Domingo 13 de Tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del XIII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo
Hermanos: Estamos ahora reunidos en el nombre de Jesús: Él era rico, pero se hizo pobre por nuestro bien, para hacernos ricos desde su pobreza. Él nos trajo vida y salvación. Que su gracia y su vida estén siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu.
Introducción por el Celebrante
1. Dios es Pro-Vida
La muerte y la enfermedad son los dos grandes enemigos de la vida. Casi todos nosotros las tememos. Somos gente Pro-Vida. . ¿Estamos convencidos de que Dios es también Pro-Vida, de que él es enemigo de la muerte? Incluso el Antiguo Testamento nos asegura: “Dios no hizo la muerte”. La resurrección de Jesús es la prueba de que la muerte ha sido vencida en su raíz. La muerte es la puerta hacia la vida. En esta eucaristía expresamos nuestra fe: creemos en Jesús como el Señor de la vida.
2. La Vida es Victoriosa
Casi todos nosotros tenemos miedo a la muerte, y nos cuesta mucho abordarla desde la fe. La vida es un lindo regalo de Dios, pero es frágil y quebradizo. Le enfermedad es una anticipada y normal participación de la muerte, y la muerte nos llega como una realidad inevitable. ¿Cómo podemos reconciliar esto con nuestra fe en un Dios que nos ha creado para vivir? No siempre vemos claro, pero al menos sabemos esto: Desde que Cristo resucitó de entre los muertos, la muerte ha sido vencida; la muerte no es el final.— Pedimos a Jesús aquí y ahora, en la eucaristía, que nos toque con su poder de vida.
Acto Penitencial
Busquemos ahora el perdón del Señor: el pecado ha sido para nosotros la peor enfermedad y la peor muerte que hemos provocado en nosotros mismos. (Pausa)
Señor Jesús, al morir por nosotros, derrotaste a la muerte de una vez para siempre, resucitando de entre los muertos: Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tu eres el dador de vida: Les devolviste la salud a los enfermos y hasta resucitaste a los muertos. Cristo, ten piedad de nosotros.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú eres el defensor de la vida: Curaste a los heridos por el pecado y les devolviste su esperanza y confianza. Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Que el Señor, que venció al pecado, nos libre de todos nuestros pecados, nos restaure a la plenitud de la vida y nos lleve a la vida eterna.
R/ Amén.
Colecta
Oremos al Dios de los vivos
(Pausa)
Padre de todo lo que alienta y vive:
Tu Hijo Jesucristo tocaba a los enfermos y se curaban y vivían. Que él nos tome de su mano y nos resucite del pecado y del desaliento. Que en esta eucaristía él nos toque con su cuerpo y con su sangre y nos renueve y fortalezca de nuevo para que vivamos su vida y vayamos a ti por su mismo camino. Que él nos toque con la llama de su amor para que nuestro amor, a su vez, pueda reanimar a otros, especialmente a los pobres y a los que sufren. Todo esto te lo pedimos por Cristo, nuestro Señor. R/ Amén.
Primer Lectura: El Dios de la Vida nos hizo inmortales. (Sab 1:13-15; 2:23-24) Dios nos creó para vivir; fue el pecado el que introdujo la muerte en el mundo. Pero Cristo hará que la vida triunfe sobre la muerte.
Segunda Lectura: Compartir y ser solidario en la Iglesia. (2 Cor 8:7,9,13-15) Las iglesias locales más pudientes y con mayor bienestar deben ayudar a las más pobres, siguiendo el ejemplo de Jesús, que se hizo pobre para enriquecernos a todos.
Evangelio: Jesús posee el poder de dar vida. (Mc 5:21-43 o Mc 5:21-24, 35-43) El poder de resurrección está obrando activamente en Jesús: regenera a los enfermos y los integra a una vida más plena, e incluso devuelve los muertos a la vida.
Oración de los Fieles
Creemos en un Dios que nos creó para la vida, para vivir. Con toda confianza presentémosle todos los sufrimientos y enfermedades del mundo y de la Iglesia, pueblo de Dios. Repitamos después de cada petición:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Para que la Iglesia continúe con compasión el ministerio de curación de Jesús, que conforte a los enfermos, libere a los oprimidos y proteja a los pobres y débiles. Oremos:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Para que en este mundo nuestro, que malvive con hambre de alimento material y también de valores espirituales, las iglesias y naciones afluyentes compartan generosamente con los que tienen menos y viven en angustiosa necesidad. Oremos:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Para que el personal de la salud, doctores y enfermeros(as), y todos los que se cuidan de enfermos y discapacitados tengan un gran respeto por la vida y se sientan positivamente inspirados para cumplir su su misión, tan humana y tan cristiana. Oremos:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Oremos también para que la fe y esperanza de los enfermos y moribundos sean firmes, ancladas en nuestro Señor Jesucristo, que es la resurrección y la vida; que con él sepan aceptar sus sufrimientos con paciencia; y, cuando llegue el momento, sepan aceptar la muerte como paso a la vida definitiva. Oremos:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Para que en nuestras comunidades cristianas nos sintamos responsables y serviciales los unos de los otros, tratándonos como el Señor nos trata, con afectuosa solicitud; y que nos podamos enriquecer mutuamente con los buenos dones de mente y de corazón. Oremos:
R/ Señor de la vida, escucha nuestra oración.
Oh Dios, a ti debemos nuestra existencia; de ti nos viene todo lo bueno; ayúdanos a vencer a la muerte y al mal, por medio de Jesucristo nuestro Señor.
R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre todopoderoso, acepta los dones de pan y vino que ahora confiadamente traemos ante ti y transfórmalos con el poder del Espíritu Santo; que se conviertan para nosotros en pan y vino de resurrección y de vida. Por medio de este sacramento cámbianos en un pueblo de alegría y esperanza, que vayamos juntos por el camino de la vida siguiendo fielmente a Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Oremos a nuestro Padre celestial con la plegaria de Jesús, que se hizo pobre para enriquecernos a todos y entregarnos su vida: R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de las fuerzas del mal que oscurecen de negro nuestra vida: como guerras y odio, miedo y violencia, y el último enemigo, la muerte. Que el poder de Cristo resucitado obre eficazmente en nosotros para que podamos vencer al pecado y caminar juntos con alegría y esperanza hacia nuestro encuentro permanente con aquél que venció a la muerte, Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. R/ Porque tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor, quien un día dijo: “Yo soy la resurrección y la vida.” Dichosos nosotros invitados a comer el pan de vida que nos sustenta y que nos asegura la vida eterna. R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios, Padre todopoderoso: nos acabas de dar ahora el cuerpo y la sangre de tu Hijo como fuente del poder transmisor de vida. No nos permitas dejar improductivo este regalo, sino más bien ayúdanos a usarlo como una fuerza alentadora para levantar a los hermanos que comparten vida con nosotros, y construir juntos un mundo de reconciliación, compasión y justicia. Y ojalá que así la vida de Jesús resucitado obre ya en nosotros ahora, hasta que nos resucites en el último día por medio del mismo Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.
Bendición
Hemos partido pan con el Señor y recordamos sus palabras: “Los que comen mi carne y beben mi sangre tienen la vida eterna y yo los resucitaré en el último día.” Dios quiere que vivamos; y Jesús nutre esa vida con el alimento de su mismo cuerpo. ¡Ah! Pues somos los vivientes, vivamos esta vida a tope y que el Dios todopoderoso les bendiga a todos ustedes el Padre, y el Hijo y el Espíritu Santo. R/ Amén. Pueden ir en la paz del Señor y compartan unos con otros su paz y su poder curador..
R/ Demos gracias a Dios.
“Tu fe te ha curado”.
Sorprende, quizá, el comienzo de la primera lectura de hoy. “Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes”. De una u otra manera, la Liturgia nos va recordando que todo lo que Dios hizo era bueno, muy bueno. Porque Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y lo hizo partícipe de la inmortalidad divina; pero el poder del pecado lo sedujo, y con el pecado del hombre vino la muerte.
Y, como siempre, Dios no nos abandona. Cuando el hombre se aleja de su Creador, Él siempre encuentra una salida para no abandonarnos a nuestra suerte. El nuevo Adán salvador es Jesucristo. Por El hemos sido salvados de la muerte cuantos creemos en Él y practicamos la justicia.
La tendencia al pecado no significa que estemos “obligados” a pecar. Se puede vivir de otra manera. El libro del Deuteronomio nos lo recuerda: “Mira −dice Moisés al pueblo− hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha. Si obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, que yo te promulgo hoy, amando al Señor, tu Dios, vivirás. Te pongo delante bendición y maldición. Elije la vida y vivirás tú y tu descendencia” (Dt 30,15-20). Cada uno puede elegir cómo quiere vivir, siempre, ejerciendo (o abusando de) su libertad.
A ejercer bien su libertad y vivir a imagen y semejanza de Cristo invita Pablo a los Corintios en la segunda lectura. En todos los tiempos y en todos los lugares ha habido necesidad. Hasta Jesús dijo que “a los pobres los tendréis siempre con vosotros”. A Pablo le rondaba por la cabeza la idea de ayudar a los más necesitados, y que eso fuera una tarea de todos.
Para convencer a sus oyentes, Pablo recuerda el ejemplo de Cristo que, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros”. Ayudar a los más pobres es signo de que la comunidad cristiana ha entendido y vive conforme a los sentimientos de Cristo, que se hizo nuestro hermano, por puro amor. Renunció a mucho, para poder ser uno de nosotros. Así nos dio ejemplo.
También, con lo que se recaudara en la colecta se podía ayudar a que los que menos tenían, para que las desigualdades se rebajaran. Además de rezar por los pobres, el interés y la preocupación se demuestra compartiendo lo que uno tiene. Cuidando de los suyos, sí, pero sabiendo que todo viene de Dios y que todos somos hermanos. Que no me sobre a mí lo que te falta a ti. Los bienes necesarios para la vida no deben ser acumulados. Hay que ponerlos a disposición de los más pobres, para que se puedan aprovechar de ellos también.
Pobre entre los pobres era la mujer que se acercó a Jesús. La enfermedad la convertía en una impura, marginada social y religiosamente. No había manera de poder remediar su situación. No la había, hasta que apareció en su vida Jesús de Nazaret. Posiblemente, su última esperanza. Era imprescindible encontrarse con Cristo. Pero no era tan fácil. Primero había que enfrentarse a la Ley de impureza, que la apartaba de la comunidad. Después, acercarse entre toda la gente que, de hecho, eran como una muralla humana. Vaya reto.
Pero nada puede con ella. Sin prisa, pero sin pausa, logra acercarse por detrás a Cristo, para tocar su manto. En su situación, no se sentía digna de más. Recuerda al leproso del Evangelio de Mateo (Mt 8, 1-4). Este leproso, con toda humildad, de rodillas le pide a Jesús que, si quiere, le curre. Está dispuesto a aceptar la decisión que el Maestro tome. Y Él le cura. También la mujer, al tocar el manto, ve como toda la fuerza sanadora de Jesús la cura.
Tanto el leproso como la hemorroísa entienden que no hay nadie tan malo o impuro que no sea digno del perdón o de la sanación. Por el encuentro con Cristo, se transforman en puros. Ellos entendieron que nada impide acercarse a Dios. Ni la opinión de los demás, ni la propia imagen, muchas veces deformada por el pecado.
El poder sanador de Jesús no se detiene ni ante nada ni ante nadie. Ni ante los prejuicios ni las convenciones que van contra la dignidad de la persona. Ni siquiera la muerte puede con ese poder. No hay situaciones sin salida para quien confía en Él. La niña – tenía 12 años – vuelve a la vida. La súplica confiada del padre ha funcionado, ha dado a su hija otra oportunidad.
La muerte de cada persona ya no es el final, es un paso, una “pascua” hacia la vida que no tiene fin. Es el mayor regalo que Cristo nos ha dejado. La resurrección de la niña acontece por el poder de la palabra de Jesús, que Marcos ha conservado en original arameo. Jesús se manifiesta como señor de la vida y de la muerte. Todos los milagros que se refieren a resurrecciones no son más que la proclamación de que en Jesús y por Jesús la vida triunfa sobre la muerte.
Con frecuencia vemos como Jesús impone silencio a los testigos de sus milagros. Tanto que se ha hablado de la «ley del silencio». Si Jesús establece esa ley es para evitar que sus paisanos confundan el sentido de su mesianismo y caigan en falsos triunfalismos. Él ha venido a demostrar cuál es su mensaje: misericordia y espíritu compasivo. Por eso lo acogen los humildes y los sencillos de corazón, porque están en la misma sintonía. A los “listos” les resulta más difícil, porque sus esquemas no encajan con los esquemas de Cristo.
Tenemos que seguir pidiendo a Jesús que nos cure, acercarnos con temor y temblor a tocar su manto, para recibir su fuerza. Confiando, y aceptando lo que Él nos dé. Con fe. Porque es la fe la que nos sana.
EVANGELIO
Contigo hablo, niña, levántate.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 5, 21-43 (lectura breve: 5.21-24.35-43)
En aquel tiempo, Jesús atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su alrededor, y se quedó junto al lago. Se acercó un jefe de la sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, pon las manos sobre ella, para que se cure y viva». Jesús se fue con él, acompañado de mucha gente (que lo apretujaba).
(Se interrumpe en la lectura breve).
Había una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. Muchos médicos la habían sometido a toda clase de tratamientos, y se había gastado en eso toda su fortuna; pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. Oyó hablar de Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido curaría. Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias, y notó que su cuerpo estaba curado. Jesús, notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la gente, preguntando: «Quién me ha tocado el manto?». Los discípulos le contestaron: «yes cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”». El seguía mirando alrededor, para ver quién había sido. La mujer se acercó asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado, se le echó a los pies y le confesó todo. El le dijo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».
(Se reanuda en la lectura breve).
(Todavía estaba hablando, cuando) llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas; basta que tengas fe». No permitió que lo acompañara nadie, más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y encontró el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos. Entró y les dijo: « ¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta, está dormida». Se reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, la cogió de la mano y le dijo: «Talitha qumi» (que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). La niña se puso en pie inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y se quedaron viendo visiones. Les insistió en que nadie se enterase; y les dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra de Dios.
LA FE GRANDE DE UNA MUJER
La escena es sorprendente. El evangelista Marcos presenta a una mujer desconocida como modelo de fe para las comunidades cristianas. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.
A diferencia de Jairo, identificado como "jefe de la sinagoga" y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre.
Sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie le ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.
No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. Hará todo lo que pueda y sepa. Jesús comprenderá su deseo de una vida más sana. Confía plenamente en su fuerza sanadora.
La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús.
Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: "Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud". Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que se nos ofrece en Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.
¿Quién ayuda a las mujeres de nuestros días a encontrarse con Jesús? ¿Quién se esfuerza por comprender los obstáculos que encuentran en la Iglesia actual para vivir su fe en Cristo "en paz y con salud"? ¿Quién valora la fe y los esfuerzos de las teólogas que, sin apenas apoyo y venciendo toda clase de resistencias y rechazos, trabajan sin descanso por abrir caminos que permitan a la mujer vivir con más dignidad en la Iglesia de Jesús?
Las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de nuestras comunidades cristianas.
HERIDAS SECRETAS
Hija, tu fe te ha curado.
No conocemos su nombre. Es una mujer insignificante, perdida en medio del gentío que sigue a Jesús. No se atreve a hablar con él como Jairo, el jefe de la sinagoga, que ha conseguido que Jesús se dirija hacia su casa. Ella no podrá tener nunca esa suerte.
Nadie sabe que es una mujer marcada por una enfermedad secreta. Los maestros de la Ley le han enseñado a mirarse como una mujer «impura», mientras tenga pérdidas de sangre. Se pasado muchos años buscando un curador, pero nadie ha logrado sanarla. ¿Dónde podrá encontrar la salud que necesita para vivir con dignidad?
Muchas personas viven entre nosotros experiencias parecidas. Humilladas por heridas secretas que nadie conoce, sin fuerzas para confiar a alguien su «enfermedad», buscan ayuda, paz y consuelo sin saber dónde encontrarlos. Se sienten culpables cuando muchas veces solo son víctimas.
Personas buenas que se sienten indignas de acercarse a recibir a Cristo en la comunión; cristianos piadosos que han vivido sufriendo de manera insana porque se les enseñó a ver como sucio, humillante y pecaminoso todo lo relacionado con el sexo; creyentes que, al final de su vida, no saben cómo romper la cadena de confesiones y comuniones supuestamente sacrílegas... ¿No podrán conocer nunca la paz?
Según el relato, la mujer enferma «oye hablar de Jesús» e intuye que está ante alguien que puede arrancar la «impureza» de su cuerpo y de su vida entera. Jesús no habla de dignidad o indignidad. Su mensaje habla de amor. Su persona irradia fuerza curadora.
La mujer busca su propio camino para encontrarse con Jesús. No se siente con fuerzas para mirarle a los ojos: se acercará por detrás. Le da vergüenza hablarle de su enfermedad: actuará calladamente. No puede tocarlo físicamente: le tocará solo el manto. No importa. No importa nada. Para sentirse limpia basta esa confianza grande en Jesús.
Lo dice él mismo. Esta mujer no se ha de avergonzar ante nadie. Lo que ha hecho no es malo. Es un gesto de fe. Jesús tiene sus caminos para curar heridas secretas, y decir a quienes lo buscan: «Hija, hijo, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud».
NO A LA DOMINACIÓN MASCULINA
Vete en paz.
El incidente narrado por Marcos es atractivo. Una mujer avergonzada y temerosa se acerca a Jesús secretamente, con la confianza de quedar curada de una enfermedad que la humilla desde hace tiempo. Arruinada por los médicos, sola y sin futuro, viene a Jesús con una fe grande. Sólo busca una vida más digna y más sana.
En el trasfondo del relato se adivina un grave problema. La mujer sufre pérdidas de sangre: una enfermedad que la obliga a vivir en un estado de discriminación e impureza ritual. Las leyes religiosas le obligan a evitar el contacto con Jesús y, sin embargo, es precisamente ese contacto el que la podría curar.
La curación se produce cuando aquella mujer, educada en unas categorías religiosas que la condenan a la discriminación, logra liberarse de la ley para confiar en Jesús. En aquel profeta, enviado de Dios, hay una fuerza capaz de salvar a la mujer. Ella «notó que su cuerpo estaba curado»; Jesús «notó la fuerza salvadora que había salido de él».
Este episodio, aparentemente insignificante, es un exponente más de lo que se recoge de manera constante en las fuentes evangélicas: la actuación salvadora de Jesús, comprometido siempre en liberar a la mujer de la exclusión social, de la opresión del varón en la familia patriarcal y de la dominación religiosa dentro del pueblo de Dios.
Sería anacrónico presentar a Jesús como un feminista de nuestros días, comprometido en la lucha por la igualdad de derechos entre mujer y varón. Su actuación es más radical. La superioridad del varón y la sumisión de la mujer no vienen de Dios. Por eso, entre sus seguidores han de desaparecer. Jesús concibe su movimiento como un espacio sin dominación masculina.
La relación entre varones y mujeres sigue enferma, incluso dentro de la Iglesia. Las mujeres no pueden notar «la fuerza salvadora» que sale de Jesús. Es uno de nuestros pecados. El camino de la curación es claro: suprimir las leyes, costumbres, estructuras y prácticas que generan discriminación de la mujer, y hacer de la Iglesia un espacio sin dominación masculina.
REZAR CON SINCERIDAD
No temas, basta que tengas fe.
Mucho antes de las investigaciones de Freud y del psicoanálisis, los grandes maestros de la vida espiritual habían advertido ya de las numerosas trampas en que puede caer la persona cuando reza a Dios. Pero, sin duda, los análisis de Freud han sembrado una sospecha más radical: la oración más sencilla y aparentemente más sincera puede encerrar graves autoengaños y alimentar fantasías infantiles y neuróticas. En el fondo, la cuestión es ésta: ¿Con quién está hablando realmente una persona cuando dice hablar con Dios? ¿Qué hace cuando se dirige a alguien a quien no se ve y que no contesta? Por mucho que hable con Dios, ¿no está encerrada en su propio yo?
Para no pocos, la divulgación de esta «cultura de la sospecha» ha supuesto el derrumbe de su religión. Ya no aciertan a rezar. Todo les parece engaño y patología. No pueden y no quieren rezar. No se comunican con Dios. Su vida se va haciendo cada vez más atea.
Otros, por el contrario, es ahora cuando están purificando su religión de ilusiones infantiles poco sanas. Poco a poco van descubriendo un rostro nuevo de Dios. Hoy rezan de forma distinta. La fe comienza a ser para ellos el mejor estímulo para vivir de manera digna y esperanzada.
Lo primero es no confundir a Dios con cualquier cosa. Dios está más allá de nuestros sentimientos e ilusiones. No se identifica con las representaciones, símbolos o ritos creados por los hombres. El que reza no ha de caer en la trampa de «fabricarse» un Dios a su gusto y para su uso particular.
Dios, por otra parte, no es una especie de «seguro» fácil que protege de la dureza de la vida. Es una equivocación alimentar la ilusión de un Dios que está ahí, siempre a mano, ofreciendo soluciones mágicas a los problemas del ser humano. Dios no se deja poseer ni manejar como un objeto más de consumo.
Por otra parte, lejos de apartar de la realidad, la oración verdadera lleva a afrontar su dureza y, lo que es más importante, a empeñarse en su transformación. Cuando una persona se va haciendo cada vez más huidiza ante los conflictos, más intolerante e intransigente con los otros, más encerrada en sus propios intereses y, en definitiva, más egoísta, su oración es puro «juego imaginativo». Invocar al Padre es hacerse hermano. Rezar al Dios del evangelio conduce a vivir evangélicamente. Orar a un Dios Amor es disponerse a amar responsablemente.
Marcos nos describe en su relato dos reacciones muy diferentes ante la oración de Jairo, preocupado sólo por la salud de su hija. La de sus criados que le invitan a la resignación realista: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al Maestro?» Y la de Jesús que le invita a la confianza total: «No temas; basta que tengas fe».
TABÚ
La niña no está muerta.
La palabra «mortal» ha servido desde siempre para designar al hombre. Ésta es su condición. El ser humano es mortal: en cualquier momento puede morir y, ciertamente, cada instante lo acerca un poco más a su final. Lo decía de manera gráfica Heidegger: «Desde que nace, el hombre es lo bastante viejo para morir».
Pero no es sólo que «puede» morir, sino que «tiene» que morir. Nadie escapa a la muerte. Es inútil nuestro afán de vivir, nuestro deseo de no enfermar, no envejecer, sobrevivir. Durante muchos años se puede vivir sin sentir la amenaza de la muerte, pero llega un día en que la enfermedad, el mal funcionamiento de algún órgano o la jubilación comienzan a hacernos pensar que también nosotros estamos acercándonos a nuestro final.
Casi siempre los humanos han tratado de olvidar la muerte, a ver si desaparece. Lo decía ya B. Pascal: «Los hombres, para ser felices, no ha hiendo podido encontrar remedio a la muerte... han tomado la decisión de no pensar en ella». No son menos ingenuas las sociedades progresistas del tercer milenio que han convertido la muerte en el gran «tabú»: no hay que hablar de ella, no hay que pronunciar el nombre de ciertas enfermedades, hay que vivir como si fuéramos inmortales.
Sin embargo, cuando leemos el grito de M. de Unamuno, sabemos que está expresando lo que todos sentimos en el fondo de nuestro ser: «No quiero morirme, no, no quiero ni quiero quererlo; quiero vivir siempre, siempre, siempre, y vivir yo, este pobre yo, que me soy y me siento ahora y aquí». Queremos vivir, no desaparecer, no caer en la nada.
El hombre de nuestros días sigue repitiendo los viejos caminos de siempre para eludir la certeza de su muerte. Algunos intentan vivir sin esperanza, aunque sin caer en una desesperación angustiosa. Otros se lanzan a vivir a tope lo inmediato cerrando los ojos a todo futuro. Hay quienes viven sin tomar en serio ningún amor y ninguna esperanza, sin arriesgarse en ninguna lucha, sin ligarse a nada ni a nadie.
Cada uno sigue su camino pero nadie puede sustraerse a ciertas preguntas: ¿qué me espera en la muerte?, ¿qué va a ser de mí y de todos mis anhelos?, ¿me aguarda la nada?, ¿hay algo o alguien que me espera para acoger mi deseo de vida y llevarme a una vida plena? El relato que nos presenta a Jesús devolviendo la vida a la niña que todos creen muerta, está escrito desde la fe en un Dios que, al resucitar a Jesús, nos ha revelado que sólo quiere la vida del ser humano, incluso por encima de la muerte.
DIOS QUIERE LA VIDA
Niña, levántate.
El ser humano se siente mal ante el misterio de la muerte. Nos da miedo lo desconocido. Nos aterra despedirnos para siempre de nuestros seres queridos para adentramos, en la soledad más absoluta, en un mundo inexplorado en el que no sabemos exactamente qué es lo que nos espera.
Por otra parte, incluso en estos tiempos de indiferencia e incredulidad, la muerte sigue envuelta en una atmósfera religiosa. Ante el final se despierta en no pocos el recuerdo de Dios o las imágenes que cada uno nos hacemos de él. De alguna manera, la muerte desvela nuestra secreta relación con el Creador, bien sea de abandono confiado, de inquietud ante el posible encuentro con su misterio o de rechazo abierto a toda trascendencia.
Es curioso observar que son bastantes los que asocian la muerte con Dios, como si ésta fuera algo ideado por él para asustarnos o para hacernos caer un día en sus manos. Dios sería un personaje siniestro que nos deja en libertad durante unos años, pero que nos espera al final en la oscuridad de esa muerte tan temida.
Sin embargo, la tradición bíblica insiste una y otra vez en que Dios no quiere la muerte. El ser humano, fruto del amor infinito de Dios, no ha sido pensado ni creado para terminar en la nada. La muerte no puede ser el objetivo o la intención última del proyecto de Dios sobre el hombre.
Desde las culturas más primitivas hasta las filosofías más elaboradas sobre la inmortalidad del alma, la humanidad se ha rebelado siempre contra la muerte. El hombre sabe que morir es algo natural dentro del proceso biológico del viviente, pero, al mismo tiempo, intuye más o menos oscuramente que esa muerte no puede ser su último destino.
La esperanza en una vida eterna se fue gestando lentamente en la tradición bíblica no por razones filosóficas o consideraciones sobre la inmortalidad del alma, sino por la confianza total en la fidelidad de Dios. Si esperamos la vida eterna es sólo porque Dios es fiel a sí mismo y fiel a su proyecto. Como dijo Jesús en una frase inolvidable: «Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos» (Lucas 20, 38).
Dios quiere la vida del ser humano. Su proyecto va más allá de la muerte biológica. La fe del cristiano, iluminada por la resurrección de Cristo, está bien expresada por el salmista: «No me entregarás a la muerte ni dejarás a tu amigo conocer la corrupción» (Salmo 16, 10). La actuación de Jesús agarrando con su mano a la joven muerta para rescatarla de la muerte es encarnación y signo visible de la acción de Dios, dispuesto a salvar de la muerte a todo ser humano.
UN PROBLEMA NO SUPERADO
No temas; basta que tengas fe.
La cultura moderna ha divulgado un modo diferente de mirar la muerte. El morir ya no interesa como hecho trascendente, ni como destino misterioso del ser humano. Se trata sencillamente de la interrupción de un proceso biológico, un “fenómeno natural” que hemos de aceptar como algo normal y ordinario. Pero, a decir verdad, nadie siente la propia muerte como algo natural, sino como un final absurdo e inhumano.
Por otra parte, se esperaba que el progreso y el bienestar generalizado harían olvidar poco a poco el “pequeño problema de la muerte”, pero los hombres y mujeres de hoy siguen sintiendo la misma rabia e impotencia de siempre, cuando presienten cercano su final: “Esto era todo? ¿Por qué tengo que morir ahora?”.
Por eso, no es extraño leer hoy afirmaciones como la del teólogo alemán Heinz Zahrnt en su último estudio: “El problema de la muerte y de lo que viene después de la muerte no es un problema superado. Está ahí tan vivo como siempre e, incluso, sus- cita un interés renovado”.
De hecho, se leen con avidez las experiencias vividas por individuos “vueltos a la vida”, que pretenden decirnos lo que sucede en la muerte. Las gentes acuden cada vez más a recibir “mensajes del más allá” a través de personas mediadoras que, se dice, pueden comunicar con las almas de los difuntos. Se ponen de moda diversas formas de “reencarnación” elaboradas a partir de antiguas doctrinas orientales.
Pero la muerte no admite “soluciones de compromiso”. Inútil recibir pretendidos “mensajes del más allá” o escuchar relatos de los “reanimados” que, naturalmente, no han experimentado la muerte. Inútil también buscar refugio en teorías reencarnacionistas tan alejadas con frecuencia de su inspiración oriental. Ante la muerte, sólo cabe una alternativa. O el hombre se pierde para siempre, o bien es acogido por Dios para la vida.
La esperanza de los cristianos en la vida eterna tiene como fundamento único la confianza total en la fidelidad de Dios que, como dice Jesús, es “un Dios de vivos y no de muertos”. El posee la vida en plenitud. Donde él actúa, se despierta la vida. También en el interior de la muerte.
En el momento de morir yo no podré disponer de mi vida. No podré ya relacionarme con nadie. Nadie podrá hacer nada por mí. No hay apoyos ni garantías de nada. Estaré solo ante la destrucción. O hay un Dios Creador que me saca de la muerte, o todo habrá terminado para siempre.
En ese momento la fe del creyente se hará total. La confianza se convertirá en abandono absoluto en el misterio de Dios. La única manera cristiana de morir es hacer de la muerte el acto final de confianza total en un Dios que me ama sin fin.
Nuestra preocupación hoy no ha de ser satisfacer nuestra curiosidad sobre el más allá, ni alejar nuestros temores recurriendo a teorías prestadas de otras religiones, sino acrecentar nuestra fe en el Dios de la vida.
Hemos de escuchar en toda su hondura las palabras de Jesús al jefe de la sinagoga de Cafarnaum, ante la muerte de su hija: “No temas. Solamente ten fe “.
RECUPERAR LA FEMINIDAD
Vete en paz y con salud.
La hemorroisa de la que habla el episodio evangélico es una mujer enferma en las raíces mismas de su feminidad. Aquellas pérdidas de sangre que viene padeciendo desde hace doce años la excluyen de la intimidad y el amor conyugal.
Según las normas del Levítico es impura ante sus propios ojos y ante los demás. Una mujer intocable y frustrada que queda excluida del deseo y el amor del varón.
Su ser más íntimo de mujer está herido. Su sangre se derrama inútilmente. Su vida se desgasta en la esterilidad.
El evangelista la describe como una mujer ignorada y solitaria, avergonzada de sí misma, perdida en el anonimato de la multitud.
La curación de esta mujer se produce cuando Jesús se deja tocar por ella y la mira con amor y ternura desconocida: “Hija... vete en paz y Con salud”.
La sicoanalista católica Françoise Dolto, al comentar esta curación en su estudio “El evangelio ante el psicoanálisis”, señala que “una mujer sólo se sabe y se siente femenina mediante un hombre que cree en ella. Es en los ojos de un hombre, en su actitud, donde una mujer se sabe femenina». Para aquella mujer enferma ese hombre ha sido Jesús.
En nuestra sociedad se despierta poco a poco la sensibilidad colectiva ante la violencia y las agresiones que la mujer padece. Crecen las denuncias, se agiliza el código penal, se abren centros para mujeres maltratadas.
Pero somos todavía poco conscientes del sufrimiento oculto y la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo de mujer.
Mujeres perdidas en el anonimato de los hogares y las faenas caseras cuya dedicación y entrega apenas valora nadie.
Mujeres inseguras de sí mismas, atemorizadas por su propio marido, que viven culpabilizándose de sus desaciertos y depresiones porque no encuentran el apoyo y la comprensión que necesitan.
Mujeres vencidas por la soledad, cansadas ya de luchar y sufrir en silencio, que no aman ni son amadas con la ternura que su ser de mujer está pidiendo.
Mujeres desgastadas y afeadas por la dureza de la vida, que descuidan su cuerpo y su feminidad porque hace mucho tiempo que nadie las mira ni las besa con amor.
Mujeres que recuperarían su ser auténtico de mujer si se encontraran con la mirada acogedora y curadora de un esposo o un verdadero amigo.
NUESTRA INJUSTICIA CON LAS MUJERES
Salió fuerza de él.
Jesús adoptó ante las mujeres una postura tan sorprendente que desconcertó, incluso, a sus mismos discípulos.
En aquella sociedad judía donde el varón daba gracias a Dios cada día por no haber nacido mujer, no era fácil entender la nueva postura de Jesús, acogiendo sin discriminaciones a hombres y mujeres en la nueva comunidad.
Si algo se desprende con claridad de actitud es que, para él, hombres y mujeres tienen igual dignidad personal, sin que la mujer tenga que ser objeto del dominio del varón.
Sin embargo, los cristianos no hemos sido capaces todavía de extraer todas las consecuencias que se siguen de la actitud del Maestro. R. Laurentin ha llegado a decir que se trata de «una revolución ignorada» por la Iglesia.
Por lo general, los varones seguimos sospechando de todo movimiento feminista y reaccionamos secretamente contra cualquier planteamiento que pueda poner en peligro nuestra situación privilegiada sobre la mujer.
En ina Iglesia, dirigida por varones, no hemos sido capaces de descubrir todo el pecado que se encierra en el dominio que los hombres ejercemos, de muchas maneras, sobre las mujeres. Y lo cierto es que apenas se escuchan desde el interior de la Iglesia voces que, en nombre de Cristo, urjan a los varones a una profunda conversión.
Para justificar nuestra supremacía masculina hemos ido consolidando un presupuesto secreto pero enormemente eficaz «los varones son los únicos que realmente importan, mientras que las mujeres existen únicamente por referencia a ellos» (M. French).
Los creyentes hemos de tomar conciencia de que el actual dominio de los varones sobre las mujeres no es «algo natural», sino una estructura y un comportamiento profundamente viciados por el egoísmo y la imposición injusta de nuestro poder.
¿Es posible superar este dominio masculino? La revolución urgida por Jesús no se realiza despertando la agresividad mutua ni promoviendo entre los sexos una guerra que acarrearía nuevos riesgos para nuestra supervivencia humana. Jesús llama a «una revolución de las conciencias» que nos haga vivir de otra manera las relaciones que nos unen a unos con otros.
Las diferencias ente los sexos, además de su función en el origen de una nueva vida, han de ser encaminadas hacia la cooperación, el apoyo y el crecimiento mutuos.
Los varones hemos de escuchar con mucha más lucidez y sinceridad la interpelación de aquel de quien, según el relato evangélico, «salió fuerza» para curar a la mujer.
CURARSE
Tu fe te ha curado.
Los cristianos pasamos a veces por alto que Jesús, más que atribuirse a sí mismo las curaciones que realiza, recuerda a los enfermos algo realmente sorprendente: Tu fe te ha curado.
Jesús los despide invitándoles a no olvidar nunca esta verdad. En el hombre que cree hay siempre algo que le puede salvar, reconstruir y liberar de todo lo que le impide vivir.
Contrariamente a lo que pensaba S. Freud, los análisis de Erik H. Erikson llevan a pensar que en el fondo de todo ser humano existe una «confianza de base», una «confianza original» que permite el ulterior desarrollo de nuestra vida.
Toda vida humana reposaría sobre esta confianza implícita, con frecuencia inconsciente, como una fuerza que secretamente estaría alimentando toda nuestra existencia.
El pensamiento de Jesús va más lejos. El hombre que sabe creer en el Dios de la vida, y acierta a confiar su existencia en el Padre, posee en sí mismo una fuerza capaz de liberarlo de lo que le deshumaniza y destruye como hombre.
Quizás los cristianos no nos atrevemos ya a creer que la fe puede seguir hoy curando a los hombres. No sabemos apreciar la fuerza sanadora que se encierra en el corazón de un hombre habitado por la fe.
Y sin embargo, hoy la fe puede curarnos. Hombres extraños a sí mismos, incapaces de despojarse de su «máscara social», hombres condenados a no ser nunca lo que habrían podido llegar a ser, pueden descubrir en la fe una fuerza capaz de reavivar las posibilidades de generosidad, nobleza y humanidad que todavía se encierran en su corazón.
Hombres esclavos del dinero y la autosatisfacción, insensibles a la vida de los demás, hombres cuya vida no crece ni tiende hacia nada, hombres de «alma mutilada», podrían encontrar en la fe una fuerza capaz de recrear y reanimar su vivir diario.
Alguien ha dicho que «el corazón de los hombres de nuestro tiempo se asfixia lentamente, a causa de la ausencia universal de bondad» (M. Delbrel).
La indiferencia por el sufrimiento de ios desvalidos domina la economía. El cinismo y la mentira se han apoderado de la vida política y de las relaciones internacionales. El olvido gigantesco del hambre, la miseria y la muerte de millones de seres humanos es general.
Este mundo está enfermo en sus raíces, en la orientación misma del corazón humano y de la vida. Necesita una curación «radical». Y es ésta precisamente la oferta y el reto más apasionante del evangelio: una fe capaz de sanar al hombre de sus raíces.
¿QUÉ SALVACIÓN BUSCAMOS EN JESÚS?
Mc 5, 21-43
DOMINGO 13º
Del final del capítulo 4 de Marcos, pasamos al final del cap. 5. En este capítulo, antes del relato que vamos a leer, narra un episodio muy raro: Jesús cura a un endemoniado y permite que los espíritus inmundos se metan en una piara de cerdo, que, acto seguido, se precipita en el mar. Jesús vuelve a atravesar el lago en dirección a Galilea, y allí encuentra de nuevo a la multitud que le busca.
Tomando un poco de perspectiva descubrimos que el domingo pasado nos hablaba del "poder" de Jesús sobre la naturaleza (la tempestad calmada). Continúa el evangelio con la manifestación de "poder" sobre los espíritus inmundos (curación del endemoniado en Gerasa), que no hemos leído. Hoy damos dos pasos más: "Poder" sobre la enfermedad (la hemorroísa); Y "poder" sobre la muerte (la hija de Jairo). No cabe una síntesis más clara, ordenada y progresiva de la actividad salvadora de Jesús.
En el doble relato de hoy, descubrimos un mensaje muy profundo. Por una parte, la niña y su padre son imagen de los sometidos a la institución. Jairo es un cargo público, aunque no estrictamente religioso. La mujer enferma representa a los marginados y excluidos por una interpretación demasiado legalista de la Ley. Este simbolismo se hace más claro por el anonimato de las dos mujeres, y los doce años de enfermedad de la mujer y los doce años de vida de la niña. El número doce es símbolo de Israel.
Jairo (símbolo de la institución) no encuentra salida en la religión y busca la salvación en Jesús, que ya había sido rechazado por sus jefes. La decisión es tan difícil que espera hasta el último momento para ir en busca de Jesús.
La mujer enferma, también se había gastado toda su fortuna en buscar salvación, sin hallarla. Tampoco le quedaba otra salida. La religión no sólo no le daba solución, sino que la marginaba y la excluía hasta límites inimaginables hoy.
Uno viola formalmente la Ley acudiendo a un proscrito. La otra viola literalmente la Ley tocando a Jesús. Es muy interesante constatar que en los dos casos, Jesús apela a la fe-confianza como motor de puesta en marcha de la curación-salvación.
Para descubrir la importancia del relato hay que tener en cuenta las leyes de pureza que afectaban a la mujer. El Levítico dice:
"La mujer permanecerá impura cuando tenga su menstruación o tenga hemorragias; todo lo que ella toque quedará impuro, así como también quien entre en contacto con ella".
Es muy difícil hacernos una idea de cómo quedaban limitadas las posibilida¬des de relaciones sociales y religiosas con esta ley. La mujer era considerada impura y causante de impureza. Podemos imaginar la tara psicológica que dejaba en la mujer esta considera¬ción de impura.
La hemorroísa tenía prohibido, por imperativo social y religioso, tocar y ser tocada. Ella sabe que el acto que puede salvarle, está expresamente prohibido por la Ley. Sin embargo, doce años de sufrimiento la empujan. Esta valentía no está exenta de temor, se acerca por detrás. Tocar a Jesús no solo manifiesta la confianza en él, sino en sí misma. Su valentía le devuelve la salud.
Con una aguda sensibilidad más que humana, percibe que le han tocado (todos le están apretujando). Cuando Jesús pregunta "¿Quién me ha tocado?", está dando a entender que alguien ha llegado hasta él buscando una respuesta a su opresión. Aceptando ser tocado, más allá de la norma, entra en la dinámica que la mujer había iniciado. Se abre a la comunicación profunda y sanadora a través del cuerpo.
Los dos están expresando lo mejor de sí mismos. El cuerpo "impuro" de la mujer, es reconocido y aceptado como normal. Dejándose tocar Jesús se coloca por encima de los códigos sociales y religiosos. Los cuerpos son instrumentos de encuentro liberador. El tabú de la impureza queda roto. Se da una complicidad total entre dos seres humanos que se relacionan desde lo más hondo de su ser. Una relación que abarca todos los aspectos del ser, el físico, el psíquico y el religioso.
La mujer obra saltándose la Ley, pero Jesús va aún más allá, y reacciona como si la Ley no existiera. Se seca la fuente de su hemorragia. Subjetivamente, nota que había sido curada. El milagro se produce sin que intervenga la voluntad expresa de Jesús. Es la fe-confianza de la mujer la que desencadena los aconteci¬mientos.
También es interesante la alusión a una fuerza especial que sale de Jesús. La fuerza viene de Jesús, pero es la mujer la que pone en marcha esa energía. Este relato es una mina para tratar de descubrir qué es lo que sucedía de verdad cuando el evangelio habla de "milagros".
No significa una acción que vaya en contra de las leyes de la naturale¬za. Todo lo contrario, es dejar libre la naturaleza para que pueda desarrollar su ley sin las trabas que le pone el ser humano. Porque estar en armonía con la naturaleza no es lo normal, llegamos a llamar milagro los procesos que serían los más naturales del mundo cuando no hay obstrucción a esas fuerzas que están siempre a nuestro favor.
Claro que se produce un milagro, una verdadera maravilla. Mucho más grande que convertir una piedra en pan. Un ser humano liberado de sus complejos, de sus miedos, de una religión opresora e inhumana. Un ser humano que puede empezar a ser él mismo, que empieza a valorarse porque se siente apreciado.
Se reanuda el relato de la hija de Jairo con la llegada de los emisarios, que traen noticias de muerte. Jesús es portador de vida y le dice a Jairo: basta que tengas fe. La multitud se pone de parte de los emisarios de muerte y se pone a llorar; pero Jesús no hace ningún caso y sigue adelante.
Coge de la mano a la muchacha, pero a diferencia de la suegra de Pedro, no la levanta, sino que le dice: ¡levántate! (el mismo verbo que Marcos emplea para hablar de resurrección). En contra de lo que dice expresamente la Ley, toca a un muerto, y en vez de quedar él contaminado de muerte, comunica la vida al cadáver.
APLICACIÓN
No nos engañemos, la importancia de estos relatos no está en el hecho de curar o de resucitar, sino en el simbolismo que encierran. Pensar que la obra de Jesús se puede encerrar en tres resurrecciones y en una docena de curaciones, es ridiculizar la figura de Jesús. Objetivamente, los curados volverán a enfermar y entonces no estará allí Jesús para curarlos; y los resucitados volverán a morir sin remedio. Sabemos que Jesús no puso el objetivo de su misión en una solución de los problemas puntuales de aquí abajo.
La salvación de Jesús es para todos y en cualquier circunstancia. También para los enfermos, marginados, explotados. Si no tenemos esto en cuenta, puedo pensar que la salvación de Jesús no es para mí.
Ya en el AT queda muy claro que Dios no hizo la muerte. Jesús va más allá y nos dice que Dios no quiere nada negativo para el hombre. Aunque las limitaciones son inherentes a nuestra condición de criaturas, la salvación de Dios es siempre de un plano superior y más pleno que cualquier limitación; por eso se puede dar en plenitud, a pesar de cualquier limitación, incluida la muerte.
La verdadera salvación, la que propone Jesús, libera siempre. No se trata de un premio para unos pocos privilegiados, sino de una oferta absoluta de Dios desde lo hondo de cada ser. Esa fuerza, que Jesús era capaz de poner en marcha, está disponible para todos, lo único que tenemos que hacer, es dejar que actúe en nosotros.
No se trata de magia sino de conocimiento de las posibilidades que el ser humano tiene de utilizar las leyes de la naturaleza a su favor. De la misma manera que tiene poder para bloquear los procesos naturales y causar así un daño a su propio ser o/y a los demás.
En los dos casos, la multitud queda al margen de los acontecimientos y de la salvación que representan. Para Jesús, los entes de razón (multitud, pueblo, iglesia) no pueden ser objetos de salvación. Lo único que le importa es la persona, porque es lo único real. Esto lo hemos olvidado, y hemos cometido y seguimos cometiendo, el disparate de sacrificar a la persona en aras de la institución. Nada hay más antievangélico que este atropello.
También hoy tendría que ser nuestra principal tarea el liberar a tantas personas atrapadas por las interpretaciones aberrantes de Dios. La religión, mal entendida, seguirá oprimiendo y esclavizando mientras seguimos dando más importancia a la institución que a la persona.
Meditación-contemplación
"Tu fe te ha curado". "Basta que tengas fe".
En el orden espiritual, es imprescindible la fe.
Aunque sería cómodo, las seguridades son imposibles.
Sin confianza en el OTRO no daremos un paso.
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¡Despierta! ¡Resucita!
No permanezcas inerte en el cálido capullo,
Que tú mimo has tejido.
Atrévete a volar.
Si no afrontas el riesgo, no encontrarás la Vida.
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No te quejes de que estés apagado.
La culpa es tuya porque no acabas de conectarte.
Tu lámpara está capacitada para iluminarse.
Toda la energía está a tú disposición.
Solo tienes que tocar la fuente de energía.
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FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
1. La muerte no es el final
Dios no hizo la enfermedad ni la muerte. No se recrea en la destrucción de los vivientes. Nos creó a su imagen y semejanza (Gén 1,26), porque la enfermedad y la muerte no entraban en sus designios, al menos como el final de todo. Dios quiere la vida. Son las malas obras las causantes de ambas, como nos lo hace ver el relato simbó1ico del pecado del paraíso (Gén 3). Pero ¿cómo interpretarlo? La muerte está ahí como final de todos los seres vivos, demasiado próxima a cada uno de nosotros para que necesitemos demostraciones.
Todo el pensamiento del Antiguo Testamento refleja el drama universal del hombre enfrentado al supremo mal de la muerte, y se orienta, en último término, a la liberación de ella. Nos quiere manifestar que ese supremo mal no es inevitable, y que, por parte de Dios, la liberación es posible. ¿Cómo conciliar la fe en un Dios, causa suprema de todas las cosas, con la certeza de que no puede ser responsable de la muerte? Los libros sagrados no resuelven la dificultad insoluble, tormento de todas las generaciones de creyentes; se limitan a afirmar lo esencial: la incompatibilidad entre Dios y la muerte como final absoluto del hombre. Es posiblemente esta incompatibilidad la que hace que muchos de nuestros contemporáneos duden de la existencia de Dios o la nieguen, apoyados por la ciencia, que afirma sin ambages que la muerte biológica es el lógico final del hombre. Afirmación que los creyentes no podemos poner en duda.
Todo ello no es obstáculo para que los creyentes en Jesús sigamos afirmando que Dios nos ha creado inmortales. A pesar de saber que Jesús también murió y que su resurrección no se puede demostrar. Creemos -queremos creer- que Jesús venció a la muerte muriendo; y que ése es el único camino que lleva a la vida. De la derrota de Getsemaní y del Calvario surgió la alegría de la resurrección.
La misión fundamental de Jesús fue liberar a los hombres del espíritu del mal y de la muerte: egoísmo, violencia, odio... y muerte. La gente enferma y consciente de sus males acudía a él para que la liberara de ellos. Y Jesús los curaba, como signo de la liberación plena y definitiva después de la muerte.
Los evangelios nos lo presentan como señor de la enfermedad y de la muerte. Sus obras no tienen límites cuando se tiene fe; una fe que no es elemento mágico, sino una disposición de confianza total en Jesús. A partir de esa confianza total, la fe se irá desarrollando en la libre aceptación, cada vez más honda, de Cristo como único verdadero salvador del hombre.
El texto que vamos a comentar nos ofrece dos acciones milagrosas de Jesús. En ambas la fe juega un papel principal. Donde existe fe es donde se realiza el milagro; donde existe fe verdadera, el milagro sirve para ahondar en la persona de Jesús.
Recoge dos escenas entremezcladas que nos son narradas por los tres sinópticos; dos gestos decisivos de Jesús frente a la muerte: una curación y una resurrección que nos están indicando simbólicamente la eternidad de la vida humana.
En el fondo del relato laten viejas ideas populares; no faltan, incluso, unas concepciones mágicas. Pero estas ideas primitivas, superadas hoy, sólo son el revestimiento externo de una enseñanza más profunda que sacaron de él los primeros cristianos. La fuente primitiva del relato está en Marcos. Mateo se limita a unos rasgos esenciales. Los tres quieren que lleguemos al fondo del mensaje de los milagros: conocer cada vez mejor quién es realmente Jesús.
Según Mateo, la niña ya había muerto cuando su padre se acercó a Jesús para pedirle ayuda (Mt 9,18). Los otros dos dicen que estaba muy grave. ¿Por qué ese cambio? ¿Para dejar más patente el mesianismo de Jesús o la fe del padre? A pesar de la brevedad de su relato, Mateo nos ha conservado dos detalles interesantes que nos recuerdan las costumbres judías: las borlas que llevaba Jesús en el borde del manto, como judío piadoso (Núm 15,37-41), y la mención de los flautistas profesionales, que eran llamados para hacer el duelo más solemne (Mt 9,20.23).
2. Jairo
La sociedad actual parece que ha conseguido con éxito construirse unas condiciones de vida que la hacen olvidar los aspectos negativos de la misma. Muchos dudamos de ello; pero hemos de reconocer que nuestra civilización -querida y sufrida- ha hecho perder al hombre la sensibilidad a las pequeñas o grandes realidades de la vida cotidiana; incluso ha perdido la sensibilidad para las grandes tragedias de la humanidad. Todo son pequeñeces para nuestras prisas y para nuestro egoísmo. Preferimos convencernos de que nos falta tiempo para pensar y ocuparnos de ellas. También es verdad que en pequeños sectores de la sociedad es creciente el sentimiento de solidaridad humana.
El evangelio nos presenta a Jesús sumergido entre la gente sencilla, pobre, con sus pequeñas miserias, enfermedades, ilusiones y esperanzas. Todo mezclado, insignificante, cotidiano. Jesús había vuelto de la tierra de los gerasenos, donde curó a un endemoniado (Mc 5,1-20 y par.). Rodeado de la multitud, se encontraba a la orilla del mar, lugar sugerente que nos indica la situación del hombre. ¿No estamos permanentemente a orillas de la muerte y a punto de ser arrebatados por ella?
Se le presentó Jairo, jefe de la sinagoga, pidiéndole que fuera con él a curar a su hija, que se estaba muriendo. Manifiesta una gran fe en Jesús, a pesar de pertenecer a la clase dirigente. No parece, por tanto, que exista en esta clase un bloqueo insuperable hacia él; a nivel de cada persona es posible un salto hacia Jesús, hacia el pueblo. Es posible desclasarse. Jairo es un hombre importante que ve la cercanía de la muerte en su casa; una muerte absurda: es una vida de doce años. Tiene que mezclarse entre el pueblo si quiere encontrar a Jesús. Si se hubiera avergonzado de ello, si se hubiera encerrado en su dolor, se habría encontrado al final con el silencio absoluto de la muerte. Jesús no lo duda. Sin responder palabra, lo sigue a su casa con sus discípulos y "mucha gente que lo apretujaba". El mal es concreto y tiene que combatirlo.
Dos representantes de aquella multitud van a vivir una experiencia anticipada de la salvación que trae Jesús: una mujer herida en lo profundo de su vida, porque la sangre es la vida (Dt 12,23; Lev 17,11), y un hombre que sufre en su propia descendencia.
3. La mujer enferma
A causa de su enfermedad impura, la mujer está excluida de la comunidad (Lev 15,19-30); es una marginada social que la multitud ignora. La situación de Jairo es distinta: es un jefe de la comunidad, una persona conocida y respetada. Los dos están rodeados de gente incapaz de solucionarles el problema: la mujer está arruinada por médicos ineficaces; la casa de Jairo rebosa de testigos inútiles.
La mujer se mezcla con el grupo de discípulos que sigue a Jesús. La ley le prohibía terminantemente tocar a cualquier persona, para no comunicar su impureza. La pérdida de sangre que padecía era el símbolo de la frustración vital. Para una mujer hebrea, la esterilidad o el simple hecho de no tener descendencia equivalía a una muerte prematura, ya que los hijos prolongan la vida de sus padres, y la que no los tenía era una especie de muerta en vida. Esto acrecentaba la vergüenza de la mujer, que había gastado todo lo que tenía para tener vida. Lleva doce años enferma, que es la edad de la niña. ¿Indica que ambas estaban en la misma situación: en la de la humanidad herida mortalmente mientras no sea "curada" -tocada- por Jesús?
El número doce, aplicado a los años de su enfermedad y a los de la niña, es una alusión a Israel. Representan al pueblo, cuya única posibilidad de curación y de vida se encuentra en su renuncia a la ley que le impide el contacto con Jesús, que con su doctrina y acción universalistas, y por su contacto con los pecadores, se ha salido de la ortodoxia israelita. Para los dirigentes judíos, Jesús era impuro, no tenía acceso a Dios al ir contra las leyes antiquísimas de Israel; leyes por las que habían dado la vida innumerables israelitas. Sin embargo, para encontrar la salvación era necesario darle la adhesión a Jesús y renunciar al exclusivismo y separación que imponía la ley.
La presentación popular del hecho no debería impedirnos contemplar la grandeza y verdad de la historia. La mujer acude a Jesús después de probarlo todo sin encontrar esperanza en nada. Con una fe en cierto modo mágica: "Con sólo tocarle el vestido..." En medio de la multitud consigue tocarle por detrás el manto a Jesús. Y de esa fe imperfecta brota el milagro. Jesús también acepta esa fe, esa confianza silenciosa, sencilla, que puede exteriorizarse en un simple gesto.
La certeza de la mujer en su curación es total. La única salvación para Israel está en Jesús. El vestido equivale a su persona. Israel puede curarse de su nacionalismo exclusivista, causa de su enfermedad, si acude a Jesús. La curación de la hemorroísa es inmediata al hecho de tocar a Jesús. ¡Cuántos le habían tocado antes y le tocarían después sin que ocurriera nada! Jesús se da cuenta de que alguien le ha tocado de modo distinto, prueba de su capacidad para individualizar la liberación del hombre. A su pregunta, los discípulos se extrañan: todos te tocan.
¿Por qué la mujer desea pasar desapercibida y Jesús parece hacer todo lo posible para dar publicidad a su gesto? Al tocar la enferma a Jesús infringía las leyes y éste quedaba en situación de impureza legal -lo mismo al tocar a la niña muerta-. Esta podía ser la causa de hacerlo a escondidas. Pero a Jesús no le preocupan ese tipo de cosas. No sólo descuida el sábado, los ayunos, las normas de pureza legal..., sino que para él todas esas cosas, tan importantes para los judíos piadosos, están al servicio de los más pobres y explotados. Piensa que el sentido verdadero de la vida está en ponerse al lado de los pobres y liberarse con ellos. Parece que quiere dar publicidad al hecho para hacer ver a la gente que esas cosas no le importaban y dejar constancia de la fe de la mujer. Dios no atiende a las categorías humanas de puro o impuro, sino a la fe, aunque sea una fe en parte supersticiosa.
Jesús se dirige a la mujer con palabras de aliento y la llama hija. Hace resaltar que la ha curado la fe. Es la fe en Jesús la que podrá curar a Israel, la que iniciará y hará posible su liberación-salvación. Lo mismo a la humanidad. Una fe que siempre estará en camino y en proceso de maduración. Una fe que sin duda no tendrá su fuerza en el entendimiento, sino en el corazón, como la de la mujer. La acción de Dios no se limita al interior del hombre; afecta a toda la persona. La separación que hacemos entre el alma y el cuerpo no responde a la mentalidad bíblica: Dios se ocupa de ambos. Es importante que lo tengamos muy en cuenta si queremos ser verdaderos seguidores de Jesús, luchando por la justicia social.
Por la fe hasta lo humanamente imposible se hace posible. Si la fe falta, el milagro no es posible. Una fe que sigue intacta aunque se verificara que la curación de la mujer no fue debida a un hecho milagroso, sino a una especie de sugestión psíquica producida por la confianza que tenía en Jesús.
4. La niña
Entretanto, la niña ha muerto. No era la intención de Jairo llamar a Jesús para que despertara a una muerta, aunque en Mateo parece que sí. Le llegan unos emisarios con la noticia, y quieren disuadirlo para que "no moleste más al Maestro". Pero Jesús no retrocede ni ante la muerte, e invita a Jairo a seguir creyendo en él a pesar de la noticia de la muerte de su hija: "No temas; basta que tengas fe". La fe auténtica no capitula ni ante el poder de la muerte. ¿Para qué una fe que no va "más allá"?
Jesús quiere evitar al máximo todo relumbrón y toma consigo a algunos testigos cualificados: a los tres discípulos que lo acompañarán en otras ocasiones especiales. Sabe que los milagros son un arma de doble filo; que tienen el peligro evidente para la masa de quedarse en ellos sin llegar a lo fundamental, que es ayudar a descubrir la persona de Jesús, la vida que quiere que vivamos.
Llegan a la casa. El alboroto es enorme. Ya han llegado los flautistas y las plañideras, que, según la costumbre oriental, tocan y lloran en señal de luto. Lloran por la difunta y se ríen de la esperanza de Jesús. Con actitudes así no se puede cambiar la sociedad. Cuando los curiosos presencian sucesos humanos profundos suelen quedarse siempre en la superficie -en las apariencias- de ellos. Se ríen de la posibilidad de la resurrección. Ningún poder sería capaz de resucitar a la niña, porque está muerta de verdad. Si fuéramos capaces de llegar a esa región profunda donde habita la fe, descubriríamos perspectivas insospechadas para la vida, experimentaríamos que todo cambia de sentido.
La muerte no es un poder insuperable para Dios. Es muy delgada la pared que la separa de la vida. Pero eso la gente no lo entiende y se burla neciamente de Jesús. Las cosas tienen un aspecto muy distinto ante la mirada de Dios y ante la experiencia del hombre. Sólo si nos ejercitamos en ver con la mirada de Dios, nos formaremos un concepto verdadero de la realidad. Si lo lográramos, aunque fuera débilmente, la muerte perdería para nosotros su carácter tétrico. La muerte es solamente un sueño, una dormición; y la dormición, una muerte. Vivimos dormidos la mayoría de nuestros días; por eso nuestros ideales son tan pequeños y nuestras vidas tan rutinarias. Junto a la fe viaja la incredulidad; y ambas luchan sordamente entre sí a lo largo de nuestra vida. El convencimiento de creer que la muerte es un sueño que ensancha el corazón humano.
Jesús es el Mesías y, como tal, el anunciador del reino de Dios, que significa la vida inextinguible o eterna para el hombre. El mismo caminó hacia la muerte y, muriendo, la venció para siempre. Sólo desde su resurrección adquiere sentido pleno cuanto dijo e hizo. Sólo teniendo esto en cuenta podemos comprender la profundidad de la afirmación de Jesús al referirse a la niña muerta: "Está dormida". A la luz de la fe, la muerte no es más que un sueño del que el poder de Dios puede despertarnos.
El padre, la madre y los íntimos no se ríen. Toman en serio las palabras de Jesús. No son espectadores; están comprometidos en el suceso y serán testigos de un hecho asombroso.
"Niña, levántate". La cogió de la mano y la niña se levantó. El asombro invadió a los presentes. Jesús es "la resurrección y la vida" (Jn 11,25). Este hecho es signo de esa verdad. Jesús quiere hacernos creer que la muerte ya no es un límite absoluto, que existe "la otra orilla". El verdadero creyente espera firmemente superar la muerte, pero le deja a Dios el "cómo" y el "cuándo".
La remota posibilidad de una "muerte aparente" en la niña no suprimiría el sentido de signo de este hecho, además de perder el tiempo planteando el problema por ahí. Muchos piensan que la muerte es algo que debemos dejar a un lado y no pensar en ella. Incluso cuando se introduce en nuestra vida por la muerte de familiares o amigos. Pero la muerte nos enfrenta con los problemas más profundos de la vida, nos hace buscar su verdadero sentido. La muerte para el creyente es el paso a la plenitud de la vida, una vida que comienza ya ahora y aquí. Dijo que le dieran de comer. Se preocupa hasta el final de los detalles cotidianos de la vida.
5. Creer hasta el fondo
Los dos milagros nos han presentado a Jesús como el único "médico" capaz de realizar la obra final: devolver la salud a los enfermos y la vida a los muertos. ¿Cómo posee esa fuerza? Nadie puede explicarlo. También la hija de Jairo es figura de Israel. Simboliza al pueblo que camina hacia la ruina definitiva, a la muerte. El padre -los dirigentes religiosos- han sido incapaces de mantenerlo en la vida. Pero para Jesús esa muerte puede no ser definitiva: Israel puede volver a la vida por el contacto con Jesús, renunciando al dogmatismo de la ley que le impide hacerlo. La resurrección de la niña debe hacer en nosotros el mismo efecto que en los que la presenciaron. En presencia de un muerto tenemos que creer que sigue viviendo, amando...
¿Por qué no creemos hasta el fondo? No se trata de que los muertos tengan que volver a esta vida de aquí. ¿De qué les serviría? El plan de Dios no es suprimir de este mundo la muerte. Existen otras resurrecciones mejores.
Todos nosotros estamos muertos en algunas zonas de nosotros mismos; esas zonas a las que no descendemos nunca por miedo al espectáculo que tendríamos que presenciar: odio, insolidaridad, aislamiento, egoísmo, indiferencia, esclavitud a la sociedad del tener... En esas zonas necesitamos resucitar. Hemos de resucitar al compromiso, a la amistad, a la fe, a la comunicación, a la libertad, a la justicia, a la paz, al amor... Dios, que resucita a los muertos, es capaz de cambiarnos. Hemos de creer que Dios puede hacer de cada uno de nosotros un hombre nuevo, algo así como un niño recién nacido. Dios puede hacer que vivamos una vida de tal consistencia que queramos eternizar y estemos eternizando.
6. El secreto mesiánico
"Les insistió en que nadie se enterase". Podrán hablar abiertamente de ello después de su resurrección. No es todavía el momento de comprender el misterio -la hondura- de su vida. Este "secreto mesiánico" es como una medida preventiva de Jesús para que no se interprete mal su mesianismo a nivel político o como una simple acción populista social. Los mismos apóstoles tardarán mucho tiempo en descubrirlo. A pesar de su insistencia, hoy siguen las confusiones...
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
En este 13º Domingo del Tiempo Ordinario la Iglesia propone una meditación de dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres. El primero a favor de una mujer, considerada impura a causa de una hemorragia que padecía desde hacía doce años. El otro a favor de una niña de 12 años. Recién muerta. Según la mentalidad de la época, cualquier persona que tocase la sangre o un cadáver era considerada como impura. ¡Sangre y muerte eran factores de exclusión! Por esto, las dos mujeres estaban marginadas, excluidas de la participación de la comunidad. También hoy hay categorías de personas que están excluidas o que se sienten excluidas de la participación de la comunidad cristiana. ¿Cuáles son hoy los factores que causan la exclusión, tanto en la Iglesia como en la sociedad? Marcos describe los dos milagros con imágenes muy vivas. El texto es largo. Durante su lectura, considera que estás en medio de la gente acompañando a Jesús hacia la casa de Jairo. Y mientras caminas en silencio, trata de poner atención a los comportamientos tan variados de las personas que aparecen en la descripción de los dos milagros. Jairo, el padre de la niña, la gente, la mujer que sufre a causa de la hemorragia, los discípulos, la niña. Pregúntate cómo sería tu comportamiento
b) Una división del texto para ayudar a su lectura:
Marcos 5,21-24: El punto de partida: Jairo pierde la hija. Jesús va con él, la gente lo sigue
Marcos 5,25-26: La situación de la mujer que sufre de una hemorragia irregular
Marcos 5,27-28: El razonamiento de la mujer ante Jesús
Marcos 5,29: La mujer consigue su intento y queda curada
Marcos 5,30-32: La reacción de Jesús y los discípulos
Marcos 5,33-34: La conversación entre Jesús y la mujer curada por la fe
Marcos 5,35-36: La conversación entre Jesús y Jairo
Marcos 5,37-40: La llegada a la casa de Jairo y la reacción de la gente
Marcos 5,41-43: La resurrección de la niña
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto de este texto que más te gusta o que te ha emocionado más? ¿Por qué?
b) ¿Cómo es el comportamiento de la mujer que ha tocado a Jesús? ¿Y qué es lo que le da la fuerza para tocar a Jesús?
c) ¿Por qué los discípulos no entendían lo que sucedía entre Jesús y la gente?
d) ¿Quién era Jairo? ¿Cómo se comporta Jesús con él, con su mujer y con su hija?
e) Una mujer es curada e integrada de nuevo a la convivencia de la comunidad. Una niña es levantada de su lecho de muerte. ¿Qué enseñan hoy estas dos acciones de Jesús para nuestra vida de familia y comunidad?
Para aquéllos que desean profundizar más en el tema
a) Contexto de ayer y de hoy:
i) A lo largo de las páginas de su evangelio, Marcos va aumentando las informaciones sobre la persona de Jesús. Hace ver cómo el misterio del Reino se refleja en el poder que Jesús ejercita a favor de los discípulos y de la gente, y sobre todo, a favor de los pobres y marginados. Al mismo tiempo, a medida en que este poder se manifiesta, aumenta en los discípulos la incapacidad de entender y queda siempre más claro que tienen que cambiar las ideas que tienen sobre el Mesías. De otro modo, la incomprensión crecerá y corren el peligro de alejarse de Jesús.
ii) En los años setenta, época en la que Marcos escribe su evangelio, existía gran tensión en las comunidades cristianas entre los judíos convertidos y los paganos convertidos. Algunos judíos, sobre todo aquéllos que habían pertenecido al grupo de los fariseos, continuaban fieles a la observancia de las normas de la pureza de su cultura milenaria y, por esto, tenían dificultad de vivir con los paganos convertidos, porque pensaban que éstos vivían en la impureza. Por esto, la narración de los dos milagros de Jesús a favor de dos mujeres era de gran ayuda para superar los viejos tabúes.
b) Comentario del texto:
Marcos 5,21-24: El punto de partida: Jairo pierde la hija. Jesús va con él y la gente lo sigue.
• La gente se une a Jesús que ha llegado de la otra orilla. Jairo, jefe de la sinagoga, pide ayuda para su hija que se está muriendo. Jesús va con él y la gente lo acompaña, empujándolo por todas partes porque todos quieren estar cerca de Jesús cuando vaya a realizar el milagro. Y éste es el punto de partida de los dos episodios que siguen; la curación de la mujer que padece hace ya doce años a causa de una hemorragia y la resurrección de la niña de doce años.
Marcos 5,25-26: La situación de la mujer que sufre a causa de una hemorragia irregular.
• ¡Doce años de hemorragia! Por esto, esta mujer vivía marginada, porque en aquel tiempo la sangre convertía a la persona impura y a quien la tocara. Marcos dice que la mujer había gastado toda su fortuna con los médicos, pero en vez de mejorar había empeorado. ¡Situación sin solución!
Marcos 5,27-28: El razonamiento de la mujer ante Jesús
• Ella había sentido hablar de Jesús. Nace en ella una nueva esperanza. Se dijo entre sí: “Si consigo tan sólo tocar su manto, seré curada”. La doctrina de la época decía: “Si toco su manto, quedaré impuro” ¡La mujer piensa exactamente lo contrario! Signo este que demuestra mucho valor. Signo también de que la mujer no estaba completamente de acuerdo con lo que las autoridades enseñaban. La mujer se mete en medio de la gente que apretujaba a Jesús por todas partes, y casi sin ser vista, toca a Jesús.
Marcos 5,29: La mujer consigue su intento y queda curada
• Precisamente en aquel momento advierte que su cuerpo ha quedado curado. Hasta hoy en Palestina, en una curva del camino cerca del lago de Galilea, vecino a Cafarnaún, se lee sobre una piedra esta inscripción: “¡Aquí, en este lugar, la mujer considerada impura, pero llena de fe, tocó a Jesús y curó!”
Marcos 5,30-32: La reacción de Jesús y de los discípulos
• También Jesús siente que ha salido de Él una fuerza: ¿”Quién me ha tocado?”. Los discípulos reaccionan: “Tú estás viendo que la gente te estrecha por todas partes y preguntas ¿quién me ha tocado?” He aquí de nuevo un pequeño desacuerdo entre Jesús y los discípulos. Jesús poseía una sensibilidad que no era percibida por los discípulos. Estos reaccionan como todos y no entienden la reacción distinta de Jesús. Pero Jesús no renuncia y sigue preguntando.
Marcos 5,33-34: La conversación entre Jesús y la mujer curada por la fe
• La mujer se ha dado cuenta que ha sido descubierta. Es para ella un momento difícil y peligroso. Pues, según la creencia de la época, una persona impura que, como aquella mujer, se mete en medio de la gente, contaminaba a todos tocándolos simplemente. Convertía a todos impuros delante de Dios (Lv 15,19-30). Por esto, el castigo era que podía ser apartada y apedreada. Pero a pesar de todo esto, la mujer tiene el valor de asumir lo que ha hecho. La mujer, llena de miedo y temblando, se les echa a los pies y confiesa la verdad. Jesús pronuncia entonces su palabra final diciendo: “¡Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y queda curada de tu enfermedad!” Bellas palabras, muy humanas. Con la palabra “Hija” Jesús acoge a la mujer en la nueva familia, en la comunidad, que se forma en torno a Él. Sucede lo que ella pensaba. Jesús reconoce que sin la fe de aquella mujer no hubiera podido obrar el milagro.
Marcos 5,35-36: La conversación entre Jesús y Jairo
• He aquí que, en este preciso momento llega el personal de la casa de Jairo para anunciarle que su hija ha muerto. No hay necesidad, por tanto de molestar a Jesús. ¡Para ellos la muerte era la gran frontera y Jesús no conseguirá superarla! Jesús escucha, mira a Jairo y le aplica lo que apenas ha visto, esto es, que la fe es capaz de hacer lo que la persona cree. Y le dice: “¡No temas, solamente ten fe!” Marcos 5,37-40: La llegada de Jesús a la casa de Jairo y la reacción de la gente
• Jesús se separa de la gente y sólo permite a algunos discípulos estar con Él. Y dice: “La niña no está muerta, está dormida”. Los criados de la casa ríen. La gente sabe cuándo una persona está muerta o cuando duerme. ¡Es la risa de Abrahán y de Sara, o sea, de aquéllos que no consiguen creer que “nada es imposible para Dios!” (Jn 17,17; 18,12-14; Lc 1,37). También para ellos, la muerte es una barrera que no es posible superar. Las palabras de Jesús tienen un significado mucho más profundo. La situación de las comunidades del tiempo de Marcos parecía una situación de muerte. Ellos debían escuchar: “¡No estáis muertos. Estáis dormidos. Despertaos!”. Jesús no da importancia a la risotada y entra en el cuarto donde se encuentra la niña. Entra Él, los tres discípulos y el padre de la niña.
Marcos 5,41-43: La resurrección de la niña
• Jesús toma por la mano a la jovencita y le dice: “¡Talita kúmi!” Y ella se levanta. Gran conmoción. Jesús conserva la calma y pide que le den de comer a la niña. ¡Curación de dos mujeres! Una tiene doce años y la otra doce años con hemorragia, doce años de marginación. La exclusión de la joven comienza a la edad de doce años, porque empiezan las menstruaciones. Comienza a morir.
Jesús tiene un poder mayor y la resucita: “¡Levántate!”
c) Ampliando conocimientos: Las mujeres del Evangelio
En la época del Nuevo Testamento, la mujer vivía marginada por el simple hecho de ser mujer (cf. Lv 15,19-27; 12,1-5). En la sinagoga no participaba en la vida pública, no podía ser testigo. Por esto, muchas mujeres se resistían contra esta exclusión. Desde los tiempos de Esdra, cuando la marginación de la mujer todavía era más pesada (Esd 9,1-
2;10,2-3), crecía su resistencia, como aparece en las historias de Judit, Ester, Ruth, Noemí, Susana, la Sulamita y otras. Esta resistencia encuentra eco y acogida en Jesús. He aquí algunos episodios en los que aparece el inconformismo y la resistencia de las mujeres en la vida cotidiana y la acogida que Jesús les da:
La prostituta tiene el valor de desafiar las normas de la sociedad y de la religión. Entra en casa de un fariseo para postrarse a los pies del Jesús. Encontrándolo, encuentra amor y perdón y recibe defensa contra los fariseos. La mujer encorvada no siente para nada los gritos del jefe de la sinagoga, Busca la curación, aunque sea en sábado. Jesús la acoge como una hija y la defiende contra el jefe de la sinagoga (Lc 13,10-17). La mujer considerada impura por causa de la pérdida de sangre tiene el valor de meterse en medio de la gente y de pensar exactamente lo contrario de la doctrina oficial. La doctrina decía: “¡Quien la toca, queda impuro!” Pero ella decía: “¡Si consigo tocarlo, curaré!” (Mc 5,28). Es acogida sin reproche y se cura. Jesús declara que la curación es fruto de la fe (Mc 5,25-34). La Samaritana, despreciada por su condición de herética, tiene el valor de hablar con Jesús y de cambiar el sentido de la conversación comenzado por Él. (cf Jn 4,19.25). En el evangelio de Juan, es la primera persona que recibe el secreto de que Jesús es el Mesías (Jn 4,26). La mujer extranjera de la región de Tiro y Sidón no acepta su marginación y sabe hablar de tal modo, que obtiene de Jesús el ser por Él escuchada (Mc 7,24-30). Las madres con los hijos pequeños se enfrentan a los discípulos y son acogidos y bendecidos por Jesús (Mt 19,13-15; Mc 10, 13-16). Las mujeres que desafía al poder y permanecen junto a la cruz de Jesús (Mc 15,40; Mt 27,5556.61), fueron también las primeras en experimentar la presencia de Jesús resucitado (Mc 16, 5-8; Mt 28,9-10). Entre ellas se encontraba María Magdalena, poseída de espíritus malignos, pero curada por Jesús (Lc 8,2). Ella recibió la orden de transmitir la Buena Noticia de la resurrección a los apóstoles (Jn 20,16-18). Marcos dice que “ellas habían seguido y servido a Jesús cuando estaba todavía en Galilea. Había muchas más que habían subido con Él a Jerusalén” (Mc 15,41). Marcos se sirve de tres palabras importantes para definir la vida de estas mujeres: seguir, servir y subir a Jerusalén. Son tres palabras que definen al discípulo ideal. ¡Representan el modelo para los otros discípulos que huyeron!
XIII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 46, 2
Todos los pueblos aplaudan
y aclamen al Señor con gritos de alegría.
Oración colecta
Dios nuestro, que por la gracia de la adopción
quisiste hacernos hijos de la luz;
concédenos que no seamos envueltos en las tinieblas del error,
sino que permanezcamos siempre en el esplendor de la verdad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Dios de bondad, que das eficacia a tus misterios,
concede que nuestro culto
resulte digno de estos sagrados dones.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión Sal 102, 1
Bendice al Señor, alma mía,
que todo mi ser bendiga su santo nombre.
O bien: Jn 17, 20-21
Dice el Señor: Padre, ruego por ellos,
para que todos sean uno en nosotros,
para que el mundo crea que tú me enviaste.
Oración después de la comunión
Que la víctima divina que hemos ofrecido y recibido
nos llene de vida, Señor,
para que unidos a ti por el amor,
demos frutos que permanezcan eternamente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO BIBLICO
Por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo
Lectura del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24
Dios no ha hecho la muerte
ni se complace en la perdición de los vivientes.
Él ha creado todas las cosas para que subsistan;
las criaturas del mundo son saludables,
no hay en ellas ningún veneno mortal
y la muerte no ejerce su dominio sobre la tierra.
Porque la justicia es inmortal.
Dios creó al hombre para que fuera incorruptible
y lo hizo a imagen de su propia naturaleza,
pero por la envidia del demonio
entró la muerte en el mundo,
y los que pertenecen a él tienen que padecerla.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b
R. Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste.
Yo te glorifico, Señor, porque Tú me libraste
y no quisiste que mis enemigos se rieran de mí.
Tú, Señor, me levantaste del Abismo y me hiciste revivir,
cuando estaba entre los que bajan al sepulcro. R.
Canten al Señor, sus fieles;
den gracias a su santo Nombre,
porque su enojo dura un instante, y su bondad, toda la vida:
si por la noche se derraman lágrimas, por la mañana renace la alegría. R.
Escucha, Señor, ten piedad de mí;
ven a ayudarme, Señor.
Tú convertiste mi lamento en júbilo.
¡Señor, Dios mío, te daré gracias eternamente! R.
Que la abundancia de ustedes supla la necesidad de los hermanos
Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 8, 7. 9. 13-15
Hermanos:
Ya que ustedes se distinguen en todo: en fe, en elocuencia, en ciencia, en toda clase de solicitud por los demás, y en el amor que nosotros les hemos comunicado, espero que también se distingan en generosidad.
Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza.
No se trata de que ustedes sufran necesidad para que otros vivan en la abundancia, sino de que haya igualdad. En el caso presente, la abundancia de ustedes suple la necesidad de ellos, para que un día, la abundancia de ellos supla la necesidad de ustedes.
Así habrá igualdad, de acuerdo con lo que dice la Escritura: "El que había recogido mucho no tuvo de sobra, y el que había recogido poco no sufrió escasez".
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. 2Tim 1, 10b
Aleluia.
Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte
e hizo brillar la vida, mediante la Buena Noticia.
Aleluia.
EVANGELIO
¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 5, 21-43
Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y Él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y al verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se sane y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: «Con sólo tocar su manto quedaré sanada». Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba sanada de su mal».
Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de Él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: «¿Quién tocó mi manto?»
Sus discípulos le dijeron: «¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?» Pero Él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido.
Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad.
Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda sanada de tu enfermedad».
Todavía estaba hablando, cuando llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.
Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él.
Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con ´Él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y Él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.
O bien más breve:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 5, 21-24. 35b-43
Cuando Jesús regresó en la barca a la otra orilla, una gran multitud se reunió a su alrededor, y Él se quedó junto al mar. Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo, y el verlo, se arrojó a sus pies, rogándole con insistencia: «Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva». Jesús fue con él y lo seguía una gran multitud que lo apretaba por todos lados.
Llegaron unas personas de la casa del jefe de la sinagoga y le dijeron: «Tu hija ya murió; ¿para qué vas a seguir molestando al Maestro?» Pero Jesús, sin tener en cuenta esas palabras, dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que creas». Y sin permitir que nadie lo acompañara, excepto Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago, fue a casa del jefe de la sinagoga.
Allí vio un gran alboroto, y gente que lloraba y gritaba. Al entrar, les dijo: «¿Por qué se alborotan y lloran? La niña no está muerta, sino que duerme». Y se burlaban de él.
Pero Jesús hizo salir a todos, y tomando consigo al padre y a la madre de la niña, y a los que venían con Él, entró donde ella estaba. La tomó de la mano y le dijo: «Talitá kum», que significa: «¡Niña, Yo te lo ordeno, levántate!» En seguida la niña, que ya tenía doce años, se levantó y comenzó a caminar. Ellos, entonces, se llenaron de asombro, y Él les mandó insistentemente que nadie se enterara de lo sucedido. Después dijo que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.
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