Domingo 34 del Tiempo Ordinario (B)
Liturgia Viva del Domingo de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Para ustedes, todas las bendiciones de Jesucristo,
nuestro Rey y Señor salvador,
el principio y fin de todo lo que existe,
el que es, el que era y el que viene.
Que su paz y su gracia estén siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. Un Rey diferente, como Ninguno
La palabra “Rey” nos remite a poder, riquezas, esplendor. En la fiesta de hoy de Cristo Rey, ¿qué clase de rey se nos presenta? Un hombre que lleva una corona de espinas, vestido con un manto de púrpura para mofarse de él como de un rey farsante, y de pie como un criminal acusado ante Pilatos, quien representa a los poderes del mundo. ¿Dónde se puede encontrar el verdadero poder de Cristo como Rey? En la verdad del poder del amor de Dios, para el que Cristo vino a testificar, amando hasta el fin con auténtica actitud de servicio. Dios Padre nos ama totalmente en su Hijo Jesús. Por eso Jesús es nuestro Señor y Rey.
2. Un Rey en el Trono de la Cruz
Jesús colgó de la cruz, y así murió. Junto a él había uno de los dos criminales que morían también con él. Y allí tuvo lugar uno de los más extraños diálogos nunca realizados: El bandido, impresionado por la mesura y serenidad de Jesús, le dijo, “Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino”. Y Jesús respondió: “Hoy estarás conmigo en el paraíso.” ¡Un hombre condenado a muerte, agonizando en la cruz aparentemente por una causa criminal, promete un reino y un paraíso de felicidad! Esto proclama por sí solo, fuertemente, qué clase de rey celebramos hoy: Cristo, el rey no de poder y riqueza, sino de verdad, entrega, amor y paz.
Acto Penitencial (Dos Opciones)
1. Rey Diferente, como Ninguno
¿Hasta qué medida hemos seguido a Cristo nuestro rey
en su actitud de servicio, amor y verdad?
Examinémonos brevemente ante el Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, rey de nuestros corazones,
tú naciste uno de nosotros
en la pobreza de un pesebre en una cueva de Belén:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, rey de los hombres,
tú viniste a ser el siervo de todos,
especialmente de los enfermos, los débiles y pecadores:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, rey del universo,
tu amor llegó tan lejos y tan profundo
que te llevó a entregar tu propia vida por todos:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Concédenos, Padre compasivo, tu perdón sanador
y haznos participar en tu reinado
ayudándonos a crecer en tu verdad,
tu amor y tu espíritu de servicio.
Llévanos a la vida eterna. R/ Amén.
2. Un Rey en el Trono de la Cruz
No hemos hecho suficientemente visible
el reino del amor de Dios.
Por ello pidamos perdón al Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, tuyo es el reino
de un amor totalmente entregado.
¡A ti toda alabanza!
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tuyo es el reino
de justicia, administrada hasta a los más débiles y pobres.
¡A ti toda alabanza!
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tuyo es el reino
de la verdad fiable y sincera
¡A ti toda alabanza!
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, por tu gran misericordia
perdona nuestros pecados.
Vive y reina en nosotros,
y llévanos al gozo de la vida eterna. R/ Amén.
Oración Colecta
Roguemos para que sepamos reinar con Jesús,
sirviendo como él.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Cuando quisiste mostrarnos
que tú eres el dueño de todo
y el Señor de todos los hombres,
nos enviaste a Jesús tu Hijo
como el humilde siervo de tu amor,
que ofreció su vida por todos en la cruz.
Danos suficiente fe para aprender de él
que servir es reinar
y que dar nuestra vida por nuestros hermanos
es encontrar una alegría y felicidad
que nadie nos puede arrebatar.
Te lo pedimos en el nombre de Cristo,
que es nuestro Rey y Señor, ahora
y por los siglos de los siglos.
Primer Lectura (Dan 7,13-14): Hijo del Hombre y Rey Eterno
En la visión de Daniel, un “hijo del hombre” unificará al pueblo en su reino. Este “hijo del hombre” apunta precisamente Jesús.
Segunda Lectura (Ap 1,5-8): Todo Poder y toda Gloria a Cristo
Hemos sido escogidos para participar en la victoria de Cristo sobre el mal y la muerte, y para invitar a todos los hombres y a todo el mundo a dar culto a Dios.
Evangelio (Jn 18:33b-37): Mi Reino no es de Este Mundo
Jesús reconoce ante Pilatos que es rey. Pero su reino no se basa ni en fuerza ni en violencia. Es el reino de los que aceptan libremente la verdad y la vida de Cristo.
Oración de los Fieles (Basado en un texto de René Mouret)
Oremos a Cristo, nuestro Rey, para que reine en medio de todos los hombres por el poder de su amor. Digamos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo libre. Por los líderes de las naciones que aman la libertad y la instauran en sus países, y también, por el contrario, por los que la estrangulan y matan, oprimiendo así a sus pueblos, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo de hermanos. Por los que respetan y defienden la dignidad y los derechos de los demás, y también, por el contrario, por los que oprimen a sus hermanos y sólo defienden sus propios intereses egoístas, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo de testigos. Por los cristianos que viven intensamente su fe, y también, por el contrario, por los que desgraciadamente han dejado enfriar o incluso morir su fe, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo que viva en la verdad. Por aquellos en cuyas palabras y obras podemos confiar, y también, por el contrario, por los que engañan, viven de la mentira y te traicionan a ti y a los hermanos, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo orientado hacia servicio. Por todos los que ayudan y se cuidan de los demás, y también, por el contrario, por los que solamente piensan en sí mismos sin importarles nada los demás, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Bendito seas, Señor, rey del universo, que viniste a hacer de nosotros un pueblo de esperanza. Por todos los que con optimismo siguen esforzándose y trabajando por todo lo bueno, y también, por contraste, por los que se rinden y se dejan llevar por el pesimismo y desaliento, con confianza te pedimos:
R/ Señor, que venga a nosotros tu reino.
Señor y Rey nuestro, contigo queremos llevar las cargas de nuestros hermanos. Que su peso sea ligero, ya es una carga de entrega y amor. Danos fortaleza ahora y por siempre. Amén.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre nuestro:
Tú has puesto en nuestras manos
un pedazo de pan y un sorbo de vino,
pero también nos has confiado
el crecimiento de tu reino
y el futuro del mundo.
Haz tangible y efectivo este crecimiento y este futuro
dándole el nombre y la fuerza de Jesús, tu Hijo.
Como él y con él, queremos entregarnos totalmente
a ti y a los hermanos,
con amor generoso y con dedicado servicio.
Te lo pedimos en nombre del mismo Jesús, el Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
En esta eucaristía celebramos cómo Cristo nos liberó del pecado por su sangre derramada y nos trajo vida por su resurrección. Con él damos gracias a nuestro Padre del cielo, y pedimos que sepamos vivir seriamente entregados a él y a su reino.
Introducción al Padre Nuestro
Con Jesús, nuestro Señor y Rey,
rogamos a nuestro Padre en el cielo
que su reino crezca entre nosotros.
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y concede a este nuestro mundo dividido
la paz del reino de tu Hijo.
Líbranos de los pecados
por los que él por amor murió en la cruz.
En las dificultades y pruebas de la vida,
danos la certeza,
de que los que le sirven lealmente
tendrán parte en su alegría
en la venida gloriosa del reino
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, nuestro Rey y Señor,
que es el principio y el fin,
y quien da sentido a nuestras vidas.
Dichosos nosotros invitados
a la mesa de su reino. R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Pilatos dijo de Jesús, tu Hijo:
“He aquí al hombre – Miren a su rey.”
Jesús ha estado con nosotros ahora
y le hemos reconocido en fe
como tu Hijo eterno, como un hombre y como nuestro rey.
Haznos responder generosamente a este desafío
para llegar a ser, como él, gente que vive para los demás,
que puede dar un rostro, una voz,
un corazón y un nombre a tu amor
siempre listo para el servicio.
Ayúdanos a acogerle como al origen y al fin
de todo lo que somos y hacemos.
Que él sea nuestro Rey y Señor
por los siglos de los siglos.
Bendición Solemne
Hermanos: Inclinen la cabeza con reverencia
y rueguen por la bendición del Señor.
Que la Buena Noticia del reino se extienda
y enriquezca a todos los pueblos y culturas
por todas partes del ancho mundo. R/ Amén.
Que el reinado de Cristo crezca entre nosotros
como un reino de justicia, amor y paz. R/ Amén.
Que la luz de la verdad de Cristo ilumine a todos
y que su amor servicial esté vivo en todos nosotros. R/ Amén.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y nos acompañe siempre. R/ Amén
Podemos ir en la paz y en el nombre de Cristo, Rey y Señor.
Él está cerca
No todo está perdido. Cuando el mal parece triunfar, brilla con más fuerza la luz de la esperanza. Ése es el mensaje de la primera lectura de hoy, donde se describe el tiempo final, donde ya no serán posibles las componendas: todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. El conflicto contra las fuerzas del mal se convertirá en lucha abierta, y el pueblo de Dios experimentará la protección extraordinaria del arcángel san Miguel. Será, por tanto, un tiempo de extrema angustia y, a la vez, de salvación para quienes hayan sido fieles.
El Señor conoce a los suyos uno a uno, porque los ama, porque sus nombres están escritos en su libro: no podrá olvidarlos. Tendrá lugar, por consiguiente, el traslado del tiempo a la eternidad; se anticipa aquí la resurrección universal en la que cada uno recibirá su destino eterno de vida o de condena, según sus propios méritos y su propia conducta. Los sabios, los justos, o sea, los que hayan recorrido el camino de la santidad y ayudado a otros a recorrerlo, resplandecerán con una gloria eterna.
Hay una llamada concreta la final de la primera lectura. «Enseñar la justicia a las multitudes». Esta frase nos caerá, con seguridad, bastante grande. Pero si entendemos por «multitud» lo que entendían los anarquistas que decían «dos ya son multitud», a lo mejor no nos viene ya tan grande. Podemos colaborar, contribuir a que la Iglesia se regenere y rejuvenezca comunicando nuestra fe en el Señor, nuestro sentido de Iglesia y nuestro amor a la Iglesia a las gentes de nuestra generación y de las generaciones que vienen detrás. La fe es una antorcha que se enciende en otra antorcha. Hace muchos años, yo recibí la Confirmación, como muchos de vosotros también. ¡Cuánta gente hizo posible este paso! Pero, por otro lado, eso me ayudó a entender que me tocaba acercar mi antorcha a la de otros (otros jóvenes, otros niños) para que no se extinguiera la luz de Cristo en el mundo. Y comenzó un camino, que llega hasta el día de hoy.
La segunda lectura intenta responder a la pregunta de por qué el pecado no ha sido eliminado del mundo, no solamente entre los paganos, sino también entre los cristianos. Es una pregunta justa, por qué el mal parece estar por todas partes. El autor de la Carta a los Hebreos nos recuerda que, aunque la suerte de todos los enemigos del bien está ya establecida, todavía no han sido sometidos bajo los pies de Cristo. Hay que esperar a que su victoria se manifieste plenamente. Es otro motivo para no angustiarse, porque ya ha sido derrotado el mal por la muerte y resurrección de Cristo. Aunque en el mundo siga existiendo el mal, la miseria y el pecado, no podemos angustiarnos. Quien se deje llevar del pánico frente a un enemigo que ya ha sido derrotado, demuestra tener una fe muy débil.
Encontramos en la Biblia textos que hablan de las dificultades, dolores y pruebas que aparecen en los diferentes momentos de la vida de una persona, o en la historia de un pueblo. Para afrontar esos momentos de crisis, hay en el Evangelio de Marcos unas llamadas a la fidelidad y a la vigilancia, para no desfallecer.
Caigamos en la cuenta de que el mensaje del Evangelio nunca es catastrofista. Incluso cuando habla de catástrofes, hay sitio para la esperanza. “Cuando comience a suceder todo esto, enderezaos y levantad la cabeza, porque ha llegado el día de vuestra liberación” (Lc 21,28). Aunque todo parezca mal, aunque haya mucha violencia en el mundo, mientras que el no creyente se rinde, porque la desesperación no le deja ver la salida, nosotros, los creyentes, podemos permanecer firme en medio de la prueba, sabiendo que, en todo lo que sucede, se puede entrever el preludio de un acontecimiento feliz, el nacimiento de la nueva humanidad.
Las lecturas de hoy no son catastrofistas, porque presentan a los que han vivido con sabiduría como estrellas que brillan en el cielo. También se habla de Cristo como el Vencedor que espera que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Es Él, El que viene con poder y gloria, para reunir a sus elegidos de todos los puntos cardinales, la fuente de nuestra esperanza.
Las lecturas también nos invitan a velar, a estar alerta y buscar los signos del Reino de Dios cada día. Porque el Señor llama a menudo a nuestra puerta, y no siempre estamos atentos, para abrirle. Hay distintos momentos en nuestro vivir. En ocasiones es el tiempo del anhelo, de lo fascinante, de la alegría. A veces, es el tiempo de la experiencia del perdón. Para escuchar palabras de misericordia. Y hay un tiempo para optar. Para decidir seguir la senda de la luz o de la oscuridad. Cada cristiano conoce en carne propia esa lucha, alrededor de cada uno y dentro de sí. Por eso la importancia de la vigilia, para combatir el buen combate de la fe. Ese combate en el que ya ha resultado ganador Jesucristo, pero que continúa luchando en nosotros, para que sea derrotado el mal, para que se extienda más y más el Reino, hasta el día que solo Dios Padre conoce.
La palabra de Dios nos decía el domingo pasado: «Dios puede llamar a la puerta de la casa del pobre». Y la palabra de Dios, con su lógica particular, nos dice: «dad y se os dará». Él está cerca. Que no se nos olvide. Y que su Espíritu de amor y fortaleza nos haga a todos cristianos auténticos, más presentes en la historia del hombre y más inclinados al día de Dios.
EVANGELIO
Tú lo dices: soy rey.
+ Lectura del santo evangelio según san Juan 18, 33b-37
En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús le contestó: «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?». Pilato replicó: «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Conque, ¿tú eres rey?». Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
Palabra de Dios.
LO DECISIVO
El juicio contra Jesús tuvo lugar probablemente en el palacio en el que residía Pilato cuando acudía a Jerusalén. Allí se encuentran una mañana de abril del año 30 un reo indefenso llamado Jesús y el representante del poderoso sistema imperial de Roma.
El evangelio de Juan relata el dialogo entre ambos. En realidad, más que un interrogatorio, parece un discurso de Jesús para esclarecer algunos temas que interesan mucho al evangelista. En un determinado momento Jesús hace esta solemne proclamación: "Yo para esto nací y para esto he venido al mundo: para ser testigo de la verdad. Todo el que pertenece a la verdad, escucha mi voz".
Esta afirmación recoge un rasgo básico que define la trayectoria profética de Jesús: su voluntad de vivir en la verdad de Dios. Jesús no solo dice la verdad, sino que busca la verdad y solo la verdad de un Dios que quiere un mundo más humano para todos sus hijos.
Por eso, Jesús habla con autoridad, pero sin falsos autoritarismos. Habla con sinceridad, pero sin dogmatismos. No habla como los fanáticos, que tratan de imponer su verdad. Tampoco como los funcionarios, que la defienden por obligación, aunque no crean en ella. No se siente nunca guardián de la verdad, sino testigo.
Jesús no convierte la verdad de Dios en propaganda. No la utiliza en provecho propio sino en defensa de los pobres. No tolera la mentira o el encubrimiento de las injusticias. No soporta las manipulaciones. Jesús se convierte así en "voz de los sin voz, y voz contra los que tienen demasiada voz" (Jon Sobrino).
Esta voz es más necesaria que nunca en esta sociedad atrapada en una grave crisis económica. La ocultación de la verdad es uno de los más firmes presupuestos de la actuación de los poderes financieros y de la gestación política sometida a sus exigencias. Se nos quiere hacer vivir la crisis en la mentira.
Se hace todo lo posible para ocultar la responsabilidad de los principales causantes de la crisis y se ignora de manera perversa el sufrimiento de las víctimas más débiles e indefensas. Es urgente humanizar la crisis poniendo en el centro de atención la verdad de los que sufren y la atención prioritaria a su situación cada vez más grave.
Es la primera verdad exigible a todos si no queremos ser inhumanos. El primer dato previo a todo. No podemos acostumbrarnos a la exclusión social y la desesperanza en que están cayendo los más débiles. Quienes seguimos a Jesús hemos de escuchar su voz y salir instintivamente en defensa de los últimos. Quien es de la verdad escucha su voz.
EXAMEN ANTE EL TESTIGO DE LA VERDAD
Dentro del proceso en el que se va a decidir la ejecución de Jesús, el evangelio de Juan ofrece un sorprendente diálogo privado entre Pilato, representante del imperio más poderoso de la Tierra y Jesús, un reo maniatado que se presenta como testigo de la verdad.
Precisamente Pilato quiere, al parecer, saber la verdad que se encierra en aquel extraño personaje que tiene ante su trono: «¿Eres tú el rey de los judíos?». Jesús va a responder exponiendo su verdad en dos afirmaciones fundamentales, muy queridas al evangelista Juan.
«Mi reino no es de este mundo». Jesús no es rey al estilo que Pilato puede imaginar. No pretende ocupar el trono de Israel ni disputar a Tiberio su poder imperial. Jesús no pertenece a ese sistema en el que se mueve el prefecto de Roma, sostenido por la injusticia y la mentira. No se apoya en la fuerza de las armas. Tiene un fundamento completamente diferente. Su realeza proviene del amor de Dios al mundo.
Pero añade a continuación algo muy importante: «Soy rey… y he venido al mundo para ser testigo de la verdad». Es en este mundo donde quiere ejercer su realeza, pero de una forma sorprendente. No viene a gobernar como Tiberio sino a ser «testigo de la verdad» introduciendo el amor y la justicia de Dios en la historia humana.
Esta verdad que Jesús trae consigo no es una doctrina teórica. Es una llamada que puede transformar la vida de las personas. Lo había dicho Jesús: «Si os mantenéis fieles a mi Palabra… conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ser fieles al Evangelio de Jesús es una experiencia única pues lleva a conocer una verdad liberadora, capaz de hacer nuestra vida más humana.
Jesucristo es la única verdad de la que nos está permitido vivir a los cristianos.
•¿No necesitamos en la Iglesia de Jesús hacer un examen de conciencia colectivo ante el «Testigo de la Verdad»?
•¿Atrevernos a discernir con humildad qué hay de verdad y qué hay de mentira en nuestro seguimiento a Jesús?
•¿Dónde hay verdad liberadora y dónde mentira que nos esclaviza?
•¿No necesitamos dar pasos hacia mayores niveles de verdad humana y evangélica en nuestras vidas, nuestras comunidades y nuestras instituciones?
TESTIGOS DE LA VERDAD
Para ser testigo de la verdad.
El juicio tiene lugar en el palacio donde reside el prefecto romano cuando viene a Jerusalén. Acaba de amanecer. Pilato ocupa la sede desde la que dicta sus sentencias. Jesús comparece maniatado como un delincuente. Allí están frente a frente: el representante del imperio más poderoso y el profeta del reino de Dios.
A Pilato le resulta increíble que aquel hombre intente desafiar a Roma: «¿Con que tú eres rey?». Jesús es muy claro: «Mi reino no es de este mundo». No pertenece a ningún sistema injusto de este mundo. No pretende ocupar ningún trono. No busca poder ni dinero.
Pero no le oculta la verdad: «Soy Rey». Ha venido a este mundo a introducir verdad. Si su reino fuera de este mundo, tendría «guardias» que lucharían por él con armas. Pero sus seguidores no son «legionarios», sino «discípulos» que escuchan su mensaje y se dedican a poner verdad, justicia y amor en el mundo.
El reino de Jesús no es el de Pilato. El prefecto vive para extraer las riquezas y cosechas de los pueblos y conducirlas a Roma. Jesús vive «para ser testigo de la verdad». Su vida es todo un desafío: «todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Pilato no es de la verdad. No escucha la voz de Jesús. Dentro de unas horas, intentará apagarla para siempre.
El seguidor de Jesús no es «guardián» de la verdad sino «testigo». No ha venido tras las huellas de Jesús para ser legionario sino discípulo. Su quehacer no es disputar, combatir y derrotar a los adversarios, sino vivir la verdad del evangelio y comunicar la experiencia de Jesús que está cambiando su vida.
El cristiano tampoco es «propietario» de la verdad, sino testigo. No impone su doctrina, no controla la fe de los demás, no pretende tener razón en todo. Vive convirtiéndose a Jesús, contagia la atracción que siente por él, ayuda a mirar hacia el evangelio, pone en todas partes la verdad de Jesús. La Iglesia atraerá a la gente cuando vean que nuestro rostro se parece al de Jesús, y que nuestra vida recuerda a la suya.
CON VERDAD
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
Es raro que una persona pueda vivir la vida entera sin plantearse nunca el sentido último de todo. Por muy frívolo que sea el discurrir de sus días, tarde o temprano se producen «momentos de ruptura» que pueden hacer brotar en la persona interrogantes de fondo sobre el problema de la vida.
Hay horas de intensa felicidad que nos obligan a preguntarnos por qué la vida no es siempre dicha y plenitud. Momentos de desgracia que despiertan en nosotros pensamientos sombríos: ¿por qué tanto sufrimiento?, ¿merece la pena vivir? Instantes de mayor lucidez que nos conducen a las cuestiones fundamentales: ¿Quién soy yo?, ¿qué es la vida?, ¿qué me espera?
Tarde o temprano, de una manera u otra, toda persona termina por plantearse un día el sentido de la vida. Todo puede quedar ahí, o puede también despertarse de manera callada pero inevitable la cuestión de Dios. Las reacciones pueden ser entonces muy diversas.
Hay quienes hace tiempo han abandonado, si no a Dios, sí un mundo de cosas que tenían relación con Dios: la Iglesia, la misa dominical, los dogmas... Poco a poco, se han ido desprendiendo de algo que ya no tiene interés alguno para ellos. Abandonado todo ese mundo religioso, ¿qué hacer ahora ante la cuestión de Dios?
Otros han abandonado incluso la idea de Dios. No tienen necesidad de Él. Les parece algo inútil y superfluo. Dios no les aportaría nada positivo. Al contrario, tienen la impresión de que les complicaría la existencia. Aceptan la vida tal como es y siguen su camino sin preocuparse excesivamente del final.
Otros viven envueltos en la incertidumbre. No están seguros de nada: ¿Qué es creer en Dios?, ¿cómo se puede uno relacionar con Él?, ¿quién sabe algo de estas cosas? Mientras tanto, Dios no se impone. No fuerza desde el exterior con pruebas ni evidencias. No se revela desde dentro con luces o revelaciones. Sólo es silencio, posibilidad, invitación respetuosa...
Lo primero ante Dios es ser honestos. No andar eludiendo su presencia con planteamientos poco sinceros. Quien se esfuerza por buscar a Dios con honradez y verdad no está lejos de Él. No hemos de olvidar unas palabras de Jesús que pueden iluminar a quien viva en la incertidumbre religiosa: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
CONTRA LA MENTIRA
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
No es frecuente escuchar a alguien defender el derecho del hombre a la verdad. Uno se pregunta por qué no se escuchan en nuestra sociedad gritos de protesta contra la mentira, al menos, con la misma fuerza con que se grita contra la injusticia.
¿Será que no somos conscientes de la mentira que nos envuelve por todas partes? ¿Será que cuando exigimos justicia nos sentimos solo víctimas y nunca opresores? ¿Será que para gritar contra la mentira, la hipocresía y el engaño, es necesario vivir con un mínimo de sinceridad personal?
La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia social. El mentir es aceptado como algo necesario tanto en el complejo mundo del quehacer político y la información social como en «la pequeña comedia» de nuestras relaciones personales de cada día.
El hombre contemporáneo se ve obligado a pensar, decidir y actuar envuelto en una densa niebla de mentira y falsedad. Indefenso ante un cerco de engaños, falacias y embustes del que es difícil liberarse. ¿Cómo saber la «verdad» que se oculta tras las decisiones políticas de los diversos partidos? ¿Cómo descubrir los verdaderos intereses que se encierran tras campañas y acciones que se nos pide defender o rechazar? ¿Cómo actuar con lucidez en medio de la información deformada, parcial e interesada que diariamente nos vemos obligados a consumir?
Se dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y más justa. Pero, realmente, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano cuando desde los centros de poder se oculta la verdad, cuando entre nosotros se utiliza la calumnia para destruir al adversario, cuando se obliga a las masas sencillas a que sean protagonistas de su historia desde una situación de engaño y de ignorancia?
En el fondo de todo hombre hay una búsqueda de verdad y difícilmente se construirá nada verdaderamente humano sobre la mentira y la falsedad. En el mensaje de Jesús hay una invitación a vivir en la verdad ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. «Yo he venido para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18, 37). No es absurdo que se vuelvan a escuchar en nuestra sociedad aquellas palabras inolvidables de Jesús, que son un reto y una promesa para todo hombre que busca sinceramente una sociedad más humana: «La verdad os hará libres» (Juan 8, 32).
CAMBIO IMPORTANTE
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
No todos los que han abandonado la práctica religiosa tienen la misma postura ante Dios. Algunos rechazan todo contacto con lo religioso; Dios les resulta un ser incómodo y amenazador del que prefieren prescindir. Otros viven absolutamente despreocupados de estas cosas; les basta con ir resolviendo los problemas de cada día; Dios no tiene sitio en su vida. Hay, sin embargo, un número creciente de no practicantes en los que comienza a despertarse una inquietud religiosa.
No es fácil expresar lo que sienten ni lo que buscan. Ciertamente no están pensando en volver al cristianismo que un día conocieron y que, por una razón o por otra, han abandonado. Su búsqueda se sitúa ahora a otro nivel diferente. Andan detrás de algo que ni ellos mismos aciertan a definir con precisión.
Lo que conocen de la Iglesia les parece excesivamente complicado. El lenguaje eclesiástico les resulta difícil. Tampoco les convence mucho la vida de otros cristianos practicantes que conocen. Pero sienten la necesidad de algo que dé más coherencia y más sentido a su vida.
En el fondo de todo está la cuestión de Dios. La mayoría no duda de que Dios exista. Pero, ¿cómo es ese Dios del que la Iglesia habla tanto? ¿Es un Dios terrible y peligroso del que uno no se puede fiar nunca del todo? ¿Es un Dios bueno que entiende nuestra debilidad y busca siempre solo nuestro bien?
Pero, ¿con quién hablar de todo esto? Al que se ha alejado de la Iglesia no se le hace fácil acercarse a un sacerdote. Es normal. Si al menos pudiera hablar con toda confianza con algún amigo creyente. Porque es bueno escuchar la experiencia de alguien que vive gozosamente su fe para aclarar equívocos, deshacer prejuicios o exponer las propias dudas.
En cualquier caso, lo importante son los pasos que uno mismo va dando por dentro. Hay preguntas que es bueno contestar: ¿Por qué he abandonado yo el contacto con lo religioso? ¿Me ha hecho bien alejarme de Dios? Ahora sé lo que es vivir de espaldas a la fe, ¿quiero terminar así mi vida? ¿No necesito encontrarme con un Dios Amigo?
¿Se puede rezar? Hay personas que se alejaron hace mucho de todo esto, pero tampoco tienen nada contra Dios. En este momento no sabrían cómo rezar; han olvidado las palabras del Padre Nuestro; no les sale ninguna oración. ¿Es difícil decir a Dios: «Tú me conoces y me entiendes. Ayúdame a vivir. Enséñame a creer»? Puede parecer algo trivial y, sin embargo, una invocación sincera a Dios puede significar un cambio interior importante. Las palabras de Jesús son alentadoras: «Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.»
ANTE EL VACIO ETICO
Testigo de la verdad.
Entre las consecuencias que el olvido de Dios está acarreando a la sociedad moderna no es el menos grave el resquebrajamiento de la conciencia moral. El alejamiento de la fe ha arrastrado a no pocos a una especie de “liberación” frente a los imperativos morales. No se trata de rechazo de una norma concreta o de otra, sino de un auténtico “vaciamiento ético”.
En pocos años ha surgido entre nosotros una manera puramente subjetiva de situarse ante lo moral. Hay incluso quienes piensan que no se puede imponer a nadie un código moral sin atentar contra la libertad de la persona. “Ya sabré yo cómo debo comportarme. Nada ni nadie puede exigirme a mí actuar de manera distinta de lo que yo piense”.
Es cierto que todavía se sigue funcionando como “por inercia” y que sectores importantes de la sociedad viven de una cultura moral que estuvo vigente en otros tiempos. Seguimos hablando de amor, justicia, verdad, respeto al otro, solidaridad. Pero son palabras que se van gastando. Poco a poco, estos grandes valores éticos van siendo sustituidos en la práctica por los intereses de cada uno. A la hora de la verdad, lo que cuenta es el propio provecho y el placer.
Pero la sociedad comienza ya a sentir las graves consecuencias de este vacío ético. Una ciencia económica “sin conciencia” termina generando paro y pobreza en los más débiles. La corrupción crece en la medida en que otros intereses suplantan el servicio de los políticos al bien común. La permisividad absoluta en lo sexual y el poco aprecio de la fidelidad conyugal acarrea cada vez más sufrimiento a parejas y hogares. Los medios de comunicación se convierten en poderosos mecanismos al servicio del dinero. Ya no hay límites. Todo se compra y se vende. Los dolores más secretos, las emociones más íntimas.
Ante todo esto, ha comenzado a despertarse la conciencia colectiva. No se puede seguir por este camino. Son demasiado graves las lesiones que se están cometiendo contra el hombre y su dignidad. Una sociedad “sin moral” puede llevar a la destrucción de todo lo humano. Hay que reaccionar.
Tenemos que preguntarnos qué tipo de hombre queremos y qué clase de sociedad vamos a construir. Un pueblo no se hace sólo con medidas legales y planificaciones económicas. Necesitamos un sistema de valores éticos asumidos socialmente y por cada uno. De lo contrario, ¿para qué queremos construir juntos una sociedad donde vamos a ser cada vez menos humanos?
Hemos de reconocer nuestra ceguera. Hacer luz en nuestra propia conciencia. Descubrir de nuevo la importancia de los valores éticos. Recuperar colectivamente el sentido del comportamiento moral y la verdad última del ser humano. El cristiano sabe que cuenta para ello con un punto de referencia insustituible: el mensaje y la actuación de aquel que vino a este mundo “para ser testigo de la verdad”. Todo el que es de la verdad, escucha su voz.
CREER DESDE LA DUDA
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
¿Qué puede significar para muchos hombres y mujeres de hoy la fiesta de Cristo Rey? ¿Cómo pueden reaccionar ante una invitación a acoger el reinado de Dios? ¿Hay que volver, tal vez, a cantar aquellos cantos triunfalistas del colegio y recitar de nuevo aquellas extrañas consagraciones a un Cristo que, nadie sabe por qué, quería reinar en España de manera privilegiada?
Fiestas como la de Cristo Rey, Corpus Christi o el Sagrado Corazón despiertan en muchas personas un recuerdo agridulce. Palabras como «religión, misa, pecado, mandamientos, oración” les evoca un mundo lejano y extraño que se pierde en las brumas del pasado y no tiene nada que ver con la vida real.
Detrás de ese mundo está la sombra de un Dios que les trae malos recuerdos. Un Dios que, desde los primeros años juveniles, les ha impedido ser realmente felices.
Y sin embargo, muchas de estas personas siguen buscando a Dios. En lo más íntimo de su corazón sospechan que Dios es más grande, más vivo, más alegre y hermoso que todo lo que escucharon acerca de Él.
¿Es posible acoger de nuevo a Dios con gozo y paz después de tan negativa y triste experiencia como la que dicen haber vivido en el pasado? ¿Qué se puede hacer?
Antes que nada, buscar su rostro, aunque sea a tientas. Dios es más grande que todas nuestras palabras, todas nuestras ideas y todas nuestras pruebas. Por eso, hemos de aceptar humildemente “la compañía de la duda” y confiarnos a Él desde el sufrimiento de la incertidumbre.
Pero, ¿qué hacer cuando las dudas son tantas que uno quiere creer pero honradamente no puede hacerlo? Entonces hay que escuchar unas palabras decisivas de Jesús: “Todo el que es de la verdad escucha mi voz”.
No hay que esperar a que todas nuestras dudas queden resueltas para vivir en verdad ante Dios. El que se esfuerza por vivir con honradez y con verdad, no está lejos de Dios.
Lo importante es ser honestos ante Él y saber que el valor y la calidad de una vida no dependen de la claridad de ideas que uno tenga en su cabeza sino de la verdad con que vivamos nuestra relación con Dios.
Quien quiere creer en Dios ha de hacer la experiencia de ser sincero con El. Vivir abierto a Él. Como dice B. Pascal, “esto le hará sencillo y le llevará a la fe”.
EL REINO DE CRISTO
Para esto he venido al mundo.
Con frecuencia, frases como ésta en que Jesús afirma que su reino «no es de este mundo» han servido para reforzar una visión del cristianismo como una religión que no debe inmiscuirse absolutamente en las cosas de este mundo. En el fondo se piensa que cuanto más entregado vive uno al reino de Cristo, menos se debe comprometer en asuntos políticos, económicos o sociales.
De hecho, es una de las típicas citas que se aportan cuando se desea descalificar o cuestionar intervenciones eclesiales de incómodas repercusiones en el orden socio-político.
Y sin embargo, ni la salvación es algo que sucede sólo en el otro mundo, ni ser cristiano es sólo buscar para sí mismo y para los demás un estado de felicidad con Dios más allá de la muerte.
Ciertamente, el reino de Cristo no pertenece al sistema injusto de este mundo. Jesús no pretende ocupar ningún trono de este mundo apoyándose en la fuerza de las armas. No disputa el poder a ningún rey adversario.
Su realeza tiene otro origen y fundamento completamente distintos. Su reinado no se impone con armas, poder o dinero. Es un reinado que crece desde el amor y la justicia de un Dios Padre de todos.
Pero, Jesús es un rey que «ha venido a este mundo», pues este reino de amor y justicia debe crecer ya en medio de los hombres, sus instituciones, sus luchas y sus problemas.
Por eso, Jesús toma siempre muy en serio la realidad de este mundo. No es del mundo, pero ni huye del mundo ni invita a nadie a huir de él.
Todo esto no son disquisiciones sin consecuencias. En concreto, Jesús, al no ser del mundo, toma distancias respecto a los distintos grupos influyentes en el pueblo judío, y no emplea nunca las armas, la diplomacia, el dinero, el poder para imponer su reinado a nadie.
Pero, al mismo tiempo, hace de su opción en favor de los marginados y desheredados de esta tierra el signo distintivo de que llega ya el amor y la justicia del reino de Dios a este mundo injusto.
Una iglesia, preocupada por «no ser del mundo» deberá estar atenta a tomar distancia de los poderes influyentes y a no caer en la falsa ilusión de fortalecer el reino de Cristo defendiendo posiciones con diplomacia, poder, dinero o armas.
Al mismo tiempo, si quiere «estar en el mundo» como Jesús, deberá escuchar las acertadas palabras de Juan Pablo II a los obispos españoles: «Donde esté el hombre padeciendo dolor, injusticia, pobreza o violencia, allí debe estar la voz de la Iglesia con su vigilante caridad y con la acción de los cristianos».
LA MENTIRA COMO SISTEMA
Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.
No es frecuente escuchar a alguien defender el derecho del hombre a la verdad. Uno se pregunta por qué no se escuchan en nuestra sociedad gritos de protesta contra la mentira, al menos, con la misma fuerza con que se grita contra la injusticia.
¿Será que no somos conscientes de la mentira que nos envuelve por todas partes? ¿Será que cuando exigimos justicia, nos sentimos sólo víctimas y nunca opresores? ¿Será que para gritar contra la mentira, la hipocresía y el engaño, es necesario vivir con un mínimo de sinceridad personal?
La mentira es hoy uno de los presupuestos más firmes de nuestra convivencia social. El mentir es aceptado como algo necesario tanto en el complejo mundo del quehacer político y la información social como en «la pequeña comedia» de nuestras relaciones personales de cada día.
El hombre contemporáneo se ve obligado a pensar, decidir y actuar envuelto en una densa niebla de mentira y falsedad. Indefenso ante un cerco de engaños, falacias y embustes del que es difícil liberarse.
¿Cómo saber la «verdad» que se oculta tras las decisiones políticas de los diversos partidos? ¿Cómo conocer los verdaderos hilos que mueven a los autores de hechos tan dolorosos como los que se suceden día tras día entre nosotros? ¿Cómo descubrir los verdaderos intereses que se encierran tras campañas y acciones que se nos pide defender o rechazar? ¿Cómo actuar con lucidez en medio de la información deformada, parcial e interesada que diariamente nos vemos obligados a consumir?
Se dirá que la mentira es necesaria para actuar con eficacia en la construcción de una sociedad más libre y más justa. Pero, realmente, ¿hay alguien que pueda garantizar que estamos haciendo un mundo más humano cuando desde los centros de poder se oculta la verdad, cuando entre nosotros se utiliza la calumnia para destruir al adversario, cuando se obliga a las masas sencillas a que sean protagonistas de la historia desde una situación de engaño e ignorancia?
En el fondo de todo hombre hay una búsqueda de verdad. Y difícilmente se construirá nada verdaderamente humano sobre la mentira y la falsedad. En el mensaje de Jesús hay una invitación a vivir en la verdad ante Dios, ante uno mismo y ante los demás. «Yo he venido para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
No es absurdo que se vuelvan a escuchar en nuestra sociedad aquellas palabras inolvidables de Jesús que son un reto y una promesa para todo hombre que busca sinceramente una sociedad más humana: «La verdad os hará libres».
YO SOY" Y "SOY REY" QUIEREN DECIR LO MISMO
Fray Marcos
Jn 18, 33-37
Es muy importante que tengamos una pequeña idea del momento y el por qué motivo se instituyó esta fiesta. Fue Pío XI en 1925, cuando la Iglesia estaba perdiendo su poder y su prestigio acosada por la modernidad. Con esta fiesta se intentó recuperar el terreno perdido ante un mundo secular, laicista y descreído. En la encíclica se dan las razones para instituir la fiesta: “recuperar el reinado de Cristo y de su Iglesia”. Para un Papa de aquella época, era inaceptable que las naciones hicieran sus leyes al margen de la Iglesia y sin tener en cuenta su poder y sus directrices.
Ha sido para mí una gran alegría y esperanza el descubrir en una homilía sobre esta fiesta del papa Francisco, una visión mucho más de acuerdo con el evangelio. Pio XI habla de recuperar el poder de Cristo y de su Iglesia. El papa Francisco habla, una y otra vez, de Jesús poniéndose al servicio de los más desfavorecidos. No se trata sólo de un cambio de lenguaje. Se trata de una superación de la idea de poder en el que la Iglesia ha vivido durante demasiados siglos. El cambio es radical y debía ser aceptado y promovido por todos los cristianos, desde los monaguillos a los cardenales.
El contexto del evangelio que hemos leído, es el proceso ante Pilato, a continuación de las negaciones de Pedro, donde queda claro, que Pedro ni fue rey de sí mismo ni fue sincero. Es muy poco probable que el diálogo sea histórico, pero nos está transmitiendo lo que una comunidad muy avanzada de finales del s. I pensaba sobre Jesús. Dos breves frases puestas en boca de Jesús nos pueden dar la pauta de reflexión: “mi Reino no es de este mundo” y “yo para eso he venido, para ser testigo de la verdad.
¿Qué significa un Reino, que no es de este mundo? Se trata de una expresión que no podemos “comprender” porque todos los conceptos que podemos utilizar son de este mundo. ¿En qué estamos pensando los cristianos cuando, después de estas palabras, nombramos a Cristo rey, no solo del mundo sino del universo? Con el evangelio en la mano no es fácil justificar el poder absoluto que la Iglesia ha ejercido durante siglos.
Tal vez encontremos una pista en la otra frase: “he venido para ser testigo de la verdad”. Pero sólo si no entendemos la verdad como verdad lógica (adecuación de una formulación racional a la realidad) sino entendiéndola como verdad ontológica, es decir, como la adecuación de un ser a lo que debe ser según su naturaleza. Jesús siendo auténtico, siendo verdad, es verdadero Rey. Pero lo que le pide su verdadero ser (Dios) es ponerse al servicio de todo aquel que le necesite, no imponer nada a los demás.
No se trata de morir por defender una doctrina teórica. Se trata de morir por el hombre. Se trata de dar testimonio de lo que es el hombre en su verdadera realidad. El “Hijo de hombre” (único título que Jesús se aplica a sí mismo), nos da la clave para entender lo que pensaba de sí mismo. Se considera el hombre auténtico, el modelo de hombre, el hombre acabado, el hombre verdad. Su intención es que todos lleguen a identificarse con él. Jesús es la última referencia para todo el que quiera llegar a manifestar en su vida la verdadera calidad humana.
Poco después del párrafo que hemos leído, Pilato saca afuera a Jesús, después de ser azotado, y dice a la multitud: “Este es el hombre”. Jesús no sólo es el modelo de hombre, sino que exige a sus seguidores que demuestren con su vida, que responden al modelo que ven en él. Jesús dice: “soy rey”, no: soy el rey. Indicando así que todo el que se identifique con él, será también rey. Esa es la meta que Dios quiere para todos los seres humanos. Rey de poder solo puede haber uno. Reyes servidores debemos ser todos. No se trata de que un hombre reine sobre otro, sino de un Reino donde todos se sientan reyes porque todos están al servicio de todos.
Cuando los hebreos (nómadas) entran en contacto con la gente que vivía en ciudades, descubren las ventajas de aquella estructura social y piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas como una traición (el único rey de Israel es Dios); pero al final tienen que ceder. El rey era el que cuidaba de una ciudad o un pequeño grupo de pueblos. Tenía la responsabilidad de que hubiera orden en las relaciones sociales. Les defendía de los enemigos, se preocupaba de los alimentos, impartía justicia, etc. A lo largo del AT, se va espiritualizando esa idea del rey, llegándose a identificar con la del Mesías.
Sólo en este contexto podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que él le da es más profundo. En tiempo de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios muy distinto; un Reino del que nadie va a quedar excluido, y del que forman parte las prostitutas, los pecadores, los marginados. También los gentiles están llamados, pero muchos judíos se quedarán fuera. El Reino que Jesús anuncia no tiene nada que ver con las expectativas de los judíos de la época. Por desgracia tampoco tiene nada que ver con las expectativas de los cristianos.
Hay otros datos que pueden darnos luz. Jesús, en el desierto, percibió el poder como una tentación: “Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria”. En Jn, después de la multiplicación de los panes, la multitud quiere proclamarle rey, pero él se escapa a la montaña, él solo. Toda la predicación de Jesús gira entorno al “Reino”; pero no se trata de un reino suyo, sino de “el Reino de Dios”. Jesús nunca se propuso él mismo como objeto de su predicación. Es un error confundir el “reino de Dios” con el reino de Jesús. La encíclica dice: “a Cristo le compete en sentido propio y estricto, como hombre, el título de Rey”.
La característica fundamental del Reino predicado por Jesús es que ya está aquí, aunque no se identifica con las realidades mundanas. No hay que esperar a un tiempo escatológico, sino que ha comenzado ya. "No se dirá, está aquí o está allá, porque mirad: el reino de Dios está dentro de vosotros”. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un reino que es Dios. Cuando decimos “reina la paz”, no estamos diciendo que la paz tenga un reino. Se trata de hacer presente a Dios entre nosotros, siendo lo que tenemos que ser. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita y le ayudo a superar su situación de angustia, hago presente a Dios y su Reino.
¿Es éste el sentido que le damos a la fiesta? Cualquier connotación que el título tenga con el poder, tergiversa el mensaje de Jesús. Una corona de oro en la cabeza y un cetro de brillantes en las manos de Jesús, son mucho más denigrantes que la corona de espinas y la caña que le pusieron los soldados. Si no nos damos cuenta de esto, es que estamos proyectando sobre Dios y sobre Jesús nuestros propios anhelos de poder. Ni el “Dios todopoderoso” ni el “Cristo del Gran Poder” tienen absolutamente nada que ver con el evangelio. El Dios de Jesús es el “Abba”, padre y madre que cuida de nosotros entregándonos todo lo que Él es en cada instante. Ni se impone ni nos gobierna ni nos domina. Es esta realidad la que tenemos que descubrir y hacer presente en nuestra vida.
Hace unos domingos nos decía Jesús que el que quiera ser primero, sea el último y el que quiera ser grande, sea el servidor. Ese afán de identificar a Jesús con el poder y la gloria, ¿no será una manera de justificar nuestro afán de poder y de estar por encima de los demás? Como no nos gusta lo que dice Jesús, tratamos por todos los medios de hacerle decir lo que a nosotros nos interesa y nos quedamos tan anchos.
Meditación-contemplación
Dijo Jesús: yo he venido para ser testigo de la verdad.
Está hablando de la verdad ontológica.
No se refiere a verdades doctrinales o científicas.
Está hablando de la autenticidad de su ser,
…………
Ser verdadero es lo contrario de ser falso.
Falso es todo aquello que aparenta ser una cosa
y en realidad es lo opuesto.
Ser Verdad es ser lo que somos sin falsearlo.
……………
Lo que los demás ven en mí,
¿es lo que soy en lo hondo del mi ser?
El objetivo de tu vida, es descubrir tu verdadero ser
y manifestarlo en todo momento.
……………
FIESTA DE CRISTO REY
José Luis Sicre
Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos de diciembre los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.
Motivo y sentido de la fiesta
No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. Por eso, cuando se buscan imágenes de Cristo Rey en Internet, aparece una serie de estampitas horribles, de pésimo gusto, en las que siempre lleva una corona en la cabeza. En cambio, el arte románico y el gótico, cuando representan a Jesús en majestad lo hacen como Maestro, con la mano derecha levantada en señal de enseñar, no como Rey.
¿Por qué quiso Pío XI subrayar este aspecto? Para comprenderlo hay que recordar la fecha de la institución de la fiesta: 1925. La Primera Guerra Mundial ha terminado hace siete años. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.
Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis socio-político-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas con la que instituye la fiesta.
La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar los corazones de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.
Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.
Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás hasta la muerte le concedieran el mayor premio.
Las lecturas
La primera lectura, de Daniel, anuncia el triunfo del Hijo del Hombre, que recibe el poder y la gloria.
La segunda, del Apocalipsis, nos recuerda que la realeza de Jesús repercute en todos nosotros: nos ha convertido en un reino de sacerdote.
La tercera, del evangelio de Juan, ofrece una visión más crítica de la realeza. Jesús es rey, pero su reino no es de este mundo. Y no ha venido a recibir honor y gloria, sino a dar testimonio de la verdad. Un testimonio que le costará la vida.
Reflexión personal
Generalmente esperamos de la homilía que nos ilumine y nos anime a ser mejores, a vivir de acuerdo con la enseñanza y el ejemplo de Jesús. La fiesta de Cristo Rey exige una actitud distinta. Lo importante no es aprender, sino felicitar, dar la enhorabuena a quien tanto ha hecho por nosotros. Al mismo tiempo, el sentido primitivo de la fiesta encaja perfectamente con la situación que vivimos hoy de problemas sociales, políticos y económicos. No podemos ser ingenuos en las soluciones, pero tampoco podemos negarle la razón a Pío XI: si el mundo viviese de acuerdo con el evangelio, otro gallo nos cantaría.
LA VERDAD ES NUESTRA REALEZA
Enrique Martínez Lozano
Jn 18, 33-37
Dentro del proceso de Jesús ante Pilato, según el cuarto evangelio, ocupa un lugar destacado la cuestión acerca de la verdad. Hasta el punto de que se equipara ser “rey” con ser “testigo de la verdad”.
Es justamente así. Solo adquirimos –nos hacemos conscientes de- nuestra realeza cuando comprendemos nuestra verdad más profunda. Hasta que eso no ocurre, vivimos como mendigos, tratando de apropiarnos y de identificarnos con todo aquello que pueda otorgarnos una cierta sensación de identidad. Sin embargo, al comprender lo que somos, todo se ilumina: el supuesto “mendigo” se descubre “rey”.
La verdad, sin embargo, no es un “contenido mental”, que sería solo una “idea de la verdad”, nunca la verdad misma; un “mapa”, más o menos acertado, pero nunca el “territorio”.
De la misma manera que nadie puede conocer el territorio sin adentrarse en él, por claros que le parezcan los mapas que posee, tampoco es posible conocer la verdad hasta que no la somos.
En cierto modo, podría decirse que la verdad no pasa tanto por la mente, cuanto por la vida; ni por el pensar de una determinada manera, cuanto por serla.
De entrada, lo que eso requiere es no absolutizar una idea determinada, sino situarse en una actitud honesta y determinada por vivirse en verdad. Por eso, frente al fanatismo que denota encierro y estrechez, la verdad requiere apertura humilde, cuestionamiento y flexibilidad.
Y es precisamente la persona que vive esto la que, por usar las palabras de Jesús, “es de la verdad”, aunque no tenga ninguna creencia.
¿Qué significa “escuchar la voz” de Jesús? Al hilo de lo que vengo diciendo, no se trata del mero asentimiento mental a su figura ni a su palabra, sino más bien de reconocerse en su persona y en su mensaje.
Jesús es consciente, como todos los sabios, de vivirse en la verdad de lo que es. No porque tenga algún “contenido mental” más del que otros carezcan, no porque posea algún “mapa” más elaborado, sino porque se ha adentrado en el “territorio” de su verdadera identidad. Y, al vivirlo, al experimentarlo, lo ha conocido.
La invitación de Jesús es, por tanto, absolutamente inclusiva: toda aquella persona que, desde una actitud de búsqueda sincera y humilde, se “adentre” en la experiencia de su propia verdad, sentirá necesariamente la “sintonía” con Jesús, así como con todos aquellos que lo han vivido.
Esa “sintonía” o re-conocimiento no es algo superficial, sino que nace nada menos que del hecho de descubrir experiencialmente que el Territorio en el que nos adentramos es siempre “compartido”, que nuestra identidad de fondo –más allá del yo individual, al que la mente se aferra- es una y la misma en la no-dualidad: no somos iguales, pero somos lo mismo. ¿Cómo no sería este reconocimiento fuente de una actitud inclusiva y amorosa hacia todos los seres, si el bien de cada uno de ellos es mi propio bien?
Desde esta experiencia, es fácil percibir la dolorosa paradoja en la que cae la persona fanática o simplemente excluyente: creyendo tener la verdad, se halla justo en la dirección opuesta a aquella que le permitiría experimentarla.
Es solo en la experiencia, donde venimos a descubrir que los criterios de verificación de la misma no son otros que la sabiduría y la compasión. Por eso, quien ha “visto”, como Jesús, hace suya para siempre la “regla de oro”: “Trata a los demás como quieres que ellos te traten a ti”.
JESÚS, REY ATÍPICO
Pedro Olalde
Rey, apenas hay otra palabra menos apropiada para Jesús.
Un rey que toca leprosos, que prefiere la gente normal a los poderosos del pueblo.
Un rey que lava los pies de los suyos, un rey que no tiene dinero y que no puede defenderse.
Jesús crucificado es un extraño rey: su trono es la cruz, su corona es de espinas. No tiene manto, está desnudo. No tiene ejército. Hasta los suyos le han abandonado. ¡Menudo rey!
Reino. Y ya que hablamos del rey, tenemos que hablar del reino. Jesús habló del reino de Dios, del reinado de Dios.
Un reinado en que los últimos del mundo son los primeros.
Un reinado que prefiere a los publicanos y a las prostitutas, antes que a los doctos letrados y los puros fariseos.
Un reinado sin tronos, sin palacio, sin ejército, sin poder.
Un reinado de viudas pobres, que echan dos céntimos de limosna.
Un reinado de samaritanos, que cuidan a un herido.
Un reinado en que son preferidos los sencillos como niños.
Un reinado de gente pobre, que sabe sufrir, de corazón limpio, comprometida con la justicia. ¡Menudo reino!
Pero, pensará alguno que esto es provisional. Dios reinará, Cristo reinará, vendrá un día en que aparecerá en los cielos vestido de majestad, y todas las naciones, todos los hombres y mujeres del mundo y de la historia caerán de bruces ante su Majestad, y entonces veremos que es rey.
Pues no, Dios no reina así, apabullando enemigos. El reino de Dios no se parece en nada a los de la tierra, que imponen desde fuera y matan para imponerse.
Dios se siembra desde dentro y hace vivir. Reina desde el amor.
"Reinar". En nuestro mundo reina el terror, reina la miseria, reina la explotación, reina la venganza, reina el negocio sucio, reina la violencia.
Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando nos contentemos con menos... entonces podremos empezar a hablar de que Dios reina. Desde dentro, desde la humanización de los corazones.
¿Reinará Dios alguna vez? Tenemos la tentación de pensar que no. La violencia y la rapacidad y el consumo desenfrenado parecen más fuertes que la bondad, la generosidad y la austeridad. Eso es una tentación.
Pero Jesús creía en la fuerza de la semilla, en el poder de la levadura, en la fuerza imparable del Espíritu, del Viento de Dios.
Y entretanto, tú y yo nos enfrentamos a una invitación urgente: ¿quieres comprometerte con Jesús a construir el reino?
Jesús, rey atípico. Es tan especial que nosotros también corremos el peligro de no entender nada. Y ¿cómo es este rey tan original?
Jesús reina entregando su vida. Los reyes de este mundo viven a cuenta de sus súbditos. Jesús no se les parece en nada a estos reyes.
Jesús reina perdonando, amando, desde una situación de humillación e impotencia. Se nos dice dónde y cómo gana Jesús este título de rey: en la entrega de su vida hasta la muerte.
Su señorío es de amor incondicional, de compromiso con los pobres, de libertad y justicia, de solidaridad y de misericordia. Desde ahí, Jesús unifica lo visible y lo invisible y abraza todo el cosmos.
JESUS Y LA VERDAD.
Pere Tena
1.Situación litúrgica.
Fue Pío XI quien instituyó, en el año 1925, esta solemnidad como recuerdo de aquel Año santo, y con la voluntad explícita de que fuera una ayuda catequética para la pedagogía de la fe. Con la misma intención la reforma litúrgica situó esta solemnidad en el último domingo del ciclo litúrgico anual. Así, en efecto, se subraya más la naturaleza, la universalidad y el fundamento de la realeza de Cristo.
En el ciclo B, por otra parte, volvemos a encontrar precisamente el texto más propio de la solemnidad; el diálogo entre Jesús y Pilato. Es la afirmación de Jesús lo que decide esta elección: "Tú lo dices: soy rey".
La segunda lectura presenta al Resucitado como "el príncipe de los reyes de la tierra" enlazando la imagen del Hijo del Hombre que viene en las nubes con la del traspasado en la cruz; y, todo junto, vinculado a una actitud fundamental: "Aquel que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados..., nos ha convertido en un reino y hecho sacerdotes de Dios, su Padre".
Ahora sabemos cuál es la verdad de la que Jesús ha venido a dar testimonio, y el modo cómo lo ha dado: la verdad del amor, la verdad de la liberación del hombre en su totalidad personal, la verdad de la transformación del hombre por la comunión con Cristo; y el modo cómo ha dado testimonio: "por su sangre".
-Actualización
Como último domingo del ciclo, es adecuado para hoy subrayar uno de los grandes temas del evangelio de Marcos: "el Evangelio, que es Jesús el Mesías, Hijo de Dios".
En el fondo, la afirmación de Jesús ante Pilato coincide con este inicio de Marcos. La realeza de Jesús no le viene de una elección popular, ni de una sucesión dinástica, sino de su condición de Hijo de Dios, hecho hombre y salvador de los hombres. Y por eso es "Evangelio", buena noticia dada a los hombres, verdad revelada a los hombres sobre Dios, Padre que ama, y sobre los mismos hombres, llamados a ser, en el Espíritu, hijos en el Hijo.
Ciertamente, el vínculo entre la realeza y verdad (autenticidad) no es externo a la persona de Jesús. El es al mismo tiempo el Reino y la Verdad. No sería conveniente dejar de lado el elemento pascual de esta realeza: "Para que ofreciéndose a sí mismo, como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz, consumara el misterio de la redención humana, y, sometiendo a su poder la creación entera, entregara a tu majestad infinita un reino eterno y universal" (Prefacio). Toda la densidad de la entrega en amor y libertad -¡revelación de la verdad de Dios!- y toda la intensidad de la gloria surge de aquí: recapitulación de todas las cosas en El mismo.
Una consecuencia a destacar es el significado de esto que, según la 2.lectura, ha hecho de nosotros el Señor: reyes, "un reino".
También nosotros somos reyes en la medida en que somos hijos de Dios y portadores del evangelio, de la verdad. Las cualidades del reino de Dios -descritas en el prefacio- son algo más que una proclamación; son una descripción desafiadora de la vida de los cristianos en el mundo.
-Referencia sacramental
El último domingo de un ciclo litúrgico es un buen día para darse cuenta de lo que significa esta sucesión semanal de la asamblea eucarística. Cristo nos reúne en la misma para darnos a entender su Evangelio y así adentrarnos más y más, por la fuerza del Espíritu, en la Verdad. Cristo nos permite participar en su tránsito pascual y así adentrarnos, también por la fuerza del Espíritu, en este Reino de santidad y de gracia que es la comunión con Dios.
CRISTO REY: FIESTA, ORIGEN Y SIGNIFICADO.
DABAR
"¿QUÉ CRISTO?".- Digámoslo de entrada: son muchos los que se acercan a esta fiesta con cierto recelo. Sí, porque hoy sabemos que ya desde su nacimiento estaba politizada. Creada como reacción al desmoronamiento de las monarquías y al avance del liberalismo, respondía, en gran parte, a un querer afianzar la Iglesia su poder temporal, tradicionalmente unido a la forma aristocrática de gobierno. El establecimiento de esta festividad significaba implícitamente la no aceptación por parte de la Iglesia de la autonomía del mundo social y político. La posterior espiritualización de su contenido y su traslado al último domingo del año litúrgico, como coronación del mismo, no deshace los prejuicios ya formados. Por eso hoy serán muchos los que mediten en o prediquen de Cristo Rey en un sentido muy diverso al que pensaban los que establecieron la fiesta. Harán una relectura.
Nosotros también la haremos. Pero, precisamente por eso, es muy importante reflexionar sobra las causas de esta necesidad de relectura. ¿Por qué no podemos hablar de Cristo Rey en los mismos términos o con los mismos planteamientos que hace cincuenta años? No sólo porque el mundo ha cambiado, sino porque hemos cambiado la imagen de Cristo. ¿Es posible? Sí, claro. Pero ¿Cristo no es siempre el mismo, ayer y hoy... y por los siglos de los siglos? Sí, Cristo es siempre el mismo, pero no es la misma idea, la imagen, la percepción que de él tenemos los creyentes a lo largo del tiempo, ni siquiera es la misma la percepción que tenemos de él los creyentes de un mismo momento histórico.
Es un problema muy serio e importante. Y parece mentira que los cristianos -y sobre todos los evangelizadores- nos lo saltemos con una descarada ingenuidad. Solemos pensar que con creer que Cristo es el Hijo de Dios, nuestro Salvador, una persona en dos naturalezas, y poco más, ya somos cristianos y ya podemos evangelizar y hablar de Cristo. (¿De qué Cristo?) Solemos pensar que los problemas de la Iglesia son ya posteriores a nuestra fe en Él. Son -pensamos- problemas de instituciones, cuestiones éticas, implicaciones varias, etc. Pero la verdad es que no debemos dar por supuesto que el problema de nuestra fe en Cristo (¿qué Cristo?) lo tenemos resuelto. Hay muchas imágenes de Cristo. Algunas falsas, otras erróneas, otras deformadas o adaptadas a nuestros intereses, otras antievangélicas o al margen, al menos, del Evangelio. Y otras, claro está, correctas, evangélicas. Aunque, ciertamente, todas son incompletas, porque a Él no se le puede encerrar en una imagen, en una idea, en una visión.
Por eso hay un pluralismo legítimo: unos acentúan en su imagen de Cristo unas cosas y otros acentúan otras. Entre todos podemos complementarnos. Pero también hay con frecuencia diferencias que van más allá del legítimo pluralismo de las diversas escuelas de espiritualidad. Y ello sugiere que puede haber imágenes deformadas, deficientes o manipuladas. El Cristo de los indígenas de los Andes es diverso al de los católicos de nuestras clases privilegiadas. Los obreros cristianos rezan y siguen a un Cristo sorprendentemente diferente al de los industriales, economistas y gobernantes cristianos.
Hay que purificar la imagen de Jesús de la religiosidad popular, pero también hay que purificar el Cristo de las élites burguesas o de las clases dirigentes. ¿Dónde está la Verdad completa y exacta? Completa y exacta quizá no esté aquí en ningún sitio. Sólo allá la poseeremos con plena certeza. Pero ello no exime al cristiano de ser crítico consigo mismo y con su imagen de Cristo, para ver lo que hay en ella de evangélico y lo que se le ha infiltrado procedente de la cultura, la sociedad, los intereses de clase, sus propios egoísmos, etc.
Es tarea de cada cristiano y cada comunidad. Problema largo que aquí no podemos abordar. Pero quisiéramos dar unas pinceladas, a manera de clasificación "para andar por casa". ¿Qué Cristo tiene usted? ¿Uno de éstos?
El CRISTO SUFRIENTE por nuestros pecados. Típico de la religiosidad popular. Crucifijo, vía crucis, primeros viernes, viernes santo, mortificación, penitencia, expiación por los pecados, mística de la cruz, dolor asumido como dimensión fundamental que santifica..., son otros tantos elementos de esta espiritualidad cristiana. Espiritualidad que, infundida a las clases oprimidas y sufrientes, que no tengan conciencia clara de su explotación, puede dar (aunque no se pretenda) un efecto social de resignación y paz externa, conformismo u "opio del pueblo", como dirían otros.
El CRISTO ROMÁNTICO, que lo ha arreglado todo. Triunfador, intimista, dulzarrón, dulce huésped de las almas, divino prisionero del sagrario, propio de las celebraciones entusiásticas o carismáticas, de las imágenes azucaradas del Sagrado Corazón o de las tarjetas navideñas. Él resucitó y ya todo esta bien. El mal que subsiste es periférico e individual.
Estamos ya salvados. Basta pedir perdón (¿"convertirse"?) para poder unirse al coro de los aleluyas y batir palmas. El que quiere nada más nuestros corazones, que le alabemos, le glorifiquemos, que hagamos oración y actos de caridad. Aunque no se pretenda, esta imagen es la que mejor acoge el grupo social de los satisfechos y de los privilegiados, los poderosos y los patronos. Da gusto con ese Cristo.
LIBERADOR O ESCLAVITUD
Luis Gracieta
Tenemos que reconocer y aceptar, de una vez por todas, que el Reinado de Cristo no es un reinado etéreo, reducido al ámbito de lo meramente psicológico e individual, sino que es una realidad que pretende conseguir la transformación radical del mundo. Cristo es un Rey Liberador, porque nos libera (si nos dejamos, por supuesto) de todo aquello que nos impida ser realmente hombres:
-Frente al afán consumista que nos desvela y nos impide vivir con una relativa paz, Jesús nos recuerda que los ricos ya han recibido su consuelo (Lc. 6, 24), que quien pone el valor de su vida en lo que posee es un insensato (Lc. 12, 19-20). El hombre vale por lo que vale aquello a lo que se ata; si se ata a las cosas que se pagan, su precio es el dinero. Jesús nos enseña a buscar el Reino y su justicia.
-Frente a las estructuras que intentan reducir al hombre a un producto en serie, Jesús deja bien claro que leyes y estructuras están al servicio del hombre y no al revés; el testimonio evangélico no se da a base de una buena organización: "destruid este templo, y en tres días lo reedificaré" (Jn. 2, 19); el Espíritu y la libertad, no las leyes, son la base de la actuación del hombre.
-Frente a los prejuicios que destruyen la paz del hombre, Jesús no tiene inconveniente en comer con publicanos y pecadores sin hacer caso de las críticas de "los buenos" (Mc. 2, 15), o en hablar con los samaritanos (Jn. 4, 6-9), las mujeres (Lc. 8, 1-3) y los extranjeros (Mc. 7, 31).
-Frente a la violencia que siembra de sangre la geografía de nuestro planeta, Jesús nos propone la libertad de quien es capaz de romper con la espiral de violencia, que nunca termina, y devuelve bien por mal (Mt. 5, 28 ss). Cuando llegó el caso, Jesús supo atacar, pero sin odio ni violencia, que es lo que esclaviza al hombre.
-Frente al miedo que paraliza al hombre y lo reduce a una marioneta, Jesús propone la libertad del amor; ni miedo a Dios, porque es Padre bueno; ni miedo a los hombres, porque son hermanos; el cristiano no puede tener miedo a nada ni a nadie, porque sabe que es Dios mismo quien dirige la historia hacia su culminación universal (Lc. 12, 32); ni tan siquiera a la muerte, porque Cristo ha triunfado sobre ella.
-Frente a la esclavitud de buscar el éxito fácil, tan frecuente en nuestro tiempo, Jesús propone buscar el único éxito que merece la pena: el del Reino de Dios; ante la posibilidad de convertir piedras en panes, Jesús recuerda que no sólo de pan vive el hombre, sino de la Palabra de Dios (Mt. 4, 3ss). Los éxitos fáciles lo más que consiguen es ser respuesta a necesidades inmediatas; ahora bien, el hombre se encadena a la primera solución que se presente, arreglando así una pequeña parte de su problema, y no le queda ya más libertad para hacer frente a las cosas en su profundidad.
-Frente a la esclavitud del mal, en cualquiera de sus formas, Jesús se presenta como el liberador que trae el Reino del bien y da a los suyos la posibilidad de seguir haciendo el bien: pecado, enfermedad, demonios, soledad..., de todo ello queda libre el hombre que, con confianza, se pone en manos de Jesús. Es cierto que Jesús no hace desaparecer el mal "como por arte de magia"; pero Jesús se revela como el Señor que domina el mal, que puede darle una solución, una respuesta, una salida.
-Frente a la esclavitud del sufrimiento, Jesús anuncia la llegada del día en el que los ciegos vean, los cojos caminen, los sordos oigan, los encarcelados vean la luz del sol, los pobres escuchen la buena noticia (Lc. 4, 16-21); es verdad que el sufrimiento no ha desaparecido, que sigue siendo cosecha abundante en nuestro mundo; pero ahora vemos hasta dónde puede conducir, cuál es su valor y su sentido y qué es lo que ha ocurrido con el sufrimiento en el mundo.
-Frente a la esclavitud de la muerte, que se enseñorea de todos los hombres, antes o después, quieran o no quieran, Pablo nos recuerda que el bautizo que nos vinculaba a la muerte de Jesús nos sepultó con él para que, así como él resucitó triunfando sobre la muerte y rompiendo definitivamente sus cadenas, también nosotros podamos empezar una vida nueva, una vida sin verdadera muerte (/Rm/06/03-04).
-Frente a la esclavitud de ver el mundo sin futuro, sin salida, nosotros afirmamos en nuestra fe que Jesús ha dado comienzo a un mundo nuevo en el que ya no habrá ni luto, ni llanto, ni muerte, ni dolor pues lo de antes ha pasado y Dios lo hace todo nuevo (Ap. 21, 3-5). Los sufrimientos de la condición humana son los sufrimientos de un alumbramiento, el cual debe dar a luz una vida nueva y sin fin; nuestras penalidades y sacrificios no nos llevan al sinsentido y al absurdo, sino a la liberación y a la consecución de una vida nueva (Mc. 13, 8).
Jesús es el liberador soberano y universal; su Reino es un Reino de libertad y vida; sin liberación no puede haber vida, y sin vida la liberación no es nada. Nosotros, discípulos de este hombre y Dios que es Jesús y que nos ha traído la LIBERTAD, no podemos reducir su misión, su tarea y su mensaje a una "simple religión", como muchas veces hemos hecho. Hace ya años que Loisy hizo su afirmación; "Jesús predicaba el Reino de Dios y llegó la Iglesia", y la polémica aún sigue en pie. La Iglesia es, a veces, más eclesiástica que eclesial, más preocupada por sí misma que por su misión. Y no podemos olvidar que la Iglesia es el medio, y el Reino la meta final. La Iglesia está al servicio del Reino y, por tanto, no se puede absolutizar ni cerrar en sí misma.
Hoy, fiesta de Cristo Rey, recordemos una vez más cómo es su Reino y cuál es nuestra responsabilidad en él. Y, como Iglesia, busquemos el Reino de Dios y justicia, con la convicción de que todo lo demás se nos dará por añadidura.
REALEZA DE CRISTO SOBRE EL UNIVERSO
Adrien Nocent
-Tú lo dices: Soy Rey (Jn 18, 33-37)
La escena transcurre en el interior del pretorio, donde Pilato interroga a Jesús. Se percibe allí a Pilato interesado y de hecho turbado por la personalidad de Jesús. Se pregunta sinceramente quién es. Lo manifiesta su pregunta, en la que no habría que ver una ironía: "¿Eres tú el rey de los judíos?". Jesús hace alusión a esa inquietud de un Pilato que se encubre: "¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mi?".
Pero Jesús no quiere ya ocultar su verdadera cualidad: "Tú lo dices: Soy Rey". Con todo, Pilato podría confundir las cosas. La realeza de Cristo es de orden espiritual, no de orden nacional. En cuanto autoridad espiritual Jesús es rey, y esta autoridad pertenece a Dios. Su realeza no viene de este mundo; le ha sido confiada por el Padre. Jesús, por lo tanto, no es rey en el sentido político de la palabra, tal como Pilato podría entenderlo. Sin embargo, Pilato ha dicho que Cristo era rey, y ha dicho verdad, si por ello entiende una realeza que escapa a toda consideración terrena. Porque la realeza de Cristo consiste en dar testimonio de la verdad. Verdad no significa aquí una filosofía, sino la realidad eterna en contraposición a lo que pasa, la realidad de Dios. Jesús ha sido enviado y ha venido para transmitir a los hombres una realidad que libera, la realidad eterna, objeto esencial de la revelación por la que el Verbo se encarnó.
Esta escena del proceso de Jesús es paradójica. Pilato es juez de Jesús; en realidad, es Jesús quien juzga a Pilato; él es el Rey, el juez, porque es quien libera o condena, según que se reciba el testimonio de la verdad divina o que se rechace este testimonio.
-A él se le dio poder, honor y reino (Dn 7, 13-14)
En este pasaje se nos presenta al Señor en su función de juez de los últimos tiempos. Para nosotros, el personaje simbólico, el Hijo del hombre que avanza hacia el Anciano venerable, ese Hijo del hombre es el Mesías, Jesús, el Cristo. Le vemos en su dominio y poder, en la gloria de su Realeza sobre todas las naciones y pueblos. Es un reino eterno que no será destruido. El Señor reina, vestido de majestad; el Señor, vestido y ceñido de poder (Sal 92).
-El Príncipe de los reyes de la tierra (Apoc 1, 5 8)
Pasamos del apocalipsis de Daniel al Apocalipsis cristiano. Si se nos presenta a Cristo como Rey, nosotros somos en su reino los sacerdotes de Dios, su Padre.
Todo este pasaje es una gran doxología, himno al Rey que nos ha liberado de nuestros pecados con su sangre. Es el Rey que nos da la paz, el primogénito de entre los muertos, asegurando así nuestra propia resurrección, sobre el soberano de los reyes de la tierra. En ese momento, todos le reconocen como el Rey soberano, también los que le atravesaron.
Toda la actividad pascual de Cristo ha tenido éxito: ha reunido un reino de sacerdotes al servicio del Padre, para gloria suya. Ha sido constituido un gran Reino que canta al Señor como su alfa y omega. Toda la liturgia de hoy contiene una visión triunfal. Podría, sin embargo, inducirnos a error y hacer que renaciese en nosotros un cierto triunfalismo cristiano. Si Jesús dijo a Pilato: "Soy Rey", fue para afirmar que lo era, pero de forma muy distinta a la de los reyes de la tierra. No es un rey que libere a los pueblos, como haría un líder político. La confusión no era posible sólo para Pilato... o para nosotros; lo era para los apóstoles mismos, y el día de la Ascensión escuchamos de boca de uno de ellos esta pregunta humana: "Señor, ¿es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?" (Hech 1, 6). ¿Cuántas veces ha intentado la muchedumbre hacer rey a Jesús? (Jn 6, 15).
Si Jesús es Rey, todos los cristianos pertenecen a un pueblo de raza real. Resulta, pues, posible construir un silogismo carente de realidad: todo cristiano es hermano de Cristo, todo cristiano es rey, la Iglesia es el pueblo de Cristo, toda la Iglesia es real. ¿No supone esto para los cristianos y para la Iglesia un régimen social de privilegios? De esta forma, podríamos trasponer miserablemente la realeza perecedera. Se trata, en cambio, de una realeza de servicio; todo cristiano y la Iglesia entera, como pertenecientes a un Reino privilegiado, no tienen que gozar de privilegios pasajeros, porque no tienen otra función que la de dar testimonio de la verdad, ellos cuya situación no es real más que por ser mensajeros de una realeza que no pasa y que libera a los hombres de la esclavitud en la que viven los reyes de la tierra y todos los poderes públicos. Y sin embargo, el que esta realeza sea espiritual y el que Jesús menosprecie el ejercicio de todo poder político, no significa en modo alguno que la Iglesia deba vivir fuera del mundo y en una actitud espiritualista desinteresada con respecto a la vida de los hombres de nuestro tiempo. La realeza de Cristo obliga a toda actitud política de este mundo a ser consciente del fin último al que debe servir toda política. Esa realeza de Cristo no significa que la Iglesia de este mundo deba ejercer sobre él un poder de dominio humano, sino que la realeza de su Cabeza es un constante llamamiento a la auténtica concepción de un verdadero Reino. Determinadas épocas de la Iglesia han confundido, sin duda, realeza y realeza; la Iglesia que ahora vive en esta tierra no tiene que establecer un reino terrestre.
Queda y quedará siempre por hacer una indagación sobre la forma en que la Iglesia debe utilizar la realeza de Cristo, no dominando ella misma como un rey de la tierra, sino alentando con todas sus fuerzas los caminos concretos para la liberación de los oprimidos y marginados. Al celebrar a Cristo, Rey del universo, la Iglesia no lo hace reivindicando una supremacía humana y terrena, sino animando a los que tienen por encargo conducir en concreto al mundo en su existir terrestre, a que confronten su política con el Rey único, eterno, y cuyo Reino es definitivo para siempre.
XXXIV SEMANA TIEMPO ORDINARIO
En lugar del último domingo del Tiempo Ordinario se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.
Antífona de entrada Sal 85, 9
Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos, y los que se convierten de corazón.
Oración colecta
Mueve, Señor, los corazones de tus hijos,
para que, correspondiendo generosamente a tu gracia,
reciban con mayor abundancia,
la ayuda de tu bondad.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Oración sobre las ofrendas
Recibe, Señor, estos dones sagrados
que nos mandaste consagrar a tu nombre
y para que ellos nos hagan gratos a tus ojos,
concédenos obedecer siempre tus mandatos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de la comunión Mt 28, 20
Sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo -dice el Señor.
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
ya que nos has alegrado
con la participación en tu sacramento,
no permitas que nos separemos de ti.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Su dominio es un dominio eterno
Lectura de la profecía de Daniel 7, 13-14
Yo estaba mirando, en las visiones nocturnas,
y vi que venía sobre las nubes del cielo
como un Hijo de hombre;
Él avanzó hacia el Anciano
y lo hicieron acercar hasta Él.
Y le fue dado el dominio, la gloria y el reino,
y lo sirvieron todos los pueblos, naciones y lenguas.
Su dominio es un dominio eterno que no pasará,
y su reino no será destruido.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 92, 1-2. 5
R. ¡Reina el Señor, revestido de majestad!
¡Reina el Señor, revestido de majestad!
El Señor se ha revestido,
se ha ceñido de poder. R.
El mundo está firmemente establecido: ¡no se moverá jamás!
Tu trono está firme desde siempre,
Tú existes desde la eternidad. R.
Tus testimonios, Señor, son dignos de fe,
la santidad embellece tu Casa
a lo largo de los tiempos. R.
El Rey de los reyes de la tierra hizo de nosotros
un Reino sacerdotal para Dios
Lectura del libro del Apocalipsis 1, 5-8
Jesucristo es el «Testigo fiel, el Primero que resucitó de entre los muertos, el Rey de los reyes de la tierra». Él nos ama y nos liberó de nuestros pecados, por medio de su sangre, e hizo de nosotros un Reino sacerdotal para Dios, su Padre. ¡A Él sea la gloria y el poder por los siglos de los siglos! Amén.
Él viene sobre las nubes y todos lo verán, aún aquellos que lo habían traspasado. Por Él se golpearán el pecho todas las razas de la tierra. Sí, así será. Amén.
Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es, el que era y el que vendrá, el Todopoderoso.
Palabra de Dios.
ALELUIA Mc 11, 9. 10
Aleluia.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
¡Bendito sea el Reino que ya viene,
el Reino de nuestro padre David!
Aleluia.
EVANGELIO
Tú lo dices: Yo soy rey
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 18, 33b-37
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí?»
Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho?»
Jesús respondió:
«Mi realeza no es de este mundo.
Si mi realeza fuera de este mundo,
los que están a mi servicio habrían combatido
para que Yo no fuera entregado a los judíos.
Pero mi realeza no es de aquí».
Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey?»
Jesús respondió:
«Tú lo dices: Yo soy rey.
Para esto he nacido
y he venido al mundo:
para dar testimonio de la verdad.
El que es de la verdad, escucha mi voz».
Palabra del Señor.
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