Domingo 14 de Tiempo Ordinario

 Liturgia Viva del XIV Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Segunda Lectura)
Cuando somos débiles, somos entonces fuertes en el Señor. Que la fuerza de la gracia de Dios esté siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu. 

 

Introducción por el Celebrante 

 

1.Que los Profetas Hablen. Escúchenlos
¿Qué piensan ustedes cuando ven de cerca a gente pisoteada y explotada injustamente? La mayoría de los mirones no hacen nada. Ellos piensan: “¿Quién soy yo para intervenir en favor de nadie? ¿Qué puedo hacer yo para corregir tales situaciones? Nadie me va a escuchar. Después de todo, nadie es profeta en su propio pueblo o país.” — Demasiada gente deja de hacer demasiado bien por dudar de sí misma y por falta de valor. Pidamos al Señor Jesús que nos dé valentía y audacia, y que nos inspire para hablar claro y sin rodeos siguiendo al evangelio y para ir por la vida haciendo siempre el bien.

 

2.Alguien del Pueblo Llano
Un hombre o una mujer como nosotros, del pueblo llano, cuyos padres conocemos, ¿cómo se atreve a transmitirnos la palabra de Dios – si es que es palabra de Dios? Jesús, el carpintero del pueblo, cuya madre y parientes eran conocidos de todo el mundo, ¿cómo podría obrar milagros; y de dónde sacaría su extraño mensaje? — La Iglesia, con todos sus defectos, y el sacerdote, que no es mejor que nosotros, ¿cómo se atreven a hablarnos en nombre de Dios? — Pues sí; así es. Dios nos habla a través de gente ordinaria. La palabra y el mensaje de Dios son más fuertes que los débiles mensajeros que él envía para proclamar su anuncio profético. Y no solo los profetas o sacerdotes, sino cada uno de nosotros, tenemos que alzarnos y hablar claro, sin rodeos, en favor de lo que es justo y bueno. Jesús nos va a ayudar. 

 

Acto Penitencial 


Pidamos perdón al Señor porque no siempre le hemos aceptado siguiendo sus condiciones, y porque tantas veces no tuvimos el valor para hacer lo que es recto, justo y bueno. (Pausa)

Señor Jesús, tu mismo pueblo te rechazó. Jamás permitas que te neguemos nosotros. Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú nos diriges tu palabra retadora, que nos exige que seamos servidores justos y caritativos. Cristo, ten piedad de nosotros.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tu gracia y tu amor nos bastan. Haznos fuertes en nuestra debilidad. Señor, ten piedad de nosotros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Perdona, Señor, nuestros pecados de cobardía y danos la gracia de vivir y actuar siempre según tu palabra. Y llévanos a la vida eterna. R/ Amén. 

 

Colecta (Hay dos opciones) 

 

1.Que los Profetas Hablen

Roguemos para que ninguno de nosotros rechace a Jesús, que “La Palabra de Dios que viene a los suyos”. (Pausa) Oh Dios, Padre sin igual: Tu Hijo, tu Palabra, vino a nosotros como un ser humano más, con la misma carne y la misma sangre que nosotros. Prepáranos para acogerle siempre y escuchar lo que él nos diga, aun cuando su palabra nos disguste y nos perturbe, porque la suya es una Palabra de gracia y de vida. Y danos la audacia de pasar su palabra de unos a otros, para que nos libere a todos y, como a pueblo bien unido, nos lleve hacia ti. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

 

2.Alguien del Pueblo Llano

Oremos a nuestro Dios, rico en misericordia, que él sea nuestra fuerza en nuestra debilidad. (Pausa) Oh Dios, origen de toda fuerza y poder: Tú nos elegiste a nosotros, débiles como somos, gente del pueblo llano, para avergonzar a los poderosos y para alzarnos e intervenir con nuestras palabras y con nuestras vidas en favor de todo lo que es justo y bueno. Danos la gracia de percatarnos claramente de que, sin tu ayuda, nuestros esfuerzos humanos no pueden menos que fallar y de que nuestra mera debilidad, aceptada con humildad, nos da derecho a recibir de ti fuerza y vigor. Sé tú, Señor, la fuente de nuestro valor y alegría gracias a Aquel que fue débil con los débiles, pero que vive contigo como Señor de todos, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro por los siglos de los siglos. R/ Amén.

 

Primera Lectura:
Dios Confía su Palabra a un Hombre Ordinario (Ez 2:2-5) Ezequiel, un simple sacerdote, es llamado por Dios para ser profeta. Y tiene que proclamar insistentemente la palabra de Dios a un pueblo no dispuesto a escuchar. 

Segunda Lectura:
La fuerza de Dios se Muestra en un Hombre Débil (2 Cor 12:7-10) Pablo defiende la legitimidad de su ministerio. En la debilidad humana de Pablo, el poder de Dios sobresale como mucho más fuerte.

Evangelio:
Jesús ¿uno más del Pueblo Llano? (Mc 6:1-6)
 La gente de Nazare rechaza a Jesús y su enseñanza. Sus paisanos le conocen bien: un joven carpintero salido del pueblo llano. ¿Cómo puede anunciar él ningún mensaje especial y además obrar milagros?

 

Intercesiones generales

 

Oremos para que cada uno de nosotros sepamos escuchar, entender y poner en práctica la voz de Dios, tanto en cada uno de nosotros como en nuestras comunidades. Respondamos a cada petición:


R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

1) Para que la Iglesia siga escuchando a los profetas, que hoy también están entre nosotros, y a través de los cuales el Espíritu nos habla. Roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

 

2) Para que nosotros, como Pueblo de Dios, sigamos escuchando la palabra que Jesús nos dirige en nuestras asambleas cristianas, como palabra proclamada hoy para cada uno de nosotros. Roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

 

3) Para que en el silencio de los sin voz el pueblo de Dios oiga el grito del Señor, que clama por justicia y compasión. Roguemos al Señor. 

 

R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

 

4) Para que la Palabra de Dios resuene fuerte y sea acogida gozosamente por aquellos que la oyen, cuando los mensajeros de Dios la proclaman entre las naciones. Roguemos al Señor. 

 

R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

 

5) Para que nuestras comunidades cristianas sigan escuchando siempre la Buena Nueva de nuestro Señor Jesucristo y la tomen seriamente como guía de sus vidas. Roguemos al Señor

 

R/ Señor, que tu palabra nos dé vida. 

 

Padre, alienta sobre nosotros tu Santo Espíritu y que él mueva siempre nuestros corazones a aceptar y seguir lo que tú nos proclamas por medio de Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas


Señor Dios nuestro: Tú nos pides aceptar con fe tu palabra proclamada por tus mensajeros y sobre todo acoger a tu Palabra Viviente, Jesucristo. Danos la gracia de reconocer llanamente la humilde venida de tu Hijo en estos signos sencillos de pan y vino. Que la fuerza de su Espíritu sea más fuerte que nuestra debilidad. Haz que sepamos vivir unidos en tu paz y ser para el mundo señal clara de tu justicia y amor. Que esto sea nuestra mejor ofrenda para ti, tú que eres nuestro Dios por los siglos de los siglos. R/ Amén.

 

Introducción para la Plegaria Eucarística
Con alegría damos gracias al Padre porque sigue proclamando entre nosotros su Palabra de vida: Jesucristo nuestro Señor. Por medio de él ofrecemos al Padre nuestro deseo sincero de acoger su Palabra y vivir según ella.

 

Introducción al Padre Nuestro 
Aunque somos débiles, nos atrevemos a llamar a Dios Padre Nuestro y le pedimos valentía y fortaleza con las mismas palabras de Jesús: R/ Padre nuestro…

 

Líbranos, Señor


Líbranos de todos los males, Señor, y danos la paz en nuestros días. Por tu misericordia, acéptanos en nuestra debilidad y llénanos con la fuerza de Cristo. Guarda viva en nosotros la esperanza de que un día la bondad y la justicia prevalecerán y que lograremos una felicidad eterna cuando venga en gloria nuestro Señor y Salvador Jesucristo. R/ Tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor, Cordero de Dios que quita el pecado del mundo por su humilde muerte en la cruz. Dichosos nosotros, débiles como somos, de ser invitados a participar en su mesa santa y a ser colmados con su fuerza y con su vida. R/ Señor, no soy digno…

 

Oración después de la Comunión


Señor Dios, Padre de bondad: Nos has permitido participar en tu banquete, que nos da fuerza, por medio de Jesús, tu Hijo, que está en medio de nosotros. Haznos totalmente conscientes de que él se hizo uno de nosotros y de que él permanece con nosotros para siempre, no para impresionarnos con su poder, sino para servirnos por amor. Ayúdanos a servirnos unos a otros, para que él pueda llamarnos sus amigos y acompañarnos en nuestro caminar hacia ti. Haznos mensajeros de su Palabra y danos valentía para proclamarla sin falsos miedos y sin vergüenza. Concédenos este don, Padre de bondad, por medio de Jesucristo el Señor. R/ Amén.

 

Bendición
Dios viene a nosotros a través de gente frágil y débil: como los profetas, los sacerdotes, los ministros, los hermanos. Él les confía el mensaje de su palabra e incluso el cuerpo de su Hijo, en la eucaristía. Que Dios los conforte y fortalezca, y que de ningún modo obstruyan nuestro camino hacia Dios, sino que proclamen la palabra de Dios con audacia. Ojalá sepamos acogerlos con respeto y humildad ya que nos acercan a Dios. Y en nuestra debilidad, que Dios siempre sea nuestra fortaleza, y que nos bendiga a todos el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. R/ Amén.

 

¿Qué sabiduría es esa?

 

Llegamos a la decimocuarta semana del tiempo ordinario. La cosa, en esta ocasión, va de salida. Eso que el Papa Francisco nos recuerda a menudo, lo de la “Iglesia en salida”. M parece que a Ezequiel no le venía muy bien. A Jesús, tampoco. Se le complicó la vida, en cuanto salió de casa. Y a Pablo, en la segunda lectura, tampoco le solucionó la vida esa entrega. Vayamos por partes.

Al profeta Ezequiel le envía el Señor a hablar a los desterrados del pueblo de Israel. No importa si la culpa de la deportación ha sido de los desterrados o no, lo que llama la atención es que Dios no abandona a los suyos. Nunca. Y se sirve de gente normal para despertar a su pueblo. De un hombre cuya única cualidad es la de haber sido llamado por Dios. No olvidemos que profeta no es el que adivina el futuro, ni el que hace innumerables milagros, sino la persona que habla en nombre del Señor. En este caso, llevar a los desterrados en Babilonia la Palabra. El consuelo, porque, a pesar de todo – a pesar de estar lejos de casa, sin templo, sin sacerdotes, sin esperanza – el Señor está con ellos.

No es muy alentador el envío. “Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.” Ya vendrán tiempos en los que ese anuncio dará fruto, de momento, hay que sembrar, hay que trabajar, y dejar a la conciencia de cada uno la reacción. Lo importante es que Dios no deja de enviar señales, para que todos nos arrepintamos y volvamos a casa.

Decía al comienzo que, a Pablo, eso de ser mensajero no le arregló la vida. El Apóstol de los gentiles nos habla de ese “aguijón” clavado en su carne. Una espina que no le deja vivir. Podríamos pensar que su posición sería una garantía, un seguro frente a accidentes y enfermedades. Pues no. Nosotros a menudo nos quejamos de que Dios no nos escucha, no reacciona, no nos da lo que pedimos, cuando se lo pedimos… Con todos los méritos acumulados por Pablo, y no se cura. La cuestión no es lo que queremos o pedimos, sino lo que Dios nos tiene preparado. A Pablo, Dios no le quita la incomodidad, la enfermedad, sino que le da la fuerza para poder superarla. Porque ya sabemos que Dios se manifiesta a través de seres débiles. Por eso no libra de las enfermedades, de los defectos, del cansancio…

Cuando bendigo un piso, lo primero que les digo es que el agua bendita no es una garantía de que el vecino de arriba no dejará el grifo abierto o de que nunca se irá la luz. Más bien, es la expresión de nuestro deseo de que Dios esté presente en nuestra vida. En todos los momentos. De ese modo, nos transformamos en cooperadores del Señor. Con todo lo que somos, con nuestro carácter, con nuestro estilo, con nuestras debilidades y con nuestras dudas. Como santo Tomás, que también dudó, y en el momento definitivo, confeso a Cristo como su Señor y su Dios. No nos asustemos de la debilidad, ahí podemos ser fuertes con el Señor. Porque entonces reconocemos que no somos todopoderosos. Como Pablo. Que no encontró la respuesta que él esperaba, pero encontró una respuesta mucho mejor: se sintió respaldado por el amor de Dios, la fuerza de Dios se realizaba en su debilidad. Dios quiere siempre nuestro bien, pero nos ha hecho limitados y no quiere librarnos de las dificultades y contratiempos que se derivan de nuestra limitación humana.

Incluso a Jesús las cosas no le salieron demasiado bien. Cuando está tranquilo en su casa, sin llamar la atención, trabajando en el taller, no tiene problemas y nadie le dice nada. Ahora bien, cuando comienza a hablar del Reino de Dios, a intentar cambiar las normas rituales y religiosas, todo se complica. Porque su ofreci­miento del Reino de Dios era un ofreci­miento muy abierto, nada exclusi­vista, no reservado a ningún sector con méritos especia­les, algo parecido a lo que se nos dice de quienes entran en la legión: que se les admite sin pregun­tarles por su historia anterior.

El resultado final es el conflicto. El Mesías, el Salvador, es alguien muy espera­do, pero cuando se presenta no se le reconoce. Es un drama para Jesús y un drama para su gente. Jesús era para ellos un «viejo desconocido». Sabían con precisión unos cuantos parentescos suyos: su madre, sus hermanos, sus herma­nas. Pero ni siquiera se asomaron al otro parentesco profundo, el que nos presenta el evangelio de Marcos al comienzo y al final: Jesús, el Hijo de Dios. Se quedaron en la superficie; no llegaron a la verdad.

Sus paisanos reaccionan, por un lado, con sorpresa ante la sabiduría de esas palabras, que no eran como las de los escribas y fariseos. A la vez, se sorprenden por los milagros que realiza. Por otra parte, se asustan ante los cambios para su vida (social, comunitaria, religiosa…) que implica. Parece que todo está ya pesado, contado y medido. Y llega el terremoto del mensaje de Cristo.

Quizá el mensaje fundamental que podemos recoger es sencillamente éste: Jesús es para ti lo que tú le dejas ser. Los vecinos de su pueblo no le dejaron ser otra cosa que un vecino más, en lugar de dejarle ser lo que realmente era y manifestaba ser: el portador de la salud y de la salvación. Sí: Jesús es para ti lo que tú le dejas ser. Pregúntate: ¿me abro suficiente­mente al encuentro con Él? ¿Es para mí también «un viejo desconocido» de tanto creer que lo conozco?

 

EVANGELIO

 

No desprecian a un profeta más que en su tierra.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 6, 1-6

 

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:

 

- «¿De donde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?

 

Y esto les resultaba escandaloso.

 

Jesús les decía:

 

- «No desprecian a un profeta mas que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.»

 

No pudo hacer allí ningún milagro, solo curo algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe.

 

Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

 

Palabra de Dios.

 

 

RECHAZADO ENTRE LOS SUYOS

 

Jesús no es un sacerdote del Templo, ocupado en cuidar y promover la religión. Tampoco lo confunde nadie con un maestro de la Ley, dedicado a defender la Torá de Moisés. Los campesinos de Galilea ven en sus gestos curadores y en sus palabras de fuego la actuación de un profeta movido por el Espíritu de Dios.

 

Jesús sabe que le espera una vida difícil y conflictiva. Los dirigentes religiosos se le enfrentarán. Es el destino de todo profeta. No sospecha todavía que será rechazado precisamente entre los suyos, los que mejor lo conocen desde niño.

 

Al parecer, el rechazo de Jesús en su pueblo de Nazaret era muy comentado entre los primeros cristianos. Tres evangelistas recogen el episodio con todo detalle. Según Marcos, Jesús llega a Nazaret acompañado de discípulos y con fama de profeta curador. Sus vecinos no saben qué pensar.

 

Al llegar el sábado, Jesús entra en la pequeña sinagoga del pueblo y «empieza a enseñar». Sus vecinos y familiares apenas le escuchan. Entre ellos nacen toda clase de preguntas. Conocen a Jesús desde niño: es un vecino más. ¿Dónde ha aprendido ese mensaje sorprendente del reino de Dios? ¿De quién ha recibido esa fuerza para curar? Marcos dice que Jesús «los tenía desconcertados». ¿Por qué?

 

Aquellos campesinos creen que lo saben todo de Jesús. Se han hecho una idea de él desde niño. En lugar de acogerlo tal como se presenta ante ellos quedan bloqueados por la imagen que tienen de él. Esa imagen les impide abrirse al misterio que se encierra en Jesús. Se resisten a descubrir en él la cercanía salvadora de Dios.

 

Pero hay algo más. Acogerlo como profeta significa estar dispuestos a escuchar el mensaje que les dirige en nombre de Dios. Y esto puede traerles problemas. Ellos tienen su sinagoga, sus libros sagrados y sus tradiciones. Viven con paz su religión. La presencia profética de Jesús puede romper la tranquilidad de la aldea.

 

Los cristianos tenemos imágenes bastante diferentes de Jesús. No todas coinciden con la que tenían los que lo conocieron de cerca y lo siguieron. Cada uno nos hacemos nuestra idea de él. Esta imagen condiciona nuestra forma de vivir la fe. Si nuestra imagen de Jesús es pobre, parcial o distorsionada, nuestra fe será pobre, parcial o distorsionada.

 

¿Por qué nos esforzamos tan poco en conocer a Jesús?

¿Por qué nos escandaliza recordar sus rasgos humanos?

¿Por qué nos resistimos a confesar que Dios se ha encarnado en un profeta?

¿Intuimos tal vez que su vida profética nos obligaría a transformar profundamente nuestras comunidades y nuestra vida?

 

 

NO DESPRECIAR AL PROFETA

 

El relato no deja de ser sorprendente. Jesús fue rechazado precisamente en su propio pueblo, entre aquellos que creían conocerlo mejor que nadie. Llega a Nazaret, acompañado de sus discípulos, y nadie sale a su encuentro, como sucede a veces en otros lugares. Tampoco le presentan a los enfermos de la aldea para que los cure.

 

Su presencia solo despierta en ellos asombro. No saben quién le ha podido enseñar un mensaje tan lleno de sabiduría. Tampoco se explican de dónde proviene la fuerza curadora de sus manos. Lo único que saben es que Jesús un trabajador nacido en una familia de su aldea. Todo lo demás «les resulta escandaloso».

 

Jesús se siente «despreciado»: los suyos no le aceptan como portador del mensaje y de la salvación de Dios. Se han hecho una idea de su vecino Jesús y se resisten a abrirse al misterio que se encierra en su persona. Jesús les recuerda un refrán que, probablemente, conocen todos: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».

 

Al mismo tiempo, Jesús «se extraña de su falta de fe». Es la primera vez que experimenta un rechazo colectivo, no de los dirigentes religiosos, sino de todo su pueblo. No se esperaba esto de los suyos. Su incredulidad llega incluso a bloquear su capacidad de curar: «no pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó a algunos enfermos».

 

Marcos no narra este episodio para satisfacer la curiosidad de sus lectores, sino para advertir a las comunidades cristianas que Jesús puede ser rechazado precisamente por quienes creen conocerlo mejor: los que se encierran en sus ideas preconcebidas sin abrirse ni a la novedad de su mensaje ni al misterio de su persona.

 

¿Cómo estamos acogiendo a Jesús los que nos creemos «suyos»? En medio de un mundo que se ha hecho adulto, ¿no es nuestra fe demasiado infantil y superficial? ¿No vivimos demasiado indiferentes a la novedad revolucionaria de su mensaje? ¿No es extraña nuestra falta de fe en su fuerza transformadora? ¿No tenemos el riesgo de apagar su Espíritu y despreciar su Profecía?

 

Ésta la preocupación de Pablo de Tarso: «No apaguéis el Espíritu, no despreciéis el don de Profecía. Revisadlo todo y quedaos sólo con lo bueno» (1 tesalonicenses 5, 19-21). ¿No necesitamos algo de esto los cristianos de nuestros días?

 

 

SABIO Y CURADOR

 

¿ Qué sabiduría es ésa...?

¿y esos milagros de sus manos?

 

No tenía poder cultural como los escribas. No era un intelectual con estudios. Tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes del templo. No era miembro de una familia honorable, ni pertenecía a las elites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús era un «obrero de la construcción», de una aldea desconocida de la Baja Galilea.

 

No había estudiado en ninguna escuela rabínica. No se dedicaba a explicar la Ley. No le preocupaban las discusiones doctrinales. No se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

 

Según Marcos, cuando Jesús llegó a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedaron sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no era un pensador que explicaba una doctrina, sino un sabio que comunicaba su experiencia de Dios y enseñaba a vivir bajo el signo del amor. No era un líder autoritario que imponía su poder, sino un curador que sanaba la vida y aliviaba el sufrimiento.

 

A las gentes de Nazaret no les costó mucho desacreditar a Jesús. Neutralizaron su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejaron enseñar por él, ni se abrieron a su fuerza curadora. Jesús no pudo acercarlos a Dios, ni curar a todos como él hubiera deseado.

 

A Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que vaya introduciendo poco a poco en nosotros cosas tan decisivas como la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos enseñe a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de una manera nueva.

 

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora, es necesario dejamos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberamos de miedos que nos paralizan, atrevemos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy «imponiendo sus manos». Sólo se curan quienes creen en él.

 

 

LA FE PUEDE CURAR

 

Se extrañó de su falta de fe.

 

Durante mucho tiempo Occidente ha ignorado casi totalmente el papel del espíritu en la curación de la persona. Hoy, por el contrario, se reconoce abiertamente que gran parte de las enfermedades modernas son de origen sicosomático o tienen una dimensión sicosomática.

 

Sin embargo, muchas personas ignoran que su verdadera enfermedad se encuentra a un nivel más profundo que el estrés, la tensión arterial o la depresión. No se dan cuenta de que el deterioro de su salud comienza a gestarse en su vida absurda y sin sentido, en la carencia de amor verdadero, en la culpabilidad vivida sin la experiencia del perdón, en el deseo centrado egoístamente sobre uno mismo o en tantas otras «dolencias» que impiden el desarrollo de una vida saludable.

 

Ciertamente sería degradar la religión el utilizarla como uno de tantos remedios para tener buena salud física o síquica; la razón de ser de la religión no es la salud del hombre sino su salvación definitiva. Pero, una vez establecido esto, hemos de afirmar que la fe posee fuerza sanante y que acoger a Dios con confianza puede ayudar a las personas a vivir de manera más sana.

 

La razón es sencilla. El yo más profundo del ser humano pide sentido, esperanza y, sobre todo, amor. Muchas personas comienzan a enfermar por falta de amor. Por eso, la experiencia de saberse amado incondicionalmente por Dios cura. Los problemas no desaparecen. Pero saber, en el nivel más profundo de mi ser, que soy amado siempre y en cualquier circunstancia, y no porque yo soy bueno y santo, sino porque Dios es bueno y me quiere, es una experiencia que genera estabilidad interior.

 

A partir de esta experiencia básica, el creyente puede ir curando heridas de su pasado. Es bien sabido que gran parte de las neurosis y alteraciones sicofísicas van vinculadas a esa capacidad humana de grabarlo y almacenarlo todo. El amor de Dios acogido con fe puede ayudar a mirar con paz errores y pecados, puede liberar de las voces inquietantes del pasado, puede ahuyentar espíritus malignos que a veces pueblan la memoria. Todo queda abandonado confiadamente al amor de Dios.

 

Por otra parte, esa experiencia del amor de Dios puede sanar el vivir de cada día. En la vida todo es gracia para quien vive abierto a Dios; se puede trabajar con sentido a pesar de no obtener resultados; todo se puede unificar e integrar desde el amor; la experiencia más negativa y dolorosa puede ser vivida de manera positiva.

 

El evangelista Marcos recuerda en su evangelio que Jesús no pudo curar en Nazaret a muchos porque les faltaba fe. Ese puede ser también nuestro caso. No vivimos la fe con suficiente hondura como para experimentar su poder sanador.

 

 

EL MISTERIO DE JESÚS

 

¿De dónde saca todo eso?

 

Marcos nos relata que los vecinos de Nazaret, sorprendidos por la enseñanza nueva de Jesús y por las curaciones que lleva a cabo, se hacen toda clase de preguntas sobre el misterio que se encierra en su persona: «De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos?». Más adelante, será el mismo Jesús quien planteará a sus discípulos la pregunta: «¿Quién decís que soy yo?»

 

Con frecuencia, se trata de responder a esta pregunta en clave doctrinal recordando lo que los grandes concilios han proclamado sobre él. Planteada así la cuestión, unos afirman que Jesús es el Hijo de Dios consustancial al Padre, otros entienden que es sólo un hombre extraordinario pero no de naturaleza divina, otros prefieren no pronunciarse pues no llegan a entender qué es lo que se quiere decir exactamente con este tipo de fórmulas.

 

Con ser decisiva, no es ésta, sin embargo, la única clave para acercarse a la verdadera identidad de Cristo, sobre todo en una época de fuerte crisis metafísica en la que muchos buscan orientación para su vida en medio de conflictos, interrogantes y contradicciones. Hay otra manera de ahondar en la personalidad de Cristo y es recorrer el camino iniciado por él.

 

A muchos hombres y mujeres de hoy no les ayuda mucho analizar lo que dicen los concilios sobre la naturaleza divina y humana de Cristo o escuchar las explicaciones de los teólogos sobre la posibilidad de que Dios se haga hombre. Es mejor conocer el relato evangélico sobre Jesús, captar lo esencial de esa vida y ponernos a seguirle.

 

Quien sigue a Jesús se acerca cada vez más a su misterio. Se encuentra con un hombre movido sólo por el amor, sintoniza con él, comienza a entender la existencia desde otra perspectiva y se pregunta qué misterio se encierra en este ser humano que no vive para sí mismo, sino para los demás. Se sorprende ante su libertad inaudita, trata de seguirle en su «camino de verdad» y se pregunta dónde está el origen último de esa seguridad misteriosa que lo lleva a poner la ley, el culto y la religión al servicio del ser humano.

 

Lo que más nos acerca al misterio de Cristo no es confesar rutinariamente las grandes fórmulas cristológicas, sino tratar de seguirle día a día abriéndonos a su Espíritu y sintonizando con su estilo de vivir.

 

 

FE PEQUEÑA

 

Se extrañó de su falta de fe.

 

Es un dato fácil de observar. La fe de bastantes cristianos no crece a lo largo de su vida. Está ahí, estancada en el fondo de la persona. Pasarán los años y nada nuevo se despertará en su corazón. No es un problema de nuestros tiempos. En los evangelios se habla con frecuencia de quienes tienen «poca fe» (oligopistia), es decir, una fe pequeña, sin desarrollar. Más aún, en su pueblo de Nazaret, Jesús se extraña de la «falta de fe» de los suyos.

 

¿Es posible cambiar las cosas?, ¿qué hacer para crecer en la fe?, ¿cómo acrecentar nuestra confianza en Dios? Voy a sugerir tres caminos que, casi de forma espontánea, pueden conducir a una fe más viva y genuina.

 

Del sufrimiento a la invocación. Todo el mundo tenemos, tarde o temprano, problemas y dificultades. A veces se puede apoderar de nosotros incluso la ansiedad. Es cierto que contamos con la ayuda y el apoyo de no pocas personas. Pero, con todo, no siempre es fácil enfrentarse al peso de la existencia. En el fondo, todos andamos buscando una seguridad, plenitud y felicidad que la vida no da.

 

Si dentro de nosotros hay un poco de fe, es el momento de invocar a Dios: «Desde lo hondo grito a ti, Señor.» No para pedir cosas ni para encontrar soluciones mágicas a los problemas, sino para orientar nuestro deseo hacia el Único en el que nuestra vida encontrará descanso y salvación.

 

De la alegría de vivir a la acción de gracias. No todo son problemas. En la vida conocemos también el gozo, la expansión, los momentos de felicidad serena. Qué bueno es sentirse vivo y experimentar la alegría de vivir. La vida nos parece entonces hermosa y amable.

 

Si dentro de nosotros hay fe, es el momento del agradecimiento a Dios. Sin duda debemos mucho a personas que nos acompañan, pero ¿a quién agradecer el ser, la vida, esa alegría que experimentamos?, ¿hacia quién dirigir nuestra acción de gracias?, ¿hacia la vida o hacia ese Dios que es fuente y origen de todo bien?

 

De la culpa a la acogida del perdón. También sentimos en nosotros la «mala conciencia» y la culpabilidad. No estamos a gusto con nosotros mismos. No siempre lo queremos reconocer, pero es así. Sabemos cómo estamos estropeando la vida con nuestra mediocridad, egoísmo y cobardías.

 

¿Qué hacer con la culpabilidad? Podemos ignorarla o tratar de ahogarla de mil maneras. Podemos también acoger el perdón y la ternura de Dios. Ante él no necesitamos disculparnos ni defendernos. Tal vez no hay gracia mayor que la de creer cada vez más en el perdón infinito de Dios.

 

 

LA NUEVA ERA

 

¿Qué sabiduría es ésa?

 

En muy poco tiempo han proliferado entre nosotros todo tipo de libros y noticias sobre “la nueva era” (new age). Estudios teóricos como los de F. Capra o M. Fergusson o escritos divulgativos de toda clase nos hablan de “la nueva era” en que está entrando la humanidad.

 

Los escritos de carácter esotérico-astrológico nos aseguran que estamos viviendo la transición de la era de Piscis a “la era de Acuario”. Otros nos anuncian la llegada de “una nueva conciencia”. M. Fergusson nos habla de una “conspiración pacífica” inevitable que se irá extendiendo por todo el mundo desplazando a las antiguas religiones y conduciendo al hombre a un nivel superior de iluminación.

 

La “nueva era” viene impulsada por una proliferación de innumerables movimientos religiosos de componente gnóstico cristiano o de inspiración oriental (sólo en Francia cerca de trescientos). Al mismo tiempo resurge el esoterismo, la astrología, el ocultismo, la reencarnación.

 

Al tomar contacto con alguno de estos movimientos, más de un cristiano puede sentir la tentación de iniciarse en nuevas experiencias, pensando que no se aleja de la fe cristiana pues también aquí oye hablar de Cristo.

 

Sin duda cada uno es libre para seguir su camino, pero lo razonable es que primeramente conozca bien su propia religión cristiana y se percate de las graves discrepancias que afloran en esos movimientos. Apuntaré algunas de importancia.

 

La fe no consiste en la iniciación a una ciencia esotérica para descubrir unas supuestas leyes ocultas que rigen la existencia humana o el cosmos, sino en la escucha del Evangelio de Jesucristo que nos anuncia la salvación que nos viene de un Dios Padre.

 

La vida cristiana no consiste en tener acceso a una iluminación de Dios en nuestra conciencia (despertar “el Buda”, descubrir el “atman”), sino en seguir fielmente a Cristo en su amor al Padre y a los hermanos.

 

Dios no es simplemente el Espíritu o la Energía que dirige e impulsa la evolución del cosmos, sino un Padre que nos ofrece su amor personal en Cristo.

 

La salvación no consiste en una experiencia de plenitud cósmica a través de un proceso de reencarnación, sino en el encuentro personal con Cristo resucitado.

 

El cristiano cree en Jesucristo tal como es transmitido por los evangelios y no en las reconstrucciones fantasiosas de la antroposofía (R. Steiner), los rosacruces de H.S. Lewis o el Cristo cósmico de la Fraternidad Blanca Universal del maestro O.M. Aïvanhov.

 

Los evangelios nos relatan que las gentes se preguntaban extrañadas por “la sabiduría” de Jesús, pero, al hacerlo, no pensaban en ninguna ciencia oculta o teosofía esotérica del estilo de las que anuncian hoy las nuevas religiones, sino en la Buena Noticia de un Dios Padre capaz de salvar al hombre para siempre.

 

 

UNA SABIDURIA DIFERENTE

 

¿Qué sabiduría es ésa?

 

Los estudios que se vienen publicando estos últimos años sobre el futuro de la humanidad no son nada halagüeños.

 

Una y otra vez se repiten las mismas palabras y conceptos: crisis de la cultura moderna, decadencia de la sociedad occidental, ocaso de valores, disolución de la identidad humana, amenaza de aniquilación mundial.

 

Muchos siguen pensando que el hombre podrá superar esta crisis por medio de alguno de los sistemas existentes (capitalismo, socialismo, democracia...) o, tal vez, por medio de algún otro sistema que podamos descubrir.

 

Otros lo esperan todo del desarrollo tecnológico, de una revolución económica profunda o de un replanteamiento de las relaciones internacionales.

 

Sin duda, todo ello puede ser necesario. Pero la crisis actual del hombre no es sólo un problema ideológico, tecnológico o económico. Es el hombre mismo el que está enfermo y necesita ser curado en su misma raíz.

 

El hombre moderno ha empobrecido su existencia creyendo que el pensamiento racional es lo único válido y definitivo, y se ha ido quedando ciego interiormente para captar lo más esencial.

 

Ha desarrollado de manera insospechada sus técnicas de observación y análisis de la realidad, pero ha perdido el sentido de lo trascendente.

 

Han crecido cada vez más sus posibilidades de comunicación y relación, pero no acierta a encontrarse consigo mismo y religarse a su yo más profundo.

 

Conoce cada vez más cosas pero sabe cada vez menos sobre el sentido de su vida. Resuelve múltiples problemas pero no sabe resolver el problema de su libertad interior.

 

No es extraño que se eleven cada vez más voces apuntando la necesidad de una revolución más profunda que la que pueden aportar los sistemas ideológicos.

 

El hombre se está acercando a un “punto crucial” (F. Capra) en el que, si quiere sobrevivir, ha de aprender a vivir de manera nueva. La humanidad necesita reencontrar su «patria religiosa” (Enomiya-Lasalle). Es urgente una “transformación de la conciencia” (Sri Aurobindo).

 

La humanidad va a necesitar una vez más de la religión para redescubrir la sabiduría y el arte de vivir humanamente integrando mejor el pensamiento racional y la técnica.

 

Hoy se desprecia en occidente la sabiduría del Profeta de Galilea como lo hicieron sus propios vecinos. Sin embargo, ¿no será ésa precisamente la sabiduría que andamos necesitando?

 

 

DIOS NO ES EXHIBICIONISTA

 

¿No es éste el carpintero?

 

Por lo general, los hombres buscamos a Dios en lo espectacular y extraordinario. Nos parece poco digno encontrarlo en lo sencillo y habitual, lo normal y no vistoso.

 

Según los relatos evangélicos, la verdadera dificultad para acoger al Hijo de Dios, no ha sido su grandeza extraordinaria o su poder aplastante, sino precisamente el encontrarse con «un carpintero», hijo de María, miembro de una familia insignificante.

 

Alguien ha dicho que «la raíz de la incredulidad es precisamente esta incapacidad de acoger la manifestación de Dios en lo cotidiano» (R. Fabris). No sabemos «reconocer» a Dios en lo ordinario de la vida.

 

La encarnación de Dios en un carpintero de Nazaret nos descubre, sin embargo, que Dios no es un exhibicionista que se ofrece en espectáculo, el Ser todopoderoso que se impone y ante el que es conveniente adoptar una postura de «legítima defensa» (F. Nietzsche).

 

El Dios encarnado en Jesús es el Dios discreto que no humilla. El Dios humilde y cercano que, desde el misterio mismo de la vida ordinaria y sencilla, nos invita al diálogo. Como escribía D. Bonhoeffer, Dios está en el centro de nuestra vida, aún estando más allá de ella».

 

A Dios lo podemos descubrir en las experiencias más normales de nuestra vida cotidiana. En nuestras tristezas inexplicables, en la felicidad insaciable, en nuestro amor frágil, en las añoranzas y anhelos, en las preguntas más hondas, en nuestro pecado más secreto, en nuestras decisiones más responsables, en la búsqueda sincera.

 

Cuando un hombre o una mujer ahonda con lealtad en su propia experiencia humana, le es difícil evitar la pregunta por el misterio último de la vida al que los creyentes llamamos «Dios».

 

Lo que necesitamos es unos ojos más limpios y sencillos y menos preocupados por tener cosas y acaparar personas. Una atención más honda y despierta hacia el misterio de la vida, que no consiste sólo en tener «espíritu observador» sino en saber acoger con simpatía los innumerables mensajes y llamadas que la misma vida irradia.

 

Dios «no está lejos de los que lo buscan». Lo que necesitamos es liberarnos de la superficialidad, de las mil distracciones que nos dispersan y de esa actividad nerviosa que, con frecuencia, nos impide tomar conciencia de lo que es la vida y nos cierra el camino hacia Dios.

 

 

 

APRENDER A VIVIR

 

¿Qué sabiduría es ésa?

 

La vida de un cristiano comienza a cambiar de manera insospechada el día en que descubre que Jesús es alguien que le puede enseñar a vivir.

 

Los relatos evangélicos no se cansan de presentarnos a Jesús como maestro. Alguien que puede enseñar una «sabiduría única».

 

De hecho, los primeros que se encontraron con él, se llamaron «discípulos», alumnos, es decir, hombres y mujeres dispuestos a aprender del único Maestro.

 

Quizás los cristianos de hoy tengamos que preguntarnos si no hemos olvidado demasiado ligeramente que ser cristiano es sencillamente «vivir aprendiendo» desde Jesús. Ir descubriendo desde Jesús cuál es la manera más humana, más auténtica y más gozosa de enfrentarse a la vida.

 

Cuántos esfuerzos no se hacen hoy para aprender a triunfar en la vida. Métodos para obtener el éxito en el trabajo profesional, técnicas para conquistar amigos, artes para salir triunfantes en las relaciones sociales. Pero, ¿dónde aprender a ser sencillamente humanos?

 

Son bastantes los cristianos para quienes Jesús no es, en modo alguno, el inspirador de sus vidas. No aciertan a ver qué relación podría existir entre Jesús y lo que ellos viven a diario.

 

Jesús se ha convertido en un personaje al que creen conocer perfectamente, cuando, en realidad, sigue siendo para muchos el «gran desconocido». Un Jesús sin consistencia real, incapaz de inspirar la existencia diaria.

 

Y sin embargo, ese Jesús mejor conocido y rna’s fielmente seguido, podría transformar nuestra vida. No como el maestro lejano que nos ha dejado un legado de sabiduría admirable a la humanidad. Sino como alguien vivo que, desde el fondo mismo de nuestra existencia, nos puede guiar con paciencia, comprensión y ternura.

 

El puede ser nuestro maestro de vida. Nos puede enseñar a usar nuestro potencial de vida no para manipular a otros sino para crecer. Nos puede descubrir que es mejor vivir dando que acaparando.

 

Nos puede enseñar poco a poco a ser de manera más gratuita y menos egoísta. Nos puede enseñar a arriesgarnos más por todo lo que es bueno y justo. Nos puede enseñar a no reducir todo a cálculo, eficacia e interés económico. Nos puede enseñar a querer a las personas como las quería él.

 

Nuestra vida depende de muchos factores. Pero el camino de la plenitud depende sobre todo de nuestra docilidad a quien puede ser nuestro «camino, verdad y vida».

 

 

 

EL MIEDO A CAMBIAR ARRUINA CUALQUIER "BUENA NOTICIA"

Fray Marcos

Mc 6, 1-6

 

CONTEXTO

Las tres lecturas de hoy nos hablan de limitaciones del ser humano. Tanto Ezequiel como Pablo como Jesús se dan cuenta de lo poca cosa que son, pero terminan descubriendo que esas limitaciones no anulan las posibilidades de humanidad plena que Dios espera de ellos. Somos humanos, tal vez 'demasiado humanos' como decía Nietzsche, pero la plenitud de humanidad, que podemos alcanzar, es algo increíblemente grandioso y más que suficiente para dar sentido a una vida.

Viniendo al evangelio, con este texto concluye Marcos una parte de su obra. Después de este relato, que manifiesta la aceptación por el pueblo (la mayoría) de las tesis de los dirigentes, nos vuelve a poner a Jesús en relación con los representantes oficiales de la religión. Sigue enseñando, pero al pueblo (los menos) oprimido, que quiere liberarse. Jesús se convence de que no hay nada que hacer con la institución, y en adelante se va a dedicar al pueblo marginado. Este episodio se encuentra en los tres sinópticos, pero relatos paralelos se pueden encontrar en Juan y en otros lugares de los mismos sinópticos.

Marcos no tiene relatos de la infancia. Por eso puede narrar sin prejuicios este encuentro con los de su "pueblo". Es un toque de alerta ante el afán de divinizar la vida humana de Jesús. Para los que mejor le conocían, era solo uno más del pueblo. Sus paisanos estaban tan seguros de que era una persona normal, que no pueden aceptar otra cosa. Eran sus compañeros de niñez, habían corrido, jugado y trabajado con él, sabían perfectamente quién era. Lo encuadraban en una familia (requisito indispensable en aquella época para ser alguien). Hasta ese momento no habían descubierto nada fuera de lo normal en él. Es lógico que no esperasen nada extraordinario. ¿De dónde saca todo eso?

 

EXPLICACIÓN

Jesús vuelve a su pueblo (el texto griego y la Vulgata dicen "patria"). Ni nombra al pueblo ni hace referencia al lugar geográfico. Se refiere más bien al ambiente social en que desarrolló su vida. Llega con sus discípulos, es decir, convertido en un rabino que tiene sus seguidores fijos. No sale nadie a recibirle. Tuvo que esperar al sábado, e ir él a la sinagoga a hablarles. No fueron a la sinagoga a escucharle, sino a cumplir con el precepto del sábado. Es Jesús el que, por su cuenta y riesgo, se pone a enseñarles sin que se lo pidan.

Marcos ya había advertido de la relación de Jesús con sus parientes. En 3,21 dice que sus parientes vinieron a llevárselo, porque decían que no estaba en sus cabales. Quedan impresionados, como ya sucediera en la sinagoga de Cafarnaúm.

El texto griego no dice: "desconfiaban de él", sino "se escandalizaban" (exkandalizonto), que indica una postura mucho más radical. No se dignan pronunciar su nombre, se refieren a él despectivamente con el pronombre "ese". Le dicen que es hijo de María; no nombran a su padre, que era la manera de considerar digna a una persona.

Es curioso que Mateo corrige el texto de Marcos y dice: "hijo del carpintero". Pero Lucas va más lejos y dice: "el hijo de José". Estos evangelistas, que copian de Marcos, seguramente intentan quitarle al texto toda posible interpretación peyorativa. Para Marcos, no era hijo de José, porque había roto con la tradición de su padre; ya no era un seguidor de las tradiciones, como era su obligación...

Fijémonos bien. Ese conocimiento, yo diría excesivo, de Jesús, es lo que les impide creer en él. Conocen muy bien a Jesús, pero se niegan a reconocerle como lo que es. Hay que estar muy atentos al texto. En aquel tiempo, cualquiera de la asamblea podía hacer la lectura y comentarla. Si no aceptan la enseñanza de Jesús, es porque no se presentó como carpintero sino con pretensiones de maestro.

Tampoco lo rechazan por enseñar como un Rabí, sino por enseñar cosas nuevas. La religión judía estaba demasiado segura de sí misma como para admitir novedades. Ya se encargaban los jefes religiosos de adoctrinar al pueblo para que no admitiera nada distinto a lo que ellos enseñaban.

Jesús no ha estudiado con ningún rabino ni tiene títulos oficiales. Precisamente por eso, la sabiduría que manifiesta tiene que venir de Dios (profeta) o del diablo (magia). Al hacer Jesús alusión al rechazo del "profeta", está respondiendo a las cinco preguntas puramente retóricas que se habían hecho sus paisanos. Jesús no enseña nada de su cosecha, sino que habla en nombre de Dios. Esa era la primera característica de un profeta. Al no aceptarle, están rechazando a Dios mismo.

La extrañeza de Jesús no es por verse rechazado sino por verse rechazado por su pueblo. Rechazado por los sometidos a quienes intentaba liberar. El golpe psicológico que recibió Jesús fue realmente muy fuerte.

Nos queda por aclarar un apunte muy interesante en el relato. Su desconfianza impide que Jesús pueda hacer allí milagro alguno. El domingo pasado decía Jesús a la hemorroísa: "tu fe te ha curado"; y a Jairo: "basta que tengas fe". La fe o la falta de fe son determinantes a la hora de producirse un milagro.

¿Dónde está entonces el poder de Jesús? Tenemos que superar la idea de un Jesús que tiene la omnipotencia de Dios y que puede hace lo que quiere en cada momento. Ni Dios ni Jesús pueden hacer lo que quieren si entendemos el "hacer" como causalidad física. La idea de un Jesús con el comodín de la divinidad disponible en cualquier momento ha falseado el verdadero rostro de Jesús.

 

APLICACIÓN

El relato de hoy nos está hablando de la humanidad plena de Jesús. Nos está confirmando que es uno de tantos, sin privilegios de ninguna clase. Por eso es tan difícil aceptarle como profeta envidado de Dios.

También para nosotros sigue siendo difícil descubrir a Dios en aquel, que simplemente se muestra como muy humano. También hoy rechazamos por instinto cualquier Jesús que no esté de acuerdo con el que aprendimos de pequeños. Yo he oído más de una vez esta frase: "No nos compliques la vida. ¿Por qué no nos dices lo de siempre?" Acostumbrados a oír siempre lo mismo, si a alguien se le ocurre decir algo distinto, aunque esté más de acuerdo con el evangelio, saltamos como hienas.

Todo lo que no responda a lo sabido, a lo esperado, no puede venir de Dios. Esa fue la postura de los jefes religiosos del tiempo de Jesús y esa es la postura de los jerarcas de todos los tiempos. Pero esa es también la postura de todos los que lo niegan. Como no responde a las expectativas, no existe.

Aceptar a Jesús, como aceptar a Dios, implica el estar despegado de todas las imágenes que nos podemos hacer sobre él. Siempre que nos encerremos en ideas fijas sobre Jesús, estamos preparándonos para el escándalo.

Dios nunca se presenta dos veces con la misma cara. Si de verdad le buscamos lo descubriremos siempre diferente y desconcertante. Si esperamos encontrar al Dios domesticado, nos engañamos a nosotros mismos aceptando al ídolo que ya nos es familiar. La consecuencia inesperada de toda religión institucionalizada, será siempre el tratar de manipular y domesticar a Dios para hacer que se acomode a nuestras expectativas.

El profeta no es el que adivina el porvenir, sino el que habla de un Dios desconcertante e imprevisible que puede salir en cualquier instante por peteneras.

El profeta nunca estará conforme con la situación actual, ni personal ni social, porque sabe que la exigencia de Dios es la perfección total a la que no podemos llegar nunca. El auténtico profeta será siempre un inconformista (hoy diríamos un indignado). Lo más "antiprofético" y antievangélico será siempre la persona o la institución instalada.

A pesar del rechazo de "muchos" queda siempre la esperanza de que "pocos" sigan abiertos a la enseñanza y a la acción de Jesús. El gran espejismo en que hemos caído en el pasado, fue pensar que "todos" tenían la obligación de aceptar el mensaje de Jesús. Nada ha hecho más daño al cristianismo, que el querer imponerlo a todos. Desde Constantino hasta nuestra historia reciente, hemos cometido el disparate de hacer cristianos por "decreto". La opción por el evangelio seguirá siendo cuestión de minorías.

 

Meditación-contemplación

 

El conocimiento de Jesús nos impide descubrirlo.

Todo lo aprendido sobre él, se convierte en prejuicio,

que nos impide abrirnos a su significado profundo.

Lo que es y significa Jesús, no se puede meter en doctrinas.

...............

 

También las "ideas" que tenemos sobre Dios,

impiden la apertura a lo que Él es en realidad.

Toda idea sobre Dios es un ídolo, que nos impide acercarnos a Él.

Si quieres conocer a Dios, abandona toda "idea" sobre Él.

...............

 

A Dios solo se llega viviendo su presencia en nosotros.

Para llegar a la vivencia tengo que superar el conocimiento.

El conocimiento de Dios me ha venido de fuera.

La experiencia de Dios me llegará de dentro.

.....................

 

 

BRUNO MAGGIONI

 

-El rechazo de Nazaret

Este trozo (6, 1-6) tiene, en la economía del evangelio de Marcos, una gran importancia cristológica: constituye una etapa fundamental en el camino de Jesús hacia el abandono y la cruz. Desde ahora en adelante Jesús abandona la enseñanza en las sinagogas; seguirá hablando, pero en medio de la gente, lejos de todo ambiente oficial.

Cuando se lee este episodio, no es posible dejar de pensar en aquella afirmación del prólogo de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron." Leído de esta manera, este episodio va mucho más allá de la repulsa de una oscura aldea de Galilea: figura la repulsa de todo Israel, una repulsa que por lo demás parece acompañar a toda la historia del pueblo de Dios. Incluso las motivaciones de esta repulsa van mucho más allá de la resistencia particular de los habitantes de Nazaret: son las resistencias de siempre, arraigadas en el corazón del hombre. Por este trozo de Marcos puede afectarnos también seriamente a nosotros.

Los habitantes de Nazaret no niegan la sabiduría de Jesús, sus milagros, la lucidez de su predicación; incluso se muestran sorprendidos por todo eso.

Pero discuten su origen (versículo 3). Ha trabajado de carpintero como cualquier otro, ha crecido entre nosotros, conocemos a su madre y a sus hermanos; ¿cómo es posible que venga de Dios? Esta es la primera y la fundamental razón de su repulsa: la invisibilidad de Dios, su manera de hacerse presente bajo las apariencias comunes. La grandeza de Dios parece contradecirse a sí misma, y esto constituye un escándalo. Nos parece oir la pregunta de los nazarenos: "De dónde le viene todo esto? ¿Qué pensar de su sabiduría?" En otras palabras, ¿cómo se explica su ciencia, la novedad y la eficacia de sus enseñanzas? La respuesta está ya en la misma pregunta: es una sabiduría que se le ha dado, que no viene de un hombre o de una escuela, sino de Dios.

Pero esta respuesta es del evangelista, no de los habitantes de Nazaret. A pesar de su admiración por una sabiduría que no se explica por sí misma, ellos no creen. Su desconcierto nace de la confrontación entre el esquema del sabio que viene de Dios al que están acostumbrados (su esplendor debería superar incluso al de Salomón) y la realidad concreta e histórica, fenoménica, de Cristo. Podemos concretar más todavía: el escándalo no viene tanto del hecho de que Jesús sea un carpintero, sino de que "es uno de nosotros, lo conocemos todos".

La repulsa por parte de los suyos no es ninguna sorpresa para Cristo. Que un profeta se vea rechazado por su pueblo no es ninguna novedad. La novedad sería precisamente lo contrario. Hay incluso un proverbio que lo afirma: un profeta es siempre despreciado en su país, entre sus parientes y en su propia casa (versículo 4). Se trata de un proverbio basado en una larga experiencia, que ha acompañado a toda la historia de Israel, que encuentra su más clara confirmación de la historia del Hijo de Dios y que se seguirá repitiendo puntualmente en la historia sucesiva. Dios está de parte de los profetas, pero los profetas se ven siempre rechazados: rechazados por su pueblo, por su comunidad, no por el mundo. Siempre se procura quitar de en medio a los hombres de Dios, aunque más tarde se les construya un monumento.

También por este motivo la fe se siente escandalizada y sometida continuamente a la prueba; pero esta vez el escándalo no está entre los escribas y los fariseos, ni entre el pueblo tranquilo y pretencioso (como los aldeanos de Nazaret), sino entre los discípulos, entre los pequeños que ven en el profeta una esperanza que ahora parece venirse abajo en medio de la indiferencia de Dios.

El episodio termina con una observación del propio evangelista: "No pudo hacer ningún milagro allí" (versículo 5). Jesús no puede hacer ningún milagro en donde tropieza con una incredulidad obstinada. ¿De qué iba a servir entonces un milagro? Los milagros de Cristo son la respuesta a la sinceridad del hombre que busca la verdad: no son un intento para forzar de algún modo el corazón del hombre. A diferencia de los hombres, Dios no utiliza la violencia para imponer sus propios derechos. Ni tampoco hace milagros en donde los hombres pretenden señalar que les permitan sustraerse al riesgo de la fe: las señales de Dios no son evidentes a toda costa. Ni hace milagros finalmente donde a los hombres les gustaría explotarlos en su propio provecho, para sostener sus propias pretensiones. Por todo ello, Jesús no hace milagros en Nazaret. Pero esta afirmación en términos tan absolutos es inexacta y Marcos la corrige: "Solamente sanó a unos pocos enfermos" (versículo 5). Así pues, también en Nazaret Jesús buscó a los enfermos y a los pobres. Dios los busca en todas partes. Pero no son éstos los milagros que les gustan a los hombres.

 

FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ

1. La vocación profética.

 La figura del profeta es siempre apasionante y de máxima actualidad, porque mantiene viva la lucha entre la palabra de Dios y el caos del mundo, porque pone constantemente en cuestión la vida cómoda y superficial de los hombres.

Existe una ley de la inercia que nos afecta a todos los seres humanos. Las personas, los grupos y las instituciones tendemos a fosilizarnos. Cuando hemos construido algo con nuestro trabajo, nos cuesta criticarlo y no queremos cambiarlo, pase lo que pase. Si una voz profética hace tambalear las seguridades sobre las que hemos edificado nuestra vida; si alguien se atreve a decirnos que nuestro montaje no es el único posible ni el mejor, o que somos unos burgueses, o que nuestra vida deja mucho que desear..., acostumbramos a defendernos atacando al que ha tenido tal indelicadeza, pero sin profundizar si lo que nos ha dicho tiene o no fundamento. Es un mecanismo de defensa con el que justificamos nuestra inhibición y falta de compromiso en la vida con excusas, o atacando lo que se ponga por delante para justificarnos.

Siempre es posible encontrar razones para no atender la llamada de los profetas a caminar hacia el reino de Dios: instrumentalización política, falta de precisión en la formulación, lenguaje ofensivo, no es de los nuestros... Todo nos vale para no abrirnos a la llamada de Dios que nos llega a través de hombres santos y pecadores, cristianos y ateos, de los nuestros o de los otros. La vocación profética supone un riesgo constante, un valor que raya en los límites de la imprudencia y de la insensatez.

El profeta es un hombre crítico, que se enfrenta con todo para hacer posible el mundo nuevo. Se enfrenta con el poder político cuando éste mantiene estructuras injustas, cuando oprime al pueblo o no defiende todos los derechos humanos. Cuando esto sucede, el país en que actúa lo ataca, lo calumnia, lo elimina. Los demás países, si les interesa de cara a su propia política, lo defienden; atacando esos mismos planteamientos cuando sucede en sus países respectivos. Lo mismo sucede a nivel de bloques. No es que el profeta quiera usurpar el puesto del político, sino que busca que el político lo haga bien. Se enfrenta con el poder económico cuando se antepone al bien de todos los hombres, que es siempre. Por eso ataca constantemente al sistema capitalista y a cualquier otro que esclavice y explote al hombre.

La voz del profeta debe ser escuchada por todos. Ante su requerimiento es necesario convertirse poniendo en práctica sus palabras. Por su insolencia y valentía, el profeta resulta muy molesto. No es un hombre de gobierno ni es oportunista. Profetiza a tiempo y a destiempo. Aunque tenga miedo, se lo juega todo con tal de ser fiel a sí mismo. La tradición profética constante afirma que el profeta es objeto de la incredulidad y del rechazo de sus contemporáneos. Ya les levantarán monumentos los que vengan detrás. Cuanto más torpe tiene un pueblo o una persona el corazón, más duro el oído y más tapados los ojos, más tiene el profeta la sensación de provocar con sus palabras reacciones contrarias a las que pretendía: los corazones se vuelven más embotados, los ojos más ciegos y los oídos más sordos. Esto lleva al profeta, gradualmente, al aislamiento, a la soledad, a causa de la palabra que proclama.

¿Por qué esta constante oposición? Solamente puede explicarla la ley de la inercia, mencionada más arriba; el contraste entre las aspiraciones inmediatas del hombre y el compromiso al que Dios quiere llevarnos. Nuestra vida superficial está en contradicción con las exigencias de la vida verdadera, que es hacia la que apunta siempre el profeta. El profeta, que habla en nombre de Dios al que no ha visto, nunca sabe declarar plenamente el porvenir, el fin hacia el que se encamina la historia. No sabe hacer otra cosa que animar al pueblo a que abandone la situación actual de alienación y se deje orientar hacia un final lejano y misterioso, pero pleno y eterno. Empuja a caminar siempre más allá:  siempre más alto y más lejos. Una pretensión demasiado ambiciosa como para provocar entusiasmos.

Ninguna generación de hombres acepta con alegría de corazón estos grandes desarraigos interiores que llevan a las comunidades y a las personas, al precio de costosas renuncias, a las nuevas actitudes reclamadas por los profetas. De ahí la oposición obstinada que reciben. Su mensaje es también impugnado por todos los que se creen profetas, por todos los que están seguros de estar enterados del sentido de la historia, incluso cuando señalan la dirección opuesta. La presencia del profeta en la historia de los hombres es esencial, porque nos recuerda el destino verdadero de la vida, distinto del destino al que los hombres tendemos a acostumbrarnos.

2. En la sinagoga de Nazaret 

Parece que Jesús fue más de una vez a su pueblo natal y que habló varias veces en su sinagoga. El pasaje que vamos a comentar nos describe el desenlace de aquellas visitas y de aquellas enseñanzas. Desenlace duro y violento, sobre todo en la narración de Lucas, que es el que más extensamente nos cuenta lo sucedido. El rechazo de Nazaret no es un episodio aislado; no es simplemente la reacción de un pequeño pueblo; es el símbolo del comportamiento de todo Israel y, por qué no, de toda la Iglesia. Resume la actitud de Israel frente a Jesús al término de su actividad en Galilea.  Pronto la dejará del todo para caminar hacia Jerusalén.

Esta escena pone el punto final -en los sinópticos- a la enseñanza de Jesús en las  sinagogas. Seguirá hablando, pero en medio de la gente, lejos de todo ambiente oficial. El camino de Jesús hacia el abandono y la cruz se va perfilando en el horizonte. Cada  vez es más fuerte la separación entre la gran masa del pueblo, que continúa en la  incredulidad a pesar de todo lo que ha visto, y el grupo de los discípulos, al que se va a  dedicar más en profundidad en adelante.

El misterio de Cristo, que comienza en una cueva de Belén y termina en una cruz en Jerusalén, tiene todas las apariencias de ser una inocente justificación del fracaso de una utopía. ¿Cómo no calificar de ingenuo y absolutamente ineficaz el cristianismo de Jesús de Nazaret en una sociedad en que las fuerzas que mueven a los hombres van en la dirección opuesta?  Jesús fue a Nazaret con sus discípulos. Y el sábado, haciendo uso del derecho que  tenían todos los israelitas adultos y varones a hacer la lectura bíblica y comentarla, "empezó a enseñar en la sinagoga".

Lucas nos trae el texto que leyó Jesús y el comentario que de él hizo (Lc 4,17-21). El  texto era claramente mesiánico, y su breve comentario, la afirmación de su mesianidad. Lucas nos lo presenta como el discurso inaugural de su vida pública, como la  proclamación de su programa al pueblo. El punto clave es el texto de Isaías que leyó Jesús.  Un texto que se habría leído muchas veces en la sinagoga, pero al que Jesús le da una  extraña actualidad, interpretándolo y explicándolo de una manera que a sus paisanos les  resultó incómoda y hasta ofensiva. Al hacer suyo el texto, Jesús hace suya una forma de  liberación popular que consiste en deshacer las opresiones reales y concretas de ahora,  sean de la clase que sean; una liberación que lleva a realizar la justicia en la historia actual.  La lucha por esta justicia se convierte en el eje de su vida y es el rasgo esencial del Dios  que él siente como suyo y que nos quiere dar a conocer.

El pasaje de Isaías es más largo que el leído por Jesús. Corta su lectura cuando el  profeta dice que el Señor le enviaba a anunciar "el día de venganza de nuestro Dios". Esta  frase, tan importante para los judíos de entonces, Jesús la suprime. Es decir, ve como  centro de la revolución mesiánica la supresión de toda clase de cadenas y opresiones, a fin  de hacer un mundo de hombres verdaderamente iguales. Por eso, todo lo que son  venganzas, afanes de imperialismo judío, desprecio por los que eran vencidos, no está en  los planes de Jesús, no forma parte de su verdadera revolución. Estas palabras, que excluyen la venganza y revancha sobre los actuales opresores de  los judíos, sorprenden y escandalizan a los de Nazaret. Su aferrado nacionalismo, la  conciencia de pueblo escogido que tiene que dominar a los demás, la fuerza movilizadora  que da el odio acumulado en tantos años de sufrir la opresión extranjera, se les puede venir  abajo si siguen la teoría de Jesús.

En sus planes sí entraba el realizar el año de gracia -devolver cada cuarenta y nueve  años los bienes a los dueños primitivos, dar libertad a los presos...-, para evitar la  acumulación de tierras y demás bienes en unos pocos. Pensemos en el entusiasmo de los  pobres cuando oyeron aquello, y en el miedo y furor de los ricos. Porque el año de gracia  estaba ya en desuso.

Dios habló en Nazaret por boca de Jesús. Pero habló a una sociedad ya hecha, que se creía perfecta y fiel a Dios: iban a la sinagoga, cumplían los preceptos de la ley interpretados a su conveniencia...; vamos a misa, tenemos el crucifijo en casa, hablamos de Dios con un lenguaje muy actual, nos reunimos... Cuando una voz profética, en nombre del mismo Dios, nos llama a una conversión, a un cambio, nos escandalizamos, nos irritamos. Es que la voz profética es insoportable para todas las instituciones y personas que se cierran en sí mismas y se autoveneran, convirtiéndose en pequeños ídolos y alejándose de Dios. Y para justificarse ante el profeta y ante sí mismos le condenan con la misma palabra de Dios, convertida en ley, y con las tradiciones, reducidas a un mecanismo de defensa contra la misma palabra de Dios. Dios se comunica con nosotros a través de hombres sencillos y de los sucesos cotidianos. Lo que le sucedió a Jesús en Nazaret ya lo aprendimos; pero nos falta algo esencial para entenderlo: ¿cómo sucedería ahora todo aquello? 

3. Reacciones de sus paisanos 

Los habitantes de Nazaret están asombrados de la enseñanza de Jesús, de su forma de interpretar las Escrituras. Pero es un asombro incrédulo. Se sienten desconcertados: por una parte, sienten admiración por él; por otra, se escandalizan de su atrevimiento: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír" (Lc 4,21). Su sorpresa no lo es por la propia insuficiencia, por la alta revelación de Dios..., sino que es la sorpresa de la irritación, de la protesta al verse heridos en sus propias seguridades.

Ante el mensaje de Jesús sólo caben dos posibilidades: quedar conmovidos hasta lo más profundo del alma y dispuestos a cambiar de vida o sentirse amenazados y colocarse a la defensiva por el orgullo ofendido o por los intereses que defender; es decir, abrirse a él con la fe o cerrarse por el escándalo. Sus paisanos van a tomar la segunda postura. Los oyentes de la sinagoga se habrían sentido profundamente decepcionados y amargados si con la visita de Jesús no hubiera pasado nada; pero lo que ocurrió fue de un orden tan distinto a lo esperado que les llenó de indignación. Y lo que pasó fue sencillamente que Jesús actualizó las profecías, anunció su cumplimiento: el reino de Dios ya ha llegado.

Concretó y tradujo a la vida sus ideas; hizo la profecía urgente y viva; le arrancó el  carácter lejano, nebuloso, que había ido adquiriendo a fuerza de repeticiones, y pone a sus  paisanos frente a su brusca realización. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si en lugar de rezar tantas veces el Padrenuestro nos  pusiéramos a trabajar por su cumplimiento? Jesús les obliga -nos obliga- a comprobar que  la irrupción del compromiso de lo sagrado en sus vidas cotidianas los desconcertaba, los  perturbaba; esa buena noticia les da un miedo terrible. No es lo mismo hablar de evangelizar pobres o visitarlos que hacerse pobre de verdad.  Los que hablan de ello o los visitan no tienen problemas y lo pueden hacer tranquilamente  bien situados en el escalafón de la vida social... Los que se hacen pobres (Mt 5,3) sí tienen  problemas: serán perseguidos (Mt 5,10) porque sus vidas son una constante acusación a  las injusticias de la sociedad.

Se les calumnia, se les elimina de mil formas para que no molesten... La ceguera del que no sea capaz de "ver" esto no se arregla visitando al oculista. La sabiduría de sus enseñanzas y el poder de sus milagros provocan la pregunta justa, que ningún hombre honesto puede dejar de hacerse: "¿De dónde saca todo eso?" La respuesta parece obvia y al alcance de cualquiera: de Dios. Pero esa pregunta en aquellas circunstancias muestra que no quieren oír y que, en la sinagoga, en realidad, no le han escuchado.

La pregunta "¿de dónde?" sigue siendo motivo de escándalo para muchas personas,  especialmente para los que han estudiado y conocen la historia y para los que siempre  llamaron de tú a Dios. Estos ya saben -¿sabemos?-, piensan que se puede contestar a  todas las preguntas con el Antiguo Testamento o con la doctrina ya aprendida, o que las  cosas significan ya siempre algo concreto y determinado.

La gente de Nazaret se pregunta, pero con la idea de quitar todo valor a la acción de  Jesús; y así no se puede llegar a la verdad de una persona. Han intuido en sus palabras  una pretensión mesiánica que no pueden aceptar y minimizan el alcance de los hechos que  contemplan, amparados en que lo conocen desde pequeño. "¿No es éste el carpintero?", dice Marcos. Para Mateo es "el hijo del carpintero". Jesús  ha ayudado a su padre en el trabajo y con él ha aprendido el oficio manual. Por eso no  pueden entender que Jesús tenga algo especial. El tono despectivo en que hacen las  preguntas son ya negaciones.

Le conocen de siempre; no puede haber traído nada extraordinario, ya que su familia  pertenece a la clase pobre del lugar. Para el proletario, al que le han alienado la  inteligencia, los que saben son los letrados, los sacerdotes, los que han estudiado; y los  que pueden hacer los cambios sociales son los que han acumulado algún poder físico real  o alguna riqueza. ¿Qué tiene Jesús de todo esto? Además, las revoluciones o cambios  sociales a muchos les gustan y les atraen mientras son anuncios lejanos, palabras bonitas  que prometen; pero cuando les dicen que ya es hora, que llegó el momento de enfrentarse  con el poder..., como eso exige mucho sacrificio y es arriesgado, es natural que muchos se  echen atrás y reaccionen en contra, porque llega el momento del compromiso real. Todo parecía conducir al orador y al auditorio a la mutua comprensión: está en su tierra,  es conocido de todos, tiene amigos y familiares. Pero todo es inútil; se produce el efecto  contrario al que se podía esperar. Seria advertencia para los cristianos de siempre: quienes  piensan conocer a Jesús no le comprenden y se alejan de él. Sólo los que han escuchado y  entendido adecuadamente con el corazón se pueden preguntar por el origen del que  habla.

"Desconfiaban de él". Al no poder atribuir a Dios su actuación, sospechan o acusan a  Jesús de magia. Es el eco popular de la acusación de los fariseos (Mt 12,24). Esta frase  nos introduce en el misterio de Jesús. La equivocación de sus paisanos es representativa  de todos aquellos que intentan comprender a Jesús partiendo únicamente de lo que puede  saberse sobre él: del mismo pueblo, trabajador manual, conocemos a su familia, no ha  estudiado... Intentar explicar el misterio de Jesús desde todas las posibilidades y facetas  humanas lleva a un callejón sin salida. Lo mismo puede ocurrir con un verdadero creyente. Si Jesús no es aceptado, más difícil será escuchar a un hombre débil y pecador, sin  fuerza ante el potente mecanismo de las instituciones, de la sociedad de consumo... Y más  fácil la autojustificación, nunca es fácil el diálogo, si hay algo que defender. Si lo que  intentamos defender es mucho, el diálogo se hace imposible.

El único que puede aceptar a un profeta es el hombre humilde, el que no está cerrado a  nada y deja la posibilidad a Dios de intervenir en su vida, el que lo espera todo de los  demás y de Dios, el que trata de poner en práctica sus ideales e ilusiones. La reacción de oposición o de indiferencia que mantenemos los hombres frente a las  voces proféticas obedece muchas veces al hecho de que el profeta se nos presenta  siempre bajo apariencias demasiado humanas. Preferimos el triunfalismo de los hechos  llamativos, los viajes multitudinarios, el turismo a santuarios con fama de milagrosos. Nosotros somos víctimas de la misma equivocación que los habitantes de Nazaret:  vivimos en un país de tradición cristiana y hemos oído hablar de Jesús desde pequeños,  que no es lo mismo que oír hablar a Jesús. Quizá lo tengamos tan como una cosa nuestra  que nos sea imposible dejarnos cuestionar por sus palabras. Y por eso, cuando alguien  pretende inquietar nuestra seguridad y tranquilidad, aunque sea por fidelidad al evangelio  de Jesús, reaccionamos oponiéndonos. Como los de Nazaret: primero es nuestro modo de  pensar y de vivir; luego, Jesús. Mientras no nos toquen nuestro montaje de vida, todo va  bien. Los nazarenos no estaban dispuestos a admitir que la fe en Jesús fuera el criterio de  su actuación. Reconocían en él signos admirables, pero "desde fuera". No estaban  dispuestos a dar el salto a la fe, a abandonar sus propias seguridades, a aceptar a un Dios  distinto al que ya tenían. Prefirieron conservar su ídolo.

El Dios de Jesús tiene el inconveniente de tener una cara demasiado conocida: la del  que tiene hambre y sed, está enfermo o en Ia cárcel... (Mt 25,35-36); y nosotros, que  conocemos esas caras, no sabemos reconocerlo en ellas; mejor dicho: no queremos. Nos  negamos a creer en un Dios que se revela en el rostro de un hombre. Nos empeñamos en  construirnos una imagen de Dios a nuestra propia semejanza, cuando debe ser al contrario.  Y si Dios se nos presenta distinto a esa imagen que nos hemos prefabricado, lo  rechazamos.

4. Nadie es profeta entre los suyos 

"No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa".  Parece ser como una ley que se inicie el rechazo donde menos se podía esperar. Por eso es muy posible que la repulsa de los suyos no fuera ninguna sorpresa para Jesús, a pesar de decirnos Marcos que "se extrañó de su falta de fe". Que un profeta se viera rechazado por su pueblo no era ninguna novedad, hasta el punto de haber cristalizado esa experiencia en un proverbio que lo afirma y que nos traen los tres evangelistas sinópticos. Es un proverbio basado en una larga experiencia, que ha acompañado a toda la historia de Israel, que encuentra su máxima confirmaci6n en la historia del Profeta, que seguirá repitiéndose puntualmente en la historia de la Iglesia. Dios está de parte de los profetas, pero éstos se ven rechazados. Siempre procuramos quitar de en medio a los hombres de Dios, aunque más tarde les construyamos monumentos (Mt 23,29-32). El profeta verdadero lleva la incomprensi6n en su misma entraña. ¡Cuánto más el Profeta!  Los miembros de la propia familia, los vecinos, los que conviven con los profetas, son los jueces más difíciles, los que más tardan en convencerse. Es difícil reconocer la dimensión excepcional de un hombre junto al que se ha vivido, día tras día, durante mucho tiempo; de un hombre al que se ha visto nacer y crecer. Y más aún si ese hombre está lleno de flaquezas. No creo que sea exagerado decir que Jesús es mejor comprendido hoy por muchos que no practican el cristianismo que por nosotros, que posiblemente estamos demasiado acostumbrados a él y ya no esperamos nada nuevo. Hemos de tener mucho cuidado con ese riesgo constante que tienen los destinatarios privilegiados de la palabra de Jesús de oponerse al mensaje que anuncia. "Haz también aquí, en tu tierra, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún". Quieren pruebas evidentes, signos para creer. Se sitúan ante Dios formulando exigencias en la forma que agrada a los hombres. Pero Dios no se inclina ante esas actitudes autosuficientes. Dios se manifiesta sólo al que se inclina con obediencia y aguarda confiado y en silencio. Pide la fe para poder actuar.

Según Lucas, Jesús provoca al auditorio recordándoles la actuación de Elías y Eliseo con extranjeros al no encontrar fe en las gentes de su pueblo. La historia se va a repetir.  Para Lucas la verdad de esta escena se ha cumplido de una forma total en el envío a los gentiles, que nos narra en su libro de los Hechos de los Apóstoles. Los de Nazaret rechazan el universalismo. Jesús les insiste en que él es el enviado por Dios al pueblo de Israel para realizar la liberación, y que esa liberación deberá ser universal. Y que es fácil que los judíos lleguen a ella detrás de otros pueblos a causa de su cerrazón. Sus oyentes no pueden aceptar esas cosas porque están en contradicción con la opinión común del pueblo de Israel de ser ellos los únicos destinatarios de las promesas.  No saben aceptar a fondo el plan liberador propio del Dios de la Biblia. Se oponen a ampliar su horizonte. No lo aceptan, han caído ya en una mentalidad dogmática, estática, intransigente. Los nazarenos habían ido a la sinagoga para que les hablaran de cosas "espirituales" y se encontraron con un sermón en el que Jesús "hacía política", que aquello era casi un mitin.

El problema de la universalidad sigue siendo hoy una buena señal para descubrir el  verdadero sentido cristiano. Un cristiano sin visión universalista de su fe haría bien en  dedicarse a otra cosa. "Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos..." ¿Cómo acoger a este "médico"  que desprecia los privilegios de los judíos, adquiridos hace tantos siglos? El anuncio del  régimen del amor y de la misericordia, del perdón, es difícil admitir a los que esperan de la  justicia que subraye sus propias perfecciones y que refuerce sus privilegios; no toleran  verse al mismo nivel de aquellos que siempre consideraron inferiores, y menos aún que los  pongan por delante. La acogida que Jesús concede a los pobres, a los enfermos, a los  pecadores, a los extranjeros..., desagrada a los que no tienen más que menosprecio hacia  esos pequeños. Bien situados, asentados en ciertos privilegios, seguros de estar en  posesión de la verdad, se niegan a que los demás se les equiparen. Todos los textos  evangélicos están repletos de este drama, y el libro de los Hechos de los Apóstoles nos  describe su prolongación al mostrarnos cómo los paganos toman en la Iglesia los primeros  puestos que abandonan los judíos. Es el escándalo que suscitan siempre en la Iglesia los  hombres que proclaman el mensaje de Dios.

Los de Nazaret se llenan de despecho al ver que los de fuera -los de Cafarnaún- han  sido más favorecidos que ellos, e incluso los paganos -Sarepta, en Sidón, y Siria-. Nos  creemos los primeros y nos cuesta ver signos de predilección en los demás, especialmente  si no gozan de nuestra simpatía. Que les digan todo esto a la cara, y que se lo diga uno de  los suyos, les cae tan mal que la escena termina, en Lucas, con un intento de asesinar a  Jesús. En un pueblo oprimido y humillado, pero fanatizado, la oposición de mentalidades  degenera fácilmente en persecución, golpes, asesinatos. Llenos de violencia rechazan a  Jesús y pretenden deshacerse de él. Pero Jesús se libera de ellos y sigue su camino.  Como buen profeta, no se deja dictar su conducta por los suyos. Rompe con su ambiente  social cuando éste es injusto y cerrado.

Han acogido las palabras de Jesús hasta que esas palabras les han afectado directamente; entonces quieren despeñarle. Es lo de siempre: todo va bien hasta que nos dicen algo que nos duele. No intentan matarlo por mentiroso, sino por todo lo contrario:  Jesús no se ha conformado con decir la verdad, sino que se la ha demostrado con ejemplos. Y eso es excesivo. El verdadero profeta siempre hace daño, incluso contra su voluntad; siempre tiene enfrente, y con las uñas afiladas, a su auditorio. 

5. Sin fe es imposible el milagro 

En su tierra "sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos". Donde no hay fe, es  radicalmente imposible que haya milagros. También en Nazaret buscó a los enfermos y a  los pobres, como hacía en todas partes. Pero no son ésos los milagros que gustan a los  hombres. La fuerza de Dios que está en Jesús no puede forzar la fe, no puede actuar sin la  colaboración del hombre. Si el hombre se cierra, la fuerza liberadora de Jesús no puede  hacer nada. Sus milagros son la respuesta a la sinceridad del hombre que busca la verdad;  no son nunca un intento para forzar de algún modo el corazón humano. A diferencia de los  hombres, Dios no utiliza jamás la violencia para imponer sus propios derechos. ¿Cómo  podría hacerlo, si es amor? Ni hace milagros cuando los hombres pretenden sustraerse con  ellos al riesgo de la fe, ni cuando les gustaría explotarlos en su propio provecho, para  sostener sus propias pretensiones.

La fe precede a los milagros, nunca, al contrario. Por eso es inútil montar una apologética para "probar" la divinidad de Jesús partiendo de la existencia de unos hechos superiores a las fuerzas de la naturaleza. Sus paisanos quizá habrían aceptado a un Jesús "superhombre", como a un jefe nacionalista en lucha contra los romanos. Pero la realidad que tenían delante era decepcionante. Con los sacramentos sucede algo parecido: sin fe son signos sin contenido; si hay fe, el gesto sencillo del sacramento realiza en el corazón del hombre lo que significa. Entonces y ahora, la fuerza de vida no está en la materialidad de los gestos, sino en la comunión con Dios a través de la fe en Jesús. Esto es lo que expresan los sacramentos y explica la rutina y la falta de vida de muchas de nuestras celebraciones litúrgicas. El sacramento es el encuentro de la fe del hombre que trata de vivir el evangelio con el signo de la plenitud de Jesús; encuentro por el que el hombre crece en el camino del Padre. La comunidad de Jesús debe ser convocada exclusivamente por el Espíritu en el ámbito de la fe, nunca por los hechos llamativos y triunfalistas.

Jesús "se extrañó de su falta de fe". Así cierra Marcos su relato, para que sigamos meditando sobre el enigma de la incredulidad. Jesús abandona definitivamente Nazaret y emprende el camino hacia los extraños: "Se abrió paso entre ellos y se alejaba", concluye Lucas. No serán sus paisanos -los creyentes oficiales-, sino los paganos, los testigos de las grandes obras de Dios realizadas a través de Jesús. Es lo mismo que había sucedido con todos los profetas. En el fracaso de Nazaret está en germen la evangelización de los gentiles.

6. Nazaret, símbolo de siempre 

Esta escena de Nazaret es como el símbolo para todas las épocas de la Iglesia: fuerte  rechazo del pueblo judío -hoy de los cristianos- y una acogida abierta de los paganos -hoy  hombres de buena voluntad que trabajan por un mundo mejor para todos-. Naturalmente,  con muchas excepciones en uno y otro campo. Es difícil el quehacer del profeta: ser fiel a la palabra de Dios le lleva a un constante  enfrentamiento con las instituciones establecidas y sus representantes. Porque creer es  difícil y los hombres siempre encontraremos excusas para no arriesgarnos. Una Iglesia que se acomoda a los valores del mundo, que no inquieta ni molesta, que  halaga a los poderosos..., no es profética: es una Iglesia instalada y que, por tanto, en esa  medida deja de ser la de Jesús. Y una Iglesia sin profetas o es perfecta -cosa imposible- o  está muerta. La fe verdadera no existe al margen de la realidad cotidiana y dura; está enraizada en el  camino humano, es profundamente humana. Y esto escandaliza a muchos que preferimos  una fe más "celestial". Siempre que se encontró Jesús con una fe maravillosa o con un agradecimiento que  desdecía de la ingratitud general fue con los paganos o con los samaritanos. Es extraño  ese poder que tiene la religión de endurecer e impermeabilizar a los mismos hombres que  modela.

Jesús suspiraba por hombres nuevos capaces de impresionarse ante Dios. Y a su alrededor no encontraba más que hombres habituados a creer, que pensaban que conocían a Dios por el hecho de haber oído hablar mucho de él o, lo que es peor, por haber hablado mucho de él. La verdad siempre encuentra enemigos donde hay ambición, comodidad, intereses creados, seguridad, mentira... A veces pensamos que, si nosotros hubiéramos conocido a Jesús, si le hubiéramos visto y oído, nos sería más fácil creer en él. A todos nos es fácil glorificar a los antiguos profetas, pero nos es difícil reconocer que Dios habla a través de los hombres de ahora y de aquí.  ¿Sabemos escuchar la voz de Dios que nos habla por los hombres de hoy? No olvidemos que siempre que los hombres han hablado como Dios quería -pueblo de Israel, Jesús, historia de la Iglesia- han sido incomprendidos. Sólo progresamos por el camino del evangelio si nos dejamos iluminar por estas voces -nunca químicamente puras- que concretan en nuestro "hoy" el mensaje salvador, liberador, de Jesús. Porque nosotros estamos lejos de aquella espera; hay veinte siglos que nos protegen de su importuna irrupción en nuestras "propiedades privadas" y en nuestra sociedad. Pero el evangelio sigue pasando hoy; Dios vive con nosotros como entonces; depende de cada uno presentar o reconocer las señales por las que hemos de darlo a conocer o aceptar su presencia.

Lo sucedido en Nazaret es una advertencia para todos nosotros, familiarizados con las cosas divinas. Es necesario que seamos o nos hagamos jóvenes, consintiendo en que Dios haga de nosotros una criatura nueva. Porque los hombres nacemos viejos y hemos de morir jóvenes. Y es nuestra religión tradicional, rutinaria y estática, la que puede convertirse en el mayor obstáculo para nuestra comunicación viva con Dios. Debemos llevar la palabra de Dios en la vida y en los labios. Tarea arriesgada, porque pocos la aceptan y permiten que se les diga. Si carecemos de espíritu profético -tan difícil siempre de discernir-, que nuestra actitud sea, al menos, la de estar atentos a la voz de los profetas. Y no sólo de los profetas bautizados, porque los hay también en otros campos y tendencias que deben ser escuchados, ya que el Espíritu no se ata a nadie. Y debemos defenderlos, apoyarlos, sostener su voz para que no desfallezcan, porque de ellos vivimos.

 

 

OCARM

Lectura 

a)             Clave de lectura: 

En este 14º Domingo del Tiempo Ordinario, la Iglesia nos pone a nuestra consideración, el rechazo que sufre Jesús por parte de la gente de Nazaret. Su paso por Nazaret fue doloroso para Jesús. La que era su comunidad, ahora ya no lo es. Algo ha cambiado. Los que antes lo acogían, ahora lo rechazan. Como veremos después, esta experiencia de rechazo llevó a Jesús a tomar una determinación y a cambiar su práctica. Desde que has empezado a participar en comunidad, ¿ha cambiado algo en tu relación con la familia y con los amigos? La participación en comunidad ¿te ha servido para acoger y para tener más confianza en las personas, sobre todo en las personas más humildes y pobres? 

 

b)            Una división del texto para ayudar en su lectura:  

Marcos 6,1: La llegada de Jesús a Nazaret, su comunidad de origen  

Marcos 6, 2-3: La reacción de la gente de Nazaret ante Jesús  

Marcos,6, 4: El modo cómo Jesús acoge la crítica  

Marcos 6,5-6: La falta de fe impide obrar milagros 

 

 Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración.  

a)             ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado y que ha llamado más tu atención?  

b)            ¿Cuál es la conducta de Nazaret para con Jesús? ¿Por qué no creen en Él?  

c)             A causa de la falta de fe de la gente, Jesús no pudo obrar muchos milagros en Nazaret . ¿Por qué la fe es tan importante? ¿Es que Jesús no puede obrar milagros sin la fe de las personas? 

d)            ¿Cuáles son los puntos que deben caracterizar la misión de los discípulos?  

e)             ¿Cuál es el punto de la misión de los apóstoles que hoy reviste para nosotros mayor importancia? ¿Por qué?  

 

Para aquéllos que deseen profundizar más en el tema 

a)             Contexto de ayer y de hoy: 

i) A lo largo de las páginas de su Evangelio, Marcos indica que la presencia y la acción de Jesús constituyen una fuente creciente de gozo para algunos y un motivo de rechazo para otros. Crece el conflicto, aparece el misterio de Dios que acoge a la persona de Jesús. Con el capítulo 6º, en la narración nos encontramos delante de una curva. La gente de Nazaret se cierra ante Jesús (Mc 6,1-6). Y Jesús, ante esta postura de cierre de la gente de su comunidad, se abre a gentes de otras comunidades. Se dirige a la gente de la Galilea y envía a sus discípulos en misión, enseñando cómo debe ser la relación con las personas, de modo que sea verdadera relación comunitaria, que no excluya, como sucede entre la gente de Nazaret (Mc 6,7-13).

ii) Cuando Marcos escribe su Evangelio, las comunidades cristianas viven una situación difícil, sin horizontes. Humanamente hablando no había futuro para ellos. La descripción del conflicto que Jesús vive en Nazaret y el envío de los discípulos, que alarga la misión, las vuelve creativas. Para aquéllos que creen en Jesús no se puede estar en una situación sin horizontes.  

 

b)            Comentarios del texto: 

Marcos 6,1-3: Reacción de la gente de Nazaret ante Jesús  

Es siempre bueno regresar a nuestra tierra. Después de una larga ausencia, también Jesús regresa y, como de costumbre, en el día de sábado va a una reunión de la comunidad. Jesús no era el coordinador, pero sin embargo tomó la palabra. Signo de que las personas podían participar y expresar su opinión. Pero a la gente no le gustó las palabras expresadas por Jesús y quedó escandalizada. Jesús, por ellos conocido desde niño ¿cómo había cambiado tanto? La gente de Cafarnaún había aceptado la enseñanza de Jesús (Mc 1,22), pero la gente de Nazaret había quedado escandalizada y no lo había aceptado. ¿Cuál es el motivo de este rechazo? “¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” No aceptaban el misterio de Dios presente en una persona tan común como ellos. ¡Para poder hablar de Dios debería ser diverso de ellos! La acogida para Jesús no fue buena. Las personas que hubieran debido ser las primeras en aceptar la Buena Nueva, son precisamente las primeras en no aceptarla. El conflicto no es sólo, por tanto, con los de fuera, sino también con los parientes y con la gente de Nazaret. Ellos no aceptan, porque no consiguen entender el misterio que rodea a la persona de Jesús: “¿De dónde le viene todo esto? ¿Y qué sabiduría es ésta que le ha sido dada? ¿Y esos prodigios hechos por sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no están aquí con nosotros?” Y no consiguen creer. La expresión “hermanos de Jesús” causa mucha polémica entre católicos y protestantes. Basándose en éste y otros textos, los protestantes dicen que Jesús tuvo muchos hermanos y hermanas y que María tuvo más hijos. Nosotros los católicos decimos que María no tuvo otros hijos. ¿Qué pensar de todo esto? En primer lugar, las dos posiciones, sea la de los católicos como la de los protestantes, sacan el argumento de la Biblia y de la antigua Tradición de sus respectivas Iglesias. Por esto no conviene discutir estas cuestiones con argumentos racionales, fruto de nuestras ideas. Se trata de convicciones profundas, que tienen que ver con la fe y el sentimiento de la gente. El argumento sostenido sólo por ideas no consigue deshacer una convicción de la fe que encuentra sus raíces en el corazón. Sólo irrita y desasosiega. Pero, aunque no se esté de acuerdo con la opinión del otro, debo sin embargo respetarla. En segundo lugar, en vez de discutir sobre los textos, nosotros todos, católicos y protestantes, debemos unirnos mucho más para luchar en defensa de la vida, creada por Dios, vida tan ultrajada por la pobreza, la injusticia, por la falta de fe. Debemos recordar otras frases de Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). “Para que todos sean una misma cosa, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17,21). “No se lo prohibáis. Quien no está contra nosotros, está con nosotros” (Mc 9,39-40). 

 

Marcos 6,4-6ª. Reacción de Jesús ante el comportamiento de la gente de Nazaret  

Jesús sabe muy bien que el “santo de la casa no hace milagros” Y dice: “¡Un profeta no es despreciado más que en su propia patria, entre sus parientes y en su casa!” En efecto, allí donde no hay aceptación de la fe, la gente no puede hacer nada. El prejuicio lo impide. Jesús, aún queriéndolo, no pudo hacer nada y permanece atónito ante la falta de fe de aquellos paisanos. 

 

c) Informaciones sobre el Evangelio de Marcos: 

Este año la liturgia nos presenta de modo particular el Evangelio de Marcos. Por esto vale la pena dar algunas informaciones que nos ayuden a descubrir mejor el mensaje que Marcos nos quiere comunicar. 

El diseño del rostro de Dios en la pared del Evangelio de Marcos 

• Jesús murió alrededor del año treinta y tres. Cuando Marcos escribe su Evangelio en torno a los años setenta, las comunidades cristianas vivían ya dispersas por el Imperio Romano. Algunos dicen que Marcos escribió para las comunidades de Italia. Otros dicen que lo hizo para las de Siria. Difícil es saberlo con certeza. De todas maneras, una cosa es cierta. No faltaban los problemas: el Imperio Romano perseguía a los cristianos, en las comunidades se infiltraba propagandas del Imperio, los judíos de la Palestina se rebelaban contra la invasión romana. Existían tensiones internas debidas a diversas tendencias, doctrinas, jefes…. Marcos escribe su evangelio para ayudar a las comunidades a encontrar respuesta a estos problemas y preocupaciones. Recoge varios episodios y palabras de Jesús y los une entre sí como ladrillos de una pared. Los ladrillos son ya antiguos y conocidos. Vienen de las comunidades donde se han transmitido oralmente en reuniones y celebraciones. El diseño formado por los ladrillos era nuevo. Venía de Marcos, de su experiencia de Jesús. Él quería que las comunidades, leyendo lo que Jesús hizo y dijo, encontrasen repuesta a estas preguntas: ¿Quién es Jesús para nosotros y qué somos nosotros para Jesús? ¿Cómo ser su discípulo? ¿Cómo anunciar la Buena Nueva de Dios, que Él nos ha revelado? ¿Cómo recorrer el camino por Él trazado? 

 

Tres claves para entender las divisiones en el Evangelio de Marcos: 

1ª Clave: El Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído y escuchado en comunidad. Cuando se lee un libro en soledad, se puede siempre volver hacia atrás, para unir una cosa con la otra, pero cuando se lee en comunidad y está una persona delante de nosotros leyendo el Evangelio, no es posible decir: “¡Párate! Lee otra vez. No lo he entendido bien!” Como veremos, un libro escrito para ser escuchado en las celebraciones comunitarias tiene un modo diverso de dividir el tema respecto a otro libro para ser leído estando a solas.

  

2ª Clave: El Evangelio de Marcos es una narración. Una narración es como un río. Atravesando el río en barca, no se da uno cuenta de la división en las aguas. El río no tiene divisiones. Está constituido por un solo fluir, del principio hasta el fin. En el río, las divisiones se hacen desde la orilla. Por ejemplo se dice: “¡Qué bella parte del río es la que va desde aquella casa hasta la curva donde se encuentra la palmera, tres curvas después!” Pero en el agua no se ve ninguna división. La narración de Marcos fluye como un río. Sus divisiones, aquéllos que escuchan las encuentran en las márgenes, como si se dijera, en los lugares por donde Jesús pasaba, en la geografía, en las personas que encuentra, a lo largo de los caminos que recorre. Estas indicaciones al margen ayudan al lector a caminar con Jesús, paso a paso, de la Galilea hasta Jerusalén, del lago al Calvario.  

 

3ª Clave: El evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído de una sola vez. Así hacían los judíos con los libros breves del Antiguo Testamento. Algunos entendidos afirman que el Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído, todo entero, en el curso de la larga vigilia de la noche de Pascua. Por eso, a fin de que las personas que escuchaban no se cansaran, la lectura debía ser dividida y tener algunas pausas. Además, cuando una narración es larga, como la del Evangelio de Marcos, su lectura debe ser interrumpida a cada paso. En ciertos momentos se necesita una pausa, de otro modo los oyentes se pierden. Estas pausas ya estaban previstas por el mismo autor de la narración. Y se hacía entre dos lecturas largas dando algunos resúmenes previos. Prácticamente como sucede en la televisión. Todos los días, al comienzo de la telenovela se repiten algunas escenas de la transmisión precedente. Cuando termina, se presentan algunas escenas del día siguiente. Estos resúmenes son como los ejes o bisagras que unen lo que se ha leído con lo que se va a leer. Permiten pararse y comenzar de nuevo, sin interrumpir ni alterar la secuencia de la narración. Ayudan a quien escucha a colocarse en el río de la narración que fluye. En el Evangelio de Marcos hay varios resúmenes de este tipo o pausas, que nos permiten descubrir y seguir el hilo de la Buena Noticia de Dios que Jesús nos ha revelado y que Marcos nos cuenta. En total se trata de siete bloques o lecturas más largas intercaladas de pequeños resúmenes o bisagras donde es posible hacer una pausa. 

 

Una división del Evangelio de Marcos

                He aquí a continuación una posible división del Evangelio de Marcos. Otros lo dividen de diverso modo. Lo importante de una división es que abra una de las muchas ventanas al interior del texto y nos ayude a descubrir la ruta del camino que Jesús abrió para nosotros en dirección hacia el padre y los hermanos.  

                Mc 1,1-13 Comienzo de la Buena Nueva Preparar el anuncio 1ª Lectura Mc 1,14-15 pausa, resumen, bisagra Mc 1,16-3,16 Crece la Buena Nueva Se presenta el conflicto

2ª Lectura Mc 3,7-12 pausa, resumen, bisagra Mc 3,13-6,6 Crece el Conflicto Aparece el Misterio 3ª Lectura Mc 6,7-13 pausa, resumen, bisagra Mc 6,14-8,21 Crece el Misterio No se entiende 4ª Lectura Mc 8,22-26 pausa, resumen, bisagra Mc 8,2710,45 Se sigue sin entender Aparece la luz oscura de la Cruz 5ª Lectura Mc 10,4652 pausa, resumen, bisagra Mc 11,1-13,32 Crece la luz oscura de la luz Aparece la rotura y la muerte 6ª Lectura Mc 13,33-37 pausa, resumen, bisagra Mc 14,1-15,39 Crecen la rotura y la muerte Aparece la victoria sobre la muerte 7ª Lectura Mc 15,40-41 pausa, resumen, bisagra Mc 15,42-16,20 Aumenta la victoria sobre la muerte Reaparece la Buena Nueva 8ª Lectura Mc 16,9-20 

En esta división los títulos son importantes. Indican el camino del Espíritu, de la inspiración, que recorre el Evangelio del principio hasta el fin. Cuando un artista tiene una inspiración trata de expresarla en una obra de arte. La inspiración es como una fuerza eléctrica que corre invisible a través del hilo y enciende la lámpara de nuestras casas. Así también la inspiración corre invisible a través de las letras de la poesía o las formas de las pinturas para revelar y encender en nosotros una luz semejante o casi semejante a la que brilló en el alma del artista. Por esto las obras artísticas atraen y asombran a las personas. Lo mismo sucede cuando leemos y meditamos el Evangelio de Marcos. El mismo Espíritu o inspiración que llevó a Marcos a escribir el texto, continúa estando presente en las palabras de su Evangelio. Mediante una lectura atenta y orante, este Espíritu entra en acción y comienza a obrar en nosotros. Y así, poco a poco, descubrimos el rostro de Dios que se ha revelado en Jesús y que Marcos nos comunica en su libro.

 


XIV DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

 

Antífona de entrada     Sal 47, 10-11
En tu santo templo, Señor, evocamos tu misericordia;
la gloria de tu nombre llega hasta los confines de la tierra.
Tu derecha está llena de justicia.

Oración colecta
Dios nuestro, que por la humillación de tu Hijo
levantaste a la humanidad caída;
concédenos una santa alegría,
para que, liberados de la servidumbre del pecado,
alcancemos la felicidad que no tiene fin.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Padre del cielo,
que este sacrificio consagrado a tu nombre nos purifique
y nos encamine, cada día más, hacia la vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.

Antífona de comunión     Sal 33, 9
Gusten y vean qué bueno es el Señor.
Feliz el hombre que espera en Él.

O bien:   Mt 11, 28
Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados,
y yo los aliviaré, dice el Señor.

Oración después de la comunión
Alimentados con tan grandes dones,
te pedimos, Padre,
recibir sus frutos de salvación
y no dejar nunca de alabarte.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


 

LECCIONARIO LITÚRGICO

 

Son un pueblo rebelde
y sabrán que hay un profeta en medio de ellos

Lectura de la profecía de Ezequiel     2, 2-5

    Un espíritu entró en mí y me hizo permanecer de pie, y yo escuché al que me hablaba. Él me dijo:
    Hijo de hombre, Yo te envío a los israelitas, a un pueblo de rebeldes que se han rebelado contra mí; ellos y sus padres se han sublevado contra mí hasta el día de hoy. Son hombres obstinados y de corazón endurecido aquellos a los que Yo te envío, para que les digas: «Así habla el Señor». Y sea que escuchen o se nieguen a hacerlo -porque son un pueblo rebelde- sabrán que hay un profeta en medio de ellos.

 

Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 122, 1-4
 
R.
 Nuestros ojos miran al Señor,
hasta que se apiade de nosotros.

 
Levanto mis ojos hacia ti,
que habitas en el cielo. 
R.
 

Como los ojos de los servidores

están fijos en las manos de su señor.
y los ojos de la servidora en las manos de su dueña:
así miran nuestros ojos al Señor, nuestro Dios,
hasta que se apiade de nosotros. 
R.
 
¡Ten piedad, Señor, ten piedad de nosotros,
porque estamos hartos de desprecios!
Nuestra alma está saturada de la burla de los arrogantes,
del desprecio de los orgullosos. 
R.


Me gloriaré en mi debilidad,
para que resida en mí el poder de Cristo

Lectura de la segunda carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto     12, 7-10

 

    Hermanos:
    Para que la grandeza de las revelaciones no me envanezca, tengo una espina clavada en mi carne, un ángel de Satanás que me hiere.
    Tres veces pedí al Señor que me librara, pero Él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad».
    Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo. Por eso, me complazco en mis debilidades, en los oprobios, en las privaciones, en las persecuciones y en las angustias soportadas por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.

 

Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Cf. Lc 4, 18
 
Aleluia.
El Espíritu del Señor está sobre mí;
Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres.
Aleluia.
 
 
EVANGELIO

Un profeta es despreciado solamente en su pueblo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     6, 1-6a

    Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?» Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo.
    Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa.» Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de curar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.

 

Palabra del Señor.

 

 

 

 

 

 


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