Domingo 21 del Tiempo Ordinario

Liturgia Viva del XXI Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Segunda Lectura):

Cristo amó a su Iglesia; Se entregó a sí mismo por ella para hacerla santa y sin mancha;

Él nos alimenta, y cuida de nosotros.

Que su amor y su paz estén siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante (Tres Opciones)

 

 

1. ¿Estás de mi Lado?

Después del Concilio Vaticano II muchos se sintieron afectados por las ideas más profundas con respecto al evangelio y a la fe, que el Espíritu había dado a su Iglesia: la mayoría de estos nuevos enfoques e ideas eran el resultado de un estudio teológico y bíblico más profundo, o simplemente eran un descubrir de nuevo verdades descuidadas u olvidadas. Para la mayoría, la renovación después del Concilio fue como un respirar profundo de aire fresco; pero, por el contrario, algunos tristemente se marcharon de la Iglesia. No podían digerir el cambio; no tenían espacio para el crecimiento de su fe. — Hoy Jesús nos pregunta también a nosotros: ¿Puede crecer tu fe? ¿Me eliges a mí y a mi Iglesia o te aferras a tus propias ideas? ¿Estás de mi lado? Él nos invita, persuasivo: Elíjeme a mi, opta por mí, crece en fe y en amor hacia mí.

 

2. Hemos Tomado una Opción por Cristo

Desde que recibimos el bautismo pertenecemos a Cristo, como a nuestro Señor y Salvador, también como nuestro hermano. ¿Hemos experimentado alguna vez nuestra elección bautismal como una opción consciente y personal por Cristo? Nuestra presencia aquí en la eucaristía implica que sí la hemos experimentado así. ¿Confirmamos y reafirmamos esa opción personal por Cristo en nuestro vivir cristiano de cada día, en nuestras relaciones de amor, justicia y perdón con todos los que nos rodean? Cuando nuestra fe entra en crisis, ¿renovamos conscientemente nuestra opción y decimos: “Señor, ¿a quién acudiremos? Tú eres el Señor de mi vida.”

 

3. La Iglesia, aunque no Perfecta, por Dentro es Bonita. ¿Por qué permanecemos en la Iglesia, a pesar de que constatamos esos defectos que saltan a la vista, tanto en sus estructuras como en sus miembros? A mí, personalmente, me gustaría responder: Porque también veo sus numerosas cualidades y su profunda belleza. La Iglesia me trae su mensaje de vida, y especialmente, veo al Señor presente en ella. Es mi Iglesia, porque encuentro allí en ella a mi Señor. Él está presente aquí en la eucaristía, y también lo está en la comunidad. Y, por otra parte, reconozco que es una Iglesia en marcha y, por lo tanto, no puede ser todavía totalmente perfecta. Para mí la Iglesia no tiene que ser perfecta, porque es una Iglesia compuesta de frágiles seres humanos (fieles y líderes) que luchan y se esfuerzan, y, por lo tanto, el Señor está ahí trabajando en ella.

 

Acto Penitencial (Dos opciones: 1 y 1-2)

 

1.

Tenemos que reconocer con vergüenza

que con frecuencia nos hemos preferido a nosotros mismos,

nuestros intereses, ideas y bienestar más que los de Dios y del prójimo.

Pidamos perdón al Señor.

(Pausa)

Señor Jesús, tú pones ante nosotros lo bueno y lo malo, tu evangelio y nuestros modos humanos de vida

y nos mandas elegir entre los dos. Señor, ten piedad de nosotros.

Cristo Jesús, tú te pones delante de nosotros, a ti mismo y a tus mensajes de vida y nos preguntas: ¿Tú también quieres abandonarme? Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor Jesús, tú pones delante de nosotros el pan de vida de la eucaristía, y nos dices: “Tomen y coman todos de él”.

Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor:

Sabemos que tú nos aceptas y nos perdonas. A la inversa, danos la gracia de aceptarte a ti con todo nuestro corazón; y llévanos a la vida eterna.

 

 

2 y 3.

 

Pidamos al Señor que nos perdone por nuestras dudas y vacilaciones y por nuestra tibieza en nuestros esfuerzos para seguirle.

(Pausa)

Señor, ¿a quién iremos, pues tú tienes el mensaje de vida eterna?

Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús, ¿a quién iremos, si tú vienes con nosotros

en nuestro cansado caminar a través de la vida? Cristo, ten piedad de nosotros.

Señor, ¿a quién iremos, si tú estás aquí en medio de nosotros con tu amor y tu paciente perdón? Señor, ten piedad de nosotros.

Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdónanos todos nuestros pecados. Danos una fe viva, movida por el amor; y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta

 

Roguemos a Dios que nos dé valor para serle siempre fieles.

(Pausa)

Oh Dios, siempre fiel a la Alianza, en las opciones que tenemos que hacer cada día danos el valor para optar siempre por tu Hijo y su estilo de vida, y permanecer muy cercanos a él. Bendice la ruta difícil que a veces tenemos que tomar sin ver siquiera a dónde nos lleva.

Líbranos de tomar decisiones poco entusiastas que muestran que no tenemos suficiente fe.

Que aceptemos todas las consecuencias de nuestra opción. Y guárdanos siempre fieles a tu Alianza y a tu amor por medio de Jesucristo nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Jos 24:1-2ª, 15-17, 18b): El Pueblo de Dios escoge al Señor.

El pueblo de Dios es consciente de que debe su libertad y su país, la Tierra Prometida, al amor liberador de Dios. Los hebreos deciden ligar su destino al de Dios y servirle fielmente.

Segunda Lectura (Ef 5:21-32): La Alianza Matrimonial

En el matrimonio, los cónyuges se eligen el uno al otro para un amor y fidelidad de por vida, y se entregan mutuamente como Cristo se entregó a sí mismo a la Iglesia.

Evangelio (Jn 6:60-69): ¿Me eliges a mí?

Las inquietantes preguntas de Jesús enfrentan a los apóstoles con la necesidad de una opción radical. Muchos le abandonan. Pedro, hablando aparentemente en nombre de todos los apóstoles, expresa su fe firme en el Señor.

 

 

Oración de los Fieles

 

Oremos a Dios, nuestro Padre en el cielo, que es la fuente y el que da sentido a nuestras vidas, y digámosle: 

 

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

             Para que el evangelio del Señor siga impactando e interpelando a los ministros consagrados de la Iglesia (obispos, sacerdotes y diáconos) como un mensaje siempre nuevo, y que lo proclamen con convicción y con nuevo ardor, roguemos al Señor.

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

             Para que los que han sido elegidos para servir al Señor, en el sacerdocio o en la vida consagrada, continúen entregándose con alegría y fidelidad a Dios y a su pueblo, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

             Para que los que en matrimonio se han prometido fidelidad el uno al otro, sigan creciendo en el amor y sean reflejo claro del amor de Dios por su Iglesia, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

             Para que ninguno de nosotros vayamos tras falsos dioses por cobardía, indiferencia o superficialidad; y para que no seamos egoístas buscando servirnos a nosotros mismos, sino que aprendamos a vivir para los demás, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

             Para que los que no encuentran sentido a su vida descubran un Dios a quien amar y adorar, gracias al testimonio vivo de fe, esperanza y amor que ven plasmado en las comunidades cristianas, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.

 

Señor Dios y Padre nuestro, tú nos has escogido como pueblo tuyo. Guárdanos fieles a tu amor, viviendo en libertad y confianza, para que tú seas nuestro Dios ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Señor Dios nuestro: La muerte de Jesús, tu Hijo, fue el precio que tú pagaste por nuestra libertad. En estos signos de pan y vino que te ofrecemos l se nos da de nuevo como nuestro alimento y bebida de vida.

Por su fuerza, queremos ir hacia ti y hacia los hermanos como carne y sangre entregadas para otros, movidos por la fe y la esperanza en tu reino que durará firme para siempre, por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística Alabamos a Dios por habernos elegido en Cristo para formar su pueblo santo.

Alabamos también a Dios en nombre de todas las criaturas.

 

Invitación al Padre Nuestro

Dios nos ha elegido para ser su hijos e hijas.

Con Jesús, reconocemos su amor y acudimos a él como a nuestro Padre: R/ Padre Nuestro…

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de toda servidumbre del pecado y del mal, y perdónanos nuestras infidelidades.

Haznos libres para servirte a ti y a los hermanos en un clima de amor y de justicia, mientras aguardamos con gozosa esperanza

el crecimiento de tu reino entre nosotros y la venida gloriosa de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. R/ Porque tuyo es el reino…

 

Al Partir el Pan (A. Schilling) Partimos el pan de Jesucristo.

Él mismo fue partido y roto por gente como nosotros. Mucha felicidad y esperanza están siendo partidas y compartidas por la gente. Compartimos el pan de Jesucristo, porque él ha compartido primero su vida con nosotros. Cuando cada uno de nosotros partimos y compartimos nuestro pan y nuestra vida con otros, mucho queda curado y sanado.

 

Invitación a la Comunión

Este es nuestro Señor Jesucristo, Cordero de Dios, que dijo:

“Los que comen mi carne y beben mi sangre tienen la vida eterna en sí mismos.” Dichosos nosotros si podemos decirle a él:

“Señor, ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras y mensaje de vida eterna.”

 

Oración después de la Comunión

 

Señor Dios nuestro: En respuesta a tu amor,

te hemos escogido a ti en el bautismo como a Dios de nuestras vidas. Por la fuerza de esta eucaristía ayúdanos a renovar día a día

este compromiso hacia ti y hacia tu reino. Que tu Hijo Jesús construya con nosotros una comunidad de servicio y de paz,

y aun cuando se vaya realizando demasiado lentamente asegúranos que a su debido tiempo, tu tiempo,

la semilla dará su fruto que durará para siempre, por los siglos de los siglos.

 

Bendición

Tenemos experiencia en la vida de que tenemos que hacer muchas opciones. Cuando se trata de materias importantes nuestra primera consideración debería ser siempre:

¿Qué quiere Dios de mí, qué quiere que haga?

A la luz del evangelio, ¿qué decisión debería yo adoptar? La elección no es siempre ni fácil ni clara. Que el Señor les dé a ustedes luz y valor para elegir siempre lo mejor según el evangelio; y que Él les ame y les bendiga abundantemente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Podemos ir en paz y hacer de cada acción de vida una opción por el Señor.

R/ Demos gracias a Dios

 

Tú tienes palabras de vida eterna.

 

 

Podemos pensar que los hebreos eran muy desagradecidos. El Señor los saca de Egipto, donde las condiciones laborales no eran nada buenas – es lo que tiene la esclavitud, que no hay pagas extras ni 30 días de vacaciones, ni nada – y después, los guía por el desierto, va ganando todas las batallas con los pueblos que se encuentran, derriba las murallas de Jericó, los alimenta con el maná para que no mueran de hambre… Pero, de repente, empiezan a quejarse, se olvidan de todo e incluso se apartan de Dios. ¡Qué gente!

En realidad, es algo parecido a lo que nos sucede a cada uno de nosotros, cuando ha transcurrido ya algún tiempo desde la última confesión, se nos ha pasado el fervor, y volvemos a caer en los mismos errores, o sea, pecados. En la duda, no siempre optamos por Dios, no nos apoyamos en Él en los momentos de tentación. Una pena.

Se trata, como todo en esta vida, de optar. De tomar decisiones, a veces menos importantes (qué camisa me pongo, qué libro leo o qué película voy a ver), a veces muy importantes (voy o no voy a Misa, tomo esa cosa que no es mía, engaño o no engaño a mi esposo…) Todos debemos decidir qué hacer con nuestra vida, en mayor o menor medida. Y de las pequeñas decisiones va a depender, seguramente, lo que decidamos en los momentos más serios. Es lo que nos ha enseñado, a lo largo de la historia, la vida de los mártires cristianos. La muerte por la fe, morir por la causa de Jesús, es posible porque se ha ido muriendo poco a poco al “yo”, para que viva Cristo en ellos.

Dentro de la familia, también hay que optar. Elegir el estilo de vida de Jesús. Que vino no para que le sirvieran, sino para servir. Por eso, las indicaciones de san Pablo, en la segunda lectura, para que todos los miembros de la familia – todos – se preocupen de todos. Hijo de su tiempo, Pablo añade a los esclavos, pero siempre pidiendo que el trato mutuo sea conforma a la dignidad de toda persona. Ese amor recíproco es imagen del amor de Cristo a la Iglesia. Una cosa muy seria, ya que, por amor, Cristo murió por nosotros. Por todos. Así pues, todos, hijos, padres, esposos, estamos llamados a cuidar unos de otros, con respeto y cariño, sabiendo que estamos construyendo una iglesia doméstica. Aunque cueste.

Porque se oyen comentarios acerca de lo complicado que es vivir como creyentes hoy en día.  Y ser fieles en el matrimonio, por ejemplo. Es curioso, porque aquellos que nos han precedido en la fe han vivido quizá situaciones más duras que nosotros, y sin embargo han sido más fieles en la fe. No hay más que recordar la situación de los cristianos en la Unión Soviética, por ejemplo. Cómo mantuvieron viva la llama de la fe, sin el apoyo del clero o de la vida religiosa.

Por otra parte, es inevitable que la fe pase por momentos de crisis. Vamos creciendo, y la fe tiene que crecer con la edad, igual que la ropa infantil nos queda pequeña cuando somos ya jóvenes: uno se hace adolescente, y hay otros intereses en la vida y fácilmente se olvida de ese Dios en el que ha aprendido a creer y al que ha aprendido a orar en la familia y en la parroquia, en la catequesis, o se protesta ante esa mirada omnipresente y controladora de Dios; llega la juventud, y parece que lo sabes todo, y no es fácil encontrar razones para seguir creyendo. Cuesta ver el Evangelio como algo plenamente serio y plenamente fundado, como Palabra de Dios que es. Llega la madurez y recibimos los golpes que nos da la vida, o se nos abren más los ojos ante el escándalo de la injusticia que hay en el mundo, o nos quejamos de la aparente indiferencia de Dios ante nuestras súplicas, y su silencio se nos hace difícil de entender. Cuántos hermanos nuestros se han alejado de Dios y de la Iglesia por este motivo.

Hoy, nos encontramos, además, con un fenómeno muy extendido. Esta época, que no parece tan propicia para la fe, es una época de notable credulidad. Por todas partes abundan los creyentes en el tarot, en el horóscopo, en los echadores de cartas, los astrólogos, todo tipo de videntes y presuntos adivinos. Quizá haya personas con facultades fuera de lo común, pero ese negocio que se ha montado a base de pura charlatanería es un signo de la gran desorientación y de la enorme credulidad de mucha gente.

La fe es algo más sobrio, más serio y más fundado. Porque, en el fondo, sí tenemos razones para creer: el sentimiento profundo de sabernos creados y amados, el orden en el universo, la sabiduría del Evangelio, la inabarcable realidad de la entrega de Jesús, todos los frutos de santidad que ha producido el Evangelio en la Iglesia. Pero las razones para creer no nos liberan de la tarea de creer. Don y tarea, al mismo tiempo, la fe. Por eso somos libres para prestar asentimiento o para desentendernos; pero no podemos olvidar que tenemos que dar alguna respuesta al misterio de la vida. En cada fase de ésta estamos llamados a dar nuestro consentimiento a Dios, ese Dios misterioso que nos ha dado señales de su existencia, de su cercanía, pero que no fuerza nuestra libertad.

El Señor, porque sabe y conoce muy bien nuestra debilidad, siempre tiene sus puertas abiertas: unas veces para entrar y gozar con su presencia y, otras, igual de abiertas para marcharnos cuando – por lo que sea – nos resulta imposible cumplir con sus mandatos. Ahora bien; permanecer con El – nos lo garantiza el Espíritu – es tener la firme convicción de que nunca nos dejará solos. De que compartirá nuestros pesares y sufrimientos, ideales y sueños, fracasos y triunfos. Porque fiarse del Señor es comprender que no existen los grandes inconvenientes, sino el combate, el buen combate desde la fe. Y, Jesús, nos acompaña, nos enseña y nos anima en esa lucha contra el mal y a favor del bien. Él mismo pasó por todo eso.

Es el momento de responder a la pregunta de Jesús, personalmente: ¿también tú quieres marcharte? Dar una respuesta sincera puede ser un modo de incentivar nuestra fe, si es que está algo dormida. Si creemos y servimos al Señor, que lo hagamos con valentía, con generosidad y transparencia, sabedores de que seguirle, aunque no sea fácil, siempre merece la pena. Gracias a Dios – nunca mejor dicho – no suelen faltar a nuestro lado personas que tienen una fe madura, y que responden como Pedro: «¿A quién vamos a acudir? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna». La compañía de esas personas es un apoyo para nuestra fe, que a veces puede sentirse pequeña, frágil y tentada. Ojalá nosotros podamos ser también ejemplo para otros. Es el camino para ser feliz. El camino de la cruz, recorrido con Cristo y con los hermanos. Es el camino para ser santo.

 

 

 

EVANGELIO

 

¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabra de vida eterna.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 6,60-69

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

 

Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

 

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».

 

Palabra de Dios.

 

 

PREGUNTA DECISIVA

 

El evangelio de Juan ha conservado el recuerdo de una fuerte crisis entre los seguidores de Jesús. No tenemos apenas datos. Solo se nos dice que a los discípulos les resulta duro su modo de hablar. Probablemente les parece excesiva la adhesión que reclama de ellos. En un determinado momento, “muchos discípulos se retiraron y ya no iban con él”.

 

Por primera vez experimenta Jesús que sus palabras no tienen la fuerza deseada. Sin embargo, no las retira sino que se reafirma más: "Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida, pero algunos de vosotros no creen". Sus palabras parecen duras, pero transmiten vida, hacen vivir, pues contienen Espíritu de Dios.

 

Jesús no pierde la paz. No le inquieta el fracaso. Dirigiéndose a los Doce les hace la pregunta decisiva: "¿También vosotros queréis marcharos?". No los quiere retener por la fuerza. Les deja la libertad de decidir. Sus discípulos no han de ser siervos sino amigos. Si quieren puede volver a sus casas.

 

Una vez más Pedro responde en nombre de todos. Su respuesta es ejemplar. Sincera, humilde, sensata, propia de un discípulo que conoce a Jesús lo suficiente como para no abandonarlo. Su actitud puede todavía hoy ayudar a quienes con fe vacilante se plantean prescindir de toda fe.

 

"Señor, ¿a quién iríamos?". No tiene sentido abandonar a Jesús de cualquier manera, sin haber encontrado un maestro mejor y más convincente: Si no siguen a Jesús se quedarán sin saber a quién seguir. No se han de precipitar. No es bueno quedarse sin luz ni guía en la vida.

 

Pedro es realista. ¿Es bueno abandonar a Jesús sin haber encontrado una esperanza más convincente y atractiva? ¿Basta sustituirlo por un estilo de vida rebajada, sin apenas metas ni horizonte? ¿Es mejor vivir sin preguntas, planteamientos ni búsqueda de ninguna clase?

 

Hay algo que Pedro no olvida: "Tús palabras dan vida eterna".

Siente que las palabras de Jesús no son palabras vacías ni engañosas. Junto a él han descubierto la vida de otra manera. Su mensaje les ha abierto a la vida eterna. ¿Dónde podrían encontrar una noticia mejor de Dios?

 

Pedro recuerda, por último, la experiencia fundamental. Al convivir con Jesús han descubierto que viene del misterio de Dios. Desde lejos, a distancia, desde la indiferencia o el desinterés no se puede reconocer el misterio que se encierra en Jesús. Los Doce lo han tratado de cerca. Por eso pueden decir:

"Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios". Seguirán junto a Jesús.

 

 

¿POR QUÉ NOS QUEDAMOS?

 

Señor, ¿a quién vamos a acudir?

 

Durante estos años se han multiplicado los análisis y estudios sobre la crisis de las Iglesias cristianas en la sociedad moderna. Esta lectura es necesaria para conocer mejor algunos datos, pero resulta insuficiente para discernir cuál ha de ser nuestra reacción. El episodio narrado por Juan nos puede ayudar a interpretar y vivir la crisis con hondura más evangélica.

 

Según el evangelista, Jesús resume así la crisis que se está creando en su grupo: «Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y, con todo, algunos de vosotros no creen». Es cierto. Jesús introduce en quienes le siguen un espíritu nuevo; sus palabras comunican vida; el programa que propone puede generar un movimiento capaz de orientar el mundo hacia una vida más digna y plena.

 

Pero, no por el hecho de estar en su grupo, está garantizada la fe. Hay quienes se resisten a aceptar su espíritu y su vida. Su presencia en el entorno de Jesús es ficticia; su fe en él no es real.

La verdadera crisis en el interior del cristianismo siempre es ésta: ¿creemos o no creemos en Jesús?

 

El narrador dice que «muchos se echaron atrás y no volvieron a ir con él». En la crisis se revela quiénes son los verdaderos seguidores de Jesús. La opción decisiva siempre es ésa: ¿quiénes se echan atrás y quiénes permanecen con él, identificados con su espíritu y su vida? ¿Quién está a favor y quién está en contra de su proyecto?

 

El grupo comienza a disminuir. Jesús no se irrita, no pronuncia ningún juicio contra nadie. Sólo hace una pregunta a los que se han quedado junto a él: «¿También vosotros queréis marcharos?». Es la pregunta que se nos hace hoy a quienes seguimos en la Iglesia: ¿Qué queremos nosotros? ¿Por qué nos hemos quedado? ¿Es para seguir a Jesús, acogiendo su espíritu y viviendo a su estilo? ¿Es para trabajar en su proyecto?

 

La respuesta de Pedro es ejemplar: «Señor, ¿a quién vamos a acudir. Tú tienes palabras de vida eterna». Los que se quedan, lo han de hacer por Jesús. Sólo por Jesús. Por nada más. Se comprometen con él. El único motivo para permanecer en su grupo es él. Nadie más.

 

Por muy dolorosa que nos parezca, la crisis actual será positiva si los que nos quedamos en la Iglesia, muchos o pocos, nos vamos convirtiendo en discípulos de Jesús, es decir, en hombres y mujeres que vivimos de sus palabras de vida.

 

 

PALABRAS INCREÍBLES

 

Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida.

 

En la sociedad moderna vivimos acosados por palabras, comunicados, imágenes y noticias de todo tipo. Ya no es posible vivir en silencio. Anuncios, publicidad, noticiarios, discursos y declaraciones invaden nuestro mundo interior y nuestro ámbito doméstico.

 

Esta «inflación de la palabra» ha penetrado también en algunos sectores de la Iglesia. Hoy los eclesiásticos y los teólogos hablamos y escribimos mucho. Quizá más que nunca. La pregunta que nos hemos de hacer es sencilla: ¿Qué capta la gente en nosotros?, ¿palabras «llenas de espíritu y vida», como eran las de Jesús, o palabras vacías?

 

A lo largo de los años he oído muchas críticas a la predicación de la Iglesia. Se nos acusa de poca fidelidad al evangelio o al magisterio del Papa, de alianza con una ideología política de un signo o de otro, de poca apertura a la modernidad... Intuyo que no pocos que se alejan hoy de la Iglesia quieren saber si, al menos para nosotros, nuestras palabras significan algo.

 

La palabra de Jesús era diferente. Nacía de su propio ser, brotaba de su amor apasionado al Padre y a los hombres. Era una palabra creíble, llena de vida y de verdad. Se entiende la reacción espontánea de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 

Muchos hombres y mujeres de hoy no han tenido nunca la suerte de escuchar con sencillez y de manera directa sus palabras. Su mensaje les ha llegado, muchas veces desfigurado y distorsionado por demasiadas doctrinas, fórmulas ideológicas y

discursos poco evangélicos.

 

Uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ponerles en contacto con su persona. La gente no necesita escuchar nuestras palabras sino las suyas. Sólo ellas son «espíritu y vida».

 

Es sorprendente ver que, cuando nos esforzamos por presentar a Jesús de manera viva, directa y auténtica, su mensaje resulta más actual que todos nuestros discursos.

 

 

RUIDO

 

Son espíritu y vida.

 

Se ha dicho que el problema del hombre moderno es un problema de ruido. Envuelto en ruido exterior e interior, agitado por toda clase de estímulos y sensaciones, llevado de una parte a otra por la ansiedad y la prisa, el hombre de nuestros días se ha quedado sin silencio y no sabe cómo curarse de esta grave enfermedad que comienza a arruinar su ser.

 

El ruido impide a la persona conocerse debidamente a sí misma pues obstaculiza el acceso a su mundo interior. El individuo no tiene oído para escuchar lo mejor de sí mismo. Así hablaba hace unos años aquel gran Papa que fue Pablo VI: «Nosotros, hombres modernos, estamos demasiado extrovertidos, vivimos fuera de nuestra casa e incluso hemos perdido la llave para volver a entrar en ella».

 

Al mismo tiempo, el ruido aliena a la persona pues la disgrega, introduce en ella confusión y la hace vivir desde lo exterior. El hombre sin silencio y sosiego interior corre el riesgo de vivir dirigido desde fuera. Se convierte en un ser vulnerable al que falta consistencia interior y profundidad. Cualquier acontecimiento negativo puede hacerle perder estabilidad.

 

Por otra parte, al hombre ruidoso se le hace difícil el encuentro con Dios. Pierde el contacto con su núcleo interior, no acierta a escuchar con claridad la voz de su conciencia ni su anhelo de infinito, su religiosidad se hace cada vez más superficial. El problema de no pocas personas indiferentes y desencantadas de Dios es un problema de ruido interior.

 

El silencio es imprescindible si la persona quiere vivir con cierta hondura. El sosiego interior le ayuda a encontrarse consigo misma y escuchar sus verdaderos deseos. Un cuerpo relajado, una mente serena, un espíritu pacificado ayudan a curarse de muchos problemas pues permiten enfrentarse a ellos con más fuerza interior. El silencio, la atención a nuestro mundo interior y la meditación abren el acceso a todo lo más humano.

 

La fe en Jesucristo es posible cuando, de alguna manera, se escucha su voz, aunque sea de manera casi imperceptible. En el cuarto evangelio se recogen estas palabras de Jesús: «Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida». Sin embargo, cuando se vive lleno de ruido, es difícil escuchar esa voz. ¿QUIERES MARCHARTE?

 

¿También vosotros queréis marcharos?

 

El mundo en que vivimos no puede ser considerado como cristiano. Las nuevas generaciones no aceptan fácilmente la visión de la vida que se transmitía de padres a hijos por vía de autoridad. Las ideas y directrices que predominan en la cultura moderna se alejan mucho de la inspiración cristiana. Vivimos en una época «poscristiana».

 

Esto significa que la fe ya no es «algo evidente y natural». Lo cristiano está sometido a un examen crítico cada vez más implacable. Son muchos los que en este contexto se sienten sacudidos por la duda y bastantes los que, dejándose llevar por las corrientes del momento, lo abandonan todo.

 

Una fe combatida desde tantos frentes no puede ser vivida como hace unos años. El creyente no puede ya apoyarse en la cultura ambiental ni en las instituciones. La fe va a depender cada vez más de la decisión personal de cada uno. Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo. En el futuro, el cristianismo será fruto de una opción libre y responsable. Este es el dato, tal vez, más decisivo en el momento religioso que vive hoy Europa: se está pasando de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección.

 

Ahora bien, el hombre moderno necesita apoyarse en algún tipo de experiencia positiva para tomar una decisión tan importante. La experiencia se está convirtiendo en una especie de patente de autenticidad y en factor fundamental para decidir la orientación de la propia vida. Esto significa que, en el futuro, la experiencia religiosa será cada vez más importante para fundamentar la fe. Será creyente aquel que experimente que Dios le hace bien y que Jesucristo le ayuda a vivir.

 

El relato evangélico de Juan resulta hoy más significativo que nunca. En un determinado momento, muchos discípulos de Jesús dudan y se echan atrás. Entonces Jesús dice a los Doce: « ¿También vosotros queréis marcharos?» Simón Pedro le contesta en nombre de todos desde una experiencia básica: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos». Muchos se mueven hoy en un estado intermedio entre un cristianismo tradicional y un proceso de descristianización. No es bueno vivir en la ambigüedad. Es necesario tomar una decisión fundamentada en la propia experiencia. Muchos abandonan lo religioso pues piensan que les irá mejor. Y tú, ¿también quieres marcharte?

 

 

FE CREATIVA

 

Señor, ¿a quién vamos a acudir?

 

Hay muchas formas de vivir la fe. Para algunos, todo se reduce a cumplir unas obligaciones religiosas, siguiendo normas u orientaciones que provienen de otros. Su fe consiste en ir repitiendo un determinado comportamiento religioso a lo largo de toda la vida. Nunca aprenden nuevas formas de orar. Nunca han leído personalmente el evangelio. Nunca se han preocupado de ahondar en su fe. Pasan los años y siguen alimentando su relación con Dios mediante esquemas aprendidos en la infancia.

 

Este tipo de fe es fruto de una educación religiosa que insistía más en la obediencia que en la responsabilidad, en la observancia más que en la creatividad, en la ley más que en la escucha interior a Dios. Este cristianismo no es «obediencia a la verdad» —así define san Pablo la fe—, sino obediencia a la tradición y a las personas revestidas de autoridad religiosa.

 

Esta fe no ayuda a crecer ni a profundizar. Tampoco despierta la creatividad de la persona. En esta fe falta alegría, deseo de Dios, amor a la vida. El individuo se limita a «cumplir sus obligaciones religiosas». Convertida en algo superfluo, no será difícil un día prescindir de ella sin sentir vacío alguno.

 

La verdadera fe es otra cosa. El creyente vive una especie de «aventura personal» con Dios. Su fe se va transformando y enriqueciendo a lo largo de los años. Aprende a situarse ante el misterio de Dios con una confianza y humildad siempre nuevas. Descubre caminos antes desconocidos para invocar su gracia y saborear su bondad insondable. Cada vez entiende mejor lo que puede significar la promesa de Dios: «Yo os daré un corazón nuevo y pondré dentro de vosotros un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne» (Ezequiel 36, 26).

 

Es cierto que también el creyente puede atravesar toda clase de crisis y de oscuridad, y vivir largos años de rutina y mediocridad. Pero siempre es posible «renacer». El relato de Juan nos recuerda una fuerte crisis de fe entre los discípulos de Jesús. Algunos vacilan, pues su modo de hablar les parece «inaceptable». Otros se echan para atrás y lo abandonan. Entonces Jesús se dirige directamente a los Doce. « También vosotros queréis marcharos?» Con su habitual sinceridad, Pedro le contesta: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos» (Juan 6, 68-69).

 

La crisis de fe puede conducir a captar mejor su importancia. Los Doce descubren que, si abandonan a Cristo, no tendrían a quién acudir, pues no encontrarían en ningún otro «palabras de vida eterna».

 

 

EN LENGUAJE HUMANO

 

Tú tienes palabras de vida eterna.

 

La Biblia puede ser leída desde perspectivas e intereses muy diferentes. El creyente, por su parte, busca en ella la Palabra de Dios, pues considera que, a través de sus páginas y de la historia que en ellas se recoge, el misterio de Dios se nos manifiesta de forma decisiva. Pero hay muchas maneras de leer la Biblia, y no siempre ayudan a escuchar la Palabra de Dios.

 

Hay algunos que leen la Biblia desde una actitud fundamentalista y arcaizante. Piensan que el texto es claro y evidente. Basta, por tanto, interpretarlo al pie de la letra, sin tener en cuenta la distancia cultural que nos separa de los autores bíblicos y sin escuchar las aportaciones de la exégesis científica. Por este camino, es fácil llegar a interpretaciones que no tienen nada que ver con el sentido original del texto.

 

Otros consideran que la Biblia es una especie de depósito de verdades de donde se puede extraer en cada momento lo que más conviene para probar una doctrina u otra. Esta manera de leer los textos, aislándolos de su propio contexto vital, puede llevar a deformar gravemente el mensaje que en realidad encierran.

 

Hay también quienes leen la Biblia partiendo de la realidad de hoy para encontrar en el texto bíblico una luz orientadora. Este procedimiento es legítimo, pero tiene el riesgo de caer en la subjetividad para buscar en la Biblia las recetas que interesan.

 

Como se puede ver, acercarse a la Biblia de forma correcta no es sencillo, pero, en cualquier caso, hay que tener en cuenta un principio que ha sido establecido de manera clara por el Concilio Vaticano II: «Dios habla en la Escritura por medio de seres humanos y en lenguaje humano; por tanto, el intérprete de la Escritura, para conocer lo que Dios quiso comunicarnos, debe estudiar con atención lo que los autores querían decir y lo que

Dios quería dar a conocer con dichas palabras.»

 

No hemos de olvidar que Dios, habla siempre a través del lenguaje humano de Jeremías o Isaías, de san Marcos o san Lucas. Y, por tanto, lo primero que se ha de hacer es conocer bien lo que ellos han querido decir, acudiendo para ello a los procedimientos necesarios para entender su cultura, el contexto vital en que escribieron o los géneros literarios que emplean.

 

Solo entonces podremos escuchar, encarnada en ese lenguaje humano, la Palabra de Dios que hemos de actualizar hoy para iluminar nuestra vida, orientar nuestra conducta o reafirmar nuestra esperanza. Para escuchar a Dios no bastan, sin embargo, los métodos exegéticos. Es necesario, además, abrirse a su Palabra con corazón limpio, fe humilde y una docilidad grande. Esa actitud de Simón Pedro ante Jesús: «Señor ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna.»

 

 

VIVIR LAS DUDAS CON SINCERIDAD

 

¿También vosotros queréis marcharos?

 

No pocos cristianos sienten hoy brotar en su interior dudas, no sobre tal o cual punto particular del mensaje de Cristo, sino sobre la totalidad de la fe cristiana.

 

Lo que les preocupa no son los dogmas sino algo más fundamental y previo: ¿Por qué he de orientar mi vida siguiendo las fórmulas ingenuas de Cristo que encuentro en unos documentos tan arcaicos y, al parecer, tan legendarios? ¿Por qué mi anhelo por la vida, el placer y la libertad han de subordinarse a una moral rigurosa y casi imposible?

 

Muchas veces, sin formularlo de manera precisa, experimentan en su interior una división profunda: “Quisiera creer pero me siento incapaz de adherirme con sinceridad total al cristianismo”. “Siento que no puedo o no debo abandonar mi fe cristiana pero, al mismo tiempo, me encuentro cada vez más lejano y extraño a todo eso”.

 

Es fácil entonces sentirse culpable de algo, sin saber con seguridad de qué: ¿Qué me ha pasado? ¿Qué he hecho a lo largo de los años para llegar a esta situación? Es posible, ciertamente, que haya una parte de responsabilidad en todo ello, pero ahora lo importante es vivir esa experiencia de duda religiosa de manera positiva.

 

Esa duda y falta de certeza interior puede ser precisamente una ocasión para superar la inmovilidad y la rutina, para liberarse de una religión excesivamente infantil y para descubrir a Jesucristo de manera nueva.

 

Quizás, por vez primera, descubro que soy libre para creer o no creer. Ciertamente, es más cómodo no plantearse cuestión alguna y vivir tranquilo, pero es más digno enfrentarme a mi propia libertad y saber por qué abandono la fe o por qué me comprometo a seguir a Cristo.

 

Si sigo buscando la verdad, pronto sentiré que no soy yo sólo el que hago preguntas. Ahora es el mismo Cristo el que me interpela a mí: “¿También tú quieres marcharte?”. Y uno se ve obligado a introducir nuevas cuestiones en su planteamiento: ¿Por qué me resisto a reorientar mi vida y reorganizarlo todo desde la llamada de Cristo? ¿Puedo responder sinceramente por qué?

 

Tarde o temprano llega el momento de tomar una decisión: o bien pongo a Cristo en el mismo plano que a otras grandes figuras de la humanidad o bien me decido a experimentar personalmente qué hay de único en su persona y su mensaje.

 

Lo importante es la sinceridad del corazón. No hay que fiarse de las certidumbres y seguridades del pasado ni desanimarse cuando comienzan las dudas. La verdadera fe no está en nuestras explicaciones bien fundadas ni en nuestras dudas, sino en la sinceridad del corazón que busca a Dios.

 

Cuando uno busca con sinceridad, tal vez no encuentre respuesta inmediata a todos sus interrogantes, pero es fácil que sienta en el fondo de su corazón lo mismo que Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

 

FALSIFICACION

 

El espíritu es quien da vida.

La carne no sirve de nada.

 

En pocas parcelas de la vida contemporánea se puede percibir hoy más engaño y falsificación que en el ámbito del sexo.

 

Constantemente se alardea en nuestra sociedad de “liberación sexual” pero, cuando uno observa a esas personas presuntamente “liberadas”, se encuentra con frecuencia con hombres y mujeres sin apenas libertad interior ni capacidad para superar un estadio muy superficial de relaciones interpersonales.

 

Se habla de la sexualidad como «forma profunda de expresión y comunicación” pero, cuando se vive el sexo en relaciones breves, epidérmicas y cambiantes, con diferentes “partenaires”, es muy poco lo que las personas pueden en realidad comunicarse.

 

Se proclama la revalorización del cuerpo y el descubrimiento de la dimensión erótica de la vida pero se cae luego en una «genitalización» de las relaciones personales donde el sexo queda reducido a puro instinto.

 

¿Son experiencias eróticas liberadoras esos “encuentros genitales vividos sin ternura, sin comunicación honda, sin verdadera responsabilidad por el otro, donde el sexo se convierte en instrumento de satisfacción personal desvinculado de todo lo que puede ser amor y afecto?

 

Se defiende “el amor libre” pero, ¿es realmente amor ese juego sexual donde no hay preocupación por el otro, solicitud y fidelidad? ¿Qué queda de amor verdadero en esos “ligues” y esas fugaces aventuras sexuales?

 

¿Estamos asistiendo a una revalorización del sexo o a su trivialización y banalización más lamentables? ¿Es realmente liberadora la actual permisividad sexual o se está convirtiendo el sexo en “el nuevo opio” del hombre contemporáneo?

 

No son fáciles de entender en este clima social las palabras de Jesús: “El espíritu es quien da la vida; la carne (sin espíritu) no sirve de nada”.

 

Sin embargo, quien ahonde en el contenido que encierran, no despreciará el cuerpo ni el sexo ni lo erótico, pero comprenderá que sólo son fuente de vida, de liberación verdadera y de crecimiento cuando están vivificados por el espíritu y el amor.

 

Las recetas para el amor y las técnicas del placer sirven de muy poco cuando las personas están vacías interiormente y no saben amar desde lo hondo de su ser.

 

 

¿A QUIEN ACUDIREMOS?

 

Tú tienes palabras de vida eterna.

 

Quien se acerca a Jesús tiene, con frecuencia, la impresión de encontrarse con alguien extrañamente actual y más presente a nuestros problemas de hoy que muchos de nuestros contemporáneos.

 

Hay gestos y palabras de Jesús que nos impactan todavía hoy porque tocan el nervio de nuestros problemas y preocupaciones más vitales.

 

Son gestos y palabras que se resisten al paso de los tiempos y al cambio de ideologías. Los siglos transcurridos no han amortiguado la fuerza y la vida que encierran, a poco que estemos atentos y abramos sinceramente nuestro corazón.

 

Sin embargo, son muchos los hombres y mujeres que no logran encontrarse con su evangelio. No han tenido nunca la suerte de escuchar con sencillez y directamente sus palabras. Su mensaje les ha llegado desfigurado por demasiadas capas de doctrinas, fórmulas, conceptualizaciones y discursos interesados.

 

A lo largo de veinte siglos es mucho el polvo que inevitablemente se ha ido acumulando sobre su persona, su actuación y su mensaje. Un cristianismo lleno de buenas intenciones y fervores venerables ha impedido, a veces, a muchos cristianos sencillos encontrarse con la frescura llena de vida de aquel que perdonaba a las prostitutas, abrazaba a los niños, lloraba con los amigos, contagiaba esperanza e invitaba a los hombres a vivir con la libertad y el amor de los hijos de Dios.

 

Cuántos hombres y mujeres han tenido que escuchar las disquisiciones de moralistas bien intencionados y las exposiciones de predicadores ilustrados, sin lograr encontrarse con El.

 

No nos ha de extrañar la interpelación de J. Onimus: « ¿ Por qué vas a ser tú propiedad privada de predicadores, doctores y de algunos eruditos, tú que has dicho cosas tan simples, tan directas, palabras que siguen siendo palabras de vida para todos los hombres?».

 

Sin duda, uno de los mayores servicios que podemos realizar en la Iglesia actual es poner la persona y el mensaje de Jesús al alcance de los hombres y mujeres de nuestros días. Ayudarles a abrirse camino hacia él. Acercarle a su mensaje.

 

Muchos cristianos que se han ido alejando estos años de la

Iglesia, quizás, porque no siempre han encontrado en ella a

Jesucristo, sentirían de nuevo aquello expresado un día por Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos».

 

 

BASTA DE PALABRERIA

 

Tú tienes palabras de vida eterna.

 

Nunca se ha hablado tanto como en nuestra época. Una avalancha imponente de palabras, voces, imágenes e informaciones caen sobre nosotros constantemente.

 

Desde primeras horas de la mañana, las radios martillean nuestros oídos con las noticias, discursos y comunicados de última hora.

 

Basta apretar el botón del televisor, y una oleada de imágenes, anuncios, informes y noticiarios invaden la tranquilidad de nuestro hogar. El hombre se ha convertido en una especie de pequeño radar impactado constantemente por palabras e imágenes que le llegan de todo el mundo.

 

Quizás por esto mismo, acostumbrados a tantas voces y ruidos, se ha extendido entre nosotros lo que alguien ha llamado «el horror al silencio».

 

No sabemos convivir en silencio. No sabemos estar juntos y callados. Todo el mundo quiere hablar, aunque, en realidad, son pocos los que tienen algo que decir.

 

Y, cuando alguna vez se hace silencio en nuestras reuniones o en nuestra conversación, todos nos apresuramos a llenarlo rápidamente con nuestra palabra. Y así nuestra convivencia se va llenando de palabras vacías, inútiles y superficiales.

 

Esta «inflación de la palabra» ha penetrado también en nuestra Iglesia. Hoy los cristianos hablamos y escribimos mucho. Quizás más que nunca. Pero lo que mucha gente percibe en nosotros, no son palabras «llenas de espíritu y vida», sino palabras vacías.

 

En la mayoría de los casos, no es que los hombres nos acusen de estar mintiendo. Lo que los hombres quieren saber es si, al menos, para nosotros, nuestras palabras significan algo.

 

La palabra de Jesús era diferente. Una palabra creíble, llena de vida, verdad y transparencia. Palabra nacida desde su mismo ser.

Palabra que brotaba de su amor apasionado al Padre y a los hombres. Uno entiende la reacción espontánea de Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna».

 

Cómo necesitamos los hombres de hoy esa palabra de Jesús capaz de dar un vigor y una fuerza nueva a nuestra vida. Y cómo necesitamos de creyentes que nos hablen, como Jesús, con palabras donde se transparente su experiencia, su fe, su amor.

 

Basta ya de palabrería. No hablemos tanto, y hagamos algo ahora mismo. El que se deja transformar por el evangelio, comprende enseguida que toda su vida debe convertirse en palabra y anuncio de Jesucristo.

 

 

LEER CON FE

 

Cuando los primeros discípulos de Jesús se convencieron de que Dios lo había resucitado desautorizando a cuantos lo habían condenado, tomaron conciencia de que en la vida y el mensaje y de Jesús se encerraba algo único, confirmado por el mismo Dios.

 

Entonces sucedió un hecho singular y desconocido en toda la literatura universal. Los discípulos comenzaron a recoger las palabras que le habían escuchado a Jesús durante su vida terrestre, pero no como se recoge el testamento de un maestro muerto ya para siempre, sino como palabras de alguien que está vivo y sigue hablando ahora mismo a los que creen en él. Nació así un género literario nuevo y desconocido: los evangelios.

 

En las primeras comunidades cristianas se leía el evangelio no como palabras que dijo Jesús en otros tiempos en Galilea, sino como palabras que ahora mismo nos está diciendo el resucitado para iluminar nuestros problemas de hoy. Las escuchaban como palabras que son «espíritu y vida», «palabras de vida eterna», un mensaje que nos hace vivir en la verdad y nos da vida.

 

Un cristiano no confunde nunca el evangelio con ningún otro escrito. Cuan do se dispone a leer las palabras de Jesús sabe que no va a leer un libro, sino que va a escuchar a Cristo que le habla al corazón. El concilio Vaticano II quiso despertar de nuevo esta fe de los primeros cristianos proclamando solemnemente que «Cristo está presente en la Palabra pues es él mismo quien habla mientras se leen en la Iglesia las sagradas escrituras».

 

Hemos de aprender de nuevo el arte de leer los evangelios con esta fe. Aquel Jesús que, en Cafarnaum, le declaró a un paralítico: «Perdonados te son tus pecados. Vive siempre sostenido por la bondad y el perdón de Dios». Aquel Jesús que, a orillas del Tiberiades, llamó un día a Pedro con una sola palabra: «Sígueme», hoy, me está diciendo a mí: «Ten fe, no vivas perdido, sigue mis pasos».

 

Cuando los creyentes abrimos los evangelios, no estamos leyendo la biografía de un personaje difunto. No nos acercamos a Jesús como a algo acabado. Su vida no ha terminado con su muerte. Sus palabras no han quedado silenciadas para siempre. Jesús sigue vivo. Quien saber leer el Evangelio con fe, lo escucha en el fondo de su corazón. Nunca se sentirá sólo.

 

 

J. ALDAZÁBAL

 

* UN PROGRAMA DE VIDA MATRIMONIAL

Hoy terminamos de leer el capítulo 6 del evangelio de Juan, con el discurso del Pan de Vida. Terminamos también la carta a los Efesios. De esta segunda lectura, sobre todo en algunos ambientes, sería oportuno resumir los consejos que Pablo da a sus cristianos respecto al amor entre el marido y la mujer, de modo que los oigan no sólo cuando se celebra una boda, sino serenamente, en la misa dominical.

Las circunstancias sociales han cambiado ciertamente desde que escribió esto Pablo. Ahora es mucho más sensible la convicción de la igualdad entre hombre y mujer. En el nuevo Ritual del Matrimonio en castellano, allí donde se hace el rito de las "arras", hay un cambio significativo. Antes era el novio quien entregaba a la novia las monedas. Ahora son los dos los que se hacen mutuamente esta entrega: lo que hasta hora era "mío" o "tuyo", ahora es "de los dos".

Pero sigue siendo válida la base teológica que ha puesto Pablo:

a) la voluntad de Dios, según el libro del Génesis, de que hombre y mujer se unan formando una sola carne y una familia, y b) sobre todo, el punto de referencia de Cristo que ama a la Iglesia y la Iglesia que ama a Cristo. Buen modelo, exigente y estimulante, de un amor que es a la vez gozoso, sacrificado y serio, hecho de entrega y fidelidad.

* HAY QUE HACER UNA OPCIÓN

Pero, por el paralelo que tienen la primera lectura y el evangelio, se nota que el mensaje que hoy van a escuchar los cristianos de todo el mundo es la opción que hay que hacer ante Dios o ante la persona de Cristo.

Josué, el sucesor de Moisés, el que condujo al pueblo de Israel a la tierra prometida, les pone ante la gran disyuntiva: tienen que escoger entre servir a los dioses falsos de los pueblos vecinos dioses más permisivos en cuanto a la vida moral, pero falsos y sin vida- o servir a Yahvé, el Dios vivo que les ha liberado de Egipto y con el que han pactado una alianza exigente. Todo el pueblo responde que servirán al Dios verdadero. Aunque luego serían con frecuencia infieles a su promesa.

En el evangelio, como reacción al discurso de Jesús sobre el pan de la vida, se dividen las posturas. Bastantes de los que hasta entonces le seguían le abandonan. No se sabe bien si por la primera afirmación (hay que creer en Jesús para tener vida) o por la segunda (hay que comer su Carne y beber su sangre): ambas, desde luego, sorprendentes y "escandalosas" para los judíos.

(Esto nos puede servir, de paso, para recordar que nunca ha sido fácil seguir a Jesús. No es de ahora eso de que la comunidad "pierda unidades" y algunos dejen de practicar y pierdan la fe. Pero la Iglesia nunca se ha desanimado y sigue anunciando a Cristo Jesús y celebrando su Eucaristía).

Los discípulos más cercanos, liderados por Pedro, deciden seguir con él, aunque no entienden del todo el mensaje de Jesús: "¿A quién vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna".

* TAMBIÉN NOSOTROS HEMOS DE HACER UNA OPCIÓN

Nosotros hemos decidido, como Pedro, seguir fieles a Cristo Jesús. Porque intuimos que en él está la verdadera salvación y la felicidad auténtica. Aunque tampoco nosotros entendamos siempre todo, ni dejemos de tener dificultades en nuestro camino de fe.

La fe es un misterio. Es don de Dios y respuesta nuestra. Esta respuesta se complica muchas veces por el ambiente que nos rodea. O por nuestra debilidad. Porque detrás del creer o no en Cristo, detrás de aceptar o no su evangelio, está el aceptar lo que nos dice: y el estilo de vida de Jesús es exigente y va muchas veces contra nuestro egoísmo o nuestra comodidad o las seducciones que nos rodean. Los valores evangélicos no son exactamente los que aplaude el mundo de hoy. Ni coincide la lista de bienaventuranzas de Jesús con las que escuchamos en torno nuestro.

A los momentos de oración o de celebración eucarística, que no son difíciles, y además nos proporcionan consuelo y paz, les siguen otros de práctica diaria, en la familia y en el trabajo, en- la esfera personal y en la comunitaria. Momentos en que resulta más cuesta arriba seguir el estilo de pida de Jesús: servicialidad, perdón de las ofensas, valores espirituales, conversión... Y eso durante toda la vida, porque la fe no es un hecho momentáneo, sino un largo camino, como la amistad, o el amor, o la vocación.

Se trata de seguir creyendo en Jesús, no sólo porque siempre lo hemos hecho así, o así nos lo han enseñado, sino por convicción y decisión personal. Por eso somos fieles a la Eucaristía dominical: para no perder contacto con nuestro Maestro, para seguirnos alimentando de su vida, para renovar nuestras raíces cristianas y eclesiales y refrescar los criterios cristianos de vida, en medio de la ventolera que tal vez experimentamos en el mundo de hoy.

 

JOSÉ LLIGADAS

 

-NUESTRA ASAMBLEA DE SIQUEN

La primera lectura de hoy es muy sugestiva, y valdrá la pena explicar su origen y su situación y sacar consecuencias. Cuando las doce tribus llegan a la tierra prometida, Josué las convoca para sellar un pacto de fidelidad al Señor. Podemos recordar aquí el largo camino por el desierto, tantas dificultades que ahora llegan a término. Ahora es un momento decisivo. Y en este momento decisivo hay que escoger: el Dios que ha conducido a Israel (con todo lo que eso también implica de estilo de vida liberado y liberador), o los dioses antiguos y los dioses de los pueblos vecinos. Tres aspectos resultan especialmente significativos:

1.          Es una decisión. Y una decisión nada fácil, que el mismo Josué presenta de manera polémica e incluso desafiante. Nuestra voluntad de seguimiento de Jesús también es una decisión, y no algo que vamos arrastrando sin planteárnoslo nunca (¡Y sin que, en consecuencia, nos implique nunca nada!)

2.          La decisión se toma por un convencimiento experiencial profundo. Los motivos que el pueblo da para seguir al Señor no son motivos teóricos: es la experiencia, la liberación vivida, toda una historia que hace inimaginable ninguna otra posibilidad que no sea esta de seguir al Señor. La última frase es maravillosa: "También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!". El motivo es éste: él "es nuestro Dios". También el seguimiento de Jesús funciona así. Es la gran síntesis de Pedro: "¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna".

3.          La asamblea es el lugar de la decisión. La decisión de seguir al Señor no es una decisión individual, sino una decisión que se plantea colectivamente, en asamblea. La asamblea es el lugar en donde se afirma y se renueva esta voluntad de seguimiento. Y eso nos ha de interpelar a nosotros. Nosotros tampoco somos cristianos individualmente, como si fuera una cuestión de línea directa entre cada uno y Dios. Nuestra asamblea eucarística de cada domingo es el lugar donde se hace visible y real esta característica básica del ser cristiano, la comunitariedad. Y la Eucaristía tiene que ser un lugar donde reafirmar y renovar, cada domingo, la adhesión al Señor.

- ¿DONDE ESTA LO INACEPTABLE?

El evangelio de hoy concluye esta serie de cinco domingos de Juan. Y la concluye, como la primera lectura, con una exigencia de decisión.

Lo inaceptable para los seguidores de Jesús (¡son los seguidores los que se escandalizan, no los de fuera del grupo!) no es, ciertamente, sólo una comprensión antropofágica del anuncio de la Eucaristía. Eso es más bien la excusa. Lo inaceptable es todo lo que pretende Jesús: por un lado, ser él, un hombre como los demás, el hijo de José, el único criterio de vida, el único camino a seguir si uno tiene ganas de "obrar como Dios quiere"; por otro, ser él -recordémoslo: un hombre- quien da vida, y vida eterna, e invita a unirse a él de una manera que supera toda unión humana y que llega incluso a la experiencia física del alimento.

Lo inaceptable, al fin y al cabo, es que Jesús lo pretende todo. Pretende que quien quiera llegar a Dios debe cambiar radicalmente su vida y asumir una vida entregada hasta la muerte por amor; y pretende ser él el objeto de fe, el depositario de la vida divina, quien puede hacer pasar a los hombres de la realidad débil y contingente de este mundo a una realidad definitiva, la realidad de Dios.

En el texto de hoy Jesús mismo muestra dónde está realmente el problema: el momento clave, en el que culminará todo lo que él ha querido decir, será el misterio pascual: cuando el Hijo del hombre "suba a donde estaba antes". Aquel será el gran momento de la decisión, el momento en que habrá incluso quien le traicionará y le llevará a la muerte.

La pregunta final de Jesús es la versión joánica de la confesión de Cesarea, pero con más dramatismo. En Cesarea Jesús constata que nadie comprende quién es él y pregunta a ver si los discípulos lo han comprendido. Ahora, aquí, la pregunta es si también los doce le abandonarán. Y la respuesta también es de Pedro, y con un toque fuertemente vivencial:  "¿A quién vamos a acudir?". Al hablar de la primera lectura ya dábamos algunas concreciones para la homilía. De todo cuanto llevamos dicho, la concreción más clara es hacernos la pregunta de si nosotros realmente asumimos todo lo que Jesús pretende, o si sólo asumimos una parte (¿el estilo de vida?, ¿el tenerlo como punto de referencia personal? ¿la fe en su salvación? ¿el don de la Eucaristía?), y si todo lo que él pretende forma de verdad parte inseparable de nuestra vida.

 

JOSÉ ALEGRE-ARAGÜES

 

Hoy, muchos de nuestros contemporáneos no creen, y su postura no responde, como hace algunos años, a un planteamiento teórico. Hoy, más bien, se prescinde de los planteamientos teóricos, que tanto han enfrentado a los hombres en tiempos recientes, y se afirman posturas personales que son meros enunciados, sin ánimo de entrar en discusión.

Desde los que no creen en nada ni nadie, los que creen "a su manera", los que reconocen que hay algo, pero no saben explicarlo, los que se consideran creyentes pero ajenos a la comunidad institucional de los creyentes, hasta los que creen en el Dios de su propia conciencia. Un gran número de personas prescinde del sentir comunitario que el Dios de la biblia comporta siempre, y se enclaustra en la propia individualidad cerrada para levantar en su intimidad el altar al Dios que le parece más oportuno.

-DEL ATEÍSMO A LA INCREENCIA 

El ateísmo beligerante de los años sesenta ha cambiado hacia un agnosticismo generalizado o hacia una indiferencia despreocupada que conserva pequeños reductos de relación con la divinidad, muy reducidos, expresados, incluso, con formas cristianas y carentes de preocupación y ambiente social. Ya no son solamente unos dioses distintos a la persona en quienes se deposita el sentido y la razón de la existencia: dinero, poder, bienestar. Ahora es el repliegue al individualismo, el propio yo convertido en revelador de su propio dios y en portavoz de unas mínimas exigencias muy acordes con el estilo de vida que cada uno lleva.

-LOS DIOSES DE LA VIDA 

Los dioses de la vida pequeña y cotidiana vuelven a reclamar su puesto entre nosotros para ayudarnos a explicar y conseguir el sentido apacible de todo lo que ocurre y para que los grandes acontecimientos no quebranten la tranquilidad de nuestro entorno más próximo. Exactamente igual que los dioses de las mitologías antiguas, expresadas en bellas composiciones literarias y creadas para afirmar la vida ya constituida de los pueblos, también ahora crea el hombre moderno sus propias imágenes de Dios para afirmar la vida propia frente al entorno hostil que parece ponerla en peligro. Una religiosidad así nace del miedo a que me arrebaten lo que ya poseo y significa una afirmación radical del hoy, tal como se encuentra, como valor absoluto, porque las cosas, si cambian, irán a peor y es mejor dejarlas como están.

-EL DIOS DE LA VIDA

La lectura del Evangelio plantea este mismo problema referido a los oyentes de Jesús.  Parece que algunos se habían sentido satisfechos con la experiencia de la comida milagrosa y fácil. No quieren dejar escapar la oportunidad de hacerse con alguien manejable que facilite su vida sin inquietarles demasiado.

Jesús reacciona afirmando las posibilidades de la vida basada en el Dios que une a todos en el compromiso y la preocupación de unos por otros, en el compartir las preocupaciones y las esperanzas, en el Dios que se hace compartir El mismo por todos para, todos unidos, compartir la vida.

-EL DIOS DE LA EUCARISTÍA

El Dios que Jesús nos manifiesta es el que hace surgir su imagen en el encuentro de los hombres entre sí, en la experiencia común y compartida de sentir a Dios dándose a sí mismo en los elementos que componen nuestro vivir cotidiano para posibilitar un vivir tan inmensamente más grande y mejor.

Pero esa imagen de Dios no surge de una comunidad acomplejada ni de una comunidad atenazada y temerosa. Lo que nos constituye en comunidad y nos capacita para mostrar la auténtica y atrayente imagen del Dios de Jesús es el sentirnos agradecidos a Quien ha hecho tanto por nuestra propia vida, nos ha hecho experimentar su salvación-liberación y ahora nos pide que colaboremos con El para hacer que otros participen de la experiencia salvadora. Es la certeza de sus posibilidades la que nos mueve a unirnos para manifestar que con Él la vida cambia, pero a mejor.

 

JOSEP M. GRANE Fe light 

-La hora de la decisión

El ambiente que respiramos no nos invita a hacer opciones radicales, a tomar decisiones que comprometan toda nuestra vida.

Vivimos inmersos en el reino del "light", de lo ligero y superficial, donde nada perturbe la tranquilidad del ir tirando.

También nuestra fe, claro está, se ve afectada por esa mediocridad. Ya nos va bien escuchar de tanto en tanto la Palabra de Dios, ya nos va bien ir a misa a rezar, mientras todo eso no nos provoque ningún susto y nos permita continuar viviendo en el confort. Por eso la llamada que hace Josué al pueblo de Israel para que tome una decisión de verdad nos puede parecer pasada de rosca, propia de gente primitiva, fanática e intolerante. Y es que las decisiones radicales pueden conducir, ciertamente, al fanatismo y a la intolerancia cuando no son fruto del amor, sino del afán de destacarse de los demás con la excusa que sólo nosotros poseemos la verdad. El pueblo de Israel escoge, decide, opta por aquel Dios que le ha mostrado su amor liberándolo de la esclavitud.

-Decidirnos por Cristo

También los seguidores de Jesús, aquellos que han asistido a la multiplicación de los panes y a la posterior explicación de aquel signo, se ven obligados a decidirse, a escoger.  Muchos deciden dejarlo correr todo: "Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?". Han pasado del intento de apoderarse de Jesús para hacerlo rey a abandonarlo por siempre.

Y es que fácilmente se comprende que venga un desconocido, un semi-dios, que hable de Dios con lenguajes misteriosos, que haga prodigios y que solucione nuestros problemas. 

Pero no se comprende, en cambio, que un hombre como nosotros hable de Dios con la naturalidad de un hijo, que haga llegar el pan para todos a partir del poco que tenemos y de la confianza en este Dios que llama Padre.

Se comprende fácilmente que hay que trabajar para ganar el pan, para tener dinero y, así, poder conseguir todo lo que uno desee.

Pero no se comprende que haya que trabajar para una comida que no se estropea y que da la vida eterna, es decir, trabajar para hacer posible un mundo más humano, un mundo de personas que dan la propia vida para que todos podamos vivir.

Se comprende fácilmente un Dios tapa-agujeros, símbolo e ideal de lo que querríamos ser y no podemos, un Dios blando al que hacemos decir lo que nos conviene y nos deja tranquilos. Pero no se comprende un Dios que se hace presente de una manera total, plena y definitiva en un hombre; ¡un hombre, además, que acabará abandonado de todos, colgado en una cruz por los defensores de Dios! No se comprende un Dios que ama tan profundamente a los hombres que nos quiere libres y responsables, para que seamos verdaderos hijos y no esclavos o marionetas.

Hemos de escoger. Hoy Jesús nos lo pide a nosotros: "¿También vosotros queréis marcharos"? Ojalá que respondamos como Pedro y que esta respuesta no sea la repetición de una fórmula aprendida, sino el resultado de una decisión personal que se nota en la manera de vivir. -No echemos balones fuera

La segunda lectura que hemos escuchado es de aquellas hoy difíciles de escuchar y, no digamos, de comentar. La tentación es hacerse el despistado, pasar de puntillas como si no hubiésemos leído nada. Pero, si la pasamos por alto con la excusa de que las mujeres os podríais enfadar, quizá lo único que conseguiremos será echar balones fuera.

Claro que Pablo parte de una relación hombre-mujer que hoy querríamos ya superada.  Pero lo hace para hablar de otra relación que a los cristianos de hoy nos tendría que continuar interesando: la relación entre Cristo y la Iglesia. Y, en esta relación, sí que continúa siendo verdad que Cristo es la cabeza y la Iglesia debe someterse a él como respuesta al amor hasta la muerte con el que Cristo nos ha amado.

¡Y eso sí que nos conviene! Nos conviene revisar si de verdad tenemos a Cristo como cabeza o no; si Cristo es la fuente primordial y el criterio último de todo lo que hacemos y dejamos de hacer, de lo que decimos y dejamos de decir los cristianos -la iglesia-, o bien si, cuando nos conviene, lo dejamos de lado y decimos aquello tan gracioso, pero tan trágico:  "Ahora dejemos el Evangelio y vayamos a la verdad".

Es hora de decidirnos. Hemos de escoger entre el seguimiento de Jesucristo y el seguimiento de otros mesías y salvadores. Hemos de reconocer a Cristo como cabeza única de la Iglesia y ponernos todos en el lugar que nos corresponde como miembros suyos. El continúa ofreciéndonos su amor extremado, continúa invitándonos a participar de su Vida y de su Amor que nos da como alimento.

Ojalá que le acojamos, deciéndole desde el fondo de nuestro corazón: "Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios". 

 

FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ

 

"Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?" El capítulo sexto de Juan termina narrándonos la crisis final del ministerio de Jesús en Galilea y el paso a una dedicación más plena al grupo de los doce fieles. Las exigencias propuestas por Jesús provocan una fuerte resistencia en los oyentes, que las consideran excesivas. No sólo porque el lenguaje de Jesús fuera difícil de entender, sino principalmente porque pedía a los suyos un corazón desprendido de todo y entregado al bien de la humanidad y a la pobreza en cada momento de la vida. Este era, en realidad, el lenguaje difícil y duro. Tan difícil como el del sermón de la montaña (Mt 5-7), tan duro como el silencioso y potente lenguaje de la cruz. Ante esta radicalidad, los oyentes prefieren -preferimos- defendernos de él. ¿No será esto una exageración?... Nosotros actuamos de la misma manera. Entendemos perfectamente las exigencias de Jesús, pero preferimos evadirnos de ellas. La piedra de tropiezo es que Jesús de Nazaret, cuya familia conocen, se presente como el modelo a seguir para alcanzar la verdadera vida, y que esta vida les pida un desprendimiento total, hasta la muerte. Preferían, como la mayoría de nosotros ahora, los grandes folclores y las ceremonias suntuosas. Son pocos, entonces y ahora, los que están dispuestos a aceptar esta exigencia de seguimiento.

El discurso de Cafarnaún, en sus dos partes, ha tratado de las condiciones necesarias para pertenecer a la comunidad mesiánica de Jesús: seguirle en la entrega al bien de los hombres hasta la muerte. Una comunidad que en ningún momento buscará la gloria y el poder humanos, una comunidad que renunciará a toda ambición. Es natural que ante estas exigencias queden pocos. Son más honrados que muchos cristianos y religiosos actuales: se van. Ahora preferimos quedarnos y fabricarnos un cristianismo a nuestra medida.

En esta reacción de los oyentes de Jesús nos deberíamos ver reflejados nosotros. ¿No es verdad que arrastramos mucha pereza y muy pocas ganas de esforzarnos por vivir de acuerdo con nuestra fe? Son muchas las cosas que hacemos mal cada día, y muchas más las que no hacemos y que deberíamos hacer, las que omitimos porque siempre la pereza y las pocas ganas han sido más difíciles de arreglar que los errores y los tropiezos. Somos muy conscientes de que vivimos de una forma que la mayoría de las veces no tiene ninguna posibilidad de animar a creer que llevamos dentro la fe de Jesús. Pensamos que ya estamos bien como estamos, que no conviene exagerar, que como ni matamos ni robamos -quizá sea mucho decir- y vamos a misa los domingos, ya hemos cumplido y que no nos compliquen más.

Sería ideal que nos diéramos cuenta que somos débiles y de horizontes cortos, que nuestra fe nos exige mucho más, e intentar trabajar en serio en nuestra vida para avanzar en el camino de fidelidad a Jesucristo. Jesús, aunque es consciente de la crisis que provoca con ello, no disminuye la dureza de sus exigencias. No tolera las rebajas. Sabe que si nos pide todo, le podremos dar mucho; y que si nos pide poco, no le daremos nada. ¿No lo atestigua nuestra devaluada pastoral de sacramentos?

Jesús nunca hace rebajas

"¿Esto os hace vacilar?" Jesús se da cuenta de la crisis y afronta decidido la situación. Rechazan su enseñanza porque consideran a la muerte como un final y un fracaso. No son conscientes de la calidad de vida que él les propone, que compensa seguirle. Lo esperan todo de un triunfo terreno. Jesús quiere convencerles que la muerte no significa ningún final, que no interrumpe la vida. Es precisamente la entrega de la vida actual hasta la muerte la que logra la vida en plenitud y para siempre. Su muerte será su gloria, por ser la expresión máxima del amor (Jn 15,13). "¿Y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?" Aumentaría el escándalo. De un escándalo menor se iría a otro mayor. Esta parece ser la conclusión que se deduce de las palabras de Jesús.

Juan escribe con ambigüedad intencionada. Habla del "Hijo del hombre", que volverá a "subir a donde estaba antes", porque Jesús no es un hombre cualquiera: es el Hijo del hombre, el hombre en plenitud, que comunica la vida por medio de su carne y de su sangre. El que a la luz de la fe comprenda esto no se escandalizará, sino que aceptará plenamente la palabra de Jesús, aunque no acabe de entender, como deja entrever Pedro en su respuesta un poco más adelante. Sabe que siempre tiene razón y que lo irá descubriendo en el camino del seguimiento. El escándalo se produce cuando no se reconoce quién es Jesús. Los que lo reconocen como el Hijo del hombre, como el modelo humano, van sabiendo por experiencia personal que es verdad lo que dice, que su modo de plantear la vida es el acertado. De lo único que no podemos tener experiencia es de la resurrección. "El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada". Nadie puede llegar a Jesús más que a través del espíritu. Solamente quien quiera situarse más allá de la "carne" -es decir, más allá del modo mundano de ver las cosas- y acepte la guía del espíritu será capaz de creer en Jesús y colocarse en la órbita de la vida.

El espíritu es vida y la comunica. La "carne" sola es débil, no puede superar la muerte. La "carne" sin espíritu también indica una pertenencia a la comunidad y una participación a la eucaristía puramente exteriores. Es el drama de tantos cristianos que se han quedado en las palabras y en el "siempre fue así", sin descubrir que el seguimiento de Jesús es otra cosa. "Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida". Jesús les quiere hacer ver que todo su doble discurso, en el que abundan las repeticiones, es una llamada a la superación de todo lo que hay de mortal y de precario en la existencia humana; es un discurso de vida, de resurrección. Sus palabras son espíritu y vida, que se comunican a aquellos que saben escuchar. ¿Escuchamos? ¿No son nuestras conversaciones y nuestros planes una huida de lo que la palabra revela? En toda verdad, libertad, amor..., hay espíritu. Al poseer el "Hijo del hombre" todas esas virtudes en plenitud, poseerá también en plenitud el Espíritu: el Hijo y el Espíritu serán una unidad. "Y con todo, algunos de vosotros no creen". Jesús no se hace ilusiones acerca de su comunidad. Sabe que existen resistencias y seguimientos puramente exteriores e interesados. Veía ya que Judas Iscariote, por preferir los valores del mundo, no asimilaba su mensaje. No solamente no cree el que rechaza sus palabras, sino también el que únicamente las acepta "carnalmente", sin llegar a captarlas como camino de vida. "Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí si el Padre no se lo concede". Es la cuarta vez que Jesús enuncia este principio, aunque de forma diferente, lo que nos indica la gran importancia que da a la actividad del Padre.

El Padre es el que nos invita a la plenitud de la vida, que se encuentra en Jesús. A esta invitación hemos de responder usando nuestra libertad. Podemos aceptar la invitación y vivir para los demás, o rechazarla encerrándonos en nuestro propio egoísmo. El término es el encuentro con Jesús que concede el Padre al que aceptó su invitación de amor. En ese encuentro se comunica el Espíritu.

El que se cierre al Espíritu, quedándose en la esfera de lo mundano, rechaza el don del Padre y no llegará nunca hasta Jesús. Es el caso de los discípulos que desertan y de los cristianos que pretenden compaginar a Jesús con los bienes materiales. Ambos grupos aceptarían fácilmente la concepción triunfal del mesías-rey, como pretendían sus oyentes.

El don del Padre nos hace vivir en comunión con el cuerpo y la sangre entregados de Jesús, entregados a los hombres, nuestros hermanos. El don del Padre no es un toque semimágico; es una íntima e iluminada comunión con la palabra de Jesús, es cierta experiencia interior en medio de la oscuridad... Esto necesita horas de plegaria, de reflexión, de silencio, de lucha por la justicia y la libertad, de mirada a la vida cotidiana y al evangelio. Esta es la obra del Padre en nosotros. Tan humana que no nos libera de la reflexión y del esfuerzo, y tan divina que hace

posible dar un paso tan absurdo aparentemente, pero que es en realidad el más noble y gozosamente humano.

Se van la mayoría

"Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él". A pesar de su explicación, la mayor parte de sus discípulos lo abandonan definitivamente. El programa, que exige renunciar a toda ambición personal y asumir la responsabilidad propia del hombre libre en el amor sin límites, provoca el rechazo de la mayoría. Una mayoría que le admiraba y le veneraba, y que ahora se niega a seguir con él por encontrar desorbitada su exigencia. Buscaban en Jesús otra cosa. El escándalo de los que se van es muy sensato: realmente es difícil de entender que un hombre se presente como aquel que es la vida y que pretenda que esta vida se encuentra viviendo en total comunión con él. Parece que estas palabras están reflejando problemas existentes en la comunidad de Juan. Y crearían una crisis definitiva en los cristianos si fuéramos capaces de tomárnoslas en serio. Quizá no nos escandalizamos porque marginamos las exigencias de Jesús.

La crisis llega hasta el mismo círculo de sus íntimos. Con ello indican que estaban con él, pero no eran de los suyos, porque juzgaban los acontecimientos desde sus propias conveniencias.

El escándalo de Cafarnaún es, en definitiva, el escándalo de la cruz. El camino de Dios nunca es el camino de los hombres. Dios no ofrece garantías de éxito humano ni promete puestos de influencia. Por eso no es extraño que aquella gente pensara que por aquel camino no llegarían a ninguna parte, que todo aquello era muy poco de fiar. ¡Y en la cruz quedó mucho más claro que todo aquello era muy poco de fiar...! Preferimos que una imagen de la Virgen llore, o se aparezca, o haga señales extraordinarias... para mover excursiones y negocios y no comprometernos a nada personal. ¿Quién de nosotros no ha experimentado a lo largo de su vida momentos de desesperación, de miedo, de angustia? ¿Quién no ha tenido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida y las exigencias de la fe? Solamente la fe en Jesús nos capacita para esperar contra toda esperanza.

"Tú tienes palabras de vida eterna"

"¿También vosotros queréis marcharos?" Ante las defecciones, Jesús se dirige a los Doce y les pregunta cuál es su opción; no acepta componendas. Quiere saber si aún queda alguien con ganas de emprender el camino que él ha venido a trazar. Les pide que manifiesten claramente su postura: si quieren abandonarlo o si aceptan seguir su camino tal como lo ha dado a conocer. Los exhorta a optar libre y radicalmente. Está dispuesto a quedarse sin discípulos antes que renunciar a su línea. No acepta un seguimiento a medias. Para él no existe salvación-liberación para la humanidad, no hay posibilidad de lograr la plenitud humana fuera del programa que les ha expuesto: el de la propia entrega por amor. Todos los demás caminos, por brillantes que parezcan, dejan al hombre en la mediocridad y terminan en el fracaso, terminan en la muerte. Lo que el hombre cree que es vida acaba en la muerte; su camino, que parece de muerte, es el único que lleva a la vida para siempre. "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios". Es la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús. Lo hace en plural, en nombre de todos. Los Doce comprenden que fuera de Jesús no hay esperanza, que sin él van al fracaso.

Es la reacción positiva al programa de Jesús, descrita de modo magistral. No es una respuesta triunfal y segura de sí misma; en ella existe la duda, la conciencia de la propia debilidad y, a la vez, la opción a favor de Jesús. ¿Cómo no dudar, si de verdad es más feliz el que da que el que posee o recibe? ¿No será un gran engaño ser fiel al amor y al perdón sin buscar el propio interés? ¿No será un idealismo ingenuo y ridículo esto de no estar atado a nada, de buscar la justicia, de no prestarse a corrupciones, de rechazar el escalafón?... La actitud positiva ante Jesús consiste en lanzarse en su seguimiento fiándose de su palabra, a pesar de todo, superando la dolorosa sensación de estar viviendo según unos criterios socialmente poco valorados, poco comprensibles e, incluso, ridiculizados. Pero unos criterios que, cuando se van experimentando, se descubre que están llenos de vida. La única garantía que tenemos en el seguimiento de Jesús no es visible: "Señor, ¿a quién vamos a acudir?" Palabras importantísimas de Pedro que definen lo que es ser cristiano. No es una respuesta basada en la seguridad de verlo todo claro. Es una respuesta que supone el reconocer algo muy profundo, muy interior. Como si dijera: si no siguiéramos contigo, ya no sabríamos qué hacer. El ir siguiendo a Jesús se les ha convertido en carne y sangre de su vida, en el nervio de lo que ellos son. Es verdad que eres exigente, que a menudo tienes pretensiones absurdas, que no te limitas a pedirnos mucho porque lo quieres todo, que eres difícil de contentar... A pesar de todo nos quedamos, porque sin ti nuestra vida carecería de sentido.

Pedro encuentra en Jesús aquello que no hallaba en ningún otro, y apuesta por él, aunque no lo entienda del todo, aunque no pueda asegurar su absoluta coherencia. Su fe -fe ejemplar- es oscura, intuitiva, visceral; es la fe del hombre que busca apasionadamente y cree en Jesús porque sólo él es el camino de vida para siempre, la perla y el tesoro escondido (Mt 13,44-46). El núcleo de su fe es la adhesión al hombre Jesús. Una adhesión a la que le basta saber que Jesús ha dicho algo para responder "amén" sin dudar, y ponerlo en práctica porque sabe que siempre tiene razón. ¿Es algo así Jesús en nuestra vida? Si nos faltara, ¿sabríamos qué hacer? ¿Vivimos bien sin él? ¿Montamos nuestra vida desde él o con los criterios del mundo: tener, poder, subir, dominar...? ¿Es Jesús quien mueve nuestro quehacer de cada día o son más bien los criterios del dinero, del negocio, del egoísmo, de la comodidad... los que lo mueven? "Tú tienes palabras de vida eterna". No siguen a Jesús movidos por un deber, o por miedo, o por asegurarse la recompensa, o por rutina... Lo quieren seguir porque han descubierto en él el camino de la vida para siempre. Dejarle significaría abandonar lo único que merece la pena de verdad. A través de Pedro se está expresando la experiencia de la comunidad de Juan. Toda la escena está interpretada desde la comunidad cristiana primitiva.

Si nosotros buscáramos el porqué de nuestro seguimiento de

Jesús, seguramente tampoco podríamos decir gran cosa más que Pedro: por diversos caminos, cada uno de nosotros hemos intuido la vida eterna que se encontraba en Jesús, que todas las demás palabras eran pequeños o grandes pasos hacia la plenitud, valiosos de verdad, pero pasos solamente, nunca la plenitud total. Y por eso lo seguimos. "Si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados" (I Cor 15,19). "Nosotros creemos". En Jesús han ido descubriendo aquella realidad misteriosa y nunca conocida por el hombre que llamamos Dios. Han creído como un hecho radicalmente importante para ellos que, de alguna manera, ha cambiado sus vidas. Es algo que sienten, que viven, algo a lo que no pueden renunciar. Sencillamente: han creído, lo que implica todo un estilo de vivir, de pensar y de hacer. Un vivir que exige la lentitud de las horas aparentemente perdidas: el sacramento central del cristianismo es un banquete, una hora "perdida" de reflexión, charla familiar y comida en la que planteamos nuestra actuación cristiana y humana.

Creer no es fácil. En ocasiones todo se nos oscurece y nos parece absurdo. Todo lo que nos rodea nos sugiere criterios, valores, modos de interpretar los acontecimientos completamente diversos del evangelio. Cuando se cree, se acepta la fe contra toda evidencia. Ante las dificultades de la fe muchos se echan atrás, sobre todo cuando la fe se va profundizando y nos plantea opciones que no estamos dispuestos a aceptar. La fe supone una elección y una decisión apoyadas en la elección que Dios ha hecho antes de nosotros. La fe nos ayuda a descubrir la verdad del mundo y del hombre, cuya profundidad es Dios mismo revelándose en comunión con todo. La fe es un poder ser hombre con la ayuda del Padre, es aceptar que Dios viene a salvar nuestra débil situación carnal. Creer, en síntesis, es aceptar el amor que Dios nos tiene. "Y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios". Es una confesión clara de fe. Afirma que Jesús posee la plenitud del Espíritu. Es una expresión mesiánica que excluye lo político y temporal que los discípulos se habían imaginado.

Pedro ha respondido en plural, expresando no sólo la decisión del grupo de los Doce, sino reflejando también la opción que toda comunidad cristiana debe hacer en favor de Jesús. Unas palabras que deberían provocar una decidida respuesta a favor de Jesús en cada uno de nosotros, palabras que deberían ser como el norte de toda nuestra vida cristiana. Jesús responde a Pedro indicándole la traición de uno de ellos. Para él no son las palabras la medida de la fidelidad, sino las obras. Para ser verdadero discípulo no es suficiente con aceptar las ideas: hay que llevarlas a la práctica. Tampoco basta el hecho de haber sido elegido por él: su elección no fuerza la libertad del individuo ni del grupo, ni el seguimiento del grupo es garantía de la adhesión personal de cada miembro. Cada uno es responsable de sí mismo.

Con esta nota pesimista termina el episodio de los panes. Se ha producido la crisis galilea y se ha resuelto con el abandono de la mayoría de seguidores. Su enseñanza de amor hasta el don total ha provocado la deserción de muchos. Y todavía no han terminado los desengaños: "Uno de los Doce le iba a entregar".

 

LA VIDA EN PLENITUD QUE OFRECE JESÚS ES LA META HUMANA

Fray Marcos

 

Estamos en el final del cap. 6 del evangelio de Jn. Llega la hora del desenlace. La disyuntiva es clara: o acceder a la verdadera Vida, o permanecer enredados en la pura materialidad. Recordar lo que decíamos el primer día: no tomar ninguna decisión es mantener el camino fácil del hedonismo, en el que estamos. ¿Qué resultado tuvo la oferta de Jesús?

Este modo de hablar es inaceptable. ¿Quién puede hacerle caso? Son inaceptables estas palabras, para ellos y para nosotros. Van en contra de toda lógica, pues contradicen nuestras apetencias más íntimas. Quieren llevarnos más allá de lo razonable. Todo aquel que se deje guiar por el sentido común, se “escandalizará”. Lo que nos pide Jesús es salir del egoísmo y entregarse a los demás. ¡Qué disparate! Desde el punto de vista religioso, se trata de sustituir a Dios por el hombre. ¿Cómo podemos dejar de servir a Dios para dedicarnos a los demás?  ¿No es el primer deber de todo ser humano dar “gloria” a Dios?

La incapacidad de comprender es consecuencia del afán de entender desde la carne. Y ojo, que no se trata de despreciar y machacar la carne. Entendido de esa manera maniquea, tampoco tiene ninguna salida el mensaje de Jesús. Se trata de descubrir que el verdadero sentido de la vida fisiológica y terrena, para un ser humano, el verdadero sentido de la carne, está en la trascendencia; es decir, desplegar las posibilidades más sublimes que el ser humano tiene de crecer y ser más que simple biología. La vida terrena, caduca, transitoria no puede ser meta para el hombre. La meta es deshacerse en la entrega total.

El espíritu es el que da vida, la carne no sirve para nada. Este versículo es clave para entender todo el capítulo. Aquí, carne y espíritu no se refieren a dos realidades concretas y opuestas, sino a dos maneras de afrontar la existencia humana. Solo una actitud espiritual puede dar pleno sentido a una vida humana. Vivir desde las exigencias de la carne sola, lleva consigo una limitación radical, y por lo tanto cercena la verdadera meta del ser humano. En teoría se entiende muy bien y es aceptable, pero en la práctica, ¿quién de nosotros se cree, de verdad, que la carne no vale para nada? ¿Por qué luchamos? ¿Cuál es nuestra mayor preocupación? ¿Cuánto tiempo dedicamos al cuerpo y cuánto al Espíritu?

Después de remachar por activa y por pasiva que había que comer su carne, ahora nos dice que la carne no vale para nada; que lo único que vale es el espíritu. Estas palabras nos obligan a hacer un esfuerzo sobrehumano para poder comprender lo que nos quiere decir. No es ninguna contradicción. Se trata de descubrir que el valor de la “carne” le viene de estar informada por el espíritu. Con el espíritu, la carne lo es todo. Sien el espíritu, la carne no es nada. De nuevo queda claro el profundo sentido que da Jn a la Encarnación.

Las palabras (propuestas) que os he dicho son espíritu y son vida. Las palabras no tienen valor por sí mismas. Debemos ir más allá de las palabras y descubrir el espíritu al que ellas hacen referencia. Como en el discurso de Nicodemo y el de la Samaritana, la referencia al espíritu es clave para entender el mensaje de Jesús. “Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es espíritu”. “Dios es espíritu, y hay que acercarse a Él en espíritu y en verdad”. Todo el capítulo viene diciendo que él es el pan… Ahora nos dice que son sus palabras las que dan la Vida. Para un ser humano la única propuesta que le puede llevar a la plenitud es la que hace Jesús, con su Vida y con sus palabras.

Por eso os he estado diciendo quenadie puede llegar hasta mí si el Padre no se lo concede. El proyecto creador del Padre es ofrecer al hombre la plenitud de Vida.

Jesús no hace más que ejecutarlo. Quién rechaza al Dios que está en su centro, no aceptará nunca a Jesús. El espíritu es indispensable para entrar en la dinámica de la entrega/amor. Sin una experiencia de Dios, las palabras más sublimes se quedan en palabrería vacía. Ya decía Plotino: “Hablar de Dios sin una auténtica virtud, es pura palabrería”.

Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. En este proceso de alejamiento entre Jesús y los que le siguen, se da el último paso, el abandono. Fijaros bien que hasta ahora los que le criticaban y murmuraban eran "los judíos", ahora son "los discípulos" los que deciden abandonar a Jesús. Tal vez la mayoría de los oyentes ya le habían abandonado antes. Recordemos que todo el capítulo se ha planteado como un proceso de iniciación. Terminado el proceso, hay que tomar una decisión.

¿También vosotros queréis marcharos? Qué lejos esta Jesús de la búsqueda, por todos los medios, de la aprobación general. Tanto los políticos como los medios lo condicionan todo a la audiencia. Lo importante es vender, a cualquier precio. Jesús acepta el reto que su doctrina provoca. Está dispuesto a quedarse completamente solo, antes que ceder un ápice en la radicalidad de su mensaje. La pregunta manifiesta un deje de profunda amargura. Pero también deja muy clara la convicción que tiene en lo que está proponiendo.

¿Con quién nos vamos a ir? Tus exigencias comunican Vida definitiva. Pedro, da la única respuesta adecuada: “Nosotros creemos”. La mayoría de los que escuchan a Jesús, se sienten más seguros con el cumplimiento de la Ley que con la oferta de Jesús. En la comida eran cinco mil. Quedan doce. Más tarde, demostrarían que ellos tampoco lo entendieron. Para entenderlo tuvieron que pasar por la experiencia pascual. Antes de esa experiencia ni la gente, ni los discípulos, ni los doce entendieron nada. Juan deja claro que el fundamento de la Iglesia que se empieza a organizar, son los doce, y que Pedro es la cabeza que la dirige.

También en los sinópticos, Jesús empieza siendo aclamado con entusiasmo por la multitud, pero termina siendo abandonado por todos, incluido sus discípulos. “Todos le abandonaron y huyeron”. Si hoy en día nos declaramos cristianos dos mil millones de personas, se debe a que no se exige la radicalidad de su mensaje y estamos en el engaño de lo que nos puede dar, no en la conciencia de lo que nos exige. Si descubriéramos que la médula del mensaje de Jesús es que tenemos que dejarnos comer, ¿Cuántos quedarían? Eso es precisamente lo que nos pide Jesús. Antes que morder a otro hay que dejarse comer.

En este discurso, Jn intenta aclarar las condiciones de pertenencia a la comunidad de Jesús: La adhesión a Jesús y la asimilación de su propuesta de amor. Su ‘exigencia’ es una dedicación al bien del hombre a través de la entrega personal. El mesianismo triunfal queda definitivamente excluido. En contra de lo que se nos sigue diciendo, Jesús ni busca gloria humana o divina ni la promete a los que le sigan. Seguirlo significa renunciar a toda ambición, y aceptar la entrega total de sí mismo en beneficio de los demás.

Hoy seguimos ignorando la propuesta de Jesús. En nombre del evangelio seguimos ofreciendo unas seguridades derivadas del cumplimiento de unas normas. No se invita a los fieles a hacer una elección de la oferta de Jesús, porque no se les presenta dicha oferta. Hemos manipulado el evangelio para salirnos con la nuestra. No nos interesa el mensaje de Jesús, sino nuestros propios anhelos de salvación que no van más allá de la sola carne.

Hasta la eucaristía, que es el símbolo (sacramento) de la entrega, la hemos convertido en objeto de adoración o de devoción, para evitar el compromiso de dejarnos comer. No queremos ni oír hablar de la realidad significada: el don de sí mismo. Es descorazonador, seguir pensando que Dios está más presente en un trozo de pan, que en el ser humano que sufre y espera nuestra comprensión y ayuda. Es decepcionante que la celebración de la eucaristía no tenga ninguna repercusión en nuestra vida real ni me exija cambiar nada.

 

Meditación-contemplación

“Tú tienes palabras de Vida eterna”.

Tú manifiestas en tu vida, esa Vida plena y definitiva.

La experiencia pascual les llevó a hacer suya esa Vida.

No fue fácil superar el apego a las seguridades de su religión.

………………

Nosotros, con una religión tan anclada en la Ley como la judía, no lo vamos a Tener más fácil que ellos.

También tenemos que arriesgarnos

y perder el miedo a lo desconocido que nos desborda.

………………

La oferta es absoluta: Vida definitiva.

No me debe extrañar que la exigencia sea también absoluta. Conozco bien la oferta. Solo falta elegir…

Si no tomo una decisión, seguiré el camino de la nada.

OCARM

Lectura  

a)   Para colocar el pasaje en su contexto:  

Estos versículos constituyen la conclusión del cap. 6 del

Evangelio de Juan, en el cual el Evangelista presenta su "teología eucarística". Esta conclusión es el culmen de todo el capítulo, porque la Palabra nos hace ir cada vez más profundamente, más al centro: desde la multitud que aparece al principio, a los Judíos que discuten con Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, a los discípulos, a los doce, hasta Pedro, el único que representa a cada uno de nosotros, solos, cara a cara con el Señor Jesús. Aquí brota la respuesta a la enseñanza de Jesús, a su Palabra sembrada tan abundantemente en el corazón de los oyentes. Aquí se verifica, si el terreno del corazón produce espinas o cardos, hierba verde, que se convierte en espiga y después grano bueno en la espiga.  

b)   Para ayudar en la lectura del pasaje:  

v. 60: Juicio por parte de algunos apóstoles de la Palabra de Señor y, por tanto, contra el mismo Jesús, que es el Verbo de Dios. Dios no es considerado como un Padre bueno, sino como un patrono duro (Mt 25, 24), con el cual no es posible dialogar.  

vv. 61-65: Jesús desenmascara la incredulidad y la dureza de corazón de sus discípulos y revela sus misterios de salvación: su Ascensión al cielo, la venida del Espíritu Santo, nuestra participación en la vida divina. Estos misterios solamente pueden ser comprendidos a través de la sabiduría de un corazón dócil, capaz de escuchar, y no con la inteligencia de la carne.  

v. 66: Primera gran traición por parte de muchos discípulos que no han sabido aprender la gran ciencia de Jesús. En vez de volver la mirada al Maestro, le vuelven la espalda; interrumpen de este modo la comunión y no van ya más con Él. 

vv. 67-69: Jesús habla con los Doce, sus más íntimos, y los coloca ante la elección definitiva, absoluta: permanecer con Él o marcharse. Pedro responde por todos y proclama la fe de la Iglesia en Jesús como Hijo de Dios y en su Palabra, que es la verdadera fuente de la Vida.  Un momento de silencio orante  

He recibido el Don, la gracia, he escuchado la Palabra del Señor; ahora no quiero murmurar (v. 61), no quiero escandalizarme (v. 61), ni quiero dejarme ofuscar por la incredulidad (v. 64). No quiero traicionar a mi Maestro (v. 64), no quiero volverme atrás y no ir más con Él (v. 66)… ¡deseo estar con el Señor para siempre! En el silencio del corazón le repito infinitas veces:

"Señor, ¿a quién vamos a ir, sino a ti?!". Heme aquí, Señor, que voy…  

Algunas preguntas  

que me ayuden a permanecer, a descubrir la belleza de la vida, que es Jesús; que me guíen al Padre, para dejarme asir de Él y trabajar, seguro de su buen trabajo de amoroso Agricultor; y que me sostenga dentro de la savia vital del Espíritu, para encontrarme con Él como única cosa necesaria, para pedir sin cansarme.  

a)             ¿Me detengo, sobre todo, en la figura del discípulo y me dejo interrogar, me dejo retar, como si me pusiera delante de un espejo en el cual veo reflejada la verdad de mi ser y de mi obrar? ¿Qué clase de discípulo soy yo? ¿Trato de aprender cada día en la escuela de Jesús, de recibir su enseñanza, que no es doctrina de hombres, sino sabiduría del Espíritu Santo? "Todos serán enseñados por Dios" (Is 54, 13; Jer 31, 33ss), repiten de diversos modos los profetas, indicando que la única ciencia verdaderamente necesaria es la relación de amor con el Padre, la vida con Él. Pero ¿quién es mi Maestro? ¿Soy también del grupo de discípulos que continúan preguntando a Jesús: "Señor, ¡enséñanos a orar!" (Lc 11, 1)? O de aquéllos que caminan detrás de Él a lo largo de los caminos de la vida e insisten en preguntarle: "Maestro, ¿dónde moras?" (Jn 1, 39), impulsados por el deseo de permanecer con Él? O, tal vez, soy como María Magdalena, que continúas repitiendo aquel nombre, incluso después de las terribles experiencias de muerte y de aniquilación: "¡Rabbuni!" (Jn 20, 10)? Subrayo los verbos que Juan refiere a los discípulos: "después de haber oído", "murmuraban", "os escandaliza", "no creían", "se volvieron atrás y ya no andaban con Él". Los medito uno por uno, los rumío, los repito, los pongo en relación con mi vida…  

b)            "Esta palabra es dura: ¿quién la puede escuchar?". ¿Es, de verdad, la palabra del Señor dura o, es duro mi corazón que solamente sabe encerrarse en sí mismo y no quiere escuchar? ¿Por qué no es dulce para mí la Palabra del Señor, más que miel en mi boca (Sal 119, 103)? ¿Por qué no me gusta conservarla en el corazón (Sal 119, 9. 11. 57), y recordarla día y noche? ¿Por qué no es mi lámpara, aún encendida cuando llega la noche, y no es luz que ilumina mis noches y la lámpara para todos mis pasos (Sal 119, 105)? ¿Por qué, ¡oh corazón mío!, no te abres y te dejas herir de esta espada de doble filo que penetra hasta lo más profundo, para hacer en ti distinción entre tantos distingos, claridad en medio de tantas claridades? ¿Por qué no la dejas entrar como Palabra de salvación y de amor? Entonces sabrás que, la palabra de tu Señor no es dura, no es amarga, no es severa, sino que se convertirá para ti en un canto de alegría y repetirás: "¡Mi lengua canta tus palabras, Señor!" (Sal 119, 172).  

c)             "Pero sabiendo Jesús en su interior…". El Señor me conoce en lo más profundo, Él sabe, Él escruta, Él me ha creado (Sal 139), me ha elegido desde toda la eternidad (Pr 8, 23). Conoce mi corazón y sabe lo que hay dentro de cada hombre (Jn 1, 48; 2, 25; 4, 29; 10, 15). Pero, ante su mirada, ante su voz que pronuncia mi nombre, ante su venida a mi vida, ante su llamar insistente (Ap 3, 20), ¿cómo reacciono yo? ¿Qué decisiones tomo? ¿Qué respuesta ofrezco? ¿Tal vez comienzo a murmurar, también yo, a traicionarlo, a alejarme y a olvidarlo?  

d)            "El espíritu es el que da vida". ¿Abro mi corazón, mi mente, toda mi persona a la Presencia del Espíritu Santo, a su soplo, a su fuego, a su agua que brota hasta la eternidad. Me pongo en relación con él, me hago amigo de aquellos personajes de la Biblia que confiaron plenamente su existencia a la obra del Espíritu Santo. Me acerco a la Virgen María: " He aquí que el Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1, 35)?; pero yo sé repetir con fuerza, o junto con Ella, con convencimiento: "Que se cumpla en mí tu Palabra" (Lc 1, 38)? ¿Me acerco a Simeón, hombre justo y temeroso de Dios, el cual "movido por el Espíritu Santo fue al templo" (Lc 2, 27)?; ¿me dejo llevar así, me dejo llevar por donde el Señor quiere, adonde me espera? O ¿quiero siempre ser yo el que toma la orientación que he de dar a mi vida? ¿Me acerco a Jesús, a Pedro, a Pablo, o a los otros apóstoles y evangelizadores de los cuáles hablan los Hechos y me pongo a discutir': qué puesto ocupa en mi vida de cristiano, como hermano entre hermanos, el Espíritu Santo? Si el Espíritu Santo es el que le da vida, mi ser, vivo o muerto, depende de él, de su presencia en mí, de su acción; quizás debería profundizar e intensificar la relación con el Espíritu de mi

Señor…  

e)             En estos pocos versículos Juan nos habla de un misterio muy bello y profundo que él encierra en el verbo "ir" "venir" referidos a Jesús. ¿Comprendo ahora que mi vida encuentra su sentido verdadero, su razón de ser, de continuar cada día, justo con relación a este movimiento de amor y de salvación. "Venir a mi" (v. 65), "no iban ya más con él" (v. 66), "queréis iros?" (v. 67), ¿"a quién iremos?" (v. 68). La pregunta de Pedro, que en realidad es una afirmación fortísima de fe y de adhesión al Señor Jesús, significa esto: "¡Señor, yo no iré a ningún otro, sino solamente a ti!; ¿es así mi vida? ¿Siento en mí estas palabras apasionadas? Respondo cada día, en cada momento, en las situaciones más diversas de mi vida, en mi ambiente, delante de las personas, a la invitación que me hace Jesús personalmente: "¡Venid a mí! ¡Ven a mí!¡Sígueme!"? ¿A quién voy yo? ¿Hacia dónde corro? ¿Qué pasos estoy siguiendo? " ¡haz que yo vaya a Ti, Señor"!  

Una clave de lectura  

Como sarmiento, busco el modo de estar siempre más injertado en mi Vid, que es el Señor Jesús. Bebo, en este momento, de su Palabra y de su savia buena, tratando de penetrar más en profundidad para absorber el escondido alimento, que me transmite la verdadera vida. Estoy atento a las palabras, a los verbos, a las expresiones que Jesús usa y que me reclaman a otros pasajes de las divinas Escrituras y me dejo, así, purificar.   La Palabra del Señor y la relación de amor con ella  

En este fragmento Juan me presenta la palabra del Señor como punto de encuentro, lugar de cita con Él; me percato que ella es el lugar de la decisión, de las separaciones cada vez más profundas de mi corazón y de mi conciencia. Me doy cuenta de que la Palabra es una Persona, es el mismo Señor, presente delante de mí, entregado a mí, abierto a mí. Toda la Biblia, página tras página, es una invitación, dulce y fuerte al mismo tiempo, al encuentro con la Palabra, a conocer a la Novia, a la Esposa, que es la Palabra que sale, como un beso de amor, de la boca del Señor. El encuentro que se me otorga no es superficial, vacío, huidizo o esporádico, sino intenso, pleno, constante, ininterrumpido, porque es como el encuentro entre el esposo y la esposa; así me ama el Señor y se entrega a mí. Hace falta la escucha atenta y pronta para que ninguna de sus palabras caiga en el vacío (1 Sam 3, 19); hace falta la escucha del corazón, del alma (Sal 94, 8; Bar 2, 31); hace falta la obediencia de los hechos, de toda la vida (Mt 7, 24-27; St. 1, 22-25); hace falta una decisión verdadera y decidida que me haga preferir la Palabra del Señor hasta tenerla por hermana (Pr 7, 1-4) o como esposa en mi casa (Sab 8, 2).  

La murmuración y la cerrazón del corazón  

Esta temática de la murmuración me sacude aún más, me mete en crisis, recorriendo la Biblia, aunque sea solamente con la memoria, me doy cuenta de que, la murmuración contra el Señor y contra su modo de obrar, es la realidad más terrible y destructiva que pueda ocurrirme y habitar en mi corazón, porque me aleja de Él, me separa fuertemente y me deja ciego, sordo, insensible. ¡Me hace decir que Él no existe, mientras que está muy cerca; que Él me odia, mientras que me ama con amor eterno y fiel (Dt 1, 27)! ¡Es la más grande de las sinrazones! En el libro del Éxodo, de los Números o en los Salmos, encuentro que el pueblo del Señor llora, se lamenta, se enfada, murmura, se cierra en sí mismo, se va, muere (Ex 16, 7ss; Num 14, 2; 17, 20ss; Sal 105, 25)); un pueblo sin esperanza y sin vida.

Comprendo que esta situación se crea cuando no hay ya diálogo con el Señor, cuando se ha roto el contacto, cuando, en vez de preguntarle y de escucharlo, permanece en mí solamente la murmuración: esta especie de zumbido constante dentro del alma, en los pensamientos, que me hace decir: "¿Podrá el Señor preparar una mesa en el desierto?" (Sal 77, 19). Si murmuro contra mi Padre, si dejo de creer en su Amor hacia mí, en su ternura que me colma de todo bien, permanezco sin vida, sin alimento para el camino de cada día. O, si me enfado, me encelo porque Él es bueno, porque da su amor a todos sin medida, hago como los fariseos (Lc 15, 2; 19, 7), entonces permanezco completamente solo y, además de no ser ya hijo, no soy ni siquiera hermano de nadie. De hecho, la murmuración contra Dios está unida a la murmuración contra los hermanos y hermanas (Fil 2, 14; 1 Pt 4, 9). Aprendo todo esto siguiendo el significado de este verbo …  

 

El don del Hijo del hombre: el Espíritu Santo  

Me parece entrever un camino de luz, trazado por el Señor Jesús y casi escondido en estos versículos tan densos y llenos de riqueza espiritual. El punto de partida está en la escucha verdadera y profunda de sus palabras y en la acogida de las mismas; de aquí a la purificación del corazón que, de corazón de piedra, endurecido y cerrado, se convierta, por la ternura del Padre, en corazón de carne, maleable, al cual Él puede herir y plasmar, que puede tomar entre sus manos y apretarlo contra sí, como un don. ¡Sì, todo esto realizan las Palabras de Jesús cuando me tocan el corazón y entran en mí! Solamente así puedo proseguir mi camino, venciendo las murmuraciones y el escándalo, hasta poder alcanzar a ver a Jesús con ojos diversos, ojos, incluso, renovados por la palabra, que no permanecen en la superficie, en la dureza de la costra, sino que aprenden, cada vez, a ir más lejos y a mirar más alto. "Y si vierais al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?" (v. 62). Es la acogida del Espíritu, don del resucitado, don de la subida a la derecha del Padre, don de lo alto, don perfecto (St 1, 17); Él dijo: "Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32) y me atrae con el Espíritu, me hace suyo con el Espíritu, me envía en el Espíritu (Jn 20, 21s), me hace fuerte gracias al Espíritu (Hch 1, 8). Si hago un recorrido a través de las páginas del Evangelio, veo cómo el Espíritu del Señor es la fuerza que llena a toda persona, a cualquier realidad, porque es el amor eterno del Padre, es la vida misma de Dios que se nos comunica. Estoy más atento, me inclino ante las expresiones, ante los verbos usados, ante las palabras que se encuentran y que se iluminan, enriqueciéndose mutuamente: siento que estoy inmerso dentro de esta Agua viva que brota y se oye el rumor, siento que recibo un nuevo bautismo y doy gracias por ello con todo el corazón al Señor. "Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego" (Mt 3, 11), grita Juan y, mientras leo, esta palabra se realiza dentro de mí, en todo mi ser.

Siento que el Espíritu habla en mí (Mt 10, 20); que, con su fuerza, aleja de mí el espíritu del mal (Mt 12, 28); que me llena, como hizo con Jesús (Lc 4,1), con Juan Bautista (Lc 1, 15), con la Virgen María (Lc 1, 28. 35), con Isabel (Lc 1, 41), con Zacarías (Lc 1, 67), con Simeón (Lc 2, 26), con los discípulos (Hch 2, 4), con Pedro (Hch 4, 8) y con tantísimos otros. Siento y encuentro el Espíritu que me enseña lo que debo decir (Lc 12, 10); que me hace nacer verdaderamente, para no morir jamás (Jn 3, 5); que me enseña todo y me recuerda todo lo que Jesús ha dicho (Jn 14, 26); que me guía a la verdad (Jn 16, 13); que me da la fuerza para ser testigo del Señor Jesús (Hch 1, 8), de su amor por mí y por cada hombre.  El combate de la fe: ¿en el Padre o en el maligno?  

Este trozo de Juan me coloca frente a una gran lucha, a un combate cuerpo a cuerpo entre el Espíritu y la carne, entre la sabiduría de Dios y la inteligencia humana, entre la Palabra y los razonamientos de la mente, entre Jesús y el mundo. Entiendo bien que Job tenía razón cuando decía que la vida del hombre sobre la tierra es tiempo de tentación, es una lucha (Jb 7, 1), porque también yo experimento que el maligno trata de desanimarme, haciéndome dudar de las promesas divinas e impulsándome lejos de Jesús. Querría arrojarme lejos, trata de endurecerme el corazón, de encerrarme, de hacer trizas mi fe, mi amor. Lo siento como un león rugiente que ronda en torno de mí, tratando de devorarme (1 Pt 5, 8), como tentador, creando división, como acusador, como el que se ríe de mí y me repite continuamente: "¿Dónde está la promesa de su venida?" (2 Pt 3, 3s). Yo sé que solamente puedo vencer con las armas de la fe (Ef 6, 1020; 2 Cor 10, 3-5), solamente con la fuerza que me viene de las mismas Palabras de mi Padre; por esto yo las elijo, las amo, las estudio, las escruto, las aprendo de memoria, las repito y digo: "¡Aunque un ejército acampara frente a mí, mi corazón no tiembla; si me declara la guerra, me siento tranquilo!" (Sal 26, 3).  

 

La confesión de la fe en Jesús, Hijo de Dios  

La aparición de Simón Pedro al final de esta perícopa, es como una perla engastada sobre una joya preciosa, porque es el que nos grita la verdad, la luz, la salvación, a través de su confesión de fe. Extraigo otros trozos del Evangelio, otras confesiones de fe, que ayuden en mi incredulidad, porque también yo quiero creer y después conocer, quiero creer y tener estabilidad (Is 7, 9): Mt 16, 16; Mc 8, 29; Lc 9, 20; Jn 11, 27.  

        

XXI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Sal 85, 1-3

Inclina tu oído, Señor, respóndeme; salva a tu servidor que en ti confía. Ten piedad de mí, Señor, que te invoco todo el día.

 

Oración colecta

Señor Dios, que unes a tus fieles en una sola voluntad;

concédenos amar lo que mandas y esperar lo que prometes,

para que, en la inestabilidad del mundo presente, nuestros corazones estén firmes donde se encuentra la alegría verdadera. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las ofrendas

Señor, que en el sacrificio único de Cristo, te has adquirido un pueblo de hijos, sé bondadoso con nosotros y concede a tu Iglesia los dones de la unidad y la paz. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de comunión     Jn 6, 55

Dice el Señor: El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

 

Oración después de la comunión Padre nuestro, realiza plenamente en nosotros la obra de tu misericordia, y concédenos tu gracia para que podamos agradarte en todo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

        


 

LECCIONARIO DOMINICAL

Serviremos al Señor, ya que Él es nuestro Dios

Lectura del libro de Josué     24, 1-2a. 15-17. 18b

 

    Josué reunió en Siquém a todas las tribus de Israel, y convocó a los ancianos de Israel, a sus jefes, a sus jueces y a sus escribas, y ellos se presentaron delante del Señor. Entonces Josué dijo a todo el pueblo:

    «Si no están dispuestos a servir al Señor, elijan hoy a quién quieren servir: si a los dioses a quienes sirvieron sus antepasados al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes ahora habitan. Yo y mi familia serviremos al Señor».     El pueblo respondió: «Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses. Porque el Señor, nuestro Dios, es el que nos hizo salir de Egipto, de ese lugar de esclavitud, a nosotros y a nuestros padres, y el que realizó ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios. Él nos protegió en todo el camino que recorrimos y en todos los pueblos por donde pasamos.     Por eso, también nosotros serviremos al Señor, ya que Él es nuestro Dios».

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO     Sal 33, 2-3. 16-23   

R. ¡Gusten y vean qué bueno es el Señor!

Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mis labios.

Mi alma se gloría en el Señor:

que lo oigan los humildes y se alegren. R.

 

Los ojos del Señor miran al justo y sus oídos escuchan su clamor; pero el Señor rechaza a los que hacen el mal para borrar su recuerdo de la tierra. R.

 

Cuando ellos claman, el Señor los escucha y los libra de todas sus angustias. El Señor está cerca del que sufre y salva a los que están abatidos. R.

 

El justo padece muchos males, pero el Señor lo libra de ellos. Él cuida todos sus huesos, no se quebrará ni uno solo. R.

 

La maldad hará morir al malvado, y los que odian al justo serán castigados; pero el Señor rescata a sus servidores, y los que se refugian en Él no serán castigados. R.

 

 

Éste es un gran misterio:

se refiere a Cristo y a la Iglesia

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Efeso     5, 21-33

 

    Hermanos:

    Sométanse los unos a los otros, por consideración a Cristo. Las mujeres deben respetar a su marido como al Señor, porque el varón es la cabeza de la mujer, como Cristo es la Cabeza y el Salvador de la Iglesia, que es su Cuerpo. Así como la Iglesia está sometida a Cristo, de la misma manera las mujeres deben respetar en todo a su marido.

    Los maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla. Él la purificó con el bautismo del agua y la palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada. Del mismo modo, los maridos deben amar a su mujer como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa se ama a sí mismo. Nadie menosprecia a su propio cuerpo, sino que lo alimenta y lo cuida.

    Así hace Cristo por la Iglesia, por nosotros, que somos los miembros de su Cuerpo. "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos serán una sola carne".

    Este es un gran misterio: y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia.

    En cuanto a ustedes, cada uno debe amar a su propia mujer como a sí mismo, y la esposa debe respetar a su marido.

 

Palabra de Dios.

 

 

ALELUIA     Cf. Jn 6, 63c. 68c

 

Aleluia.

Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida; Tú tienes palabras de Vida eterna.

Aleluia.

 

 

EVANGELIO

¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san

Juan     6, 60-69

 

    Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?»

    Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?         El Espíritu es el que da Vida,         la carne de nada sirve.

        Las palabras que les dije son Espíritu y Vida.

    Pero hay entre ustedes algunos que no creen».

    En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar.

    Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede».

    Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo.

    Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse?»

    Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».

 

Palabra del Señor.

 

 

 

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