Domingo 11 Tiempo Ordinario
Liturgia Viva del XI Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver Ef 3:20-21)
“Gloria al Padre, cuyo poder actúa en nosotros
y que puede realizar infinitamente más
de lo que pedimos o imaginamos.
A él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús.”
Que este Señor Jesús esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu espíritu.
Introducción por el Celebrante
1. Paciencia: Éstas Son Solo Semillas
Vivimos en un tiempo en el que se espera siempre eficiencia y resultados inmediatos. Pero una planta o un árbol necesita tiempo para crecer; y las relaciones humanas no pueden construirse, ni nuestros problemas resolverse, de la noche a la mañana. También la gente necesita tiempo para crecer y cambiar. Afortunadamente, Dios es paciente con nosotros. Pero nosotros debemos ser pacientes unos con otros y, con la ayuda de Dios, permitir a los demás, a la Iglesia, al Reino de Dios de justicia, amor y paz, el tiempo necesario para crecer. Nosotros justamente podemos solo sembrar la semilla y, a continuación, esperar con confianza. Si sembramos buena semilla, ciertamente crecerá. Jesús nos asegura que brotará y que dará fruto.
2. Mientras el Labrador Duerme
Después de preparar la tierra con todo cuidado, ¿qué puede hacer el labrador una vez que ha sembrado la semilla? No puede hacer más que azadonar y arrancar las malas hierbas. Y luego esperar pacientemente hasta el tiempo de la cosecha. Jesús sembró la semillas de amor y justicia, pero los resultados se mantienen pobres. Sin embargo nosotros perseveramos pacientes, como Dios es paciente, y no nos rendimos. El Reino florecerá. Mientras tanto, cada uno de nosotros es una semilla, con poder para crecer. Tengo que llegar a ser un árbol y hacer crecer las ramas en las que otros pueden encontrar abrigo y protección. Con la ayuda de Dios debo llegar a ser un árbol que limpia el aire sofocante de forma que otros puedan respirar y vivir.
Con Jesús le damos ahora gracias a Dios por ser tan paciente con nosotros, y le pedimos que sepamos ser pacientes también con nosotros mismos.
Acto Penitencial
Con demasiada frecuencia hemos sido impacientes
con nosotros mismos, con los otros, con nuestro mundo.
Que el Señor sea paciente con nosotros y nos perdone.
(Pausa)
Señor Jesús: tú nos concedes a cada uno
tiempo para madurar en nuestra fe:
Señor, ten piedad de nosotros.
R / Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús: tú das a tu Iglesia tiempo
para crecer en unidad y en espíritu de servicio.
Cristo, ten piedad de nosotros.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús: tú das a nuestro mundo tiempo
para crecer en paz y justicia:
Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Sé paciente con nosotros, Señor, y perdónanos
todos los pecados que hemos cometido contra ti
y contra los otros, nuestros hermanos.
Llévanos en esperanza a la vida eterna. R/ Amén.
Colecta
Oremos para que demos tiempo a la semilla para crecer.
(Pausa)
Controla, Señor, nuestra impaciencia
cuando tratamos de imponer
tu verdad, tu justicia y tu paz
sobre una Iglesia y un mundo
quizás no dispuestos todavía para acogerlas.
Que en nuestro desaliento e impotencia
aprendamos a aceptar
que todo verdadero crecimiento viene de ti.
Nosotros solo podemos sembrar la semilla,
y tú la haces brotar y crecer
hasta llegar a ser un gran árbol
que nos posibilite dar abrigo y cobijar a todos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/ Amén.
Primera Lectura: Un Pequeño Retoño es Suficiente para Dios (Ez 17:22-24)
Del pequeño Resto de Israel, Dios hará surgir para sí un nuevo pueblo.
Segunda Lectura: Confiamos en el Señor (2 Cor 5:6-10)
En las tensiones de una vida vivida desde la fe, un cristiano se esfuerza por vivir cercano a Cristo, preparándose para el encuentro definitivo con el Señor.
Evangelio: Una Minúscula Semilla llega a Ser un Gran Arbusto (Mk 4:26-34)
Dios es activo y dinámico, a pesar de las apariencias. Su palabra dará fruto. A pesar de sus humildes comienzos, el Reino de Dios sobrepasará todas ls expectaciones.
Intercesiones Generales
La minúscula semilla necesita tiempo para llegar a ser una planta. Es el Señor quien da la fuerza para crecer. Oremos a Dios y digamos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que la diminuta chispa de fe, todavía viva en los corazones de muchos que abandonan la Iglesia, no se apague totalmente, sino que crezca de nuevo y sea una luz brillante que les guíe a Dios y a sus hermanos, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que la tímida semilla de paz, sembrada en tantas partes del mundo en guerra, crezca de nuevo en un esfuerzo floreciente de diálogo, humildad y mutuo entendimiento, para que podamos ver con gozo el fin de las guerras y los conflictos civiles, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que nuestras escuelas implanten en los corazones de nuestros jóvenes la semilla de la fe y del amor generoso y servicial, y que el Señor bendiga a los educadores que colaboran en esta tremenda tarea, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que los misioneros sigan sembrando la semilla de la alegre Buena Noticia del Señor en nuestro mundo, que con frecuencia se muestra indiferente y hostil al evangelio, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que las personas inspiradas por el Espíritu de Dios no se desalienten ni se cansen de sembrar la semilla de la justicia y del amor en comunidades y entre las naciones, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Que las semillas del compartir y de la unidad sigan creciendo en nuestras comunidades cristianas, hasta que lleguen a ser un solo corazón y una sola mente en el Señor, que las reúne en esta mesa de la eucaristía, oremos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu Reino.
Señor, sé paciente con nosotros, y da a las semillas que tu Hijo ha plantado en nuestros corazones el tiempo y la fuerza para crecer, y para alcanzar un día la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre paciente y todopoderoso:
traemos ante ti estos frutos: el pan y el vino,
que han crecido de pequeñas semillas de trigo
y de pequeños brotes de la vid.
Por el poder de tu Espíritu
ellos se convertirán en el cuerpo y sangre de Jesús,
tu Hijo entre nosotros.
Que la semilla de su vida y de su mensaje
dé mucho fruto en nosotros, tu pueblo,
y nos haga ser el cuerpo místico de Cristo para el mundo,
Y que la confianza y la esperanza crezca entre nosotros. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias al Padre porque se ha hecho compañero nuestro en nuestra historia humana por medio de Jesucristo su Hijo.
Invitación a la Oración del Señor, el Padre Nuestro
Con Jesucristo oremos en esperanza
para que el Reino de Dios venga a nosotros
aunque nos parezca lento su crecimiento. R/ Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
especialmente del pecado y del desaliento.
Danos tu clase de paz, justicia y amor,
ya que la nuestra está demasiado marcada
con soberbia y egoísmo.
Mantén nuestra esperanza
y garantízanos que,
siguiendo tu propio calendario,
llevarás un día a buen término
el trabajo que has comenzado en nosotros,
mientras esperamos con alegría
la venida final de nuestro Salvador, Jesucristo. R/ Tuyo es el Reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, nuestro Salvador,
la semilla sembrada entre nosotros
que murió, pero que resucitó de entre los muertos.
Dichosos nosotros al poder recibirle ahora en comunión
y crecer cristianamente por medio de él. R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Al mirar nuestros esfuerzos
y la obra de Dios en nosotros,
lo que necesitamos es paciencia,
junto con un sentido de humilde modestia.
Nuestros esfuerzos ciertamente no son inútiles,
pero cuando intentamos hacer
el trabajo de Dios o de su Reino
tenemos que recordar y respetar siempre
que Dios es el protagonista y primer agente en todo esto:
él planta, él hace crecer, él recogerá la cosecha.
Pero él espera también
que nosotros colaboremos seriamente con él.
Que el Señor les bendiga a ustedes por esta tarea:
el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo. R/ Amén.
Podemos ir en la paz del Señor
y que nuestra esperanza en él nos sostenga siempre.
R/ Demos gracias a Dios.
El Reino de Dios.
Todo tiene su tiempo y su lugar. Recuerdo, cuando era niño, “la fruta de temporada”. Había productos que solo se podían conseguir en determinadas épocas del año. Eran otros tiempos. En esta era de la globalización todo está disponible siempre. Tiene sus cosas buenas, claro, pero… Y además lo queremos todo al instante. Si la entrega de un pedido se dilata más de dos días, ya nos parece mucho. Vivimos demasiado rápido.
En tiempos de Jesús la vida tenía otra cadencia. El ritmo lo marcaba la naturaleza, la jornada comenzaba cuando clareaba el día y se terminaba cuando oscurecía. Era otra cosa. Muy diferente. Aunque las preguntas más básicas ante la vida, seguramente, serían las mismas. Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos… Qué pasará mañana. Cómo nos tratará el destino.
Y, ante el mensaje de Jesús, la Buena Nueva del Reino, también habría dudas, preguntas, estarían muy despistados, ante la novedad de esa realidad misteriosa de la que hablaba Cristo. Alguna intuición tendrían, verían que Jesús creía en lo que decía, pero es posible que se les escaparan muchas cosas. A nosotros, veintiún siglos después, sabiendo lo que pasó realmente, no siempre nos resulta fácil entender todo. Es normal que los coetáneos del Maestro tuvieran toda clase de representaciones del Reino, quizá a cada cual más extraña, porque el Reino era y es algo misterioso. Algo difícil de entender.
Jesús tiene contacto con las dos orillas, la de Dios y la de los hombres, por eso se convierte en puente entre los dos mundos. Sabía lo que era el Reino de Dios, y sabía también lo que pensaban los hombres, lo que podían entender y lo que les resultaba más difícil. Por eso, seguramente, usa los ejemplos que hemos escuchado, para ir de lo que ya conocían, lo mundano, lo del campo, a lo que resultaba más complicado, misterioso, lo del Reino. De las semillas a los árboles. De las plantas a los frutos.
Así, ese milagro a cámara lenta, a tiempo lento, que es el crecimiento de la semilla pasando desde la brizna primera que asoma sobre la tierra, hasta la caña o tallo, y llegando a la espiga y el grano. Sí, es un milagro, pero tiene lugar a cámara lenta. Llevados quizá de la impaciencia querríamos que el fruto apareciera de repente, pero hemos de saber respetar los ritmos de las cosas, su marcha sin prisa y sin pausa. Lo mismo que la semilla grana, así la semilla del Reino granará.
No sabemos cómo, pero Dios llevará a buen término esa frágil promesa que es una semilla. A los impacientes por ver el Reino de Dios instalado inmediatamente en la tierra Jesús les decía: yo siembro y confío; yo siembro y lo demás lo dejo en las manos de Dios, con la absoluta certeza de que habrá cosecha. Esa es la tarea del creyente. Trabajar y confía, obrar como si todo dependiera de nosotros, sabiendo que todo depende de Dios.
Otros, quizá el mismo Pedro, o Simón el Zelota, o alguno de los seguidores a tiempo discontinuo, podían pensar que el pequeño grupo de Jesús era impotente, no tenía medios para cambiar el mundo. No curaba a todos los leprosos, no resucitaba a todos los muertos, no daba de comer a todos los hambrientos… De nuevo Jesús usa un ejemplo que, probablemente, todos conocían en su tiempo. El grano de mostaza, parece, es del tamaño de una cabeza de alfiler, más o menos. En ese estado, es increíble que un pájaro pueda encontrar reposo en él. Y, sin embargo, de ese pequeño grano surge una planta en la que anidan las aves. Si eso pasa en el mundo, cuánto más puede suceder en el orden sobrenatural.
Es verdad que nos cuesta tener la paciencia y la profundidad para poder apreciar todo esto. Vemos lo que queremos ver, los prejuicios y las (malas) experiencias nos limitan la visión. Tenemos que aprender a mirar la vida con otros ojos, para poder ver los “pequeños milagros de la vida diaria”. Lo que sucede en la naturaleza, y lo que pasa en nuestras vidas. Se trata de ver todo como lo veía Jesús, que podía decir: “yo siembro, yo confío”. Que nuestras acciones sean también portadoras de vida, que sepamos llevar la semilla allá donde nos lleve el Espíritu. Y, como dice el salmo, siempre con agradecimiento. Que nos sintamos plantados en la casa del Señor, en los atrios de nuestro Dios. Con Él todo irá bien. Si bien no podemos verlo inmediatamente. Aunque lleve su tiempo. El tiempo del Reino de Dios.
EVANGELIO
Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
+ Lectura del santo evangelio según san Mateo 13, 24-43
En aquel tiempo, Jesús propuso otra- parábola a la gente:
-«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
"Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?"
Él les dijo:
"Un enemigo lo ha hecho."
Los criados le preguntaron:
"¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
"No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: «Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.»
[Les propuso esta otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»
Les dijo otra parábola:
-«El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»
Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada.
Así se cumplió el oráculo del profeta:
«Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.»
Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
-«Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.»
Él les contestó:
-«El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles.
Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]
Palabra de Dios.
IMPORTANCIA DE LO PEQUEÑO
Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.
Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.
La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.
La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.
Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.
La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.
Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.
Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.
Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.
COMO FERMENTO
Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: "Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa". Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.
Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?
Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, muchas veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».
Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa. Sabían que la levadura queda "escondida", pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro. Así está Dios actuando desde el interior de la vida.
Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.
Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.
Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial. Caminaremos en la verdad de Jesús.
Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como "fermento" de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de "sal" que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.
COMO FERMENTO
...se parece a la levadura
Jesús lo repetía una y otra vez: ya está aquí Dios tratando de trasformar el mundo; su reinado está llegando. No era fácil creerle. La gente esperaba algo más espectacular: ¿dónde están las «señales del cielo» de las que hablan los escritores apocalípticos? ¿Dónde se puede captar el poder de Dios imponiendo su reinado a los impíos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar su presencia de otra manera. Todavía recordaba una escena que había podido contemplar desde niño en el patio de su casa. Su madre y las demás mujeres se levantaban temprano, la víspera del sábado, a elaborar el pan para toda la semana. A Jesús le sugería ahora la actuación maternal de Dios introduciendo su «levadura» en el mundo.
Con el reino de Dios sucede como con la «levadura» que una mujer «esconde» en la masa de harina para que «todo» quede fermentado. Así es la forma de actuar de Dios. No viene a imponer desde fuera su poder como el emperador de Roma, sino a trasformar desde dentro la vida humana, de manera callada y oculta.
Así es Dios: no se impone, sino trasforma; no domina, sino atrae. Y así han de actuar quienes colaboran en su proyecto: como «levadura» que introduce en el mundo su verdad, su justicia y su amor de manera humilde, pero con fuerza trasformadora.
Los seguidores de Jesús no podemos presentamos en esta sociedad como «desde fuera» tratando de imponemos para dominar y controlar a quienes no piensan como nosotros. No es ésa la forma de abrir camino al reino de Dios. Hemos de vivir «dentro» de la sociedad, compartiendo las incertidumbres, crisis y contradicciones del mundo actual, y aportando nuestra vida trasformada por el Evangelio.
Hemos de aprender a vivir nuestra fe «en minoría» como testigos fieles de Jesús. Lo que necesita la Iglesia no es más poder social o político, sino más humildad para dejarse trasformar por Jesús y poder ser fermento de un mundo más humano.
MÁS QUE LO QUE SE VE
Se parece a un grano de mostaza.
Por lo general, tendemos a buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, no en lo pequeño e insignificante. Por eso, les resultaba difícil a los galileos creerle a Jesús cuando decía que Dios estaba ya actuando en el mundo. ¿Dónde se podía sentir su poder? ¿Dónde estaban las «señales extraordinarias» de las que hablaban los escritores apocalípticos?
Jesús tuvo que enseñarles a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera. Les descubrió su gran convicción: la vida es más que lo que se ve. Mientras vamos viviendo de manera distraída sin captar nada especial, algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida.
Con esa fe vivía Jesús: no podemos experimentar nada extraordinario, pero Dios está trabajando el mundo. Su fuerza es irresistible. Se necesita tiempo para ver el resultado final. Se necesita, sobre todo, fe y paciencia para mirar la vida hasta el fondo e intuir la acción secreta de Dios.
Tal vez, la parábola que más los sorprendió fue la de la semilla de mostaza. Es la más pequeña de todas, como la cabeza de un alfiler, pero con el tiempo se convierte en un hermoso arbusto. Por abril, todos pueden ver bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Así es el «reino de Dios».
El desconcierto tuvo que ser general. No hablaban así los profetas. Ezequiel lo comparaba con un «cedro magnífico», plantado en una «montaña elevada y excelsa» que echaría un ramaje frondoso y serviría de cobijo a todos los pájaros y aves del cielo. Para Jesús, la verdadera metáfora de Dios no es el «cedro» que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la «mostaza» que sugiere lo pequeño e insignificante.
Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. Es un error que sus seguidores busquen una Iglesia poderosa y fuerte, que se imponga sobre los demás. El ideal no es el cedro encumbrado sobre una montaña alta, sino el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge por abril a los jilgueros.
Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atentos a lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. La vida no es sólo lo que se ve. Es mucho más. Así pensaba Jesús.
DIOS CONOCE A LOS SUYOS
Dejadlos crecer juntos.
Vivimos en una sociedad caracterizada por lo que algunos autores llaman «la diseminación religiosa». Podemos encontramos con creyentes piadosos y con ateos convencidos, con personas indiferentes a lo religioso y con adeptos a nuevas religiones y movimientos, con gente que cree vagamente en «algo» y con individuos que se han hecho una «religión a la carta» para su uso particular, con personas que no saben si creen o no creen y con personas que desean creer y no saben cómo hacerlo.
Sin embargo, aunque vivimos juntos y mezclados, y nos encontramos diariamente en el trabajo, el descanso y la convivencia, lo cierto es que sabemos muy poco de lo que realmente piensa el otro acerca de Dios, de la fe o del sentido último de la vida. A veces ni las parejas conocen el mundo interior del otro. Cada uno lleva en su corazón cuestiones, dudas, incertidumbres y búsquedas que no conocemos.
Entre nosotros se llama «increyentes» a los que han abandonado la fe religiosa. No parece un término muy adecuado. Es cierto que estas personas han abandonado «algo» que un día vivieron, pero su vida no se asienta en ese rechazo o abandono. Son personas que viven de otras convicciones, difíciles a veces de formular, pero que a ellas les ayudan a vivir, luchar, sufrir y hasta morir con un determinado sentido. En el fondo de cada vida hay unas convicciones, compromisos y fidelidades que dan consistencia a la persona.
No es fácil saber cómo Dios se abre hoy camino en la conciencia de cada uno. La «parábola del trigo y la cizaña» nos invita a no precipitarnos. No nos toca a nosotros identificar a cada individuo. Menos aún excluir y excomulgar a quienes no se identifican en el «ideal de cristiano» que nosotros nos fabricamos desde nuestra manera de entender el cristianismo y que, probablemente, no es tan perfecta como nosotros pensamos.
«Sólo Dios conoce a los suyos» decía san Agustín. Sólo él sabe quién vive con el corazón abierto a su Misterio, quién responde a su deseo profundo de paz, amor y solidaridad entre los hombres. Los que nos llamamos «cristianos» hemos de estar atentos a los que se sitúan fuera de la fe religiosa, pues Dios está también vivo y operante en sus corazones. Descubriremos que hay en ellos mucho de bueno, noble y sincero. Descubriremos, sobre todo, que Dios puede ser buscado siempre por todos.
TRIGO Y CIZAÑA
Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva. Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de comportamiento contestatario. Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo. Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años. De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia posición y nos colocan falsamente por encima de los demás. Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña» que hay que arrancar y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.
VERANO
Diciendo parábolas.
El verano es un regalo de Dios para refrescar nuestro ánimo, descansar nuestro cuerpo y nuestro espíritu, y renovar nuestra vida tan maltrecha a veces por los problemas y la agitación de cada día. Pero, probablemente, necesitamos aprender a disfrutarlo con un poco más de originalidad y creatividad personal.
Para bastantes, la playa es sólo ese campo de batalla donde hay que luchar por encontrar un hueco para tostarse al sol entre toda clase de gritos y olores de aceites y cremas. Pero la playa tiene otros secretos. Los descubre quien se pasea temprano a la orilla del mar cuando el aire es todavía limpio y el día está sin estrenar. El mar está brillante y fresco a esas horas de la mañana. No hay ruidos. Sólo el ritmo sereno de las olas. ¡Qué fácil es entonces descansar, respirar hondo, dar gracias por la vida y la creación!
Otra experiencia veraniega son las fiestas de los pueblos, llenas de bullicio y color. Hay muchas formas de divertirse y tomar parte en la fiesta. Qué enriquecedor puede ser el reencuentro con las personas que uno conoció en su infancia, la sobremesa larga con los amigos, el paseo por el entorno que nos vio crecer, la visita a la pila bautismal donde recibimos el bautismo. Hace bien volver a las raíces.
Las guías turísticas señalan en los mapas los lugares de interés artístico o los puntos donde se puede disfrutar de un hermoso panorama. Pero ha de ser cada uno quien descubra lugares y caminos tranquilos donde reposar el espíritu. Las ermitas ofrecen a menudo un entorno privilegiado. Las hay pequeñas y menos pequeñas, escondidas entre los árboles o levantadas en lo alto de una colina. Es una experiencia reconfortante sentarse un rato dentro o fuera y descansar elevando nuestro espíritu hacia el Creador.
Hay quienes saben disfrutar de las noches cálidas del verano, cuando todo invita al descanso y la paz. Noches claras en las que se puede ver brillar esas estrellas que a lo largo del año no es posible distinguir entre las luces y la contaminación de la ciudad. Es fácil recordar las palabras del salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él?»
La creación contemplada con ojos limpios y tranquilos puede ser un gran libro donde poder descubrir las huellas de Dios y aprender a captar su presencia. Los exégetas ponen hoy de relieve que, para Jesús, la naturaleza era una «parábola de Dios». Sus inolvidables parábolas extraídas de la vida del campo o del mar nos muestran que en todo era capaz de descubrir las huellas del Creador y sus llamadas al ser humano.
TOLERANCIA
Dejadlos crecer juntos.
Sin tolerancia no es posible progresar en los intrincados problemas del mundo moderno. Sin más tolerancia nunca conoceremos los hombres la paz. Ciertamente, la tolerancia no es la solución para ningún conflicto. Pero es condición básica para acercarnos a algún tipo de solución. El clima necesario e indispensable para que gentes de ideologías o posturas políticas diferentes puedan buscar fórmulas de convivencia pacífica.
La tolerancia no tiene como punto de partida el consenso, sino justamente lo contrario. La tolerancia consiste en aceptar el disenso que nace del pluralismo de posturas para lograr entre todos aquello que mejor puede responder al bien común.
Para la persona que se enfrenta a los problemas con espíritu tolerante, las diferencias no tienen por qué ser necesariamente un obstáculo para el mutuo entendimiento. Al contrario, nos podrían llevar a una convivencia más rica y estimulante. La diferencia de posturas no debería ser una amenaza, sino un reto para avanzar.
El mayor enemigo de la tolerancia es el fanatismo. Esa postura ciega e intransigente de quien se cree en posesión absoluta de la verdad o la justicia, y, por lo tanto, excluye a todo aquel que se le oponga. Desde el fanatismo es imposible el diálogo y la convivencia pacífica. Sólo impera la fuerza y la imposición.
La tolerancia, por el contrario, capacita para «aceptar» al otro, no para destruirlo o eliminarlo. Pero sería una equivocación pensar que se trata sólo de una actitud pasiva, de «soportar» que el otro piense o actúe de forma diferente a la mía. Al contrario, la tolerancia es activa y operante. Busca el asentamiento de una convivencia siempre más justa y siempre menos violenta.
Por eso, precisamente, hay algo «intolerable», y es el atentado contra la dignidad y el valor inalienable de la persona humana. No se puede invocar ninguna ideología, patria o religión para justificar la agresión, el desprecio o la destrucción de la persona. Cuando está en juego la dignidad o la vida de un ser humano, es un deber ser intolerante frente al mal. Así fue la actuación de Jesús que no permitió que nada, ni siquiera la religión, se utilizara contra el hombre.
Por eso nos enseñó en la parábola del trigo y la cizaña a respetar siempre la dignidad del otro. Nadie ha de «arrancar» la vida de ningún ser humano sólo por considerarla cizaña, mientras uno se autoproclama «trigo limpio».
CONVIVIENDO CON NO CREYENTES
Dejadlos crecer juntos...
Pese a la advertencia de Jesús, una y otra vez caemos los cristianos en la vieja tentación de pretender separar el trigo y la cizaña, creyéndonos naturalmente «trigo limpio» cada uno.
Sorprende la dureza con que ciertas personas que se sienten «creyentes» se atreven a condenar a quienes, por razones muy diversas, se han ido alejando de la fe y de la Iglesia.
Pero creencia e increencia, lo mismo que el trigo y la cizaña de la parábola, están muy entremezclados en nosotros, y lo más honrado sería descubrir al increyente que hay en cada uno de nosotros y reconocer al creyente que late todavía en el fondo de bastantes alejados.
Por otra parte, no es el escándalo o la turbación la única reacción posible ante los increyentes. Su presencia puede, incluso, ayudarnos a entender y vivir mejor nuestra propia fe.
En primer lugar, el hecho de que haya hombres y mujeres que pueden vivir sin creer en Dios me descubre que soy libre al creer. Mi fe no es algo que me viene impuesto. No me siento coaccionado por nada ni por nadie. Mi fe es un acto de libertad.
Por otra parte, los no creyentes me enseñan a estar más atento y ser más exigente al confesar y vivir mi fe. Con frecuencia observo que los increyentes rechazan un Dios ridículo y falso que no existe, pero que lo pueden deducir de la vida de los que nos decimos creyentes.
No deberíamos olvidar las palabras del Vaticano II: «En esta proliferación del ateísmo puede muy bien suceder que una parte no pequeña de la responsabilidad cargue sobre los creyentes en cuanto que, por el descuido en educar su fe o por una exposición deficiente de la doctrina... o también por los defectos de su vida religiosa, moral o social, en vez de revelar el rostro auténtico de Dios y de la religión se ha de decir que más bien lo velan».
Los increyentes me obligan, además, a recordar que en mí existe también un incrédulo. Es cierto que podemos hablar hoy de creyentes y no creyentes. Pero esta división es, a veces, demasiado cómoda. La frontera entre fe e increencia pasa por dentro de cada uno. Entonces aprendo a no ser un creyente arrogante, engreído o fanático, sino a seguir caminando humildemente tras las huellas del Dios oculto.
No me siento mal entre increyentes. Creo que Dios está en ellos y cuida su vida con amor infinito. No puedo olvidar aquellas palabras tan consoladoras de Dios: «Yo me he dejado encontrar de quienes no preguntaban por mí; me he dejado hallar de quienes no me buscaban. Dije: "Aquí estoy, aquí estoy" a gente que no invocaba mi nombre» (Isaías 65,1).
PROPIETARIOS DE LA FE
Sembró buena semilla.
Por lo general, no somos conscientes de la influencia que ejerce en nosotros “la sociedad adquisitiva» en la que vivimos.
No nos damos cuenta hasta qué punto el tener, el adquirir, el poseer van configurando toda nuestra persona, empobreciendo nuestro ser más rico y profundo.
En su penetrante análisis “Tener o Ser?”, E. Fromm ha descrito con lucidez cómo el “tener” va sustituyendo al “ser” en la experiencia cotidiana del hombre contemporáneo.
Para muchos niños, aprender no es abrirse a la vida e interesarse por un mundo siempre nuevo, sino almacenar datos para guardarlos cuidadosamente en sus notas o retenerlos en su memoria.
Para muchas personas, el saber se limita a “tener conocimientos”. No viven creciendo en sabiduría y experiencia humana. Simplemente “poseen” una cultura.
Son muchos también los que no saben ser amigos y acercarse amistosamente a los demás. Lo único que les preocupa es “tener amigos”, «adquirir” nuevos contactos, “poseer” un círculo amplio de relaciones.
Otros muchos para crecer necesitan “poseer” un nivel económico más elevado, hacerse con una posición social, tener algún puesto de relevancia.
Este modo de entender y vivir las cosas ha penetrado tan profundamente en nosotros que está incluso deformando sustancialmente la vida de fe de muchos hombres y mujeres de hoy.
Hay cristianos que entienden la fe como algo que se tiene. Unos la poseen y otros no. Felizmente ellos están en posesión de la verdad.
Se someten a unas fórmulas creadas en su tiempo por otros creyentes, se hacen su propia síntesis del cristianismo y ya no se dejan transformar. Se han instalado interiormente. Ya no crecen. No se aventuran a dar pasos en seguimiento de Jesucristo.
Precisamente el sentirse «felices propietarios de la fe verdadera” les dispensa de buscar por sí mismos y de abrirse día a día al misterio de Dios.
Sin embargo, la fe no es algo que se posee, sino una vida que crece en nosotros. Jesús nos habla en sus parábolas de “la semilla que crece” y de “la levadura que fermenta la masa”.
La fe es orientación de toda nuestra persona hacia Dios. Es búsqueda, renacimiento constante, crecimiento interior, expansión en toda nuestra vida.
Quien ha entendido a Jesús sabe que no es lo mismo «poseer fe” que creer en El y caminar tras sus pasos.
FERMENTO DE HUMANIDAD
Se parece a la levadura...
Sorprende ver con qué frecuencia se dirige Jesús a sus discípulos para ponerlos en guardia contra una falsa «impaciencia mesiánica» que no sabe respetar el ritmo de la acción discreta pero vigorosa de Dios.
A los que esperan de él la puesta en marcha de un movimiento contundente y arrollador, capaz de expulsar del teatro de la vida otras corrientes y alternativas, Jesús les habla de una acción de Dios más humilde y respetuosa.
El mundo es un campo de siembras opuestas. Y el Reino de Dios crece ahí, en la densidad de esa vida a veces tan ambigua y compleja.
Ahí está Dios salvando al hombre. En esos comportamientos colectivos de la humanidad animados a veces por grandes ideales y otras por oscuros egoísmos. En esos mil gestos que hacemos los hombres cada día y donde se mezclan la generosidad con las mezquindades más inconfesables.
A quienes esperan el despliegue de algo espectacular y poderoso, Jesús les habla de un reinado de Dios más sencillo y discreto. Algo que no está hecho para desencadenar movimientos grandiosos de masas.
El Reino de Dios está ya actuando pero como un grano de mostaza minúsculo y casi irrisorio que empuja hacia la vida, como un trozo imperceptible de levadura que se pierde en la masa fermentándola desde dentro.
Jesús no ha encontrado imágenes más apropiadas para evocar y explicar lo que él quiere poner en marcha en el mundo. Pero los cristianos seguimos sin querer entenderle.
La salvación no vendrá de tal institución, de tal movimiento, de tal nación, de tal teología ni de tal iglesia, sólo porque nosotros pretendamos ver ahí el Reino de Dios.
Al Reino de Dios no le abriremos camino lanzando excomuniones sobre otros grupos, partidos o ideologías ni condenando todo lo que no coincide con nuestro «dogma particular».
El Reino de Dios no lo implantaremos en la sociedad concentrando grandes masas en los estadios o logrando el aplauso pasajero de las muchedumbres.
El Reino de Dios es un «fermento de humanidad» y crece en cualquier rincón oscuro del mundo donde se ama al hombre y donde se lucha por una humanidad más digna.
Al Reino de Dios le abriremos camino dejando que la fuerza del evangelio «fermente» nuestro estilo de vivir, de amar, trabajar, disfrutar, luchar y ser.
COLGAR ETIQUETAS
Dejadlos crecer juntos hasta la siega.
Uno de los fenómenos más característicos de nuestra época es, sin duda, la contestación y la protesta, consecuencia del malestar que se experimenta en una sociedad conflictiva, ocupada en buscar un nuevo futuro socio-cultural.
Sin duda, la contestación es algo necesario para purificar nuestra sociedad. Y la fe cristiana puede y debe ser fuente dinámica de un comportamiento contestatario.
Pero no por esto es positivo contestar cualquier cosa y de cualquier manera. No toda protesta y toda condena es igualmente constructiva en la búsqueda titubeante de una nueva sociedad. También la contestación necesita ser criticada y purificada.
Hay una protesta amargada que nace de la frustración y la agresividad, y que difícilmente puede aportar nada válido al nacimiento de un hombre nuevo.
Hay una protesta que surge de la intolerancia, el fanatismo y la intransigencia, y que fácilmente puede acentuar las divisiones, las discordias y los partidismos, haciendo más difícil el esfuerzo común necesario para una transformación social.
Pero hay algo que el fenómeno de la contestación y la protesta ha hecho crecer entre nosotros de manera particular estos años.
De manera fácil e irresponsable tendemos a «clasificar» a las personas con arreglo a categorías preconcebidas. Y vamos colgando etiquetas de progresistas o conservadores, vanguardistas o integristas, izquierdas o derechas, dividiendo de nuevo el mundo en «buenos y malos» y condenando a quien no coincide con nuestra particular visión de las cosas.
De esta manera, vamos empobreciendo nuestra capacidad de diálogo y colaboración, adoptando posturas previas que nos encierran en nuestra propia seguridad y nos colocan falsamente por encima de los demás .
Cuántas veces una condena fácil e indiscriminada de los demás, no es sino una manera infantil de querer ocultar la propia mediocridad y la incapacidad de actuar de manera más constructiva y comprometida.
No se trata de acallar nuestra conciencia crítica, sino de saber asumir nuestra propia responsabilidad con lucidez, sin ver siempre en los demás «cizaña que hay que arrancar» y en nosotros «trigo limpio» que hay que respetar.
No es suficiente recriminar a otros, lamentarse de las estructuras existentes o descargar nuestra responsabilidad, considerando siempre las injusticias como consecuencia del pecado de los demás. También en cada uno de nosotros hay «cizaña» que debe desaparecer.
ALESSANDRO PRONZATO
Esta parábola no se proyecta hacia el futuro. Nos hace atentos al presente. "Su objetivo no consiste en enseñarnos que el reino de Dios vendrá con seguridad, o que vendrá pronto, o que el ministerio de Jesús traerá frutos maravillosos. Se trata de hacer entender el significado decisivo del tiempo presente" (J. Dupont).
Y añade con agudeza B. Maggioni: "Jesús quiere reclamar el compromiso que la importancia y el significado de la situación presente exigen; es importante esta ocasión, este encuentro con Cristo: el reino de Dios está en esta semilla. La humildad de la situación no debe convertirse en motivo de negligencia y de rechazo".
Descuidando cosas que parecen insignificantes, se corre el riesgo de rechazar ocasiones con consecuencias incalculables. Descuidando lo cotidiano, se pierde cita con el Reino. "La parábola, pues, nos enseña a tomar en serio nuestras ocasiones, las ocasiones que se presentan aquí y ahora, y que son humildes, pequeñas y terrenas. Pero esconden la presencia del Reino" (B. Maggioni).
Se trata de captar, en los pequeños indicios de los días feriales, la revelación del Reino. De descubrir, en los hechos irrelevantes, el hecho decisivo. De asir, en la simplicidad y en la normalidad, el excepcional, el inaudito evento.
El reino de Dios está en el fondo de las cosas familiares. El acto de partir el pan, una sonrisa, un gesto de solidaridad, una mirada de simpatía, una amistad, el ponerse del lado del débil, el abrazar a una "causa perdida", una puerta abierta, un plato más en la mesa... traicionan su presencia.
EUCARISTÍA
Jesús predicaba el Reino de Dios. Y su palabra despertaba el asombro de la gente y el odio de los fariseos, el desconcierto de su familia y la incredulidad de sus paisanos, y hasta sus discípulos murmuraban... En aquel tiempo decía Jesús a las turbas: "El Reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra...; él duerme y se levanta de mañana, y la tierra va produciendo la cosecha ella sola". Y también en otra parábola: El Reino de Dios es insignificante, como la más pequeña de las semillas, el grano de mostaza. Y, sin embargo, esconde una gran promesa: la semilla, el grano de mostaza, llegará a ser la mayor entre todas las hortalizas y hasta los mismos pájaros podrán anidar en sus ramas. Estas parábolas que Jesús cuenta a las turbas son también parábolas en las que el mismo Jesús trata de aclarar su problema.
El sabe que la palabra de Dios es eficaz: es "como el fuego y cual martillo que despedaza la piedra" (/Jr/23/25). Es como la lluvia y la nieve que desciende del cielo, empapan y fecundan la tierra. Es la palabra que sale de la boca de Dios y no vuelve a él vacía (/Is/55/10). Jesús ha sembrado a voleo la palabra de Dios y su palabra ha caído en todas partes: sobre la tierra dura del camino, en los ribazos yermos llenos de espinas, entre piedras y también en tierra buena. La siembra ha sido dificultosa, la cosecha parece de todo punto improbable. Y, sin embargo, Jesús sabe que la palabra de Dios es eficaz.
El Reino de Dios no es otra cosa que el "reinado" de Dios en los hombres, esto es, la obediencia de los hombres a la palabra de Dios. Esta es la cosecha que Jesús espera de su predicación y para ello confía plenamente en la eficacia de la palabra de Dios.
A pesar de la obstinación de unos, de la incompresión de los más, Jesús ve cómo la palabra de Dios provoca la obediencia del hombre y cómo este misterio del reinado de Dios de una manera escondida, callada, invisible, es ya realidad entre los hombres. El mismo es todo el Reino de Dios: Porque él es la plenitud de la obediencia al Padre, él se ha hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, en él se cumple toda la Ley y los profetas, en él se realizan todas las promesas de Dios. Pero esta manera de vivir de Cristo en perfecta sumisión al Padre ha de propagarse y hacerse extensiva a través de la predicación de sus discípulos. Tampoco éstos deben olvidar, de una parte, la eficacia de la palabra de Dios y, de otra, este carácter de realidad escondida que tiene el Reino de Dios. Los discípulos de Cristo han de comportarse como el sembrador de la parábola. Ellos sólo puedan sembrar; pero ellos no pueden dar vida a la simiente, ni pueden hacer nada para que la simiente sea aceptada por la tierra. Y así, lo decisivo en el Reino de Dios es un misterio que escapa a la acción de los ministros de la palabra de Dios. Es una realidad escondida que acontece en el diálogo entre Dios y el hombre que la escucha. No hay una técnica propagandística para colocar la palabra de Dios como si se tratara de un producto. Si esto fuera así, entonces el Reino de Dios dejaría de ser ya una realidad escondida y podría perfectamente establecerse qué cantidad de Reino de Dios hay en el mundo: Bastaría con aplicar aquéllas técnicas necesarias para hacer que el hombre aceptara la palabra de Dios.
Por otra parte, no hay tampoco ningún motivo para el desaliento. A pesar de las apariencias, sigue siendo posible este misterio íntimo que acontece en la profundidad de aquél que escucha libremente la palabra de Dios. No hay, pues, estadísticas del Reino de Dios que puedan desanimarnos.
La palabra de Dios es eficaz, aunque su eficacia no sea constatable en sus efectos por aquéllos que la sirven. Esta es nuestra confianza y lo que nos obliga a sembrar con paciencia, esperando que un día recogeremos con alegría: "Se va, se va llorando, al llevar la semilla; mas se vuelve, se vuelve entre gritos de júbilo al traer las gavillas" (/Sal/126/06).
Podemos hacer estadísticas del número de bautizados, del número de comuniones pascuales, de asistencia a misa; pero concluir con estas estadísticas en un triunfalismo o en un pesimismo superficial es algo que sólo podría explicarse en el supuesto de que la Iglesia visible se confundiera con el Reino de Dios. Ahora bien, la Iglesia no es el Reino de Dios, sino que está al servicio del Reino.
En otra parábola, en la parábola del sembrador, Jesús nos enseña de qué manera depende el Reino de Dios de la obediencia del hombre. Ciertamente, la palabra de Dios tiene una vitalidad propia y se desarrolla victoriosamente hasta la cosecha. Pero esto no es así sin la colaboración del hombre, sin la libre respuesta del hombre a la palabra de Dios.
Esto es lo que podemos hacer todos y debemos hacer todos, porque todos somos antes oyentes de la palabra de Dios. Todos somos fieles, y en esto también los ministros de la palabra de Dios pueden contribuir en el crecimiento del Reino de Dios. Ellos, que no pueden hacer escuchar a otros la palabra de Dios, sí pueden escucharla y hacer que en ellos el Reino de Dios sea una realidad. Por otra parte, todo el que escucha la palabra de Dios se hace por ello mismo ministro de la palabra de Dios: Toda su vida es ya una proclamación, una manifestación de esa palabra que ha sido sembrada en sus corazones.
Unos y otros, aquellos fieles que ejercen oficialmente el ministerio de la palabra de Dios y los que proclaman en sus vidas esta misma palabra de Dios, han de tener la paciencia del sembrador, que sabe esperar el tiempo de la cosecha. Porque ésta vendrá inconteniblemente. La verdad, que ya está alentando en todas nuestras preguntas, en todos nuestros deseos y en todos nuestros proyectos, se abrirá paso con aquella fuerza que le es propia: la fuerza de la verdad. No con técnicas, ni con aparato exterior, ni con poder, ni con dominio, sino con su propia virtud.
J. ALDAZABAL
Dejando aparte, por esta vez, el pasaje de Pablo, que nos presenta la vida palpitante de un apóstol que camina por esta existencia, en medio de momentos felices y críticos, cara al examen final ante el tribunal de Cristo, el mensaje de la homilía de hoy podría centrarse claramente en las dos parábolas del evangelio, las dos referentes a la semilla y su crecimiento.
A veces la palabra de Dios nos conduce a unas consecuencias de tipo moral (cómo actuar), y otras, a una perspectiva de comprensión: cómo "ver" e interpretar la Historia de la salvación, también en nuestra vida. Hoy es esta segunda perspectiva la que prevalece. Las lecturas nos ayudan a entender cómo Dios conduce nuestra historia y cuál es nuestra actitud ante su estilo de actuación.
-La semilla que crece sin saber cómo.
El protagonista de la primera parábola es la semilla. No tanto el labrador o la calidad del terreno (como en la parábola del sembrador). La semilla tiene dentro de sí una fuerza ("virtus", "dynamis") que es la que la hace germinar, brotar, crecer, madurar... Cuando en nuestro actuar humano hay una fuerza interior (el amor, la ilusión, el interés), la eficacia puede crecer notablemente.
Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia salvadora de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente. El hombre (nosotros, los cristianos) puede y debe colaborar, pero la fuerza es de Dios. El es el "autor", aunque su presencia esté escondida. La energía del Espíritu en el mundo, en la Iglesia, en cada uno de nosotros: este es el factor decisivo. La parábola es una invitación a que sepamos descubrir la presencia de este Espíritu y de esta fuerza interior. El "Reino" crece desde dentro, porque Cristo está activo, porque su Espíritu es protagonista. El Reino ya está en marcha, está ya "sucediendo".
Esto es algo que debería invitarnos a no caer en el orgullo por nuestras técnicas, aplicadas también a la "salvación del mundo": es bueno que apliquemos las técnicas mejores, pero el Reino va adelante por su fuerza interior. No cabe en nuestros ordenadores.
Como la semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los libros señalen su inicio o su actuación. La fuerza del Evangelio, la eficacia dinámica de la Palabra de Dios, son algo que viene del mismo Dios, no de nuestras técnicas.
Naturalmente no es una invitación a la pereza: nuestra colaboración también entra en el plan salvador de Dios. Y además esta convicción de la fuerza intrínseca de los semilla nos debe hacer colaborar con optimismo, con esperanza, porque el Reino está en buenas manos.
La parábola apunta también a que no nos impacientemos. La semilla tiene su ritmo. Tal vez alrededor de Jesús también había quien quería ver frutos inmediatos, y él les remite a esta comparación expresiva: la semilla dará su fruto, pero lentamente. Sin efectos espectaculares. También nosotros podemos tener la tentación de la eficiencia a corto plazo.
Todavía otro matiz: la semilla germina sin que el labrador sepa cómo. En la labor con que los cristianos contribuimos a la obra salvadora de Cristo en este mundo, muchas veces tenemos que conformarnos con "no entender" y no poder "medir" y controlar el crecimiento de este Reino...
-Una semilla pequeña y un arbusto grande.
La segunda parábola, que es la que empalma con la lectura de Ezequiel, nos presenta otro aspecto del estilo con que Dios conduce la historia de la salvación, o sea, el Reino. Los medios más humildes, los orígenes más sencillos son los que él prefiere para realizar su obra salvadora. Como tantas veces en el AT y el NT va eligiendo a personas y pueblos que humanamente no tendrían ninguna garantía de éxito.
El Reino no viene como un ejército de ocupación o una revolución espectacular: viene como una semilla insignificante (pero llena de vigor interior, como ha dicho la primera parábola), y por eso crece y da fruto.
La comparación de Ezequiel nos recuerda el fracaso del árbol grande y orgulloso que había sido Israel, y que es tronchado.
Pero también un rayo de esperanza: una ramita de este tronco roto, el "resto" de ese Israel maltrecho, se convertirá en un árbol grande, el pueblo mesiánico. No por los propios méritos, sino por obra de Dios. Una invitación también para nosotros, a saber ver cómo también en nuestra historia lo humilde y sencillo, lo cotidiano y poco espectacular, puede ser el lugar del encuentro con un Dios que salva. Solemos apreciar las técnicas llamativas. Dios actúa con otro estilo. Como dijo la Virgen en su Magnificat, precisamente a los humildes y los pobres y los hambrientos es a los que Dios enaltece, hace fecundos y colma de bienes. Y no a los ricos y los que se crecen poderosos.
Todo esto tiene aplicaciones en la vida de la Iglesia, y de cada grupo, y de cada persona concreta. Es cuestión de "saber ver" esta presencia y este estilo de Dios en nuestra historia. Es El quien conduce y hace eficaz el Reino. Y busca nuestra colaboración, humilde y confiada a la vez. Dios y su Reino no son domesticables a nuestro gusto. Son sorprendentes. No caben en nuestros esquemas.
También en la Eucaristía podemos encontrar reflejo de este mensaje. Tanto la Palabra de Dios, semilla fecunda y vigorosa, como el Cuerpo y Sangre de Cristo, el alimento que Cristo nos da como garantía y semilla de vida eterna en nosotros, tienen mucho de oculto, son elementos sencillos, pero con una eficacia salvadora. Con ese doble alimento que Cristo Resucitado nos comunica tenemos la mejor fuerza para que la vida sea en verdad fecunda para los demás.
ALESSANDRO PRONZATO
Pero Marcos no tiene miedo a presentar esta parábola difícil, que querría hacernos captar algo acerca del misterio del Reino.
Alguno sostiene que se hace resaltar el proceso del crecimiento. Otros, que la cosecha. A mí, por el contrario, me parece evidente que la protagonista es la semilla.
En las parábolas precedentes, se ha destacado, ante todo, la figura del sembrador y "fijado" su gesto. Después se ha hablado de las diversas clases de terreno. Ahora, justamente, el interés recae sobre la semilla.
Discutir si el acento se pone en los inicios o al final, está fuera de lugar. Aquí se quiere llamar la atención sobre la característica principal de la semilla: su fuerza interna, sus potencialidades.
La semilla es la cosa más débil, pero también la más fuerte.
No es que se niegue o se minimice la acción del sembrador. Como no se niega la importancia del terreno. Pero de esto ya se ha hablado en las dos primeras parábolas. El trabajo y la acción del labrador han sido y son necesarios (sembrar, arar, escardar, etc.). Pero aquí no interesa. Hay que ocuparse de la fuerza vital ínsita en la semilla, que es independiente de la acción del hombre y de su saber ("sin que él sepa cómo", v. 27).
El labrador puede ir a dormir y puede levantarse, no porque su trabajo carezca de importancia. Sino porque se habla de otra cosa. Y él en este momento no interesa.
Las dos tentaciones siempre al acecho en esta parábola son la interpretación alegórica y el interés exasperado por lo que hace o por lo que no hace el labrador.
También los estudiosos más avisados derivan de buen grado hacia el campo moral, cuando se trata de sacar las consecuencias. Y entonces la parábola constituiría una invitación a la paciencia, a la serenidad, una apología de la esperanza, un sedante contra el insomnio y los afanes. No es casual que alguno se adelante diciendo "la parábola del agricultor paciente", que es como echar a andar con pie equivocado.
Evidentemente, es fácil sentirse en situación embarazosa frente a la semilla. No se sabe qué decir. Se prefiere hablar del hombre, aunque sea para admirar su calma o para exhortarlo a tener confianza.
Y, sin embargo, la parábola no es un himno genérico a la esperanza. Representa una invitación clara a descubrir la acción de la semilla, su potencia. La palabra de Dios es viva, eficaz, tiene una fuerza interna irresistible. Hace que suceda algo. Es más, ella misma es acontecimiento, hecho. Se podría decir: está sucediendo la palabra. Este es el hecho decisivo. El Reino está presente, acontece. Es esencialmente poder de Dios, no acción del hombre.
El Reino es actual en su aparente inactualidad.
Se manifiesta en la ausencia de signos exteriores.
Crece y trabaja, aunque parezca que no pasa nada.
"Produce", aunque todo quede como antes.
Resumiendo: el Reino considerado desde tres ángulos diversos.
Como siembra (parábola del sembrador). Como acogida y responsabilidad (explicación de la parábola). Como poder (la semilla que crece por sí sola).
Este último aspecto, no excluyendo los primeros, incluso presuponiéndonos como condición, sin embargo se desengancha de ellos. O sea: la fuerza vital no es dada a la semilla por la actividad del agricultor. La posee por sí misma.
El creyente, como el agricultor, es alguien que sabe de todo esto.
No debemos equivocarnos a este respecto. La parábola no dice que el hombre no sabe.
Dice que no sabe cómo (v. 27). Que es bien distinto.
El creyente es alguien que sabe del Reino. Está informado. Tiene conocimiento de su presencia. Advierte su acción.
El "cómo" no añadiría nada. Es más, quitaría algo, tanto a su fe, cuanto a la potencialidad de la semilla. Finalmente, el creyente tiene necesidad de que el "cómo" permanezca secreto.
De otro modo desaparecería de su vida el elemento estupor y la dimensión del respeto.
No lo veremos jamás de rodillas. Sino siempre afanoso, siempre encorvado para controlar. O, peor, para manipular.
Creo intuir el motivo por el que los otros evangelistas y muchos predicadores omiten esta parábola. Porque no presenta aplicaciones prácticas.
Cierto tipo de gente si no señala deberes a los demás, se siente desocupada. Si no dice a los otros lo que tienen que hacer y sobre todo lo que no tienen que hacer, se siente inútil.
La parábola es embarazosa porque no dice ni lo que tenemos que hacer ni mucho menos lo que debemos evitar. Dice, simplemente, lo que está haciendo la semilla
El agricultor, después de haber hecho lo que era necesario, ahora "deja hacer". Y es la acción más difícil de cumplir.
(Me gustaría encontrar, en los manuales de pastoral, dos capítulos con estos títulos: "Dejar hacer" y "Dejar estar...").
No se trata de condenar el eficientismo.
El eficientismo desaparece frente a la eficacia de la semilla-palabra.
Las manías eficientistas y los afanes organizativos son desenmascarados en sus pretensiones ridículas y aparecen fuera de lugar cuando se revela la fuerza natural de la semilla.
El eficientismo y el activismo no se combaten. Se demuestran "fuera de lugar". En el campo del Reino no tienen cabida. La semilla les excluye.
El cristiano no es un constructor del Reino, y menos aún un programador o un director de obras.
Es, más modestamente, pero más útilmente, uno que ofrece posibilidades al Reino.
Y, a veces, la posibilidad más apreciada puede ser la de no estorbar.
Dando un poco de pábulo a la fantasía acerca de la realidad que tenemos ante los ojos, podemos descubrir cómo la parábola, en el fondo, "ridiculiza" -con su imagen central de la semilla que crece por sí misma- ciertas "partes" que a veces los hombres de iglesia se asignan únicamente para no hacer la figura del agricultor que " duerme o está en pie según sea de día o de noche".
Y quisiera sugerir una lista de personas que "no entran" en la parábola. Tal como, se me vienen a la cabeza.
En primer lugar, no hay nadie que se afane por exterminar los pájaros que picotean la semilla. Y ni siquiera existe alguien que haga de espantapájaros. Y tampoco ni sombra de un especialista en piedras o en espinas.
No se ve a nadie que proteja la frágil planta, la resguarde, o aísle las especias que considera más apreciadas con pequeños muros de separación, aptos para este fin. No hay lugar para el experto en botánica, el que sabe todo acerca de la semilla, menos lo más importante: que la semilla no recibe instrucciones suyas. (Conviene siempre desconfiar de los expertos en botánica eclesial. Personalmente he conocido a algunos que han cometido errores colosales, dirigiendo todo su afán hacia espigas "ejemplares" que después se han manifestado vacías, y despreciando otras que tenían algo en la cabeza, pero con el inconveniente de no plegarse, lo que les salía muy bien a los primeros; que cambiaban las hierbas de adorno por los frutos; que no distinguían entre venenos y abonos; que desconfiaban del perfume más genuino, y en compensación no advertían el hedor más pestilente; que animaban a los parásitos y mortificaban a los trabajadores sin relieve, que ayudaban oprimiendo, favorecían manipulando, servían utilizando; que creían tener corazón sólo porque no usaban la cabeza...).
No aparece el que cree que el sistema más seguro para aligerar el crecimiento consiste en tirar del tallo...
(Ciertos especialistas en "crecimiento controlado" o "forzados" de las personas, no caen en la cuenta de que obtienen solamente un resultado, el de retardar e incluso impedir la maduración".
No encuentra puesto el encargado de medir la altura de las pequeñas plantas para asegurar que corresponden a los modelos que el tiene en la cabeza.
No despuntan los expertos en previsión, los futurólogos (a propósito: ¿es justo preguntarse si el Reino tiene un porvenir? Sería como preguntarse si la semilla tiene un porvenir...).
No son presentados los que saben todo acerca de la iglesia del año 2.000, aquellos que sostienen que es necesario especificar las causas, que el discurso del Reino hay que afrontarlo contra corriente, o aquellos otros dicen que es un desastre, o los otros tipos que cacarean continuamente "¿dónde vamos a parar?" (y al menos dijesen por dónde hay que comenzar).
Y, si no me he distraído, tampoco existen los que deciden las estaciones, imponen los límites de entrega, fijan el tiempo de la recolección, hacen concursos para el mejor producto, premian las espigas más bellas.
Estos personajes no están en la parábola.
En la parábola hay una semilla que sabe hacer su propio oficio, y llega adonde quiere y cuando y como quiere. Y no tiene necesidad de que alguien le sugiera las modalidades de su crecimiento.
Y hay un agricultor que duerme y está en pie, según sea de noche o de día. Es una persona seria, ¡qué caramba!.
Para percibir las realidades de este Reino, quizás es necesario usar "diversamente" de nuestros sentidos. Se trata de oír el grano que crece. Y de ver la palabra que es anunciada.
Alguien dice "debilidad y fuerza de la semilla. Vulnerabilidad y potencia". Yo pondría dos acentos. Así: la debilidad es la fuerza de la semilla. La vulnerabilidad es su potencia.
ACERCA-2.
-Parábola del grano de mostaza
Esta parábola es recogida por los tres sinópticos, aunque en lugares históricos distintos. Mientras Mateo y Marcos la colocan en la jornada del lago, Lucas la sitúa más adelante. La mostaza es una planta muy común en Palestina, llegando en las zonas calurosas, como los alrededores del lago y riberas del Jordán, a alcanzar las dimensiones de un árbol de tres o más metros de altura.
La comparación que establecen entre la mostaza y el reino de Dios es global: así como el grano de mostaza, siendo una semilla tan pequeña, llega a transformarse en un árbol de dimensiones considerables, así también el reino de los cielos, teniendo unos comienzos insignificantes, tiene en sí mismo vigor para desarrollarse y extenderse hasta el punto de llegar a ser universal.
El reino es algo aparentemente pequeño y de poca fuerza -como el bien y el amor, pero tiene energía para vencer a lo que parece más fuerte. Mas su fuerza no tiene nada que ver con la fuerza de los hombres; son conceptos distintos. El inicio del reino es pobre y de escasas apariencias, como lo es todo lo verdadero.
Dios actúa desde lo pequeño, desde lo simple y humilde. No aparece -no debe aparecer- como una gran empresa, ni como una poderosa organización, ni emplea elementos humanos que sean tenidos en consideración. Así lo entendió siempre Jesús y así actuó. ¿Lo hemos entendido los cristianos?
Con la parábola del grano de mostaza, Jesús se opone totalmente, frontalmente, a la esperanza de grandeza y de dominio universales propios del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones, ni el reino de Dios será en la historia un gran imperio. Tampoco la Iglesia. ¿Cómo la multitud, imbuida de nacionalismo, iba a aceptar la exposición clara de esta realidad? Tenía que presentarla en parábola, veladamente, para que entendieran los que preguntaran, pensaran y se comprometieran.
-Parábola del grano que germina solo.
Esta parábola sólo se encuentra en Marcos. Observa desde el final la historia humana. Narra un proceso evidente, conocido de todos los oyentes y que nadie discutía. Falta toda alusión a las demás tareas del hombre: arar, limpiar... El labrador aguarda paciente y confiado después de la siembra a que llegue el tiempo de la siega. La tierra lleva fruto por sí sola. Nos describe la siembra y la vida rutinaria y normal del que la sembró, hasta que el crecimiento y la maduración de la semilla permita la siega. Entre estas dos intervenciones, ¿qué ha hecho el hombre? Nada importante; la semilla creció sola: "Primero los tallos..." El hombre antiguo veía todo el crecimiento de la planta como un milagro de la vida, ante el que quedaba admirado. El hombre moderno ha perdido la capacidad de observar y de admirarse, encerrado entre el hormigón y el asfalto. El misterio del crecimiento destaca el poder de Dios, sin negar la importancia de quien sembró y preparó el terreno.
No hay germinación que no requiera duración ni fruto verdadero sin un tiempo indispensable. El resultado, cuyos frutos recoge la siega, no sería posible sin el trabajo del hombre. Es una indudable referencia al juicio final, escatológico: el reino de Dios es una iniciativa divina, que acepta la colaboración humana; pero evita toda tentativa del hombre de guiar su desarrollo.
La parábola afirma que el reino de Dios, sembrado por Jesús, crece inexorablemente; aunque su desarrollo se oculta incluso a los que cooperan a su crecimiento. Con ella se pretende dar aliento a los oyentes, expresar la confianza que tenía Jesús en que su predicación no era inútil. Deben saber que la siembra se ha llevado a cabo con éxito, que la acción de Dios sigue adelante, aunque oculta y de forma callada; que todavía no ha llegado la cosecha, pero que el fruto es seguro; que en el tiempo intermedio entre la siembra y la cosecha hay que hacer como el labrador: confiar en el fruto abundante; es decir, esperar pacientes y tranquilos, confiados en el poder de Dios. No serán la propia actividad e inquietud las que consigan el fruto. Por importante que sea la colaboración del hombre, la acción de Dios será siempre decisiva.
El tiempo, necesario para el desarrollo de las plantas, es esencial también para la vida del reino. Una idea aparentemente trivial, sin importancia, pero cuyas consecuencias nunca será fácil aceptar.
La germinación de la semilla nos lleva a considerar -con los ojos de un hombre de aquel tiempo- el lugar primordial que tiene la acción de Dios en el crecimiento del reino. Por más que el sembrador se duerma, el reino sigue creciendo.
Sólo al que no entienda lo que significa para un creyente la presencia activa y eficaz de Dios en el mundo, esta parábola puede parecerle una incitación a la pereza. Dios ocupa el lugar más importante en la construcción de su reino. Pero el hombre no está condenado a la pasividad. La parábola supone la actividad humana. Pero el reino, cualesquiera que sean las formas en que se manifieste, no es fruto del activismo del hombre. "Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Sal 126).
¿Quería Jesús oponerse, con esta parábola, a los que soñaban con poner al servicio del reino la violencia política? Vista en su conjunto, es muy posible que estuviera dirigida directamente a cuantos esperaban que el reino de Dios se instaurase de forma rápida y violenta; les hace ver que el reino es en primer lugar obra de Dios, pero que requiere la participación del hombre. Y que nunca se debe olvidar su razón última: es un don de Dios que el hombre no puede alcanzar por sí mismo. Nunca podrá realizarse al estilo de las empresas humanas: ni con la revolución nacional, como pensaban los melotes; ni con la obediencia a una disciplina legal absoluta, como los fariseos; ni con cálculos precisos sobre el tiempo final, como los apocalípticos. Se fundamenta en Dios, sin que el hombre deba adoptar una postura pasiva: aporta su acción, su fidelidad, sus sentimientos, su lucha... Pero la iniciativa y la dirección son cosas de Dios únicamente. A él debemos dirigimos con frecuencia para preguntarle qué hacer y cómo hacerlo. De otra forma el riesgo de equivocar el camino es enorme.
Esta parábola debe ser para nosotros una meditación sobre el papel que los creyentes tenemos en la construcción del reino. Un papel necesario, que requiere la colaboración de todos los que formamos las comunidades cristianas y la total dedicación de algunos de los mejores, pero que reclama sobre todo la fe en Dios, quien a su modo construye el reino. La parábola es en el fondo una llamada a la fe. Fe, porque el reino viene a través de la fidelidad humilde de Jesús hasta la muerte y de los que siguen su camino, y no a través del dominio del mundo que Satanás le proponía al iniciar su vida pública (Mt 4,8-10; Lc 4,5-8). El reino está plantado en nosotros y crece realmente en nuestro interior y a través nuestro, siempre que seamos fieles en el seguimiento de Jesús, aunque su crecimiento sea difícil de descubrir; tan difícil que a veces caemos en la tentación de pensar que no crece. Pero crece, aunque nos cueste ver el modo.
Un crecimiento que queda enterrado y medio perdido entre las noticias de guerras, de violencias, de injusticias y opresiones de unos hombres contra otros, de unas naciones contra las demás.
Negarnos a aceptar este ritmo de crecimiento lento, plantear las cosas en términos de todo o nada, nos puede llevar a actitudes estériles y a pasar de la exaltación más radical al escepticismo más inoperante.
En su esencia más íntima, la Iglesia de Jesús es siempre subterránea, porque es el sacramento del reino, "el sacramento universal de salvación" (LG 48), que actúa siempre bajo tierra -desde las catacumbas, nunca desde el triunfalismo-, en la incertidumbre de la lucha y de la contradicción.
Esta parábola es también una interpretación de nuestra vida y de nuestra fe. Porque somos hijos de la noche; vivimos en ella porque lo más valioso de nuestra existencia -el amor, la justicia, la libertad, la paz, la verdad-, la semilla del reino, yace en la oscuridad de nuestro interior, luchando por salir a la luz. Nos dice que en medio de nuestra noche y de nuestra mediocridad ha entrado la semilla del reino de Dios, de la vida verdadera y para siempre, del amor que transformará nuestra existencia y la hará semejante a la del Padre Dios. No sabemos bien cómo; no será por nuestros méritos, pero será.
No somos nosotros los que sembramos, sino los que somos sembrados, fecundados, agraciados. Pero tenemos que colaborar en su desarrollo, siendo una tierra que produzca el máximo posible.
¿Tenemos conciencia de ser como una semilla que debe desarrollarse y dar fruto? ¿Nos damos cuenta que todo desarrollo es lento y laborioso? ¿Estamos empeñados en nuestro crecimiento personal, aceptándonos como somos y en la fase en que ahora nos encontramos
OCARM
Lectura
a. Una división del texto per ayudarte en la lectura
Mc 4,26-29: La parábola de la semilla que nace por sí misma
Mc 4,30-32: La parábola del grano de mostaza
Mc 4,33-34: La conclusión sobre la parábola
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto que más te ha llamado la atención? ¿Por qué?
*Jesús no explica la parábola. Cuenta la historia y mueve a los demás a la imaginación y a la reflexión. ¿Qué has descubierto tú en las dos parábolas?
*El objetivo de las palabras es hacer la vida transparente. ¿Se ha ido haciendo tu vida más transparente a lo largo de los años o ha sido al contrario?
Para quienes quieren profundizar en el tema
a) Para comprender mejor
Por qué Jesús enseña por medio de parábolas: Jesús cuenta muchas parábolas. ¡Todas tratan de la vida de la gente! De este modo ayudaba a las personas a descubrir las cosas de Dios en la vida de cada día, vida que se hacía transparente. Ya que lo extraordinario de Dios se esconde en las cosas ordinarias y comunes de la vida de cada día. La gente comprendía las cosas de la vida. En las parábolas recibían la llave para abrir y encontrar en ella los signos de Dios. Por medio de las parábolas Jesús ayudaba a la gente a percibir la presencia misteriosa del Reino en las cosas de la vida. Una parábola es una comparación. Él usa las cosas conocidas y evidentes de la vida para explicar las cosas invisibles y desconocidas del Reino de Dios. Por ejemplo, la gente de Galilea comprendía cuándo se hablaba de semilla, de terreno, de lluvia, de sol, de sal, de flores, de peces, de cosecha, etc. Y Jesús usa estas cosas conocidas de la gente en sus parábolas para explicar el misterio del Reino.
La parábola del sembrador es un retrato de la vida de los campesinos. En aquel tiempo no era fácil vivir de la agricultura. Los terrenos estaban llenos de piedras. Muchos arbustos. Poca lluvia, mucho sol. Por otra parte, muchas veces la gente, para acortar las distancias, atravesaban los campos y pisaban las plantas (Mc 2,23). Pero, a pesar de ello, cada año el agricultor sembraba y plantaba, confiado en la fuerza de la semilla, en la generosidad de la naturaleza.
La parábola no lo da todo hecho, sino que mueve a pensar y hace descubrir a partir de la experiencia que los oyentes tienen de la semilla. Mueve a la creatividad y a la participación. No es una doctrina que llega pronto para ser enseñada y adornada. La parábola no da agua embotellada, sino que conduce a la fuente. El agricultor que escucha dice: “La semilla en la tierra y yo ¿qué puedo saber?” Pero Jesús dice que esto tiene que ver con el Reino de Dios: “¿Qué será?” Es posible imaginar las largas conversaciones de la muchedumbre. La parábola se mueve con la gente y la empuja a escuchar la naturaleza y a pensar en la vida.
b) Comentario del texto
Es hermoso ver a Jesús que, siempre de nuevo, busca en la vida y en los acontecimientos elementos e imágenes que puedan ayudar a la gente a percibir y experimentar la presencia del Reino. En el evangelio de hoy cuenta, una vez más, dos breves historias que suceden todos los días en la vida de todos nosotros: “La historia de la semilla que crece por sí misma” y “la historia de la pequeña semilla de mostaza que crece y se hace grande."
La historia de la semilla que crece por sí misma.
El agricultor que planta conoce el proceso: semilla, fino hilillo verde, hoja, espiga, grano. El agricultor sabe esperar, no siega el grano antes de tiempo. Pero no sabe cómo la tierra, la lluvia, el sol y la semilla tienen esta fuerza de hacer crecer una planta de la nada hasta la fruta. Así es el Reino de Dios. Es un proceso con etapas y momentos de crecimiento. Sucede en el tiempo. Produce fruto en el momento justo, pero ninguno sabe explicar su fuerza misteriosa.
¡Ninguno, ni aún el dueño! ¡Sólo Dios!
La historia del pequeño grano de mostaza que crece y se hace grande.
El grano de mostaza es pequeño, pero crece y al final los pajarillos hacen su nido entre sus ramas. Así es el Reino. Comienza muy pequeño, crece y extiende sus ramas. La parábola deja abierta una pregunta que recibirá respuesta en el evangelio, más tarde: ¿quiénes son los pajarillos? El texto sugiere que se trata de los paganos que no pueden entrar en la comunidad y participar del Reino.
Jesús explica la parábola a sus discípulos.
En casa, solos con Jesús, los discípulos quieren saber el significado de la parábola. No la han comprendido. Jesús se queda atónito ante su ignorancia ( Mc 4,13) y en aquella ocasión responde con una frase difícil y misteriosa. Dice a sus discípulos: “A vosotros se os ha confiado el misterio del Reino de Dios; sin embargo, a los de fuera todo viene expuesto en parábolas para que miren, pero no vean, escuchen, pero no entiendan, para que no se conviertan y sean perdonados!”. Esta frase mueve a la gente a preguntarse: Entonces ¿de qué sirve la parábola? ¿Para aclarar o para ocultar? ¿Puede ser que Jesús se sirva de la parábola con el fin de que la gente continúe viviendo en la ignorancia y no llegue a convertirse? ! ¡Por supuesto que no! Porque en el evangelio de hoy Marcos dice que Jesús usaba las parábolas “de acuerdo con lo que podían entender” (Mc 4,33). ¡La parábola revela y esconde al mismo tiempo! Revela a aquellos que están dentro, que aceptan a Jesús, Mesías Siervo. Esconde a aquellos que insisten en considerarlo el Mesías, el Rey grandioso. Estos comprenden las imágenes de la parábola, pero no llegan a aceptar su significado.
DEJA CRECER LA SEMILLA QUE HAY EN TI
Fray Marcos
Mc 4, 26-34
Todos los exegetas están de acuerdo en que el Reino de Dios es el centro de la predicación de Jesús. Lo difícil es concretar en qué consiste esa realidad tan escurridiza. La verdad es que no se puede concretar, porque no es nada concreto. Tal vez por eso encontramos en los evangelios tantos apuntes desconcertantes sobre esa misteriosa realidad. Sobre todo en parábolas, que nos van indicando distintas perspectivas para que podamos ir intuyendo lo que puede esconderse en esa expresión aparentemente simple.
Podríamos decir que es un ámbito que abarca a la vez lo humano y lo divino. Todo el follón que se armó en el primer cristianismo a la hora de concretar la figura de Jesús, nos lo armamos nosotros a la hora de definir qué significa ser cristiano. El Reino es, a la vez, una realidad divina que ya está en cada uno de nosotros y una realidad terrena que consistiría en su manifestación en nuestra existencia terrena. Ni es Dios en sí mismo ni se puede identificar con ninguna situación política, social o religiosa.
No debemos caer en la simplicidad ingenua de identificarlo con la Iglesia. Como dice el evangelio: "no está aquí ni está allí". Tampoco puede estar solamente dentro de cada uno de vosotros, porque si está dentro, se manifestará fuera. Esa ambivalencia de dentro y fuera, de divino y humano es lo que nos impide poder encerrarlo en conceptos que no pueden expresar realidades aparentemente contradictorias. Para nuestra tranquilidad debemos recordar que no se trata de comprender sino de vivir y ese es otro cantar.
Me habéis oído decir muchas veces que las parábolas no se pueden expli¬car. Solo una actitud vital adecuada puede ser la respuesta a cada parábola. Como la postura espiritual de cada uno va cambiando, la parábola me va diciendo cosas distintas a medida que voy profundizando en mi camino.
Creo que tampoco los elementos que constituyen las dos del evangelio de hoy necesitan aclaración alguna. Todos sabemos lo que es una semilla y cómo se desenvuelve en su desarrollo hasta producir la planta completa. Si acaso, recordar que la semilla de mostaza es tan pequeña que es casi imperceptible a simple vista. Tal vez por eso es tan adecuada para precisar la fuerza del Reino, que tampoco se puede percibir.
La planta que va apareciendo lentamente no viene de fuera sino que es consecuencia de una evolución interna de los elementos que ya estaban ahí. Este aspecto es muy importante, porque nos obliga a pensar, no en algo estático sino en un proceso que no puede tener fin, porque su meta es el mismo Dios.
El Reino que es Dios está ya ahí, en cada uno y en todos a la vez, pero su manifestación tiene que ir produciéndose paulatinamente a través del tiempo y del espacio. Nuestra tarea no es producir el Reino, sino hacerlo visible.
Las dos parábolas tienen doble lectura. Se pueden aplicar a cada persona, en cuanto está en este mundo para evolucionar desde las increíbles posibilidades con las que nace hasta la plenitud que tiene que ir consiguiendo a través de su vida. Y también se puede aplicar a la humanidad en su conjunto.
Hoy estamos muy familiarizados con el concepto de la evolución y podemos entender que los seres humanos no hemos dejado de avanzar en nuestro caminar hacia una vida cada vez más humana. La advertencia para nosotros hoy es que no debemos conformarnos con un progreso material sino aspirar a mayor humanidad.
Otra reflexión interesante es que no podemos pensar en una meta preconcebida. Desde lo que cada uno es en el núcleo de su ser, debe desplegar todas las posibilidades sin pretender saber de antemano a dónde le llevará la experiencia de vivir. En la vida espiritual es ruinoso el prefijar metas a las que tienes que llegar. Se trata de desplegar una Vida y como tal, es imprevisible, porque toda vida es, ante todo, respuesta a los condicionamientos del entorno. No pretendas ninguna meta, simplemente camina hacia delante.
En cada una de las dos parábolas que hemos leído, se quiere destacar un aspecto de esa realidad potencial dentro de la semilla. En la primera, su vitalidad, es decir, la potencia que tiene para desarrollarse por sí misma. En la segunda quiere destacar la desproporción entre la pequeñez de la semilla y la planta que de ella sale. Parece imposible que de una semilla apenas perceptible, surja, en muy poco tiempo una planta de gran altura. En ambos casos, lo único que necesita la semilla es un ambiente adecuado para desplegar su vitalidad.
Cada uno de nosotros debemos preguntarnos si, de verdad, hemos descubierto y aceptado el Reino de Dios y si le hemos rodeado de unas condiciones mínimas indispensables para que pueda desplegar su propia fuerza. Si aún no se ha desarrollado, la culpa no será de la semilla, sino nuestra, por impedírselo de alguna manera. La semilla se desarrolla por sí sola, pero necesita un mínimo de humedad, de luz y de temperatura para poder desplegar su vitalidad latente. La semilla con su fuerza está en cada uno. Solo espera una oportunidad.
Con demasiada frecuencia olvidamos que no somos nosotros los que desarrollamos el Reino, sino que él se desarrolla en nosotros. Incluso los que tenemos como tarea hacer que el reino se desarrolle en los demás, olvidamos ese dato fundamental. No tenemos paciencia para dejar tranquila la semilla, o intentamos tirar de la plantita en cuanto asoma y en vez de ayudarla a crecer, lo que hacemos es desarraigarla. O damos por perdida la semilla antes de que haya tenido tiempo de germinar.
También puede hundirnos en la miseria el ansia de producir fruto sin haber pasado por las etapas de crecer como tallo, luego la espiga y por fin el fruto. También la vida espiritual tiene su ritmo y hay que procurar seguir los pasos por su orden. La mayoría de las veces nos desanimamos porque no vemos los frutos de nuestro esfuerzo. Debemos tener paciencia. Cada paso que demos es un logro y en él ya podemos descubrir el fruto, aunque nos parezca que no llega nunca.
El Reino no es ninguna realidad distinta de Dios mismo. Es la semilla divina la que está sembrada en cada uno de nosotros. Ella es la que tiene que desarrollarse y hacerse visible externamente. El Reino de Dios no es nada que podamos ver ni tocar. Es una realidad espiri¬tual. Ahora bien, si está o no está en nosotros lo tenemos que descubrir a través de las obras. Si actuamos de una manera, demostramos que el Reino está en nosotros. Si actuamos de otra demostramos que el Reino aún no se ha desarrollado.
Jesús experimentó dentro de sí mismo esa Realidad y la manifestó en su vida diaria. Toda su predicación consistió en proclamar esa posibilidad. El Reino de Dios está dentro de nosotros pero sin descubrirlo. Jesús hace referencia a esa realidad constantemente. Creo que aún hoy, nos empeñamos en identificar el Reino de Dios con situaciones externas. La lucha por el Reino tiene que hacerse dentro de nosotros mismos. Solo cuando lo hayamos dejado crecer dentro, se manifestará al exterior a través nuestro.
Estas dos parábolas desbaratan el afán moralizante que ya enseña la oreja en muchas partes de los evangelios. No nos dicen lo que tenemos que hacer, y mucho menos lo que no tenemos que hacer. Parece más bien que nos invita a no hacer y dejar que otro haga. Este aspecto me encanta, porque creo que nadie tiene derecho a decir a otro lo que tiene que hacer o dejar de hacer. Lo importante está en descubrir lo que somos y actuar o dejar de actuar según las exigencias de nuestro verdadero ser. Decían los escolásticos que el obrar sigue al ser. Ser más y aparentar menos. Tal vez debemos olvidarnos de muchas normas que hemos cumplido mecánicamente y tratar de que lo que nos hace más humano surja de lo hondo de nuestro ser y no de las programaciones recibidas de fuera.
Meditación- contemplación
El Reino de los cielos no se parece a nada.
Solo tú puedes crearlo y mantenerlo.
Dios en ti será siempre único e irrepetible.
La manera de manifestarlo será siempre original.
.........................
El Reino nunca será el fruto de una programación.
No surgirá por muchas doctrinas que atesores.
No lo encontrarás en los ritos litúrgicos.
Tampoco es producto del cumplimiento de unas normas morales.
........................
Surgirá de una intuición de lo que en realidad eres,
manifestada en tus relaciones con los demás;
cuando dejes de considerarte como un yo aislado
y descubras que eres uno con toda la Realidad.
...............................
XI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 26, 7. 9
Escucha, Señor, la voz de mi clamor:
no me rechaces ni me abandones, Dios, mi salvador, porque tú eres mi refugio.
Oración colecta
Dios nuestro, fuerza de los que esperan en ti,
escucha con bondad nuestros súplicas,
ya que sin tu ayuda nada puede la fragilidad humana,
y concédenos la gracia de cumplir tus mandamientos
para agradarte con nuestras acciones y deseos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Señor, que nos alimentas con estos dones,
y nos renuevas con tu sacramento,
concédenos que nunca nos falte el sustento
para el alma y para el cuerpo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión Sal 26, 4
Una sola cosa he pedido al Señor, y esto es lo que quiero:
vivir en la casa del Señor todos los días de mi vida.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que así como la comunión que hemos recibido
es signo de la unión de los creyentes en ti,
también se realice la unidad en tu Iglesia.
Por Jesucristo nuestro Señor.
LECTURAS BIBLICAS
Exaltó al árbol humillado
Lectura de la profecía de Ezequiel 17, 22-24
Así habla el Señor:
Yo tomaré la copa de un gran cedro,
cortaré un brote de la más alta de sus ramas,
y lo plantaré en una montaña muy elevada:
lo plantaré en la montaña más alta de Israel.
Él echará ramas y producirá frutos,
y se convertirá en un magnífico cedro.
Pájaros de todas clases anidarán en él,
habitarán a la sombra de sus ramas.
Y todos los árboles del campo sabrán que Yo, el Señor,
humillo al árbol elevado y exalto al árbol humillado,
hago secar el árbol verde y reverdecer al árbol seco.
Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 91, 2-3. 13-16
R. Es bueno darte gracias, Señor.
Es bueno dar gracias al Señor,
y cantar, Dios Altísimo, a tu Nombre;
proclamar tu amor de madrugada,
y tu fidelidad en las vigilias de la noche. R.
El justo florecerá como la palmera,
crecerá como los cedros del Líbano:
trasplantado en la Casa del Señor,
florecerá en los atrios de nuestro Dios. R.
En la vejez seguirá dando frutos,
se mantendrá fresco y frondoso,
para proclamar qué justo es el Señor,
mi Roca, en quien no existe la maldad. R.
Sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él,
nuestro único deseo es agradar al Señor
Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 5, 6-10
Hermanos:
Nosotros nos sentimos plenamente seguros, sabiendo que habitar en este cuerpo es vivir en el exilio, lejos del Señor; porque nosotros caminamos en la fe y todavía no vemos claramente.
Sí, nos sentimos plenamente seguros, y por eso, preferimos dejar este cuerpo para estar junto al Señor; en definitiva, sea que vivamos en este cuerpo o fuera de él, nuestro único deseo es agradarlo.
Porque todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba, de acuerdo con sus obras buenas o malas, lo que mereció durante su vida mortal.
Palabra de Dios.
ALELUIA
Aleluia.
La semilla es la palabra de Dios,
el sembrador es Cristo;
el que lo encuentra permanece para siempre.
Aleluia.
EVANGELIO
Es la más pequeña de las semillas,
pero llega a ser la más grande de todas las hortalizas
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 4, 26-34
Jesús decía a sus discípulos:
«El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha».
También decía: «¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se la siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las hortalizas, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra».
Y con muchas parábolas como estas les anunciaba la Palabra, en la medida en que ellos podían comprender. No les hablaba sino en parábolas, pero a sus propios discípulos, en privado, les explicaba todo.
Palabra del Señor.
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