Domingo 33 del tiempo ordinario (B)

 Liturgia Viva del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario

Saludo (Ver la antífona de entrada)
El Señor nos tranquiliza hoy:
“Para ustedes tengo designios de paz y no de aflicción
Me invocarán y yo les escucharé
y les devolveré a su hogar.”
Que el Dios de la paz y la esperanza esté con ustedes.

 

Introducción por el Celebrante

 

1.      Esperanza en un Mundo Nuevo
    Algunas partes de la Sagrada Escritura, como las lecturas de hoy, hablan de calamidades y desastres, como signos de un mundo viejo ya que se desmorona, y de Jesús que viene como juez. La televisión de hoy y otros medios de comunicación traen a nuestros hogares los desastres, la violencia y el sufrimiento del mundo entero; y la gente se pregunta: ¿A dónde nos va a llevar todo esto? Estos son para nosotros hoy signos de que el mundo en el que vivimos está en decadencia, pero no deberíamos pasar por alto los signos positivos: deseos y esfuerzo de paz y de un mundo más justo, razonable y unificado, el derrumbe de tiranías a diestra y siniestra. Éstos son como brotes de nuevas ramas en un árbol, signos de esperanza en un mundo nuevo que está creciendo, y de esperanza en la venida de Dios entre nosotros, su pueblo. Celebremos esa esperanza en esta eucaristía.

 

2.    Mi Plan para Ustedes es PAZ
       La liturgia de hoy nos habla del juicio de Dios y del fin de los tiempos. Sólo Dios   sabe cuándo y cómo llegará el fin. Pero sí sabemos ciertamente: que el tiempo final ha comenzado ya con Cristo, cuando se hizo uno de nosotros en su humanidad, murió y resucitó de entre los muertos. Con él en medio nosotros vivimos ahora nuestra fe sin temor, incluso en los sufrimientos de la vida, con la firme esperanza de que el amor y la justicia de Dios triunfarán y de que Cristo completará en nosotros, cuando Dios quiera, lo que intentamos construir al confiar en él.  Porque somos gente de esperanza en un Dios que nos ama y nos salva. Expresemos esta esperanza en esta eucaristía.

 

Acto Penitencial


Si tenemos miedo, nuestro amor es todavía débil.
Pidamos perdón al Señor
por no haber guardado vivas nuestra esperanza y vigilancia.
        (Pausa)
Señor Jesús, tú vendrás con gran poder y gloria.
Guárdanos del miedo y del desasosiego.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
    
Cristo Jesús, tú vas a reunir un día a tus elegidos
desde los confines de la tierra.
Guárdanos siempre fieles y vigilantes.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, tú estás cerca, esperándonos a la puerta
para hacernos entrar a tu fiesta.
Guárdanos en tu amor.
R/ Señor, ten piedad de nosotros

 

Ten misericordia de nosotros, Señor,
perdona nuestros pecados,
y haznos comprender
qué cercano e íntimo estás a nosotros.
Y llévanos a la vida eterna.

 

Oración Colecta


Pidamos confianza en Dios y en su futuro esperanzador.
        (Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Por medio de tu Hijo nos aconsejaste
no preocuparnos por el día o la hora
en que el viejo mundo acabará,
porque sólo tú conoces cuándo sucederá.
Abre nuestros ojos a las señales de la venida de Jesús
y haz que lo veamos ya ahora caminando a nuestro lado.
Guárdanos fieles en esperanza
y vigilantes en nuestro amor a ti
y en nuestro interés y preocupación por los hermanos.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Dan 12,1-13): Dios Resucitará a Sus Fieles
    A los judíos fieles, disgustados por las persecuciones, el profeta les anuncia un mensaje de esperanza: Dios les salvará a ustedes. Incluso si pierden su vida, Dios les dará vida eterna.

Segunda Lectura (Heb 10,11-14.18): El Único Sacrificio de Cristo Nos Salva
    Al ofrecer su sacrificio de una vez para siempre, Jesús venció al pecado y recibió el poder de vivir la vida de Dios.

Evangelio (Mc 13,24-32): Vean los Signos de la Venida del Señor
    Con misteriosas palabras, Jesús habla de la difícil venida de su reino realizado completamente en este mundo. Jesús lo llevará a perfecto cumplimiento en nosotros.

 

 

 

Oración de los Fieles


    Oremos con la mayor confianza al Dios de paz y esperanza, que nos espera al final del camino de la vida, y digamos: 


R/ Señor, en ti confiamos.

Por la Iglesia, para que el nuevo Pueblo de Dios proclame con confianza y alegría su fe inquebrantable en la vida eterna y en la dimensión eterna de todo lo que hacemos, roguemos al Señor. 


R/ Señor, en ti confiamos.

 

Por los cristianos de todo el mundo, para que, por su compromiso audaz por la justicia y la paz, logren unir a todos juntos en una comunidad de fe y esperanza y para que por su entrega a los otros preparen el camino para la completa venida de Cristo, roguemos al Señor.


R/ Señor, en ti confiamos.

 

Por los que temen a la muerte, a la edad avanzada, o a los problemas y sufrimientos de la vida, por la gente desalentada o desesperada, para que aprendan a confiar en Dios y para que nosotros sepamos apoyarles y estar a su lado, roguemos al Señor.


R/ Señor, en ti confiamos.

 

Por esta nuestra comunidad, aquí y ahora reunida, para que sirvamos de inspiración los unos para con los otros, por nuestra fe viva y nuestra firme esperanza, y para que por nuestro amor y servicio el Señor viva en medio de nosotros, roguemos al Señor.


R/ Señor, en ti confiamos.

 

Señor, Dios de la vida y de la muerte, no sabemos la hora de tu venida, pero estamos seguros de que tu amor no nos va a fallar. Guárdanos vigilantes en esperanza, y ayúdanos a acogerte ahora en los hermanos, para que tú nos acojas un día en tu casa eterna para siempre.

 

Oración sobre las Ofrendas


Señor Dios nuestro:
En este pan y en este vino nos ofrecemos
y estamos disponibles para ti.
No pedimos una vida sin riesgos ni problemas,
sino el valor de entregarnos a tu proyecto
de justicia y fraternidad para el mundo.
Cuando nos sintamos desanimados
porque esta misión sobrepase nuestras fuerzas,
recuérdanos que tu Hijo Jesús está con nosotros
para llevar tu reino a buen término,
porque él es nuestro Señor y Salvador
por los siglos de los siglos.
 
Introducción a la Plegaria Eucarística


    La plegaria eucarística habla de nuestra resurrección para la vida eterna y de nuestra entrada en la gloria de Cristo, cuando venga a nuestro encuentro definitivo.  Después de la consagración aclamamos a Cristo como el Señor a quien aguardamos en esperanza.

 

Invitación al Padre Nuestro


Dios es nuestro Padre que nos salva. 
A él nos dirigimos con toda confianza en oración
con las mismas palabras de Jesús. R/ Padre nuestro…

 

Líbranos, Señor


Líbranos, Señor, de todos los males
y concédenos plena confianza en tu futuro glorioso.
No permitas que retrasemos tus planes.
No permitas tampoco que nos volvamos amargos ni escépticos
cuando tu promesa de armonía, fraternidad y justicia
tarda en hacerse realidad,
sino más bien guarda vivo en nosotros el sueño
de que aun gente frágil y débil puede llevar a cabo tu proyecto,
mientras aguardamos con gozosa esperanza
la segunda venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.

 

Invitación a la Comunión


Éste es Jesucristo, el Señor, Cordero de Dios
que se sacrificó a sí mismo de una vez para siempre
para reunirnos a todos juntos como Pueblo de Dios. 
Dichosos nosotros invitados
a participar en esta santa Cena
que nos prepara para la fiesta eterna
en el reino de Dios.
R/ Señor, no soy digno…

 

 

Oración “Quédate con nosotros”

 

Esta paráfrasis de un texto de la oración de la noche de la liturgia de las horas la podrían rezar todos, si está impresa en la hojita parroquial, o bien un líder la lee despacio y de forma meditativa. El sacerdote concluye con la

 

Oración después de la Comunión.

 

Quédate con nosotros, Señor,
cuando llega la noche y el sol se acuesta.

Quédate con nosotros y con nuestros hermanos. 
Quédate con nosotros en la noche de nuestro día,
al atardecer de la vida, al anochecer del mundo.

Quédate con nosotros con tu amor y ternura,
con tu palabra y tus sacramentos,
con tu consuelo y bendición.

Quédate con nosotros cuando llega a nosotros
la noche de la aflicción y del temor,
la noche de la duda y de la tentación,
la noche de la muerte dolorosa.

Quédate con nosotros y con todos los que son tuyos
en tiempo y eternidad.   R/ Amén.

Oración después de la Comunión
Señor, Dios de esperanza:
Nos has salvado en el pasado,
nos das a tu Hijo en el presente,
y nuestro futuro está en tus manos;
sin embargo, tú nos lo confías a nosotros también.
Como fruto de esta eucaristía,
ayúdanos a buscar ese futuro
como reto para ser creadores
y para edificar un mundo mejor, un mundo nuevo,
por el poder de Jesucristo,
que completará y perfeccionará tu trabajo en nosotros
y que vive contigo y también con nosotros
por los siglos de los siglos.

 

Bendición


Hermanos: No tendríamos que esperar con temor y temblor
la plena venida de Cristo,
sino más bien con confianza y esperanza.
Dios no nos acecha
para sorprendernos en un momento de debilidad,
ya que él es un Dios que nos ama y nos salva. 
Tampoco hemos de esperarlo con pasividad,
ya que nos ha dado un mundo
que tenemos que transformar y edificar como nuevo,
asentado en la justicia, la amistad y la paz. 
Es ciertamente una tarea
que está por encima de nuestras fuerzas,
pero que podemos llevar a cabo
si como comunidad vivimos el evangelio.
Para ello imploramos que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo
descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre.

 

Podemos ir en paz, como pueblo de esperanza que confía en el Señor.

 

 

 

Él está cerca

 

No todo está perdido. Cuando el mal parece triunfar, brilla con más fuerza la luz de la esperanza. Ése es el mensaje de la primera lectura de hoy, donde se describe el tiempo final, donde ya no serán posibles las componendas: todas las cosas aparecerán en su au­téntica realidad. El conflicto contra las fuerzas del mal se convertirá en lucha abierta, y el pueblo de Dios expe­rimentará la protección extraordinaria del arcángel san Mi­guel. Será, por tanto, un tiempo de extrema angustia y, a la vez, de salvación para quienes hayan sido fieles.

El Señor conoce a los suyos uno a uno, porque los ama, porque sus nombres es­tán escritos en su libro: no podrá olvidarlos. Ten­drá lugar, por consiguiente, el traslado del tiempo a la eternidad; se anticipa aquí la resurrección universal en la que cada uno recibirá su destino eterno de vida o de condena, según sus propios méritos y su propia conducta. Los sabios, los justos, o sea, los que hayan recorrido el camino de la santidad y ayudado a otros a recorrerlo, resplandecerán con una gloria eterna.

Hay una llamada concreta la final de la primera lectura. «Enseñar la justicia a las multitudes». Esta frase nos caerá, con seguridad, bastante grande. Pero si entendemos por «multitud» lo que entendían los anarquistas que decían «dos ya son multitud», a lo mejor no nos viene ya tan grande. Podemos colaborar, contribuir a que la Iglesia se regenere y rejuvenezca comunicando nuestra fe en el Señor, nuestro sentido de Iglesia y nuestro amor a la Iglesia a las gentes de nuestra generación y de las generaciones que vienen detrás. La fe es una antorcha que se enciende en otra antorcha. Hace muchos años, yo recibí la Confirmación, como muchos de vosotros también.  ¡Cuánta gente hizo posible este paso! Pero, por otro lado, eso me ayudó a entender que me tocaba acercar mi antorcha a la de otros (otros jóvenes, otros niños) para que no se extinguiera la luz de Cristo en el mundo. Y comenzó un camino, que llega hasta el día de hoy.

La segunda lectura intenta responder a la pregunta de por qué el pecado no ha sido eliminado del mundo, no solamente entre los paganos, sino también entre los cristianos. Es una pregunta justa, por qué el mal parece estar por todas partes. El autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda que aunque la suerte de todos los enemigos del bien está ya establecida, todavía no han sido sometidos bajo los pies de Cristo. Hay que esperar a que su victoria se manifieste plenamente. Es otro motivo para no angustiarse, porque ya ha sido derrotado el mal por la muerte y resurrección de Cristo. Aunque en el mundo siga existiendo el mal, la miseria y el pecado, no podemos angustiarnos. Quien se deje llevar del pánico frente a un enemigo que ya ha sido derrotado, demuestra tener una fe muy débil.

Encontramos en la Biblia textos que hablan de las dificultades, dolores y pruebas que aparecen en los diferentes momentos de la vida de una persona, o en la historia de un pueblo. Para afrontar esos momentos de crisis, hay en el Evangelio de Marcos unas llamadas a la fidelidad y a la vigilancia, para no desfallecer.

Caigamos en la cuenta de que el mensaje del Evangelio nunca es catastrofista. Incluso cuando habla de catástrofes, hay sitio para la esperanza.  “Cuando comience a suceder todo esto, enderezaos y levantad la cabeza, porque ha llegado el día de vuestra liberación” (Lc 21,28). Aunque todo parezca mal, aunque haya mucha violencia en el mundo, mientras que el no creyente se rinde, porque la desesperación no le deja ver la salida, nosotros, los creyentes, podemos permanecer firme en medio de la prueba, sabiendo que, en todo lo que sucede, se puede entrever el preludio de un acontecimiento feliz, el nacimiento de la nueva humanidad.

Las lecturas de hoy no son catastrofistas, porque presentan a los que han vivido con sabiduría como estrellas que brillan en el cielo. También se habla de Cristo como el Vencedor que espera que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Es Él, El que viene con poder y gloria, para reunir a sus elegidos de todos los puntos cardinales, la fuente de nuestra esperanza.

Las lecturas también nos invitan a velar, a estar alerta y buscar los signos del Reino de Dios cada día. Porque el Señor llama a menudo a nuestra puerta, y no siempre estamos atentos, para abrirle. Hay distintos momentos en nuestro vivir. En ocasiones es el tiempo del anhelo, de lo fascinante, de la alegría. A veces, es el tiempo de la experiencia del perdón. Para escuchar palabras de misericordia. Y hay un tiempo para optar. Para decidir seguir la senda de la luz o de la oscuridad. Cada cristiano conoce en carne propia esa lucha, alrededor de cada uno y dentro de sí. Por eso la importancia de la vigilia, para combatir el buen combate de la fe. Ese combate en el que ya ha resultado ganador Jesucristo, pero que continúa luchando en nosotros, para que sea derrotado el mal, para que se extienda más y más el Reino, hasta el día que solo Dios Padre conoce.          

La palabra de Dios nos decía el domingo pasado: «Dios puede llamar a la puerta de la casa del pobre». Y la palabra de Dios, con su lógica particular, nos dice: «dad y se os dará». Él está cerca. Que no se nos olvide. Y que su Espíritu de amor y fortaleza nos haga a todos cristianos auténticos, más presentes en la historia del hombre y más inclinados al día de Dios.

EVANGELIO

 

Reunirá a los elegidos de los cuatro vientos.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Marcos 13, 24-32

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En aquellos días, después de esa gran angustia, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los astros se tambalearán, Entonces verán venir al Hijo del hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, de horizonte a horizonte.

 

Aprended de esta parábola de la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán, aunque el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre».

 

Palabra de Dios.

 

NADIE SABE EL DÍA

 

El mejor conocimiento del lenguaje apocalíptico, construido de imágenes y recursos simbólicos para hablar del fin del mundo, nos permite hoy escuchar el mensaje esperanzador de Jesús, sin caer en la tentación de sembrar angustia y terror en las conciencias.

 

Un día la historia apasionante del ser humano sobre la tierra llegará a su final. Esta es la convicción firme de Jesús. Esta es también la previsión de la ciencia actual. El mundo no es eterno. Esta vida terminará. ¿Qué va a ser de nuestras luchas y trabajos, de nuestros esfuerzos y aspiraciones.

 

Jesús habla con sobriedad. No quiere alimentar ninguna curiosidad morbosa. Corta de raíz cualquier intento de especular con cálculos, fechas o plazos. "Nadie sabe el día o la hora..., sólo el Padre". Nada de psicosis ante el final. El mundo está en buenas manos. No caminamos hacia el caos. Podemos confiar en Dios, nuestro Creador y Padre.

 

Desde esta confianza total, Jesús expone su esperanza: la creación actual terminará, pero será para dejar paso a una nueva creación, que tendrá por centro a Cristo resucitado. ¿Es posible creer algo tan grandioso? ¿Podemos hablar así antes de que nada haya ocurrido?

 

Jesús recurre a imágenes que todos pueden entender. Un día el sol y la luna que hoy iluminan la tierra y hacen posible la vida, se apagarán. El mundo quedará a oscuras. ¿Se apagará también la historia de la Humanidad? ¿Terminarán así nuestras esperanzas?

 

Según la versión de Marcos, en medio de esa noche se podrá ver al "Hijo del Hombre", es decir, a Cristo resucitado que vendrá "con gran poder y gloria". Su luz salvadora lo iluminará todo. Él será el centro de un mundo nuevo, el principio de una humanidad renovada para siempre.

 

Jesús sabe que no es fácil creer en sus palabras. ¿Cómo puede probar que las cosas sucederán así? Con una sencillez sorprendente, invita a vivir esta vida como una primavera. Todos conocen la experiencia: la vida que parecía muerta durante el invierno comienza a despertar; en las ramas de la higuera brotan de nuevo pequeñas hojas. Todos saben que el verano está cerca.

 

Esta vida que ahora conocemos es como la primavera. Todavía no es posible cosechar. No podemos obtener logros definitivos. Pero hay pequeños signos de que la vida está en gestación. Nuestros esfuerzos por un mundo mejor no se perderán. Nadie sabe el día, pero Jesús vendrá. Con su venida se desvelará el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos Dios. Nuestra historia apasionante llegará a su plenitud.

 

 

CONVICCIONES CRISTIANAS

 

Verán venir al hijo del hombre.

 

Poco a poco iban muriendo los discípulos que habían conocido a Jesús. Los que quedaban, creían en él sin haberlo visto. Celebraban su presencia invisible en las eucaristías, pero ¿cuándo verían su rostro lleno de vida? ¿cuándo se cumpliría su deseo de encontrarse con él para siempre?

 

Seguían recordando con amor y con fe las palabras de Jesús. Eran su alimento en aquellos tiempos difíciles de persecución. Pero, ¿cuándo podrían comprobar la verdad que encerraban? ¿No se irían olvidando poco a poco? Pasaban los años y no llegaba el Día Final tan esperado, ¿qué podían pensar?

 

El discurso apocalíptico que encontramos en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza. No lo hemos de entender en sentido literal, sino tratando de descubrir la fe contenida en esas imágenes y símbolos que hoy nos resultan tan extraños.

 

Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin.

 

El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches, no habrá tiempo. Además, «las estrellas caerán del cielo», la distancia entre el cielo y la tierra se borrará, ya no habrá espacio. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, sin espacio ni tiempo. Viviremos en el Misterio de Dios.

 

Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre».

 

El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.

 

Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios.

 

Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista evita hablar aquí de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», los que esperan con fe su salvación.

 

Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán».

 

No perderán su fuerza salvadora. Han de de seguir alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios.

 

AL FINAL VENDRÁ

 

Verán venir al Hijo del Hombre.

 

No se les hacía fácil a los primeros cristianos perseverar fieles a Jesús: ¿Cuándo llegaría a implantarse el reino de Dios?, ¿cuándo dejarían de sufrir los pobres y desgraciados?, ¿no iban a terminar nunca los abusos e injusticias de los poderosos?

 

Al final de su escrito, Marcos quiso ofrecer a sus lectores la visión del «Final». Quería infundirles luz y esperanza. Recogió dichos auténticos de Jesús, acudió también a escritos de carácter apocalíptico y les recordó el último secreto que encierra la vida: al final, Jesús, el «hombre nuevo» dirá la última palabra.

 

La escena es grandiosa. El sol «se hará tinieblas», ya no pondrá luz y calor en el mundo. La luna «no dará su resplandor», se apagará para siempre. Las estrellas «se irán cayendo del cielo» una detrás de otra. Las fuerzas de los cielos «temblarán». Este mundo que parece tan seguro, estable y eterno, se hundirá.

 

En medio de esa oscuridad total, hará su aparición Jesús, el «Hijo del Hombre», el «hombre nuevo», el verdaderamente humano. Todos le verán venir con «gran poder y esplendor». Ya no habrá otros poderes ni imperios. Nadie le hará sombra. Él lo iluminará todo poniendo verdad y justicia.

 

No hay propiamente juicio. Basta «verle venir». Es el «Hombre nuevo». Todo queda confrontado con él. Entonces aparecerá lo que es realmente una vida humana. Se verá dónde está la verdad y dónde la mentira. Quiénes han actuado con justicia y quiénes han sido injustos e inhumanos.

 

Entonces se desvelará la realidad. Las cosas quedarán en su verdadero lugar. Se verá el valor último del amor. Se hará justicia a todas las víctimas inocentes: los muertos por desnutrición, los esclavos, los torturados, las maltratadas por el varón, los excluidos de la vida, los ignorados por todos.

 

Como dice otro texto cristiano: Dios «creará unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia». Entonces se verá que la manera más humana de vivir es trabajar por un mundo más humano. Esta vida, a veces tan cruel e injusta, pasará. Las «palabras» de Jesús no.

 

AL FINAL, DIOS

 

El cielo y la tierra pasarán.

 

El fin del mundo no es un mito desfasado, sino un horizonte que sigue fascinando o estremeciendo al hombre de hoy. Basta pensar en tantas películas que reflejan la inseguridad última de la especie humana (El coloso en llamas, La Profecía, Apocalypse Now) o asomarse a las pesadillas apocalípticas de Günter Grass sobre el final de la Humanidad cuyo mundo sería heredado por las ratas (La ratesa).

 

Más desconcertante resulta recordar los «suicidios en masa» que se han repetido estos últimos años entre miembros de diferentes sectas: 912 en Guayana (1978), 78 en Tejas y 52 en Vietnam (1993), 53 en Canada y Suiza (1994), 39 en California (1997). El motivo que los impulsó a tan trágica decisión siempre parece el mismo: liberarse de este mundo próximo ya a ser destruido, para ser trasladados a un mundo mejor.

 

En el fondo, siguen vivas las visiones apocalípticas de origen judío sobre el final de la historia como una catástrofe cósmica en la que el mundo es destruido por un gran incendio mientras los astros se apagan y las estrellas se derrumban, aunque hayan sido sustituidas en parte por los temores modernos a una conflagración mundial o a un desastre ecológico universal.

 

Todas estas fantasías son muy apocalípticas pero no son cristianas. Lo cristiano no es la destrucción y el final de la vida, sino la creación nueva del universo y el comienzo de la verdadera vida. Lo propio de la esperanza cristiana no es la destrucción, sino la nueva creación, no la aniquilación de la vida, sino el nuevo comienzo de Dios. Esta es la afirmación central del libro cristiano del Apocalipsis: «He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21, 5).

 

Al final, está Dios. No cualquier Dios, sino el Dios revelado en Jesucristo. Un Dios que quiere la vida, la dignidad y la dicha plena del ser humano. Todo queda en sus manos. Él tiene la última palabra. Un día cesarán los llantos y el terror, y reinará la paz y el amor. Dios creará «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habitará la justicia» (2 Pe 3, 13). Esta es la firme esperanza del cristiano enraizada en la promesa de Cristo: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán» (Mc 13, 31).

  

 

UNA PALABRA DIFERENTE

 

Mis palabras no pasarán.

 

Son muchos los que nunca han tomado en sus manos los evangelios. Acostumbrados a escuchar en la iglesia algunos pasajes, no se les pasa por la cabeza que también ellos podrían leer personalmente las palabras de Jesús y conocer su actuación. Quedan así privados de una de las experiencias más importantes para alimentar su fe. ¿Es difícil leer el evangelio? ¿Se necesita alguna preparación especial? 

 

Lo importante es abrir los evangelios convencido de que Jesús tiene algo que decir a mi vida. Sus palabras pueden dar un sentido nuevo a todo. Ese evangelio leído y releído con fe puede transformar mi estilo de vivir. Ahí encontraré luz y fuerza para enfrentarme a la vida de manera más humana.

 

Hay muchas formas de leer el evangelio. Algunos lo hacen para defender mejor sus propias posiciones y atacar con más contundencia a sus adversarios. Otros buscan normas seguras para saber a qué atenerse. Solo acierta el que busca encontrarse sinceramente con la persona de Cristo. Es Él quien puede transformar nuestra vida.

 

Esta postura de búsqueda es esencial. Quien lo sabe ya todo y todo lo tiene claro, nunca aprenderá del Maestro de Nazaret; los que se sienten propietarios satisfechos de su fe permanecen por lo general impermeables a su palabra. El evangelio es para quienes andan buscando. Estoy convencido de que solo lo descubren los que se sienten mal, los que se saben pecadores, los que necesitan luz, los que buscan a Dios.

 

El evangelio hay que leerlo sin prisas, dedicándole tiempo. El encuentro con una persona no se produce mirando al reloj. Se necesita calma y sosiego. No hemos de tener prisa alguna por acabar un pasaje. No se trata de leer un libro para ver lo que dice, sino de escuchar a una persona que puede iluminar mi existencia con luz nueva.

 

Hay muchos métodos para iniciarse en la lectura de los evangelios. El más sencillo y práctico es leer despacio un relato observando qué dice y qué hace Jesús. Sus palabras y su actuación me irán descubriendo cuál es la manera más acertada de vivir ante Dios y ante los demás. Conviene detenerse en cada momento para hacerse preguntas como éstas: ¿Qué me enseña Jesús con esto? ¿Cómo he de entender ahora mi vida? ¿A qué le tengo que dar importancia? En adelante, ¿dónde encontraré fuerzas para vivir?

 

Me encuentro con frecuencia con personas decepcionadas por ciertas actuaciones de la Iglesia. Cristianos que buscan sinceramente más verdad. Gentes necesitadas de comprensión y de esperanza. Todos ellos se encontrarían en el evangelio con Alguien diferente. Podrían comprobar por experiencia lo que un día proclamó el mismo Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán.»

 

CALLEJON

 

Mis palabras no pasarán.

 

Al hombre contemporáneo no le atemorizan ya los discursos apocalípticos sobre “el fin del mundo”. Tampoco se detiene a escuchar el mensaje esperanzador de Jesús que, empleando ese mismo lenguaje, anuncia sin embargo el alumbramiento de un mundo nuevo. Lo que le preocupa es la “crisis ecológica”.

 

No se trata sólo de una crisis del entorno natural del hombre. Es una crisis del hombre mismo. Una crisis global de la vida en este planeta. Crisis mortal no sólo para el hombre, sino para los demás seres animados que la vienen padeciendo desde hace tiempo.

 

Los hombres comienzan a darse cuenta de que se han metido a sí mismos en un callejón sin salida, arrastrando consigo a todo el planeta y poniendo en crisis todo el sistema de la vida en el mundo. Hoy “progreso” no es una palabra de esperanza como lo fue el siglo pasado, pues se teme cada vez más que el progreso termine sirviendo no ya a la vida sino a la muerte.

 

La humanidad comienza a tener el presentimiento de que no puede ser acertado un camino que nos conduce a una crisis global, desde la extinción de los bosques hasta la propagación de las neurosis, desde la polución de las aguas hasta el “vacío existencial” de tantos habitantes de las ciudades masificadas.

 

Para detener el “desastre” es urgente cambiar de rumbo. No basta sustituir las tecnologías “sucias” por otras más “limpias” o la industrialización “salvaje” por otra más “civilizada”. Son necesarios cambios profundos en los intereses que hoy dirigen el desarrollo y el progreso de las tecnologías.

 

Y aquí comienza el drama del hombre moderno. Las sociedades no se muestran capaces de introducir cambios fundamentales en su sistema de valores y de sentido. Los intereses económicos inmediatos son más fuertes que cualquier otro planteamiento. Es mejor desdramatizar la crisis, descalificar a “los cuatro ecologistas exaltados” y favorecer la indiferencia.

 

¿No ha llegado el momento de plantearse las grandes cuestiones que nos permitan recuperar el “sentido global” de la existencia humana sobre la Tierra, y de aprender a vivir una relación más pacífica entre los hombres y con la creación entera?

 

Qué es el Mundo?  ¿Un “bien sin dueño” que los hombres podemos explotar de manera despiadada y sin miramiento alguno o la casa (oikos) que el Creador nos regala para hacerla cada día más habitable? ¿Qué es el Cosmos? ¿Un material bruto que podemos manipular a nuestro antojo o la creación de un Dios que mediante su Espíritu lo vivifica todo, y conduce “los cielos y la tierra” hacia su consumación definitiva? ¿Qué es el hombre? ¿Un ser perdido en el cosmos, luchando desesperadamente contra la naturaleza, pero destinado a extinguirse sin remedio, o un ser llamado por Dios a vivir en paz con la creación, colaborando en la orientación inteligente de la vida hacia su plenitud en el Creador?

 

JUICIO FINAL

 

Verán venir al Hijo del Hombre.

 

Al recitar el credo, los cristianos repetimos una y otra vez que Cristo “vendrá con gloria a juzgar vivos y muertos”. ¿Qué significa esta confesión que hacemos tantas veces de manera distraída y rutinaria?

 

Probablemente muchos pensarán enseguida en un proceso judicial o discriminación última que decidirá la suerte final de los hombres en base a su comportamiento moral en esta vida.

 

Pero el juicio final que esperamos los creyentes entraña algo más que la suerte última de cada individuo.

 

Con fe humilde pero firme los cristianos proclamamos que Jesucristo es el destino último del mundo y de la humanidad.

 

Para nosotros, el hombre no es, como piensa J. Rostand ese “átomo irrisorio, perdido en un cosmos inerte y desmesurado, que sabe que su febril actividad no es más que un pequeño fenómeno local, efímero, sin significación y sin sentido”. Ni tampoco, como imagina J. Monod “el producto de la más ciega y absoluta casualidad”.

 

Nosotros creemos que en la raíz de la existencia no reina la soledad, la crueldad o el caos, sino el misterio de un Dios que se nos ha revelado en Cristo como destino final de la humanidad.

 

Es cierto que la historia de los hombres está teñida de dramática ambigüedad y la existencia se nos presenta muchas veces como una maraña de contradicciones e incoherencias absurdas difícil de descifrar.

 

Pero nosotros creemos que “las palabras de Cristo no pasarán». Un día se desvelará el sentido profundo de todo, las cosas quedarán en su sitio verdadero, se revelará el valor último del amor y se hará justicia a todos los vencidos, los humillados, los ofendidos, los pequeños, los olvidados y marginados.

 

Ese será el verdadero juicio final que aclarará todas las ambigüedades y «justificará» todos los esfuerzos por caminar hacia una humanidad siempre mejor.

 

El juicio que dejará en evidencia todos esos otros juicios con los que tantas veces los vencedores pretenden enjuiciar la historia anterior y condenar a los que los han precedido.

 

Se terminarán entonces todos nuestros interrogantes y preguntas. Y descubriremos de dónde proviene esa voz que se hace oír ya en el interior de la vida y del mundo llamándonos hacia Dios.

 

Entonces experimentaremos de alguna manera esa visión tan misteriosa y consoladora de la gran mística Juliana de Norwich: “Y todo estará bien; y todo estará bien; toda clase de cosas estará bien».

 

PALABRAS QUE NO PASAN

 

Mis palabras no pasarán.

 

Los signos de desesperanza no son siempre del todo visibles, pues la falta de esperanza puede disfrazarse de optimismo superficial, activismo ciego o secreto pasotismo.

 

Por otra parte, son bastantes los que no reconocen sentir miedo, aburrimiento, soledad y desesperanza porque, según el modelo social que se lleva, se supone que un hombre que triunfa en la vida, no puede sentirse solo, aburrido o temeroso. Eric Fromm, con su habitual perspicacia, ha señalado que el hombre contemporáneo está tratando de librarse de algunas represiones como la sexual, pero se ve obligado a «reprimir tanto el miedo y la duda, como la depresión, el aburrimiento y la falta de esperanza».

 

Otras veces, nos defendemos de nuestro «vacío de esperanza», sumergiéndonos en la actividad. No soportamos estar sin hacer nada. Necesitamos estar ocupados en algo, para no enfrentarnos a nuestro futuro.

 

Pero, la pregunta es inevitable: ¿qué nos espera después de tantos esfuerzos, luchas, ilusiones y sinsabores? ¿No tenemos los hombres otro objetivo sino producir cada vez más, distribuirnos cada vez mejor lo producido, y consumir más y más, hasta ser consumidos por nuestra propia caducidad?

 

El hombre necesita una esperanza para vivir con plenitud. Una esperanza que no sea «una envoltura para la resignación», como la de aquellos que se las arreglan para organizarse «una vida tolerable» y aguantar bastante bien la aventura de cada día.

 

Una esperanza que no debe confundirse nunca con una espera pasiva, que no es, con frecuencia, sino «una forma disfrazada de desesperanza e impotencia» (Eric Fromm).

 

Una esperanza que no es tampoco el arrojo ciego y falto de realismo de quien actúa a la desesperada, sin amor a la vida, y por tanto, sin temor a destruir a otros o a que le destruyan a él.

 

El hombre necesita en su corazón una esperanza que se mantenga viva aunque otras pequeñas esperanzas se vean malogradas e incluso completamente destrozadas.

 

Los cristianos encontramos esta esperanza en Jesucristo y en sus palabras que «no pasarán». No esperamos algo que «no puede ser». Nuestra esperanza se apoya en el hecho inconmovible de la resurrección de Jesús.

 

A partir de las palabras del resucitado nos atrevemos a ver la vida presente en «estado de gestación» como algo que no nos ha entregado todavía su último secreto, como germen de una vida que alcanzará su plenitud final sólo en Dios.

 

¿QUE FUTURO NOS ESPERA?

 

El cielo y la tierra pasarán...

 

El hombre moderno no espera ya el fin del mundo a breve plazo, y difícilmente se lo imagina a la manera de una catástrofe cósmica, como en los relatos clásicos de la apocalíptica judía.

 

Pero el hombre contemporáneo como el de todas las épocas sabe que en el fondo de su corazón está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: « ¿Qué va a ser de nosotros?».

 

Cualquiera que sea nuestra ideología, nuestra fe o nuestra postura ante la vida, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿En qué van a terminar los esfuerzos, las luchas y las aspiraciones de tantas generaciones de hombres? ¿Cuál es el final que le espera a la historia dolorosa, pero apasionante de la humanidad?

 

Evidentemente, se puede responder que la vida del hombre es un breve paréntesis entre dos nadas. Pero, entonces, no es honrado escamotear rápidamente la turbación que surge en lo íntimo de nuestro ser: «Si lo único que espera a cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres es la nada, ¿qué sentido ultimo pueden tener todas nuestras luchas, esfuerzos y enfrentamientos?».

 

Sin duda, muchos pensarán que aún así, la vida no es «una pasión inútil», sino que se justifica suficientemente como lucha por lograr un futuro mejor para las futuras generaciones. Es la fe oculta del hombre moderno que piensa que el progreso científico o la re- novación total de la estructura económica y política de la sociedad llevarán un día a los hombres a una satisfacción suficiente de sus aspiraciones.

 

Un día el hombre «aprenderá» a morirse sin tristeza porque habrá disfrutado de una sociedad suficientemente humana y gratificante.

 

Pero, ¿no será entonces precisamente cuando la muerte adquiera un tono más trágico que ahora? Cuando se haya alcanzado un nivel tan alto de bienestar, de justicia, de solidaridad social, de disfrute de ¡a vida, ¿no será más duro todavía tener que morirse?

 

Es aquí donde hay que situar el reto y la promesa de resurrec. ción del mensaje cristiano. Es una opción libre de fe, pero no es absurda ni irracional la postura del creyente que lucha y se esfuerza en la renovación y mejora de la sociedad humana, animado por la esperanza de üna resurrección final.

 

 

LO QUE ERA Y LO QUE SOY, ES LO QUE SIEMPRE SERÉ

Fray Marcos

Mc 13, 24-32

 

CONTEXTO

Estamos en el c. 13 de Marcos, dedicado todo él al discurso escatológico. Este capítulo hace de puente entre la vida de Jesús y la Pasión. Los tres sinópticos relatan un discurso parecido, lo cual hace suponer que algo tiene que ver con el Jesús histórico. Pero las diferencias entre ellos son tan grandes, que presupone también una elaboración de la primera comunidad. Es imposible saber hasta qué punto Jesús hizo suyas esas ideas. En el evangelio se habla del Reino de Dios como futuro y como presente a la vez...

 

EXPLICACIÓN

Estamos ante una manera de hablar que no nos dice nada hoy. Pero si prescindimos de la apocalíptica, dejamos fuera de nuestra consideración una parte nada despreciable de la Escritura, tanto del AT como del NT. Solo con la ayuda de la exégesis podemos abordar estos temas. Lo que dicen literalmente es para nosotros un sinsentido, pero lo que quieren decir, descifrado el lenguaje, puede aclararnos muchas cosas.

El lenguaje apocalíptico y escatológico corresponde a un modo mítico de ver el mundo, a Dios y al hombre. Tanto en el AT como en el NT, el pueblo de Dios está volcado sobre el porvenir. Esta actitud le distingue de los pueblos circundantes cerrados en el continuo devenir de los ciclos naturales. Israel se encuentra siempre en tensión hacia la salvación que ha de venir. Desde Abrahán, a quien Dios le dice: "sal de tu tierra", pasando por el éxodo hacia la tierra prometida; y terminando por la espera del Mesías, Israel vivió siempre con la esperanza de algo mejor, que Dios le iba a dar.

Pronto se tomó conciencia de que tenía que haber una salvación definitiva. Los profetas fueron los encargados de mantener viva esta expectativa de salvación total. En principio, el día de esa salvación debía ser un día de alegría, de felicidad, de luz; pero a causa de las infidelidades del pueblo, los profetas empiezan a anunciarlo como día de sufrimiento, de tinieblas para la mayoría de los hombres que no hacen caso a Dios. Será el día de Yahvé (intervención de Dios para juzgar) en que castigará a los infieles y salvará al resto. Se trataba de ver el futuro como criterio de valoración juiciosa del presente.

La apocalíptica es una actitud vital y un género literario. La palabreja en griego significa desvelar. Pretende escudriñar el futuro partiendo de la palabra de Dios. Nace en los ambientes sapienciales y desciende del profetismo.

Desarrolla una visión pesimista del mundo, que no tiene arreglo; por eso, tiene que ser destruido y sustituido por otro de nueva creación. Invita, no a cambiar el mundo, sino a huir de él. El mundo futuro no tendrá ninguna relación con el presente.

El objetivo es alentar a la gente en tiempo de crisis para que aguante el chaparrón hasta que llegue el día de Yahvé. El resto que se conserve fiel, reinará con Él. Todo lo demás será aniquilado.

Una variante de esta concepción, es el milenarismo, que defiende un reinado terreno de Dios durante un período de tiempo limitado (mil años) en el que todo será dicha; eso sí, solo para los elegidos.

Escatología, procede de la palabra griega "esjatón", que significa "lo último". Su origen es también la palabra de Dios, y su objetivo, descubrir lo que va a suceder al final de los tiempos, pero no por curiosidad, sino por un intento de acrecentar la confianza. El futuro está en manos de Dios, pero ese futuro llegará como progresión del presente, que también está en manos de Dios, y es positivo a pesar de todo.

Este mundo no será consumido sino consumado. Dios reserva una plenitud de sentido para la creación. Dios salvará un día definitivamente, pero esa salvación ya ha comenzado aquí y ahora.

La referencia a los tiempos finales de los evangelios, no es apocalíptica, sino más bien escatológica, aunque nos despiste bastante el hecho de que el NT usa el lenguaje apocalíptico, porque es muy sugerente y llama la atención. Uno de los logros de la apocalíptica fue enriquecer el lenguaje religioso con multitud de símbolos e imágenes. Los evangelistas, no pudieron librarse de esta mentalidad apocalíptica, muy desarrollada en aquella época.

 

APLICACIÓN

Con demasiada frecuencia se ha hecho un mal uso de esta temática. Parece que es una tentación constante el acudir al juicio final, para urgir a la gente a que se porte como Dios manda. En todas las épocas han proliferado los milenarismos de todo tipo; incluso en nuestro tiempo se predican calamidades como castigo de Dios porque los seres humanos no somos como deberíamos ser.

La experiencia de la muerte nos obliga a unir tiempo y eternidad, contingencia y absoluto, lo divino y lo terreno, cielo y tierra.

Hoy debemos interpretar la realidad, a la luz de los nuevos conocimientos que tenemos de ella. Al final del relato de la creación, Dios "vio todo lo que había hecho, y era muy bueno". Es ridículo pensar que la creación le salió mal a Dios y que ahora tiene que arreglarla de alguna manera. Mayor ridículo es creer que el hombre puede malograr la creación de Dios.

Tal vez lo que tendríamos que hacer, sería dejarnos de especulaciones sobre como será el más allá y tomar la responsabilidad que nos toca en la marcha del más acá.

Para la escatología, Dios es el dueño absoluto del universo y de la historia. El hombre puede malograr la creación, pero no puede volver a enderezarla. Solo Dios puede salvarla.

Al superar la idea del dios intervencionista, se nos plantea un dilema insuperable. Por una parte, sabemos que Dios no tiene pasado ni futuro; que no está en el tiempo ni en el espacio sino en la eternidad. Por otro lado, el hombre no puede entender nada que no esté en el tiempo y el espacio. Meter a Dios en el tiempo para poderlo entender es un disparate mayúsculo. Por otra parte, sacar al hombre del tiempo y el espacio, es descoyuntarlo como criatura.

En tiempo de Jesús se creía que esa intervención definitiva, iba a ser inminente. En este ambiente se desarrolla la predicación de Juan Bautista y de Jesús. También en la primera comunidad cristiana se vivió esta espera de la llegada inmediata de la parusía. Solamente en los últimos escritos del NT, es ya patente un cambio de actitud. Al no llegar el fin, se empieza a vivir la tensión entre la espera del fin y la necesidad de preocuparse de la vida presente. Se sigue esperando el fin, pero la comunidad se prepara para la permanencia. Recordar que la palabra "venir" referida al Hijo del hombre, significa "manifestarse".

Tal vez hoy estemos en mejores condiciones para entender las imágenes de la escatología, que ninguna otra época. Hasta hace muy poco tiempo, la historia era exclusivamente cosa del pasado. En nuestros días parece que hemos descubierto la importancia que tiene esa historia no sólo para nuestro presente, sino para nuestro futuro. El hombre se considera fruto de un pasado; sigue su curso en el presente y se encamina hacia el futuro. La escatología está hoy implícita en la manera de entender la existencia humana, pero se trata de "lo último" dentro de la marcha del mundo, no más allá de él.

Dios no tiene que actuar para ser justo ni ahora, ni en un hipotético último día. Dios no hace justicia, Él es justicia. Toda acción, sea buena, sea mala, lleva en sí misma el premio o el castigo, no se necesita ninguna acción posterior de Dios.

Ante Dios todo es justo en cada momento. No tiene sentido amenazar con la ira de Dios. El triunfo del mal es siempre aparente.

Esta mejor comprensión de la manera de actuar (no actuar) de Dios en la historia, hace superfluas las imágenes espectaculares sobre el "exjatón", pero obliga a una reflexión sobre la importancia que el ser humano tiene a la hora de planificar su futuro.

Hoy sabemos que el tiempo y el espacio son productos mentales, extraídos de la experiencia de un mundo terreno. ¿Qué sentido puede tener el hablar de tiempo y espacio más allá de lo material? Hablar de un "lugar" (cielo o infierno) más allá de este mundo, solo puede tener un sentido simbólico. Hablar de un "día del juicio", donde no puede darse tiempo ni espacio, es un contrasentido. No hay inconveniente en seguir empleando ese lenguaje, pero sin olvidar que se trata de un lenguaje simbólico y no de realidades objetivas.

 

Meditación-contemplación

 

Jesús nos dice que aprendamos de la higuera.

En los brotes que empiezan a moverse en la primavera,

tenemos que adivinar los futuros higos.

En cualquier fragmento de realidad está ya Dios.

...............

 

La realidad que todos vemos por igual

está diciendo cosas distintas a cada uno.

El ser humano tiene que aprender a ver

mucho más de lo que le entra por los ojos.

..................

 

Hace cuatro mil años, los orientales descubrieron

que la realidad que vemos, no es más que apariencia.

La verdadera realidad hay que descubrirla

más allá y a pesar de lo que vemos y oímos.

...................

 

 

 

APOCALIPSIS: EL FONDO DE LO REAL ES FIABLE

Enrique Martínez Lozano


Mc 13, 24-32

El capítulo 13 del evangelio de Marcos contiene un breve apocalipsis, un relato escrito en un género literario (apocalíptico), que prácticamente desapareció a partir del siglo II de nuestra era.

Debido a las imágenes que dicho género utiliza, habitualmente se le ha atribuido al término "apocalipsis" un significado de "catástrofe" o "destrucción". La realidad, sin embargo, es diferente.

Etimológicamente, apo-kalypsis significa "destapar lo escondido" y, por extensión, "descorrer el velo", es decir, re-velación. (A la misma raíz pertenece la palabra "eucalipto", cuyo significado etimológico es: "bien (eu) escondido", haciendo referencia seguramente al hecho de que tiene perfectamente escondidas sus minúsculas semillas).

Siempre dentro de la sabiduría de las etimologías, es fácil apreciar que el término "apocalipsis" se halla emparentado con el de "aletheia" (= "sin velo"), que puede traducirse por "verdad", entendida como aquello que es y que percibimos en la medida en que logramos retirar el "velo" que nos impide reconocerla. En este sentido, Verdad es equivalente a Realidad.

Así pues, etimológicamente, apocalipsis equivale a verdad. Y, en consecuencia, el escrito apocalíptico pretende "descorrer el velo" que nos impide reconocer las cosas como son, es decir, revelarnos lo que se halla por debajo de la superficie, en un nivel más profundo.

En cierto sentido, es como si el autor nos dijera: "las cosas no son lo que parecen". Esto queda patente, de un modo particular, en el Apocalipsis de Juan y en su intención de ofrecer una lectura profunda de la historia de persecuciones padecidas por las primeras comunidades.

El texto del capítulo 13 de Marcos pertenece, pues, a este género apocalíptico. En él se nos revela, a través de signos habituales (movimientos celestes y terrestres, tribulaciones...), que este orden de cosas (el "mundo") va a ser renovado en profundidad. Y que eso se producirá con la próxima llegada del Hijo del hombre.

La imagen del "Hijo del hombre", tomada del libro de Daniel, fue aplicada muy pronto a la persona de Jesús por los primeros discípulos, que esperaban un rápido retorno en gloria de su Maestro ("no pasará esta generación antes que todo se cumpla").

No sabemos si Jesús compartió o no la idea de un inminente final del mundo, pero entre sus discípulos se convirtió en una esperanza intensa, al menos durante las dos primeras generaciones.

Pero, más allá de expectativas típicas de la efervescencia de los grupos religiosos en algún momento de su historia –aunque se aclara que "el día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre"-, lo que el texto parece rescatar es la contundente confianza a la que convoca la afirmación de Jesús: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán".

En ese sentido, el apocalipsis es ciertamente revelación: viene a decirnos que, más allá de lo que pueda ocurrir en la superficie de la historia, hay una Realidad estable que nos sostiene y que podemos experimentar como "roca firme" en la que hacer pie, de un modo directo y evidente.

El texto lo identifica como "mis palabras", refiriéndose a Jesús. Pero, indudablemente, se trata de algo infinitamente más "amplio", que puede experimentar también quien no "conozca" las palabras de Jesús. Lo que ocurre es que el maestro de Nazaret ha puesto palabras a esa Realidad última que nos constituye, la ha vivido y la ha contagiado. Por eso, los discípulos, a la hora de referirse a Ella, la identifican con el mensaje de Jesús.

Desde un estadio mítico de consciencia, esas afirmaciones han servido de pretexto para posturas excluyentes y enfrentadas. Desde una perspectiva no-dual, todo se hace integrado e inclusivo: se trata siempre de la misma y única Realidad primera, nombrada de mil maneras, y que los cristianos reconocemos que se expresó en Jesús de un modo admirable. Pero que, al mismo tiempo, se expresa en todo ser humano y en todo lo real: el Fondo último es uno y el mismo en todos.

Ese Fondo (Jesús lo llamó Abba: Padre, aunque se reconocía sin distancia ni separación con él: "el Padre y yo somos uno") es lo que "no pasará". Pero no se trata de algo "separado" a lo que debamos "recurrir" para sostener nuestra precaria condición, sino que constituye nuestra verdadera identidad, que percibimos cuando vamos soltando las identificaciones (con el cuerpo, la mente, las circunstancias..., el yo) que habíamos establecido.

 

 

SE ACABA EL TIEMPO: ACERTAR CON JESÚS

José Enrique Galarreta

 

Mc 13, 24-32

En el Evangelio vemos el género escatológico en boca de Jesús. Aparte de estas imágenes, las acostumbradas, se añade otra imagen muy usada en el género: EL JUICIO. Al final, el juicio de Dios. En este caso concreto, el juez es Jesús (el Hijo del Hombre). Nosotros solemos creer que cuando se aplica a Jesús el nombre de "el Hijo del Hombre" es para subrayar su humanidad.

Es lo contrario: es un término tomado precisamente de la profecía de Daniel que significa más o menos lo mismo que "El Mesías", "el hombre especialísimo, mensajero de Dios". Nos encontramos, pues, ante una especie de epílogo de la predicación de Jesús. Jesús, rechazado ya definitivamente por los sacerdotes y los doctores, está proclamando su Verdad: Él es el Juez, la norma: optar por él es acertar.

Nos encontramos por tanto ante unos textos en que se mezclan varios niveles de redacción y varios "sucesos" diferentes. Podemos aclarar esta mezcla diferenciando tres temas en estos "discursos escatológicos" de los evangelios:

 

ü   la destrucción de Jerusalén y del Templo

ü   el final de los tiempos

ü   la conducta del cristiano

Está claro que los textos muestran una predicción de la destrucción de Jerusalén. Pero muestran sobre todo una interpretación de esa destrucción. Los judíos piensan que el Templo es el centro de la presencia de Dios en la tierra.

Por eso pueden pensar que la destrucción del templo es el final: no lo es. Jesús muestra aquí algo muy importante de su mensaje: ha pasado el tiempo en que el Templo, la Circuncisión, el Sábado, los sacrificios... tenían (si tenían) importancia religiosa. Por afirmaciones como ésta decidieron los jefes religiosos de Israel matarle. Jesús anuncia que ése no es el fin sino el tiempo de anunciar el evangelio a todo el mundo.

Esta parte del texto muestra por tanto la gran crisis de los judeo-cristianos, que quedaron obligados a dejar atrás todos los resabios judaicos y abrirse al mundo entero cuando el Templo y el culto son destruidos y ellos mismos expulsados de la Sinagoga. Por eso se les advierte de lo mucho que tendrán que sufrir por mantenerse fieles a Jesús.

En segundo lugar, se habla del final de los tiempos. Se utilizan ingenuas imágenes tomadas de los apocalipsis judíos y que reflejan concepciones cosmológicas muy primitivas. El mensaje no está ahí, en cómo y cuándo va a suceder el final de los tiempos. Más bien se elude la respuesta: "ni el Hijo lo sabe, sólo el Padre". Y se habla expresamente de los falsos profetas que van a anunciar el final de los tiempos con muchos falsos motivos.

En tercer lugar, todo lo anterior se pone como prólogo al mensaje verdadero: estamos viviendo hacia un futuro que necesariamente viene: la vida del ser humano no se explica sin mirar hacia su futuro. Nada de la vida cristiana, ni nada de Jesús, tiene sentido sino mirando al destino de todo.

Ya conocemos la imagen del caminante, del peregrino, para el que el valor primero es llegar y todo lo demás se subordina a ese valor, de manera que cualquier cosa es importante o no lo es solamente si ayuda a caminar. Aquí la imagen es otra: el futuro viene hacia nosotros de manera inexorable. Pero el contenido, el mensaje es el mismo: todos nuestros valores se fundan en el final.

El final se presenta con otra imagen: el JUICIO. Pero esta palabra no debe ser reducida a la interpretación teatral-superficial y a las amenazas catastrofistas. El juicio significa que al final de todo resplandece la verdad. Mientras dura el camino estamos sujetos a error, a apariencias, a engaños.

Esta es una condición del caminante que al final desaparece: al final, la VERDAD. La verdad es Dios, la verdad la anuncia la Palabra de Dios, Jesús. Esto se expresa también con imágenes: Cristo no viene de ningún sitio ni cabalga sobre las nubes sino que todos los humanos se encuentran al final con la revelación definitiva del bien y el mal, el acierto o el error. Y el acierto es Jesús, la Palabra de Dios. Por eso el juez es Cristo.

 

En resumen, estos textos significan:

ü   Para los cristianos de aquel tiempo: que cuando se derrumbe la Antigua Ley no se ha acabado nada: empieza la evangelización del mundo.

ü   Para aquellos cristianos especialmente y también para todos. Que el cómo y el cuándo del final de los tiempos lo sabe sólo Dios y hay que guardarse de los falsos profetas.

ü   Para todos: todos vivimos "de cara al final". El tiempo sólo es tiempo, se acaba: hay que vivir la vida en tensión hacia ese final, porque lo pasajero sólo tiene sentido de cara a lo definitivo.

ü   Las primeras generaciones cristianas tuvieron dos tentaciones: pensar que el final de los tiempos era algo inminente, e interpretar la destrucción de Jerusalén como el final de los tiempos.

Se suele afirmar que Jesús mismo pensaba que el final de los tiempos estaba próximo. Personalmente creo que estos textos muestran precisamente lo contrario. Cuando Jesús habla de escatología se desinteresa por el final de los tiempos y da primacía al sentido escatológico personal: es mi tiempo el que se termina; por eso, hay que estar bien despierto.

 

Últimas puntualizaciones

En el contexto más histórico, se trata de que Jesús, rechazado por las autoridades religiosas y por los letrados de Israel, va a afrontar su final y se proclama JUEZ. Juez significa que Él es la norma, la Verdad.

Que los que no le aceptan se equivocan y que "aún hay tiempo", pero estamos "en los últimos tiempos", cuando el Reino de Dios ya se ha hecho plenamente presente, cuando hay que optar.

La Palabra de Dios está ahí, y puede ser rechazada. Jesús está proclamando la condición humana: el hombre es dramáticamente libre: puede elegir para su mal. La Palabra está presente, para salvar al hombre, porque puede perderse, y Dios no quiere que esto suceda.

No es correcto sacar de aquí conclusiones sobre la severidad del juicio, sobre el número de los que "se pierden".... Dios no es un Juez: se usa la imagen de un juicio al final, pero es una imagen, como todas las del género escatológico. La idea es que Dios es la Verdad. Jesús es la Verdad, el acierto. El mensaje no es que Dios se va a portar con los hombres como un Juez severo. Un mensaje aún más fuerte del Evangelio – su mensaje fundamental - es que Dios es Padre, que Jesús es la prueba visible de que Dios es "El Salvador".

No podemos separar estos textos de la gran parábola final de Mateo (25,31), en que se da el mensaje definitivo, la materia del juicio: "A mí me lo hicisteis, a mí me lo dejasteis de hacer".

Se trata de una última, definitiva y drástica "des-sacralización" de lo religioso: servir a Dios no tiene nada que ver con el templo, el rito... sino con la construcción de humanidad. Así construimos nuestra visión del futuro, y nuestro modo de vivir presente: entre la urgencia de seguir a la Palabra, y de anunciarla, para salvar lo humano, que es lo que Dios quiere; y la consciencia de que el ser humano es libre, incluso - aunque parezca increíble - contra la Voluntad Salvadora de Dios.

Otra de las preguntas estériles que nos hacemos es cuántos se salvan, si alguien se condena. Se la hicieron a Jesús: (Lucas 13,23)

"- Señor ¿son pocos los que se salvan? Y Jesús contesta: "esforzaos por entrar por la puerta estrecha..." Una vez más, no es propio de Jesús satisfacer curiosidades sino provocar actitudes de conversión.

 

Para nuestra oración

Muchas parábolas de Jesús, la de la higuera, la del amo ausente que va a volver, la de los talentos, la del administrador infiel, la de las doncellas necias ... hacen referencia a la urgencia de aprovechar el tiempo.

Nuestro tiempo es momento de negociar, de caminar, de sembrar... y se acaba. Interpretar toda la vida desde su final, estimarlo todo desde su valor definitivo, no conformarse con el engaño de lo provisional... es Sabiduría de Jesús.

Nuestra vida cristiana no tiene sentido sino mirando al final: esto significa que nuestra vida puede tener sentido, un espléndido sentido; pero también se puede decir que, mirando al final, el modo de vida que llevamos puede no tener sentido.

Aquí se ponen a prueba todas nuestras "sabidurías". "Carpe diem", "a vivir que son dos días", "la vida es para disfrutarla" ... Todo eso es verdad, y Jesús lo cumple a rajatabla: aprovechar la vida, vivir a tope, porque la vida es breve, disfrutar ya del reino, buscar las felicidades más íntimas, más profundas y duraderas --- NO CONFORMARSE CON MENOS QUE CON SER HIJO, CON EL REINO.

Si algo caracteriza a Jesús es la ambición, el deseo de plenitud, personal y de todos. Y engancharse a ese ideal: que todos, empezando por mí, lleguen a ser todo lo que Dios ha soñado. Porque EL REINO es, ante todo, el sueño de Dios.

 

S A L M O 16

 

Guárdame, Señor, que me refugio en Ti.

Decid al Señor: "Tú eres mi Dios,

Tu eres mi Bien y no deseo otro"

Aunque todo el mundo corra tras sus ídolos

mi herencia eres Tú, Señor.

Eres Tu quien garantiza mi suerte

Eres Tú mi herencia y mi riqueza.

Bendigo al Señor, mi consejero

y lo tengo presente sin descanso.

El Señor a mi diestra. El es mi guía.

Así encuentra mi espíritu la paz

mi corazón reposa seguro

porque Tú no abandonas mi vida.

Tú me enseñas el camino de la vida

y encuentro ante tu rostro

la plenitud de vida y de alegría.

 

 

 

AÑOS TERRIBLES Y PALABRAS DE CONSUELO

José Luis Sicre

 

Tres años terribles (169-167 a.C.)

Los años 169-167 a.C. fueron especialmente duros para los judíos. El 169, Antíoco Epífanes, rey de Siria, invadió Jerusalén, entró en el templo y robó todos los objetos de valor, después de verter mucha sangre. El 167, un oficial del fisco enviado por el rey mata a muchos israelitas, saquea la ciudad, derriba sus casas y la muralla, se lleva cautivos a las mujeres y los niños, y se apodera del ganado. Al mismo tiempo, Antíoco, obsesionado por imponer la cultura griega en todos sus territorios, prohíbe a los judíos ofrecer sacrificios en el templo, guardar los sábados y las fiestas, y circuncidar a los niños [como si a nosotros nos prohibieran celebrar la eucaristía y bautizar a los niños]; y manda contaminar el templo construyendo altares y capillas idolátricas, y sacrificando en él cerdos y animales inmundos.


Estos acontecimientos provocaron dos reacciones muy distintas: una militar, la rebelión de los Macabeos; otra teológica, la esperanza apocalíptica, que encontramos reflejada en la 1ª lectura de hoy.


Apocalipsis significa "revelación", "desvelamiento de algo oculto". La literatura apocalíptica pretende revelar un secreto escondido, que se refiere al fin del mundo: 
momento en que sucederá, señales que lo precederán, instauración definitiva del Reino de Dios. Es una literatura de tiempos de opresión, de lucha a muerte por la supervivencia, de búsqueda de consuelo y de unas ideas que den sentido a su vida. La única solución consiste en que Dios intervenga personalmente, ponga fin a este mundo malo presente y dé paso al mundo bueno futuro, el de su reinado.

 

La respuesta de Daniel

El pequeño fragmento del libro de Daniel recoge algunas de estas ideas. Se anuncia al profeta que habrá un tiempo de angustia como no lo ha habido nunca; pero, al final, se salvará su pueblo, mientras que los malvados serán castigados. Todo esto no puede ocurrir en este mundo, el autor está convencido de que este mundo no tiene remedio. Ocurrirá en el mundo futuro, cuando unos resuciten para ser recompensados y otros para ser castigados. Entre los buenos el autor destaca a los doctos, a los que enseñaron a la multitud la justicia, que brillarán como las estrellas, por toda la eternidad. Con ello deja clara su opción política y religiosa: la solución no está en las armas, como piensan los Macabeos.

 

Una década fatal (60-70 d.C.)

No sabemos con seguridad cuándo se escribió el primer evangelio. Pero lo que ocurrió en la década de los 60 del siglo I ayuda a comprender lo que dice el texto de este domingo.
El año 61 hubo un gran terremoto en Asia Menor que destruyó doce ciudades en una sola noche (lo cuenta Plinio en su 
Historia natural 2.86). El 63 hubo un terremoto en Pompeya y Herculano, distinto de la erupción del Vesubio el año 79. El 64 tuvo lugar el incendio de Roma, al parecer decidido por Nerón y del que culpó a los cristianos. El 66 se produce la rebelión de los judíos contra Roma; la guerra durará hasta el año 70 y terminará con el incendio del templo y de Jerusalén. El 68 hubo otro terremoto en Roma, poco antes de la muerte de Nerón. El 69, profunda crisis a la muerte de Nerón, con tres emperadores en un solo año (Otón, Vitelio y Vespasiano). En la mentalidad apocalíptica, terremotos, incendios, guerras, disensiones son signos indiscutibles de que el fin del mundo es inminente.


Por otra parte, la comunidad cristiana sufre toda clase de problemas. Unos son de orden externo, provocados por las persecuciones de judíos y paganos: se les acusa de rebeldes contra Roma, de infanticidio y de orgías durante sus celebraciones litúrgicas; se representa a Jesús como un crucificado con cabeza de asno. Otros problemas son de orden interno, provocados por la aparición de individuos y grupos que se apartan de las verdades aceptadas. La primera carta de Juan reconoce que "han venido muchos anticristos", no uno solo (1 Jn 2,18), y que "salieron de entre nosotros".

 

La respuesta del evangelio de Marcos

En este ambiente tan difícil, el evangelio de Marcos también ofrece esperanza y consuelo mediante un largo discurso (capítulo 13). Todo comienza con un comentario ocasional de Jesús. Estando en el monte de los Olivos, donde se goza de una vista espléndida del templo, dice a los discípulos: «¿Veis esos grandes edificios? Pues se derrumbarán sin que quede piedra sobre piedra.»
A ellos les falta tiempo para identificar la destrucción del templo con el fin del mundo. Entonces, Pedro, Santiago, Juan y Andrés le preguntan en privado: «¿
Cuándo sucederá todo eso? ¿Y cuál es la señal de que todo está para acabarse?» Los dos temas que obsesionan a la apocalíptica: saber qué señales precederán al fin del mundo y en qué momento exacto tendrá lugar. La lectura de este domingo ha seleccionado algunas frases del final del discurso, en las que reaparecen estas dos preguntas, pero en orden inverso: primero se habla de las señales, luego del tiempo. En medio, la gran novedad, algo por lo que no han preguntado los discípulos: la venida gloriosa del Señor.

 

Las señales del fin y la venida del Señor

Las señales no acontecen en la tierra, sino en el cielo: el sol se oscurece, la luna no ilumina, las estrellas caen del cielo. Pero lo que ocurre no provoca el pánico de la humanidad. Porque la desaparición del universo antiguo da lugar a la venida gloriosa del Señor y a la salvación de los elegidos. Indico algunos detalles de interés en estos versículos.


1) A Dios no se lo menciona nunca. Todo se centra, como momento culminante, en la aparición gloriosa de Jesús.


2) De acuerdo con algunos textos apocalípticos judíos, se pone de relieve la salvación de los elegidos. Esto demuestra el carácter optimista del discurso, que no pretende asustar, sino consolar y fomentar la esperanza, aunque no encubre los difíciles momentos por los que atravesará la Iglesia.


3) A diferencia de otros textos apocalípticos, que conceden gran importancia a la descripción del mundo futuro, aquí no se hace la menor referencia a ese tema, como si pudiera descentrar la atención de la figura de Jesús.

El momento del fin

La parte final contiene tres afirmaciones distintas:

1)          vosotros podéis saber cuándo se acerca el fin (parábola de la higuera);

2)         el fin tendrá lugar en vuestra misma generación;

3)         el día y la hora no lo sabe más que Dios Padre.


La segunda es la más problemática. Si se refiere a la caída de Jerusalén no plantea problema, porque tuvo lugar el año 70. Pero, si se refiere al fin del mundo, no se realizó. A pesar de todo, es posible que así la interpretasen muchos cristianos, convencidos de que el fin del mundo era inminente. Así pensó Pablo en los primeros años de su actividad apostólica.


Pero al lector debe quedarle claro lo que se dice al final: nadie sabe el día ni la hora, y lo importante no es discutir o calcular, sino mantener una actitud vigilante [este tema, importantísimo, lo ha suprimido la liturgia de forma incomprensible].

BRUNO MAGGIONI

Significado de la Escatología

 

El significado más obvio de "escatología" es el de un discurso sobre las realidades últimas y definitivas. Se trata ciertamente -aun cuando esta convicción haya ido madurando lentamente y con no pocas fatigas- de realidades que están más allá de la historia, pero sin que esto signifique que no se van preparando dentro de la historia. En efecto, la escatología bíblica es un discurso sobre la historia, un modo de leerla y de asumirla.

Esta es la sorprendente perspectiva bíblica interesante y concreta. La mirada hacia el futuro (esto es, la revelación de lo que será el futuro) hace importante al "presente" y ofrece un criterio de opción y de valorización. La atención en el fondo se dirige al presente. El futuro ofrece un criterio de orientación en el presente, pero es en el tiempo presente donde se está jugando el futuro. Esta es la posición, por ejemplo, frente a Jesús: él es el Hijo del Hombre que habrá de volver, pero lo decisivo es la actitud que hoy asumimos frente a su anuncio.

El punto más original del mensaje bíblico en general y del profético en particular es el concepto de que la historia va caminando hacia un último término bajo la dirección de Dios. La concepción griega, por el contrario, es sustancialmente cíclica. La convicción de que la historia es conducida por Dios hacia una salvación indestructible está ya presente en los orígenes de la fe hebrea; en esta convicción se arraigan los gérmenes de su desarrollo sucesivo, incluida la exigencia de que esta salvación tiene que colocarse más allá de la historia, en la comunión con Dios. Efectivamente, la esperanza que acompañó a Israel durante toda su historia (y más tarde a la comunidad cristiana desde sus orígenes hasta la actualidad) es el encuentro entre la promesa de Dios (siempre amplia) y la situación actual (siempre llena de desilusiones) que continuamente parece desmentir a la promesa y retrasarla.

Esta experiencia ha obligado a colocar las realidades últimas cada vez más allá y purificar las esperanzas: las realidades últimas son obra de Dios y no simplemente fruto del hombre; además, son cualitativamente distintas de lo que vivimos y soñamos.

Así pues, podemos resumir de este modo las convicciones de Israel sobre la historia: Dios, y no sólo el hombre, es protagonista de la historia; la historia es conducida por Dios hacia una salvación definitiva; la historia está sometida a un juicio (no todas las opciones conducen a la salvación, sino sólo aquellas que se hacen dentro de la obediencia a los designios de Dios).

Todo lo que hemos dicho corresponde sustancialmente a la visión escatológica de los profetas. Es una visión grandiosa y sobria al mismo tiempo, sin intento alguno de penetrar en los secretos de Dios y sin ceder a la curiosidad del "cuándo" y del "cómo". Pero esta "sobriedad" parece que fue fallando en el último período postexílico, cuando se desarrolló en el judaísmo una vasta literatura que fue llamada "apocalíptica". Son tiempos difíciles, de persecución, y parece inútil la fidelidad de los buenos. Se necesita un consuelo, que se encuentra en la confianza inquebrantable de que al final de los tiempos (unos tiempos que están ya "cerca") se realizará el juicio de Dios y cambiará la situación gracias a una intervención de Dios. El lenguaje de esta literatura es típico: describe los últimos tiempos como tiempos de guerras y divisiones (pueblo contra pueblo, reino contra reino), de terremotos y carestía, de catástrofes cósmicas (el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas caerán), todo ello bajo el signo de una tremenda imprevisión por parte de los hombres (lo mismo que se presentan de pronto los dolores de parto en la mujer). Este lenguaje está también ampliamente presente en el discurso de Marcos: no se trata del mensaje, sino simplemente del medio expresivo que utiliza para comunicárnoslo. De ninguna forma se pueden entender estas expresiones al pie de la letra.

 

JOAQUIM GOMIS

 

Quisiera decir, en primer lugar, algo sobre el evangelio que acabamos de anunciar y  sobre su sentido al finalizar el año litúrgico. Brevemente, porque quisiera también después  recordar el sentido del "Día de la Iglesia".

-El Hijo del hombre volverá para salvar
Estamos a punto de finalizar el año litúrgico (el próximo domingo, con la fiesta de Jesús, Rey; y dentro de quince días iniciaremos un nuevo año litúrgico, con el primer domingo de Adviento). Y cada año, al finalizar el ciclo litúrgico, leemos unas palabras de Jesús que él pronunció también al final de su predicación, cuando sabía que su vida estaba a punto de terminar y de terminar trágicamente, como un total fracaso. Jesús sabía esto, pero sus últimas exhortaciones a sus pocos discípulos son palabras de esperanza. Más aún, el Jesús acorralado por la decisión de los poderosos de su tiempo y de su país que habían decidido terminar con él, anuncia con absoluta convicción -"el cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán"- su triunfo final, el triunfo final del Reino.

Es el anuncio de su segunda venida, esta segunda venida de Jesucristo que también nos anunciará el próximo Adviento. Jesús, el "Hijo del hombre", volverá; el que está a punto de ser crucificado como un criminal, anuncia que volverá "con gran poder y majestad". Pero -fijémonos bien- no se trata de una segunda venida para vengarse, o simplemente para imponer su poder, sino que se trata de una segunda venida para salvar: el Hijo del hombre volverá "para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos". Entonces formará la auténtica y verdadera Asamblea de Dios, la auténtica y verdadera Iglesia de Dios.

Es curioso que el evangelio de Marcos no hable de ningún juicio final. Habla sólo de salvación final. El Hijo del hombre, Jesús, al borde de lo que parece el fracaso de su misión, quiere asegurar a los discípulos que su Evangelio, es decir, el gran anuncio del amor de Dios que quiere dar vida y vida para siempre, es la gran verdad que seguirá firme a pesar de la tragedia de la cruz, a pesar de todos los cataclismos y tragedias de la historia humana.

-El "Día de la Iglesia": dos aspectos:

Y, después de estas palabras sobre el evangelio y su sentido en este final del año litúrgico, permitid que añada otra palabra sobre este "Día de la Iglesia" que hoy se celebra en nuestro país. Se trata, como sabéis, de recordarnos que como cristianos, como seguidores de Jesús, el Hijo del hombre, formamos una comunidad que llamamos la Iglesia. De la que todos somos algún modo responsable, que todos hemos de querer cada vez mejor, más evangélica. 

Incluso en un aspecto tan material y concreto -pero tan inevitablemente importante- como es el dinero que las comunidades de la Iglesia necesitan para su servicio cristiano. Me parece que podemos decir que hay, sobre todo, dos aspectos que no funcionan bien en la Iglesia de nuestro país con relación a su economía. El primero es que la Iglesia en España necesite aún de la ayuda del Estado para su subsistencia. El segundo es que haya aún una injusta distribución económica entre Iglesias y comunidades más ricas e iglesias y comunidades más pobres, como si la injusticia que hay en el mundo entre ricos y pobres fuera normal que se dé también en la Iglesia.

Por lo que hace referencia al primer aspecto, como sabéis este año se ha dado un pequeño paso con aquello de que -quienes quisieran- pudieran asignar una pequeña parte de su declaración de renta para la economía de la Iglesia. Un pequeño paso que tiene probablemente sus ambigüedades y defectos, pero que es mejor que el sistema hasta ahora vigente (el Estado daba directamente a la Iglesia una notable subvención). Me parece que lo que hemos de desear y hacia lo que hemos de avanzar, es que la Iglesia no necesite de ninguna ayuda grande del Estado, ni necesite tampoco que el Estado le haga de recaudador de dinero. Hemos de avanzar hacia una Iglesia que tenga el dinero que necesita -no más pero tampoco menos- gracias a la aportación libre y directa de sus fieles. 

Eso es lo que hoy se nos pide.

Y por lo que hace referencia al segundo aspecto, me parece tan evidente que poco es necesario decir. No es de recibo que en la Iglesia haya parroquias ricas y parroquias pobres, diócesis ricas y diócesis pobres. Que unos gasten dinero adornando inútilmente su Iglesia, mientras que otros cristianos -quizá en la misma ciudad- sólo tienen un barracón para reunirse. O que unas instituciones religiosas inviertan millones en sus obras para su clientela de cristianos ricos, mientras que los movimientos evangelizadores de cristianos de las clases populares carecen de lo indispensable para su tarea. Para ello se nos pide hoy, de una manera especial, nuestra aportación económica. A cada uno lo que pueda. Recordando lo que leíamos en el evangelio del pasado domingo: el gran elogio de Jesús para aquella viuda que echó sólo dos reales en el cepillo del templo, pero que echó todo lo que tenía.

Pidamos en esta Eucaristía, con Jesucristo, nuestro Señor y hermano -él, el Hijo del hombre-, que sepamos estar atentos a "los signos de los tiempos", es decir, a todas las semillas de salvación, de amor salvador de Dios, que hay en nuestra vida, en nuestro mundo, en nuestra Iglesia. Porque, aunque estemos en otoño, el evangelio nos ha dicho: "la primavera está cerca". 

 

FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ

En el discurso escatológico está latente el recuerdo de las dificultades que encuentra la Iglesia alrededor del año 65: los cristianos de Roma acaban de padecer la persecución de Nerón, en la que han sido asesinados Pedro y Pablo; Palestina se halla agitada violentamente por los levantamientos que han conducido a la guerra y a la toma de Jerusalén por Tito. El discurso es una llamada a la fe; a una fe capaz de seguir creyendo que las promesas hechas por Dios, a través de Jesús, se cumplirán a pesar de todo. Nos muestra el término de la historia del hombre sobre la tierra: el triunfo final del Hijo del hombre y la felicidad para siempre de sus amigos, "sus elegidos de los cuatro vientos".

En el presente texto podemos distinguir tres partes: la gran tribulación, la venida del Hijo del hombre y la parábola de la higuera.

1. El poder de las tinieblas

"Cuando veáis al ídolo del opresor instalado en el lugar donde no debe estar", escribe Marcos. Mateo se refiere a lo mismo con palabras muy semejantes: "Cuando veáis instalado en el templo al ídolo del invasor". Lucas no habla del "ídolo"; pone en su lugar: "Cuando veáis a Jerusalén rodeada por ejércitos". ¿A qué se refiere? Es difícil saberlo con exactitud.

La expresión de los dos primeros es de Daniel (Dan 9,27), e indica el hecho sacrílego del que fue protagonista Antíoco IV Epífanes. En el año 168 a.C., este rey había osado erigir dentro del templo un altar en honor de Zeus (Júpiter) Olímpico (2 Mac 6.2).

También puede ser una referencia a Calígula, obstinado en colocar en el templo su propia estatua (año 40 a.C.). O una alusión a la destrucción de Jerusalén, cuando los soldados romanos alzaron dentro del templo los estandartes de su emperador. Finalmente, alguno ve la figura del anticristo.

El libro del Apocalipsis puede darnos también una pista con el símbolo de las dos bestias (Ap 13). La primera bestia es un poder político que blasfema de Dios, se hace adorar y persigue a los verdaderos creyentes. La segunda es una realidad religiosa que lucha contra el Cordero -Cristo-, y realiza milagros capciosos y seduce a los hombres para que adoren a la primera bestia.

El poder político de siempre acepta al creyente en la medida en que éste está de acuerdo con él y colabora. De lo contrario, lo perseguirá. La historia es testigo de esta afirmación. Lo más grave es cuando el poder religioso se alía con el poder político. ¿No será eso "instalar en el templo el ídolo del invasor"? Si la religión se vuelve contra sí misma, ¿quién presentará su verdadero rostro?

La lucha de las dos bestias contra el Cordero narra, con palabras veladas, la situación en que se hallaba la Iglesia de Juan, perseguida por el imperio romano y por el sanedrín. Y es la lucha de la Iglesia de todos los tiempos y de ahora: en unos lugares, para purificarse de sus continuas tentaciones de alianzas con toda clase de poderes: en otros, para seguir ejerciendo la misión encomendada por Jesús.

En el centro de las preocupaciones de los evangelistas no parece estar la profanación del templo, sino la dramática situación que vivirán los más débiles.

La gran tribulación nos hace pensar en terrores históricos y cósmicos, como ya fueron indicados en las guerras, terremotos y hambres. La magnitud del desastre que va a abatirse sobre Jerusalén se muestra en que sólo queda la posibilidad de la huida. Nadie debe volver atrás. La huida siempre ha sido un trance y una prueba especiales; incluso en la actualidad, en la que constantemente se tienen que desplazar, huir de sus países millones de personas. El hombre quiere ser caminante y no fugitivo. El caminante conoce el término de su camino y lo busca con ilusión; el fugitivo se dirige hacia lo incierto y vive con temor. En cualquier huida puede percibirse algo de la tribulación del tiempo final, como en cualquier guerra, terremoto y hambre.

Lo que normalmente es recibido con alegría, crea ahora grandes dificultades. Las madres que estén embarazadas o criando experimentarán una mayor aflicción y desamparo por las atrocidades que los soldados romanos cometían frecuentemente con ellas y con los niños pequeños.

Pide a los suyos que rueguen para que estos hechos no sucedan en invierno ni en sábado: en invierno, a causa de las especiales incomodidades que provoca esta estación, en la que, entre otras cosas, Ios ríos llevan el máximo caudal y dificultan la huida; en sábado, por los escrúpulos que podían tener muchos judíos piadosos a caminar más de lo permitido ese día.

Será la calamidad más grande que ha conocido y conocerá la historia de la humanidad. Su magnitud no depende solamente del dolor que causa, sino también del valor de lo que se destruye. El pueblo judío va a desaparecer como nación: el pueblo que había sido llamado por Dios para ser su testigo entre las naciones. Todos los testimonios del amor de Dios van a ser arrasados.

Aunque nuestra situación histórica sea distinta de la que tenía la comunidad cristiana de entonces, es totalmente actual la existencia de fuerzas maléficas y que la humanidad está amenazada por ellas. Y es también actual que la fe debe hacerles frente.

No podemos tomar literalmente la invitación a la huida, porque equivaldría a invalidar la llamada anterior a la perseverancia. Con la imagen de la huida se nos quiere decir algo distinto: vigilancia y prontitud para actuar ante el mal.

Los discípulos deben saber que nunca serán probados por encima de sus posibilidades. Si los poderes del mal fueran desencadenados sin ningún freno y pudieran desfogarse, nadie se salvaría. Pero siempre hay un límite, porque Dios sostiene en la mano las riendas de la historia. No dejará destruir su plan sobre la creación. Por ello abreviará los días y la fuerza del mal.

"Aparecerán falsos cristos y falsos profetas..." Los falsos profetas ya fueron anunciados (Mt 7,15). Son una verdadera plaga. ¿No vivimos continuamente asediados por falsos profetas? Pero todavía es peor que se presenten los que afirman que son el Mesías. Y tampoco es raro que suceda. Han sido bastantes a lo largo de la historia los que se han presentado con la pretensión de ser la respuesta definitiva a los anhelos del hombre. ¿No lo son, de algún modo, la sociedad consumista que padecemos y las ideologías que prometen al hombre la felicidad plena para el "más acá"? Ante estos falsos cristos y falsos profetas, de gran éxito en nuestro mundo, ¿cuántas veces nos hemos preguntado si no es una equivocación creer? ¿Para qué vivir contra corriente si hasta la misma Iglesia jerárquica parece haberse acomodado, abandonando las exigencias evangélicas? ¿Pasa el evangelio de ser un bello sueño irrealizable? ¿Por qué les va tan mal a los que tratan de serle fieles, incluso ante los que más tenían que apoyar?...

Es posible que detrás de esta advertencia se encuentren ciertos sucesos históricos del tiempo de los evangelistas. La expresión "Cristo está aquí o allá" puede indicar cristianos exaltados, que daban la llegada de la parusía -segunda venida de Cristo- como inminente. Mateo habla de "desierto" y de "lugar retirado" como sitios posibles de donde se creía que vendría el "Cristo". El desierto era el lugar tradicional para reunir fuerzas y organizar un levantamiento. En lugares retirados -sótanos o habitaciones más escondidas de las casas- se tramaban las conspiraciones contra los poderes opresores. De ninguno de ellos vendría el Mesías. Su mesianismo no era el político y triunfalista que muchos esperaban y en el que muchos viven. Su venida "será como el relámpago", tan evidente que será vista por todos; de la misma manera -sigue Mateo- que el cadáver de un animal queda al descubierto en el desierto y es inevitable que, por su instinto, lo vean los buitres y las águilas y caigan sobre él.

Para la gran masa del pueblo, Jesús permanece desconocido. Su mesianidad está oculta, antes y ahora. Solamente tenemos el camino de la fe. Y, a causa de su oscuridad, es posible cambiarla, engañándonos a nosotros mismos.

El poder de seducción de estos falsos cristos y falsos profetas puede ser tan grande que lleguen a obrar señales y prodigios que causen asombro en los hombres. Son un constante peligro para los que intentan ser fieles, que podrían ser víctimas de ellos si Dios lo permitiese. Cuando son más peligrosos es cuando se presentan como el nuevo dios y la nueva religión. Todas las "renovaciones" hechas con poder y apoyadas por el dinero pueden tener este signo. Los efectos grandiosos que producen, recibidos como "señales y prodigios", no son signo del espíritu del bien. Incluso las curaciones y los milagros, que no pueden clasificarse entre las leyes de la naturaleza que conocemos, por sí solos no demuestran que son obrados por la virtud de Dios. Tampoco obras que son realizadas en nombre de la religión. Es necesario examinar la vida de estos hombres, porque ahí está la verdadera clave de interpretación.

En todas partes está al acecho el peligro de desorientación para el pueblo, de confundir al verdadero Mesías, que sólo busca la gloria del Padre, con los falsos mesías, que se buscan a sí mismos; de confundir a los verdaderos profetas con los falsos.

Reflexionemos seriamente sobre qué buscamos en la vida: si es el reino de Dios y su justicia (Mt 6,33), nuestro Mesías es Jesús de Nazaret; pero si pensamos que vivir el evangelio hoy -ser pobre, perseguido...- es imposible porque los tiempos han cambiado, es evidente que no lo es.

2. El retorno de Jesús al final de los tiempos

La venida del Hijo del hombre es el núcleo central en torno al cual gira todo el complejo discurso de Jesús. Las imágenes o metáforas empleadas para señalar la venida son las características de la tradición profética, en donde la intervención de Dios es siempre precedida por acontecimientos cósmicos excepcionales.

"El sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán". Son unas imágenes fuertes para indicarnos que Dios entra en escena.

Todos los acontecimientos aquí descritos tenemos que imaginárnoslos yuxtapuestos: destrucciones y guerras, confusión en la Iglesia, aparición de seductores. Ahora se añaden fenómenos en el universo, se anuncia el tiempo final con grandes señales en el espacio. Lo que aquí se describe no es la destrucción de un mundo, sino una escena de dimensiones cósmicas que nos prepara para presentarnos el gran acontecimiento: el retorno de Jesús.

Todo a base de elementos apocalípticos, que nos obliga a interpretar todo su contenido y enseñanza en función de este género literario. Se verán sacudidos los tres ámbitos de la creación, conforme a la idea de la época, que concebía el mundo dividido en tres pisos. En el firmamento, el sol, la luna y las estrellas dejarán de prestar sus servicios. En la tierra se verán las gentes presa de angustia y de desconcierto. El mar quedará abandonado a sus impulsos caóticos.

"Entonces verán al Hijo del hombre..." Es el término de la historia humana, el momento en que se acabará el tiempo. A pesar de la importancia que los evangelistas conceden al presente -un presente en el que cada uno debe asumir sus responsabilidades-, no se olvidan de dirigir la mirada de los cristianos hacia el futuro pleno y definitivo, en el que el reino de Dios quedará establecido. Lección imprescindible, ya que pensar la vida en cristiano es conceder al presente y al futuro la importancia que merecen, es saber que la vida humana es mucho más que el ahora y aquí; que el presente no recibe su plena significación más que en función del futuro, del esperado retorno de Cristo. ¿No es imprescindible que el hombre descubra que el sinsentido de la vida actual se transforma en sentido pleno y definitivo desde el futuro de Dios?

Es fundamental para el cristiano la esperanza que brota de la venida de Jesús al final de los tiempos. Por las opciones hechas hoy, gracias a la vigilancia vivida día a día, a través de la oración y del trabajo por la justicia..., nos vamos preparando para el misterioso encuentro, turbador y tranquilizante a la vez, con Jesús, en el que se resume el futuro del cristiano. En la agonía de los hombres que fracasan sin consuelo, en la falta de sentido de una sociedad que machaca a los mejores de sus hijos..., está llegando Cristo.

No importa que los astros hayan terminado su servicio. Los hombres tendrán posibilidad de "ver" gracias a la luz que emana directamente del Hijo del hombre. No habrá posibilidad de engaño; la mentira no tendrá ya lugar. Esta es una luz que ilumina cualquier zona de oscuridad, cualquier posibilidad de duda. ¿Exige la parusía la manifestación sensible y corporal de Cristo? Parece que no, si tenemos en cuenta el género literario en que está descrita y al que tenemos que acudir para valorarla. Lo mismo que no es necesario que el final del tiempo sea precedido de la destrucción del cosmos.

Con la aparición del Hijo del hombre cesarán los peligros y las persecuciones, se verá cumplida la esperanza, antes ridiculizada y escarnecida, de una fraternidad universal.

Aparecerá con gloria el reino que el discípulo siempre conoció por la fe. Reunirá "a sus elegidos de los cuatro vientos". No se alude al juicio de los malvados, como se hace en otros lugares. El único objetivo de la venida del Hijo del hombre es reunir a los suyos. Con esta imagen se describe la salvación de los que perseveren hasta el final.

Los que han dado la vida por el evangelio, se han desvivido por los demás, sin dejarse descorazonar por la maldad o la persecución, llegarán al reino definitivo.

En lugar de la reunión de los elegidos que nos narran Marcos y Mateo, Lucas escribe: "Levantaos, alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación". Y es que la tragedia y el dolor que trae consigo cada avance revolucionario de la historia nos acercan a la auténtica y total libertad de la vida.

Este anuncio de nuestra plena liberación tiene que suscitar en nosotros un poderoso sentimiento de esperanza. Esa llama frágil que cualquier soplo puede apagar. Una esperanza brutalmente desmentida tantas veces por la historia. ¿Cómo esperar entre tantas guerras, injusticias y crueldades...? ¿Cómo esperar cuando los que tienen el coraje de testimoniar a Jesús con su vida son perseguidos, acusados, condenados? De improviso, los papeles se cambian: precisamente el Hijo del hombre -derrotado, humillado y asesinado por los que más tenían que haberlo apoyado- aparece vencedor para pronunciar el juicio inapelable sobre la historia y sus llamados protagonistas... ¿Cómo no esperar ante semejante anuncio?

3. Parábola de la higuera

Lo mismo que los brotes de los árboles indican la cercanía del verano, los acontecimientos antes narrados señalan hacia el final del tiempo. Cuando la higuera retoña, cualquiera conoce que se acerca el buen tiempo. Lo mismo que el campesino está ejercitado en sacar sus conclusiones hasta de las pequeñas señales de la naturaleza, los cristianos debemos vivir atentos en el mundo y prestar atención a todo lo que en él ocurre.

La fe vivida con compromiso nos irá ofreciendo la debida interpretación. Sólo una señal nos puede anunciar el final de un mundo: la aparición del Hijo del hombre. Todas las demás señales pueden admitir varias interpretaciones. Tenemos que estar en vela, dándole a cada momento de la existencia la importancia que tiene; comprender que cada situación que vivimos es como una llamada de Dios a ser fieles al evangelio, a estar atentos a las personas que nos rodean, para decidir qué es lo que debemos hacer según el Espíritu de Jesús.

Cada momento es el último. No volverá. No habrá un futuro que repita el pasado y nos permita corregirlo. Del pasado podemos arrepentirnos, pero nunca cambiarlo. "No pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán". Las palabras de Jesús no dejarán de cumplirse: no son meras palabras de consuelo. Se hace duro perseverar con paciencia cuando la espera no tiene fin y cuando tantas y tantas cosas no tienen solución, al menos aparentemente. Marcos y Mateo concluyen: "El día y la hora nadie lo sabe.... sólo el Padre". Cualquier interpretación que fije una fecha exacta para el final del mundo queda eliminada. El día y la hora están reservados exclusivamente al conocimiento del Padre. Jesús debía comunicar a los hombres un mensaje determinado, con sus límites y sus fronteras. Y en este mensaje no entraba satisfacer la curiosidad de los hombres con respecto al final de la historia.

Tenemos que caminar tratando de ser fieles al evangelio, sin pretender conocer días ni horas. La plenitud llegará, pero cuando el Padre quiera. Ciertamente, habrá un fin: individual primero, universal después. Pero no será el acabamiento de todo, sino un cambio. Será el final de una etapa para iniciar otra: la definitiva. No se trata de indagar cuándo sucederán todas estas cosas, sino de saber cómo debemos comportarnos en la espera.

 

P. Antonio Izquierdo

Nexo entre las lecturas


Al terminar el ciclo litúrgico B la liturgia de la Iglesia no puede ofrecernos un mejor tema que el de la esperanza. Daniel, mirando esperanzadamente hacia el futuro, profetizará: "Entonces se salvará tu pueblo, todos los inscritos en el libro". En el discurso escatológico Jesús ve el cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento: "El Hijo del hombre... reunirá de los cuatro vientos a los elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo" (Evangelio). El autor de la carta a los Hebreos contempla a Cristo sentado a la derecha de Dios, esperando hasta que sus enemigos sean puestos como escabel de sus pies (segunda lectura). 


Mensaje doctrinal


1. 
No un reportaje, sino un misterio. Ni los profetas ni los evangelistas fueron reporteros de su tiempo, mucho menos del fin de los tiempos, que a la vez que desconocen no dejan empero de anunciar. Mediante un lenguaje misterioso, marcadamente simbólico, intentan meternos a los lectores u oyentes en el misterio del fin del tiempo y de la historia. Es necesario por tanto estar atentos para no confundir lenguaje y mensaje. El lenguaje no puede no ser antropomórfico: el fin del mundo visto como una conflagración universal aterradora, una especie de terremoto cósmico que conmueve el universo entero y lo destruye por completo, un cataclismo imponente cuyo fuego incandescente devora abrasador toda la materia. Oculto tras esta representación escénica de impresionante viveza, hay un mensaje divino: "El mundo no es eterno. La historia tendrá un fin". El ropaje literario, propio de la apocalíptica judía, muy apropiado para los tiempos que corrían de persecución (en el caso de Daniel la persecución de Antíoco IV Epifanes, en tiempos de Marcos posiblemente la de Nerón), no debe distraernos, mucho menos angustiarnos, y menos todavía ocultarnos y hacernos perder el mensaje de revelación de Dios. El mensaje es revelación de Dios, y por tanto cierto, irrevocable, verdadero, válido. "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán". En cuanto misterio, sin embargo, no está al alcance de nuestro humano conocimiento ni es manipulable para satisfacción de nuestra curiosidad o de nuestro orgullo. Como misterio es irrupción imprevisible, aparición repentina e inasible, desvelamiento inesperado y deslumbrante. Como misterio se espera de Dios, el Señor del misterio, en actitud vigilante y confiada. 

2. 
El fin de la vida y el fin del tiempo. Para el evangelista Marcos la destrucción de Jerusalén y del templo sirve de símbolo de los tiempos finales del mundo y de la historia. Igualmente, la imagen de la higuera desde que florece en primavera hasta que maduran los higos sirve para señalar el tiempo intermedio entre la historia concreta de su época y el final de la historia. Hay pues una relación entre el tiempo y la eternidad, entre el fin de una época y el fin de la historia, entre el fin de la vida y el fin del tiempo. Entre ambos fines hay ciertas semejanzas: en primer lugar, la certeza del fin, evidente respecto al fin de la vida, objeto de fe respecto al del tiempo; luego, su carácter imprevisible, totalmente en cuanto al fin del tiempo, parcialmente en cuanto al fin de la vida; además, su valor decisivo: en un caso se decide sobre la suerte del individuo, en el otro sobre la suerte de la humanidad entera. Finalmente, ambos revelan la condición del hombre y de su mundo, una condición limitada, imperfecta, precaria, que remite necesariamente a otra realidad superior donde esa condición recibe perfección y completamiento. De esta manera el final de la vida equivale en cierto modo al final del tiempo para cada ser humano; y el final del tiempo en alguna manera está prefigurado en el final de la vida. Con la muerte, podemos decir, llega a cada hombre el final de su tiempo en espera del final de todos los tiempos. Ambos finales se viven a la luz resplandeciente de la esperanza cristiana. 


Sugerencias pastorales


1. 
Esperanza y esperanzas. Es un tópico decir que el hombre vive de esperanza. Y es verdad. El niño espera hacerse grande o tener una motocicleta. El estudiante espera aprobar los exámenes. Los recién casados esperan tener un hijo. El desocupado espera encontrar un trabajo. El encarcelado espera dejar cuanto antes la cárcel. El comerciante que acaba de montar un negocio espera que le vaya bien... Esperanzas, esperanzas, esperanzas. Todas buenas, legítimas, incluso necesarias. Pero al fin y al cabo esperanzas pequeñas, esperanzas de calderilla. Esperanzas unidas a un bien que no tenemos y que deseamos poseer. Esperanzas que nos remiten a la Esperanza, con mayúscula, en singular, que nos remonta desde las circunstancias mismas de la vida diaria y corriente hasta Dios Nuestro Señor. Esperanzas que no siempre son satisfechas, que nos pueden engañar y desilusionar, que en su poquedad y labilidad nos hacen pensar en aquella Esperanza que no engaña, que mantiene despierta siempre la ilusión y que goza de inamovible firmeza y de absoluta garantía. La Esperanza con mayúscula no es fruto de nuestro esfuerzo ni de nuestros ardientes deseos, sino gracia y carisma del Espíritu, virtud teologal que tiene por anhelo al mismo Dios y la unión definitiva y perfecta con Él. Es ésta la esperanza que nos da acceso a la plenitud y a la realización de nuestro ser personal desde Dios, en Dios y con Dios. Es la Esperanza que todos debemos tener, que a todos deseo. 

2. 
Un "happy end" para el cristiano. Jesucristo al hablar de la hora final, según el evangelio de Marcos, menciona sólo a los elegidos; de los condenados, si es que hubiere, cosa que nos es desconocida, no se nos dice nada en Marcos. El último día se cerrará con un happy end. ¡Que lo sepan y tengan presente todos los profetas de calamidades! La suerte final de cada hombre está envuelta en el misterio más absoluto (sabemos solamente que están en el cielo los santos canonizados), pero un final como el del evangelio de hoy infunde un gran consuelo y una extraordinaria confianza en el poder y en la misericordia de Dios. Porque hemos de saber que no sólo estamos en espera en este mundo, sino que somos esperados en el otro primeramente por Dios, pero luego por la santísima Virgen María, por los santos, por nuestros familiares, por todos nuestros seres queridos. Todos los que nos esperan están interesados en que nuestra vida termine bien, en que la historia de la humanidad y del universo culmine con un happy end solemne y general. Para eso Cristo, nuestro sumo Sacerdote, murió en una cruz y ahora, entronizado junto a su Padre, nos espera para darnos el abrazo de la comunión definitiva y perfecta. Nos lo dará si nos dejamos santificar por él, es decir, si permitimos que haga fructificar los frutos de su redención en nosotros.

 

OCARM

Meditatio 

a) Algunas preguntas:  

               Después de aquella tribulación. La vida humana lleva las señales del trabajo, el sello de la muerte preñada de vida nueva: ¿Podemos contarnos entre los elegidos que serán reunidos desde los cuatro vientos? 

               El Hijo del hombre viene sobre las nubes: ¿Seremos capaces de levantar la mirada desde nuestra miseria para verlo llegar sobre el horizonte de nuestra vida? 

               Aprended de la higuera: El hombre tiene tanto que aprender y no debe buscar quién sabe en dónde. La naturaleza es el primer libro de Dios. ¿Tenemos voluntad para abrirlo, o quizás le rompemos las páginas creyendo que es nuestro? 

               Todo pasa, sólo la Palabra de Dios permanece para siempre. Cuántas palabras vanas, cuántos sueños y placeres arrebatados por el tiempo que inexorablemente se lleva todo lo que tiene fin. La roca sobre la que habíamos construido a nosotros mismos ¿es la roca de la Palabra del Dios viviente? 

               Aquel día y aquella hora ninguno la conoce: no está en nosotros el saberlo. El Padre lo sabe. ¿Estamos dispuestos a creerlo? 

 

b) Clave de lectura: 

El profundo cambio del cosmo descrito por Marcos entre metáforas y realidades anuncia la inminencia del fin que nos introduce en una inmensa novedad. La aparición del Hijo sobre las nubes abre a la humanidad a la dimensión celeste. Él no es un juez inapelable, sino un Salvador potente, que aparece en el esplendor de su gloria divina, para reunir a los elegidos, para hacerlos partícipes de la vida eterna en el reino dichoso del cielo. No hay en Marcos escena de juicio, amenaza o condena... queriendo suscitar la esperanza y alimentar la espera, se anuncia la victoria final. 

               vv. 24-25. Después de aquella tribulación, el sol se oscurecerá... a la gran tribulación se opone una nueva realidad. El evangelista considera vecina la parusía, aunque permanece oculta la hora. La desintegración del cosmo está descrito con expresiones típicas del leguaje apocalíptico, con una forma estilística cuidada: los cuatro elementos están dispuestos de dos en dos, recurriendo al paralelismo. Es evidente el reclamo a Is. 13,10 cuando se habla de oscurecerse tanto el sol como la luna, y a Is. 34, 4 cuando se habla de la convulsión de las potencias que están en los cielos. 

               v. 26. Entonces verán al Hijo del Hombre que viene entre nubes con gran poder y gloria. Es el punto culminante del discurso escatológico de Marcos. El tiempo de la espera se cumple, llega el momento de la recapitulación de todo en Cristo. El fin del mundo no es otra cosa que premisa de la parusía gloriosa del Hijo del hombre prevista por Daniel 7,13. Las nubes indican la presencia de Dios que en las teofonías le sirven para descender sobre la tierra. Los atributos de la soberanía divina, el poder y la gloria, recordados por Jesús ante el sanedrín (14, 62), no son una amenaza para el hombre, sino la proclamación solemne de la dignidad mesiánica que trasciende la humanidad de Cristo. 

               v. 27. Entonces enviará a los ángeles y reunirá de los cuatro vientos a sus elegidos, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo. Con este primer acto del Hijo del hombre, aparece el verdadero significado de la parusía: la salvación escatológica del pueblo de Dios, disperso por el mundo. Los elegidos serán todos reunidos. Ninguno será olvidado. No se habla de castigo para los enemigos ni de catástrofes punitivas, sino de unificación. Y existirá un lugar extraño a esto, porque desde la extremidad de la tierra hasta la extremidad del cielo, los ángeles reunirán a los hombres en torno a Cristo. Es un encuentro glorioso. 

               v. 28. De la higuera aprended esta parábola: cuando ya sus ramas están tiernas y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca. La parábola de la higuera nos viene a decir la certeza y la proximidad de los sucesos anunciados, y de modo particular la venida del Hijo del hombre, prefigurada en la cercana pasión, muerte y resurrección. El mandato dirigido a los oyentes: ¡Aprended! revela el sentido parentético de la semejanza: es una invitación a penetrar profundamente en el sentido de las palabras de Jesús para comprender el proyecto de Dios sobre el mundo. El árbol de la higuera que pierde sus hojas en el avanzado otoño y le renacen ya tarde con respecto a las otras plantas, pasada la primavera, anuncia la llegada del verano. 

               v. 29 Así también vosotros, cuando veáis que sucede esto, sabed que Él está cerca, a las puertas. El hombre puede conocer el diseño de Dios por las cosas que acontecen. ¿Cuáles son las cosas que acontecen? Marcos ha hablado en el v. 14 de la abominación de la desolación. Esta es la señal, la señal del fin, o sea de la parusía, de la aparición del Hijo del hombre. Estas cosas que son el principio de los dolores, nos llevarán a un nuevo nacimiento, porque Él está cerca, a las puertas. 

               v.30. Yo os aseguro que no pasará esta generación hasta que todo esto suceda. Se han hecho muchas hipótesis sobre el significado de esta generación. Más que de una afirmación cronológica se trata de una expresión cristológica. La Iglesia primitiva siempre ha afirmado, aun esperando una venida en breve término del Señor, lo incierto del momento preciso. Todo creyente que lee esto, en cualquier tiempo, puede creerse como haciendo parte de esta generación. 

               v.31. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. La certeza de que las palabras del Señor no pasarán jamás, infunde confianza a cualquiera que reflexione sobre la caducidad del mundo y de las cosas del mundo. Construirse sobre la Palabra de Dios permitirá que no subsista la abominación de la desolación y que el sol, la luna y las estrellas no pierdan su esplendor. El hoy de Dios se convierte para el hombre en la única vía para llegar a si mismo, porque si en sus palabras no existe ni el ayer ni el mañana, no deberá temer ya la muerte. 

               v. 32 Mas de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre. El final es cierto, pero el conocimiento de cuando vendrá, está reservado al Padre. Jesús no ha dicho nunca nada de preciso sobre esto. Por tanto, si alguno pretende referirse a una presunta enseñanza de Jesús, miente. El final hace parte de los secretos insondables que configuran el misterio de Dios. La misión del Hijo es la actuación del Reino, no la revelación del cumplimiento de la historia humana. Jesús comparte así, hasta el fondo, su condición humana. Con su kénosis voluntaria está muy bien de acuerdo la posibilidad de ignorar el día y la hora del fin del mundo. 

 

c) Reflexión:

               La tribulación como pan cotidiano para la vida del hombre es señal de la venida del Hijo de Dios. Una vida preñada de un rostro nuevo tiene que conocer los dolores del parto. Dispersos hasta la extremidad de la tierra, lejos los unos de los otros, los hijos del Altísimo serán reunidos de los cuatro vientos, por el espíritu divino que recorre la tierra. El Hijo del hombre viene sobre las nubes, mientras nuestra mirada está fija en la tierra, en nuestras obras de fango, perdido entre las lágrimas de la disolución y del engaño. 

               Cuando seamos capaces de levantar la mirada desde nuestra miseria para verlo llegar al horizonte de nuestra historia, la vida se llenará de luz, y aprenderemos a leer su escritura sobre la arena de nuestro pensar y querer, de nuestro caer y soñar, de nuestro caminar y aprender. 

               Cuando tengamos el valor de deshojar las páginas de la vida de cada día y recoger las semillas de la Palabra eterna arrojadas sobre los surcos de nuestro ser, encontrará paz nuestro corazón. Y las vanas palabras, los placeres tragados por el tiempo, no será sino un recuerdo perdido porque la roca sobre la cual nos hemos construidos a nosotros mismos será la Palabra del Dios viviente. Si aquel día y aquella hora ninguno la sabe, no es para nosotros el indagar. El Padre la sabe y nosotros nos fiamos de Él. 

 

Oratio

 

Sabiduría 9,1-6,9-11 

 

«Dios de mis antepasados, Señor de misericordia, que hiciste todas las cosas con tu palabra, y con tu sabiduría formaste al hombre para que dominase sobre tus criaturas, gobernase el mundo con santidad y justicia y juzgase con rectitud de espíritu; dame la Sabiduría entronizada junto a ti, y no me excluyas de entre tus hijos. Porque soy siervo tuyo, hijo de tu esclava, un hombre débil y de vida efímera, incapaz de comprender el derecho y las leyes. Pues, aunque uno sea perfecto entre los hombres, si le falta la sabiduría que viene de ti, será tenido en nada. Contigo está la Sabiduría que conoce tus obras, que estaba a tu lado cuando hacías el mundo, que conoce lo que te agrada y lo que es conforme a tus mandamientos. Envíala desde el santo cielo, mándala desde tu trono glorioso, para que me acompañe en mis tareas y pueda yo conocer lo que te agrada. Ella, que todo lo sabe y comprende, me guiará prudentemente en mis empresas y me protegerá con su gloria. 

 

Contemplatio 

Señor, miro la rama tierna de la higuera que es mi vida y espero. Mientras las sombras de la tarde se alargan sobre mis pasos, recapacito en tus palabras. Cuánta paz en el corazón mientras la mente deja vagar el pensamiento sobre ti. En tu tiempo mi espera de ti se cumple. En mi tiempo tu espera de mi se cumple. El tiempo, como un misterio de pasado y futuro, de eterno presente. Las olas del hoy se quiebran en las experiencias llameantes de tu Presencia y me recuerdan a los juegos sobre la arena que puntualmente el mar me destruye. Y sin embargo soy feliz. Feliz de mi nada, de mi arena que no queda en pie, porque una vez más tu Palabra escribe. Tratamos de pararnos en el tiempo, escribiendo y hablando, realizando obras excelsas que resistan la intemperie de los siglos. Y tú, sin embargo, te paras a escribir sobre la arena, para realizar obras de amor que tienen el perfume de una lepra acariciada y no temida, el sonido de voces roncas y sin forma como subfondo de cada día. El sabor de una venganza esfumada y de un abrazo dado de nuevo... obras que no quedan sino en el corazón de Dios y en la memoria de aquéllos que viven, atentos a las huellas del vuelo de una paloma en el cielo de la propia existencia. Que yo pueda mirar cada día las nubes y consumarme en la nostalgia de tu regreso, tierno amor del alma mía. Amén
XXXIII DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

Antífona de entrada     Jer 29, 11. 12. 14
Dice el Señor: Yo tengo designios de paz, y no de aflicción.
Invóquenme y los escucharé
y pondré fin a su cautiverio.

Oración colecta
Señor y Dios nuestro,
concédenos vivir siempre con alegría bajo tu mirada,
ya que la felicidad plena y duradera
consiste en servirte a ti, fuente y origen de todo bien.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Señor, que esta ofrenda
sea agradable a tus ojos,
nos otorgue la gracia de servirte con amor,
y nos obtenga los gozos eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión     Mc 11, 23. 24
Dice el Señor: Cuando pidan algo en la oración,
crean que ya lo tienen, y lo conseguirán.

Oración después de la comunión
Después de haber recibido los dones pascuales
te pedimos humildemente, Señor,
que la Eucaristía que tu Hijo nos mandó celebrar en su memoria
aumente la caridad en todos nosotros.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

 


 

LECCIONARIO BIBLICO


En aquel tiempo, será liberado tu pueblo

Lectura de la profecía de Daniel     12, 1-3

En aquel tiempo,
se alzará Miguel, el gran Príncipe,
que está de pie junto a los hijos de tu pueblo.
Será un tiempo de tribulación,
como no lo hubo jamás, desde que existe una nación
hasta el tiempo presente.
En aquel tiempo, será liberado tu pueblo:
todo el que se encuentre inscrito en el Libro.
Y muchos de los que duermen en el suelo polvoriento
se despertarán, unos para la vida eterna,
y otros para la ignominia, para el horror eterno.
Los hombres prudentes resplandecerán
como el resplandor del firmamento,
y los que hayan enseñado a muchos la justicia
brillarán como las estrellas, por los siglos de los siglos.

Palabra de Dios.
 
 
SALMO     Sal 15, 5. 8-11
 
R.
 Protégeme, Dios mío, porque me refugio en ti.

El Señor es la parte de mi herencia y mi cáliz,
¡Tú decides mi suerte!
Tengo siempre presente al Señor:
Él está a mi lado, nunca vacilaré. 
R.
 
Por eso mi corazón se alegra,
se regocijan mis entrañas y todo mi ser descansa seguro:
porque no me entregarás a la muerte
ni dejarás que tu amigo vea el sepulcro. 
R.
 
Me harás conocer
el camino de la vida,
saciándome de gozo en tu presencia,
de felicidad eterna a tu derecha. 
R.


Mediante una sola oblación,
Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica

Lectura de la carta a los Hebreos     10, 11-14. 18
 
    Hermanos:
    Los sacerdotes del culto antiguo se presentan diariamente para cumplir su ministerio y ofrecer muchas veces los mismos sacrificios, que son totalmente ineficaces para quitar el pecado. Cristo, en cambio, después de haber ofrecido por los pecados un único Sacrificio, se sentó para siempre a la derecha de Dios, donde espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies. Y así, mediante una sola oblación, Él ha perfeccionado para siempre a los que santifica.
    Y si los pecados están perdonados, ya no hay necesidad de ofrecer por ellos ninguna otra oblación.
 
Palabra de Dios.
 
 
ALELUIA     Lc 21, 36

Aleluia.
Estén prevenidos y oren incesantemente:
así podrán comparecer seguros
ante del Hijo del hombre.
Aleluia.

 
EVANGELIO

Congregará a sus elegidos,
desde los cuatro puntos cardinales

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos     13, 24-32
 
    Jesús dijo a sus discípulos:
    En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y Él enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
    Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta.
    Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.
 
Palabra de Dios.

 

 


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