Domingo 31 del tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del XXXI Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver la Segunda Lectura)
Jesús, aquí en medio de nosotros,
se ofrece a sí mismo por nosotros.
Él vive para siempre
para interceder por todos nosotros que venimos a él.
Que su gracia y su paz estén siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. El Amor: Cumbre y Compendio de todos los mandamientos
No hay mayor amor que el que nos dispone a dar nuestra vida por los demás. Jesús, quien que nos dice esto, demostró con su propia vida y con su muerte que lo decía en serio. Insiste en que el amor a Dios y el amor al prójimo son una sola y misma cosa; son inseparables. Nos resulta quizás fácil amar a un Dios a quien no vemos, pero con mucha frecuencia nos resulta muy difícil amar a gente cuyas debilidades vemos, gente que puede ser rara, cascarrabias, violenta y nada de fiar. Pero si no podemos amar a esa gente, realmente no amamos a Dios. Jesús, que es el amor de Dios vivo, puede otorgarnos su amor infinito y digno de fiar.
2. Comparte el Amor de Dios
Las personas que se aman profundamente están dispuestas a sacrificarse mutuamente. Sin embargo, lo que más importa es su mutuo amor, más que el sacrificio mismo; el amor es la auténtica raíz. El amor es algo tan estupendo porque, antes que nada, es un regalo de Dios, quien nos amó primero. Si caemos plenamente en la cuenta de esto, nos será fácil amar a los hermanos y estar en paz y en amor con nosotros mismos, porque Dios nos ama en medio de nuestra debilidad e inconstancia, y continúa aceptándonos con benevolencia. ¿Por qué, pues, no habríamos nosotros de aceptar también a los que nos rodean? En esta eucaristía le pedimos al Señor que podamos experimentar este amor y que haga capaces de compartirlo con nuestros hermanos.
Acto Penitencial
¿Quién no ha fallado a veces en el amor?
Pidamos al Señor y a aquellos a quienes hemos ofendido que nos perdonen con generoso corazón.
(Pausa)
Señor Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que eras atento y amable con todos y curabas sus enfermedades.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que acogías y abrazabas aun a pecadores y marginados.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, comparte tu amor con nosotros ya que te diste hasta el extremo de aceptar la muerte para salvar al injusto, al ingrato, al cruel.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona todos nuestros pecados. Haznos capaces de amar con un amor que nunca excluya a nadie y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Roguemos a Dios, fuente de todo amor, que reavive nuestro amor.
(Pausa)
Señor Dios nuestro, Padre amoroso:
Todo amor auténtico procede de ti y conduce a ti.
Tú te has entregado a nosotros
en una alianza de amor eterno
en la persona de Jesucristo.
Ayúdanos a responder a tu amor con todo nuestro ser
y a vivir tus mandamientos
no como leyes impuestas desde fuera sobre nosotros,
sino como oportunidades de amarte sincera y cordialmente
a ti y a los hermanos.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Dt 6,2-6): Amen al Señor con todo su corazón
Dios dice, tan temprano como en el Antiguo Testamento: Escuchen, pueblo de la Alianza: El Señor Dios les ama. Amen a Dios con todo su corazón.
Segunda Lectura (Heb 7,23-28) Cristo, el Sumo Sacerdote Definitivo
Cristo es el definitivo mediador y sumo sacerdote, porque él es el Hijo eterno de Dios y se sacrificó a sí mismo totalmente por nosotros. Solamente él puede otorgarnos real comunión con Dios.
Evangelio (Mc 12,28b-34): No hay Mandamiento Mayor que Estos Dos.
Escucha, pueblo de la nueva Alianza: Ama al Señor Dios con todo lo que hay en ti; recuerda que el amor incluye a todos y cada uno.
Intercesiones Generales
El amor difícilmente puede ser “mandado”, sin embargo, debería ser el corazón de todo lo que hacemos. Pidamos al Padre de todo amor la capacidad de amarle auténticamente a él y a nuestros hermanos, estén cerca o lejos. Digamos:
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Para que la Iglesia, por la que Cristo murió, crezca hasta llegar a ser una comunidad universal de amor, que haga visible a todos el amor incondicional de Dios, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Para que los cristianos, en todas partes del mundo, no sean gente de legalismos y de observancias exteriores, sino gente con corazón, que hacen lo que deben hacer y mucho más, porque son hijos de Dios, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Para que las naciones del mundo aprendan a respetarse y a ayudarse unas a otras, y a construir paz y progreso no a expensas de los otros, sino sobre la base de justicia y distribución equitativa de los bienes de la tierra, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Para que nosotros seamos amigos dignos de fiar para cuantos sufren de cualquier forma; que sepamos aligerar sus cargas y ayudarles a seguir confiando en Dios y en los hermanos, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Para que nuestro anémico, débil y mustio amor se vuelva rico y espontáneo, como un fresco aliento de vida y alegría, que anime las vidas de los que nos rodean, y sea como un canto de alabanza sin palabras a Dios, roguemos al Señor.
R/ Señor, haznos instrumentos de tu amor.
Oh Dios, fuente de amor: Fácilmente declaramos que te pertenecemos a ti y a tu Hijo Jesús. Ayúdanos, por medio de tu Espíritu de amor, a dar un rostro humano a tu amor para que sepamos hacer felices a los demás y ser todos juntos tu pueblo alegre y feliz, en Cristo Jesús, nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Por medio de estas ofrendas de pan y vino
permítenos unirnos a tu Hijo Jesús
en su perfecto sacrificio de amor.
Acepta nuestro corazón, nuestra vida,
nuestros pensamientos, palabras e intenciones,
nuestras penas y nuestras alegrías
como una manera agradecida de responder a tu amor,
y para llevar vida y alegría a nuestros hermanos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con un solo corazón y una sola voz demos gracias a Dios por el amor que nos ha mostrado en Cristo, un amor que nos hace a nosotros capaces de amar. La obediencia de Jesús también nos ha hecho capaces de dar a Dios una respuesta de amor.
Invitación al Padre Nuestro
Por el poder del Espíritu Santo que mora en nuestros corazones, rogamos a nuestro Padre del cielo. R/ Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
de insensibilidad, cálculo y egoísmo,
y ábrenos decididamente a tu amor.
Líbranos siempre del miedo a entregamos con amor
a cualquiera que nos necesite.
Y que nuestro amor por los que nos rodean
sea la prueba de calidad de que te amamos a ti.
Ayúdanos a ser un solo corazón y una sola alma
y a ser una comunidad generosa para el servicio,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la segunda venida de nuestro Salvador Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Este es el Cordero de Dios que entregó su vida por nosotros
y que dijo: Conocerán todos que ustedes son mis discípulos
si se aman unos a otros como yo les he amado.
Dichosos nosotros invitados a participar
este banquete de amor de Jesús.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Hemos aprendido de tu Hijo
no solamente a amar a otros
como nos amamos a nosotros mismos,
sino, si es necesario,
a amarlos más aún que a nosotros mismos.
Por la fuerza de esta eucaristía,
disponnos a alegrarnos con los que se sienten alegres y felices
y también a llorar con los tristes,
a cultivar lo mejor en nosotros mismos
y a ofrecerlo a los otros como don gratuito.
Ayúdanos a no acoger nunca a Cristo sin el pueblo
y, a la inversa, a nunca acoger al pueblo sin Cristo,
que es nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: ¿Necesitábamos realmente que nos recordaran que el amor es el corazón de nuestra fe, así como el corazón de toda vida humana? Sí, si somos conscientes de que con frecuencia nos olvidamos de ese amor.
Quizás no es más fácil de alguna manera guardar el amor de Dios, porque parece que Dios está con frecuencia muy lejos de nosotros. Pero nuestro prójimo está ahí, con todas sus imperfecciones y malos hábitos. No debemos olvidar que nuestro prójimo es el mismo Cristo, quien se encuentra con nosotros en el camino de la vida.
Que el Señor nos colme con su amor y nos bendiga: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Amén.
Vayamos y caminemos justos por el camino de amor del Señor.
No estás lejos del Reino de Dios
Después de varios domingos de caminar hacia Jerusalén, el texto de hoy nos sitúa en Jerusalén y en el Templo, al que Marcos ha desposeído de su privacidad judía confiriéndole alcance universal. En este marco se suceden después conversaciones al más alto nivel. Hoy interviene un jurista, favorablemente impresionado por las respuestas precedentes de Jesús. A diferencia de Mateo, Marcos quita a su intervención cualquier segunda intención. No va a “pillar” al Maestro para encontrar algo de qué acusarlo.
La respuesta de Jesús a la pregunta del mandamiento principal es muy sencilla. Como todas sus predicaciones. Se dice fácil, pero… ¡Qué difícil vivirlo! Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a uno mismo. Y no solo eso, sino con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con todo el ser. Pues vaya.
Probablemente, la vida sería muy complicada en tiempos de Jesús. Me refiero a la vida del verdadero creyente judío, con sus más de 600 normas, positivas y negativas, que debían cumplir. Es que cuando la vida se embrolla – también la Vida Religiosa – se vuelve demasiado complicada, se siente la necesidad de poner orden y de simplificar. Lo que el escriba quería, a fin de cuentas, era poder conocer y vivir lo esencial. Dejar de vivir abrumado por el peso de las normas, y sentir la alegría de la oración y del encuentro con Dios. Vivir lo importante. Y lo más importante es el amor.
Me parece que deberíamos estar agradecidos a este escriba, por haberse acercado a Jesús, para hacerle esta pregunta. Nos ha dado a nosotros también la oportunidad de aclarar qué es lo más importante. El Maestro, en su repuesta, une los dos mandamientos que ya aparecían en el Antiguo Testamento: amar a Dios y amar al prójimo.
El amor que Dios quiere no es un sentimiento fugaz, una emoción pasajera, una declaración de amor hecha solamente con los labios, sino la adhesión total a Él en el cumplimiento de lo que le agrada. Buscando conocer y hacer Su voluntad. Para los judíos, el corazón era la sede no solo de las emociones sino también de la racionalidad y de las decisiones. Amar a Dios con todo el corazón significa darle el control de todas las decisiones y de todos los sentimientos.
También significa mantener un corazón indiviso, un corazón donde no haya espacio para los ídolos. Si es el Señor quien, con su Palabra, llena el corazón, no hay que dejar ya ningún lugar a la codicia del dinero, a los caprichos, las ambiciones, a la hora de sopesar lo que se debe hacer, decir o querer. Un buen punto para la reflexión. ¿Está mi corazón indiviso o dividido?
Asimismo, para nosotros es importante saber qué es lo central en nuestra vida. La consigna de Jesús es el amor. Un amor que va en dos direcciones. Hacia Dios, preparando para Él un lugar de honor en nuestra vida, en nuestra mentalidad, en nuestra jerarquía de valores. Saber escucharle, adorarle encontrarnos con él en la oración, amar lo que ama él. Y hacia los hermanos, hacia el “prójimo”, a los simpáticos y a los menos simpáticos, porque todos son nuestros hermanos. Amarlos significa no sólo no hacerles daño, sino también ayudarlos, acogerlos, perdonarlos… Que no sea algo etéreo, sino concreto. “No se puede decir que amas a Dios, a Quien no ves, si no amas al hermano, al que ves”, dice el apóstol Juan. (1 Jn 4, 20-21)
Para amar a los demás, es necesario estar reconciliado con uno mismo. Amarse a uno mismo es la condición para poder amar a los otros. Si nos detestamos, también seremos agresivos con los demás, en nuestro trato con ellos. Y si crecemos en autoaceptación, nos sentiremos más libres para amar a los demás. Recordemos siempre que el primero que nos ama es Dios. Y, partiendo de la experiencia de su amor, podemos amar a los otros.
El escriba considera las palabras de Jesús ajustadas a la verdad. Ha escuchado con atención, y responde de forma sensata. Entre ellos no hay tensión, como se percibe en otras ocasiones. Incluso las palabras finales del Maestro confirman el clima de entendimiento mutuo: “no estás lejos del Reino de Dios”. Una pregunta sincera que recibe una respuesta adecuada.
Sin embargo, este letrado no parece que se convirtiera en seguidor de Jesús. Es que estar “cerca” no significa estar “dentro”. Con Jesús hemos llegado a Jerusalén, y sus seguidores han tenido tiempo para entender sus enseñanzas y, llegado el caso, convertirse en discípulo. Pero eso no es para todos. Algunos no llegan a “ver”, siguen ciegos, como Bartimeo al inicio del relato la semana pasada.
Si es nuestra situación, si sentimos que todavía no amamos a Dios sobre todas las cosas, o al prójimo como a nosotros mismos, no está todo perdido. Siempre se puede volver a andar el camino a Jerusalén con Jesús, para seguir acercándonos, para seguir centrándonos en Dios. Porque seguro que no estamos lejos del Reino.
EVANGELIO
No estás lejos del reino de Dios.
+ Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 28b-34
En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó: «Muy bien. Maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra de Dios.
ATEISMO SUPERFICIAL
Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo igualmente frívolo e irresponsable. Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica religiosa y han liquidado cualquier relación con una comunidad creyente. Pero, ¿basta con eso para resolver con seriedad la postura personal de uno ante el misterio último de la vida?
Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en «los inventos de los curas», pero creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se escucha, de quien no se espera nada con gozo?
Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios, enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad. Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios a vivir una vida más digna y responsable.
Bastantes se han fabricado su propia religión y se han construido su propia moral propia a su medida. Nunca han buscado otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida, evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su existencia.
Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad no entienden para qué pueda servir tal cosa. Ellos viven tan ocupados en trabajar y disfrutar y tan distraídos por los problemas de cada día, los programas del televisor y las revistas de fin de semana, que Dios no tiene sitio en sus vidas.
Pero, nos equivocaríamos los creyentes sin pensáramos que este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este ateísmo puede estar penetrando también en los corazones de los que nos llamamos creyentes, a veces nosotros mismos sabemos que Dios no es el único Señor de nuestra vida ni siquiera el más importante.
Hagamos solamente una prueba. ¿Qué sentimos en lo más íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio, repetidas veces y con sinceridad estas palabras: «Escucha... El Señor nuestro Dios es el único Señor: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas.»? ¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?
LO DECISIVO
Amarás...
A Jesús le hicieron muchas preguntas. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a vivir de manera sabia. Pero la pregunta que esta vez le hace un «letrado» no es una más. Lo que le plantea aquel hombre preocupaba a muchos: ¿qué mandamiento es el primero de todos?, ¿qué es lo primero que hay que hacer en la vida para acertar?
Jesús le responde con unas palabras que, tanto el letrado como él mismo, han pronunciado esa misma mañana al recitar la oración «Shemá»: «Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». A Jesús le ayudaban a vivir a lo largo del día amando a Dios con todo su corazón y todas sus fuerzas. Esto es lo primero y decisivo.
A continuación, Jesús añade algo que nadie le ha preguntado: «El segundo mandamiento es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Ésta es la síntesis de la vida. De estos dos mandatos depende todo: la religión, la moral, el acierto en la existencia.
El amor no está en el mismo plano que otros deberes. No es una «norma» más, perdida entre otras normas más o menos importantes. «Amar» es la única forma sana de vivir ante Dios y ante las personas. Si en la política o en la religión, en la vida social o en el comportamiento individual, hay algo que no se deduce del amor o va contra él, no sirve para construir una vida humana. Sin amor no hay progreso.
Se puede vaciar de «Dios» la política y decir que basta pensar en el «prójimo». Se puede vaciar del «prójimo» la religión y decir que lo decisivo es servir a «Dios». Para Jesús «Dios» y «prójimo» son inseparables. No es posible amar a Dios y desentenderse del hermano.
El riesgo de distorsionar la vida desde una religión «egoísta» es siempre grande. Por eso es tan necesario recordar este mensaje esencial de Jesús. No hay un ámbito sagrado en el que nos podamos ver a solas con Dios, ignorando a los demás. No es posible adorar a Dios en el fondo del alma y vivir olvidado de los que sufren. El amor a Dios, Padre de todos, que excluye al prójimo se reduce a mentira. Lo que va contra el amor, va contra Dios.
LO IMPORTANTE
Un escriba se acerca a Jesús. No viene a tenderle una trampa. Tampoco a discutir con él. Su vida está fundamentada en leyes y normas que le indican cómo comportarse en cada momento. Sin embargo, en su corazón se ha despertado una pregunta: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?" ¿Qué es lo más importante para acertar en la vida?
Jesús entiende muy bien lo que siente aquel hombre. Cuando en la religión se van acumulando normas y preceptos, costumbres y ritos, es fácil vivir dispersos, sin saber exactamente qué es lo fundamental para orientar la vida de manera sana. Algo de esto ocurría en ciertos sectores del judaísmo.
Jesús no le cita los mandamientos de Moisés. Sencillamente, le recuerda la oración que esa misma mañana han pronunciado los dos al salir el sol, siguiendo la costumbre judía: "Escucha, Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón".
El escriba está pensando en un Dios que tiene poder de mandar. Jesús le coloca ante un Dios cuya voz hemos de escuchar. Lo importante no es conocer preceptos y cumplirlos. Lo decisivo es detenernos a escuchar a ese Dios que nos habla sin pronunciar palabras humanas.
Cuando escuchamos al verdadero Dios, se despierta en nosotros una atracción hacia el amor. No es propiamente una orden. Es lo que brota en nosotros al abrirnos al Misterio último de la vida: "Amarás". En esta experiencia, no hay intermediarios religiosos, no hay teólogos ni moralistas. No necesitamos que nadie nos lo diga desde fuera. Sabemos que lo importante es amar.
Este amor a Dios no es un sentimiento ni una emoción. Amar al que es la fuente y el origen de la vida es vivir amando la vida, la creación, las cosas y, sobre todo, a las personas. Jesús habla de amar "con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser". Sin mediocridad ni cálculos interesados. De manera generosa y confiada.
Jesús añade, todavía, algo que el escriba no ha preguntado. Este amor a Dios es inseparable del amor al prójimo. Sólo se puede amar a Dios amando al hermano. De lo contrario, el amor a Dios es mentira. ¿Cómo vamos a amar al Padre sin amar a sus hijos e hijas?
No siempre cuidamos los cristianos esta síntesis de Jesús. Con frecuencia, tendemos a confundir el amor a Dios con las prácticas religiosas y el fervor, ignorando el amor práctico y solidario a quienes viven excluidos por la sociedad y olvidados por la religión. Pero, ¿qué hay de verdad en nuestro amor a Dios si vivimos de espaldas a los que sufren?
OLVIDAR LO ESENCIAL
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la confianza en el amor. No quiere «sentimentalismos» ni compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.
Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las instituciones o se les encomienda a la Administración, pero nadie las quiere cerca.
El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no deseamos encontramos con quienes están en paro. Nos molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o del amor.
Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierran en sí mismos para defenderse mejor.
Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo en la rentabilidad, el crecimiento económico, la competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba el siguiente anuncio: «Nuestra filosofía reposa sobre cuatro principios: rentabilidad inmediata, seguridad de emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un patrimonio generador de plus valía».
Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida «el amor al prójimo». Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan todavía de caridad cristiana pero terminan más de una vez instalándose en lo que Karl Rahner llamaba «un egoísmo que sabe comportarse decentemente».
Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la sociedad moderna.
Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de los marginados. Arriesgar nuestra economía para solidarizarnos con causas que favorecen a los menos privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover la no-violencia como el camino más humano para resolver los conflictos.
Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
CIENCIA Y AMOR
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.
Hace años tuvo amplio eco entre los teólogos un estudio de Bernard Lonergan titulado Método en teología (Ed. Sígueme, Salamanca 1988). El propósito del prestigioso teólogo canadiense era encontrar un camino (método) que, respondiendo al anhelo más genuino del espíritu humano, permita llegar a un conocimiento más profundo de la realidad total.
Es sabido que el método científico se funda básicamente en la observación y la experimentación. Su éxito extraordinario se debe a que se observan cada vez más datos, se llevan a cabo nuevos experimentos y se pueden formular así nuevas teorías. El resultado es una explosión tal de conocimientos que comienza a ser difícil almacenarlos y utilizarlos de forma correcta.
Este método, observa Lonergan, no conduce más allá de este mundo. La ciencia en sí misma no lleva hasta Dios ni puede hacerlo. El método científico tiene sus límites. Ayuda a conocer mejor cómo funcionan las cosas, pero no puede avanzar en el conocimiento del misterio último que sostiene y da sentido a toda esa realidad conocida científicamente.
Bernard Lonergan propone seguir unos preceptos trascendentales que, en su formulación más simple, suenan así: «Sé atento, sé inteligente, sé razonable, sé responsable, enamórate». El buen científico está atento a los datos, los comprende de forma inteligente y los utiliza de modo razonable. Pero no es suficiente. Para abarcar toda la realidad, es necesario además «ser responsable» y buscar el bien del hombre (conversión ética) y es necesario «mirar con amor» el misterio último de la realidad (conversión religiosa).
Dios siempre se nos ofrece como misterio (quasi ignotus), y la ciencia lo sabe pues Dios «escapa» constantemente a sus métodos. El camino del científico (como el de todo ser humano) hacia Dios no es la experimentación razonada, sino el amor. El misterio de Dios puede ser amado aunque no sea pensado. Del amor proviene la sabiduría que permite abrirse hacia el misterio que rodea a la vida humana y que envuelve al mundo.
También el científico ha de escuchar el gran precepto: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Mc 12, 29-30). Este amor no va contra la ciencia y puede desencadenar en el científico un modo de pensar, sentir, decidir y actuar que le permite vivir religado al Misterio último de Dios de manera honesta y responsable.
CAPAZ DE ENAMORAR
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón.
Siempre ha insistido la teología en que no hemos de pretender encerrar a Dios en nuestros conceptos e imágenes. Dios lo trasciende todo (Deus semper maior). Los nombres que le atribuimos sólo sirven para orientar nuestro corazón hacia ese misterio insondable que está en lo más íntimo de la realidad.
Pero lo cierto es que toda religión va elaborando su imagen de Dios a partir de la cultura en la que nace y se desarrolla. Así ha sucedido también en el cristianismo que, durante dos milenios, ha hundido sus raíces en una sociedad patriarcal y monárquica, fuertemente jerarquizada. No es extraño en esa cultura invocar a un Dios Soberano, Juez, Señor y Rey.
Es evidente que este Dios ha dejado hoy de atraer los corazones. Ya ni atemoriza ni fascina. La indiferencia parece crecer siempre más. Algunas veces me pregunto qué resonancia puede tener en la conciencia de muchos ese «Dios todopoderoso y eterno» que se repite en las oraciones litúrgicas. Pero, ¿qué es lo que está hoy en crisis —se preguntan no pocos teólogos—, la fe en el misterio insondable de Dios o esos modelos culturales claramente envejecidos?
¿Es un despropósito pensar que el cristianismo desarrollará en los próximos siglos modelos más idóneos para expresar la fe en un Dios Amor? ¿Por qué no se va a descubrir en el Dios cristiano a un Dios amigo de la vida, Padre y Madre de todos, un Dios amante, enamorado de cada ser, servidor humilde de sus criaturas? ¿Por qué no se va a creer en un Dios que ama el cuerpo, impulsa la vida, libera de miedos, despierta la responsabilidad y quiere ya desde ahora la paz y la felicidad para todos? ¿Por qué no creer en un Dios grande que no cabe en ninguna religión ni iglesia, el Dios que sufre donde sufren sus criaturas, el Dios que acompaña a todos día a día y que, lejos de provocar la angustia ante la muerte, estará abrazando a cada persona mientras agoniza rescatándola para la vida eterna?
Tal vez entonces descubrirán muchos que ese Dios está ya anunciado por Cristo que nos revela a un Dios que no busca ser servido por los hombres, sino servirlos (Marcos 10, 44), un Dios que ama a buenos y malos, y hace salir el sol para todos (Mateo 5, 45). Un Dios así es capaz de atraer y enamorar. Ante este Dios resuenan de forma muy distinta las palabras de Jesús: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser» (Marcos 12, 30).
INDIGNACION
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Se ha dicho que ya no quedan palabras para condenar la perversión de ETA y el carácter inhumano de sus asesinatos. No es cierto. Nos queda una palabra, aparentemente frágil y vulnerable, cargada de amor al ser humano. Una palabra que es, en su debilidad, más fuerte que todas las armas y todos los fanatismos: NO.
Un NO que nace de la indignación de la conciencia. Esta indignación no es odio, menos aún deseo de venganza. Es la reacción firme e irreprimible de quien rechaza desde lo más hondo de su ser el envilecimiento.
ETA está siendo derrotada donde menos lo esperaba: en la conciencia de los vascos. Su terrorismo no tiene salida. Por una parte, si quiere continuar sembrando terror, ha de cometer asesinatos cada vez más execrables; por otra parte, son precisamente esos crímenes los que ponen cada vez más al descubierto su locura, y provocan el rechazo cada vez más radical del pueblo vasco.
Al parecer, ETA no había contado con la conciencia de los vascos, o, si lo ha hecho alguna vez, ha creído que era fácil eliminarla o manipularla con grandes discursos justificatorios. No ha sido así. La conciencia de este pueblo es más noble y más grande que todo lo que se le ha predicado desde el terror.
Por eso, de cada secuestro y de cada asesinato, ETA sale más derrotada y con menos apoyo social. Sus asesinatos, lejos de generar adhesión, hacen crecer la indignación y el rechazo.
Un sentido ético elemental está trabajando las conciencias de las gentes: ¿Qué amor al pueblo es éste de ETA, que la lleva a asesinar en contra de la voluntad absolutamente mayoritaria de la sociedad? ¿Qué lucha por los derechos es ésta que comienza por atacar el primero y más fundamental de todos, que es el derecho a la vida? ¿Qué «Movimiento de Liberación» es éste que pretende tener aprisionada por el miedo y la coacción la conciencia de sus propios militantes?
Y, mientras tanto, ¿qué sucede en la conciencia de quienes dan la orden de eliminar vidas concretas, los que disparan o los que ofrecen la información o colaboración necesarias? ¿Por qué tanta ceguera y tanto fanatismo? ¿Cuál es la razón suprema para tanta sinrazón?
Esta sociedad necesita que alguien le recuerde con fuerza el primer mandamiento de todo pueblo que quiera ser humano: «Amar a Dios como único Señor y amar al prójimo como a uno mismo.» Es esto lo que necesitamos escuchar. No gritos de odio ni discursos ideológicos. Cada uno sabrá dónde tiene que hablar y ante quienes. Unos hemos de hacerlo en público. Otros en su propio ámbito. Pero hemos de mantener viva la indignación contra todo lo que viola el mandato supremo del amor.
OLVIDAR LO ESENCIAL
Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Se ha dicho que el hombre contemporáneo ha perdido la confianza en el amor. No quiere “sentimentalismos” ni compasiones baratas. Hay que ser eficaces y productivos. La cultura moderna ha optado por la racionalidad económica y el rendimiento material, y tiene miedo al corazón.
Por eso, en la sociedad actual se teme a las personas enfermas, débiles o necesitadas. Se las encierra en las instituciones o se les encomienda a la Administración, pero nadie las quiere cerca.
El rico tiene miedo del pobre. Los que tenemos trabajo no deseamos encontrarnos con quienes están en paro. Nos molestan todos aquellos que se nos acercan pidiendo ayuda en nombre de la justicia o del amor.
Se levantan entre nosotros toda clase de barreras. No queremos cerca a los gitanos. Miramos con recelo a los africanos porque su presencia parece peligrosa. Cada grupo y cada persona se encierran en sí mismo para defenderse mejor.
Queremos construir una sociedad progresista basándolo todo en la rentabilidad, el crecimiento económico, la competitividad. Recientemente, una inmobiliaria publicaba el siguiente anuncio: “Nuestra filosofía reposa sobre cuatro principios: rentabilidad inmediata, seguridad de emplazamiento, fiscalidad ventajosa y constitución de un patrimonio generador de plus valía”.
Naturalmente, en esta filosofía ya no tiene cabida “el amor al prójimo”. Los mismos que se dicen creyentes, tal vez, hablan todavía de caridad cristiana, pero terminan más de una vez instalándose en lo que Karl Rahner llamaba “un egoísmo vividor que sabe comportarse decentemente”.
Después de veinte siglos, el riesgo de los cristianos es pensar que basta con cumplir aquello que siempre se ha predicado: no hacer mal a nadie, colaborar en las colectas que se hacen en el templo y dar algún donativo o limosna, si no encontramos nada mejor para salir del paso.
Y, sin embargo, la gran tarea del cristianismo es introducir el “amor real” en esta cultura que sólo genera “egoísmo sensato bien organizado”. Producir grietas y aberturas que permitan vislumbrar el gran vacío de una sociedad que ha excluido el amor. Gritar una y otra vez que sin amor nunca se construirá un mundo mejor.
Pero lo importante no son las palabras, sino los hechos. Si queremos ser fieles al principal mandato del Evangelio, los cristianos hemos de ir descubriendo constantemente las nuevas exigencias y tareas del amor al prójimo en la sociedad moderna.
Amar significa hoy afirmar los derechos de los parados antes que nuestro propio provecho. Renunciar a pequeñas y mezquinas ventajas para contribuir a una mejora social de los marginados. Arriesgar nuestra economía para solidarizarnos con causas que favorecen a los menos privilegiados. Dar con generosidad parte de nuestro tiempo libre al servicio de los más olvidados. Defender y promover la no-violencia como el camino más humano para resolver los conflictos.
Por mucho que la cultura actual lo olvide, en lo más hondo del ser humano hay una necesidad de amar al necesitado, y de amarlo de manera desinteresada y gratuita. Por eso es bueno que se sigan escuchando las palabras de Jesús: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón... Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
EL AMOR SE APRENDE
Amarás a tu prójimo.
Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente.
Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad en ese mundo misterioso y atractivo del amor.
Hay quienes piensan que el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que se los ame.
Para estas personas lo importante es ser atractivo, resultar agradable, tener una conversación interesante, hacerse querer. En general, terminan siendo bastante desdichados.
Otros están convencidos de que amar es algo sencillo y que lo difícil es encontrar personas agradables y apropiadas a las que se les pueda querer. Estos sólo se acercan a quien les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su «amor» se desvanece.
Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de compañía, afecto o placer. Cuando dicen “te quiero”, en realidad están diciendo “te deseo”, “me apetece”.
Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra cosa.
Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida pues nos puede liberar de la soledad y la separación para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.
Pero, concretamente, ese “amar al prójimo como a uno mismo” requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.
La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que ocurre en su intimidad. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.
Lo segundo es aprender a dar. No hay amor allí donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.
Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.
EL ATEISMO DEL CARBONERO
Dios es el único Señor.
Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo igualmente frívolo e irresponsable. Se podría decir que viven un «ateísmo de carbonero».
Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica religiosa y han liquidado cualquier relación con una comunidad creyente. Pero, ¿basta con eso para resolver con seriedad la postura personal de uno ante el misterio último de la vida?
Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en «los inventos de los curas», pero creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de quien no se espera nada con gozo?
Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios, enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad. Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios vivir una vida más digna y responsable.
Bastantes se han fabricado su propia religión y se han construido su propia moral a medida. Nunca han buscado otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida, evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su existencia o les obligara a plantearse una conversión.
Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad no entienden para qué pueda servir tal cosa. Ellos viven tan ocupados en trabajar y disfrutar y tan distraídos por los problemas de cada día, los programas del televisor y las revistas de fin de semana, que Dios no tiene sitio en sus vidas.
Pero, nos equivocaríamos los creyentes sin pensáramos que este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este ateísmo está también en el corazón de los que nos llamamos creyentes, pero sabemos que Dios no es el único Señor de nuestra vida ni siquiera el más importante.
Hagamos solamente una prueba. ¿Qué sentimos en lo más íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio, repetidas veces y con sinceridad estas palabras: «Escucha... El Señor nuestro Dios es el único Señor: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser.»?
¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?
LO PRIMERO DE TODO
No hay mandamiento mayor.
Pocas experiencias cristianas más gozosas que la de encontrarnos de pronto con una palabra de Jesús que ilumina lo más hondo de nuestro ser con una luz nueva e intensa.
Así es la respuesta a aquel escriba que le pregunta: « ¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Jesús no duda. Lo primero de todo es amar. No hay nada mayor que amar a Dios con todo el corazón y amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. La última palabra la tiene siempre el amor.
Está claro. El amor es lo que verdaderamente justifica nuestra existencia. La savia de la vida. El secreto último de nuestra felicidad. La clave de nuestra vida personal y social.
Y no se trata sólo de palabras. Hombres de gran inteligencia, con una capacidad de trabajo asombrosa, de una eficacia sorprendente en diversos campos de la vida, terminan siendo seres mediocres, vados y fríos cuando se cierran a la fraternidad y se van incapacitando para el amor, la ternura y la generosidad.
Su vida tan prometedora desde diversas perspectivas termina en un fracaso en cuanto a lo esencial. Y aunque pretenda llenar su vacío en una relación amorosa egoísta con el otro sexo, «solamente será un funcionario del sexo, un burócrata que contabiliza placeres ante la carencia del goce supremo: el amor creador» (Roger Garaudy).
Por el contrario, hombres y mujeres de posibilidades aparentemente muy limitadas, poco dotados para grandes éxitos, terminan con frecuencia irradiando una vida auténtica a su alrededor, sencillamente porque se arriesgan día a día a renunciar a sus intereses egoístas y son capaces de vivir con atenta generosidad hacia los demás.
Lo creamos o no, día a día se va construyendo en cada uno de nosotros un pequeño monstruo de egoísmo, frialdad e insensibilidad a los otros, o un pequeño prodigio de ternura, fraternidad y solidaridad con los necesitados.
¿Quién nos podrá librar de esa increíble pereza para amar desinteresadamente y de ese egoísmo que reside en el fondo de nuestro ser como un cáncer invisible pero eficaz?
Ciertamente, el amor no se improvisa ni se inventa ni se fabrica de cualquier manera. El amor se acoge, se aprende y se contagia.
Una mayor atención al amor de Dios revelado en Jesús, una escucha más honda y un silencio más prolongado ante Dios, una apertura mayor a su Espíritu, pueden hacer surgir poco a poco de nuestro ser posibilidades de amor que hoy ni sospechamos.
DIOS NO ES UN SER QUE AMA, SINO EL AMOR QUE UNIFICA TODO
Fray Marcos
Mc 12, 28-34
CONTEXTO
Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en Jerusalén. Ha realizado ya la purificación del templo; ha discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y ancianos sobre la autoridad de Jesús para hacer tales cosas; con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al cesar; con los saduceos sobre la resurrección.
Tenemos que arrancar estas discusiones de los prejuicios con que las hemos interpretado hasta el presente. Las discusiones doctrinales eran muy frecuentes en aquella época y no presuponen hostilidad especial contra Jesús; más bien podrían indicar una valoración importante de la persona. El letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.
EXPLICACIÓN
La pregunta tiene sentido, porque en la Torá, se contabilizaban 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los mandamientos tenían la misma importancia, porque eran mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por eso. Para otros el mandamiento más importante era el cumplimiento del Sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero.
Aunque responde recitando la "shemá" (Dt 6,4-5), Jesús va a dar un salto muy importante en la interpretación, porque une ese texto, que hablaba sólo del amor a Dios, con otro que se encuentra en Lv 19,18, que habla del amor al prójimo. No solo los pone al mismo nivel, sino que termina haciendo de los dos mandamientos uno sólo.
El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, el amor al prójimo relativo, "como a ti mismo". Para la inmensa mayoría de los letrados, el prójimo era el que pertenecía a su pueblo y raza. Según la Torá, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de su propia sociedad judía. En Lucas preguntan a Jesús ¿quién es mi prójimo? y contestó con la parábola del buen Samaritano.
La palabra mandamiento tiene un significado distinto cuando la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios, al crear, pone en la criatura el plano, la hoja de ruta por la que tiene que transitar para llegar a su plenitud. Dios no tiene ningún deseo añadido para nosotros. Su "voluntad" es la más alta posibilidad de la criatura, no algo añadido desde fuera después de haberla creado.
En Juan encontraremos repetidas veces: "Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado". Jesús no dice que ames al prójimo como a ti mismo, sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El cambio es radical. La inmensa mayoría de los cristianos, no se han dado cuenta de esta novedad. Dios no es solo un ser al que puedo amar, sino el AMOR con el que debo amar.
Dios es ágape, don absoluto, infinito y total. Ese amor se manifestó en Jesús. Es puro don, pura gracia que se nos da y nos capacita para amar con ese Amor. En realidad, es el único amor. Juan dice: "El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó". Esa realidad es el fundamento de toda vida espiritual. Es la misma esencia de Dios en la base de nuestra propia existencia. En Dios todo es UNO.
Nuestro amor cristiano sería "caritas", la síntesis del eros humano y el agape divino en una manera concreta y singular de acción relacional con los demás. Se trata de una posibilidad específicamente humana. Por eso desarrollar esa capacidad es crecer en humanidad.
APLICACIÓN
Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible. Nuestro lenguaje está hecho para expresar las realidades sensibles. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte en apunte que pretende ir más allá de lo que puede expresar. Antes de llegar a Dios con nuestros conceptos hemos tocado techo. La única manera de trascender el lenguaje, es la vivencia. Solo la intuición nos puede llevar más allá de todo discurso.
El AMOR es la punta de lanza de la evolu¬ción. En realidad, el camino hacia el amor empezó en las primeras millonési¬mas de segundo después del Big-Bang; cuando las partículas primigenias se unieron para formar unidades superiores. Esta tendencia de la materia, lleva en sí la posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la vida fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. La vida consigue unificar billones de células.
Llegada la inteligencia, el ser humano está capacitado para una unidad que no es la del egoísmo individual. Un conocimiento más profundo y la voluntad, hacen posible una nueva forma de acercamien¬to entre seres que pueden llegar a un grado increíble de unidad, aunque no sea física. Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano. Esta capacidad de salir de la individualidad e identificarme con el otro, es lo que llamamos amor.
Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no racional. Este amor solo llegará después de haber experimentado la presencia en nosotros del Amor que es Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino, descubriré la "razón" del verdadero amor.
Todos los místicos de todas las religiones, de todos los tiempos nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno con el Todo. Esa sensación de integración total es la máxima experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar. Fijaros hasta qué punto demostramos nuestro despiste, cuando seguimos llamando "buen cristiano" al que va a misa, se confiesa, comulga...
No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Juan en su primera carta: Si alguno dice que ama a Dios y no ama a su prójimo, es un embustero y la verdad no está en él.
Meditación-contemplación
Es el tema más importante que se puede plantear un ser humano.
Lo malo es que planteado desde la razón no tiene salida.
Por mucho que hable del mejor vino, no me emborracharé.
Para saber cómo es un vino, hay que beberlo.
.....................
Tampoco tendrán éxito los mandamientos y preceptos.
El amor es lo más contrario a una obligación impuesta.
O surge espontáneamente de lo hondo del ser
o se queda en una programación estéril.
...................
Aprender a amar es la tarea más importante para todo ser humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Todos los aprendizajes que no te lleven a esa meta,
serán una pérdida de tiempo y tarea inútil.
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COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
ESPIRITUALISMO TEMPORALISMO
Y ahora, tras la presentación de fariseos, herodianos y saduceos, aparece un escriba de buena voluntad. Jesús ha comprendido que su pregunta es sincera y por eso no tiene ninguna dificultad en responder directa y claramente.
La unión del primer mandamiento con el segundo había sido ya hecha en el seno del judaísmo; pero el sentido universal del "prójimo" no parece que fuera corriente en la teología hebrea: "prójimo" era el que pertenecía al pueblo elegido o al menos un prosélito que aceptaba las reglas del juego.
El escriba añade una cosa muy querida a nuestro evangelista: el culto no tiene valor en sí si no está estrechamente vinculado con el amor al prójimo. Jesús finalmente reconoce que también entre los escribas había algunos que no estaban lejos del reino de Dios.
A lo largo del cristianismo quedará siempre viva la polémica sobre la rivalidad entre el primero y el segundo mandamiento. Sobre todo, nosotros los occidentales no logramos captar toda la dialéctica que une inseparablemente ambos mandamientos.
Hablamos de verticalismo (hacia Dios) y de horizontalismo (hacia el prójimo), de antropocentrismo versus teocentrismo, sin comprender que lo más esencial del cristianismo es precisamente la combinación dialéctica entre Dios y el prójimo.
El verticalismo teocéntrico se muestra en un tipo de piedad introvertida, que huye del "mundo" y se refugia para siempre en lugares solitarios. La historia del cristianismo presenta ejemplos verdaderamente sorprendentes en su permanencia. Hemos de reconocer que el cristianismo ortodoxo es el que más ha sobresalido en este aspecto: un ejemplo insigne de ello lo tenemos en la "sagrada península" del Monte Atos, que todavía perdura después de mil años. Entre los católicos la vida monástica ha tenido muchos avatares y ha ido sufriendo los inevitables cambios de la sociedad en la que estaba inserta.
Sin embargo, la discusión sigue teniendo gran validez. Hoy ha sido muy frecuente que los hombres "religiosos" -o sea, practicadores de ciertos ritos venerables- sean los más alejados de una sensibilidad frente al prójimo de turno. En el mejor de los casos, conservan de "prójimo" una idea anacrónica, reduciéndolo al mendigo servil que circulaba por las viejas ciudades de tipo cuasifeudal.
Por otra parte, el horizontalismo antropocéntrico ha subrayado excesivamente la dimensión del hombre a costa de la búsqueda de algo mayor que el hombre. Y en un primer momento ha logrado algo positivo: la desaparición del "dios" opresor que impedía al hombre realizarse y plenificarse, pero, al confundir este "dios" con "Dios", ha sido causa de que por la parte trasera volvieran otros dioses "vestidos de paisano".
Actualmente en la crisis del mundo católico y protestante es fácil observar que el militante cristiano que descubre al hombre -a través de una lucha política de liberación- se cree obligado maniqueamente a abandonar su fe cristiana, dejando así libre el campo a los adversarios, que manipulan esta fe para sus fines egoístas y para ello financian suntuosamente el aspecto "vertical" del cristianismo, detrás del cual ocultan sus inconfesados intereses.
JOSEP LLIGADAS
AMOR AL PROJIMO.
-EL "CREDO" DEL ANTIGUO TESTAMENTO
No estará de más, hoy, prestar un poco de atención a las palabras de la primera lectura.
Recoge la especie de profesión de fe que todo israelita recitaba diariamente, que todo buen israelita aprendía de memoria de pequeño y no dejaba de decir ningún día de su vida.
Son palabras bien formuladas, vigorosas, que a buen seguro formaban parte de la intimidad más profunda de todo creyente de la antigua alianza. A Jesús, que era un buen israelita y que por tanto se las sabía de memoria y las recitaba diariamente, le saldrá con toda facilidad utilizarlas como respuesta al doctor de la Ley y acoplarles la "ampliación" del segundo mandamiento.
Este hecho, nos podría llevar hoy a valorar también las fórmulas de fe que nosotros sabemos de memoria, y a valorar el hecho de recitarlas cada día, para que formen parte inseparable de nuestra alma. El padrenuestro es la fundamental de estas fórmulas, para el cristiano. Ningún día tendríamos que dejar de recitarlo, en algún momento u otro. Y de vez en cuando, tendríamos que detenernos a reflexionar sus frases.
-LA ANTIGUA NOVEDAD DE JESÚS
La respuesta de Jesús recoge palabras del Antiguo Testamento. No se lo inventa, el principal mandamiento. Y no era tampoco nuevo, que los doctores de la Ley aunasen el amor a Dios y el amor a los demás. Pero Jesús, al margen de la posible novedad hace una proclamación que se convierte en una de las fórmulas constituyentes del Reino (como lo es también las bienaventuranzas); el creyente del Reino es aquel que vive con toda intensidad el tener a Dios como único absoluto y lo concreta en la vida de cada día en el amor a los demás, trabajando para que los demás puedan ser y tener lo mismo que yo soy y tengo.
Algunas concreciones de este evangelio pueden ser:
I. Un objetivo que da un sentido infinito a todo.
La palabra "mandamiento" es traidora, porque suena a algo que hay que hacer no porque valga la pena, sino porque hay alguien con poder suficiente como para imponernosla. Y en los "mandamientos" que vienen de la fe ciertamente no se da eso. Podríamos llamarlos "objetivos", quizá. Podríamos hacer la pregunta del doctor de la Ley de esta manera: ¿Cuál es el objetivo más importante de la vida del hombre? Y la respuesta de Jesús sería esta: el objetivo más importante de la vida del hombre es tener a Dios muy cerca, muy adentro, como lo más decisivo, como lo único decisivo; y con él, y como él, poner todos nuestros proyectos y actuaciones dirigidos no a nuestro interés personal, sino en solidaridad con todos los demás. Y Jesús añadiría, si nosotros dijéramos que sí, que nos apuntamos a esto: esto es el camino del Reino de Dios, tener eso como objetivo de la vida quiere decir entrar donde está Dios, vivir lo más grande que puede ser vivido.
II. El primer nivel: la experiencia de Dios.
No está bien separar los dos niveles, pero somos limitados y tenemos que explicarnos y reflexionar las cosas por partes. El creyente es aquel que ha sido tocado en su interior más profundo por la experiencia de una presencia plena, viva, totalmente amorosa. Una experiencia que para algunos será un sentimiento a flor de piel, fácil de tocar, mientras que para otros será un convencimiento profundo, sin demasiados sentimientos palpables. Tanto da. De lo que se trata es de vivirlo, como sea. Y cultivarlo. Y buscar medios: un rato concreto diario repasando en presencia de Dios el día; ratos no programados en el autobús o en la Iglesia; momentos de lectura de los salmos o del evangelio o de algún texto que me vaya bien...
III. El segundo nivel: los demás.
Dios "comprende" que uno, por lo que sea, no llegue a conocerlo; pero lo que no acepta es que uno se desentienda de los demás; ésta será la gran sorpresa de /Mt/25/31-46. Esto muestra hasta qué punto el creyente tiene que vivir en absoluta conexión los dos mandamientos. Lástima que, a lo largo del tiempo, hayamos perdido en parte el sentido concretísimo que tiene este amor, y lo hayamos convertido en una fórmula casi abstracta. Amar a los demás, dice Jesús, es hacer lo que el samaritano de la parábola, o lo que hace él mismo cuando se encuentra con un leproso o con la mujer adúltera. Amar quiere decir, pues, hacer todo lo que esté en mi mano para que todos los hombres y mujeres de cualquier parte del mundo puedan tener lo que yo tengo y todo lo que desearía tener. Y eso se concreta, entonces, en trato personal, en limosna, en interés social, en acción política... ¡en todo!
LO REAL ES AMOR
Enrique Martínez Lozano
Mc 12, 28-34
La pregunta que el escriba –teólogo oficial del judaísmo- le dirige a Jesús tenía mucha importancia por dos motivos: porque los propios teólogos habían llegado a formular nada menos que 625 normas –que hacían derivar de la Torah, y que buscaban regular hasta los detalles más nimios de la vida cotidiana-, y porque las respuestas que se daban a aquella cuestión no siempre eran unánimes.
Se comprende que, en tal jungla normativa, la gente se preguntara por el mandamiento "más importante", deseando simplificar lo que se había convertido en un verdadero agobio.
Y se comprende también el interés de la pregunta si tenemos en cuenta que existían diferentes respuestas. Para algunos rabinos, el mandamiento más importante era, por ejemplo, el cumplimiento del sábado.
La respuesta de Jesús –que en el cuarto evangelio todavía se radicalizará más: "Os dejo un mandamiento: que, con el amor con que yo os he amado, os améis los unos a los otros": Jn 13,34– no es novedosa.
Por un lado, algún rabino contemporáneo, como Hillel, había respondido en la misma dirección: "No hagas a tu vecino lo que no quieres que él te haga a ti. En esa frase se resume toda la enseñanza de la Torah. El resto es comentario. Ve y apréndelo".
Por otro, lo que Jesús hace es traer una doble cita tomada de la Torah, en el Libro del Deuteronomio (6,4-5) y en el Levítico (19,18).
Su novedad, en todo caso, consiste en unir los dos mandamientos, estableciendo un nexo indisoluble entre ellos. Solo hay un amor. Y, en clave religiosa, es imposible amar a Dios si no se ama al prójimo, como bien recogerá más tarde la Primera Carta de Juan: "Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve" (1 Jn 4,20).
Desde una lectura no-dual, el texto adquiere una riqueza todavía mayor. Por una parte, bajo esta perspectiva, que reconoce que el todo está en la parte, y que el Todo es interrelación, es imposible un amor "parcializado". El amor no hace excepciones.
Por otra, podemos apreciar que la respuesta de Jesús –tomada del Libro sagrado del judaísmo- no es tanto un mandamiento, cuanto una revelación. No se trata de que el Dios separado del universo mítico reclame ser amado por encima de cualquier otra realidad, como si de un gran Narciso se tratara (aunque comprendamos que, en el nivel mítico de consciencia, no pudiera verse de otra manera).
La lectura es, a la vez, más simple y más profunda. Lo que esa respuesta nos revela –y ahí es donde reside su verdad y su fuerza, con la que cualquier persona puede conectar- es que el Fondo último de lo Real, la Fuente de donde todo brota y la Naturaleza básica de la realidad es Amor.
Es decir, se expresa en forma de mandamiento ("Amarás al Señor tu Dios..."), porque eso responde a lo que es nuestra identidad más profunda. Somos Amor –como lo es la Mismidad de todo- y solo "acertamos" en la vida cuando vivimos en conexión con él y permitimos que se exprese y fluya a través de nosotros.
La Realidad, cuando se la ve sin el filtro del ego (de la mente), es amorosa y es amable. El Ser ("Dios", en las religiones), en cuanto tal, es tanto fuente de amor como el amor mismo.
Esto no significa que las cosas nos vayan a ir "bien", en clave de lo que el ego etiqueta como tal. Significa que el Ser es positividad y que la naturaleza fundamental de todo es beneficiosa.
Nuestra mente colocará etiquetas de "positivas" y "negativas", "buenas" y "malas", a las diferentes realidades con las que nos encontremos. Pero ya sabemos que la visión de la mente es sumamente limitada y parcial. Lo que es una polaridad abrazada en una unidad mayor, será visto por la mente como un campo de lucha sin cuartel. Por eso, cuando somos capaces de ver libres del filtro mental, percibiremos la Belleza, la Bondad y la Verdad de todo lo que es.
El amor del que hablamos aquí no es un movimiento sensible ni un estado emocional. Es la percepción de que nuestra naturaleza esencial –el Fondo que compartimos con todo lo real- es bella y amorosa.
Este amor tampoco tiene que ver, en primer lugar, con la voluntad. Es, más bien y en primer lugar, consciencia de no-separación de nada. De esta comprensión es de donde nacerá el comportamiento adecuado.
Por el contrario, cuando estamos en la superficie, identificados con nuestro ego y actuamos desde él, sufrimos. Porque hemos perdido la conexión con el Amor; sufrimos porque estamos "lejos" de nuestra profundidad, "lejos" de lo Real.
SENTIRSE QUERIDO POR DIOS
José Enrique Galarreta
Mc 12, 28-34
El Evangelio de Marcos es un pasaje presente en los tres Sinópticos. (Mateo 22,34. Lucas 10,25). Marcos y Mateo sitúan la escena en Jerusalén, en la predicación del Templo, dentro de las polémica con los Fariseos (el tributo al César), con los Saduceos (la resurrección), y en tercer lugar, con los Legistas o Doctores, que es el tema de hoy.
Lucas lo desplaza de este contexto y lo sitúa al principio de la "subida a Jerusalén". Lucas acompaña esta enseñanza con la parábola del Buen Samaritano, que sólo se ha conservado en su evangelio. Esta versión del Lucas será el evangelio del domingo 15 del ciclo C.
Dado que en ese domingo tendremos ocasión de tratar esa aplicación concreta y genial de Jesús expresada en la parábola del Buen Samaritano, no trataremos hoy del tema bajo ese aspecto, sino solamente del "mandamiento del amor" en sí mismo.
REFLEXIÓN
Hemos visto que los dos "Mandamientos" están ya presentes en el AT, pero debemos señalar dos características significativas:
LA PLENITUD EN JESÚS.
El AT ha tenido que ir cambiando mucho para llegar a la formulación de "amarás al Señor tu Dios", partiendo del temor y sumisión al Poder del Amo, y partiendo del Dios tribal, de "nuestro Dios", que incluso "mandaba" exterminar a los enemigos, que tenía como nombre "Señor de los ejércitos" e incluso "El Terrible" (hasta doce veces en el AT, en diversos contextos)
Si hemos definido muchas veces el AT como una maravillosa "crónica del descubrimiento de Dios", éste es uno de los ejemplos más evidentes y merecedores de reflexión. Dios es el mismo, desde siempre, pero Israel tiene que ir conociéndolo, poco a poco.
El AT muestra todo el camino recorrido por la fe de Israel, con todos sus altibajos, sus aciertos y sus errores. Y es bueno que tengamos esto muy presente cuando (quizá demasiado a la ligera) proclamamos ante cualquier pasaje "¡palabra de Dios!". Y no porque no lo sea sino porque son "palabras" de Dios muy diferentes: tan pronto pueden ser una cumbre e la fe de Israel como un valle de sombras en que se nos muestra su superstición o su mala comprensión, en obras o en ideas.
En el AT también aparece Dios airado, Dios exterminador, Dios que manda matar, Dios que pasa factura del pecado en los hijos y los nietos del pecador... Es extraordinario el pasaje de Mateo 5, 38-48:
"Oísteis que se dijo a los antiguos 'ojo por ojo y diente por diente', pero Yo os digo... Oísteis que se dijo a los antiguos 'amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo', pero Yo os digo... Vosotros, pues seréis perfectos como es perfecto vuestro Padre que está en los cielos". (Paralelo en Lucas 6:27-35)
Nos encontramos pues ante el término "PLENITUD", tan importante para nuestra lectura del AT. Lo leemos como "la prehistoria de Jesús". Lo que llega a plenitud en Jesús, nos vale. Lo que en Jesús desaparece o se niega, no nos vale. Y vemos cómo Israel ha ido tanteando en su historia, los caminos equivocados, los errores y los pecados que, a pesar de tantas dificultades, traiciones y malentendidos de la Palabra, se nos revela como un "Camino hacia Jesús" guiado por el Espíritu.
LA UNIDAD DE LOS DOS MANDAMIENTOS.
Los dos mandamientos están en el AT, pero separados (Deuteronomio 6,4 – Levítico 19,18). Como mucho podríamos decir que "el segundo es consecuencia del primero". Hay que amar al prójimo porque Dios lo manda así. Jesús tiene la genialidad de mostrar que "el segundo es como el primero", y no sólo en importancia, sino en esencia, de tal manera que ninguno de los dos puede existir sin el otro.
Y podemos afirmar que es este planteamiento el más característico de Jesús y de la espiritualidad cristiana. El Antiguo Testamento difícilmente podría justificar por qué hay que amar a Dios. Al Amo, Creador, Juez... se le obedece, se le respeta, se le admira... se le teme. ¿Amar?. Jesús ha dado la razón profunda de por qué hay que amar a Dios. "Amarás a Dios, porque es tu madre, porque él te quiere".
De aquí nace todo lo demás: si hijos, hermanos: el descubrimiento de Dios/Abbá descubre también quiénes son los demás. Por eso los dos mandamientos son "semejantes"; en el fondo, son el mismo. Éste es el genio de Jesús, que al revelar a Dios revela al ser humano. La Ley no es el poder ni la sumisión, sino el amor. El mundo no se mueve por la sola Omnipotencia, sino por el Amor creador.
La humanidad no se mueve por la venganza, ni aun por la mera justicia, sino por la fraternidad. Porque somos Hijos estamos en las cosas del Padre, porque nos parecemos a Él. Todos, todos los hijos. Si Hijos, hermanos.
Estos textos nos llevan por tanto a la esencia del ser cristiano que empieza siempre por cambiarse al Dios de Jesús y lleva como consecuencia otro modo de estar en el mundo.
La primera conversión del cristiano es creer "Dios me quiere", a mí, personalmente, como las madres quieren a sus hijos. Este "convencimiento íntimo" es el centro de la fe. El amor a Dios no es ni puede ser mandamiento: es respuesta: me siento querido y quiero. Los que creen esto son la Iglesia.
Esta Madre Universal nos convierte en familia. En nuestras relaciones podrá haber competencia, justicia, corrección, advertencia de errores y maldades... el amor no nos hace ciegos ni tontos y el mal está en el ser humano, en los demás y en mí. Podrá haber todo eso, necesariamente lo habrá, pero como puede y debe haberlo entre hermanos que se quieren.
Esa "consanguinidad afectiva" que lleva consigo la fraternidad, eso que hace que el otro, por muy mal que se haya portado sigue siendo mi hermano... esa posición básica que significa que no le quiero por sus cualidades sino por algo anterior, que es mi hermano... Eso es lo que Jesús traslada a nuestras relaciones. Los que se sienten así en relación a los demás son la Iglesia.
Y todo esto, por construir. No somos así. Los humanos no han sentido que Dios les quiere, ni muchos de ellos tienen motivos para creerlo, encerrados en tanto mal. Los humanos no han sentido a los demás como hermanos. Ni lo pueden sentir viéndose constantemente agredidos explotados y crucificados por los demás.
Construir ese mundo, hacer creíble que Dios nos quiere, querer para que el mundo crea. A eso llamamos "la Misión" porque es la obra de Dios, la plenitud de la Creación, el destino para el que Dios es Creador. Los que aceptan esa misión son la Iglesia.
Nosotros, la iglesia, los que hemos descubierto que Dios es Madre, los que nos sentimos hermanos, los que aceptamos la misión de que la humanidad lo descubra. Los que nos sentimos hijos y nos sentimos tan bien así que queremos que todo el mundo viva así. Por todo esto, el Evangelio no es Ley, es Buena Noticia, Noticia liberadora de temor, noticia que da sentido, noticia a la vez comprometedora y tranquilizadora, que exige siempre más. Porque el amor es muchísimo más exigente que la ley.
PARA NUESTRA ORACIÓN
El amor de Dios no es un conocimiento, una deducción ni una evidencia. Es fe, a la que llegamos por Jesús. Podemos contemplar a Jesús curando al leproso, defendiendo a la adúltera, a Jesús en la cruz... repitiendo "así ama Dios a los hombres... así me ama Dios". La fe en el amor de Dios pasa por la fe en Jesucristo.
Es el centro de la Revelación, la esencia del Cristianismo. La razón nos puede quizá llevar al reconocimiento de Dios-Señor, de Dios-Juez. Jesús revela el corazón de Dios, Dios Padre, Dios Salvador, Dios amor, Dios que da la vida por sus hijos. Este es el centro de nuestra fe. Hemos visto el amor de Dios en Jesús. "Tanto amó Dios al mundo que le entregó su Hijo".
En Jesús viéndole y entendiéndole, hemos comprendido a Dios y hemos comprendido lo que le importamos a Dios y nuestra propia importancia: somos los hijos. Y así nos encontramos con que Jesús nos instala en "la nueva Alianza", "el Reino", una nueva relación con Dios y con los hombres.
Jesús habla de "El Padre", se dirige a Dios llamándole "Abbá", nos encarga que lo hagamos así nosotros ... La mejor de la Buena Noticia es una información novedosa sobre Dios mismo. Para imaginar a los dioses, los humanos siempre hemos recurrido a imágenes de poder: el rey, el animal fuerte, la tempestad, el rayo (curioso parecido con los emblemas de nobleza que aparecen en los escudos de los poderosos).
Jesús cambia las imágenes: si queréis imaginar a Dios, pensad más bien en un campesino que siembra, en un médico que sana, en un pastor preocupado por su rebaño, en una mujer feliz de haber encontrado su moneda, en un padre que se vuelve loco de alegría al recuperar a su hijo ... o mejor todavía, pensad en vuestra madre. Es una estupenda noticia, se puede uno sentir en buenas manos, se puede sentir agradecimiento, se puede sentir amor.
Sentirse querido por Dios es la fuente del amor a Dios. Nuestro amor a Dios es respuesta al amor de Dios, a sentirse amado por Él. Pero esta consideración es aún incompleta, por demasiado individual y espiritualista. Se ama al que me cuida, a aquel a quien puedo recurrir en mis problemas y me ayuda cariñosamente. Al que está ausente, al que no me soluciona problemas, al que no parece enterarse de que sufro ... a ése no se le ama, más bien se le ignora. Más aún, si sabemos que está enterado de mis problemas, de que puede solucionarlos, y no lo hace, a ése más bien se le tiene aborrecimiento, se siente resentimiento respecto a él, porque parece que no le importo, es decir, que él no me quiere.
Jesús en la cruz, ¿se sintió querido o abandonado?. Nosotros en el mundo, ¿nos sentimos queridos o abandonados? La contemplación de la humanidad crucificada ¿es una evidencia del amor de Dios?
Creo que no hay una palabra razonable que rompa este terrible cerco de evidencias. Pero creo también que hay una persona, una acción, en un momento concreto y trágico, que nos permite intuir por dónde se sale de este laberinto. Jesús, en la cruz, reza el salmo 21 y repite ¿por qué me has abandonado?
Pero poco después, ante la inminencia de la muerte, grita "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". Es un grito, una "desesperada confianza", una fe en su Padre contra toda evidencia. Es saltar al vacío con la fe indestructible de que hay unas manos que me recibirán. Es fe, no es evidencia. Una vez más, creer en Jesús es creerle, fiarse de él. También creerle acerca de Dios, también fiarse de que Dios, a pesar de todas las evidencias, me quiere más que mi madre.
¿Cómo sentir el amor de Dios? ¿Será una experiencia interior, una mística convicción, algo experimentado en lo más íntimo del espíritu, en la soledad de la contemplación, en el diálogo interior con ÉL? ¿Quiere esto decir que sentir el amor de Dios es propio de místicos contemplativos, evadidos de la áspera realidad de la vida cotidiana?
¿Quiere decir que para sentir el amor de Dios hay que cerrar los ojos a la aparente evidencia de que el mundo funciona cruelmente, a la total evidencia de una humanidad desgraciada, hambrienta, injusta, desamparada, a la tentación permanente de pensar que Dios está ausente, lejano, desinteresado de los problemas de sus hijos?
También aquí, estamos en proceso, en camino. Nuestra fidelidad a Jesús, nuestra confianza en su palabra, va, poco a poco, convirtiéndose en una íntima convicción, que rebasa lo intelectual para invadir la afectividad. Podemos llegar a sentirnos queridos por Dios, y esta íntima convicción, tan mental como afectiva, crece en nosotros. La fe crece, la fe en al amor de Dios crece, invade nuestro ser, la mente y el sentimiento.
ALESSANDRO PRONZATO
El amor se expresa con todas las facultades del hombre: corazón, alma, mente, ser.
Hay que tener presente que en la antropología semítica el corazón no se considera tanto como la sede de los afectos y de los sentimientos, cuanto más bien de la inteligencia y de la voluntad.
"Alma" quiere decir vida. Y puede significar además de la exigencia de amar a Dios en todas las circunstancias de la existencia, también la de sacrificarle la vida misma si así lo exigiera la fidelidad a él. (...)
"Con todo tu ser" según algunos, se entiende la voluntad. Otros dicen "todas las fuerzas" y entienden las posesiones y los bienes terrenos.
Por tanto, más que cada una de las expresiones, habrá que tener en cuenta la idea de fondo, que es la totalidad y plenitud. Hay que amar a Dios con un amor que brota del centro de la persona e invade todas las facultades. La respuesta del hombre debe ser completa.
"Amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Es importante la puntualización "como a ti mismo". Se sugiere la posibilidad e incluso el deber de amarse a sí mismo (lo cual obviamente es muy distinto de ser egoísta). Hay un sano amor a sí mismo que está en la base del auténtico amor a los demás. Hay una buena relación consigo mismo que constituye el fundamento de las relaciones auténticas con los demás. Personalmente creo que muchos cristianos y no pocas personas religiosas son incapaces de aceptar y amar verdaderamente a los demás porque son radicalmente incapaces de amarse y aceptarse a sí mismo.
PERE TENA
-CONTENIDO DOCTRINAL
La característica del diálogo entre Jesús y el letrado, en el evangelio de Marcos, es su carácter pacífico y amistoso. No se adivina en él ningún afán de controversia, ni ganas de probar a Jesús, ni espíritu doble en el letrado. Es un diálogo que avanza a través de sucesivas afirmaciones. La primera lectura, por otra parte, subraya el punto de partida: el "Shemá, Israel" -la plegaria del fiel israelita-, que ofrece a Jesús la respuesta para el letrado.
El salmo responsorial es un cántico victorioso que evoca la afirmación de la carta de san Juan: "Y la victoria que ha vencido al mundo es nuestra fe" (1 Jn 5, 4). Y esa otra que concuerda con la respuesta de Jesús: "Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos" (1 Jn 3, 14).
La pregunta del letrado es la de un hombre a quien gusta acentuar las cosas fundamentales, o que está preocupado por la multitud de los mandamientos rabínicos. Su actitud encuentra una respuesta también fundamental y simplificadora, y ésta le suscita al letrado -como por asociación de ideas-, el recuerdo de una afirmación típica de los profetas.
El itinerario del letrado, conducido por el Maestro, le ha llevado hasta el dintel del reino de Dios. Jesús habla precisamente desde el reino de Dios, que es El mismo ("¡llega el reino de Dios!" Mc 1, 15). Y nosotros podemos entender su respuesta con más plenitud que el letrado de Jerusalén. Para los cristianos, en efecto, es muy claro lo que significa esta relación entre el primer y el segundo mandamiento: identificarse con Jesucristo. Su misterio pascual es la realización más plena que pueda haber de un amor total al Padre, que incluye a la vez la conformidad con el amoroso designio de salvación para todos los hombres y su manifestación a estos mismos hombres.
-ACTUALIZACIÓN
Las aplicaciones del diálogo entre Jesús y el letrado surgen con facilidad. Se pueden destacar algunas de ellas:
Una primera, poco comentada, es la importancia para nuestra fe viva y práctica de las oraciones que recitamos. El "Shemá Israel" fue una respuesta fácil para Jesús. El Padrenuestro, ¿no lo es también para los cristianos que buscan qué deben hacer? Esto conlleva una nueva reflexión: la necesidad de que los textos de nuestra plegaria -¡nuestros cantos!- sea de "calidad"...
Una segunda reflexión sobre la perícopa y su contenido puede profundizar y aplicar la relación entre los dos mandamientos. A veces nos perdemos en disquisiciones sobre lo "horizontal" y lo "vertical" en las actitudes de la vida cristiana. Solamente poniendo a la vez horizontal y vertical se obtiene la cruz, signo del amor perfecto de Cristo. Teniendo en cuenta este principio, tanto se puede empezar hablando de lo horizontal como de lo vertical; sólo el encuentro entre los dos les da pleno sentido cristiano.
Una tercera pauta de aplicación puede venir de la resonancia profética de las palabras del letrado. Son una llamada a la interiorización de la ley, que nos evocan las referencias al "corazón' del hombre típicas de Ezequiel (el corazón de carne en vez del corazón de piedra...), o de Jeremías (la ley de una nueva alianza escrita en los corazones...). Esto nos da el sentido que tiene aquí la palabra "amar", como expresión de una fe viva -"la fe que actúa por el amor" (/Ga/05/06)-, más allá de una simple expresión de sentimientos. Es evidente que los sacrificios del templo, sin la fe-amor, no conducían a nada. En el Nuevo Testamento se alcanza la realidad del único y perfecto sacrificio de Cristo. "El lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo" (2. lectura).
En términos neotestamentarios, podemos decir que es el Espíritu de Jesucristo la verdadera ley, según la cual nos identificamos con el Señor.
-REFERENCIA EUCARÍSTICA
La vinculación con la participación eucarística es muy clara. Es en la Eucaristía donde tenemos este misterio de Cristo manifestando cómo ama al Padre y cómo ama al mundo, a la vez, con su ofrenda sacrificial. Participar en la celebración eucarística no sería "la fuente primera indispensable del verdadero espíritu cristiano" (Pío X, y Constitución de la Sagrada liturgia, n. 14), si sólo consistiera en cantar y "hacer algo"; lo es -la fuente primera- en la medida en que llega a identificarse, por la fe que actúa por el amor, con el misterio que celebramos.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
En el evangelio de este domingo uno de los doctores de la ley, responsable de la enseñanza religiosa, quiete saber de Jesús que es lo más importante en la religión. Algunos dicen que lo más importante es ser bautizado. Otros dicen que rezar. Otros que ir a Misa o participar en los actos de culto del domingo. Otros dicen: ¡amar al prójimo! Otros se preocupan sólo de las apariencias o con encargos en la iglesia. Antes de leer la repuesta de Jesús, tú trata de mirarte a ti mismo y de preguntarte: Para mí, ¿qué es lo más importante en la religión y en la vida?” El texto describe la conversación de Jesús con el doctor de la Ley. Durante la lectura intenta poner atención a cuanto sigue: “¿En qué puntos Jesús elogia a los doctores de la ley, y en cuáles los critica?
b) Una división del texto para ayudar en la lectura:
Marcos 12,28: La pregunta del doctor sobre el mandamiento más grande
Marcos 12,29-31: La respuesta de Jesús
Marcos 12,32-33: El doctor aprueba la respuesta de Jesús
Marcos 12,34: Jesús confirma al doctor.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto del texto que más ha llamado tu atención? ¿Por qué?
b) ¿Qué ha criticado Jesús en el doctor de la ley y qué ha elogiado?
c) Según los versículos 29 y 30 ¿cómo debe ser nuestro amor a Dios? En estos versículos ¿qué significan: corazón, mente, fuerza? Todas estas palabras ¿indican, quizás, lo mismo?
d) ¿Qué relación existe entre el primero y el segundo mandamiento? ¿Por qué?
e) ¿Estamos nosotros hoy más lejos o más cerca de cuanto estuviera el doctor que fue elogiado por Jesús? ¿Qué dices a esto?
Para aquéllos que quisieran profundizar más en el tema
a) Contexto:
i) Al comienzo de la actividad misionera de Jesús, los doctores de Jerusalén habían ido hasta Galilea para observarlo (Mc 3,22; 7,1). Incomodados por la predicación de Jesús habían aceptado ya la calumnia según la cual era un poseído del demonio (Mc
3,22). Ahora, en Jerusalén, comienzan de nuevo a discutir con Jesús ii) En los años setenta, época en la que Marcos escribe su evangelio, los cambios y persecuciones eran muchos y por esto, la vida de las comunidades cristianas estaba señalada por la inseguridad. En los tiempos de cambio e inseguridad existe siempre el riesgo o la tentación de buscar nuestra seguridad, no en la bondad de Dios con nosotros, sino en la observancia rigurosa de la ley. De frente a esta mentalidad, Jesús insiste en la práctica del amor que relativiza la observancia de la ley dándole su verdadero significado.
b) Comentario del texto:
Marcos 12,28: La pregunta del doctor de la Ley
• Antes de que el doctor hiciese su pregunta, hubo un debate de Jesús con los saduceos en torno al tema de la fe en la resurrección (Mc 12,18-27). Al doctor de la ley, que había asistido a la discusión, le gusta la respuesta de Jesús y percibe en él una gran inteligencia y por tanto aprovecha la ocasión para hacer una pregunta aclaratoria: “¿Cuál es el más grande de todos los mandamientos?” En aquel tiempo, los judíos tenían una gran cantidad de normas para reglamentar en la práctica la observancia de los Diez Mandamientos de la ley de Dios. Algunos decían: “Estas normas tienen todas el mismo valor, porque vienen de Dios. No nos compete introducir distinciones en las cosas de Dios”. Otros respondían: ¡No! Algunas leyes son más importantes que otras y por esto, obligan más”. El doctor quiere conocer la opinión de Jesús. “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” Tema muy discutido y polémico en la época.
Marcos 12,29-31: La respuesta de Jesús.
• Jesús responde citando un pasaje de la Biblia para decir que el primer mandamiento es “¡amar a Dios” con todo el corazón, con toda el alma y con toda tu fuerza!” (Dt 6,45). Esta frase formaba parte de una plegaria llamada Shemá. En tiempos de Jesús, los devotos judíos recitaban esta oración dos veces al día: por la mañana y por la tarde. Así era conocida entre ellos como lo es entre nosotros el Padre Nuestro. Y Jesús aumenta citando de nuevo la Biblia: “El segundo es éste: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lev 19,18). No existe un mandamiento más grande que estos dos”. Respuesta breve y muy profunda. Es el resumen de todo lo que Jesús ha enseñado sobre Dios y la vida (Mt 7,12).
Marcos 12,32-33: La respuesta del doctor de la ley
• El doctor está de acuerdo con Jesús y saca las conclusiones: “Sí, amar a Dios y al prójimo es mucho más importante que todos los holocaustos y todos los sacrificios”. O sea el mandamiento del amor es más importante que todos los mandamientos relativos al culto o a los sacrificios en el Templo. Esta afirmación viene de los profetas del Viejo Testamento (Os 6,6: Sl 40,6-8; Sl 51,16-17). Hoy diríamos: la práctica del amor es más importante que las novenas, promesas, misas, oraciones y procesiones. O mejor, las novenas, las promesas, las misas, las oraciones y las procesiones deben ser el fruto de la práctica del amor y deben conducir al amor.
Marcos 12,34: El tema del Reino
• Jesús confirma la conclusión traída por el doctor y dice: “¡No estás lejos del Reino!”. En efecto, el Reino de Dios consiste en reconocer que el amor de Dios y el amor al prójimo son los más importantes. Y si Dios es Padre, nosotros todos somos hermanos y debemos demostrar esto en la práctica, viviendo en comunidad. “¡De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas!” (Mt 22,4). Los discípulos de Jesús deben meterse en la memoria, en la inteligencia, en el corazón, esta gran ley: sólo así se llega a Dios en el don total al prójimo.
Marcos 12,35-37: Jesús critica la enseñanza de los doctores de la Ley sobre el Mesías
• La propaganda oficial tanto del gobierno como la de los doctores de la Ley afirmaba que el Mesías vendría como Hijo de David. Lo decían para enseñar que el Mesías sería un rey glorioso, fuerte y dominador. Este fue el grito de la gente en el Domingo de Ramos: “¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David!” (Mc 11,10). Y así también gritó el ciego de Jericó: “¡Jesús Hijo de David, ten compasión de mí!” (Mc 10,47) Pero aquí Jesús pone en tela de juicio esta enseñanza de los doctores. Cita un salmo de David: “Dice el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, mientras pongo a tus enemigos por escabel de tus plantas” (Sl 110,1) Y Jesús continúa: “Si David mismo dice mi Señor, ¿cómo puede el Mesías ser su hijo?” Esto significa que Jesús no estaba de acuerdo con la idea de un Mesías rey glorioso, que vendría como un rey dominador a imponerse a todos sus enemigos. Jesús prefiere ser el Mesías siervo anunciado por Isaías (Is 42, 1-9). Él dice “El Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir y dar la vida en rescate por muchos” (Mc 10,45)
Marcos 12,38-40: Jesús critica a los doctores de la Ley
• Finalmente, Jesús reclama la atención de los discípulos sobre el comportamiento tendencioso e hipócrita de algunos doctores de la ley. A ellos les gustaba deambular por las plazas con largas túnicas, recibir el saludo de las gentes, ocupar los primeros puestos en las sinagogas y los puestos de honor en los banquetes. A ellos les gustaba entrar en la casa de las viudas y predicar largamente para luego recibir dinero Y Jesús termina diciendo: “¡Esta gente recibirán un juicio severísimo!” Es bueno que también nosotros hagamos un examen de conciencia y miremos en el espejo de este texto para ver si refleja nuestro rostro.
c) Ampliando conocimientos:
El mandamiento más grande
El más grande y primer mandamiento es y será siempre” amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente, y con toda la propia fuerza” (Mc 12,30). En la medida en que el pueblo de Dios, a lo largo de los siglos, ha profundizado el significado del amor de Dios, se ha dado cuenta que el amor hacia Dios será siempre real y verdadero, sólo si se hace concreto en el amor hacia el prójimo. Por esto, el segundo mandamiento, que manda el amor al prójimo, es semejante al primer mandamiento del amor de Dios (Mt 22,39; Mc 12,31). “Si uno dice: amo a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4,20). “Toda la ley y los profetas dependen de estos dos mandamientos” (Mt 22,40). Al principio no estaba muy clara la portada de las exigencias del amor al prójimo. Sobre este punto ha habido una evolución en tres etapas a lo largo de la historia del pueblo de Dios:
1ª Etapa: “Prójimo” es el pariente de la misma raza
• El Viejo Testamento enseñaba la obligación de “amar al prójimo como a sí mismo” (Lv 19,18). En este lejano comienzo la palabra próximo era sinónimo de pariente. Ellos se sentían obligados a amar a todos los que formaban parte de la misma familia, del mismo clan, de la misma tribu, del mismo pueblo, Pero en lo que se refería al extranjero, o sea, aquellos que no pertenecían al pueblo judío, el libro del Deuteronomio decía: “podrás exigirle el derecho del extranjero; pero no de tu hermano al que harás la remisión” (Dt 15,3).
2ª Etapa: “Prójimo es aquél que me está vecino”
• Poco a poco el concepto de prójimo se alargó. Y así en el tiempo de Jesús, se desencadenó toda una discusión sobre “¿Quién es mi prójimo? “Algunos doctores pensaban que se debía alargar el concepto de prójimo más allá de los límites de la raza. Otros no querían saber nada de esto. Entonces un doctor de la ley dirigió a Jesús esta pregunta polémica: “¿Quién es mi prójimo?” Jesús responde con la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,29-37), en la cuál el prójimo no es ni el pariente, ni el amigo, ni el patricio, sino aquél que se te acerca, independientemente de la religión, del color, de la raza, del sexo o de la lengua. ¡Tú debes amarlo!
3ª Etapa: La medida del amor al prójimo es amar como Jesús nos ha amado
• Jesús había dicho al doctor de la ley: “¡No estás lejos del Reino de Dios”! (Mc 12,34). El doctor estaba cercano al Reino, porque, de hecho, el Reino consiste en el amor hacia Dios con el amor al prójimo, como el doctor había afirmado solemnemente ante Jesús. (Mc 12,33) Pero para poder entrar en el Reino le faltaba dar un paso más. El criterio del amor al prójimo enseñado en el Viejo Testamento era “como a sí mismo”. Jesús amplía este criterio y dice: “¡Este es mi mandamiento: amaos como yo os he amado!” (Jn 15,12-13). Ahora, en el Nuevo Testamento el criterio será: “¡Amar al prójimo como Jesús nos ha amado!”. Jesús ha interpretado el sentido exacto de la Palabra de Dios y ha indicado el camino seguro para llegar a una convivencia más justa y fraterna.
XXXI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 37, 22-23
Señor, no me abandones, Dios mío, no te quedes lejos de mí;
apresúrate a venir en mi ayuda, mi Señor, mi Salvador.
Oración colecta
Dios omnipotente y lleno de misericordia,
que concedes a tus fieles
celebrar dignamente esta liturgia de alabanza;
te pedimos que nos ayudes a caminar sin tropiezos
hacia los bienes prometidos.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos, Señor, que este sacrificio
sea para ti una ofrenda pura,
y para nosotros, fuente generosa de tu misericordia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Jn 6, 58
Dice el Señor: así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene vida, vivo por el Padre,
el que me come vivirá por mí.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que crezca en nosotros la acción de tu poder,
para que, restaurados con estos sacramentos celestiales,
tu gracia nos prepare a recibir lo que ellos nos prometen.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Escucha, Israel: Amarás al Señor con todo tu corazón
Lectura del libro del Deuteronomio 6, 1-6
Moisés habló al pueblo diciendo:
Éste es el mandamiento, y éstos son los preceptos y las leyes que el Señor, su Dios, ordenó que les enseñara a practicar en el país del que van a tomar posesión, a fin de que temas al Señor, tu Dios, observando constantemente todos los preceptos y mandamientos que yo te prescribo, y así tengas una larga vida, lo mismo que tu hijo y tu nieto.
Por eso, escucha, Israel, y empéñate en cumplirlos. Así gozarás de bienestar y llegarás a ser muy numeroso en la tierra que mana leche y miel, como el Señor, tu Dios, te lo ha prometido.
Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.
Graba en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 17, 2-4. 47. 51ab (R.: 2)
R. Yo te amo, Señor, mi fortaleza.
Yo te amo, Señor, mi fuerza,
Señor, mi Roca, mi fortaleza y mi libertador. R.
Mi Dios, el peñasco en que me refugio,
mi escudo, mi fuerza salvadora, mi baluarte.
Invoqué al Señor, que es digno de alabanza
y quedé a salvo de mis enemigos. R.
¡Viva el Señor! ¡Bendita sea mi Roca!
¡Glorificado sea el Dios de mi salvación,
El concede grandes victorias a su rey
y trata con fidelidad a su Ungido. R.
Como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable
Lectura de la carta a los Hebreos 7, 23-28
Hermanos:
En la antigua Alianza los sacerdotes tuvieron que ser muchos, porque la muerte les impedía permanecer; pero Jesús, como permanece para siempre, posee un sacerdocio inmutable.
De ahí que Él puede salvar en forma definitiva a los que se acercan a Dios por su intermedio, ya que vive eternamente para interceder por ellos.
Él es el Sumo Sacerdote que necesitábamos: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado por encima del cielo. Él no tiene necesidad, como los otros sumos sacerdotes, de ofrecer sacrificios cada día, primero por sus pecados, y después por los del pueblo. Esto lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo. La Ley, en efecto, establece como sumos sacerdotes a hombres débiles; en cambio, la palabra del juramento -que es posterior a la Ley- establece a un Hijo que llegó a ser perfecto para siempre.
Palabra de Dios.
ALELUIA Jn 14, 23
Aleluia.
«El que me ama será fiel a mi palabra,
y mi Padre lo amará e iremos a él», dice el Señor.
Aleluia.
EVANGELIO
Amarás al Señor, tu Dios.
Amarás a tu prójimo
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 28b-34
Un escriba se acercó y le preguntó: «¿Cuál es el primero de los mandamientos?»
Jesús respondió: «El primero es: "Escucha, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor; y tú amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, con todo tu espíritu y con todas tus fuerzas". El segundo es: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". No hay otro mandamiento más grande que estos».
El escriba le dijo: «Muy bien, Maestro, tienes razón al decir que hay un solo Dios y no hay otro más que Él, y que amarlo con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo, vale más que todos los holocaustos y todos los sacrificios».
Jesús, al ver que había respondido tan acertadamente, le dijo: «Tú no estás lejos del Reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.
Palabra del Señor.
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