Domingo 23 del Tiempo Ordinario
Liturgia Viva del XXIII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver el Evangelio)
Bendito sea el Señor Jesucristo,
quien “todo lo hizo bien”.
A los sordos les hizo oír
y a los mudos hablar.
Que él abra nuestros oídos a tu Palabra
y que esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. ¡Señor, Abre Nuestros Oídos y Nuestros Labios!
Vivimos en una era de explosión en comunicaciones: fax, E-mail, Internet o web, y así sucesivamente. Y al mismo tiempo vivimos en una edad de aislamiento y de soledad de tanta gente. Lo que la gente tiene de sobra es información, y lo que va perdiendo progresivamente son relaciones personales. En esta eucaristía le pedimos al Señor que abra nuestros oídos, para que de nuevo sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios, que constantemente nos están hablando. Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, cordialmente, de corazón a corazón.
2. ¡Effetá! ¡Ábrete!
La señal de que Jesús es el Salvador prometido es que se acerca con preferencia a los pobres, a los enfermos, a los marginados, porque le necesitan más que nadie. No solamente nos referimos a la pobreza material. Nosotros somos los sordos y los mudos, los tartamudos y los que tenemos oído duro, porque nos encerramos en nosotros mismos, cerrados con frecuencia a Dios y a los otros. Jesús viene a abrir nuestros oídos y nuestros corazones a las palabras y acciones de Dios, para que escuchemos su mensaje y respondamos a su amor, y para que también oigamos a los pobres y les hablemos por medio de nuestro servicio y ayuda. — Que Jesús en la eucaristía nos cure y nos dé la gracia de entregarnos generosamente a él y a su pueblo.
Acto Penitencial
Le pedimos a Dios, y a cada uno de nosotros,
que nos perdonen, por haber sido sordos
al Señor quien nos ha hablado en su Palabra
y en el clamor de los pobres.
(Pausa)
Señor Jesús, toca nuestros oídos
y ábrelos a tu mensaje
y a las súplicas y solicitudes de los necesitados:
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús: Toca nuestra lengua,
para que hablemos siempre palabras de cariño
a todos los que amamos.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, toca también nuestros ojos
para que veamos y sintamos las necesidades
de los que viven solos y abandonados.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, tócanos con tu mano clemente y poderosa
y ábrenos a tu amor
y a las necesidades de los que nos rodean.
Y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta (Dos Opciones)
1. Señor, Abre nuestros Oídos y nuestros Corazones
Oremos para que el Espíritu de Dios
nos abra a todo lo bueno, justo y bello.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú estás esperando que nos abramos a ti, a la gente,
y a todo lo que es recto, bello y bueno.
Que el Espíritu Santo abra nuestros oídos
a la Palabra liberadora de tu Hijo Jesucristo.
Que abra nuestros corazones y nuestras manos
a todos los que nos necesiten.
Que abra nuestros labios
para que sepamos proclamar en todas partes
las maravillas que tú haces por nosotros.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
2. ¡Effetá! ¡Ábrete!
Oremos a Dios con corazón receptivo.
(Pausa)
Oh Dios, salvador nuestro:
Jesús, tu Hijo, hizo oír a los sordos
y hablar a los mudos.
Haznos percibir que con frecuencia
somos nosotros tartamudos y de duro oído.
Abre nuestros oídos al mensaje de tu Hijo,
para que sacuda nuestros corazones
y cambie nuestras vidas.
Suelta nuestras lenguas para que podamos proclamar
las maravillas que haces por nosotros
Por medio de Jesucristo tu Hijo,
Señor y Salvador nuestro,
por los siglos de los siglos.
Primera Lectura (Is 35:4-7a): Los Oídos del Sordo se Abrirán
A un pueblo sordo y ciego para con Dios, el profeta anuncia la alegría de la salvación: verán y oirán, y así llegarán a ser nuevos.
Segunda Lectura (Stgo 2:1-5): ¡No doble Estándar! Dios Ama a los Pobres
Es una traición al sentido cristiano de comunidad honrar a los ricos y humillar a los pobres, dice Santiago. Dios ama a los pobres y los hace ricos en la fe.
Evangelio (Mc 7:31-37): ¡Ábrete!
El sordomudo representa a los que se cierran a Dios. Jesús vino a hacer que la gente se abra a Dios, de forma que puedan alabarle por sus grandes obras. Su atención a los pobres es la señal de que el reino ha llegado ya.
Oración de los Fieles
Oremos con la máxima confianza al Padre en el cielo, quien siempre escucha lo que le pedimos en nombre de Jesús, y digamos:
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Por la Iglesia, que somos nosotros, para que no solamente amemos a los pobres y les cuidemos, sino que tengamos valor para denunciar la injusticia cuando los mismos pobres son injustamente pisoteados y oprimidos, roguemos al Señor.
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Por los educadores en la fe –sacerdotes, religiosas, padres, catequistas, maestros- para que ellos mismos escuchen primero la Palabra de Dios y después la pasen a los hermanos con convicción y amor, roguemos al Señor.
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Por los pobres, los enfermos y discapacitados, para que en ellos reconozcamos y acojamos al mismo Jesús como Señor sufriente, roguemos al Señor.
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Por los que se muestran sordos y ciegos hacia los hermanos necesitados, sobre todo de amor, para que sus ojos y oídos se abran para amar y compartir, como su mejor tesoro, roguemos al Señor.
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Por todos nosotros, para que nuestros corazones vacíos se vuelvan espaciosos y generosos, como puertas abiertas a todos y a todas sus necesidades, roguemos al Señor.
R| ¡Escucha a tu pueblo, Señor!
Dios, Padre nuestro, escúchanos con bondad, ya que te pedimos todo esto en nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.
Oración de las Ofrendas
Señor Dios nuestro, Padre misericordioso:
Tú preparas la mesa de tu Hijo
para ricos y para pobres, sin discriminación.
Por la fuerza de este pan de vida,
no permitas que permanezcamos sordos
a tu voz que nos grita
desde las necesidades de los pobres y oprimidos.
Enséñanos y ayúdanos a hablarles
no solamente verbalizando palabras de compasión,
sino realizando obras reales
de justicia, dignidad y amor.
Y que éste sea el signo
de que tu Hijo está vivo entre nosotros,
él que es nuestro Señor y Salvador
ahora y por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con un solo corazón y una sola voz demos gracias y alabanza a Dios nuestro Salvador. Él mostró el poder de su amor en Jesús, su Hijo, quien “todo lo hizo bien”. Él nos ha abierto nuestros oídos a su Buena Noticia de salvación y nos ha capacitado para alabar a Dios en nombre de todo lo que vive.
Invitación al Padre Nuestro
Agradecidos por las grandes obras de amor de Dios
no podemos permanecer sordos o silenciosos.
Por eso nuestras lenguas se dirigen ahora a nuestro Padre
con las palabras de Jesús, nuestro Señor,
R| Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todas nuestras debilidades:
De permanecer sordos a tu palabra
y ciegos a las necesidades de nuestros hermanos.
Danos la gracia de ser sensibles a tu amor
y ayúdanos a llevar tu alegría
a todos los que nos rodean,
mientras aguardamos con gozosa esperanza
la venida gloriosa entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R| Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesús, el Señor,
que vino a curarnos de la ceguera del pecado
y a abrir nuestros oídos y corazones
a su Buena Nueva del amor de Dios.
Dichosos nosotros que podemos oír su voz
mientras comemos y participamos
en éste su banquete de salvación.
R| Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios, salvador nuestro:
En tu Hijo Jesucristo has escogido
lo débil y pobre en este mundo
para ser ricos en fe y amor
y para ser herederos de tu reino.
Tu Hijo Jesús todo lo hizo bien.
Aunque antes éramos débiles y mudos,
habla por medio de nosotros
con obras de compasión y esperanza,
porque tú nos has curado y liberado a todos
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Jesús ha estado con nosotros en esta celebración eucarística para sacarnos de nuestro aislamiento y para abrirnos, con respeto y amor, a Dios y a nuestro prójimo, es decir a todos. — Que, como Jesús, estemos siempre disponibles, especialmente hacia los más pobres entre nosotros. Y que ellos sientan que, junto con Dios, también nosotros nos preocupamos.
Que el Señor nos dé a todos esta apertura en el amor.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca siempre.
Vayamos en paz a proclamar con nuestra vida las maravillas que Dios ha hecho por nosotros. R| Demos gracias a Dios.
“Todo lo ha hecho bien.”
En la Biblia, la ceguera, la sordera, la parálisis, el mutismo se refieren a menudo a Israel – saquen al pueblo ciego, aunque tiene ojos, al pueblo sordo, aunque tiene oídos. – (Is 43,8), pueblo que, como suelen repetir los profetas, cierra sus oídos a la voz de su Dios y, sin haber escuchado su Palabra, es incapaz de anunciarla. Pero el Señor –asegura el profeta– va a intervenir en favor de Israel. Por eso, comienza bien la primera lectura. Podríamos decir que es un canto a la esperanza.
El texto de hoy pertenece al segundo Isaías, el profeta que anuncia la vuelta del destierro. Seguro que este poema resultaría consolador para los exiliados en Babilonia, allá por el siglo VI, gente “con las manos cansadas, con las rodillas vacilantes, con los corazones conmovidos”. Con pocos motivos para la esperanza, vamos. A pesar de todo, Dios está siempre cerca. Y se preocupa – y ocupa – de todos.
Sin embargo, el miedo, más veces de las que desearíamos, nos atenaza. Nos asusta no saber qué nos deparará el futuro, la posibilidad de que nos asalten, sufrir alguna enfermedad… Hay también miedo a la dificultad, miedo, por qué no decirlo, a la muerte. Estas palabras de Isaías nos invitan a levantar la mirada, a ser valientes, a tener un corazón fuerte. Porque Dios es fuerte, muy fuerte, y tiene un poder infinito. Lo puede todo, y viene en persona. Quiere venir hasta ese punto donde te encuentras ahora, para que te mantengas firme. Está cerca, y trae el desquite de tanto dolor y miseria. Te da la valentía para seguir caminando hacia la Luz.
Ese miedo nos enmudece, no nos deja pronunciar una palabra de ayuda, de compasión. En ese estado, la profecía de Isaías cobra un nuevo sentido, porque Dios da luz a nuestros ojos, abre nuestros oídos y revitaliza nuestra lengua. Podemos alegrarnos, porque “en el desierto han brotado aguas, torrentes en la estepa.”
Esta semana también nos acompaña la Carta del apóstol Santiago. Y nos plantea una pregunta que puede dar motivo para la reflexión: ¿cómo juzgamos a la gente? O, dicho de otra manera, ¿comprendemos que todos somos hermanos, o miramos a la gente con prevención, con miedo, incluso? Es inevitable que haya diferencias entre nosotros, pero lo que no Dios no tolera es el favoritismo. En nuestras iglesias, generalmente, no existe el problema que menciona Santiago. Pero el problema está fuera.
Hay pobres materiales, y hay otra clase de pobres, que no lo son sólo por no tener dinero, sino por encontrarse en una situación de desventaja en el mundo. Por no tener cultura, por no disponer de un trabajo digno, por no tener los papeles en regla, por ejemplo. A esas personas, la comunidad debe prestar más atención, para diferenciarse de los que no son creyentes. Que no se queden tendidos al borde del camino, como aquél al que los bandidos robaron y apalearon. Seamos buenos samaritanos, pues.
Toda enfermedad en la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento, era un castigo del Señor. Pero, especialmente, la sordera era imagen del rechazo a la Palabra. Representa la condición del hombre que escucha otras voces, voces seductoras, pero que no dan vida. No poder escuchar la palabra de Dios es un problema serio, pero el Señor ha prometido poner remedio. Porque el sordo no puede oír la Buena Nueva, y no puede reaccionar. Vive aislado, encerrado en su propio mundo. No ha podido conocer a Jesús ni escuchar su Evangelio. Y, que no se nos olvide, hay sordos de nacimiento, y sordos que lo son porque no quieren oír. Viven bien sin Dios.
Nosotros no somos así, en principio, aunque a veces nos cuesta escuchar la voz de Dios. ¿Qué hacer? ¿De qué modo podemos combatir nuestra sordera espiritual?
Lo primero, quizá, sería luchar contra nuestros egoísmos personales. Dejar de pensar sólo en nosotros, no escuchar la voz que dice que me ocupe únicamente de mí y abrirnos. Abrirnos nos permite salir al encuentro de los hermanos, de forma que nuestras palabras y nuestras obras, nuestra fe y nuestra vida sean consecuentes. Decir y hacer. ¿Cómo me encuentro frente a mis hermanos y frente al Señor? ¿Cómo son mis palabras y cuáles son mis obras? ¿Creo en lo que hago, y hago lo que creo?
Además, para que el Señor pueda sanar nuestra sordera, hay que buscarlo. No podemos permitir que el Señor sea siempre el que salga a nuestro encuentro. Tenemos que colocarnos cerca. ¿Estamos a tiro del Señor? ¿Nos ponemos en disposición de cambio? ¿Estamos dispuestos a ello? Medios hay muchos. Sacramentos, la Palabra, la oración…
Por otra parte, el sordomudo “se deja hacer”. Es dócil. Podemos pedir también que, cuando nos presentemos ante el Señor, lo hagamos con docilidad. Que no nos dejemos mundanizar, que seamos fieles al Dios. Que Él abra nuestros oídos, despierte nuestra sensibilidad para sentir su presencia (como el ciego al borde del camino), para que Él nos dé consuelo, salud y esperanza.
Hoy en día hay muchos medios e intereses empeñados en producir sordera ante todo lo que suena a Iglesia, a espiritual. Para poder enfrentarnos a ellos, hay que limpiarse a menudo el oído, de modo que nos llegue el auténtico mensaje de Jesús. De ese modo, podremos también decir, como los contemporáneos de Jesús, que todo lo ha hecho bien, también en nuestras vidas. Es posible. Basta con estar atento, y dejar actuar a Dios.
EVANGELIO
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 7,31-37
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis.
Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
El, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá», esto es: «Abrete». Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.
El les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Palabra de Dios.
CURAR LA SORDERA
La curación de un sordomudo en la región pagana de Sidón está narrada por Marcos con una intención claramente pedagógica. Es un enfermo muy especial. Ni oye ni habla. Vive encerrado en sí mismo, sin comunicarse con nadie. No se entera de que Jesús está pasando cerca de él. Son otros los que lo llevan hasta el Profeta.
También la actuación de Jesús es especial. No impone sus manos sobre él como le han pedido, sino que lo toma aparte y lo lleva a un lugar retirado de la gente. Allí trabaja intensamente, primero sus oídos y luego su lengua. Quiere que el enfermo sienta su contacto curador. Solo un encuentro profundo con Jesús podrá curarlo de una sordera tan tenaz.
Al parecer, no es suficiente todo aquel esfuerzo. La sordera se resiste. Entonces Jesús acude al Padre, fuente de toda salvación: mirando al cielo, suspira y grita al enfermo una sola palabra: "Effetá", es decir, "Abrete". Esta es la única palabra que pronuncia Jesús en todo el relato. No está dirigida a los oídos del sordo sino a su corazón.
Sin duda, Marcos quiere que esta palabra de Jesús resuene con fuerza en las comunidades cristianas que leerán su relato. Conoce bien lo fácil que es vivir sordos a la Palabra de Dios. También hoy hay cristianos que no se abren a la Buena Noticia de Jesús ni hablan a nadie de su fe. Comunidades sordomudas que escuchan poco el Evangelio y lo comunican mal.
Tal vez uno de los pecados más graves de los cristianos de hoy es esta sordera. No nos detenemos a escuchar el Evangelio de Jesús. No vivimos con el corazón abierto para acoger sus palabras. Por eso, no sabemos escuchar con paciencia y compasión a tantos que sufren sin recibir apenas el cariño ni la atención de nadie.
A veces se diría que la Iglesia, nacida de Jesús para anunciar su Buena Noticia, va haciendo su propio camino, olvidada con frecuencia de la vida concreta de preocupaciones, miedos, trabajos y esperanzas de la gente. Si no escuchamos bien las llamadas de Jesús, no pondremos palabras de esperanza en la vida de los que sufren.
Hay algo paradójico en algunos discursos de la Iglesia. Se dicen grandes verdades, pero no tocan el corazón de las personas. Algo de esto está sucediendo en estos tiempos de crisis. La sociedad no está esperando "doctrina social" de los especialistas, pero escucha con atención una palabra clarividente, inspirada en el Evangelio de Jesús cuando es pronunciada por una Iglesia sensible al sufrimiento de las víctimas, y que sabe salir instintivamente en su defensa invitando a todos a estar cerca de quienes más ayuda necesitan para vivir con dignidad.
CURAR NUESTRA SORDERA
Al momento, se le abrieron los oídos.
Los profetas de Israel usaban con frecuencia la «sordera» como una metáfora provocativa para hablar de la cerrazón y la resistencia del pueblo a su Dios. Israel «tiene oídos pero no oye» lo que Dios le está diciendo. Por eso, un profeta llama a todos a la conversión con estas palabras: «Sordos, escuchad y oíd».
En este marco, las curaciones de sordos, narradas por los evangelistas, pueden ser leídas como «relatos de conversión» que nos invitan a dejarnos curar por Jesús de sorderas y resistencias que nos impiden escuchar su llamada al seguimiento. En concreto, Marcos ofrece en su relato matices muy sugerentes para trabajar esta conversión en las comunidades cristianas.
· El sordo vive ajeno a todos. No parece ser consciente de su estado. No hace nada por acercarse a quien lo puede curar. Por suerte para él, unos amigos se interesan por él y lo llevan hasta Jesús. Así ha de ser la comunidad cristiana: un grupo de hermanos y hermanas que se ayudan mutuamente para vivir en torno a Jesús dejándose curar por él.
· La curación de la sordera no es fácil. Jesús toma consigo al enfermo, se retira a un lado y se concentra en él. Es necesario el recogimiento y la relación personal. Necesitamos en nuestros grupos cristianos un clima que permita un contacto más íntimo y vital de los creyentes con Jesús. La fe en Jesucristo nace y crece en esa relación con él.
· Jesús trabaja intensamente los oídos y la lengua del enfermo, pero no basta. Es necesario que el sordo colabore. Por eso, Jesús, después de levantar los ojos al cielo, buscando que el Padre se asocie a su trabajo curador, le grita al enfermo la primera palabra que ha de escuchar quien vive sordo a Jesús y a su Evangelio: «Ábrete».
Es urgente que los cristianos escuchemos también hoy esta llamada de Jesús. No son momentos fáciles para su Iglesia. Se nos pide actuar con lucidez y responsabilidad. Sería funesto vivir hoy sordos a su llamada, desoír sus palabras de vida, no escuchar su Buena Noticia, no captar los signos de los tiempos, vivir encerrados en nuestra sordera. La fuerza sanadora de Jesús nos puede curar.
CONTRA LA SORDERA
Ábrete.
La escena es conocida. Le presentan a Jesús un sordo que, a consecuencia de su sordera, apenas puede hablar. Su vida es una desgracia. Sólo se oye a sí mismo. No puede escuchar a sus familiares y vecinos. No puede conversar con sus amigos. Tampoco puede escuchar las parábolas de Jesús ni entender su mensaje. Vive encerrado en su propia soledad.
Jesús lo toma consigo y se concentra en esa enfermedad que le impide vivir de manera sana. Introduce los dedos en sus oídos y trata de vencer esa resistencia que no le deja escuchar a nadie. Con su saliva humedece aquella lengua paralizada para dar fluidez a su palabra. No es fácil. El sordomudo no colabora y Jesús hace un último esfuerzo. Respira profundamente, lanza un fuerte suspiro mirando al cielo en busca de la fuerza de Dios y, luego, grita al enfermo: « ¡Ábrete!».
Aquel hombre sale de su aislamiento y, por vez primera, descubre lo que es vivir escuchando a los demás y conversando abiertamente con todos. La gente queda admirada. Jesús lo hace todo bien, como el Creador: «hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
No es casual que los evangelios narren tantas curaciones de ciegos y sordos. Estos relatos son una invitación a dejarse trabajar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje, serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio.
Vivir dentro de la Iglesia con mentalidad «abierta» o «cerrada» puede ser una cuestión de actitud mental o de posición práctica, fruto casi siempre de la propia estructura sicológica o de la formación recibida. Pero cuando se trata de «abrirse» o «cerrarse> al evangelio, el asunto es de vida o muerte.
Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, ni captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero, entonces, no sabremos anunciar ninguna noticia buena. Deformaremos el mensaje de Jesús. A muchos se les hará difícil entender nuestro «evangelio». Es urgente que todos escuchemos a Jesús: «Ábrete».
CONTRA EL AISLAMIENTO
Ábrete.
Hay muchas clases de soledad. Algunos viven forzosamente solos. Otros buscan la soledad porque desean «independencia», no quieren estar «atados» por nada ni por nadie. Otros se sienten marginados, no tienen a quien confiar su vida, nadie espera nada de ellos. Algunos viven en compañía de muchas personas, pero se sienten solos e incomprendidos. Otros viven metidos en mil actividades, sin tiempo para experimentar la soledad en que se encuentran.
Pero la soledad más profunda se da cuando falta la comunicación. Cuando la persona no acierta ya a comunicarse, cuando a una familia no une casi nada, cuando las personas sólo se hablan superficialmente, cuando el individuo se aísla y rehúye todo encuentro verdadero con los demás.
La falta de comunicación puede deberse a muchas causas. Pero hay, sobre todo, una actitud que impide de raíz toda comunicación porque hunde a la persona en el aislamiento. Es el temor a confiar en los demás, el retraimiento, la huida, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarse dentro de uno mismo.
Este retraimiento impide crecer. La persona «se aparta» de la vida. Vive como «encogida». No toma parte en la vida porque se niega a la comunicación. Su ser queda como congelado, sin expansionarse, sin desarrollar sus verdaderas posibilidades.
La persona retraída no puede profundizar en la vida, no puede tampoco saborearla. No conoce el gozo del encuentro, de la comunicación, del disfrute compartido. Intenta «hacer su vida», una vida que ni es suya ni es vida.
Cuanto más fomenta la soledad, la persona «se aísla» a niveles cada vez más profundos y se va incapacitando interiormente para todo encuentro. Llega un momento en que no acierta a comunicarse consigo misma ni con Dios. No tiene acceso a su mundo interior, no busca su verdadera identidad personal ni sabe abrirse confiadamente al amor de Dios. Su vida se puebla de fantasmas y problemas irreales.
La fe es siempre llamada a la comunicación y la apertura. El retraimiento y la incomunicación impiden su crecimiento. Es significativa la insistencia de los evangelios en destacar la actividad sanadora de Jesús que hacía «oír a los sordos y hablar a los mudos», abriendo a las personas a la comunicación y la confianza en Dios y el amor fraterno.
El primer paso que necesitan dar algunas personas para reavivar su vida y despertar su fe es abrirse con más confianza a Dios y a los demás. Escuchar interiormente las palabras de Jesús al sordomudo: «Effeta», es decir, «Ábrete»
ABRIRSE A LA VIDA
Ábrete.
A. Camus ha descrito como pocos el vacío de la vida monótona de cada día. Escribe así en El mito de Sísifo: «Resulta que todos los decorados se vienen abajo. Levantarse, tranvía, cuatro horas de oficina o de taller, comida, tranvía, cuatro horas de trabajo, descanso, dormir y el lunes-martes-miércoles- jueves-viernes-sábado, siempre el mismo ritmo, siguiendo el mismo camino de siempre. Un día surge el “porqué” y todo vuelve a comenzar en medio de ese cansancio teñido de admiración».
Desvanecido el espejismo de las vacaciones, es fácil que más de uno sintonice con los sentimientos del escritor francés. A veces es la vida monótona de cada día la que nos plantea en toda su crudeza los interrogantes más hondos de nuestro ser: «Todo esto, ¿para qué? ¿Por qué vivo? ¿Vale la pena vivir así? ¿Tiene sentido esta vida?»
El riesgo es siempre la huida. Encerrarse en la ocupación de cada día sin más. Vivir sin interioridad. Caminar sin brújula. No reflexionar. Arrastrarse sin esperanza. Perder incluso la sed, el deseo de vivir con más hondura.
No es tan difícil vivir así. Basta hacer lo que hacen casi todos. Seguir la corriente. Vivir de manera mecánica. Sustituir las exigencias más radicales del corazón por toda clase de «necesidades» superfluas. No escuchar ninguna otra voz. Permanecer sordos a cualquier llamada profunda.
El relato de la curación del sordomudo (Mc 7, 3 1-37), redactado según un esquema catequético bien conocido, es una llamada a la apertura y la comunicación. Aquel hombre sordo y mudo, encerrado en sí mismo, incapaz de salir de su aislamiento, deja que Jesús trabaje sus oídos y su lengua. La palabra del Profeta resuena como un imperativo de contornos universales: «Ábrete».
Cuando no escucha los anhelos más humanos de su corazón, cuando no se abre al amor, cuando, en definitiva, se cierra al Misterio último que los creyentes llamamos «Dios», la persona se separa de la vida, se cierra a la gracia y ciega las fuentes que le harían vivir.
COMUNICARSE
Ábrete.
Hay muchas clases de soledad. Algunos viven forzosamente solos. Otros buscan la soledad porque desean «independencia», no quieren estar «atados» por nada ni por nadie. Otros se sienten marginados, no tienen a quien confiar su vida, nadie espera nada de ellos. Algunos viven en compañía de muchas personas, pero se sienten solos e incomprendidos. Otros viven metidos en mil actividades, sin tiempo para experimentar la soledad en que se encuentran.
Pero la soledad más profunda se da cuando falta la comunicación. Cuando la persona no acierta ya a comunicarse, cuando a una familia no une casi nada, cuando las personas solo se hablan superficialmente, cuando el individuo se aísla y rehuye todo encuentro verdadero con los demás.
La falta de comunicación puede deberse a muchas causas. Pero hay, sobre todo, una actitud que impide de raíz toda comunicación porque hunde a la persona en el aislamiento. Es el temor a confiar en los demás, el retraimiento, la huida, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarse dentro de uno mismo.
Este retraimiento impide crecer. La persona «se aparta» de la vida. Vive como «encogida». No toma parte en la vida porque se niega a la comunicación. Su ser queda como congelado, sin expansionarse, sin desarrollar sus verdaderas posibilidades.
La persona retraída no puede profundizar en la vida, no puede tampoco saborearla. No conoce el gozo del encuentro, de la comunicación, del disfrute compartido. Intenta «hacer su vida», una vida que ni es suya ni es vida.
Cuanto más fomenta la soledad, la persona «se aísla» a niveles cada vez más profundos y se va incapacitando interiormente para todo encuentro. Llega un momento en que no acierta a comunicarse consigo misma ni con Dios. No tiene acceso a su mundo interior, no busca su verdadera identidad personal ni sabe abrirse confiadamente al amor de Dios. Su vida se puebla de fantasmas y problemas irreales.
La fe es siempre llamada a la comunicación y la apertura. El retraimiento y la incomunicación impiden su crecimiento. Es significativa la insistencia de los evangelios en destacar la actividad sanadora de Jesús que hacía «oír a los sordos y hablar a los mudos», abriendo a las personas a la comunicación, la confianza en Dios y el amor fraterno.
El primer paso que necesitan dar algunas personas para reanimar su vida y despertar su fe es abrirse con más confianza a Dios y a los demás. Escuchar interiormente las palabras de Jesús al sordomudo: «Effeta», es decir, «A brete».
SORDERA
Ábrete.
Dicen los expertos que cada época tiene su propia neurosis y necesita la sicoterapia adecuada que ayude a las personas a liberarse de ella.
De manera general, se puede decir que hoy no nos enfrentamos ya a una frustración sexual como pudo suceder, tal vez, en tiempos de S. Freud. No es ése el principal problema de las nuevas generaciones. Los hombres y mujeres de hoy sufren, sobre todo, una falta de sentido acompañada de un sentimiento de vacío. Muchos no aciertan a descubrir un sentido a su vida y caen en lo que V. Frankl llama “vacío existencial”.
Han pasado muchos años desde que Freud, preocupado casi exclusivamente por los conflictos sexuales que creía ver tras la mayoría de las neurosis, escribiera esas palabras fuertemente criticadas hoy: “En el momento en que uno se pregunta por el sentido y el valor de la vida es señal de que está enfermo”.
Hoy no se piensa así. Preguntarse por el sentido de la vida no es una cuestión inútil y superflua, propia de mentes enfermas. Al contrario, es la cuestión vital a la que el hombre necesita responder para vivir de manera sana.
Ya C. G. Jung se atrevió a definir la neurosis como “el sufrimiento del alma que no ha encontrado su sentido”. Hay algo en nosotros que quiere vivir y vivir con sentido. Y cuando la persona no acierta en esto, se siente como perdida, frustrada en su necesidad más honda. Esta falta de sentido es hoy la neurosis más grave que padecen muchas personas y una de las fuentes más importantes de enfermedad y sufrimiento.
Arrastrados por la civilización del aturdimiento, la prisa y la sobredosis de experiencias pasajeras, es fácil quedarse sordo para escuchar el misterio último de la vida. De hecho, son bastantes los que no saben o no quieren preguntarse por lo importante de la existencia. Les basta vivir entretenidos por la anécdota política o el programa de fin de semana.
Cuando Jesús abre los oídos a los sordos, está realizando un gesto que encierra todo un significado simbólico de lo que pretende aportar a la humanidad: abrir la vida de los hombres a su realidad más profunda, y ayudarles a escuchar la llamada de la Vida.
Capacitados sólo para percibir lo que sentimos a través de los sentidos corporales, y con “los oídos del alma” sordos para escuchar el misterio que se encierra en nuestro ser, necesitamos abrirnos a la realidad de Dios.
Tal vez, la invitación fundamental de la fe cristiana al hombre de hoy y de siempre esté bien expresada en esas palabras de Jesús al sordo: “Ábrete”.
ESCUCHAR LA VIDA
Effetá, esto es, ábrete
Son muchos los hombres y mujeres que se sienten incapaces de entablar un verdadero diálogo con su Creador. No saben escuchar a Dios y no saben hablarle. Se diría que son «sordomudos» ante El.
Muchos de ellos no conocen lo que puede ser una experiencia interior. Han olvidado totalmente los caminos que los podrían adentrar en su propio espíritu y en el encuentro con Dios.
Otros siguen cumpliendo algunas prácticas religiosas. Escuchan predicaciones y lecturas sagradas, sus labios se mueven para entonar cantos o recitar oraciones, pero salen del templo sin haber dialogado con nadie en el fondo de su corazón.
Incapaces de comunicarnos con Dios, ¿cómo escuchar hoy esa llamada de Jesús al sordomudo de la Decápolis: «Ábrete”»? ¿Cómo abrir nuestros oídos y nuestros labios para dialogar con Dios?
Cuenta Tony de Mello en uno de sus escritos ese delicioso relato. Un pez joven e inexperto acudió a otro más viejo y con más experiencia y le preguntó: «Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He andado buscándolo por todas partes sin resultado».
El viejo pez le respondió: «El Océano es precisamente donde estás tú ahora mismo”. El joven pez se marchó decepcionado: «¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano».
Para encontrar a Dios no hay que recorrer largos caminos. Basta detenerse, cerrar los ojos, entrar en nuestro corazón y escuchar la vida que hay en nosotros mismos. Ahí, donde estamos ahora mismo, está Dios rodeándonos y penetrándonos de vida.
Yo no hago absolutamente nada y, sin embargo, mi corazón palpita, la sangre corre por mis arterias, mi organismo respira. Una fuerza oculta recorre todo mi ser. No soy yo quien hace algo para vivir. Segundo a segundo voy recibiendo la vida como un regalo misterioso.
Solemos decir: «Estoy respirando» pero, en realidad, no es así. Yo no estoy respirando. La respiración está sucediendo en mí. Cuando un niño recién nacido respira por vez primera ni siquiera sabe que existe el mecanismo de la respiración, sus pulmones jamás han funcionado hasta entonces. Y sin embargo la respiración llega y el milagro comienza.
Desgraciadamente también entre los hombres hay quienes «sólo ven agua y no descubren jamás el Océano». Viven sin escuchar el misterio de la vida que los rodea y los sostiene.
Si un día se detienen a escucharla, aunque sea de manera todavía inicial y débil, no les será tan difícil abrirse a un diálogo amistoso con el Creador de la vida.
EPIDEMIA DE SOLEDAD
¡Ábrete!
Dice G. Marcel que «sólo hay un sufrimiento y es el estar solo». La afirmación podrá parecer exagerada, pero lo cierto es que, para muchos hombres y mujeres de hoy, la soledad es el mayor problema de su existencia.
Aparentemente, el hombre actual está mejor comunicado que nunca con sus semejantes y con la realidad entera. Los medios de comunicación se han multiplicado de manera insospechada. El teléfono permite mantener una conversación con las personas más distantes. El televisor introduce hasta nuestro hogar imágenes de todo el mundo. El transistor ha terminado con el aislamiento.
Por otra parte, se impone lo público sobre lo privado. Se habla de asociaciones de todo tipo, círculos sociales, relaciones públicas, encuentros.
Pero todo ello no impide que una soledad indefinida, difusa y triste se vaya apoderando de muchos hombres y mujeres. Hogares donde las personas se soportan con indiferencia o agresividad creciente. Niños que no conocen el cariño y la ternura. Jóvenes que descubren con amargura que el encuentro sexual puede encubrir un egoísmo engañoso. Amantes que se sienten cada vez más solos después del amor. Amistades que quedan reducidas a cálculos e intereses inconfesables.
El hombre actual va descubriendo poco a poco que la soledad no es necesariamente el resultado de una falta de contacto con las personas. Antes que eso, la soledad puede ser una enfermedad del corazón. Si mi vida es un desierto, el mundo entero es un desierto, aunque esté poblado de toda clase de gentes.
Sin duda, son muchos los factores que pueden llevar a una persona a ese aislamiento interior que se expresa en frases cada vez más oídas entre nosotros: «Nadie se interesa por mí». «No creo en nadie». «Que me dejen solo. No quiero saber nada de nadie».
Pero para superar el aislamiento, es necesario abrirse de nuevo a la vida. Aceptarse a sí mismo con sencillez y verdad. Escuchar de nuevo el sufrimiento y la alegría de los demás. Romper el círculo obsesivo de «mis problemas». Recuperar la confianza en los gestos amistosos de los otros por muy limitados y pobres que nos puedan parecer.
La fe no es un remedio terapéutico que pueda prevenir o curar la soledad. El creyente está sometido, como cualquier otro, a las tensiones de la vida moderna y las dificultades de la relación personal.
Pero puede encontrar en su fe una luz, una fuerza, un sentido, una energía para superar el aislamiento, la soledad y la incomunicación. Como aquel hombre sordo y mudo, incapaz de comunicarse, que escuchó un día la palabra curadora de Jesús: «Ábrete».
INCOMUNICADOS
Ábrete.
La soledad se ha convertido en una de las plagas más graves de nuestra sociedad. Los hombres construyen puentes y autopistas para comunicarse con más rapidez. Tienden cables para asegurar la comunicación telefónica. Lanzan satélites para transmitir toda clase de ondas entre los continentes. Pero los hombres están cada vez más «solos en su propia choza».
El contacto humano se ha enfriado en muchos ámbitos de nuestra sociedad. La gente no se siente demasiado responsable de los demás. Cada uno vive su mundo. No es fácil el regalo de la verdadera amistad.
Hay quienes han perdido la capacidad de llegar a un encuentro cálido, cordial, sincero. Se sienten demasiado extraños a los demás. No son ya capaces de entender y amar sinceramente a nadie, y no se sienten comprendidos ni amados por nadie.
Quizás se relacionan cada día con mucha gente. Pero en realidad no se encuentran con nadie. Viven aislados. Con el corazón bloqueado. Cerrados a Dios y cerrados a los demás.
Cuántos hombres y mujeres no necesitan hoy escuchar las palabras de Jesús al sordomudo: «Ábrete». No es casualidad que se narren en los evangelios tantas curaciones de ciegos y sordos. Son una invitación a que abramos nuestros ojos y nuestros oídos para acoger la buena noticia de Jesús y la salvación que se nos ofrece desde Dios.
También a nosotros se nos hace una invitación a abrirnos. Sin duda, las causas de la incomunicación, el aislamiento y la soledad creciente entre nosotros son muy diversas. Pero, casi siempre tienen su raíz en nuestro pecado.
Cuando actuamos egoístamente, nos alejamos de los demás, nos separamos de la vida y nos encerramos en nosotros mismos. Queriendo defender nuestra propia libertad e independencia con celo exagerado, caemos en un aislamiento y soledad cada vez mayor.
Tenemos que aprender, sin duda, nuevas técnicas de comunicación en la sociedad moderna. Pero debemos aprender antes que nada a abrirnos a la amistad y al amor verdadero.
El egoísmo, la desconfianza y la insolidaridad son también hoy lo que más nos separa y aísla a unos de otros. Por ello la conversión al amor es camino indispensable para escapar de la soledad. El que se abre al amor al Padre y a los hermanos, no está solo.
HOSPITALIDAD
Francesc Torralba acaba de publicar un precioso libro sobre la hospitalidad. Según el joven pensador catalán, en una sociedad donde crece la exclusión, las inmigraciones masivas y el número de personas en busca de hogar y protección, pocas virtudes sociales son más necesarias que la hospitalidad como acto de «acoger al otro extraño y vulnerable en nuestra propia casa». (F. Torralba. Sobre la hospitalidad. Extraños y vulnerables como tú. PPC, Madrid 2003).
Cada vez nos vamos a encontrar en nuestro camino con más «extraños», personas que no pertenecen a mi universo racial, religioso, cultural o económico. No hemos de pensar sólo en el extranjero que no habla nuestra lengua, tiene un rostro diferente y camina entre nosotros como desorientado. También es un extraño el niño que pide limosna, la prostituta que viste de manera llamativa o el mendigo que recoge las basuras que nosotros echamos.
Al mismo tiempo, son personas «vulnerables», que no viven como los demás. Ellos andan todo el día buscando protección. Viven privados de seguridad, en «estado carencial». No se bastan a sí mismos para vivir. Necesitan de los otros. En ellos aparece como en ningún otro sector esa condición del ser humano como «homo mendicans».
La hospitalidad exige, en primer lugar, reconocer al otro, no seguir mi camino ignorando su existencia y borrándolos de mi vida. Todo ser humano necesita ser reconocido, y cuando es ignorado o reducido a la nada, sufre pues se queda sin espacio para vivir con paz y seguridad.
La hospitalidad pide, además respetar y defender la dignidad de estas personas. No humillarlas, ni tratarlas de cualquier manera. Son como nosotros, personas que buscan vivir. Hemos de aprender a liberarnos de prejuicios para entender su mundo, comprender su situación y ponernos en su lugar.
La hospitalidad nos urge, por último, a escuchar sus necesidades para actuar. Nuestro ser crece cuando nos responsabilizamos y hacemos por el otro el bien que podemos. No siempre es fácil saber cómo actuar. Lo primero que se nos pide es vivir con un corazón abierto y dispuesto a la ayuda. El grito de Jesús al sordomudo que sólo se escucha a sí mismo: «Ábrete», es una invitación a salir nuestro solipsismo para escuchar al que sufre.
SI NO VEO A DIOS EN EL OTRO, MI DIOS ES UN ÍDOLO
Mc 07, 31-37
CONTEXTO
Es una pena que la liturgia se haya saltado el relato de la Cananea. Para mí es uno de los diálogos personales más entrañables y profundos del evangelio. Jesús aprende de ella que los débiles son siempre los que necesitan ayuda, sean judíos o paganos. Hay otro dato muy interesante. Jesús no va a tierra de paganos a hacer proselitismo. Al contrario, dice expresamente que ha sido enviado solo a las ovejas de Israel. Tampoco está claro por qué Jesús se sale del territorio de Galilea. Puesto el relato a continuación de la acusación de no cumplir las tradiciones, podría pensarse que es para alejarse del control de los fariseos.
El episodio que nos narra hoy Marcos no tiene localización precisa. Solo sabemos que vuelve de Tiro al lago de Galilea, pasando por Sidón, atravesando la Decápolis. Podemos suponer que estamos en la Decápolis, tierra de paganos. Si alguno intentara marcar un recorrido geográfico de los itinerarios de Jesús en el evangelio de Marcos, se encontraría con un galimatías indescifrable. Para Marcos la geografía no tiene ninguna importancia. Coloca a Jesús en cada momento donde le interesa teológicamente.
EXPLICACIÓN
En el AT, los tiempos mesiánicos se anunciaron como salvación para los pobres, los marginados, los que no tenían valedor en este mundo injusto. Seguramente hemos entendido demasiado literal¬mente el anuncio hecho por los profetas de que, los sordos oirán, los mudos hablarán, los ciegos verán, los cojos saltarán... En realidad nunca se dice en toda la Biblia que el Mesías tuviera esa misión. También dice el texto que nacerán fuentes en la estepa, que el león pacerá con el buey, que el niño cogerá la serpiente en la mano etc.; y nadie espera que eso vaya a suceder en la realidad.
Para los judíos, el hecho de que una persona fuera sorda o muda o ciega o coja, no era solo un problema de salud sino, sobre todo, un problema religioso. Esa carencia era signo de que, en él, las fuerzas del mal prevalecían sobre las del bien; es decir, que Dios le había abandonado. Si Dios lo había abandonado, la institución religiosa estaba obligada a hacer lo mismo. Eran por tanto, marginados por la religión, que era la mayor desgracia que podía recaer sobre una persona. Jesús, con su actitud, manifiesta que Dios está más cerca de los marginados, de los que sufren. Al curarlos Jesús les está sacando de su marginación religiosa, demostrando que Dios no margina a nadie y que la religión no obra en su nombre.
El relato de Marcos está plagado de simbolismos que hacen imposible interpretarlo como crónica literal de unos hechos. En el capítulo siguiente de este mismo evangelio, se narra la curación del ciego de Betsaida, utilizando el mismo cliché; exactamente con los mismos detalles: es presentado por otros, le piden que lo toque (le imponga las manos), lo separa de la multitud, hace un tocamiento con su saliva, y les manda que guarden silencio.
En los profetas, la ceguera y la sordera son símbolos de resistencia a la palabra de Dios. En el evangelio son símbolos de la incomprensión y resistencia al mensaje de Jesús. Los discípulos de Jesús no comprenden el mensaje y por lo tanto, no pueden trasmitirlo.
Sordo y mudo en el AT, era, simbólicamente, el que no quería escuchar la palabra de Dios, y por lo tanto, tampoco podía cumplirla o proclamarla. Si tenemos en cuenta que la religión judía está fundamentada en el cumplimiento de la Ley, descubriremos que el que no puede oírla ni proclamarla, queda totalmente excluido.
La imposición de manos era signo de la comunicación del Espíritu. La mirada al cielo era signo de relación íntima con Dios. Apartarlo de la gente era separarlo del mundo. El dedo hace referencia al dedo de Dios que actúa con fuerza. La saliva se consideraba como vehículo del Espíritu. Aparentemente Jesús actúa como sanador. Pero los taumaturgos trataban de hacer sus curaciones con la máxima ostentación posible. Jesús quiere hacer ver a todos que su objetivo es muy distinto.
Jesús nunca identifica el Reino de Dios con una supresión de las limitaciones; tampoco lo identifica con una situación social concreta. En las bienaventuranzas queda muy claro que el Reino de Dios está abierto a todos, por muy adversas que sean las circunstancias personales.
Él dice expresamen¬te que el Reino de Dios está dentro de vosotros. El Reino de Dios es una actitud vital de cada persona. Es un descubrimien¬to de Dios en lo hondo del ser. Claro que una vez que la persona entra en esa dinámica, tiene que manifestarse después en la manera de actuar. La atención a los marginados no es el Reino de Dios, sino la manifesta¬ción de que está presente y visible a todo el que lo quiera ver.
APLICACIÓN
Si queremos que El Reino de Dios llegue a los marginados antes de haber entrado nosotros en él, caemos en la trampa de la programación. Mientras no cambiemos nosotros, por mucha atención que reciban los que sufren, no ha llegado el Reino de Dios, ni para nosotros ni para ellos.
Para el mismo Jesús, desde una perspectiva del AT, la señal de que el Reino de Dios ha llegado, es que los sordos oyen, los cojos andan, los ciegos ven, y los pobres son evangelizados. Aquí encontramos la clave de interpretación del relato. El Reino consiste en que los que excluimos dejemos de hacerlo, y los excluidos dejen de sentirse excluidos a pesar de sus limitaciones.
El objetivo de Jesús no es erradicar la pobreza o la enfermedad, sino hacer ver que hay algo más importante que la salud y que la satisfacción de las necesidades más perentorias. Sacar al pobre de su pobreza no garantiza que lo hayamos introducirlo en el Reino. Pero salir de nuestro egoísmo y preocuparnos por los pobres, puede hacer que el pobre descubra el Reino de Dios.
Si el reino de Dios no se manifiesta en nuestra relación con los más débiles, es porque no ha llegado a nosotros todavía. Con el evangelio en la mano, no podemos pensar en un Reino de Dios puramente espiritual. Ya hemos dicho muchas veces que una relación auténtica con Dios es imposible al margen de una preocupación por los demás. Creer que podemos servir a Dios sin darnos a los demás es una falsa ilusión.
Los cristianos no hemos aprendido la lección, ni como individuos ni como iglesia. El ejemplo de Santiago, dentro de su simplicidad, es esclarecedor. ¿Quién de los aquí presentes aprecia más a un andrajoso que a un rico? ¿Qué sacerdote, incluyéndome a mí, trata mejor a los pobres que a los ricos? La conclusión es clara: el Reino de Dios aún no ha llegado a nosotros.
¡Ábrete! Sería también hoy el grito que nos lanzaría Jesús. El mensaje de Jesús tendría que operar en nosotros los mismos efectos que tuvieron su saliva y su dedo en el sordomudo. Todos tenemos de algún modo los oídos cerrados y la lengua atada. Escuchar es la clave para descubrir cuál debe ser mi trayectoria en la vida.
La postura de cerrarse a la Palabra, es mucho más común de lo que solemos pensar. El miedo a equivocarnos nos paraliza. Un proverbio oriental dice: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. Todos estamos, de alguna manera, en esa actitud.
El episodio de hoy nos debe hacer reflexionar. Todos tenemos que abrirnos a la verdad y tratar de comunicarla a todos, llevándoles un poco de ilusión para seguir adelante.
Puede ser interesante recordar lo que Jesús dijo en Jn 10, 9: "Yo soy la puerta, el que entre por mí quedará a salvo, podrá entrar y salir y encontrará pastos". Pero, "puerta" se puede entender como el hueco que permite el acceso a una estancia o el elemento material que girando sobre unos goznes puede permitir o impedir el paso.
El contexto de la cita deja claro que se trata de la apertura para entrar y salir. Pero por desgracia utilizamos a Jesús como el elemento giratorio que nosotros utilizamos para dejar entrar o para impedir el paso a la intimidad de Dios. Con mucha frecuencia, hemos cerrado la puerta y nos hemos guardado la llave. También lo advirtió Jesús: ¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los demás las puertas del Reino de los Cielos! Ni entráis vosotros ni dejáis pasar a los que quieren entrar (Mt 23, 13).
Meditación-contemplación
¡Ábrete del todo!
La clave de toda vida espiritual es la apertura.
Como una esponja debes dejarte empapar.
Pero para ello, no hay más remedio que exprimirte.
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Si te vacías de todo lo terreno que hay en ti,
lo divino que también está en ti, te inundará.
Es más simple que el mecanismo de un chupete.
En la medida que te vacíes, te llenarás.
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Si estás lleno del mundo, tu acción será mundana.
Si estás lleno de Dios, rezumarás espíritu.
Trabaja por lo primero.
Lo segundo será siempre una consecuencia espontánea y lógica.
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APERTURA SIN LÍMITES
Mc 07, 31-37
Effetá: ábrete. El ser humano, aun siendo pura apertura y amplitud sin límites, tiende a encerrarse. Probablemente, porque eso le aporta una sensación de seguridad, al creer que mantiene el control sobre el pequeño espacio al que se ha reducido.
Para empezar, nos encerramos en nuestro propio cuerpo, como si las fronteras físicas del mismo delimitaran también nuestra identidad. Poco a poco, a medida que crecemos, descubrimos nuestra mente y, con ella, nuestro yo psicológico. Y ahí nos quedamos, reconociéndonos como "animales racionales" (es decir, cuerpos/mentes) que, según algunas lecturas religiosas, son portadores de un "alma inmortal".
Sin embargo, en la práctica, la creencia en el alma no modifica sustancialmente la percepción de aquella identidad "reducida" o "cerrada". Porque, también al alma, se le atribuye la misma limitación, como entidad separada. Es decir, se la piensa según los parámetros separadores y dualistas de la mente.
En ese contexto, la palabra de Jesús aparece como una invitación firme a salir de cualquier identificación reductora: "ábrete"; no te mantengas encerrado en la creencia de una identidad aislada, que no puede oír ni contar la Belleza que realmente somos.
"Ábrete"..., ¿a qué? A tu verdadera identidad. En tanto en cuanto permanecemos encerrados, reducidos a falsas identidades, generamos confusión y sufrimiento. Nos tomamos por lo que no somos y olvidamos lo que realmente somos. Tal encierro evoca la imagen de una jaula, hecha a la medida de los límites que nuestra propia mente establece.
Si creo que soy mi cuerpo, creeré que mi suerte está vinculada a lo que a él le ocurra. Si pienso que soy mi yo psicológico, estaré a merced de los vaivenes de las circunstancias. En cualquier caso, me condenaré a un sufrimiento estéril e irresoluble, por un único motivo: me confundo con algo que no soy. ¿Cómo podría reconocerme?
No soy nada que sea "objeto": cuerpo, mente, pensamientos, sentimientos, afectos, reacciones, circunstancias... No soy nada de lo que ocurre, sino el Espacio consciente en el que todo aparece; no soy algo delimitado (encerrado), sino la Apertura sin límites que todo lo contiene; no soy nada de aquello que puedo pensar o sentir, sino la Consciencia que se da cuenta, y en la que aparecen pensamientos y sentimientos.
Dado que no soy objeto, sufriré en el mismo momento en que me reduzca a él. El propio "encierro" me constriñe y me ahoga. Por el contrario, en el preciso instante en el que puedo observar mis pensamientos y sentimientos, se abre un espacio en mi interior y en torno a mí, emerge mi verdadera identidad.
Tal identidad no la puedo pensar. De hecho, si lo hago, me veré de nuevo reducido a un objeto. Únicamente puedo experimentarla y vivirla. Al mantener la atención (sin pensamientos), la percibo como Espaciosidad, Presencia, Consciencia... Mientras mantenga la atención, permaneceré conectado a ella; como la quiera pensar, desaparecerá. Porque lo pensado nunca será ella, sino un objeto más que mi mente trataría de aprisionar.
"Ábrete"..., ¿cómo? Gracias a la observación atenta de todo lo que pueda moverse en el campo de consciencia que eres. Soltando todos los pensamientos, sentimientos y preocupaciones, nota lo que permanece. Eso es tu identidad. No trates de pensarlo; sencillamente, percíbelo, saboréalo, date tiempo para familiarizarte con ello.
Tu mente no podrá entenderlo. Pero tampoco lo necesitas. La mente es solo un objeto dentro de quien eres. Acepta que tu mente quede frustrada y ábrete a la sabiduría mayor de la Presencia, que se te regala sencillamente como "estar" sin forma. A partir de ahí, mantén sencillamente la conexión con ella: estás en quien eres, te encuentras en Casa, saboreas la Plenitud.
Podemos recurrir a la metáfora del océano y las olas. Debido al momento evolutivo en el que nos encontramos, así como a nuestro propio proceso de socialización y al hábito mental profundamente arraigado, nos consideramos como una "ola" aislada e incluso independiente del resto. Mientras estemos en la mente, no podremos salir de esa identificación. Sin embargo, basta tomar un poco de distancia de la mente y poner atención a nuestra experiencia más profunda, para reconocernos como el "agua", que se está expresando ahora en esta "forma" concreta de ola.
"Ábrete"...: no te encierres en nada, no te reduzcas a ningún objeto, no te dejes aprisionar en ninguna jaula, reconoce la apertura sin límites del "océano" que constituye tu verdadera naturaleza.
¿QUÉ ESPERAS DE DIOS?
Mc 07, 31-37
Presenta a Jesús en la región de Fenicia, junto a Sidón, al norte, camino del Mar de Galilea (aunque el itinerario que marca el texto no parece muy acorde con la geografía del país). Cura a un sordomudo, intentando que la curación quede en secreto, a pesar de lo cual todo se divulga provocando el asombro general.
Curiosamente, éste es uno de los pocos milagros (3 en total) narrados por Marcos y no recogidos por Mateo. Se repiten en el relato varias actitudes características de Jesús ante los enfermos: se detiene, se lo lleva aparte, le toca, le cura. Y le manda que lo mantenga en secreto. Es frecuente en el evangelio de Marcos lo que se llama "el secreto mesiánico". Jesús pretende que sus milagros no se divulguen. Se ha interpretado - en el contexto general de Marcos - como un intento de Jesús de evitar la popularidad fácil, el mesianismo político, el entusiasmo exterior de las gentes. Jesús no es el Mesías milagrero que da de comer a multitudes y sana toda enfermedad, no es una panacea para el bienestar físico del pueblo, ni un candidato al poder político. Jesús oculta sus acciones y cada vez más dirige sus actos y sus palabras hacia el grupo reducido que va a entender la esencia del mensaje.
Sin embargo, el comentario de la gente es significativo: todo el mundo está admirado de las obras de Jesús: nadie ha hecho milagros como este hombre. La reacción de la gente va a ser de entusiasmo hasta querer hacerlo rey (Juan 6,15). Cuando Jesús rechace este tipo de Mesianismo, cuando la gente se dé cuenta de que Jesús no propone este tipo de triunfo sino el triunfo sobre el pecado, la conversión, la popularidad de Jesús disminuirá. Se ha llamado a esto "la crisis galilea", reflejada en Juan 6 a propósito del "sermón del pan de vida", que hemos leído durante los domingos anteriores.
R E F L E X I Ó N
El evangelio de hoy y el texto de Isaías nos llevan a reflexionar sobre la esencia del mensaje de Jesús, de la Palabra de Dios en el Antiguo y Nuevo Testamento, y de nuestra propia religiosidad. La pregunta última es: "¿qué esperas de Dios?". Y la respuesta es, quizá: "que me libre del mal". O, mejor aún, "que me ayude a conseguir felicidad". La felicidad del ciego es ver; la felicidad del sordomudo es oír y hablar. Eso es lo que esperan de Jesús. Eso es lo que Jesús les da, y sacan la conclusión de que ésa es la misión del Mesías: que nos proporcione la felicidad tal como nosotros la entendemos. Pero es exactamente eso lo que rehuye Jesús, ése es el mesianismo que rechaza.
Lo esencial del tema del secreto mesiánico está en lo que puede parecer sólo un hábil juego de palabras. Los judíos, al ver los milagros de Jesús, están dispuestos a aceptar que Jesús es el Mesías, el que ellos esperaban, la solución de todos los problemas, de la enfermedad, del hambre, de la injusticia, de la opresión romana... de todo. Pero Jesús les invita a otra aceptación: tienen que aceptar que el Mesías es Jesús, y no va a ser lo que ellos esperaban, sino otra cosa muy distinta. En esta misma línea se inscriben las predicciones de la pasión, el rechazo que de ellas hacen los discípulos, la recriminación de Pedro a Jesús y la violenta respuesta de Jesús a Pedro. Finalmente, el rechazo oficial de fariseos, doctores y sacerdotes constituirá la negativa completa del Israel a aceptar ese Mesías.
Como casi siempre, las situaciones históricas reflejadas en los evangelios adquieren carácter simbólico, representativo de los dramas religiosos de nuestra propia conciencia y de la vida de la iglesia. El problema de aquellos judíos respecto a Jesús es también nuestro problema, y uno de nuestros problemas más íntimos. Aceptar a Dios como es, como se manifiesta, no como a mí me gustaría que fuera.
En los milagros, el objetivo de Jesús no es primariamente la salud del enfermo, sino la manifestación de que "Dios está aquí", en Jesús, y de que es "el médico", no el juez. Y la presencia de Dios en Jesús no consiste en hacer de esta vida un paraíso, sino en hacer que esta vida sirva de camino al Paraíso. Esta vida no es un Paraíso. Aquí está el mal, presente como dolor, pobreza, muerte, injusticia, falta de libertad ... pecado. Y eso no lo arregla Dios con milagros. Lo experimentamos todos los días. El Pueblo de Israel descubrió esta dificultad y la expresó con tremenda fuerza en el Libro de Job, el justo agobiado de desgracias, situación incomprensible para la fe primitiva.
Así, el milagro de los milagros consiste precisamente en creer en Dios a pesar del mal. Nuestra razón exige que si Dios existe no exista el mal. Jesús manifiesta que Dios es nuestra fuerza contra el mal... y que nos necesita para liberar del mal a los demás. Éste es el núcleo básico de la fe cristiana: el conocimiento de Dios, de que Dios es eso, no lo que nuestra razón se imagina. Este es el trasfondo último de los tres mandamientos del primitivo Decálogo:
NO TENDRÁS OTRO DIOS DELANTE DE MÍ
NO TE HARÁS IMÁGENES DE DIOS
NO USARÁS EN VANO EL NOMBRE DE DIOS
que vienen a significar lo mismo: no te imagines a Dios ni lo uses para lo que crees que te conviene: escucha la Palabra y descubre cómo se manifiesta Dios. Y Dios se manifiesta en Jesús, "el que todo lo hizo bien, el que pasó haciendo el bien, curando, enseñando...". La fe consiste en aceptar ese Dios. Su consecuencia para nuestra vida es también evidente: nuestra fe en Dios no sirve para hacer más confortable nuestra vida (que es lo que pedimos en nuestras oraciones) sino para comprometernos en hacer nuestra vida útil; eso es "salvar la vida". Solemos pedir a Dios que nos libre del dolor, de la pobreza ... y Dios nos enseña a usar el dolor, la pobreza... y, lo que es más difícil, a usar el placer y la riqueza, que también amenazan - quizá más - nuestra libertad.
PARA NUESTRA ORACIÓN
Nuestra búsqueda de felicidad, nuestras peticiones a Dios para que nos ayude a conseguirla, nos conducen a preguntarnos qué concepto de felicidad tenía el mismo Jesús. Y lo sabemos, tenemos su "código de felicidad".
"Bienaventurados", o "dichosos, felices"... un "código de felicidad según Jesús". No un código moral, no unos preceptos a cumplir, sino una exclamación de Jesús traducible por "¡cuánto más dichosos serías si fuerais más pobres, si aprendierais a sufrir, si fuerais limpios de corazón, si supierais perdonar...!"
Debemos compararlo con nuestros criterios de felicidad, y darnos cuenta de que nuestro corazón está escasamente convertido, de que seguimos sirviendo a dos señores. El señor principal es nuestro modo de pensar sobre la vida y la felicidad, nuestra búsqueda de bienestar aquí, nuestra manera de entender a Dios como remedio de mis males de aquí y proporcionador de éxitos que deseo.... El otro señor es Jesús, la Palabra; pero le servimos en cuanto sea compatible con el primero.
Un sangrante ejemplo es nuestro tipo de sociedad: nosotros somos ricos, gastamos, deterioramos el planeta, producimos la miseria del resto del mundo. Conmovidos por la miseria de los demás y movidos por la palabra de Jesús, ayudamos un poco, con lo que nos sobra, a otros seres humanos. Pero nunca ponemos en cuestión nuestro tipo de sociedad, nuestro tipo de explotación del mundo, nuestro tipo de consumo. ¿A quién servimos primero?
Pero hoy y ahora hay otra consideración más urgente: ¿qué hacemos nosotros la Iglesia ante el mal del mundo? Hoy nuestra sociedad está atacada por una crisis económica que produce pobreza y angustia en muchísimos. Pero esta crisis tiene causas y causantes. Y nosotros la Iglesia callamos, incluidos, quizá más que nadie, las autoridades de la Iglesia: nuestra respuesta es silencio y petachos, pero no es denuncia. En consecuencia, si antes muchas personas se apartaban de la Iglesia (aunque creyeran en Jesús) hoy estamos dando a todos una oportunidad de creer cada vez menos.
Y esto también tiene causa y causantes. La causa es la alianza oculta de la Iglesia con el sistema capitalista desbocado, la íntima relación de las finanzas de la Iglesia con los que manejan el dinero, el capital y los modos económicos. No se atreven a levantar la voz, porque se quedarán sin apoyos económicos. "La Iglesia de los pobres", "la opción preferencial por los pobres" no son más qe palabras bonitas. A nuestra Iglesia le sirven los pobres para poder hacer limosnas y ganar méritos ante Dios y ante cierto público aparentemente religioso. La Iglesia no se atreve a tomar en serio el evangelio y ppr tanto es inútil. No pocos atribuyen el descenso del número de cristianos, la disminución de vocaciones etc etc nada menos que al Concilio Vaticano II. Pero es al revés, la causa es que no nos interesa atender al Concilio, ni seguir de veras el evangelio. Y por ese camino, la Iglesia no sirve ara nada. Es verdad que hay pequeños grupos y movimientos marginales que se lo toman en serio y procuran seguir a Jesús; por eso son perseguidos, desprestigiados, degradados, marginados. Buena señal, estamos repitiendo la vida de Jesús, rechazado y asesinado sobre todo por el Templo, al que convenía muchísimo el status quo reinante y progresaba con él, en esplendor, en cultos fastuosos, en recaudaciones abundantes y en connivencia culpable con los opresores sin la menor preocupación por la miseria y la presión de su pueblo. La historia se repite: ellos mataron a Jesús, nosotros también.
Pero no lo consiguieron ni lo conseguiremos. Jesús está vivo y Dios estaba y está con él, no con los que lo mataron e intentan matarlo hoy.
Relean, por favor, la carta de Santiago: está dirigida a nosotros, la Iglesia de hoy.
Ora para vencer el egoísmo
Daniel Ortega Gazo
Hoy el Evangelio es una invitación a acercarnos a Jesucristo, con conciencia de cristianos sordomudos, a pedirle que su gracia nos cure y remedie nuestros males.
SORDOS ANTE DIOS
Partimos de una afirmación que, por rotunda, no deja de ser verdadera: muchos cristianos padecemos de sordera ante Dios, y sordera de la peor, la de quien no quiere oír.
Y lo lamentable es que esta sordera la padecen también muchos cristianos que acuden con frecuencia a Dios, a lo que ellos llaman "oración" y que quizá no es otra cosa que escucharse y buscarse a sí, centrarse en sus problemas y pretender ocupar la atención de Dios en la solución de los mismos. Por deficiencia de su formación o por abundancia de su egoísmo, muchos cristianos acuden a Dios no para escucharle, sino para que les escuche; no para conocer su voluntad, sino para que El haga la suya; no para amarle, sino para continuar amándose a sí mismos. Utilizan a Dios o pretenden utilizarlo... y a eso lo llaman "oración".
Debemos pedirle a Jesucristo hoy que remedie nuestra sordera, que nos enseñe a hacer de la verdadera oración, aquélla de la que Él era modelo, el medio de conocer lo que Dios quiere de nosotros y de recibir de El no sólo su mensaje, sino la capacidad de hacerlo vida.
Los cristianos tenemos necesidad de convencernos de que la oración no consiste, ni sólo ni principalmente, en pedir, aunque esta actitud sea signo de confianza y exprese, a su modo, una actitud humilde y, en muchos casos, una profunda fe.
Todos recordaremos aquella definición de oración, incompleta y como tal deformante, que aprendimos en algún catecismo: "Orar es elevar el alma a Dios y pedirle mercedes". Ante ella no podemos menos de excusar a nuestro pueblo fiel y de comprender alguna de las razones de su sordera ante Dios, a quien, al sólo pedirle, le impiden hablar o dejarse oír.
No es extraño que sea sordo para la Palabra de Dios aquél a quien se le ha enseñado primordialmente que debe temerle o que debe pedirle, como si de un mago más se tratara.
Es necesario educar en la escucha de Dios. Nos es necesario a todos "concederle" la palabra al Padre, desde esa radical libertad que Él nos ha otorgado y que nos permite el triste privilegio de poder desconectar nuestra comunicación con El y dejarle "con la palabra en la boca" y "oírle como quien oye llover".
-DIOS NO CESA DE HABLARNOS. D/HABLA.
Lo admirable, en una visión cristiana de la relación de Dios con nosotros, es que ese Dios-Padre a quien no escuchamos, está constantemente hablándonos, nunca se cansa de lanzarnos mensajes aunque se tropiece con nuestra empecinada y voluntaria sordera.
Dios nos habla mediante su Hijo Jesucristo, Palabra increada y Eterna, expresión del Padre, cercano a nosotros, claramente comprensible; nos habla en su Palabra Escrita por la que, durante siglos, ha estado comunicándose con nosotros y expresándonos su voluntad y amor; nos habla por las personas que nos rodean y por sus circunstancias concretas, invitándonos por ellas al desprendimiento y a la generosidad, a la comprensión y a la humildad, al servicio y al diálogo, a la paciencia y al consejo, a la cercana acogida o al caritativo apartamiento, a la alegría y a la acción de gracias... Mil invitaciones distintas que de Dios recibiríamos si, con los ojos de la fe, entráramos en comunión con lo que El quiere decirnos mediante las diferentes necesidades por las que atraviesan nuestros hermanos que, al menos teóricamente, sabemos que son necesidades por las que El mismo atraviesa.
Nos habla también Dios por su Iglesia, en la que vive y mediante la cual continúa realizando en el mundo la misión que comenzó su Hijo Jesucristo y para la que hoy nos envía a nosotros. Nos habla finalmente por todos los acontecimiento, pasados, presentes o futuros, porque toda la historia del hombre -la hecha y la por hacer- es para el cristiano, desde Jesucristo, historia sagrada, historia de salvación.
No es, pues, nuestro Dios un Dios silencioso y callado. Somos nosotros los que, sordos a su voz, no le escuchamos. Sordera esta de la que Jesús quiere curarnos con su ejemplo, con su luz y con su gracia.
-MUDOS ANTE DIOS Y LOS HOMBRES
Esta sordera nuestra, como todas las sorderas, nos lleva a la segunda gran tarea de nuestra vida cristiana. Porque somos sordos ante Dios somos también incapaces de darle una respuesta cristiana y de anunciar a los hombres la salvación de Jesucristo, el Hijo de Dios. Por sordos para con su Palabra nos hemos convertido en mudos impotentes para decirle a El y decir a los hombres la palabra que quieren y tienen derecho a escucharnos. Con respecto a Dios, porque no le escuchamos no le alabamos, ni le damos gracias, ni le bendecimos... Tan sólo, cuando estamos en su presencia, volvemos la mirada sobre nosotros mismos y pretendemos que El atienda en exclusiva nuestros personales egoísmos.
Y con respecto a los hombres, por no escuchar a Dios no les anunciamos su mensaje, su redención, su amor infinito. Porque no escuchamos a Dios en actitud de disponibilidad somos incapaces de anunciar al mundo su voluntad de justicia y su amor humano, somos incapaces de denunciar las situaciones que en el mundo contradicen los planes de Dios, todo lo que El quiere desarraigar y para lo que nos envió a su propio Hijo. Porque somos sordos, somos también mudos e impotentes para vivir uno de los aspectos fundamentales de lo que en nuestro bautismo recibimos: la participación en la misión profética de Jesucristo, por la que somos llamados a hablar al mundo en nombre de Dios, con nuestras vidas, con nuestras actitudes evangélicas y, también, con nuestra palabra.
-EL MILAGRO QUE NECESITAMOS
"¿En dónde están los profetas?, se pregunta Cantalapiedra en una de sus canciones religiosas. Y nosotros podríamos responderle: sólo donde hay orantes puede haber profetas.
Allí donde se escucha a Dios, se es capaz de hablar en su nombre, se es capaz de vivir su mensaje, se es capaz de denunciar cuanto retrasa o impide la venida de su Reino. Allí donde se escucha a Dios surgen los profetas.
Allí donde se ora y donde el hombre supera su sordera, allí también queda curada su mudez que lo encerraba en sí mismo y que lo incapacitaba para vivir y anunciar la Salvación de Jesucristo.
Por eso hoy, para nosotros y para todos los cristianos, debemos pedirle a Jesucristo que repita su milagro, que "nos aparte de la gente a un lado", que toque los oídos y las lenguas de nuestras almas, que realice el milagro de cambiar nuestros corazones y de superar nuestros egoísmos y que nos lleve a escucharle a El y a escuchar al Padre para, como consecuencia, vivir nuestra vocación de profetas y anunciar al mundo la Salvación.
JOSEP LLIGADAS
Cuidado a los enfermos
Jesús pone su fuerza, su dedicación al servicio de la liberación de la enfermedad y la marginación, y eso es un signo visible del Reino de Dios que llega.
¿Y nosotros? ¿Qué signos realizamos nosotros para que se note que el Reino de Dios, la salvación de Dios, está llegando?
-Nuestra atención a los enfermos marginados, signo también del Reino de Dios Estos signos pueden ser de muchas clases, toda acción que traiga liberación y sirva para construir un mundo más digno será un signo del Reino de Dios. Pero yo quisiera invitaros hoy a que nos fijásemos en esos mismos signos que jesús realiza: la atención a los enfermos y marginados.
La primera pregunta sería ésta: ¿como nos preocupamos nosotros de los enfermos? A un enfermo puede hacerle a veces más bien, puede hacerlo sentir más feliz, ver que lo tenemos en cuenta, que nos preocupamos de él, que todas las medicinas y atenciones médicas que le podamos ofrecer. Jesús, acercándose personalmente, atentamente, a los enfermos, les da vida; y por el contrario, con demasiada frecuencia, la atención que ahora se da a los enfermos es una atención puramente técnica, casi sin humanidad. Desde luego que todos los casos son distintos, pero merece la pena que hoy nos lo preguntemos: si tenemos enfermos en casa, si conocemos vecinos enfermos y sabemos que agradecerían una visita, ¿nos preocupamos de ellos? Y lo mismo podríamos decir de las personas mayores, de los ancianos que, por decirlo del modo que mucha gente valora las cosas, "ya no resultan útiles ni productivos". A menudo esas personas mayores quedan en una situación que casi se puede llamar de marginación: o bien en casa en un rincón sin que nadie les haga caso, o bien en una residencia. También, sin duda, todos los casos son distintos. Pero, ¿qué hacemos nosotros? (Si en la parroquia o en la zona está organizado el voluntariado u otras actividades similares, podría hacerse referencia a ello e invitar a participar).
Y, para terminar, permitidme decir una palabra a los médicos, enfermeros y demás personas que trabajáis con enfermos y que estéis aquí escuchándome. Bastante conocéis la importancia de vuestro trabajo y como influís en la felicidad y el gozo de vivir de las personas. Permitidme que os lo diga así muy simple:
Hacedlo bien, tan bien como sepáis y podáis. Con la mayor competencia profesional, con dedicación y espíritu de servicio, con sentimientos de humanidad y de proximidad a los enfermos... esta labor vuestra, así realizada, será también un buen signo del Reino de Dios.
FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ
1. Los milagros de Jesús
¿Hizo Jesús milagros? ¿En qué consistieron? ¿Por qué los hizo? ¿Qué sentido tenían para los que los presenciaron? ¿Qué sentido tienen ahora para nosotros?... Son preguntas que los cristianos debemos hacernos y tratar de encontrar la respuesta adecuada, si queremos ahondar en el sentido que tuvo la vida y la obra del Mesías. Jesús realizó acciones que para aquellas gentes eran superiores a las posibilidades humanas. Los milagros más seguros realizados por él son los de curaciones. Los demás, los que se refieren a la naturaleza, parecen relatos simbólicos con el fin de glorificar su personalidad.
¿Pueden tener los milagros de curaciones alguna explicación natural que fuera desconocida para los contemporáneos de Jesús? Hoy sabemos que existen curaciones sorprendentes... La respuesta a esta pregunta queda abierta, y responder positiva o negativamente a ella no denota mayor ni menor fe. Lo que sí es evidente es que Jesús, con estas acciones, mostraba la proximidad de Dios a los hombres como ningún otro lo hizo nunca.
El valor de los milagros no está en que sean acciones sorprendentes, sino en que son signos de la posibilidad que tiene el hombre de poder llegar a una plena realización personal, en la que no haya enfermedad ni limitación de ningún tipo. Jesús no hace milagros para demostrar que es Dios, sino para mostrarnos hasta el fondo el proyecto de hombre que tiene Dios. Con ellos tampoco pretende resolvernos mágicamente las limitaciones y las contradicciones humanas, sino dejarnos signos sobre cuál es el verdadero camino humano y cuáles sus posibilidades. Pretendía ayudar a levantarse a los que se ven perdidos y sin futuro, inculcar el deseo de luchar por una vida digna a los marginados, animar a los pueblos a descubrir los caminos de la liberación colectiva.
2. Despertar los sentidos
Los hombres nos comunicamos a través del oído y de la palabra, escuchando y hablando. Es así como nos relacionamos unos con otros y captamos los acontecimientos que están a nuestro alrededor. Sin olvidar, naturalmente, la vista. Sólo podemos decir que una persona es adulta cuando interpreta correctamente lo que oye y es capaz de responder adecuadamente con un criterio personal. Es corriente tratar a los demás como objetos, metiéndoles a la fuerza nuestras ideas sin darles tiempo a que las entiendan, a la vez que pretendemos que las acepten sin protestar. Es frecuente entre amigos, entre padres e hijos, entre esposos, entre profesores y alumnos... Y esto, que ocurre tan asiduamente a niveles de grupos reducidos, es dramático a escala de sociedad: la manipulación de los medios de información, entre los que la influencia de la televisión alcanza cotas incalculables, hace que vivamos en un mundo en el que los pueblos se han quedado sordos y mudos en su mayoría, con el agravante de que creen que oyen y hablan... ¡Como vivimos en democracia! La verdad es que oyen palabras como si no las entendieran, y hablan palabras sin criterio propio, como si todos hubieran aprendido la misma lección. No percibimos el significado de los acontecimientos, no sabemos recibirlos con espíritu critico, somos incapaces de pronunciar un juicio personal y equilibrado sobre las noticias que nos llegan constantemente. Es necesario que nos curemos de esta sordomudez. Es necesario que los pueblos lleguen a la madurez en cada una de las personas que los componen; lo mismo como comunidades.
Una de las tareas más urgentes de los cristianos es la de ayudar a despertar los sentidos del pueblo en el que viven para que llegue a tener conciencia de su situación y quiera salir de ella. La salvación que nos trae Jesús corre pareja con la promoción de los hombres y de los pueblos. Jesús increpa a nuestros oídos para que se abran, y a nuestra lengua para que sea capaz, después de examinar los acontecimientos, de pronunciar un juicio maduro.
3. Dios quiere que nos comuniquemos
El presente texto nos narra un nuevo milagro realizado por Jesús en tierra pagana. Quiere llevar también su salvación-liberación al mundo que los judíos consideraban como marginado. Se encuentra solamente en Marcos. Jesús se encuentra bien en territorio pagano. Leamos el episodio en su realidad concreta y busquemos, a la vez, su simbolismo. El comienzo del relato, más que una descripción detallada y exacta del itinerario seguido por Jesús, lo que hace es situarnos en el ambiente pagano en que se desarrolla la escena. No está lejos de la región de Gerasa, de donde fue obligado a alejarse como consecuencia de la faena de los cerdos (Mc 5,1-20). "Decápolis" -palabra griega que significa "diez ciudades"- era una federación de diez ciudades situadas en la Transjordania (al este del río Jordán), constituida el año 63 antes de Cristo para debilitar los poderes locales y reforzar en la región la influencia helenista.
El encuentro con el enfermo se produce a través de la mediación de otras personas. La gente presenta a Jesús "un sordo, que, además, apenas podía hablar"; un sordo que, a causa de la sordera, sólo puede hablar con mucha dificultad, no logra articular bien las palabras. Toda una imagen de la impotencia humana; un representante del dolor y la esperanza de la humanidad entera.
¿No vivimos encerrados, ignorándonos unos a otros? ¿Nos escuchamos y nos hablamos? En la familia, en el trabajo, entre amigos, ¿no sirven las palabras más para llenar vacíos que para comunicarnos? ¿Podremos romper esta incomunicación? Suplican a Jesús "que le imponga las manos" para aliviarlo de su indigencia o curarlo del todo de ella. En ningún momento se habla o se insinúa algo sobre la fe del enfermo o de sus acompañantes. Posiblemente Jesús no se la exige por tratarse de paganos. Le basta comprobar que el enfermo desea salir de su situación y la buena voluntad de los acompañantes.
Dios quiere que salgamos de nuestro individualismo y nos comuniquemos; quiere que dejemos de ser sordos y mudos a todo lo que no seamos nosotros mismos, única forma de oír y hablar como personas adultas; a la vez, quiere que ayudemos a oír y hablar a los sordomudos que se encuentren a nuestro lado. Porque entre nosotros hay también sordos y mudos: personas que jamás han escuchado una palabra de amistad, que viven cerradas al mundo que les rodea; personas que apenas saben hablar, que no saben salir de sí mismas para abrirse y dar algo a los demás... y que necesitan que alguien las ayude a salir del círculo cerrado en que viven; personas que aceptan sin más todo lo que ven, oyen o leen en los medios de comunicación -¿manipulación?-.
La curación se realiza "apartándolo de la gente". Jesús busca el silencio y el alejamiento de los hombres; sus milagros nunca pretenden ser gestos espectaculares destinados a impresionar; no tiene ningún deseo de conseguir aplausos y fáciles adhesiones bajo el influjo del entusiasmo. No quiere provocar un mesianismo triunfalista, para el que las masas siempre están preparadas.
Quiere hombres libres a su lado. Esto lo distingue de los taumaturgos helenistas, que buscaban el sensacionalismo y la admiración de los hombres. Lo aparta de la gente, de la masa, para que pueda oír y hablar. La multitud, como tal, es incapaz de comprender y de transmitir lo comprendido. La multitud es curiosa y ávida de novedades, incapaz de profundizar, fácilmente manejable. Para entender el mensaje de Jesús es necesario que nos apartemos de todo lo mundano: de sus criterios y valores. Jesús nos desvela el secreto de un "milagro" que podemos y debemos realizar frecuentemente también nosotros, ya que nuestra sordera y mudez se suceden periódicamente: quedarse a solas, en silencio, lejos de la gente, procurando interpretar los acontecimientos con la ayuda de Jesús. Recobraremos la capacidad de escuchar y la posibilidad de hablar.
4. La curación
"Le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua". Jesús no quiere hacer magia. Los gestos que realiza eran comunes entre los curanderos de la antigüedad, que atribuían a la saliva propiedades curativas. De esta forma se acomoda al pensamiento del pueblo y no deja duda alguna de su intención de curarlo. Sin embargo, todo eso no es más que la preparación: la curación la va a realizar por su palabra, después de haber elevado los ojos al cielo -gesto de oración- para pedir la ayuda del Padre y en comunión con él. El "suspiro" de Jesús hemos de entenderlo como una profunda participación suya en la miseria humana, que aparece dramáticamente evidente en aquel hombre.
La fórmula "ábrete" la dice en arameo, que el evangelista traduce para sus lectores, conservándola en el texto. Es una palabra que no se dirige a los órganos enfermos, sino al mismo paciente. En la mentalidad judía es todo el hombre el que está enfermo, y cuando se cura, la salud penetra también en los órganos dañados. Por antiguo que sea el relato y por extraño que pueda resultarnos, el cuadro constituye una imagen adecuada de lo que ocurrió con la curación que Jesús llevó a cabo: todo el hombre ha quedado sano. Las dolencias que deforman la creación de Dios quedaron eliminadas, volviendo a aparecer en toda su originalidad la creación de Dios. Al principio de la creación, Dios todo lo hizo bien (Gén 1,31); en el día de la consumación todo lo hará nuevo (Ap 21,5). La curación es un signo de esa nueva creación que Dios realizará algún día.
La curación se realizó inmediatamente: "Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad". Y aquel hombre, que hasta ese momento había vivido encerrado en sí mismo, en su pequeño mundo, se convirtió a partir del encuentro con Jesús en una persona capaz de estar y de relacionarse con los demás hombres. Se abrió a una nueva visión de las cosas, descubrió otro mundo de valores y adquirió la valentía para expresarse con dignidad y sin mordaza alguna. Había "nacido al Espíritu" (Jn 3,6).
Cuando a un hombre se le abren los oídos interiores por la experiencia interior de la luz, inmediatamente se le desata la lengua. Deja de hablar de cosas superfluas, de dar importancia a lo que no la tiene, y comienza a hablar de justicia, libertad, amor.... de la clase de hombre que hay que ser para serlo de verdad y de Dios que nos ama. Toda su persona anuncia otros criterios y otros valores. Sabe escuchar a todos y sabe lo que los otros dicen con la palabra, con el gesto, con el silencio, incluso con un grito o con una ofensa. Y sabe expresar el propio interior, hacer partícipes a los demás de las propias ilusiones, decepciones, esperanzas y sufrimientos.
5. Jesús nos libera para que liberemos
"Les mandó que no lo dijeran a nadie". Vuelve a aparecer el "secreto mesiánico" y la consiguiente transgresión. Es necesario que la gente no descubra aún en Jesús al Mesías, porque este título resulta muy ambiguo y es esencial que sea purificado a través de la muerte en cruz: la gente debe descubrir que el Mesías verdadero es el Crucificado, y para ello estaban todavía muy, inmaduros. Aunque la consigna de silencio no es respetada, la gente no llega nunca -en el evangelio de Marcos- a concluir que Jesús es el Cristo; admira sus obras, pero no le da el titulo que le correspondería por ellas. De esa forma el secreto mesiánico queda a salvo. Quedan asombrados, pero no llegan realmente a la fe. Y cuando al final del episodio exclaman: "Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos", están citando unas palabras de Isaías que se refieren al tiempo final de la salvación (Is 35,5-6). Jesús realiza la liberación que anuncia Isaías; la curación es el anuncio de su buena nueva, el signo de que un día podremos oír las noticias como son en realidad, sin intermediarios que las manipulen, dar a las cosas su valor verdadero y hablar sin ningún tipo de miedo o de trabas.
Jesús nos libera para que liberemos. Una liberación que afecta a toda la persona, a los aspectos individuales y a las estructuras. Para poder escuchar y transmitir fielmente la palabra de Dios necesitamos vivir en contacto con la realidad humana. ¿Cómo trabajar por transformarla si no la conocemos? El sordomudo ha sido curado: puede oír y hablar; pero son los demás los que hablan. El prefiere callar. Y es que para hablar hace falta tener algo que decir; para callar necesitamos un misterio que adorar. ¡Cuánto ganarían la palabra y el silencio si solamente hablasen los que son capaces de escuchar! Saber escuchar y saber hablar son dos ideas plenamente evangélicas.
Esta sordera y este mutismo, ¿no nos afectan también a cada uno de nosotros? ¿Vivimos abiertos a lo que sucede a nuestro alrededor, o nos hacemos los sordos para no complicarnos la vida ante los problemas personales y sociales que nos rodean? Si somos sordos, también somos mudos; si no somos capaces de escuchar, tampoco seremos capaces de responder adecuadamente a nuestras necesidades y a las necesidades de los demás y del mundo.
Debemos abrir bien los oídos para poder escuchar qué es lo que se le pide a nuestra comunidad, qué problemas hay a nuestro alrededor a los que debemos dar una respuesta. Si hacemos así, la salvación-liberación de Dios estará llegando verdaderamente a nosotros.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
Unos de los atributos de Dios es el de liberador. Éste es el atributo especialmente señalado en los textos litúrgicos de este domingo. Dios libera a los hombres de su triste condición de desterrados y a la naturaleza de su aridez infecunda (primera lectura). Libera a los hombres de sus enfermedades del cuerpo y del espíritu: "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos" (Evangelio). Libera al cristiano de cualquier acepción de personas, porque todos, ricos o pobres, somos iguales delante de Dios (Evangelio).
Mensaje doctrinal
1. Una naturaleza libre al servicio del hombre. Dios ha creado la naturaleza, pero no se ha desentendido luego de ella. Siendo ésta el hogar del hombre, ejercita también sobre ella su providencia, a fin de que sirva al hombre. Esa providencia divina "libera" a la tierra de sus miserias, como pueden ser la sequedad y la infecundidad. Nos dice la primera lectura que "la tierra abrasada se trocará en estanque y el país árido en manantial de aguas". Dios es el Señor de la naturaleza y ejerce con libertad su dominio absoluto sobre ella para ayudar material y espiritualmente al hombre. Materialmente, haciéndola fructificar abundantemente, de modo que el hombre pueda alimentarse con sus frutos. Espiritualmente, haciendo al hombre sentir el poder y peso de las calamidades naturales, de modo que éste se vea necesitado a elevar sus ojos al Señor de la naturaleza y a implorar su bendición. El orgullo humano, enemigo del verdadero bien del hombre, es invitado a humillarse ante estas desgracias naturales, que son para él como una plataforma para, dejando a un lado el orgullo, remontarse hasta Dios. Dejando libres por un momento los poderes destructivos de la naturaleza, Dios busca sobre todo liberar al hombre de sí mismo, que es lo que realmente cuenta.
2. Dios liberador del hombre. El hombre es un misterio de carne y espíritu. Dios manifiesta su amor al hombre ofreciéndole una liberación integral, que debe aceptar con agradecimiento y sencillo corazón. Libera su carne de la enfermedad. Lo hace directamente, cuando así resulta necesario para el bien del hombre, como consta por tantos enfermos milagrosamente curados. Lo hace indirectamente, mediante el poder que ha dado a los hombres para estudiar el cuerpo humano, conocer sus enfermedades y curarlas. El evangelio de hoy narra la curación de un sordomudo por parte de Jesús. Pero Dios también interviene sobre el hombre para curar su espíritu. Lo cura de las enfermedades psíquicas, lo libera del poder del demonio y del pecado, lo robustece por obra del Espíritu ante las tentaciones y las inclinaciones al mal. ¿Cuándo y cómo actúa el Dios liberador del hombre? Son preguntas para las que sólo Dios tiene la respuesta; evidentemente una respuesta segura y en beneficio del hombre. Pero lo más importante es que los hombres tengamos la conciencia clara y la plena seguridad de que Dios ama y quiere el bien del hombre. Importante es también que seamos humildes y acudamos a Dios con sencillez para pedirle: "Señor, líbrame de toda enfermedad; líbrame, sobre todo, de mí mismo para que mi vida sea un canto de alabanza a tu santo nombre". Aquí encaja perfectamente la exhortación de Santiago en la segunda lectura: "No mezcléis con la acepción de personas la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado". El creyente, liberado de sí mismo por el bautismo y la eucaristía, no puede volver a la esclavitud del pasado. Sería como contravenir la liberación de Dios.
Sugerencias pastorales
1. Todo lo ha hecho bien. Con estas palabras reaccionó la multitud cuando se dio cuenta de que Jesús había curado al sordomudo. Son muchos, por lo demás, los textos evangélicos que relatan las obras buenas de Jesús en favor del hombre. De modo que san Pedro dirá de Jesús, en uno de sus discursos a los primeros cristianos, que "pasó haciendo el bien". Juan Pablo II nos dice que "la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo". Sí, Cristo desea seguir haciendo el bien entre nosotros y en nuestros días mediante los cristianos. Cristo desea seguir liberando al hombre de las necesidades materiales, de las enfermedades, de las calamidades naturales, de los males espirituales mediante los cristianos. De verdad que es hermoso constatar la generosidad de tantos millones de cristianos para socorrer en cualquier parte del mundo a los más necesitados. De verdad que Cristo debe estar contento porque puede continuar haciendo el bien en la historia de los hombres mediante los cristianos. Al mismo tiempo, como creyentes cristianos, hemos de hacernos algunas preguntas: ¿Hago yo personalmente todo el bien que puedo hacer? ¿Busco que otros, singular o comunitariamente, hagan el bien? ¿Cuál es el tipo de bien que más me gusta hacer: el material, el espiritual o ambos a la vez? ¿Estoy convencido de que a través de mí, Cristo glorioso continúa presente entre los hombres haciendo el bien? Y no olvidemos que hacer el bien desinteresadamente a los hombres es una manera estupenda de liberarlos.
2. Querer ser liberado. La liberación posee una fuerza de atracción singular. Es un claro indicio de que el hombre, consciente o inconscientemente, se ve y experimenta a sí mismo, al menos parcialmente, "esclavizado". Digamos que son no pocas las ataduras que el hombre, en las diversas épocas de la vida, va encontrando en el camino de su existencia. Por experiencia se sabe que de esas ataduras, sobre todo de las más hondas y fuertes, no se puede el hombre deshacer por sí mismo. Necesita ser liberado. Para ello se necesita querer ser liberado. Porque se da el caso de que el hombre, por razones inexplicables y muchas veces complejas, ama las "dulces" ataduras que le "esclavizan". Ataduras que, por más dulces que sean, le van poco a poco estrangulando, hasta llegar a matar su libertad. La liberación, por tanto, es posible sólo para quien quiere ser liberado. Otro aspecto diverso es a quién acudir para ser liberados. Porque en nuestro mundo y en nuestro medio ambiente hay quizá muchos que se las dan de "liberadores", pero lo que liberan no es al hombre en su grandeza y en su dignidad, sino los potros desbocados de sus pasiones, sus egoísmos, sus ambiciones, sus pesadillas, sus instintos. Digámoslo sin tapujos: el verdadero liberador del hombre es Dios. El verdadero liberador del hombre es Jesucristo que murió por nosotros y por nosotros resucitó. ¿Has aceptado, aceptas realmente y de todo corazón ser liberado por Jesucristo? Si quieres ser liberado, no lo dudes, Él te liberará. Habiendo experimentado a fondo la liberación de Cristo, sentirás el aguijón de decir a otros quién puede otorgarles la verdadera liberación que buscan.
ÁBRETE A LOS DEMÁS
Por José María Maruri, SJ
1.- “Un sordo que apenas podía hablar…” Hoy le hubieran puesto un “Sonotone”, un audífono, y hubiera recobrado el oído, quedándose tal vez en la antigua soledad de la sordera.
Las fronteras han desaparecido en Europa y hoy cuesta menos hablar desde Madrid con Paris que con Pozuelo de Alarcón, que está aquí al lado. Los satélites dedicados a transmitir datos e imágenes de un extremo a otro del mundo van a necesitar guardias de tráfico para no chocar en la densidad del especio estratosférico. ¡Y que voy a decir de Internet!
Imágenes, sonidos, ondas, ruidos que han roto nuestros tímpanos y nos han aislado unos de otros. Nadie calla para oír. Todos abrimos la boca para hablar y parecemos actores de cine mudo, porque nadie nos oye.
En la era de las comunicaciones hay más soledad que nunca. Soledad de los ancianos, de los esposos que no participan en nada, de los padres que no entienden a los hijos, de los hijos que no hablan con sus padres.
Y lo que es peor, ni nos oímos a nosotros mismos, ni mucho menos al Señor, que solo habla en el silencio hondo del corazón y allí no bajamos nunca.
Andamos inmersos en una comunicación global, multitudinaria, donde no existe la comunicación tú a tú, eso se queda para las películas románticas.
2.- Por eso tiene tanta actualidad esta curación del sordomudo, a quien el Señor aparta de la multitud, para que se sepa que no es uno más para Él, sino que es él solo. Con tocarle la lengua y los oídos le dice en el único lenguaje que el sordomudo entiende que le quiere curar, que tenga Fe. Y con un sollozo de pena por ver a aquel hombre sordo para Dios y para los hombres le grita: “¡Ábrete!”
--tú que has vivido aislado, abre tu corazón a los hombres que te necesitan y que necesitas para ser hombre.
--abre tu corazón
--ábrete a quien te ofrece su amistad
--ábrete al que necesita tu cariño
--ábrete al que quiere contarte tus penas que nadie quiere escuchar
--abre tus oídos y mueve tu lengua al que necesita tus palabras de consuelo como tú las necesitarás algún día
--baja a lo hondo de tu corazón y allí escucha a tu Señor que habla en silencio de la muchedumbre
--escucha a Dios y escúchate a ti mismo. Aprende allí a saber qué es lo que el Señor quiere de ti y lo que tú mismo realmente quieres. No seas juguete de las ondas, de los sonidos, de las imágenes, de los demás, de la TV, de Internet…
3.- Qué Dios no llore por nosotros al vernos a cada uno aislados en nosotros mismos. Y que los que nos conocen, egoístas y sordos a la llamada de Dios, al vernos abiertos a todos, puedan exclamar como aquella muchedumbre: “Todo lo ha hecho bien, hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos”
OCARM
Lectura
a) Una clave de lectura:
La liturgia de este domingo nos pone delante a Jesús que cura un sordomudo en la tierra de la Decápolis y recibe del pueblo este elogio: “¡Todo lo ha hecho bien; a los sordos hace oír y a los mudos hablar!” Este elogio se inspira en algunas frases de Isaías (Is 29,8-19; 35,5-6; 42,7) y demuestra que el pueblo estaba viendo en Jesús la venida de los tiempos mesiánicos. Jesús mismo había usado esta frase para responder a los discípulos de Juan: “Id y contad a Juan lo que habéis oído y visto: Los ciegos ven, los sordos oyen, los mudos hablan” (Mat 11,4-5). Los primeros cristianos usaban la Biblia para aclarar e interpretar las acciones y conductas de Jesús. Hacían esto para expresar su fe de que Jesús era el Mesías, aquél que debía realizar la promesa y para poder entender mejor todo lo que Jesús había hecho y enseñado en aquellos pocos años que Jesús había pasado en medio de ellos en Palestina. b) Una división del texto para ayudar a la lectura:
Marcos 7,31: descripción geográfica: Jesús está en un territorio fuera de la Judea
Marcos 7,32: la situación del hombre: sordomudo
Marcos 7, 33-34: el gesto de Jesús para curar al hombre
Marcos 7,35: el resultado de la acción sanadora de Jesús
Marcos 7,36 la recomendación del silencio no es obedecida
Marcos 7,37: el elogio del pueblo
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es la conducta de Jesús frente al sordomudo y de frente al pueblo? ¿Cómo entiendes tú los gestos de Jesús: le puso los dedos en los oídos y con saliva le tocó la lengua; mirando después al cielo, emitió un suspiro y dijo: «Effetá»?
b) ¿Como entender la preocupación de Jesús que lleva al hombre lejos de la gente?
c) ¿Por qué Jesús prohíbe la divulgación? ¿Cómo entender la desobediencia del pueblo al mandato de Jesús?
d) ¿Qué otros textos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento se evocan o subyacen en el fondo de este texto?
Otras informaciones sobre el Evangelio de Marcos
i) Comentario al texto
Marcos 7,31: Jesús en la tierra de la Decápolis
• El episodio de la curación del sordomudo es poco conocido. Marcos no dice claramente dónde se encuentra Jesús. Da a entender que está fuera de la Palestina, en tierra de paganos, atravesando una región llamada Decápolis:
Decapolis significa, literalmente Diez ciudades. Era pues una región de diez ciudades al sudeste de Galilea, cuya población era pagana, marcada por la cultura helenista.
Marcos 7,32: Un sordomudo es llevado a Jesús.
• Aun cuando no estaba en su propia tierra, Jesús es conocido como uno que puede curar enfermos. Por esto el pueblo le lleva un hombre sordo que habla con dificultad. Se trata de una persona que no puede comunicarse con los otros. Es la imagen de muchas personas que hoy viven masificadas en las grandes ciudades en completa soledad, sin la posibilidad de comunicación
Marcos 7,33-34: Una curación diferente
• El modo de curar es diferente. El pueblo deseaba que Jesús impusiese simplemente las manos sobre el enfermo. Pero Jesús va mucho más allá de la petición. Jesús lleva al hombre lejos de la gente, pone los dedos en los oídos y con la saliva le toca la lengua y miró al cielo, suspiró profundamente y dijo: «Effetá», que significa “¡Ábrete”! El dedo en los oídos recuerda la frase de los magos de Egipto que decían: “Aquí está el dedo de Dios” (Ex 8,15) y también la frase del salmista: “¡Abriste mis oídos!” (Sal 40,7). El toque de la lengua con la saliva restablece en ella la facultad de hablar. En la opinión del pueblo de aquel tiempo, la saliva tenía un poder medicinal. La mirada hacia lo alto indica que la curación viene de Dios. El gemido es un modo de súplica.
Marcos 7,35: El resultado de la curación
• En el mismo instante, los oídos del sordo se abrieron, la lengua se soltó y el hombre comenzó a hablar correctamente. ¡Jesús desea que el pueblo abra los oídos y suelte la lengua! ¡También hoy! En muchos lugares, a causa del comportamiento del poder religioso, el pueblo está callado y no habla. Es muy importante que el pueblo pueda recuperar la palabra dentro de la Iglesia para poder expresar su experiencia de Dios y así enriquecerse todos, incluso el clero.
Marcos 7,36: Jesús no quiere publicidad
• Jesús ordena que no cuenten lo que ha sucedido. Algunas veces se exagera la importancia que el evangelio de Marcos atribuye a la prohibición de divulgar la curación, como si Jesús tuviese un secreto que debía mantener. De hecho, algunas veces Jesús ordena no divulgar la curación (Mc 1,44; 5,43; 7,36; 8,26). Él pide silencio, pero obtiene el resultado contrario. Cuanto más prohíbe, tanto más la Buena Nueva se difunde (Mc 1,28.45; 3,7-8; 7,36-37). Por otra parte, en la mayoría de los casos, o sea en todas las otras veces que Jesús obra un milagro, no pide silencio. Es más, una vez pide publicidad (Mc 5,19).
Marcos 7,37: El elogio del pueblo
• Todo el pueblo quedó admirado y dijo: “¡Todo lo hizo bien!” Esta afirmación hace recordar la creación: “Dios vio que todo lo que había hecho era muy bueno” Gén 1,31). A pesar de la prohibición, las personas que asisten a la curación empiezan a proclamar lo que habían visto, resumiendo la Buena Noticia de Jesús con estas palabras: “¡Todo lo ha hecho bien!” Es inútil prohibir hablar. ¡La fuerza interna de la Buena Nueva es tan grande que se divulga por sí misma! ¡ Quien ha hecho la experiencia de Jesús, lo cuenta a los demás lo quieran o no!
ii) Información sobre las divisiones dentro del Evangelio de Marcos
1ª Clave: El Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído y escuchado en comunidad.
• Cuando lees un libro estando solo, puedes interrumpir siempre y volver atrás para enlazar una cosa con otra. Pero cuando estás en comunidad y alguno está leyendo el Evangelio delante de todos, no puedes gritar: “¡Párate. Lee otra vez! ¡No he entendido bien!” Un libro para ser escuchado en celebraciones comunitarias tiene un modo diverso de dividir el tema, de otro libro escrito para ser leído de modo individual.
2ª Clave: El Evangelio de Marcos es una narración.
• Una narración es como un río. Recorriendo el río en barca, no se perciban las divisiones de las aguas. El río no tiene divisiones. Es un solo fluir, desde el principio hasta el fin. En el río, las divisiones las haces tú a partir de la orilla. Por ejemplo, puedes decir: “ ¡Qué bello espacio de río el que va de aquella casa en la curva, hasta aquella palmera que está tres curvas después!” Pero en el agua no se ve ninguna división. La narración de Marcos fluye como un río. Sus divisiones las encuentran los oyentes en la orilla, o sea en los lugares por los que Jesús pasa, en las personas que Él encuentra, en los caminos que recorre. Estas indicaciones en las márgenes ayudan a los oyentes a no perderse en medio de tantas palabras y acciones de Jesús y sobre Jesús. El cuadro geográfico ayuda al lector, o lectora, a caminar con Jesús, paso a paso, de la Galilea hasta Jerusalén, del lago hasta el calvario.
3ª Clave: El Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído de una sola vez
• Los hebreos así leían los libros pequeños del Antiguo Testamento. Por ejemplo, en la noche de Pascua leían de una sola vez todo el libro del Cantar de los Cantares. Algunos expertos creen que el Evangelio de Marcos ha sido escrito para ser leído de una sola vez todo entero en la noche de Pascua. Ahora bien, a fin de que los oyentes no se cansaran, la lectura debía tener sus divisiones, sus pausas. Porque, cuando una narración es larga, como la del Evangelio de Marcos, su lectura debe interrumpirse de vez en cuando. Se debe tener pausas en algunos momentos. Si no, los oyentes se pierden. Estas pausas ya estaban previstas por el mismo autor de la narración. Estaban señaladas con pequeños sumarios entre una lectura larga y otra. Estos sumarios son como bisagras que recogían lo que se había leído antes y abrían el camino a lo que venía después. Esto permite pararse y empezar de nuevo, sin interrumpir la secuencia de la narración. Eso ayuda al oyente a situarse dentro del río de la narración que fluye. El Evangelio de Marcos tiene muchas de estas pausas que permiten descubrir y seguir el recorrido de la Buena Noticia de Dios que Jesús reveló y que Marcos nos cuenta. En total hay seis bloques de lecturas más largas, intercaladas de pequeños bisagras o sumarios, donde es fácil hacer una breve pausa. Basándonos en estas tres claves, presentamos aquí una división del Evangelio de Marcos. Otros lo dividen diversamente. Cada división tiene su marca distintiva y su valor. El valor de una división es aquél de abrir uno de los muchos modos de entrar en el texto, de ayudarnos a descubrir algo de la Buena Nueva de Dios y de llevarnos a percibir el camino que Jesús abrió para nosotros hacia Dios y hacia los hermanos.
Introducción: Mc 1,1-13: Comienzo de la Buena Nueva
Prepara el anuncio
Sumario: 1,14-15
1ª lectura: Mc 1,16-3,16 : Crece la Buena Nueva
Aparece el conflicto
Sumario: 3,7-12
2ª lectura: Mc 3-13-6,6: Crece el conflicto
Aparece el Misterio
Sumario: 6,7-13
3ª lectura: Mc 6,14-8,21: Crece el Misterio
Aparece el no entendimiento
Sumario: 8,22-26
4ª lectura: Mc 8,27-10,45: Crece el no entendimiento
Aparece luz obscura de la Cruz
Sumario: 10,46-52
5ª lectura: Mc 11,1-13,32: Crece la luz obscura de la Cruz
Aparecen la rotura y la muerte
Sumario: 13,33-37
6ª lectura: Mc 14,1-15,39: Crecen la rotura y la muerte
Aparece la victoria sobre la muerte
Sumario: 15,40-41
Conclusión: Mc 15,42-16,20: Crece la victoria sobre la muerte
Reaparece la Buena Nueva
• En esta división los títulos son importantes. Indican el soplo del Espíritu Santo, de la inspiración, que recorre todo el Evangelio. Cuando un artista se siente inspirado, trata de expresar esta inspiración en una obra de arte. La poesía o la imagen que resulta lleva en sí esta inspiración. La inspiración es como una fuerza eléctrica que corre invisible entre los hilos y enciende las lámparas en nuestras casas. Así, la inspiración corre invisible en las palabras de la poesía o en la forma de las imágenes para revelar o encender dentro de nosotros una luz igual o casi igual a la que brilló en el artista. Es por este motivo por el que las obras de arte nos atraen tanto. Lo mismo sucede cuando leemos o meditamos el Evangelio de Marcos. El mismo Espíritu o la Inspiración que mueve a Marcos a escribir el texto, queda presente en el hilo de las palabras de su Evangelio. A través de su lectura atenta y orante, este Espíritu entra en acción y comienza a obra en nosotros. Así, poco a poco, descubrimos el rostro de Dios que se reveló en Jesús y que Marcos nos comunica en su libro.
XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Antífona de entrada Sal 118, 137. 124
Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo.
Oración colecta
Señor, tú que te has dignado redimirnos
y has querido hacernos hijos tuyos,
míranos siempre con amor de padre
y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo,
alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración sobre las ofrendas
Oh Dios, fuente de la paz y del amor sincero,
concédenos glorificarte por estas ofrendas
y unirnos fielmente a ti
por la participación en esta eucaristía.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de la comunión Sal 41, 2-3
Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo.
O bien: Jn 8, 12
Yo soy la luz del mundo -dice el Señor-. El que me sigue no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.
Oración después de la comunión
Con tu palabra, Señor, y con tu pan del cielo,
alimentas y vivificas a tus fieles;
concédenos, que estos dones de tu Hijo
nos aprovechen de tal modo
que merezcamos participar siempre
de su vida divina.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (35,4-7a):
Decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará».
Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Porque han brotado aguas en el desierto, torrentes en la estepa, el páramo será un estanque, lo reseco un manantial.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 145,7.8-9a.9bc-1
R/. Alaba, alma mía, al Señor
Que mantiene su fidelidad perpetuamente,
que hace justicia a los oprimidos,
que da pan a los hambrientos.
El Señor liberta a los cautivos. R/.
El Señor abre los ojos al ciego,
el Señor endereza a los que ya se doblan,
el Señor ama a los justos,
el Señor guarda a los peregrinos. R/.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y trastorna el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
tu Dios, Sión, de edad en edad. R/.
Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol Santiago (2,1-5):
No juntéis la fe en nuestro Señor Jesucristo glorioso con el favoritismo. Por ejemplo: llegan dos hombres a la reunión litúrgica. Uno va bien vestido y hasta con anillos en los dedos; el otro es un pobre andrajoso. Veis al bien vestido y le decís: «Por favor, siéntate aquí, en el puesto reservado.» Al pobre, en cambio: «Estáte ahí de pie o siéntate en el suelo.» Si hacéis eso, ¿no sois inconsecuentes y juzgáis con criterios malos? Queridos hermanos, escuchad: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino, que prometió a los que lo aman?
Palabra de Dios
Evangelio
Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,31-37):
En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos. Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.
Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», esto es: «Ábrete.»
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad. Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.»
Palabra del Señor
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