Domingo 25 del Tiempo Ordinario
Liturgia Viva del XXV Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (ver Salmo Responsorial)
Tenemos a Dios que siempre nos ayuda.
El Señor mantiene nuestra vida.
Que el Señor, Jesús, esté con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. ¿Quién es el Mayor?
“Nosotros somos la nación más grande, la más fuerte, la más poderosa”, dicen los políticos. “Soy el mejor de todos los tiempos”, dice el boxeador campeón. “Yo soy el amo, y tú haces lo que yo te diga”, dice el empresario. “Soy más fuerte que tú”, dice el estudiante a su compañero de escuela. — Pero dice Jesús: “Quienquiera ser el primero entre ustedes, tiene que hacerse el último y el servidor de todos”. — Y Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros: “¿Y tú qué dices?”
2. Y un Niño les Dirigirá
Nosotros sabemos, especialmente los padres, lo indefensos y frágiles que son los niños. Por eso Dios ama tanto a los niños, como Jesús nos mostró en toda su vida. Jesús incluso nos dice cómo tenemos que ser como niños; no que tengamos que ser pueriles, sino que, como niños, tenemos que ser espontáneos, abiertos y sencillos. Los niños no exigen lo que les es debido. Esperan todo de los mayores y aceptan cualquier cosa como regalo. De la misma manera tenemos que estar nosotros abiertos a los dones de Dios y de los hermanos. Los hermanos, todos sin excepción, son también regalos de Dios para nosotros. Los niños simbolizan el comienzo de la vida; así pues, tenemos por delante un futuro, y vamos hacia él teniendo como guía nada menos que a Jesús.
Acto Penitencial
1. ¿Quién es el mayor?
Con demasiada frecuencia sentimos que el impulso para dominar a otros es muy fuerte y no estamos dispuestos a servir desinteresadamente a nuestros prójimos. Les pedimos perdón a Dios y a los hermanos.
(Pausa)
– Señor Jesús, tú te humillaste haciéndote hombre como nosotros y te convertiste en el menor de todos.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
– Cristo Jesús, naciste como niño pequeño y fuiste obediente a tus padres.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
– Señor Jesús, tú tomaste nuestros pecados sobre ti mismo y serviste al Padre y a nosotros sin medida y hasta el fin.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y perdónanos cuando seamos arrogantes y pretenciosos. Haznos servidores incansables, contigo y como tú, y llévanos a la vida eterna. Amén.
2. Y un Niño les Dirigirá
Pidamos perdón al Señor porque con demasiada frecuencia somos autosuficientes y esperamos bien poco de él.
(Pausa)
– Señor Jesús, tú amaste a los niños pequeños y los bendijiste:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
– Cristo Jesús, tú nos dices que, a no ser que lleguemos a ser abiertos y receptivos como los niños, no podemos entrar en el reino de los cielos.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
– Señor Jesús, en los niños pequeños y en todas las personas débiles y frágiles podemos acogerte a ti y a tu Padre del cielo.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona nuestras pretensiones, nuestra soberbia y autosuficiencia y llévanos adelante en esperanza a la vida eterna. Amén.
Oración Colecta
1. ¿Quién es mayor?
Pidamos al Señor el don de saber cómo servirnos unos a otros.
(Pausa)
Oh Dios, dador de todos los buenos dones,
danos un deseo sincero de pertenecer
al grupo de los últimos y de los más pequeños
como personas que saben cómo servir
generosamente y sin aires de superioridad
a los hermanos que nos rodean
especialmente a los pequeños y frágiles.
Te lo pedimos por medio de aquél
que se hizo el siervo de todos,
Jesucristo nuestro Señor.
2. Y un Niño les Dirigirá
Pidamos a Dios nuestro Padre que nos acoja en su reino.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú te inclinas a nosotros con ternura,
aun siendo como somos falibles y limitados.
Tus preferidos son los niños, los débiles y humildes.
Ayúdanos a aceptar tu Buena Nueva del reino
con la actitud receptiva de los niños.
Y danos también ojos de admiración
para ver el misterio de tu grandeza y amor,
de tal forma que poseamos el reino de los cielos.
Concédenos esto por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Sab 2,12.17-20): El Justo es rechazado
La fe del justo es una silenciosa acusación contra los de poca o de ninguna fe. Por eso los justos son ridiculizados y perseguidos.
Segunda Lectura (Sant 3,16-4,3): El verdadero Cristiano es Pacificador.
¡Cuánta más paz habría en el mundo si los cristianos no cediéramos al mal en nuestros corazones!
Evangelio (Mc 9,30-37): El Niño como Modelo
¿Quién es el mayor? ¡En el Reino de Dios, los pequeños!
Oración de los Fieles
Como Jesús, amándolos y orando por ellos, pongamos en medio de nosotros a los pobres, a los humildes y a todos los que sirven, y digamos:
R/ Señor, en ti confiamos.
1) Por los que consideramos los “más grandes” en la Iglesia (el papa, los obispos, los sacerdotes) para que sepan servir con gran entrega y sin despreciar o menospreciar a los más débiles, pobres y heridos en la vida, roguemos al Señor.
R/ Señor, en ti confiamos.
2) Por los poderosos de este mundo, para que se preocupen de los derechos humanos y de la dignidad y el bienestar de sus encomendados, especialmente de los más débiles, pequeños y destituídos, roguemos al Señor.
R/ Señor, en ti confiamos.
3) Por la gente que trabaja en instituciones de bienestar social, para que provean protección, amparo y mucho cariño y amor a los niños huérfanos, rechazados, o abandonados en las calles, roguemos al Señor.
R/ Señor, en ti confiamos.
4) Por los que trabajan en oficios bajos rehuídos por la sociedad; por los que trabajan en oficios peligrosos para la salud o para la vida; por los que trabajan cuidando a ancianos o a discapacitados, para que nosotros les apreciemos a ellos y a sus trabajos, y que el Señor les proteja y ayude, roguemos al Señor.
R/ Señor, en ti confiamos.
5) Por los líderes de nuestras comunidades cristianas, para que sirvan a la unidad de todos, y hagan nuestras parroquias, barrios y sectores lugares de acogida y de aceptación de todos, roguemos al Señor.
R/ Señor, en ti confiamos.
Padre de bondad, haznos servidores, como Jesús y con Jesús, para que, según tu promesa, nos acojas en tu reino. Acéptanos en le mismo Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Con estos dones de pan y vino
nos abrimos, oh, Dios Padre nuestro,
a tus propios dones de vida y crecimiento
que nos ofreces en Jesucristo.
Que el pan de vida que él nos da
nos ayude a crecer hasta su plena madurez.
Que sepamos entregarnos sin cálculos ni reservas
a ti y también los unos a los otros
con la fresca sencillez de un niño.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Todo lo que tenemos, todo lo que somos es regalo gratuito de Dios. Dependemos totalmente de él. Demos gracias al Padre ofreciéndole esta eucaristía.
Introducción al Padre Nuestro
Como hijos de Dios,
recitamos con la más plena confianza
la oración que Jesús mismo nos enseñó.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males,
pues sabemos que vivimos en tus manos.
Haznos conscientes de nuestra pequeñez
y de cómo dependemos
de ti y los unos de los otros.
Líbranos de toda ansiedad
y ayúdanos a crecer en libertad
y en responsabilidad por nuestras vidas
y por los hermanos,
mientras preparamos en esperanza y alegría
la llegada plena en medio de nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor,
que quería que los pobres y pequeños
se acercaran a él con fe y confianza.
Dichosos nosotros,
invitados a recibirle ahora en comunión.
R/ Señor, no soy dignos…
Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre de amor:
No hay nadie mayor que tú,
sin embargo, te hiciste pequeño
y cercano a nosotros en nuestras debilidades
en la persona de tu Hijo Jesucristo,
aquí en esta eucaristía y en la vida de cada día.
Querríamos tener las mismas actitudes de Jesús,
siendo siempre humildes y respetuosos
ante ti y ante los hermanos,
viviendo con confianza, esperanza y alegría.
Concédenoslo por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Bendición:
Hermanos: Aquéllos de entre nosotros que son padres o educadores aman a sus niños e intentan enseñarles, de la mejor manera, todo lo que es recto y bueno.
Pero, por otra parte, aprendamos también de los mismos niños a ser espontáneos, y confiados en Dios y los unos en los otros, dispuestos siempre a admirar y agradecer, y esperando para todos todo lo bueno.
Que Dios les guarde en su amor y les bendiga: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Vayamos unidos, como hermanos, por el camino sencillo del amor de Dios.
R/ Demos gracias a Dios.
Quien quiera ser el primero, que sea el último.
Seguimos acompañando a Jesús, en el camino hacia Jerusalén, con sus discípulos. Continúa la enseñanza de lo que es fundamental, para poder ser un verdadero seguidor del Maestro.
Algo que está claro es la capacidad del Maestro para ver lo que pasaba a su alrededor. Tenía una mirada que lo abarcaba todo. En este fragmento del Evangelio de hoy, le vemos dirigir su mirada hacia adelante, hacia su propio futuro. Y lo hace sin poner paños calientes, asimilando lo que ve, sin excusas y sin querer escapar. Sabe que será acusado falsamente, entregado a las autoridades, y, al final, morirá.
Lo que Él ve, se lo va transmitiendo a sus Discípulos. Y a éstos les cuesta entender. Comprenden que es algo importante, pero les da miedo profundizar. No se atreven a preguntar. Es lo peor, no preguntar, cuando no entendemos algo. Todavía no están preparados. Su mirada es muy humana, no es aún la de Jesús. Sólo ven que su Maestro va a morir, quizá. Y les da miedo preguntar, porque recuerdan la dura respuesta de Cristo al intento disuasorio de Pedro (“Apártate de Mí, Satanás” (Mc 8, 33).
Y la mirada de Jesús va más allá. Ve que algunos hombres poderosos están contra él, y que su destino está en manos de esos hombres. Sabe que va a morir, por culpa de ellos. Pero también sabe que, en última instancia, su destino está en manos de su Padre, porque se siente amado. Ahí puede encontrar descanso el corazón de Cristo. De esa manera, seguramente fue más fácil aceptar el destino, ese destino que le llevó a la muerte, y una muerte de cruz.
La persecución – nos lo recuerda la primera lectura – es un acontecimiento necesario en la vida de los justos; sacude siempre a las personas que eligen vivir según Dios. El predicador que no inquieta, tal vez se haya relajado, y puede que hasta haya adoptado la mentalidad de los irreligiosos. Y Jesús no fue así. Jesús llega hasta el final, y acepta la muerte.
Porque ese destino pasa por la muerte, sí, pero – sobre todo – por la resurrección. Morir es la conclusión lógica de la Encarnación. Tenía que compartir el destino de todo ser humano, nuestro destino, para ser verdaderamente hombre. Pero Jesús era verdadero hombre y verdadero Dios. Por eso habla de la resurrección, a los tres días. Para dar sentido a la muerte, para que no todo termine aquí, en la tierra. Porque, gracias a la entrega de Cristo, la muerte no es final del camino. Hay vida después de la muerte. Jesús nos abrió el camino.
Hay, además, una segunda parte en el Evangelio de hoy. Otra vez, la mirada de Jesús tiene un alcance distinto a la mirada de los hombres. Él va al fondo, a lo profundo: “ser servidor de todos”; “el que acoge a un niño acoge a Dios”. Parece que los Apóstoles estaban en otras cosas. Iban discutiendo de los puestos, de los cargos, de sentarse a la derecha o a la izquierda del Maestro. No es malo aspirar a los carismas mejores – lo dice san Pablo (1 Cor 12, 31) – pero lo que está mal es buscar el primer puesto dejando atrás a los otros, o pisando o desplazando a los demás, cuando se les ve sólo como competidores. Casi como enemigos. “Quítate tú para ponerme yo”.
Jesús les pregunta, sabiendo de lo que iban hablando, porque lo habría oído. Qué paciencia. Él hablando de muerte y resurrección, y sus “amigos”, repartiéndose los puestos. Normal que no contestaran, debieron de sentir mucha vergüenza. Por eso, quizá, les pide que se acerquen – los ve distantes – para que no estén lejos de Él. Cuando los ha reunido a su alrededor, lo que Jesús les dice es que no hay que desplazar a los competidores, porque todos estamos en lo mismo, en la causa del Reino, sino que «quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.» Es lo que hizo el mismo Jesús toda su vida. Es lo que debe hacer el verdadero discípulo.
Es que la Iglesia no es una plataforma para alcanzar posiciones de poder, para sobresalir, para conseguir el dominio sobre los demás. Es el lugar donde todos, de acuerdo con los dones recibidos de Dios, celebra su propia grandeza en el servicio sincero y dócil a los hermanos. A los ojos de Dios, el más grande es quien más se parece a Cristo, que se hizo servidor de todos.
Para que sea más claro, para que no queden dudas, hace un gesto que llama la atención, poniendo a un niño en el centro. Es un símbolo del ser frágil e indefenso, que necesita protección y cuidado. En tiempos de Jesús, como hoy, los niños eran amados, pero no se les daba importancia social, no contaban nada para la ley, e incluso eran considerados impuros porque transgredían los requisitos de la Ley.
Los Apóstoles, gracias a Cristo, cayeron en la cuenta de que, en la mirada de los niños, en su presencia desvalida se revela y llama a tu conciencia nada menos que Dios mismo. Por eso hay que acoger y ayudar a los más pequeños. Dios está especialmente presente en ellos, porque están abiertos a la novedad, son permeables y se dejan ayudar.
El deseo de poder se esconde en el corazón de mucha gente, incluso dentro de la Iglesia. A Jesús no le hizo falta que sus amigos le confesaran que ese deseo también estaba en sus corazones. Esos malos deseos pueden ser transformados, pero, para ello, hay que “ser como niños”. Saberse frágiles, limitados, queridos. Identificarse con los pequeños, como hace Jesús, nos permite entender qué significa eso de servir y de ser el primero, siendo el servidor de todos.
Ojalá sea eso lo que anhelemos. “No tenéis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para dar satisfacción a vuestras pasiones”, dice la segunda lectura. Ojalá sepamos pedir lo que nos conviene. Ojalá seamos capaces de amar el último lugar, como el que ocupó Cristo. Que queramos siempre servir a los demás. Si queremos ser discípulos de Jesús no hemos de olvidar esto en nuestra vida concreta. A lo mejor hay algo que puedas hacer por los demás, en casa, en la parroquia, en el barrio, en el trabajo. Busca. Ponte a ello. Merece la pena. Por amor a Cristo.
EVANGELIO
El Hijo del hombre va a ser entregado... El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 9,30-37
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».
Palabra de Dios.
¿POR QUÉ LO OLVIDAMOS?
Camino de Jerusalén, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos sobre el final que le espera. Insiste una vez más en que será entregado en manos de los hombres y estos lo matarán, pero Dios lo resucitará. Marcos dice que "no entendían lo que les quería decir, pero les daba miedo preguntarle". No es difícil adivinar en estas palabras la pobreza de muchos cristianos de todos los tiempos. No entendemos a Jesús y nos da miedo ahondar en su mensaje.
Al llegar a Cafarnaún, Jesús les pregunta: "¿De qué discutíais por el camino?". Los discípulos se callan. Están avergonzados. Marcos nos dice que, por el camino, habían discutido sobre quién era el más importante. Ciertamente, es vergonzoso ver a Jesús, que camina hacia la cruz, acompañado de cerca por un grupo de discípulos llenos de estúpidas ambiciones. ¿De qué discutimos hoy en la Iglesia mientras decimos seguir a Jesús?
Una vez en casa, Jesús se dispone a darles una enseñanza. La necesitan. Estas son sus primeras palabras: "Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos". En el grupo que sigue a Jesús, el que quiera sobresalir y ser más que los demás, ha de ponerse el último, detrás de todos; así podrá ver qué es lo que necesitan y podrá ser servidor de todos.
La verdadera grandeza consiste en servir. Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás. Los primeros en la Iglesia no son los jerarcas sino esas personas sencillas que viven ayudando a quienes encuentran en su camino. No hemos de olvidarlo.
Para Jesús, su Iglesia debería ser un espacio donde todos piensan en los demás. Una comunidad donde estemos atentos a quien más nos pueda necesitar. No es sueño de Jesús. Para él es tan importante que les va a poner un ejemplo gráfico.
Se sienta y llama a sus discípulos. Luego acerca un niño y lo pone en medio de todos para que fijen su atención en él. En el centro de la Iglesia apostólica ha de estar siempre ese niño, símbolo de las personas débiles y desvalidas, los necesitados de acogida, apoyo y defensa. No han de estar fuera, lejos de la Iglesia de Jesús. Han de ocupar el centro de nuestra atención.
Luego Jesús abraza al niño. Quiere que los discípulos lo recuerden siempre así: Identificado con los débiles. Mientras tanto les dice: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre a mí me acoge, y el que me acoge a mí acoge al que me ha enviado".
La enseñanza de Jesús es clara: el camino para acoger a Dios es acoger a su Hijo Jesús presente en los pequeños, los indefensos, los pobres y desvalidos. ¿Por qué lo olvidamos tanto? ¿Qué es lo que hay en el centro de la Iglesia si ya no está ese Jesús identificado con los pequeños?
DOS ACTITUDES MUY DE JESÚS
Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos.
El grupo de Jesús atraviesa Galilea, camino de Jerusalén. Lo hacen de manera reservada, sin que nadie se entere. Jesús quiere dedicarse enteramente a instruir a sus discípulos. Es muy importante lo que quiere grabar en sus corazones: su camino no es un camino de gloria, éxito y poder. Es lo contrario: conduce a la crucifixión y al rechazo, aunque terminará en resurrección.
A los discípulos no les entra en la cabeza lo que les dice Jesús. Les da miedo hasta preguntarle. No quieren pensar en la crucifixión. No entra en sus planes ni expectativas. Mientras Jesús les habla de entrega y de cruz, ellos hablan de sus ambiciones: ¿Quién será el más importante en el grupo? ¿Quién ocupará el puesto más elevado? ¿Quién recibirá más honores?
Jesús «se sienta». Quiere enseñarles algo que nunca han de olvidar. Llama a los Doce, los que están más estrechamente asociados a su misión y los invita a que se acerquen, pues los ve muy distanciados de él. Para seguir sus pasos y parecerse a él han de aprender dos actitudes fundamentales.
· Primera actitud: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y servidor de todos». El discípulo de Jesús ha de renunciar a ambiciones, rangos, honores y vanidades. En su grupo nadie ha de pretender estar sobre los demás. Al contrario, ha de ocupar el último lugar, ponerse al nivel de quienes no tienen poder ni ostentan rango alguno. Y, desde ahí, ser como Jesús: «servidor de todos».
· La segunda actitud es tan importante que Jesús la ilustra con un gesto simbólico entrañable. Pone a un niño en medio de los Doce, en el centro del grupo, para que aquellos hombres ambiciosos se olviden de honores y grandezas, y pongan sus ojos en los pequeños, los débiles, los más necesitados de defensa y cuidado. Luego, lo abraza y les dice: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí». Quien acoge a un «pequeño» está acogiendo al más «grande», a Jesús. Y quien acoge a Jesús está acogiendo al Padre que lo ha enviado.
Una Iglesia que acoge a los pequeños e indefensos está enseñando a acoger a Dios. Una Iglesia que mira hacia los grandes y se asocia con los poderosos de la tierra está pervirtiendo la Buena Noticia de Dios anunciada por Jesús.
¿DE QUÉ DISCUTIMOS NOSOTROS?
¿De qué discutíais por el camino?
Según el relato de Marcos, hasta por tres veces insiste Jesús, camino de Jerusalén, en el destino que le espera. Su entrega al proyecto de Dios no terminará en el éxito triunfal que imaginan sus discípulos. Al final habrá «resurrección», pero, aunque parezca increíble, Jesús «será crucificado». Sus seguidores lo deben saber.
Los discípulos no le entienden. Les da miedo hasta preguntarle. Ellos siguen pensando que Jesús les aportará gloria, poder y prestigio. No piensan en otra cosa. Al llegar a su casa de Cafarnaúm, Jesús les hace una sola pregunta: «¿De qué discutíais por el camino?», ¿de qué han hablado a sus espaldas en esa conversación en la que Jesús ha estado ausente?
Los discípulos guardan silencio. Les da vergüenza decirle la verdad. Mientras Jesús les habla de entrega y fidelidad, ellos están pensando en quién será el más importante. No creen en la igualdad y la fraternidad que busca Jesús. En realidad, lo que les mueve es la ambición y la vanidad: ser superiores a los demás.
De espaldas a Jesús y sin que su Espíritu esté muy presente, ¿no seguimos discutiendo de cosas parecidas?: ¿tiene que renunciar la Iglesia a privilegios multiseculares o ha de buscar «poder social»?, ¿a qué congregaciones y movimientos hay que dar importancia y cuáles hay que dejar de lado?, ¿qué teólogos merecen el honor de ser considerados «ortodoxos» y quiénes han de ser silenciados como marginales?, ¿sólo los varones han de acceder al rango del sacerdocio o también las mujeres?
Ante el silencio de sus discípulos, Jesús se sienta y los llama. Tiene gran interés en ser escuchado. Lo que va a decir no debe ser olvidado: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». En su movimiento no hay que mirar tanto a los que ocupan los primeros puestos y tienen nombre, títulos y honores. Importantes son los que, sin pensar mucho en su nombre, prestigio o tranquilidad personal, se dedican sin ambiciones y con total libertad a servir, colaborar y contribuir al proyecto de Jesús. No lo hemos de olvidar: lo importante no es quedar bien sino hacer el bien.
EL ARTE DE EDUCAR
El que acoge a un niño...
Hay quienes afirman que la tragedia más grave de la sociedad contemporánea es la crisis de la relación educativa. Los padres cuidan a sus hijos y los maestros enseñan a sus alumnos, pero en no pocos hogares y colegios se ha perdido «el espíritu de la educación».
Y, sin embargo, si una sociedad no sabe educar a las nuevas generaciones no conseguirá ser más humana, por muchos que sean sus avances tecnológicos y sus logros económicos. Para el crecimiento humano, los educadores son más importantes y decisivos que los políticos, los técnicos o los economistas.
Educar no es instruir, adoctrinar, mandar, obligar, imponer o manipular. Educar es el arte de acercarse al niño, con respeto y amor, para ayudarle a que se despliegue en él una vida verdaderamente humana.
La educación está siempre al servicio de la vida. Verdadero educador es el que sabe despertar toda la riqueza y las posibilidades que hay en el niño. El que sabe estimular y hacer crecer en él, no sólo sus aptitudes físicas y mentales, también lo mejor de su mundo interior y el sentido gozoso y responsable de la vida. La célebre educadora M Danielou decía que «el niño más humilde tiene derecho a una cierta iniciación a la vida interior y a la reflexión personal».
Cuando en las instituciones educativas se ahoga «el gusto por la vida», y los enseñantes se limitan a transmitir de manera disciplinada el conjunto de materias que a cada uno se le han asignado (asignaturas), allí se pierde «el espíritu de la educación».
Por otra parte, la relación educativa exige verdad. Se equivocan los educadores que para ganarse el respeto y la admiración de sus alumnos se presentan como dioses. Lo que los niños necesitan es encontrarse con personas reales, sencillas, cercanas y profundamente buenas.
Asimismo, el verdadero educador respeta al niño, no lo humilla, no destruye su autoestima. Una de las maneras más sencillas y nefastas de bloquear su crecimiento es repetirle constantemente: «no hay quien te aguante», «eres un desastre», «serás un desgraciado el día de mañana».
En la relación educativa hay además un clima de alegría, pues la alegría es siempre «signo de creación» y, por ello, uno de los principales estímulos del acto educativo. Así escribía Simone Weil: «La inteligencia no puede ser estimulada sino por la alegría. Para que haya deseo tiene que haber placer y alegría. La alegría de aprender es tan necesaria para los estudios como la respiración para los corredores».
Hace unos días se han abierto los colegios y centros de enseñanza. Miles de niños han vuelto de nuevo a sus maestros y enseñantes. ¿Quién tendrá la suerte de encontrarse con un verdadero educador o educadora? ¿Quién los acogerá con el respeto y la solicitud de aquél que un día en Cafamaum abrazó a uno de ellos diciendo: «Quien acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí?»
ACOGER AL NIÑO
El que acoge a un niño... me acoge a mí.
Las primeras víctimas del deterioro y de los errores de una sociedad son casi siempre los más débiles y desamparados: los niños. Esos seres que dependen totalmente del cuidado de sus padres o de la ayuda de los adultos. Basta abrir los ojos y observar lo que sucede entre nosotros.
La crisis de la familia y la inestabilidad de la pareja están provocando en algunos hijos efectos difíciles de medir en toda su hondura. Niños poco queridos, privados del cariño y la atención de sus padres, de mirada triste y ánimo crispado, que se defienden como pueden de la dureza de la vida sin saber dónde encontrar refugio seguro.
El bienestar material maquilla a veces la situación ocultando de manera sutil la «soledad» del niño. Ahí están esos hijos, repletos de cosas, que reciben de sus padres todo lo que les apetece, pero que no encuentran en ellos la atención, el cariño y la acogida que necesitan para abrirse a la vida con seguridad y gozo.
Y ¿los educadores? No lo tienen fácil. Piezas de un sistema de enseñanza que, por lo general, fomenta más la transmisión de datos que el acompañamiento humano, tienen el riesgo de convertirse en «procesadores de información» más que en «maestros de vida». Por otra parte, muchos de ellos han de enfrentarse cada mañana a alumnos desmotivados e indolentes sabiendo que apenas encontrarán en sus padres colaboración para su tarea.
No se trata de culpabilizar a nadie. Es toda la sociedad la que ha de tomar conciencia de que un pueblo progresa cuando sabe acoger, cuidar y educar bien a las nuevas generaciones. Es un error planificar el futuro y descuidar la educación integral de niños y jóvenes. Es necesario apoyar más a la familia, valorar a los educadores, saber que la tarea más importante para el futuro es mejorar la calidad humana de quienes serán sus protagonistas.
«El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí». Estas palabras de Jesús, recogidas en diversas tradiciones evangélicas, son una llamada a la responsabilidad. En las primeras comunidades cristianas no se protege al niño por razones jurídicas o legales. La razón es más honda. Los creyentes han de sentirse responsables ante el mismo Cristo de acoger a esos niños que, sin el cuidado y la ayuda de los adultos, no podrán abrirse a una vida digna y dichosa. La vida que Dios quiere para ellos.
EDUCACIÓN INTEGRAL
El que acoge a un niño... me acoge a mí.
El comienzo de un nuevo año escolar ha provocado una vez más comentarios y análisis de algunos aspectos de la reforma en el sistema de la enseñanza. Sin embargo, sigue faltando entre nosotros un debate de fondo que estudie el proyecto de hombre que queremos y analice el futuro que se está gestando en nuestras escuelas y universidades.
Este debate es más necesario que nunca. Se ha publicado recientemente en Bruselas un estudio de La Table Ronde des Industriels Européens donde se propone un nuevo modelo de enseñanza «inspirado por los valores de adaptación a las necesidades de la empresa y por la fe en la tecnología moderna, especialmente los multimedia». Según este estudio, la idea clave que debería inspirar la enseñanza es la «competitividad». Los autores se lamentan de que el mundo de la enseñanza no percibe la necesidad de esta competitividad con la misma agudeza que el mundo económico.
El libro no es sino un exponente más de algo que están denunciando ya los sociólogos y pedagogos más lúcidos (R. Petrella, J.P Laurent). Poco a poco, todo va quedando subordinado al desarrollo tecnológico; se cultiva «lo instrumental» y se olvidan los fines; todo se piensa en función de los ordenadores, las redes terminales, los precios y los mercados. ¿Qué va a ser de estos jóvenes perfectamente conformados a unos patrones técnicos, pero mutilados con frecuencia en sus aspiraciones más hondas de verdad, belleza, amor o justicia?
Es un inmenso error que la sociedad no cuide con más rigor la educación integral de los jóvenes y que apenas se cultiven aspectos y valores tales como la importancia de cada ser humano, la interioridad, el respeto a los derechos de todos, el papel de la conciencia, la solidaridad, la libertad ante la tecnocracia, lo simbólico de la existencia, la responsabilidad ética, el disfrute de la sexualidad, la capacidad de compasión, el rigor intelectual, el conocimiento de uno mismo.
Señalaré todavía algo, a mi juicio, más preocupante. La educación puede modelar inteligencias humildes, abiertas al misterio, capaces de búsqueda interior. Sin embargo, configurada desde claves tecnológicas y utilitaristas, puede formar inteligencias cerradas, autosuficientes, impermeables al misterio más hondo de la existencia.
Los padres y educadores cristianos han de ser más que nunca conscientes de su responsabilidad. Es mucho lo que se puede hacer día a día con los niños y los jóvenes si se sabe acogerlos y acompañarlos desde el espíritu de Cristo y las claves del evangelio. El P. Kolvenbach decía a los rectores de universidades europeas: «Estoy convencido de que sería difícil encontrar en la vida una profesión al servicio de la sociedad futura más elevada que la educación integral de la juventud.»
LO COTIDIANO
Quien quiera ser el primero.
Terminadas las vacaciones, unos y otros vamos volviendo a nuestro trabajo y ocupaciones habituales. Y es fácil que más de uno sienta estos días esa insatisfacción profunda que nace en el ser humano al experimentar, de forma más o menos consciente, la enorme distancia entre la sed de felicidad eterna que hay en nosotros y la monotonía de nuestro vivir diario.
No es fácil vivir con hondura lo cotidiano. Es un arte que se ha de aprender cada día. El conocido poeta austriaco R.M Rilke nos advierte sabiamente con estas palabras: «Si tu vida de cada día te parece pobre, no la acuses; acúsate más bien a ti mismo de no ser lo bastante fuerte para descubrir su riqueza.»
Tal vez, lo primero es aprender a mirar la vida como un don que se nos hace cada mañana. Es un regalo admirable poder hacer los gestos más elementales de la vida: ver, escuchar, reír, caminar, comer, dormir; solo cuando enfermamos, empezamos a apreciar el don maravilloso de la existencia. Por otra parte, la vida de cada día está llena de pequeñas sorpresas y experiencias gozosas. Quien sabe acogerla de manera humilde y agradecida, llega a conocer el placer de sentirse vivo.
Es necesario, además, un proyecto de vida que dé sentido y orientación positiva a todos nuestros trabajos y ocupaciones. Cada una de las jornadas, tomada aisladamente, es insignificante; el sentido de la existencia solo se desvela cuando se puede apreciar el espíritu que anima al individuo a lo largo de los días. Es ahí donde va apareciendo la alegría real de la persona, su fe, su fidelidad, su capacidad de amar.
Desde esta perspectiva cobra un significado especial la actividad diaria. Nuestra verdadera grandeza no se manifiesta en los ideales sublimes que proclamamos o en las grandes palabras con que llenamos nuestra boca, sino en el servicio sencillo y generoso a los demás. Nos lo recuerdan las palabras de Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.»
Cuando el trabajo no degenera en activismo para convertirse en huída de nosotros mismos o búsqueda de falsa seguridad, sino que es desgaste generoso animado interiormente por el amor, la vida cotidiana no es monotonía y aburrimiento, sino alabanza al Creador. Hace ya bastantes años, en un conocido estudio sobre la teología de la vida cotidiana, K Rahner escribía así: «La realidad sencilla de cada día, vivida con sinceridad, esconde dentro de sí el milagro eterno y el misterio callado que llamamos Dios.»
No se trata de idealizar lo cotidiano. Todos conocemos por experiencia lo que es el cansancio, la decepción, el peso de algunas jornadas o la mediocridad de nuestra conducta. Pero no hemos de olvidar que es esta vida de cada día la que nos prepara y conduce a la vida eterna.
INGENUIDAD
Acercando a un niño...
La actitud ante los niños sigue siendo uno de los rasgos más desconcertantes de Jesús. Para él, el niño es el símbolo de lo que debería ser toda actividad existencial verdadera.
No admira Jesús a los hombres maduros, emprendedores, activos o eficaces. Su mirada se vuelve hacia esos pequeños cuya sencillez y simplicidad parecen cautivarlo.
Pocas cosas nos pueden resultar más retrógradas e inútiles en estos tiempos en que la organización y la complejidad de la vida van creciendo de manera acelerada.
La evolución y la marcha general de la humanidad parecen empujarnos sin piedad en una dirección que nos aleja cada día más de todo lo que pueda ser ingenuidad, simplicidad y transparencia.
Sería, sin duda, una estupidez condenar la inteligencia crítica y el desarrollo tecnológico que nos están permitiendo penetrar mejor en los secretos de la naturaleza y organizar de manera más inteligente la vida.
Pero hay algo que comienza a turbar la conciencia del hombre contemporáneo y a ponerlo en estado de alerta.
Esta sociedad está “tecnificando» nuestro espíritu. El sistema comienza a tratarnos a todos como piezas de un gran mecanismo. Nos ajusta, nos funcionaliza y, con frecuencia, lamina nuestra alma vaciándonos de vida y verdad humana.
Compleja y sofisticada, esta sociedad comienza a mostrársenos profundamente indigente cuando se trata de ahondar en el misterio del corazón humano y en sus aspiraciones más íntimas.
Almacenamos datos y conocimientos, pero sentimos que algo esencial se nos escapa. Adquirimos “verdades técnicas» siempre nuevas, pero no nos sentimos poseídos por la verdad.
Comenzamos a intuir que la verdad que nos puede salvar no brotará sin más del desarrollo sin fin de nuestra racionalidad crítica. No será resultado de un proceso meramente tecnológico.
La verdad, según Jesús, aparece como gracia en el corazón de aquellos que saben ahondar en la vida con humildad, transparencia y simplicidad.
«Si no os hacéis como niños, no entraréis en el Reinado de Dios». No son los inteligentes ni los más activos ni los más poderosos, los que más profundamente penetran en la realidad de la existencia, sino aquellos que la viven con «la transparencia del niño».
Transparencia y simplicidad que hoy nos parecen absolutamente impensables, pero que el hombre necesita recuperar para escapar de la asfixia.
EN DEFENSA DE LOS NIÑOS
Quien acoge a un niño... me acoge a mí.
Se ha dicho que la labor que se hace en las escuelas es más importante y decisiva para el futuro de una sociedad que el trabajo que se realiza en las oficinas, las fábricas y los despachos de los políticos.
Ciertamente, no es nada fácil el arte de educar. Las ciencias de la pedagogía nos hablan hoy de muchos factores que hacen ardua y compleja esta tarea. Pero, quizás, la primera dificultad sea la de encontrarnos realmente con el niño.
No es fácil para un hombre o una mujer integrados en una sociedad como la nuestra acercarse a los niños de verdad. Su mirada y sus gestos espontáneos nos desarman. No les podemos hablar de nuestras ganancias y nuestras cuentas corrientes. No entienden nuestros cálculos y nuestras hipocresías.
Para acercarnos a ellos, tendríamos que volver a apreciar las cosas sencillas de la vida, aprender de nuevo a ser felices sin poseer muchas cosas, amar con entusiasmo la vida y todo lo vivo.
Por eso, es más fácil tratar al niño como una pequeña computadora a la que alimentamos de datos que acercarnos a él para abrirle los ojos y el corazón a todo lo bueno, lo bello, lo grande. Es más cómodo sobrecargarlo de actividades escolares y extraescolares que acompañarlo en el descubrimiento admirado de la vida.
Sólo hombres y mujeres, libres de codicia y de odios, que no crean sólo en el dinero o en la fuerza, pueden hacer con los niños algo más que trasmitirles una información científica.
Sólo hombres y mujeres respetuosos que saben escuchar las preguntas importantes del niño para presentarle con humildad las propias convicciones, pueden ayudarle a crecer como persona. Sólo educadores que saben intuir la soledad de tantos niños para ofrecerles su acogida cariñosa y firme pueden despertar en ellos el amor verdadero a la vida.
Como decía Saint-Exupéry, y tal vez hoy más que nunca, «los niños deben tener mucha paciencia con los adultos» pues no encuentran en nosotros la comprensión, el respeto, la amistad y acogida que buscan.
Aunque la sociedad no sepa, tal vez, valorar y agradecer debidamente la tarea callada de tantos educadores y educadoras que desgastan su vida, sus fuerzas y sus nervios junto a los niños, ellos han de saber que su labor, cuando es realizada responsablemente, es una de las más grandes para la construcción de un pueblo.
Y los que lo hacen desde una actitud cristiana, han de recordar que «quien acoge a un niño en nombre de Jesús, le acoge a él».
LOS IMPORTANTES
Quien quiera ser el primero, que sea servidor de todos.
Ciertamente nuestros criterios no coinciden con los de Jesús. ¿A quién de nosotros se le hubiera ocurrido hoy pensar que los hombres y mujeres más importantes son aquéllos que parecen los «últimos» porque viven al servicio de los demás?
Para nosotros, importante es el hombre de prestigio, seguro de sí mismo, que ha alcanzado el éxito en algún campo de la vida, que ha logrado sobresalir sobre los demás y ser aplaudido por las gentes.
Esas personas cuyo rostro podemos ver constantemente en la TV. Líderes políticos, «premios Nobel», cantantes de moda, atletas excepcionales... ¿Quién puede haber más importante que ellos?
Según el criterio de Jesús, miles y miles de hombres y mujeres anónimos, de rostro desconocido, a quienes nadie hará homenaje alguno, pero que se desviven en el servicio sencillo y desinteresado a los demás.
Hombres y mujeres que no viven para su éxito y egoísmo personal. Gentes que no actúan sólo para arrancarle a la vida todas las satisfacciones posibles para sí mismo, sino que se preocupan de la felicidad de los otros.
Ciertamente hay una grandeza en la vida de estas personas que no aciertan a ser felices sin la felicidad de los demás. Su vida es un misterio de entrega y desinterés. Saben vivir más allá de sus propios intereses. Sin hacer cálculos. Sin medir mucho los riesgos.
Hombres y mujeres que saben poner su vida a disposición de otros. No se imponen ni existen para sí mismos. Actúan movidos por su bondad. Una ternura grande envuelve su trabajo, su quehacer diario, sus relaciones, su convivencia.
No viven sólo para trabajar ni para disfrutar. Su vida no se reduce simplemente a cumplir sus obligaciones profesionales y ejecutar diligentemente sus tareas.
En su vida se encierra algo más. Viven de manera creativa. Cada persona que encuentran en su camino, cada dolor que perciben a su alrededor, cada problema que surge junto a ellos, es una llamada que les invita a actuar, servir y ayudar.
Pueden parecer los «últimos», pero su vida es verdaderamente grande. Todos sabemos que una vida de amor y servicio desinteresado merece la pena, aunque no nos atrevamos a vivirla.
Quizás tengamos que orar humildemente como lo hacia el P. Teilhard de Chardin: «Señor, responderé a tu inspiración profunda que me ordena existir, teniendo cuidado de nunca ahogar ni desviar ni desperdiciar mi fuerza de amar y hacer».
SOLO EL SERVICIO POR AMOR ME LLEVA A LA PLENITUD HUMANA
Mc 9, 30-37
CONTEXTO
Otra vez hemos saltado la transfiguración y la curación de un muchacho que los discípulos no pudieron curar. Pasa al segundo anuncio de la Pasión. Tiene su lógica, porque el tema es idéntico y nos puede llevara a una mejor comprensión de la enseñanza del domingo pasado. Jesús atraviesa Galilea camino de Jerusalén, donde le espera la Cruz. El evangelio nos dice expresamente que quería pasar desapercibido, porque ahora está dedicado a la instrucción de sus discípulos. Esa nueva enseñanza tiene como centro la cruz.
EXPLICACIÓN
Este segundo anuncio de la pasión es prácticamente repetición del primero. No deja lugar a dudas sobre lo que Jesús quiere transmitir. Los discípulos siguen sin comprender, a pesar de que ya el domingo pasado nos decía que se lo explicaba "con toda claridad". Si les daba miedo preguntar es porque algo intuían que no les gustaba. Esa indicación nos muestra que más que no comprender, es que no querían entender, porque la muerte ignominiosa de Jesús significaba el fin de sus pretensiones mesiánicas. Hasta que no llegue la experiencia pascual, seguirán sin entender una palabra del mensaje.
¿De qué discutíais por el camino? Jesús quiere que saquen a la luz sus íntimos sentimientos, pero guardan silencio porque saben que no están de acuerdo con lo que Jesús viene enseñándoles. Entre ellos siguen en la dinámica de la búsqueda del dominio y del poder. Tenemos que recordar que en aquella cultura el rango de las personas se tomaba muy a pecho, y era la clave de todas las relaciones sociales.
Llama a los discípulos Si están juntos en casa, ¿por qué tiene que llamarles? (el verbo griego "phoneo", indica una llamada con voz más fuerte de lo normal). Clara indicación de que se trata de una llamada teológica al seguimiento, no de una llamada para que se reúnan en torno a él, que se había sentado.
Quien quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos". Es exactamente el mismo mensaje del domingo pasado. Y lo encontraremos una vez más en el episodio de la madre de los Zebedeos, pidiendo a Jesús los primeros puestos para sus hijos. No nos pide Jesús que no pretendamos ser más, al contrario, nos anima a ser el primero, pero por un camino muy distinto al que nosotros nos apuntamos. Debemos aspirar a ser todos, no sólo "primeros", sino "únicos". En esa posibilidad, radica la grandeza de todo ser humano. Pero esa grandeza está en nuestro verdadero ser.
Dios no quiere que renunciemos a nada. A veces hemos dado a los de fuera la impresión de que para ser él grande, Dios nos quería empequeñecidos. Jesús dice: ¿Quieres ser el primero? Muy bien. ¡Ojalá todos estuvieran en esa dinámica! Pero no lo conseguirás machacando a los demás, sino poniéndote a su servicio. Cuanto más sirvas, más señor serás. Cuanto menos domines, mayor humanidad. La sabiduría me hará ver que el bien espiritual (el mío y el del otro) está por encima del biológico. Desde esta perspectiva nunca haré daño al otro buscando un interés personal egoísta a costa de los demás.
Acercando a un niño lo puso en medio... La estampa del chiquillo abrazado por Jesús, está muy lejos de ser una estampa bucólica. No es fácil descubrir su sentido y la conexión con lo que antecede. Para ello es preciso aclarar algunas cosas. En tiempos de Jesús, los niños no gozaban de ninguna consideración; eran simples instrumentos de los mayores que los utilizaban como pequeños esclavos. Por otra parte, la palabra griega "paidion" que emplea el texto es un diminutivo de "país", que ya significa niño y también criado y esclavo. En algún códice lo pone con artículo determinado, que indicaría el niño, no uno cualquiera. Sería, el pequeño esclavo, el botones o chico de la tienda. El último en la escala de mandados.
Tampoco se trata de un niño pequeño digno de lástima sino de un muchacho que ya puede desenvolverse en la vida. En el episodio de la hija de Jairo, Marcos llama, por cuatro veces, paidión a la niña de doce años. En el contexto de la narración, sería el chico de los recados de la casa donde estaban o que el grupo tenía a su disposición. Aquí descubrimos la relación con el texto anterior. El niño sería el último de los que se dedican a servir.
El que acoge a un niño como éste, me acoge a mí. No se trata de manifestar cariño o protección al débil sino de identificarse con él. Al abrazarle, Jesús está manifestando que él y el muchacho forman una unidad, y que si quieren estar cerca de él, tienen que identificarse con el insignificante muchacho de los recados, es decir hacerse servidor de todos. Uno de los significados del verbo griego es preferir. Sería: el que prefiere ser como este niño me prefiere a mí. El que no cuenta, el utilizado por todos, pero sirve a los demás, ese es el que ha entendido el mensaje de Jesús y le sigue de verdad.
Y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Este paso es muy importante: acoger a Jesús es acoger al Padre. Identificarse con Jesús es identificarse con Dios. La esencia del mensaje de Jesús consiste en esta identificación. Repito, el mensaje no consiste en que debemos acoger y proteger a los débiles. Se trata de identificarnos con el más pequeño de los esclavos que sirven sin que se lo reconozcan ni le paguen por ello. Esa actitud es la que mantiene Jesús, reflejando la actitud de Dios para con todos.
APLICACIÓN
Después de dos mil años seguimos sin enterarnos. Y además, como los discípulos, preferimos que no nos aclaren las cosas; porque intuimos que no iban a responder a nuestras expectativas. Ni como individuos ni como grupo (comunidad o Iglesia) hemos aceptado el mensaje del evangelio. La mayoría de nosotros seguimos luchando por el poder que nos permita utilizar a los demás en beneficio propio. Hasta el recién nacido o el abuelo intentan que los demás estén a su servicio. Siguen siendo inmensa minoría los que ponen su vida al servicio de los demás y les ayudan a vivir sin esperar nada a cambio.
No debemos entender mal el mensaje. Hay dos maneras de servir: una es la del que voluntariamente se somete al poderoso para conseguir su favor y aprovechar de alguna manera su poderío. Esto no es servicio sino servidumbre, y lejos de hacer más humana a una persona la aniquila y envilece. Esta actitud, que se ha vendido como cristiana, es muy criticada por Jesús. En torno a todo poder despótico pulula siempre una banda de aduladores que hacen posible el despotismo. El evangelio no habla de esto. La diaconía que se desarrolló en la primitiva Iglesia, significaba, en su acepción civil, "servir a la mesa". En acepción cristiana indicaba el servicio a los más necesitados, hecho por los que no tenían ninguna obligación de hacerlo. Este servicio libera y humaniza al que lo presta y al que lo recibe.
Ahora bien, si te haces esclavo y siervo por amor, no puedes quejarte de que te traten como tal. Solemos sentirnos a gusto con la entrega, mientras no se salga de la programación y no pierda el control. En cuanto el otro me empieza a exigir, salto como una hiena y le recuerdo que no tiene ningún derecho, que lo que hago con él es "caridad". Con frecuencia hemos seguido la estrategia de hacernos esclavos para sentirnos por encima de los demás. También hemos predicado que la Cruz fue una estrategia de Jesús para entrar en la gloria. No queremos comprender que el servicio es la meta y la plenitud.
Otra advertencia importante. No se trata de renunciar a nada o de sacrificarme por los demás. Desde esa perspectiva el mensaje de Jesús se aceptará como una programación, no como consecuencia de una "sabiduría" que me capacita para descubrir lo que es mejor para mí. El seguimiento de Jesús tiene que ser consecuencia de una elección personal. La aceptación de normas o preceptos solo porque vienen de Dios, no me lleva a la verdadera religiosidad sino a la búsqueda de seguridades que contrarresten mis miedos.
Meditación-contemplación
Jesús se identifica con el servidor más insignificante.
Debemos estar muy atentos a esta lección.
En la medida que sirva a los demás sin esperar nada a cambio,
en esa medida me estaré acercando al ideal cristiano.
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Aunque sea muy frecuente entre nosotros,
el confiar en las obras para esperar una gloria mayor
no deja de ser una visión raquítica de Dios
y una visión raquítica del ser humano.
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Si me doy a los demás hasta consumirme,
¿dónde colocaré los adornos (la gloria) que pretendo alcanzar?
Si estoy pensando en mí mismo, cuando me doy al otro,
¿qué clase de entrega estoy llevando a cabo?
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PRIMEROS Y ÚLTIMOS
Mc 9, 30-37
Por tres veces, Marcos pone en boca de Jesús el anuncio de su muerte-resurrección. Y por tres veces queda patente el contraste radical entre el camino tomado por Jesús y el que quieren tomar los discípulos.
Jesús habla de "entrega"; los discípulos de "ser el más importante". No es extraño que, a lo largo de su escrito, Marcos se refiera a estos como "ciegos" y "sordos", porque no ven ni entienden.
La clave radica en las palabras del maestro de Nazaret, que aparecerán en el capítulo siguiente: "Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Marcos 10,42-45).
Parece claro que actitudes tan diametralmente divergentes solo se explican desde la diferente percepción que uno y otros tienen de su propia identidad.
Los discípulos representan la postura del "yo" (o ego). Al identificarse con el yo, como si constituyera su identidad, no pueden hacer otra cosa que vivir para él: para alimentarlo, sostenerlo y auparlo por encima de cualquier otra cosa.
La identificación con el yo no puede conducir sino a una vida egocentrada, en la que todo gira en torno a los intereses del propio yo. Desde esos intereses es desde donde se mira y se juzga todo; desde ellos también, se actúa y se organiza la propia existencia.
Ahora bien, dado que el yo es inconsistente y vacío –es solo una "ficción óptica de la conciencia", como dijera Einstein-, la persona que se identifica con él se ve embarcada en un camino interminable de voracidad, insaciabilidad e insatisfacción. Y ello por la dinámica propia de esa falsa identificación con esa cosa llamada "yo", que nunca tiene bastante, por la sencilla razón de que es un vacío sin fondo.
La consecuencia no puede ser otra que la frustración y el sufrimiento inútil, dando lugar a lo que algún psicólogo ha llamado la "noria hedonista": porque la búsqueda del placer a toda costa no hace sino incrementar el sufrimiento.
La causa, sin embargo, es la inconsciencia o ignorancia de quienes somos. El desconocimiento de nuestra verdadera identidad hace que nos tomemos por lo que no somos, y vivamos equivocadamente, generando sufrimiento. Se trata de la ignorancia básica, que nos hace tomar como "real" lo que solo es un "sueño", y nos lleva a creer que es una "ilusión" lo auténticamente Real.
Cada vez con mayor precisión, los neurocientíficos empiezan a explicarnos el origen neurobiológico de aquella identificación: las intenciones físicas y mentales de evitar el dolor y acercarse a lo placentero toman la forma de secuencias de acción hacia estados mentales que van generando de modo implícito la experiencia de "agencia", es decir, de un "yo" que es el autor de sus acciones y, asociada a ella, la experiencia de ser una entidad física y mental separada y diferente del entorno. Es lo que afirma el reconocido neurólogo norteamericano, de origen portugués, Antonio Damasio, cuando escribe que, como resultado del proceso evolutivo, el ser humano llega a generar automáticamente el sentido de que es el propietario de la "película del cerebro".
Como consecuencia del propio funcionamiento cerebral, terminamos confundiéndonos con lo que la mente nos dice que somos. Lo que ocurre, sin embargo, es que –como ha titulado uno de sus libros el doctor Francisco Rubia- "el cerebro nos engaña".
La mente no puede saber quiénes somos, por la sencilla razón de que ella es únicamente una parte, un "objeto" dentro de lo que somos. Si nos ceñimos a ella, lo que sucede es que nuestra capacidad de ver se ve constreñida a sus estrechos límites.
Para "ver" (despertar), es necesario justamente acallar la mente. Deja caer todo lo que son objetos mentales y emocionales –pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones, afectos...-, y pregúntate qué queda. Mientras puedas nombrarlo, sigue siendo un objeto más. Aquello que permanece siempre, que puede ser vivido, pero no nombrado ni pensado, Eso es tu verdadera identidad: la pura Consciencia de ser, que se expresa como "Yo Soy".
Así es como se percibe Jesús, un hombre desidentificado de su ego, que se reconoce como Consciencia transpersonal, una identidad atemporal e ilimitada, que le lleva a decir, por ejemplo: "Antes de que Abraham naciese, Yo Soy" (Juan 8,58).
Desde esa percepción, cae cualquier idea o creencia de ser un "yo separado". La egocentración se transforma en sentimiento y experiencia de Unidad. Del "yo apropiador" se pasa a reconocerse como "cauce" o "canal" a través del cual fluye lo que somos en profundidad... Se abre camino la Sabiduría y la Compasión.
Si lo característico del yo es la apropiación –"ser el más importante"-, lo distintivo de Yo Soy es el servicio. Y así podemos entender adecuadamente por qué Jesús presenta a Dios como "Gracia". En la "parábola en acción" que constituye el relato del lavatorio de los pies (Juan 13,1-15), Jesús se sitúa como "esclavo", al servicio de todos. Y, en ese mismo gesto, muestra a Dios como Servicio y Cuidado.
Tal imagen rompe los esquemas que las personas religiosas han podido hacerse sobre Dios, en el sentido de que, según Jesús, Dios no crea para que le sirvamos, sino para servirnos. Dios, según Jesús, es Servidor. Podemos comprender que él mismo se identifique de ese modo.
A partir de ahí, la discusión sobre "el más importante" aparece fuera de lugar. Para quien ha visto, como Jesús, el "primero" es "el último y el servidor de todos".
Y eso es lo que quiere expresar la imagen del niño, puesto "en medio", en el centro. En la Palestina del siglo I, el niño simbolizaba a quien no contaba en absoluto –menos aún si era niña-, al último de todos. Pues bien, en la inversión radical que se produce en cuanto reconocemos el engaño de identificarnos con el yo, los primeros son los últimos... Y esos últimos son figura de Jesús... y de "quien me ha enviado".
TAN POCO IMPORTANTES COMO UN NIÑO
Mc 9, 30-37
Estamos en el contexto de la "enseñanza especial" de Jesús a los discípulos más íntimos, cuando Jesús parece predicar menos a las muchedumbres y más al grupo de sus seguidores más cercanos. El contexto inmediato es el segundo anuncio de la pasión y muerte, que se va convirtiendo en núcleo fundamental de la instrucción de Jesús, destinado a cambiar la mentalidad de los discípulos, de un mesianismo davídico a la aceptación del Mesías-Siervo sufriente que da la vida, rechazado por su pueblo, para la salvación de todos.
La primera parte del texto es el nuevo anuncio de la Pasión y muerte. Los discípulos no entienden, pero no preguntan. Esta reacción va siendo habitual, y se repite en 10,32. (Marcos 10, 32-45 es una perícopa casi paralela a la que hoy leemos).
La segunda parte del texto muestra la incomprensión de los discípulos, tema tan presente en Marcos. En Israel, el rango, la preeminencia, el "quién es el primero", es algo que se cuida muchísimo para cualquier ocasión pública (liturgia, banquetes...). Los discípulos participan de esa vanidad, y Jesús aprovecha esa circunstancia para una enseñanza fundamental.
La tercera parte es magisterio de Jesús, como se muestra en el hecho de que Jesús se sienta para enseñar, al modo rabínico; está constituida por un dicho (de aspecto kerigmático) un gesto de confirmación y una profundización doctrinal.
El dicho es "si alguien quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". Es, con toda probabilidad, palabra directa de Jesús conservada cuidadosamente como centro de la enseñanza del Maestro. Se repite en esencia en los tres sinópticos (Mt.18,1. Lc.9,46) y se desarrolla en plenitud, como enseñanza y como gesto, en Juan 13,1, el lavatorio de los pies.
El gesto es el niño puesto en medio y abrazado por Jesús. El niño no es en Israel sujeto de derechos, no es "importante" ni mucho menos "primero". Al ponerlo en el centro y abrazarlo, Jesús invierte los papeles en cuanto a rango o importancia.
La profundización doctrinal muestra una línea semejante al "a mí me lo hicisteis" de la parábola del juicio final. Se sirve a Dios cuando se sirve al que más lo necesita. Hay aquí un doble aspecto: por un lado, dónde está el servicio de Dios; por otro lado, la revelación de Dios mismo: Dios es el que cuida de los más pequeños.
Una vez más, resulta que una cuestión que nos parece tan alejada de nosotros como el mesianismo, el tipo de mesías, resulta de completa actualidad, de aplicación inmediata a nuestra religiosidad y a nuestra fe en Jesús.
Los judíos pensaban en el Mesías como el primero, digno de que todos le sirvieran: Jesús se pone a servir a todos, como si fuera el último.
La Iglesia tiene la tentación de considerarse la primera, la detentadora infalible de toda verdad, la administradora de la salvación para todos, la intermediaria única entre la humanidad y Dios. Pero todo eso, aunque fuera verdad, interesa poco. Su vocación es servir, sin pretender ser la más importante.
Y cada uno de nosotros, los que seguimos a Jesús, pretendemos en nuestro espíritu ser más que otros y pensamos que nuestra condición de cristianos, conocedores del Evangelio, nos hace más que otros. Pero solamente seremos primeros si somos los primeros en servir.
En este pasaje, la palabra "importante", aplicada a las personas, adquiere una doble dimensión. No es importante el que tiene más "talentos", sino el que más sirve con los talentos que tiene. Y para los demás, no es importante el más dotado, de cualidades, bienes, posición o lo que sea, sino el que más necesita.
Esta inversión de valores parece revolucionaria pero es la lógica en un mundo no regido por el vano interés por uno mismo, sino en el mundo regido por la misión de construir el Reino. Se entiende muy bien en una familia: el mejor hijo no es el más dotado, sino el se porta mejor con sus hermanos y con sus padres; y el más importante (el que más nos importa) no es el que más triunfos obtiene, sino el que más necesita del cariño y la ayuda de los demás.
Y es que estamos en el mundo de la lógica de Dios, de la lógica del Padre, lógica que obedece a la esencia de Dios, que no es el poder sino el amor.
Haciendo un símil poético diríamos que la alta montaña rocosa es impresionante, pero es estéril; la vega sencilla y vulgar no es espectacular, pero es fecunda. Sin embargo, la cumbre es importante porque de ella viene el agua que fecunda la vega. Y la vega no puede gloriarse de su fecundidad, porque sería estéril sin el agua que recibe.
Y es que en el mensaje de Jesús nada puede entenderse fuera de la fraternidad de un cuerpo único, que es la humanidad, en que todo es de todos y para todos, porque todos son hijos queridos por Dios, y todos y cada uno están pensados por Dios para los demás, para que todos lleguen a ser hijos.
Fuera de la lógica del amor, que construye comunidad, humanidad, no se entiende nada. Pero dentro de ella, lo de Jesús es pura lógica.
Finalmente, una palabra sobre los niños. Para nosotros, los niños son el ojito derecho de la familia y de la sociedad, queridos, cuidados, mimados, y símbolo de inocencia. En el mundo de Jesús, el niño es el último, sin derechos, un don nadie, como los mendigos o los impuros. Jesús no acoge a los niños porque son agradables o inocentes, sino porque son los últimos. Y hacerse como niños no es ser simples e ingenuos sino considerarse último, no darse importancia, no actuar desde el poder.
J. LLIGADAS
-TODA LA VIDA VIVIDA COMO SERVICIO
Los criterios de actuación, las "virtudes" que el evangelio de hoy nos propone, son el servicio y la acogida. Y el problema es que son palabras muy sabidas y que, por ello, se pueden convertir en muy superficiales.
Sería útil hacerse consciente del inmenso contraste que se da en la escena evangélica. Jesús, como el domingo anterior, ha hablado a sus discípulos del sentido de su misión, y de la dramática culminación que tendrá cuando morirá en la cruz: la primera lectura de hoy ayuda a captar más profundamente este dramatismo.
El domingo pasado, el anuncio de que la promesa de vida nueva del Mesías se realizaría a través del fracaso de la cruz había suscitado la reacción contraria de Pedro. Hoy, la reacción es mucho más lamentable y entristecedora: los discípulos ni siquiera han escuchado, sus preocupaciones se dirigían hacia el éxito personal, exactamente lo contrario de lo que Jesús intentaba explicarles. Y Jesús, pues, debe volver a explicar y a insistir en el estilo que él propone: se trata de querer vivir toda la vida como servicio; y se trata de saberlo reconocer a él no en los grandes y prestigiosos, sino en los humildes y débiles.
-ALGUNAS CONCRECIONES POSIBLES
1. El camino es la cruz. Hay que notar que se repite el tema del domingo pasado, y decir que eso nos hace caer en la cuenta de que un cristiano no puede hacer como si la entrega de Jesús hasta la muerte por amor fuera únicamente un hecho a recordar. La cruz de Jesús es el único camino para el cristiano, la única manera de llegar a la vida. La primera lectura nos recuerda, además, que la cruz es vejación, burla, tortura, fracaso. Por eso, sería bueno invitar al agradecimiento por el amor que Jesús ha mostrado con su entrega, afirmar nuestra fe en que de la cruz de Jesús brota vida inagotable, y reafirmar el convencimiento de que el camino de Jesús tiene que ser también nuestro camino.
2. Un estilo de vida. La propuesta de Jesús es un estilo que abraza toda la vida: por poner un ejemplo muy evidente, no seguiría en absoluto a Jesús quien en su casa pegara a la esposa y en cambio fuera muy solícito en ayudar a las ancianas a cruzar la calle: y ocurre que esta manera de actuar, que parece caricaturesca, se da, lamentablemente, más de lo que parece.
Sería conveniente que ayudáramos a concretar todo eso según las diversas circunstancias: en el trabajo, revisar si lo que uno pretende es únicamente escalar o si en cambio es capaz de ser solidario con los problemas aunque ello le comporte perjuicios; en casa, revisar si uno refunfuña siempre, o si siempre quiere tener razón, o bien si es capaz de reprimirse y ceder para una mejor convivencia; en el tiempo libre, revisar si uno únicamente busca la tele o cualquier otra evasión, o bien si es capaz de dedicar tiempo a la familia y a labores sociales del tipo que sean; cuando uno tiene dinero y poder, revisar si está convencido de que los menos afortunados tienen tanto derecho como él a vivir bien. Y así sucesivamente.
BRUNO MAGGIONI
INFANCIA-ESPIRITUAL NIÑO
A la pregunta única de los discípulos ("¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?") Jesús da una respuesta triple. Con ello se amplía considerablemente la perspectiva. Helas aquí: si no os hiciereis como niños no entraréis al reino de los cielos; el que se hace pequeño como un niño será el mayor en el reino de los cielos; el que acoge aunque sólo sea a uno de estos niños en mi nombre, a mi me acoge. Cada respuesta ha de ser examinada aparte, y es importante poner de relieve los múltiples significados que asume sucesivamente la palabra niño (o pequeño).
Jesús llama a sí a un niño y lo coloca en medio de los discípulos; en un gesto plástico, ilustrativo, como solían hacerlo los antiguos profetas, y aquí niño significa justamente un niño. Pero ¿qué significa la expresión siguiente "hacerse como los niños" (v.2)? Es importante responder exactamente, aunque no es fácil, porque la invitación de Jesús es particularmente solemne ("En verdad os digo..."), y pone una condición indispensable para la salvación ("no entraréis en el reino de los cielos"). Inmendiatamente hay un aspecto claro: la semejanza del niño, que el discípulo debe apropiarse, no es una cualidad espontánea, sino que únicamente es posible en la conversión; o sea, forma parte de aquel cambio radical de la persona (mentalidad y comportamiento) que es precisamente la conversión evangélica.
Pero la pregunta queda en pie: ¿En qué sentido debe el discípulo asemejarse al niño? Probablemente el contexto originario de la invitación de Jesús se encuentra en la escena de los niños que le salen al encuentro (/Mt/19/13-15; /Mc/10/13-16; /Lc/18/15-17). Jesús se sorprende al ver el abandono y la confianza de los niños; lo aceptan sin miedo y sin cálculos; sin demasiados porqués; al contrario que los adultos, constantemente vacilantes, complicados en continua búsqueda de excusas y justificaciones. Para entrar en el reino hay que ser así: disponibles, confiados, simples; hay que abandonarse a la fe con sencillez de niño.
-El Niño Y La Necesidad
La segunda palabra de Jesús ("El mayor es el que se hace pequeño") corresponde perfectamente a la pregunta de los discípulos e introduce una nueva perspectiva. Aquí el pequeño no es ya el símbolo de la disponibilidad y de la sencillez, sino el símbolo de quien carece de grandeza, de quien no cuenta, de quien sirve. Pequeño es quien es pobre, sin peso, olvidado, no tenido en consideración. El primer puesto en la comunidad y en el amor de Cristo es para éstos. Hay una doble invitación. Primero: vosotros discípulos (y esto vale ante todo para la autoridad), poned a los pequeños en el primer puesto de vuestra consideración. Segundo: si queréis contar en el reino de Dios, haceos pequeños, o sea, poneos en actitud de servicio. Aquí la pequeñez no es ya una situación de hecho, sino una dimensión espiritual, que se traduce concretamente en la actitud del servicio.
La tercera palabra de Jesús ("El que recibe a un niño, a mí me recibe") trae a la memoria la parábola del juicio (Mt/25/31-46) y el final de discurso misionero (Mt/10/42). Así el niño asume una vez más un sentido nuevo; no es el niño en sentido propio, ni el símbolo de la disponibilidad, ni el que no cuenta, ni el que sirve; es más exactamente el necesitado. Es el sediento, el hambriento, el desnudo, el prisionero, el marginado (Mt 25). Y es también el discípulo o el misionero que llama a la puerta de casa para sentarse un instante (Mt 10,42).
-El Escándalo De Los Pequeños
El discurso sigue desarrollando todavía el tema del pequeño e introduciendo un nuevo motivo: el escándalo (vv. 6-10). En el lenguaje bíblico, el escándalo se sitúa en el plano de la fe, más que en el plano de la moral. Escándalo es todo lo que pone a prueba la fe y la desorienta. Jesús condena con violencia a los que escandalizan a los "pequeños" que creen en él. Pequeños no son los niños, sino los fieles simples, incapaces de soportar las novedades y los atrevimientos de los "maduros"; su fe es frágil, quizás inmadura, escandalizable; también éstos entran en el numero de los pequeños que tienen derecho al primer puesto en la comunidad. La comunidad debe crear un ambiente que facilite su crecimiento en la fe; no debe constituir un obstáculo que obligue a los débiles a sucumbir.
Este me parece que es el sentido de la otra afirmación: "Guardaos de despreciar a uno solo de estos pequeños". Quizás "despreciar" no sea la traducción mejor (es demasiado fuerte), sino "descuidar". La comunidad no puede obrar como si no existieran estos pequeños; no puede hacer reformas sin tener en cuenta las repercusiones de las mismas en la fe de los pequeños. Mas, por desgracia, la comunidad (ya la de Mateo) se siente tentada a menudo a lo contrario; por tanto, ellos no cuentan, no tienen peso; el futuro está en otras manos... Pero no es así en la estimación de Dios: "Sus ángeles en el cielo ven el rostro de mi Padre que está en los cielos".
LUIS GRACIETA
TENER O SER:
-La deshumanización del tener
Decididamente, nuestra sociedad mide el valor del hombre con el metro del tener; el "tanto tienes, tanto vales" que ya oíamos decir -todavía con un deje de lamento a nuestros abuelos, ha alcanzado hoy día una fuerza suprema: se admira y se envidia al que tiene, se intenta emular al que tiene, se busca la cercanía del que tiene, se da preferencia al que tiene, se respeta al que tiene, se pone de ejemplo y modelo al que tiene, se le da más al que más tiene.
Pero esta manera de entender al hombre y vivir la vida es deshumanizadora; tener significa:
-vivir sin esfuerzo, y la vida es tarea;
-no tener problemas, y la vida es superación;
-no recibir críticas, y la vida es aprender de los errores;
-apoyarse en lo que uno tiene, y la vida se apoya en lo que uno es;
-sentirse dueño de sí mismo, y la vida la tenemos en usufructo, pero no en posesión absoluta;
-sentirse seguro de sí mismo, y la vida es aventura y riesgo.
-contentarse con la materialidad, y el hombre es apertura a la transcendencia, a Dios.
El tener deshumaniza, porque cierra los ojos, embota el corazón y la mente, impide valorar el ser -profundidad- a quien se conforma con el tener -superficialidad-, y esto tanto si se es de los que tienen como si se es de los que ambicionan. Lo que se posee siempre será ajeno a uno mismo; identificarse uno con sus posesiones siempre será un error; que sean muchos los que caen en él, que nuestra sociedad lo fomente no significa que haya que aceptarlo como no-error.
-La deshumanización del mandar:
Paralela a la deshumanización del tener camina la deshumanización del poder.
Todos quieren mandar, todos quieren tener poder, sea del grado o del tipo que sea; del presidente de la nación al albañil que ordena a un aprendiz, todos buscan su grande o pequeña parcela de poder. Y el poder, que se supone es la autorización que el pueblo da a algunos para que organicen la vida y la sociedad, termina por ser el camino para imponer, oprimir, manipular, dominar.
Entender el poder como servicio es difícil, por más que todos lo definan así en la práctica. Todos quieren estar arriba para tener a alguien por debajo, sentirse superiores, disponer sobre vidas y haciendas -como los señores feudales- o, al menos, poder gritar al subordinado, poner en evidencia su inferioridad.
El poder así entendido es propio de inhumanos, de quienes no han sido capaces de madurar como personas y se cobijan al amparo de la cuota de poder que les haya correspondido en suerte para crecerse, auto-afirmarse, buscar su propia seguridad. Lo malo es que se hace a costa del que está debajo, al que se desprecia, se oprime, se insulta, se esclaviza, se somete. Y así surge una espiral de poder inhumano, que crece y deshumaniza más y más.
Por eso Jesús advierte tan seriamente ante la tentación de buscar el poder. Y propone para sus discípulos la única forma humanizadora de entender el poder y la autoridad:
-el que quiera ser el primero, tiene que hacerse el último;
-la única forma válida de autoridad es el servicio;
-por eso, el primero es el que más sirve, no el que más poder detenta;
-el orgullo y la presunción, tan típicas en las autoridades (siempre buscando los privilegios protocolarios y otros) ponen al hombre en evidencia, acaban por mostrarlo ridículo; sólo la humildad nos hace comprender y vivir la verdad de lo que somos, y sólo la verdad nos hace libres.
A pesar de todo, el poder sigue tentando al hombre, cierto conocido periodista suele afirmar que cuando a un español se le pone una gorra (tradicional símbolo de poder), se transforma y se vuelve un tirano. Probablemente la afirmación no sirva exclusivamente para los españoles.
-La deshumanización de la "madurez" Lo que en la práctica se toma por madurez tiene poco que ver con lo que teóricamente se define como tal. Solemos tomar por madurez:
-el perder la sencillez de la inocencia;
-el aprender a mentir y engañar, en el trabajo, en la familia, con los amigos;
-el saber disimular, aparentar ser lo que no somos y tener lo que no tenemos;
-el llegar "muy alto", a puestos de responsabilidad (o sea, donde se manda mucho y se responde poco);
-el tener muchas "horas de vuelo", y cuanto peores, mejor;
-el llegar a un punto en el que uno ya no se fía de nada ni de nadie;
-el ser realista y tener los pies en tierra (es decir: perder las ilusiones y esperanzas, dejar de creer en la utopía, perder la capacidad de soñar con un futuro mejor);
-el recelar de todo lo nuevo, lo joven, lo diferente, lo distinto a lo que nosotros somos, sabemos o conocemos;
-el vivir, en fin, bajo las directrices que nos marca el rol que nos ha tocado vivir, siguiendo las reglas del juego, caiga y pase lo que pase.
Esto se toma por madurez, pero esto no es madurez. Jesús propone como modelo a los niños; acogerlos, hacerse como ellos; lo cual no es una invitación al infantilismo, sino a la autenticidad, a la sencillez, a la transparencia propia de los niños; porque ahí es donde está la verdadera madurez del hombre; en su autenticidad, en su honradez, en su transparencia; en su sí que es un sí y su no que es un no, sin más complicaciones ni dobleces. Por eso hemos de desenmascarar esa falsa madurez que no es sino un cocktel de hipocresía, recelo, mentira, falsedad y disimulo que no nos hace más humanos, sino todo lo contrario. Por eso, por paradójico que parezca, tenemos que aceptar que el modelo de madurez lo encontramos en los niños.
-Tres dianas certeras
La palabra de Dios de hoy hace tres dianas certeras. Dios no quiere para el hombre otra cosa que su bien, y ese bien se puede decir así; que el hombre sea hombre, que lo sea del todo, que llegue a la plenitud. Pues bien, en el camino a esa plenitud humana necesitamos saber asumir estas tres realidades fundamentales:
-no somos más hombres por tener más, sino por ser más;
-no somos más hombres por mandar más, sino por servir más;
-no somos más hombres por saber más, sino por ser como los niños.
Un programa así tiene poca garra, hoy por hoy, en nuestra sociedad, plenamente convencida de todo lo contrario. Pero nosotros tenemos que seguir haciendo este anuncio. Quizás haya alguien que se canse de tanta fantasía barata, de seguir gregariamente el rebaño y quiera abrir los ojos, y busque algo más auténtico... ¡Ojalá que entonces pueda encontrar a su lado alguien que siga anunciando dónde está la verdadera humanidad! Nosotros estamos llamados a ser uno de esos mensajeros. ¿Dispuestos a predicar con el ejemplo?
P. ANTONIO IZQUIERDO
Nexo entre las lecturas
Jesucristo con su persona, con su enseñanza y su vida ha traído un cambio al mundo del hombre. En este cambio se centran de alguna manera los textos litúrgicos del actual domingo. Al impío que no entiende ni acepta la vida del justo se le pide implícitamente un cambio de actitud (primera lectura). Los discípulos de Jesús necesitan cambiar de mentalidad ante las enseñanzas sorprendentes de su Maestro (Evangelio). Santiago propone a los cristianos un programa espiritual que implica un cambio en el estilo de vida que antes llevaban (segunda lectura).
Mensaje doctrinal
1. Cambiar la actitud. ¿Cuál es la actitud del impío para con el justo? ¿Del pagano o del judío renegado que vivía en Alejandría de Egipto para con el judío fiel a la ley que regula toda su vida? Según el libro de la Sabiduría, el impío piensa que el justo es un fastidio para él, porque es la conciencia crítica de su obrar; en lugar de admirarle e imitarle, como debería, prefiere someterle a prueba; incluso a la prueba de la muerte, saltándose las leyes humanas y divinas, para ver si el Dios en quien confía le protege y le salva. En los versículos 21 y 22 del mismo capítulo se añade: "Así piensan, pero se equivocan... No conocen los secretos de Dios". Se equivocan. Su actitud no corresponde a la que Dios quiere. Hay, por tanto, que cambiar. El justo, el fiel, el santo ha de ser admirado y propuesto como modelo digno de imitación. Es verdad que el hombre fiel es un reclamo a la conciencia, pero esto debe ser causa de alegría y de gratitud. ¿Por qué no acudir a Dios con la confianza del justo en lugar de ponerle a prueba incluso con la muerte?
2. Cambiar la mentalidad. A los discípulos de Jesús no les entra en la cabeza el que su Maestro tenga que pasar por el túnel del sufrimiento, que para ser el primero se haya de ser el servidor de todos, que en las nuevas categorías del Reino de Cristo el niño ocupe un lugar primordial. No es fácil para ellos dejar la concepción en la que se habían educado desde su infancia. Pero si quieren ser discípulos de Cristo tienen que cambiar. Han de aceptar que el sufrimiento es camino de redención para Jesucristo y lo sigue siendo para los cristianos. Se han de convencer vitalmente que el servir no es un favor que se hace alguna vez, sino el estilo habitual de ser cristiano y de vivir en cristiano. Deberán olvidar que el niño es algo que no cuenta en la reunión de los mayores, para llegar a la certeza de que acoger a quien no cuenta, al marginado, al débil, al necesitado es acoger a Cristo y mediante Cristo al mismo Padre celestial. El trato y la compañía de Jesús, por un lado, y la acción del Espíritu, por otro, realizarán el milagro.
3. Cambiar de vida. Si cambiar el modo de pensar es difícil, mucho más lo es el cambio de vida. El Bautismo y la Eucaristía reestructuran al hombre por dentro, le infunden un nuevo modo de ser y un principio nuevo de actuación. En ello está la base del cambio de vida, pero este cambio requiere gracia de Dios, trabajo humano, tiempo para que las nuevas estructuras sean vitalmente asimiladas y configuren día tras día, acción tras acción, el comportamiento humano. Sólo cuando se haya logrado la nueva configuración existencial, "la sabiduría que viene de arriba, que es pura, pacífica, indulgente, dócil, llena de misericordia y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía" guiará el obrar humano y cada uno de sus actos. Sin esta configuración que requiere gracia, esfuerzo y tiempo, las viejas estructuras seguirán vigentes y con ellas actuar conducido por las contiendas, las codicias, los deseos de placeres, las envidias. Cambiar la vida es la gran tarea del cristiano, llevada a cabo con constancia y entusiasmo.
Sugerencias pastorales
1. Cambiar desde Dios. La cultura en la que vivimos y la mentalidad de nuestros contemporáneos está hecha al cambio. Se cambia más fácilmente que antes de trabajo, de ordenador, de coche, de casa, de país... Se cambian también los modos de pensar y vivir, los valores de comportamiento, y hasta la misma religión. El cambio está a la orden del día, y quien no cambia, pronto pasa a formar parte de los retros. El cambio, al contrario, es propio de los progres, que parece que lo llevan en el DNA. Pero, ¡claro!, no todo cambio es bueno para el hombre. Ni todo cambio indica progreso. Hay cambios que son una desgracia: que lo cuenten si no tantos emigrantes, obligados por la necesidad a dejar sus patrias; que lo digan tantas jovencitas obligadas a vender su cuerpo en el supermercado de la prostitución; que lo griten tantos niños obligados a trabajar en condiciones inhumanas o raptados para comerciar con sus órganos. ¡Esos cambios gritan al cielo! El cambio al que la liturgia nos invita es el cambio desde Dios. Es decir, aquel cambio que Dios quiere y espera del hombre para que sea más hombre, para que viva mejor y más plenamente su dignidad humana. El cambio que Dios quiere es el de la injusticia a la justicia, del abuso al servicio de los demás, de la infidelidad a la fidelidad, del odio al amor, de la venganza al perdón, de la cultura de muerte a la cultura de la vida, del pecado a la gracia y a la santidad.
2. Tu programa de vida. Con mayor o menor claridad, todo hombre se traza un propio proyecto de vida. Qué quiere ser, qué quiere hacer, a qué valores no puede renunciar, de qué medios servirse. Pienso que todo cristiano debería tener un pequeño proyecto o programa de vida en su condición precisamente de cristiano. Qué voy a hacer por Cristo y por mis hermanos. Qué valores voy a proponer a mis hijos. Por qué valores voy a luchar en mi vida personal, familiar, social. Cuánto tiempo voy a dedicar a mi misión de apóstol de Jesucristo dentro de mi comunidad parroquial, diocesana, dentro del movimiento al que pertenezco. Qué iniciativa, pequeña o grande, voy a proponer para fomentar el sentido de Dios, para promover las vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada, para visitar y atender a los enfermos o a los que viven solos en mi barrio, en mi parroquia. No es necesario que sea un programa grande, completo. Haz un pequeño programa para un año. Un programa que te ayude a crecer en tu vida espiritual: dedicar, por ejemplo, un tiempo diario a la oración, o confesarte con más frecuencia y regularidad, o luchar con más decisión y energía contra el vicio del alcohol o de la droga blanda. Un programa que te mantenga activo en tu misión eclesial: dar catequesis, formar parte del coro parroquial, prestar más atención a la educación espiritual y moral de tus hijos. Al final del día, o al menos de la semana, reflexiona un poco sobre cómo lo has cumplido. ¡Cuánto bien puede hacer un pequeño programa!
Neptalí Díaz Villán CSsR.
SERVIR
El conocimiento no es algo que se aprende de una vez y para siempre. El ser humano va cambiando con el mundo en continua evolución. Nunca terminamos de aprender. Hace ya varios años se está hablando en las universidades, de la formación permanente. Un profesional que se gradúe hoy y no se actualice, dentro de 10 años será un tegua. En las universidades se han multiplicado las especializaciones, maestrías, doctorados y post-doctorados, cursos intensivos, diplomados, etc. En la Internet encontramos charlas, conferencias, simposios o reuniones virtuales y toda una gama de posibilidades, con las que se puede aprender, preguntar, opinar, concordar o discordar. Buenas posibilidades para la formación permanente.
En el evangelio que hoy leemos, encontramos una vez más a Jesús enseñando mientras camina. Era la formación permanente de Jesús con sus discípulos. No todo podía ser trabajo: el trabajo dignifica al ser humano, pero el trabajo excesivo lo descontextualiza, lo ciega, lo embrutece, lo convierte en una máquina que produce resultados y que un día se acaba y se bota.
Dice el texto que Jesús empezó a recorrer Galilea, pero no quería que se supiera porque estaba instruyendo a sus discípulos. El sofisma de trabajar, trabajar y trabajar, en últimas lo que produce es una fatiga que nos incapacita no sólo para ser efectivos en el trabajo sino también para vivir bien. Necesitamos dejar espacios para reflexionar, para analizar lo vivido, para conocer otras experiencias, es decir, para la formación permanente y no sólo en campo estrictamente laboral y profesional. También para los amigos, la familia, la fe, el deporte, el arte, la música, la poesía y todo aquello que nos hace más humanos y felices.
En cuanto al mensaje propio de la enseñanza de Jesús a sus discípulos, descubrimos que hablaban en un lenguaje distinto. Él les mostraba las dificultades que tendrían por asumir su compromiso, como persecuciones, maltratos, e incluso la muerte. Ellos andaban en un mundo idílico, a la espera de que el Mesías diera el zarpazo final y se tomara el poder con signos portentosos, para ver qué puesto les tocaba. Y desde ya, se disputaban quién de ellos sería el más importante dentro de ese reino imaginario. Mientras Jesús con su vida sencilla y servicial, les mostraba otra manera de ser hombres: cordiales, entrañables, fraternos y solidarios con los demás seres humanos, ellos esperaban que se volteara la torta para dejar de ser los pobres pescadores y convertirse en los ministros principales del nuevo rey de Israel, con posibilidades de mando. “Una cosa piensa burro y otra quien lo está enjalmando”.
Jesús pensaba en todo el pueblo, ellos pensaban en ellos mismos. Dejaron que su corazón se llenara de ambición. Éste es uno de los males que más afecta a la humanidad. Esa realidad estaba también presente en las comunidades a las que escribió Santiago (2da lect). Como por lo general valoramos, respetamos y queremos más a quienes tienen poder, dinero, fama e influencias, entonces adquirirlos se convierte en un ideal de vida ambicionado por todos.
Los robos, los asesinatos, y la destrucción de la vida de tantas personas llevan por lo general alguna ambición de quienes son el origen de tantos males causados a la humanidad para agrandar su poder. Quieren tener más capacidad económica, ser más fuertes y asegurarse la vida, quieren ser más importantes, más respetados y más amados. Y cuando conseguir eso se convierte en un fin último, entonces todo aquello que se interponga en el camino deberá ser eliminado, incluso las personas.
Tanto la carta de Santiago como el evangelio, invitaban a sus destinatarios y hoy a nosotros, a ver lo peligroso que es dejarnos invadir por la ambición, la codicia de dinero, prestigio y poder. Podemos entrar a un callejón sin retorno si nos dejamos cegar por ellos y no fijamos nuestra mirada en Jesús cuyos móviles estuvieron siempre animados por un interés de servicio.
Por eso Él fue muy claro con sus discípulos: “Quien quiera ser el primero, deberá ser el último de todos y el servidor de todos.” ¡Claro que toda obra necesita líderes para organizar y sacar adelante los procesos. Mas la autoridad del cristiano no debe estar impulsada por la voluntad de poder, sino por la voluntad de servicio.
Federico Niezsche criticó fuertemente lo que él llamó “el hombre camello”, que vive sometido en un sistema que lo explota y no le permite pensar en sí mismo como individuo y como sujeto de la historia; en cambio propuso la “voluntad de poder” para llegar al “superhombre”. Una crítica que sigue siendo válida cuando vamos por la vida sin pensar en nuestro ser y quehacer como seres humanos, y nos dejamos subyugar por tantos sistemas de esclavitud que cada día aparecen. Pero orientar nuestra vida por la “voluntad de poder” para alcanzar al superhombre… ¡dudo mucho que resulte! Tendríamos primero que analizar muy bien a los hombres que organizaron su vida con la voluntad de poder.
Voluntad de poder la de Adolfo Hitler, cuyo cuadro de Niezsche tenía en su despacho como un idolillo. Voluntad de poder la de Benito Mosolini en Italia, Mobutu Sese Seko en el antiguo Zaire, Videla en Argentina, Franco en España, João Baptista en Brasil y Alfredo Stroessner en Paraguay. Voluntad de poder la de los grupos guerrilleros y paramilitares colombianos, y la de los políticos y empresarios que los apoyan.
Hace unos días recordamos aquel 11S de 2001 cuando chocaron dos voluntades de poder: la de los talibanes y la del imperio norteamericano. Eso nos hizo recordar a otro personaje con mucha voluntad de poder: Augusto Pinochet, en Chile, quien en otro 11S pero de 1973, encabezó el golpe de estado contra el gobierno de Salvador Allende con el apoyo económico y logístico de la CIA, durante el gobierno republicano de R. Nixon y H. Kissinger.
Voluntad de poder la de Goerge Bush y su poderoso ejército genocida que ha llenado de miseria la vida de mucha gente con la llamada “lucha contra el terrorismo”; sofisma de distracción para afianzar más la dominación y el imperialismo salvaje. Voluntad de poder la de Fidel Castro y Hugo Chávez, quienes en nombre de la revolución combaten y aplastan todo tipo de oposición tildándola de imperialista y enemiga del pueblo.
Voluntad de poder la de tantos pseudopolíticos de nuestros pueblos, que aprovechan su rol para los mezquinos intereses. Tenemos que reconocer que muchos hombres “de Iglesia” y en nombre de Cristo, saquearon, aplastaron, explotaron y mataron grupos, comunidades y hasta pueblos enteros supuestamente para defender la fe, mas en el fondo estaban dominados por la voluntad de poder.
Después de este corto vistazo, vale la pena preguntarnos si estamos conducidos por la voluntad de poder o por la voluntad de servicio. Es legítimo, bueno y necesario que cada persona busque su propio bienestar, su estabilidad económica y social, pero sin pasar por encima de los demás.
¿Estamos acaso atrapados en un afán de lucro y competitividad, en la búsqueda del éxito y de los primeros puestos a cualquier precio? ¿Cómo somos con las personas que están a nuestro cargo? Si tenemos empleados, ¿cómo los tratamos? ¿En nuestras relaciones interpersonales y en los diálogos, buscamos concertar o buscamos siempre imponer nuestro pensamiento, nuestra ideología y nuestra voluntad? ¿Si tuviéramos hoy la capacidad de mando sobre todo un pueblo estamos seguros de que no actuaríamos de la misma manera como lo hacen aquellas personas que tanto criticamos?
Como en la primera lectura (Sab 2, 12.17-20), ¿nos resultan incómodas las personas justas, honestas y leales? ¿Nosotros como personas y como Iglesia molestamos con nuestro testimonio a los poderosos e injustos, que dominados por la voluntad de poder aplastan a los demás? o ¿vivimos camaleónicamente para no meternos en problemas en medio de la injusticia? ¿Acaso en nuestro mundo no hay injusticia? o ¿hay injusticia pero no hay profetas?
¿El testimonio y la propuesta de Jesús nos anima o nos incomoda? ¿Estamos dispuestos a aprender de la sencillez y la espontaneidad de los niños? ¿Estamos dispuestos a valorar a los pequeños de este mundo y a recibirlos con el convencimiento de que ahí, y de manera especial ahí, en los pequeños, está la presencia de Dios?: “El que reciba a un niño como este por amor a mí, me recibe a mí. Y el que me recibe a mí, no me recibe a mí sino al que me envió.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El texto del evangelio que nos propone la liturgia de este domingo nos trae el segundo anuncio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Como sucede en el primer anuncio (Mc 8,31-33), también ahora los discípulos se han atemorizado y están sobresaltados por el miedo. No entienden nada acerca de la cruz, porque no son capaces de entender, ni de aceptar un Mesías que se convierta en siervo de los hermanos. Ellos continúan soñando con un Mesías glorioso (Mt 16,21-22). Existe una gran incoherencia en los discípulos. Cuando Jesús anuncia su Pasión-Muerte, ellos discuten quién será el más grande entre ellos (Mc 9,34). ¡Jesús quiere servir y ellos piensan sólo en mandar! La ambición los lleva a querer colocarse junto a Jesús. ¿Qué es lo que mayormente me estimula en mi vida: la competitividad o el deseo de mandar o el deseo de servir y de promover a las personas? La reacción de Jesús a la pretensión de los discípulos ayuda a percibir algo de la pedagogía fraterna usada por Él para formar a sus discípulos. Indica cómo le ayudaba a superar “la levadura de los Fariseos y de Herodes” (Mc 8,15). Esta levadura tiene raíces profundas. ¡Renace de nuevo cada vez! ¡Pero Jesús no desiste! Combate y critica siempre la “levadura” mala. También hoy existe una levadura de la ideología dominante. Una propaganda del sistema neoliberal, del comercio, del consumismo, de las novelas, de los juegos, todo esto influye profundamente en nuestro modo de pensar y de obrar. Como los discípulos de Jesús, también nosotros, no siempre somos capaces de mantener una conducta crítica ante la invasión de todo esto. El talante formador de Jesús nos sigue ayudando.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Marcos 9,30-32: el anuncio de la Pasión
Marcos 9,33-37: discusión sobre quién es el más grande
Marcos 9,38-40: el uso del nombre de Jesús
Marcos 9,41: la recompensa de un vaso de agua
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es la frase de este texto que más me ha gustado o atraído mi atención?
b) ¿Cuál es la actitud de los discípulos en cada pasaje: vv 30-32; vv 33-37; vv 38-40?
c) ¿Cuál es la enseñanza de Jesús en cada episodio?
d) ¿Qué significa hoy para nosotros la frase: “Quien no está contra nosotros está con nosotros?"
Una clave de lectura
para los que quisieran profundizar más en el texto
a) Comentario
Marcos 9,30-32: El anuncio de la Pasión
• Jesús atravesaba la Galilea, pero no quiere que la gente lo sepa, porque está ocupado en la formación de los discípulos. Habla con ellos sobre el “Hijo del Hombre” que debe ser entregado. Jesús aporta en sus enseñanzas las profecías. En la formación de los discípulos se orienta en la Biblia. Los discípulos escuchan, pero no entienden. Pero tampoco piden aclaraciones. ¡Quizás tienen miedo de que se les descubra su ignorancia!
Marcos 9,33-34: Una mentalidad competitiva
• Llegando a casa, Jesús pregunta: ¿De qué estabais discutiendo durante el camino? Ellos no responden. Es el silencio de los que se sienten culpables, porque en el camino discutían sobre quién fuese el más grande. La “levadura” de la competitividad, y del prestigio, que caracterizaba a la sociedad del Imperio Romano, ¡se infiltraba ya en la pequeña comunidad que estaba a punto de comenzar! ¡Aquí aparece el contraste! Mientras Jesús se preocupaba de ser el Mesías –Siervo, ellos piensan sólo en quién fuese el más grande. ¡Jesús trata de descender, ellos de ascender!
Marcos 9,35-37: Servir y no mandar
• La respuesta de Jesús es un resumen del testimonio de vida que estaba dando desde el principio: ¡Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el siervo de todos! El último no gana nada. Es un siervo inútil (cfr Lc 17,10). Usar el poder no para ascender o dominar, sino para descender y servir. Este es el punto sobre el cual Jesús insiste mayormente y sobre el que fundamenta su testimonio (cfr Mc 10,45; Mt 20,28; Jn 13,1-16). Jesús pone en medio de ellos a algunos niños. Una persona que sólo piensa en ascender y dominar no piensa en los pequeños, en los niños. ¡Pero Jesús lo invierte todo! Y dice: Quien acoge a uno de estos niños en mi nombre, a mí me acoge; quien me acoge, no me acoge a mí, sino a aquel que me ha enviado. ¡Él se identifica con ellos! ¡Quien acoge a los pequeños en nombre de Jesús, acoge a Dios mismo!
Marcos 9, 38-40: La mentalidad estrecha
• Alguno que no pertenecía a la comunidad se servía del nombre de Jesús para arrojar los demonios. Juan, el discípulo, lo ve y lo prohíbe: Se lo hemos prohibido, porque no era de los nuestros. En nombre de la comunidad, Juan impide una acción buena. Él pensaba que era el dueño de Jesús y quería prohibir que otros usasen su nombre para hacer el bien. Era una mentalidad estrecha y antigua del “¡Pueblo elegido, Pueblo separado!” Jesús responde: ¡No se lo prohibáis! ¡Quien no está contra nosotros está con nosotros! (Mc 9,40). Para Jesús, lo que importa no es si la persona forma o no parte de la comunidad, sino si hace el bien que la comunidad debe hacer.
Marcos 9,41: Un vaso de agua por recompensa
• Aquí se coloca una frase de Jesús: Quien os dé un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, os digo en verdad que no perderá su recompensa. Dos pensamientos:
1) Quien os dé un vaso de agua: Jesús está caminando hacia Jerusalén para dar la propia vida. ¡Gesto de gran donación! Pero Él no desprecia los pequeños gestos de donación en la vida de cada día: un vaso de agua, una acogida, una palabra, muchos gestos. También el mínimo gesto es apreciado.
2) En mi nombre porque sois de Cristo: Jesús se identifica con nosotros que queremos pertenecer a Él. Esto significa que para Él nosotros valemos mucho.
b) Más informaciones para poder entender mejor el texto
Jesús, el “Hijo del Hombre”
• Es el nombre que más le gusta a Jesús. Aparece con mucha frecuencia en el evangelio de Marcos (Mc 2,10-28; 8,31-38; 9,9-12.31; 10,33-45; 13,26; 14,21.41.62). Este título viene del A.T. En el libro de Ezequiel, indica la condición humana del profeta (Ez 3,1.10.17; 4,1 etc.) En el libro de Daniel, aparece el mismo título en una visión apocalíptica (Dn 7,1-28), en la que Daniel describe los imperios de los babilonios, medas, persas y griegos. En la visión del profeta, estos grandes imperios tienen una apariencia de “animales monstruosos” (cf Dn 7,3-8). Son imperios animalescos, brutales, inhumanos, que persiguen y matan (Dn 7,21-25). En la visión del profeta, después de dos reinos inhumanos, aparece el Reino de Dios que tiene la apariencia, no de un animal, sino de una figura humana, Hijo del Hombre. O sea, es un reino con apariencia de gente, reino humano, que promueve la vida, que humaniza (Dn 7,13-14).
• En la profecía de Daniel, la figura del Hijo del Hombre representa, no un individuo, sino, como dice él mismo, el “pueblo de los Santos del Altísimo” (Dn 7,27; cfr Dn 7,18). Es el pueblo de Dios que no se deja engañar ni manipular de la ideología dominante de los imperios animalescos. La misión del Hijo del Hombre, esto es, del pueblo de Dios, consiste en realizar el Reino de Dios como un reino humano. Reino que no mata la vida, más bien la defiende y promueve. Humaniza las personas.
• Presentándose a los discípulos como el Hijo del Hombre, Jesús asume como suya esta misión que es la misión de todo el pueblo de Dios. Es como si dijese a ellos y a todos nosotros: “¡Venid conmigo! Esta misión no es sólo mía, sino de todos nosotros. Juntos, cumplamos la misión que Dios nos ha confiado: edificar el Reino humano y humanizante que Él soñó. Hagamos lo que Él hizo y vivió durante toda su vida, sobre todo, en los tres últimos años. El Papa León Magno decía: “Jesús fue tan humano, como sólo Dios puede serlo”. Cuanto más humano, tanto más divino. Cuanto más “hijo del hombre”, tanto más “hijo de Dios”. Todo lo que hace a las personas menos humanas aleja de Dios, también la vida religiosa, e incluso la vida carmelita. Fue lo que Jesús condenó, poniendo el bien de las personas sobre toda ley, sobre el sábado (Mc 2,27).
Jesús, el Formador
• “Seguir” era un término que hacía parte del sistema de la época. Se usaba para indicar la relación entre discípulo y maestro. La relación entre discípulo y maestro es diversa de la que hay entre profesor y alumno. Los alumnos asisten a las lecciones del profesor de una determinada materia. Los discípulos “siguen” al maestro y viven con él, todo el tiempo. Es propio en esta “convivencia” de tres años con Jesús, que los discípulos reciban su formación. Una formación de “seguimiento de Jesús”, no es en primer lugar la transmisión de verdades para repetir, sino la comunicación de una nueva experiencia de Dios y de la vida que irradiaba de Jesús para los discípulos.
• La comunidad misma que se formaba alrededor de Jesús era la expresión de esta nueva experiencia. La formación llevaba a las personas a tener una visión distinta, una actitud diversa. Hacía nacer en ellos una nueva conciencia de la misión y el respeto de uno mismo. Operaba de modo que se alineasen de parte de los excluidos. Producía una “conversión”, consecuencia de haber aceptado la Buena Noticia (Mc 1,15). Jesús es el eje, el centro, el modelo, la referencia para la comunidad. Él indica el camino a seguir, es “camino, verdad y vida” (Jn 14,6). Para sus conductas es la prueba y la muestra del Reino: vuelve transparente y encarna el amor de Dios y lo revela (Mc 6,31; Mt 10,30; Lc 15,11-32). Jesús es una “persona significativa” para ellos, que dejará por siempre una impronta en ellos.
• Muchos pequeños gestos reflejarán este testimonio de vida con el cual Jesús señalaba su presencia en la vida de los discípulos. Era su modo de dar forma humana a la experiencia que Él mismo tenía del Padre. En este su modo de ser y de convivir, de relacionarse con las personas, de guiar al pueblo y de escuchar a los que venían a hablar con Él, Jesús aparece:
* como una persona de paz, que inspira paz y reconciliación: “¡La Paz sea con vosotros!” (Jn 20,19; Mt 10,26-33; Mt 18,22; Jn 20,23; Mt 16,19; Mt 18,18);
* como una persona libre y que libera, que despierta la libertad y la liberación: “El hombre no se ha hecho para el sábado, sino el sábado para el hombre” (Mc 2,27; 2,18-23);
* como una persona de oración, al que vemos orar en todos los momentos importantes de su vida y que despierta en los otros las ganas de rezar: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1-4; Lc 4,1-13, 6,12-13; Jn 11,41-42; Mt 11,25; Jn 17,1-26; Lc 23,46; Mc 15,34);
* como una persona afectuosa, que provoca respuestas llenas de amor (Lc 7,37-38; 8,2-3; Jn 21,15-17; Mc 14,3-9; Jn 13,1);
* como una persona acogedora, que está siempre presente en la vida de los discípulos y que los acoge a la vuelta de la misión (Lc 10,7);
* como una persona realista y observadora, que despierta la atención de los discípulos por las cosas de la vida mediante la enseñanza de las Parábolas (Lc 8,4-8);
* como una persona atenta, preocupada por los discípulos (Jn 21,9), que cuida hasta de su descanso y que quiere estar con ellos de modo que puedan descansar (Mc 6,31);
* como una persona preocupada con la situación, que olvida la propia fatiga y el propio descanso cuando ve que la gente lo busca (Mt 9,36-38);
* como una persona amiga, que comparte todo, hasta el secreto del Padre (Jn 15,15);
* como una persona comprensiva, que acepta a los discípulos como son, hasta en su huída, la negación, la traición, sin romper con ellos (Mc 14,27-28; Jn 6,67);
* como una persona empeñada, que defiende a sus amigos cuando son criticados por los adversarios (Mc 2,18-19; 7,5-13);
* como una persona sabia, que conoce la fragilidad del ser humano, sabe lo que sucede en su corazón, y por esto insiste en la vigilancia y enseña a orar (Lc 11,1-13; Mt 6,5-15). En una palabra, Jesús se presenta como una persona humana, muy humana, tan humana como sólo Dios puede ser humano. ¡Hijo del Hombre!
XXV DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada
Yo soy el Salvador de mi pueblo, dice el Señor.
Lo escucharé cuando me invoque en su angustia
y seré su Señor para siempre.
Oración colecta
Dios nuestro, que estableciste el fundamento de la ley divina
en el amor a ti y al prójimo,
concédenos que, cumpliendo lo que mandas,
merezcamos alcanzar la vida eterna.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Acepta con bondad, Señor, las ofrendas de tu pueblo,
y, por medio de este sacramento celestial,
haz que se haga vida en nosotros cuanto proclamamos por la fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Sal 118, 4-5
Tú promulgaste tus mandamientos,
para que se cumplieran íntegramente.
Ojalá mis pasos se mantengan firmes en la observancia de tus preceptos.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre, que acompañes siempre con tu auxilio
a los que alimentas con tus sacramentos,
para que en estos misterios
recibamos los frutos de la redención
y la conversión de nuestra vida.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Condenémoslo a una muerte infame
Lectura del libro de la Sabiduría 2, 12. 17-20
Dicen los impíos:
«Tendamos trampas al justo, porque nos molesta
y se opone a nuestra manera de obrar;
nos echa en cara las transgresiones a la Ley
y nos reprocha las faltas contra la enseñanza recibida.
Veamos si sus palabras son verdaderas
y comprobemos lo que le pasará al final.
Porque si el justo es hijo de Dios, Él lo protegerá
y lo librará de las manos de sus enemigos.
Pongámoslo a prueba con ultrajes y tormentos,
para conocer su temple y probar su paciencia.
Condenémoslo a una muerte infame,
ya que él asegura que Dios lo visitará».
Palabra de Dios.
SALMO Sal 53, 3-6. 8
R. El Señor es mi apoyo verdadero.
Dios mío, sálvame por tu Nombre,
defiéndeme con tu poder.
Dios mío, escucha mi súplica,
presta atención a las palabras de mi boca. R.
Dios mío, sálvame por tu Nombre,
Porque gente soberbia se ha alzado contra mí,
hombres violentos atentan contra mi vida,
sin tener presente a Dios. R.
Pero Dios es mi ayuda,
el Señor es mi verdadero sostén:
Te ofreceré un sacrificio voluntario,
daré gracias a tu Nombre, porque es bueno. R.
Un fruto de justicia se siembra pacíficamente
para los que trabajan por la paz.
Lectura de la carta de Santiago 3, 16-4, 3
Hermanos:
Donde hay rivalidad y discordia, hay también desorden y toda clase de maldad. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es, ante todo, pura; y además, pacífica, benévola y conciliadora; está llena de misericordia y dispuesta a hacer el bien; es imparcial y sincera. Un fruto de justicia se siembra pacíficamente para los que trabajan por la paz.
¿De dónde provienen las luchas y las querellas que hay entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que combaten en sus mismos miembros? Ustedes ambicionan, y si no consiguen lo que desean, matan; envidian, y al no alcanzar lo que pretenden, combaten y se hacen la guerra. Ustedes no tienen, porque no piden. O bien, piden y no reciben, porque piden mal, con el único fin de satisfacer sus pasiones.
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. 2Tes 2, 14
Aleluia.
Dios nos llamó, por medio del Evangelio,
para que poseamos la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Aleluia.
EVANGELIO
El Hijo del hombre va a ser entregado.
El que quiera ser el primero debe hacerse el servidor de todos.
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 9, 30-37
Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Cafarnaún y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino?» Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande.
Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos».
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquel que me ha enviado».
Palabra del Señor.
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