Domingo 26 del Tiempo Ordinario

 Liturgia Viva del XXVI Domingo del Tiempo Ordinario

No Monopolicemos al Espíritu
Muchos Dones, un solo Espíritu

 

Saludo (Ver 1 Cor 12,4-7)
Hay variedad de dones,
pero todos proceden del mismo Espíritu;
hay toda clase de servicios,
pero todos dirigidos a un mismo Señor;
hay muchas formas de trabajo,
pero todas ellas, en toda la gente,
son trabajo del mismo Dios.
En cada uno el Espíritu se manifiesta
para el bien de todos.
Que el Señor Jesús les dé a ustedes este Espíritu
y que esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante

 

1.   No Monopolicemos al Espíritu
Qué fácilmente desconfiamos de los que son diferentes a nosotros, particularmente gente de otras religiones. Él es musulmán o judío, o protestante, o extranjero. Para algunos, quizás para muchos, eso es bastante para desacreditar a esa persona o el bien que ella hace. — Pero aquí viene Jesús, cuyo corazón late para todos, y nos dice que tenemos que ser de mente abierta y sin prejuicios, y reconocer todo lo bueno que hay en los demás y en sus obras, sean ellos quienes sean. El mismo Espíritu es quien trabaja en nosotros y en todos los que hacen el bien. Que el Señor abra hoy nuestra mente y nuestro corazón.

 

2.   Muchos Dones, un solo Espíritu
Una fuerte plaga de la humanidad hoy día es el exclusivismo: mi familia o mi clan primero, y los demás no cuentan; mi país por encima de todo y de todos; mi tribu o mi raza, y no el resto; mi camarilla social solamente, y desprecio a los demás; incluso mi religión, ya que los demás son herejes o paganos. De aquí las guerras, las rivalidades, las condenaciones. ¿Dónde está la universalidad de la Iglesia? ¿Aceptamos o no al Espíritu que trabaja en todas partes?  Esto es lo que Jesús quiere que hagamos. Pidámosle en esta eucaristía que abra nuestras mentes y corazones a todos, y que nos dé la gracia de reconocer a su Espíritu haciendo el bien en cualquier parte donde la gente busque lo que es justo, bello y bueno, aunque no se percate de ello.

 

 

Acto Penitencial

 

1.   No monopolicemos al Espíritu

Pidamos al Señor que nos perdone nuestros celos, nuestros prejuicios, nuestra cortedad de mente.
(Pausa)

– Señor Jesús, tu Espíritu Santo sopla donde quiere él es quien inspira y mueve a muchos a obrar el bien: 

R/ Señor, ten piedad

 

– Cristo Jesús, Tu Espíritu derrama generosamente sus dones en cualquier persona que esté abierta a su aliento de vida 

R/ Cristo, ten piedad

 

– Señor Jesús, tu Espíritu otorga sabiduría y perspicacia donde y cuando menos lo esperamos: 

R/ Señor, ten piedad

 

Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdona nuestros pecados de autosuficiencia e intolerancia. Ábrenos a la fuerza de tu Espíritu y llévanos a la vida eterna. Amén.

 

2.  Muchos Dones, un solo Espíritu

 

Pidamos al Señor que nos perdone, porque hemos sido cerrados y estrechos de miras.
(Pausa)

– Señor Jesús, tú nos quieres libres. Abre las fronteras de nuestra mente y corazón. 

R/ Señor, ten piedad

 

– Cristo Jesús, abre nuestros ojos para ver a los humildes y los pobres, y a la gente que hayamos despreciado. 

R/ Cristo, ten piedad

 

– Señor Jesús, enséñanos a ver, contigo, todo lo bueno que hay en las personas, aun cuando sean diferentes de nosotros. 

R/ Señor, ten piedad

 

Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdona nuestros pecados. Que seamos uno en ti, y llévanos a la vida eterna. Amén

 

 

Oración Colecta

 

Roguemos para que el Espíritu de Dios
viva en nosotros y en todos los hermanos.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Derrama sobre nosotros y sobre todos los hermanos
el Espíritu vivificante de tu Hijo.
Que él abra nuestras mentes
para que veamos tu belleza y verdad
con una luz siempre nueva.
Que abra también nuestros corazones
para que podamos recibir de él cada día
una nueva provisión de coraje y valor.
Que él derrame en todos nosotros
un amor respetuoso y tolerante.
Nos atrevemos a pedirte todo esto
en el nombre de tu Hijo Jesucristo,

nuestro Señor. Amén.

 

Primera Lectura (Num 11:25-29)No Monopolio sobre los Dones de Dios
El Espíritu de Dios inspiró no solo a Moisés, sino también a otros. Los dones de Dios son para el bien de todos, no para que sean guardados celosamente por unos pocos.

Segunda Lectura (Sant 5:1-6): Las Riquezas son una Responsabilidad
En términos bien claros Santiago advierte a los ricos en bienes materiales y en talentos espirituales que en el día del juicio sus posesiones darán testimonio contra ellos si no las han usado bien en favor de los otros.

Evangelio (Mc 9,37-42.44.46-47): Aprecien el Bien que Otros Hacen
Jesús enseña a sus discípulos a apreciar el bien hecho por los otros, sean quienes sean, y a no escandalizar nunca.

 

 

Oración de los Fieles

 

Roguemos al Padre de todos por todos los hombres, cercanos o lejanos, conocidos y desconocidos, y digamos: 

 

R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

1) Por nuestra querida Iglesia, para que lleve perdón y amor a todos, acoja a todos, se cuide de todos, inspire a todos con el afable poder del Espíritu Santo, roguemos:


R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

2) Por los gobernantes y líderes políticos, banqueros y economistas, para que se preocupen igualmente de ricos y pobres, sin discriminación, y para que todos los pueblos y naciones participen con justicia en las riquezas de esta tierra, oremos:


R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

3) Por los que son perseguidos a causa de su fe, por los profetas inspirados por el Espíritu, que nos recuerdan, a tiempo y a destiempo, lo que es realmente importante a los ojos de Dios, oremos:


R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

4) Por los legisladores, para que el Espíritu les inspire e impulse a elaborar buenas leyes que sean justas y razonables; y por todos los que promueven justicia y libertad, para que la gente corresponda a sus esfuerzos, roguemos:


R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

5) Por los marginados y proscritos de la sociedad y por las víctimas de discriminación, para que nuestras comunidades los acojan y acepten plenamente y para que haga nuestro amor tan espontáneo y cálido que ellos se sientan aceptados y como en su propia casa en medio de nosotros, roguemos.


R/ Señor, que tu reino venga a todos.

 

Padre, haz nuestro amor tan generoso y magnánimo como el amor que tú nos has mostrado en Cristo Jesús. Que tu Espíritu nos abra a todos. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas 

 

Oh Dios y Padre nuestro:
Tú nos invitas a compartir con tu Hijo
su comida de comunión y paz.
Derrama sobre nosotros aquí reunidos
el Espíritu de Jesucristo,
para que todos seamos uno
y cooperemos con toda la gente de buena voluntad
a alzarnos con valor y coraje
en favor de la justicia y libertad
en todo tiempo y en todas partes.
Que así tu Espíritu trabaje en todos
para ofrecerte gloria y alabanza
por los siglos de los siglos. Amén.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
Reunidos con nuestro Señor Jesucristo, demos gracias al Padre por unirnos, por su Santo Espíritu, como una sola Iglesia y como una sola voz de alabanza a Dios.

 

Introducción a Padre Nuestro
Con toda la variedad de personalidades y tareas,
sintámonos uno en el Espíritu Santo
para dirigirnos al Padre con la oración de Jesús. R/ Padre Nuestro…

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la paz en nuestros días.
Ayudados por tu misericordia;
guárdanos siempre libres
de nuestras actitudes tercas y dogmáticas,
de nuestros celos y exclusivismos.
Que sepamos reconocer y apreciar
todo lo bueno que haya en los demás,
mientras esperamos juntos con gozosa esperanza
la segunda venida de nuestro Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión

Éste es Jesucristo, el Cordero de Dios
que quita el pecado del mundo.
Felices nosotros,
invitados a alimentarnos con el cuerpo del Señor
y a recibir su Santo Espíritu,
Espíritu de fuerza y unidad.

 

Oración después de la Comunión

 

Oh Dios y Padre nuestro:
Tú nos envías al mundo
por la fuerza del Espíritu Santo,
recibido aquí de ti y de tu Hijo Jesucristo.
Que él sople su aliento de vida y amor
no solamente sobre nosotros,
sino sobre quien él quiera
y en la dirección que tú quieres que sigamos,
hacia tu futuro y hacia tu reino
de integridad, verdad y amor.
Otórganos todo esto
por medio de Cristo nuestro Señor.

 

Bendición

Hermanos: Era ya el deseo de Moisés que todo el pueblo de Dios pudiera ser un pueblo profético inspirado por el Espíritu del mismo Dios.
Cristo nos formó como un pueblo animado por el Espíritu Santo.
Que este Espíritu nos guíe para renovar este nuestro mundo,
y que le reconozcamos en la forma como trabaja en toda la gente buena que obra el bien.
Que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

Que Cristo les colme con su Espíritu
y les guarde unidos en el amor.
R/ Demos gracias a Dios.

 

 

El que no está contra nosotros, está con nosotros”

 

 

La envidia es muy mala consejera. Acaba consumiendo por dentro, y sólo trae pena al corazón del hombre. Dejas de vivir para ti, y vives sólo para tener lo que tienen los demás. Y si añades el ansia de control, entonces todo se amplifica casi hasta el infinito. Josué le dice a Moisés que prohíba profetizar a los que no están “en el grupo”, con los demás, porque ellos eran los “elegidos”. Menos mal que Moisés – por algo se había encontrado personalmente con Dios – tenía una visión más amplia de la misión. ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!» Un deseo válido también para nuestros días.

 

Parece que el don de Dios, el envío a la misión no depende de dónde estemos o la edad que tengamos, sino que llega a la persona, allí donde se encuentre. Es lo que les pasó a Eldad y Meldad, que no llegaron a tiempo a la reunión de los setenta ancianos. El Espíritu les llegó, aunque no estaban con todos. Es que Dios no piensa como nosotros, no se somete a nuestras limitaciones o deseos, sino que llega allí donde está el destinatario. Ese es el mensaje que nos deja esta primera lectura, la absoluta libertad de Dios en su actuar. Para nosotros, acostumbrados a controlar todo, debemos caer en la cuenta de que Dios actúa de otra manera. Él tiene una visión global, y sabe lo que más nos conviene. Aunque no siempre lo entendamos, o lo queramos aceptar.

 

No hay entre nosotros muchos multimillonarios, y eso puede ser bueno, sobre todo si se mira el destino que la Carta de Santiago presenta para los ricos desagradecidos. En apariencia, viven en un mundo de color de rosa, pero su futuro es muy negro. El dinero injusto acumulado será la prueba de lo mal que se han portado.” En la tierra habéis vivido lujosamente y os habéis entregado al placer; con ello habéis engordado para el día de la matanza.” Palabras duras, pero que se ajustan a la realidad. Es una dura condena de toda explotación del otro ser humano, cualquiera que sea su condición. Dios ha dado la tierra a todos los hombres, no a un puñado de ellos. No es malo tener dinero, sí puede serlo el modo de haberlo conseguido, y el uso que se hace de él. Sobre todo, si se olvida uno de los pobres. De los de cerca, y de los de lejos.

 

Ese Dios que no siempre responde cómo y cuándo queremos, Él será el encargado de dar satisfacción a los justos, engañados y vejados por los que los explotan, pero cuyos gritos llegan a oídos del Señor. Él será su mejor abogado, para cambiar su suerte. Gracias a Dios, hay una justicia humana, que no siempre puede resolver todas las cuestiones humanas a tiempo, y una divina, que nunca falla.

 

Lo que hoy nos enseña la palabra de Dios es que, en su pueblo, aunque haya cometidos diferentes, no hay monopolios. Nadie tiene la exclusiva del Espíritu, ni la exclusiva de la recta comprensión del evangelio, ni la exclusiva del anuncio del evangelio. Somos un pueblo de profetas. Hemos visto cómo Moisés se alegraba de que el Espíritu de Dios puede hablar a través de los setenta y dos ancianos, y hemos visto a Jesús desaprobando el exclusivismo de los discípulos.

 

Podemos añadir que Dios puede hacer brotar cosas nuevas incluso a través de los pequeños. De esos pequeños, de los que hablábamos la semana pasada. Pensad en las apariciones de Lourdes. Una niña sin casi educación sirvió de cauce para que se formara lo que ahora es uno de los lugares más importantes de la geografía espiritual de Europa; y algo semejante ha sucedido con los pastorcitos en Fátima. San Benito decía también que el Espíritu puede hablar a través del más joven de los monjes. Y quizá alguno de vosotros deba confesar que ha aprendido de sus hijos pequeños. El Espíritu de Dios está también presente en ellos y a veces se expresa por medio de ellos de una forma increíble, que llega al corazón más que las palabras del cura que nos habla en la homilía o en el confesionario.

 

No. Dios no quiere que los dones de su Espíritu estén concentrados en sólo dos manos, o en unas pocas manos. Hemos de sentir el legítimo orgullo de que Dios reparte sus dones a manos llenas, a voleo, por todo el inmenso campo de su Iglesia, y no sólo a cuatro privilegiados.

 

Por eso, porque todos somos testigos y profetas, hay que tener cuidado, y no dejar que nuestra conducta sea motivo de escándalo y, por tanto, de ocasión de caída o de pecado para otros. Sobre todo, si estamos hablando de los que son más débiles en la fe, o no tienen tantos argumentos para adaptarse a situaciones difíciles. Por eso, la afirmación que hemos oído, es mejor amputarse un miembro del propio cuerpo que sea ocasión de caída que conservar la integridad del cuerpo y perder la comunión con Dios. No hay que tomarlo al pie de la letra, pero sí entender el sentido, y poner los medios para evitar ese escándalo.

 

Es que Dios quiere demasiado a los hombres. A todos. Ante ese amor, podemos sentir vértigo. Dios ve todo desde otro punto de vista. Para Él, todos los hombres son hijos suyos, amados, y se pone contento cuando alguno de ellos acoge su don y lo hace vida, aunque sea de forma no ordinaria. Se entristece cuando sus hijos, en vez de ayudarse unos a otros, levantan de nuevo las barreras que Jesús ha venido a derribar.

 

A veces nos enfadamos por tonterías, pero Jesús nos invita a recordar qué es lo fundamental: el Reino de Dios, y lo que supone de desarrollo de la dignidad de la persona. Ojalá seamos capaces de vivir como Dios quiere, no por miedo al castigo, al fuego eterno y al gusano que roe y no muere, sino porque nos mueve el deseo de ser más como Él, dejando que lo que hacemos y lo que somos esté movido por el amor. El amor lo puede todo, incluso vencer al miedo. Y nos ayuda a trabajar con otros, con los que quieren luchar contra el pecado y la injusticia, sean o no de los nuestros.

 

 


 

 

EVANGELIO

 

El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Si tu mano te quiere hacer caer, córtatela.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 9,38-43.45.47-48

 

En aquel tiempo, dijo Juan a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros». Jesús respondió: «No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede luego hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro.

 

Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar.

 

Si tu mano te hace caer, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno, Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

 

Palabra de Dios.

 

 

 

 

NADIE TIENE LA EXCLUSIVA DE JESÚS

 

La escena es sorprendente. Los discípulos se acercan a Jesús con un problema. Esta vez, el portador del grupo no es Pedro, sino Juan, uno de los dos hermanos que andan buscando los primeros puestos. Ahora pretende que el grupo de discípulos tenga la exclusiva de Jesús y el monopolio de su acción liberadora.

 

Vienen preocupados. Un exorcista no integrado en el grupo está echando demonios en nombre de Jesús. Los discípulos no se alegran de que la gente quede curada y pueda iniciar una vida más humana. Solo piensan en el prestigio de su propio grupo. Por eso, han tratado de cortar de raíz su actuación. Esta es su única razón: "No es de los nuestros".

 

Los discípulos dan por supuesto que, para actuar en nombre de Jesús y con su fuerza curadora, es necesario ser miembro de su grupo. Nadie puede apelar a Jesús y trabajar por un mundo más humano, sin formar parte de la Iglesia. ¿Es realmente así? ¿Qué piensa Jesús?

 

Sus primeras palabras son rotundas: "No se lo impidáis". El Nombre de Jesús y su fuerza humanizadora son más importantes que el pequeño grupo de sus discípulos. Es bueno que la salvación que trae Jesús se extienda más allá de la Iglesia establecida y ayude a las gentes a vivir de manera más humana. Nadie ha de verla como una competencia desleal.

 

Jesús rompe toda tentación sectaria en sus seguidores. No ha constituido su grupo para controlar su salvación mesiánica. No es rabino de una escuela cerrada sino Profeta de una salvación abierta a todos. Su Iglesia ha de apoyar su Nombre allí donde es invocado para hacer el bien.

 

No quiere Jesús que entre sus seguidores se hable de los que son nuestros y de los que no lo son, los de dentro y los de fuera, los que pueden actuar en su nombre y los que no pueden hacerlo. Su modo de ver las cosas es diferente: "El que no está contra nosotros está a favor nuestro".

 

En la sociedad moderna hay muchos hombres y mujeres que trabajan por un mundo más justo y humano sin pertenecer a la Iglesia. Algunos ni son creyentes, pero están abriendo caminos al reino de Dios y su justicia. Son de los nuestros. Hemos de alegrarnos en vez de mirarlos con resentimiento. Hemos de apoyarlos en vez de descalificarlos.

 

Es un error vivir en la Iglesia viendo en todas partes hostilidad y maldad, creyendo ingenuamente que solo nosotros somos portadores del Espíritu de Jesús. El no nos aprobaría. Nos invitaría a colaborar con alegría con todos los que viven de manera evangélica y se preocupan de los más pobres y necesitados.

 

 

SON AMIGOS, NO ADVERSARIOS

 

El que no está con nosotros, está a favor nuestro.

 

A pesar de los esfuerzos de Jesús por enseñarles a vivir como él, al servicio del reino de Dios, haciendo la vida de las personas más humana, más digna y dichosa, los discípulos no terminan de entender el Espíritu que lo anima, su amor grande a los más necesitados y la orientación profunda de su vida.

 

El relato de Marcos es muy iluminador. Los discípulos informan a Jesús de un hecho que los ha molestado mucho. Han visto a un desconocido «expulsando demonios».  Está actuando «en nombre de Jesús» y en su misma línea: se dedica a liberar a las personas del mal que les impide vivir de manera humana y en paz. Sin embargo, a los discípulos no les gusta su trabajo liberador. No piensan en la alegría de los que son curados por aquel hombre. Su actuación les parece una intrusión que hay que cortar.

 

Le exponen a Jesús su reacción: «Se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros». Aquel extraño no debe seguir curando porque no es miembro del grupo. No les preocupa la salud de la gente, sino su prestigio de grupo. Pretenden monopolizar la acción salvadora de Jesús: nadie debe curar en su nombre si no se adhiere al grupo.

 

Jesús reprueba la actitud de sus discípulos y se coloca en una lógica radicalmente diferente. Él ve las cosas de otra manera. Lo primero y más importante no es el crecimiento de aquel pequeño grupo, sino que la salvación de Dios llegue a todo ser humano, incluso por medio de personas que no pertenecen al grupo: «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro». El que hace presente en el mundo la fuerza curadora y liberadora de Jesús está a favor de su grupo.

 

Jesús rechaza la postura sectaria y excluyente de sus discípulos que solo piensan en su prestigio y crecimiento, y adopta una actitud abierta e inclusiva donde lo primero es liberar al ser humano de aquello que lo destruye y hace desdichado. Éste es el Espíritu que ha de animar siempre a sus verdaderos seguidores.

 

Fuera de la Iglesia católica, hay en el mundo un número incontable de hombres y mujeres que hacen el bien y viven trabajando por una humanidad más digna, más justa y más liberada. En ellos está vivo el Espíritu de Jesús. Hemos de sentirlos como amigos y aliados, nunca como adversarios. No están contra nosotros pues están a favor del ser humano, como estaba Jesús.

 

 

UN LENGUAJE DURO

 

Si tu mano te hace caer, córtatela.

 

Para Jesús, lo primero dentro del grupo de sus seguidores es olvidarse de los propios intereses y ambiciones y ponerse a servir, colaborando juntos en su proyecto de hacer un mundo más humano. No es fácil. A veces, en vez de ayudar a otros creyentes, les podemos hacer daño.

 

Es lo que preocupa a Jesús. Que, entre los suyos, haya quien «escandalice a uno de esos pequeños que creen». Que, entre los cristianos, haya personas que, con su manera de actuar, hagan daño a creyentes más débiles, y los desvíen del mensaje y el proyecto de Jesús. Sería desvirtuar su movimiento.

 

Jesús emplea imágenes extremadamente duras para que cada uno extirpe de su vida aquello que se opone a su estilo de entender y de vivir la vida. Está en juego «entrar en el reino de Dios» o quedar excluido, «entrar en la vida» o terminar en la destrucción total.

 

El lenguaje de Jesús es metafórico. La «mano» es símbolo de la actividad y el trabajo. Jesús empleaba sus manos para bendecir, curar y tocar a los excluidos. Es malo usarlas para herir, golpear, someter o humillar. «Si tu mano te hace caer, córtatela» y renuncia a actuar en contra del estilo de Jesús.

 

También los «pies» pueden hacer daño si nos llevan por caminos contrarios a la entrega y el servicio. Jesús caminaba para estar cerca de los más necesitados, y para buscar a los que vivían perdidos. «Si tu pie te hace caer córtatelo», y abandona caminos errados que no ayudan a nadie a seguir a Jesús.

 

Los «ojos» representan los deseos y aspiraciones de la persona. Pero, si no miramos a las personas con el amor y la ternura con que las miraba Jesús, terminaremos pensando sólo en nuestro propio interés. «Si tu ojo te hace caer córtatelo» y aprende a mirar la vida de manera más evangélica.

 

¿Cómo se le ocurrió a Jesús esa figura trágica y, al mismo tiempo, cómica de un hombre manco, cojo y tuerto entrando en la plenitud de la vida?, ¿qué sintió la gente al oírle hablar así?, ¿cómo podemos reaccionar nosotros? Por muy dolorosas que sean, si los cristianos no hacen opciones que aseguren la fidelidad a Jesús, su proyecto no se abrirá camino en el mundo.

 

 

 

SON DE LOS NUESTROS

 

El que no está contra nosotros está a nuestro favor.

 

El evangelista Marcos nos describe un episodio en el que Jesús corrige de manera contundente una actitud equivocada de los Doce. ¿No habremos de escuchar también hoy la advertencia de Jesús?

 

Los Doce tratan de impedir la actividad de un hombre que «expulsa demonios», es decir, alguien dedicado a liberar a las personas del mal que las bloquea y esclaviza, devolviéndoles su libertad y dignidad. Es un hombre preocupado de hacer el bien a la gente. Incluso actúa «en nombre de Jesús». Pero los Doce observan algo que, a su juicio, es muy grave: «no es de los nuestros».

 

Los Doce no toleran la actividad liberadora de alguien que no está con ellos. Les parece inadmisible. Sólo a través de la adhesión a ellos puede llevarse a cabo la salvación que ofrece Jesús. No se fijan en el bien que realiza aquel hombre. Les preocupa que no esté con ellos.

 

Jesús, por el contrario, reprueba de manera rotunda la actitud de sus discípulos. Quien desarrolla una actividad humanizadora está ya, de alguna manera, vinculado a Jesús y a su proyecto de salvación. Sus seguidores no tienen que monopolizarlo.

 

Los Doce han querido ejercer un control sobre la actividad de quien no pertenece a su grupo, y han visto en él un rival. Jesús que sólo busca el bien del ser humano ha visto en él un aliado y un amigo: «El que no está contra nosotros está a favor nuestro».

 

La crisis que sufre hoy la «religión cristiana» es una oportunidad para que los seguidores de Jesús recordemos que nuestra primera tarea no es organizar y desarrollar con éxito una religión, sino ser fermento de una humanidad nueva.

 

Por eso, lo nuestro no es vivir recelosos, condenando posiciones o iniciativas que no se ajustan a nuestros deseos o esquemas religiosos. No es muy propio de una Iglesia de Jesús estar siempre viendo enemigos por todas partes. Jesús nos invita, más bien, a alegrarnos de todo lo que gentes e instituciones ajenas a la Iglesia pueden estar haciendo por un desarrollo más humano de la vida. Son de los nuestros porque luchan por la misma causa: un hombre más digno de su condición de hijo de Dios.

 

 

¿QUÉ HAS HECHO DE TU HERMANO?

 

El que os dé a beber un vaso de agua...

 

El individualismo es, sin duda, uno de los rasgos que mejor caracterizan al hombre de hoy. Como recordaba el sociólogo americano D. Riesman en su renombrado estudio «La muchedumbre solitaria» (1950), en la época moderna lo sagrado ya no es el grupo ni la familia, sino el individuo suelto y «autodirigido».

 

Desgraciadamente este individualismo moderno no lleva siempre a la autoafirmación de la persona. Después del toque de alarma de Ch. Lasch en «La cultura del narcisismo» (1979) no son pocos los que nos ponen en guardia ante cierto estilo de vida individualista que conduce a la pérdida de identidad humana.

 

El individuo moderno defiende «instintivamente» su libertad, pero ésta queda reducida muchas veces a una defensa recelosa de la esfera privada. Es una libertad sin contenido. Lo que importa es no atarse a nada ni a nadie. No depender de otros. Exigir derechos sin asumir obligaciones. Ocuparse y preocuparse sólo de uno mismo.

 

Este individualismo conduce entonces a un peligroso aislamiento. La persona se desentiende de todo lo que no sea su propio interés. Rehúye el compromiso e incluso el amor. Sólo le interesa su propio yo. Los problemas personales se hipertrofian. La tranquilidad se va convirtiendo en meta suprema. Lo importante es evitar tensiones y vivir sin problemas.

 

Curiosamente, al encontrarse por fin solo y sin ataduras, el individuo pierde seguridad. No se siente bien. Necesita coincidir con los demás, vivir a la moda, estar informado, encender el televisor, tener la sensación de que no está tan solo en la vida. Necesita sentirse vivo, pero ya no sabe lo que es desplegar la vida desde el amor.

 

Frente a esta «cultura del yo», el Evangelio sigue invitando a la «cultura del nosotros». La humanidad no es «una muchedumbre de individuos aislados». El mundo no termina en mi piel. Todo ser humano es mi «prójimo». De todos me he de sentir responsable, aunque sólo sea para «dar a beber un vaso de agua». El individualismo contemporáneo no será humano mientras no escuche la pregunta de Dios: «Hombre moderno y progresista, ¿qué has hecho de tu hermano?»

 

 

UNA ISLA GRIEGA

 

El que os dé a beber un vaso de agua…

 

Lo he escuchado esta misma semana en la televisión. En plena burla de lo que puede significar la ética en la vida práctica, alguien le preguntaba a Pepe Navarro: «Pero, ¿tú sabes lo que es ética?» Y el famoso presentador contestaba con picardía: «¿Una isla griega?» No nos debe sorprender excesivamente la «gracia» pues se producía en uno de los programas más vulgares de la pequeña pantalla. Más desalentador resulta ver cómo autores muy celebrados hoy en Europa proponen abiertamente una ética inspirada en el propio interés o convivencia.

 

Según se nos dice, hay que olvidarse del altruismo o la preocupación por el otro y ocuparse sólo del propio bienestar. El interés por uno mismo sería la clave de esta ética de los nuevos tiempos democráticos. Cada uno ha de buscar inteligentemente lo que le conviene. «Good ethics make good business.»

 

Así afirma G. Lipovetsky en uno de sus libros de mayor éxito de crítica y de ventas: «Una persona buena en el sentido de la moral del deber no siempre produce beneficios, por eso todos preferimos un gestor que robe un poco, pero que incremente la cuenta de resultados, a una bellísima persona que con su bondad nos lleve a la ruina. Los santos pueden ser perjudiciales para el bienestar general, mientras que los astutos pueden resultar beneficiosos. Al individuo responsable le interesarían más los segundos que los primeros.»

 

La sociedad del futuro se ha de construir, pues, sobre este «individualismo responsable». Las cosas funcionarán bien si cada uno se preocupa razonablemente de lo suyo. No hace falta ocuparse de los otros. La solidaridad «quedaría en un segundo plano, porque no es obligatoria, es más bien un valor sagrado laicizado, que no ocupa el primer lugar. El individualismo es el código de la democracia moderna.»

 

Naturalmente, en esta «ética individualista» desaparece el interés por el otro, el cuidado del débil, la atención al que sufre. Si una persona sigue haciendo algo de esto, será porque le interesa o porque le apetece, ya que, en última instancia, todo se enfoca desde el propio interés. No sé qué es más desmoralizador: reírse de la ética aludiendo a cierta «isla griega» o proponer una ética que nos convierte a todos en «islas».

 

Qué sanador y reconfortante resulta en este contexto escuchar las palabras de Jesús valorando hasta el vaso de agua que se da a beber a quien tiene sed. Nunca nacerá una sociedad digna del ser humano promoviendo el desencuentro, el desamor y la insolidaridad entre las personas y los grupos.

 

 

FE Y PLURALISMO

 

No es de los nuestros.

 

Poco a poco, se va tomando conciencia de que uno de los hechos más importantes de la época moderna y de consecuencias más profundas es, sin duda, el pluralismo. La cultura moderna, el desarrollo de los medios de comunicación y la facilidad para viajar hacen que cualquier persona entre hoy en contacto con otras culturas, religiones o ideologías muy diferentes a las suyas.

 

El hecho no es nuevo en la historia de la humanidad y se ha dado con cierta frecuencia en las grandes ciudades. Lo nuevo del pluralismo moderno es la fuerza que va adquiriendo ese fenómeno que el sociólogo norteamericano Peter L. Berger llama, en su último libro, «la contaminación cognoscitiva»: los diferentes estilos de vida, valores, creencias, posiciones religiosas y morales se mezclan cada vez más. Y no solo en el seno de la sociedad; también en el interior de cada uno.

 

Las personas reaccionan de diversas maneras ante esta realidad. Hay bastantes que caen en un relativismo generalizado; han descubierto que su religión o su moral no es la única posible, y, poco a poco, se ha abierto en ellas el resquicio de la duda: «¿Dónde estará la verdad?» Hay quienes optan entonces por ahondar en su propia fe para conocerla y fundamentarla mejor. Pero hay también quienes se abandonan a un relativismo total: «Nada se puede saber con certeza»; «todo da igual»; « ¿para qué complicarse más?»

 

Otros, por el contrario, se atrincheran en una ortodoxia de «ghetto» y hasta en el fanatismo. Es difícil para muchos vivir sin seguridad absoluta, sobre todo en lo que afecta a las cuestiones más vitales de la existencia. Por eso, cuando el relativismo parece ya excesivo en una sociedad, es normal que el absolutismo y el integrismo doctrinal adquieran para algunos un fuerte atractivo. Hay que defender la propia ortodoxia y combatir los errores: «Fuera de nuestro grupo no hay nada bueno ni verdadero.» Naturalmente, no pienso solo en «ortodoxias» de carácter religioso; las hay también de orden político o ideológico, vinculadas a un determinado estilo de vida o de filosofía.

 

No es fácil vivir hoy con honestidad las propias convicciones en una sociedad que parece tolerarlo todo, pero donde los fanatismos vuelven a cobrar tanta fuerza. Los cristianos, por nuestra parte, habremos de aprender a vivir nuestra propia fe sin disolverla ligeramente en falsos relativismos y sin encerrarnos ciegamente en fanatismos que poco tienen que ver con el espíritu de Cristo.

 

Siempre es posible la lealtad innegociable al mensaje de Cristo y a su persona, y la apertura honesta a todo lo bueno y positivo que se encuentra fuera del cristianismo. Esta es la lección que nos llega de ese Jesús que, en cierta ocasión, corrigió a sus discípulos cuando rechazaban a un hombre que «echaba demonios», solo porque, según decían, «no es de los nuestros». El mensaje de Jesús es claro: El que hace el bien, aunque no sea de los nuestros, está a favor nuestro.

 

 

ESCANDALOS

 

El que escandalice.

 

Apenas se habla hoy del pecado de escándalo. Tradicionalmente se veía el “escándalo”, sobre todo, en la corrupción de las costumbres, las modas provocativas, los espectáculos atrevidos o todo aquello que turbara los hábitos sociales en el campo del sexo.

 

Hoy nos hemos habituado de tal manera al deterioro social, que lo que “escandaliza” y ofende no es el estado de la sociedad, sino las palabras de quienes, como el Papa, denuncian el deterioro de los valores morales, el incremento del consumismo, el hedonismo, la permisividad sexual, el descenso de la natalidad o el aborto.

 

Antes que nada, es conveniente que recordemos que “escándalo”, en su sentido más amplio y profundo, es todo aquello que conduce a otros a actuar al margen de la propia conciencia. Escandalizar no es tanto producir turbación o confusión cuanto incitar a una vida inmoral. En este sentido, nadie puede negar que vivamos en una sociedad “escandalosa” en la que se estimula hacia actuaciones poco humanas.

 

La desigualdad económica y social entre quienes viven instalados en la seguridad de su puesto de trabajo bien retribuido y los que se van quedando descolgados de toda fuente digna de subsistencia es hoy escandalosa porque está llevando al individualismo ciego, la insolidaridad y la marginación de los más débiles.

 

Por otra parte, amplios sectores del pueblo comienzan a “escandalizarse” porque constatan que el noble ejercicio de la política se vaya deteriorando de manera lamentable. Estrategias poco transparentes, enfrentamientos mezquinos y manejos turbios, al margen del bien común, están llevando a no pocos ciudadanos al desaliento, la inhibición y la desconfianza en las instituciones públicas.

 

Asimismo, la agresividad insana, las descalificaciones destructivas y la violencia verbal entre los políticos son un “escándalo” en un pueblo que necesita urgentemente modelos públicos de diálogo constructivo, solidaridad y colaboración en el bien común.

 

Los cristianos deberíamos recordar también la grave advertencia de Jesús que nos pone en guardia ante el escándalo que puede conducir a la pérdida de fe. Esas palabras tan duras de Jesús: “El que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar” no se refieren a la “corrupción de menores”, sino a las incoherencias, infidelidades y contradicciones con las que podemos hacer que se pierda la fe de las gentes sencillas.

 

Escándalo viene del griego “skandalon” que significa “la piedra” con la que se puede tropezar. Escandaliza todo aquel que, con su actuación, obstaculiza o hace más difícil la vida digna y humana de los demás.

 

 

ESCANDALIZARSE

 

El que escandalice a uno...

 

Con cierta frecuencia se oye hablar entre nosotros de acontecimientos, nuevas costumbres, espectáculos o hechos que “provocan escándalo”.

 

Por lo general, se habla públicamente de escándalos cuando se lesionan valores que se consideran esenciales para la convivencia dentro de una sociedad.

 

Pero es curioso observar que los escándalos que producen mayor irritación son casi siempre aquéllos que hieren las convicciones o la sensibilidad en lo que afecta al terreno sexual.

 

Jesús, por el contrario, habla más bien del “escándalo religioso”, es decir, de todo aquello que puede desviar o alejar de la fe a los “pequeñuelos que creen”.

 

El escándalo puede tener efectos destructivos para el que recibe su impacto, pero puede también convertirse en estímulo y acicate para la fe. No olvidemos que las persecuciones han fortalecido casi siempre la vida de las comunidades cristianas.

 

Naturalmente, ello depende en gran parte del modo de reaccionar de los creyentes ante el hecho escandaloso que perturba o hiere sus creencias.

 

Hay quienes lo hacen no desde una postura religiosa sino desde la irritación, el resentimiento o la indignación.

 

Su reacción exasperada, provocada no pocas veces por la falta de seguridad y solidez interior, les impide con frecuencia ahondar más en su propia fe y enriquecer o purificar su adhesión creyente.

 

Hay también quienes, curiosamente, se dedican a proclamar a los cuatro vientos el escándalo que han recibido, con lo cual se convierten en sus mejores propagandistas y promotores.

 

Se diría que, por alguna razón difícil de entender, les interesa que el escándalo adquiera una resonancia y un eco mayor que los que en un comienzo podía tener.

 

Hay incluso quienes reaccionan de manera más violenta recurriendo al insulto y los ataques personales, como si no existiera otra manera más digna y adecuada de defender las creencias y los valores agraviados.

 

Sin embargo, si como es normal, al escándalo religioso se responde desde una actitud religiosa, puede convertirse en invitación y estímulo para consolidar mejor nuestra fe y dar un testimonio firme de ella.

 

Tal vez la próxima presentación de una película “escandalosa» sobre Cristo nos ofrezca una buena ocasión para ello.

 

 

«NO ES DE LOS NUESTROS»

 

«No es de los nuestros».

 

La violencia armada que sacude a nuestro pueblo, además de otras cosas, es el exponente más visible de una sociedad intolerante.

 

Acostumbrados a vivir durante largos años en un marco totalitario, no hemos aprendido todavía a resolver nuestras legítimas diferencias por la vía de la confrontación leal y el diálogo.

 

Fácilmente caemos en la tentación de pensar cada uno que el proyecto político que defendemos es el único válido al que todos se han de someter y que nuestra posición es la única que se identifica con la justicia.

 

Sin darnos cuenta, eliminamos de raíz el derecho que tienen los demás a discrepar, ser diferentes y tener sus propias posiciones contrarias e, incluso, opuestas a las nuestras.

 

Cuando uno vive encerrado en un dogmatismo político, cultural o ideológico, fácilmente desprecia al discrepante, descalifica todo su proyecto y le niega competencia y hasta honestidad.

 

Entonces, el adversario político o ideológico se convierte en enemigo personal. La confrontación degenera en insulto y agresividad. El clima de intolerancia y mutua exclusión violenta puede entonces conducirnos a la tentación de eliminar de alguna manera a quien se nos presenta como enemigo.

 

En este clima es fácil justificar cualquier atentado contra las personas, incluso, los asesinatos, si el muerto no es de los nuestros.

 

Cuántas personas sufren hoy con este ambiente de intolerancia y mutuo rechazo que se respira a menudo, en nuestros ayuntamientos, lugares de trabajo, asambleas y confrontaciones políticas.

 

No se asentará en nuestro pueblo ninguna paz estable mientras no aprendamos a superar posturas dogmáticas y exclusivistas. El que trata de imponer por la fuerza su propio proyecto político o su ideología, está introduciendo en nuestra convivencia nuevos factores de conflicto y violencia.

 

Entre todos hemos de crear unas condiciones y un clima de tolerancia, mutuo respeto y confrontación leal en que sea posible ir encontrando vías de diálogo y concertación política que hagan cada vez más injustificable y absurdo el recurso a las armas.

 

Los cristianos, lejos de endurecer y sacralizar falsamente nuestras posiciones manipulando a Dios e identificándolo con nuestras propias posturas, hemos de seguir a ese Jesús que corrigió a sus discípulos cuando rechazaban a un hombre sólo porque, según decían, «no era de los nuestros».

 

 

A FAVOR NUESTRO

 

El que no está contra nosotros, está a favor nuestro.

 

Con frecuencia, los cristianos no terminamos de superar una mentalidad de casta privilegiada que nos impide apreciar todo el bien que se realiza en ámbitos alejados de la fe.

 

Casi inconscientemente, tendemos a pensar que somos nosotros los únicos portadores de la verdad, y que el Espíritu de Dios sólo actúa a través de nosotros.

 

Una falsa interpretación del mensaje de Jesús nos ha conducido a veces a identificar el reino de Dios con la Iglesia. Según esta concepción, el reino de Dios se realizaría dentro de la Iglesia, y crecería y se extendería en la medida en que crece y se extiende la Iglesia.

 

Y sin embargo, no es así. El reino de Dios se extiende más allá de la institución eclesial. No crece sólo entre los cristianos sino entre todos aquellos hombres de buena voluntad que hacen crecer en el mundo la fraternidad.

 

Según Jesús, todo aquél que «echa demonios en su nombre está evangelizando. Todo hombre, grupo o partido capaz de «echar demonios» de nuestra sociedad y de colaborar en la construcción de un mundo mejor, está, de alguna manera, abriendo camino al reino de Dios.

 

Es fácil que también a nosotros como a los discípulos, nos parezca que no son de los nuestros, porque no entran en nuestras iglesias ni asisten a nuestros cultos. Sin embargo, según Jesús, «el que no está contra nosotros, está a favor nuestro».

 

Todos los que, de alguna manera, luchan por la causa del hombre, están con nosotros. «Secretamente, quizás, pero realmente, no hay un sólo combate por la justicia —por equívoco que sea su trasfondo político— que no esté silenciosamente en relación con el reino de Dios, aunque los cristianos no lo quieran saber. Allí donde se lucha por los humillados, los aplastados, los débiles, los abandonados, allí se combate en realidad con Dios por su reino, se sepa o no, él lo sabe» (G. Crespy).

 

Los cristianos deberíamos valorar con gozo todos los logros humanos grandes o pequeños, y todos los triunfos de la justicia que se alcanzan en el campo político, económico o social, por efímeros que nos puedan parecer.

 

Los políticos que luchan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los obreros que logran una mayor solidaridad, los educadores que se desviven por educar para la responsabilidad, aunque no parezcan siempre ser de los nuestros, «están a favor nuestro» si se esfuerzan por un mundo más humano.

 

Lejos de creernos portadores únicos de salvación, los cristianos debemos acoger con gozo esa corriente de salvación que se abre camino en la historia de los hombres, no sólo en la Iglesia, sino también junto a ella y más allá de sus instituciones.

 

BRUNO MAGGIONI

 

Detrás de la observación de Juan (hemos visto a un extraño echando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido) se vislumbra fácilmente el egoísmo del grupo (tan frecuente), ese temor mezquino de la competencia de los demás que tantas veces se disfraza de fe (con la pretensión de tutelar el amor de Dios), pero que en realidad es una de sus más profundas negaciones. El discípulo ruín y cicatero -pero también profundamente inseguro- soporta con dificultad que el Espíritu sople por donde quiera. Se muestra envidioso, se siente desmentido y traicionado: ¿no debería el Espíritu de Dios estar sólo en nuestras manos, de forma que se viera claramente que somos nosotros, solamente nosotros, sus portadores? Salta al recuerdo un episodio del Antiguo Testamento: Moisés comunicó el Espíritu de Dios a setenta ancianos que habían salido del campamento y se habían reunido junto al tabernáculo; pero un joven vio con sorpresa que el Espíritu de Dios se había posado también sobre Eldad y Medad, dos ancianos que no se habían unido al grupo y que no habían salido del campamento, pero que se pusieron también a profetizar. Y Josué exclamó: "Moisés, señor mío, ¡prohíbeselo!" Pero Moisés le respondió: "¿Estás celoso por mí? ¡Ojalá profetizase todo el pueblo de Dios y hubiera puesto el Señor su Espíritu sobre cada uno de ellos!" (Núm 11, 16-30). Los auténticos amigos de Dios, como Moisés y Jesús, gozan de la liberalidad del Espíritu. No se sienten desmentidos, porque aman a Dios y no se aman a sí mismos.

Y esto es lo principal. Pero muchos escrupulosos defensores de los derechos de Dios -podríamos decir que todos los escrupulosos defensores de los derechos de Dios- se están defendiendo y sosteniendo en realidad a sí mismos, su propio recinto.  Pero también es verdad que no todos los gestos son de Cristo, que no todos los intentos de liberación pertenecen a Cristo; sólo le pertenece lo que se hace en su nombre ("Hemos visto a uno que no era de los nuestros y que expulsaba a los espíritus malos en tu nombre...  No es posible que alguien haga un milagro en mi nombre y luego hable mal de mí.") Lo que pasa es que el "nombre" no indica el recinto, sino la lógica.

La sentencia con la que Jesús cierra todas estas enseñanzas es sorprendente: "El que no está contra nosotros, está con nosotros." Es exactamente lo contrario de otra sentencia (Mt 12, 30; Lc 11, 23): "El que no está conmigo, está contra mí." Pero no hay ninguna contradicción. Son las diferentes situaciones las que explican la diferencia de las afirmaciones. La unidad está en el hombre que necesita de vez en cuando advertencias distintas. De todas formas, "la tolerancia de Jesús prohíbe toda cerrazón ortodoxa". "Si alguno le quita la fe (escandaliza) a cualquiera de estos pequeños que creen..." (9, 42). En tiempos de Jesús eran los maestros de la Ley los que con el peso de su autoridad y con la fascinación de su prestigio -y también con las amenazas de sus excomuniones (cf. Jn 9, 22; 12, 42)- desaconsejaban a la gente sencilla que siguiera a Jesús: perturban su fe y eran para ellos piedra de escándalo. Más en general, el "pequeño" es el discípulo continuamente perturbado en su fe, perturbado no sólo por el mundo, sino por su misma comunidad, incluso por aquellos que pretenden ser sus maestros. Y como si esto no fuera suficiente, está también el escándalo que viene de nosotros mismos. El hombre es escándalo para sí mismo, lleno como está de vacilaciones, de compromisos y de excusas demasiado fáciles. Con su lenguaje ("si tu pie es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, córtatelo...; si tu ojo es para ti ocasión de pecado -te escandaliza-, sácatelo..."), Jesús afirma la exigencia de una decisión sin reservas por el Reino, la absoluta necesidad de ponerlo en el primer puesto.

 

J. ALDAZÁBAL

 

Si en nuestras comunidades se están reanudando estos días las actividades del nuevo curso, haremos bien en programar también las modalidades de la animación litúrgica: cómo ayudar a la comunidad a celebrar mejor la Eucaristía, sobre todo dominical. No es un apostolado fácil, pero es de los más importantes y de los que más bien puede hacer a la comunidad: ayudarle nada más y nada menos que a orar mejor y a participar más consciente y activamente en los sacramentos.

 

* Sigue la formación permanente en la escuela de Jesús

 

En las lecturas de hoy podemos fijarnos en diversos consejos que afectan a nuestra vida cristiana. Son consignas que contribuyen a que vayamos amoldando nuestros criterios de actuación a la mentalidad de Jesús:

 

- Santiago, con su característica viveza, denuncia a los ricos que se han aprovechado injustamente de los demás para prosperar ellos, y les avisa que todo lo que han amasado no les va a servir de nada a la hora de la verdad;

 

- Jesús, en el evangelio, nos asegura que no quedará sin recompensa nada de lo que hagamos en bien de los demás, ni que sea sencillamente darles un vaso de agua; resuena ya lo que dirá al final: "me disteis de beber";

 

- más duras son sus palabras en contra del que escandaliza a los niños, o sea, a los débiles; ¡cuántos modos hay de escandalizar hoy a las nuevas generaciones, con nuestro mal ejemplo en la vida familiar o social, o por los medios de comunicación (ahora por Internet)!; es de las veces que Jesús se pone más serio: "más le valdría que le encajasen una rueda de molino en el cuello y le echasen al mar";

 

- también es sorprendente la radicalidad que pide en su seguimiento: "cortarnos la mano, o el pie, o el ojo" si nos estorban en nuestro camino al Reino: Aun cristiano tiene que renunciar a algo para conseguir lo principal...

 

La Palabra de Dios que escuchamos en cada Eucaristía nos va educando, nos ayuda a confrontar nuestra escala de valores con la mentalidad de Cristo. Es incómodo, pero es necesario, para que no conformemos nuestra vida según este mundo, sino según la voluntad de Dios que nos enseña Jesús.

 

Los celos de los buenos

 

Pero tal vez la lección principal que se deriva de las lecturas de hoy es la denuncia del que puede ser uno de los pecados más propios de los que nos creemos "los buenos", "los practicantes": pensar que tenemos el monopolio del bien o de la verdad. Ya aparece esta actitud en la primera lectura, cuando Dios sorprende a Moisés comunicando su Espíritu también a los dos que no acudieron a la reunión oficial de los setenta consejeros o colaboradores que habían sido nombrados para el gobierno del pueblo. Estos dos, ausentes en el acto constituyente, "se pusieron a profetizar", o sea, actuaron con la autoridad de los demás como asesores y profetas. El joven Josué, el ayudante de Moisés, que luego sería su sucesor, se siente celoso: "Moisés, señor mío, prohíbeselo". Pero Moisés muestra su corazón comprensivo y tolerante: para él sería el ideal que todos recibieran el espíritu del Señor.

 

Se ve claramente el paralelo entre esta escena y la que narra el evangelio. Aquí es Juan, el discípulo predilecto de Jesús, el que siente celos: "Maestro, uno echaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros". Pero Jesús muestra un corazón mucho más abierto y una visión más universal: "no se lo impidáis: el que no está contra nosotros está a favor nuestro".

 

¿Creemos tener el monopolio?

 

También a nosotros nos puede pasar lo mismo. Podemos sentir celos de que otros "que no sean de los nuestros" hagan el bien y tengan éxito, y no logremos controlar todo lo que surge en torno nuestro. Josué y Juan eran buenas personas, eran fieles a Moisés y a Jesús, y precisamente por eso se creían de alguna manera poseedores en exclusiva de su favor. Y recibieron la lección.

 

De cuando en cuando vamos al médico a hacernos un chequeo del corazón. Hoy podemos examinar el nuestro y ponerlo en sintonía con el de Jesús. La comparación con la actitud de Cristo nos puede decir si tenemos un corazón mezquino o abierto. Si tendemos a acaparar el bien o la verdad o controlar los carismas del Espíritu. Esto nos puede pasar a los sacerdotes y religiosos con relación a los laicos, o a los hombres con las mujeres, o a los mayores con los jóvenes, o a los católicos con los otros cristianos, o a los de una lengua o nación con los forasteros...

 

Deberíamos ser más tolerantes, más abiertos, y alegrarnos de que se haga el bien y de que prosperen las iniciativas buenas, aunque no se nos hayan ocurrido a nosotros, aplaudir los éxitos de los demás, y reconocer que no siempre tenemos nosotros toda la razón. Siguiendo el ejemplo de aquel Juan el Bautista, el Precursor, que tuvo como lema: "Que él crezca y yo disminuya".

 

MIGUEL FLAMARIQUE VALERDI

 

"No era de los nuestros". Así rezaba el título de una conocida novela. "No es de los nuestros", es el origen de guetos, discriminaciones e intolerancias, de fascismos y de opresión. Es el signo de una absurda y destructora soberbia humana, por la que el hombre pretende ocupar el lugar de Dios y da por condenado a quien no se somete a sus pautas, no bebe de su espíritu o no se acomoda a su saber y entender. "No es de los nuestros" es un veneno mortífero, al que no somos inmunes los discípulos, dispuestos a impedir predicaciones y milagros que se hagan en el nombre de Jesús, por la contundente razón de que no surgen de nuestro grupo.

 

Moraleja: Que Jesús vino a congregar a los hijos de Dios que estaban dispersos, y los discípulos podemos estar dispersando a los hijos de Dios que la Fe congrega. Saberlo, ha de hacernos humildes: A menos que Jesucristo se haga presente en la Iglesia como piedra clave, nuestros valiosos criterios y nuestras estudiadas pastorales pueden impedir que muchos "pequeños" iluminen, salen y fermenten sus vidas con el Evangelio.

 

Moisés, el "amigo de Dios", lo tenía claro: ¿Quién soy yo para controlar y manipular el Espíritu? ¡Ojalá todo el pueblo recibiera el Espíritu del Señor y profetizara!. Aunque no sea de los nuestros. La clave es Jesús, y no un hombre sabio, carismático u organizador. Ha de quedar claro el nombre -la persona- de Jesús como referencia. La clave es Jesús, hasta el punto de que un vaso de agua dado a una persona porque es seguidora del Mesías, garantiza el favor de Dios. Hasta el punto de que, quien escandaliza a uno de los pequeños que creen en El, se pone en tal situación, que dice Jesús: "más le valdría ser arrojado al mar con una piedra de molino al cuello." Los "pequeños". He leído comentarios a esta palabra. ¿Quiénes son los "pequeños"? ¿En quién pensaba el evangelista redactor de este pasaje? Entre todas las interpretaciones que leo, me quedo, por el contexto, con la que se refiere a aquellos que comienzan a asomarse a la fe. No son cristianos maduros ni cristianos rutinarios; son necesitados de redención para quienes Jesucristo, normalmente a través de la Iglesia, comienza a ser una esperanza. Son personas ilusionadas con un Mesías que han creído detectar en la Iglesia, y que reviven tantas escenas negativas del Evangelio, cuando tienen la osadía de manifestar su sospecha de que en Jesús hay un Salvador.

 

Unas veces tropiezan con algún agnóstico que les dice: ¿Pero tú crees que de la Iglesia puede salir algo bueno? Estudia y verás que la historia de la Iglesia es una historia de opresiones. Otras veces tropiezan con presuntos seguidores de Jesús, fariseos escandalizados de que un pecador pueda acercarse a Jesucristo, hermanos mayores del pródigo o gemelos de aquel Simón que se ufanaba de conocer mejor que Jesús el corazón de la pecadora: -¡Si conocieran como yo de qué persona se trata...!

 

A veces el "pequeño" que se acerca a Jesucristo en la Iglesia, es víctima de una ingenuidad mayor. Iba para creyente, pero alguien puso un estorbo en su camino. El estorbo no es necesariamente el aparatoso pecado de un creyente o la voz disuasora de un agnóstico. Es la torpeza apostólica de una voz sabihonda que llega sibilina a sus oídos: -"No es de los nuestros". Y la esperanza de una vida nueva que había surgido en su corazón; ese inicio de fe que comenzaba a hacerle un "pequeño" discípulo de Jesús, queda absolutamente sofocada. Su destino puede ser el escepticismo más radical.

 

La tremenda invectiva de Santiago contra los acumuladores de riqueza, produce escalofríos en un mundo que valora "el tener" como primera o única fuente de salvación real. Ahí está, sin necesidad de muchas explicaciones, describiendo a algunas personas como cerdos de engorde que se preparan para la matanza.

 

Pero bueno será que, a la luz del Evangelio de hoy, y como reflexión de su lectura, acabemos pensando: -Si el dinero te hace olvidar a Jesucristo; si tu corazón y tu vida no necesitan de Dios más que para adorno religioso, porque estás abundantemente saciado, tira ese dinero; quémalo; dáselo a los pobres. Más te vale entrar desnudo en la vida que, forrado de oro, ser arrojado al abismo.

 

 

LOUIS MONLOUBOU

 

Si se considera el texto atentamente, en sus primeros versículos (v. 38-42), resulta que a lo largo de todos ellos corre una misma pregunta: "¿Quién está con nosotros?", o también: ¿Qué condiciones se requieren para formar parte de nuestro grupo?". Esta pregunta está latente detrás de unas afirmaciones que son otras tantas respuestas: es preciso "venir con nosotros" ("no venía con nosotros"); hay que "hablar bien de Jesús" ("nadie puede hablar mal de mí"); se debe "estar a favor nuestro". ¿Por qué estas reflexiones? Porque entre los que rodean a los cristianos, como sucedía antes alrededor de Jesús, se producen hechos que dejan perplejos a los discípulos. Hay, en primer lugar, contradictores manifiestos, que están en contra o que hablan mal de Jesús; también hay hermanos capaces de escandalizar, con sus palabras o con su conducta, a uno de los pequeños que creen. Y a la inversa, hay gente desconocida -"todo aquel que..."- capaz de aplacar la sed de los discípulos precisamente por ser discípulos de Jesús.

 

Ya se ve la pregunta: ¿Quién está verdaderamente "a favor nuestro"? ¿Este simpatizante desconocido que "no viene con nosotros", o este hermano "escandaloso"? Jesús da la respuesta: el hermano que provoca la caída de un pequeño, está en grave situación. En cambio, el simpatizante desconocido "no se quedará sin recompensa", lo cual supone una situación muy preferible a la anterior. Esta reflexión es importante para acertar a comprender cuáles son los verdaderos límites del grupo formado por los discípulos de Jesús.

 

El mismo problema -problema permanente- de la pertenencia a la comunidad, se plantea de súbito en el grupo, con ocasión de otro hecho inquietante. Algunos discípulos descubrieron con estupor que no eran ellos los únicos que practicaban aquellos exorcismos, milagros y acciones, considerados sin embargo como signos mesiánicos y, por consiguiente, patrimonio exclusivo del Mesías y de sus compañeros.

 

Ahora bien, aquellos exorcistas no van con los predicadores del Nombre de Jesús; no se hacen discípulos suyos. Sin embargo, en las frases con que acompañan sus complicados ritos, introducen el nombre de Jesús. ¿Es lícita esta utilización "salvaje" del venerado nombre? ¿No se debe impedir tales actuaciones? ¿No debe reservarse el monopolio del nombre de Jesús y de la salvación que él proporciona (Hch 3, 16), exclusivamente para los que se comprometieron a seguir a Cristo?.

 

Cabe generalizar la pregunta; ésta se convierte, entonces, en una interrogación sobre el derecho de los cristianos a reservarse el monopolio de todo tipo de alusión a Jesucristo, y sobre el derecho de los hombres a utilizar en una u otra forma, esta alusión, sin incorporarse a los que "van con" los Doce.

 

Es interesante señalar que, frente a este problema que es de todos los tiempos, los primitivos cristianos adoptaron posturas distintas. En los Hechos (19, 13-17), su autor ridiculiza a los que intentan utilizar fraudulentamente el nombre de Jesús; el demonio, al que se figuran vencer más fácilmente mediante esta invocación, se subleva contra sus procedimientos, reprende severamente a quienes lo utilizan, y les despide sin más vestido que su propia vergüenza y cubiertos de heridas. La magistral eficacia con que actúa Pablo se ha comprobado que es tanto más digna de atención (v. 18 s.).

 

Es una manera de ver las cosas, no compartida por el autor de nuestro evangelio. Los exorcismos practicados con la invocación del nombre de Jesús, tienen éxito: ¿no quiso "impedirlos" Juan? Además, Jesús se niega a oponerse a su resultado; y esto, en nombre de un principio inspirado por una apertura de espíritu bastante sorprendente. Considera que, excepto los adversarios declarados, todo el mundo está a favor de él. Los únicos que no están "a su favor" son los que públicamente hicieron profesión de estar contra él. Pero hay otro texto que parece contradecir al que leemos. En /Mt/12/30, se proclama que todo aquél que no está con Jesús, está contra él. La diferencia de tono es grande; puede tener una explicación en el contexto. Cuando Jesús pronuncia esta segunda fórmula, mucho más rigurosa, está enfrentado a una incredulidad tal, que le equipara con un agente de Satanás. Tan evidente es aquí la mala fe, que no cabe andarse con rodeos con ella.

 

Aquello es un pecado imperdonable, el tipo del pecado que no se puede perdonar. Reacciones así sólo pueden provenir de gente verdaderamente contraria a Jesús, sabedor de que, en lo sucesivo sólo pueden contar con los que de verdad han tomado partido a favor de él.

 

Esta explicación no aclara del todo la oposición entre las dos fórmulas, oposición que permite suponer la existencia de mentalidades diferentes. Digamos que las comunidades cristianas practicaban el espíritu de Jesús con visibles matizaciones. Unas, más dispuestas para una interpretación abierta de la vida comunitaria, y otras, inclinadas a definiciones más estrictas.

 

Esta diversidad de procederes y esta "pluralidad de teologías", según sean las fórmulas de moda, pueden suscitar reflexiones útiles para nuestro tiempo. Una invitación a abrir nuestros espíritus al Espíritu: tal parece ser el interés de las lecturas de este domingo.

 

P. ANTONIO IZQUIERDO

 

Nexo entre las lecturas

 

Los textos de hoy hacen todos referencia a la vida comunitaria, sea en el pueblo en marcha hacia la tierra prometida, sea en la comunidad eclesial. La primera lectura habla de la donación del Espíritu de Dios a los setenta jefes del pueblo en camino por el desierto. En el Evangelio se reflejan ciertos aspectos de la vida de los discípulos y de los primeros cristianos en sus relaciones internas y en las relaciones con los que no pertenecen a la comunidad cristiana. Santiago se dirige al final de su carta a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta y hacerles reflexionar sobre ella a la luz del juicio final.

 

Mensaje doctrinal

 

1. Una comunidad imperfecta. Lo primero que salta a los ojos, leyendo los textos de hoy, es que la comunidad cristiana primitiva y ya antes la comunidad judía del desierto están marcadas por la limitación e imperfección. Resulta evidente la intolerancia exclusivista respecto a quienes no pertenecen al propio grupo sea por parte de Josué: "Mi señor Moisés, prohíbeselo" (primera lectura) sea por parte de Juan: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo" (Evangelio). Otro punto es el escándalo que algunos miembros "fuertes" y "grandes" de la comunidad dan a los "pequeños", poniendo en peligro su fe sencilla y su misma pertenencia a Cristo (Evangelio). Entre quienes causan un escándalo imponente están los ricos, que ponen la seguridad en sus riquezas. Y que además se aprovechan abusivamente de los pobres, no pagando diariamente el salario a los obreros, entregándose al lujo y a los placeres, pisoteando en perjuicio del pobre la ley y la justicia (segunda lectura). Aprendamos una cosa: ninguna comunidad cristiana concreta está exenta de imperfecciones, debilidades y miserias. El Papa ante esta realidad nos invita, de cara al pasado a purificar la memoria, y de cara al presente al arrepentimiento y a la renovación. Una comunidad imperfecta nos hace vivir más conscientes de que el Espíritu de Dios, no el hombre, es el alma que la vivifica y santifica con su presencia y sus dones.

 

2. Una comunidad, reflejo de Cristo. Ante todo, se ha de recalcar la gran tolerancia, o mejor dicho, la enorme apertura de espíritu de Jesucristo frente a quienes no pertenecen al grupo, a la comunidad creyente. "No se lo impidáis", dice Jesús a Juan y a los discípulos. Este comportamiento de Jesús halla su prefiguración en el de Moisés, al saber que su espíritu ha sido comunicado a Eldad y Medad que no pertenecían al grupo de los setenta: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Ojalá que todo el pueblo de Yahvéh profetizara porque Yahvéh les daba su espíritu!". Jesús motiva su postura con dos reflexiones:

 

1) Quien invoca mi nombre para hacer un milagro, no puede luego inmediatamente hablar mal de mí. La persona de Jesús ejerce un influjo universal, no puede quedar encerrada dentro de los límites institucionales.

 

2) Quien no está contra nosotros, está con nosotros. Y esto es verdad, incluso cuando no se pertenece a la misma comunidad de fe. Por otra parte, dentro de la comunidad las relaciones entre los diversos miembros han de regirse por el mandamiento de la caridad. Esa caridad que podríamos llamar "pequeña", moneda corriente para la convivencia diaria. Simplemente, por ejemplo, dar un vaso de agua con la única intención de vivir la caridad cristiana. Otra forma de vivir la caridad es evitando el escándalo. Por amor hacia el hermano uno debe estar dispuesto a acabar con cualquier cosa que lo pueda dañar. En las relaciones intraeclesiales debe reinar también la justicia entre los dueños de las tierras y los asalariados. Los ricos, por su parte, han de ser muy conscientes de que sus riquezas no son tanto para gozarlas y despilfarrarlas cuanto para ponerlas al servicio de los necesitados.

 

Sugerencias Pastorales

 

1. La libertad del espíritu. En el catecismo de la Iglesia se nos enseña que "todo lo bueno y verdadero de las diversas religiones lo aprecia la Iglesia como un don de aquel que ilumina a todos los hombres, para que al fin tengan vida" (C.E.C. 843). El Espíritu es como el alma de la Iglesia, pero sin carácter exclusivo ni excluyente. El Espíritu goza de autonomía para actuar más allá del cuerpo eclesial. Los hijos de la Iglesia hemos de tratar de conocer y de sentirnos llenos de gozo por las manifestaciones y la impronta del Espíritu en otras religiones. Todo lo que nazca de la acción del Espíritu, donde quiera que sea, será bueno, santo y verdadero. Es verdad que junto a la acción del Espíritu y mezcladas con ella están las acciones humanas, con toda su imperfección e incluso pecado. Por eso, es necesario el discernimiento, esa capacidad de saber distinguir y separar la obra del Espíritu de la acción de los hombres. Distinguir y separar, pero no eliminar. "No apaguéis el Espíritu", nos exhorta san Pablo. En la coyuntura actual de la sociedad y de la Iglesia -y seguramente esta situación se acentuará en el futuro- es importante que los cristianos sepamos acoger la libertad del Espíritu. Es importante, además, que seamos educados, ya desde pequeños, a la tolerancia y libertad de espíritu, pero sobre todo a la prudencia y al discernimiento cristianos. ¿Has tenido alguna oportunidad, en la escuela, en el trabajo, en las relaciones de amistad, de ejercitarte en la tolerancia, el respeto, la prudencia y el discernimiento?

 

2. Autoridad y riqueza en la Iglesia. En la Iglesia sólo algunos han sido llamados por Dios para ejercer la autoridad institucional, pero todos tenemos el derecho y el deber de ejercer la autoridad de la santidad. Puesto que el cristiano concibe la autoridad como servicio, la jerarquía practica su servicio mirando por la buena marcha de la comunidad eclesial en la doctrina, en la vida moral, en las acciones litúrgicas. Por su parte, las almas santas ejercen su autoridad sobre la comunidad eclesial entregando con generosidad sus vidas a Dios y a los hombres, atrayendo hacia Dios y hacia el Espíritu a muchos con su comportamiento y testimonio de vida. Son dos modos diversos de ejercer la autoridad, ambos al servicio de toda la Iglesia. Ni qué decir cabe que muchos miembros de la jerarquía, además de la autoridad jurídica de que gozan, sobresalen también por su autoridad moral, por su santidad.

En la Iglesia hay ricos de bienes, y muchos de ellos son a la vez ricos de amor verdadero. En la Iglesia se dan también los pobres en bienes, pero que poseen una riqueza extraordinaria de fe, de amor y de esperanza. Hay también, desgraciadamente, los otros, los ricos de bienes y pobres de amor, los pobres de bienes y ricos en ansias de lucro y de riquezas. No nos engañemos. Los verdaderos ricos en la Iglesia son los santos. Si además de ser ricos en santidad, son ricos en dólares, mucho mejor. Con tal de que los pongan al servicio de todos.

 

 

NEPTALÍ DÍAZ VILLÁN CSSR.

 

¿Propiedad Privada?

 

En el ser humano está la tendencia de apropiarse de las cosas: tierras, playas, mares, ríos, minas, y todo lo que produce riqueza, inclusive de las mismas personas y sociedades. Al lado del apetito de apropiarse de las personas y de las cosas, surgen el deseo de aparecer como absolutos y el afán de reconocimiento.

 

Para lograr la satisfacción de este bajo instinto se ha utilizado la fuerza, muchas veces acompañada de armas.  Para fundamentarlo ideológicamente se ha echado mano de de la filosofía, de la política, de la religión o de lo que esté de moda. Cuando en Occidente la religión era decisiva en la estructura de los estados, se utilizó para fundamentar la barbarie. Se decía que se debía someter a los infieles con el fin de salvarlos porque fuera de la Iglesia no había salvación; y como según los fundamentos religiosos, sin el bautismo no se era hijo de Dios, entonces muchos no veían problema en matarlos. Hasta se jugaba a matar indios para probar el tiro al blanco. 

 

En nuestra época postmoderna no se habla en nombre de Dios, sino que se utilizan muchos sofismas de distracción. Hoy se despoja, se invade y se mata en nombre de la democracia, de la seguridad nacional, o con el cuento de combatir el terrorismo. 

 

Josué y Juan son versiones antiguas de un fenómeno que se dio y se sigue dando en muchos contextos. Con muchos nombres y muchos argumentos, pero, en últimas, con un mismo trasfondo: un fundamentalismo fanático animado por anhelos de apropiación. 

 

Suelen decir que: “Sin ese personaje se vendría abajo el país”, “sin ese gerente la cooperativa entraría en quiebra”, “sin ese caudillo la revolución se acabaría” …  En la parte religiosa no es raro escuchar el reclamo de quienes dicen ser “los legítimos pastores” que defienden el “derecho de Dios” sobre los seres humanos. Dicen vivir en este mundo sin ser del mundo, representar la voz de Dios para los mortales y ser un puente entre lo humano y lo divino. Quien quiera hacer parte de ese grupo selecto de preferidos de Dios y de la virgen María, deberá pasar por pruebas rigurosas en las cuales se evaluará de manera especial la aceptación incondicional de todos los dogmas habidos y por haber, y la obediencia a las sagradas reglas, inspiradas por el Espíritu Santo. 

 

Vamos a los textos: En el caso de Josué se trata de un relato elaborado teniendo en cuenta la experiencia del Éxodo. Moisés es presentado como el prototipo del líder que no acapara para sí todos los cargos. Dios le pide que delegue el ministerio del liderazgo a otros setenta ancianos para que lo ayuden. Aquí no se trataba de tener mando sino de concientizar al pueblo para que continúe en camino hacia la tierra prometida, pues a esta altura (capitulo 11 de libro de los números), el pueblo añoraba la comida abundante de Egipto, sin importarle la esclavitud a la que fue sometido. En estos casos el estómago no es un buen consejero. 

 

Estaban aburridos de comer ese insípido maná y querían volver a sentarse alrededor de las ollas de comida. Al frente solo veían un inmenso y amenazante desierto que no les prometía nada bueno. Moisés no podía sólo con ese pueblo. Necesitaba personas que profetizaran, es decir que denunciaran esos bajos instintos de cobardía, pereza, falta de fe y de confianza en Dios. Que anunciaran la gran posibilidad de cambiar la historia, que más allá del horizonte los esperaba una tierra que trabajada de manera organizada manaría leche y miel. Tarea difícil para una sola persona. 

 

Convocaron a los setenta ancianos al tabernáculo para recibir el espíritu. Y recibieron todo el espíritu. Pero sucedió que, a dos personajes, Eldad y Medad, que no habían acudido al sitio indicado para la fiesta del “reparto del espíritu”, se les posó igualmente el espíritu. Aquella vez fue Josué, quien le pidió a Moisés que no permitiera que estos dos personajes continuaran profetizando porque no habían acudido al tabernáculo. 

 

Con Jesús sucedió algo parecido: Él no era un maestro legítimo. Los “legítimos pastores” del pueblo de Israel se opusieron totalmente a su ministerio. Muchas veces lo cuestionaron por su procedencia, porque era hijo de un carpintero o porque conocían a su mamá y a sus hermanos; porque no era egresado de una gran escuela o porque, según ellos, actuaba en nombre de Belcebú, el príncipe de los demonios. A cada momento buscaban su caída para desprestigiarlo. Finalmente, lo procesaron, lo condenaron a muerte y lo asesinaron en el madero de la cruz, para librarse de ese “pastor ilegítimo”, de ese “falso profeta” que contaminaba el mundo y amenazaba la sagrada estructura religiosa con su “falsa doctrina”. 

 

En las comunidades cristianas no faltó quién quiso adueñarse del proyecto de Jesús y reclamar “derechos de autor” sobre algo que le pertenecía a toda la humanidad y a nadie en particular. El evangelio de hoy nos dice que fue Juan quien dijo: “Maestro, vimos a uno expulsando demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no es de nuestro grupo.” 

 

Josué y Juan están en la misma posición fundamentalista, exclusivista y fanática. Para Josué, Eldad y Medad no debían ser profetas porque no habían acudido al tabernáculo. Para Juan, el hombre que expulsaba demonios en el nombre de Jesús no debía hacerlo porque no era de su grupo. 

 

“Tienes demasiado celo por mí. ¡Ojalá les diera el Señor a todos su espíritu y todos en el pueblo del Señor fueran profetas!” le respondió Moisés a Josué. “¡No se lo prohíban! Porque uno que hace un milagro usando mi nombre no puede a continuación hablar mal de mí. Quien no está contra nosotros, está a favor nuestro”, les dijo Jesús a Juan y a sus discípulos. 

 

Esos son los verdaderos líderes. No los que acaparan, sino los que saben delegar. No los que temen perder el poder, sino los que saben reconocer que llega la hora de ser relevados. No los que se ponen como el centro del pueblo, sino los que saben que son uno más dentro del proceso. No los que se creen absolutamente necesarios e indispensables, sino los que, comprendiendo su limitación, dan lo mejor de sí para realizar a cabalidad la historia de salvación.

 

Aquí los cristianos y más los católicos, tenemos que reconocer los errores en los que hemos caído debido a exclusivismos fanáticos. Aquellos tiempos penosos de las cruzadas, de la conquista, de la colonización y de la “santa” inquisición, justificadas ideológicamente con la religión. Hace unos años Juan Pablo II pidió perdón por todos esos pecados de la Iglesia. ¡Qué bueno! Estamos reconociendo que nos equivocamos muchas veces como institución. Que no somos infalibles. 

 

Pero después del Concilio Vaticano II y del “me a culpa” de Juan Pablo II, se siguen viendo actitudes como las de Josué y de Juan, cuando se dice que la única Iglesia de Cristo es la nuestra y que las otras tienen tan sólo algunos elementos eclesiales, mas no son Iglesia. Que las demás religiones no tienen fe sino sólo algunas creencias, y que tienen participación de una verdad que es nuestra, de la única revelación válida, la nuestra, cuyos representantes auténticos somos nosotros.

 

Aunque tal vez con la buena intención de defender la fe y con un sentido de responsabilidad, seguimos viendo esas actitudes fanáticas cuando se persigue a los profetas que buscan la renovación teológica (G. Gutiérrez, L. Boff, I. Ellacuría, H. Küng, B. Häring, M. Vidal, E. Drewerman, J. Tamayo, entre otros). Aún después del Concilio (L.G.37) se sigue viendo esa separación tan marcada y exclusivista entre clérigos y laicos. La llamada Iglesia docente (que enseña) e Iglesia discente (que aprende). Y ni hablar de la participación de la mujer, mientras se siga pensando que darle participación es lavar los purificadores, vender la rifa y recoger la ofrenda, pero no se piensa en “permitirle” servir en el campo de la dirección, el magisterio y otros ministerios como el presbiterado, el diaconado y ¿por qué no?, el episcopado. Nunca cambiará ésto mientras sigamos viendo los ministerios en la Iglesia como poder y no como servicio. Nunca cambiará esto mientras sigamos creyéndonos poseedores de la verdad. 

 

Este evangelio tiene que impulsarnos a dejar el miedo a perder el poder; a abandonar todo intento por adueñarnos del hermoso camino de Jesús. El Señor da su Espíritu a todo aquel que lo busca con sincero corazón. “Lo que en realidad importa no son tanto las Iglesias sino el fenómeno cristiano y su función benéfica en la espiritualidad de los seres humanos. Todas las Iglesias son de Cristo, pero Cristo es para los humanos y los humanos son para los otros humanos, hombres y mujeres, y todos somos para Dios” (L.B.). 

 

Lo que tenemos que cortar y excluir no es a los seres humanos que piensan diferente y hacen el bien desde otro ángulo. Lo que tenemos que cortar es todo aquello que nos conduce a la muerte: el escándalo de una vida injusta y la acumulación de riquezas a expensas de la explotación del pobre. El lujo, la satisfacción desmedida de necesidades creadas, con el fruto de la trampa, la codicia, del no pago o del pago miserable a los empleados, la condena y el asesinato del inocente (2 lect.) 

 

Que la gracia de Jesús nos ayude a encontrar caminos para una integración verdadera como Iglesia, como Iglesias, como creyentes y como humanos en general.

 

 

 

OCARM

Lectura 

a)             Clave de lectura: 

El texto del Evangelio de este 26º Domingo del tiempo ordinario nos presenta parte de una larga instrucción hecha por Jesús a sus discípulos (Mc 8,22 a 10,52). (Véase el comentario del evangelio del 24º Domingo). Esta vez el Evangelio expone, sobre todo, tres exigencias de conversión para las personas que quieran seguirlo: 

(i)             corrige la mentalidad equivocada de quien piensa ser el dueño de Jesús (Mc 9,38-40); 

(ii)           insiste en la acogida que hay que dar a los pequeños (Mc 9,41-42) y 

(iii)          manda comprometerse radicalmente por el Evangelio (Mc 9,43-48). 

 

b)            Una división del texto para ayudarnos en su lectura:

Marcos 9,38-40: Jesús corrige la mentalidad cerrada del apóstol Juan 

Marcos 9,41: Quien da un vaso de agua a un discípulo de Jesús será recompensado 

Marcos 9,42: Evitar escandalizar a los pequeños 

Marcos 9,43-48: Comprometerse radicalmente por el Evangelio

 

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración. 

a)             ¿Cuál es el punto del texto que más te ha gustado o que ha llamado más tu atención? 

b)            ¿Qué significa hoy, para nosotros, la afirmación de Jesús: “Quien no está en nuestra contra está a nuestro favor”? 

c)             ¿Cómo traducir hoy el “vaso de agua” del que habla Cristo? 

d)            ¿Quiénes eran los “pequeños”? ¿Qué significa “ser motivo de escándalo para los pequeños”? (v.42). 

e)             “Soga al cuello”, “Corta la mano o el pie”, “Saca tu ojo”: ¿Estas expresiones pueden ser tomadas literalmente? ¿Qué querrá decir Jesús con estas expresiones? 

f)              En nuestra sociedad y en nuestra comunidad, ¿quiénes son los pequeños y los marginados? ¿Cuál y cómo es la acogida que les damos a ellos? 

 

Para aquellos que quisieran profundizar todavía más en el tema 

 

a)             Contexto de ayer y de hoy: 

                Como decíamos antes, el Evangelio de este domingo presenta tres importantes exigencias de conversión para el que quiera ser discípulo de Jesús: 

(i)             No tener la mentalidad cerrada del discípulo Juan, que pensaba ser el dueño de Jesús, sino tener una actitud abierta y ecuménica, capaz de reconocer el bien en los otros, aunque sean de otra religión. 

(ii)           Superar la mentalidad de aquellos que se consideraban superiores a los otros, y que, por esto, despreciaban a los pequeños y pobres y se alejaban de la comunidad. Para Jesús esta persona merecía la soga al cuello y ser arrojado al fondo del mar. 

(iii)          Jesús pide no dejar que entre la rutina en el vivir el Evangelio, sino que pide que seamos capaces de romper los lazos que nos impiden vivirlo en plenitud. 

                Son tres recomendaciones que tienen mucha actualidad hoy por hoy. En muchas personas que pertenecen a la Iglesia católica existe la tendencia anti-ecuménica de encerrarse en sí mismas, como si nosotros fuésemos cristianos mejores que los otros. En el mundo de hoy, dominado por el sistema neoliberal, existe el desprecio por los pequeños, y de hecho aumenta por todas partes la pobreza, el hambre y el número de prófugos y de abandonados. Falta entre nosotros los cristianos el compromiso de vivir el Evangelio. Pero si nosotros, millones de cristianos, viviésemos realmente el Evangelio, el mundo no estaría como está. 

 

b)            Comentario del texto: 

Marcos 9;38-40: La mentalidad cerrada 

• Alguno que no era de la comunidad usaba el nombre de Jesús para arrojar a los demonios. Juan, el discípulo, lo ve y prohíbe hacerlo: “Se lo habíamos prohibido,

porque no era de los nuestros”. ¡En nombre de la comunidad Juan impide que otro pueda hacer una buena acción! Por ser discípulo, él pensaba tener el monopolio de Jesús y , por esto, quería prohibir que otros usasen el nombre de Jesús para hacer el bien. Era esta una mentalidad cerrada y antigua del “¡Pueblo elegido, pueblo separado!” Jesús responde: “No se lo prohibáis. ¡Quien no está en

mi contra, está a por mí!” Para Jesús, lo que importa no es si la persona forma parte o no de la comunidad, sino si hace el bien que la comunidad debe hacer. Jesús tenía una mentalidad ecuménica.

 

Marcos 9,41: Quien da un vaso de agua recibe recompensa 

                Una frase de Jesús ha sido colocada aquí: En verdad os digo: quien os dé de beber un vaso de agua porque sois de Cristo, no quedará sin su recompensa. Dos pensamientos para comentar esta frase: 

i) “Quien da un vaso de agua”: Jesús se está dirigiendo a Jerusalén para dar su vida. ¡Gesto de gran donación! Pero Él no se olvida de los gestos pequeños de donación en la vida de cada día: un vaso de agua, una acogida, una limosna, y tantos otros gestos con los cuales podemos revelar el amor. ¡Quien desprecia al ladrillo no podrá nunca edificar la casa!  ii) “Porque sois de Cristo”, Jesús se identifica con los que quieren pertenecer a Él. Esto significa que, para Él, valemos mucho. Por esto, debemos preguntarnos siempre. “¿Quién es Jesús para mí?” y también es bueno preguntarse: ¿Quién soy yo para Jesús? En este versículo encontramos una respuesta que nos da valor y esperanza. 

 

Marcos, 9,42: Escándalo para los pequeños 

                Escándalo es aquello que desvía a una persona del buen camino. Escandalizar a los pequeños es ser motivo para que los pequeños se desvíen del camino y pierdan la fe en Dios. Quien hace esto, recibe la siguiente sentencia: “¡Soga al cuello, con una piedra de molino para ser arrojado al fondo del mar!” ¿Por qué tanta severidad? ¡Porque Jesús se identifica con los pequeños! (Mt 25,40.45). Quien los toca, toca a Jesús. Hoy, en muchos lugares, los pequeños, los pobres, muchos de ellos abandonaron la Iglesia católica y las iglesias tradicionales y van a otras iglesias. ¡No pueden creernos! ¿Por qué? Antes de acusar a los que pertenecen a otras iglesias es bueno preguntarse: ¿Por qué se van de nuestra casa? Si se van es porque no se sienten en casa con nosotros. Algo nos falta. ¿Hasta qué punto somos culpables? ¿Merecemos la soga al cuello? 

 

Marcos, 9,43-48: Cortar pies y manos 

• Jesús ordena a la persona cortarse la mano, pie y sacarse el ojo, si fuesen motivo de escándalo. Dice: “Es mejor entrar en el Reino de Dios con un pie (mano, ojo) que entrar en el infierno-Gehenna con dos pies (manos, ojos)”. Estas frases no pueden ser tomadas literalmente. Significan que la persona debe ser radical en su opción por Dios y por el Evangelio. La expresión “Gehenna” (infierno) donde su gusano no muere y el fuego no se extingue” es una imagen que indica una situación de la persona que se queda sin Dios. La Gehenna era el nombre de un valle vecino a Jerusalén, donde se arrojaba toda la inmundicia de la ciudad y donde había siempre un fuego encendido que quemaba toda la porquería. Este pestífero lugar se usaba por el pueblo para simbolizar la situación de una persona que no participaba del Reino de Dios. 

 

Jesús acoge y defiende la vida de los pequeños 

Varias veces Jesús insiste en la acogida que hay que dar a los pequeños. “Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,37). Quien da un vaso de agua a uno de estos pequeños no perderá su recompensa (Mt 10,42). Pide no despreciar a los pequeños (Mt 18,10). Y en el juicio final los justos serán recibidos porque dieron de comer “a uno de estos más pequeños” (Mt 25.40). 

Si Jesús insiste tanto en la acogida, es porque muchos pequeños de hecho no eran acogidos. En efecto, mujeres y niños no contaban (Mt 14,21; 15,38), eran despreciados (Mt 18,10) y obligados al silencio (Mt 21,15-16). Incluso los apóstoles impedían que se acercasen a Jesús (Mt 19,13; Mc 10,13-14). En nombre de la ley de Dios, mal interpretada por las autoridades religiosas, muchas personas buenas eran marginadas. En vez de acoger a los marginados, la ley se usaba para legitimar la exclusión. 

En los evangelios la expresión “pequeños” (en griego se dice elachistoi, mikroi o nepioi) a veces indica “los niños”, otras veces indica sectores excluidos de la sociedad. No es fácil distinguir. A veces lo que es “pequeño” en el evangelio, quiere decir “niño”, porque los niños pertenecían a la categoría de los “pequeños”, de los excluidos. Además, no siempre es fácil distinguir lo que viene del tiempo de Jesús y lo que viene del tiempo de las comunidades para las cuales se escribieron los evangelios. Pero, sea lo que sea, lo que está claro es el contexto de exclusión vigente de la época, y la imagen que las primeras comunidades tenían de Jesús: Jesús se pone de parte de los pequeños y asume su defensa. Llama la atención lo que Jesús hace en defensa de la vida de los niños, de los pequeños. 

                Acoger y no escandalizar. Una de las palabras más duras de Jesús es contra aquellos que causan escándalo a los pequeños, o sea, los que con su conducta quitan a los niños la fe en Dios. Para ellos sería mejor ponerse una piedra al cuello y ser arrojados al profundo del mar (Mc 9,42; Lc 17,2; Mt 18,6). 

                Acoger y tocar. Cuando los niños se acercan a Jesús para pedir su bendición, los apóstoles se enfadan y quieren alejarlos. Según las normas de la época, tanto las madres como los niños pequeños, vivían todos prácticamente en un permanente estado de impureza legal. ¡Tocar quería decir contraer impureza! Pero Jesús corrige a los discípulos y acoge a las madres y a los niños. Y los abraza. “¡Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis!” (Mc 10,13-16; Mt 19,13-15). 

                Identificarse con los niños. Jesús abraza a los niños y se identifica con ellos. Quien recibe a un niño, “me recibe a Mí” (Mc 9,37). “Y todo lo que hagáis a uno de estos pequeños, me lo hacéis a Mí” (Mt 25,40). 

                Llegar a ser como niños. Jesús dice a los apóstoles que se conviertan en niños y acepten el Reino como niños. De otra manera, no es posible entrar en el Reino (Mc 10,15, Mt 18,3; Lc 9,46-48). Él está indicando que los niños son los profesores de los adultos. Y esto no era normal. Queremos hacer lo contrario. 

                Defender el derecho de gritar. Cuando Jesús entra en la ciudad de Jerusalén, son los niños los que más gritan: “¡Hosanna al hijo de David!” (Mt 21,15). Criticado por los jefes de los sacerdotes y de los escribas, son defendidos por Jesús que invoca incluso las Escrituras para defenderlos (Mt 21,16). 

                Dar gracias por el Reino presente en los niños. La alegría de Jesús es grande, cuando se da cuenta de que los pequeños, entienden las cosas del Reino que Él anunciaba a la gente. “¡Padre, yo te doy gracias!” (Mt 11,25-26). Jesús reconoce que los pequeños entienden mejor las cosas del reino que los doctores. 

                Acoger y curar. Son muchos los niños y jóvenes que Él acoge, cura o resucita: la hija de Jairo, de 12 años (Mc 5,41-42), la hija de la cananea (Mc 7,29-30), el hijo de la viuda de Naín (Lc 7,9-10), el hijo del funcionario público (Jn 4,50), el niño que tenía cinco panes y cinco peces (Jn 6,9). 

 

 

 


XXVI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

 

Antífona de entrada     Dan 3, 31. 29. 30. 43. 42
Todo lo que hiciste con nosotros, Señor, es verdaderamente justo,
porque pecamos contra ti y no obedecimos tu ley;
pero glorifica tu nombre, tratándonos según tu gran misericordia.

Oración colecta
Dios nuestro, que manifiestas tu poder
sobre todo en la misericordia y el perdón,
derrama sin cesar tu gracia sobre nosotros,
para que, deseando tus promesas,
nos hagas participar de los bienes celestiales.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Dios misericordioso,
concédenos que nuestra ofrenda te sea aceptable,
y que, mediante ella, se nos abra la fuente de toda bendición.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Sal 118, 49-50
Acuérdate, Señor, de la palabra que diste a tu servidor,
ella me infunde esperanza y consuelo en mi dolor.

Oración después de la comunión
Por esta eucaristía que hemos celebrado,
renueva, Señor, nuestro cuerpo y nuestro espíritu,
para que participemos de la herencia gloriosa de tu Hijo,
cuya muerte anunciamos y compartimos.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.


 

LECCIONARIO DOMINICAL

¿Acaso estás celoso a causa de mí?
¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor!

Lectura del libro de los Números     11, 16-17a.24-29

    El Señor dijo a Moisés:
    «Reúneme a setenta de los ancianos de Israel -deberás estar seguro de que son realmente ancianos y escribas del pueblo- llévalos a la Carpa del Encuentro y que permanezcan allí contigo. Yo bajaré hasta allí, te hablaré, y tomaré algo del espíritu que tú posees, para comunicárselo a ellos».
    Moisés salió a comunicar al pueblo las palabras del Señor. Luego reunió a setenta hombres entre los ancianos del pueblo, y los hizo poner de pie alrededor de la Carpa.
    Entonces el Señor descendió en la nube y le habló a Moisés. Después tomó algo del espíritu que estaba sobre él y lo infundió a los setenta ancianos. Y apenas el espíritu se posó sobre ellos, comenzaron a hablar en éxtasis; pero después no volvieron a hacerlo.
    Dos hombres -uno llamado Eldad y el otro Medad- se habían quedado en el campamento; y como figuraban entre los inscritos, el espíritu se posó sobre ellos, a pesar de que no habían ido a la Carpa. Y también ellos se pusieron a hablar en éxtasis.
    Un muchacho vino corriendo y comunicó la noticia a Moisés, con estas palabras: «Eldad y Medad están profetizando en el campamento».
    Josué, hijo de Nun, que desde su juventud era ayudante de Moisés, intervino diciendo: «Moisés, señor mío, no se lo permitas».
    Pero Moisés le respondió: «¿Acaso estás celoso a causa de mí? ¡Ojalá todos fueran profetas en el pueblo del Señor, porque él les infunde su espíritu!»
 
Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 18, 8. 10. 12-14

R. Los preceptos del Señor alegran el corazón.

La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple. 
R.
 
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos. 
R.
 
También a mi me instruyen:
observarlos es muy provechoso.
Pero ¿quién advierte sus propios errores?
Purifícame de las faltas ocultas. 
R.
 
Presérvame, además, del orgullo,
para que no me domine:
entonces seré irreprochable
y me veré libre de ese gran pecado. 
R.


Las riquezas de ustedes se han echado a perder

Lectura de la carta del apóstol Santiago     5, 1-6

    Ustedes, los ricos, lloren y giman por las desgracias que les van a sobrevenir. Porque sus riquezas se han echado a perder y sus vestidos están roídos por la polilla. Su oro y su plata se han herrumbrado, y esa herrumbre dará testimonio contra ustedes y devorará sus cuerpos como un fuego.
    ¡Ustedes han amontonado riquezas, ahora que es el tiempo final! Sepan que el salario que han retenido a los que trabajaron en sus campos está clamando, y el clamor de los cosechadores ha llegado a los oídos del Señor del universo.
    Ustedes llevaron en este mundo una vida de lujo y de placer, y se han cebado a sí mismos para el día de la matanza. Han condenado y han matado al Justo, sin que él les opusiera resistencia.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Cf. Jn 17, 17ba

Aleluia.
Tu palabra, Señor, es verdad;
conságranos en la verdad.
Aleluia.

 
EVANGELIO

El que no está contra nosotros está con nosotros.
Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     9, 38-43. 45. 47-48
 
    Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros».
    Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no está contra nosotros, está con nosotros.
    Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.
    Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
    Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno.
    Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».
 
Palabra del Señor.

 

 

 

 

 

 

 


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