Domingo 19 del Tiempo Ordinario

 Liturgia Viva del XIX Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Lectura Segunda)
Como hijos queridos de Dios
sigan a Cristo, amando a todos como él les amó,
y entregándose a Dios como ofrenda y sacrificio.
Que el Señor Jesús esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante


¿Qué es lo que mantiene a la gente, creciendo, sana y robusta? Por lo que respecta al cuerpo: el alimento y la comida. Sin embargo, incluso para el cuerpo no solo son necesarias la comida y la bebida, sino también el alimento del amor y de la seguridad… — ¿Qué es lo que necesitamos para mantenernos caminando hacia adelante como cristianos?  Nuestra fe y confianza en Dios. Esa fe se mantiene viva y creciente en nosotros a través de nuestra íntima relación con Cristo. Él nutre esta fe y amor en nosotros con el alimento y bebida de su palabra, y con la fuerza que nos proporciona la eucaristía. Este es nuestro “viático”, nuestro alimento y bebida para el camino de la vida. Este “viático” nos da valor para alzarnos en favor de todo lo que es justo, bueno y bello. Que el Señor Jesús nos dé en esta eucaristía el alimento y bebida de su palabra y de su cuerpo.

 

Acto Penitencial


Con demasiada frecuencia hemos fallado en escuchar la palabra de Cristo, y no nos hemos alimentado lo suficiente con el pan de vida de la eucaristía. Pidamos al Señor que nos perdone.
(Pausa)
Señor Jesús, tú nos das el alimento de tu palabra
y nos mandas levantarnos de nuestro pecado, y caminar.
Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú nos das el alimento de tu cuerpo en la comunión y nos mandas caminar firmes y seguros, movidos por su fuerza.
Cristo, Jesús en piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, tú nos das el alimento de tu amor
y nos mandas salir a encontrar y amar a nuestro hermano.
Señor, ten piedad de nosotros.

 

Ten misericordia de nosotros, Señor,
y elimina todos nuestros pecados.
Entrégate a nosotros como alimento para el camino
y llévanos a la vida eterna. Amén.

 

Oración Colecta


Roguemos para que el pan de vida de Jesús
nos sustente en este nuestro viaje de la vida.
(Pausa)
Dios, Padre de vida,
tu Hijo Jesús es nuestro pan vivo
bajado de los cielos,
que, procediendo de ti,
ha venido a nosotros y al mundo
para darnos vida.
Qué él restaure nuestra fuerza y valor
mientras caminamos con él a través de la vida
y danos voluntad y amor
para compartir nuestro pan con los que lo necesitan,
porque es Cristo quien, en ellos, nos grita su hambre.
Te lo pedimos en el nombre del mismo Jesús, el Señor.

 

Primera Lectura (1 Re 19:4-8): Pan para el Camino
Cansado de ser la voz de Dios  para un  pueblo que no escucha, Elías está al borde de una crisis de nervios. Por medio de un ángel, Dios le da alimento para aguantar marchando durante cuarenta días  -símbolo del tiempo de una vida-  para encontrar a Dios,  y para recibir de él nueva fuerza para su misión  como profeta.

Segunda Lectura (Ef 4:30-5:2): Sigue el Ejemplo de Amor de Cristo
Un cristiano debe amar y perdonar como Cristo, que se sacrificó a sí mismo por nosotros. En la eucaristía él nos puede dar la fuerza para seguirle.

Evangelio (Jn 6:41-51): Pan para la Vida del Mundo
Lo mismo que necesitamos pan y alimento para vivir, así también nos es necesario el pan espiritual para la vida eterna. Jesús es ese pan para la vida del mundo.

 

 

Oración de los Fieles


Roguemos a Jesucristo, quien dijo: “Los que vengan a mí no padecerán más hambre; los que crean en mí no tendrán más sed.” Él es pan para el camino para todos los que le buscan. Respondamos a cada petición: 

 

R/ Quédate con nosotros, Señor.

Por los que se alejan y dejan la Iglesia porque no les gusta el proceso de renovación de la misma, y, por el contrario, por los que dicen adiós a la Iglesia porque los cambios tardan en llegar, para que tanto los unos como los otros aprendan a aceptar las dimensiones humanas de la misma Iglesia, roguemos al Señor.

 

R/ Quédate con nosotros, Señor.

 

Por los que se sienten desalentados, por los heridos por la dureza de la vida, por los que buscan a Dios, pero no saben encontrarle, para que nosotros seamos para ellos como el camino humilde que les lleve hacia Cristo, roguemos al Señor.

 

R/ Quédate con nosotros, Señor.

 

Por los que se sienten abandonados por las personas en las que confiaban, por los que luchan sinceramente para permanecer leales a su compromiso en matrimonio o en su misión en la vida, para que el Cristo fiel sea para ellos el pan de fidelidad y de fortaleza, roguemos al Señor.

 

R/ Quédate con nosotros, Señor.

 

Por los pobres y discapacitados, por los que viven solos, por los inadaptados en la vida, para que encuentren verdaderos hermanos cristianos que les inspiren y les animen a creer y a experimentar el amor de Dios y del prójimo, roguemos al Señor.

 

R/ Quédate con nosotros, Señor.

 

Señor Jesucristo, cuando nos confrontamos con nuestras propias miserias y las de la gente a nuestro alrededor, en el ancho mundo, nos sentimos pequeños e impotentes. Sé tú para todos nosotros pan de fortaleza, para que nuestros corazones sean compasivos, nuestro amor sea cálido y profundo, y nuestro servicio sea fiel y humilde, porque tú fuiste así y quieres que seamos como tú, que eres Señor nuestro para siempre. Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas


Oh Dios, Padre nuestro:
Tú nos atraes a ti por medio de Jesús,
a quien nos lo enviaste como el pan de vida.
Haz que nos convirtamos
en esto que estamos a punto de comer,
en el cuerpo vivo de Cristo,
unidos como hermanos,
siendo sus testigos
y llevando su vida al mundo.
Te lo pedimos en el nombre del mismo Jesús. R/ Amén.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
Levantemos con alegría nuestros corazones y nuestras voces para dar gracias a Dios-Padre por su bondad. Él es el poder que nos salva, la fuerza que nos mantiene en la brecha, por Jesucristo que se nos da en la eucaristía.

 

Introducción al Padre Nuestro
Con las palabras de Jesús, Hijo fiel de Dios,
roguemos al Padre de todos
pidiendo fuerza y vida. / Padre Nuestro…

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor de todos los males
y sobre todo del pesimismo y desaliento.
Cuando los recursos se nos acaban
y nuestra fuerza se desmorona,
ayúdanos a aceptar nuestras limitaciones
y danos el pan de fuerza de tu Hijo
para mantenernos entusiastas en gozosa esperanza
hasta la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el Reino…

 

Al Partir el Pan (A Schilling)
Más que alimento sobre  la mesa,
lo que la gente pide es amor;
y nosotros necesitamos comprensión y acogida.
Que llevemos a cabo la palabra de Jesús
y sepamos partir el pan unos con otros.
Él tiene el poder de cambiar nuestras vidas.

 

Invitación a la Comunión
Este es Jesús, Señor nuestro,
el pan vivo bajado del cielo
para la vida del mundo.
Los que comen de este pan
vivirán para siempre.
Felices y dichosos nosotros,
invitados ahora a comer de este pan de vida.

 

Oración después de la Comunión


Oh Dios, Padre nuestro,
que con amor cuidas de nosotros:
En esta eucaristía tu Hijo Jesús nos ha dicho:
Levántate, come y anda.
Que Cristo nos sustente en nuestro caminar,
nos libre del desaliento,
nos dé el valor para hacerle visible a los hermanos
con nuestras buenas palabras y acciones.
Que nos lleve a la montaña
donde tú vives como nuestro Dios
por los siglos de los siglos.

 

Bendición      
El pan de vida que hemos comido
nos compromete a darnos a los demás.
Si somos uno con el Señor,
tenemos que ser también uno con los hermanos.
Si él se entregó por nosotros a costa de su vida,
tenemos que entregarnos viviendo los unos para los otros
y procurar que entre nosotros
nadie sea marginado ni pisoteado.
Podemos llevar a cabo esta misión en la vida
con la bendición de Dios todopoderoso,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. R/ Amén.

 

Yo soy el pan bajado del cielo.

 

No es fácil ser profeta. No lo es hoy, y no lo era en tiempos de Isaías, Jeremías o Elías. Hasta el punto de que Elías, con los criterios de hoy, probablemente hubiera sido diagnosticado de depresión. Sin ganas de vivir, sin ganas de trabajar, de comer… Sin ganas de nada. Sólo de dormir. Le deprimía el contacto con la gente. Había acertado con su profecía de la sequía (tres años y medio) y con la llegada de la lluvia, cuando él lo dijo. Había luchado contra los profetas de Baal, Pero no podía ver nada buen en su vida, solamente que la reina Jezabel le persigue a muerte. Se le han olvidado las múltiples ocasiones en que Dios ha estado a su lado, desde el momento en que le llamó para ser su testigo. Lo dicho, una depresión de manual.

El remedio para la depresión es el que cualquier madre o abuela podría haber aconsejado: comer bien y dormir mejor.  Los psiquiatras, probablemente, habrían recurrido a las pastillas, pero a Elías comer y dormir le dan las fuerzas para ponerse en camino, durante cuarenta días y sus cuarenta noches. Casi nada. Le dio para llegar al monte Horeb, el monte de Dios. Y sabemos que, en la montaña, siempre pasa algo, cuando se está en búsqueda de Dios.

Me parece que, a menudo, tenemos la “depre”, por lo menos espiritual. Se nos debilita o se reduce nuestra fe. Nos parece estar dentro de un túnel sin salida. No somos capaces de ver a Dios en la vida ordinaria. Echamos de menos algún “milagrillo” para salir del paso. Como los judíos del Evangelio, que no pueden creer en “el hijo del carpintero”. ¿Qué es eso de “bajar del cielo”? Si lo hubieran visto en medio de diez batallones de ángeles, rodeado de truenos y relámpagos, sería distinto.

Sigue pasando hoy. Cuando se debilita la fe, muchos empiezan a buscar soluciones en “presuntas apariciones”. La Historia está llena de estas apariciones y promesas. Y de “milagritos”. Esos que Cristo no quiso hacer, a petición del público. Porque Él era el gran prodigio, el milagro definitivo. No hacen falta más.

A lo mejor a eso se refería el Apóstol san Pablo, cuando hablaba de “no entristecer al Espíritu Santo de Dios”. Porque seguro que Dios se entristece cuando estamos mal y dejamos de rezar, de ir a Misa, de leer la Biblia, porque nos parece que nada nos ayuda. Nos resulta una comida insípida, y buscamos otras “comidas basuras”, que no nos llenan. Y el Señor nos dice el suyo es el alimento que da la vida. La buena, la eterna. Así que no dejes de acudir a Él.

Lo que sucede es que a veces lo que nos da el Señor no nos interesa demasiado. Eso de la Vida Eterna, por ejemplo. Podemos, por la gracia, llegar a participar en ella, pero hemos de decir que sí, como María. Pero ese ofrecimiento supone renunciar a muchas cosas, morir al hombre viejo y cambiar costumbres y actitudes. Y podemos decir que “no me interesa”. O quizá nos asusta, porque se nos está dando el mismo Dios. Y entrar en comunión con Él es difícil, porque nos remueve.

Incluso nuestra poca fe no nos permite creer que el Señor nos pueda dar todo lo que nos promete. Le vemos, igual que sus vecinos, como uno de nosotros. Y dudamos. Porque pensamos que lo sabemos todo. Hace falta mucha humildad, para buscar la verdad que representa Jesús, la única respuesta al más profundo desasosiego del hombre.

Muchas veces, lo que nosotros queremos, no nos lo da. Nos molesta que nos dé otra cosa. Estamos pidiendo por lo que nos hace falta, para nosotros o para otros, y no hay ningún milagro. El que multiplica cinco panes, puede multiplicar quinientos. Nos parece que sería lo mejor. A Él no le cuesta nada. A nosotros, nos solucionaría la vida. Pero lo que Él nos da, es otra cosa, la Vida Eterna. Para recibirla, hay que renunciar a nuestros presupuestos, a nuestras ideas, aceptando los tiempos y los plazos de Dios.

Parece que la relación con Dios no soluciona nuestros problemas y necesidades diarios, al menos, de forma inmediata y sencilla. Es la pobreza de la religión. Y la grandeza de la fe. No se producen cambios espectaculares, pero creemos que todo saldrá bien. Así podemos aprender a buscar a Dios por Dios, no por los frutos. Poniendo las cosas en su sitio, dejándolo todo en las manos de Dios, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. La riqueza de la religión nos lleva a aceptar renuncias por un ideal mayor, el del Reino, a cambiar nuestra forma de vivir, a aprender a amar como Dios quiere.

Una cosa más. El salmo de hoy es un buen apoyo en los momentos duros. “Consulté al Señor, y él me libró de todas mis ansias”; “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo salva”. Que sea nuestro apoyo durante toda la semana. Por lo menos.

 

EVANGELIO

 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6,41-51

 

En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían:

 

- «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?».

 

Jesús tomó la palabra y les dijo:

 

- «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado.

 

Y yo lo resucitaré el último día.

 

Está escrito en los profetas: 'Serán todos discípulos de Dios'.

 

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí.

 

No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre.

 

Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna.

 

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

 

Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

 

Palabra de Dios.

 

 

ATRAÍDOS POR EL PADRE HACIA JESÚS

 

Según el relato de Juan, Jesús repite cada vez de manera más abierta que viene de Dios para ofrecer a todos un alimento que da vida eterna. La gente no puede seguir escuchando algo tan escandaloso sin reaccionar. Conocen a sus padres. ¿Cómo puede decir que viene de Dios?

 

A nadie nos puede sorprender su reacción. ¿Es razonable creer en Jesucristo? ¿Cómo podemos creer que en ese hombre concreto, nacido poco antes de morir Herodes el Grande, y conocido por su actividad profética en la Galilea de los años treinta, se ha encarnado el Misterio insondable de Dios.

 

Jesús no responde a sus objeciones. Va directamente a la raíz de su incredulidad: "No sigáis murmurando". Es un error resistirse a la novedad radical de su persona obstinándose en pensar que ya saben todo acerca de su verdadera identidad. Les indicará el camino que pueden seguir.

 

Jesús presupone que nadie puede creer en él si no se siente atraído por su persona. Es cierto. Tal vez, desde nuestra cultura, lo entendemos hoy mejor. No nos resulta fácil creer en doctrinas o ideologías. La fe y la confianza se despiertan en nosotros cuando nos sentimos atraídos por alguien que nos hace bien y nos ayuda a vivir.

 

Pero Jesús les advierte de algo muy importante:"Nadie puede aceptarme si el Padre, que me ha enviado, no se lo concede". La atracción hacia Jesús la produce Dios mismo. El Padre que lo ha enviado al mundo despierta nuestro corazón para que nos acerquemos a Jesús con gozo y confianza, superando dudas y resistencias.

 

Por eso hemos de escuchar la voz de Dios en nuestro corazón y dejarnos conducir por él hacia Jesús. Dejarnos enseñar dócilmente por ese Padre, Creador de la vida y Amigo del ser humano: "Todo el que escucha al Padre y recibe su enseñanza me acepta a mí".

 

La afirmación de Jesús resulta revolucionaria para aquellos judíos. La tradición bíblica decía que el ser humano escucha en su corazón la llamada de Dios a cumplir fielmente la Ley. El profeta Jeremías había proclamado así la promesa de Dios: "Yo pondré mi Ley dentro de vosotros y la escribiré en vuestro corazón".

 

Las palabras de Jesús nos invitan a vivir una experiencia diferente. La conciencia no es solo el lugar recóndito y privilegiado en el que podemos escuchar la Ley de Dios. Si en lo íntimo de nuestro ser, nos sentimos atraídos por lo bueno, lo hermoso, lo noble, lo que hace bien al ser humano, lo que construye un mundo mejor, fácilmente nos sentiremos invitados por Dios a sintonizar con Jesús.

 

 

ATRACCIÓN POR JESÚS

 

Yo soy el pan bajado del cielo.

 

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para grabar bien en las comunidades cristianas que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

 

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

 

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre ». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

 

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

 

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

 

Si, en la Iglesia, no nos sentimos atraídos por ese Dios encarnado en un hombre tan humano, cercano y cordial, nadie nos sacará del estado de mediocridad en que vivimos sumidos de ordinario. Nadie nos estimulará para ir más lejos que lo establecido por nuestras instituciones. Nadie nos alentará para ir más adelante que lo que nos marca nuestras tradiciones.

 

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

 

 

DEJARSE GUIAR POR DIOS

 

Nadie puede venir a mí si no lo atrae mi Padre.

 

Jesús se encuentra discutiendo con un grupo de judíos. En un determinado momento, hace una afirmación de gran importancia: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre». Y más adelante continúa: «el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí».

 

La incredulidad empieza a brotar en nosotros desde el mismo momento en que empezamos a organizar nuestra vida de espaldas a Dios. Así de sencillo. Dios va quedando ahí como algo poco importante que se arrincona en algún lugar olvidado de nuestra vida. Es fácil entonces vivir «pasando de Dios».

 

Incluso los que nos decimos creyentes estamos perdiendo capacidad para escuchar a Dios. No es que Dios no hable en el fondo de las conciencias. Es que, llenos de ruido y autosuficiencia, no sabemos ya percibir su presencia callada en nosotros.

 

Quizás sea ésta nuestra mayor tragedia. Estamos arrojando a Dios de nuestro corazón. Nos resistimos a escuchar su llamada. Nos ocultamos a su mirada amorosa. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir de manera más cómoda y menos responsable.

 

Sin embargo, sin Dios en el corazón, quedamos como perdidos. Ya no sabemos de dónde venimos y hacia dónde vamos. No reconocemos qué es lo esencial y qué lo poco importante. Nos cansamos buscando seguridad y paz, pero nuestro corazón sigue inquieto e inseguro.

 

Se nos ha olvidado que la paz, la verdad y el amor se despiertan en nosotros cuando nos dejamos guiar por Dios. Todo cobra entonces nueva luz. Todo se empieza a ver de otra manera más amable y esperanzada.

 

Hace ya algunos años, el concilio Vaticano II hablaba de la «conciencia» como «el núcleo más secreto» del ser humano, el «sagrario» en el que la persona «se siente a solas con Dios», un espacio interior donde «la voz de Dios resuena en su recinto más íntimo». Bajar hasta el fondo de esta conciencia, escuchar los anhelos más nobles del corazón, es el camino más sencillo para escuchar a Dios. Quien escucha esa voz interior, se sentirá atraído hacia Jesús.

 

  

 

ACOMPAÑAR HASTA EL FINAL

 

El que cree tiene vida eterna.

 

El progreso de la medicina ha hecho crecer el número de enfermos a los que se les prolonga la vida durante un cierto tiempo, aunque sin posibilidad alguna de curación. Estos enfermos que viven el duro trance de ir «terminando» su vida de manera inevitable requieren hoy una atención particular.

 

No es difícil entender lo que el enfermo terminal va a vivir en su caminar hacia el final. Agotamiento y debilidad extrema, miedo al dolor, impotencia al ver que la vida se escapa sin remedio, temor ante lo desconocido, pena inmensa al tener que abandonar a los seres queridos, miedo a estar solo en la hora final.

 

La proximidad de la muerte no aflige sólo al enfermo. Hace sufrir intensamente a los familiares, amigos y cuantos quieren de verdad a esa persona. Es duro estar junto al que va a morir. Se intenta, de muchas formas, mitigar la situación, pero todos sienten la impotencia y la pena de una vida querida que termina. ¿Qué podemos hacer?

 

Lo primero es estar cerca, no dejar solo al enfermo. Ya no se le puede curar, pero se le puede cuidar, acompañar, ayudar a vivir los últimos momentos de manera digna, serena y confiada. Es el momento de envolver a la persona enferma con lo mejor de nuestro afecto y ternura.

 

Es importante aliviar al máximo su dolor para que pueda vivir su proceso con la mayor serenidad posible. Esto significa calmar el dolor físico con los medios apropiados, pero también confortarlo en el sufrimiento moral y alentarlo en el momento de la crisis o la depresión.

 

El enfermo necesita los cuidados sanitarios que aseguren su mejor calidad de vida, pero puede necesitar también ayuda para curar heridas del pasado, para enfrentarse con serenidad a sentimientos oscuros de culpabilidad, para reconciliarse consigo mismo y con Dios, para despedirse de este mundo con paz. Es el momento de atender a sus demandas más hondas: ¿cómo se siente interiormente?, ¿a quién quiere tener cerca?, ¿cómo le podemos ayudar mejor?, ¿desea algo más?

 

Cuánto ayuda entonces poder hablar con fe y desde la fe. Poder sugerir al enfermo con palabras y gestos sencillos la ternura y la bondad de Dios que nos espera y acoge al final de la vida con amor insondable de Padre. Entonces, tal vez, escuchamos con más hondura las palabras de Jesús: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna».

 

 

HACE PENSAR

 

El que cree tiene vida eterna.

 

Hemos de agradecer a F Savater su valentía al plantear la cuestión de la muerte. No es lo habitual en estos tiempos. Ya advertí en su momento la amplia atención que le prestaba en su Diccionario Filosófico (1995). Compruebo ahora que su reciente libro, Las preguntas de la vida, se abre precisamente con un capítulo dedicado a la muerte.

 

Con estilo claro e inconfundible, Savater nos coloca a todos ante la realidad ineludible de la muerte. Unico acontecimiento cierto e inevitable: «La vida está perdida de antemano.» Expenencia absolutamente personal e intransferible: «Me voy a morir yo y esto es lo terrible.» Realidad siempre inminente: «Me puedo morir en cualquier momento.»

 

El filósofo donostiarra apenas presta atención a la aportación de las religiones que, según él, escamotean la tragedia de la muerte y la convierte, en un simple «trámite necesario» para nacer a una vida eterna. Actitud ingenua que probablemente ha surgido por la experiencia del sueño: «Creo que si no soñásemos al dormir, nadie hubiese pensado nunca en la posibilidad asombrosa de una vida después de la muerte.» Sinceramente me cuesta creer que Savater piense que ése sea de verdad el origen del anhelo de inmortalidad latente en el ser humano.

 

Descartada la ilusión religiosa y después de recorrer algunas posiciones filosóficas, no todas, Savater confiesa que la muerte es como «un frontón impenetrable» contra el que nuestro pensamiento rebota para volver una y otra vez sobre esta vida. No hay esperanza alguna de trascenderla. Pero no hemos de desesperar. Lo importante, según él, es que estamos vivos. «Ya no habrá muerte eterna para nosotros.» La muerte no podrá impedir que hayamos vivido. Cuando el ser humano hace esta constatación de su presencia en la vida, «se exalta» y asume la vida con alegría, sin desesperar ante la muerte. Nunca esta alegría triunfará por completo sobre la desesperación, pero a partir de ella «tratamos de aligerar la vida del peso abrumador y nefasto de la muerte».

 

No es nada fácil. También este tipo de reflexiones suena a «analgésicos» que tratan inútilmente de consolarnos de esa muerte ineludible. Como dice Savater, «la muerte hace pensar». Pero no sólo sobre esta vida, como dice él, sino sobre el misterio último de la existencia y del ser humano. Y aquí nadie sabemos nada. No es posible ningún tipo de verificación ni científica ni metafísica. Sólo cabe la fe o la desesperanza, la alegría resignada ante el final inevitable o la alegría esperanzada ante la salvación posible. Desde la fe cristiana, lo decisivo es la respuesta personal e intransferible a la promesa de Cristo: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna» (Juan 6, 47).

 

 

VACACIONES Y RELIGIOSIDAD

 

El que cree tiene vida eterna.

 

No es fácil armonizar estas dos realidades. Para muchos, «vacaciones» y «religiosidad» no tienen nada que ver entre sí. Al contrario, son dos experiencias que se repelen mutuamente.

 

«Vacaciones» es un término que viene del latín «vacare» y significa «estar ocioso», «quedar libre de obligaciones», «no ocuparse de las tareas habituales». Y, de hecho, éste es para muchos el objetivo principal del descanso veraniego: liberarse de cualquier obligación penosa.

 

Basta observar la estampida que se produce estos días hacia las playas, la montaña o los lugares tradicionales de veraneo, en una carrera desenfrenada por «cambiar aires», escapar del trabajo y huir del horario esclavizador o de cuanto recuerda la rutina pesada de cada jornada.

 

¿Quién puede pensar durante las vacaciones en algo como la religión? Ahora lo importante es el disfrute y la diversión, la liberación de toda obligación, incluida la religiosa. La misa dominical puede ser sustituida por el paseo o la playa. Estamos de vacaciones. Ya nos preocuparemos de nuestro espíritu a la vuelta del verano.

 

¿Por qué precisamente cuando se dispone de más tiempo libre se prescinde de celebrar la propia fe? ¿Por qué cuando hay más posibilidades de vivir de forma más humana las diferentes dimensiones de la persona, se descuida el cultivo del espíritu? Sin duda, habrá que tener en cuenta diferentes factores, pero hay algo que no se puede olvidar: muchos entienden la religión como una obligación pesada y no como una fuente de vida. Es normal entonces que en vacaciones uno se libere de ese peso como se ubera del trabajo y demás obligaciones penosas.

 

Sin embargo, estamos asistiendo estos años a un fenómeno nuevo y significativo. A medida que los cristianos van descubriendo la fe como el mejor estímulo para vivir de manera saludable, aprenden a buscar en las vacaciones un descanso más integral donde el cultivo del espíritu tiene un papel importante. Se aprovecha la visita a los santuarios y ermitas para hacer oración; se recupera el sentido de la peregrinación y las marchas religiosas para renovar la vida y el espíritu; los monasterios acogen cada vez a más grupos que llegan buscando algo más que «el gregoriano» recién descubierto por el esnobismo de una moda pasajera.

 

Pocas cosas hay más penosas que ver a las personas llegar de vacaciones con el espíritu más vacío, el cuerpo más cansado, resentidos del ritmo trepidante del verano y necesitados de un descanso que ya no lo podrán encontrar si no es en la rutina diaria del año.

 

Las palabras de Jesús prometen al que vive de la fe una vida eterna, que comienza desde ahora y no se extingue jamás. Es bueno escucharlas también en vacaciones: «Yo os aseguro: el que cree tiene vida eterna.»

 

 

NO ES NORMAL

 

Nadie puede venir a mí

si no lo trae mi Padre.

 

A muchos hombres y mujeres de mi generación, nacidos en familias creyentes, bautizados a los pocos días de vida y educados siempre en un ambiente cristiano, les ha podido suceder lo mismo que a mí. Hemos respirado la fe de manera tan natural que podemos llegar a pensar que lo normal es ser creyente.

 

Es curioso nuestro lenguaje. Hablamos como si creer fuera el estado más normal. El que no adopta una postura creyente ante la vida es considerado como un hombre o mujer al que le falta algo. Entonces lo designamos con una forma privativa: “increyente” o “in-crédulo”.

 

No nos damos cuenta de que la fe no es algo natural sino un don inmerecido. Los increyentes no son gente tan extraña como a nosotros nos puede parecer. Al contrario, somos los cristianos los que tenemos que reconocer que resultamos bastante extraños.

 

¿Es normal ser hoy discípulos de un hombre ajusticiado por los romanos hace veinte siglos, del que proclamamos que resucitó a la vida porque era nada menos que el Hijo de Dios hecho hombre?

 

¿Es razonable esperar en un más allá que podría ser sólo la proyección de nuestros deseos y el engaño más colosal de la humanidad?

 

¿No es sorprendente pretender acoger al mismo Cristo en nuestra vida compartiendo juntos su cuerpo y su sangre en ritos y celebraciones de carácter tan arcaico?

 

¿No es una presunción orar creyendo que Dios nos escucha o leer los libros sagrados pensando que Dios nos está hablando?

 

El encuentro con increyentes que nos manifiestan honradamente sus dudas e incertidumbres nos puede ayudar hoy a los cristianos a vivir la fe de manera más realista y humilde, pero también con mayor gozo y agradecimiento.

 

Aunque los cristianos tenemos razones para creer (de lo contrario, lo dejaríamos), la fe, como dice San Pablo, “no se fundamenta en la sabiduría humana”. La fe no es algo natural y espontáneo. Es un don inmerecido, una aventura extraordinaria. Un modo de “estar en la vida”, que nace y se alimenta de la gracia de Dios.

 

Los creyentes deberíamos escuchar hoy de manera muy particular las palabras de Jesús: “No critiquéis. Nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre que me ha enviado”. Más que llenar nuestro corazón de críticas amargas, hemos de abrirnos a la acción del Padre.

 

Para creer es importante enfrentarse a la vida con sinceridad total, pero es decisivo dejarse guiar por la mano amorosa de ese Dios que conduce misteriosamente nuestra vida.

 

 

LA MITAD DE LA VIDA

 

Si no lo trae el Padre.

 

Son muchas las personas que no saben cómo enfrentarse a eso que se ha venido a llamar “la crisis de la mitad de la vida».

 

No se trata solamente que el individuo comienza a sentir que disminuyen sus energías y su fuerza. Nuevos deseos y preguntas pueden poner en cuestión el sentido de todo lo vivido.

 

¿Por qué trabajo yo tanto? ¿Para qué sirve todo lo que he hecho hasta ahora? ¿No debería haber seguido otro camino en la vida?

 

Esta crisis de los 40-50 años puede ser un momento decisivo en nuestra vida para encontrarnos más profundamente con nuestra propia verdad y la verdad de Dios.

 

Alguien la ha llamado con acierto el momento de “la segunda conversión” pues es de esos momentos en que podemos experimentar en nosotros mismos la verdad de esas palabras de Jesús: “Nadie puede venir a mí si no lo trae mi Padre”.

 

Nosotros no hubiéramos vuelto a Dios, pero es Dios mismo el que, a través de los años, nos conduce de manera natural a esa crisis que puede ser el lugar de un encuentro nuevo con El, más profundo y verdadero.

 

Durante la primera mitad de la vida, la persona es, sobre todo, actividad, proyectos, organización y afirmación de sí misma. Tal vez, ahora se nos invita a una actitud más contemplativa, más interior, más confiada a ese Dios que obra en nosotros a través de las diversas experiencias de la vida.

 

Cuando, en este momento de la vida, uno no ha entendido esto, puede dedicarse más que nunca al trabajo, la actividad y la agitación. Pero ha de saber que cuanto más trabaja y se mueve, más se aleja de sí mismo y de Dios.

 

Por otra parte, en esta crisis de la mitad de la vida, la paz interior sólo es posible cuando se aprende a relativizar las cosas para apoyarse cada vez más en lo sustancial y decisivo.

 

Muchas cosas nos han podido parecer importantes a lo largo de los años. Ahora es el momento de simplificar más las cosas y reconducirlo todo a lo esencial.

 

Dios ha de ocupar un lugar mucho más importante en nuestra vida. La experiencia religiosa nos puede ayudar en estos momentos a fortalecer nuestra existencia, a serenar nuestro ánimo y alimentar nuestra esperanza.

 

Es bueno dejarse conducir por Dios con confianza. Pronto descubriremos que la crisis misma es gracia y regalo de Dios que nos busca desde el interior mismo de la vida.

 

 

NO PASAR DE DIOS

 

discípulos de Dios...

 

La incredulidad no es, como ingenuamente pueden pensar algunos creyentes, una «deformación perversa del espíritu». Algo propio de hombres malvados y retorcidos que pretenden enfrentarse con Dios.

 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios.

 

Vivimos en una sociedad donde Dios no se lleva. Se ha quedado pequeño. Como algo poco importante que es fácil arrinconar en algún lugar muy secundario de nuestra vida.

 

Lo más fácil es hoy vivir «pasando de Dios». ¿Qué puede significar hoy para muchos hombres y mujeres la invitación de Jesús a vivir como «discípulos de Dios», escuchando lo que dice el Padre?

 

Incluso, los que nos decimos «creyentes» estamos perdiendo capacidad para escuchar a Dios. No es que Dios no hable ya en el fondo de las conciencias. Es que, llenos de ruido, avidez, posesiones y autosuficiencia, no sabemos ya percibir la presencia del «más callado de todos» a quien damos el nombre de Dios.

 

Quizá sea ésta una de las mayores tragedias del hombre contemporáneo. Estamos arrojando a Dios de nuestra conciencia. Rehusamos escuchar su llamada que nos busca. Intentamos ocultarnos a su mirada amistosa e inquietante. Preferimos «otros dioses» con quienes vivir con más tranquilidad.

 

El Vaticano II nos recordaba que «la conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium et Spes, 16).

 

Cuando los hombres perdemos esta capacidad de escuchar la invitación de Dios en el fondo de nuestra conciencia individual, corremos el riesgo de gritar colectivamente afirmaciones muy solemnes sobre el amor, la justicia, la solidaridad y honestidad, pero sin darles luego cada uno un contenido práctico en nuestras propias vidas.

 

Cuando no se escucha la llamada personal de Dios es fácil escuchar los intereses egoistas de cada uno, las razones de la eficacia inmediata, el miedo a correr riesgos excesivos, la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo.

 

No hemos de olvidar que los hombres vamos construyendo nuestra vida no tanto en ios acontecimientos ruidosos sino, sobre todo, en esas horas calladas en que somos capaces de ser «dóciles» al Dios que habla desde nuestra conciencia.

 

 

SABER VIVIR

 

El que cree, tiene vida eterna.

 

Cuántas veces lo hemos escuchado: «Lo que verdaderamente importa es saber vivir». y, sin embargo, no nos resulta nada fácil explicar qué es en verdad «saber vivir».

 

Con frecuencia, nuestra vida es demasiado rutinaria y mon6tona De color gris. Pero hay momentos en que nuestra existencia se vuelve feliz, se transfigura, aunque sea de manera fugaz.

 

Momentos en los que el amor, la ternura, la convivencia, la solidaridad, el trabajo creador o la fiesta, adquieren una intensidad diferente. Nos sentimos vivir. Desde el fondo de nuestro ser, nos decimos a nosotros mismos: «esto es vida».

 

El evangelio de hoy nos recuerda unas palabras de Jesús que nos pueden dejar un tanto desconcertados: «Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna».

 

La expresión «vida eterna» no significa simplemente una vida de duración ilimitada, incluso, después de la muerte.

 

Se trata, antes que nada, de una vida de profundidad y calidad nueva, una vida que pertenece al mundo definitivo. Una vida que no puede ser destruida por un bacilo ni quedar truncada en el cruce de cualquier carretera.

 

Una vida plena, que va más allá de nosotros mismos, porque es ya una participación en la vida misma de Dios.

 

La tarea más apasionante que tenemos todos ante nosotros es la de ver cómo ser humanos hoy. Cómo crecer como hombres. Los cristianos creemos que la manera más auténtica de vivir como hombres es la que nace de una adhesión total a Jesucristo. «Ser cristiano significa ser hombre, no un tipo de hombre, sino el hombre que Cristo crea en nosotros» (D. Bonhoeffer).

 

Quizás tengamos que empezar por creer que nuestra vida puede ser más plena y profunda, más libre y gozosa. Quizás tengamos que atrevemos a vivir el amor con más radicalidad, para descubrir un poco qué es «tener vida abundante». Al fin y al cabo, como dice S. Juan: «Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, cuando amamos a nuestros hermanos».

 

Pero no se trata de amar porque nos han dicho que amemos, sino porque nos sentimos radicalmente amados. Y porque creemos cada vez con más firmeza que «nuestra vida está oculta con Cristo en Dios».

 

Ciertamente, hay una vida, una plenitud, un dinamismo, una libertad, una ternura, que «el mundo no puede dar». Sólo lo descubre quien acierta a enraizar su vida en Jesucristo.

 

 

APRENDER DE DIOS

 

En un episodio referido sólo por el cuarto evangelista, Jesús se defiende de las críticas que se le hacen con estas palabras: «Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí», y cita una frase que se puede leer en el libro de Isaías: «Serán todos discípulos de Dios».

 

La idea de «aprender de Dios» y ser como es él estaba muy enraizada en Israel. De hecho, esta exigencia radical estaba formulada en el viejo libro del Levítico con estas palabras: «Sed santos como yo, el Señor vuestro Dios, soy Santo» (Lev. 19,2).

 

Los judíos entendían esta santidad como una «separación de lo impuro». Esta manera de entender la «imitación de Dios» generó en Israel una sociedad discriminatoria y excluyente donde se honraba a los puros y se menospreciaba a los impuros y pecadores, se valoraba a los varones y se sospechaba de la pureza de las mujeres, se convivía con los sanos, pero se huía de los leprosos.

 

En medio de esta sociedad, Jesús introduce una alternativa revolucionaria: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6, 36). El primer rasgo de Dios es la compasión, no la santidad. Quien quiera ser como es Dios no tiene que vivir «separándose» de los impuros, sino amando a todos con amor compasivo.

 

Por eso, Jesús inició un estilo de vida nuevo, inspirado sólo en el amor. Tocaba a los leprosos, acogía a los pecadores, comía con publicanos y prostitutas. Su mesa estaba abierta a todos. Nadie quedaba excluido porque nadie está excluido del corazón compasivo de Dios.

 

No basta ser muy religioso sino ver a qué nos conduce la religión. No basta creer en Dios sino saber en qué Dios creemos.  Él Dios compasivo en el que creyó Jesús no conduce nunca a actitudes excluyentes de desprecio, intolerancia o rechazo, sino que atrae hacia una vida de acogida y hospitalidad, de respeto y de perdón. No nos hemos de engañar. De Dios no se aprende a vivir de cualquier manera. Él sólo enseña a amar.

 

 

 

EN LA "CARNE" DE JESÚS DEBEMOS DESCUBRIR LO DIVINO

Fray Marcos

 

Jn 6, 41-51

Seguimos en el cap. 6 del evangelio de Juan. En el pasaje que leemos hoy, aumenta la tensión entre los judíos y Jesús y a medida que Jesús va profundizando en la enseñanza y ellos creen entender lo que quiere decir, se hace más insoportable. El mensaje sigue siendo el mismo, pero va apareciendo la enorme diferencia que existe entre lo que ellos han aprendido de los rabinos y lo que Jesús les quiere trasmitir. Recordemos que el balance final no puede ser más desolador; de los cinco mil quedaron doce, y uno es Judas.

Le criticaban. Siguen las alusiones al AT. "Criticaban" es el mismo verbo que se utiliza para hablar de las murmuraciones de los israelitas contra Moisés por no darles de comer en el desierto como comían en Egipto. Jesús les recuerda que, ellos que están haciendo referencia a Moisés, estuvieron en contra de él en los momentos difíciles. Los israelitas no confiaron en Moisés y los judíos no confían ahora en él.

¿No es este el hijo de José? En los sinópticos, hacen el mismo comentario los vecinos de su pueblo. Uno de los mayores obstáculos para acercarse al verdadero Jesús, es conocerlo demasiado. Para la mentalidad de la época, que no superaba la idea de un dios antropomórfico, su lógica es aplastante. Si es hijo de José y de María, no puede ser hijo de Dios. Hoy podemos comprender el ridículo que supone contraponer la paternidad de Dios y la de José, son realidades de naturaleza distinta. Los cristianos hemos caído en la misma trampa, aunque al contrario: Jesús no puede ser hijo de José, porque es hijo de Dios...

Nadie viene a mí si el padre no lo trae. Los cauces normales de conocimiento humano no pueden llevar al conocimiento de Jesús, Las verdaderas pautas de conocimiento las da Dios. La REALIDAD no se puede expresar con palabras, por eso encontramos en los evangelios tantas aparentes contradicciones. El mismo Jesús dice en otro lugar: "Nadie va al Padre si no es por mí".

Para llegar a la Verdad, tenemos que ir más allá de las dos afirmaciones. La verdad trascenden¬te no cabe en conceptos humanos. El que acepta al Padre, acepta a Jesús; y el que venga a él, no le separará del Padre. Dios es el que instruye a todos. Solo Él puede abrirnos los oídos y los ojos para poder oír y ver. El Dios en que creemos no puede llevarnos a Jesús, porque es un ídolo que hemos fabricado a nuestra medida.

Y yo lo resucitaré el último día. Debemos tener mucho cuidado con esta frase. Lo que normalmente hemos entendido por resurrección, no sirve para descubrir el sentido. Es una manera de decir que está tratando de una Vida, a la que no afecta la muerte. "Hemos pasado de la muerte a la vida, lo sabemos porque amamos a los hermanos". La Vida definitiva tiene que tener un alimento también trascendente. Ese alimento tiene el mismo origen que tiene esa Vida: Dios. "El último día" esa Vida permanecerá idéntica a hoy.

Serán todos discípulos de Dios. También Jesús es discípulo, el mejor, por eso puede ser a la vez maestro. Ir a Jesús, ir al Padre es conocerlos, no por vía racional, sino por vía vivencial. La fe es actitud vital y no asentimiento a verdades teóricas. "Esta es la salvación, que te conozcan a ti, único Dios verdadero y a tu enviado, Jesucristo". Solo la persona que ha tenido experiencia de Dios, puede comprender lo que otra diga de Él.

Ellos estaban incapacitados para comprender a un Dios que está al servicio del hombre. Para ellos Dios es el Soberano, el Señor. La única relación que cabe con Él, es la del toma y daca.

Vuestros padres comieron el maná en el desierto, pero murieron. Una nueva referencia al maná para dejar bien clara la diferencia. El maná alimenta el cuerpo que tiene que morir. Jesús, como pan de Vida, alimenta el espíritu que no muere. Esa es la diferen¬cia.

La expresión "pan de Vida" no se encuentra en ninguna otra parte de la Biblia; eso indica la originalidad de la doctrina de Juan. La VIDA, con mayúsculas, es el tema fundamental de todo el evangelio de Juan. Se trata de la misma Vida de Dios. Más adelante nos dirá: "El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre". No se trata de vida material ni espiritual. Se trata de LA VIDA que es el mismo Dios comunicándose en cada uno de nosotros para hacernos vivir.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo, el que come de este pan vivirá para siempre. Esta frase, resume todo lo anterior. Jesús es el alimento de la verdadera Vida. Este es el mensaje conciso y sublime de la comunidad de Juan. Dios lo es todo para Jesús, y lo tiene que seguir siendo para todo cristiano.

Jesús no puede suplantar en ningún momento a Dios. Jesús no se pone nunca como centro de su mensaje. En este capítulo, más de quince veces se hace referencia a Dios, para dejar claro que el verdadero protagonista es Él, no Jesús.

Es verdad que, con el tiempo, los cristianos terminaron predicando a Cristo, pero era solo una manera de comunicar su mensaje. Ya en las primeras comunidades se pasó del Jesús que predica, al Cristo predicado. En el evangelio de Juan se ha dado ya claramente este paso. Si no lo entendemos bien podemos tergiversar el evangelio.

El pan que yo os daré es mi carne para la vida del mundo. Acostumbrados a pensar en un Dios trascendente, no pueden comprender que se pueda manifestar en la carne. Recordemos que "carne" para los judíos, era el mismo ser humano pero en su aspecto más bajo; lo que le hacía limitado y contingente; aquello por lo que le venían todos sus "males": dolor, enfermedad, muerte... Es tal vez la afirmación más rotunda sobre la encarnación en todo el NT. Para ellos, Dios era lo contrario a cualquier limitación. Para ellos un Dios-carne, un Dios 'limitado' es inaceptable.

Jesús quiere hacerles ver que el Espíritu se manifiesta siempre en la carne. No puede haber don del Espíritu donde no hay carne. El significado de esta afirmación hay que completarlo con lo que dirá un poco más adelante: "El espíritu es el que da Vida, la carne no vale para nada" (otra contradicción).

La grandeza de la carne consiste en que está informada y trasformada por el Espíritu, sin dejar de ser carne. Desde ahora, solo se puede encontrar a Dios en la realidad concreta y en el Hombre. Esa transformación es la que está manifestando el evangelio de Juan desde el principio. Pensemos en el diálogo con Nicodemo: "Hay que nacer de nuevo". "Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es Espíritu". La carne es neutral; puede ser la base de lo más bajo y de lo más sublime; depende de cada uno. Nuestro gran error consiste en seguir pensando que, para acercarse a Dios, hay que alejarse de la carne.

Lo que no aguantaron aquellos judíos, seguimos sin aceptarlo nosotros. Un Dios involucrado en la carne, sigue siendo inaceptable. Por eso hemos descarnado la persona misma de Jesús. La carne sigue siendo para nosotros perversa. La Escritura dice que el Verbo se hizo carne, pero nosotros nos empeñamos en decir que la carne (de Jesús) se hizo Dios.

El Dios identificado con la carne – con toda carne - no interesa a los dirigentes, porque hace imposible la manipulación de los intermediarios. Pero es inaceptable también para los cristianos de a pie, porque nos impide la relación intimista que nos aleja de los demás.

Hemos convertido la misma eucaristía en cosa sagrada en sí, olvidándonos de que es, sobre todo, sacramento (signo) del amor y de la entrega a los otros. El fin de la eucaristía no es tanto el consagrar un trozo de pan y un poco de vino, cuanto hacer sagrado (consagrar)a todo ser humano, identificándolo con Dios mismo y haciéndole objeto de nuestro servicio y adoración.

Cada vez que nos arrodillamos estamos creando un ídolo. Dios no es objetivable. Cuando me arrodillo estoy poniendo a Dios de rodillas ante mi falso yo, que intento potenciar.

Nos empeñamos en que, en la eucaristía, el pan se convierte en Jesús, pero la enseñanza del evangelio es la contraria: Jesús se convierte en pan. Al celebrar la eucaristía, no tengo que convertirme yo en Jesús, sino convertirme yo en pan, como él, para que todos me coman. ¡Piénsalo bien antes de escandalizarte!

 

Meditación-contemplación

 

"El que coma de este pan vivirá para siempre".

Entender esta promesa como prolongación de la vida biológica

es desfigurar el mensaje de Jesús

para acomodarlo a nuestros anhelos más terrenos.

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La vida biológica no tiene más remedio que acabar.

Si hago mía la misma Vida de Jesús,

ya estoy en la eternidad, en esa Vida,

porque he entrado a formar parte de la Vida de Dios.

.....................

 

Mi individualidad, mi falso yo me arrastra al error.

Si tomo conciencia de lo que soy de verdad,

descubriré que cuanto antes me despegue de mi yo,

antes alcanzaré la plenitud de ser en una Vida definitiva.

.........................

 

J. ALDAZÁBAL

 

LA PRIMERA MESA: CREER EN CRISTO JESÚS

Después del paréntesis del domingo pasado, volvemos hoy al capítulo sexto del evangelio de Juan, que nos presenta la catequesis eucarística que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafamaún. El pasaje de hoy, "la primera parte del discurso del Pan de la vida", se refiere más bien a la fe en Cristo. El domingo próximo sí pasará a lo que es más específicamente eucarístico: comer y beber la Carne y la Sangre del Señor Resucitado.

Siempre bajo la metáfora del pan que Dios ha enviado para saciar el hambre de la humanidad (recordar que todo empezó con la multiplicación de los panes), hoy Jesús insiste en que hay que creer en él para tener vida. Los verbos que aparecen en el pasaje son más bien "ver", "venir", "creer" (aunque, al final, ya aparece el que será más característico del pasaje que desarrollaremos el domingo que viene: comer). Por tanto, sería bueno que la homilía se centrara más en la primera parte de la misa, lo que e1 Misal llama "la primera mesa". Cristo, antes de dársenos en comunión como Pan y Vino, se nos da en cada Eucaristía como la Palabra viviente que Dios nos dirige.

LA CRISIS DE UN PROFETA Y LA CRISIS DE UN CRISTIANO DE HOY

La escena que leemos hoy como 1ª lectura es impresionante, y puede muy bien servirnos de punto de partida para la homilía. Elías está cansado y desanimado. Ha hecho lo posible por convertir a su pueblo de los dioses falsos a la alianza con Dios. Pero no sólo no le hacen gran caso, sino que le persiguen a muerte y tiene que huir.

Esa huída nada gloriosa de Elías por el desierto, en el sentido contrario al del éxodo -de nuevo hacia Egipto, aunque él no sabe que en el monte Horeb le espera Dios- es dramática. Llega a desearse la muerte: "Basta, Señor, quítame la vida". Y se echa a dormir, y desesperado.

Sin que sea cada día igual de dramática, nuestra vida puede también verse. reflejada en esta crisis. Tal vez estamos cansados de hacer el bien, o no encontramos sentido a la vida, o nos desanimamos ante la poca eficacia de nuestros esfuerzos, o desconfiamos de que este mundo tenga remedio (y quien dice "mundo", dice la juventud de hoy, o nuestra comunidad, o nuestra familia, o nosotros mismos). Tal vez no llegamos a desearnos la muerte, pero sí sentimos la tentación de "dimitir", de dejar de trabajar, porque nos parece insuperable nuestra debilidad.

EL PAN QUE NOS ENVÍA DIOS

A Elías le despertó un ángel y le mandó: "Levántate, come". Se lo tuvo que repetir, porque su crisis era demasiado fuerte. Y cambió la situación: "Con la fuerza de aquel alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches". Al final, se encontró con Dios en el mismo monte donde Moisés selló la alianza entre Yahvé y el pueblo. En aquel encuentro, Elías recibió la orden de volver a la ciudad y continuar sin desanimarse su vocación de profeta.

Nosotros, en el evangelio de hoy, hemos escuchado la invitación a aceptar otro Pan, el que Dios nos envía: Cristo Jesús, su Hijo, que además de ser nuestro Maestro quiere ser también nuestro alimento para el camino. "Yo soy el pan bajado del cielo... el que crea en mí vivirá".

No un ángel, pero sí el evangelio proclamado hoy, nos ha dicho a nosotros: "Levántate, toma y come". Si andamos desorientados por algún desierto particular, buscando sentido a la vida, si nos sentimos sacudidos por la ventolera de tantas ideologías, si buscamos un maestro que dé respuesta a tantas dudas: ahí tenemos la respuesta de Dios. Cristo Jesús es nuestro Maestro. Escucharle, creer en él, aceptarle como nuestro Guía y Pastor, es el camino para la verdadera sabiduría.

Si creemos en él, tiene futuro nuestra vida. Si creemos en él, construimos sobre tierra firme. Si nos dejamos iluminar por su luz, acertaremos con nuestro camino. Y eso vale tanto para los que andan alejados de Dios como para los que ya gozamos del don de la fe. Todos podemos mirar con más atención hacia Cristo y escuchar más su voz, sobre todo en este año jubilar en que somos invitados a reorientar nuestras vidas, revisando y refrescando nuestras convicciones.

CADA DOMINGO, A LA ESCUELA DE JESÚS

En cada misa, lo primero que hacemos es escuchar la Palabra que Dios nos dirige. Nos hace falta. Ahí está nuestra formación permanente. La mejor catequesis que los cristianos, jóvenes y mayores, recibimos a lo largo del año. Somos invitados a "comer", a "comulgar" con Cristo como la Palabra viva de Dios. Si lo hacemos así, él mismo nos habrá preparado para recibirle después con mayor fruto en el alimento del Pan y del Vino.

A lo largo de la semana escuchamos muchas otras voces y palabras. Pero esta es la más importante. Vale la pena hacer caso de la invitación: "Toma y come". Con su luz y su fuerza podremos recorrer el camino que nos toque recorrer, por difícil que sea.

 

C.F.B.

 

"no desfallezcáis perdiendo el ánimo".

Desde estas páginas, en números anteriores, se ha reflexionado sobre la situación en la que se encuentran el hombre y la mujer de hoy en relación con la oración. Pero decir "hombre y mujer hoy" no es suficiente sin añadir que hablamos de lo que se suele entender por Occidente. Hablamos de un tiempo de crisis, del final de un milenio en el que, casi repentinamente, sin saber cómo, el futuro ha desaparecido, Acaso exista, pero no está en nuestras manos el construirlo. Podrá ser bueno o aciago, pero no sabemos cómo acceder a él. Y, sobre todo, no nos animamos a pensarlo porque estamos cansados. 

El cansancio es el talante más paradójico de unos tiempos que parecen tenerlo todo y que podrían conseguir lo que no tienen. Pero sucede que, como Pedro y sus amigos, hemos echado y echado las redes con un resultado muy magro y no hay ninguna palabra que nos anime a echarlas de nuevo. Habíamos soñado y los sueños no se han cumplido. Sabíamos cómo alcanzar el arcoiris pero nuestras recetas, estaban erradas. De modo que hemos decidido que el presente nos invada. "No hay ninguna oportunidad, pero aprovéchala". En su aparente paradoja, esta sentencia de la tarjeta postal ácrata es de un cínico pragmatismo. Cansados para programar el futuro, nos resignamos a exprimir el presente aprovechando la oportunidad que no hay en lugar de alumbrar oportunidades nuevas. 

Pero esta situación parece oponerse frontalmente a un espíritu cristiano que es seguimiento, camino hacia el futuro. Un creyente es siempre alguien que marcha, camina, construye. "Te llamarán tapiador de brechas, restaurador de moradas en ruinas", había dicho Isaías (58,12). Y la carta a los Hebreos narra la pasión que recorre a los creyentes, tan ajena al cansancio: "Derribaron murallas, subyugaron reinos, ejercieron la justicia, cerraron la boca de los leones, apagaron la violencia del fuego" (11,23). Apasionados e inmunes a la fatiga, los seguidores de Jesús han querido no olvidar la recomendación a los Hebreos: "No desfallezcáis perdiendo el ánimo" (12,4). El consejo de la Biblia no es una amonestación cargada sobre todo de buenas intenciones. La Biblia conoce bien que hay tiempos en los que los horizontes parecen cerrarse y en los que no queda ya ánimo para luchar. El Libro sagrado no quiere ocultar que también a los creyentes ataca la tentación del desánimo porque sus historias no lo son de superhombres. Muestra eso sí, que incluso en esos momentos, y precisamente en ellos, es posible dirigirse a Dios. Y aún más: que, aun si ni siquiera nos quedan fuerzas para desear la ayuda, el Espíritu es quien alienta en nosotros con sus gemidos callados. 

-Elías y la muerte 

Hay ocasiones en las que la vida se halla en situación extrema, en las que el ser humano pierde el gusto por vivir. La asechanza del mal es a veces, demasiado fuerte, excesiva la carga de la injusticia. En esos momentos el horizonte se oscurece y las luces interiores se apagan. 

No hace tantos años que en Europa se han vivido situaciones semejantes y la nueva guerra ha vuelto a producirlas. En todo el mundo son millones los que así viven cotidianamente. Y hay también entre nosotros muchas situaciones individuales teñidas de oscuridad. Elías se encontró una vez en esa situación, atenazado por el desánimo y sin otra salida que la muerte. Combatir por el Dios verdadero no ha sido sino fuente de persecuciones y Elías ha llegado al limite de su cansancio. Las fuerzas no le dan sino para tumbarse y acoger una muerte que se percibe bienhechora. Echado bajo un arbusto musita una oración que es oración de muerte: "Toma mi vida, pues no soy mejor que mis padres". Esta ofrenda radical no es aceptada y para poder rechazarla con razón, Dios ofrece pan y vino al caminante que ha arrojado la toalla: "Levántate y come, que te queda un camino demasiado largo" (1R/19/07). 

Pero la comida no basta. Si ella puede dar vigor al cuerpo, falta el soplo que reanime el espíritu. Elías lo recibe a la puerta de la cueva de Horeb. Allí pasa ese "ligero susurro de aire" que es el espíritu de Dios. Ahora el Señor puede ya decir, seguro de ser oído: "Anda y vuelve a emprender tu camino" (v.15). 

Moisés y la desesperanza 

Entre los creadores de pueblos, entre los fundadores de religiones tendrá siempre Moisés una plaza. El ha visto arder una llama que no se apaga y su tirón le ha sacado de su dorado retiro. Se ha opuesto al Faraón y a sus argumentos, los eternos argumentos del poder. Ha sabido vencer a la fuerza del mar y a las amenazas del desierto. Ha sabido sobre todo luchar por el Dios único e invisible frente a todos los dioses múltiples y visibles, tan a mano, tan insidiosos. 

En todas las ocasiones su fuerza ha sido mayor que la de los adversarios, a pesar de haber reconocido, como un niño, que no sabía hablar. Pero la fuerza de Dios era su fuerza y la palabra de Dios su palabra.

Y sin embargo ni Dios mismo puede frente a la voluntad de los seres humanos. El Dios que ha mostrado su poder en el Sinaí, muestra también su impotencia donde manda la voluntad del hombre. El Dios poderoso nada puede frente a un pueblo elegido de dura cerviz cuyo convencimiento es inestable y la perseverancia nula. 

En una ocasión tiene que empuñar las armas e infligir a su pueblo un castigo severo (Ex 33,28). Pero ni ese duro castigo es suficiente y al fin no tiene más remedio que llegar a una conclusión desoladora: "Es una nación de pocos alcances, no tiene entendimiento" (Dt 32, 28). 

Enfrentado a la dureza de corazón, inerme ante la falta de esperanza, a Moisés no le queda sino la renuncia, el abandono. Ha puesto en juego su vida por un grupo que no se lo merecía. Y, sin embargo, no es ésta su actitud. "Se volvió, pues, Moisés al Señor y dijo: ¡Ay! este pueblo ha cometido un gran pecado...¿Querrás, a pesar de todo, perdonar su pecado? Si no, bórrame del libro que has escrito" (Ex 32, 32). Una oración conmovedora, la oración de la solidaridad. Moisés no cede a la tentación de alejarse de los inconstantes sino que se reconoce uno de ellos y sólo así su voluntad poderosa, hecha débil, podrá salvar a todos. 

-Jesús y la voluntad de Dios 

Jesús pasará en su vida trances parecidos a los de los dos personajes anteriores. Por eso la tradición ha visto en él al nuevo Moisés y al nuevo Elías. Como uno y otro, Jesús tiene que padecer por su entrega a la voluntad de Dios. Como ellos ha de sufrir el descorazonamiento ante la escasa respuesta: "¡Ah! si en este día conocieras tú también el mensaje de la paz; mas ahora está oculto a los ojos" (Jn 19,42). "Cuántas veces quise reunir a tus hijos, de la manera que la gallina reúne a sus pollos bajo las alas y tú no quisiste" (Mt 23,37). 

Y cuando la muerte está cerca, cuando se hace claro el cercano abandono de los que hasta hace poco le seguían, Jesús siente una angustia que le lleva a sudar sangre. No es únicamente la angustia ante la pérdida de la vida, puesto que es El quien la entrega y nadie se la quita, sino una congoja hecha de abatimiento y desencanto. 

La única salida posible de ese pozo oscuro está en la oración y Jesús se entrega en las manos del Padre: "No se haga mi voluntad sino la tuya" (Lc 22,42). El Hijo rendido de cansancio se acurruca en el regazo de la voluntad del Padre y allí encuentra el calor necesario para seguir adelante. Como en el caso de Elías, queda mucho camino que recorrer, porque es el camino que lleva de la muerte a la vida. Sólo conducido por la mano del Padre el cansancio puede convertirse en alivio y descanso. Igual que el propio Padre descansa al atardecer del día séptimo, Jesús descansa, entregándola, al atardecer de su vida. Sabe que alguien la tomará a su cargo, la conservará y cuidará de ella ya para siempre. 

-Alimento, solidaridad, oración 

Cada uno de los personajes anteriores es nuestro antepasado. Su historia nos ha sido contada para que se convierta en nuestra propia historia. Como en ellos -y sin duda más que en ellos- nuestra vida de fe se ve amenazada por el cansancio, por la propia fatiga del camino y porque, hijos de nuestro tiempo, compartimos el de una época carente de horizontes. Al leer las historias de Moisés, Elías y Jesús nos reconocemos en su peripecia. Pero el texto bíblico muestra también la salida de la aporía. No es posible seguir si no tomamos alimentos; no es posible seguir con todos si no nos identificamos con los más débiles, con los más claudicantes; no es posible seguir por el camino de Dios si no nos entregamos en sus manos y no recibimos su soplo vivificante. La oración es el lugar en el que se pide y se recibe ese Espíritu "consejero de bienes y consolación de tristezas y penas" (Sab 8,9). Que frente a las sombras de un horizonte oscuro, comunica una sabiduría "más bella que el sol, que supera las constelaciones de las estrellas (7,28). 

"Velad y orad para no caer en la tentación del cansancio, nos dice el Señor. Porque el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil" (/Mt/26/41). 

 

ALESSANDRO PRONZATO

PAN-DE-VIDA 

Moisés no ha dado el verdadero pan del cielo. Lo da Dios, ahora. "El pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo". Y todavía más explícitamente: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo".

Estará bien recordar que el maná indica el alimento primordial, o sea, todo aquello de lo que tiene necesidad el hombre. De hecho, Dios, en el desierto, no ha ofrecido a su pueblo sólo el alimento material, sino también su palabra, la ley, la alianza.

Ahora ha llegado el don definitivo, completo. "Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera". Jesús es el don último, definitivo, del Padre. Es el don del "pan". Jesús es todo eso de lo que el hombre tiene necesidad. En el don que es Jesús se colman las exigencias más profundas del hombre. "Está escrito en los profetas: Serán todos discípulos de Dios... Sólo el que viene de Dios ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna".

Más tarde dirá: "Esta es la vida eterna: que te conozca a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn/17/03). Para Juan, en el centro de la fe hay un elemento de "visión", además de un elemento de escucha. Así pues, Cristo es la palabra definitiva de Dios. Todo lo que Dios tenía que decir a los hombres, la ha dicho en Cristo. Fuera de él y después de él no hay que esperar revelación alguna.

Jesús, la palabra hecha carne, es capaz de saciar el deseo de "visión" y el hambre infinita que está en nuestro corazón. Al llegar aquí, se impone una observación. El grande y largo discurso del pan de vida de ordinario se lee exclusivamente en clave eucarística. En realidad, la eucaristía no constituye el tema principal, al menos de la primera parte del sermón. Sólo a partir del v. 51 la eucaristía se convierte en el núcleo esencial de las palabras de Jesús. Pero antes de este giro, el "pan de vida" no es el de la mesa eucarística. Es, sobre todo, la persona misma de Jesús. El, en efecto, es la Palabra que se hace carne. Simplificando un poco, podemos decir que, en la primera parte del sermón, Jesús se presenta como pan de vida a través de su palabra. En la segunda sección, Jesús es el pan de vida a través de su carne. Por consiguiente, tenemos primero la mesa de la Palabra, y después la mesa de eucaristía propiamente dicha. Evidentemente se trata de una única mesa: la del pan.

Pero los interlocutores todavía no se rinden: "¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre?, ¿cómo dice ahora que ha bajado del cielo? Ahí tenemos de nuevo la incapacidad radical. La incapacidad para reconocer que el pan de vida, el verdadero, que representa el alimento eterno y que baja del cielo, se nos ofrece "escondido" en la aparente banalidad de lo cotidiano.

La encarnación, una vez más, crea escándalo. El hombre encuentra una dificultad casi insuperable para reconocer a un Dios que se manifiesta en las cosas ordinarias, en las realidades comunes. Un Dios que nos hace señas a través de lo cotidiano.

Sin embargo, con la encarnación de Cristo, lo cotidiano se convierte en sacramento de la presencia de Dios y sacramento de nuestra presencia ante Dios.

Los acontecimientos de que se sirve Dios para manifestarse son los pequeños hechos de la vida ordinaria. Las cosas acostumbradas, las ocupaciones acostumbradas, el horario acostumbrado nos traen al Dios que quiere encontrarnos allí donde estamos, en lo que hacemos, en el contexto de nuestra existencia cotidiana.

No debemos buscar a Dios en otra parte. No programemos el encuentro para las grandes ocasiones, en un contexto de solemnidad. El se deja encontrar en las ocasiones más comunes, en un estilo sencillo, según el ceremonial de nuestros gestos ordinarios.

"Creer significa aprender a leer los acontecimientos de la propia vida como expresión del paso de Dios. Se cede el paso a Dios. Se hace de la propia vida este pasar. Se pasa de la propia existencia buscando el camino. Y luego, un buen día, nos encontramos cara a cara con un caminante que no es como los otros. Creer significa aceptar abrir los ojos, aquel día, y decir suavemente ¿por qué no?, "buenos días, Dios mío"".

Sí, el Señor hace "grandes cosas". Pero a su manera; o sea, según un estilo de discreción. Bajo el signo, modesto del pan...

 

CLARETIANOS 2003

El Pan del Camino

Hay veces en que el profeta desfallece

Hay momentos en que nos resultan muy difícil seguir viviendo. ¿Qué razones tengo para seguir viviendo? -nos preguntamos-. Elías lo gritó al Señor con estas palabras: ¡Quítame la vida, que yo no valgo! ¡Basta, Señor!

Da la impresión de que todos los esfuerzos son inútiles. De nada sirve tanto esfuerzo. Casi todo lo que emprendemos está abocado al fracaso. Nos preguntamos: ¿para qué esforzarse en proclamar el Evangelio, si son pocos los que lo viven? ¿para qué luchar por una sociedad más justa, si cada vez la injusticia parece más poderosa? ¿De qué sirven las palabras, cuando la praxis no cambia?

Hoy el profeta Elías, aparece como paradigma de un ser humano que se hace tales preguntas y -radicalizándolas- quiere que Dios le quite de en medio.

La respuesta llega: ¡Levántate y come! Vio a su cabecera un pan cocido y un jarro de agua. ¡Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas!

Dios concede el pan de la vida, el agua de la vida. Siempre de forma milagrosa. Por medio de algún ángel. No hay que desconfiar. Lo peor es huir de la presencia de Dios. Lo peor es no estar dispuesto a comer el pan que viene de su mano.

"¡Sed imitadores de Dios, como hijos muy queridos! ¡Vivid en el amor! ¡Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados, toda maldad! ¡Sed comprensivos, perdonándoos unos a otros, como Dios os perdonó en Cristo!" 

"El presbítero, leyó con tanta unción el Evangelio que se hizo innecesaria la homilía" (Peter Handke). Así puede ocurrir con las palabras de este texto de la carta de Efesios. Basta reescuchar las palabras y contemplar la imagen. ¿No os parece?

No deja de ser una tremenda osadía, el hecho de que Jesús se defina a sí mismo: "Pan del Cielo! ¡Pan de la Vida! La gente se remitía a los hechos. ¿No es el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice que es el Pan bajado del Cielo?

Jesús sabe qué esto solo lo entiende quien siente dentro de sí una fuerza de atracción insuperable. Es la atracción que Dios pone en el corazón de no pocos seres humanos para que coman de este pan y vivan.

¿Cuando vas a comulgar, te das cuenta de que eres atraído? Hay unos brazos que te acogen y te estrechan, más allá de tu voluntad. La eucaristía es un abrazo invisible, una atracción misteriosa, una fuente de energía que no tiene parangón en la tierra.

Pero también nosotros podemos comer del pan, sin fe. Y esto bloquea en nosotros los dinamismos de vida. Quien come del Pan que el Hijo del Hombre da, tiene vida y vida eterna. Por eso, no teme nada. Por eso, se enfrenta sin tapujos a las fuerzas de la muerte.

A cada atentado contra la vida responde la Iglesia con una celebración eucarística. Pone sobre la Mesa el Pan de la Vida. 

Los asesinos ponen sobre la mesa el pan de la muerte. Y algunos, más de los que parece, comulgan. Ellos intentan matar a Jesús, matar el pan de la vida. No tienen ninguna excusa, ninguna. Renuncian a formar parte del pueblo de Dios, del pueblo de los vivientes.

Si Dios, Abbá de todos, atrajera un día a esos desagraciados a la Mesa de la Gracia... ¿Podremos hacer algo para acelerar esa venida? ¡Mete la espada en su vaina! ¡Acaba con las armas de muerte! ¡Acabemos también con las armas del odio, que utilizamos muchos de nosotros con tanta frecuencia!

Muchos de nuestros hermanos y hermanas están comiendo diariamente el "pan de la aflicción", se están bebiendo "lágrimas a tragos". Da pena asomarse al mundo de las noticias: violencia doméstica por aquí, violencia callejera por allá, atentados, guerras, terrorismo. Nos da la impresión de estar viviendo en tiempos malditos.

Jesús nació en Beth-lehem. En hebreo esta palabra compuesta significa "la casa (Beth-) del pan (lehem)". ¡Qué interesante ver cómo la vida de Jesús oscila entre tres polos: nace en la casa del pan, en el momento culminante de su vida pública multiplica los panes y un poco antes de morir se entrega a sí mismo en un trozo de pan. Sí, en Bethlehem nació el Pan de la Vida. En Jerusalén este pan fue entregado para desaparecer y hacerse vida del mundo.

Si sientes en tu corazón el viento del Espíritu de Jesús, ¿cómo puedes callarte tu fe? ¿cómo puedes ocultar tu fuego interior? Cada laico cristiano tiene ocasiones únicas para poder evangelizar y depositar en los lugares más insospechados, pero también más feraces, la semilla de la Palabra de Dios.

¿Sabéis que actualmente muchas jóvenes filipinas, que están sirviendo en no pocos hogares de países no cristianos, son evangelizadoras, misioneras de primera fila? Gracias a ellas crece el número de bautizados, de simpatizantes de nuestra fe. ¿Sabéis que muchos hermanos y hermanas hindúes se acercan a nuestros templo en la India, para celebrar las fiestas marianas? ¿Sabíais que el cristianismo en Japón es misionero cuando celebra la Navidad y acoge en el templo a tantos -llamados paganos- que no resisten el atractivo de una fiesta tan preciosa como el Nacimiento del Hijo de Dios?

Jesús -dice la Constitución Lumen Gentium del Concilio en el capítulo VII- atrae desde el cielo a todo el mundo hacia sí. Y en esa ola fuerte de atracción, implica a su comunidad y a cada uno de nosotros. Nuestra misión consiste en ayudar a la gente a no resistir el atractivo de Jesús. Jesús "seduce", pero hay que posibilitar que tanta gente "se deje seducir". Tal vez nuestra tarea misionera, no sea sino desatar ciertas cuerdas para que el globo pueda volar, quitar el freno para que el vehículo comience a andar, abrir las ventanas para que entre el viento.

Cada laico cristiano es un pequeño profeta, un misionero, un evangelizador. En este tiempo de verano disponemos tal vez de muchas ocasiones para disfrutar de lo mejor de nuestra fe y comunicarla a los demás.

Hay muchos medios para transmitir el Evangelio. Todo transmite cuando el amor está vivo y activado.

 

OCARM

Lectio 

b)            Clave de lectura: 

El sexto capítulo del evangelio de Juan presenta un carácter unitario que desarrollándose en torno al tema de la fiesta de la Pascua, análogamente se articula a través de un prodigio ( 5, 1-9a 6,1-15) a quien sigue un discurso (5,16-47; 6,22-59). Presenta una parte de la actividad de Jesús en Galilea y precisamente el momento culminante: Jesús se auto revela como pan de vida para ser creído y comido para poder ser salvos. En los vv. 1-15 encontramos el gran signo de la multiplicación de los panes cuyo significado viene desvelado por el discurso del día siguiente en los vv. 26-59: el don del pan para el hambre del pueblo prepara las palabras sobre el pan de la vida eterna. Entre los vv. 16-21 tenemos la narración del camino de Jesús sobre las aguas. En los v. 60-71 Jesús invita a los discípulos a decidirse, ya conociendo su incredulidad (vv. 60-66), ya solicitando la fe de los doce (vv. 66-71). El discurso completo sobre el pan de vida (6,25-71) presenta semejanzas con algunos testimonios judaicos, de modo particular de Filón. 

 

Meditatio 

a)             Algunas preguntas: 

                Murmuraban de él: ¿cuántas voces de murmuración cuando se trata de Dios? 

                Yo soy el pan bajado del cielo: ¿dónde tomamos el pan que comemos cada día? 

                Ninguno puede venir a Mí, si no lo trae el Padre que me ha enviado: ¿el Padre nos atrae o más bien vamos tras sus pasos criticando lo que dice a nuestra vida de cada día? 

                Si uno come de este pan, vivirá para siempre: nosotros nos alimentamos de la Palabra de Dios y del Pan repartido, una vez a la semana o a lo mejor todos los días... ¿por qué no corre la vida eterna en nuestras palabras y en nuestra experiencia humana?

 

b)            Clave de lectura: 

Murmurar. ¿Qué mejor instrumento para no vivir profundamente lo que el Señor nos pide? Miles de razones, plausibles...miles justificaciones, válidas...miles motivaciones, lícitas...para no masticar una Palabra que rompe toda razón, toda justificación, toda motivación para dejar ecos nuevos de un cielo no lejano que habita en los corazones de los hombres. 

v. 41. Murmuraban de Él los judíos porque había dicho: "Yo soy el pan bajado del cielo". Jesús apenas había afirmado: Yo soy el pan de la vida (v.35) y he bajado del cielo (v.38) y esto provoca desacuerdo entre la gente. Judíos, término teológico en Juan, podemos considerarlo como su homónimo: los incrédulos: En realidad se trata de Galileos que se llaman Judíos a causa de su murmuración contra Cristo, porque sus palabras sobrepasan las categorías usuales. Un lenguaje familiar el del pan bajado del cielo. Los hijos de Israel conocían el pan de Dios, el maná, que en el desierto había saciado el hambre, y la precariedad de un camino de horizontes que se recorrían sin un final. Cristo, maná del hombre que en el desierto de su hambre inapagada invoca al cielo como sostén de su caminar. Único pan que quita el hambre. Las palabras de los judíos son objeciones contra la persona de Jesús y al mismo tiempo paso para introducir el tema de la incredulidad. En relación con otros pasajes en los cuales el pueblo “bisbisea” (7,12.32)) en este capítulo tenemos sobre Jesús un “murmurar” sobre lo que Él dice, o sea sobre sus palabras. Este murmurar claramente deja ver la incredulidad y la incomprensión. 

v. 42. “¿No es éste Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Pues cómo dice: Yo he bajado del cielo? La ironía es sutil. Los incrédulos conocen los orígenes terrenos de Cristo, conocen ciertamente al hijo de José, pero no al Hijo de Dios. Sólo los creyentes conocen su origen transcendente por intervención directa de Dios en la Virgen Santísima. El pasaje de un lenguaje netamente material, un pan de agua y harina, a un lenguaje espiritual, un pan para el alma humana. Como otra vez en el desierto, los judíos murmuraban: no comprenden el origen ni el don de Jesús: Como en otro tiempo los padres rechazaron el maná, porque era un alimento muy ligero, ahora los hijos rechazan al Verbo hecho carne, pan bajado del cielo, pero de origen terreno. Los judíos toman de lo que Jesús había dicho, sólo la afirmación: Yo he bajado

del cielo (V.38). Porque es ésta lo que da fundamento a los precedentes anuncios, al ser

el pan de la vida (V.35). La pregunta. ¿No es quizás éste... está presente, en un contexto de estupor, en los evangelios sinópticos. En Mateo o en Lucas el lector a través de las narraciones de la infancia ya ha tenido conocimiento de la concepción virginal de María. En Juan los Judíos tienen delante a quien declara que ha bajado del cielo sin poner en discusión su naturaleza humana. Hijo de José, quiere decir entonces ser un hombre como todos (cfr 1,45). 

v. 43-44. Jesús respondió: “No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no le trae; y yo lo resucitaré en el último día”. Jesús no parece firmarse sobre su origen divino, pero subraya que sólo el que es traído del Padre puede ir a Él. La fe es pues un don de Dios que tiene como condición la apertura de parte del hombre, la escucha... pero, ¿qué quiere decir que el Padre lo trae? ¿Es que no es libre el hombre en su caminar? La atracción es sólo en la trayectoria de un deseo escrito en aquellas tablas de carne que todo hombre lleva consigo. Es por tanto libertad plena, adhesión espontánea a la fuente del propio existir. La vida no puede ser atraída sino por la vida, sólo la muerte no se deja traer. 

v. 45. En los Profetas está escrito: «Y serán todos enseñados de Dios». Todo el que oye a

mi Padre y recibe su enseñanza, viene a mi. El seguimiento está determinado por un

orden bien preciso. No es una invitación, es un imperativo. La palabra de Dios creadora, en vez de llamar a la luz y a las otras criaturas de la nada, llama a su imagen a participar de la nueva creación. El seguimiento no brota de una decisión autónoma o personal, sino del encuentro con la persona de Jesús y su llamada. Es un acontecimiento de gracia, no una elección del hombre. Jesús no espera una libre decisión, sino que llama con autoridad divina, como llamaba Dios a los Profetas en el Antiguo Testamento. No son los discípulos quienes eligen al Maestro como sucedía con los “rabbi” del tiempo, sino es el Maestro quien escoge los discípulos como depositarios de la herencia de Dios que es más que una doctrina o enseñanza. La llamada comporta el abandono de los familiares, de la profesión, un cambio total de existencia por una adhesión de vida que no admite espacios al auto centralismo. Los discípulos son hombres del Reino. La llamada para convertirse en discípulos de Jesús es una “llamada escatológica”. La frase del profeta del destierro babilónico dice textualmente: “y todos serán sus hijos [de Jerusalén]” en referencia a los hebreos. El uso de: “todos serán” es una expresión de la universalidad de la salvación de la que Cristo es el cumplimiento. 

v. 46. No que alguno haya visto al Padre, sino sólo el que está en Dios, ése ha visto al Padre. Sólo Jesús, que viene de Dios, ha visto al Padre y lo puede revelar definitivamente. El hombre es llamado a venir de Dios. El conocimiento de Dios no es una conquista, es una proveniencia. El movimiento no es externo. Si yo busco la proveniencia externa puedo decir que tengo un padre y una madre, criaturas del mundo creado. Si yo busco la proveniencia profunda de mi significado existencial puedo decir que vengo del Padre, Creador de toda vida. 

v. 47. En verdad, en verdad os digo: El que cree tiene la vida eterna. Creer a la palabra de Jesús, a su revelación, es condición para obtener la vida eterna y poder ser “amaestrado por el Padre”. Creo, me apoyo en una roca. La estabilidad no está en mi límite de creatura, ni en la realización de mi perfectibilidad humana. Todo es estable en Aquel que no tiene enganches naturales. ¿Cómo puede una criatura apoyarse sobre sí misma, cuando no es dueño de un solo instante de su vida? 

v. 48. Yo soy el pan de vida. Se vuelve a presentar el tema del pan de vida que enlaza con el de la fe, y el de la vida eterna. Jesús es el verdadero pan de vida. Este versículo está ligado al 51. “Yo soy el pan vivo”. Sólo el que se alimenta de este pan, el que asimila la revelación de Jesús como pan vital, podrá vivir. 

v. 49. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. 

v. 50 Este es el pan que baja del cielo, para que el que lo coma no muera. El pan que baja del cielo es contrapuesto al maná que alimenta a los padres sin preservarlos de la muerte. Este pan que da la vida eterna y proviene de lo alto es el Verbo Encarnado de Dios. El tema eucarístico apuntado en algunas expresiones precedentes, ahora se convierte en central. La experiencia de la muerte terrena no contradice esta experiencia de vida si se camina por las sendas de lo transcendente. El límite no es un límite para el que se alimenta de Él. 

v. 51. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre

y el pan que yo le daré mi carne, para la vida del mundo. Alimento vital para el creyente será la “carne” de Jesús. El término carne (sàrx) que en la Biblia indica la frágil realidad de la persona humana de frente al misterio de Dios, ahora se refiere al cuerpo de Cristo inmolado sobre la cruz y a la realidad humana del Verbo de Dios. No es un pan de vida metafórico, o sea la revelación de Jesús, porque el pan es la misma carne del Hijo. Para

la vida del mundo indica en favor y pone de relieve la dimensión sacrificial de Cristo donde por el mundo expresa la salvación que de esta dimensión brota. 

 

Reflexión: 

Murmurar. Si nuestra murmuración fuese como la de un viento ligero haría de acompañamiento armonioso a las palabras eternas que se hacen nuestra carne: Yo soy

el Pan vivo bajado del cielo. Qué sorpresa entonces, sabiendo que este Pan eterno no

es un extraño, sino Jesús, el hijo de José, un hombre del que conocemos el padre y la madre. Porque el que come de este pan vive para siempre. Un Pan que nace de un amor de Padre. Estamos invitados a escuchar y a aprender para llegar a Él sobre la senda de la atracción, sobre la huella de aquella fe que permite ver. Pan con pan, Carne con carne. Sólo aquel que viene de Dios ha visto al Padre. El hombre lo ha visto cuando ha hecho de su carne el pesebre del Pan vivo. Desierto y muerte, cielo y vida. Un dulce connubio que se cumple en cada Eucaristía...sobre cada altar, aquel altar del corazón en el cual la vida del Soplo divino consuma la arcilla desfigurada del hombre perdido. 

 

EL HIJO DE MARÍA, PAN BAJADO DEL CIELO

José Enrique Galarreta

 

Jn 6, 41-51

Los domingos 17 a 21 del TO se propone la lectura del capitulo 6º del cuarto evangelio, el llamado "sermón del pan de vida". Habría sido mucho más correcto leer y meditar el discurso del pan de vida todo entero de una vez, porque su mensaje es único. Pero, sin duda por no incluir en la celebración textos demasiado largos, se ha repartido en cinco domingos, con la consiguiente repetición de temas.

El episodio va precedido de la multiplicación de los panes En el fragmento anterior vimos cómo la gente quería hacerle rey, y Jesús los despidió y se marchó al monte para pasar la noche orando. Al regresar a Cafarnaúm, la gente vuelve a acosarle, y Jesús vuelve a situar el tema donde debe estar, no en el entusiasmo por el rey que reparte pan gratis, sino en la aceptación de Jesús como Enviado de Dios.

Jesús se presenta expresamente como tal, y afirma su superioridad sobre Moisés, aprovechando el signo del pan y del maná en el desierto. Pero el texto de hoy añade al anterior otros dos matices: el rechazo de la gente, que no puede admitirle como superior a Moisés, ni mucho menos como enviado de Dios y la pregunta "¿cómo puede éste darnos a comer su carne?", tan cerril como actual.

 

REFLEXIÓN

Si Jesús pronunció realmente las palabras "Yo soy el Pan vivo bajado del cielo" (ya sabemos que el cuarto evangelio suele poner en boca de Jesús sus propias profesiones de fe), el desconcierto de sus interlocutores es absolutamente lógico, y su conclusión sería que se había vuelto loco. Lo expresan muy bien las primeras líneas del evangelio de hoy.

Es el hijo de José, conocemos a sus padres (el cuarto evangelio repite esa expresión, "hijo de José" en 1,45 y 6,42) ¿cómo es que dice que ha bajado del cielo?

Se trata, como vemos, del mismo tema que apareció ya en el domingo 14º, a propósito de Marcos 6. Parece evidente que el cuarto evangelio ha recogido aquella misma escena de rechazo y escándalo de sus convecinos y la ha aprovechado para hacer una catequesis sobre "quién es Jesús".

El domingo pasado nos preguntábamos: ¿qué motivos pudieron tener los que conocieron a Jesús para seguirle, hasta el extremo de abandonar costumbres tan seculares y sagradas? Y en estos párrafos se muestra algo que hemos olvidado: Jesús está pidiendo una superación tan completa de la Ley de Moisés que producirá escándalo y rechazo. Hoy está de moda insistir en el judaísmo de Jesús olvidando la terrible ruptura que lo de Jesús supuso. (¡Estamos olvidando lo del vino nuevo y los odres viejos!)

Esto producirá el alejamiento de la gente. No solamente la estupidez de comerse la carne y beberse la sangre de Jesús, sino el significado de esta imagen: no buscar alimento en la Ley de Moisés sino en Jesús. El hecho de que este mensaje cobre tal importancia precisamente en el cuarto evangelio dice mucho de la evolución de la fe en las comunidades llamadas joanneas y del posicionamiento "anti judío" del cuarto evangelio.

Hemos hablado mucho del significado de Pablo para la apertura de la Iglesia a los no-judíos, pero deberíamos recuperar la importancia del mundo "de Juan" en la comprensión de la novedad del mensaje de Jesús respecto a la antigua Ley.

La fuerza de este mensaje nos lleva a comprender que su reducción a la eucaristía (aun siendo válido) no es suficiente. Es un gran símbolo acerca de Jesús: Jesús pan, Jesús agua, Jesús luz, son los tres grandes símbolos de Jesús en el cuarto evangelio, en la misma línea metafórica de los evangelistas y del estilo personal de Jesús, que se expresa en parábolas, no en conceptos.

Nosotros hemos olvidado su estilo, hemos preferido invertir el sentido de las palabras de Jesús para afirmar que el pan eucarístico es Jesús, cuando el sentido original es que Jesús es pan. Debemos unir también la imagen de Jesús/pan con la imagen Jesús/grano de trigo que se siembra y muere para poder ser fecundo. Deberíamos sacar provecho de las imágenes del cuarto evangelio desde su significado primitivo, tan válido y significativo.

Es una catequesis que necesitamos también nosotros. Jesús, el hijo de José y María (según la expresión que usa el cuarto evangelio), ha venido del cielo. Y nosotros, empecinados en convertir los símbolos en fenómenos físicos, nos imaginamos al Verbo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, viajando por el espacio infinito y aterrizando en el seno de María para fecundarla y dar origen a Jesús, que así puede decir que ha bajado del cielo.

Sería muy recomendable que usáramos la frase completa: Jesús no dice que es alguien que ha bajado del cielo, sino el pan bajado del cielo. Y de la misma manera que Jesús no es un pan, exactamente igual no ha bajado de ninguna parte. Las dos expresiones son igualmente simbólicas, y en eso radica su fuerza. Reducir el sentido simbólico es fuertemente insatisfactorio.

Jesús es pan. Jesús, el hijo de José y María, es pan. Si entendemos esto, podremos entender lo de "bajado del cielo". Si no, no. Lamentablemente, reducimos el significado de las dos expresiones y las convertimos en "sucesos mágicos": el pan es Jesús; en María se obró un milagro biológico. Estas reducciones son muy satisfactorias: volvemos a tener a Dios encerrado en el templo, en una presencia que muchos imaginan como física, y hacemos de la humanidad de Jesús un disfraz de su divinidad, que es "su verdadera naturaleza".

Era muy lógico que los contemporáneos de Jesús, especialmente sus vecinos y sus parientes, se resistiesen al mensaje. Y es muy lógico que nosotros nos resistamos a salir de nuestras concepciones mítico-mágicas. La religión de Jesús supera en tal medida nuestras religioncillas razonables o míticas, que sentimos vértigo al creer en él. Porque hay que creer en un hombre, no en una divinidad disfrazada, hay que creer que la acción de Dios está verdaderamente hecha carne, no vestida de carne.

Hay que alimentarse del pan que es Jesús, no del que nosotros inventamos. A veces el cuarto evangelio se toma como una aventura gnóstica, en la que Jesús se presenta como un ser sobrenatural con apariencia humana. Pero, si lo leemos correctamente, está insistiendo machaconamente precisamente en lo contrario. Jesús es la tienda de Dios entre nosotros, el pan que Dios nos da, el agua de la que hay que beber: Jesús, el hijo de José y María, carpintero de Nazaret, el que fue crucificado ante el escarnio de sus enemigos que le echaban en cara que no podía bajar de la cruz.

Sus vecinos no podían creer en Jesús. Ni sus ojos ni su fe anterior se lo permitían. Este evangelio nos está acercando por tanto a una situación dramática de las primeras comunidades de creyentes en Jesús, y nos enfrenta hoy a un desafío radical: ¿cuál es mi luz, mi alimento, mi agua? Dicho de otra manera ¿quién es el Señor de mi vida?

Solemos caminar a la luz de valores que dirigen nuestras elecciones. Se nos propone otra luz, otros valores para iluminar el camino. Solemos alimentarnos de las satisfacciones que encontramos en lo que llamamos éxitos, personales, económicos, sociales. Solemos tener sed de poseer, de gastar, de comprar, de prosperar, de destacar... Pero ese hambre y esa sed no se sacian nunca.

En todos esos ámbitos la satisfacción del deseo no lo sacia sino que despierta otro deseo mayor. El pan y el agua del Reino son otros valores, ante los cuales los valores habituales pierden su encanto. Cuando Jesús llama a los pobres, a los que saben sufrir, a los misericordiosos, a los limpios de corazón... "dichosos", está diciendo que su modo de vida hace desaparecer el hambre y la sed de otras cosas de tierra. Podríamos añadir a las Bienaventuranzas ésta última como resumen:

"Dichosos los que viven los valores del Reino, porque ya nunca tendrán sed de los valores de la tierra".

Aquí entronca maravillosamente la última frase del texto del libro de los reyes, acerca de Elías: "Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas".

Debemos entender muy claramente que el camino de seguir a Jesús no es sin más una decisión humana, sino una obra del Espíritu, del Viento de Dios, en nosotros. La Iglesia está llamada a seguir la obra de Jesús, es decir, a ser pan para la vida del mundo; y es un trabajo superior a nuestras fuerzas.

Por eso es tan imprescindible preguntarnos por el alimento. ¿De dónde vamos a sacar fuerzas para vivir un tipo de vida tan cuesta arriba, tan a la contra de los criterios y valores de nuestro entorno? ¿De dónde vamos a sacar fuerzas para cumplir un destino que el Sermón del Monte propone (increíblemente) con frases tan abrumadoras como: "vosotros sois la luz del mundo y la sal de la tierra", "sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto"?

La respuesta es evidente: de la unión con Dios, de la vida interior, de la oración, de la eucaristía, de la comunidad de creyentes... de dejar hacer a Dios en nosotros para que sea Él quien trabaje en el mundo por medio de nosotros.

 


XIX DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

 

Antífona de entrada     Sal 73, 20. 19. 22. 23
Acuérdate, Señor, de tu alianza, y no olvides para siempre a tus pobres.
Levántate, Dios, defiende tu causa
y no desoigas el clamor de los que te invocan.

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
a quien, movidos por el Espíritu Santo,
nos animamos a llamar Padre,
confirma en nuestros corazones la condición de hijos tuyos,
para que podamos entrar en la herencia prometida.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Padre de bondad, acepta los dones
que misericordiosamente has dado a tu Iglesia
y que, con tu poder, conviertes en sacramento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión    
 Jn 6, 52
Dice el Señor: el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.

Oración después de la comunión
Padre, que la comunión de tus sacramentos
nos alcance la salvación
y nos confirme en la luz de tu verdad.
Por Jesucristo nuestro Señor.


 

LECCIONARIO DOMINICAL

Fortalecido por ese alimento
caminó hasta la montaña de Dios

Lectura del primer libro de los Reyes     19, 1-8
 
    El rey Ajab contó a Jezabel todo lo que había hecho Elías y cómo había pasado a todos los profetas al filo de la espada. Jezabel envió entonces un mensajero a Elías para decirle: «Que los dioses me castiguen si mañana, a la misma hora, yo no hago con tu vida lo que tú hiciste con la de ellos». Él tuvo miedo, y partió en seguida para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su sirviente.
    Luego Elías caminó un día entero por el desierto, y al final se sentó bajo una retama. Entonces se deseó la muerte y exclamó: «¡Basta ya, Señor! ¡Quítame la vida, porque yo no valgo más que mis padres!» Se acostó y se quedó dormido bajo la retama.
    Pero un ángel lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come!» Él miró y vio que había a su cabecera una galleta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua. Comió, bebió y se acostó de nuevo.
    Pero el Ángel del Señor volvió otra vez, lo tocó y le dijo: «¡Levántate, come, porque todavía te queda mucho por caminar!»
    Elías se levantó, comió y bebió, y fortalecido por ese alimento caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta la montaña de Dios, el Horeb.
 
Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 33, 2-9
 
R. ¡Gusten y vean que bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que lo oigan los humildes y se alegren. 
R.
 
Glorifiquen conmigo al Señor,
alabemos su Nombre todos juntos.
Busqué al Señor: Él me respondió
y me libró de todos mis temores. 
R.
 
Miren hacia Él y quedarán resplandecientes,
y sus rostros no se avergonzarán.
Este pobre hombre invocó al Señor:
Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. 
R.
 
El Ángel del Señor acampa
en torno de sus fieles, y los libra.
¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!
¡Felices los que en Él se refugian! 
R.


Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo

Lectura de la carta del Apóstol san Pablo a los cristianos de Éfeso     4, 30-5, 2
 
    Hermanos:
    No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, que los ha marcado con un sello para el día de la redención.
    Eviten la amargura, los arrebatos, la ira, los gritos, los insultos y toda clase de maldad.
    Por el contrario, sean mutuamente buenos y compasivos, perdonándose los unos a los otros como Dios los ha perdonado en Cristo.
    Traten de imitar a Dios, como hijos suyos muy queridos.
    Practiquen el amor, a ejemplo de Cristo, que nos amó y se entregó por nosotros, como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Jn 6, 51

Aleluia.
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente», dice el Señor.
Aleluia.
 

EVANGELIO

Yo soy el pan vivo bajado del cielo

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     6, 41-51
 
    Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: "Yo he bajado del cielo?"»
    Jesús tomó la palabra y les dijo:

«No murmuren entre ustedes.
Nadie puede venir a mí,
si no lo atrae el Padre que me envió;
y Yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en el libro de los Profetas:
"Todos serán instruidos por Dios".
Todo el que oyó al Padre
y recibe su enseñanza,
viene a mí.
 
Nadie ha visto nunca al Padre,
sino el que viene de Dios:
sólo Él ha visto al Padre.
Les aseguro
que el que cree, tiene Vida eterna.
Yo soy el pan de Vida.
 
Sus padres, en el desierto,
comieron el maná y murieron.
Pero éste es el pan que desciende del cielo,
para que aquél que lo coma no muera.
Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
y el pan que Yo daré
es mi carne para la Vida del mundo».
 
Palabra del Señor.

 

 

 

 

 


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