Domingo 22 del Tiempo Ordinario
Liturgia Viva del XXII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver el Evangelio)
Nuestro Señor Jesús nos ha reunido juntos y nos dice hoy: “Escúchenme, todos ustedes, y procuren entender.”
Que ojalá sepamos escuchar y entender hoy su palabra y ponerla en práctica en nuestra vida; y que el Señor esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1.El Espíritu de la Ley
¿Cómo experimentan ustedes las leyes, especialmente los mandamientos de Dios? Muchos los consideran como algo que viene de fuera de sí mismos, como cargas impuestas sobre ellos. Naturalmente, si los mandamientos están fuera de ti, no los puedes amar; sientes como un rechazo hacia ellos, o los observas absolutamente en el mínimo requerido. Si entendemos que su inspiración es el amor de Dios y el amor y respeto para con los hermanos, entonces pueden convertirse en parte de nosotros mismos y vivir en nuestros corazones. Pidámosle al Señor que con generosidad y amor vayamos mucho más allá de la letra de la ley.
2.Con Todo tu Corazón
Estamos reunidos aquí, hermanos, para escuchar la palabra de Dios y para sentarnos y comer a su mesa. Escuchar quiere decir no simplemente oír lo que el Señor tiene que decirnos, sino permitir que su palabra guíe nuestra vida. Pero incluso nuestra obediencia a la palabra de Dios no debería de ser una conformidad mecánica. Dios es un Dios que nos quiere; que quiere estar cerca de nosotros, su pueblo. Si respondemos a su amor, nuestra respuesta a él, a su palabra y a sus mandamientos no puede ser otra cosa que una respuesta del corazón, una respuesta dada a él por gente libre y responsable.
Acto Penitencial
Pidamos al Señor que nos perdone por no haber vivido siempre según el espíritu de los mandamientos.
(Pausa)
Señor Jesús, tú dijiste: Este es mi mandamiento, ámense unos a otros como yo les he amado.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú nos enseñaste: Hagan los unos por los otros lo que yo he hecho por ustedes.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú nos dijiste: Lo que hicieron con uno de esos más pequeños, que son míos, conmigo lo hicieron.
Señor, ten piedad de nosotros.
Perdona nuestros pecados, Señor, y ayúdanos a servirte a ti y a los otros con amor libre y generoso. Y llévanos a la vida eterna. Amén.
Oración Colecta
Roguemos para que toda nuestra vida
dé gracias y alabanzas al Señor.
(Pausa)
Padre, Dios de la Alianza siempre nueva:
Tú nos has vinculado a ti mismo
con fuertes lazos de amor eterno;
las palabras que nos hablas
son espíritu y vida.
Abre nuestros corazones a tus palabras,
para que nos toquen
en lo más profundo de nosotros mismos.
Que nos muevan a servirte
no de un modo ciego y servil,
sino como hijos e hijas que te quieren
y a quienes has liberado de toda esclavitud
por medio de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Primera Lectura (Dt 4:1-2, 6-8): La Ley Trae Vida y Sabiduría
Guardar la ley de Dios trae sabiduría y vida a su pueblo. Es la respuesta de lealtad del mismo pueblo al Dios cercano y liberador.
Segunda Lectura (Stgo 1:17-18, 21-22, 27): Vive Según la Palabra de Dios
La palabra de Dios nos ha traído vida. Deberíamos llevarla a la práctica, amando al prójimo, como centro y corazón de la misma práctica; entonces daremos auténtica adoración a Dios.
Evangelio (Mc 7:1-8, 14-15, 21-23): Sirvan a Dios con el Corazón
La religión verdadera consiste en una relación personal con Dios (y con la gente); no consiste en la observancia de la ley. Las tradiciones humanas con frecuencia chocan en el camino con la ley de amor de Dios.
Oración de los Fieles
Roguemos a Dios, dador de todo buen don, para que sepamos obedecer siempre sus leyes con la actitud libre de Cristo, y digamos:
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Por la Iglesia, para que no sustituya el evangelio por los ritos y leyes de invención humana, sino que lleve al pueblo a la libertad, la amabilidad y la luz de Cristo, roguemos al Señor.
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Por los líderes de los pueblos, dondequiera se encuentren, para que el Espíritu de Dios les inspire a elaborar leyes sabias que proporcionen a sus gentes libertad, bienestar y justicia, roguemos al Señor.
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Por los que no conocen a Cristo, para que puedan descubrir la ley de Dios inscrita en sus corazones, y encuentren salvación por la integridad de sus vidas y por el amor a sus prójimos, roguemos al Señor.
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Por los disgustados y molestos a causa de los cambios en la Iglesia, para que aprendan a apreciar los esfuerzos del pueblo de Dios para entender y vivir nuestra fe de un modo contemporáneo, y al mismo tiempo permaneciendo fiel al evangelio, roguemos al Señor.
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Por todos nosotros, que estamos ahora participando de la mesa del Señor, para que aprendamos de Jesús que el amor es el corazón de la ley, y que el amor verdadero sabe cómo servir, roguemos al Señor.
R/ Padre, hágase tu voluntad.
Señor Dios nuestro, te pedimos que nosotros no solamente oigamos tu palabra, sino que vivamos según ella, día a día, por la fuerza de Jesucristo, Señor y Salvador nuestro, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Traemos ante ti, Señor, nuestra disponibilidad
para responder a tu amor.
Fortalécenos con el cuerpo y la sangre
de tu Hijo Jesucristo,
para que con él nos entreguemos a ti
con toda nuestra mente y corazón,
y para que seamos capaces
de comunicar tu amor, paz y justicia
a todos los que nos rodean.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con Jesús damos gracias ahora al Padre porque nos ha dado el ejemplo del mismo Jesús para hacernos comprender que el amor es la base y el espíritu de todos los mandamientos.
Invitación al Padre Nuestro
Hermanos: Nuestros labios van a pronunciar la oración que Jesús nos enseñó. Que su Espíritu hable desde nuestros corazones para que sintamos de verdad las palabras que decimos.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y danos la paz en nuestros días.
Líbranos de formalismos y palabrerías
al obedecer tus mandamientos.
Ayúdanos a servirte a ti y a los hermanos
con libertad y responsabilidad
y que el amor inspire todo lo que hagamos,
mientras esperamos gozosamente
la segunda venida de nuestro Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesús, el Cordero de Dios, que dijo:
“Mi alimento es cumplir la voluntad
de quien me envió; de mi Padre,
y completar su obra y su plan.
Padre, que se haga tu voluntad y no la mía.”
Dichosos nosotros, por ser invitados ahora
A este banquete del Señor, y por recibir de él la fuerza
para cumplir fielmente la voluntad de Dios.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Tu hijo ha querido compartirse con nosotros
en esta celebración eucarística.
Te pedimos, nos des su Espíritu de fortaleza
para que nosotros también
sepamos participar de su actitud
de apertura total a tu voluntad
y a las necesidades de los hermanos.
Y así cumplamos más que la ley
y te sirvamos como hijos e hijas tuyos,
en quienes tú reconoces a Jesucristo mismo,
Hijo tuyo y Señor nuestro
por los siglos de los siglos.
Bendición
Con espíritu de gratitud
por todo lo que Dios nos ha dado,
dirijamos nuestros corazones
a buscar en los mandamientos
no nuestra voluntad sino la voluntad de Dios.
La palabra de Jesús en el evangelio de hoy
y la misma actitud de Jesús
nos dicen qué quiere decir “voluntad de Dios.”
Que el Dios todopoderoso les dé fuerza
para cumplir su voluntad liberadora
y les bendiga abundantemente,
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Podemos ir en la paz del Señor y, en todo lo que hacemos, buscar su voluntad.
R/ Demos gracias a Dios.
Lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre.
Hemos terminado de leer el capítulo 6 del Evangelio de san Juan. Lo hemos hecho durante cinco semanas, con el (largo) discurso del Pan de Vida. Acabábamos el domingo pasado con la pregunta de Jesús, de si los discípulos también querían irse, y la respuesta de Pedro: “¡Sólo Tú tienes palabras de vida eterna!”. Volvemos al Evangelio de Marcos, que nos acompaña en este ciclo B. Y lo hacemos con unas palabras de Jesús, palabras de vida, que nos ayudan, como siempre, a vivir mejor nuestra fe.
Hoy la cosa va de normas. Derecho divino y derecho positivo. Las que vienen de Dios y las los hombres nos damos, en otras palabras, para poder vivir juntos. Lo que no podemos cambiar, y lo que se puede ir adaptando con el paso del tiempo. Conviene no confundirlo.
A veces, existe la tentación de querer cambiar las disposiciones más exigentes, para que sea más fácil ser cristiano: quitar un mandamiento (o dos) o un voto, para los religiosos. Sabemos que eso no es posible. No depende de nosotros. O la tentación contraria, añadir nuevas normas que surgen de la “sabiduría” humana. Se quiere convertir en voluntad de Dios lo que es la voluntad del hombre. Así surgen muchas idolatrías, y se puede llegar a violentar las conciencias. Se pide en nombre de Dios lo que Dios no quiere.
Es importante distinguir lo fundamental de lo secundario. Nos parece muy importante lo externo, pero se nos olvida lo interno, lo fundamental. Jesús critica esa confusión, porque no sirve de nada lavarse las manos si el corazón está muy sucio. Por supuesto que lavarse las manos no está mal. Lo que no le puede gustar es que se haya perdido el sentido de la Ley. La liturgia, los rituales, tienen como fin acercarnos a Dios. Pero los fariseos se olvidaron de esto, y observaban las normas porque sí, vaciándolas de sentido. Honraban a Dios con los labios, pero no con el corazón. Se había perdido el sentido sacro de esa Ley. Dificultaba, cuando no impedía ese acceso a Dios.
La relación con Dios debe llevarnos a la relación con los hermanos. Si hemos aceptado la Palabra, significa que somos todos hermanos en Cristo. Hay que llevar esa Palabra recibida a la práctica, y no sólo escucharla. La referencia a las viudas y a los huérfanos nos remite a las personas más necesitadas de la época en la que escribe el apóstol Santiago. Engañarse a uno mismo, cerrando los ojos a las necesidades de nuestros semejantes, significa no ser un buen cristiano. En nuestro mundo occidental las viudas y los huérfanos suelen estar más o menos bien atendidos, pero hay otros muchos necesitados. Es cuestión de poner atención.
Hay en el Evangelio una larga lista de vicios – pecados que hacen impuros al hombre, más que el lavarse o no las manos antes de comer. Los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todo esto nos da pie para un buen examen de conciencia. Lo que hace que todo eso sea malo es que va contra la dignidad del hombre. Cosifica, desnaturaliza al otro. Lo convierte en medio para alcanzar nuestro fin. Todos podemos entender que ese elenco de maldades sale de dentro, del corazón. Ahí está el origen de muchos de nuestros pecados. Por eso hay que ser cuidadoso con lo que pensamos o deseamos, porque puede ser el origen de una conducta desordenada.
En las palabras de Jesús en el Evangelio podemos encontrar otro motivo para reflexionar: nuestro modo de participar en las celebraciones. Dicho de otra manera, no conviene poner el “piloto automático” cuando vamos a la iglesia. Los creyentes, felices de encontrarnos con nuestro Señor, deberíamos demostrarlo en el templo. Lo que celebramos allí debería ser manifestación de lo que vivimos y sentimos por dentro. De la abundancia del corazón habla la boca (Lc 6, 45) Por eso, cuando empezamos cantando, ¿lo hago sabiendo que el canto es alabanza, y no solamente un adorno de la celebración? Cuando respondemos al celebrante, nos arrodillamos, nos levantamos o nos sentamos, ¿somos conscientes de lo que decimos y por qué lo hacemos? ¿Nos esforzamos por entender el significado de cada signo, de cada símbolo, de cada gesto de la Eucaristía?
La religión verdadera, la del corazón, puede ser sólo practicada por quien ha llegado a tener una fe adulta y madura, por quien es libre, sincero, abierto a la luz de Dios y a los impulsos del Espíritu. Que la participación en esta Eucaristía nos ayude a acercarnos a ese objetivo
EVANGELIO
Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 7,1-8.14-15.21-23
En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores?». El les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Palabra de Dios.
LA QUEJA DE DIOS
Un grupo de fariseos de Galilea se acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Les acompañan algunos escribas venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa. Conviene corregirla.
Han observado que, en algunos aspectos, sus discípulos no siguen la tradición de los mayores. Aunque hablan del comportamiento de los discípulos, su pregunta se dirige a Jesús, pues saben que es él quien les ha enseñado a vivir con aquella libertad sorprendente. ¿Por qué?
Jesús les responde con unas palabras del profeta Isaías que iluminan muy bien su mensaje y su actuación. Estas palabras con las que Jesús se identifica totalmente hemos de escucharlas con atención, pues tocan algo muy fundamental de nuestra religión. Según el profeta, esta es la queja Dios.
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". Este es siempre el riesgo de toda religión: dar culto a Dios con los labios, repitiendo fórmulas, recitando salmos, pronunciando palabras hermosas, mientras nuestro corazón "está lejos de él". Sin embargo, el culto que agrada a Dios nace del corazón, de la adhesión interior, de ese centro íntimo de la persona de donde nacen nuestras decisiones y proyectos.
Cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta la vida, la escucha sincera de la Palabra de Dios, el amor al hermano. La religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero en la que faltan los frutos de una vida fiel a Dios.
La doctrina que enseñan son preceptos humanos. En toda religión hay tradiciones que son "humanas". Normas, costumbres, devociones que han nacido para vivir la religiosidad en una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien. Pero hacen mucho daño cuando nos distraen y alejan de lo que Dios espera de nosotros. Nunca han de tener la primacía.
Al terminar la cita del profeta Isaías, Jesús resume su pensamiento con unas palabras muy graves: "Vosotros dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres". Cuando nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de olvidar el mandato del amor y desviarnos del seguimiento a Jesús, Palabra encarnada de Dios. En la religión cristiana, lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Solo después vienen nuestras tradiciones humanas, por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial.
NO AFERRARNOS A TRADICIONES HUMANAS
… para aferraros a la tradición de los hombres.
No sabemos cuándo ni dónde ocurrió el enfrentamiento. Al evangelista solo le interesa evocar la atmósfera en la que se mueve Jesús, rodeado de maestros de la ley, observantes escrupulosos de las tradiciones, que se resisten ciegamente a la novedad que el Profeta del amor quiere introducir en sus vidas.
Los fariseos observan indignados que sus discípulos comen con manos impuras. No lo pueden tolerar: « ¿Por qué tus discípulos no siguen las tradiciones de los mayores?». Aunque hablan de los discípulos, el ataque va dirigido a Jesús. Tienen razón. Es Jesús el que está rompiendo esa obediencia ciega a las tradiciones al crear en torno suyo un "espacio de libertad" donde lo decisivo es el amor.
Aquel grupo de maestros religiosos no ha entendido nada del reino de Dios que Jesús les está anunciando. En su corazón no reina Dios. Sigue reinando la ley, las normas, los usos y las costumbres marcadas por las tradiciones. Para ellos lo importante es observar lo establecido por "los mayores". No piensan en el bien de las personas. No les preocupa "buscar el reino de Dios y su justicia".
El error es grave. Por eso, Jesús les responde con palabras duras: «Vosotros dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres ».
Los doctores hablan con veneración de "tradición de los mayores" y le atribuyen autoridad divina. Pero Jesús la califica de "tradición humana". No hay que confundir jamás la voluntad de Dios con lo que es fruto de los hombres.
Sería también hoy un grave error que la Iglesia quedara prisionera de tradiciones humanas de nuestros antepasados, cuando todo nos está llamando a una conversión profunda a Jesucristo, nuestro único Maestro y Señor. Lo que nos ha de preocupar no es conservar intacto el pasado, sino hacer posible el nacimiento de una Iglesia y de unas comunidades cristianas capaces de reproducir con fidelidad el Evangelio y de actualizar el proyecto del reino de Dios en la sociedad contemporánea.
Nuestra responsabilidad primera no es repetir el pasado, sino hacer posible en nuestros días la acogida de Jesucristo, sin ocultarlo ni oscurecerlo con tradiciones humanas, por muy venerables que nos puedan parecer.
RELIGIÓN VACÍA DE DIOS
El culto que me dan está vacío.
Los cristianos de la primera y segunda generación recordaban a Jesús, no como un hombre religioso, sino como un profeta que denunciaba con libertad los peligros y trampas de toda religión. Lo suyo no era la observancia piadosa por encima de todo, sino la búsqueda apasionada de la voluntad de Dios.
Marcos, el evangelio más antiguo y directo, presenta a Jesús en conflicto con los sectores más piadosos de la sociedad judía. Entre sus críticas más radicales hay que destacar dos: el escándalo de una religión vacía de Dios, y el pecado de sustituir su voluntad que sólo pide amor por «tradiciones humanas» al servicio de otros intereses.
Jesús cita al profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos». Luego denuncia en términos claros dónde está la trampa: «Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».
Éste es el gran pecado. Una vez que hemos establecido nuestras normas y tradiciones, las colocamos en el lugar que sólo debe ocupar Dios. Las respetamos por encima incluso de su voluntad. No hay que pasar por alto la más mínima prescripción, aunque vaya contra el amor y haga daño a las personas.
En esta religión lo que importa no es Dios sino otro tipo de intereses. Se le honra a Dios con los labios pero el corazón está lejos de él, se pronuncia un credo obligatorio pero se cree en lo que conviene, se cumplen ritos pero no hay obediencia a Dios sino a los hombres.
Poco a poco olvidamos a Dios y, luego, olvidamos que lo hemos olvidado. Empequeñecemos el evangelio para no tener que convertimos demasiado. Orientamos caprichosamente la voluntad de Dios hacia lo que nos interesa y olvidamos su exigencia absoluta de amor. Con el tiempo, no echamos en falta a Jesús; olvidamos qué es mirar la vida con sus ojos.
Éste puede ser hoy nuestro pecado. Agarrarnos como por instinto a una religión desgastada y sin fuerza para transformar las vidas. Seguir honrando a Dios sólo con los labios. Resistimos a la conversión y vivir olvidados del proyecto de Jesús: la construcción de un mundo nuevo según el corazón de Dios.
CON EL CORAZÓN LEJOS
Su corazón está lejos de mí.
Por mucho que se habla de secularización y pérdida de fe, la gente sigue siendo, en general, bastante religiosa. Seguramente, mucho más religiosa de lo que se piensa. Basta observar cómo siguen bautizando a sus hijos, enterrando a sus muertos o, incluso, celebrando sus bodas.
No es fácil saber por qué. Pero el hecho está ahí. La fuerza de la costumbre es grande. Los convencionalismos sociales se imponen. Y, por otra parte, se busca de alguna manera estar a bien con Dios y contar con su protección divina.
Pero, de hecho, estas celebraciones no son, muchas veces, un encuentro sincero con Dios. Muchas bodas, bautizos y primeras comuniones quedan reducidos a una reunión de carácter social, un acto impuesto por la costumbre o un rito que se hace sin comprender muy bien lo que significa y sin que, por supuesto, implique compromiso alguno para la vida.
Y cuando en la comunidad cristiana se dan orientaciones para celebrar la liturgia con más verdad o cuando el sacerdote trata de ayudar a vivir la celebración de manera más responsable, se le pide que no moleste demasiado, que termine cuanto antes su predicación y que siga administrando los sacramentos como se ha hecho toda la vida.
Lo que realmente importa es el vestido de la niña, la foto de los novios, las flores del altar o el reportaje de vídeo de la ceremonia. Que todo salga «muy bonito y emocionante».
Sería necesario repetir en medio de estas celebraciones las palabras de Isaías, citadas por Jesús para criticar tantos ritos y ceremonias celebrados de manera rutinaria y vacía en la sociedad judía: «Así dice Yahvé. Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío».
En estas celebraciones hay cantos y música, se cumplen fielmente los ritos, se observan las normas de las ceremonias, pero cuando se honra a Dios con los labios, ¿dónde está el corazón? Este culto lleno de convencionalismo e intereses diversos, ¿no está demasiado vacío de Dios?
El culto agrada a Dios cuando se produce un verdadero encuentro con Él, cuando se experimenta con alegría y gozo su amor salvador y cuando se escucha una llamada a vivir una vida más fiel al evangelio de Cristo.
Está bien preparar los detalles de la boda o la primera comunión. Es bueno cuidar la reunión festiva de la familia, pero si se quiere celebrar algo desde la fe, lo primero es preparar el corazón para el encuentro con Dios. Sin ese encuentro sincero con El, todo queda reducido a culto vacío donde, como diría Jesús, se deja de lado a Dios para aferrarse a tradiciones de hombres.
INDIFERENCIA
Su corazón está lejos de mí.
La crisis religiosa se va decantando poco a poco hacia la indiferencia. De ordinario, no se puede hablar propiamente de ateísmo ni siquiera de agnosticismo. Lo que mejor define la postura de muchos es la indiferencia religiosa donde no hay preguntas ni dudas ni crisis.
No es fácil describir esta indiferencia. Lo primero que se observa es una ausencia de inquietud religiosa. Dios no interesa. La persona vive en la despreocupación, sin nostalgias ni horizonte religioso alguno. No se trata de una ideología. Es, más bien, una «atmósfera envolvente» donde la relación con Dios queda bloqueada.
Hay diversos tipos de indiferencia. Algunos viven en estos momentos un alejamiento progresivo; son personas que se van distanciando cada vez más de la fe, cortan lazos con lo religioso, se alejan de la práctica; poco a poco Dios se va apagando en sus consciencias. Otros viven sencillamente absorbidos por las cosas de cada día; nunca se han interesado mucho por Dios; probablemente recibieron una educación religiosa débil y deficiente; hoy viven olvidados de todo.
En algunos la indiferencia actual es fruto de un conflicto personal vivido a veces en secreto; han sufrido miedos o experiencias frustrantes; no guardan buen recuerdo de lo que vivieron de niños o de adolescentes; no quieren oír hablar de Dios pues les hace daño; se defienden olvidándolo.
La indiferencia de otros es más bien resultado de circunstancias diversas. Salieron del pequeño pueblo y hoy viven de manera diferente en un ambiente urbano; o se casaron con alguien poco sensible a lo religioso y han cambiado de costumbres; o se han separado de su primer cónyuge y viven una situación de pareja no «bendecida» por la Iglesia. No es que estas personas hayan tomado la decisión de abandonar a Dios, pero de hecho su vida se va alejando de Él.
Hay todavía otro tipo de indiferencia encubierta por la piedad religiosa. Es la indiferencia de quienes se han acostumbrado a vivir la religión como una «práctica externa» o una «tradición rutinaria». Todos hemos de escuchar la queja de Dios. Nos la recuerda Jesús con palabras tomadas del profeta Isaías: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí».
LA TRADICIÓN
Dejáis de lado el mandamiento de Dios.
Son bastantes los cristianos que tienen la sensación de no saber ya exactamente qué es lo que hay que creer, lo que hay que cumplir y lo que hay que celebrar. ¿Qué hacer ante la marea de inseguridad y confusión que amenaza con disolverlo todo? ¿Cómo reaccionar ante esa ola de incredulidad que parece penetrar más y más en las conciencias?
Es natural que muchos busquen refugio en una «ortodoxia reforzada». Un cuerpo doctrinal seguro, un código de conducta bien definido, una organización religiosa fuerte. Ante la anarquía de posiciones, se busca la seguridad de la tradición. Ante la irrupción de tantas novedades, la solidez del pasado.
Sin duda, hay una intuición acertada en esa postura. Sería una equivocación pretender interpretar el acontecimiento cristiano exclusivamente a partir de nuestro presente, saltando por encima la tradición cristiana y prescindiendo de la larga vida de fe que ha animado a las iglesias durante veinte siglos.
El cristiano que pretende releer el evangelio sin acudir a la tradición corre el riesgo de empobrecer grandemente su lectura, desconociendo toda la riqueza y posibilidades que ese evangelio ha puesto ya de manifiesto en estos siglos.
Pero, al acudir a la tradición, es necesario evitar un grave riesgo. La fe no es algo que se va transmitiendo mecánicamente, como un objeto que se pasa de mano en mano. La fe es una vida que no puede ser comunicada sino en la misma vida. Y la única manera de vivir lo mismo en un contexto cultural nuevo consiste en vivirlo de manera nueva.
Una transmisión que no sea sino la transmisión de unas fórmulas ortodoxas o unas rúbricas litúrgicas, conducirá siempre a una asfixia mortal. En el corazón de la verdadera tradición está siempre la búsqueda del evangelio y de la verdadera voluntad del Padre hoy.
Es bueno que todos escuchemos sinceramente la advertencia de Jesús: «Dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres» (Marcos 7, 8). Ni progresistas ni tradicionalistas tienen derecho a sentirse un grupo más cristiano que el otro. Todos hemos de dejarnos juzgar por la palabra de Jesús que nos llama siempre a buscar desde el amor la verdadera voluntad de Dios.
LAS MANOS
Lo que sale de dentro.
Se nos ha dicho que tocarse es pecado. Y ciertamente lo es cuando nuestra mano golpea y hiere, o cuando el contacto sirve para manipular al otro, humillarlo o abusar de él. Pero, tocarse puede ser también otras muchas cosas.
A veces, tocarse es incómodo; nos molesta la proximidad física en el autobús o el metro, y cuando nos apretujamos en el ascensor. Otras veces, tocarse es algo frío y rutinario; hay que saludarse, y no se puede evitar el apretón de manos o el abrazo, aunque la persona nos sea casi extraña. Pero tocarse puede ser también comunicar afecto íntimo y ternura gozosa a la persona querida; la caricia sentida, el beso sincero son gestos en los que crece el amor.
Hay todavía otra posibilidad. El contacto que nos acerca al débil, la mano que acoge al que se siente enfermo o desvalido. Es esto precisamente lo que los evangelistas destacan en Jesús. De él se nos dice que «tocaba» a los leprosos, «abrazaba y bendecía» a los niños, «imponía sus manos» sobre los enfermos y los curaba. Sus manos eran acogida, bendición, fuerza sanadora. Por eso, cuando los fariseos, desde una visión estrecha y legalista, critican a los discípulos porque comen con «manos impuras», Jesús reacciona diciendo: «lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre»; las manos, por el contrario, son una bendición si irradian nuestra bondad interior.
Coger la mano de un enfermo grave, estrechar entre las nuestras la de un anciano solo y desorientado, acariciar la frente de un moribundo, abrazar a quien se derrumba al perder a su ser más querido, son gestos cargados de cercanía y amor. Una manera profunda de decirle al otro: «Estoy contigo. No sé qué decirte. Me siento tan impotente como tú. Pero comparto tu dolor.»
Esta cercanía no siempre es fácil. Se nos hace duro estrechar la mano de ese enfermo y tenerla cogida largamente y en silencio. Es más fácil distanciamos, defendemos detrás de las palabras y distraer de alguna forma nuestra impotencia y nuestra pena.
Pero ese contacto siempre es terapia. Libera de la soledad y el desamparo. Alivia el miedo y la ansiedad. Infunde aliento y esperanza. Cuando ya no hay nada que hacer y no podemos ofrecer a esa persona ningmi remedio eficaz, quedan todavía nuestras manos.
Lo saben bien muchos médicos, enfermeras y cuidadores que se acercan a los enfermos acogiendo su dolor y su impotencia. Cogidos por la prisa y atrapados en el engranaje de la organización sanitaria, no siempre pueden actuar como quisieran. Pero su trato afectuoso y cálido a los pacientes siempre hace bien. A todos ellos les quiero recordar las palabras que san Camilo de Lelis, experto en la atención a los enfermos, les decía hace ya cuatro siglos a sus compañeros: «Más corazón en esas manos, hermanos.»
CON EL CORAZON LEJOS
Su corazón está lejos de mí.
Por mucho que se habla de secularización y pérdida de fe, la gente sigue siendo, en general, bastante religiosa. Seguramente, mucho más religiosa de lo que se piensa. Basta observar cómo siguen bautizando a sus hijos, enterrando a sus muertos o, incluso, celebrando sus bodas.
No es fácil saber por qué. Pero el hecho está ahí. La fuerza de la costumbre es grande. Los convencionalismos sociales se imponen. Y, por otra parte, se busca de alguna manera estar a bien con Dios y contar con su protección divina.
Pero, de hecho, estas celebraciones no son, muchas veces, un encuentro sincero con Dios. Muchas bodas, bautizos y primeras comuniones quedan reducidos a una reunión de carácter social, un acto impuesto por la costumbre o un rito que se hace sin comprender muy bien lo que significa y sin que, por supuesto, implique compromiso alguno para la vida.
Y cuando en la comunidad cristiana se dan orientaciones para celebrar la liturgia con más verdad o cuando el sacerdote trata de ayudar a vivir la celebración de manera más responsable, se le pide que no moleste demasiado, que termine cuanto antes su predicación y que siga administrando los sacramentos como se ha hecho toda la vida.
Lo que realmente importa es el vestido de la niña, la foto de los novios, las flores del altar o el reportaje de vídeo de la ceremonia. Que todo salga “muy bonito y emocionante”.
Sería necesario repetir en medio de estas celebraciones las palabras de Isaías, citadas por Jesús para criticar tantos ritos y ceremonias celebrados de manera rutinaria y vacía en la sociedad judía: “Así dice Yahvé: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”.
En estas celebraciones hay cantos y música, se cumplen fielmente los ritos, se observan las normas de las ceremonias, pero cuando se honra a Dios con los labios, ¿dónde está el corazón? Este culto lleno de convencionalismo e intereses diversos, ¿no está demasiado vacío de Dios?
El culto agrada a Dios cuando se produce un verdadero encuentro con él, cuando se experimenta con alegría y gozo su amor salvador y cuando se escucha una llamada a vivir una vida más fiel al evangelio de Cristo.
Está bien preparar los detalles de la boda o la primera comunión. Es bueno cuidar la reunión festiva de la familia, pero si se quiere celebrar algo desde la fe, lo primero es preparar el corazón para el encuentro con Dios. Sin ese encuentro sincero con él, todo queda reducido a culto vacío donde, como diría Jesús, se deja de lado a Dios para aferrarse a tradiciones de hombres.
GESTOS VACIOS
Pero su corazón está lejos.
Según los evangelios, una de las citas más queridas de Jesús es ésta del profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”.
Estas palabras me suelen recordar casi inevitablemente ese momento en el que el sacerdote, al comienzo de la anáfora eucarística, invita a los fieles diciendo: “Levantemos el corazón» y los presentes responden: “Lo tenemos levantado hacia ci Señor».
¿Será realmente así? Exteriormente, en ese momento todos nos ponemos de pie, pero ¿levantamos de verdad nuestro corazón hacia Dios?
En general, los cristianos de occidente cuidamos poco los gestos litúrgicos y no sabemos vivirlos como expresión viva de nuestra actitud interior. A veces, ni siquiera sospechamos la fuerza que pueden tener para elevar nuestro corazón hacia Dios.
Pensemos en esas posturas y gestos sencillos que adoptamos con tanta rutina en muchas celebraciones.
Ponerse en pie es un gesto que, naturalmente, significa respeto, atención, disponibilidad. Pero es mucho más. Es la actitud más característica del orante cristiano que se siente “resucitado” por Cristo y «levantado” para siempre a la vida.
Ponerse de rodillas es un gesto de humildad y adoración. Reducimos nuestra estatura y nos hacemos “pequeños” ante Dios. No queremos medirnos con El. Preferimos confiarnos a su bondad de Padre.
Sentarse es adoptar una actitud de escucha. Somos discípulos que necesitamos acoger la Palabra de Dios y aprender a vivir con «sabiduría cristiana”.
Elevar los brazos con las palmas de las manos abiertas y vueltas hacia arriba es invocar a Dios mostrándole nuestro vacío y nuestra pobreza radical.
Inclinar la cabeza es aceptar la gracia y la bendición de Dios sobre toda nuestra persona. Dejarnos envolver por su presencia amorosa.
Golpearse el pecho con la mano es un signo humilde de arrepentimiento que expresa el deseo de romper y ablandar ese corazón nuestro demasiado duro y cerrado a Dios y a los hermanos.
Darse el gesto de la paz mirándonos al rostro y estrechando nuestras manos es acoger al hermano y despertar en nosotros el amor fraterno y la solidaridad antes de compartir la misma mesa del Señor.
Hacer el signo de la cruz es expresar nuestra condición cristiana, aceptar sobre nosotros la cruz de Cristo y consagrar nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros deseos a ese Dios que es nuestro Padre y hacia el cual caminamos siguiendo al Hijo movidos por el Espíritu.
CAMBIAR DESDE DENTRO
«Esas maldades salen de dentro».
Hay algo que los hombres y mujeres de hoy queremos ingenuamente olvidar una y otra vez. Sin una transformación interior, sin un esfuerzo real de cambio de actitud, no es posible crear una nueva sociedad.
Hemos de valorar, sin duda, muy positivamente, todos los intentos de ayudar, ennoblecer y dignificar al hombre desde fuera. Pero, las estructuras, las instituciones, los pactos y los programas políticos no cambian ni mejoran automáticamente al hombre.
Es inútil lanzar consignas políticas de cambio social si los que gobiernan el país, los que dirigen la vida pública y todos los ciudadanos, en general, no hacemos esfuerzo personal alguno para cambiar nuestras posturas. No hay ningún camino secreto que nos pueda conducir a una transformación y mejora social, dispensándonos de una conversión personal.
Los pecados colectivos, el deterioro moral de nuestra sociedad, el mal encarnado en tantas estructuras e instituciones, la injusticia presente en el funcionamiento de la vida social, se deben concretamente a factores diversos, pero tienen, en definitiva, una fuente y un origen último: el corazón de las personas.
La sabia advertencia de Jesús tiene actualidad también hoy, en una sociedad tan compleja y organizada como la nuestra. «Las maldades salen de dentro del hombre». Los robos, los homicidios, los adulterios, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, la envidia, la difamación, el orgullo, la frivolidad, que de tantas maneras toman cuerpo en las costumbres, modas, instituciones y estructuras de nuestra sociedad, «salen de dentro del corazón».
Es una grave equivocación pretender una reconversión industrial justa, sin «reconvertir» nuestros corazones a posturas de mayor justicia social con los más oprimidos por la crisis económica.
Es una ilusión falsa creer que vamos camino de una sociedad más igualitaria y socializada, si apenas nadie parece dispuesto a abandonar situaciones privilegiadas ni a compartir de verdad sus bienes con las clases más necesitadas.
Es una ingenuidad creer que la paz llegará al País Vasco con medidas policiales, acciones represivas, negociaciones o pactos estratégicos, si no existe una actitud sincera de diálogo, revisión de posturas y búsqueda leal de vías políticas.
¿Pueden cambiar mucho las cosas si cada uno de nosotros cambiamos tan poco?
CUMPLIR LA NORMA NO GARANTIZA SALVACIÓN HUMANA
Mc 07,01-23
CONTEXTO
Terminado el paréntesis de los cinco domingos que hemos dedicado al cap. 6 del evangelio de Juan, retomamos el de Marcos. Después de la multiplicación de los panes. Jesús se encuentra en los alrededores del lago de Genesaret, en la parte más alejada de Jerusalén, donde eran mucho menos estrictos a la hora de cumplir las normas de purificación. No se trata de una trasgresión esporádica de los discípulos de Jesús. El problema lo suscitan los fariseos, llegados de Jerusalén, que venían precisamente a inspeccionar.
EXPLICACIÓN
Hoy no se requieren mayores explicaciones. El texto contrapone la práctica de los discípulos con la enseñanza de los letrados y fariseos. Jesús se pone da parte de los discípulos, pero va mucho más lejos y nos advierte de que toda norma religiosa, escrita o no, tiene siempre un valor relativo.
Cuando dice que nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro, está dejando muy claro que La voluntad de Dios solo se puede descubrir en el interior y está más allá de toda Ley.
Podemos seguir manteniendo la tradición como criterio de verdad, pero no debemos olvidar que Jesús desbarató el sentido absoluto que le daban los fariseos. Dios no ha dado directamente ninguna norma de conducta. Dios no tiene una voluntad que pueda comunicarnos por medio del lenguaje, porque no tiene nada que decir ni nada que dar.
La Escritura es una experiencia cristalizada por la aceptación de un pueblo. Por ejemplo: las experiencias del Éxodo las vivió el pueblo en el siglo XIII a. de C., pero se pusieron por escrito en los s. VII – VIII. Los evangelios se escribieron 50 años después de morir Jesús.
Todas las normas que podemos meter en conceptos, son preceptos humanos; no pueden tener valor absoluto. Un precepto que puede ser adecuado para una época, puede perder su sentido en otra. Es más, las normas morales tienen que estar cambiando siempre, porque el hombre va conociendo mejor su propio ser y la realidad en la que vive.
El número de realidades que nos afectan está creciendo cada día. Las normas antiguas no sirven para las situaciones nuevas que van apareciendo. Algunas cosas que eran importantes para el ser humano en el pasado, han perdido ahora todo interés en orden a su plenitud humana.
En todas las religiones las normas y preceptos se dan en nombre de Dios. Esto puede tener consecuencias desastrosas si no se entiende bien. Todas las leyes son humanas. Cuando esas normas surgen de una experiencia auténtica y profunda de lo que debe ser un ser humano y nos ayudan a conseguir nuestra plenitud, podemos llamarlas divinas.
En realidad, lo que llamamos voluntad de Dios no es más que nuestro propio ser en cuanto perfeccionable. Eso que puede llegar a ser y aun no es, es la voluntad de Dios. Dios no tiene voluntad. Dios es un ser tan simple que no tiene partes. Todo lo que tiene lo es, todo lo que hace lo es. No existe nada fuera de Él y nada puede darnos que no sea Él.
El precepto de lavarse las manos antes de comer, no era más que una norma elemental de higiene, para que las enfermedades infecciosas no hicieran estragos entre aquella población que vivía en contacto con la tierra y los animales. Si la prohibición no se hacía en nombre de Dios, nadie hubiera hecho puñetero caso. Esto no deja de tener su sentido. Si comer carne de cerdo producía la triquinosis, y por lo tanto la muerte, Dios no podía querer que comieras esa carne, y además si lo comías, te castigaba con la muerte.
Lo que critica Jesús, no es la Ley como tal, sino la interpretación que hacían de ella. En nombre de esa Ley, oprimían a la gente y le imponían verdaderas torturas con la promesa o la amenaza de que solo así, Dios estaría de su parte. No tenían más remedio que dar a la Ley valor absoluto. Todo tiene que estar sometido a ella, incluso el ser humano. Todas las normas tenían la misma importancia, porque su único valor era que estaban dadas por Dios.
Esto es lo que Jesús no puede aceptar. Toda norma, tanto al ser formulada como al ser cumplida, tiene que tener como fin primero el bien del hombre. Ni siquiera podemos poner por delante a Dios, porque el bien de Dios es el bien del hombre. La base de todo fundamentalismo está en intentar el bien de Dios en contra del bien del ser humano.
Incluso lo que llamamos "mandamientos de la ley de Dios", son preceptos en los que se recoge lo mejor de la experiencia humana conocida, en orden a buscar lo que es bueno y lo que es malo para el hombre. En concreto, los diez mandamientos están encaminados a hacer posible la convivencia como pueblo de una serie de tribus dispersas y con muy poca capacidad de hacer grupo. En aquella época, cada país, cada grupo, cada familia tenía su dios. Para hacer un pueblo unido, era imprescindible un dios único. De ahí los mandamientos de la primera tabla. Los otros van encaminados a respetar la vida y hacienda de los demás y hacer posible una convivencia, sin destruirse.
La segunda enseñanza es consecuencia de esta: no hay una esfera sagrada en la que Dios se mueve, y otra profana de la que Dios está ausente. En la realidad creada no existe nada impuro. Tampoco tiene sentido la distinción entre hombre puro y hombre impuro, a partir de situaciones ajenas a su voluntad. Por eso la pureza nunca puede ser consecuencia de prácticas rituales ni sacramentales. La única impureza que existe la pone el hombre cuando busca su propio interés a costa de los demás.
APLICACIÓN
Las tradiciones son la principal riqueza de un colectivo, hay que valorarlas y respetarlas en grado sumo. La tradición es la cristalización de las experiencias ancestrales de los que nos han precedido. Sin esa experiencia acumulada, ninguno de nosotros podríamos alcanzar el nivel de humanidad que desplegamos.
Siendo cierto todo esto, no podemos dar valor absoluto ese bagaje, porque lo convertiremos en un lastre que nos impide avanzar hacia una mayor humanidad. En el instante en que una tradición nos impida ser más humanos debemos abandonarla. Es lo que quiere decir Jesús: dejáis a un lado la voluntad de Dios por aferraros a las tradiciones.
Todo el que pretenda daros leyes en nombre de Dios, os está engañando. La voluntad de Dios, o la encuentras dentro de ti, o no la encontrarás nunca. Lo que Dios quiere de ti, está inscrito en tu mismo ser, y en él tienes que descubrirla.
Es muy difícil entrar dentro de uno mismo y descubrir las exigencias de mi verdadero ser. Por eso hacemos muy bien en aprovechar la experiencia de otros seres humanos que se distinguieron por su vivencia y nos han trasmitido lo que descubrieron. Gracias a esos pioneros del Espíritu, la humanidad va avanzando en el camino de una mayor dedicación a los demás, superando el egoísmo.
Todo lo que nos enseñó Jesús, es la manifestación de su experiencia de Dios, que quiere decir experiencia de su ser más profundo. "Todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer". Esa experiencia completamente original, hizo que muchas normas de su religión se tambaleasen.
La Ley hay que cumplirla porque (y cuando) me lleva a la plenitud humana. Para los fariseos, el precepto hay que cumplirlo por ser precepto no porque ayude a ser más humano. El tema no puede ser más actual. En la medida que hoy seguimos en esta postura "farisaica", nos estamos apartando del evangelio.
El obrar sigue al ser, decían los escolásticos. Lo que haya dentro de ti, es lo que se manifestará en tus obras. Es lo que sale de dentro lo que determina la calidad de una persona. Yo diría: lo que hay dentro de ti, aunque no salga, porque lo que sale puede ser una pura programación.
Lo que comas te puede sentar bien o hacerte daño, pero no afecta a tu actitud espiritual. La trampa está en confiar más en la práctica externa de una norma, que en la actitud interna que depende solo de mí. Las prácticas religiosas son, con frecuencia, una coartada para dispensarnos de la conversión del corazón.
Meditación-contemplación
"El culto que me dan está vacío".
Tremenda acusación, pero cierta, también hoy, en la mayoría de los casos.
Todo culto que no proceda del corazón
y no lleve a descubrir la cercanía de Dios, es inútil.
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Dios no tiene ojos para ver las ceremonias
ni oídos para escuchar los cantos y oraciones.
Eres tú el que tienes que descubrir a Dios dentro de ti
y escuchar lo que te dice a través de tu propio ser.
Sin esa escucha, no hay religiosidad posible.
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Los ritos, ceremonias, sacramentos y oraciones
son útiles en la medida que me llevan al interior de mí mismo,
Me hacen descubrir lo que Dios es para mí en ese instante
y me llevan a vivir y manifestar esa realidad en mi relación con los demás.
....................
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
• El Evangelio de este 22º Domingo del Tiempo Ordinario describe las costumbres religiosas de la época de Jesús, habla de los fariseos que enseñaban al pueblo estos usos y costumbres y sobre las instrucciones de Jesús con respecto a estos temas. Muchos de estos usos y costumbres habían ya perdido su significado y hacían muy difícil la vida del pueblo. Los fariseos veían pecado en todo y amenazaban con el castigo del infierno. Por ejemplo, comer sin lavarse las manos, era considerado un pecado. Pero estos usos y costumbres seguían siendo transmitidos y enseñados o por miedo o por superstición. ¿Tú conoces cualquier uso religioso actual que haya perdido su significado, pero que se sigue enseñando? En el transcurso de la lectura del texto trataremos de poner atención a la conducta de Jesús, a lo que Él dice con respeto a los fariseos y a lo que Él enseña en relación con los usos religiosos enseñados por los fariseos.
• El texto de la liturgia de este domingo hace una selección y omite algunos versículos para hacer el texto menos largo y más comprensible. A continuación, damos el texto íntegro y ofreceremos un comentario también de los versículos omitidos por la liturgia. Las partes omitidas por la liturgia van en cursiva.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Marcos 7,1-2: Ataque de los fariseos y libertad de los discípulos
Marcos 7,3-4: Explicación de Marcos sobre la Tradición de los Ancianos
Marcos 7,5: Escribas y fariseos critican el comportamiento de los discípulos de Jesús
Marcos 7,6-8: Dura respuesta de Jesús sobre la incoherencia de los fariseos
Marcos 7,9-13: Ejemplo concreto de cómo los fariseos vaciaban de contenido el mandamiento de Dios
Marcos 7,14-16: Aclaración de Jesús a la gente: un nuevo camino para llegar a Dios
Marcos 7,17-23: Aclaración de Jesús a los discípulos.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado o que ha llamado más tu atención? ¿Por qué?
b) Según el texto ¿cuáles son las costumbres que los fariseos enseñaban a la gente? ¿Qué crítica hace Jesús en relación con los fariseos?
c) En el texto ¿cuál es el nuevo camino que Jesús señala a la gente para llegar a Dios?
d) En nombre de la “tradición de los antiguos” no observaban los mandamientos. ¿Sucede esto hoy? ¿Dónde y cuándo?
e) Los fariseos eran judíos practicantes, pero su fe estaba separada de la vida de la gente. Por esto Jesús los critica. ¿Nos criticaría hoy Jesús? ¿En qué?
Para aquéllos que quieren profundizar en el tema
a) Contexto de entonces y de hoy:
i) Durante la lectura de esta Lectio miramos de cerca el comportamiento de Jesús respecto a la pureza. Marcos había ya afrontado este tema. En Mc 1,23-28, Jesús arroja un demonio impuro. En Mc 1,40-45, cura un leproso. En Mc 5,25-34, cura a una mujer considerada impura. En otros diversos momentos, Jesús toca a enfermos físicos sin miedo de convertirse impuro. Ahora, aquí, en el capítulo 7º, Jesús ayuda a la gente y a los discípulos a profundizar el concepto de pureza y las leyes de la pureza. ii) Desde siglos, los judíos, para no contraer la impureza, tenían prohibido entrar en contacto con los paganos y de comer con ellos. En los años 70, época en la que Marcos escribe su evangelio, algunos judíos convertidos decían: “¡Ahora que somos cristianos debemos abandonar las antiguas usanzas que nos separan de los paganos convertidos!”. Pero otros judíos convertidos pensaban que se debía continuar observando las leyes relativas a la pureza. La conducta de Jesús, descrita en el evangelio de hoy, ayuda a superar este problema.
b) Comentario del texto:
Marcos 7,1-2: Control de los fariseos y libertad de los discípulos
• Los fariseos y algunos escribas, venidos de Jerusalén, observaban que los discípulos de Jesús comían el pan con manos impuras. He aquí tres puntos que merecen ser señalados: (i) ¡Los escribas son de Jerusalén, de la capital! Esto significa que habían venido para observar y controlar los pasos de Jesús. (ii) ¡Los discípulos no se lavan las manos antes de comer! Significa que la convivencia con Jesús les da valor para transgredir las normas impuestas por la tradición, pero que no tienen sentido para la vida.(iii) La costumbre de lavarse las manos, que continúa siendo hoy una importante norma de higiene, había tomado para ellos un significado religioso que servía para controlar y discriminar a las personas.
Marcos 7,3-4: Explicación de Marcos sobre la tradición de los antiguos
• “Las tradiciones de los antiguos” transmitía las normas que debían ser observadas por la gente para poder obtener la pureza legal querida por la ley. La observancia de la pureza era un tema muy serio. Se pensaba que una persona impura no podría recibir la bendición prometida por Dios a Abrahán. Las normas de la pureza eran enseñadas de modo que, las personas, observándolas, pudiesen tener un camino hacia Dios , fuente de paz. En realidad, en vez de ser una fuente de paz, era una prisión, una esclavitud. Para los pobres, era prácticamente imposible observarla. ¡Se trataba de centenares y centenares de normas y de leyes! Por esto, los pobres eran despreciados y considerados personas ignorantes y malditas que no conocían la ley (Jn 7,49)
Marcos 7,5: Escribas y fariseos critican el comportamiento de los discípulos de Jesús
• Los escribas y fariseos preguntan a Jesús: ¿Por qué tus discípulos no viven según la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?¡Ellos fingen estar interesados por conocer el porqué de la conducta de los discípulos! En realidad, critican a Jesús por permitir a los discípulos transgredir las normas de la pureza. Los escribas y los doctores de la ley eran los encargados de la doctrina. Dedicaban su vida al estudio de la Ley de Dios, sobre todo las normas relativas a la pureza. Los fariseos formaban una especie de hermandad, cuya preocupación principal era la de observar todas las leyes relativas a la pureza. La palabra fariseo significa separado, Ellos luchaban de modo que, a través de la observancia perfecta de las leyes de la pureza, la gente consiguiese ser pura, separada y santa como lo exigían la Ley y la Tradición. Gracias a los testimonios ejemplares de sus vidas que seguía las normas de la época, ellos tenían mucha autoridad en las aldeas de Galilea.
Marco 7,6-8: Dura repuesta de Jesús ante la falta de coherencia de los fariseos
• Jesús responde citando a Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombre. Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres” (Is 29,13) Por que los fariseos, insistiendo en las normas de la pureza, vaciaban de consistencia los mandamientos de la ley de Dios. Jesús presenta enseguida un ejemplo concreto de cómo vuelven insignificante el precepto de Dios.
Marcos 7,9-13: Ejemplo concreto de cómo los fariseos convertían inconsistente el mandamiento de Dios
• La “tradición de los antiguos” enseñaba: el hijo que consagra sus bienes al Templo, no podrá ya usar estos bienes para ayudar a sus padres necesitados. Y así, en nombre de la tradición, ellos desvanecían el cuarto mandamiento que manda amar al padre y a la madre. Hoy en día encontramos personas que obran así. Parecen muy observantes, pero lo son sólo externamente. Internamente, el corazón lo tienen lejos de Dios. Como dice un canto que se cantaba en las eucaristías hace años: “Su nombre es el Señor y pasa hambre, y vive a la
intemperie en la calle y todos los que lo ven pasan de largo, seguros de llegar temprano al templo”. En tiempos de Jesús, el pueblo, en su sabiduría, no estaba de acuerdo con todo lo que se enseñaba. Esperaba que un día el Mesías viniese a señalar otro camino para ser puros. Esta esperanza se realiza en Jesús.
Marcos 7,14-16: Aclaración de Jesús a la gente: un nuevo camino para llegar hasta Dios
• Jesús dice a la gente: “No hay nada fuera del hombre, que entrando en él, pueda contaminarlo” (Mc 7,15). Jesús invierte las cosas: lo que es impuro no viene de fuera hacia dentro, como enseñan los doctores de la ley, sino de dentro hacia fuera. Y así, ninguno tienen necesidad de preguntarse si este alimento o bebida son puros o no. Jesús coloca lo que es puro o impuro en otro nivel, sobre el nivel del comportamiento ético. Abre un camino para llegar hasta Dios, y así, realiza el deseo más profundo de la gente. Y Jesús termina su aclaración con una expresión que a Él le gusta mucho usar: “¡Quien tengas oídos para oír que oiga! O sea: ¡Esto es lo hay! ¡Lo habéis oído! ¡Ahora tratad de entenderlo!” Dicho con otras palabras, usad la cabeza y el buen sentido y analizad las cosas partiendo de la experiencia que tenéis de la vida.
Marcos 7,17-23: Aclaración de Jesús a los discípulos
• Los discípulos no acaban de entender lo que Jesús quería decir con aquella afirmación. Cuando llegaron a casa pidieron una explicación. Esta petición dejó maravillado a Jesús. Pensaba que al menos ellos lo hubiesen entendido. La explicación va hasta el fondo de la cuestión de la pureza. Declara puros todos los alimentos. O sea, ningún alimento que desde fuera entra en el ser humano podrá volverlo impuro, porque no va al corazón, sino al estómago y termina en el excusado. Lo que vuelve impuro, dice Jesús, es lo que, desde dentro, desde el corazón, sale para envenenar las relaciones humanas. Y las enumera: Fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, avaricias, maldades, fraudes, libertinaje, envidia, calumnia, soberbia, insolencia, insensatez” Así, de muchos modos, por medio de la palabra, del gesto o de la convivencia, Jesús ayudaba a las personas a ser puras. Por medio de la palabra, purificaba a los leprosos (Mc 1,4044), arrojaba los espíritus inmundos (Mc 1,26-39; 3,15.22 etc.) y vencía la muerte, fuente de todas las impurezas. Por medio del gesto, la mujer considerada impura vuelve a ser limpia (Mc 5,25-34). Por medio de la convivencia con Jesús, los discípulos se ven animados a imitar a Jesús que, sin miedo de contaminarse, come con las personas consideradas impuras. (Mc 2,15-17).
c) Ampliando conocimientos:
Las leyes de la pureza y de la impureza en tiempos de Jesús
La gente de aquella época tenía una gran preocupación por el problema de la pureza. Las normas sobre la pureza indicaban las condiciones necesarias para poder ponerse en presencia de Dios y sentirse a gusto ante Él. No se podía estar delante de Dios de cualquier modo. Porque Dios es Santo. La Ley decía: “¡Sed santos, porque Dios es Santo!" (Lev 19,2). Quien no se hallaba puro no podía ponerse delante de Dios para recibir la bendición prometida a Abrahán. Para entender la seriedad y la gravedad de estas leyes sobre la pureza conviene recordad lo que sucedía en nuestras iglesias hace ahora unos cincuenta años. Antes del Concilio Vaticano II, para poder comulgar por la mañana era necesario estar en ayunas desde la media noche precedente. Quien comulgaba sin haber ayunado cometía pecado mortal llamado sacrilegio. Se pensaba que un poco de alimento o algo de beber nos volvía impuros para recibir la hostia consagrada. También en el tiempo de Jesús había muchas cosas y actividades que volvían impuras a las personas, imposibilitadas de ponerse delante de Dios: tocar un leproso, comer con publicanos, comer sin lavarse las manos, tocar la sangre o el cadáver y otras muchas. Todo esto volvía impura a las personas y el contacto con estas personas contaminaba a otros. Por esto, estas personas “impuras” debían ser evitadas. La gente vivía apartada, siempre amenazada de tantas cosas impuras que amenazaban su vida. Todos vivían bajo el miedo, temerosos de todo y de todos. Ahora, con la venida de Jesús, de improviso, todo cambia. Por la fe en Jesús, era posible obtener la pureza y sentirse cómodo delante de Dios, sin que fuese necesario observar todas aquellas leyes y normas de la “tradición de los antiguos”. ¡Fue una verdadera y propia liberación! La Buena Noticia anunciada por Jesús hace salir al pueblo de la defensiva y le restituye las ganas de vivir, la alegría de ser hijos de Dios, sin miedo a ser felices.
J. ALDAZÁBAL
VUELVE MARCOS, EL EVANGELISTA DEL AÑO
Después de unos domingos en que hemos escuchado el capítulo 6 del evangelio de Juan, volvemos al que durante el 2000 es nuestro "evangelista del año", san Marcos, que iremos escuchando hasta el Adviento, a principios de diciembre.
La lectura continuada del evangelio de domingo en domingo nos da la ocasión de ir asimilando, no tanto en el orden del "catecismo", sino en el de la "historia", los diversos acontecimientos y enseñanzas de Jesús que, a la larga, abarcan todo el misterio de nuestra fe y de la vida cristiana. Hoy, por ejemplo, aparece el tema de los fariseos, buenas personas, cumplidores de la ley de Dios, pero con unos defectos muy notorios que Cristo denunció con insistencia. Es un espejo en el que también nosotros nos tenemos que mirar.
SÍ, TENEMOS QUE CUMPLIR LA LEY
La primera lectura, por boca de Moisés, nos ha advertido que tendremos vida sólo si cumplimos la voluntad de Dios en nuestra existencia.
En los mandamientos de Dios está la clave del éxito en nuestra vida, y el camino de la felicidad, y la fuente de la verdadera sabiduría. Si el pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento, se sentía tan satisfecho de la cercanía de Dios que les hablaba por los profetas, ¿cuánto más nosotros, los que hemos escuchado la voz del Profeta por excelencia, el Hijo, ¿Cristo Jesús?
El salmo ha insistido en la misma perspectiva: sólo merece el nombre de buen creyente y miembro del pueblo elegido "el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales y no calumnia... el que no hace mal a su prójimo... El que así obra, nunca fallará".
También la segunda lectura -hoy hemos comenzado a leer la carta de Santiago- nos ha invitado enérgicamente, no sólo a oír la Palabra de Dios (como hacemos en cada Eucaristía), sino a ponerla en práctica, porque si no, nos engañaríamos. Y nos ha dicho que la "religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre" es ayudar a los huérfanos y a las viudas, y no dejarse contaminar con los criterios de este mundo cuando son contrarios a los de Cristo.
La verdadera sabiduría no está en nuestros instintos o en las modas o estadísticas de este mundo, sino en conocer y seguir la voluntad de Dios, que nos comunica en su Palabra revelada.
* PERO NO AL ESTILO DE LOS FARISEOS
La norma, la ley, es necesaria, y nos sirve de camino para el bien y para la armonía interior y exterior.
Pero Jesús critica en los fariseos un estilo defectuoso en su cumplimiento de la ley. Será bueno que hagamos examen de conciencia, por si también nosotros merecemos estas acusaciones.
* Los fariseos exageraban en su interpretación de la ley, creando en los demás un complejo de angustia y opresión; como cuando discutían de si los discípulos de Jesús podían en sábado comer unos granos de trigo al pasar por el campo; o si un enfermo podía extender su mano para que la curara jesús; en el pasaje de hoy la discusión es sobre si tienen que lavarse o no las manos antes de ponerse a comer. ¿Somos así nosotros? ¿somos capaces de perder la paz, y hacerla perder a otros, por minucias insignificantes en la vida familiar o eclesial? ¿sabemos distinguir entre lo que tiene verdadera importancia y lo que no? Son aspectos en que podemos caer como personas y también como institución, incluida la Iglesia como tal, a lo largo de la historia.
* Los fariseos daban importancia a la apariencia exterior y descuidaban lo interior; Jesús les ataca alguna vez llamándoles "sepulcros blanqueados", limpios por fuera y podridos por dentro. Es el defecto del legalismo o del formalismo exterior. Lo exterior es bueno -la vida está hecha de detalles-, pero no es lo principal; las actitudes interiores hay que cuidarlas más. Jesús nos dice hoy, por ejemplo, que no es tanto lo que comemos o dejamos de comer, sino nuestros sentimientos interiores y las palabras que salen de nuestra boca lo que importa.
* Los fariseos son atacados por Jesús por hipócritas: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". Somos fariseos cuando aparentamos por fuera una cosa y por dentro pensamos o hacemos lo contrario. Es fácil juntar las manos o decir oraciones o cantar o llevar medallas; lb difícil es vivir en cristiano y actuar conforme dicen nuestras palabras.
* Los fariseos se creían justos, santos, superiores a los demás. Y así se presentaban también ante Dios en su oración. Cuando Jesús contó la parábola del fariseo y del publicano, dijo que éste, el publicano, que se reconocía pecador, bajó del Templo perdonado. Y el fariseo, no.
La Palabra de Dios nos urge hoy, por tanto, a ser cumplidores de la ley y de la voluntad de Dios. Pero con convicción y con amor. No según el estilo de los fariseos, que puede ser el nuestro, tanto si somos eclesiásticos como laicos, jóvenes o mayores.
JOSÉ LLIGADAS
-VOLVEMOS A MARCOS
Terminados ya los cinco domingos que leíamos el capítulo sexto de Juan, hoy volvemos a recuperar el evangelio correspondiente a este ciclo, Marcos, que ya no dejaremos hasta el final del año litúrgico. El evangelio de Marcos tiene un esquema básico y unas ideas de fondo, pero, en cambio, no tiene una organización sistemática de los hechos o de las palabras de Jesús. Por eso, prácticamente, cada escena evangélica es un acontecimiento en sí misma, y presenta un aspecto, una faceta, de este Jesús que se manifiesta y que a través de él manifiesta el Reino de Dios.
Si nos lo miramos bien, si vamos al fondo de cada uno de los textos que iremos leyendo, nos daremos cuenta de que Jesús marca unos caminos de vida que no se ajustan al modelo que habitualmente se tiene por normal y razonable. Lo que Jesús propone rompe con las rutinas sociales e incluso eclesiales. Y valdría la pena que no escondiéramos esa radicalidad, al contrario, que la hiciéramos notar. Y que hiciésemos notar también que Jesús nos obliga constantemente a revisar en qué dirección tenemos puesta nuestra vida. Porque el interés de Jesús no radica tanto en lo que hacemos y en lo que conseguimos, sino en qué dirección nos ponemos.
Y dado que cada domingo el evangelio nos mostrará un acontecimiento o una palabra de Jesús que afecta aspectos profundos de nuestra vida personal y comunitaria, podría resultar pedagógico, ahora que se inicia un nuevo curso, plantear la Eucaristía y la predicación de los cinco domingos de septiembre como una reflexión sobre cinco actitudes básicas personales o comunitarias que nos pueden servir de guía y programa para todo el año. Si se planteara así, iría bien, por ejemplo, escribir estas actitudes con un rótulo y colgarlo en algún lugar de la iglesia para que todo el año sirva de recordatorio.
-LLAMADOS A SER "UN PUEBLO SABIO E INTELIGENTE"
Moisés en la primera lectura reivindica el seguimiento de los mandamientos de Dios con un argumento que a primera vista puede parecer sorprendente: no porque Dios lo haya mandado, sino porque de por sí mismos se ve que son buenos, que valen la pena. Hasta el punto de que, en estos mandamientos, se muestra como Dios no es un Dios arbitrario que manda cosas porque sí, sino que el mandamiento de Dios es que el hombre viva de la manera más humanizadora. ¡El Dios de Israel es el Dios que se manifestó precisamente liberando a su pueblo de la esclavitud! Esta novedad de Israel llega a plenitud en Jesucristo. El mandamiento de Jesús es éste: que el hombre sea humano hacia sí mismo y hacia los demás. Y, por tanto, cuestiona toda ley que mande otras cosas, aunque parezca que venga de Dios. Incluso la tradición ritual de las abluciones, que originalmente fue un bien, porque obligaba a la higiene, es cuestionada: Jesús, aquí, diríamos que reivindica la autonomía de la ciencia, ya que la higiene ha de ser defendida en nombre de la higiene, y no convertirla en una especie de mandamiento divino arbitrario, una exigencia del culto.
El Evangelio será, en definitiva, esto: la revelación de que el Reino de Dios es todo aquello que haga a los hombres más humanos; la revelación de que el camino de Dios es combatir todo lo que hace daño al hombre (la lista de cosas que según Jesús "contaminan" al hombre) y dedicarse a todo lo que le hace bien: el amor. El Evangelio será revelar que Dios no manda cosas arbitrarias e injustificables, sino tan sólo lo que humaniza y realiza al hombre. Eso es, al fin y al cabo, lo que Jesús vivió.
Y todo hombre limpio de corazón, aunque no sea creyente, si lee el Evangelio fácilmente reconocerá que en él se revela lo más auténtico del ser hombre. (Y por eso, a menudo el comportamiento de los cristianos o incluso de algunos criterios eclesiales pueden enturbiar esta limpieza del Evangelio).
-NO LAS LEYES Y LOS RITOS SINO LA VIDA ENTREGADA AL AMOR
Esta sería la actitud que hoy el evangelio quiere resaltar: la fe en Jesús no tiene su fundamento en leyes y ritos sino en sacar de nosotros todo aquello que nos contamina: todo aquello que nos estropea por dentro, y sobre todo aquello que hace daño a los demás, sea por acción o por omisión. La lista que hace Jesús es muy significativa, y afecta a las relaciones personales, a la vida de matrimonio, a la vida económica y laboral, a todo lo que hacemos.
Porque es aquí, en todas las realidades y aspectos de nuestra vida de cada día, donde se juega la realidad o la falsedad de nuestro seguimiento a Jesús. Y aquí irá bien leer la claridad y contundencia con que Santiago, en la segunda lectura, expresa cuál es "la religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre", en perfecta sintonía con lo que ha dicho Jesús en el evangelio de hoy.
PEDRO MARÍA IRAOLAGOITIA
Lavarse las manos antes de comer era entonces uno de los gestos externos de pureza moral. Y a los fariseos de todos los tiempos siempre nos han importado mucho los gestos externos.
A Cristo no tanto. Cristo nos responde que lo limpio y lo sucio del hombre no está en las manos sino en el corazón.
Y esto va por todos nosotros: por los cristianos que nos lavamos las manos y vamos por ahí con nuestras manos cristianamente lavadas, pero con nuestro corazón cristianamente sucio.
Cristo no dijo: "Bienaventurados los que se lavan las manos, porque así verán los hombres que estáis limpios". Cristo dijo: "Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios". A El le iba a condenar a muerte un hombre que tuvo mucho cuidado de que el pueblo viera que se lavaba muy bien las manos. Le iban a llevar a la cruz unos fariseos como aquellos, que tenían negro el corazón, pero que no iban a entrar en el pretorio de Pilato, para no contaminarse la víspera de la Pascua.
Cristo quiso trazar una línea bien clara entre los limpios de corazón y los que se lavan las manos.
Es que lavarse las manos es fácil; lo difícil es lavarse el corazón.
Todos sabían que el gesto de Pilato no valía. Y hoy creemos todavía mucho menos en esta clase de gestos externos.
No vale. Lavarse las manos y luego dejar que crucifiquen a Cristo. No vale.
No vale. Lavarse las manos y luego convencerse de que uno no puede hacer nada ante tantas situaciones injustas que hay cerca y lejos de nosotros. No vale.
No vale. Lavarse las manos y luego decir que es una pena que haya pobres, enfermos, guerras, desastres. No vale.
No vale. Lavarse las manos y luego decir que uno no puede cambiar el mundo. No vale. Vale, por ejemplo, lo de Mateo, que era uno de aquellos discípulos que comía sin lavarse el polvo de las manos, pero que se había limpiado el corazón de dinero, que es una de las cosas que más ensucia lo de dentro de los hombres. Mateo tendría barro en las manos, pero no tenía dinero y más dinero en el corazón; y a esto le llama Cristo estar limpio.
Es mucho más fácil lo que hizo Pilato para lavarse las manos, que lo que tuvo que hacer, por ejemplo, Zaqueo, para lavarse el corazón. A Pilato le bastó un gesto espectacular y estúpido. Pero a Zaqueo, para lavarse el corazón, le hizo falta devolver cuatro veces lo robado y dar la mitad de lo suyo a los pobres.
No nos servirá el lavarnos las manos. Sólo la bondad nos hará limpios por dentro: la negación de nuestro propio egoísmo y la generosidad, la entrega, el trabajo por los demás.
Y no es que falten entre nosotros los limpios de corazón. Todas las gentes no son tan malas, gracias a Dios. Tendrán algo de polvo en las manos, pero tienen fundamentalmente limpio el corazón.
"Vosotros estáis limpios, aunque no todos", les dijo un día Cristo. Sólo uno no estaba limpio.
Casualmente era uno que tenía las treinta monedas aferradas, no precisamente con las manos... sino con el corazón.
ATADURAS
Mc 07, 01-23
Había una vez un monasterio en el que se respetaba el silencio escrupulosamente. Pero cada día, justo a las seis de la tarde, cuando los monjes iniciaban el rezo de Vísperas, aparecía un gato por la puerta de la iglesia, maullando fuertemente.
Ante la insistencia e intensidad de los maullidos, el abad tomó una decisión: pidió a un hermano que, de seis a siete de la tarde, atara al gato en un pilar que había a la entrada del monasterio, lejos de la capilla donde ellos rezaban. Y así lo hacía el hermano cada tarde.
Pero pasó el tiempo. El abad falleció y vino a sustituirle un monje de otro convento lejano, que pronto advirtió lo que cada tarde se hacía con el gato.
Meses después falleció el gato. Inmediatamente, el nuevo abad llamó al hermano y le dijo: "Compre cuanto antes otro gato para atarlo cada tarde de seis a siete en la columna de la entrada".
Este antiguo cuento muestra una tendencia bastante habitual en el comportamiento humano. Empezamos haciendo algo porque resulta útil, pero pronto absolutizamos esa acción, convirtiéndola en un rito al que atribuimos valor por sí mismo, al margen de su utilidad.
Cuando eso se produce, pareciera como si el único motivo para mantener una acción o un comportamiento fuera que "siempre se ha hecho así".
Si, además, a ese comportamiento se le ha otorgado un carácter "religioso", se añade otra razón poderosa para perpetuarlo. Y si, finalmente, la autoridad se arroga el poder de controlarlo y de vigilar su cumplimiento, tenemos todos los ingredientes, tanto para el inmovilismo como para situar la acción prescrita por encima incluso del valor o del bien de la persona.
Todo esto queda de manifiesto en el relato evangélico que leemos hoy. Los fariseos y doctores de la ley vigilaban rigurosamente el cumplimiento de las normas rituales; entre ellas, la de lavarse las manos antes de comer.
Probablemente, tal norma hubiera nacido como una medida de prevención higiénica. El error se produce cuando se absolutiza y se termina declarando "impuras" (religiosamente) a las personas que la incumplen.
De ese modo, lo que podía ser una prescripción saludable –también hoy los padres recuerdan a sus hijos la necesidad de lavarse las manos antes de comer- se terminó convirtiendo en un arma de poder y en un pretexto gravemente discriminatorio.
Pretextos de ese tipo se han utilizado (se utilizan) con frecuencia en la sociedad para estigmatizar a determinadas personas y colectivos. Y la autoridad, religiosa o civil, se ha convertido en "policía de las conciencias", acusando, condenando o incluso eliminando a quienes se salían de la norma prescrita.
Cuando todo eso se producía en el ámbito de la religión, la autoridad apelaba rápidamente al mandamiento divino, para otorgar mayor fuerza a sus pretensiones. En este caso, debía actuarse de una determinada manera, no solo porque "siempre se ha hecho así", sino porque "Dios lo ordena".
De este modo, la autoridad religiosa hacía a Dios cómplice de su propia actitud, con dos graves consecuencias. Por un lado, se estimulaba una actitud típicamente farisea, inflando el orgullo de los observantes de la norma. Por otro, generaba ateísmo en aquellas mentes lúcidas que se negaban a tomar como absoluta una norma que en ningún caso lo era.
De hecho, cada vez que la autoridad invoca el nombre de Dios para justificar sus decisiones, propias o recibidas, no hace sino "tomar el nombre de Dios en vano", reduciendo el Misterio a un ídolo, superpolicía moral del universo, que no puede sino provocar rechazo. No es extraño que el recurso fácil a la "voluntad de Dios" haya sido visto como "el asilo de la ignorancia" (B. Spinoza, Ética I, Apéndice, Alianza editorial, Madrid 2011, p.114) y "del antropomorfismo" (A. Comte-Sponville, El alma del ateísmo, Paidós, Barcelona 2006, p.115).
Una vez más, frente a las trampas de la religión, la actitud de Jesús es inequívoca. Hasta el punto de que cuesta entender cómo hay personas que profesan ser seguidores suyos y siguen absolutizando normas, ritos, creencias..., por encima del bien de las personas, a las que no dudan en anatematizar y descalificar del modo más furibundo.
Las palabras de Jesús –que toma de Isaías, otro gran profeta de su pueblo- apuntan directamente hacia el corazón: "Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos".
Tales palabras parece que tendrían que convertirse, para la persona religiosa, en un interrogante siempre actual: ¿Dónde creo encontrar a Dios? ¿En las normas, en los ritos, en las creencias... o en el corazón? Es indudable que el comportamiento personal será radicalmente distinto, si hemos identificado a Dios con nuestras creencias o si lo experimentamos en lo profundo de nuestro ser. En el primer caso, habrá fanatismo; en el segundo, respeto y amor.
La tendencia humana a absolutizar las palabras que empleamos suele jugarnos muy malas pasadas. Así, suele darse el caso de que basta que una persona nombre a "Dios", para creer que ya actúa desde Él. Se ha sustituido la experiencia personal –siempre transformante- por un sonido verbal que, en no pocos casos, no es sino un "flatus vocis", pura palabra vacía.
"Nadie se emborracha con la palabra vino", nos han repetido los místicos sufíes. Y nadie se transforma por el hecho de repetir constantemente la palabra "dios".
Lo decisivo, como recordaba Jesús, es el "lugar" donde vivimos a Dios; es decir, la experiencia inmediata y directa de percibirnos en conexión con el Misterio que habita todos los seres y que, por eso mismo, se es capaz de reconocerlo en cada uno de ellos, tal como se reconoce en uno mismo.
JESÚS Y LA RELIGIÓN
Mc 07, 01-23
El texto que leemos ha sido despiadadamente mutilado, eligiendo una serie de versículos y prescindiendo de otros, con lo que se pierde bastante de la energía de la composición de Marcos, aunque se conserva lo esencial. El texto completo es:
Cp 7|v1 Se reúnen junto a él los fariseos, así como algunos escribas venidos de Jerusalén. |v2 Y al ver que algunos de sus discípulos comían con manos impuras, es decir no lavadas, |v3 es que los fariseos y todos los judíos no comen sin haberse lavado las manos hasta el codo, aferrados a la tradición de los antiguos, |v4 y al volver de la plaza, si no se bañan, no comen; y hay otras muchas cosas que observan por tradición, como la purificación de copas, jarros y bandejas.
|v5 Por ello, los fariseos y los escribas le preguntan: «¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?»
|v6 El les dijo: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, según está escrito: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. |v7 En vano me rinden culto, ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. |v8 Dejando el precepto de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres.» |v9 Les decía también: «¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición! |v10 Porque Moisés dijo: Honra a tu padre y a tu madre y: el que maldiga a su padre o a su madre, sea castigado con la muerte. Pero vosotros decís: |v11 Si uno dice a su padre o a su madre: "Lo que de mí podrías recibir como ayuda lo declaro Korbán es decir: ofrenda ", |v12 ya no le dejáis hacer nada por su padre y por su madre, |v13 anulando así la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido; y hacéis muchas cosas semejantes a éstas.»
|v14 Llamó otra vez a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. |v15 Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. |v16 Quien tenga oídos para oír, que oiga.» |v17 Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola. |v18 El les dijo: «¿Conque también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, |v19 pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» así declaraba puros todos los alimentos.
|v20 Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. |v21 Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, |v22 adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. |v23 Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre.» (Mc 7:1 23)
Los versículos suprimidos son 8-13 y 15-20. En 8-13 Jesús aplica la doctrina no sólo a las costumbres tradicionales sino a la misma interpretación de la Ley que hacen los fariseos. En efecto, los fariseos habían desarrollado los preceptos de la Ley ampliándolos y especificándolos en infinitos mandamientos, transmitidos muchas veces oralmente. Esta enorme carga de preceptos era absolutamente incumplible por la gente normal, pero se observaba meticulosamente por parte de los fariseos, que se consideraban, por ello, "justos". Jesús rechaza en principio todo ese mundo de preceptos pero, además, la misma interpretación de la Ley como cumplimiento escrupuloso de preceptos. Lo que mancha al hombre no viene de fuera, sino de dentro: las cosas no son puras o impuras; es el corazón del hombre lo que las hace puras o impuras.
En 15-20 se da la enseñanza al pueblo, en contraposición de 21-23 en que se explica todo más detenidamente a los discípulos. Marcos va subrayando cada vez más la doble actividad de Jesús: con las masas y con los discípulos. En esta línea se inscribirá el "secreto mesiánico", tan característico de Marcos, que en definitiva significa el alejamiento por parte de Jesús del concepto mesiánico habitual, sustituyéndolo por el anuncio de la cruz y la resurrección.
Así, la enseñanza de Jesús pasa de la defensa de los discípulos porque no cumplen todas las tradiciones farisaicas, a una interpretación mucho más profunda y espiritual de la ley y de la religión misma.
El texto refleja dos oposiciones históricamente reales: la que opusieron a Jesús los fariseos y los letrados (especialmente los de Jerusalén), y la que sufrieron las comunidades cristianas por parte de esos mismos fariseos, ya en el nacimiento de las comunidades cristianas (recuérdese la persecución ejercida por el fariseo Saulo) y más radicalmente tras la destrucción del Templo y la desaparición de la clase sacerdotal.
Es un texto muy característico de la mentalidad e intención de Marcos. Desde el comienzo de la predicación de Jesús en Galilea, Marcos presenta la oposición de los fariseos y los letrados, en contraste con el entusiasmo de la gente. Desde los capítulos primero y segundo se subraya la oposición larvada, que se hace manifiesta en la comida en casa de Leví (2, 16), en el ayuno (2,18) en las acciones y curaciones en sábado (2,23. 3,1). Esta oposición va a ir creciendo hasta convertirse en una verdadera persecución. Ya en 3,6 los fariseos y los herodianos se proponen acabar con él, y en 3,22 dicen que lleva dentro a Belcebú.
Marcos presenta pues una figura de Jesús sumamente polémica, que culmina en la gran reprobación del capítulo 12, en vísperas de la Pasión, cuando ya la situación de ruptura es irreversible. Así, el evangelio de Marcos representa una posición muy diferente a la de Mateo, que presenta a Jesús mucho más como culminación de la Ley, aunque es el que más violentamente narra la oposición y condena de los fariseos en el terrible capítulo 23.
Marcos nos muestra la evolución de las comunidades cristianas, que parten de entender a Jesús desde la Antigua Ley, como cumbre de la misma, y llegan hasta entenderle como "vino nuevo que rompe los odres viejos" (Mc.2,22).
REFLEXIÓN
El evangelio de Marcos nos invita a entrar una vez más en el mundo de la religiosidad, de las deformaciones de la religiosidad, y de la extremada supremacía del mensaje de Jesús sobre otras formas de religiosidad, presentes tanto en su entorno como en nosotros, hoy. A Jesús lo llevarán a la muerte cuatro irreligiosidades básicas: la de los fariseos y letrados, la de los saduceos y sacerdotes, la de los políticos romanos, la del pueblo.
Los saduceos, los sacerdotes y el poder político romano serán los que definitivamente y como protagonistas eliminen a Jesús: lo consideran un peligro para la estabilidad y la conveniencia. Jesús desequilibra una situación conveniente: el status quo entre el poder de Israel y Roma, el enorme negocio del Templo, la religión "oficial", la estabilidad política y religiosa, injusta pero conveniente para las clases dirigentes.
Externamente, el pueblo abandona a Jesús en el momento más importante. Las autoridades temían que detener a Jesús públicamente produjera una revuelta, pero se equivocaban: el pueblo tiene que elegir entre la religión de Jesús, tan pura, tan personal y tan poco nacionalista, y la religión tradicional. Y el pecado del pueblo es elegir "pan y circo", como se muestra en la reacción popular ante la multiplicación de los panes: un mesías milagrero que da de comer gratis, ése es nuestro rey. Un Mesías desinteresado por esos aspectos, que predica el Reino a los pobres y propone como programa la conversión, deja de ser popular. La inmensa mayoría del pueblo no quiere conversión sino facilidades materiales.
En lo más íntimo del problema, los fariseos y los letrados, que entienden muy bien el meollo del problema, desde el principio: no se trata de política o de nacionalismo religioso, se trata del corazón de la religión. Y esta polémica es absolutamente actual, en el corazón de cada uno y en la concepción misma de la iglesia.
Hay dos clases de "religión". Una "de fuera a dentro y de arriba a abajo". Otra "de dentro a fuera y de abajo a arriba", y éstas dos se pelean en el mundo y en cada uno de nosotros. "De fuera a dentro y de arriba a abajo" significa separar el mundo en sagrado/profano, entender a los creyentes como privilegiados, dar valor objetivo al culto por el mero hecho de asistir a lo que se celebra, sentirse justo por cumplir preceptos, imaginar a Dios como juez, creer más en la divinidad que en la humanidad de Jesús, entender a la jerarquía religiosa desde los parámetros del poder civil multiplicado por el aval divino. Es una religiosidad fundada en la seguridad, en la posesión de la Palabra, no siente la necesidad de cambio (más aún, lo teme y lo rechaza), tiende a excluir y condenar a los que piensan de distinta manera, da gran importancia a las manifestaciones externas de lo religioso, se considera maestra de todos los demás.
"De dentro afuera y de abajo a arriba" significa que la esencia de lo religioso es la búsqueda de sentido a la vida desde el interior, sentir a Dios como levadura de todo lo humano, entender la divinidad desde la humanidad de Jesús, no sentirse poseedor de la verdad absoluta sino mensajero de una palabra que es para todos, sentir menos seguridad que necesidad de buscar y caminar, sentirse inclinado a compartir la búsqueda con todos los hombres de buena voluntad, preferir sembrar entre los sencillos que dominar desde las estructuras, no entender el pecado como ofensa sino como enfermedad, sentirse invitado a cambiar todos los segundos de la vida, no utilizar la Palabra como seguridad sino como llamada a la conversión.
Los fariseos y los letrados fueron expresión paradigmática de la primera actitud: Dios es para Israel; la palabra humana de la Ley está avalada por Dios; cumplir los preceptos nos hace justos ante Dios; la autoridad de la tradición es inmutable, tan importante como la misma Palabra de Dios; sólo los jerárquicamente autorizados pueden interpretar la palabra; el pueblo es pecador y sus jefes, letrados y sacerdotes son santos.
Jesús es la más sorprendente manifestación de todo lo contrario; es la gente sencilla la que entiende la Palabra; la Palabra transforma la vida desde dentro, como la semilla, como la levadura; los preceptos son para el hombre, y no al revés; nadie es más que nadie, ni el israelita más que el gentil ni el juez más que la viuda ni el sabio más que el niño ni el varón más que la mujer, ni el ortodoxo más que el hereje; los jefes no tienen poder sino más obligación de servir; no se trata de ganar la vida eterna invirtiendo lo que me sobra en limosnas, sino de ser capaz de con-padecer y evitar el sufrimiento de los hermanos.
PARA NUESTRA ORACIÓN
Nuestra religiosidad es un proceso de conversión. De dentro a fuera. Religión no es someterse a unos modos culturales establecidos y convenientes sino atender a la Palabra de Dios y seguirla. La religión que fundamenta y justifica los modos y costumbres de una sociedad es sospechosa. La Palabra llama siempre a caminar. La religión que lleva a que nos consideremos justos es más sospechosa aún. La Palabra hace que nos sintamos cada vez más insuficientes y necesitados de Dios.
La conversión es siempre conversión a la Palabra: dichosos los que escuchan la Palabra y la ponen en práctica. Y la Palabra es el Evangelio, la Palabra es Jesús. En todos los tiempos, y en el nuestro como en todos o más que nunca, volver al evangelio es la asignatura pendiente de cada cristiano y de la iglesia, del magisterio y la teología.
A veces siente uno la impresión de que la Teología considera al Evangelio como demasiado simple, que hay que desarrollar en forma doctrinal, científica y sistemática, lo que en los evangelios tiene forma de dichos y parábolas. Pero cada vez que meditamos los dichos, las parábolas, los gestos de Jesús, encontramos en ellos tal profundidad que cada uno de ellos, por sí mismos, es capaz de transformar nuestra religiosidad y revolver nuestros criterios y certezas.
A veces tiene uno la impresión de que predomina entre los cristianos cierta espiritualidad de "cumplimiento para la seguridad": obediencia a magisterio seguro, normas morales fijas y claras, observancia de lo cultual como obediencia. Todas estas cosas tienen que existir, pero no como protagonistas de lo religioso: el protagonismo de lo religioso es la disposición a cambiar urgidos por la palabra, en el ámbito individual y en el colectivo.
Por todo lo anterior debemos concluir al menos en dos reflexiones básicas, de importante aplicación actual:
- ante todo, la necesidad inexcusable de todo cristiano y de la iglesia como comunidad, de atender permanentemente a la Palabra, tal como el evangelio la presenta: entenderla, meditarla, hacer de ella alimento cotidiano. Su capacidad de cuestionar nuestra vida, criterios y valores es más que humana. Ése es el pan bajado del cielo y el único que pude dar vida eterna. No hay cristianismo ni iglesia sin el alimento de La Palabra.
- las polémicas con los letrados y fariseos son sin duda relatos históricos, pero adquieren valor de símbolo de la resistencia del pecado a la palabra, y siguen existiendo en cada uno de nosotros y en la iglesia como comunidad. La historia nos muestra a aquellas personas como soberbias, vengativas, inmisericordes... pero consideradas por los demás (y por sí mismos) como "justas", por la ortodoxia dogmática y el cumplimiento de preceptos externos. Esto no es un simple acontecimiento histórico, algo que sucedió una vez; es la cara más peligrosa del pecado, es el Mal disfrazado de Religión; y es quizá una de nuestras tentaciones más peligrosas, a nivel personal y de Iglesia.
- volvamos a la carta de Santiago, que termina con una expresión absolutamente drástica:
"religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo".
No se puede dar mejor resumen de la mentalidad completa de Jesús. Debemos sacar las consecuencias más severas: por decir esto lo mataron, lo mató la otra religión (¿la nuestra?).
XXII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 85, 3. 5
Ten piedad de mí, Señor, porque te invoco todo el día.
Tú, Señor, eres bueno e indulgente,
rico en misericordia con aquellos que te invocan.
Oración colecta
Dios todopoderoso, de quien procede todo bien perfecto,
infunde en nuestros corazones el amor de tu nombre,
para que, haciendo mas religiosa nuestra vida,
acrecientes en nosotros lo que es bueno
y lo conserves constantemente.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Dios nuestro, que esta ofrenda sagrada
nos alcance siempre tu bendición salvadora,
y se cumpla en nosotros
lo que celebramos en esta liturgia.
Por Jesucristo nuestro Señor.
Antífona de comunión Mt 5, 9-10
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia,
porque a ellos les pertenece el Reino de los cielos.
Oración después de la comunión
Saciados con el pan de la mesa celestial,
te suplicamos, Padre, que este alimento de nuestra caridad
nos fortalezca y nos impulse a servirte en los hermanos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
No añadan nada a los que yo les ordeno...
observen los mandamientos del Señor
Lectura del libro del Deuteronomio 4, 1-2. 6-8
Moisés habló al pueblo, diciendo:
Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que Yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, el Dios de sus padres. No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno. Observen los mandamientos del Señor, su Dios, tal como yo se los prescribo.
Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que, al oír todas estas leyes, dirán: «¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!»
¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros siempre que lo invocamos? ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?
Palabra de Dios.
SALMO Sal 14, 2-5
R. Señor, ¿quién se habitará en tu Casa?
El que procede rectamente
y practica la justicia;
el que dice la verdad de corazón
y no calumnia con su lengua. R.
El que no hace mal a su prójimo
ni agravia a su vecino,
el que no estima a quien Dios reprueba
y honra a los que temen al Señor. R.
El que no se retracta de lo que juró
aunque salga perjudicado.
El que no presta su dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.
El que procede así, nunca vacilará. R.
Pongan en práctica la palabra
Lectura de la carta del apóstol Santiago 1, 17-18. 21b-22. 27
Queridos hermanos:
Todo lo que es bueno y perfecto es un don de lo alto y desciende del Padre de los astros luminosos, en quien no hay cambio ni sombra de declinación. Él ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación.
Reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos. Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos.
La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados, y en no contaminarse con el mundo.
Palabra de Dios.
ALELUIA Sant 1, 18
Aleluia.
El Padre ha querido engendrarnos
por su Palabra de verdad,
para que seamos como las primicias de su creación.
Aleluia.
EVANGELIO
Dejan de lado el mandamiento de Dios,
por seguir la tradición de los hombres
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce y de las camas.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»
Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice:
"Este pueblo me honra con los labios,
pero su corazón está lejos de mí.
En vano me rinde culto:
las doctrinas que enseñan
no son sino preceptos humanos".
Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».
Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».
Palabra del Señor.
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