Domingo 18 del Tiempo Ordinario ( B)
Liturgia Viva del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver Evangelio de hoy)
Hermanos: Hemos estado buscando alimento perdurable,
el verdadero pan del cielo, Jesús mismo.
Los que creen en él jamás tendrán sed.
Que Jesús nuestro Señor sea siempre
nuestro alimento y nuestra bebida de vida,
y que él esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu espíritu
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Nuestra Hambre de Jesús
Jesús nos confronta hoy con esta pregunta: “Por qué me estáis buscando?” ¿Por qué buscamos nosotros a Dios, a Jesús? ¿Es únicamente por las cosas que él nos da? — Recibimos mucho de Dios, es cierto, pero ¿buscamos a Jesús por él mismo, por lo que significa para nuestras vidas? Él es quien da sentido a nuestra vida y quien nos dice cómo podemos seguir creciendo como hermanos y hermanas suyos. Y él nos pide también que aprendamos de él a darnos a los demás, para llegar a ser, por nuestra entrega, como comida y bebida los unos para los otros. Pidámosle que nos enseñe cómo.
2. Pan Partido para un Mundo Nuevo
Hoy en día hay muchos millones y millones que padecen de hambre. Pero ¿es solo de pan, o de arroz o de su alimento básico? Como cristianos tenemos que preocuparnos por el problema del hambre en el mundo, pero no deberíamos olvidar la tremenda hambre espiritual, que anhela respeto de la dignidad personal y de los valores humanos, de justicia y de paz. Hay Alguien que vino a vivir entre la gente para satisfacer las más profundas hambres del hombre y se hizo a sí mismo pan para la vida del mundo. Es Jesús, el Señor, que está aquí en medio de nosotros. Si creemos en él y le seguimos en su camino de entrega de sí mismo, podemos trabajar por medio de él y con él para llevarle, a un mundo hambriento, el alimento eficaz que sacie toda clase de hambre.
Acto Penitencial
Pidamos ahora al Señor que perdone nuestros pecados; que esta eucaristía nos acerque más a él y suscite en nosotros sus mismos sentimientos y su mentalidad.
(Pausa)
· Señor Jesús, pan de vida, tú nos alimentas con tus palabras de vida. Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, pan de vida, tú te das a ti mismo en la eucaristía como comida y bebida. Cristo, ten piedad de nosotros. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, pan de vida, tú nos pides que por nuestra entrega nos convirtamos, los unos para los otros, en alimento y comida,. Señor, ten piedad de nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, en tu bondad perdona nuestros pecados y susténtanos con tu cuerpo y con tu sangre en nuestro caminar hacia la vida eterna. R/ Amén.
Colecta
Pidamos a Dios nuestro Padre que Jesús sea para nosotros pan de vida.
(Pausa)
Señor, Dios de vida:
Tenemos hambre de felicidad y de vida eternas
y de ver cumplidas todas nuestras esperanzas.
Sacia todas nuestras hambres
por medio de tu Hijo Jesucristo, nuestro pan de vida.
Y, cuando él nos haya colmado de sí mismo,
que nos guíe y fortalezca
para que sepamos proporcionar a un mundo que espera
el alimento de reconciliación y alegría
que solo tú puedes dar cabalmente.
Te lo pedimos por el mismo Cristo nuestro Señor. R/ Amén.
Primera Lectura (Ex 16:2-4, 12-15): Dios Alimenta a su Pueblo.
En su marcha hacia la Tierra Prometida, el Pueblo de Dios de Israel tiene que aprender a confiar en Dios. Él se cuida de ellos y les da el maná como señal de su cuidado, cada día.
Segunda Lectura (Ef 4:17, 20-24): Llegar a Ser Nuevos en Cristo
Los cristianos no deberían dejarse llevar ya más ni por sus caprichos ni por deseos de inmediata gratificación personal, porque han llegado a ser nuevos en Cristo.
Evangelio (Jn 6:24-35): Yo Soy el Pan de Vida
Los judíos tienen hambre y ansían el pan. Jesús les dice que le busquen a él, Jesús mismo, que es el verdadero pan bajado del cielo. Él se les va a dar a sí mismo.
Oración de los Fieles (Dos opciones)
1. Tenemos Hambre de Jesús
Reunidos aquí en el nombre de Jesús nuestro Señor, traemos ante él las necesidades de su pueblo y todas las clases de hambre del mundo entero. Digámosle suplicantes:
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Por la Iglesia, para que sus líderes y ministros alimenten al pueblo de Dios con el sólido y sustancioso alimento del Evangelio, roguemos al Señor.
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Por los millones de hombres y mujeres que hoy, en el mundo, no tienen bastante para comer y son demasiado pobres para llevar una vida realmente humana, para que los que viven en bienestar muestren auténtica compasión para con ellos. Compasión que les mueva a trabajar para que todos tengan una vida más decente y humana, roguemos al Señor.
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Por los cristianos divididos, para que pronto podamos partir juntos el único pan del único Señor, Jesús, roguemos al Señor.
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Por todas las comunidades cristianas, para que aprendamos a apreciar el tremendo valor de la eucaristía y sacar de ella la fuerza espiritual para entregarnos a nuestros hermanos, cercanos y lejanos, roguemos al Señor.
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Por todos nosotros, para que cada eucaristía en la que participamos se convierta en un encuentro real con el Cristo vivo; que él sacie nuestra hambre de cosas perdurables y nos ayude a amarnos más unos a otros, roguemos al Señor.
R/ Señor, sé el alimento y la vida del mundo.
Señor Jesucristo, sé nuestro pan de vida, en la eucaristía; pero también sé la luz y la vida de todos los que te buscan, y el cumplimiento y alegría de todos los que te han encontrado. Permanece con nosotros ahora y por siempre. R/ Amén.
2. Pan Partido para un Mundo Nuevo (Del Congreso Eucarístico de Lourdes, 1981)
En memoria de tu Siervo Jesús, que partió para nosotros el pan de su amor y derramó por nosotros la sangre de su vida, y que ha hecho del servicio mutuo, del compartir y la solidaridad los signos de un mundo nuevo, te rogamos, Dios Padre nuestro, que envíes el aliento de tu Espíritu sobre nosotros, mientras decimos:
R/ Que tu nuevo mundo venga a nosotros.
Que venga el mundo nuevo; que llegue el día en que los pobres ya no se vean en necesidad ni se sientan rechazados por la sociedad; que venga el mundo nuevo, cuando todos tengan suficiente alimento para comer. Que lleguen los días en que todos tengan un corazón de pobre según el evangelio. Roguemos al Señor.
R/ Que tu nuevo mundo venga a nosotros.
Que venga el mundo nuevo cuando la gente no viva ya más de pan material solamente, sino de la palabra de su Dios. Que lleguen los días en que los hombres no se callen ya más ni enmudezcan con temor, sino que abran sus corazones para alabar a su Dios. Roguemos al Señor.
R/ Que tu nuevo mundo venga a nosotros.
Que venga el mundo nuevo cuando todos sean llamados y acogidos como hijos de Dios. Que lleguen los días en que la misericordia se muestre a todos, porque habrá justicia, prosperidad y paz Roguemos al Señor.
R/ Que tu nuevo mundo venga a nosotros.
Que lleguen los días en que ya no haya más ni odio, ni rencor ni guerras; días en que los pequeños y los débiles no sean ya más despreciados, sino que puedan ser tratados como verdaderos hermanos y hermanas, viviendo en paz y trabajando todos por la misma paz y por el bienestar. Roguemos al Señor.
R/ Que tu nuevo mundo venga a nosotros.
Padre de bondad: Danos la gracia de que el Espíritu de Jesús viva en nosotros, para que tu mundo nuevo vaya tomando forma en nosotros y siga creciendo progresivamente. Esta es nuestra súplica hoy, por mediación de Jesucristo nuestro Señor. R/ Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Para este banquete de acción de gracias
traemos ante ti pan y vino,
regalos que tú mismo nos has dado.
Ellos expresan nuestra vida, con sus luchas.
Te pedimos que se conviertan en signos vivos
de la presencia entre nosotros de tu Hijo,
de modo que él nos sustente
en nuestro viaje a la vida y a la gloria eternas
y nos disponga a entregarnos con él
por la vida y felicidad de todo tu pueblo.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con un solo corazón y una sola voz alabemos y demos gracias al Padre porque a través de Jesucristo ha dado sentido a nuestras vidas y nos ha una vida y alegría sin fin.
Invitación al Padre Nuestro
Con las palabras de Jesús, nuestro pan de vida, pidamos a nuestro Padre del cielo que nos dé siempre su pan, el de la eucaristía: R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la paz en nuestros días.
Haznos nuevos de mente y de espíritu,
créanos de nuevo a tu imagen y semejanza
y aliméntanos con el pan de vida
mientras esperamos con alegre esperanza
la venida gloriosa de Aquél
que nos llevará a tu felicidad eterna,
nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Al Partir el Pan
El pan que ahora partimos es el pan de vida destinado a ser compartido por todos.
Fortalecidos con este alimento trabajemos esforzadamente para que nadie permanezca ni hambriento ni sediento.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesús, el Señor, el verdadero pan del cielo
que sacia toda clase de hambre.
Él nos dice ahora: “Yo soy el pan de vida
Quien viene a mí ya no tendrá más hambre;
quienquiera que crea en mí no tendrá más sed.”
Dichosos nosotros invitados a este banquete de salvación.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre amoroso:
En el pan partido aquí para nosotros
reconocemos a Quien es la luz de vida,
Jesucristo, tu Hijo.
Danos siempre este pan;
que la eucaristía sea nuestro “pan de cada día”,
que resulta más sabroso cuando se comparte
con los que padecen cualquier clase de hambre.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. R/ Amén.
Bendición
Hermanos: El Señor mismo nos ha dicho hoy: “No trabajen por el alimento que perece, sino por el alimento que da vida.” Busquemos, pues, en nuestra vida al Señor y sus cosas de valor eterno: integridad, justicia y amor.
Que éste sea nuestro camino hacia Dios y hacia nuestros hermanos y hermanas, con la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. R/ Amén.
Podemos ir, como pueblo renovado por Cristo, en justicia y santidad. R/ Demos gracias a Dios.
«Señor, danos siempre ese pan.»
De nuevo en el centro de nuestra meditación el pan. El pan nuestro de cada día, el “maná” que el Señor envió a su pueblo en el desierto.
Este regalo de Dios aparece después de que el pueblo comience a protestar. Suele pasar. Después de la alegría de la liberación, del abandono de la esclavitud, llega el tiempo de la meseta, del día a día. Y surge la nostalgia por la vida anterior. Es un proceso que se puede dar también en la vida espiritual. Los “convertidos” viven los primeros momentos de la fe con alegría y paz. Es el tiempo de la serenidad, de la novedad. Se dejan atrás los vicios, se abandona la esclavitud del pecado y todo se ve de color de rosa. Pero… Llega la rutina, y se empieza a pensar en lo bien que vivíamos antes, sin tener que ir a Misa, sin rezar, sin ser “bueno”… No era una vida, quizá, de la que estar orgullosos, pero tenía sus satisfacciones.
Nosotros también, a menudo, protestamos, porque las cosas no van como a nosotros nos gustaría. Nos olvidamos de que la Providencia de Dios sigue pendiente de todo. A Israel había que educarlo, porque eran un pueblo de dura cerviz. Sin embargo, para nosotros está claro el don de Dios (Jn 4, 10), la gracia que Cristo nos consiguió al morir por nosotros.
Con el envío del maná, Dios demostró que se (pre)ocupaba de su pueblo. Siempre. En los momentos de cansancio, de desierto, recordemos esos instantes en los que sentimos la ayuda, la presencia del Señor en nuestras vidas. Sin nostalgias del pasado, porque como esclavos se vive peor.
Lo recuerda Pablo al comienzo de la segunda lectura: “os digo que no andéis ya más como los paganos, que viven de acuerdo con sus vanos pensamientos”. Se ve que eso de ser “un hombre nuevo” costaba también en los tiempos del Apóstol de los gentiles. Para morir del todo al hombre viejo hay que haber encontrado la perla fina y el tesoro escondido (Mt 14, 44-46). Nosotros, que nos hemos encontrado con Cristo, nuestro tesoro, debemos recordar a menudo por qué hemos decidido vivir de otra manera, con Cristo, como seguidores de Cristo. Él es el Pan de Vida, el que nos colma y sacia nuestra hambre. Por Él merece la pena esforzarse en vivir como Dios quiere. La fe en Jesús nos hace optar por un estilo de vida y unos valores muy concretos y, al mismo tiempo, nos hace renunciar a maneras de vivir distintas a la que Jesús nos propone, a actitudes contrarias al evangelio. La fe en Jesús nos pide y nos exige un testimonio de vida, un testimonio que esté a la altura del mundo en el que vivimos y de las necesidades que hay en él.
Los contemporáneos de Jesús siguen buscándole. “Por el interés te quiero, Andrés”, seguramente. Son las cosas de haber comido en abundancia. El comentario de Jesús es muy adecuado: “me buscáis porque habéis comido hasta hartaros”. Cristo sabe que no siempre nos atrae el aroma de Dios, sino que nos entusiasma el aroma del pan recién hecho, como les pasaba a los judíos. Si supiéramos lo que nos conviene, nuestra petición debería ser no “Señor, tenemos hambre”, sino “Señor, ayúdanos, porque tenemos hambre de ti”.
Quizá es que en nuestro corazón hay mucho ruido, mucha mundanidad, y no nos hace falta buscar a Dios. Y tendríamos que buscarlo permanentemente, como María y José lo buscaron en Jerusalén, como la mujer de la parábola buscó la moneda perdida, el pastor la oveja perdida o como la Magdalena busco al Señor en el sepulcro. La pregunta es, entonces, si busco a Dios. ¿Cómo le busco? ¿Con la curiosidad de Herodes? ¿O no le busco, porque no me responde como yo quiero? Lo dice muy bien santa Teresa de Jesús: debemos buscar, no los dones del Señor, sino buscar al Señor de los dones. Con determinada determinación.
Para buscar a Jesús, tenemos que alimentarnos del Pan de Vida eterna. Se puede hacer de diversas maneras, pero hay dos momentos especiales. El primero es el Pan de la Palabra de Dios. Que el contacto con el Evangelio sea algo habitual; dejar que nos impregne el corazón y la vida, para encarnarlo a lo largo del día.
El otro momento es alimentarnos del Pan de la Eucaristía, comulgando con Jesús. Eso significa entrar en comunión con Él, vivir un estilo de vida que nace de una relación profunda con Jesús, como seguidores suyos. Todo eso, para pensar, sentir amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús. Que sepamos aprovecharlo, que nos alimentemos de él. Que no busquemos a Dios por el interés, como aquella multitud, sino para que sacie, de una vez por todas, nuestra “hambre” y nuestra “sed”. “Señor, danos siempre de este Pan”.
Sería hoy, pues, un buen momento además para recordar que, cada día, es necesario dar gracias a Dios por el alimento, porque es un don de Dios, y bendecirlo, para que, hagamos lo que hagamos, comamos o bebamos, todo sea para mayor gloria de Él (1 Cor 10, 31).
EVANGELIO
El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.
+ Lectura del santo Evangelio según San Juan. 6, 24-35
En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?». Jesús les contestó: «Os lo aseguro, me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere?». Respondió Jesús: «La obra que Dios quiere es esta: que creáis en el que él ha enviado». Le replicaron: «,Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo”». Jesús les replicó: «Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo». Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de este pan». Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed».
Palabra de Dios.
PAN DE VIDA ETERNA
¿Por qué seguir interesándonos por Jesús después de veinte siglos? ¿Qué podemos esperar de él? ¿Qué nos puede aportar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo? ¿Nos va a resolver acaso los problemas del mundo actual? El evangelio de Juan habla un diálogo de gran interés, que Jesús mantiene con una muchedumbre a orillas del lago Galilea.
El día anterior han compartido con Jesús una comida sorprendente y gratuita. Han comido pan hasta saciarse. ¿Cómo lo van a dejar marchar? Lo que buscan es que Jesús repita su gesto y los vuelva a alimentar gratis. No piensan en otra cosa.
Jesús los desconcierta con un planteamiento inesperado: "Esforzaos no por conseguir el alimento transitorio, sino por el permanente, el que da la vida eterna". Pero ¿cómo no preocuparnos por el pan de cada día? El pan es indispensable para vivir. Lo necesitamos y debemos trabajar para que nunca le falte a nadie. Jesús lo sabe. El pan es lo primero. Sin comer no podemos subsistir. Por eso se preocupa tanto de los hambrientos y mendigos que no reciben de los ricos ni las migajas que caen de su mesa. Por eso maldice a los terratenientes insensatos que almacenan el grano sin pensar en los pobres. Por eso enseña a sus seguidores a pedir cada día al Padre pan para todos sus hijos.
Pero Jesús quiere despertar en ellos un hambre diferente. Les habla de un pan que no sacia solo el hambre de un día, sino el hambre y la sed de vida que hay en el ser humano. No lo hemos de olvidar. En nosotros hay un hambre de justicia para todos, un hambre de libertad, de paz, de verdad. Jesús se presenta como ese Pan que nos viene del Padre, no para hartarnos de comida sino "para dar vida al mundo".
Este Pan, venido de Dios, "da la vida eterna". Los alimentos que comemos cada día nos mantienen vivos durante años, pero llega un momento en que no pueden defendernos de la muerte. Es inútil que sigamos comiendo. No nos pueden dar vida más allá de la muerte.
Jesús se presenta como “Pan de vida eterna”. Cada uno ha de decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Pero, quienes nos llamamos seguidores suyos hemos de saber que creer en Cristo es alimentar en nosotros una fuerza imperecedera, empezar a vivir algo que no acabará en nuestra muerte. Sencillamente, seguir a Jesús es entrar en el misterio de la muerte sostenidos por su fuerza resucitadora.
Al escuchar sus palabras, aquellas gentes de Cafarnaún le gritan desde lo hondo de su corazón: "Señor, danos siempre de ese pan". Desde nuestra fe vacilante, a veces nosotros no nos atrevemos a pedir algo semejante. Quizás, solo nos preocupa la comida de cada día. Y, a veces, solo la nuestra.
EL CORAZÓN DEL CRISTIANISMO
Que creáis en el que él os ha enviado.
La gente necesita a Jesús y lo busca. Hay algo en él que los atrae, pero todavía no saben exactamente por qué lo buscan ni para qué. Según el evangelista, muchos lo hacen porque el día anterior les ha distribuido pan para saciar su hambre.
Jesús comienza a conversar con ellos. Hay cosas que conviene aclarar desde el principio. El pan material es muy importante. Él mismo les ha enseñado a pedir a Dios «el pan de cada día» para todos. Pero el ser humano necesita algo más. Jesús quiere ofrecerles un alimento que puede saciar para siempre su hambre de vida.
La gente intuye que Jesús les está abriendo un horizonte nuevo, pero no saben qué hacer, ni por dónde empezar. El evangelista resume sus interrogantes con estas palabras: « y ¿qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? ». Hay en ellos un deseo sincero de acertar. Quieren trabajar en lo que Dios quiere, pero, acostumbrados a pensarlo todo desde la Ley, preguntan a Jesús qué obras, prácticas y observancias nuevas tienen que tener en cuenta.
La respuesta de Jesús toca el corazón del cristianismo: «la obra (¡en singular!) que Dios quiere es ésta: que creáis en el que él ha enviado». Dios sólo quiere que crean en Jesucristo pues es el gran regalo que él ha enviado al mundo. Ésta es la nueva exigencia. En esto han de trabajar. Lo demás es secundario.
Después de veinte siglos de cristianismo, ¿no necesitamos descubrir de nuevo que toda la fuerza y la originalidad de la Iglesia está en creer en Jesucristo y seguirlo? ¿No necesitamos pasar de la actitud de adeptos de una religión de "creencias" y de "prácticas" a vivir como discípulos de Jesús?
La fe cristiana no consiste primordialmente en ir cumpliendo correctamente un código de prácticas y observancias nuevas, superiores a las del antiguo testamento. No. La identidad cristiana está en aprender a vivir un estilo de vida que nace de la relación viva y confiada en Jesús el Cristo. Nos vamos haciendo cristianos en la medida en que aprendemos a pensar, sentir, amar, trabajar, sufrir y vivir como Jesús.
Ser cristiano exige hoy una experiencia de Jesús y una identificación con su proyecto que no se requería hace unos años para ser un buen practicante. Para subsistir en medio de la sociedad laica, las comunidades cristianas necesitan cuidar más que nunca la adhesión y el contacto vital con Jesús el Cristo.
EL MEJOR TRABAJO
Los trabajos que Dios quiere.
El evangelista Juan va ofreciendo su visión de la fe cristiana elaborando discursos y conversaciones entre Jesús y la gente a orillas del lago de Galilea. Jesús les habla de que no trabajen por cualquier cosa, que no piensen sólo en un «alimento perecedero». Lo importante es trabajar teniendo como horizonte «la vida eterna».
Sin duda, es así. Jesús tiene razón. Pero, ¿cuál es el trabajo que quiere Dios? Ésta es la pregunta de la gente: ¿cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? La respuesta de Jesús no deja de ser desconcertante. El único trabajo que Dios quiere es éste: «que creáis en el que Dios os ha enviado».
«Creer en Jesús» no es una experiencia teórica, un ejercicio mental. No consiste simplemente en una adhesión religiosa. Es un «trabajo» en el que sus seguidores han de ocuparse a lo largo de su vida. Creer en Jesús es algo que hay que cuidar y trabajar día a día.
«Creer en Jesús» es configurar la vida desde él, convencidos de que su vida fue verdadera: una vida que conduce a la vida eterna. Su manera de vivirle a Dios como Padre, su forma de reaccionar siempre con misericordia, su empeño en despertar esperanza es lo mejor que puede hacer el ser humano.
«Creer en Jesús» es vivir y trabajar por algo último y decisivo: esforzarse por un mundo más humano y justo; hacer más real y más creíble la paternidad de Dios; no olvidar a quienes corren el riesgo de ser olvidados por todos, incluso por las religiones. Y hacer todo esto sabiendo que nuestro pequeño compromiso, siempre pobre y limitado, es el trabajo más humano que podemos hacer.
Por eso, desentendernos de la vida de los demás, vivirlo todo con indiferencia, encerrados sólo en nuestros intereses, ignorar el sufrimiento de gente que encontramos en nuestro camino, son actitudes que encontramos en nuestro camino, son actitudes que indican que no estamos «trabajando» nuestra fe en Jesús.
ALGO MÁS
Trabajad no por el alimento que perece.
Es un tópico hablar hoy de consumismo. Nos parece lo más normal. Se siguen abriendo nuevos centros comerciales e hipermercados. Los restaurantes multiplican sus ofertas. Cada vez es mayor la profusión de productos que uno puede elegir y el número de cadenas que puede seleccionar. Todo está ahí a nuestra disposición: objetos, servicios, viajes, música, programas, vídeos.
Ya no son las religiones ni los pensadores los que marcan las pautas de comportamiento o el estilo de vida. La «nueva sociedad» está dirigida cada vez más por la moda consumista. Hay que disfrutar de lo último que se nos ofrece, conocer nuevas sensaciones y experiencias. La lógica de «satisfacer deseos» lo va impregnando todo desde niños.
Está naciendo lo que el profesor G. Lipotvesky llama el «individuo-moda», de personalidad y gustos fluctuantes, sin lazos profundos, atraído por lo efímero. Un individuo sin mayores ideales ni aspiraciones, ocupado sobre todo en disfrutar, tener cosas, estar en forma, vivir entretenido y relajarse. Un individuo más interesado en conocer el parte meteorológico del fin de semana o los resultados deportivos que el sentido de su vida.
No hemos de demonizar esta sociedad. Es bueno vivir en nuestros días y tener tantas posibilidades para alimentar las diversas dimensiones de la vida. Lo malo es quedarse vacío por dentro, atrapado sólo por «necesidades superficiales». Dejar de hacer el bien para buscar sólo el bienestar, vivir ajenos a todo lo que no sea el propio interés, caer en la indiferencia, olvidar el amor.
No es superfluo recordar en nuestra sociedad la advertencia de Jesús: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna». El mismo Lipotvesky, que tanto subraya en sus obras los aspectos positivos de la moda consumista, no duda en recordar que «el hombre actual se caracteriza por la vulnerabilidad». Cuando el individuo se alimenta sólo de lo efímero se queda sin raíces ni consistencia interior. Cualquier adversidad provoca una crisis, cualquier problema adquiere dimensiones desmesuradas. Es fácil caer en la depresión o el sinsentido. Sin alimento interior la vida corre peligro. No se puede vivir sólo de pan. Se necesita algo más.
EL GRITO A DIOS
Danos siempre de ese pan.
La oración no es un fenómeno extraño, propio de personas raras. Es exactamente lo contrario. La verdadera súplica a Dios sólo puede nacer en el ser humano cuando la persona es capaz de vivir su existencia hasta el fondo. Pensemos un poco cómo se gesta la oración en el corazón humano.
El hombre es un «ser de necesidades». Nunca es plenamente lo que quiere ser, nada satisface del todo su deseo. Y, al verse necesitado, el ser humano grita: «Tengo hambre, siento miedo, deseo ser amado, estoy agobiado, me muero.» Este grito es al mismo tiempo una llamada. La persona no sólo grita su necesidad. Su grito se dirige a alguien para que venga en su ayuda. Independientemente de sus creencias religiosas, hay un hecho básico que no es posible ignorar. El ser humano es un mendigo, y su existencia es siempre, de alguna manera, grito, llamada y petición de ayuda.
Pero el ser humano no sólo necesita cosas, objetos o soluciones para sus diferentes problemas. En el fondo de esas necesidades concretas la persona percibe un vacío más hondo, que nada ni nadie puede colmar. El hombre necesita «salvación». Podemos negar o ignorar ese vacío último, podemos ocultarlo entre mil necesidades satisfechas, pero la necesidad de salvación sigue ahí. Cuando la persona lo capta, su grito se hace súplica a Dios: «Desde lo hondo a ti grito, Señor; escucha mi voz» (Salmo 130, 1).
Es verdad que muchos sólo piden a Dios cosas. Es cierto también que la oración puede convertirse en una especie de acción mágica con la que se pretende resolver los problemas y sinsabores de la vida. Pero la verdadera oración brota siempre de la «necesidad de salvación» y de la confianza total en Dios, Salvador último del ser humano: «El Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (Salmo 118, 14).
El verdadero orante no pide a Dios cosas. Su corazón busca a Dios por sí mismo. Lo que desea es su presencia callada, amistosa y salvadora. Le pedimos «el pan de cada día» y cuanto necesitamos para vivir, pero esas peticiones concretas son expresión de nuestra necesidad de Dios. Por ello ya san Agustín advertía así a quien ora: «Dios escucha tu llamada si le buscas a él. No te escucha si a través de él buscas otras cosas.»
El relato de Juan nos indica que la gente seguía a Jesús porque les había dado pan hasta saciarse. Jesús les saca de su error y les habla de otro pan que «da vida al mundo». Sólo entonces brota en ellos la verdadera oración: «Señor, danos siempre de ese pan» (Juan 6, 34).
SI BUSCAS A DIOS
El que viene a mí no pasará hambre.
Hay personas que desean sinceramente encontrar a Dios, pero no saben qué camino seguir. Sin duda, cada uno tiene que hacer su propio recorrido personal y nadie nos puede señalar desde fuera los pasos concretos que hemos de dar, pero hay sugerencias que a todos nos pueden ayudar. He aquí algunas:
Si buscas a Dios, antes que nada deja de temerlo. Hay personas que, en cuanto oyen nombrar a Dios, comienzan a pensar en sus miserias y pecados. Esta clase de miedo a Dios te está alejando de él. Dios te conoce y te quiere. El sabrá encontrar el camino para entrar en tu vida, por mediocre que sea.
No tengas prisa. Actúa con calma. Hay personas que, durante unos días, se mueven mucho, rezan, quieren libros, buscan métodos para hacer oración; a los pocos días lo abandonan todo y vuelven a su vida de siempre. Tú camina despacio. Descubre humildemente tu pobreza y necesidad de Dios. El no está al final de no sé qué esfuerzos. Está ya junto a ti, deseando hacerte vivir.
Desciende a tu corazón y llega hasta las raíces más secretas de tu vida. Quítate todas las máscaras. ¿Cómo ibas a caminar disfrazado al encuentro con Dios? No tienes necesidad de ocultar tus heridas ni tu desorden. Pregúntate sinceramente: ¿Qué ando buscando en la vida? ¿Por qué no hay paz en mi corazón? ¿Qué necesito para vivir con más alegría? Por ahí encontrarás un camino hacia Dios.
Aprende a orar. Te puede hacer bien buscar un lugar tranquilo y reservar un tiempo apropiado. Al comienzo no sabrás qué hacer, y te puedes sentir incluso incómodo. Hace tanto tiempo que no te has parado ante Dios. Busca en la Biblia el libro de los salmos y comienza a recitar despacio alguno de ellos. Párate solo en aquellas frases que te dicen algo. Pronto descubrirás que los salmos reflejan tus sufrimientos y tus gozos, tus anhelos y tu búsqueda de Dios. Cuando hayas aprendido a saborearlos, ya no los dejarás.
Toma el evangelio en tus manos. No es un libro más. Ahí encontrarás a Jesucristo: él es el verdadero camino que te llevará a Dios. Tómate tiempo para leerlo y saborearlo. Se suele decir que el evangelio es una «regla de vida». Es cierto. Pero, antes que nada, es una «Buena Noticia». Medita las palabras de Jesús y sus gestos. Sentirás que algo empieza a moverse en tu corazón. Jesús te irá sanando. Te enseñará a vivir.
Si eres constante y sigues alimentando tu vida en este pequeño libro en que te encuentras con Cristo, un día descubrirás cuánta verdad encierran sus palabras: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.»
NOSTALGIA DE ETERNIDAD
Trabajad... por el alimento que perdura.
Cuando observamos que los años van deteriorando inexorablemente nuestra salud y que también nosotros nos vamos acercando hacia el final de nuestros días, algo se rebela en nuestro interior. ¿Por qué hay que morir si desde lo hondo de nuestro ser algo nos dice que estamos hechos para vivir?
El recuerdo de que nuestra vida se va gastando día a día sin detenerse, hace nacer en nosotros un sentimiento de impotencia y pena. La vida debería ser más hermosa para todos, más gozosa, más larga. En el fondo, todos anhelamos una vida feliz y eterna.
Siempre ha sentido el ser humano nostalgia de eternidad. Ahí están los poetas de todos los pueblos cantando la fugacidad de la vida, o los grandes artistas tratando de dejar una obra inmortal para la posteridad, o, sencillamente, los padres queriendo perpetuarse en sus hijos más queridos.
Aparentemente, hoy las cosas han cambiado. Los artistas afirman no pretender trabajar para la inmortalidad, sino sólo para la época. La vida va cambiando de manera tan vertiginosa que a los padres les cuesta reconocerse en sus hijos. Sin embargo, la nostalgia de eternidad sigue viva aunque, tal vez, se manifieste de manera más ingenua.
Hoy se intenta por todos los medios detener el tiempo, dando culto a la juventud y a lo joven. El hombre moderno no cree en la eternidad y, al mismo tiempo, se esfuerza por eternizar un tiempo privilegiado de su existencia. No es dificil ver cómo el horror al envejecimiento y el deseo de agarrarse a la juventud lleva a veces a comportamientos cercanos al ridículo.
Se ha hecho a veces burla de los creyentes diciendo que, ante el temor a la muerte, se inventan un cielo donde proyectan inconscientemente sus deseos de eternidad. Y apenas critica nadie ese neorromanticismo moderno de quienes sueñan inconscientemente con instalarse en una «eterna juventud».
Cuando el hombre busca eternidad, no está buscando establecerse en la tierra de una manera un poco más confortable y durar un poco más que en la actualidad. Lo que el hombre anhela no es perpetuar para siempre esa mezcla de gozos y sufrimientos, éxitos y decepciones que ya conoce, sino encontrar una vida de calidad definitiva que responda plenamente a su sed de felicidad.
El evangelio nos invita a «trabajar por un alimento que no perece sino que perdura dando vida eterna». El creyente es un hombre que se preocupa de alimentar lo que en él hay de eterno, enraizando su vida en un Dios que vive para siempre y en un amor que es «más fuerte que la muerte».
PAN DE VIDA
Yo soy el pan de vida.
No son pocas las personas que en un momento determinado de su vida tienen la impresión de encontrarse en un callejón sin salida.
Lo que les turba no son los problemas normales del trabajo, la familia o las mil preocupaciones de la vida ordinaria, sino un desasosiego interior difícil de explicar.
Ha llegado un momento en que apenas sienten gusto alguno por la vida. No saben exactamente por qué, pero ya no aciertan a vivir con cierto gozo. Tal vez no lo revelan a nadie, pero hay en ellos una especie de vacío interior.
¿Cómo recuperar de nuevo la vida? ¿Qué hacer para sentirse otra vez vivo dentro de uno mismo? ¿Dónde encontrar una energía liberadora? ¿Cómo abrirse nuevamente al “milagro” de la vida?
Tal vez, antes que nada, hemos de caer en la cuenta de que lo que necesitamos entonces es descubrir dónde puede estar “la fuente de la vida” capaz de regenerarnos.
Según ese gran maestro de vida que fue K G. Dürckheim, recientemente fallecido en Alemania, el mayor problema de muchos hombres y mujeres hoy es vivir “aislados del Ser esencial”.
Según el momento o las circunstancias, una persona puede sentir- se viva o inerte, eufórica o abatida, vacía o insatisfecha, pero el verdadero problema es vivir “sin raíces», separados del fondo misterioso de la existencia, sin contacto con la fuente de la vida.
Lo sepamos o no, lo que nos inquieta desde dentro a los hombres es siempre, de alguna manera, el miedo a perdernos, el desconcierto ante lo absurdo, la angustia ante la soledad. Esa triple ansiedad marca nuestra vida y hace que siempre andemos buscando seguridad sentido y amor.
Consciente o inconscientemente, el hombre lleva dentro de sí la nostalgia de una vida que esté por encima de toda muerte, de un sentido que esté más allá del sentido y sinsentido de este mundo, de una protección y acogida a las que nada pueda hacer peligrar.
Cuando uno percibe esto con suficiente hondura, algo le dice por dentro que sólo Dios puede ser la fuente de la verdadera vida. Nada que no sea Dios nos basta.
Si entonces uno acierta a abrirse humildemente a Dios, una fuerza liberadora le penetra y regenera. Todo cambia. Se puede vivir con una confianza diferente, con un sentido nuevo, con verdadera esperanza.
Entonces se puede intuir la verdad que encierran las palabras de Jesús: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasara hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed».
UN VACIO DIFICIL DE LLENAR
Yo soy el pan de vida.
La palabra «religión» suscita hoy en muchos una actitud defensiva. En bastantes ambientes, el hecho mismo de plantear la cuestión religiosa provoca malestar, silencios evasivos, un desvío hábil de la conversación.
Se entiende la religión como un estadio infantil de la humanidad que está siendo ya superado. Algo que pudo tener sentido en otros tiempos pero que, en una sociedad adulta y emancipada, carece ya de todo interés.
Creer en Dios, orar, alimentar una esperanza final son, para muchos, un modo de comportarse que puede ser tolerado, pero que es indigno de personas inteligentes y progresistas. Cualquier ocasión parece buena para trivializar o ridiculizar lo religioso, incluso, desde los medios públicos de comunicación.
Se diría que la religión es algo superfluo e inútil. Lo realmente importante y decisivo pertenece a otra esfera: la del desarrollo técnico y la productividad económica.
A lo largo de estos últimos años ha ido creciendo entre nosotros la opinión de que una sociedad industrial moderna no necesita ya de religión pues es capaz de resolver por sí misma sus problemas de manera racional y científica.
Sin embargo, este optimismo «a-religioso» no termina de ser confirmado por los hechos. Los hombres viven casi exclusivamente para el trabajo y para el consumismo durante su tiempo libre, pero «ese pan» no llena satisfactoriamente su vida.
El lugar que ocupaba anteriormente la fe religiosa ha dejado en muchos hombres y mujeres un vacío difícil de llenar y un hambre que debilita las raíces mismas de su vida. F. Heer habla de «ese gran vacío interior en el que los seres humanos no pueden a la larga vivir sin escoger nuevos dioses, jefes y caudillos carismáticos artificiales».
Quizás es el momento de redescubrir que creer en Dios significa ser libre para amar la vida hasta el final. Ser capaz de buscar la salvación total sin quedarse satisfecho con una vida fragmentada. Mantener la inquietud de la verdad absoluta sin contentarse con la apariencia superficial de las cosas. Buscar nuestra religación con el Trascendente dando un sentido último a nuestro vivir diario.
Cuando se viven días, semanas y años enteros, sin vivir de verdad, sólo con la preocupación de «seguir funcionando», no debería de pasar inadvertida la invitación interpeladora de Jesús: «Yo soy el pan de vida».
¿CREER DESDE EL BIENESTAR?
Trabajad, no por el alimento que perece...
Probablemente, son mayoría los hombres y mujeres que, consciente o inconscientemente, aspiran como ideal último de su existencia al bienestar y al bien-vivir.
Lo importante es vivir cada vez mejor, tener linero y disfrutar de una seguridad. El dinero parece ser la fuente de todas las posibilidades.
El que posee una seguridad económica, puede aspirar a lograr el reconocimiento de los demás, la autoafirmación personal y, en definitiva, la felicidad.
Naturalmente, cuando el bienestar se convierte en el objetivo de nuestra vida, ya no importan demasiado los demás. Entonces es normal que se desate la competitividad, la insolidaridad, el acaparamiento injusto.
Alguien ha dicho que en esta sociedad, «nos hemos quedado sin noticias de Dios». Dios es superfluo. No hace falta ni combatirlo. Sencillamente se prescinde de él. ¿Por qué?
El ideal del bienestar crea un modo de vivir tan superficial y tan insensible y ciego para las dimensiones más profundas del hombre, que ya no parece haber sitio para Dios.
O quizás, algo que no es mucho mejor. Sólo queda sitio para una religión «rebajada» al plano individual y privado, donde la religioso se convierte, con frecuencia, en mero alivio de frustración y problemas individuales.
Entonces, y aún sin ser conscientes de ello, la religión viene a ser un elemento más de seguridad personal, al servicio de ese ideal último que es el bienestar.
¿No debemos escuchar hoy más que nunca los cristianos la queja y las palabras de Jesús junto al Tiberíades?: «Vosotros me buscáis porque comisteis hasta saciaros. Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura, dando vida eterna».
No basta alimentar nuestra vida de cualquier manera. No es suficiente un bienestar material. El hombre necesita un alimento capaz de llevarlo hasta su verdadera plenitud. Y ese alimento, lo creamos o no, es sólo el amor.
Es una equivocación mutilar nuestra existencia, poniendo toda nuestra esperanza en un bienestar que se acaba en el momento en que perece nuestra vida.
Sólo el amor da vida definitiva. Sólo el que sabe ver el dolor de los que sufren y escuchar los gritos de los maltratados, puede escapar del engañoso atractivo del bienestar y buscar una vida nueva. Una vida que lleva a los hombres a su plenitud.
LO PRIMERO, LA VIDA
La exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta analizar la trayectoria de su actividad. A Jesús se le ve siempre preocupado de suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.
Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos: Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada e insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.
Como ha subrayado J. Sobrino, pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad. Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada. No es extraño que Jesús se presente como el gran defensor de la vida ni que la defienda y la exija sin vacilar, cuando la ley o la religión es vivida «contra la vida».
Ya han pasado los tiempos en que la teología contraponía «esta vida» (lo natural) y la otra vida (lo natural) como dos realidades opuestas. El punto de partida, básico y fundamental es «esta vida» y, de hecho, Jesús se preocupó de lo que aquellas gentes de Galilea más deseaban y necesitaban que era, por lo menos vivir, y vivir con dignidad. El punto de llegada y el horizonte de toda la existencia es «vida eterna» y, por eso, Jesús despertaba en el pueblo la confianza final en la salvación de Dios.
A veces los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el Reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana y digna para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en su vida eterna. Por eso se dice de Jesús que «da vida al mundo». (Jn 6, 33).
EL AGUA Y LA LUZ HACEN POSIBLE LA VIDA. EL "PAN" LA MANTIENE
Jn 6, 24-35
CONTEXTO
Seguimos en el cap. 6 del evangelio de Juan, pero hemos pasado por alto el relato de la travesía del lago y la aparición de Jesús andando sobre el agua.
La lectura de hoy afronta directamente la discusión con los judíos. En el v. 59, se dice expresamente que el encuentro tuvo lugar en la sinagoga de Cafarnaún. En todo caso, se plantea una discusión larga y dura, en la que Jesús va concretando y profundizando las exigencias del seguimiento. Se va acentuando la distancia a medida que Jesús va aquilatando el discurso. El proceso será: entusiasmo, duda, desencanto, desilusión, oposición, rechazo, abandono.
EXPLICACIÓN
Jesús no contesta a la pregunta de "¿Cómo y cuándo has llegado aquí?", sino a las verdaderas intenciones de la gente. Con ello está separando lo que no tiene ninguna importancia (cómo llegó), lo que tiene una importancia relativa (el alimento material) y lo que la tiene de verdad (el compromiso humano al que quiere llevarlos).
Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. La "señal" había sido una invitación a compartir, Pero ellos se fijaron solo en la satisfacción de la propia necesi¬dad. Han vaciado el "signo" de su contenido.
Esa búsqueda de Jesús no es correcta, porque solo pretenden seguridades. Jesús va directamente al grano y desenmascara su intención. No le buscan a él sino el pan que les ha dado. No le buscan porque les haya abierto las puertas de un futuro más humano.
Esas palabras que Juan pone en boca de Jesús, critican la religión de todos los tiempos. Todas las religiones terminan manipulando a Dios para ponerlo a su servicio interesado.
Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el alimento que dura dando Vida definitiva. La propuesta de trabajar por el alimento que da Vida, es el resumen de todo su mensaje. Vale lo mismo para aquel tiempo que para hoy.
Trata de advertir de la facilidad que tiene el hombre de malograr su vida enredándose en lo puramente material o dejándose llevar por lo sensible. La búsqueda del verdadero panexige esfuerzo. Es un sendero de lucha, de superación, de purificación, de regeneración, de muerte y nuevo nacimiento.
Ese alimento que perdura lo da Dios gratuitamente, Jesús descubrió ese don y desplegó su verdadera Vida humana.
Sin alimento no se puede recorrer camino alguno. Por eso hay que escucharle cuando habla de otro tipo de comida que es la que me salva. También hay que trabajar por el alimento que perece, pero no debe ser el objetivo último de nuestro trabajo.
Los judíos muestran un cierto interés por enterarse, pero como se demostrará más tarde, es puramente superficial. Acostumbrados a moverse a golpe de preceptos, preguntan a Jesús por las normas. No pueden imaginar que Dios pueda dar algo por nada.
Éste es el trabajo que Dios quiere, que prestéis adhesión al que él ha enviado. Conocer lo que Dios espera de nosotros, parecería el verdadero camino para llegar, pero ese interés es sólo aparente, en los judíos y en nosotros. En realidad no nos interesa demasiado lo que Dios quiera o no quiera. Lo que de verdad nos interesa es lo que nosotros esperamos de Dios. Para garantizar unas seguridades, nos hemos fabricado un Dios a nuestra medida...
De todas formas Jesús les dice lo que Dios espera de ellos: que crean. La eterna discusión entre fe y obras queda superada de una manera drástica: creer es la obra primera y más importante que Dios espera de nosotros.
Pero inmediatamente viene la institución y nos dice: lo que Dios quiere es esto y aquello; que no es más que lo que les interesa a los dirigentes de turno. Jesús no vino a dar nuevas normas morales; vino a enseñarnos el camino de la Verdad y de la verdadera Vida.
Lo que tengo que "hacer" en la práctica de cada día, lo tengo que descubrir yo, no me tiene que llegar de fuera como una programación, no tengo que ser un robot al que le han introducido un programa. Lo que Dios quiere es que lleguemos a nuestra plenitud, y el "mapa de ruta" para llegar, está en nuestro interior, no fuera.
A Dios le importa mucho más lo que somos que lo que hacemos. Otra vez nos muestra nuestra fundamental ceguera cuando estamos preocupados por lo que Dios quiere que hagamos o dejemos de hacer. Solo una cosa es fundamental: creer.
Pero también aquí hemos tergiversado lo que es creer: lo dejamos en la aceptación de una serie de verdades teóricas, y nos quedamos tan tranquilos.
En la Biblia creer es tener confianza en... Esto es lo que pide Jesús a sus oyentes. Pero igualmente tergiversamos esa confianza y la convertimos en una esperanza de que Dios cumpla nuestros deseos; en vez de confiar en lo que Dios quiere para nosotros y por lo tanto intentar descubrir esa voluntad, no como venida de fuera, sino como inserta en la raíz de nuestro propio ser.
La clave está en saber pasar de un pan a otro pan.
¿Qué señal realizas tú para que viéndola te creamos? ¿Qué obras haces? La exigencia de una señal para creer, es la mejor demostración de que no creen. Estarían dispuestos a aceptar un Mesías, semejante a Moisés, que demostrara su valía a base de prodigios (por eso querían hacerle rey). El maná estaba considerado como el mayor de los milagros. Exigen de Jesús que legitime sus pretensiones con otro prodigio igual o mayor.
Pero la Vida que Jesús promete no viene de fuera y espectacularmente. Está en cada uno y se manifiesta en lo cotidiano, como amor desinteresado, como preocupación por el otro.
No os dio Moisés el pan del cielo; no, es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Aquello no era más que un símbolo. La realidad está en Jesús, verdadero pan del cielo, que alimenta la verdadera Vida. Recordemos que los rabinos consideraban la Torah como el pan que Dios les había otorgado. Ahora es Jesús la única Ley que salva.
Danos siempre de ese pan. Reacción aparentemente sincera, pero radicalmente equivocada. Le llaman Señor, creen de alguna manera en sus palabras. Esperan que satisfaga sus anhelos, pero no le dan su adhesión, solo buscan una salvación que les llegue de fuera sin que ellos tengan que hacer nada. Lo que intentan es aprovecharse de una persona, que ha dado muestras de su capacidad de salvar.
Yo soy el pan de Vida. En todos los grandes discursos que encontramos en este evangelio, se hace referencia a la Vida, con mayúscula. Se trata de una realidad que no podemos explicar con palabras, ni meter en conceptos humanos. Solo a través de símbolos y metáforas podemos indicar el camino de una vivencia que es lo único que nos llevará a descubrir de qué se está hablando.
"Yo soy" en Juan es la suprema manifestación de la conciencia de lo que era Jesús. Cada uno de nosotros debemos descubrir lo que verdaderamente somos, como lo descubrió Jesús. Yo soy lo mismo que era Jesús.
El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mi no pasará nunca sed. ¿Qué significa, "ir a él, creer en él?" Aquí radica todo el meollo del discurso. No se trata de recibir nada de Jesús, sino de descubrir que todo lo que él tenía lo tengo yo.
Lo que Jesús quería era que los seres humanos descubrieran que se podía vivir desde una perspectiva diferente, que alcanzar la plenitud humana significaba el descubrir lo que Dios es en cada uno y una vez descubierto ese don total (Vida), respondiéramos como respondió Jesús.
Lo que propone Jesús está en contra de toda lógica racional. Nos está diciendo, que el pan que da vida no es el pan que se recibe y se come, sino el pan que se da. Si te conviertes en pan como él, entonces, ese darte, se convertirá en Vida.
Jesús no invita a buscar la propia perfección, sino a desarrollar la capacidad de darse a sí mismo. Buscando su perfección el hombre edifica su propio pedestal, para colocar allí su falso yo. Solo dándose, superará el individualismo egoísta y alcanzará unidad y plenitud.
Meditación-contemplación
"El que viene a mí no pasará hambre, el que cree en mí nunca pasará sed".
Pasar hambre o tener sed es carencia de vida fisiológica,
pero es una gran metáfora aplicada a la Vida espiritual.
La Vida espiritual también necesita de alimento.
...................
Juan presenta a Jesús como el alimento que da Vida.
Para que alimente, hay que comerlo y beberlo,
pero sobre todo, tengo que asimilarlo,
descubriendo dentro de mí, lo que le dio a él esa Vida.
.......................
Esa Vida es la misma Vida de Dios que se nos ha comunicado.
Como Jesús, tenemos que descubrirla
y dejar que nos atraviese desde lo hondo del ser.
Esa Vida es un don, pero tenemos que aceptarlo personalmente.
.......................
MAERTENS-FRISQUE
Cristo acaba de realizar la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15). Con este motivo consigue un éxito entre la muchedumbre bastante considerable (vv. 22-25) El discurso sobre el pan de vida parte de estos dos hechos. Las gentes han comido un alimento perecedero, pero, hay otro alimento que sirve para la vida eterna (vv. 26-27); la muchedumbre ha buscado a un realizador de milagros, pero la personalidad de Jesús es de otro orden (vv. 26-27) y las obras realizadas hasta ese momento por el pueblo no son las que van a poder merecerle la salvación: lo único que cuenta es el seguir a Cristo (vv. 28-29).
Los oyentes se decepcionan evidentemente ante esta argumentación y quieren rebatir las pretensiones de Cristo: su milagro es insignificante, los antiguos vieron cosas mejores (versículos 30-31). Así, pues, si Cristo quiere revelar el misterio de su persona, que dé una señal más inteligible. Jesús responde afirmando que El es el pan de vida (vv. 32-35).
a) Estos versículos plantean, de manera enigmática, pero excitante, el problema de la persona de Jesús y de la capacidad de la fe para descubrir el misterio que se encierra detrás de los signos que lo manifiestan. Invitan expresamente al oyente a ponerse en estado de búsqueda auténtica para poder descubrir el alcance del discurso que sigue.
b) Choca bastante ver a Cristo presentando este proceso de búsqueda que es, en resumen, la fe (v. 29) con términos como "trabajo" (v. 27) y "obras a realizar" (v. 28). Efectivamente, el trabajo que hay que hacer no es perderse en la multitud de comportamientos que implica la ley, sino comprender que la vida de Cristo es la obra del Padre por excelencia (cf. Jn 5, 17). Que los hombres renuncien a discutir inútilmente sobre las muchas obras que ellos tienen que realizar para salvarse y que reconozcan la necesidad de una sola obra: la que el Padre cumple en su hijo y que está marcada con su sello (v. 27) y se manifiesta especialmente en el signo del pan.
c) Los signos y obras realizados por Cristo no son solo medios para legitimar su reivindicación o justificar su misión. El problema no está en dar pruebas de tipo intelectual, sino signos que comprometan ya desde ese momento y continúen la obra de salvación que Cristo trae. Con esto no es que El quiera competir con el maná. No se trata de demostrar que El es superior a Moisés, sino de hacer comprender que tanto el maná del desierto como los panes multiplicados por Jesús son ambos expresión del amor que el Padre ofrece al mundo. Jesús, al ir más allá de la significación material del maná (v. 32), estaba completamente en la línea del Antiguo Testamento que buscó con frecuencia ver la Palabra de Dios detrás de este alimento (Dt 8, 2-3; Sab 16, 26). Jesús deja entender, con esto, que El también, al multiplicar los panes, trasciende la vida material y física por su mensaje y el misterio de su persona simultáneamente (versículo 35). Pero los interlocutores de Cristo no trascienden el plano material (v. 34). En esta situación, a Cristo no le queda otra cosa que hacer que declarar abiertamente que el pan multiplicado va unido a su misión espiritual y a su propia persona hasta el punto de confundirse con ella (v. 45).
d) Cuando Cristo revela su propia persona, emplea una fórmula nueva: pan de vida, que era algo desconocido en el Antiguo Testamento. Juan ha, sin duda, forjado esta fórmula, así como creó las expresiones "luz de vida" (Jn 8, 12), palabra de vida (1 Jn 1, 1), agua de vida (Ap 21, 6; 22, 1). Probablemente pensó en el árbol de la vida del Paraíso, símbolo de la inmortalidad de la cual el hombre quedó privado por el pecado, que el maná del desierto no fue capaz de restituir, pero que Jesús concede como respuesta a la fe (cf. Jn 6, 50, 54). Existe, pues, en el concepto de pan de vida un matiz paradisíaco y escatológico: Jesús es la verdadera vida inmortal a la que el hombre tiende desde el primer momento y que, finalmente, le es accesible por la fe.
Juan relaciona el misterio eucarístico con la encarnación (v. 35): el verdadero pan es el Hijo de Dios que ha venido del cielo. El hambre se sacia recurriendo a El. Todo el que cree en Cristo y en su doctrina se está ya alimentando de El. Pero la dimensión pascual de este pan no puede ser descartada. Es fácil que la proximidad de la Pascua (Jn 6, 4) haya sugerido a Cristo el tema del maná, así como las homilías pronunciadas en las sinagogas con motivo de la proximidad de tal festividad (cf. Jn 6, 59).
La palabra "dar", que se repite tres veces en el pasaje de este día, anuncia ya el don del Calvario y expresa que no existirá pan verdadero más que cuando se haya cumplido totalmente la obra salvífica de Cristo. El pan de vida no puede ser comido solo con la fe; es necesario un pan concreto, que exigirá ser comido realmente y así nos integrará dentro del misterio de la cruz.
EUCARISTÍA
-El hambre.
La multiplicación de los panes y peces, que considerábamos el domingo pasado, supuso un notable éxito popular para Jesús. Pero no era ése el éxito que Jesús deseaba. La multitud de seguidores comió, se sació y con ello se dio por satisfecha. Todo lo que deseaban era satisfacer el hambre. Por eso todos estaban de acuerdo a la hora de proclamar rey a Jesús.
Con un rey así, pensaron, tenían cubiertas, de una vez por todas, todas sus necesidades. Pero Jesús soslayó la tentación populista y declinó el compromiso. Su misión no era dar de comer a los hambrientos, sino despertar el hambre de los satisfechos. Para eso había venido al mundo, para descubrir a los hombres que la vocación humana es la libertad y la solidaridad.
-El desierto.
Nos cuenta la primera lectura una situación semejante de hace tres mil años. El pueblo de Israel, liberado de la esclavitud de Egipto, emprende animosamente el éxodo, la aventura de la libertad. Pero el ejercicio de la libertad es comprometido y no todos los que se declaran partidarios de la libertad asumen con igual empeño su responsabilidad. De ahí que, al cabo de unas jornadas, acuciados por el hambre en el desierto, añoran los ajos y las cebollas de Egipto y menosprecian la libertad. El desierto es el lugar de la prueba, es la intimidad del hombre y la soledad imponente de la decisión. El desierto es la imagen de esta vida y de todo cuanto los hombres hemos ido añadiendo a la vida hasta convertir el mundo en un lugar inhóspito y la vida en un modo de convivencia inhumano.
-El maná.
El maná fue la señal del cielo para el pueblo de Israel. La mañana en que vieron la tierra cubierta del fruto del tamarisco, entendieron que el Señor estaba con ellos. Comieron y se saciaron y quedaron reconfortados para continuar la aventura. Y esto les ocurriría muchas veces durante el éxodo, hasta que llegaron a la tierra prometida. Unas veces les faltaba el pan y encontraban el maná, otras añoraban la carne y podían cazar codornices, llegó a faltarles el agua y la encontraron en la que brotaba de una peña. A medida que iban dando respuesta a sus necesidades inmediatas, iban también encontrando la respuesta y la providencia de Dios. Hoy la técnica es el maná de nuestro tiempo. En las maravillas de la tecnología vamos descubriendo el modo de resolver la satisfacción de nuestras necesidades. Porque necesitamos comer para vivir.
-El pan del cielo.
Pero corremos el riesgo de vivir para comer, o, lo que es lo mismo, vivir para consumir. Los productos del trabajo del hombre y de la técnica, que adquirimos en los establecimientos de venta, apenas nos dicen nada más que el precio que hemos de pagar, o el pequeño placer que nos va a proporcionar. No es un maná que viene del cielo. Nosotros sabemos o creemos saber de dónde viene, cómo se produce y cuánto cuesta.
Creemos saberlo todo. Y en consecuencia, nos atribuimos todo el mérito. Como ocurrió mil años más tarde del éxodo, los judíos contemporáneos de Jesús ya habían perdido de vista la perspectiva del maná, don de Dios, para echar en cara a Jesús que fue Moisés quien les diera pan del cielo. Y Jesús tuvo que puntualizar: no fue Moisés quien hizo bajar pan del cielo, sino el Padre. Perder de vista la providencia de Dios y su obra creadora y atribuirnos todo el mérito de lo que sólo es manipulación de la naturaleza creada por Dios y puesta a disposición de todos los hombre, es convertir el pan del cielo en mero pan, que sólo satisface el hambre y que ni siquiera satisface el hambre de todos. Porque cuando nos apropiamos el pan y todas las cosas, lo despojamos de su sentido religioso y universal y no lo compartimos, y así lo desnaturalizamos.
-El pan de vida
El pan del cielo es el pan de vida, el que no sólo sirve para sustentar la vida, sino que le da sentido. Por eso Jesús nos dice hoy que trabajemos no por el pan que perece, sino por el que perdura. Es perecedero el pan que sólo sirve para consumir y nos hace consumidores. Perdura el pan que se reparte y comparte y que nos hace hermanos. Todos los bienes del mundo, todos los productos del trabajo y de la técnica tienen, además de su utilidad inmediata, un sentido y una dimensión trascendental. Porque pueden servirnos para especular y explotar, y así sembrar discordia y enfrentamiento entre los hombres; o pueden servirnos para distribuir y compartir, y así colmar de gozo y de sentido humano la convivencia.
-Vamos a partir el pan.
Porque sólo hay dos modos de vivir y entender la vida: o acaparar o repartir, o compartir o competir.
Como dice Pablo, y nos insta hoy a nosotros, si somos cristianos, no podemos movernos en la vaciedad de los criterios como los gentiles. El camino del egoísmo, de la ambición, lleva ineludiblemente a la desigualdad, al abismo entre pobres y ricos, la explotación, la injusticia y la destrucción. Los cristianos tenemos que dejarnos renovar por el Espíritu de Jesús y cambiar de criterio de acuerdo con nuestra nueva condición de hijos de Dios, hermanos de todos.
Cada vez que nos reunimos a celebrar la eucaristía, a partir el pan, como decían los primeros cristianos, lo hacemos para llenarnos del espíritu de Jesús y recuperar su punto de vista y así descubrir el sentido del pan y de todas las cosas, que es su dimensión humana universal. En la eucaristía celebramos ya, como un anticipo, esa gran fraternidad de todos los hombres hijos de Dios. Pero no podemos dar por supuesto lo que aún esperamos. Y así, la eucaristía es el maná que alimenta nuestra fe y nuestra esperanza en la gran marcha de la caridad hasta dar la vuelta al mundo y construir sobre él una sociedad de iguales y de hermanos.
JOAQUÍN GOMIS
Pan-de-vida
Con la lectura de aquel signo admirable de JC alimentando a la multitud que le seguía, iniciamos el domingo pasado la lectura del capítulo sexto del evangelio de Juan. Hoy y en los domingos próximos leemos la palabra de JC que aquel signo anunciaba.
-Alimento para caminar
Pero antes de examinar lo que nos dice JC, recordemos un momento la 1. lectura: la narración de aquel hecho profundamente enraizado en la historia del pueblo judío, el recuerdo de COMO DIOS ALIMENTO AL PUEBLO QUE AVANZABA por el desierto, después de su liberación de Egipto y en camino hacia la tierra prometida. No se trata ahora de averiguar qué fue exactamente el maná. Probablemente era la resina de un árbol que fluía durante la noche y que Moisés presentó al pueblo como un don de Dios. Lo que nos interesa es el sentido simbólico del hecho. Es decir, LA VISIÓN DE LA VIDA DEL HOMBRE COMO UN CAMINO DE LIBERACIÓN, como un camino difícil pero que conduce a la vida. Y LA NECESIDAD DE RECIBIR LA FUERZA, el alimento de Dios para realizar este camino.
-El alimento es JC
Este sentido es el que nos permite entender la importancia de la afirmación central en el evangelio de hoy: "YO SOY EL PAN DE VIDA". Anticipemos por un momento el final de este capítulo de Juan: según el evangelista "desde entonces muchos discípulos de Jesús se echaron atrás y no volvieron a ir con él". Y no podemos extrañarnos porque realmente las palabras de JC son escandalosas, si uno se las toma seriamente. Quizá si a veces no lo son para nosotros, es porque no nos la tomamos con seriedad.
Son escandalosas, porque JC se define como el VERDADERO ALIMENTO, la auténtica fuerza que hace posible caminar, que hace posible ser libre, que hace posible CONSEGUIR LA VIDA PARA SIEMPRE. Esto significa que él es "el pan de vida". ¿Quién puede afirmar -sin provocar escándalo- que "el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed"?.
LA PRETENSIÓN DE JC es absoluta y por ello es muy natural que provoque una reacción radical: UNA MAYORÍA que le admiraba y le veneraba se niega a seguir con él porque encuentran desorbitada su pretensión; sólo le queda LA MINORÍA que (sin entenderle demasiado) continúa con él porque -como dice Pedro- "nosotros creemos".
-Esto es la fe cristiana
ESTO ES LA FE: Creer en JC PAN QUE DA VIDA para recorrer el camino, JC no es nuestra respuesta a cada problema sobre el sentido del mundo; no es un consuelo para los momentos de desgracia; no es un mero intercesor para conseguir esto o aquello; no es un lejano personaje ejemplar para admirar ... Es (¡para los creyentes!) mucho más que esto, aunque a la vez sea también mucho menos. Es mucho MAS porque es DIOS PRESENTE en nuestra vida, en nuestro camino. Es mucho MENOS porque está en ella con LA SENCILLA HUMANIDAD DEL PAN de cada día.
Preguntémonos hoy SI NOSOTROS ENTENDEMOS ASÍ la fe cristiana: una posibilidad de libertad, de vida, que exige avanzar por un camino que no es fácil, pero que es posible si vivimos del Pan de Dios que es JC, que es su palabra, su ejemplo, su esperanza, su lucha, su comunidad de los que viven de su Pan.
-No una "cosa" sino una "persona"
El domingo próximo continuaremos la lectura de estas palabras del Señor. Pero hoy, antes de finalizar este comentario, quisiera añadir que toda comparación, todo símbolo, es siempre imperfecto, siempre debe completarse. JC se define como el Pan de vida y ello es evidentemente un símbolo. Que tiene sin embargo el peligro de ser mal comprendido, si imaginamos a JC COMO SI FUERA UNA "COSA", como el pan es una cosa. Por eso debemos precisar que este pan de vida ES UNA "PERSONA", es un hombre, es el Hijo de Dios. Y que, por tanto, la fe en JC es sobre todo EL ENCUENTRO CON UNA PERSONA, con la persona de JC.
Esto significaba para los apóstoles y significa para nosotros la fe: encontrar a Jesús de Nazaret, seguirlo, y que él sea el Pan que alimenta nuestro camino, nuestra vida. Es lo que expresamos ahora en la eucaristía. No participaremos en una "cosa" sino en una "vida", en la vida que es para nosotros el evangelio de JC. Y esta vida queremos que sea el Pan que alimenta nuestro camino cada día, con sencillez pero también con fuerza.
ALESSANDRO PRONZATO
BUSQUEDA
"Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros". El verbo "buscar" es un verbo característico, un verbo-clave del evangelio de Juan. Está el Padre que busca los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad. Está Jesús que busca no la propia gloria ni la propia voluntad, sino la gloria y la voluntad de aquel que le ha enviado.
Están los judíos que buscan a Jesús para matarlo. Y están los discípulos que buscan a Jesús para estar con él. "Jesús se volvió, y al ver que lo seguían, les preguntó: ¿Qué buscáis?" (/Jn/01/38). Hay que advertir que estas son las primeras palabras de Jesús recogidas por el evangelio de Juan. Y es la primera y fundamental pregunta que se plantea a quien pretende seguirlo.
Una pregunta que volveremos a encontrar al final de la narración, cuando el resucitado se dirige a María Magdalena: "Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?" (Jn 20, 15). Así pues, el Maestro "obliga a quien se ha puesto en camino hacia él a preguntarse: ¿qué es lo que espera de Jesús? ¿Por qué lo busca? Y, en realidad, ¿qué busca?" (B. Maggioni).
No basta buscar. Es necesario verificar, lúcidamente, la autenticidad de la propia búsqueda.
Jesús plantea a todos la pregunta provocadora: ¿qué esperáis obtener? ¿Qué esperáis de mí? Pregunta, es claro, no porque tenga necesidad de documentarse, sino para obligarnos a tomar conciencia de las verdaderas motivaciones y de los verdaderos objetivos de la búsqueda.
Existe, en efecto, búsqueda y búsqueda. Quien busca a Jesús y quien se busca a sí mismo. Quien lo busca por motivos utilitaristas y quien, por el contrario, quiere hacerle el centro de la propia vida. Quien lo busca en clave intelectual y quien lo busca en clave existencial (unos para "saber", otros porque no podrían vivir sin él). Hay quien busca a Cristo para "quedarse" con él, y quien lo busca para anexionárselo, para instrumentalizarlo. Existe una búsqueda que desemboca inevitablemente en el fracaso. Y la búsqueda que lleva a "encontrar".
La multitud, aquí, va a Jesús, no por sí mismo, sino por la ventaja material que espera conseguir de él. Su búsqueda es muy interesada, reductiva. El maestro, entonces, acusa a sus "buscadores" de que no saben leer los signos. Según Juan - como afirma J. Perron - se pueden encontrar tres reacciones diversas ante los signos realizados por Jesús: Fe- signo-reacciones.
- Ceguera voluntaria. Es la postura de quien rechaza verlo, levantar acta de ello, sacar las consecuencias. Por ejemplo, los fariseos a propósito de la curación del ciego de nacimiento, o de la resurrección de Lázaro.
- Miopía. Consiste en pararse ante la materialidad del signo. Es la enfermedad que padece la multitud, que se para ante el signo en sí mismo y no sabe mirar en la dirección sugerida por la señal. "Si tú señalas con un dedo el cielo a un estúpido, el estúpido mira tu dedo" (proverbio chino).
- Penetración. Se trata del dinamismo propio del creyente que, estimulado por el signo, va más allá del signo para captar en él el significado profundo, el secreto escondido, que es además el secreto de la identidad personal de Jesús. Un ejemplo típico es el final del milagro de Caná: "...Manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él" (Jn 2, 11). "Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed". La multitud acudía porque tenía hambre. Y de Jesús pretendía el pan. Hoy la perspectiva ha cambiado radicalmente. Nos permitimos el lujo de desperdiciar el pan. Cada mañana, en las bolsas de basura de una gran ciudad se pueden encontrar decenas de quintales. Nos invita a ir con él para no tener más hambre ni sed. Pero nosotros, ahora, ya no tenemos ni hambre ni sed. Y, por tanto, ¿para qué moverse? No nos movemos precisamente porque estamos saciados, satisfechos. Nos hemos provisto de pan y de bebida, sin recurrir a Cristo. Este es precisamente nuestro drama. Ya no tenemos hambre.
Si es verdad que "el estómago vacío no tiene orejas" (como decía santo Tomás), es también verdad que un vientre atiborrado nos hace obtusos, somnolientos. Tenemos necesidad de que Cristo nos convenza de que el sustento no basta. Que hay en nosotros un hambre y una sed "distintos", que han de ser respetados, aunque no advirtamos sus estímulos (el espíritu es discreto, silencioso, no grita, no reivindica los propios derechos de una manera ruidosa...).
La paradoja para nosotros es que morimos de hambre porque tenemos la tripa llena. Estamos en peligro precisamente porque tenemos hambre y sed de otra cosa, que no entra en el menú habitual, y no caemos en la cuenta de ello.
Señor, haz que caigamos en la cuenta de que nuestro alimento de cada día, aunque sea (demasiado) abundante, resulta insuficiente. Es indigno de nuestra hambre. Concédenos caer en la cuenta de que nuestro comer es un "comer para morir".
Haz que redescubramos el sentido del "alimento para vivir".
Danos de nuevo el gusto del pan que es vida. Pan que es gratuidad, dignidad, libertad, valores del espíritu. Palabra, conciencia. Haznos reconocer que sólo gracias al pan que tú nos das, es más, que eres tú, nuestra vida se puede llamar vida.
Quién sabe si, digeridas borracheras e indigestiones, no vendremos finalmente a buscarte. Y esta vez será por el motivo justo.
Ten compasión de nosotros, de nuestra preocupante no-hambre. Ayúdanos, porque ya no tenemos hambre.
Haz el milagro del pan, aunque veas que tenemos demasiadas cosas que llevarnos a la boca.
Ha durado demasiado tiempo nuestro ayuno a pesar de la apariencia de las acostumbradas "comilonas".
Quizás ha llegado el momento de decirte, bajando los ojos: "Señor, danos siempre de este pan".
SANTOS BENETTI
1. Trabajar por el pan verdadero
El domingo pasado veíamos cómo Jesús alimentó a su pueblo en aquel lugar desértico y después huyó cuando se pretendía hacerlo rey. Por la noche cruza el lago y a la mañana siguiente está ya en las calles de Cafarnaúm. Allí lo encuentra la multitud y el evangelista Juan tiene la oportunidad de hacer una profunda reflexión acerca de la fe en Cristo, Pan de Vida. Nosotros seguiremos el texto, paso a paso. La gente comienza preguntándole a Jesús: «¿Cuándo has venido aquí?» Como diciéndole: Te andamos buscando, no nos dejes solos, ¿por qué nos abandonaste anoche? Es la oración que muchas veces le hacemos a Dios: por qué nos abandonas, por qué no atiendes a nuestros caprichos, por qué no nos das lo que te pedimos, etc.
Y Jesús, entonces, nos marca el límite entre la auténtica búsqueda de Dios y la búsqueda de nosotros mismos enmascarados bajo una forma religiosa: Sí, vosotros me buscáis, pero solamente por el pan que llena vuestros estómagos. En realidad, no me buscáis a mí, ni mi mensaje ni la vida que deseo daros... Hay una frase que nos llama la atención: «Vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros.» Aquí está la clave para comprender lo que sucedió con los panes repartidos en el desierto. No quiso Jesús solamente llenar los estómagos, sino que su gesto fue el signo de algo más: el signo, la señal o la manifestación de que Dios es el verdadero Pan de la vida. Por eso concluye Jesús invitándonos a trabajar por el alimento auténtico del hombre, ese que da la vida verdadera, y que es dado por el Hijo, marcado con el sello de autenticidad por el mismo Padre.
Cuando escuchamos estas frases, pienso que globalmente intuimos su sentido, pero podemos correr el riesgo de quedarnos satisfechos por haberlas repetido una vez más. Está bien decir: trabajar por el pan verdadero de la vida, el que nos da Cristo. Pero, ¿qué significa esto en el siglo veinte? ¿Nos pide Jesús que dejemos de trabajar en nuestra profesión u oficio para dedicarnos a las cosas espirituales? ¿O que abandonemos la política o la lucha gremial, o las actividades culturales, deportivas o científicas? En una época en que tanto cuesta mantener una familia, ¿es reprochable el que pretendamos comer hasta saciarnos, es decir, tener todas aquellas comodidades que un hombre digno debe tener? No es fácil responder a estos interrogantes, y el texto de Juan puede dar ocasión para variadas respuestas.
Observemos que Jesús no reprocha el que los judíos hayan comido pan en abundancia -pues él mismo se lo había dado- sino el buscarlo por ese motivo. Pienso que hasta se trata de un problema de dignidad humana: Jesús se niega a ser prostituido y reducido a un simple repartidor de pan. No es el tío bonachón que gana el cariño de los sobrinos con regalos y condescendencias. Y lo peor del caso es que así prostituimos a Dios y a la religión. ¿Qué diferencia habría entre un comercio y un estilo religioso que contratara a Dios como agente financiero o comercial? Es que suele suceder que nos comportamos con Dios como aquella clientela fija de un gran negociante, que, cuando llega la carestía o hay dificultad en conseguir productos, de alguna manera se siente con derecho a reclamar su mercancía porque es de la vieja clientela.
En la vida de los negocios, esta actitud no es mala. Nadie regala, y quien da una vez, espera recibir en otra oportunidad. Pero, ¿podemos aplicar este esquema a nuestras relaciones con Dios? Este es el problema. Y hasta llegamos a pensar que le hacemos un favor a Dios creyendo y asistiendo a su culto. Y llegamos a decir: «Nosotros somos los que no lo hemos abandonado. Cuánto descreimiento hay en el mundo, pero nosotros seguimos firmes.» Y de esto a pensar que Dios está obligado a no abandonarnos cuando se nos pasa un capricho por la cabeza, no hay más que un paso.
En otras palabras: Quien quiera comer, que trabaje; quien quiera un título, que estudie; quien quiera ser gobernante, que actúe en política; quien quiera la salud, que se cuide y consulte a un médico. Esto forma parte del oficio del hombre, y no hace falta meter la fe de por medio para que se nos aligere el camino. La fe no nos hace más inteligentes, ni más capaces en una profesión ni mejores deportistas. La fe no es un tobogán para que la vida se nos deslice con mayor suavidad, rapidez y facilidad. Jesús más bien habría insinuado lo contrario: la fe es el camino estrecho, el de la cruz.
¿Qué pretende, entonces, la fe? ¿Qué busca? ¿Por qué debe trabajar el hombre creyente? Jesús dice: «Por el alimento que dura hasta la vida eterna, el que da el Hijo.» Mas, ¿cómo traducir esto en un lenguaje moderno para que lo entendamos? Si pudiéramos hacerlo, habríamos resuelto el más grave problema que se le plantea a la fe cristiana en el mundo moderno. ¿Qué puede significar hoy esta vida eterna? Años atrás la respuesta era bastante simple: «esta vida» se acaba con la muerte; nosotros por la fe esperamos la «otra vida» que nunca acabará. Esa es la vida eterna.
Pero tal modo de pensar da la impresión de que Dios nos puso en esta tierra y en esta vida precisamente para que no la vivamos, ya que lo importante es la otra vida. ¿Para qué estamos aquí, entonces? Parece, por lo tanto, que vida eterna no es lo que se agrega después de la muerte sino una realidad que ya ahora y aquí podemos adquirir, a tal punto que Jesús nos invita a trabajar para conseguirla. Si bien a veces "eterno" se opone a «transitorio o perecedero», parece que este término bíblico tiene un sentido más profundo y que se refiere a la misma manera de vivir o existir. Eterno, más que un tiempo interminable, parece ser un modo de vivir el tiempo. En otras palabras: cuando el hombre come, duerme, trabaja, estudia, se divierte, etc., decimos que vive. Pero esa vida la puede encarar de dos maneras: o como si eso que hace fuese lo absolutamente importante y, entonces, toda su vida está supeditada a lo que hace, come, trabaja, etc., o bien -y ésta parece ser la perspectiva cristiana- el hombre, sin dejar de trabajar, etc., se cuestiona permanentemente acerca de sí mismo, de su yo íntimo, de eso que él es en verdad, de lo que es auténtico en él. La vida no está fuera de nosotros ni en lo que hacemos o comemos, sino que surge de dentro de uno mismo. Este ser hombre, este llegar a ser todo lo que el hombre está llamado a ser, este crecer desde dentro para abrazar la vida con más sentido y profundidad, esto podría traducirse por «eterno». Eterno es lo profundo, contrapuesto a lo superficial; lo auténtico, contrapuesto a lo falso; lo que vale y es por sí mismo, opuesto a lo que es y vale por su relación con otras cosas. Tratando de aclarar aún más esto, que de por sí es oscuro, la fe nos cuestiona como personas, como individuos y como miembros de una comunidad. Todos recibimos la vida por el nacimiento y la mantenemos por medio de los alimentos; pero la fe cuestiona el modo de encarar la existencia, el modo de comprendernos a nosotros mismos y el modo de mirar al prójimo. Si nuestro modo de razonar es suficientemente valedero, puede tener cabal sentido el por qué, para los cristianos, esa vida eterna está dada por Jesucristo. Porque nosotros entendemos que Jesús, por primero entre los hombres, asumió su existencia en forma recta, cabal y total, o sea: en la plena libertad interior y en el más generoso amor. Si, como repite Pablo, Jesús es el Hombre Nuevo que realizó el modelo humano proyectado por Dios (a su imagen y semejanza), está claro que esa vida de Jesús es la auténtica, es decir, la eterna. Y que nosotros, desde su perspectiva, desde su modo de encarar la existencia, desde su testimonio y palabras, podemos apoderarnos de la Vida por excelencia, vida eterna, por ser participación de la misma vida de Dios.
2. Trabajar por el pan es creer en Cristo
Jesús nos invitó a trabajar por el alimento que da la vida eterna. Es justa, por lo tanto, la pregunta que le podemos hacer como aquellos judíos: «¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere? » ¿Qué hacer para adquirir la vida eterna? La respuesta de Jesús forma parte de la esencia del cristianismo: "Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha enviado". Seguramente que hemos escuchado esta frase muchas veces, y también nosotros decimos: Yo creo en Jesús, sé que vivió en Palestina, que murió y resucitó. ¿Eso es todo?
Respondemos que sí o que no, según qué entendamos por ese «creer». Si por «creer en Jesús» entendemos que aceptamos como dato histórico su existencia terrena en Palestina, seguramente que con esa fe no podremos ir muy lejos y mal les podríamos reprochar a los judíos su falta de fe desde el momento en que ellos eran contemporáneos de Jesús y hasta conocían a su familia y parientes. La expresión «creer en Cristo, enviado de Dios» debe tener en la mentalidad de Juan un significado mucho más profundo que el anterior. Por otra parte, el creer debe ser un acto tan decisivo, que Jesús llega a decir que es la obra de Dios y es lo que nosotros debemos hacer. Creer en Jesús es, entonces, algo que hacer; algo que hacer ahora, en esto que llamamos vida; y es un hacer que refleja el hacer de Dios, el Dios de la vida.
Si hemos seguido con atención la primera parte de nuestras reflexiones, veremos que esta segunda está muy relacionada con ella. En efecto: si la vida eterna consiste en adquirir cierto modo de existencia que encare y cuestione permanentemente nuestra vida con profundidad, para descubrir y realizar todo lo que implica «ser hombre», entonces creer en Cristo como enviado del Padre y dador de la vida, significa varias cosas:
Primero: reconocer que Jesús alcanzó el ideal supremo del hombre. Que es el hombre nuevo, el que extendió como nadie su capacidad de amar, el que se sintió totalmente libre para ser el signo y el ejecutor de la liberación plena del hombre. Es decir: la fe reconoce a Cristo como la imagen perfecta del Padre, ideal de todo hombre según el proyecto primitivo del Padre. Más simplemente: Jesús vivió. Vivió totalmente. Su existencia fue eterna.
Segundo: que Cristo no conquistó este modo nuevo de vivir sólo para él, sino que ya en él todos los hombres tenemos la posibilidad de llegar a esa misma vida. No por arte de magia o por simple contagio. No basta decir: «Yo creo en Jesús» para ser transformados en hombres nuevos. El Evangelio nos dice que hay que creer, pero interpretando ese creer como una obra o un quehacer. Si bien es cierto que el hombre nuevo es la obra de Dios, es también fruto de la fe del hombre. Creer es interpretar nuestra vida como la interpretó Cristo; hacer nuestros sus sentimientos, encarar los problemas desde su ángulo. Creer en él es ser capaz de jugárselo todo por su palabra, reconociéndolo como lo absoluto, lo que vale la pena, lo que está más allá de esto trivial en que estamos sumidos. Por supuesto que para estar dispuestos a arriesgar todo por este Jesús, es prudente preguntarse como aquella gente: ¿Qué pruebas nos das de que eres el enviado de Dios? Moisés demostró serlo dando a su pueblo el maná. Y tú, ¿qué nos das? ¡Claro! La tarde anterior también ellos habían comido hasta hartarse, y con esta pregunta pusieron en evidencia que no se dieron cuenta de nada, de nada importante, tal como Jesús se lo había reprochado. No descubrieron que Jesús en su propia persona era el mejor signo de que Dios les estaba dando la vida. Se lo explica él mismo: No fue Moisés quien les dio el pan a los hebreos en el desierto, porque toda vida viene de Dios. El maná no fue auténtica vida sino solamente un signo de que la Vida era Dios.
Así ahora ha llegado el momento en que Dios entrega la Vida, y ése es el único signo. Los judíos parecen no entender, pues le dicen: «Señor, danos siempre de ese pan". Y Jesús se revela: "Yo soy el Pan de la Vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed.» El evangelista Juan nos está guiando por el largo y oscuro camino de la fe. Somos hombres, los buscadores del pan de la vida, simplemente de la Vida. No necesitamos milagros ni prodigios para ver dónde está la vida. Basta ver a Jesús. Jesús es el milagro de Dios, el signo de su presencia, el portavoz de su palabra; el testigo de esto nuevo que Dios quiere realizar en nosotros.
En síntesis...
¿Qué es ser cristiano? Es confiar en que la mejor forma de resolver el enigma de la vida es Jesucristo. Y esta confianza nos impulsa a hacer y trabajar en el mundo, sin escapar del mundo. No despreciamos ninguno de los valores de nuestra cultura, ninguno de los adelantos de un mundo técnico y científico. Pero, como cristianos, no aceptamos ser aplastados por ese mundo. Creemos en Cristo que el hombre sigue siendo lo más importante, y que una cultura vale por los hombres que tenga, por los hombres nuevos que sea capaz de engendrar. Jesús es el gran invento de Dios. Es el signo de su amor. Es la fuente de la vida. Por aquí camina nuestra fe...
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El Discurso del Pan de Vida no es un texto que hay que discutir o disecar, sino un texto que hay que meditar y rumiar. Por esto, si no se entiende todo, no hay por qué preocuparse. Este texto del Pan de Vida exige toda una vida para meditarlo y profundizarlo. Un testo así, la gente lo debe leer, meditar, rezar, pensar, leer de nuevo, repetir, rumiar, como se hace con un buen caramelo en la boca. Tenerlo en la boca, dándole vueltas, hasta que se acaba. Quien lee el Cuarto Evangelio superficialmente puede quedarse con la impresión de que Juan repite siempre la misma cosa. Leyendo con más atención, es posible percibir que no se trata de repeticiones. El autor del Cuarto Evangelio tiene su propia manera de repetir el mismo asunto, pero a un nivel cada vez más profundo. Parece como una escalera de caracol. Girando uno llega al mismo lugar pero a un nivel más profundo. b) Una división del 6° capítulo:
Es bueno tener presente la división del capítulo para poder percibir mejor su sentido:
Juan 6,1-15: el pasaje sobre la multiplicación de los panes
Juan 6,16-21: la travesía del lago, y Jesús que camina sobre las aguas
Juan 6,22-71: el diálogo de Jesús con la gente, con los judíos y con los discípulos
1º diálogo: 6,22-27 con la gente: la gente busca a Jesús y lo encuentra en Cafarnaún
2º diálogo: 6,28-34 con la gente: la fe como obra de Dios y el maná en el desierto
3º diálogo: 6,35-40 con la gente: el pan verdadero es hacer la voluntad de Dios
4º diálogo: 6,41-51 con los judíos: murmuraciones de los judíos
5º diálogo: 6,52-58 con los judíos: Jesús y los judíos
6º diálogo: 6,59-66 con los discípulos: reacción de los discípulos 7º diálogo: 6,67-71 con los discípulos: confesión de Pedro.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) La gente tenía hambre, comió el pan y buscó más pan. Buscó el milagro y no la señal de Dios que en el milagro se escondía. ¿Qué es lo que más busco en mi vida:
el milagro o la señal?
b) Hambre de pan, hambre de Dios. ¿Cuál de las dos predomina en mí?
c) Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida”. Él sacia el hambre y la sed. ¿Qué experiencia tengo de esto?
d) Por un momento, haz silencio dentro de ti y pregúntate: “Creer en Jesús: ¿qué significa esto para mí, bien concretamente en mi vida de cada día?”
Para aquéllos que deseen profundizar más en el tema
a) Contexto:
En el evangelio de hoy iniciamos la reflexión sobre el Discurso del Pan de Vida (Jn 6,2271). Después de la multiplicación de los panes, el pueblo se fue detrás de Jesús. Había visto el milagro, había comido hasta saciarse y ¡quería más! No trató de buscar la señal o la llamada de Dios que había en todo esto. Cuando la gente encontró a Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, tuvo con él una larga conversación, llamada el Discurso del Pan de Vida. No es propiamente un discurso, pero se trata de un conjunto de siete breves diálogos que explican el significado de la multiplicación de los panes como símbolo del nuevo Éxodo y de la Cena Eucarística. La conversación de Jesús con la gente, con los judíos y con los discípulos es un diálogo bonito, pero exigente. Jesús trata de abrir los ojos de la gente para que aprenda a leer los acontecimientos y descubra en ellos el rumbo que debe tomar en la vida. Pues no basta ir detrás de las señales milagrosas que multiplican el pan para el cuerpo. No de sólo pan vive el hombre. La lucha por la vida sin una mística no alcanza la raíz. En la medida en que va conversando con Jesús, la gente se queda cada vez más contrariada por las palabras de Jesús, pero él no cede, ni cambia las exigencias. El discurso parece moverse en espiral. En la medida en que la conversación avanza, hay cada vez menos gente que se queda con Jesús. Al final quedan solamente los doce, y Jesús ¡no puede confiar ni siquiera en ellos! Hoy sucede lo mismo. Cuando el evangelio empieza a exigir un compromiso, mucha gente se aleja.
b) Comentarios del texto:
• Juan 6,24-27: La gente busca a Jesús porque quiere más pan. La gente va detrás de Jesús. Ve que no ha entrado en la barca con los discípulos y, por ello, no entiende cómo ha hecho para llegar a Cafarnaúm. Tampoco entiende el milagro de la multiplicación de los panes. La gente ve lo que acontece, pero no llega a entender todo esto como una señal de algo más profundo. Se detiene en la superficie: en la hartura de la comida. Busca pan y vida, pero sólo para el cuerpo. Según la gente, Jesús hizo lo que Moisés había hecho en el pasado: alimentar a todos en el desierto, hasta la saciedad. Yendo detrás de Jesús, ellos querían que el pasado se repitiera. Pero Jesús pide a la gente que dé un paso más. Además del trabajo por el pan que perece, debe trabajar por el alimento que no perece. Este nuevo alimento lo dará el Hijo del Hombre, indicado por Dios mismo. Él nos da la vida que dura por siempre. El abre para nosotros un horizonte sobre el sentido de la vida y sobre Dios.
• Juan 6,28-29: “¿Cuál es la obra de Dios?” La gente pregunta: ¿Qué debemos hacer para realizar este trabajo (obra) de Dios? Jesús responde que la gran obra que Dios nos pide “es creer en aquel que Dios envió”. O sea, ¡creer en Jesús!
• Juan 6,30-33: “¿Qué señal realizas para que podamos creer?” La gente había preguntado: “¿Qué debemos hacer para realizar la obra de Dios?” Jesús responde “La obra de Dios es creer en aquel que le ha enviado”, esto es, creer en Jesús. Por esto la gente formula una nueva pregunta: “¿Qué señal realizas para que podamos ver y creer en ti? ¿Cuál es tu obra?” Esto significa que no entendieron la multiplicación de los panes como una señal de parte de Dios para legitimar la multiplicación de los panes como una señal de parte de Dios para legitimar a Jesús ante el pueblo como un enviado de Dios. Y siguen argumentando: En el pasado, nuestros padres comieron el maná que les fue dado por Moisés. Ellos lo llamaron “pan del cielo” (Sab 16,20), o sea, “pan de Dios”. Moisés sigue siendo un gran líder, en quien ellos creen. Si Jesús quiere que la gente crea en él, tiene que hacer una señal mayor que la de Moisés. “¿Cuál es tu obra?” Jesús responde que el pan dado por Moisés no era el verdadero pan del cielo. Venía de arriba, sí, pero no era el pan de Dios, pues no garantizó la vida para nadie. Todos murieron en el desierto. (Jn 6,49). El verdadero pan del cielo, el pan de Dios, es el pan que vence la muerte y trae vida. Es aquel que desciende del cielo y da la vida al mundo. ¡Es Jesús! Jesús trata de ayudar a la gente a liberarse de los esquemas del pasado. Para él, fidelidad al pasado no significa encerrarse en las cosas antiguas y no aceptar la renovación. Fidelidad al pasado es aceptar lo nuevo que llega como fruto de la semilla plantada en el pasado.
• Juan 6,34-35: “Señor, ¡danos siempre de este pan!” Jesús responde claramente: "¡Yo soy el pan de vida!" Comer el pan del cielo es lo mismo que creer en Jesús y aceptar el camino que él nos ha enseñado, a saber: "¡Mi alimento es hacer la voluntad del Padre que está en el cielo!" (Jn 4,34). Este es el alimento verdadero que sustenta a la persona, que da un rumbo a la vida, y que trae vida nueva.
XVIII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 69, 2.6
Líbrame, Dios mío. Señor, ven pronto a socorrerme.
Tú eres mi ayuda y mi libertador, no tardes, Señor.
Oración colecta
Derrama, Padre, tu misericordia
sobre tu pueblo suplicante,
y ya que nos gloriamos de tenerte por Creador y Señor,
renueva en nosotros tu gracia y consérvala en tu bondad.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Santifica los dones que te presentamos, Señor,
y, al aceptar este sacrificio espiritual,
conviértenos en ofrenda eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión Sab 16, 20
Nos diste, Señor, el pan del cielo, que tiene un sabor incomparable;
satisface todos los gustos.
Oración después de la comunión
Acompaña y protege siempre, Señor,
a quienes has renovado con este don celestial,
y ya que nos reconfortas constantemente
concédenos participar de la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
DOMINGO DECIMOCTAVO
Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo
Lectura del libro del Éxodo 16, 2-4. 12-15
En el desierto, los israelitas comenzaron a protestar contra Moisés y Aarón. «Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, les decían, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea».
Entonces el Señor dijo a Moisés: «Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo, y el pueblo saldrá cada día a recoger su ración diaria. Así los pondré a prueba, para ver si caminan o no de acuerdo con mi ley.
Yo escuché las protestas de los israelitas. Por eso, háblales en estos términos: "A la hora del crepúsculo ustedes comerán carne, y por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que Yo, el Señor, soy su Dios"».
Efectivamente, aquella misma tarde se levantó una bandada de codornices que cubrieron el campamento; y a la mañana siguiente había una capa de rocío alrededor de él. Cuando esta se disipó, apareció sobre la superficie del desierto una cosa tenue y granulada, fina como la escarcha sobre la tierra. Al verla, los israelitas se preguntaron unos a otros: «¿Qué es esto?» Porque no sabían lo que era.
Entonces Moisés les explicó: «Este es el pan que el Señor les ha dado como alimento».
Palabra de Dios.
SALMO Sal 77, 3-4bc. 23-25. 54
R. El Señor les dio como alimento un trigo celestial.
Lo que hemos oído y aprendido,
lo que nos contaron nuestros padres,
lo narraremos a la próxima generación:
son las glorias del Señor y su poder. R.
Mandó a las nubes en lo alto
y abrió las compuertas del cielo:
hizo llover sobre ellos el maná,
les dio como alimento un trigo celestial. R.
Todos comieron un pan de ángeles,
les dio comida hasta saciarlos.
Los llevó hasta su Tierra santa,
hasta la Montaña que adquirió con su mano. R.
Revístanse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios
Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso 4, 17. 20-24
Hermanos:
Les digo y les recomiendo en nombre del Señor: no procedan como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos.
Pero no es eso lo que ustedes aprendieron de Cristo, si es que de veras oyeron predicar de Él y fueron enseñados según la verdad que reside en Jesús.
De Él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia, para renovarse en lo más íntimo de su espíritu y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad.
Palabra de Dios.
ALELUIA Mt 4, 4b
Aleluia.
El hombre no vive solamente de pan,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
Aleluia.
EVANGELIO
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 24-35
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro
que ustedes me buscan,
no porque vieron signos,
sino porque han comido pan hasta saciarse.
Trabajen, no por el alimento perecedero,
sino por el que permanece hasta la Vida eterna,
el que les dará el Hijo del hombre;
porque es Él a quien Dios,
el Padre, marcó con su sello».
Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?»
Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquel que Él ha enviado».
Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura:
"Les dio de comer el pan bajado del cielo"»
Jesús respondió:
«Les aseguro que no es Moisés
el que les dio el pan del cielo;
mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
porque el pan de Dios
es el que desciende del cielo
y da Vida al mundo».
Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan».Jesús les respondió:
«Yo soy el pan de Vida.
El que viene a mí jamás tendrá hambre;
el que cree en mí jamás tendrá sed».
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario