Domingo 17 del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del XVII Domingo del Tiempo Ordinario
Nota: Cinco domingos tratarán sobre el rico e importante tema de la eucaristía. El celebrante, para preparar su homilía, debería planificar los cinco domingos por adelantado y evitar el peligro de tocar todos los aspectos importantes de la eucaristía en una sola celebración.
Saludo (Ver la Segunda Lectura)
Estamos aquí todos juntos,
reunidos como un cuerpo
por el poder del Espíritu Santo.
Estamos unidos en un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo
y un solo Dios, el Padre de todos.
Que el Señor Jesús,
que nos ha llamado a todos juntos,
esté siempre con ustedes. R/ Y con tu espíritu.
Introducción por el Celebrante (Tres posibles opciones)
1. Dios Provee Alimento
El signo tradicional en las Escrituras de que Dios nos ama y se cuida de nosotros es que provee alimento a su pueblo, normalmente pan, el alimento básico en gran parte del mundo. ¿Podemos creer esta afirmación cuando tanta gente pasa hambre en el mundo? Primeramente preguntémonos a nosotros mismos: ¿es que faltan alimentos o es que hay una mala distribución y un mal compartir de los mismos? El pan, según la Biblia, no solo significa alimento para el cuerpo, sino también para el espíritu. Los regalos de Dios significados también en el “pan” serían: su palabra, su interés por nosotros, su presencia bondadosa, su amor. El más profundo de estos signos del cuidado providente de Dios es la eucaristía, en la que Jesús sigue entregándose a sí mismo como nuestro alimento y bebida para el camino de la vida. Demos gracias al Padre, con Jesús, por este excelente regalo.
2. El Compartir Generoso de un Muchacho
¿Quiénes somos nosotros a los ojos de Dios? ¿Qué puede hacer Dios con nosotros? Después de todo, no somos más que pequeñas criaturas en un vasto mundo. La liturgia de hoy nos muestra que Dios puede hacer muchas cosas por medio de nosotros; y con lo poco que tenemos para ofrecer… Cuando le damos nuestro tiempo, nuestra vida, nuestros talentos y lo poco que podemos hacer, él los convierte en bendiciones para muchos. Él puede hacer grandes cosas con nosotros, pero tenemos que ponernos a su disposición. El evangelio de hoy nos muestra lo que Jesús pudo hacer para satisfacer las necesidades de una gran muchedumbre con el irrisorio regalo de un muchacho: cinco panes y dos peces. Le pedimos al Señor que nos haga ser siempre generosos de corazón, con lo poco o mucho que tengamos.
3. Tomó Pan y dio Gracias
Siempre que los cristianos vienen a la eucaristía oyen lo que Jesús hizo por la gente. Tomó pan, dio gracias, y dio el pan a los allí presentes, diciendo: “Tomen esto, todos ustedes, y coman. Este soy yo, que me entrego a mí mismo por ustedes”. Oímos en el evangelio de hoy que un día Jesús alimentó a una muchedumbre hambrienta. Él es quien puede saciar las hambres de toda la gente de nuestro mundo. Es más: Él quiere que le compartamos a él con todos y para todos, y, como Señor nuestro, quiere que nos repartamos también a nosotros mismos, los unos a los otros. Pidámosle en esta eucaristía que nos enseñe verdaderamente cómo hacerlo.
Acto Penitencial
¿Tenemos hambre de la palabra y del cuidado cariñoso de Dios, o nos mantenemos fríos ante su amor a causa del pecado? Examinémonos delante del Señor.
(Pausa)
· Señor Jesús, tú tuviste compasión de la muchedumbre hambrienta y les diste de comer. Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, tú tienes misericordia de nosotros y nos nutres con tu cuerpo y con tu sangre. Cristo, ten piedad de nosotros. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, tú quieres que sintamos compasión de la gente que tiene hambre, tanto de alimento material como de respeto, comprensión y amor. Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten piedad de nosotros, Dios misericordioso, y calma nuestra hambre de perdón. Nútrenos en esta eucaristía con la palabra y con el cuerpo de Jesús y llévanos al banquete de fiesta de la vida eterna. R/ Amén
Colecta
Roguemos para que nuestro Padre celestial
nos dé, en Cristo Jesús, todo lo que necesitamos.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú das a tus hijos en todas partes
el alimento y los dones necesarios
para una vida plenamente humana,
aunque el egoísmo nos impida tantas veces
repartirlos justa y fraternalmente.
Que tu Hijo nos dé bondadosamente
el pan de su palabra, que nutre nuestra fe,
el de su paz, que nos proporciona descanso,
el de su consuelo, que nos da esperanza y alegría,
y también el pan nutritivo “de cada día”,
que nos sustenta en nuestro caminar
hacia ti y hacia los hermanos.
Enséñanos a compartir este pan con todos,
movidos por la justicia y la fraternidad,
como un detalle anticipado del banquete de fiesta
que tú tienes preparado para nosotros en el cielo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/ Amén.
Primera Lectura: Pan para los Pobres (2 Re 4:42-44)
En un tiempo de hambruna, el profeta Elías ordena que el pan destinado para una ofrenda religiosa se reparta entre los pobres hambrientos. Como no hay bastante, Dios se encarga de que haya incluso más de lo necesario para saciar a todos.
Segunda Lectura: Un solo Pueblo, ya que Dios es Uno (Ef 4:1-6)
El apóstol Pablo exhorta a la comunidad cristiana a ser una. Nuestra unidad da testimonio de la Trinidad, que es la fuente y modelo de toda unidad.
Evangelio: Pan para los hambrientos (Jn 6:1-15)
En la multiplicación de los panes, Jesús se revela a sí mismo como quien da pan a los hambrientos. Él usará esta misma señal posteriormente, en la eucaristía, para revelarse a sí mismo como el pan de vida.
Oración de los Fieles (Inspirado por René Mouret)
Oremos a Dios, de quien procede todo bien, para que todos tengan en abundancia lo que necesitan para vivir como hijos e hijas suyos. Digamos como respuesta:
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Por la Iglesia, para que los que la dirigen y la presiden –los ministros consagrados- unan y sirvan a todos en Cristo. Que constantemente recuerden al pueblo de Dios los verdaderos valores del evangelio. Roguemos al Señor:
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Por los líderes y también por los fieles en la Iglesia, para que tengan el valor y la fortaleza para alzarse en todas las partes del mundo en favor de los derechos humanos, de una justa distribución de los bienes de la tierra, de la justicia y de una libertad responsable, roguemos al Señor.
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Por las agencias de ayuda internacional, por las Naciones Unidas y por los gobiernos, para que empleen todos los potenciales humanos y todos los recursos de ciencia y naturaleza para alimentar a los hambrientos y para desarrollar la tierra, roguemos al Señor:
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Por todas las comunidades cristianas, para que no abandonen a nadie en necesidad; que nosotros sepamos compartir alegrías y tristezas y todo lo que es verdadero, lindo y bueno; y que sepamos servirnos unos a otros, roguemos al Señor:
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Por esta nuestra comunidad, reunida aquí para partir el pan del Señor, para que el Espíritu de Jesús nos haga signos eficaces de su generosidad y su amor, roguemos al Señor:
R/ Señor, danos todo lo bueno.
Realmente, Señor Dios nuestro: Danos la gracia de ser abiertos y receptivos a todos tus dones y disponibles para intentar remediar todas las necesidades en favor de todos los hermanos. Por medio de Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Padre nuestro:
Aquí está un trozo de pan
y aquí estamos nosotros
con nuestras vidas vacías.
Multiplica nuestra pobre ofrenda
y sustitúyela con el rico pan
y con el sabroso vino de Jesús, la eucaristía.
Que él se convierta en nuestro pan de cada día,
para que aprendamos de él
a compartir nuestro pan y nosotros mismos
con todos los que con dolor nos gritan su necesidad.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús el Señor. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
En esta eucaristía, Jesús dirá de nuevo: “Este es mi cuerpo entregado por ustedes. Soy yo mismo, que me entrego a ustedes.” Demos gracias al Padre por este magnífico don de Jesús a nosotros, a su Iglesia.
Invitación al Padre Nuestro
Unidos en una fe y en un bautismo,
oremos por medio del Espíritu Santo
a Dios, Padre de todos,
con las palabras de nuestro Señor Jesucristo:
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y ayúdanos en nuestros días
a llevar alimento a un mundo hambriento.
Por tu misericordia guárdanos libres
de la avaricia y de la autosuficiencia,
que cierran nuestros corazones
a tus dones y a los hermanos.
Danos el pan que no perece, la eucaristía,
mientras caminamos en gozosa esperanza
hacia la venida gloriosa de nuestro Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Al Partir el Pan
Jesús se dejó quebrar su vida por nosotros.
Ahora parte el pan de sí mismo
para satisfacer nuestras hambres más profundas
Que aprendamos también de él
a compartir nuestro pan con los otros,
porque sabe mejor cuando es compartido…
Invitación a la Comunión
Este es Jesús, el Señor,
que multiplicó el pan para los hambrientos
y que se da a nosotros, diciendo:
“Este es mi cuerpo para la salvación del mundo”.
Dichosos nosotros,
invitados a comer este Pan de Vida.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Te damos gracias, Padre generoso,
por darnos a Jesús, tu Hijo,
como nuestro alimento
en el camino hacia ti y hacia los hermanos.
Danos voluntad y creatividad
para llevar alimento a un mundo hambriento
y participación justa
en las riquezas de la tierra.
Ayúdanos también a partir el pan
de la dignidad y de la esperanza para todos.
Y que seas tú, Señor, el más alto cumplimiento
de todas nuestras aspiraciones,
por medio de Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.
Bendición
Hermanos: Hemos partido y compartido pan con el Señor. Esto nos compromete a contar con todos los recursos humanos, para poder compartir alimento, justicia, cultura y libertad con los que viven en necesidad.
El nos invita también a partir y repartir a todos el pan más alto del evangelio, la eucaristía, que satisface las hambres más profundas de cada corazón humano.
Que el Señor les fortalezca y les bendiga para esta tarea: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. R/ Amén.
Este es verdaderamente el Profeta que va a venir al mundo
Empezamos este domingo un camino con Jesús, en torno al pan, el de cada día, y el Pan de Vida. Hay unas cuantas semanas para reflexionar sobre este producto, tan necesario para la vida, física y espiritual. Cada domingo habrá un motivo para la reflexión. Porque la Palabra nos da el alimento que necesitamos para esa vida.
Hasta hoy, a lo largo de los domingos de este año (fuera de Cuaresma y Pascua) hemos ido leyendo el evangelio de san Marcos. Es el más breve de todos, y se considera que fue el primero en ser escrito. Pero hoy, y los cuatro domingos siguientes, la liturgia nos propone el capitulo sexto del evangelio de san Juan. Juan ofrece una presentación original del episodio de los panes y los peces, que en el evangelio de Marcos se narra de forma algo más breve y sin el complemento del discurso de Jesús que ofrece el cuarto evangelio. Luego, tras la lectura de este capítulo de Juan (a lo largo de cinco domingos), a principios de septiembre reanudaremos la proclamación del evangelio de Marcos.
Tanto en la primera lectura como en el Evangelio asistimos a lo que podríamos llamar “milagros de la fe”. Aparece en primer lugar el profeta Eliseo que, en tiempos de hambre, ayuda a su gente en varios momentos. Después de solucionar un problema con una olla “envenenada”, echando harina para que pudieran comer (2 Reyes 4, 38-41), surge la oportunidad de dar de comer a cien personas. Una situación desesperada, difícil de solucionar. Cuando le traen veinte panes de cebada, le pide a su criado que los reparta entre la gente. Poco le pareció al criado, pero para el Señor nada es imposible. Comieron y sobró. Una historia que recuerda a la del Evangelio de Juan.
Una primera conexión con el Evangelio es que Eliseo no se guarda los panes que le han dado a él, como tampoco lo hizo el muchacho. Un gesto generoso de una persona, un hombre anónimo de Baal – Salisá, que continúa Eliseo, es preciso para que se produzca el milagro. “Como había dicho el Señor”. Comieron y sobró. Cuando nos parezca que un pequeño donativo a una ONG no sirve de nada, por ejemplo, recordemos esta escena del Antiguo Testamento. Contra la lógica del hombre, está la fe en la Palabra de Dios. Como Pedro en el lago: “ya que lo dices, echaremos las redes…” (Lc 5,5)
Las palabras de Pablo en la segunda lectura (“un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo”) las uso a menudo en mi parroquia, cuando algún ortodoxo despistado me pregunta que si puede entrar a rezar. Y cualquier cristiano, ante el drama de la separación de las Iglesias, debería repetirlas a menudo. Porque el Ecumenismo y la oración por la unidad de los cristianos no es cosa sólo de la semana del 18 al 25 de enero, una vez al año.
Ayuda bastante, para dar testimonio de armonía, el vivir como sugiere Pablo en los primeros versículos de este fragmento: “sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz”. Con ese espíritu, es más fácil conseguir la unión de todos los cristianos. Para compartir todo lo que hemos heredado.
Esa unidad no puede depender de si alguien me cae bien o mal, o si conviene o no a mis intereses egoístas. Según esos criterios humanos, habría más de mil motivos para estar separados. Porque cada uno tiene su historia, su educación, su carácter, sus circunstancias económicas y sociales… Incluso entre los cristianos, a veces, la religión es motivo de disputa. Pero si algo nos está enseñando el mundo actual en que vivimos, global e intercultural, es que la diversidad es una riqueza, que contribuye a que todos aprendamos, y puede servir para ayudarnos unos a otros, completando lo que nos falta con la experiencia de los demás.
Para muestra, un botón. Con lo que tenía un muchacho, que compartió lo que tenía, se pudo dar de comer a toda esa gente. Se acercaba la Pascua, un gran grupo de personas estaban a la espera de lo que Jesús pudiera decirles, y el Maestro, que siempre vivía pendiente de todo, sintió compasión por ese rebaño. Alimentarlos no era tarea fácil, ya lo dijo Felipe. Pero para Dios no hay nada imposible. Con lo poco que les dio a los Discípulos, cinco panes y dos peces, comieron todos y hasta sobró. Esa idea de compartir lo que tenemos, sea mucho o poco, debería calar en nosotros. Para eso compartimos la Eucaristía (el texto describe cómo Jesús tomo los panes, los bendijo y los repartió, así como los peces, con una clara referencia a lo que hacemos en nuestros templos), para que todos se sacien del Pan de vida.
Otro momento interesante es la orden que da, cuando todos se han saciado: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Vivimos en un mundo, por lo menos en Occidente, donde muchas cosas nos sobran. Antes se tiraba todo, ahora, el reciclaje está imponiéndose, poco a poco, porque el mundo no da más de sí, y los recursos son los que son. No hay que dejar que se pierda nada de lo creado por el hombre, porque todo ha sido creado por Dios. El ejemplo de Cristo nos recuerda que nada – ni nadie – sobra en este mundo.
Desde otro punto de vista, ahora, como nunca, hay sobre abundancia de bienes en nuestro mundo. El problema no es la falta de bienes, lo que pasa es que están mal repartidos. Habrá que pensar de qué modo dejen de morir de hambre tantas personas por todo el mundo. ¿Cómo podremos reducir la “geografía del hambre”? ¿Cómo lograr que todos participen del banquete de la vida? ¿Qué puedo hacer yo para contribuir a que todos participen de esa vida?
Para terminar la jornada, Jesús se retiró a la montaña, sólo. Podemos creer que se lo hizo para poder estar con su Padre, en oración, buscando iluminación para seguir con la tarea que Aquél le había encomendado. Antes de las decisiones importantes, orar para buscar la luz. Después de las cosas, grandes o pequeñas, de la vida, orar para dar gracias. Una vez más, el ejemplo de Jesús nos puede orientar en nuestra vida.
Valorar lo que tenemos, ponerlo a disposición de los demás y no olvidar agradecer a Dios por todo ello, pueden ser algunas de las enseñanzas de este domingo. Que sepamos llevarlo a la práctica en nuestra vida.
EVANGELIO
Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron.
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan. 6, 1-15
En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?». Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer. Felipe le contestó: «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?». Jesús dijo: «Decid a la gente que se siente en el suelo». Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: «Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido.
La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: «Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo».
Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.
Palabra de Dios.
EL GESTO DE UN JOVEN
De todos los hechos realizados por Jesús durante su actividad profética, el más recordado por las primeras comunidades cristianas fue seguramente una comida multitudinaria organizada por él en medio del campo, en las cercanías del lago de Galilea. Es el único episodio recogido en todos los evangelios.
El contenido del relato es de una gran riqueza. Siguiendo su costumbre, el evangelio de Juan no lo llama "milagro" sino "signo". Con ello nos invita a no quedarnos en los hechos que se narran, sino a descubrir desde la fe un sentido más profundo.
Jesús ocupa el lugar central. Nadie le pide que intervenga. Es él mismo quien intuye el hambre de aquella gente y plantea la necesidad de alimentarla. Es conmovedor saber que Jesús no solo alimentaba a la gente con la Buena Noticia de Dios, sino que le preocupaba también el hambre de sus hijos.
¿Cómo alimentar en medio del campo a una muchedumbre? Los discípulos no encuentran ninguna solución. Felipe dice que no se puede pensar en comprar pan, pues no tienen dinero. Andrés piensa que se podría compartir lo que haya, pero solo un muchacho tiene cinco panes y un par de peces. ¿Qué es eso para tantos?
Para Jesús es suficiente. Ese joven, sin nombre ni rostro, va hacer posible lo que parece imposible. Su disponibilidad para compartir todo lo que tiene es el camino para alimentar a aquellas gentes. Jesús hará lo demás. Toma en sus manos los panes del joven, da gracias a Dios y comienza a "repartirlos" entre todos.
La escena es fascinante. Una muchedumbre, sentada sobre la hierba verde del campo, compartiendo una comida gratuita un día de primavera. No es un banquete de ricos. No hay vino ni carne. Es la comida sencilla de la gente que vive junto al lago: pan de cebada y pescado en salazón. Una comida fraterna servida por Jesús a todos gracias al gesto generoso de un joven.
Esta comida compartida era para los primeros cristianos un símbolo atractivo de la comunidad nacida de Jesús para construir una humanidad nueva y fraterna. Les evocaba, al mismo tiempo, la eucaristía que celebraban el día del Señor para alimentarse del espíritu y la fuerza de Jesús, el Pan vivo venido de Dios.
Pero nunca olvidaron el gesto del joven. Si hay hambre en el mundo, no es por escasez de alimentos, sino por falta de solidaridad. Hay pan para todos, falta generosidad para compartirlo. Hemos dejado la marcha del mundo en manos del poder económico inhumano, nos da miedo compartir lo que tenemos, y la gente se muere de hambre por nuestro egoísmo irracional.
NUESTRO GRAN PECADO
Tomó los panes y dijo la acción de gracias.
El episodio de la multiplicación de los panes gozó de gran popularidad entre los seguidores de Jesús. Todos los evangelistas lo recuerdan. Seguramente, les conmovía pensar que aquel hombre de Dios se había preocupado de alimentar a una muchedumbre que se había quedado sin lo necesario para comer.
Según la versión de Juan, el primero que piensa en el hambre de aquel gentío que ha acudido a escucharlo es Jesús. Esta gente necesita comer; hay que hacer algo por ellos. Así era Jesús. Vivía pensando en las necesidades básicas del ser humano.
Felipe le hace ver que no tienen dinero. Entre los discípulos, todos son pobres: no pueden comprar pan para tantos. Jesús lo sabe. Los que tienen dinero no resolverán nunca el problema del hambre en el mundo. Se necesita algo más que dinero.
Jesús les va a ayudar a vislumbrar un camino diferente. Antes que nada, es necesario que nadie acapare lo suyo para sí mismo si hay otros que pasan hambre. Sus discípulos tendrán que aprender a poner a disposición de los hambrientos lo que tengan, aunque sólo sea «cinco panes de cebada y un par de peces».
La actitud de Jesús es la más sencilla y humana que podemos imaginar. Pero, ¿quién nos va enseñar a nosotros a compartir, si solo sabemos comprar? ¿Quién nos va a liberar de nuestra indiferencia ante los que mueren de hambre? ¿Hay algo que nos pueda hacer más humanos? ¿Se producirá algún día ese "milagro" de la solidaridad real entre todos?
Jesús piensa en Dios. No es posible creer en él como Padre de todos, y vivir dejando que sus hijos e hijas mueran de hambre. Por eso, toma los alimentos que han recogido en el grupo, «levanta los ojos al cielo y dice la acción de gracias». La Tierra y todo lo que nos alimenta lo hemos recibido de Dios. Es regalo del Padre destinado a todos sus hijos e hijas. Si vivimos privando a otros de lo que necesitan para vivir es que lo hemos olvidado. Es nuestro gran pecado aunque casi nunca lo confesemos.
Al compartir el pan de la Eucaristía, los primeros cristianos se sentían alimentados por Cristo resucitado, pero, al mismo tiempo, recordaban el gesto de Jesús y compartían sus bienes con los más necesitados. Se sentían hermanos. No habían olvidado todavía el Espíritu de Jesús.
DADLES VOSOTROS DE COMER
Dadles vosotros de comer.
El hecho quedó muy grabado entre los seguidores de Jesús. Lo narran todos los evangelistas: en cierta ocasión, Jesús se preocupó de alimentar a una muchedumbre necesitada en un lugar despoblado. El relato ha sido muy trabajado teológicamente y ya no es posible reconstruir qué es lo que pudo suceder.
A algunos cristianos la escena les recordaba a Jesús alimentando al nuevo pueblo de Dios en medio del desierto. Para otros, era una invitación a dejarse alimentar por él en la eucaristía. Marcos, el evangelista más antiguo, parece estar pensando en una llamada a vivir de manera más responsable la solidaridad con los necesitados.
Según este evangelista, los discípulos se desentienden de aquella gente necesitada y le dicen a Jesús dos palabras que muestran su falta de solidaridad y su individualismo: «Despídelos», que se vayan a las aldeas, y «que se compren algo de comer». El hambre no es problema suyo. Que cada uno se procure su sustento.
Jesús les responde con unas palabras sorprendentes: «Dadles vosotros de comer». No hay que «despedir» a nadie en esas condiciones. Es el grupo de discípulos el que se tiene que preocupar de esta gente necesitada. La solución no está en el dinero sino en la solidaridad. Con dinero sólo comen los que lo tienen. Para que todos coman es necesario compartir lo que hay.
El grupo de discípulos reacciona. Un muchacho tiene «cinco panes de cebada y un par de peces». No es mucho, pero allí están a disposición de todos. Jesús pronuncia la «acción de gracias» a Dios y los pone en una nueva dimensión. Ya no pertenecen en exclusiva ni al muchacho ni a los discípulos. Son un regalo de Dios. Nadie tiene derecho a acapararlos mientras hay alguien pasando hambre.
¿Hay algo en el mundo más escandaloso y absurdo que el hambre y la miseria de tantos seres humanos? ¿Hay algo más injusto e inhumano que nuestra indiferencia? ¿Hay algo más contrario al evangelio que desentendernos de los que mueren de hambre?
EL PRÓJIMO LEJANO
¿Qué es eso para tantos?
Así se titula el sugerente libro publicado por Jean Claude Lavigne con la audaz intención de sacudir a los europeos de su «eurocentrismo» y ayudarles a descubrir la universalidad. Los hombres y mujeres del Norte han de aprender a hacerse «prójimos» de todos los seres humanos del planeta. Según Lavigne, la tarea es urgente, debido, sobre todo, a cuatro factores.
Se está produciendo en estos momentos una radicalización de la miseria, que reviste ya caracteres dramáticos en los países más pobres. Las situaciones infrahumanas en que viven algunos pueblos van más allá de todo lo conocido hasta ahora.
Por otra parte, los países del Norte no tienen experiencia directa de esta miseria. La mayoría de nosotros no tendrá nunca ocasión de encontrarse cara a cara y en profundidad con hombres y mujeres que mueren de hambre y sed.
Existe, además, un alejamiento cultural y lingüístico que hace difícil la comunicación y la sintonía con pueblos tan distantes de nuestra cultura moderna y de la «sociedad del bienestar».
Por último, la complejidad de la actual crisis económica acapara la atención de los pueblos ricos que abandonan cada vez más a su suerte a los habitantes más pobres de la Tierra.
El primer paso ha de ser no endurecer el corazón. No ignorar de manera sistemática la información que nos llega de esos países. No encerrarnos en el «no hay nada que hacer». No conformarnos con decir que es culpa del sistema económico o que se trata de pueblos indolentes y perezosos.
El segundo paso consiste en reaccionar llevando a cabo pequeños gestos, por modestos que nos parezcan o por escaso que sea su efecto. Aunque sólo haya sido por un momento, en secreto, alguna vez. Es importante vivir la experiencia de ensanchar nuestra solidaridad, mirar más allá de nuestro territorio perfectamente delimitado, sacudir la resignación.
Los gestos pueden ser muchos. Reducir el presupuesto familiar, colaborar en el envío de productos de primera necesidad, comprometerse en la campaña contra el hambre, apoyar la acción del 0,7, tomar parte en una marcha de protesta, colaborar con organizaciones de solidaridad con los pueblos del Sur.
Son gestos aparentemente muy modestos, pero necesarios para despertar nuestra conciencia, para ayudarnos a escuchar el grito del «pobre lejano» y para hacemos descubrir la inhumanidad de una «sociedad de bienestar» olvidada de los hambrientos de la Tierra. La escena de la multiplicación de los panes es una invitación a compartir más nuestros bienes, aunque sólo tengamos «cinco panes» y «un par de peces».
RESPONSABLES Y SOLIDARIOS
¿Qué es esto para tantos?
La exégesis contemporánea descubre en el relato de la multiplicación de los panes un texto muy trabajado teológicamente en el que es fácil detectar diversas llamadas para entender a Cristo como fuente de vida, para comprender mejor la cena eucarística o para vivir de manera más responsable la solidaridad con los necesitados. ¿Cómo leer hoy este relato en el horizonte de ese tercio de la Humanidad que muere de hambre y de miseria?
El relato habla de una muchedumbre necesitada de alimento, en medio de un desierto donde no es posible satisfacer el hambre. Los discípulos presentan «cinco panes y dos peces», símbolo expresivo de la penuria y escasez en aquel grupo que podría, sin embargo, alimentarse en las aldeas cercanas. Así viven hoy millones de seres humanos junto a países ricos donde hay medios suficientes para alimentar a toda la Humanidad.
¿Qué hacer ante esta situación? El relato rechaza el fatalismo o las respuestas fáciles nacidas de la insolidaridad. Los discípulos piensan enseguida en la solución menos comprometida para ellos: «que vayan a las aldeas y se compren de comer», es decir, que cada uno resuelva sus problemas con sus propios medios. Jesús, por el contrario, los llama a la responsabilidad: «Dadles vosotros de comer», no los dejéis abandonados a su suerte.
Más tarde, Jesús «levanta los ojos al cielo» para recordar a todos a ese Dios Padre del que proviene la vida y todo lo que la alimenta. La vida es un don de Dios y no podemos «levantar nuestros ojos» hacia Él si privamos a alguien de lo que necesita para vivir. El pan que comemos es verdaderamente humano cuando es compartido entre todos los hijos de Dios.
El relato culmina con un gesto que llama a la solidaridad responsable. Los discípulos cambian de actitud y ponen a disposición de Jesús todo lo que hay entre ellos. Jesús, por su parte, bendice al Padre y pone toda su fuerza al servicio de aquella muchedumbre hambrienta. Todos quedan saciados. El «milagro» es signo del mundo querido por Dios: un mundo fraterno y solidario donde todos compartan dignamente la vida que reciben de Dios. El relato de Juan insinúa que es en la cena eucarística donde los creyentes han de alimentar su conciencia fraterna y su responsabilidad.
RESPONSABLES
Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes.
Criticamos, por lo general, con mucha tranquilidad a la sociedad moderna como injusta, insolidaria y poco humana porque, en el fondo, pensamos que son otros los que tienen la culpa de todo. Los verdaderos culpables se encuentran ocultos tras el sistema, son las multinacionales, los políticos de ciertas naciones poderosas, los mandos militares... Y, naturalmente, si «ellos» son los culpables, «nosotros» somos inocentes.
Sin duda, hay culpables y hay, sobre todo, causas de los males e injusticias, pero hay también una culpa que está como «diluida» en toda la sociedad y que nos toca a todos. Hemos interiorizado personalmente un tipo de cultura que nos lleva a pensar, sentir y tener comportamientos que sostienen y facilitan el funcionamiento de una sociedad poco humana.
Pensemos, por ejemplo, en la cultura consumista. Podemos estudiar lo que significa objetivamente una economía de mercado, la producción masiva de productos, el funcionamiento de la publicidad y tantos otros factores, pero podemos también analizar nuestra actuación, la de cada uno de nosotros.
Si yo me dejo modelar por la cultura consumista, esto significa que valoro más mi propia felicidad que la solidaridad; que pienso que esta felicidad se obtiene, sobre todo, teniendo cosas más que mejorando mi modo de ser; que tengo como meta secreta ganar siempre más y, para ello, tener el mayor éxito profesional y económico.
Esto me puede llevar fácilmente a considerar como algo «normal» una sociedad profundamente desigual donde cada uno tiene lo que se merece. Hay individuos eficientes y dinámicos que consiguen un nivel apropiado a sus esfuerzos, y hay un sector de gentes poco hábiles y nada trabajadoras que nunca conseguirán un nivel digno en esta sociedad.
A partir de aquí organizamos nuestra actividad y relaciones de manera «inteligente». Naturalmente, valoramos la amistad y el compañerismo, la convivencia familiar y el círculo de amigos. Apreciamos, incluso, los gestos de generosidad y la ayuda al necesitado. Pero hay que saber calcular. No hemos de perder nunca de vista nuestro propio interés y provecho. Hay que saber dar «de manera inteligente», ayudar a quien un día nos podrá corresponder.
Podemos seguir echando la culpa a otros, pero cada uno somos responsables de este estilo de vida poco humano. Por eso, es bueno dejarnos sacudir de vez en cuando por la interpelación sorprendente del evangelio. El relato de la multiplicación de los panes es un «signo mesiánico» que revela a Jesús como el Enviado a alimentar al pueblo, pero encierra también una llamada a aportar lo que cada uno pueda tener, aunque sólo sean cinco panes y dos peces, para alimentarnos todos.
LA RELIGIÓN NO ES UN SEGURO
.... para proclamarlo rey.
El evangelista Juan termina su relato de la multiplicación de los panes con un detalle al que apenas se suele dar importancia, pero que ofrece la clave para evitar una interpretación equivocada de la misión de Jesús.
Las gentes que han comido pan hasta saciarse, al descubrir que Jesús puede resolver sus necesidades sin esfuerzo alguno por su parte, van en su busca para que aquello no acabe. Quieren que Jesús sea el rey que siga solucionando sus problemas. Y es entonces precisamente cuando Jesús desaparece.
La misión de Cristo no es solucionar de manera inmediata los problemas de manutención, bienestar o progreso, que los hombres tienen que resolver utilizando su inteligencia y sus fuerzas. Lo que Jesús ofrece no son soluciones mágicas a los problemas, sino un sentido último y una esperanza que pueden orientar el esfuerzo y la vida entera del ser humano.
Por eso, es una equivocación esperar de Cristo una solución más fácil a los problemas. Es una manera falsa de “hacerlo rey”. Es entonces precisamente cuando el verdadero Cristo desaparece de nuestra vida, pues siempre que tratamos de manipularlo para acceder a un nivel de vida más cómodo, estamos pervirtiendo el cristianismo.
Pocas cosas quedan más lejos del evangelio que esas burdas oraciones al Espíritu Santo, a la Virgen de Fátima o algún santo concreto que, repetidas un determinado número de veces o publicadas en la prensa, aseguran de manera casi automática un premio importante de la lotería, una buena colocación y toda clase de venturas.
Hay, por supuesto, modos más sutiles de manipular la religión. Durante estos últimos años, se va extendiendo en Occidente el recurso a ciertas experiencias religiosas como medio para asegurar el equilibrio síquico de la persona. Ciertamente, la fe encierra una fuerza sanante para el individuo y la sociedad, pero no hemos de confundir la religión con la medicina. Sería degradar la religión utilizarla con fines terapéuticos como si se tratara de uno de tantos remedios útiles.
Como dice muy bien el prestigioso fundador de la logoterapia, V. Frankl, “la religión no es ningún seguro con vistas a una vida tranquila, a una ausencia de conflictos en lo posible o a cualquier otra finalidad psicohigiénica. La religión da al hombre más que la psicoterapia y exige también más de él”.
La religión aporta sentido, libera del vacío interior y la desorientación existencial, ayuda a vivir en la verdad consigo mismo y con los demás, permite integrar la vida desde una esperanza última. Pero esa misma fe exige al hombre asumir su propia responsabilidad y luchar por una vida más humana, sin dejar la solución de los problemas en manos de Dios.
COMPARTIR EL PAN
Tomó los panes y los repartió.
Según los exégetas, la multiplicación de los panes es un relato arquetípico que nos permite descubrir el sentido que la eucaristía tenía para los primeros cristianos como gesto de unos hermanos que saben repartir y compartir lo que poseen.
Según el relato, hay allí una muchedumbre de personas necesitadas y hambrientas. Los panes y los peces no se compran sino que se reúnen. Y todo se multiplica y se distribuye bajo la acción de Jesús que bendice el pan, lo parte y lo hace distribuir entre los necesitados.
Los cristianos olvidamos con frecuencia que, para los primeros creyentes, la eucaristía no era sólo una liturgia ritual sino un acto social en el que cada uno ponía sus bienes a disposición de los necesitados, repitiendo así el gesto del joven que entrega sus panes y peces.
En el famoso texto del siglo II en el que S. Justino nos describe cómo celebraban los cristianos la eucaristía semanal, se nos dice que cada uno entrega lo que posee para “socorrer a los huérfanos y las viudas, a los que por enfermedad o por otra causa están necesitados, a los que están en las cárceles, a los forasteros de paso y, en una palabra, a cuantos están necesitados».
Durante los primeros siglos resultaba inconcebible venir a celebrar la eucaristía sin traer algo para ayudar a los indigentes y necesitados.
Sólo recordaré el severo reproche de S. Cipriano, obispo de Cartago, a una rica matrona: «Tus ojos no ven al necesitado y al pobre porque están oscurecidos y cubiertos de una noche espesa. Tú eres afortunada y rica. Te imaginas celebrar la cena del Señor sin tener en cuenta la ofrenda. Tú vienes a la cena del Señor sin ofrecer nada. Tú suprimes la parte de la ofrenda que es del pobre”.
La colecta de las misas por las diversas necesidades de las personas no es un añadido postizo y externo a la celebración eucarística. La misma eucaristía exige repartir y compartir.
Domingo tras domingo los creyentes que nos acercamos a compartir el pan eucarístico hemos de sentirnos llamados a compartir más de verdad nuestros bienes con los necesitados.
Este mismo domingo se nos hará una llamada a ofrecer nuestra ayuda generosa a los que han sido afectados gravemente por las riadas de estos días.
Sería una contradicción pretender compartir como hermanos la mesa del Señor cerrando nuestro corazón a quienes en estos momentos viven la angustia de un futuro incierto. Jesús no puede bendecir nuestra mesa si cada uno nos guardamos nuestro pan y nuestros peces.
OTRA SOLUCIÓN
dijo la acción de gracias y los repartió.
La rica teología del relato de la multiplicación de los panes puede tener una resonancia muy particular para estos tiempos de crisis, agotamiento de recursos energéticos, escasez de trabajo, miseria creciente de los pueblos subdesarrollados.
¿Cómo resolver el problema de la subsistencia de hombres y pueblos enfrentados a una situación de escasez y falta de bienes necesarios para una vida digna?
El reláto evangélico propone una primera solución insuficiente e inviable. No bastarían doscientos denarios para comprar un pedazo de pan para cada uno.
La solución no está en el dinero. Los hombres y mujeres sumidos en la necesidad no pueden «comprar pan». Por otra parte, «comprar pan» significa que hay hombres y pueblos que disponen de alimentos en abundancia pero que no los ceden si no es imponiendo un precio y unas condiciones que aumentan su poder sobre los necesitados.
Jesús orienta a sus discípulos hacia una solución distinta que no cree nuevas dependencias de opresión y explotación. Una solución enormemente sencilla y que consiste en compartir con los necesitados lo que tenemos cada uno, aunque sea tan poco y desproporcionado con la magnitud del problema como los cinco panes y el par de peces de aquel muchacho.
Pero no hemos de olvidar algo que el relato quiere subrayar. Jesús, antes de comenzar a repartirlos, pronuncia la acción de gracias al Padre. Sólo cuando reconocemos que nuestros bienes son regalo del Padre a la humanidad, podemos ponerlos al servicio de los hermanos. Al restituir a Dios con su acción de gracias los bienes de la tierra, Jesús los orienta hacia su verdadero destino que es la comunidad de todos los hombres y mujeres.
No es posible reconocer sinceramente a Dios como Padre de los hombres y fuente de todos nuestros bienes y seguir acaparándolos egoístamente, desentendiéndonos de los pueblos hambrientos y de los hombres sumidos en la miseria.
Los bienes de la tierra no han de servir para acrecentar nuestra discordia y mutua explotación sino para crear mayor fraternidad y comunión.
La vida no se nos ha dado para hacer dinero sino para hacernos hermanos. La vida consiste en aprender a convivir y a colaborar en la larga marcha de los hombres hacia la fraternidad.
COMPARTIR EL PAN
Tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió.
Ningún evangelista ha subrayado tanto como Juan el carácter eucarístico de la «multiplicación de los panes». El relato evoca claramente la celebración eucarística de las primeras comunidades.
Para los primeros creyentes, la Eucaristía no era sólo el recuerdo de la muerte y resurrección del Señor. Era, al mismo tiempo, una «vivencia anticipada de la fraternidad del reino».
Durante muchos años, hemos insistido tanto en la dimensión sacrificial de la eucaristía que «el santo sacrificio de la misa» nos puede hacer olvidar otros aspectos no menos importantes de la cena del Señor.
Quizás hoy tengamos que recuperar con más fuerza la Eucaristía como signo y vivencia de la comunión y la fraternidad que debemos buscar entre nosotros y que no alcanzará su verdadera plenitud sino en la consumación del reino.
La Eucaristía tendría que ser para los creyentes una invitación constante a crear fraternidad y a vivir compartiendo lo nuestro, aunque sea poco, aunque no sea más que los «cinco panes y los dos peces» que poseamos.
La Eucaristía nos obliga a preguntarnos qué relaciones existen entre aquellos que la celebramos. Como «signo de comunión fraterna», la Eucaristía se convierte en burla cuando en ella participamos todos, creadores de injusticias y víctimas de los abusos, los que se aprovechan de los demás y los marginados, sin que la celebración parezca cuestionar seriamente a nadie.
A veces, nos preocupamos de si el celebrante ha pronunciado las palabras prescritas en el ritual. Hacemos problema de si hay que comulgar en la boca o en la mano. Y mientras tanto, a pocos parece preocupar la celebración de una Eucaristía que no es signo de verdadera fraternidad ni impulso para buscarla.
Y, sin embargo, hay algo que aparece claro en la tradición de la Iglesia. «Cuando falta la fraternidad, sobra la Eucaristía» (L. González-Carvajal). Cuando no hay justicia, cuando no se vive en solidaridad, cuando no se lucha por cambiar las cosas, cuando no se ve esfuerzo por compartir los problemas de los abandonados, la celebración eucarística queda vacía de sentido.
Con esto no se quiere decir que sólo cuando se viva entre nosotros una fraternidad verdadera podremos celebrar la Eucaristía. La cena del Señor es sacramento del reino. No es todavía el reino mismo.
No tenemos que esperar a que desaparezca la última injusticia para poder celebrar nuestras Eucaristías. Pero tampoco podemos seguir celebrándolas sin que nos impulsen a comprometernos en la lucha contra toda injusticia.
El pan de la Eucaristía nos alimenta para el amor y no para el egoísmo. Nos impulsa a ir creando una mayor comunicación y solidaridad, y no un mundo en el que nos desentendamos unos de otros.
LA PROPUESTA DE DARSE A LOS DEMÁS NO ES ACEPTADA
Jn 6, 1-15
CONTEXTO
La liturgia del ciclo B inserta a partir de este domingo, el cap. 6 de Juan. Leeremos todo el capítulo, que es el más largo y denso de todos los evangelios, y que nos va a ocupar cinco domingos. En sus 71 versículos, partiendo de la multiplicación de los panes y peces, elabora toda una teología del seguimiento. En el fondo se trata de un proceso de iniciación catequética, que en la realidad duraba varios años y que, al final, obligaba a tomar una decisión definitiva: el bautismo.
El evangelio de Juan fue escrito por iniciados y para iniciados. Se da por supuesto que todos comprenden los signos e imágenes que constantemente se emplean.
Ya sabéis que este evangelio es completamente esotérico. La numerología, la cábala, el tarot, lo impregnan todo. Los 22 capítulos del evangelio se corresponden con las 22 cartas del tarot. La 6ª (el enamorado) representa un joven en una encrucijada de caminos, ante dos doncellas. Una, de amarillo y verde, representa la vida sensitiva. Otra, de azul, representa la vida espiritual. El joven se ve en la necesidad de elegir uno de los dos caminos.
EXPLICACIÓN
(Si queréis profundizar en el tema, leed el comentario al evangelio de Juan de J. Barreto y J. Mateo).
"El monte" es el lugar donde habita la divinidad. Jesús subió al lugar que le es propio. Sentarse es el símbolo de enseñar, como los rabinos.
"Estaba cerca la Pascua", no es un dato cronológico, sino teológico. La gente no sube a Jerusalén, como era su obligación, sino que busca en Jesús la liberación que el templo no puede dar.
El dinero tiene un significado profundo. El dinero es lo que había desplazado a Dios del templo, utilizado por el sistema opresor, es el causante de la injusticia y del hambre. Comprar pan, es obtener un bien necesario para la vida, a cambio de dinero, inventado para dominar. El vendedor dispone del alimento; lo cede solo bajo ciertas condiciones dictadas por él. La vida no está al alcance de todos, sino mediatizada por los que detentan el poder. Jesús no acepta tal estructura, pero quiere saber si sus discípulos la aceptan. Felipe no ve solución. Doscientos denarios era el salario de más de medio año de trabajo.
Andrés muestra otro posible horizonte; una solución distinta a la del comprar. Habla de los panes y los peces que descubre, como algo de lo que se puede disponer. El muchacho (muchachito, doble diminutivo), representa al insignificante grupo de los discípulos.
Los números son símbolos. 5+2=7 indica totalidad. Todo se pone a disposición de los demás. Al decir que son de cebada, pone en relación este episodio con el de Eliseo; pero marca una gran diferencia: él dio de comer a cien con veinte panes. Jesús da de comer a cinco mil con cinco.
De todas formas, la propuesta de Andrés no sirve. No hay medios suficientes.
Comer recostado era signo de hombres libres. Jesús quiere que todos se sientan personas con su propia responsabilidad. No quiere servidumbres ni dependencias de ninguna clase. Aquí está ya apuntando a la falsa interpretación del signo.
"El lugar" (con artículo determinado) era como se designaba el templo. Ahora Dios no está en el templo sino donde está Jesús. La mucha hierba, signo de la abundancia de los tiempos mesiánicos.
"Dijo la acción de gracias". eucaristhsaV= "habiendo dado gracias". Este dato tiene mucha miga. Se trata de conectar la comida con el ámbito de lo divino (los sinópticos hablan de elevar la mirada al cielo). Se reconoce que el alimento es don de Dios para todos; no puede un ser humano apropiárselo para después sacar provecho de su venta. Una vez liberado del acaparamiento egoísta, todos tendrán acceso a ese bien necesario.
Se sustrae de su finalidad primera que es alimentar, y se eleva el nivel para convertirlo en signo de Vida. Solo en este nuevo espacio fuera del egoísmo, es posible el compartir.
"Recoged los pedazos que han sobrado". Lo sobrado, no tiene sentido de resto o desperdicio sino de sobrante, sobreabundante. En la Didaché se llama al pan eucarístico "los trozos" (klasma).
Deben recogerlos porque la comunidad tiene que continuar la obra de la entrega. Otra gran diferencia con la experiencia del Éxodo. El maná no duraba de un día para otro; lo que Jesús ofrece tiene valor permanente y hay que cuidarlo.
Recordemos que en los Hechos se llama a la eucaristía "la fracción del pan". No es pan, sino pan partido.
"Llenaron doce canastas". "doce" no hace referencia a los apóstoles. En Juan no se identifica a los discípulos con los 12. Es más probable que haga referencia a las doce tribus de Israel, como símbolo de todo el pueblo que había acompañado a Moisés por el desierto.
El profeta que tenía que venir al mundo estaba anunciado en Dt 18,15. Se trata de un profeta como Moisés que haría los mismos prodigios que él. No reconocen la novedad de Jesús. Siguen creyendo en una salvación venida de fuera, al estilo del AT. Más tarde se establece una clara distinción entre el alimento que les da Jesús y el maná.
El intentar hacerle rey demuestra que no han entendido nada. La multitud queda satisfecha con haber comido. La identificación con Jesús y su mensaje no les interesa. Sus intereses están muy lejos de la actitud de Jesús.
Jesús quiere liberarles, ellos prefieren seguir dependiendo de otro. Jesús les pide generosidad; ellos prefieren recibir gratis. Jesús quiere asociarlos a su obra; ellos quieren descargar en un jefe su responsabilidad.
La solución no es el dinero o un milagro externo, sino el saber compartir todo con todos. La verdadera salvación no está en que alguien solucione nuestros problemas. La liberación está en superar el egoísmo y estar dispuesto a dar a los demás lo que uno tiene y lo que uno es.
"Se retiró a la montaña él solo" En algunos manuscritos se dice que 'huyó' al monte. Jesús sube a lo alto, mientras los discípulos bajaban... Ante la total incomprensión de la gente, Jesús no tiene alternativa, se vuelve al monte (lugar de la divinidad).
Completamente solo, como Moisés después que el pueblo traicionó a su Dios, haciéndose un ídolo. Este paralelo con Moisés, muestra la gravedad de lo sucedido. Haciendo de Jesús un Mesías poderoso, repiten la idolatría de los israelitas en el desierto. Ambos quieren adorar a Dios, pero bajo la falsa imagen (ídolo) que ellos mismos habían hecho de Él.
APLICACIÓN
El dinero sigue siendo hoy la causa de toda desigualdad. Todo tiene un precio, incluídos los bienes espirituales. La gratuidad y el compartir son conceptos que han desaparecido de nuestra sociedad.
Conocemos bien la alternativa; seguimos ante la encrucijada pero aún no hemos tomado una decisión. No somos conscientes de que no tomar el camino espiritual, es ya dejarnos llevar por el hedonismo.
La búsqueda de placer a cualquier precio es la tónica de nuestra sociedad. En el mejor de los casos, nos empeñamos en ir por dos caminos opuestos al mismo tiempo.
Jesús pudo escapar de la pretensión de aquella gente, pero de nosotros no ha podido escapar y lo hemos proclamado rey (Rey del universo).
Cada uno de nosotros debemos examinar los motivos que nos mantienen unidos a Jesús. ¿Por qué somos cristianos? ¿Por qué venimos a misa? Yo os lo voy a decir: para asegurarnos sus favores aquí abajo y además, garantizarnos una eternidad dichosa en el cielo. ¡Qué poco han cambiado las cosas! También nosotros seguimos sin querer saber nada del servicio y la entrega a los demás.
Seguimos tratando de poner lo espiritual al servicio de lo material, que es lo que de verdad nos interesa. No nos interesa lo que Dios quiere para nosotros, sino lo que nosotros esperamos de Dios. No nos importa la visión trascendente de la vida, sino que el Todopoderoso se ponga a nuestro servicio.
Si todos los que nos llamamos cristianos empezáramos a compartir, como Jesús nos pide en el evangelio, se produciría la mayor revolución de la historia humana. Si esperamos a compartir cuando hayamos cubierto todas nuestras necesidades, nunca compartiremos nada, porque la técnica del capitalismo hedonista es precisamente aumentar las necesidades a medida que se van satisfaciendo.
Meditación-contemplación
"Se retiró a la montaña él solo".
Una vez más queda clara la actitud de Jesús.
Él no quiere estar por encima de los demás.
Tampoco quiere que la gente se esclavice.
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La auténtica salvación no puede venir de fuera.
La verdadera esclavitud viene del falso yo.
Jesús quiere personas libres y responsables.
No acepta títeres ni gregarios que dependan de los demás.
.......................
Debes tomar las riendas de tu propio destino
y escapar de la tiranía de ego que te atenaza.
El horizonte de tu plenitud está dentro de ti.
Lo externo ni te tiene que atar ni te puede liberar.
..................
ALAIN GRZYBOWSKI
"¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?" (Jn 6, 5). Alimentar a la multitud es la ambición del Señor Jesús. Nosotros sabemos bien que sólo él puede responder a esta ambición. También nosotros queremos nutrir a los hombres, aportarles aquello de lo que realmente tienen hambre y sed; pero somos muy débiles como para hacer posible que todos tengan pan y pescado y para responder a las más profundas esperanzas de su corazón. La escena de la multiplicación de los panes nos ilumina y responde a nuestra angustia.
"Le dice uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro: "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces pero ¿qué es eso para tantos?" (Jn 6, 8-9). Esta es nuestra respuesta en forma de pregunta: podemos hacer esto o aquello, ¿pero qué es esto para tantos?.
El muchacho de los cinco panes de cebada es una luz para nosotros. En medio de los adultos poco previsores, que se han puesto en camino sin llevar ni un bocadillo, tan ávidos estaban por escuchar al Maestro y sus palabras de vida, hay un muchacho cuya madre o abuela ha sido precavida. "¡Con ese Jesús no se sabe nunca dónde vas a parar y cuanto tiempo va a durar! Llévate, pues, algo para comer". Es un muchacho: "¿Podrías darnos tus panes y tus peces?".
Pongámonos en el lugar del muchacho. Hay dos respuestas posibles: la razonable y la irrazonable. La razonable: "Mi mamá me recomendó mucho que comiera yo lo que me había dado. Además, si os lo doy, no habrá para todo el mundo. Podían haber pensado en su comida todos los demás. ¡Yo me quedo con mi merienda!". La irrazonable: "¿Qué vais a hacer con mis dos peces y mis cinco panes? Pero si el Maestro es quien me los pide, de acuerdo, aquí están". Este es el primer milagro realizado por Jesús; el que se produce en el corazón del chico. La multiplicación es el signo visible que traduce ese milagro del corazón.
Al actuar así, sin saberlo y bajo la inspiración del Espíritu Santo, ese chico "inventa" una moral paradójica, la del amor creador. Antes de las reglas del buen sentido humano, antes incluso de las nociones sociales del bien y de la justicia, el chico impone la relación con una persona y con su misterio. San Gregorio Magno en sus Morales sobre Job nos llama a contemplar la sabiduría de Dios que ilumina la locura de la elección del muchacho:
"Quienes humildemente escogen lo que es una locura para el mundo contemplan con claridad la sabiduría del mismo Dios... ¿Qué mayor locura en este mundo... que abandonar los bienes en las manos de los ladrones, no devolver ningún agravio por los agravios sufridos?... Gracias a esta sabia locura, se advierte como de pasada la sabiduría de Dios, no desde luego en su integridad, pero ya a la luz de la contemplación".
Podemos decir que esta fe es creadora. En efecto, medimos la pobre aportación del muchacho, sin relación con la necesidad a satisfacer. Pues bien, Jesús bendice esta aportación, da gracias a su Padre, todo el mundo come e incluso sobra.
La significación de esta escena es evidente. Dios tiene el poder de alimentar a su pueblo, pero quiere servirse de lo poco que cada uno puede ofrecer. Dios lo utiliza y lo multiplica para responder sobradamente a las necesidades de los hombres, nuestros hermanos. Dios quiere servirse de lo poco que somos y de lo poco que podemos ofrecer. Esta relación ya nos la daba la Virgen María y es la que nos da el muchacho de la multiplicación de los panes.
Yo soy pobre y estoy desprovisto de lo que se precisaría para responder a las llamadas de los hombres. Soy pobre, pero ¿tengo un corazón de pobre?, ¿tiene un corazón de pobre el que se tortura por su incapacidad de responder a las necesidades de su prójimo, cercano o lejano?, ¿tiene un corazón de pobre el que se tortura por hacerse él mismo pobre? No; tiene un corazón pobre el que acepta en la paz lo poco que es, lo poco que tiene y que entrega más allá de toda razón porque Jesús se lo pide.
Veamos, por contraste, lo que es un corazón de rico: un corazón de propietario. Esto es mío; me quedo con ello; tengo derecho a ello. Tengo derecho a mi marido o a mi mujer. Pero no me hallaré verdaderamente liberado en el fondo de mi corazón mientras no entregue a los demás mi cónyuge. Puedo quejarme: "Mi mujer no hace más que ocuparse de la catequesis; cuando regreso, está en casa de una vecina que tiene dificultades". Cristo me responde: "Dásela a quienes la necesitan". La respuesta sería la misma que si se tratase de nuestro tiempo, de nuestro dinero, de nuestro afecto, de nuestros hijos. "Son tuyos; tienes derecho a ellos, pero entrégalos". Tener mentalidad de rico no quiere decir necesariamente poseer riquezas. Puede que se tengan o no se tengan. La respuesta del corazón rico es: "Quiero guardar lo poco que poseo".
En su defensa recurre al razonamiento más perfecto y al sentido común. ¿Qué significará esto en la miseria del mundo? ¿De qué servirá un poco de tiempo de evangelización, comparado con el desierto espiritual del mundo? ¿De qué servirán unas horas de catequesis ante la rápida descristianización de la juventud? ¿De qué servirá un modesto gesto de solidaridad en un mundo de conflictos y de guerra? Como aquel muchacho, entrégalo a lo tonto aunque en apariencia de nada sirva. Imaginémonos a un mocetón al lado del muchacho que le dice: "¿Estas loco? ¿De qué servirá eso? ¡Jesús y sus discípulos se quedarán con tus panes y con tus peces!". Imaginemos también lo que habría sucedido de haber sido mayor aquel muchacho, de haber estado casado. Pensad, por favor, la risa sarcástica de su esposa: "¡Es muy tuyo hacer eso! Siempre en las nubes y entre sueños
¿Qué adelantas con eso ahora?".
Pero el muchacho estaba disponible. Recibió una llamada y respondió simplemente, aunque pareciera en apariencia sin sentido. Cuando la creación del mundo, partiste de la nada, pero ahora quieres partir de la libertad de los hombres, de su capacidad de oír la llamada y de responder con todo el corazón, en la pobreza, con medios débiles, dejando a tu poder el cuidado de multiplicar más allá de todo lo que es concebible.
¿Qué medida existe, Señor Jesús, entre tus treinta años de vida en la tierra, tus tres años de vida pública, tu fracaso y tu muerte en la cruz y la salvación del mundo? Pero tú eres el Hijo de Dios y, por el poder del Espíritu Santo, Dios te ha resucitado de entre los muertos y te ha dado el poder de comunicar la vida eterna a todos los hombres, tus hermanos.
¿Qué medida existe, Señor Jesús, entre el sí de una muchacha sencilla, virgen, totalmente pobre, y la salvación del mundo? Pero, por el poder del Espíritu Santo, Dios tomó su carne de la Virgen María, haciendo al hombre capaz de participar en la vida de Dios.
¿Qué medida existe, Señor Jesús, entre el pequeño grupo de tus discípulos, reunido en un pequeño lugar del Mediterráneo, y la salvación del mundo? Ese pequeño grupo es tu Iglesia, la Iglesia de Dios y, por la fuerza del Espíritu Santo, tiene el poder de llevar la vida al mundo.
No sabemos qué decir a nuestros hijos sobre la fe, sobre su futuro, sobre su vida sexual y sobre el amor; no sabemos qué decir a todos esos jóvenes que se embrutecen, se drogan, ceden a la desesperación; no sabemos qué decir a todos esos hombres que se contentan con consumir sin plantearse preguntas o qué hacer por esos hombres que mueren de hambre viendo consumir a los otros; no sabemos qué decir porque nuestras palabras carecen de eficacia; no sabemos qué hacer porque nuestros gestos carecen de efecto. Haznos ver más allá de las apariencias. Tú multiplicas lo poco que podemos explicar de nuestra fe, de nuestra oración, de nuestro amor; lo poco que podemos hacer en la fe, en la oración y en el amor.
Seremos torpes pero tú eres el Dios creador. Serán imperfectas y ambiguas nuestras palabras y nuestros gestos pero tú eres el Dios perfecto. Caminaremos hacia el fracaso, pero tú eres el Dios vivo, tú has franqueado victoriosamente las aguas de la muerte. Toma nuestros panes y nuestros peces y da lo que quieran a los invitados a los que tú mismo has convocado. Porque tuyos son el reino, el poder y la gloria, Cristo, en quien nuestra humanidad ha superado su naturaleza y sus límites.
FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ
Estamos en los comienzos del tercer año de la vida pública de Jesús, según se puede deducir del evangelista Juan. Los primeros cristianos daban mucha importancia a esta narración de la multiplicación de los panes y de los peces. Solamente así se explica el hecho de encontrarla en los cuatro evangelios. Más aún, Mateo y Marcos nos hablan de ella dos veces (Mt 15, 32-39; Mc 8,1-10), siendo posiblemente la segunda un doblaje de la primera.
Algunos opinan que se trata de una narración legendaria, hecha a base de un texto del Antiguo Testamento (2 Re 4,42-44). Es cierto que hay semejanzas; pero ¿bastan para explicar la fuerza y la vivacidad de los relatos evangélicos y el que nos lo cuenten los cuatro evangelistas, algunos dos veces? No parece que el relato presente rasgos legendarios; más bien, la sobriedad y la coherencia de las narraciones ponen de manifiesto el impacto enorme que el suceso produjo en los que lo presenciaron, sobre todo de los discípulos. Todos los relatos de la multiplicación de los panes tienen una clara alusión a la eucaristía, celebración cumbre de la vida del cristiano.
1. Evaluar y reflexionar la acción
Par:Mc/06/30-34
Muchas veces nuestra vida de trabajo y de preocupaciones nos impide ir al fondo de la realidad de las personas y de los acontecimientos. Es fácil quedar atrapados por las ocupaciones cotidianas.
Esto no quiere decir que debamos buscar el mensaje de Jesús fuera de nuestra vida diaria, pero sí que es preciso profundizar en los acontecimientos, saber descubrir su auténtico sentido, distinguir en ellos lo que es verdaderamente importante de lo que no lo es. Para ello es necesario que encontremos tiempo para el silencio interior, que nos ayude a ir más al fondo en el ver, juzgar y actuar de nuestra vida. En el texto que estamos comentando, y según los evangelios sinópticos, Jesús se retira con sus discípulos a un lugar apartado y tranquilo. En Marcos y Lucas, para hablar de los resultados de la misión que les había encomendado; en Mateo, al enterarse de la muerte de Juan Bautista.
Jesús se preocupa del descanso de sus discípulos. Porque el descanso no es un lujo, sino una necesidad del hombre. La actividad no puede esclavizarnos, y para lograrlo necesitamos momentos de reposo y de tranquilidad a fin de podernos reencontrar con lo esencial.
Busca un lugar tranquilo para hacer la evaluación y reflexión de la actividad que han realizado. Deben profundizar en los acontecimientos, ahondar en la reacción de la gente ante lo que hacen, en la aceptación que logra lo que proponen... para ver qué deben cambiar, qué aspectos deben continuar, ver si de verdad han respondido a las esperanzas del pueblo. A la vez, les anima a una profunda vida de reflexión, de silencio y de oración, de lo que él les da ejemplo. No quiere que caigan en el nefasto triunfalismo del activismo, y menos en esa tremenda burocracia eclesial que se nos presenta como imprescindible. Es lamentable que la costumbre cristiana de los retiros y ejercicios espirituales se haya convertido en una evasión sin sentido -cuando se hacen-, en lugar de ser un tiempo de profunda autocrítica de lo que somos y hacemos.
El silencio y la soledad son el tiempo necesario para vivir bajo el influjo directo de la palabra de Jesús, para contemplar y orar. Contemplar y orar implica pararse y saber mirar alrededor, colocarse en situación de poder ser interpelado por las cosas y por los acontecimientos, coger fuerzas para seguir buscando la verdad, reconocer la propia pobreza constitucional. Más que juzgar y decir muchas cosas, contemplar y orar significa situarse en actitud de coloquio, aceptar la presencia del otro, de su palabra y de su amor; significa siempre un esfuerzo de autodonación personal, esfuerzo de comprensión.
Contemplar y orar es también imaginar, crear, inventar... Jesús quiere que compaginemos la reflexión y la oración con la acción. Es lo que hacía él: con frecuencia se retiraba a lugares solitarios para orar; y en otras muchas ocasiones está rodeado por las masas que le siguen ansiosas de escuchar sus palabras y de recibir sus curaciones, y de las que se aparta para retirarse de nuevo a la soledad y a la plegaria. Jesús nos llama y nos envía a todos los cristianos a continuar su misión de evangelizar. Esta tarea no la podemos realizar lejos de él. Tenemos que volver siempre a Jesús, sentirle presente en nuestro intento de comunicar su evangelio, saber "contarle" lo que decimos, hacemos y queremos ser, lo que nos ilusiona o nos frena en nuestro camino... Sólo esta vinculación personal con él dará validez a lo que hagamos como seguidores suyos.
¿Qué hacemos? ¿Qué somos? ¿Hacia dónde caminamos? ¿Hay en nuestra vida verdadero amor? ¿Buscamos el reino de Dios y su justicia en nuestras actividades, o nos buscamos a nosotros mismos? ¿En qué ideas o valores estamos ahora apoyando nuestra vida?... Quizá descubramos que detrás de las ocupaciones cotidianas se esconde un vacío, o un desconcierto, o un miedo, o una huida, o una desesperanza..., o una vida llena de sentido.
2. No le dejan tranquilo mucho tiempo
La gente lo sigue al ver "los signos que hacía con los enfermos", nos dice Juan, que nunca llama "milagros" a estos signos. El ver que comunicaba la salud a los enfermos suscitaba en las multitudes la esperanza de lograr de él una vida más verdadera, una ayuda para verse libres de todos sus males. Los que acuden a él son personas económica y socialmente débiles que perciben que Jesús puede ayudarles a salir de sus miserias, porque sus signos van dirigidos siempre directamente al bien del pueblo. Por eso lo siguen, aunque no tengan necesidad de curación física ni acaben de saber quién es y qué pretende.
Lo que lleva a la gente a Jesús no es sólo el afecto, o el que fuera un gran orador, o la gratitud por los beneficios recibidos. Acuden a él porque intuyen que tiene la respuesta para sus anhelos más profundos, porque perciben en su actuación y en sus palabras la verdadera vida. El Dios de Jesús -único Dios verdadero- está presente en lo más profundo del hombre: en sus ilusiones, aspiraciones, ideales, proyectos de infinito... Y Dios está presente en Jesús. Por esta razón lo más profundo del hombre se identifica con el camino de Jesús. Lo superficial del ser humano no puede conectar con Jesús porque se lo impide el pecado: la comodidad, el egoísmo, el individualismo... Desde su ser profundo, cada hombre se identifica con el ser profundo de los demás y de Dios. Cuando hablamos desde nuestro ser auténtico, nos compenetramos inmediatamente con los que toman la misma actitud, y a ese nivel se desvela la imagen de Dios que somos cada uno de los hombres. A ese nivel profundo surge la comunicación y el diálogo verdaderos, la amistad; surge la comunidad, la comunión de unos con otros, cuyo signo más expresivo es la eucaristía.
Jesús no provoca una revolución superficial, como hacen tantos líderes facilones; busca la conversión del corazón. No pretende nada para sí mismo ni defender ningún sistema: busca únicamente el bien del pueblo, al que quiere servir, ayudar, promocionar. Marcos resume la postura de Jesús ante la "multitud" al decir: "Le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles con calma`'. No condiciona su acción al éxito inmediato; sabe que lo auténtico no se logra en un instante, porque hay muchas defensas que lo impiden. De aquí que la constancia y la paciencia -"la calma"- sea una virtud clave en los que luchan por el reino de Dios. Jesús siente "lástima", compasión de ellos. Compasión que es la capacidad de sufrir por los problemas y sufrimientos de los demás como si fueran propios, y que en la práctica es muy difícil lograr.
La gente de Palestina le buscaba. Jesús no hubiera podido enseñarles si ellos no le hubieran buscado. Esperaban que él les diera respuesta a tantos anhelos a los que los pastores del pueblo no habían sabido responder. Quizá buscaran en él a un jefe al estilo de los zelotes que hiciera realidad los sueños de cambio que el pueblo humillado lleva siempre tan dentro del corazón.
"Le seguía mucha gente". Juan insiste en la condición previa para poder escuchar a Jesús. Quien no emprenda el camino, quien no esté dispuesto a salir de sí mismo y a dejarse cautivar por el seguimiento de Jesús, no tiene nada que hacer. El hombre seguro, el que cree saberlo todo y no tiene hambre y sed de más vida, de más verdad, de más amor..., no puede captar nada de la palabra de Jesús. Es un sordo y un ciego.
Pero no vale cualquier seguimiento. Los evangelistas lo repiten con frecuencia, quizá como advertencia de las primeras comunidades cristianas a aquellos que se contentaban con seguimientos aparentes. Como es fácil deducir de los textos evangélicos, la mayoría de la gente que seguía a Jesús no aceptó luego su palabra: le abandonó porque su seguimiento era superficial, no llegaba al corazón, se movía por motivos engañosos, estaba apoyado en la propia razón y conveniencia. Todos tenemos necesidad de conocer y de escuchar a Jesús personalmente. Juan sitúa a Jesús en la montaña, que representa el lugar donde reside Dios. En ella se sienta, para indicarnos que está en su lugar propio.
3. El pueblo vuelve a estar de moda
"Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos". De esta forma Juan nos precisa la época del año y la fiesta. Una fiesta de los dirigentes religiosos y en la que el pueblo nada tenía que celebrar, al estar marginado y explotado por los jefes. En esta fiesta la gente debería subir a Jerusalén, pero no lo hará; preferirá seguir a Jesús en lugar de ir en peregrinación a la capital. El pueblo comienza a liberarse del yugo de las instituciones. Jesús se convierte en el punto de afluencia de una multitud que pone en él su esperanza. Y es que Jesús representa la alternativa que están deseando, aunque después lo abandonen a causa del compromiso que les pide.
La historia nos muestra que el pueblo hace revoluciones, unas de derechas y otras de izquierdas, empujado por unos pocos. Acabado el esfuerzo, vuelve a quedar reducido a la ignorancia y al olvido. Hoy el pueblo vuelve a estar de moda. Entre la gente inquieta, entre los que pretenden cambios importantes en la sociedad, se ha puesto de moda volver al pueblo, contar con el pueblo, acercarse a él, promocionarlo... Es como un campo en el que se han sembrado todas las esperanzas, sin más cosecha que las frustraciones y la explotación.
También se le pide a la iglesia que ayude al movimiento liberador de los pueblos. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Se puede improvisar? El paternalismo ronda todo esfuerzo por promocionar al pueblo: gentes de "buenas familias" o viviendo una vida burguesa que pretenden ayudar sin dejar de ser lo que son. Están también personas muy honorables que hacen con el pueblo lo de siempre: explotarlo.
Sin embargo, el pueblo es la auténtica esperanza de la humanidad. En él está el futuro de la historia. Pero no debemos idealizarlo, porque está desorientado, sin cultura, sin conciencia, con muchos años -siglos- de manejo por los poderes. Solamente es del pueblo el que pertenece a él. Los que pertenecen a las clases altas, por el poder que ostentan o por la cultura, no son del pueblo. Si alguno de éstos quiere estar con el pueblo ha de hacerlo con humildad, silenciosamente, en un segundo plano Jesús de Nazaret sí es del pueblo: no poseía bienes de este mundo ni había adquirido la ciencia de las grandes escuelas y culturas. Era un simple trabajador manual. Por eso todos se admiran de que supiera sin haber estudiado (Lc 2,47; Mc 6,2).
La actitud de Jesús es fundamental para entender el verdadero espíritu de la transformación social y religiosa. Si la aceptáramos, haríamos al pueblo un servicio incalculable. Es necesario que lo oigamos a él por encima de tantas voces que nos hablan de oídas porque no contemplan, ni oran, ni se quieren renovar. Para poder transmitir la palabra de Dios necesitamos vivir con periodicidad un tiempo fuerte de sosiego, de paz, de encuentro íntimo con Jesús.
Mirándonos en la actitud de Jesús, deberíamos preguntarnos cada uno de nosotros y cada comunidad cristiana: ¿Somos capaces de ver más allá del pequeño círculo de nuestros intereses y de nuestro yo, o sufrimos de miopía? ¿Cómo resuenan en nosotros los problemas de los demás?: el paro, la marginación, la soledad, la enfermedad... Jesús ve la realidad y ve también sus causas. No ve sólo lo que es evidente a simple vista, sino que juzga las raíces más profundas de la situación que vive el pueblo, y las pone al descubierto.
El hombre moderno vive en una "cultura" visual, de imágenes, "teledirigida", en la que leer -cuando se lee- es sólo "juntar letras"; o sea, no es leer, porque si no vamos leyendo u oyendo "por dentro" no comprenderemos lo que leemos o lo que oímos, ni nos entenderemos a nosotros mismos al no servirnos para dar respuesta a nuestros interrogantes. Nuestra mente avanza únicamente en un diálogo, aunque sea en soledad, desdoblándonos en un "yo-que-me-hablo" y un "yo-que-me-escucho-y-me-respondo". Si no vamos a las raíces de los problemas para solucionarlos, nuestro cristianismo puede resultar estéril y nuestra compasión puro sentimentalismo. Es necesario que pongamos la misión de anunciar y realizar el reino de Dios en el centro de nuestra vida, que pongamos todo lo demás -profesión, posesiones, diversiones...- a su servicio. Jesús, después de hablar al pueblo, va a darnos un signo que haga patente su enseñanza. Con la multiplicación de los panes y de los peces nos está indicando que también se preocupa de nuestro alimento corporal.
4. Una situación sin salida aparente
No se cansan de oírle, y llega la tarde. La gente necesita comer. Le han seguido, prescindiendo de las seguridades que el mundo les ofrece; entra la noche y no tienen dónde refugiarse, sienten hambre y no disponen de comida... porque se encuentran lejos de las ciudades, a la intemperie, lugar ideal para poder escuchar las cosas de Dios. Aquí no se puede comprar comida: la sociedad de consumo no funciona en el desierto. Fuera de las ciudades en donde se refugian los hombres, en medio del desierto y a la llegada de la noche es donde Dios actúa.
Es difícil encontrar una imagen más evocadora del sentido y de la obra de Dios en Jesús. Los que le siguen tienen que arriesgarse, dejar atrás sus seguridades. Una vez que se han decidido a seguirle, no necesitan decir nada: Jesús sabe sus necesidades y les ayudará. El signo de la multiplicación de los panes y de los peces pretende indicarnos que han llegado los tiempos mesiánicos: el Mesías dará respuesta a todas las necesidades humanas, vivirá todas sus posibilidades. Por eso no bastaba con narrar relatos de curaciones. El signo consta de dos partes: la primera, dedicada a mostrarnos una situación sin salida aparente; la segunda, la actuación de Jesús y la reacción de los presentes.
Además, el signo admite perfectamente dos interpretaciones: una espiritual o teológica y otra más material. La primera quiere decirnos que Jesús es el pan verdadero, el único que puede saciar el hambre del ser humano: esa hambre de vivir en plenitud y para siempre que todos los hombres llevamos dentro; ese insaciable anhelo de felicidad que anida en lo más profundo del corazón. Solamente Jesús puede alimentar plenamente el amor y la esperanza que necesitamos para superar todas las dificultades y desengaños de la vida sin desfallecer. De esta forma la multiplicación de los panes es un signo que nos introduce en las palabras de Jesús en las que se presenta a sí mismo como el pan de vida (Jn 6,26-59). Penetrar ahora en el sentido de esta narración nos ayudará a captar mejor ese discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. La segunda interpretación nos presenta a Jesús dando de comer a la multitud en el sentido más material de la palabra.
Jesús sabe lo que quiere hacer, pero prueba a sus discípulos. Según Juan, plantea el problema a Felipe; lo enfrenta, y con él a los demás discípulos y a las comunidades cristianas, con la realidad que tienen delante: el alimento a una multitud que no puede bastarse a sí misma. Lo pone a prueba abordando directamente la cuestión del dinero: "¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?" Quiere ver si entiende -si entendemos- la liberación que él trae, si comprende su ley de amor y la ruptura con la sociedad que lleva unida su llamamiento: el culto al dinero había sido la causa del desplazamiento del culto a Dios en el templo y en el corazón de la mayoría de los israelitas. Felipe cree que Jesús es el Mesías, pero no capta su originalidad; para él es un continuador del pasado.
"Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo". La respuesta de Felipe revela su desaliento e impotencia. Ateniéndose a los principios que rigen la sociedad, es imposible a los discípulos solucionar el problema. Los Doce se sienten responsables de la multitud, pero la solución que ven es la clásica: que cada uno se preocupe de sí mismo. No se dan cuenta de que es precisamente ésa la causa de las injusticias y del hambre. "Comprar" significa volver a la sociedad de la que proceden y someterse de nuevo a las leyes económicas que los han mantenido en la miseria. Pero plantear el problema de otro modo es salirse de la realidad concreta, es no pisar en el suelo.
"Comprar" a cambio de dinero es un sistema que crea dependencia. Y Jesús no lo acepta, porque así la vida (=alimento) no está directamente al alcance del hombre, sino manipulada por los que tienen el poder. Y les propone otra solución: "Dadles vosotros de comer". Al "comprar" Jesús opone el "dar": son los discípulos los que tienen que dar de comer a la gente. Tan realista como parecía Jesús...
"Dadles vosotros de comer". El pueblo está pasando por una tremenda crisis económica, el paro se multiplica día a día, la necesidad es angustiosa en muchas familias. El pueblo no sólo experimenta el hambre de una vida más verdadera y feliz, sino también, como la multitud que acompañaba a Jesús, el hambre o la indigencia material. También tiene hoy, por eso, plena actualidad el mandato de Jesús. En todo lo que pueda emprenderse para solucionar esta situación angustiosa, los cristianos tenemos que estar presentes. Hemos de luchar contra las desigualdades y los egoísmos; contra las excesivas diferencias de sueldo, el pluriempleo, las horas extraordinarias, la fuga de capitales... Es verdad que los cristianos no tenemos la solución, pero ¿no deberemos infundir en nuestro mundo un nuevo estilo que renueve los sistemas económicos y haga posible el milagro de la multiplicación de los bienes mediante un reparto más fraternal? ¿Cómo puede compaginarse el ideal evangélico de la fraternidad universal con el principio de la libre competencia y el máximo lucro que rige en el sistema capitalista? Si no repartimos el pan material, ¿cómo pretender repartir el eucarístico? Los cuatro evangelistas nos presentan la imposibilidad en que el pueblo se encuentra de alimentarse a sí mismo. Jesús quiere sacar el hambre de los que le rodean, por muchos que sean y por desesperada que parezca la situación.
5. Compartieron y hubo para todos
Andrés vislumbra una solución distinta del comprar: repartir lo que tienen. En Juan, los panes y los peces los tiene un muchacho, un débil por su edad: es una forma de acrecentar la magnitud del problema. En los otros tres, los panes y los peces los tienen los discípulos. Es fácil suponer que el muchacho represente al grupo de los discípulos en cuanto servidores de la multitud y, en ellos, a las comunidades cristianas, que deben presentarse ante el mundo como un grupo humilde, sin pretensiones de dominio o poder, dedicadas al servicio de los hombres. El muchacho es pobre y su alimento de baja calidad (pan de cebada) y escaso (los panes de entonces eran tortas planas de poco espesor; para la comida de un adulto se requerían al menos tres).
Cinco panes y dos peces suman siete, el número que indica la totalidad. El alimento es poco, pero es todo lo que tienen. Y es lo que Jesús buscaba: compartir todo lo propio. Quizá resulte que hay más de lo que parece. Quizá en una sociedad concebida así sea posible el milagro... porque Dios actúa y pone su parte cuando los hombres hemos hecho lo nuestro. No importa que nuestros medios sean muy pobres; lo que importa es que sean todos: Jesús hará lo demás.
Sin hacer caso del pesimismo de sus discípulos, Jesús les dijo: "Decid a la gente que se siente en el suelo". Tomó las provisiones que tenía el grupo y pronunció la bendición, como solía hacer el padre de una familia judía antes de las comidas para dar gracias a Dios por sus dones. De esa forma desvincula los panes y los peces de sus poseedores humanos para considerarlos como dones de Dios, último origen de todos ellos, y hacerlos propiedad de todos. Los gestos que realiza nos recuerdan la última cena, por lo que la tradición los consideró siempre como eucarísticos. La oración-bendición manifiesta su deseo de que, a través de los panes y de los peces, se realice lo que es el reino de Dios. Sólo el compartir todo lo que se tiene y todo lo que se es, es propio del reino. "La acción de gracias" de Jesús crea la abundancia, pero sin sustituir al hombre; su colaboración es siempre necesaria.
Ha tomado los panes y los peces que posee el grupo, ya que éste debe aportar a la solución del problema todos sus medios. En la pobreza del grupo humano entra un elemento nuevo: el Padre. Sólo después de la entrada de Dios podrá ser alimentada la multitud. Sin él nada podemos hacer (Jn 15,5). La creación da alimentos para todos; basta liberarlos de los que se los apropian para que vuelvan a ser dones de Dios a toda la humanidad. El milagro lo obra el amor-acción de Dios unido al desprendimiento del hombre: dar todo sin reservarse nada. Con esa actitud nada de lo que nos propongamos será imposible. Según Juan, el mismo Jesús repartió los panes y los peces a la gente. En los sinópticos los discípulos actúan de intermediarios, con lo que parecen querer indicarnos la realidad del ministerio sacerdotal.
Hubo pan y pescado en abundancia para todos. Con el compartir sería desterrado de la tierra el mundo de los explotados y marginados y surgiría la verdad definitiva de la vida. El día en que se libere la creación del egoísmo humano sobrará para cubrir las necesidades de todos los hombres, se realizará la liberación de los oprimidos propia del reino de Dios. Es lo que quiere mostrarnos el relato: cuando ya ninguno de los presentes poseía alimento propio, por haberlo hecho de todos con la acción de gracias, se demostró que había más que suficiente. La solución no estaba únicamente en el prodigio de Jesús, sino en algo sencillo y elemental, al alcance de todos: en el compartir los bienes de la creación, esos bienes que Dios ha dado para todos. Porque el signo de Jesús alimentando abundantemente a la multitud que lo seguía es fundamentalmente un compartir lo que se tiene y lo que se es, aunque eso que se tiene y se es parezca muy poca cosa. Aquí sólo había cinco panes y dos peces, pero esa pobreza compartida se convirtió en alimento de miles de personas y sobró aún más de lo que había. Dios, en cada comunidad, multiplica lo que ésta posee al ponerlo a disposición de todos.
No es posible seguir a Jesús de verdad sin compartir con los demás lo que se tiene y lo que se es. No valen seguimientos egoístas, individualistas, cerrados, preocupados por uno mismo. Ni valen las excusas. Lo primero es compartir, aunque se tenga poco. ¡Qué difícil es compartir cuando hay mucho! Sólo el hombre abierto a los demás, dispuesto a compartir toda su vida, puede abrirse a la vida que aporta Jesús y participar de ella. ¿Qué pensarán de este pasaje los que defienden que Jesús sólo trajo buenas palabras, que nunca se metió en cuestiones materiales? Aquí da a los hombres su pan de cada día no en sentido metafórico, sino realmente. A pesar de todo lo que se diga en contra, el evangelio nunca se limita a buenas palabras, no es sólo una bella y original interpretación de la historia humana, sino que es fundamentalmente una fuerza vital que empuja a los creyentes a contribuir de forma positiva a la transformación de la historia.
Los discípulos recogen lo que ha sobrado: "doce cestos". El doce es símbolo de las tribus de Israel; nos indica que compartiendo puede saciarse el hambre de la nación entera. "Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños". Número simbólico que está en proporción y en desproporción con el número de panes. Designa al hombre realizado, llegado a la madurez; por eso no incluye el número de mujeres y niños, símbolo de los débiles. Designa a la comunidad mesiánica, profética; a la comunidad del Espíritu que Jesús quiere crear a su alrededor. Los miembros de la comunidad de Jesús serán llevados por el Espíritu al pleno desarrollo humano cuando compartan el "pan". Será así como se construya la nueva comunidad: poniendo en práctica la primera bienaventuranza (Mt 5,3): poner lo propio al servicio de los que lo necesiten sin reservarse nada para sí.
El signo provoca -en el texto de Juan- una confesión de fe en Jesús de la gente: "Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo". Quieren "proclamarlo rey", pero él "se retiró otra vez a la montaña, solo". No quiere que el signo sea mal interpretado: al darse cuenta de que ha provocado una reacción triunfalista, se va solo. La soledad humana de Jesús significa la deserción de los discípulos. Pretenden cambiar su programa mesiánico, conferirle el poder que él siempre rechazó.
6. La eucaristía es común-unión
El relato debe ayudarnos a reflexionar sobre la relación que existe entre el misterio eucarístico y nuestra vida. Relación profunda, ya que la eucaristía es, por definición, una comunión con Jesús; es decir, con la realidad que Jesús es y significa: comunión con Dios y con los hermanos. La comunión supone una relación interpersonal; no está en "comunión" el que ama y no es correspondido. Hay comunión cuando existe unión común entre varios.
La eucaristía es el sacramento -signo sensible- de un amor dado y respondido. Primero es comunión con Dios. No es eucaristía cristiana celebrar sólo la entrega que Jesús nos hace de sí mismo; necesita nuestra respuesta para ser amor interpersonal. Si no hay respuesta del hombre al amor de Jesús, no puede haber comunión. ¿No es esto demasiado frecuente en nuestras eucaristías del "cumplo y miento dominical"? En segundo lugar, la eucaristía es comunión entre hermanos. Quien entra en comunión verdadera con Jesús entra en comunión con Dios y con los hombres. Lleva a poner lo propio en común, porque sólo así puede surgir el amor: ama el que sale de sí mismo y pone su persona y sus bienes al servicio de los demás.
Estamos demasiado acostumbrados a celebrar la eucaristía sin amor, sin dar nada; más aún: sin darnos y usándola para caprichos y fiestas de sociedad. ¿No les importa el negocio que funciona en las primeras comuniones -en trajes, banquetes y regalos-? Nos debería dar vergüenza a los cristianos. ¿Vamos a la eucaristía a darnos en comunión? Se recibe la comunión cuando se encuentran varios que se dan en comunión; si nada damos, nada recibimos. La comunión es una amistad: amor compartido. Si nosotros no vamos a darnos en comunión, no esperemos que nos den la comunión que no tenemos como por un milagro. La eucaristía se engendra en la vida, surge de ella. Si Jesús no hubiera vivido entregándose, de poco hubiera servido que dijera que se entregaba. Cuando lo dice, responde tan claramente a la verdad que se nos entrega como pan partido y sangre derramada. Se hace sacramento. Cuando Jesús nos recomienda celebrar su gesto hasta que él vuelva no nos manda que hagamos un ritual perfecto, sino que sigamos el camino de su vida entregada... y lo celebremos.
Si no nos entregamos a la mutua comunión de lo que tenemos y somos, ¿a qué vamos a ella? ¿Nos mandó Jesús hacer comedias? No podemos celebrar la eucaristía más que entregados y entre una comunidad de entregados. Celebramos lo que vivimos, lo que somos, comunitariamente, porque la vida es comunidad de amor, como lo es Dios trino. Deberíamos revisar frecuentemente nuestras celebraciones eucarísticas. Jesús no muere de vejez, enfermedad o accidente, sino asesinado en una cruz como consecuencia de su vida: por haber actuado y hablado como lo hizo. ¿Cómo no vamos a sentirnos urgidos a examinar nuestras vidas a la luz de la vida y de la muerte de Jesús cada vez que celebramos la eucaristía? ¿Confrontamos constantemente con la palabra de Jesús los acontecimientos de la vida y las actuaciones de las personas?
En cada eucaristía renovamos la donación de Jesús, su lucha contra cualquier mal, explotación, injusticia, mentira...; su fidelidad a la verdad, su amor al Padre... ¿Por qué olvidamos tan frecuentemente que Jesús es un luchador hasta la muerte, un combatiente de la verdad y del amor, de la justicia y de la libertad? ¿Por qué pensamos tan poco que su lucha debemos continuarla nosotros cada día, en un esfuerzo decidido y comprometido de fidelidad a todo lo que sea verdad, amor, justicia, libertad..., venga de donde venga? Sin olvidar su aspecto festivo, alegre, porque la vida de Jesús fue feliz al estar llena de sentido, llena de plenitud, llena del Padre.
OCARM
Lectura
a) Premisas y claves de la lectura bíblica y litúrgica:
• Nuestro pasaje tiene una particularidad singular: narra el único texto "infraccionado" de los evangelios. De hecho, en total, se narra seis veces (una, en Lucas y Juan; dos en Marcos y Mateo, respectivamente). Más allá de la valoración histórico-crítica de esta insólita frecuencia, es evidente que la tradición cristiana primitiva dio a este pasaje una gran importancia.
• Las relaciones literarias con otras narraciones evangélicas son muy discutidas, pero actualmente no se pueden establecer definitivamente cuáles sean las relaciones directas o indirectas entre las distintas narraciones evangélicas. El paralelo más cercano a Juan, parece ser aquí, el primer texto de Marcos (6,30-54), pero Juan lo habría extraído de una fuente autónoma que ha reelaborado de tal modo que estuviese en estrecha relación con el sermón que le sigue.
• Como sucede a menudo en el cuarto evangelio, al "signo", que en este caso sería el milagro, se le une un sermón de gran importancia teológica. En este caso, el sermón que sigue y que comprende prácticamente todo el capítulo sexto, es el sermón sobre "el pan de la vida" (6,29-59), la gran fuente de reflexión teológica sobre el sacramento de la eucaristía. * En todo el texto se ponen de relieve, palabras, ideas y gestos, característicos de la liturgia cristiana, por lo cual parece que está muy unido con la tradición litúrgica de la celebración eucarística, sobre todo teniendo en cuenta que el evangelio de Juan no narra la institución de la Eucaristía.
• En el ciclo litúrgico de este año, basado en el evangelio de Marcos, se incluye aquí una serie de evangelios dominicales tomados del evangelio de Juan. La inserción se realiza, justo en momento en el que se debería leer la multiplicación de los panes. La elección de la primera lectura es un ejemplo claro de la relación entre ambos testamentos: se trata de una multiplicación de panes realizada por el Profeta Eliseo (2 Re 4, 42-44). El paralelo entre ambos milagros ilumina el aspecto profético de la persona de Jesús. A su vez, la segunda lectura (Ef 4, 1-6) subraya uno de los aspectos de la vida eucarística de la Iglesia: la comunión que se construye en torno a Cristo y se alimenta del único pan eucarístico.
• Los temas mayores de este pasaje son aquellos relacionados con la simbología del pan y el compartir el alimento, también en perspectiva escatológica. Otros motivos importantes presentes en el texto son los de la fe en Jesús y en su modo de interpretar el mesianismo, mostrado aquí bajo la filigrana de la figura veterotestamentaria de Moisés.
c) Subdivisión del texto para comprenderlo mejor:
vv. 1-4: introducción temporal, geográfica y litúrgica
vv. 5-10: diálogo preparatorio entre Jesús y sus discípulos
vv. 11-13: el alimento "multiplicado" es sobreabundante
vv. 14-15: reacciones de Jesús y de la gente.
Un espacio de silencio
para dejar que la Palabra de Dios impregne el corazón y la mente.
• Estamos en primavera, la Pascua está próxima. El aire es fresco todavía y esto hace más fácil seguir y escuchar al ahora ya famoso, aunque discutido, rabí de Nazaret.
• Mientras leo y vuelvo a leer, también yo lo siento hablar haciendo una vez más discursos "extraños": ¿cómo es posible dar de comer a esta muchedumbre inmensa que lo rodea por todas partes?
• Pocos panes, poquísimos peces...no tenemos miedo de perderlos mientras tratamos de dividirlos. ¡Se multiplican a medida que los distribuimos!
• Al final, lo recogemos todo: un gran trabajo, pero el pan en todas partes, en todo lugar, en cualquier tiempo, es un don precioso, sobre todo este pan.
• Vuelvo a emprender el camino con Él, sin pararme, con el corazón más ligero y feliz por las grandes cosas que he visto hoy, pero también con algunas preguntas de más. Continúo mirando y escuchándolo, para dejarme sorprender por sus gestos, las expresiones de su rostro y de su voz, por sus palabras.
La Palabra que se nos da
• El "libro de los signos" del cuarto evangelio: este pasaje está colocado en la parte del evangelio llamada "libro de los signos" (desde 1,19 hasta 12,50), en los cuales se describen y se comentan los siete grandes "signos" de auto revelación (semeion, milagro o acción simbólica) realizados por Jesús en este evangelio. Los sermones y los signos están estrechamente relacionados: los "signos" se explican con sermones teológicos y en los "signos" se presentan plásticamente los contenidos del sermón, en una progresiva profundización de la revelación divina y en la consiguiente creciente hostilidad hacia Jesús.
• El capítulo 6 de Juan: Algunos, para tratar de esclarecer los particulares geográficos y cronológicos del capítulo 6, proponen invertir la posición con el capítulo 5, pero esto no resolvería todos los problemas. Es mejor mantener y respetar lo que la tradición nos ha transmitido, aún teniendo presente los problemas de tipo histórico-redaccional, para no "acentuar indebidamente algo que parece ser no ha tenido mucha importancia para el evangelista" (R. Brown).
• Jesús fue a la otra orilla del mar de Galilea, es decir, de Tiberiades: el lago se identifica con una doble denominación; la primera es la tradicional, la segunda la adopta solamente Juan en el Nuevo Testamento (también en 21,1), quizás porque ha sido resaltada en la vida de Jesús y, por lo tanto, se ha hecho común este nombre en el período sucesivo después de su muerte, sobre todo en el mundo helenístico.
Mucha gente le seguía porque veían las señales que realizaba en los enfermos: anteriormente (2,23-25) encontramos una situación semejante, en la cual muchos creyeron en Jesús porque habían visto los "signos" que realizaba. En ambas ocasiones, Jesús muestra desaprobar tales motivaciones (2,24-25;6,5.26). Los "signos" en los enfermos, es decir, los milagros, que Jesús habría realizado en Galilea, no están narradas por Juan, a excepción de la curación del hijo del funcionario real (4,46-54). El mismo evangelista, sin embargo, deja entender con estas palabras que no ha narrado todos los acontecimientos y que ha hecho una selección entre las muchas cosas que podría haber narrado a los lectores (cfr.
21,25).
• Subió Jesús al monte y se sentó allí en compañía de sus discípulos: No es posible situar este monte. Jesús que, como Moisés, se sienta rodeado de sus discípulos, es un tema que también aparece en los otros evangelios (cfr. Mc 4,1; Mt 5,1;Lc 4,20). El gesto de sentarse para enseñar era propio de los rabinos, pero Juan, al contrario que Marcos 6,34, no señala que Jesús haya enseñado en esta circunstancia.
• Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos: En el cuarto evangelio se hace referencia a tres celebraciones de la Pascua de Jesús durante su vida pública. Esta sería la segunda (la primera:2,13; la tercera: 11,55) y hace comprender el ambiente religioso y teológico de todo lo que sucede en el capítulo 6; el "pan dado" por Dios como el maná, la subida al monte de Jesús, como Moisés, el paso del mar, como sucedió en el Éxodo (en el episodio siguiente: 6,16-21), el sermón centrado sobre el pan que viene de Dios. A propósito de la relación del maná que se dio en el desierto y la multiplicación de los panes, encontramos varios paralelos que hacen referencia a Números 11 (vv. 1.7-9.13.22). Algunos gestos de Jesús (por ejemplo partir y distribuir el pan), como otros temas teológicos que tocará en el sermón siguiente, son referencias concretas al seder pascual y a las lecturas litúrgicas de la sinagoga en dicha fiesta. La Pascua es, pues, una fiesta de primavera y, de hecho, Juan señala que había mucha hierba en aquel lugar (6,10; cfr. Mt 14,19 y Mc 6,39).
• Jesús vio que venía hacia él mucha gente: Al principio de la narración parece ser que la gente le seguía ya de antemano, mientras que Juan dice que la muchedumbre venía hacia él. Tal vez aquí hay uno de los temas teológico preferido por Juan y muy subrayado en este capítulo: el venir hacia Jesús, expresión correspondiente a la adhesión total de la fe (3,21; 5, 40; 6, 35.37.45; 7,37 y otros).
• Dice a Felipe...Andrés, hermano de Simón Pedro: son dos, de entre los doce, que en este evangelio juegan un papel importante (cfr. 1,44 y 12, 21-22), mientras que en los otros evangelios quedan en la sombra. Parece ser que eran venerados de modo especial en Asia Menor, lugar en el que tuvo su origen el evangelio de Juan.
• "¿Dónde vamos a comprar panes para que coman estos?": La pregunta a Felipe se justifica, tal vez, por el hecho de que provenía de aquella zona geográfica. Si interpretamos esta pregunta a la luz de otras semejantes en el evangelio (1,48; 2,9;4,11;7,27-28; 8,14;9,29-30;19,9), descubrimos el valor cristológico: preguntar de dónde proviene el don, es preguntar también por quien es el donante que, en este caso, es Jesús; por tanto la pregunta se dirige al origen divino de Jesús.
• Se lo decía para probarle, porque él sabía lo que iba a hacer: El "poner a prueba" la reacción del discípulo, se expresa con un verbo (peirazein) que tiene normalmente un significado negativo, de tentación, verificación o engaño. Esta frase se pone para hacer resaltar la duda que la pregunta precedente de Jesús ha suscitado, como una expresión de ignorancia.
"Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco": La cifra corresponde a al salario de doscientos días de trabajo de un obrero (cfr. Mt 20,13; 22,2). Marcos (6,37) se expresa de manera, que hace pensar que una cantidad tal sea suficiente para cubrir la necesidad, pero Juan lo que quiere subrayar es la grandiosidad de la obra divina y la desproporción de los recursos humanos. A esto responde la pregunta inmediata de Andrés: "Pero ¿qué es esto para tantos?"
• "Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces": El muchacho, a juzgar por las palabras, doblemente diminutivas usadas en el texto griego (paidarion) es justo un "muchachito": una persona sin ninguna importancia social. El mismo término se usa en 2 Re (4,12.14.25; 5,20) para el siervo de Eliseo, Giezi. El pan de cebada, al contrario del de trigo, era un alimento barato usado por los pobres. Parece ser (cfr. Lc 11,5) que el alimento normal para una persona eran tres panes. Los peces-secos (opsarion, nuevamente doble diminutivo) era el alimento que se consumía normalmente con el pan.
• "Haced que se recueste la gente...eran unos cinco mil hombres": En realidad, según el uso de la época, Jesús los "hace recostar" o "tumbarse": la comida se debía tomar cómodamente, igual que en el ritual de la Pascua y como era obligación en los banquetes. Todas las narraciones evangélicas señalan el número de hombres.
• Tomó entonces Jesús los panes y, después de dar gracias, los repartió...y lo mismo los peces: Estas palabras de Jesús están muy cercanas a las del rito eucarístico, aún cuando no se puede decir que el uno provenga del otro. "Dio gracias" se traduce aquí por eucharistein, que se usaba de modo distinto a eulogein, bendecir, que es el verbo utilizado por los evangelios sinópticos en este pasaje; el primero era común en el ambiente griego, el segundo proviene del ambiente hebraico. Si consideramos el lenguaje usado en la época en la que fueron escritos los evangelios, podemos decir que entre las dos expresiones no hay mucha diferencia de contenido, aún cuando la referencia a la eucaristía de Juan sea mucho más directa para nosotros, acostumbrados al lenguaje litúrgico eucarístico cristiano. Tanto es verdad, que el cuarto evangelista utiliza el mismo verbo en 11,41, donde no encontramos ninguna referencia al sacramento. Igual que el presidente de la mesa de Pascua, Jesús mismo parte el pan y lo distribuye directamente a la gente. De igual modo hará en la última Cena. Probablemente, sin embargo, los hechos han sucedido como narran los evangelios sinópticos: Jesús dio el pan ya partido para que lo distribuyeran los apóstoles, la muchedumbre era demasiado grande para que él solo lo pudiera hacer. Juan quiere llamar la atención de sus lectores sobre la persona de Jesús, único y verdadero dador del "pan del cielo". Observemos bien cómo se realizaron los hechos: la multiplicación sucede después de la división del pan y la división ocurre después que un "pequeño" pone a disposición de todos sus irrisorios recursos. Aquellos pobres y pequeños panes, ¡se multiplican a medida que se dividen! Jesús multiplica lo que nosotros aceptamos, un poco ciegamente, para compartir con El y con los otros.
• Todo lo que quisieron...y se saciaron: Es la abundancia prometida por los profetas en el tiempo de la shalom y para el alegre banquete escatológico (cfr., por ej. Is 25, 6; 30,23; 49, 9;56, 7-9; Os 11,4; Sal. 37, 19; 81,17; 132, 15). Por tanto, la muchedumbre no se equivoca cuando dice que Jesús "es el verdadero profeta que tenía que venir a este mundo": profeta que realiza la promesa divina de enviar un profeta "igual a Moisés" (Dt 18,15-18) y que inaugura los tiempos mesiánicos con un banquete abundante como habían prometido los profetas antiguos.
"Recoged los trozos sobrantes para que nada se pierda": Entran en escena los apóstoles que tratan de no perder ningún trozo de este pan precioso. Este pan, sin embargo, es un "pan que perece" y no que no se puede comparar con el verdadero "pan del cielo" (cfr. 6, 24). El mandato de recoger (synagein) lo que sobra, hace referencia a lo que estaba prescrito sobre el maná (cfr. Ex 16,15 ss).
• "Llenaron doce canastos con los trozos de los cinco panes que sobraron": No se puede establecer con certeza si el número de canastos hace referencia al número de los discípulos. La frase quiere hacer subrayar la gran abundancia que vino de los panes bendecidos por Jesús. Juan parece que no le da importancia a los dos peces que habían sido ofrecidos con los panes, tal vez porque el sermón que sigue está todo centrado en el pan.
• "Al ver la gente la señal": La motivación que Juan ofrece a continuación del milagro, no es la compasión por la gente; esto lo habrían entendido así los discípulos que, según Marcos (/ 6,52 y 8, 14-21), no entendieron el significado del milagro. El cuarto evangelio pone de relieve el significado del "signo" del milagro.
• "Dándose cuenta Jesús de que intentaban venir a tomarle por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte él solo": Contrariamente a los otros evangelistas, Juan narra la rápida desaparición de Jesús después del milagro; quería evitar que su papel como Mesías fuera "manipulado" por manifestaciones políticas por parte de la gente. Jesús confirma de nuevo su elección (cfr. Mt 4,1-10), la que realizará hasta el final, delante de Pilato (19, 33-37).
LITURGIA DEL DOMINGO
Antífona de entrada Sal 67, 6-7. 36
Dios habita en su santa morada.
Él congrega en su casa a los dispersos.
Él dará poder y fortaleza a su pueblo.
Oración colecta
Dios nuestro, protector de los que esperan en ti,
fuera de quien nada tiene valor ni santidad;
acrecienta sobre nosotros tu misericordia,
para que, bajo tu guía providente,
usemos los bienes pasajeros de tal modo
que ya desde ahora podamos adherirnos a los eternos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Acepta Padre, estos dones recibidos de tu generosidad,
y, por la acción poderosa de tu gracia,
haz que estos sagrados misterios
santifiquen nuestra vida presente
y nos conduzcan a los gozos eternos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión: Mt 5, 7-8
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que alimentados con este sacramento divino,
memorial perpetuo de la Pasión de tu Hijo,
este don de su amor inefable
nos conduzca a la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECTURAS BIBLICAS
Comerán y sobrará
Lectura del segundo libro de los Reyes 4, 42-44
En aquellos días:
Llegó un hombre de Baal Salisá, trayendo pan de los primeros frutos para el profeta Eliseo, veinte panes de cebada y grano recién cortado, en una alforja.
Eliseo dijo: «Dáselo a la gente para que coman».
Pero su servidor respondió: «¿Cómo voy a servir esto a cien personas?» «Dáselo a la gente para que coman, replicó él, porque así habla el Señor: Comerán y sobrará».
El servidor se lo sirvió; todos comieron y sobró, conforme a la palabra del Señor.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 144, 10-11. 15-18
R. Abres tu mano, Señor, y nos colmas con tus bienes.
Que todas tus obras te den gracias, Señor,
y tus fieles te bendigan;
que anuncien la gloria de tu reino
y proclamen tu poder. R.
Los ojos de todos esperan en ti,
y Tú les das la comida a su tiempo;
abres tu mano y colmas de favores
a todos los vivientes. R.
El Señor es justo en todos sus caminos
y bondadoso en todas sus acciones;
está cerca de aquellos que lo invocan,
de aquellos que lo invocan de verdad. R.
Un solo Cuerpo, un solo Señor,
una sola fe, un solo bautismo
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 4, 1-6
Hermanos:
Yo, que estoy preso por el Señor, los exhorto a comportarse de una manera digna de la vocación que han recibido. Con mucha humildad, mansedumbre y paciencia, sopórtense mutuamente por amor. Traten de conservar la unidad del Espíritu, mediante el vínculo de la paz.
Hay un solo Cuerpo y un solo Espíritu, así como hay una misma esperanza, a la que ustedes han sido llamados, de acuerdo con la vocación recibida. Hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Hay un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, lo penetra todo y está en todos.
Palabra de Dios.
ALELUIA Lc 7, 16
Aleluia.
Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros
y Dios ha visitado a su Pueblo.
Aleluia.
EVANGELIO
Distribuyó a los que estaban sentados,
dándoles todo lo que quisieron
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos.
Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer?»
Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer.
Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?»
Jesús le respondió: «Háganlos sentar».
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran unos cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada».
Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo».
Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña.
Palabra del Señor.
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