Domingo 30 Tiempo Ordinario (B)

Liturgia Viva del XXX Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver Segunda Lectura)
Hermanos:
Estamos reunidos en el nombre de Jesús,
de quien el Padre dijo:
“Tú eres mi Hijo;
yo te he engendrado hoy.”
Que la gracia y la paz de Jesús, el Señor,
esté siempre con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante (Dos opciones)


1. ¿Estamos ciegos? 


Demos gracias a Dios de todo corazón por el don de la vista, todos nosotros que hemos recibido del mismo Dios ojos sanos y claros. Pero hoy el Señor nos pregunta: ¿Ven ustedes con los ojos del corazón lo que les estoy pidiendo? ¿Ven ustedes el camino que les he mostrado? ¿Ven ustedes a la gente que he colocado en su camino, y son ustedes conscientes de sus hambres y necesidades? ¿Ven ustedes la belleza del mundo que yo creé, y están ustedes dispuestos a conservarlo como una maravilla para ustedes y para sus hijos? Pidamos al Señor en esta eucaristía que abra nuestros ojos para que sepamos “ver” a Dios y a su pueblo. 

 

2. ¡Levántate! Jesús Abrirá Tus Ojos


A veces nos sentimos como ciegos, andando a tientas en la oscuridad, o incluso aturdidos, sentados descorazonados a la orilla del camino. No vemos dónde estamos o hacia dónde vamos; no podemos discernir sobre qué tenemos que creer u obrar. Si al menos nos volviéramos a Jesús y le dijéramos: “Señor, que vea de nuevo.”
Que el Señor restaure nuestra visión de tal forma que podamos seguirle en el camino que nos señala. Sea ésta nuestra plegaria de hoy en esta eucaristía.

 

Acto Penitencial


¡Qué ciegos hemos sido, con frecuencia,
para con Dios, tan cercano a nosotros
en nuestro mundo, en nuestro trabajo,

en nuestros hermanos. 
Busquemos ahora el perdón del Señor.
            (Pausa)
Señor Jesús, dejé de ver las necesidades
de los miembros de mi familia:
Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús, tantas veces no supe percibir
el hambre de afecto,
el ansia de justicia y de dignidad humana
de amigos y vecinos:
Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, tantas veces no supe percibir
el deseo sincero de gente cercana y lejana
de conocerte y seguirte
aún cuando no fueran conscientes de ello,
y no los conduje a ti:
Señor, ten piedad de nosotros. 

 

Ten misericordia de nosotros, Señor,
y perdona todos nuestros pecados. 
Abre nuestros ojos a tu amor y a tu pueblo
y llévanos a la vida eterna.

 

 

Oración Colecta


Oremos para que el Señor nos oiga a nosotros
y a todos los que le suplican.
(Pausa)
Oh Dios nuestro, fuente de vida:
Tú estás muy cerca de nosotros
en nuestras alegrías y en nuestras penas.
Danos ojos de fe y amor,
para ver la misión que nos han confiado en la vida
y valor y gracia para llevarla a cabo. 
Danos también una visión clara  
para ver las necesidades del pueblo
que grita su miseria o sufre en silencio,
para que sepamos llevarles tu compasión sanadora
y les orientemos hacia ti.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Jer 31,7-9): Dios Reúne a su Pueblo
Dios reúne a su pueblo desde los confines más lejanos de la tierra; incluso reúne a las personas cuya fe es débil y vacilante. Porque él es un Dios y Padre salvador.

Segunda Lectura (Heb 5,1-6): Jesús, el Nuevo Sumo Sacerdote
Dios mismo ha elegido a nuestro Salvador Jesús como el nuevo sumo sacerdote. Jesús se ofreció a sí mismo por nuestros pecados.

Evangelio (Mc 10,46-52): ¡Señor, que vea!
Jesús hace que un ciego vea de nuevo. Este hombre ciego es imagen de todo cristiano; tenemos que aprender a ver con ojos de fe para seguir a Jesús.


 
Oración de los Fieles


Roguemos a Jesús, que restauró la vista del ciego, para que con él sepamos ver las necesidades de nuestros hermanos dondequiera ellos se encuentren. Digamos: 


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

1.           Señor, mira los ojos de los niños que se abren a la vida; mira los ojos llenos de esperanza de los que creen en ti y en el futuro que les prometes. Llénalos a todos con tu luz. Con toda confianza te pedimos:


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

2.           Señor, mira la alegría en los ojos de los que saben cómo amar; mira los ojos llenos de odio de los que se sienten frustrados en la vida. Con toda confianza te pedimos:


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

3.           Señor, mira los ojos tristes de los que sufren; mira los ojos sin vida de los que son físicamente ciegos. Con toda confianza te pedimos:


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

4.           Señor, mira los ojos desalentados de los que se rinden ante las dificultades de la vida; mira también el ardor en los ojos de los que continúan luchando. Con toda confianza te pedimos:


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

5.           Señor, mira los ojos taciturnos de los que están cerrados a sus hermanos; mira los ojos llenos de lágrimas de los que hacen duelo por sus seres queridos difuntos. Con toda confianza te pedimos:


R/ Señor, nuestros ojos te miran con esperanza.

 

Señor Jesús, concédenos la gracia de abrir nuestros ojos, nuestras manos, nuestro corazón y así podremos mirar a este mundo y a los hermanos con los mismos ojos afables que tú, que eres nuestro Señor por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las Ofrendas


Oh Dios, Padre nuestro:
El mundo entero es un signo tuyo.
Tu belleza se ve reflejada en cada flor;
cada rayo del sol brilla con tu luz.
Danos a todos nosotros un corazón agradecido
que se regocije en cosas sencillas.
Danos nuevos ojos para descubrir
en estos signos de pan y vino que ahora te ofrecemos
el amor y la vida de Jesucristo tu Hijo
y danos fe para ver qué bueno es
ser tu pueblo en Jesucristo nuestro Señor.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística
Dios nos llamó de las tinieblas del pecado a la luz de la fe y de su amor. Dirigidos por Jesús, que es nuestra luz y nuestra vida, damos nuestra gozosa acción de gracias al Padre.

 

Invitación al Padre Nuestro
Dios nos dice hoy que él es un padre para con su pueblo. Dirijamos a él nuestra oración con las palabras de Jesús.

 

Oración por La Paz


Señor Jesús:
Tú das fuerza, alegría y luz
a los que quieren seguirte.
Haz que los cojos brinquen de alegría,
restaura la vista de los ciegos,
libera a todos los cautivos
y lleva a todos los que sufren
la esperanza y la paz de tu reino,
donde vives y reinas por los siglos de los siglos.

 

Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor,
que nos encuentra en el camino. 
Dichosos nosotros porque él viene
a curarnos de nuestra ceguera
y a llamarnos para que le sigamos.

 

Oración después de la Comunión


Oh Dios nuestro, Padre amoroso:
Hemos escuchado y visto a tu Hijo
y le hemos reconocido al partir el pan.
Ayúdanos a ver con su luz
lo que es recto y lo que es erróneo en nosotros.
Haznos entender el sentido más profundo
del dolor y del sufrimiento.
Y un día muéstrate a nosotros como tú eres,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
un solo Dios, por los siglos de los siglos.

 

Bendición
Hermanos: Hemos oído en esta eucaristía cómo el Señor da nueva luz a ojos sin vida. Un ciego llega a ver de nuevo y sigue a Jesús.
Que el Señor nos haga hombres y mujeres que ven con ojos de fe.
Que el Señor nos ayude a ver el camino a seguir y a reconocerle en nuestra vida. Que nos dé la alegría de seguirle.
Y que el Dios todopoderoso nos bendiga a todos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.


Podemos ir en paz y que la luz del Señor brille sobre ustedes.

 

 

Ten compasión de mí.

 

 

El domingo anterior veíamos cómo los Apóstoles no habían entendido nada. El ansia de poder iba contra todo lo que Jesús predicaba. Veían sólo lo que querían ver. Hoy, sin embargo, tenemos el testimonio de un verdadero creyente, que sí ha entendido con Quién estaba en contacto. Unos videntes, que no veían nada, y un ciego que sí ve.

 

Todo negro lo veían los exiliados de la primera lectura. En el exilio, sin templo ni sacerdotes, reducidos a un mínimo resto, están deprimidos, y no ven salida. Y donde la mayoría sólo ve el final, el profeta Jeremías les hace mirar a esa situación de una manera completamente diferente.

 

De ese resto, aparentemente estéril, sin futuro, el Señor va a hacer el mejor de los pueblos. El material, desde luego, no es de los mejores: ciegos y cojos, preñadas y paridas. Nadie se atreve a apostar por el éxito del viaje: con gente así no se va muy lejos, no se camina rápido. Su condición es desesperada: son ciegos, incapaces de orientarse, tullidos que no pueden moverse, mujeres agobiadas por el embarazo o afligidas por dolores de parto. Solo un milagro del Señor puede llevar a la meta a un grupo de gente en esas condiciones. Él ama a todos, aunque esos “pobres de Yahvé” le atraen especialmente. Con ese material, renacerá el pueblo de Israel. El llanto se convertirá en alegría, porque, con la protección del Señor, volverán a la tierra de la que habían sido deportados. Como nos recuerda el salmo de hoy, “El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”.

 

Si nos sentimos pequeños, porque delante de Dios lo somos, esta lectura también se dirige a nosotros. Como de Israel, nuestro Padre también se ocupa de nosotros, para que su pueblo crezca más y más cada día, aunque no se note a simple vista, para que ese pueblo vuelva a su Señor. Como estaba diseñado desde el principio de los tiempos.

 

Sentimos esa protección en nuestro hermano, Cristo. En Cristo, por Él y en Él, sabemos que Dios no está lejos, no vivimos “dejados de la mano de Dios”. No es un sumo sacerdote alejado de nosotros, no. Él nos comprende, porque es un ser encarnado, como nosotros, capaz de sufrir calor y frío, hambre y sed, alegría y dolor, igual en todo a nosotros, con nuestras debilidades – excepto el pecado – y capaz de compartir nuestro sufrimiento. Como hombre, podía ser designado para ese cargo. Además, no se eligió a sí mismo, esa función de Sumo Sacerdote se la otorgó su Padre, para que, con su sangre, redimiera nuestra vida, y permitiera que, por medio de la fe en Él, llegáramos a alcanzar la vida eterna.

 

Y llegamos al Evangelio. Llevamos ya diez capítulos del texto de Marcos. A lo largo de ese camino, Jesús deja claro cuál es la meta de su viaje y expone los requisitos morales que deben asumir los que quieren seguir sus pasos: el amor gratuito, sin condiciones y sin límites, la renuncia a los bienes y a toda ambición, el servicio desinteresado a los demás. Pero…

 

Pero los Discípulos siguen preocupados por lo suyo. Están ciegos para ver más allá de su propio mundo de intereses y ambiciones. Por eso, este Bartimeo es un verdadero modelo para los Doce. Lo confiesa como hijo de David, le pide ayuda, recobra la vista y se transforma en un ferviente seguidor. Ese encuentro con Cristo se convierte en el primer paso hacia la luz. Como siempre, no es fácil. Hay que superar obstáculos, en este caso, los mismos acompañantes de Cristo, que demuestran su ceguera, al intentar impedir que se acerque al Señor.

 

Quizá lo mismo siga sucediendo hoy. Tendríamos que revisar si de verdad hemos entendido a Jesús, o si todavía nos falta luz para ver las necesidades de la gente que está a nuestro alrededor. Comprobar nuestra sensibilidad frente al grito del pobre que gime y pide ayuda, por ejemplo. ¿Escuchamos al que se tambalea porque no ve la luz, o fingimos no oírlo? ¿Lo silenciamos, quizá porque tengamos otras cosas más importantes que hacer?  El que cree que hay algo más importante que detenerse, escuchar, comprender y ayudar a quien desea encontrarse con el Señor, éste, incluso si cumple a la perfección todas las prácticas religiosas, sigue estando ciego.

 

Nosotros, discípulos más o menos veteranos, podemos ser también de los que no comprenden al Señor. No comprendemos su silencio, cuando lo invocamos y Él parece no oírnos. Nuestras peticiones no siempre van en la línea de lo que él quiere darnos. Lo que deberíamos pedir en el fondo es que nos dé la luz y el coraje para poder seguirle, y hacerlo hasta el final. El resto de cosas pueden ser ambiciones, que no nos convienen, o son pobrezas, personales o colectivas, que hemos de saber asumir y con la que tenemos que reconciliarnos, para ser compañeros de camino de Jesús.

 

Deberíamos, más bien, ser de los que ayudaron al ciego a acercarse al Maestro. No es fácil ir a Jesús, y hacen falta intermediarios, facilitadores del encuentro. Por eso, hay que estar atentos. Y hablar con claridad. Quien quiere encontrarse con Cristo debe saber que no le espera una vida cómoda y sin problemas. Bartimeo suelta el manto – probablemente lo único que tuviera en propiedad – y sale corriendo. En otras palabras, para poder ver, debe dejar lo que le ataba a las tinieblas. Y revisar actitudes, comportamientos, costumbres, amistades… Vivir de otra manera, usar los bienes de otra manera, pasar el tiempo de otra manera… Elegir entre el manto y la luz.

 

Por ir terminando, entonces, esperemos el paso de Jesús; sepamos vivir reconciliados con las limitaciones o pobrezas que tenemos que sobrellevar, por nuestra misma condición humana. Pongamos nuestra esperanza en Jesús, que nos sabrá dar la luz y ánimo para ser sus compañeros permanentes de camino. Pidámosle en cada Eucaristía esa ración de pan que es Él mismo, para poder ser verdaderos seguidores suyos.

 

EVANGELIO

 

Maestro, haz que pueda ver.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 10, 46b-52

 

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí».

 

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Animo, levántate, que te llama».

 

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?». El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

 

Palabra de Dios.

 

 

CON OJOS NUEVOS

 

La curación del ciego Bartimeo está narrada por Marcos para urgir a las comunidades cristianas a salir de su ceguera y mediocridad. Solo así seguirán a Jesús por el camino del Evangelio. El relato es de una sorprendente actualidad para la Iglesia de nuestros días.

 

Bartimeo es "un mendigo ciego sentado al borde del camino". En su vida siempre es de noche. Ha oído hablar de Jesús, pero no conoce su rostro. No puede seguirlo. Está junto al camino por el que marcha Jesús, pero está fuera. ¿No es esta nuestra situación? ¿Cristianos ciegos, sentados junto al camino, incapaces de seguir a Jesús?

 

Entre nosotros es de noche. Desconocemos a Jesús. Nos falta luz para seguir su camino. Ignoramos hacia dónde se encamina la Iglesia. No sabemos siquiera qué futuro queremos para ella. Instalados en una religión que no logra convertirnos en seguidores de Jesús, vivimos junto al Evangelio, pero fuera. ¿Qué podemos hacer?

 

A pesar de su ceguera, Bartimeo capta que Jesús está pasando cerca de él. No duda un instante. Algo le dice que en Jesús está su salvación: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!". Este grito repetido con fe va a desencadenar su curación.

 

Hoy se oyen en la Iglesia quejas y lamentos, críticas, protestas y mutuas descalificaciones. No se escucha la oración humilde y confiada del ciego. Se nos ha olvidado que solo Jesús puede salvar a esta Iglesia. No percibimos su presencia cercana. Solo creemos en nosotros.

 

El ciego no ve, pero sabe escuchar la voz de Jesús que le llega a través de sus enviados: "¡Ánimo, levántate, que te llama!". Este es el clima que necesitamos crear en la Iglesia. Animarnos mutuamente a reaccionar. No seguir instalados en una religión convencional. Volver a Jesús que nos está llamando. Este es el primer objetivo pastoral.

 

El ciego reacciona de forma admirable: suelta el manto que le impide levantarse, da un salto en medio de su oscuridad y se acerca a Jesús. De su corazón solo brota una petición: "Maestro, que recobre la vista". Si sus ojos se abren, todo cambiará. El relato concluye diciendo que el ciego recobró la vista y "le seguía por el camino".

 

Esta es la curación que necesitamos hoy los cristianos. El salto cualitativo que puede cambiar a la Iglesia. Si cambia nuestro modo de mirar a Jesús, si leemos su Evangelio con ojos nuevos, si captamos la originalidad de su mensaje y nos apasionamos con su proyecto de un mundo más humano, la fuerza de Jesús nos arrastrará. Nuestras comunidades conocerán la alegría de vivir siguiéndolo de cerca.

 

 

CURARNOS DE LA CEGUERA

 

Maestro, que pueda ver.

 

¿Qué podemos hacer cuando la fe se va apagando en nuestro corazón? ¿Es posible reaccionar? ¿Podemos salir de la indiferencia? Marcos narra la curación del ciego Bartimeo para animar a sus lectores a vivir un proceso que pueda cambiar sus vidas.

 

No es difícil reconocernos en la figura de Bartimeo. Vivimos a veces como «ciegos», sin ojos para mirar la vida como la miraba Jesús. «Sentados», instalados en una religión convencional, sin fuerza para seguir sus pasos. Descaminados, «al borde del camino» que lleva Jesús, sin tenerle como guía de nuestras comunidades cristianas.

 

¿Qué podemos hacer? A pesar de su ceguera, Bartimeo «se entera» de que, por su vida, está pasando Jesús. No puede dejar escapar la ocasión y comienza a gritar una y otra vez: «ten compasión de mí». Esto es siempre lo primero: abrirse a cualquier llamada o experiencia que nos invita a curar nuestra vida.

 

El ciego no sabe recitar oraciones hechas por otros. Sólo sabe gritar y pedir compasión porque se siente mal. Este grito humilde y sincero, repetido desde el fondo del corazón, puede ser para nosotros el comienzo de una vida nueva. Jesús no pasará de largo.

 

El ciego sigue en el suelo, lejos de Jesús, pero escucha atentamente lo que le dicen sus enviados: « ¡Ánimo! Levántate. Te está llamando». Primero, se deja animar abriendo un pequeño resquicio a la esperanza. Luego, escucha la llamada a levantarse y reaccionar. Por último, ya no se siente solo: Jesús lo está llamando. Esto lo cambia todo.

 

Bartimeo da tres pasos que van a cambiar su vida. «Arroja el manto» porque le estorba para encontrarse con Jesús. Luego, aunque todavía se mueve entre tinieblas, «da un salto» decidido. De esta manera «se acerca» a Jesús. Es lo que necesitamos muchos de nosotros: liberarnos de ataduras que ahogan nuestra fe; tomar, por fin, una decisión sin dejarla para más tarde; y ponernos ante Jesús con confianza sencilla y nueva.

 

Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, el ciego no duda. Sabe muy bien lo que necesita: «Maestro, que pueda ver». Es lo más importante. Cuando uno comienza a ver las cosas de manera nueva, su vida se transforma. Cuando una comunidad recibe luz de Jesús, se convierte.

 

 

UN GRITO MOLESTO

 

Muchos le regañaban para que se callara.

 

Jesús sale de Jericó camino de Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos y más gente. De pronto se escuchan unos gritos. Es un mendigo ciego que, desde el borde del camino, se dirige a Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí».

 

Su ceguera le impide disfrutar de la vida como los demás. El nunca podrá peregrinar hasta Jerusalén. Además, le cerrarían las puertas del templo: los ciegos no podían entrar en el recinto sagrado. Excluido de la vida, marginado por la gente, «abandonado» por los representantes de Dios, sólo le queda pedir compasión a Jesús.

 

Los discípulos y seguidores se irritan. Aquellos gritos interrumpen su marcha tranquila hacia Jerusalén. No pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que acallar sus voces: Por eso, «muchos le regañaban para que se callara».

 

La reacción de Jesús es muy diferente. No puede seguir su camino, ignorando el sufrimiento de aquel hombre. «Se detiene», hace que todo el grupo se pare y les pide que llamen al ciego. Sus seguidores no pueden caminar tras él, sin escuchar las llamadas de los que sufren.

 

La razón es sencilla. Lo dice Jesús de mil maneras en parábolas, exhortaciones y dichos sueltos: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Por eso él los acoge y se vuelca en ellos de manera preferente. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza.

 

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontramos continuamente en las páginas del evangelio con la llamada persistente de Jesús. Pero no nos está permitido «tachar» su mensaje. No hay cristianismo de Jesús sin escuchar a los que sufren.

 

Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. La única postura cristiana es la de Jesús ante el ciego: « ¿Qué quieres que haga por ti?».

 

 

SENTIRSE DE NUEVO VIVOS

 

Dio un salto y se acercó a Jesús.

 

Tener vida no significa necesariamente vivir. Para vivir es necesario amar la vida, liberarse día a día de la apatía, no hundirse en el sinsentido, no dejarse arrastrar por fuerzas negativas y destructoras.

 

Los hombres somos seres inacabados, llamados a renovarnos y crecer constantemente. Por eso, nuestra vida comienza a echarse a perder en el momento en que nos detenemos pensando que todo ha terminado para nosotros. Hace unos años, el filósofo Roger Garaudy escribía que lo más terrible que le puede suceder a un hombre es «sentirse acabado».

 

La civilización moderna nos abruma hoy con toda clase de recetas y técnicas para vivir mejor, estar siempre en forma y lograr un bienestar más seguro. Pero todos sabemos por experiencia que la vida no es algo que nos viene desde fuera. Cada uno hemos de descubrirla y alimentarla en lo más hondo de nosotros mismos.

 

Tal vez, lo primero es cuidar en nosotros el deseo de vivir. Es una equivocación pensar que todo se ha acabado y es inútil seguir luchando. Para cada uno de nosotros, la vida sólo termina en el momento en que decidimos dejar de vivir.

 

Otra equivocación es replegarse sobre uno mismo y encerrarse en los propios problemas. Sólo vive intensamente el que sabe interesarse por la vida de los demás. Quien se parapeta detrás de su egoísmo y permanece indiferente ante todo lo que no sean sus cosas, corre el riesgo de matar la vida. El amor renueva a las personas, el egoísmo las seca.

 

Es también importante «vivir hasta el fondo», no quedarnos en la corteza, reafirmar nuestras convicciones más profundas. Hay momentos en que, para sentimos de nuevo vivos, es necesario despertar nuestra fe en Dios, descubrir de nuevo nuestra alma, recuperar la oración.

 

El evangelista Marcos, al relatarnos la sanación de Bartimeo, lo describe con tres rasgos que caracterizan bien al «hombre acabado». Bartimeo es un hombre «ciego» al que le falta luz y orientación. Está «sentado», incapaz ya de dar más pasos. Se encuentra «al borde del camino», descaminado, sin una trayectoria en la vida.

 

El relato nos dirá que dentro de este hombre hay todavía una fe que le hace reaccionar. Bartimeo percibe que Cristo no está lejos y entonces pide a gritos su ayuda. Escucha su llamada, se pone en sus manos y le invoca confiado «Señor que vea».

 

A nadie se le puede convencer desde fuera para que crea. Para descubrir la verdad de la religión, cada uno tiene que experimentar que Cristo hace bien y que la fe ayuda a vivir de una manera más gozosa, más intensa y más joven. Dichosos los que creen, no porque un día fueron bautizados, sino porque han descubierto por experiencia que la fe hace vivir.

 

 

RELIGIÓN BARATA

 

Le seguía por el camino.

 

Aunque se habla mucho de crisis de fe, lo que tal vez caracteriza al momento religioso actual es la irresponsabilidad, la ignorancia y, sobre todo, la mediocridad generalizada. Inmersos en una cultura que tiende a banalizarlo todo, corremos el riesgo de empobrecer también la relación con Dios diluyendo el verdadero vigor de la fe religiosa.

 

Las estadísticas dicen que la inmensa mayoría cree en Dios, pero no hay que engañarse. Unos confiesan a un «Dios soberano»; otros piensan que «algo tiene que haber»; algunos creen en «el destino»; otros hablan de la «Energía cósmica»; no faltan quienes se confían al «poder de los astros». No todo es igual y, sobre todo, no cualquier fe hace al hombre más humano.

 

Por otra parte, no son pocos los que se sienten cristianos porque han sido bautizados. Nunca han tomado una decisión personal ni se han puesto sinceramente ante Dios. Fueron otros los que, en su momento, lo decidieron todo. Ellos «siguen» por inercia en la religión en que han nacido. Pero, naturalmente, el hecho de nacer en la Iglesia no le hace a nadie automáticamente cristiano.

 

Y, ¿qué sucede dentro de la Iglesia? Dietrich Bonhöfer habló de la «gracia barata» como el enemigo más insidioso del cristianismo. Y «gracia barata» es la religión rebajada de exigencias, el Evangelio reajustado a nuestro estilo de vida, el anuncio del perdón sin arrepentimiento, la celebración repetida de la misa sin transformación, la recitación del credo sin fe.

 

Religión barata es reducir el cristianismo a observar, cumplir, no hacer nada malo (ni tampoco bueno). Huir de diferentes maneras de la responsabilidad ante Dios, ante los demás y, en definitiva, ante uno mismo. Cuidar los diversos aspectos de la vida permaneciendo en lo religioso en un infantilismo perpetuo. Seguir «cumpliendo» sin sospechar siquiera lo que podría ser una fe viva y estimulante.

 

La figura del ciego de Jericó, «sentado al borde del camino», evoca, en el relato de Marcos, la situación de los discípulos que, privados de la luz de una fe viva, no aciertan a seguir los pasos de Cristo y se quedan fuera del camino. Según el evangelista sólo se sale de ese estado reaccionando ante Cristo y gritando: «Maestro, que vea». No saldremos de la rutina y mediocridad de una religión barata mientras no abramos nuestros ojos ciegos y veamos que seguir a Cristo es otra cosa diferente.

 

 

AL BORDE DEL CAMINO

 

Le seguía por el camino.

 

En sus comienzos, al cristianismo se le conocía como «el camino» (Hechos 18, 25-26). Más que entrar en una nueva religión, «hacerse cristiano» era encontrar el camino acertado de la vida, siguiendo las huellas de Jesús. Basta estudiar de cerca la vida de las primeras comunidades cristianas para comprobar que «ser cristiano» significa para ellos «seguir» a Cristo. Esto es lo fundamental, lo insustituible.

 

Hoy las cosas han cambiado. El cristianismo ha conocido durante estos veinte siglos un desarrollo doctrinal muy importante y ha generado una liturgia y un culto propios muy elaborados. Hace ya mucho tiempo que el cristianismo es considerado como una religión entre otras. Por eso, no es extraño encontrarse hoy con personas que se sienten cristianas, sencillamente porque están bautizadas, aceptan más o menos la doctrina oficial de la Iglesia y cumplen sus deberes religiosos, aunque nunca se hayan planteado la vida como un seguimiento de Jesucristo. Este hecho hoy bastante generalizado hubiera sido inimaginable en los primeros tiempos del cristianismo.

 

Hemos olvidado que ser cristiano es «seguir» a Jesucristo, moverse, dar pasos, caminar, construir la propia vida siguiendo las huellas del Maestro. Nuestro cristianismo se queda con frecuencia en una fe teórica e inoperante o en una práctica religiosa estéril. Nos hemos hecho nuestra idea del cristianismo —algunos lo defienden hasta con fanatismo frente a otras posturas posibles—, pero esa fe no transforma nuestra vida, pues no es seguimiento de Cristo.

 

Después de veinte siglos de cristianismo, la contradicción mayor de los cristianos es pretender serlo sin seguir a Jesucristo. Se acepta la religión cristiana (como se podría aceptar otra), pues da seguridad y tranquilidad ante «lo desconocido», pero no se entra en la dinámica del seguimiento fiel a Cristo. Se conoce, aunque sólo sea de manera elemental, el mensaje y la actuación de Jesús; su figura atrae, pero —ya se sabe—, todo hay que tomarlo con «prudencia y sano realismo».

 

Estamos ciegos y no vemos dónde está lo esencial de la fe cristiana. El episodio de la curación del ciego de Jericó es una invitación a salir de nuestra ceguera. Al comienzo del relato, aquel hombre «está sentado al borde del camino». Es un hombre ciego y desorientado, fuera del camino, sin capacidad de seguir a Jesús. Curado de su ceguera por Jesús, el ciego no sólo recobra la luz, sino que se convierte en un verdadero «seguidor» de su Maestro, pues, desde aquel día, «le seguía por el camino» (Marcos 10, 52). Es la curación que necesitamos.

 

 

EXPERIENCIA PERSONAL

 

¡Señor que vea!

 

No todo el mundo cree de la misma forma. Hay muchas maneras de plantearse la cuestión de la fe. Por eso, tal vez, lo primero es tratar de saber dónde está cada uno.

 

«No sé si creo o no. Yo tuve una infancia religiosa. Iba a misa, me confesaba... Pero he cambiado tanto por dentro.» Es una sensación bastante corriente hoy. Pero, ¿no habrá algún medio para hacer un poco más de luz? ¿No será importante saber en qué cree uno ahora que es persona adulta?

 

«Yo pienso que creo, pero hace tiempo que no me preocupo de eso. Además, cada vez que pienso en serio en «cosas de religión», «me entran más dudas». Pero, ¿se trata de «pensar en cosas de religión» o de dar un sentido último y esperanzado a la vida? ¿No será posible confiar en Dios, aunque uno no acierte a integrar determinados aspectos de una doctrina religiosa?

 

«Yo veo que unos tienen fe y otros no. Es cuestión de manera de ser. A unos les va la religión y a otros no. Y la verdad es que yo me siento poco religioso.» Pero, ¿se trata solo de una cuestión temperamental? ¿No habremos de buscar cada uno cuál es la forma más humana de vivir?

 

«En el fondo yo me siento creyente. Pero, a veces, mis hijos me hacen preguntas sobre la otra vida o sobre la creación, y la verdad es que no sé cómo responderles.» Es cierto que los niños plantean, con frecuencia, las cuestiones más fundamentales de la existencia. Lo extraño no es que no sepamos responderles, sino que los adultos ya no nos hagamos esas preguntas. Pero, ¿es bueno vivir sin preguntarse?

 

«Yo hace mucho que he abandonado la fe. Tampoco sé si he hecho bien. No me siento ni mejor ni peor. Mi vida apenas ha cambiado.» Es una experiencia fácil de explicar. Cuando la fe no ocupa un lugar vital, su abandono no crea ningún vacío especial.

 

«A mí todo lo que huele a religión me irrita. Me parece falso e hipócrita. ¿Por qué hay que hacer cosas tan raras como ir a misa o rezar el rosario?» Sin duda, lo primero es vivir en verdad y ser sincero con uno mismo. Pero, precisamente por eso, ¿no es demasiado simple reducir la cuestión de la fe a una práctica hipócrita de cosas raras?

 

En casi todos estos planteamientos hay algo en común. Se habla de fe o de religión, pero como «desde fuera». Falta ahí una experiencia viva de Dios. Y lo cierto es que no pocos están abandonando hoy la fe, sin haberla experimentado como fuente de vida, de sentido y de alegría.

 

En el relato del ciego de Jericó, el evangelista Marcos pone en boca de aquel mendigo dos gritos que muy bien podrían ser la doble invocación del hombre o la mujer que busca reavivar su fe: «Señor ten piedad de mí», entiende mis dudas y mi vacilación, perdona mi poca fe; «Señor, que vea», que no se apague en mí tu luz.

  

 

¿POR QUE NO CAMBIAMOS?

 

Maestro, que pueda ver.

 

Probablemente, todos conocemos a personas que, en un momento determinado, nos han sorprendido cambiando radicalmente su estilo de vida y orientándose por caminos de mayor autenticidad.

 

Pero todos sabemos que no es lo habitual. Por lo general cambiamos poco. Somos los mismos a través de las distintas etapas de nuestra vida, con los mismos errores y defectos, con los mismos egoísmos y mezquindades de siempre.

 

Los que nos decimos cristianos nos podríamos preguntar con sinceridad: ¿Nos transforma realmente la fe? ¿Nos va haciendo cambiar a lo largo de la vida? ¿Van cambiando en algo nuestros criterios, convicciones y modo de actuar?

 

Tal vez hemos de reconocer que, si no fuera por unas “prácticas religiosas» que seguimos observando, no sería fácil identificamos y distinguimos de otras personas ajenas a la fe cristiana.

 

Aunque son diversos los factores que nos pueden impedir cambiar y mejorar nuestra vida, es fácil señalar algunos de especial importancia.

 

Por lo general, no creemos lo suficiente en nuestra propia transformación. El paso de los años nos puede hacer cada vez más escépticos. Nos conocemos ya demasiado para creer que realmente nuestra vida pueda cambiar.

 

Es nuestra primera equivocación. No ser conscientes de todas las posibilidades que se encierran en nosotros. Descansar diciendo «yo soy así”, «es mi temperamento», “no tengo fuerza de voluntad”, para no reaccionar nunca a las llamadas que se nos hacen desde la vida.

 

Otras veces, si cambiamos poco es porque realmente no deseamos cambiar. Nos contentamos con recomponer algunos aspectos de nuestro vivir diario para evitarnos mayores complicaciones y molestias, pero no nos atrevemos a plantearnos un cambio más profundo. Nos da miedo pensar en las consecuencias que se seguirían de tomar más en serio la vida y el evangelio.

 

Por otra parte, ¿cuándo puede uno tomarse un tiempo para pensar en estas cosas? ¿Cómo detenerse algún momento para encontrarse consigo mismo y con Dios, cuando hay tanto que hacer cada día? Entonces dedicamos tiempo a todo menos a aquello que es más importante.

 

Otras veces, no nos atrevemos a llamar por su nombre a las cosas para hacernos las preguntas que están ya dentro de nosotros: ¿Por qué se está abriendo ese abismo entre mi esposa y yo? ¿Soy yo el que siempre tiene razón, como lo aseguro? ¿No me estoy organizando la vida de una manera cada vez más individualista y superficial? ¿Por qué me he alejado en realidad de la misa dominical y de todo lo religioso?...

 

La actitud de aquel ciego sentado junto al camino, que un día se transforma recobrando la vista y convirtiéndose en seguidor de Jesús es un ejemplo para todos.

 

El ciego es capaz de reaccionar. Grita a Jesús pidiendo compasión. Escucha a quienes le llaman en su nombre. Da un salto para colocarse ante él. Pide ardientemente ver. El hombre que actúa así se transforma.

 

 

EL SECRETO PARA CREER

 

Maestro, que pueda ver.

 

Con frecuencia he tenido la impresión de que el ateísmo que confiesan con tanta facilidad muchos hombres y mujeres de hoy encierra algo equívoco y artificial. Muchos no saben exactamente lo que quieren decir cuando proclaman: «No creo en Dios».

 

A lo largo de estos años, somos muchos los que hemos sometido a una crítica seria nuestra fe y nuestra vivencia religiosa. Pero no todos hemos seguido los mismos caminos.

 

Algunos, después de una crítica despiadada de casi todo lo religioso, han arrojado por la borda como algo inútil un fantasma de Dios que se habían formado desde niños. Hoy son hombres y mujeres vacíos de fe, empobrecidos por la falta de misterio.

 

Otros han ido buscando, muchas veces con dolor, el verdadero rostro de Dios. No se han contentado con destruir imágenes falsas de la divinidad. Sencillamente han buscado su presencia, le han buscado a Él. Hoy, a pesar de todas sus limitaciones y vacilaciones, viven la experiencia nueva de creer en un Dios cercano que los despierta cada mañana a la vida y llena de alegría y de paz su lucha diaria.

 

Quizás, el verdadero secreto para creer en Dios sea saber decir desde el fondo del corazón, de verdad y con sencillez total, aquella plegaria del ciego de Jericó: «Maestro, que vea». Sólo entonces estamos caminando hacia Dios.

 

Nuestro verdadero pecado es no abrir los ojos. Dice un proverbio judío que «lo último que ve el pez es el agua». Así somos nosotros. Como peces que no ven el agua en que nadan. Como pájaros que no ven el aire en que vuelan. Nos movemos y vivimos en Dios, pero no lo vemos.

 

Dios es simple y lo hemos hecho complicado. Está cercano a cada uno de nosotros y lo imaginamos en un mundo extraño y lejano. Queremos comprobar su existencia con argumentos y no saboreamos su gracia. Nos alegra saber que Einstein y otros grandes científicos han defendido que existe, pero no sabemos disfrutar de su presencia silenciosa en nuestras vidas.

 

No se trata de hacer gala de una fe grande y profunda. Lo importante es abrirse con sencillez a la vida y acercarse con confianza al misterio que nos envuelve. Escuchar toda llamada que nos invita a vivir, amar y crear. No vivir tan esclavos de las cosas. Detenernos por fin un día, bajar en silencio a lo más íntimo de nosotros mismos y atrevemos a decir con sinceridad: «Señor, que vea». El hombre o la mujer que, después de haber abandonado tantas prácticas y creencias, se atreve a hacer esta oración en su corazón es ya un verdadero creyente. Querer creer es empezar a creer.

 

 

DE NUEVO EN CAMINO

 

Y lo seguía por el camino.

 

El relato de Marcos no nos describe solamente la curación de un ciego en las afueras de Jericó. Es además una catequesis elaborada con mano maestra, que nos invita al cambio y nos urge a la conversión.

 

La situación de Bartimeo está descrita con rasgos muy cuidados. Es un hombre ciego al que le falta luz y orientación. Un hombre sentado, incapaz de caminar tras Jesús. Un hombre al borde del camino, descaminado, fuera del camino que sigue el Maestro de Nazaret.

 

El relato nos descubrirá, sin embargo, que en este hombre hay todavía una fe capaz de salvarlo y de ponerlo de nuevo en el verdadero camino. «Recobró la vista, y lo seguía por el camino».

 

Hay casi siempre un momento en la vida en que se hace penoso seguir caminando. Es más fácil instalarse en la comodidad y el conformismo. Asentarse en aquello que nos da seguridad, y cerrar los ojos a todo otro ideal que exija verdadero sacrificio y generosidad.

 

Pero, entonces, hay algo que muere en nosotros. Ya no vivimos desde nuestro propio impulso creador. Es la moda, la comodidad o el «sistema» el que vive en nosotros. Hemos renunciado a nuestro propio crecimiento.

 

Cuántos hombres y mujeres se instalan así en la mediocridad, renegando de las aspiraciones más nobles y generosas que surgían en su corazón. No caminan. Su existencia queda paralizada. Viven «junto a lo esencial», ciegos para conocer lo que podría dar una luz nueva a sus vidas.

 

¿Es posible reaccionar cuando uno se ha asentado tan hondamente en la rutina y la indiferencia? ¿Se puede uno salvar de esta vida «programada» para la comodidad y el bienestar?

 

Esta es la buena noticia del evangelio. Dentro de cada uno de nosotros hay una fe que nos puede todavía hacer reaccionar y ponernos de nuevo en el camino verdadero.

 

¿Qué hay que hacer? Gritar a Dios. Concentrar todas las energías que nos quedan para pedir a Dios, desde lo más hondo de nuestro ser, su luz y su gracia renovadora.

 

Y algo más. No desoír ninguna llamada, por pequeña que sea, que nos invita a transformar en algo nuestra vida.

 

No tenemos otra vida de recambio. Ahora mismo se nos llama a vivir, a caminar, a crecer. El evangelio tiene fuerza para hacernos vivir una vida más intensa, verdadera y joven. Recordemos las palabras de Bernanos: «¿Sois capaces de rejuvenecer el mundo, sí o no? El evangelio es siempre joven. Sois vosotros los que estáis viejos».

 

 

UN GESTO MOLESTO

 

Jesús sale de Jericó camino de Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos y más gente. De pronto se escuchan unos gritos. Es un mendigo ciego que, desde el borde del camino, se dirige a Jesús: «Hijo de David, ten compasión de mí».

 

Su ceguera le impide disfrutar de la vida como los demás. Él nunca podrá peregrinar hasta Jerusalén. Además, le cerrarían las puertas del templo: los ciegos no podían entrar en el recinto sagrado. Excluido de la vida, marginado por la gente, «abandonado» por los representantes de Dios, sólo le queda pedir compasión a Jesús.

 

Los discípulos y seguidores se irritan. Aquellos gritos interrumpen su marcha tranquila hacia Jerusalén. No pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que acallar sus voces: Por eso, «muchos le regañaban para que se callara».

 

La reacción de Jesús es muy diferente. No puede seguir su camino, ignorando el sufrimiento de aquel hombre. «Se detiene», hace que todo el grupo se pare y les pide que llamen al ciego. Sus seguidores no pueden caminar tras él, sin escuchar las llamadas de los que sufren.

 

La razón es sencilla. Lo dice Jesús de mil maneras en parábolas, exhortaciones y dichos sueltos: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Por eso él los acoge y se vuelca en ellos de manera preferente. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza.

 

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontrarnos continuamente en las páginas del evangelio con la llamada persistente de Jesús. Pero no nos está permitido «tachar» su mensaje. No hay cristianismo de Jesús sin escuchar a los que sufren.

 

Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. La única postura cristiana es la de Jesús ante el ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?».

 

 

GRITAR A DIOS

 

No son agnósticos. Menos aún ateos. En el fondo de su corazón hay fe aunque hoy se encuentre cubierto por capas de indiferencia, olvido y descuido. Nunca han tomado la decisión de alejarse de Dios, pero llevan muchos años sin comunicarse con él.

 

Algunos desearían reavivar su vida, sentirse de otra manera por dentro, vivir con más luz. Incluso, hay quienes sienten necesidad de despertar de nuevo su fe. No es fácil. No tienen tiempo para dedicarse a estas cosas. Nunca tomarán parte en un grupo de búsqueda. Viven demasiado ocupados.

 

Hay algo, sin embargo, que todos podemos hacer ahora mismo, sin pensar en compromisos complicados, y es empezar sencillamente a comunicarnos con Dios de manera humilde y sincera. No conozco otro camino más eficaz para reavivar la fe.

 

No es lo mismo pensar de vez en cuando en la religión, discutir de Dios con los amigos y plantearse si habrá otra vida más allá de la muerte, o pararse unos minutos y decir desde dentro: «Creo en ti, Dios mío, ayúdame a creer».

 

No es lo mismo vivir agobiado por mil problemas y preocupaciones, sufrir día a día una enfermedad y seguir caminando sólo e incomprendido, o saber decir cada noche antes de acostarse: «Dios mío, yo confío en ti. No me abandones».

 

No es lo mismo sentirse lleno de vitalidad, disfrutar de buena salud y vivir satisfecho de los propios logros y éxitos, o saber alegrarse desde lo más hondo y decir: «Dios mío, te doy gracias por la vida».

 

Por otra parte, hay algo que no hemos de olvidar. Es importante cuestionarse la vida, reflexionar y buscar la verdad, pero nada acerca más a Dios que el amor. Decirle a Dios con frecuencia y de corazón «Yo te amo y te busco», nos va dando poco a poco una consciencia nueva de su Persona y de su presencia cariñosa en nuestra vida.

 

El relato evangélico de Marcos nos habla de un hombre «ciego» que vive sin luz, se encuentra «sentado» sin capacidad de caminar y está «al borde del camino». Su curación comienza cuando, recogiendo toda la fe que hay en su corazón, grita al paso de Jesús: «Ten piedad».

 

 

MIENTRAS NO VEAMOS CLARO, SERÁN INEVITABLES LOS TROPIEZOS

Fray Marcos

 

Mc 10, 46-52

 

CONTEXTO

Seguimos en la misma dinámica. Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mimo relato entraña la lección. Es la última jornada hacia Jerusalén (Jericó está a unos 30 kms. y era la última parada y fonda). Estamos en la última escena, antes de entrar en Jerusalén. Después, el evangelio de Marcos da un profundo quiebro. Lo que acontece en Jerusalén está más cerca de la pasión que de lo narrado hasta ahora de su vida pública.

Los detalles del relato de hoy tienen poco que ver con los que Marcos ha utilizado hasta ahora. Jesús le llama. Le pregunta qué es lo que quiere. Admite el título de Hijo de David. No lo aparta de la gente. La curación no va acompañada de ningún gesto. No le manda guardar silencio sobre lo sucedido...

Una vez que Marcos ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la renuncia y la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como vamos a ver, todo son símbolos.

 

EXPLICACIÓN

 

Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan, dependiendo de ellos. El ciego tenía ya asignado su papel, (la exclusión), pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente.

"Hijo de David" era un título mesiánico equivocado; suponía un Mesías rey poderoso, que se impondría con la fuerza. A Marcos ya no le importa, no le manda callar. En el relato siguiente (la entrada de Jesús en Jerusalén) vuelve a poner "Hijo de David" en boca de la multitud.

Le regañaban para que se callara. Los que acompañan a Jesús no quieren saber nada de los problemas del ciego. En la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar ni a gritar. Aguanta y cállate. Era el sentir del pueblo judío, tan religioso él.

"La gente" significa, para nosotros hoy, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen a Jesús, pero no descubren la necesidad de ver más allá de sus narices y emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Marcos: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él.

Llamadlo. Se advierte claramente la carga simbólica del relato. En menos de una línea se repite por tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento.

Soltó el manto, dio un salto y se acerco a Jesús. Jesús valora la situación de muy distinta manera que sus acompañantes. Al menor síntoma de acogida, el ciego tira el manto y da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía, aunque no ve. El manto representa lo que había sido hasta el momento. Lo que era su refugio, se convierte en un estorbo. Todas sus esperanzas están ahora en Jesús. Este es el verdadero milagro, que el mismo ciego realiza.

¿Qué quieres que haga por ti? Desde el punto de vista narrativo, la pregunta no tiene ningún sentido. ¡Qué va a querer un ciego! La pregunta que le hace Jesús, es la misma que, el domingo pasado, hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren "sentarse" en la gloria con Jesús. El ciego quiere ver para "caminar" con él. La diferencia no puede ser más abismal.

¡Que pueda ver! Jesús provoca, con su pregunta un poco absurda, este grito. En toda la Biblia, el "ver" tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante para la vida espiritual. Este grito es el centro del relato, siempre que descubramos que no se trata de una visión física. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino de la renuncia que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver. Siguen a Jesús por el camino material, pero no por el de la renuncia hacia la cruz.

Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino... el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Marcos deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús, será siempre cosa de minorías. La multitud que seguía a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado la propuesta de Jesús. Solo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le siguen.

Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús le sigue en el camino. Antes estaba al borde, es decir fuera del camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos y a oscuras. Los discípulos demuestran una y otra vez, su ceguera. Un hombre tirado en el camino ve. Antes de ver, espera el falso "Mesías davídico". Después sigue al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue.

Ya en la primera lectura de Jeremías encontramos un anuncio de este mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos, (no sienten ninguna necesidad de ser salvados) sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es decir, a los pobres.

No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria humana está en los que, aun siguiendo a Jesús, mandan al ciego que se calle. Lo estamos repitiendo todos los días. ¡Que se callen todos los miserables que molestan! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. No oír, no ver la miseria que hay a nuestro alrededor, mirar hacia otro lado, es la única manera de vivir tranquilos...

 

APLICACIÓN

La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en la marcha de la evolución. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalecía entre los hombres de su tiempo. Se daba por supuesto que Dios estaba en esa dinámica, y que todo lo defectuoso era rechazado por Él.

Esto es lo que no podía soportar Nietzsche, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus radicales limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección ni física ni síquica ni mental ni moral sino en la misma persona, independientemente de sus circunstancias.

La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siendo escandalosa para nosotros hoy. Creemos ingenuamente que hemos superado esa dinámica. Tal vez hemos avanzado con relación a las limitaciones físicas, pero ¿qué pasa con los fallos morales?

Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lucas, inmediatamente después de este relato, inserta el de Zaqueo (publicano-pecador) que expresa lo mismo que este del ciego, pero con relación a los excluidos por impuros.

Nosotros aún seguimos hoy creyendo que los pecadores que nosotros rechazamos son también rechazados por Dios. Ellos nos preceden en el Reino de los Cielos, porque seguimos estando ciegos a la manifestación de Dios en Jesús.

La escala de valores que nos propone el evangelio no solo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: 'Qué grande es Jesús, que, de una persona despreciable, ha hecho una persona respetable'.

Desde nuestra perspectiva, primero hay que cambiarla, después hablaremos. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora; esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. ¡Nos queda aún mucho por andar!

 

Meditación-contemplación

 

¿Qué quieres que haga por ti? –Maestro, que pueda ver.

Grita desde lo hondo de tu ser una y otra vez:

¡Que pueda ver! ¡Que pueda ver!...

Y pronto te responderán:

¡Pero si puedes ver! Solo tienes que abrir los ojos.

...................

 

Nos han convencido de que para ver,

Necesitamos que alguien me coloque unas gafas.

Absolutamente falso. El ojo interior está hecho para ver,

y tu verdadero ser está siempre iluminado.

..................

 

Descubre la causa de tu ceguera.

Abre bien los ojos y si hay algo que no te deja ver, apártalo.

Nade tiene que traerte un candil o prestarte prismáticos.

Tu e-mail puede estar lleno de basura y no cabe el verdadero mensaje.

.......................

 

 

 

 

¿QUEREMOS VER?

Enrique Martínez Lozano

 

El engaño que nos impide ver

En un texto central en su evangelio, Marcos presenta a un ciego como prototipo del verdadero discípulo. Quienes acompañaban a Jesús –ha repetido el evangelista en capítulos anteriores- oyen su palabra, pero no entienden; creen ver, pero en realidad están ciegos. Por eso, en la práctica, toman un camino diferente al del propio maestro.

El ciego Bartimeo, por el contrario, es consciente de que no ve y, a diferencia de los discípulos que reclamaban "los primeros puestos", pide únicamente "ver". Y en el momento mismo en que ve, sigue a Jesús por el camino: un camino que no es topográfico, sino teológico, el que propone el propio Jesús.

Empezamos a vivir cuando, decididamente, queremos ver. A falta de esta determinación, sobrevivimos en la ignorancia de quienes somos, en la creencia de estar separados de los otros y del mundo y en la búsqueda, más o menos compulsiva, de "distracciones" y compensaciones.

Tendemos a oír solo la voz de nuestra mente, en la creencia ilusoria de que ella nos mostrará el camino de la vida. Pero la mente tiene una visión corta y estrecha.

Nos hace girar en torno al yo, como si se tratase de nuestra verdadera identidad. Y, dando eso por supuesto, nos hace deudores de lo que le ocurra a ese yo.

Soledad, miedo, ansiedad y, en definitiva, existencia egocentrada: esas son las características que acompañan a tal identificación. Al vivir con la creencia de que somos el yo, no podemos hacer sino preocuparnos por él. Ahora bien, preocuparnos por algo que no tiene consistencia propia conduce directamente a la ansiedad.

Ese es el motivo por el que la identificación con la mente nos encierra en una prisión, hecha de ignorancia y de sufrimiento, en la que nos reducimos a circunstancias impermanentes, viviendo desconectados de nuestra verdadera identidad. Estamos ciegos, con el agravante de que creemos ver.

¿Cómo salir del engaño y poder ver?

La salida de la prisión de la ignorancia y del sufrimiento, en la que nos encierra nuestra reducción a la mente, pasa por desenmascarar el engaño de la identificación.

La excesiva preocupación por el yo es indicio seguro de ceguera y fuente cierta de cansancio estéril. Quizás solo cuando ese cansancio se nos hace insoportable empezamos a replantearnos nuestro modo de vivir. El desencanto o la hartura nos urgen a buscar una salida, porque nos hemos dado cuenta de que la raíz del problema se halla en nuestro modo de ver.

Solo hay un modo de salir de esa trampa: dejar de reducirnos a la mente (pensamientos, sentimientos, emociones...), dejar de identificarnos con el yo.

No te preocupes demasiado por cómo estás, qué sientes, qué te ha ocurrido o qué temes que te pueda ocurrir... Ven al momento presente y entrégate a él.

Toma distancia del yo y ríndete a la realidad de lo que es, deja que las cosas sean, entrégate a la Sabiduría mayor que habita todo lo real..., hasta que tú mismo seas también instrumento o cauce a través del cual esa misma Sabiduría se exprese. Acepta lo que es y deja que todo sea.

Toma conciencia de que no eres la mente, sino Eso que queda cuando la mente se calla: la plenitud del "Yo Soy" universal. Y reconoce que Eso que eres es perfecto y se halla siempre a salvo.

Cuando sueltes la preocupación por el yo, empezarás a ver y podrás seguir el camino adecuado.

 

 

LOS CIEGOS VEN: HA LLEGADO EL REINO

José Enrique Galarreta

 

Nos encontramos ante el último relato de Marcos antes de la entrada mesiánica en Jerusalén, que marcará el principio de la última semana de la vida de Jesús. (Mateo repite en este momento la misma secuencia de hechos de Marcos). Para los tres sinópticos, Jesús llega a Jerusalén desde Jericó, y su último milagro es el del ciego (dos ciegos en Mateo) de esta ciudad.

El episodio es una sanación y una sanación de un ciego, pero además sirve a Marcos de "bisagra" entre dos secciones diferentes de su libro. Los diez capítulos anteriores se han dedicado a los "hechos y dichos" de Jesús, partiendo de Galilea.

Los capítulos once a trece se sitúan en Jerusalén: Jesús no hace milagros; su actividad es una fuerte polémica con los jefes religiosos de Israel y supone la ruptura definitiva. Desde aquí, los capítulos catorce a dieciséis se dedican a la pasión y resurrección.

Por tanto, estos seis versos del capítulo diez sirven de final de una época e introducen la siguiente: son, a su modo, un pregón mesiánico, más sutil pero más profundo que la misma entrada de Jesús en Jerusalén.

En este último milagro de la vida pública de Jesús (según Marcos) el protagonista es un mendigo ciego, que es ignorado y silenciado por todos menos por Jesús. Entre tanta muchedumbre y tanto entusiasmo, él es el único capaz de invocar a Jesús con su verdadero nombre "Hijo de David" y su más importante cualidad, "la compasión".

Y Jesús corresponde a esa proclamación con lo mejor que tiene: la curación de la vista material y la proclamación de que lo mejor del curado es su fe en el mismo Jesús.

Marcos se muestra por tanto tan sutil como siempre: sus narraciones, con tanto aspecto de documentos fiables, de crónica de testigo presencial, son, sin perder nada de lo anterior, profesiones de fe y retratos no sólo de lo que sucedió sino de lo que sucede en los seres humanos en su relación con Jesús y en su misma relación con Dios, su religiosidad. Lo hemos venido viendo así durante varios domingos anteriores.

Llama sin duda la atención el paralelo existente entre esta narración y la del tercer milagro de Jesús según la narración de Marcos, la del leproso. En ambas se da la diferenciación clara entre la postura de la gente, que no acoge al enfermo, y la de Jesús, compasivo.

En ambas Jesús se acerca, se interesa por la persona y habla con él. En ambas resalta la fe del que va a ser curado. En ambas el curado se convierte en pregonero de la salvación de la que ha sido objeto. Jesús es el mismo, y los recursos de los evangelistas también. El necesitado - la multitud indiferente - Jesús compasivo - la fe - Jesús se acerca – Jesús cura – los curados le siguen y le proclaman.

La curación es, precisamente, de un ciego. En el contexto de la ceguera de los jefes de Israel que ya desde el capítulo siguiente va a ser el gran enemigo de Jesús, este milagro cobra carácter de símbolo y no puede menos de hacernos evocar el final que el cuarto evangelio pone al milagro de la curación del ciego de nacimiento: "He venido a este mundo para un juicio: para que los ciegos vean y los que ven se queden ciegos.

A lo que contestaron los fariseos: ¿es que nosotros estamos ciegos?. Y les dijo Jesús: si estuvierais ciegos, no seríais culpables; pero como decís que veis, vuestro pecado permanece".

Todo este conjunto nos lleva a asomarnos al sistema de recursos simbólicos de que hacen uso los evangelistas para preparar el relato de la Pasión. Como siempre los hechos tienen sobre todo importancia por su significado. Recordemos que el relato de la Pasión va siendo preparado con varios anuncios de Jesús y con la escena de la Transfiguración.

A los evangelistas les importa mucho narrar la Pasión a un lector que sepa ya bien quién es el que la sufre y cuál es su significado. Jesús-Luz del Padre va a sufrir la Pasión, es decir, el rechazo de los ciegos. Este es el simbolismo que Marcos quiere dar a ésta última curación de Jesús, cerca ya de Jerusalén. Se está tratando ya de Jesús el Enviado, Jesús Luz, luz que será rechazada por los que dicen que ven y aceptada por los mendigos ciegos. Todo un riquísimo contenido.

 

R E F L E X I Ó N

En una curación tan "mesiánica" como esta, no podemos menos de sentir la evocación de la misma manifestación mesiánica de Jesús al responder a la embajada del Bautista. Juan Bautista, desde la cárcel, envía a sus discípulos a preguntar a Jesús:

- ¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro? Jesús responde: - Id y decid a Juan lo que habéis visto: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y son los pobres lo que reciben la Buena Noticia: dichosos los que no tropiezan por mi causa. (Mateo 11, Lucas 7)

Jesús, por tanto, se hace heredero del mesianismo más puro de Isaías. Reciben la Buena Noticia los pobres, los ciegos, los enfermos. Pero otros tropezarán. Serán los ricos, los que ven, los sanos.

Es una estremecedora línea, en la que se confunde, hasta no poder separarse, lo sucedido a Jesús, lo sucedido a lo largo de la historia y nuestra propia trayectoria espiritual.

Creyeron en Jesús los que se sentían necesitados de salvación, especialmente los más necesitados, los pecadores. Y los que no se sentían pecadores, no creyeron en Él, más bien tropezaron en Él porque atendía a los pecadores. Jesús ironizó sobre ellos diciendo que "los sanos no tienen necesidad de médico" (Mt.9, Mc.12, Lc.5).

Y los ricos tampoco se atrevieron a irse con él, tenían demasiado bienestar para sentir necesidad de Jesús (Lo vimos hace dos domingos leyendo Marcos 10, el joven rico).

En el pasaje de hoy, el ciego mendigo encuentra a Jesús porque necesita de él y cree en él. La muchedumbre le sigue con aspavientos externos, pero nada más. En el mismo contexto situacional ubicará Lucas el episodio de Zaqueo, que resulta brillantemente paralelo con la vocación de Leví (Mt.9, Mc.2, Lc,5).

Y resulta bastante sintomático que en el principio de la vida pública Jesús se define llamando a los pecadores y comiendo con ellos y al final de la misma (último episodio de Lucas antes de la entrada en Jerusalén) se repite la escena, con el mismo escándalo y la misma reiteración del mensaje de Jesús.

Los evangelistas por tanto acumulan signos sobre el mensaje fundamental: Jesús Salvador, Libertador del pecado, Luz para los humanos, es recibido por los pecadores, que alcanzan la luz de la fe, y rechazado por los "sanos y ricos", que quedan ciegos aunque parezcan sanos, videntes, poderosos. Todo esto nos da pie a largas consideraciones que resumiremos brevemente.

Fundamentalmente, sobre la religiosidad. Jesús se coloca en las antípodas de toda religiosidad de apariencia, de identificación con los poderes de la tierra, de equiparación de fe con esplendor externo, de religión como aceptación de "personas oficialmente santas".... cosas todas ellas tan presentes en las religiones.

Los sacerdotes como personas santas, el alto clero con poder, ocupando un lugar social cercano al poder político, los grandes sabios entendidos en las ciencias sagradas... y la masa de gente sin importancia ni voz, que solamente por medio de los altos eclesiásticos tendrán acceso a Dios. Es una situación real, históricamente repetida en la mayor parte (¿en todas?) las religiones, y espiritualmente aceptada incluso ahora entre nosotros.

Jesús es al revés: el mendigo ciego tiene acceso directo por necesitado y por creyente. Los demás, menos. Y los altos eclesiásticos, los que menos de todos. Aun teniendo acceso como todo el mundo, lo rechazarán explícitamente.

Es significativo comparar esos dos extremos. Mirar la historia de las religiones, tan llenas de acepción de personas, de personajes sagrados con poder, de multitudes de necesitados marginados por la estructura religiosa... Es más impactante aún mirar la historia triunfal de la religión cristiana en Occidente, la estructura física de una catedral gótica, la jerarquizada disposición de la gente en una gran celebración actual.

Mucho más aún, contemplar la historia de las naciones cristianas, el protagonismo religioso de los poderosos, la pobreza y desatención crónica de la gente del pueblo. Mucho más aún mirar las naciones del mundo, las cristianas y las no cristianas, mirar que es el primer mundo el que se dice cristiano y el miserable tercer mundo el que es evangelizado por el primer mundo poderoso...

Mirar la esclavitud, cometida por los cristianos y los musulmanes poderosos contra los miserables paganos de los que se llegó a decir que no tenían alma... Contemplar así la historia religiosa del mundo estremece, porque es exactamente lo contrario de lo que Jesús hacía y decía.

A nivel personal, no puedo menos que recordar la sabiduría del planteamiento de le Ejercicios de San Ignacio: parten del reconocimiento de los pecados. Si no me siento necesitado de Dios, no hay manera de llegar a Jesús.

No pocas veces la Primera Semana de ejercicios se considera como un momento ascético de purificación, examen de conciencia y confesión de los pecados, para poder luego conocer a Jesús. No es correcto. Se trata de sentir necesidad del Salvador. Solamente desde este profundo sentimiento de necesidad, de pobreza y ceguera, se puede acceder a Jesús Salvador.

 

PARA NUESTRA ORACIÓN

Sería útil hacer un ejercicio imaginación e identificación. Imaginar la escena de Jericó y reconocernos en alguno(s) de los personajes. Jesús está rodeado de la multitud entusiasta. La multitud entusiasta ignora al mendigo ciego. La multitud entusiasta no estará al pie de la cruz.

Entre la multitud hay sin duda (siempre están) fariseos y doctores, y quizá algún sacerdote. Están, como siempre, al acecho para intentar cazar a Jesús en algún desliz. Jesús les ofrece materia abundante de crítica. Se va a ir a comer a casa del pecador más aborrecido de la ciudad, Zaqueo. Ellos ya saben que "este hombre no es de Dios, porque no cumple el Sábado". Ellos son los sabios y los santos. Ellos le matarán.

Junto a Jesús están los discípulos. Incondicionales y a medio convertir. En la escena anterior a la de hoy les hemos visto competir entre sí por los puestos de honor en el reino. En la Pasión abandonarán a Jesús. Sólo uno se atreverá a seguirle, y renegará de Él. Sólo uno estará al pie de la cruz.

Pero lo han dejado todo para seguir a Jesús. Llegarán a creer en Él y acabarán dando la vida por Él. No son perfectos, pero creen en Él y le quieren. Está el mendigo ciego. Pura encarnación de la necesidad. Lo tiene fácil para acudir a Jesús, porque no tiene otra cosa a donde acudir.

Si nos metemos en la escena, estaría bien pensar en dónde entramos, cuál es nuestra situación ante Dios, nuestra relación con Jesús, la profunda, la que nadie más que cada uno sabemos.

En resumen. una historia de ciegos ignorantes que ven y de sabios respetables que se quedan ciegos. Una radiografía de la humanidad y de la Iglesia. Y un desafío: ver con los ojos de Jesús o preferir otros ojos. Dejarse iluminar o preferir las propias luces.

Como los Zebedeos del domingo pasado, como el joven rico de hace dos domingos... como la historia entera de la Iglesia. Pero hoy estábamos hablando de éxito, del éxito de Jesús en Jericó, fracaso a los ojos de los verdaderos ciegos. Y podríamos hablar de éxito y fracaso de la Iglesia.

Quizá volvemos hoy los ojos con añoranza a tiempos en que la Iglesia era más triunfante, sus templos estaban más llenos, sus jerarcas eran más ricos y poderosos, los monasterios rebosaban, se podían desplegar banderas sacras en concurridos desfiles públicos, se erigían imágenes de Cristo que presidieran las ciudades, incluso bendiciendo sus playas, sus casinos, sus negocios ...

Quizá quedamos hoy satisfechos y consolados de los éxitos públicos de personajes sacros, de las multitudes que aclaman, de los magníficos actos religiosos desarrollados con toda pompa y retransmitidos al mundo entero. Quizá todo eso esté muy bien, quizá sea necesario, o conveniente, quizá... Pero los criterios de Jesús en Jericó me parecen disonar de todo eso.

Éxito, el éxito de Jesús, el éxito de la Iglesia. Y mi propio éxito personal, vital... ¿Es un éxito de la Iglesia que los templos rebosen de fieles, cuando estos fieles son creadores de injusticia y de opresión? ¿Es un éxito mío que los negocios me salgan bien y pueda vivir aquí como si ésta de aquí fuera la vida eterna?

Los ciegos ven, los cojos andan, y es a los pobres a los que se anuncia la Buena Noticia, dijo un día Jesús; y me parece que lo dijo muy satisfecho, porque ésas son, precisamente ésas, las señales del éxito del Reino.

 

ORACIÓN

Creo, Señor, ayuda mi poca fe.

Creo en Ti, el Padre con quien puedo contar siempre,

Creo en Jesús, Camino estrecho, Verdad segura, Vida verdadera,

Creo en el Espíritu, que me libera de la tierra.

Creo en la Iglesia, que dice sí a Jesús

y camina desde sus pecados construyendo el Reino.

Creo en la bondad y en la limpieza de corazón,

creo en la exigencia y en la pobreza,

creo que el perdón es mejor que la justicia,

creo que es mejor dar que recibir,

creo que servirte es servir a los hombres,

creo que mi vida tiene valor y sentido

creo que me quieres y me ayudas,

creo en Ti Señor, ayuda mi poca fe.

 

ALESSANDRO PRONZATO

 

La tierra prometida es conquistada abandonando Jericó. Pero no debemos olvidar la ambientación de la escena: Jericó y el camino.

La llamada «ciudad de las palmeras» es una de las más antiguas de Palestina. Fue reconstruida -a pocos minutos de distancia de las ruinas antiguas- por Herodes el Grande, que murió allí, y embellecida con cierta suntuosidad por su hijo Arquelao.

Es la ciudad más baja del mundo, encontrándose a trescientos metros bajo el nivel del mar, en la depresión del valle del Jordán, al norte del Mar Muerto. Está separada de Jerusalén por el desierto de Judá, atravesado por un camino impracticable de unos 37 kilómetros (en donde Lc ambienta la parábola del Samaritano). Hay estacionada una guarnición romana. Es un oasis fertilísimo. Respecto de Jerusalén suele tener una temperatura de unos 10 grados más de calor. Lo cual, especialmente en el período invernal y de lluvias, representa una gran ventaja.

Jericó se convierte de este modo en una estación de descanso muy frecuentada. Lagrange, como buen francés, no duda en calificarla la Niza de Judea. Especialmente en el período de primavera -el tiempo del viaje de Jesús- su llanura, con sus famosos jardines, presenta un panorama inolvidable. Sin embargo, este cuadro sugestivo está atravesado por el camino áspero que sube hacia Jerusalén.

Jesús parece tener prisa (en definitiva es él, más que Mc quien apresura el tiempo). No puede detenerse para gozar de este espectáculo encantador. La meta es otra y él debe conseguirla, aunque no sea ciertamente muy halagüeña. Jericó se puede convertir en la tentación del descanso. Por ello entra, pero para salir inmediatamente, como si temiera la seducción.

Por otra parte, precisamente en el camino, de una manera que se diría precipitada, realiza el último milagro de curación señalado por Mc. No creo que el simbolismo esté en el abrir los ojos (como si el seguimiento, en esta fase decisiva, comporte la necesidad de ver claro).

El simbolismo está en el milagro, independientemente del tipo de curación. De hecho Jesús parece querer dejar este último signo de poder, antes de revestirse voluntariamente con la debilidad de la pasión. No es un débil el que se entrega en manos de los enemigos.

Es el «fuerte» que cree que hay que vencer con la debilidad y la derrota. Creo que ha dado en la clave Lohmeyer cuando define este relato como un «episodio regio». Sí, Jesús asume una actitud regia. Baste pensar en el gesto de mandar llamar al mendigo. Pues bien, este rey va a sentarse en un trono de infamia. «Y lo siguió por el camino» (v. 52). Un discípulo más. En un momento importante. Bartimeo ha comprendido que aquella no era la estación del descanso. En Jericó entonces debía haber muchos curiosos, muchos ociosos. Estos acompañan a Jesús durante un trozo del camino, lo acompañan hasta el límite de «la ciudad de las palmeras». Cuando el camino se adentra en el desierto, se vuelven hacia el oasis reconfortante. Solamente el ciego se encuentra con fuerza para afrontar aquel itinerario tan poco turístico. Indudablemente es una amonestación para todos aquellos que pretenden seguir a Jesús. La tierra prometida, por esta vez, se puede conseguir no conquistando, sino abandonando de prisa Jericó.

PROVOCACIONES 

1. Era de esperar. Discuten si el manto le tenía puesto o le servía para acostarse o recoger la limosna. En todo caso, el hecho de arrojarlo, cualquiera que fuera su uso precedente, adquiere un relieve excepcional. Es un gesto de grandeza, de señor. Lo deja. Que lo recoja quien quiera. Aquel manto representa el espacio en que le han colocado, el puesto que le han asignado. Por exigencias de orden. Tú estás ciego, procura no estorbar demasiado. Estate allí, tranquilo, te concedemos explotar tu enfermedad para ganarte la vida con las limosnas. Pero a un lado, al borde del camino, debes dejar libre el camino. Este, sin embargo, en un momento se pone de pie e irrumpe en el centro del camino.

Es la insurrección. La libertad recobrada. Se cura en el instante mismo en que decide correr hacia Jesús. Este es el milagro. Romper la barrera de la gente, los cordones de las costumbres, las líneas de las convenciones sociales, rechazar los papeles impuestos, entrar en escena en el momento no señalado por el apuntador, abrirse paso hasta Jesús: esto y no otra cosa significa «salvación».

El paso de estar al margen para lanzarse hacia el centro, hacia la verdad del propio ser, es el momento de la gracia. Saludado, festivamente, por el lanzamiento del manto. Todo comienza en este momento.

2. Pero no ha sido sólo el manto (en el fondo, el discípulo, llamado para seguir al Maestro, debe dejar siempre algo. Uno la barca y otro, como Bartimeo, el manto). Bartimeo es uno que ha aprendido a gritar. Antes aun de recuperar la vista ha recuperado el grito. Con ello ha vuelto a la infancia, más aún al nacimiento. Sí, en el camino de Jericó asistimos a un nacimiento. Cuando el niño viene al mundo anuncia su presencia poniéndose a gritar. Aquel grito rompe la calma. Molesta. Y rápidamente los adultos acuden, preocupados, abrumados por esos chillidos que disturban y arruinan el descanso. Todos a callar al rebelde, con cualquier medio, incluso con los gestos (como la gente con Bartimeo). Debe aprender, el pequeño, las reglas del vivir, el adecuarse. Es decir, renunciar al grito para acompasar su voz al concierto general. La partitura ha sido ya escrita para él. No se puede desafinar. Ninguna nota fuera de partitura. Debe adecuarse. Pero el ciego ha decidido nacer de nuevo. Por esto grita, a pesar de disturbar la armonía de la procesión, de dar la nota desentonada del concierto.

En el fondo es él quien infunde ánimos a los que se acercan para confortarlo (nótese que los demás llegan a darle ánimos después que él ha descubierto al verdadero consolador). Les hace ver que la salvación para todos consiste en hacer que la voz llegue al que está pasando. Una voz quizá áspera, desesperada. Pero que es la nuestra. No del coro.

3. Jesús ama a los hombres como este. No ama a la multitud. Y no ama a los que se esconden entre la gente. Ama a Bartimeo, porque éste no duda en gritar a pleno pulmón lo que los otros se limitan a susurrar: Mesías. No teme comprometerse, exagerar. La gente, tanto aquí en Jericó como en Jerusalén, se contenta con hacer fiesta, acudir llena de curiosidad. Se agita pero no se mueve. Está en efervescencia, pero no se decide. Son actitudes estériles que no producen frutos, como la higuera, que será por eso maldecida. Bartimeo, en cambio, sale fuera, al descubierto.

CONFRONTACIONES

Por qué los ojos abiertos Inmediatamente antes del relato de la pasión, Mc muestra una vez más a sus lectores lo que quiere decir fe y seguir a Jesús. Por orden tenemos: el ciego que ora con perseverancia, que pide a pesar de los obstáculos, que es confortado, que corre al encuentro de Jesús, que se deja interrogar por él, que se abren sus ojos, que lo sigue por el camino. Sólo en donde el hombre tiene los ojos abiertos por una acción milagrosa de Dios que le permite ver lo que acontece en Jesús y puede «seguirlo por el camino», comprende aquello de lo que hay que hablar ahora: el camino del hijo del hombre hacia el sufrimiento (E. Schweizer o. c.).

Demasiadas cosas bailan ante nuestros ojos Una de las razones que nos impiden ser auténticamente nosotros mismos y encontrar nuestro camino es el no comprender hasta qué punto estamos ciegos. ...Pero la tragedia está en el hecho de que no somos conscientes de nuestra ceguera: demasiadas cosas bailan ante nuestros ojos para que nosotros nos demos cuenta del invisible que no sabemos ver. Vivimos en un mundo de cosas que captan nuestra atención y se imponen: no tenemos necesidad de afirmarlas: están ahí. Lo que es invisible, en cambio, no se impone, debemos buscarlo y descubrirlo. El mundo exterior pretende nuestra atención: Dios se dirige a nosotros con discreción...

...Ciegos por el universo de los objetos, olvidamos que este no agota la profundidad del hombre... ...Ser incapaces de percibir lo invisible, o ver sólo el mundo de la experiencia, quiere decir quedarse fuera del mundo de la experiencia, quiere decir quedar fuera del pleno conocimiento, fuera de la experiencia de la realidad total que es el mundo en Dios y Dios en el corazón del mundo. El ciego Bartimeo era dolorosamente consciente porque, privado de la luz de los ojos, no podía captar el mundo visible. Podía alzar su grito desesperado al Señor, sentía con una esperanza llena de angustia que la salvación pasaba junto a él porque se sentía extraño y separado de ella. Pero todos nosotros, con demasiada frecuencia, no somos capaces de llamar a Dios así, porque ni siquiera advertimos cuánto nos empobrece la incapacidad de ver el mundo en su horizonte total -el único horizonte que puede dar verdadera realidad al mismo mundo visible. ¡Si sólo pudiéramos aprender a estar ciegos ante el mundo visible de tal forma que viéramos el más allá, lo profundo, lo invisible, en nosotros y en torno a nosotros, difusa y penetrante presencia en todas las cosas! (A. Bloom, Itinerario, Brescia 1975).

 

LOUIS MONLOUBOU

 

Hay que señalar dos hechos. Marcos sólo refiere las curaciones de dos ciegos: la primera se realiza en Betsaida (/Mc 8, 22-26) y la segunda, a la salida de Jericó. Pero si los lugares son distintos, curiosamente el contexto evangélico es el mismo. Cada uno de estos dos milagros viene al final de un tiempo de enseñanza, durante el cual Jesús tropieza con la incredulidad de los discípulos, que no llegaban a entender ni a recibir con fe lo que él les proponía.

Esto es cierto por lo que al ciego de Betsaida se refiere, cuya curación viene al final de las reflexiones de Jesús acerca del pan, después de las críticas a los ojos que "no ven" (18, 18), como son los de los discípulos. También es cierto en Jericó: Jesús habló a sus discípulos del destino del Hijo del hombre, destino que ellos deben compartir, y censuró sus prisas para participar en su gloria antes de haber participado en su Pasión.

Así, el sentido que Marcos deja ver bajo el relato de la curación de un ciego, está muy patente. La acción milagrosa de Jesús, cuyo recuerdo ha sido mantenido hasta el punto de poder recordar el lugar en que se realizó -Betsaida y Jericó- , y de consignar el nombre del beneficiario -"el hijo de Timeo (Bartimeo)"-, se convierte para el evangelista en un símbolo del poder que Jesús despliega, dentro de la comunidad de los discípulos. Cuando, entonces como hoy, el misterio es para ellos difícil de aceptar -de "creer" y de aceptar hasta comprometer la propia vida viviéndolo-, Jesús viene a abrir los ojos de los ciegos, a hacer que sus amigos vean, entiendan su mensaje y arriesguen su vida por él.

Otro hecho merece atención, por otra parte. En 10, 32, Marcos presenta a Jesús "adelantándose" a los discípulos, "que le siguen asustados". Esta misma expresión se repite en el relato del ciego. Este, una vez curado, ahora con los ojos abiertos y "recobrada la vista, le seguía por el camino" (v. 52). Lo que sólo a duras penas hacían los discípulos, incapaces de entender su enseñanza, el hombre de Jericó, cuyos ojos cerrados simbolizaban el trabajo que les cuesta a los discípulos "ver" a Jesús, se convierte en la imagen de la curación que Jesús realiza en los suyos.

Esta curación, obra exclusivamente de Jesús, está condicionada sin embargo por la disposición de aquél a quien él se dirige. Así lo hace notar Jesús, al concluir: el hombre es "curado" ("salvado") porque tiene "fe"; sólo existiendo en el corazón de los discípulos un mínimo de adhesión a Jesús y una base previa de confianza y de fe en él, pueden éstos recibir de Jesús la iluminación total.

Por otra parte, aquel hombre había demostrado tener esta confianza primordial. Al acercarse a Jesús, se había puesto a "gritar" a Dios, como "gritan" a Dios los suplicantes del Salterio para expresar su petición y alcanzar la salvación, y como los creyentes también, iluminados por la verdad que viene a ellos, "gritan" su fe para pregonar la acción de Dios; así "claman" a Dios "¡Padre!" los que recibieron el Espíritu; y así "grita" el ciego a Jesús, suplicándole: "Ten compasión de mí", y aclamándole: "Hijo de David".

Si Jesús es "Hijo de David", también es algo más. El evangelio de Marcos no tiene otra finalidad que la de manifestar quién es en realidad Jesús. Símbolo de los discípulos tardos para comprender, el ciego, que no conoce en Jesús más que al Hijo de David, necesita una nueva iluminación; cuando la tenga, podrá ponerse a seguir a Jesús.

Se siente lo presente que está en el espíritu del autor la comunidad cristiana, detrás de la anécdota que nos llega desde sus propios orígenes, desde el tiempo de Jesús.

Lo único que el autor pretende, con los muchos detalles que ofrece sobre la aventura de Bartimeo, es hacer que los cristianos conozcan cuál es su propia aventura.

Y lo mismo, con esos rasgos que muestran a la multitud "increpándole, para que se callara", y al hombre "gritando mucho más" su fe en el "Hijo de David". El detalle deliberado con que se quiso significar la intensidad del deseo que el ciego siente -"arrojando su manto dio un brinco"- y la fuerza de la confianza puesta por él en Jesús -"¿ Qué quieres? ¡Que vea!"- puede también recordar a los cristianos que su profesión de fe no dejará de suscitar la oposición de cuantos no comparten sus convicciones, y que necesitarán mucha tenacidad para oír el llamamiento del Señor -"Llamadle... Te llama"-, para llegar a encontrarle a él y, en fin, para "seguirle por el camino".

En su grito: "Hijo de David, ten compasión de mí", encuentran los comentaristas una extraordinaria resonancia litúrgica (compárese con Mt 9, 27). Detrás de un texto como éste, está presente la experiencia de la comunidad reunida para la celebración eucarística. El predicador del evangelio recuerda a los cristianos la acción de Jesús, y ellos comprenden de inmediato que la aventura de Bartimeo es la suya propia, y que ellos mismos son el ciego que necesita ser iluminado. Escuchan el recuerdo evangélico y lo viven.

Ya no es Bartimeo el que grita a Jesús; son los cristianos los que dicen: "Ten compasión". De hecho, Jesús, presente en medio de todos los que se han "congregado en su nombre", les llama, les ilumina y les compromete más a seguirle. Es una experiencia que todavía se vive hoy.

 

DABAR

-LOS CIEGOS DEL EVANGELIO

La posición estratégica en el evangelio de Marcos de la curación de dos ciegos, el de Betsaida (/Mc/08/22-26) y el hijo de Timeo (10, 46-52), nos hace comprender que tienen una función pedagógica en la formación de los discípulos de entonces y de todos los tiempos, a la que se dedica Jesús desde que los empieza a llamar a su seguimiento.

El primer bloque del evangelio de Marcos nos muestra cómo el interés de Jesús, su palabra y su actuación, se centra en un primer momento en confrontar a los discípulos con su persona y su mensaje. Se trata de comprender el gozoso anuncio y construcción del Reino y optar por él. Para ello hay que aceptar la autoridad de Jesús que lo propone, frente a la autoridad de los escribas y fariseos, custodios de una anquilosada y rutinaria Ley. La experiencia de Jesús no puede ser más descorazonadora ante la actitud de los discípulos: "¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no véis y teniendo oídos no oís?" (8, 17-18). Sin embargo la curación que sigue del ciego de Betsaida es un respiro de esperanza: Jesús es capaz de abrir los ojos a esta comprensión y opción por el Reino. El ciego, tras su actuación, "comenzó a ver perfectamente y quedó curado, de suerte que veía de lejos claramente todas las cosas" (8, 25). Como quien no quiere la cosa, ahora Pedro ya es capaz para Marcos de confesar que Jesús "es el Cristo", es decir, ha comprendido su misión del Reino y su autoridad y opta por él. Curiosamente tras esta ceguera curada, Jesús "les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él" (8, 30). ¿No parece una contradicción cerrar el camino de la transmisión evangélica a quienes al fin han comprendido y han adoptado? Queda todavía algo muy importante. Para seguir a Jesús es necesario conocer y aceptar su camino. Si las palabras claves en una primera fase del discipulado son comprensión y opción (o confesión), los conceptos indispensables en este segundo momento son camino y seguimiento. Desde la opción de Pedro, Jesús se esfuerza en abrir a los discípulos los ojos sobre su camino hacia el Reino: "Debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, lo sumos sacerdotes y los escribas, ser condenado a muerte, y resucitar a los tres días.

Hablaba de esto abiertamente". (8, 31-32). Su camino no es el del poder, el triunfo aplastante, el de la dominación (cosa, por otra parte, evidente desde el principio, porque de los contrario en lugar de haber nacido en una cueva de pastores lo hubiera hecho en el palacio de Herodes...), sino el del servicio hasta la muerte si fuera preciso. También en esta segunda fase pedagógica Jesús debe experimentar una amarga decepción, simbolizada finalmente en el "honesto" tráfico de influencias que intentan Santiago y Juan para contar con una posición honrosa en el Reino, a lo que Jesús pacientemente responde con "el que quiera ser grande entre vosotros, será vuestro servidor... que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir..." (10, 45).

Pero también aquí, en plena ceguera sobre el "camino" de Jesús, queda un resquicio para la esperanza: Jesús quiere y puede abrir los ojos para que le puedan seguir por su mismo camino. El evangelista coloca aquí con enorme intención al ciego Bartimeo. Está "sentado junto al camino" (ahora entendemos mejor lo que esto significa en este momento de la pedagogía de Jesús), sin poder andar a pesar de que le interpela con el título mesiánico de "Hijo de David". No le falta fe, Jesús mismo va a elogiarla y a decirle que es el comienzo de su salvación. Su ceguera es sobre el "camino", al borde del cual permanece sentado. Su humildad le lleva a comprenderlo y a pedir la ayuda de Jesús: "ten compasión de mí". A pesar de la cerrazón de los discípulos con respecto al camino de Jesús, no estaba dicha la última palabra. Y la de Jesús es de curación. "Recobró la vista y le seguía por el camino". Camino y seguimiento! Ahora ya juntos marchan hacia Jerusalén. Curiosamente, es la primera vez que Jesús en Marcos no ordena silencio al ciego. ¡Puede hablar y seguirle porque va por su mismo camino! Esa palabra se desatará de manera explícita en los labios del centurión ante la cruz de Jesús con la confesión de un no creyente: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Entonces ya había desaparecido toda ambigüedad respecto al camino de Jesús y a dónde le había llevado.

-CAMINO Y SEGUIMIENTO DE JESÚS

La segunda ceguera pienso que es muchas veces más peligrosa para nosotros los cristianos, colectivamente en cuanto Iglesia y personalmente en cuanto creyentes. El sutil engaño puede ser creer que "el comprender y optar" de la fe, no necesita concretarse en el "camino" para "seguir". Nadie duda de que los Concilios reúnen a "obispos" creyentes, pero la aportación del Vaticano II fue precisamente revisar el "camino" por el que marchaba la Iglesia y confrontarlo con el de Jesús. Se suponía la opción y la buena voluntad en todos, se trataba sólo de "discernir" los medios para hacer histórico el Reino en nuestro tiempo.

Porque forma parte del mismo evangelio no sólo su contenido sino los medios con los que se transmite. Un contenido evangélico puede confiarse a medios antievangélicos, como lo tenemos que reconocer los cristianos humildemente en la historia de la Iglesia. El Vaticano II y después el compromiso de Medellín y Puebla fue un abrirse los ojos de la iglesia con respecto a su camino.

Los Ejercicios Espirituales y retiros que los creyentes hacemos normalmente versan más sobre el discernimiento del "camino" para seguir a Jesús que sobre la "decisión" (que se supone). Y aquí, autores espirituales como Ignacio de Loyola nos avisan sobre los enormes engaños a que estamos expuestos y que tenemos que desenmascarar. En definitiva, se trata de aceptar que creyendo en Jesús muchas veces no le seguimos porque tenemos una enorme ceguera con respecto al "camino".

El evangelio de hoy nos invita a la esperanza, si humildemente, "sentados junto al camino", somos capaces de clamar: "Hijo de David, ten compasión de nosotros". Buena petición para cada uno de nosotros y también para el conjunto de la Iglesia.

 

 P. Antonio Izquierdo

 

Nexo entre las lecturas


Los textos litúrgicos destacan la eficacia de Dios en su acción con los hombres. Dios es eficaz haciendo retornar del exilio a la patria anhelada a numerosos hijos de Israel (primera lectura). Jesucristo, con el poder eficaz de Dios, otorgará la vista al ciego Bartimeo que vence cualquier obstáculo con tal de obtener su gran deseo de ver (Evangelio). La eficacia salvífica de Dios se muestra de modo especial en Cristo, sumo sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libera de sus pecados. 


Mensaje doctrinal


1. 
Un Dios eficaz por amor. Eficaz es aquel que logra, por caminos acertados, con los mejores medios y en el menor tiempo posible, todo aquello que se propone. Ésta es una definición aceptable para la mentalidad común. Pero la eficacia de Dios resulta no pocas veces desconcertante. Porque nadie duda de que Dios es eficaz, pero los modos y tiempos de la eficacia divina siguen rumbos ajenos a los humanos. Muchas veces los caminos acertados para Dios no son acertados para los hombres y viceversa. A los judíos no les debió parecer un camino acertado el exilio en Babilonia, pero lo fue para Dios que así manifestó la fuerza de su amor y misericordia haciéndolos retornar a su patria, porque "yo soy para Israel un padre, y Efraín es mi primogénito" (primera lectura). Subir a Jerusalén es hermoso, pero hacerlo en compañía de Jesús que encontrará allí la cruz y la muerte, desafía inevitablemente nuestras categorías humanas y nuestra voluntad de seguimiento. Sin embargo, no cabe duda alguna de que en la cruz refulge la fuerza divina del amor y el amor poderoso del Redentor. Esa eficacia misteriosa del amor redentor continúa viva y vivificadora a lo largo de los siglos hasta nuestros días. A los primeros cristianos debió parecer algo sorprendente que Jesús, en cuanto sumo sacerdote, no proviniera de la tribu de Leví. Pero así la eficacia divina brilló con nuevo fulgor, constituyendo a Jesucristo no sólo sumo sacerdote del pueblo judío, sino de la humanidad entera, a la manera de Melquisedec. Nada hay en la vida más eficaz que el amor, y Dios es Amor. Pero la eficacia del amor, más que con la pura razón, se descubre con el amor puro y sincero. 

2. 
Los requisitos de la eficacia divina. La liturgia de este domingo nos indica algunos de ellos. 1) Creer y esperar. Los exiliados de Babilonia no podían olvidar las maravillas de Dios en la historia de su pueblo. Dios había mostrado la fuerza de su brazo en el Éxodo y en la conquista de la tierra prometida. Ellos creen y confían que Dios volverá a actuar eficazmente a su favor, aunque no sepan cuándo ni cómo. Bartimeo tiene una fe inmensa en que Jesús, el Mesías descendiente de David, puede curar su ceguera; por eso grita sin temor alguno y con osadía: "Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí". Los judíos creían que Dios había concedido al sumo sacerdote, en la fiesta del Yom Kippur, el poder de perdonar los pecados de todo el pueblo. Y los cristianos creemos con absoluta seguridad de que Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, destruyó en la cruz los pecados del mundo. Es imposible que Dios manifieste su eficacia en quien no cree en ella. 2) Sentirse necesitado de la fuerza de Dios. Los judíos en el exilio sabían muy bien que por ellos mismos no podrían ser repatriados. Bartimeo era muy consciente de que él nada podría hacer para recuperar la vista. Los judíos, y los cristianos, estamos convencidos de que sólo Dios puede perdonar los pecados. Quien es autosuficiente y no siente necesidad de la fuerza de Dios, no podrá nunca ser testigo de su eficacia en la vida de los hombres y en la historia. 3) Ser coherentes. Si aceptamos la eficacia divina en nuestra vida, hemos de aceptar el ser coherentes con sus exigencias. Es decir, como cristianos hemos de ser una especie de escaparates de la acción eficaz de Dios en nosotros. Los exilados de Babilonia se ponen en camino hacia la Palestina, Bartimeo sigue a Jesús camino de Jerusalén, los cristianos no sólo han sido redimidos por Cristo sumo sacerdote, sino que viven como redimidos. 


Sugerencias pastorales


1. 
¡Señor, que vea! El ciego Bartimeo es figura y símbolo de los discípulos de Jesús en aquel momento histórico, en que Jesús pasó por Jericó, y en todos los tiempos. Frente al misterio de la cruz y de la muerte ignominiosa, los cristianos experimentamos, con no poca frecuencia, la ceguera de Bartimeo, su inmobilismo, su indigencia. "Bartimeo, un mendigo, ciego, sentado junto al camino". ¡Cuántos Bartimeos en nuestro tiempo ante el gran misterio de la pasión y del dolor inocente! Hay mucha ceguera en los hombres ante la injusticia del sufrimiento, como si el no sufrir fuese la cumbre de la perfección humana. A muchos los pies se nos hacen de plomo ante la sola idea de caminar con Cristo hacia la ciudad del dolor y de la muerte. Permanecemos inmóviles en el territorio de nuestro ego, desganados para ponernos en camino hacia la tierra del dolor ajeno. Somos indigentes, inmensamente indigentes de que alguien -o mejor Alguien- nos abra los ojos y nos arranque de nuestra inmovilidad. Cristiano es aquel que no tiene miedo al sufrimiento. Aquél que dice con igual decisión sí a la salud y al bienestar, que sí al sufrimiento y a la tribulación. Porque el sí del cristiano es un sí al misterio de Dios-Amor, y para los que aman a Dios todas las cosas contribuyen a su bien. Ojalá el Señor nos conceda a todos los cristianos repetir una y otra vez: "¡Señor, que vea!". Para que viendo crea, y creyendo siga firmemente tus pasos hacia la cruz. 

2. 
Seguir a Cristo. Cristiano es aquél que cree en Cristo y camina tras sus huellas. El seguimiento de Cristo no es el seguimiento de una doctrina, v.g. la de Pitágoras, la de Aristóteles o la de Zenón. Cristiano no es tampoco el que sigue un camino de vida trazado en páginas imperecederas, al estilo de los grandes maestros de moral de Oriente y Occidente. Cristiano es el que sigue a una persona, la persona de Jesús de Nazaret. Más aún, cristiano es quien presta a Jesucristo su humana naturaleza para hacerse presente en la historia en el hoy de cada día. En otras palabras, ser cristiano es ser transparencia de Cristo para los demás, dejarse interpretar por él. ¿Somos los cristianos transparencia de Cristo? ¿Eres tú transparencia de Cristo en tu familia, en tu parroquia, entre tus amigos? ¿O eres más bien una desfiguración de Jesucristo? Tomar todos en serio nuestra vocación cristiana ha sido un imperativo histórico desde los inicios del cristianismo. ¿Qué puedo hacer yo para ser transparencia de Cristo en todo lugar y circunstancia? Construyamos una cadena de transparencias de Cristo, para que el mundo, nuestro mundo, sea salvado por el único Salvador.

 

OCARM

Lectura 

a) Clave de lectura: 

El evangelio de este domingo describe el episodio de la curación del ciego Bartimeo de Jericó (Mc 10,46-52), que recoge una larga instrucción de Jesús para sus discípulos (Mc 8,22 a 10,52). Al principio de esta instrucción, Marcos coloca la curación del ciego anónimo (Mc 8,22-26). Ahora, al final, comunica la curación del ciego del Jericó. Como veremos, las dos curaciones son el símbolo de lo que sucedía entre Jesús y los discípulos. Indican el proceso y el objetivo del lento aprendizaje de los discípulos.

Describen el punto de partida (el ciego anónimo) y el punto de llegada (el ciego Bartimeo) de la instrucción de Jesús a sus discípulos y a todos nosotros. En el curso de la lectura trataremos de prestar atención a las actitudes de Jesús, del ciego Bartimeo y de la gente de Jericó y en todo lo que cada uno de ellos dice y hace. Mientras lees y meditas el texto, piensas como si tú mismo te estuviera mirando a un espejo. ¿En qué se refleja tu rostro: En Jesús, en el ciego Bartimeo, en la gente? 

b) Una división del texto para ayudar a la lectura: 

Marcos 10,46: Descripción del contexto del episodio 

Marcos 10,47: El grito del pobre 

Marcos 10,48: Reacción de la gente ante el grito del pobre 

Marcos 10,49-50: Reacción de Jesús ante el grito del pobre 

Marcos 10,51-52: Conversación de Jesús con el ciego y su curación

 

Algunas preguntas 

para ayudarnos en la meditación y en la oración. 

a)             ¿Cuál es punto del texto que más te ha gustado? ¿Por qué? 

b)            ¿Cuál es la actitud de Jesús? ¿Qué dice y qué hace? 

c)             ¿Cuál es la conducta de la gente de Jericó? ¿Qué dicen y qué hacen? 

d)            ¿Cuál es comportamiento del ciego Bartimeo? ¿Qué dice y qué hace? 

e)             ¿Cuál es para nosotros la lección de la curación del ciego Bartimeo? 

Para aquellos que desean profundizar el tema 

a)             Contexto de la larga instrucción de Jesús a los discípulos: 

La curación del ciego anónimo, al comienzo de la instrucción, se completa por dos momentos (Mc 8,22-26). En el primer momento, el ciego comienza a intuir las cosas, pero sólo a mitad. Ve las personas como si fuesen árboles (Mc 8,24). En el segundo momento, en el segundo intento, comienza a entender bien. Los discípulos eran como el ciego anónimo: aceptaban a Jesús como Mesías, pero no aceptaban la cruz (Mc 8,3133). Eran personas que cambiaban personas por árboles No tenían una fe fuerte en

Jesús. ¡Continuaban siendo ciegos! Cuando Jesús insistía en el servicio y en la entrega (Mc 8,31;34; 9,31; 10,33-34), ellos discutían entre sí sobre quien era el más importante (Mc 9,34) y continuaban pidiendo los primeros puestos en el Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda del trono (Mc 10,35-37). Señal de que la ideología imperante de la época penetraba profundamente en sus mentalidades. El haber vivido varios años con Jesús, no les había renovado su modo de ver las cosas y personas. Miraban a Jesús con la mirada del pasado. Querían que fuese como ellos se lo imaginaban: un Mesías glorioso (Mc 8,32). Pero el objetivo de la instrucción de Jesús es que sus discípulos sean como el ciego Bartimeo, que acepta a Jesús como es. Bartimeo tiene una fe fuerte que le hace ver, fe que Pedro no posee todavía. Y así Bartimeo se convierte en el modelo para los discípulos del tiempo de Jesús, para las comunidades del tiempo de Marcos, como para nosotros. 

 

b)            Comentario del texto: 

 

Marcos 10,46-47: Descripción del contexto del episodio: el grito del pobre 

Finalmente, después de una larga caminata, Jesús y sus discípulos llegan a Jericó, última parada antes de llegar a Jerusalén. El ciego Bartimeo está sentado a la vera del camino. No puede participar en la procesión que acompaña a Jesús. Pero grita, invocando la ayuda del Señor: “¡Hijo de David! ¡Ten piedad de mi!” La expresión “Hijo de David” era el título más común que la gente daba al Mesías (Mt 21,9; cf. Mc 11,9) Pero este título no agradaba mucho a Jesús. Él llegó a cuestionar y a criticar la costumbre de los doctores de la ley que enseñaban a la gente diciendo el Mesías es el Hijo de David (Mc 12,35-37). 

 

Marcos 10,48: Reacción de la gente ante el grito del pobre 

 

El grito del pobre es incómodo, no gusta. Los que van en la procesión con Jesús intentan hacerle callar. Pero “¡él gritaba todavía más fuerte!” También hoy el grito del pobre es incómodo. Hoy son millones los que gritan: emigrantes, presos, hambrientos, enfermos, perseguidos, gente sin trabajo, sin dinero, sin casa, sin techo, sin tierra, gente que no recibirán jamás un signo de amor. Gritos silenciosos, que entran en las casas, en las iglesias, en las ciudades, en las organizaciones mundiales. Lo escucha sólo aquél que abre los ojos para observar lo que sucede en el mundo. Pero son muchos los que han dejado de escuchar. Se han acostumbrado. Otros intentan silenciar los gritos, como sucedió con el ciego de Jericó. Pero no consiguen silenciar el grito del pobre. Dios lo escucha. (Éx 2,23-24; 3,7) Y Dios nos advierte diciendo: “No maltratarás a la viuda o al huérfano”. ¡Si tú lo maltratas, cuando me pida ayuda, yo escucharé su grito!” (Éx 22,21) 

 

Marcos 10,49-50: Reacción de Jesús ante el grito del pobre 

 

¿Y qué hace Jesús? ¿Cómo escucha Dios el grito? Jesús se para y ordena llamar al ciego. Los que querían hacerlo callar, silenciar el grito incómodo del pobre, ahora, a petición de Jesús, se ven obligados a obrar de modo que el pobre se acerque a Jesús,. Bartimeo deja todo y va corriendo a Jesús. No posee mucho, apenas una manta. Lo único que tiene para cubrirse el cuerpo (cf. Éx 22,25-26). ¡Esta es su seguridad, su tierra firme! 

 

Marcos 10, 51-52: Conversación de Jesús con el ciego y su curación 

 

Jesús pregunta: “¿Qué quieres que te haga?” No basta gritar. ¡Se necesita saber por qué se grita! Él responde: “¡Maestro! ¡Que yo recobre la vista!” Bartimeo había invocado a Jesús con expresiones no del todo correctas, porque, como hemos visto, el título de “Hijo de David” no le gustaba mucho a Jesús (Mc 12,35-37). Pero Bartimeo tiene más fe en Jesús que en las ideas y títulos sobre Jesús. No así los demás. No ven las exigencias como Pedro (Mc 8,32). Bartimeo sabe dar su vida aceptando a Jesús sin imponerle condiciones. Jesús le dice: “¡Anda! Tu fe te ha salvado!” Al instante, el ciego recuperó la vista”. Deja todo y sigue a Jesús (Mc 10,52). Su curación es fruto de su fe en Jesús (Mc 10,46-52). Curado, Bartimeo sigue a Jesús y sube con Él a Jerusalén hacia el Calvario. Se convierte en un discípulo modelo para Pedro y para nosotros: ¡creer más en Jesús que en nuestras ideas sobre Jesús! 

 

c) Ampliando conocimientos 

 

El contexto de la subida hacia Jerusalén 

Jesús y sus discípulos se encaminan hacia Jerusalén (Mc 10,32). Jesús les precede. Tiene prisa. Sabe que lo matarán. El profeta Isaías lo había anunciado (Is 50,4-6; 53,1-10). Su muerte no es fruto de un destino ciego o de un plan ya preestablecido, sino que es la consecuencia de un compromiso tomado, de una misión recibida del Padre junto con los marginados de su tiempo. Por tres veces, Jesús llama la atención de los discípulos, sobre los tormentos y la muerte, que le esperan en Jerusalén (Mc 8,31; 9,31: 10,33). El discípulo debe seguir al maestro, aunque sea para sufrir con él (Mc 8,34-35). Los discípulos están asustados y le acompañan con miedo (Mc 9,32). No entienden lo que está sucediendo. El sufrimiento no andaba de acuerdo con la idea que ellos tenían del Mesías (Mc 8,32-33; Mt 16,22). Y algunos no sólo no entendían, sino que continuaban teniendo ambiciones personales. Santiago y Juan piden un puesto en la gloria del Reino, uno a la derecha y otro a la izquierda de Jesús (Mc 10,35-37). ¡Quieren estar por delante de Pedro! No entienden la propuesta de Jesús. ¡Están preocupados sólo de sus propios intereses! Esto refleja las disputas y riñas existentes en las comunidades al tiempo de Marcos y las que pueden existir todavía en nuestras comunidades. Jesús reacciona con decisión: “¿Qué es lo que estáis pidiendo?” (Mc 10,38). Y les dice si son capaces de beber el cáliz que Él, Jesús, beberá, y si están dispuestos a recibir el bautismo que Él recibirá. ¡El cáliz del sufrimiento! el bautismo de sangre! Jesús quiere saber si ellos, en vez de un puesto de honor, aceptan dar vida hasta la muerte. Los dos responden: “¡Podemos!” (Mc 8,39). Parece una respuesta dicha sólo con los labios, porque pocos días después, abandonan a Jesús y lo dejan solo en la hora del sufrimiento (Mc 14,50). Ellos no tienen mucha conciencia crítica, no perciben su realidad personal. En su instrucción a los discípulos, Jesús insiste sobre el ejercicio del poder (cf. Mc 9,33-35). En aquel tiempo, aquellos que detentaban el poder no prestaban atención a la gente. Obraban según sus ideas (cf. Mc 6,17-29). El imperio romano controlaba el mundo y lo mantenía sometido por las fuerzas de las armas y así, a través de tributos, tasas e impuestos, conseguía concentrar la riqueza del pueblo en manos de unos pocos en Roma. La sociedad se caracterizaba por el ejercicio represivo y abusivo del poder. Jesús tiene una propuesta diferente. Dice: “No debe ser así entre vosotros. Quien quiera ser grande entre vosotros sea vuestro servidor” (Mc 10,43). Enseña a vivir contra los privilegios y las rivalidades. Subvierte el sistema e insiste en el servicio, remedio contra la ambición personal. En definitiva, presenta un testimonio de la propia vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos “(Mc 10,45). 

 

La fe es una fuerza que transforma a las personas 

 

La Buena Nueva del Reino anunciada por Jesús es como un fertilizante. Hace crecer la semilla de la vida escondida en las personas, en la gente, escondida como un fuego bajo las cenizas de la observancia, sin vida. Jesús sopla sobre las cenizas y el fuego se enciende, el Reino se muestra y la gente se alegra. La condición es siempre la misma: creer en Jesús. Pero cuando el temor se apodera de las personas, entonces desaparece la fe y la esperanza se apaga. En la hora de la tormenta, Jesús reprende a los discípulos por su falta de fe (Mc 4,40). No creen, porque tienen miedo (Mc 4,41). Por la falta de fe de los habitantes de Nazaret, Jesús no puede obrar allí ningún milagro (Mc 6,6). Aquella gente no quiere creer, porque Jesús no era como ellos pensaban que debía ser (Mc 6,23). Y precisamente es la falta de fe la que impide a los discípulos a arrojar “al espíritu inmundo” que maltrataba a un niño enfermo (Mc 9,17). Jesús los critica: “¡Oh generación incrédula!” (Mc 9,19). E indica el camino para reanimar la fe: “Esta especie de demonio no se puede arrojar de ningún modo, si no es con la oración” (Mc 9,29)  Jesús animaba a las personas a que tuviesen fe en Él y por lo mismo, creaba confianza en los demás (Mc 5,34.36; 7,25-29; 9,23-29; 10,52; 12.34.41-44). A lo largo de las páginas del evangelio de Marcos, la fe en Jesús y en su palabra aparece como una fuerza que transforma a las personas. Hace que se reciba el perdón de los pecados (Mc 2,5), afronta y vence la tormenta (Mc 4,40), hace renacer a las personas y obra en ellos el poder de curarse y de purificarse (Mc 5,34). La fe obtiene la victoria sobre la muerte, por lo que la niña de doce años resucita gracias a la fe de Jairo, su padre, en la palabra de Jesús (Mc 5,36). La fe hace saltar al ciego Bartimeo: “Tú fe te ha salvado” (Mc 10,52). Si tú dices a la montaña: “Levántate y arrójate al mar”, la montaña caerá en el mar, pero no hay que dudar en el propio corazón (Mc 11,23-24). “Porque todo es posible para el que cree” (Mc 9,23). “¡Tened fe en Dios!” (Mc 11,22). Gracias a sus palabras y gestos, Jesús despierta en la gente una fuerza dormida que la gente no sabe que tiene. Así sucede con Jairo (Mc 9,23-24), con el ciego Bartimeo (Mc 10,52), y tantas otras personas, que por su fe en Jesús, hicieron nacer una vida nueva en ellos y en los otros. 

La curación de Bartimeo (Mc 10,46-52) aclara un aspecto muy importante de la larga instrucción de Jesús a sus discípulos. Bartimeo había invocado a Jesús con el título mesiánico de “Hijo de David” (Mc 10,47). A Jesús este título no le agradaba (Mc 12,35-37). Pero aunque ha invocado a Jesús con una expresión no correcta, Bartimeo tiene fe y es curado. Lo contrario de Pedro, cree más en Jesús que en las ideas que tiene sobre Jesús. Cambia su idea, se convierte, deja todo y sigue a Jesús por el camino hasta el Calvario (Mc 10,52). 

La comprensión completa del seguimiento de Cristo no se obtiene con la instrucción teórica, sino con el compromiso práctico, caminando con Él por el camino del servicio desde Galilea a Jerusalén. Quien insista en tener la idea de Pedro, o sea, la del Mesías glorioso sin la cruz, no entenderá a Jesús y no llegará a asumir jamás la actitud del verdadero discípulo. Quien quiere creer en Jesús y hacer “don de sí” (Mc 8,35), aceptar “ser el último” (Mc 9,35), “beber el cáliz y llevar la cruz” (Mc 10,38), éste, como Bartimeo, aun sin tener las ideas totalmente correctas, obtendrá el poder de “seguir a Jesús por el camino” (Mc 10,52). En esta certeza de poder caminar con Jesús se encuentra la fuente del coraje y la semilla de la victoria sobre la cruz. 

 

 


 

XXX DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada   Sal 104, 3-4
Que la alegría llene el corazón de los que buscan al Señor.
Busquen al Señor y serán fuertes, busquen siempre su rostro.

Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
aumenta nuestra fe, esperanza y caridad,
y para conseguir lo que nos prometes,
ayúdanos a amar lo que nos mandas.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Mira, Padre, la ofrendas que te presentamos,
y que la celebración de estos misterios
sean para tu gloria y alabanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión    Ef 5, 2
Cristo nos amó y se entregó por nosotros,
como ofrenda y sacrificio agradable a Dios.

Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro,
te pedimos que lleves a su plenitud en nosotros
lo que significan estos sacramentos,
para que poseamos plenamente
lo que ahora celebramos en esta liturgia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

 


 

DOMINGO TRIGÉSIMO


Traigo a ciegos y lisiados llenos de consuelo

Lectura del libro del profeta Jeremías     31, 7-9

 

Así habla el Señor:
¡Griten jubilosos por Jacob,
aclamen a la primera de las naciones!
Háganse oír, alaben y digan:
«¡El Señor ha salvado a su pueblo,
al resto de Israel!»
Yo los hago venir del país del Norte
y los reúno desde los extremos de la tierra;
hay entre ellos ciegos y lisiados,
mujeres embarazadas y parturientas:
¡es una gran asamblea la que vuelve aquí!
Habían partido llorando,
pero Yo los traigo llenos de consuelo;
los conduciré a los torrentes de agua
por un camino llano,
donde ellos no tropezarán.
Porque Yo soy un padre para Israel
y Efraím es mi primogénito.

Palabra de Dios.
 
 

SALMO     Sal 125, 1-6
 
R.
 ¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros!

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía que soñábamos:
nuestra boca se llenó de risas
y nuestros labios, de canciones. 
R.
 
Hasta los mismos paganos decían:
«¡El Señor hizo por ellos grandes cosas!»
¡Grandes cosas hizo el Señor por nosotros
y estamos rebosantes de alegría! 
R.
 
¡Cambia, Señor, nuestra suerte
como los torrentes del Négueb!
Los que siembran entre lágrimas
cosecharán entre canciones. 
R.
 
El sembrador va llorando
cuando esparce la semilla,
pero vuelve cantando
cuando trae las gavillas. 
R.


Tú eres sacerdote para siempre
según el orden de Melquisedec.

Lectura de la carta a los Hebreos     5, 1-6
 
    Hermanos:
    Todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y puesto para intervenir en favor de los hombres en todo aquello que se refiere al servicio de Dios, a fin de ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Él puede mostrarse indulgente con los que pecan por ignorancia y con los descarriados, porque él mismo está sujeto a la debilidad humana. Por eso debe ofrecer sacrificios, no solamente por los pecados del pueblo, sino también por sus propios pecados. Y nadie se arroga esta dignidad, si no es llamado por Dios como lo fue Aarón.
    Por eso, Cristo no se atribuyó a sí mismo la gloria de ser Sumo Sacerdote, sino que la recibió de Aquél que le dijo:
        «Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy».
    Como también dice en otro lugar:
        «Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec».
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Cf. 2Tim 1, 10b

Aleluia.
Nuestro Salvador Jesucristo destruyó la muerte
e hizo brillar la vida, mediante la Buena Noticia.
Aleluia.

 
EVANGELIO

Maestro, que yo pueda ver

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     10, 46-52
 
    Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
    Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo».
    Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Animo, levántate! Él te llama».
    Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia Él. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?»
    Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver».
    Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
 
Palabra del Señor.

 

 

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