Domingo 28 del Tiempo Ordinario (B)

Liturgia Viva del XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Segunda Lectura)

La Palabra de Dios es viva y activa; puede juzgar nuestras emociones y pensamientos secretos. Es Jesús mismo, el Señor, quien nos dirige esa Palabra. Que él permanezca siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante


1. Una Cosa Te Falta.

Hoy la palabra de Dios nos reta seriamente: ¿Dónde ponen ustedes su corazón? ¿Dónde cifran ustedes su propia seguridad? ¿Qué es lo que da valor a su vida y la hace digna de vivirse? Una cosa les falta. Para aclararnos, aquí viene la orientación de la palabra y de la sabiduría de Dios, tan pronto como en el Antiguo Testamento; y también viene la advertencia de Jesús: No pongan su corazón en las posesiones materiales porque llegarán a dominarles. Que Dios sea su Señor. Que sea Jesús mismo el único Señor, a quien seguimos.


2. El Señor Les Invita
Qué felices somos cuando, de vez en cuando, el Señor nos invita a encontrarle a un nivel más profundo, más allá de nuestra vida disipada y trivial: sea en momentos de oración personal, o escuchando la palabra que él nos dirige, o en nuestra acción de gracias después de la comunión, o al admirar la belleza de su creación… Cuando le encontramos de verdad, él siempre nos cambia, porque -lo queramos o no- siempre nos invita a seguirle más radicalmente. — Pero desgraciadamente podemos rechazar la invitación, como ocurrió con el joven rico del evangelio de hoy. Esto le entristece a Jesús, ya que nos quiere de verdad. Pidámosle al Señor aquí en esta eucaristía que sepamos seguir siempre y con alegría su llamado e invitación. 

 

Acto Penitencial 

 

¿Nos atrevemos acaso a confiar más en Dios que en nuestras propias seguridades y posesiones? Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)

– Señor, tu sabiduría y tu amor valen mucho más que la fama, salud, belleza y posesiones: Señor, ten piedad de nosotros.

– Cristo Jesús, tú bien sabes dónde está nuestro corazón y tú quieres que esté dirigido y orientado hacia Dios: Cristo, ten piedad de nosotros. 
– Señor Jesús, tú quieres que renunciemos a las cosas mundanas y materiales ue nos poseen y controlan, y, en cambio, quieres que te sigamos a ti más radicalmente.
Señor, ten piedad de nosotros.
En tu infinita bondad, perdona nuestros traidores apegos a lo material y a lo mundano. Danos la gracia de poner toda nuestra confianza en ti, y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta


Pidamos a Dios sabiduría para seguir a su Hijo Jesús sin vacilación.
(Pausa)
Señor Dios nuestro:
Tu Palabra viva nos inquieta.
Tú ofreces el primer lugar en tu reino
a los últimos y a los más pequeños:
tú declaras ricos y bienaventurados a los pobres
y pides a los ricos que se vuelvan pobres.
Danos, te pedimos, la sabiduría de vivir
para las cosas realmente importantes
y de seguir a tu Hijo
en el camino que nos lleva a ti y a nuestro prójimo,
para que estemos siempre seguros en tus manos.
Concédenoslo por medio de Jesucristo
tu Hijo, nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Sab 7:7-11): Sabios con la Sabiduría de Dios
Más preciosa que el poder, las riquezas, la salud y la belleza es la sabiduría que viene de Dios. Nos hace vivir en el amor de Dios.

Segunda Lectura (Heb 4,12-13): La Palabra de Dios es Viva y es Eficaz
La Palabra de Dios es inquietante. Nos fuerza a confrontarnos a nosotros mismos y a tomar una opción, o a favor o en contra de Dios. Es decisiva para el resultado de nuestras vidas. 

Evangelio (Mc 10,17-30): Ven, Sígueme sin Equipaje Inútil
Como el joven rico, en realidad no hemos dado nada a Dios si no respondemos a su invitación de seguirle por el camino que él quiere que sigamos.

 

 

Oración de los Fieles

 

Pidamos al Señor sabiduría para apreciar sus dones con gratitud y para usarlos para el bien de todos. Y digámosle: 


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

1.Por los que en la Iglesia nos proclaman la sabiduría de la Palabra de Dios, para que ellos primeramente la vivan y después compartan su experiencia con nosotros, roguemos al Señor.


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

 

2.Por los líderes de la Iglesia, para que renuncien incluso a la apariencia de poder y de riqueza; también por los líderes de todo el mundo, para que no sacrifiquen sus principios éticos al poder, al éxito, a la ambición, sino que se comprometan seriamente a promover la dignidad humana y los valores del evangelio, roguemos al Señor.


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

 

3.Por los que trabajan en los medios de comunicación: prensa, radio, televisión, cine, para que no tergiversen situaciones, palabras e imágenes para distorsionar los valores de la vida, sino que busquen y promuevan honestamente la verdad y los verdaderos valores humanos, roguemos al Señor. 


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

 

4.Por los padres y educadores, para que reten a los jóvenes a vivir por ideales que realmente importan; y también por los jóvenes, para que el sano idealismo y la generosidad sigan guiándoles en su vida, roguemos al Señor.


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

 

5.Por los ricos en dinero, en posesiones y en talentos, para que aprendan a compartir espléndidamente todo lo que son y todo lo que poseen con los que tienen menos y con los totalmente desposeídos, roguemos al Señor,


R/ Señor, haznos sabios con tu sabiduría.

 

Oh Dios, hoy te pedimos no precisamente riquezas sino generosidad y confianza, no placer sino profunda alegría, no falsa y engañosa pretensión sino rectitud e integridad. Y haznos cuerdos y sabios con la sabiduría y la cordura de Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Señor Dios nuestro:
Tu sabiduría tiene un nombre: Tu Hijo Jesucristo.
En estos signos de pan y vino celebramos la locura de la cruz
por la que Jesús nos salvó del pecado y de la muerte. 
Haznos conscientes de la pobreza y vaciedad de nuestros corazones y del valor puramente pasajero de las cosas de este mundo con las que nos atamos y esclavizamos a nosotros mismos. 
Convierte nuestros corazones y asiéntalos sobre riquezas que jamás se devalúan: como la justicia, la verdad y el amor generoso.
Te lo pedimos en el nombre de Jesucristo nuestro Señor.

 

Introducción a la Plegaria a Eucarística
Alabamos ahora y damos gracias a Dios por habernos creado y por guiar todas las cosas con su sabiduría, poder y amor. Que seamos buenos administradores de su creación, y que sepamos usar los bienes de esta tierra para beneficio de todos y para la gloria de Dios. 

 

Invitación al Padre Nuestro
Dios es nuestra única riqueza. Por eso clamamos a él con las palabras de Jesucristo. 
R/ Padre nuestro…

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor de todos los males
y concede tu paz a este nuestro mundo
que está cansado ya de guerras y de injusticia.
Danos el don de tu Santo Espíritu, la sabiduría,
para que no busquemos nuestra felicidad
solamente en la ambición, el poder y las riquezas. 
Ayúdanos a buscarte a ti y a tu reino,
mientras esperamos con alegre esperanza
la segunda venida gloriosa
de nuestro Salvador, Jesucristo.

 

Invitación a la Comunión
Éste es Jesús nuestro Señor,
Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Él es el mayor don de Dios para nosotros
y la riqueza de los que son pobres de corazón.
Dichosos y sabios nosotros,
si aceptamos la invitación de nuestro Señor
y comemos este pan de vida. R/ Señor, no soy digno…

 

 

Oración después de la Comunión


Oh Dios, Señor nuestro: 
Nos quedamos fácilmente satisfechos de nosotros mismos
y de nuestro propio pequeño mundo.
Despiértanos y danos el valor
de ponernos en camino con tu Hijo
en su aventura de esperanza y amor.
Haznos preguntarnos
no lo que hemos hecho por ti,
sino más bien lo que no hemos hecho
ni hemos dado todavía.
Por la fuerza de esta eucaristía
ayúdanos a seguir a tu Hijo
hoy más que ayer
pero menos que mañana. 
Concédenoslo por Jesucristo nuestro Señor.

 

Bendición
Hermanos: Cristo y su evangelio siguen retándonos a buscar satisfacción y seguridad no en lo que poseemos (ese nuestro pequeño mundo material y mundano), ni tampoco en la propia auto-felicitación por haber obedecido, como el joven rico,
los mandamientos de Dios. 
Queremos ser realmente felices con una alegría que nadie nos la pueda arrebatar, aprendiendo de Jesús a darnos sin reservas a Dios y a los hermanos que nos rodean.
Ellos son nuestra riqueza y seguridad.
Que el Señor nos dé a todos esta sabiduría y fortaleza.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre todos nosotros y nos acompañe siempre.

Pueden ir en paz y seguir fielmente al Señor cada día que les conceda de vida.

 

 

El camino perfecto.

 

Siempre que se habla de dinero, se despierta el interés y crece la atención. Es un tema importante. Para algunos, es una cuestión de vida o muerte, sobre todo, la ausencia de medios para poder vivir dignamente. Un gran problema en nuestra sociedad.

 

No es cuestión de obsesionarse, pero no se pueden tomar decisiones a la ligera. Hay que pensar. Hacen falta conocimientos y voluntad. La primera lectura nos habla de la “sabiduría”. Hay cosas que heredamos, como la configuración física, un patrimonio y, en el caso de las monarquías, el poder. Mucha gente, a lo largo de nuestra vida, nos ayuda en el proceso educativo, además de los padres. Maestros, tutores, educadores varios nos van introduciendo en el mundo del conocimiento.

 

Pero la sabiduría de la que habla la primera lectura, el poder discernir lo bueno de lo malo, no nos la dan los hombres, es un don de Dios. Esa es la sabiduría que hay que pedir, en la oración, para saber valorar cada cosa en su justa medida, ordenar de forma adecuada nuestra escala de valores, y saber lo que merece la pena y lo que no. La mayoría de las cosas no son malas en sí, pero hay unas más importantes que otras. Y lo principal es nuestra actitud ante ellas. No es un juego, estamos hablando de nuestra salvación.

 

Es la Palabra de Dios la que nos da las pautas para ese discernimiento. Esa Palabra que es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo. Que sale de la boca del Señor, y siempre produce algún efecto, como la lluvia que no cae infructuosamente (Is 55, 10-11). La única condición es estar abierto, dejar que esa Palabra nos cambie, nos afecte, que no abramos el paraguas del “ya lo sé todo” o “esto ya lo he oído muchas veces”. Habría que escucharla como si fuera la primera vez. Con el deseo de esas personas que recorrían muchos kilómetros, gritaban y luchaban contra todas las barreras, para poder acercarse a Jesús.

 

Quizá, si no cambia nada en nuestra vida, en nuestra familia, en nuestras comunidades, es porque, aunque la Palabra es viva y eficaz, nuestras palabras no lo son tanto.

 

Jesús se encontró con muchas personas a lo largo de su vida. A algunos les hizo una invitación muy concreta: “ven y sígueme”. Las respuestas fueron muy diversas. Algunos lo dejaron todo, inmediatamente, y se fueron tras Él. Otros comenzaron el camino del seguimiento, pero, cuando llego el momento de la prueba, lo dejaron. Uno hubo que lo traicionó después de haber sido de su grupo, casi hasta el final. Y hoy el Evangelio nos recuerda la historia de ese joven que no dio el paso adelante, sino que se retiró con pena. El caso es que era una persona buena, “de Misa”, que cumplía la ley. Para sus contemporáneos, la riqueza, además, era señal de la bendición de Dios. Una recompensa por la honradez de su vida.

 

Es posible que hubiera oído hablar de Cristo, que quisiera conocerlo, y, con esa idea en la cabeza, se encaminó al encuentro del Maestro. Pero a veces hay que tener cuidado con lo que se desea. Se cumplió el sueño, se encontró con el Señor, pero, para su desgracia, al escuchar lo que Cristo le decía, se vino abajo. Todo de lo que estaba orgulloso, su religiosidad, su cumplimiento de las normas, su situación económica… Todo resultó ser insuficiente. Le faltaba lo más importante, poner a Dios en el primer lugar. Ese lugar estaba ocupado por su (gran) patrimonio. ¡Qué pena más grande!

 

Ese joven, al menos, tenía interés por saber cómo ganarse el Cielo. Cuántos cristianos, hoy en día, se conforman con vivir lo mejor posible, sin complicaciones, preocupados más por los bienes materiales que por los celestiales. No muchos se plantean lo que significa la Vida Eterna.

 

Al igual que al joven rico, falta mucha generosidad y valor para dar ese paso. Puede que haya miedo al fracaso. El diálogo de Pedro con Jesús: “Nosotros lo hemos dejado todo. ¿Qué recibiremos a cambio?” (Mt 19, 27-30), puede tener que ver con este miedo. No hay confianza en la Providencia divina, como la tuvo la viuda que echó su última moneda en el cepillo del templo. Hay que confiar más en las promesas de Dios que en nuestros temores.

 

Es la alternativa fundamental de nuestra vida: poner la confianza en Dios o poner la confianza en los bienes materiales. Ahí, de alguna manera, se prueba nuestra fe. Hace falta sentir que Dios es una realidad viviente en la que uno puede descansar su vida. Al final, Dios no se deja vencer en generosidad.

 

¿Nos hemos preguntado qué quiere Dios de nosotros? ¿Estamos haciendo todo lo que podemos para ser testigos de su reino? Dicho de otra manera, ¿qué me mueve en mi día a día?, ¿qué aspiraciones tengo yo, cristiano del s. XXI? Santa Teresa, cuya memoria celebramos el 15 de octubre, repetía con frecuencia: “¿qué mandáis hacer de mí?”

 

El mundo en que vivimos nos va aislando poco a poco de Dios, hay muchas obligaciones, familiares y laborales y, muchas veces, no podemos hacer más que ofrecer un poco de nuestro tiempo, de vez en cuando, o de nuestro dinero, sobre todo cuando hay una desgracia o una necesidad concreta.

 

Quizá, como al joven rico, nos asustan las decisiones radicales, a la hora de vivir según el Evangelio. Hace muchos años, cristianos convencidos eran capaces de dejar su casa, su familia, su tiempo, incluso la vida, porque sabían que su mejor herencia era seguir al Señor. Esa era una riqueza que nunca se apolilla, ni se puede robar. De ahí salieron tantos mártires de los primeros siglos.

 

¿Y nosotros? Es posible que seamos como el joven rico, “buena gente”, formales, cumplidores… Eso no está mal. Pero lograr el Reino no es sólo cuestión de cumplir con una serie de normas litúrgicas. Hay que ser sinceros en la relación con Cristo, poniendo todo, especialmente los bienes materiales, en su justo lugar. Sin apegarnos a las cosas que pueden dar prestigio o poder, pero no dan la felicidad eterna, más bien nos quitan fuerzas, coherencia e ilusión en el vivir como hijos de Dios. Para llegar al Reino, no valen las reglas del sistema de mercado, porque en el Cielo no aceptan cheques. Allí se llega no por ser más o menos rico, sino por el uso, bueno o malo, que hayamos dado a nuestra mayor o menor riqueza.

 

Así que el Evangelio de hoy nos invita a pensar si necesitamos convertirnos, sobre si podemos hacer algo más que lo mínimo. A lo mejor hay algo más que podamos hacer, que no sea lo de siempre, lo fácil, lo que no nos compromete. A lo mejor lo que nos falta a nosotros es compartir nuestros dones, no solamente los materiales, con los demás. Vivir con Jesús, como Jesús, para poder encontrar la Vida Eterna, preocupándonos por el futuro y no únicamente por el momento presente.

 

Necesitamos el don de sabiduría, para descubrir lo que vale la pena de verdad y lo que es relativo; para saber lo que vamos a perder al morir, y lo que no podemos perder de ninguna manera. Tener un verdadero sistema de valores, y pedirle a Dios el desprendimiento y la generosidad para poder vivir el amor más radical, el que debería ser el Amor Absoluto de nuestra vida, Dios nuestro Padre y el Señor Jesús. Ese amor no engaña. Con la ayuda del Espíritu.

 

EVANGELIO

 

Vende lo que tienes y sígueme.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 10,17-30

 

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». El replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño». Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico.

 

Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: « ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!». Los discípulos se extrañaron de estas palabras. Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios».

 

Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».

 

Pedro se puso a decirle: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones—, y en la edad futura, vida eterna».

 

Palabra de Dios.

 

 

CON JESÚS EN MEDIO DE LA CRISIS

 

Antes de que se ponga en camino, un desconocido se acerca a Jesús corriendo. Al parecer tiene prisa para resolver su problema: «¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?». No le preocupan los problemas de esta vida. Es rico. Todo lo tienen resuelto.

 

Jesús lo pone ante la Ley de Moisés. Curiosamente, no le recuerda los diez mandamientos, sino solo los que prohíben actuar contra el prójimo. El joven es un hombre bueno, observante fiel de la religión judía: «Todo eso lo he cumplido desde joven».

 

Jesús se le queda mirando con cariño. Es admirable la vida de una persona que no ha hecho daño a nadie. Jesús lo quiere atraer ahora para que colabore con él en su proyecto de hacer un mundo más humano, y le hace una propuesta sorprendente: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, dale el dinero a los pobres… y luego ven y sígueme».

 

El rico posee muchas cosas, pero le falta lo único que permite seguir a Jesús de verdad. Es bueno, pero vive apegado a su dinero. Jesús le pide que renuncie a su riqueza y la ponga al servicio de los pobres. Solo compartiendo lo suyo con los necesitados podrá seguir a Jesús colaborando en su proyecto.

 

El hombre se siente incapaz. Necesita bienestar. No tiene fuerzas para vivir sin su riqueza. Su dinero está por encima de todo. Renuncia a seguir a Jesús. Había venido corriendo entusiasmado hacia él. Ahora se aleja triste. No conocerá nunca la alegría de colaborar con Jesús.

 

La crisis económica nos está invitando a los seguidores de Jesús a dar pasos hacia una vida más sobria, para compartir con los necesitados lo que tenemos y sencillamente no necesitamos para vivir con dignidad. Hemos de hacernos preguntas muy concretas si queremos seguir a Jesús en estos momentos.

 

Lo primero es revisar nuestra relación con el dinero: ¿qué hacer con nuestro dinero? ¿Para qué ahorrar? ¿En qué invertir? ¿Con quiénes compartir lo que no necesitamos? Luego revisar nuestro consumo para hacerlo más responsable y menos compulsivo y superfluo: ¿qué compramos? ¿Dónde compramos? ¿Para qué compramos? ¿A quiénes podemos ayudar a comprar lo que necesitan?

 

Son preguntas que hemos de hacernos en el fondo de nuestra conciencia y también en nuestras familias, comunidades cristianas e instituciones de Iglesia. No haremos gestos heroicos, pero, si damos pequeños pasos en esta dirección, conoceremos la alegría de seguir a Jesús contribuyendo a hacer la crisis de algunos un poco más humana y llevadera. Si no es así, nos sentiremos buenos cristianos, pero a nuestra religión le faltará alegría.

 

 

UNA COSA NOS FALTA

 

Una cosa te falta…

 

El episodio está narrado con intensidad especial. Jesús se pone en camino hacia Jerusalén, pero antes de que se aleje de aquel lugar, llega "corriendo" un desconocido que "cae de rodillas" ante él para retenerlo. Necesita urgentemente a Jesús.

 

No es un enfermo que pide curación. No es un leproso que, desde el suelo, implora compasión. Su petición es de otro orden. Lo que él busca en aquel maestro bueno es luz para orientar su vida: «¿Qué haré para heredar la vida eterna?». No es una cuestión teórica, sino existencial. No habla en general; quiere saber qué ha de hacer él personalmente.

 

Antes que nada, Jesús le recuerda que «no hay nadie bueno más que Dios». Antes de plantearnos qué hay que "hacer", hemos de saber que vivimos ante un Dios.

 

Bueno como nadie: en su bondad insondable hemos de apoyar nuestra vida. Luego, le recuerda «los mandamientos» de ese Dios Bueno. Según la tradición bíblica, ése es el camino para la vida eterna.

 

La respuesta del hombre es admirable. Todo eso lo ha cumplido desde pequeño, pero siente dentro de sí una aspiración más honda. Está buscando algo más. «Jesús se le queda mirando con cariño». Su mirada está ya expresando la relación personal e intensa que quiere establecer con él.

 

Jesús entiende muy bien su insatisfacción: «una cosa te falta». Siguiendo esa lógica de «hacer» lo mandado para «poseer» la vida eterna, aunque viva de manera intachable, no quedará plenamente satisfecho. En el ser humano hay una aspiración más profunda.

 

Por eso, Jesús le invita a orientar su vida desde una lógica nueva. Lo primero es no vivir agarrado a sus posesiones, «vende lo que tienes». Lo segundo, ayudar a los pobres, «dales tu dinero». Por último, «ven y sígueme». Los dos podrán recorrer juntos el camino hacia el reino de Dios.

 

El hombre se levanta y se aleja de Jesús. Olvida su mirada cariñosa y se va triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría  y la libertad de quienes siguen a Jesús. Marcos nos explica que «era muy rico».

 

¿No es ésta nuestra experiencia de cristianos satisfechos de los países ricos? ¿No vivimos atrapados por el bienestar material? ¿No le falta a nuestra religión el amor práctico a los pobres? ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús?

 

 

LO QUE NOS FALTA

 

Te falta una cosa…

 

Un hombre se acerca a Jesús. Es rico: no tiene problemas materiales. Es bueno: su conciencia no le acusa de nada. Sin embargo, se le ve agitado. Viene «corriendo», urgido por su inquietud. «Se arrodilla» ante Jesús como último recurso, y le hace una sola pregunta; ¿qué tengo que hacer para evitar que la muerte sea el final de todo?

 

Jesús le recuerda los mandamientos. Según la tradición judía, son el camino de la salvación. Pero omite los que se refieren a Dios: «amarás a Dios», «santificaras sus fiestas» ... Sólo le habla de los que piden no hacer daño a las personas: «no matarás», «no robarás» ... Luego añade, por su cuenta, algo nuevo: «no defraudarás», no privarás a otros de lo que les debes. Esto es lo primero que quiere Dios.

 

Al ver que el hombre ha cumplido esto desde pequeño, Jesús «se le queda mirando». Lo que le va a decir es muy importante. Siente cariño por él. Es un hombre bueno. Jesús le invita a seguirle a él hasta el final: «Te falta una cosa. Vende lo que tienes y da el dinero a los pobres... luego, ven y sígueme».

 

El mensaje de Jesús es claro. No basta pensar en la propia salvación; hay que pensar en las necesidades de los pobres. No basta preocuparse de la vida futura; hay que preocuparse de los que sufren en la vida actual. No basta con no hacer daño a otros; hay que colaborar en el proyecto de un mundo más justo, tal como lo quiere Dios.

 

¿No es esto lo que nos falta a los creyentes satisfechos del Primer Mundo, que disfrutamos de nuestro bienestar material mientras cumplimos nuestros deberes religiosos con una conciencia tranquila?

 

No se esperaba el rico la respuesta de Jesús. Buscaba luz a su inquietud religiosa, y Jesús le habla de los pobres. «Frunció el ceño y se marchó triste». Prefería su dinero; viviría sin seguir a Jesús. Tal vez ésta es la postura más generalizada entre los cristianos del Primer Mundo. Preferimos nuestro bienestar. Intentamos ser cristianos sin «seguir» a Cristo. Su planteamiento nos sobrepasa. Nos pone tristes porque, en el fondo, desenmascara nuestra mentira.

 

 

APRENDER DEL SUR

 

Una cosa te falta…

 

Se lo he escuchado a muchos que han vivido algún tiempo en países pobres de Latinoamérica o África. Yo mismo lo he podido experimentar. Esas gentes pobres de los pueblos del Sur tienen «algo» que los que vivimos en las «sociedades de la abundancia» desconocemos. Nunca sabremos nosotros cómo se siente la vida, cómo se ve el mundo, cómo se mira a los otros y cómo se cree en Dios desde la pobreza y la necesidad.

 

Estas gentes, pobres de riqueza y bienes materiales, son casi siempre más ricos que nosotros en humanidad. Así de claro. Saben compartir su vida de manera sencilla y espontánea porque, a diferencia de nosotros, conocen por experiencia el hambre y la necesidad.

 

No es sólo eso. Viven de otra manera. No andan obsesionados por tantas cosas que nos inquietan a nosotros. Saben conversar serenamente, «perder el tiempo», escucharse sin prisas, sentirse cerca unos de otros.

 

Saben dar con generosidad. Como no tienen apenas nada que dar, se dan ellos mismos. Lo hacen sin darle importancia, como si fuera lo más natural. Son pobres de cosas, pero muchos derrochan humanidad.

 

Viven en la pobreza, pero no se les ve derrotados. Es difícil saber de dónde sacan esa fuerza para vivir, esa fortaleza para sufrir, esa dignidad para sobrevivir, esa fe para confiar. Probablemente, es verdad que Dios responde a las esperanzas de los pobres, no a las de los ricos.

 

No se trata en modo alguno de «idealizar» a los pobres del Sur. También en ellos se da el mal y la iniquidad. Pero su manera de vivir hace pensar. Nos creemos más progresistas, inteligentes y felices, pero probablemente somos más frágiles, débiles y desdichados que muchos de ellos. Hay «algo» que ellos tienen y nosotros hemos perdido.

 

Se lo dijo Jesús al joven rico: «Una cosa te falta». ¿No estaremos poniendo nuestro corazón en tesoros que no llenan los anhelos más hondos del ser humano? ¿No tendrán que enseñamos los pobres a vivir de una manera más humana?

 

 

UN VACÍO EXTRAÑO

 

Una cosa te falta…

 

Vivimos en la «cultura del tener». Esto es lo que se afirma de diversas maneras en casi todos los estudios que analizan la sociedad occidental. Poco a poco el estilo de vida del hombre contemporáneo se va orientando hacia el tener, acaparar y poseer. Para muchos es la única tarea rentable y sensata. Todo lo demás viene después.

 

Ciertamente ganar dinero, poder comprar cosas y poseer toda clase de bienes produce bienestar. La persona se siente más segura, más importante, con mayor poder y prestigio. Pero cuando la vida se orienta sólo en la dirección del acaparar siempre más y más, la persona puede terminar arruinando su ser.

 

El tener no basta, no sostiene al individuo, no le hace crecer. Sin darse cuenta, la persona va introduciendo cada vez más necesidades artificiales en su vida. Poco a poco va olvidando lo esencial. Se rodea de objetos, pero se incapacita para la relación viva con las personas. Se preocupa de muchas cosas, pero no cuida lo importante. Pretende responder a sus deseos más hondos satisfaciendo necesidades periféricas. Vive en el bienestar, pero no se siente bien.

 

Éste es precisamente uno de los fenómenos más paradójicos en la sociedad actual: el número de personas «satisfechas» que terminan cayendo en la frustración y el vacío existencial. Desde su amplia y reconocida labor psicoterapeuta, Viktor Frankl ha mostrado la razón última de este «vacío existencial». Cogidas por el bienestar, estas personas olvidan que, para desplegar su ser, el individuo necesita salir de sí mismo, servir a una causa, entregarse, amar a alguien, compartir. Sin esta «autotrascendencia» no hay verdadera felicidad.

 

De este vacío no libera ni la religión cuando también ella se convierte en objeto de consumo. La persona «tiene» entonces una religión, pero su corazón está lejos de Dios; posee un catálogo de verdades que confiesa con los labios, pero no se abre a la verdad de Dios. Trata de acumular méritos, pero no crece en capacidad de amar.

 

Es significativa la escena evangélica. Un rico se acerca a Jesús. No le pregunta por esta vida pues la tiene asegurada. Lo que quiere es que la religión le asegure la vida eterna. Jesús le habla claro: «Una cosa te falta: liberarte de tus bienes y aprender a compartir con los necesitados».

 

 

SOMOS CULPABLES

 

Da el dinero a los pobres.

 

¿Cómo es posible que se cuestione tan poco el actual sistema económico neoliberal, a pesar de que sus efectos humanos, sociales y medioambientales son tan desastrosos? El hecho inquieta cada vez más a quienes se preocupan de un futuro más humano para todos.

 

Según se nos dice, la humanidad está hoy en manos de unos «mecanismos económicos» que nadie controla. Son las fuerzas del mercado las que realmente nos «gobiernan». La economía tiene unas leyes a las que hay que someterse. Todo ha de quedar subordinado a procesos económicos que actúan de forma ciega e impersonal, sin que pueda identificarse la responsabilidad de nadie. Todos estamos dirigidos por esa «mano invisible» (A. Smith), de carácter casi sagrado, y siempre al abrigo de cualquier crítica.

 

Lo trágico es que, para que esta «economía de mercado» vaya bien, es necesario el sacrificio de algunas víctimas. Forma parte del sistema. Hay personas y pueblos enteros que necesariamente han de quedar excluidos. Nadie es culpable. Todo es resultado de las leyes inevitables del mercado. Son los «costos sociales» de la economía. Este sacrificio de quienes quedan hundidos en el paro, la marginación o el subdesarrollo es necesario y benéfico para el resto que seguirá creciendo en bienestar.

 

Así, pues, todo es legal. Podemos seguir tranquilos. Además, los predicadores de la «ética del mercado» nos aseguran sin pudor alguno que es «inmoral» ir contra las leyes del mercado. Al contrario, hemos de ser cada día más rigurosos, pues sólo así «se abren las puertas reales a la solidaridad» (M. Camdessus).

 

Pero, ¿quién ha decidido que el objetivo de la economía ha de ser «el enriquecimiento sin límites» de los privilegiados?, ¿quién ha dicho que las leyes del mercado han de estar por encima de la vida digna de las personas y de los pueblos?, ¿por qué se ha de organizar todo desde la competitividad y no desde la cooperación mutua y la búsqueda del bien común?

 

En nombre de la «economía de mercado» se está condenando a la humanidad a no ser más que un campo de batalla en la que sólo importan los vencedores. La Iglesia sólo tiene un camino para ser fiel a su Maestro: estar junto a los perdedores y denunciar que todos somos culpables. La sociedad contemporánea necesita escuchar las mismas palabras que Jesús dirigió al joven rico: «Una cosa te falta..., vende lo que tienes y da el dinero a los pobres» (Marcos 10, 21). A la economía neoliberal le falta una cosa: pensar en los pobres.

 

 

EGOISMO ILUSTRADO

 

Una cosa te falta…

 

Se ha dicho que el individualismo contemporáneo es uno de «los frutos más logrados de la modernización» (J García Roca). No lo sé. Lo cierto es que la necesidad de defender la propia autonomía frente a la complejidad y el anonimato de la vida moderna, y la reivindicación de una libertad individual intocable están generando un grave fenómeno de individualismo.

 

Cada vez son más los que viven encerrados en su propio mundo, de espaldas a lo que afecta a los demás. Cada uno se preocupa de lo suyo. No interesan las causas colectivas. La misma «conciencia de clase» que tanta fuerza parecía tener hace solo unos años, se ha ido diluyendo poco a poco. Hoy mandan el pragmatismo y el propio interés. Incluso la «red pública» está poblada, al parecer, por no pocos individuos atentos solo a su propio provecho.

 

Este individualismo viene reforzado hoy por corrientes neo- conservadoras que lo legitiman con una dosis de ilustración que no es de ahora: cuanto más procure cada uno su propio interés, tanto más se logrará el interés general. De nuevo resuena el viejo mito liberal: cuando los individuos buscan su propio beneficio, las cosas funcionan mejor, se produce más y se logra más eficazmente el bien general.

 

Sin embargo, el resultado inevitable, sobre todo en momentos de crisis, es un «darwinismo social». No todos salen victoriosos del combate de la competitividad. También aquí los más débiles son «devorados» por los más fuertes. Y, entonces, si todos seguimos buscando cada uno el propio interés, ¿quién pensará en las víctimas?

 

Con este individualismo neoconservador coincide curiosamente el «egoísmo ilustrado» de personas «progresistas» como F Savater, en el que la reivindicación ilimitada del placer individual lleva inevitablemente al mismo olvido de los débiles. Basta leer sus libros «Ética como amor propio» y «Ética para Amador», este último con epígrafes tan significativos como «haz lo que quieras», «date la buena vida», «tanto gusto» ...

 

No es extraño en este clima leer cosas como ésta que escribía hace unos años F Arroyo en El País: «Una de las palabras más absolutamente vacías es la ‘solidaridad’... Mi voluntad de solidaridad se acaba exactamente donde empiezan a negárseme contrapartidas. Lo demás es cristianismo primitivo, es decir, ganas de martirio.»

 

Sin embargo, la solidaridad con los más débiles e indefensos no es «ganas de martirio», sino la única forma de ser humano y, por supuesto, de ser cristiano. El joven rico que se encuentra con Jesús es un hombre honesto que nunca ha dejado de cumplir los mandamientos de Dios. Para seguir a Cristo, solo le falta una cosa: salir de su individualismo y aprender a compartir lo suyo con los más pobres.

 

 

ENFERMEDAD MAL DIAGNOSTICADA

 

Se marchó pesaroso, porque era muy rico.

 

La “enfermedad del dinero” es una enfermedad silenciosa cuyos síntomas se manifiestan sobre todo en el interior de la persona, pero puede llegar a arruinar la alegría de vivir, el descanso y hasta la salud.

 

Aunque casi nunca se quiere admitir así, es una enfermedad mental que pone de manifiesto un desarreglo interior de la persona. Una falta de equilibrio que consiste en equivocar los intereses vitales y los objetivos orientadores de la vida.

 

Esta enfermedad se va agravando en la medida en que la persona va poniendo como objetivo supremo de su vida el dinero y lo que el dinero puede dar. Sin darse cuenta él mismo, el enfermo termina por reducir su existencia a ser reconocido y admirado por su dinero, por la posición social que ocupa, por los coches que posee o por el nivel de vida que se puede permitir.

 

Entonces el dinero se convierte en lo más importante de la vida. Algo que se antepone a la ética, al descanso, a la amistad y al amor. Y la vida termina por arruinarse en la insatisfacción constante, la competitividad y la necesidad de ganar siempre más.

 

Si la persona no sabe detenerse, poco a poco irá cediendo a pequeñas injusticias, luego a mayores. Lo que importa es ganar a toda costa. Llega un momento en que el corazón se endurece y la codicia se va apoderando de la persona corrompiéndolo todo, aunque casi siempre permanezca disimulada bajo apariencias respetables.

 

El remedio no consiste en despreciar el dinero sino en saber darle su verdadero valor. El dinero que se gana con un trabajo honrado es bueno. Es necesario para vivir. Pero se convierte en nocivo cuando domina nuestra vida y nos empuja a tener siempre más y más, sólo por poseer y conseguir lo que otros no pueden.

 

Cuando esto sucede, fácilmente se cae en el vacío interior, el trato duro con los demás, la nostalgia de un pasado en el que, con menos dinero, se era más feliz o el temor a un futuro que, a pesar de todas las seguridades, parece siempre amenazador.

 

La manera sana de vivir el dinero es ganarlo de manera limpia, utilizarlo con inteligencia, hacerlo fructificar con justicia y saber compartirlo con los más necesitados.

 

Se entienden las palabras de Jesús al rico. Aquel hombre tiene dinero, pero, al mismo tiempo, quiere vivir una vida digna. Jesús le dice que le falta una cosa: dejar de vivir acaparando, y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

 

Aquel hombre “frunció el ceño y se marchó pesaroso porque era muy rico”. Está demasiado enfermo. El dinero le ha quitado libertad para iniciar una vida más plena. En contra de lo que solemos pensar, tener mucho dinero no es una suerte sino un problema, pues fácilmente cierra el paso a una vida más humana.

 

 

TENER DINERO

 

Qué difícil les va a ser a los ricos...

 

Estamos ya tan habituados que no nos resulta fácil ser conscientes del cinismo y la mentira que impregnan algunos ámbitos de la sociedad actual.

 

Teóricamente se sigue dando primacía a los valores del espíritu. Por todas partes se proclaman los grandes ideales de justicia, libertad, solidaridad. En cualquier momento se pueden escuchar discursos revestidos de nobles propósitos.

 

Pero son pocos los que se atreven a confesar que lo verdaderamente importante y decisivo en la vida de muchas personas es casi siempre “ganar dinero”. A la hora de la verdad es el dinero el que motiva, mueve y obsesiona con más fuerza a muchos hombres y mujeres de hoy.

 

Por otra parte, en esto apenas crea grandes diferencias entre las personas el posicionamiento político o ideológico de cada uno. El dinero se apodera del corazón del hombre, sea éste de derechas o de izquierdas, adopte una postura integrista o defienda tesis progresistas.

 

No es difícil ver dónde radica ese poder fascinador del dinero, auténtico “fetiche” de la sociedad contemporánea.

 

El dinero, en primer lugar, permite comprar y poseer toda clase de cosas que nos parecen hoy indispensables para “estar bien”. Sin dinero no hay cosas y sin cosas nos parece imposible ser felices.

 

Por otra parte, el dinero hábilmente utilizado, da poder y prestigio. Proporciona un “status” social aun a costa de falsearlo todo. Ya dice un personaje de “Shakespeare” que “el dinero hace blanco lo negro, hermoso lo feo, justo lo injusto, noble lo ruin, joven lo viejo, valiente lo cobarde”.

 

Es todo un espectáculo observar a las personas presentando de manera infantil sus “símbolos de prestigio”: “¿Has visto mi último modelo?” “¿Quieres visitar el apartamento que acabamos de comprar?”. “Es un producto que todavía no lo podrás encontrar aquí”.

 

Ha llegado el momento en que casi todo parece que ha de ser estimado por su valor de cambio. Hablamos de “un piso de quince millones”, “un viaje de cincuenta mil pesetas”, “una rosa de veinte duros”, como si lo importante de un piso, un viaje o una rosa fuera el dinero que nos ha costado.

 

Pero, ¿a qué queda reducida nuestra vida si el dinero se convierte en medida de todas las cosas y razón casi única de nuestra existencia?

 

Las palabras de Jesús no han perdido nada de su fuerza: “Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios”. Qué difícil es vivir en la verdad, descubrir el valor último de la existencia y abrirse a Dios cuando se tiene el corazón poseído por el dinero.

 

 

UN DINERO QUE NO ES NUESTRO

 

«Una cosa te falta.»

 

En nuestras iglesias se pide dinero para los necesitados, pero ya apenas expone hoy nadie la doctrina cristiana que sobre el dinero predicaron con fuerza teólogos y predicadores como S. Ambrosio de Tréveris, S. Agustín de Hipona o S. Bernardo de Claraval.

Una pregunta aparece constantemente en sus labios. Si todos somos hermanos y la tierra es un regalo de Dios a toda la humanidad, ¿con qué derecho podemos seguir acaparando lo que no necesitamos, si con ello estamos privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No hay que afirmar más bien que lo que le sobra al rico pertenece al pobre?

 

No hemos de olvidar que poseer algo siempre significa excluir de aquello a los demás. Con la «propiedad privada» estamos siempre «privando» a otros de aquello que nosotros disfrutamos.

 

Por eso, cuando damos algo nuestro a los pobres, tal vez estamos en realidad, restituyendo lo que no nos corresponde totalmente. Escuchemos estas palabras de S. Ambrosio: «No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no sólo de los ricos... Pagas, pues, una deuda; no das gratuitamente lo que no debes».

 

Naturalmente, todo esto puede parecer idealismo ingenuo e inútil. Las leyes protegen de manera inflexible la propiedad privada de los grandes potentados, aunque dentro de la sociedad haya pobres que viven en la miseria. S. Bernardo reaccionaba así en su tiempo: «Continuamente se citan leyes en nuestros palacios; pero son leyes de Justiniano, no del Señor».

 

No nos ha de extrañar que Jesús, al encontrarse con un hombre rico que ha cumplido desde niño todos los mandamientos, le diga que todavía le falta una cosa para adoptar una postura auténtica de seguimiento a Él: dejar de acaparar y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

 

El rico se alejó de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y más humana.

 

«Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios». No es una suerte tener dinero sino un verdadero problema. Pues el dinero nos cierra el paso y nos impide seguir el verdadero camino hacia la vida.

 

 

ALGO NOS FALTA

 

Una cosa te falta.

 

El cambio fundamental al que nos llama Jesús es muy claro. Decidirse a dejar de ser un hombre egoísta que ve a los demás en función de sus propios intereses para atreverse a iniciar una vida fraterna en la que uno se ve a sí mismo en función de los demás.

 

Por eso, a un hombre rico que observa fielmente todos los preceptos de la ley, pero que vive encerrado en sus propias riquezas, le falta algo esencial para ser su discípulo: compartir lo que tiene con los desposeídos.

 

Hay algo muy claro en el evangelio de Jesús. La vida no se nos ha dado para hacer dinero, para tener éxito o para lograr un bienestar personal, sino para hacernos hermanos.

 

Si nosotros pudiéramos ver el proyecto de Dios con la transparencia con que lo veía Jesús y comprender con una sola mirada el fondo último de la existencia, nos daríamos cuenta de que lo único importante es crear fraternidad.

 

El amor fraterno que nos lleva a compartir lo nuestro con los necesitados es «la única fuerza de crecimiento», lo único que hace avanzar decisivamente a la humanidad hacia su salvación.

 

El hombre más logrado no es, como se piensa, aquél que consigue acumular mayor cantidad de dinero, sino quien sabe convivir mejor y de manera más fraternal.

 

Por eso, cuando un hombre renuncia poco a poco a la fraternidad y se va encerrando en sus propias riquezas e intereses, sin resolver el problema del amor, termina fracasando como hombre.

 

Y aunque viva observando fielmente unas normas de conducta ética, al encontrarse con el evangelio, descubrirá que en su vida no hay verdadera alegría. Y se alejará del mensaje de Jesús con la misma tristeza que aquel hombre que «se marchó triste porque era muy rico».

 

Los cristianos somos capaces de instalarnos cómodamente en nuestra religión, sin reaccionar ante la llamada del evangelio y sin despertar ningún cambio fundamental en nuestra vida.

 

Hemos convertido nuestro cristianismo en algo poco exigente. Hemos «rebajado» el evangelio acomodándolo a nuestros intereses. Pero ya esa religión no puede ser fuente de alegría. Nos deja tristes y sin consuelo verdadero.

 

Ante el evangelio, hemos de preguntarnos sinceramente si nuestra manera de vivir, de ganar y de gastar el dinero es la propia de quien sabe compartir o la de quien busca sólo acumular. Si no sabemos dar lo nuestro al necesitado, algo esencial nos falta para vivir con alegría cristiana.

 

 

 

 

TENEMOS QUE ELEGIR, O SEGURIDADES O REINO DE DIOS

Fray Marcos

 

Mc 10, 17-30

 

CONTEXTO

El contexto es el mismo que el domingo pasado (cuando salía al camino). Cerca ya de Jerusalén, a donde se dirige Jesús para completar su misión. Es un episodio entrañable, pero con un triste desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso del seguimiento. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos las riquezas eran signo de la bendición de Dios.

 

EXPLICACIÓN

El llegar 'corriendo', indica gran interés y necesidad urgente. El joven era rico, Sin embargo, no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, a su muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso.

El 'arrodillarse', es un signo exagerado de respeto y admiración.

'Heredar vida definitiva'. En tiempo de Jesús, significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús, es asegurar la existencia para el más allá.

Los mandamientos que Jesús recuerda, son los de la segunda tabla, es decir los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es exclusiva de Jesús. Para cualquier judío, los importantes eran los de la primera tabla.

'¿Por qué me llamas "bueno"?' En esta respuesta Jesús nos está diciendo dónde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío de toda posesión. Sentirse vacío hasta de la propia pobreza, sentirse vacío de la misma bondad. Ni soy nada ni tengo nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener.

Es casi imposible no sentirse atrapado por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de creerse superior. La peor soberbia es la de creerme bueno y con derechos ante Dios, que niego a los demás.

'Una cosa te falta: seguirme'. ¿Qué sutil diferencia quiere señalar Marcos, entre "heredar vida definitiva" y "seguir a Jesús"? Para 'heredar la vida', basta cumplir una Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. Seguir a Jesús, es mucho más que el cumplimiento de unos mandamientos.

No se trata de ser mejor que los demás, sino de ser diferente. Mateo nos da una pista: "si quieres llegar hasta el final". Pero, ¿puede tener algún sentido emprender un camino para no llegar a la meta? La meta es la plenitud del hombre

¡Qué difícil será entrar en el Reino, al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí ni son buenas ni son malas. ¡Qué más quisiera Dios que todos tuviésemos de todo! Las posesiones o el cumplimiento de la Ley para obtener seguridad, es lo que impide alcanzar una meta verdaderamente humana. El desenlace del encuentro es triste, pero el comentario que hace Jesús es aún más desolador.

'Entonces, ¿quién podrá "salvarse"?' Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. No se refiere solamente a quién podrá salvarse en el más allá, como entendemos hoy la salvación, sino quién podrá mantener una vida verdaderamente humana, si se desprende de todo lo que tiene y no procura asegurarse el futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús, "para los hombres, imposible, no para Dios".

 

APLICACIÓN

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos o hacia la demagogia barata o al espiritualismo estéril. Una vez más debemos advertir que no es posible una explicación racional, que no la tiene, sino de experiencia interior que nos lleve a una actitud como la de Jesús. Aunque es imposible explicar la enseñanza, vamos a intentar superar algunos malentendidos, que nos siguen impidiendo aceptar el verdadero mensaje.

Buscar la propia salvación individual aquí abajo o en el más allá, es la mejor señal de no haber superado el "ego". La meta última del hombre es la superación de todo ego (y por lo tanto de todo egoísmo). El objetivo último de todo ser humano es el amor al hombre, que exige una entrega incondicional al servicio de otro.

El apego a las riquezas nace siempre de un "ego"; mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas, sino la existencia de ese "ego" que me obliga a buscar seguridades, para el más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado, es demagogia. El hecho de tener o no tener bienes materiales, no es lo significativo. Un pobre que no tiene nada, puede estar más apegado a los bienes que ambiciona, que el rico a lo que posee.

Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso de gigante para entrar en la dinámica del evangelio. La única ventaja del pobre sería que, al cerrársele la puerta fácil de las seguridades materiales, se vería obligado a buscar la verdadera salida. A esto apuntan las bienaventuranzas.

Otra trampa frecuente, es creer que el evangelio propone la pobreza de espíritu. Según esta interpretación, no importa lo que hayas acumulado, con tal de que tengas "espíritu cristiano", lleves una vida "religiosa" y seas capaz de dar limosna y hacer "obras de caridad".

La Iglesia como institución, ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular ingentes riquezas. No basta que la Iglesia atienda a los pobres. La Iglesia tiene que renunciar a las seguridades, lo mismo que cada cristiano.

La tercera trampa es creer que el evangelio se refiere a las riquezas injustas. Una vez más tenemos que hacer la distinción entre lo legal y lo justo. Las leyes no solo permiten, sino que favorecen la acumulación de riquezas porque están hechas por los ricos.

No hay justificación posible para una situación en la que unos despilfarran sin miramiento y otros mueren literalmente de hambre. Nuestro mundo es radicalmente injusto. Ahora bien, los únicos que no tienen responsabilidad alguna en esta situación, son los pobres.

Por último, está la trampa de interpretar el evangelio como una oferta de cristianismo a dos velocidades. Para ello se habla de 'los consejos evangélicos' que serían un plus voluntario para los más decididos.

Esto ha hecho mucho daño a la inmensa mayoría de los cristianos, porque les ha dado motivos para pensar que lo que dice el evangelio de la riqueza no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y por lo tanto con más derechos ante Dios, aunque en ningún caso hayan renunciado a las seguridades.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo, es que no hemos comprendido nada. No se trata de renunciar a nada sino de elegir el camino que me lleve a la plenitud que puedo alcanzar como ser humano.

Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a ir en otras direcciones. En contra del sentir de la mayoría, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en acertar en la elección.

La crisis que estamos padeciendo podría ayudarnos a tomar en serio el evangelio. El afán de acumular riquezas sin límite nos ha llevado a la situación actual. Hasta mediados del siglo pasado, la economía consistía en producir bienes o servicios que se vendían por un precio no siempre justo. Pero la perversión del capitalismo actual consiste en utilizar el dinero (casi siempre el de otros) para producir más dinero, sin producir ningún bien ni beneficio para nadie sino todo lo contrario. Ese dinero artificial sacado de la manga, es el que está controlando todo el organigrama económico que se deteriora cada día más.

 

Meditación-contemplación

 

Si quieres llegar hasta el final, una cosa te falta.

Pero, ¿de verdad quiero llegar hasta el final?

Y ¿qué sentido tiene emprender una carrera

si no tienes intención de llegar a la meta?

...............

 

Es ridículo pensar que Dios nos exige renunciar a algo.

No se trata de renunciar, sino de elegir bien.

Pero el secreto de toda buena elección es el conocimiento.

Tomar conciencia de lo que es mejor será el primer paso.

...............

 

Cuando queremos alcanzar dos metas a la vez,

el fracaso está asegurado

La plenitud de ser y las seguridades son incompatibles,

Nunca podremos armonizarlas.

.............

 

 

 

LO MÁS INTELIGENTE ES SEGUIR A JESÚS

José Enrique Galarreta

 


Mc 10, 17-30

Este relato se reproduce, con muy escasas variantes, en los tres Sinópticos (Mateo 19,13; Lucas 18,15). Es Mateo el que habla de "un joven", y añade a los mandamientos el de "amarás a tu prójimo como a ti mismo". Los tres centran el mensaje de Jesús en: vende lo que tienes - dalo a los pobres - tendrás un tesoro en el cielo - ven y sígueme. En los tres, el joven se marcha entristecido "porque era muy rico", y la consecuencia es la frase famosa de Jesús: "es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino".

En la narración de Marcos, más aún que en los otros dos, la escena tiene toda la viveza de este evangelista y nos produce la impresión de estar ante una crónica, bien recordada y bien descrita, de algo que causó impacto especial en los discípulos. El texto se presta a múltiples comentarios, que vamos a reducir a lo esencial, a lo más medular.

Se trata de un "buen rico", que viene a Jesús sinceramente, buscando mejorar su vida religiosa. Jesús le contesta con una formulación básica que no hay que olvidar: "Para heredar la vida eterna, los mandamientos". La pregunta de "¿cuáles?" es característica de una época en que la enseñanza de los doctores fariseos llena la vida de innumerables mandamientos. Jesús se remite a la esencia de la Ley, los mandamientos básicos expresados en lo que hemos llamado "El Decálogo" (Éxodo 20,12 y Dt 6,16). Una vez más, Jesús se despega de la interpretación al uso de la Ley para ir a su esencia.

El rico manifiesta que eso ya lo cumple, quiere saber si hay más. Notemos que se trata de si hay más que heredar la vida eterna. A esa demanda del rico responde la invitación de Jesús, hecha con cariño, como si Jesús se hiciese ilusiones ante su buena disposición. El rico se echa atrás, y Jesús saca la conclusión de que la riqueza hace casi imposible "entrar en el Reino", con la estupenda exageración del camello - el animal más grande - y el ojo de la aguja - el agujero más pequeño -.

Se han querido hacer aquí correcciones, señalando que la palabra "camello" no sería una buena traducción, debiendo preferirse "soga" hecha con pelo de camello (incluso que "ojo de aguja" era la estrechísima entrada de una cueva). Pero todas esas disquisiciones no cambian el sentido primero: prácticamente imposible, sea cual sea la metáfora empleada.

Estas expresiones producen en los discípulos asombro, sobre todo porque, como casi todos en esa época, consideran los bienes del mundo como bendiciones de Dios y los males como castigos. Se ve también que no distinguen aún la diferencia entre "salvarse" y "entrar en el Reino". Pero Jesús sigue hablando del Reino, y afirma que es posible con la gracia de Dios, dejando claro que entrar en el reino es una invitación y una gracia, una oferta de Dios que es a la vez una enorme exigencia y un espléndido regalo.

 

R E F L E X I Ó N

Dentro de la gran riqueza de mensaje que encierra el evangelio de hoy, nos fijamos en un aspecto básico, importante para nosotros: Jesús y el dinero. La posición de Jesús ante el dinero ocupa un lugar importante en los evangelios. Se puede resumir así:

1- Ante los que "ponen su confianza en el dinero", Jesús siente algo así como lástima, casi desprecio. La mejor expresión de esto sería Lucas 12,16, la parábola del rico insensato, y la expresión de Mateo 6,19: "no amontonéis tesoros aquí, donde roe la polilla..."

Una de las líneas de fuerza importantes del mensaje evangélico es la trascendencia: lo de aquí es importante porque es camino para la Vida definitiva. Si deja de ser camino o lo entorpece, es un trágico error. Invertir lo que poseemos en vivir bien aquí, es tirar la vida.

2.- Cuando la riqueza se hace además ofensa para otros, Jesús se vuelve intransigente, amenazador. La expresión mejor es Lucas 16, 19, la parábola del rico banqueteador y el pobre Lázaro. La condena del rico es tajante, de las más duras de todo el evangelio. En la conclusión ("si no atienden a Moisés y a los profetas, aunque un muerto resucite no se convertirán") se muestra ya ese temor de Jesús por las consecuencias de la riqueza. Los que confían en las riquezas hasta el punto de perder la capacidad de compasión, están perdidos. Es casi imposible que se liberen.

3.- Pero, más allá de todo eso, está El Reino, y éste es el tema tratado en la escena de hoy. Un rico que cumple bien la ley se atreve a preguntar a Jesús "¿hay más?". Jesús se hace ilusiones con él, quizá ese hombre de buena voluntad se atreva a dar un paso más allá del cumplimiento de la Ley... Y le ofrece más: dedicarse por entero al Reino: "Deja todas esas cosas que te esclavizan, vente conmigo..." Pero era demasiado rico, se echó atrás.

Es aquí donde aparecen con claridad dos dimensiones reveladoras: el Reino como libertad, como sabiduría; el dinero como esclavitud. "Vende lo que tienes y dalo a los pobres" es sabiduría: así no tendrás tesoros en la tierra, donde roe la polilla, sino en el cielo. "Después ven, sígueme" es dedicarse a lo único que merece la pena, construir el Reino.

Jesús sabe bien que no es posible servir a dos señores: y que el dinero es señor. Nosotros creemos que lo usamos, pero es él quien nos usa; creemos que lo poseemos, pero es él quien nos posee. Jesús lo sabe muy bien, por eso empieza por plantearnos que decidamos a qué señor queremos servir. La elección es clara:

servir al dinero para morir sin nada <--  --> servir a Dios para morir rico.

Se puede formular de otra manera: ser esclavo y morir como esclavo, ser libre para vivir como hijo.

Esta es la razón por la que algunas personas, con una vocación muy especial, renuncian de hecho a toda posesión: para ser más libres, para poder dedicarse al Reino sin estorbos. Pero la mayoría de las personas no podemos hacerlo, tenemos que poseer, tenemos que usar de este bien peligroso. Para nosotros "vende lo que tienes y dalo a los pobres" no es una orden que podamos cumplir al pie de la letra, pero sí es un espíritu que marca nuestra forma de poseer y de usar. Un seguidor de Jesús usa el dinero, y todo lo que posee, con aprensión, porque sabe que es pegajoso, que tiende a apoderase de su espíritu y esclavizarlo.

Como en tantas cosas, hemos hecho una hábil distinción para suavizar esta palabra. Hemos pensado que se trata de aquellos que van a seguir un "estado de perfección", no de los "cristianos normales" que viven "en el mundo". Pero no es así: los que siguen a Jesús no son los religiosos o los sacerdotes; los que siguen a Jesús son los cristianos, la Iglesia. El llamamiento a seguir a Jesús es el llamamiento a todos.

Se trata simplemente de entender correctamente la expresión "dejarlo todo". Si esto significa no tener físicamente nada, es imposible para una vida normal. Pero no se trata de eso: se trata de no rendir culto, de no adorar, de no ser poseído por lo que se posee. Se trata de usar para la vida definitiva. Se trata de estar libre de corazón para usar bien, para compartir con quien lo necesita.

Se ha dicho, y muy bien dicho, que el dinero es un buen servidor y un mal amo. El dinero es un medio necesario para vivir, para sobrevivir. Con el dinero se puede comprar la subsistencia, la salud, la cultura ... Utilizado como servidor es estupendo. Pero tiene la habilidad de convertirse en amo. Entonces le servimos sólo a él, dejamos de ser personas que con-padecen, no lo consideramos talento recibido para todos sino medio de disfrutar; los judíos llegaban más lejos en su error y lo consideraban bendición de Dios. Y puede serlo: bendición peligrosa, porque, como de todo talento, podemos apoderarnos de él y usarlo sólo para nosotros; y entonces quedamos esclavizados por él, somos sus servidores y quedamos imposibilitados para entrar en el Reino.

Dinero, prestigio, poder: los tres talentos más peligrosos que Dios puede darnos, los que más tienden a convertirse en nuestros señores. Por esta razón no los tenía Jesús. Por esta razón no los tenían las primeras comunidades. Y por esta razón nuestra Iglesia se parece tan poco al Reino, porque tiene dinero, prestigio y poder. Es llamativo, y sangrante, que la Iglesia, cuando habla de estos temas llega hasta a afirmar que "hay que hacer una opción preferencial por los pobres", confesando así, no sé si con ingenuidad o con hipocresía, que no es pobre. La nuestra no es una iglesia de pobres, sino una Iglesia rica que se preocupa de los pobres (a veces).

Pero Jesús avisó claramente que ser rico y entrar en el reino es casi imposible. Nosotros, la rica Iglesia de Occidente, creemos que hemos logrado el milagro, que nuestro camello ha pasado por el ojo de la aguja; es mentira: servimos ante todo al dinero, es decir, a nuestro nivel social, a no ser rechazado por el entorno, a vivir muy cómodamente. Lo hacemos con suficiente estilo como para no parecer ridículos, y dando de lo que nos sobra lo suficiente para no sentir demasiados remordimientos. Pero no entramos en el Reino. Los ricos, es decir nosotros, no entran en el Reino.

Es desde aquí desde donde podemos entender el "dichosos los pobres". No se trata de que los pobres sean buenos, no se trata de que Jesús alabe la miseria: se trata de que están mejor situados para entrar en el Reino, se trata de que los ricos lo tienen mucho más difícil.

Jesús trató con todos, ofreció el Reino a pobres que lo rechazaron (la mayor parte de los fariseos y los escribas andarían muy escasos de riqueza). Ofreció el Reino a ricos que lo aceptaron (Juana, Zaqueo). En los evangelios los pobres no son buenos y los ricos malos sin más. En el evangelio, ser rico es tenerlo muy difícil para aceptar los criterios y los valores de Jesús.

Por eso, Jesús fue pobre y libre. Por eso se pudo entregar enteramente al Reino. Y por eso, exactamente por eso, Jesús se dirige preferentemente a los pobres, a los pecadores y a los enfermos, porque ellos sienten necesidad de ser liberados y están por eso mismo en buenas condiciones para aspirar al Reino. Los ricos, los que se creen santos, los satisfechos, ni siquiera necesitan de Dios, "ya tienen su recompensa".

 

PARA NUESTRA ORACIÓN

Pero hay algo más, algo mucho más exigente: "a mí me lo hicisteis - a mí me lo dejasteis de hacer". La cómoda posesión, el disfrute de los bienes, en medio de un mundo en que los hijos de Dios se mueren de hambre por falta de esos bienes, es un insulto a Dios, Padre de todos.

Si entendemos correctamente la parábola de los Talentos, sabemos que yo tengo para que todos tengan, Dios me lo ha dado a mí porque cuenta conmigo para la solución de los problemas de todos. No pocas personas se preguntan: "¿cuánto tengo que dar?". En realidad, están preguntando: "de lo que me sobra, después mantener el tren de vida habitual en mi sociedad, ¿qué tanto por ciento me justifica ante Dios?". A esa pregunta, Jesús no respondería más que con otra pregunta: "¿Cómo andas de compasión? ¿hasta qué punto te importa que miles de hermanos tuyos se mueran de hambre?"

Inmersos en una sociedad de abundancia, acostumbrados a niveles de vida que nos parecen normales, nos vemos retratados, una vez más, por las escenas del evangelio: quizá somos tan insensatos que sólo pensamos en poseer y disfrutarlo. Jesús piensa que estamos tirando la vida.

En resumen, el dinero, como todas las realidades de esta vida, (la salud, las cualidades...) es un medio, algo que me permite "comprar cosas". Podemos comprar cosas satisfactorias a corto plazo, pero no duraderas. El Evangelio invita a "invertir bien", desechando valores que al final nos dejarán sin nada. El código de valores de Jesús es el Sermón del Monte, y su núcleo, las Bienaventuranzas. Jesús es el modelo de los que "están en el Reino". Es grano de trigo enterrado para servir de alimento. Dejó su casa, su seguro oficio, su familia, para dedicarse del todo al Reino. No contaba con el dinero para difundir el Reino. Vivía de lo que le daban. No tuvo que hacer testamento. Se murió desnudo, sin más tesoros que los de su alma, los que le siguen a uno hasta la vida eterna.

 

ORACIÓN

Sugiero que recitemos juntos "el pregón del Reino", las Bienaventuranzas. Son los criterios de Jesús. Hagámoslo con humildad. Muy probablemente no son éstos, de hecho, nuestros criterios. Al recitarlas, pidamos a Dios que haga nuestro corazón semejante al de su Hijo.

Dichosos los pobres de espíritu,

porque de ellos es el reino de los cielos

Dichosos los mansos,

porque poseerán la tierra

Dichosos los que lloran,

porque serán consolados.

Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia,

porque quedarán saciados.

Dichosos los misericordiosos,

porque alcanzarán misericordia

Dichosos los limpios de corazón,

porque verán a Dios.

Dichosos los que buscan la paz,

porque serán llamados hijos de Dios.

Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

 

QUE PODRÍAMOS TRADUCIR LIBREMENTE ASÍ:

Cuánto más felices seríais si no necesitarais tantas cosas

Cuánto más felices seríais si vuestro corazón no fuese violento

Cuánto más felices seríais si aprendierais a sufrir

Cuánto más felices seríais si tuvierais hambre y sed de justicia,

Cuánto más felices seríais si aprendierais a perdonar y pedir perdón.

Cuánto más felices seríais si vuestro corazón fuera transparente

Cuánto más felices seríais si trabajarais por la paz

Y si os desprecian o persiguen por vivir así, ¡mucho más felices todavía!

 

 

 

NO MERECER, SINO SER

Enrique Martínez Lozano

 

Mc 10, 17-30

 

Una vez más, la de Jesús es una palabra de sabiduría, en un relato que arranca con una pregunta nacida de la ignorancia, es decir, de la identificación con el ego: "¿qué haré para heredar la vida eterna?".

Son características del ego, tanto la huida al futuro como el apoyarse en los propios méritos. El suyo es un programa basado en el "hacer", para de ese modo obtener una recompensa.

El joven del relato había "hecho" todo lo prescrito, había cumplido todo lo mandado, pero constataba que eso no le aportaba más vida. Y es por esta por la que pregunta.

La respuesta viene a desmontar aquel doble presupuesto: la vida eterna (plena) no está en el futuro, sino en el presente (presente y vida son sinónimos); y no hay nada que "hacer" para conseguirla.

El camino no es el de acumular méritos ni el de fortalecer el yo, sino más bien el contrario: desapropiarse de él. "Vender lo que tienes", "dar el dinero a los pobres" hacen referencia a esa actitud de desprendimiento que caracteriza a una vida desegocentrada.

Pero tampoco la desegocentración nace de un voluntarismo ético, sino de la comprensión de nuestra verdadera identidad. Mientras estemos identificados con el yo, no podremos sino vivir para él; solo en la medida en que descubrimos realmente quiénes somos, podemos situarnos en ese otro "lugar" (no-lugar) donde saboreamos lo Real y desde el que nuestra vida irá tomando otra orientación.

Sin embargo –y aquí aparece la gran paradoja-, el yo no puede hacer nada para que eso se dé: "es imposible para los hombres". El motivo es simple: la mente no puede conducirnos más allá de sí misma; el ego no puede conseguir que lleguemos a percibir una identidad infinitamente mayor que él.

Pero "Dios lo puede todo". La Fuente de todo lo que es nos constituye en última instancia. Y es ese mismo Fondo el que puede revelarse en nosotros, en la medida en que no nos reducimos a lo que pensamos que somos.

Por nuestra parte, desde la intuición profunda que a todos nos habita, y que suele experimentarse como Anhelo, podemos ejercitarnos en venir al momento presente y dar pasitos de desidentificación: ambas prácticas favorecerán el despertar a quienes realmente somos. Al menos, nos liberarán de la prisión que constituye vivir constreñidos al yo.

En tanto en cuanto funcionamos pensando que somos el "yo psicológico", nos parecemos al hámster que se encuentra en su jaula, girando permanentemente la rueda que se halla en su interior. No llega a ningún sitio y no logra salir del encierro.

Cualquier tipo de sufrimiento –entendido como "añadido" mental al dolor- es indicador de que seguimos encerrados en la jaula. Si escuchamos un poco más, podremos detectar también la luz de una intuición, aunque sea pequeñita, que nos hace preguntarnos por nuestra identidad más profunda.

Si queremos favorecer que esa luz crezca, nos resultará eficaz venir al presente, acallar la mente... y constatar lo que queda justamente entonces, cuando la mente se ha silenciado: queda Consciencia, Presencia, Quietud..., nuestra identidad más profunda.

Y vendremos a descubrir que "mente" (o yo) es lo que tenemos; Consciencia es lo que somos. Así podremos salir de la triste y frecuente trampa que consiste en identificarnos con lo que tenemos y olvidarnos de lo que somos.

Y entonces, en la medida en que estamos en contacto con quienes somos, notaremos que todo se nos da –se nos ha dado- en abundancia: el "ciento por uno" y la "vida eterna".

El comentario anterior es una interpretación simbólica (espiritual) del relato evangélico. Es claro que este nivel no niega otra lectura más literal o "histórica" del mismo.

Si Jesús era un "judío marginal" (John Meier), y se había situado en la escala más baja de la pirámide social de su pueblo, compartiendo su suerte con "los últimos" y los mendigos, lo que ofrece a quien quiere ser su discípulo va en esa misma línea: desprenderse de todo y colocarse por decisión propia en el último lugar.

El mensaje que se transmite es profundamente sabio: el más bajo, es el lugar más universal. Por eso, únicamente desde abajo se puede construir una humanidad nueva. Y eso, a su vez, requiere que las personas podamos vivirnos desde una "nueva consciencia", en la que la egocentración cede el paso al servicio.

Al final, todos los caminos auténticos terminan confluyendo: al crecer en amor, crecemos en consciencia; al crecer en consciencia, despierta el amor. Es lo que expresa, admirable y bellamente, el siguiente poema de Vicente Simón

 

SAT CHIT ANANDA

Ser, comprender, amar

 

Si comprendes, te rindes;

si te rindes, comprendes.

Y rendido, comprendiendo,

no puedes dejar de amar.

 

Eres la conciencia dichosa

que ama y comprende.

Cuando lo descubres,

nada más te atreves a decir.

 

Has llegado a la frontera

que no puede cruzarse.

Has comprendido, más allá de toda duda,

que todo está más que bien, perfecto.

 

Has dejado atrás el tiempo

y sus cachorros:

el miedo, la desesperación

y la esperanza.

 

La experiencia humana que atraviesas

es un insignificante detalle

de ese todo que ya sabes que eres;

o mejor, que es.

 

Porque aquel que creía

tener la experiencia

se esfumó para siempre

en el momento irrepetible de la comprensión.

 

Ahora ya nadie vive, ni sufre ni goza.

Solo hay vida, gozo y sufrimiento

que contribuyen a la música inefable

de la sinfonía universal.

 

Entonces, si ya estás ahí,

lo único que resta es

Ser Comprensión Dichosa

para siempre jamás.

 

 

 

 

 OCARM

Lectura 

a) Clave de lectura: 

               El evangelio de este 28º domingo del tiempo ordinario cuenta la historia de un joven que pregunta a Jesús cuál es el camino para la vida eterna. Jesús le da una respuesta, pero el joven no la acepta, porque era muy rico. La riqueza ofrece una cierta seguridad a las personas y éstas encuentran dificultad para privarse de esta seguridad. Atados a los beneficios de sus bienes, estas personas viven preocupadas por defender sus propios intereses. El pobre no tiene esta preocupación, y por esto se haya más libre. Pero existen pobres con mentalidad de rico. Son pobres, pero no son “pobres de espíritu” (Mt 5,3). No sólo la riqueza, sino también el deseo de riqueza puede transformar a la persona y volverla esclava de los bienes de este mundo. Y tendrán dificultades para aceptar la invitación de Jesús: “Ve, vende todo lo que tiene y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y toma tu cruz y sígueme” (Mc 10,21) No dará el paso que Jesús pide. Y yo ¿soy capaz de dejar todo por el Reino? 

               En el texto que ahora escuchamos, diversas personas se acercan a Jesús para pedirle un consejo: el joven rico, los discípulos y Pedro. En el curso de la lectura trataremos de estar atentos a la preocupación de algunas de estas personas y a la respuesta que Jesús da a cada uno de ellos. 

 

b)            Una división del texto para ayudar en la lectura:

Marcos 10,17: La pregunta de la persona que quiere seguir a Jesús 

Marcos 10,18-19: La respuesta inesperada y exigente de Jesús 

Marcos 10,20-21: La conversación entre Jesús y el joven 

Marcos 10,22: El joven se alarma y no quiere seguir a Jesús 

Marcos 10,23-27: Conversación entre Jesús y los discípulos sobre la entrada de los ricos en el Reino 

Marcos 10,28: La pregunta de Pedro 

Marcos 10, 29-30: La respuesta de Jesús 

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración.

a)             ¿Cuál es el punto de este texto que más ha llamado tu atención? ¿Por qué? 

b)            ¿Cuál es la preocupación del joven y cuál su engaño? 

c)             ¿Qué significa para nosotros hoy: “Ve, vende todo, dalo a los pobres”? ¿Es posible tomar esta frase literalmente? 

d)            ¿Cómo entender la comparación de la aguja y el camello? 

e)             ¿Cómo entender el céntuplo en esta vida, pero con persecuciones? 

f)              ¿Cómo entender y practicar hoy los consejos que Jesús da al joven rico? 

 

Para aquéllos que desean profundizar más en el tema 

a) Contexto de ayer y de hoy: 

               El Evangelio de este domingo describe la conversión progresiva, que según la invitación de Jesús, debe suceder en nuestra relación con los bienes materiales. Para poder comprender toda la portada de las instrucciones de Jesús es bueno recordar el contexto más amplio en el que Marcos coloca estos textos. Jesús camina hacia Jerusalén, donde será crucificado (cf. Mc 8,27; 9,30.33; 10,1.17.32). Está ya para dar su vida. Sabe que pronto será matado, pero no se echa atrás. Y dice: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate de muchos” (Mc 10,45). Esta actitud de fidelidad y de entrega a la misión recibida del Padre le ofrece las condiciones para poder indicar qué cosa es realmente importante en la vida. 

               Las recomendaciones de Jesús valen para todos los tiempos, tanto para la gente del tiempo de Jesús y de los tiempos de Marcos, como para nosotros hoy, en el siglo XXI. Son como espejos donde se reflejan lo que es verdaderamente importante en la vida, ayer y hoy: recomenzar siempre de nuevo, la construcción del Reino, renovando la relación humana a todos los niveles, sea entre nosotros, como de nosotros con Dios, como con los bienes materiales. 

 

b) Comentario del texto: 

Marcos 10,17-19: Los mandamientos y la vida eterna 

Una persona se acerca y pregunta: “Maestro bueno, ¿Qué debo hacer para tener en herencia vida eterna?” El evangelio de Mateo dice que se trataba de un joven (Mt 19, 20.22). Jesús responde bruscamente: “¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios”. Jesús desvía la atención de sí mismo hacia Dios, porque le interesa hacer la voluntad del Padre, revelar el Proyecto del Padre. Enseguida Jesús: “Tú conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre”. El joven había pedido qué hacer para heredar la vida eterna. ¡Quería vivir junto a Dios! Y Jesús le recuerda sólo los mandamientos que indican una vida junto al prójimo. No recuerda los tres primeros mandamientos que definen la relación con Dios. Para Jesús, conseguimos estar bien con Dios si conseguimos estar bien con el prójimo. No se puede engañar. La puerta para llegar a Dios es el prójimo. ¡No hay otra! 

 

Marcos 10,20: ¿Para qué sirve cumplir los mandamientos? 

El joven responde que ya observaba los mandamientos hacía mucho tiempo. Lo que es extraño es lo que sigue. El joven ha querido saber cuál es el camino de la vida eterna. Ahora , el camino de la vida eterna era y continúa siendo: hacer la voluntad de Dios expresada en los mandamientos, Quiere decir que aquel hombre observaba los mandamientos sin saber para qué servían. No sabía que la observancia de los mandamientos que él practicaba desde la infancia era el camino para llegar a Dios, a la vida eterna. Es como muchos católicos de hoy, que no saben para qué sirve ser católico. “He nacido en Italia, he nacido en España, por esto soy católico.” ¡Una costumbre! 

 

Marcos 10,21-22: Compartir los bienes con los pobres

Jesús lo mira, lo ama, y le dice: “Sólo una cosa te falta: ve, vende lo que tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y después ¡ven y sígueme! 

Jesús no condena al joven, no lo critica, sino que trata de ayudarlo a dar un paso adelante en la vida. La conversión que Jesús quiere es progresiva. La observancia de los mandamientos solamente es el primer escaño de una escalera que va más lejos y cada vez más alto. ¡Jesús pide más! La observancia de los mandamientos prepara a la persona para poder llegar al don total de sí a favor del prójimo Los Diez Mandamientos son el camino para llegar a la práctica perfecta de los dos mandamientos del amor hacia Dios y hacia el prójimo (Mc 12,29-31; Mt 7,12). Jesús pide mucho, pero lo pide con mucho amor. El joven no acepta la propuesta de Jesús y se marcha “porque era muy rico”. 

 

Marcos 10,23-27: El camello y el ojo de la aguja 

Después que el joven se aleja, Jesús comenta su decisión. ¡Cómo es difícil para un rico entrar en el Reino de Dios! Los discípulos quedan estupefactos. Jesús repite la misma frase y añade un proverbio que se usaba para indicar una cosa humanamente imposible. ¡Es más fácil para un camello entrar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el Reino de Dios! Cada pueblo tiene sus expresiones y sus proverbios, que no se pueden tomar literalmente. Por ejemplo, en Brasil, para decir que una persona debe dejar de molestar a los otros se dice: “¡Vete a darte un baño!” Si se toma esta expresión literalmente la persona es engañada y no se da cuenta del mensaje. Lo mismo hay que decir del camello que debe pasar por el ojal de una aguja. ¡Imposible! Los discípulos quedan asombrados con la afirmación de Jesús. Señal esta de que no habían entendido la repuesta de Jesús al joven rico: “Ve, vende todo lo que tiene, dalo a los pobres y ¡ven y sígueme! El joven cumplía con los mandamientos, pero sin entender el porqué de la observancia. Algo parecido estaba sucediendo con los discípulos. Por seguir a Jesús, ellos habían abandonado todos los bienes (Mc 1,18-20), pero sin entender el porqué del abandono. Porque, si lo hubiesen entendido, no se hubieran quedado asombrados ante la exigencia de Jesús. Cuando la riqueza o el deseo de riqueza ocupa el corazón y el interés de la persona, ésta no consigue entender el sentido de la vida y del evangelio. Sólo Dios mismo la puede ayudar: “Para los hombres esto es imposible, pero no para Dios. Porque para Dios todo es posible” Cuando Jesús habla de la casi imposibilidad del hecho que “un rico entre en el reino de Dios”, se refiere, no en primer lugar a la entrada en el cielo después de la muerte, pero sí a la entrada en la comunidad junto a Jesús. Hasta hoy, es muy difícil a un rico entrar en una pequeña comunidad eclesial de base y sentarse junto a los pobres, junto a ellos, para así seguir a Jesús. 

 

Marcos 10,28-30: La conversación entre Jesús y Pedro 

Pedro creía que “entrar en el Reino de Dios” era lo mismo que seguir a Jesús en pobreza, por lo que pregunta: “Nosotros hemos dejado todas las cosas y te hemos seguido. ¿Cuál será nuestra recompensa?” A pesar del abandono, Pedro seguía con la mentalidad primera. Todavía no había entendido el sentido del servicio y de la gratuidad. Ellos y sus compañeros abandonaron todo para obtener cualquier cosa en cambio. ¿Cuál será nuestra recompensa? La respuesta de Jesús es simbólica. Deja entrever que no deben esperar ninguna ventaja, ninguna seguridad, ninguna promoción. ¡Recibirán el céntuplo, esto sí! Pero con persecuciones en esta vida. En el mundo futuro tendrán la vida eterna del que hablaba el joven rico. “¡En verdad en verdad os digo: nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o padre o madre o hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno ahora, al presente, en casas, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero vida eterna”.

 

c) Ampliando conocimientos 

Jesús y la preferencia por los pobres 

Una doble esclavitud marcaba la situación de la gente de Galilea en los tiempos de Jesús: (i) La esclavitud de la política de Herodes, apoyada por el imperio romano, mantenía por todas partes un sistema bien organizado de violencia y represión. (ii) La esclavitud de la religión oficial, mantenida por las autoridades religiosas de la época. Por causa de esto, la familia, la comunidad, el clan, se desintegraba poco a poco y una gran parte de la gente vivía marginada, sin un lugar, sin una religión, sin una sociedad. Para combatir esta desintegración de la vida comunitaria y familiar, existían diversos movimientos que, como Jesús, buscaban un nuevo modo de vivir y convivir en comunidad. Por ejemplo, los esenios, los fariseos, y más tarde, los zelotas, todos ellos vivían en comunidad. En la comunidad de Jesús, por ejemplo, había algo nuevo que la diferenciaba de los otros grupos. Era la actitud ante los pobres y marginados.  Las comunidades de los fariseos vivían separadas. La palabra “fariseo” quiere decir “separado”. Vivían separados del pueblo impuro. Muchos fariseos consideraban al pueblo ignorante y maldito (Jn 7,49), lleno de pecado (Jn 9,34). No aprendían nada de la gente (Jn 9,34). Jesús y su comunidad, al contrario, vivían mezclados con gente marginada, considerada impura: publicanos, pecadores, prostitutas, leprosos (Mc 2,16; 1,41; Lc 7,37). Jesús reconoce la riqueza y el valor que poseen (Mt 11, 25.26); Lc 21,1-4). Los proclama dichosos, porque el Reino es de ellos, de los pobres (Lc 6,20; Mt 5,3). Él mismo vive como un pobre. No tiene nada propio, ni siquiera una piedra para reposar la cabeza (Lc 9,58). Y a los que querían seguirlo para vivir con Él en comunidad, les hace escoger. ¡O Dios o el dinero! (Mt 6,24). Manda hacer esta elección por los pobres (Mc 10,21) 

La pobreza que caracterizaba la vida de Jesús y de los discípulos, caracterizaba también la misión. Al contrario de los otros misioneros (Mt 23,15), los discípulos de Jesús no podían llevar nada consigo, ni oro, ni plata, ni dos túnicas, ni una alforja, ni sandalias (Mt 10,9-10). Debían confiar en la hospitalidad (Lc 9,4; 10,5-6). En el caso de ser acogido por la gente, deberían trabajar como los otros y vivir de lo que habían recibido en cambio (Lc 10,7-8) 

Debían ocuparse de los enfermos y necesitados (Lc 10,9; Mt 10,8). Y entonces podían decir a la gente: “El Reino de Dios ha llegado” (Lc 10,9). 

Por otro lado, cuando se trata de administrar los bienes, lo que llama la atención en las parábolas de Jesús es la seriedad que pide en el uso de estos bienes (Mt 25, 21.26; Lc 19,22-23). Jesús quiere que el dinero sea puesto al servicio de la vida (Lc 16,9-13). Para Jesús ser pobre no es sinónimo de ser perezoso y negligente. 

Este testimonio a favor de los pobres era el paso que faltaba en el movimiento popular de la época de los fariseos, esenios y zelotas. Cada vez que en la Biblia surge un movimiento para renovar la Alianza, empiezan de nuevo estableciendo el derecho de los pobres, de los marginados. Sin esto, la Alianza no es posible. Así hacían los profetas, así hace Jesús. Denuncia el antiguo sistema que en nombre de Dios excluía a los pobres. Jesús anuncia un nuevo comienzo que en nombre de Dios acoge a los marginados. Este es el sentido y el motivo de la inserción y de la misión de la comunidad de Jesús en medio de los pueblos, Va a la raíz e inaugura la Nueva Alianza. 

 

J. GOMIS

 

Seguimos leyendo evangelios que nos hablan -radicalmente- de lo que significa seguir a JC. En la presentación que hace Mc, enmarcando estas llamadas al seguimiento en el camino de JC hacia Jerusalén (hacia la Pascua). Si el pasado domingo se nos hablaba de la relación entre hombre y mujer en la unión de amor, hoy hallamos otro tema no menos importante, no menos presente en nuestra vida: el dinero. 

-SEGUIR A JC ES ALGO MÁS QUE VIVIR HONESTAMENTE.

Quizá la primera enseñanza del evangelio que leemos hoy sea ésta: para seguir a JC no basta cumplir los mandamientos -vivir honestamente- sino que es preciso liberarse de todo aquello que sea un obstáculo para sumergirse en el radical camino que propone JC. Es lo que significará la Pascua -muerte y resurrección- hacia la que se encamina el Mesías del Reino (Reino de vida, de plenitud): darse del todo, hasta el extremo, y así conseguir por gracia de Dios la plenitud de realización, de vida, de estimación.

Me pregunto si, habitualmente, los que comentamos la Palabra de Dios no la reducimos a una simple exhortación a la honestidad, al cumplimiento de los mandamientos, a una etérea exhortación a vivir en el amor. Es positivo un esfuerzo de adaptación del Evangelio a la vida normal de los cristianos, pero quizá sea negativo el vaciar de exigencia, de radicalidad, el camino de seguimiento de Jc. Evidentemente, no se puede convertir en ley -menos aún presentarlo como algo reservado a unos "elegidos"-, pero deberíamos conseguir, aunque sea difícil, anunciar con vigor comunicativo esta invitación de JC a liberarse de todo aquello que es obstáculo para sumergirse en un seguimiento más fiel, más exigente, más abierto a insospechadas posibilidades. La Buena Noticia no puede reducirse a un vivir honestamente; es una posibilidad de vivir "en la tierra como en el cielo", es decir, en progresiva comunión con el Padre ya ahora, que se concreta en un ir más allá del simple "cumplir" o del simple "no pecar". Y, para ello, la primera condición es ser libres.

-EL DINERO COMO OBSTÁCULO. 

Es curioso observar la diferencia entre nuestra habitual presentación de obstáculos para ser fieles a JC y la que presenta el Evangelio. ¿Cuántas veces hablamos del dinero como de un obstáculo para seguir a JC? Y, sin embargo, me parece que un análisis objetivo del Evangelio lo presenta como la gran dificultad. No basta un "romanticismo" de la pobreza; es preciso decir con claridad que, según JC, "qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino".

Con todo debe evitarse el reducir este peligro -este gran obstáculo- de la riqueza a algo que afecta sólo a los multimillonarios (escasos, supongo, en la mayoría de nuestras celebraciones). Jc no habla sólo para ellos: habla para todos (así lo entienden los apóstoles que no eran ciertamente ricos). Porque el dinero -"el poner la confianza en el dinero", el querer tener cada vez más, el dejarse aprisionar por la espiral del consumo -afecta a muchos que estamos lejos de ser millonarios. Pero esclaviza también. "Tocar el tema del dinero es tocar fuego". No sería lícito escamotear su complejidad (no sea que el oyente "pobre" -o normal- se sienta atacado en su legítimo esfuerzo por ganarse la vida, por mejorar). Tampoco sería lícito reducir el problema a la cuestión personal, olvidando que básicamente es un problema de mala organización social y económica, que divide a la sociedad en clases con intereses opuestos, una sociedad en la que el "dios" es el dinero. Pero tampoco podemos olvidar que cada uno de nosotros -sea cual sea su situación- es un candidato a dejarse esclavizar por el dinero. Y ello debe decirse (quizá reconociendo, dicho sea entre paréntesis, que la Iglesia no ha dado un gran testimonio de libertad respecto al dinero. Que la Iglesia no ha denunciado con suficiente credibilidad una sociedad construida -y esclava- sobre el poder del dinero).

-RIQUEZA Y TRISTEZA.

Quizá un aspecto que podría subrayarse pedagógicamente es la oposición entre el modo de ver del Evangelio y el de la sociedad actual (o quizá del "mundo" de ayer y de hoy). El Evangelio ve en la riqueza la causa de la tristeza del hombre que no se atreve a liberarse para seguir el camino de vida ("se marchó pesaroso, porque era muy rico"). La sociedad occidental -capitalista- en la que vivimos presenta, en cambio, la riqueza como fuente de felicidad. Aunque una mirada objetiva permite descubrir que es un engaño (pero un engaño en el que todos fácilmente caemos). La felicidad, la alegría, se halla -según el Evangelio- no en el tener sino en el ser. Y para ser es indispensable la libertad.

 

JOSEP LLIGADAS

 

Continuamos en el contexto del camino hacia Jerusalén y las predicciones de la pasión, cuando Jesucristo va mostrando a través de los acontecimientos y las palabras cuáles son los ideales de comportamiento para los que quieren seguirle. El texto de hoy tiene tres partes:

1. La llamada al seguimiento.

En el texto paralelo de Mateo (19,16ss) parece que Jesús presente los mandamientos de la Ley como el código de comportamiento para la gente "normal", mientras que el abandonarlo todo para seguirle fuese el ideal de perfección (recordemos la conocida frase: "Si quieres ser perfecto..."). En cambio, en el texto de Marcos, que da la impresión de ser más primitivo y más cercano al estilo radical de Jesús, la perspectiva es muy distinta.

Para Marcos, efectivamente, todo el que quiera "poseer la vida eterna" (= experimentar la vida plena del reino de Dios) debe colocarlo todo en función de un único valor: el seguimiento de Jesús. Y en este todo entra, claro está, el romper con el lastre de las riquezas y darlas a quien las necesita. Los mandamientos de la Ley, según nuestro texto, pues, son la base normal y necesaria que demuestra que uno tiene espíritu de buena voluntad, y merecen, por tanto, la mirada afectuosa de Jesús; pero en cambio no bastan para obtener la vida a quien los cumple: la vida sólo se obtiene con la opción total y con todas las consecuencias por Jesucristo.

2. La cuestión de las riquezas.

La primera parte del texto de hoy se centra en la absolutez del seguimiento de Jesucristo; ahora Jesús pasa a tratar directamente la cuestión de las riquezas, que es un impedimento clave para este seguimiento.

Vale la pena señalar sobre todo la "sorpresa" de los discípulos, que el evangelista destaca, en primer lugar como extrañeza y después como temor y desconcierto.

Efectivamente, era idea corriente entre los judíos que precisamente la riqueza era signo de la bendición de Dios: aquí, en cambio, autoritativamente, Jesús da un giro radical a esta concepción. Y todo esto (la absolutez de la exigencia del seguimiento, y la crítica a las riquezas) conduce a la angustiosa pregunta de los discípulos: "¿Quién puede salvarse?". Y la respuesta de Jesús es una cita de Génesis 18,14, en donde se recuerda la omnipotencia de Dios para cumplir sus promesas a Abrahán: también ahora Dios es omnipotente para transformar a los hombres y hacerlos capaces de seguir a Jesús y su Evangelio.

3. La recompensa a los seguidores.

La reivindicación -entre pícara e ingenua- de Pedro da paso al fragmento final de hoy. originalmente, probablemente, el fragmento era tan sólo una presentación del Reino de Dios como algo que superaba "al ciento por uno" todo cuanto los discípulos pudiesen dejar para seguir a Jesús. Más adelante, en el tiempo de la Iglesia, se añadió esta distinción entre tiempo presente y mundo futuro, y la referencia a las persecuciones.

 

DIOS CADA DIA

 

Jesús marcha hacia Jerusalén, la ciudad que mata a los profetas. Lo ha dejado todo para mantenerse fiel a la palabra que le consagró. Su único tesoro es la pasión que Dios tiene por los hombres, y lo ha vendido todo para adquirir la perla de gran valor. Se va el Hijo sin volver la vista atrás, sin saber dónde reclinar la cabeza. El pobre de Dios llegará hasta el despojo supremo y se dejará tender sobre el madero de la cruz. "Anda, vende lo que tienes... Y luego sígueme". Déjalo todo. Le vienen a uno ganas de decir: "¡Pero eso es imposible! ¡No es humano!". Jamás será Dios inhumano. Cuando pide todo al hombre, devuelve al hombre a sí mismo. El dinero, la sabiduría y el poder son otros tantos ídolos que pueden recluir al hombre entre los barrotes de su dictadura. Dios revela que para él el hombre lo es todo. Nada exterior a nosotros necesitamos para enriquecernos: el hombre lo es todo para el hombre. Vende lo que tienes, que tú vales mucho más que un gorrión o que un lirio del campo.

"Déjalo todo". Jesús no ha venido a desesperar al hombre exigiéndole lo que no puede cumplir. Si hay que liberarse, es para caminar. libre de todas las trabas, por el camino que lleva a la vida. Jesús ha venido a pedirnos que crezcamos en el amor.

"Déjalo todo": éste es el quehacer que ha de ocupar toda una vida, pues la historia de una vida es crecer. "Vende lo que tienes"... En el orden de la ley, puede uno imaginarse que ha cumplido su deber. En el orden del amor, siempre se está en deuda con la persona a la que se ama. El amor se vive en la fidelidad que se inventa cada día y que siempre descubre horizontes nuevos.

"Déjalo todo" es un llamamiento a no aceptar el estancamiento de los mediocres, la suficiencia de los satisfechos, la falsa certidumbre de los que piensan que han llegado. "Vende lo que tienes", es decir, libérate, no te dejes apresar por las evidencias del mundo, en la facilidad de una religión muy codificada. Las moscas se dejan atrapar en la miel... No te fíes de las apariencias engañosas. Déjalo todo, libérate de la parte de ti mismo que desearía retenerte. "Anda, vende lo que tienes".

Dios nos empuja a nuestros últimos reductos. Para él, renunciar no es sinónimo de perder. Si vendemos lo que nuestras manos quieren retener todavía, no es para encontrarnos con las manos vacías, sino para verlas colmadas más de lo que esperábamos. Si se nos invita a descubrir de nuevo la renuncia como el deseo del Espíritu de vivir en nosotros, es para que nos neguemos a todo lo que nos impida vivir en plenitud.

Si vendemos lo que hemos adquirido trabajosamente, no es para partir a la aventura, sino porque ante nosotros tenemos una morada en la que se nos dará todo. Mientras dura la espera, debemos caminar en libertad y sin impedimentos...

 

SANTOS BENETTI

 

1. Lo único «bueno»... 

La narración evangélica de hoy es bastante conocida y nos sitúa nuevamente ante el controvertido problema de cuál es la actitud del cristiano ante las riquezas.  Hay frases en el texto que, a primera vista, aparecen como bastante problemáticas, por ejemplo: «Vende todo lo que tienes; después, ven y sígueme», o bien: "Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios". Si tuviéramos que tomar las palabras de Jesús en su sentido más literal, entonces resultaría que...

--los cristianos estamos condenados a ser eternamente pobres y, por lo tanto, sometidos a quienes más poseen. ¿Dónde queda, pues, nuestra libertad? 

--poco sentido tendrían las encíclicas papales y la doctrina social de la Iglesia que hablan del desarrollo de los países menos evolucionados, lo que implica, entre otras cosas, luchar contra la pobreza material; lo cual, a su vez, es garantía de dignidad personal.

--los verdaderos discípulos de Jesús no estarían en los países cristianos sino en otras regiones de Asia y África que, si bien no profesan el cristianismo, están en un grado casi absoluto de pobreza. Si la falta de bienes es la característica del discípulo de Jesús, ¿cuántos cristianos hay en la Iglesia? Estos interrogantes tienen su lógica y su razón de ser.

En efecto, o tomamos las palabras de Jesús en su sentido más estricto y las llevamos hasta las últimas consecuencias, o dichas palabras hay que entenderlas como una exageración literaria, o bien tienen un sentido oculto que a primera vista no aparece y que conviene descubrir. Por otra parte, no creo que ninguno de nosotros tenga como ideal el vivir como pobre. 

Todos, quien más quien menos, tratamos de progresar no sólo culturalmente sino también económicamente. Y estamos convencidos de que debemos ganar el dinero suficiente no sólo para no morirnos de hambre, sino también para llevar una vida holgada y cómoda. Esto sucede aun en las congregaciones religiosas que viven bajo el voto de pobreza. Así se prefiere una lavadora a tener que lavar a mano; la nevera, un coche cómodo, una casa amplia, etc., a prescindir de ellos. ¿Tiene, entonces, vigencia este evangelio tan opuesto a la mentalidad occidental moderna? Para responder a estos interrogantes, nada mejor que seguir el texto evangélico para descubrir su mensaje salvador, ya que si es «evangelio», es buena noticia de liberación...

Un hombre que ha cumplido durante toda su vida los mandamientos se presenta ante Jesús con la gran pregunta: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» Se trata de un hombre sincero, honesto, a tal punto que Jesús se sintió profundamente conmovido y lo amó. Su misma sinceridad lo llevó a llamar "bueno" a Jesús. Entonces Jesús lo interpela a su vez: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios.» Esta pregunta de Jesús y la afirmación de que sólo Dios es bueno, nos preparan para comprender todo el sentido de este evangelio. Aquel hombre se entusiasmó con Jesús, se volcó enteramente a él con un gran afecto.  Mas Jesús le quiere indicar que lo único realmente bueno en la vida de un hombre es Dios mismo y todo lo que sea asumido como venido de Dios. Para el hombre de fe, «lo bueno» por excelencia, el bien supremo, es Dios.

Jesús no niega que él también pueda ser bueno, pero quiere que su entusiasta interlocutor se prepare para recibir algo realmente bueno que él le va a entregar de parte de Dios: la palabra buena que le hará un hombre nuevo. Para el creyente es bueno aquello que es visto desde la óptica de Dios; las cosas no son buenas ni malas en sí mismas. Mas si las vemos como las ve Dios, si las asumimos según su voluntad, también ellas se hacen buenas.

La frase «sólo Dios es bueno» pretende preparar al joven rico para que no se apegue a las riquezas si la única riqueza buena es Dios mismo. En efecto, luego que aquel joven expuso que siempre había cumplido los diez mandamientos -y su palabra era sincera-, Jesús lo miró fijamente como quien selecciona a alguien y lo amó; es decir: quiso para él el mayor bien posible, esa vida nueva que precisamente estaba buscando. Y porque Jesús lo amó -esto es muy importante- y como señal de que lo amaba, le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo-, y luego sígueme.» Entonces el joven comprendió por qué Jesús le había prohibido que lo llamara bueno antes de tiempo. Si Jesús es «lo bueno», bien vale abandonarlo todo por seguirlo. Si él ahora es capaz de quedarse con Jesús aun dejando sus riquezas para bien de los pobres, entonces sí reconocía a Jesús como bueno, como el bien de Dios, como valor absoluto.

El joven bajó la vista y se marchó entristecido. Por primera vez en su vida, a pesar de que siempre se había creído fiel cumplidor de la ley divina, comprendió que para él «lo bueno» eran sus riquezas. Allí estaba su corazón y no se sintió con fuerzas para desprenderse de lo menos bueno por lo más bueno. Como judío piadoso que era, seguramente que alguna vez había escuchado el texto del libro de la Sabiduría que hoy hemos recordado en la primera lectura: «La preferí [la sabiduría] a los cetros y a los tronos, y en su comparación tuve en nada la riqueza. No le equiparé la piedra más preciosa, porque todo el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro. La preferí a la salud y a la belleza, me propuse tenerla por luz, porque su resplandor no tiene ocaso.» Y como judío que era, también creía que las riquezas eran el signo de que Dios amaba a una persona; en cambio, la pobreza era la señal del abandono de Dios.

Ahora, frente a Jesús, comprendió en toda su dimensión el texto sagrado: Si nuestro único bien, si nuestra riqueza suprema es Dios y su palabra, ¿cómo no estar dispuestos a perder todo lo demás si es un obstáculo para conservar lo único realmente bueno? No hay duda de que la frase que le dirigió Jesús era para ser interpretada en sentido literal. Jesús le pidió -al igual que a los demás apóstoles- que se desprendiera de todo, que diera el dinero a los pobres y que después lo siguiera. ¿Por qué Jesús tuvo esta exigencia? La primera respuesta es: porque lo amaba. Si los judíos pensaban que el signo del amor de Dios eran las riquezas, ahora la buena noticia revelaba que el signo de ese amor es Jesús, el Hijo de Dios, dado a los hombres como salvador. Y Jesús nos trae la total liberación interior, aun la liberación del corazón frente a las cosas y sus preocupaciones. Sabemos por los escritos del Nuevo Testamento que los apóstoles siempre conservarán ciertos bienes e incluso -como enseña Pablo- que tendrán derecho a recibir algo de la comunidad como recompensa por su dedicación exclusiva, pero a partir de su elección por Cristo, han adquirido la libertad del corazón que los volverá libres para tener o para desprenderse de las riquezas.

Han aprendido que el bien supremo es este evangelio, esta sabiduría de Dios revelada en Cristo; esto es «lo bueno» en la vida del creyente. En adelante, tener o no tener es  relativo. Si se tiene, es lo mismo que si no se tuviera, pues se está dispuesto a compartirlo con los demás; si no se tiene, no se lo toma como una preocupación angustiante...

Los bienes materiales, de por sí, no son buenos ni malos. Pero se hacen malos cuando los transformamos en el objetivo de la vida, en lo único bueno. Toda la historia humana muestra hasta la saciedad cómo las riquezas endurecen el corazón del hombre y lo hacen insensible ante el dolor del prójimo, incluso de los propios padres, familiares y amigos. El mismo evangelio nos trae el caso de Judas, quien, por amor al dinero, entregó a su amigo y maestro. ¿Y quién no conoce algún ejemplo de este endurecimiento del corazón por amor al dinero? Por dinero se venden armas y se hacen la mayoría de las guerras, a pesar de su costo de millones de víctimas inocentes; por amor al dinero, pueblos enteros son sumidos en la más espantosa miseria, mientras otros son esclavizados; por amor al dinero surge a menudo la infidelidad matrimonial, el abandono de los hijos, y se rompen viejas amistades.

No es extraño, pues, que cuando Jesús quiere poner a prueba al discípulo para ver si realmente es un hombre nuevo, le pregunte: ¿Eres capaz de dejar tus riquezas por algo que crees mejor? Alguien podrá preguntar: ¿Y a todos se nos exige esta total renuncia? La respuesta no puede ser sino positiva, mas, para entenderla, antes es necesario comprender lo que significa la libertad interior del corazón.

A la mayoría absoluta de nosotros no se nos exige que vivamos en la total pobreza. Al contrario, entendemos que es nuestro deber disponer del trabajo que nos permita ganar el dinero suficiente para sostener a nuestra familia y prever un futuro prometedor. Si todos vendiéramos mañana nuestros bienes y diéramos el dinero recaudado a los pobres, al cabo de muy poco tiempo el país acabaría sumido en la más espantosa miseria. 

En efecto, lo que Jesús propone no es un programa económico-social, sino una actitud del corazón; es decir, que tengamos nuestros bienes y dinero, pero haciéndonos la cuenta con toda lealtad de que ese bien pertenece a toda la comunidad, particularmente a los pobres. De más está decir que los primeros pobres o necesitados son nuestros hijos; pero sucede a menudo que nuestros bienes exceden largamente la necesidad familiar, y entonces la libertad frente a los bienes y nuestro ideal evangélico nos deben impulsar a compartirlos con los que tienen menos o nada tienen.

Es decir: el auténtico cristiano debe vivir este evangelio como una realidad. No lo hará ciertamente «vendiendo sus bienes y repartiendo el dinero», pues hoy ese método no serviría ni siquiera para resolver el problema de los pobres. Todos entendemos, por ejemplo, que quien tenga una fábrica con doscientos obreros, cumpliría pésimamente el evangelio si vendiera su fábrica y repartiera el dinero entre los pobres que, al cabo de un tiempo, sin dinero y sin trabajo, estarían peor que antes.

El amor a los pobres tiene hoy una forma de realizarse distinta a la de los tiempos de Jesús. Pero el espíritu del evangelio es el mismo: el cristiano, desde el momento en que hace su opción por Jesucristo y por el Reino de Dios, demuestra la sinceridad de esa elección compartiendo sus bienes con los más necesitados. Lo podrá hacer con un método o con otro; pero su corazón debe estar desprendido de sus bienes, ya que no son bienes...  y en ese desprendimiento sigue a Jesús como bien supremo.

2. La libertad ante las riquezas 

Al escuchar todo esto, también nosotros -como los apóstoles- nos quedamos sorprendidos y -ante la frase de Jesús de que «es difícil que los ricos entren en el Reino de Dios»- también podemos preguntar: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Es la pregunta que se hacen los hombres que aún no han descubierto al hombre-nuevo que debe nacer en ellos; todavía no sienten la alegría de vivir interiormente libres frente a esto o lo otro; no sienten la libertad de amar ilimitada y totalmente. Pero Jesús -que vivió esta libertad y que por amor a los hombres pecadores se hizo pecado por ellos- pudo responder sin mayor angustia: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo".

Ahora alguno dirá: Si esto sólo es posible para Dios y no para los hombres, entonces será muy difícil cumplir este evangelio. Si seguimos aferrados a las riquezas como bien supremo, entonces es cierto. Pero si comenzamos a aferrarnos a Dios como «lo bueno de la vida», como nuestra riqueza esencial, entonces también para nosotros es posible.

En otras palabras: hay dos criterios en relación con las riquezas y los bienes materiales.  El criterio humano corriente es que las riquezas son el valor por excelencia y la fuente de la felicidad: «Dime cuánto tienes y te diré quién eres.» El dinero es el dios al que se adora día y noche. Para quien viva de acuerdo con este criterio, es lógico que este evangelio le resulte absurdo y ridículo. Y está el criterio de Dios: el bien por el que debemos luchar día y noche es el Reino de Dios, reino de justicia, de amor y de paz; reino de libertad, en el que la persona humana vale por sí misma y no por lo que tiene.

Es el reino del hombre nuevo que sabe que la felicidad no está en las cosas sino en uno mismo. Para quien viva con este criterio, el evangelio de hoy es fuente de gozo y paz. Debe luchar por su subsistencia al igual que todo el mundo; pero no se esclaviza al trabajo ni al dinero. No adora a la riqueza y tampoco adora a la pobreza. No es un fanático del tener, como del no-tener. Sencillamente es libre, y con libertad dispone de sus cosas. Con libertad ama y siente la felicidad del amor; y por ese amor, puede tener o no tener... Por todo lo dicho, parece deducirse que alguien no es rico por el solo hecho de tener bienes, sino por apegarse a ellos como objetivo supremo; ni tampoco alguien es pobre por el solo hecho de no tener nada, pues aun en esta situación se puede seguir considerando que las riquezas son un bien por sí mismas y la fuente de la felicidad. Pero también es cierto que muchos cristianos, partiendo del hecho de que se puede ser pobre de espíritu aun teniendo grandes riquezas, se quedan en esta sola reflexión y se olvidan de que la señal de que somos pobres de espíritu es el desprendimiento de las propias riquezas para compartirlas con toda la comunidad. Es muy difícil que alguien pueda considerarse libre ante las riquezas si jamás en su vida logró desprenderse de nada por amor a los demás... De ahí la invitación de Jesús y la prueba a que nos somete: Si queremos ser discípulos auténticos, probémoslo con algo concreto. Si decimos que hemos optado por Jesús y el Reino de Dios, renunciemos a algo por esto nuevo que hemos elegido.

También descubrimos que este evangelio, no solamente no se opone a la doctrina social de la Iglesia, sino que es su fundamento. Pues, ¿cómo podrá darse una justa y mejor distribución de los bienes, si aquellos que los poseen en su casi totalidad no son capaces de desprenderse de ellos por amor a los necesitados? El cristiano no es un fanático de la pobreza, y menos de la miseria; pero sí debe serlo de la justa distribución de los bienes, considerados como un bien común antes que privado. No deseamos ser pobres, pero sí que haya menos pobres, y para eso hace falta que los ricos sean menos ricos. Si optáramos por el evangelio del Reino de Dios, no estaríamos tan angustiados porque tenemos mucho o porque tenemos poco, pues el evangelio sustituye al verbo "tener" por el verbo «compartir». Quien mucho tiene, puede compartir lo mucho; y quien tiene poco, lo poco. Ojalá pudiéramos tener más para compartir más... Lo cierto es que el tener más suele endurecer el corazón y anestesiar nuestra memoria y nuestros buenos deseos. En cuanto tenemos mucho, nos olvidamos del evangelio, de los pobres y de tantas hermosas reflexiones...

Estuvo muy oportuno, pues, Jesús al habernos puesto sobre aviso. El cumplimiento de la ley que no va acompañado por un real desprendimiento de nuestros bienes corre el riesgo de ser una trampa: se puede adorar el dinero cumpliendo los diez mandamientos... Y una Iglesia que anuncia este evangelio y que no comparte realmente sus bienes materiales con la comunidad, también corre el peligro de convertirse en una caricatura de la Iglesia de Jesucristo. El Señor nos llama a la libertad interior. Que ningún bien material nos impida amar o amar más. Si realmente vivimos con esa libertad del corazón que otorga la fe, aun los bienes materiales y las riquezas serán la ocasión de manifestar a los hombres pobres que los amamos.

 

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ

 

Riqueza como peligro: joven-rico:

1. Peligro de las riquezas 

El gran tema de este pasaje evangélico es la radicalidad que implica el seguimiento de Jesús, el desprendimiento que exige y la total incapacidad que tienen los ricos para ser fieles a ese seguimiento. Los cristianos no podemos tener más valor absoluto que Dios y su Mesías. Es una clara advertencia a las comunidades cristianas de todos los tiempos sobre la imposibilidad de seguir a Jesús -de ser cristianos- rodeados de riquezas. Descalifica la idea, tan extendida siempre, según la cual las personas ricas, por el mero hecho de serlo y por dar algunas limosnas, son piadosas y buenas. Y como, además, estas personas suelen presumir de ello... Nos narra el encuentro y el diálogo de Jesús con "uno" (Mateo y Marcos) o con "cierto hombre importante" (Lucas), la enseñanza a los discípulos sobre el peligro de las riquezas y el comentario de Pedro sobre que ellos lo han dejado todo, seguido de la promesa de recompensa. Mateo y Marcos terminan con una frase sobre muchos primeros que serán últimos, y viceversa.

Tocar el tema del dinero es tocar fuego, hacerse impopular, crearse muchos enemigos.  ¿No es el gran aliado de los cristianos, el financiero de un apostolado "eficaz"? ¿Qué se hace sin dinero?... Jesús parece que tenía otra opinión. El episodio que vamos a comentar es otro fuerte palo para los ricos y para las riquezas. Tener riquezas para sí es irremediablemente alejarse de la comunidad fraternal humana, alejarse de Dios. Ser rico no es una bendición, como se creía en el Antiguo Testamento y se sigue creyendo hoy entre la mayoría de los cristianos. La riqueza tiene poca consistencia (Lc 12,15-21) y muchos peligros. Tampoco podemos decir, sin más, que la pobreza sea una suerte: cuando entraña carencia de los bienes más elementales para la vida -vivienda, alimentos, vestidos, libertad, cultura...-, la pobreza (más bien miseria) es una desgracia. Y todos tenemos la obligación de trabajar para suprimirla en todas sus dimensiones. La existencia de la pobreza-miseria es un hecho escandaloso que clama al cielo. Jesús de Nazaret se identificó con los pobres y declaró bienaventurada la pobreza (Mt 5,3) -nunca la miseria-, por la disponibilidad total que proporciona a los que la practican. El pobre es capaz de recibir, y puede estar en disposición de dar lo que posee y es: su propia persona. Dentro de la pobreza, asumida con decisión, puede hallarse la verdadera libertad.

El tema de fondo del texto es la verdadera vida, la conquista de la plena comunión con Dios para siempre. Así lo indica la pregunta inicial del joven y la respuesta de Jesús a Pedro. Solamente viviendo orientados hacia la grandeza de esta meta, hacia el valor absoluto de este ideal, pueden palidecer las otras realidades terrenas y ajustarse los demás valores a su verdadera realidad.

El relato de Marcos parece el más fiel al desarrollo de la escena, a pesar de ser el que menos detalles nos dé del protagonista del hecho. Además de su reconocida habilidad narrativa, se nota la aportación de un testigo ocular, que en este caso sería Pedro. Las narraciones de los tres evangelistas son plásticas: dominan las imágenes pintorescas, que ayudan a fijar en la memoria las enseñanzas de Jesús: la mole del camello ante el ojo de una aguja, los muchos familiares con el fondo de casa y campos... En Marcos hay dos detalles que hacen la narración más entrañable: la triple mirada de Jesús (de cariño al joven, a su alrededor y a los discípulos) y el elemento dramático de las persecuciones.

2. ¿Cómo heredar la vida para siempre? 

La escena la sitúa Marcos: "Cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló y le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" En Lucas el que le pregunta es un "hombre importante", posiblemente miembro principal de un consejo o sinagoga, incluso del sanedrín; un hombre destacado, que encarna el espíritu del judaísmo.  Hace la pregunta típica del judío piadoso, en la que se nota el individualismo farisaico. La pregunta que le hace no es sorprendente: la hacían los discípulos a sus maestros, porque eran conscientes de que el estudio sin la guía de un enseñante inducía fácilmente a error. 

Había una diferencia: preguntaban sobre la vida, sin más; solamente en el judaísmo tardío se convertirá en pregunta sobre "la vida eterna". "Se arrodilló" ante él -detalle de Marcos- y le llama "maestro bueno" (Marcos y Lucas). En Mateo sólo "maestro"; pero la respuesta que pone en labios de Jesús tiene también relación con "bueno". Está fascinado, posiblemente, por la bondad que ha manifestado Jesús hacia los niños, a pesar de la oposición de los discípulos (capítulo anterior). Sólo si nos ponemos ante el absoluto de Dios nuestras preguntas no serán dudas académicas ni se reducirán a satisfacer una curiosidad, sino que manifestarán nuestra voluntad de aceptar la seriedad de un compromiso y las consecuencias de las opciones más decisivas.

El individuo pretende "heredar la vida eterna" (Marcos y Lucas), "obtenerla" (Mateo), en cuanto miembro del pueblo de la alianza, gracias a las promesas divinas. No pretende "conquistarla". Conoce el fin -"la vida eterna"-; por eso pregunta por el camino. Además, sospecha que tiene que hacer algo que aún no hace. El don de Dios no se logrará con independencia del esfuerzo del hombre, aunque nunca se pueda merecer. Ya es mucho saber estas cosas y poder preguntar tan atinadamente.

La respuesta de Jesús consta de dos partes. En la primera rechaza que lo llame "bueno" (Marcos y Lucas). Los fariseos se tenían por buenos porque observaban la ley y practicaban obras de supererogación. Sólo Dios es bueno; el hombre lo es sólo si Dios lo hace. Sólo el que reconoce que no es bueno puede dejarse realizar por Dios y llegar a serlo. Si Dios es el único bueno y Jesús es Dios, ¿por qué lo rechaza? No podemos perder de vista que su conciencia de ser Dios fue evolucionando, afirmándose con el paso de los acontecimientos. Si muchas veces parece lo contrario, es porque los evangelistas escriben después de su resurrección. ¿No fue probado en todo como nosotros, menos en el pecado? (Heb 4,15). Mateo, como en otras ocasiones, pretende evitar la dificultad de las palabras de Jesús según la versión de los otros dos y desvía lo "bueno" hacia las obras:  para obtener la vida definitiva no basta con ser fiel a unas normas; es necesario que éstas tengan relación con "el Bueno". La observancia de los mandamientos -segunda parte de la respuesta- es consecuencia de esa relación personal; los mandamientos son buenos porque expresan la voluntad "del Bueno". Dios es la plenitud de lo bueno, y cada una de las cosas buenas que se ven y hacen participan del bien absoluto que es el mismo Dios. Así, cuando se pregunta a Jesús por lo bueno, se le pregunta por Dios. Sólo por Dios -desde Dios- se mide todo lo bueno que el hombre puede conocer y anhelar como valor. En su enumeración de los mandamientos, Jesús le recuerda únicamente los relativos a sus relaciones con el prójimo -aunque no todos-, que son citados sin respetar el orden (Ex 20,12-16; Dt 5,16-20). Así se indica la dirección de la respuesta de Jesús: importa hacer lo bueno en favor del hombre si se quiere alcanzar la vida eterna. Es la relación con los hombres la que determina la verdad de la relación con Dios. Mateo añade, como compendio, la regla de oro del amor al prójimo como a uno mismo (Lev 19,18; Mt 7,12; Lc 6,31), que no estaba en el Decálogo.

El rico ha formulado la pregunta refiriéndose a las obras que hay que hacer. Jesús, en cambio, ha centrado su respuesta en la relación global con Dios y con el prójimo, centrando su atención en este último como camino único para llegar al primero. ¿Entenderemos algún día? Todos sabemos muy bien de palabra eso de obedecer a Dios, honrarle y amarle, pero lo del prójimo se nos tiene que decir constantemente para que se nos grabe. Y así y todo... 

Es importante añadir que Jesús, con su respuesta, le muestra indirectamente que para obtener la vida eterna o salvación final no se requiere la fe en él.  Los mandamientos que le propone formulan la más elemental honradez según el concepto de toda cultura o filosofía humanas. La ética salva al hombre. Así se manifestará -en la parábola del juicio final (Mt 25,31-46)- con los paganos que, sin conocer a Jesús ni la ley de Moisés, escucharán palabras de salvación. Pero el cristianismo es algo más, como veremos a continuación.

3. El cristianismo no es sólo cuestión de mandamientos El rico asegura que "todo eso lo ha cumplido desde pequeño". Es fiel a la convicción de los fariseos que afirmaban en sus oraciones: "Señor del mundo, he recorrido los doscientos cuarenta y ocho miembros que tú formaste en mí, y no he hallado haberte irritado con uno solo de ellos". Jesús no encuentra nada que corregir a esta afirmación; se trata, en efecto, de un joven recto, que observa irreprensiblemente la ley. Pero ve en la enseñanza de Jesús algo superior a la ley mosaica, algo que ignora y que necesita hacer para seguirle, porque su persona y su actividad tienen, para él, una apariencia nueva. Mateo lo dice: "¿Qué me falta?" El rico -el joven según Mateo-, aunque honesto y sincero, parte de una moral a nivel de hombre; piensa que es posible combinar la posesión de bienes con el cumplimiento de los mandamientos divinos. Habituado a garantizarse y a garantizar todo con su riqueza, creía que también la herencia de la vida eterna le sería garantizada sólo a través del cumplimiento escrupuloso de las normas legales, a las que quizá Jesús añadiera alguna. 

Pero Jesús establece nuevas reglas, abre un nuevo camino: el hombre sólo tiene o posee cuando da; uno que se da a sí mismo es sí mismo; uno que da todo es todo. Es el camino mesiánico que trae Jesús: vaciarnos de lo vacío para llenarnos de plenitud. Marcos es el único que destaca que "Jesús se le quedó mirando con cariño". Sabe que no es un hipócrita, sino un hombre religiosamente sincero, y por eso se dirige a él con simpatía. Algunos comentaristas dicen que esa mirada puede incluir un gesto de ternura, como una caricia, un beso u otra prueba de amistad.

Es verdad que puede haber ricos que sean buenas personas, caritativas, abiertas, cumplidoras de lo mandado... Pero no basta. El reino de Dios se abre camino únicamente si creamos una sociedad distinta hasta en sus mismas estructuras. La decisión en favor del reino o en su contra no se juega entre el bien o el mal en abstracto, en el cumplimiento mejor o peor de unas prácticas religiosas, en lo correcto o incorrecto de una ley..., sino entre el compartir total propio del reino de Dios o el dinero acumulado en propiedad privada y privante. Es necesario salir de los esquemas de una sociedad clasista, o simplemente reformista, para plantearnos, como primer horizonte moral, la construcción de una sociedad sin clases. Y para comenzar a construir esa nueva sociedad, lo mejor que se le ocurría a Jesús en aquel tiempo y circunstancias era dar a los pobres toda la riqueza que uno tenía acumulada. Las formas que este seguimiento deba tener en cada época y lugar de la historia es tarea nuestra irlas encontrando según los "signos de los tiempos". Al rico, Jesús le va a pedir que deje su posición de privilegio. Hasta ahora ha seguido una religión que le permitía ser rico y que consideraba las riquezas como una bendición de Dios; una religión que justificaba las injusticias que causaba la explotación; una religión que incapacitaba para la vida fraternal. ¿Por qué hemos vuelto a las andadas? 

4. "Vende lo que tienes" 

Llegamos al punto central del diálogo. El rico habló con convicción, por eso Jesús le tomó en serio sus palabras: "Si quieres llegar hasta el final" (Mateo), "una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dales el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego sígueme". Jesús ha dado un giro imprevisto al diálogo. Ha captado en el joven una cierta insatisfacción. Le faltaba una cosa, y ésta era tan importante como para destruir todo lo que parecía ir tan bien. Está muy cercano a Dios, pero aún existe un obstáculo: los bienes que posee y que le impiden ser él mismo. Debe deshacerse de todo, si quiere compartir con él la vida. Su programa no son los mandamientos, sino las bienaventuranzas. La mirada de cariño se transforma en pedirle todo. El amor, por su misma naturaleza, es exigente. No se conforma con poco: lo quiere todo. Debemos desconfiar de las personas que nos piden poco. El amor de Dios manifestado en Jesús es siempre una invitación a ir más allá. "Vende lo que tienes". Jesús lo sitúa en una nueva dimensión: para tenerlo todo debe desprenderse de todo; para ser hay que dejar. No le añade nuevas prescripciones a las ya existentes. Para seguir a Jesús no basta cumplir los mandamientos -vivir honradamente-, sino que es preciso liberarse de todo lo que sea un impedimento: bienes materiales, tiempo libre, seguridades, ideología, cultura... Dejar todo lo que me aliena para vivir una actitud clarividente con respecto a las cosas, entender y vivir que las riquezas no constituyen el gran valor de la vida humana, que el hombre no se define por lo que tiene. Dejarlo todo es entender que la única vida verdadera es vivir según Dios, amando como él ama. Es comprender que donde se juega el todo de nuestra vida es en nuestra opción más profunda, aquella que dirige realmente nuestras decisiones. Claro que los hombres necesitamos algo para vivir, como lo necesitaba el mismo Jesús. La cuestión está en dónde ponemos nuestro afán, nuestra seguridad, nuestro corazón, nuestra alegría. Jesús nos pide un desprendimiento sin límites. Y esto es lo que con frecuencia olvidamos los cristianos. 

Nos quedamos al nivel del Antiguo Testamento, y no pasamos a la novedad que nos aporta el evangelio. Y así seremos personas honradas, pero no seremos cristianos. "Dales el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego sígueme". Le indica una buena forma de desprenderse de lo que posee, acomodada a aquellos tiempos.  El desprendimiento de los bienes no queda reducido a su aspecto negativo: los vende para darlos y, al quedar libre de ellos, poder seguirle a él. Es también una forma de indicarle el carácter de irrevocabilidad que tiene el seguimiento; como un quemar las naves para impedirle la vuelta atrás.

El joven rico desea hacer más..., pero sin dejar lo que tiene. Jesús le propone hacerse discípulo suyo, ser uno de los amigos que le acompañen a todas partes, ser uno de sus íntimos. Pero antes tiene que dejar todo lo que tiene y es. Esto estaba en oposición con toda su formación religiosa, que consideraba las riquezas como una prueba de la benevolencia de Dios. Dada la mentalidad judía, su razonamiento al acercarse a Jesús podía haber sido así: con una observancia más, me haré más agradable a Dios, que me dará más riquezas; teniendo más riquezas, podré hacer más limosnas y, por tanto, aumentar mi capital en vistas a la vida eterna... Una doble contabilidad: para el presente y para el futuro. ¿Tendrá algo que ver con el afán de algunos ricos por encargar muchas misas por sus difuntos? Si Dios pensara como nosotros, ¡pobres de los pobres, por los que nadie reza! La respuesta de Jesús es escandalosa porque trastoca esta práctica religiosa basada en la doble ganancia.

El joven debe deshacerse de todo lo que tiene sin esperanza de recuperarlo ahora. Lo recuperará "en el cielo", símbolo de Dios mismo. La seguridad, el apoyo del que lo deja todo está en Dios. Dejada la seguridad de la riqueza, encontrará otra seguridad superior (Mt 6,25-34). Jesús le pide cambiar de mentalidad. ¿Quién está dispuesto a invertir la dirección del camino? Un Dios que nos asignase una tarea más difícil, pero que no tocara nuestras posesiones, quizá lo toleraríamos. Pero un Dios que no sigue nuestro juego nos escandaliza. Si ni siquiera Dios respeta nuestras reglas religiosas, ¿dónde iremos a parar? 

5. "Se marchó pesaroso" 

Ante las exigencias de Jesús, el joven "frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico". Le parece excesivo el precio que tiene que pagar para pertenecer a los seguidores de Jesús. Esperaba de él otra cosa: que le hubiera mandado hacer obras buenas, dar más limosnas..., algo que pudiese hacer desde su riqueza. La invitación de Jesús ha dejado al descubierto su verdadera situación interior. ¡Qué peligroso es dialogar tan abiertamente con Jesús! Pero ¿de qué sirve hacerlo de otra manera? Tiene muchos bienes, y su corazón está pendiente de ellos, aunque haya cumplido los mandamientos.  Vive dividido entre su deseo de ser fiel a Dios y su amor a los bienes. Por conservar la propia fortuna, ha perdido la gran ocasión de su vida. No es que haya dejado de cumplir algún mandamiento de la lista. Pero le sobra algo, lleva consigo una carga que le impide seguir a Jesús, que lo esclaviza: tiene demasiado dinero, es rico. La contraposición que presenta el texto es clara: en un plato de la balanza, el cumplimiento de todos los mandamientos; en el otro, el ser rico. Y pesa más el segundo que todo lo del primero. Y este hecho es suficiente para impedirle ser un hombre libre para seguir el camino de Jesús.

El joven ha comprendido mejor que la mayoría de los cristianos las exigencias del seguimiento. Se ha ido abatido y triste, porque ha medido hasta el fondo lo que Jesús pretende de quienes quieran ser sus discípulos. Nosotros procuramos eludir el planteamiento. Queremos ser buena gente, cristianos decentes, entrar en el reino... Pero también queremos disfrutar y poseer. El joven es más honrado que los que se quedan con la intención de negociar, de obtener rebajas, de compaginar... "Se va triste", en su misma condición de joven, incapaz de llegar a la madurez. ¡Qué engañoso es creer que las riquezas dan la felicidad! ¿No es ése el planteamiento de nuestra sociedad de consumo, las quinielas y la lotería? La riqueza no es más que la máscara de la felicidad. ¡Cuánto vacío, aburrimiento... debajo de esa máscara! ¿Cómo ser felices experimentando que el crecimiento personal se ve aplastado por la obsesión de la riqueza? La solución es no pensar con la propia cabeza, tan frecuente en esta "civilización" del progreso y de la técnica, en esta "cultura teledirigida". La felicidad, la alegría, se halla -según el evangelio- no en el tener, sino en el ser. Más que una vida rica, Jesús nos propone una vida plena; rompe la relación tradicional entre fidelidad a Dios y prosperidad terrena; derriba otro pilar de la religiosidad de entonces y de ahora: la riqueza no es signo de la bendición de Dios. Aviso permanente para los cristianos que creen vivir el seguimiento de Jesús contemporizado con la posesión tranquila de los bienes terrenos: riqueza, poder, prestigio... Jesús no asegura nada a quienes no estén íntimamente dispuestos a prescindir de las riquezas. No se dice el nombre del joven. Así, muchos podrán -podremos- identificarnos con él, entender como dirigidas a nosotros las palabras de Jesús y, lo que es más importante, dar la respuesta positiva que él no ha sabido o no ha querido dar. Porque Dios nos invita siempre a no contentarnos, a no acomodarnos, a caminar constantemente; a ir más allá de nuestros planes, de nuestros horizontes, de nuestros sueños... 

6. El camello y la aguja 

Por segunda vez Marcos hace mención a la mirada de Jesús.  Mira "alrededor" suyo, como indicando su experiencia personal de lo que les va a decir a continuación sobre el tema de las riquezas; convicción que la marcha del joven rico no ha hecho más que confirmar. "¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!" Tema clave para toda la comunidad cristiana. Toda su predicación está marcada por esta realidad, experimentada por él en tantas ocasiones. Las riquezas y el bienestar ejercen tal influencia perniciosa en el hombre, que llega a prescindir de todo lo que no sea él mismo. Nadie puede sustraerse a su seducción mientras no se aparte por completo de su influjo y se adhiera a Dios. De nada sirve hacerlo a medias. Las riquezas son como un ídolo que encierra al hombre en sí mismo, le lleva a ignorar y despreciar a los demás, a cometer con ellos toda clase de injusticias (Lc 16,19-21; Mc 4,19; Mt 6,19-21).

En el evangelio de Jesús el rico no tiene nada que hacer, a no ser que deje de ser rico; como hizo Zaqueo (Lc 19,1-10). El joven del texto ha encallado en este escollo, a pesar de su honradez, de haber preguntado a Jesús tan acertadamente y estar dispuesto a una exigencia mayor. La salvación de Dios es siempre ofrecida a los pobres; y cuando algún rico es invitado a participar en ella, se le pide que deje las riquezas y las reparta entre los pobres. Sólo cuando la riqueza es puesta al servicio de la comunidad deja de ser obstáculo para el seguimiento. Rico es sinónimo del hombre que ante nada se detiene con tal de conseguir sus objetivos personales. Cuando esta actitud cristaliza en poder político-económico puede llegar a suprimir el mundo. ¿No lo estamos viendo en la actualidad con el peligro de una guerra atómica? Pensamos que estamos dirigidos por seres diabólicos o deficientes mentales, cuando la realidad es que son "ricos" según el concepto que de ellos tenía Jesús. Detrás de las guerras actuales entre pequeñas naciones, ¿no están los intereses económicos de multinacionales y gobiernos poderosos? Entre el rico -persona o nación- y el resto de los seres humanos se levanta siempre el dinero para suprimir todas las resistencias, falseando las verdaderas razones de las conductas opresoras. ¿No es el dinero el que subvenciona y dirige el inmenso poder de la información? El rico no conoce esa pequeña posesión que constituye el don de sí mismo. Se cree que posee el mundo porque ha suprimido su verdadera razón de ser. Posee una psicología raquítica en su constitución y ante la vida.

Ante la extrañeza de sus discípulos, Jesús no retira nada de lo dicho anteriormente:  "Hijos, ¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!" Es curioso constatar la diferencia entre nuestra habitual presentación de obstáculos para ser fieles a Jesús y los que presenta el evangelio. ¿Cuántas veces hablamos de las riquezas como la gran dificultad'? El peligro de la riqueza no es algo que afecte sólo a los multimillonarios. Jesús habla para todos. Así lo entienden los apóstoles, que no eran ciertamente ricos. Porque "el tener la confianza en el dinero", el querer tener cada vez más, el dejarse aprisionar por la espiral del consumo, afecta a todos, aunque estemos muy lejos de ser millonarios. Jesús sabe que los bienes no son neutrales; como tampoco lo son ese conjunto de actitudes que propicia la explotación de los demás, el fraude a la comunidad camuflando los deberes de contribución, la evasión de capitales, el paro obrero, el gasto en armamentos, el despilfarro familiar, la división de la sociedad en clases... Actitudes que tienen su origen en el hombre y en los grupos que poseen dinero. La fuerza de los ricos es tan grande que provoca la primera violencia: la institucional. La dureza de la proposición contrasta con el dulce principio: "Hijos". La conclusión es evidente: el ser rico es el gran obstáculo para seguir a Jesús. Donde priva y manda el dinero no puede haber cristianismo. El desprendimiento de las riquezas es la piedra de toque de la autenticidad de nuestra fe y de nuestro amor.

Para Jesús, el rico es un necio (Lc 12,20), un infeliz, un desdichado. El hombre que cae en la espiral de las riquezas sigue un camino muy preciso hacia su destrucción como persona auténtica: las riquezas le van adormeciendo el corazón, la vista, el cerebro y, finalmente, toda la persona.

Sin pretender ahora averiguar cómo han llegado a ser poseídos, los bienes se apoderan del corazón del hombre, centro de la persona según el sentido bíblico, fuente de sus acciones libres. Cuando llega allí el dinero, Dios se va. En un corazón "poseído" por las riquezas no queda sitio para él. El evangelio es tajante: o Dios o riquezas (/Mt/06/24). No es posible quedarse con los dos: o uno u otras. Un corazón ocupado por el dinero es un corazón vacío de Dios.

Una vez ocupado el corazón, las riquezas extienden un velo ante los ojos para impedirle ver la realidad humana o viéndola de una forma equivocada: el parado es un vago que no quiere trabajar, siempre hubo ricos y pobres, los gastos de armamentos y de ejércitos son necesarios para defendernos -¿de qué y de quién? -; ve normal el lujo incalificable de unos pocos y de algunas naciones a costa del hambre y el subdesarrollo de la mayoría. Al estar nublada la visión de la realidad, el cerebro queda embotado. ¡Lástima que la propaganda embote también los cerebros de los pobres! Cuando el rico ve que se mueve algo, que hay algún tumulto que pueda hacer peligrar su situación de privilegio, en seguida se defiende diciendo: "¡No entiendo nada!, ¡qué querrán!" El rico necesita que no cambien las estructuras de privilegio en que vive, tiene necesidad del "desorden establecido".

Finalmente, las riquezas se apoderan de toda la persona. Es la última etapa: echa al hombre de sí mismo, y en su lugar introduce su caricatura: el egoísmo. Al ocupar las riquezas su corazón, el rico se ha quedado sin Dios; al nublarle la visión de la realidad, pierde su solidaridad con el prójimo; al apoderarse de su cerebro, tergiversa el sentido de la historia; al dominar su persona, se ve echado de su casa. Sin Dios, sin prójimo, sin historia, sin sí mismo, ¿quién más desdichado que el rico? ¿Qué proporción de rico hay en nosotros cuando vivimos tan alejados del Dios de Jesús, tan despreocupados de las luchas que mantienen tantos pueblos por su liberación, tan alienados por la sociedad del progreso y de la técnica, tan vacíos de nosotros mismos?  "Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico en el reino de Dios". Con esta hipérbole Jesús afirma categóricamente la práctica imposibilidad que tienen los ricos de renunciar a sus riquezas para hacerse discípulos, para participar en la construcción del reino de Dios. Pero no parece que pretenda establecer una imposibilidad absoluta, como veremos más adelante. Es una triste constatación suya. Se refiere a la riqueza en sí misma, no a su mala utilización.

Algunos autores, sorprendidos por la tremenda desproporción entre la aguja y el camello, pensaron que, en lugar de "camello" (kámelos), Jesús había usado una palabra parecida (kámilos), que significa cable, soga gruesa, maroma de navío, con lo que se lograría una menor desproporción y una mayor relación con la aguja. También dicen que la palabra "aguja" indicaba una puerta que existía en Jerusalén, tan baja y estrecha que se la llamaba por eso "ojo de aguja". Pero de esa puerta no se habla hasta el siglo IX ni tiene fundamento alguno en la arqueología, lo que hace muy improbable su existencia.

Todas estas divertidas cábalas parecen ignorar el gusto de los orientales por los fuertes contrastes, por las expresiones exageradas, tan características de su mentalidad. Así, Jesús habló de la paja y la viga en el ojo (Mt 7,3-5), de filtrar mosquitos y tragarse camellos (Mt 23,24), de trasladar montañas (Mt 21,21; Mc 11,23). Eran comparaciones muy usadas.  Por ejemplo: "Practicad en mí, por la penitencia, una apertura como el agujero de una aguja, y yo os abriré una puerta por donde los carros y los vehículos podrán pasar". En la literatura rabínica se había cambiado el término "camello" por el de "elefante": "Nadie piensa, ni en sueños.... un elefante pasando por el agujero de una aguja"; "Tú eres de Pumbeditha, donde se hace pasar un elefante por el agujero de una aguja"... Son expresiones para designar algo imposible por medios humanos. Aquí, para que caigamos en la cuenta de la gravedad de la situación en que se encuentra el rico.

Se dice ordinariamente que con el dinero se puede conseguir todo. Pero hay una cosa que jamás podrá llegar a conseguir el dinero: que estas palabras de Jesús no hayan sido pronunciadas, a pesar de los intentos de rebajarlas con pintorescas interpretaciones, como vimos.

7. Reacción de los discípulos y respuesta de Jesús 

La sentencia de Jesús aterroriza a los discípulos: "Entonces, ¿quién puede salvarse?" Es difícil explicar esta reacción por parte de quienes son pobres y lo han dejado todo. Aunque su espanto es lógico: están todavía influidos por las ideas de entonces, que unían rico a piadoso. Jesús, en lugar de decir que se "salvan" los ricos y algunos pobres, parece estrechar más la puerta al afirmar que los ricos no pueden "entrar en el reino de Dios". Su pregunta viene a decir: Si ni siquiera los ricos pueden salvarse -únicos que tenían medios y tiempo para cumplir aquella ley tan complicada-, ¿quién lo logrará? Entienden que Jesús no habla de dificultad, sino de imposibilidad.

La sorpresa y la pregunta de los discípulos reflejan la preocupación por salvarse y la cuestión de si es posible llevar a la práctica las palabras de Jesús. Es una pregunta repetida constantemente ante las radicales exigencias de Jesús: ¿Es posible vivir según el evangelio, caminar el camino del reino?; ¿sus exigencias no son una quimera? Ahí está la experiencia de tantos millones y millones de cristianos que no saben ni de qué va el mensaje de Jesús. ¿No ha sustituido la iglesia institución el seguimiento por prácticas y burocracia? 

Quien ha comprendido el amor de Dios y ha optado por el seguimiento de Jesús no pregunta ya por la renuncia que esto le exige: cada donación que se le pide le compensa.  Por eso, en lugar de renunciar a ser rico, habla de elegir ser pobre; lo mismo libre, justo..., en lugar de seguir viviendo en la esclavitud y la injusticia... ¿Por qué no decir que el hombre al crecer renuncia a ser hombre en la mayoría de los casos?  Por tercera vez (Marcos) Jesús dirige la mirada a sus interlocutores, diciéndoles: "Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo". No trata de tranquilizarlos, como hacemos nosotros cuando notamos que hemos asustado a alguien con nuestras palabras. De hecho, es imposible salvarse; sólo es posible ser salvado. Supone la doctrina de la gratuidad, el recurso a la oración: la salvación es un "milagro" de la gracia. "Es imposible para los hombres". No deberíamos pasar de largo rápidamente estas palabras, para consolarnos y tranquilizarnos con las que siguen. Es necesario que nos sintamos tambalear antes de pasar a las siguientes. Hemos de experimentar y confesar que por nosotros mismos no tenemos la menor esperanza de salvarnos, de liberarnos del mal que nos rodea por todas partes; percatarnos de que no tenemos escapatoria posible, antes de abrirnos al camino que Jesús nos muestra. Sólo al borde del precipicio seremos capaces de reconocer la verdad de las palabras que siguen. "Dios lo puede todo". No son palabras para levantar los ánimos de una manera fácil.  Jesús ha dejado bien claro que seguirle exige los mayores esfuerzos (Mt 7,13-14; Lc 14,25-27). No retira nada de lo dicho anteriormente. Pero cuando el hombre reconoce que por sí mismo no puede hacer nada (Jn 15,5), consigue la condición fundamental para lograr la salvación: se ha hecho pobre. Y entonces es posible para Dios salvarlo. Estamos en la misma línea del "nuevo nacimiento" (Jn 3,3-8). La respuesta de Jesús ha brotado de las profundidades de su pensamiento anclado en Dios. El hombre que ha comprendido el amor de Dios ya no pregunta por la medida y límites de lo que se le pide; quiere amar a Dios con todo su corazón y demostrarlo con el amor a los demás. Únicamente podrán trabajar por la fraternidad universal, por el reino de Dios, los desprendidos, los pobres, los que buscan ante todo los valores del espíritu. El rico, si quiere salvarse, tiene que reconocer los derechos privilegiados del pobre. Reconocimiento que sólo será capaz de lograr con la ayuda de Dios.

El asunto es lo suficientemente serio como para darle muchas vueltas en lo profundo de nuestras conciencias. El apego a las riquezas del joven rico ha desvalorizado todo lo demás. Su propia riqueza lo ha traicionado. El peor servicio que podemos hacer a los ricos es el de callarnos. Y no olvidemos que en cada ser humano anida un alma de rico...

8. Los que le sigan no quedarán defraudados 

Pedro quiere que Jesús concrete el porvenir que les espera a ellos, puesto que han cumplido las condiciones puestas al rico: "Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Mateo añade: "¿Qué nos va a tocar?" En Marcos y Lucas no pregunta por la recompensa. ¿Cuándo puede decir un hombre que lo ha dejado todo? ¿No tienen las palabras de Pedro mucho de fanfarronada? Cuando decimos "todo", ¿no dejamos siempre fuera algo?; el sentimiento de vacío que sentimos frecuentemente en nuestra vida, ¿no es fruto de lo que no hemos dejado?... De todas formas, la observación que hace en nombre de los discípulos está en contraste con la actitud del joven rico que se había negado a seguirle. Es la otra cara de la moneda; aunque parece que no han descubierto la recompensa incomparable de estar viviendo la vida de Jesús. Al menos, no son conscientes de ello. Al tema del peligro de las riquezas sigue ahora el de la pobreza apostólica. Si lo dejo todo, ¿qué es lo que tendré?, ¿dónde podré asirme?... Es el miedo del discípulo que se imagina el seguimiento como un camino hacia la muerte, con un precio demasiado elevado que pagar.

La respuesta de Jesús es inesperada y profunda, como es habitual en él: "Os aseguro que quien deje... por mí y por el evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más..., y en la edad futura, vida eterna". Marcos añade: "Con persecuciones". También Mateo hace su aportación personal a la respuesta de Jesús: "Creedme, cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel".  Lucas no habla del ciento por uno de recompensa; se limita a decir que recibirá "mucho más en el presente".

El hombre nace de aquello que deja. La pobreza lo libera de la idolatría del tener y lo capacita para relacionarse con Dios, con los demás y con las cosas de una manera nueva.  La pobreza le abre al compartir, le descubre a Dios como bien inalienable e inagotable.  Gracias a la pobreza, el hombre se abandona en las manos de Dios, se despoja de toda ansia de posesión, de todo hábito de apego a las cosas, de todo afán de prestigio, de toda pretensión de dominio, y puede dejarse re-crear por el Padre como nueva criatura. San Juan de la Cruz afirmaba que el camino para poseerlo todo era no poseer nada. La posesión es limitación. Nuestro espíritu y nuestro corazón tienden a empequeñecerse, a reducirse a las dimensiones de las cosas poseídas. Las cosas que poseemos siempre nos dejarán insatisfechos, porque siempre serán ajenas a nuestro ser profundo. Para poseer verdaderamente una cosa sería necesario entablar con ella una relación de participación, de contemplación, de comunión..., nunca de posesión o agresividad. Es el hombre contemplativo, no el posesivo, el que vive en armonía con todo lo creado; el hombre que no reivindica nada para sí.

Solamente el que reza teniendo las manos vacías, libres, puede orar en las cosas y con las cosas. El hombre posesivo, egoísta trata de apropiarse de las cosas y se queda en la superficie de todo; el contemplativo, el desprendido, descubre la verdad profunda de todo lo creado y de Dios.

La recompensa es doble: el céntuplo ahora y la vida eterna después. No entendamos que los bienes que se dejan sean centuplicados matemáticamente, sino en el sentido de que el que sigue a Jesús encuentra en él todo lo que ha dejado, vivido de una forma nueva.

La relación con los padres, hermanos, amigos o bienes materiales se vive en otra dimensión. Esta idea de plenitud, Marcos la expresa enumerando las cosas dejadas con o.., o.., o.., y las recibidas con y, y.., y... Más que una suma detallada, la operación hay que entenderla en el sentido de plenitud. La totalidad ofrecida por Jesús lo incluye todo.  Creo que es una experiencia que pueden tener todos los que se han decidido a seguir a Jesús de verdad, en todos los tiempos y lugares, a pesar de las propias limitaciones y pecados. Jesús habla de lo que se ha dejado "por él y por el evangelio". Lo que importa no es tanto lo que se deja como el porqué se deja. Se deja todo para estar libres de impedimentos, como lo estaba él, para vivir como hermanos a disposición unos de otros. Es desprendimiento al tener, nunca al ser. Jesús, al no tener nada, lo es todo (Lc 9,58; Mt 8,20). Es en la dimensión de la comunidad cristiana donde se puede manifestar el ciento por uno.

Marcos resalta que la recompensa irá unida a "persecuciones". El estar con Jesús es siempre un gozo amenazado. Si la sociedad humana vive unos valores contrarios a los que propone Jesús, es lógico que se defienda atacando a los testigos molestos. Es lo más fácil.  El otro camino es el casi imposible de la conversión al amor. La verdadera "recompensa" está aún por llegarles: es "la vida eterna" para después de la muerte física. Vida que consistirá en el encuentro Dios-hombre, en el cumplimiento del proyecto humano sin ninguna limitación y para siempre; sin sombra alguna de muerte. Mateo habla de otro premio para los Doce: "También vosotros os sentaréis en doce tronos..." Es la hora del juicio final, cuando "el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria". Parece que los apóstoles ejercerán con Cristo glorioso una especie de senado para juzgar a "las doce tribus de Israel", que representan a todo el mundo. Pero los discípulos no deben trabajar por esta recompensa. Deben trabajar por Dios y su justicia. Lo demás vendrá por añadidura (Mt 6,33).

9. "Muchos primeros serán últimos..." 

Marcos y Mateo terminan con una sentencia: "Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos serán primeros". En la vida futura, cuando llegue el cambio definitivo, muchos que aquí han desempeñado los cargos más importantes -por su riqueza, cultura, poder...- serán entonces los últimos; y otros, que habían pasado desapercibidos o habían sido mal considerados y perseguidos, ocuparán los lugares de honor. Es una frase para recordar a la comunidad de seguidores de Jesús que en su constitución terrena soportarán, como Jesús, el arrinconamiento y el oprobio (I Cor 4,9-13). Y malo si no ocurriera así. Lo ganará todo el que todo lo dejó. Perderá su vida el que la buscó lejos de los valores marcados por Jesús; la encontrará el que la perdió por él.

En la perspectiva de Jesús, el cambio no estará nunca concluido. Lo mismo que en su tiempo los dirigentes religiosos perdieron la oportunidad de seguirle, lo que les llevaría a los últimos lugares, les puede pasar a los dirigentes y a los que ocupan los lugares de privilegio en la iglesia -de ahora y de siempre-. Porque deja todo por Jesús el que de verdad lo hace...

 

P. ANTONIO IZQUIERDO

 

Nexo entre las lecturas

Entre tantos valores que el hombre encuentra en su existencia, ¿cuál es el valor más importante, el valor supremo? El libro de la Sabiduría responde que ella es y posee una valor superior y más precioso que valores como el poder, la riqueza, la salud, la belleza (primera lectura). El encuentro con el joven "rico" permite a Jesús reafirmar el valor superior de su seguimiento sobre los bienes y riquezas de este mundo (Evangelio). La autoridad y penetración eficaz de la Palabra de Dios merece ser reconocida como valor supremo, al igual que el mismo Dios (segunda lectura). 


Mensaje doctrinal

1. Valores y jerarquía de valores. Tanto los individuos como las sociedades se rigen por valores, es decir, por todo aquello que es apreciado como un bien y que objetivamente lo es. Los valores personales son los que configuran el modo de ser, de vivir y de actuar de las personas, como los valores sociales son los que configuran el modo de ser, actuar y vivir de una sociedad. Los valores son múltiples y afectan a diversas áreas de la existencia humana (valores vitales, económicos, culturales, morales, religiosos). Ante la variedad y multiplicidad de valores, es necesario establecer un orden entre ellos y por consiguiente una jerarquía. En una auténtica jerarquía los valores religiosos ocupan el primer puesto, luego los morales, los culturales, los vitales y finalmente los económicos. Cualquier cambio en este orden jerárquico, resulta en perjuicio de la persona humana y, en definitiva, de la sociedad. Si por encima del seguimiento de Cristo ponemos los bienes de este mundo (valores económicos), el "bolsillo" mejorará, pero con desventaja y daño de la persona humana y de la fe cristiana. Si la fitness y la belleza se ponen por encima de los valores morales, la sociedad contará con grandes atletas y con cuerpos esbeltos, pero con detrimento de valores más profundamente humanos como la justicia, la honestidad, la lealtad, la fidelidad, la dignidad de la persona. Hasta ahora sólo hemos hablado de valores y jerarquía de valores. Aunque sea de paso, hay que mencionar la existencia también de "antivalores". O sea, de todo aquello que el individuo o la sociedad consideran como un mal, y lo es en realidad. El apego a las riquezas es un mal para el hombre, porque le impide seguir a Jesucristo y poner en Dios su corazón. 

2. 
Características del valor superior. En primer lugar, el valor superior explica todos los demás y les da sentido y plenitud. El amor a Dios como valor supremo no se opone al valor de los bienes materiales, ni al de la salud ni al de la belleza. Dios quiere que el hombre cuente con los medios necesarios para su vida, cuide su salud y la belleza de su figura. De esta manera, los bienes materiales no son sólo valores económicos, ni la salud y la belleza son sólo valores vitales, sino que adquieren una plenitud que en sí no tienen: forman parte del designio de Dios para con el hombre. La Palabra de Dios y su autoridad no se oponen a la autoridad y palabra de los padres, educadores, gobernantes; más bien, infunde en ellas una fuerza y eficacia que en sí no poseen. En segundo lugar, es Dios quien ilumina la inteligencia humana para ver cuál es el valor superior entre una serie de valores y cómo se ordenan esos valores entre ellos. El hombre a solas, sin la iluminación de Dios, corre el riesgo de construir jerarquías erradas. La primera lectura, por eso, comienza precisamente así: "Supliqué y se me concedió la prudencia; invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría". En tercer lugar, el verdadero valor siempre termina recompensando con frutos buenos sea para el individuo sea para la sociedad. "Con ella me vinieron a la vez todos los bienes", dice la Sabiduría. Y Jesús responde a Pedro, que representa a los Doce: "Nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno ahora al presente... y en el mundo venidero la vida eterna". 


Sugerencias Pastorales

1. Donde está tu valor, ahí está tu corazón. Los valores que rigen la vida de una persona o de una sociedad son el índice de su categoría humana y cristiana. Actualmente, hay algo en nuestro ambiente que nos debe hacer reflexionar: en las estadísticas sobre los intereses y valores de los ciudadanos, ¿cuáles son los valores que más interesan y preocupan? En muchísimos, la salud; en otros muchos, el trabajo; no pocos se muestran preocupados también por el ambiente. Luego vienen los demás. ¿Nos damos cuenta de que en una recta escala de valores no son éstos precisamente los que ocupan el vértice? Al contrario, son valores económicos, vitales, que están en la base de la pirámide jerárquica. Ahora bien, donde están tus valores, ahí está tu corazón, es decir, toda tu persona (inteligencia, voluntad, afectividad, sensibilidad). Vales lo que valen tus valores. Si tu valor predominante es la salud, en cuyo altar sacrificas los demás valores, tu categoría humana y cristiana será más bien baja. Si tu valor predominante es Dios, entonces te elevas a una grande categoría humana y cristiana que se reflejará luego en tu vida moral, en tu trabajo, en tu familia, en el mismo cuidado de tu salud. Tengamos esto muy presente: Dios como valor supremo nos impide despreciar los demás valores; más aún, nos manda positivamente estimarlos, cuidarlos, buscarlos ordenadamente. Dios como valor supremo es la máxima riqueza del hombre. 

2. 
Se vive de valores. No es indiferente para los hombres y para los pueblos el que predominen unos u otros valores. Primero, porque los valores influyen y conforman la mentalidad de un individuo o de un grupo. Pero sobre todo porque los valores determinan la vida. Vivirás según que sean tus valores. Si tus valores predominantes son los vitales, todas tus actividades estarán determinadas por ellos, es decir, por una buena salud y un ambiente sano. ¿Para qué se trabaja? Para contar con medios que permitan estar en forma. ¿Para qué se reza? Para pedir a Dios salud. ¿Por qué se evita la droga, el alcohol, el tabaco? No por el desorden moral que implican, sino porque perjudican la salud. ¿Por qué partido se vota? Por aquel que asegure el mejoramiento de la sanidad y del ambiente. La salud se convierte en el eje a cuyo alrededor gira todo lo demás en la vida, y a cuyo valor se sacrifica cualquier otro valor. ¿Cuáles son los valores que gobiernan y dirigen tu vida? En tu medio ambiente (familiar, parroquial, comunitario), ¿cuáles son los valores supremos? ¿Qué puedes hacer para que los valores religiosos sean cada vez más en ti y en tus amigos, familiares, compañeros de clase o de trabajo, los valores que tengan el primer puesto en la escala de valores? 

 

 

 

 


 

XXVIII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

 

Antífona de entrada     Sal 129, 3-4
Si tienes en cuenta las culpas, Señor, ¿quién podrá subsistir?
Dios de Israel, en ti se encuentra el perdón.

Oración colecta
Dios todopoderoso,
que tu gracia siempre nos preceda y acompañe,
y nos ayude en la práctica constante de las buenas obras.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad de Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, las oraciones de tus fieles
junto con estas ofrendas;
haz que este sacrificio, celebrado con amor,
nos lleve a la gloria del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Sal 33, 11
Los ricos se empobrecen y sufren hambre,
pero los que buscan al Señor no carecen de nada.


Oración después de la comunión
Padre, humildemente te pedimos
que así como nos alimentas con el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo,
nos hagas partícipes de la naturaleza divina.
Por Jesucristo nuestro Señor.


 

 LECCIONARIO DOMINICAL

Tuve por nada las riquezas en comparación con la Sabiduría

Lectura del libro de la Sabiduría     7, 7-11

Oré, y me fue dada la prudencia,
supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría.
La preferí a los cetros y a los tronos,
y tuve por nada las riquezas en comparación con ella.
No la igualé a la piedra más preciosa,
porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena;
y la plata, a su lado, será considerada como barro.
La amé más que a la salud y a la hermosura,
y la quise más que a la luz del día,
porque su resplandor no tiene ocaso.
Junto con ella me vinieron todos los bienes,
y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

Palabra de Dios
 
 
SALMO     Sal 89, 12-17
 
R.
 Señor, sácianos con tu amor.

Enséñanos a calcular nuestros años,
para que nuestro corazón alcance la sabiduría.
¡Vuélvete, Señor! ¿Hasta cuándo...?
Ten compasión de tus servidores. 
R.
 
Sácianos en seguida con tu amor,
y cantaremos felices toda nuestra vida.
Alégranos por los días en que nos afligiste,
por los años en que soportamos la desgracia. 
R.
 
Que tu obra se manifieste a tus servidores,
y que tu esplendor esté sobre tus hijos.
Que descienda hasta nosotros la bondad del Señor;
que el Señor, nuestro Dios, haga prosperar la obra de nuestras manos. 
R.


La palabra de Dios discierne los pensamientos
y las intenciones del corazón

Lectura de la carta a los Hebreos     4, 12-13

    Hermanos:
    La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
    Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de Aquél a quien debemos rendir cuentas.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Mt 5, 3

Aleluia.
Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Aleluia.

 
EVANGELIO

Vende lo que tienes y sígueme

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     10, 17-30
 
    Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»
    Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».
    El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
    Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».
    Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
    Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»
    Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».
    Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»
    Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».
    Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
    Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».
 
Palabra del Señor.
 
 

O bien más breve:
 
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     10, 17-27
 
Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?»
    Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre».
    El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud».
    Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».
    Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
    Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»
    Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios».
    Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?»
    Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Él todo es posible».
 
Palabra del Señor.

 

 

 

 

 


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