Domingo Inmaculada Concepción de la B. Virgen María
Liturgia Viva de La Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Dios nos llama en Cristo
a ser santos e intachables;
y, como María, a vivir en la presencia de Dios.
Que ojalá sepan ustedes responder al llamado de Dios
y que nuestro Señor esté siempre con ustedes.
R/ Y con tu Espíritu.
EL PARAÍSO, RESTAURADO EN MARÍA
Introducción por el Celebrante
María guía en el camino a todos los que caminan hacia el Señor. Hoy la Iglesia aplica a María, la virgen concebida sin pecado, las palabras del profeta: “Me regocijo de alegría en el Señor, mi alma se alegra en mi Dios”. ¿Por qué esta alegría? Porque María es como el jardín de la humanidad donde Dios hace brotar la buena semilla. Porque ella es la sierva del Señor y la imagen de lo que la Iglesia habría de ser. Dios es fiel a sus promesas y, por medio de María, nos dio a nuestro Salvador. María es, entre todos los hombres y mujeres de la humanidad, la primera y la única que fue preservada del pecado. Ella es el paraíso restaurado donde Dios y el pueblo se encuentran mutuamente.
Acto Penitencial
No estamos nosotros libres de pecado,
y compartimos la responsabilidad por el pecado en el mundo.
Busquemos el perdón de Dios
y pidamos para que nosotros también participemos
de la gracia y de la bondad del mismo Dios.
(Pausa)
Dios nos ama con tanto amor
que fue generoso con nosotros en su misericordia:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cuando estábamos muertos por el pecado,
nos restauró a la vida por medio de Jesucristo, hijo de María.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
La gracia de Dios, su amor, nos ha salvado
y resucitado a una vida nueva con Cristo.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Ten misericordia de nosotros, Señor,
destruye el poder del mal en nosotros
y guarda tus promesas.
Haznos tus hijos, hijos de la luz,
y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que, con y como María,
podamos vencer al mal.
(Pausa)
Oh Dios y Padre nuestro:
Te damos gracias por haber escogido a María
como Madre de tu Hijo,
y por preservarla de todo pecado
desde el primer momento de su vida.
Que este signo de tu amor sin límites
nos dé fuerza y esperanza
para vencer al mal en todas sus formas.
Que sepamos responder a tu cariñosa bondad
con la misma ilusión de María,
por el poder de la gracia conseguida para nosotros
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura: La Promesa de Victoria sobre el Pecado (Gen 3,9-15.20)
Dios condena el poder del mal simbolizado en la serpiente. Promete que las fuerzas del bien, activas también en la humanidad y en el mundo, vencerán al pecado.
Segunda Lectura: Llamados a Ser Hijos de Dios (Ef 1,3-6. 11-12)
Antes de todos los tiempos, fuimos destinados para llegar a ser hijos de Dios, su pueblo santo, por medio de la salvación de Cristo.
Evangelio: El principio del Cumplimiento (Lc 1,26-38)
Como la “Favorecida de Dios”, María es el modelo profético de los que vencen al mal. Con ella comienza el cumplimiento de las promesas de Dios. Con ella, los que son uno con Cristo, aprenderán a decir “Sí” al Plan de Dios.
Oración de los Fieles
Demos gracias a Dios nuestro Padre por darnos a su amado Hijo Jesús por medio de la Bienaventurada Virgen María. Pidamos que la obra de salvación iniciada y bien visible en María continúe en nosotros, por medio de Jesús. Y así pedimos:
R/ Señor, quédate con nosotros por medio de tu Hijo.
Por la Iglesia de Jesucristo, para que sea el signo para todo el mundo de que Dios quiere estar cerca de su pueblo, roguemos al Señor.
R/ Señor, quédate con nosotros por medio de tu Hijo.
Por nuestro mundo, que está en urgente necesidad de paz, para que la gente pueda entenderse y amarse mutuamente, y que nosotros nos veamos libres de guerra y de toda clase de violencia, de desastres naturales, del hambre y del pecado, roguemos al Señor.
R/ Señor, quédate con nosotros por medio de tu Hijo.
Por nuestras familias cristianas, para que estén unidas en el Señor; por nuestros jóvenes, para que nosotros les ofrezcamos un futuro en el que creer; por los niños huérfanos y abandonados, para que sepamos darles amor, cariño y seguridad, roguemos al Señor.
R/ Señor, quédate con nosotros por medio de tu Hijo.
Por nuestras comunidades cristianas, para que sean centros de alegría y esperanza, y protectoras de toda vida; para que su fe y espíritu de servicio dé testimonio de la presencia de Cristo, roguemos al Señor.
R/ Señor, quédate con nosotros por medio de tu Hijo.
Oh, Dios y Padre nuestro, María no guardó egoístamente su Hijo solamente para sí misma, sino que lo dio al mundo como su mejor regalo. Que nuestra fe y nuestro amor también sean amplios y profundos como los de María. Que así podamos compartir nuestra experiencia de Jesús con todo el mundo, cercano o lejano, porque él es el Señor de todos, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh, Dios y Padre nuestro:
Cuando María, la Virgen sin pecado,
dijo “Sí” a tus planes,
tú diste al mundo su Salvador.
Acepta nuestro “Sí” en esta eucaristía
para que podamos llevar la vida y esperanza de tu Hijo
a todos nuestros hermanos y hermanas.
Que éste sea el sacrificio que te agrade,
y que nos haga crecer día a día
en tu justicia, libertad y amor.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús el Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con alegría y esperanza demos gracias a Dios Padre por darnos a María, y por darnos a Jesús por medio de ella, para realizar con nosotros un comienzo siempre nuevo.
Introducción al Padre Nuestro
Con y como María queremos hacer la voluntad de Dios,
para que su reino venga a nosotros.
Digámoselo a nuestro Padre en el cielo
con las palabras del mismo Jesús:
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor.
Líbranos, Señor, de todos los males,
y danos la fuerza y la paz en nuestros días,
pues nos sentimos impotentes
para romper la cadena del mal, corrupción y violencia
que azotan a nuestro mundo.
Haznos mensajeros e instrumentos
de reconciliación, justicia y amor,
más que provocadores de conflictos e injusticia,
mientras esperamos con gozo
la gloriosa y completa venida de tu Hijo,
nuestro Señor y Salvador, Jesucristo.
R/ Porque tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Este es Jesucristo, el Señor, el Hijo de la Virgen Madre;
en él nos has escogido para ser santos y sin mancha.
Dichosos nosotros,
invitados a participar en su banquete.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Oh, Dios y Padre nuestro:
María oyó la Palabra dirigida a ella
en tu nombre, por medio del mensajero,
y ella se puso a tu servicio.
Nosotros hemos escuchado aquí la Palabra de tu Hijo.
Que ella nos estimule a romper la cadena del pecado,
en nosotros y en el mundo que nos rodea,
y a reemplazarlo con un raudal de bondad y misericordia
que salte hasta la vida eterna.
Concédenoslo por Cristo nuestro Señor.
Bendición
A un mundo en espera de salvación, María le dio un Salvador,
porque dijo su “Sí” al Plan de Dios.
A un mundo que hoy busca y espera sentido y esperanza,
le podemos dar nosotros la paz y la justicia de Cristo,
si estamos también dispuestos a decir nuestro “Sí”
a los designios de Dios para nosotros y para el mundo.
Porque él nos ha llamado a continuar la misión
que él mismo comenzó en Jesús,
con la eficaz colaboración de María.
Que sepamos responder a este llamado
con la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Podemos ir en paz y entregar a Cristo al mundo.
Inmaculada Concepción
La Virgen María, la Madre de Dios, nuestra Madre, es otra de las protagonistas del Adviento, como no podía ser menos. Nos volveremos a encontrar con ella el próximo día 12 de este mes, bajo la advocación de Ntra. Sra. de Guadalupe, muy venerada en el continente americano. Hoy la contemplamos bajo el misterio de su Inmaculada Concepción, recordando su disponibilidad a Dios, su sí a Él, y la puerta que esta aceptación y entrega supuso y supone para todos los creyentes: nada más y nada menos que el nacimiento de nuestro Salvador, que dentro de poco celebraremos.
Dos ideas por si te ayudan a vivir esta jornada de la mano de María.
1ª Si el cristianismo fuera una ideología, una ideología no necesita de una madre. Pero como el cristianismo es fundamentalmente el encuentro con la persona de Jesucristo, para dicho encuentro sí necesitamos de la Madre de “ese” con quien nos queremos encontrar, porque ella nos lleva a su encuentro. Por eso, cada vez que oramos a Dios con María, le estamos diciendo: “María, muéstranos a tu Hijo”. Pídeselo hoy. Pídele a nuestra Madre que te ayude a conocer más a Jesús, para amarlo más y seguirle mejor.
2º. De las lecturas de hoy, me quedo con el imperativo que el Arcángel le dice a María de parte de Dios: ¡alégrate! Es la primera palabra, es el saludo, es el resumen de todo su mensaje. Alégrate porque eres llena de Gracia, porque el Señor está contigo. El pueblo cristiano tiene la bonita costumbre, que mucha gente mantiene, de rezar el Ángelus a las doce del mediodía, en silencio, interiormente, en medio del trabajo. Y esta bella oración recoge esta secuencia de la Anunciación que hoy meditamos de la mano del evangelista San Lucas.
Deberíamos recordar más a menudo, cuando rezáramos el Ángelus y oráramos con María lo que el Arcángel le mandó: ¡alégrate!; y lo que ella supo vivir incluso en medio de la oscuridad de la incomprensión en el momento más duro de su vida al pié de la cruz. Una alegría interna que la ayudó a esperar y no desesperar, a mantenerse en pié.
Celebrar a María es recordarnos que tenemos una Madre en el camino del seguimiento de Jesús, que no estamos solos. Es recordarnos que la fe es un camino de alegría, porque el Señor está con nosotros. Y cuando lo olvidemos, basta con mirar a la Madre, cómo ella lo vivió; su sí fue plenificado, su confianza no quedó defraudada. Ella nos recuerda que este camino, que esta apuesta es, incluso cuando todo parece perdido en medio de la noche, de ganadores.
EVANGELIO
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,26-38
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
- Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo:
- No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.
Y María dijo al ángel:
- ¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?
El ángel le contestó:
- El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.
María contestó:
- Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra.
Y la dejó el ángel.
Palabra de Dios.
CON ALEGRÍA Y CONFIANZA
El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual.
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.
«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.
Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida, que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado. Con él todo es posible.
«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.
«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.
Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.
CON ALEGRÍA
Alégrate... No tengas miedo.
El evangelista Lucas temía que sus lectores leyeran su escrito de cualquier manera. Lo que les quería anunciar no era una noticia más, como tantas otras que se corrían por el imperio. Debían preparar su corazón: despertar la alegría, desterrar miedos y creer que Dios estaba cerca, dispuesto a transformar su vida. Con un arte difícil de igualar, recreó una escena evocando el mensaje que María escuchó en lo íntimo de su corazón para acoger el nacimiento de su hijo Jesús. Todos podrían unirse a ella para acoger al Salvador. ¿Es posible hoy prepararse para recibir a Dios?
«Alégrate». Es la primera palabra que escucha el que se prepara para vivir una experiencia buena. Hoy no sabemos esperar. Somos como niños impacientes que lo quieren todo enseguida. Vivimos llenos de cosas. No sabemos estar atentos para conocer nuestros deseos más profundos. Sencillamente, se nos ha olvidado esperar a Dios y ya no sabemos cómo encontrar la alegría.
Nos estamos perdiendo lo mejor de la vida. Nos contentamos con la satisfacción, el placer y la diversión que nos proporciona el bienestar. En el fondo, sabemos que es un error, pero no nos atrevemos a creer que Dios, acogido con fe sencilla, nos puede descubrir otros caminos hacia la alegría.
«No tengas miedo». La alegría es imposible cuando se vive lleno de miedos que nos amenazan por dentro y desde fuera. ¿Cómo pensar, sentir y actuar de manera positiva y esperanzadora?, ¿cómo olvidar nuestra impotencia y nuestra cobardía para enfrentarnos al mal?
Se nos ha olvidado que cuidar nuestra vida interior es más importante que todo lo que nos viene desde fuera. Si estamos vacíos por dentro, somos vulnerables a todo. Se va diluyendo nuestra confianza en Dios y no sabemos cómo defendernos de lo que nos hace daño.
«El Señor está contigo». Dios es una fuerza creadora que es buena y nos quiere bien. No vivimos solos, perdidos en el cosmos. La humanidad no está abandonada. ¿De dónde sacar verdadera esperanza si no es del misterio último de la vida? Todo cambia cuando el ser humano se siente acompañado por Dios.
Necesitamos celebrar el «corazón» de la Navidad, no su corteza. Necesitamos hacer más sitio a Dios en nuestra vida. Nos irá mejor.
UN ANUNCIO SORPRENDENTE
El ángel le dijo: Alégrate.
Lucas narra el anuncio del nacimiento de Jesús en estrecho paralelismo con el del Bautista. El contraste entre ambas escenas es tan sorprendente que nos permite entrever con luces nuevas el Misterio del Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista sucede en «Jerusalén», la grandiosa capital de Israel, centro político y religioso del pueblo judío. El nacimiento de Jesús se anuncia en un pueblo desconocido de las montañas de Galilea. Una aldea sin relieve alguno, llamada «Nazaret», de donde nadie espera que pueda salir nada bueno. Años más tarde, estos pueblos humildes acogerán el mensaje de Jesús anunciando la bondad de Dios. Jerusalén por el contrario lo rechazará. Casi siempre, son los pequeños e insignificantes los que mejor entienden y acogen al Dios encarnado en Jesús.
El anuncio del nacimiento del Bautista tiene lugar en el espacio sagrado del «templo». El de Jesús en una casa pobre de una «aldea». Jesús se hará presente allí donde las gentes viven, trabajan, gozan y sufren. Vive entre ellos aliviando el sufrimiento y ofreciendo el perdón del Padre. Dios se ha hecho carne, no para permanecer en los templos, sino para «poner su morada entre los hombres» y compartir nuestra vida.
El anuncio del nacimiento del Bautista lo escucha un «varón» venerable, el sacerdote Zacarías, durante una solemne celebración ritual. El de Jesús se le hace a María, una «joven» de unos doce años. No se indica donde está ni qué está haciendo. ¿A quién puede interesar el trabajo de una mujer? Sin embargo, Jesús, el Hijo de Dios encarnado, mirará a las mujeres de manera diferente, defenderá su dignidad y las acogerá entre sus discípulos.
Por último, del Bautista se anuncia que nacerá de Zacarías e Isabel, una pareja estéril, bendecida por Dios. De Jesús se dice algo absolutamente nuevo. El Mesías nacerá de María, una joven virgen. El Espíritu de Dios estará en el origen de su aparición en el mundo. Por eso, «será llamado Hijo de Dios». El Salvador del mundo no nace como fruto del amor de unos esposos que se quieren mutuamente. Nace como fruto del Amor de Dios a toda la humanidad. Jesús no es un regalo que nos hacen María y José. Es un regalo que nos hace Dios.
COMO MARÍA
Hágase en mí según tu Palabra.
En vísperas de la Navidad, la liturgia nos presenta la figura de María acogiendo en gozo a Dios en su vida. Como subrayó el Concilio, María es modelo para la Iglesia. De ella podemos aprender a ser más fieles a Jesús y su evangelio. ¿Cuáles podrían ser los rasgos de una Iglesia más mariana en nuestros días?
Una Iglesia que fomenta la «ternura maternal» hacia todos sus hijos cuidando el calor humano en sus relaciones con ellos. Una Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza ni condena, sino que acoge y encuentra un lugar adecuado para cada uno.
Una Iglesia que, como María, proclama con alegría la grandeza de Dios y su misericordia también con las generaciones actuales y futuras. Una Iglesia que se convierte en signo de esperanza por su capacidad de dar y transmitir vida.
Una Iglesia que sabe decir «sí» a Dios sin saber muy bien a dónde le llevará su obediencia. Una Iglesia que no tiene respuestas para todo, pero busca con confianza, abierta al diálogo con los que no se cierran al bien, la verdad y el amor.
Una Iglesia humilde como María, siempre a la escucha de su Señor. Una Iglesia más preocupada por comunicar el Evangelio de Jesús que por tenerlo todo definido.
Una Iglesia del «Magníficat», que no se complace en los soberbios, potentados y ricos de este mundo, sino que busca pan y dignidad para los pobres y hambrientos de la Tierra, sabiendo que Dios está de su parte.
Una Iglesia atenta al sufrimiento de todo ser humano, que sabe, como María, olvidarse de sí misma y «marchar de prisa» para estar cerca de quien necesita ser ayudado. Una Iglesia preocupada por la felicidad de todos los que «no tienen vino» para celebrar la vida. Una Iglesia que anuncia la hora de la mujer y promueve con gozo su dignidad, responsabilidad y creatividad femenina.
Una Iglesia contemplativa que sabe «guardar y meditar en su corazón» el misterio de Dios encamado en Jesús para transmitirlo como experiencia viva. Una Iglesia que cree, ora, sufre y espera la salvación de Dios anunciando con humildad la victoria final del amor.
ALÉGRATE
Alégrate... el Señor está contigo.
El relato evangélico de la anunciación a María, que se lee este último domingo de Adviento, es una invitación a despertar en nosotros las actitudes básicas con las que vivir no sólo las fiestas de Navidad ya próximas, sino la vida entera. Basta recorrer el mensaje que se pone en boca del Ángel.
Alégrate. Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también nosotros. «Alégrate»: ésa es la primera palabra de Dios a toda criatura. En medio de estos tiempos que a nosotros nos parecen de incertidumbre y oscuridad, llenos de problemas y dificultades, lo primero que sorprendentemente se nos pide es no perder la alegría. Sin alegría la vida se hace más difícil y dura.
El Señor está contigo. La alegría a que se nos invita no es un optimismo forzado ni un autoengaño fácil. Es la alegría interior y la confianza que nace en quien se enfrenta a la vida con la convicción de que no está solo. Una alegría que nace de la fe. Dios nos acompaña, nos defiende y quiere siempre nuestro bien. Podemos quejamos de muchas cosas, pero nunca podremos decir que estamos solos porque no es verdad. Dentro de cada uno, en lo más hondo de nuestro ser está Dios nuestro Salvador.
No temas. Son muchos los miedos que pueden despertarse en nosotros. Miedo al futuro, a la enfermedad, a la muerte. Nos da miedo sufrir, sentimos solos, no ser amados. Podemos sentir miedo a nuestras contradicciones e incoherencias. El miedo es malo, hace daño. El miedo ahoga la vida, paraliza las fuerzas, nos impide caminar. Lo que necesitamos es confianza, seguridad, luz.
Has hallado gracia ante Dios. No sólo María, también nosotros podemos escuchar estas palabras porque todos vivimos y morimos sostenidos por la gracia y el amor de Dios. La vida sigue ahí con sus dificultades y preocupaciones. La fe en Dios no es una receta para resolver los problemas diarios. Pero todo es diferente cuando uno vive buscando en Dios luz y fuerza para enfrentarse a ellos.
Llega la Navidad. No será una fiesta igual para todos. Cada uno vivirá en su interior su propia navidad. ¿Por qué no despertar estos días en nosotros la confianza en Dios y la alegría de sabemos acogidos por Él? ¿Por qué no liberamos un poco de miedos y angustias enfrentándonos a la vida desde la fe en un Dios cercano?
AVE MARÍA
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.
Hace algunos años me encontré con una persona que, después de una larga crisis religiosa, buscaba de nuevo a Dios. Después de una larga conversación, me confesó que quería rezar. Hacía mucho tiempo que había abandonado toda práctica religiosa. Había olvidado el Padrenuestro. Tampoco recordaba ninguna otra oración. De pronto, el rostro se le iluminó: «Tal vez.., el Avemaría». Mientras recitábamos juntos la sencilla oración, vi que de sus ojos se desprendían dos lágrimas de alegría y emoción. Las grandes oraciones son siempre profundamente humanas y humildes. No son necesarias palabras complicadas ni frases sublimes. Lo importante es la fe con que se invoca.
El Avemaría, unida con frecuencia al rezo del Padrenuestro, es una de las oraciones cristianas más populares. Consta de tres partes. La primera está tomada del anuncio del ángel a María. «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo.» La segunda evoca las palabras de alabanza que Isabel dirige a María: «Bendita eres entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre.» La última parte es una invocación medieval de origen incierto: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte.»
Cada uno sabe cómo y por qué caminos discurre su vida, pero siempre es bueno encontrarse con María. Ella es Madre de Dios y también nuestra. María no es Dios, no es fuente de nuestra salvación, pero Dios está con ella y la ha llenado de gracia. En medio de un mundo que, a veces, parece maldito, ella es bendita porque ha sido bendecida por Dios para siempre. Podemos acudir a ella con confianza.
No necesitamos defendernos ni dar explicaciones. Ella es nuestra Madre. Conoce nuestro corazón cansado y, tal vez, nuestra vida rota o desquiciada. Conoce nuestros errores y nuestra mediocridad. En María, llena de la gracia de Dios, siempre encontraremos el amor y el perdón del mismo Dios. Unidos a tantos hombres y mujeres, podemos también nosotros invocarla con humildad: «Ruega por nosotros, pecadores.»
María nos acompaña siempre. En los momentos gozosos y en los difíciles. Podemos contar con su protección maternal en la depresión y en la enfermedad, en la soledad o en el fracaso, en el miedo o en el pecado. Invocamos su ayuda «ahora», en el momento en que pronunciamos la oración, y también para «la hora de nuestra muerte» siempre desconocida, pero siempre más cercana.
Al final del Adviento, el relato evangélico nos recuerda las palabras del ángel a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lucas 1, 28). Pueden ser una invitación a despertar nuestra confianza en ella y a susurrar en lo secreto de nuestro corazón la conocida plegaria a la Madre: «Ave María.»
¿A DONDE VA EL MUNDO?
El Señor está contigo.
El filósofo R. Popper, recientemente fallecido, aseguraba que «el mundo no va a ninguna parte». Se oponía así, desde su visión filosófica, a tantos hombres y mujeres que, a través de los siglos, se han atrevido a esperar un futuro no solo mejor, sino nuevo.
¿A dónde va el mundo con tanto dolor? Esta pregunta no es nueva. La han repetido de mil maneras los hombres en momentos trágicos de guerras, en el azote de pestes terribles, en medio del exilio o ante catástrofes naturales. Hoy, de nuevo, cristianos y no cristianos se la plantean en el fondo de su conciencia: ¿A dónde va el mundo?
No es una cuestión arbitraria. No es tampoco una pregunta científica que busca satisfacer nuestra curiosidad. Es un interrogante profundamente humano, pues, de alguna manera, intuimos que en él nos va la vida y el destino último de la humanidad.
La pregunta se despierta en nosotros cuando nos informan de la velocidad con que se talan los árboles en las selvas de Brasil, o de la desertización de grandes zonas de la Tierra; cuando nos alertan de los daños irreparables de los accidentes nucleares, o nos advierten de los efectos peligrosos de cierto tipo de residuos. ¿Se le puede llamar progreso a esa alocada producción de bienes que solo beneficia a unos pocos, mientras provoca tanto daño a la mayor parte de la humanidad?
Detrás de todo eso está el ser humano, que no acierta a conducir las cosas por caminos más seguros. Por eso, la pregunta más concreta es otra: ¿A dónde vamos nosotros los hombres dejando sin pan y sin trabajo a tantas gentes con tal de conseguir el bienestar de los más afortunados? ¿A dónde vamos hundiendo en el hambre y la miseria a pueblos enteros? ¿Nos vamos acercando así a alguna meta digna del hombre? ¿Caminamos así hacia una plenitud?
Con este horizonte no es extraño caer en el pesimismo y en actitudes derrotistas. Por eso resultan tan sorprendentes las palabras con las que el ángel anuncia a María el nacimiento del Salvador y que, en el fondo, están dirigidas a toda la humanidad: «Alégrate ... El Señor está contigo.» Es cierto que el horizonte puede parecer sombrío; el ser humano puede destruir el mundo y provocar su propio hundimiento. Pero no está solo. Dios está con nosotros. Es posible la salvación.
Esta fe es la que sostiene al creyente en la esperanza y le anima a trabajar siempre por un mundo más humano. Llegará un día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los hombres. Y los creyentes confiamos en él. María, la madre del Salvador, es nuestro modelo.
FELICITAR
Alégrate.
Llega la Navidad y parece como si, de pronto, se despertara en nosotros una necesidad incontenible de desearnos mutuamente paz y felicidad. Hemos de enviarnos puntualmente las tradicionales felicitaciones deseándonos toda clase de dichas y ventura en estas fiestas y para el año venidero. Artísticos tarjetones o postales vulgares, “christmas” de hondo contenido religioso o tarjetas superficiales, todo sirve para transmitirnos la felicitación.
¿Qué sentido pueden tener tantos deseos de dicha y felicidad expresados en Navidad? ¿Son acaso una mentira más? ¿Otra manera de engañarnos unos a otros durante estas fiestas tan vacías ya de su verdadero contenido?
Son diferentes, sin duda, la felicitación entrañable al amigo lejano, pero nunca olvidado, los saludos de puro compromiso y cortesía o las felicitaciones en serie de una firma comercial.
Como es sabido, la felicitación navideña tiene su origen más genuino en el anuncio que se escucha en Belén: “Os anuncio la gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David un Salvador”. La primera palabra de parte de Dios a los hombres cuando se acerca el Salvador es una invitación a la alegría y la fiesta. Es lo primero que escucha también María de boca del ángel: “Alégrate”.
La alegría más honda del creyente en estas fiestas arranca de esta fe: Dios no es un ser lejano, inquietante y amenazador, sino alguien que se nos ofrece cercano y entrañable desde la ternura y fragilidad de un niño.
Esta es la primera razón para felicitarnos y hacer fiesta. Lo primero que hemos de recordar para despertar la alegría. Como escribía el célebre teólogo suizo Karl Barth: “Que está mal, el mundo lo sabe ya; lo que no sabe es que por los cuatro costados está en las manos buenas de Dios”. Desde esta convicción adquiere la felicitación navideña una hondura nueva pues nace del deseo de construir ese mundo más humano y feliz que Dios busca para todos.
Antes de sentarnos a escribir las felicitaciones, tal vez hemos de hacernos alguna pregunta: ¿Sé yo “felicitar”? ¿Me preocupa realmente la felicidad de los demás? ¿Estoy dispuesto a hacer feliz a lo largo del año a esa persona que hoy felicito?
Nuestra felicitación será más sincera si lleva consigo el compromiso de vivir creando en nuestro entorno un clima más humano. Nada especialmente grande. Cosas más bien pequeñas, como no hacer a nadie la vida más difícil de lo que es, cuidar mejor el amor dentro del hogar, estar cerca de quien nos puede necesitar, cultivar unas relaciones más amistosas con todos.
LA EXPERIENCIA DE NAVIDAD
El Señor está contigo.
No es fácil en esta sociedad celebrar todavía con un poco de hondura la experiencia central de la Navidad. Tal vez el mejor camino para intentarlo sea el silencio.
Así nos lo sugiere un viejo texto litúrgico al proclamar que la irrupción de Dios en la humanidad sucedió «cuando un silencio sosegado lo envolvía todo».
He aquí algunas sugerencias para quienes deseen este año vivir la Navidad “de manera diferente”.
Lo primero es prepararse. Hacer el propósito de dedicar algún tiempo a preparar estas fiestas. De lo contrario, es difícil sustraerse al ambiente trivial y engañoso que estos días parece impregnarlo todo.
Después es necesario tener valor para estar a solas con nosotros mismos. Si lo logramos, tal vez podamos descubrir algo nuevo. Una habitación tranquila, una iglesia solitaria, un paseo retirado pueden servirte para “hacer silencio”.
Dejarse penetrar por el silencio no es fácil, sobre todo cuando se vive siempre en el ruido. Al comienzo, te sentirás lleno de sensaciones, impresiones, recuerdos. Si sabes esperar y permanecer, poco a poco irán apareciendo dentro de ti tus verdaderas preocupaciones, tus miedos, tu tristeza o tu alegría.
Si sigues todavía escuchando, podrás sentir una impresión inquietante. La soledad. Estás solo en medio de la vida. Esas personas con las que te relacionas todo el día, a las que rechazas o quieres, están lejos. En el fondo, todos estamos solos. Tú lo experimentas ahora con más luz en esa sensación extraña que te invade.
Si, cerrando los ojos, te atreves a seguir en silencio en una actitud humilde de confianza, es fácil que, en el interior de ese vacío y soledad, comience a insinuarse una presencia.
No le des todavía el nombre de Dios. Es sólo una experiencia que te puede poner ante la presencia de un Dios inmensamente lejano e incomprensible y, sin embargo, inmensamente cercano e interior a ti mismo.
Entonces, deja que el silencio te hable. Por una vez, atrévete a escuchar esa presencia cercana de Dios. No pienses en tus miedos ni en tu miseria. No pienses siquiera si eres cristiano o no. Sencillamente, acoge el misterio.
Como dice K. Rahner, “esta experiencia es la más decisiva para comprender el mensaje central de la Navidad: Dios se ha hecho hombre. Lo divino ha irrumpido en el interior de lo humano».
Entonces, tal vez sientas tu corazón renovado. Será el mejor regalo que puedas recibir en Navidad. Será también el mejor regalo que podrás hacer a los que te rodean.
LA ALEGRIA POSIBLE
Alégrate.
La primera palabra de parte de Dios a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.
J. Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede obligar a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos.
De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia creada quizás en una «sala de fiestas», pero la alegría se quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar con humildad y generosidad en el fondo del alma. H. Hesse explica los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos hombres, de esta manera tan simple: «Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni e vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. C6mo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra?
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colina de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos.
La alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad entre los hombres. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Sólo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Sólo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.
EL REGALO DE NAVIDAD
Alégrate.
¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.
Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».
Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.
La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.
Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!
Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.
Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.
Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.
Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.
Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.
LA FE DE MARIA
La aparición del arcángel Gabriel da el tono a la escena de la Anunciación. Desde Daniel 8.9. Gabriel era considerado por el judaísmo como el anunciador de los últimos tiempos. Su aparición en casa de María significa, por tanto, que los últimos tiempos han sido inaugurados. El judaísmo había presentado a Gabriel con su espada de fuego como guardián del Paraíso (Gn 3. 24). Su aparición deja prever que la entrada al Paraíso estará abierta a los hombres de ahora en adelante.
La escena tiene lugar en la humilde casa de Nazaret. Lucas opone el anuncio del nacimiento de Juan Bautista, hecho en el templo de una manera solemne, a la anunciación de María, que fue hecha en el secreto del corazón de una joven pobre y en una región despreciada como era entonces Galilea (Jn 1. 46; 7.4)
Lucas parece establecer en su conjunto una oposición entre Jerusalén y María, como si María heredase las prerrogativas de Jerusalén.
El saludo del ángel: "Alégrate... porque el Señor está contigo". Esta frase ha sido pronunciada por los profetas refiriéndose a Jerusalén, para anunciarle la próxima venida del Mesías (Za 9. 9; So 3. 14). Por tanto, en las palabras del ángel hay algo más que un simple saludo, y en él podemos ver una trasposición de los privilegios reservados hasta entonces a Jerusalén, en beneficio de la Virgen María.
Como la antigua Jerusalén se mostraba incapaz de realizar las profecías de que había sido objeto (acogida de su Señor, apertura a todas las naciones). Dios va a suscitar una nueva Sión: la Virgen María, único "resto" fiel de la primera Sión.
La expresión "el Señor es contigo" encubre el misterio de la Encarnación, porque la expresión paralela de Sofonías: "el Señor está en medio de ti" (3. 14) significa literalmente "el Señor está en tus entrañas".
La expresión "llena de gracia" para el evangelista quiere decir que la Virgen es "agraciada" como se dice en el vocabulario de los esponsales. Así es Rut para Booz (Rt 2. 2; 10. 13); Ester para Asuero (Est 2. 9/15/17; 5. 2/8; 7. 3; 8. 5); toda mujer para su esposo (Pr 5. 19; 7. 5; 18. 22; Ct 8. 10). Por consiguiente, este contexto matrimonial es muy evocador. Dios busca desde hace mucho tiempo una esposa que le sea fiel. Ha repudiado a Israel, su esposa anterior (Os 1-3) pero está dispuesto a "desposarse" de nuevo. Interpelada por una expresión frecuente en las relaciones entre esposos, María comprende que Dios va a realizar con ella el misterio de los esponsales que habían sido prometidos en el A.T. Este misterio alcanzará un realismo sorprendente, ya que las dos naturalezas -la divina y la humana- se van a unir en el Hijo de María, con un lazo mucho más fuerte que el de los cuerpos y el de las almas en la unión matrimonial.
Todos estos versículos del evangelio desarrollan toda una teología bíblica del misterio de María. Ella es la mujer de los últimos tiempos, la que ha sustituido a Jerusalén para realizar las promesas de universalidad y las profecías de fecundidad. Ella las realiza por medio de un misterio que consiste en sus desposorios con Dios, poniendo así punto final al repudio contra la primera esposa. Y, al mismo tiempo, las realiza también por medio de su victoria sobre el enemigo. Por eso es llena de gracia, y no solamente por su belleza física, sino mucho más por la belleza que Dios le ha concedido y que la hace digna de ser la Madre del Hijo de Dios.
La fe de María es una fe tan grande que en ella se puede realizar el paso de la Esperanza al Cumplimiento.
Sumergida en la Historia de Israel, Ella ha sido la que ha dicho la última palabra en una religión de Espera. Ella ha llevado hasta el final la búsqueda espiritual de su pueblo. Por haberlo recorrido ella misma, sabe mejor que nadie el camino que hay que seguir para ir al encuentro de Dios.
María sabe el secreto del Adviento que conduce a la aceptación del Señor. Ella apresura los caminos por donde pasan los nuevos nacimientos del Verbo.
J. LLIGADAS
El relato de la anunciación es la primera presentación que el evangelio de Lucas hace de quién es Jesús y su misión. Y, en esta primera presentación, destaca simultáneamente la figura de María como vehículo pasivo y activo a la vez de la venida del Hijo de Dios.
Podemos destacar, en el relato, los siguientes aspectos:
- La narración muestra desde el mismo comienzo que Dios viene a actuar en un contexto de absoluta irrelevancia y anonimato: se habla del pueblo de Nazaret y de la muchacha llamada María como de un lugar y una persona desconocidos; José, que podría tener una cierta relevancia en tanto que descendiente de David, ya se ve que le queda muy poco de aquel antiguo origen.
- El ángel saluda por dos veces a María, y en sus palabras muestra que Dios se ha acercado a ella para actuar en ella. Dios realiza con María lo que las promesas proféticas anunciaban para Israel: la llena con su presencia, la libera del temor, está definitivamente con ella. María será ahora el lugar donde Dios actuará. Por eso el ángel afirma seguidamente la acción de Dios como algo ya hecho: "Darás a luz un hijo...".
- El momento más intenso de la escena es la presentación de quién es Jesús. La acumulación de títulos sacados de los anuncios proféticos señala el cumplimiento definitivo de todas las promesas de Dios. Dios se hará presente totalmente en aquel niño que ha de nacer.
- La objeción de María es un tanto sorprendente dado su noviazgo con José, y podría referirse a la ley que prescribía que entre el noviazgo y el matrimonio tenía que transcurrir un año. Pero no es eso lo que realmente importa aquí. Lo importante es resaltar que aquí se realiza una obra de Dios que supera totalmente los caminos humanos. Es "el Espíritu Santo", es el "la fuerza del Altísimo" quien fecunda a María y trae al mundo al que será la definitiva presencia de Dios.
- La respuesta de María ofrece la necesaria colaboración humana para la obra de Dios: ella es la esclava del Señor dispuesta a aceptar que Dios actúe en ella y a través de ella para realizar su obra. Es la respuesta de fe y confianza de los creyentes desde Abrahán; es aquella actitud que Isabel alabará en la escena de la Visitación (cf. el próximo domingo 4 de Adviento).
J. ALDAZABAL
-El plan original de Dios
La fiesta que estamos celebrando hoy es como para que todos nos llenemos de alegría y esperanza. No sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la madre del Mesías. Es la fiesta de todos los que nos sentimos de alguna manera representados por ella.
La Virgen, en este momento inicial en que Dios la llenó de gracia, es el inicio de la Iglesia, o sea, el comienzo absoluto de la comunidad de los creyentes en Cristo y los salvados por su Pascua.
Ya desde la primera página de la historia humana, como hemos escuchado en la lectura del Génesis, cuando los hombres cometieron el primer pecado, Dios tomó la iniciativa y anunció la llegada del Salvador, descendiente del linaje de Adán, el que llevaría a término la victoria contra el mal. Y junto a él ya desde esa página aparece la "mujer", su madre, asociada de algún modo a esta victoria.
S. Pablo nos ha dicho aún con mayor cercanía cuáles son estos planes salvadores de Dios: él nos ha elegido, nos ha llenado de bendiciones, nos ha destinado a ser sus hijos, herederos de su Reino, como hermanos que somos de Cristo Jesús. S. Pablo no ha nombrado a la Virgen en este pasaje, pero nosotros sabemos, y hoy lo celebramos con gozo, que ella fue la primera salvada, la que participó de manera privilegiada de ese nuevo orden de cosas que su Hijo vino a traer a este mundo. Lo hemos dicho en la oración primera de la Misa: "preparaste a tu Hijo una digna morada y en previsión de su muerte, preservaste a María de todo pecado".
-La primera cristiana
Pero si estamos celebrando el "sí" que Dios ha dado a la raza humana en la persona de María, también nos gozamos hoy de cómo ella, María de Nazaret, cuando le llegó la llamada de Dios, le respondió con un "sí" decidido.
Su "sí" se puede decir que es el "sí" de tantos y tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, personas que tal vez no veían claro, que pasaban por dificultades, pero se fiaron de Dios y dijeron como ella: hágase en mí según tu Palabra...
María, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús, la primera cristiana. No era ninguna princesa ni ninguna matrona importante en la sociedad de su tiempo. Era una mujer sencilla de pueblo, una muchacha pobre, novia y luego esposa de un humilde trabajador. Pero Dios se complace en los humildes, y la eligió a ella como madre del Mesías. Y ella, desde su sencillez, supo decir "sí" a Dios.
Hoy celebramos el recuerdo de esta mujer y nos alegramos con ella.
-La fiesta de todos
Pero a la vez se puede decir que esta fiesta es también nuestra. La Virgen María, en el momento de su elección radical y en el de su "sí" a Dios, fue (como diremos en el prefacio de hoy) "comienzo e imagen de la Iglesia". Cuando ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad, representada en ella, empezó a decir sí a la salvación que Dios le ofrecía con la llegada del Mesías.
Si Eva significa "madre de todos los vivientes", podemos gozarnos de que, en María, la nueva Eva, que iba a estar junto al nuevo y definitivo Adán, Jesús, estamos como concentrados todos nosotros, los que a lo largo de los siglos formamos la comunidad creyente de Jesús. En ella quedó bendecida toda la humanidad: la podemos mirar como modelo de fe y motivo de esperanza y alegría.
Tenemos en María una buena Maestra para este Adviento y para la próxima Navidad.
Nosotros queremos prepararnos a acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador. Ella, la Madre, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento, la Navidad y la Manifestación de Jesús como el Salvador de Dios. Mirándole a ella, y gozándonos hoy con ella, nos animaremos a vivir mejor este Adviento y esta Navidad.
Que nuestra Eucaristía de hoy, sea, por todos estos motivos, una entrañable acción de gracias a Dios, porque ha tomado gratuitamente la iniciativa con su plan de salvación, porque lo ha empezado a realizar ya en la Virgen María, y porque nos da la esperanza de que también para nosotros su amor nos está cercano y nos quiere colmar de sus bendiciones.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
Este domingo de Adviento coincide con la celebración de la solemnidad de María Inmaculada. El misterio de María Santísima consiste en que armoniza en su ser y personalidad de mujer pequeñez y grandeza. Ella es la sierva del Señor, que quiere hacer únicamente su voluntad, y es la elegida para ser Madre de Dios (evangelio). Ella es la hija de Eva, de su carne y de su sangre, pero además es la redentora de Eva, que pisará la cabeza a la serpiente tentadora. Ella es hija de Dios, como cualquier hombre, y sobre todo como cada uno de los cristianos, y es igualmente madre de Dios, por ser madre de Jesucristo, Verbo Encarnado (primera lectura). El mensaje del Adviento en este domingo nos habla del Señor que viene y el hombre que quiere salir a encontrarlo (segunda lectura). ¿Qué mejor camino para encontrar a Jesucristo, que el camino de su Madre?
Mensaje doctrinal
Pequeñez y grandeza de María
1. María no es un fenómeno de la naturaleza. En su naturaleza femenina es una hija de Eva como todas las mujeres del mundo. Tiene cuerpo de mujer, psicología de mujer, sentimientos de mujer, modos de ser y actuar propios de la condición femenina. En la Galilea del siglo I d. C. nada la distingue de las demás mujeres judías: sus rasgos físicos, condiciones socio-económicas, prescripciones legales discriminatorias, modos y estilo de vida corresponden todos a los propios de una mujer judía. En esa personalidad concreta de mujer judía se encierra un misterio de grandeza, real e invisible al mismo tiempo. La concepción inmaculada de María o su maternidad divina serán proclamadas como dogma de fe algunos o muchos siglos más tarde; pero la experiencia real de las mismas María la vivió en su existencia terrena, enteramente judía. La vivió como una realidad totalmente interior e inefable, dentro de una relación única de intimidad, de comunión y de adhesión a Dios. El bautismo cristiano vence, en quien lo recibe, a la serpiente tentadora y a su acción maligna en el presente y en el pasado de la historia humana. A María le fue adelantado ese bautismo, gracias a los méritos de su Hijo: al momento de ser concebida recibió el bautismo del Espíritu Santo.
2. María no esperaba ser madre del Mesías. En el ambiente religioso de su tiempo, ella compartía con todos los judíos, la creencia y la espera próxima del Mesías que liberaría a Israel de sus enemigos. Como mujer humilde, pobre, campesina, consideraba incluso una locura que Dios se fijase en ella para ser la madre del Mesías. Además, que el Mesías proviniera de Nazaret era poco más que imposible. Nada había en sus padres, en su ambiente, en el correr de su existencia que sirviera de indicio para tan grande y noble vocación. Todo esto es verdad, pero un día, de repente, una experiencia y visión angélica la perturbó en lo profundo del alma. Primero no entendió ese saludo tan raro: "Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo"; luego, entendió mucho menos eso de que "daría a luz un hijo, que será llamado Hijo del Altísimo" (evangelio). La sencilla mujer nazarena tardó mucho en volver en sí. Luego, pasada la visión, pasó días y noches dando vueltas a lo visto y escuchado para hacerlo encajar en su psicología y en su vida, escrutando los misteriosos designios de Dios. Finalmente, en el encuentro con su prima Isabel mostrará de palabra el resultado de su meditación: "Ha puesto los ojos en la pequeñez de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada".
3. María es hermana y madre nuestra. En cuanto hermana, igual que todos los cristianos: hija adoptiva de Dios por medio de Jesucristo, elegida para ser heredera del Reino de Dios, ordenada a ser alabanza de la gloria de Dios, igual que todos los que han puesto su esperanza en Cristo. "El Señor no tarda en cumplir su promesa..., ...tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan" (segunda lectura). Su grandeza radica en que combinó en su vida simultáneamente el ser nuestra hermana con el ser nuestra madre, convirtiédose así en guía y modelo del camino de nuestra salvación. Nos dice la Constitución dogmática sobre la Iglesia: "María colaboró de manera totalmente singular a la obra del Salvador por su fe, esperanza y ardiente amor, para restablecer la vida sobrenatural de los hombres. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (LG 61). Y poco antes leemos: "La misión maternal de María para con los hombres de ninguna manera disminuye o hace sombra a la única mediación de Cristo, sino que manifiesta su eficacia. En efecto, todo el influjo de la Santísima Virgen en la salvación de los hombres... brota de la sobreabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de ella saca toda su eficacia" (LG 60).
Sugerencias pastorales
1. Respetar la pequeñez y la grandeza de María. Respetar quiere decir mantener los dos aspectos, porque son las dos alas con las que María voló por la historia de su tiempo y ha de seguir volando por nuestra historia. Y ya sabemos que volar con una sola ala es imposible. En los siglos pasados se acentuaron tanto las grandezas de María, que se llegó en ocasiones a olvidar su pequeñez. En nuestro tiempo, podemos correr el otro peligro: verla tan cercana a nosotros, tan pequeña como nosotros, que olvidemos su extraordinaria grandeza. Hay que mantener pequeñez y grandeza, porque así fue la realidad histórica de María, y así continúa haciendo presente el misterio de Dios entre nosotros. Santa Teresita de Lisieux subrayó la pequeñez de María. El día de su profesión religiosa (8 de septiembre de 1890) escribía: "¡Nacimiento de María! ¡Qué hermosa fiesta para llegar a ser esposa de Jesús! En efecto, era ella, la pequeña, efímera Virgen santa, la que presentó su pequeña flor al pequeño Jesús". Pero nunca cesó Teresita de cantar las glorias y grandezas de María. Por ejemplo, en su última poesía titulada ¿Por qué te amo, oh María?, ella dice que la gloria de María es más brillante que la de todos los elegidos juntos, la llama reina de los ángeles y de los santos, y habla del resplandor de su gloria suprema. La misma Virgen María estará muy contenta si nosotros contemplamos su pequeñez sin olvidar su grandeza, nos sobrecogemos ante su grandeza en medio de su humildad y pequeñez.
2. María: admirable e imitable. Las dos cosas y las dos inseparables. Porque Dios ha hecho en ella obras grandes es admirable. Porque nunca ha dejado de ser pequeña como nosotros, en medio de su excelsitud y su gloria, es por igual imitable. Como cristianos debemos admirar a María, la mujer más excelsa salida de las manos del Creador, árbol en quien fructifican la ciencia de Dios y la vida divina. Pero María es también como una madre y una hermana, que está junto a nosotros, que nos acompaña en nuestro camino, cuyas virtudes tan humanas son accesibles a todos. En el jardín de su vida vemos florecidas todas las flores más bellas. Con palabras cariñosas de madre nos dice que nuestra vida es también un jardín. Si sembramos virtudes, como María, también florecerán las virtudes.
3. Convertir el Adviento en el tiempo de María. Meditando en su vida y principalmente en el mensaje de su Inmaculada Concepción, profundizaremos en la conversión que se nos pide en este tiempo de Adviento. Una conversión del día a día. Que el "Sí" de la Virgen, sea la razón nuestra esperanza, de que las promesas del Señor se cumplirán.
ORACIÓN A LA VIRGEN EN LA FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCION
Papa Benedicto XVI
“Oh María, Virgen Inmaculada, también este año, nos volvemos a encontrar con amor filial a los pies de esta tu imagen para renovarte el homenaje de la comunidad cristiana y de la ciudad de Roma. Aquí nos detenemos en oración, siguiendo la tradición inaugurada de los Papas precedentes, en el día solemne en el que la liturgia celebra tu Inmaculada Concepción, misterio que es fuente de gozo y de esperanza para todos los redimidos. Te saludamos y te invocamos con las palabras del Ángel: ‘Llena de gracia’ (Lc 1,28), el nombre más bello, con el cual Dios mismo te ha llamado desde la eternidad.
‘Llena de gracia’ eres tú, María, llena del amor divino desde el primer instante de tu existencia, providencialmente predestinada a ser la Madre del Redentor, e íntimamente asociada a Él en el misterio de la salvación. En tu Inmaculada Concepción brilla la vocación de los discípulos de Cristo, llamados a convertirse, con su gracia, santos e inmaculados en el amor (cfr Ef 1,4). En ti brilla la dignidad de todo ser humano, que es siempre precioso a los ojos del Creador. Quien a ti dirige la mirada, oh Madre Toda Santa, no pierde la serenidad, por más duras que sean las pruebas de la vida. A pesar de la triste experiencia del pecado, que afea la dignidad de los hijos de Dios, quien a ti recurre redescubre la belleza de la verdad y del amor, y vuelve a encontrar el camino que co nduce a la casa del Padre.
‘Llena de gracia’ eres tú, María, que acogiendo con tu ‘sí’ los proyectos del Creador, nos has abierto el camino de la salvación. Con tu ejemplo, enséñanos a pronunciar también nuestro ‘sí’ a la voluntad del Señor. Un ‘sí’ que se une a tu ‘sí’ sin reservas y sin sombras, que el Padre celeste ha querido tener necesidad para generar al hombre nuevo, el Cristo, único Salvador del mundo y de la historia. Danos el valor de decir “no” a los engaños del poder, del dinero, del placer; a las riquezas deshonestas, a la corrupción y a la hipocresía, al egoísmo y a la violencia. ‘No’ al Maligno, príncipe de la mentira en este mundo. ‘Sí’ a Cristo, que destruye la potencia del mal con la omnipotencia del amor. Sabemos que solo los corazones convertidos al Amor, que es Dios pueden construir un futuro mejor para todos.
¡‘Llena de gracia’ eres tú, María! ¡Tu nombre es para todas las generaciones garantía de segura esperanza. Sí! Porque, como escribe el sumo poeta Dante, para nosotros mortales tú “eres de esperanza fuente de vida” (Par., XXXIII, 12). A esta fuente de tu Corazón inmaculado, venimos una vez mas peregrinos confiados a recibir fe y consuelo, gozo y amor, seguridad y paz.
Virgen ‘llena de gracia’, muéstrate Madre tierna y con premura por los habitantes de esta tu ciudad, para que el auténtico espíritu evangélico los anime y oriente sus comportamientos; muéstrate Madre y guardiana vigilante de Italia y Europa, para que de las antiguas raíces cristianas los pueblos sepan tomar la linfa para construir su presente y su futuro; muéstrate Madre próvida y misericordiosa por el mundo entero, para que, respetando la dignidad humana y rechazando toda forma de violencia y de explotación, se coloquen bases sólidas para la civilización del amor. Muéstrate Madre especialmente de aquellos que tienen más necesidad: de los indefensos, de los marginados y los excluidos, de las víctimas de una sociedad que a menudo sacrifica al hombre por otros fines e intereses.
¡Muéstrate Madre de todos, oh María, y danos a Cristo, la esperanza del mundo! ¡’Monstra Te esse Matrem’, oh Virgen Inmaculada, llena de gracia! ¡Amén!”.
OCARM
Meditatio
a) Clave de lectura:
• Aunque se repiten los temas de Mateo y Marcos, el Evangelio de Lucas es una composición original en muchos aspectos. El evangelista coloca en su narración material nuevo con respecto a las otras narraciones evangélicas. En los primeros dos capítulos que tratan de la infancia de Jesús, Lucas se acerca a las tradiciones hebraicas con muchas referencias directas e indirectas al Antiguo Testamento. La teología, el simbolismo y todo el conjunto de los relatos de la infancia de Jesús han encontrado las raíces en el mundo semítico, diverso en muchas formas del mundo y del pensamiento griego.
• El evangelista ambienta el comienzo de su narración en el ambiente de los anawîm, los pobres del Señor, o sea aquéllos que se someten con gusto a la voluntad de Dios, firme en la fe que el Señor les dará la salvación en el tiempo oportuno. A los anawîm el Señor promete enviar el Mesías “enviado a llevar la buena nueva a los abatidos, a curar las llagas de los corazones destrozados, a proclamar la libertad de los cautivos, y la liberación a los encarcelados, a promulgar el año de gracia del Señor, y un día de venganza para nuestro Dios, para consolar a todos los tristes, para alegrar a los afligidos de Sion...” (Is 61, 1ss). Esta promesa de Dios se cumplirá en Jesús de Nazareth que “entrando según su costumbre el sábado en la sinagoga” (Lc 4,16), proclama que la promesa de Dios pronunciada por medio de Isaías “se ha cumplido” (Lc 4,21) en Él.
Sólo los anawîm pueden recibir del hijo de José el carpintero y de María (Lc 4, 22; Mt 13, 53-58; Mc 6, 1-6; Jn 1,45) la alegre nueva de la salvación, los otros desgraciadamente se escandalizan de Él. El Mesías es humilde y dulce, su “boca” pronuncia “palabras de gracia” (Lc 4,22) por esto para acogerlo se necesita prepararse, entrar dentro de sí mismo, para acoger al prometido de Israel. Por eso el Señor amonesta por medio del profeta: “Buscad a Yahvé los humildes de la tierra, que practicáis su ley; buscad la justicia, buscad la mansedumbre, quizás quedaréis al abrigo de la ira del Señor (Sof 2,3).
• En este contexto, “En el mes sexto, fue enviado el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazareth a una virgen desposada con un varón de la casa de David, llamado José. La virgen se llamaba María”. (Lc 1, 26-27). Esta virgen es una de los anawîm a la cual el Señor revela su salvación. Con ella se encuentran otros dos anawîm que “eran entrados en años” (Lc 1, 7), “un sacerdote llamado Zacarías” e Isabel que “era estéril” y por tanto sin hijo (Lc 1, 5-7). También a estos dos deshonrados (Gen 30,33; 1Sam 1, 5-8; 2Sam 6, 23; Os 9,11) se les anuncia la salvación del Señor. Desgraciadamente en Jerusalén, en el templo, durante la liturgia, lugar de la revelación, de la potencia y de la gloria de Dios, esta buena nueva no es acogida por el sacerdote (Lc 1, 8-23). Pero la Palabra de Dios no está ligada y no se la puede limitar. Dice en verdad el Santo de Israel: “Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así será la palabra salida de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 10-11). Por eso, Isabel “en su vejez, ha concebido un hijo y este es el sexto mes para ella a la que todos llamaban estéril: nada es imposible para Dios” (Lc 1, 36-37). Este será el acontecimiento ofrecido a María como un signo “de la potencia del Altísimo” (Lc 1, 35) que se extenderá como sombra sobre ella para concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo que “descenderá” sobre ella (Lc 1, 34-35). El Hijo se llamará Jesús, “será grande y llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David su padre y reinará por siempre sobre la casa de Jacob y su reino no tendrá fin” (Lc 1,31-33).
• Estas palabras del ángel recuerdan las mismas dirigidas a Acaz: “El Señor mismo os dará un signo. Helo aquí: la virgen concebirá y parirá un hijo, que se llamará Emmanuel” (Is 7, 14). Por esto, después de la concepción de Juan, o sea “en el sexto mes” (Lc 1,26), la buena noticia es bien acogida “en una ciudad de la Galilea, llamada Nazaret” (Lc 1,26) por una doncella, “virgen, prometida como esposa” (Lc 1,27). “Nazaret” y “María” hacen contraste con “Jerusalén” y “sacerdote”; así como también es contrastante la frase “presentándose a ella” con la palabra “templo”. El Señor se revela en lugares humildes y es acogido por gente humilde de las que, a juicio de los hombres, no “puede venir nada de bueno” (Jn 1,45). A María se le invita a gozar: “¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!” (Lc 1, 28). La presencia del Señor en medio de su pueblo es ocasión de gozo, porque la presencia del Señor lleva salvación y bendición. El saludo e invitación del ángel está dirigido a todo el pueblo de Dios en la persona de María. Por lo que, todo el pueblo de Dios está llamado a gozar y a alegrarse en el Señor su Salvador.
• Es el gozo mesiánico que se anuncia a todos: “Gritad de gozo y alegraos, habitantes de Sión, porque grande es en medio de vosotros el Santo de Israel” (Is 12, 6). “¡Exulta, hija de Sion, da voces jubilosas Israel, y regocíjate con todo tu corazón, hija de Jerusalén! El Señor ha revocado los decretos dados contra ti y ha rechazado tu enemigo. El Rey de Israel es el Señor en medio de ti, tú no verás ya más el infortunio…” (Sof 3, 14-15ss). “Alégrate y regocíjate, hija de Sión, porque he aquí que yo vengo para habitar en medio de ti” (Zc 2, 14).
• La concepción de Jesús es un acontecimiento nuevo, la primicia de la futura nueva creación operada por la potencia creativa de Dios que viene al encuentro de la imposibilidad de concebir de María, porque todavía no conoce varón (Lc 1, 34). La sombra que el Altísimo extiende sobre María recuerda la nube que de día acompañaba al pueblo en el desierto (Ex 13,22), que daba sombra al monte Sinaí revelando la gloria del Señor por seis días (Ex 19,16; 24,17). Es también un signo de la protección de Dios otorgada al justo que invoca el nombre del Señor y se pone en sus manos durante la prueba (Sal 17,8, 57,2; 140,8). En la creación, el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas, signo de la potencia creadora de la palabra de Dios (Gén 1,2). Dios supera toda capacidad humana, nada es imposible para Él (Lc 1,47; Gen 18, 14; Jer 32,27). Ante el Señor de la alegría, de la vida y de la salvación, María acoge su palabra generadora y creadora: “He aquí la esclava del Señor, que me suceda como has dicho” (Lc 1, 38).
b) Preguntas para orientar la meditación y actualización:
• El Señor se revela a los anawîm de su pueblo: Según tu parecer ¿quiénes son los anawîm contemporáneos a nosotros?
• Muchas veces nos sentimos como si viviéramos en un mundo hostil a la revelación de Dios. Parece también que Él ha enmudecido, que no revela más su palabra que da vida ¿Es esto verdad? Si Él todavía nos habla ¿dónde puedo encontrar su palabra viviente? ¿Cómo acogerla?
• Las potencias del mal paresen envolver nuestro inquieto mundo. Las diversas modalidades de opresión parecen que incluso oprimen también al Dios de la alegría, de la libertad, de la misericordia. ¿Cómo te comportas tú ante esta realidad? ¿Piensas que el texto de hoy pueda inspirarte un comportamiento justo ante las situaciones imposibles?
• ¿Qué piensas tú que sea la característica del comportamiento de María? ¿Te revela algo en tu vida?
MISAL INMACULADA CONCEPCIÓN
Solemnidad
Antífona de entrada Is 61, 10
Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios: porque me ha puesto un traje de salvación y me ha envuelto con un manto de justicia, como novia que se adorna con sus joyas.
Se dice Gloria.
Oración colecta
Oh, Dios,
que por la Concepción Inmaculada de la Virgen
preparaste a tu Hijo una digna morada
y, en previsión de la muerte de tu Hijo,
la preservaste de todo pecado,
concédenos, por su intercesión,
llegar a ti limpios de todas nuestras culpas.
Por nuestro Señor Jesucristo.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Señor, recibe complacido el sacrificio salvador que te ofrecemos
en la solemnidad de la Inmaculada Concepción
de santa María Virgen
y, así como reconocemos que la preservaste, por tu gracia,
limpia de toda mancha,
guárdanos también a nosotros,
por su intercesión, libres de todo pecado.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Prefacio:
EL MISTERIO DE MARÍA Y DE LA IGLESIA
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Porque preservaste a la santísima Virgen María
de toda mancha de pecado original,
para preparar en ella,
enriquecida con la plenitud de tu gracia,
la digna madre de tu Hijo,
y mostrar el comienzo de la Iglesia,
su bella esposa, sin mancha ni arruga.
Purísima había de ser
la Virgen que nos diera al Cordero inocente
que quita el pecado del mundo.
Purísima la que destinabas entre todos,
para tu pueblo,
como abogada de gracia,
y ejemplo de santidad.
Por eso,
unidos a los coros de los ángeles,
te alabamos proclamando llenos de alegría:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Antífona de comunión
Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María,
porque de ti ha nacido el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios.
Oración después de la comunión
Señor Dios nuestro,
el sacramento que hemos recibido
repare en nosotros las heridas de aquel primer pecado
del que preservaste de modo singular
la Concepción inmaculada de la santísima Virgen María.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Se puede usar la fórmula de bendición solemne
V/. El Dios, que en su providencia amorosa
quiso salvar al género humano
por el fruto bendito del seno de la Virgen María,
os colme de sus bendiciones.
R/. Amén.
V/. Que os acompañe siempre la protección de la Virgen,
por quien habéis recibido al Autor de la vida.
R/. Amén.
V/. Y a todos vosotros,
reunidos hoy para celebrar con devoción
esta fiesta de María,
el Señor os conceda la alegría del Espíritu
y los bienes en su reino.
R/. Amén.
V/. Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo + y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros.
R/. Amén.
LECCIONARIO DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
Solemnidad
Pondré enemistad entre tu linaje y el linaje de la mujer
Lectura del libro del Génesis 3, 9-15.20
Después que el hombre y la mujer comieron del árbol que Dios les había prohibido, el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?»
«Oí tus pasos por el jardín, respondió él, y tuve miedo porque estaba desnudo. Por eso me escondí.»
El replicó: «¿Y quién te dijo que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que yo te prohibí?»
El hombre respondió: «La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él.»
El Señor Dios dijo a la mujer: «¿Cómo hiciste semejante cosa?»
La mujer respondió: «La serpiente me sedujo y comí.»
Y el Señor Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales domésticos y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre, y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón.»
El hombre dio a su mujer el nombre de Eva, por ser ella la madre de todos los vivientes.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 97, 1-4
R. Canten al Señor un canto nuevo,
porque él hizo maravillas.
Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. R.
El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. R.
Manténganse puros e irreprochables para el día de Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos 1, 4-11
Hermanos:
Siempre y en todas mis oraciones pido con alegría por todos ustedes, pensando en la colaboración que prestaron a la difusión del Evangelio, desde el comienzo hasta ahora. Estoy firmemente convencido de que aquel que comenzó en ustedes la buena obra la irá completando hasta el Día de Cristo Jesús. Y es justo que tenga estos sentimientos hacia todos ustedes, porque los llevo en mi corazón, ya que ustedes, sea cuando estoy prisionero, sea cuando trabajo en la defensa y en la confirmación del Evangelio, participan de la gracia que he recibido.
Dios es testigo de que los quiero tiernamente a todos en el corazón de Cristo Jesús. Y en mi oración pido que el amor de ustedes crezca cada vez más en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor. Así serán encontrados puros e irreprochables en el Día de Cristo, llenos del fruto de justicia que proviene de Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. Lc 1, 28
Aleluia.
Alégrate, María, llena de gracia,
el Señor está contigo,
bendita tú entre las mujeres.
Aleluia.
EVANGELIO
¡Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo!
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 26-38
El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María.
El ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo.
Pero el Angel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin.»
María dijo al ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios.»
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho.»
Y el ángel se alejó.
Palabra del Señor.
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