Domingo 24 del tiempo ordinario
Liturgia Viva del XXIV Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver el Salmo Responsorial)
Confiamos en el Señor, que nos libera de la muerte eterna,
que está a nuestro lado en la tristeza y aflicción,
y que guarda nuestros pies para no tropezar.
Que el Señor esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu espíritu.
Introducción por el Celebrante.
A. ¿SEGUIMOS A JESÚS?
¿Qué es lo que andamos buscando en la vida? Buena salud, felicidad en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestra fe, buenas relaciones con nosotros mismos, con la gente y con Dios. Cuando Jesús nos dice hoy que tenemos que seguirle cargando las cruces que nos encontramos en la vida, ¿aceptamos eso como discípulos de Jesús hoy? ¿Lo tomamos como parte de nuestra fe? o bien decimos: «Señor, cualquier cosa…, ¿pero ésta no»? Jesús nos asegura: «Quien pierda su vida por mí, la encontrará, la salvará.» — Preparémonos para el encuentro con el Señor; él nos va a dirigir su palabra salvadora.
B. ¿CONOCEMOS A JESÚS?
Al recitar el Credo profesamos: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor.» Afirmamos que conocemos quién es él, nuestro Señor y Salvador. Pero ¿le conocemos realmente? Para conocerlo profundamente no solamente tenemos que escuchar lo que él dice, sino conocer cómo vivió y murió, dándose totalmente al Padre y a los hombres. Pero ni eso es suficiente: debemos seguir sus huellas entregándonos sin reservas ni condiciones a Dios y a los hermanos. Entonces conoceremos a Jesús por experiencia personal y profunda.
Acto Penitencial
A. ¿SEGUIMOS A JESÚS?
Normalmente, tenemos miedo a la cruz.
Pidamos perdón al Señor
Por no haber aceptado siempre nuestras cruces.
(Pausa)
Señor Jesús, tú sufriste fuertemente, sobre todo en la cruz, y nos pides tomar nuestras cruces siguiéndote a ti.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, a ti te eliminaron dándote muerte y nos pides que perdamos nuestra vida por ti.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú resucitaste al tercer día y nos prometes que encontraremos vida contigo.
Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, perdona todos nuestros pecados, sálvanos del mal y de la muerte y llévanos a una vida plena y eterna. R/ Amén.
B. ¿CONOCEMOS A JESÚS?
Conoceríamos mejor al Señor si le siguiéramos más y mejor en su amor, que se olvida de sí mismo.
Pidámosle a Jesús que nos perdone de nuestro egoísmo.
(Pausa)
Señor Jesús, tú eres la verdad, tú eres nuestra vida;
los que esperan en ti nunca quedarán defraudados.
Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú eres el Ungido enviado por el Padre, que te has entregado totalmente a nosotros.
Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú eres nuestro camino, y nos dices que nos hemos de amar unos a otros como tú nos has amado.
Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, cúranos de nuestra superficialidad y ayúdanos a seguirte generosamente mientras nos llevas a la vida eterna. R/ Amén.
Oración Colecta
A. ¿SEGUIMOS A JESÚS?
Pidamos a Dios que nos enseñe
a cargar nuestras cruces con Jesús.
(Pausa)
Señor Dios, confianza y esperanza nuestra:
Tú nos has hecho para la felicidad.
Cuando la buscamos por medio de gloriosos sueños
de prosperidad, éxito y ausencia de sufrimiento
ayúdanos a afrontar las realidades duras de la vida real.
Que sepamos aceptar la insegura oscuridad
de la humildad y el sufrimiento
como el precio a pagar por la luz y la alegría.
Enséñanos el camino de tu Hijo Jesucristo,
que murió por propia y libre voluntad
para que nosotros tengamos nueva vida
y seamos definitivamente felices.
Te lo pedimos en el nombre
del mismo Jesús, el Señor. R/ Amén.
B. ¿CONOCEMOS A JESÚS?
Pidamos que nuestro conocimiento de Jesús
llegue a ser muy profundo y personal.
(Pausa)
Oh Padre, lleno de amor:
Hoy tu Hijo Jesús nos pregunta
quién es él, qué significa él para nosotros.
Ayúdanos a llegar a conocerle personalmente
participando de su propia vida de entrega hasta el fin
y de su servicio generoso y desinteresado,
incluyendo su cruz.
Que lleguemos, pues, a ser sus amigos
sintiéndole como vida de nuestra vida,
y con él seamos siervos, unos de otros,
y siervos tuyos, nuestro Dios viviente.
Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo nuestro Señor.
R/ Amén
Oración de los Fieles
Oremos a nuestro Dios de vida y amor, que nos ha creado para ser felices, que aprendamos a afrontar las responsabilidades y dificultades de la vida, y digamos:
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
– Por la Iglesia, para que no sienta vergüenza de predicar a Cristo crucificado y de ser ante el mundo humilde y modesta como él, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
– Por las víctimas de injusticia y de pobreza, para que nosotros tengamos el valor de alzarnos en su favor y llevarles justicia y amor, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
– Por los rezagados en la vida, por la pobre gente que «no cuenta» a los ojos del mundo, para que no sean inhumanamente pisoteados por los grandes y poderosos, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
– Por los inadaptados a la vida, por aquellos cuyas ideas o conducta no compartimos, para que sepamos respetarlos y tener un corazón grande y un amplio espacio para ellos, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
– Por los enfermos y discapacitados, para que saquen fuerza espiritual al saber cuán cerca están del Señor Sufriente, y que nosotros tengamos la sensibilidad y delicadeza de visitarlos frecuentemente y de cuidar cariñosamente de ellos, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha el clamor de tu pueblo.
Señor Dios nuestro: Las cruces de este mundo son nuestras, ya que Cristo es nuestro. Hazlas tuyas también, Señor, para hacérnoslas más livianas, ya que Cristo cargó su cruz por todos nosotros, él que es Hijo tuyo y Señor nuestro por los siglos de los siglos. Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Padre nuestro, que estás en el cielo:
Tu Hijo Jesús se entrega a sí mismo por nosotros
en los signos de pan nutritivo
hecho de granos de trigo triturados,
y de espumoso vino que da alegría
procedente de uvas exprimidas.
Con este alimento y bebida de vida
danos la mentalidad y actitudes de tu Hijo,
para que sepamos morir a nosotros mismos
por tu amor y por el de nuestros hermanos.
Que éste sea el mejor sacrificio que te ofrecemos
por medio de Jesucristo, nuestro Señor. R/ Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias y alabanza al Padre por habernos salvado y liberado por el sufrimiento y resurrección de Jesús. Ahora nos unimos a él en su mismo sacrificio. Que él nos dé la fuerza necesaria para cargar nuestra cruz en los sacrificios que se nos presentan en la vida de cada día.
Introducción a la Oración del Señor, el Padre Nuestro
Con las palabras de Jesús, nuestro Salvador, pidamos al Padre del cielo el pan eucarístico, que nos da fuerza y vigor para poder seguir sus pasos : R/ Padre nuestro….
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
y de nuestro miedo a entregarnos generosamente
a ti y a todos los que tú amas.
Danos la actitud y el valor
para vencer y superar
la realidad del sufrimiento de la vida,
aceptándolo, y transformándolo
en un regalo de amor y fidelidad,
en la ruta que nos lleva a la gloriosa venida
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el Reino…
Invitación a la Comunión
Este es el Cordero de Dios
que voluntariamente aceptó el sufrimiento y la muerte
para quitar el pecado del mundo.
Dichosos nosotros, invitados a tomar parte en este sacrificio,
y así participar también un día de su vida de resucitado.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Te damos gracias
Por dirigirnos tu palabra de vida
y sustentarnos con el pan de la eucaristía,
pan de fortaleza.
Envíanos al mundo para que todos nos ayudemos
a llevar nuestras cruces
y compartamos mutuamente nuestras alegrías.
Que no solamente admiremos a tu Hijo
por haber cargado animosamente su cruz,
sino que le sigamos en el camino doloroso
que nos lleva a la vida y a la gloria.
Concédenoslo por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R/ Amén
Bendición
Hermanos: Jesús no se desentendió ni se escapó de las dificultades y sufrimientos propios de su misión en su vida.
Que Dios nos dé a todos la misma lealtad y fortaleza para cumplir nuestra propia misión como seguidores de Jesús.
Para ello, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.
Vayamos juntos, como hermanos, por el camino de Jesús, el Señor. R/ Demos gracias a Dios.
EVANGELIO
Tú eres el Mesías... El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 8,27-35
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «Quién dice la gente que soy yo?». Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas». El les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías». El les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará».
Palabra de Dios.
TOMAR EN SERIO A JESÚS
El episodio de Cesarea de Filipo ocupa un lugar central en el evangelio de Marcos. Después de un tiempo de convivir con él, Jesús hace a sus discípulos una pregunta decisiva: "¿Quién decís que soy yo?". En nombre de todos, Pedro le contesta sin dudar: "Tú eres el Mesías". Por fin parece que todo está claro. Jesús es el Mesías enviado por Dios, y los discípulos lo siguen para colaborar con él.
Pero Jesús sabe que no es así. Todavía les falta aprender algo muy importante. Es fácil confesar a Jesús con palabras, pero todavía no saben lo que significa seguirlo de cerca compartiendo su proyecto y su destino. Marcos dice que Jesús "empezó a enseñarles" que debía sufrir mucho. No es una enseñanza más, sino algo fundamental que los discípulos tendrán que ir asimilando poco a poco.
Desde el principio les habla "con toda claridad". No les quiere ocultar nada. Tienen que saber que el sufrimiento lo acompañará siempre en su tarea de abrir caminos al reino de Dios. Al final, será condenado por los dirigentes religiosos y morirá ejecutado violentamente. Sólo al resucitar se verá que Dios está con él.
Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Su reacción es increíble. Toma a Jesús consigo y se lo lleva aparte para "increparlo". Había sido el primero en confesarlo como Mesías. Ahora es el primero en rechazarlo. Quiere hacer ver a Jesús que lo que está diciendo es absurdo. No está dispuesto a que siga ese camino. Jesús ha de cambiar esa manera de pensar.
Jesús reacciona con una dureza desconocida. De pronto ve en Pedro los rasgos de Satanás, el tentador del desierto que busca apartar a las personas de la voluntad de Dios. Se vuelve de cara a los discípulos y “reprende” literalmente a Pedro con estas palabras:"Ponte detrás de mí, Satanás": vuelve a ocupar tu puesto de discípulo. Deja de tentarme. "Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres, ".
Luego llama a la gente y a sus discípulos para que escuchen bien sus palabras. Las repetirá en diversas ocasiones. No las han de olvidar jamás. "Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga".
Seguir a Jesús no es obligatorio. Es una decisión libre de cada uno. Pero hemos de tomar en serio a Jesús. No bastan confesiones fáciles. Si queremos seguirlo en su tarea apasionante de hacer un mundo más humano, digno y dichoso, hemos de estar dispuestos a dos cosas. Primero, renunciar a proyectos o planes que se oponen al reino de Dios. Segundo, aceptar los sufrimientos que nos pueden llegar por seguir a Jesús e identificarnos con su causa.
RECONOCER A JESÚS EL CRISTO
¿Quién decís que soy yo?
El episodio ocupa un lugar central y decisivo en el relato de Marcos. Los discípulos llevan ya un tiempo conviviendo con Jesús. Ha llegado el momento en que se han de pronunciar con claridad. ¿A quién están siguiendo? ¿Qué es lo que descubren en Jesús? ¿Qué captan en su vida, su mensaje y su proyecto?
Desde que se han unido a él, viven interrogándose sobre su identidad. Lo que más les sorprende es la autoridad con que habla, la fuerza con que cura a los enfermos y el amor con que ofrece el perdón de Dios a los pecadores. ¿Quién es este hombre en quien sienten tan presente y tan cercano a Dios como Amigo de la vida y del perdón?
Entre la gente que no ha convivido con él se corren toda clase de rumores, pero a Jesús le interesa la posición de sus discípulos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No basta que entre ellos haya opiniones diferentes más o menos acertadas. Es fundamental que los que se han comprometido con su causa, reconozcan el misterio que se encierra en él. Si no es así, ¿quién mantendrá vivo su mensaje? ¿Qué será de su proyecto del reino de Dios? ¿En qué terminará aquel grupo que está tratando de poner en marcha?
Pero la cuestión es vital también para sus discípulos. Les afecta radicalmente. No es posible seguir a Jesús de manera inconsciente y ligera. Tienen que conocerlo cada vez con más hondura. Pedro, recogiendo las experiencias que han vivido junto a él hasta ese momento, le responde en nombre de todos: «Tú eres el Mesías».
La confesión de Pedro es todavía limitada. Los discípulos no conocen aún la crucifixión de Jesús a manos de sus adversarios. No pueden ni sospechar que será resucitado por el Padre como Hijo amado. No conocen experiencias que les permitan captar todo lo que se encierra en Jesús. Solo siguiéndolo de cerca, lo irán descubriendo con fe creciente.
Para los cristianos es vital reconocer y confesar cada vez con más hondura el misterio de Jesús el Cristo. Si ignora a Cristo, la Iglesia vive ignorándose a sí misma. Si no lo conoce, no puede conocer lo más esencial y decisivo de su tarea y misión. Pero, para conocer y confesar a Jesucristo, no basta llenar nuestra boca con títulos cristológicos admirables. Es necesario seguirlo de cerca y colaborar con él día a día. Ésta es la principal tarea que hemos de promover en los grupos y comunidades cristianas.
¿QUIÉN ES PARA NOSOTROS?
¿Quién decís que soy yo?
Según el relato evangélico, la pregunta la dirigió Jesús a sus discípulos mientras recorría las aldeas de Cesarea de Filipo, pero, después de veinte siglos, nos sigue interpelando a todos los que nos decimos cristianos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
En realidad, ¿quién es Jesús para nosotros? Su persona nos llega a través de muchos siglos de imágenes, fórmulas, dogmas, explicaciones teológicas e interpretaciones culturales que van desvelando y, a veces, también velando su misterio.
Para responder a la pregunta de Jesús podemos acudir a lo que han dicho los Concilios, escuchar el Magisterio de la Iglesia, leer las reflexiones de los teólogos o repetir cosas que hemos oído a otros, pero, ¿no se nos está pidiendo una respuesta más personal y comprometida?
Afirmamos rápidamente que «Jesús es Dios», pero, luego, no sabemos qué hacer con su «divinidad». ¿Amamos a Jesús sobre todas las cosas o está nuestro corazón ocupado por otros dioses en los que buscamos seguridad, bienestar o prestigio? ¿Para qué sirve confesar la «divinidad» de Jesús si, luego, apenas significa algo en nuestras vidas?
También decimos que «Jesús es el Señor», pero, ¿es él quien dirige nuestra vida? Doblamos distraídamente la rodilla al pasar ante el sagrario, pero ¿le rendimos alguna vez nuestro ser? ¿De qué nos sirve llamarlo tantas veces «Señor, Señor», si no nos preocupa hacer su voluntad?
Confesamos que «Jesús es el Cristo», es decir, el Mesías enviado por Dios para salvar al ser humano, pero ¿qué hacemos para construir un mundo más humano siguiendo sus pasos? Nos llamamos «cristianos» o «mesianistas», pero, ¿qué hacemos para sembrar libertad, dignidad y esperanza para los últimos de la Tierra?
Proclamamos que «Jesús es la Palabra de Dios encarnada», es decir, Dios hablándonos en los gestos, las palabras y la vida entera de Jesús. Si es así, ¿por qué dedicamos tan poco tiempo a leer, meditar y practicar el Evangelio? ¿Por qué escuchamos tantos mensajes, consignas y magisterios antes que la palabra sencilla e inconfundible de Jesús?
QUÉ NOS PUEDE APORTAR
¿Quién decís que soy yo?
«¿Quién decís que soy yo?» No sé exactamente cómo podemos contestar a esta pregunta de Jesús los cristianos de hoy, pero, tal vez, podemos intuir un poco lo que puede ser para nosotros en estos momentos, si logramos encontrarnos con él con más hondura y verdad.
Jesús nos puede ayudar, antes que nada, a conocernos mejor. Su evangelio hace pensar y nos obliga a planteamos las preguntas más importantes y decisivas de la vida. Su manera de sentir y de vivir la existencia, su modo de reaccionar ante el sufrimiento humano, su confianza indestructible en un Dios amigo de la vida es lo mejor que ha dado la historia humana.
Jesús nos puede enseñar, sobre todo, un estilo nuevo de vida. Quien se acerca a él no se siente atraído por una nueva doctrina sino invitado a vivir de una manera diferente, más enraizada en la verdad y con un horizonte más grande, más digno y más esperanzado.
Jesús nos puede liberar también de formas poco sanas de vivir la religión: fanatismos ciegos, desviaciones legalistas, miedos egoístas. Puede, sobre todo, introducir en nuestras vidas algo tan importante como la alegría de vivir, la mirada compasiva hacia las personas, la creatividad de quien vive amando.
Jesús nos puede redimir de imágenes enfermas de Dios que vamos arrastrando sin medir los efectos dañosos que tienen en nosotros. Nos puede enseñar a vivirle a Dios como una presencia cercana y amistosa, fuente inagotable de vida y ternura. Dejarse conducir por Jesús es encontrarse con un Dios diferente, más grande y más humano que todas nuestras teorías.
Eso sí. Para encontrarse con Jesús a un nivel un poco auténtico, hemos de atrevemos a salir de la inercia y del inmovilismo, recuperar la libertad interior, estar dispuestos a «nacer de nuevo» dejando atrás la observancia tranquila y aburrida de una religión.
Sé que Jesús puede ser el sanador y liberador de no pocas personas que viven atrapadas por la indiferencia, distraídas por la vida moderna, paralizadas por una religión rutinaria o seducidas por el bienestar material, pero sin camino, sin verdad y sin vida.
JESÚS EN DIRECTO
¿Quién dice la gente que soy yo?
También en el nuevo milenio sigue resonando la pregunta de Jesús: «Y, vosotros, ¿quién decís que soy yo?» No es para llevar a cabo un sondeo de opinión. Es una pregunta que nos sitúa a cada uno a un nivel más profundo: ¿Quién es hoy Cristo para mí? ¿Qué sentido tiene realmente en mi vida? Las respuestas pueden ser muy diversas:
«No me interesa». Así de sencillo. No me dice nada; no cuento con él; sé que hay algunos a los que sigue interesando; yo me intereso por cosas más prácticas e inmediatas. Aquí las cosas están claras: Cristo ha desaparecido del horizonte real de la persona.
«No tengo tiempo para eso». Bastante hago con enfrentarme a los problemas de cada día: vivo ocupado, con poco tiempo y humor para pensar en mucho más. En estas personas no hay un hueco para Cristo. No llegan a sospechar siquiera el estímulo y la fuerza que podría aportar a sus vidas.
«Me resulta demasiado exigente». No quiero complicarme la vida. Se me hace incómodo pensar en Cristo. Y, además, luego viene todo eso de evitar el pecado, exigirme una vida virtuosa, las prácticas religiosas. Es demasiado. Estas personas desconocen a Cristo. No saben que podría introducir una libertad nueva en su existencia.
«Lo siento muy lejano». Todo lo que se refiere a Dios y a la religión me resulta teórico y lejano; son cosas de las que no se puede saber nada con seguridad; además, ¿qué puedo hacer para conocerlo mejor y entender de qué van las cosas? Estas personas necesitan encontrar un camino que las lleve a una adhesión más viva con Cristo.
Este tipo de reacciones no son algo «inventado»; las he escuchado yo mismo en más de una ocasión. También conozco respuestas aparentemente más firmes: «soy agnóstico»; «adopto siempre posturas progresistas»; «sólo creo en la ciencia». Estas afirmaciones me resultan inevitablemente artificiales cuando no son resultado de una búsqueda personal y sincera.
Cristo sigue siendo un desconocido. Muchos no pueden ya intuir lo que es entender y vivir la vida desde él. A quienes crean en esta posibilidad, les sugiero un primer libro escrito con lucidez y pasión por un pensador francés. A nadie dejará indiferente. Para muchos será una «revelación». Jean Onimus, Jesús en directo, Ed. Sal Terrae (Santander 2000).
¿QUÉ DICE LA GENTE?
¿Quién dice la gente que soy yo?
Acostumbrados desde niños a su figura, son muchos los cristianos que no sospechan el eco que la persona de Jesús ha encontrado a lo largo de los siglos en el corazón de los hombres. A veces se piensa que ese Jesús del que sólo han oído hablar en la Iglesia, apenas puede interesar fuera de ella. Hace veinte siglos, Jesús lanzó una pregunta provocadora: « ¿Quién dice la gente que soy yo?» Pensadores, poetas y científicos de toda clase han respondido a la cuestión de formas diferentes. Tiene su interés conocer algunos testimonios.
La filósofa francesa, Simone Weil, expresa así su convicción: «Antes de ser Cristo, es la verdad. Si nos desviamos de Él para ir hacia la verdad, no andaremos un gran trecho sin caer en sus brazos.» Mahatma Gandhi vivió impactado por las Bienaventuranzas de Jesús: «El mensaje de Jesús, tal como yo lo entiendo, está contenido en el sermón de la montaña. El espíritu de este sermón ejerce sobre mí casi la misma fascinación que la Bhagavadgita. Este sermón es el origen de mi afecto por Jesús.»
El científico Albert Einstein valoraba así el mensaje judeocristiano: «Si se separan del judaísmo los profetas y del cristianismo, tal como lo enseñó Jesucristo, todas las adiciones posteriores, en especial las del clero, nos quedaríamos con una doctrina capaz de curar a la humanidad de todos sus males.»
A. Gide ha pasado a la historia de la literatura como prototipo del renegado que rechaza su bautismo cristiano. Sin embargo, en sus escritos se pueden encontrar oraciones como ésta: «Yo vuelvo a ti, Señor Jesús, como al Dios del cual tú eres forma viva. Estoy cansado de mentir a mi corazón. Por todas partes te encuentro cuando creía huir de ti... Sé que no existe nadie más que tú, capaz de apagar mi corazón exigente.»
Para Hegel, «Jesucristo ha sido el quicio de la historia». F Mauriac confiesa: «Si no hubiera conocido a Cristo, Dios hubiera sido para mí una palabra inútil.» Otros, como el poeta argentino agnóstico, J. L. Borges, lo buscan: «No lo veo y seguiré buscándolo hasta el día último de mis pasos por la tierra.»
En el filósofo Soren Kierkegaard podemos leer esta preciosa oración: «Señor Jesús, tú no viniste para ser servido, ni tampoco para ser admirado o, simplemente, adorado. Tú has deseado, solamente, imitadores. Por eso, despiértanos, si estamos adormecidos en este engaño de querer admirarte o adorarte, en vez de imitarte y parecernos a ti.»
MÁS QUE UN SONDEO
¿Quién decís que soy yo?
Estamos habituados a los sondeos. En cualquier momento nos pueden detener en la calle, ponemos un micrófono ante la boca y preguntamos por cualquier cuestión de interés general: «Qué piensa usted de esto o de aquello?» No hay que preocuparse. Nuestra respuesta quedará en el anonimato. Solo servirá para elaborar una de tantas estadísticas de opinión.
El diálogo que, según el relato evangélico, se establece entre Jesús y sus discípulos es exactamente lo contrario de un sondeo de este tipo. Jesús pregunta, en primer lugar, por lo que se piensa acerca de él: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Y los discípulos le van informando de las diversas opiniones: «Unos dicen que Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas.» Pero esta cuestión no es la importante. No hace sino preparar la verdadera pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Es fácil captar que esta pregunta nos sitúa a un nivel más profundo. No es para completar la encuesta y añadir a las respuestas precedentes la de los discípulos. Es una pregunta crucial que obliga a cada uno a tomar una postura personal ante el mismo Jesucristo. Cada uno se ha de comprometer en la respuesta.
Es sorprendente constatar con qué frivolidad se habla hoy de fe y de cuestiones religiosas sin adoptar personalmente una actitud responsable ante Dios. Es muy fácil en determinados ambientes hacer burla de las tradiciones religiosas o ridiculizar posiciones cristianas. Pero, a veces, da la impresión de que todo ello solo sirve para eludir la propia decisión.
Las cosas no se resuelven diciendo ligeramente: «Soy agnóstico»; «soy creyente, pero no practicante»; «siempre adopto posturas progresistas». Estas frases suenan inevitablemente a vacío cuando la persona no se ha colocado sinceramente ante el misterio de Dios para adoptar una decisión responsable.
Pero la pregunta de Jesús la hemos de responder también los que, con una ligereza semejante, nos hemos habituado a sentirnos cristianos sin adoptar una actitud de adhesión personal a Jesucristo: «Quién es para mí Jesucristo? ¿Qué significa en mi vida? ¿Qué lugar ocupa realmente en mi existencia?»
La respuesta cobra un peso especial cuando se pasa del «se dice» al «yo digo». Es importante saber qué dice la Iglesia acerca de Cristo, qué dice el Papa o qué dicen los teólogos. Pero, en mi fe, lo decisivo es qué digo yo.
El día en que uno puede decirle a Cristo: «Tú eres la Verdad, el Camino y la Vida. Tú eres mi Salvador Tú eres el Hijo de Dios encarnado por mi salvación», la vida del creyente comienza a reavivarse con una fuerza y una verdad nuevas. Casi me atrevería a decir que esta respuesta personal a Jesucristo es el paso más importante y decisivo en la historia de cada creyente. Lo demás viene después.
¿ABSURDO O ESPERANZADOR?
Nuestros pensamientos no son los de Dios
A veces creemos que “la cruz” que predica el cristianismo resulta hoy absurda y escandalosa porque vivimos en una sociedad hedonista que sólo entiende de placer y bienestar.
Nada más lejos de la realidad. La predicación cristiana de la cruz ha sido escandalosa desde el comienzo. Ya San Pablo escribía con lucidez y realismo: “Mientras los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, nosotros predicamos un Mesías crucificado que resulta escándalo para los judíos y locura para los paganos “.
Los evangelios recuerdan incluso las reacciones de los discípulos tratando de corregir a Jesús cuando les habla de su fracaso final y de su crucifixión. Pedro llegará a escuchar de su boca esas duras palabras: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios”.
Lo que pensamos los hombres está claro. Desde una actitud típicamente judía, nosotros le seguimos pidiendo a la vida “señales”, es decir, signos claros de que las cosas marchan bien, resultados, éxito, eficacia. No sabemos qué pensar ni qué decir ante el fracaso, el sufrimiento inútil, la vejez o la enfermedad.
Por otra parte, desde un espíritu marcadamente griego, seguimos buscando siempre y en todo “lógica”, coherencia, racionalidad. Y cuando nos tropezamos con el sinsentido de la desgracia o el absurdo de la muerte quedamos desconcertados y sin habla.
Es desalentador ver cómo una sociedad que va alcanzando logros científicos y tecnológicos insospechados no tiene ningún mensaje esperanzador que comunicar al minusválido, a la madre que ha perdido a su hijo o al joven que muere corroído por el cáncer.
Hablamos de “sociedad del bienestar”, de “calidad de vida”, de “progreso tecnológico”, pero ¿a dónde puede dirigir su mirada el desahuciado que sufre sin remedio, la mujer abandonada por su esposo amado, el anciano abatido por los años? ¿Qué sentido tiene la vida crucificada de tantos hombres y mujeres o el fracaso de tantas empresas y revoluciones amasadas con sufrimiento y sangre?
En el Crucificado no hay poder ni éxito, no hay salud ni vigor, no hay lógica ni sabiduría. Sólo hay un “amor crucificado” humilde, discreto, insondable hacia el ser humano. Ante el Crucificado, o se termina toda nuestra fe en Dios o nos abrimos a una manera nueva y sorprendente de comprender el misterio de Dios y el misterio último de nuestra vida.
Dios no salva con su poder, ahorrándonos sufrimientos y penalidades, rompiendo las leyes de la naturaleza o cambiando el rumbo de los acontecimientos. Salva con su amor, encarnándose en nuestra impotencia y sufrimiento, y conduciendo secretamente nuestra existencia hacia la vida y la resurrección.
Un Dios crucificado resulta absurdo, pero ¿no es el único Dios que puede ofrecer esperanza a nuestra vida caduca y doliente?
CRISTO EN CINE
¿Quién decís que soy yo?
Desde que los hermanos Lumiére produjeron cuatro versiones de la Pasión de Cristo entre 1897 y 1898, la presencia de Jesús en el cine ha estado rodeada casi siempre de fuertes emociones y airadas polémicas.
El primer escándalo llegó con el filme “Del pesebre a la cruz” (1913) de S. Olcott que obligó a la censura británica a prohibir en adelante toda representación de Cristo.
Más tarde, producciones realizadas con toda clase de precauciones como “Rey de reyes” (1927) de Cecil B. Mille o filmes más ajustados al texto evangélico como “El evangelio según San Mateo” (1964) de Pasolini no lograron sin embargo evitar fuertes controversias.
El escándalo y la polémica estallaron de nuevo con la ópera-rock “Jesucristo Superstar” (1973) y la película “Yo te saludo, María” (1984) de Godard.
Se nos anuncia ahora el próximo estreno en nuestras pantallas de “La última tentación de Jesucristo” de M. Scorsese, un filme, al parecer, de interés artístico mediocre pero sensacionalista y provocador al que las airadas protestas levantadas en Estados Unidos han puesto en el centro de la atención de las gentes.
Es fácil que, una vez más, muchos cristianos se sientan ofendidos y se lancen indignados a defender agresivamente sus creencias. Ciertamente, el corazón del creyente se llena de honda tristeza al ver tanta manipulación y frivolidad, tanta falsedad histórica y tanto interés comercial en torno a la figura de Cristo.
Se entienden las palabras del gran creyente francés, Paul Claudel: “Vosotros no sabéis lo que es amar a Cristo y verlo constantemente insultado, ridiculizado o hipócritamente alabado en la literatura y en la prensa”.
Pero los cristianos no hemos de olvidar la escena de Galilea. Jesús no entretiene a sus discípulos con discusiones sobre lo que las gentes dicen de él, sino que los interpela directamente “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
No se trata de recurrir al catecismo y arremeter contra el último escándalo cinematográfico en torno a Jesús, sino de responder sencillamente a esta pregunta: ¿Quién es hoy Jesucristo para mí? ¿Qué lugar ocupa en mi vida? ¿Qué relación hay entre él y yo? ¿Qué hago por conocerlo y seguirle?
Me escandaliza una película americana sobre Jesús y, tal vez, trato de ignorar así ese otro escándalo que es el olvido, el abandono y la mediocridad que encuentra Cristo en mi vida.
CREER EN ALGUIEN
¿Quién decís que soy yo?
Los cristianos hemos olvidado con demasiada frecuencia que la fe no consiste en creer en algo, sino en creer en Alguien. No se trata de adherirnos fielmente a un credo y, mucho menos, de aceptar ciegamente «un conjunto extraño de doctrinas», sino de encontrarnos con Alguien vivo que da sentido radical a nuestra existencia.
Lo verdaderamente decisivo es encontrarse con la persona de Jesucristo y descubrir, por experiencia personal, que es el único que puede responder de manera plena a nuestras preguntas más decisivas, nuestros anhelos más profundos y nuestras necesidades más últimas.
En nuestros tiempos se hace cada vez más difícil creer en algo. Las ideologías más firmes, los sistemas más poderosos, las teorías más brillantes se han ido tambaleando al descubrirnos sus limitaciones y profundas deficiencias.
El hombre moderno, escarmentado de dogmas, ideologías y sistemas doctrinales, quizás está dispuesto todavía a creer en personas que le ayuden a vivir y lo puedan «salvar» dando un sentido nuevo a su existencia.
Por eso ha podido decir el teólogo K. Lehmann que «el hombre moderno sólo será creyente cuando haya hecho una experiencia auténtica de adhesión a la persona de Jesucristo».
Produce tristeza observar la actitud de sectores católicos cuya única obsesión parece ser «conservar la fe» como «un depósito de doctrinas» que hay que saber defender contra el asalto de nuevas ideologías y corrientes que, para muchos, resultan más atractivas, más actuales y más interesantes.
Creer es otra cosa. Antes que nada, los cristianos hemos de preocuparnos de reavivar nuestra adhesión profunda a la persona de Jesucristo. Sólo cuando vivamos «seducidos» por él y trabajados por la fuerza regeneradora de su persona, podremos contagiar también hoy su espíritu y su visión de la vida. De lo contrario, seguiremos proclamando con los labios doctrinas sublimes, al mismo tiempo que seguimos viviendo una fe mediocre y poco convincente.
Los cristianos hemos de responder con sinceridad a esa pregunta interpeladora de Jesús: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?».
Ibn Arabi escribió que «aquel que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede ya curarse». ¿Cuántos cristianos podrían hoy intuir desde su experiencia personal la verdad que se encierra en estas palabras?
APRENDER A PERDER
El que pierda su vida por el evangelio, la salvará.
Ascesis, renuncia, sacrificio, disciplina... Son palabras muy difíciles de entender en la sociedad actual.
Lo importante es disfrutar de la vida al máximo, ahora mismo, sin límites. Gozar de todo placer. No detenerse ante nada. Poseer siempre más. No perdernos nada que nos apetezca.
¿Cómo pueden resonar en nuestra sociedad las palabras de Jesús: «Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el evangelio, la salvará»?
Antes de nada, hemos de entender bien la llamada de Jesús. No se trata de renunciar a esta vida terrena para alcanzar un día la del cielo. No se trata de menospreciar los valores materiales para alcanzar los bienes espirituales. Elegir entre esta vida o la vida futura.
Lo que se le pide al discípulo es entender su vida en términos de entrega y no de posesión. Apostar por el amor y la solidaridad, y no por el egoísmo y el acaparamiento.
Las palabras de Jesús son tajantes. Quien quiera «salvar» su tranquilidad, su cuenta corriente, su vida privada, sus intereses.., al margen del evangelio, destruirá su vida para siempre. Se echará a perder como hombre, pues está prescindiendo del amor.
Por el contrario, quien sepa «perder» dinero, tiempo, comodidad, tranquilidad.., por vivir el espíritu del evangelio, salvará su vida. Alcanzará la plenitud de la vida, pues su existencia se alimenta del amor.
Este planteamiento de Jesús puede parecernos desconcertante pero nos está indicando el verdadero camino de nuestra salvación.
Erich Fromm nos ha mostrado cómo los hombres y mujeres de nuestra época viven obsesionados por «liberarse de» ataduras, dependencias, compromisos y servidumbres. Pero, luego no saben qué hacer con esa libertad. No aciertan a «liberarse para» nada grande y constructivo. Quieren «salvarse» y terminan «perdiéndose» en el vacío, la superficialidad y la total ausencia de un proyecto de vida enriquecedor.
Por el camino del goce ilimitado y el egoísmo obsesivo nos echamos a perder. Vamos perdiendo la capacidad de amar y crear vida.
Necesitarnos aprender a «perder nuestra vida por el evangelio». Descubrir de nuevo la alegría de una ascesis creativa, abierta a la solidaridad.
Debemos aprender a renunciar a muchos placeres para descubrir «el placer», para muchos insospechado, de vivir sencillamente amando de manera gratuita y desinteresada. Un placer que también hoy es posible.
LUIS GRACIETA
EL DOLOR HUMANO
Con frecuencia hemos recordado que el discípulo no es más que el Maestro y que todo cristiano tiene que estar dispuesto, si llega el caso, a pasar, como El, por la pasión y la muerte para llegar, con El, a la resurrección.
Teóricamente esto parece claro y comprensible, pero la práctica casi nunca resulta fácil; al menos el cristiano tiene una oferta de sentido para su sufrimiento. Pero ¿qué decir ante la persona que sufre y no tiene posibilidad de encontrarle ese sentido? Muchos años hemos pasado diciendo al hombre que ante el dolor no quedaba más remedio que la resignación; hemos dicho que era enviado por Dios, que era una prueba que El nos ponía... ¡incluso lo hemos presentado como un castigo divino! Lo cierto es que el dolor, físico o espiritual, es algo tan tremendo que realmente tiene todo el aspecto de ser un castigo tan inhumano que sólo alguien tan poderoso como una divinidad puede provocar. Es fácil caer en esa tentación. Pero nuestra fe nos enseña que no es así: como muchos podemos afirmar que Dios permite el dolor, pero nunca podremos afirmar -sin traicionar nuestra fe- que El lo quiere para el hombre o, aún peor, que se lo proporciona.
Estamos acostumbrados a conocer las explicaciones de las cosas, o somos conscientes de que hay especialistas que las conocen; o, en el peor de los casos, sabemos que todo tiene una explicación y que es cuestión de tiempo el que los hombres de ciencia den con ella. Y nos hemos convencido de que todo en la vida funciona de la misma manera. Pero no es así: hay muchas cosas que su "explicación" va por otros caminos. Los del dolor y la muerte son dos buenos ejemplos de ello: desde que el hombre es hombre, anda buscando una respuesta que le ayude a encontrar su sentido, ya que no hay forma de dar con la solución a ambos; pero la respuesta se resiste, porque la respuesta tiene mucho de misterio, y el misterio es más para acogerlo que para desentrañarlo.
Por eso encontramos, día a día, personas maravillosas que ante el dolor -sobre todo por enfermedad- se hunden, se desmoronan, pierden sus condiciones humanas y religiosas, se revuelven contra Dios, no entienden nada y quieren entender por qué les pasa a ellos lo que les pasa.
Lo más lógico sería reconocer que no hay nada personal en el dolor, que a todos nos toca vivir esa experiencia antes o después, por una razón u otra. Pero lo más frecuente es que nos sintamos con derecho a ser privilegiados, con derecho a no tener que pasar por esa situación; y, lógicamente, con esa mentalidad, cuando el dolor llega lo que sucede es que uno se siente el ser más injustamente tratado por la vida, por los hombres, por Dios y por todos.
Decíamos al comienzo que el cristiano tiene la oportunidad de encontrar una respuesta a este problema; pero no nos engañemos: esa respuesta no es nada fácil. Es una respuesta que se apoya en tres elementos:
-La fe en Jesús de Nazaret, Dios y hombre, que comparte nuestra suerte, que experimenta el dolor y la muerte: no se ve libre de ellos, no acepta privilegios, no elude el problema porque viene a superarlo; pero la superación no está en eliminarlo, acaso como a todos nos habría gustado, sino en darle un sentido, iluminarlo con una nueva luz, hacer que el mismo Dios sufra el dolor y la muerte en carne propia para poder vencerlos, El que es el único capaz de hacerlo.
-La promesa de Dios de que también nosotros resucitaremos, con Jesús, y como El, triunfando así sobre todo dolor y toda muerte, y de que entonces encontraremos el sentido a nuestros quebrantos presentes; pero esa promesa está relegada a un futuro, a esa otra vida en la que el hombre, al fin, habrá desarrollado todas sus capacidades, será plenamente Hombre y podrá comprender lo que ahora le desborda porque está más allá de lo que, normalmente, es capaz de comprender.
-La confianza en Dios, que cumple sus promesas y no deja defraudado a quien confía en El. No es, en absoluto, una respuesta de laboratorio; no es una respuesta contundente, porque no puede serlo: se mueve en el plano de la fe y hace referencia a una realidad que desborda nuestra capacidad de comprensión; pero es una respuesta válida para quien quiera acogerla.
Dios no nos impone la solución: la ofrece generosamente; la ofrece, sobre todo, no en teoría sino en la carne y la sangre de su propio Hijo. Pero siempre queda respetada nuestra libertad para aceptarla o rechazarla.
Evidentemente, el problema del mal, del dolor, de la muerte... no queda zanjado definitivamente, desde el punto de vista de la experiencia humana. Pero hay una respuesta ofrecida para quien quiera realizar el esfuerzo y la tarea de asumirla. Lo cual no es cómodo, pero sí es humano y humanizante. Física y humanamente no creemos sino con esfuerzo, con errores de los que aprendemos, con trabajo, con dolor religiosamente nos sucede exactamente lo mismo. Y esto no es un capricho divino, sino la propia dinámica de la condición del hombre. Así somos, así tenemos que aceptar, sobre esta base tenemos que construirnos. Si queremos encontrar sentido al dolor, escuchemos hoy a Isaías, y aún al propio Jesús llamando a Satanás a aquel Pedro que quería evitarle el paso por Jerusalén.
Y dejemos que sus palabras calen hondo en nuestro corazón... hasta que aprendamos a confiar, a tener la seguridad de que, a pesar de las apariencias, Dios personalmente está de nuestra parte, El es nuestro fiador, El es el garante de que nuestro futuro es la Vida: "Sin dejar el Mundo, hundámonos en Dios. Allí y desde allí, en él y por él, todo lo tendremos y mandaremos en todo. De todas las flores y las luces que hayamos debido abandonar para ser fieles a la vida, allí un día hallaremos su esencia y su fulgor. Ojalá no tardemos mucho en decir, convencidos: "Cuanto más me incrusta el mal y más se hace incurable en el fondo de mi carne, a Ti más te cobijo, como un principio amante, activo, de depuración y de liberación. Cuanto más se abre ante mí el futuro como una grieta vertiginosa o un oscuro paso, más confianza puedo tener, si me aventuro sobre tu palabra, de perderme o abismarme en Ti, de ser, Jesús, asimilado por tu Cuerpo" (·TEILHARD-DE-CHARDIN de Chardín, El medio divino, pág. 87).
ALESSANDRO PRONZATO
SECRETO-MESIANICO.
"Entonces les mandó enérgicamente no decirlo". Este título revelará la propia verdad sólo con la pasión y la resurrección.
Siempre que encontramos una consigna de silencio en Marcos, tengamos presente que es señal de una revelación importante, pero que no es necesario aún divulgar. Habrá que esperar a la pascua para que encuentre su pleno significado. Será necesario que Jesús pase a través de la muerte para que su identidad se manifieste".
Jesús acepta el título, en cierto sentido reconoce como válida la respuesta de Pedro. Pero impone categóricamente no divulgar tal descubrimiento. Es la famosa cuestión del "secreto mesiánico". Casi siempre los intérpretes colocan esta exigencia en relación a los otros, a la gente.
Dice, por ejemplo, Weiss: "Era fácil que esta postura desembocase en iniciativas políticas inoportunas; ¡era fácil que los discípulos, difundiendo esta convicción suya, hiciesen flamear en medio del pueblo en movimiento revolucionario! La prohibición de Jesús de hablar de estas cosas está motivada, en lo profundo, por la situación y por su postura personal frente al problema de la mesianidad; y podemos entender muy bien por qué él intervenía de una manera tan preocupada".
Y Lagrange: "El título de Mesías, por su naturaleza, puede situarnos en un falso camino a causa de los malentendidos que corre peligro de producir en los desprevenidos; así como no todos pueden beneficiarse de las explicaciones que Jesús dispensa a los discípulos, he aquí entonces que ordena mantener el secreto acerca de su persona. No había llegado aún el momento de hablar en voz alta".
Cristo debe aún precisar en qué sentido puede usarse este título. Y esto no afecta sólo a la gente, fácil para cargar sobre el Mesías todas sus esperas político-nacionalistas y proyectarlo en una luz triunfal. El asunto afecta también a Pedro y a los discípulos. También ellos tienen peligro de asociar la idea del Mesías a la del poder y gloria. Por eso Jesús exige silencio. Al menos de momento. La incomprensión es aún imperfecta. Será completa cuando la cruz corrija toda falsa perspectiva y la imagen de una gloria inmediata.
Se podrá hablar en voz alta de él como Mesías sólo cuando se aclare que Cristo es el crucificado.
SANTOS BENETTI
1. Quién es Jesús...
El evangelio de este domingo lo podemos dividir en dos partes: en la primera, Jesús se revela a sí mismo y nos dice quién es él y cómo debemos pensarlo y concebirlo. En la segunda, él mismo indica quiénes somos nosotros en cuanto seguidores suyos, qué implica seguirlo y cuándo alguien puede llamarse su discípulo. Esta segunda parte se refiere al verdadero rostro del cristiano.
Mientras Jesús se dirigía hacia la ciudad de Cesarea de Filipo, ciudad construida en el nacimiento del Jordán como homenaje del rey Filipo al César romano, creyó oportuno hacerles a los discípulos la gran pregunta: Qué pensaban de él. La proximidad de la ciudad levantada en homenaje al dominador del pueblo judío, con sus templos paganos y su estilo de vida tan opuesto al ideal judío, parecía casi insinuar la pregunta y poner sobre el tapete la cuestión del Mesías. ¿Hasta cuándo el pueblo de Dios continuaría dominado bajo el yugo romano? ¿Es que Dios se había olvidado de los suyos? ¿No había venido ya Juan, cual nuevo Elías, preparando el camino al Enviado de Dios? ¿No tenía Jesús todas las apariencias y toda la popularidad necesaria como para iniciar la guerra santa y poner en marcha los tiempos mesiánicos?
Seguramente Jesús adivinó aquellos pensamientos que quisieron hacer eclosión después de la multiplicación de los panes, y él mismo introdujo la pregunta; pero no quiso interpelarlos ex abrupto, así que comenzó rodeando el problema con una pregunta introductoria: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ya conocemos la respuesta. Pero la pregunta puesta en boca de Jesús es, de alguna manera, la pregunta que siempre la Iglesia hizo mirando a su alrededor: ¿Qué se piensa en el mundo sobre Cristo? ¿Cómo lo ven los demás pueblos? ¿Qué se opina sobre él en un país cristiano por tradición?
Sería muy interesante averiguarlo, ya que en gran medida la imagen que los hombres tengan de Jesús, proviene de nuestra fe y de nuestro testimonio. ¿Cómo creen que es Jesús quienes nos ven a nosotros como cristianos, es decir, como sus seguidores? De la respuesta que dieron los apóstoles como respuesta "de la gente", se desprende que Jesús puede ocupar en el mundo el sitial de un gran personaje, de un reformador, de un hombre bueno, pero... ¿nada más que eso es Jesucristo? ¿Qué dice la fe cristiana? «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Es la gran pregunta que, tarde o temprano, ha de escuchar la misma Iglesia y cada cristiano. Porque puede suceder que sigamos a Jesús sin saber a quién seguimos, o que llevemos su nombre sin saber qué significa ese nombre y ese hombre.
En efecto, con sinceridad, ¿quién es Jesús para nosotros? ¿Qué esperamos de él? ¿Qué nos impulsa a escuchar su palabra, a bautizar a nuestros hijos, a celebrar ciertas fiestas en su honor? Y se levanta Pedro, que responde con el corazón más que con los labios; más con el sentimiento que con la mente: «Tú eres el Mesías.» Lo que nadie se había animado a decir, lo afirmó él; por primera vez, se atrevió a mirar a Jesús en los ojos y lo urgió a que asumiera su papel: el Mesías liberador del pueblo. Debió de producirse un gran silencio, y Jesús sintió que todas las miradas estaban clavadas en él a la espera de una sola palabra, una orden, un grito para iniciar la gran rebelión.
Una vez más, Jesús, leyendo en el interior de Pedro, comprendió que estaba ante la gran tentación de su vida. Le esperaban el poder, la gloria, las riquezas y los honores. Como nunca, comprendió que la voz del Padre no había sido escuchada por sus discípulos y que a él mismo le era difícil acatarla momento a momento.
Y cuando Pedro pronunció aquella palabra casi tabú: «Mesías», Jesús comenzó a recordar lo que estaba escrito sobre el Mesías en los cánticos del Siervo de Yavé. No era un mesías guerrero, ni un caudillo de la espada, ni un gran conquistador lo que Dios tenía pensado sobre su elegido. Era un hombre que debería asumir en el dolor la tarea de redimir el orgullo humano: «Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos» (primera lectura). Y aun a riesgo de perder su popularidad y hasta esa fe vacilante de los apóstoles, Jesús -nos narra Marcos- les ordenó severamente que no se lo dijeran a nadie. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre debía sufrir mucho; que iba a ser rechazado por los ancianos, que sería condenado a muerte y que resucitaría al tercer día.
Y concluye Marcos: "Se lo explicaba con toda claridad". Como nosotros en Semana Santa ya hemos meditado sobre todo esto, ahora insistiremos en las siguientes ideas:
--Jesús ordena que a nadie digan que él es el Mesías. Fue una manera de decirles: No se os ocurra enseñar jamás que yo soy ese mesías que vosotros estáis pensando ahora. Sí, soy mesías, pero no como vosotros lo pensáis y sentís. El Cristo que deberéis anunciar siempre es el que yo mismo os voy a revelar.
--Y este mesías cristiano está señalado con dos signos característicos: el dolor y el rechazo. No sólo sufrirá mucho, sino que sentirá en carne propia el rechazo de los suyos y la oposición de esa misma gente que se decía religiosa y que ocupaba altos cargos en la nación.
El gran misterio de este texto no está en la incredulidad de los de fuera, sino en la resistencia que la misma Iglesia pone a Jesús como Mesías sufriente y humilde. Tan cierto es esto que -según relato de Marcos- Pedro se enfadó mucho con Jesús, se sintió profundamente defraudado por palabras tan peregrinas, y entonces lo tomó aparte y lo reprendió por lo que estaba diciendo; le discutió ese punto de vista que, bajo ningún aspecto, estaba dispuesto a aceptar.
Jesús comprendió que debía obrar con rapidez y firmeza, y le reprochó aquello mientras miraba a los demás apóstoles, dando a entender que el reproche iba dirigido a todos: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Satanás ya no viene del mundo exterior sino que se ha infiltrado en la Iglesia de Cristo; más aún, se ha sentado en la misma silla de los jefes religiosos. Satanás, que no puede destruir a Cristo, trata de destruir su verdadera imagen; lo que no pudo lograr con Jesús, tratará de hacerlo con sus seguidores, de Pedro para abajo, del Papa y los obispos hasta el último laico.
La tentación demoníaca se ha hecho carne en la comunidad cristiana y tiene ya una precisa formulación. Hay que rechazar toda forma de cristianismo sufriente, hay que oponerse a que seamos perseguidos por la fe, hay que concluir con las formas humildes y pacíficas. Queremos seguir a Cristo Rey y queremos el poder, tanto el político como el religioso. Queremos gobernar el mundo con el cetro de Cristo; necesitamos bienes y riquezas para expandir el Evangelio y demostrar así quién es el más fuerte y quién el más rico. Si triunfamos, es porque Dios nos bendice...
Ninguno de nosotros ignora que, a lo largo de los siglos, la Iglesia estuvo sometida a la tentación de este Satanás que tan solapada y subrepticiamente se ha escurrido en el templo, en las curias, en las parroquias, en las congregaciones religiosas, en las instituciones cristianas, en la literatura religiosa y en los catecismos. La página de hoy de Marcos es una voz de alarma: ¡Cuidado! ¡Satanás se ha infiltrado en la Iglesia para que rechacemos al Cristo de la humildad, del dolor y de la pobreza! También puede haberse infiltrado en esta pequeña comunidad que hoy está aquí reunida. De aquí la pregunta de Jesús: «¿Quién decís que soy yo?»
2. Quién es discípulo de Jesús
En la segunda parte del texto evangélico, Jesús se dirige no sólo a los apóstoles, sino a toda la multitud de gente que quiera seguirlo. En pocas palabras, nos traza un ideario cristiano que no puede ser otro que el mismo ideario de Jesucristo.
-- «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo». El que quiera seguirme... Cada uno debe elegir entre los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres sobre el Mesías. Es razonable pensar que haya otras formas mas fáciles de vivir una religión; también hay otras maneras de encarar la misión de la Iglesia en el mundo. Jesús no ejercerá el poder para obligarnos a una forma u otra. La decisión la debe tomar cada uno desde su interior. Seguir a Jesús, a este Jesús tal cual él se presenta, debe ser un acto libre y consciente. Debe ser el fruto de una decisión personal. Supone que analicemos el problema, que estudiemos el Evangelio, que comprendamos las palabras de Jesús y que escuchemos otras doctrinas. Y después, decidirnos. Mas quien quiera seguirlo, que sepa que deberá hacerlo de acuerdo con el modo indicado por el mismo Jesús. No podemos fabricar un cristianismo sin este Cristo.
Que se niegue a sí mismo... Renunciar a algo es abandonar una cosa por otra considerada mejor. Pues bien, Jesús nos dice que quien quiera ser su discípulo, debe negarse, renunciar a sí mismo. No sólo a unas horas por el día o a tal descanso, sino a todo, las 24 horas de todos los días.
Alguno podrá pensar que esto ya es inaceptable, pues nos alienaría totalmente. ¿Acaso no se ha afirmado que el cristianismo valora la persona humana y quiere el crecimiento total del hombre? ¿Cómo conciliar dicha afirmación con esta otra de que nos tenemos que renunciar y negar a nosotros mismos? La objeción no es nueva y la respuesta no es tan simple.
En efecto, si la expresión «negarse a sí mismo» significara: anularse a uno mismo como persona, no ser capaz de tomar una decisión, esperar que alguien piense y decida por nosotros, someternos incondicionalmente a la autoridad religiosa y otras cosas por el estilo, es obvio que ningún hombre digno podría aceptarla. Porque de nada nos vale que nos libremos de tal o cual dominación -llámese del pecado o de Satanás- para caer bajo la esclavitud de Dios o de la Iglesia. Un cambio de amo no nos haría más libres. Sin embargo, si hay un dato por demás claro en los evangelios, es que Jesús nos trae la plena libertad como personas y como comunidad. Veamos, entonces, si desde este ángulo arrojamos luz sobre el texto en cuestión.
Jesús ha rechazado como venido del mismo Satanás el reproche de Pedro y su insinuación para que asumiera su mesianismo como una forma de poder. El poder es un «pensamiento de los hombres, no de Dios», es la fuerza que nos esclaviza, el dios que nos aliena. El poder bajo sus diversas formas -político, religioso, económico, social- nos exige la total entrega, impidiendo de esta manera que nos podamos sentir personas libres.
Todo régimen opresor aliena al hombre. Mas hay una particularidad: cuando nos adherimos a esas formas de poder -por ejemplo, del dinero o del status-, no nos damos cuenta de que estamos bajo su dominio; a tal punto nos identificamos con ese poder, que llegamos a tener la ilusión de que somos más en la medida que más disponemos de ese poder. Nos creemos, por ejemplo, más personas por tener más dinero, un cargo importante o un título profesional. Es una trampa sutil, porque el enemigo está dentro de nosotros y se hace pasar por nosotros mismos.
Es que toda tentación externa tiene su aliado en algo que está dentro del hombre: su egoísmo. El egoísmo nos aprisiona y nos traiciona. Pedro y los demás apóstoles corrieron el riesgo de traicionar a Dios y su plan redentor, por egoísmo; Judas traiciona a Jesús por egoísmo; y por egoísmo podemos traicionar a la esposa, a los hijos, a un amigo o a la comunidad entera. Por lo tanto, es inútil pensar en la liberación del hombre -en una liberación de algo exterior al hombre- si no comenzamos por la liberación interior. Digamos que Satanás no sólo se ha infiltrado en la Iglesia como comunidad, sino en cada uno de sus miembros. Y es en el interior de cada uno donde ha de librarse la primera y principal batalla.
Siguiendo estas reflexiones, tratemos de descubrir el sentido de la expresión: «Que se niegue a sí mismo.» Podría ser el siguiente: Quien quiera la liberación que trae Jesús, que comience liberándose en su propio interior de cuantas fuerzas internas lo tienen aprisionado. Que se libere de su mentira, de su orgullo, de su vanidad, de su afán de lucro, de su autosuficiencia...
Para liberarse con Cristo, tendrá el hombre que llenarse del Cristo de la verdad, de la sinceridad, de la entrega, de la pobreza, del amor. Pero la verdad no puede convivir con la mentira, ni la humildad con el orgullo, ni el amor con el odio. No hay, entonces, alternativa posible: o el hombre "se niega a sí mismo" con todo lo que de opresor implica y entonces puede llenarse con la libertad de Cristo; o bien opta por un vivir para sí mismo y rechaza al Cristo de la fe.
Negarse a sí mismo es dejar de vivir para uno mismo. ¿Para quién viviremos, entonces? Para los otros: la esposa, los hijos, los pobres, la comunidad, la humanidad entera. El auténtico cristiano es libre, precisamente porque es libre para darse. No tiene en sí mismo obstáculo alguno que le impida amar.
El pensamiento de Jesús es realmente genial en este pasaje. La vida humana se nos presenta como un enigma que descifrar: ¿Cómo ser libre y feliz? Aparentemente, la respuesta es: afirmando nuestro ego, convirtiéndonos en el centro, acaparando, dominando a los otros para que nos sirvan. Y la respuesta es la inversa: la enigmática respuesta del Hombre Nuevo que nos trae la libertad interior: demos muerte al enemigo que está dentro y desaparecerán todos los enemigos.
--«Que cargue con su cruz y que me siga, porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.» El enigma de la vida continúa. Las apariencias vuelven a engañarnos. Nada peor y más humillante que nos carguen con una cruz. Y Jesús lo confirma: que nadie te cargue una cruz. Tómala tú mismo. La cruz es un modo de encarar la vida, y ese modo debe ser aceptado desde el corazón. Tomar la cruz es preguntarse cada día: ¿En qué puedo servir a mi hermano? ¿Qué debo dar hoy? ¿Cómo puedo engendrar vida en quien la necesita? Hay quienes se aferran de tal modo a sí mismos, que salvar su vida es su ideal. Todo es pensado y vivido en función de su egoísmo. Para Cristo, ese hombre está perdido; es un pobre hombre.
El discípulo de Jesús arriesga todo por su ideal. Si Cristo lo libera interiormente, justo es que por esa libertad lo arriesgue todo, hasta la misma vida. En efecto, ¿qué valor puede tener una vida sin libertad interior? Dicho lo mismo con otras palabras: hay vivir y vivir, hay vida y vida.
Hay dos maneras de encarar la existencia. El cristiano se decide por la forma de Cristo, aquella que sacrifica todo, que renuncia a todo, por la libertad de amar sin medida. Es la forma más arriesgada, más exigente y más comprometida. Pero está la otra forma... Y en el medio estamos nosotros. El que quiera, dice Jesús, que me siga... La cruz ya está armada, pero nadie nos podrá cargar con ella. Debe tomarla uno mismo. Si uno deja que se la impongan, es un esclavo cristiano. Esclavo al fin... Si no la toma, es esclavo de sí mismo. Si la toma, morirá en ella. Morirá como hombre libre. Esa es la paradoja...
PARA SABER QUIÉN ES JESÚS, TENGO QUE SABER QUIÉN SOY YO
Mc 8, 27-35
CONTEXTO
Nos hemos saltado la segunda multiplicación de los panes y la curación del ciego de Betsaida. El relato presenta a Jesús en la región de Cesarea de Filipo, que está río Jordán arriba, en las estribaciones del monte Hermón donde nace. Este episodio marca un antes y un después en el evangelio de Marcos. Por una parte, Jesús comienza a proclamar un nuevo mensaje, el de la cruz. En esta enseñanza Jesús va a traspasar el límite de lo comprensible. Comienza también el "camino" hacia Jerusalén donde se consumará su obra.
Seguramente no es un relato histórico. No puedo imaginarme a Jesús preocupándose de lo que pensaban de él los demás. Toda su vida la empleó en descubrir su verdadera identidad y no es verosímil que esperase de los seguidores un conocimiento de su persona y menos aún un reconocimiento de lo que era. Sabía de sobra que no habían entendido nada.
EXPLICACIÓN
La doble pregunta de Jesús parece suponer que esperaba una respuesta distinta. La realidad es que, a pesar de la rotunda respuesta de Pedro: "tú eres el Mesías", la manera de entender ese mesianismo, estaba lejos de la comprensión de Jesús. Pedro, como se manifestará más adelante, sigue en la dinámica de un Mesías glorioso. Para él es incomprensible un Mesías vencido y humillado hasta la aparente aniquilación total. Apenas tres versículos después, Pedro increpa a Jesús por hablarles de la cruz.
El Hijo de hombre tiene que padecer mucho.
"Hijo de hombre" significa 'perteneciente a la raza humana, pero en plenitud'. Este hombre; por cierto, es el único titulo que se atribuye Jesús a sí mismo.
"Tiene que" no alude a una necesidad metafísica o a una voluntad de Dios externa, sino a la exigencia del verdadero ser del hombre.
"Padecer mucho" hace referencia no solo a la intensidad del sufrimiento en un momento determinado (su muerte), sino a la multitud de los mismos que se van a extender durante toda una vida.
Jesús proclama, "con toda claridad", cuál es el sentido de su misión, diametralmente opuesta a la que esperaban los judíos y a la que también esperaban los discípulos. Nada de poder y dominio sobre los enemigos, sino todo lo contrario, dejarse matar antes de hacer daño a nadie. Pedro se ve obligado a decirle a Jesús lo que tiene que hacer, porque su postura equivocada le hace pensar que ni Dios puede estar de acuerdo con lo que acaba de proponer Jesús como itinerario de salvación.
Como Pedro habla en nombre de los apóstoles, Jesús responde "de cara a los discípulos" para que todos se den por enterados del tremendo error que supone no aceptar el mesianismo de la entrega y de la cruz. Ese mensaje es irrenunciable. Pedro le propone exactamente lo mismo que le propuso Satanás en el desierto: el mesianismo del triunfo y del poder, por eso le llama Satanás. Claro que esa manera de pensar es la más humana que podríamos imaginar, pero no es la "manera de pensar de Dios".
"Si uno quiere venirse conmigo, que se niegue a sí mismo..."
Lo que acaba de decir de sí mismo, lo aplica ahora a la gente. No es fácil aquilatar el verdadero significado de esta frase; sobre todo si tenemos en cuenta que el texto no dice negar, sino renegar de sí mismo. Aquí el 'sí mismo' hace referencia a nuestro falso yo, lo que creemos ser. El desapego del falso yo es imprescindible para poder entrar por el camino que Jesús propone.
"El que quiera salvar su vida, la perderá..."
No está claro el sentido de 'psykhe': no puede significar vida biológica, porque diría 'bios'; tampoco significa alma porque los judíos no tenían el concepto de alma, propio de la filosofía griega. Esa imprecisión del lenguaje nos obliga a ir más allá de las palabras. No se trata de elegir entre dos vidas, sino buscar la plenitud de la vida en su totalidad.
El que no es capaz de superar el yo y no dejar de preocuparse de su individualidad, malogra toda su existencia; pero el que superando el egoísmo, descubre su verdadero ser y actúa en consecuencia, dándose a los demás, dará pleno sentido a toda la vida y alcanzará su verdadera plenitud humana.
APLICACIÓN
La inmensa mayoría de los cristianos seguimos en la postura de Pedro. La esencia del mensaje de Jesús sigue sin ser aceptada porque nos empeñamos en comprenderlo desde nuestra raquítica racionalidad.
Ni el ADN ni los sentidos ni la razón podrán comprender nunca que el fin del individuo sea el fracaso absoluto. Por eso hemos hecho verdaderas filigranas intelectuales para terminar tergiversando el evangelio. Si creemos que el fruto es la pulpa o la cáscara, los defenderemos con uñas y dientes y no dejaremos que la semilla germine.
¿Quién es Jesús? La respuesta no puede ser la conclusión de un razonamiento discursivo. No servirán de nada ni filosofías ni sicologías ni teologías. Los análisis externos de lo que hizo y dijo no nos lleva a ninguna parte, porque no son comprensibles. Solo una vivencia interior que te haga descubrir dentro de ti lo que vivió Jesús, podrá llevarte al conocimiento de su persona.
Jesús desplegó todas las posibilidades de ser que el hombre tiene. La clave de todo el mensaje de Jesús es esta: dejarse machacar es más humano que hacer daño a alguien; morir a manos de otro es más humano que matar.
Debemos seguir preguntándonos quién es Jesús. Pero lo que nos debe interesar es un Jesús que encarna el ideal del ser humano querido por Dios, que nos puede descubrir quién es Dios y quien es el hombre. La pregunta que debo contestar es: ¿Qué significa, para mí, Jesús? Pero tendremos que dejar muy claro, que no se puede responder a esa pregunta si no nos preguntamos a la vez ¿Quién soy yo?
Porque no se trata del conocimiento externo de una persona: Cuándo y cómo vivió, quiénes son sus padres, en qué cultura se desarrolló, cuál era su entorno social y religioso... Ni siquiera se trata de conocer y aceptar su doctrina. Se trata de algo más profundo y vital: responder a la pregunta, con mi propia vida.
Dios no puede querer el sufrimiento. Dios quiere siempre el bien total del hombre.
El hombre, como fruto de una larga evolución, es un ser complicado. La razón, recién llegada, se sustenta sobre una estructura, fruto de tres mil ochocientos millones de años de constante evolución. Esta parte superior del ser humano no puede subsistir sin apoyarse en lo biológico, pero puede ir más allá de sus planteamientos.
Aquí está el verdadero conflicto. La evolución desarrolló dos mecanismos que la han hecho posible: el placer y el dolor. Todo aquello que favorece la vida biológica y la seguridad del ser vivo, le produce placer; por lo tanto el individuo lo buscará con todo ahínco. Todo aquello que deteriora su estructura física, le producirá dolor y el individuo huirá de ello con violencia.
Pero el hombre no puede tener como objetivo lo biológico, sino lo específicamente humano. La razón puede dejarse llevar de las exigencias biológicas y ponerse a su servicio; puede utilizar toda su capacidad para buscar el placer o para huir del dolor. Pero el hombre, desde su vivencia interior, puede descubrir que su meta no es el gozo inmediato, sino alcanzar la verdadera plenitud humana, que le llevará más allá de las simples apetencias de los sentidos y apetitos.
Si la mente no cede a las exigencias de la parte inferior, y pretende imponer su criterio de buscar el bien superior, la biología reaccionará produciendo dolor. Este dolor es el que Jesús propone como inevitable para alcanzar la plenitud.
La cruz, símbolo de la entrega total, es la meta de la vida humana. La hora de la plenitud de Jesús fue la hora de la muerte en la cruz. Ahí consumó su carrera. Se identifico con Dios que es don total. Ya no necesita más glorificaciones ni exaltaciones; entre otras razones, porque no hay un después, sino un eterno ser en Dios. Jesús vivió y predicó que lo específicamente humano, es consumirse en la entrega al bien del hombre concreto.
Meditación-contemplación
Y tú, ¿quién dices que soy yo?
No me interesa una respuesta teórica.
¿Manifiesta tu vida lo que Jesús vivió y predicó?
¿Te mueve, por encima de todo, el bien de los demás?
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En tus manos está dar sentido a tu vida o malograrla.
Vivir como simple animal o como verdadero ser humano.
Lo que des de ti mismo, se convertirá en vida.
Lo que te guardes se convertirá en pura pérdida.
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Si permaneces en tu falso yo, no podrás entenderlo.
Si descubres tu verdadero ser, ya lo has entendido.
Jesús, como hombre, te marcó el camino de la plenitud.
No tienes más que seguirlo en su trayectoria humana.
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JESÚS ENSEÑA LO QUE VIVE
Mc 8, 27-35
Nos encontramos ante un texto que el evangelista consideró decisivo ya que lo sitúa como el eje central de su relato, que queda dividido por el mismo en dos partes.
Por un lado, constituye la proclamación de Jesús como “Mesías” por parte de los discípulos, personificados en Pedro. Hay que recordar que ese mismo título es el que abre todo el evangelio, que comienza justamente con estas palabras: “Comienzo del evangelio de Jesús, el Mesías” (Mc 1,1).
Por otro lado, es el momento decisivo en que se clarifica completamente el sentido del mesianismo de Jesús: no va a ser el Mesías esperado que habría de venir con poder para someter a los enemigos del pueblo, sino el Siervo que se entrega hasta el final por amor.
La vida de Jesús puede sintetizarse, adecuadamente, en esa palabra: entrega. Desde su mensaje acerca de Dios hasta su práctica cotidiana entre la gente, todo se resume ahí: es el hombre entregado –desegocentrado-, que vive desde la más exquisita desapropiación y en la más gratuita compasión.
Desapropiado de sí, desidentificado del yo, reconoce a Dios como su identidad más profunda (“El Padre y yo somos uno”) y así lo presenta: como Gracia y Compasión. A partir de ahí, se siente siempre a salvo (“Yo soy la vida”) y se vive como cauce a favor de los demás (“He venido para que tengan vida, y vida en plenitud”).
Es, por tanto, su propia vivencia la que ofrece en forma de enseñanza a sus discípulos, después de que hace ver a Pedro lo equivocado de su percepción.
Salvar el yo es perder la vida. La vida es entrega porque es gratuidad y plenitud. Quien se ancla en ella porque la reconoce como su verdadera identidad, no puede sino “volcarse” hacia fuera, es decir, entregarse. Eso es “salvar la vida”.
Por el contrario, cada vez que nos reducimos al yo, bloqueamos el fluir de la vida, y apenas sobrevivimos en la superficie de lo impermanente.
Durante toda nuestra existencia, la vida seguirá siendo maestra. Una y otra vez se nos presentarán situaciones –oportunidades- para seguir aprendiendo la enseñanza más importante, aquella que responde adecuadamente a nuestro anhelo: quiénes somos en profundidad. Por decirlo brevemente: la vida no tiene otro interés sino el de que la reconozcamos como nuestra verdadera identidad.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El texto del evangelio de este 24º domingo del tiempo ordinario trae el primer anuncio de la pasión y muerte de Jesús a los discípulos, el intento de Pedro de eliminar la cruz y la enseñanza de Jesús sobre las consecuencias de la cruz para ser sus discípulos. Pedro no entiende la propuesta de Jesús sobre la cruz y el sufrimiento. Él aceptaba a Jesús Mesías, pero no como Mesías sufriente. Pedro estaba condicionado por la propaganda del gobierno de la época que hablaba del Mesías sólo en términos de rey glorioso. Pedro parecía ciego. No entreveía nada y quería que Jesús fuese como él. Pedro, deseaba e imaginaba. Hoy todos creemos en Jesús, Pero no todo lo entendemos en la misma forma. ¿Quién es Jesús para mí? ¿Cuál es hoy la imagen más común que la gente tiene de Jesús? ¿Existe hoy una propaganda que intenta interferir nuestro modo de ver a Jesús? ¿Quién soy yo para Jesús?
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Marcos 8,27-28: La pregunta de Jesús sobre la opinión de la gente y la respuesta de los discípulos
Marcos 8,29-30: La pregunta de Jesús y la opinión de sus discípulos
Marcos 8,31-32ª: El primer anuncio de la pasión y muerte
Marcos 8,32b-33: La conversación entre Pedro y Jesús
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto de este texto que más te ha gustado y que ha llamado más tu atención?
b) ¿Cuál es la opinión de la gente y de Pedro sobre Jesús? ¿Por qué Pedro y la gente piensan de este modo?
c) ¿Cuál es la relación entre la curación del ciego, descrita un poco antes (Mc 8,2226) y la conversación de Jesús con Pedro y los otros discípulos? d) ¿Qué pide Jesús a aquéllos que lo quieren seguir?
e) ¿Qué nos impide hoy reconocer y asumir el proyecto de Jesús?
Para aquéllos que desean profundizar en el tema
a) Contexto de ayer y de hoy:
i) En el texto de Marcos 8,27 comienza con una larga instrucción de Jesús a sus discípulos que llega hasta el pasaje de Marcos 10,45. Tanto al principio como al final de esta instrucción, Marcos coloca la curación del ciego: Marcos 8,22-26 y Marcos 10,46-52). Al comienzo la curación del ciego no fue fácil y Jesús tuvo que curarlo en dos etapas. También fue difícil la curación de la ceguera de los discípulos. Jesús tuvo que dar una larga explicación sobre el significado de la Cruz para ayudarles a atisbar la realidad, porque era la cruz la que provocaba su ceguera. Al final la curación del ciego Bartimeo es el fruto de la fe en Jesús. Sugiere el ideal del discípulo: creer en Jesús y aceptarlo como es, y no como yo quiero y me lo imagino. ii) En los años 70, cuando Marcos escribe, la situación de la comunidad no era fácil. Había mucho dolor, eran muchas las cruces. Seis años antes, en el 64, el emperador Nerón había decretado la primera persecución, matando a muchos cristianos. En el 70, en Palestina, Jerusalén, estaba por ser destruida por los romanos. En otros países, se estaba iniciando una fuerte tensión entre judíos convertidos y judíos no convertidos. La más grande dificultad era la Cruz de Jesús. Los judíos pensaban que un crucificado no podía ser el Mesías tan esperado de la gente, porque la ley afirmaba que cualquiera que hubiese sido crucificado debía ser considerado como un maldito de Dios. (Dt 21,22-23).
b) Comentario del texto:
Marcos 8,22-26: Curación del ciego
• Le llevan a un ciego, y le piden a Jesús que lo cure. Jesús lo cura, pero de un modo diverso. Primero lo lleva fuera de la aldea, después pone saliva en sus ojos, le impone las manos y le dice: “¿Ves algo?” El hombre responde: “¡Veo a los hombres, algo así como árboles que andan!” Veía sólo una parte. Veía como árboles y los intercambiaba por la gente, la gente por árboles. Sólo en un segundo intento Jesús cura al ciego y le prohíbe entrar en la aldea. ¡Jesús no quiere una propaganda fácil! Esta descripción de la curación del ciego es una introducción a la instrucción que le será dada después a los discípulos, porque en realidad, eran ciegos Pedro y los otros discípulos. Y la ceguera de los discípulos es curada por Jesús, aunque también ella, no al primer golpe. Ellos aceptaban a Jesús como Mesías, pero sólo como Mesías glorioso. Notaban sólo una parte. No querían el compromiso de la Cruz. ¡Cambiaban árboles por personas!
Marcos 8,27-30. VER: el descubrimiento de la realidad
• Jesús pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos responden indicando las diversas opiniones de la gente: "Juan Bautista”, “Elías o uno de los profetas”. Después de escuchar las opiniones de los otros, Jesús pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Pedro responde: “¡Tú eres el Cristo, el Mesías!" O sea: “¡El Señor es el que la gente está esperando!” Jesús está de acuerdo con Pedro, pero le prohíbe hablar de esto con la gente. ¿Por qué Jesús se lo prohíbe? Porque entonces todos esperaban la venida del Mesías, pero cada uno a su modo, según la clase y la posición social que ocupaban: algunos lo esperaban como rey, otros como sacerdote, doctor, guerrero, juez o profeta! Ninguno parecía esperar al Mesías Siervo, anunciado por Isaías (Is 42,1-9).
Marcos 8,31-33. JUZGAR: aclaración de la situación: primer anuncio de la pasión
• Jesús comienza a enseñar que Él es el Mesías Siervo anunciado por Isaías, y será preso y muerto en el ejercicio de su misión de justicia (Is 49,4-9; 53,1-12). Pedro se llena de temor, llama a Jesús aparte para desaconsejarlo. Y Jesús responde a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!” Pedro pensaba que había dado la respuesta justa. Y , en efecto, dice la palabra justa: “¡Tú eres el Cristo!” Pero no da a esta palabra el significado justo. Pedro no entiende a Jesús. Es como el ciego de Betsaida. ¡Cambiaba la gente por árboles! La respuesta de Jesús fue durísima. ¡Llama a Pedro, Satanás! Satanás es una palabra hebrea que significa acusador, aquél que aleja a otros del camino de Dios. Jesús no permite que nadie lo aleje del camino de Dios, de su misión. Literalmente, Jesús dice: “¡Ponte detrás!” O sea, Pedro debe caminar detrás de Jesús, debe seguir a Jesús y aceptar la trayectoria o la dirección que Jesús indica. Pedro quería ser el primero en indicar la dirección . Quería un Mesías a su medida y a su deseo.
Marcos 8,34-37. OBRAR: condiciones para seguir
• Jesús saca conclusiones que son válidas para hoy mismo: ¡Quien quiera venir detrás de mí coja su cruz y sígame! En aquel tiempo, la cruz era la pena de muerte que el imperio romano imponía a los marginados. Tomar la cruz y cargársela detrás de Jesús quería decir, por tanto, aceptar ser un marginado por el injusto sistema que legitimaba la injusticia. Indicaba una rotura radical y total. Como dice San Pablo en la carta a los Gálatas: “En cuanto a mí, jamás me gloriaré a no ser en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gál 6,14). La Cruz no es fatalismo, ni siquiera una exigencia del Padre. La cruz es la consecuencia del compromiso libremente asumido por Jesús para revelar la Buena Noticia que Jesús es Padre y por tanto todos deben ser aceptados y tratados como hermanos. Por causa de este anuncio revolucionario, fue perseguido y no tuvo miedo de dar su vida. ¡Prueba mayor que dar a vida por el propio hermano!
c) Ampliando conocimientos:
La instrucción a los discípulos
• Entre las dos curaciones del ciego (Mc 8,22-26 y Mc 10,46-52), se encuentra una larga instrucción de Jesús a sus discípulos, para ayudarles a entender el significado de la cruz y sus consecuencias para la vida (Mc 8,27 a 10,45). Parece un documento, una especie de catecismo, hecho por el mismo Jesús. Habla de la cruz en la vida del discípulo. Es una especie de esquema de instrucción:
Mc 8,22-26: Curación de un ciego
Mc 8,27-38: Primer anuncio de la Pasión
Mc 9,1-29: Instrucción sobre el Mesías Siervo
Mc 9,30-37: Segundo anuncio de la Pasión
Mc 9,38 a 10-31: Instrucciones sobre la conversación
Mc 10,32-45: Tercer anuncio de la Pasión
Mc 10,46-52: Curación de un ciego.
• Como se ve en el cuadro anterior, la instrucción está compuesta de tres anuncios de la pasión. El primero es de Mc 8,27-38, el segundo de Mc 9,30-37 y el tercero de Mc 10,32-45. Entre el primero y el segundo hay una serie de instrucciones que aclaran la conversión que debe acaecer en la vida de los que aceptan a Jesús como Mesías Siervo (Mc 9,38 a 10,31). El conjunto de la instrucción tiene como fondo el camino de la Galilea a Jerusalén, del lago a la Cruz. Jesús está en camino hacia Jerusalén (Mc 8,27; 9,30.33; 10, 1.17.32), donde encontrará la cruz.
• En cada uno de estos tres anuncios, Jesús habla de su pasión, muerte y resurrección como parte del proyecto de Jesús: “El Hijo del Hombre debe sufrir mucho, y ser rechazado por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas, para después ser muerto y, después de tres días, resucitaré” (Mc 8,31; 9,31; 10,33). La expresión debe indica que la cruz ha sido anunciada ya en las profecías (cf Lc 24,26)
• Cada uno de estos tres anuncios de la pasión está acompañado por gestos o palabras de incomprensión por parte de los discípulos. En el primero, Pedro no quiere la cruz y critica a Jesús (Mc 8,32). En el segundo, los discípulos no entienden a Jesús, tienen miedo y quieren ser grandes (Mc 9,3-34). En el tercero, tienen miedo y buscan promociones (Mc 10,35-37). Y esto porque en las comunidades para las cuáles Marcos escribe su evangelio había muchas personas como Pedro; ¡no querían la cruz! Eran como los discípulos: no entendían lo de la cruz, tenían miedo y quería ser los más grandes; vivían en el temor y querían ser promocionados. Cada uno de estos tres anuncios deja una palabra de orientación por parte de Jesús, criticando la falta de comprensión de los discípulos y enseñando cómo debe ser su comportamiento. Así, en el primer anuncio, Jesús exige de los que quieren seguirlo, llevar la cruz detrás de Él, perder la vida por amor a Él y su evangelio, no avergonzarse de Él y de su palabra (Mc 8,34-38). En el segundo, exige: hacerse siervos de todos, recibir a los niños, los pequeños, como si fuese Jesús mismo (Mc 9,35-37). En el tercero exige beber el cáliz que Él beberá, no imitar a los poderosos que explotan a los demás, sino imitar al Hijo del Hombre, que no ha venido a ser servido, sino a servir y dar la vida para rescate de muchos (Mc 10,35-45)
• La comprensión total del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por el empeño práctico, caminando con Él a lo largo del camino del servicio, de la Galilea a Jerusalén. Quien insista en mantener la idea de Pedro, o sea, la del Mesías glorioso sin la cruz, no entenderá y no alcanzará a asumir el comportamiento del verdadero discípulo. Continuará siendo ciego, cambiando gente por árboles (Mc 8,24). Porque sin la cruz es imposible entender quién es Jesús y qué significa seguir a Jesús.
• El camino del seguimiento es el camino de la dedicación, del abandono, del servicio, de la disponibilidad, de la aceptación del dolor, sabiendo que habrá resurrección. La cruz no es un accidente del recorrido, sino que forma parte del camino. Porque en el mundo, organizado a partir del egoísmo, el amor y el servicio pueden existir sólo crucificados. Quien da la vida en servicio por los demás, incomoda a los otros que viven prendidos de los privilegios, y sufre.
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Antífona de entrada Cf. Sir 36, 18
Señor, da la paz a los que esperan en ti y deja bien a tus profetas, escucha la súplica de tu siervo y la de tu pueblo Israel.
Oración colecta
Oh Dios, creador y dueño de todas las cosas,
míranos, y para que sintamos el efecto de tu amor,
concédenos servirte de todo corazón.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración sobre las ofrendas
Sé propicio a nuestras súplicas, Señor,
y recibe con bondad las ofrendas de tus siervos,
para que la oblación que ofrece cada uno
en honor de tu nombre
sirva para la salvación de todos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de la comunión 1 Cor 10, 16
El cáliz de nuestra Acción de gracias nos une a todos en la sangre de Cristo; el pan que partimos nos une a todos en el cuerpo de Cristo.
Oración después de la comunión
La acción de este sacramento, Señor,
penetre en nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento,
quien mueva nuestra vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO BIBLICO
Primera lectura
Is 50,5-9a
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban
Lectura del libro del profeta Isaías.
EL Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda.
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defrautado.
Mi defensor está cerca,
¿quién pleiteará contra mí?
Comparezcamos juntos,
¿quién me acusará?
Que se acerque.
Miren, el Señor Dios me ayuda,
¿quién me condenará?
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 115 (114),1-2.3-4.5-6.8-9 (R. cf. Lc 9,57)
R. Caminaré en presencia del Señor
en el país de los vivos.
V. Amo al Señor, porque escucha
mi voz suplicante,
porque inclina su oído hacia mí
el día que lo invoco. R.
V. Me envolvían redes de muerte,
me alcanzaron los lazos del abismo,
caí en tristeza y angustia.
Invoqué el nombre del Señor:
«Señor, salva mi vida». R.
V. El Señor es benigno y justo,
nuestro Dios es compasivo;
el Señor guarda a los sencillos:
estando yo sin fuerzas, me salvó. R.
V. Arrancó mi alma de la muerte,
mis ojos de las lágrimas,
mis pies de la caída.
Caminaré en presencia del Señor
en el país de los vivos. R.
Segunda lectura
St 2,14-18
La fe, si no tiene obras, está muerta
Lectura de la carta del apóstol Santiago.
¿DE qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento diario y uno de ustedes les dice: «Vayan en paz, abríguense y sáciense», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve?
Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá:
«Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe».
Palabra de Dios.
Evangelio
Mc 8,27-35
Tú eres el Mesías. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos le contestaron:
«Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy?».
Tomando la palabra Pedro le dijo:
«Tú eres el Mesías».
Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.
Y empezó a instruirlos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».
Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?».
Palabra del Señor
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