Domingo 1 del Tiempo Adviento (C)
Liturgia Viva del I Domingo de Adviento
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Que el Señor confirme sus corazones en la santidad
para que sean ustedes intachables
a los ojos de nuestro Dios y Padre
cuando nuestro Señor Jesucristo venga.
Que el Señor esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. Esperando en Tensión
“Estén erguidos, mantengan alta su cabeza”. Éste es el mensaje que el Señor nos comunica en este Primer Domingo de Adviento. Hay hoy guerras civiles terroríficas, hambre en muchas partes del mundo, y hay millones de refugiados que buscan seguridad. Y sin embargo el Señor nos tranquiliza diciendo que deberíamos mantener bien altas nuestras expectativas y nuestra esperanza., porque él está todavía con nosotros y cerca de nosotros. – Estemos atentos a su presencia no sólo aquí en la eucaristía, sino también en la vida de cada día.
2. Vigilantes, Pero no con Miedo
Mucha gente en el mundo está sentada en la oscuridad del hambre, del sufrimiento, de la violencia. Y a pesar de ello, si somos Pueblo de Dios, mantenemos indestructible la esperanza de que la verdad, la bondad y la justicia prevalecerán un día, porque creemos que Cristo nuestro Señor ha venido y vive entre nosotros. Luchamos, sabemos que el camino es escabroso, pero el Señor viene con nosotros y nos dice: Ven conmigo, sirve conmigo, ama conmigo, comparte y date a ti mismo conmigo, y así tú serás mejor, y la Iglesia y el mundo serán también mejores.
Acto Penitencial
Estamos habitualmente ocupados en nuestros propios asuntos y afanes egoístas, y hemos olvidado los asuntos del Señor y las necesidades de nuestros hermanos. Pidámosle al Señor que nos perdone.
(Pausa)
– Señor, haz que nos percatemos de que tú estás cerca de nosotros en la gente que padece hambre y necesidad. Líbranos con tu amor de nuestra inconsciencia o indiferencia. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
– Cristo Jesús, haz que te descubramos en los que buscan la paz, para ellos mismos y para su país. Otórgales tu paz duradera. R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
– Señor Jesús, revélate a nosotros en los hermanos que andan malamente a tientas en su vida, en la noche de su sufrimiento. Que tu luz brille sobre ellos y sobre nosotros. R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Quédate cercano e íntimo a nosotros con tu perdón, Señor; mantennos atentos a tu constante venida y llévanos a la vida eterna. Amén.
Oración Colecta
Pidamos en este tiempo de espera y esperanza
que el Señor nos conserve siempre vigilantes.
(Pausa)
Señor Dios nuestro:
Somos tu pueblo en marcha
que trata de llevar a cabo la tarea
de dar forma a tu reino de amor y de paz.
Cuando nos sintamos con miedo y desalentados,
mantennos en marcha con esperanza.
Haznos vigilantes en la oración
para que sepamos percibir
los signos de la venida de tu Hijo.
Que Cristo camine con nosotros ya ahora
por el camino que él mismo nos ha mostrado,
para que nos conduzca a ti, Dios y Padre nuestro,
que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Primer Lectura (Jer 33,14-16): Mantengan Viva la Esperanza
A un pueblo desanimado, el profeta anuncia: ¡Ánimo! Va a venir un Salvador de la Casa de David. Con él la honestidad y la integridad se restablecerán.
Segunda Lectura (1 Tes 3,12-4,2): Prepárense para la Venida del Señor.
Jesús vino para hacernos nuevos a todos. Creciendo en amor y viviendo más profundamente nuestra fe, aceleramos su venida a nuestro mundo.
Evangelio (Lc 21,25-28.34-36): ¡Su Liberación Está Cerca!
Aún en tiempo de peligro los cristianos siguen esperando en el futuro. Por medio de una vida de amor, oración y vigilancia se preparan para encontrarse con el Señor.
Oración de los Fieles
Movido por su infinito amor, nuestro Padre del cielo envió a su Hijo al mundo para colmar todas nuestras esperanzas, y para ofrecernos un futuro mejor y eterno. Digámosle en oración: R/ Señor, tú eres nuestra esperanza.
– Por la comunidad de la Iglesia y por todos nosotros, sus miembros, para que, por nuestro compromiso por la justicia y el amor, hagamos creíble el evangelio, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra esperanza.
– Por la gente sin coraje y sin esperanza, por los que sufren por el hambre o la guerra, para que nosotros intentemos reavivar su esperanza, trabajando con ellos para construir un mundo mejor, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra esperanza.
– Por los cristianos en cualquier parte del mundo, para que no se avergüencen del Evangelio, sino que proclamen abiertamente su mensaje de esperanza con el ejemplo de sus propias vidas, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra esperanza.
– Por todos nosotros aquí reunidos, para que no seamos auto-complacientes y nos quedemos pasivos y satisfechos, sino que permanezcamos vigilantes para dejarnos renovar por Dios en Cristo. Que nos otorgue la gracia de comprometernos seriamente y vivir para los demás, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra esperanza.
Señor Dios nuestro, tú nos amas y por eso esperas que hagamos visibles a todos tu bondad y justicia. Esperamos que tu Hijo permanezca con nosotros para que tus expectativas y las nuestras se hagan realidad, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
Como prenda de tus promesas
nos das a tu Hijo Jesucristo
en estos elementos y signos de pan y vino.
No te pedimos una vida sin problemas ni riesgos,
sino la visión de tu Hijo
de un mundo en el que tú estás presente,
y también te pedimos el valor y la fuerza de tu Hijo
para responder con nuestras propias vidas
a tu llamado para construir un mundo nuevo,
en el que tu Hijo pueda ser nuestro Señor y Salvador
ahora y por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Ya en esta eucaristía Jesús va a estar cercano e íntimo a nosotros. Cada Misa es un signo de esperanza de que Dios está con nosotros en nuestro mundo. Demos gracias por esto al Padre.
Introducción al Padre Nuestro
Roguemos al Padre de todos
con las palabras de Jesús
para que sepamos hacer su voluntad
y demos forma a su reino:
R/ Padre Nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males.
Despiértanos de nuestra pereza y aletargamiento
y ayúdanos a acelerar la venida de tu Hijo
en medio de nosotros,
para que vivamos en un mundo de justicia,
sin rencores, división y miedo,
mientras nos preparamos con gozosa esperanza
para la venida gloriosa
de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
Invitación a la Comunión
Alcen su cabeza, porque éste es Jesús, nuestro Señor y Salvador. Dichosos nosotros si él nos encuentra despiertos esperando su venida. Felices nosotros, invitados a su banquete de salvación.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro, Padre misericordioso:
Tú nos has dicho tu palabra esperanzadora
y has renovado nuestra fuerza
con el pan de vida de tu Hijo.
Libera nuestra fe de toda banalidad y rutina,
y, guiados por tu Hijo Jesús,
envíanos a restablecer integridad, justicia y amor
en nuestro mundo maltrecho.
Que recuperemos la confianza de que con él
podemos dar forma a un futuro mejor,
más allá de todas las expectativas humanas,
ya que el futuro te pertenece a ti,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: “Mantengan sus cabezas altas en esperanza”.
Éste ha sido el mensaje de hoy.
Mantengámonos firmes en esperanza
cuando haya guerras y violencia,
cuando haya injusticia y corrupción,
cuando haya odio y rencor.
Sigamos esperando, porque hay un futuro diferente y mejor.
Cristo está con nosotros,
y con él somos capaces de eliminar
y acabar con la violencia y las guerras;
con él podemos derrotar el odio con la amistad.
Sí, mantengamos la cabeza bien alta,
porque el Señor Jesús está con nosotros
Y con él hay esperanza y futuro.
Marchemos con él.
Y que la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros
y nos acompañe siempre.
“Levantaos, alzad la cabeza.”
Cada Adviento es una oportunidad para revisar la propia vida. Es un tiempo de esperanza, un recorrido espiritual, interior, para vivir con intensidad la presencia de Dios en medio de nosotros. Eso es la Navidad. Y el Adviento nos prepara, nos ayuda a tomar conciencia, a romper el ritmo ordinario y ponernos en alerta, en vigilancia, porque Dios va a venir a nuestras vidas, una vez más, a ver si de una vez por todas consigue hacerse un hueco en nuestro duro corazón. Y no queremos que nos encuentre dormidos, ¿verdad?
Empezamos el Adviento, como digo. Es uno de los tiempos fuertes de la Liturgia. La Santa Madre Iglesia, que es muy sabia, nos prepara así para vivir mejor la Navidad, como pasa con la Cuaresma, antes de la Pascua. En este tiempo fuerte sería bueno recurrir con mucha más frecuencia a la Palabra de Dios, que está siempre disponible. Y que esa Palabra de Dios nos fuera guiando por el camino hacia Belén.
Es hoy un día importante: ¡comienza el año litúrgico! Deberíamos entusiasmarnos ante esta magnífica organización de nuestro tiempo. En ella se reflejan una historia que ha durado siglos, y en la cual nuestro Dios ha hecho mención de sí hasta extremos inimaginables. El año litúrgico es como un breve itinerario simbólico en el que recorreremos la historia entera de la humanidad. Es como un libro de 365 páginas, que iremos pasando día a día para que Dios nos hable como en otros tiempos. Dejamos atrás el Evangelio de Marcos, y leeremos el Evangelio de Lucas. Es el ciclo “C”.
Benedicto XVI dijo que, en la Biblia, San Pablo nos invita a preparar la “venida” del Señor, que en latín es adventus, de donde viene “Adviento”, cuyo significado incluye el de visitatio (visita). “En este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí”.
Al introducirnos en este tiempo de esperanza y conversión, el Evangelio nos confronta con la exigencia cristiana de la vigilancia. “Levantad la cabeza… Estad alerta… Estad despiertos…” La vigilancia es tema fundamental en la predicación de Jesús, como actitud para reconocer su presencia, a veces silenciosa o desconcertante, en los acontecimientos de nuestra vida.
Ya la semana pasada se nos invitaba a reflexionar sobre un tema complicado, el reinado de Jesús. No es fácil entender cómo es Rey Jesucristo, Nuestro Señor. También el evangelio de hoy es complicado. Se nos recuerda que llega la liberación. Después de haber hablado del asedio a Jerusalén, el evangelista Lucas nos recuerda la segunda venida del Salvador. Lo hace con un lenguaje propio de su tiempo, apocalíptico, o sea, revelador. A nosotros nos toca releer esas señales del mundo natural en el proceso de la historia que nos toca vivir, porque ahí se manifiesta el Espíritu.
No siempre es sencillo leer esas señales. Sentimos el miedo y la angustia, ya no porque las señales del sol, la luna y las estrellas nos quiten el sueño. Hay otros motivos, porque la situación económica con el mucho paro, las diversas crisis, la inflación, los conflictos sociales, el hambre en el mundo, el abuso de poder, la incertidumbre frente al futuro y la depresión que amenaza a muchos, son preocupantes. Todas esas estructuras injustas se podrán remover sólo cuando el amor de Dios y su justicia reinen en el corazón de cada hombre.
El mensaje de Cristo no evita los problemas y la inseguridad, pero nos muestra el camino para superarlos. Porque nosotros tenemos los mismos motivos para preocuparnos que los no creyentes, pero ser cristiano supone tener una actitud distinta y, por tanto, reaccionar de manera diversa. Esa actitud se apoya en la esperanza que nos da la fe en las promesas de nuestro Dios, que nos permite descubrir el paso de Dios por el drama de la historia. La actitud a la que nos invita el Adviento es a intentar descubrir al Cristo que viene en el mundo actual y a vivir los problemas como algo necesario para la liberación total, que pasa por la cruz.
En este Evangelio, Lucas nos hace pensar en la segunda venida del Señor. Parece que un Adviento lleva a otro. Entre ambos, entre la primera venida y la segunda, que estamos esperando, transcurre nuestro tiempo, el tiempo de la comunidad cristiana. Es el momento, lo recordábamos la semana pasada, de hacer todo lo que podamos por mejorar el mundo, para hacerlo más justo y humano. Eso implica compromisos concretos con el “vía crucis” de cada día, que viven muchos pobres por todo el mundo. Ese compromiso lo debemos adoptar cada uno, para intentar forjar una sociedad distinta, más fraterna y justa. Compartir el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones es una forma de estar vigilantes, mientras esperamos la segunda venida de Nuestro Señor, Jesucristo.
Con la segunda venida, la verdad que está oculta aparecerá a plena luz. Todos llegaremos a conocernos mejor. Estemos atentos, Porque Cristo nace cada día. Viene por mil puertas, de mil formas. Y viene trayendo los regalos y las bendiciones de Dios, Acojámoslo. No hace falta salir a su encuentro, Él nos visita. Y cuánto quisiera que le abriéramos la puerta.
EVANGELIO
Se acerca vuestra liberación.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 21,25-28.34-36
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
- Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y gloria.
Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del hombre.
Palabra de Dios.
INDIGNACIÓN Y ESPERANZA
Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.
Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará "signos" de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.
Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los "acontecimientos cósmicos" que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.
El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos "Dios".
No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El "último día" no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: "Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación". Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.
Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.
Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. "Tened cuidado: que no se os embote la mente". No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. "Estad siempre despiertos". No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.
¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.
ESTAD SIEMPRE DESPIERTOS
Estad siempre despiertos.
Los discursos apocalípticos recogidos en los evangelios reflejan los miedos y la incertidumbre de aquellas primeras comunidades cristianas, frágiles y vulnerables, que vivían en medio del vasto Imperio romano, entre conflictos y persecuciones, con un futuro incierto, sin saber cuándo llegaría Jesús, su amado Señor.
También las exhortaciones de esos discursos representan, en buena parte, las exhortaciones que se hacían unos a otros aquellos cristianos recordando el mensaje de Jesús. Esa llamada a vivir despiertos cuidando la oración y la confianza son un rasgo original y característico de su Evangelio y de su oración.
Por eso, las palabras que escuchamos hoy, después de muchos siglos, no están dirigidas a otros destinatarios. Son llamadas que hemos de escuchar los que vivimos ahora en la Iglesia de Jesús en medio de las dificultades e incertidumbres de estos tiempos.
La Iglesia actual marcha a veces como una anciana "encorvada" por el peso de los siglos, las luchas y trabajos del pasado. "Con la cabeza baja", consciente de sus errores y pecados, sin poder mostrar con orgullo la gloria y el poder de otros tiempos.
Es el momento de escuchar la llamada que Jesús nos hace a todos.
«Levantaos», animaos unos a otros. «Alzad la cabeza» con confianza. No miréis al futuro solo desde vuestros cálculos y previsiones. «Se acerca vuestra liberación». Un día ya no viviréis encorvados, oprimidos ni tentados por el desaliento. Jesucristo es vuestro Liberador.
Pero hay maneras de vivir que impiden a muchos caminar con la cabeza levantada confiando en esa liberación definitiva. Por eso, «tened cuidado de que no se os embote la mente». No os acostumbréis a vivir con un corazón insensible y endurecido, buscando llenar vuestra vida de bienestar y placer, de espaldas al Padre del Cielo y a sus hijos que sufren en la tierra. Ese estilo de vida os hará cada vez menos humanos.
«Estad siempre despiertos». Despertad la fe en vuestras comunidades. Estad más atentos a mi Evangelio. Cuidad mejor mi presencia en medio de vosotros. No seáis comunidades dormidas. Vivid «pidiendo fuerza». ¿Cómo seguiremos los pasos de Jesús si el Padre no nos sostiene? ¿Cómo podremos «mantenernos en pie ante el Hijo del Hombre»?
ALZAD LA CABEZA
Alzad la cabeza.
Nadie conoce su final. Nadie conoce tampoco el final del mundo. ¿En qué va a terminar todo esto?, ¿qué nos espera a todos y a cada uno de nosotros?, ¿qué va a ser de nuestros esfuerzos y trabajos, de nuestros anhelos y aspiraciones?
Cuando Lucas iba copiando del evangelio de Marcos el discurso de Jesús sobre el Final, no se fijó demasiado en los «cataclismos cósmicos». Todos los escritos apocalípticos hablaban así. El pensó enseguida en lo que nos pasa a las personas cuando todo se hunde bajo nuestros pies y se tambalea lo que, de ordinario, nos da seguridad.
Probablemente, todos conocemos en nuestra propia vida momentos de crisis en los que no sabemos qué hacer ni a quién acudir. Situaciones en las que podemos sentir miedo e incluso angustia porque nos quedamos sin seguridad y sin aliento. Al final, ¿qué es la vida?, ¿en quién podemos confiar? Según Lucas, algo de esto le pasará un día al mundo. Por eso, nos ofrece algunas consignas para aprender a vivir con lucidez cristiana.
Alzad la cabeza. Es lo primero. No vivir encogidos y cabizbajos, encerrados en nuestros miedos y tristezas. Levantar la mirada; ampliar el horizonte. La «Vida» es más que esta vida. Se acerca vuestra liberación. Un día sabremos lo que es una vida liberada, justa, gozosa.
Tened cuidado de que no se os embote la mente. Es nuestro gran riesgo: vivir atrapados por las cosas, preocupados sólo por el dinero, el bienestar y la buena vida. Terminar viviendo de manera rutinaria, frívola y vulgar. Demasiado aturdidos y vacíos como para «entender» algo del verdadero sentido de la vida.
Estad siempre despiertos. No vivir dormidos. Despertar nuestra vida interior. En ninguna parte vamos a encontrar luz, paz, impulso nuevo para vivir, si no lo encontramos dentro de nosotros.
Pidiendo fuerza. Es nuestro problema: no tenemos fuerza para ser libres, para tener criterio propio, para cuidar nuestra fe o para cambiar nuestra vida. ¿Qué haremos si, además, dejamos de comunicarnos con Dios?
VIVIR DESPIERTOS
Estad siempre despiertos.
Jesús no se dedicó a explicar una doctrina religiosa para que sus discípulos la aprendieran correctamente y la difundieran luego en todas partes. No era éste su objetivo. Él les hablaba de un «acontecimiento» que estaba ya sucediendo: «Dios se está introduciendo en el mundo. Quiere que las cosas cambien. Sólo busca que la vida sea más digna y feliz para todos».
Jesús le llamaba a esto el «Reino de Dios». Hay que estar muy atentos a su venida. Hay que vivir despiertos: abrir bien los ojos del corazón; desear ardientemente que el mundo cambie; creer en esta buena noticia que tarda tanto en hacerse realidad plena; cambiar de manera de pensar y de actuar; vivir buscando y acogiendo el «Reino de Dios».
No es extraño que, a lo largo del evangelio, escuchemos tantas veces su llamada insistente: «vigilad», «estad atentos a su venida», «vivid despiertos». Es la primera actitud del que se decide a vivir la vida como la vivió Jesús. Lo primero que hemos de cuidar para seguir sus pasos.
«Vivir despiertos» significa no caer en el escepticismo y la indiferencia ante la marcha del mundo. No dejar que nuestro corazón se endurezca. No quedarnos sólo en quejas, críticas y condenas. Despertar activamente la esperanza.
«Vivir despiertos» significa vivir de manera más lúcida, sin dejamos arrastrar por la insensatez que, a veces, parece invadirlo todo. Atrevemos a ser diferentes. No dejar que se apague en nosotros el deseo de buscar el bien para todos.
«Vivir despiertos» significa vivir con pasión la pequeña aventura de cada día. No desentendernos de quien nos necesita. Seguir haciendo esos «pequeños gestos» que, aparentemente, no sirven para nada, pero sostienen la esperanza de las personas y hacen la vida un poco más amable.
«Vivir despiertos» significa despertar nuestra fe. Buscarle a Dios en la vida y desde la vida. Intuirlo muy cerca de cada persona. Descubrirlo atrayéndonos a todos hacia la felicidad. Vivir, no sólo de nuestros pequeños proyectos, sino atentos al proyecto de Dios.
CUIDAR LA ESPERANZA
Alzad la cabeza.
Todos vivimos con la mirada puesta en el futuro. Siempre pensando en lo que nos espera. No sólo eso. En el fondo, casi todos andamos buscando «algo mejor», una seguridad, un bienestar mayor. Queremos que todo nos vaya bien y, si es posible, que nos vaya mejor. Es esa confianza básica la que nos sostiene en el trabajo y los esfuerzos de cada día. Por eso, cuando la esperanza se apaga, se apaga también la vida. La persona ya no crece, no busca, no lucha. Al contrario, se empequeñece, se hunde, se deja llevar por los acontecimientos. Si se pierde la esperanza, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar siempre en el corazón de la persona, en el seno de la sociedad o en la relación con Dios es la esperanza.
La esperanza no consiste en la reacción eufórica y optimista de un momento. Es más bien un estilo de vida, una manera de afrontar el futuro de forma positiva y confiada, sin dejarnos atrapar por el derrotismo. El futuro puede ser más o menos favorable, pero lo propio del hombre de esperanza es su actitud positiva, su deseo de vivir y de luchar, su postura decidida y confiada. No siempre es fácil. La esperanza hay que trabajarla.
Lo primero es mirar hacia adelante. No quedarse en lo que ya pasó. No vivir sólo de recuerdos y nostalgias. No quedarse añorando un pasado tal vez más dichoso, más seguro o menos problemático. Es ahora cuando hemos de vivir afrontando el futuro de manera positiva y esperanzada.
La esperanza no es una actitud pasiva, es un estímulo que impulsa a la acción. Quien vive animado por la esperanza no cae en la pasividad. Al contrario, se esfuerza por transformar la realidad y hacerla mejor. Quien vive con esperanza es realista, asume los problemas y las dificultades, pero lo hace de manera creativa dando pasos, buscando soluciones y contagiando confianza.
La esperanza no se sostiene en el aire. Tiene sus raíces en la vida. Por lo general, las personas viven de «pequeñas esperanzas» que se van cumpliendo o se van frustrando. Hemos de valorar y cuidar esas pequeñas esperanzas, pero el ser humano necesita una esperanza más radical e indestructible, que se pueda sostener cuando toda otra esperanza se hunde. Así es la esperanza en Dios, último salvador del hombre. Cuando caminamos cabizbajos y con el corazón desalentado, hemos de escuchar esas conmovedoras palabras de Jesús: «Alzad la cabeza, pues se acerca vuestra liberación».
POR FAVOR, QUE HAYA DIOS
Estad siempre despiertos.
Muchas veces había pensado en la importancia que tiene el contexto socio-político en nuestra manera de leer el Evangelio, pero sólo tomé conciencia viva de ello cuando estuve viviendo una temporada un poco más larga en Ruanda.
Todavía recuerdo bien la sensación que tuve al leer el texto evangélico de este primer domingo de Adviento. No es lo mismo escuchar este discurso apocalíptico desde el bienestar de Europa o desde la miseria y el sufrimiento de África.
A pesar de todas las crisis y problemas, en Europa se piensa que el mundo siempre irá a mejor. Nadie espera ni quiere el fin de la historia. Nadie desea que cambien mucho las cosas. En el fondo, nos va bastante bien. Desde esta perspectiva, oír hablar de que un día todo esto puede desaparecer «suena» a «visiones apocalípticas» nacidas del desvarío de mentes pesimistas.
Todo cambia cuando el mismo Evangelio es leído desde el sufrimiento del Tercer Mundo. Cuando la miseria es ya insoportable y el momento presente es vivido como un sufrimiento absolutamente destructor, es fácil percibir por dentro un sentimiento diferente: «Gracias a Dios, esto no durará para siempre.»
Los que sufren así son quienes mejor pueden comprender el mensaje de Cristo: «Felices los que lloran, porque de ellos es el Reino de Dios.» Estos hombres y mujeres cuya existencia es dolor están esperando algo nuevo y diferente que responda a sus anhelos más hondos de vida y de paz.
Un día «el sol, la luna y las estrellas temblarán», es decir, todo aquello en que creíamos poder confiar para siempre se hundirá. Nuestras ideas de poder, seguridad y progreso se tambalearán. Todo aquello que no conduce al ser humano a la verdad, la justicia y la fraternidad se derrumbará y «en la tierra habrá angustia de las gentes».
Pero el mensaje de Cristo no es de desesperanza para nadie: Aún entonces, en el momento de la verdad última, no desesperéis, estad despiertos, «manteneos en pie», poned vuestra confianza en Dios. Viendo de cerca el sufrimiento cruel de aquellas gentes de África, me sorprendí a mí mismo pensando algo que puede parecer extraño en un cristiano. No es propiamente una oración a Dios. Es un deseo ardiente y una invocación ante el misterio del dolor humano. Es esto lo que me salía de dentro: «Por favor que haya Dios.»
¿HACIA DONDE VAMOS?
Estad siempre despiertos.
¿En qué dirección nos estamos moviendo?, ¿hacia dónde vamos? Pocas preguntas producen mayor inquietud. Porque, ¿qué respuesta se puede dar?, ¿quién puede saber qué se está generando en las entrañas de nuestra interminable historia de violencias, enfrentamientos e incapacidad de diálogo?
Este tipo de preguntas provoca, en no pocos, pesimismo: vamos irremediablemente a la catástrofe, a la división de un pueblo, a la descomposición. Otros quieren mantener el ánimo pensando que el futuro, sólo por serlo, será mejor: no es posible seguir así largo tiempo; la sociedad se está cansando; un día las cosas se arreglarán.
Lo primero que hay que decir es que el futuro no está escrito. Las generaciones venideras recogerán lo que ahora sembremos. El porvenir de un pueblo se va gestando en el presente, con nuestra manera de pensar y de actuar, con nuestro estilo de vivir y nuestro modo de enfrentamos a los conflictos. ¿Estamos en el camino de resolver nuestros problemas de fondo?
A mi juicio, el primer error es olvidar una de las lecciones más claras de la historia: las imposiciones violentas no sirven para construir una convivencia política duradera. Se requiere que las ideas sean asumidas por la conciencia colectiva, y obtengan la adhesión libre y pacífica de los ciudadanos. Sólo así se puede avanzar hacia una convivencia más humana.
Esta es mi segunda convicción: lo más decisivo para la dicha o la infelicidad de las futuras generaciones no va a ser la fórmula jurídico-política que se logre imponer, sino la visión de hombre y de sociedad, el talante democrático, el reconocimiento de la propia dignidad y la de los demás, la búsqueda eficaz del bien común. Se discute sin fin sobre «autonomía», «autodeterminación» o «independencia». A mí lo que me preocupa es el tipo de hombre que se está gestando entre nosotros.
Hay, por eso, preguntas que me parecen claves: ¿cómo poner en marcha una corriente social que nos lleve a un desarrollo más humano y justo de la convivencia?, ¿cómo promover una cultura más penetrada de sentido ético?, ¿cómo impulsar una acción política basada en actitudes y compromisos que generen integración, y no separación, unión de fuerzas, y no división? Estas son realidades que han de ser muy cuidadas en un pueblo tan pequeño como el nuestro.
Pero el estilo de vida y la calidad de la convivencia no se improvisan. Se requiere un clima social que los estimule. Un modo de hacer política al servicio del bien común buscado lealmente por todos y para todos. Un esfuerzo de educación integral de las nuevas generaciones. Los cristianos, por su parte, no han de permanecer indiferentes y pasivos. Desde las familias creyentes, desde las parroquias, desde los centros educativos, desde el compromiso personal, han de colaborar en la creación de una convivencia más humana. Las palabras de Jesús nos interpelan: «Estad siempre despiertos.»
EL DIOS DE LA ESPERANZA
Estad siempre despiertos.
No son teorías de los pensadores. Lo sienten así las gentes de los países más desarrollados. Las grandes palabras del siglo XX, «libertad», «justicia», «felicidad», están hoy en crisis. La fe en el progreso comienza a ser sustituida por el pesimismo. ¿Qué nos espera en el futuro?
Por otra parte, la fe cristiana parece haber perdido su fuerza para dar sentido y aliento al ser humano. No son pocos los que consideran la religión como una fase ya superada dentro del desarrollo de la humanidad.
Entre los mismos cristianos, las cosas han cambiado profundamente en pocos años. Crece la indiferencia, el abandono y la «apostasía silenciosa». Se difunde en no pocos un «desafecto interior» hacía la Iglesia. Quizás por vez primera, amplios sectores de gentes que se dicen cristianas perciben de manera difusa, a niveles profundos de su conciencia, una especie de inseguridad o desasosiego en torno a su fe.
Son tiempos en los que la humanidad anda buscando un mensaje de esperanza. Una experiencia nueva capaz de liberar al hombre contemporáneo del escepticismo, el cansancio y la indiferencia.
Lo más importante en estos momentos no es potenciar la autoridad religiosa para imponer desde fuera una seguridad. Como dice H. Zahmt, la renovación no llegará «administrando burocráticamente los residuos de fe» de la sociedad contemporánea.
Lo más importante no es tampoco el desarrollo de la teología especializada. Alguien ha dicho con ironía que «primeramente se hablada con Dios, luego se comenzó a hablar de Dios, más tarde se pasó a hablar del problema de Dios y se ha terminado hablando de la posibilidad de hablar acerca de Dios». La teología es necesaria, pero lo cierto es que la esperanza sólo puede venir de un Dios que es más grande que todas nuestras discusiones doctrinales.
Lo que el hombre de hoy necesita es que alguien le ayude a encontrarse con «el Dios de la esperanza». Un Dios en el que se pueda creer, no por tradición, no por miedo al infierno, no porque alguien lo ordena así, no porque alguno lo explica brillantemente, sino porque puede ser experimentado como fundamento sólido de esperanza para el ser humano.
Ese Dios sólo puede ser anunciado por creyentes que vivan ellos mismos radicalmente animados por la esperanza. El testimonio de «una esperanza vivida» es la mejor respuesta a todos los escepticismos, indiferencias y abandonos.
El Adviento es una llamada a despertar la esperanza. Si el cristianismo pierde la esperanza, lo ha perdido todo. Cristianos «habituados a creer desde siempre», ¿qué hemos hecho de la esperanza cristiana?
EL CAMINO DE LA NO-VIOLENCIA
Estad siempre despiertos.
De nuevo la sangre ha sido derramada de manera brutal y absurda en nuestra tierra y, una vez más, hemos podido constatar con estremecimiento y dolor que el cese de hechos sangrientos durante un cierto tiempo no ha significado ningún paso hacia la paz.
¿Nadie tiene la audacia de romper esta espiral de violencia? ¿Nadie es capaz de llevar adelante una negociación que traiga por fin la paz que este pueblo anhela y necesita? ¿Durante cuántos años va a quedar estancada la violencia entre nosotros?
La vida de los hombres siempre ha estado fuertemente trabajada por los conflictos. Basta mirar la historia para ver a los pueblos destruyéndose mutuamente en enfrentamientos y agresiones interminables.
Encontramos conflictos en nuestras relaciones sociales, políticas y culturales. Se dan enfrentamientos en el seno de nuestras familias. La violencia está presente en nuestro vivir diario.
Para superar los conflictos el hombre tiene que hacer una opción de importancia decisiva. Ha de escoger entre el camino del diálogo y la razón o bien el camino de la violencia, la agresión o la imposición del más fuerte.
Desgraciadamente, los hombres han escogido casi siempre este segundo camino a pesar de que todas las generaciones han experimentado una y otra vez el poder destructor de la violencia.
Este es, sin duda, el mayor pecado de la humanidad. El hombre no sabe renunciar a la violencia y ni siquiera la amenaza del aniquilamiento total de la vida humana sobre la tierra es capaz de detenerlo en este camino.
Sin embargo, los hombres no hemos nacido para vivir haciéndonos daño unos a otros. Sería gravísimo que nos acostumbráramos a la violencia como algo necesario y normal para resolver nuestros problemas.
Las palabras de Jesús nos piden saber reaccionar ante el mal. “Estad siempre despiertos... Levantad la cabeza”. Los creyentes hemos de mantener una actitud vigilante ante el mal.
Nuestro Obispo ha querido en este Adviento concretar más esa llamada en una importante Carta Pastoral que lleva un título que recoge bien su contenido central: “Por la no-violencia a la paz “.
En ella nos invita a descubrir que los caminos de la no-violencia son más eficaces para alcanzar la paz que los caminos de la mutua destrucción.
¿No podríamos durante este Adviento estudiar esta Carta, recoger su mensaje, reflexionar sobre nuestras actitudes violentas y comprometernos a impulsar la no-violencia a nuestro alrededor? Sería una manera de escuchar la llamada a vivir despiertos.
MATAR LA ESPERANZA
Tened cuidado: no se os embote la mente...
Jesús fue un creador incansable de esperanza. Toda su existencia consistió en contagiar a los demás la esperanza que él mismo vivía desde lo más hondo de su ser.
Hoy escuchamos su grito de alerta: «Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación. Pero tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero».
Las palabras de Jesús no han perdido actualidad pues los hombres seguimos matando la esperanza y «embotando» nuestra existencia de muchas maneras.
Y no pensemos sólo en aquellos que, al margen de toda fe, viven según aquello de «comamos y bebamos, que mañana moriremos», sino en quienes, llamándonos cristianos, podemos caer en una actitud no muy diferente: «Comamos y bebamos, que mañana vendrá el mesías».
Cuando en una sociedad los hombres tienen como objetivo casi único de su vida la satisfacción ciega de sus apetencias y se encierran cada uno en su propio disfrute, allí muere la esperanza.
Los hombres satisfechos no desean nada realmente nuevo. No quieren cambiar el mundo. No les interesa esperar una vida futura mejor. El presente les satisface y les basta.
No se rebelan frente a las injusticias, sufrimientos y absurdos del mundo presente. En realidad, este mundo es para ellos «el cielo» al que se apuntarían para siempre. Pueden permitirse el lujo de no esperar nada mejor.
Qué tentador resulta siempre adaptarnos a la situación, instalarnos confortablemente en nuestro pequeño mundo y vivir tranquilos y cómodos, sin mayores aspiraciones.
Casi inconscientemente anida en bastantes la ilusión de poder conseguir la propia felicidad sin cambiar para nada el mundo. Pero no lo olvidemos. «Solamente aquellos que cierran sus ojos y sus oídos, solamente aquellos que se han insensibilizado, pueden sentirse a gusto en un mundo como éste» (R. A. Alves).
Quien ama de verdad la vida y se siente solidario de todo hombre, sufre el desasosiego y la intranquilidad de comprobar que todavía no podemos disfrutar de la felicidad a que estamos llamados.
Este sufrimiento alcanza su verdadero sentido cuando nace de la esperanza y nos impulsa a actuar de manera creadora. Es signo de que aún seguimos vivos, de que todavía somos conscientes de que algo no está bien en este orden de cosas y de que nuestro corazón sigue anhelando algo más.
LA ESPERANZA, ¿UNA ILUSION?
Estad siempre despiertos.
La primera acusación al hombre que trata de dar sentido a su vida desde una actitud de esperanza cristiana, ha sido la de falta de realismo.
Hay que ser realistas. Si vivimos de recuerdos, nos estamos remontando a un pasado que ya no existe. Si nos dejamos llevar por la esperanza, empezamos a soñar en un futuro que todavía tampoco existe. Seamos realistas y aprendamos a enfrentarnos con lucidez y valentía al momento presente, única realidad que tenemos ante nosotros.
Esta acusación ha adquirido un acento más científico desde la crítica a la religión operada por Karl Marx. La esperanza desplaza nuestra atención de los problemas de esta vida a un más allá ficticio y alienante. La religión invita a los hombres a esperar en una vida ultraterrena la solución de todas sus opresiones. Y, mientras tanto, los incapacita para luchar con eficacia y lucidez por la transformación real de la sociedad.
Un creyente honrado no puede menos que escuchar con inquietud la interpelación de la crítica marxista. ¿No hemos justificado muchas veces los cristianos con nuestra actitud falsamente conformista y «resignada», la acusación de vivir adormecidos por «el opio de la religión?». ¿No tendremos que escuchar hoy, de manera nueva, el grito de Jesús que nos llama a vivir despiertos en medio de nuestra sociedad contemporánea?
Para el verdadero creyente, la esperanza no es una ilusión engañosa. Al contrario, si vive con esperanza, es porque quiere tomar en serio la vida en su totalidad, y porque quiere descubrir todas las posibilidades que en ella se encierran para el futuro del hombre.
Precisamente, porque quiere ser realista hasta el final, no se aferra a la realidad tal como es hoy, ni se instala en esta vida como algo definitivo. Al contrario, se acerca a la vida como algo inacabado, algo que es necesario construir con esperanza.
Por eso, la verdadera esperanza no tranquiliza. La esperanza nos inquieta, nos desinstala, nos pone en contradicción con una realidad tan lejana todavía de esta liberación final que esperamos para el hombre.
Cuando se espera de verdad la liberación, comienzan a doler más las cadenas. El que espera una verdadera justicia- para el hombre, no aguanta ya esta sociedad tan injusta. El que cree de verdad en el cielo, siente necesidad de luchar para cambiar la tierra.
DIOS ES LA SALVACIÓN Y YA ESTÁ EN MÍ
Fray Marcos
Lc 21, 25-28 y 34-36
INTRODUCCIÓN
Con el primer Domingo de Adviento, comenzamos el nuevo año litúrgico. El año litúrgico es una puesta en escena de los acontecimientos que dieron lugar a nuestra religión cristiana. De la misma manera que en la vida normal, se inventó el teatro para escenificar las relaciones sociales y así poder comprenderlas mejor y evitar los obstáculos que podemos encontrar en la convivencia, así en el ámbito religioso, escenificamos las experiencias religiosas de nuestros antepasados.
Para nosotros la figura clave es Jesús, por eso el año litúrgico se desarrolla en torno a su vida y su mensaje. No tiene mayor importancia que Jesús haya nacido el 25 de diciembre o en cualquier otro día del año. Como tampoco la tiene que haya nacido en el año 1 ó en el año 5 antes de Cristo. Lo verdaderamente importante es que descubramos y vivamos que lo esencial de nuestra religión tuvo su origen en la experiencia de un ser humano en todo semejante a nosotros.
Empezamos con los cuatro domingos de Adviento, como preparación para celebrar el momento más importante de ese proceso que terminó en la religión cristiana. No nos debe extrañar la increíble riqueza de los textos litúrgicos de este tiempo de Adviento. Ello se debe a que el pueblo de Israel vivió toda su historia como tiempo de adviento, es decir, como una continua espera. Pero también el pueblo cristiano, vive las expectativas de la llegada definitiva del Reino de Dios.
Por eso, tanto el AT, como el NT, están plagados de textos bellísimos sobre este tema fundamental en toda la Escritura. Nosotros encontramos una dificultad a la hora de entender estos textos, porque están escritos desde unas expectativas completamente diferentes y en un lenguaje extraño. Sin embargo, el mensaje es simple: Pase lo que pase, debemos tener total confianza en Dios que salva siempre.
EXPLICACIÓN
En las tres lecturas de este primer domingo se nos habla de un tiempo apremiante de preparación para un acontecimiento que va a llegar. Este es precisamente el significado de la palabra adviento. Las tres lecturas nos dicen que Dios salva, pero a continuación se nos exige una actitud adecuada para que esa salvación llegue a nosotros. Esto es muy cierto y es la clave para entender el mensaje es este domingo.
Tal vez nos produzca una cierta confusión el hecho de que la liturgia apunta en una doble dirección. Por una parte, nos invita a estar en vela para la venida futura y definitiva de Cristo. Por otra, nos invita a prepararnos a celebrar dignamente la primera venida, es decir, su nacimiento como ser humano.
Ambas perspectivas son hoy problemáticas. Celebrar el nacimiento de Jesús como acontecimiento histórico, no servirá de nada si no nos sentimos implicados en lo que significó su propia vida. Entender literalmente la segunda venida, será echar balones fuera por el otro extremo.
Esos dos extremos serán referencias importantes, sólo si nos llevan a afrontar adecuadamente el presente. No tiene sentido hablar hoy del fin del mundo ni de catástrofes futuras. Ni siquiera de la "futura venida de Cristo". Lo importante no es que vino, ni que vendrá, sino que viene en este instante.
Hablar hoy del futuro en cualquiera de sus aspectos es ponerse fuera de juego y no aceptar el verdadero mensaje de las lecturas. Quedarse en la celebración de un hecho histórico, no cambiará nada en nuestra vida.
Debe hacernos pensar el hecho de que los Judíos esperaron durante XVIII siglos la liberación. Y cuando llegó Jesús con su oferta de salvación, la rechazaron porque no era lo que ellos esperaban. La venida del Mesías no fue suficiente para los judíos, porque no esperaban esa salvación, pero tampoco fue suficiente para los primeros cristianos, también judíos, que siguieron esperando la "segunda venida" en la que sí se realizará la verdadera salvación, porque entonces vendrá "con gran poder y gloria".
Aún hoy, seguimos esperando una salvación a nuestra medida, no la que realmente trajo Jesús, que es la que Dios quiere para nosotros. Si comprendiéramos que Dios ya nos ha dado todo lo que puede darnos, dejaríamos de esperar que Dios venga a "hacer" algo para salvarnos.
A todos nos resulta muy complicado abandonar una manera de ver a Dios que nos da seguridades, que es lo único que nos importa de verdad. Preferimos seguir pensando en el Dios todopoderoso que actúa a capricho, donde quiere, cuando quiere, y desde fuera. Solo requiere de nosotros que cumplamos, también externamente, sus mandamientos.
Desde esta perspectiva nos sentimos forzados a hacer lo que nos parece que le agrada y de otra, a esperar con miedo a que en el momento último nos coja confesados. De esa manera no hay forma de hacer presente el Reino de Dios que está dentro de nosotros. Y además, nos quedamos tan frescos, echando la culpa de que no estemos salvados, a Dios que es demasiado cicatero a la hora de concedernos lo que tanto deseamos.
Dios está viniendo siempre. Si el encuentro no se produce es porque estamos dormidos o, lo que es peor, con la atención puesta en otra parte. La falta de salvación se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar.
Da lo mismo que la esperemos aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Dios ni lo puede hacer otro hombre. Esta es la causa de nuestro fracaso. Esperamos que otro haga lo que solamente yo puedo hacer.
Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mí. Simplemente tengo que despertar y descubrirlo. Tengo que salir del engaño de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentra de mí mismo y me proyecta hacia los demás, hacia el infinito; me identifica con todo y con todos. Mi falso ser, mi ego, mi individualidad se disuelve.
Esa experiencia de salvación tendrá consecuencias irreversibles en mi comportamiento con los demás y con las cosas, que ahora, hecho el descubrimiento, forman parte de mí mismo. Dios no me salva como recompensa a mis actos. Mis obras serán la consecuencia de mi salvación.
En las primeras comunidades cristianas se acuñó una frase, repetida hasta la saciedad en la liturgia: "Marañada" = ¡Ven Señor Jesús! Vivieron en la contradicción de una escatología realizada y una escatología futura.
"Ya, pero todavía no". Hay que tener mucho cuidado a la hora de entender estas expresiones. "Ya", por parte de Dios, que nos ha dado ya todo lo que necesitamos para esa salvación. Si no fuera así, se convertiría en un tirano. "Todavía no", por nuestra parte, porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto el alcance de la verdadera salvación, que ya poseemos.
Aquí radica el sentido del Adviento. Porque "todavía no" estamos salvados, tenemos que tratar de adelantar el "ya". Eso nunca lo conseguiremos si nos dormimos en los laureles.
Jesús apunta hacia una salvación muy distinta. "He venido para que tengan vida y la tengan abundante." ¿Cuál es la tierra prometida que nosotros esperamos hoy? Como los judíos, ¿esperamos una tierra que mane leche y miel, es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más? Seguimos apegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. Seguimos convencidos de que la felicidad está en el consumo. La liturgia nos propone cuatro domingos para prepararnos. Los comercios adelantan cada año la oferta de productos navideños...
La confianza, la esperanza, la paz, la ilusión la tengo que mantener aquí y ahora, a pesar de todas las apariencias. No debemos esperar que el mundo cambie para alcanzar la verdadera salvación. Confiar, creer es ya cambiar el mundo. Si no es así, estoy confiando en el ídolo.
Siempre tendemos a ver la presencia de Dios en los acontecimientos favorables, y pensar que Dios está alejado de nosotros cuando las cosas no van bien. Esa es la interpretación de la historia que hizo el pueblo judío. Jesús dejó muy claro que Dios está siempre ahí, pero se manifiesta con más rotundidad en la cruz, aunque sea difícil descubrirlo.
El Adviento no me invita a mirar hacia fuera: pasado y futuro, sino a mirar hacia dentro. Si consigo que nada de lo que tengo me ate y me desligo de lo que creo ser, aparecerá mondo y lirondo mi verdadero SER. Solo ahí puedo encontrar la auténtica felicidad.
¿Qué nos está pasando? Celebramos con inmensa alegría el nacimiento de una nueva vida, pero seguimos despidiendo a nuestros muertos con un "funeral". Debemos atrevernos a no ver el fin de una vida como un fracaso. Al final del camino, nada de lo que eres en tu esencia, se ha truncado. Eso es lo que se desprende del evangelio. Eso es lo que Jesús predicó y vivió. ¿No celebramos su muerte cada día?
Nacimiento y muerte son las dos caras de una moneda que es la vida. No puede haber moneda sin dos caras.
Meditación-contemplación
Dios viene, pero no de fuera.
Jesús vuelve, pero no se ha ido.
Hay que superar los conceptos de pasado y de futuro.
Sólo así entrarás en la dinámica de una auténtica revelación.
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Dios es siempre el mismo, no puede cambiar.
Está en la historia, y a la vez, más allá de la historia.
Descúbrelo en lo hondo de tu ser y aparecerá a través de ti.
No tienes nada que esperar de fuera.
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No tiene nadie que venir a salvarte.
Tienes que descubrir que estás salvado desde siempre y para siempre.
Lo que te llegue de fuera ni aumenta ni disminuye esa salvación.
Pero puede ayudarte, o impedir que la descubras y la vivas.
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MOTIVOS PARA LA ESPERANZA
José Enrique Galarreta
Lc 21, 25-28 y 34-36
El tiempo de Adviento empieza por ser, sin más, una preparación para celebrar bien la Navidad. Es una fiesta importante, luego hay que prepararla bien. La sociedad ya lo está haciendo: es una fiesta en que se va a producir un gasto importante, en comida, en regalos: un momento económico importante; y ya están mentalizándonos en todos los medios con la consigna habitual: "compre". Una inteligente preparación.
Navidad es para nosotros algo mucho más importante, por lo cual la preparamos con tiempo y a fondo. Navidad es un momento fuerte de nuestra vida espiritual, un tiempo importante para nuestra fe y nuestra vida cristiana. La preparamos con cuatro semanas, esperando, anunciando, preparando "la llegada", el "adviento" de Jesús.
Un acontecimiento histórico sucedido hace 2.000 años tiende a celebrarse como algo no-activo. Es un recuerdo, como el día del cumpleaños del tatarabuelo difunto... Puede ser un hermoso pretexto para celebrar un "día de familia" y mostrar mucho cariño por los niños. La diferencia es que el tatarabuelo murió y Jesús está vivo. Y no celebramos que Jesús nació sino que ha nacido, está presente y vive en nosotros. Si Jesús es importante para nosotros, la Navidad es una fiesta importante.
Ha nacido Jesús, Dios-con-nosotros-salvador. Ha nacido el Libertador. Ha nacido y no muere. Nosotros, la iglesia, celebramos en Navidad la presencia de Dios libertador en la aventura humana: celebramos que hemos visto esa presencia en Jesús de Nazaret, y que la seguimos viendo en todos los humanos que construyen el reino, dentro y fuera de lo que llamamos la iglesia.
Celebramos la fe en Dios y en la humanidad. Celebramos que Dios está aquí, en mitad de nuestra aventura. Celebramos a Dios encarnado, el valor divino de lo humano y el rostro humano de lo divino. Celebramos que creemos en nosotros mismos, porque Dios ha creído en nosotros. Celebramos toda una concepción del ser humano y de la religión, una concepción llena de fe, de esperanza, de exigencia, de motivación, de compromiso.
Hay mucho que celebrar y que preparar. El adviento es tiempo de desempolvar la esperanza que se apoya en la fe, en la fe en Jesús.
Los mensajes de los textos de Adviento, lo conocemos ya, están envueltos en imágenes. La más general de todas es "la venida del Señor", el Hijo del Hombre que viene entre las nubes con poder y gloria. El contenido de esta imagen nos importa mucho: creemos que la aventura humana (la mía personal y la de todos) acaba bien, acaba en el triunfo, por la fuerza divina que está metida en esa aventura.
Especifiquemos: contra los que piensan que no hay por qué buscar sentido ni finalidad a las cosas, a la creación, a la humanidad, a la vida personal, defendemos que esto es un proyecto, un sueño de Dios, el parto de una familia de hijos que Dios engendra y saca adelante. Hay sentido, hay proyecto, hay trabajo que hacer, personal y social.
Contra los catastrofistas que creen sólo en el Dios juez y ven sólo los pecados del mundo, defendemos que el reino de Dios está aquí, que la levadura está en la masa, que Dios es esa levadura, la semilla que germina, que es el Libertador, el Padre que trabaja por sus hijos, y que hay muchos hijos, que en todas las personas hay mucho de hijo, y que la aventura acaba bien, por la fuerza del Espíritu, porque Dios nos quiere y es poderoso, porque está aquí su Viento, su Espíritu.
Recobramos la definición de Jesús que hace el cuarto evangelio: "La tienda de Dios entre nosotros". Somos -la humanidad entera- un pueblo que camina, y Dios alienta a caminar, camina con nosotros, da de comer y de beber, es luz, está implicado en el viaje y garantiza la llegada.
En el camino puede pasar de todo, puede parecer que todo se derrumba, que no hay esperanza. Puede quedar destruida la Ciudad Santa y arrasado el Templo de Dios, como le tocó contemplar a Jeremías. Jesús puede ser crucificado. La humanidad puede pasar por las más espantosas degeneraciones y sufrimientos. En mi vida personal puede cruzarse el mal, puedo arruinarme, pueden morir mis seres queridos, mis planes pueden quedar truncados por un cáncer, puedo ser esclavo de mis pecados y desde luego puedo morir, y moriré.
Pero nada de eso es más fuerte que mi fe en Jesús: si Dios ha compartido mi humanidad, mi humanidad está segura. Cuento con la presencia de Dios mismo en mi aventura: ni la vida ni la muerte, ni el pecado ni ninguno de los poderes destructores podrá contra la humanidad, porque Dios está en el ella.
Si es ésta nuestra fe, esto hay que celebrarlo. Es esto lo que celebramos en Navidad.
Hoy se habla en el evangelio de señales. La más bonita es la de la higuera: unos retoños en los troncos muertos y se despierta nuestra certeza de la primavera. Los pastores de Belén recibieron de los ángeles un mensaje "Os ha nacido un Salvador", y una señal "Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre". ¡Bonita señal! La señal de Dios salvador es un niño pobre, como tantos.
¿Hay señales en nuestro mudo?, ¿hay señales de la presencia de Dios salvador? ¿hay señales de esperanza? Sí, hay señales.
Ø ¿No son señales que ya la palabra "guerra" no es sinónimo de "gloria" o de "valor" sino de desgracia, de error, de calamidad?
Ø ¿No es señal que, aunque seguimos produciendo pobreza y explotación, sentimos cada vez más eso como un mal y lo hacemos disimulándolo y escondiéndolo, sabiendo que está mal?
Ø ¿No es señal que tanta gente, y tanta gente joven, se enrola cada vez más en movimientos de solidaridad y cooperación?
Ø ¿No es señal que nos preocupamos cada vez más por la ecología y sentimos temor por la destrucción de la tierra?
Ø ¿No es señal que las religiones están empezando a sentir la necesidad de ser verdaderamente fermentos humanizadores y unificadores de los pueblos, que se avergüenzan de haber matado en nombre de su dios?
Todas estas señales son niños pobres, en medio de un mundo ruidoso, rico y miserable, insaciable buscador de los placeres de la noche. Pero hay mucho niño pobre despierto en la noche del mundo. Muchas semillas, mucha levadura, mucho cariño, mucha familia profundamente unida, mucho trabajo silencioso y sacrificado, mucho idealista que no busca medrar, muchas personas religiosas que no se sienten privilegiadas por su fe, muchas personas no-religiosas que se sienten comprometidas con la humanidad sin fundarlo en Dios.
Hay mucho viento del espíritu en este nacimiento del tercer milenio, mucho motivo de celebración... y mucho, muchísimo trabajo por hacer.
Los que vamos a celebrar religiosamente la Navidad lo haremos celebrando la Eucaristía, es decir, comulgando con Jesús como Jesús comulgó con nosotros, como comulga con nosotros Dios, diciendo que sí al compromiso que adquirimos en el Bautismo: nosotros, enrolados en lo de Jesús, trabajar a tiempo completo por hacer divino lo humano, por que los hijos puedan ser hijos, porque ningún hijo sea oprimido, ni por la pobreza ni por la ignorancia ni por la violencia ni por la injusticia ni por el desamor ni por la falta de fe.
Los creyentes, y muchas personas de buena voluntad en nuestra sociedad y en el mundo entero, estamos -quizás hoy más que nunca- tentados de desesperanza.
Ø ¿Hay salida a la violencia?
Ø ¿Hay solución para el terrorismo?
Ø ¿Se puede solucionar la deuda del Tercer mundo?
Ø ¿Podemos borrar el hambre del Sur?
Ø ¿Se puede salvar África del Sida?
Ø ¿Podemos salvarnos de la corrupción política?
Ø ¿Puede funcionar el mundo superando el hambre insaciable de las multinacionales?
Ø ¿Podrá occidente sobrevivir al hambre insaciable de consumo, de placer inmediato?
Todo este cúmulo espantoso de amenazas a la humanidad, a la condición humana de nuestra existencia se parece a esas formidables acumulaciones de monstruos del Apocalipsis, que también parecen aterradoramente invencibles y están a punto de devorar al niño recién nacido.
Nosotros, los que creemos en Jesús, celebramos en Navidad la fuerza invencible del niño pobre, la presencia silenciosa y todopoderosa del amor de Dios que está aquí trabajando por lo humano.
Nosotros, los creyentes, no tenemos soluciones milagrosas, no somos el Mesías que arreglará el mundo, no tenemos palabras de Dios para todo, no somos la luz de la humanidad para cada problema social, político o económico, no tenemos la fórmula mágica para acabar con el terrorismo, local e internacional, ni con la explotación del sur, con la destrucción del planeta.
Pero tenemos la Palabra, hoy tenemos tres palabras.
Ø Primera palabra: creo. Y porque creo, espero. Ningún desastre, ningún escándalo, ninguna inhumanidad podrá destruir nuestra esperanza. En las difíciles situaciones de nuestro mundo, de nuestra nación, de nuestra tierra, los de Jesús estamos comprometidos a mantener la esperanza, movidos por nuestra fe: por nuestra fe en Dios hecho hombre, en Jesús Dios-con-nosotros.
Ø Segunda palabra: comulgo. Con Jesús y con la humanidad entera. Si en algún momento, hoy más que nunca aceptar a Jesús es entender la vida como misión y compromiso. En comunión con Jesús y con la humanidad, construyendo el reino: no hay otra manera de ser cristiano.
Ø Tercera palabra: siembro. El reino no se construye, se siembra. La masa no se organiza, se fermenta. La paz no es el resultado de pactos de conveniencia, sino de cambio de los corazones. La solidaridad internacional no es un ejercicio de economistas sino una cuestión de con-pasión.
Como personas particulares, todos tenemos un oficio, una profesión, una función social. Como cristianos, tenemos una misión más profunda, mucho más silenciosa, personal y exigente: ser personas humanas y sembrar humanidad.
La exigencia de una "santidad" personal, la conversión personal a los valores del evangelio, es nuestra colaboración más importante. Solamente personas profundamente humanas construyen humanidad.
A nosotros, como cristianos, no nos da el evangelio fórmulas políticas o económicas, soluciones concretas para los problemas concretos. Pero sabemos que los problemas de la humanidad sólo los resolverán personas con unas actitudes y unos valores muy humanos: y esos valores y actitudes sí están en el evangelio, sí son los valores que nosotros nos hemos comprometido a vivir y a sembrar.
Sembrar esos valores, con la vida y la palabra, es la función de los cristianos y de la iglesia.
UN ANUNCIO DE LIBERACIÓN, UN MENSAJE DE SABIDURÍA PARA DESPERTAR
Enrique Martínez Lozano
Lc 21, 25-28 y 34-36
Con este domingo, se inicia el "tiempo de Adviento" y un nuevo "año litúrgico", en el que leeremos preferentemente el evangelio de Lucas.
Y, como en cada comienzo de Adviento, se nos propone un texto que habla de los "últimos días", como una invitación a estar atentos para acoger "al que viene".
El relato pertenece al llamado "género apocalíptico", un género literario de gran difusión en el judaísmo tardío y en los círculos cristianos, que se extendió del siglo II a.C. hasta la mitad del II d.C., en que terminó desapareciendo.
Para la mayor parte de nuestros contemporáneos, "apocalipsis" significa "final del mundo" acompañado de catástrofes de todo tipo. Y es cierto que, en gran medida, los escritos pertenecientes a ese género dan pie para ello. Sin embargo, la palabra "apocalipsis" (literalmente, "levantar el velo") significa "revelación".
Los textos apocalípticos –como el conocido Apocalipsis de Juan, con el que se cierra la colección de libros del Nuevo Testamento- pretenden revelar el sentido profundo (oculto) de la historia, mostrando que es Dios quien, en todo momento, dirige los destinos de la misma, a pesar de que las apariencias parezcan negarlo.
Ahora bien, son las imágenes usadas y, en general, el recurso constante a un peculiar simbolismo –que escapa a la comprensión de la mayoría de los lectores actuales- el que explica que lo apocalíptico sea asociado a catastrófico. En realidad, para el destinatario del mismo es, como vemos también en el texto de hoy, un mensaje de esperanza.
El llamado "discurso apocalíptico" del evangelio de Lucas, que sigue a Marcos, ocupa prácticamente todo el capítulo 21. Y en él une la destrucción de Jerusalén –presentada como "profecía", pero ya ocurrida en el año 70- con la futura venida gloriosa del Hijo del hombre, a la que se refieren los párrafos que leemos hoy.
Como es típico en este género literario, la venida se enmarca en un conjunto de signos que afectan al cielo, a la tierra y al mar –los tres niveles de la realidad, según la cosmología antigua-, como un terremoto cósmico que todo lo trastocara, generando miedo y angustia insoportables. Hay que tener en cuenta que, para los lectores del siglo I, el terremoto implicaba el pánico a ser tragados por el gran abismo que, según se creía, existía bajo la tierra.
Y en ese marco aparece la figura del Hijo del hombre, "viniendo en una nube", es decir, procediendo del ámbito de la divinidad. La figura proviene del libro de Daniel (7,13), pero en Daniel parece tener un carácter colectivo y simbolizar al "pueblo de los justos".
En los evangelios, la expresión "Hijo del hombre" aparece 70 veces en los sinópticos y 11 en Juan; siempre en labios de Jesús, que habla del Hijo del hombre en tercera persona.
Según muchos especialistas, Jesús se habría designado con esa expresión –que, en arameo, significaba sencillamente "humano", "este hombre"-, sin un sentido mesiánico; más tarde, la primera comunidad cristiana utilizó la imagen de Daniel, para aplicarla al propio Jesús, y presentarlo como el Hijo del hombre exaltado por Dios, que vendrá glorioso como juez en su Reino.
Nos hallamos, pues, ante una confesión de fe y de esperanza por parte de la primera comunidad que, imbuida de la creencia de una vuelta inmediata de Jesús, coloca en labios de Jesús la promesa que esperaban ver realizada inmediatamente.
Con todo, hay un cambio significativo con respecto a los apocalipsis judíos, en los que el Juez poderoso llegaba para condenar. Aquí no hay juicio condenatorio, sino anuncio de liberación.
Por eso, aun en medio del terremoto, la invitación es a "levantar las cabezas". Lo único que se requiere es "estar despiertos".
La primera comunidad se refiere a algunos factores que pueden embotar la mente: el vicio, la bebida y la preocupación por el dinero. La embriaguez, en sentido metafórico –así aparece en el libro de Isaías 29,9-, es sopor y pesadez espiritual. Justo lo opuesto a lo que invita a los lectores: "mantenerse en pie".
Afortunadamente, pasaron ya los tiempos en que estos relatos se entendían literalmente y se esgrimían por parte de predicadores como amenazas que, en algunos casos, llegaban a aterrorizar a no poca gente, angustiada por su salvación futura.
Una nueva comprensión del modo como se escribieron los evangelios, unida a una imagen más adecuada de la figura de Jesús y, sobre todo, a una mayor consciencia de la realidad en su conjunto, no sólo han contribuido a disipar aquellos miedos, sino que nos aportan una nueva luz para aproximarnos a estos textos en clave liberadora, tal como los propios textos proponen.
Así leído, el relato nos habla del surgimiento de un "mundo nuevo" –todo el anterior es trastocado-, que se nos va a dar como regalo, pero ante el que se requiere "estar despiertos".
La persona "despierta" es, justamente, la que ve la novedad en todo. Mientras estamos dormidos, nos movemos en el mundo de la rutina, esclavos de los vaivenes exteriores y de las necesidades internas. Dormidos, nos debatimos entre el pasado que se fue y el futuro imaginado que nunca llega, esclavos de la ansiedad, sobreviviendo apenas en la inconsciencia, atrapados en el "lazo" de que habla el texto evangélico, en la prisión del ego.
Esa inconsciencia constituye la señal más clara de que estamos fuera del presente; y el sufrimiento que de ella se deriva, la alerta que nos avisa de que necesitamos volver a la presencia.
Aquí y ahora. No hay otra cosa que hacer, sino venir al momento presente. La plenitud no está en el futuro, como al yo le gusta imaginar, sino en la conciencia del instante presente.
Es algo, además, al alcance de cualquiera que ponga los medios para experimentarlo: en la medida en que, saliendo de los enredos de la mente pensante (del ego), somos capaces de acceder al Presente sin pensamientos, empezamos a percibir la Plenitud y la Liberación que el presente contiene: podemos "levantar nuestras cabezas".
Es claro que el presente de que hablamos no consiste en un lapso de tiempo intermedio entre el pasado y el futuro –eso no es presente, sino un pensamiento sobre él-, sino de aquel Presente atemporal, caracterizado porque hemos dejado de estar identificados con nuestra mente.
Otra cosa es que, por venir de donde venimos y por la inercia de la mente, nuestra experiencia del presente sea esporádica, fugaz y efímera..., si bien la práctica constante puede favorecer que se "extienda" y prolongue. Pero lo cierto es que, mientras estamos en ese Presente atemporal, nuestra percepción de la realidad se modifica y descubrimos que en él:
Ø Todo está bien.
Ø Todo se halla no-separado, en la conciencia no-diferenciada.
Ø La percepción de nuestra identidad se amplía sin límites.
Ø Emerge el amor hacia todos y hacia todo.
Ø Todo tiene sabor de novedad. Y entendemos la sabiduría de aquellas palabras que el Apocalipsis (21,5) atribuye a Dios: "Hago nuevas todas las cosas".
Así leído, el "discurso apocalíptico" no habla de catástrofes ni de futuros imaginados con mayor o menor angustia. Es un mensaje de sabiduría para despertar, saliendo de la identificación mental –con el ego- que nos "embota" y experimentando la plenitud y la liberación que el Presente contiene y es.
JUSTICIA, PAZ Y LIBERACIÓN
José Luis Sicre
Comenzamos un nuevo año litúrgico, preparándonos, como siempre, para celebrar la Navidad. La primera lectura promete la venida de un descendiente de David que reinará practicando el derecho y la justicia y traerá para Judá una época de paz y seguridad. El evangelio anuncia la vuelta de Jesús con pleno poder y gloria, el momento de nuestra liberación. ¿Cómo se explica la unión de estas dos venidas tan distintas? Lo intentaré con la siguiente historia.
La esposa del astronauta y la Iglesia
Un día la NASA decidió una misión espacial fuera de los límites de nuestro sistema solar. Una empresa arriesgada y larga que encomendaron al comandante más experimentado que poseía. Cuando se despidió de su mujer y sus hijos, la familia pasó horas ante el televisor viendo como la nave se alejaba de la tierra.
Los niños, pequeños todos ellos, preguntaban continuamente: “¿Cuándo vuelve papá?” Y la madre les respondía: “Vuelve pronto, no os preocupéis”. Al cabo de unos meses, cansada de escuchar siempre la misma pregunta, decidió organizar una fiesta para celebrar la vuelta de papá. Fue la fiesta más grande que los niños recordaban. Tanto que la repitieron con frecuencia. La llamaban “la fiesta de la vuelta de papá”. Pero la inconsciencia de los niños creaba una sensación de angustia en la madre. ¿Cuándo volvería su marido? ¿El mes próximo? ¿Dentro de un año? “La fiesta de papá”, que podía celebrarse en cualquier día del mes y en cualquier mes del año, se le convirtió en una tortura. Hasta que se le ocurrió una idea: “En vez de celebrar la vuelta de papá ‒dijo a los niños‒ vamos a celebrar su cumpleaños. Sabéis perfectamente qué día nació, así que no me preguntéis más cuándo vamos a celebrar su fiesta.
A la iglesia le ocurrió algo parecido. Al principio hablaba era de la pronta vuelta de Jesús, la que menciona el evangelio de este domingo. Pero esa esperanza no se cumplía, y la iglesia pasó de celebrar su última venida a celebrar la primera, el nacimiento. Sin embargo, no ha querido olvidar la estrecha relación entre ambas venidas, y así se explica que encontremos textos tan distintos.
Justicia, paz y seguridad: Jeremías 33, 14-16
Se discute cuando fue pronunciada esta promesa. Caben dos hipótesis:
a) La formuló Jeremías, criticando al último rey de Judá, Sedecías, que propiamente se llamaba Matanías. Cuando el rey babilonio Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó al monarca vigente (año 598 a.C.), lo nombró rey cambiándole el nombre por el de Sedecías, que significa” Yahvé es mi justicia”. Jeremías anuncia un rey futuro que tendrá por nombre “Yahvé es nuestra justicia”. Un monarca cuyo mismo nombre expresa la estrecha relación de Dios con todo el pueblo, y que salvará a Judá y Jerusalén mediante un gobierno justo.
b) La formuló un profeta posterior, durante el destierro de Babilonia o incluso algún siglo más tarde. Judá lleva un largo período sin rey. La promesa hecha por Dios a David de que siempre tendría un heredero en el trono, parece no cumplirse. En este contexto, el profeta anuncia que esa promesa se cumplirá, y que el futuro monarca descendiente de David será un rey maravilloso para el pueblo.
En cualquiera de las dos hipótesis, lo fundamental es la idea de un monarca que procura el bienestar del pueblo. El Mesías esperado no se desentiende de los graves problemas políticos y sociales de Israel y de toda la humanidad.
El amor como preparación a la Navidad: 1 Tesalonicenses 3, 12- 4,2
Lectura brevísima, pero muy importante: indica con qué espíritu debemos vivir siempre la vida cristiana, en especial estas semanas del Adviento: amor mutuo entre los cristianos y amor a todo el mundo.
Esperar y preparar nuestra liberación: Lucas 21, 25-28. 34-36.
El evangelio comienza con las señales típicas de la literatura apocalíptica a propósito del fin del mundo (portentos en el sol, la luna y las estrellas) que provocan en las gentes angustia, terror y ansiedad. Pero el evangelio sustituye el fin del mundo con algo muy distinto: la venida de Jesús con gran poder y gloria; y esto no debe suscitar en nosotros una reacción de miedo, sino todo lo contrario: “cobrad ánimo y levantad la cabeza porque se acerca vuestra liberación”.
A continuación, nos dice el evangelio cómo debemos esperar esta venida de Jesús. Negativamente, no permitiendo que nos dominen el libertinaje, la embriaguez y las preocupaciones de la vida. Positivamente, con una actitud de vigilancia y oración.
Cena de Gala de Fin de Año
Camino de la Universidad de Sevilla para un congreso sobre “Adivinación y profecía en el Antiguo Oriente”, pasé por delante del Hotel Alfonso XIII. Me detuve a leer el anuncio de las fiestas que anunciaban para Navidad. Y me llamó la atención el precio de la Cena de Fin de Año: 365€ por persona. Un matrimonio gastará en pocas horas la mitad de lo que ganan la mayoría de los españoles en un mes. Me recordó lo que dice el evangelio de la embriaguez y el libertinaje.
«LEVANTAOS, ALZAD LA CABEZA»
Javier Gafo
Un nuevo adviento llama a nuestra puerta,
un adviento que es portada
de un año surcado de recuerdos.
Adviento de un hombre que busca;
que ha desencantado muchas cosas,
pero que se siente internamente vacío;
que ha anunciado la muerte de Dios,
para crear nuevos dioses de mentira;
que se embota con objetos de oropel
y ha perdido el sabor de lo sencillo...
Adviento de un Dios que nos busca
y sale siempre a nuestro encuentro;
que sigue creyendo en los hombres
a pesar de nuestros olvidos y rechazos;
que hace nacer nuevas esperanzas
de nuestras cenizas y desilusiones;
que siempre empuja a los hombres
a crear justicia y derecho en la tierra.
En un nuevo adviento más,
cargado de recuerdos y memorias,
Dios llama a nuestro corazón:
«Levantaos, alzad la cabeza»;
no oteéis mares desconocidos;
mirad a vuestro interior;
allí hay una riqueza mayor
que la que cargaban las naves de Indias.
«Estad siempre despiertos»;
porque hay una brújula y una estela
que lleva a puertos de esperanza
a pesar de nuestras quiebras y naufragios.
«Se acerca vuestra liberación»:
no buscada con espadas y corazas,
sino con una cruz salvadora
que hermana a hombres de toda raza.
Adviento que nos dice quedamente:
«Levantaos, alzad la cabeza»,
Dios sigue creyendo en el hombre;
el hombre puede navegar hacia Dios.
Timonel: endereza tu rumbo.
Alza la cabeza...
Alza el corazón...
ALESSANDRO PRONZATO
Jesús, miedo a su venida?
Y estos dos acontecimientos -venida de Cristo en la carne y retorno como juez- han de ser vistos en la perspectiva única de eventos salvíficos en los que Cristo aparece como liberador. Ni siquiera el día del juicio marca en el cristiano una esperanza bajo la enseña del miedo. "Cuando sucedan estas cosas, cobrad ánimo y levantad la cabeza, porque se acerca vuestra liberación " (Lc 21, 28).
Acogiendo a Cristo en su venida de misericordia, seremos acogidos por él en su retorno para el juicio.
Es muy bella una estrofa del Dies irae (arrinconado demasiado deprisa): "Recuerda, oh Jesús, que has venido por mí, no me pierdas aquel día. Al buscarme te cansaste, me rescataste muriendo en la cruz; que tantos esfuerzos no sean vanos".
El hombre es fatiga de Dios, sufrimiento de Cristo. La liberación del hombre, su salvación, es trabajo, obra de Dios. Y Dios no acepta con facilidad ver desvanecerse sus esfuerzos. Se trata, en el fondo, de acercarse, en la esperanza, al Dios que se acerca al hombre en la debilidad de la encarnación, de acoger su perdón, su paz, su liberación. Entonces su "día", aquel en el que el Señor se manifestará en su poder, no nos dará miedo.
GERMÁN SCHMITZ
I.1. Con el domingo de hoy se inicia en el año litúrgico el tiempo de Adviento como preparación para la fiesta de Navidad. Tiempo que será tan lleno o tan vacío como sea llena o vacía la fiesta que pretendemos preparar:
a) Una mera expectativa de regalos y golosinas, sólo una preocupación por mandar tarjetas navideñas al círculo de parientes y amigos, únicamente el arreglo del árbol de Navidad...
b) O una profundización del misterio de la Encarnación, que nos lleve a una vivencia más honda de nuestra relación personal y comunitaria con Jesucristo, el Señor, y de nuestra proyección cristiana en este mundo.
2. Conscientes de que la manera más eficaz de superar un vacío no es criticarlo, sino llenarlo de contenido, queremos, reflexionar seriamente sobre el misterio de Adviento, plenos de confianza de que su luz y su fuerza son tan poderosas que pueden hacer recobrar el sentido a un tiempo que amenaza ahogarse en su vaciedad "comercial".
II.1. La vivencia profunda y auténtica del Adviento hace girar nuestra existencia cristiana alrededor de dos focos, que no se oponen, sino que se integran, dinamizándola, sin embargo, con su saludable tensión:
a) El foco de la primera venida del Señor en Navidad y el foco de su segunda venida al final de los tiempos;
b) El foco de la fe en algo que ya comenzó y la esperanza en algo que aún queda por venir;
c) La saludable tensión entre Encarnación y Escatología, entre tiempo y eternidad, entre Historia y "más allá de la Historia", entre el "Ya" y "Aún no"
2. La integración de ambos focos en una real vivencia es la que le da a la existencia cristiana toda su autenticidad. Toda polarización que pretende negar el otro foco de la tensión deforma el cristianismo reduciéndolo a una mera caricatura. Es verdad que circunstancias históricas muy concretas me pueden exigir acentuar más uno u otro de los focos, pero sin negar el otro. Más aún, mi fe me dice que la mejor manera de hacer resaltar uno de ellos es precisamente haciendo ver su íntima relación con el otro: a) La Encarnación nos revela toda su amplitud por su orientación escatológica;
b) La Escatología nos descubre su profundo arraigamiento histórico por el misterio de la Encarnación.
III.1. La historia de la Iglesia es testigo de tantas polarizaciones negativas. La historia de nuestra propia vida es una seria de esfuerzos por superar toda polarización negativa que desgarre la integración:
a) La evasión a la escatología -a la espera del Señor "más allá de la Historia"- desatendiendo nuestra tarea temporal de edificar en el "aquí y ahora" el Reino de Dios participando en proyectos humanos que se inspiren en valores evangélicos. Falsa esperanza en un "mas allá" que no sería capaz de ser motor para nuestro peregrinaje por este mundo dejando la huella del Reino de Dios en su camino;
b) La miopía de una postura encarnacionista que se deja aprisionar por horizontes temporales sin vislumbrar la trascendencia de Dios que se abre detrás de ellos; cuando la Encarnación es precisamente del Hijo de Dios en nuestra Historia para abrirnos al amor de un Dios que es Padre y nos llama a su "mansión eterna".
2. Esta polarización negativa se concretiza de mil maneras:
a) ESPIRITUALISMO TEMPORALISMO: La postura "escatologista": en el temor al compromiso social y político, en la falsa resignación de una espera en el "más allá" que paraliza toda participación en los proyectos humanos por construir una sociedad más justa y más humana; en el temor a un "horizontalismo", que olvida que todo esfuerzo humano que como cristiano realizo en este mundo tiene una apertura hacia Dios y es, por lo tanto, "oración en acción"; en la desconfianza frente a legítimos esfuerzos de liberación integral del hombre, de paz, de solidaridad, de justicia.. en los que debería reconocer la acción salvífica de Dios que actúa en el mundo como Señor de la Historia...
b)La postura "encarnacionista": en la fobia contra toda oración personal, silenciosa, como si ésta siempre fuese tiempo robado a nuestro compromiso temporal, y como si ya no tuviese valor el "tú a tú" con Dios; en el rechazo de toda "oración", que no se encarne en una acción concreta de compromiso social; en la disconformidad frente a una liturgia que es en sí alabanza a Dios, supuesto el marco de una vida que sinceramente se esfuerza por amar a su prójimo; la negación de las "visitas al Santísimo", porque a Jesucristo sólo lo encontramos en nuestros hermanos...
3. DICOTOMÍAS. Todas estas polarizaciones negativas desgarran la integración cristiana que precisamente pretende superar toda dicotomía, todo divorcio entre oración y acción, entre conversión personal y compromiso social, entre alabanza a Dios y entrega al servicio del hombre, entre filiación y fraternidad...
IV.1. El Evangelio que hemos escuchado en este primer domingo de Adviento hace resaltar el rasgo escatológico de nuestra existencia cristiana: la vigilante espera de un Señor que se nos acerca desde el "más allá". "Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y gloria". Quiere hacernos comprender que esta espera es una actitud de "cabeza alzada en expectativa de una liberación plena" que el Señor nos concederá como don gratuito "más allá de la Historia".
2. Pero el mismo Evangelio nos recuerda tareas temporales muy concretas, que si bien aparecen en tono negativo, no son menos urgentes: "Tener cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día."
3. Se nos pide explícitamente un esfuerzo de liberación personal que traducido a nuestro lenguaje moderno diría: "Libérate de una sociedad de consumo que te esclaviza con sus falsos valores del standard de vida, del confort, del placer, de la moda, del sexo... y que mata en ti toda vigilante expectativa del Reino de Dios y paraliza en ti todo esfuerzo por hacerlo realidad en tu mundo."
4. En cambio: "Prepara ya desde ahora la plena liberación: superando el egoísmo por el amor, el vicio por la gracia, los desgarradores abismos sociales por la fraternidad, el lujo y el derroche por la austeridad, el hambre insaciable de lucro y ganancia por la justicia social, la búsqueda incansable de placer por la mortificación, para alcanzar el don gratuito que nos ofrece el Señor al final de los tiempos como comunión indestructible consigo mismo y como comunión, libre de todo egoísmo, con los hombres".
JORDI GUARDIA
AÑO NUEVO
"Año nuevo, vida nueva". Ya hace una semana que hemos acabado un ciclo dominical y aún no hace ni veinticuatro horas que hacíamos lo mismo con el ciclo ferial. Y hoy, primer domingo de Adviento, comenzamos (o retornamos porque el misterio que celebramos no acaba nunca) un nuevo curso: la cinta del misal vuelve a las primeras páginas, recuperamos el primer volumen de la Liturgia de las Horas, sacamos del armario un nuevo Ieccionario dominical, el leccionario ferial vuelve a comenzar...
Todo esto nos indica que la Iglesia inicia, una vez más, lo que llamamos año litúrgico, el año del Señor. Día a día, nos proclamará los sucesos salvadores de Jesucristo, y nos introducirá sin parar en el misterio pascual de Jesús, el misterio único y decisivo.
Por tanto, las celebraciones de hoy tendrán un carácter doble. Por un lado, la novedad, el nuevo inicio: cambio de color en los ornamentos, cambio de repertorio musical, especificidad de los textos eucológicos y bíblicos, una austeridad exterior (dejamos de cantar el himno Gloria, no se ponen flores como adorno, no hay música instrumental... hasta la fiesta de Navidad). Por otro lado, el reencuentro de estos mismos elementos: aquellos cantos, aquellos textos, los gestos, que conforman, año tras año, la memoria histórica de nuestra asamblea, y que cada año nos tendrían que sonar familiarmente nuevos.
ADVIENTO: VENIDA
Situémonos en el inicio del año litúrgico. Primer domingo de Adviento, primeras vísperas, primera antífona: "Anunciad a los pueblos y decidles: "Mirad, viene Dios, nuestro Salvador". Viene nuestro Salvador: el Adviento es el tiempo de la venida del Señor. Una venida que es doble: la que conmemoramos en Navidad, su nacimiento humilde e igual que todos los hombres, el misterio de la Palabra hecha carne. Y también la venida que esperamos, "en gloria y majestad", la venida escatológica, que marca el tiempo presente, en que el Espíritu y la Iglesia claman: "¡Ven, Señor Jesús!" (Ap 22,20).
En cada Eucaristía proclamamos esta venida: "Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús". Mientras tanto vivimos de una presencia añorada que nunca hemos podido disfrutar abiertamente. Esperamos verlo y verlo glorioso. Pero él ya está aquí. Viene ahora, viene siempre; viene "ahora a nuestro encuentro en cada hombre y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el amor demos testimonio de la espera dichosa de su reino" (prefacio III de Adviento). Si no fuera así, no sabríamos esperarlo.
ALERTA
Este primer domingo de Adviento pone el acento en la venida escatológica de Cristo. Es el cumplimiento de la promesa "hecha a la casa de Israel" (primera lectura). Aquel día en que estamos llamados a "poseer el reino eterno" (oración colecta), lo esperamos en la tensión de "nuestra vida mortal" y el anhelo de "descubrir el valor de los bienes eternos" (postcomunión).
Esta tensión nos reclama la actitud del evangelio de hoy: "tened cuidado, (...) estad siempre despiertos". Es necesario que estemos preparados para el encuentro con el Señor que no se restringe al ámbito personal (a pesar de que no lo podemos olvidar) sino que abarca el encuentro del Pueblo de Dios con su Señor. Por eso hemos de ampliar nuestra perspectiva a todo el mundo: hacer crecer el amor entre todos los hombres, para que "se presenten santos e irreprensibles" el día que Jesús "vuelva acompañado de todos sus santos" (segunda lectura).
Ésta es la ruta del Señor, sus caminos, por los que él mismo nos ha de encaminar, de instruir, porque es él quien nos salva (cf. salmo responsorial). Esto implica nuestra apuesta de confianza en el Señor, el nacimiento de la esperanza: "A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado. Los que esperan en ti no quedan defraudados". (salmo 24, 1-3; canto de entrada).
J. ALDAZABAL
MENSAJE GOZOSO: LA SALVACIÓN, LA LIBERACIÓN
Una primera dirección de las lecturas (y por tanto de la homilía) es que Dios nos quiere salvar, que se acerca a nuestra historia para liberarnos de todo mal. Ya en la primera lectura se han dicho para Israel, en circunstancias muy desgraciadas de su historia, palabras de optimismo: Dios suscitará un vástago nuevo en ese tronco viejo que es Israel y que parece estéril. Dios quiere salvar, porque es fiel a sus promesas. La salvación siempre viene de El: no de nuestros méritos. El salmo nos invita también a levantar nuestro ánimo, porque el Señor es bueno y sus caminos son de misericordia y lealtad.
Pero sobre todo es el evangelio el que, a pesar de que al principio su lenguaje parece catastrófico y terrible, nos ha anunciado que ese Dios todopoderoso, Señor de la historia y del cosmos, nos quiere salvar: "levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación". No hay mejor noticia que esta que nos trae el Adviento y la Navidad: que Dios viene de nuevo a nuestra historia, enviándonos a su Hijo, porque quiere renovarnos y liberarnos de todo mal. Por pobre que sea nuestra historia personal o comunitaria, hoy nos alcanza la buena noticia de la salvación de Dios en Cristo Jesús. Palabra de esperanza. ¿Parece un tronco seco la Iglesia o la sociedad o nuestra comunidad? Pues Dios nos asegura que tiene todavía vida. ¿Estamos personalmente en la angustia del destierro? Pues Dios nos anuncia la alegría de la liberación.
Todo lo viejo que hay en nosotros o en el mundo o en la Iglesia, todo lo que hay de cansancio y desilusión, queda superado por esta invitación a levantar la cabeza, porque ese Dios que en Cristo se acercó a nosotros y que vendrá también al final de los tiempos, es siempre el Dios-con-nosotros: y de una manera especial, sacramental, en esta Navidad de 19.. que ya empezamos a celebrar con la preparación del Adviento.
UN PROGRAMA SERIO DE CAMBIO
Pero no hay nada más exigente que una buena noticia, sobre todo cuando es noticia de amor y fidelidad. Y hoy, junto al anuncio gozoso, las lecturas nos ofrecen un programa serio.
La lectura de Jeremías hablaba de justicia y derecho. El salmo pedía: "enséñame tus caminos". Y Pablo nos ha dicho que la manera de prepararnos a la venida de Dios a nuestras vidas es rebosar en el amor mutuo y ser "santos e irreprensibles" ante Dios. No se trata de saber mucho o realizar grandes obras: lo que debemos hacer es amar mucho, y procurar agradar a Dios con nuestra vida.
Esto es lo que da profundidad a nuestra Navidad de este año y a nuestra marcha hacia el encuentro definitivo con ese Jesús que, además de nuestro Maestro y compañero de camino, será también nuestro Juez al final de la carrera.
El evangelio de Lucas es una llamada a la vigilancia, a estar de pie, despiertos, ante el Señor que viene a cambiar el mundo. Sin dejarnos embotar la cabeza por mil cuidados superfluos y valores no importantes. Es una llamada que puede resultar incómoda, porque nos hace despertar y nos pide una atención más coherente hacia los valores primarios que Dios quiere que apreciemos más.
Con una mirada hacia adelante -el Adviento y Navidad, más que historia, son un programa y una marcha- somos invitados a salir al encuentro del que viene a salvarnos, con una actitud dinámica por nuestra parte.
Es un mensaje que, concretado en cada homilía con alusiones más adaptadas, pueden entender muy bien los niños y los jóvenes, los sacerdotes y los laicos, los religiosos y los casados. Convocatoria al Adviento-Navidad para no quedar anquilosados y estériles, satisfechos y dormidos, sino abiertos a ese Cristo Jesús que siempre viene a nuestras vidas para ofrecernos su fuerza para nuestro camino y para nuestra lucha contra el mal.
P. ANTONIO IZQUIERDO
Nexo entre las lecturas
La venida del Señor está presente en los textos de la actual liturgia; mediante esta expresión la liturgia quiere mostrarnos el sentido cristiano del tiempo y de la historia. Vienen días, se nos dice en la primera lectura, en que haré brotar para David un Germen justo. Jesús, en el discurso escatológico de san Lucas, dice que los hombres verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. En la primera carta a los Tesalonicenses san Pablo les exhorta a estar preparados para la Venida de nuestro Señor Jesucristo, con todos sus santos.
Mensaje doctrinal
1. Memoria y profecía. En estas dos palabras se sintetiza toda la concepción cristiana del tiempo. Cuando habla del tiempo, el cristiano piensa en el tiempo presente con sus vicisitudes y circunstancias. Es el presente del tiempo de Jeremías (año 587 a. de C.) en que Jerusalén yacía bajo el asedio de Nabucodonosor; es el presente de la comunidad cristiana de Tesalónica o de los destinatarios del Evangelio según san Lucas. Desde ese presente se lanza la mirada hacia atrás y se hace memoria: la promesa de Dios a David acerca de un reino hereditario, que ahora corre peligro; la venida histórica de Jesucristo que con su pasión, muerte y resurrección ha inaugurado el fin del tiempo, del que los cristianos participan ya en cierta manera. Pero los cristianos no son hombres del pasado. Desde su vida presente echan también una mirada hacia el futuro, ese futuro encerrado en el relicario de la profecía, en el libro sellado con siete sellos y que sólo el Cordero de pie (resurrección) y degollado (pasión y muerte) puede abrir y leer (cf Apc. 5). La profecía tiene que ver con la segunda venida de Jesucristo, con su parusía triunfante, rodeado de todos los santos, venida para proclamar definitivamente la justicia y la salvación; una profecía que conmoverá los cimientos del orbe y hará surgir un mundo nuevo. El cristiano vive entre la memoria y la profecía, entre la primera venida de Cristo y su futura venida al final de la historia. Navidad y Juicio final de salvación son las dos columnas sobre las que los hombres construyen el puente de la decisión y de la responsabilidad. Con ese puente, la segunda venida no es sino la prolongación y coronamiento de la primera, de la Encarnación y del Misterio Pascual.
2. Fisonomía del que viene. ¿Quién es el que viene? Ante todo, es un Retoño, un Germen justo. Es decir, un descendiente del tronco de David, que practicará el derecho y la justicia (virtudes propias de un buen rey). En una lectura cristiana, ese Germen es Jesucristo que ha venido al mundo para traer la justicia de Dios, es decir, la salvación por medio del amor (primera lectura). El que viene es el Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria. Es una persona, por tanto, que habita en el mundo de Dios y que participa de su poder y de su gloria. El que viene en Navidad y el que vendrá en el juicio final es el Verbo encarnado en el seno de María (Evangelio). El que viene es nuestro Señor Jesucristo, es decir, Cristo glorioso, vencedor de la muerte y del pecado, que vive en la eternidad pero que se hace presente en el tiempo histórico (segunda lectura).
3. Actitud del cristiano. El Evangelio nos indica dos actitudes: estar en vela y orar. La vigilancia es muy oportuna para que cuando llegue el Verbo a nosotros en la carne de un niño, sepamos aceptar y vivir el misterio. La oración más oportuna y necesaria todavía, porque sólo mediante la oración se abre a la mente y al corazón humano el misterio de las acciones de Dios. Por su parte, san Pablo señala a los tesalonicenses otras dos actitudes: Crecer y abundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos; comportarse de modo que se agrade a Dios. ¿Qué mejor manera de prepararse a la venida del Amor sino mediante el crecimiento en el amor? Jesucristo en su vida terrena no buscó otra cosa sino hacer lo que es del agrado de su Padre, por eso, una manera estupenda de prepararse para la Navidad es buscando agradar a Dios en todo.
Sugerencias pastorales
1. El sentido del tiempo. Para nosotros, los cristianos, no hay sentido del tiempo sino en Jesucristo. El es el centro de la historia y de los corazones. La historia tiene en él su punto de partida (Cristo es el alfa) y su punto de llegada (Cristo es la omega). El tiempo y la historia culminan en Él, alcanzan en Él su plenitud absoluta y su sentido supremo. Sin Jesucristo el tiempo y la historia son sólo un puro accidente. Con Cristo, son un designio de Dios, una historia de salvación, un yunque en el cual forjar nuestra decisión en la libertad y responsabilidad. Para nosotros el tiempo no es una simple sucesión de segundos, minutos y horas; una cadena de días meses y años; una sucesión y una cadena sin rumbo fijo, a la deriva de fuerzas impersonales dominadoras que llevan al caos. Para nosotros, el tiempo con sus siglos y milenios es una historia, dirigida y timoneada por Dios; para nosotros, el tiempo tiene un principio de unidad y armonía, de coherencia y cohesión, no en los imperios o en las ideologías, tan caducos como los mismos hombres, sino en Jesucristo, que es de ayer, de hoy y de siempre. Nuestra vida diaria con sus tópicos, su monotonía, sus mismas vulgaridades, forma parte de un proyecto divino, es una tesela dentro del gran mosaico de la historia de la salvación planeada por Dios. En el sentido del tiempo está incluido inseparablemente el sentido de mi tiempo. ¿No da esta realidad de nuestra fe un gran valor a la vida de cada cristiano, a tu vida?
2. Crecer y abundar en el amor. San Juan de la Cruz concluía una de sus poesías: "Que sólo en el amor es mi destino". La venida primera de Cristo en la Navidad es una venida de amor, y es igualmente venida de amor su retorno al final de los siglos, su parusía. Entre el amor de Cristo que viene y que vendrá se intercala la vida humana que, como en una sinfonía, desarrollará el tema del amor con el que comienza y concluye la pieza musical. Crecer resalta el aspecto dinámico del amor: crecer en el amor a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; en el amor a María y a los santos. Crecer en el amor a la propia familia, a los parientes, a los amigos, a los desconocidos, a los necesitados, a los enfermos, a los pecadores... ¿Cómo? Piensa a ver qué se te ocurre, que sin duda serán muchas cosas. Abundar pone de relieve la generosidad en el amor, ese rasgo típico de la existencia cristiana. ¿Eres generoso en el amor o lo andas midiendo con el metro de tu egoísmo? Bienaventurados los generosos en el amor porque ellos tomarán parte en el cortejo al momento de la parusía de Jesucristo.
CLARETIANOS
¡Comienza el año cristiano… por el final!
Es hoy un día importante: ¡comienza el año cristiano! Deberíamos entusiasmarnos ante esta magnífica organización de nuestro tiempo. En ella se reflejan una historia que ha durado siglos, y en la cual nuestro Dios ha hecho mención de sí hasta extremos inimaginables.
El año litúrgico es como un breve itinerario simbólico en el que recorreremos la historia entera de la humanidad. Es como un libro de 365 páginas, que iremos pasando día a día para que Dios nos hable como en otros tiempos.
Hoy comenzamos la primera gran etapa del camino, el primer capítulo del libro. Tiene que ver con la esperanza. Evocamos las promesas del Dios creador y salimos al encuentro del regalo prometido. Comenzamos el Adviento, o la etapa de la “Espera y la Esperanza”.
El Evangelio de este primer día resulta extraño para un comienzo. Porque nuestro año comienza con uno de los últimos discursos de Jesús, precisamente aquel discurso en el que nos habla de “lo último”, por eso, se llama técnicamente “discurso escatológico”. Otros lo llaman “apocalíptico”. Y es cierto, Jesús se muestra al final de sus días “apocalíptico”
Nos habla nuestro Señor de terror y ansiedad en los seres humanos ante las cosas que van a suceder en el mundo, es decir, en el cielo y en la tierra. En el cielo astronómico –se entiende- habrá señales en el sol, la luna, las estrellas: ¡las fuerzas del cielo serán sacudidas! En la tierra será horrible el estruendo del mar y las olas y muchos morirán de terror.
Pero inmediatamente añade: cuando empiecen a suceder estas cosas ¡cobrar ánimo! ¡Llega vuestra liberación! Jesús nos pide que sepamos interpretar esas señales. Ellas no anuncian el final del bien, sino el final del mal: la Liberación nuestra. Son las señales, diríamos las trompetas que anuncian la llegada del Hijo del Hombre, las plagas que preceden a la salida de Egipto.
A Jesús le encantaba al parecer “llamarse Hijo del Hombre”. El profeta Ezequiel fue el autor de esa imagen. Es un Mesías que no nace de la dinastía davídica, sino de Dios. Es un Mesías de rostro humano, contra todos los imperios de rostro bestial. Jesús le añadió algunas otras características: come y bebe con los pecadores, no tiene dónde reclinar la cabeza, sirve y no es servido, da su carne y sangre como verdadera comida y bebida. ¿No va a ser entonces buena noticia la llegada del Hijo del Hombre? Si él viene, ¡estamos salvados!
Las señales que anuncian la llegada del Hijo del Hombre ¿no están haciéndose presentes en nuestro mundo? A nivel internacional, hay guerras, violencia, injusticia, terror… A nivel familiar y personal, ¿no nos llegan las malas noticias, las enfermedades, las sorpresas desagradables? Tras esas malas noticias viene la “buena noticia” de la llegada, cuando menos lo pensemos de Jesús, el Hijo del hombre.
Hay que estar muy atentos, alerta, con la mirada avizora, para ver por dónde viene nuestro Señor y acogerlo. Claro que vendrá el día final, para salvar toda nuestra historia. Pero ¿no viene cada día? ¿no podremos hoy comer la carne del Hijo del hombre y beber su Sangre? ¿No podremos hoy escuchar las palabras del Hijo del hombre?
Hermanas, hermanos, ¡la peor noticia es aquella que nos hace más próxima la mejor de todas! ¡Jesús, el Hijo del Abbá y del hombre, está cerca!
No te desesperes por nada. Espera. Dite a ti mismo: “y si pasa, lo que tanto temo, ¿qué pasa? Viene el Hijo del hombre. ¡Espéralo!
Conclusión: Jesús viene ¡es el Hijo del Hombre!
¡Para tarde me lo fiais! Solemos decir. Respecto a Jesús no es así. Jesús viene siempre, cada día. Cristo nace cada día, dice una preciosa canción. Jesús es parusíaco. Es el que viene por mil puertas, de mil formas. Y viene trayendo consigo las bendiciones y regalos de Dios. ¡Acojámoslo! No tenemos que visitarlo, él nos visita. Cuánto quisiera que le abriéramos la puerta…
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
En la liturgia del primer domingo de Adviento, la Iglesia nos pone delante una parte del discurso de Jesús sobre el fin del mundo. Adviento significa Venida. Es el tiempo de la preparación para la venida del Hijo del Hombre en nuestra vida. Jesús nos exhorta a estar vigilantes. Nos pide estar atentos a los sucesos para descubrir en ellos la hora de la venida del Hijo del Hombre.
En este principio del Adviento, es importante purificar la mirada y aprender de nuevo a leer los acontecimientos a la luz de la Palabra de Dios. Y esto, para no ser sorprendidos, porque Dios puede venir sin avisar, cuando menos lo esperamos. Para ilustrar cómo deberíamos estar atentos a los acontecimientos, Jesús se apoya en el episodio del diluvio en tiempos de Noé.
En el curso de la lectura del texto, prestaremos atención a las comparaciones de las que se sirve Jesús para trasmitir su mensaje.
b) Una división del texto para ayudarnos en la lectura:
Mateo 24, 37-39: La venida del Hijo del Hombre será como en los días de Noé
Mateo 24, 40-41: Jesús aplica la comparación a aquellos que lo escuchan
Mateo 24, 42: La conclusión: ¡Vigilad!
Mateo 24, 43-44: La comparación para recomendar la vigilancia
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
i. ¿Cuál es la parte del texto que te ha llamado más la atención? ¿Por qué?
ii. ¿Dónde, cuándo y porqué Jesús ha pronunciado este discurso?
iii. ¿En qué consiste exactamente la vigilancia a la que nos exhorta Jesús?
iv. “Una persona será tomada y otra será dejada”. ¿Qué quiere enseñar Jesús con esta afirmación?
v. Al tiempo de Mateo, las comunidades cristianas esperaban la venida del Hijo del Hombre en cierto modo. Y hoy, ¿cuál es nuestro modo de esperar la venida de Jesús?
vi. ¿Cuál es, según tu parecer, el centro o la raíz de esta enseñanza de Jesús?
Para los que desean profundizar más en el tema
a) Contexto del discurso de Jesús: El Evangelio de Mateo:
En el Evangelio de Mateo hay cinco grandes discursos, como si fuesen una nueva edición de los cinco libros de la Ley de Moisés. El texto que meditamos en este domingo forma parte del quinto Discurso de esta Nueva Ley. Cada uno de los cuatro discursos precedentes ilumina un determinado aspecto del Reino de Dios anunciado por Jesús.
· El primero: La justicia del Reino es la condición para entrar en el Reino (Mt del 5 al 7).
· El segundo: la misión de los ciudadanos del Reino (Mt 10).
· El tercero: la presencia misteriosa del Reino en la vida de la gente (Mt 13).
· El cuarto: vivir el Reino en comunidad (Mt 18).
· El quinto Sermón habla de la vigilancia en vista de la venida definitiva del Reino. En este último discurso, Mateo sigue el esquema de Marcos (cf Mc 13,5-37), pero añade algunas parábolas que hablan de la necesidad de la vigilancia y del servicio, de la solidaridad y de la fraternidad.
La espera de la venida del Hijo del Hombre:
Al final del primer siglo, las comunidades vivían en la espera de la venida inmediata de Jesús (1 Tes 5,1-11).
Basándose en algunas frases de Pablo (1 Tes 4,15-18) había personas que dejaron de trabajar pensando que Jesús estaba ya para llegar (2 Tes 2,1-2; 3,11-12). Ellos se preguntaban: Cuando venga Jesús ¿seremos levantados como Él al cielo? ¿Seremos tomados o dejados? (cfr Mt 24, 40-41). Había un clima semejante al de hoy, en el que muchos se preguntan: “Este terrorismo ¿es signo de que se acerca el fin del mundo?
¿Qué hacer para no ser sorprendidos?” Una respuesta a estas preguntas y preocupaciones nos vienen de las Palabras de Jesús, que Mateo nos transmite en el evangelio de este domingo.
c) Comentario del texto:
Mateo 24, 37-39: Jesús compara la venida del Hijo del Hombre a los días del Diluvio
• “Como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre”. Aquí, para aclarar su llamada a la vigilancia, Jesús recurre a dos episodios del Antiguo Testamento: Noé y el Hijo del Hombre. Los “días de Noé” se refieren a la descripción del Diluvio (Gén 6,5 a 8,14). La imagen del “Hijo del Hombre” viene de una visión del profeta Daniel (Dan 7,13). En los días de Noé, la mayoría de las personas vivían sin preocupaciones, sin darse cuenta de que en los acontecimientos se acercaba la hora de Dios. La vida continuaba “y no se dieron cuenta, hasta que vino el diluvio y los arrastró a todos”. Y Jesús concluye: “Así será también la venida el Hijo del hombre”. En la visión de Daniel, el Hijo del Hombre vendrá de improviso sobre las nubes del cielo y su venida decretará el fin de los imperios opresores, que no tendrán futuro.
Mateo 24,40-41: Jesús aplica la comparación a los que escuchaban
• “Entonces estarán dos en el campo: uno es tomado, el otro dejado”. Estas frases no deben ser tomadas literalmente. Es una forma para indicar el destino que las personas recibirán según la justicia de las obras por ellos practicadas. Algunos serán tomados, o sea, recibirán la salvación y otros no la recibirán. Así sucedió en el diluvio: “solo tú has sido justo en esta generación (Gen 7,1). Y se salvaron Noé y su familia.
Mateo 24,42: Jesús aporta la conclusión: ¡Vigilad!
• Es Dios el que determina a hora de la venida del Hijo. Pero el tiempo de Dios no se mide con nuestro reloj o calendario. Para Dios, un día puede ser igual a mil años y mil años iguales a un día (Si 90,4; 2 Pe 3,8). El tiempo de Dios (kairós) es independiente de nuestro tiempo (cronos). Nosotros no podemos interferir el tiempo de Dios, pero debemos estar preparados para el momento en el que la hora de Dios se hace presente en nuestro tiempo. Puede ser hoy, puede ser de aquí a mil años.
Mateo 24, 43-44: Comparación: El Hijo del Hombre vendrá cuando menos se espera
• Dios viene cuando menos se espera. Puede suceder que Él venga y la gente no se dé cuenta de la hora de su llegada. Jesús pide dos cosas: la vigilancia siempre atenta y al mismo tiempo, la dedicación tranquila de quien está en paz. Esta actitud es señal de mucha madurez, en la que se mezclan la preocupación vigilante y la tranquila serenidad. Madurez que consigue combinar la seriedad del momento con el conocimiento de la relatividad de todo.
c) Ampliando información para poder entender mejor el texto:
¿Cómo vigilar para prepararse?
• Nuestro texto va precedido de la parábola de la higuera (Mt 24,32-33). La higuera era un símbolo del pueblo de Israel (Os 9,10; Mt 21,18). Cuando pide que se observe a la higuera, Jesús pide observar y analizar los hechos que están sucediendo. Es como si Jesús nos dijese: “Vosotros debéis aprended de la higuera a leer los signos de los tiempos y así descubriréis dónde y cuándo Dios entra en vuestra historia”.
La certeza que nos viene comunicada por Jesús
• Jesús nos deja una doble certeza para orientar nuestro camino en la vida: (1) llegará el fin con seguridad; (2) ninguno sabe ciertamente ni el día ni la hora del fin del mundo. “ Porque en cuanto a la hora y al día ninguno lo sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, ni tampoco el Hijo, sino sólo el Padre” (Mt 24,36). A pesar de todos los cálculos que puedan hacer los hombres sobre el fin del mundo, ningún cálculo da la certeza. Lo que da seguridad no es el conocimiento de la hora del fin, sino la Palabra de Jesús presente en la vida. El mundo pasará, pero su palabra no pasará jamás (cfr Is 40, 7-8).
¿Cuándo vendrá el fin del mundo?
• Cuando la Biblia habla del “fin del Mundo”se refiere, no al fin del mundo, sino al fin de un mundo: Se refiere al fin de este mundo, donde reina la injusticia y el poder del mal que amargan la vida. Este mundo de injusticia tendrá fin y a su puesto vendrá “un cielo nuevo y una tierra nueva”, anunciados por Isaías (Is 65,15-17) y previsto por el Apocalipsis (Ap 21,1). Ninguno sabe cuándo ni cómo será el fin de este mundo (Mt 24,36), porque ninguno sabe lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Cor 2,9). El mundo nuevo de la vida sin muerte supera todo, como el árbol supera a su simiente ( 1 Cor 15,35-38).
• Los primeros cristianos estaban ansiosos por asistir a este fin (2 Tes 2,2). Seguían mirando al cielo, esperando la venida de Cristo (Act 1,11). Algunos ya no trabajaban (2 Tes 3,11). Pero, “no nos corresponde a nosotros conocer los tiempos y momentos que el Padre tiene reservado en virtud de su poder” (Act 1,7). El único modo de contribuir a la venida del fin “de modo que puedan llegar los tiempos de la consolación” (Act 3,20), es dar testimonio del Evangelio en todo lugar, hasta los extremos confines de la tierra (Act 1,8).
I DOMINGO DE ADVIENTO
Antífona de entrada Sal 24, 1-3
A ti, Señor, elevo mi alma; Dios mío, yo pongo en ti mi confianza.
Que no tenga que avergonzarme ni se rían de mí mis enemigos.
Ninguno de los que esperan en ti tendrá que avergonzarse.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
te rogamos que la práctica de las buenas obras
nos permita salir al encuentro de tu Hijo
que viene hacia nosotros,
para que merezcamos estar en el Reino de los cielos junto a Él.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Dios nuestro, acepta los dones que recibimos de ti
y ahora te presentamos;
que esta ofrenda realizada en el tiempo presente,
sea para nosotros anticipo de la salvación eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO DE ADVIENTO I
LAS DOS VENIDAS DE CRISTO
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo Señor nuestro.
Él vino por primera vez en la humildad de nuestra carne,
para realizar el plan de redención trazado desde antiguo,
y nos abrió el camino de la salvación;
para que, cuando venga por segunda vez
en el esplendor de su grandeza,
podamos recibir los bienes prometidos
que ahora aguardamos en vigilante espera.
Por eso, con los ángeles y los arcángeles,
y con todos los coros celestiales
cantamos sin cesar el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Antífona de comunión Sal 84, 13
El mismo Señor nos dará sus bienes
y nuestra tierra producirá sus frutos.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que fructifique en nosotros la celebración de los santos misterios
con los que tú nos enseñas a amar y adherirnos a los bienes eternos, mientras peregrinamos en medio de las realidades transitorias de esta vida.
Por Jesucristo, Nuestro Señor.
Puede impartirse la bendición solemne.
1. Adviento
Dios todopoderoso y lleno de misericordia,
por la primera venida de su Hijo Unigénito, en la que creemos,
y por la segunda que esperamos,
los ilumine con su luz
y los colme con su bendición.
R. Amén.
En el camino de esta vida los haga constantes en la fe,
alegres en la esperanza
y activos en la caridad.
R. Amén.
Para que, celebrando la venida en el tiempo de nuestro Redentor,
sean recompensados con el don de la Vida eterna
cuando el venga por segunda vez en la gloria.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
R. Amén.
LECCIONARIO DOMINICAL
Haré brotar para David un germen justo
Lectura del libro del profeta Jeremías 33, 14-16
Llegarán los días -oráculo del Señor- en que Yo cumpliré la promesa que pronuncié acerca de la casa de Israel y la casa de Judá:
En aquellos días y en aquel tiempo,
haré brotar para David un germen justo,
y él practicará la justicia y el derecho en el país.
En aquellos días, estará a salvo Judá
y Jerusalén habitará segura.
Y la llamarán así:
«El Señor es nuestra justicia.»
Palabra de Dios.
SALMO 24, 4-5a 8-10. 14
R. A tí, Señor, elevo mi alma.
Muéstrame, Señor, tus caminos,
enséñame tus senderos.
Guíame por el camino de tu fidelidad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y mi salvador. R.
El Señor es bondadoso y recto:
por eso muestra el camino a los extraviados;
él guía a los humildes para que obren rectamente
y enseña su camino a los pobres. R.
Todos los senderos del Señor son amor y fidelidad,
para los que observan los preceptos de su alianza.
El Señor da su amistad a los que lo temen
y les hace conocer su alianza. R.
Que el Señor fortalezca vuestros corazones
para el día de la venida del Señor Jesús
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Tesalónica. 3, 12-4, 2
Hermanos:
Que el Señor los haga crecer cada vez más en el amor mutuo y hacia todos los demás, semejante al que nosotros tenemos por ustedes. Que él fortalezca sus corazones en la santidad y los haga irreprochables delante de Dios, nuestro Padre, el Día de la Venida del Señor Jesús con todos sus santos.
Por lo demás, hermanos, les rogamos y les exhortamos en el Señor Jesús, que vivan conforme a lo que han aprendido de nosotros sobre la manera de comportarse para agradar a Dios. De hecho, ustedes ya viven así: hagan mayores progresos todavía. Ya conocen las instrucciones que les he dado en nombre del Señor Jesús.
Palabra de Dios.
ALELUIA Sal 84, 8
Aleluia.
¡Manifiéstanos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación!
Aleluia.
EVANGELIO
Está por llegar la liberación
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 21, 25-28. 34-36
Jesús dijo a sus discípulos:
«Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria.
Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación.»
Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra.
Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre.»
Palabra del Señor.
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