Domingo 3 del Tiempo Adviento (C)
Liturgia Viva del III Domingo de Adviento «Gaudete»
Saludo (Ver Segunda Lectura)
No hay que tener miedo ni que preocuparse,
porque el Señor quiere que ustedes sean felices,
y él está cerca de ustedes.
Que su paz y alegría esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. Llamados a Estar Siempre Alegres
Con demasiada frecuencia estamos o nos sentimos tristes. En este Tercer Domingo de Adviento la liturgia nos habla precisamente de Dios como el Señor de la danza. El Señor se siente feliz por venir a nosotros: “Él danzará con gritos de alegría por ustedes, como en un día de festival”. Para el Señor, el estar con nosotros es una auténtica fiesta. ¿Es una fiesta también para nosotros el estar con él? Abrámonos a la alegría de la venida y de la presencia duradera del Señor entre nosotros. Él viene a nosotros con su paz, su amor y su perdón, no solamente en la gran fiesta de Navidad, sino en cada eucaristía y cada día, cuando estamos dispuestos a hacer crecer en nosotros y en nuestro mundo el amor y la paz de Dios.
2. Comencemos de Forma Sencilla, por lo Pequeño
Cuando la tarea de llevar a cabo lo que debemos hacer excede ciertamente nuestras fuerzas y nuestra capacidad, ¿qué podemos hacer? Cuando el problema es demasiado amplio como para poderlo abarcar -como p. ej., la injusticia y violencia en el mundo, la falta de amor, la división entre la gente- ¿qué podemos hacer nosotros, gente sencilla y de a pie? Podemos comenzar de forma sencilla, actuando con responsabilidad en nuestro propio pequeño rincón, con la gente que nos rodea, y haciendo bien todo lo que tenemos que hacer. Éste es el consejo de Juan el Bautista a los que se acercan a él para la conversión. Esto es lo que tienen que hacer: acelerar la venida del Salvador. Esto es quizás todo lo que nosotros podemos hacer para traer hoy a Cristo a nuestro mundo.
Acto Penitencial
La alegría del Señor se vuelve tangible para nosotros también
cuando Dios nos reconcilia consigo mismo
con el perdón que él siempre nos ofrece.
(Pausa)
Señor Jesús, tú eres un Dios cercano a nosotros,
y por eso nos atrevemos a decir:
Guárdanos en tu amor.
R/ Señor, ten piedad de nosotros
Cristo Jesús, sintiéndote cercano e íntimo a nosotros,
ya no hay mal al que temer.
Guárdanos en tu gozo y alegría.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú nos pides que seamos felices
y que no vivamos ya más preocupados,
porque tú estás cerca de nosotros.
Guárdanos en tu paz.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Oh, Dios que vives en medio de nosotros,
sana nuestros miedos causados por el pecado,
otórganos la alegría de tu perdón
y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta (Dos Opciones)
1. Llamados a Estar Siempre Alegre
Oremos para que sepamos acoger con alegría
a Cristo y a su Evangelio, su Buena Noticia.
(Pausa)
Oh Dios, fuente de toda felicidad:
Tu Hijo Jesucristo nos trajo,
a nosotros y a todos,
noticias alegres de su perdón y de su vida.
Nuestros corazones permanecen inquietos
hasta que encuentren descanso y paz en ti.
Que tu alegría sea nuestra alegría.
tu amor nuestro amor;
que tu aceptación de nosotros nos lleve
a acoger a nuestros hermanos.
Que, con Jesús en medio de nosotros,
nuestras comunidades sean felices
y que sean como un anticipo,
aun en medio de pruebas y sufrimiento,
de la alegría eterna que tú nos has preparado.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús el Señor.
2. Comiencen de Forma Sencilla, por lo Pequeño
Pidamos el valor y fortaleza
para hacer bien lo que tenemos que hacer en la vida.
(Pausa)
Oh Dios siempre fiel:
Danos el valor de acoger a tu Hijo
compartiendo lo que tenemos,
haciendo bien lo que es recto y justo,
y extendiendo la paz en torno a nosotros.
Que tu Hijo Jesús nos bautice
con el Espíritu Santo y con su fuego,
para que él nos renueve con su amor
y que nuestros corazones se desborden de alegría
porque Cristo vive entre nosotros.
Te lo pedimos en el nombre del mismo Jesús el Señor.
Primer Lectura (Sof 3,14-18a): El Señor vendrá en Medio de Ustedes
A un pueblo rodeado de enemigos, el profeta anuncia: “El Señor les va a perdonar y les traerá alegría. Vivirá en medio de ustedes y les renovará con su amor”.
Segunda Lectura (Flp 4,4-7): Alégrense, el Señor Está Cerca.
Los cristianos deberían estar siempre alegres, dice San Pablo. Su alegría debe ser contagiosa, porque el Señor está siempre cerca de ellos.
Evangelio (Lc 3,10-18): ¡Acciones y Gestos concretos!
Esperamos y nos preparamos para la venida del Señor haciendo bien las cosas de cada día que nuestro llamado exige, especialmente con referencia a los otros.
Oración de los Fieles
Si hay demasiada poca alegría entre nosotros, quizás sea porque no somos suficientemente cristianos… Pidamos al Dios de toda alegría que podamos vivir siempre en su alegría y en su paz, y digamos:
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Por la Iglesia, es decir, por todos nosotros, para que proclamemos siempre el evangelio como Buena Noticia de gran alegría, como mensaje de liberación y esperanza para todos, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Por el mundo frío de hoy, el mundo de los negocios, de la gestión y producción, el sub-mundo del consumismo, con su dosis tremenda de manipulación e injusticia, para que entre nosotros de nuevo se preste atención a las personas y se recupere el sentido de la justicia, de la alegría y la celebración, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Por los pobres y los que sufren, para que les demos no solo lo material que necesiten, sino que les llevemos el calor de nuestro amor y la alegría de la esperanza, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Por los cristianos del mundo entero, dondequiera que estemos, para que aprendamos a guardar nuestra serenidad en las pruebas -que son parte de la vida-, y para que veamos que las cosas de este mundo tienen sólo un valor relativo, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Y por todos nosotros, para que tengamos sentido del humor, que seamos capaces de reírnos a nuestra propia costa, y que gocemos también de sentido de gratuidad, que nos capacite para hacer cosas gratis y por la pura alegría de servir a los hermanos, roguemos al Señor.
R/ Señor, tú eres nuestra alegría.
Señor Dios nuestro: Tú nos has traído libertad por medio de Jesús, tu Hijo. Queremos vivir en tus manos como personas libres, y gozando de gran alegría. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Señor, Dios de vida y felicidad:
Tu Hijo Jesús consiguió la alegría de su resurrección
a través de doloroso sufrimiento y de la muerte.
Con él queremos aceptar
las tensiones y el dolor de nuestra vida
sin perder nuestra paz interior;
poseer cosas materiales sin apego interior;
y amar desinteresadamente
aun sin experimentar completa satisfacción personal.
Que seamos capaces de querernos a nosotros mismos
sin olvidarnos de los demás,
de trabajar por el futuro
aun sin cosechar resultados apetecidos en el presente,
y, por fin, encontrar a Cristo aun sin conocerle perfectamente.
Todo esto quiere ser nuestra ofrenda a ti,
esperando nos proporcione tu alegría y felicidad
por los siglos de los siglos. Amén.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Jesús, el Señor, está muy cerca de nosotros aquí en esta eucaristía. Oremos y ofrezcámonos con él para que le descubramos también muy cercano en nuestros hermanos y en los acontecimientos de cada día.
Invitación al Padre Nuestro
Con la mayor confianza y alegría
roguemos a nuestro Padre del cielo
con las palabras de Jesús.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor de todos los males
y concédenos tu paz en nuestros días.
Líbranos de preocuparnos negativamente sobre el futuro,
y danos cada día una fresca provisión de alegría.
Ayúdanos a hacer bien la tarea y misión
que nos has asignado en la vida
y a compartir nuestra alegría con los hermanos,
mientras esperamos con gozosa esperanza
la venida de nuestro Salvador, Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesús, el Señor, que dijo:
“Que no se perturben sus corazones.
Ustedes están tristes ahora,
pero les veré de nuevo
y entonces sus corazones se colmarán de alegría.
Nadie les arrebatará esa alegría”.
Dichosos nosotros,
invitados al banquete de alegría del Señor.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh, Dios y Padre nuestro:
Tú has refrescado nuestra esperanza y alegría
en esta eucaristía, santa cena de tu Hijo.
Ayúdanos a buscar la alegría y la felicidad
no en la propia satisfacción personal,
ni en las cosas de este mundo,
sino en nuestros hermanos y en ti,
siendo siempre humanos y afables con todos
compartiendo generosamente con ellos,
y haciendo bien todas las cosas.
Haz que cada día sea nuevo para nosotros
y digno de vivirse
gracias a la presencia entre nosotros
de Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Nosotros tenemos nuestro cupo de problemas y preocupaciones, como cualquier otra persona humana. Sin embargo, gracias a nuestra confianza en Dios y a la tranquilizadora certeza de que el Señor está siempre cercano a nosotros, conservamos nuestra serenidad y nuestra alegría.
Que nuestro gozo cristiano sea contagioso, reforzado con la bendición del Señor.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.
¿Qué debemos hacer?
Ya queda menos. Se aproxima la Navidad. Empezamos la tercera semana de Adviento. Es el domingo “Gaudete”, “Alegraos”. Las lecturas nos lo repiten, para que no se nos olvide. Que somos dados a la tristeza, sobre todo en invierno.
La semana pasada el Bautista hablaba en general del arrepentimiento por los pecados y la conversión a una nueva vida. Sin dar instrucciones precisas, sólo en general. Hoy la cosa se concreta más. Vamos a ello.
La primera lectura es un alegato a favor de la misericordia divina. Un buen motivo para alegrarnos es que Dios es siempre misericordioso. El Señor ha revocado tu sentencia, nos dice el profeta Sofonías. El tiempo en que vivió no era demasiado bueno. La situación era catastrófica, pero, como profeta verdadero, supo ver la luz en medio de la oscuridad, y fue capaz de percibir la presencia de Dios en medio del pueblo.
Un detalle en el que Sofonías pone el acento es que el enfado de Dios no va contra el pecador, sino contra el pecado. Con las personas, Dios solamente realiza obras de salvación. No castiga. Por ese motivo, todos pueden alegrarse, no hay motivo para tener miedo. Es el mismo esquema que el evangelista Lucas repite con el anuncio del ángel Gabriel a María: “alégrate”, no temas”, “el Señor está contigo”. Y, con María, nuestra Madre, podemos alegrarnos todos.
El primer versículo del fragmento de la carta de san Pablo de hoy lo usamos mis compañeros y yo en nuestro recordatorio de la ordenación. Queríamos recordar precisamente eso, que debemos estar siempre alegres. No sé si siempre lo hemos conseguido, pero lo que sí sé es que saber que el Señor está cerca es una buena ayuda en la vida. No es imprescindible tener muchos éxitos en la vida, o una salud de hierro, o muchas cosas materiales. Tampoco significa vivir libre de preocupaciones (los Filipenses, como Pablo, tenían los mismos problemas que nosotros, sino más). Sentir esa cercanía es la fuerza del cristiano, La fe da la certeza de que todo lo que pasa forma parte del plan de Dios y, por eso, todo terminará bien. Como tiene que ser. Como quiere Dios. Con mucha paz. A pesar de todo.
Y para colaborar en este plan, nosotros, ¿qué podemos hacer en este momento? ¿Cómo podemos convertirnos, para dar esos “frutos” de los que habla el Bautista? Y “frutos”, en plural, para demostrar que la conversión es verdadera. Hay que ordenar la cabeza y el corazón, para poder reaccionar.
Lo primero que pide el Bautista es relativizar los bienes materiales. Para que Dios entre en nuestra vida, debemos hacerle sitio. Sabemos que lo material es importante, pero hay que ponerlos en su lugar.
Me parece importante recordar una cita del Catecismo de la Iglesia Católica, concretamente, el número 2446: San Juan Crisóstomo lo recuerda vigorosamente: “No hacer participar a los pobres de los propios bienes es robarles y quitarles la vida; […] lo que poseemos no son bienes nuestros, sino los suyos” (In Lazarum, concio 2, 6). Es preciso “satisfacer ante todo las exigencias de la justicia, de modo que no se ofrezca como ayuda de caridad lo que ya se debe a título de justicia” (AA 8): «Cuando damos a los pobres las cosas indispensables no les hacemos liberalidades personales, sino que les devolvemos lo que es suyo. Más que realizar un acto de caridad, lo que hacemos es cumplir un deber de justicia» (San Gregorio Magno, Regula pastoralis, 3, 21, 45).
Es una buena forma de revisar los “pecados de omisión”. Si alguien pasa necesidad cerca de mí, y yo miro para otra parte, no hago el bien que debo hacer. Puede ser un buen propósito para este Adviento, repartiendo “mis túnicas”, intentando hacer el bien que, en otras ocasiones, he dejado de hacer.
Lo segundo a lo que apunta el Bautista, en su exhortación a la orilla del Jordán es a la forma de cumplir con nuestras obligaciones. A los publicanos y a los soldados no les dice que se vayan al desierto, o que adopten la vida monástica o sacerdotal. Les dice que pueden realizar su trabajo de otra manera, con más responsabilidad, y siendo justos. Es un consejo que nos viene bien también en nuestro camino de Adviento.
Todo lo que hacemos, ya sea en casa, en la oficina, en la escuela o en la universidad, se puede llevar a cabo de muchas maneras. Lo mínimo que se nos puede pedir es que lo hagamos con responsabilidad – nuestra obligación como individuos – pero, como cristianos, se nos puede pedir algo más. Cosas que no se incluyen en el contrato, como la sonrisa, la amabilidad, la empatía… Para poder recibir al Niño Dios que viene, estar atentos a los hermanos es la mejor manera.
Nos avisa también Juan del peligro del abuso de poder, de aprovecharnos de una posición de fuerza. Puede ser una posición de superioridad provocada por la diferencia en la escala social, en la educación, puede ser por la jerarquía en el trabajo… No tenemos espadas como los soldados, pero, a veces, las palabras “matan”. Para que Cristo entre en nuestra vida, debemos ser de maneras y formas suaves, como fue el mismo Jesús.
En definitiva, hay que cambiar algo en nuestras vidas – y es preciso rezar mucho – para que dejemos de imponer nuestros puntos de vista, dejemos de estar tranquilos con lo que hacemos, y permitamos a Cristo entrar en nuestras vidas. Eso que nos da miedo, porque nos exige cambiar lo que no va bien. No siempre lo vemos como un motivo para la alegría. Pero para eso Él viene a nosotros. Cada uno debiera escuchar la llamada concreta que este año le dirige a él el Señor. Deja entrar al Evangelio y a Cristo en tu vida: Él viene, y no tardará. Ésta es la gran noticia. Y hazlo con alegría. Siempre.
EVANGELIO
¿Qué hacemos nosotros?
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 3,10-18
En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:
- Entonces, ¿qué hacemos?
Él contestó:
- El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.
Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:
- Maestro, ¿qué hacemos nosotros?
Él les contestó:
- No exijáis más de lo establecido.
Unos militares le preguntaron:
- ¿Qué hacemos nosotros?
Él les contestó:
- No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.
El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:
- Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.
Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba el Evangelio.
Palabra de Dios.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?
El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados.
No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: "El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo". Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?
Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.
No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de "empobrecernos" poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.
Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno... Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.
Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas...
Para muchos son tiempos difíciles. A todos se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestión de la crisis... Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.
REPARTIR CON EL QUE NO TIENE
¿Qué hacemos?
La Palabra del Bautista desde el desierto tocó el corazón de las gentes. Su llamada a la conversión y al inicio de una vida más fiel a Dios despertó en muchos de ellos una pregunta concreta: ¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que brota siempre en nosotros cuando escuchamos una llamada radical y no sabemos cómo concretar nuestra respuesta.
El Bautista no les propone ritos religiosos ni tampoco normas ni preceptos. No se trata propiamente de hacer cosas ni de asumir deberes, sino de ser de otra manera, vivir de forma más humana, desplegar algo que está ya en nuestro corazón: el deseo de una vida más justa, digna y fraterna.
Lo más decisivo y realista es abrir nuestro corazón a Dios mirando atentamente a las necesidades de los que sufren. El Bautista sabe resumirles su respuesta con una fórmula genial por su simplicidad y verdad: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». Así de simple y claro.
¿Qué podemos decir ante estas palabras quienes vivimos en un mundo donde más de un tercio de la humanidad vive en la miseria luchando cada día por sobrevivir, mientras nosotros seguimos llenando nuestros armarios con toda clase de túnicas y tenemos nuestros frigoríficos repletos de comida?
Y ¿qué podemos decir los cristianos ante esta llamada tan sencilla y tan humana? ¿No hemos de empezar a abrir los ojos de nuestro corazón para tomar conciencia más viva de esa insensibilidad y esclavitud que nos mantiene sometidos a un bienestar que nos impide ser más humanos?
Mientras nosotros seguimos preocupados, y con razón, de muchos aspectos del momento actual del cristianismo, no nos damos cuenta de que vivimos "cautivos de una religión burguesa". El cristianismo, tal como nosotros lo vivimos, no parece tener fuerza para transformar la sociedad del bienestar. Al contrario, es ésta la que está desvirtuando lo mejor de la religión de Jesús, vaciando nuestro seguimiento a Cristo de valores tan genuinos como la solidaridad, la defensa de los pobres, la compasión y la justicia.
Por eso, hemos de valorar y agradecer mucho más el esfuerzo de tantas personas que se rebelan contra este "cautiverio", comprometiéndose en gestos concretos de solidaridad y cultivando un estilo de vida más sencillo, austero y humano.
¿QUÉ PODEMOS HACER?
¿Entonces qué hacemos?
Juan el Bautista proclamaba en voz alta lo que sentían muchos en aquel momento: hay que cambiar; no se puede seguir así; hemos de volver a Dios. Entendían su llamada a la conversión. Según el evangelista Lucas, algunos se sintieron cuestionados y se acercaron al Bautista con una pregunta decisiva: ¿qué podemos hacer?
Por muchas protestas, llamadas y discursos de carácter político o religioso que se escuchen en una sociedad, las cosas sólo empiezan a cambiar, cuando hay personas que se atreven a enfrentarse a su propia verdad, dispuestas a transformar su vida: ¿qué podemos hacer?
El Bautista tiene las ideas muy claras. No les invita a venir al desierto a vivir una vida ascética de penitencia, como él. Tampoco les anima a peregrinar a Jerusalén para recibir al Mesías en el templo. La mejor manera de preparar el camino a Dios es, sencillamente, hacer una sociedad más solidaria y fraterna. y menos injusta y violenta.
Juan no habla a las víctimas, sino a los responsables de aquel estado de cosas. Se dirige a los que tienen «dos túnicas» y pueden comer; a los que se enriquecen de manera injusta a costa de otros; a los que abusan de su poder y de su fuerza.
Su mensaje es claro: No os aprovechéis de nadie, no abuséis de los débiles, no viváis a costa de otros, no penséis sólo en vuestro bienestar: El que tenga dos túnicas, que dé una al que no tiene, y el que tenga comida, haga lo mismo. Así de simple. Así de claro.
Aquí se termina nuestra palabrería. Aquí se desvela la verdad de nuestra vida. Aquí queda al descubierto la mentira de no pocas formas de vivir la religión. ¿Por dónde podemos empezar a cambiar la sociedad? ¿Qué podemos hacer para abrir caminos a Dios en el mundo? Muchas cosas, pero nada tan eficaz y realista como compartir lo que tenemos con los necesitados.
¿Alguien se puede imaginar una forma más disparatada de celebrar la «venida de Dios al mundo» que unas fiestas en las que algunos de sus hijos se dedican a comer, beber y disfrutar frívolamente de su bienestar, mientras la mayoría anda buscando algo que comer?
¿QUÉ PODEMOS HACER?
¿Qué hacemos nosotros?
Los medios de comunicación social nos informan cada vez con más rapidez y precisión de toda la realidad que acontece entre nosotros. Conocemos cada vez mejor las injusticias, miserias y abusos que se cometen diariamente en nuestra sociedad.
Esta información crea fácilmente en nosotros un cierto sentimiento de solidaridad con tantos hombres y mujeres, víctimas de una sociedad egoísta e injusta. Incluso puede provocamos un sentimiento de vaga culpabilidad. Pero, al mismo tiempo, acrecienta nuestra sensación de impotencia.
Nuestras posibilidades de actuación son muy exiguas. Todos conocemos más miseria e injusticia de la que podemos remediar con nuestras fuerzas. Por eso es difícil evitar una pregunta en el fondo de nuestro corazón ante la visión de una sociedad deshumanizada: «Qué podemos hacer?».
Juan el Bautista nos ofrece una respuesta terrible en medio de su simplicidad. Una respuesta decisiva, que nos pone a cada uno frente a nuestra propia verdad. «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».
No es fácil escuchar estas palabras sin sentir un cierto malestar. Se necesita valor para acogerlas. Se necesita tiempo para dejamos penetrar por ellas. Son palabras que hacen sufrir.
Aquí se termina nuestra falsa «buena voluntad». Aquí se revela el fondo de nuestro corazón. Aquí se diluye nuestro sentimentalismo religioso. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente, compartir lo que tenemos con los que lo necesitan. Así de simple. Así de claro.
Muchas de nuestra discusiones y controversias sociales y políticas, muchas de nuestras protestas y gritos, que con frecuencia nos dispensan de nuestra actuación personal, quedan reducidas, de pronto, a una pregunta muy sencilla. ¿Nos atreveremos a compartir lo nuestro con los necesitados?
Casi inconscientemente, todos creemos que nuestra sociedad será más justa y humana cuando cambien los demás y cuando se transformen las estructuras sociales y políticas que nos impiden ser más humanos.
Y, sin embargo, las sencillas palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias está también en nuestro corazón. Las estructuras reflejan demasiado bien el espíritu que nos anima a cada uno. Reproducen con mucha fidelidad la ambición, el egoísmo y la sed de poseer que hay en cada uno de nosotros.
ASÍ DE CLARO
El que tenga dos túnicas que las reparta...
El amor no es una ideología ligada a algunos movimientos religiosos. El amor es la energía que da verdadera vida a una sociedad. En toda civilización hay fuerzas que generan vida, verdad y justicia, y fuerzas que desencadenan muerte, mentira e indignidad. No es siempre fácil detectarlo, pero en la raíz de todo impulso de vida está siempre el amor.
Por eso, cuando en una sociedad se ahoga el amor, se está ahogando al mismo tiempo la dinámica que lleva al crecimiento humano y a la expansión de la vida. De ahí la importancia de cuidar socialmente el amor y de luchar contra todo aquello que puede destruirlo.
Una forma de matar de raíz el amor es la manipulación de las personas. En la sociedad actual se proclaman en voz alta los derechos de la persona, pero luego los individuos son sacrificados al rendimiento, la utilidad o el desarrollo del bienestar. Se produce entonces lo que H. Marcuse llamaba «la eutanasia de la libertad». Cada vez hay más personas que viven una no-libertad «confortable, cómoda, razonable, democrática». Se vive bien, pero sin conocer la verdadera libertad ni el amor.
Otro riesgo para el amor es el funcionalismo. En la sociedad de la eficacia lo importante no son las personas, sino la función que ejercen. El individuo queda fácilmente reducido a una pieza del engranaje: en el trabajo es un empleado, en el consumo un cliente, en la política un voto, en el hospital un número de cama... En una sociedad así las cosas funcionan, pero las relaciones entre las personas mueren.
Otro modo frecuente de ahogar el amor es la indiferencia. El funcionamiento actual de la sociedad concentra a los individuos en sus propios intereses. Los demás son una «abstracción impersonal». Se publican estudios y estadísticas tras los cuales se oculta el sufrimiento de personas concretas. Apenas se siente nadie responsable. De ello se ha de ocupar el Estado, la Administración, la Sociedad.
¿Qué podemos hacer cada uno? Frente a tantas formas de desamor, el Bautista sugiere una postura clara: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo». ¿Qué podemos hacer? Sencillamente compartir más lo que tenemos con aquellos que viven en necesidad. Así de simple. Así de claro.
¿QUÉ DEBEMOS HACER?
El que tenga dos túnicas que las reparta.
A pesar de toda la información que ofrecen los medios de comunicación, se nos hace muy difícil caer en la cuenta de que vivimos en una especie de «isla de la abundancia», en medio de un mundo donde más de un tercio de la Humanidad vive en la miseria. Sin embargo, basta volar unas horas en cualquier dirección para encontrarnos con el hambre y la destrucción.
Esta situación sólo tiene un nombre: injusticia. Y sólo admite una explicación: inconsciencia. ¿Cómo nos podemos sentir humanos cuando, a pocos kilómetros de nosotros (¿qué son, en definitiva, seis mil kilómetros?), hay seres humanos que no tienen casa ni terreno alguno para vivir; hombres y mujeres que pasan el día buscando algo que comer; niños que no podrán ya superar la desnutrición?
Nuestra primera reacción suele ser casi siempre la misma: «Pero nosotros, ¿qué podemos hacer ante tanta miseria?» Mientras nos hacemos preguntas de este género, nos sentimos más o menos tranquilos. Y vienen las justificaciones de siempre: no es fácil instaurar un orden internacional más justo; hay que respetar la autonomía de cada país; es difícil asegurar cauces eficaces para distribuir alimentos; más aún, movilizar a un país para que salga de la miseria.
Pero todo eso se viene abajo cuando escuchamos una respuesta directa, clara y práctica, como la que reciben del Bautista quienes le preguntan qué deben hacer para «preparar el camino al Señor». El profeta del desierto les responde con genial simplicidad: «El que tenga dos túnicas, que dé una a quien no tenga ninguna; y el que tiene para comer que haga lo mismo.»
Aquí se terminan todas nuestras teorías y justificaciones ¿Qué podemos hacer? Sencillamente, no acaparar más de lo que necesitamos mientras haya pueblos que lo necesitan para vivir. No seguir desarrollando sin límites nuestro bienestar olvidando a quienes mueren de hambre. El verdadero progreso no consiste en que una minoría alcance un bienestar material cada vez mayor, sino en que la humanidad entera viva con más dignidad y menos sufrimiento.
Hace tres años, estaba yo por estas fechas en Butare (Ruanda) dando un curso de cristología a misioneras españolas. Una mañana llegó una religiosa navarra diciendo que, al salir de su casa, habían encontrado a un niño muriendo de hambre. Pudieron comprobar que no tenía ninguna enfermedad grave, sólo desnutrición. Era uno más de tantos huérfanos ruandeses que luchaba cada día por sobrevivir. Recuerdo que sólo pensé una cosa, lo que sigo pensando hoy: ¿Podemos los cristianos de Occidente acoger cantando al Niño de Belén mientras cerramos nuestro corazón a estos niños del Tercer Mundo?
UN MINUTO DE SILENCIO
El que tenga dos túnicas que las reparta...
«Un minuto de silencio para las cien mil personas que hoy han muerto de hambre», así comenzaban sus asambleas los promotores del 0,7 por cien, acampados en medio de nuestras ciudades para arrancar a la sociedad algo muy pequeño para una crueldad tan grande.
Su reivindicación es vieja. Proviene de la misma ONU y consiste en reservar el 0,7 por cien del Producto Interior Bruto para el desarrollo de los pueblos más necesitados de la Tierra. Los acampados lograron prácticamente el apoyo unánime de la población. Los partidos, por su parte, han respaldado la reivindicación introduciendo diferentes plazos a la hora de asumir el compromiso. ¿Cuándo se hará realidad?
Los políticos se apresuran a advertirnos que esta medida puede repercutir negativamente en nuestro nivel de vida. Es así. Si seguimos desarrollando un consumismo alocado y no nos detenemos en la creación constante de «nuevas necesidades» es impensable una política solidaria eficaz con los desheredados de la Tierra.
Pero la reivindicación del 0,7 por cien transciende la pura discusión sobre las partidas del Presupuesto General del Estado y de las Autonomías. Porque no se trata sólo de «dar dinero», sino de empezar a redistribuir de manera más justa los beneficios que los Países ricos obtenemos de las desiguales relaciones económicas y comerciales con los Países pobres.
Por otra parte, para crear entre nosotros esta «nueva conciencia», no basta exigir de la Administración el 0,7 por cien para el Tercer Mundo. ¿Por qué no extender esta misma medida a otros ámbitos de la vida familiar y social? ¿Es una ingenuidad reservas el 0,7 por cien de nuestro salario, de nuestros gastos de fin de semana o de nuestras vacaciones? ¿Es una extravagancia dedicar el 0,7 por cien de nuestro tiempo al servicio gratuito de algún necesitado?
Ha comenzado la «locura navideña». Se ha dado ya la salida. Hay que correr a los grandes almacenes, comprar regalos, cargarse de paquetes. No ha de faltas tampoco el besugo o las angulas, ni el champán para brindar la entrada en el nuevo año. ¿Quién se acuerda del 0,7 por cien?
Más de una vez, abrumados por las noticias de hambre y miseria que nos llegan del Tercer Mundo, nos habremos hecho una pregunta casi inevitable: «Qué podemos hacer cada uno de nosotros?» La respuesta de Juan el Bautista es rotunda: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; el que tenga comida, que haga lo mismo».
Aquí terminan todos nuestros hermosos discursos. Cada uno ha de enfrentarse a su propia verdad. ¿Qué podemos hacer? Sencillamente, compartir lo que tenemos con aquellos que lo necesitan. Así de simple. Así de claro. Necesitaremos probablemente más de un minuto de silencio para entenderlo.
SOLIDARIDAD
El que tenga dos túnicas que las reparta...
Los grandes medios de comunicación, que tanto airean y ridiculizan algunos discursos del Papa, han silenciado de manera injusta e interesada la encíclica «Sollicitudo rei socialis», sin duda, su mejor y más moderno documento social.
En ella Juan Pablo II propone la solidaridad como el camino necesario hacia la paz y el desarrollo de los pueblos. Una solidaridad que exige «la superación de la política de bloques», «la renuncia a toda forma de imperialismo económico, militar o político», «la reforma del sistema internacional de comercio», «la reforma del sistema monetario y financiero mundial».
La pregunta surge en nosotros de manera espontánea: ¿Qué puedo hacer yo ante problemas mundiales que desbordan totalmente mis posibilidades? ¿Cómo puedo colaborar yo a que también entre los pueblos de la tierra se cumpla la invitación del Bautista: «El que tenga dos túnicas que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo»?
Antes que nada, hemos de tomar conciencia de que, detrás de esa política insolidaria y competitiva que rige hoy el mundo, hay una forma de vivir, de satisfacer las necesidades y de desarrollar egoístamente nuestros propios intereses, que estamos alimentando entre todos. No hemos de olvidar que la actuación de los dirigentes políticos suele reflejar casi siempre a los pueblos a los que sirven, y responde, de alguna manera, a los deseos y aspiraciones de sus ciudadanos. Por eso, son bastantes las preguntas que podemos hacernos todos y cada uno de nosotros.
¿Queremos seguir satisfaciendo nuestras necesidades y desarrollando nuestro bienestar en un proceso que no tiene fin, sin preguntarnos nunca a costa de quién lo estamos haciendo?
¿Estamos dispuestos a comprar más caros los artículos importados de los países más pobres para remunerar de manera más justa a los que los producen?
¿Estamos dispuestos a pagar impuestos más elevados para que los poderes públicos puedan desarrollar una política más eficaz al servicio de los más necesitados?
¿Estamos dispuestos a vivir de manera más austera, no para tener más y ahorrar en previsión de que puedan llegar tiempos peores, sino para que pueda avanzarse hacia un nuevo orden internacional más solidario?
¿Estamos dispuestos a sostener con nuestro dinero y nuestra participación activa aquellas instituciones e iniciativas que cooperan hoy de diversas maneras en favor de los pueblos más oprimidos de la tierra?
ANTE UNA VIOLENCIA ESTANCADA
Entonces, ¿qué hacemos?
Al referirse a la violencia en el País Vasco, son bastantes los que siguen hablando de “la espiral de la violencia” utilizando la conocida expresión que Helder Cámara empleara por vez primera en su famoso libro.
Sin embargo, entre nosotros ya no se puede hablar propiamente de una “espiral de la violencia”. La del País Vasco es hoy una violencia inmóvil, que no cambia ni hace cambiar nada. Una violencia atascada tal como se refleja en la monotonía de los comunicados que tratan de justificarla y en las condenas de los que la rechazan.
Vivimos estancados en una serie de acciones y reacciones que mantienen un trágico equilibrio de sangre y destrucción.
No será fácil salir de una violencia que puede seguir pudriéndose todavía entre nosotros durante muchos años. Las posiciones parecen irreconciliables. Los dogmatismos políticos inflexibles. La violencia ha abierto durante estos años heridas que no será fácil curar.
Sin duda, son los políticos los que han de buscar los caminos concretos que nos puedan ir acercando a una pacificación y las soluciones técnicas para normalizar la convivencia socio-política. Pero ¿no hay en la sociedad vasca una excesiva inhibición? ¿no estamos dejando el problema demasiado exclusivamente en manos de los políticos?
Entonces, la pregunta que surge espontáneamente en los que no tenemos una responsabilidad política es semejante a la que le hacía a Juan el Bautista aquel pueblo llamado por el profeta a la conversión profunda y al cambio social: “Nosotros ¿qué podemos hacer?”.
Tal vez, la primera tarea de todos sea el urgir al diálogo. Exigir a nuestros partidos políticos que entren por las vías del diálogo sin más tardanza. Crear entre todos —individuos, grupos, organismos, instituciones— un clima social del que pueda surgir un diálogo eficaz y operativo.
Como decía recientemente nuestro obispo, don José María Setién en su Carta Pastoral de Adviento: cuando se renuncia al diálogo, “se dejan las cuestiones y los problemas sin resolver o se induce a buscar soluciones de violencia o de poder”.
Si no se busca una salida no-violenta a esta situación, el problema seguirá enquistado en nuestro pueblo y la violencia y la represión seguirán segando vidas, mientras todos seguimos lamentándonos inútilmente.
INTENTAR EL CAMBIO
Entonces, ¿qué hacemos?
Es aleccionadora la actitud de las multitudes que escuchan al Bautista. Son hombres y mujeres que se atreven a enfrentarse a su propia verdad y están dispuestos a transformar sus vidas. Así responden al profeta: «Entonces, ¿qué debemos hacer?».
Asistimos hoy a un fenómeno bastante generalizado. Se escuchan llamadas al cambio y a la conversión, pero nadie se da por aludido. Todos seguimos caminando tranquilos, sin cuestionarnos nuestra propia conducta.
Naturalmente, la conversión es imposible cuando se la da ya por supuesta. Se diría que el catolicismo ha venido a ser, con frecuencia, una teoría vacía de exigencia práctica. Una religión cultural, incapaz de provocar una transformación y reorientación nueva de nuestra existencia.
Son bastantes los que se preocupan de las «fórmulas de fe» del catecismo, pero no se plantean nunca la necesidad de una ruptura y una nueva dirección de su vida concreta.
Siempre resulta más fácil «creer» las verdades recogidas en el Astete que esforzarnos por escuchar las exigencias de conversión que se nos gritan desde el evangelio.
Por eso es bueno también hoy escuchar la voz lúcida de quienes cuestionan ciertos fenómenos de fervor religioso que parecen conmover hoy a las multitudes, sin lograr una conversión real a la solidaridad y la fraternidad.
Un hombre tan equilibrado como K. Rahner, hablando de las masas que aclaman al actual Papa, piensa que conviene preguntar a todas esas personas: «Rezáis cuando estáis solos?, ¿lleváis vuestra cruz en la vida real?, ¿pensáis en los pobres de nuestro entorno y en el Tercer Mundo?» (País, 5-12-82).
Sin duda, son preguntas que debemos hacernos todos los que hemos aclamado con entusiasmo al Santo Padre. ¿Qué sentido podría tener aclamar a Juan el Bautista y no escuchar sus palabras: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo»?
Y ¿qué sentido puede tener aplaudir enfervorizadamente a Juan Pablo II y no oir sus repetidos gritos: «Pensad en los más pobres. Pensad en los que no tienen lo suficiente... Distribuid vuestros bienes con ellos... Dadles parte de forma programada y sistemática... Mirad un poco alrededor... ¿No sentís remordimiento de conciencia a causa de vuestra riqueza y abundancia?» (Discurso en Río de Janeiro 2-7-80).
EL DOMINGO DEL "ALEGRAOS"
J. LOPEZ-MARTIN
Desde la antífona de entrada hasta la poscomunión, toda la liturgia de este domingo es una invitación a la alegría y a la fiesta. Este año se lee, además, el texto paulino que contribuyó a dar colorido propio al domingo gaudete. ¿A qué obedece esta euforia dentro del Adviento? Indudablemente la reforma litúrgica ha querido conservar el tradicional tono de alegría de un domingo que señala la mitad del Adviento, de modo semejante a como el domingo "laetare" señala la mitad de la Cuaresma. Sin embargo, las motivaciones son más profundas: el Señor está cerca. La venida del Señor se aproxima inexorablemente. La liturgia de este domingo juega con los dos significados fundamentales del Adviento: expectación de la última manifestación de Cristo al final de la historia y preparación para la Navidad. De ambas venidas del Señor la liturgia nos dice: El Señor está cerca. Mientras nos aproximamos a las celebraciones navideñas resuena la invitación a mantenernos expectantes y activos sí, pero también alegres.
-Alegría en la espera
Varias veces aluden las oraciones de este domingo a la preparación de la Navidad. En este aspecto coinciden con la orientación de las ferias de Adviento a partir del 17 de diciembre, las cuales quieren traer el recuerdo de los hechos que precedieron inmediatamente al nacimiento de Cristo, con el fin de intensificar las actitudes ante la venida del Señor.
Todo habla de "alegre espera" porque el Señor está en medio de su pueblo y viene a salvarnos. La venida del Señor es motivo de alegría como lo es el encuentro de aquellos que se aman. La alegría humana es una realidad perfectamente válida para expresar la voluntad de Dios de encontrarse con su pueblo: "La alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontrará tu Dios contigo" (Is 62,5). Y a la inversa.
El pueblo, la Hija de Sión, el nuevo Israel, se alegra y grita de júbilo (So 3, 14: Lc 2,10). Es la alegría de Juan el Bautista, el amigo del Esposo, que está presente y escucha, y salta de gozo al oir su voz (Jn 3, 29; Lc1, 44). Es también la alegría de los amigos del Novio, los discípulos de Jesús, que no pueden ayunar porque el Novio está con ellos (Lc 5,34). Esta alegría, sin mezcla de tristeza, es una de las notas pascuales del domingo, puesta de relieve en la prohibición antigua de ayunar en dicho día y durante toda la Cincuentena pascual. El domingo III de Adviento participa plenamente de la alegría que produjo la presencia de Cristo resucitado a cuantos le "vieron" resucitado (cf. Mt 28,8; etc.). La última venida de Cristo será también motivo de felicidad para todos los justos, que oirán como su Señor les dice: "Entra en el gozo de tu Señor" (Mt 25, 21).
-Actualización litúrgica
La alegría de la iglesia este domingo va acompañada de la petición insistente de purificación del pecado y de invitación a la mesura. Es en el seno de la comunidad, reunida en la asamblea litúrgica, donde se produce la purificación interior que da paso a la alegría que permite reconocer la presencia del Señor en medio de los suyos. Esta purificación, que se inscribe también en la preparación de la Navidad, anticipa el juicio o bautismo en el Espíritu Santo y el fuego para poder ser hallados como el trigo limpio destinado al granero.
J. TOTOSAUS
-Visión General
-La alegría tendría que dar el tono a la celebración de este domingo "Gaudete": la proximidad del Señor (canto de entrada, primera y segunda lecturas) solamente puede despertar alegría en los corazones de los creyentes. Alegría y paz, que significan gozo y plenitud (2. lectura): tal es el Dios que hemos conocido. Una vez más se nos invita a dejar atrás otras representaciones de Dios y a llenarnos del gozo de la salvación.
-Esta alegría nace de dentro, de una fuente inagotable: "El señor tu Dios, en medio de ti" (1. lectura). Es un don que nadie podrá quitarnos (Jn 16, 22). No depende de las situaciones fluctuantes de nuestra vida familiar o de nuestra historia colectiva. Por eso nada puede inquietarnos (2. lectura), nada puede quitarnos aquella paz que habita y llena la punta más fina de nuestro espíritu, allí donde nos reconocemos creyentes. De ahí que la oración, que nos hace penetrar en estas regiones que Dios habita, sea necesaria en toda ocasión, y, sean cuales sean las circunstancias en que nos hallemos, vuelva a reconstruir este tejido interior de equilibrio, de paz y de gozo (2. lectura).
-Paz, gozo, oración, no significan pasividad ni evasión de responsabilidades. Nos lo recuerda el bautista con un doble mensaje:
a) "Entonces, ¿qué hacemos?" Compartir y no abusar de la propia situación de superioridad. Esta predicación del bautista contiene todo un mensaje ético e incluso social que haríamos bien en aplicar a nuestros oyentes. Porque la "conversión" de corazón que exige el anuncio de la Buena Noticia tiene su traducción en la vida y el comportamiento;
b) Juan anuncia una transformación de fondo: "Yo os bautizo con agua; pero viene el que os bautizará con Espíritu Santo y fuego". Pues bien, éste que viene ya "tiene en la mano la horca para aventar su parva". El evangelio contiene una llamada exigente a responder sin excusas ni dilaciones a la oferta de la salvación (véase, con todo, más adelante).
-Entre estos dos polos -la alegría por la salvación y la exigencia de la respuesta- tendría que moverse, por tanto, la predicación de hoy.
Algunas indicaciones concretas.
-El Señor ha expulsado a tus enemigos. La salvación comienza con esta dimensión, digamos, negativa. Nada tiene que darnos miedo. Ningún enemigo puede imponérsenos necesariamente. En su oráculo, el profeta hablaba de los imperios extranjeros que dominaban y oprimían a Jerusalén. El Señor Jesús ha expulsado y ha vencido al enemigo, a todo enemigo. Estamos en nuestras manos y en las de Dios, y podemos asumir nuestras responsabilidades bajo la mirada amorosa de Dios.
Raíz de la Alegría.
-Vivid siempre alegres en el Señor. El Señor está cerca. La alegría tiene que ser una de las actitudes cristianas fundamentales: debemos tener una mirada optimista sobre las realidades del mundo y de la vida (que han sido "desencantadas", arrancadas del poder del maligno), sobre el paso del tiempo y el propio destino personal y colectivo (nos acercamos al día del Señor, a aquel día en que Dios será todo en todos). La vida del creyente está llena de gozo interior porque está llena de sentido: es la vida de un hijo del Padre del cielo. ¿Cómo es que con tanta frecuencia no es ésta nuestra tónica vital -la alegría de fondo y no la desmesura superficial- y cómo es que la gente no nos reconoce como personas mesuradas?
-Tiene en la mano la horca para aventar. Posiblemente, Juan se imaginaba un mesías que reuniría un pueblo de santos y puros, en la línea de los esenios de Qumrán. En cambio, Jesús se presenta como el mesías misericordioso que no viene a condenar a los pecadores sino a ofrecerles gratuitamente la salvación de Dios: también ellos son llamados a la conversión y al Reino. No es el juez que tiene en la mano la horca de aventar y el hacha de leñador, sino el buen pastor que corre tras la oveja perdida. Y si bautiza con Espíritu Santo y con fuego es porque su acción llega a lo más hondo, hasta la transformación del corazón. Felizmente para nosotros. Pero ello no nos exime de responsabilidades ni significa falta de exigencia. Si nos abrimos a la salvación que llega, nuestra vida será transformada. ¿Sucede así?
ALESSANDRO PRONZATO
Se precisa cuáles son los caminos que hay que enderezar para encontrar al Señor que viene. Son los caminos de la justicia, de la caridad, del respeto a los otros. Nada nuevo. Ningún camino excepcional. Pero vuelve una verdad fundamental: el camino hacia Dios pasa obligatoriamente a través del prójimo. La guarda de los mandamientos de la segunda tabla presenta la condición esencial para poderse encontrar frente al "Señor tu Dios, el único" Juan no pretende que los demás se retiren del mundo y lo imiten en su itinerario particularísimo. No les invita a dejar todo y a instalarse en el desierto, como también hicieron los ascetas de Qumrán. Cada uno permanezca en su puesto, continúe haciendo lo que ha hecho hasta hora. Pero de otra manera. Vuelva en buena hora a su oficio. Pero ejercítelo de manera diversa.
Al Señor se le acoge en la vida normal, no a través de cosas excepcionales. Más que los gestos extraordinarios, cuenta la fidelidad en lo cotidiano.
Por más que pueda parecer contradictorio, se trata de ir al encuentro de Cristo permaneciendo en el propio puesto. El cambio no está en las cosas y en las situaciones exteriores, sino que se realiza "dentro" .
Existe un modo diverso de ser y de hacer que se concilia con las cosas de cada día. Así como hay una búsqueda de lo extraordinario, que puede ser una forma de evasión, un sustraerse a los duros compromisos concretos.
Ramiro Gonzalez
I) Adviento y alegría en el Señor
Es preciso seguir conduciendo a la comunidad cristiana en la fidelidad al Espíritu Santo y a la Iglesia (=mistagogía). Los mismos textos de la Escritura, oraciones presidenciales y prefacios van marcando las actitudes, el ritmo, los objetivos y metas. Es la espiritualidad litúrgica (objetiva), que brota del contenido de las celebraciones.
De nuevo, en este domingo, se insiste en la alegría (antífona de entrada, colecta, poscomunión, lecturas 1 y 2, prefacio II) como actitud distintiva de este tercer domingo. En la raíz está el texto de San Pablo a los Filipenses 4,4-7: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres"... Es el mismo texto que abre la celebración como antífona de entrada. La razón de esta alegría es que: "El Señor está cerca".
La perspectiva de la venida definitiva del Señor cede en este domingo a la de su primera venida en la carne (Navidad). Esto mismo lo expresa bellamente la oración colecta; pasa con lógica y sentido de progresión de la espera creyente a la realidad gozosa de la Navidad: "Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe el nacimiento de tu Hijo; concédenos llegar a la Navidad -fiesta de gozo y salvación- y poder celebrarla con alegría desbordante".
Sería conveniente despertar la atención de los fieles al tema de la alegría mediante el canto, un más sensible adorno de la Iglesia, la corona de Adviento, en la oración de los fieles, procesión de ofrendas, algún cartel, etc.
2) Adviento y verdad en la vida cristiana
La celebración litúrgica es expresión de la vida de la Iglesia orante (SC 41), por eso la mente ha de concordar con la voz (SC90), es decir, que lo que dicen los labios responda a la "verdad de las cosas". Por eso conviene que la comunidad con su actitud respalde la oración del sacerdote: "Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo espera con fe el nacimiento de tu Hijo..." (oración colecta), la haga verdadera.
El Adviento es tiempo de coherencia, de conversión sincera, de análisis y discernimiento de nuestras opciones, de purificación del pecado para celebrar con gozo y limpios la Navidad (poscomunión), de mesura y moderación (2. Iectura), de oración y súplica, de trabajo por la paz, de compartir los bienes con los más necesitados, de no extorsionar ni exigir más de lo debido, de acoger la "Buena Noticia" (evangelio) del Señor que viene en humildad.
Cuando obramos así podemos orar con verdad conforme al sentir de la Iglesia, en acción 1de gracias y súplicas al Señor (cf. oración ofrendas domingo 2).
3) Adviento y llamada a la fortaleza
1La antífona de comunión (Is 35,4) dice: "Decid a los cobardes de corazón: 'Sed fuertes, no temáis'. Mirad a nuestro Dios que va a venir a salvarnos". El Adviento es una llamada a la fortaleza, por parte de quienes se sienten pequeños e indefensos. Es a éstos a los que de un modo especial viene a salvar el Mesías. Y lo hace aceptando la debilidad, el abajamiento y la pobreza de la encarnación (Fil 2,5-7; 2 Cor 8,9). La oración sobre las ofrendas del pasado domingo se situaba en esta misma perspectiva: "Que los ruegos y ofrendas de nuestra pobreza te conmuevan, Señor, y al vernos desvalidos y sin méritos propios, acude compasivo en nuestra ayuda". Cuando el hombre se presenta en su pobreza ante Dios, es cuando está en la mejor actitud para que se manifieste la fuerza de Dios", pues los que esperan en ti no quedan defraudados" (Sal 24,1-3). Esta ha sido la actitud de los pobres de Yavé (Lc 2,22-38) y concretamente de María (Lc 1,46-55).
Las lecturas
1) Alegría porque el Señor está cerca (2 lectura). Pablo, desde la prisión (1,12-14) escribe a la comunidad de Filipos. Les insta a luchar por la fe y trabajar por la obra de la salvación. Deben mantenerse firmes en el Señor (4, 1). Y en este contexto les recomienda, sobre todo alegría, mesura en el vivir, porque "el Señor está cerca". Quizás piensa en la proximidad de su muerte. Pero en el contexto litúrgico se entiende la venida de Navidad. Pablo, cuando teme por su vida, les recomienda no preocuparse y tener paz. Esa paz brota de la oración, la fe y confiar en el Señor de la vida.
2) "El Señor, tu Dios, en medio de ti" (1. lectura). Sofonías proféticamente canta ya la alegría de Israel, por la presencia salvadora de Dios en su Mesías. Aquel día Dios se gozará y complacerá en su pueblo. Brotará la alegría jubilosa como en un día de fiesta.
3) Qué hacer para preparar el camino al Señor (evangelio). Es lo que pregunta la gente ante la predicación del Bautista. Es lo que debe preguntarse la comunidad cristiana en este domingo. ¿Cómo preparar la venida inminente del Dios-con-nosotros? La respuesta brota del Evangelio: compartir, ser solidarios, no imponer cargas indebidas, no imponerse por miedo o violencia, aceptar un estilo de vida austera "El pueblo estaba en expectación". Juan había logrado crear expectativas de salvación, de regeneración, de novedad de vida, ilusión.
Ojalá produzca esto también en la comunidad la espera fuerte del Señor en la solemnidad de la Navidad.
Joaquim Gomis
-Alegría por la Liberación
Iniciamos este tiempo de Adviento escuchando el gran anuncio, el anuncio de esperanza: "Levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación". HOY, en este tercer domingo de Adviento, toda la liturgia nos invita a alegrarnos por la cercanía de la realización de este anuncio.
Es una invitación a la alegría. Y, si se me permite el juego de palabras, quisiera deciros que ESTO DE LA ALEGRÍA ES ALGO MUY SERIO. Dicho de otro modo: no podemos acoger la venida del Señor a nuestra vida sin abrirnos a la alegría. Es lo que intuye aquel dicho popular: "un santo triste es un triste santo". Más seriamente: es lo que hemos escuchado en la carta de San Pablo: "Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres".
Y si san Pablo -hombre serio y realista, también apasionado y también lúcido- pensaba que era menester decirlo y repetirlo, era probablemente porque ya entre los primeros cristianos debía ser frecuente la tentación de la tristeza, del pesimismo. Por eso él, apasionado predicador de la Buena Noticia de la salvación, de la liberación, no podía entender ni tolerar que los seguidores del liberador Jesucristo fueran gente triste. De ahí que insistiera: "os lo repito: estad alegres".
Con una alegría que debe reunir dos condiciones (si es que la alegría puede reunir condiciones). La primera, es que SURJA DE LO HONDO de nuestro vivir cristiano. Que no sea superficial, impuesta, sino radical, de corazón. Y ahí podríamos hallar un elemento de revisión de nuestra vida cristiana: si nuestro cristianismo no nos hace alegres -así, espontáneamente, como en santa Teresa o en san Francisco- muy alegres, casi diría "divertidos", es que algo falla en nuestro vivir cristiano.
Porque, de nuevo, seamos serios: ¿cómo puede entenderse que gente que creemos en el gran anuncio salvador y liberador de Dios, en su amor volcado por Jesucristo a todos los hombres, presente en nosotros por la acción viva y renovadora de su Espíritu, cómo puede ser que quien cree en esta maravilla de la Buena y Evangélica Noticia, viva triste, pesimista, negativamente? Pero hay, además, otra condición de esta alegría para que sea realmente cristiana. Y es que esté ABIERTA A LOS DEMÁS, a todos.
Como nos decía Pablo: "que la conozca todo el mundo". Ciertamente, en nuestra vida -personal y social- no faltan preocupaciones.
Pero el apóstol nos ha dicho -y vale la pena que lo escuchemos-:"Nada os preocupe". ¿Por qué? Porque "el Señor está cerca". Cerca ahora que nos preparamos a la celebración de la Navidad -fiesta que debe ser para todos-, pero cerca siempre, en todo momento y circunstancia. En el dolor y en la esperanza, en la lucha y en el amor. Siempre DIOS COMPARTE nuestra vida. Por eso siempre nuestra alegría -insisto: no superficial sino surgida de una fe honda- debe ser real y comunicativa, abierta a todos.
-Exigencia de Liberación
Sin embargo, esta alegría no debe en absoluto ser una EXCUSA PARA DESATENDER LA EXIGENCIA DE RESPUESTA al don de Dios. Porque el amor que Dios vuelca en nosotros es la base de esta alegría, pero pide trabajo -y trabajo también serio- en favor de todos los hombres. Si nuestra alegría debe basarse en la liberación de todo mal que Dios nos ofrece, ello mismo exige que cada uno de nosotros -según sus posibilidades- se empeñe en colaborar en este camino de liberación querido por Dios. Con fe y esperanza, con optimismo y alegría (a pesar de todas las dificultades).
¿Cómo hacerlo? En el evangelio hemos escuchado la respuesta de JUAN BAUTISTA a esta pregunta. Podríamos resumirlo en dos cosas: cumplir con el deber propio -cada uno en su situación y trabajo, en su responsabilidad- y saber compartir lo que tenemos.
Resumiendo: trabajar por la liberación es AYUDAR, es SERVIR. Y ello debería ser también característica del cristiano, como la alegría. Servicio y alegría, alegría y servicio, son los dos caminos -que uno debería ayudar al otro- propios del cristiano llamado a vivir la salvación y comunicar la liberación Porque -y termino- esto es ser fieles a la BUENA NOTICIA que anunció Juan y que realizó Jesús. Aquella Buena Noticia que celebraremos con fe y esperanza en la próxima Navidad. Aquella Buena Noticia que proclamamos y celebramos cada domingo en la Eucaristía. Nos lo ha recordado Pablo: "en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios". Que hoy nuestra petición -con acción de gracias- sea especialmente pedir al Padre más alegría para todos y mayor exigencia para cada uno de nosotros en nuestro servicio a todos. Para que Jesús esté con todos, hoy y siempre.
J. Aldazabal
-Invitación a la alegría
Las lecturas de hoy nos han invitado insistentemente a la ALEGRÍA. En el mundo de hoy, con tantos quebraderos de cabeza para la sociedad y para cada persona, no deja de ser extraño que se nos proclamen unas palabras tan optimistas y llenas de esperanza.
Pero es que estamos oyendo en verdad la Buena Noticia, el Evangelio de Cristo Jesús, en la preparación de la Navidad.
SOFONÍAS, con un lenguaje poético, ha entonado un canto a la alegría, que hoy escuchan miles y miles de comunidades cristianas en todo el mundo: "regocíjate, Hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén..." El motivo es claro: "el Señor estará en medio de ti, y no temerás... el Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva: El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo, como en día de fiesta" Lo que el profeta veía como promesa, nosotros lo celebramos con la convicción de que Dios nos ha mostrado su cercanía y su amor enviándonos ya, hace dos mil años, a su Hijo como nuestro Señor y Salvador.
SAN PABLO lo ha dicho con más fuerza todavía: "estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres... El Señor está cerca. Nada os preocupe... y la paz de Dios custodiará vuestros corazones".
Os he repetido estas frases que habíamos escuchado ya en las lecturas, porque en verdad éste es un mensaje que vale la pena proclamar en medio de una comunidad cristiana y de una sociedad tan falta de esperanza. Hoy y aquí, a nosotros, Dios nos ha dirigido una Palabra de ánimo, diciéndonos que no tengamos miedo, que nuestro corazón esté en paz, porque El nos está siempre cerca.
La celebración de la Navidad, a la que nos estamos preparando, es todo un pregón de confianza y optimismo: nos asegura que Dios perdona, que ama. No estamos solos en nuestro camino, aunque muchas veces nos lo parezca.
La situación de cada uno, o de la humanidad, puede ser preocupante. Al igual que la del pueblo de Israel en tiempos de Sofonías o la de la comunidad cristiana en los de Pablo. Y sin embargo a ellos y a nosotros nos ha sido proclamada una palabra de amor y de alegría. Cristo Jesús, desde su nacimiento en Belén, está con nosotros, en medio de nosotros, aunque no le veamos. El día de la Ascensión se despidió de los suyos con una promesa: yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo... Por eso lo que celebramos en estos días nos llena de serenidad y de esperanza.
-Junto a la alegría, el esfuerzo
Pero a la vez hemos escuchado OTRA VOZ MAS SERIA.
El profeta precursor de Jesús, Juan el Bautista, que también "anunciaba la Buena Noticia" al pueblo, les propuso, y nos propone hoy a nosotros, un programa de vida exigente para preparar la venida del Mesías.
El Bautista, a orillas del río Jordán, ha sido muy concreto en su exigencia: "el que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene, y el que tenga comida, haga lo mismo... no exijáis más de lo establecido... no hagáis extorsión a nadie..." Muchos esperan la Navidad por las vacaciones, por los regalos, por la fiesta; ojalá sea en verdad tiempo de felicidad para todos. Pero los cristianos vemos esos días con unos ojos especiales: celebramos la venida del Hijo de Dios a nuestra historia, y eso da una profundidad nueva a la fiesta. Y a la vez, esta mirada cristiana nos hace pensar: si queremos celebrar bien la Navidad, hemos de acoger a Cristo Jesús en nuestras vidas, en nuestro proyecto existencial. Algo tiene que cambiar en nuestro estilo de vida.
¿No nos convendría pensar cómo cumplir estos días el programa del Bautista? ¿cómo compartiremos nuestros bienes con el más necesitado, cómo seremos más amantes de la justicia y de la verdad? Hoy se nos invita a la alegría, pero también al trabajo y a la seriedad en nuestro camino, como cristianos que quieren vivir conforme al evangelio de Cristo Jesús.
-Eucaristía Y Vida
Que se note este tono de esperanza alegre EN NUESTRA EUCARISTÍA, elevando a Dios, con más convicción que nunca, nuestra acción de gracias y nuestro canto de alabanza.
Que se note también EN NUESTRA VIDA este mayor optimismo, esta alegría y esta paz interior que nos da al sabernos salvados por Dios. Que se note sobre todo en nuestra actitud de mayor comprensión y cercanía para con los demás, como nos ha dicho el Bautista.
Entonces, seguramente, la Navidad del año 85 será para todos una gracia y una felicidad verdadera.
J. Aldazabal
-Crecer en alegría
El mensaje que el Adviento nos está queriendo transmitir para que lo asimilemos es ante todo uno de alegría.
Sofonías, y precisamente en tiempo de calamidad para Israel, cuando se notaba una triste descomposición en lo social, en lo político y también en lo religioso, con la inminente amenaza del destierro, dice palabras de alegría para todos. Alegría, fiesta, libertad para los "condenados", confianza para los que tienen la tentación del temor, ánimos para los desfallecidos.
El motivo, ya para el profeta del A.T., es que Dios está en medio de su pueblo, que lo ama, que se complace en él: "qué grande en medio de ti el Santo de Israel" (salmo). Pablo, ya desde la perspectiva del N.T., con mayor motivo, nos invita también a la actitud de alegría. Dios se ha acercado definitivamente a nuestra historia en Cristo Jesús. Por eso los cristianos, los que creemos en el Salvador enviado por Dios, nos llenamos de alegría, dejamos que nos inunde la confianza y la paz interior, superando todas las tentaciones de angustia o de miedo, que abundan también en nuestra historia.
Si en este Adviento y esta Navidad creciéramos en alegría cristiana... Alegría que no es superficialidad, ni despreocupación, ni pasividad. Pero sí convicción de que Dios nos ama, que estamos en sus manos, que en Cristo Jesús está muy presente a nuestras vidas. Es un mensaje que pueden entender y asimilar los niños y los mayores. Como experimentamos la alegría de la amistad y del sentirnos aceptados por otros, o la del sacrificio hecho para bien de los demás, o la de un éxito en la construcción común de algo o en una victoria personal o comunitaria en tantos campos de la vida: así somos invitados a una alegría cristiana, cristológica, dejándonos ganar por la visión positiva de una Navidad que es la convicción del Dios-con-nosotros.
-Un programa concreto y exigente
Ya Pablo, en la segunda lectura, unía al anuncio de la alegría una invitación a que "vuestra mesura la conozca todo el mundo".
Un cristiano tiene un estilo de vida que tiene su origen precisamente en el que Dios ha enviado para salvarnos, Jesús. Pero hoy es sobre todo el Bautista, en el evangelio, el que nos confronta con un programa ético de vida, con un estilo de actuación, que es según él lo que demostrará en verdad que nos convertimos al Salvador y que queremos prepararle los caminos en nuestra vida.
A la vez que nos dejamos convencer por la invitación a la alegría y la superación del miedo, nos debemos sentir interpelados, cada uno desde sus circunstancias concretas, por esta llamada del Precursor a una vida de acuerdo con el programa del Salvador. No hay nada que espabile y comprometa más a una acción diligente de preparación, orden y limpieza, que el anuncio de la llegada de una persona muy importante o querida. Lo que nos propone el Bautista no es algo extraordinario: huir al desierto, como él; o hacer milagros; o pasarnos el día rezando o haciendo penitencia. Sencillamente, desde la vida de cada día, nos dice que vivamos una actitud de caridad, justicia y no-violencia. Es interesante que él haga aplicaciones concretas de este programa, que nosotros, desde la homilía, podemos insinuar todavía con mayor concretez. La caridad que sabe compartir lo que uno tiene con el prójimo. La justicia que nos urge a ser honrados, sin trampas ni exigencias fuera de lo señalado. La no-violencia, que a los que tienen alguna clase de poder, les frena ante la tentación de la extorsión o del abuso de poder... Publicanos, soldados, gente del pueblo: para todos tiene el Bautista su palabra exhortativa y pedagógica para que se preparen a la salvación de Dios.
Todos tenemos estas tentaciones: el egoísmo que nos encierra en nuestro propio bien, la ambición que nos impulsa a aprovecharnos de los demás con injusticia, la tentación dictatorial que nos hace abusar del poco o mucho poder que tenemos, aplastando de alguna manera a los demás. Por tanto, es una lección que todos debemos tomar hoy en serio: niños y estudiantes, religiosos y casados, trabajadores y empresarios, militares y civiles, todos tenemos algo para compartir, aspectos en los que practicar la justicia, tentaciones de dominio que superar. Y tal vez serán los pobres y humildes los que más atenderán, como casi siempre, la llamada a la solidaridad y sencillez de corazón ante la cercanía del Dios que viene. Porque muchas veces lo que se trata de compartir no son las riquezas, sino nuestro tiempo, nuestra buena cara, nuestra mano que sabe ayudar.
-Un eco entrañable: la Virgen en el adviento
Reciente todavía la fiesta de la Inmaculada, no deberíamos olvidar que, sobre todo desde la "Marialis Cultus" de Pablo VI, el tiempo mariano por excelencia del año cristiano es el Adviento-Navidad.
Las lecturas de hoy nos recuerdan, como un eco, la actitud de la Virgen frente al misterio del Dios que viene: la alegría de Sofonías o de Pablo está encarnada en ella ("se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador"); el "regocíjate, hija de Dios" del profeta parece tener un paralelo en el "alégrate, llena de gracia" del ángel a María; y la invitación del precursor a una actitud de caridad y solidaridad mutua, que luego se convertirá en labios de Jesús en el primer mandamiento cristiano, ha tenido una discípula excelente en María, la que tuvo tiempo (meses) para ayudar a su prima Isabel, o la que estuvo atenta al problema de los novios de Caná.
Ana Mª Cortés
Tiempo de espera activa
Se ha repetido hasta la saciedad que el Adviento es tiempo de espera. Estamos esperando, una vez más, que el Señor venga, que venga para bautizarnos con Espíritu Santo, tal como anuncia hoy Juan a los que le escuchaban. Es un tiempo espléndido y de gran belleza dentro del año litúrgico. Pero entraña un peligro: que sea un tiempo de paralización, de expectación, de inacción, en una palabra. Y no es ése el auténtico sentido del Adviento.
Quizá la imagen más adecuada para el tiempo de Adviento sea la de la madre en la espera tensa, dulce y entrañable del hijo que lleva dentro de sí misma. La madre que espera a su hijo lo hace activamente. Ella misma se va preparando físicamente para el acontecimiento y lo hace también respecto a todo cuanto el pequeño que viene puede necesitar. A medida que se va acercando el momento, va apareciendo el equipo, se va adecuando la casa. No está ociosa la madre. Sus manos, su mente, su corazón, todo su ser está actuando para que la venida del nuevo ser no la coja desprevenida y para que éste no sienta la carencia de nada de lo que pueda necesitar. Todo esto, naturalmente, cuando la madre puede hacerlo, cuando está a su alcance preparar el equipo y adecuar la estancia. Pues algo así es el Adviento para un cristiano. El Señor que llega, que se anuncia por el mensaje urgente y majestuoso del Bautista no puede sorprendernos en una espera absurda ni sorprenderse de que, al llegar, no estábamos preparados para recibirlo como El quiere y merece. Y es interesante pensar que el que viene lo hace, como hoy recalca el Evangelio, "con la mano en la horca para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se acaba". La lectura sosegada de este párrafo no deja dudas respecto al talante del que viene. El que viene no es precisamente un ser pasivo, tranquilo e indiferente que no pretende alterar el biorritmo de los que lo esperan, sino todo lo contrario. El que viene, viene a bautizar con fuego y necesita encontrar un material dispuesto a la combustión.
Prepararse para este bautismo de fuego, de exigencia y de sencillez, de contundencia y de resolución, es la gran tarea del Adviento. Porque el Dios que comienza su andadura en la tierra, el Dios con nosotros es un Dios que lo quiere todo y que no se conforma con parcelas fragmentadas del hombre. Por eso la espera tiene que ser activa, por eso hay que preguntarse sinceramente, como lo hacen hoy los que se acercan al Bautista, qué tenemos que hacer para que cuando venga nos encuentre, porque de verdad lo estábamos esperando.
Y que cada unos de nosotros, en el silencio de su intimidad y en el clima de recogimiento que es tan propio del Adviento, piense como puede encontrarse con Jesús cuando abra sus ojos, una vez más, en la tierra. Estoy segura de que todos sabemos cómo debiéramos ser; segura de que todos sabemos cómo quiere Jesús que sean los cristianos. ¿Quiere que sean avaros, frívolos, egoístas, injustos, farsantes, indiferentes respecto a quienes les rodean? ¿O quiere que sean dignos, generosos, justos; hombres y mujeres de cuerpo entero, de una sola palabra? Ciertamente todos sabríamos dibujar el perfil del cristiano. Y cada uno sabríamos dibujar el nuestro. Posiblemente entre uno y otro la diferencia sea apreciable. Pues aproximar ambos perfiles es la tarea que constituye la espera activa del Adviento. Tenemos que darnos prisa porque el Señor se va acercando rápidamente.
Caritas
Un Dios para tu hermano
-El Dios de la Danza
El anuncio que domina en este domingo es el de la alegría. Está bien que la Palabra y la liturgia nos recuerden frecuentemente esta necesidad tan humana y tan cristiana, ya que no hay documentos oficiales de la Iglesia que hablen sobre el tema. Hoy, además de la invitación paulina, hay un mensaje espléndido del profeta Sofonías.
-Dios es alegre
Ya estamos superando la idea de un Dios triste y aburrido. Dios no es un viejo en decadencia. Dios es la plenitud de la vida. «Al principio fue la Palabra». Está bien. Pero enseguida, no, al mismo tiempo, fue el Amor y la Pasión y la Alegría y la Danza ininterrumpida.
El Espíritu es el éxtasis, el exceso que se produce eternamente en las Personas divinas. El toque del Espíritu produce siempre embriaguez e inspiración. Dios es excesivo. El Espíritu es la Danza de Dios. «Yahveh tu Dios está en medio de ti, ¡un poderoso salvador! El exulta de gozo por ti, te renueva por su amor; danza por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta» (So/03/17) Haz un esfuerzo, por favor. Imagínate a Dios danzando y dando gritos de júbilo por ti.
Es una hermosa revelación: Dios es el autor de la Danza. Dios danza y comunica su júbilo. Dios danza por ti y danza en ti. Dios te comunica la capacidad para la alegría y el entusiasmo. Dios quiere seguir danzando a través de todo tu cuerpo. Dios te da capacidad para vibrar y para emocionar. Dios es el que mueve el mundo de entusiasmo. La revelación de Jesucristo no contradice esta imagen del Dios exultante, sino que la aclara y profundiza. El Dios de Jesucristo es el Dios del Amor gratificante, el Dios de la Alegría perfecta, el Dios de las Bienaventuranzas completas, el Dios de la Pascua victoriosa. Es el Dios que colma de gozo, que embriaga de Espíritu, que deleita y entusiasma en la oración y en el canto, que inunda de una paz que sobrepasa todo juicio".
-«En presencia de Yahveh danzaré yo»
Esta fue la respuesta que dio David a su esposa, cuando le recriminó que se pusiera a danzar como «un cualquiera». «David danzaba con todas sus fuerzas ante Yahveh, vestido sólo con un roquete de lino» (2S/06/14-21).
Nosotros, más que reprender a David, tendríamos que reprendernos a nosotros mismos, porque no danzamos en presencia de Yahveh. Nos ponemos ante El con demasiada seriedad y formulismo; mucha rúbrica y poca fiesta, mucha palabra y poca emoción, mucha rutina y poca pasión.
Lo mismo nos pasa en nuestra vida. Hay cargas necesarias, las del amor. Pero hay cargas que nos echamos encima innecesariamente para merecer, para cumplir, para ganar, para triunfar. Soltemos todas nuestras cargas y pongámoslas sobre el Señor (Mt. Il, 28-29). Libérate de angustias y preocupaciones. Vive confiado y jubiloso. Convierte tu vida en un canto para el Señor.
Cuando Jerusalén tenía sobradas razones para el miedo y la tristeza, escucha una palabra profética que le llega al alma y le llena de alegría el corazón «No temas... El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva... Alégrate y gózate de todo corazón». Cuando Pablo, vencido y encadenado, tenía poderosas razones para sentirse agobiado y deprimido, lanza este pregón desconcertante: «Estad siempre alegres en el Señor».
El mismo, encarcelado en Filipos, «en el calabozo interior y sujetos sus pies con grillos», con las espaldas sangrantes «por los muchos azotes», se pone a medianoche «a cantar himnos a Dios», llegando a conmover el edificio por la fuerte vibración del Espíritu. FE/FT: Sus queridos filipenses habían aprendido que la fe era una fiesta. Es el caso de Lidia y el carcelero, que "se alegró con toda su familia por haber creído en Dios" (/Hch/16/15-34). Cuando los habitantes de Samaria escucharon el Evangelio de Felipe, «hubo una gran alegría en aquella ciudad» (/Hch/08/08).
Dicen que los primeros cristianos se apartaban de fiestas oficiales y de espectáculos públicos. ¿Sabéis por qué? Porque no los necesitaban, porque la fiesta la llevaban dentro. «El cristiano está siempre alegre en el Señor», siempre.
-El porqué de nuestra alegría
La fuente de nuestra alegría es más bien secreta y misteriosa. No viene, desde luego, de este mundo. El cristiano se goza más en el servicio que en el poder, más en la pobreza que en el confort, más en el anonimato que en el éxito. No es una alegría que tenga relación directa con el placer o la comodidad o la fortuna. Tampoco es cuestión de temperamento o de receta psicológica o de terapia vitalista. Está en las antípodas de la diversión prefabricada o del fármaco hedonista o de las euforias del alcohol.
La alegría cristiana viene del Señor. Es un don o fruto del Espíritu.
-10 razones para la alegría:
El cristiano se alegra:
1. Porque se siente inmensamente amado.
2. Porque ha dado sentido a su vida, que no es otro que el amor.
3. Porque nunca se siente solo. Vive siempre el gozo de la comunión, tanto hacia dentro -íntima comunión divina- como hacia fuera -gozosa comunión con los hermanos-.
4. Porque ya no teme nada. Sabe que está en buenas manos, y se siente enteramente y constantemente protegido.
5. Porque asegura el cumplimiento de su esperanza y deseos. Sabe de quién se fía.
6. Porque se siente salvado. Posee ya las arras del Espíritu, «que a vida eterna sabe».
7. Porque convierte su trabajo en vocación.
8. Porque puede iluminar sus realidades oscuras, como el sufrimiento, la limitación y el fracaso. Todo lo relativiza, con gran sentido del humor.
9. Porque está seguro que nada, ni sus pecados, le apartarán de su AbsoIuto, de su Amor. Por eso, sabe reírse de sí mismo.
10. Porque, gracias a Cristo, incluso la muerte se le convierte en Pascua. Es por eso el hombre de la mayor esperanza.
-Por el amor
Todas las razones vienen a resumirse en una: el amor. Sólo el que se siente amado y el que ama, puede vivir la intensa y grande alegría. Adán, por ejemplo, no se entusiasmó con las maravillas del paraíso terrenal, ni con todos los bienes que poseía, hasta que no encontró a la mujer y nació en su corazón herido -por lo de la costilla- el amor. Entonces dio un grito, danzó de entusiasmo.
Cuando amamos a una persona, ella es la fuente de nuestro gozo. Cuando nos sentimos amados, una seguridad y satisfacción enormes nos invaden. El amor da ritmo y color a la vida.
Ahora volvemos al mensaje de Sofonías. ¿Por qué danza Dios? Porque "te ama", porque eres su novia, «El se goza y se complace en ti». Pero ¿cómo me puede amar Dios de esa manera? Yo comprendo que ame a la Iglesia, incluso que me ame a mí, pero compasivamente, que me ame como la madre al niño más débil y enfermo. Pero ¿cómo se puede enamorar Dios de mí?, ¿cómo me puede amar con pasión? Conoce Dios mi barro perfectamente: mis caídas, mis olvidos, mis cansancios, mis rutinas, mis traiciones. ¡Si hasta me avergüenzo yo de mí mismo!
Lo que pasa es que no conozco nada del amor, y menos aún del amor de Dios. El amor no busca motivos para amar. El amor de Dios siempre es gratuito. La belleza y la perfección nunca es la causa del amor de Dios, sino el efecto. Su amor nos crea, nos recrea, nos deleita y nos santifica.
1ª Conclusión. Si Dios te ama y se entusiasma contigo, tú también debes amarte y alegrarte en ti. No le ofendas a Dios con tu tristeza y tu falta de aceptación. Dios no sólo te acepta, sino que se maravilla contigo. No vas a tener tú mejor gusto que Dios.
2ª Conclusión. Tú debes mirar y amar a los hermanos de la misma manera que Dios te mira y te ama a ti. Debes compenetrarte con la mirada y con los sentimientos de Dios. Dios también ama al hermano con pasión e ilusión. Y que este amor no sea algo forzado, con cara de fastidio y perdonavidas. Debes amar a los demás, hasta el entusiasmo, si es que participas del amor de Dios.
3ª Conclusión. Amando al hermano, gozosa y gratuitamente, te conviertes en Dios para el hermano. En tu amor él verá presencia y manifestación del amor de Dios.
4ª Conclusión. La mejor manera de amar y agradar a Dios es amar al hermano con El. Si tu amas al hermano, redoblarás el entusiasmo de Dios. Dios quiere tanto al hermano, que lo ve como algo suyo.
5ª Conclusión. El amor más perfecto es cuando todos los hermanos se unen. Cuando Dios ve a sus hijos compenetrados y con un amor así de grande, el entusiasmo de Dios no tiene límites; en el cielo se inicia una danza sin fin.
SABER QUE DIOS ESTÁ EN NOSOTROS NOS HARÁ MÁS HUMANOS
Fray Marcos
Lc 3, 10-18
INTRODUCCIÓN
La primera palabra de la liturgia de este domingo, la antífona de entrada tomada de la segunda lectura, es una invitación a la alegría. Claro que esa alegría no se debe a que llegan el turrón y los regalos, sino a que Dios es Emmanuel (Dios-con-nosotros).
Esa alegría, en el Antiguo Testamento, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya, porque Dios ya ha llegado, y con su venida a cada uno de nosotros, nos ha comunicado todo lo que Él mismo es. No tenemos que estar alegres porque Dios está cerca, sino porque Dios está ya en nosotros.
La alegría es como el agua de una fuente, la vemos sólo cuando aparece en la superficie, pero antes ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. Como decíamos el domingo pasado de la paz, la alegría no es un objetivo a conseguir directamente. Es más bien la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso.
Ese proceso empieza por el conocimiento, es decir una toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mi ser, encontraré la absoluta seguridad dentro de mí. Las realidades que vienen de fuera, se presentarán como secundarias, frente a la realidad divina presente en lo hondo de mi ser.
CONTEXTO
El evangelio continúa con la predicación de Juan Bautista. Hoy podemos ver mejor las coincidencias y las diferencias con Jesús. La conclusión a la que llegan ambos, es la misma: preocuparse por los demás según la situación de cada uno. La motivación cambia radicalmente.
Según Juan, hay que hacer todo eso para escapar del juicio de Dios. Para Jesús, hay que obrar así porque debemos responder a Dios que es amor y nos trata con total generosidad. Reconocer lo que Dios es para nosotros, nos obliga a ser como Él
EXPLICACIÓN
¿Qué tenemos que hacer? La pregunta es una prueba de la sinceridad de los que se acercan a Juan. Con cuatro pinceladas marca Juan la necesidad de cambiar la manera de pensar y de actuar.
Tres versículos antes, llama 'raza de víboras' a los que cumplían escrupulosamente con los ritos y las leyes, pero se olvidaban completamente de los demás. Como Jesús, Juan no quiere saber nada de lo que se cocina en el templo ni del cumplimiento minucioso de las normas legales. La religiosidad que no llega a los demás no es la religiosidad que Dios quiere. En esto coincide totalmente con Jesús.
El Bautista, desde la perspectiva de una religiosidad judía, pide a los que le escuchan una determinada conducta moral para escapar al castigo de Dios. Esa conducta no se refiere al cumplimiento de normas legales, como hacían los fariseos (esto es ya un avance sobre la religiosidad oficial) sino a manifestar la preocupación por los demás. En ningún caso hace alusión a la religión, lo que pide a todos es mejorar la convivencia humana.
El evangelio de Jesús propone una motivación distinta. El objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en actitud de entrega. Jesús nos invita a descubrir el amor que es Dios dentro de nosotros y en consecuencia, dedicarnos a obrar conforme a las exigencias de esa presencia.
Para el Bautista, la aceptación de Dios depende de lo que nosotros hagamos. El evangelio nos dice que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios, es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro y seguimos anhelando que nos llegue de fuera.
El pueblo estaba en expectación. Una bonita manera de indicar una actitud de espera que les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al ansiado Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte.
La explicación que da a continuación (yo no soy el Mesías) no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión posible. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.
APLICACIÓN
La seguridad de tener a Dios en mí, no depende de mi perfección. Es anterior a mi propia existencia y depende sólo de Él. El no tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que sólo pueden ser felices los perfectos, porque sólo ellos tienen asegurado el amor de Dios.
Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos de las enseñanzas del evangelio que nos dice exactamente lo contrario.
Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy, a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios de parte de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que él nos arrastre hacia el absoluto.
La dinámica de nuestra religiosidad actual es absurda. Estamos dispuestos a hacer todos los "sacrificios" y "renuncias" que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.
La verdad es que no hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el "Emmanuel" sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego.
Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que puedo esperar. Si cambiara algo, tendría que ser necesariamente a peor; porque Dios nos ha dado ya lo mejor.
Ésta tenía que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría. En Jesús lo hemos visto claro. Debemos descubrirlo también en nosotros.
Estamos engañados cuando esperamos encontrar la salvación en la satisfacción de deseos referidos a nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos, las pasiones nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria.
Removemos Roma con Santiago para que Dios no tenga más remedio que darnos la salvación que le pedimos. Muchos, en nombre de la religión, han puesto precio a esa salvación: si haces esto y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación que deseas.
Pensando en una salvación material para el más acá o en una salvación para potenciar mi "ego" en el más allá, nos estamos engañando y estamos intentando lo imposible.
El reconocimiento de Dios, del que hablamos, no es racional ni discursivo, sino vivencial y de experiencia. Ésta es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana, no nos permite valorar otros modos de conocimiento. Estamos aprisionados en la racionalidad que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos.
Así permanecemos engañados creyendo que somos lo que no somos. Pidiendo incluso a Dios, que potencie nuestro falso ser, porque creemos que ahí está nuestra salvación.
La alegría de la que habla la liturgia de hoy, no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o al sufrimiento. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro.
Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me empeño en apoyarme en esa parte de mi ser, el fracaso está asegurado. Cuando el dolor produce tristeza es que no lo estamos asumiendo desde la perspectiva de Jesús.
La respuesta que debemos dar hoy a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es muy simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues en la realización de una serie de obras puede entrar en juego la programación y entonces nos tranquilizará solo en parte.
No se trata de hacer esto o dejar de hacer lo otro, sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro que me necesita.
Se trata de que desde el centro de mi ser, que es lo verdaderamente humano, fluya humanidad en todas las direcciones. Que todo mi ser se mueva desde la perspectiva del amor.
La salvación, hoy como ayer, consiste en un convencimiento vivencial de lo que significa ser humano. No alcanzaré mayor grado de humanidad por ponerme nuevos capisayos (obras buenas, oraciones...), sino por dejar que fluya, desde dentro, mi verdadero ser.
No tengo que entrar en la dinámica de una programación para llegar a ser. Tengo que descubrir lo que soy para actuar como lo que realmente soy. Sólo sacando fuera lo que tengo dentro iré alcanzando paso a paso, mayores cotas de humanidad.
Lo que hago tiene que ser una exigencia de lo que soy. El obrar sigue al ser, no al revés.
Meditación-contemplación
¡GAUDETE!
¿Puedes imaginarte a un Dios triste?
Sería un triste dios.
Si Dios es la alegría y está dentro de ti, ¿por qué estás triste?
Muy sencillo: Estás fuera de ti.
Si te afecta más lo que viene de fuera que lo que tienes dentro,
es que das más importancia a lo accidental que a lo esencial.
......................
Cambia la perspectiva.
No mires lo de dentro, desde lo de fuera.
Mira todo lo que te viene de fuera desde tu verdadero ser.
Nada ni nadie podrá arrebatarte la paz y la alegría.
.......................
Esa alegría que surge de dentro
será como una llama que no puede extinguirse.
No sólo te calentará a ti, sino que dará luz a los demás.
Tu vida será, desde ahora, distinta.
.........................
OCARM
a) Clave de lectura
Parte integrante del mensaje evangélico de Lucas es la necesidad de la conversión; metanoia, o sea, el cambiar la propia mentalidad por el modo de pensar y obrar de Dios.
Muchas veces encontramos en el Evangelio de Lucas escenas en la que la misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y los humildes de corazón (Lc 1, 465; 2, 1-20; 5, 12-31; 6, 17-38). Estas escenas contrastan con el tratamiento severo reservado a los ricos y orgullosos que tienen el corazón duro y cerrado para Dios y para el prójimo necesitado (Lc 16, 19-31; 17, 1-3).
El texto que nos propone la liturgia dominical nos presenta esta temática. El pasaje 3, 10-18, es parte de la exposición lucana de la predicación del Bautista como preparación al ministerio de Jesús. Juan Bautista anuncia la venida inminente del día del Señor: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente?” (Lc 3,7). Los profetas habían anunciado la llegada de este día de ira y de salvación, como también la venida de un mensajero reconocido como Elías (Sir 48,11), que preparase el camino delante del Señor (Mal 3, 1-5). En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara el día de la llegada del Señor, el Mesías: “viene uno que es más fuerte que yo” (Lc 3,16). El ministerio de Juan de hecho se desarrolla en un tiempo de grandes expectativas mesiánicas: “el pueblo estaba expectante” (Lc 3, 15) y pide al Bautista si era él el Mesías. Esta petición se hará también con relación a la persona de Jesús (Lc 9, 7-9; 18-21) que en seguida revela su identidad con la confirmación implícita de la profesión de fe de Pedro.
En los versículos 3,1-18 del evangelio de Lucas, tenemos todo cuanto se refiere al ministerio y la misión de Juan Bautista. Él ha sido enviado para bautizar en señal de arrepentimiento y de predicar la conversión que lleva la salvación: “haced pues obras dignas de conversión” (Lc 3,7); “yo os bautizo con agua” (Lc 3,16). Con su predicación, Juan “anunciaba la buena noticia” (Lc 3,18), que la salvación no estaba reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los publicanos y soldados (Lc 3, 10-14) y a todos los que obran con justicia y caridad. Jesús a su vez aclarará más esta verdad con su comportamiento misericordioso hacia los publicanos, los pecadores y los marginados (Lc 7,1-10, 36-50; 17,11-19; 18, 9-14). El tema de la salvación está en los hechos estrictamente ligados a la venida del Reino de Dios, que está en medio de nosotros (Lc 17, 20-21) y tiene una implicación social de justicia, de igualdad entre todas las personas (Lc 3,10-14), por tanto la salvación no es solamente una realidad abstracta e individual, sino real y colectiva. Esta salvación nos viene ofrecida por Dios en aquel que nos bautiza en Espíritu Santo y fuego (Lc 3,16b). “Él tiene el bieldo para limpiar su era y para recoger el trigo en el granero; pero la paja, la quemará con fuego que no se apaga” (Lc 3,17). Muchas veces con el transcurrir del relato evangélico, Jesús hará símiles referencias en su predicación sobre la venida del Reino, con amonestaciones y parábolas (Lc 13,1-5; 17, 22 – 37). Se puede decir que, al tratar del ministerio y la misión de Jesús, Lucas nos hace ver el perfeccionamiento de la predicación y del anuncio de Juan. Aquí se puede hacer referencia a lo que Jesús dice en la sinagoga de Nazaret: “Hoy se ha cumplido esta Escritura que habéis oídos con vuestros oídos”. (Lc 4,21)
b) Algunas preguntas para orientar la meditación y actualizarla
a) Necesidad de la conversión: metanoia o sea, el cambiar la propia mentalidad imperfecta según el modo de pensar y de obrar de Dios. ¿Siento yo esta necesidad?
b) La misericordia de Dios se manifiesta en Jesucristo para los pobres y para los humildes de corazón. ¿Me identifico con ellos?
c) “El pueblo estaba expectante” (Lc 315) Los primeros cristianos esperaban con ansia la segunda venida del Señor: El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven! Y aquel que escuche repita: ¡Ven!” (Apoc 22,17). ¿Atiendo yo a la venida del Señor o estoy del todo inmerso en la vida material, y por tanto, atraído desordenadamente por todo lo que pasa?
d) En la tradición cristiana Juan Bautista es el mensajero que prepara al pueblo a la primera venida del Señor Jesús, el Mesías. La Iglesia ha recibido la misma misión de preparar el camino del Señor que viene: “¡Sí, vendré presto!” (Apoc 22, 20). ¿Qué puedo yo hacer para preparar la segunda venida del Señor?
e) La salvación no está reservada para algunos elegidos, sino que se ofrece a todos, incluso a los que son considerados por nosotros “indignos” de la salvación de Dios. En el tiempo de Jesús en la categoría de “indignos” se incluían los publicanos y paganos. Hoy, ¿quiénes son esas personas que tantas veces vienen consideradas “indignas” de la salvación?
f) El tema de la salvación está estrechamente unido a la venida del Reino de Dios, que tiene una implicación social de justicia: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas” (Apoc 21,5). ¿Qué puedo yo hacer para promover la justicia en un mundo que parece que gusta de caminar con estructuras de injusticia social?
III DOMINGO DE ADVIENTO
En esta dominica "Gaudete", en lugar del color morado, se puede usar el color rosa.
Antífona de entrada Flp 4, 4. 5
Estad siempre alegres en el Señor;
os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Estás viendo, Señor, cómo tu pueblo
espera con fe la fiesta del nacimiento de tu Hijo;
concédenos llegar a la Navidad,
fiesta de gozo y de salvación,
y poder celebrarla con alegría desbordante.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Haz, Señor, que te ofrezcamos siempre este sacrificio
como expresión de nuestra propia entrega,
para que así cumplamos el sacramento que tú nos diste
y se lleve a cabo en nosotros
la obra de tu salvación.
Por Jesucristo nuestro Señor.
PREFACIO III DE ADVIENTO
CRISTO, SEÑOR Y JUEZ DE LA HISTORIA
En verdad es justo darte gracias,
es nuestro deber cantar en tu honor
himnos de bendición y de alabanza,
Padre todopoderoso,
principio y fin de todo lo creado.
Tú nos has ocultado el día y la hora
en que Cristo, tu Hijo,
Señor y Juez de la historia,
aparecerá revestido de poder y de gloria,
sobre las nubes del cielo.
En aquel día terrible y glorioso
pasará la figura de este mundo
y nacerán los cielos nuevos y la tierra nueva.
El mismo Señor que se nos mostrará entonces lleno de gloria
viene ahora a nuestro encuentro
en cada hombre y en cada acontecimiento,
para que lo recibamos en la fe
y por el amor demos testimonio
de la esperanza dichosa de su reino.
Por eso, mientras aguardamos su última venida,
unidos a los ángeles y a los santos,
cantamos el himno de tu gloria:
Santo, Santo, Santo...
Antífona de la comunión Cf. Is 35, 4
Decid a los cobardes de corazón:
Sed fuertes, no temáis. Mirad a nuestro Dios que viene y nos salvará.
Oración después de la comunión
Imploramos, Señor, tu misericordia,
para que esta comunión que hemos recibido
nos prepare a las fiestas que se acercan,
purificándonos de todo pecado.
Por Jesucristo nuestro Señor.
1. Adviento
Dios todopoderoso y lleno de misericordia,
por la primera venida de su Hijo Unigénito, en la que creemos,
y por la segunda que esperamos,
los ilumine con su luz
y los colme con su bendición.
R. Amén.
En el camino de esta vida los haga constantes en la fe,
alegres en la esperanza
y activos en la caridad.
R. Amén.
Para que, celebrando la venida en el tiempo de nuestro Redentor,
sean recompensados con el don de la Vida eterna
cuando el venga por segunda vez en la gloria.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
R. Amén.
LECCIONARIO DOMINICAL
Eres la alegría del Señor
Lectura de la profecía de Sofonías 3, 14-18a
¡Grita de alegría, hija de Sión! ¡Aclama, Israel! ¡Alégrate y regocíjate de todo corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha retirado las sentencias que pesaban sobre ti y ha expulsado a tus enemigos. El Rey de Israel, el Señor, está en medio de ti: ya no temerás ningún mal.
Aquel día, se dirá a Jerusalén: ¡No temas, Sión, que no desfallezcan tus manos! ¡El Señor, tu Dios, está en medio de ti, es un guerrero victorioso! El exulta de alegría a causa de ti, te renueva con su amor y lanza por ti gritos de alegría, como en los días de fiesta.
Palabra de Dios.
SALMO Is 12, 2-3 4abc. 5-6
R. ¡Aclama y grita de alegría,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel!
Este es el Dios de mi salvación:
yo tengo confianza y no temo,
porque el Señor es mi fuerza y mi protección;
él fue mi salvación.
Ustedes sacarán agua con alegría
de las fuentes de la salvación. R.
Den gracias al Señor, invoquen su Nombre,
anuncien entre los pueblos sus proezas,
proclamen qué sublime es su Nombre. R.
Canten al Señor porque ha hecho algo grandioso:
¡que sea conocido en toda la tierra!
¡Aclama y grita de alegría, habitante de Sión,
porque es grande en medio de ti
el Santo de Israel! R.
El Señor está cerca
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 4, 4-7
Alégrense siempre en el Señor. Vuelvo a insistir, alégrense. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres. El Señor está cerca. No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.
Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús.
Palabra de Dios.
ALELUIA.
Aleluia.
El espíritu del Señor está sobre mí,
él me envió a evangelizar a los pobres.
Aleluia.
EVANGELIO
¿Qué debemos hacer?
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 3, 2b-3.10-18
Dios dirigió su palabra a Juan Bautista, el hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?»
El les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto.»
Algunos publicanos vinieron también a hacerse bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer?»
El les respondió: «No exijan más de lo estipulado.»
A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?»
Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y conténtense con su sueldo.»
Como el pueblo estaba a la expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible.»
Y por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena Noticia.
Palabra del Señor.
Comentarios
Publicar un comentario