Domingo 20 del Tiempo Ordinario

 Liturgia Viva del XX Domingo del Tiempo Ordinario

 

Saludo (Ver la Primera Lectura)
La sabiduría de Dios ha preparado su vino
y ha puesto la mesa.
Él nos invita en la lectura de hoy:
“Vengan a comer mi pan
y a beber el vino que he mezclado.”
Esta es la invitación que hoy nos hace el Señor.
Que sepamos responder a esa invitación.
y que él esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante (Tres Opciones)

 

1. La Eucaristía está en la Medula de Nuestra Fe
Sabemos que la verdadera medula de nuestra fe es que el cuerpo de Cristo se quebró por nosotros en la cruz, para que derramar su sangre por nosotros, pero que resucitó de entre los muertos y está vivo para siempre. Para nosotros, el modo más profundo de participar en su muerte y resurrección es la Misa, la eucaristía que ahora celebramos. Aquí recibimos el cuerpo de Cristo como nuestro alimento. Ahí la sangre se hace presente como derramada para perdonar nuestros pecados y para llenarnos con la vida, fuerza y alegría de Jesús. Celebremos esta eucaristía con gratitud, porque aquí el Señor se entrega a sí mismo totalmente para nuestra salvación.

 

2. Vengan, la Mesa está Preparada
“Vengan, la mesa está lista.” En nuestros hogares ésta es la invitación que nos reúne a todos juntos como familia, para compartir nuestro alimento y nuestro amor. “Vengan, la mesa está preparada”. Es la invitación que Jesús nos hace para la eucaristía. Él toma nuestro pan humano y lo convierte en el signo de la donación de sí mismo: “Tomen y coman todos de él: porque esto es mi cuerpo.” Esto es yo mismo que me entrego por ustedes. Sentémonos a la mesa del Señor para partir y comer su pan, y aprendamos de él a convertirnos en el alimento y bebida de vida y alegría para todos.

 

3. Den Gracias al Señor por la Eucaristía
¡Qué afortunados somos, teniendo la eucaristía! Aquí está Jesús asegurándonos: “Yo estoy con ustedes y vivo en medio de ustedes, y les doy no un regalo cualquiera, sino me doy a mismo como alimento para el viaje de la vida. Coman mi pan de vida y beban mi vino de alegría y de redención. Esto es yo mismo que me doy por ustedes.” De esta manera Jesús nos hace también a nosotros capaces de entregarnos a Dios y a los hermanos. Que ésta sea una celebración de acción de gracias, con el Señor en medio de nosotros.

 

Acto Penitencial


1 y 2. La Eucaristía está en la Medula de Nuestra Fe
Vengan: la Mesa está Preparada
La eucaristía nos unifica con el Señor, Jesús.
Si pudiéramos cuantificar,
¿en qué medida somos nosotros uno con él?
¿Con qué frecuencia dejamos que el pecado nos aleje de él?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
– Señor Jesús, tú nos invitas a comer tu cuerpo y a beber tu sangre.
Señor, ten piedad de nosotros.


– Cristo Jesús, tú nos invitas a vivir en ti y a ser uno contigo, para que tú puedas ser uno con nosotros, Cristo, ten piedad.


– Señor, tú nos invitas a tomarte como alimento, como nuestro pan que vence a la muerte y nos hace vivir para siempre.
Señor, ten piedad de nosotros.


Señor, que esta eucaristía perdone nuestros pecados, nos colme con tu amor y tu fuerza, y nos lleve a la vida eterna.

 

3. Den gracias al Señor por la eucaristía
¿Le hemos dado gracias al Señor, alguna vez, profundamente, por permanecer con nosotros en la eucaristía? – Aclamémosle ahora como nuestro Emmanuel, nuestro Dios-con-nosotros.
(Pausa)
– Señor Jesús, toda alabanza y acción de gracias a ti porque te nos has dado generosamente en la eucaristía.
Señor, ten piedad de nosotros.


– Cristo Jesús, toda alabanza y acción de gracias a ti por asegurarnos que tendremos vida eterna si nos alimentamos con tu cuerpo y con tu sangre.
Cristo, ten piedad de nosotros.


– Señor Jesús, toda alabanza y acción de gracias a ti por convertirte para nosotros en el alimento que necesitamos en el viaje de la vida.
Señor, ten piedad de nosotros.


Oh Dios, siempre amable y compasivo, perdónanos por haber mostrado poca gratitud por la vida que nos has otorgado en la eucaristía. Que este alimento de vida nos lleve a la vida eterna.

 

Oración Colecta


Temas 1 y 2
Oremos para que la eucaristía nos llene con la vida de Cristo.
(Pausa)
Oh Dios nuestro, fuente de vida:
Tú nos permites gustar y ver cuán bueno tú eres
al darnos a tu Hijo Jesucristo
como pan y bebida de vida.
Danos hoy la eucaristía como nuestro “pan de cada día”,
para que con Cristo y por él pasemos de la muerte a la vida.
Que su vida fluya en nosotros
y se desborde sobre nuestros hermanos y hermanas
para que nos convirtamos en su cuerpo visible para el mundo.
Te lo pedimos por medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.

 

Tema 3. Den Gracias al Señor por la Eucaristía
Demos gracias al Padre
por darnos a Jesús en la eucaristía.
(Pausa)
Oh Padre, lleno de amor,
¿cómo podríamos conocer la profundidad de tu amor
si tu Hijo no se hubiera hecho carne de nuestra carne
y sangre de nuestra sangre?
¿Cómo podríamos tener nunca
el valor de vivir los unos para los otros
y, si fuere necesario, morir por ellos
si Jesús no hubiera entregado su cuerpo
y derramado su sangre por nosotros?
Gracias, Padre, por hacer posible
que Jesús permanezca con nosotros en la eucaristía
y que se convierta aquí para nosotros
en nuestro “pan de cada día”.
En nuestro viaje a través de la vida
haz que este pan vivo sea el alimento que nos dé fuerza
para, como él, vivir y morir por nuestro prójimo y por ti,
nuestro Dios de vida, por los siglos de los siglos.

 

Primer Lectura (Prov 9:1-6): Comiendo y Bebiendo Sabiduría
La Sabiduría quiere entregarse a sí misma como alimento y bebida, para dar inspiración y vida. Cristo, la Palabra de Dios, es la verdadera Sabiduría. En el banquete de la eucaristía nos transforma en imagen y semejanza de Dios.

Segunda Lectura (Ef 5:15-20): Alabando al Padre por medio de Cristo
Es el Espíritu Santo quien enseña a los cristianos la verdadera sabiduría de la vida. En la asamblea litúrgica cantan su acción de gracias al Padre por medio de Jesucristo.

Evangelio (Jn 6:51-58): Compartiendo la Vida de Jesús por medio de la eucaristía
Al alimentarnos con el cuerpo y sangre del Señor, participamos de la vida de Jesús y estamos seguros de que él nos resucitará de entre los muertos.

 

 

Oración de los Fieles


Nuestro Señor Jesús nos ha alimentado con sus palabras de vida, y nos invita a su banquete. Presentémosle todos nuestros afanes y los de nuestros seres queridos. Responderemos a cada petición diciendo:


R/ Quédate con nosotros, Señor.


Por la Iglesia, para que la eucaristía siga siendo la fuente de su vitalidad y de su habilidad para dar testimonio de la presencia del Señor en la comunidad, roguemos al Señor.


R/ Quédate con nosotros, Señor.


Por los cristianos, en donde quiera que estén, para que tengan hambre y sed de justicia en el mundo y puedan dar acceso a cada persona a los valores espirituales y a los bienes materiales que necesiten, roguemos al Señor.


R/ Quédate con nosotros, Señor.


Por todos los que, en tantas partes del mundo, viven en la miseria y no tienen bastante ni para comer, para que la gente se una solidariamente para ayudarles a ganar con dignidad su propio sustento, roguemos al Señor.


R/ Quédate con nosotros, Señor.


Por nosotros y por todos los cristianos que nos juntamos alrededor de la mesa del Señor, para que Cristo nos una, alma y corazón, y nos haga como mesas abiertas para compartir con todos, roguemos al Señor.


R/ Quédate con nosotros, Señor.

 

Señor Jesucristo, tú te nos das como pan de vida. Ayúdanos a entregarnos a nuestros hermanos como tú, gratuitamente y sin reservas. Quédate con nosotros, Señor, ahora y por todos los siglos.

 

Oración sobre las Ofrendas


Señor Dios nuestro:
Como un Padre que te preocupas de nosotros,
nos invitas a la mesa de tu Hijo.
Él cambiará nuestro pan en su cuerpo,
y nuestro vino en bebida de vida.
Haznos uno con él,
sacia nuestra hambre con su pan
y refréscanos con su bebida,
para que sepamos vivir, movidos por su amor,
su misma vida de valor y de entrega;
ahora y por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
En la oración eucarística cantamos nuestra gratitud y alabanza a nuestro Padre Dios, por habernos dado a Jesús como nuestro pan de vida.

 

Invitación al Padre Nuestro
Unidos a Jesús nuestro Señor, con sus mismas palabras rogamos
a nuestro Padre del cielo. R/ Padre Nuestro…

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor, de todos los males,
líbranos de nuestra cobardía y egoísmo.
Nútrenos con el pan de vida.
Reúnenos a todos juntos
y guárdanos siempre unidos
para que el mundo reconozca
que tu Hijo vive en nosotros,
mientras caminamos con alegre esperanza
hacia la gloriosa venida
de nuestro Salvador Jesucristo. R/ Tuyo es el reino…

 

Partiendo el Pan (A.Schilling)
El pan que partimos es el pan de resurrección
para una nueva vida y una nueva felicidad.
Es pan para ser compartido,
porque es el pan del Señor.

 

Invitación a la Comunión
Este es Jesús, el Señor, que nos dice:
“Mi carne es verdadero alimento
y mi sangre verdadera bebida.
Los que comen mi carne y beben mi sangre
viven en mí y yo viviré en ellos.”
Dichosos nosotros, que hemos aceptado esta invitación
para sentarnos a su mesa y comer su pan de vida.

 

Oración después de la Comunión


Te damos gracias, oh Dios, Padre nuestro,
por alimentarnos en nuestro viaje hacia ti
con el verdadero pan y bebida de vida:
que es tu Hijo Jesucristo.
En ésta y en cada eucaristía
que él tome cuerpo de nuevo en nosotros
para que nos entreguemos unos a otros
como él se entregó por nosotros;
que estemos presentes
y seamos serviciales unos a otros
como Él está presente y disponible para servir a todos,
y que con él vivamos tu vida,
ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Bendición
Hermanos: Experimentamos día a día que vivir el evangelio del Señor no es nada fácil. No es fácil llevar una vida digna de vivirse: ser generoso y desinteresado, compasivo, amar a todos y ayudarse unos a otros, incluso cuando no es molesto, vivir una vida de integridad, construir juntos un mundo mejor…
Es la verdadera sabiduría la que nos impulsa a acercarnos a la mesa del Señor para buscar su fuerza.
Que el Señor nos acompañe en este camino de vida y amor.
Y que Dios nos bendiga a todos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Vayamos con Jesús en el camino hacia Dios y hacia los hermanos.

 

 

“Yo soy el pan vivo”

 

Este domingo, el libro de los Proverbios nos recuerda una necesidad de nuestro tiempo: necesitamos una cultura del sentido, rica en conocimiento y verdad, comunicable. No importa cómo nos encontremos, ni la edad que tengamos, a todos nos hace falta conocer el sentido de la vida. Basta cobrar conciencia de nuestras pobrezas y desear ser iniciados en esa cultura. La comunión con el Señor y nuestro discipulado nos ofrecen las raciones necesarias de verdad y palabra.

 

La segunda lectura nos remite a otra necesidad propia de los creyentes: la de estar preparados para los tiempos críticos de la fe que han venido y siguen viniendo. “Aprovechad la ocasión”. La palabra griega usada, “Kairós”, tiene el sentido de oportunidad, de posibilidad. No es un tiempo genérico, sino un momento favorable, que podemos aprovechar para mejorar, para cambiar a mejor. El cristiano, como hijo de Dios, puede reconocer su presencia e intentar cumplir su voluntad, para poder ser feliz.

 

Por eso conviene no abusar del vino, que es mal consejero. Mejor, dedicarse a la oración, para dar gracias a Dios y, como María en el “Magnificat”, agradecer todo lo que Él ha hecho por nosotros. Que es de bien nacidos ser agradecidos. Porque en la vida de cada uno hay suficientes momentos para reconocer el paso de Dios por ella. Y cada día intentar cumplir lo que Dios quiera de nosotros.

 

Los evangelios de todos estos últimos domingos están llenos de olor a buen pan. El Señor nos viene diciendo que Él es el pan bajado del cielo, el pan vivo, que quien come de este pan tiene vida eterna. Y se pregunta uno por qué al Señor Jesús se le llama el Buen Pastor, y nunca ha cuajado el título del Buen Pan o del Buen Panadero. Todo el evangelio huele a pan recién hecho…

 

– Belén, donde el Señor nació, se traduce por la Casa del Pan

– Cuando Jesús siente pena por la multitud hambrienta lo que multiplica es pan.

– Cuando nos enseña a pedir lo que necesitamos, nos enseña a pedir el pan nuestro de cada día.

– A la pobre cananea le dice que no está bien echar el pan que comen los hijos a los perros y la cananea le rebate que los cachorrillos comen las migajas de ese pan debajo de la mesa

– Y al despedirse de nosotros con la promesa de que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos nos deja su Cuerpo en pan para ser alimento de nuestro camino.

 

Con el evangelista san Juan, paso a paso recorremos este capítulo sexto. Queda todavía un último tramo, la encrucijada ante la palabra de Jesús. Será el momento de que los discípulos tomen la palabra, y decidan qué hacer. Hoy, todavía es el Maestro el que tiene la palabra.

 

Vuelve a presentarse como el Pan de vida bajado del Cielo. Y repite las palabras que ya hemos escuchado, “«mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Para entender estas palabras, hay que tener en cuenta toda la vida de Jesús: su camino, su destino, su entrega. Esa entrega fue total, se vació de sí para que nosotros pudiéramos vivir. Comer su carne y beber su sangre es abrirse en la fe a Él, para participar en ese camino, en ese destino, en esa entrega.

 

«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Ahí se nos revela una misteriosa dimensión materna del Señor: lo mismo que la madre, en el seno, da de su propia sustancia al hijo, y lo hace viable; lo mismo que, una vez nacido, lo amamanta con su propia leche, y lo hace más viable; así Él da su propia carne y su propia sangre, y nos va haciendo viables. El hijo recibe de la plenitud de la madre; Nosotros recibimos de la plenitud del Señor. Lo mismo que el hijo ha estado literalmente entrañado en la madre (y la lleva entrañada), nosotros estamos entrañados en Él y hemos de entrañarlo en nosotros (comunión sacramental).

 

«Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». Jesús no es agua engañosa que no apaga la sed, ni vino que aturde y entontece, ni soledad sin caminos, ni senda perdida o vía cortada.

 

Esta fue la enseñanza profunda y autorizada que dispensó Jesús en Cafarnaún. Sus características esenciales giran, más que sobre el sacramento en sí, sobre el misterio de la persona y de la vida de Jesús, que se va revelando de manera gradual. Ese misterio abarca en unidad la Palabra y el sacramento. La Palabra y el sacramento ponen en marcha dos facultades humanas diferentes: la escucha y la visión, que sitúan al hombre en una vida de comunión y obediencia a Dios.

 

A mi carne, perecedera y destinada a la muerte, se le ofrece hoy la posibilidad de la vida eterna a través de la carne resucitada y, por consiguiente, incorruptible del Hijo. La vida eterna, la vida de Dios, la vida bienaventurada, la vida feliz, la vida sin sombra, sin duelo y sin lágrimas, llega a mí a través del Hijo, a través de su carne, que se hace pan para comer. La Eucaristía me pone en contacto con la vida eterna, me permite vencer la muerte y la infelicidad. ¿Qué don puede haber más deseable? ¿Puedo pedir algo que sea más que la vida eterna?

 

En la Eucaristía está presente todo el deseo de comunión de Dios conmigo, su deseo de que yo acepte su don como acto de amor, que comprenda la importancia única que tiene su Hijo para mi vida y para mi realización. La vida llega a mí desde el Padre, a través de la carne del Hijo, gracias a la mediación de la Iglesia apostólica, que celebra la eucaristía para que también yo, con mi carne purificada y entregada, me vuelva puente para hacer llegar al mundo la vida. ¡Este es el misterio de nuestra fe! La carne es verdaderamente «el fundamento de la salvación» (Tertuliano).

 

EVANGELIO

 

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6,51-58

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».

 

Disputaban los judíos entre sí: «Cómo puede este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

 

Palabra de Dios.

 

 

ALIMENTARNOS DE JESÚS

 

Según el relato de Juan, una vez más los judíos, incapaces de ir más allá de lo físico y material, interrumpen a Jesús, escandalizados por el lenguaje agresivo que emplea: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". Jesús no retira su afirmación, sino que da a sus palabras un contenido más profundo.

 

El núcleo de su exposición nos permite adentrarnos en la experiencia que vivían las primeras comunidades cristianas al celebrar la eucaristía. Según Jesús, los discípulos no solo han de creer en él, sino que han de alimentarse y nutrir su vida de su misma persona. La eucaristía es una experiencia central en sus seguidores de Jesús.

 

Las palabras que siguen no hacen sino destacar su carácter fundamental e indispensable: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Si los discípulos no se alimentan de él, podrán hacer y decir muchas cosas, pero no han de olvidar sus palabras: "No tenéis vida en vosotros". Para tener vida dentro de nosotros necesitamos alimentarnos de Jesús, nutrirnos de su aliento vital, interiorizar sus actitudes y sus criterios de vida. Este es el secreto y la fuerza de la eucaristía. Solo lo conocen aquellos que comulgan con él y se alimentan de su pasión por el Padre y de su amor a sus hijos.

 

El lenguaje de Jesús es de gran fuerza expresiva. A quien sabe alimentarse de él, le hace esta promesa: "Ese habita en mí y yo en él". Quien se nutre de la eucaristía experimenta que su relación con Jesús no es algo externo. Jesús no es un modelo de vida que imitamos desde fuera. Alimenta nuestra vida desde dentro.

 

Esta experiencia de "habitar" en Jesús y dejar que Jesús "habite" en nosotros puede transformar de raíz nuestra fe. Ese intercambio mutuo, esta comunión estrecha, difícil de expresar con palabras, constituye la verdadera relación del discípulo con Jesús. Esto es seguirle sostenidos por su fuerza vital.

 

La vida que Jesús transmite a sus discípulos en la eucaristía es la que él mismo recibe del Padre que es Fuente inagotable de vida plena. Una vida que no se extingue con nuestra muerte biológica. Por eso se atreve Jesús a hacer esta promesa a los suyos: "El que come este pan vivirá para siempre".

 

Sin duda, el signo más grave de la crisis de la fe cristiana entre nosotros es el abandono tan generalizado de la eucaristía dominical. Para quien ama a Jesús es doloroso observar cómo la eucaristía va perdiendo su poder de atracción. Pero es más doloroso aún ver que desde la Iglesia asistimos a este hecho sin atrevernos a reaccionar. ¿Por qué?

 

 

LO DECISIVO ES TENER HAMBRE

 

El que me come vivirá por mí.

 

El evangelista Juan utiliza un lenguaje muy fuerte para insistir en la necesidad de alimentar la comunión con Jesucristo. Sólo así experimentaremos en nosotros su propia vida. Según él, es necesario comer a Jesús: «El que me come a mí, vivirá por mí».

 

El lenguaje adquiere un carácter todavía más agresivo cuando dice que hay que comer la carne de Jesús y beber su sangre. El texto es rotundo. «Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él».

 

Este lenguaje ya no produce impacto alguno entre los cristianos. Habituados a escucharlo desde niños, tendemos a pensar en lo que venimos haciendo desde la primera comunión. Todos conocemos la doctrina aprendida en el catecismo: en el momento de comulgar, Cristo se hace presente en nosotros por la gracia del sacramento de la eucaristía.

 

Por desgracia, todo puede quedar más de una vez en doctrina pensada y aceptada piadosamente. Pero, con frecuencia, nos falta la experiencia de incorporar a Cristo a nuestra vida concreta. No sabemos cómo abrirnos a él para que nutra con su Espíritu nuestra vida y la vaya haciendo más humana y más evangélica.

 

Comer a Cristo es mucho más que adelantarnos distraídamente a cumplir el rito sacramental de recibir el pan consagrado. Comulgar con Cristo exige un acto de fe y apertura de especial intensidad, que se puede vivir sobre todo en el momento de la comunión sacramental, pero también en otras experiencias de contacto vital con Jesús.

 

Lo decisivo es tener hambre de Jesús. Buscar desde lo más profundo encontrarnos con él. Abrirnos a su verdad para que nos marque con su Espíritu y potencie lo mejor que hay en nosotros. Dejarle que ilumine y transforme las zonas de nuestra vida que están todavía sin evangelizar.

 

Entonces, alimentarnos de Jesús es volver a lo más genuino, lo más simple y más auténtico de su Evangelio; interiorizar sus actitudes más básicas y esenciales; encender en nosotros el instinto de vivir como él; despertar nuestra conciencia de discípulos y seguidores para hacer de él el centro de nuestra vida. Sin cristianos que se alimenten de Jesús, la Iglesia languidece sin remedio.

 

 

CALIDAD DE VIDA

 

El que me come, vivirá por mí.

 

Cuando el evangelio de Juan desea insistir en algo de importancia decisiva, va poniendo en labios de Jesús palabras que repiten una y otra vez la misma idea con diversos matices: «Yo soy el pan vivo», un pan lleno de vida; «el que me come, vivirá por mí», su vida se nutrirá de la mía; «el que coma de este pan, vivirá para siempre», su vida no terminará en la muerte.

 

Sin duda, aquí se está hablando de la eucaristía, pero no sólo de ella. La afirmación básica y central es ésta: Jesús es «fuente de vida» para todo el que se alimenta de él. En Jesús no vamos a encontrar ante todo una doctrina o una filosofía; no vamos a hallar una teología de escribas o una religión fundamentada en la ley. Vamos a encontrarnos con alguien, lleno de Dios, capaz de alimentar nuestro anhelo de vida y vida eterna.

 

En las sociedades modernas se habla mucho de «calidad de vida». Desgraciadamente, sólo se trata de la calidad de algunos productos. Se diría que la vida mejora cuando mejora el modelo de nuestro coche, la capacidad de nuestro ordenador o la urbanización donde vivimos. Sin embargo, se puede tener toda la «calidad de vida» que ofrece la sociedad moderna y no saber vivir.

 

No es extraño ver a personas cuyo único objetivo es llenar el vacío de sus vidas llenándolo de placer, excitación, dinero, ambición y poder. No pocos se dedican a llenar su vida de cosas, pero las cosas siempre son algo muerto, no pueden alimentar nuestro deseo de vivir. No es casual que siga creciendo el número de personas que no conocen la alegría de vivir.

 

La experiencia cristiana consiste fundamentalmente en alimentar nuestra vida en Jesús, descubriendo la fuerza que encierra para transformarnos poco a poco a lo largo de los días. Jesús infunde siempre un deseo inmenso de vivir y hacer vivir. Un deseo de vivir con más verdad y más amor.

 

Hay una «calidad de vida» que muchos desconocen y que sólo la disfrutan quienes saben vivir con la sencillez y sobriedad de Jesús, con su mirada atenta al sufrimiento humano, con su deseo de vida digna para todos, con su confianza grande en Dios.

 

 

 

 

LA MISA «DICE MUCHO»

 

El que coma de este pan vivirá.

 

Se suele escuchar con bastante frecuencia: «La misa no me dice nada». Las razones pueden ser diversas: actuación rutinaria del celebrante, desconocimiento del significado de los gestos litúrgicos, lenguaje alejado de la realidad actual... Hay, sin embargo, otra razón fundamental: por muy cálida y viva que sea la celebración, si la persona no participa interiormente y se abre a Dios en cada momento, la Eucaristía «no le dice nada».

 

Hay cuatro etapas importantes en el desarrollo de la Eucaristía, que es necesario vivir con la actitud apropiada. El primer momento es de encuentro. Llegamos a la Iglesia, nos saludamos y vamos formando entre todos la asamblea litúrgica. Es el momento de acogernos mutuamente y de preparar nuestro corazón para la celebración. Los ritos iniciales nos ayudan a distanciarnos de nuestro ritmo de vida a veces tan agitado y tenso, a despertar nuestra fe, pedir perdón y disponemos para vivir un encuentro gozoso con Dios.

 

El segundo momento es de escucha. Nos mantenemos sentados para escuchar la Palabra de Dios. Después de haber oído durante la semana tantas palabras, noticias, comentarios e información, nos disponemos a escuchar ahora una Palabra diferente que puede iluminar y orientar nuestras vidas. Escuchamos la Palabra que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Ante el Evangelio nos ponemos de pie pues las palabras de Jesús tienen para nosotros un valor único. Son «espíritu y vida».

 

El tercer momento es de acción de gracias. Estamos de pie unidos al celebrante que, en nombre de todos, pronuncia la plegaria eucarística. La actitud es clara desde el principio: «los corazones levantados hacia el Señor» dando gracias y alabando su bondad. Aquí ya no se predica ni se enseña, no se analiza ni se medita. Estamos en el corazón de la Eucaristía. Aquí lo importante es la alabanza y el agradecimiento hondo a Dios por el regalo de su Hijo Jesucristo.

 

El último momento es de comunión y encuentro íntimo con el Señor. Todo nos conduce a participar en la mesa preparada para nosotros: el «Padrenuestro» que nos recuerda que somos hermanos, hijos de un mismo Padre; el gesto de la paz que nos reconcilia e invita al mutuo perdón; la procesión hacia el altar para extender nuestra mano y alimentarnos del Señor. Es el momento de comulgar con Cristo y con los hermanos. A quien la vive desde dentro, la misa «le dice mucho».

 

 

VIVEN

 

El que coma de este pan, vivirá para siempre.

 

En pocos años ha crecido en la sociedad moderna la indiferencia respecto a los muertos. El hombre de hoy no mantiene con los muertos aquella relación humana y cálida de otros tiempos. Es cierto que se cuidan las tumbas y se visitan los cementerios, especialmente el día de difuntos. Sin embargo, todo se asemeja a los restos de un viejo «culto universal a los muertos», que aún persiste y se va transmitiendo sin saber muy bien por qué, hasta que probablemente termine desapareciendo.

 

Karl Rahner estudiaba hace unos años las razones profundas de este fenómeno. Por una parte, la fe en la vida eterna se va debilitando; pero, como es obvio, si no hay vida eterna, los muertos no tienen existencia real alguna; imposible relacionarnos con ellos. Por otra parte, la muerte se ha convertido en tabú para el hombre moderno. Con tal de evitar el malestar que produce su recuerdo, se prefiere la insensibilidad ante los muertos.

 

Hay todavía algo más. Los muertos han traspasado el umbral decisivo que también nosotros vamos a traspasar pronto. Nos han sido arrebatados para entrar en el misterio desconocido de Dios. Pero los hombres y mujeres de hoy no nos arriesgamos a enfrentarnos a lo inquietante del misterio. Preferimos rehuir lo que nos pone ante la eternidad de Dios.

 

Para un cristiano, sin embargo, no es absurdo recordar a los muertos, pues los muertos viven. Desde su fe en el «Dios de vivos y muertos», el Dios que crea y resucita la vida, el creyente se siente solidario con todos los seres humanos, también con los que viven ya en la eternidad de Dios.

 

No se trata de volver a un culto morboso a los difuntos. Tampoco de establecer con ellos una supuesta relación por medio de técnicas espiritistas. Es vivir con ellos una comunión fraternal bajo el amor eterno de Dios que nos abarca a todos.

 

Esos seres queridos que fueron parte de nuestra vida, que nos amaron tanto y a quienes también nosotros amamos, están vivos en Dios. Por eso los podemos seguir amando y recordando. Tal vez, contrajimos deudas con ellos; hoy podemos vivir de su perdón silencioso. Quizás nos hicieron mal, hoy podemos expresarles nuestro perdón. Es Dios quien hace posible esos lazos y esa comunión real. Nuestro amor está sostenido por su amor eterno y universal.

 

En el centro de la esperanza cristiana está siempre la confianza total en Jesucristo, bajado del cielo «para dar vida». Quien comulgue con él «vivirá para siempre» (Juan 6, 59).

 

 

COMUNIÓN REAL

 

El que come mi carne... habita en mí y yo en él.

 

Uno de los fenómenos postconciliares más llamativos en las celebraciones litúrgicas de nuestros días es el acercamiento masivo de los fieles a recibir la comunión. Hace solo unos años, eran contados los que se adelantaban a comulgar. Hoy son pocos los que se quedan sin hacerlo.

 

El cambio revela, sin duda, una forma nueva de entender la comunión y los requisitos exigidos para recibir al Señor, pero no producirá una revitalización de los creyentes si, al mismo tiempo, no se renueva y revitaliza su fe en la presencia de Cristo en la eucaristía. La mayoría de ellos tiene una idea muy confusa de esa presencia. Recuerdan el término «transubstanciación» como una de esas palabras extrañas que aparecían en el catecismo, pero no les ayuda a comulgar con más hondura.

 

Ciertamente, ese término recoge de manera adecuada la fe en la presencia eucarística de Cristo tal como fue formulada en el Concilio de Trento (año 1551). Después de la consagración, Cristo está presente verdadera, real y sustancialmente en el pan y el vino; la realidad profunda (sustancia) del pan y del vino se convierten en la realidad profunda (sustancia) del cuerpo y la sangre de Cristo, aunque todo lo que pertenece al campo de nuestra percepción (accidentes) permanece invariable como en el pan y vino ordinarios.

 

La teología actual ha hecho esfuerzos notables, no para negar esta presencia, sino para presentarla en un lenguaje más apto para el hombre de hoy. Solo señalaré dos rasgos que están en el trasfondo de los nuevos planteamientos teológicos y que pueden ayudar a dar un contenido más hondo a la comunión.

 

Una nueva antropología del «signo» ayuda a entender mejor el sacramento de la eucaristía. Hay signos que son puramente «informativos» (una señal de tráfico) y signos que son «comunicativos» (el regalo de una persona). Estos últimos no solo nos informan de algo, sino que nos comunican el amor o la presencia amistosa de la persona. En el signo sacramental de la eucaristía se nos comunica realmente la presencia amorosa de Cristo.

 

Pero, la teología ha reflexionado también sobre el concepto de «presencia». Hay una «presencia espacial» que se da mediante la cercanía en el espacio; los objetos o las personas están allí físicamente presentes en aquel espacio, pero no hay comunicación personal. En la «presencia personal», por el contrario, hay comunicación personal que se establece y se basa en un «signo realizador». Esta presencia puede ser únicamente ofrecida por uno o puede ser también aceptada por el otro como regalo. Entonces la comunión es completa.

 

Esto es lo que sucede en la eucaristía. Cristo está presente y se ofrece realmente a un nivel de profundidad que solo él puede alcanzar. El pan y el vino consagrados sirven para que se realice esa donación de Cristo. El se da de manera real, auténtica e irrevocable. Cuando esa donación es acogida por el creyente se llega a la comunión real con él. Se cumplen entonces las palabras de Jesús: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.»

 

 

PAN Y VINO

 

El que coma de este pan

 

Empobreceríamos gravemente el contenido de la eucaristía, si olvidáramos que en ella hemos de encontrar los creyentes el alimento que ha de nutrir nuestra existencia.

 

Es cierto que la eucaristía es una comida compartida por hermanos que se sienten unidos en una misma fe. Pero, aun siendo muy importante esta comunión fraterna, es todavía insuficiente, ya que lo decisivo es la unión con Cristo que se nos da como alimento.

 

Algo semejante hemos de decir de la presencia de Cristo en la eucaristía. Se ha subrayado y con razón esta presencia sacramental de Cristo en el pan y el vino, pero Cristo no está ahí por estar; está presente ofreciéndose como alimento que sostiene nuestra vida.

 

Si queremos redescubrir el hondo significado de la eucaristía, hemos de recuperar el simbolismo básico del pan y del vino. Para subsistir, el hombre necesita comer y beber. Y este simple hecho, a veces tan olvidado en las sociedades satisfechas del Primer Mundo, nos revela que el hombre no se fundamenta a sí mismo sino que vive recibiendo misteriosamente la vida.

 

La sociedad contemporánea está perdiendo capacidad para descubrir el significado de los gestos básicos del ser humano. Sin embargo, son estos gestos sencillos y originarios los que nos devuelven a nuestra verdadera condición de criaturas, que reciben la vida como regalo de Dios.

 

Concretamente, el pan es el símbolo elocuente que condensa en sí mismo todo lo que significa para el hombre la comida y el alimento. Por eso, el pan ha sido venerado en muchas culturas de manera casi sagrada. Todavía recordará más de uno cómo nuestras madres nos lo hacían besar cuando, por descuido, caía al suelo algún trozo.

 

Pero, desde que nos llega de la tierra hasta la mesa, el pan necesita ser trabajado por el hombre que siembra, abona el terreno, siega y recoge las espigas, muele el trigo, cuece la harina. El vino supone un proceso todavía más complejo en su elaboración.

 

Por eso, cuando se presenta el pan y el vino sobre el altar, se dice que son “fruto de la tierra y del trabajo del hombre “. Por una parte, son “fruto de la tierra” y nos recuerdan que el mundo y nosotros mismos somos un don misterioso que ha surgido de las manos del Creador. Por otra parte, son “fruto del trabajo” y significan lo que los hombres hacemos y construimos con nuestro esfuerzo solidario.

 

Ese pan y ese vino se convertirán para los creyentes en “pan de vida” y “cáliz de salvación”. Ahí encontramos los cristianos esa “verdadera comida” y “verdadera bebida” que nos dice Jesús. Una comida y una bebida que alimentan nuestra vida sobre la tierra, nos invitan a trabajarla y mejorarla, y nos sostienen mientras caminamos hacia la vida eterna.

 

 

EL DESAFIO DE LOS ROBOT

 

El que coma de este pan, vivirá.

 

Poco a poco ios hombres de finales de siglo vamos tomando conciencia de que la automatización promovida por los microprocesadores, la informática y los robots, es un proceso irreversible que transformará profundamente la forma de vida actual.

 

Cada vez son más los estudios que se publican sobre el impacto que esta revolución puede tener sobre la estructura social y los comportamientos individuales de las personas.

 

«Robota» es una palabra checa que significa «trabajo en esclavitud» y fue utilizada a comienzos de siglo por el escritor de la misma nacionalidad, Karel Capek en una obra de ciencia-ficción en la que cuenta cómo el técnico de una empresa perece a manos de los «robot» que él mismo ha construido y que se rebelan contra su señor.

 

Precisamente ahí está el gran desafío para el hombre del futuro. Hasta hoy, el ser humano ha mantenido el control de todo lo que hacía, pero ¿qué puede suceder desde el momento en que muchas de sus actividades vayan quedando en manos de las máquinas?

 

A nadie se le ocultan las enormes posibilidades que se abren para la humanidad si la tecnología va a poder realizar trabajos insospechados de cálculo, informatización, montaje y control. Sin duda, la automatización puede conducir al hombre a una vida más humana.

 

Pero sería una ingenuidad desoír los interrogantes que las mentes más lúcidas se hacen ante la nueva era en que hemos entrado.

 

¿Cómo será el hombre configurado por la microelectrónica y la automatización? ¿Cómo será su sensibilidad, sus relaciones sociales, su mundo de valores?

 

¿Se impondrá siempre el funcionamiento tecnológico hecho de precisión, regularidad y repetición? ¿Se infravalorará lo que no puede ser informatizado, como la interioridad, el misterio personal, la religión, la poesía o el arte?

 

¿Cómo serán el calor humano y las relaciones familiares en un “hogar microelectrónico»? ¿Cómo será la vida social estructurada y controlada por ordenadores?

 

Todo dependerá de que el hombre sepa someter las nuevas tecnologías a su servicio, alimentando su espíritu de algo más que los datos que puedan ofrecerle las computadoras.

 

La experiencia religiosa no será algo inútil. La fe puede ser para muchos el pan que necesitan para alimentar y sostener su vida a un nivel realmente humano. Según las palabras de Jesús, “quien coma de ese pan, vivirá para siempre”.

 

 

EN TORNO A UNA, MESA

 

El que come mi carne...

 

Los sacramentos han ido adquiriendo a lo largo de los siglos un carácter cada vez más ritualizado hasta el punto de que, a veces, llegamos a olvidar el gesto humano que está en sus raíces y de donde arranca su fuerza significadora.

 

Los cristianos llamamos a la Eucaristía «la cena del Señor», hablamos de «la mesa del altar», los manteles.., pero, ¿en qué queda ese gesto humano básico del «comer juntos» en la experiencia ordinaria de nuestras misas?

 

La Eucaristía hunde sus raíces en una de las experiencias más primarias y fundamentales del hombre que es «el comer». El hombre necesita alimentarse para poder subsistir. No nos bastamos a nosotros mismos. La vida nos llega desde el exterior, desde el cosmos.

 

Esta experiencia de indigencia profunda y dependencia radical nos invita a alimentar nuestra existencia en el Dios creador. Ese Dios amigo de la vida, que se nos revela en Cristo resucitado como salvador definitivo de la muerte.

 

Pero el hombre no come sólo para nutrir su organismo con nuevas energías. El hombre está hecho para «comer-con-otros». Comer significa para el hombre sentarse a la mesa con otros, compartir, fraternizar. La comida de los seres humanos es comensalidad, encuentro, fraternización.

 

Pero, además, la comida humana, cuando es banquete, encierra una dimensión honda de fiesta y ocupa un lugar central en los momentos festivos más importantes. ¿ Cómo celebrar un nacimiento, un matrimonio, un encuentro, una reconciliación, si no es en torno a una mesa?

 

En su estudio «De la misa a la eucaristía», X. Basurko uno de los teólogos más lúcidos de nuestra tierra, se pregunta si no han perdido nuestras eucaristías esa triple dimensión de alimento, fraternidad y fiesta que, sin embargo, tienen arraigo tan hondo en nuestro pueblo.

 

Una celebración digna de la Eucaristía nos obliga a preguntarnos dónde estamos alimentando en realidad nuestra existencia, cómo estamos compartiendo nuestra vida con los demás hombres y mujeres de la tierra, cómo vamos nutriendo nuestra esperanza y nuestro anhelo de la fiesta final.

 

Cuando uno vive alimentando su hambre de felicidad de todo menos de Dios, cuando uno disfruta egoístamente distanciado de los que viven en la indigencia, cuando uno arrasta su vida sin alimentar el deseo de una fiesta final para todos los hombres, no puede celebrar dignamente la Eucaristía ni puede entender las palabras de Jesús: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna».

 

 

TENER VIDA

 

El que coma de este pan, vivirá para siempre.

 

Con frecuencia se habla entre nosotros de la «calidad de vida», pero desgraciadamente se trata de la calidad de los productos, el nivel de confort. Se diría que la vida mejora de calidad cuando mejora nuestro coche, nuestra lavadora o la urbanización donde vivimos.

 

Y, sin embargo, no es así. Se puede tener casi toda la «calidad de vida» que nos ofrece esta sociedad, y no saber vivir. «Ahora que el hombre dispone de todos los medios de vida, ya no tiene ganas de vivir» (Ph. Bosmans). Ciertamente, a muchos les falta vida.

 

Naturalmente, intentamos llenar nuestro «vacío de vida», rellenándolo de placer, agitación, codicia. Nos queremos llenar de cosas, pero las cosas son siempre algo muerto, incapaces de darnos vida.

 

No es tan extraño que crezca el número de hombres y mujeres enfermos, nerviosos, aburridos, tristes. No conocen la alegría de vivir.

 

Es muy importante el trabajo que se realiza en tantos consultorios de médicos, siquiatras, sicólogos y asistentes sociales. Pero su trabajo puede quedar con frecuencia corto. Como ha dicho expresivamente el mismo Ph. Bosmans, «enseñar a hombres enfermos a vivir en una sociedad enferma, que los enferma todavía más es un círculo vicioso mientras no haya estaciones depuradoras que vuelvan a limpiar el ambiente público».

 

Es necesario ir a las raíces. Necesitamos descubrir un nuevo es- tilo de vivir. Plantearnos todo de una manera nueva. Volver a descubrir el misterio de la vida. Aprender a ser hombres más felices.

 

Y es aquí donde los creyentes debemos escuchar hoy la interpelación de Jesús como fuente de vida y esperanza para los hombres. Y descubrir el valor imperecedero del evangelio y su capacidad de animar y transformar la vida.

 

El hombre no encontrará su verdadera felicidad si no retorna a los valores evangélicos más hondos: la sencillez, la sobriedad, la solidaridad cori todos, la acogida a los pequeños, la amistad sincera, el encuentro gozoso con el Padre.

 

Jesús puede infundir de nuevo en nosotros un deseo inmenso de vivir. Un deseo nuevo de verdad, belleza, plenitud. El puede ayudarnos a descubrir de manera nueva la vida, el amor, las relaciones humanas, la esperanza.

 

El puede abrir horizontes nuevos a nuestra libertad. Puede despertar en nosotros nuevas aspiraciones de generosidad. Puede acrecentar nuestra capacidad de aceptar riesgos por la justica y la verdad.

 

En Jesucristo no vamos a encontrar ante todo una doctrina, ni una moral, ni una filosofía. Vamos a encontrarnos con un acontecimiento capaz de dar nueva vida a nuestra existencia: Dios compartiendo la aventura de nuestro vivir diario.

 

Un Dios que puede abrir nuestra pobre existencia hasta el horizonte de la vida eterna. ¿Seremos capaces de «alimentarnos de este pan?». Escuchemos la promesa: «El que coma de este pan vivirá para siempre».

 

 

COMER SU CARNE Y BEBER SU SANGRE, ES IDENTIFICARNOS CON ÉL

Fray Marcos

 

El evangelio del hoy, no solo es continuación del domingo pasado, sino que se repite el último versículo, para que no perdamos el hilo. Ya dijimos que todo el capítulo está concebido como un proceso de iniciación. Partiendo del pan compartido, ha ido progresando hasta la oferta definitiva de hoy. Después de esa oferta, ya no queda más alternativa: o seguir a Jesús o abandonar la empresa y seguir cada uno su propio camino.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Para los judíos del tiempo de Jesús, el ser humano era un bloque monolítico, ni siquiera tenían un término para designar lo que nosotros llamamos alma sin el cuerpo y lo que nosotros llamamos cuerpo sin el alma. Hablar de carne, era hablar de la persona entera. Esa carne es su misma realidad humana, no la carne física en su materialidad. Para un judío, la idea de comer la carne de otro, era sencillamente repugnante, porque significaba que se tenía que aniquilar al otro para hacer suya la sustancia vital del otro.

Os lo aseguro: Si no coméis la carne de este Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. Jesús, en vez de intentar suavizar su propuesta, la hace aún más dura; porque si era ya inaceptable el comer la carne, fijaros qué tendría que suponer para un judío la sola idea de beber la sangre, que para ellos era la vida, propiedad exclusiva de Dios; con prohibición absoluta de comerla. Jesús les pone como condición indispensable que coman su carne y beban su sangre. Juan insiste en que, eso que les repugna, es lo que deben hacer con Jesús. Apropiarse de su energía, hacer suya su misma vida.

Debemos tener muy en cuenta que en este capítulo se habla de sarx "carne", pero en todas las referencias a la eucaristía de los sinópticos y de Pablo se habla de swma "cuerpo". Para nosotros los dos términos son intercambiables, pero para la antropología judía del tiempo de Jesús, eran aspectos muy diferentes. Carne es el aspecto más bajo del hombre, lo que le pega a la tierra, la causa de todas sus limitaciones. Cuerpo por el contrario, significa el aspecto humano que le permite establecer relaciones con los demás; sería el sujeto de todos los verbos: yo, tú, él... Es la persona, el yo como posibilidad de enriquecerse o empobrecerse en sus relaciones con los demás seres humanos.

Cuando en la cultura griega se tradujo por "cuerpo" se introdujo un concepto que no existía en la mentalidad judía. Al entenderlo como la parte física del ser humano hemos cometido un enorme fraude que ha tenido consecuencias nefastas para la comprensión del sacramento de la eucaristía.

Para ser fieles a la mentalidad de Jesús, tendríamos que traducir: "esto es mi persona, esto soy yo". Sin olvidar, que lo esencial, no es lo que dijo, sino lo que hizo. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. En esto coinciden los tres sinópticos. No se trata de un pan cualquiera, sino de un pan, tomado, eucaristizado, partido y repartido. Después de hacer eso, Jesús queda identificado con ese pan. Lo que dijo, solo trata de explicar lo que acaba de hacer.

Al hablar de "carne", Juan está en otra dinámica. Trata de decirnos que lo que tenemos que hacer nuestro de Jesús es su parte mas terrena, la realidad más humilde y baja de su ser. Tenemos que imitar lo que él es a ras de tierra. Sin duda está pensando en el significado más profundo de la encarnación, a la que Juan da tanta importancia.

En la concepción falseada de "cuerpo", no hay prácticamente ninguna diferencia entre el cuerpo y la sangre, porque la sangre es también cuerpo. Pero si hacemos la distinción adecuada, resulta que son dos signos muy diferentes. El primero hace referencia a la persona en su vida normal de cada día. El segundo, sangre, hace referencia a la vida. En efecto, cuando la sangre se escapa por la herida, la vida también desaparece. Cuando Jesús dice que tenemos que comer su cuerpo y beber su sangre, está diciendo que tenemos que apropiarnos de su persona como viva. Toda su vida terrena, la puso al servicio de todos, y su misma muerte también la convirtió en don absoluto y total.

Es muy frecuente que se trate de explicar estas palabras como una referencia directa a la eucaristía. Yo creo que no son estas palabras las que hacen referencia a la eucaristía, sino que estas palabras y la eucaristía, son símbolos de una realidad superior que es la Vidade Dios que se nos comunica por Cristo. La prueba de que está hablando de símbolos y no de palabras que hay que tomar al pie de la letra, está en que, unas líneas más abajo, nos dice: "El Espíritu es el que da vida, la carne no vale nada".

El comer y el beber son símbolos increíblemente profundos de lo que tenemos que hacer con la persona de Jesús. Tenemos que identificarnos con él, tenemos que hacer nuestra su propia Vida, tenemos que masticarlo, digerirlo, apropiarnos de su sustancia. Esta es la raíz del mensaje. Su Vida tiene que pasar a ser nuestra propia Vida. Solo de esta forma haremos nuestra la misma Vida de Dios. Fijaros que lo que Jesús pretende decirles, es precisamente lo que hiere la sensibilidad de los oyentes. No se trata de la biología, ni en Jesús ni en nosotros. Se está hablando de la VIDA, la misma Vida de Dios.

Por activa y por pasiva, insiste Jesús en la necesidad de comer su carne y beber su sangre. El que come mi carne... tiene vida definitiva. Si no coméis la carne... no tendréis vida en vosotros. Si hemos comprendido de qué Vida está hablando, nos daremos cuenta de lo que significa "mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Es comida y es bebida porque alimentan la verdadera Vida. La Vida verdadera no es la biológica. Esto fue difícil de aceptar para ellos, y sigue siendo inaceptable para nosotros hoy. A continuación nos lo explica un poco mejor.

La frase: "El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él", tiene una importancia decisiva. Cuando nos referimos a la eucaristía, nos fijamos en la segunda parte de la proposición, "yo recibo a Jesús y Jesús está en mí". Casi siempre olvidamos la primera. Pero resulta que lo primero y más importante es que "yo esté en él". De nosotros depende hacernos cono Jesús 'pan partido para dejar que nos coman'.

Estamos muy acostumbrados a considerar la "gracia" como consecuencia automática de unos ritos, sin darnos cuenta que en la vida espiritua¬l no puede haber automatismo, todo depende de mi actitud vital. Sin esa actitud vital, Dios no puede hacer nada ni en mí ni por mí.

Como a mí me envió el Padre que vive y así, yo vivo por el Padre, también aquel que me come vivirá por mí. Una vez más hace referencia absoluta al Padre. El designio de Dios, es comunicar Vida a Jesús y comunicar Vida a todos los hombres. La actitud del que se adhiere a Jesús, debe ser la misma que él tiene hacia su Padre: recibir la Vida y comunicar esa misma Vida a los demás. Jesús nos está pidiendo que hagamos con él, lo que él mismo ha hecho con su Padre. Al hacer nuestra su Vida, hacemos nuestra la misma Vida de Dios. Cuando Jesús dijo: "Yo y el Padre somos uno", está manifestando cual es la meta de todo ser humano. Esa identificación total con Dios es el culmen de las posibilidades humanas.

Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron; quien come pan de este vivirá para siempre. Una y otra vez se repite la misma idea, señal de la importancia que el evangelista quiere darle. Seguramente la polémica seguía con los judíos que no acababan de aceptar el significado de Jesús. Lo que le interesa al evangelista es dejar claro el sentido de la adhesión a Jesús. Existen dos panes bajados del cielo (venidos de Dios), uno espiritual, su persona; otro material, el maná. Este no consiguió completar el Éxodo, no llevó a los israelitas hasta la tierra prometida. Jesús en cambio puede llevar hasta el fin, a la Vida/amor definitivos.

 

Meditación-contemplación

 

Yo vivo por el Padre y el que me coma vivirá por mí.

Una misma Vida atraviesa a Dios, a Jesús y al cristiano.

No se trata de la vida biológica, sino de la trascendente.

No son vidas distintas que se suceden, sino la misma y única VIDA.

.......................

 

La tarea fundamental de todo ser humano

es nacer a esa Vida que se le ofrece gratuitamente,

aunque para ello tenga que morir

a todo lo que signifique egoísmo e individualidad.

..................

 

Esa Vida no tengo que buscarla en ninguna parte,

porque ya está en mí desde el principio.

Solamente tengo que vaciarme de todo aquello,

que impide su nacimiento y crecimiento.

.....................

 

 

TODO SOY YO

Enrique Martínez Lozano

 

"Cualquier ser humano forma parte de ese todo que llamamos universo, una parte limitada en el tiempo y en el espacio.

Se siente a sí mismo, sus pensamientos y sensaciones,

como si estuviera separado del resto,

una especie de ilusión óptica de la conciencia.

Esta ilusión funciona como una cárcel que nos restringe

al ámbito de nuestros deseos personales

y al afecto de unas pocas personas cercanas.

Nuestro objetivo consiste en liberarnos de esta prisión ampliando nuestro círculo de compasión,

para que abarque todas las criaturas vivas

y el conjunto de la naturaleza en toda su belleza"

(Albert Einstein).

En este momento del discurso que el autor del cuarto evangelio pone en boca de Jesús, el "pan" deja paso a la "carne": el lector se da cuenta de que, a partir de ahora, el tema central va a ser propiamente la eucaristía.

Durante siglos, y como consecuencia de la interpretación de la muerte de Jesús en clave expiatoria, la eucaristía se entendió como el "santo sacrificio de la Misa", en el que, de forma incruenta, se actualizaba realmente el sacrificio de la cruz.

Como cualquier otra, también esta interpretación era deudora de esquemas previos. Esquemas, sin embargo, que no parecen remontarse al maestro de Nazaret, sino a la cultura helenística donde se fraguó la primera teología cristiana. El desarrollo teológico posterior no haría sino intensificarla, hasta absolutizar los conceptos que pretendieron "apresar" la intuición primera en dogmas definitivos.

Hasta donde podemos conocer, o incluso intuir, el origen de la eucaristía –en el contexto de la Pascua judía- fue una cena, en la que Jesús compartió con sus seguidores más cercanos el sentido que daba a su vida y a su muerte. En aquel marco, no específicamente "religioso", el lugar central correspondió al hecho mismo de la comida y a las palabras de Jesús sobre el pan: "Esto soy yo".

Así vista, la eucaristía no es tanto un acto "religioso" –menos aún, el "sacrificio incruento de la cruz"-, cuanto la celebración espiritual de la Unidad que somos.

El pan era el alimento básico en las sociedades del Mediterráneo del siglo I. Representaba, por tanto, la propia subsistencia y, en último término, toda la realidad.

Cuando Jesús dice, sobre el pan, "esto soy yo", está expresando su no-separación de todo lo real. Si el pan representa la realidad entera –nuestra vida, la humanidad, el cosmos...-, las palabras de Jesús alcanzan a todo lo real. Todo "soy yo".

Probablemente, no exista otro modo de expresar mejor la conciencia de la no-dualidad: más allá de las separaciones solo aparentes, más allá incluso de las diferencias superficiales, todo es Uno.

Por otro lado, tal afirmación resulta admirablemente coherente con aquella otra: "El Padre y yo somos uno". Quien se sabe Uno con la Fuente o el Fondo de lo real, se experimenta también Uno con todas las formas en que lo real se manifiesta.

No se trata, por tanto, de palabras mágicas que produzcan como resultado lo que luego habría de llamarse "transubstanciación", sino de la expresión de la verdad más sublime en la que reconocernos. Jesús expresa lo que somos todos, aunque todavía no lo hayamos visto.

"Todo soy yo" –una variante lingüística del "Yo Soy"- nos remite nada menos que a nuestra Identidad última, que compartimos con Jesús y con todos los seres, en el mismo y único Fondo.

La Eucaristía, por tanto, no es un rito "religioso", ni separado, sino el recordatorio y la celebración de lo que somos. Eucaristía es, por tanto, toda la vida..., siempre que la vivimos desde esa conexión profunda con quienes somos. Comer, hablar, trabajar, descansar, jugar... todo es eucaristía, porque todo es expresión de la Unidad que se despliega.

El autor del cuarto evangelio insiste reiteradamente en comer la carne, como fuente de vida: "El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí".

Tal insistencia no hay que leerla, evidentemente, de un modo literal (como propuesta de una especie de "canibalismo sagrado"), sino como la invitación a reconocernos no-separados de Jesús. Consciente de estar viviendo por (desde) el Padre –desde la Fuente última de lo Real-, Jesús quiere hacernos ver que somos todos quienes compartimos esa misma realidad.

Es lo que quiere expresar esta perla del sufismo:

"Llamé a la puerta.

Y me preguntaron: ¿quién es?

Contesté: soy yo.

La puerta no se abrió.

Llamé de nuevo a la puerta.

Otra vez la misma pregunta: ¿quién es?

Contesté: soy yo.

Y la puerta no se abrió.

Otra vez llamé.

Y de nuevo me preguntaron: ¿quién es?

Contesté: soy tú.

Y la puerta se abrió"

(Tomado de Joan GARRIGA BACARDÍ, Vivir en el alma. Amar lo que es, amar lo que somos y amar a los que son, Rigden Institut Gestalt, Barcelona 2011, p.55).

 

 

 

PAN PARA CELEBRAR LA FIESTA

José Enrique Galarreta

 

Dando por comentado en anteriores homilías el tema central de este capítulo 6º de Juan, atendemos a aspectos complementarios.

¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?, es una pregunta demasiado lógica. No nos cabe en la cabeza que nadie haya pensado nunca en masticar la carne física de Jesús, ni en chupar físicamente su sangre, ni que sus interlocutores lo pensaran. Sin duda, el evangelista está haciendo una pregunta retórica, para tener ocasión de insistir en el mensaje.

Es significativa la repetición de la expresión "comer mi carne y beber mi sangre" (cuatro veces en tres versículos, más otras expresiones semejantes en el contexto inmediato).

Se está iniciando el final del episodio: el rechazo de los interlocutores y la insistencia de Jesús en que él es el alimento y la bebida enviados por el Padre. Éste será el tema del próximo domingo.

 

EL QUE SE ALIMENTA DE ESTE PAN TIENE VIDA ETERNA

"No como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron". Alimentos para la vida, alimentos para la muerte. Cebar la carne para que se pudra más materia, alimentar el espíritu para que todo sea eterno.

Es un acto de fe en el ser humano lo que se nos pide al creer en Jesús. Es un acto de fe en que el ser humano es mucho más que carne, que posesión, que placer, que venganza, que poder ...

Desde el capítulo 2 del libro del Génesis se proclama que el ser humano es barro, pero con espíritu de Dios, que tiene el mismo aliento con que Dios respira.

Jesús viene a alimentar el Espíritu. Jesús viene a que vivamos con Espíritu, alentados, elevados por el Viento de Dios muy por encima de las permanentes insatisfacciones de nuestro barro.

Se alimenta de Jesús "el espíritu", no "la carne". El espíritu es lo que tira para arriba, la carne lo que tira para abajo. "Arriba y abajo" tienen el mismo significado que en la fiesta de la Ascensión; en definitiva, hacia la plenitud en Dios o hacia el fracaso vital.

Espíritu significa siempre viento, volar, ascender, navegar, alentar, animar.... Carne significa siempre corrupción, provisionalidad, pesadez, conformismo, gravedad, peso.

 

LA CARNE DE JESÚS

El cuarto evangelio, que a tantos (incluso de los mejores teólogos de la iglesia) ha inducido – por leer mal – a un docetismo alarmante, haciendo concebir a Jesús como un ser divino con apariencia humana, es sumamente explícito y cuidadoso en afirmar su humanidad verdadera, real, indispensable. La carne y la sangre son la humanidad, la carne y la sangre hacen evidente la realidad humana, carnal, sólida, tocable, mortal.

La carne y la sangre son la fiabilidad de nuestra fe en Jesús. Si no fuera carne y sangre sería mentira. Si no fuera carne y sangre sería mito. La carne vaciada de sangre que exhibe Jesús muerto, tan cruelmente reseñada por el mismo cuarto evangelio, y tantas veces comentada desde delirios místicos, es ante todo la proclamación clamorosa de la fe en la humanidad. Es esta fe en la humanidad el punto de partida de toda fe. Si no tragamos enteramente la humanidad jamás nos alimentaremos de la divinidad.

Muchos han vuelto a Calcedonia para volver a insistir en divinidad. Muchos hoy creen alimentarse de Cristo olvidando la carne y la sangre. Muchos han vuelto a descubrir la carne y la sangre, la humanidad de Jesús, como alimento de su fe, como sustento de lo divino de Jesús. Pero solo tiene vida eterna el que se traga la carne y la sangre, la humanidad real de Jesús.

 

COMER SU CARNE, BEBER SU SANGRE

¿Habrá alguien todavía tan tonto como para hacer la misma pregunta que el evangelio atribuye a los judíos? ¿Habrá alguien todavía que se imagine que le pasa algo a su espíritu dando un mordisco a Jesús o bebiéndole la sangre? ¿Habrá alguien todavía tan influido por la magia ancestral y el residuo de los mitos primitivos?

Comulgar es todavía para bastantes personas tragarse algo que parece pan, pero es Dios. Y desde el estómago o desde cualquier rincón físico de su cuerpo, ese Dios que parece pan actúa, como una tableta de medicina efervescente que en el tubo parece inerte, pero puesta en agua empieza a soltar un sorprendente flujo de burbujas curativas.

Para muchas personas esto es ya simple magia superada, pero para algunas (¿muchas?) otras, todavía es la creencia habitual. Si las líneas anteriores nos han sobresaltado o escandalizado, quizá sea porque necesitamos revisar nuestro concepto de comunión.

Ya hemos tratado en los domingos anteriores sobre lo esencial del tema. Expondremos aquí un aspecto complementario, inducido por la primera lectura y muy central en los evangelios: el banquete, el Reino como banquete, Jesús como banquete. No simplemente como comida, alimento, sino como fiesta y abundancia.

Es un tema que recorre horizontalmente todos los demás de la Buena Noticia, y que olvidamos con demasiada frecuencia. Una nueva Ley, más exigente aún que la anterior no es una noticia demasiado buena. Una renuncia a todo lo que nos atrae para merecer el premio eterno (más aún si es para evitar el eterno castigo) tampoco lo es.

Pero Jesús centra su predicación en dos expresiones similares: la Buena Noticia / el Reino. Y lo expresa en acciones festivas: los discípulos no ayunan "porque están con el novio"; el ministerio de Jesús se inicia en el cuarto evangelio con una boda en que Jesús ofrece el vino en abundancia, significativas parábolas tienen al banquete como clímax... no repetiremos todos los pasajes en que aparece esta idea. Sí insistiremos en el profundo paralelismo de estas expresiones con la parábola del Tesoro, tan medular en el mensaje de la Buena Noticia, y en lo significativo de la primera palabra de cada "bienaventuranza": dichosos.

Lo de Jesús es una fiesta; es de gente bien alimentada, que dispone de agua abundante y vino a discreción, a plena luz, en medio de amigos, disfrutando de la invitación y la presencia del Padre. Esto es una imagen del mundo definitivo, y Jesús alude a ese Banquete definitivo en varias ocasiones, pero es también una imagen de la situación interior de los que siguen a Jesús.

Tener la vida llena de sentido, sentirse liberado de tantas necesidades que no hacen más que encadenarnos, sentirse estimulado por el amor, no por el miedo, saberse querido, útil, necesario, atender a valores válidos para la humanidad entera, vivir comprometido, compartiendo, humanizando y humanizándose, fundar la esperanza de vida eterna en el amor de un Padre...

Y, por encima de todo, conocer a Dios, y liberarse así de todo miedo, al juicio, al pecado, a la muerte, a la propia debilidad.... Vivir así es un regalo indescriptible, estupendamente calificado por Jesús como Tesoro, como Fiesta, como boda con abundancia del mejor vino, como Banquete, como Reino.

A veces, nuestra pequeñez mental pide de Dios simplemente parches para los dolores pasajeros o, peor aún, que nos ayude a conseguir bienes de tierra, de los que esclavizan el corazón y nunca producen felicidad. Si desnudamos nuestras oraciones de petición, probablemente encontraremos en el fondo de todas ellas el deseo de disfrutar de este mundo, de no comprometernos con nadie, de vivir bien aquí sin dolor ni muerte...

Somos desgraciados deseando todo esto y más aún porque Dios no nos lo da. Cambiemos a Jesús. Vivimos para construir el reino, como ciudadanos de la Ciudad Definitiva. Nuestros valores no son de tierra ni para la tierra, aceptamos la misión: y entonces –y solamente entonces– experimentaremos que lo de Jesús es una Estupenda Noticia, un modo de vivir fascinante, satisfactorio, aquí y para siempre.

 

J. ALDAZÁBAL

 

UN DOMINGO CLARAMENTE "EUCARÍSTICO"

Hoy proclamamos la parte más específicamente eucarística del discurso del Pan de la Vida. Siendo este año 2000, el del Jubileo, un año particularmente eucarístico, según el dinámico programa jubilar que el Papa propuso a la Iglesia, será bueno que estos domingos en que proclamamos el capítulo de 6 de san Juan -nos queda éste y el próximo- ambientemos la celebración, y en concreto la homilía, de modo que crezca la gratitud de la comunidad cristiana por este sacramento central y entrañable que nos legó Jesús.

Hasta ahora habíamos leído los pasajes que hablaban de "creer en Jesús". Aspecto que se ve reflejado en la primera parte de la celebración, la liturgia de la Palabra. Hoy damos un paso adelante: además de "venir" a Jesús y "creer" en él, hay que "comer" su Carné y "beber" su Sangre. Que en el fondo es lo mismo, pero ahora con lenguaje específicamente sacramental. Son las dos dimensiones básicas de la Eucaristía. Comulgar con Cristo-Palabra en su primera parte nos ayuda a que sea provechosa la comunión con Cristo-Pan-y-Vino en la segunda.

 

EL SÍMBOLO DE LA COMIDA Y BEBIDA

El sorprendente anuncio de Jesús -hay que comerle y beberle- ha sido preparado por la primera lectura. Es lo que en los domingos de durante el año sucede cada vez: la lectura del Antiguo Testamento prepara el mensaje del evangelio (no pasa lo mismo con la 2a lectura, que sigue su ritmo propio). Estos domingos pasados, por ejemplo, el discurso sobre el pan de la Vida era ya ambientado por lecturas que hablaban de comida en la historia de Eliseo, Moisés y Elías.

La promesa era estimulante. Dios preparaba para su pueblo un banquete: "Venid a comer mi pan y a beber el vino", porque "la Sabiduría ha preparado el banquete, mezclado el vino y puesto la mesa". Una promesa que nosotros consideramos cumplida de un modo admirable en Cristo, que no sólo ha querido ser nuestro Maestro, nuestro Médico y nuestro Pastor, sino también nuestro Alimento, y nos ha dejado, en el sacramento, su propia persona como alimento para el camino (= "viático").

Cristo Jesús, ahora "experimentable" de un modo privilegiado en la Eucaristía, esta vez en clave de pan y vino, es la respuesta de Dios a las preguntas y los deseos de la humanidad. A la objeción que hicieron -con lógica- sus oyentes de entonces: "¿Cómo puede este darnos a comer su carne?", la respuesta que el mismo Juan apunta más adelante, y la teología de la Iglesia aclara más es: el que se nos da como alimento es el Señor Resucitado, el que está ya libre de todo condicionamiento de espacio y tiempo, desde su existencia gloriosa, totalmente distinta de la nuestra. Él toma posesión del pan y vino que hemos traído al altar e, identificado con ellos; se nos da como alimento.

 

EL QUE ME COME VIVIRÁ DE MÍ

El pasaje que leemos hoy hace unas afirmaciones sorprendentes, que no se nos hubiera ocurrido pensar a nosotros, sobre los efectos que debe producir la comunión eucarística con Cristo.

Ante todo, Jesús nos asegura que los que le coman tendrán una estrecha relación interpersonal con él: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él". Es una admirable comunión la que nos promete. Parecida a la que en otro capítulo (Jn 15) expresa con la comparación de la vid y los sarmientos: el sarmiento que "permanece" unido a la cepa, tendrá vida (el verbo "permanecer", en griego "menein", es el mismo que emplea en nuestro pasaje de hoy).

Pero hay otra afirmación más profunda e inesperada. Jesús compara la unión que va a tener con los que le coman con la que él mismo tiene con el Padre: "Igual que yo vivo por el Padre (del Padre), que vive y me ha enviado, el que me come vivirá por mí (de mí)".

Son afirmaciones muy fuertes. No las hemos inventado nosotros. La palabra de Jesús, después de dos mil años, sigue fiel: él mismo es nuestro alimento y nos comunica su propia vida. Este pan y este vino de la Eucaristía, de un modo misterioso pero real, son su misma Persona que se nos da para que no desfallezcamos por el camino y tengamos vida en abundancia.

 

QUE SE NOTE EN NUESTRA VIDA

La Eucaristía no es sólo una celebración puntual. O un precepto a cumplir. Es un encuentro con Cristo Jesús y con la comunidad que tiene la intención de ir transformando nuestra vida.

Hace varios domingos que vamos leyendo la carta a los Efesios: podemos aludir al pasaje que hemos leído hoy, y que habla de vivir llenos del Espíritu, elevando a Dios salmos y cantos de alabanza, y "celebrando la Acción de Gracias por todos en nombre de Cristo", o sea, con la Eucaristía como centro y motor de nuestra vida cristiana personal y comunitaria.

 

FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ

Discurso del pan de vida

"Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed". Así comienza el discurso del pan de vida. Jesús, ante las exigencias y los deseos de la gente, se presenta como ese pan esperado, como el revelador de toda la verdad de Dios. Un pan que debe ser "comido" por la fe y que lleva a asimilarnos a Jesús si seguimos su camino de vida. Así como el alimento que comemos se convierte en vida para nosotros, lo mismo sucede si "comemos" a Jesús: nos transformamos en él. Siempre lo más asimila lo menos. De esa forma obtenemos la calidad de vida que lleva al hombre a su plenitud. Un pan que es amor y que comunica la vida de Dios al mundo.

Jesús les dice -y nos sigue diciendo hoy a nosotros- que si siguen su camino, si son capaces de mirar más allá de su pequeña vida, alcanzarán la vida para siempre: no pasarán hambre, no pasarán nunca sed, alcanzarán la saciedad definitiva y ya no tendrán necesidad de acudir en busca de otros alimentos, porque él puede llenar el deseo de Dios que anidamos todos los hombres en nuestro interior. La fidelidad a la ley dejaba a los israelitas -lo mismo que ahora las prácticas religiosas entre los cristianos- una continua insatisfacción. Jesús no actúa como la ley: no centra al hombre en el cumplimiento de unas normas o en la búsqueda de la propia perfección, sino en el don de sí mismo. Mientras la perfección es abstracta y está sujeta a grandes equívocos por tener una meta tan ilusoria y tan lejana como la propia conveniencia, el don de sí mismo es concreto y puede ser total, como el de Jesús.

¿Quién puede afirmar, sin provocar escándalo, que "el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed"? La pretensión de Jesús es absoluta; por ello sólo le quedarán unos pocos seguidores. ¿Cómo compaginar esto con los cientos de millones de cristianos actuales sin sostener, fundadamente, que el "cristianismo" de tantos millones de personas nada tiene que ver con los planteamientos de Jesús de Nazaret?

Ir a Jesús es lo mismo que creer en él. Es Jesús el verdadero maná, el alimento que da vida al mundo y satisface toda necesidad del hombre. Es la respuesta plena a todas las búsquedas humanas. Para irlo descubriendo es necesario buscar... Y se descubre en la medida en que la búsqueda es más profunda, más desinteresada, más verdadera. Eso es lo que significa ser "el pan de vida". Este buscador no pasará hambre, porque esa hambre se irá saciando según va surgiendo. Esa hambre de libertad, de justicia, de amor, de amistad, de fraternidad... No pasará hambre porque, aunque no llegue a saciarla nunca, intuye el porqué. Y en lo profundo de su corazón se sabe en el camino de la verdadera humanidad. Y tampoco pasará sed, porque Jesús la irá apagando paulatinamente en los logros que vaya consiguiendo en su lucha por una vida más verdadera.

Hay en el hombre que lucha por realizarse una lista interminable de esperanzas profundas: librarse de la envidia, del egoísmo, de la cerrazón, de las ganas de criticar, de las enemistades... Esperanza de llegar un día a comunicarse sinceramente con los demás, de amar y de sentirse amado, de vivir en un mundo solidario y justo -en el que no haya ricos y pobres, la cultura y el tiempo libre sean para todos, no se destruya la naturaleza, no haya armas ni hambre...-. Esperanza en que un día desaparezca la muerte como puerta hacia la nada... Es colocándose en el camino de estas esperanzas como podemos encontrar a Jesús. Si no deseamos solamente "el alimento que perece", sino que deseamos muy profundamente "el alimento que perdura, dando vida eterna", significa que, en el fondo, a quien buscamos es a Jesucristo. Porque todas estas esperanzas de plenitud son, realmente, esperanzas de Dios -de todo lo que Dios significa-. Y cuantos andan por el camino de estas esperanzas están, aunque no lo sepan, por el camino de Dios. "Pero como os he dicho, habéis visto y no creéis". A aquella gente estas palabras de Jesús no la entusiasmaron lo más mínimo. Sus obras eran manifestación del Espíritu de Dios que habitaba en él. Ellos lo han presenciado, pero no han descubierto su persona. Desean sus dones, pero lo rechazan a él. Prefieren mantenerse a distancia, donde no haya peligro de comprometerse. Quieren recibir, pero se niegan a amar. Y lo que Jesús les presenta no es la aceptación de una doctrina, sino la adhesión a su persona, manifestada en unas obras como las suyas. Es como si dijera: porque os quiero os he dado de comer, pero os pido que os queráis unos a otros y os deis mutuamente de comer. Se han quedado en el comer gratuito, sin ningún tipo de respuesta.

Las acciones de Jesús explican lo que él mismo es, son palabras que explican la Palabra. El pan que les repartió era una palabra que, significando el amor, lo comunicaba, era un gesto de común-unión. Al comer el pan sin aceptar su significado se cerraban a Jesús y, por tanto, a todas sus exigencias y a su vida. ¿No es lo que pasa con nuestras "comuniones frecuentes"?

"Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera". "Todo" subraya la unidad, el bloque que deben formar los que le sigan; es una comunidad humana, indivisible, de la que nadie puede ser separado y perderse.

Lo esencial es "ir a Jesús". Pero es una ida que no está al alcance del hombre sin más. La acción del hombre será siempre una respuesta al Padre, porque ir a Jesús sólo puede hacerse por la fe en él, y la fe es un don de Dios: es gracia y, al mismo tiempo, tarea y quehacer humanos; exige una ineludible responsabilidad de decisión. De otra forma el pecado no podría ser imputado al hombre, nadie podría ser juzgado. "He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado". ¡Qué difícil es renunciar a la propia voluntad!, sobre todo cuando arrecian las dificultades y vemos en peligro el futuro. Es mucho más fácil y frecuente disfrazar de "voluntad de Dios" los propios intereses. La fidelidad de Jesús al Padre hace de él la presencia de Dios entre los hombres hasta el punto de poder decir de sí mismo: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre" (Jn 14,9). El objetivo de ambos es el mismo: comunicar a los hombres la verdadera vida. "Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día". A través de las acciones que realiza Jesús, de su vida entregada "hasta el extremo" (Jn 13,1), hemos de reconocer en él al Hombre pleno, acabado, cumbre de la humanidad, que es al mismo tiempo Hijo de Dios, la presencia de Dios en el mundo. El hombre, creado "a imagen y semejanza de Dios" (Gn 01 26), encuentra en Jesús su plenitud. Y así es la imagen del Padre (2 Co 4, 4). Por fin, un hombre "copió" totalmente a Dios y "llegó" a Dios.

En Jesús se identifican Dios y el hombre, la "gran realidad" y su "imagen". Creer en Jesús lleva ineludiblemente a seguirle, y en ese seguimiento se nos va comunicando la plenitud de la vida definitiva, cuya culminación será la resurrección, que nos abrirá las puertas de la vida eterna. La muerte de Jesús será el verdadero "último día", en el que concederá la resurrección a todos los que el Padre le ha entregado. En ese último día terminó la creación del hombre al llegar éste a su plenitud en Jesús. Desde él la creación va adquiriendo su condición definitiva.

Nos escandalizamos

Las palabras de Jesús provocaron el escándalo de los que le escuchaban. Y no podemos extrañarnos de ello, porque son palabras realmente escandalosas si las tomamos con seriedad. Si a veces no lo son para nosotros es porque no las profundizamos. ¿Cómo van a admitir que un hombre como ellos, del que conocen su origen, pueda pretender haber "bajado del cielo" y poseer y dar la vida en plenitud y para siempre? Los adictos a la institución religiosa lo critican. Es natural: es muy difícil que se dejen enseñar por Dios, al que creen que conocen desde pequeños -como pasa ahora desde que fuimos a la catequesis de preparación de la primera comunión-. No quieren que los saque de la condición terrena en la que viven.

La pretensión de Jesús, hombre de carne y hueso, es inadmisible. La piedra de escándalo es su humanidad. Para ellos, Dios y el hombre están separados; la ley les impide conocer a un Dios cercano y humano, encarnado en la vida de cada día, caminando de la mano de la humanidad. El hombre mundano, superficial -lo mismo que el seguro de la fe que ya posee-, no comprende ni acepta la revelación que Jesús ha hecho sobre su origen divino. Los primeros sólo dan valor a lo que pueden tocar y palpar; los segundos leen la Escritura en pasado -ahora, los evangelios-, en lugar de leerlos en presente, como acontecimientos que suceden aquí y ahora y que son siempre imprevisibles.

La murmuración sustituye siempre a la fe cuando ésta compromete las propias seguridades. Aquí, el origen terreno de Jesús les impide ver su dimensión divina, su origen de Dios. Es lo que sucedió y sucede en la historia de los que nos llamamos cristianos: aceptamos a los profetas después de muertos, cuando ya no pueden importunarnos demasiado... A los de ahora los "despachamos" con un "¡vete a saber de dónde ha salido y qué pretende!" Los del tiempo de Jesús debían vencer un obstáculo: conocían a su familia y el oficio de su padre y el suyo; nosotros también tenemos que hacer un esfuerzo para comprender dónde se encuentra algo de verdad y de honestidad, esté donde esté y la diga quien la diga.

La murmuración es el índice más claro de no querer creer. Sólo cuando existe una verdadera apertura al movimiento de Dios, cuando se cesa de murmurar, puede tener lugar la atracción que Dios hace del hombre hacia Jesús. Aquellos judíos estaban dispuestos a ir con Jesús porque les solucionaba problemas y les permitía vivir tranquilos. Pero ahora se dan cuenta que no es así: que Jesús les pide, y les ofrece, una vida plena, un constante crecimiento, un serio compromiso. Y eso les resulta demasiado complicado y exigente, y no quieren aceptarlo. Y se defienden con su origen humano: "¿No es este Jesús, el hijo de José? "

Es posible que también nosotros estemos convencidos de estar bien como estamos, que no tenemos nada que cambiar. Si es así, cuando oigamos la llamada de la fe, a través de los sucesos de cada día o de personas muy cercanas, también responderemos como aquellos judíos. ¡Qué difícil es aceptar el testimonio de gente que conocemos mucho! ¿Qué pueden decirnos que no sepamos ya? Son inútiles las discusiones sobre el origen de Jesús si cada uno no se deja atraer por el Padre y no vive impulsado por su Espíritu, que se traduce en la vida diaria en desear y trabajar por lo justo. Es necesaria la atracción del Padre, una atracción real pero indefinible, fecunda pero misteriosa; una invitación a caminar, a abrirse a la vida. El que quiera vivir de verdad y con todas sus consecuencias en la justicia, en la libertad, en el amor..., sabrá reconocer en Jesús al enviado de Dios, capaz de dar vida eterna a los que creen en él.

Jesús no entra en la discusión sobre su origen, pero sí denuncia la actitud que muestran los que le critican. Para acercarse a él hay que dejarse empujar por el Padre. ¿Qué significa esto? Dejarse empujar por el Padre es lo mismo que descubrir que el único criterio válido para entender a Jesús es comprender su actividad en favor de los oprimidos, de los marginados, y en contra de los que detentan los poderes económicos, políticos y religiosos.

Entonces y ahora. ¿Cómo van a dejarse atraer por el Padre los que buscan únicamente sus privilegios y sus sueldos, aunque lo camuflen con abundantes prácticas religiosas? El Padre empuja hacia Jesús porque éste es su don a la humanidad, la expresión de su amor a todos los hombres. El pueblo, manejado por sus dirigentes religiosos, no se interesa por ese don: ni lo esperan ni lo desean. Cada uno busca su propio provecho. La religión que les han enseñado les impide ser dóciles a Dios: todo se reduce a unos ritos externos que dejan en toda su crudeza las desigualdades entre los hombres y entre las naciones. Conciliar el origen humano de Jesús con su origen divino sólo puede lograrse con el don de la fe. El Padre atrae al hombre a esa fe; no lo hace a la fuerza, sino en libertad. Nos invita a descubrirlo en la Escritura. Todos los que la leen rectamente y traten de ponerla en práctica llegarán a Jesús.

La resurrección, admitida y defendida por los fariseos, era el premio a la observancia de la ley. Jesús afirma que la resurrección no se logra por esa observancia, sino por la adhesión a su persona. No hay más resurrección que la que él da y que va incluida en la vida que comunica.

"Serán todos discípulos de Dios". Jesús toma un texto profético (Is 54,13) para indicarnos que el Padre no enseña a observar la ley, sino a imitarle a él.

Escuchar y ver al Padre

"Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí". El Padre no elige a algunos privilegiados para que crean en Jesús; ofrece a todos la fe en él. Pero es necesario que aprendamos del Padre y nos dejemos empujar. Todo el que descubra que Dios es el aliado incondicional del hombre, principalmente de los más despreciados y abandonados, se sentirá atraído por Jesús y querrá continuar su obra de liberación-salvación. Ellos no creen porque no están a favor del hombre. Por eso se oponen a Jesús. Jesús habla un lenguaje universal para anunciarnos que la nueva comunidad que está tratando de fundar estará abierta a todos los hijos de Dios dispersos; no será una continuación ni una restauración de Israel como pueblo.

Aunque nosotros no le hagamos caso, Jesús sigue llamando. Una llamada que promete todo lo más grande que podamos esperar, si queremos de verdad ir hacia él, si queremos dejarnos llevar por el Padre, si queremos vivir como Jesús ha vivido. "Nadie ha visto al Padre, a no ser el que viene de Dios..." No es posible una experiencia de Dios fuera de la vida concreta de cada día. Si los dirigentes hubieran prestado atención a su antigua historia y la hubieran enseñado al pueblo, les habría bastado para comprender que Dios está a favor del hombre y, por tanto, a favor de Jesús. El Padre no es accesible más que a través de Jesús, único que procede de él y le conoce (Jn 1,18). Si ahondamos en las enseñanzas y en la vida de Jesús, iremos conociendo a Dios.

"Yo soy el pan de la vida"

"El que cree tiene vida eterna", repite Juan. El seguimiento de Jesús origina en el hombre una vida plena y definitiva. El que cree que lo más importante de nuestro mundo es el hombre y es consecuente con esa fe, vive en una nueva realidad, en una nueva calidad de vida: la de Dios, manifestada en el Hijo. ¿Qué lugar ocupa Jesús en nuestras decisiones concretas?

"Yo soy el pan de la vida". Jesús no es sólo nuestra respuesta a cada pregunta sobre el sentido del mundo, ni un consuelo para los momentos de desgracia, ni un mero intercesor para conseguir algo de Dios, ni un lejano personaje ejemplar que admirar... Para los creyentes es mucho más, aunque aparentemente sea mucho menos. Es mucho más porque es Dios presente en nuestra vida de cada día, y es mucho menos porque está en ella con la sencillez del pan.

Jesús es el pan de la vida porque asegura al hombre la liberación de la muerte con el logro de una vida definitiva no sólo en el sentido de duración infinita, sino también de una calidad nueva. Su duración indefinida es la consecuencia de su perfección, por ser la vida que pertenece al mundo definitivo, a la creación terminada. El maná no comunicaba la vida verdadera: todos los que lo comieron murieron antes de poder lograr llegar a la tierra prometida (Núm 14,21-23). El pueblo formado en el desierto y alimentado con el maná no logró su objetivo. La comunidad que funda Jesús tiene todas las posibilidades de alcanzar la meta. Si le seguimos en su estilo de vida, gozaremos de la vida que no puede destruirse. Imitarle evita el fracaso humano, porque es "trabajar por el alimento que perdura, dando vida eterna".

Jesús "es el pan que baja del cielo" sin cesar, es la constante comunicación de la vida de Dios a los hombres a través del Espíritu. Una vida que vamos asimilando -"comiendo"- en la medida en que seguimos sus pasos; mejor dicho: una vida que nos va asimilando a nosotros. ¿Qué significa "bajar del cielo"? Significa venir de Dios y vivir su vida: vivir en la verdad, en la paz, en la libertad, en la justicia, en el amor, en la comunicación... Es dar testimonio con la propia vida de la verdad sobre Dios, sobre la vida humana, sobre la alegría... Y comunicarlo con la palabra y con la vida, con un amor total hasta la muerte. "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo". "El pan que baja del cielo" continuamente, como don siempre ofrecido, se describe ahora como "el pan vivo que ha bajado del cielo" para señalarnos el comienzo de la presencia de Jesús en el mundo.

"El que coma de este pan vivirá para siempre". Tenemos que estar demasiado acostumbrados para no sorprendernos y admirarnos ante este anuncio de vida definitiva que nos hace Jesús. Es su gran anuncio, el anuncio por el que se lo juega todo y por el que pierde a mucha gente que le seguía hasta ahora.

Con estas palabras nos está indicando que creer en él implica necesariamente "comer el pan". Existe una relación indisoluble entre la fe y el sacramento; un doble nivel en que debe moverse la vida del cristiano para ser plena. Por la fe somos atraídos misteriosamente por el Padre hacia Jesús, somos "instruidos" en nuestro interior para que descubramos que en aquel "hijo de José", hombre normal, se da la plenitud humana, que es realización divina que sólo puede dar Dios. ¿Cómo deducir por la simple experiencia humana que Jesús es "el pan de vida"? Fiándonos de Jesús y procurando vivir como él obtenemos los hombres la vida eterna, aunque resulte extraño y escandaloso. Pero hay otro paso aún más escandaloso: el que ha sido atraído hacia Jesús y se ha unido a él tiene a su alcance un signo palpable y quien lo come tiene vida eterna: su carne y su sangre. El primer paso es la fe; sería -es- ridículo celebrar la eucaristía sin ella. Jesús viene de Dios para ser el alimento y la fuerza del hombre. Sin su ayuda nada podemos hacer (Jn 15,5). Nos alimenta en el silencio, en la reflexión, en la oración, en la lectura reposada y comprometida del evangelio, en la lucha en favor del hombre oprimido...

A través de su palabra nos penetra su Espíritu y nos llenamos de su vida. Nos alimenta cuando nos habla del amor a todos y a todo, cuando anuncia el amor y la paz como una gran alegría, cuando proclama el gran don del amor de Dios en medio de las irracionalidades humanas. Nos alimenta dándonos el espíritu que dio sentido a su vida, que le hizo fuerte y fiel en medio de un mundo tan adverso como el nuestro. Su alimento nos es necesario sobre todo cuando parecen más claras las razones de la desesperanza, del abandono, del "no hay nada que hacer". Un alimento que adquiere todo su sentido después de la experiencia de las crueles injusticias humanas, de la oscuridad de la vida y de la dolorosa constatación de las propias limitaciones.

La fe en Jesús y la participación en el sacramento de su entrega nos hacen participar ya desde ahora en la vida eterna, al hacernos entrar en la comunión de vida y de amor que se da entre el Padre y el Hijo. Jesús, aceptado en la fe, es como el alimento que nos asegura la vida íntegra, imperecedera, sin ocaso: la vida de Dios. "El pan de vida" es una persona, el Hijo de Dios. Encontrar a Jesús de Nazaret, seguirlo y que él sea el pan que alimenta nuestro camino de vida es lo que constituye el ser cristiano. ¿Entendemos así nuestra fe?

La eucaristía expresa la fe

"Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo". No hay don de Espíritu donde no hay don de "carne", porque el Espíritu no se da fuera de la realidad humana concreta. Es a través de la "carne", de la vida diaria, como se manifiesta y se comunica el Espíritu. A través de la "carne" de Jesús, el don de Dios se hace visible, concreto, histórico. A través de Jesús, Dios busca el encuentro con el hombre. Mientras Dios pone su interés en acercarse y en establecer comunión con los hombres, nosotros tendemos continuamente a alejarlo y a situarlo en una esfera trascendente, donde no nos moleste.

Es en el hombre y en los acontecimientos actuales donde podemos encontrar a Dios, donde podemos verle y aceptarle o rechazarle. No está en el "más allá": se ha hecho presente en Jesús. A los judíos, que piensan en el Dios del "más allá" -como ahora los cristianos-, la "encarnación" de Dios les escandaliza. No creen que Dios pueda ser visto y tocado; y menos "comido". Pero el Dios de Jesús quiere entrar -y ha entrado- en el campo de la experiencia humana.

Jesús dará su "carne" para que el mundo viva, con lo que da por supuesto que la humanidad carece de vida. Es una experiencia que todos podemos tener si observamos en qué empleamos el tiempo de la vida la mayoría de los hombres. ¿Cuántos fundan su vida en el amor sin fronteras? El don de la vida verdadera se ofrece a todos en la realidad humana de Jesús. Jesús, pan que da vida, nos ha dejado la eucaristía para que reunidos celebremos todo lo que él nos ofrece: la vida verdadera. Porque en ella no comulgamos con una "cosa", sino con una "vida": la de Jesús.

La facilidad con que nos acercamos a recibir el sacramento y la pérdida del sentido del pecado tiene unos riesgos que debemos analizar. Es frecuente comulgar mecánicamente, sin que la eucaristía exprese nada de nuestra vida y sin que influya directamente en nuestras actitudes y comportamientos. La eucaristía, como sacramento de la fe nos exige una vida consecuente, nos pide que la poseamos antes de poder recibirla. El hombre primero cree y conforma su vida con esa fe, luego sella esta fe con el bautismo y la confirmación y al final la celebra en la eucaristía. Este proceso es una ley. Nadie puede expresar visiblemente, sacramentalmente, una fe que no tiene. Un sacramento recibido sin una fe encarnada en la vida diaria es ininteligible, "no dice nada". La eucaristía sin fe no tiene sentido.

Es necesario que nos planteemos esto en profundidad. Para entrar en comunión con este sacramento necesitamos haber descubierto y aceptado todo el misterio de Jesús de Nazaret. Descubrir a Dios en Jesús es el acto fundamental de la fe. Una fe que es, a la vez que sabiduría, vida: una vida iluminada y realizada según Dios, que se manifiesta con un modo de vivir distinto, que choca. Juan establece un paralelismo entre "vida eterna" y "pan de vida". Este pan, este estilo de vida es el que engendra la vida eterna. Pero nadie puede apetecer este pan sin fe, porque la fe es el principio vital que informa nuestro comportamiento. ¿Tendrá algo que ver la intención de Jesús con las primeras comuniones actuales y con nuestras eucaristías dominicales?

"¿Cómo puede darnos a comer su carne?"

Del mismo modo que Nicodemo entendió lo de volver a nacer en sentido físico y, por tanto, absurdo (Jn 3,4), también aquí los judíos parece que entienden literalmente la referencia a la carne de Jesús. La respuesta de éste no va a ayudarles precisamente a deshacer el equívoco, y más cuando añadirá la mención de la sangre, que la ley prohibía terminantemente beber.

Los judíos no entienden este lenguaje. Mientras Jesús les habló del pan creían comprender. Pero al decirles que ese pan es su carne, su misma realidad humana, no entienden. Buscan una explicación, pero no la encuentran. Juan escribe para su comunidad de seguidores de Jesús, para los que el significado es claro. Parece que traspasa la narración de la eucaristía, que debería haber hecho como los otros evangelistas en la última cena, a los versículos que vienen a continuación. Todas las afirmaciones que siguen son eucarísticas y se entienden perfectamente desde la última cena, por lo que es muy posible que no fueran pronunciadas en la sinagoga de Cafarnaún, sino en el Cenáculo de Jerusalén. Las pondría aquí por el parecido que tienen con el discurso del pan de vida, para profundizar más su significado. "Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros..." Jesús hace su segunda declaración, que completa la primera, añadiendo el elemento "sangre". La separación de "carne" y "sangre" indica muerte violenta. Cuando su carne y su sangre sean separadas por la violencia del odio, quedará patente el amor a la humanidad que hay en él y que fue la base de toda su vida.

La expresión "Hijo del hombre" es la "carne" llena del espíritu, indica al hombre pleno. "Comer su carne" significa aceptarle, seguirle, asimilar su realidad humana. A través de esa "comida" recibimos su Espíritu, que nos lanza a la misma entrega a la que llevó a Jesús. El verdadero discípulo de Jesús es el que, siguiendo sus huellas, se da a sí mismo hasta la muerte por el bien del hombre; no se detiene, lo mismo que Jesús, ni ante la muerte violenta, pues es consciente de poseer una vida que supera a la muerte biológica. Sólo siguiendo a Jesús por el camino del amor, explicitado en las bienaventuranzas, nos podemos realizar en plenitud, porque la vida se recibe en la medida en que se da, se posee en la medida en que se entrega. Hacer que la propia vida sirva de "alimento" para los demás, como la de Jesús, es la ley de la nueva comunidad humana por él fundada. Comunidad que no se realizará por una intervención milagrosa de Dios, sino por el esfuerzo y la dedicación de los seguidores de Jesús.

En este segundo discurso se nos dice que la vida eterna se consigue "comiendo su carne y bebiendo su sangre". En el anterior bastaba con creer en él. Es un paso más: creer en él es seguirle, lo que equivale a "comer" y "beber". Una fe que no lleve a un seguimiento, ¿en qué queda? Ahora el protagonista ya no es el Padre, sino Jesús. El vocabulario es distinto al utilizado en el discurso del pan de vida: en el primero, "pan", "hambre", "sed"; ahora, "carne" y "sangre".

Carne y sangre es una típica expresión semita que indica a toda la persona en cuanto tiene vida. Ser carne es ser hombre relacionado con los demás, ser un íntimo del otro. La sangre es la expresión de la vida. En algunas religiones antiguas los fieles después de sacrificar ciertos animales a la divinidad, comían su carne como señal de unión con el dios, pues la carne ya ofrecida sobre el altar volvía a ellos como si fuese el mismo dios en persona.

Jesús vive en el creyente

"El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él". Estas palabras nos muestran la profunda comunión que se establece, por la eucaristía, entre Jesús y el creyente. La adhesión a Jesús no queda en lo externo, como si fuera un modelo exterior que imitar, sino que nos lleva a una comunión íntima. Al ser una adhesión de amor, establece una comunión de vida. Jesús, alimento de su comunidad, produce en ella la entrega del amor: el don recibido lleva el don de sí; al amor recibido respondemos con nuestro amor. En la eucaristía comulgamos con la vida de Jesús; una vida que creemos es "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6). Una vida que es carne y sangre, lucha y entrega; una vida que se da hasta la muerte.

"El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí". La vida que posee Jesús procede del Padre. "Vivo por el Padre" significa que vive totalmente dedicado a cumplir su voluntad (Jn 4,34), que es la de descubrir a los hombres la vida verdadera. Jesús, en lugar de guardar esa vida para él, la comunica a los suyos, que la reciben según vayan siguiendo sus pasos. El mismo vínculo de vida que existe entre el Padre y Jesús existe entre Jesús y sus seguidores: vida entregada, recibida y dedicada.

"El que come este pan vivirá para siempre". Tener la vida eterna significa estar en unión con la vida de Jesús, que es lo mismo que estar en unión con la vida del Padre. Es preciso estar demasiado acostumbrados -como quizá lo estamos nosotros- para no sorprendernos y admirarnos ante el anuncio de vida que nos hace Jesús. ¿No ha sido frecuente la presentación del cristianismo como una doctrina de negación, de prohibición, de limitación? ¿No se vive de la misma manera? Sin embargo, la realidad del anuncio de Jesús es muy distinta: su mensaje, por el que se lo juega todo y por el que mucha gente que le seguía le abandona, es un anuncio de vida para siempre. Una vida que esperamos, pero que también creemos tener ya ahora.

Existen dos panes del cielo: uno falso, el maná; otro verdadero, la persona de Jesús. El primero no consiguió llevar a los que lo comieron a la tierra prometida; Jesús sí lleva a sus seguidores hasta el final. Da a la eucaristía un carácter de sacramento escatológico: ahora nos da vida eterna, después de la muerte Jesús resucitará a quienes hayan participado de él. Jesús habla aquí en singular; se refiere al individuo, no a la comunidad. ¿Por qué? Porque su comunidad está formada por hombres adultos, donde cada uno hace su opción personal y libre y tiene su propia responsabilidad en su seguimiento.

Jesús nos explica la única forma de crear la sociedad humana que Dios quiere, la única que nos permitirá a los hombres vivir una vida plenamente humana y cumplir el proyecto de Dios sobre la creación: el don de sí mismo, el amor de todos y cada uno por todos los demás, sin regatear nada, hasta la muerte. El nos ha dado la posibilidad de ese amor y de esa vida, abriéndonos el camino. No tenemos más que seguir sus huellas... Es la última explicación del reparto de los panes. Jesús no ha venido a darnos "cosas", sino a darse él mismo para enseñarnos a vivir. Viviendo como él, nos vamos redimiendo, liberando, salvando. El pan que daba contenía su propia entrega, era el signo que la expresaba. Y esta misma es su exigencia para sus seguidores: debemos dar lo que tenemos como signo del don que hacemos de nuestro propio ser, como signo de amor a cada uno de los hombres que nos rodean y, en ellos, a toda la humanidad. Quien no da lo que tiene, ¿cómo podrá darse? Sólo el que dé todo lo que tiene y todo lo que es -primera bienaventuranza- encontrará la plenitud de la vida verdadera aquí y ahora. Y como esa entrega es prácticamente imposible mientras vivamos en este mundo, esa plenitud siempre será para después de la muerte. Todo este estilo de vida se expresa en la eucaristía, en la que experimentamos el amor del Padre a través del Hijo y lo manifestamos en el amor a los hermanos con el compromiso de una vida de servicio como la de Jesús.

 

ALESSANDRO PRONZATO

 

Cristo se propone como pan de vida. O sea, algo esencial, indispensable, insustituible para la existencia de los hombres. Es el famoso discurso, pronunciado en la sinagoga de Cafarnaum, y que representa, como el eco - y la conclusión lógica, el milagro llevado a las últimas consecuencias - de la multiplicación de los panes.

La Samaritana, ante el pozo de Jacob, frente a la revelación del agua viva, le suplicó: "Señor, dame esa agua: así no tendré más sed..." (Jn 4, 15). Aquí los judíos hacen la misma petición: "Señor, danos siempre este pan" (Jn 6, 34).

Parece que es la táctica preferida de Jesús. Ahondar en el corazón del hombre, hasta hacerle tomar conciencia de sus exigencias más profundas, poner al desnudo su necesidad más radical, hacer surgir, casi explotar, una petición. Jesús nos agarra por el hambre y por la sed. "El que beba del agua que le daré, nunca más tendrá sed...". "El que coma de este pan, vivirá siempre...". Se trata, pues, de "comer la vida" (P. Bockel).

Puede darse un momento de incertidumbre escuchando al Maestro que afirma: "Yo soy el pan que ha bajado del cielo". Quizás habla en sentido metafórico, o usa un lenguaje simbólico, o se refiere a un alimento espiritual... Pero el discurso de Jesús, con su ritmo apremiante, con sus afirmaciones categóricas, barre cualquier tipo de interpretación alegórica. Hay dos palabras que dominan netamente, que se imponen con crudeza: carne (cinco veces) y comer (cuatro veces). El verbo literalmente significa más "masticar" que "comer".

Por otra parte, el desconcierto, el escándalo de los oyentes demuestra que han entendido las palabras en su crudo realismo. "Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Se establece así una relación muy estrecha entre la carne y el pan, y entre el pan y la Palabra. "...Y el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 14). El verbo, palabra viviente de Dios, asume la carne y la condición humana, no sólo para plantar su tienda entre nosotros, sino para convertirse en alimento de los hombres. Ahí está la paradoja más desconcertante de la encarnación: la vida de Dios ofrecida como alimento.

Todo esto en una lógica de amor, que implica cercanía, comunicación, identificación, deseo de asimilación, casi exigencia de "devorar" a la persona amada ("te comería" dice la madre contemplando entusiasmada a su hijo). Ofrecerse para que el otro puede existir en plenitud y verdad: he ahí el otro gran signo del amor. "Comer a Dios, es también el deseo secreto del hombre ávido de absoluto y de plenitud" (P. Bockel). Y él responde también a esta aspiración loca: "El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna... El que come me carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él".

El verbo "habitar" es un verbo típico del lenguaje de Juan. "Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos" (Jn 8, 31): Es necesario que la palabra no sólo resuene, sino que penetre, sea asimilada y se convierta en regla inspiradora de la propia vida. Permaneciendo en la palabra, el discípulo es conducido a vivir en un mundo de verdad y de libertad, donde puede desarrollarse totalmente su ser de hijo. Pero está también el permanecer en Jesús. "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él" (v. 56). A través de la fe en Cristo que se da como alimento, el creyente es desarraigado de sí mismo y, por decirlo de alguna manera, descentrado. Su morada y su centro están de ahora en adelante en Cristo. Así pues, miremos lo que ha preparado el amor: una mesa, y sobre ella el pan y el vino. Realidades simples, cotidianas, ligadas a la vida.

Dios es sorprendente. Sobre todo, cuando se sirve de los signos más modestos, para introducirnos en las realidades más grandes, hasta hacernos rozar el infinito. "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?", se preguntaban, escépticos, los judíos. Pero el escepticismo enmascara el miedo. En realidad, lo que les preocupa no es la posibilidad del milagro sino sus consecuencias. Su incertidumbre está no en el "cómo" sino en el "después". Como si sospechasen: "Y después, ¿que pasará?, ¿en qué nos convertiremos?". El hombre intuye que "comer la carne" de Cristo no significa simplemente referirse a un modelo exterior. Quiere decir asumir su misma realidad, interiorizada. La comunión con él cambia radicalmente nuestra fisonomía.

Nutrirse de ese alimento equivale a entrar en sintonía con el mundo de Jesús, asimilar sus preferencias, sus orientaciones, sus pensamientos, sus sentimientos, sus comportamientos. Y esto nos da miedo. Una vida que hay que comer nos pone en un aprieto. Porque esa vida es una vida entregada, ofrecida a los otros. Y tenemos el peligro de una infección, que mate en nosotros los gérmenes del egoísmo y nos obligue a plantear nuestra existencia según una orientación totalmente opuesta a la que tenemos.

Y además nos hemos enterado de que el "pan de vida" posee una fuerza intrínseca de transformación. Y nosotros preferimos quedar tranquilos, no cambiar nada, especialmente "dentro". Además, ese pan es un "pan vivo" que nos condena... a vivir. Cuando nos hemos acostumbrado a ir tirando, a dormitar, a hablar de memoria, a fingir. La vida es un riesgo demasiado grande, una aventura excesivamente comprometedora. Finalmente, sabemos que la eucaristía no consiste en comer un cadáver, sino en participar en la vida de Cristo resucitado.

Y esto es lo más intolerable. Figúrate, mantener ese ritmo: ser criaturas de paz, de perdón, de reconciliación; compartir nuestro pan; frecuentar horizontes universalistas; quitar espacio al mal; expulsar el demonio de la tierra; oponer la debilidad a la violencia; testificar la victoria sobre la muerte; ser individuos "padecidos" de fraternidad; desembarazarse de los miedos para entrar en un dinamismo de amor... Es demasiado. Si pudiésemos elegir, adoptaríamos la solución de Elías: "...Comió y bebió y se volvió a acostar..." (1 Re 19, 6).

Pero se trata de nutrirnos de este alimento para vencer la debilidad, el cansancio (¡cuanto camino nos ahorra el cansancio...!). Este es un alimento que nos impide la huida. Es un pan que nos quita los pretextos cómodos para sustraernos a los compromisos. Es un alimento que nos da la fuerza para realizar las cosas que nos parecen imposibles. Este Dios que se propone como "vida que hay que comer" es un Dios que nos lanza a los caminos del mundo. "Id...". "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?". También nosotros, como los judíos, somos astutos. La duda acerca del cómo él "pueda", esconde en realidad la duda acerca del cómo nosotros "podamos", después, seguir siendo como somos. Sabemos, desgraciadamente, que ese pan nos obliga a echar abajo nuestros límites habituales, a encontrar nuestra verdadera estatura, a buscar la dimensión auténtica del hombre más allá del hombre...

 

OCARM

 

Lectio 

Meditatio 

a) Algunas preguntas: 

Yo soy el pan de vida… Jesús, carne y sangre, pan y vino. Son las palabras que sobre el altar operan un cambio, como dice San Agustín: “Si quitas la palabra, es pan y vino; añades la palabra, y ya es otra cosa. Y esta otra cosa es el cuerpo y la sangre de Cristo. Quitas la palabra es pan y vino; añades la palabra y se convierte en sacramento”. 

                ¿Cuán importante es la palabra de Dios para mí? 

                Si se pronunciara sobre mi carne ¿me puede convertir en pan para el mundo?  b) Entremos dentro del texto: 

v. 51. “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. El evangelio de Juan, no nos

transmite el relato de la institución de la Eucaristía, sino el significado que ella asume en la vida de la comunidad cristiana. La simbología del lavatorio de los pies y el mandamiento nuevo (Jn 13,1-35) quieren ser el memorial del pan que se parte y del vino que se derrama. Los contenidos teológicos son los mismos que en los sinópticos. La tradición cultual de Juan se puede sin embargo encontrar en el “discurso eucarístico” que sigue al milagro de la multiplicación de los panes (Jn 6,26-65), un texto que pone en evidencia el significado profundo de la existencia de Cristo donada al mundo, don que es fuente de vida y que lleva a una comunión profunda en el nuevo mandamiento de la pertenencia. La referencia al antiguo milagro del maná es explicativa de la simbología pascual en la que el sentido de la muerte es asumido y superado por la vida: “Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que desciende del cielo para que quien lo coma no muera” (Jn 6,49-50). Destinatario del pan del cielo (cfr Éx 16; Jn 6,31-32) en figura o en la realidad son no tanto cada uno, como la comunidad de los creyentes, aunque cada uno sea llamado a participar personalmente en el alimento dado para todos. Quien come el pan viviente no morirá: el pan de la revelación es el lugar de una vida que no tiene ocaso. Del pan, Juan pasa a usar otra expresión para indicar el cuerpo: Sarx. En la Biblia este término designa a la persona humana en su frágil realidad y débil delante de Dios, en Juan la realidad humana del Verbo divino, hecho hombre (Jn 1, 14ª): el pan se identifica con la carne misma de Jesús. En este caso no se trata de un pan metafórico, o sea de la revelación de Cristo al mundo, sino del pan eucarístico. Mientras la revelación, o sea el pan de la vida, identificado con la persona de Jesús (Jn 6,35) lo da el Padre (el verbo dar es presente, v.32), el pan eucarístico sea, el cuerpo de Jesús será ofrecido por Él mismo con su muerte en la cruz prefigurada en la consagración del pan y del vino durante la cena: “Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. 

v. 52: Entonces los judíos se pusieron a discutir entre ellos: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” Comienza el drama con un pensamiento que se queda en la entrada

de lo visible y material y no osa traspasar el velo del misterio. El escándalo de quien cree sin creer… de quien pretende saber y no sabe. Carne para comer: la celebración de la Pascua, rito perenne que se perpetuará de generación en generación, fiesta del Señor y memorial (cfr Éx 12,14), del cual Cristo es el significado. La invitación de Jesús a hacer lo que Él ha hecho “in memoria” de Él, tiene su paralelismo en las palabras de Moisés, cuando prescribe el recuerdo pascual: “Este día será para vosotros un memorial y vosotros lo festejaréis” (Éx 12,14). Ahora, nosotros sabemos que para los hebreos la celebración de la Pascua no era solamente el recuerdo de un acontecimiento pasado, sino también su actualización de nuevo, en el sentido de que Dios está dispuesto a ofrecer de nuevo a su pueblo la salvación de quien, en las cambiantes circunstancias históricas, tenía necesidad. De esta manera el pasado hacía irrupción en el presente, llevado de su fuerza salvífica. Del mismo modo el sacrificio eucarístico “podrá”, dar por los siglos “carne para comer”. 

vv. 53. Jesús dice: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Juan, como los sinópticos, utiliza expresiones separadas para indicar el entregarse Cristo a la muerte, no queriendo entender con esto la separación en partes, sino la totalidad de su persona donada: la corporeidad espiritualizada del Cristo resucitado, totalmente compenetrado por el Espíritu Santo en el acontecimiento Pascual, se convertirá en manantial de vida para todos los creyentes, de modo especial mediante la eucaristía, que une estrechamente a cada uno de ellos con el Cristo glorificado a la derecha del Padre, haciéndole partícipe de su misma vida divina. No se nombran las especies del pan y del vino, sino directamente aquello que en ellos es significado: carne para comer porque Cristo es presencia que nutre la vida y sangre para beber – acción sacrílega para los judíos- porque Cristo es cordero inmolado. Es evidente aquí el carácter litúrgico sacramental: Jesús insiste sobre la realidad de la carne y de la sangre refiriéndose a su muerte, porque en la inmolación de las víctimas para el sacrificio la carne era separada de la sangre. 

v.54 “Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. La Pascua vivida por Jesús hebreo y por el cristianismo primitivo recibe una nueva alma: la de la resurrección de Cristo, definitivo éxodo de la libertad perfecta y plena (Jn 19,31-37), que encuentra en la eucaristía el nuevo memorial, símbolo de un Pan de vida que sostiene en el camino del desierto, sacrificio y presencia que sostiene al nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, que, atravesadas las aguas de la regeneración, no se cansará de hacer memoria como Él ha dicho (Lc 22,19: 1Cor 11-24) hasta la Pascua eterna. Atraídos y penetrados por la presencia del Verbo hecho carne, los cristianos viven en la peregrinación del tiempo su Pesach, el paso de la esclavitud del pecado a la libertad de los hijos de Dios: en conformidad con Cristo, se harán capaces de proclamar las obras maravillosas de su admirable luz, ofreciendo la eucaristía de la propia corporeidad: sacrificio viviente, santo y grato en un culto espiritual (Rom 12,1) que le conviene al pueblo de su conquista, estirpe elegida, sacerdocio real (cfr. 1Pt 2,9). 

vv. 55-56. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él. Es fuerte la incidencia que esta oferta de la vida de Cristo tiene en la vida del creyente: “Quien come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56). La comunión de vida que Jesús tiene con el Padre se ofrece a todo el que come el cuerpo sacrificado de Cristo: esto se entiende sin caer en una concepción mágica de un alimento sacramental que conferiría automáticamente la vida eterna a quiénes lo han comido. La oferta de la carne y de la sangre exige la predicación para hacerla inteligible y para suministrar la necesaria comprensión de la acción de Dios, requiere la fe por parte del que participa al banquete eucarístico, y requiere la acción preveniente de Dios, de su Espíritu, sin la cual no puede haber ni escucha ni fe. 

v.57. Como el Padre, que tiene la vida, me ha enviado y yo vivo por el Padre, así también aquél que come vivirá por mí. El acento no se pone sobre el culto como momento culminante y fundamento de la caridad, sino en la unidad del cuerpo de Cristo vivo y operante en la comunidad. No se da liturgia sin vida. “Una eucaristía separada de la caridad fraterna equivale a la propia condenación, porque se desprecia el cuerpo de Cristo que es Comunidad”. En la liturgia eucarística, de hecho, el pasado, el presente, el futuro de la historia de la salvación, encuentran un símbolo eficaz para la comunidad cristiana, expresivo y nunca sustitutivo de la experiencia de fe que no puede faltar de historicidad. Con la Cena y la Cruz, inseparables, el pueblo de Dios ha entrado en posesión de las antiguas promesas, la verdadera tierra más allá del mar, del desierto, del río, tierra donde corre leche y miel de una libertad capaz de obediencia. Todas las grandes realidades de la antigua economía encuentran en esta hora (cfr Jn 17,1) su cumplimiento: de la promesa hecha a Abrahán (Gén 17,1-8) a la Pascua del Éxodo (Éx 12,1-51). Es un momento decisivo en el que se recoge todo el pasado del pueblo (cfr DV 4) y se ofrece al Padre la primera y más noble eucaristía de la nueva alianza que jamás se ha celebrado: sobre el altar de la cruz la fecundidad del cumplimiento de todo lo que se esperaba. 

v.58 Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres y murieron. Quien come de este pan vivirá para siempre. Cuando Jesús diga: “Esto es mi cuerpo”, o Ésta es mi sangre”, establecerá una relación verdadera y objetiva entre estos elementos materiales y el misterio de su muerte, que encontrará su coronamiento en la resurrección. Palabras creativas de una nueva situación con elementos comunes de la experiencia humana, palabras por las cuales siempre y verdaderamente se hubiera realizado la misteriosa presencia del Cristo viviente. Los elementos escogidos quieren ser y son símbolo e instrumento al mismo tiempo. El elemento del pan que, por su relación con la vida, tiene en sí una portada escatológica (cfr Lc 14,15), es fácilmente comprensible en cuanto alimento indispensable para la subsistencia y motivo del compartir universal. El elemento del vino por su simbología natural lleva a la plenitud de la vida y a la expansión de la alegría del hombre (cfr sal 103,15). 

 

c) Meditamos: 

Jesús cumple el verdadero Pesach de la historia humana: “Antes de la fiesta de Pascua, Jesús, sabiendo que era llegada su hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Mientras cenaban…” (Jn 13,1). Pasar: la nueva Pascua es precisamente en este un pasaje de Cristo de este mundo al Padre a través de la sangre de su sacrificio. La eucaristía es el memorial, pan del desierto y presencia de salvación, pacto de fidelidad y de comunión escrito en la persona del Verbo. La Historia de la Salvación que para Israel se narra con sucesos, nombres, lugares conduce a la reflexión de fe dentro de una experiencia de vida que hace del nombre de Javhé no un nombre entre tantos sino el único nombre. Todo comienza siempre por un encuentro, entre Dios y el hombre que se traduce en un pacto de alianza, antigua y nueva. El mar de los juncos es la última frontera de la esclavitud más allá de la cual se extiende el espacioso territorio de la libertad. En este sepulcro de agua deja el cuerpo del viejo Israel y resurge el Israel nuevo y libre. Es aquí donde nace la pertenencia de Israel. Y cada vez que se evoque este pasaje en las aguas del nacimiento más que un pasado histórico para traer a la memoria se repondrá el acontecimiento escatológico, capaz de una plenitud divina que se actúa en el presente, signo sacramental de la iniciativa de un Dios fiel. 

 


XX DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Sal 83, 10-11
Señor, protector nuestro, mira el rostro de tu Ungido,
porque vale más un día en tus atrios que mil en otra parte.

Oración colecta
Dios nuestro,
que has preparado bienes invisibles para los que te aman,
infunde en nuestros corazones la ternura de tu amor
para que, amándote en todas y sobre todas las cosas,
alcancemos tus promesas que superan todo deseo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Acepta, Señor, nuestra ofrenda,
en la cual se realiza un admirable intercambio,
para que, al ofrecerte lo que nos diste,
podamos recibirte a ti mismo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Jn 6, 51-52
Dice el Señor: Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma este pan vivirá eternamente.

Oración después de la comunión
Señor y Padre nuestro,
unidos a Cristo por este sacramento,
imploramos humildemente tu misericordia,
para que, hechos semejantes a Él en la tierra,
merezcamos gozar de su compañía en el cielo.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.


 

LECCIONARIO BÍBLICO

Coman de mi pan, y beban del vino que yo mezclé

Lectura del libro de los Proverbios     9, 1-6

La Sabiduría edificó su casa,
talló sus siete columnas,
inmoló sus víctimas, mezcló su vino,
y también preparó su mesa.
Ella envió a sus servidoras a proclamar
sobre los sitios más altos de la ciudad:
«El que sea incauto, que venga aquí».
Y al falto de entendimiento, le dice:
«Vengan, coman de mi pan,
y beban del vino que yo mezclé.
Abandonen la ingenuidad, y vivirán,
y sigan derecho por el camino de la inteligencia».

Palabra de Dios.
 
SALMO     Sal 33, 2-3. 10-15
 
R. ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo,
su alabanza estará siempre en mis labios.
Mi alma se gloría en el Señor:
que los oigan los humildes y se alegren. 
R.
 
Teman al Señor, todos sus santos,
porque nada faltará a los que lo temen.
Los ricos se empobrecen y sufren hambre,
pero los que buscan al Señor no carecen de nada. 
R.
 
Vengan, hijos, escuchen:
voy a enseñarles el temor del Señor.
¿Quién es el hombre que ama la vida
y desea gozar de días felices? 
R.
 
Guarda tu lengua del mal,
y tus labios de palabras mentirosas.
Apártate del mal y practica el bien,
busca la paz y sigue tras ella. 
R.


Traten de saber cuál es la voluntad del Señor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     5, 15-20
 
    Hermanos:
    Cuiden mucho su conducta y no procedan como necios, sino como personas sensatas que saben aprovechar bien el momento presente, porque estos tiempos son malos.
    No sean irresponsables, sino traten de saber cuál es la voluntad del Señor.
    No abusen del vino que lleva al libertinaje; más bien, llénense del Espíritu Santo.
    Cuando se reúnan, reciten salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y celebrando al Señor de todo corazón.
    Siempre y por cualquier motivo, den gracias a Dios, nuestro Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Jn 6, 56

Aleluia.
«El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y Yo en él», dice el Señor.
Aleluia.

 
EVANGELIO

Mi carne es la verdadera comida,
y mi sangre, la verdadera bebida

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan     6, 51-59
 
    Jesús dijo a los judíos:
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo.
El que coma de este pan vivirá eternamente,
y el pan que Yo daré
es mi carne para la Vida del mundo».
Los judíos discutían entre sí, diciendo:

«¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»


    Jesús les respondió:

«Les aseguro
que si no comen la carne del Hijo del hombre
y no beben su sangre,
no tendrán Vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene Vida eterna,
y Yo lo resucitaré en el último día.
Porque mi carne es la verdadera comida
y mi sangre, la verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí
y Yo en él.
Así como Yo,
que he sido enviado por el Padre que tiene Vida,
vivo por el Padre,
de la misma manera, el que me come
vivirá por mí.
Éste es el pan bajado del cielo;
no como el que comieron sus padres y murieron.
El que coma de este pan vivirá eternamente».

    Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.
 
Palabra del Señor.

 

 


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