfrutar intensamente de la vida, sacarle el máximo jugo, pero no nos contentamos solo con pasarlo bien. Hacemos lo que nos apetece. Apenas hay prohibiciones ni terrenos vedados. ¿Por qué queremos algo diferente? Ven Espíritu Santo y enséñanos a vivir.

 

Queremos ser libres e independientes, y nos encontramos cada vez más solos. Necesitamos vivir y nos encerramos en nuestro pequeño mundo, a veces tan aburrido. Necesitamos sentirnos queridos y no sabemos crear contactos vivos y amistosos. Al sexo le llamamos "amor" y al placer "felicidad", pero ¿quién saciará nuestra sed? Ven Espíritu Santo y enséñanos a amar.

 

En nuestra vida ya no hay sitio para Dios. Su presencia ha quedado reprimida o atrofiada dentro de nosotros. Llenos de ruidos por dentro, ya no podemos escuchar su voz. Volcados en mil deseos y sensaciones, no acertamos a percibir su cercanía. Sabemos hablar con todos menos con él. Hemos aprendido a vivir de espaldas al Misterio. Ven Espíritu Santo y enséñanos a creer.

 

Creyentes y no creyentes, poco creyentes y malos creyentes, así peregrinamos todos muchas veces por la vida. En la fiesta cristiana del Espíritu Santo a todos nos dice Jesús lo que un día dijo a sus discípulos exhalando sobre ellos su aliento: "Recibid el Espíritu Santo". Ese Espíritu que sostiene nuestras pobres vidas y alienta nuestra débil fe puede penetrar en nosotros por caminos que solo él conoce.

 

 

INVOCACIÓN AL ESPÍRITU

 

Exhaló su aliento sobre ellos.

 

Ven Espíritu Santo. Despierta nuestra fe débil, pequeña y vacilante. Enséñanos a vivir confiando en el amor insondable de Dios nuestro Padre a todos sus hijos e hijas, estén dentro o fuera de tu Iglesia. Si se apaga esta fe en nuestros corazones, pronto morirá también en nuestras comunidades e iglesias.

 

Ven Espíritu Santo. Haz que Jesús ocupe el centro de tu Iglesia. Que nada ni nadie lo suplante ni oscurezca. No vivas entre nosotros sin atraernos hacia su Evangelio y sin convertirnos a su seguimiento. Que no huyamos de su Palabra, ni nos desviemos de su mandato del amor. Que no se pierda en el mundo su memoria.

 

Ven Espíritu Santo. Abre nuestros oídos para escuchar tus llamadas, las que nos llegan hoy, desde los interrogantes, sufrimientos, conflictos y contradicciones de los hombres y mujeres de nuestros días. Haznos vivir abiertos a tu poder para engendrar la fe nueva que necesita esta sociedad nueva. Que, en tu Iglesia, vivamos más atentos a lo que nace que a lo que muere, con el corazón sostenido por la esperanza y no minado por la nostalgia.

 

Ven Espíritu Santo y purifica el corazón de tu Iglesia. Pon verdad entre nosotros. Enséñanos a reconocer nuestros pecados y limitaciones. Recuérdanos que somos como todos: frágiles, mediocres y pecadores. Libéranos de nuestra arrogancia y falsa seguridad. Haz que aprendamos a caminar entre los hombres con más verdad y humildad.

 

Ven Espíritu Santo. Enséñanos a mirar de manera nueva la vida, el mundo y, sobre todo, a las personas. Que aprendamos a mirar como Jesús miraba a los que sufren, los que lloran, los que caen, los que viven solos y olvidados. Si cambia nuestra mirada, cambiará también el corazón y el rostro de tu Iglesia. Los discípulos de Jesús irradiaremos mejor su cercanía, su comprensión y solidaridad hacia los más necesitados. Nos pareceremos más a nuestro Maestro y Señor.

 

Ven Espíritu Santo. Haz de nosotros una Iglesia de puertas abiertas, corazón compasivo y esperanza contagiosa. Que nada ni nadie nos distraiga o desvíe del proyecto de Jesús: hacer un mundo más justo y digno, más amable y dichoso, abriendo caminos al reino de Dios.

 

 

 

BARRO ANIMADO POR EL ESPÍRITU

 

Exhaló su aliento sobre ellos.

 

Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado sólo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.

 

Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.

 

Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.

 

Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso, se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».

 

El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro, alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.

 

Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro... Sólo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido, quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar la presencia viva de Jesús. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar sólo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No sólo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

 

 

LO DECISIVO ES ABRIR EL CORAZÓN

 

Según la tradición bíblica, el mayor pecado de una persona es vivir con un «corazón cerrado» y endurecido, un «corazón de piedra» y no de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio. Quien vive «cerrado», no puede acoger el Espíritu de Dios; no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.

 

Cuando nuestro corazón está «cerrado», nuestros ojos no ven, nuestros oídos no oyen. Vivimos separados de la vida, desconectados. El mundo y las personas están «ahí fuera» y yo estoy «aquí dentro». Una frontera invisible nos separa del Espíritu de Dios que lo alienta todo; es imposible sentir la vida como la sentía Jesús. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a captarlo todo a la luz de Dios.

 

Cuando nuestro corazón está «cerrado», vivimos volcados sobre nosotros mismos, insensibles a la admiración y la acción de gracias. Dios nos parece un problema y no el Misterio que lo llena todo. Sólo cuando nuestro corazón se abre, comenzamos a intuir a ese Dios «en quien vivimos, nos movemos y existimos». Sólo entonces comenzamos a invocarlo como «Padre», con el mismo Espíritu de Jesús.

 

Cuando nuestro corazón está «cerrado», en nuestra vida no hay compasión. No sabemos sentir el sufrimiento de los demás. Vivimos indiferentes a los abusos e injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente. Sólo cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura y compasión mira Dios a las personas. Sólo entonces escuchamos la principal llamada de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre».

 

Pablo de Tarso formuló de manera atractiva una convicción que se vivía entre los primeros cristianos: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado». ¿Lo podemos experimentar también hoy? Lo decisivo es abrir nuestro corazón. Por eso, nuestra primera invocación al Espíritu ha de ser ésta: «Danos un corazón nuevo, un corazón de carne, sensible y compasivo, un corazón transformado por Jesús».

 

 

 

EL ESPÍRITU DE JESÚS

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Entre los cristianos se habla de «espiritualidad» con acentos muy diferentes. A los presbíteros se les pide vivir una espiritualidad sacerdotal, a los casados una espiritualidad matrimonial. Según las diferentes tradiciones, los religiosos se esfuerzan por vivir su propia espiritualidad benedictina, franciscana o carmelitana. Pero, ¿cuáles son los rasgos de una espiritualidad primera y básica de un seguidor de Jesús?

 

Lo primero, seguramente, es captar a Jesús como alguien vivo y cercano. Sentir su Espíritu sosteniendo y animando nuestra vida, captar en esa experiencia la cercanía absoluta de Dios y hacer de esa cercanía algo central en nuestra manera de vivir la fe.

 

Segundo, captar a Jesús como liberador. No es una manera de hablar. Es una experiencia esencial. Sentir a Jesús como alguien que nos libera en lo más profundo del corazón. Alguien que nos da fuerza interior para cambiar, y nos dice una y otra vez: «Tu fe te está salvando».

 

Captar a Jesús como alguien que nos hace bien. Es un auténtico regalo encontrarse con él. No es lo mismo hacer el recorrido de la vida con Jesús o sin él. Con Jesús, la vida es una carga exigente pero ligera a la vez. Esta es, tal vez, la experiencia más genuina del Espíritu de Jesús en nosotros.

 

Captar a Jesús como alguien que nos enseña a vivir en una dirección nueva. Es lo fundamental. Aprender a organizar la propia vida, no alrededor y a favor de uno mismo, del propio grupo o la propia Iglesia, sino en favor de los que sufren lejos o cerca de nosotros. Lo más decisivo no es la propia santidad, sino una vida más digna para todos. Jesús lo llamaba «reino de Dios».

 

Del Espíritu de Jesús van naciendo en nosotros algunas actitudes básicas: una sensibilidad especial hacia los que sufren, una búsqueda práctica de justicia en las cosas grandes y en las pequeñas, una voluntad sincera de paz para todos, una capacidad cada vez mayor de hacer el bien gratis, una esperanza última para todo lo bueno que hoy nos resulta inalcanzable.

 

Acoger al Espíritu Santo es vivir con la alegría y el dinamismo interior de Jesús.

 

 

ACOGER LA VIDA

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Hablar del «Espíritu Santo» es hablar de lo que podemos experimentar de Dios en nosotros. El «Espíritu» es Dios actuando en nuestra vida: la fuerza, la luz, el aliento, la paz, el consuelo, el fuego que podemos experimentar en nosotros y cuyo origen último está en Dios, fuente de toda vida.

 

Esta acción de Dios en nosotros se produce casi siempre de forma escondida, silenciosa y callada; el mismo creyente sólo intuye una presencia casi imperceptible. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría desbordante y la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna.

 

El signo más claro de la acción del Espíritu es la vida. Dios está allí donde la vida se despierta y crece, donde se comunica y expande. El Espíritu Santo siempre es «dador de vida»: dilata el corazón, resucita lo que está muerto en nosotros, despierta lo dormido, pone en movimiento lo que había quedado bloqueado. De Dios siempre estamos recibiendo «nueva energía para la vida» (J. Moltmann).

 

Esta acción recreadora de Dios no se reduce sólo a «experiencias íntimas del alma». Penetra en todas los estratos de la persona. Despierta nuestros sentidos, vivifica el cuerpo y reaviva la capacidad de amar. Por decirlo brevemente, el Espíritu conduce a la persona a vivirlo todo de forma diferente: desde una verdad más honda, desde una confianza más grande, desde un amor más desinteresado.

 

Para bastantes, la experiencia fundamental es el amor de Dios y lo dicen con una frase tan sencilla como «Dios me ama». Esa experiencia les devuelve su dignidad indestructible, les da fuerza para levantarse de la humillación o el desaliento, les ayuda a encontrarse con lo mejor de sí mismos.

 

Otros no pronuncian la palabra «Dios» pero experimentan una «confianza fundamental» que les hace amar la vida a pesar de todo, enfrentarse a los problemas con ánimo, buscar siempre lo bueno para todos. Nadie vive privado del Espíritu de Dios. En todos está Él atrayendo nuestro ser hacia la vida. Acogemos al «Espíritu Santo» cuando acogemos la vida. Éste es uno de los mensajes más básicos de la fiesta cristiana de Pentecostés.

 

 

AMAR LA VIDA

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Tanto la teología protestante como la católica han tendido durante siglos a comprender al Espíritu Santo como un Espíritu que habita en la Iglesia y que actúa en el interior de los creyentes. De ahí que en los manuales de teología se hable del Espíritu Santo en relación, sobre todo, con la fe y la vida cristiana o con la oración y los sacramentos. Se olvida, con frecuencia, que el Espíritu de Dios alienta la creación entera y es fuente de vida de todo ser creado por él.

 

Todo ello ha tenido graves consecuencias. Hablar hoy de «espiritualidad» sugiere a no pocos un cierto alejamiento del mundo y de la vida, un recelo ante el cuerpo y los sentidos, una preferencia por las experiencias internas del alma. Se olvida que el Espíritu creador de Dios está allí donde crece y se desarrolla la vida movida por el aliento amoroso de Dios y, que, por ello, «la experiencia del Espíritu», lejos de apartar del mundo o del vivir diario, lo que hace es despertar en nosotros «una nueva vitalidad de amor a la vida».

 

Por eso, hemos de agradecer tanto el excelente estudio sobre el Espíritu Santo, que Jürgen Moltmann nos regala en plena madurez teológica (El Espíritu de la vida, Ed. Sígueme, Salamanca, 1998). Superando visiones excesivamente estrechas, el profesor de Tubinga nos recuerda que el Espíritu de Dios puede y debe ser experimentado por cualquier ser humano en las experiencias cotidianas de la vida. Por decirlo en pocas palabras, vivir la «experiencia del Espíritu» consiste en percibir de alguna manera, en y bajo la experiencia de la vida, la presencia escondida, callada pero real, de Dios Creador que nos sostiene, nos alienta y nos acompaña siempre con su amistad y su amor.

 

Por eso, la verdadera «espiritualidad» lleva siempre a amar, respetar, afirmar y defender la vida. Lo propio del «hombre espiritual» no es la indiferencia, sino la pasión por la vida. A quien vive animado por el Espíritu creador de Dios, la vida le atrae, le interesa, le apasiona. Lucha siempre contra todo lo que sea manipular, destruir, violar o estropear la vida. Ve y ama la vida como Dios la ve y la ama: buena, justa, bella, destinada a ser disfrutada en paz por todos. Eso busca, por eso lucha.

 

La «experiencia del Espíritu» lleva a defender a los débiles, acompañar a los solos, acoger a los indefensos, curar a los enfermos, aliviar a los tristes, alentar a los desesperanzados. Esa fue la experiencia de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí. El me ha ungido y me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres» (Lucas 4, 18). Al hombre verdaderamente espiritual no se le encuentra ensimismado y vuelto sobre sí mismo, sino abierto a los más necesitados de aliento y de vida. Es bueno recordarlo en esta fiesta de Pentecostés.

 

 

UNA EXPERIENCIA DESCONOCIDA

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Dentro de cada uno de nosotros hay un «espacio interior» que para muchos permanece desconocido e inexplorado. No es exactamente un ámbito sicológico. Está a un nivel más profundo. Es el centro más recóndito de la persona, donde se esconde el misterio de nuestro ser, donde resuenan las preguntas más hondas: ¿Quién soy yo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿para qué?

 

El hombre de hoy ha aprendido muchas cosas, pero no sabe llegar hasta su propia interioridad. Vive volcado hacia lo exterior, sin capacidad para encontrarse consigo mismo. La vida moderna lo dispersa en mil ocupaciones, contactos y experiencias externas que lo alejan de sí mismo. El ruido, la agitación, el ritmo acelerado le impiden vivir «desde dentro».

 

La fiesta cristiana de Pentecostés puede ser una llamada a cultivar más nuestro mundo interior y a vivir más atentos a la presencia del Espíritu en nosotros. ¿Cómo?

 

Entrar dentro de nosotros exige tiempo y calma. Quien trata de vivir desde dentro sabe muy bien que el exceso de trabajo y actividad no es una virtud, sino una enfermedad, una esclavitud. «Todos los días nos hace falta un buen rato de inactividad, para adentramos descalzos en nuestro mundo interior» (R Loidi).

 

Es importante, además, aprender a distanciamos de vez en cuando de nuestro quehacer cotidiano. Saber apartamos de las ocupaciones que nos atrapan y dispersan, para «hacer silencio» y encontramos con lo más profundo que hay en nosotros. No se puede vivir desde dentro sin asegurar «lugares» y «momentos» de interiorización.

 

Encontrarse a solas con uno mismo puede inspirar temor. Nos da miedo descubrir nuestras contradicciones e incoherencias, nuestra mentira y mediocridad, o nuestras frustraciones más profundas. Por eso, lo importante no es analizarse, sino descubrir la presencia amorosa del Espíritu de Dios que nos habita, nos sostiene, nos acoge tal como somos y nos invita a vivir.

 

El creyente se adentra en su interior en actitud confiada. Se sabe aceptado y amado. Por eso, no cae en la desestima o en la culpabilidad angustiosa. Se siente a gusto con Dios. Seguro. Su experiencia del Espíritu es siempre fuente de gozo. Un respiro en medio del vivir diario.

 

Este entrar en la propia interioridad no significa huir de la vida para replegarse estérilmente sobre uno mismo. Al contrario, es regenerarse desde la raíz, rescatar lo mejor que hay en nosotros, encontrarse de nuevo vivo y con fuerzas para vivir y hacer vivir. El Espíritu de Dios que habita en nosotros siempre es «dador de vida».

 

 

 

SABOREAR LA VIDA EN LA FUENTE

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Una de las deformaciones más deplorables de cierta teología es concebir el don del Espíritu Santo como algo que se recibe sólo y exclusivamente de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma, al margen de lo que va sucediendo en nuestra vida.

 

Sin embargo, el don del Espíritu no es sino la autocomunicación gratuita de Dios que se nos regala de múltiples maneras desde el fondo de la vida, a través de las personas que vamos encontrando en nuestro camino y a través de los acontecimientos y experiencias que tejen nuestra existencia.

 

Esta comunicación de Dios no es un fenómeno esporádico que sucede sólo en fechas litúrgicas determinadas o se canaliza siempre a través de los sacramentos. Sin duda que hay experiencias privilegiadas radicalizadas por la gracia, pero el amor de Dios se nos va regalando constantemente a todos desde lo más hondo de nuestro vivir.

 

Como dice K. Rahner, todo hombre, lo sea o no, “posee en lo más profundo de sí mismo un dinamismo espiritual”. Cuando trabaja y lucha, cuando ama, goza o sufre, cuando vive y cuando muere, no lo hace solo, sino acompañado por la presencia amorosa del Espíritu de Dios.

 

Nosotros podemos estar atentos a esa presencia o no prestarle atención alguna, podemos acoger libremente su acción o rechazarla, pero el Espíritu de Dios está siempre ahí, como “dador de vida”.

 

Tal vez alguno piense que es un despropósito hablar así en nuestros días. ¿Cómo puede haber todavía un lugar para el Espíritu Santo en la era de la técnica, la planificación científica y los ordenadores?

 

Entiendo lo que siente quien así piensa. Sé, por otra parte, que las realidades más profundas de la existencia ha de descubrirlas uno mismo por propia experiencia y que, sin ésta, de poco sirven las palabras que nos digan desde fuera. Yo sólo me atrevería a decirle esto: “Medita lealmente y con rigor la existencia, detente en las experiencias más profundas del gozo o del dolor, en los momentos culminantes del amor o de la soledad, ¿no sientes que en el fondo de nosotros hay un misterio último inexpresable que estamos casi siempre rehuyendo?”.

 

El “hombre espiritual” no es un ser extraño y anormal. Es sencillamente una persona que ha aprendido a “saborear la vida en la fuente” según la bella expresión del teólogo francés M.A. Santaner. Por eso capta lo que otros no captan y goza lo que otros no son capaces de gozar.

 

Tal vez, lo primero que hemos de pedir esta mañana de Pentecostés es el don de gustar la vida en su fuente, en el Espíritu, para poder saborearla sin intoxicarla y para disfrutar de ella sin arruinarla. Gustar a Dios. Esa es la clave para no atrofiar la vida.

 

 

 

PEREGRINAR AL CORAZON

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Según una concepción más querida a la tradición oriental, el mayor pecado del hombre es permanecer insensible a la vida interior que en él se encierra.

 

Caminando como autómatas por la vida, dejamos dormitar dentro de nosotros unas energías y un potencial insospechado de vida al ignorar la acción del Espíritu en nosotros.

 

Acostumbrados a vivirlo todo desde el exterior, hemos olvidado ya lo que es peregrinar al fondo del corazón para escuchar interiormente ese manantial de vida que es Dios.

 

Conozco personas insatisfechas de sí mismas que buscan con esfuerzo una vida más noble y profunda. Desean creer con más hondura y verdad. Las veo indagar, leer libros, preguntar. Algunas me escriben. Se diría que intentan hacer brotar la fe en su corazón desde el exterior.

 

Pero lo cierto es que desde el exterior no se le puede enseñar a nadie a creer, lo mismo que no se le puede enseñar a alegrarse, a amar o a llorar.

 

Desde fuera sólo se le puede orientar a adentrarse en su corazón. Pero la fe es una experiencia que cada uno ha de aprender en otra fuente que brota en su interior.

 

Cada vez recuerdo con más frecuencia las conocidas palabras de S. Agustín a su auditorio: «No penséis que se puede aprender algo de un hombre. Podemos atraer vuestra atención con el ruido de nuestra voz, pero si no hay dentro alguien que os enseñe, ese ruido será inútil”.

 

La fe no brota en nosotros al término de una reflexión o como conclusión de ese razonamiento brillante que hemos encontrado en la lectura de un libro. No es una decisión que tomamos después de escuchar la argumentación de un amigo creyente.

 

Es preciso cavar más adentro. Bajar al fondo de nuestro ser y mirarnos por dentro tal como somos. Sin engañarnos por más tiempo. Sin quedarnos en esa falsa seguridad que aparentamos por fuera ante los demás. Solos ante Dios y ante nosotros mismos.

 

Esos minutos de sinceridad pueden cambiar nuestra vida más que todos los razonamientos. Ese grito sincero a Dios desde el fondo del corazón puede ser el camino más corto para resucitar nuestra fe.

 

Si sabemos abrirnos camino hacia nuestro interior y escuchar la acción del Espíritu que nos llama desde dentro, hoy puede ser realmente para nosotros Pentecostés.

 

 

ATEISMO DEL CORAZÓN

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Quizás no son muchos los que, entre nosotros, niegan a Dios teóricamente hasta las últimas consecuencias. Sin duda, son muchos más los que prescinden de Dios, son ateos prácticos y viven como si en el fondo Dios no les afectara para nada.

 

Este «ateísmo del corazón» como lo ha llamado H. Mühlen, está más extendido de lo que sospechamos. Hombres y mujeres que quizás alguna vez pronuncian fórmulas rutinarias, pero que no abren nunca su corazón a Dios. Personas que ya no «escuchan» a nadie en su interior.

 

Cuántos que se dicen cristianos, se defienden ante Dios con oraciones recitadas de memoria, pero se avergonzarían de hablar con él espontáneamente y de corazón.

 

Por otra parte, ¿quién encuentra hoy un «rincón» para el silencio, la meditación, el recogimiento y la paz interior? ¿Quién tiene tiempo para orar en medio de las prisas, la agitación, el nerviosismo o el perpetuo cansancio?

 

La lucha por la vida, la competencia despiadada, la presión continua, está llevando a muchos a la asfixia y el ahogo espiritual. Esta sociedad donde el infarto ha llegado a ser el símbolo de todo un modo de vivir, corre el riesgo de ir perdiendo su alma y su vida interior.

 

Y, sin embargo, el Espíritu de Dios no está ausente de esta sociedad, aunque lo reprimamos, lo encubramos o no le prestemos atención alguna. El sigue trabajando silenciosamente a los hombres en lo más profundo de ese corazón demasiado «ateo».

 

Aquel gran teólogo y mejor creyente que fue K. Rahner nos ofrece algunas pistas para reconocer su presencia misteriosa pero real.

 

«Cuando el vivir diario, amargo, decepcionante y aniquilador se vive con perseverancia hasta el final, con una fuerza cuyo origen no podemos abarcar ni dominar.

 

Cuando uno corre el riesgo de orar en medio de las tinieblas silenciosas sabiendo que siempre somos escuchados, aunque no percibimos una respuesta que se pueda razonar o disputar...

 

Cuando uno acepta y lleva libremente una responsabilidad sin tener claras perspectivas de éxito y de utilidad...

 

Cuando se experimenta la desesperación y misteriosamente se siente uno consolado sin consuelo fácil...

 

Cuando se da una esperanza total que prevalece sobre las demás esperanzas particulares y abarca con su suavidad y silenciosa promesa todos los crecimientos y todas las caídas...

 

Entonces el Espíritu de Dios está trabajando. Allí está Dios. Allí es Pentecostés».

 

 

NECESIDAD DEL ESPIRITU

 

Recibid el Espíritu Santo.

 

Lo «espiritual» no evoca hoy gran cosa en muchos de nuestros contemporáneos. La misma palabra «espíritu» queda asociada al mundo de lo etéreo, lo inverificable, lo irreal. Sólo parece interesar lo material, lo práctico, lo útil y eficaz.

 

Incluso, podríamos decir que «lo espiritual» suscita en muchos una actitud de reserva y sospecha. El pensamiento marxista nos ha puesto en guardia frente a actitudes espirituales incapaces de tomar en serio la materia y la construcción de la ciudad terrestre.

 

Por su parte, representantes de la sicología profunda han descalificado, de manera penetrante, un espiritualismo olvidado de la esfera de los instintos y de la vida del cuerpo.

 

Y sin embargo, son bastantes las voces y los movimientos que reclaman hoy con fuerza el retorno al espíritu. La nostalgia del hombre occidental no busca sólo un nuevo sistema socio-económico, ni nuevas filosofías, sino una nueva vida, un aliento nuevo, una fuerza de salvación capaz de liberar al hombre del desencanto, del absurdo y del nihilismo destructor.

 

Es aquí donde debemos situar hoy los creyentes la fe en el Espíritu Santo, para redescubrir con gozo las posibilidades que se nos pueden abrir, si sabemos acoger con conciencia viva la acción salvadora de Dios en nuestras vidas.

 

Los creyentes siempre han reconocido al Espíritu una eficacia regeneradora. El hombre que acierta a abrirse a la acción de Dios en lo profundo de su corazón, descubre una fuerza capaz de regenerarlo, unificarlo, iluminarlo e impulsarlo más allá de los limites en que parecía iba a quedar encerrado para siempre.

 

Una gran parte de los hombres y mujeres de nuestro tiempo viven en desarmonía consigo mismo, sin un núcleo interior que unifique sus vidas, sin una razón profunda que dé aliento a su existencia, alienados desde lo más profundo de su conciencia, sin pertenecer a sí mismos, sin sospechar nunca que en lo más hondo de su ser hay una fuerza capaz de transformar sus vidas.

 

Los cristianos necesitamos creer más y con más concreción en la eficacia humanizadora y liberadora que tiene el vivir abiertos a la acción de Dios en nosotros.

 

El hombre no recupera su integridad replegándose sobre sí mismo, ni alcanza su liberación sometiéndose al poder, la ciencia o el dinero. El hombre se va haciendo humano cuando se abre a la acción del Espíritu que nos pone en armonía con nosotros mismos, nos conduce al encuentro con los otros en la verdad y la paz, y nos abre a la comunicación gozosa con Dios.

 

Nada de esto se puede entender desde fuera. Cada uno debe descubrir por experiencia propia cómo la fe y la docilidad al Espíritu satura de sentido y de gozo su existencia.

 

 

DIOS-ESPÍRITU-JESÚS

Fray Marcos

 

Jn 20, 19-23

Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera.

El relato de Lucas no debemos entenderlo como una crónica periodística. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso.

Pablo aporta una idea genial al hablar de los órganos al servicio del cuerpo. Un ejemplo de lo que el Espíritu hace con todos los seres humanos, todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa cualquier forma de vida biológica.

Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que la vida mantiene organizadas y da unidad a billones de células que vibran con la misma vida. Cuando un número relativamente pequeño de células se empeña en desarrollarse al margen de esa integración, ocasionan la muerte de todas las demás y la suya propia (cáncer).

El evangelio de Juan escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lucas.

Esas distintas "venidas" nos advierten de que en realidad, Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. Está siempre en nosotros sin posible separación.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión última de la experiencia pascual.

Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su misma presencia física. Ahora era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad. Recordemos que una vez muerto, Jesús, Dios y el Espíritu son una única realidad.

De acuerdo con la teología más tradicional, la distinción entre las tres personas de la Trinidad sólo tiene efecto en sus relaciones "ad intra" es decir, en sus relaciones entre ellas mismas. Cuando se relacionan "ad extra", es decir, con el resto de la creación, se comportan siempre como UNO, Dios. Lo que los escolásticos no llegaron a vislumbrar es que no puede existir nada "extra" Dios, porque nada de lo que existe puede estar fuera de Él.

Cuando decimos 'Espíritu Santo', debemos entender Dios-Espíritu, no una entidad que anda por ahí haciendo de las suyas separada del Padre y del Hijo. Esta simple consideración evitaría la mayoría de los errores que arrastramos sobre el Espíritu Santo.

Mi relación con Dios no es la relación de un yo con un tú. Se trata más bien, de la relación de mi yo con el YO, que es la quintaesencia de mi propio yo. Ésta es la experiencia de todos los místicos.

El Espíritu es una realidad tan importante en nuestra vida espiritual, que nada podemos hacer ni decir si no es por él. Ni siquiera decir: "Jesús es el Señor" Ni decir "Abba", si no es movidos desde Él.

Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos la acción del Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen.

Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.

Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Pero sólo la persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas.

Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Volvemos a ser conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano no consiste en aceptar una serie de verdades teóricas, ni en cumplir una serie de normas morales, ni siquiera en llevar a cabo unos cuantos ritos sagrados. Todo eso no sirve de nada si no llegamos a una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser.

Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación "personal". Se atreve a llamarlo 'papá', cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre, etc.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios como Espíritu. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros llegáramos a esa misma experiencia.

El Espíritu nos hace libres. "No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre". El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante.

El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: "demonios", pecado, ley, ritos, teologías, intereses de un "yo" fenoménico, miedos..

A veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción. Se trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte.

Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando a Él. Por el contrario, Jesús dejó bien claro que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio.

"El que quiera ser primero sea el servidor de todos." O, "no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno solo es vuestro Padre, Maestro y Señor."

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En Pentecos­tés, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todo el mundo puede comprender; lo contrario de lo que pasó en Babel.

Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, "destruyendo el muro que los separaba, el odio".

Durante los primeros siglos fue el Dios-Jesús-Espíritu el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Dios-Jesús.

La pérdida de la tensión escatológica y el abandono de la vivencia, lleva a una reinterpreta­ción de lo cristiano, en términos tomados de la ética greco-romana. A partir de la paz de Constantino, el marco de la acción cristiana queda reducido y encerrado en el espacio de la Iglesia jerarquizada. Ésta deja de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica.

Es muy difícil armonizar esta presencia del Espíritu en cada miembro de la comunidad con la obediencia tal como se ha interpretado y se sigue interpretando con demasiada frecuencia. En nombre de esa falsa obediencia, se ha utilizado la autoridad para hacer personas sin voluntad propia y completa­mente dóciles a los caprichos del superior de turno.

Lo que se ha pretendido con esa obediencia es el sometimiento aberrante en provecho de la institución o de personalidades autoritarias que utilizan a Dios como instrumento de dominio de los demás. En estos casos, no es la voluntad de Dios la que se busca, sino someter a los demás a la propia voluntad.

La verdadera autoridad no se justifica por el Espíritu, sino por la necesidad de la comunidad humana. Pablo propone una comunidad enriquecida por la diversidad de sus miembros.

"Obediencia" fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a su familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: "mi alimento es hacer la voluntad del Padre."

El único camino para salir del peligro de una falsa obediencia es que entremos en la dinámica de la escucha del Dios-Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto los superiores como los inferiores, tenemos que abrirnos a la trascendencia y tratar cada día de escuchar al Espíritu y dejarnos guiar por él.

Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia en nosotros de Dios-Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias pasadas, presentes y pretéritas de los demás. Creernos por encima de los demás anulará toda escucha del Espíritu.

 

Meditación-contemplación

 

La presencia de Dios-Espíritu en nosotros es la base de toda contemplación.

El místico lo único que hace es descubrir y vivir esa presencia.

No es un descubrimiento intelectual, sino existencial.

Es tomar conciencia de que la única realidad es Dios-Espíritu en mí.

................

 

La experiencia mística es conciencia de unidad.

No porque se hayan sumado mi yo y Dios,

sino porque mi yo se ha fundido en el YO.

Todos los místicos han llegado a la misma conclusión que Jesús:

"yo y el Padre somos uno"

......................

 

No te esfuerces en encontrar a Dios ni fuera ni dentro.

Deja que Él te encuentre a ti y te transforme en Él.

Es tan sencillo como beber un vaso de agua.

Es tan difícil como alcanzar la luna.

Todo depende de la actitud del yo.

........

 

 

 ALESSANDRO PRONZATO

 

"...Estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos". Jesús encuentra a los discípulos atrincherados en casa, atenazados por el miedo, replegados sobre sí mismos masticando la propia desilusión.

El que ha hecho saltar los barrotes de la prisión de la muerte, ahora debe hacer saltar la prisión en que están atrincherados, asustados, los que van a ser mensajeros de la buena noticia.

En su ánimo la fe tomará el puesto del miedo, la paz sustituirá a la turbación. Hombres aplastados bajo el peso de la tragedia, que ha caído sobre ellos en los últimos días, serán puesto en pie, "equipados" con el poder de triunfar la fuerza del pecado. Un pelotón de gente que se obstina en mirar en dirección del pasado será proyectado hacia el futuro.

"Paz a vosotros". Es necesario precisar, como dice B. Maggioni, que "la paz y la alegría se dan únicamente al hombre que ha roto el apego a sí mismo y, consiguientemente, ya no es de ninguna manera rescatable para el mundo: la paz y la alegría nacen en la libertad, en la verdad, en el don de sí".

"Les enseñó las manos y el costado". El detalle no sirve tanto para demostrar la realidad de la resurrección, cuanto para subrayar el vínculo que une al Jesús del Calvario con el Jesús de la Pascua. Juan une estrechamente al resucitado con el crucificado. ¡El crucificado es el que ha resucitado!.

Las cicatrices de la pasión sirven, más que como un elemento apto para establecer la identidad de Jesús, para poner en evidencia la continuidad entre pasión y resurrección. La resurrección supone la cruz, no la suprime. La resurrección no es una especie de "revancha" que permita olvidar la cruz, como al despertar se disipan las imágenes de una pesadilla. La pascua no anula la pasión. Al contrario, la eterniza, dándonos la certeza de que el amor manifestado en el Gólgota permanece siempre presente en medio de nosotros (J. Perron). Jesús muestra los signos del amor que le han conducido a la cruz, para asegurar que ese amor "llevado hasta el extremo" no decaerá nunca.

Hay que subrayar también la alusión al costado, exclusiva de Juan, quien en su evangelio da mucha importancia al golpe de lanza asestado por el soldado a Jesús ya muerto. El agua y la sangre salidos del costado abierto del condenado asumen un valor simbólico preciso: indican el don del Espíritu y de los sacramentos. Por eso, aquí "el resucitado no hace otra cosa que conferir a los discípulos lo que les había conseguido en el Calvario" (J. Perron).

"... Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu santo...". La segunda escena, como decíamos más arriba, se centra en la misión de los apóstoles. Y esta misión es una continuidad con la de Cristo, que ha "partido" del Padre. El Padre ha enviado a su propio Hijo al mundo. Y el Hijo, a su vez, envía a los discípulos para que completen el designio universal de salvación.

La misión de la Iglesia, prolongación de la de Cristo (y no simple analogía), es obra del Espíritu. Solamente es posible a través del poder del Espíritu. Pero al Espíritu aquí no se le ve únicamente como "fuerza" que hace posible y fecunda la misión.

Es significativo, a propósito de esto, el verbo "exhalar", que no aparece en ninguna otra parte del nuevo testamento.

En la biblia griega aparece en dos ocasiones.

La primera vez para indicar la creación de Adán (Gn 02,07).

La segunda en la visión de los huesos descarnados y llamados a la vida (Ez 37,09). La semejanza es muy iluminadora.

Sobre todo, pentecostés se realiza el sexto día del Génesis. El acto realizado por el resucitado es un acto de creación. Asistimos, la tarde de pascua, a una nueva creación. Nace el hombre nuevo, ya no revestido con las "túnicas de piel", signo del pecado, sino con el vestido de luz y de gloria, como el resucitado. El hombre vuelve a ser "a imagen y semejanza de Dios".

Y la visión de Ezequiel introduce un elemento complementario. Simboliza la restauración, la "resurrección" de Israel como pueblo. Ya no una comunidad de muertos, sino una comunidad de vivientes. He aquí entonces que este nuevo acto creador de pentecostés asume una dimensión particular. Ya no es un acto individual, como para la creación de Adán, sino que afecta a los discípulos en su conjunto.

La creación tiene por objeto una comunidad reunida (pentecostés, en hebreo, significa literalmente "hacer asamblea", "reunirse"). "La naturaleza humana ha recibido pues su nueva creación espiritual bajo forma de Iglesia" afirma con mucho acierto Matta-el-Meskïn, padre espiritual del monasterio de San Marcario en Egipto. Y añade: "No existe individualismo en la nueva creación. De la Iglesia recibimos la naturaleza de hombre nuevo".

Por eso pentecostés es considerado la fiesta de la Iglesia, el aniversario de su nacimiento.

Y consiguientemente pentecostés es también la fiesta de la vida según el Espíritu, para aquellos que viven insertos en Cristo. Finalmente, muchos comentaristas evidencian cómo el relato de Juan tiene un tono litúrgico. Se precisa "el día primero de la semana". Nueva creación. Inauguración de un tiempo nuevo. Es el primer día de la semana. Parece entreverse una alusión al domingo cristiano.

Alguien nos descubre un esquema de celebración: saludo ("paz a vosotros"), invocación del Espíritu, fórmula de absolución. Y la presencia de Cristo reclama la mesa de la Palabra del Pan.

Detalles aparte, queda el hecho de que la asamblea que celebra realiza la presencia del Señor como el día de pascua. "En cada celebración se renueva el acontecimiento pascual, Cristo resucitado viene trayendo a sus fieles los mismos dones que la tarde de la resurrección: la alegría de su presencia, la paz, el perdón de los pecados, el poder del Espíritu para continuar en el mundo su misión" (D. Mollat).

Pero esta comunidad no goza de los dones pascuales "estáticamente", cerrada en sí misma. Esas personas son inmediatamente desalojadas, obligadas a moverse, a salir. Los discípulos pasan del miedo a la alegría y a la paz. Y parece que no tenemos tiempo de consumir tranquilamente esa paz que se nos ha ofrecido hace un momento. Se diría que la paz es arrebatada enseguida. En efecto, inmediatamente son enviados a afrontar un mundo hostil, a combatir los poderes del mal.

En una palabra: "Os doy la paz" y "Os quito la paz". Pentecostés se convierte así en la fiesta de la Iglesia que sale del temor, de la timidez, del lamento estéril. Una Iglesia que nace del poder del Espíritu no puede ser marginada. Ni tiene derecho a quejarse de ser marginada, impedida en su actuar, y de que no "cuenta". El único "bloqueo", el único impedimento es su miedo. No son los enemigos quienes la pueden "marginar", o limitar su presencia. Sólo ella puede perder su propia colocación exacta: en el centro del mundo. También los apóstoles estaban en casa por miedo a los judíos. Pero en el momento en que reciben el Espíritu, en que han sido investidos de aquel "soplo", los papeles se han invertido. Los adversarios son quienes temen esa presencia fastidiosa.

Los apóstoles no han reivindicado, preliminarmente, el reconocimiento del derecho a actuar. Han obligado a los otros a levantar acta de su acción revolucionaria. El viaje de la Iglesia -como el de los discípulos- no puede ser más que un viaje del miedo a la fe, del temor al coraje. Si se realiza al revés, ese viaje revela que la Iglesia ha perdido las huellas del resucitado.

Cuando no se sigue el impulso, los ritmos del Espíritu, entonces es cuando nos atrincheramos en casa para hacer el censo de los enemigos.

 

CARITAS

El aliento de Jesús
La fiesta de Pentecostés es la tercera gran Pascua cristiana, la tercera gran celebración liberadora. La primera fue Navidad, cuando Dios se hace humano y amigo, pobre y pequeño, cuando nos llueve y penetra la ternura, cuando nos abrimos a la esperanza, porque Dios viene a liberar a su pueblo. La segunda fue Resurrección, cuando Dios se hace espiga de primavera, vida y victoria, amor que vence toda esclavitud y toda muerte. La tercera, hoy, Pentecostés. Dios se hace aliento vivificante, fuerza insuperable, fuego de amores. Es el don del Espíritu Santo, que todo lo recrea.

-Consolador muy bueno 
Para hablar del Espíritu Santo utilizamos más los símbolos, porque su personalidad la tenemos menos definida que la del Padre o la de Jesucristo. Acudimos a los símbolos y a los efectos. No sabemos definir muy bien quién es el Espíritu, pero sentimos su fuerza, su libertad, su alegría, su vida, su amor. Es luz y fuego, brisa y viento, venero y río, nube y tormenta, aceite y perfume, sellos y arras de esperanza. La paloma que pacifica, defensor que libera, huésped que acompaña, maestro de la verdad, consolador maravilloso, abrazo que reúne a los dispersos, dador de gracias y carismas, director espiritual, pura energía de amor. La liturgia presenta himnos preciosos, cuya sola lectura son una gozada.

-Gratuidad 
Jesús compara el Espíritu con el viento. El viento es algo espiritual, que nadie puede ver, pero que se siente su fuerza y energía. «Sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene y a dónde va. Así es todo lo que nace del Espíritu» (Jn 3, 8). El Espíritu es inasible e imprevisible. Es pura libertad. Nadie puede manipularlo. Nadie puede forzar su venida o prever sus movimientos. Nadie puede conquistarlo o merecerlo. Es absoluta gratuidad. Se regala como estímulo, como paz, como alegría, como inspiración, como amor.

-Soplo de Dios 
La palabra bíblica, tanto en hebreo como en griego, para designar al Espíritu es «viento» o aliento, eso que respiramos y que nos hace vivir. Es el aliento que Dios sopló al principio sobre el barro humano: «...e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» (/Gn/02/07). Aliento de vida, soplo de Dios, que todo lo vivifica. «Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra» (/Sal/103/30). «Aliento que ya aleteaba sobre la superficie de las aguas» (Gn 1, 2) al principio de toda creación. Y es Job quien, en nombre de todo ser humano, confiesa: «El soplo de Dios me hizo, me animó el aliento del Señor» (Jb 33, 4).

-Brisa suave 
El viento unas veces es brisa suave, que alivia y refresca. Muy significativa la experiencia de Elías: «Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán...; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después... un terremoto; pero no estaba Yahveh en el terremoto. Después, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto...» (1 R 19,11-13). El Espíritu de Dios no siempre se manifiesta en los grandes acontecimientos o en experiencias apasionadas. El Reino de Dios no se parece a una gran manifestación o parada militar, sino a un grano de mostaza. Dios nació arropado por la brisa de la sencillez y la humildad. Dios puede hacerse presente en la brisa suave de una caricia, una sonrisa o una paz muy íntima. El Espíritu se puede hacer sentir en la brisa de una música callada, de un poema sencillo, de una palabra amistosa, de una persona buena.

-Fuerza invencible 
Pero el viento otras veces es impetuoso, que arrastra y eleva, venciendo todo tipo de dificultades. Es la fuerza invencible del Espíritu. También así se manifiesta y se hace presente. Muchas de las teofanías clásicas son precedidas de tormentas y vientos fuertes. «Inclinó el cielo y bajó, con nubarrones bajo sus pies; volaba a caballo sobre un querubín, cerniéndose sobre las alas del viento» (Sal 17, 10-11). El día de Pentecostés el viento del Espíritu sonó con fuerza... «Vino del cielo un ruido, como el de una ráfaga de viento impetuoso». Se trata de una experiencia fuerte, un viento que va a transformar muchos corazones, va a abrir las puertas cerradas, va a remover las losas de todos los sepulcros, va a conmocionar hasta los últimos cimientos de las estructuras humanas.

-Experiencias de fuego 
Hay efectivamente experiencias de fuego, como ésta de Pentecostés. Los discípulos se llenaron de santa energía y empezaron a hablar locos de contento. No había quien los parara, ni las presiones políticas o religiosas, ni la burla de los sabios y prudentes, ni las exigencias de las autoridades, ni el sufrimiento o la muerte.

-Caída de muros 
También el Espíritu hoy puede derramarse sobre nosotros con la fuerza de Pentecostés. Es el Espíritu que derriba los muros de la vergüenza o reconcilia a naciones y razas enfrentadas. El espíritu que fortalece a los héroes de la caridad y a los mártires por el evangelio. El Espíritu que se manifiesta en una explosión de luz o en una tormenta de lágrimas. El Espíritu que hace hablar en libertad y valentía a los profetas de todos los tiempos.

-«Exhaló su aliento»
Jesús, rebosante de Espíritu, quiso entregarlo generosamente a los suyos, evocando el soplo creador. Es algo que conmueve ver a Jesús exhalando su aliento sobre todos sus discípulos. Jesús quería transmitirles su vida más íntima, la fuente de sus ternuras y sus entregas, la inspiración de sus palabras y sus gestos, el alma de su oración y su evangelio, la fuerza de su amor, la vida de su vida, su Espíritu.

Al recibir el Espíritu de Jesús, recibían su dinamismo secreto, el que le empujaba a ser bautizado en el Jordán, o a ser tentado en el desierto, o a «hacer el bien» recorriendo los pueblos de Palestina, o a beber el cáliz de la Pasión, y el que después lo resucitó de entre los muertos. Por medio de este Aliento divino, los discípulos se sentían identificados con Jesús. Ahora ya podían entender todas sus palabras y todo su misterio. Ahora se sentían capacitados para dar testimonio de lo que habían visto y oído. Ahora ya podían prolongar y completar su obra.

-«En sintonía con él»
Jesús sigue exhalando su aliento sobre nosotros. Hace pasar su Espíritu a nuestros pulmones, para que podamos respirar en sintonía con él. Quiere decir que podemos orar la oración de Jesús, repitiendo con él constantemente el Abba; o que Jesús puede seguir renovando su oración en nosotros. Quiere decir que podemos sentir y amar como Jesús, o que Jesús puede prolongar sus sentimientos y su amor en nosotros. Quiere decir que podemos repetir las bienaventuranzas de Jesús y todo su evangelio, o que él puede seguir evangelizando a los pobres por medio de nosotros.

-Hondo y despacio
«Recibid el Espíritu Santo». Bebed el agua más pura y el vino más generoso. Bebed una y otra vez, que no se agota. Respirad el aire más limpio: oxigenaos bien con mi aliento, inspirad y exhalad bien mi Espíritu; hacedlo así, hondo y despacio, que penetre bien el oxígeno de mi Espíritu en toda vuestra sangre, que os compenetréis bien de mi Espíritu. Respiradlo bien, así, hondo y despacio, una vez y otra, indefinidamente, eternamente.

 

EQUIPO

- Cristo Resucitado nos da su Espíritu

El mejor don que nos ha hecho Cristo Jesús es su Espiritu. Es la mejor herencia que nos podía dejar. El Espiritu de la verdad y de la vida, de la alegría y de la esperanza. Cuando en el Credo decimos: "Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida", estamos refiriéndonos a este regalo que nos ha hecho Jesús, el Resucitado. Es lo que celebramos en la fiesta de hoy, con la que concluimos las siete semanas de la Pascua.

¡Qué transformación tuvo lugar en aquella primera comunidad de los apóstoles el día de Pentecostés! Hasta entonces habían sido unas personas débiles, llenas de miedo, calladas, encerradas. Aquel día, -que Lucas nos ha contado con un paralelo claro con el fuego y el viento y el fuerte sonido del monte Sinaí, cuando los judíos salieron de Egipto-, el Espiritu tomó posesión de su comunidad y la llenó de vida.

Los que permanecían callados empezaron a anunciar la Buena Noticia de Jesús, a pesar de las prohibiciones: "Se llenaron todos del Espiritu y empezaron a hablar". Los débiles mostraron una fuerza admirable y misteriosa. La comunidad se llenó de iniciativas, los ministros se decidieron a actuar con entusiasmo, empezaron a celebrarse los sacramentos que había establecido Cristo. Hemos escuchado, por ejemplo, cómo Jesús, al darles su Espíritu, les encarga que empiecen a realizar el ministerio de la reconciliación, del perdón de los pecados: "Recibid al Espiritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados". El Espiritu Santo, fuego y aliento, verdad y energía.

 

- El Espiritu sigue actuando hoy

El Espiritu sigue presente también en nuestra Iglesia y en nuestro mundo. Dispuesto a transformarnos a cada uno de nosotros y nuestras comunidades:

* el Espíritu sigue siendo el alma de la Iglesia, y la llena de sus dones, haciendo florecer la fe de tantas comunidades con nuevos y sorprendentes movimientos llenos de vitalidad,

* él es quien suscita tantos carismas en nuestra comunidad, como escuchábamos que lo hacia en la de Corinto, según san Pablo: diversidad de dones, de servicios, de funciones, para provecho de toda la comunidad, porque todos proceden del mismo Espiritu,

* él, que es el Espiritu de la verdad, ha hecho que en estos últimos decenios la Iglesia renueve su teología y su lenguaje, profundizando en el conocimiento de su propia identidad,

* el Espiritu es quien nos inspira la oración y ha movido a la Iglesia a renovar su liturgia, y sigue suscitando tantos grupos y experiencias de espiritualidad,

* él es el Espiritu del amor y por eso suscita incontables ejemplos de amor y sacrificio y búsqueda de la justicia en el mundo, en defensa de la vida y de la naturaleza, de la igualdad y de la paz,

* es el Espiritu de la unidad y por eso está despertando en todas las confesiones cristianas el deseo de la unidad ecuménica e interna,

* ¿no ha sido un soplo del Espiritu de Jesús la gran obra del Concilio Vaticano II y de tantos otros concilios o sínodos o asambleas más locales, que han vitalizado a tantas comunidades?

* ¿no es una inspiración del Espíritu la convocatoria y la preparación del próximo Jubileo del año 2000, con todo su programa de renovación?

- Da vida a nuestros sacramentos

Uno de los aspectos en que podemos recordar más provechosamente el protagonismo del Espiritu, en nuestra vida cristiana, es el de los sacramentos.

Todos los sacramentos, que emanan del Señor Jesús Resucitado, nos resultan posibles por la acción de su Espiritu: en el Bautismo nos da nueva vida, en la Confirmación nos renueva su fuerza para que podamos ser buenos testigos de Cristo en el mundo, en la Eucaristía es él quien convierte el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo y a nosotros también nos quiere transformar en el Cuerpo de Cristo, en la Penitencia nos reconcilia con Dios, en la Unción de enfermos alivia nuestro dolor y nos fortalece en un momento tan delicado de nuestra existencia, en el Matrimonio bendice y llena de su amor a los novios, en el sacramento del Orden regala a su comunidad ministros que representen a Cristo y puedan predicar y perdonar y orar y ser buenos pastores como él. Todo lo que toca el Espiritu, que es fuego, queda convertido en fuego. Todo lo que riega el Espiritu, que es agua viviente, prospera y da fruto. Todo lo que recibe el aliento del Espiritu, que es el soplo de Dios, queda lleno de vida.

La fiesta de hoy, Pentecostés, debería notarse en cada uno de nosotros y en nuestra comunidad como un aumento de vida y de entusiasmo. Terminan los días de la Pascua, pero el Señor Resucitado nos ha dejado su mejor herencia: su Espiritu. Se tiene que notar que creemos en él y nos dejamos animar por él.

 

ELVIRA

 

«EL MOVIMIENTO SE DEMUESTRA...».

«El movimiento se demuestra andando». Eso parecen pregonar las tres lecturas de hoy. Lucas, en los Hechos, comienza retratando la actitud «extática» de los Apóstoles: «Estaban juntos el día de Pentecostés». Es una imagen detenida. Pero, con la irrupción del Espíritu -ruido, viento, fuego-, aquella imagen comienza a moverse: «empezaron a hablar en lenguas extranjeras; y todos, mesopotamios, judíos, capadocios, entendían las maravillas de Dios en su propia lengua». Era, pues, una Iglesia en marcha. San Pablo, en su carta a los corintios, viene a decir lo mismo: «Sin la acción del Espíritu, nadie es capaz de decir, ni siquiera, que Jesús es el Señor». Al revés, con la ayuda y bajo la acción de El, «que obra todo en todos», «hay diversidad de dones y de servicios», con los que debemos trabajar «para el bien común».

En cuanto al evangelio, ya véis a Jesús. Después de enseñarles las condecoraciones ganadas -las «llagas de las manos y el costado»-, «exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: "Como el Padre me ha enviado, así os envío yo."» Ese es el tema: «Mittere». Significa «enviar». Lo saben todos los alumnos de BUP. Y deben saberlo todos los cristianos. Somos, por el Espíritu, «enviados», «misioneros». Nuestro arzobispo nos ha recordado a los sacerdotes que, en esta fecha, debemos sensibilizar a los seglares en su compromiso de corresponsabilidad y de urgencia evangelizadora. Efectivamente. Sobre todos los cristianos -sean del Ponto o de Galacia-, ha descendido el Espíritu y es menester que, impulsados por El, hablemos en todas las lenguas.

LA LENGUA DE LA PALABRA, POR SUPUESTO.-¿Nunca te has planteado, amigo, ser «catequista», portavoz de la Palabra a través de tu fe, para caminar y ayudar a caminar a «otros» en el itinerario cristiano?

LA LENGUA DEL TESTIMONIO.-Ese saber entregarnos cada día a nuestras propias obligaciones puede convertirse, no lo dudéis, en el claro espejo en el que muchos, «al ver vuestras buenas obras, glorifiquen al Padre que está en los cielos».

LA LENGUA DE NUESTRO SABER SUFRIR.-El domingo pasado recordábamos al «enfermo», al que lleva en su cuerpo o en su espíritu los estigmas de alguna Pasión. Los adelantos modernos no nos han librado, no, ni nos librarán, de nuestra condición de «siervos dolientes». Pues, bien, el aprender a llevar con elegancia nuestra cruz, puede ser un modo de hablar en distintas lenguas.

LA LENGUA DE LA COMPRENSIÓN Y DEL ACERCAMIENTO.-Frente a una sociedad que crece cada vez más en actitudes individualistas, una sociedad en la que hemos aprendido a «aislarnos», yendo incluso por la calle con nuestros propios auriculares escuchando nuestra personal melodía, ausentes de lo que en nuestro entorno «se cuece», el Espíritu nos está impulsando, o tratando de impulsarnos si le dejamos, a curtirnos en eso de «llorar con el que llora y reír con el que ríe».

LA LENGUA, FINALMENTE, DEL RESPETO.-Porque también con el respeto podemos llegar a los de Frigia y Pamfilia. No es menester que todos piensen como yo. En cambio, sí es menester que yo piense que, quienes van por otro camino, por alguna razón que yo no entiendo van. Y hay que respetarla. Caminando, pues que es «gerundio». Ya que «el movimiento, se demuestra andando».

 

 

Fray Cesar Valero

·                Habitados por la vida de Dios

El mismo Espíritu por el que Jesús fue engendrado, el mismo que le impulsó a ser y obrar cuanto se verificó en su persona, está ahora en y con los suyos, porque Él nos lo ha dado. El Espíritu de Dios vive en nosotros desde el día de nuestro “Pentecostés personal”, que fue el de nuestro bautismo. Y también forman parte de este “Pentecostés personal” cada celebración sacramental; cada momento de encuentro personal, profundo e íntimo, con el misterio de Dios.

Es esta presencia del Espíritu de Dios en nosotros la que va creando la imagen del “hombre nuevo” que se expresa en la confianza inquebrantable en la acción poderosa y salvífica de Dios, que nos hace libres y aleja de nosotros cualquier temor. Fiesta de Pentecostés, fiesta para renovar la certeza de que en Cristo Jesús encontramos la razón para nuestra confianza; lo cual nos permitirá caminar por la vida serenos y confiados.

Habitados por la vida de Dios para dar a nuestro alrededor los frutos propios de su amor. El Espíritu de Dios es impulso, aliento, para la construcción de un mundo nuevo marcado por este amor que no conoce fronteras, que hace de todos una gran familia de hermanos, sin fronteras ni exclusiones de cualquier tipo.

 

·                Espíritu y construcción de un mundo nuevo

El discurso programático del Señor Jesús lo recoge San Lucas en el capítulo cuarto de su evangelio. El Espíritu le impulsa a verificar un cambio decisivo en la marcha de la historia. Un cambio que está expresado en el hecho de ser buena noticia para todos los marcados por algún tipo de sufrimiento: pobres, cautivos, oprimidos, ciegos.

Desgraciadamente el sufrimiento sigue ahí, basta que abramos los ojos y miremos a nuestro alrededor. Hoy también nosotros somos ungidos para anunciar a todos con nuestra vida atenta y servicial a cualquier necesidad que ha llegado el tiempo de la gracia, de la salvación, de la salud y de la dignificación para todos los abatidos y excluidos de ésta denominada sociedad del bienestar. Sólo quien sigue este gesto de amor liberador mantendrá viva la fidelidad al Espíritu que el Señor nos da y podrá construir esta humanidad nueva que Jesús inauguró y que su Iglesia mantiene y ha de hacer crecer.

 

·                Espíritu y Testimonio

Llenos del Espíritu Santo los apóstoles se pusieron a hablar de lo acontecido en la persona de Jesús de Nazaret. Y le presentaron como el Nombre sobre todo nombre, como el que inaugura y afianza nuestra esperanza, como el único que nos puede salvar.

Pese a tantos y tan espectaculares logros como la humanidad ha conseguido, pervive en nosotros la sensación de estar perdidos, necesitados de ayuda, de orientación y luz. 

El Espíritu nos ha sido dado para hacernos testigos de Cristo Jesús en quien descubrimos el sentido pleno y el fundamento de cuanto existe. Testigos que avalan su palabra con gestos de vida. La VI Asamblea Nacional de Superiores de 1999 ofrecía en su documento final la siguiente reflexión:

“Empezamos el siglo XXI con el enorme desafío de hacer un mundo realmente unido y no sólo artificialmente comunicado... Mantenemos nuestro compromiso de anunciar el Evangelio en cualquier lugar de la tierra, conscientes de que Jesucristo es un don para todos y de que la misión está todavía en sus comienzos. Nos empuja el Espíritu del Resucitado. Nos alienta el testimonio de muchos de nuestros hermanos, algunos de los cuales han sellado la misión con su sangre”.

 

OCARM

 

Lectura 

a) Para situar el pasaje en su contexto: 

Los pocos versículos que nos ofrece la liturgia hoy para la meditación, pertenecen al gran discurso de despedida dirigido por Jesús a sus discípulos antes de la Pasión, que Juan prolonga desde el cap. 13, 31 hasta el final del cap. 17. Jesús comienza a hablar aquí de las consecuencias inevitables del seguimiento y de la opción de fe y de amor por Él; el discípulo debe estar pronto a sufrir persecución por parte del mundo. Pero en este combate, en este sufrimiento, hay un Consolador, un Defensor, un Abogado, que testimonia por nosotros y nos salva: el don del Espíritu ilumina los acontecimientos humanos del discípulo, y lo llena de esperanza viva. Él ha sido enviado para hacernos comprender el misterio de Cristo y para hacernos partícipes del mismo.  b) Para ayudar en la lectura del pasaje 15, 26-27: 

Jesús anuncia el envío del Espíritu Santo, como Consolador, como Abogado defensor; será el que actúe en el proceso acusatorio que el mundo hace contra los discípulos de Cristo. Será Él, el que los haga fuertes en la persecución. El Espíritu da testimonio ante el mundo respecto al Señor Jesús; Él defiende a Cristo, contestado, acusado, rechazado. Pero, es necesario también el testimonio de los discípulos; el Espíritu debe servirse de ellos para proclamar con poder al Señor Jesús en este mundo. Es la belleza de nuestra vida convertida en testimonio de amor y fidelidad a Cristo. 16, 12: Jesús coloca a sus discípulos - y por lo tanto a nosotros - frente a su condición de pobreza, de incapacidad, por la cual no les es dado comprender muy bien, ni las palabras de Jesús, ni las palabras de la Escritura. Su verdad es todavía un peso, que no pueden recibir, sostener y llevar. 16, 13-15: En estos últimos versículos, la Palabra de Jesús revela a los discípulos cuál será la acción del Espíritu en ellos. Será Él el que los lleve hasta la verdad completa, es decir, les hará comprender el misterio de Jesús en su totalidad, en la totalidad de su verdad. Él guiará, revelará, anunciará, iluminará, dándonos a nosotros, discípulos, las mismas palabras del Padre. Y así, seremos conducidos al encuentro con Dios; se nos hará capaces, por gracia, de comprender la profundidad del Padre y del Hijo. 

Algunas preguntas 

a)             “Cuando venga el Paráclito”. Jesús me pone frente a una realidad bien concreta; Él abre ante mí, un tiempo nuevo, un tiempo distinto y me dice que existe una espera en mi vida. Está para llegar el Paráclito, el Espíritu Santo. ¿Por qué, Señor, te he esperado tan poco, por qué ha sido tan frágil, tan hipócrita, mi atención hacia Ti? Tú mandas a Alguien a buscarme, y ni tan siquiera me doy cuenta, ni tan siquiera muestro interés. 

b)            “También vosotros daréis testimonio”. Jesús afirma esto, dirigiéndose a los discípulos de entonces y de ahora. Me habla y me dice: “También tú darás testimonio”. Tengo miedo, tú lo sabes. ¿Por qué dar la cara ante todos: a mis compañeros de colegio, de universidad, de equipo, a mis amigos, que me invitan a salir con ellos? ¿Por qué este esfuerzo? ¿No puedo ser cristiano igualmente? ¡Tú eres mi principio y mi fin; tú eres mi entera existencia! ¿Cómo es, Señor, que no doy testimonio? ¿Cómo puedo continuar así? 

c)             “Os guiará hasta la verdad completa”. Siempre he programado mis cambios, mis decisiones de cambio: siempre me las he arreglado bien solo. Y ahora, Señor, tú me dices que otro me guiará. No es una elección fácil, te lo confieso. Pero, deseo probar, deseo acogerte, ¡oh Tú, que eres el Amor, que yo me deje aferrar por tu Espíritu! ¿Me llevará al desierto, como hizo contigo? (cf. Lc 4,1) ¿Abrirá mi vida, como abrió el seno de la Virgen María? (Lc 1,35) ¿Me invadirá como hizo con Pedro, con los otros, con cuantos creyeron en la predicación, como narran los Hechos de los Apóstoles? No sé lo que me sucederá, pero deseo decirte que sí. 

Una clave para la lectura 

El Espíritu Santo Paráclito

               En un primer momento, este término puede sonar un poco raro; me confunde, me desorienta. Sé que es una palabra griega bastante extendida ya en la antigüedad, un poco en todo el mundo mediterráneo. San Juan la utilizó un poco más arriba, diciendo: “Yo rogaré al Padre y Él os dará otro Paráclito, para que permanezca en vosotros para siempre” (Jn 14, 16) y revelando que el Espíritu viene a consolar, a permanecer junto a nosotros, a defender, a proteger. Aquí, sin embargo, en este versículo, parece que emerge otro significado un tanto diverso: el Espíritu Santo se presenta a nosotros como el Abogado, es decir, el que está junto a nosotros en el juicio, en las acusaciones, en el tribunal de la persecución. Lo sabemos, toda la historia, incluso la de nuestros días, lleva en su corazón la acusación, el desprecio, la condenación hacia el Señor Jesús y hacia cuantos lo aman. Es la historia de cada día de todos. En el banco de los acusados, junto a Jesús, nos sentamos también nosotros. Pero no estamos solos. Tenemos un Abogado. El Espíritu del Señor viene y actúa en el juicio en nuestro favor: habla, da testimonio, trata de convencer y de probar. Es inmensa su obra en medio de nosotros y en favor de nosotros. Junto al Padre, nuestro Abogado es Jesús, como escribe Juan en su Primera Carta (1 Jn 2, 1); pero ante el mundo, nuestro Abogado es el Espíritu, que Él nos envía desde el Padre. No debemos preparar antes nuestra defensa (Lc 21, 14), pensando que podremos disculparnos por nosotros solos, sino que debemos dejar un espacio al soplo del Espíritu Santo dentro de nosotros, dejar que sea Él el que hable, el que diga, el que pruebe. También Pablo tuvo que hacer esta dura experiencia; lo escribe en su Segunda Carta a Timoteo: “En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon ” (2 Tim 4, 16). Y es así: no hay defensa para nosotros, ni inocencia, ni liberación, ni excarcelación verdadera, si no es en relación íntima con el Espíritu del Señor. Él se nos envía, para que podamos dejarnos arrebatar por su presencia, como en un abrazo, como en una relación íntima e intensa de amistad, de confianza, de abandono y de amor. 

El testimonio 

               Empiezo a comprender, cuando continúo acogiendo las palabras de este evangelio en mi corazón, que la relación de nosotros, discípulos, con el Espíritu Santo tiene por finalidad el hacernos capaces de dar nuestro testimonio de Jesús. Se nos une indeciblemente al Espíritu Santo, somos aferrados por Él, atraídos por su fuego, que es el Amor recíproco del Padre y del Hijo, para que podamos nosotros iluminar también, ser fuente de amor en este mundo. Dar testimonio significa atestiguar con claridad, dando pruebas de ello. En primer lugar es el Espíritu Santo el que realiza este testimonio, continuamente, en todo lugar, en todo tiempo; Él actúa con potencia en nosotros y alrededor de nosotros. Él es el que mueve los corazones. Él es el que cambia nuestros pensamientos altaneros y endurecidos, el que une, el que reconcilia, el que impulsa al perdón y a la unión; más aún, es Él el que cura el alma, la psiche, el cuerpo y el corazón enfermos. Él es el que enseña, amaestra y hace dóciles, el que nos hace sabios, sencillos, pobres y puros. Da testimonio del Señor Jesús, el Salvador, a través de todas estas operaciones, toques leves de amor y comunión sobre nuestras tierras áridas y secas. Él da testimonio del Crucificado, del Sufriente por amor; pregona al Resucitado, que derrotó a la muerte para siempre; testimonia del Viviente, del Glorificado, de Aquél que está con nosotros hasta el final de los tiempos. Este es el testimonio. El Espíritu lo introduce en este mundo, nos lo trae; no podemos quedar indiferentes, continuar somnolientos, eligiendo un poco de aquí y otro poco de allá. Él es la verdad. Y, solamente hay una verdad: la de Dios, su Hijo Jesucristo. Estamos llamados a testimoniar todo esto, es decir, a poner y empeñar nuestra vida por amor a esta verdad. Testimoniar es convertirse en mártires, por amor. No solos, ni por nuestra fuerza, ni por nuestra sabiduría. “También vosotros daréis testimonio”, dice Jesús. Nuestro testimonio solamente puede subsistir dentro del testimonio del Espíritu Santo; no son testimonios paralelos, sino vidas fundidas juntas: la del Espíritu y la nuestra. Esto se realiza delante de los infinitos tribunales del mundo cada día. Nuestra vida se convierte, entonces, en un lugar sagrado, casi en un santuario, del testimonio al Señor Jesús. No se trata de realizar grandes obras, o demostrar sabiduría e inteligencia, atraer muchedumbres; no, solamente basta una cosa: decir al mundo que el Señor está vivo, que está aquí en medio de nosotros y que anuncia su misericordia, su amor infinito. 

El Padre 

               El contacto con el Espíritu Santo, el dejarse abrazar e invadir por Él, nos lleva al Señor Jesús; nos conduce hasta su corazón, hasta la fuente de su amor. Desde allí nosotros alcanzamos al Padre, recibimos al Padre. No teníamos nada, no hemos podido traer nada con nosotros al venir a este mundo, y ahora, ¡he aquí que somos colmados de dones! Imposible poder contenerlos todos. Hace falta dejar rebosar el recipiente, dejarlo salir, hacia los hermanos y hermanas que encontremos, e incluso, dejarlo que florezca apenas en brevísimas experiencias de vida. El Espíritu habla de Jesús y utiliza las palabras del Padre; Él nos repite lo que oye en el seno del Padre. El Padre es su morada, su casa; viniendo a nosotros, el Espíritu trae su impronta, el sello de aquella morada, de aquel lugar de comunión infinita, que es el seno del Padre. Y nosotros comprendemos muy bien, que aquella es nuestra casa; reconocemos el lugar de nuestro origen y de nuestro fin. Descubrimos, al recibir el Espíritu de Jesús, que también nosotros venimos del Padre, que nacemos de Él y vivimos en Él. Si nos buscamos a nosotros, si deseamos encontrar el camino, el sentido de nuestra vida, todo está escrito en las palabras que el Espíritu pronuncia para nosotros, dentro de nosotros, respecto a nosotros. Hace falta hacer un gran silencio, para poderlo escuchar, para comprenderlo. Hace falta volver a casa, pensar en nuestro Padre y decir dentro de nosotros: “Sí, ¡basta ya! He vagado demasiado tiempo lejos y me he perdido… Volveré a mi Padre”. Contemplo cuántas maravillas puede obrar el Espíritu de la verdad, que mi Señor Jesucristo me envía desde el Padre. No será Pentecostés, si no me dejo aferrar por Él, ser llevado con Él hasta el seno del Padre, donde ya me espera el Cristo, donde ya está encendido para mí el fuego del Espíritu Santo. 

Un momento de oración 

Salmo 68 (La ternura del Padre es la morada del pobre) 

Rit. ¡Abbà Padre, soy tu hijo!

Pero yo te dirijo mi oración, Yahvé, en el tiempo propicio: por tu inmenso amor respóndeme, oh, Dios, por la verdad de tu salvación. 

¡Respóndeme, Yahvé, por tu amor y tu bondad, por tu inmensa ternura vuelve a mí tus ojos; no apartes tu rostro de tu siervo, que estoy angustiado, respóndeme ya; acércate a mí, rescátame, líbrame de mis enemigos! 

Celebraré con cantos el nombre de Dios, lo ensalzaré dándole gracias; Lo han visto los humildes y se alegran, animaros los que buscáis a Dios. Porque Yahvé escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos. 

¡Alábenlo, los cielos y la tierra, el mar y cuanto bulle en él! Pues Dios salvará a Sión, reconstruirá los poblados de Judá: la habitarán y la poseerán; la heredará la estirpe de sus siervos, en ella vivirán los que aman su nombre. 


 

DOMINGO DE PENTECOSTÉS
Solemnidad

Misa del día

Antífona de entrada     Sab 1, 7
El Espíritu del Señor llena la tierra,
y él, que mantiene unidas todas las cosas,
sabe todo lo que se dice. Aleluia.

O bien:     Rom 5, 5
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado. Aleluia.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro, que por el misterio de esta fiesta
santificas a tu Iglesia extendida entre las naciones,
derrama sobre toda la tierra los dones del Espíritu Santo,
e infunde en el corazón de tus fieles las maravillas
que obraste en los comienzos de la predicación evangélica.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo.

Oración sobre las ofrendas

Señor y Dios nuestro,
concédenos, según la promesa de tu Hijo,
que el Espíritu Santo nos revele con más claridad
el misterio de este sacrificio
y nos manifieste toda su verdad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


PREFACIO:

El misterio de Pentecostés

V. El Señor esté con ustedes
R. Y con tu espíritu.

V. Levantemos el corazón.
R. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno.

Para llevar a su plenitud el misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre aquellos que habías adoptado como hijos,
haciéndolos partícipes de la Vida de tu Hijo Único;
el mismo Espíritu que, al nacer la Iglesia,
dio a todos los pueblos el conocimiento del Dios verdadero,
y unió a las diversas lenguas en la confesión de una sola fe.

Por eso, con esta efusión del gozo pascual
el mundo entero desborda de alegría
y también los coros celestiales
cantan un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor
Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Cuando se utiliza el Canon romano, se dice Reunidos en comunión propio. En las Plegarias eucarísticas II y III se utilizan los elementos propios.

Antífona de comunión     Hech 2, 4.11
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,
y proclamaban las maravillas de Dios. Aleluia.

Oración después de la comunión
Señor Dios, que concedes a tu Iglesia los bienes del cielo,
conserva en ella la gracia que le has dado,
para que el Espíritu Santo sea siempre nuestra fuerza,
y esta eucaristía nos sirva para la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede impartirse la bendición solemne.

Para despedir al pueblo, el diácono o el mismo sacerdote, dice:

Pueden ir en paz, aleluia, aleluia.
 
R. Demos gracias a Dios, aleluia, aleluia.

 


 

 MISA DEL DÍA


Todos quedaron llenos del Espíritu Santo,
y comenzaron a hablar

Lectura de los Hechos de los apóstoles     2, 1-11

    Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.
    Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían:
    «¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.»

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

R. Señor, envía tu Espíritu
y renueva la faz de la tierra.


Bendice al Señor, alma mía: 
¡Señor, Dios mío, qué grande eres!
¡Qué variadas son tus obras, Señor! 
la tierra está llena de tus criaturas! 
R.

Si les quitas el aliento, 
expiran y vuelven al polvo. 
Si envías tu aliento, son creados, 
y renuevas la superficie de la tierra. 
R.

¡Gloria al Señor para siempre, 
alégrese el Señor por sus obras! 
que mi canto le sea agradable, 
y yo me alegraré en el Señor. 
R.


Todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu
para formar un solo Cuerpo

Lectura de la primera carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 3b-7. 12-13

Hermanos:
    Nadie puede decir: «Jesús es el Señor», si no está impulsado por el Espíritu Santo.
    Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común.
    Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.

Palabra de Dios.


SECUENCIA

Ven, Espíritu Santo,
y envía desde el cielo
un rayo de tu luz.

Ven, Padre de los pobres,
ven a darnos tus dones,
ven a darnos tu luz.

Consolador lleno de bondad,
dulce huésped del alma
suave alivio de los hombres.

Tú eres descanso en el trabajo,
templanza de la pasiones,
alegría en nuestro llanto.

Penetra con tu santa luz
en lo más íntimo
del corazón de tus fieles.

Sin tu ayuda divina
no hay nada en el hombre,
nada que sea inocente.

Lava nuestras manchas,
riega nuestra aridez,
cura nuestras heridas.

Suaviza nuestra dureza,
elimina con tu calor nuestra frialdad,
corrige nuestros desvíos.

Concede a tus fieles,
que confían en tí,
tus siete dones sagrados.

Premia nuestra virtud,
salva nuestras almas,
danos la eterna alegría.


ALELUIA

Aleluia.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles
y enciende en ellos el fuego de tu amor.
Aleluia.


EVANGELIO

Como el Padre me envió a mí,
yo también los envío a ustedes:
Reciban el Espíritu Santo

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     20, 19-23

    Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con la puerta cerrada por temor a los judíos. Entoces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes!»
    Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.
    Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes.» Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió «Reciban al Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan.»

Palabra del Señor

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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