Domingo Fiesta de la Sagrada Familia (C)
Liturgia Viva del La Sagrada Familia de Jesús, María y José
Saludo (Ver la Segunda Lectura)
Somos ya hijos de Dios;
No tenemos por qué temer en su presencia.
Que el Señor Jesús esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1. En la Casa del Padre
Nos puede sorprender oír a Jesús cómo les pregunta a sus propios padres angustiados, María y José: “¿Por qué me estaban buscando? ¿No sabían ustedes que debo estar donde está mi Padre?”. Incluso María y José, santos de Dios, tenían que aprender todavía y crecer en su fe. – Como la Sagrada Familia, nuestras familias, y cada uno de nosotros, tenemos también que crecer en la fe. Quizás será a través de dolorosas pruebas y sufrimientos, como el de María y José, como nuestra fe llegará a madurarse. También se nos formula a nosotros la misma pregunta: ¿No sabían ustedes…?
2. Ocupado en los Asuntos del Padre
Quizás sea difícil para nosotros imaginar que Jesús, Hijo mismo de Dios, fuera realmente humano, que crecía no sólo físicamente, sino que también iba madurando como persona, y descubría poco a poco la conciencia de sí mismo, quién era él mismo. Desde luego, la Sagrada Familia entera buscó siempre hacer la voluntad de Dios, pero hoy vemos a Jesús afirmar que ha tomado conciencia de que tiene una relación especialmente íntima con el Padre y que lo que realmente importa para él es la voluntad amorosa de Dios. — ¿Es eso también para nosotros realmente lo más importante, y no habríamos de crecer en nuestra intimidad con Dios? Que Jesús en esta eucaristía nos ayude a madurar totalmente en el amor a Dios.
Acto Penitencial
¿Sentimos deseos todavía de crecer en nuestra fe?
Examinémonos ante el Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, tú aceptaste vivir bajo la autoridad de María y de José.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tu madre meditaba en su corazón los acontecimientos que ocurrían en su vida.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, con María y con José tú buscaste por encima de todo la voluntad del Padre del cielo:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, perdona nuestros pecados y nuestra falta de comprensión. Haz que maduremos constantemente en nuestra fe y en nuestro amor. Llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que Jesús, el Señor, crezca en nosotros.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Te damos gloria y alabanza
porque elegiste para tu Hijo una familia humana.
Por medio de las oraciones y el ejemplo de María y José,
allí en el hogar de Nazaret,
queremos también nosotros aprender
a dejar espacio a Jesús en nuestra vida,
para que él crezca día a día en nosotros y en nuestra familia
y nos haga más semejantes a él.
Haz que nuestras familias se centren
en descubrir y cumplir siempre
la voluntad de Dios
y en vivir en armonía y amor.
Te lo pedimos en el nombre del mismo Jesús, el Señor.
Primera Lectura (Eclo 3,2-6.12-14): Honra a tu Padre y a tu Madre
Los dos fundamentos de la vida familiar son amor y respeto, dice la Biblia. ¿No habrían de permanecer estas dos virtudes como la piedra angular de nuestras familias, hoy en día?
Segunda Lectura (Col 3,12-21): Vida en el Señor
Digan y hagan todo en el nombre del Señor Jesús, y tendrán la correcta relación con Dios y con los hermanos, sobre todo en el círculo íntimo de la familia.
Evangelio (Lc 2,41-52): Tengo que estar en la Casa de mi Padre
Cuando Jesús se queda perdido en el tempo, sus padres María y José experimentan de nuevo el malestar de formar parte de la misión de Jesús. El servicio a Dios y a la gente tiene lugar primero y preferente.
Oración de los Fieles.
Con la Sagrada Familia de Nazaret confiamos en el Señor, que conoce todas nuestras necesidades, y le pedimos que bendiga a todas las familias del mundo, cristianas y no cristianas. Y digámosle:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por la gran familia de la Iglesia, para que sea madre bondadosa y hogar cálido para todos, especialmente para los pobres, necesitados y afligidos, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por todos los matrimonios, para que sepan conservar la frescura de su primer amor, o al menos volverlo a descubrir y recuperar, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por todas las familias del mundo, para que sus miembros -padres e hijos- sigan creciendo en comprensión, aprecio y servicio mutuo, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por los niños y por los jóvenes, para que sus padres sean para ellos personas maduras seriamente interesadas por su crecimiento y auténtica felicidad, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por los matrimonios en dificultad, por los separados y por sus hijos, para que puedan encontrar hermanos y amigos afectuosos que con su comprensión y apoyo les ayuden a superar los fallos de su vida en el hogar, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
– Por nuestras comunidades cristianas, para que como miembros de una sola familia aprendamos a llevar los unos las cargas de los otros y a compartir también mutuamente las satisfacciones y alegrías, roguemos al Señor:
R/ Señor, bendice a nuestras familias.
Padre bondadoso, nosotros confiamos en ti. Que no neguemos los unos a los otros el mismo amor que tú nos muestras en Jesucristo nuestro Señor.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre nuestro:
Tú nos invitas a participar
en la mesa de familia de Jesús, tu Hijo.
Que el alimento y la bebida que él nos da
nos transforme en verdaderos dones para nuestros hermanos,
para que nos convirtamos los unos para los otros
en pan y vino, vida y alegría.
Que el respeto y el amor servicial
sean nuestra ofrenda a los hermanos,
hoy, mañana y cada día
motivados por tu Hijo que está en medio de nosotros,
Jesucristo nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Hoy damos gracias al Padre por habernos dado a la Sagrada Familia de Nazaret como modelo de amor servicial para nuestros hogares. Que esta eucaristía nos haga responder con interés y entusiasmo al amor de Dios.
Introducción al Padre Nuestro
Unidos ante Dios como hijos suyos recemos la oración que Jesús de Nazaret nos enseñó:
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y que la paz de Cristo viva
en nuestros corazones y en nuestros hogares.
Guárdanos de todo lo que nos divide
o nos encierra en nosotros mismos.
Danos compasión, amabilidad y paciencia,
para que preparemos con alegría y esperanza
la venida plena entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que viene para unirnos a todos
como hijos e hijas del Padre.
Dichosos nosotros,
invitados a la mesa de familia del Señor.
Oración después de la Comunión
Oh Dios y Padre nuestro:
Jesús tu Hijo se hizo cercano a nosotros
en esta celebración eucarística.
Ha estado aquí con nosotros
asequible y disponible para todos.
Que él siga viviendo
en nuestros hogares y en nuestras comunidades.
Que nos haga también a nosotros
asequibles y disponibles, los unos a los otros,
aun a costa de nuestro bienestar personal,
y, con María y José,
nos haga disponibles para cualquier tarea y misión
que tú quieras encomendarnos.
Porque podemos hacer muchas cosas
en el nombre de Jesús, el Señor.
Bendición
Hermanos: ¡Qué bueno que hemos podido estar juntos
como familia del pueblo de Dios
y orar con la Sagrada Familia de Nazaret
por todo lo que nos es muy querido a todos nosotros:
nuestros hogares, nuestras familias,
la comunidad cristiana,
la familia mayor de nuestro país y nación!
Que Dios todopoderoso les bendiga
a todos ustedes y a sus familias
y les guarde siempre en su amor:
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
UNA FAMILIA COMO DIOS QUIERE
La Liturgia de hoy nos invita a recordar que somos familia. La celebración nos sitúa en clave familiar. Es el día de la familia. Estamos todos invitados a renovar nuestro compromiso familiar, por un lado, y a reconocernos familia dentro de la Iglesia, de la comunidad cristiana, por otro. Somos familia, somos padres, somos hijos, somos hermanos, y la Palabra de Dios nos invita a vivir con intensidad todos los días, y no sólo en Navidad.
En la primera lectura encontramos la base de la relación familiar en el respeto a los padres. Sabemos que es un mandamiento del Decálogo, “Honrarás a tu padre y a tu madre”. Los israelitas empiezan a vivirlo así. Es su forma de expresar como va integrando la experiencia humana de la vida, y en este caso de la familia, desde su relación con Dios. No es mal recordatorio, en estos tiempos en que la familia parece estar “de capa caída”, con muchos problemas y cuando parece que no hay tiempo para ocuparnos de los mayores, en la mayoría de los casos.
Esta familia de sangre, San Pablo la prolonga en la comunidad cristiana. La Iglesia también es una familia. El fundamento lo pone Pablo en esa relación familiar de los cristianos con nuestro padre Dios, que nos hizo a todos hermanos en su Hijo Jesús. Para nosotros la palabra “hermano” adquiere un significado especial y profundo, porque nos hace familia. Nuestra mirada como familia se dirige a Jesús. Él es nuestro modelo y nuestro referente. Por eso San Pablo da recomendaciones a todos los miembros de la familia, padres e hijos, desde el respeto, la obediencia, la libertad, y fundamentalmente, desde el amor.
Y lo mismo nos sirve para la comunidad parroquial. En la comunidad hace falta sobrellevarse mutuamente, perdonarse, y que sea el amor el que nos una. En la comunidad ha de estar la palabra de Dios, para iluminar las situaciones que se van viviendo. En la comunidad hace falta alegría, canto, acción de gracias, gozo. Y todo esto lo aportamos los miembros de la comunidad. Cada uno de nosotros hace la comunidad y cada uno se enriquece de lo que los demás aportan.
Sin quererlo, la noche y el día de Navidad la mirada se había concentrado por completo en el niño. Pero ya entonces se nos recordaba cómo hay otras figuras en el «misterio», en el belén; se nos recordaba que había otras dos figuras en la realidad: María y José, los padres del niño. Hoy, pues, se nos invita a que ensanchemos algo más nuestra mirada, para que quepan esas otras dos figuras y veamos al niño formando parte de ese grupo más amplio de la Sagrada Familia, en la que tanto al padre como a la madre les corresponden unas funciones especiales para poder sacar adelante a esa criatura, para ayudar a crecer a esa brizna de humanidad que es el niño Jesús.
Por eso, si nos preguntamos por lo que puede ayudar a que la vida de familia no se deteriore, sino que se mantenga sana y mejore, podemos recoger estos tres mensajes.
Primero, una llamada al respeto, en especial a los mayores cuyas facultades están sensiblemente mermadas. Hemos de cultivarlo a pesar de: a pesar de las rarezas y de las manías que puedan tener, a pesar de los defectos más o menos acusados que tengan. Aprendamos a ver en ellos al mismo Mesías, a pesar de las limitaciones y defectos que tenían. No hagamos daño al Mesías que está presente, aunque encubierto, en los mayores o en los más débiles. Y añadamos el respeto a la piedad.
Segundo: cultivemos en las relaciones mutuas los sentimientos positivos y las actitudes positivas. La vida familiar ha de ser una escuela de los afectos. Procuremos tener un mundo afectivo rico en nuestra relación con los otros miembros de la familia. No nos volvamos indiferentes a ellos, no seamos inexpresivos. Cuidemos los detalles del saludo afectuoso, de la sonrisa, de la acogida cordial, de la preocupación discreta (y también del respeto al silencio de los otros), del regalo, del servicio sencillo; cuidemos el gesto del perdón cuando nos han herido. Quien cultiva diariamente lo pequeño, también sabrá adoptar las actitudes adecuadas en lo grande, en lo importante. ¿Podemos conducirnos así? Sí podemos, aunque tengamos nuestros fallos. Hay una verdad que la experiencia pone ante nuestros ojos: quien se sabe perdonado, está más dispuesto al perdón; quien se sabe acogido, se muestra más pronto a acoger. Y así sucesivamente. Pues reparemos un poco en lo que Dios ha hecho con nosotros: cómo nos ha acogido entre sus hijos, cómo nos ha perdonado, cómo nos ha dado su paz.
Tercero: busquemos en todo la voluntad de Dios. José nos da un buen ejemplo de esa disposición interior, cuando secunda la inspiración interior y vela por la seguridad del niño y la madre. Quien busca la voluntad de Dios vive para más que para sí mismo, piensa en más que en sí mismo, cuida más que su propia persona.
EVANGELIO
Los padres de Jesús lo encuentran en medio de los maestros.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,41-52
Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua.
Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres.
Éstos, creyendo que estaba en la caravana, hicieron una jornada y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se volvieron a Jerusalén en su busca.
A los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
- Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados.
Él les contestó:
- ¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?
Pero ellos no comprendieron lo que quería decir.
Él bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.
Palabra de Dios.
UNA FAMILIA DIFERENTE
Entre los católicos se defiende casi instintivamente el valor de la familia, pero no siempre nos detenemos a reflexionar el contenido concreto de un proyecto familiar, entendido y vivido desde el Evangelio. ¿Cómo sería una familia inspirada en Jesús?
La familia, según él, tiene su origen en el misterio del Creador, que atrae a la mujer y al varón a ser "una sola carne", compartiendo su vida en una entrega mutua, animada por un amor libre y gratuito. Esto es lo primero y decisivo. Esta experiencia amorosa de los padres puede engendrar una familia sana.
Siguiendo la llamada profunda de su amor, los padres se convierten en fuente de vida nueva. Es su tarea más apasionante. La que puede dar una hondura y un horizonte nuevo a su amor. La que puede consolidar para siempre su obra creadora en el mundo.
Los hijos son un regalo y una responsabilidad. Un reto difícil y una satisfacción incomparable. La actuación de Jesús, defendiendo siempre a los pequeños y abrazando y bendiciendo a los niños, sugiere la actitud básica: cuidar la vida frágil de quienes comienzan la andadura por este mundo. Nadie les podrá ofrecer nada mejor.
Una familia cristiana trata de vivir una experiencia original en medio de la sociedad actual, indiferente y agnóstica: construir su hogar desde Jesús. "Donde dos o tres se reúnen en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos". Es Jesús quien alienta, sostiene y orienta la vida sana de la familia cristiana.
El hogar se convierte entonces en un espacio privilegiado para vivir las experiencias más básicas de la fe cristiana: la confianza en un Dios bueno, amigo del ser humano; la atracción por el estilo de vida de Jesús; el descubrimiento del proyecto de Dios, de construir un mundo más digno, justo y amable para todos. La lectura del Evangelio en familia es una experiencia decisiva.
En un hogar donde se vive a Jesús con fe sencilla, pero con pasión grande, crece una familia acogedora, sensible al sufrimiento de los más necesitados, donde se aprende a compartir y a comprometerse por un mundo más humano. Una familia que no se encierra solo en sus intereses, sino que vive abierta a la familia humana.
Muchos padres viven hoy desbordados por diferentes problemas, y demasiado solos para enfrentarse a su tarea. ¿No podrían recibir una ayuda más concreta y eficaz desde las comunidades cristianas? A muchos padres creyentes les haría mucho bien encontrarse, compartir sus inquietudes y apoyarse mutuamente. No es evangélico exigirles tareas heroicas y desentendernos luego de sus luchas y desvelos.
¿QUÉ FAMILIA?
Su madre guardaba todo en su corazón.
Hoy es el Día de la familia cristiana. Una fiesta establecida recientemente para que los cristianos celebremos y ahondemos en lo que puede ser un proyecto familiar entendido y vivido desde el espíritu de Jesús.
No basta defender de manera abstracta el valor de la familia. Tampoco es suficiente imaginar la vida familiar según el modelo de la familia de Nazaret, idealizada desde nuestra concepción de la familia tradicional. Seguir a Jesús puede exigir a veces cuestionar y transformar esquemas y costumbres muy arraigados en nosotros.
La familia no es para Jesús algo absoluto e intocable. Más aún. Lo decisivo no es la familia de sangre, sino esa gran familia que hemos de ir construyendo los humanos escuchando el deseo del único Padre de todos. Incluso sus padres lo tendrán que aprender, no sin problemas y conflictos.
Según el relato de Lucas, los padres de Jesús lo buscan acongojados, al descubrir que los ha abandonado sin preocuparse de ellos. ¿Cómo puede actuar así? Su madre se lo reprocha en cuanto lo encuentra: «Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús los sorprende con una respuesta inesperada: «¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?».
Sus padres «no le comprendieron». Solo ahondando en sus palabras y en su comportamiento de cara a su familia, descubrirán progresivamente que, para Jesús, lo primero es la familia humana: una sociedad más fraterna, justa y solidaria, tal como la quiere Dios.
No podemos celebrar responsablemente la fiesta de hoy sin escuchar el reto de nuestra fe.
· ¿Cómo son nuestras familias? ¿Viven comprometidas en una sociedad mejor y más humana, o encerradas exclusivamente en sus propios intereses? ¿Educan para la solidaridad, la búsqueda de paz, la sensibilidad hacia los necesitados, la compasión, o enseñan a vivir para el bienestar insaciable, el máximo lucro y el olvido de los demás?
· ¿Qué está sucediendo en nuestros hogares? ¿Se cuida la fe, se recuerda a Jesucristo, se aprende a rezar, o sólo se transmite indiferencia, incredulidad y vacío de Dios? ¿Se educa para vivir desde una conciencia moral responsable, sana, coherente con la fe cristiana, o se favorece un estilo de vida superficial, sin metas ni ideales, sin criterios ni sentido último?
NIÑOS POCO QUERIDOS
Se levantó y cogió al niño y a su madre.
Casi siempre se considera que la infancia es la época más feliz de la vida. Al menos, eso es lo que los adultos imaginamos. Pero, ¿es realmente así?
Es cierto que el niño parece con frecuencia feliz por su gran capacidad de disfrutar de casi todo con asombro. Ese mundo de juegos y ensueño que lleva dentro, esa fantasía que envuelve su vida le permiten moverse, reaccionar, pasar rápidamente del llanto a la risa.
Pero son muchos los niños que sufren, precisamente porque los adultos no sabemos acercarnos a ellos y cuidar mejor su felicidad.
Al niño se le mima, se le manipula, se le golpea y se le besa. Se le obliga a comer y se le manda callar. No se le escucha; se le amenaza, se le intenta programar para que diga y haga lo que queremos los mayores. Frecuentemente, se le agobia con libros, estudios y deberes. Se le restringe su tiempo de juego y fantasía. Se ahoga su creatividad y se le pide comportarse corno adulto.
Y luego están los niños maltratados con el peor de los abandonos que es el tenerlos cerca y no atenderlos ni cuidarlos. Los niños que no reciben besos como premio, pero sí bofetones como castigo. Los que viven defendiéndose como pueden en medio de esa tragedia que es una pareja mal avenida. Los niños no amados, que son una carga para sus padres.
Y esos niños atropellados por las tremendas agresiones de los adultos. Y los niños que piden limosna por las calles, envueltos en roña y cubiertos de costras y sabañones. Niños mal alimentados. Con poca comida y menos cariño.
En esta festividad de la Sagrada Familia en que recordamos a María y José defendiendo a su pequeño del atropello y la violencia, yo quiero rendir mi homenaje a esos padres de paciencia casi infinita, que saben estar cerca de sus hijos. Padres que, al llegar a su casa, dejan que sus hijos se les cuelguen del cuello. Madres que saben «perder tiempo» jugando con su niño. Esos hombres y mujeres a los que apenas nadie valora, pero que son grandes porque saben respetar, cuidar y hacer felices a sus hijos.
Aunque no lo sepan, están contribuyendo a hacer un mundo más humano porque a un niño feliz siempre le será más fácil ser un día un hombre bueno.
EN FAMILIA
Bajó con ellos a Nazaret.
Estudios recientes lo afirman. No hay ningún grupo ni ámbito social mejor dotado que la familia para ofrecer al hijo una experiencia positiva en la que arraiguen los valores y la vivencia religiosa. En lo religioso, nadie deja huellas tan profundas como la familia.
La razón de fondo es sencilla. La familia puede ofrecer al niño «experiencia religiosa», pero en un clima de afecto y confianza que cualquier otro grupo difícilmente puede asegurar. En el hogar, el niño puede captar conductas, valores, símbolos y experiencias religiosas, pero no de cualquier manera, sino con afecto.
Todos los estudios apuntan hacia la misma dirección: la fe depende, en buena parte, de que la persona haya tenido desde la infancia una experiencia religiosa positiva. El individuo vuelve, casi siempre, a aquello que ha vivido en sus primeros años con satisfacción, seguridad y sentido gratificante. Por el contrario, si falta esta experiencia religiosa en el hogar, será difícil despertarla más adelante en otros ámbitos como la parroquia o el centro educativo.
Por eso, es una gracia para el hijo poder ver a sus padres rezando. Si los ve orar de verdad, quedarse en silencio, cerrar los ojos, desgranar las cuentas del rosario o leer despacio el evangelio, el niño capta la importancia de esos momentos, percibe «la presencia» de Dios como algo bueno, aprende un lenguaje religioso y unos signos que quedan grabados en él, interioriza unas actitudes y se va despertando en su conciencia el sentido de Dios. Nada puede sustituir esa experiencia primera.
Cada familia creyente ha de encontrar su estilo concreto de orar en casa. Es más fácil estar junto al hijo pequeño, acompañándolo en su oración y enseñándole a dar gracias a Dios al final del día, a pedirle perdón, a invocarlo con confianza. Con los adolescentes y jóvenes será más importante preparar una oración sencilla en días señalados: cumpleaños de algún miembro de la familia, aniversario de la boda de los padres, antes de salir de vacaciones, al comenzar el curso, en la enfermedad grave de alguno, en la Nochebuena.
Son muchas las costumbres religiosas que se han perdido en el hogar. No es cuestión de restaurar el pasado. Difícilmente se rezará hoy el rosario de manera habitual en nuestros hogares invadidos por la TV. Hemos de encontrar nuevas formas, sencillas y convincentes, de vivir la fe en el hogar. He aquí una costumbre fácil de introducir en la familia de hoy. Al final del día, cuando se va a apagar el televisor y todos se disponen a descansar, la familia puede reunirse en la sala. Sólo unos momentos breves para dar gracias a Dios por el día, rezar juntos el «Padre nuestro» y desearse un buen descanso. ¿Es tan difícil?
VIVIR AMISTOSAMENTE
Tu padre y yo te buscábamos angustiados.
Son muchas las personas que no conocen la felicidad ni la alegría de la amistad. No se debe a que carezcan de amigos o amigas. Lo que sucede es que no saben vivir amistosamente.
Son hombres y mujeres que sólo buscan su propio interés y bienestar. Jamás han pensado hacer con su vida algo que merezca la pena para los demás. Sólo se dedican a «sentirse bien». Todo lo demás es perder el tiempo.
Se creen muy «humanos». Al sexo practicado sin compromiso alguno lo llaman «amor». La relación interesada es «amistad». En realidad, viven sin vincularse a fondo con nadie, atrapados por un individualismo atroz. En todo momento buscan lo que les apetece. No conocen otros ideales. Nada es bueno ni malo, todo depende de si sirve o no a los propios intereses. No hay más convicciones ni fidelidades.
En estas vidas puede haber bienestar, pero no dicha. Estas personas pueden conocer el placer, pero no la alegría interior. Pueden experimentarlo absolutamente todo menos la apertura amistosa hacia los demás. Sólo saben vivir alrededor de sí mismos. Para ser más humanos necesitarían aprender a vivir amistosamente.
La verdadera amistad significa relación desinteresada, afecto, atención al otro, dedicación. Algo que va más allá de las «amistades de negocios» o de los contactos eróticos de puro pasatiempo.
Al afecto y la atención al otro se une la fidelidad. Uno puede confiar en el amigo, pues el verdadero amigo sigue siéndolo incluso en la desgracia y en la culpa. El amigo ofrece seguridad y acogida. Vive haciendo más humana y llevadera la vida de los demás. Es precisamente, así como se siente a gusto con los otros.
Se ha dicho que una de las tareas pendientes del hombre moderno es aprender esta amistad, purificada de falsos romanticismos y tejida de cuidado, atención y servicio afectuoso al otro. Una amistad que debería estar en la raíz de la convivencia familiar y de la pareja, y que debería dar contenido más humano a todas las relaciones sociales.
Celebramos hoy la fiesta cristiana de la familia de Nazaret. Históricamente poco sabemos de la vida familiar de María, José y Jesús. En aquel hogar convivieron Jesús, el hombre en el que se encarnaba la amistad de Dios a todo ser humano, y María y José, aquellos esposos que supieron acogerlo como hijo con fe y amor. Esa familia sigue siendo para los creyentes estímulo y modelo de una vida familiar enraizada en el amor y la amistad.
UN DIOS SORPRENDENTE
El niño Jesús se quedó en Jerusalén.
Estamos celebrando estos días la encarnación de Dios en un niño pequeño y frágil, como todo ser mortal que se asoma a esta existencia nuestra.
Naturalmente, vivimos tan distraídos con nuestros problemas diarios y tan acaparados por las mil cosas de cada día que apenas nadie presta atención a este Dios ni se interesa por acercarse al misterio que en El se encierra.
Ni siquiera a los cristianos les sorprende ya hablar de un Dios Niño y apenas nadie sospecha que ese Dios nacido en Belén significa una verdadera “revolución religiosa”.
Los hombres han buscado siempre a Dios en lo sublime y poderoso. En todas las religiones la divinidad aparece aureolada de poder omnipotente. La fenomenología religiosa nos enseña que la nota suprema y específica de lo sagrado es el poder (G. van Leuw).
Sin embargo, este Dios Niño se nos presenta impotente y débil y sólo así está junto a nosotros y nos salva. En el rostro tierno e indefenso de este Niño, descubrimos asombrados que Dios no es el poderío y la fuerza que nosotros sospechamos, sino un misterio de amor sin intrigas, de ternura sin mentira, de entrega sin cálculos.
La omnipotencia de Dios está en el extremo opuesto de ese poderío oscuro que atribuimos nosotros a Dios de manera primitiva, proyectando falsamente en Él nuestros deseos de poder. La omnipotencia de Dios es algo radicalmente distinto pues es la omnipotencia de quien sólo es amor y no puede sino amar. Dios no puede manipular, humillar, abusar. Es amor y sólo puede amar.
Basta un poder muy pequeño para atacar, destruir y dañar. Pero se necesita un poder grande para acoger, respetar, perdonar. La potencia de Dios se revela en la debilidad. Dios es grande y no necesita defenderse de los hombres. Es fuerte y no necesita exhibir su fuerza. Es sublime y no necesita exaltar su poder.
Recordar todo esto no es algo superfluo pues la idea de un Dios de poder suele ir unida a un determinado modo de entender y vivir la religión. Siempre que las iglesias han malentendido la omnipotencia de Dios exaltando falsamente su poder, han fomentado el fanatismo, la intolerancia, la represión moral y el terror religioso.
Sólo cuando descubrimos el verdadero rostro de Dios que se nos revela no en el poderío sino en el amor humilde y respetuoso a los hombres, podemos despertar en el corazón de las gentes una fe gozosa, confiada, agradecida a ese Dios que, para alegría nuestra, sólo es amor y gracia.
ANTE EL MISTERIO DEL NIÑO
María conservaba todo esto en su corazón.
Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada».
Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».
Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se nos ofrece como niño.
Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso «Principito»: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.
Pero ésa es justamente la noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable desde la ternura y la transparencia de un niño.
Y éste es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacerse niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirse confiados a la gracia y el perdón.
A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.
Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.
Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios.
Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).
Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa, sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre; que no separa, sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme, sino que ama.
¿FELICIDAD EN FAMILIA?
Bajó con ellos a Nazaret.
Sin duda, es siempre tentador para toda familia encerrarse en su propia felicidad. Tratar de construir un «hogar feliz», de espaldas a la infelicidad de otras familias o de otros hombres y mujeres, privados incluso de hogar.
Entonces, se vive el amor «de puertas para dentro». Se estrecha la solidaridad a los límites de la familia. Y la «gratuidad» queda reducida al mundo privado de los intereses familiares. El amor no supera los lazos de sangre.
Naturalmente, esto sólo es posible en una postura de evasión y desentendiéndose de los problemas y sufrimientos ajenos.
Nos mantenemos al margen, sin hacernos responsables de los problemas de los demás y sin interferirnos nunca en sus alegrías ni en sus penas. «Cada uno en su casa y Dios en la de todos».
Con frecuencia, el deseo sincero de muchos cristianos de imitar en el propio hogar a la sagrada familia de Nazaret ha ido acompañado de este ideal de lograr una armonía y felicidad familiar.
Y esto es bueno. Sin duda, es necesario también hoy estimular y promover la autoridad y responsabilidad de los padres, la obediencia de los hijos y la solidaridad familiar, valores sin los cuales fracasará la familia.
Pero sería una equivocación creer que es esto lo único que h familia cristiana tiene que escuchar en el evangelio de Jesús.
El amor cristiano no conoce límites ni puede quedar restringido egoístamente en las fronteras del propio hogar. Según el evangelio, «el discípulo debe orientar su solidaridad no hacia los miembros, del círculo familiar, sino hacia los desgraciados de la tierra (J. M. Castillo).
Nos lo ha recordado recientemente Juan Pablo II con palabras que deberían tener un eco especial en los hogares cristianos en estos momentos de grave crisis económica: «Vosotras, familias que podéis disfrutar del bienestar, no os cerréis dentro de vuestra felicidad; abríos a los otros para repartir lo que os sobra y a otros les falta».
El hogar cristiano debe estar abierto no sólo para acoger a los necesitados sino también para que sus miembros salgan a responsabilizarse y comprometerse en el esfuerzo por una sociedad mejor.
Una familia atenta a los dolores de la humanidad, dispuesta a compartir con los necesitados y comprometida en la. medida de sus posibilidades en la lucha por mejorar la convivencia social, podrá sufrir por ello repercusiones dolorosas en el interior del mismo hogar, pero está caminando hacia la verdadera felicidad cristiana.
OCARM
Meditatio:
Algunas preguntas para orientar la meditación y la actualización.
Ø ¿Por qué el evangelista Lucas narra este episodio de la vida de Jesús?
Ø ¿Cuál es el culmen, el centro del pasaje?
Ø Llega el momento en el que las relaciones familiares (comunitarias) son tensas y difíciles, surgen incomprensiones. ¿Buscamos la autonomía y la independencia?
Ø ¿Qué es lo que llega a ser lo más importante a un cierto punto de nuestra existencia?
Ø Los afectos, las relaciones, la afirmación de sí mismo, los valores, los negocios, la moral, ¿se pueden ordenar jerárquicamente?
Ø Cuando la familia (una comunidad multiétnica), como a veces hoy se puede encontrar, es “ampliada” con padres casados de nuevo, hijos e hijas, hermanos y hermanas, abuelos y abuelas, parientes del padre o de la madre, ¿sobre qué punto firme se puede apoyar? ¿Hay que someterse a alguno o toca rebelarse?
Una clave de lectura
Ø Nos encontramos en los así llamados relatos de la infancia según Lucas (cap. 1-2) en los versículos finales. Un prólogo teológico y cristológico más que histórico, en el que vienen presentado los motivos que se harán después frecuente en la catequesis de Lucas: el templo, el viaje a Jerusalén, la filiación divina, los pobres, el Padre misericordioso, etc. Con una lectura retrospectiva, en la infancia de Jesús ya aparecen los signos de su vida futura. María y José conducen a Jesús a Jerusalén para participar en una de las tres peregrinaciones (en la Pascua, en Pentecostés, y para la fiesta de las Cabañas) prescriptos por la ley (Dt 16,16).
Ø Durante los siete días legales de fiesta la gente participaba en el culto y escuchaba a los Rabinos que discutían bajo el pórtico del Templo. “El niño Jesús se quedó en Jerusalén”, la ciudad que el Señor ha escogido para su sede (2Re 21,4-7; Jer 3,17; Zc 3,2), donde está el Templo (Sal 68,30; 76,3; 135,21), único lugar de culto para el judaísmo (Jn 4,2). Jerusalén es el lugar en el que “todo lo que fue escrito por los profetas se cumplirá” (Lc 18,21), el lugar de su “despedida” (Lc 9,31.51; 24,18) y de las apariciones del resucitado (Lc 24,33.36-49). Los padres “se pusieron a buscarle” con ansia y angustia (44.45.48.49). ¿Cómo es posible perder un hijo, no caer en la cuenta de que Jesús no va en la caravana? ¿Es Cristo el que debe seguir a los demás o al contrario? “Después de tres días” termina la “pasión” y encuentran a Jesús en el Templo, entre doctores, enseñando, entre el estupor general.
Ø Comienzan a desvelarse las características de su misión, que encuentran su compendio en las primeras palabras pronunciadas por Jesús en el evangelio de Lucas: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?” Pero ¿quién es su padre? ¿Por qué buscarlo? Es el mismo Padre de las últimas palabras de Jesús, según Lucas, en la cruz “Padre, en tus manos entrego mi espíritu" (23,46) y en la ascensión al cielo: “Y yo os mandaré lo que mi Padre ha prometido” (24,49).
Ø Ocurre, ante todo, que se debe obedecer a Dios, como bien lo había entendido Pedro, después de Pentecostés (At 5,29), buscar el Reino de Dios y su justicia (Mt 6,33), buscar al Padre en la oración (Mt 7,7-8), buscar a Jesús (Jn 1,38) para seguirlo. Jesús declara su independencia – “yo debo” – cuando se refiere al Padre celestial. Él lo hace conocer en su inmensa bondad (Lc 15), pero con todo crea una distancia, una rotura, con respecto a los suyos. Antes de los lazos afectivos, de la realización personal, de los negocios...está el proyecto de Dios. "¡Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz! Pero no se haga mi voluntad”. (Lc 22,42). Para la madre María empieza a realizarse la profecía de Simeón (Lc 2,34), “pero ellos no comprendieron”. La incomprensión de los suyos es también la de los discípulos cuando el anuncio de la Pasión (18,34) ¿Rebelarse? ¿Someterse? ¿Irse? Jesús “vino a Nazaret y vivía sujeto a ellos” dice Lucas, y María “conservaba todas estas cosas en su corazón”.
Ø La conducta de María expresa el desarrollo de la fe de una persona que crece y progresa en la inteligencia del misterio. Jesús revela que la obediencia a Dios es la condición esencial para realizarse en la vida, por un camino de participación en la familia y en la comunidad. La obediencia al Padre es lo que nos hace hermanos y hermanas, nos enseña a obedecer el uno al otro, a escucharnos, a reconocer el uno en el otro el proyecto de Dios. En este clima se crean las condiciones para crecer “en sabiduría, edad y gracia delante de Dios y de los hombres “y caminar juntos.
A. SERRA
JESÚS A LOS DOCE AÑOS EN EL TEMPLO
La relación lucana sobre la infancia del Salvador está integrada por un pasaje que introduce al lector en los umbrales de la madurez incipiente de Jesús (Lc 2,41-51a). Todos los años, nos cuenta Lucas María y José solían dirigirse a Jerusalén para la fiesta de la pascua (v. 41). Al cumplir los doce años, también Jesús subió en esa misma ocasión de Nazaret a Jerusalén en compañía de sus padres (v. 42). Y durante su peregrinación inicial al templo dio lugar a su primera manifestación como Hijo de Dios (v. 49). También se ha escrito mucho sobre esta página. La monografía más completa sigue siendo la de R. Laurentin (1966). Aquí ofreceremos una panorámica sustancial de las diversas cuestiones discutidas, para formular finalmente un juicio global.
a) ¿Modelos extrabíblicos? A propósito de los personajes famosos se advierte una tendencia común en muchas literaturas. Se describe la niñez de esos sujetos anticipando a aquella edad las características que tendrán luego de adultos. Se abre de este modo un atisbo hacia su futura grandeza. Fuera del mundo judío se pueden recordar los relatos sobre Buda (India), Osiris (Egipto), Ciro (Persia), Alejandro (Grecia), César Augusto (Roma).. En el área de la cultura judía encontramos también ejemplos de madurez precoz, de la que dieron pruebas algunos protagonistas de la historia bíblica. Abrahán, por ejemplo, antes de llegar a los catorce años se había afianzado ya en la convicción de que la idolatría y el culto a las imágenes eran graves errores. De Moisés se dijo que su sabiduría no crecía con la edad, sino que la superaba en mucho; ya desde su niñez se destacaba por su ciencia, su inteligencia y su sabiduría. Samuel empezó a profetizar cuando cumplió los doce años. Salomón, a esa misma edad, subió al trono y fue en aquella edad cuando pronunció su famoso juicio sobre las dos meretrices. Siguiendo además la versión siro-héxapla. Daniel estuvo dotado desde los doce años de un espíritu de inteligencia que lo hacia más sabio que las personas adultas.
Lucas conocía fácilmente estos modelos, que formaban parte de los cánones historiográficos de la época. Pudo haberse inspirado en ellos, no para crear un relato ficticio (cf Lc 1,1-4), sino más bien para transmitir la memoria de un hecho que inauguraba (por así decirlo) la primera madurez de Jesús y que hacía vislumbrar misteriosamente los desarrollos sucesivos de su misión pública.
También en relación con Lc 2,41-51a —se destaca acertadamente— es obligado tener en cuenta las analogías y los contactos con otras literaturas, pero lo que importa sobre todo son las notables diferencias que hay entre Lucas y los demás autores. Como siempre, la humildad y la veracidad de la encarnación de Dios confieren a este episodio un estilo y una andadura que no encuentra parecidos fuera de esta página bíblica.
b) ¿Un relato prelucano? Algunos exegetas ven con simpatía la hipótesis de que en la base de Lc 2,41-51a hubiera un texto original previo que el evangelista habría elaborado como propio. Vanlersel, por citar un nombre, supone que el relato primitivo estaba compuesto por los vv. 41-43.45-46.48-50, mientras que los añadidos deberían situarse en los vv. 44.47, que él considera de naturaleza novelística. Sea de ello lo que fuere, observa Brown, en el episodio hay huellas de estilo lucano por todas partes; por eso "si había un relato prelucano, hay que reconocer que Lucas lo ha reescrito a fondo" (El nacimiento del Mesías... 503).
c) Los términos del episodio. Lc 2,41-51a tiene una evidente unidad literaria.
Efectivamente, la perícopa está redactada según un esquema de revelación, que se articula en tres momentos: subida a un lugar alto (generalmente un monte), revelación y bajada. Se encuentran referencias copiosas de este mismo cliché en toda la biblia. En nuestro caso es claramente reconocible:
- José, María y el niño suben (v. 42: anabainónton cf el v. 41: eporéuonto: se dirigían) a Jerusalén, al templo, situado precisamente en el "monte santo" del Señor (cf Sal 2,6);
- en el templo Jesús revela su sabiduría dialogando con los doctores de la ley; luego dirige una palabra (envuelta en el misterio) a sus padres sobre su propia filiación divina (vv. 48-50);
- finalmente, Jesús desciende (v. 51a: katébe) con sus padres a Nazaret. Así pues, los limites lingüisticos del episodio del templo están marcados por las expresiones anabainónton auton (v. 42; cf v. 41) y katébe met'auton (v. 51 a). El aoristo katébe (descendió) subraya la acción puntual que pone fin al relato (v. 51a), mientras que los imperfectos estaba sometido (v. 51b), guardaba (v. 51b) y crecía (v. 52) describen la duración continuativa de todo lo que acontecía en la casa de Nazaret.
d) "A los doce años" (v. 42). ¿Por qué motivo recoge Lucas esta indicación cronológica? La cultura judía fijaba algunos criterios orientativos para establecer los comienzos de la edad madura (de la autodeterminación) y aquellos en los que comenzaba para cada uno de los judíos la obligación de observar la Torá, la ley de Moisés.
1) Los comienzos de la edad madura. Como principio general, Filón admite que una persona está ya dotada de razón a los siete años, aunque solamente a los catorce se hace plenamente dueña de su mente. Sobre los límites de la menor edad, R. Chisda (+ 309) refiere esta sentencia: una niña es menor de edad hasta los once años y un día; un niño, hasta los doce años y un día. Sobre la tutela de la patria potestas, la academia de la ciudad de Usha, en Galilea —según el testimonio de R. Isaac—, estableció que el padre tenía que tener paciencia en la formación del hijo hasta que éste alcanzase la edad de doce años; después podía recurrir a las medidas fuertes. Y R. Eleazar ben R. Simón (h. 180) enseñaba que un padre responde de su hijo hasta la edad de trece años; después podía decir: "¡Bendito aquel que me ha librado de la responsabilidad de este hijo!" (Gen. Rabbah 63,10).
2) ¿A qué edad obligaba la observancia de la ley? En el judaísmo extrabíblico encontramos varios testimonios según los cuales un adolescente se hace maduro y responsable a la edad de doce-trece años. A partir de entonces contrae la obligación de observar la ley mosaica. Según las normas del Talmud, es considerado entonces como "hijo de la ley" (bar mitzwah).
Para la observancia de la Torá en general es bastante conocida la prescripción codificada en Abot V, 24, y atribuida a R. Judá ben Tema, un tanaita: "A los cinco años comienza el estudio de la Biblia, a los diez, el de la Mishnáh; a los trece se aceptan los mandamientos, a los quince empieza el estudio de la Guemarah; a los dieciocho uno se casa..."
También conocemos las obligaciones relativas a los votos, el ayuno y la peregrinación al templo. En cuanto a los votos, la Mishnáh establece que son válidos los emitidos por una muchacha que tenga doce años y un día; para el muchacho se requieren trece años y un día; por el contrario, hay que examinar los votos hechos antes de los once años y un día para las mujeres y de los doce años y un día para los varones. La obligación de ayunar durante todo el día del Kippur, según las normas de la ley bíblica y no rabínica, comienza a los doce años, en opinión de R. Johanan (+ 279) y de R. Huna (+ h. 350), y a los trece según R. Nachman (+ 320). Pero —comenta la Mishná— conviene iniciar a los niños en esta práctica uno o dos años antes de la edad obligatoria para acostumbrarles a cumplir los preceptos religiosos. En el tratado Soferîm (18,5) se cuenta que en Jerusalén, en la época del templo, los doctores bendecían a los adolescentes que habían terminado su primer ayuno a la edad de once o doce años; pero los que habían cumplido los trece años eran presentados a cada uno de los ancianos para que los bendijese y rezase, a fin de que fueran dignos de estudiar la Torá y ponerla en práctica. La obligación de visitar el templo en las tres fiestas principales (Dt 16,16), según la escuela de Shammai, afectaba sólo a los niños capaces de caminar de Jerusalén hasta el monte del templo; para la escuela de Hillel se extendía también a los niños que podían hacer ese mismo recorrido llevados de la mano de su padre.
Por lo que concierne a Lc 2,42, el evangelista no llega a explicar que Jesús, al cumplir los doce años, estuviera obligado a acudir a Jerusalén. Probablemente era así, aunque no tenemos la certeza absoluta de que las normas talmúdicas mencionadas hace poco estuvieran vigentes en tiempos de Cristo. De todas formas, se puede mantener una conclusión, a saber: si Lucas hace mención explícita de los doce años de Jesús, seguramente intenta decir que a partir de aquel tiempo surgía algo nuevo en su estatuto civil. Puede ser indicativo el mismo hecho de que hasta aquí el evangelista aplica a Jesús el diminutivo paidíon, o sea, niño (Lc 2,17.27.40), mientras que en el v. 42 lo define simplemente como páis, es decir, muchacho. Por tanto, es de presumir que a los doce años Jesús se adentrase por los senderos de la madurez, así pues, concluyen algunos, él podía definirse también entonces como "hijo de la ley" (bar mitzwah).
e) Temas sapienciales. En el estado presente de la redacción lucana se da un estrecho vínculo entre el v. 40 y los vv. 41-51a. En efecto, mientras en el v. 40 Lucas advierte que "el niño crecía y se fortalecía lleno de sabiduría y la gracia de Dios estaba con él", en los vv. 41-51a ofrece una prueba de esta sabiduría, que atrae la gracia, es decir, la complacencia divina.
f) Motivos pascuales. Ya la tradición patrística (prescindiendo de una larga lista en la exégesis moderna) interpreta el episodio de Jesús a los doce años en el templo -atendiendo especialmente a la respuesta a sus padres- como una profecía velada de lo que habría de ocurrir en el misterio pascual. El apoyo más consistente para esta explicación nos lo ofrecen los diversos contactos temáticos entre Lc 2,41-51 a y otros pasajes de los escritos lucanos, en donde se habla de la muerte y resurrección de Jesús, especialmente Lc 24. Lo que experimentaron entonces María y José era una lejana parábola de lo que les tocaría en suerte a los discípulos en el momento de realizar Jesús su paso de este mundo al Padre. Veamos, pues, los mencionados paralelismos, recogidos por la tradición lucana y confirmados en parte por los demás evangelistas.
1) Jerusalén, el templo, Ia pascua. Tanto la peregrinación de la familia de Nazaret como la muerte y resurrección de Jesús tienen a Jerusalén y al templo como lugar de acción, y la pascua como marco litúrgico.
- Jerusalén. Obedeciendo a la ley de Moisés (Ex 23,17: 34,23; Dt 16,16), José y María subían todos los años a Jerusalén para la pascua (Lc 2,41). Cuando Jesús cumplió los doce años, se lo llevaron también consigo (v. 42 con las variantes; luego los vv. 43.45). Pero Jerusalén es también la ciudad donde se realizará todo lo que fue escrito por los profetas sobre el Hijo del hombre (Lc I 8,31: cf 13,13). Allí se llevará a cabo el éxodo de Jesús de este mundo al Padre (cf Lc 9,31.51; 24,18; He 4,27); allí tendrán lugar las apariciones de Jesús resucitado a Pedro, a los apóstoles y a los que estaban con ellos (Lc 24 33.36-49: cf He 1,2-4).
- El templo. Es el aula donde los maestros de la Torá impartían su enseñanza. Jesús. aunque de doce años, es descrito con rasgos casi magisteriales: está sentado en medio de los doctores; no sólo les escucha, sino que les hace preguntas; su inteligencia v sus respuestas provocan el asombró entre sus oyentes (Lc 2,4647). Esta escena es un presagio de los antecedentes de la pasión. Llegará el día en que Jesús, venido de Galilea a Jerusalén, se sentará en el templo, donde enseñará todos los días (Lc 19, 47a; 21, 37a; 22,53); todo el pueblo estará pendiente de sus labios (Lc 19,48b) y acudirá a escucharlo desde muy temprano (Lc 21,38). Pero los sumos sacerdotes, los escribas y los dirigentes del pueblo se basarán precisamente en esto para eliminarlo (Lc 19,47b-48a; 20,19).
Después de resucitar, Jesús irá a morar en el templo celestial, que es la casa verdadera de su Padre. Lo veremos muy pronto.
- La pascua. Es la fiesta para la que José, María y el niño emprenden el viaje a Jerusalén (Lc 2,41; cf Sal 86,3). Es también la ocasión en la que Jesús consumará el holocausto de su propia sangre (Lc 22,1.7.8.11. 13.15 23,54). Y lo mismo que Jesús se quedó en Jerusalén, en el templo, "pasados los días" de la pascua judía (Lc 2,43), así también dará a los discípulos el pan y el vino de la nueva pascua, de la nueva alianza (cf Lc 22,15.20), "después de cenar" (Lc 22,20), o sea, después de haber celebrado la cena pascual judía, la de la antigua alianza (cf Lc 22,7).
2) Buscando a Jesús con dolor y lágrimas. José y María, angustiados (Lc 2,48), se ponen en busca de su hijo, primero entre los parientes y conocidos y luego en Jerusalén (Lc 2 44.45). Igualmente, en los días de la pasión, los discípulos están angustiados y llorando porque han perdido al Maestro (Lc 24,17; cf Mc 16,10; Jn 16,20-22; 20,11.13.15). Lo buscan (Lc 24,5; cf Mc 16,6; Mt 28,5, Jn 20,15), pero entre los muertos (Lc 24,5; cf Mc 16,6; Mt 28,5).
3) "Después de tres días': "al tercer día". Los padres de Jesús encuentran al niño después de tres días (Lc 2, 46a), en el templo (Lc 2,46b), que es la casa de su Padre (Lc 2,49). De manera análoga, después de tres días de la muerte de Jesús (Lc 24,21) -o sea, al tercer día (Lc 24,7.46 [cf 9,22; 18,33]; He 10,40)- se le revela a la comunidad de los discípulos que Jesús no está entre los muertos (Lc 24,5; cf vv. 23.24), sino que ha resucitado (Lc 24,6.46), que ha entrado en su gloria (Lc 24,26), que ha sido llevado al cielo (Lc 9,51; 24,51; He 1,11.22; cf Jn 14,2; 20,17), que ha sido elevado a la derecha de Dios (He 2,33). Con la pascua se ha resuelto el enigma del loguion del templo: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?" (Lc 2,49). Ese su "tener que estar en la casa de su Padre", según la intención recóndita de Jesús, significaba el éxito escatológico de su misión: volver de este mundo al Padre mediante la muerte-resurrección. De ahora en adelante es allí donde hay que buscarlo. Para Jerusalén es ya como un extraño (Lc 24,18). Jesús ha disuelto el templo (cf He 6,14). La unidad sustancial de Jesús con el Padre -dirá la tradición juanea- es el verdadero templo de la nueva Jerusalén, de la nueva alianza de Dios con los hombres (Jn 14,20; Ap 21,2-3).
4) La "necesidad" del plan divino. Responde Jesús: "¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre'?" ( Lc 2,49) 68. La presencia del impersonal griego déi (=es necesario) -argumenta un gran número de exegetas- remite a otro tema pascual de la catequesis lucana. Es decir: que Jesús tuviera que padecer y resucitar al tercer día no era una circunstancia casual; al contrario, todo esto debía cumplirse. La necesidad de este cumplimiento es señalada por Lucas mediante el uso del verbo déi, "es necesario" (Lc 9,22; 24,7.26.44.46 en las variantes): Como en otros lugares del NT, esta voz parece asumir una densidad teológica; el proyecto de la salvación tenía que realizarse a través del sufrimiento y de la glorificación del mesías (Lc 24,46), puesto que así lo preveía el plan divino expresado en las Escrituras (Lc 18,31; 24,25.27.32.44-46). Pues bien, este mismo verbo aparece también en Lc 2,49b. El que Jesús tenga que estar en la casa del Padre (es decir, tenga que volver a él con la muerte-resurrección) es requerido por la misma voluntad del Padre. Por tanto, es necesario que Jesús se adecue a ello, llevándolo a cumplimiento.
5) La "no-comprensión". María y José no comprenden lo que les dice Jesús (I c 2,50). Lo mismo ocurre cuando Jesús les comunica a los discípulos la misión dolorosa que le aguarda. La reacción habitual por parte de ellos es la incomprensión total. La pasión-muerte es un tema que no acaban de entender (Lc 9,45; 18,34; 24 25, cf Mc 8,32; 9,32a; Mt 16,22; 17 23). Más aún, esas palabras quedan totalmente cerradas a su inteligencia, tanto que tienen miedo de dirigirle preguntas sobre aquel tema (Lc 9,45, cf Mc 9,32b).
Hay sin embargo una diferencia entre María y los discípulos. Mientras que éstos tienen miedo de volver sobre la cuestión, María —por el contrario— "conservaba en su corazón" también esas palabras (Lc 2,51b). Si pensamos en esta actitud de la Virgen a la luz de lo que significa la memoria bíblica en el AT, hemos de concluir que María guardaba en su ánimo aquel enigma, con silencio reverente y activo; está atenta a descifrar su sentido; permanece abierta al misterio y se deja afectar por él.
Delante de Jesús se perfila un camino erizado de espinas. La madre acoge en su corazón también ese designio oscuro de muerte y resurrección. No le es dado a la inteligencia saber cómo tiene que estar Jesús en la casa de su Padre. Sin embargo, la promesa de una resurrección de entre los muertos encuentra un aval de certeza en las continuas liberaciones del dolor y de la muerte que Dios concedió a los padres del AT, el tercer día. La Virgen conoce esa historia y se sumerge en ella para aguardar, doliente y vigilante, su tercer día, "el día del Señor".
CONCLUSIÓN. El análisis condensado que hemos hecho en los párrafos anteriores nos permite fijar las siguientes lineas de resumen:
a) La peregrinación de Jesús al templo a la edad de doce años encierra la memoria de un hecho realmente sucedido. Los doce años eran la edad aproximada en que un muchacho judío traspasaba el umbral de la madurez incipiente y por eso mismo (a juicio de algunos exegetas) se convertía en súbdito de la ley mosaica (bar mitzwâh).
b) Al quedarse en el templo sin que lo supieran sus padres (v. 43), Jesús en el momento de encontrarse de nuevo con ellos da lugar a un diálogo que pone a punto dos tipos de exigencias. Por un lado está María, que de forma discreta parece insinuar sus derechos y los de José como padres: "Hijo, ¿por qué has hecho esto? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados" (v. 48). Por el otro lado está la respuesta de Jesús, que, vinculándose a la mención de José como padre suyo (v. 48), pone el acento en otro Padre, el celestial (v 49). Él es consciente de esta filiación divina. Por eso Jesús da a entender que reivindica para sí cierta autonomía respecto a la familia terrena, cuando se trata de "tener que estar en la casa de [su] Padre" (v. 49).
c) Y he aquí el enigma: ¿de qué modo tiene que estar Jesús en la casa de su Padre? Esto es lo que María y José no comprenden (v. 50). Sobre todo si se piensa que Jesús no se quedó luego en el templo, sino que dejó Jerusalén para bajar a Nazaret y seguir estando sometido a ellos (v. 51a). La Virgen se concentra también en la meditación de estas palabras que no comprendió (v. 51b). Solamente la pascua disipará las sombras que envolvían aquella primera palabra de Jesús: la resurrección revelará que todo lo que sucedió en el templo era una lejana profecía de lo que habría de acontecer cuando se cumplieran los días de Jesús, en Jerusalén (cf Lc 13,32-33).
d) La fuente de información de este episodio es con toda probabilidad María. Ella "conservaba todas estas cosas en su corazón" (v. 51b), incluso para entregar un día a la iglesia el archivo de sus memorias. Lucas pudo llegar al conocimiento directo de todo ello a través de las confidencias de María o bien (parece ser ésta la hipótesis más verosímil) mediante las tradiciones recogidas dentro de la comunidad judeo-cristiana de Jerusalén. Allí —según la noticia de He 1,14— vivió María en los albores de la iglesia naciente.
ALESSANDRO PRONZATO
El episodio tiene su núcleo esencial en la declaración: "Debía estar en la casa de mi Padre". O también: "Tenía que ocuparme de las cosas de mi Padre". Jesús, respondiendo a la pregunta de la madre, explica el significado de su presencia en el templo en medio de los maestros de la ley e "indica en qué consiste su vocación, a saber, en el servicio de Dios que es su Padre, y no en estar a disposición de la familia natural" (R.D. Brown).
El mismo autor explica: "Ante la madre que viene a él y habla de "tu padre y yo", Jesús proclama la prioridad de las exigencias del otro Padre, pero esto no lo entendieron los padres terrenos".
En esta perspectiva, el episodio señala la ruptura con la familia. Aunque Jesús vuelve a la casa de Nazaret y se manifiesta sumiso a los padres, el desapego se anuncia claramente. Es más, ya está consumado.
En el quinto misterio del rosario se dice: "Pérdida y hallazgo...". En realidad, María y José ya no han encontrado más a Jesús. En el mismo momento en que han exhalado un suspiro de alivio habiéndolo visto en el patio exterior del templo, se han visto obligados a levantar acta, a través de las palabras del hijo, de que lo habían perdido definitivamente, al menos "según la carne". Jesús ya no les pertenece. Jesús es para otro Padre. Y para los otros.
María lo "reencuentra" solamente en esta aceptación de "pérdida" en el plano humano. Me parece que se impone un paralelo con el texto más bien incómodo de Marcos (Mc 03,20-35). "Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que ni siquiera podían comer. Se enteraron sus parientes y fueron a hacerse cargo de él, pues decían; "está fuera de sí" ". Los términos clave para entender el episodio, que se une con el inmediatamente siguiente y que comentaremos, son: casa, fuera, sus parientes. En efecto, aquella no es su casa. Y se dedica a individuos que no son los "suyos", sino que es gente que le roba el tiempo y las fuerzas y, no sólo no le dan de comer, sino que le impiden hasta tomar un bocado. Por tanto, no existe otra explicación: "está fuera de sí". Desde el momento en que no está en su contexto familiar en el puesto que le han señalado, ya no es él. Hay que preocuparse. Es necesario hacerlo "reentrar" precipitadamente.
Cierto, el incidente es embarazoso. Por algo Lucas y Marcos lo ignoran. "Está fuera de sí". Deberían decir: "Está fuera de nosotros". Fuera de nuestros modelos, de nuestras precisiones, de nuestros equilibrios, de nuestras organizaciones. "Llegan su madre y sus hermanos, y quedándose fuera, le envían a llamar. Estaba mucha gente sentada a su alrededor. Le dicen "¡oye! tu madre, tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan". El les responde: "¿quién es mi madre y mis hermanos?". Y mirando entorno a los que estaban sentados en corro, a su alrededor, dice: "Estos son mi madre y mis hermanos. Quien cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mc 03,31-35). "Tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan... ". Jesús no se mueve. Como si la cosa no tuviera que ver con él. Ahora ya está él en otro plano en el que no existen derechos adquiridos, sino sólo posibilidades. Madre y hermanos y hermanas, en esta nueva familia no se encuentran ya al completo, sino que todos pueden serlo.
La parentela no es un dato sacado de un empadronamiento, sino una conquista. Más que un punto de partida es un punto de llegada. "Mirando en torno...". Es la acostumbrada mirada circular, característica de Marcos. Esta vez una especie de reconocimiento oficial de los que pertenecen a la nueva familia. "¡Esta es mi madre!”. De esta nueva familia no quedan excluidos, naturalmente, los parientes según la carne. Pero tienen que "entrar" también ellos haciendo la voluntad de Dios (y, en este sentido, María es la primera que pertenece a esta nueva familia: no por derecho adquirido según la carne, sino por su inicial, total adhesión a la voluntad de Dios). O sea, superando la simple solicitud por la persona física de Jesús para llegar a compartir con él totalmente el "proyecto" y sus consiguientes opciones. Más que preocuparse por el buen nombre de la familia (¡está fuera de sí! ¡todos hacemos el ridículo! nos compromete también a nosotros con la locura!), de ahora en adelante se verán obligados a preocuparse de formar parte de ella. He ahí cómo Cristo invierte las posiciones. (...). Ahora está claro. A Jesús se le encuentra únicamente donde está el Padre. Entre él y los "suyos" está de por medio el Padre. Se entra a formar parte de su familia, sólo si se trabaja con él en la empresa de "hacer la voluntad de Dios".
La obediencia al Padre se convierte así en el título que permite entrar en familia. Si alguien lo busca por otros motivos, quedará siempre "fuera". Jesús no se moverá por esas llamadas. Excesivamente "ocupado". En las cosas del Padre.
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
Dios se ha revelado en el seno de una familia.
No sabemos mucho de la familia de Jesús. Pero una cosa es segura: Dios quiso que Jesús naciera y viviera en una familia pobre, una familia obrera. Una familia que tuvo la amarga experiencia de la emigración y las zozobras de la persecución. Una familia con momentos extraordinarios, como la presentación en el templo, y luego meses y años de vida sencilla, de trabajo en Nazaret.
En los medios católicos tradicionales ha habido como una absolutización de la familia. La familia lo era todo, y en aras de ella había que sacrificarlo todo. Jesús niega con su actuación esta concepción: la vocación social, política, religiosa, personal... nunca pueden ser absorbidas por el grupo familiar cerrado.
La evolución actual nos hace comprender mejor la negación del absolutismo familiar. Los jóvenes reciben fuera de la familia tanto o más que dentro de ella. Reciben fuera, cada vez más, las ideas, la cultura, la enseñanza, la amistad; incluso el dinero, el alimento y el techo, pues muchos trabajan y viven fuera de ella gran parte de su tiempo. El grupo familiar queda hoy, en cierto modo, homologado con los otros grupos humanos. Pero la familia, aunque relativizada, mantiene todo su valor singular, inintercambiable.
1. El otro "nacimiento" de Jesús
"Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua".
La subida a Jerusalén, al templo, estaba prescrita por la ley para las tres grandes fiestas del año: Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, y obligaba a todos los hombres, aunque estaban dispensados de acudir los que vivían lejos. Las mujeres y los niños solían acompañarlos. Iban en caravanas de familiares y vecinos.
Jesús se comporta como un muchacho normal de su edad y de su época. Si tenia doce años, le faltaba poco para ser considerado adulto por el judaísmo, que los admitía oficialmente como tales a los trece años.
A esta edad, Jesús, partícipe de la sabiduría y gracia de Dios e hijo de padres que vivían profundamente la religiosidad de la Biblia -manifestada por los profetas- y en el ambiente tan inquieto políticamente de la Palestina de entonces, se tenia que haber dado cuenta ya de muchas cosas. La lucha de clases era evidente, lo mismo la opresión y el negocio que ejercían los dirigentes del templo sobre el pueblo.
En esta visita, Jesús comienza el proceso de su nacimiento como hombre responsable en el mundo, comienza a afirmarse como persona distinta. Es el primer aldabonazo de quien un día, aún algo lejano, va a romper dolorosamente la propia estructura familiar para consagrarse a la gran familia universal.
Este texto ha servido normalmente a los cristianos para profundizar en la manera de comportarse Jesús con sus padres y con Dios, en la jerarquía de su obediencia a unos y al Otro.
Sin negar lo anterior, esta narración quizá pretenda ir más allá: Jesús, que partió con su familia para seguir "la costumbre", no vuelve con ellos. Rompe con la costumbre. Cuando los padres "se pusieron a buscarlo" empiezan con toda naturalidad "entre parientes y conocidos".
El clan familiar tiene un comportamiento establecido: todos los años van a Jerusalén por la Pascua. Es "la costumbre" impuesta, reconocida y practicada por todos y en la que Jesús ha vivido hasta entonces, sometido a ese grupo unido por lazos estrechos de familia. Cumplidos los doce años, en el momento en que se le propone integrarse en la vida de ese grupo, adoptando libremente sus costumbres, Jesús se aleja. El gesto es grave: próximo a ser considerado adulto, y, por tanto, libre y responsable de sus actos, Jesús rompe con la unidad del clan. La sorpresa es lógica; también la angustia.
Ausente del grupo familiar, Jesús está "en el templo". Su alejamiento de "la costumbre" no le lleva a prescindir de la ley. Al contrario, manifiesta un gran interés por ella: le encuentran "sentado en medio de los maestros". Hace preguntas e indica algunas respuestas, hasta tal punto que "todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba". Se palpa en El un conocimiento claro y profundo de la ley.
Al romper con lo establecido, Jesús no ha actuado con ligereza: sabe que la Ley debe ser interpretada de forma muy distinta.
No se dice de qué hablaba Jesús con aquellos doctores. Sólo se nos dice que los dejaba "asombrados". Pero ¿de qué iban a hablar más que de la ley, de su interpretación? Si, años más tarde, el templo va a ser el punto clave de la lucha entre Jesús y los rabinos, se puede suponer que sus subidas de joven a Jerusalén eran un acumular datos. Años después todo estallaría con fuerza profética.
"Hijo, ¿por qué nos has tratado así? ..." Jesús responde con otra pregunta, en la que nos indica la conciencia que tiene de ser el Hijo y que marca una cierta distancia de sus padres: "¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?"
¿Qué quiere decir Jesús con su respuesta? No lo sabemos bien. Lo único que está claro aquí es que las cosas del Padre están por encima de todo lo demás, que esas cosas tienen una prioridad total, aunque ello suponga sufrimiento a los seres más queridos El malentendido entre María y Jesús es total. ¿Qué es lo que tenían que saber sus padres? ¿Quién es este conocedor de la ley que rompe con la ley, este adolescente de doce años que "se sienta" en el templo, este hombre que dice que Dios es su Padre?
¿Quién es Jesús?
La afirmación de la filiación divina de Jesús sobrepasa incluso la inteligencia de María, completamente abierta a la palabra de Dios. Esta afirmación se irá desarrollando y comprendiendo poco a poco.
Sus padres no entienden. Es lo que nos pasa a todos cuando alguien, responsablemente, rompe los moldes sociales y religiosos y no sabemos el porqué. Pero algún día se llega a ver claro y se comprenden muchas cosas si se vive abierto a los acontecimientos. Hemos de reconocer que, a los cristianos, casi en general, nos gusta más el Niño del pesebre: está allí a nuestra absoluta disposición, le podemos cuidar, acariciar; no nos proporciona ninguna molestia. Pero este Niño que crece, que camina, ¡nos mete en cada apuro! Nos crea situaciones incómodas. Se nos puede escapar en cualquier momento. Y con ello nos pone en la obligación de seguirle, de caminar detrás de El. ¡Con lo bien que estábamos con todo cronometrado, medido, seguro, fijado!
El ideal para la mayoría sería que se estuviera quietecito, que se conformara con el cumplimiento de unas normas y ritos.
Dice Lao Tsé en el apartado XXXVIII de su obra Tao Te King:
Perdido el Tao (principio superior), queda la virtud.
Perdida la virtud, queda la bondad.
Perdida la bondad, queda la justicia.
Perdida la justicia, queda el rito.
El rito es sólo apariencia de fidelidad
y origen de todo desorden.
A ritos y normas tendemos los hombres a reducir toda relación con Dios. En cumplir ritos y normas emplean su tiempo y sus esfuerzos la mayor parte de las "fuerzas vivas" de la Iglesia católica y de las demás religiones.
Jesús quiere meterse en todos los caminos del hombre, tomar parte activa en sus dramas, en sus mismas ilusiones, en sus mismas tragedias, en sus mismas lágrimas, en sus mismas esperanzas y alegrías. No quiere ser presa de "la costumbre", de los ritos.
Quiere, superando la justicia, la bondad y la virtud, llegar al "Tao" -a Dios-. El evangelio, si se mira bien, no es otra cosa que un largo y continuo caminar. Como la vida. Jesús es Alguien que camina, que jamás está quieto. Los cristianos hemos decidido seguir a Cristo, hemos hecho de su seguimiento nuestra vocación. ¿Por qué hay tantas vocaciones para no hacer nada?
Jesús nunca se dejará aprisionar por nuestros esquemas; nunca entrará en la jaula de nuestras técnicas, de nuestras fórmulas y de nuestros proyectos de apostolado; jamás estará a gusto con nuestras frías celebraciones sacramentales...
2. Crecer con los hijos
"Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad".
En el oscuro Nazaret se va a ocultar Jesús durante unos veinte años. Va a llegar a la plenitud de la madurez viviendo sometido a sus padres. Posiblemente sea ésta una de las mayores alabanzas para ellos y para todos los padres. Si los hijos mayores están a gusto con sus padres, por algo será.
Cuando Jesús nos habla de Dios como Padre, de la comunicación de amor, de la amistad; cuando nos dice lo que le ilusiona... estaría hablando de su propia familia, de la comunión que existía en su casa de Nazaret, basada en la aceptación y valoración de cada uno. ¡Cuánta influencia de sus padres en el mensaje de Jesús! José y María son ejemplo del paso que hay que dar de la incomprensión a la comprensión.
María no entiende. La respuesta total no la tendrá más que al final del drama de la vida de su Hijo. Pero "conservaba todo esto en su corazón". Meditaba todos los recuerdos para encontrar su sentido, para acoger ese sentido cuando le fuera facilitado; y los unía. Los padres y los hijos han de esforzarse por entender. Es muy difícil que los padres comprendan las decisiones de sus hijos cuando éstos deciden caminar con independencia. Personalmente dudo mucho de la independencia que es individualismo. Creo en la independencia para la libertad en el compromiso, en el compartir, en la búsqueda..., que será siempre hacia la comunicación, hacia la comunidad, hacia la familia, hacia los otros. María supo callar, esperar. Y supo aprender de su Hijo. Lo respetó y de esa forma facilitó la misión de Jesús.
El amor de María fue un amor liberador, capaz de renunciar a los sentimientos primarios o a los propios proyectos egoístas y posesivos. María supo crecer con su Hijo.
Preguntémonos sinceramente: ¿cómo es nuestro amor para con los hijos? ¿Y para con los padres y esposa o esposo? ¿Sabemos valorar y respetar a los otros miembros de la familia? ¿Sabemos callar e interpelar oportunamente? ¿Tenemos conciencia de que los hijos son distintos a los padres y que también ellos tienen una misión que cumplir? ¿Hemos dimitido acaso de acompañarlos y de crecer con ellos, sin pretender ser como ellos? ¿Queremos que sean personas libres, capaces de afrontar la vida y el mundo que les ha correspondido vivir, o más bien queremos hacerlos a nuestra imagen de un modo egoísta? ¿Nos limitamos a criticarles o sabemos también reconocer nuestras incoherencias y cobardías? Son preguntas difíciles de contestar porque llevan mucho tiempo y exigen mucha reflexión.
Jesús maduró en familia porque lo amaron con un amor libre y liberador. Y Jesús correspondió a este amor valorando y respetando el papel de sus padres.
3. Crecer con los padres
"Jesús iba creciendo..." Se repite la frase ya dicha en el versículo 40, y que antes se había aplicado a Juan el Bautista (Lc 1,80).
Jesús iba descubriendo su camino, sentía necesidad de vivirlo. Pero no rompe con los suyos. El hombre no puede romper totalmente con la generación anterior. Debe aceptarla como un puente entre el pasado y el futuro. No podemos empezar todo de nuevo. La independencia personal y el romper con algunas cosas no excluye el respeto y el agradecimiento al pasado.
Las relaciones interpersonales -la comunicación- siempre han sido y serán difíciles. Pero son el camino para adquirir una verdadera personalidad, para llegar a ser la imagen y la semejanza de la Trinidad (Gén 1,26).
La vocación de los hijos es crecer, madurar, independizarse, para poseerse y comunicarse. Sólo el que se posee puede darse, puede comunicarse. Para ello deben ayudar los padres con su ejemplo.
"Jesús iba creciendo". ¿A qué puede llegar un niño sin pecado? "Jesús, Hijo de Dios..., ha sido probado en todo exactamente como nosotros, menos en el pecado". (Heb 4, 15)
Al no tener pecado, el desarrollo de Jesús es superior al de todos los demás. Le sucedería lo mismo a cualquier niño que viviera en sus mismas circunstancias. "El pecado del mundo" (Jn 1,29) -original- nos va llegando a todos según vamos creciendo. El ambiente -también el familiar- nos corrompe y nos hace cada día más incapaces de amar. Sin olvidar el mal que cada uno tenemos dentro de nosotros y que va saliendo a la superficie a medida que crecemos.
Por eso nosotros no crecemos como Jesús. ¿Cómo es posible que de un niño "salga" un adulto? ¿No deberíamos ser mejores según avanza el desarrollo? Y ¿no es lo contrario lo más frecuente?
Jesús crecía "en sabiduría", ahondaba en las causas profundas de todo lo que sucedía a su alrededor. Y sacaba conclusiones. Nosotros crecemos en conocimientos sueltos que no nos ayudan -ni queremos- a profundizar en la realidad, que no nos preparan casi nunca para la vida. No buscamos con ilusión la voluntad del Padre sobre nosotros. Nos encontramos bien en la cultura burguesa.
Jesús crecía "en estatura". Como nosotros. Para ello basta que pasen los años de desarrollo dentro de unas condiciones mínimas de subsistencia. Para muchos millones de niños estas condiciones mínimas no se dan, y tienen que pagar con su muerte prematura los egoísmos inconfesables de la humanidad; egoísmo al que todos contribuimos en mayor o menor medida. Queremos que en el mundo haya justicia, pan para todos..., siempre que nuestros ingresos económicos no sufran merma. ¿Es posible la justicia sin quitar a unos para que llegue a todos los hombres el alimento suficiente y los bienes indispensables para una vida digna?
Jesús crecía "en gracia"; crecía en el amor hacia dentro, hacia el Padre, y hacia afuera, hacia los hombres. Y se notaba. Para El eran el mismo amor. El amor del Padre era el motor de su amor al Padre y a los que le rodeaban. Nosotros encontramos muchas dificultades para el desarrollo del amor dentro de nosotros mismos y en el ambiente que nos rodea. Cada una de nuestras familias debería ser un lugar de crecimiento. Lo mismo cada una de nuestras comunidades. Nunca termina este crecimiento en el amor.
Los padres deben aceptar con alegría la mayoría de edad de sus hijos. Han de caer en la cuenta de que sus hijos también piensan y quieren y buscan. Y deben ayudarles, aunque su camino no coincida con el de ellos.
A veces los hijos son mudos en casa, porque el diálogo se hace imposible, a no ser que piensen todos de la misma forma.
Los padres deben aceptar morir como tales para que el hijo tenga autonomía, iniciativa, ser creador, pueda llegar a ser padre él también. Deben ir dejando de ser padres para convertirse en hermanos de sus hijos, en compañeros de camino.
La misión de los padres es la de preparar a los hijos para la vida, para que ellos puedan realizarse libremente como personas verdaderas.
Ser padre es muy difícil, y esto deben comprenderlo los hijos. Ser hijo también es difícil, y esto deben reconocerlo los padres.
Que los niños crezcan porque hallen en la familia un ambiente de amor, porque lo respiran en todo lo que se dice y se vive en el hogar. Que los jóvenes crezcan porque hallen comprensión, caminos abiertos, una ayuda que no pide nada a cambio. Que los mayores crezcan porque superen toda tentación de cansancio, de rutina, de malhumor, de dogmatismo, de seguridad. ¡Ojalá que a la pregunta: ¿qué es el amor?, los hijos pudieran responder: "mis padres"; y los padres: "nuestros hijos"!
4. Sólo educa el amor que crece y madura
No podemos buscar en la familia de Nazaret un modelo que podamos ahora copiar como si no hubieran cambiado las circunstancias. Si Jesús no hubiera nacido en Palestina, sino en una tribu africana, o si hubiera nacido ahora y no en el siglo I, su vida concreta, personal y familiar hubiera sido distinta. Pero siempre el principio animador hubiera sido el mismo: la fidelidad en el amor.
No existe "la familia": sólo existen familias. Y no simplemente porque cada familia es un mundo, sino porque las familias difieren en el tiempo y en el espacio. No podemos mitificar la familia, como si se tratara de un modelo estático. Al ser una realidad humana, la familia es cambiante, móvil. Y en nuestros días vive una verdadera crisis de cambio, con roturas y desgarramientos interiores.
Parece que son cambios inevitables, porque responden a una evolución de las estructuras sociales, económicas, culturales, generacionales.
La familia une al hijo con el pasado para lanzarlo, sin rupturas, hacia el futuro, hacia la tarea de realizar su mundo según sus propias exigencias.
Los padres tienen que amar a los hijos hasta lograr que éstos lleguen a ser capaces de amar. Sólo entonces serán adultos. Entonces, ¿cuántos adultos? Al que ama se le pueden soltar las amarras. Puede hacer lo que quiera; siempre que su amor sea verdadero amor. Porque amor se llama hoy a muchas cosas que no lo son.
Un cristiano ama a los demás por sí mismos, poniendo como modelo de su amor el de Dios; es decir, trata de amar a los demás como Dios le ama. El amor al prójimo "por Dios" debemos entenderlo: amar al prójimo como Dios le ama. Lo mismo el padre al hijo. ¿Cómo va a amar un padre a su hijo por Dios? ¡Lo amará porque es su hijo! Lo que le pide Dios es que lo ame cada vez más, hasta que llegue a amarlo como El lo ama, con un amor que debe crecer siempre. Hay mucho egoísmo en el amor del padre y de la madre a sus hijos, a pesar de ser el más perfecto. Dios les ama siempre más, y a ese amor tienen que tender.
Normalmente, el hijo aprende lo que la familia vive. No se puede dar lo que no se tiene. Ser padre es contagiar, día a día, en la convivencia cotidiana, lo que se valora, lo que se vive. Pero ¿saben los padres lo que es el amor? ¿Son adultos? ¿Saben amar? ¿Cómo lo demuestran?
En la familia no sólo se heredan los rasgos físicos. En ella se realiza también una configuración de la personalidad de cada uno.
Todos los hijos, como una plastilina, hemos salido modelados o deformados en gran parte del seno de la familia. Porque no podemos olvidar la influencia que ejercen la escuela, la sociedad, los amigos, la televisión...
La familia es el lugar privilegiado para la educación en la justicia y en el amor, en la libertad y en la verdad, en la paz. O en todo lo contrario.
Los padres y los hijos deben descubrir los valores y el ambiente que han creado alrededor. Lo mismo hemos de hacer en los grupos que hemos formado y en las comunidades.
Deberíamos sentirnos convocados a romper el estrecho cerco de injusticias que se nos ha impuesto y empezar o continuar un nuevo estilo de vida. No hablo de rebelión, que es fácil, sino de una conversión auténtica.
Estamos todos tan radicalmente deteriorados, que sólo si nacemos de nuevo (Jn 3,3), más allá de la familia, de la carne y de la sangre (Jn 1,13), podemos llegar a ser justos. ¿Están nuestras familias cultivando la justicia o la injusticia? Veamos algunos datos: Muchas familias están organizadas sobre relaciones de poder y autoridad. ¿Por qué no resplandece más en nuestras familias el valor del servicio desinteresado? ¿Por qué no hay más respeto a la autonomía personal? ¿Por qué no se educa al diálogo? Se educa para la dependencia, no para la libertad responsable.
Muchos padres inician a sus hijos a la posesión, a la acumulación de bienes. Los hijos van asimilando calladamente la apasionada carrera de sus padres por acumular, por poseer, por ganar dinero... Y así van inclinando a sus hijos a la injusticia, a la insolidaridad. Muchos padres inculcan en sus hijos una religión de ritos sin vida, al ser la que ellos practican.
En muchos hogares se siembra el clasismo. Van haciendo connaturales en el niño los aberrantes criterios de la clase social; imponen los valores de casta, sus comportamientos, la insensibilidad ante los demás. Si los padres no descubren a sus hijos la realidad en su conjunto, éstos la percibirán deformada.
Muchos padres educan a sus hijos para que no arriesguen nada. Así, los hijos se hacen conformistas, pasivos, sin espíritu creativo y crítico, sin iniciativa. De esta forma las nuevas generaciones se van acomodando al mundo en el que han nacido y se unen para siempre a la cadena de injusticias.
Con frecuencia, las familias no son más que una yuxtaposición de soledades. Creen conocerse porque están siempre juntos, mientras que, en realidad, nadie se abre verdaderamente a los demás. Evidentemente, se quieren, pero con un amor puramente instintivo, animal, en el que las facultades propiamente humanas -las que hacen posible el diálogo, la comprensión, el apoyo...- casi no participan. No se comprenden, no sospechan siquiera que haya algo que comprender en los padres o en los hijos, en los hermanos o hermanas. La gran mayoría de los desastres conyugales y familiares tienen su origen en la falta de comunicación de los espíritus.
¿Cómo es posible que en una familia en que se vive el acumular los hijos sean hermanos? ¡Nos extrañamos de las peleas entre hermanos por las herencias! ¿No nos damos cuenta de que la familia que queremos es todo lo contrario de los criterios que propagamos y de los comportamientos que tenemos? Se transmite lo que se es, no lo que se dice si se hace otra cosa.
Sólo educamos en la justicia si coinciden los criterios y la vida. No es cuestión de hablar de justicia, de amor, de paz, de verdad..., sino de ser justos, de amar, de construir la paz, de ser veraces...
Seamos conscientes de la contradicción en que vivimos. ¿No pedimos a los otros -los hijos a los padres y los padres a los hijos- cosas que nosotros no estamos haciendo? ¿No estáis pidiendo los hijos a vuestros padres que hagan cosas que vosotros tampoco tratáis de hacer? ¿No estáis haciendo en todo lo que os da la gana? ¿No es igualmente cierto lo contrario? ¡A pesar de todo esto, pretendemos que la familia sea un oasis, y nos quejamos si no lo es! Si no somos justos de verdad, estamos en contradicción. Los hijos, lo mismo que los padres, serán injustos e hipócritas, con capa de bondad y de justicia.
Toda paternidad es un camino de fe y de esperanza en el amor. En familia se ama más de lo que merece cada uno. No se aman en ella unos a otros porque no se encuentren defectos, porque sean unos y otros los mejores..., sino porque son el padre, la madre, los hijos o hermanos. En ella se valoran y se experimentan las grandes ilusiones del hombre, como el amor, la comunicación, la solidaridad.
No basta haber engendrado al hijo. Cada padre y cada madre deben preguntarse hasta dónde son padre o madre de sus propios hijos. ¡Cuántos padres se limitan a dar a sus hijos el comienzo de la vida! ¡Cuántos hijos son fruto del instinto exclusivamente! Muchas madres se contentan con llevar a sus hijos en su seno, alimentarlos, cuidarles la salud, que vayan bien vestidos..., y se olvidan de aquello que, más que nada, es el signo de la maternidad: hacer que los hijos, pequeños e indefensos, gracias a su ternura, a su entrega, a su ejemplo, a su fe profunda..., lleguen un día a parecerse a ella, siendo personas adultas, capaces de amar, dignos, conscientes..., hijos de Dios.
Paternidad y filiación son palabras mucho más amplias de lo que normalmente entendemos. ¿Cómo se puede limitar la paternidad a engendrar al hijo y a trabajar para darle de comer? Ser padre es dar vida, ser hijo es recibirla. Somos padres en la medida que damos vida a otros y la desarrollamos. Somos hijos en la medida en que nos dan vida y nos ayudan a desarrollarla.
Por aquí va la paternidad verdadera. A ella pertenece el celibato de las personas que quieren seguir libremente la opción de Jesús. Opción claramente de amor, de vida en plenitud.
El sacerdocio es sacramento, es signo de la paternidad de Dios en el mundo, del amor universal del Padre, del Dios amor. Debe realizar su paternidad dentro de una comunidad cristiana concreta -familia de familias, en la que él es el padre-.
La familia y la comunidad cristiana son sacramento, son signo en el mundo de la Trinidad, que es comunidad de amor, y de la que cada uno somos imagen y semejanza. Por ello, los otros me son necesarios para ser yo mismo.
Jesús, al mandamos amar sin condiciones, nos libra de todos los pretextos que ponemos para no amamos. Necesitamos un motivo absoluto para amamos: creer unos en otros, fiamos unos de otros.
Las relaciones familiares -y comunitarias- tienen que vivirse por cada uno desde un amor sin límites y con los ojos puestos en la inmortalidad. Porque, aunque en la actualidad seamos incapaces de amar de verdad, en plenitud, como querríamos, habrá un día en que será posible que nos amemos todos en plenitud y para siempre. Un día nos amaremos como desearíamos amamos ahora y somos incapaces.
Ese amor pleno y eterno se va construyendo en el aquí y ahora, entre luces y sombras. Si un día viviremos el amor sin egoísmos de ninguna clase, podemos vivir ya desde ahora este amor en la esperanza.
Las relaciones familiares y comunitarias adquieren así su profundidad, su verdad. No son ya un padre y una madre y unos hijos que se aman, sino unos hijos de Dios que se van queriendo con amor eterno, ilimitado, inacabable. Lo mismo podríamos decir de las comunidades cristianas en general y de la nuestra en particular.
Cada uno tenemos que ir concretando ese amor, buscando el bien y la realización de los demás; y realizándonos nosotros de esta forma. ¡Cuántas cosas se logran entender desde el amor!
Debemos revisar hasta qué punto contribuimos al bien común y al bien de cada persona, hasta qué punto nos realizamos buscando la realización de los demás. También debemos revisar nuestra aportación a la sociedad en que vivimos y, a través de ella, en el mundo entero.
La familia y la comunidad cristianas deben abrirse a la familia que formamos todos los hombres y deben vivir para todos los hombres. De esa forma irán saliendo de ellas las personas que la sociedad necesita para su transformación.
5. Ayudar y formar, no penalizar
La familia vive hoy cambios profundos y resulta dificil encontrar soluciones válidas. ¡Todo ha cambiado tanto! Y todos, de un modo u otro, sufrimos por ello: los padres, los hijos, los abuelos... A todos nos resulta difícil saber lo que tenemos que hacer.
Sabemos que no existe una solución prefabricada que se pueda aplicar a todo el mundo. Todos debemos hacer un esfuerzo por superar las dificultades y llegar a un verdadero diálogo, a un verdadero entendimiento. Y todos es todos.
Y es importante no equivocarnos de problemas y dedicar nuestras energías a cosas que no son las más importantes. Por ejemplo: la Ley de Divorcio no es el tema más importante que tiene planteado la familia, como si fuera la solución a los problemas del matrimonio; y es lo que muchos creen. Mientras no exista una auténtica liberación económica de la mujer, el divorcio seguirá siendo asunto de gente de dinero, como hasta ahora las separaciones y anulaciones que hacía la Iglesia. ¿Cómo van a vivir de un sueldo dos casas? La solución verdadera no está en el divorcio -que a lo máximo que puede aspirar es a ser un mal menor-, sino en un verdadero noviazgo y en la manera de ser de las personas. Yo creo que muchos hombres y mujeres no son para casados. Si entendiéramos que el enamoramiento no existe únicamente hacia una persona, encontrarían muchos por ahí su camino en la vida. Hay que ser capaces de enamorarse de un noble ideal, de una ilusión, de la vida, de la profesión o vocación personales, de los niños, de la humanidad. Creo que muchos ideales, ilusiones, profesiones..., son para vivirlos en la soledad o abiertos a los que nos rodean. Creo que a muchas personas el matrimonio las limita, las empobrece; mientras que otras no llegan a reunir el mínimo de condiciones para él -los hijos pagarán las consecuencias-.
Algunos han nacido para otra cosa, para vivir en otros horizontes, en otras dimensiones. Lo veo claro en el sacerdote dedicado a la gente, como opción personal y libre. Lo veo de alguna manera en otras profesiones: médicos, maestros, investigadores... En la medida en que la persona se dedique a ellas, le llenarán toda su vida y no tendrá tiempo para nada más. No es raro, por ejemplo, que médicos dedicados de lleno a su profesión tengan abandonada la familia.
La solución verdadera está en descubrir, ahondar en el sentido de la vida y en la manera de ser personal, y buscar la propia realización. Hay que ser -poseerse- para poder darse. Es lo que hizo Jesús en el seno de la familia de Nazaret. Es lo que vivieron José y María: un matrimonio dedicado plenamente a colaborar con Dios en el camino de Jesús.
Más importante que el divorcio es que las familias tengan un lugar digno para vivir, trabajo, escuela para los hijos..., causas de muchos conflictos familiares. Y más importante es ayudar a los jóvenes a descubrir la importancia que tiene el noviazgo.
Nuestra sociedad tiende a poner parches en la superficie de los problemas. ¿Hay problema demográfico, o muchos hijos en una familia, o con los hijos se pierde la "línea", o el "ligue" es esencial a la vida humana...? Solución: aborto y píldoras. ¿Despenalización del aborto? Desde luego que sí: es una forma de igualar a todas las mujeres. El castigo raras veces es eficaz; lo que importa es lograr el convencimiento de la persona, que ésta descubra personalmente lo que debe hacer. La coacción externa no ayuda al hombre a ser persona; la sociedad debía de despenalizarlo todo y defendernos de aquellos que atacan a los demás. Y formar a las personas en profundidad. No basta la instrucción escolar.
El hombre debe tratar de vivir a su nivel humano y, desde él, buscar las respuestas a los problemas. Y de eso estamos muy lejos. Porque el hombre es más dar que recibir; es amor más que egoísmo; es libertad, no esclavitud ni placer; es desprendimiento, no acumulación; verdad, no mentira; comunicación, no aislamiento; tiende a la plenitud y a la eternidad, sin limitación alguna; tiende a Dios, del que es imagen y semejanza, del que es hijo.
¿Por qué una persona no descubre su camino -su vocación- fuera del matrimonio? En el mundo absurdo en que vivimos, tan erotizado, este planteamiento se puede considerar cosa de locos. De un mundo en que el amor es placer, ¿qué se puede esperar?
TRATANDO DE COMPRENDER A JESÚS, SIN PREJUICIOS
Enrique Martínez Lozano
Lc 2, 41-52
Nos encontramos ante un texto que guarda mucha similitud con relatos legendarios de personajes famosos de la antigüedad, a los que se les atribuía, ya desde niños, unos conocimientos especiales. Episodios como éste se cuentan de Ciro, Alejandro, Epicuro, Solón, Cicerón... Parece que, de acuerdo con esa costumbre, Lucas ha construido un relato con el que busca subrayar la sabiduría de Jesús niño. (Algunos apócrifos hacen construcciones semejantes y lo presentan discutiendo sobre astronomía, física o medicina).
A eso debe apuntar también la edad ("doce años") –los niños no estaban obligados a ir al templo antes de los 14 años- y la postura: estar sentado denota situarse en un plano de igualdad con los doctores de la Ley; los discípulos estaban a los pies del maestro.
En el texto griego, la respuesta que da Jesús a sus padres no contiene la palabra "casa", por lo que los exegetas prefieren traducir como "las cosas" o "los asuntos" de mi Padre. Lucas estaría pensando en sus lectores, a quienes envía un mensaje que considera importante: lo fundamental consiste en ocuparse en la voluntad del Padre.
El relato coloca también en un primer plano el hecho de que sus padres no lo comprendieran, poniendo en labios de María una queja angustiada, y en los de Jesús una reacción de sorpresa.
No cabe duda de que, en la tradición cristiana, ha costado reconocer que Jesús no fue comprendido por su propia familia. Por eso mismo:
- no se sabía bien qué hacer con aquel texto inequívoco del evangelio de Marcos, según el cual sus familiares "fueron para llevárselo, pues decían que estaba trastornado" (3,21);
- o con aquel otro en el que muestra a sus familiares, su madre incluida, "fuera" de la comunidad de discípulos (3,31);
- o con la sorprendente respuesta de Jesús a quienes le hablan de su madre y sus hermanos: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y mirando entonces a los que estaban sentados a su alrededor, añadió: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre»" (3,33-35).
Los textos más originales no ocultan que Jesús sufrió la incomprensión de su propia familia, aunque quizás, posteriormente, fueran aproximán-dose más a él, como lo demuestra el hecho de que uno de sus hermanos, Santiago, llegara a ser el primer líder de la comunidad de los discípulos de Jerusalén.
Por otro lado, desde la perspectiva de la época, no era difícil entender aquella incomprensión. Jesús, no sólo había roto algunos tabúes intocables al dejar la familia y el trabajo para convertirse en un hombre marginal, como maestro itinerante, sino que, por sus enfrentamientos con la autoridad religiosa se hacía sospechoso de situarse contra la Ley y, lo que es más grave, constituía un peligro real para toda su familia, que podría sufrir las represalias de la autoridad.
Además de la incomprensión de su propia familia, a la tradición cristiana le ha costado reconocer el hecho de que Jesús "crecía".
En un nivel de conciencia mítico, "divinidad" y "humanidad" aparecían como realidades antagónicas, hasta el punto de que cada una de ellas se afirmaba por oposición a la otra: a más divino, menos humano; y a la inversa.
Lo que ocurrió con ello es que, por proteger la divinidad de Jesús, se cayó, quizás de una manera no buscada, en la negación práctica de su realidad humana. Así se pudieron llegar a decir cosas extravagantes sobre él, como que poseía un conocimiento universal o que en él no pudo haber un proceso creciente de autoconciencia.
No hace todavía muchos años, el debate sobre la conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión era una de las cuestiones cristológicas más debatidas. Y aún hoy, en no pocos sectores cristianos, se sigue sosteniendo una idea de la divinidad de Jesús que devalúa su realidad humana.
Detrás de ese planteamiento –como todos, hijo de su tiempo y de un nivel de conciencia determinado-, se esconde una trampa que es la que hace imposible una reformulación menos inadecuada: el dualismo o, por decirlo con más propiedad, un modelo de cognición dualista.
Es ese modelo, que ha imperado en la filosofía y la teología de Occidente, y que se nos ha impuesto como si fuera el único posible, el que terminó confundiéndonos.
Para ese modelo de conocer, todo está separado de todo, incluso enfrentado. Aplicado a la teología, implica pensar a Dios como un Ser separado –en último término, como un Objeto- frente a la realidad mundana y habitando un cielo distante, aunque paralelo al mundo.
Eso ocurre porque previamente se había reducido el "conocer" al "pensar". Y la mente se había constituido en árbitro supremo. Con ello, la trampa estaba servida, porque es la propia mente la que es dualista.
A partir de ahí, todo lo demás son consecuencias. Es decir, una vez aceptado el presupuesto, tácito e incuestionable, de que la única aproximación válida a la realidad era a través de la mente, se habían cerrado las puertas para cualquier otro tipo de conocimiento. Y, al mismo tiempo, se había sancionado definitivamente el dualismo, en todos los órdenes del conocer.
Con esos presupuestos nunca cuestionados, hablar de la divinidad y humanidad en Jesús era una tarea tan imposible como tratar de mezclar el agua con el aceite. No sólo por los estrechos límites de la mente, sino por el dualismo antagónico que se daba por válido.
Se comprende entonces que, ante el temor de que lo "divino" en Jesús resultara negado, la autoridad religiosa –y la gran tradición cristiana- terminaran oscureciendo –negando, en la práctica- algo tan inexorablemente humano como el crecimiento personal y el despliegue progresivo de la conciencia de sí.
Una vez más, venimos a constatar algo profundamente significativo: una vez que tomamos distancia de aquel modelo que habíamos considerado como absolutamente válido, descubrimos que los grandes dilemas a los que conducía no eran en realidad sino pseudoproblemas.
Cuando se considera definitiva la dualidad sujeto/objeto –ése ha sido el presupuesto de la filosofía (y teología) occidental-, empiezan a surgir problemas irresolubles: la relación del ser humano con el mundo, con los otros, con Dios... y hasta consigo mismo. Para aquella filosofía, ¡el sujeto mismo termina siendo objetivado, convertido en "objeto"!
Sin embargo, como decía más arriba, basta tomar distancia de ese modelo, para percibir que era él mismo el que generaba esos falsos problemas.
Superado o trascendido el modelo dualista, todo empieza a percibirse un modo nuevo, no-dual, en el que nada está separado de nada. Si nos ceñimos a nuestro tema, significa reconocer que lo divino y lo humano no constituyen dos realidades antagónicas, sino expresiones distintas de la Realidad única.
O si se prefiere –el que se nos queda siempre y necesariamente corto es el lenguaje-, lo que existe es Dios expresándose en lo mundano, pero sin ninguna dualidad; es decir, no "pensando" a un Dios que "se expresa" en "lo mundano". No; es algo infinitamente más sutil y misterioso, que no podemos expresar sino a través de la negación: Dios y el mundo son no-dos.
¿Y Jesús? Tan divino como humano: o tan divino precisamente por tan humano; y a la inversa. Por decirlo con una expresión de J. Sulivan, "Jesús es lo que acontece cuando Dios habla sin obstáculos en un hombre".
LA FE EN JESÚS VERDADERO HOMBRE
José Enrique Galarreta
Lc 2, 41-52
Los relatos de la infancia de Jesús son utilizados por la Iglesia para evocar la infancia de Jesús. Son posibles varios niveles de reflexión en esta fiesta y sobre estos textos.
El primer nivel es el que nos lleva a la contemplación de la infancia de Jesús, de su crecimiento, de su vida en familia. Este nivel es legítimo. Hay muy pocos datos en los evangelistas a partir del nacimiento y la adoración de los magos. Solamente se menciona el episodio de la huída a Egipto, la pérdida del Niño en el Templo, y un breve comentario sobre cómo el Niño crecía sometido a sus padres. Nada más. Y debemos recordar que en todos estos relatos predomina la intención teológica –el mensaje- sobre la intención meramente narrativa de hechos históricos.
Nuestra imaginación pone el resto, intentando adivinar sucesos de aquellos treinta años que hemos llamado "la vida oculta", con el peligro evidente de proyectar sobre ellos nuestras costumbres y creencias sin demasiada verdad. Pero es un tema espléndido de contemplación, y la devoción del pueblo cristiano se ha fijado insistentemente en estas escenas.
El segundo nivel sería aplicar todo esto a la institución familiar. La vida de Jesús en aquella familia se extiende a todas las familias. La familia queda bendecida, la Sagrada Familia se pone como ejemplo de todas las familias, y se le suponen, sin duda con toda razón, todas las virtudes que desearíamos que reinasen en nuestras familias.
También esto es correcto, por supuesto, aunque aquellas familias eran muy diferentes de las nuestras, se parecían más a lo que nosotros llamaríamos "clan", con mucha más relación entre hermanos y primos. En los evangelios aparece varias veces la expresión "los hermanos de Jesús", refiriéndose quizá a sus primos. En este nivel, más que atender a la Palabra, nos imaginamos lo que La Palabra podría decir, la utilizamos, con evidentes riesgos.
Hay un tercer nivel que nos puede importar más. Tomar aquella familia y toda familia como modelo, imagen y manifestación de todo un modo de vida, de relación entre los hombres y de relación con Dios. Es éste un símbolo perfecto, introducido por el mismo Jesús cuando nos enseñó a llamar a Dios "Abbá", con lo cual "ya no sois esclavos sino hijos, y si hijos, también herederos".
Jesús hablaba de Dios con las imágenes que sacaba de la vida diaria: el pastor, la puerta, el agua, la luz.... Me gusta pensar que Jesús habló de Dios como "Padre", porque nunca vio en la tierra cosa más maravillosa que José y María, porque el recuerdo de su vida en Nazaret lo marcó para siempre.
Desde este símbolo se entiende muy bien la nueva relación con Dios y con la Ley que Jesús inaugura. "Abbá" es el papá del niño pequeño, para quien su papá lo es todo, le inspira absoluta admiración, dependencia y confianza. De "Abbá" se puede esperar todo, toda la grandeza, solución para todo, todo el cariño. Sentirse pequeño y querido, relacionado con Dios por un cariño más que racional, que brota de la sangre, de lo íntimo del ser.
Y siendo todos así, hijos, se sienten hermanos, con ése vínculo inexpresable que supera también lo racional. No se quieren los hermanos por sus cualidades, ni porque se aprecien, ni porque se necesiten... sino, por encima de todo, porque son hermanos, y se sienten así. Por muy mal que nos hayamos comportado, podemos volver siempre a un hermano, y no digamos al padre (y más aún a la madre), sabiendo que estará incondicionalmente con nosotros, para lo que haga falta.
¿Dónde acaban las obligaciones de cada miembro de la familia? ¿Qué Ley las regula? ¿Hasta dónde debe servir la madre a los hijos? ¿Cuánto debe preocuparse el padre por su hijo? ¿Hasta dónde atenderá un buen hijo a su padre necesitado?
Éste es sin duda un estupendo modo de entender por qué Jesús nos libra hasta de la Ley: porque donde hay amor, la Ley se queda siempre muy corta. Cuando hay amor, la única ley es la necesidad del otro, incluso el gusto y hasta el capricho del otro. A eso se responde, y no importa lo que cueste. Vivir en ese clima es sacrificarse sin darle importancia, querer siempre hacer más, estar deseando poder dar más...
Y en este contexto se entienden bien todos los mandamientos, superados por Jesús. ¿Cómo vamos a hablar de no matar, de no robar... en la familia?
Y Dios es juez, sí, como mi madre es juez, es decir porque sabe más y tiene razón, sólo por eso. En una frase: "tranquilo, hijo, el Juez es tu madre". Y si piensa usted que esto lleva a no exigirse, a no cumplir.... es que no se ha enterado usted de nada y tiene que volver a leer este párrafo y el anterior. Quizá lo que pasa es que usted necesita que le expliquen qué es amor, pero eso es imposible: el amor está más allá de lo racional y si no se ama, es imposible entender.
Esta es una singularidad absolutamente original de Jesús. Ninguna religión, ningún pensador, nadie ha pensado nunca en comparar a Dios con "mamá", tal como lo puede decir un niño pequeño. Todos los hombres de bien aspiran a un mundo en que reine la justicia. Jesús sabe que esto ni basta ni es posible: la justicia premia y castiga, pero no cura, y no puede perdonar.
Todos somos hermanos pecadores que sobrevivimos solamente porque los demás nos quieren, porque Dios nos quiere. Una vez más, y como siempre, Jesús sabe de Dios y del hombre mucho más que todas las filosofías.
Hay todavía un cuarto nivel de reflexión/contemplación, que debe estar presente en todas nuestras consideraciones sobre la Navidad. La fe en Jesús verdadero hombre. No vamos a extendernos en él, pues ha sido tema recurrente de muchos de nuestros comentarios.
Pero es importante "ver" que Jesús crece, madura, aprende, recibe de sus padres lo que no tiene. Imaginar a Jesús, como hacen algunos de los Apócrifos, haciendo pajaritos de barro que luego echan a volar, o cosas aún peores, es la exageración de una cristología meramente descendente que nos lleva a negar la humanidad de Jesús. Si algo es importante en nuestras contemplaciones de Jesús en el vientre de María, en el portal de Belén, salvado por José de Herodes, creciendo y aprendiendo en Nazaret, es, precisamente, la constatación de la humanidad.
Posiblemente para los creyentes de hoy sea ésta una asignatura pendiente. Hay que creer en ese hombre. Si nuestra fe no sigue ese camino (conocer-entusiasmarse-cuestionarse-creer) mucho me temo que estemos construyendo un Jesús a nuestra imagen y semejanza. Hay que creer en Dios tal como se manifiesta, no tal como nuestras construcciones mentales intentan representarlo. Y Dios se manifiesta en Jesús, un hombre.
EL EVANGELIO NO "SACRALIZA" NINGÚN MODELO DE FAMILIA / AÑO NUEVO Y MARÍA MADRE
Fray Marcos
Lc 2, 41-52 / Lc 2, 16-21
EL EVANGELIO NO "SACRALIZA" NINGÚN MODELO DE FAMILIA
CONTEXTO histórico
Vamos a hacer un pequeño análisis de lo que era la familia en tiempo de Jesús. Solo así estaremos en condiciones de comprender lo que nos dice el evangelio. En aquel tiempo no existía la familia nuclear, formada por el padre la madre y los hijos. En su lugar encontramos el clan o familia patriarcal. El control absoluto pertenecía al varón más anciano. Todos los demás miembros: hijos, hermanos, tíos, primos, esclavos formaban una unidad sociológica. Este modelo ha persistido en toda el área mediterránea durante miles de años. Cuando un miembro varón se casaba, la esposa entraba a formar parte de su familia, olvidándose de la suya propia. La ceremonia principal de la boda consistía en conducir a la novia desde la casa de su padre a la casa del novio (aquí "casa" tiene el significado de clan).
Todos los miembros de la familia, formaban una unidad de producción y de consumo. Pero la riqueza básica del clan era el honor. Sus miembros estaban obligados a mantenerlo por encima de todo. La vergüenza de un miembro era la vergüenza de toda la familia. Por eso el deber primero de todos y de cada uno, era mantener el estatus social limpio de toda sospecha. No era sólo una cuestión social, sino también económica. Las relaciones económicas eran inconcebibles al margen de la honorabilidad y el prestigio familiar. Era vital para el clan que ningún miembro se desmandara y malograra el bienestar de toda la familia. Esto no quiere decir que no tuvieran los esposos relaciones especiales entre ellos y con los hijos. Incluso podían tener su casa propia, pero nunca gozaban de independencia.
Esta perspectiva nos permite comprender mejor algunos episodios de los evangelios. El que acabamos de leer es un ejemplo. Desde la idea de una familia formada por José, María y Jesús, es incomprensible que se volvieran de Jerusalén sin darse cuenta de que faltaba Jesús. Si todo el clan (treinta – cincuenta personas) sube a Jerusalén, como familia, los varones estarían juntos, las mujeres también y los jóvenes andarían por su lado, sin preocuparse demasiado los unos de los otros, porque la seguridad la daba el grupo.
Otros pasajes también se explican mejor desde esta perspectiva: (Mc 3, 20-21) "Al enterarse 'los suyos' se pusieron en comino para echarle mano, pues decían que había perdido el juicio". Lo que pretendía su familia era impedir que siguiera por el camino que había emprendido. Trataban de evitar una catástrofe, para él y para todo el clan. El tiempo les dio la razón.
Un poco más adelante (Mc 3, 31-34): "Una mejer dice a Jesús: tu madre y tus hermanos están fuera y te buscan. Jesús contestó: Y ¿quiénes son mi madre y mis hermanos? De una manera clara se nos está diciendo que para llevar a cabo su obra, Jesús tuvo que romper con su clan, lo cual no supone para nada que rompiera con sus padres. Este episodio lo recoge también (Mt 12, 46-50) y (Lc 8,19-21).
Hay otro aspecto que también se explica mejor desde este contexto. La costumbre de casarse muy jóvenes (las mujeres a los 12 -13 años y los hombres a los 13-14). Era vital adelantar la boda, porque a los cuarenta eran ya ancianos. En el ambiente que tenían que vivir, no era tan grave la inexperiencia de los recién casados, porque seguían bajo la tutela del clan. También la responsabilidad de criar y educar a los hijos era tarea colectiva, sobre todo de las mujeres.
Jesús no se sometió a ese control porque le hubiera impedido desarrollar su misión. Fijaros el ridículo que hacemos cuando en nombre de Jesús, predicamos una obediencia ciega, es decir, irracional, a personas o instituciones. Cuando creemos que el signo de una gran espiritualidad, es someter la voluntad a otra persona, dejamos de ser nosotros mismos. La explicación que acabo de dar, pretende armonizar la responsabilidad de Jesús con su misión y el cariño entrañable que tuvo que sentir, sobre todo por su madre.
El relato evangélico que acabamos de leer, está escrito ochenta años después de los hechos; por lo tanto no tiene garantías de historicidad. Sin embargo, es muy rico en enseñanzas teológicas. No hay nada de sobrenatural ni de extraordinario en lo narrado. Se trata de un episodio que revela un Jesús que empieza a tomar contacto con la realidad desde su propia perspectiva. Justo a los doce años empezaban a ser personas, a tomar sus propias decisiones y a ser responsables de sus propios actos.
Sentado en medio de los doctores. Los doctores no tienen ningún inconveniente en admitirle en el "foro de debate". Tiene ya su propio criterio y lo manifiesta. Sus padres no entienden nada. No es difícil imaginar que sus padres no lo comprendieran. La verdad es que fue, para casi todos los que le conocieron incomprensible la calidad humana del que se llamaría a sí mismo hijo de hombre.
Lucas está preparando lo que va a significar toda la vida pública, adelantando una postura que no es de niño, sino de persona responsable y autónoma. Sigue el texto diciendo: siguió bajo su autoridad, pero ya ha dejado claro que su misión va más allá de los intereses de su clan.
La última referencia es también un aldabonazo a nuestro empeño en hacerle Dios antes de tiempo. Dice el texto que Jesús crecía en estatura en sabiduría y en gracia ante Dios y los hombres.
Debemos buscar la ejemplaridad de la familia de Nazaret donde realmente está, huyendo de toda idealización que lo único que consigue es meternos en un ambiente irreal que no conduce a ninguna parte. Sus relaciones, aunque se hayan desarrollado en un marco familiar distinto del nuestro, pueden servirnos como ejemplo a nosotros, en nuestro propio modelo de familia.
Lo importante no es la clase de institución familiar en que vivimos, sino los valores humanos que desarrollamos. Jesús predicó lo que vivió. Si predicó la entrega, el servicio, la solicitud por el otro, quiere decir que primero lo vivió. El marco familiar es el primer campo de entrenamiento para todo ser humano. El ser humano nace como proyecto, que tiene que ir desarrollándose a lo largo de toda la vida con la ayuda de los demás.
Debemos tener mucho cuidado de no sacralizar ninguna institución. Las instituciones son instrumentos que tienen que estar siempre al servicio de la persona humana. Ella es el valor supremo. Las instituciones ni son santas ni sagradas.
Con demasiada frecuencia se abusa de las instituciones para conseguir fines ajenos al bien del hombre. Entonces tenemos la obligación de defendernos de ellas. No son las instituciones las culpables sino algunos seres humanos que se aprovechan de ellas para conseguir sus propios intereses a costa de los demás.
No se trata de echar por la borda una institución por el hecho de que me exija esfuerzo. Todo lo que me ayude a crecer en mi verdadero ser, me exigirá esfuerzo. Pero nunca puedo permitir que la institución me exija nada que me deteriore como ser humano.
La familia sigue siendo hoy el marco privilegiado para el desarrollo de la persona humana, pero no sólo durante los años de la niñez o juventud, sino durante todas las etapas de nuestra vida. El ser humano solo puede crecer en humanidad a través de sus relaciones con los demás. La familia es el marco insustituible para esas relaciones profundamente humanas. Sea como hijo, como hermano, como pareja, como padre o madre, como abuelo. En cada una de esas situaciones, la calidad de la relación nos irá acercando a la plenitud humana.
Los lazos de sangre o de amor natural debían ser puntos de apoyo para aprender a salir de nosotros mismos e ir a los demás con nuestra capacidad de entrega y servicio. Las relaciones familiares tenían que enseñarnos a dejar nuestro egoísmo.
En ninguna parte del NT se propone un modelo de familia, sencillamente porque no se cuestiona el modelo de familia existente en aquel tiempo. Debemos tener esto muy en cuenta cuando en nombre del evangelio queremos imponer un modelo determinado de familia. La predicación de Jesús no va encaminada nunca a defender las instituciones, sino a las personas que la forman. En cualquier modelo de familia lo importante es el amor, que Jesús predicó y que debemos desarrollar en cualquier circunstancia que la vida nos plantee.
Meditación-contemplación
No sería mala idea hacer hoy la meditación todos juntos en familia.
Piensa: ¿Qué sería yo sin los demás?
Nada, absolutamente nada. Ni siquiera mi existencia sería posible.
Si los que te rodean han hecho posibles que tú seas,
¿es mucho pedir, que tú ayudes a los demás a ser?
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¿Cómo podría la araña tejer su tela si no tuviera puntos de apoyo para fijar su trama?
Tu vida depende de esos puntos de apoyo.
Deja que otros se apoyen en ti para tejer su propia vida.
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La familia es el primer campo de entrenamiento para alcanzar humanidad.
No dejes de entrenarte cada día.
Pero la verdadera batalla hay que ganarla en la relación con los de fuera.
Deja que todos encuentren en ti un apoyo para seguir viviendo.
Es la única manera de vivir tú a tope.
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AÑO NUEVO y MARÍA MADRE
En esta fecha tan universal y envolvente, es inevitable hablar, por lo menos, de tres temas: La paz, María Madre y el tiempo.
Empezaremos hablando de LA PAZ. Se nos llena la boca al pronunciar esta palabra, pero no nos interesa demasiado afrontar los verdaderos problemas que plantea. Todos pedimos a Dios que nos libre de la guerra, pero no estamos dispuestos a exigir en nuestro entorno justicia, que es "condicio sine qua non" de una auténtica paz.
Luchar por la paz haciendo la guerra, garantiza el fracaso. El concepto de guerra preventiva es más perversa que la ley del talión. El ser humano se puede defender de toda agresión sin tener que luchar contra nada ni contra nadie. El secreto sería trabajar siempre por el bien de todos y cada uno de los hombres.
Juan XXIII, en su encíclica "Pacis in terris", advirtió que la paz será la consecuencia de la Verdad, la Justicia, la Libertad y el amor. Esto lleva consigo tener claro que ningún ser humano es más que otro ser humano. Mientras no nos enteremos de esta realidad; mientras haya un solo hombre que se sienta superior, no podrá haber paz. Hoy por hoy, estamos a años luz de esta utopía, que sin embargo debe ser el primer objetivo de todas las relaciones humanas. Hay muchas personas que intentamos ser justos, ser amables, ser comprensivos, etc., etc., pero con la condición de que no se ponga en duda nuestra superioridad. Esta postura, tan común, es de auténtica hipocresía.
Todos buscamos la paz.
Unos buscamos la paz de los cementerios: ¡Que nadie se mueva! ¡Ay de aquel que se atreva a vivir! Ahí están los "vivos" de siempre, impidiendo el más ligero signo de vida a los demás.
Otros nos contentaríamos con la paz romana: todos los demás sometidos humillados al servicio del imperio. Una paz que responde a la ley del más fuerte, sostenida con bombas y cañones. Que mueren personas inocentes, ¡qué más da! Son "daños colaterales". Que quedan seres humanos destrozados en el camino, da lo mismo, lo importante es que se han cumplido los objetivos.
Esta paz siempre se consigue a base de hambre, enfermedades e ignorancia. Paz conseguida gracias a que la inmensa mayoría de la humanidad no tiene capacidad de reivindicar los más elementales derechos. Carta universal de los derechos humanos, firmada por todos los países, ¿para qué? Sería de risa, si no fuera de pena.
La que debíamos buscar todos, es la paz armonía, fruto de la Justicia. Pero el mayor enemigo de la justicia es la legalidad que unos pocos privilegiados imponemos a todos, buscando siempre nuestro provecho. ¿Qué pasaría si las leyes del comercio mundial las hicieran los países más pobres, los que pasan hambre hasta la muerte? El primer objetivo de las grandes coaliciones entre las naciones es defender sus intereses económicos. ¿Contra quién? Es demencial. Y encima tenemos que estar oyendo todos los días que somos los buenos. ¡Qué iba a ser del mundo, si no fuera por nosotros!
Debemos tomar conciencia de pertenecer a una familia, donde no haya ni superior ni inferior, ni señor ni esclavo, esta es la clave de todo el mensaje evangélico.
La transformación debe empezar dentro de cada ser humano. Si desterrásemos de nosotros todo egoísmo, se terminarían todas las guerras. Según Jesús, es más humano el que es capaz de amar más. Es inútil pretender una plenitud humana a costa de los demás.
MARÍA MADRE. Es la fiesta más antigua de María que se conoce. Pablo VI la recuperó del olvido. Es bonito empezar el año mirando a María Madre, sobre todo si aprendemos a verla sin capisayos y abalorios.
La primera imagen que el hombre primitivo tuvo de Dios, fue la de Madre. María Madre viene a suplir las carencias que conllevaba la idea de un Dios exclusivamente Padre.
La maternidad de María es un dogma, que fue definido en Éfeso en el 431. Es muy interesante constatar que ese dogma tuvo que ser aclarado y en cierto modo limitado veinte años después por el concilio de Calcedonia (451) afirmando que María era madre de Dios "en cuanto a su humanidad". Esta aclaración la hemos olvidado por completo y seguimos interpretando mal lo que en el dogma se quiso declarar.
El dogma se definió para confirmar, que el fruto del parto de María fue una única persona, contra la tesis nestoriana que afirmaba dos personas en Jesús. Fue una definición cristológica, no mariana. María no era aún motivo de la reflexión teológica.
No debemos olvidar que este concilio lo promovió Nestorio para que condenara como hereje a Cirilo, que proclamaba una sola persona en Cristo y por lo tanto que María era con pleno sentido, madre de Jesús Hijo de Dios. A Nestorio le salió el tiro por la culata, y fue condenado él; pero faltó el canto de un duro, para que se condenara como herejía lo que se definió como dogma... Sin comentario.
Este dogma de la "Theotokos", literalmente, "la que pare a Dios", se ha entendido mal, porque no se ha tenido en cuenta el sentido que tenían las palabras en aquel contexto. Es el mejor ejemplo de cómo, conservando las palabras, estamos diciendo algo completamente distinto de lo que se quiso definir. En aquella época se creía que la nueva criatura procedía totalmente del padre. La madre no tenía otra misión que la de ser recipiente donde se desarrollaba la semilla del nuevo ser. De ahí que no se tenía ningún inconveniente en aceptar que alguien pudiera ser hijo de un dios naciendo de una mujer. Es ridículo seguir hablando hoy de Hijo de Dios en sentido biológico.
En la concepción de Jesús, no podemos seguir mezclando el plano biológico y el divino. Se trata de dos planos de naturaleza distinta que no tienen la menor posibilidad de interferir uno en otro. En el orden espiritual, lo biológico no tiene ninguna importancia.
Hay que defender con rotundidad que lo que Jesús fue y significó, como manifestación de Dios, sólo podía ser obra del Espíritu Santo. Eso nadie lo puede poner en duda. En los relatos del nacimiento y del bautismo de Jesús, se ve con toda claridad: "Concebido por el Espíritu Santo"; "Nacido del Espíritu Santo"; "Ungido por el Espíritu Santo"; "Movido por el Espíritu Santo"; "El Espíritu es el que da vida, la carne no vale para nada".
Lo que estamos celebrando es que María hace presente a Dios encarnado (Emmanuel). San Agustín dice que María fue madre de Dios, no por su relación biológica, sino por haber aceptado el proyecto de Dios. En eso, María sigue siendo modelo. Todos tenemos que engendrar a Dios y todos tenemos que dar a luz a Dios, como dijo el maestro Eckhart.
Los primeros padres llamaban a la Iglesia partera, porque su misión era ayudar a los seres humanos a alumbrar a Dios. Dios sigue dándose de manera absoluta a todos y cada uno de los hombres. Descubrir y experimentar ese don es la tarea más importante que puede llevar a cabo un ser humano.
El tercer tema tiene que ver con EL TIEMPO (Año Nuevo). El comienzo del año nos tiene que hacer pensar en el tiempo y en la eternidad. Como seres construidos de materia, formamos parte del tiempo, del devenir, de la evolución. Pero a la vez, la eternidad, de alguna manera, nos está atravesando. Si camináramos por el tiempo con los ojos bien abiertos, descubriríamos horizontes de eternidad en la misma temporalidad.
El concepto de eternidad que manejamos, como algo que está más allá del tiempo, nos está jugando una mala pasada. No es negando la temporalidad, como alcanzaremos la eternidad, sino zambulléndonos en ella hasta encontrarnos con su médula.
En el NT se manejan dos conceptos muy distintos de tiempo.
Uno es el tiempo astronómico (la medida del movimiento), que nos permite conectar con la realidad material y sentirnos inmersos en la contingencia.
El otro concepto es el "Kairos", que sería el tiempo psicológico o espiritual. Este nos permite ir más allá del tiempo y experimentar en cualquier momento lo trascendente, lo divino, la eternidad.
Contemplación-meditación
María MADRE
Pensar en los orígenes nos obliga a centrarnos.
Para saber dónde estoy, debo saber de dónde vengo y a dónde voy.
El presente consciente incluye el pasado.
El futuro está ya en el presente de la persona despierta.
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La figura de María Madre (origen, Diosa) es fruto del subconsciente.
Completa la idea de Dios Padre que tenemos arraigada en nuestra cultura.
Dios Padre = poder, autoridad, exigencia; seguridad externa.
Dios Madre (María) = acogida, comprensión, cariño entrañable; seguridad interna.
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Ninguno de nuestros conceptos puede expresar la realidad de Dios.
Pero unidos los dos símbolos, se acercan un poco más a lo que Dios es.
María nos ayuda a encontrar a ese Dios que es nuestro origen y nuestra meta.
Dios es el ABSOLUTO que me envuelve y me atraviesa.
Sin Él, nada sería yo. Con Él y en Él, lo soy todo.
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SANTOS BENETTI
1. El segundo nacimiento
El evangelio de este domingo en que la Iglesia celebra la fiesta de la Sagrada Familia nos sirve de complemento para las reflexiones de la festividad de Navidad, centrada ella en torno al tema del «nacimiento». Decíamos que el nacimiento es una constante en el hombre hasta ir logrando poco a poco una identidad consciente, autónoma, responsable y creativa. Cuando Jesús cumplió los doce años -o sea, cuando terminó su infancia y comenzó su pubertad- sucedió un episodio que para él significó nacer a una nueva experiencia y a una nueva manera de relacionarse con sus padres. A su vez, para José y María, significó también un nacer a una modalidad distinta de entender y tratar al hasta ahora niño Jesús.
El evangelio de hoy -aun teniendo en cuenta ]as notables diferencias entre el esquema familiar del tiempo de Jesús y el nuestro- contiene interesantes elementos para que reflexionemos acerca de lo mucho que implica en la vida familiar este constante nacer no sólo de los hijos pequeños sino también de sus padres.
Veamos, pues, algunos elementos de este evangelio que nos llaman particularmente la atención.
Para Jesús, el cumplir los 12 años significa una nueva etapa de su vida, no solamente a nivel fisiológico y psicológico, sino también desde el punto de vista social y cultural, pues a partir de esa edad la Ley judía y la sociedad comienzan a tratarlo con más exigencia de responsabilidad. Si durante la infancia ha aprendido la ley de su pueblo, ahora debe cumplirla según la responsabilidad de que es capaz. Por eso lo vemos en el templo cumpliendo junto a sus padres con el culto a Yavé.
Sin embargo, lo sorprendente es su conducta posterior, ya que abandona a sus padres para quedarse en el templo con los doctores de la ley, consciente de que ya es hora de que comience a ocuparse de lo que será su gran responsabilidad de adulto: las cosas de su Padre.
Como contrapartida, el Evangelio apunta la angustia con que sus padres lo buscan, como asimismo la sorpresa ante una conducta y una respuesta a las que ciertamente no estaban acostumbrados. Y la incomprensión: a pesar de las explicaciones de Jesús, ellos no comprenden lo sucedido...
Pero todo termina bien: el niño se somete a la autoridad paterna, mientras la madre seguía reflexionando acerca de cuanto había vivido, a la espera de que el tiempo le revelara el sentido de lo visto y oído.
Pero el niño, bajo la autoridad y educación paternas, no cesa en su crecimiento. Tiene que transformarse en un hombre íntegro "en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres", como dice Lucas.
Sin forzar los textos, podemos encontrar en ellos una página casi prototípica del segundo gran nacimiento de toda persona: el acceso a la adolescencia y con ella la entrada en la vida adulta. Y si el primer nacimiento no se suele hacer sin temor y sin ciertos traumas y angustias, lo mismo sucede cuando el hasta ayer niño se transforma en un adolescente, cuya conducta deja sorprendidos a los padres, que no atinan a encontrar el modo para restablecer una relación que debe ser nueva en muchísimos aspectos, y siempre y en todo caso de un nivel distinto al de la infancia.
Este segundo gran nacimiento se realiza a través de varios años, largos y tensos, hasta que el hombre se desprende finalmente de la tutela familiar y asume su responsabilidad de cara a sí mismo y a la sociedad, aun con independencia de los criterios familiares, tal como sucedió con el mismo Jesús, que aun durante su predicación y vida pública tuvo que enfrentarse con sus familiares, e incluso con su madre, que no aprobaban del todo su comportamiento. Sobre este aspecto tan humano de la vida de Jesús, los evangelistas dan abundantes testimonios.
Tratemos ahora de interpretar con un poco más de detenimiento lo que implica esta importante etapa en el nacimiento del hombre como alguien autónomo y responsable.
2. Perder al niño...
A lo largo de toda la vida, los padres mantienen un constante vínculo con sus hijos, pero este vínculo no siempre es el mismo y sufre diversas modificaciones que deben ser asumidas tanto por los hijos como por los padres.
Así, por ejemplo, la primera etapa comprende el embarazo de la madre, el nacimiento y los primeros meses de vida del bebé. Durante este período el nuevo ser humano depende totalmente de su madre, siendo el cordón umbilical y el pecho materno los signos más evidentes de esta dependencia, total y necesaria al mismo tiempo. El niño y la madre conforman una unidad tal que no podemos hablar de «yo» del niño, pues todo él se halla fundido en el yo de la madre.
Así, pues, la dependencia de los hijos y la protección de los padres son las características de una relación que se prolonga a lo largo de los años de la infancia.
Pero, a medida que el niño crece, su yo se va afirmando más y más, va siendo consciente de su cuerpo, de sus padres y hermanos y de la realidad exterior; diferencia sus afectos, acepta ciertas normas de convivencia y, sobre todo, va descubriendo la vida mediante un difícil aprendizaje. La escuela y la educación en general amplían la acción de los padres y amplían también el espectro de relaciones del niño, su nivel de responsabilidades, su socialización, etc.
En un prolongado decenio, padres e hijos desarrollan un modo de relación que mantiene un equilibrio entre el progresivo crecimiento de los hijos y el afán de los padres de proyectar en ellos su enfoque de la vida y su sistema de valores.
En esta etapa los padres han elegido por los hijos, han establecido las normas de su conducta y, en gran medida, se han hecho cargo de ellos aconsejándoles lo que consideraban lo mejor para ellos.
Pero al llegar a la adolescencia, a este segundo gran nacimiento, se producen importantes cambios que rompen el equilibrio logrado arduamente durante la etapa anterior.
En la adolescencia -y el evangelio de hoy es vivo testimonio de ello- la búsqueda de la propia identidad se constituye como el objetivo principal. Frente a los muchos cambios biológicos, sobre todo en el desarrollo físico y en el despertar de la sexualidad, el adolescente se encuentra con la tarea de reconstruir su mundo interno, tan distinto al de la infancia, reelaborando al mismo tiempo los lazos que lo unen a sus mayores, particularmente a sus padres.
Todos conocemos en líneas generales lo que implican los cambios en el adolescente y también lo que implica para los padres asumir un nuevo esquema de relación con él, esquema tendente, esta vez, no a afirmar la dependencia y la protección, sino precisamente a afirmar la autonomía del adolescente y la capacidad de valerse por sí mismo.
En esta búsqueda de su identidad, el adolescente, verdadero solitario en un desierto ardiente, camina hacia el logro de su madurez adulta, hacia su inserción en la sociedad, hacia la asunción de nuevas funciones y comportamientos, conforme a ciertos ideales que constituyen el motor de sus actos.
Nunca como en este período la palabra «crecer» adquiere una dimensión tan real y tan trascendente. Es un crecimiento que provoca un verdadero salto en su vida: deja de ser niño y se hace adulto. Cambia su modo de pensar, sus afectos, sus sentimientos; aparece la relación heterosexual, se desarrollan los ideales políticos y sociales, pone en tela de juicio todo lo recibido por sus mayores, entra en crisis su religiosidad, y, en fin, comienza a tocar con las manos lo que tantas veces había soñado como algo muy lejano: ser un hombre adulto, ser una mujer adulta.
Pero este nacimiento no es idílico: el paso del útero infantil al mundo adulto es mucho más oscuro que el seno de su madre porque, entre otras cosas, ahora los padres no parecen tan dispuestos a que se produzca un nuevo nacimiento. Consciente e inconscientemente sabotean el proceso autonómico del adolescente, como no resignándose a «perder» al niño que ahora quiere ser adulto.
Como en el primer nacimiento, también ahora el nacer implica por parte de la madre la pérdida de algo que hasta ahora tenía casi como cosa y parte suya. Los padres, acostumbrados a pensar y decidir por los hijos, no parecen avenirse a la idea de que éstos piensen y decidan por si mismos. Así estalla un conflicto en el cual ambos contendientes, padres e hijos, se suelen acusar mutuamente de incomprensión, sufriendo su propia angustia: los padres, que pierden a sus hijos-niños, y los hijos, hijos que den a los padres de su infancia y que pierden su cuerpo infantil con su estabilidad y sus privilegios.
No es éste el momento para extendernos más largamente en todo lo que constituye la crisis de la adolescencia, crisis que, como todo nacimiento, implica un cambio tanto en los hijos como en los padres.
El evangelio de hoy -con esa sabiduría simple de los hombres sencillos y honestos- nos hace descubrir toda la angustia que implica este paso decisivo, pero también cómo una actitud nueva por parte de padres e hijos puede revertir en provecho para todos.
Los padres deben replantearse su esquema de relación con los hijos; deben comprender que se produce un cambio fundamental e irreversible, marcado por la misma naturaleza y dirigido a lograr el objetivo para el cual se traen hijos al mundo: para ayudarlos a crecer hasta la plenitud no sólo física, sino psíquica, espiritual, social, etcétera.
Tal cambio del sistema de relaciones no se puede hacer sin una actitud humilde de revisar muchos puntos de vista; de comenzar a escuchar seriamente a los hijos, no sólo para responderles con un consejo oportuno, sino también para aprender de ellos eso «nuevo» que está inserto en su nacimiento.
Los adolescentes y los jóvenes nos recuerdan a todos los adultos que la vida no se detiene ni puede ser contenida en moldes preconcebidos. Escuchándolos, los adultos podemos rejuvenecer nuestra propia vida, airear nuestra mentalidad, revisar nuestro sistema de valores, transformando esta angustiante experiencia en un auténtico renacimiento para nosotros mismos.
Los hijos adolescentes nos obligan a regresar al desierto cuando ya nos creíamos cómodamente instalados; los instrumentos de la infancia ya no nos sirven y debemos comenzar a aprender muchas cosas como si la experiencia anterior tuviera validez sólo para una etapa ya superada.
Quizá sea por esto, por el esfuerzo que nos implica este renacer de nuevo como padres de adolescentes, por lo que solemos resistir con tantos argumentos y con tanta contumacia al progresivo avance de los hijos hacia una mayor autonomía y responsabilidad.
Entretanto, los hijos, adolescentes y jóvenes, deben aprender a crecer en su autonomía, pero sin cortar violentamente sus lazos familiares, procurando también ellos comprender lo arduo que les resulta a sus padres aceptar una situación que los coge de improviso. Los duros enfrentamientos desgastan las energías, energías necesarias para superar crisis naturales y dificultades nuevas que se presentan todos los días.
Quizá la actitud de María de «conservar todo en el corazón» sea la más apta tanto para los padres como para sus hijos. No siempre comprenderemos en el acto todo lo que nos está sucediendo, no siempre podremos aceptar una idea o un gesto al que no estamos acostumbrados... pero no caigamos en la tentación de desechar sin más lo que por el momento no comprendemos. Guardemos en el corazón todo eso nuevo, que también necesita su tiempo de maduración. Saber reflexionar y esperar, controlando nuestras ansiedades, es, en definitiva, aprender a nacer; a nacer cada día en ese proceso dialéctico de perder un pasado para recuperarlo, transformado, en un futuro.
El adolescente Jesús sorprendió a sus padres con aquella respuesta en que aludió a los proyectos de su Padre celestial, proyectos en los cuales él ya comenzaba a interesarse porque estaba dejando de ser niño.
Este puede ser el mejor mensaje de este domingo:
Dios llama a cada hombre para cumplir una determinada misión.
Ningún hombre, ni siquiera los padres, tiene derecho a imponer al joven el camino por el que debe andar. Si Ios niños deben vivir bajo la tienda de sus padres durante la infancia, desde la adolescencia les corresponde comenzar a caminar bajo el sol, buscando la huella, aún confusa, que los conducirá al cumplimiento de sus ideales. Superproteger a los hijos a esa edad o imponerles autoritariamente nuestros criterios es un acto de sabotaje: a Dios y a los hijos.
Aprender a «perder al niño» -como José y María perdieron a Jesús en el templo- es el sacrificio de los padres para que tanto ellos como sus hijos puedan nacer a una forma más madura de vivir.
CARITAS
"CRECIENDO" "El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría... Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres" (Lc 2, 52).
Jesús se sometió a las leyes humanas del crecimiento y desarrollo, dentro del ambiente cálido y estimulante de la familia. Jesús no fue un supermán o un supersabio, o un supersanto, desde el principio. Jesús no lo podía todo, ni lo sabía todo, ni lo vencía todo, desde el principio. Experimentó un progreso en todas las dimensiones del ser. Fue descubriendo progresivamente no sólo el mundo, su propia personalidad, su verdadera identidad y misión. Jesús fue experimentando progresivamente a Dios como Plenitud, como Padre, como Unidad. ¡Quién pudiera ahondar en todo este proceso último de desarrollo de Jesús "ante el Padre"! Y también ante sus padres que, o se emocionaban, o no acababan de entender cantidad de cosas que ellos "admirados, guardaban en su corazón".
Crecimiento personal
Ser, amar, adorar
Podríamos aplicar a Jesús el esquema de Teilhard de Chardin sobre el crecimiento de las personas. Señala tres fases: la del ser, la del amar, la del adorar.
Primero la persona quiere ser y realizarse a sí misma; quiere, por lo tanto, distinguirse de los otros, autoafirmarse e independizarse. Es el adolescente que se descubre a sí mismo y quiere ser él mismo.
Después, el amar. La persona se descentra de sí y pone su centro en el otro, en el que sueña, por el que vive, por el que es capaz de entregarse y sacrificarse. Quiere estar más en el otro que en sí misma.
Por fin, el adorar. Cuando las dos personas que se aman se unen para conseguir un ideal superior; cuando más que poseer el amor se sienten poseídas por el Amor; cuando ponen sus ojos y su vida en algo o Alguien que les transciende; cuando se dejan quemar por un fuego transformante -algo así como la cera, que de verdad adora a la llama-. Naturalmente, que estos tres tiempos muchas veces se integran y se viven simultáneamente. Pero también se pueden distinguir.
Identidad
Pensando en Jesús, hay en su vida momentos en que trata de defender su identidad: cuando se queda en el Templo y se autoafirma ante sus padres, o cuando se distingue de sus padres y hermanos (Mc 3, 34-35), o cuando defiende su verdadera misión, rechazando tentaciones y alternativas, o cuando la acepta a pesar de todo, o cuando se experimenta lúcidamente como Hijo y Siervo, sea en el Bautismo, sea en el Tabor.
El tiempo del amor aparece enseguida al contacto con los pobres, enfermos y pecadores. Empieza a ver en ellos la razón de su destino. Y su amor va creciendo hasta el fin, en la cena o en la cruz. Jesús llegará a ser el hombre totalmente descentrado, "el que pone en el centro el tú del otro", el hombre-para-los-demás.
Y el tiempo del adorar: cuando empieza a quemarse en un holocausto perenne ofrecido al Padre; cuando se une a los suyos, como Vid o Cabeza, para dar gloria al Padre; cuando se entrega definitivamente y pone su Espíritu en manos del Padre. Y cuando derrama este mismo Espíritu sobre los suyos, para que éstos sigan viviendo en verdadera adoración. Sí, en Jesús todo va unido. En nadie como en Jesús se identifica el ser- amar-adorar. Su ser es amar, su amor es alabanza y adoración permanentes. Pero también en Jesús conviene distinguir aspectos y momentos. Jesús crecía de verdad.
¿Crecemos?
La pregunta es: ¿y por qué no crecemos también nosotros? Medimos nuestra vida por los años, por la vitalidad del cuerpo o la experiencia acumulada.
¿Por qué no la medimos por el afianzamiento de nuestra creación, por el progreso en el amor, por el crecimiento en la adoración? Importa la cantidad de vida, pero también, y mucho más, la calidad.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
¿Qué otro concepto puede aglutinar los textos de este domingo sino el de la familia? Se habla de la familia de Dios: Dios Padre, el Hijo de Dios, y los hombres hechos hijos de Dios por la fe (segunda lectura, evangelio). En la primera lectura y en el evangelio se mencionan dos familias, entre las que parece darse un cierto paralelismo, con algunas semejanzas y con muchas diferencias. Son la familia de Ana y la de María. A ambas mujeres Dios les concedió un hijo de un modo singular: el profeta Samuel a Ana, Jesús de Nazaret a María.
Mensaje doctrinal
1. La familia de Dios. Cuando hablamos de la familia de Dios, no podemos hacerlo sino de modo analógico. En Dios, por ejemplo, no existe la sexualidad, y por eso no hay un padre por un lado y una madre por otro. Tampoco existe en Dios la multiplicidad de naturaleza, consiguientemente una misma y única naturaleza es participada por el Padre y por el Hijo. Con todo, la revelación nos habla de Dios como Padre, de Jesucristo como Hijo natural de Dios y de los cristianos como hijos adoptivos de Dios. Los rasgos más hermosos y plenos del padre y de la madre: su amor generoso, desinteresado, su capacidad de donación, su fecundidad, su dedicación a los hijos, su deseo ardiente de que crezcan sanos y sean felices, éstos y otros rasgos se hallan en Dios de modo eminente. Igualmente brillan en el Hijo de Dios el cariño y la obediencia filial, el agradecimiento, el querer y buscar lo que le agrada al Padre, la intimidad y la absoluta confianza con el Padre. El cristiano es hijo en el Hijo, y por ello, el Padre sólo reconoce como hijos aquellos que han encarnado los mismos rasgos filiales de Jesucristo, su Hijo. San Juan ante esta realidad de la familia divina exclama, como extasiado: "Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!" (Segunda lectura). Y en el evangelio, Jesús, al ser encontrado en el templo después de tres largos días de búsqueda por parte de sus padres, les dice: "¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?". Es importante elevarse hasta la familia de Dios porque, en cierta manera, es el arquetipo de la familia humana.
2. La familia de Ana y María. ¡Dos familias de las que nos habla la Biblia! Una, la de Ana, pertenece al Antiguo Testamento, la otra, la de María al Nuevo. Ambas familias: Elcaná y Ana, José y María, eran justos a los ojos de Dios. Ana estaba casada y no podía tener hijos por ser estéril, María estaba prometida a José y era virgen. Ana pide a Yahvéh que le conceda un hijo, María le pide que se haga en todo su voluntad. Dios escucha la oración de Ana, haciendo fecundo su seno; Dios cumple su voluntad con María, haciéndola madre sin dejar de ser virgen. Samuel, hijo de Ana, ocupa un puesto relevante en la historia de la salvación; Jesús, hijo de María, ocupa su vértice y su plenitud. Elcaná es el padre natural de Samuel, José es sólo el padre legal de Jesús. Samuel, a los tres años, fue llevado al santuario de Silo, ante Yahvéh y consagrado a él para toda la vida. Jesús fue consagrado a Yahvéh a los cuarenta días de su nacimiento, y vivió treinta años con sus padres en Nazaret. Samuel vivió al servicio de Yahvéh en el santuario; Jesús, a los doce años, se quedó en el templo sin saberlo sus padres, dejó estupefactos a los maestros por su inteligencia y sus respuestas, y a María y José les respondió con una pregunta enigmática: "¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que debía ocuparme de las cosas de mi Padre?" De la relación de Samuel con sus padres el libro sagrado no nos dice nada más; Jesús, sin embargo, vivió en Nazaret con sus padres hasta los treinta años, en actitud de obediencia filial. En los dos casos, se pone en evidencia un elemento común: Tanto en la familia de Ana como en la de María Dios cuenta y se cuenta con Dios. Las condiciones culturales y sociológicas de la familia pueden cambiar enormemente, pero el que Dios cuente y el que se cuente con Dios constituye un aspecto esencial de toda familia, en cualquier condición cultural, política o sociológica.
Sugerencias pastorales
1. Ser y hacer familia. Ante todo, ser familia. Y esto quiere decir un padre, una madre y al menos un hijo, pero si más, mejor. Pongo por delante mi respeto a todo ser humano, en cualquier estado o condición, pero a la vez pienso que hay que ser claros y llamar las cosas por su nombre. Por ello, opino que una mujer sola con un niño, no ES familia, como tampoco, aunque los casos hoy por hoy sean raros, un varón solo con un niño. Opino que dos lesbianas con un niño no SON familia, como tampoco lo son dos homosexuales con un niño. En estos casos, la mayoría de las veces, si no todas, ni Dios cuenta ni se cuenta con Dios.
En segundo lugar, siendo familia, hacer familia. Es decir, construir día tras día, ladrillo tras ladrillo, el edificio familiar. La familia se construye con la colaboración de todos sus miembros, y cumpliendo cada uno sus propias funciones de padre, madre e hijos. Si las funciones o roles se trasponen o tergiversan, no se construye la familia. Por ejemplo, si los padres son los que obedecen los caprichos del hijo o de los hijos, o si los hijos sufren no pocas veces los caprichos de los padres (divorcio, una amante...). El edificio de la familia no se acaba nunca de construir, es una tarea de toda la vida. Es una tarea que exige el sacrificio de unos y otros (esposos, padres, hijos) para hacerse mutuamente todos felices.
2. ¡Salvad la familia! Que la familia está siendo atacada por muchas partes, resulta algo obvio. Que hasta ahora la institución familiar, aunque muchos hayan caído en la batalla, ha resistido bien los ataques, también es verdad. Parece cada vez más claro a politólogos, sociólogos, y a hombres de los medios, que la voz unánime de la Iglesia católica, desde siempre, pero más intensa a partir del siglo XX, de salvar la familia para salvar la sociedad y al hombre, es una voz profética y llena de sabiduría, que hay que escuchar. a punto de finalizar el jubileo de la Encarnación del Verbo, la Iglesia y todos los hombres rectos y justos, tienen que elevar su voz muy alto para gritar: "¡Salvemos la familia!". Hay que salvarla del lenguaje equívoco que por todas partes la acecha. Hay que salvarla de todos los virus que la destruyen: divorcio, infidelidad, mentalidad hedonista, individualismo egoísta. Hay que salvarla promoviendo el sentido de familia, valorando la riqueza humana y espiritual de la familia. Hay que salvarla formando a los jóvenes en el amor, en la responsabilidad, en la entrega y capacidad de donación. Hay que salvarla, ofreciendo diversos modelos de auténtica familia. Nadie se excluya. Cada uno tiene su parte en esta gran tarea de salvar la familia.
P. Eduardo Martínez Abad, escolapio
Ya nos hemos puesto a andar todos los cristianos del mundo desde la Navidad para recorrer este camino, donde la primera etapa es el conocer más y mejor para vivirlo en profundidad, este primer y gran misterio de salvación, que es la ENCARNACIÓN del HIJO de DIOS, a que llamamos JESUCRISTO, HIJO de MARÍA Y OBRA del ESPÍRITU SANTO.
Este Dios encarnado nos va invadiendo poco a poco a cada uno de nosotros, si le abrimos nuestra vida, nuestro ser, para ir purificando y limpiando todos esos recovecos de nuestro espíritu y hacernos humanos, como Dios nos creó. Y así, mientras ÉL se humaniza en la carne limpia de un NIÑO, después en la nuestra, ya purificada, a nosotros nos va divinizando.
Que este ha sido siempre el deseo del hombre: ser como dioses, porque intuimos nuestra grandeza, aunque no la conozcamos, y sentimos, en el inconsciente religioso, esa tendencia hacia lo divino. Y lo realizamos por la vía del pecado, por el camino de la rebelión, como simbólicamente nos lo narra el Génesis con el relato de Adán, con su autosuficiencia de querer saber tanto o más que Dios. Pero también esa tendencia hacia lo divino lo podemos llevar a cabo por el camino acertado de la humildad y de la obediencia, que es escuchar a Dios y seguir su Palabra. Esa es la dinámica de este misterio.
Por eso a medida que vamos siendo mayores, vamos descubriendo que somos cada vez mejores que cuando teníamos menos años. En los ancianos vemos más nobleza, más indulgencia y tolerancia, más señorío, más santidad. Qué raro es que digamos, de una muchacha de 20 años, en nuestras conversaciones ordinarias: es una santa. En cambio, de una anciana de 70 o más años, fácilmente decimos: es o era una santa, ¿no es verdad?
Que seamos más conscientes y responsables para recorrer esta primera etapa de este año litúrgico, que nos llevará hasta acabar prácticamente el año 2004. Que lo caminemos con más fe, más esperanza de vivir mejor este misterio de la ENCARNACIÓN y que lo vayamos realizando día a día con más caridad, que es amor a Dios y al prójimo, a fondo perdido.
Hoy, en medio de este octavario, que lo comenzamos el día de Navidad, 25 de diciembre, y que finalizará el día 1 de enero, con la fiesta de la MATERNIDAD DIVINA DE MARÍA, hoy, pues, se nos presenta esta estampa de la FAMILIA de JESUCRISTO, CON MARÍA y JOSÉ.
La familia natural ha sido hecha y estructurada por Dios y su fuente u origen es el matrimonio de un hombre con una mujer. “Dejará el hombre a su padre y a su madre, que son amores naturales muy fuertes en el ser humano, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, es decir una sola vida: el mismo sentir, el mismo pensar, el mismo querer y el mismo obrar. La familia así estructurada, es a lo que tiende todo el mundo, como lo habéis hecho todos los que estáis casados.
¿Sabéis por qué? Porque Dios, en su estructura íntima, no es un ser solitario, sino que es un ser comunitario, Dios es también familia de tres personas: el PADRE, el HIJO, engendrado por el Padre y la plenitud del AMOR de DIOS, que le llamamos ESPIRITU SANTO. Si Dios es Familia, al hacernos, al crearnos, al realizarnos, “al pintarnos”, como el mejor artista y pintor del mundo nos dejó su impronta, su sello de “familia”. Y sentimos todos esta tendencia a la familia y si no la tenemos la formamos, como esas pobres gentes sin familia, que han intentado formar familia en tantas parroquias del mundo, cenando juntos en la Nochebuena.
Esta estructura familial, de un hombre y una mujer, que se da de tal modo y manera que forman una sola vida, es imprescindible para la formación integral del niño, del bebé, del infante para que madure y se desarrolle en él la humanidad equilibrada por lo masculino y lo femenino, pues el mismo niño es al cincuenta por ciento masculino y femenino. Así emerja en él la persona humana. Necesita los dos modelos de referencia: el del padre, el hombre y el de la madre o mujer.
Las demás soluciones de modelos de unión de pareja, sin compromiso responsable entre ellos mismos y la sociedad no se pueden equiparar a esta estructura natural y fundamental, que forman una sola vida y bueno sería las designasen tales uniones con otro nombre para evitar confusiones, para que todo el mundo sepa dónde se encuentra en la sociedad y qué está haciendo con su vida. Vamos, que no haya equívocos. Este tipo de familia, esta estructura familial es imprescindible para formar personas maduras
Pero dicho lo cual, también nosotros y con nosotros los países, sobre todo del área latina (Francia, Italia, Portugal, algún otro país mediterráneo y los de América latina) debemos tener en cuenta que hemos hecho de la estructura de la familia un absoluto y es solo una mediación, para que yo llegue a ser persona. La familia es como un nido, donde yo me formo, pero el nido, nuca es una cárcel para los poyuelos; cuando son maduros, lo dejan.
El peligro en toda el área de estos países y de otros similares por la afectividad y sentimientos, es caer en la tentación de una cierta complacencia sentimental y afectiva, de que nuestra manera de concebir y vivir la familia es la mejor, y la única verdadera. Y así los padres intentan que alguna de las hijas se quede soltera para que sea su criada de por vida, todo hecho con mucho cariño, pero desgraciando la vida de la hija. Y también se da el caso de algún hijo que nunca se casará, porque como dicen los psicólogos, la madre le ha castrado afectivamente, y siempre permanece niño al lado de su querida madre, que lo trata como un niño y no como un adulto.
Los países que tienen una concepción menos sentimental y menos afectiva de la familia, una idea más abierta y madura, que tratan a los hijos, una vez criados y educados, como adultos, libres e independientes, son países más desarrollados en el campo de las relaciones sociales, políticas, religiosas y económicas. La estructura de patriarcado y de tribu la han superado
Jesús nos ayuda a tener esta visión amplia de la familia. En el templo anuncia ya a su madre que el hogar y su familia no pueden ser una cárcel, que los lazos biológicos de maternidad son muy importantes en la primera etapa de la vida, pero que son solo una mediación, no algo absolutos. A la pregunta de María a su hijo: ¿por qué has hecho esto con nosotros, tu padre y yo te hemos buscado angustiados? Jesús les responde, no con frialdad y menos con dureza o desprecio, sino llenando de una luz intensa, que deslumbra, el horizonte de sus padres, y que no lo llegaron, en ese momento, a comprender por tanta claridad y luminosidad de su respuesta. Lo guardaron en su corazón para llegar a comprenderlo más tarde. Les contestó: ¿Por qué me buscabais? ¿No sabéis que yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre?
En otra ocasión le dirán, cuando estaba rodeado de un gran gentío, y que era difícil llegar hasta él: Tu madre y familiares está ahí fuera y quieren verte. La repuesta es categórica: ¿Mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos no son los que se relacionan conmigo por lazos de carne y sangre, por funciones biológicas, sino son mi madre y mis hermanos, son mi familia, todos aquellos que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica
Si María es grande y es un ser excepcional no es tanto por ser la madre biológica de Jesús, como cualquier otra madre, sino por ser la primera en haber escuchado la Palabra de Dios por el ángel, que le trajo su mensaje, y haber cumplido hasta el fin esa palabra, esa voluntad de Dios; por esto es grande, por esto es Madre de Dios, porque ha engendrado lo divino y se ha divinizado, cumpliendo su palabra: Aquí está la esclava del Señor. Que se haga en mí según tu palabra.
Hoy en la primera lectura del Eclesiástico 3, 2-6. 12-14 y en la segunda lectura de Colosenses 3, 12-21, nos han dado las pautas y los comportamientos que debemos desarrollar en nosotros para FORMAR, MANTENER y VIVIR la maravilla de lo que simbólicamente entendemos por cielo, ya aquí en la tierra: LA FAMILIA.
Y que esta Eucaristía que vamos a celebrar nos dé el impulso para nuestras familias sean como la familia de Jesús: LA SAGRADA FAMILIA.
AMEN
O R A C I Ó N
Hoy, Señor, te damos gracias por nuestra familia.
Gracias, Señor, por nuestros padres:
siendo jóvenes quisieron complicarse la vida
y me trajeron al mundo.
Me han colmado de amor
y me han enseñado a amar;
Han llenado mi vida de besos,
de caricias, de cuidados, de regalos...
Y me acompañan dando seguridad a mis años.
Gracias, Señor, por los padres de mis padres, mis abuelos.
Su cariño, su ternura y su paciencia,
sus consejos y relatos
son la mejor reserva de felicidad.
Gracias, Señor, por nuestros hijos,
que son tuyos, pues son tu bendición a nuestro amor.
Haz que crezcan sanos,
que aprendan y que jueguen y sean felices.
Ellos son la ilusión de nuestra vida, nuestro gozo.
Gracias por los tíos y primos y parientes:
todos nos hacen sentir unidos,
acompañados, arraigados y seguros.
Ayúdanos, Señor,
a crecer en el amor y repartirlo,
a crecer en experiencia y compartirla.
Conserva nuestras familias unidas en el amor,
para que entre todas
construyamos el mundo sobre la solidaridad.
Amén.
MISAL NAVIDAD
LA SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA y JOSÉ
Fiesta
Antífona de entrada Cf. Lc 2, 16
Los pastores fueron rápidamente
y encontraron a María, a José y al recién nacido acostado en el pesebre.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Dios y Padre nuestro, que en la Sagrada Familia
nos ofreces un verdadero modelo de vida,
concédenos que, imitando en nuestros hogares las mismas virtudes
y unidos por el amor,
podamos llegar, todos juntos,
a gozar de los premios eternos en la casa del cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Cuando esta fiesta se celebra en domingo, se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Te ofrecemos, Padre,
el sacrificio de la reconciliación
y, por la intercesión de la Virgen María y de san José,
te pedimos que edifiques a nuestras familias
sobre el fundamento de tu gracia y de tu paz.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO DE NAVIDAD III
EL INTERCAMBIO EN LA ENCARNACIÓN DEL VERBO
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno
por Cristo, Señor nuestro.
Por él hoy resplandece ante el mundo
el maravilloso intercambio de nuestra salvación;
pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición
no solamente dignificó nuestra naturaleza para siempre,
sino que por esta unión admirable
nos hizo partícipes de su eternidad.
Por eso, unidos a los coros de los ángeles,
te alabamos llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo es el Señor,
Antífona de comunión Cf. Bar 3, 38
Nuestro Dios apareció en la tierra y vivió entre los hombres.
Oración después de la comunión
Padre bueno, alimentados con estos divinos sacramentos,
concédenos imitar constantemente
los ejemplos de la Sagrada Familia,
para que, después de las pruebas de esta vida,
podamos gozar siempre de su compañía en el cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Navidad
El Dios de infinita bondad
que por la encarnación de su Hijo disipó las tinieblas del mundo
y por su glorioso nacimiento
iluminó esta Santísima noche (este santísimo día)
disipe las tinieblas del pecado
e ilumine sus corazones con el esplendor de las virtudes.
R. Amén.
Él, que por medio del ángel quiso anunciar a los pastores
la gran alegría del nacimiento del Salvador,
llene de gozo sus corazones
y los haga mensajeros de su Evangelio.
R. Amén.
Él, que por la encarnación de su Hijo
unió la tierra con el cielo,
les conceda la abundancia de su paz y de su amor,
y los haga partícipes de la Iglesia celestial.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes y permanezca para siempre
R. Amén.
LECCIONARIO FESTIVO
LA SAGRADA FAMILIA
DE JESUS, MARIA Y JOSE
Samuel, para toda su vida, queda cedido al Señor
Lectura del primer libro de Samuel 1, 20-22. 24-28
En aquellos días, Ana concibió, y a su debido tiempo dio a luz un hijo, al que puso el nombre de Samuel, diciendo: «Se lo he pedido al Señor.»
El marido, Elcaná, subió con toda su familia para ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto. Pero Ana no subió, porque dijo a su marido: «No iré hasta que el niño deje de mamar. Entonces lo llevaré, y él se presentará delante del Señor y se quedará allí para siempre».
Cuando el niño dejó de mamar, lo subió con ella, llevando además un novillo de tres años, una medida de harina y un odre de vino, y lo condujo a la Casa del Señor en Silo. El niño era aún muy pequeño. Y después de inmolar el novillo, se lo llevaron a Elí.
Ella dijo: «Perdón, señor mío, ípor tu vida, señor!, yo soy aquella mujer que estuvo aquí junto a ti, para orar al Señor. Era este niño lo que yo suplicaba al Señor, y Él me concedió lo que le pedía. Ahora yo, a mi vez, se lo cedo a Él: para toda su vida queda cedido al Señor».
Después se postraron delante del Señor.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 83, 2-3. 5-6. 9-10
R. ¡Señor, felices los que habitan en tu Casa!
¡Qué amable es tu Morada, Señor del Universo!
Mi alma se consume de deseos por los atrios del Señor;
mi corazón y mi carne claman ansiosos
por el Dios viviente. R.
¡Felices los que habitan en tu Casa
y te alaban sin cesar!
¡Felices los que encuentran su fuerza en ti,
al emprender la peregrinación! R.
Señor del universo, oye mi plegaria,
escucha, Dios de Jacob;
protege, Dios, a nuestro Escudo
y mira el rostro de tu Ungido. R.
Nos llamamos y somos hijos de Dios
Lectura de la primera carta de san Juan 3, 1-2. 21-24
Queridos hermanos:
¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
y nosotros lo somos realmente.
Si el mundo no nos reconoce,
es porque no lo ha reconocido a él.
Queridos míos, desde ahora somos hijos de Dios,
y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
Sabemos que cuando se manifieste,
seremos semejantes a Él,
porque lo veremos tal cual es.
Queridos míos,
si nuestro corazón no nos hace ningún reproche,
podemos acercarnos a Dios con plena confianza,
y Él nos concederá
todo cuanto le pidamos,
porque cumplimos sus mandamientos
y hacemos lo que le agrada.
Su mandamiento es éste:
que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo,
y nos amemos los unos a los otros como Él nos ordenó.
El que cumple sus mandamientos
permanece en Dios,
y Dios permanece en él;
y sabemos que Él permanece en nosotros,
por el Espíritu que nos ha dado.
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. Hech. 16, 14b
Aleluia.
Señor, toca nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo.
Aleluia.
EVANGELIO
Jesús entre los doctores de la Ley es hallado por sus padres
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 2, 41-52
Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de Él.
Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía.
Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.
Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.
Palabra del Señor.
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