Domingo 27 del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del XXVII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo
Demos toda alabanza y gloria a Dios nuestro Padre
por crear al hombre a su imagen y semejanza
y hacerle capaz de ser fiel
por medio del amor de donación de tu Hijo
y del poder unificador del Espíritu.
Que el Señor, con su amor, esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. Llegan a Ser Uno
Las primeras páginas de la Biblia nos dicen que Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Eso quiere decir que Dios, que es amor, quiso unirlos con el vínculo del amor, y hacerles vivir por y con amor mutuo. Así era al principio. Y así debería ser hasta ahora. – Cuando Jesús vino, hizo el vínculo entre esposos y esposas todavía más sagrado, asegurándoles la gracia de Dios.— ¿Son los esposos fieles a su sí dado en la presencia de Dios y en la Iglesia? Pidamos hoy al Señor fidelidad y profundo amor para nuestros matrimonios – y también para todas nuestras amistades.
2. Que Nuestro Amor Perdure
El deseo ardiente del esposo y la esposa en el día de su matrimonio es: ¡Que nuestro amor no se marchite; que dure! Esto no es solamente un deseo de Dios para ellos, sino que es su mismísimo mandamiento.
Dios quiere que la unión de los esposos en amor sea como su propio amor hacia su pueblo: fiel, fuerte, perenne, una verdadera alianza de amor. Con todos los matrimonios, con todos aquellos a quienes la amistad vincula juntos, con todas nuestras comunidades cristianas, estamos hoy ante el Señor y le pedimos: Que nuestro amor, de los unos a los otros, sea fuerte, fiable, fiel.
Acto Penitencial
Pedimos al Señor perdón
porque nuestro amor no ha sido fuerte y duradero.
(Pausa)
· Ten misericordia, Señor Jesús, de los hogares donde el amor se está marchitando y muriendo donde el esposo y la esposa se van distanciando hacia una separación el uno del otro, roguemos al Señor. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
· Ten misericordia, Señor de las familias rotas por la infidelidad, de las parejas que ya no pueden perdonarse mutuamente. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
· Ten misericordia, Señor, de los hogares donde hay ya poco o nada de amor, de los esposos que no tienen tiempo para sus hijos. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de todos nosotros, Señor,
y perdona nuestros pecados contra el amor.
Que nuestros hogares y comunidades
reflejen tu amor siempre fiel
y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Roguemos para que nuestro amor sea fuerte y fiel.
(Pausa)
Oh Dios, fuente y origen de todo amor,
bendito seas por tu ternura
inscrita en los corazones de los miembros de tu pueblo;
bendito seas por darnos a tu Hijo
como prueba y señal de tu fiel amor.
No permitas que separemos lo que tú has unido:
esposos y esposas, padres e hijos,
tu Hijo y la Iglesia,
amigos en sus penas y alegrías.
Que todos vivamos en tu amor, creativo y eterno.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Gen 2, 18-24): Creado para amar
El hombre y la mujer están destinados no para una soledad egoísta, sino para construir comunidad en fidelidad y amor que unifica.
Segunda Lectura (Heb 2,9-11): El amor es sacrificado
La fuente y modelo de todo amor es el de Cristo, que se sacrifica a sí mismo por nosotros.
Evangelio (Mc 10,2-16 ó 10,2-12): El amor es fiel
En el plan de Dios el matrimonio es, más allá de legalismos humanos, una unión inquebrantable de amor y fidelidad. El amor del esposo y la esposa se perpetuará vivo en sus hijos.
Oración de los Fieles
Pidamos a Dios nuestro Padre que complete en nosotros su trabajo de amor y fidelidad, y digámosle:
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Por la Iglesia, Esposa de Cristo, para que sea siempre fiel al mensaje del evangelio y del amor liberador del mismo Cristo, roguemos al Señor.
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Por los hogares construidos sobre un amor desinteresado, para que a través de ellos podamos entender mejor toda la profundidad del amor de Dios, roguemos al Señor.
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Por las familias rotas y por los cónyuges infieles, para que la gente sea comprensiva con ellos y Dios les conceda su misericordia, roguemos al Señor.
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Por los jóvenes que se preparan para el matrimonio, para que aprendan de la vida que la profundidad y belleza del amor dependen de la mutua generosidad y del sincero compartir, roguemos al Señor.
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Por todos los que han renunciado al matrimonio a causa del Reino de Dios, personas consagradas, para que nunca se sientan nostálgicas y solitarias, sino que sus corazones sean espaciosos y cálidos, acogedores y abiertos a toda la gente y a todas las necesidades, roguemos al Señor.
R/ Señor, guárdanos en tu amor.
Oh Dios y Padre nuestro, hazte presente con toda tu fidelidad dondequiera la gente se junte para construir comunidades de amor y amistad. Edifica nuestro amor sobre el fundamento del tuyo, para que perdure, fuerte y fiel, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Confirma tu Alianza con nosotros
por medio del pan y del vino que ahora te presentamos.
Que tu Hijo esté siempre con nosotros
y que nos haga guardianes de nuestro amor y felicidad.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con alegría y gratitud alabamos al Padre en el cielo por el gran amor que nos ha mostrado. Él es la fuente y origen de todo amor entre nosotros, y el Espíritu Santo guarda ese amor vivo en nuestros hogares y en nuestras comunidades.
Prefacio del Matrimonio
Sugerimos usar uno de los prefacios del misal, del matrimonio, p. ej. el tercero.
Introducción al Padre Nuestro
Tenemos un Padre amoroso en el cielo. A él nos dirigimos en oración con las palabras del mismo Jesús.
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y danos capacidad para amar
sin condiciones ni componendas.
Danos un amor que permanezca fiel
y crezca más profundo en los días de prueba y sufrimiento.
Líbranos siempre de todo temor
a entregarnos generosamente con amor
los unos a los otros,
mientras esperamos con alegría
la venida gloriosa de nuestro Salvador Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Este es el Cordero de Dios cuyo amor fue fiel hasta el fin.
Se sacrificó a sí mismo para darnos el valor para amar sin medida.
Felices nosotros, llamados a esta santa cena del Señor.
Acción de Gracias de los Esposos
Los esposos pueden rezar juntos la siguiente oración, tomada del cuarto prefacio para matrimonios, en el misal francés.
Oh Dios y Padre nuestro:
Es justo y bueno darte gloria
y ofrecerte nuestra alabanza.
Porque has hecho al hombre y a la mujer
a tu imagen y semejanza
y has puesto en sus corazones el amor
que los vincula íntimamente el uno al otro,
para que sean siempre uno.
Tú les dices que en las penas y alegrías de su vida,
en días de cansancio o de maravilla,
tú estás fielmente cerca de ellos.
Por medio de la comunión de su amor y destino
haz que tu misma vida crezca en ellos,
hasta el día en que colmes todas sus esperanzas
en tu amado Hijo Jesucristo. Amén.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Nos has confiado tu amor
no como un producto acabado,
sino como una tarea de por vida.
Que el amor de tu Hijo
enriquezca nuestro amor
con inquebrantable fidelidad y generosidad,
para que pueda resistir todas las tormentas
y seguir creciendo en profundidad,
hasta que lo corones con tu alegría
que perdura para siempre,
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Dios es la fuente y la fuerza de todo amor.
· Que él bendiga nuestras familias cristianas con felicidad y fidelidad.
R/ Amén.
· Que él bendiga nuestras comunidades con unidad y paz, y nos ayude a ser una sola alma y un solo corazón.
R/ Amén
· Que él nos dé a todos un amor que haga brotar lo mejor en cada uno de nosotros para construir todos juntos una sólida comunidad.
R/ Amén.
Podemos ir en el amor del Señor.
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
En todas las épocas ha habido dificultades en el matrimonio. Se ve que no es una cosa nueva. En tiempos de Moisés, en tiempos de Jesús y hoy en día. No es fácil construir un proyecto de vida en común, con una persona, y para toda la vida. Además, las leyes civiles, hasta hace pocos años, no garantizaban la igualdad entre el hombre y la mujer. Había grandes diferencias entre los sexos.
Pues las lecturas de hoy nos hablan del proyecto de Dios para el matrimonio. En esa unión no hay diferencias, los dos se complementan, la mujer es semejante al hombre, y se le da como ayuda. Estas dos palabras, “semejante” y “ayuda” nos explican cómo Dios entiende a la mujer. Siendo iguales, ambos dan continuidad a la obra del Señor, y sin la mujer quedaría incompleto el hombre. Juntos están en el paraíso.
El problema empieza cuando en la relación el egoísmo vence al amor, y se ve al otro como una cosa. Poco a poco se pierde la comunicación, y las decisiones se dejan de tomar conjuntamente. Incluso, en ocasiones, se hace daño al otro, física o psicológicamente, y ambos vuelven a estar sólos, sin compañía, se hacen desgraciados el uno al otro. Surgen las aventuras extramatrimoniales y cada vez se alejan más y más del plan de Dios.
Otros problemas para alcanzar la felicidad son la simple convivencia o las relaciones prematrimoniales, en las que no se da el compromiso pleno y definitivo, la entrega “para toda la vida, con una persona”, de la que nos habla el libro del Génesis. Si se habla de verdadero amor, hace falta un compromiso mayor que la simple atracción pasajera. Por eso la Iglesia recuerda estas cosas, en la preparación al matrimonio.
Comenzamos la lectura de la Carta a los Hebreos. La escucharemos hasta el final del año litúrgico. Durante mucho tiempo, se atribuyó al apóstol san Pablo, aunque ahora los autores han descartado su autoría. Más que una carta, parece una homilía destinada a que los oyentes se mantuvieran firmes en su fe, en la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que se hizo nuestro hermano, que se solidarizó con nuestros problemas y debilidades, y que sabe lo que es sufrir. La obediencia a la voluntad del Padre le llevó a la muerte, y una muerte de cruz. No le fue fácil seguir el camino trazado por el Padre, como tampoco lo es para nosotros.
Las preguntas a Jesús tienen como finalidad tenderle una trampa, poniéndole entre la espada de la Ley de Moisés y la pared del amor de Dios. Lo que le dicen los fariseos, lo que la gente entendía era que el divorcio estaba permitido. Los motivos para ese paso, con el transcurso del tiempo, habían llegado a ser muy variados, desde la infidelidad, hasta una comida mal preparada.
El acta de repudio que prescribió Moisés permitía a las mujeres tener una segunda oportunidad, para que no las acusaran de adulterio, si se unían a otro hombre. La pena por adulterio, ya sabemos, era la muerte por lapidación. Una ligera mejora en el estatus de las esposas. Lo que hace Jesús es romper con la concepción de su pueblo, negando cualquier posibilidad de divorcio, porque queda fuera del plan de Dios. El repudio lo han introducido los hombres, y destruye la unidad querida por el Creador.
Jesús vuelve a presentar a sus contemporáneos el plan original de Dios, que excluía el divorcio. El amor de los esposos, que está en el origen del matrimonio, supone entrega mutua, sacrificio por el otro, ser fecundos y formar una familia. Ese es el plan primigenio de Dios, que ha prometido estar junto a los que empiezan ese camino, acompañando, ayudando a sobrellevar las dificultades, para que sean un espejo del amor divino y puedan ser fieles y felices.
La pregunta que muchos se hacen es: “¿cómo hacer hoy para que ese proyecto de vida no se rompa, por la infidelidad, por la rutina, por la indiferencia?” Es muy importante recordar los valores que deben trabajarse cada día en la pareja: la fidelidad, el cuidado diario del afecto y la convivencia, la escucha, el perdón… Todo ello ayuda a andar juntos el camino. Y no nos olvidemos de la oración en común, para sentir el apoyo de Dios en las crisis y dificultades. Entre todas las oraciones, debe ocupar un lugar especial la Eucaristía. Es precisamente en la Eucaristía donde recordamos este misterio de amor del amor de Dios, y en ella es donde los esposos deberían alimentar su vocación al amor.
Termina el Evangelio hablando de los niños. Y de la necesidad de ser como niños, para entrar en el Reino de los Cielos. No se trata de ser infantiles, sino, quizá, de tener la capacidad de los niños de aprender permanentemente. Ser capaces de sentir la curiosidad para seguir haciendo preguntas, interesarse por ver todo con otra mirada y poder alegrarse con las cosas pequeñas. Y olvidar rápido las ofensas, y perdonar. Estas son las cosas que los niños pueden enseñarnos, y que nos permiten acercarnos más a Dios. No pensar que lo sabemos todo, que conocemos todo de los otros – incluido el cónyuge – y dejar que Dios sea Dios. Con sus ritmos, con sus tiempos, pero confiando. Como un niño en los brazos de su madre. Ojalá podamos vivir así. Todos saldremos ganando.
EVANGELIO
Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,2-16
En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba: « ¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?». El les replicó: « ¿Qué os ha mandado Moisés?».
Contestaron: «Moisés permitió divorciarse, dándole a la mujer un acta de repudio». Jesús les dijo: «Por vuestra terquedad dejó escrito Moisés este precepto. Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer. Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”. De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo. El les dijo: «Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio».
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él». Y los abrazaba y los bendecía imponiéndoles las manos.
Palabra de Dios.
CONTRA EL PODER DEL VARÓN
Los fariseos plantean a Jesús una pregunta para ponerlo a prueba. Esta vez no es una cuestión sin importancia, sino un hecho que hace sufrir mucho a las mujeres de Galilea y es motivo de vivas discusiones entre los seguidores de diversas escuelas rabínicas: "¿Le es lícito al varón divorciarse de su mujer?".
No se trata del divorcio moderno que conocemos hoy, sino de la situación en que vivía la mujer judía dentro del matrimonio, controlado absolutamente por el varón. Según la ley de Moisés, el marido podía romper el contrato matrimonial y expulsar de casa a su esposa. La mujer, por el contrario, sometida en todo al varón, no podía hacer lo mismo.
La respuesta de Jesús sorprende a todos. No entra en las discusiones de los rabinos. Invita a descubrir el proyecto original de Dios, que está por encima de leyes y normas. Esta ley "machista", en concreto, se ha impuesto en el pueblo judío por la "dureza de corazón" de los varones que controlan a las mujeres y las someten a su voluntad.
Jesús ahonda en el misterio original del ser humano. Dios "los creo varón y mujer". Los dos han sido creados en igualdad. Dios no ha creado al varón con poder sobre la mujer. No ha creado a la mujer sometida al varón. Entre varones y mujeres no ha de haber dominación por parte de nadie.
Desde esta estructura original del ser humano, Jesús ofrece una visión del matrimonio que va más allá de todo lo establecido por la Ley. Mujeres y varones se unirán para "ser una sola carne" e iniciar una vida compartida en la mutua entrega sin imposición ni sumisión.
Este proyecto matrimonial es para Jesús la suprema expresión del amor humano. El varón no tiene derecho alguno a controlar a la mujer como si fuera su dueño. La mujer no ha de aceptar vivir sometida al varón. Es Dios mismo quien los atrae a vivir unidos por un amor libre y gratuito. Jesús concluye de manera rotunda: "Lo que Dios ha unido, que no lo separe el varón".
Con esta posición, Jesús esta destruyendo de raíz el fundamento del patriarcado bajo todas sus formas de control, sometimiento e imposición del varón sobre la mujer. No solo en el matrimonio sino en cualquier institución civil o religiosa.
Hemos de escuchar el mensaje de Jesús. No es posible abrir caminos al reino de Dios y su justicia sin luchar activamente contra el patriarcado. ¿Cuándo reaccionaremos en la Iglesia con energía evangélica contra tanto abuso, violencia y agresión del varón sobre la mujer? ¿Cuándo defenderemos a la mujer de la "dureza de corazón" de los varones?
ACOGER A LOS PEQUEÑOS
Dejad que los niños se acerquen a mí.
El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.
Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan.
Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.
Jesús se indigna. Aquel comportamiento de sus discípulos es intolerable. Enfadado, les da dos órdenes: «Dejad que los niños se acerquen a mí. No se lo impidáis». ¿Quién les ha enseñado a actuar de una manera tan contraria a su Espíritu? Son, precisamente, los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús.
La razón es muy profunda pues obedece a los designios del Padre: «De los que son como ellos es el reino de Dios». En el reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.
El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y mujeres que buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los más débiles y necesitados.
El reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre.
PARA HOMBRES
Dios los creó hombre y mujer.
Lo que más hacía sufrir a las mujeres en la Galilea de los años treinta era su sometimiento total al varón dentro de la familia patriarcal. El esposo las podía incluso repudiar en cualquier momento abandonándolas a su suerte. Este derecho se basaba, según la tradición judía, nada menos que en la Ley de Dios.
Los maestros discutían sobre los motivos que podían justificar la decisión del esposo. Según los seguidores de Shammai, sólo se podía repudiar a la mujer en caso de adulterio; según Hillel, bastaba que la mujer hiciera cualquier cosa «desagradable» a los ojos de su marido. Mientras los doctos varones discutían, las mujeres no podían alzar su voz para defender sus derechos.
En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: « ¿Puede el hombre repudiar a su esposa?». Su respuesta desconcertó a todos. Las mujeres no se lo podían creer. Según Jesús, si el repudio está en la Ley, es por la «dureza de corazón» de los varones y su mentalidad machista, pero el proyecto original de Dios no fue un matrimonio «patriarcal» dominado por el varón.
Dios creó al varón y a la mujer para que fueran «una sola carne». Los dos están llamados a compartir su amor, su intimidad y su vida entera, con igual dignidad y en comunión total. De ahí el grito de Jesús: «lo que ha unido Dios, que no lo separe el varón», con su actitud machista.
Dios quiere una vida más digna, segura y estable para esas esposas sometidas y maltratadas por el varón en los hogares de Galilea. No puede bendecir una estructura que genere superioridad del varón y sometimiento de la mujer. Después de Jesús, ningún cristiano podrá legitimar con la Biblia o el Evangelio nada que promueva discriminación, exclusión o sumisión de la mujer.
En el mensaje de Jesús hay una predicación dirigida exclusivamente a los varones para que renuncien a su «dureza de corazón» y promuevan unas relaciones más justas e igualitarias entre varón y mujer. ¿Dónde se escucha hoy este mensaje?, ¿cuándo llama la Iglesia a los varones a esta conversión?, ¿qué estamos haciendo los seguidores de Jesús para revisar y cambiar comportamientos, hábitos, costumbres y leyes que van claramente en contra de la voluntad original de Dios al crear al varón y a la mujer?
CRISTIANOS DIVORCIADOS
Lo que Dios ha unido…
En nuestras parroquias hay cada vez más personas que, una vez fracasado su primer matrimonio, se han vuelto a unir civilmente o han formado una pareja de hecho. La realidad es compleja y delicada. Separación y divorcio son experiencias que generan casi siempre lucha interior y sufrimiento y, muchas veces, soledad e incomprensión.
Muchos de ellos no se sienten queridos ni comprendidos por la comunidad cristiana, no obstante las afirmaciones en contra de los documentos oficiales del Magisterio. No es sólo la disciplina canónica de la Iglesia la que les hace sufrir. Es también la actitud que, a veces, perciben en su entorno cristiano. ¿Qué decir?
Antes que nada, hemos de recordar que ser fieles a la enseñanza de Jesús sobre el amor conyugal único, fiel e indisoluble, no ha de significar nunca dejar de seguir su actitud de comprensión y misericordia hacia todos y, de manera particular, hacia los que más sufren. La primera actitud del cristianismo ante estas parejas ha de ser de respeto, cercanía y amistad. No hay razón alguna, ni religiosa ni moral, para adoptar otra postura diferente, contraria al amor.
La comunidad cristiana no los debe marginar ni excluir de su seno. Al contrario, como dice Juan Pablo II, se les ha de ayudar a «que no se consideren separados de la Iglesia pues pueden y deben, en cuanto bautizados, participar en su vida» (Familiaris Consortio, n. 84). No puede ser otra la postura de una Iglesia que proclama y se sabe ella misma aceptada por su Señor a pesar de sus errores y sus pecados.
Hemos de comprender el desgarro interior de quienes se sienten profundamente cristianos y no pueden salir ya de manera razonable de la situación en que se encuentran. Les resulta difícil sintonizar con una Iglesia que no aprueba oficialmente su unión actual. Necesitan percibir en nosotros actitudes y gestos que los hagan sentirse acogidos.
Sobre todo, no olvidemos nunca lo más importante. En esas parejas está Dios buscando siempre su bien. Nosotros podemos encerrarnos en nuestros juicios y condenas; podemos seguir sin comprender los errores y las culpas que los han conducido hasta el divorcio. Una cosa es segura. Dios sigue escribiendo su propia historia de amor con ellos por caminos que a nosotros se nos escapan.
SEPARADOS, PERO PADRES
Lo que Dios ha unido…
Durante estos años he podido compartir de cerca el duro camino de la separación de esposos que un día se quisieron de verdad. Los he visto sufrir, dudar y también luchar por un amor ya desaparecido. Los he visto soportar los reproches, la incomprensión y el distanciamiento de quienes parecían sus amigos. Junto a ellos he visto también sufrir a sus hijos.
No es del todo cierto que la separación de los padres cause un trauma irreversible a los hijos. Lo que les hace daño es el desamor, la agresividad o el miedo que, a veces, acompaña a una separación cuando se realiza de forma poco humana.
Nunca se debería olvidar que los que se separan son los padres, no los hijos. Estos tienen derecho a seguir disfrutando de su padre y de su madre, juntos o separados, y no tienen por qué sufrir su agresividad ni ser testigos de sus disputas y litigios.
Por ello mismo, no han de ser coaccionados para que tomen partido por uno u otro. Tienen derecho a que sus padres mantengan ante ellos una postura digna y de mutuo respeto sin denigrar nunca la imagen del otro; a que no los instrumentalicen para obtener información sobre su conducta; a que no los utilicen como «armas arrojadizas» en sus combates.
Es mezquino, por otra parte, chantajear a los hijos para ganarse su cariño con regalos o conductas permisivas. Al contrario, quien busca realmente el bien del niño le facilita el encuentro y la comunicación con el padre o la madre ya que no vive con él.
Los hijos tienen, además, derecho a que sus padres se reúnan para tratar de temas referentes a su educación y salud, o para tomar decisiones sobre aspectos importantes para su vida. La pareja no ha de olvidar que, aun estando separados, siguen siendo padres de unos hijos que los necesitan.
Conozco los esfuerzos que hacen no pocos separados para que sus hijos sufran lo menos posible las consecuencias dolorosas de la separación. No siempre es fácil ni para quien se queda con la custodia de los hijos (qué agotador ocuparse a solas de su cuidado), ni para quien ha de vivir en adelante separado de ellos (qué duro sentir su vacío). Estos padres necesitan, en más de una ocasión, un apoyo, compañía o ayuda que no siempre encuentran en su entorno, su familia, sus amigos o su Iglesia.
Curiosamente, en el texto evangélico de hoy, el redactor ha unido dos episodios diferentes: la enseñanza de Jesús sobre la indisolubilidad del matrimonio y su acogida a los niños en contra de la reacción de sus discípulos.
ANTE LOS DIVORCIADOS
Lo que Dios ha unido…
Los cristianos no podemos cerrar los ojos ante un hecho profundamente doloroso. Los divorciados no se sienten, en general, comprendidos por la Iglesia ni por las comunidades cristianas. La mayoría solo percibe una dureza disciplinar que no llegan a entender. Abandonados a sus problemas y sin la ayuda que necesitarían, no encuentran en la Iglesia un lugar para ellos.
No se trata de poner en discusión la visión cristiana del matrimonio, sino de ser fieles a ese Jesús que, al mismo tiempo que defiende la indisolubilidad del matrimonio, se hace presente a todo hombre o mujer ofreciendo su comprensión y su gracia precisamente a quien más las necesita. Este es el reto. ¿Cómo mostrar a los divorciados la misericordia infinita de Dios a todo ser humano? ¿Cómo estar junto a ellos de manera cristiana?
Antes que nada hemos de recordar que los divorciados que se han vuelto a casar civilmente siguen siendo miembros de la Iglesia. No están excomulgados; no han sido expulsados de la Iglesia. Aunque algunos de sus derechos queden restringidos, forman parte de la comunidad y han de encontrar en los cristianos la solidaridad y comprensión que necesitan para vivir su difícil situación de manera humana y cristiana.
Si la Iglesia les retira el derecho a recibir la comunión es porque «su estado y condición de vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia, significada y actualizada en la Eucaristía» (Familiaris consortio, n. 84). Pero esto no autoriza a nadie a condenarlos como personas excluidas de la salvación ni a adoptar una postura de desprecio o marginación.
Al contrario, el mismo Juan Pablo II exhorta a los responsables de la comunidad cristiana «a que ayuden a los divorciados cuidando, con caridad solícita, que no se sientan separados de la Iglesia, pues pueden e incluso deben, en cuanto bautizados, tomar parte en su vida» (Familiaris consortio, n. 84). Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, tomar parte en la asamblea eucarística, colaborar en diferentes obras e iniciativas de la comunidad, y recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe y para educar cristianamente a sus hijos.
Es injusto que una comprensión estrecha de la disciplina de la Iglesia y un rigorismo que tiene poco que ver con el espíritu cristiano nos lleven a marginar y abandonar incluso a personas que se esforzaron sinceramente por salvar su primer matrimonio, que no tienen fuerzas para enfrentarse solos a su futuro, que viven fielmente su matrimonio civil, que no pueden rehacer en manera alguna su matrimonio anterior o que tienen adquiridas nuevas obligaciones morales en su actual situación.
En cualquier caso, a los divorciados que os sintáis creyentes solo os quiero recordar una cosa: Dios es infinitamente más grande, más comprensivo y más amigo que todo lo que podáis ver en nosotros los cristianos, y los hombres de Iglesia. Dios es Dios. Cuando nosotros no os entendemos, él os entiende. Confiad siempre en él.
ANTES DE SEPARARSE
Lo que Dios ha unido…
Hoy se habla cada vez menos de fidelidad. Basta escuchar ciertas conversaciones para constatar un clima muy diferente. “Hemos pasado las vacaciones cada uno por su cuenta”. “Mi marido tiene un ligue, me costó aceptarlo, pero ¿qué podía hacer?”. “Es que sólo con mi marido me aburro”.
Algunas parejas consideran que el amor es algo espontáneo. Si brota y permanece vivo, todo va bien. Si se enfría y desaparece, la convivencia resulta intolerable. Entonces lo mejor es separarse “de manera civilizada”.
No todos reaccionan así. Hay parejas que se dan cuenta de que ya no se aman, pero no por eso desean separarse, sin que puedan explicarse exactamente por qué. Sólo se preguntan hasta cuándo podrá durar esa situación.
Hay también quienes han encontrado un amor fuera de su matrimonio y se sienten tan atraídos por esa nueva relación que no quieren verse privados de ella. No quieren perderse nada. Ni su matrimonio ni ese amor extramatrimonial. Pero no saben cómo navegar entre ambos.
Las situaciones son muchas y, con frecuencia, muy dolorosas. Mujeres que lloran en secreto su abandono y humillación. Esposos que se aburren en una relación insoportable. Niños tristes que sufren el desamor de sus padres.
Estas parejas no necesitan ahora una receta para salir de su situación. Sería demasiado fácil. Lo primero que les podemos ofrecer es respeto, escucha discreta, aliento para vivir y, tal vez, una palabra lúcida de orientación. Sin embargo, puede ser oportuno recordar algunos pasos fundamentales que siempre es necesario dar.
Lo primero es no renunciar al diálogo. Hay que esclarecer la relación. Desvelar con sinceridad lo que siente y vive cada uno. Tratar de entender lo que se oculta tras ese malestar creciente. Descubrir lo que no funciona. Poner nombre a tantos agravios mutuos que se han ido acumulando sin ser nunca elucidados.
Pero el diálogo no basta. Estas situaciones no se resuelven sin generosidad y espíritu de nobleza. Si cada uno se encierra en una postura de egoísmo mezquino, el conflicto se agrava, los ánimos se crispan y lo que un día fue amor se convierte en odio secreto y mutua destrucción.
Hay que recordar también que el amor se vive en la vida ordinaria y repetida de lo cotidiano. Es pura ilusión querer escapar de ello. Cada día vivido juntos, cada alegría y cada sufrimiento compartidos, cada problema vivido en pareja, dan consistencia real al amor.
La frase de Jesús: “Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre” tiene sus exigencias mucho antes de que llegue la ruptura, pues las parejas se van separando poco a poco, en la vida de cada día.
DIVORCIO
Lo que Dios ha unido...
Han pasado ya algunos años desde que se introdujo la ley divorcista en nuestro país. Se acallaron las controversias públicas y los debates en torno a su legalización. El divorcio es ya práctica aceptada socialmente.
Pero es ahora tal vez cuando la experiencia de estos años nos permite una reflexión más serena.
Sería poco honesto negar que el divorcio ha sido una «solución», sobre todo, para situaciones insostenibles que venían de atrás y en las que estaban implicados con frecuencia hombres y mujeres que no comparten la fe cristiana.
Pero la ley divorcista no puede hacernos olvidar que el divorcio sigue siendo un hecho lamentable tras el cual se descubre siempre la existencia de un error, una equivocación o una infidelidad.
Tal vez uno de nuestros mayores riesgos es el de ir cambiando poco a poco la valoración de las cosas. Al escuchar hoy a ciertas parejas jóvenes da la impresión de que para ellos lo importante es tener la posibilidad de divorciarse, cuando lo verdaderamente importante y decisivo es que los esposos aspiren a quererse con plenitud y autenticidad.
Incluso el que no comparte la visión evangélica del matrimonio ha de reconocer que en todo amor verdadero se encierra una nostalgia de permanencia y una exigencia de fidelidad. El divorcio no podrá ser nunca meta o ideal del matrimonio. Lo ideal será siempre que nada ni nadie destruya el amor y la fidelidad de la pareja.
Es de suponer que nadie va al matrimonio con la ilusión de poder constatar un día que aquel amor ha desaparecido y la convivencia ya no es posible. Pero la legitimación social del divorcio puede conducir a más de uno a entender el amor conyugal como un compromiso pasajero que se utiliza mientras sirve o interesa.
Corremos así el riesgo de que el divorcio se vaya convirtiendo en una solución a la que se acude cada vez con más facilidad y ligereza en cuanto aparece la menor dificultad o cansancio, sin hacer esfuerzo alguno por lograr una armonía mayor o la reconciliación.
Por otra parte, no hemos de olvidar que en la raíz de bastantes divorcios hay sencillamente infidelidad. Una curiosa moral progresista está inculcando hoy a los ciudadanos que no deben engañar a Hacienda pero pueden engañar a su mujer. No se puede traicionar al partido pero se puede traicionar al cónyuge.
No es ése ciertamente el camino más acertado para construir una convivencia más humana y feliz. Si el divorcio ha podido “resolver» algunas situaciones difíciles, no es menos cierto que ha provocado el sufrimiento de muchos esposos y sobre todo, esposas que han sido abandonadas por su cónyuge y han quedado destrozados para siempre.
ANTE LOS MATRIMONIOS ROTOS
«Lo que Dios ha unido… »
Son cada vez más los creyentes que, de una manera o de otra, se hacen hoy la pregunta: ¿Qué actitud adoptar ante tantos hombres y mujeres, muchas veces amigos y familiares nuestros, que han roto su primera unión matrimonial y viven en la actualidad en una nueva situación considerada por la Iglesia como irregular?
No se trata de rechazar ni de discutir la doctrina de la Iglesia, sino de ver cuál ha de ser nuestra postura verdaderamente cristiana ante estas parejas unidas por un vínculo que la Iglesia no acepta.
Son muchos los cristianos que, por una parte, desean defender honradamente la visión cristiana del matrimonio pero, por otra, intuyen que el evangelio les pide adoptar ante estas parejas una actitud que no se puede reducir a una condena fácil.
Antes que nada, tal vez hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina eclesiástica sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda.
Cuando la Iglesia defiende la indisolubilidad del matrimonio y prohíbe el divorcio, fundamentalmente quiere decir que, aunque unos esposos hayan encontrado en una segunda unión un amor estable, fiel y fecundo, este nuevo amor no puede ser aceptado en la comunidad cristiana como signo y sacramento del amor indefectible de Cristo a los hombres.
Pero esto no significa que necesariamente hayamos de considerar como negativo todo lo que los divorciados viven en esa unión no sacramental, sin que podamos encontrar nada positivo o evangélico en sus vidas.
Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.
¿Quiénes somos nosotros para considerarlos indignos de nuestra acogida y nuestra comprensión? ¿Podemos adoptar una postura de rechazo sobre todo hacia aquellos que, después de una trayectoria difícil y compleja, se encuentran hoy en una situación de la que difícilmente pueden salir sin grave daño para otra persona y para unos hijos?
Las palabras de Jesús: «Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre» nos invitan a defender sin ambigüedad la exigencia de fidelidad que se encierra en el matrimonio. Pero esas mismas palabras, ¿no nos invitan también de alguna manera a no introducir una separación y una marginación de esos hermanos y hermanas que sufren las consecuencias de un primer fracaso matrimonial?
DESPUES DEL DIVORCIO
No son dos, sino una sola carne.
Ya tenemos el divorcio. Ya contamos con una solución jurídica para tantas situaciones de fracaso y ruptura matrimonial. Y ahora, ¿qué?
La legalización del divorcio civil fue ocasión de interminables polémicas y enfrentamientos. Desde quienes lo defendían como un derecho radical de la persona hasta quienes querían imponer la disciplina católica a toda la sociedad.
Hoy las voces se han vuelto a callar. Da la impresión de que a bastantes les interesaba más la defensa de una determinada ideología que la realidad cotidiana y trágica de tantos fracasos matrimoniales.
Porque es una ingenuidad pensar que con el divorcio tenemos ya «la solución para el desamor». El fracaso matrimonial no es siempre ni solamente un problema jurídico que se puede resolver con leyes. Es un problema personal, emocional, síquico, de raíces y consecuencias muy hondas.
Por eso, es precisamente ahora cuando nos tenemos que preguntar qué podemos hacer para ayudar a los hombres y mujeres de hoy a vivir su amor conyugal.
No basta defender teóricamente la indisolubilidad matrimonial y predicar a los católicos que no pueden acogerse a la ley del divorcio.
Tenemos que preguntarnos qué ayuda puede ofrecer la comunidad creyente a tantos esposos que fracasan en su matrimonio por una elección inadecuada de cónyuge, por un deterioro de su comunicación o sencillamente por su «pecado».
Tenemos que plantearnos cómo estar más cerca de los matrimonios rotos. Independientemente de soluciones jurídicas, una ruptura que no vaya precedida y acompañada de un análisis serio, de un replanteamiento de las actitudes personales y de un redescubrimiento del proyecto matrimonial, corre el riesgo de llevar a los esposos a nuevos fracasos y frustraciones.
Pero, hay algo más. El amor es algo que hay que aprender día a día. Un arte que requiere tiempo, paciencia, fe, reflexión y conversión personal.
En una sociedad donde el interés egoísta se ha convertido en principio orientador de las conductas, y donde la satisfacción de todo deseo parece ser la meta de la vida, ¿dónde aprender a convivir desde el amor?
¿No pueden las comunidades cristianas ofrecer un marco en el que los esposos cristianos puedan encontrarse para descubrir juntos la luz, la fuerza y el aliento que necesitan para alimentar y acrecentar su amor conyugal?
EL MATRIMONIO ES EL ÁMBITO IDEAL PARA EL DESARROLLO HUMANO
Mc 10, 2-16
Sigue el evangelio en el contesto de la subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, no es verosímil, ya que el divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía acaloradamente eran los motivos que podían justificar un divorcio.
En el texto paralelo de Mateo dice: ¿Es lícito repudiar... por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos es meter a Jesús en las discusiones de escuela. Al simplificar la pregunta, Marcos está preparando la respuesta, que no entra en las discusiones de los rabinos sino que da pautas para la comunidad en la que se escribió.
EXPLICACIÓN
Los fariseos saben que la enseñanza de Jesús está en contra de toda arbitrariedad que suponga opresión a la persona. La permisividad de Moisés en esta materia, favorecía un machismo que denigraba a la mujer, y conculcaba sus más elementales derechos; por eso, podían sospechar que su respuesta no iba a estar de acuerdo con él.
Marcos habla para un mundo romano, por eso se desmarca del ambiente judío y al final, habla de la posibilidad de que la mujer se divorcie de su marido, cosa impensable en el ámbito judío.
Al remitir al "principio", Jesús está manifestando que la Ley no tiene valor absoluto. Lo único absoluto es la persona y su desarrollo como tal. Toda norma, todo precepto, todo mandamiento, aunque se promulgue en nombre de Dios, solo es un intento de hacer visible esa voluntad de Dios.
Jesús va directamente a la esencia del problema, tratando de descubrir las exigencias más profundas del ser humano (voluntad de Dios). Dios manifiesta su "voluntad", al crear cada cosa, no imponiendo después obligaciones o restricciones.
En casa, La respuesta es para los cristianos, y manifiesta la doctrina de la comunidad: Repudio, divorcio y adulterio son la misma cosa. Esta doctrina está a años luz del pensamiento judío y nos advierte a nosotros del verdadero problema de las relaciones matrimoniales.
Jesús va más allá de toda ley y trata de descubrir la raíz antropológica del matrimonio (el proyecto de Dios) para potenciar lo verdaderamente humano. El ser humano solo puede desplegar su humanidad en compañía, y una estable relación de pareja alcanza el grado más profundo posible de relación humana.
APLICACIÓN
No se puede hablar de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no se puede hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Tenemos así los fundamentos, los cuatro pilares sobre los que se construye la verdadera humanidad.
Es decepcionante que en las materias que más pueden afectar a la plenitud humana, la doctrina oficial no haya avanzado ni un milímetro en los últimos siglos. Seguimos proponiendo como "evangelio" lo que no es más que pura ideología farisaica. La inmensa mayoría no hace ya caso a las enseñanzas oficiales, pero los que hacen caso, caen en una esquizofrenia deshumanizadora.
Los evangelios no nos dan la oportunidad de hablar de la sexualidad porque no hablan nunca de ella. Hoy sería un tema de primera magnitud, porque debería ser uno de los pilares del equilibrio psicológico de todo ser humano. No tenemos más que recordar las torturas que hemos padecido todos por causa de enseñanzas exclusivamente represivas que se nos han inculcado.
Bien encauzada se convierte en instrumento de humanidad. Pero como el agua, si nos limitamos a retenerla con un dique, terminará sobrepasándolo y haciendo estragos.
El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente y envolvente de todo ser humano.
Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos. Cuánto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar todavía hoy si se tiene esto en cuenta. La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse hombre o mujer, a veces en contradicción con los mismos órganos.
Para desenmascarar la ideología y mitología que sigue condicionando todo discurso sobre el tema, el mejor camino sería compararlo con otro de los instintos más fuertes, el comer. Los instintos consiguieron asegurar sus objetivos por medio de mecanismos biológicos que producen placer o dolor. Tanto el placer como el dolor no son los objetivos últimos del instinto sino los medios más poderosos para garantizar el objetivo del instinto.
El ser humano tiene dos opciones: o pone toda su capacidad cerebral al servicio de placer, deshumanizando el instinto; o pone su capacidad intelectiva al servicio del objetivo del instinto, humanizándolo y sublimándolo.
A quién se le ocurriría decir que cocinar un alimento para que sea más agradable es pecado. Pues exactamente eso es lo que hemos hecho con la sexualidad. Mientras más agradable sea una comida, más a gusto se encontrarán los comensales y más capacidad tendrá de potenciar la relación humana.
Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de la sexualidad humanizándola al máximo. Esa humanización solo es posible cuando en la relación los seres humanos potencian la capacidad de darse al otro y ayudarle a ser más humano.
En esta posibilidad de humanización no hay límites. Pero tampoco lo hay en la capacidad de utilizar la sexualidad para deshumanizar y deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la inmensa mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla con claridad.
La diferencia está en la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro, la relación es positiva. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, incluso a costa del otro, la relación es deshumanizadora.
El matrimonio no es una patente de corso, dentro del cual todo está permitido. Yo he tenido que dejar de decir en las bodas que había más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él. Y sin embargo estoy convencido de que es verdad.
Si no viviéramos en sociedad, bastaría con que dos personas se amasen para desplegar su sexualidad. Pero como vivimos en sociedad, es preciso acomodarse a las normas que hacen posible una convivencia verdaderamente humana.
Cuando dos jóvenes deciden ir a vivir juntos sin más explicaciones y sin tener en cuenta su entorno, están haciendo un verdadero disparate antropológico. Antes o después la sociedad les negará la acogida indispensable para poder desarrollar una vida social. Es contradictorio que se salten a la torera las normas más elementales y después exijan derechos que renunciaron de antemano.
El mayor enemigo del matrimonio es el hedonismo que invade todas las parcelas de las relaciones humanas. Este afán de buscar en todo lo agradable, lo que me apetece, lo que me da más placer, lo que menos me cuesta, etc., es lo que nos incapacita para unas relaciones verdaderamente humanas. Esta búsqueda de placer a cualquier precio, arruina toda posibilidad de una relación de pareja.
Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas se mantienen mientras se consiga del otro lo que me beneficia a mí.
Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que ni siquiera se plantean la unión estable sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal.
Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Las primeras comunidades cristianas supieron descubrir el riquísimo contenido de una relación de pareja, por eso se le dio a esa unión el rango de sacramento.
El sacramento añade al verdadero amor los signos externos de la presencia de Dios que lo hace posible. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente, es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento.
Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor solo surge en la persona desarrollada como humana. No es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera.
Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de más humanidad. Amar es la capacidad de ir al otro y encontrarme con él como persona para ayudarle a ser más humana, experimentando en el don mi crecimiento en humanidad.
Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o entre no creyentes. Creer que la indisolubilidad es exclusiva de la Iglesia, es demostrar una supina ignorancia antropológica o pensar en la magia de un rito. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión.
Es absolutamente impensable un auténtico amor condicionado a un limitado espacio de tiempo. Fíjate bien que hablamos de un amor auténtico, no de un amor perfecto. Una de las cualidades más bonitas del amor, es que puede estar creciendo toda la vida.
El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. Pero el verdadero amor hemos dicho que es indestructi¬ble. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina.
Después del rito del sacramento, la liturgia repite las palabras que recuerda hoy el evangelio: "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". Pero yo digo: la mejor prueba de que Dios no ha tenido arte ni parte, es que se separa. Es frecuente oír hablar de un amor que termina. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor.
Dicho esto, hay que tener en cuenta que los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que egoísmo? Hay que reconocer, sin ambages, que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hace falta un proceso judicial para demostrarlo.
Si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento. Si se trata solo de un contrato entre dos seres humanos, debemos aplicar la ley que regula los contratos; y todo contrato admite la posibilidad de rescisión.
Es muy corriente que se confunda el sacramento con el rito. Un sacramento es el resultado de la unión de un signo con una realidad significada. En este sacramento, el signo son las palabras que se dicen mutuamente los contrayentes (a veces olvidamos que son ellos los ministros del sacramente, no el sacerdote). Lo significado es el verdadero amor. Un signo que no significa nada no es más que un garabato sin sentido.
Puede haber verdadero amor sin sacramento. No puede haber sacramento sin auténtico amor.
No tiene importancia decisiva el lugar donde el rito se realice. Que una boda se realice en la Iglesia, o en el ayuntamien¬to, no afecta a lo esencial. Durante siglos no hubo ninguna ceremonia religiosa específica para el matrimonio entre cristianos. Los trámites que había que realizar ante las instancias civiles, eran la única forma externa (signo) del sacramento para dos personas creyentes.
También aquí existe una ignorancia supina cuando se dice: "me caso por lo civil porque por la Iglesia tendría que ser para toda la vida".
Esto no quiere decir que el rito del sacramento no tenga importancia. Los sacramentos son una necesidad humana, no una exigencia de Dios. La realidad material nos entra por los sentidos, sea directamente sea a través de signos. Las realidades trascendentes solo pueden llegar a la mente a través de los signos.
Los sacramentos ni son magia ni son milagros. En el signo del sacramento se hace presente la realidad significada, que no es otra que el AMOR que es Dios. Al hacer presente esa realidad, facilitamos el poder vivir esa realidad trascendente que de otro modo se nos podría escapar.
Meditación-contemplación
El matrimonio es la verdadera escuela del amor.
Pero es también la prueba de fuego para aquilatarlo.
Ninguna otra relación humana llega a tal grado de profundidad.
En ningún otro ámbito se puede expresar mejor el don total.
..................
Las ensoñaciones místicas pueden ser engañosas,
pero no hay nada más auténtico
que una relación verdaderamente humana de pareja,
donde se despliegue la capacidad de darse.
....................
La clave de un verdadero amor no es el equilibrio de intereses,
Sino el descubrimiento del verdadero ser del hombre,
que consiste en darse sin límites al otro
y encontrar en ese don plenitud y felicidad total.
...............
JESÚS ES MEJOR QUE LA LEY
Mc 10, 2-16
Seguimos en el contexto de polémica. Una vez más, son los fariseos los que hacen una pregunta a Jesús "para ponerlo a prueba". Lo que quieren saber los fariseos es si Jesús piensa como ellos en un asunto delicado y controvertido en la época, y "probarle", a ver si puede fundamentar su opinión con sólidas citas de la Escritura. Esta "prueba" les va a resultar desastrosa: Jesús piensa completamente lo contrario que ellos, y maneja la Escritura mucho mejor.
La doctrina de los fariseos mantenía lo que en la época (en la cultura judaica) era norma común. El marido podía repudiar a su mujer cuando quisiera, simplemente dándole un acta de repudio. Los fariseos lo fundamentaban en un texto del Deuteronomio (Dt 24 1-3), que dice así:
"Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa, y ella sale de la casa y se casa con otro y el segundo también la aborrece, le escribe el acta de divorcio y la echa de casa, o bien muere el segundo marido, el primer marido que la despidió no podrá casarse otra vez con ella, pues está contaminada; sería una abominación ante el Señor: ..."
Es un precepto bastante extraño. En realidad no prescribe nada sobre el divorcio, sino que lo da por supuesto, y legisla acerca de la posibilidad de casarse de nuevo con la divorciada si ella vuelve a quedar libre, por otro divorcio o por muerte del segundo marido, negando esa posibilidad como "abominación", aunque nadie sabe por qué.
La práctica habitual en Israel se regía por este precepto. Debemos advertir que es una norma para los varones: son ellos los que tienen ese derecho, nunca las mujeres. De hecho, el divorcio estaba mal visto, y el derecho se restringía por medio de otros preceptos, como la obligación de devolver la dote al padre de la mujer y otros más, que dificultaban la práctica.
Pero en cualquier caso se trata claramente de un derecho masculino, en el que la mujer se considera de alguna manera "propiedad del varón", sobre la cual él tiene derechos, y que no tiene derechos respecto al marido.
Jesús se muestra mucho más entendido que los fariseos en cuanto a referencias bíblicas sobre el tema. Les ha preguntado a los fariseos qué manda la Ley, y ellos le han respondido qué permite Moisés. Ellos se atienen a un preceptillo dudoso que representa más bien el uso común un tanto permisivo, pero Jesús se remonta a la más profunda concepción, la voluntad primitiva de Dios, expresada en el Génesis, y les cita:
"Hombre y mujer los creó" (Génesis 1,27), que muestra la igualdad de los dos. La mejor traducción sería "varón y hembra los creó"
"Por eso abandonará...y serán los dos una sola carne" (Génesis 2,24) que muestra la unidad de la pareja.
Cuando Jesús dice "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" condena una vez más la mala práctica de los fariseos y doctores de interpretar habilidosamente la Escritura sacándola de su sentido original para hacerla servir a sus intereses de escuela.
Es el mismo reproche que se les hace en Mateo 23 ("ay de vosotros que pagáis el diezmo de la menta, del anís y del comino y descuidáis lo más importante de la Ley, la misericordia, la justicia y la fidelidad... ay de vosotros que filtráis el mosquito y os tragáis el camello...") y en el precioso párrafo de Marcos 7,8 (" descuidáis el mandato de Dios para mantener la tradición de los hombres.... Y así invalidáis el precepto de Dios para mantener vuestra tradición; hacéis muchas cosas de éstas").
Jesús por tanto sale en defensa de la mujer diciendo que el varón que la repudia "comete adulterio contra ella". Formulación muy interesante, porque subraya la ofensa del varón contra la mujer indefensa.
Pero inmediatamente se afirma lo mismo en el caso contrario: es decir, se pone en pie de igualdad de obligaciones a los dos sexos, volviendo a la concepción primitiva del Génesis por encima de la interpretación abusiva del Deuteronomio.
Marcos no pone restricción alguna a la prohibición del divorcio. Mateo (19,1) hace una excepción: "salvo en caso de concubinato". Parece que este es un añadido de las primeras comunidades en que se hacían cristianos algunos procedentes del paganismo y tenían varias mujeres, en cuyo caso no solamente era permitido sino obligatorio despedir a las concubinas.
Así lo interpreta la Biblia del Peregrino. Otros autores, (como la Biblia de Jerusalén) traducen "salvo caso de fornicación", y piensan que se muestra aquí la práctica de las primeras comunidades en que la fornicación de uno de los cónyuges llevaba consigo la separación, pero sin que se permitiera un nuevo matrimonio.
R E F L E X I Ó N
La doctrina básica que se expone en el evangelio no requiere mayor explicación. Es clara, y la iglesia la ha mantenido así a lo largo de la historia. Hagamos pues unas breves reflexiones que sugieren estos textos.
Antes de entrar en la materia del texto evangélico, reflexionamos sobre los textos del Génesis y del Deuteronomio. Su contenido es diferente, los preceptos son opuestos. De hecho, los fariseos se basan en el Deuteronomio y Jesús en el Génesis, para sacar consecuencias de actuación que se contradicen.
A partir de esto, debemos reflexionar una vez más acerca de nuestra lectura y comprensión de la Escritura, y sobre el peligro de interpretarla subjetivamente y al pie de la letra. Hay quienes se basan en la afirmación indiscriminada de que "toda la Escritura es Palabra de Dios y por tanto no contiene inexactitud ni error alguno". Esta afirmación no puede admitirse sin más, y esto queda de manifiesto cuando, como en nuestro caso, dos textos se oponen (y esto mismo se repite con alguna frecuencia).
Es necesario recordar que en la Escritura se consigna toda la historia de la fe y de los pecados de Israel, y toda la evolución de esa fe. Hemos llamado a la Escritura la "Crónica del descubrimiento de Dios" por parte de Israel, y en ella encontramos preceptos que muestran una fe primitiva y una moral arcaica, que, movida por la Palabra de Dios, va evolucionando hasta su plenitud en Jesús.
Jesús mismo citó el precepto de "amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo", incompatible con "amarás a tu enemigo". Desde la vieja ley penal del Talión hasta el setenta veces siete hay un largo camino que Israel recorre y del que deja constancia en la Escritura.
Por esto, una cita aislada de la Escritura no puede calificarse sin más de "Palabra infalible de Dios". Es necesario comprenderla en su contexto, y, sobre todo, comprobar si esa línea se culmina en Jesús: en Él, la Palabra de Dios que aparece en el AT. llega a su plenitud, se acaban las provisionalidades y se corrigen las desviaciones.
En el tema del matrimonio, todo esto se aplica de una manera excepcionalmente clara. Si leemos Génesis 16 (la historia de Agar) tenemos la impresión de que se está aceptando sin reticencia alguna la poligamia. Si leemos Deuteronomio 24,1-3 (el texto que citan los fariseos) encontramos una interpretación machista y permisiva que se ha dado en Israel y es defendida por los doctores en tiempos de Jesús. Y si leemos Génesis 1 y 2 nos encontramos con la doctrina que Jesús avala.
Nuestra segunda consideración llevaría a la exposición de la doctrina cristiana sobre el matrimonio, que naturalmente no vamos a exponer extensamente, pero sí en su esencia. El matrimonio cristiano funda la unión de la pareja en el amor, no en la conveniencia social, no en los intereses familiares, no en la atracción corporal.
El amor es más que una atracción, más que un sentimiento, y se distingue radicalmente de la conveniencia y del enamoramiento: cuando éstos han desaparecido, el amor puede seguir e incluso ser más claro y fuerte. El amor de la pareja es una de las clases de amor que existen en el ser humano: amor materno o paterno, amor filial, amor de amistad...
Y cuando se da, supera toda lógica y conveniencia y presenta dos características que todo el mundo reconoce, al menos como ideal: tiende a ser exclusivo y duradero: "sólo tú y para siempre". Se manifiesta en un deseo de la felicidad del otro, en sentirse bien si el otro está bien, aun cuando esto suponga sacrificio propio (o incluso deseándolo).
Tan singularmente humano es este "sentimiento", tan sorprendentemente humanizador, que el pueblo de Israel lo utilizó para "describir" a Dios: como un enamorado, como un novio, como un amante celoso, y aplicó a la relación Dios-Israel el más bello poema de amor, el Cantar de los Cantares, utilizado también, y de qué forma, por los místicos cristianos.
Culminando esta línea, Pablo en 1 Corintios 13 escribe el famoso himno al amor, el mayor y más envidiable de los carismas, y en Efesios 5,25 llega a la hermosa comparación en que el amor de hombre y mujer se presenta como imagen del amor de Dios ("como Cristo ama a su iglesia").
Si todas las cosas del mundo son reflejo de la divinidad, y podemos así contemplar a Dios a través de las criaturas, la mejor "encarnación" de la divinidad y el lugar donde mejor se puede contemplar a Dios es sin duda el amor, el amor de padres a hijos (Abbá) y el amor entre hombre y mujer. Toda esta línea de conocimiento de Dios a través de la contemplación del amor humano culmina sin duda en la expresión de la primera carta de Juan: "Dios es amor" (4,8).
Todo eso ha llevado a la iglesia a entender el matrimonio como sacramento, es decir, como manifestación de Dios, como lugar de presencia activa de Dios, como signo vivo y eficaz del amor de Dios. Tenemos la tentación de entender como sacramento la ceremonia del casamiento. Es insuficiente. Es el estado matrimonial el que es sacramento, lugar de ver a Dios, presencia del amor encarnado.
Considerando todas estas cosas, tan verdaderas y tan hermosas, tiene uno sin embargo la impresión de estar hablando del Paraíso, no de la vida cotidiana. Todo esto se da, se ambiciona, se admite por cualquiera como ideal indiscutible.
Pero en la vida cotidiana se dan también muchas otras realidades inevitables: la pareja mal construida desde el principio, la incompatibilidad descubierta a lo largo del tiempo, la debilidad, las diferentes y difíciles fases de la vida. Situaciones que nadie desea ni pone como ideales, pero que están ahí, y con más frecuencia de la que nos gustaría.
En todos esos casos nos encontramos con la dificultad de que la legislación de la iglesia se ha desarrollado dando por supuesto que se va a realizar en la pareja el ideal del amor. Sin embargo, nos damos también cuenta de que, cuando ese ideal fracasa, deben existir caminos, soluciones para que sea posible la vida humana y cristiana de los que se encuentran en esa situación.
En un mundo en el que, cada vez más, la sexualidad sustituye al amor en vez de expresarlo, y en el que las parejas tienden a constituirse más bien por intereses o deseos ocasionales, la iglesia mantiene el ideal de la pareja por amor como una de las mayores y más positivas y humanizadoras manifestaciones del ser humano llevado más allá de cualquier comportamiento animal, egoísta o mezquino.
Pero también siente, hoy más que nunca, que no se puede hacer del ideal una exigencia exclusiva y que debe ser posible una situación ante Dios y en la Iglesia cuando lo ideal no ha sido de hecho realizable.
PARA NUESTRA ORACIÓN
Los hombres ponemos leyes, dictamos preceptos, y está bien, es necesario. Pero Jesús sabe que la ley sin espíritu es opresión. Para orar sobre esto deberíamos hoy leer el capítulo 8 del evangelio de Juan (v. 1-11) Presentan a Jesús una mujer "sorprendida en adulterio". La ley manda que esas mujeres sean lapidadas. Le preguntan a Jesús qué dice de esto.
Y Jesús opta claramente: salvar a la persona, aunque esto signifique "salvarla de la Ley" (Ver comentario pg 8)
Debemos pensar seriamente si no es éste uno de los problemas de nuestra Iglesia, si no estamos llegando a un punto de ruptura entre el Espíritu y la Ley.
Pero sería escurrir el bulto pensar en este problema como si no fuera un problema interior de cada uno. Si nos consideramos "justificados por el cumplimiento de la Ley" o más bien "movidos por el Espíritu de Jesús". En nuestro interior, no complaciéndonos en los problemas de otros.
APRENDER A AMAR
Mc 10, 2-16
La sociedad judía admitía el llamado “repudio”, por el que el marido podía abandonar a la mujer, por “motivos” que, según diferentes escuelas de rabinos, eran más o menos exigentes o ridículos.
Los estudiosos no se atreven a asegurar que el episodio evangélico que leemos hoy hubiera sucedido realmente en la época de Jesús; parece que hay indicios de que se trataría de un debate posterior, suscitado en la comunidad postpascual, que se intentó cerrar poniendo la respuesta en boca del Maestro. En apoyo de esta hipótesis suelen traer la variante que aporta el evangelio de Mateo, donde se reconoce una excepción, en virtud de la cual el divorcio estaría permitido: “Si alguien repudia a su mujer –a no ser en caso de fornicación [adulterio]- y se casa con otra comete adulterio” (Mt 19,9).
Sea o no palabra de Jesús, el texto se sitúa en el nivel de los “principios” o, si se prefiere, en el “horizonte” hacia el que aspira toda pareja que siente un movimiento interior a compartir su vida. Pero eso no significa tomarlo en un sentido “normativo”.
Es evidente que, también en el campo de las relaciones de pareja, como en cualquier otro, mucho depende de los condicionamientos que arrastra cada persona, de las condiciones objetivas, de las dificultades propias de toda relación e incluso del nivel de consciencia donde cada cual se encuentra.
Dentro de todo ese conjunto de factores –muchos de los cuales, a veces los más decisivos, son inconscientes-, ocupa un lugar destacado lo que cada persona haya crecido –o pueda crecer- en capacidad de amor gratuito.
Porque toda relación –y de un modo especial, la más íntima- constituye un “campo” privilegiado para ejercitarse en la capacidad de amar, haciendo pie en ella, para crecer en desegocentración y entrega; para experimentar el gozo de un amor que quiere ser cada día más gratuito y servicial.
Al final, el camino de la sabiduría es el mismo que el del amor. Ambos conducen a una forma de vida desegocentrada. La sabiduría nos lleva a comprender que todos somos uno, compartiendo la misma identidad; el amor nos hace vivirlo. Aquella nos hace ver que el yo es pura ficción; este nos permite hacer pie en nuestra verdad más profunda.
JOSEP LLIGADAS
El tema de la relación de pareja y del valor y el sentido del matrimonio para los cristianos no sale muy a menudo en la Escritura y por tanto no sale mucho tampoco en nuestras predicaciones. Pero hoy sí sale. Y, por tanto, hoy será un buen día para hablar y reflexionar sobre él, dada su importancia. Y habrá que hacerlo como una llamada estimulante, positiva, que arranca del comienzo de todo y que Jesús convierte en llamada evangélica.
EL RELATO DEL GÉNESIS
La página del Génesis que hoy leemos como primera lectura es un gran texto que valdrá la pena comentar, con toda su intensidad, como un canto a la vida que desde el inicio tiene uno de sus firmes puntales en la atracción y la relación de la pareja humana.
MA/REALIZACION:
El punto de partida del texto es la necesidad humana de estar en compañía. No podemos vivir solos, estamos hechos para la relación con los demás, estamos hechos a base de relación con los demás (por eso cuando muere algún ser querido, una parte de nosotros mismos muere con él, porque los demás forman parte, son, nuestra vida). No estaría fuera de lugar valorar hoy la importancia que tenemos los unos para los otros, una importancia que no puede suplir ni tan solo el dominio sobre toda la creación (dar nombre a los animales es dominar la creación).
Esta relación y compañía se realiza con una plenitud distinta de cualquier otra relación en la unión del hombre y la mujer. Es la pieza clave, la gran expresión, la gran realización de este acompañamiento entre los seres humanos. La atracción entre un chico y una chica, la estabilización de esta relación, el convertirla en amor incondicional, compromiso mutuo, relación sexual... constituye uno de los ejes básicos de la obra creadora de Dios. Hoy habrá que animar a los jóvenes a descubrir en su camino de amor el gozo de Dios que les acompaña, y animar a los mayores a sentirse también gozosos en este mismo camino. La alegría de Adán cuando despierta y ve a Eva es todo un programa.
MUJER/IGUALDAD: (También puede mencionarse un elemento que cuando el texto fue escrito tenía una notable importancia; la mujer es igual al hombre, es "hueso de mis huesos y carne de mi carne". No es ni un ser inferior ni una esclava).
EL REALISMO DEL EVANGELIO
El proyecto de relación de amor y unión incondicional de hombre y mujer no es un proyecto que funciona automáticamente; viene marcado por todos los defectos, debilidades y taras que los hombres y las mujeres arrastran sobre sus espaldas; es una gran ilusión, pero al mismo tiempo está tocado por dificultades y decepciones de todo tipo. Y seguro que todos los matrimonios (y todas las parejas de novios) conocen bien esta experiencia.
Una solución sería: ahora que nos va bien, permanecemos juntos, ahora que no nos va bien, nos separamos, da igual. Pero Jesús hace una propuesta mucho más rica, mucho más humana. Y la propuesta es que la llamada de Dios, la llamada que humaniza, pide poner todo el esfuerzo para reforzar constantemente este camino de unión. Hoy valdría la pena hacer hincapié en el valor de este esfuerzo. Un esfuerzo que se hace no porque "nos lo manden", sino porque es lo mejor que podemos hacer, lo que nos dará más felicidad.
Y Jesús aún dice algo más a las parejas cristianas. Dice que el cristiano, si lo es verdaderamente, tiene que ser capaz de mantener su amor ocurra lo que ocurra. Como un signo del amor absoluto de Dios.
El sacramento del matrimonio será eso: la experiencia más plena de acompañamiento mutuo que se puede dar entre los seres humanos (cf. primera lectura) se convierte en signo público, eclesial, del amor absoluto que es Dios. (Y una nota final. Ya se ve que el tema del evangelio de hoy no es la cuestión de las leyes del divorcio. Estas son -nos dice Jesús- mecanismos para resolver problemas generados por las durezas de corazón que estropean lo que no debería haberse estropeado. Pero este tema de las leyes -en aquellos tiempos, más de "repudio" que de "divorcio"- no preocupa mucho a Jesús).
JOSEP M. ROMAGUERA
-PERFILANDO QUIÉN ES JESÚS
En la segunda parte del evangelio de Marcos, donde entramos después de la confesión de Pedro, los diferentes interlocutores de Jesús -sean o no discípulos, incluso los adversarios- contribuyen, con sus preguntas (a veces trampas, como hoy) a que se vaya definiendo la figura de Jesús. Los evangelios que iremos escuchando estos domingos hasta el final del año litúrgico deberían ayudarnos a definir los perfiles de la imagen que cada uno tiene de Jesús.
Con todo, hay que tener en cuenta que no leeremos la culminación del texto en esta serie de domingos, sino que ya la tuvimos como centro de las celebraciones pascuales: la muerte y la resurrección de Jesucristo constituye la clave de interpretación de todo el evangelio y de la figura de Jesús.
-LA NOVEDAD DE LA CARTA A LOS HEBREOS
/Hb/LIBRO: La novedad de este domingo radica en la segunda lectura: iniciamos una lectura semicontinua de la carta a los Hebreos. La leeremos durante siete domingos, hasta que se acabe el año litúrgico. El estilo de esta carta es muy diferente, por ejemplo, del que tenía la carta de Santiago, que hemos escuchado estos domingos anteriores. Santiago iba a cosas concretas, muy concretas, respondiendo a situaciones de vida de la comunidad cristiana. El autor de la carta a los Hebreos no trata de cosas concretas, pero quiere dar respuesta a un «estado» de vida de la comunidad cristiana. Este «estado» consiste en que los cristianos se han adormecido, han perdido el dinamismo inicial, la ilusión de la primera generación; se han habituado a ser cristianos de nombre, pero han empezado a perder el sentido que ello tenía para sus inmediatos antepasados; se les ha desdibujado también la figura de Cristo: no recuerdan tanto la cruz como la gloria y, por tanto, vivirán una existencia cristiana en la que el sacrificio, la entrega, el compromiso... se relajarán; el estilo de vida del Hijo de Dios encarnado, hecho hombre, puede dejar de revivir en aquellos que se llaman cristianos. Por eso, apenas iniciada la lectura de hoy, se nos dice: «Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús...»; y recuerda «su pasión y muerte» sin olvidar la «gloria»; el camino hacia la «salvación» pasa por los «sufrimientos».
El autor de esta carta, para dar respuesta a esta situación de los cristianos y dar nueva vitalidad a la existencia cristiana, les habla de Jesús, el Cristo. Es toda una lección para los que debemos «enseñar», predicar, exhortar. A veces, ante situaciones comparables a la de la comunidad de los Hebreos podemos reaccionar con un estilo de «reprensión». Y quizás lo que siempre conviene es mostrar a Cristo una y otra vez, poner la fuente al alcance de todo el mundo, para que todos puedan beber de ella. Toda una lección pastoral.
-LA HOMILÍA DE HOY
Aunque la segunda lectura no se escoge en relación con el texto del evangelio (por lo menos durante el tiempo ordinario), este estilo del autor de la carta a los Hebreos es el mismo que tiene Jesús, en el evangelio de hoy, para dar respuesta a una cuestión concreta: va a los orígenes. Por tanto, en el tema del divorcio, que hoy trata el evangelio, tenemos la ocasión para no eludir el tema, pero también para tratarlo al estilo de Jesús: subrayando lo que es esencial, cuál es la voluntad de Dios para el hombre y la mujer, cuál es la base sobre la que una pareja se compromete en matrimonio...
El evangelio de hoy puede ser una buena ocasión para recordar y valorar a los matrimonios que asisten a la Eucaristía la importancia de su compromiso: conviene recuperar de vez en cuando la ilusión de los orígenes, recordar que el amor sigue siendo bendecido por Dios y sigue siendo «sacramento» para la Iglesia.
También será ocasión -pero intentando no ser catastrofistas- para poner ante Dios, en la oración de la comunidad, la realidad actual tan numerosa de matrimonios rotos, con todo lo que supone de consecuencias negativas para las familias y para la sociedad.
En fin, puede ser ocasión para plantearse qué respuesta damos como comunidad cristiana a la cuestión matrimonial (acogida de parejas, celebración del sacramento...) y a la cuestión familiar: cómo ayudamos a que la voluntad de amor que Dios tiene para con las parejas sea posible en el día a día, cuando las cosas ya van tomando envergadura, cuando los hijos van introduciendo factores nuevos, cuando la economía familiar no es fácil...
MAERTENS-FRISQUE
La versión de Marcos concerniente a la discusión entre Jesús y los fariseos sobre el divorcio es ligeramente diferente de la de /Mt/19/01-09. El segundo evangelista, teniendo en cuenta a un público poco familiarizado con el juridismo de la ley judía y la Palabra de Dios, insiste más que Mateo en la ley de la naturaleza. Dice también que "Dios les hizo hombre y mujer" (v. 6), mientras que Mateo se refiere a una "palabra" de Dios a Adán y Eva (Mt 19, 5). Y mientras que Mateo distingue la ley de Moisés y lo que éste ha tolerado en algunos casos, Marcos hace referencia directamente a la voluntad de Dios (v. 9). Por último, descartando el inciso de Mt 19, 9, Marcos evita una seria dificultad de interpretación del pensamiento de Jesús.
Para él, el hombre no puede destruir una unidad inscrita en su naturaleza.
a) La discusión sobre el divorcio se sitúa en tres niveles sucesivos. Al comentar el Dt 24, 1, los fariseos habían ampliado considerablemente los motivos de ruptura, pero no se habían puesto de acuerdo en torno a la lista de éstos (cf. Mt 19, 3). El evangelista no alude a estas discusiones; únicamente supone que los fariseos acaban de preguntar a Jesús si está permitido repudiar a su mujer, pregunta un tanto sorprendente por parte de aquellos, ya que tal posibilidad era admitida por el Dt 24, 1. Marcos no ofrece, en este aspecto, la versión original.
El evangelista considera que los fariseos se refieren a la propia ley (v. 4). Pero esta prescripción, les dice Jesús, debe ser abolida y la solución ha de buscarse a nivel de la voluntad de Dios, inscrita en la naturaleza (Gén 1, 27; 2, 24), según la cual el hombre y la mujer deben permanecer unidos. Ningún hombre, incluido Moisés, tiene derecho de deshacer esta unidad radical del matrimonio (vv. 11-12).
b) Para comprender bien el alcance de esta perícopa no debe olvidarse que el mensaje que contiene forma parte del anuncio del Reino que viene bajo el aspecto de un paraíso por segunda vez encontrado. Marcos ha hecho ver ya que el Reino era una victoria sobre el pecado original (Mc 2, 1-10), una victoria sobre la enfermedad y la muerte (Mc 5, 21-43).
En este pasaje, Marcos precisa que el Reino es también una reanudación del proyecto inicial, concerniente a la unidad del matrimonio por el amor.
La aventura conyugal es, en definitiva, uno de los terrenos privilegiados en que toma cuerpo la venida del Reino, con tal de que sea vivida con la máxima fidelidad a la iniciativa original de Dios.
La doctrina de Marcos es, pues, muy clara: el matrimonio no es solamente un contrato facultativo entre dos personas, sino que está implícito en él la voluntad de Dios, inscrita en la complementariedad de los sexos. No basta la sola voluntad de los esposos para explicar el matrimonio y su unidad: la propia voluntad de Dios y su unidad son parte interesada en el matrimonio. Esta es la razón por la que el divorcio no es solamente una injusticia contra el consorte perjudicado; es también una injusticia contra el mismo Dios. Aún se puede preguntar si la armonía de las voluntades es hasta tal punto clara que lleva consigo realmente -con todas las posibles limitaciones de los compromisos humanos- una unión natural aceptable y, como consecuencia, la expresión de la voluntad divina.
COM BIBLIA LITURGICA
Otra dimensión esencial de la nueva comunidad mesiánica será la renuncia al orgullo. El relato de los niños es bastante claro a este respecto: los discípulos no reñían a los que llevaban niños porque pudieran molestar al maestro, sino precisamente porque los niños no representaban nada.
Según ellos, el reino de Dios era un asunto de adultos; y para alcanzarlo era necesario hacer opciones conscientes, tener determinados méritos, realizar las obras correspondientes. Jesús piensa todo lo contrario: el reino de Dios tiene que ser recibido, o sea es una iniciativa divina. Por lo tanto, la única postura apta para "recibir" es la de los niños: el reino de Dios se recibe primero, después se entra en él.
A lo largo de los siglos la ascética cristiana ha abusado no poco de este texto, queriendo presentar el infantilismo irresponsable como la auténtica actitud de un cristiano.
Ahora bien, según esta ascética equivocada, esta "irresponsabilidad" se ejerce frente a unos hombres determinados que imponen tiránicamente sus ideas: o mediante una seducción personal de tipo iluminista o mediante el chantaje de los intereses económicos, sociales y políticos.
Jesús habla de todo lo contrario, o sea del reino de Dios. Este es un subrayado constante del segundo evangelio: en aquellas primitivas comunidades ya apuntaba el peligro de presentarse como el "sucedáneo" de Jesús. Según este texto, la resurrección habría colocado a Jesús en una altura inaccesible, dejando su puesto vacío a disposición de unos responsables puramente humanos que tendrían que hacer lo mismo que Jesús. El segundo evangelista se rebela constantemente contra esta perspectiva: la resurrección de Jesús ha hecho que siga presente en la comunidad cristiana y que su puesto no pueda ser ocupado por nadie. Solamente él puede tener el "capricho" de llamar discípulos sin dar ninguna razón.
Los discípulos de Jesús serán niños, sí, pero solamente ante Dios; ante los demás deberán ser conscientes y responsables, e incluso no deberán permitir que se produzca esa intromisión de los dirigentes eclesiales cuando se hacen pasar por "sucedáneos" de Jesús, creando para ello una cristología evasiva y una consiguiente eclesiología triunfalista.
De aquí también se deduce que una inspiración cristiana de la pedagogía deberá buscar ansiosamente que este estado de infantilidad se mantenga solamente ante Dios, no ante ningún poder terreno. Esta es la pedagogía liberadora: el monopolio de Dios sobre la conciencia del hombre obliga a los creyentes a no tolerar que nadie ponga sus manos sobre la libertad del ser humano, incluso desde sus primeros balbuceos.
ALESSANDRO PRONZATO
La pregunta de los fariseos es capciosa y sólo tiene el objetivo de poner a Jesús a prueba. La trampa podía consistir en obligarle a declararse a favor de una de las escuelas rabínicas que estaban encontradas en esta materia, o hacerle caer en desgracia ante Herodes Antipas -como le había sucedido a Juan Bautista- por el episodio "candente" del repudio de su mujer legítima.
El divorcio estaba generalmente admitido en el judaísmo. La discusión quedaba abierta en los motivos que le podían autorizar. La iniciativa, salvo rarísimas excepciones, pertenecía siempre al marido. La gama de razones era bastante amplia. Iba desde los casos más fútiles (la mujer que dejaba quemar la comida), para pasar a través de los que se consideraban como atentados a la moral del tiempo (la mujer que salía sin el tradicional velo calado sobre la cara, o que se entretenía en la calle a hablar con todos o que se ponía a hilar en la vía pública), para llegar al caso más grave, el adulterio. Solamente para esta última situación no había prácticamente dudas acerca de la posibilidad e incluso el deber del divorcio.
Para los demás casos, las posiciones eran muy distintas. El texto fundamental era una disposición sancionada por el Deuteronomio (24, 1-4). Especialmente la expresión -"...porque descubre en ella algo vergonzoso" - daba origen a la controversia. Se enfrentaban dos escuelas que tenían por jefes a dos rabinos prestigiosos, Shammai (casi rigorista, y esta línea severa tutelaba, sobre todo, la dignidad de la mujer contra el arbitrio del marido) y Hillel (que adoptaba una actitud más permisiva, que de hecho desembocaba en la facilonería y legitimaba toda clase de pretextos, incluso los caprichos del marido).
La única restricción para un divorcio rápido era establecida por... el dinero. En efecto, el hombre, además de conceder el libelo de repudio, estaba obligado a dar a la mujer una suma establecida en el contrato matrimonial.
En el caso de que no tuviera esta posibilidad financiera, para... resarcirlo del inconveniente de tener que soportar una mujer desagradable, se le consentía llevar a casa otra mujer. Así se verificaban no pocos casos de poligamia. Jesús no se deja envolver en una casuística tediosa. En relación a aquella "concesión" de Moisés, Jesús precisa que aquella permisión que ellos interpretaban como una conquista, como un signo de benevolencia divina para ellos, en realidad sería un inquietante testimonio contra ellos, porque se mostraban incapaces de vivir el amor en la relación hombre-mujer como lo vive Dios en alianza estrecha con su pueblo.
Por ello Jesús, saltando el legalismo de los fariseos, lleva la cuestión "al principio del mundo" (v. 6) para encontrar el proyecto de Dios en la relación hombre-mujer. De esta forma les hace reflexionar sobre el hecho de que la voluntad divina implica una unión muy estrecha entre los sexos con la característica de indisolubilidad. "Luego lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre" (v. 9). Parece que aquí el hombre no hay que entenderlo como "legislador humano" o "autoridad judicial", sino que indicaría al marido en su responsabilidad personal. "Detrás de las imágenes Jesús se refiere a la relación personal. Es una locura tratar este texto como una prescripción legal. Sus palabras son espirituales y, por tanto, las más vinculantes; pero su aplicación es dejada a la conciencia cristiana iluminada" (V. Taylor).
Podemos sintetizar así la posición del Maestro:
1. Superación del legalismo. Tanto del permisivo como del restrictivo. Jesús no ha venido ni para ampliar ni para restringir la ley, sino para abrir horizontes. Saltando decididamente el aspecto jurídico, lleva el debate a su verdadero horizonte: la intención fundamental del Creador.
2. Jesús rechaza también el ponerse en un plano que entienda el matrimonio fundamentalmente como un contrato, donde todo es cuestión de obligaciones, dar y recibir, propiedad, derechos, razones más o menos válidas. El se coloca en el plano de la dignidad de la persona y de la seriedad del amor. No duda en definir como "adulterio" la ruptura de una relación y de un "pacto", que no tienen nada de contrato, sino que deben producir el esquema de alianza de Dios con su pueblo, y constituir por ello una comunidad estable, a pesar de las distintas contingencias.
3. Pero en todo el discurso de Jesús me parece poder captar esencialmente una oferta. Moisés había ofrecido una derogación, una concesión. El ofrece una posibilidad. Precisamente él, que parece más exigente, en realidad es más abierto. Abierto en dirección de las posibilidades del hombre. La posibilidad que se ofrece es precisamente la de volver al proyecto inicial de Dios, a pesar de la fragilidad y debilidad humanas. La vuelta "al principio, a la fuente, no es sencillamente una llamada para descubrir la voluntad originaria de Dios, sino a encontrar en él aquella fuerza que el hombre no puede obtener por sí mismo. (...)
La posición de Jesús, hoy sería definida "intransigente". En realidad, él no pide prolongar una relación puramente exterior, mantener en pie una fidelidad-como-soga-al-cuello, vacía de contenido y de alegría. Exige un compromiso que, al referirse a Dios, encuentra la luz y la fuerza para superar todos los elementos disgregadores, para soldar las roturas, para encontrar la frescura de un don que representa un desafío a lo provisional.
Lo que pretende es una fidelidad creativa, no cansinamente repetitiva. Una fidelidad que se inserte en la línea del amor, no de la ley; en la línea de la alianza, no del contrato-comercio.
Una fidelidad portadora de valores actuales, no de gestos vacíos. Jesús, en el fondo, más que pedir continuar, pide re-comenzar. La posibilidad que ofrece no es ciertamente la de apuntalar un edificio en ruinas, sino la de reconstruirlo. Sí, Jesús es intransigente. No puede no serlo. Porque está de parte de la libertad.
ENCARNACION: Ciertamente los lazos se atenúan y se desgastan. Las motivaciones iniciales "ya no valen". La costumbre hace cansino el paso y nivela la realidad. Las dificultades son reales. Nos cansamos. También Dios ha conocido dificultades parecidas en su relación con el hombre. Ha ocurrido algo grave. También Dios se ha cansado del hombre. Y precisamente cuando no podía más, ha decidido terminar. Y ha venido a buscar al hombre... Este es el estilo de Dios.
Cuando la distancia es demasiada, cuando entre los dos no hay ya nada en común, Dios decide abolir las distancias, rompe su clausura divina y viene a plantar su tienda en medio de nosotros.
¿Quién no ha dicho alguna vez "así no se puede seguir", "en estas condiciones es imposible continuar"? Y nos paramos. Dios, en cambio, precisamente entonces da el paso decisivo con relación al hombre. Con la encarnación Jesús no viene a traernos a domicilio el "libelo de repudio", sino el "gozoso anuncio" de su amor incurable por el hombre.
SANTOS BENETTI
1. Buscar el fundamento
Después de escuchar estas lecturas, no cabe duda de que hoy tenemos que reflexionar sobre el espinoso tema del divorcio, de palpitante actualidad en nuestra sociedad. Quizá alguno esté pensando para sus adentros: Seguramente que no se animará a hablar contra lo dicho por el Evangelio, así que ya sé qué podrá decir.
Otro podrá pensar: Este es un tema que no lo pueden entender los obispos y sacerdotes porque ellos no están casados, y nadie puede hablar desde fuera de algo sobre lo que no tiene experiencia.
Un tercero podrá decir: Este es un caso de conciencia, y cuando llegue el momento, cada uno debe responder. Cada caso es distinto y no se puede dar una respuesta general. Todos los que piensan más o menos así, tienen su parte de razón.
En efecto: desde el momento en que como cristianos vamos a comentar un texto evangélico, no vamos a afirmar lo contrario, a pesar de que se trata de un párrafo un tanto molesto.
También es cierto que los sacerdotes no tienen experiencia matrimonial y que en este tema no pueden partir de algo vivido por ellos. El caso es que tampoco Jesús era casado y, sin embargo, se le hizo la consulta y dio la respuesta que conocemos. Con esto parece quedar claro que el problema va más allá de si estoy casado o no.
Finalmente, es muy cierto que cada uno ha de tomar su resolución de acuerdo con su conciencia y según su situación particular. Mas hoy no se trata de eso, sino de buscar un fundamento religioso a la unión matrimonial.
Ahora alguno podrá preguntar: ¿Cómo vamos a encajar este problema que tiene tantos puntos de vista y ángulos diversos desde donde ser mirado? Otro, a su vez, estará inquieto pensando si tenemos nuevos y poderosos argumentos en favor de una postura o de otra. Pues bien, lo único que pretenderemos hacer es comprender lo que Jesús nos ha dicho en el evangelio de hoy. Hasta ahora lo hemos seguido todo el año y siempre hemos descubierto que su palabra nos trajo la paz, la alegría y la libertad interior. Miremos, por lo tanto, con confianza y sin prejuicio alguno este texto que debe tener algo nuevo que decirnos, ya que también él es buena noticia, evangelio, palabra de salvación. Sigamos, por tanto, el texto paso a paso.
Un grupo de fariseos le plantea a Jesús la gran cuestión: «¿Le es lícito al hombre divorciarse de su mujer?» Hay algo que de entrada nos llama la atención en la pregunta: la hacen hombres y para beneficio de los hombres. La mujer parece no contar en el problema. Es que en aquella época era así: el varón tenía derecho a separarse de su mujer y casarse con otra; pero a la mujer no la amparaba la misma ley. El motivo de esta segregación sexual es fácil de descubrir: las leyes habían sido redactadas por hombres y para hombres. Era, por tanto, difícil encontrar una solución por ese camino, ya que los hombres tendían a hacer fácil la ley para ellos mismos, y exigente cuando se refería a las mujeres. En tiempos de Jesús, el tema del divorcio suscitaba muchas discusiones, pero no se ponía en duda su necesidad; la discusión solía estribar en cómo encontrar una fórmula más fácil para divorciarse. Jesús elude la discusión porque, como solemos decir, iba a tomar el toro por las astas. No entrará en el juego de las discusiones rabínicas ni buscará el camino de un egoísmo fácil, defendido por la ley. Es por esto por lo que pregunta a su vez: «¿Qué ha ordenado Moisés?» Aparentemente se remite a Moisés como posible solución del conflicto; pero en tal caso debería admitir el divorcio, ya que la ley mosaica afirmaba que «cuando un hombre se casa con una mujer, si sucede que esta mujer no le resulta agradable, le redactará un acta de divorcio, se la pondrá en la mano y la despedirá de su casa» (Dt 24,1). Pero Jesús quiere llegar más lejos y hacer ver que Moisés tuvo que contemporizar con una costumbre que era muy difícil de erradicar debido a la dureza de corazón de los hebreos. Si, en cambio, queremos llegar al fondo de la cuestión, debemos preguntarnos qué es lo que fue establecido al principio; o dicho de otro modo: cuál es el fundamento religioso del matrimonio. Sea cual fuere el origen social del matrimonio, lo cierto es que la fe le da un sentido muy especial. Es este sentido religioso el que Jesús desea poner de relieve en este texto evangélico.
Y aquí tocamos el nudo de la cuestión. Véamoslo, pues, un poco más detenidamente. Tanto Marcos corno Mateo nos dicen que los mismos apóstoles quedaron sorprendidos por la solución dada por Jesús -no olvidemos que los apóstoles eran casados- y cómo quien siempre aparecía tan condescendiente con los pecadores, podía mostrarse tan duro en este caso concreto. Si no siempre una pareja se lleva bien -pensaban-, ¿por qué, entonces, condenarlos a vivir juntos bajo una ley tan dura si Dios es amor? Mas Jesús no se refiere aquí a ningún caso concreto ni se puso a dar argumentos psicológicos, sociológicos, jurídicos o históricos en favor de una postura o de otra. Sólo quiere que miremos el problema en su totalidad, y que, antes de preguntarnos por la licitud del divorcio, nos preguntemos qué es el matrimonio, qué implica, supone y a qué compromete. Podríamos comparar este texto con otro que también es difícil de digerir. Cuando Jesús afirma que hay que amar a los enemigos, no desconoce que cuando uno tiene un enemigo y lo odia, es muy difícil que después lo pueda amar. Pero sí lamenta que lleguemos a odiar a una persona de esa manera. Si realmente amamos al prójimo como a nosotros mismos, nunca podríamos llegar a odiarlo como a un enemigo mortal. De esta manera, Jesús pone al descubierto que el odio y la enemistad, si bien existen y profusamente, son un absurdo y una aberración humana. Si no ignoramos la realidad del odio y de la guerra, no podemos tampoco compartir el principio de que en ciertas circunstancias el odio sea bueno y la guerra deseable. Es decir, el texto de Jesús afirma lo absoluto del amor al prójimo, lo exigente que es y la entrega que implica. Algo similar sucede con el texto de hoy. Jesús no es tan ingenuo como para ignorar lo difícil de una relación en pareja o el clima insoportable al que llegan ciertos matrimonios; tampoco ignora el sufrimiento al que se ven sometidos los hijos o uno de los esposos, o ambos; ni las aberraciones de todo tipo que a veces se producen en el interior de ciertas familias. Nada de eso ignora, mas precisamente por eso se opone al divorcio, porque el divorcio es la expresión de la desinteligencia de dos, de la falta de comprensión, de amor y de fidelidad. La frase de Jesús apunta a que descubramos que el egoísmo no se erradica del corazón humano por más que una ley, una fórmula o una firma rubriquen cierta relación de pareja. Ni la sola ley hace que dos personas se amen, ni la sola ley puede solucionar la falta de amor o la ruptura del amor.
2. Amar al otro como a uno mismo
Quizá ahora podamos ver un poco más claras las cosas. Pongamos el siguiente caso: dos personas se casan y se juramentan amarse para siempre; juntan sus vidas para construirlas en común. Al poco tiempo, no logran ponerse de acuerdo y deciden divorciarse. Supongamos incluso que en su país esto es legal y que legalmente pueden casarse de nuevo. Alguien podrá pensar: Al menos pueden ahora rehacer sus vidas...
Puede suceder que, en efecto, sea así. Mas lo que plantea Jesús es otra cosa: ¿Resuelve la ley, soluciona la ley la desavenencia que se ha producido y el fracaso de ese amor? Evidentemente que no lo soluciona, aunque lo ordena a efectos de impedir males mayores. Por lo tanto, quien quiera casarse que no busque primero una ley que le evita la suprema ley del amor total.
Si decimos que al casarse dos personas se comprometen a amarse, tomemos en serio esta palabra «amarse», porque en caso contrario no habrá ley que los salve del fracaso. Para esto es oportuno que recordemos la primera lectura de hoy, tomada del Génesis, parte de la cual cita Jesús.
Es interesante que en un primer momento Dios intenta buscarle al hombre una ayuda adecuada, y para eso hace desfilar en su presencia a numerosos animales a quienes el hombre va poniendo nombre. Esto significa que el hombre tiene poder sobre ellos a tal punto que los puede usar para su sustento. Pero, a pesar de su superioridad, el hombre «no encontraba ninguno como él, que le ayudase», dice el Génesis.
En un segundo momento, y de acuerdo con el viejo mito, Dios sumergió al varón en un profundo sueño -el sueño de su vida- y con un pedazo de su propio costado le forma una mujer, «hueso de sus huesos y carne de su carne».
Dicho de otra manera y sin un lenguaje mítico: en un primer momento el hombre aprende a luchar contra los otros y a dominarlos; desarrolla sus instintos agresivos y se apoya en la fuerza que le permite conseguir el poder sobre los demás. Mas con todo esto no consigue plena satisfacción. Le falta aún lo más importante: tiene que aprender a amar.
Si dominar a los otros es un instinto fácil y que más bien debe ser sujetado que azuzado, el verdadero amor es el fruto de una lucha contra nosotros mismos. Cuesta pensar que el otro en la pareja es uno mismo, es parte de uno; cuesta aplicar en este caso particular el viejo mandamiento: «amarás al otro como a ti mismo»; o, como dice el Génesis: llegarás a ser una sola carne con él.
Jesús dice que Moisés autorizó el divorcio «por la dureza de corazón» de los hebreos: aún no eran capaces de amar a imagen de ese amor divino a cuya semejanza fue creada la pareja humana. Todavía no habían descubierto que la entrega del hombre a la mujer no es un duro yugo ni una ley implacable, sino el descubrimiento de la vida. Tardó Adán en «descubrir» a la mujer, en descubrir al otro como persona; de la misma forma que nosotros, seamos casados o no, tardamos en descubrir la alegría de compartir la existencia del otro, de dejarnos invadir por el otro; y de penetrar en el territorio del otro, no para dominarlo, sino para abrazarnos a él como si fuésemos una sola persona. No podemos comprender la frase de Jesús si comenzamos a acumular argumentos en favor o en contra de] divorcio. Mejor que ni perdamos el tiempo. El eterno e indisoluble amor matrimonial no es más que el cumplimiento perfecto del mandato divino: amar a Dios con todas las fuerzas, y al prójimo como a uno mismo. Casarse es tener la oportunidad de amar a otro como a uno mismo; y este amor va más allá del simple erotismo o de la atracción física. En el amor, el gozo físico es la expresión de una unión de personas que permanece aun en el dolor, o en la ausencia del otro o en un mal momento.
El evangelio de hoy no pretende hacer fisiología ni psicología ni sociología; tampoco es un artículo de un código jurídico. Simplemente nos quiere ayudar a descubrir que más allá de esos puntos de vista, el hombre de fe descubre en la relación matrimonial el perfecto camino de llegar a Dios por el amor al otro.
Cuando el esposo ama a su esposa, ama a Dios en ese amor. Y viceversa. El amor se vuelve, entonces, puro y purifica la relación física de todo afán posesivo. Como bien concluye el capítulo segundo del Génesis: «Estaban los dos desnudos, el hombre y la mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro.» El amor es el descubrimiento del otro como persona, y en ese encuentro diáfano y total de dos personas, no hay lugar para la vergüenza. El corazón puro hace puro al ojo, a las manos y a todo el cuerpo.
Y así concluye Jesús: «Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.» Es decir: que el egoísmo no destruya lo que con amor hemos construido. Si desde un comienzo aprendemos a amar y a darnos a los demás, si desde un comienzo el hombre mira a la mujer como a ese otro igual a él en dignidad y a quien debe descubrir como parte de sí mismo, si desde un comienzo encaramos la vida matrimonial como un hacer en pareja, si desde el principio el hombre reconoce a la mujer como «mujer», y la mujer al varón como «varón», entonces ¿qué más nos da que sea lícito o no que el hombre se separe de su mujer por cualquier motivo? También lo podemos decir con palabras más vulgares: Cuando dos se casan, se casan para unirse, no para separarse. Por lo tanto, tendamos a que todos nuestros esfuerzos en el matrimonio se orienten a robustecer esa unión. Especular de entrada con la posible separación, es renunciar de antemano a esa maravillosa aventura de probar con la propia vida que el amor es posible.
Hoy Jesús nos trae el punto de vista de la fe sobre la unión matrimonial. Esto no significa que por tener fe todos los problemas se resuelvan por arte de magia. Muy al contrario, la auténtica fe debe movernos a poner en acción todos los medios posibles, a recurrir a la ciencia y a la psicología, a la lectura y a la reflexión personal o en común, para que en la vida matrimonial prime por encima de todas las cosas el mandamiento supremo: el amor total; un amor a la medida del de Cristo, que dio su vida por los que amaba.
Quizá algunos de vosotros estaréis un poco desilusionados y pensaréis: "Al fin y al cabo, no se ha dado ningún argumento para refutar a los divorcistas." Es cierto. Jesús no perdió el tiempo en hacerlo y nos pareció bien no perderlo tampoco ahora. Si alguien quiere lanzarse a esa fascinante aventura de amar -de amar en serio y hasta las últimas consecuencias-, sepa que hoy Jesús lo invita a hacerlo.
Si alguien, en cambio, todavía está en la etapa de poner nombre a los animales y quiere enmascarar su egoísmo con algún buen argumento, sepa que le será fácil encontrarlo, ya que ésa es la especialidad del hombre: engañarse a si mismo. El evangelio de hoy no es más que un dato particular de un principio general: si un hombre o una mujer quiere seguir a Jesucristo, que renuncie cada día a su egoísmo en ese Cristo de carne y hueso que es su pareja.
Si alguien piensa que el camino de la felicidad está por otro lado, que pruebe. Quien tenga confianza en Jesucristo y, por lo tanto, en los demás y en ese hombre o mujer que es su pareja o que puede serlo, que haga su apuesta por un amor íntegro y total.
Y si algún día ese amor desaparece, la unión se rompe y la pareja entra por la variable de la incomprensión, de la incomunicación, de la soledad o del egoísmo, quizá ese día tendrá que asumir la responsabilidad de separarse de ese ser con quien no supo o no pudo hacer un proyecto común. Y también ese día deberá preguntarse si no vale la pena hacer lo imposible por evitar un fracaso en el amor, amor que es el ideal de toda pareja y la fuente de la felicidad.
Comprendamos que el evangelio de hoy no pretende establecer un artículo jurídico ni ordenar la sociedad para cada caso particular. El texto de hoy es también "evangelio", vale decir, buena noticia de felicidad y salvación.
No nos impone un yugo, sino que pretende liberarnos del egoísmo, causa de todos nuestros males.
Hoy se nos anuncia que la felicidad es posible, porque el amor es posible.
Hoy se nos anuncia que la mujer merece respeto, un total respeto; por eso el amor es posible.
Hoy se nos anuncia que Dios es amor, y que a imagen de ese amor fuimos creados varón y mujer. Cuando una pareja se ama, allí está Dios, y esa pareja es la imagen y semejanza de Dios.
Esta es la buena noticia que hoy se nos ha anunciado. Quien quiera amar, lo entenderá...
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
En el texto que la liturgia pone ante nosotros, Jesús da consejos sobre la relación entre el hombre y la mujer y sobre las madres y los niños. En aquel tiempo mucha gente era excluida y marginada. Por ejemplo, en la relación entre hombre y mujer existía el machismo. La mujer no podía participar, no había igualdad de derecho entre los dos. En la relación con los niños, los “pequeños”, existía un “escándalo” que era la causa de la pérdida de la fe de muchos de ellos (Mc 9,42). En la relación entre hombre y mujer, Jesús pide el máximo de igualdad. En la relación entre las madres y los niños, él pide la máxima acogida y ternura.
b) Una división del texto para ayudar en la lectura:
Marcos 10,1: Indicación geográfica;
Marcos 10,2: La pregunta de los fariseos sobre el divorcio;
Marcos 10,3-9: Discusión entre Jesús y los fariseos sobre el divorcio;
Marcos 10,10-12: Conversación entre Jesús y los discípulos sobre el divorcio;
Marcos 10,13-16: Jesús pide ternura y acogida para con las madres y los niños
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto que te gustó más o llamó más la atención?
b) ¿Cuál es la situación de la mujer que aparece en el texto?
c) ¿Cómo desea Jesús la relación entre el hombre y la mujer?
d) ¿Cuál es la preocupación de las madres que traen a los niños ante Jesús?
e) ¿Cuál es la reacción de Jesús?
f) ¿Qué enseñanza se saca para la vida sobre los niños?
Una clave de lectura
para aquéllos que quieran profundizar más en el tema.
a) Comentario:
Marcos 10,1: Una indicación geográfica.
El autor del Evangelio de Marcos tiene la costumbre de situar el acontecimiento con éstas y otras breves informaciones geográficas, dentro del conjunto de la narración. Después, para el que escucha una larga narración sin tener el libro en las manos, tales informaciones geográficas ayudan en la comprensión de la lectura. Son como postes o hitos que sustentan el hilo de la narración. Es muy común en Marcos dar información: “Jesús enseñaba” (Mc 1,22.39; 2,2.13; 4,1; 6,2.6.34).
Marcos 10,1-2: La pregunta de los fariseos sobre el divorcio.
La pregunta es maliciosa. Trata de poner a Jesús a prueba: “¿Es lícito al marido repudiar a su mujer?” Señal de que Jesús tenía una opinión diferente, pues de lo contrario los fariseos no le preguntarían sobre este tema. No preguntan si es lícito a la esposa repudiar al marido. Esto no pasaba por su cabeza. Señal clara de una fuerte dominación masculina y de marginación de la mujer en la convivencia social de aquella época.
Marcos 10,3-9: La respuesta de Jesús: el hombre no puede repudiar a la mujer. En vez de responder, Jesús pregunta: “¿Qué dice la Ley de Moisés?” La Ley permitía al hombre escribir una carta de divorcio y repudiar a su mujer (Dt 24,1). Esta permisión revela un machismo. El hombre podía repudiar a su mujer, pero la mujer no tenía este mismo derecho. Jesús explica que Moisés actuó así a causa de la dureza de corazón del pueblo, pero la intención de Dios era otra cuando creó al ser humano. Jesús vuelve al proyecto del Creador (Gén 21,27 y Gén 2,24) y niega al hombre el derecho de repudiar a su mujer. Echa por tierra el derecho del hombre frente a la mujer y pide el máximo de igualdad.
Marcos 10,10-12: Igualdad hombre y mujer.
En casa, los discípulos le hacen preguntas sobre este mismo tema del divorcio. Jesús extrae conclusiones y reafirma la igualdad de derechos y deberes entre el hombre y la mujer. El evangelio de Mateo (cf. Mt 19,10-12) aclara una pregunta de los discípulos sobre este tema. Ellos dicen: “«Si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse”. Prefieren no casarse, antes que casarse sin el privilegio de continuar mandando sobre la mujer. Jesús va hasta el fondo de la cuestión. Pone tres casos en los cuales una persona no se puede casar: (1) impotencia, (2) castración y (3) a causa del Reino. Sin embargo, no casarse porque alguien no quiere perder el dominio sobre la mujer, esto ¡es inadmisible en la Nueva Ley del Amor! Tanto el matrimonio como el celibato deben estar al servicio del Reino y no al servicio de intereses egoístas. Ninguno de los dos pueden ser un motivo para mantener el dominio machista del hombre sobre la mujer. Jesús propone un nuevo tipo de relación entre los dos. No permite el matrimonio en el que el hombre pueda mandar sobre la mujer, o viceversa.
Marcos 10,13: Los discípulos impiden acercarse a las madres con sus niños.
Algunas personas trajeron a los niños para que Jesús los tocase. Los discípulos tratan de impedírselo. ¿Por qué se lo impiden? El texto no lo aclara. Según las costumbres rituales de la época, los niños pequeños junto con sus madres vivían en un estado casi permanente de impureza legal. ¡Jesús quedaría impuro si los tocaba! Probablemente, los discípulos quieren impedir que los toque para que Jesús no quede impuro.
Marcos 10,14-16: Jesús reprende a los discípulos y acoge a los niños.
La reacción de Jesús enseña lo contrario: “¡Dejad que los niños vengan a mí. No se lo impidáis!” El abraza a los niños, se los acerca y pone las manos sobre ellos. Cuando se trata de acoger a personas y promover la fraternidad, a Jesús no le importan las leyes de pureza legal, no tiene miedo de transgredirlas. Su gesto nos trae una enseñanza: “Quien no recibe el Reino de Dios como niño, ¡no puede entrar en él!” ¿Qué significa esta frase? 1) Un niño recibe todo de los padres. Él no merece lo que recibe, sino que vive del amor gratuito. 2) Los padres reciben los hijos como un don de Dios y cuidan de ellos con cariño. La preocupación de los padres ¡no es dominar sobre los hijos, sino amarlos y educarlos para que se realicen!
b) Ampliando las informaciones para poder entender el texto
• Jesús acoge y defiende la vida de los pequeños
Jesús insiste varias veces en la acogida que se debe dar a los pequeños, a los niños. “Quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí” (Mc 9,37). Quien dé un vaso de agua a una de estos pequeños, no perderá su recompensa (Mt 10,42). Él pide no despreciar a los pequeños (Mt 18,10). En el juicio final los justos serán recibidos porque dieron de comer a “uno de estos más pequeños” (Mt 25,40). En los evangelios, la expresión “pequeños” (en griego se dice elachistoi, mikroi o nepioi), algunas veces indica “niño”, otras, los sectores excluidos de la sociedad. No es fácil discernir. Algunas veces, el que es “pequeño” en el evangelio es el “niño”, y no otro. El niño pertenecía a la categoría de los “pequeños”, de los excluidos. Dicho esto, no siempre es fácil discernir lo que viene del tiempo de Jesús y lo que viene del tiempo de las comunidades para que fuera escrito en los evangelios. A pesar de esto, lo que resulta claro es el contexto de exclusión que regía en la época y la imagen que tenían de Jesús las primeras comunidades: Jesús se coloca del lado de los pequeños, de los excluidos, y asume su defensa. Impresiona cuando se ve todo lo que Jesús hizo en defensa de la vida de los niños, de los pequeños:
Acoger y no escandalizar.
Es una de las palabras más duras de Jesús contra aquéllos que causan escándalo a los pequeños, o sea, que sean motivo para que los pequeños dejen de creer en Dios. Para éstos, mejor les sería tener una piedra de molino atada al cuello y ser arrojados a lo profundo del mar (Mc 9,42; Lc 17,2; Mt 18,6). Acoger y tocar. Las madres con sus niños en brazos se acercan a Jesús para pedir una bendición. Los apóstoles tratan de apartarlas. ¡Tocar significaba contraer impureza! Jesús no se incomoda como ellos. Corrige a los discípulos y acoge a las madres y a los niños. Los toca y les da un abrazo. “¡Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis!” (Mc 10,13-16; Mt 19,13-15).
Identificarse con los pequeños.
Jesús se identifica con los niños. El que recibe a un niño, “a mí me recibe” (Mc 9,37).
“Todo lo que hiciéreis a uno de estos más pequeños, conmigo lo hicísteis” (Mt 25,40).
Volverse como un niño.
Jesús pide que los discípulos se vuelvan como niños y acepten el Reino como un niño. Sin esto, es imposible entrar en el Reino de Dios (Mc 10,15; Mt 18,3; Lc 9,46-48). ¡Hace que un niño sea el profesor de los adultos! Lo que no era normal. Estamos acostumbrados a lo contrario. Defender el derecho del que grita. Cuando Jesús entró en el templo y derribó las mesas de los cambistas, eran los niños los que más gritaban. “¡Hosanna al Hijo de David!” (Mt 21,15). Criticado por los jefes de los sacerdotes y por los escribas, Jesús los defiende y en su defensa cita las Escrituras (Mt 21,16).
Agradecer por el Reino presente en los pequeños.
La alegría de Jesús es grande cuando percibe que los niños, los pequeños, han comprendido las cosas del Reino que él anunciaba al pueblo. “¡Te doy gracias, Padre!” (Mt 11,25-26) ¡Jesús reconoce que los pequeños entienden mejor las cosas del Reino que los doctores! Acoger y curar. Son muchos los niños y jóvenes que Él acoge, cura o resucita: la hija de Jairo de 12 años (Mc 5,41-42), la hija de la mujer cananea (Mc 7,29-30), el hijo de la viuda de Naím (Lc 7, 14-15), el pequeño epiléptico (Mc 9,25-26), el hijo del Centurión (Lc 7,9-10), el hijo del funcionario público (Jn 4,50), el pequeño de los cinco panes y de los peces (Jn 6,9).
• El contexto en el que se encuentra nuestro texto dentro del Evangelio de Marcos
Nuestro texto (Mc 10,1-16) forma parte de una larga instrucción de Jesús a sus discípulos (Mc 8,27 a 10,45). Al comienzo de esta instrucción, Marcos sitúa la curación del ciego anónimo de Betsaida en Galilea (Mc 8,22-26); al final, la curación del ciego Bartimeo de Jericó en Judea (Mc 10,46-52). Las dos curaciones son símbolo de lo que ocurría entre Jesús y los discípulos. También estaban ciegos los discípulos que “teniendo ojos, no veían” (Mc 8,18). Necesitaban recuperar la vista; debían abandonar la ideología que les impedía ver claro; debían aceptar a Jesús tal como Él era y no como ellos querían que fuese. Esta larga instrucción tiene como objetivo curar la ceguera de los discípulos. Es como una pequeña cartilla, una especia de catecismo, con frases del mismo Jesús. El siguiente gráfico presenta el esquema de la instrucción:
Curación de un ciego 8,22-26
1° anuncio 8,27-38
Instrucciones a los discípulos sobre Mesías Siervo 9,1-29
2º anuncio 9,30-37
Instrucciones a los discípulos sobre la conversión 9,38 a 10,31
3º anuncio 10,32-45
Curación del ciego Bartimeo 10,46-52
Como se puede ver en el gráfico, la instrucción consta de tres anuncios de la Pasión: Mc 8,27-38; 9,30-37; 10,32-45. Entre el primero y el segundo hay una serie de instrucciones para ayudar a comprender que Jesús es el Mesías Siervo (Mc 9,1-29). Entre el segundo y el tercero, una serie de instrucciones que aclaran la conversión que debe darse en los distintos niveles de la vida de los que aceptan a Jesús como Mesías Siervo (Mc 9,38 a 10,31). El conjunto de la instrucción tiene como fondo la marcha desde Galilea hasta
Jerusalén. Desde el comienzo hasta el final de esta larga instrucción, Marcos dice que Jesús está en camino hacia Jerusalén (Mc 8,27; 9,30.33; 10,1.17.32), donde encontrará la cruz. Cada uno de los tres anuncios de la pasión está acompañado de gestos y palabras de incomprensión por parte de los discípulos (Mc 8,32; 9,32-34; 10,32-37), y de palabras de orientación por parte de Jesús, que comentan la falta de comprensión de los discípulos y enseñan cómo deben comportarse (Mc 8,34-38; 9,35-37; 10,35-45). La comprensión plena del seguimiento de Jesús no se obtiene por la instrucción teórica, sino por un compromiso práctico, caminando con Él por el camino del servicio, desde la Galilea hasta Jerusalén. Áquel que desee mantener la idea de Pedro, esto es, la de un Mesías glorioso sin cruz (Mc 8,32-33), no entenderá nunca, jamás llegará a tener la auténtica actitud del verdadero discípulo. Continuará ciego, viendo a la gente como árboles (Mc 8,24). Sin cruz es imposible comprender quién es Jesús y lo que significa
seguir a Jesús. El camino del seguimiento es un camino de entrega, de abandono, de servicio, de disponibilidad, da aceptación del conflicto, sabiendo que habrá una resurrección. La cruz no es un accidente casual, sino una parte de este camino. En un mundo organizado a partir del egoísmo, ¡el amor y el servicio sólo pueden existir crucificados! El que hace de su vida un servicio a los otros, incomoda a los que viven atados a los privilegios, y sufre.
XXVII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Est 13, 9. 10-11
Señor, todo está bajo tu poder y nada puede resistir a tu voluntad.
Tú hiciste el cielo y la tierra, y todo lo que está bajo el firmamento;
tú eres el Señor del universo.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
que con amor generoso
sobrepasas los méritos y los deseos de los que te suplican,
derrama sobre nosotros tu misericordia
perdonando lo que inquieta nuestra conciencia
y concediéndonos aún aquello que no nos atrevemos a pedir.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, la oblación instituida por ti
y, por estos sagrados misterios que celebramos,
danos la gracia de tu redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Cfr 1 Cor 10, 17
Hay un solo pan, y nosotros, aunque somos muchos,
formamos un solo cuerpo,
porque participamos de ese único pan y del único cáliz.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
sácianos con el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de tu Hijo,
para que nos transformemos en aquello que hemos recibido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
DOMINGO VIGESIMOSÉPTIMO
Llegan a ser una sola carne
Lectura del libro del Génesis 2, 4b. 7a. 18-24
Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo, modeló al hombre con arcilla del suelo y dijo:«No conviene que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada».
Entonces el Señor Dios modeló con arcilla del suelo a todos los animales del campo y a todos los pájaros del cielo, y los presentó al hombre para ver qué nombre les pondría. Porque cada ser viviente debía tener el nombre que le pusiera el hombre.
El hombre puso un nombre a todos los animales domésticos, a todas las aves del cielo y a todos los animales del campo; pero entre ellos no encontró la ayuda adecuada.
Entonces el Señor Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sueño, y cuando este se durmió, tomó una de sus costillas y cerró con carne el lugar vacío. Luego, con la costilla que había sacado del hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre.
El hombre exclamó:
«¡Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne!
Se llamará Mujer,
porque ha sido sacada del hombre».
Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 127, 1-6
R. Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
¡Feliz el que teme al Señor
y sigue sus caminos!
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás feliz y todo te irá bien. R.
Tu esposa será como una vid fecunda
en el seno de tu hogar;
tus hijos, como retoños de olivo
alrededor de tu mesa. R.
¡Así será bendecido el hombre que teme al Señor!
¡Que el Señor te bendiga desde Sión
todos los días de tu vida:
que contemples la paz de Jerusalén
Y veas a los hijos de tus hijos!
¡Paz a Israel! R.
El que santifica y los que son santificados
tienen un mismo origen
Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9-11
Hermanos:
A aquél que fue puesto por poco tiempo debajo de los ángeles, a Jesús, ahora lo vemos coronado de gloria y esplendor, a causa de la muerte que padeció. Así, por la gracia de Dios, él experimentó la muerte en favor de todos.
Convenía, en efecto, que aquel por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación. Porque el que santifica y los que son santificados, tienen todos un mismo origen. Por eso, Él no se avergüenza de llamarlos hermanos.
Palabra de Dios.
ALELUIA 1Jn 4, 12
Aleluia.
Si nos amamos los unos a los otros,
Dios permanece en nosotros
y el amor de Dios ha llegado a su plenitud en nosotros.
Aleluia.
EVANGELIO
Que el hombre no separe lo que Dios ha unido
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 2-16
Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»
Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»
Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, "Dios los hizo varón y mujer". "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne". De manera que ya no son dos, "sino una sola carne". Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
Él les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio».
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él».
Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
Palabra del Señor.
O bien más breve:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 10, 2-12
Se acercaron algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer?»
Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado?»
Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella».
Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, "Dios los hizo varón y mujer". "Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne". De manera que ya no son dos, "sino una sola carne". Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto.
Él les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquella; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio».
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario