Domingo 29 del Tiempo Ordinario (B)

Liturgia Viva del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver la Segunda Lectura)
Tenemos aquí entre nosotros
un Sumo Sacerdote capaz de sentir nuestras debilidades
y que fue tentado de todas las formas
como nosotros somos tentados,
aunque no tuvo pecado.
Que con su gracia y misericordia,
el Señor Jesús esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante


1.   El Poder es Peligroso
¿Han notado ustedes cómo en su campaña para un puesto o cargo público la mayoría de los políticos emplean la palabra “servicio”? Ponen mucho énfasis en que quieren ser los servidores del pueblo, y ser elegidos para poder servir. Pero, una vez han sido ya elegidos, ¿a quién sirven? La mayoría, por lo general, se sirven primeramente a sí mismos y después obligan al pueblo a servirles.— Nunca debiera ser ésta la forma de actuar de la Iglesia. Los cristianos encargados de algún ministerio en la Iglesia y también los fieles ordinarios deberían tener la ambición de servirse los unos a los otros y, de esta manera, servir a Dios. Así actuó Jesús. Le pedimos hoy a él que sepamos seguir su camino.

 

2.   Grandeza por medio del Servicio
No los que mandan como amos, ni los que buscan puestos de honor, promoción, privilegios, diplomas y medallas, son grandes conforme a los estándares de Jesús, sino los que saben servir. Servir es la “carrera” del cristiano. El siervo está a disposición de todos, comprende las debilidades de los demás, y los ve en sí mismo.  Servir es a veces doloroso, pero solamente los que son capaces de sacrificarse por los demás y que no huyen de las dificultades tienen algo que contribuir al mundo. Aceptan ser como semillas que mueren para dar vida. Pidámosle a Jesús, que está aquí con nosotros, que nos ayude a servir con y como él.

 

 

Acto Penitencial


¡Cómo queremos que los demás nos sirvan!
Pidamos al Señor y a los hermanos
que nos perdonen de corazón.
(Pausa)
Señor Jesús: Tú nos dices:
Yo, su Señor y Maestro,
vine no para ser servido sino para servir.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús: Tú nos aconsejas
no imitar a los altos y poderosos
que hacen sentir al pueblo qué poderosos son.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús: Tú nos aseguras
que, si queremos ser grandes,
tenemos que servirnos los unos a los otros.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

En tu bondad, perdónanos, Señor,
y danos la actitud interior y la fuerza
para servir a los otros desinteresadamente y con amor.
Y llévanos a la vida eterna.

 

Primera Lectura (Is 53,10-11): Servicio con Sufrimiento
            El cuarto canto de Isaías sobre el Siervo Sufriente se cumple plenamente en Jesús. Con humildad y compasión, cargó sobre sí nuestros pecados y así posibilitó que nosotros sepamos servir a Dios y a los hermanos.

Segunda Lectura (Heb 4,14-16): Jesús, nuestra Fortaleza en la Debilidad
            Jesús comprende nuestra debilidad, porque se encarnó como ser humano igual que nosotros. Él es nuestra fuerza y ayuda, porque es el Hijo de Dios.

Evangelio (Mc 10,35-45): Sirviendo con Jesús
            La grandeza del cristiano consiste en su humilde servicio. Podemos aprender esto de las palabras y ejemplo de Jesús.

 

 

Oración de los Fieles


A Dios, que nos sirve de tantas maneras, pidámosle que queramos aprender de su Hijo Jesucristo a no evitar la molestia de servir, para evitársela a los demás.  Respondamos a cada petición diciendo: 

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

1. Por la Iglesia, para que sirva al mundo alzándose en favor de la justicia y la paz, y defendiendo la libertad y dignidad de la persona humana, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

 

2. Por los que tienen autoridad en la Iglesia, para que no se vuelvan simples funcionarios, sino “ministros”, es decir, humildes “servidores” de sus hermanos, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

 

3. Por nuestras familias cristianas, para que los padres, por su cuidado y servicio compartidos, preparen a sus hijos a prestar servicio a otros, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

 

4. Por los muchos que nos sirven de diversas maneras para proveernos las cosas y la ayuda que necesitamos:  -sirvientes, chóferes, enfermeras, técnicos y todos los demás, demasiados para nombrarlos a todos – para que les estemos siempre muy agradecidos, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

 

5. Por nosotros y por nuestras comunidades, para que todos nosotros seamos menos exigentes y estemos muy atentos, los unos de los otros, y sirvamos con creces a las necesidades de los demás, roguemos al Señor.

 

R/ Señor, haznos siervos de tu amor.

 

 

Señor Dios nuestro, te pedimos que nos conviertas a las exigencias del evangelio. Ayúdanos a convertirnos en siervos, los unos de los otros, junto con el Siervo de todos, Jesucristo nuestro Señor.

 

Oración sobre las Ofrendas


Señor Dios nuestro:
Mientras tu Hijo Jesús nos sirve a la mesa eucarística
en los signos de pan y vino,
nos pides beber con él la copa
de servicio sacrificado.
Que tu mismo Hijo nos colme con aquel amor
que solamente puede comprender
que ser grande es servir a otros
y utilizar nuestras vidas
para dar a nuestros hermanos más pobres
una oportunidad para vivir.
Y que no busquemos otra recompensa
que compartir el destino de Jesús
nuestro Señor y Salvador
que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
Levantemos nuestro corazón y nuestra voz para dar gracias a Dios por darnos a Alguien (Jesús) que experimentó nuestra debilidad y se hizo uno de nosotros para servirnos y salvarnos a todos, y para hacernos servir al Padre y servirnos los unos a los otros.

 

Invitación al Padre Nuestro
Oremos con Jesús a nuestro Padre del cielo
para que sepamos hacer su voluntad
y sirvamos a su reino.
 R/ Padre nuestro…

 

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor, de todos los males.
Líbranos del deseo incontenible
de buscar puestos de honor y poder
a expensas de los otros.
Ayúdanos a pagar con nuestro servicio
el costo de la paz y el amor,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la segunda venida gloriosa entre nosotros
de nuestro Salvador Jesucristo.

 

Invitación a la Comunión
Este es el cordero de Dios
que vino no a ser servido sino a servir
y pagar con su vida el precio de nuestra libertad.
Dichosos nosotros, invitados a compartir su mesa
y a aprender de él qué significa realmente “servir”.

 

Oración después de la Comunión


Oh Padre amoroso:
Tu hijo ha estado con nosotros
en esta celebración eucarística
como el sirviente de todos nosotros.
Que él disponga nuestros corazones
y nos dé valor
para comprender y aceptar a los otros,
para acompañarlos en el camino de la vida,
para sufrir y compadecer sus penas,
regocijarse con sus alegrías
y llevar los unos las cargas de los otros,
para que él esté con todos nosotros
ahora y por los siglos de los siglos.

 

Bendición
Hermanos: El mensaje del evangelio de hoy es incómodo. El que se nos diga que tenemos que servir más que ser servidos, estar dispuestos a ahorrar molestias a los otros no ahorrándonoslas a nosotros mismos por el bien de los demás y a renunciar al deseo incontenible de poder, todo eso va contra el principio de nuestra arraigada actitud humana. Pero esta es la dura verdad con la que Cristo nos ha confrontado hoy. Como Cristo, pues, intentemos en nuestros hogares, en nuestras comunidades, en la Iglesia, gastarnos desinteresadamente por los demás, con la bendición de Dios todopoderoso, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

¡Vayamos a servir al Señor en su pueblo!

 

 

 

Jesús siervo fiel

 

Jesús de Nazaret tuvo poca suerte e, incluso, fue, como muchos de nosotros, desde el punto de vista humano, no muy exitoso. Jesús y sus apóstoles subían a Jerusalén, donde se iba a confirmar su imponente fracaso ante los importantes de su nación. Y entonces se le acercan los Zebedeos, que, en principio, parecían de los más listos del grupo, para pedirle que los nombrara “presidente y vicepresidente” de su futuro gobierno. No se habían enterado, en absoluto, de cuál era la misión de Jesús. Y mucho menos de cómo iba a realizarse. Luego más tarde, y pasado el tiempo terrible de la Pasión y Muerte del Salvador, cuando, ya resucitado, se dispone a subir al Padre, hay quien le pregunta si es entonces cuando va a liberar a Israel de la ocupación romana. Y ése que preguntaba, había tenido a su lado, a un ser extraordinario, cuarenta días y había querido enseñarles, desde la gloria de su cuerpo resucitado, su auténtica misión, la que le había encargado el Padre y por la que, en acto de obediencia suprema, había muerto en medio de un enorme tormento.

Podríamos decir, entonces, que Jesús fracasó con los apóstoles y fracasó con su propio pueblo, que tras admirarle y querer hacerle rey porque les daba pan gratis, luego lo ultrajaron y lo mataron como al peor de los criminales. Parece que nadie le entendió. Y si leemos con atención los Evangelios pues sabemos que repitió muchas veces su auténtico mensaje a los discípulos, y a todos aquellos que le quisieron oír. Les pidió varias veces – como en esta ocasión – que fueran servidores y que no buscaran ser servidos. Les avisó que Él no tenía donde reposar la cabeza. No tenía el menor sentido aplicar la fuerza – cosa que los políticos saben hacer muy bien – al contrario, les aconsejo que pusieran la otra mejilla, ante la primera bofetada y que dieran el manto a quien les pidiera la capa. Les lavó los pies y les pidió, en definitiva, amor entre ellos. Pero todo el mundo seguía pensando en términos políticos, en posición de poder y más poder. Incluso, también los de Emaús cuando refieren lo ocurrido en Jerusalén esos días de la Pasión, hablan del no reconocimiento de las autoridades hacia Jesús y no de su misión, ni de su doctrina. Reconocen su fuerza como profeta, pero no su entrega y su amor por todos.

Jesús amaba la vida. Y conoció las alegrías del vivir. No era un profesional del ascetismo, ni un hipocondríaco. Se le llegó incluso a acusar de ser demasiado aficionado a comer y a beber. Jesús era también un líder nato. Tenía una extraordinaria capacidad de arrastre. Los Evangelios ponen de relieve en distintos lugares su «autoridad»: hablaba y actuaba como quien tiene autoridad. Podía haber sido un «triunfador». ¿Por qué, entonces, eso de servir? ¿Por qué una máxima así? Porque Jesús afrontaba la vida desde otras claves. La experimentaba como un don que había recibido, no para malgastarlo, no para retenerlo, no para apuntarse triunfos demasiado terrestres, sino para compartirlo y entregarlo. Lo más suyo era algo comunal, don para la multitud. Hizo su apuesta con toda lucidez. Y es desde ahí, desde esa su experiencia base de la vida como un don plenamente gratuito, desde donde invitaba a los discípulos a que fueran servidores.

Es verdad que todo cambió con la llegada del Espíritu Santo y que, incluso, Jesús se tuvo que aparecer a Pablo de Tarso y así buscar un refuerzo al grupo de los Doce. Entonces, Jesús ¿fracasó verdaderamente? No. En realidad, fracasaron sus coetáneos que no supieron ver quien era Jesús de Nazaret y la felicidad que les traía de parte de Dios Padre.

En la segunda lectura se nos da a conocer una vertiente concreta de la vida de Jesús. No fue un camino fácil y despejado. Jesús conoció, como todos conocemos, las dificultades, los malos ratos, las pruebas. Es uno de los rasgos de su solidaridad con nosotros. Por eso nos comprende desde dentro, porque él ha vivido nuestra misma vida en todas sus vertientes. Lo único que lo distingue, le hace único, es que mantuvo siempre su comunión con Dios, que no la rompió jamás. Pero conoce nuestros desfallecimientos, nuestras tentaciones, nuestros malos momentos o nuestras malas temporadas. Sí, también Él tuvo malos ratos. En los Evangelios sólo nos quedan algunos apuntes relativos a las tentaciones del desierto y a las pruebas y angustia de los momentos finales. Pero basta con esas muestras para que reconozcamos a Jesús como uno de los nuestros, probado en todo exactamente como nosotros. Y aquí es donde recibimos una segunda invitación: cuando lo pasamos mal, cuando experimentamos las heridas del vivir, podemos acercarnos a Él con toda confianza, seguros de que nos va a comprender.

Y acabamos este repaso con la primera lectura. ¿Fue una vida malograda la de Jesús? Cuando la miramos con los ojos con que el profeta Isaías contemplaba al Siervo de Yahvé nos damos cuenta de que no fue uno de esos triunfadores que arrasan por todas partes, pero reconocemos también que su vida fue a la postre una victoria, una limpia victoria. La última palabra no la tienen los trabajos, ni los rechazos, ni la angustia mortal, ni la muerte violenta: no la tienen los poderes malos de este mundo. La última palabra la tiene el Dios de la vida. Aquí también recibimos una invitación: la de cobrar concien­cia de que le pertenecemos.

En la Eucaristía se hace presente el gesto de entrega de Jesús. Acojámoslo, para que podamos vivir en actitud de servicio. Le invocaremos como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo: hagámoslo llenos de confianza. Aclamaremos su victoria sobre la muerte, el último enemigo.

No está mal, pues, pedir al Padre que sepamos escuchar a Jesús y que le entendamos. Tenemos completa su historia y su misión en los Evangelios. No podemos hacernos los sordos o los desmemoriados. Sabemos lo que Él quiere. No le dejemos fracasar, por favor, ahora, otra vez


 

 

EVANGELIO

 

El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 35-45

 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir». Les preguntó: «¿Qué queréis que haga por vosotros?». Contestaron: «Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda». Jesús replicó: «No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?». Contestaron: «Lo somos». Jesús les dijo: «El cáliz que yo voy a beberlo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado».

 

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniéndolos, les dijo: «Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos».

 

Palabra de Dios.

 

 

NADA DE ESO ENTRE NOSOTROS

 

Mientras suben a Jerusalén, Jesús va anunciando a sus discípulos el destino doloroso que le espera en la capital. Los discípulos no le entienden. Andan disputando entre ellos por los primeros puestos. Santiago y Juan, discípulos de primera hora, se acercan a él para pedirle directamente sentarse un día "el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda".

 

A Jesús se le ve desalentado: "No sabéis lo que pedís". Nadie en el grupo parece entender que seguirlo de cerca colaborando en su proyecto, siempre será un camino no de poder y grandezas, sino de sacrificio y cruz.

 

Mientras tanto, al enterarse del atrevimiento de Santiago y Juan, los otros diez se indignan. El grupo está más agitado que nunca. La ambición los está dividiendo. Jesús los reúne a todos para dejar claro su pensamiento.

 

Antes que nada, les expone lo que sucede en los pueblos del Imperio romano. Todos conocen los abusos de Antipas y las familias herodianas en Galilea. Jesús lo resume así: Los que son reconocidos como jefes utilizan su poder para "tiranizar" a los pueblos, y los grandes no hacen sino "oprimir" a sus súbditos. Jesús no puede ser más tajante: "Vosotros, nada de eso".

 

No quiere ver entre los suyos nada parecido: "El que quiera ser grande entre vosotros que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros que sea esclavo de todos". En su comunidad no habrá lugar para el poder que oprime, solo para el servicio que ayuda. Jesús no quiere jefes sentados a su derecha e izquierda, sino servidores como él, que dan su vida por los demás.

 

Jesús deja las cosas claras. Su Iglesia no se construye desde la imposición de los de arriba, sino desde el servicio de los que se colocan abajo. No cabe en ella jerarquía alguna en clave de honor o dominación. Tampoco métodos y estrategias de poder. Es el servicio el que construye la Iglesia de Jesús.

 

Jesús da tanta importancia a lo que está diciendo que se pone a sí mismo como ejemplo, pues no ha venido al mundo para exigir que le sirvan, sino "para servir y dar su vida en rescate por todos". Jesús no enseña a nadie a triunfar en la Iglesia, sino a servir al proyecto del reino de Dios desviviéndonos por los más débiles y necesitados.

 

La enseñanza de Jesús no es solo para los dirigentes. Desde tareas y responsabilidades diferentes, hemos de comprometernos todos a vivir con más entrega al servicio de su proyecto. No necesitamos en la Iglesia imitadores de Santiago y Juan, sino seguidores fieles de Jesús. Los que quieran ser importantes, que se pongan a trabajar y colaborar.

 

 

NADA DE ESO ENTRE NOSOTR0S

 

Vosotros, nada de eso.

 

Camino de Jerusalén, Jesús va advirtiendo a sus discípulos del destino doloroso que le espera a él y a los que sigan sus pasos. La inconsciencia de quienes lo acompañan es increíble. Todavía hoy se sigue repitiendo.

 

Santiago y Juan, los hijos del Zebedeo, se separan del grupo y se acercan ellos solos a Jesús. No necesitan de los demás. Quieren hacerse con los puestos más privilegiados y ser los primeros en el proyecto de Jesús, tal como ellos lo imaginan. Su petición no es una súplica sino una ridícula ambición: «Queremos que hagas lo que te vamos a pedir». Quieren que Jesús los ponga por encima de los demás.

 

Jesús parece sorprendido. «No sabéis lo que pedís». No le han entendido nada. Con paciencia grande los invita a que se pregunten si son capaces de compartir su destino doloroso. Cuando se enteran de lo que ocurre, los otros diez discípulos se llenan de indignación contra Santiago y Juan. También ellos tienen las mismas aspiraciones. La ambición los divide y enfrenta. La búsqueda de honores y protagonismos interesados rompen siempre la comunión de la comunidad cristiana. También hoy. ¿Qué puede haber más contrario a Jesús y a su proyecto de servir a la liberación de las gentes?

 

El hecho es tan grave que Jesús «los reúne » para dejar claro cuál es la actitud que ha de caracterizar siempre a sus seguidores. Conocen sobradamente cómo actúan los romanos, «jefes de los pueblos » y «grandes » de la tierra: tiranizan a las gentes, las someten y hacen sentir a todos el peso de su poder. Pues bien, «vosotros nada de eso».

 

Entre sus seguidores, todo ha de ser diferente: «El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». La grandeza no se mide por el poder que se tiene, el rango que se ocupa o los títulos que se ostentan. Quien ambiciona estas cosas, en la Iglesia de Jesús, no se hace más grande sino más insignificante y ridículo. En realidad, es un estorbo para promover el estilo de vida querido por el Crucificado. Le falta un rasgo básico para ser seguidor de Jesús.

 

En la Iglesia todos hemos de ser servidores. Nos hemos de colocar en la comunidad cristiana, no desde arriba, desde la superioridad, el poder o el protagonismo interesado, sino desde abajo, desde la disponibilidad, el servicio y la ayuda a los demás. Nuestro ejemplo es Jesús. No vivió nunca «para ser servido, sino para servir». Éste es el mejor y más admirable resumen de lo que fue él: servicio a todos.

 

 

NO HA DE SER ASÍ

 

El que quiera ser grande, sea vuestro servidor.

 

Santiago y Juan se acercan a Jesús con una petición extraña: ocupar los puestos de honor junto a él. «No saben lo que piden». Así les dice Jesús. No han entendido nada de su proyecto al servicio del reino de Dios y su justicia. No piensan en «seguirle», sino en «sentarse» en los primeros puestos.

 

Al ver su postura, los otros diez «se indignan». También ellos alimentan sueños ambiciosos. Todos buscan obtener algún poder, honor o prestigio. La escena es escandalosa. ¿Cómo se puede acoger a un Dios Padre y trabajar por un mundo más fraterno con un grupo de discípulos animados por este espíritu?

 

El pensamiento de Jesús es claro. «No ha de ser así». Hay que ir exactamente en la dirección opuesta. Hay que arrancar de su movimiento de seguidores esa «enfermedad» del poder que todos conocen en el imperio de Tiberio y el gobierno de Antipas. Un poder que no hace sino «tiranizar» y «oprimir».

 

Entre los suyos no ha de existir esa jerarquía de poder. Nadie está por encima de los demás. No hay amos ni dueños. La parroquia no es del párroco. La iglesia no es de los obispos y cardenales. El pueblo no es de los teólogos. El que quiera ser grande, que se ponga a servir a todos.

 

El verdadero modelo es Jesús. No gobierna, no impone, no domina ni controla. No ambiciona ningún poder. No se arroga títulos honoríficos. No busca su propio interés. Lo suyo es «servir» y «dar la vida». Por eso es el primero y más grande.

 

Necesitamos en la Iglesia cristianos dispuestos a gastar su vida por el proyecto de Jesús, no por otros intereses. Creyentes sin ambiciones personales, que trabajen de manera callada por un mundo más humano y una iglesia más evangélica. Seguidores de Jesús que «se impongan» por la calidad de su vida de servicio.

 

Padres que se desviven por sus hijos, educadores entregados día a día a su difícil tarea, hombres y mujeres que han hecho de su vida un servicio a los necesitados. Son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Los más «grandes» a los ojos de Jesús.

 

 

TRIUNFAR EN LA VIDA

 

El que quiera ser grande, sea vuestro servidor.

 

«El que quiera ser grande que, se ponga a servir». ¿Qué eco pueden tener estas palabras de Jesús en la sociedad actual? Nadie quiere ser hoy grande ni héroe ni santo. Basta con «triunfar» asegurándonos una buena calidad de vida, éxito profesional y un bienestar afectivo suficiente.

 

El ideal no es crecer y ser persona. Lo importante es sentirse bien, cuidar la salud, gestionar bien el stress y no complicarse la vida. Lo inteligente es vivir a gusto, ser un «tío majo» y tener siempre algo interesante que hacer o contar. Ser un «triunfador».

 

Y, ¿los demás? ¿Quién piensa en los demás? Lo que haga cada uno es cosa suya. No vamos a metemos en la vida de los otros. Hay que ser tolerantes. Lo importante es no hacer daño a nadie. Respetar siempre a todos.

 

Eso sí, a ser posible, es mejor vivir sin tener que depender de los demás. Mantener una sana «independencia» sin quedar presos de ningún vínculo exigente. Hay que ser «hábil» y no asumir compromisos, responsabilidades o cargas que luego no nos dejarán vivir a gusto.

 

¿Servir a los demás? Un «triunfador» no entiende exactamente qué quiere decir «servir». Más bien tiende a «servirse» de los demás y a utilizarlos para sus intereses y juegos.

 

Pero, ¿qué es triunfar en la vida? Con frecuencia, este individuo autosuficiente y triunfador termina sintiéndose más frágil y perdido que lo que nunca pudo pensar. Poco a poco, puede uno quedarse sin raíces ni fuerza interior, centrado en uno mismo, encerrado en la soledad de su propio corazón. El riesgo de todo triunfador es caer derribado por su falta de amor.

 

Según Jesús, si alguien quiere triunfar en la vida, ha de saber amar, salir de su narcisismo, abrir los ojos y ser sensible al sufrimiento de los demás. No es una piadosa consideración cristiana. Mientras creemos estar triunfando en la vida, la podemos estar estropeando cada día un poco más. Nadie es triunfador si no hace más feliz la vida de los demás.

 

 

¿IMPONER O SERVIR?

 

No para que le sirvan, sino para servir.

 

Hace algunos años Marcel Legaut publicaba un penetrante estudio titulado Creer en la Iglesia del futuro (Sal Terrae 1988) en el que, después de analizar y diferenciar lo que él llama «religiones de autoridad» y «religión de llamada», sugería caminos y pistas de futuro para una Iglesia que busque ser fiel a Cristo en la sociedad moderna.

 

Las «religiones de autoridad» ofrecen, según el pensador francés, certezas absolutas y estructuras seguras. Al mismo tiempo, exigen de sus miembros obediencia y sometimiento a prescripciones a veces minuciosas. Además, cuando una «religión de autoridad» se instala mayoritariamente en una sociedad, trata de influir y dominar para impedir que se tome una orientación opuesta o ajena a sus dogmas religiosos.

 

Una religión endurecida en torno al principio de autoridad no ayuda a la maduración personal de sus fieles. Al contrario, corre el riesgo de aprisionarlos en unas doctrinas y prácticas que sólo se viven a medias, incluso cuando la adhesión a la doctrina parece ferviente y la observancia de la ley rigurosa.

 

La «religión de llamada» es diferente. No impone una doctrina, sino que propone un camino de salvación. No dictamina, sólo llama e invita. No entiende su actuación como un ejercicio de poder, sino como un servicio. No pretende someter a todos por medios sociológicos. Se pone más bien al servicio del hombre para invitarlo a buscar en Dios su salvación.

 

El cristianismo nace, sin duda, de la autoridad que irradia la persona de Jesucristo. Pero éste entiende toda su actuación como un servicio. Sus seguidores no han de dominar ni oprimir. Han de servir como él mismo, que «no ha venido para que la sirvan, sino para servir» (Mc 10,42-45). Cristo es llamada, ofrecimiento, semilla, fermento, pero nunca imposición. El cambio que la Iglesia necesita es corregir lo que en ella hay de imposición no evangélica para adoptar una actitud total de servicio.

 

Un cristianismo autoritario tiene poco futuro. En una sociedad plural ya no dispondrá del poder político ni de la organización social que antes poseía. Su influencia en la cultura y la educación será cada vez menor. Le será difícil vivir a la defensiva, en lucha desigual con las corrientes modernas. El paso del tiempo trabaja contra el autoritarismo religioso pero puede ofrecer nuevas posibilidades a un cristianismo entendido como servicio humanizador al hombre desvalido de todos los tiempos.

 

 

OTRO CAMINO

 

El que quiera ser grande…

 

Lo más importante en la vida no es tener éxito y superar a los demás. Lo verdaderamente decisivo es ser auténtico y saber crecer como ser humano. Sin embargo, con frecuencia, nos equivocamos desde el punto de partida. Creemos que para afirmar nuestra propia vida y asegurar nuestra pequeña felicidad y libertad, debemos necesariamente dominar a los demás.

 

Insatisfechos por no tener siempre todo lo que queremos, temerosos de perder felicidad, queremos asegurarnos frente a todo y frente a todos, tratando de dominar la situación desde una posición de superioridad y de poder sobre los demás. Y así, tratamos de manipular de mil maneras a quienes son más débiles que nosotros, esforzándonos por mantenerlos al servicio de nuestras expectativas e intereses. Basta observar con cierto detenimiento las relaciones que se establecen entre jefes y subordinados, entre poderosos y económicamente débiles, entre profesores y alumnos, esposos y esposas.

 

Se diría que no acertamos a ser algo, si no es manipulando, dominando y oprimiendo a los demás. Y, sin embargo, según sociólogos actuales, este camino es propio de neuróticos. En palabras de Fritz Perls, «neurótico es todo hombre que usa su potencial para manipular a los demás, en vez de crecer él mismo».

 

Este deseo de ser grandes dominando a los demás, no proviene de la fuerza que uno posee, sino precisamente de la debilidad y el vacío personal. Es un intento equivocado de conseguir por la fuerza lo que uno no sabe vivir desde la propia libertad y capacidad de amar.

 

Lo importante es darnos cuenta de que existen otros caminos para encauzar nuestra vida y ser auténticamente grandes. Según Jesús, el que quiera ser grande, tiene que renunciar a su deseo de poder sobre los demás y aprender sencillamente a servir desde una postura de amor fraterno.

 

Los que aciertan a vivir desde la generosidad, el servicio y la solidaridad son personas que irradian una autoridad única. No necesitan amenazar, manipular, sobornar ni adular. Son hombres y mujeres que nos atraen por su generosidad y nobleza de vida. En su existencia resplandece la grandeza del mismo Jesús que «no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por todos» (Marcos 10, 45). Su vida es grande precisamente porque saben darla.

 

 

 

¿QUIEN DECIDE Ml VIDA?

 

Para servir y dar su vida.

 

No es fácil responder a esta pregunta. Y no solo porque hemos de contar con ese mundo de fuerzas inconscientes que influyen en nuestras decisiones o porque actuamos muy condicionados por el aprendizaje familiar o social, sino porque vivimos sutilmente programados desde fuera.

 

Nuestra vida la quieren decidir hoy desde el mercado; la sociedad de consumo necesita saber, no quiénes somos, sino qué vamos a consumir, el dinero del que vamos a disponer, las nuevas necesidades que se han de despertar en nosotros. Desde una perspectiva mercantilista lo que importa es si yo seré un buen consumidor, no una persona digna.

 

La publicidad, por su parte, pretende marcar qué intereses hemos de tener y hacia dónde hemos de dirigir nuestros gustos y apetencias. Y de la misma manera que la moda decide cómo hemos de vestir, las corrientes culturales nos dictan cómo hemos de pensar, qué hemos de sentir y amar o cómo hemos de valorar los diversos aspectos de la vida.

 

Al mismo tiempo, cada uno se esfuerza por cumplir lo mejor posible su rol para funcionar ágilmente en esta sociedad. Y uno aprende a ser un buen vendedor, un empleado eficaz o un profesor estimado, aunque su verdadera personalidad se diluya detrás de una máscara.

 

Es difícil no dejarse vivir desde fuera. Pero el camino de una maduración personal no es aceptar como criterio algo tan postmoderno como el «me apetece» o «me gusta»; ésa puede ser la manera más ingenua de abandonarse al zarandeo de cualquier moda cambiante. Lo más importante es plantearse desde dónde quiero vivir, a quién o a qué le doy poder para decidir mi vida.

 

«Escoger mi vida» exige acertar con un hilo conductor que oriente de manera más o menos consciente mis decisiones y mi actuación. Y es aquí donde la fe cristiana puede tener un lugar decisivo para elegir un estilo acertado de vivir.

 

La tarea, sin embargo, no es sencilla pues cuando Jesús explica cómo entiende y vive su vida y la ofrece como modelo a sus discípulos, dice estas sorprendentes palabras: «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate de muchos.» Según Jesús, la vida se entiende y se vive en su verdadero contenido humano cuando uno se entrega, no a competir, producir, ganar o dar imagen, sino a algo tan poco «normal» y «presentable» en nuestra sociedad como es servir, ayudar, compartir.

 

Hay muchos estilos de vivir. Desde el que dice «mi vida es mía y solo mía» hasta el que decide darla de mil formas poniéndola al servicio de los demás. Para el cristiano solo ésta es la manera acertada de vivir.

 

 

SON GRANDES

 

El que quiera ser grande…

 

Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en ningún lugar. No tienen títulos ni cuentas corrientes elevadas. Pero son grandes. No poseen muchas riquezas pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

 

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que pocos valoran, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que sólo saben vivir echando una mano y haciendo el bien a quien les necesita.

 

Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana.

 

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo la vida junto a ellos.

 

Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a la vida.

 

Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida.

 

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás.

 

Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestros barrios y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito y duro, donde sólo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en que brota la amistad, la reciprocidad y mutua ayuda. No usan los puños ni gritan muchas palabras. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien la necesite.

 

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les hará grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Dios los lleva grabados en su corazón.

 

 

DAR LA VIDA

 

Para servir y dar la vida en rescate.

 

Marcos recoge en su evangelio unas palabras con las que Jesús resume el sentido último de su vida. «El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida en rescate por todos».

 

Normalmente, al escuchar estas palabras, los cristianos solemos pensar en el sacrificio último realizado por Jesús en lo alto de la cruz, olvidando que toda su vida fue entrega y servicio.

 

En realidad, la muerte de Jesús no fue sino la culminación de un «desvivirse» constante a lo largo de los años. Día tras día, fue entregando sus fuerzas, su juventud, sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor. La entrega final fue el mejor sello a una vida de servicio total a los hombres.

 

Los cristianos somos, pues, seguidores de alguien que ha dado su vida por los demás. Esto no significa necesariamente que tendremos que sacrificar nuestra vida para salvar la de otro, pero sí que tenemos que entender nuestro vivir diario como un servicio y don a los demás.

 

Lo más precioso que tenemos y lo más grande que podemos dar es nuestra propia vida. Poder dar lo que está vivo en nosotros. Nuestra alegría, nuestra fe, nuestra ternura, nuestra confianza, la esperanza que nos sostiene y nos anima desde dentro.

 

Dar así la vida es siempre un gesto que enriquece, que ayuda a vivir, que crea vida en los demás, que rescata, libera y salva a las personas.

 

Tal vez éste sea el secreto más importante de la vida y el más ignorado. Vivimos intensamente la vida sólo cuando la regalamos. Sólo se puede vivir cuando se hace vivir a otros.

 

Cuántas personas terminan por no saber qué hacer con sus vidas. Han trabajado incansablemente, han logrado casi todo lo que se han propuesto, han alcanzado éxito allí donde lo han buscado, pero no saben lo que es dar la vida.

 

Su existencia sólo ha sido acaparar, acumular, competir, dominar. Pero no entienden nada de lo que es dar y por lo tanto, nada saben de enriquecer, liberar, rescatar y salvar la vida de los demás.

 

Encontrarán en la vida satisfacciones, halagos, éxitos. Pero nunca podrán experimentar el gozo y la dicha que se encierra siempre en la vida de aquellos que, sin haber logrado grandes cosas en la vida, han sabido darla sencillamente en una actitud de servicio y ayuda generosa y desinteresada.

  

 

NO HA DE SER ASÍ

 

La Iglesia es una comunidad diferente y no ha de pedir prestados sus esquemas de gobierno a otras sociedades. Lo dijo Jesús de manera rotunda: «Los jefes de los pueblos los tiranizan y los grandes los oprimen. Pero no ha de ser así entre vosotros. El que quiera ser grande, sea vuestro servidor». No hay duda. Jesús ha querido introducir en el mundo una comunidad sorprendente donde quede suprimido el poder y el dominio sobre los demás, y donde la autoridad se entienda y se viva sólo como servicio.

 

La Iglesia no es una democracia, pero tampoco una monarquía ni un sistema feudal. La Iglesia no es del Papa ni de los Obispos. No es de los teólogos ni del pueblo. Es de su Señor, y todos los que en ella quieran tener alguna autoridad, se han de poner a servir y ayudar. Así de claro.

 

Jesús sólo admite en su Iglesia una autoridad que sea servicio fraterno entre iguales. Desde su modo de entender las cosas, la «autoridad» no es un premio por los méritos adquiridos, ni el reconocimiento de una buena conducta, ni se ha de otorgar a quienes den garantías de guardar el orden. No se la ha de confundir con el poder pues, en la Iglesia de Jesús, la autoridad termina cuando se convierte en poder.

 

No es difícil detectar dónde hay en la Iglesia ese poder contrario al Evangelio. Quien vive desde el poder se sitúa sobre los demás y trata de imponerse y dominar. Utiliza la presión y crea desigualdad. Aún sin pretenderlo, va construyendo una Iglesia donde siempre hay superiores e inferiores, varones y mujeres, clérigos y laicos, teólogos y pueblo llano. Exactamente lo que nunca quiso Jesús.

 

Lo peor del «poder religioso» es que se siente seguro pues cree tener su origen en Dios. Para Jesús, sin embargo, Dios es sólo fuente de amor y servicio, y de nada más. Cuando el poder se «sacraliza», puede llegar incluso a quitar libertad, controlar las conciencias y hasta decidir cuáles son exactamente los caminos de acceso a Dios.

 

La llamada de Jesús ha de ser escuchada por todos los que tenemos algún grado de autoridad en el gobierno de la Iglesia, dirección de la comunidad, educación o familia.

 

 

LAS AMBICIONES DE LOS DISCÍPULOS

José Enrique Galarreta

 

El texto de Marcos muestra bien a las claras las dificultades que tenían los discípulos para entender a Jesús. Seguían pensando en un Mesías político, buscaban carteras ministeriales, querían triunfar por el poder, el prestigio... se habían arrimado al carro del que pensaban que iba a ganar.

Esta situación se prolonga dramáticamente durante toda la vida de Jesús, y los evangelistas la reflejan muchas veces. (Mateo 18, Mateo 23, Marcos 9, Lucas 9, Lucas 22).

La respuesta de Jesús es siempre la misma: "el que sea el mayor, que sirva el que más" "el mayor es el niño"... Todo esto culmina de forma espectacular en la escena que se ha considerado como "el testamento" de Jesús, narrada por Juan (12, 50), cuando al principio de la última cena Jesús lava los pies a los discípulos, como un esclavo.

 

R E F L E X I Ó N

Como nos viene ocurriendo en la lectura de Marcos, la escena se convierte de "histórica" en simbólica y nos representa, a cada cristiano y a la iglesia, revelando uno de los lados oscuros de nuestra religiosidad. Jesús, profeta, desenmascara un pecado oculto en el fondo de nuestro sentido religioso.

El aspecto histórico del evangelio se muestra aquí con claridad. Los evangelistas no disimulan la mediocridad de las intenciones de los Doce. Ni siquiera un evangelio tan "apostólico" como Mateo evita la narración de estos episodios en que se muestra la escasa comprensión de los discípulos.

Son personas necesitadas de conversión. Seguir a Jesús no ha significado automáticamente la transformación de sus valores, de sus expectativas. El seguimiento físico, "irse con Él", será sólo el principio del seguimiento espiritual. Este proceso aparece claramente en las narraciones evangélicas y en los Hechos.

Lucas nos muestra a los doce disputándose los primeros puestos en la última cena. Pero la primera comunidad reflejada en los Hechos ya ha abandonado toda pretensión de superioridad de unos sobre otros, hasta tal punto que en ella no se ven "jefes", ni siquiera "sacerdotes", ni mucho menos "primeros" que ejerzan su autoridad de manera ni lejanamente parecida al modo mundano de mandar.

Si en los evangelios aparecen los discípulos con ansias de poder mundano, en los Hechos aparecen ya "convertidos": han asumido su función: servir, como el Maestro sirvió. Esto significa que han creído en Jesús, han aceptado a Jesús por encima de todos los mesianismos patrióticos y de todas las tradiciones anteriores. Se han convertido a Jesús y han hecho de Él su norma única.

Con todo esto se nos ofrece la interpretación definitiva y única de mesianismo. Nada de reino con poderes humanos, nada de dominio, nada de triunfo espectacular, nada de riqueza, nada de esplendores exteriores. Entrega plena al servicio, para rescatar a muchos, para que se liberen precisamente de esos mesianismos, que son "del mundo", es decir, frutos del pecado.

Nosotros, la Iglesia, comunidad de creyentes, estamos sometidos al mismo proceso de pecado y conversión. Es innegable que la iglesia quiere seguir a Jesús y es evidente la presencia en ella de la tentación mesiánico-davídica.

El espectáculo exterior de la iglesia recuerda a veces a las embajadas de los grandes emperadores antiguos, que mostraban el poder de su señor por medio del esplendor de la embajada misma, a la que se tributaban los mismos honores que se debían al señor.

Me parece muy lógica la lectura que a veces se hace de la Iglesia como embajadora de Dios y por tanto acreedora de respeto y honores. Esta condición se muestra, también lógicamente, en el esplendor externo, en el ejercicio de una autoridad, dogmática y disciplinar, derivada de la autoridad divina, y en el autoconvencimiento de su superioridad sobre todos los demás, fundado en que Jesús, el Hijo Único, le ha encomendado a ella, y no a otros, la Misión de predicarlo al mundo.

Toda esta lógica humana se desmorona sin embargo por dos consideraciones. La primera es que no es ésta la lógica de Jesús, que Jesús no fue así. Y éste es el centro mensaje del evangelio de hoy: "El Hijo del hombre no ha venido a ser servido".

La Iglesia anuncia y prolonga a Jesús; y Jesús no es un Rey, no es un Mesías-davídico, no es un poder. Por tanto, la Iglesia tampoco. Y la segunda consideración es que la Iglesia es embajadora de Jesús solamente por su grado de conversión, no por otorgamientos jurídicos o consideraciones metafísicas. Si la iglesia se entrega al servicio para la liberación del ser humano, es la iglesia de Jesús.

Si no lo hace y en la medida en que no lo haga, no es más que una sociedad humana lejanamente inspirada en Jesús. La condición de la Iglesia como Misión, como sacramento de Cristo, como presencia en el mundo del Resucitado no es una cuestión de fundación, de condición jurídica, de transmisión de poderes, de popularidad. Es cuestión de realidades objetivas, es decir, de hacer presente en el mundo el Espíritu de Jesús: servir para liberar, huyendo explícitamente de ser servido.

 

PARA NUESTRA ORACIÓN

Cada uno de los que seguimos a Jesús recibimos en este evangelio un mensaje personal estimulante:

Seguir a Jesús, convertirse, beber el cáliz.

Demasiadas veces, nuestra situación como cristianos es de instalación: somos creyentes, disfrutamos de la luz y de la gracia, celebramos la Acción de Gracias por los dones recibidos... Aquí también, los pasajes evangélicos se convierten en nuestros retratos.

Somos como aquellos doce que siguieron a Jesús, pero seguían sin entenderle bien, tenían por delante todo un proceso de conversión y una promesa: beber como Jesús el cáliz. La verdad es que el mesianismo de aquellos doce no es, la mayoría de las veces, nuestra tentación.

No es que nos sintamos redentores dispuestos al servicio heroico y espectacular. Más bien nos aqueja la tentación contraria: disfrutar de la cómoda mediocridad de la salvación recibida gratis y aceptada como privilegio con escaso sentido de conversión y de misión.

La Palabra de Jesús más bien nos confirma en nuestro modo de vida, no suele ser un estímulo para cambiar sino un tranquilizante para seguir igual. En resumen y en el fondo, los Doce fueron llamados para la Misión, no para un estado de privilegio.

Como el mismo Israel, pueblo encargado por Dios de darle a conocer, tenemos, como sociedad y como individuos, la tentación de apoderarnos de la misión para convertirla en privilegio, sentirnos agradecidos por lo recibido sin considerarnos llamados a la conversión y el servicio.

 

VIVIR EN CLAVE DE OFRENDA

Enrique Martínez Lozano


Mc 10, 35-45

Los autores del evangelio –y Marcos en particular- insisten en mostrar el contraste radical entre Jesús y sus discípulos, en lo que se refiere a la actitud básica ante la vida.

Para el maestro, la vida es ofrenda que se expresa como servicio; los discípulos, por el contrario, parecen reducir la existencia a una cuestión de autoafirmación del propio yo, por lo que suelen verse enfrascados en apetencias de poder.

En cierta manera, ambas actitudes manifiestan los dos estilos en que podemos situarnos ante la existencia: en clave de ofrenda o en clave de voracidad.

En el primero, la persona –es el caso de Jesús- se percibe como "canal" o "cauce", a través del cual fluye la Vida misma, lo Real que se expresa y que, al mismo tiempo, constituye nuestra identidad más profunda. Jesús vive en la consciencia clara del "Yo Soy" universal, y es esa Realidad última la que se manifiesta a través de su personalidad concreta.

Ese fluir es posible cuando no hay apropiación, es decir, cuando el ego no se autoafirma como si constituyera nuestra verdadera identidad. Cada vez que esto ocurre, el ego se convierte, en la práctica, en un "nudo" que bloquea la circulación de la Vida: de ser cauce pasa a ser vacío sin fondo que devora todo lo que se halla a su alcance.

La voracidad no es sino expresión de aquel mismo vacío que la persona, de una forma tan inconsciente como compulsiva, trata de compensar, como modo de aliviar la ansiedad que le resulta insoportable.

Pasar de la voracidad a la ofrenda, del narcisismo a la gratuidad, de la ignorancia a la comprensión, del sufrimiento a la liberación..., requiere un doble trabajo: psicológico y espiritual.

Por un lado, parece inexcusable un trabajo psicológico sobre el propio vacío afectivo o emocional, de manera que podamos crecer en libertad interior. A menor intensidad de vacío, menos ansiedad y menos necesidad de vivir de un modo egocentrado, que busca compensar la carencia de base.

Pero, por otro, y más de fondo, es necesario un trabajo espiritual, que nos permita acceder y vivirnos en conexión con nuestra identidad más profunda, que no es el yo, siempre carenciado, que vive girando en torno a sí mismo, a sus miedos y a sus necesidades.

Con ello, volvemos a la pregunta de siempre, la única pregunta en cuya respuesta se juega toda nuestra vida: "¿quién soy yo?".

El místico cristiano del siglo XVII Angelus Silesius decía: "No sé quién soy. No soy lo que sé".

Para responder adecuadamente a esa cuestión, necesitamos "dejar caer" todo aquello que podemos observar ("lo que sé"), pues todo ello no son sino "objetos", pero nunca nuestra identidad última. Al "soltar" todo ello, lo que queda es lo que soy. Y lo que queda es Quietud, Consciencia, Presencia, Sujeto Puro, Yo Soy, "Nada" que nuestra mente pueda pensar o "saber"...

Eso que soy es ilimitado, atemporal. Y me libera de la esclavitud del yo. Puedo dejar de vivir para ese yo con el que estaba identificado y, sencillamente, permitir que la Vida se exprese a través de mí, tal como vemos que ocurría en Jesús.

Liberarnos de la identificación con el yo es la condición para escapar de su tiranía y situarnos en la libertad y la ecuanimidad. Porque, por debajo de cualquier "oleaje" mental o emocional, lo que soy está siempre a salvo. Se acaba el egocentrismo y el sufrimiento. Porque desaparece la identificación con el yo y sus exigencias protagónicas.

De pronto, descubro que no soy "alguien" separado para quien deba vivir. Me doy cuenta de que, en realidad, no hay "nadie" en casa.

Es lo que escribía, también en el siglo XVII, el místico español Miguel de Molinos: "El camino para llegar al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada... Nos buscamos a nosotros mismos siempre que salimos de la nada, y por eso no llegamos jamás a la quieta y perfecta contemplación. Éntrate en la verdad de tu nada y de nada te inquietarás... ¡Oh, qué tesoro descubrirás si haces de la nada tu morada!... Si estás encerrado en la nada, adonde no llegan los golpes de las adversidades, nada te dará pena, nada te inquietará. Por aquí has de llegar al señorío de ti mismo, porque solo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio".

Nuestra identidad es Nada: nada que sea objeto mental; Nada, que es Plenitud. Algo que no se puede pensar, sino únicamente ser. Solo en la medida en que vivimos en conexión con ella, aparece la comprensión y la libertad.

Imagina que, en un río caudaloso, van navegando dos pequeños barcos. En un momento dado, debido a la fuerza de la propia corriente del agua, se produce un choque entre ellos.

Sigue imaginando ahora tres escenarios posibles: en el primero, los dos barcos están vacíos; en el segundo, solo uno de ellos lleva un barquero; en el tercero, los dos son tripulados por sendos dueños. ¿Qué ocurriría en cada uno de los tres casos?

Indudablemente, en el primero, habría solo un choque: todo acabaría ahí. En el segundo, es probable que el único barquero se autorreprochara o culpabilizara por lo ocurrido, y que lo atribuyera a su impericia o despiste, con lo cual generaría sufrimiento y confusión. En el tercero, finalmente, no sería extraño que se produjera una pelea, acompañada de reproches y descalificaciones, en la que cada uno acusara al otro de lo sucedido.

Esto último es lo que ocurre cuando creemos ser "alguien" separado. La realidad, sin embargo, es que la barca está "vacía". No somos nada que se pueda percibir como separado del resto. La nuestra es una Identidad compartida, que se halla a salvo de "choques" y oleajes.

 

 

J. LLIGADAS

LA ACTITUD FUNDAMENTAL CRISTIANA: EL SERVICIO.

 

Jesús, en el evangelio, nos invita a descubrir cuál es su actitud fundamental, y cuál es, por tanto, la actitud fundamental cristiana, en contraste con la actitud que el "mundo" -el "sistema", si preferís- nos invita a adoptar, que es la que, al fin y al cabo, tenían los discípulos.

Santiago y Juan son gente despierta, que quiere ir adelante. Y por eso Jesús los ama de un modo especial, junto con Pedro. Pero son esclavos del estilo del "mundo", y por eso entienden el ir adelante como un tener buenas posiciones, tener poder y prestigio. E imaginan que la obra de JC será crear una situación nueva, de gente que estará por encima de los demás, porque serán "los buenos", "los fieles", "los seguidores". Gente entregada, ciertamente, gente entregada hasta el sacrificio, pero que piensa en los mismos términos que el "mundo", y que por tanto lo que desea en última instancia es una buena colocación por encima de los demás.

JC les rompe el esquema y les dice que no hay un premio y una colocación final por encima de los demás. Que solamente existe el servicio, y que es a través del servicio como uno se convierte en hombre, y hombre con Dios. Y que esto es lo único que hay que esperar y desear. El servicio, por tanto, no es solamente un conjunto de buenas obras pequeñas de ayuda a los demás. Estas buenas obras, por sí mismas, no son nada, porque quizás las realizamos como "méritos" para obtener un buen puesto. Lo que cuenta es la actitud de servicio como actitud de vida. O sea, el desear una vida gozosa y plena para todos, y orientar toda la propia actividad para conseguirla: en las pequeñas ayudas y servicios, en tener una actitud que descubre lo bueno que hacen los demás en lugar de buscar lo que hacen mal, en no temer a una sociedad que quiere avanzar en libertad y hacia una distribución más justa de la riqueza, en tener un espíritu de Iglesia abierto y no creer que solamente es válida la propia manera de ser cristiano, etc.

DEMOCRACIA-LAS ELECCIONES.

Aplicando todo esto a la vida y a la organización social, hoy convendría, en la homilía, hacer una seria y franca alabanza de la democracia. Porque la democracia permite organizar la convivencia más cerca del "servicio" y no tanto del "dominio". 

Precisamente, JC utiliza como ejemplo de no-servicio al estilo de los gobernantes absolutos de su tiempo. Todo gobierno comporta dominio. Y todo político tiene en su interior cierto afán de dominio. Pero si el gobierno es absoluto, este afán se convierte en absoluto.

En cambio, la democracia significa un adelanto para hacer del gobierno (que en el ideal del Reino de Dios no tendría que existir, pero que ahora existe para que los hombres podamos convivir) algo de mayor servicio, no sometido a la arbitrariedad de una persona sino controlado de algún modo por todos, según las líneas que a la mayoría parezcan más aptas para un mejor funcionamiento y progreso de la vida social. La democracia, nuestra democracia, por más que esté llena de debilidades, está más cerca del Evangelio que cualquier dictadura.

Y en su interior se nos invita a elegir. A elegir, también, teniendo en cuenta el Evangelio. No la opción que vaya a favorecer más nuestros pequeños intereses, ni a quien dé mayores facilidades a la Iglesia (esto no sería actitud de servicio), sino a quien haga que en la sociedad el bienestar y las posibilidades para todos estén mejor repartidas.

 

MAERTENS-FRISQUE

 

-Lo que Jesús acaba de decir a Santiago y a Juan lo generaliza después dirigiéndose a los diez restantes y apoyándose sobre el tema del servicio (vv. 41-45). Jesús descubre la conciencia que El tiene de su misión: él es Mesías e Hijo del hombre, pero también el Siervo paciente inmolado por la multitud (v. 45; cf. Is 53, 11-12). Consciente de su misión de jefe y de la proximidad de su muerte, que le impedirá ejercer esta misión, Jesús deposita en Dios su confianza y descubre que sólo será Jefe después de haber servido como siervo de Yahvé.

Pero Jesús exige a sus apóstoles que sigan la misma evolución psicológica. Lo mismo que El ha descubierto su vocación de Siervo paciente, los apóstoles deben descubrir el sentido del servicio (vv. 43-44).

-El v. 45 es uno de los más importantes del evangelio de Marcos, pues es prácticamente el único de los relatos sinópticos que presenta a Jesús como rescate. La idea es probablemente primitiva y el texto auténtico: no sería la primera vez que Jesús se inspira en la teología del Siervo paciente y el valor soteriológico de la muerte (Is 53, 10 u 12; Sal 48/49, 7-9, 15; Dan 7, 14). El rescate designa lo que el hombre ofrece a alguien como compensación de aquello a que tendría derecho. Ahora bien: hay una cosa por la que el hombre no tiene ningún rescate que ofrecer: su propia vida, de la que se adueña la muerte sin posible compensación (Mc 8, 36-37), a menos que el mismo Dios proponga un rescate (Sal 48/49, 9 y 15; cf. Is 52, 3). Jesús es portador de ese rescate ocupando voluntariamente el lugar de personas no solo mortales, sino también culpables (Is 53, 10).

Como voluntaria que era ("dar su vida"), esa sustitución es, por el hecho mismo, sacrificial; es, además, universal ("por muchos"). Estas dos notas son específicas de Marcos y no tienen antecedente alguno en la tradición bíblica. Se da, además, una tercera nota: es ese "Hijo del hombre", ese Juez trascendente de Dan 7, quien, en lugar de juzgar y condenar, pagará el rescate que liberará a los culpables; carga sobre Sí, en cierto modo, su suerte y su condena. Mientras que en Dan 7, 14 el Hijo del hombre debía ser servido, en Mc 10, 45 está hecho para servir a los acusados. De ahí que Cristo no deje de creer que está llamado a una exaltación paralela a la del Hijo del hombre, pero sabe también cuál va a ser el camino de esa exaltación: el servicio y el sacrificio.

Este Evangelio considera, por tanto, a la pasión de Jesús y a su resurrección, en sus repercusiones sobre la vida cristiana: "es necesario" beber el cáliz para sentarse en los tronos, bautizarse en la prueba para juzgar a la tierra, servir para ser jefe. El sufrimiento entra de pleno derecho en la vida del discípulo y no solamente este sufrimiento accidental, moral y físico que forma parte de la condición humana, sino también el sufrimiento característico de la oposición y del abandono que llevó a Jesús a la cruz.

El aislamiento del cristiano actual en un mundo secularizado y ateo es, quizá, una situación previa a esta oposición, y también una manera de llevar la cruz con Jesús en la celebración de la Eucaristía.

 

A. BENITO

 

Texto. Cuarto alto docente en el camino hacia Jerusalén. La enseñanza arranca de una nueva mención explícita de los acontecimientos de Jerusalén. Son los vs. 32-34, inmediatamente anteriores, con los que empalma el texto de hoy. Los destinatarios son los doce. El procedimiento es en parte similar al de los dos últimos domingos. la primera parte sirve para introducir el tema, objeto de la enseñanza de Jesús en la segunda.

-Primera parte (vs. 35-41).

Cuando Marcos desveló por primera vez el camino de Jesús y de sus seguidores, recogía una frase de Jesús en la que se hacía referencia a una llegada del Hijo del hombre envuelto en la gloria del Padre (Mc 8, 38). Santiago y Juan, dos de los doce, solicitan ahora una participación preeminente en esa situación. Esta solicitud viene a ser una segunda edición de la conversación sobre rango y prioridades reseñada en Mc. 9, 33-34. La solicitud ocasiona la indignación de los otros diez. La situación creada en el grupo determina la enseñanza de Jesús a los doce. Sin embargo, antes de esa enseñanza Jesús explica a Santiago y a Juan que lo que en realidad le están pidiendo es poder estar a su derecha y a su izquierda el día de Viernes Santo. En la globalidad de la obra de Marcos, la frase "está ya reservado" remite a 15, 27: "Estaban crucificados con él dos malhechores, uno a su derecha y otro a su izquierda".

Jesús les dice a Santiago y a Juan que el concederles esto no depende de él, sino de otros. Estas palabras no deben leerse a la luz del paralelo de Mateo, quien habla de un estar reservado por el Padre. En la versión de Marcos la referencia no es a Dios, sino a la instancia humana que dictará la sentencia de muerte de los dos malhechores.

La enseñanza a los doce comienza con una referencia realista a las situaciones de opresión propiciadas por el ejercicio del poder. La referencia le sirve a Jesús de contramodelo para los doce: Vosotros nada de eso.

En segundo lugar, Jesús les propone su propio modelo, que no es sino una nueva versión del propuesto en 9, 35: El que quiera ser grande, sea servidor; el que quiera ser primero, sea esclavo. Enunciado por paradoja, en la que los segundos miembros niegan a los primeros: servidor niega a grande; esclavo a primero.

Este modelo arranca y tiene su razón de ser en el ejemplo del Hijo del Hombre, que no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos. La primera lectura de hoy nos ofrece el trasfondo de estas palabras (Is 53, 10-12).

Comentario. Los acontecimientos de Jerusalén proyectan toda su luz sobre el texto de hoy, más aún, son ellos los que en realidad configuran el texto. En primer plano el Calvario, con Jesús y los dos malhechores flanqueando la cruz de Jesús. Esta cruz es la gloria de Jesús, la irrupción poderosa del Reino de Dios, en una superposición de muerte y vida, cruz y resurrección.

Desde este trono, desde este servicio único de vida, arranca el modelo al que deben mirar los doce para negar con su actuación las categorías de grande y primero.

De las cuatro sesiones de enseñanza destinadas a los discípulos, Marcos ha dedicado dos al ejercicio de la autoridad por parte de los doce. El tema lo consideró importante y, tal vez, preocupante.

 

 

SANTOS BENETTI

 

1. Beber la copa de Jesús 

Para comprender mejor el evangelio de hoy, tengamos en cuenta que, según el relato de Marcos, el episodio sucede inmediatamente después de que Jesús anunciara por tercera vez a los apóstoles sus sufrimientos y su muerte humillante en Jerusalén.

Y, como en otras ocasiones, el evangelista Marcos contrasta las palabras y la actitud de Jesús con la ambición y el egoísmo de los apóstoles. Parece que cuanto más próxima se encuentra la hora de los dolores de Jesús, más fuerte es la resistencia de sus discípulos a aceptarla.

Posiblemente nosotros ya estemos acostumbrados a ver a Jesús clavado en la cruz porque desde pequeños tenemos esta imagen; pero en tiempos de Jesús la idea de un mesías sufriente y muerto en la cruz a manos de los odiados opresores del pueblo, era totalmente ajena a la mentalidad judía y aun era considerada como blasfema. El pesado yugo romano reclamaba un mesías libertador que destruyera con las armas el poder opresor para establecer el reino de David en forma imperecedera.

Es perfectamente comprensible, entonces, que los apóstoles no entendieran nada de lo que Jesús les anunciaba, y Marcos parece divertirse poniendo de relieve la tozudez de los apóstoles.

Sin embargo, hay algo más todavía. Marcos parece referirse más bien a que los apóstoles quedaron totalmente defraudados ante la muerte de Jesús y que les costó mucho descubrir su significado. Sólo a partir de la resurrección repasarán los hechos vividos junto a Jesús y se preguntarán cómo les fue posible pasar tanto tiempo con él sin avizorar la novedad de su mensaje.

Así, pues, los tres anuncios de la pasión y muerte expresan vivamente la fe nueva de los apóstoles en Cristo muerto y resucitado, en contraste con la vieja fe en un Cristo guerrero. Y los recuerdos de ciertos hechos vividos junto a Jesús, como las discusiones tenidas acerca de los primeros puestos y otras similares, pasarán a ser signos de toda una actitud que puede en cada momento infiltrarse en el creyente.

El evangelista Marcos no descarta la posibilidad de que cada hombre sienta cierta repugnancia por el camino que traza Jesucristo. Incluso la misma Iglesia -a pesar de su profesión de fe cristiana- parece seguir apegada más de la cuenta a un enfoque demasiado mundano del mesianismo de Jesucristo.

Y cuando los apóstoles anuncian al Mesías muerto en la cruz, tratan de paliar el escándalo que puedan producir sus palabras, presentando su propio ejemplo: también ellos se resistieron a esta idea y, sin embargo, ahora creen. Ellos no anuncian una fe fácil y cómoda, a tal punto que a quienes más difícil y dura les resultó fue a ellos mismos.

Decíamos anteriormente que nosotros estamos acostumbrados a ver la imagen del Cristo crucificado. Pero nos podemos preguntar una vez más si hemos aceptado hasta sus últimas consecuencias la actitud de Jesús y la llamada que nos hace a seguirlo.

Precisamente el texto evangélico de hoy vuelve a poner el dedo en la llaga y, por tercera vez en pocas semanas y nos llama a seguir a Jesucristo por el estrecho camino del servicio fraterno.

Tres eran los apóstoles líderes del grupo: Pedro, Santiago y Juan. Estos dos últimos, hermanos entre sí, llamados por su impetuosidad «los hijos del trueno», protagonizaron el episodio del evangelio de hoy. Suponiendo que debía estar muy lejos el día en que se inaugurara el reino de Cristo, se adelantaron al resto de sus compañeros y le dijeron a Jesús: «Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.» La forma no es muy humilde ni muy cortés; es atrevida. Saben que Jesús tiene ahora pocos seguidores y aprovechan su situación de «fieles» para exigir algo por esa fidelidad. Están buscando una recompensa a su fe.

Se trata de una actitud muy común entre nosotros: suponemos que Dios se encuentra muy necesitado de nosotros y que de alguna manera está obligado a recompensar nuestros buenos servicios. Mas como Dios no suele darse por aludido, surge nuestra oración, al modo de la de los hijos del trueno: impetuosa y atrevida. No faltan los que hasta esconden una velada amenaza: «Si no me concedes tal cosa, no iré más a misa o abandonaré la Iglesia.» Esta manera de proceder descubre cuán lejos se está de una fe concebida como servicio.

Servir a Dios en el amor es una donación gratuita de uno mismo; quien ama por la recompensa que pueda darle el amado, en realidad se ama a sí mismo. Los apóstoles tenían por aquel entonces una fe muy inmadura: buscaban la recompensa y seguían a Jesús por esa recompensa. De aquí que cuando vieron que Jesús era aprisionado, todos lo abandonaron: ¿Para qué sirve un Dios que ya no nos puede ofrecer nada? Lo mismo nos sucede con las devociones a los santos y a la Virgen María. Veneramos al santo más famoso en conceder favores, y hasta llegamos a discutir qué virgen es la que más oye a sus devotos...

¿Qué tiene que ver todo esto con una fe auténtica? Esto es lo que debemos plantearnos hoy. La religión cristiana no es una lotería de beneficencia ni una compañía de seguros; tampoco Dios o los santos son gerentes de las mismas.

La fe cristiana es el seguimiento de Jesús. Es a nosotros mismos a quienes debemos exigir esto o lo otro.

De lo contrario, no solamente no superamos la etapa del Antiguo Testamento, sino que podemos con mucha facilidad convertir el cristianismo en una religión pagana con su panteón de dioses sujetos al capricho de los hombres. Y ante la proposición de los dos hermanos, Jesús asiente... Ellos, entonces, le piden las dos principales carteras del nuevo gobierno. Jesús les deja llevar las cosas hasta el preciso momento en que pueda hacerles descubrir esto "nuevo" que es la fe. Llegado el momento les dice: «No sabéis lo que pedís.» O sea: no tenéis idea de lo absurda que es vuestra petición; no habéis comprendido nada de lo que significa ser el Cristo y de lo que implica seguirlo.

En efecto: seguir a Cristo es compartir su cruz. Por eso, a su vez, les pregunta: «¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?» Y, aunque parezca insólito, la respuesta de los dos hermanos fue decidida: «Lo somos.» Lo cierto es que ambos abandonaron a Jesús en el Getsemaní, aunque Juan volverá después y estará con María al pie de la cruz. Santiago, por su parte, retornará a la fe después de la pascua y morirá mártir a manos de los judíos en la misma Jerusalén (He 12,2).

No podemos dudar de la sinceridad de ambos, aunque seguramente cuando pronunciaron aquel enfático «podemos», no imaginaban todo su alcance. Jesús, a su vez, confirma que ambos lo seguirán por el camino del sufrimiento, pero les aclara, para que no queden dudas, que eso no les da derecho a recompensa especial alguna.

Por qué el seguir a Cristo con la cruz de cada día no nos da derecho a recompensas especiales, lo explicará en seguida Jesús a todo el grupo apostólico. Pero ahora queda en claro algo: Hay una sola forma de seguir a Jesús, y es bebiendo su misma copa, bautizándose en la muerte de uno mismo. Aquí podemos hacer referencia a dos sacramentos a través de los cuales nos unimos al Cristo de la cruz y del amor. Son el bautismo y la eucaristía.

BAUTISMO Y MUERTE: Al bautizarnos nos sumergimos en la muerte de Jesús para morir a nosotros mismos. Allí muere el egoísmo y de allí resurgimos como hombres nuevos. Pero este bautizarse no es un rito mágico: es un proceso que dura toda la vida. Cada día hay que morir al propio ego, a la vanidad, al orgullo, al egoísmo, etc.

A su vez, cada vez que comulgamos, nos unimos al Cristo que derrama su vida por amor a los hombres. Comulgar es comprometerse a compartir el mismo gesto de Jesús. En cada misa, Jesús vuelve a preguntarnos: «¿Podéis beber esta copa que yo bebo?»

2. La jerarquía como servicio

En un grupo donde los ambiciosos tratan de escalar, pronto surge la indignación y el resentimiento de los demás. Y así sucedió con los otros diez apóstoles, que pensaron que había sido una actitud desleal hacia el grupo el adelantarse para pedir los primeros puestos.

Jesús, con toda paciencia, vuelve a catequizarlos sobre el tema del servicio a la comunidad, tema que ya hemos reflexionado en varias oportunidades. Jesús no niega que los apóstoles han de ocupar en su Iglesia cierto puesto de relevancia y jerarquía. Pero la pregunta es otra: ¿Qué significa tener autoridad dentro de la Iglesia? Y el mismo Jesús distingue dos formas de ejercer la autoridad.

Una es la común entre los gobernantes y los poderosos: éstos hacen sentir a sus súbditos todo el peso de su autoridad; se sienten dueños de la comunidad y lo hacen pesar; disponen de todo sin consulta alguna y toman las decisiones como si los demás no existieran. La comunidad sólo tiene el derecho de ejecutar órdenes. Y Jesús aclara: «Pero entre vosotros no debe suceder así.» En la Iglesia, el ejercicio de la autoridad debe ser algo diametralmente distinto, incluso opuesto. Y así -nos dice Jesús-, el que quiera ser grande, que se haga servidor de los otros; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del Hombre no vino a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate de la multitud.

Para que no queden dudas acerca del sentido de su pensamiento, Jesús distingue entre «importante» y «primero». Importantes son todos los que sirven a otros; primero es el que sirve a todos. Por lo tanto, existe en la Iglesia una jerarquía: la jerarquía del servicio a los hermanos.

Quien esté a la cabeza de una comunidad, que sea el más humilde, el más dado a los demás, el más generoso, el más olvidado de sí mismo.

Que se suprima hasta la apariencia de la autoridad impuesta, hasta los títulos honoríficos que puedan dar lugar a malentendidos. Que todos puedan tener acceso a sus pastores o «superiores», porque ellos son los servidores, no los que han de ser servidos...

El mensaje de Jesús no se refiere solamente a obispos, sacerdotes y superiores de comunidades cristianas.

Crea también un espíritu y una actitud en todos los que le siguen. Cuando Jesús habla de que «va a dar su vida en rescate por todos», se refiere sin duda alguna al texto de Isaías que hoy hemos escuchado en la primera lectura. Dicho texto se refiere al Siervo de Yavé -que es todo el pueblo creyente y no sólo determinado personaje-, quien será afligido en el dolor, pero que con ese dolor asumirá los pecados de toda la humanidad. Jesucristo fue el primero en ejercer esa función salvadora: en su cuerpo cargó nuestro pecado. Pero el cuerpo de Cristo es toda la Iglesia, toda la comunidad cristiana, que debe sentirse servidora de la humanidad y dispuesta a dar su vida por la liberación de todos.

Por el bautismo -y lo rubricamos en cada Eucaristía- nos incorporamos al cuerpo de Cristo en cuanto servidor de la humanidad. Sin la comunidad, el cuerpo de Jesús queda aislado como un grito que se pierde en el desierto. Jesús fue el primero en sentirse solidario con toda la humanidad, sin distinción de raza, credo, condición social o cultura. Es «el primero» entre todos los hombres porque se hizo servidor de toda la humanidad y por la dimensión infinita de su amor. Pues bien: seguir a Jesús como discípulo suyo es sentir a todos los hombres como hermanos y como miembros de nuestra propia familia. Esto es fácil decirlo, pero cómo cuesta hacerlo realidad cuando descubrimos que ese otro hombre no comparte nuestra lengua, ni nuestra cultura, ni la raza, ni la ideología política, ni la clase social...

Y, sin embargo, el cristiano se define por su servicio a todo hombre, aun al extraño, aun al enemigo.

La comunidad cristiana es la comunidad siempre lista, con ese sí alegre y generoso. Una comunidad cristiana -con sus pastores a la cabeza- no puede esperar que le traigan los problemas: debe buscarlos allí donde están para aportar su solución. Ella debe ser la presencia viva de Cristo. Decimos «presencia», lo que implica estar, estar físicamente, estar con todo lo que se es y se siente. Estar pensando, hablando, sintiendo, diciendo y haciendo.

Una Iglesia servidora podrá olvidarse del sufrimiento propio, pero deberá ser la primera en levantar el grito cuando alguien, cualquier persona -precisamente porque es cualquier persona- es encarcelada injustamente o queda despedida de su trabajo o sometida a cualquier tipo de vejamen.

No es signo de servicio cristiano el preocuparnos solamente por los nuestros; eso lo hacen también los paganos y hasta los maleantes... Lo nuevo de la fe en Cristo está en darse al otro porque es «otro», alguien distinto a mí sea por su cultura, credo o cualquier otra circunstancia.

Por eso Jesús dice -siguiendo a Isaías- que él da su vida por el rescate del otro. Siendo inocente, entregó su vida por los culpables. Lo increíblemente nuevo de la fe cristiana es que los discípulos de Jesús se comprometen a lo mismo... La comunidad cristiana sería como el «parachoques» de la humanidad.

Siempre un proceso liberador supone dolor y sangre derramada... El problema está en saber quiénes están dispuestos a asumir ese dolor y a derramar esa sangre.

Quienes lo hagan, tienen derecho a llamarse cristianos. Los demás seguiremos en el catecumenado...

 

P. ANTONIO IZQUIERDO

 

Nexo entre las lecturas

La expresión servir para redimir sintetiza el contenido sustancial de la liturgia de hoy. "El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, nos dice Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del siervo de Yahvéh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación (primera lectura), y la figura de Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (segunda lectura). 


Mensaje doctrinal

1. Poder y servicio. Jesús en el Evangelio parece contraponer dos concepciones de la sociedad y de las relaciones entre los hombres. Una de ellas, vertical, centrada en el poder; un poder que resalta la diferencia entre los poderosos y los que de poder carecen, entre los que dominan y los que son dominados, entre los opresores y los oprimidos. Esta concepción va contra las exigencias más perentorias de la naturaleza libre del hombre, sólo puede mantenerse con la fuerza de las armas, y lleva dentro de sí el virus mortal que la destruirá. A esta concepción Jesucristo opone la suya, la que Él ha venido a traer al mundo con su presencia, la que quiere dejar como herencia a sus discípulos. La concepción de Jesús es horizontal, pone de relieve la igualdad entre todos y se centra en el servicio. Un servicio generoso, hasta ser bautizados con Cristo en la sangre del martirio y beber juntamente con él el cáliz de la pasión. Nadie está obligado a servir, porque nadie es obligado a amar, y el servicio expiatorio y redentor de Cristo y de sus discípulos surge de la fuente del amor auténtico. La fuerza de las armas viene sustituida en esta nueva sociedad por la fuerza del amor verdadero, el arma más eficaz de la historia y de las relaciones entre los hombres y las naciones, pero no pocas veces desconocida, despreciada, abandonada, destruida. La sociedad victoriosa con las armas del amor no está contaminada, no tiene ningún virus que la carcoma. Es una sociedad sana, libre, amable, solidaria. Ésta es la sociedad por la que Dios se hizo presente entre nosotros en la vida de Jesús de Nazaret; esta sociedad es la razón de ser de la Iglesia y de todos los que a ella pertenecemos. No es utopía, es Evangelio, buena nueva de Dios. ¿Seremos tan mezquinos de dejar que se convierta en utopía lo que es la esencia misma del cristianismo? Caracteres del servicio cristiano. 

1) El servicio cristiano, como viene expuesto en los textos litúrgicos de este domingo, se caracteriza primeramente por ser expiatorio y redentor. Es la experiencia del siervo de Yahvéh (primera lectura), quien, por haber conocido en su vida el sufrimiento y la prueba, justificará a muchos y llevará sobre sí sus culpas. Es la experiencia histórica de Jesús, que ha venido no a ser servido sino a servir y a dar su vida en redención y rescate de muchos (Evangelio) y que, como sumo sacerdote de la Nueva Alianza ha experimentado el sufrir, siendo como es uno de nosotros igual a nosotros en todo, menos en el pecado (segunda lectura). 

2) El servicio cristiano es también participativo. Cristo siervo desea vivir y estar presente en medio de una comunidad de siervos. Por eso, entre los cristianos el primero ha de ser el siervo de todos, es decir, ha de ser el primero en el servicio. Esto no es algo opcional, es ley constitutiva de la comunidad cristiana. 

3) Finalmente, el servicio es eficaz y fecundo. Fue eficaz y fecundo en la vida del siervo de Yahvéh, que "por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará". Fue fecundo y eficaz entre los primeros cristianos, que se consideraban, como Pablo, siervos de Cristo en el servicio a los hermanos, y que formaron comunidades fundadas en el amor y en la solidaridad. Fue eficaz y fecundo en Jesús que como sumo sacerdote penetró en los cielos y ahora está sentado en el trono de gracia para bien y beneficio nuestro. A ese trono todos los hombres tienen acceso y desde él, Jesucristo sirve a la humanidad el tesoro de su gracia y de su misericordia. 


Sugerencias pastorales


1. 
Cristiano, o sea, servidor. Es indudable que en el cristianismo actual hay una mayor conciencia de la Iglesia como comunidad de servicio, de cada cristiano como servidor, aunque puede haber individuos o grupos en que esta conciencia esté disminuida o casi no exista. Esta conciencia es una gran riqueza de la Iglesia de nuestro tiempo. Una conciencia que recorre el cuerpo entero eclesial. Demos gracias al Señor porque esta conciencia es ya un fruto de su gracia redentora. La conciencia, lo sabemos, es insuficiente. De la conciencia hay que pasar a la vivencia. Y este paso, gracias al Señor, lo han dado también, y lo dan cada día, muchos hijos de la Iglesia. 

2. 
La Iglesia está en primera línea en el servicio a los marginados socialmente (drogadictos, enfermos de SIDA, emigrantes, niños abandonados...). La Iglesia está en primera línea en la ayuda eficaz, por más que sea pequeña, a los países que sufren calamidades naturales, o el terrible flagelo de la guerra. Está en primera línea en el servicio al hombre, sobre todo al hombre indefenso, defendiendo con vigor y constancia los derechos fundamentales del ser humano, particularmente el derecho más fundamental como es el de la vida. La Iglesia está en primera línea en la promoción y defensa de los valores humanos y cristianos. En cada parroquia, en cada diócesis, ¡cuántos modos, a veces muy sencillos, de servir al hombre! Servir y sufrir. Aunque espiritualmente el servicio puede ser un manantial de alegría, el sufrimiento con sus diferentes rostros no está ausente del servicio. Para servir hay que sufrir. Hay que sufrir la fatiga, el duro esfuerzo del estar dándose en primera fila, la enfermedad incluso. Hay que sufrir muchas veces la humillación, y hasta el desprecio y la ingratitud de aquéllos a quienes sirves. Hay que sufrir, en otras ocasiones, el drama de la enorme distancia entre lo que uno hace al servicio del hombre y las ingentes necesidades de muchos millones de hombres en el mundo. Hay que sufrir quizás la incomprensión de los demás, los comentarios hirientes y a veces mordaces, las interpretaciones equivocadas que algunas personas pueden dar a tu servicio. No es fácil servir sufriendo. Puede hacerse gracias a la fuerza de la meditación orante de la Palabra de Dios que vivifica el espíritu; gracias a la energía que nos viene del pan eucarístico; gracias a una fe gigantesca, que hace descubrir en el hombre, cualquiera que sea, al mismo Cristo vivo y presente entre nosotros en el hoy de nuestra vida. Hermano o hermana que sufres por servir, ¡no tengas miedo! En el servicio sufrido al prójimo encontrarás con toda seguridad a Dios y te encontrarás a ti mismo. 

 

 

OCARM

Lectura 

a) El contexto: 

El episodio se sitúa después del tercer anuncio de la Pasión (Mc 10, 32-34). Y como ya había sucedido en los otros anuncios, la reacción de los discípulos no es positiva; dos de los discípulos se preocupan de los primeros puestos en el Reino y los otros se indignan. Señal de la dificultad de los discípulos de entrar en la perspectiva del destino doloroso del Maestro y de comprender el misterio del Reino. Los dos discípulos que hacen la petición – Santiago y Juan – son hermanos, forman parte del primer grupo de compañeros de Jesús (Mc 1, 19-20), se les llama con el sobrenombre de boanerghes (“hijos del trueno”; Mc 3,17). Eran por tanto de carácter algo impetuoso. 

  

Algunas preguntas 

para recoger del texto los núcleos importantes y comenzar a asimilarlos. 

a)             ¿Por qué esta ambición de los discípulos de ocupar los primeros puestos? 

b)            ¿Tiene sentido la respuesta de Jesús? 

c)             ¿Qué quiere decir Jesús con el cáliz que se ha de beber y el bautismo que se ha de recibir? 

d)            ¿Sobre qué funda Jesús el servicio a la comunidad? 

 

Algunas reflexiones más profundas de la lectura 

“Concédenos que nos sentemos en tu gloria” 

Aunque se tomen precauciones en la lectura, está claro que tienen ambiciones notables. Según la tradición, ellos parecen que eran primos de Jesús, y por tanto – según la ley oriental – tenían un derecho particular, como miembros de la familia. De cualquier modo que sea, se ve que no han entendido nada de lo que Jesús estaba por hacer. Se preparaba a la ignominia de la cruz, y ellos todavía no lo habían entendido. El verdadero poder de Jesús no consiste en distribuir los puestos de honor, sino el de hacer que se participe en su trágico destino: “¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?” 

“La copa que yo voy a beber, sí la beberéis” 

El diálogo sobre la copa y el bautismo (vv 38-39) está en evidente paralelismo. Pero no se entiende cómo los dos puedan beber el cáliz y ser bautizados, si no es pensando en el martirio que sufrirán (entrambos) en seguida. A través de las dos imágenes, Jesús parece evocar sin duda su muerte violenta, que Él presagia como una obligación absoluta de fidelidad hacia al Padre. La respuesta a la petición de ellos de sentarse junto a Él es muy evasiva; pero se entiende que quiere hacer ver que no es ése el modo para obtenerlo. 

“Los otros diez empezaron a indignarse”

Claramente también ellos comparten la misma ambición. Pero este versículo parece que ha sido redactado para unir los dos episodios que quizás en el origen no eran dependientes. Cambia totalmente el argumento. Pero el hecho de que se recuerde la indignación, está probablemente fundado en cualquier episodio: porque los discípulos aquí no tienen buena imagen: y por esto debe ser propiamente auténtico. 

“Los jefes de las naciones, las dominan...no ha de ser así entre vosotros” 

Se refiere a los dirigentes políticos de su tiempo: que en el fondo es el estilo de todos los tiempos. Por el contrario, la comunidad de los discípulos debe ser dominada por el servicio: esto está expresado con dos términos que indican graduación. Se habla de “siervo” (diakonos) y de “esclavos” (doulos). No se puede escoger a quién servir: se debe ser esclavo de todos, cambiando el esquema mundano.  “Que tampoco el Hijo del hombre...” 

Encontramos el fundamento de la ley constitucional de la comunidad, siguiendo el estilo del Maestro, dando como Él la vida y no por pretensión. El “rescate” o redención es difícil de interpretar, como dice, por ejemplo, X. Léon Dufour: pero podemos entenderlo bien, considerando las palabras que Jesús pronuncia en la última Cena. Pues toda la vida de Jesús está bajo la luz del “rescate”, de la fidelidad hasta el fin por la libertad de los hombres. Se priva de la libertad, para dar libertad, para rescatar de la no libertad. El estatuto de la comunidad de los discípulos está caracterizado por el servicio, no por la ambición; por la vida dada y vinculada al rescate de los otros. 


XXIX DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Sal 16, 6. 8
Yo te invoco, Dios mío, porque tú me respondes;
inclina tu oído hacia mí y escucha mis palabras.
Protégeme como a la pupila de tus ojos,
escóndeme a la sombra de tus alas.


Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
concédenos permanecer fieles a tu santa voluntad
y servirte con un corazón sincero.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Te ofrecemos, Señor, estos dones,
con un corazón libre y generoso,
para que tu gracia nos purifique
por estos misterios que ahora celebramos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Mc 10, 45
El Hijo del hombre vino para dar su vida
en rescate por una multitud.

Oración después de la comunión
Concédenos, Padre, que la participación en la eucaristía
nos ayude para aprovechar los bienes temporales
y alcanzar los bienes eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


 

LECCIONARIO BIBLICO

Si ofrece su vida en sacrificio, verá su descendencia

Lectura del libro del profeta Isaías    53, 10-11

El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento.
Si ofrece su vida en sacrificio de reparación,
verá su descendencia, prolongará sus días,
y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él.
A causa de tantas fatigas, él verá la luz y,
al saberlo, quedará saciado.
Mi Servidor justo justificará a muchos
y cargará sobre sí las faltas de ellos.

Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 32, 4-5. 18-20. 22
 
R. Señor, que tu amor descienda sobre nosotros.

La palabra del Señor es recta
y Él obra siempre con lealtad;
Él ama la justicia y el derecho,
y la tierra está llena de su amor. 
R.
 
Los ojos del Señor están fijos sobre sus fieles,
sobre los que esperan en su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y sustentarlos en el tiempo de indigencia. 
R.
 
Nuestra alma espera en el Señor:
Él es nuestra ayuda y nuestro escudo.
Señor, que tu amor descienda sobre nosotros,
conforme a la esperanza que tenemos en ti. 
R.


Vayamos confiadamente al trono de la gracia

Lectura de la carta a los Hebreos     4, 14-16
 
    Hermanos:
    Ya que tenemos en Jesús, el Hijo de Dios, un Sumo Sacerdote insigne que penetró en el cielo, permanezcamos firmes en la confesión de nuestra fe. Porque no tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades; al contrario, Él fue sometido a las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado.
    Vayamos, entonces, confiadamente al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia de un auxilio oportuno.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Mc 10, 45

Aleluia.
El Hijo del hombre vino para servir
y dar su vida en rescate por una multitud.
Aleluia.

 
EVANGELIO

El Hijo del hombre vino para dar su vida
en rescate por una multitud

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     10, 35-45
 
    Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir».
    Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes?»
    Ellos le dijeron: «Concédenos sentarnos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria».
    Jesús le dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?»
    «Podemos», le respondieron.
    Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».
    Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
 
Palabra del Señor.
 
 
O bien más breve:
 
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     10, 42-45
 
    Jesús dijo a sus discípulos:
    Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud.
 
Palabra del Señor.

 

 

 

 

 

 

 

 


Comentarios

Entradas más populares de este blog

7 domingo del Tiempo Ordinario (C)

4 Domingo de Adviento

Domingo de Ramos (C)