Domingo 12 Tiempo Ordinario (B)

 Liturgia Viva del XII Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Segunda Lectura) 

Nos apremia el amor de Cristo.
Él murió por todos,
para que los que viven,
ya no vivan para sí
sino para el que murió
y resucitó por nosotros.
Que el Señor Resucitado
esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu espíritu. 

 

Introducción por el Celebrante 

 

1. Con Jesús en la Tormenta 

“¿Dónde estás, Señor, cuando sufrimos?” “¿Por qué duermes, Señor, cuando tu Iglesia sufre?” “¿Por qué hay tanto mal en el mundo?” Estos son con frecuencia nuestros clamores cuando nos sentimos amenazados por las olas de la desgracia, del sufrimiento y de la maldad? Y la respuesta del Señor es justamente otra pregunta, seguida de una alentadora respuesta: “¿Por qué tienen ustedes tanto miedo?” “Yo estoy con ustedes. Crean en mí, confíen en mí.” En esta eucaristía expresamos nuestra confianza de que con el Señor podemos superar todas las pruebas y todo mal. 

 

2. No Tengan Miedo 

Hoy en día mucha gente siente miedo. Nuestro tiempo se siente muy inseguro por tantas causas: guerras, violencia, crisis económicas y morales. Parece que, para muchos, las cosas y la vida cambian demasiado rápido. Y la Iglesia –tanto sus líderes como sus miembros–se siente también con frecuencia inquieta y miedosa. Parece como si Dios estuviera lejos, como un Dios que duerme, un Dios que parece indiferente a nuestros miedos y ansiedades. ¿Dónde está nuestra fe? Volvámonos a él, que viene de viaje con nosotros, y, si es preciso, despertémosle, a él, Jesús, nuestro Señor y hermano, que está aquí entre nosotros. 

 

Acto Penitencial 

 

Pidámosle al Señor, nuestro Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, que nos perdone nuestra falta de confianza en él y que ordene a las olas del miedo en nosotros que estén tranquilas y que nos dejen en paz. 

(Pausa) Señor, tú mandas a nuestras olas del miedo a permanecer tranquilas cuando nos sacuden violentamente. R/ Señor, ten piedad de nosotros. 

Cristo Jesús, tú acudes en auxilio de tu Iglesia y la libras de la angustia y el temor cuando tus fieles ponen toda su confianza en ti. R/ Cristo, ten piedad de nosotros. 

Señor Jesús, nos alegramos, agradecidos, por la calma y sosiego interior que nos das cuando creemos en ti. R/ Señor, ten piedad de nosotros. 

Perdóna, Señor, nuestra falta de fe, y ayúdanos a ponernos confiadamente en tus manos. Confiando plenamente en ti, llévanos hacia adelante, hacia la paz de la vida eterna. R/ Amén. 

 

Colecta 

 

En las tormentas de la vida, roguemos 
por una ilimitada confianza en el Señor.
(Pausa) 

Oh Dios fuerte y poderoso:
Cuando clamamos a ti en las tempestades de la vida,
danos seguridad de que tú te preocupas
y de que estás con nosotros,
aun cuando parezca que estás ausente.
Que nuestra fe permanezca pacífica y serena
y se haga más profunda en cada prueba.
Haz que sigamos creyendo
que las olas te obedecen
y que, estando a tus órdenes,
los poderes del mal
no pueden dañarnos.
Quédate con nosotros por medio de tu Hijo,
Jesucristo, nuestro Señor,
R/ Amén. 

 

Primera Lectura: Dios Habla desde el Corazón de la Tempestad (Job 38:1,8-11)
Las respuestas de Dios a Job, cuando éste le implora en sus sufrimientos, son: “Fíjate en
mi poder y confía en mí, aun cuando no entiendas”. 

Segunda Lectura: Ahora Todo es Nuevo (2 Cor 5:14-17)
El amor de Cristo nos mueve hacia adelante, pues en él hemos llegado a ser totalmente
nuevos y renunciamos a nuestra vieja conducta. 

Evangelio: Pero ¿Quién es Éste? (Mc 4:35-41)
El miedo hace tambalear la débil fe de los discípulos cuando experimentan serio peligro.
También a nosotros nos pregunta Jesús: “¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué es tan débil
su fe?” 

 

Oración de los Fieles 

 

Dios es nuestra luz y nuestra seguridad. Expresemos nuestra confianza en él y roguemos por todos los que viajan con nosotros en la vida. Digámosle: 

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

-Por la Iglesia de Jesús, para que su fe y amor no vacilen en las dificultades y tormentas de nuestro tiempo, oremos.  

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

 

-Por los que dudan en su fe y tienen miedo de afrontar el futuro, para que Dios les dé fuerza y valor, y que nosotros les ayudemos a renovar su esperanza.  

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

 

-Por los marineros y demás gente del mar, para que el mismo mar, del que ellos viven y donde luchan y faenan, les sea tranquilo en tormentas y generoso en pescado; también rogamos por todos los que viajan, para que puedan llegar a su destino sanos y salvos, oremos:  

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

 

-Por la comunidad de naciones, para que todos los pueblos vivan en paz y armonía, oremos:  

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

 

-Por nuestras comunidades cristianas, para que todos vayamos creciendo en fe confiada en Jesús, el Señor, y para que su amor nos mueva siempre a vivir generosamente los unos para los otros, oremos:  

 

R/ Señor, en ti de verdad confiamos. 

 

Señor, Dios nuestro, ¿por qué habríamos de sentir miedo, convencidos como estamos de que tu Hijo Jesús está con nosotros? Danos su paz y que dure para siempre. R/ Amén. 

 

Oración sobre las Ofrendas 

 

Padre de bondad: A través de estos sencillos signos de pan y vino nos ponemos confiadamente en tus manos junto con Jesús, tu Hijo. Haznos con él disponibles para aceptar todas las cosas por ti y buscar tu voluntad en todo lo que hacemos, porque sabemos que nos amas y nosotros, por nuestra parte, también te amamos en Cristo Jesús, nuestro Señor. R/ Amén. 

 

Introducción a la Plegaria Eucarística 

Jesús se puso en manos de su Padre en la vida y en la muerte. Con él agradecemos al Padre por responder a nuestra confianza en él. 

 

Introducción al Padre Nuestro 

Con Jesús, nuestro Señor, oremos con su oración de confianza a Dios nuestro Padre. 

 

Líbranos, Señor 

 

Líbranos de todos los males, Señor,
pero sobre todo del mal del pecado.
Reaviva nuestra fe
y que ella nos traiga tu paz.
protégenos de todo temor y ansiedad,
y danos valor y esperanza
para que podamos construir tu mundo nuevo
-nuevos cielos y nueva tierra- 
mientras nos preparamos para la gloriosa venida
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. 

R/ Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor.

 

Al Partir el Pan 

 

Jesús tomó el pan, lo partió,
y por medio de él
compartió todo su ser con sus amigos.
Del mismo modo
nosotros partimos ahora el pan de vida 
para unirnos todos en Jesús 
y para aprender de él 
a compartir unos con otros 
todo lo que somos y tenemos. 

 

Oración después de la Comunión. 

 

Oh Dios y Padre nuestro:
En esta eucaristía tu Hijo Jesús
nos ha dirigido palabras de ánimo
que disipan nuestros miedos.
y nos ha dado su pan de vida
que nos da fuerza y vigor.
Te pedimos, Señor,
que sepamos afrontar con fe y esperanza
las tormentas de las pruebas de la vida,
ya que estamos convencidos 
de que Jesús está con nosotros,
aunque no veamos su mano que nos guía.
Que él permanezca siempre con nosotros
y nos conduzca, sanos y salvos,
al puerto de su Casa en el cielo;
porque él es nuestro Señor 
por los siglos de los siglos. R/ Amén. 

 

Bendición 

Esta eucaristía ha sido para nosotros
una celebración gozosa
en la que hemos recibido ánimo y confianza,
que han disipado nuestros miedos.
Dios nos lo ha asegurado:
“Hasta en los días más oscuros de la vida
no hay nada que temer.
Yo estoy contigo.
Afronta la vida y sus problemas.
Yo te voy a llevar a un puerto seguro.
Confía en mí.”
Que Dios todopoderoso
les conceda a ustedes
esta fe inquebrantable.
Y que a todos les bendiga:
El Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, 

R/ Amén. 

Podemos ir en la paz de Cristo. R/ Demos gracias a Dios.

 

¿Quién es éste?

 

Ni a Job le fue bien en la vida, a pesar de ser justo, ni a los Apóstoles en la barca, a pesar de estar con Jesús. También nosotros podemos sentir que nos superan los acontecimientos. Es difícil hacer lo que hay que hacer, lo que sabes que tienes que hacer, cuando alrededor todos te dicen que “no seas tonto”, “son otros tiempos”, “eso era antes”… Es más fácil dejar que otros hablen, fingir que no vemos lo que pasa a nuestro alrededor, no levantar la voz para denunciar lo que en este mundo no va bien.

Pero, si queremos que algo cambie, que nuestra sociedad o nuestra Iglesia sean más parecidas a lo que Jesús quería, más dóciles al Espíritu, necesitamos gente como Job, que fue capaz de mantener su verdad frente a todos, aunque tuviera enfrente a sus tres “amigos”. Hay que ir contracorriente, como hizo el mismo Jesús. Eso es preciso, para lograr una nueva vida, porque “el que es de Cristo, es una criatura nueva”, como nos recuerda san Pablo. Enfocar así las desventuras, sufrimientos y carencias significa “vivir en Cristo” y “ser criaturas nuevas”. Ser “criaturas nuevas” significa no turbarse ante las tribulaciones y sufrimientos, sino andar en plena confianza en Dios.

Sólo Él sabe lo que nos conviene. En la Liturgia de hoy, somos testigos, junto con Job y los Apóstoles, del poder omnipotente de Dios. Job lo comprueba en la visión desde la cual Dios le habla. Al final, le restituye el doble de todo lo que había perdido, en bienes materiales, familiares y de salud. Y los Apóstoles lo ven manifestado, nada menos que en Jesús, el Maestro, con quien viven día a día. Aunque parezca que duerme.

Otra vez la confianza, como en el Evangelio de la semana pasada. Hemos tenido tiempo estos días para pensar si dejamos sembrar en nosotros la Palabra, y si la sembramos con confianza en los ambientes en los que nos movemos. Y con paciencia, porque no debemos desanimarnos al no ver inmediatamente resultados. Hay que saber confiar en el Señor, al tiempo que doy lo mejor de mí para anunciar el Evangelio.

Hace un par de semanas oíamos la historia de Adán y Eva. Por culpa de ellos, podemos decir, se estropeó todo lo que estaba bien. Por su desobediencia perdimos la gracia. Pero Dios no nos abandona. La gracia obtenida por la obediencia de Cristo es muy superior al mal causado por la desobediencia del hombre. Donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia. Sin Cristo, todos estaríamos muertos. Con Cristo, Dios nos ha regalado su vida a todos.

No siempre lo entendemos, no siempre lo recordamos, o no siempre nos lo creemos.  Nuestra fe es pobre, débil, como la de los Discípulos. Se adormece. Somos cobardes. En realidad, vivimos a base de contrastes. Valoramos la luz cuando estamos en la oscuridad; la salud, cuando enfermamos; hablamos del calor cuando hemos experimentado el frío… Y se nos olvida que Dios está siempre con nosotros, aunque parezca que duerma, y está al mando del timón. Él guía nuestra barca en medio de tempestades y tormentas, con una presencia escondida y silenciosa. Porque Dios está entre nosotros, en la calma y en la tormenta. Además, quiere que notemos esa presencia, silenciosa, sí, pero eficaz, que nos demos cuenta de que está en la vida de cada uno de nosotros. Porque el Señor no deja de derramar sus gracias. Así nos va llevando de la mano por esta vida, para que podamos llegar a la Vida Eterna.

Eso no evita que haya tormentas. En la vida de los creyentes, y en la vida de la Iglesia. Hoy las notamos especialmente, porque todo se transmite rápidamente, debido al milagro cibernético. Entre escándalos y envejecimiento, por lo menos en Europa, muchos creen que la Iglesia está llamada a hundirse, y que le queda poco a esto de “ser de Misa”. Que lo piensen los ateos, los agnósticos, los “extraños”, puede ser normal. Se creen que la Iglesia tiene sólo las capacidades personales de sus miembros. Se les olvida la dimensión sobrenatural, esa que nosotros deberíamos tener siempre presente.

Si nosotros lo pensamos (que la barca de la Iglesia se hunde), como lo pensaban los Discípulos, puede ser signo de poca fe. Porque la barca de la Iglesia no es nuestra, es de Cristo, y es Él el capitán y el timonel. Con la presencia de Cristo, la Iglesia es insumergible, porque cuenta con el auxilio divino. Si se nos olvida, tenemos poca fe. Ojalá el reproche de Jesús a sus Apóstoles no sea para nosotros. Que en nuestros corazones nos sintamos seguros, porque sabemos que Él es el Hijo de Dios, y que tiene poder sobre las olas y el mar.

Cuesta pasar a la otra orilla. Hay que hacer la maleta, soltar amarras e ir hacia lo desconocido. No es fácil. A cualquier edad, los cambios, si no asustan, desajustan. Jesús estuvo siempre disponible, para hacer lo que más convenía a la voluntad del Padre. Algunos santos, también. Una respuesta a la pregunta de “¿Quién es éste?” puede ser “Éste es el que siempre hacía la voluntad de Dios”. Porque era uno con su Padre, y a través de Él obraba el Espíritu. Incluso en medio de la tormenta, sabía ver la luz, porque Él era la Luz. El Camino, la Verdad y la Vida.

Nosotros somos parte de la tripulación, y nos lleva con brazo firme el mejor capitán y timonel. Es nuestra responsabilidad estar atentos, seguir las indicaciones y cumplirlas con la mejor disposición de ánimo. No dormirnos, para que no nos lleve la corriente. Que la barca llegue a buen puerto depende en parte de ti. ¿Qué vas a hacer para que así sea?

 

EVANGELIO

 

¿Quién es éste, a quien hasta el viento y el mar obedecen?

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 35-41

 

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla». Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban.

 

Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. El estaba a popa, dormido sobre un almohadón.

 

Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?». Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!». El viento cesó y vino una gran calma. El les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!».

 

Palabra de Dios.

 

 

POR QUÉ TANTO MIEDO

 

La barca en la que van Jesús y sus discípulos se ve atrapada por una de aquellas tormentas imprevistas y furiosas que se levantan en el lago de Galilea al atardecer de algunos días de verano. Marcos describe el episodio para despertar la fe de las comunidades cristianas que viven momentos difíciles.

 

El relato no es una historia tranquilizante para consolarnos a los cristianos de hoy con la promesa de una protección divina que permita a la Iglesia pasear tranquila a través de la historia. Es la llamada decisiva de Jesús para hacer con él la travesía en tiempos difíciles: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

 

Marcos prepara la escena desde el principio. Nos dice que "era al atardecer". Pronto caerán las tinieblas de la noche sobre el lago. Es Jesús quien toma la iniciativa de aquella extraña travesía: "Vamos a la otra orilla". La expresión no es nada inocente. Les invita a pasar juntos, en la misma barca, hacia otro mundo, más allá de lo conocido: la región pagana de la Decápolis.

 

De pronto se levanta un fuerte huracán y las olas rompen contra la frágil embarcación inundándola de agua. La escena es patética: en la parte delantera, los discípulos luchando impotentes contra la tempestad; a popa, en un lugar algo más elevado, Jesús durmiendo tranquilamente sobre un cojín.

 

Aterrorizados, los discípulos despiertan a Jesús. No captan la confianza de Jesús en el Padre. Lo único que ven en él es una increíble falta de interés por ellos. Se les ve llenos de miedo y nerviosismo: "Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?".

 

Jesús no se justifica. Se pone de pie y pronuncia una especie de exorcismo: el viento cesa de rugir y se hace una gran calma. Jesús aprovecha esa paz y silencio grandes para hacerles dos preguntas que hoy llegan hasta nosotros: "¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?".

 

¿Qué nos está sucediendo a los cristianos? ¿Por qué son tantos nuestros miedos para afrontar estos tiempos cruciales, y tan poca nuestra confianza en Jesús? ¿No es el miedo a hundirnos el que nos está bloqueando? ¿No es la búsqueda ciega de seguridad la que nos impide hacer una lectura lúcida, responsable y confiada de estos tiempos? ¿Por qué nos resistimos a ver que Dios está conduciendo a la Iglesia hacia un futuro más fiel a Jesús y su Evangelio? ¿Por qué buscamos seguridad en lo conocido y establecido en el pasado, y no escuchamos la llamada de Jesús a "pasar a la otra orilla" para sembrar humildemente su Buena Noticia en un mundo indiferente a Dios, pero tan necesitado de esperanza.

 

 

¿POR QUÉ SOMOS TAN COBARDES?

 

¿Por qué sois tan cobardes?.

 

«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Estas dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos no son, para el evangelista Marcos, una anécdota del pasado. Son las preguntas que han de escuchar los seguidores de Jesús en medio de sus crisis. Las preguntas que nos hemos de hacer también hoy: ¿Dónde está la raíz de nuestra cobardía? ¿Por qué tenemos miedo ante el futuro? ¿Es porque nos falta fe en Jesucristo?

 

El relato es breve. Todo comienza con una orden de Jesús: «Vamos a la otra orilla». Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias.

 

De pronto se levanta una fuerte tempestad, metáfora gráfica de lo que sucede en el grupo de discípulos. El viento huracanado, las olas que rompen contra la barca, el agua que comienza a invadirlo todo, expresan bien la situación: ¿Qué podrán los seguidores de Jesús ante la hostilidad del mundo pagano? No sólo está en peligro su misión, sino incluso la supervivencia misma del grupo.

 

Despertado por sus discípulos, Jesús interviene, el viento cesa y sobre el lago viene una gran calma. Lo sorprendente es que los discípulos «se quedan espantados».

 

Antes tenían miedo a la tempestad. Ahora parecen temer a Jesús. Sin embargo, algo decisivo se ha producido en ellos: han recurrido a Jesús; han podido experimentar en él una fuerza salvadora que no conocían; comienzan a preguntarse por su identidad. Comienzan a intuir que con él todo es posible.

 

El cristianismo se encuentra hoy en medio de una «fuerte tempestad» y el miedo comienza a apoderarse de nosotros. No nos atrevemos a pasar a «la otra orilla».

 

La cultura moderna nos resulta un país extraño y hostil. El futuro os da miedo. La creatividad parece prohibida. Algunos creen más seguro mirar hacia atrás para mejor ir adelante.

 

Jesús nos puede sorprender a todos. El Resucitado tiene fuerza para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Solo se nos pide fe. Una fe que nos libere de tanto miedo y cobardía, y nos comprometa a caminar tras las huellas de Jesús.

 

 

¿POR QUÉ TANTO MIEDO?

 

¿Por qué sois tan cobardes?.

 

La tempestad calmada por Jesús en medio del lago de Galilea siempre ha tenido gran eco entre los cristianos. Ya no es posible conocer su núcleo histórico original. Marcos ha trabajado el relato para invitar a su comunidad, amenazada por la persecución y la hostilidad, a confiar en Jesús.

 

La escena es sobrecogedora. La barca se encuentra en medio del mar. Comienza a echarse encima la oscuridad de la noche. De pronto, se levanta un fuerte huracán. Las olas rompen contra la barca. El agua lo va llenando todo. El grupo de Jesús está en peligro.

 

Dentro de la barca, los discípulos están angustiados: en cualquier momento se pueden hundir. Mientras tanto, Jesús «duerme» en la parte trasera, tal vez en el lugar desde el que se marca el rumbo de la embarcación. No se siente amenazado. Su sueño tranquilo indica que en ningún momento ha perdido la paz.

 

Los discípulos lo despiertan: «¿No te importa que nos hundamos?». El miedo les impide confiar en Jesús. Sólo ven el peligro. Dudan de Jesús. Le reprochan su indiferencia: ¿por qué se desentiende?, ¿ya no se preocupa de sus seguidores? Son preguntas que brotan en la comunidad cristiana en los momentos de crisis.

 

La respuesta de Jesús es doble: «¿Por qué sois tan cobardes?», ¿por qué tanto miedo? A los discípulos les falta confianza, no tienen valor para correr riesgos junto a Jesús. «¿Aún no tenéis fe?». Los discípulos viven la tempestad como si estuvieran solos, abandonados a su suerte; como si Jesús no estuviera en la barca.

 

Nuestro mayor pecado en una Iglesia en crisis es cultivar el miedo. El miedo agiganta los problemas y despierta la añoranza del poder del pasado. Nos lleva a culpabilizar al mundo, no a amarlo. Genera control y ahoga la alegría. Endurece la disciplina y hace desaparecer la fraternidad. Donde comienza el miedo termina la fe.

 

Lo que necesitamos en momentos de crisis es reflexión valiente y lúcida sobre la situación, autocrítica serena de nuestros miedos y cobardías, diálogo sincero y colaboración confiada. ¿Qué aporto yo a la Iglesia?, ¿miedo o fe?, ¿pesimismo o confianza?, ¿turbación o paz?

 

ELIMINAR MIEDOS

 

¿Por qué sois tan cobardes?

 

A nadie sorprende que una persona sienta miedo ante un peligro real. La vida es una aventura no exenta de riesgos y amenazas. Por eso el miedo es sano, nos pone en estado de alerta y nos permite reaccionar para orientar nuestra vida con mayor sentido y seguridad.

 

Lo que resulta extraño es que siga creciendo en la sociedad moderna el número de personas que viven con sensación de miedo pero sin motivo aparente. Individuos atrapados por la inseguridad, amenazados por riesgos y peligros no formulados, habitados por un miedo difuso, difícil de explicar.

 

Este miedo hace daño. Paraliza a la persona, detiene su crecimiento, impide vivir amando. Es un miedo que anula nuestra energía interior, ahoga la creatividad, nos hace vivir de manera rígida, en una actitud de continua autodefensa. Esa inquietud no resuelta impide afrontar la vida con paz y, muchas veces, conduce a una vida ajetreada y frívola para acallar la desazón interior.

 

Sin duda, el origen de este miedo insano puede ser diferente y requiere en cada caso una atención específica adecuada. Pero no es exagerado decir que, en bastantes, tiene mucho que ver con una existencia vacía, un individualismo empobrecedor, una falta abrumadora de sentido y una ausencia casi total de vida interior.

 

La exégesis actual está destacando, en la actuación histórica de Jesús, su empeño por liberar a las gentes del miedo que puede anidar en el corazón humano. Los evangelios repiten una y otra vez sus palabras: «No tengáis miedo a los hombres», «no tengáis miedo a los que matan el cuerpo», «no se turbe vuestro corazón», «no seáis cobardes», «no tengáis miedo, vosotros valéis más que los gorriones». B. Hanssler llega a decir que Jesús es «el único fundador religioso que ha eliminado de la religión el elemento del temor».

 

La fe cristiana no es una receta psicológica para combatirlos miedos, pero la confianza radical en un Dios Padre y la experiencia de su amor incondicional y eterno, pueden ofrecer al ser humano la mejor base espiritual para afrontar la vida con paz. Ya el fundador del psicoanálisis afirmaba que «amar y ser amado es el principal remedio contra todas las neurosis». Por eso, nos hace bien escuchar las palabras de Jesús a sus discípulos en medio de la tempestad: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

 

 

LE IMPORTA

 

¿No te importa que nos hundamos?

 

Hay formas de entender la religión que, aunque estén muy extendidas, son falsas y desfiguran sustancialmente la realidad de Dios y la experiencia religiosa. No son cosas secundarias, sino de fondo.

 

Veamos un ejemplo. Son bastantes los que se imaginan como dos mundos de intereses. Por una parte, están los intereses de Dios. A él le interesa su gloria, es decir, que las personas crean en él, que lo alaben y que cumplan su voluntad divina. Por otra, están los intereses de los humanos que nos afanamos por vivir lo mejor posible y ser felices.

 

A Dios, evidentemente, le interesa «lo suyo» y trata de poner al hombre a su servicio. Impone sus diez mandamientos (como podía haber impuesto otros o ninguno) y está atento a cómo le responden los hombres. Si le obedecen los premia, en caso contrario los castiga. Como Señor que es, también concede favores; a unos más que a otros; a veces gratuitamente, a veces a cambio de algo.

 

Los hombres, por su parte, buscan sus propios intereses y tratan de ponerle a Dios de su parte. Le «piden ayuda» para que les salgan bien las cosas; le «dan gracias» por determinados favores; incluso le «ofrecen sacrificios» y «cumplen promesas» para forzarlo a interesarse por sus asuntos.

 

En realidad, las cosas son de manera muy diferente. A Dios lo único que le interesa somos nosotros. Nos crea sólo por amor y busca siempre nuestro bien. No hay que convencerlo de nada. De él sólo brota amor hacia el ser humano. No busca contrapartidas. No ama al hombre para obtener de él su reconocimiento. Lo único que le interesa es el bien y la dicha de las personas. Lo que le da verdadera gloria es que los hombres y mujeres vivan en plenitud.

 

Si quiere que cumplamos esas obligaciones morales que llevamos dentro del corazón por el mero hecho de ser humanos, es porque ese cumplimiento es bueno para nosotros. Dios está siempre contra el mal porque va contra la felicidad del ser humano. No «envía» ni «permite» la desgracia. No está en la enfermedad, sino en el enfermo. No está en el accidente, sino con el accidentado. Está en aquello que contribuye ahora mismo al bien del hombre. Y, a pesar de los fracasos y desgracias inevitables de esta vida finita, está orientándolo todo hacia la salvación definitiva.

 

En el relato evangélico de Marcos, los discípulos, zarandeados por la tempestad, gritan asustados: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Jesús calma el mar (símbolo del poder del mal) y les dice: «¿Aún no tenéis fe?» Mientras no hemos descubierto que a Dios lo que le importa es que no nos hundamos, ¿qué fe tenemos?

 

 

CONFIAR

 

¿Aún no tenéis fe?

 

Apenas se oye hablar hoy de la «providencia de Dios». Es un lenguaje que ha ido cayendo en desuso o que se ha convertido en una forma piadosa de considerar ciertos acontecimientos. Se habla de un hecho «providencial» cuando se produce un suceso feliz e inesperado. Sin embargo, creer en el amor providente de Dios es un rasgo básico del cristiano.

 

Todo brota de una convicción radical. Dios no abandona ni se desentiende de aquellos a quienes crea, sino que sostiene su vida con amor fiel, vigilante y creador. No estamos a merced del azar, el caos o la fatalidad. En el interior de la existencia está Dios, conduciendo nuestro ser hacia el bien.

 

Esta fe no libera de penas y trabajos, pero enraíza al creyente en una confianza total en Dios, que expulsa el miedo a caer definitivamente bajo las fuerzas del mal. Dios es el Señor último de nuestras vidas. De ahí la invitación de la primera carta de san Pedro: «Descargad en Dios todo agobio, que a él le interesa vuestro bien» (1 Pe 5, 7).

 

Esto no quiere decir que Dios «intervenga» en nuestra vida como intervienen otras personas o factores. La fe en la Providencia ha caído a veces en descrédito precisamente porque se la ha entendido en sentido intervencionista, como si Dios se entrometiera en nuestras cosas, forzando los acontecimientos o eliminando la libertad humana. No es así. Dios respeta totalmente las decisiones de las personas y la marcha de la historia.

 

Por eso, no se debe decir propiamente que Dios «guía» nuestra vida, sino que ofrece su gracia y su fuerza para que nosotros la orientemos y guiemos hacia nuestro bien. Así, la presencia providente de Dios no lleva a la pasividad o la inhibición, sino a la iniciativa y la creatividad.

 

No hemos de olvidar, por otra parte, que si bien podemos captar signos del amor providente de Dios en experiencias concretas de nuestra vida, su acción permanece siempre inescrutable. Lo que a nosotros hoy nos parece malo, puede ser mañana fuente de bien. Nosotros somos incapaces de abarcar la totalidad de nuestra existencia; se nos escapa el sentido final de las cosas; no podemos comprender el menor acontecimiento en sus últimas consecuencias. Todo queda bajo el signo del amor de Dios, que no olvida a ninguna de sus criaturas.

 

Desde esta perspectiva adquiere toda su hondura la escena del lago de Toberíades. En medio de la tormenta, los discípulos ven a Jesús dormido confiadamente en la barca. De su corazón lleno de miedo brota un grito: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?

 

Jesús, después de contagiar su propia calma al mar y al viento, les dice: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?»

 

 

¿DUDA SINCERA O INDIFERENCIA?

 

¿Por qué sois tan cobardes?

 

Siempre es saludable, en una época de crisis como la actual, ir clarificando todo aquello que nos impide adoptar una postura lúcida y honesta. Concretamente y por lo que se refiere a la crisis religiosa del hombre contemporáneo, es imprescindible distinguir bien lo que es duda religiosa y lo que es indiferencia.

 

El hombre que duda desde una actitud sincera no rechaza nada. Tampoco se mantiene indiferente. Sencillamente busca, indaga, trata de encontrar razones para creer de manera responsable. Esta duda es noble y digna de todo respeto. Jean Lacroix llega a decir que “si muchos de nuestros contemporáneos guardan una actitud de duda parcial o total ante ciertos dogmas es porque, muchas veces, no pueden en conciencia hacer otra cosa”.

 

No hemos de olvidar que la teología siempre ha afirmado que el acto de fe, como cualquier otro acto humano, para ser responsable, ha de estar justificado en la propia conciencia. Una persona no debe confesar lo que la Iglesia confiesa, si en conciencia cree que no lo debe hacer. Santo Tomás de Aquino, el teólogo más eximio de Occidente, no tiene reparo en afirmar que “creer en Cristo es algo bueno en sí mismo, pero es inmoral si la razón estima que es malo, pues cada uno debe obedecer a su conciencia, incluso cuando es errónea”.

 

Naturalmente, estamos hablando de aquellos que dudan porque quieren ser honestos y no se contentan con adoptar ciegamente una postura ligera e irresponsable.

 

La indiferencia es otra cosa muy distinta. El que adopta una postura indiferente ante las cuestiones fundamentales de la religión está eludiendo en definitiva la cuestión del sentido último de la vida y, en la medida en que vive de manera indiferente, está deshumanizando su existencia.

 

La razón es simple. El escepticismo no deja de ser una enfermedad de la inteligencia pues impide a la persona buscar la verdad con decisión, y una enfermedad de la voluntad pues lleva al hombre a refugiarse en un mundo de desconfianza y sospechas teóricas para no verse obligado a tomar una postura más comprometida y responsable.

 

En el fondo de la crisis religiosa del hombre contemporáneo hay probablemente mucho más de indiferencia interesada y escepticismo cobarde que de duda honesta y responsable. Por eso es saludable escuchar las preguntas de Jesús: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Por qué no tenéis fe?”.

 

Yo invitaría al que se dice increyente y agnóstico a reducir todas las cuestiones a algunas pocas preguntas esenciales: ¿qué es exactamente lo que no crees?, ¿qué es lo que te resistes a creer? Esa postura de indiferencia, ¿es resultado de una búsqueda sincera o la coartada de quien no se atreve a vivir de manera más profunda y comprometida?

 

 

PERDER LA FE

 

¿Aún no tenéis fe?

 

No nos resulta siempre fácil hablar sinceramente de nuestras crisis de fe ni de los combates que secretamente mantenemos en el fondo de nuestra conciencia.

 

Por ello no es extraño que se vayan generalizando en nuestros días una serie de expresiones fáciles y de tópicos con los que algunos tratan de definir su postura personal ante la fe.

 

Son frases que se van extendiendo entre nosotros y que, tal vez, requerirían una reflexión más seria.

 

“Soy creyente pero no practicante”. Así se definen hoy bastantes, como si esas palabras expresaran el posicionamiento acabado y perfecto de quien ha descubierto la postura irreprochable y progresista de vivir hoy la fe.

 

Pero, ¿qué significa en realidad ser creyente y no practicante? ¿Incoherencia personal? ¿Arrinconamiento de la fe al “cuarto trastero»? ¿Incapacidad para poner en práctica, de manera consecuente, las exigencias de la fe?

 

No parece fácil alimentar responsablemente la fe cuando uno nunca la celebra, la recuerda o la comparte con otros creyentes.

 

“No sé si tengo fe”. Comprendo muy bien a los que hablan así desde el fondo de la incertidumbre. Sé que la fe está tejida muchas veces de crisis y dudas y que el creyente se purifica y crece en la búsqueda no siempre fácil de Dios.

 

Pero, ¿no significa a veces esa frase precisamente lo contrario? ¿Un dejación en la búsqueda? ¿Una falta de experiencia personal comprometida?

 

¿No son bastantes los que abandonan hoy la fe sin haberla conocido ni gustado?

 

«He perdido la fe» Estas son las palabras que he escuchado a más de uno, sin observar en su rostro el menor sentimiento de pena o pesar.

 

Y, sin embargo, estas palabras encierran para mí una verdadera desgracia porque perder la fe es realmente “perder”. Salir perdiendo.

 

Perder vida y luz interior. Perder energía humanizadora y esperanza. Perder la capacidad de mirar la existencia hasta el final con confianza. Perder el camino esencial. Perderse lo más importante.

 

No estoy hablando de otros. Estas frases que hoy comento podrían salir en más de una ocasión de labios de quienes nos decimos creyentes. Todos hemos de escuchar desde muy dentro las preguntas de Jesús: “¿Por qué sois tan cobardes? ¿Por qué no tenéis fe?”.

 

 

SE CONMUEVEN LOS CIMIENTOS

 

¿Aún no tenéis fe?

 

La destrucción creciente de la naturaleza, el agotamiento de los recursos energéticos, la insolidaridad entre los pueblos, la carrera nuclear y tantos otros datos ofrecen un panorama tan desolador del mundo que son muchos los que se preguntan si no habremos alcanzado ya el punto de no retorno.

 

Algunos presagian que nuestra civilización, como tantas otras, acabará suicidándose. Observadores como C.S. Lewis piensan que cada nuevo poder que logra el hombre actual se convierte en «poder sobre el hombre» y que la conquista final del hombre moderno será la abolición del hombre».

 

Otros como Birch nos advierten que la tecnología actual en manos de un hombre que no sabe exactamente lo que quiere, «tiende a crear más problemas que los que puede resolver».

 

Mientras tanto los protagonistas más poderosos del planeta no saben buscar otra solución que no sea la del poder nuclear o tecnológico.

 

¿Pueden los hombres todavía enderezar el curso de los acontecimiento ? ¿Podemos restablecer de nuevo el equilibrio y organizar nuestra convivencia en la tierra sobre bases nuevas que eviten la catástrofe y garanticen un futuro a la especie humana?

 

Hace unos años, P. Tillich, uno de los más grandes teólogos de nuestro siglo, escribía una obra titulada «Se conmueven los cimientos» para mostrar la importancia de la fe en una época en la que «todos los cimientos de la vida personal, natural y cultural se han conmocionado».

 

El desastre sólo puede evitarse cambiando de rumbo. Son muchos los que se sonríen irónicamente cuando se hace una llamada a la ética, pero cada vez es más claro que la supervivencia de la humanidad es inseparable de una conversión a la justicia, la solidaridad, la austeridad.

 

Pero, ¿quién tiene hoy fuerza suficiente para conseguir en el mundo la aceptación de unas pautas y orientaciones morales? ¿Quién puede infundir en los pueblos la fe imprescindible para vivir una ascética de fraternidad?

 

¿Quién puede sustentar una ética no manipulable y egoísta si no es la fe en un Dios Señor del mundo y Padre de todos? Nadie está obligado a creer en Dios pero nadie debe ignorar las graves consecuencias que se siguen para un hombre que no sabe dar sentido a su vida desde el Absoluto.

 

Nuestro grito es semejante al de los discípulos en medio de la tormenta: «ano te importa que nos hundamos?». Y quizá también nosotros necesitamos escuchar las mismas palabras: «Por qué no tenéis fe?

 

 

MIEDO A CREER

 

¿Por qué sois tan cobardes?

 

Los hombres preferimos casi siempre lo fácil, y nos pasamos la vida tratando de eludir todo aquello que exige verdadero riesgo y sacrificio.

 

Cuantos retroceden y se repliegan cómodamente en la pasividad, cuando descubren las exigencias y luchas que lleva consigo el saber vivir con cierta hondura.

 

Nos da miedo tomar en serio nuestra vida. Da vértigo asumir la propia existencia con responsabilidad total. Es más fácil «instalarse» y «seguir tirando», sin atreverse a afrontar el sentido último de nuestro vivir diario.

 

Cuántos hombres y mujeres viven sin saber cómo, por qué ni hacia dónde. Están ahí. La vida sigue cada día. Pero, por el momento, que nadie les moleste. Están ocupados por su trabajo, al atardecer les espera su programa de T. V., las vacaciones están ya próximas. ¿Qué más hay que buscar?

 

Vivimos en un mundo atormentado, y, de alguna manera hay que defenderse. No se puede vivir a la deriva. Y entonces cada uno se va buscando con mayor o menor esfuerzo el tranquilizante que más le conviene, aunque dentro de nosotros se vaya abriendo un vacío cada vez más inmenso de falta de sentido y de cobardía para vivir nuestra existencia en toda su hondura.

 

Por eso, los que fácilmente nos llamamos creyentes, deberíamos escuchar con sinceridad total las palabras de Jesús: «Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?».

 

Quizás nuestro mayor pecado contra la fe, lo que más gravemente bloquea nuestra acogida del evangelio, sea la cobardía. Digámoslo con sinceridad. No nos atrevemos a tomar en serio todo lo que el evangelio significa.

 

Con frecuencia se trata de una cobardía oculta, casi inconsciente. Alguien ha hablado de la «herejía disfrazada» (M. Bellet) de quienes defienden el cristianismo incluso con agresividad, pero no se abren nunca a las exigencias más fundamentales del evangelio.

 

Entonces el cristianismo corre el riesgo de convertirse en un tranquilizante más. Un conglomerado de cosas que hay que creer, cosas que hay que practicar y defender. Cosas que «tomadas en su medida», hacen bien y ayudan a vivir.

 

Pero, entonces todo puede quedar falseado. Uno puede estar viviendo su «propia religión tranquilizante», no muy alejada del paganismo vulgar que se alimenta de confort, dinero y sexo, evitando de mil maneras el «peligro supremo» de encontrarnos con d Dios vivo de Jesús que nos llama a la justicia, la fraternidad y la cercanía a los pobres.

 

 

NO DEJES DE HACERTE LA PREGUNTA: ¿QUIÉN ES ÉSTE?

Fray Marcos

Mc 4, 35-40

 

CONTEXTO

Leemos hoy el final del capítulo 4. Si no explicamos un poco de qué va, da la sensación de tomar un tren en marcha sin saber de dónde viene ni a dónde va.

Después de enseñar en Cafarnaúm y sus alrededores, dejando bien clara la reacción de los jefes religiosos, de los que le siguen e incluso de sus familiares, narra Marcos en el cap.4 varias parábolas y termina con el relato de la tempestad calmada, que acabamos de leer. Se trata de un milagro muy complicado. Los milagros, llamados de naturaleza, son los que menos visos tienen de responder a hechos reales. Están tan cargados de simbolismos que no es preciso que partan de un suceso concreto para justificar la narración.

La Biblia utiliza varias palabras griegas para expresar lo que nosotros denominamos milagro:

"thauma" = maravilla,

"dynameis" = portento,

"teras" = prodigio,

"semeion" = signo.

El concepto de milagro que manejamos hoy, es relativamente reciente. No tiene ningún sentido preguntarnos hoy si los evangelios nos hablan de milagros (tal como los entendemos hoy), Pero tampoco tiene sentido poner en duda que Jesús hizo milagros, (tal como lo entendían entonces). Lo que nos importa hoy, es descubrir el verdadero sentido de esa manera de hablar. El milagro era un modo de expresarse, comprensible para todos los que vivían en tiempos de Jesús.

Decía Evely: "Nuestros mayores creyeron a causa de los milagros, nosotros creemos a pesar de ellos".

 

EXPLICACIÓN

El significado general del relato está en la apertura del mensaje de Jesús a todas las gentes. Jesús pide a los discípulos que vayan a la otra orilla. Ya tenemos el primer simbolismo. Está haciendo referencia al paso del mar Rojo y la travesía del desierto. Aquellos pasos, a pesar de los peligros que supusieron, les llevaron a la tierra prometida. Están en el mar de Galilea y la otra orilla era tierra de gentiles. Es una invitación a la universalidad del mensaje, más allá del ámbito Judío, que se opone a la apertura. La primera "tormenta" que se desató en el seno de la primera comunidad cristiana, que nos narra el NT, fue precisamente por el intento de apertura a los paganos.

Al hablar de la tempestad, está haciendo referencia a Jonás. Por cierto, también Jonás se echó a dormir cuando empezó la tormenta, y también fue increpado por el capitán por estar durmiendo mientras ellos estaban muertos de miedo. Por otra parte, el mar es en la Biblia, símbolo del caos, lugar tenebroso de constantes peligros. Dominar el mar era exclusivo de Dios.

Con estos elementos, podemos sacar la enseñanza simbólica. El mensaje de Jesús tiene que llegar a todos los hombres, pero no se conseguirá si no se abandona la falsa seguridad de pertenecer a un pueblo elegido; y a través de constantes luchas con las fuerzas del mal. Jesús manifiesta su poder sobre la tempestad como símbolo del mal.

El verdadero mensaje del relato es la tranquilidad de Jesús en medio de la tormenta. Mientras todos estaban muertos de miedo, él dormía tranquilamente... Hay que tener en cuenta que se llamaba también "cabezal" a la especie de almohada, donde se colocaba la cabeza de un muerto. "Dormir" y "cabezal" están haciendo clara referencia a una situación post-pascual. La primera comunidad tiene claro que Jesús está con ellos pero de una manera muy distinta a cuando vivía. Aunque no lo vean, tienen que seguir confiando en él.

¿No te importa que nos hundamos? La necesidad extrema les obliga a pedir ayuda a Jesús como último recurso. Las palabras que le dirigen nos indican su estado de ánimo. No dudan que Jesús pueda salvarlos, dudan que esté interesado en hacerlo, lo cual es el colmo de la desconfianza. Es dudar de su amor. Esta actitud es la que Jesús reprocha a los discípulos. Siguen necesitando de la acción externa para encontrar la seguridad.

Increpó al viento y dijo al mar: ¡Cállate! Son las mismas palabras que Jesús dirige a los espíritus inmundos cuando los expulsa. Además en singular, como queriendo personalizar al viento. Recordad que la palabra "ruah" (viento) es la misma que significa espíritu. Viento que perjudica, equivale a mal espíritu. El "poder" de Jesús se dirige contra la fuerza del mal, no contra los elementos, que aunque sean hostiles, nunca son malos.

¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe? No son preguntas, sino constataciones de una evidencia palpable. Ni confiaban en sí mismos ni confiaban en él. Aquí tenemos otra clave para la reflexión. Confiar en un Dios que está fuera y actuará desde allí, nos ha llevado siempre al callejón sin salida del infantilismo religioso. Una vez más queda manifiesto que, en la Biblia, la fe no es la aceptación de unas verdades teóricas, sino la adhesión confiada a una persona. Jesús les acusa de no confiar, ni en Dios ni en él.

¿Quién es este? El miedo y la pregunta final de los apóstoles, deja bien a las claras que no habían entendido quién era Jesús. El relato no tiene en cuenta varios títulos divinos aplicados a Jesús, que Marcos ya había adelantado desde la primera línea de su evangelio: "Orígenes de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios". Queda demostrado que no vale una respuesta intelectual. Lo que es Jesús, no hay manera de mostrarlo ni demostrarlo. El descubri¬miento tiene que ser experiencia personal de la cercanía de Jesús.

 

APLICACIÓN

A todos nosotros nos invita hoy el evangelio a cruzar a la otra orilla. Estamos tan seguros en nuestra orilla que no será fácil que nos arriesguemos a cruzar el mar. Ni siquiera estamos convencidos de que exista otra Orilla, más allá de las comodidades y las seguridades que tenemos. Sin embargo, nuestra meta está al otro lado del riesgo y del peligro. La falta de confianza sigue siendo la causa de que no nos atrevamos a dar el paso. No terminamos de creernos que Él va en nuestra propia barca.

El verdadero mensaje de Jesús es que debemos confiar siempre, aunque nos parezca que Dios se ha ausentado y no se preocupa de nosotros. Para Jesús, el enemigo del ser humano no es la naturaleza, sino una falsa visión de la misma. La naturaleza y todas sus leyes son siempre buenas. No tiene sentido que Dios tenga que rectificar su propia obra para hacer que los hombres le descubran y confíen en Él. Flaco favor haría Jesús a sus discípulos si accediera a entrar en la dinámica del dios que pone su poder al servicio de los buenos. Jesús les habla de un Dios que se identifica con ellos en todas las circunstancias.

El libro de Job planteó una cuestión muy seria, pero la solución que le da, está muy lejos de ser la adecuada. Dios tiene que devolver a Job todo lo que le había quitado para que su fidelidad sea creíble. Ese Dios materialmente útil, sigue siendo el poderoso que tratamos de poner a nuestro servicio. El Dios en quien Jesús confió, no fue el que se manifiesta en acciones espectaculares a favor de los buenos, sino el Dios escondido, en quien hay que confiar aunque no lo veamos. Dios está siempre dormido. Su silencio será siempre absoluto. Ni tiene palabras ni tiene instrumentos para hacer ruido. Mientras no busquemos a Dios en el silencio, nos encontraremos con un ídolo fabricado por nosotros.

No son las acciones espectaculares de Dios, las que nos tienen que llevar a confiar en Él. Cuando una persona dice: Yo amo mucho en Dios porque me ha concedido todo lo que le he pedido, estamos ante un autoengaño nefasto para la vida espiritual. El maestro Eckhart decía que tomamos a Dios por una vaca de la que podemos sacar leche y queso. Pero también decía que utilizamos a Dios como una vela para buscar algo; y cuando lo encontramos, tiramos la vela. La idea de un Dios poderoso que pone su poder a mi servicio si me porto bien, es nefasta para la vida espiritual. No se trata de confiar en otro, si no de confiar en que Él está más cerca de mí que yo mismo. Recordad lo que hemos dicho sobre el ágape. Solo si nos sentimos embebidos en Dios podremos sentirnos seguros.

 

Meditación-contemplación

"¿Quién es este?"

Lo importante no es encontrar respuestas.

Lo verdaderamente importante es hacerte la pregunta adecuada.

La respuesta debe ser tu vida entera.

...............

Lo que es Jesús, es lo que tú eres en el fondo.

Jesús ha desplegados sus posibilidades de ser.

Tú tienes esa tarea aún por hacer.

Sin ningún miedo tienes que bregar en esa dirección.

...............

Desde la orilla de tu falso yo,

Debes embarcarte en la tarea de atravesar el mar.

Sin apegarte a la comodidad de lo ya adquirido,

debes lanzarte, si miedo, a la consecución de lo que ya eres,

pero no has descubierto y vivido.

 

 

OCARM

Lectura 

a)             Clave de lectura: 

Hay días en los que la vida se parece a una pequeña barca perdida entre las olas de un mar agitado. Todo es obscuro alrededor, hay tempestad, Dios no aparece, Jesús está ausente, nadie está cerca para ayudarnos, animarnos. ¡Entran ganas de dejar que se pierda todo! Escuchemos la historia de la tempestad calmada. Durante su lectura, imaginémonos que estamos sobre la barca junto a Jesús y los discípulos. Intentemos vivir con ellos todo lo que está aconteciendo y de poner atención a la conducta de Jesús y a la reacción de los discípulos.  

b)            Una división del texto para ayudarnos en la lectura:  

Marcos 4,35-36: Jesús decide pasar a la otra orilla del lago  

Marcos 4,37-38: Una improvisada tormenta pone en peligro la vida de todos 

Marcos 4,39- 40: Jesús calma la tormenta y critica la falta de fe  

Marcos 4,41: Temor y poca comprensión por parte de los discípulos  

 

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración.  

a)             ¿Cuál es el punto de este texto que te ha gustado más?¿Por qué?  

b)            ¿Cuál es la situación en la que se encuentra Jesús y los discípulos y cuál es la reacción de ellos?  

c)             ¿Cuál era el mar agitado en los tiempos de Jesús? ¿Cuál era el mar agitado en la época en la que Marcos escribe su Evangelio? ¿Cuál es hoy el mar agitado para ti? 

d)            Leer a Isaías 43,2 y también el Salmo 107(106), 25-30, comparando los textos con el episodio de la tempestad calmada. ¿A qué conclusión llegas?  

e)             ¿Qué quiere decir todo esto en nuestra vida, hoy?  

 

Para los que desean profundizar más en el tema  

 

a) El contexto que ilumina el texto: 

Un bello cuadro, cuando está colgado en una pared que lo hace lucir, parece todavía más bello, gracias a los colores de la pared que subrayan la belleza. Lo mismo pasa con el cuadro de la tempestad calmada. La pared del contexto lo hace más bello. Marcos apenas ha narrado dos parábolas que revelan el misterio del Reino presente en las cosas de la vida (Mc 4,1-34). Ahora comienza a hablar del misterio del Reino que se hace presente en el poder ejercitado por Jesús a favor de sus discípulos, a favor de la gente, y sobre todo, a favor de los marginados y excluidos. Veamos la secuencia: Marcos comienza presentando a Jesús que vence al mar, símbolo del caos. (Mc 4,35-41). Enseguida muestra a Jesús que vence y arroja al demonio ¡En Jesús obra un poder creador! (Mc 5,1-20) Al final describe largamente el modo como Jesús vence la impureza y la muerte. ¡En Él obra un poder de vida! (Mc 5,21-43). ¡En Jesús hay un poder que libera, purifica y comunica la vida a los que a Él se acercan! Marcos escribe para las comunidades perseguidas de los años setenta, que se sienten como en una barquilla perdida en el mar de la vida, sin mucha esperanza de poder llegar al puerto deseado de la paz. Jesús parece estar durmiendo en la barca de ellos, porque ningún poder divino aparece para salvarlos de la persecución. En vista de la desesperada situación, Marcos recoge varios episodios que revelan el poder con que Jesús está presente en las comunidades. ¡Es el Jesús vencedor! No tienen motivo de temer. Esta es la motivación de la narración de la tempestad calmada. 

 

b) Comentario del texto: 

Marcos 4,35-36: El punto de partida: “Pasemos a la otra orilla”.  

                Había sido un día pesado, de mucho trabajo. Había en verdad tanta gente que Jesús, para no ser atropellado de la gente, tuvo que entrar en una barca para instruir con parábolas (Mc 4,1). Había días en los que no tenían tiempo ni para comer (Mc 3,20). Terminada de pronunciar la parábola con la que instruía a la gente, Jesús dice a los discípulos: “¡Pasemos a la otra orilla!”. Y tal como estaba ellos lo conducen con la barca. Jesús estaba tan cansado que se sentó y se quedó dormido. Este es el cuadro inicial que presenta Marcos. Un bello cuadro, muy humano. 

 

Marcos 4,37-38: “¿No te importa que perezcamos?  

                El lago de Galilea está rodeado de montañas cercanas. A veces entre los desfiladeros de las rocas el viento sopla fuerte sobre el lago y provoca imprevistas tempestades. Y esto fue lo que sucedió. Un fuerte viento sopló sobre el mar agitándolo. ¡La barca se llenó de agua! Los discípulos eran pescadores experimentados Si pensaban abandonar la barca, quiere decir que la situación era de verdad peligrosa. Jesús no se da cuenta y sigue durmiendo. Este sueño profundo no es sólo signo de su enorme cansancio. Es también la expresión de la tranquila confianza que tiene en Dios. El contraste entre la conducta de Jesús y los discípulos es grande.  

 

Marcos 4,39-40: La reacción de Jesús: “¿Aún no tenéis fe?  

                Jesús se despierta, no por el ruido del oleaje, sino por el grito desesperado de los discípulos: “¡Maestro! Señor, ¿ no te importa que perezcamos?” Jesús se levanta. Primero se dirige hacia el mar y dice: “¡Calla, cálmate!” Y el mar se aplaca. Luego se dirige a sus discípulos y les dice: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?” La impresión que se da es que no era necesario calmar el mar, porque no se corría ningún peligro. Es como cuando se llega a una casa y el perro guardián, junto al dueño de la casa, ladra al huésped que llega. No se tiene miedo, porque el dueño está allí y controla la situación. El episodio de la tempestad calmada evoca el éxodo, cuando la gente, sin miedo, atravesaba las aguas del mar (Ex 14,22). Evoca también al Profeta Isaías que decía a la gente: “Porque si atraviesas esta agua yo estaré contigo (Is 43,2) Jesús vuelve a recorrer el éxodo y lo hace en la profecía anunciada del salmo que dice: “En la angustia gritaron al Señor y Él los liberó de sus angustias. Redujo la tempestad a la calma, callaron las olas del mar. Se alegraron al ver la bonanza y él los condujo al puerto suspirado”. (Sl 107(106), 2830) 

 

Marcos 4,41: La ignorancia de los discípulos: ¿Quién es este hombre?  

                Jesús calma el mar y dice: “¿Aún no tenéis fe?” Los discípulos no saben qué responder y se preguntan: “¿Quién es éste que hasta el mar y los vientos le obedecen?” ¡Jesús parece ser para ellos un extraño! A pesar del tiempo que han vivido juntos, no saben verdaderamente quién es. ¿Quién es este hombre? Con esta pregunta en la cabeza, las comunidades continuaban la lectura. Y hasta hoy, esta misma pregunta, nos empuja a continuar la lectura del evangelio. Es el deseo de conocer siempre más de Jesús nuestra vida. 

 

c) Ampliando conocimientos: ¿Quién es Jesús?  

Nombres y títulos dados a Jesús:  

Marcos empieza su evangelio diciendo: “Comienzo del evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios” (Mc 1,1). Al final, en la hora de la muerte de Jesús, un soldado pagano exclama:

“¡Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mc 15,39). Y desde el principio hasta el final Jesús es llamado Hijo de Dios. Entre el principio y el final, aparecen otros varios nombres de Jesús, ¡casi veinte! Es una lista de nombres y de títulos que aparecen en el evangelio de Marcos entre la expresión Hijo de Dios del principio (Mc 1,1) y el final (Mc 15,39): 

                Mesías, Cristo (o sea, Ungido) (Mc 1.1; 8,29; 14,61; 15,32)  

                Señor (Mc 1,3; 5,19; 11,3)  

                Hijo amado (Mc 1,11; 9,7) 

                Santo de Dios (Mc 1,24) 

                Nazareno (Mc 1,24; 10,47; 14,67; 16,6) 

                Hijo del Hombre (Mc 2,10.28; 8,31.38; 9,912.31; 10,33,45; 13,26; 14,21,21.41.62) 

                Esposo (Mc 2,19) 

                Hijo de Dios (Mc 3,11) 

                Hijo de Dios Altísimo (Mc 5,7)  

                Carpintero (Mc 6,3) 

                Hijo de María (Mc 6,3)  

                Profeta (Mc 6,4.15; 8,28) 

                Maestro (con frecuencia) 

                Buen maestro (Mc 10,17) 

                Hijo de David (Mc 10,47.48; 12,35-37) 

                Rabboni (Mc 10,51) 

                Bendito el que viene en el nombre del Señor (Mc 11,9)  

                Rabbí (Mc 11,21)  

                Hijo (Mc 14,27) 

                Pastor (Mc 14,27) 

                Hijo del Dios bendito (Mc 14,61) 

                Rey de los Judíos (Mc 15,2.9.18.26)  

                Rey de Israel (Mc 15,32) 

Jesús es más grande que sus títulos y nombres:  

Cada nombre, título o atributo es un intento por expresar lo que Jesús significaba para las personas. Pero un nombre, por bello que sea, no consigue desvelar jamás el misterio de una persona, y mucho menos la persona de Jesús. Además, algunos de estos nombres, incluso los más importantes y tradicionales son contestados y puestos en duda por el mismo Jesús. Así pues, en la medida en que avanzamos hacia delante en el evangelio, Marcos nos obliga a repasar nuestras ideas y a pedirnos, cada vez de nuevo: “En definitiva ¿quién es Jesús, para nosotros”?  

 

i) Algunos esperaban que el Mesías fuese el “Santo de Dios” (Mc 1,24), esto es, que fuese un Sumo Sacerdote. El demonio alude a esta esperanza, pero Jesús le ordena callar (Mc 1,24-25).  ii) Otros esperaban que el Mesías fuese Hijo de David. Pero Jesús contesta a este título: ¿Por qué dicen los escribas que el Mesías es Hijo de David? David mismo lo llama Señor” (Mc 12,35-37).  iii) Otros esperaban en un mesías Rey. Pero cuando Pilatos le pregunta si es rey, Jesús ni lo afirma, ni lo niega, responde: “Tú lo dices” (Mc 15,2). Y cuando hablaba de reyes y gobernantes insistía con los discípulos: “No sea así entre vosotros”. (Mc 10,42-43). 

iv) Lo mismo vale para el título de Mesías. Pedro confiesa que Jesús es el Mesías. Pero cuando Jesús quiere sacar las consecuencias y habla de la cruz, Pedro no quiere saber nada (Mc 8,31-33). Jesús es el Mesías, pero no del tipo que Pedro se imaginaba. v) Las personas poseídas del demonio llamaban a Jesús “Hijo de Dios” (Mc 3,11) e “Hijo de Dios Altísimo” (Mc 5,7). Pero Jesús dictó órdenes para que el demonio callase y saliese de ellos (Mc 3,12; 5,8). Delante del tribunal, los enemigos acusan a Jesús y preguntan: “¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?” Y él responde: ”¡Lo soy!” Y veréis al Hijo del Hombre sentado, a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo” (Mc 14,62). Cuando debe confirmarlo Jesús no dice que es Hijo de Dios, sino que es Hijo del Hombre. ¿Es la misma cosa? Una cosa es cierta: Jesús no es el Hijo de Dios del tipo que el demonio (Mc 3,11; 5,7) y sus enemigos se imaginaban (Mc 14,61). Y entonces ¿cómo Jesús es Hijo de Dios? Queda abierta la pregunta de la gente, de los discípulos, ¡de los lectores! Finalmente ¿Quién es Jesús? Cuanto más se adelanta en la lectura del evangelio de Marcos, tanto más se rompen los títulos y criterios. Jesús no entra en ninguno de estos nombres, en ningún esquema, en ningún título. Es más grande que todo esto. Y el lector, en la medida en que avanza en la lectura, abandona la idea de encuadrar a Jesús en cualquier categoría conocida o en una idea preconcebida, y lo acepta así como Él mismo se presenta. El amor seduce, la cabeza no. Es mejor inclinar la cabeza y adorar y no tener miedo, cuando el mar se vuelve agitado. 

 

 

J. ALDAZABAL

 

-El simbolismo de la tempestad. Es un relato muy vivo el que escuchamos. Las aguas encrespadas. El susto pintado en el rostro de los discípulos. La serenidad (y el sueño) en el de Jesús. Y el diálogo interpelante: los discípulos que "riñen" a Jesús por su poco interés, y al final, Jesús que tiene que "reñir" a los suyos por su poca fe. 

La tempestad en el mar o en el lago es un buen símbolo de otras muchas tempestades humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. El salmo responsorial habla de esta situación de inseguridad en el mar. 

Pero el mensaje no es éste: sino la respuesta que da Dios (y en el evangelio, Cristo). Dios está presente, es fiel, ayuda a los que le invocan. El Dios creador, que domina las fuerzas cósmicas, es también el Dios salvador y cercano. Ante un Job que sabe mucho de dolor, de desgracias y tempestades vitales, la respuesta de Dios no es resolver el "problema" del mal, sino mostrarle que en el "misterio" de esas tempestades está la presencia de un Dios poderoso que sigue siendo fiel. Mucho más vivo que el problema de Job será el del mismo Jesús, en el acontecimiento trágico de su Muerte. Pero Dios está actuando precisamente en esas experiencias que parecen negativas. Su designio es un designio de vida, y no de muerte. Aunque a veces parezca más presente el silencio de Dios que su Palabra. 

-Las tempestades en nuestra vida. 

A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás hombres, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe este evangelio, ya la Iglesia sabe de persecuciones y de fatigas. 

En la vida de cada uno de nosotros no faltan mares inquietos y movidos, peligros, mareos de toda clase, miedos, cobardía, desorientación, cansancio. En la vida de la comunidad no faltan crisis internas y externas, tensiones dentro y persecuciones u hostilidad fuera. Podemos tener la sensación de que nos hundimos, que la barca, personal o comunitaria, va a zozobrar. 

-Cristo, el mensaje central. 

La intención última de Marcos no es discurrir sobre nuestros males o peligros. Sino presentar a Cristo como vencedor, como la respuesta definitiva de Dios. 

Parece que está dormido o ausente, pero está muy presente y en actitud salvadora. Cristo, el Mesías, aparece como el que tiene poder y dominio sobre la enfermedad y la muerte, sobre el pecado y el mal, incluso sobre las fuerzas de la naturaleza. En El ha mostrado Dios toda la fuerza de su plan salvador y liberador. 

La finalidad de la escena es esa admiración y esa respuesta de fe: ¿quién es éste? Eso sí: desde una situación de tempestad, que no se puede olvidar, ni en su caso ni en el muestro. 

-Lecciones para cristianos de poca fe. 

Uniendo las dos perspectivas (muestras tempestades y la presencia poderosa de Cristo), el mensaje de hoy puede conducirnos a unas actitudes que seguramente nos hacen falta a todos. 

a) Un sentimiento de humildad. No nos creamos superiores, seguros de nuestras fuerzas. En cualquier momento el mar se puede encrespar y marearnos. Somos débiles. Como lo es la iglesia. Y la oración brota espontánea, a veces con sonido de grito: ¿no te importa que nos hundamos? Recordar que hay Salmos que interpelan valientemente a Dios en el mismo tono: ¿hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándome? Despierta, Señor.. 

b) Hasta cierto punto es bueno que en nuestro camino se cruce la duda y la crisis. No como sistema (la duda sistemática, el catastrofismo), pero sí como una condición humana aceptada de provisionalidad y debilidad. Eso nos hace realistas. No es nada raro que alguna vez atravesemos el túnel de la duda: ¿está Dios, está Cristo presente? Juan Pablo II, en su "Redemptoris Mater", ha subrayado bien la meritoria fe de la Virgen, dentro de un itinerario, una peregrinación que también conoce la noche oscura, la fatiga del corazón... con una lejanía creciente de las palabras del ángel el día de la Anunciación.

c) Pero lo específico cristiano es que estas situaciones las afrontaremos desde la fe y la confianza en Cristo. Contra viento y marea, el cristiano es invitado a fiarse de Dios y a creer en Cristo Jesús, que ha vencido ya radicalmente al mal, y que aunque parezca dormido, está presente y conduce nuestra existencia. El pánico o el miedo angustioso no deberían tener cabida en nuestra vida. En los pasajes de estos domingos Pablo aparece como un apóstol que cree firmemente en Cristo, en su amor y cercanía, a pesar de todas las dificultades que encuentra en el camino. Más aún: él está convencido que Cristo lo hace todo nuevo, y que el que le sigue, es ya algo nuevo, y ha vencido lo viejo. No está todavía lejos la Pascua: ¿nos hemos dejado contagiar de la novedad y la energía del Resucitado, como Pablo? No es que con Cristo "en nuestra barca" todo esté asegurado: seguiremos teniendo tensiones y tempestades, pero su presencia y su fuerza son un estímulo para que trabajemos y luchemos con esperanza. 

d) Tampoco es el caso de que lo dejemos todo a El (y seamos ahora nosotros los que nos echemos a dormir). La fe en Cristo es a la vez compromiso y tarea. Tanto en nuestra existencia personal como en la comunitaria nos toca remar fuerte, y achicar el agua de la barca. Es una fe activa. En medio de una Iglesia, que, sobre todo desde el Concilio, ha dicho un "sí" claro a la renovación según Cristo, cada uno es llamado a colaborar en la victoria contra el mal. En la Eucaristía se habla de compromiso y confianza a la vez: "líbranos del mal", "protegidos de toda perturbación", "el que quita el pecado del mundo". 

 

ALESSANDRO PRONZATO

Las tempestades, imprevistas y furiosas, son también un elemento característico de este lago, que es como un barreño encajonado por tres lados en medio de las montañas Los vientos del suroeste se enfilan en aquel embudo a través de la abertura meridional y desencadenan borrascas violentas, levantando olas cortas e impelentes. 

Los pescadores, incluso los más endurecidos por la experiencia, temen estas tempestades y andan con mucha cautela. Aun hoy "y no obstante el progreso en su equipamiento, dudan... de emprender la travesía cuando existe amenaza de viento" (X. L. Dufour). 

Además, las paredes escarpadas hacen de caja de resonancia y el aullido de la tormenta asume tonos temerosos. El lenguaje hebreo (y el árabe) tiene una expresión típica: el viento no aúlla, como decimos nosotros, sino que ladra como si fuese un perro. En este contexto adquiere un relieve particular el verbo usado por Jesús " ¡cállate! ", que se traduce literalmente por ponte el bozal. 

Jesús ha sido colocado en popa, el puesto que normalmente es asignado al huésped importante. Le han puesto bajo la cabeza un cabezal, más o menos embutido, forrado en piel, o quizás, más probablemente, una alfombra, una estera, o el banquillo de madera que usa el timonel (quien también está en la parte posterior de la barca, para controlar sus movimientos). 

Es la única vez, en el evangelio, en que es presentado Jesús mientras duerme. Y acontece en una circunstancia dramática, cuando no debería dormirse. 

El sueño es la consecuencia normal de una jornada fatigosa como la que habían pasado. 

Pero el sueño de Jesús expresa también su serena confianza en la capacidad de los "suyos". El ha cumplido su cometido. Ahora les toca a ellos. ¡Qué caramba, son de este oficio!. 

"Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?".

Algún comentarista ve un "matiz" de reproche. Para ser un matiz es más bien acentuado, hasta traspasar la línea de los buenos modales. 

"Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago..." Jesús se dirige a los elementos inanimados como si estuviese interpelando a personas. 

La cosa no debe sorprender. Tengamos presente, en efecto, que, según una cierta mentalidad de la que la Biblia con frecuencia se hace eco, el mar era considerado como "el receptáculo de las fuerzas del mal que Dios sólo puede domar" (J. Radermakers). Es el lugar donde habitan y se desencadenan las potencias demoníacas. 

Así pues, el gesto de Jesús indica el poder de Dios, que manda también al mar y exorciza la fuerza infernal que está encerrada dentro. 

Más allá de los simbolismos, los discípulos toman nota de la lección: las fuerzas del mal obstaculizan por todos los medios la difusión del evangelio. La evangelización pasa necesariamente a través de las tempestades, oposiciones, rechazos (¡he ahí la travesía!). Y también la comunidad primitiva, a la que Marcos se dirigía, o sea la iglesia de Roma, sacudida por la tempestad de la persecución, es invitada a reflexionar en que "es portadora" de una fuerza, que, aunque revestida de debilidad (el sueño de Jesús), puede vencer todas las fuerzas hostiles. 

"Y les dijo: "¿Por qué sois tan cobardes?"".

Después de haber conminado a la tempestad, ahora Jesús reprocha a sus discípulos por su miedo. 

"¿Aún no tenéis fe?". 

La fe, de la que carecen los apóstoles, no se refiere a la persona de Jesús y a su poder milagroso. Es la "fe en Dios, en la solicitud del Padre: la que él demostraba cuando dormía tranquilamente sobre el cabezal" (V. Taylor). 

Así, el sueño de Jesús se carga de otro significado, además del inevitable cansancio físico y de la confianza en sus hombres: "descubrir, a través de su silencio, de su aparente ausencia, la presencia de aquél que todo lo puede" (X. L. Dufour). 

Cierto, también aquí Marcos juega con el efecto-contraste: los apóstoles reprochan a Jesús su "desentenderse" del drama que les embiste. Y él da la vuelta al reproche. Y denuncia su "desentenderse" respecto al abandono confiado en el Padre. 

Pero, al mismo tiempo, Jesús orienta la mirada de los apóstoles llevándola de la atención a su poder, que domina las fuerzas adversas de la naturaleza, a aquel otro poder -del que ellos desgraciadamente están desprovistos-, que se llama fe. 

Y sólo abriéndose paso a través del miedo, es cuando la fe puede alcanzar la tierra de la libertad y afrontar al enemigo en su mismo terreno. 

- No. Tener a Cristo en nuestra barca no significa estar seguros de que todo irá bien, a pesar de la tempestad. 

Significa estar convencidos de que todo marcha muy bien en medio de la tempestad. No se llega a puerto a pesar de la borrasca, sino a través de la borrasca. 

Jesús no nos asegura contra los riesgos del viaje, no nos garantiza el "tiempo estable". Nos pide un puesto, y basta. 

...Quizás olvidemos que el fin, el destino de nuestro viaje es él. 

Los apóstoles no llegaron cuando tocaron la otra orilla, sino en el mismo momento en que han subido a Jesús a la barca. 

(...Y además, ¿quién ha dicho nunca que la barca sea nuestra?). 

El episodio de la tormenta calmada nos remite a la lucha sostenida por Cristo contra las potencias del mal y de la muerte en su pasión. Aquella será la verdadera tempestad y caerá sobre él y que amenazará con engullirlo junto con sus discípulos temerosos y vacilantes. Entonces se cambiarán los papeles. 

Estarán los discípulos durmiendo, mientras Jesús vela y lucha. 

Pero aquel será un sueño culpable, el sueño del desentenderse, de la no participación en la aventura. 

El sueño de Cristo significa una ausencia-presente. 

Mi sueño, con mucha frecuencia, es una presencia-ausente. 

Con Jesús se corre siempre el peligro de equivocarse, incluso en el modo de dormir. 

- Recientemente los teólogos han inventado la "teología de la muerte de Dios". 

A través de todo el antiguo testamento -especialmente en los salmos-, además de la narración del evangelio que hemos comentado, se puede conseguir una "teología del sueño de Dios". 

Si quisiéramos reconstruirla, se podrían lograr desarrollos interesantes. 

Desde mi perspectiva me limito a subrayar cómo las dos teologías, en el fondo, nos ayudan a purificar la idea que nos hacemos de Dios, de su acción, de sus manifestaciones. 

La fe exigida no es cualquier fe (los que dicen: "todos creen en algo..."). 

Es sólo aquella fe que, en continua purificación, en un profundizar a la luz del misterio de Cristo, pierde poco a poco las pretensiones de imponer a Dios los modos de intervención ligados a nuestros esquemas, a nuestras exigencias, para aceptar sus comportamientos que desmienten regularmente nuestras esperas y destruyen las imágenes que hemos fabricado.

Se trata de tener fe no sólo porque Dios "vela".

Es necesario fiarse también de un Dios que "duerme". 

 

BENETTI

1. La dura fe en el ausente 

El evangelio de hoy es, sin duda alguna, una de las páginas más dramáticas y vigorosas de Marcos, el evangelista que, más que ningún otro, subraya el poder maravilloso que tiene Jesús, el Hijo de Dios.

En la escena descubrimos varios elementos o momentos: 

Primero, la tormenta que pone en peligro la vida de los apóstoles, mientras Jesús duerme. 

Segundo, ante la llamada desesperada de los apóstoles, Jesús calma la tempestad con su sola palabra; impone «silencio y calma». 

Tercero, Jesús reprocha a los suyos su miedo, su cobardía y su falta de fe. Ellos sólo atinan a preguntar: "¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen?" 

Hoy nosotros podemos leer e interpretar esta página evangélica de muy diversas formas. 

Por un lado, cabe suponer que se trata de un relato fantástico, muy del agrado de los antiguos romanos a quienes se dirigía el texto, pero que a nosotros ya no nos dice casi nada o muy poco. 

En efecto, ahora conocemos bastante bien las leyes de la naturaleza, y nos puede parecer un absurdo que un fuerte viento y la correspondiente tempestad se calmen de repente por arte de magia. 

Por otra parte, el hombre moderno perfecciona cada día su técnica como para producir mayores «milagros», como pasar en submarino por debajo del polo, o llegar a la luna, o comunicarse con cualquier habitante del planeta en cuestión de instantes, etc. Por otro lado, podemos permanecer encandilados por el relato, como cuando un niño pequeño escucha un cuento de hadas o las aventuras de un héroe legendario, y pensar que en torno a Jesús se vivía un clima semejante. 

Podemos así envidiar a los apóstoles, que pudieron gozar de semejantes espectáculos, y lamentarnos de que hoy Dios ya no nos deleite de la misma forma. En este caso, el evangelio de hoy sería una interesante historia pasada que lamentamos no vuelva a repetirse... 

Pero yo supongo que no todos estarán satisfechos con estas dos formas de interpretar el Evangelio se Marcos. 

Tenemos derecho a pensar que, si hoy se no se lee esta página, es porque algo tiene que decirnos, algo que tenga valor y sentido; algo que sea realmente palabra de Dios y no simple elucubración científica o mágica. 

En efecto, el mismo Pablo nos dice en la segunda lectura de hoy que ya no podemos mirar o conocer a Cristo con criterios puramente humanos; es decir, que al tratar de meditar acerca de los relatos que de él nos traen los apóstoles o evangelistas, hemos de procurar verlos con otros ojos, con más profundidad, ya que es algo muy distinto de leer una historieta o un anecdotario. No podemos quedarnos con la idea exclusiva de que Jesús fue un gran héroe que realizó ciertas hazañas, o una especie de «supermán» que con gestos espectaculares dejó atónitos a sus seguidores. 

El mismo Marcos comenta -tal como lo hace con ocasión de otros milagros- que hasta los apóstoles se quedaron atemorizados y todavía no llegaban a comprender quién era este Jesús, con cuya presencia se estaban familiarizando, pero cuya honda dimensión nunca terminaban de descubrir.

Nos parece, pues, que Marcos, con este relato aparentemente espectacular y simple en su esquema, nos quiere introducir en cierto mensaje más profundo y oculto en primera instancia. Y las mismas palabras de Jesús parecen avalar esta suposición, ya que no se preocupa por la tormenta ni por el milagro, sino por el miedo de los apóstoles y por su falta de fe.

Este evangelio está relacionado, pues, con la fe, pero una fe tal que nos impida recibir de nuevo el reproche de Jesús: «¿Por qué tenéis miedo?» Jesús parece decirles a los suyos: Porque no tenéis fe, por eso tenéis miedo... 

Sin embargo, aquí tropezamos con la primera dificultad: ¿Acaso no era razonable el miedo de los apóstoles? En efecto, Marcos nos relata cómo se desencadenó un gran temporal, a tal punto que las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Cualquiera de nosotros sentiría miedo en tal circunstancia y nos parece lógica la desesperación de los apóstoles, que despiertan a Jesús y le reprochan con bastante dureza: «¿No te importa que nos hundamos?» Y es esta pregunta la que nos aclara un poco el panorama. Hay dos cosas que llaman la atención en la actitud de los apóstoles:

--por una parte, no pensaban que la sola presencia de Jesús -si bien dormía- bastara para resolver la angustiosa situación; 

--por otra -y nos parece mucho más grave-, llegan a suponer que a Jesús no le importaban sus vidas; de ahí el irrespetuoso reproche. 

¿Cómo podemos entender ahora lo del miedo y la fe? Como dice Pablo, mirando a Cristo con criterios no puramente humanos, descubrimos que si Cristo está presente en una comunidad de hombres, no hay motivos para temer, si es que Cristo no es cualquier cosa para nosotros. 

Es cierto que aparentemente duerme; es decir, notamos como cierta ausencia suya en la comunidad. Vivimos como si estuviéramos solos, como si sólo dependiéramos de nosotros mismos para subsistir. Sin embargo, su presencia es activa y no puede haber ola que haga ahogar nuestra confianza en él. 

Cuando Marcos escribe este evangelio, él ya creía, como dice en la primera línea de su libro, que se trata del "evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios". Ya no mira a Cristo con ojos puramente humanos, sino que es consciente de que, en efecto, muy a menudo y casi siempre, Jesús parece «dormido», como estuvo dormido tres días en la tumba; pero quien realmente conduce la barca de la comunidad cristiana es el Señor. 

La fe no elimina las situaciones de peligro ni transforma nuestra vida en un paraíso terrenal. En este aspecto, nuestra vida no ha cambiado nada. 

Es dura, supone luchas y contrariedades. Pero lo que cambia con la fe en Cristo, el Señor, es la forma de afrontar la vida. Tranquilidad o tormenta, vida o muerte, salud o enfermedad, son aspectos relativos en la vida de un hombre nuevo. 

No hay por qué desesperar si estamos afianzados en la fe. Con Cristo podemos ver las cosas «desde el final», como si ya tuviéramos «la cola de la película», y este final nos traduce la fidelidad de Dios que conduce los hilos de la historia por oscuros vericuetos, pero siempre hacia una meta de paz. 

Resumiendo esta primera reflexión: el hombre de fe fundamenta su existencia sobre algo seguro y sólido; y ese fundamento es la presencia dinámica de Cristo, el Señor. 

Si bien podemos tener muy a menudo la sensación de que estamos a merced de las olas y sin nada sólido por debajo de nuestros pies, la fuerza de Dios tiene sus propios caminos para salvarnos. Lo que salva al hombre es su fe, y lo que lo pierde es la ausencia de fe. Para comprender mejor el reproche que Jesús hace a los apóstoles, tengamos en cuenta que hay miedo y "miedo". 

Existe un miedo natural, instintivo, que consiste en un estado de alarma ante el peligro. Tenemos miedo cuando descubrimos que ante nosotros hay un objeto que nos amenaza. El miedo es tomar conciencia de nuestra difícil situación, y su normal consecuencia es huir del peligro o bien tratar de destruirlo. 

Ciertamente que Marcos no se refiere en su relato a este miedo, sino a otro miedo, un miedo existencial, profundo, total. 

MIEDO/COBARDIA: ¿En qué consiste? Consiste en un temor de que toda nuestra existencia no tenga más realidad que la de una frágil barca a merced del oleaje. El miedo de quien se siente como descolgado en el mundo, desasido de toda mano; de quien se ata solamente a las cosas concretas y desespera en el mismo momento en que eso concreto que tiene entre las manos corre el peligro de desaparecer. 

Vemos, pues, que no es solamente el miedo ante un peligro, sino el miedo ante la misma vida, que se posee como un bien absoluto y que se teme perder a cada momento. 

El hombre, dominado por este miedo, es incapaz de jugarse nada, de arriesgar nada por nadie; sólo cree en lo que ahora tiene entre las manos; sólo confía en este momento que vive. No ha descubierto nada absoluto, nada fundamental más que sus cosas y problemas; y, aunque lo pueda afirmar de labios afuera, en el fondo cederá ante la primera dificultad y se comportará como si sólo tuvieran valor «esas cosas» tangibles que le producen cierta sensación de seguridad: una buena posición, el dinero, la salud, la comodidad, etc. 

Tales personas son inevitablemente cobardes y materialistas, y no dudarán en vender a un hermano con tal de prolongar la subsistencia de ese pequeño mundillo al que se aferran. 

Es un miedo que mata la vida o que la prostituye: un verdadero opio que nos esclaviza y nos impide ser personas libres. 

Es éste el miedo que merece el reproche de Jesús: el miedo de quienes decimos creer en él pero nos comportamos como si Cristo y su evangelio nada significaran en la vida, ya que renegamos de él (¿no te importa que nos ahoguemos?) cuando la fe y la vivencia de los valores evangélicos desata a nuestro alrededor la tormenta de la persecución, de la lucha por la dignidad humana, o simplemente la crisis de nuestros valores o de nuestra cultura. 

Podemos así descubrir que toda nuestra vida, como la existencia de la Iglesia, están marcadas por este miedo a vivir en la fe, miedo a vivir según el Evangelio; miedo que asume sutiles formas y que nos lleva a vergonzosas claudicaciones, siendo una de ellas la ansiosa búsqueda del resguardo del poder para subsistir en un mundo pluralista y cambiante. 

2. Las formas de ese miedo-cobardía 

Nadie duda de que hoy vivimos una situación difícil desde cualquier punto que se la mire. Es la hora de la inseguridad: social, política, económica, moral, religiosa. Con razón se habla de un mundo «agitado», como un mar tormentoso, en el que lo que hoy es, mañana puede no ser. Parece, pues, muy lógico que hoy tengamos miedo y hasta podamos desconfiar de un Dios que "permite" tantos males a sus hijos. 

Y, sin embargo, también hoy a nosotros se nos dice: ¿Por qué tenéis miedo? ¿Acaso no tenéis fe? 

Al cabo de veinte siglos de cristianismo, todos estamos convencidos de que Cristo sigue dormido como en el lago, y que la existencia cristiana es dura, dramática, arriesgada y llena de peligros. Y, sin embargo, se nos urge a una fe que elimine ese miedo a afrontar la vida. Una fe que nos madura para mirar de frente los acontecimientos y encontrar el sentido hacia el que apuntan. 

La fe nos da una cierta seguridad; pero no la seguridad de la posesión de un mundo feliz, sino la seguridad de que hay valores que no serán destruidos y que por esos valores bien vale la pena arriesgar hasta la misma vida. 

Y precisamente por esa falta de fe, vivimos en el miedo, ese miedo que denuncia Jesús en el evangelio. Un miedo que nos acobarda y nos empequeñece; que anula nuestra capacidad de pensar, de hablar y de obrar.

Muchas son las formas que asume este miedo-cobardía. Veamos algunos ejemplos: 

--Miedo a pensar y cuestionarnos: porque tememos enfrentarnos con la verdad de nuestra vida o de nuestra fe. Entonces preferimos creer que todo está bien, que nada hay que cambiar o modificar, que lo que aprendimos de niños está bien para toda la vida, etc. Un hombre de fe, precisamente porque reposa en la palabra de Dios, palabra inagotable y siempre misteriosa, no teme ahondar en la reflexión de la misma, ya que se mueve inspirado por el hambre de la verdad. Y la verdad está en ese encuentro auténtico entre mi verdadero yo y la verdadera palabra de Dios. 

--Miedo a hablar y a expresarnos: sabemos que decir lo que uno piensa puede no caer bien o puede provocar cierto malestar a nuestro alrededor; entonces callamos y con este silencio avalamos mucha injusticia, mucha mentira, mucha hipocresía. 

A cuántos hermanos dejamos de defender; cuántas distorsiones creamos en nuestros hijos por callar esta o aquella verdad o por disfrazarla; cuánto bien dejamos de aportar por permanecer mudos cuando se nos pide el fruto de nuestra reflexión. 

--Miedo a vivir la fe con autenticidad, a dialogar con el sacerdote y exponer nuestro punto de vista; miedo a participar en un acto litúrgico; miedo a enfrentar nuestra conciencia ante un problema moral o de definir una situación como personas maduras. 

Cómo olvidamos que el mismo Jesús nos llamó a una fe en la libertad y en la autenticidad; pero cuán cierto es que el servilismo es un camino más fácil. 

--Podríamos también hablar de ese miedo colectivo que de pronto invade a una nación o a toda una Iglesia; el miedo ante la autoridad o ante los que abusan de la misma y se enseñorean como dueños de la verdad, de la expresión y de los destinos de la comunidad. Miedo que hace callar a quienes tienen la obligación de denunciar la corrupción pública; miedo que hasta llega a mantener a la Iglesia sometida a ciertos manejos políticos... .

Por supuesto que siempre tendremos motivos lógicos para justificar este miedo y aquel otro; pero lo cierto es que lo que realmente tememos es arriesgar un ápice por la verdad, por la justicia, por la honestidad, por el país, por los injustamente tratados, etc... 

Hoy Cristo vuelve a decirnos: siempre hubo males, persecuciones, guerras, injusticias; y siempre hubo hombres que apoyando su debilidad en Dios, se comprometieron hasta las últimas consecuencias: como siempre, hubo hombres que subsistieron amparados por las consabidas excusas.

La palabra de Dios es clara: la fe no elimina las contrariedades de la vida ni lo hace todo más fácil; pero sí encuentra una explicación profunda a las cosas y nos da la fuerza necesaria para arriesgarnos por los valores imperecederos. 

Mucho se ha hablado en los últimos años sobre el compromiso cristiano en el mundo moderno; también mucho se ha divagado y especulado. El evangelista Marcos, que tiene la costumbre de ser muy directo y brusco en su forma de decir las cosas, hoy nos tira esta verdad: El compromiso del hombre de fe está en la valentía con que vive sus convicciones. Lo que los hombres quieren ver en nosotros, lo que se nos reclama imperiosamente es el mismo coraje con que Cristo afrontó las tormentas de su vida, su dolor, sus persecuciones, su lucha por la autenticidad, su muerte. 

Quizá nos hemos olvidado de que el valor es una virtud auténticamente cristiana y de que, por serlo, en todas las épocas la fe engendró mártires. 


 

LITURGIA

Antífona de entrada     Sal 27, 8-9
El Señor es la fuerza de su pueblo,
el baluarte de salvación para su Ungido.
Señor, salva a tu pueblo y bendice a tu heredad;
apaciéntalo, y sé su guía para siempre.

Oración colecta
Concédenos, Señor y Dios nuestro,
vivir siempre en el amor y respeto a tu santo nombre,
ya que en tu providencia nunca abandonas
a quienes estableces en el sólido fundamento de tu amor.
Por nuestro Señor Jesucristo tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, este sacrificio de reconciliación y alabanza,
y concédenos que, purificados por su poder,
sea de tu agrado el afecto de nuestro corazón.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Antífona de comunión     Sal 144, 15
Los ojos de todos esperan en ti, Señor, y tú les das la comida a su tiempo.

O bien:   Jn 10, 11. 15
Dice el Señor: Yo soy el buen pastor,
y doy mi vida por mis ovejas.

Oración después de la comunión
Renovados con el sagrado Cuerpo y Sangre de tu Hijo,
imploramos, Señor, tu clemencia;
haz que en la plenitud de la redención
alcancemos lo que celebramos en cada eucaristía.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


 

LECCIONARIO BÍBLICO


Aquí se quebrará la soberbia de tus olas

Lectura del libro de Job     38, 1. 8-11
 
    El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo:
    ¿Quién encerró con dos puertas al mar, cuando él salía a borbotones del vientre materno, cuando le puse una nube por vestido y por pañales, densos nubarrones?
    Yo tracé un límite alrededor de él, le puse cerrojos y puertas, y le dije: «Llegarás hasta aquí y no pasarás; aquí se quebrará la soberbia de tus olas».
 
Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 106, 23-26. 28-31
 
R. ¡Den gracias al Señor, porque es bueno,
porque es eterno su amor!

  
Los que viajaron en barco por el mar,
para traficar por las aguas inmensas,
contemplaron las obras del Señor,
sus maravillas en el océano profundo. 
R.
 
Con su palabra desató un vendaval,
que encrespaba las olas del océano:
ellos subían hasta el cielo, bajaban al abismo,
se sentían desfallecer por el mareo. 
R.
 
Pero en la angustia invocaron al Señor,
y Él los libró de sus tribulaciones:
cambió el huracán en una brisa suave
y se aplacaron las olas del mar. 
R.
 
Entonces se alegraron de aquella calma,
y el Señor los condujo al puerto deseado.
Den gracias al Señor por su misericordia
y por sus maravillas en favor de los hombres. 
R.


Un ser nuevo se ha hecho presente

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     5, 14-17
 
    Hermanos:
    El amor de Cristo nos apremia, al considerar que si uno solo murió por todos, entonces todos han muerto. Y Él murió por todos, a fin de que los que viven no vivan más para sí mismos, sino para Aquel que murió y resucitó por ellos.
    Por eso nosotros, de ahora en adelante, ya no conocemos a nadie con criterios puramente humanos; y si conocimos a Cristo de esa manera, ya no lo conocemos más así.
    El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Lc 7, 16
 
Aleluia.
Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros
y Dios ha visitado a su pueblo.
Aleluia.
 
 
EVANGELIO

¿Quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     4, 35-41
 
    Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya.
    Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal.
    Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?»
    Despertándose, Él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» El viento se aplacó y sobrevino una gran calma.
    Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?»
    Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen».
 
Palabra del Señor.

 


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