Solemnidad de la Navidad ( C)

 Liturgia Viva de La Natividad del Señor

Y EL VERBO SE HIZO HOMBRE

Saludo (Ver Segunda Lectura)

En nuestro propio tiempo Dios nos ha hablado
por medio de su propio Hijo
-luz radiante de la gloria de Dios-,
por medio del cual hizo todas las cosas.
Que este Hijo, Jesucristo el Señor, esté siempre con ustedes

 

Introducción por el Celebrante

 

Hoy Dios nos dice algo muy importante sobre el sentido y significado de nuestra fe cristiana. Nuestra fe nos es precisa y solamente una doctrina en la que creemos. La Palabra de Dios no es una doctrina, sino una persona: Jesús. En él la Palabra de Dios y sus promesas se vuelven vivas. El Hijo de Dios se hace nuestro hermano y centro de nuestras vidas. En Jesús, Dios Padre nos revela quién es él: un Dios que ama, un Dios que salva, cercano a su pueblo. Por medio de Jesús, Dios nos vincula a sí mismo y él se vincula a nosotros.: comparte plenamente nuestra vida. Por medio de y con Jesús podemos responder al amor de Dios en fiel entrega a Dios y los unos a los otros. Celebremos todo esto con Jesús.

 

Acto Penitencial

 

Pidamos perdón a Dios y a los hermanos, por las veces que no aceptamos la palabra y la persona de Jesucristo. (Pausa)

– Señor, tú eres la Palabra que tu Padre pronunció para crearnos a nosotros y a todas las cosas. R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

– Cristo Jesús, tú nos has hablado la palabra liberadora del Evangelio -la Buena Noticia- sobre perdón y vida. R/ Cristo, ten piedad de nosotros. 

 

– Señor Jesús, tú eres la Palabra viva de Dios que hizo visible el amor del Padre por medio de tu vida y de tu muerte. R/ Señor, ten piedad de nosotros.

Señor, tú estás aquí entre nosotros. Pronuncia para nosotros tu Palabra que nos libere del pecado. Llévanos a la vida eterna. Amén.

 

Oración Colecta

 

Roguemos
para que la palabra de Dios esté viva en nosotros hoy.
(Pausa)

Oh Dios nuestro, siempre fiel:
Tú te das a conocer y nos hablas
por medio de Jesucristo,
que es tu imagen visible y tu Palabra de vida.
Abre nuestros oídos y nuestros corazones,
para que sepamos recibir tu Palabra y guardarla.
Que tu Palabra se haga carne en nosotros,
también en nuestras palabras de paz y verdad
y en nuestras obras de justicia y amor,
de amistad y de humilde servicio.
Que ojalá sea ésta la manera
por la que los hombres reconozcan
que tu Hijo vive en medio de nosotros hoy,
y así te alaben a ti
por los siglos de los siglos.

 

Primera Lectura (Is 52,7-10): La Buena Noticia de Liberación
Dios anuncia la liberación a su pueblo cautivo. Esta liberación nos alcanza a nosotros hoy medio de Jesús.

Segunda Lectura (Heb 1,1-6): Ahora Dios nos Habla por medio de su Hijo
Dios ha hablado con frecuencia al pueblo, pero desde la venida de su Hijo a la tierra, él nos habla su palabra definitiva, Jesús. En él apreciamos lo que significa Dios y quién es Dios.

Evangelio (Jn 1,1-18): Y el Verbo se Hizo Hombre
El evangelista Juan nos habla del misterio de Jesús: Él es la imagen del Padre, su Palabra se hizo hombre, su luz disipa nuestra oscuridad, Dios vive entre nosotros. ¿Le aceptamos nosotros como él es?

 

 

Oración de los Fieles

 

Dios nos habla su palabra viva, la persona de Jesús. Digamos ahora nuestras balbucientes palabras a Jesús, nuestro Señor y hermano, y digámosle: 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

1. Señor, Jesús, por todos los que proclaman al Pueblo de Dios la palabra liberadora de tu Evangelio, para que ellos mismos se sientan llenos de ella y así la proclamen con ardor y convicción. Por eso te decimos: 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

2. Señor Jesús, por todos los que oyen tu palabra viva, para que la reciban, la atesoren en su corazón y dé frutos de justicia y amor en sus vidas. Por eso te decimos: 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

3. Señor Jesús, por todos los que no te conocen todavía, para que la vida de muchos cristianos convencidos abra su ojos a ti, verdadera luz del mundo. Por eso te decimos: 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

4. Señor Jesús, por los que hablan palabras de amargura y gritan su soledad y miseria, para que nosotros les hablemos palabras confortantes de esperanza. Por eso te decimos: 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

5. Señor Jesús, por tu cuerpo visible en la tierra -nuestras comunidades cristianas-, para que sepamos vivir en paz con Dios y con los hermanos, y así seamos un solo corazón y una sola alma. Por eso te decimos. 

 

R/ Háblanos tu Palabra, Señor.

 

Señor Jesús, tú viniste a nuestro mundo y conoces nuestras necesidades, deseos y aspiraciones. No nos des siempre lo que te pedimos, sino lo que realmente necesitamos, y quédate siempre con nosotros, ahora y por los siglos de los siglos.

 

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Oh Dios y Padre nuestro:
Tú designaste que Jesús hablara su palabra poderosa
para que estos dones de pan y vino
se convirtieran en su cuerpo y sangre
para la vida del mundo.
Que este mismo Hijo tuyo
nos hable también a nosotros
de corazón a corazón,
para que él llene nuestras palabras vacías
con el poder de integridad y verdad
y para que nos transforme, aun siendo tímidos,
en personas de paz, valor y audacia,
que vivan sin componendas ni tergiversaciones
el Evangelio de Cristo nuestro Señor.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística

Prorrumpan en gritos de alegría, todos juntos, porque el Señor ha venido para salvar a su pueblo. Damos gracias y alabanza al Padre del cielo por el don de su Hijo, a nosotros y al mundo entero.

Introducción al Padre Nuestro

Dios escuchará nuestras palabras balbuceantes si se las decimos con Jesús.

R/ Padre nuestro…

 

Oración por La Paz

 

Señor nuestro, Jesucristo:
Tú entraste en nuestro mundo
como la Palabra de paz del Padre.
Da a tus hijos y a todas las naciones
una paz basada en la justicia y en la verdad.
Disponnos para ofrecer siempre los unos a los otros
signos de reconciliación
y para hablar palabras de acogida y de paz,
Únenos en la paz de tu reino
donde vives y reinas
por los siglos de los siglos.

 

Invitación a la Comunión

Éste es Jesucristo, Palabra viva de Dios,
la luz verdadera que ilumina a todos los hombres.
Dichosos los que le reciben,
porque él les hace hijos de Dios.
R/ Señor no soy digno…

 

 

Oración después de la Comunión

 

Señor Dios, Padre todopoderoso:
Tú nos has colmado con la Palabra
y el cuerpo de Jesús, tu Hijo.
Y nos has confiado tu Hijo a nosotros;
que su palabra de Evangelio
-Buena Noticia de salvación-
esté en nuestros labios y en nuestra vida
para proclamárnosla los unos a los otros,
y que le demos forma y vida
construyendo su comunidad de justicia y amor.
Que con él seamos tu palabra, tu don
y tu señal de esperanza para el mundo.
Te lo pedimos en el nombre del mismo Jesús, el Señor.

 

 Bendición

Dios nos ha hablado aquí hoy no con meras promesas
sino en la persona viviente de su propio Hijo.
Él vino como luz que ilumina nuestra oscuridad.
¿Cómo podríamos nosotros todavía permanecer en la tiniebla?

Él nos ha hecho hijos e hijas de Dios.
¿Vivimos efectivamente como hijos e hijas suyos?
¿Estamos reflejando su luz a los hermanos?
En medio de la alegría de Navidad,
no olvidemos nuestra bella misión: dar a Jesús al mundo.
Y que Dios todopoderoso y misericordioso

nos bendiga y nos guarde a todos:
el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

Podemos ir en la paz de Cristo para ser testigos de su amor.

 

Feliz Navidad

 

Todo llega. Después de las cuatro semanas de Adviento, hoy celebramos la Navidad y echamos la casa por la ventana. La Iglesia se nos llena de blanco, de flores, de cantos de alegría. Hasta nuestras calles y nuestras casas están adornadas de mil maneras. La tradición de cada país ha sido riquísima en formas. Hasta muchos de los que no creen en Dios en el mundo occidental se dejan llevar por la alegría de esta celebración. Es una fiesta emotiva y familiar. Es una fiesta que a muchos les toca el corazón. Y eso es bueno. No hay por qué despreciarlo, que los caminos de Dios para llegar al corazón de las personas son muchos y muy variados.

 

Pero quizá conviene que nosotros los creyentes hagamos el esfuerzo de atravesar las capas más superficiales de esta fiesta, que no nos dejemos engañar por las apariencias ni por las lucecitas ni por las bolas de colores. Y que vayamos a lo más central de esta celebración que recuerda un momento decisivo en nuestra historia. Porque esto que llamamos Navidad sería casi mejor que lo llamásemos la fiesta de la Encarnación. Hacemos memoria de la entrada gloriosa de Dios en nuestro mundo, cuando se hizo uno de nosotros, uno de nuestra carne y sangre, cuando nos demostró que no le somos indiferentes sino que su amor es tan grande que se manifestó, se hizo carne, entre nosotros.

Pero conviene que vayamos todavía un poco más allá. Porque siendo importante el hecho, Dios se encarna, también son importantes las circunstancias de la encarnación. No es lo mismo nacer en un palacio que en un estable maloliente y sucio. No es lo mismo ser hijo del rico y poderoso que nacer en una familia humilde y pobre, para los que no hubo sitio en la posada (y para los ricos siempre hay sitio, como sabemos todos). Conviene mirar al belén y desnudarle de todos sus adornos. Porque Dios, nuestro Dios, el Todopoderoso, se encarnó pero lo hizo en la criatura más frágil, vulnerable e indefensa que uno se pueda imaginar: un niño recién nacido. Así se abajó Dios para hacerse uno de nosotros. Se encarnó en todo lo contrario del Todopoderoso, que es como imaginamos a Dios. En Navidad Dios se hizo nada-poderoso. Como nosotros. Eso sí es cercanía y solidaridad. Eso sí es “Dios-con-nosotros”.

 


 EVANGELIO

 

Misa de medianoche.

 

Hoy os ha nacido un Salvador.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,1-14

 

En aquellos días, salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero.

 

Éste fue el primer censo que se hizo siendo Quirinio gobernador de Siria. Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.

 

También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.

 

En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño.

 

Y un ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de claridad y se llenaron de gran temor.

 

El ángel les dijo:

 

- No temáis, os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

 

De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo:

 

- Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama.

 

Palabra de Dios.

 

Misa de la aurora.

 

Los pastores encontraron a María y a José, y al niño.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 2,15-20

 

Cuando los ángeles los dejaron y subieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: "Vamos derechos a Belén, a ver eso que ha pasado y que nos ha comunicado el Señor." Fueron corriendo y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho.

 

Palabra de Dios.

 

Misa del día.

 

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Juan 1,1-18

 

En el principio ya existía la Palabra,

y la Palabra estaba junto a Dios,

y la Palabra era Dios.

 

La Palabra en el principio estaba junto a Dios.

 

Por medio de la Palabra se hizo todo,

y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho.

 

En la Palabra había vida,

y la vida era la luz de los hombres.

 

La luz brilla en la tiniebla,

y la tiniebla no la recibió.

 

[Surgió un hombre enviado por Dios,

que se llamaba Juan:

éste venía como testigo,

para dar testimonio de la luz,

para que por él todos vinieran a la fe.

 

No era él la luz,

sino testigo de la luz.]

 

La Palabra era la luz verdadera,

que alumbra a todo hombre.

 

Al mundo vino,

y en el mundo estaba;

el mundo se hizo por medio de ella,

y el mundo no la conoció.

 

Vino a su casa,

y los suyos no la recibieron.

 

Pero a cuantos la recibieron,

les da poder para ser hijos de Dios,

si creen en su nombre.

 

Éstos no han nacido de sangre,

ni de amor carnal,

ni de amor humano,

sino de Dios.

 

Y la Palabra se hizo carne

y acampó entre nosotros,

y hemos contemplado su gloria:

gloria propia del Hijo único del Padre,

lleno de gracia y de verdad.

 

[Juan da testimonio de él y grita diciendo:

 

- Éste es de quien dije: «El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo».

 

Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia, porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.

 

A Dios nadie lo ha visto jamás.

 

El Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 

Palabra de Dios.

 

 

 EL CORAZÓN DE LA NAVIDAD

 

Os ha nacido hoy el Salvador.

 

Poco a poco lo vamos consiguiendo. Ya hemos logrado celebrar unas fiestas entrañables, sin conocer exactamente su razón de ser. Nos felicitamos unos a otros y no sabemos por qué. Se anuncia la Navidad y se oculta su motivo. Muchos no recuerdan ya dónde está el corazón de estas fiestas. ¿Por qué no escuchar el primer pregón de Navidad? Lo compuso el evangelista Lucas hacia el año ochenta.

 

Según el relato, es noche cerrada. De pronto, una claridad envuelve con su resplandor a unos pastores. El evangelista dice que es la gloria del Señor. La imagen es grandiosa: la noche queda iluminada. Sin embargo, los pastores se llenan de temor. No tienen miedo a las tinieblas sino a la luz. Por eso, el anuncio empieza con estas palabras: No temáis.

 

No nos hemos de extrañar. Preferimos vivir en tinieblas. Nos da miedo la luz de Dios. No queremos vivir en la verdad. Quien no ponga estos días más luz y verdad en su vida, no celebrará la Navidad.

 

El mensajero continúa: Os traigo la Buena Noticia, la gran alegría para todo el pueblo. La alegría de Navidad no es una más entre otras. No hay que confundirla con cualquier bienestar, satisfacción o disfrute. Es una alegría grande, inconfundible, que viene de la Buena Noticia de Jesús. Por eso, es para todo el pueblo y ha de llegar, sobre todo a los que sufren y viven tristes.

 

Si ya Jesús no es una «buena noticia» para nosotros; si su evangelio no nos dice nada; si no conocemos la alegría que sólo nos puede llegar de Dios; si reducimos estas fiestas a disfrutar cada uno de su bienestar o a alimentar un gozo religioso egoísta, celebraremos cualquier cosa menos la Navidad.

 

La única razón para celebrarla es ésta: Os ha nacido hoy el Salvador. Ese niño no les ha nacido a María y José. No es suyo. Es de todos. Es el Salvador del mundo. El único en el que podemos poner nuestra última esperanza. Este mundo que conocemos no es la verdad absoluta. Jesucristo es la esperanza de que la injusticia que hoy lo envuelve todo no prevalezca para siempre.

 

Sin esta esperanza, no hay Navidad. Despertaremos nuestros mejores sentimientos, disfrutaremos del hogar y la amistad, nos regalaremos momentos de felicidad. Todo eso es bueno. Muy bueno. Todavía no es Navidad.

 

 

ANTE EL MISTERIO DEL NIÑO

 

Los hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Charles Péguy que “hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo”. Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de “alma acostumbrada”.

 

Estamos acostumbrados a escuchar que “Dios ha nacido en un portal de Belén”. Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se ofrece como niño. Lo dice Antoine de Saint Exupéry en el prólogo de su delicioso Principito: “Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan”. Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.

 

Pero esa es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

 

Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón.

 

A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de “adultos”, siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía nos hemos dejado de ser niños.

 

Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.

 

Escuchemos dentro de nosotros ese “corazón de niño” que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” (Antoine de Saint-Exupéry).

 

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa, sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos, sino que nos abre; que no separa, sino que une; que no recela, sino que confía; que no entristece, sino que ilumina; que no teme, sino que ama.

 

 

EL ROSTRO HUMANO DE DIOS

 

El cuarto evangelio comienza con un prólogo muy especial. Es una especie de himno que, desde los primeros siglos, ayudó decisivamente a los cristianos a ahondar en el misterio encerrado en Jesús. Si lo escuchamos con fe sencilla, también hoy nos puede ayudar a creer en Jesús de manera más profunda. Solo nos detenemos en algunas afirmaciones centrales.

 

«La Palabra de Dios se ha hecho carne». Dios no es mudo. No ha permanecido callado, encerrado para siempre en su Misterio. Dios se nos ha querido comunicar. Ha querido hablarnos, decirnos su amor, explicarnos su proyecto. Jesús es sencillamente el Proyecto de Dios hecho carne.

 

Dios no se nos ha comunicado por medio de conceptos y doctrinas sublimes que solo pueden entender los doctos. Su Palabra se ha encarnado en la vida entrañable de Jesús, para que lo puedan entender hasta los más sencillos, los que saben conmoverse ante la bondad, el amor y la verdad que se encierra en su vida.

 

Esta Palabra de Dios «ha acampado entre nosotros». Han desaparecido las distancias. Dios se ha hecho «carne». Habita entre nosotros. Para encontrarnos con él, no tenemos que salir fuera del mundo, sino acercarnos a Jesús. Para conocerlo, no hay que estudiar teología, sino sintonizar con Jesús, comulgar con él.

 

«A Dios nadie lo ha visto jamás». Los profetas, los sacerdotes, los maestros de la ley hablaban mucho de Dios, pero ninguno había visto su rostro. Lo mismo sucede hoy entre nosotros: en la Iglesia hablamos mucho de Dios, pero nadie lo hemos visto. Solo Jesús, «el Hijo de Dios, que está en el seno del Padre es quien lo ha dado a conocer».

 

No lo hemos de olvidar. Solo Jesús nos ha contado cómo es Dios. Solo él es la fuente para acercarnos a su Misterio. ¡Cuántas ideas raquíticas y poco humanas de Dios hemos de desaprender y olvidar para dejarnos atraer y seducir por ese Dios que se nos revela en Jesús!

 

Cómo cambia todo cuando uno capta por fin que Jesús es el rostro humano de Dios. Todo se hace más simple y más claro. Ahora sabemos cómo nos mira Dios cuando sufrimos, cómo nos busca cuando nos perdemos, cómo nos entiende y perdona cuando lo negamos. En él se nos revela «la gracia y la verdad» de Dios.

 

LA NOSTALGIA DE LA NAVIDAD

 

La luz brilla en las tinieblas.

 

La Navidad es una fiesta llena de nostalgia. Se canta la paz, pero no sabemos construirla. Nos deseamos felicidad, pero cada vez parece más difícil ser feliz. Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que necesitamos es ternura y afecto. Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones se apaga la fe. La vida no es como quisiéramos, pero no sabemos hacerla mejor.

 

No es sólo un sentimiento de Navidad. La vida entera está transida de nostalgia. Nada llena enteramente nuestros deseos. No hay riqueza que pueda proporcionar paz total. No hay amor que responda plenamente a los deseos más hondos. No hay profesión que pueda satisfacer del todo nuestras aspiraciones. No es posible ser amados por todos.

 

La nostalgia puede tener efectos muy positivos. Nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar. Nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a algo más grande y pleno que todo lo que conocemos. Al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos pueda dar, a no esperar de las relaciones lo que no nos pueden proporcionar. La nostalgia no nos deja vivir encadenados sólo a este mundo.

 

Es fácil vivir ahogando el deseo de infinito que late en nuestro ser. Nos encerramos en una coraza que nos hace insensibles a lo que puede haber más allá de lo que vemos y tocamos. La fiesta de la Navidad, vivida desde la nostalgia, crea un clima diferente: estos días se capta mejor la necesidad de hogar y seguridad. A poco que uno entre en contacto con su corazón, intuye que el misterio de Dios es nuestro destino último.

 

Si uno es creyente, la fe le invita estos días a descubrir ese misterio, no en un país extraño e inaccesible, sino en un niño recién nacido. Así de simple y de increíble. Hemos de acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave y sin ruidos; sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón. Nos encontramos con Dios cuando le abrimos lo mejor que hay en nosotros.

 

A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, la Navidad puede acercar a Dios. Al menos, si la vivimos con fe sencilla y corazón limpio.

 

 

NAVIDAD DIFERENTE

 

La luz brilla en las tinieblas.

 

Es cierto que la Navidad es una fiesta muy estropeada en nuestros días. Sin embargo, también hoy es posible vivir su verdadero contenido. Para ello es necesario —eso sí— reaccionar ante tanta frivolidad y atreverse a vivir estos días de manera diferente.

 

Lo primero es recuperar el origen auténtico de estas fiestas. Disfruta, descansa, celebra..., pero recuerda lo que festejamos: Dios no es ese ser distante y temible que a veces te imaginas. El verdadero Dios nos muestra su rostro en ese niño débil y vulnerable que sólo irradia paz y ternura. Alégrate y mucho estos días porque Dios es más cercano, más bueno y más entrañable que todas las imágenes tristes que tienes de él.

 

Probablemente estás ya enviando tus felicitaciones navideñas a los familiares, amigos y conocidos de siempre. Es bueno que quieras la felicidad de los que te rodean, pero puedes felicitar también a personas que no recibirán felicitación alguna o a alguien que este año vivirá una Navidad triste, pues recordará al ser querido ausente o perdido no hace mucho.

 

Las Navidades son días de buenos deseos e intercambio de regalos. Ten algún detalle con tus seres queridos, pero recuerda también a quienes estos días sentirán con más crudeza su soledad, su vejez, su enfermedad o su miseria. ¿Por qué este año no te sales de tu círculo de familiares y amigos y tienes un detalle con quienes realmente lo necesitan?

 

Es obligado estos días cuidar más el encuentro familiar y el clima hogareño de estas fiestas. No lo hagas por cumplimiento. Estrecha los lazos con los tuyos y busca el acercamiento y la reconciliación con aquellos de quienes te has distanciado.

 

Pronto comenzaremos el año con la mentira de siempre: «Año Nuevo, vida nueva». No es fácil renovar y cambiar nuestra trayectoria. Pero estrenas un año nuevo y siempre es posible el deseo de algo mejor. ¿Por qué no concretas estos días algo que puedes cambiar o mejorar este año?

 

Si tienes ya cierta edad, no te resultará fácil disfrutar del contenido entrañable de estas fiestas. Sólo lo conocerás si despiertas al niño que hay escondido en algún rincón de tu corazón. No te reprimas, acércate al portal de Belén y rézale al Niño Dios. No estás tan distanciado como parece.

 

 

NIÑOS

 

Vino al mundo.

 

Hay llamadas que nos trabajan durante la Navidad, más allá incluso de nuestras convicciones religiosas personales. Como señala el teólogo y psicoterapeuta E. Drewermann, «entre los europeos, en ningún día del año nuestro deseo de paz y de protección es tan grande como en la víspera de Navidad».

 

En la raíz de todo está la imagen de un Dios que entra en nuestra vida haciéndose niño, es decir, un ser frágil e macaba- do que todavía no sabe decir ni hacer nada aparentemente valioso. Este hecho central de la fe cristiana ha convertido a la Navidad en símbolo y llamada a despertar en nosotros al «niño» que somos y al que apenas dejamos nacer.

 

Ser adultos: ésa ha sido la consigna. Y todos, de alguna manera, nos esforzamos por exhibir resultados, eficacia, certezas indiscutibles. Nos exigimos demasiado unos a otros: perfección, habilidad, inteligencia, rendimiento. Apenas comenzamos a crecer, aprendemos a tememos unos a otros más que a amar, que es lo único para lo que hemos nacido.

 

Queremos ser adultos libres, y terminamos esclavos de mil leves que. sin estar escritas en ninguna parte, son sagradas. No sabemos querernos, pero hemos de cuidar al máximo cómo vestirnos, cómo hablar y presentarnos ante los otros, cómo actuar «correctamente» según lo establecido, cómo dar buena imagen. Ahogamos la vida, y luego aprendemos a considerar como normal el vivir atados al deber diario, realizado sin amor ni ilusión alguna.

 

En el prólogo de su delicioso «Principito», A. Saint-Exupery dice que «todas las personas han sido antes niños, pero pocas lo recuerdan». La Navidad nos invita a despertar lo que queda en nosotros de ese «niño» que fuimos, capaces de admirar, acoger y amar de manera espontánea y con gozo el regalo de la vida diaria.

 

Siempre hay en nosotros un rincón olvidado en el que todavía no hemos dejado de ser niños. Somos frágiles y lo sabemos: necesitamos protección. No acertamos a vivir solos, y lo sabemos: necesitamos querer a alguien y que alguien nos quiera. Cometemos errores, y lo sabemos: necesitamos bendición. Este es el mensaje de la Navidad para todos: sólo salva el amor encarnado en la fragilidad de nuestra existencia. El creyente, por su parte, celebra estos días el fundamento y la raíz de esa verdad: sólo salva un Dios que ama infinitamente al ser humano y se encarna entre nosotros en ese Niño de Belén.

 

 

LA VERDAD DE UNAS FIESTAS

 

La luz brilla en la tiniebla.

 

No lo puedo evitar. La Navidad despierta en mí una sensación de malestar. Me disgusta la «presión consumista». No me siento bien ante la «obligación» de felicitar y de recibir felicitaciones. Algo se rebela dentro de mí. No quiero esa Navidad.

 

Pero no es mi intención hacer una crítica fácil del carácter cada vez más superficial de estas fiestas. Disfruto mucho felicitando a las personas amigas. Me gusta el descanso de estos días en el hogar. Es un regalo vivir de cerca la ilusión de los niños. En el fondo de esa «atmósfera» tan especial de la Navidad intuyo lo que los hombres y mujeres anhelan: amor, convivencia pacífica, felicidad, cobijo, amistad. Lo estropeamos de muchas maneras, pero no es difícil ver hacia dónde apunta el corazón humano.

 

La Navidad me sigue ayudando a captar mejor la verdad última de la existencia. Es posible que todos «creamos» más que cuanto decimos. Es fácil, sobre todo, que nuestro corazón ande buscando la salvación de Dios más de lo que admitimos teóricamente.

 

Nuestra vida está dominada por el Misterio. Nos atrae el bien; necesitamos felicidad total; estamos hechos para amar y ser amados. Buscamos «salvación» y sabemos que no está en nosotros. Podemos darle un nombre u otro. Llamarlo Dios o no llamarlo de ninguna manera. Pero el ser humano anda buscando un Salvador.

 

Desde esta clave puede uno aproximarse a la verdad de la Navidad cristiana. Al misterio, las religiones lo llaman «Dios». A Dios, la fe cristiana le pone un nombre: Amor. Podemos invocarlo con confianza. Dios acepta al ser humano, lo ama y lo salva.

 

Si, estos días, intuimos mejor la verdad que se encierra en el misterio de la vida, y confiamos más en la salvación última del ser humano, estamos «viviendo» la Navidad. Si, además, en el fondo de nuestro corazón se despierta, aunque sea tímidamente, la confianza en Dios y somos capaces de invocarlo: «Yo confío en tu misericordia, mi corazón se alegra con tu salvación» (Salmo 13), estamos celebrando la Navidad cristiana.

 

Estas fiestas seguirán «secuestradas» por nuestra superficialidad. Pasará la Navidad y todo seguirá como antes. Pero la verdad decisiva está ahí: Dios nos ha aceptado tal como somos, seres frágiles y mediocres. El conoce nuestra indigencia. Es nuestro Salvador.

 

Esa es la verdadera razón de la alegría navideña. Lo primero que se nos pide es vivir con alegría: «Os anuncio una gran alegría para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador que es el Cristo Señor» (Lc 2, 11). Estar triste, incluso en Navidad, es fácil. La alegría, por el contrario, exige esfuerzo. Y la auténtica, sólo puede brotar de la confianza en Dios nuestro Salvador.

 

EXPERIENCIAS DE NAVIDAD

 

Vino al mundo.

 

Todos los años la misma sensación. Esa «atmósfera» especial hecha de villancicos, felicitaciones y frases piadosas. Ese clima de regalos, compras y cenas abundantes. Esa «obligación» de desearnos paz y felicidad.

 

¿Qué puede hacer uno en medio de estas fiestas reducidas a algo tan convencional? ¿Participar resignadamente en toda esa confusión disimulando los verdaderos sentimientos que lleva dentro? ¿Gritar la verdad de la Navidad cuando es entendida de manera cristiana?

 

A pesar de toda la frivolidad que parece haberse apoderado de estas fechas, es posible todavía captar en las fiestas navideñas algunas experiencias que permiten abrirnos a la verdad esencial de la Navidad.

 

Para comenzar, hay algo fácil de percibir en el sabor agridulce de estas fiestas. Detrás de tantos deseos de paz y felicidad, y de tanta ilusión navideña, no podemos eludir una sensación: los hombres hemos nacido para algo más. En el fondo, anhelamos una felicidad que no podemos construir con nuestras propias manos. ¿Dónde encontrarla?

 

Hay personas que, precisamente en estas fechas navideñas, sienten con más fuerza que nunca una realidad innegable: estamos solos. Podemos crear un clima muy hogareño o multiplicar cenas ruidosas, dentro de cada uno de nosotros hay siempre un mundo en el que estamos solos y adonde no puede acompañarnos ni la persona más querida. Pero, ¿es la soledad nuestro último destino?

 

Hay algo más. Vivimos volcados en lo inmediato, agarrándonos a lo que podemos tocar y comprobar, pero no podemos sustraernos al misterio. En la alegría más íntima, en la angustia más oscura, en el disfrute del amor más sublime, siempre hay un anhelo de algo más pleno y total. ¿Qué buscamos? ¿Dónde está nuestra última verdad?

 

La Navidad nos recuerda que el misterio domina nuestra existencia. En él se hunden nuestras raíces, hacia él se dirigen nuestros anhelos más profundos. Misterio que no se desvanece por mucho que crece la ciencia. Misterio que atrae y atemoriza, y al que los creyentes damos un nombre: Dios.

 

El hombre que acepta su existencia hasta el fondo está caminando hacia la fe. El que se abandona silenciosamente al misterio último de la vida no está lejos de Dios. El que lo invoca con confianza está ya abriéndose a él.

 

Lo propio del cristiano es que acoge el Misterio tal como se le ofrece encarnado en Jesús. Descubre con gozo que la vida no es vacío y soledad, que el misterio último de la existencia no es rechazo sino amor, que Dios no es amenaza sino amistad.

 

Cuando algo de esto se produce y sentimos a Dios como alguien cercano en el fondo de nuestro ser, encarnado en nuestra propia existencia, amigo fiel que desde Cristo nos acompaña hacia la salvación, en nosotros es Navidad.

 

 

NOCHEBUENA

 

Os ha nacido un Salvador.

 

Si nuestro corazón no ha quedado insensibilizado del todo por las mil preocupaciones, problemas o intereses que nos invaden día a día, es fácil que esta noche, al llegar al hogar, sintamos una sensación diferente, difícil de definir. Esta noche es Nochebuena.

 

¿Cómo podríamos llamar a “eso” que percibimos en nuestro interior? ¿Nostalgia? ¿Gozo? ¿Deseo de una inocencia perdida? ¿Necesidad de paz? ¿Anhelo de felicidad imposible?

 

No. Los problemas no han desaparecido. La paz sigue esta noche tan ausente de nuestro mundo como siempre. Los sufrimientos y conflictos están ahí, dentro de nuestro hogar y dentro de cada uno de nosotros.

 

Por eso se nos hace tan difícil esta noche celebrar la Nochebuena. Tenemos buenos motivos para no tener mucha confianza en ella.

 

Sin embargo, esta noche hay algo que parece querer brotar en nosotros. ¿Es sólo la nostalgia de unos recuerdos infantiles? ¿La evocación de unas costumbres religiosas que persisten en nuestra conciencia?

 

Tal vez, si nos escuchamos con un poco de atención, descubramos en nosotros la necesidad de una vida más gozosa, más limpia, más humana.

 

Navidad significa “nacimiento”. Pero los cristianos no celebramos solamente el nacimiento del Hijo de Dios en Belén. Esta noche cada uno de nosotros nos sentimos llamados a renacer.

 

De poco sirve celebrar que Cristo ha nacido hace dos mil años si nada nuevo nace hoy en nosotros. De poco sirve que se haya cantado la paz en Belén si dentro de nosotros no se despierta hoy el deseo de trabajar por la paz y la solidaridad entre los hombres.

 

Sobre todo, de poco me sirve a mí que la ternura y el amor de Dios se hayan manifestado a los hombres si yo hoy no soy capaz de escuchar, acoger y agradecer ese amor.

 

Tal vez lo primero que se me pide esta noche es creer en algo que me resulta difícil creer: Yo puedo nacer de nuevo. Mi vida puede ser mejor. El gozo puede brotar otra vez en el fondo de mi ser.

 

Basta mirar con fe sencilla “el misterio de Belén”. Dios es infinitamente mejor de lo que yo me creo. Más amigo, más fiel, más comprensivo, más cercano. El puede transformar mi persona. Puede salvar mi vida.

 

Esta noche puedo acoger sin miedo ese gozo que se despierta dentro de mí. Esta noche puedo atreverme a cantar con mis hijos pequeños esos ingenuos villancicos. Esta noche puedo mirar de manera diferente a los ojos de mi esposa. Esta noche puedo rezarle a Dios desde el fondo del corazón. Esta noche es Nochebuena. 

 

PAZ EN LA TIERRA

 

Paz en la tierra a los hombres que Dios ama.

 

La vida del hombre está llena de conflictos, enfrentamientos violentos y mutua agresividad. Las relaciones entre los pueblos están salpicadas de guerras. Encontramos conflictos en las familias y grupos sociales. Lo detectamos en nuestra propia persona.

 

La falta de paz en el mundo es como una maldición implacable que se ha apoderado de la humanidad y amenaza con destruirla.

 

Ante los conflictos, los hombres tanto individualmente como colectivamente, tienen que hacer una opción: escoger el camino del diálogo, de la razón, del mutuo entendimiento o seguir los caminos de la violencia.

 

El hombre ha escogido casi siempre este segundo camino. Y a pesar de que todas las generaciones han ido experimentando el poder destructivo y absurdo que se encierra en la violencia, el hombre no ha sabido renunciar a ella.

 

Incluso, en nuestros días, en que siente con horror la amenaza de una posible aniquilación total de la vida sobre el planeta, parece que nada le puede detener en este camino de destrucción.

 

Desde estas tinieblas de violencia hemos de escuchar los creyentes el mensaje de Navidad: «Paz en la tierra a los hombres que ama el Señor». La paz firme, duradera y estable no se impondrá por las armas sino con el amor. La salvación del mundo no está en manos de las armas sino en manos de Dios.

 

Por eso nos atrevemos a celebrar una vez más la Navidad, pese a la angustia, la falta de paz y las guerras que siguen acosando al hombre y en vez de disminuir, siguen aumentando.

 

Navidad es una fiesta que no la hemos inventado ni hecho los hombres, sino que nos ha sido regalada por el mismo Dios. Este Niño es para nosotros el signo y la garantía de que Dios tiene la última palabra en la historia del mundo.

 

Cuando sentimos que las tinieblas del mal y la violencia crecen, los cristianos celebramos a este Niño como la única esperanza verdadera del mundo. Creemos que en este pequeño se encierra la fuerza salvadora de la humanidad.

 

Este día de Navidad se nos pide confiarnos a Dios. Creer en la fuerza del amor. Descubrirla en lo pequeño y humilde.

 

Cada uno de nosotros hemos de sentirnos llamados a llenar nuestro corazón de amor, no de violencia, de ternura, no de agresividad, de diálogo, no de guerra. Entonces podremos cantar también este año: «Gloria a Dios en los cielos y en la tierra paz a los hombres que ama Dios».

 

 

RENACER

 

Y la Palabra se hizo carne.

 

La Navidad encierra un secreto profundo que, desgraciadamente, se les escapa a muchos de los que hoy celebrarán «algo», sin saber exactamente qué.

 

Muchos no pueden ni siquiera sospechar que la Navidad nos ofrece la clave para descifrar el misterio último de nuestra existencia.

 

Generación tras generación, los hombres han gritado angustiados sus preguntas más hondas. ¿Por qué tenemos que sufrir, si desde lo más íntimo de nuestro ser todo nos llama a la felicidad? ¿Por qué tanta humillación? ¿Por qué la muerte si hemos nacido para la vida?

 

Los hombres preguntaban. Y preguntaban a Dios porque, de alguna manera, cuando estamos buscando el sentido último de nuestro ser, estamos apuntando hacia él. Pero Dios parecía guardar un silencio impenetrable.

 

Ahora, en la Navidad, Dios ha hablado. Tenemos ya su respuesta. Pero Dios no nos ha hablado para decirnos palabras hermosas acerca del sufrimiento, ni para ofrecernos disquisiciones profundas sobre nuestra existencia.

 

Dios no nos ofrece palabras. No. «La Palabra de Dios se ha hecho carne». Es decir, Dios más que darnos explicaciones, ha querido sufrir en nuestra propia carne nuestros interrogantes, sufrimientos e impotencia.

 

Dios no da explicaciones sobre el sufrimiento, sino que sufre con nosotros. No responde al porqué de tanto dolor y humillación, sino que él mismo se humilla. Dios no responde con palabras al misterio de nuestra existencia, sino que nace para vivir él mismo nuestra aventura humana.

 

Ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad. Ya no estamos sumergidos en pura tiniebla. El está con nosotros. Hay una luz. «Ya no estamos solitarios sino solidarios». (L. Boff). Dios comparte nuestra existencia.

 

Ahora todo cambia. Dios mismo ha entrado en nuestra vida. La creación está salvada. Es posible vivir con esperanza. Merece la pena ser hombre. Dios mismo comparte nuestra vida y con él podemos caminar hacia la plenitud.

 

Por eso, la Navidad es siempre para los creyentes una llamada a renacer. Una invitación a renacer a la alegría, la esperanza, la solidaridad, la fraternidad y la confianza total en el Padre.

 

Recordemos esta mañana de Navidad las palabras del poeta Angelus Silesius: «Aunque Cristo nazca mil veces en Belén, mientras no nazca en tu corazón, estarás perdido para el más allá: habrás nacido en vano».

 

 

 

 

OCARM

 

Meditatio

a) Preguntas para la reflexión:

Ø   Dios, que es luz, ha escogido ahuyentar las tinieblas del hombre, haciéndose él mismo tinieblas. El hombre ha nacido ciego (cfr Jn 9,1-41): la ceguera es para él la condición de creatura. El gesto simbólico de Jesús de recoger fango y derramarlo sobre los ojos del ciego de nacimiento de Juan, nos quiere indicar la novedad de la encarnación: es un gesto de la nueva creación. A aquel ciego, cuando aún estaban sus ojos cubiertos por el fango de la creación, se le pide, no un acto de fe, sino de obediencia: ir a la piscina de Siloé que significa “enviado”. Y el enviado es Jesús. ¿Sabremos obedecer a la Palabra que cada día llega a nosotros? 

Ø   El hombre ciego en el evangelio de Juan es un pobre: no pretende nada, no pide nada. También nosotros, a menudo, vivimos en la ceguera cotidiana con la resignación de quien no merece horizontes diversos. ¿Nos reconoceremos privado de todo, para que sea también destinado a nosotros el don de Dios, don de la redención de la carne, pero sobre todo don de luz y de fe? 

Ø   La ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios ninguno lo ha visto: sólo el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1,17-18). La inteligencia de lo que acaece en la historia de nuestra vida nos lleva a salir de la ceguera de la presunción y a contemplar la luz que brilla sobre el rostro del Hijo de Dios. Y nuestros ojos, inundados de luz, se abren a los acontecimientos. ¿Cuándo conseguiremos ver a Dios entre nosotros? 

 

b) Clave de lectura: 

Ø   Juan, un hombre que ha tenido ocasión de ver resplandecer la luz, que ha visto, oído, tocado, la luz. En el principio el Verbo existía: constantemente dirigido hacia el amor del Padre, se ha convertido en la explicación verdadera, en la exégesis única (Jn 1,18), la revelación de su amor. En el Logos era la vida y la vida era la luz, pero las tinieblas no la han acogido. En el Antiguo Testamento la revelación del Verbo de Dios es revelación de luz: a ella corresponde la plenitud de la gracia, la gracia de la gracia, que se nos da en Jesús, revelación del amor sin límites de Dios (Jn 1,4-5,16). También todo el testimonio del Antiguo Testamento es un testimonio de luz: desde Abrahán a Juan Bautista, Dios manda testimonios de la luz; Juan Bautista es el último de ellos: anuncia la luz que está por venir en el mundo y reconoce en Jesús la luz esperada (Jn 1,6-8;15).

Ø   Dabar IHWH es la comunicación de Dios con el hombre, dada para todos aquéllos que Dios ha llamado y aquéllos sobre los cuáles cae, sobre los cuáles viene la palabra del Señor (cfr Is 55,10-11). Como dice San Agustín: La Palabra de Dios es la verdadera luz. La palabra sale de la boca de Dios, pero conserva toda su fuerza, es persona, crea y sostiene el mundo. Esta palabra que crea y salva se identifica con la Torah, con la que Israel entiende la revelación divina en su totalidad, con la Sabiduría: De Sión saldrá la ley y de Jerusalén la palabra del Señor (Is 2,3).

Ø   El memra (arameo) es el concepto que ha servido a Juan para pasar del dabar al logos: en los targum el memra tiene una función creadora, pero sobre todo reveladora, que se expresa de modo particular a través de la imagen de la luz. En el Targum Neophiti, en el famoso poema de las cuatro noches sobre Éx. 12,42 está escrito: La primera noche fue aquélla en la que IHWH se manifestó sobre el mundo para crearlo: el mundo estaba desierto y vacío y las tinieblas recubrían la faz del abismo. Y el menra de IHWH era la luz que brillaba.” En el Targum Jerusalaim el manuscrito 110 dice: “Con su palabra IHWH brillaba e iluminaba”.

Ø   El midrash subraya que la ley existía antes del mundo, era vida, era luz: “Las palabras de la Torah son luz para el mundo” (Midrash Dt Rabba 7.3). Hija unigénita de Dios, la Torah ha sido escrita con fuego negro en la llama blanca y yace sobre las rodillas de Dios, mientras Dios se sienta sobre el trono de gloria (cfr Midrash al Salmo 90.3). El logos-luz se hace presente en el mundo: Todo es vida en él: el Verbo substituye a la Torah. Se transcienden los signos, y más que substitución se asiste a un cumplimiento. Si la Torah para el judío es la hija de Dios, Juan muestra que élla es el logos, que desde el principio está junto a Dios, es Dios. Este logos se hace carne: hombre, caduco, limitado, finito, metiendo su gloria en la carne. Él ha puesto su tienda, skené, entre nosotros, se ha convertido en sekinah de Dios entre nosotros, y ha hecho ver la gloria, la presencia aplastante de Dios a los hombres. La gloria que habitaba en la tienda del Éxodo ( Éx 40,34-38), que habitaba en el templo (1 Re 8,10), ahora habita en la carne del Hijo de Dios. Es una verdadera epifanía. La shekinak se hace visible, porque la shekinah es Cristo, lugar de la presencia y de la gloria divina. Hay quien ha visto la gloria de Dios: el Unigénito lleno de gracia y de verdad; él viene a revelarnos el rostro del Padre, el único que puede hacerlo, porque está en el seno del Padre. De esta plenitud de vida tiene origen la nueva creación. Moisés ha dado la ley, Cristo da la gracia y la verdad, el amor, la fidelidad. En el Hijo se puede contemplar a Dios sin morir, porque quien ve al Hijo ve al Padre: Jesús es la exégesis, la narración de la vida divina.

Ø   Y el lugar de revelación su carne. He aquí por qué Juan dirá en el cumplimiento de la hora: “Nosotros hemos visto su gloria” (Jn 1,14), donde por “hora de la glorificación” no se ve otra cosa que tinieblas. La luz está escondida en su dar la vida por amor de los hombres, en el amor hasta el final, sin volver atrás, respetando la libertad del hombre de crucificar al Autor de la vida: Dios es glorificado en el momento de la pasión: un amor cumplido, definitivo, sin límites, un amor demostrado hasta las últimas consecuencias: Es el misterio de la luz que se hace camino en las tinieblas, sí, porque el amor ama la oscuridad de la noche: cuando la vida se hace más íntima y las propias palabras mueren para vivir en el respiro de la persona amada la luz está en el amor que ilumina aquella hora de expropiación, hora en la que se pierde uno mismo, para encontrarse restituido en el abrazo de la vida.

Oración

Jerusalén, quítate el vestido de luto y aflicción y vístete ya siempre con las galas de la gloria de Dios.

Envuélvete en el manto de la justicia divina y adorna tu cabeza con la gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a toda la tierra y te dará para siempre este nombre:

«Paz en la justicia y gloria en la piedad».

Levántate, Jerusalén, súbete en alto, mira hacia oriente y contempla a tus hijos convocados desde oriente a occidente por la palabra del Santo y disfrutando del recuerdo de Dios.

Se te marcharon a pie, conducidos por el enemigo, pero Dios te los devuelve encumbrados en gloria y en litera real.

Porque Dios ha ordenado rebajarse a todo monte elevado y a las dunas permanentes, y rellenarse a los barrancos, hasta nivelar la tierra, para que Israel camine seguro bajo la gloria de Dios.

Y hasta los bosques y los árboles aromáticos darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios conducirá a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su misericordia y su justicia.

Baruc 5,1-9

Contemplación

Padre de la luz, vengo a tí con todo el grito de mi existir. Después de dar pasos buenos y de resbalones en el mal, llego a entender, porque lo experimento, que por mí sólo existo en la oscuridad de las tinieblas. Sin tu luz, no veo nada. Eres tú, en efecto, la fuente de la vida, tú, Sol de justicia, el que abre mis ojos, tú el camino que conduce al Padre. Hoy has venido a nosotros, Palabra eterna, como luz que sigue atravesando las páginas de la historia para ofrecer a los hombres los dones de la gracia y de la alegría en el desierto de la carestía y de la ausencia: el pan y el vino de tu Nombre santo, que en la hora de la Cruz se convirtieron en el signo visible del amor consumado, nos hacen nacer contigo en el seno fecundo que es la Iglesia, la cuna de tu vida para nosotros.  Como María, queremos estar cerca de ti para aprender a ser como Ella, llena de la gracia del Altísimo. Y cuando nuestras tiendas recojan la nube del Espíritu en el fulgor de una palabra pronunciada, entonces entenderemos la gloria de tu Rostro y bendeciremos en un silencio adorante sin ninguna frialdad, la Belleza del ser una sola cosa contigo, Verbo del Dios viviente.

 

P R E G Ó N   DE   N A V I D A D

 

Os anunciamos, hermanos, una buena noticia,

una gran alegría para todo el pueblo;

escuchadla con corazón gozoso:

 

Habían pasado miles y miles de años

desde que, al principio,

Dios creó el cielo y la tierra

y, asignándoles un progreso continuo

a través de los tiempos,

quiso que las aguas produjeran

un pulular de vivientes

y pájaros que volaran sobre la tierra.

 

Miles y miles de años,

desde el momento en que Dios quiso

que apareciera en la tierra el hombre,

hecho a su imagen y semejanza,

para que dominara las maravillas del mundo

y, al contemplar la grandeza de la creación,

alabara en todo momento al Creador.

 

Miles y miles de años,

durante los cuales los pensamientos del hombre,

inclinados siempre al mal,

llenaron el mundo de pecado

hasta tal punto que Dios decidió purificarlo,

con las aguas torrenciales del diluvio.

 

Hacía unos 2.000 años que Abraham,

el padre de nuestra fe,

obediente a la voz de Dios,

se dirigió hacia una tierra desconocida

para dar origen al pueblo elegido.

 

Hacía unos 1.250 años que Moisés

hizo pasar a pie enjuto por el Mar Rojo

a los hijos de Abraham,

para que aquel pueblo,

liberado de la esclavitud del Faraón,

fuera imagen de la familia de los bautizados.

 

Hacía unos 1.000 años que David,

un sencillo pastor

que guardaba los rebaños de su padre Jesé,

fue ungido por el profeta Samuel,

como el gran rey de Israel.

 

Hacía unos 700 años que Israel,

que había reincidido continuamente

en las infidelidades de sus padres

y por no hacer caso de los mensajeros

que Dios le enviaba,

fue deportado por los caldeos a Babilonia;

fue entonces,

en medio de los sufrimientos del destierro,

cuando aprendió a esperar un Salvador

que lo librara de su esclavitud,

y a desear aquel Mesías

que los profetas le habían anunciado,

y que había de instaurar un nuevo orden

de paz y de justicia, de amor y de libertad.

 

Finalmente, durante la olimpíada 94,

el año 752 de la fundación de Roma,

el año 14 del reinado del emperador Augusto,

cuando en el mundo entero

reinaba una paz universal,

hace 2000 años,

en Belén de Judá, pueblo humilde de Israel,

ocupado entonces por los romanos,

en un pesebre,

porque no tenía sitio en la posada,

de María virgen, esposa de José,

de la casa y familia de David,

nació Jesús,

Dios eterno,

Hijo del Eterno Padre,

y hombre verdadero,

llamado Mesías y Cristo,

que es el Salvador

que los hombres esperaban.

 

El es la Palabra que ilumina a todo hombre;

por él fueron creadas al principio todas las cosas;

él, que es el camino, la verdad y la vida,

ha acampado, pues, entre nosotros.

 

Nosotros, los que creemos en él,

nos hemos reunido hoy,

o mejor dicho, Dios nos ha reunido,

para celebrar con alegría

la solemnidad de Navidad,

y proclamar nuestra fe en Cristo,

Salvador del mundo.

 

Hermanos, alegraos, haced fiesta

y celebrad la mejor NOTICIA

de toda la historia de la humanidad

 

 

José Cristo Rey García Paredes

 

 

Y hemos contemplado su Belleza


¡Feliz Navidad! ¡Feliz Navidad! Algo mágico nos envuelve desde anoche: todos estamos conmovidos, misteriosamente tocados por Amor. Una necesidad imperiosa de comunicación, de amor, de encuentro nos habita. ¿Qué nos ocurre? La Palabra de Dios que ahora escucharemos no solo es noticia y mensaje, ¡se ha hecho carne!

Los villancicos que suenan y resuenan convierten nuestras ciudades y casas en algo así como un templo extendido. Las luces mueven nuestra fantasía y avivan nuestra nostalgia. Los alimentos navideños nos evocan sabores deliciosos. Los encuentros en medio del frío hacen que los amores renazcan y los lazos se estrechen. Nos duelen mucho más las divisiones y las enemistades. Enviamos mensajes de amor y felicidad en todas las direcciones. ¿Qué nos ocurre? 

El Evangelio de Juan nos da la clave, pero nos resulta bastante inaccesible. Si yo pudiera decir lo mismo en términos más sencillos diría lo siguiente: 

El niño Jesús, que nace en el portal de Belén es la manifestación del secreto mejor guardado. ¿Qué secreto? Habéis asistido a un espectáculo que nos ha emocionado y exaltado. Desfilan, al final, los actores por el escenario y nos roban los aplausos. Pero cuando parece que todo ha concluido, emerge de la oscuridad el autor de la obra, el gran protagonista, el creador. Así sucede el día de Navidad. El gran autor de la obra es el Dios, a quien nadie ha visto jamás. Pero ese Dios tiene un hijo. Todos pensaban que era un solo Dios, pero nunca pensaron en su fecundidad interna. Dios nos habla y nos crea a través de su Hijo, que es su Verbo, su Palabra. Y ahora, en este día de la Navidad, su Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su Belleza. Al nacer y aparecer Jesús en la tierra, se hace presente entre nosotros el secreto mejor escondido, la clave para entender el universo, la humanidad. 

Sin embargo, la luz vino a los suyos y los suyos no la recibieron, aunque a quienes la recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios. 

¡Ese es el sentido más profundo de la Navidad! Que aparece entre nosotros aquel por quien todo fue hecho, en cuya palabra poderosa subsisten todas las cosas. Todo lo que vemos nace de la inspiración de Jesús, en ella está el verbo de Dios. No es necesario que Jesús nazca de nuevo, sino que nos sea concedida la experiencia de verlo nacer en cada rostro, en cada acontecimiento, en cada realidad. Cristo nace cada día a nuestra fe. Es lo mismo que contemplar de nuevo una obra teniendo ya presente al autor. 

Con esta contemplación descubriríamos cómo todos somos hermanos, cómo todos procedemos de las mismas manos creadoras, cómo no debemos enfrentarnos por particularismos. Aquí lo importante no es ser de aquí o de allá, tener este sexo o el otro, ser de este partido o del otro…. Aquí lo importante es que todos hemos sido creados en Jesús, que todos somos parte del mismo cuadro. Por eso, sin darnos cuenta, la Navidad nos lleva a subrayar la fraternidad, la sororidad, el amor universal. 

Es interesante ver cómo Jesús tiene un nombre previo al nombre que le impusieron sus padres María y José. Su nombre era Verbo, Palabra, en hebreo Dabar. Este término hebreo “dabar” significa que Jesús era la Palabra que hace realidad lo que dice. Jesús también hoy nos dice, nos afirma. Con él sí que nacemos y renacemos cada día.

 

DIOS CADA DIA

 

Los suyos no le recibieron. La pobreza de Dios se hace drama de Dios. Vino a los suyos y, al igual que todos, busca acogida y abrigo, comprensión y aliento. Dios viene a los suyos todos los días. Puerta cerrada a un Dios que no vive según nuestros reglamentos. Puerta cerrada a una Palabra que desconcierta nuestros pensamientos. ¡Navidad es también una fiesta de conversión! El Verbo se hace carne, y Dios sabe lo que le cuesta. Desde el pesebre hasta la cruz, el camino es uniforme.

Y no obstante... A los que creen en su nombre les da el poder de hacerse hijos de Dios. A los que creen en Jesús-Salvador, Dios de los pecadores, Dios de los perdidos, Dios de los humildes, Dios de ternura. Los que creen en su nombre... Los que perciban la luz en la obscuridad de la espesa noche, los que escuchan la Palabra en el silencio de una fe incesantemente zarandeada. ¡Pueblo de la Samaritana y del Ciego de nacimiento, grupo minúsculo de los pescadores de Galilea y de los últimos presentes al pie de la cruz! ¡Les dio el poder de hacerse hijos de Dios!

¡Nacieron de Dios! Venidos al mundo como vino Jesús, hijos e hijas de lo inesperado, de la pobreza, de la inseguridad. No tienen en este mundo otro apoyo que Dios, su amor y su Espíritu. Vienen al mundo en pleno viaje, y el tiempo les urge a proseguir el camino. Hijos frágiles, siempre llamados a renacer; hijos de un Dios al que nadie vio jamás. Pueblo de los sin nombre, de los apátridas, de los huérfanos según el mundo.

Hoy se va un año, según el mundo. Esta noche los hombres se desearán mutuamente un "feliz año" sin saber cómo será éste.

Hijos de Dios, ¿seremos capaces de afrontar el futuro sin más equipaje que nuestra fe? En esto nos diferenciamos de todos los anticristos que querrían desviarnos hacia otros caminos que no son los de la Palabra cada día nueva. Sólo Cristo es el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Y no porque unos anticristos se llaman a sí mismos "hijos de Dios" vamos nosotros a seguirles por otro camino que no sea el de Dios-con-nosotros. Verbo hecho carne en la humildad de nuestra carne.

 

 

NOEL QUESSON

 

Esta página de san Juan está tan llena de plenitud que no se debería añadir nada. Estas sujeciones de abajo no quieren encuadrar ni reducir la meditación, que, más que nunca, no puede ser tan personal.

-Al principio...

La primera palabra del evangelio nos hace recordar el origen de todas las cosas. De un goIpe de ala vigoroso, el águila de san Juan sube, sube... tan alto que no existe el horizonte, y, con los ojos penetrantes, ve encima de todo límite, antes del comienzo de los tiempos.

-Era...

Este verbo sencillo, "ser", llena el poema... Es la palabra más sencilla y la más esencial: la existencia, la razón de todo lo demás. Y este verbo, al pretérito, invoca inmediatamente un "tiempo inmutable", indefinido. En mi rezo, podría emplear estas dos palabras: "al principio... era..." saboreando su densidad, dejándome ir a su infinita evocación.

-El verbo... El "logos"... La "palabra"... La "comunicación"... La "expresión"... La sabiduría... La acción. Juan, en seguida, llama a Cristo el "Logos", en griego. Es una palabra difícil de traducir. Por eso, hemos buscado otras palabras, cercanas, para comprender el sentido más allá de la palabra.

La palabra Logos era ya empleada en la reflexión filosófica griega (la Palabra es una de las maravillas del honre, la expresión propia de la persona, la posibilidad de relación, la manifestación de la inteligencia). Pero, san Juan probablemente ha usado esta expresión para incorporarse a la gran corriente de la literatura bíblica que veía en la Sapiencia o Sabiduría algo así como la expresión misma de Dios: Proverbios, 8, 23-36. "Yo, la Sabiduría, desde los orígenes fui establecida desde el principio, antes del origen de la Tierra. Cuando aún no existían los abismos, yo fui concebida... cuando trazó los fundamentos de la tierra, yo estaba a su lado como el arquitecto, él tenía en mí sus delicias, expansionándome en su presencia, sobre la superficie de la tierra y encontrando mis delicias entre los hijos de los hombres." (Cf. Eclesiástico, 24-1.22). En el principio era el Verbo. Hijo eterno venido del Padre, el Cristo es la "expresión" perfecta del Padre, "la imagen misma del Dios invisible" (Filipenses, 2, 6) el "resplandor" de la gloria del Padre" (Hebreos, 1, 3) Jesús es la "manifestación suprema de Dios a la humanidad" (I Epístola de san Juan, 1, 2). Verbo = expresión + acción... palabra activa...

-Y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios.

Dos veces solamente en el evangelio de san Juan, Jesús es designado explícitamente como "Dios": aquí, en la primera frase... y en boca de Tomás, en el ultimo capítulo (Juan, 20, 28): "¡Señor mío y Dios mío!". Todo su evangelio está entre ambas frases.

-Por El, todo ha sido hecho. En Él estaba la "vida".

La creación universal es el primer "acto", el primer "gesto", la primera "expresión" de Dios. La maravillosa creación es lo que primero revela al Dios invisible. Todo. Todo. Soberanía universal... Y sin El, nada se hizo. Influencia universal... Nada. Nada. Nada existe fuera de Cristo.

-En el mundo estaba... Vino a su propia casa... El Verbo se hizo carne... Dios entre los hombres, Dios en nuestros caminos. Dios en la esquina de la calle. Dios por todas partes.

-Luz verdadera, alumbra a todo hombre que viene a este mundo... Pero el mundo no le conoció... Los suyos no le recibieron... A todos los que le recibieron, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios.

 

Aleixandre-Dolores

 

El comienzo del prólogo de Juan nos remonta a lo más alto y más sublime del misterio trinitario: "La Palabra, en el principio, estaba junto a Dios".

La expresión es, a la vez, sobrecogedora y humilde: nosotros sabemos bien qué es eso de estar unos junto a otros; somos conscientes de necesitar el cobijo y el calor que da la cercanía humana. De lo que es y significa "estar junto a Dios" sabemos menos; es decir, en realidad no sabemos apenas nada: es un nivel al que, si no fuera por Jesús, no tendríamos posiblidad de acceso. Nosotros pertenecemos a la noche, y por nosotros mismos no podemos alcanzar el ámbito de la Luz.

Pero, un día, ese Dios a quien nadie ha visto nunca decidió rasgar la tiniebla y plantar su tienda junto a nosotros. La palabra cambió la vecindad de Dios por la vecindad de los hombres, y el resplandor de la gloria acampó junto a la debilidad de nuestra carne. El verbo que elige Juan en su prólogo evoca un mundo de imágenes muy concretas: acampar es muy distinto de instalarse, de residir, de asentarse. El que acampa no se protege con puertas blindadas ni con alarmas; su única defensa consiste en confiar en que su misma debilidad y pobreza le defenderán de cualquier codicia.

Alguien ha venido a vivir así entre nosotros. No va a imponer nada, no va a ejercer la fueza de su señorío ni a tomar posesión de nuestra tierra con imperativos categóricos. Le oiremos decir: "Si quieres"..., "si alguno se quiere venir conmigo...", "estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre..." Sabremos que es él, porque la caña cascada se enderezará entre sus manos. Porque su aliento conseguirá que, de la mecha que se apagaba, vuelva a brotar una llamita. No gritará ni se impondrá con violencia, pero las fuerzas del mal se someterán a su autoridad, y alguien reconocerá con asombro: "Tú tienes palabras de vida eterna".

 

ANDRE SEVE

 

"Al principio". A Juan le gusta esta palabra bíblica. Comienzo de su evangelio: "Al principio". Comienzo de su carta: "lo que existía desde el principio".

Dios no tiene principio, es principio que eternamente mana nueva vida. El nombre que le reveló a Moisés puede traducirse de este modo: "Yo soy el que seré" (Ex 3, 14). MUNDO/4-MAÑANAS: Es el Dios de los principios, el Dios de las cuatro mañanas del mundo: mañana de la creación, mañana de la encarnación, mañana de la resurrección y mañana de la parusía, principio de vida eterna, mañana eternizada.

Antes de todos nuestros principios, "la palabra se dirigía a Dios". Es la primera revelación de este prólogo en el que Juan nos hace escuchar los grandes temas de su evangelio, como si fuera la obertura de una gran ópera. El único no es el solitario, el "célibe de los mundos". Dios es un misterio de amor. El prólogo comienza por "el Verbo se dirigía a Dios" y acaba por "el Hijo único, que es Dios y está al lado del Padre, nos lo ha explicado". Hablándonos de su filiación divina, es como Jesús nos hará vislumbrar el misterio del Dios único: ese Dios es Trinidad.

La segunda revelación se refiere a nosotros: "A los que lo recibieron, los hizo capaces de ser hijos de Dios".

¿Qué son los hombres para que Dios piense en hacer de ellos sus hijos? Y para ello llegará a realizar algo increíble, imposible de imaginar. Nuestros hermanos monoteístas, los judíos y los musulmanes, rechazan con horror esta revelación, que por otra parte hace sonreír a nuestros hermanos no creyentes: "La palabra se hizo carne". Dios se ha hecho hombre.

El Verbo había estado siempre presente entre los hombres. "Era su vida y su luz; estuvo en el mundo, pero el mundo no lo conoció".

El Padre, el Hijo y el Espíritu decidieron otra presencia: el Hijo de Dios vino a vivir nuestra vida haciéndose hombre como nosotros. Jesús dirá: "Quien me ve, ve al Padre". El que sabe mirar a Jesús, ve "la gloria que tiene de su Padre".

El sol del prólogo resulta demasiado esplendoroso; hace daño fijar la mirada en sus tres revelaciones: Dios es Trinidad, quiere hacer de nosotros hijos suyos y, para divinizarnos, él mismo se hizo uno de nosotros. Necesitamos todo el Evangelio y toda una serie de numerosas meditaciones para que pasen finalmente a nuestra sangre estas tres verdades de la fe cristiana.

Es algo tan difícil que muchos rechazan la idea de que Jesús de Nazaret pudiera ser el Hijo de Dios, Dios encarnado, Dios que aceptó nuestra carne, nuestra lenta formación, nuestras alegrías, nuestros sufrimientos, nuestra muerte. Ya en el prólogo las tinieblas luchan contra la luz: "La Luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han comprendido..., los suyos no la recibieron".

Nosotros, que hemos recibido la palabra, tenemos que ser reveladores de la misma a los ojos de los demás. No tanto mediante discusiones teológicas como por el testimonio de lo que vivimos con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Creer en la divinidad de JC es tener en él una confianza tan grande y un deseo de amar tanto como él, que los que traten con nosotros acaben sintiéndose intrigados y quizás atraídos: "¡Tú casi lograrás convertirme a tu Dios!". De este modo podríamos ser en parte un reflejo del "sol" aprovechando todo lo posible nuestras citas con el Cristo de Juan, permaneciendo a menudo, durante largos ratos, bajo el sol del prólogo: "Dios se ha hecho hombre, plantó su tienda entre nosotros y hemos visto su gloria".

N.B.Para decir que Dios vino a "plantar su tienda" entre nosotros, Juan utiliza el verbo griego "skénoó". Los iniciados se sentían así invitados a pensar en la "Sekiná" judía, la presencia divina en el templo y en el pueblo. JC es ahora nuestra "Sekiná", la morada de Dios entre nosotros, su presencia en cada uno de nosotros, en la iglesia y en el mundo.

 

 

P. M IRAOLAGOITIA

 

-"Que Dios le ampare".

Esto es lo que le dijimos a Dios cuando vino a su casa. Se lo dijimos el mesonero de Belén, los vecinos de Belén y todos nosotros, los vecinos del mundo. Porque el vino a "su casa". No es el cielo la única casa de Dios. La casa del Dios-Hombre, del Dios encarnado es la nuestra; la casa de los hombres: nuestro mundo.

Aquel Niño que llegó en la Nochebuena venía a "su casa". "Y no le recibimos". Es curioso el que sigamos celebrando todos los años con el mayor regocijo, satisfacción y hasta con emoción y ternura, este día en que Dios vino a su casa... y no le recibimos. Ni el mesonero de Belén ni los vecinos de Belén, desde luego.

Pero ellos no fueron los únicos ni los más significativos de este rechazo. Cuando Juan, en su prólogo, dice que "no le recibimos", no está hablando de las puertas de Belén: está hablando de las puertas de todas nuestras casas, de las puertas de todas nuestras ciudades, de las puertas de toda nuestra historia humana, de las puertas, sobre todo, de nuestro espíritu, que es adonde El quería venir a vivir.

"Si alguno me ama, mi Padre le amará y vendremos a fijar en él nuestra morada" (Juan 14,23). Pero no le hemos querido recibir en casa. No nos hemos puesto a pensar mucho en este aspecto de la Navidad: en nuestro portazo dado a Dios. Nos lo tiene que decir Juan en una de las páginas más inspiradas del Nuevo Testamento, en una página que la Iglesia nos hace leer y meditar en este día de Navidad. En un Dios que se queda en el frío escuchando el estallido de una puerta que le hemos cerrado a pocos centímetros de su frente.

Cuando Dios vino a su casa.... No nos hemos puesto a pensar que es algo así como si un hijo volviera a su casa después de una larga ausencia de estudios o trabajos, y sus padres le dieran con la puerta en las narices.

Que es como si un esposo regresara de una larga travesía, y su esposa y sus hijos le dijeran "que no le conocían" (Juan 1, 10). Que es como ese niño pequeñito vuestro que volviera de la escuela a casita por la tarde, y vosotros le cerrarais la puerta. Trágico y absurdo... pero verdadero.

El Dios que vino a su casa en la tarde de Nochebuena era un niño. Era "nuestro Niño": de nuestra familia, de nuestra casa, de nuestra sangre. El que tuviera que buscarse un corral para nacer, el que tuvieran que recostarle en un comedero de animales no es sólo una anécdota; es un símbolo de nuestro rechazo de todos los días.

Es lo que va a pasar cuando el Hijo del Amo de la viña vaya a visitar su viña, y los viñadores le agarren y le maten. Lo que pasará el día que llegue a su pueblo a predicar en la sinagoga, cuando sus vecinos y amigos de niñez le arrastren para despeñarlo por el precipicio. Lo que ocurrirá cuando entre en su ciudad santa un Domingo de Ramos, para no salir de allí sino entre los gritos de todo un pueblo que le lleva a la muerte. Todas estas cosas han pasado "cuando Dios ha venido a su casa". Desde la primera vez que fue la noche de Navidad. Esta noche que nosotros celebraremos con comidas, canciones, abrazos y recuerdos. Una noche en la que nosotros dejamos a Dios en aquella sucia cuadra, sin invitarle a nuestro turrón, a nuestro champán, a nuestras serpentinas, a nuestros cantares.

No pretendemos aguaros la fiesta. Si lo recordamos es porque nos lo dice, precisamente en este día, el Evangelio de San Juan y la liturgia de la Iglesia.

No pretendemos entristeceros porque, a pesar de todo esto y, quizá paradójicamente, por esto mismo. Navidad es nuestra fiesta más alentadora y enternecedora.

Porque es una alegría que este Niño al que le hemos dado con la puerta en las narices, no se haya marchado para siempre, sino que haya seguido queriendo volver a nuestra casa.

Porque ese Niño no tiene rabietas: porque es un Dios que no se enfada tan pronto: porque ha vuelto a llamar y volverá a llamar a nuestra casa.

Alegría, porque Navidad es la fiesta que nos recuerda que El sigue viniendo y llamando a nuestra casa y, el día que queramos, entrará para quedarse con nosotros. Es verdad que Navidad es el día en que dejamos al Niño fuera, en el establo y el pesebre de los animales. Pero ese establo y ese pesebre están cerca.

Y el Niño volverá a llamar. Un día le dejaremos entrar. Nos daremos cuenta, por fin, de que nuestra casa era su casa. Entonces será mas Navidad que nunca.

 

 

ADRIEN NOCENT

 

Un recién nacido, mensajero de Dios

Así es como nos presenta a Jesús el canto de entrada de la misa del día de Navidad: Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; lleva a hombros el imperio y tendrá por nombre "Ángel del Gran Consejo" (Is 9,5).

La elección del Prólogo de san Juan no podía ser más acertada. El niño que ha nacido es el Verbo de Dios, la Palabra del Señor encarnada. Es lo que Juan Bautista anunciaba. Ahora que esta Palabra se ha encarnado, de un extremo al otro de la tierra se verá la salvación de nuestro Dios (Is 52, 7-10). Es el tema de la 1ª. lectura. Por su parte, la carta a los Hebreos nos muestra cómo Dios nos ha hablado en esta etapa final por su Hijo, su Enviado (Heb 1, 1-6).

De hecho, toda la liturgia de la Palabra de esta celebración del día de Navidad, está centrada en el mensaje de Dios, en el conocimiento de su plan de salvación que ha revelado en su Hijo. En adelante, el "misterio" será para nosotros no lo que no entendemos, sino al contrario lo que nos ha sido revelado del designio de salvación de Dios mediante su Hijo, el enviado (Col 1, 25-29). El niño que acaba de nacer es "el mensajero que anuncia la paz, que trae la buena noticia que anuncia la salvación" (1ª. lectura). En este niño "el Señor ha dado a conocer la fuerza de su brazo ante todas las naciones, y de un confín al otro contemplarán la salvación de Dios".

La Iglesia medita esta sorprendente pero actual y maravillosa realidad, y canta su entusiasmo con el salmo 97:

Los confines de la tierra han contemplado

la salvación de nuestro Dios... El ha dado a conocer su salvación, a los ojos de las naciones ha revelado su justicia.

Es la conclusión de una larguísima historia. Llega de pronto a su punto culminante con el envío del Verbo, después de infructuosas tentativas de Dios por que nos aviniéramos a un diálogo. Indudablemente, Dios habló a nuestros padres a través de los profetas en formas fragmentarias y diversas; pero en estos últimos tiempos, en estos días en que estamos, nos ha hablado por medio de su Hijo... (Heb 1, 1-2). Y "estos días en que estamos" han de entenderse en estrecho y estricto sentido: ahora, para nosotros, hoy, a quienes celebramos la Navidad como un hoy que es una Pascua. No es poesía, no es una manera de hablar; desde ahora no habrá que extrañarse ya de esto:

Dios nos habla por medio de su Hijo y nos revela su plan de salvación.

-Reencontrar la Persona de Cristo

Navidad es, por lo tanto, algo completamente distinto de una fiesta de ternura y un poema de la niñez encantadora. Para el mundo y para nosotros es el reencuentro con la persona de Cristo, con todas las consecuencias concretas que ello supone. Es el final de una concepción mitológica de un Dios lejano que no tiene experiencia de nuestra vida; el final de un Dios tapa-agujeros a quien se recurre en los momentos difíciles de la vida; el final de un Dios-refugio que nos tranquiliza y pone término a nuestras perplejidades. Es un Dios, sí, pero es también un hombre que es lo que nosotros somos, excepto en el pecado. Desde muy pronto la Iglesia conoció las tendencias nestorianas que podrían hacer creer que Jesús es un hombre sólo, un hombre excepcional cuya sola presencia consagra las cosas humanas. Como consecuencia, el cristianismo consistiría no en transformar la vida humana en vida divina, sino en cambiar en divina la vida corriente. La humanidad salvada es una humanidad transformada en Cristo. El misterio de Cristo consagra la humanidad dejándola como está. En términos modernos, es lo que llamamos el "horizontalismo".

Basta con ver a Dios y lo sagrado en el vecino. La caridad, la sociabilidad es la salvación; no se ve por qué sería necesaria ninguna otra cosa, signos sacramentales, por ejemplo, sobre todo signos sacramentales que no coincidan exactamente con lo que hacemos en la vida normal. El ideal de la celebración eucarística sería, pues, la comida normal con una acentuación en el aspecto fraterno. Se llega a olvidar que la Cena jamás fue una comida normal, sino escogida por Cristo porque era ya banquete ritual de actualización de la Pascua y de la salida de la esclavitud.

En el lado opuesto está la doctrina de Eutiques: se tiende a negar la humanidad de Cristo para no ver en él más que a Dios y nosotros quedamos bajo el choque de esta presencia de Dios entre nosotros. Por ello, los signos sagrados, los sacramentos, deben estar lo más lejos posible de nosotros, han de revestir el esoterismo más perfecto; lo inaccesible es lo que les corresponde ya que se trata en ellos de un encuentro con Dios. En consecuencia, en la liturgia todo debe caer fuera de la vida normal: lenguaje incomprensible, ropas no usuales, gestos extraños y que no se pueden explicar, porque su extrañeza les es esencial. Y en esta línea, una concepción sobre la institución de los sacramentos entendida de la manera más estricta: los instituyó Cristo sin tener en cuenta un contexto humano, fuera de toda atención a la antropología y a la historia, pareciendo una herejía el pensar que Cristo pudiera utilizar formas preexistentes introduciendo en ellas un contenido nuevo, insertándose de este modo en la historia.

Ambas tendencias, muy antiguas, volvemos a encontrarlas siempre, incluso hoy día en muchos cristianos fervientes que apenas son conscientes de ellas. ¿No habrán comprendido aún la liturgia de Navidad? ¿No habrán oído nunca más que una teología conceptual de la persona de Cristo, sin haberles llegado jamás una teología expresada vitalmente en la liturgia?

Para san León, en su conocido primer sermón para el día de Navidad, el hecho de la Encarnación ha cambiado todo en la vida del hombre. La alegría de la fiesta tiene raíces profundas: el Señor ha venido a destruir el pecado y la muerte, no he encontrado a nadie entre los hombres que estuviera libre de falta, ha venido a liberar a todos. Que se alegre el santo, porque está próximo a recibir la victoria; que se alegre el pecador, puesto que se le invita al perdón; que se anime el pagano, porque se le llama a recibir la vida (León el Grande, Sermón 1 sobre la Natividad). Pero el pasaje más célebre es el siguiente: "Reconoce, cristiano, tu dignidad, y puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué cabeza y de qué cuerpo eres miembro". Este es el sermón que la Oración de las Horas nos hace leer en el día de Navidad.

Nuestro reencuentro con la persona de Cristo es transformante; no es encuentro psicológico, fruto de una oración; a partir de la Encarnación es encuentro sacramental, en la Iglesia y sus signos. Mediante ellos, hemos conocido a Dios visiblemente (Cf. prefacio I de Navidad).

 

JAVIER GAFO

Creo en Dios y en el hombre 

«Gran indicio de bondad reveló quien se preocupó de añadir a la humanidad el nombre de Dios», así comenta san Bernardo la navidad. Fue una gran prueba de la bondad y el amor de Dios el haberse preocupado de añadir Dios a los hombres; nuestra humanidad que se gloría de haber tenido tan grandes hijos, puede decir también que Dios se ha hecho uno de nosotros. Muchos nombres famosos pueblan nuestros libros y nuestros recuerdos, pero ningún nombre es comparable al bendito nombre de Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios. Como dice san Bernardo: se ha añadido a la humanidad el nombre de Dios.

Los textos de la liturgia de hoy, especialmente la segunda lectura y el impresionante prólogo del evangelio de Juan, nos expresan la grandeza del misterio de la navidad. En la misa de la Nochebuena, la popular misa del Gallo, nos dejamos mecer por el lirismo y la belleza de la navidad; por todos esos sentimientos que reflejan la ternura de un Dios que se nos ha hecho tan próximo y cercano como un recién nacido y que nos dice a los hombres una palabra de paz y de fraternidad; dejamos que fluya dentro de nosotros ese poso de bondad y de infancia que todo ser humano lleva dentro de sí y que brota especialmente en torno a la navidad.

«En el principio existía la Palabra», así comienza el evangelio de Juan. También la Biblia comienza con una afirmación similar: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Los comentadores de la Biblia insisten siempre en que la primera experiencia religiosa de los judíos fue la de Yavé liberador y que, sólo más tarde, empiezan a hablar de su Dios como creador. Algo similar acontece a los que conocieron a Jesús: primero le afirman como salvador, como Señor. Es, en una segunda reflexión, recogida sobre todo en algunos himnos cristológicos de san Pablo y por el prólogo del evangelio de Juan, cuando la fe cristiana empieza a hablar de Jesús como la Palabra que estaba junto a Dios y era Dios.  Uniendo este prólogo con el inicio del Génesis, podemos decir: «En el principio, por medio de la Palabra, creó Dios el cielo y la tierra».

Existen múltiples modos de minimizar la navidad cristiana, de los que no es el único el quedarnos en esa navidad neopagana del consumo y el despilfarro. Es también minimizar la navidad cristiana convertirla meramente en una entrañable fiesta familiar en la que damos salida a los buenos sentimientos que todos llevamos dentro. Asimismo, se minimiza la navidad cristiana al dejarnos arrastrar sólo por nostalgias infantiles, quedándonos en la belleza y el lirismo de esos bellos símbolos asociados a estos días: los villancicos, las figuras de nuestros nacimientos...

Celebrar la navidad es afirmar que el gran Dios, al que el hombre ha buscado desde que comenzó a serlo, sobre el que han especulado tantos filósofos que han intentado explicar los enigmas del universo y del hombre, se ha hecho carne y ha plantado su tienda de campaña entre las tiendas de campaña de los hombres.

Celebrar la navidad es afirmar que el gran Dios creador, al que no se puede soslayar, al menos como pregunta, por mucho que progresen nuestros conocimientos de astronomía y nuestras especulaciones sobre la explosión inicial del universo, se ha hecho un niño como nuestros niños, ha nacido llorando como nuestros niños, ha sido envuelto en pañales como nuestros niños... Esto es lo que celebramos en la navidad.

Celebrar la navidad es afirmar que la Palabra que estaba junto a Dios y era Dios, por la que todo se hizo y sin que exista nada que no haya sido hecho en ella, se ha hecho hombre; que la plenitud de luz y de vida de la Palabra ha desbordado sobre nuestra tiniebla y nuestra muerte. o, como afirma el comienzo de la Carta a los hebreos: el Dios que se había manifestado en distintas ocasiones y de muchas maneras a los hombres, «ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo». Esto es celebrar la navidad.

Porque la navidad es el reflejo del misterio de Dios. Generaciones y generaciones de hombres han intentado plasmar a través de palabras, símbolos y manifestaciones artísticas, quién es Dios. El prólogo de Juan nos dice: «A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer». Sabemos más sobre Dios mirando a ese niño, nacido como nuestros niños, envuelto en pañales como nuestros niños, que lo que podemos conocer a través de todas las especulaciones sobre el Dios de los filósofos; porque ese niño, nacido como nuestros niños y envuelto en pañales como nuestros niños, es impronta del ser de Dios.

Todos nuestros intentos por balbucear el misterio impenetrable de Dios deben arrancar desde ese niño, nacido como nuestros niños y envuelto en pañales como nuestros niños.  Así comprendemos, como decía Zacarías, padre del Bautista, que «la entrañable misericordia de nuestro Dios» nos ha visitado, luz que ilumina nuestra tiniebla, vida que da aliento a nuestras muertes. Esto es celebrar la navidad 

Y la navidad es también el reflejo del misterio del hombre. ·Gertrud-LE-FORT von le Fort escribía que «en el anuncio de que "Dios se ha hecho hombre" se concentra el abismo de misterio del Dios impenetrable y, al mismo tiempo, los hombres nos sentimos referidos a los otros hombres como el lugar de manifestación al que Dios desciende como amor. Por eso, creo en Dios y en el hombre. Sólo porque creo en Dios, puedo creer también en el hombre, ya que el hombre, sin la fe en Dios, es decir considerado en su mera humanidad, se ha hecho en nuestros días muy poco digno de crédito». Porque es verdad que todos sentimos muchas veces, en nosotros mismos o en los otros, lo «poco digno de crédito que es el hombre», nuestras miserias, injusticias y violencias.

Hoy, quizá más que en otros tiempos, predomina una visión pesimista sobre el hombre.  Sin embargo, hoy, porque celebramos la navidad, los cristianos tenemos que proclamar la dignidad y el inmenso valor de todo hombre. Para Dios, el hombre es tan importante, que él se ha hecho uno de nosotros. Para Dios, la historia de los hombres es tan importante que él ha formado parte de lo mejor de nuestra historia. Para Dios la condición humana es tan sublime que ha sido posible que esa Palabra, que existía desde el principio y en la que todo ha sido creado, se encarnase en el hombre.

No es sólo que el nombre de Dios se haya añadido a los grandes nombres de nuestra historia; es el mismo hombre, todo hombre, el que queda engrandecido, porque la condición humana ha sido capaz de albergar al mismo Dios. Esto es lo que celebramos en la navidad. Quiero acabar con una noticia muy dura. Hace una semana la prensa hablaba de los «ocho millones de niños abandonados en el Brasil que malviven, sobreviven como pueden, con pequeños latrocinios o prostituyéndose», ante los que «aparecen cuadrillas de asesinos pagadas para exterminar la plaga infantil como si fueran ratas o cucarachas». En los diez primeros meses de 1991 fueron asesinados en Río de Janeiro más de 4.5OO. Se informaba de una grandiosa manifestación en Río con «miles de criaturas clamando para que no les asesinen». Es verdad que «aquí no tenemos niños abandonados en masa, pero no nos faltan problemas de abandonos. De cuando en cuando aparece un recién nacido en un portal o en un basurero». La articulista acaba diciendo que «en vísperas de navidad siempre pienso que Jesús nació pobre en lo material, mal alojado, pero en un clima de amor... Los niños martirizados del Brasil no tienen nunca una navidad, al menos en este planeta. Yo necesito esperar que alguna vez lleguen a una navidad eterna. Si hay un cielo, y creo que lo hay, los niños martirizados aquí serán allí los huéspedes de honor». Porque es navidad tenemos que decir que para Dios cada uno de estos niños abandonados o martirizados posee la misma dignidad que cualquier otro ser humano, que cualquiera de nuestros niños... 

Porque hoy es navidad tenemos que decir que para Dios cada uno de estos niños abandonados o martirizados posee la misma dignidad que cualquier otro ser humano, que cualquiera de nuestros niños... Porque hoy es navidad tenemos hoy también que sentir la dureza y la injusticia de nuestro mundo. Porque hoy es navidad debemos preguntarnos qué hacemos por defender y proteger la dignidad del hombre, de todo hombre, de todo niño...

 

J. MARTI-BALLESTER

EL SEÑOR ESTA VINIENDO. HA LLEGADO LA LIBERACION PARA TODO EL PUEBLO, ESPECIALMENTE PARA LOS POBRES. DIOS SE PONE DE NUESTRA PARTE.

1. A los pastores que velaban por la noche sus rebaños, se les presentó un ángel del Señor, y "les anunció la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor". Apareció enseguida una legión de ángeles que alababa a Dios: "Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres a quienes Dios ama" (Lucas 2,1). Cantan los ángeles porque hoy es día de gloria en el cielo y el día grande para los hombres, porque hoy Dios se ha desposado con la humanidad en un niño recién nacido a quien su madre contempla y abraza, mece canta, arrulla, ríe, llora, adora estrecha en sus brazos. Anonadada por ver a su hijo en su regazo, le rodea con el amor más puro, encendido y tierno que cabe en este mundo, con los ojos arrasados en lágrimas de dicha.

2. Ahora sí que "ha aparecido con claridad la bondad de Dios y su Amor al hombre que trae la salvación a todos los hombres" (Tit 2,11). Dios es amor y el amor desea, quiere, busca y consigue el bien del que ama. Dios nos manifiesta su amor infinito en un Niño chiquito. "Dios ha derramado copiosamente el Espíritu Santo sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador" (Ti 3, 4). Ha sido una lluvia torrencial de amor y de misericordia para limpiarnos de nuestros pecados. "Ya somos herederos de la vida eterna en esperanza" (Ib). "El nos pastoreará con el poder de Yave". Ya no somos "ciudad abandonada". Dios ha venido a buscarnos por medio de un Niño, que es su Hijo muy amado, a quien hoy ha engendrado (Isaías 62,11).

3. "Hoy ha brillado una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor. Ha amanecido la luz y la alegría para los rectos de corazón" (Salmo 96).

4. Salieron corriendo los pastores después de oir al ángel, que les había anunciado la gran alegría, que sería también para todo el pueblo: "Encontraréis un niño envuelto en pañales reclinado en un pesebre" (Lucas 2,11). Los pastores, los privilegiados. No sólo eran pobres, eran considerados gente impura y, por tanto, marginada. Alejemos, para comprender lo que esto significa, nuestro concepto idílico del pastor contemporáneo, para entender cómo considera Dios a los pobres y humillados. Si viene para todos, es necesario que nazca en una cueva y en un pesebre para que todos puedan acudir a El. A un palacio podrían llegar los reyes. A un templo, los religiosos y devotos. A una casa de clase media, los burgueses. A una casa rural, los labriegos. Pero, ¿qué habría ocurrido con los desheredados, los marginados, los sin techo, los nómadas, los más miserables e innominados? No se habrían atrevido a entrar. Y no habrían podido gozar de su liberación. Por eso es necesario el rebajamiento de Dios, porque "la buena noticia, la gran alegría es para todo el pueblo" y no sólo para unos cuantos. Y en el mundo siempre ha habido más pobres que ricos, más adocenados que privilegiados, más infortunados que "estrellas". Y Dios ama a todos y, sobre todo, a éstos "bienaventurados", porque Dios se pone de su parte. Juan XXIII cultivó mucho la amistad de sus pobres familiares de Soto il Monte. El sabía que los mismos palacios donde tuvo que vivir, les alejaban, porque se veían distantes de la categoría de su "status" social. Entendamos por este ejemplo la actitud de Dios.

5. Corrían los pastores transfigurados, "envueltos en la claridad de la gloria del Señor", con una felicidad y alegría interior que nunca habían experimentado. "Y encontraron a María, a José y al Niño acostado en un pesebre" (Lucas, 2,16). En la gruta oscura ha nacido Dios. En su ciudad santa y celeste, él es el Cordero que la ilumina. En la cueva de Belén apenas unas luces primitivas alejan las tinieblas del portal. Pero allí está Dios. Dios que se ha abajado hasta el polvo y el estiércol. Es el Camino, y no anda. Es la Verdad, y no habla. Es la Vida, y la está recibiendo de los pechos de una mujer, María, la bienamada, la llena de gracia, sumergida en el misterio viendo cómo chupa a sus pechos dulces, su leche materna, su mismo Creador, y cómo la Suprema Belleza, bosteza.

6. Los pastores traen sus regalos pobres y sencillos, y miran absortos. No habían sentido nunca un gozo tan interior y profundo. Nunca han estado tan cerca de Dios, y, aunque no lo saben, no quieren perderse la contemplación de aquella maravilla. María les deja que acaricien la carita divina, capullito de jazmin y de rosa de su Niño. Jamás podrán olvidar lo que tienen la suerte de estar viendo. Quedarán marcados toda la vida. Contaban a María y a José lo que los ángeles les habían dicho del Niño; trataban de rememorar la sinfonía de sus cantos que les llenaban de alegría y María se llenaba de asombro y de gozo, y sonreía encantada escuchándoles. "Y conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón" (Lucas 2,19).

7. Dios nos ha amado tanto que se ha hecho tan pequeño. La medida de su amor, la da su pequeñez. El "Dios que quebranta los cedros del Líbano, que hace brincar como un novillo al Líbano, y al Sarión como crìa de búfalo, que afila llamaradas, que sacude el desierto de Cades, que sacude las encinas y arrasa los bosques" (Sal 28), se ha eclipsado en un bebé débil e indefenso. Ya no es la zarza que arde...ni el Sinaí llameante entre el resonar de truenos. Es como si el sol entero se hubiera encerrado en una bombillita. El amor de Dios se ha manifestado más en Belén, que en la cruz, porque hay mayor distancia de Dios a hombre, que de hombre a muerto. "Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre es lo más importante que se puede ser" (Ortega). Si Dios se ha hecho hombre, ser hombre ha sido incrementado. "Cuando Cristo apareció en brazos de su madre revolucionó al mundo" (Teillard).

8 Hagamos posible que cuantos celebran la Navidad la comprendan. Para ello, en vez de hacer ternurismo, y folklore hagamos teología navideña. No hagamos tópicos más o menos fervorosos. Ni consideremos al hombre como un "superman", casi Dios, olvidando su creaturiedad y precariedad, pero elevada por el amor divino a su propio nivel.

9 "Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído". Como ellos, nosotros, bendigamos y glorifiquemos a la Santa Trinidad que ha querido enviarnos a Jesús, Verbo Divino encarnado, para hacer su morada entre los hombres, vivir como ellos y entre ellos, para salvarlos, con la salvación que ha puesto en marcha.

10 Y abramos nuestro corazón para que la Navidad se prolongue durante toda nuestra peregrinación por esta tierra. Jesús, en seguida, vivo sobre el altar, como en Nochebuena y en la cueva de Belén. Venid, adoremos.

 

J. MATEOS.

 

Introducción (1-2).

El término griego logos sintetiza dos conceptos del AT: el de palabra/potencia creadora (Gn 1) y el de sabiduría crea­dora (Prov 8,22-24.27; Eclo 1,1.4-6.9; Sab 8,4; 9;1.9; Sal 104,24). El logos o Palabra formula el proyecto de Dios (sabiduría), que existe antes de la creación y la guía, y, en cuanto potencia, lo realiza. En v. 1, la Palabra representa el proyecto formulado, cuyo contenido está expre­sado en lc: la Palabra era Dios o, ateniéndonos al significado de la Pa­labra en este pasaje: un Dios era el proyecto. Éste consistía, por tanto, en que el hombre tuviese la condición divina, que fuese igual a Dios. El proyecto es la palabra divina absoluta y relativiza todas las demás pala­bras, en particular, las de la antigua Ley: a las diez palabras (decálogo) se opone la única palabra que las sustituye. Paralelamente, todos los ideales humanos propuestos en la antigua alianza quedan superados al conocerse en Jesús el verdadero proyecto de Dios sobre el hombre. Este proyecto, concebido en la mente divina, es personificado por Jn, quien lo presenta como el interlocutor de Dios. Expresa con esta espe­cie de soliloquio divino (el proyecto se dirigía/interpelaba a Dios) una urgencia: la del amor de Dios por realizarlo.

La antigua humanidad.

El rechazo del proyecto de Dios (3-10). Existe la actividad creadora del proyecto/palabra, que se traduce en co­municar la vida que contiene. Vida (= plenitud de vida), se opone a la existencia que no merece ese nombre; la plenitud de vida es la luz, la verdad del hombre (4). Consecuencia: no existe una verdad anterior a la vida ni independiente de ella: no hay más verdad que el esplendor de la vida misma; la aspiración a la vida plena guía al hombre, y la experien­cia de ella le va descubriendo la verdad. Es decir, la verdad es la vida misma en cuanto se puede conocer, experimentar y formular. Donde hay vida, hay verdad; donde no hay vida, no hay verdad.

La luz/vida tiene un enemigo, la tiniebla, que pretende extinguir la luz (5). Es una entidad activa y maléfica: a la luz/vida se opone la ti­niebla/muerte. La tiniebla aparece después de la luz (no como en Gn 1); es decir, la aspiración a la vida es componente del ser del hombre, por ser la vida el contenido del proyecto creador, del que el hombre es resultado. La tiniebla no se opone a la vida en sí misma, sino a la luz/verdad, a la vida en cuanto puede ser conocida. Es una antiverdad, una falsa ideología (8,44: la mentira) que, al ser aceptada, ciega al hom­bre, impidiéndole conocer el proyecto creador, expresión del amor de Dios por él, y sofocando su aspiración a la plenitud.

A pesar del esfuerzo por extinguirla, la vida/luz sirve de orientación y de meta a la humanidad. El hombre puede comprender qué significa una vida plenamente humana y a ella ha aspirado siempre, aun cuando por culpa de otros hombres tuviera que vivir sometido a una condición inhumana. Los dominados por la tiniebla son muertos en vida.

En medio de la antigua humanidad y de la dialéctica luz/tiniebla se presenta Juan (6-8), mensajero enviado por Dios para dar testimonio a los hombres acerca de la luz/vida, avivando la percepción de su existen­cia y el deseo de alcanzarla; de rechazo, denuncia la tiniebla y su activi­dad. Su bautismo simbolizará la ruptura con la tiniebla.

La luz verdadera (9) se opone a las luces falsas o parciales, cuyo prototipo había sido la Ley (Sal 119,105; Sab 18,4; Eclo 45,17 LXX). La luz no sólo brilla (1,5), sino que ilumina, llega y pretende comuni­carse a todo hombre: a pesar de las tinieblas y de las falsas luces, el hombre podía experimentar el anhelo de vida; la plenitud contenida en el proyecto creador se le presentaba siempre como ideal y meta. Su an­helo de vida y de plenitud era criterio para distinguir entre luces verda­deras y falsas. Pero la humanidad no reconoce el proyecto ni hace caso de la interpelación (10); aunque le era connatural, lo rechazó y con ello rechazó la vida. Dominada por las ideologías contrarias a la vida (la ti­niebla/muerte), se negó a responder al ideal al que estaba destinada por la creación misma. Tal era su situación hasta la llegada histórica de la Palabra: la ideología/tiniebla represora de la vida le quitaba hasta el de­seo de la propia plenitud.

Centro del prólogo.

El proyecto creador realizado en la historia (11-13). En paralelo con la llegada de Juan Bautista está la de Jesús. El es el Hombre Dios (3), el proyecto realizado, la palabra creadora, la vida y la luz (8,12; 9,5). Su presencia histórica se verificó en su propio pueblo (su casa), pero aquel pueblo no lo aceptó (11). Fracaso de la antigua alianza, que debía haber preparado a Israel para este momento. Se ha interpuesto la tiniebla, es decir, la ideología mantenida por la institución judía, la absolutización de la Ley y los principios nacionalistas (12,34 40). En su nombre se condenará a Jesús (19, 7).

Hay quienes lo aceptan (12), sobre todo fuera de su pueblo, liberándose del dominio de la tiniebla. Ser hijo se demuestra con el modo de obrar. La capacidad de ser hijos de Dios se confiere con el nacer de Dios; hacerse hijo indica el crecimiento, fruto de una actividad semejante a la de Dios mismo. Dios no anula al hombre sino que colabora con él. La actividad del cristiano no es la de Dios en el hombre, sino la de Dios con el hombre. Aceptar a Jesús consiste en darle la adhesión personal en su calidad de proyecto realizado y en aceptar la vida que comunica en cuanto palabra creadora. No pide Jn la adhesión a una ideología ni a una verdad revelada sino a la persona de Jesús, modelo y dador de vida, que Dios ofrece a la humanidad.

La capacidad de hacerse hijos de Dios supone un nuevo nacimiento. Este, que se identifica con la recepción del Espíritu (3 5) procede de la muerte de Jesús (sangre derramada), del propósito de su actividad histórica («carne»), de su propósito personal («varón»), pero no en cuanto meros hechos humanos sino en cuanto en ellos se expresa y se hace eficaz la Palabra/Proyecto que es Dios (1,1) (13). Esta calidad/nombre de Jesús (12) es la que percibe el que le mantiene su adhe­sión.

La nueva humanidad (14-17).

La comunidad (nosotros) que ha aceptado a Jesús habla de la llegada de éste en términos de experiencia, la propia de los que lo han aceptado y, con ello, han nacido de Dios.

El proyecto divino, la plenitud de vida, se ha realizado en un hom­bre sujeto a la muerte (hombre/carne) (14). Por vez primera aparece la meta de la creación: el Hombre-Dios. Su presencia se interpreta en clave de éxodo, es decir, de liberación de toda esclavitud: acampar hace alusión a la antigua Tienda del Encuentro, morada de Dios entre los is­raelitas durante su peregrinación por el desierto (Ex 33,7-10). En el nuevo éxodo, el lugar donde Dios habita es un hombre, Jesús. La gloria era el resplandor de la presencia divina, que, durante el éxodo de Israel, aparecía en particular sobre el santuario (Ex 40,34-38). Para la nueva humanidad en camino, la presencia activa de Dios resplandece en el hombre Jesús. No hay distancia entre Dios y los hombres; en Jesús, su presencia es inmediata para todos.

El hijo único es el heredero universal del Padre y todo lo que éste tiene le pertenece; el Padre le comunica su misma gloria, haciendo al Hijo igual a él. Su gloria es su plenitud de amor y lealtad (cf. Éx 34,6): amor gratuito y generoso que se traduce en don/entrega y que no se desmiente ni falla nunca (lealtad). Como la luz es el resplandor de la vida, la gloria es el resplandor del amor leal. Si la vida es un dinamismo, su actividad es el amor: vivir es amar y amar es comunicar vida (14).

La comunidad narra el testimonio de Juan (15), que ve confirmado por su propia experiencia. Jesús llega después de Juan, pero se pone de­lante de él. La comunidad narra el testimonio de Juan, que ve confir­mado por su propia experiencia. La Palabra/Sabiduría, ahora realizada en Jesús, estaba presente en el mundo desde el principio de la humani­dad (1,4: «la luz del hombre») y es la misma que existía ya «al principio» (1,1). Juan resume aquí, en sentido inverso, las tres etapas de la Palabra/proyecto: su existencia antes de la creación (existía primero que yo), su presencia en la humanidad (estaba ya presente antes que yo), su realización histórica en Jesús (el que llega detrás de mí).

Al nuevo éxodo y a la nueva alianza se invita a la humanidad entera. No desembocan, por tanto, en la formación de un nuevo pueblo, sino en la de una nueva humanidad. La comunidad tiene conciencia de per­tenecer a ella.

Lo específico cristiano (todos nosotros) es la experiencia y participa­ción del amor-vida que está en Jesús (16). El Hijo, heredero universal (14), hace a los suyos partícipes de su misma herencia. La prueba palpa­ble de la realidad y de la acción de Jesús es el amor que existe en la co­munidad; se muestra en una actividad como la suya, que lleva a realizar el designio divino, es decir, a trabajar por la plenitud humana.

La nueva comunidad humana existe en virtud de la nueva y directa relación del hombre con Dios (nueva alianza), inaugurada y hecha posi­ble por Jesús (17). La antigua relación, mediada por la Ley mosaica, ha caducado. Gracias a la obra de Jesús pueden existir en los hombres el amor y la lealtad propios de Dios mismo (14); con ello culmina la obra creadora de Dios y se establece la nueva relación/alianza. La Ley era exterior, el amor es interior y transforma al hombre, haciéndose consti­tutivo de su ser (Jr 31,31-34; Ex 36,25-28). El código externo pierde su validez y su razón de existir.

Colofón (18).

Moisés y todos los intermediarios de la antigua alianza habían tenido sólo un conocimiento mediato de Dios (Éx 33,20-23). Por eso la Ley no consiguió reflejar la realidad de Dios. Todas las ex­plicaciones de Dios dadas antes de Jesús eran parciales o falsas; el AT era sólo anuncio, preparación o figura del tiempo del Mesías.

La teología del hombre-imagen de Dios queda superada; el proyecto creador sólo llega a su término con el Hombre-Hijo, a quien el Padre comunica su propia vida/amor. Unicamente Jesús, el Hijo único/amado, que tiene la condición divina, puede expresar lo que Dios es: el Padre que está total e incondicionalmente en favor del hombre, el que, por amor, le comunica su propia vida. Jesús lo explica con su persona y ac­tividad. El es el punto de partida, el único dato de experiencia al al­cance del hombre para conocer al verdadero Dios. Toda idea de Dios que no corresponda a lo que es Jesús es un invento humano sin valor. Jesús es, de modo inseparable, la verdad del hombre y la verdad de Dios: manifiesta lo que es el hombre por ser la realización plena del proyecto creador, el modelo de Hombre; manifiesta lo que es Dios ha­ciendo presente y visible el amor incondicional del Padre, al entregar su vida para dar vida a los hombres.

 

Nexo entre las lecturas

Podríamos decir que las lecturas del día de Navidad se concentran en dar una respuesta al gran interrogante que ha atravesado dos mil años de cristianismo: ¿Quién es Jesucristo? La respuesta la encontramos, sobre todo, en el prólogo del evangelio según san Juan: El Verbo, el creador del universo, la luz del mundo, el revelador del Padre, etc. Esta respuesta del evangelio es colocada en el ámbito del profetismo del Antiguo Testamento: Jesucristo, el mensajero que trae la paz y la salvación (primera lectura); Jesucristo, el último y definitivo profeta de Dios (segunda lectura). 

 


P. Antonio Izquierdo


Mensaje doctrinal


¿Quién es Jesucristo?

En todo el mundo cristiano el día 25 celebramos el nacimiento de un niño: Jesús de Nazaret que ha revolucionado durante dos mil años la historia de la humanidad, sobre todo del Occidente. Quienes no son cristianos tal vez se pregunten quién es ese niño que celebran los cristianos con tanta solemnidad. Y no está mal que también nosotros, en esta singular ocasión de la Navidad, nos lo preguntemos. O mejor, todavía, lo preguntemos a la Biblia, a través de la cual Dios nos habla y se nos revela. 

1. 
Jesucristo es el Verbo, que vive en el seno de Dios, y que pone su tienda entre los hombres, en un determinado momento de la historia. Jesucristo, antes de ser una palabra pronunciada por la historia, es La Palabra pronunciada por el mismo Dios. En el mundo de Dios el Padre está pronunciando eternamente La Palabra. En Belén, en tiempo del emperador Augusto, La Palabra eterna es pronunciada por labios humanos, se convierte en palabra de carne. Se llama Jesús de Nazaret. ¿Quién es Jesús? Es el Verbo, que al ser pronunciado por los hombres, suena Jesús de Nazaret. 

¿Quién es el Verbo?

Es Jesús, a quien el Padre llama La Palabra. En el misterio de Jesucristo no se puede separar la eternidad del tiempo, el Verbo de Jesús. Sería traicionar la revelación de Dios. A lo largo de la historia Dios había pronunciado palabras por medio de los profetas, palabras que manifestaban de modo incompleto la revelación de Dios. Con Jesucristo el Padre pronuncia la última, definitiva y única Palabra, en la que se compendia y llega a plenitud toda la revelación (segunda lectura). 

2. 
Jesús es la vida y la verdadera luz del mundo. Vida y luz son dos imágenes muy usadas en todo el Antiguo Testamento. Dios es el creador de la vida (plantas, animales, hombre). A la vez que creador, es también el señor, que dispone de ella según sus inescrutables designios. El hombre ha sido creado para la vida, no para la muerte. Con todo, a causa del pecado, el reino de la muerte se ha instalado en la historia. Cuando los cristianos proclamamos que Jesús es la vida, afirmamos que él es el vencedor de la muerte y el restaurador de la vida en la humanidad. Al restaurar la vida, ésta es como un faro de luz en un mundo prisionero de la tiniebla. Al confesar que Jesús de Nazaret, en el momento mismo de nacer es vida y luz de los hombres, estamos afirmando también que no es una vida cualquiera o una luz cualquiera, efímera y débil, sino la Vida y la Luz originales, presentes en Dios mismo. Porque es Vida y Luz, su historia personal, una más en sí misma entre las historias de los hombres, es fuente de Vida y de Luz para la humanidad entera. 

3. 
Jesús es el revelador del Padre. "A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos lo ha revelado". Jesucristo no sólo es el revelado por los profetas, por ejemplo, por Miqueas, como mensajero de paz, de consolación y de salvación, o no sólo es revelado superior a los ángeles (segunda lectura). Él mismo, en persona, es revelador. ¿Y qué otra realidad más honda puede revelarnos sino el misterio de Dios, del que viene y en el que habita, absolutamente desconocido para los hombres? El Padre no es visible. Se hace visible y presente en Jesucristo. Lo hace visible hablándonos del Padre, v.g. las parábolas del padre misericordioso, y sobre todo nos habla del Padre en su modo de vivir y de estar en el mundo, entre los hombres. 

Sugerencias pastorales


1. 
Para ti, ¿quién es Jesucristo? Hemos de dejar las cuestiones generales y preguntarnos de modo muy personal: "Para mí, ¿quién es Jesucristo?". Según que se responda a esta pregunta con los labios, con el corazón y sobre todo con la vida, nuestra existencia seguirá un rumbo u otro, seguirá unos parámetros u otros según los cuales vivir. Si Jesucristo lo es todo para mí: mi Dios, mi salvador, mi modelo, mi todo, trataré de hacer real en mi vida este convencimiento. Si Jesucristo es un hombre extraordinario, el más enigmático y grandioso entre los hijos de Adán, pero nada más que hombre, seré tal vez un gran admirador de su figura, trataré de seguir su vida moralmente ejemplar, pero nunca caeré de rodillas ante él, ni le invocaré como redentor, ni estaré dispuesto a dar mi vida por creer en él. Si Jesucristo no fue más que "un hippie entre yuppies", como alguien ha dicho, o un mesías fallido como piensan muchos judíos, o un "avatar" más entre tantos otros que han existido y continúan viniendo a la existencia, ¿qué sentido tiene seguir siendo discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Para qué seguir haciendo una pantomima recitando el credo? Que esta Navidad reafirmemos nuestra fe en "Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre", en "Jesucristo, redentor del hombre". 

2. 
Presencia de Cristo en la historia. Jesucristo es el viviente. Él no ha pasado a la historia, como tantos personajes que un día, hace siglos o milenios, eso no importa, amaron y fueron amados, recorrieron los mismos espacios o semejantes a los que hoy recorremos en pueblos o ciudades de nuestro planeta. Jesucristo no pertenece al pasado. Mientras los hombres tenemos, por nuestra misma condición histórica, una relación con el pasado y con el futuro, Él es un presente sin más relación. Él vive, está a tu lado, te acompaña. Él te ama, se interesa por ti, te ilumina con su luz, te habla palabras de verdad y vida. Él quiere tu bien, no te deja tranquilo cuando tomas un mal camino, es un amigo que siempre te jugará limpio frente a la verdad, frente al eterno destino. Jesús vive en tu corazón por la amistad y comunión con él. Vive en la eucaristía, en el sagrario. Vive en la Biblia, Palabra inmortal de Dios al hombre. Vive en los hombres y mujeres que creen en él, le aman y siguen sus pasos. Vive en el Papa y en los Obispos que le representan ante los hombres. Vive en los niños inocentes, él que nunca dejó de ser niño en su relación con su Padre. Él vive para darnos la vida, para recordarnos siempre que nuestro destino es la vida, o mejor, la Vida. 

 


 

25 de diciembre
NATIVIDAD DEL SEÑOR
Solemnidad

Misa vespertina de la Vigilia


Antífona de entrada     Cf. Ex 16, 6-7
Hoy sabrán que el Señor viene a salvarnos,
y mañana verán aparecer su gloria.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro,
que cada año nos alegras con la esperanza de la salvación,
concédenos que,
recibiendo con gozo a tu Hijo unigénito como Redentor,
podamos contemplarlo confiadamente
cuando venga como juez.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo. A las palabras Se encarnó... todos se arrodillan.

Oración sobre las ofrendas

Concédenos, Señor Dios nuestro,
anticipar con un culto fervoroso esta solemnidad,
ya que en ella manifiestas el comienzo de nuestra redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Navidad.


Antífona de comunión     Cf. Is 40, 5
Se manifestará la gloria del Señor,
y todos verán la salvación de nuestro Dios.

Oración después de la comunión
Señor, fortalécenos con la celebración anticipada
del nacimiento de tu Hijo único,
que se ha hecho comida y bebida
en este sacramento de salvación.
Él que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Puede impartirse la bendición solemne.

 

 

Misa de la Noche


Antífona de entrada     Sal 2, 7
El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

O bien:
Alegrémonos todos en el Señor, porque ha nacido nuestro Salvador.
Hoy descendió del cielo para nosotros la paz verdadera.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro, que has iluminado esta santísima noche
con la claridad de Cristo, luz verdadera,
concédenos que,
después de haber conocido en la tierra los misterios de esa luz,
podamos también gozar de ella en el cielo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo. A las palabras Se encarnó... todos se arrodillan.

Oración sobre las ofrendas

Padre, recibe nuestra ofrenda en esta noche de fiesta,
para que, por este sagrado intercambio,
lleguemos a ser semejantes a aquél
que unió a ti nuestra humanidad, Jesucristo nuestro Señor.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Prefacio de Navidad.

Antífona de comunión     Cf. Jn 1, 14
La Palabra se hizo carne, y nosotros hemos visto su gloria.

Oración después de la comunión
Señor y Dios nuestro, llenos de alegría
hemos celebrado el nacimiento de nuestro Redentor.
Concédenos la gracia de una vida santa
y llegar así a la perfecta comunión con él.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Puede impartirse la bendición solemne.

 

 

Misa de la Aurora

Antífona de entrada     Cf. Is 9, 1.5; Lc 1, 33
Hoy brillará la luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor;
él será llamado Dios admirable, Príncipe de la paz, Padre para siempre,
y su reino no tendrá fin.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios todopoderoso,
envueltos con la nueva luz de tu Verbo hecho carne,
Te pedimos que resplandezca en nuestras obras
lo que por la fe brilla en nuestro espíritu.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo. A las palabras Se encarnó... todos se arrodillan.

Oración sobre las ofrendas

Señor, que estas ofrendas
sean dignas del misterio de la Navidad que hoy celebramos;
y así como te manifiestas en la humanidad de tu Hijo,
también nos comuniques tu gracia en estos dones de la tierra.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Navidad.


Antífona de comunión     Cf. Zac 9, 9
Alégrate, hija de Sión, canta de gozo, hija de Jerusalén;
ya llega tu Rey, santo y salvador del mundo.

Oración después de la comunión
Señor Dios, tú nos has reunido
para celebrar con alegría el nacimiento de tu Hijo:
concédenos conocer con fe plena
la profundidad de este santo misterio
y amarlo aún más intensamente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Puede impartirse la bendición solemne.

 

Misa del Día

 

Antífona de entrada     Cf. Is 9, 1.5
Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado;
la soberanía reposa sobre sus hombros,
y su nombre será Consejero admirable.

Se dice Gloria.

Oración colecta

Dios nuestro,
que admirablemente creaste la naturaleza humana
y, de modo aún más admirable, la restauraste;
concédenos compartir la vida divina de tu Hijo,
como él compartió nuestra condición humana.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.

Se dice Credo. A las palabras Se encarnó... todos se arrodillan.

Oración sobre las ofrendas

En este día de fiesta,
acepta, Señor, este sacrificio
que nos reconcilia plenamente contigo
y contiene toda la alabanza que el hombre puede ofrecerte.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio de Navidad.

Antífona de comunión     Sal 97, 3
Los confines de la tierra han contemplado el triunfo de nuestro Dios.

Oración después de la comunión
Dios misericordioso,
hoy nos ha nacido el Salvador del mundo;
te pedimos que así como nos ha hecho hijos tuyos,
también nos haga partícipes de su inmortalidad.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

 

Navidad

 

El Dios de infinita bondad

que por la encarnación de su Hijo disipó las tinieblas del mundo

y por su glorioso nacimiento

iluminó esta Santísima noche (este santísimo día)

disipe las tinieblas del pecado

e ilumine sus corazones con el esplendor de las virtudes.

R. Amén.

 

Él, que por medio del ángel quiso anunciar a los pastores

la gran alegría del nacimiento del Salvador,

llene de gozo sus corazones

y los haga mensajeros de su Evangelio.

R. Amén.

 

Él, que por la encarnación de su Hijo

unió la tierra con el cielo,

les conceda la abundancia de su paz y de su amor,

y los haga partícipes de la Iglesia celestial.

R. Amén.

 

Y la bendición de Dios todopoderoso,

del Padre, del Hijo + y del Espíritu Santo,

descienda sobre ustedes y permanezca para siempre

R. Amén.

PREFACIO DE NAVIDAD I
CRISTO, LA LUZ DEL MUNDO

 

En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno:

Porque gracias al misterio de la Palabra hecha carne,
la luz de tu gloria brilló ante nuestros ojos con nuevo resplandor,
para que, conociendo a Dios visiblemente
lleguemos al amor de lo invisible.

Por eso con los ángeles y los arcángeles
y con todos los coros celestiales,
cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor,

 

PREFACIO DE NAVIDAD II
LA RESTAURACIÓN DEL UNIVERSO EN LA ENCARNACIÓN


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno
por Cristo, Señor nuestro.

Por el misterio santo que hoy celebramos,
el que era de naturaleza invisible
se hizo visible en nuestra naturaleza,
y el que es engendrado desde toda la eternidad
comenzó a existir en el tiempo
para asumir en sí mismo todo lo creado,
reconstruir lo que estaba caído
y encaminar al hombre descarriado hacia el Reino celestial.

Por eso, unidos a todos los ángeles,
te aclamamos llenos de alegría, diciendo:

Santo, Santo, Santo es el Señor,

 

PREFACIO DE NAVIDAD III
EL INTERCAMBIO EN LA ENCARNACIÓN DEL VERBO


En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno
por Cristo, Señor nuestro.

Por él hoy resplandece ante el mundo
el maravilloso intercambio de nuestra salvación;
pues al revestirse tu Hijo de nuestra frágil condición
no solamente dignificó nuestra naturaleza para siempre,
sino que por esta unión admirable
nos hizo partícipes de su eternidad.

Por eso, unidos a los coros de los ángeles,
te alabamos llenos de alegría:

Santo, Santo, Santo es el Señor,

LECCIONARIO FESTIVO
MISA VESPERTINA DE LA VIGILIA

 

El Señor pone en ti su deleite

Lectura del libro del profeta Isaías     62, 1-5

Por amor a Sión no me callaré,
por amor a Jerusalén no descansaré,
hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante
y su salvación, como una antorcha encendida.
Las naciones contemplarán tu justicia
y todos los reyes verán tu gloria;
y tú serás llamada con un nombre nuevo,
puesto por la boca del Señor.
Serás una espléndida corona en la mano del Señor,
una diadema real en las palmas de tu Dios.
No te dirán más «¡Abandonada!»,
ni dirán más a tu tierra «¡Devastada!»,
sino que te llamarán «Mi deleite»,
y a tu tierra «Desposada.»
Porque el Señor pone en ti su deleite
y tu tierra tendrá un esposo.
Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios.

Palabra de Dios.

SALMO     Sal 88, 4-5. 16-17. 27. 29

R. Cantaré eternamente la misericordia del Señor.

Yo sellé una alianza con mi elegido, 
hice este juramento a David, mi servidor: 
«Estableceré tu descendencia para siempre, 
mantendré tu trono por todas las generaciones.» 
R.

¡Feliz el pueblo que sabe aclamarte! 
Ellos caminarán a la luz de tu rostro;
se alegrarán sin cesar en tu Nombre, 
serán exaltados a causa de tu justicia. 
R.

El me dirá: «Tú eres mi padre, 
mi Dios, mi Roca salvadora.» 
Le aseguraré mi amor eternamente, 
y mi alianza será estable para él. 
R.

Testimonio de Pablo sobre Cristo,
Hijo de David

Lectura de los Hechos de los Apóstoles     13, 16-17. 22-25

      Al llegar a Antioquía de Pisidia, Pablo se levantó en la sinagoga y, pidiendo silencio con un gesto, dijo:
      «Escúchenme, israelitas y todos los que temen a Dios. El Dios de este Pueblo, el Dios de Israel, eligió a nuestros padres y los convirtió en un gran Pueblo, cuando todavía vivían como extranjeros en Egipto. Luego, con el poder de su brazo, los hizo salir de allí.
      Y cuando Dios desechó a Saúl, les suscitó como rey a David, de quien dio este testimonio: He encontrado en David, el hijo de Jesé, a un hombre conforme a mi corazón que cumplirá siempre mi voluntad. De la descendencia de David, como lo había prometido, Dios hizo surgir para Israel un Salvador, que es Jesús.
      Como preparación a su venida, Juan había predicado un bautismo de penitencia a todo el pueblo de Israel. Y al final de su carrera, Juan decía: "Yo no soy el que ustedes creen, pero sepan que después de mí viene aquel a quien yo no soy digno de desatar las sandalias."»

Palabra de Dios.

ALELUIA

Aleluia.
Mañana quedará borrada la iniquidad de la tierra,
y reinará sobre nosotros el Salvador del mundo.
Aleluia.


EVANGELIO

Genealogía de Jesucristo, hijo de David

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     1, 1-25


Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham:
Abraham fue padre de Isaac;
Isaac, padre de Jacob;
Jacob, padre de Judá y de sus hermanos.
Judá fue padre de Fares y de Zará,
y la madre de estos fue Tamar.
Fares fue padre de Esrón;
Esrón padre de Arám;
Arám, padre de Aminadab;
Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón.
Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab.
Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut.
Obed fue padre de Jesé;
Jesé, padre del rey David.

David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías.
Salomón fue padre de Roboám;
Roboám, padre de Abías;
Abías, padre de Asá;
Asá, padre de Josafat;
Josafat, padre de Jorám;
Jorám, padre de Ozías.
Ozías fue padre de Joatám;
Joatám, padre de Acaz;
Acaz, padre de Ezequías;
Ezequías, padre de Manasés.
Manasés fue padre de Amón;
Amón; padre de Josías;
Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos,
durante el destierro en Babilonia.

Después del destierro en Babilonia:
Jeconías fue padre de Salatiel;
Salatiel, padre de Zorobabel;
Zorobabel, padre de Abiud;
Abiud, padre de Eliacím;
Eliacím, padre de Azor.
Azor fue padre de Sadoc;
Sadoc, padre de Aquím;
Aquím, padre de Eliud;
Eliud, padre de Eleazar;
Eleazar, padre de Matán;
Matán, padre de Jacob.
Jacob fue padre de José, el esposo de María,
de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.

El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.

Este fue el origen de Jesucristo:
María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
«La Virgen concebirá
y dará a luz un hijo a quien pondrán
el nombre de Emanuel»,
que traducido significa: «Dios con nosotros.»

Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Palabra del Señor.

O bien más breve:

María dará a luz un hijo
a quien pondrás el nombre de Jesús

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo     1, 18-25

      Este fue el origen de Jesucristo:
      María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto.
      Mientras pensaba en esto, el Angel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados.»
      Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta:
      «La Virgen concebirá
      y dará a luz un hijo a quien pondrán
      el nombre de Emanuel»,
      que traducido significa: «Dios con nosotros.»

      Al despertar, José hizo lo que el Angel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.

Palabra del Señor.


 

MISA DE LA AURORA

Ahí llega tu Salvador

Lectura del libro de Isaías     62, 11-12


Esto es lo que el Señor hace oír
hasta el extremo de la tierra: 
«Digan a la hija de Sión:
Ahí llega tu Salvador;
el premio de su victoria lo acompaña
y su recompensa lo precede.
A ellos se los llamará "Pueblo santo".
"Redimidos por el Señor";
y a ti te llamarán "Buscada",
"Ciudad no abandonada".»

Palabra de Dios.


SALMO    Sal 96, 1. 6. 11-12


R. Hoy nos ha nacido el Señor. ¡Aleluia!

¡El Señor reina! Alégrese la tierra, 
regocíjense las islas incontables. 
Los cielos proclaman su justicia 
y todos los pueblos contemplan su gloria. 
R.

Nace la luz para el justo, 
y la alegría para los rectos de corazón. 
Alégrense, justos, en el Señor 
y alaben su santo Nombre. 
R.


Él nos salvó por su misericordia

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a Tito   3, 4-7


Cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor a los hombres, no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, Él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo. Y derramó abundantemente ese Espíritu sobre nosotros por medio de Jesucristo, nuestro Salvador, a fin de que, justificados por su gracia, seamos en esperanza herederos de la Vida eterna. 

Palabra de Dios.


ALELUIA    Lc 2, 14

Aleluia.
¡Gloria a Dios en las alturas,
y en la tierra, paz a los hombres amados por Él!
Aleluia.


EVANGELIO

Los pastores encontraron a María,
a José y al recién nacido

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     2, 15-20


Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado.»
Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. 
Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón. Y los pastores volvieron, alabando y glorificando a Dios por todo lo que habían visto y oído, conforme al anuncio que habían recibido. 

Palabra del Señor.


 

MISA DEL DIA


Los confines de la tierra
verán la salvación de nuestro Dios

Lectura del libro de Isaías     52, 7-10

¡Qué hermosos son sobre las montañas
los pasos del que trae la buena noticia,
del que proclama la paz,
del que anuncia la felicidad,
del que proclama la salvación
y dice a Sión: «¡Tu Dios reina!»

¡Escucha! Tus centinelas levantan la voz,
gritan todos juntos de alegría,
porque ellos ven con sus propios ojos
el regreso del Señor a Sión.
¡Prorrumpan en gritos de alegría,
ruinas de Jerusalén,
porque el Señor consuela a su Pueblo,
Él redime a Jerusalén!

El Señor desnuda su santo brazo
a la vista de todas las naciones,
y todos los confines de la tierra
verán la salvación de nuestro Dios.

Palabra de Dios.


SALMO     Sal 97, 1-6

R. Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.


Canten al Señor un canto nuevo,
porque Él hizo maravillas:
su mano derecha y su santo brazo
le obtuvieron la victoria. 
R.

El Señor manifestó su victoria,
reveló su justicia a los ojos de las naciones:
se acordó de su amor y su fidelidad
en favor del pueblo de Israel. 
R.

Los confines de la tierra han contemplado
el triunfo de nuestro Dios.
Aclame al Señor toda la tierra,
prorrumpan en cantos jubilosos. 
R.

Canten al Señor con el arpa
y al son de instrumentos musicales;
con clarines y sonidos de trompeta
aclamen al Señor, que es Rey. 
R.


Dios nos habló por medio de su Hijo

Lectura de la carta a los Hebreos     1, 1-6

Después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los Profetas, en muchas ocasiones y de diversas maneras, ahora, en este tiempo final, Dios nos habló por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo el mundo.
Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su ser. Él sostiene el universo con su Palabra poderosa, y después de realizar la purificación de los pecados, se sentó a la derecha del trono de Dios en lo más alto del cielo. Así llegó a ser tan superior a los ángeles, cuanto incomparablemente mayor que el de ellos es el Nombre que recibió en herencia.
¿Acaso dijo Dios alguna vez a un ángel: "Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy?" ¿Y de qué ángel dijo: "Yo seré un padre para él y él será para mí un hijo?"
Y al introducir a su Primogénito en el mundo, Dios nos dice: "Que todos los ángeles de Dios lo adoren".

Palabra de Dios.


ALELUIA

Aleluia.
Nos ha amanecido un día sagrado;
vengan, naciones, adoren al Señor,
porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra.
Aleluia.


EVANGELIO

La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros

+ Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 1-18


Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

Apareció un hombre enviado por Dios,
que se llamaba Juan.
Vino como testigo,
para dar testimonio de la luz,
para que todos creyeran por medio de él.
Él no era la luz,
sino el testigo de la luz.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Juan da testimonio de Él, al declarar:
«Este es Aquel del que yo dije:
El que viene después de mí
me ha precedido,
porque existía antes que yo.»

De su plenitud, todos nosotros hemos participado
y hemos recibido gracia sobre gracia:
porque la Ley fue dada por medio de Moisés,
pero la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo.
Nadie ha visto jamás a Dios;
el que lo ha revelado es el Dios Hijo único,
que está en el seno del Padre. 

Palabra del Señor.


O bien más breve:

+ Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según san Juan     1, 1-5. 9-14


Al principio existía la Palabra,
y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios.
Al principio estaba junto a Dios.
Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra
y sin ella no se hizo nada de todo lo que existe.
En ella estaba la vida,
y la vida era la luz de los hombres.
La luz brilla en las tinieblas,
y las tinieblas no la percibieron.

La Palabra era la luz verdadera
que, al venir a este mundo,
ilumina a todo hombre.
Ella estaba en el mundo,
y el mundo fue hecho por medio de ella,
y el mundo no la conoció.
Vino a los suyos,
y los suyos no la recibieron.
Pero a todos los que la recibieron,
a los que creen en su Nombre,
les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios.
Ellos no nacieron de la sangre,
ni por obra de la carne,
ni de la voluntad del hombre,
sino que fueron engendrados por Dios.

Y la Palabra se hizo carne
y habitó entre nosotros.
Y nosotros hemos visto su gloria,
la gloria que recibe del Padre como Hijo único,
lleno de gracia y de verdad.

Palabra del Señor.

 

 


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