Domingo 32 del tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del XXXII Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver Salmo Responsorial)
Alaben al Señor
que da pan a los hambrientos
y endereza a los que ya se doblan.
Es él quien guarda a los peregrinos
y sustenta al huérfano y a la viuda.
Que este Dios de amor esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. En las Manos de Dios
¿Hasta qué punto nos atrevemos nosotros, cristianos, a vivir en las manos de Dios? Como cristianos, ¿no debería ser esa nuestra marca registrada, “denominación de origen”, juntamente con el amor de unos para con otros? — Se supone que amamos tanto a Dios que confiamos en él completa y absolutamente, sin condiciones, sin miedo ni vacilación. Ése fue el estilo de vida de Jesús, quien vivió totalmente en las manos de su Padre. Incluso en su muerte humillante en la cruz pudo exclamar: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Aun siendo nosotros tímidos y débiles, ofrecemos ahora, con Cristo nuestro Señor, nuestra confianza al Padre y le confiamos también todos nuestros seres queridos.
2. Los Pobres Saben cómo Compartir
Para algunos es algo sorprendente y alentador el ver cómo muchos pobres se ayudan unos a otros, cómo comparten lo muy poco que tienen y cómo lo hacen sin alardear, discreta y espontáneamente. ¿No habría de ser esto para todos nosotros una invitación a la conversión, a mayor generosidad? Esto hace que el pobre se convierta así en benefactor, el que recibe en donante, el indigente en persona rica a los ojos de Dios. ¿Dónde nos encontramos nosotros? ¿Sabemos cómo dar, con confianza en Dios y en los hermanos? Unámonos a Cristo en su sacrificio, en la eucaristía y en la vida, porque él se dio totalmente a nosotros.
Acto Penitencial
Dios ha sido generoso con nosotros, pero nosotros con frecuencia hemos sido tacaños con otros a la hora de compartir nuestro amor y nuestras cosas. Pidamos perdón a Dios y a los hermanos por nuestro egoísmo.
(Pausa)
Señor Jesús:
Tú llamaste dichosos y bienaventurados a los pobres de espíritu,
y con tu estilo de vida nos enseñaste el camino.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús:
Tú te entregaste totalmente a los otros:
con tu vida, tu muerte, todo lo que eres.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús;
Tú tomaste sobre ti nuestras faltas y pecados y nos enriqueciste con tu propia vida.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor, perdona y elimina todo nuestro egoísmo, haznos generosos como tú lo fuiste.
Y llévanos a la vida eterna. Amén
Oración Colecta
Pidamos a Dios profunda confianza en él.
(Pausa)
Oh Dios bondadoso,
que tienes un corazón de padre y de madre:
Tú te preocupas por los pobres.
Por eso, otorga justicia a los oprimidos
y da alimento a los hambrientos.
En tu Hijo Jesús nos has mostrado
cómo hay que dar, no de lo que nos sobra,
sino dándonos totalmente a nosotros mismos.
Confunde nuestros cálculos mentales
y cambia nuestros intereses personales
por un compartir generoso,
para que nuestra forma de dar
se parezca a la tuya, sin contar nunca el coosto.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Primera Lectura (1Re 17,10-16): Dio lo Último que Tenía
En tiempo de hambruna, una viuda pagana da sus últimas provisiones al profeta Elías porque éste se lo pide en nombre de Dios. Ambos, el profeta y la viuda, confían que Dios proveerá.
Segunda Lectura (Heb 9,24-28): Cristo se Sacrificó por Todos
Cristo ofreció a Dios no dones artificiales, hechos por mano humana, sino que se dio a sí mismo sin medida. Por esto su sacrificio, ofrecido de una vez para siempre, tuvo suficiente poder para salvarnos.
Evangelio (Mc 12,38-44): Ella Ofreció Todo lo que Tenía para Subsistir
Mientras otros daban lo que les sobraba, la pobre viuda dio todo cuanto tenía para sobrevivir. Fue más generosa que nadie.
Oración de los Fieles
Oremos a Dios, nuestro Padre generoso, que ama a los débiles y humildes, y roguemos por todos los que son realmente pobres. Y digamos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
1. Señor, te pedimos por tu Iglesia. Presérvala de la tentación del poder y de las riquezas. Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
2. Señor, te pedimos por todos los gobernantes y oficiales públicos. Presérvalos de la tentación de la avaricia, de la corrupción y del abuso de poder. Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
3. Señor, te pedimos por los huérfanos y las viudas. Líbralos de la desesperación; y a nosotros haznos atentos a su necesidad de amor, compasión y de ayuda generosa y eficaz. Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
4. Señor, te pedimos por todos los pobres que se sienten inseguros por el día siguiente. Que sepamos llevarles seguridad y amor. — También por los ricos, para que sepan abrir su corazón y sus manos dadivosas para compartir generosamente. Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
5. Señor, te pedimos por esta nuestra comunidad. Haznos lo bastante generosos para compartir no sólo desde nuestra abundancia, sino también, cuando sea necesario, desde nuestra pobreza. Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
6. Señor, traemos ante ti también nuestras intenciones personales (Momento de silencio).Y así te decimos:
R/ Escucha a tu pueblo, Señor.
Padre, sabemos que nos amas y cuidas de nosotros con la ternura de una madre. Te confiamos todos nuestros afanes y preocupaciones. Sé generoso con nosotros y, como tú, haznos generosos con los demás, por el poder de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor. Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre amoroso:
En estos signos de pan y vino
celebramos cómo Jesús, tu Hijo,
se dio a sí mismo de una vez para siempre,
para que nosotros vivamos, amemos y seamos libres.
Danos la gracia de aprender de él
a no preguntarnos
cuánto podemos aportar sin que nos duela,
sino que sea él nuestra fortaleza
para que sepamos dar lo mejor de nosotros mismos
y para responder generosamente a su voz
que nos grita, pidiendo ayuda, a través de cualquier necesitado.
Concédenoslo, Dios Padre, por medio de Jesucristo, nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos ahora gracias y alabanza a Dios nuestro Padre por Jesús,
que se entregó totalmente a sí mismo
para que nosotros viviéramos y fuéramos capaces de amar.
Invitación al Padre Nuestro
Dios sabe lo que necesitamos, porque él es nuestro Padre.
Le rogamos con la confianza de Cristo Jesús.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos la paz, que procede de vivir en tus manos
y de descubrir tu presencia
en nuestros hermanos necesitados.
Por tu gran misericordia,
líbranos del miedo de tener que entregarnos a nosotros mismos,
mientras esperamos con alegría la vida y salvación
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Cordero de Dios
que se sacrificó a sí mismo para el perdón de nuestros pecados
y para compartir su vida con nosotros.
Dichosos los pobres y hambrientos,
porque el Señor los invita a su mesa
para darse a sí mismo a ellos.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios, Padre misericordioso:
Tu hijo vino a nosotros
para colmar con tus dones a los pobres,
conscientes de su propia vaciedad,
y les llamó dichosos y bienaventurados.
Ayúdanos a descubrir
que nosotros también somos realmente pobres:
en fe, en confianza y en amor generoso.
Quédate cerca de nosotros por medio de tu Hijo,
para que nos hagamos disponibles para todos
y compartamos lo mejor de nosotros mismos
sin ninguna exhibición vanidosa,
sino con obras calladas de amor y servicio,
como lo hizo Jesús, tu Hijo,
que vive contigo y con nosotros
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hemos celebrado el sacrificio de Jesús. Él dio todo lo que tenía y lo que era –todo su ser— para llevar a los otros vida y felicidad.
Marchemos ahora a nuestra vida cotidiana, para ser verdaderamente cristianos, es decir, personas semejantes a Cristo; que no contemos nunca el costo de nuestra donación y entrega.
Que Dios todopoderoso les bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Podemos ir a compartir gratuita y generosamente unos con otros lo que somos y tenemos, todo regalo de Dios.
Ha echado todo lo que tenía para vivir”
Hoy, al parecer, las historias van de viudas. Tanto la historia de Elías como la historia del evangelio. En la época del Antiguo Testamento, como en la época de Jesús, las viudas figuraban, junto con los huérfanos y los extranjeros, como las personas más desasistidas de la sociedad. El estado de viudez era un estado de desvalimiento. Por eso, podríamos decir que hoy se coloca el foco sobre los últimos de la sociedad, aquellos que no figuran en las páginas de papel cuché, los que no hacen «Historia», los que ahora sólo aparecen en la prensa o en los otros medios de comunicación cuando se producen desgracias grandes.
La Biblia no es un libro de historia al uso. En ella se nos narran historias como las que hoy hemos escuchado en primer y en último lugar. Las protagonistas son dos viudas. Esto puede ayudarnos a reconciliarnos algo con nuestra verdad. Ninguno de nosotros va a pasar a la historia que se escribe según los cánones normales de los historiadores. No somos personalidades de nuestro mundo. Pero sí somos de la misma madera de estas dos viudas, nuestra historia personal, la historia de una comunidad cualquiera, no pasa desapercibida a los ojos de Dios. Todo lo contrario.
Y hoy los textos nos muestran también una ley, no de la naturaleza, sino de la relación de Dios con los hombres. Dad y se os dará -decía Jesús-. Es decir: dad y Dios os dará. El episodio de Elías y la viuda de Sarepta es una ilustración de aquella máxima de Jesús. Esta viuda era una pagana, que no adoraba al Dios de Israel, sólo lo conocía como “el dios de Elías”. Y, sin embargo, se comporta como una verdadera israelita, practicando la ley de la hospitalidad. Pertenecía, sin saberlo, al «pueblo humilde y pobre que confía en el nombre del Señor» (Sof 3,12); era capaz de encarnar el ideal del creyente piadoso, al que se proclama “bienaventurado” en los salmos: “¡Feliz quien se refugia en el Señor… Nada les falta a los que lo respetan… Los ricos se empobrecen y pasan hambre; los que buscan al Señor no carecen de bienes” (Sal 34,9-11).
El evangelio de hoy es una pedagogía de la mirada. Jesús invita a mirar de otro modo, no como todos ven las cosas. En las primeras líneas, vemos una crítica a la vanidad y ostentación de los escribas, personas a las que les gustaba que se les prestara una atención especial, exagerada, incluso. Para la gente sencilla, el modo de dar culto a Dios era “darle culto” a ellos. Hasta ese extremo habían llegado las cosas. Las largas túnicas les distinguían del resto de los mortales. Así se significaban.
Jesús critica ese deseo de sobresalir, de llamar la atención. Y no solo eso, sino que, además, en vez de proteger a los más desfavorecidos – las viudas – se dedicaban a explotarlas, aprovechándose de ellas, y dejándolas sin nada. Con el pretexto de largos rezos… Por su culpa, seguramente, muchas personas se alejarían de la fe, cansados y arruinados. Un abuso, por una parte, y una pena, por otra.
Después, en el episodio de la viuda, un hecho a primera vista menudo, irrelevante, Jesús nos enseña a ver todo el significado de que es portador. Es un gesto de desasimiento radical y de radical abandono en las manos de Dios. Un ejemplo para todos. Sobre todo, para los que no acabamos de fiarnos del todo de Dios.
¿Por qué es importante este gesto de la viuda? Es verdad que muchos ricos echaban, hablando en términos absolutos, muchísimo más que aquella pobre viuda; pero Jesús pone de relieve que echaban de lo que les sobraba. En cambio, la viuda echó todo lo que tenía. Sí, para las arcas del templo y para una mirada común, aquello era un donativo desdeñable. No se habría echado de menos, aunque la viuda se lo hubiera guardado en el regazo.
Pero para la mirada de Jesús, que cala más hondo, el gesto de la mujer había sido admirable. Y se lo hizo notar a los discípulos. Así es como mide Dios, que ve en lo profundo y no se deja engañar por las apariencias. Ese Dios que lleva cuenta hasta del vaso de agua que se da a uno de los pequeños por ser discípulo de Jesús.
Cuando nuestro Sumo Sacerdote aparezca de nuevo, vendrá para llevarse a aquellos rescatados con su sacrificio. Esa muerte de cruz nos ha liberado de toda culpa, si aceptamos seguir al Maestro y vivir como Él nos enseñó. Lo que se espera es que podamos responder como Dios se merece.
Cuando estamos hablando de cómo conseguir llegar al Reino de Dios, en este texto tenemos un modelo a seguir. Esta viuda logró alcanzarlo por solo dos moneditas. Otros entran ofreciendo un vaso de agua fresca (Mt 10, 42). El precio a pagar es sencillo: el Reino de Dios vale todo lo que tienes, por poco o mucho que sea.
Ninguna de nuestras vidas es insignificante ante Dios. Todas son valiosas, sumamente valiosas. Tenemos una vocación de amor generoso que Dios sabe medir como nadie. Respondamos a la vocación recibida.
EVANGELIO
Esa pobre viuda ha echado más que nadie.
+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 12, 38-44
En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Estos recibirán una sentencia más rigurosa». Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
Palabra de Dios.
LO MEJOR DE LA IGLESIA
El contraste entre las dos escenas no puede ser más fuerte. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los dirigentes religiosos: «¡Cuidado con los maestros de la Ley!», su comportamiento puede hacer mucho daño. En la segunda llama a sus discípulos para que tomen nota del gesto de una viuda pobre: la gente sencilla les podrá enseñar a vivir el Evangelio.
Es sorprendente el lenguaje duro y certero que emplea Jesús para desenmascarar la falsa religiosidad de los escribas. No puede soportar su vanidad y su afán de ostentación. Buscan vestir de modo especial y ser saludados con reverencia para sobresalir sobre los demás, imponerse y dominar.
La religión les sirve para alimentar su fatuidad. Hacen «largos rezos» para impresionar. No crean comunidad, pues se colocan por encima de todos. En el fondo solo piensan en sí mismos. Viven aprovechándose de las personas débiles, a las que deberían servir.
Marcos no recoge las palabras de Jesús para condenar a los escribas que había en el Templo de Jerusalén antes de su destrucción, sino para poner en guardia a las comunidades cristianas para las que escribe. Los dirigentes religiosos han de ser servidores de la comunidad. Nada más. Si lo olvidan, son un peligro para todos. Hay que reaccionar para que no hagan daño.
En la segunda escena, Jesús está sentado frente al arca de las ofrendas. Muchos ricos van echando cantidades importantes: son los que sostienen el Templo. De pronto se acerca una mujer. Jesús observa que echa dos moneditas de cobre. Es una viuda pobre, maltratada por la vida, sola y sin recursos. Probablemente vive mendigando junto al Templo.
Conmovido, Jesús llama rápidamente a sus discípulos. No han de olvidar el gesto de esta mujer, pues, aunque está pasando necesidad, «ha echado de lo que necesitaba, todo lo que tenía para vivir». Mientras los maestros viven aprovechándose de la religión, esta mujer se desprende por los demás, confiando totalmente en Dios.
Su gesto nos descubre el corazón de la verdadera religión: confianza grande en Dios, gratuidad sorprendente, generosidad y amor solidario, sencillez y verdad. No conocemos el nombre de esta mujer ni su rostro. Solo sabemos que Jesús vio en ella un modelo para los futuros dirigentes de su Iglesia.
También hoy tantas mujeres y hombres de fe sencilla y corazón generoso son lo mejor que tenemos en la Iglesia. No escriben libros ni pronuncian sermones, pero son los que mantienen vivo entre nosotros el Evangelio de Jesús. De ellos hemos de aprender los presbíteros y los obispos.
CONTRASTE
Os aseguro que esta pobre viuda ha echado más que nadie.
El contraste entre las dos escenas es total. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los escribas del templo. Su religión es falsa: la utilizan para buscar su propia gloria y explotar a los más débiles. No hay que admirarlos ni seguir su ejemplo. En la segunda, Jesús observa el gesto de una pobre viuda y llama a sus discípulos. De esta mujer pueden aprender algo que nunca les enseñarán los escribas: una fe total en Dios y una generosidad sin límites.
La crítica de Jesús a los escribas es dura. En vez de orientar al pueblo hacia Dios buscando su gloria, atraen la atención de la gente hacia sí mismos buscando su propio honor. Les gusta «pasearse con amplios ropajes» buscando saludos y reverencias de la gente. En la liturgia de las sinagogas y en los banquetes buscan «los asientos de honor» y «los primeros puestos».
Pero hay algo que, sin duda, le duele a Jesús más que este comportamiento fatuo y pueril de ser contemplados, saludados y reverenciados. Mientras aparentan una piedad profunda en sus «largos rezos» en público, se aprovechan de su prestigio religioso para vivir a costa de las viudas, los seres más débiles e indefensos de Israel según la tradición bíblica.
Precisamente, una de estas viudas va a poner en evidencia la religión corrupta de estos dirigentes religiosos. Su gesto ha pasado desapercibido a todos, pero no a Jesús. La pobre mujer solo ha echado en el arca de las ofrendas dos pequeñas monedas, pero Jesús llama enseguida a sus discípulos pues difícilmente encontrarán en el ambiente del templo un corazón más religioso y más solidario con los necesitados.
Esta viuda no anda buscando honores ni prestigio alguno; actúa de manera callada y humilde. No piensa en explotar a nadie; al contrario, da todo lo que tiene porque otros lo pueden necesitar. Según Jesús, ha dado más que nadie, pues no da lo que le sobra, sino «todo lo que tiene para vivir».
No nos equivoquemos. Estas personas sencillas, pero de corazón grande y generoso, que saben amar sin reservas, son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Ellas son las que hacen el mundo más humano, las que creen de verdad en Dios, las que mantienen vivo el Espíritu de Jesús en medio de otras actitudes religiosas falsas e interesadas. De estas personas hemos de aprender a seguir a Jesús. Son las que más se le parecen.
LO QUE NOS SOBRA
He echado todo lo que tenía para vivir.
La escena es conmovedora. Una pobre viuda se acerca calladamente a uno de los trece cepillos colocados en el recinto del templo, no lejos del patio de las mujeres. Muchos ricos están depositando cantidades importantes. Casi avergonzada, ella echa sus dos moneditas de cobre, las más pequeñas que circulan en Jerusalén.
Su gesto no ha sido observado por nadie. Pero, en frente de los cepillos, está Jesús viéndolo todo. Conmovido, llama a sus discípulos. Quiere enseñarles algo que sólo se puede aprender de la gente pobre y sencilla. De nadie más.
La viuda ha dado una cantidad insignificante y miserable, como es ella misma. Su sacrificio no se notará en ninguna parte; no transformará la historia. La economía del templo se sostiene con la contribución de los ricos y poderosos. El gesto de esta mujer no servirá prácticamente para nada.
Jesús lo ve de otra manera: «Esta pobre viuda ha echado más que nadie». Su generosidad es más grande y auténtica. «Los demás han echado lo que les sobra», pero esta mujer que pasa necesidad, «ha echado todo lo que tiene para vivir».
Si es así, esta viuda vive, probablemente, mendigando a la entrada del templo. No tiene marido. No posee nada. Sólo un corazón grande y una confianza total en Dios. Si sabe dar todo lo que tiene, es porque «pasa necesidad» y puede comprender las necesidades de otros pobres a los que se ayuda desde el templo.
En las sociedades del bienestar se nos está olvidando lo que es la «compasión». No sabemos lo que es «padecer con» el que sufre. Cada uno se preocupa de sus cosas. Los demás quedan fuera de nuestro horizonte. Cuando uno se ha instalado en su cómodo mundo de bienestar, es difícil «sentir» el sufrimiento de los otros. Cada vez se entienden menos los problemas de los demás.
Sin embargo, como necesitamos alimentar dentro de nosotros la ilusión de que todavía somos humanos y tenemos corazón, damos «lo que nos sobra». No es por solidaridad. Sencillamente ya no lo necesitamos para seguir disfrutando de nuestro bienestar. Sólo los pobres son capaces de hacer lo que la mayoría estamos olvidando: dar algo más que las sobras.
MALA CONCIENCIA
He echado todo lo que tenía para vivir.
En teoría, los pobres son para la Iglesia lo que fueron para Jesús: los preferidos, los primeros que han de atraer nuestra atención e interés. Pero es sólo en teoría porque de hecho no ocurre así. Y no es cuestión de ideas, sino de sensibilidad ante el sufrimiento de los débiles. En teoría, todo cristiano dirá que está de parte de los pobres. La cuestión es saber qué lugar ocupan realmente en la vida de la Iglesia y de los cristianos.
Es verdad —y hay que decirlo en voz alta— que en la Iglesia hay muchas, muchísimas personas, grupos, organismos, congregaciones, misioneros, voluntarios laicos que no sólo se preocupan de los pobres, sino que, impulsados por el mismo espíritu de Jesús, dedican su vida entera y hasta la arriesgan por defender la dignidad y los derechos de los más desvalidos, pero ¿cuál es nuestra actitud generalizada en las comunidades cristianas de Europa?
Mientras sólo se trata de aportar alguna ayuda o de dar un donativo, no hay problema especial. Las limosnas nos tranquilizan y permiten que sigamos viviendo con buena conciencia. Los pobres empiezan a inquietarnos cuando nos obligan a plantearnos qué nivel de vida nos podemos permitir sabiendo que cada día mueren de hambre en el mundo no menos de setenta mil personas.
Por lo general, no son tan visibles entre nosotros el hambre y la miseria. Aquí lo peor que lleva consigo la pobreza es la indignidad. En la práctica, los pobres de nuestra sociedad carecen de los derechos que tenemos los demás; no merecen el respeto que merece toda persona normal; no representan nada importante para la sociedad. Por eso, encontrarnos con ellos nos desazona. Estos hombres y mujeres desenmascaran nuestros grandes discursos sobre el progreso y ponen al descubierto la mezquindad de nuestra caridad. No nos dejan vivir con buena conciencia.
El episodio evangélico en el que Jesús alaba a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en nuestro bienestar. Nosotros, tal vez, damos algo de lo que nos sobra, pero esta mujer que «pasa necesidad» sabe dar «todo lo que tiene para vivir» (Mc 12, 42). Cuántas veces son los pobres los que mejor nos enseñan a vivir de manera digna y con corazón grande y generoso.
¿QUÉ NIVEL DE VIDA?
Ha echado todo lo que tenía para vivir.
El mensaje del evangelio resulta casi siempre seductor para quien lo escucha con corazón limpio y noble. Pero su fuerza puede quedar amortiguada o neutralizada, si no se captan las exigencias concretas que encierra. Algo de esto puede suceder con el conocido dicho de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero» (Lucas 16, 13). La llamada a no dejarnos esclavizar por el dinero es, sin duda, atractiva. Pero las palabras de Jesús se quedan en algo inofensivo mientras no se desentraña su exigencia con planteamientos como éste: ¿Qué nivel de vida puede permitirse un cristiano?
Apenas se predica hoy de estas cosas, al menos con este enfoque concreto; sin embargo, existe una larga tradición en la doctrina de la Iglesia, que arranca desde los Padres de los primeros siglos y se mantiene hasta el magisterio reciente. No es difícil resumir sus grandes líneas.
Hay, en primer lugar, bienes necesarios para la vida. Sin ellos no podríamos subsistir. Todos tenemos derecho, por ejemplo, a la comida diaria, al vestido o a una vivienda. No hemos de privarnos de estos bienes pues estamos llamados a vivir dignamente.
Pero la vida, para ser humana, tiene también otro tipo de necesidades: cultura, diversión, viajes, comunicación... Estas necesidades sufren variaciones según el grado de civilización y las condiciones de cada persona. También tenemos derecho a estos bienes llamados necesarios para la condición, pero no de modo absoluto. Hemos de moderar o reducir nuestro nivel de vida en tiempos de crisis o para ayudar a quienes carecen de lo necesario para vivir.
Por último, los que no son necesarios para la vida o la condición han de ser considerados bienes superfluos. Según la tradición cristiana no tenemos el menor derecho a disfrutarlos mientras hay seres humanos que no tienen lo necesario para subsistir.
En el trasfondo de toda esta doctrina, desfigurada a veces por una casuística inapropiada, no es difícil advertir un principio firme: «Lo que le sobra al rico le pertenece al pobre.» No tenemos derecho a acumular bienes superfluos o no del todo necesarios, mientras hay gentes que mueren de hambre y miseria. Solo transcribiré un texto de san Basilio que todavía hoy puede sacudir nuestra conciencia: «El pan que hay en tu despensa pertenece al hambriento; el abrigo que cuelga, sin usar, en tu guardarropa pertenece a quien lo necesita; los zapatos que se están estropeando en tu armario pertenecen al descalzo; el dinero que tú acumulas pertenece a los pobres.» Es difícil hablar con más claridad.
El episodio de Jesús alabando a la viuda pobre nos deja avergonzados a quienes vivimos satisfechos en la sociedad del bienestar. Nosotros, tal vez, damos algo de lo que nos sobra, pero ella «que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir» (Marcos 12, 44).
ENVIDIA
Esta pobre viuda ha echado más que nadie.
La envidia nos resulta vergonzosa e inconfesable, pero está muy extendida en nuestra sociedad. El siquiatra Enrique Rojas se atreve a decir que «todos la padecemos a lo largo de nuestra vida en mayor o menor medida, en unos momentos u otros según las circunstancias».
En los niños aflora con más claridad porque todavía no han aprendido a disimularla. Los adultos sabemos enmascararla mejor y la ocultamos de diversas maneras bajo forma de desprecio, descalificación, necesidad de superar siempre a los demás.
La envidia es un proceso a veces bastante complejo y soterrado, que puede hacer a la persona profundamente desgraciada incapacitándola de raíz para disfrutar de felicidad alguna. El envidioso nunca está contento consigo mismo, con lo que es, con lo que tiene. Vive resentido. Necesita mirar de reojo a los demás, compararse, añorar el bien de los otros, estar por encima.
Por otra parte, vivimos en una sociedad que, con frecuencia, nos empuja a articular nuestras relaciones interpersonales en torno al principio de competitividad. Ya desde niños se nos enseña a rivalizar, competir, ser más que los demás. Hay personas que terminan viviendo desde una actitud competitiva. No piensan sino en términos de comparación. Inconscientemente, se sienten en la obligación de demostrar que son los más inteligentes, los más hábiles, los más seductores, los más poderosos.
Uno de los medios más utilizados para ello es demostrar que se tiene más que los demás, que uno puede comprar un modelo mejor, poseer una casa más lujosa, hacer unas vacaciones más caras. No nos atrevemos a confesarlo, pero en la raíz de muchas vidas dedicadas a ganar siempre más y a conseguir un nivel de vida siempre mejor, solo hay un incentivo: la envidia.
Sin embargo, el que mira con envidia a los demás, no disfruta de lo suyo. Por mucho que posea, siempre brotará en su interior la insatisfacción, el sufrimiento que corroe por dentro al ver que otros «tienen» tal vez más.
El evangelista Marcos nos muestra la diferente reacción de Jesús ante los fariseos que solo viven para aparentar, sobresalir y aprovecharse de los débiles, y ante una pobre viuda que sabe desprenderse incluso de lo poco que tiene para ayudar a otros más necesitados. Lo decisivo es siempre vivir humanamente. Disfrutar de lo que se tiene y de lo que se es. Saber compartir. Vivir ante Dios.
UNA ILUSION ENGAÑOSA
Ha echado todo lo que tenía.
Son muchos los que piensan que la compasión es una actitud absolutamente desfasada y anacrónica en una sociedad que ha de organizarse sus propios servicios para atender a las diversas necesidades.
Lo progresista no es vivir preocupado por los más necesitados y desfavorecidos de la sociedad, sino saber exigir con fuerza a la Administración que los atienda de manera eficiente.
Sin embargo, sería un engaño no ver lo que sucede en realidad. Cada uno busca su propio bienestar luchando incluso despiadadamente contra posibles competidores. Cada uno busca la fórmula más hábil para pagar el mínimo de impuestos, sin detenerse incluso ante pequeños o no tan pequeños fraudes. Y luego, se pide a la Administración, a la que se aporta lo menos posible, que atienda eficazmente a quienes nosotros mismos, hemos hundido en la marginación y la pobreza.
Pero no es fácil recuperar “las entrañas” ante el sufrimiento ajeno cuando uno se ha instalado en su pequeño mundo de bienestar. Mientras sólo nos preocupe cómo incrementar la cuenta corriente o hacer más rentable nuestro dinero, será difícil que nos interesemos realmente por los que sufren.
Sin embargo, como necesitamos conservar la ilusión de que en nosotros hay todavía un corazón humano y compasivo, nos dedicamos a dar “lo que nos sobra”.
Tranquilizamos nuestra conciencia llamando a “Traperos de Emaús” para desprendernos de objetos inútiles, muebles inservibles o electrodomésticos gastados. Entregamos en Cáritas ropas y vestidos que ya no están de moda. Hacemos incluso pequeños donativos siempre que dejen a salvo nuestro presupuesto de vacaciones o fin de semana.
Qué duras nos resultan en su tremenda verdad las palabras de Jesús alabando a aquella pobre viuda que acaba de entregar sus pocos dineros: “Los demás han dado lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
Sabemos dar lo que nos sobra, pero no sabemos estar cerca de quienes, tal vez, necesitan nuestra compañía o defensa. Damos de vez en cuando nuestro dinero, pero no somos capaces de dar parte de nuestro tiempo o nuestro descanso. Damos cosas pero rehuimos nuestra ayuda personal.
Ofrecemos a nuestros ancianos residencias cada vez mejor equipadas, pero, tal vez, les negamos el calor y el cariño que nos piden. Reclamamos toda clase de mejoras sociales para los minusválidos, pero no nos agrada aceptarlos en nuestra convivencia normal.
En la vida misma de familia, ¿no es a veces más fácil dar cosas a los hijos que darles el cariño y la atención cercana que necesitan? ¿No resulta más cómodo subirles la paga que aumentar el tiempo dedicado a ellos?
Las palabras de Jesús nos obligan a preguntarnos si vivimos sólo dando lo que nos sobra o sabemos dar también algo de nuestra propia vida.
¿QUE ES DAR?
Ha echado más que nadie.
En nuestra sociedad se nos está olvidando algo aparentemente tan sencillo como es dar. Muchos hombres y mujeres están dispuestos a dar pero sólo a cambio de recibir. Dar sin recibir les parece una estafa, un mal negocio, algo perjudicial.
Son personas que no se han desarrollado más. Han quedado ahí, sin superar esa etapa meramente receptiva y acaparadora. Sólo saben recibir. No han aprendido a dar.
Viven convencidos de que dar gratis, sin recibir nada a cambio, es empobrecerse, privarse de algo, hacerse daño a uno mismo. Algo propio de personas poco inteligentes y despiertas.
Sin embargo, estas personas saben dar lo que les sobra. Han encontrado el método sencillo para vivir encerrados en su egoísmo, sin sentirse turbados por las necesidades que hay a su alrededor. El dar lo que les sobra les proporciona la tranquilidad que necesitan para seguir su vida sin preocuparse apenas de nadie.
Se celebran fiestas fastuosas pero con un toque de carácter benéfico. Se mejora constantemente la comodidad del hogar pero con el cuidado de enviar el viejo mobiliario a “Traperos de Emaús” o a Cáritas.
Se renueva constantemente el atuendo y las prendas propias de cada estación y se adquieren nuevos equipos de montaña y de toda clase de deportes, pero con la preocupación de entregar la ropa usada a los pobres.
Hace unos meses subí a comer con la comunidad donostiarra de “Los Traperos de Emaús”. Pude contemplar una vez más toda clase de muebles, ropas, electrodomésticos, televisores y enseres increíbles. Allí se acumula gran parte de lo que nos sobra a los donostiarras.
Pero allí mismo pude saber que aquellos hombres habían reunido con su trabajo y con la renuncia a la pequeña paga de Navidad, una cantidad de dinero para el pueblo de Etiopía, azotado por la sequía.
Entonces comprendí mejor que nunca la reacción de Jesús ante aquella pobre viuda que echó dos monedas, pero, según Jesús, fue la que dio más que nadie.
Bajé convencido de que aquellos vagabundos, que viven en un edificio ruinoso reparado por ellos mismos, que duermen en habitaciones donde corre el viento y hasta la lluvia, que trabajan aprovechando los desperdicios de nuestra ciudad, habían dado más que todos nosotros a los hambrientos de Etiopía.
Estos hombres, aunque no lo sepan, son ricos. Porque no es rico el que tiene mucho sino el que da mucho. Estos son capaces de hacer lo que la mayoría hemos olvidado: dar algo más que las sobras.
LO QUE NOS SOBRA
… ha echado más que nadie.
Es gozoso descubrir cómo los ojos de Jesús se fijan siempre en los hombres y mujeres sencillos que saben vivir el amor de manera limpia y generosa.
Jesús observa a la gente que deposita sus limosnas en el templo. Muchos ricos ofrecen espléndidos donativos, pero pasan desapercibidos a sus ojos. Sorprendentemente, su mirada se detiene en una pobre viuda que echa la cantidad ridícula de «dos reales».
La alabanza de Jesús es aleccionadora. Esta pobre mujer ha sabido dar más que nadie, porque «los demás han echado lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».
No está de moda la compasión. Se diría que para muchos es un sentimiento desfasado y anacrónico. Una actitud innecesaria en una sociedad capaz de organizar de manera eficiente los diversos servicios sociales.
En esta sociedad en que «creamos máquinas que obran como hombres y producimos hombres que obran como máquinas» (Eric Fromm), corremos el riesgo de endurecer nuestro corazón y hacernos impermeables al dolor ajeno.
Se nos está olvidando lo que es la «compasión». Ese saber «padecer con» el necesitado y vibrar con el sufrimiento ajeno. Miramos a las personas desde fuera, como si fueran objetos, sin acercarnos a su dolor.
Cada uno corre tras su felicidad. Cada uno se preocupa de satisfacer sus propios deseos. Los demás quedan lejos.
Si la viuda sabe dar todo lo que tiene es, sin duda, porque «pasa necesidad» y comprende desde su experiencia dolorosa las necesidades de los demás.
Pero cuando uno se ha instalado ya en su pequeño mundo de bienestar y comodidad, es difícil «entender» el sufrimiento de los otros.
Sin embargo, parece que necesitamos conservar la ilusión de que hay en nosotros todavía algo humano y bueno. Y entonces, damos «lo que nos sobra».
Nos tranquilizamos desprendiéndonos de objetos inútiles, muebles inservibles, electrodomésticos gastados. Pero no nos acercamos a los que sufren y necesitan quizás nuestra cercanía.
Y, sin embargo, el desvalido necesita siempre un calor, una defensa y una acogida que sólo el que sabe compadecerse le puede ofrecer. «El estado no puede visitar a los enfermos. Las estructuras no pueden ir a pasear con un inválido. ¡Tú sí!» (Phil Bosmans).
NEUROSIS DE POSESION
Esa pobre viuda ha echado más que nadie.
Una de las aportaciones más valiosas de la fe cristiana al hombre contemporáneo es, quizás, la de ayudarle a vivir con un sentido más humano en medio de una sociedad enferma de «neurosis de posesión».
El modelo de sociedad y de convivencia que configura nuestro vivir diario está basado no en lo que cada hombre es, sino en lo que cada hombre tiene. Lo importante es «tener» dinero, prestigio, poder, autoridad... El que posee esto, sale adelante y triunfa en la vida. El que no logra algo de esto, queda descalificado.
Desde los primeros años, al niño se le «educa» más para tener que para ser. Lo que interesa es que se capacite para que el día de mañana «tenga» una posición, unos ingresos, un nombre, una seguridad. Así, casi inconscientemente, preparamos a las nuevas generaciones para la competencia y la rivalidad.
Vivimos en un modelo de sociedad que fácilmente empobrece a las personas. La demanda de afecto, ternura y amistad que late en todo hombre es atendida con objetos. La comunicación humana queda sustituida por la posesión de cosas.
Los hombres se acostumbran a valorarse a sí mismos por lo que poseen o lo que son capaces de llegar a poseer. Y, de esta manera, corren el riesgo de irse incapacitando para el amor, la ternura, el servicio generoso, la ayuda amistosa, el sentido gratuito de la vida. Esta sociedad no ayuda a crecer en amistad, solidaridad y preocupación por los derechos del otro.
Por eso, cobra especial relieve en nuestros días la invitación del evangelio a valorar al hombre desde su capacidad de servicio y solidaridad.
La grandeza de una vida se mide en último término no por los conocimientos que uno posee, ni por los bienes que ha conseguido acumular, ni por el éxito social que ha podido alcanzar, sino por la capacidad de servir y ayudar a los otros a ser más humanos.
El hombre más poderoso, más sabio y más rico, queda descalificado como hombre si no es capaz de hacer algo gratis por los demás.
Cuántas gentes humildes, como la viuda del evangelio, aportan más a la humanización de nuestra sociedad con su vida sencilla de solidaridad y ayuda generosa a los necesitados, que tantos protagonistas de nuestra vida social, económica y política, hábiles defensores de sus intereses, su protagonismo y su posición.
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El texto del evangelio de este domingo presenta dos hechos opuestos, ligados entre sí: por un lado, la crítica de Jesús contra los escribas que usaban la religión para arruinar a las pobre viudas y, por el otro, el ejemplo de la viuda pobre que daba al Templo hasta lo que le era necesario. ¡Hecho éste muy actual, incluso hoy!
b) Una división del texto para ayudar en la lectura
Marcos 12,38-40: La crítica de Jesús contra los intereses de los escribas
Marcos 12,41-42: Jesús observa a la gente que pone la limosna en el tesoro del templo
Marcos:12,43-44: Jesús revela el valor del gesto de una pobre viuda
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto de este texto que más te ha gustado y ha llamado más tu atención? ¿Por qué?
b) ¿Qué critica Jesús en los doctores de la Ley, y por qué cosa los alaba?
c) ¿Qué desigualdad y religiosa de aquella época aparecen en el texto?
d) Cómo puede ser que dos céntimos de la viuda puedan valer más que lo echado por los ricos?
e) Observa bien el texto y descubre cuanto sigue: “¿Por qué Jesús elogia a la pobre viuda?
f) ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?
Para aquéllos que desean profundizar más en el tema
a) Contexto de ayer y de hoy:
• El contexto en tiempos de Jesús. El texto de Marcos 12,38-44 relata la parte final de las actividades de Jesús en Jerusalén (Mc 11,1 a 12,44). Fueron días muy intensos, llenos de conflictos: expulsión de los mercaderes del Templo (Mc 11,12-26), y muchas discusiones con las autoridades: (Mc 11,27 a 12,12), con los fariseos, con los herodianos y saduceos (Mc 12,13-27) y con los doctores de la ley (Mc 12,28-37). El texto de este domingo (Mc 12,38-44) nos presenta una última palabra crítica de Jesús respecto al mal comportamiento de los doctores de la ley (Mc 12,38-40) y una palabra de elogio respecto al buen comportamiento de la viuda. Casi al término de su actividad en Jerusalén, sentado delante del tesoro donde se recogía las limosnas del Templo, Jesús llama la atención de los discípulos sobre el gesto de una pobre viuda y les enseña el valor del compartir (Mc 12,41-44)
• El contexto en tiempos de Marcos En los primeros cuarenta años de la historia de la Iglesia, desde los años 30 al 70, las comunidades cristianas eran, en su mayoría, formadas por gente pobre (1Cor 1,26). Poco después se les agregaron también otras personas más ricas o que tenían varios problemas. Las tensiones sociales, que marcaba el imperio romano, comenzaron también a despuntar en la vida de las comunidades. Estas divisiones, por ejemplo, surgían, cuando las comunidades se reunían para celebrar la cena (1Cor 11,20-22) o cuando había alguna reunión (Sant 2,14). Por esto, la enseñanza del gesto de la viuda era para ellos actual. Era como mirarse al espejo, porque Jesús compara el comportamiento de los ricos y el comportamiento de los pobres.
• El contexto hoy Jesús elogia a una pobre viuda porque sabe compartir más y mejor que todos los ricos. Muchos pobres de hoy hacen la misma cosa. La gente dice: "El pobre no deja nunca morir de hambre a otro pobre." Pero a veces ni siquiera esto es verdad. Doña Crisanta una señora pobre de la campiña se trasladó a la periferia de una gran ciudad, decía: "Allí, en la campiña, yo era muy pobre, pero tenía siempre algo para compartir con un pobre que tocaba a la puerta. Ahora que me encuentro en la ciudad, cuando veo a un pobre que viene a llamar a mi puerta, me escondo por la vergüenza porque no tengo nada que compartir”. Por un lado la gente rica que tiene de todo y por otro la gente pobre que no tiene casi nada para compartir, excepto lo poco que tienen.
b) Comentario del texto:
Marcos 12,38-40: Jesús critica a los doctores de la ley
• Jesús llama la atención a los discípulos sobre el comportamiento hipócrita y aprovechado de algunos doctores de la ley. “Doctores” o Escribas eran aquellos que enseñaban a la gente la Ley de Dios. Pero enseñaban de palabra, porque el testimonio de sus vidas mostraba lo contrario. A ellos les gustaba deambular por las plazas con largas túnicas, recibir el saludo de la gente, ocupar los primeros puestos en las sinagogas y en los banquetes. Eran personas que querían aparentar ser gente importante. Usaban su ciencia y su profesión como medio para subir la escala social y enriquecerse, y no para servir. A ellos les gustaba entrar en las casas de las viudas y recitar largas oraciones en cambio de dinero. Y Jesús termina diciendo: ¡Esta gente recibirá un juicio severo!”
Marcos 12,41-42: La limosna de la viuda
• Jesús y os discípulos, sentados ante el tesoro del Templo, observaban a las personas que colocaban en el tesoro sus limosnas. Los pobres echaban pocos centavos, los ricos arrojaban monedas de gran valor. El tesoro del templo se colmaba de dinero. Todos aportaban algo para el mantenimiento del culto, para sostener a los sacerdotes y para la conservación del Templo mismo. Parte de este dinero era usado para ayudar a los pobres, porque entonces no existía la asistencia social. Los pobres dependían de la caridad pública. Los pobres más necesitados eran los huérfanos y las viudas. Ellos no poseían nada. Dependían del todo de la caridad de los otros. Pero aunque no tenían nada se esforzaban para compartir con los otros lo poco que tenían. Así pues, una viuda muy pobre deposita su limosna en el tesoro del templo. ¡Sólo unos céntimos!
Marcos 12, 43-44: Jesús muestra dónde se manifiesta la voluntad de Dios
• ¿Qué vale más: los dos céntimos de la viuda o las miles de monedas del rico? Para los discípulos, las miles de monedas de los ricos eran mucho más útiles para hacer caridad, que los dos céntimos de la viuda. Ellos pensaban que el problema de la gente se podría resolver con mucho dinero. Cuando la multiplicación de los panes, ellos habían dicho a Jesús: “Señor, ¿qué quieres que compremos con doscientos denarios para dar de comer a tanta gente?” (Mc 6,37). En efecto, para aquéllos que piensan así, los dos céntimos de la viuda no servía para nada. Pero Jesús dice: “Esta viuda ha echado en el tesoro más que todos los otros”. Jesús tiene criterios diversos. Llamando la atención de los discípulos sobre el gesto de la viuda, enseña dónde ellos y nosotros debemos buscar la manifestación de la voluntad de Dios, a saber, en el compartir. Si hoy compartiésemos nuestros bienes, que Dios ha puesto en el Universo a disposición de la humanidad, no habría ni pobres, ni hambre. Habría suficiente para todos y sobraría también para muchos otros.
c) Ampliando informaciones: Limosnas, compartir, riquezas
La práctica de dar limosna era muy importante para los judíos. Era considerada “una buena acción” (Mt 6,1-4), porque la ley del Viejo Testamento decía: “Puesto que los necesitados no faltarán nunca en el país; por esto yo te doy este mandato y te digo: Abre generosamente la mano a tu hermano pobre y necesitado en tu país” (Dt 15,11). Las limosnas, puestas en el tesoro del templo, tanto para el culto como para el mantenimiento del templo o para los necesitados, los huérfanos y las viudas, eran consideradas como acciones gratas a Dios. Dar limosnas era una forma de compartir con los otros, un modo de reconocer que todos los bienes y dones pertenecen a dios y que nosotros somos administradores de estos bienes, de modo que haya vida en abundancia para todos.
Fue a partir del Éxodo cuando el pueblo de Israel se dio cuenta de la importancia de la limosna, del compartir. La caminata de cuarenta años a través del desierto fue necesaria para superar el proyecto de acumulación que venía desde el faraón de Egipto y que era bien presente en la cabeza de la gente. Es fácil salir del país del faraón.
Pero es difícil librarse de la mentalidad del faraón. La ideología de los grandes es falsa y engañosa. Ha sido necesario experimentar el hambre en el desierto para aprender que los bienes necesarios para la vida son para todos. Y esto es la enseñanza del Maná: “Aquel que había cogido de más, no tenía mucho, aquel que había cogido de menos no le faltaba” (Éx 16,18).
Pero la tendencia a la acumulación era continua y muy fuerte. Y renace casi siempre en el corazón humano. Precisamente en esta tendencia a la acumulación se formaron los grandes imperios de la historia de la humanidad. El deseo de poseer y de acumular está en el corazón de estos imperios y reinos humanos. Jesús muestra la conversión necesaria para entrar en el reino de Dios. Dice al joven rico: “Ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres” (Mc 10,21). Esta misma exigencia se repite en los otros evangelios: “Vended lo que tenéis y dadlo en limosnas; haceos bolsas que no envejecen, un tesoro inexhausto en los cielos, donde los ladrones no llegan y no lo consume el moho. (Lc 12,33-34; Mt 6,9-20). Y añade una razón a esta exigencia: “Porque donde está tu tesoro, allí estará también vuestro corazón”
La práctica del compartir, de la limosna y de la solidaridad es una de las características que el Espíritu de Jesús, comunicado en Pentecostés (Act 2,1-13), quiere realizar en las comunidades. El resultado de la efusión del Espíritu es precisamente esto: “Ninguno entre ellos pasaba necesidad, porque cuantos poseían haciendas o casas las vendían, llevaban el importe de todo lo vendido y lo dejaban a los pies de los apóstoles” (Act 4,34-35ª; 2,44-45). Estas limosnas recibidas por los apóstoles no se acumulaban, sino que “se distribuía a cada uno según su necesidad” (Act 4,35b; 2,45).
La entrada de los ricos en la comunidad cristiana, por un lado hacía posible la expansión del cristianismo, ofreciendo mejores condiciones al movimiento misionero, Pero de la otra, la acumulación de bienes blocaba el movimiento de solidaridad y del compartir provocado por la fuerza del Espíritu en Pentecostés. Santiago quiere ayudar a algunas personas a entender el camino errado que han emprendido: “Y ahora vosotros ricos; llorad y gritad por las desventuras que os sobrevendrán. Vuestras riquezas están podridas, vuestros vestidos serán devorados por la polilla” (Sant 5,1-3). Para aprender el camino del Reino, todos tienen necesidad de convertirse en alumnos de aquella pobre viuda, que compartió lo que tenía, lo necesario para vivir.
JOSEP M. TOTOSAUS
-Dos viudas pobres dan color a las lecturas. La una se fía de la palabra de Elías y le hace un panecillo con el puñado de harina y el poco de aceite que le quedaba y recibe una recompensa multiplicada. La otra echa “dos reales" y recibe el elogio del Señor: "ha echado más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado lo que tenía para vivir".
-Estas dos mujeres son modelo de creyentes. Son personas abiertas a Dios: confían en él. Poca cosa tienen, pero no se aferran celosamente a lo poco que tienen. No dan los restos, sino lo que necesitan para vivir. Dios no quiere que le demos lo que nos sobra (y aún, a menudo de forma exhibicionista, como si demostráramos nuestra generosidad y obtuviéramos mérito por ello). El "primer mandamiento" -que vale para todos- es "amarás al Señor, tu Dios, con todo su corazón..." (domingo pasado). De igual modo, el segundo es "amarás a tu prójimo como a ti mismo" (y no "dales algo de lo que te sobra").
-Estas mujeres son dos "pobres" en el sentido bíblico de los "anawim" (pobres de Yahvé), los que Jesús proclamaba dichosos. No tienen demasiado de que presumir y sentirse orgullosos y ponen en Dios su esperanza. Cualquiera lo reconoce enseguida: ésta es la religión verdadera, "pura e intachable a los ojos de Dios Padre" (St 1,27; d. 22). ¡Qué contraste con aquellos ricos que echan mucho dinero para el Templo y con los escribas que aparecen en el evangelio!
-Alguien, tal vez, diga que son dos mujeres "alienadas". Y que el Templo (Dios, la religión) y los profetas (claro...) devoran los bienes de los pobres, en lugar de ayudarlos a tomar conciencia de su situación injusta de dependencia y opresión, y a luchar por su liberación. ¡Cuidado! "El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los cautivos, guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda" (salmo responsorial). Y Jesús, que alaba el gesto de aquella mujer, critica a los que "devoran los bienes de las viudas" y recuerda que Elías "fue enviado" a socorrer a aquella viuda cuando "hubo una gran hambre en todo el país" (Lc 4,25-26). No hay que confundir la "gimnasia" con la "magnesia". Naturalmente la generosidad de la viuda del evangelio no autoriza cualquier uso que hagan de sus "dos reales" -y de tantos otros- los responsables del Templo, ni prácticas que hoy nos parecen fuera de lugar, como vestidos, coronas o construcciones suntuosas.
P. CHARLES
Fue, pues la mujer e hizo lo que Elías le había dicho; y comió Elías, ella y toda su casa. Desde aquel día no faltó nunca harina en la orza ni se disminuyó el aceite de la alcuza; según lo que había prometido el Señor por boca de Elías.
Sus discípulos son siempre muy desconfiados, y su inquieta solicitud impide su acción pacificadora, y obstaculiza la obra de su gracia. A todos nos ha definido con una sola palabra, cuando nos echa en cara en el camino de Emaús el ser necios y tardos en creer y el no atrevernos a confiar en su palabra. El desaliento anticipado, llamado también desconfianza, nos es demasiado natural para no ser más que una necedad, y son raros los corazones que nunca se han dejado sorprender más o menos por este taimado enemigo.
Incluso cuando se ha retirado, cuando la experiencia de la bondad divina ha hecho retroceder la inundación de la pusilanimidad y el flujo de la desconfianza, su desbordamiento deja en el alma como una capa de lodo malsano, como un cieno viscoso, en donde se hunden y ensucian los buenos deseos, en donde se paraliza no bien se ha formado todo impulso de franca cordialidad para con Dios.
¿Cuál es, pues, esa falsa sabiduría que mantiene en nosotros el antiguo error, y qué bendición divina le obligará a emigrar? -Vetus error abiit.- Ese inveterado error al que se encuentra, como a los mendigos andrajosos, sentado en el umbral de las almas, ese inveterado error de la pusilanimidad y la desconfianza, que uno se ha acostumbrado ya a ver y acaba por considerar como necesario, ¿de dónde viene, y con qué derecho se ha instalado a nuestra vera? A veces nos sentimos descorazonados, siempre pusilánimes, porque colocamos nuestra seguridad en un frágil y tambaleante sostén; porque pretendemos cimentar la paz de nuestra alma y la garantía de nuestro valor en el juicio natural que nos formamos de nuestra capacidad y méritos. Nos interrogamos a nosotros mismos con ansiedad; queremos saber las reservas de que disponemos; nos preocupamos de auscultarnos para conocernos mejor, de analizarnos para no ser engañados por las apariencias; perdemos un tiempo infinito en calcular lo que hubiéramos podido hacer antaño, lo que más o menos probablemente podremos hacer en el futuro, y sobre todos estos cálculos y razonamientos pretendemos fundar nuestra confianza. Sostenes precarios, apoyos caducos que hay que apuntalar todos los días y que se derrumban al menor empuje.
No debemos fundar nuestra confianza en la conciencia que tenemos de nuestros medios, sino en la misericordiosa bondad del que nunca abandona a los que su Padre le ha encargado haga vivir -quos dedisti mihi, non predidi ex eis qemquam: "ninguno he perdido de los que tú me diste." Juan, 18, 9-. Nuestra certidumbre, nuestras seguridades se basan en la fe, y lo que nos mantiene en paz con nosotros mismos es algo invisible.
Cuando el profeta Elías, de parte de Dios, bendijo en Sarepta el aceite de la pobre viuda, esa bendición permaneció también invisible. En el fondo de una pequeña alcuza quedaban todavía algunas gotas de aceite y al gesto del profeta, ni siquiera se llenó la alcuza.
Permaneció aparentemente como se encontraba. Pero esas gotas se renovaban a medida de las necesidades, y estando siempre la alcuza a punto de terminarse, contenía siempre bastante aceite para que con ella no faltase nada. Dios se conduce del mismo modo con nuestras almas. Cada día nos da la medida de la gracia que nos basta, sin permitir jamás que la sintamos colmarse, y esto para siempre. La vulgar confianza que nos viene de la posesión consciente de grandes tesoros acumulados, la fácil confianza del granjero que ha entrojado su cosecha, la seguridad y tranquilidad de los propietarios no tienen nada que ver con el espíritu de fe; y no obstante, todas nuestras ansias tienden a conseguirla.
Sentir que somos fuertes y ricos y poderosos; sentir al menos que los cofres divinos en donde podemos sumergir las manos son inexhaustos, que están allí abiertos ante nosotros y a nuestra disposición; sentir que no dependemos de nada, y podernos dormir tranquilos, al abrigo de todos los riesgos y de todas las miserias, nos parece que siempre es la mejor condición, la condición de los que poseen. Y difícilmente nos avenimos a pasarnos sin testimonios de estima, no tanto porque deseemos ser halagados, sino porque tenemos necesidad de ser confortados; no tanto por vanidad como por flaqueza, no tanto por saber lo que se piensa de nosotros como por saber lo que debemos pensar de nosotros mismos.
De esta mala costumbre quiere librarnos Dios. Quiere enseñarnos a poner en él nuestra confianza, y a desprendernos del juicio que nos hacemos de nosotros mismos. Lo que eres, eso eres, y no debes creerte que vales más de Io que eres ante Dios. Y en cuanto se ha renunciado a buscar en sí certidumbres, desde que se ha dejado el cuidado de apreciar lo que valen nuestras almas al que ha sido establecido por juez de vivos y muertos, sentimos en nosotros una gran paz y un inmenso alivio. Porque ciertamente es una carga pesada e inútil esa preocupación que a tantos hombres abruma, sin que a nadie haya reportado el menor provecho: el estar pensando en lo que uno vale o en lo que uno quiere.
Nuestra confianza debe irse formando a base de una incesante dependencia. Cada día nos dará Dios la gota de aceite necesaria, en cada ocasión la medida de gracia suficiente, y sintiéndonos perpetuamente sostenidos, sin ser nunca capaces de caminar solos, sintiéndonos cada día alimentados sin cesar nunca de tener hambre, estaremos unidos a Dios por nuestra misma pobreza. Esta privación indefinidamente reparada, pero nunca suprimida, es la que renueva en nosotros la Redención, haciéndonos comprender cuán necesario nos es Dios -"no se agotó el aceite de la alcuza"-. Le conozco bastante para saber que mañana no se va a olvidar de mí, como tampoco se ha olvidado hoy, y yo sé que su misericordia es inmutable. Por eso cuando me regocijo, cuando, en medio de mi miseria sentida y visible, canto y trabajo, sin ninguna preocupación, como las aves del cielo, mi confianza se halla toda ella penetrada de adoración, y mi alegría es un homenaje al que nada puede reemplazar -"sé de quién me he fiado".
Desgraciadamente nuestra menguada sabiduría comprende poco estas lecciones, y preocupados de agradar a Dios, no sabemos que sin él o lejos de él, no podemos llegar a ser capaces de agradarle. Deseosos de encontrarle no sabemos que con él es como debemos caminar hacia él, y que él solo puede conducirnos a la cita que su amor nos ha dado. Queriendo tener un valor ante sus ojos, olvidamos, nunca hemos sabido, que no tendremos otro que el que quiera él mismo reconocernos, porque él nos lo habrá concedido; y no estamos dispuestos sino difícilmente a gloriarnos, a regocijarnos de ser simplemente redimidos. ¡Redimidos! En el origen de todo lo que somos, hay que poner su gracia, y esta sola palabra hará desaparecer todas las desconfianzas.
DABAR
DOS MUJERES
Dos mujeres ocupan hoy las lecturas del domingo. Dos mujeres que no tienen nada en común con las mujeres que ocupan a diario páginas y páginas de los periódicos que devora la gente. Normalmente, las mujeres que ocupan estos periódicos aparecen allí porque pertenecen a eso que se ha dado en llamar -no sé con que fundamento- "alta sociedad" y aparecen contándonos, por escrito y plásticamente, sus conquistas, sus fiestas extravagantes, sus infidelidades, sus vaciedades sin cuento.
Aparecen luciendo sus joyas y su anatomía. Esos son sus títulos y por eso se les paga para que, con una prosa en todo semejante a sus hazañas, nos cuenten "su vida", una vida que, por otra parte, no comprendo a quién puede interesarle. Hoy y aquí, las dos mujeres que aparecen en las páginas de la Escritura no son jóvenes, ni guapas, ni dan con la medida anatómica exacta, ni han alcanzado un título de "miss", ni dan el tono, ni se lo pasan bien, ni son brillantes decididas y liberadas. Todo lo contrario.
Una de ellas es una viuda que vive en un pequeño pueblo situado al Sur de Sidón, Sarepta, y que, presumiendo que ha llegado al fin de su existencia, se prepara para terminar sus escuálidas provisiones y morir después, junto con su hijo. Si en cualquier momento y cultura ser viuda es símbolo de soledad y vacío, en el momento histórico en el que se nos presenta a la viuda de Sarepta, ser viuda debía ser... ¡como para morirse! Quizá no se podía encontrar una persona menos persona que una viuda. Pues bien, a ella fue Elías y con ella se hizo el milagro, un milagro arrancado por la fe ciega y la generosidad sin límites de aquella mujer. Elías le pidió de comer y ella le entregó, sin reservarse nada, todo lo que tenía, fiada en la promesa de aquel hombre al que no conocía de nada, pero que le hablaba en nombre de Dios. Y el Dios de Israel fue con ella un excelente despensero, que veló cumplidamente para que la "orza de harina no se vaciase y la alcuza de aceite no se agotase". Toda la fuerza de Dios aparece puesta al servicio de una mujer pobre, débil, abandonada e ignorada.
La otra mujer que protagoniza hoy las lecturas es también pobre e insignificante. No sabemos ni siquiera su nombre. También era viuda. También tenía, por consiguiente, una situación difícil. Frente a ella están los ricos echando abundantemente en la bandeja del Templo y pasando desapercibidos para la mirada del lince de Cristo. Pero, de repente, entre las espléndidas limosnas, "dos reales", tintinearon con un sonido especial. Era el don de la viuda, que, al echarlos en la bandeja del Templo en el que creía y confiaba, se quedó sin nada. Y algo sonó en el corazón de Cristo, que acusó el impacto y quiso en seguida que ese impacto que El había recibido lo captasen los suyos, para que jamás olvidaran lo que, a los ojos de Dios, era verdaderamente interesante. "Os aseguro -les dice a los discípulos- que esa pobre viuda ha echado más que nadie... porque ha echado todo lo que tenía para vivir." Dos mujeres que han llegado como una flecha hasta el corazón de Dios. Dos mujeres que merecen, en la Escritura, los honores de una primera página a todo color. Dos mujeres poco decorativas, posiblemente arrugadas, envejecidas, agobiadas por tantos y tantos problemas como su vida difícil les deparaba. Dos mujeres que han atravesado el tiempo para llegar hasta nosotros y golpearnos con su ejemplo espléndido. No importa que no sepamos su nombre ni el color de sus ojos. Lo verdaderamente interesante es que esas dos mujeres fueron, por un momento, protagonistas de una historia vivida con Dios y cumplieron perfectamente su papel en ella.
Son dos historias preciosas y estimulantes, con una clara lección: para conseguir que el corazón de Dios se sienta "tocado" no hace falta ser importante, ni saber mucho, ni ser "letrado", ni impactar con el brillo de amplios ropajes, ni... nada de todo eso que llega tan directamente a nuestro pobre y pequeño corazón. Para llegar al corazón de Dios sólo hace falta dar cuanto se tiene, creer en sus promesas sin reservarse nada, poner la vida "en la bandeja" y esperar confiadamente en el milagro de que El hará que no se acabe nunca la esperanza, la ilusión, la inquietud, esa especial harina y ese aceite sobrenatural que se necesita para caminar por la vida cristiana, aunque, a veces, nos sintamos en ese camino tan angustiados y solos como debieron sentirse en su momento estas dos viudas de la Escritura que hoy contemplamos, al menos yo, con tanto cariño.
J. GOMIS
El evangelio nos ha situado ya en el término del camino de Jesús, en vísperas de su muerte: los caminos se cierran, los poderosos confabulaban para liquidarle, la mayoría del pueblo se queda a la expectativa. Sólo un pequeño grupo de hombres y mujeres lo sigue.
El evangelio de Mc nos presenta los últimos hechos y palabras de Jesús en Jerusalén como un resumen de enseñanzas y de su vida. Y aquí hallamos la peculiar importancia del texto que hemos escuchado: es de una absoluta sencillez, pero en esta sencillez hallamos una doble afirmación -las dos caras de la moneda- decisiva para entender el Evangelio de JC.
-"Cuidado con..."
En primer lugar, en la cruz de la moneda, encontramos la descalificación de los ricos. Pero en este caso no se trata de ricos en dinero sino de ricos en religión. Me explico: se trata de aquella gente que se siente satisfecha de sus conocimientos religiosos y de sus prácticas religiosas. Y que, igual que a los ricos en dinero les encanta que se les reconozca y que se reverencie su "categoría", también a estos "ricos en religión" les chifla que se les tenga como los mejores, que se les reverencie muy especialmente, que se les reserve las primeras filas. Es su orgullo y ¡ay! de los que se atrevan a tratarles como simples ciudadanos normales.
Me parece que por más que el Evangelio nos presente tantas veces esta dura crítica de Jesucristo contra la satisfacción orgullosa de los fariseos, nosotros siempre peligramos de caer en esta tentación. Es posible que no seamos conscientes de ello, que la revistamos con diversas vestimentas, pero es necesario reconocer que es muy fácil detectar en muchos cristianos este estúpido orgullo de creerse mejores que los demás, de querer que ello se nos reconozca públicamente, que -por ejemplo, en la televisión o en la prensa- se nos trate como si fuéramos de una categoría privilegiada que no admite ni críticas ni bromas.
Y siempre que alguien pretende sacar de su cristianismo algún privilegio, es necesario que recordemos las diáfanas palabras de Jesús en aquellos momentos que culminaba su camino entre nosotros: "Cuidado con ellos". No "cuidado" con los que critican, sino "cuidado" con los que no toleran ser criticados.
-El elogio de la generosidad sencilla
En segundo lugar, en la otra cara de la moneda, nos queda -perenne a través de los siglos- el elogio de la pobre y desconocida viuda que da sencillamente "dos reales". Pero que con sus dos reales fue más generosa que todos los demás porque supo dar todo lo que tenía.
Generosidad sencilla y discreta, tan sencilla y discreta como la de tantos otros gestos de tantos otros hombres y mujeres que nunca saldrán en los diarios, ni en la TV, que nunca conseguirán ninguna condecoración, ante quienes nadie se inclinará para saludarles; serán ellos quienes deberán inclinarse ante el amo, la señora, el jefe. Pero el Mesías del Reino de Dios, el Hijo del Padre del cielo, cuando se termina su camino, nos quiere señalar el modelo. Y por eso llama a sus discípulos y les revela la grandeza de aquella pobre viuda, que ya se iba humilde y desconocida entre la multitud.
Ella ni se enteró, como tantos de sus hermanos y hermanas -antes, después y ahora- tampoco se enteran de que ellos son los primeros en el reino de Dios.
No dar importancia a los que hacemos, no dar importancia a lo que somos. Porque nada es mérito nuestro sino todo es gracia, todo es don de Dios. Y saber compartir con sencillez y generosidad nuestra vida con los demás. Por ejemplo, como se nos recuerda hoy, con los emigrantes, con las gentes de otros países que se han visto obligados a buscar trabajo entre nosotros. Compartir con sencillez, este el resumen de la enseñanza de Jesús al término de su camino, éste es el camino del cristiano.
Compartir ahora nosotros la Eucaristía significa querer vivir así. Porque compartimos la entrega generosa y sencilla de Jesucristo, a través de estos signos tan sencillos y pobres como son este pan y este vino, pero que son toda su vida entregada hasta la muerte por nosotros.
JOSEP LLIGADAS
-DARLO TODO PORQUE LA CONFIANZA EN DIOS ES TOTAL
"La diferencia entre la viuda y los demás no es sólo cuantitativa -dar más o menos-, sino esencial: ella lo da todo, como expresión de su confianza absoluta en el Señor; los demás dan solamente una parte de los que tienen, manifestando de este modo que su relación con Dios no es totalizante y definitiva".
La radicalidad del evangelio de Marcos aparece hoy una vez más. Podría parecernos que las dos lecturas de viudas (la primera y el evangelio) tendrían que llamarnos más bien a contemplar con una mezcla de ternura y compasión la actuación de las dos pobres mujeres, que a pesar de ser tan pobres son también tan buenas... Y, en cambio, la llamada real del evangelio de hoy no tiene nada que ver con esta especie de compasión. La llamada real del evangelio es una llamada a confiar absolutamente en Dios y, por esta confianza, ser capaces de entregarnos nosotros mismos.
De hecho, el evangelio de hoy no es más que una aplicación práctica del de hace una semana: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu ser".
El mensaje de Jesucristo nos dice, en definitiva, que lo que Dios espera de los hombres no es el cumplimiento de la Ley (de cualquier Ley), como los letrados del amplio ropaje. Lo que Dios espera es que nunca tengamos bastante con lo que hacemos, sino que aprendamos cada día un poco más a ponerlo todo al servicio de El y de su plan de amor. Y nunca se termina de hacer esto, siempre hay más camino por recorrer. Y esto no afecta solamente a esta o a aquella parcela de la vida, sino que la afecta por entero. Y quizás parezca que cada domingo predicamos lo mismo... pero es que precisamente esto es el corazón de la enseñanza (¡y de la vida!) de Jesucristo: la viuda (las dos viudas) de las lecturas de hoy son precisamente una imagen clara de lo que hizo Jesucristo.
-DARLO TODO, EN TODOS LOS MOMENTOS DE LA VIDA
La viuda que da una cantidad pequeña, pero con valor mayor que cualquier donativo grandioso, puede conducirnos a concretar la enseñanza evangélica en las cosas pequeñas que nosotros también podemos dar, y a través de las cuales podemos hacer de nuestra vida una entrega a Dios y a los demás. Aquí podríamos citar una lista de ejemplos:
-Orar y confiar en Dios. Es la raíz de todo, el fundamento de la esperanza y la paz cristiana, que no se basa en la creencia de que Dios nos va a resolver los problemas (o menos aún, que Dios hará que lo pasen mal los que nos caen mal a nosotros), sino en la conciencia de que estamos en sus manos, como estuvo Jesucristo. Para darlo todo, debemos tener presente a Dios, dirigirnos a él, orar.
-Ser buen vecino (o buen compañero...). Esto cuesta esfuerzo, pero es quizás la manera más cotidiana de "darlo todo". En una vida que ya tiene bastantes problemas, es decisivo que procuremos quitarlos más que añadir. Ser agradable a los demás en los mil y un detalles en que esto es posible a lo largo del día. Es el que se interesa por la vida de los demás y sabe ayudarles pero al mismo tiempo no se empeña en ayudarles cuando los demás no lo desean, es el que evita refunfuñar, es el que sabe animar en una situación de abatimiento, es el que sabe ser discreto, el que no pretende que todos lo compadezcan cada dos por tres, es el que cuando hace cola en el médico no se dedica a asustar a los demás enfermos explicando mil desgracias que pueden ocurrir, es el que no pretende ser el protagonista de todas las conversaciones...
No murmurar. Antes era éste uno de los temas que más atacaban los predicadores (en el sermonario del P. Claret, por ejemplo, éste es uno de los grandes temas). Ahora, en la gran ciudad, posiblemente no sea tan frecuente (quizás sí en los ambientes de trabajo), pero en ciudades más pequeñas y en los pueblos sigue siendo un tema importante, y conviene que de tanto en tanto se hable de ello. Porque murmurar en nombre de la fe, que sigue haciéndose, y mucho: por ejemplo, cuando se critica y se deja verde a una familia porque se les ha casado un hijo por lo civil. Y más grave aún cuando se difunden rumores sin confirmar, o cuando se hacen circular noticias que duelen o agravan las situaciones: "¿Sabéis lo que me han dicho? ¡Que ella le pega!"... Divulgar un rumor o una noticia así, puede ayudar a deshacer un matrimonio, y los que la divulgan serán culpables.
-La limosna. Es la concreción más directa del tema del evangelio y de la primera lectura. Hay que valorar los distintos niveles en que puede hacerse (por ejemplo, en las campañas que se hacen contra el paro).
FRANCISCO BARTOLOMÉ GONZÁLEZ
1. El contraste
Este sencillo episodio presenta un profundo contraste con el precedente. La pobre viuda avergüenza a la gente de largas oraciones y de palabras brillantes. Mateo, a quien interesaba más desenmascarar con inusitada dureza a los letrados y fariseos, lo ha omitido.
La escena tiene todo el aire de haber sido captada de la realidad. Y la enseñanza de Jesús adquiere un relieve especial al estar colocada al final de las disputas y de su vida.
Una y otra vez trueca nuestras ideas de grandeza. Juzga por lo que hay en el corazón del ser humano, no por la lista de obras materiales que los hombres realicen ni por los honores y aplausos que puedan recibir.
La escena consta de tres cuadros: Jesús, sentado enfrente del cepillo del templo, observa; se acerca una viuda pobre, y la enseñanza a sus discípulos.
El lugar donde se echaban las limosnas en el templo estaba situado en el atrio de las mujeres. Alrededor del muro se habían colocado trece cepillos en forma de embudo al revés o de trompeta -el cuello arriba, ancho abajo, a causa de los ladrones-. El número estaba en relación con los distintos destinos de las ofrendas. Los oferentes no depositaban ellos mismos el dinero en los embudos, sino que los entregaban al sacerdote encargado, el cual lo depositaba en el cepillo que correspondiera al deseo del donante. Esto explica el que
Jesús pudiera advertir las ofrendas de los visitantes y la de la viuda. Ella indicó la cantidad y su destino al sacerdote, y Jesús pudo oírlo. La ofrenda consistió en dos de las monedas más pequeñas que estaban en circulación. Las dos únicas que tenía. ¿No debería haberse reservado una? No, porque era como ofrecer la propia vida, y ésta no se entrega a medias.
Su gesto es sencillo, escondido..., como otros tantos gestos de hombres y de mujeres que nunca saldrán en los periódicos ni en la televisión. Confiaba en Dios, al que amaba con todas sus fuerzas, más que en sí misma. Intuía que la total pobreza, elegida, era el camino para llegar a él; que dar lo que sobra es un engaño. Había comprendido que si el amor no es total, no es amor. Los frutos que Jesús ha buscado inútilmente son ofrecidos por esta viuda pobre, que, por fortuna, no se ha dirigido a consultar a los maestros lo que debía hacer. Para no hacer cálculos no necesitaba a nadie.
2. Llama a los discípulos
Jesús no quiere dejar pasar el gesto de la mujer, y llama a los discípulos. Les señala a la pobre viuda, que ya debía marchar humilde y desconocida entre la multitud. Ella ni se enteró, como nunca se enteran los verdaderos pobres de que ellos son los primeros en el reino de Dios.
Jesús invita a sus discípulos a observar en profundidad, a no dar valoraciones superficiales a hechos y personas. Es engañoso buscar la vida, la alegría, el amor..., al margen de la donación generosa de nosotros mismos. Jesús mide el valor de las ofrendas al templo según el grado de entrega de uno mismo que llevan consigo. En los ricos, que han entregado grandes donativos, no existe entrega alguna de sí mismos. La pobre viuda ha entregado "todo lo que tenía para vivir". Y Jesús se siente identificado con ella.
¿Alaba Jesús la ofrenda dada al templo por la mujer o su significado? ¿Podía alabar el que la gente humilde cayera en la trampa tendida por los poderosos bajo pretexto religioso? Jesús ha atacado duramente el culto sacrílego de aquellos mercaderes del templo (Mt 21,12-13 y par.). Lo normal parece que hubiera sido decir a la mujer que no tenía por qué echar nada allí, y menos si le hacía falta para comer: a los discípulos, que no hicieran como aquella viuda pobre, y criticar de nuevo con dureza el negocio del templo.
Jesús no pone a la viuda como ejemplo en ese sentido, sino que resalta su disponibilidad y total entrega a Dios, de las que las ofrendas religiosas son la expresión externa. La mujer que lo da todo es un testimonio impresionante de fe en Dios como Absoluto. La ley no es para ella una cuestión de prestigio personal, sino una realidad vivida en el fondo del corazón y expresada eficazmente en el culto. Dice un proverbio chino: "El que se pone a la búsqueda de Dios y vende todo lo que posee salvo el último dinero es sin duda un loco; es precisamente con el último dinero con el que se compra a Dios". Y san Ambrosio: "Dios no se fija tanto en lo que damos cuanto en lo que nos reservamos para nosotros".
El lugar del encuentro con Dios no pasa a través del culto, y menos de la institución, sino a través del corazón pobre, totalmente disponible y abierto a Dios. El culto celebra esta disponibilidad cuando la hay; si falta, está vacío. Quien ama de verdad, entrega su persona; ¿cómo no va a entregar también todas sus cosas, si son menos importantes que la persona?
Nuestra sociedad y nuestra Iglesia están montadas sobre otros criterios. No importa el amor con que se hagan las limosnas y donativos; lo que importa es que sean abundantes y cuantiosos. De ahí esas listas para animarnos a superarnos cada año... Reconozcamos que damos siempre de lo que nos sobra. Al menos, démoslo con amor.
JORGE GUILLÉN GARCÍA
UN SIMPLE DETALLE
Puede que sean las grandes ideas -o, mejor, los grandes amores- lo que dé sentido a nuestra vida, lo que sea capaz de movernos a la hora de tomar las grandes decisiones.
Pero lo que da color a esta vida nuestra, lo que la hace agradable o triste, pesada o llevadera, suelen ser más bien los pequeños, a veces insignificantes detalles. Lo que nos agua la fiesta de la vida no son, frecuentemente, ofensas o traiciones desmesuradas; sino pequeños gestos, desaires, olvidos. En cambio, un sencillo obsequio de amigo, una invitación inesperada, una simple sonrisa puede llenarnos de luz una mañana entera.
Quizá sea porque somos así de pequeños, o de sensibles; o porque estamos hartos de grandes palabras huecas y de bonitas promesas que luego no se cumplen; o, más sencillamente, porque es así como vivimos la vida: no de un trago, sino a pequeños sorbos.
Hay, a veces, un pequeño detalle que crece, de pronto, hasta adueñarse de toda la escena. Ocurre cuando se trata de un detalle significativo: cuando ese minúsculo gesto logra condensar y expresar los sentimientos, la vida del que lo realiza; cuando por él se nos asoma su alma. En un detalle de éstos se fija hoy Jesús. Pequeño, desde luego, casi imperceptible gesto de una mujer que, discretamente, deposita un par de monedas en el cepillo del Templo. No hacen ruido al caer. Y la pobre mujer se retira, en silencio, por donde vino. Diríase que nadie se ha dado cuenta de su acción.
Pero Jesús está atento. (¿De quién habrá heredado este Jesús su costumbre de estar pendiente de los más insignificantes detalles, de percibir llamadas donde los otros sólo oyen gritos molestos, de interpretar los sentimientos simplemente con mirar a los ojos, de descubrir necesidades antes de que los interesados las expresen?). Mientras la gente está medio distraída con el ruido que producen en el buzón las pesadas monedas de los ricos, Jesús parece no darse ni cuenta. Pero cuando todo está en calma, y el grupo que lo rodea, a falta de otros estímulos, tiene puesta toda su atención en sus palabras, Jesús no deja de percibir el detalle de aquella mujer que, al poner sus dos monedas silenciosas en el cepillo del Templo, está dejando allí, como ofrenda al Señor, todo cuanto tenía para vivir. 'Esa pobre viuda -subraya Jesús- ha echado en el cepillo más que nadie.'. No dice que tenga más mérito que nadie -¡y lo tiene!-; ni que sea mayor su originalidad, o más bello su gesto. Jesús es muy claro: 'Ha echado más que nadie'. Es que la contabilidad de Dios no se guía por nuestro sistema de pesas y medidas; para Él, un gramo de amor pesa más, mucho más que una tonelada de piedras preciosas.
Y aquí el detalle de Marcos. Cuando ya ha hecho desfilar ante nuestros ojos toda la vida de Jesús, sus milagros, sus palabras, y está a punto de contamos el capítulo supremo de su pasión y muerte-resurrección, toma este pequeño gesto de la viuda y nos lo pone ante los ojos. Es un detalle, sí; pero un detalle que expresa toda una vida, un detalle hecho de amor macizo.
Como si nos dijera: Puede que no te sientas capaz de hacer grandes obras por Dios. No te preocupes. Él no busca tus cosas, sino a ti. Toma, pues, tu corazón, ponlo en cada una de tus pequeñas obras, en los pequeños detalles de tu pequeña vida, y ofréceselo. Vale poco, lo sé. Como poco valen un pedazo de pan y una copa de vino, pobres frutos del humano esfuerzo. Pero tú verás -si los ofreces- lo que hace Dios con ellos. Tú verás, si te ofreces, lo que Dios es capaz de hacer contigo.
EL CORAZÓN APORTA EL VALOR RELIGIOSO A MIS ACTOS
Mc 12, 38-44
CONTEXTO
Nos encontramos en los últimos versículos del c. 12. Solo queda por delante en el evangelio de Mc el discurso escatológico del c. 13 y la pasión.
Jesús una vez más, enseña. A pesar de que el episodio que acabamos de leer se reduce a cuatro versículos, tiene una profundidad enorme. Es el mejor resumen que se puede hacer del evangelio. La simplicidad del relato esconde el más profundo mensaje de Jesús: toda la parafernalia religiosa externa no tiene ningún valor espiritual; lo único que importa es el interior de cada persona.
En las dos viudas de las lecturas, encontramos hoy un nuevo ejemplo de lo que significa una fe auténtica, confianza absoluta.
(1 Re 17, 10-16) La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará.
(Heb 9,24-28) "Él se ha manifestado una sola vez en el momento culminante..."
Después de manifestar de muchas maneras la actitud de los dirigentes judíos en los versículos precedentes, el evangelio quiere proponernos como ideal, la sencilla postura de la viuda. Lo que el rico, de hace unos domingos, fue incapaz de hacer, lo hace ella con toda naturalidad. El mensaje no puede ser más transparente. Hoy hay poco que explicar. Tenemos que dejarnos interpelar por el relato.
En este episodio queda claro el talante de Jesús. Cualquiera de nosotros, progresistas, le hubiéramos dicho a la viuda: no seas tonta; no des esas monedas a los sacerdotes; tienen más que tú. Utilízalas para comer. Pero Jesús que acaba de criticar tan duramente los trapicheos del templo, descubre también la riqueza espiritual que manifiesta la pobre viuda y reconoce que a ella sí le sirve esa manera de actuar, porque es reflejo de su actitud para con Dios. Alejada de todo cálculo, se deja llevar por el sentimiento religioso más genuino.
EXPLICACIÓN
"Echaban". Las monedas se depositaban en una especie de embudos enormes en forma de bocina, colocados a lo largo del muro. La amplia boca de las bocinas de bronce permitía lanzar las monedas desde una distancia considerable. Los ricos podían oír con orgullo, el sonido de sus monedas al chocar con el metal. Lo que echó la viuda fueron dos monedas del más bajo valor de la época. Las dos monedas constituían una cantidad ridícula. La traducción debería acomodarse a cada época. Hoy serían dos céntimos.
Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. El comienzo "amen dico vobis" indica que la frase es muy importante. La idea de que Dios mira más el corazón que las apariencias no es nueva en la religiosidad judía; se encuentra en muchos comentarios del AT. Jesús profundiza en la idea y se la propone a los discípulos como ejemplo da actitud religiosa. Esta es la originalidad.
Dio todo lo que tenía para vivir. Para captar toda la fuerza de esta frase final, tenemos que tener en cuenta que en griego "bios" significa no sólo vida, sino también, modo de vida, recursos, sustento; sería el conjunto de bienes (normalmente alimentos) imprescindibles para la subsistencia. Nosotros tenemos una palabra que se podría aproximar bastante a lo que expresa el texto griego: "víveres" o "sustento". Dio todo lo que constituía su posibilidad de vivir. Equivaldría a poner su vida en manos de Dios.
APLICACIÓN
Hay que tener en cuenta que Jesús ya había llevado a cabo la "purificación del templo". Sabemos su opinión sobre la manera como se gestionaba el culto y su crítica al expolio de los pobres en nombre de Dios, para que los jefes religiosos vivieran como reyes. De hecho, el templo era el centro económico de todo el país. Esa economía estaba basada en la obligación de ofrecer sacrificios y de dar al templo el diezmo de todo lo que cosechaban, además de voluntarios donativos. El Dios liberador, se había convertido en el dios opresor y exigente que esclavizaba el pueblo por medio de sus dirigentes.
En contra de los que solemos pensar, el evangelio nos está diciendo que el principal valor de la limosna no es socorrer una necesidad perentoria de otra persona, sino mostrar una verdadera actitud religiosa. La limosna de la viuda, a pesar de su insignificancia, demuestra una actitud de total confianza en Dios y de total disponibilidad. En nuestras relaciones con Dios no sirven de nada las apariencias. La sinceridad es la única base para que la religiosidad sea efectiva. A Dios no se le puede engañar con apariencias.
No se trata directamente de generosidad, sino de desprendimiento. Lo que el evangelio deja claro es que el egoísmo y el amor son dos platillos de la misma balanza, no puede subir uno si el otro no baja. Nuestro error consiste en creer que podemos ser generosos sin dejar de ser egoístas. Lo que Jesús descubre en la viuda pobre es que, al dar todo lo que tenía, el platillo del ego bajó a cero; con lo que, el platillo del amor había subido hasta el infinito. Si mi limosna no disminuye mi egoísmo, no tiene valor espiritual.
El evangelio de hoy, ni cuestiona ni entra a valorar la limosna desde el punto de vista del necesitado, porque lo que la viuda echó en el cepillo no iba a solucionar ninguna necesidad. Se trata de valorar la limosna desde el punto de vista del que la hace. Jesús ensalza la actitud de la viuda, aunque acaba de criticar muy duramente la manera que tenían los sacerdotes de gestionar los donativos al templo.
La limosna de la que hoy se habla, no es la que salva al que la recibe, sino la que salva al que la da. La diferencia es tan sutil que corremos el riesgo de hablar hoy de tanta necesidad acuciante que podemos encontrar en nuestro mundo y por tanto, de la necesidad de hacer limosna para remediar esas necesidades extremas. Hoy no se trata de eso. Se trata de dilucidar donde ponemos nuestra confianza. Podemos ponerla en la seguridad que dan las posesiones o en la seguridad que nos da la confianza en Dios.
La motivación de cualquier limosna no debe ser, en primer lugar, remediar la necesidad de otro, que está en peores condiciones que yo, sino el manifestar el desapego de las cosas materiales y afianzar nuestra confianza en lo que vale de verdad. La cuantía de la limosna en sí, no tiene ninguna importancia; solo tendrá valor espiritual, si el hacerla, supone privarme de algo. Dar de lo que nos sobra, puede aliviar la carencia de los demás, pero ningún valor religioso para mí. Mi limosna valdrá la pena solo si me duele un poquito.
El que recibe una limosna, puede estar realmente necesitado de lo que recibe; en ese caso, la limosna ha cumplido un objetivo social. Ese objetivo no es lo esencial, porque puede alcanzarse por circunstancias ajenas a una voluntad humana. El que recibe una limosna, puede aceptarla como una lotería sin descubrir la calidad humana del que se la ha dado. O puede darse cuenta de que la actitud del otro le está invitando a ser también él mismo más humano. Si esto segundo no sucede, es que la limosna como acto religioso, ha fallado para el que la recibe. Alcanzar este último objetivo, depende de la manera de hacerla.
El que la da puede ser que tenga sus necesidades bien cubiertas y da de lo que le sobra; o puede ser que se prive de algo que necesita, al hacer la limosna. En el primer caso, aún podía demostrar un cierto desapego al superar el afán de acaparar y buscar en las riquezas seguridad. En el segundo, entramos en una dinámica religiosa. Se podría dar el caso de que un necesitado hace una limosna de la que se va a aprovechar el que no la necesita. En ese caso, el objetivo religioso se cumple. Sin tener esto en cuenta, con frecuencia dejamos de dar una limosna, porque no estamos seguros de que vaya a remediar una necesidad real.
Solo cuando das lo último que te queda, demuestras que confías absolutamente. El primer céntimo no indica nada; el último lo expresa todo, decía S. Ambrosio: Dios no se fija tanto en lo que damos, cuanto en lo que reservamos para nosotros. Un famoso escritor actual dijo en una ocasión: solo se gana lo que se da; lo que se guarda se pierde. La viuda, al renunciar a la más pequeña seguridad, manifiesta la verdadera pobreza.
Meditación-contemplación
La viuda entregó todo lo que tenía para subsistir.
Las dos monedas no tenían ningún valor,
pero la actitud interna que demuestra ese insignificante don
es lo más valioso que podemos imaginar.
...............
Los actos solo tienen valor religioso y humano
en la medida que son expresión de nuestro interior.
No importa que sean espectaculares o insignificantes.
Su valor está en lo más íntimo de la persona.
..................
Mi escala de valores debe cambiar.
Debo dejar de valorar lo que se ve,
Para empezar a valorar en mí y en los demás
lo que me hace más humano y más cristiano.
..................
RELIGIÓN Y EGO
Mc 12, 38-44
Pareciera que fue la palabra "viuda" la que hizo que se unieran estos dos breves relatos: la durísima crítica a los letrados (doctores de la ley o escribas), a quienes se acusa, entre otras cosas, de "devorar los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos", y el enigmático episodio de la "viuda pobre" que echa en el cepillo del templo "todo lo que tenía para vivir".
El primero de ellos contiene la denuncia de un comportamiento que no es inusual entre la autoridad religiosa: el uso de ropajes especiales, la búsqueda de reconocimiento social, el uso de títulos pomposos heredados del pasado y alejados de la vida cotidiana, el afán por lugares destacados, el negocio económico a costa a veces de gente necesitada... Ni un anticlerical hubiera sido más duro. Y, sin embargo, son palabras del evangelio.
Tales actitudes, cuando se dan en personas religiosas, duelen y escandalizan más, porque suelen predicar justo lo opuesto. Pero, en realidad, son comportamientos que nos acechan a todos, porque definen bien cuál es el funcionamiento habitual del ego.
El ego, ese manojo de necesidades y miedos, no puede buscar otra cosa que su autoafirmación, a costa de lo que sea. Y, dado que el ego solo puede moverse por el mundo de los objetos, lo hace por los caminos del tener, del poder y del aparentar.
Sabemos que el ego es solo un error de percepción. No responde a ninguna realidad consistente, sino que es simplemente el resultado de un proceso de identificación de la mente con un determinado conjunto de pautas mentales y emociones, experiencias y circunstancias vividas.
Sobre todo ello, la mente aprendió a decir "mío" y se generó el ego, con una consecuencia asombrosa: le atribuimos una entidad en sí mismo y terminamos convencidos de que constituía nuestra verdadera identidad.
Una vez producido el equívoco, ya no podíamos hacer otra cosa que vivir para él. De esa manera, nos convertimos en marionetas en sus manos y todo nuestro comportamiento quedó marcado por la egocentración.
Afortunadamente, nuestra verdadera identidad puede haber quedado adormecida o incluso aplastada bajo el peso de un ego que sofoca cualquier otra voz, pero no ha sido eliminada. Por eso podemos seguir experimentándola, aunque sea en forma de anhelo, o incluso solo de insatisfacción.
De hecho, suele ser la insatisfacción, el desencanto o la hartura, lo que nos pone en camino para buscar en profundidad aquello que realmente somos y que sabe a plenitud. Aquello que nunca puede ser afectado negativamente, que siempre se halla a salvo, y que nos desegocentra eficazmente.
Por otro lado, la imagen de la viuda, en la segunda parte del relato, y debido precisamente al contexto, parece ofrecer varios significados. En primer lugar, reflejaría –como antítesis de los letrados- a la persona desidentificada de su yo, hasta el punto que es capaz de darlo todo.
Pero caben otras lecturas: en una de ellas representaría a las personas, especialmente mujeres en estructuras patriarcales o machistas, que son víctimas del sistema, en este caso religioso: aquellas cuyos bienes son "devorados" por la autoridad.
En tercer lugar, sería no solo víctima, sino culpable de sostener aquel sistema que va contra la vida. Porque es ella la que, precisamente con su limosna –incluso lo que necesita para vivir- sigue alimentando una estructura explotadora y caduca. (No olvidemos que, en el evangelio de Marcos, como en el de Juan, el templo –y la religión que él sostenía- se han dado por caducados).
En conjunto, el doble relato supone un cuestionamiento lúcido de toda estructura de poder, particularmente religioso; un cuestionamiento que llega incluso a los detalles más pequeños, como puede ser el ropaje.
Llama la atención que, en esa crítica, se mencionen expresamente los "rezos". Incluso lo que, en principio, tendría que ser la actividad más desinteresada y gratuita, como es la oración, se puede convertir en la coartada para obtener beneficios.
En cualquier caso, más allá de lo específicamente religioso, podemos leer el relato en clave de (des)identificación egoica, como una llamada a ser lúcidos de nuestras propias trampas y una invitación a reencontrarnos con nuestra identidad más profunda, Aquella cuya voz podemos escuchar cuando acallamos la mente y silenciamos los gritos del ego.
LOS OJOS DE JESÚS
Mc 12, 38-44
Todo israelita debe pagar impuestos al templo, proporcionados a su condición económica. Esto tiene dos finalidades: para los fieles, reconocer a Dios, como una especie de sacrificio en que se ofrece a Dios parte de lo que se posee para manifestar que todo es de Dios; para el Templo, es una de las formas de financiarse.
Teniendo en cuenta que este precepto afecta a todos los israelitas, incluso los que viven lejos de Jerusalén, y que hay mucha gente rica entre ellos, los ingresos del Templo son cuantiosos. De estos ingresos viven también los sacerdotes, muy especialmente los sacerdotes importantes. Conocemos por la arqueología algunas casas de sacerdotes de Jerusalén: suntuosas, al estilo greco-romano, con peristilos, mosaicos, estanques...
La ofrenda de estos tributos se hace en los cepillos con boca en forma de trompeta, cerca del Arca del Tesoro, en el "Gazofilacio" del Templo, cercano probablemente al Pórtico de Salomón, magnífica "stoa" de trescientos metros de largo, con cuatro filas de altísimas columnas de mármol con capiteles de bronce dorado y artesonados de cedro.
Las enormes riquezas depositadas en el Arca, la ostentosa ofrenda de los ricos, el ambiente de esplendor y lujo casi inimaginables contrastan violentamente con la ofrenda de la viuda. En el original, dos monedas de cobre del más ínfimo valor.
La escena se sitúa en el Templo de Jerusalén, en el pórtico de Salomón y frente al Arca del Tesoro, donde la gente deposita las ofrendas. Estamos en la última semana de la vida de Jesús. El contexto es el siguiente: han precedido las disputas de Jesús, primero con los Fariseos por el tributo debido al César, luego con los saduceos por el tema de la resurrección, y finamente con los letrados acerca del primer mandamiento, texto que leímos el domingo pasado.
Jesús ha contraatacado después proponiéndoles una pregunta sobre el Mesías Hijo de David, a la que nadie ha sabido responder. Una vez desautorizados sus poderosos enemigos, Jesús sigue con su ataque. Es el texto que hoy leemos.
Parece tener dos partes: la advertencia de Jesús al Pueblo contra los letrados (que adquiere extrema violencia en Mateo 23), y el episodio de la limosna de la viuda. Independientemente considerados son fáciles de entender. Dios acepta los actos humanos valorando el corazón del hombre, no juzga según las apariencias humanas.
Hay que notar sin embargo que están unidos, y colocados en este contexto de enfrentamiento: Jesús se decanta en favor de los que sencillamente sirven a Dios, y en contra de la religiosidad oficial de Israel. Este rechazo, correspondido naturalmente por los jefes y letrados del pueblo, llevará a Jesús a la cruz.
Y llama la atención la expresión usada por Jesús.: "De verdad os digo" (en el original, "en verdad, en verdad os digo"), que es la fórmula que Jesús utiliza para dar énfasis a sus mensajes importantes.
R E F L E X I Ó N
Una de las constantes de Jesús es que se decanta siempre por la persona más que por la institución, por el cumplimiento sincero, de corazón, sin importarle gran cosa el cumplimiento "legal". La institución no puede aguantar esto, se tiene que basar en el control externo del cumplimiento de lo mandado.
Recordemos el gran enfrentamiento acerca del Sábado, que le acarrea la condena tajante:"Este hombre no es de Dios, porque no cumple el Sábado". La traducción a nuestro tiempo sería: "... porque no va a Misa el Domingo".
Por eso, la trayectoria de Jesús se va convirtiendo poco a poco en un enfrentamiento con las autoridades. Jesús no dice que no hay que cumplir la Ley, al contrario, insiste en que hay que cumplirla, pero dejando bien claro que este cumplimiento es un medio, no un fin.
Esto se refiere muy especialmente a las leyes que los hombres hemos promulgado aplicando la Ley de Dios. Son, en nuestro lenguaje, "los mandamientos de la iglesia", que son una manera establecida de concretar lo que Dios quiere de nosotros. Pero son leyes humanas, que hay que cumplir como medios, y nunca son fines.
La limosna de la viuda, el fariseo y el publicano, la acogida a los niños, las comidas con los pecadores, acercarse a los leprosos.... todo va en la misma línea: aceptar el corazón que quiere buscar a Dios, atender primero a la necesidad de las personas... Jesús es así. Dios es así.
Dentro de esta línea está la constante atención y preferencia de Jesús por "los pequeños", "los últimos". "Muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros" es casi un tópico en el Evangelio. Y nos asoma al juicio de Dios, nos hace ver con los ojos de Dios. En la escena del templo, los sacerdotes, los doctores y los fariseos son los primeros, por su función sagrada y su poder, por su ciencia teológica, por su reconocida santidad.
Parece que "tienen derecho" a estar en el Templo y al respeto de todo el mundo. La viuda es la última, puede estar agradecida de que no la echen de ahí, porque no es nadie, ni su dinero significa nada para la impresionante riqueza del templo: a nadie le importa.
Pero es la primera para los ojos de Jesús. Jesús mira siempre al corazón, y sabe dónde está el bien o la apariencia. Jesús es un juez experto que no se deja engañar. Ha hecho un inmenso esfuerzo por convencer a los sabios, a los santos y a los poderosos; se le han cerrado a cal y canto.
Ha ofrecido el camino la verdad y la vida a la gente sencilla y necesitada, y le han seguido. Le han seguido los últimos, le han rechazado los primeros. Y proclama ahora que el mundo lo ve todo al revés, juzga por las apariencias, mientras Dios ve el corazón.
PARA NUESTRA ORACIÓN
Esta escena tan sencilla nos desafía una vez más, si nos vemos retratados en ella, como suele sucedernos al enfrentarnos a las escenas del Evangelio. Estas narraciones simples tienen el poder de sacar a la luz lo más íntimo de nuestros escondrijos espirituales.
Es increíble la facilidad con que nos consideramos buenos, mejores, superiores, primeros, y la tentación de considerar a otros peores, inferiores, últimos. Una grave tentación. Nuestra consciencia de superioridad suele basarse en la constatación de que tenemos más cualidades, mejor posición o consideración social, más "virtudes" y menos "pecados" reconocidos.
A otros los consideramos inferiores por menos cualidades, menos consideración social y más evidentes pecados. Pero cuando Jesús antepone la viuda a los doctores, y mucho más aún cuando dijo "las prostitutas y los publicanos van delante de vosotros en el Reino", estaba desmontando esta consideración, tan humana y tan errónea.
Las dos monedas de cobre de la viuda no valen nada: ante Dios valen más que los tesoros que donan los ricos. Un pequeño acto de generosidad de una de esas personas que nosotros consideraríamos quizá "pecadores públicos" pasa desapercibido en el mundo y no es comparable con las grandes acciones sociales de muchos creyentes. ¿Cómo lo mirará Dios?.
La regla es, en el fondo, la relación entre lo que se ha recibido y lo que se da. Haber recibido poco significa no ser nadie a los ojos de los humanos, e incluso no tener más remedio que vivir de mala manera. Haber recibido mucho significa ser muy considerado y quizá también vivir virtuosamente. Pero los ojos de Dios saben las causas y su balanza no pesa apariencias. Todas las desgracias de la viuda están en la columna de su HABER, y toda la ciencia y santidad de los doctores están en la columna de su DEBE. Y los ojos de Jesús saben verlo.
A nivel eclesial, esto nos llevaría a considerar la atención de la iglesia a los marginados. No simplemente a los que tienen poco dinero, sino a los marginados sociales profundos, los que quedan "fuera de la ley", porque la vida o el pecado les ha llevado ahí. Y no estamos hablando de su ayuda económica sino de su juicio.
La insuficiencia de las leyes de la iglesia sobre el divorcio, sobre la asistencia obligatoria a la Eucaristía, sobre la participación en los sacramentos de los "pecadores públicos" que no pueden dejar de serlo.... Todo esto significa que se sigue considerando últimos a los que en realidad son simplemente más necesitados.
PARA CONTEMPLAR
¡Cómo disfrutan los ricos escuchando el tintineo de su oro en las arcas de bronce del Templo! Pueden dar eso y más, porque les sobra mucho más de lo que dan. Es la limosna porcentual. Doy un 25 % de lo que gano a Dios, quedo bien con Dios y con los sacerdotes, y el 75 % restante es mío y sólo mío, para lo que yo quiera, porque ya he cumplido.
Una viuda pobre se muere de miseria, es la persona más desamparada de Israel. Pero da, quitándoselo de la boca. Se equivoca, porque podría habérselo dado a otra viuda aún más pobre, que ni siquiera tiene esa monedita para dar. Pero da.
Jesús lee muy bien el corazón de la gente. Y le importan muy poco los alardes de los ricos, las riquezas del Templo y la opinión de la gente. Le importa el estupendo corazón de la viuda, que sabe que reconocer a Dios es más importante incluso que comer.
Estoy seguro de que Jesús sintió la urgencia de liberar a la viuda, de liberar a los pobres del peso obsceno de la riqueza del Templo, del Templo mismo, de los sacerdotes y su poder.
Pero, sin ir tan lejos, nos quedamos mirando: hay miles de personas en el Templo, cientos de sacerdotes, docenas de ricos en quienes todos se fijan. Y una viuda pobre en la cual nadie se fija, nadie, más que Jesús.
XXXII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 87, 3
Que mi plegaria llegue a tu presencia, Señor;
inclina tu oído a mi clamor.
Oración colecta
Dios todopoderoso y rico en misericordia,
aleja de nosotros todos los males,
para que, sin impedimentos en el alma y en el cuerpo,
cumplamos tu voluntad con libertad de espíritu.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Mira con bondad este sacrificio, Señor,
y concédenos alcanzar los frutos de la pasión de tu Hijo,
que ahora celebramos sacramentalmente.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.
Antífona de comunión Sal 22, 1-2
El Señor es mi Pastor, nada me puede faltar.
Él me hace descansar en verdes praderas,
y me conduce a las aguas tranquilas.
Oración después de la comunión
Te damos gracias, Padre, por la eucaristía que nos ha alimentado;
imploramos tu misericordia para que, por el Espíritu Santo,
quienes recibimos la fuerza de lo alto perseveremos fielmente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
La viuda preparó una pequeña galleta con su harina
y la llevó a Elías
Lectura del primer libro de los Reyes 17, 8-16
La palabra de Señor llegó al profeta Elías en estos términos: «Ve a Sarepta, que pertenece a Sidón, y establécete allí; ahí Yo he ordenado a una viuda que te provea de alimento».
Él partió y se fue a Sarepta. Al llegar a la entrada de la ciudad, vio a una viuda que estaba juntando leña. La llamó y le dijo: «Por favor, tráeme en un jarro un poco de agua para beber». Mientras ella lo iba a buscar, la llamó y le dijo: «Tráeme también en la mano un pedazo de pan».
Pero ella respondió: «¡Por la vida del Señor, tu Dios! No tengo pan cocido, sino sólo un puñado de harina en el tarro y un poco de aceite en el frasco. Apenas recoja un manojo de leña, entraré a preparar un pan para mí y para mi hijo; lo comeremos, y luego moriremos».
Elías le dijo: «No temas. Ve a hacer lo que has dicho, pero antes prepárame con eso una pequeña galleta y tráemela; para ti y para tu hijo lo harás después.
Porque así habla el Señor, el Dios de Israel:
El tarro de harina no se agotará
ni el frasco de aceite se vaciará,
hasta el día en que el Señor haga llover
sobre la superficie del suelo».
Ella se fue e hizo lo que le había dicho Elías, y comieron ella, él y su hijo, durante un tiempo. El tarro de harina no se agotó ni se vació el frasco de aceite, conforme a la palabra que había pronunciado el Señor por medio de Elías.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 145, 6c-10
R. ¡Alaba al Señor, alma mía!
El Señor mantiene su fidelidad para siempre,
hace justicia a los oprimidos
y da pan a los hambrientos.
El Señor libera a los cautivos. R.
El Señor abre los ojos de los ciegos
y endereza a los que están encorvados.
El Señor ama a los justos
y protege a los extranjeros. R.
Sustenta al huérfano y a la viuda
y entorpece el camino de los malvados.
El Señor reina eternamente,
reina tu Dios, Sión, a lo largo de las generaciones. R.
Cristo se ofreció una sola vez
para quitar los pecados de la multitud
Lectura de la carta a los Hebreos 9, 24-28
Cristo no entró en un Santuario erigido por manos humanas -simple figura del auténtico Santuario- sino en el cielo, para presentarse delante de Dios en favor nuestro. Y no entró para ofrecerse a sí mismo muchas veces, como lo hace el Sumo Sacerdote que penetra cada año en el Santuario con una sangre que no es la suya. Porque en ese caso, hubiera tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. En cambio, ahora Él se ha manifestado una sola vez, en la consumación de los tiempos, para abolir el pecado por medio de su Sacrificio.
Y así como el destino de los hombres es morir una sola vez, después de lo cual viene el Juicio, así también Cristo, después de haberse ofrecido una sola vez para quitar los pecados de la multitud, aparecerá por segunda vez, ya no en relación con el pecado, sino para salvar a los que lo esperan.
Palabra de Dios.
ALELUIA Mt 5, 3
Aleluia.
Felices los que tienen alma de pobres,
porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Aleluia.
EVANGELIO
Esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 38-44
Jesús enseñaba a la multitud:
«Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Estos serán juzgados con más severidad».
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.
Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».
Palabra del Señor.
O bien más breve:
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos 12, 41-44
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre.
Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».
Palabra del Señor.
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