3er Domingo T.O (C)
Liturgia Viva – III Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver segunda Lectura)
Nosotros, aunque seamos muchos,
formamos un solo cuerpo en Cristo,
y a todos se nos ha dado el mismo Espíritu.
Que el Señor Jesús esté siempre con ustedes.
Introducción por el Sacerdote:
Proclamando Libertad a los Cautivos
En la Iglesia oímos con frecuencia la palabra “salvación” o “redención”. Estas palabras técnicas suenan difíciles y lejanas. Jesús, cuyo nombre significa “Dios Salva”, nos aclara hoy lo que significa esta palabra “salvar”: Vino para traernos libertad, liberación, de todo lo que nos aliena de Dios y de la gente, y vino también para hacernos capaces de liberarnos unos a otros. Ciertamente hemos sido creados y hemos nacido para ser libres. Ésta es la Buena Noticia que él nos trae. Dejemos que Jesús, que está aquí en medio de nosotros, nos haga libres, hijos e hijas de Dios.
Acto Penitencial
Estamos todavía muy lejos de ser libres, porque somos cautivos del pecado.
(Pausa)
· Señor Jesús, danos la libertad prometida a los que vivimos todavía cautivos del pecado:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
· Cristo Jesús, haz que nos unamos profundamente a ti, para proclamar tu Buena Noticia de salvación a los pobres.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
· Señor Jesús, haznos capaces de alzar y liberar a los oprimidos.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, por tu bondad, líbranos de todo pecado, para que podamos ser libres, vivos y totalmente humanos.
Y un día llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que podamos aceptar y vivir hoy
la Buena Noticia de Dios.
(Pausa)
Oh Dios, Padre nuestro:
Por medio de Jesús
nos hablas hoy tu mensaje
de la Buena Nueva de salvación.
Te pedimos que sepamos aceptar hoy
el día de gracia que Jesús proclama.
Envíanos tu Santo Espíritu
para que nos ilumine y nos haga libres
y así podamos servirte
a ti y a nuestros hermanos.
Y, con su ayuda, ojalá sepamos
llevar tu Buena Noticia a los pobres y a los presos,
a los ciegos y a los oprimidos,
para que todos puedan disfrutar de tu felicidad.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Neh 8:2-6.8-10): La Palabra de Dios Movía e Inspiraba al Pueblo
El Pueblo de Dios se reune en unidad, por y para la Palabra de Dios. El mensaje de Dios les disgusta y contraría; y aun así, ellos se regocijan en el Señor.
Segunda Lectura (1Cor 12,12-30 ó 12,12-14.27): Cada uno tiene su papel en el Cuerpo
Por el Bautismo hemos llegado a ser partes constituyentes del Cuerpo de Cristo. Cada parte debe contribuir al bien del todo.
Evangelio (Lc 1,1-4; 4,14-21): Hoy la Buena Nueva se cumple en Jesús
Jesús presenta al pueblo, en la Sinagoga, su programa liberador de salvación. En Jesús se cumple la Buena Noticia de Dios.
Oración de los Fieles
Oremos a nuestro Señor Jesucristo, que nos está hablando a todos y cada uno de nosotros ahora en esta eucaristía. Pidámosle que su palabra se haga vida en nuestros corazones y en nuestras obras. Y digámosle:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, da valor y fortaleza a todos nuestros líderes y maestros en la Iglesia, para que nos ayuden a comprender tu Palabra y proclamarla a todos como Buena Noticia de salvación. Y así te decimos:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, une en tu palabra y en tu persona a todos los que se llaman cristianos. Convócalos y reúnelos juntos como hermanos y hermanas para formar tu único cuerpo. Y así te decimos:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, inspira con tu palabra a todos los poderosos de esta tierra. Ayúdalos a unir fuerzas para llevar paz duradera, alimento necesario y dignidad humana para todos. Y así te decimos:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, abre nuestros ojos a las miserias de nuestros hermanos; haznos sensibles y preocupados por los que se encuentran como encarcelados en sus miedos o agarrotados por la injusticia. Haz que seamos luz para los que viven en oscuridad y tiniebla. Y así te decimos:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, haznos receptivos a tu palabra. Líbranos de la mediocridad y del miedo; también de nuestras certezas y autocomplacencias. Danos una nueva comprensión de tu mensaje, para que podamos vivir conforme a lo que creemos. Y así te decimos:
R/ Habla, Señor, que te escuchamos.
Señor, aquí estamos reunidos en tu nombre. Permanece vivo entre nosotros; escucha nuestra oración y dirígenos tu palabra poderosa que cambie nuestras vidas, pues eres nuestro Dios y Señor por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios y Padre nuestro:
Con pan y vino, y con palabras de alabanza,
te damos gracias por tu Hijo Jesucristo,
que es tu Palabra Viviente,
dicha y encarnada aquí en medio de nosotros.
Que su palabra de consagración
cambie estos nuestros sencillos dones
en su propio cuerpo y sangre.
Haz también, por el poder de su Espíritu,
que nuestras palabras vacías y vanas
se conviertan en carne y sangre
de bondad y servicio
para los hermanos que nos rodean y para ti,
Dios nuestro, por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con corazones agradecidos alabemos a Dios nuestro Padre por designar a su Hijo Jesús para proclamarnos su Buena Noticia de salvación, y para quedarse con nosotros en nuestra vida de cada día.
Invitación al Padre Nuestro
Que Jesús llene y reafirme nuestras palabras balbucientes
con el poder de sus propias palabras,
al rezar a nuestro Padre en el cielo: R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de palabras mentirosas
que no portan la verdad
o que no nos comprometen a lo que afirmamos.
Líbranos de toda clase de pecado
y ayúdanos a vivir más radicalmente
la Buena Noticia de tu Hijo, el Evangelio,
mientras oramos y trabajamos en esperanza y alegría
por la venida plena entre nosotros
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Porque tuyo es el Reino…
Invitación al Comunión
Éste es Jesucristo, Palabra viva del Padre,
que se expresó y reveló a sí mismo en lo que decía
y vivió tal como hablaba
Dichosos nosotros al recibirle ahora en comunión
para que vivamos siempre conforme a sus palabras.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Tú has hablado tu palabra, Señor,
que se ha encarnado de nuevo
aquí en medio de nosotros.
Tú nos has fortalecido
con su palabra y con su cuerpo.
¿Podríamos acaso pedirte algo mejor
que hacer posible que nuestra conducta y nuestra vida
lleguen a ser también Buena Noticia de salvación
para quien encontremos en nuestro camino?
Haznos libres con la libertad que nos trajo Jesucristo,
Hijo tuyo y Señor nuestro,
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: El mensaje de nuestro Señor Jesucristo será Buena Noticia para nosotros solamente si somos conscientes de nuestra propia pobreza y vaciedad.
Y lo haremos Buena Noticia de esperanza y alegría para todos los que nos rodean, solamente si el Espíritu de verdad habla por nuestras palabras, y si con nuestra conducta nos comprometemos a llevar a la realidad lo que decimos y proclamamos con nuestra boca.
Que el Señor les dé a ustedes ésta fuerza y compromiso, y les bendiga abundantemente: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Pueden ir en paz y vivir conforme a la palabra del Señor.
El Espíritu del Señor está sobre Mí
Hoy celebramos el “Domingo de la Palabra de Dios”. El Papa Francisco instituyó este domingo con la intención de que se celebrara todos los años el tercer domingo del Tiempo Ordinario en su carta apostólica, con forma motu proprio, “Aperuit illis” (AI), de 30 de septiembre de 2019. Este Domingo ha sido instituido en respuesta a un deseo del Pueblo de Dios trasladado al Papa de muchos modos.
El hambre de la Palabra que experimenta el Pueblo de Dios no ha disminuido, como tampoco lo ha hecho el anhelo de trascendencia de la humanidad. Es el deseo por Aquel totalmente Otro que trasciende del todo nuestro ser, por Aquel al que anhelamos, lo que explica la institución de este Domingo. Porque sabemos que cuando acogemos la Palabra, su poder recreador restaura nuestra afinidad con Dios, que puede haberse perdido por muchas razones, entre ellas la propia falta de fe o el escándalo causado por el proceder de otros.
El Papa desea que este Domingo de la Palabra sea un día dedicado a la celebración, la reflexión y la divulgación de la Palabra de Dios. Dedicar a la Palabra de Dios un día determinado del año litúrgico puede ayudar a que la Iglesia experimente de nuevo cómo el Señor Resucitado abre para ella el tesoro de su Palabra y la capacita para que proclame sus insondables riquezas ante el mundo. Y las lecturas de hoy son una invitación para todos a la reflexión y a la revisión de nuestra relación personal con la Palabra de Dios.
“No estéis tristes ni lloréis”. Lo de juntarse, escuchar la Palabra y meditarla es algo que se hacía ya hace muchos años. Y, en esta ocasión oímos como el pueblo, que durante muchos años no había conocido la ley, al descubrirla, rompe a llorar, porque entienden que se han apartado mucho del camino que Dios les había marcado. De repente, fueron conscientes de lo mucho que se estaban perdiendo. Pero la respuesta del profeta es clara: “No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza”. Lo importante es la reacción ante la oferta de un estilo nuevo de vida, que devuelve al pueblo la condición de elegidos, de hijos predilectos de Dios. Ellos lo sintieron de verdad. A lo largo de muchos años, en el destierro, en el desierto y al llegar a la Tierra Prometida.
Al contemplar esta escena, nos podemos preguntar cómo vivimos nuestras celebraciones. ¿Es el día del Señor, el domingo, una fiesta? ¿Sentimos que el Señor continúa hablando, acompañando y guiándonos con su Palabra? Esa debería ser la fuente de nuestra alegría. ¿O vamos a Misa como a un entierro, a regañadientes, pensando en otras cosas y mirando el reloj continuamente, por si se ha parado?
Y sigue san Pablo reflexionando sobre los carismas. La semana pasada, sobre la diversidad de los mismos, y ésta sobre la importancia de estos dones que el Señor regala a su Iglesia. Todos son complementarios, todos son necesarios. En el camino de la sinodalidad, cada persona puede encontrar su lugar. Y, aunque hay ministerios más significativos que otros, por la función que desempeñan, especialmente lo relacionado con la predicación de la Palabra, para que el mundo crea, todas las personas merecen el mismo respeto, derivado de la condición y dignidad de hijos de Dios.
Es que la Iglesia de Jesús no es como las asambleas en Grecia, donde sólo podían participar los varones. Nuestra Iglesia es más rica, porque también las mujeres y los niños tienen un lugar importante. Basta recordar a los pastorcitos de Fátima o a Bernardette de Lourdes. A partir de sus experiencias, han surgido centros importantes de espiritualidad. Un factor importante para tener en cuenta. Cómo ganaríamos todos, si cada uno pusiera sus dones a disposición de los demás. Porque los carismas son para servir a los demás, no para lucirse uno mismo.
Y llegamos al Evangelio, que nos recuerda para qué vino al mundo Jesús: para “evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor”. Lo del año jubilar ya viene de lejos, parece. Nada nuevo bajo el sol.
Jesús vino a traernos su Buena Nueva, a devolvernos la libertad, la vista, a posibilitarnos la reconciliación con Dios. La fe en Cristo nos permite ver la vida y los acontecimientos con distintos ojos; poder mirar de otra manera a las personas y los sucesos de la vida. Poder escuchar, ver, ser libre, sentirnos en paz con Dios y con los hermanos, dentro de la Iglesia, son elementos que deben estar siempre presentes en la vida de todo creyente en Jesús.
El Espíritu de Dios, que estaba sobre Jesús, desciende también sobre cada uno de nosotros, cuando nos abrimos a él. El mensaje es claro, hay que ponerse a vivirlo. Reavivemos el apetito para escuchar la Palabra de Dios, que nos posibilita sentir esa liberación. Que ella sea fuente de luz y de consuelo en nuestra vida.
EVANGELIO
Hoy se cumple esta Escritura.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 1,1-4; 4,14-21
Excelentísimo Teófilo:
Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista.
Para dar libertad a los oprimidos;
para anunciar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:
- Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.
Palabra de Dios.
PROFETA
En una aldea perdida de Galilea, llamada Nazaret, los vecinos del pueblo se reúnen en la sinagoga una mañana de sábado para escuchar la Palabra de Dios. Después de algunos años vividos buscando a Dios en el desierto, Jesús vuelve al pueblo en el que había crecido.
La escena es de gran importancia para conocer a Jesús y entender bien su misión. Según el relato de Lucas, en esta aldea casi desconocida por todos, va a hacer Jesús su presentación como Profeta de Dios y va a exponer su programa aplicándose a sí mismo un texto del profeta Isaías.
Después de leer el texto, Jesús lo comenta con una sola frase: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Según Lucas, la gente "tenía los ojos clavados en él". La atención de todos pasa del texto leído a la persona de Jesús. ¿Qué es lo que nosotros podemos descubrir hoy si fijamos nuestros ojos en él?
Jesús actúa movido por el Espíritu de Dios. La vida entera de Jesús está impulsada, conducida y orientada por el aliento, la fuerza y el amor de Dios. Creer en la divinidad de Jesús no es confesar teóricamente una fórmula dogmática elaborada por los concilios. Es ir descubriendo de manera concreta en sus palabras y sus gestos, en su ternura y en su fuego, el Misterio último de la vida que los creyentes llamamos "Dios".
Jesús es Profeta de Dios. No ha sido ungido con aceite de oliva como se ungía a los reyes para transmitirles el poder de gobierno o a los sumos sacerdotes para investirlos de poder sacro. Ha sido "ungido" por el Espíritu de Dios. No viene a gobernar ni a regir. Es profeta de Dios dedicado a liberar la vida. Solo le podremos seguir si aprendemos a vivir con su espíritu profético.
Jesús es Buena Noticia para los pobres. Su actuación es Buena Noticia para la clase social más marginada y desvalida: los más necesitados de oír algo bueno; los humillados y olvidados por todos. Nos empezamos parecer a Jesús cuando nuestra vida, nuestra actuación y amor solidario puede ser captado por los pobres como algo bueno.
Jesús vive dedicado a liberar. Entregado a liberar al ser humano de toda clase de esclavitudes. La gente lo siente como liberador de sufrimientos, opresiones y abusos; los ciegos lo ven como luz que libera del sinsentido y la desesperanza; los pecadores lo reciben como gracia y perdón. Seguimos a Jesús cuando nos va liberando de todo lo que nos esclaviza, empequeñece o deshumaniza. Entonces creemos en él como Salvador que nos encamina hacia la Vida definitiva.
EN LA MISMA DIRECCIÓN
Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia.
Antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, Lucas quiere dejar muy claro a sus lectores cuál es la pasión que impulsa al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actuación. Los cristianos han de saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección.
Lucas describe con todo detalle lo que hace Jesús en la sinagoga de su pueblo: se pone de pie, recibe el libro sagrado, busca él mismo un pasaje de Isaías, lee el texto, cierra el libro, lo devuelve y se sienta. Todos han de escuchar con atención las palabras escogidas por Jesús pues exponen la tarea a la que se siente enviado por Dios.
Sorprendentemente, el texto no habla de organizar una religión más perfecta o de implantar un culto más digno, sino de comunicar liberación, esperanza, luz y gracia a los más pobres y desgraciados. Esto es lo que lee. «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor». Al terminar, les dice: «Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír».
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres, orientando toda su vida hacia los más necesitados, oprimidos y humillados. En esta dirección hemos de trabajar sus seguidores. Ésta es la orientación que Dios, encarnado en Jesús, quiere imprimir a la historia humana. Los últimos han de ser los primeros en conocer esa vida más digna, liberada y wasCdichosa que Dios quiere ya desde ahora para todos sus hijos e hijas.
No lo hemos de olvidar. La "opción por los pobres" no es un invento de unos teólogos del siglo veinte, ni una moda puesta en circulación después del Vaticano II. Es la opción del Espíritu de Dios que anima la vida entera de Jesús, y que sus seguidores hemos de introducir en la historia humana. Lo decía Pablo VI: es un deber de la Iglesia "ayudar a que nazca la liberación...y hacer que sea total".
No es posible vivir y anunciar a Jesucristo si no es desde la defensa de los últimos y la solidaridad con los excluidos. Si lo que hacemos y proclamamos desde la Iglesia de Jesús no es captado como algo bueno y liberador por los que más sufren, ¿qué evangelio estamos predicando? ¿A qué Jesús estamos siguiendo? ¿Qué espiritualidad estamos promoviendo? Dicho de manera clara: ¿qué impresión tenemos en la iglesia actual? ¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús?
PROGRAMA
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres.
Antes de comenzar su relato evangélico, Lucas quiere presentar de manera clara el programa de Jesús, que enseguida irá exponiendo a lo largo de su escrito. Le interesa mucho, pues ése es precisamente el programa que han de tener ante sus ojos los que le siguen.
Según Lucas, es Jesús mismo quien selecciona un pasaje del profeta Isaías y se lo lee a los vecinos de su pueblo, para que puedan entender mejor el Espíritu que lo anima, las preocupaciones que lleva dentro de su corazón y la tarea a la que se quiere dedicar en cuerpo y alma.
El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido. Jesús se siente ungido por el Espíritu de Dios, impregnado por su fuerza. Por eso, sus seguidores le llaman ahora Cristo, es decir, Ungido, y, por eso, se llaman ellos mismos cristianos. Para Lucas, es una contradicción llamarse «cristiano» y vivir sin ese Espíritu de Jesús.
Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres. A Dios le preocupa el sufrimiento de la gente. Por eso, su Espíritu le empuja a Jesús a dejar su pueblo para dar la Buena Noticia a los pobres. Esta es su gran tarea: poner esperanza en los que sufren. Si lo que hacemos y decimos los cristianos no es captado como «Buena Noticia» por los que sufren, ¿qué evangelio estamos predicando?, ¿a qué nos estamos dedicando?
Jesús se siente enviado a cuatro grupos de personas: los pobres, los cautivos, los ciegos, y los oprimidos. Son los que más dentro lleva en su corazón, los que más le preocupan. ¿Qué ha sido de «la gran preocupación» de Jesús? Aquí no hay escapatoria posible. La Iglesia es de los que sufren, o deja de ser la Iglesia de Jesús. Si no son ellos quienes nos preocupan, ¿de qué nos estamos preocupando?
Jesús tiene claro su programa: sembrar libertad, luz y gracia. Esto es lo que desea introducir en aquellas aldeas de Galilea y en el mundo entero. Nosotros podemos dedicarnos a juzgar y condenar la sociedad actual; podemos discutir de todo; podemos lamentamos de la indiferencia religiosa. Si seguimos el programa de Jesús, nos sentiremos llamados a poner en el mundo libertad, luz y gracia de Dios.
BUENA NOTICIA PARA LOS POBRES
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres.
Quizás uno de los rasgos más escandalosos e insoportables de la conducta de Jesús sea su defensa decidida de los pobres. Una y otra vez, los cristianos tratamos de escamotear y olvidar algo que es esencial en la actuación de Jesús.
No debemos engañarnos. Su mensaje no es una buena noticia para todos los hombres, de manera indiscriminada. El ha sido enviado para dar una buena noticia a los pobres:
el futuro proyectado y querido por Dios les pertenece a ellos.
Tienen suerte los pobres, los marginados por la sociedad, los privados de toda defensa, los que no encuentran sitio en la convivencia de los fuertes, los despojados por los poderosos, los humillados por la vida. Jesús amenaza a los ricos y felicita a los pobres porque sólo éstos son los destinatarios del reino de Dios. Sólo éstos se alegrarán cuando Dios «reine» entre lo hombres.
Pero, ¿por qué son ellos los privilegiados? Dios, ¿no es neutral? ¿Es que los pobres son mejores que los demás para merecer de Dios un trato especial?
La posición de Jesús es sencilla y clara. No afirma nunca que los pobres, por el hecho de serlo, sean mejores que los ricos. No existe para Jesús «un clasismo moral». La única razón del privilegio de los pobres consiste en que son pobres y oprimidos. Y Dios no puede «reinar» entre los hombres sino haciéndoles justicia.
Dios no puede ser neutral ante un mundo dividido y desgarrado por las injusticias de los hombres. El pobre es un ser necesitado de justicia. Por eso, la llegada de Dios es una buena noticia para él. Dios no puede hacerse presente entre los hombres sino defendiendo la suerte de los injustamente maltratados.
Si el reinado de Dios se impone, los pobres serán felices. Porque donde Dios «reina», no podrán ya reinar los poderosos sobre los débiles ni los fuertes sobre los indefensos.
Pero no lo olvidemos. Lo que es buena noticia para los pobres resuena como amenaza y mala noticia para los intereses de los ricos. Tienen mala suerte los ricos. El futuro no les pertenece. Sus riquezas les impiden abrirse a un Dios Padre y entrar en la nueva sociedad de hermanos. No participarán en la última fiesta, cuando el Rey se siente a la mesa «con los pobres, lisiados, ciegos y cojos».
LA PRIMERA MIRADA
Para dar la Buena Noticia a los pobres.
La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado de las personas, sino al sufrimiento que arruina sus vidas. Lo primero que toca su corazón no es el pecado, sino el dolor, la opresión y la humillación que padecen hombres y mujeres. El pecado consiste precisamente en cerrarse al sufrimiento de los demás para pensar sólo en el propio bienestar.
La exégesis contemporánea atribuye una importancia decisiva al «relato programático» de la sinagoga de Nazaret (Lc 4, 16-22). Jesús se siente «ungido por el Espíritu» de un Dios que se preocupa de los que sufren, impregnado por su amor a los pobres y desvalidos. Es ese Espíritu el que lo empuja a entregar su existencia entera a liberar, aliviar, sanar, perdonar: «El Espíritu del Señor está sobre m4 porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad y a los ciegos la vista, para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19).
Este programa de actuación propio de Cristo no ha sido siempre el de los cristianos. La teología cristiana ha dirigido más su atención al pecado de la criatura que a su sufrimiento. El afamado teólogo J.B. Metz ha denunciado repetidamente este grave desplazamiento: «La doctrina cristiana de la salvación ha dramatizado demasiado el problema del pecado mientras ha relativizado el problema del sufrimiento». Es así. Muchas veces la preocupación por el dolor humano ha quedado atenuada por la atención a la redención del pecado.
En el interior del cristianismo hay una fe no en cualquier Dios, sino en el Dios atento al dolor humano. Frente a la «mística de ojos cerrados» propia del budismo y de la espiritualidad del Oriente en general, volcados sobre todo en la atención a lo interior, el cristianismo ha de cultivar una «mística de ojos abiertos» y una espiritualidad de la obligación absoluta de atender al dolor de los otros.
Al cristiano verdaderamente espiritual —.«ungido por el Espíritu»— se lo encuentra, lo mismo que a Cristo, junto a los más desvalidos y humillados. Lo que le caracteriza no es tanto la comunicación íntima con el Ser Supremo cuanto la apertura al amor de un Dios Padre que empuja y envía a sus fieles hacia los seres más pobres y abandonados. Como ha recordado recientemente el cardenal Carlo Martini, en estos tiempos de globalización, el cristianismo ha de globalizar la atención al sufrimiento de los pobres de la Tierra.
MERECE LA PENA
Para dar la Buena Noticia a los pobres.
Se dice que los sacerdotes no nos atrevemos ya a invitar a los jóvenes a que sigan nuestros pasos y que muchos padres se entristecen ante la sola idea de que a su hijo se le pueda ocurrir ser cura. Al leer el relato de Lucas en que Jesús se presenta en medio de su pueblo como «ungido por el Espíritu del Señor» y «enviado para dar la Buena Noticia a los pobres» aportando luz, liberación y gracia, he pensado qué diría yo hoy a unos jóvenes que se plantearan el servicio presbiteral como la forma de vida concreta para seguir a Jesús. ¿Merece la pena ser cura? ¿Para qué?
Yo os animo a ser sacerdotes para escuchar los interrogantes, miedos e incertidumbres de tantos hombres y mujeres que han abandonado a un Dios en el que ya no podían creer y necesitan que alguien los acompañe en la búsqueda del verdadero rostro del Padre revelado en Jesucristo.
Haceos curas si queréis sembrar un poco de esperanza en tantas personas que viven sin horizonte, llenas de cosas, pero con el alma vacía y triste, sin saber qué sentido dar a su vida. No dudéis en dar el paso si queréis contribuir a que en nuestro pueblo no se oigan solamente las palabras de los políticos, las voces de los cantantes o los anuncios comerciales de la televisión, sino que se siga escuchando el mensaje liberador de Jesucristo.
Animaos a ser sacerdotes si queréis denunciar desde el Evangelio, con libertad y sin depender de las consignas de ningún partido, las mentiras, injusticias y violencias que nos deshumanizan día a día.
Tomad en serio esa llamada que sentís dentro de vosotros, si queréis compartir las inquietudes de los jóvenes, comprender sus contradicciones y orientarlos hacia una vida más sana y positiva.
Haceos sacerdotes, si queréis trabajar desinteresadamente por una cultura nueva de paz promoviendo entre nosotros el diálogo, el respeto mutuo, la defensa de toda persona, el perdón y la reconciliación.
Orientad vuestra vida hacia el servicio sacerdotal si queréis animar comunidades cristianas donde los hombres y mujeres de nuestro tiempo aprendan a creer en Jesucristo y descubran dónde puede poner el ser humano su última esperanza.
Yo os invito a ser sacerdotes para defender los derechos humanos que todos defienden e, incluso, los que apenas defiende nadie, como el derecho a la vida interior, el derecho a morir con esperanza, el derecho de todo hombre al amor y la solidaridad de todos, el derecho a buscar a Dios.
Si un día llegáis a ser sacerdotes, no os espera una vida fácil. No haréis dinero. No tendréis gran prestigio social. Seréis fácilmente discutidos y hasta rechazados. Pero nadie os podrá quitar la alegría de vivir haciendo este mundo un poco más humano desde el Evangelio de Jesucristo.
SIN ESCAPATORIA
Para dar la Buena Noticia a los pobres.
A la Iglesia y a los cristianos hay que cogerles por su palabra. Continuamente hablan de Cristo como su maestro y fundador, el único Señor al que hay que seguir. Y es así. Por eso, Cristo se convierte en su más implacable juez. El criterio de su verdad o su mentira. No son nada las críticas que le pueden llegar a la Iglesia desde fuera, comparadas con las que le vienen del mismo Cristo.
Por eso, nos resulta tan duro escuchar estas palabras programáticas de Jesús: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, y para dar libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).
El Espíritu de Dios está en Jesús enviándolo a los pobres. Esa es su primera tarea y misión: comunicar a los pobres la Buena Noticia de que Dios quiere introducir en el mundo su justicia y derecho, y dedicarse a liberarlos de la opresión y el mal del que son víctimas. No hay escapatoria. La Iglesia o es de los pobres, o deja de ser la Iglesia de Cristo. La defensa de los maltratados por la vida o por los hombres es la señal y la prueba de que nos estamos dejando guiar por el Espíritu de Cristo.
Por eso, cuando en la Iglesia se olvidan los designios de Dios y se oscurece el seguimiento a Cristo, el Espíritu vuelve a interpelarla desde el clamor de los pobres y crucificados de la Tierra. La «opción» de Jesús por los pobres desenmascara nuestras seguridades, rompe nuestros esquemas religiosos y cuestiona nuestra manera de entender y vivir la fe. Si lo que estamos anunciando y promoviendo en las parroquias y comunidades cristianas no es captado como «Buena Noticia» por los más necesitados de la sociedad, ¿de qué evangelio estamos hablando?, ¿a qué Jesucristo estamos siguiendo?
Hay algo que los cristianos hemos de ver con absoluta claridad en nuestros días: no se puede anunciar ni vivir el Evangelio de Cristo si no es desde la defensa de los excluidos de la sociedad del bienestar, y desde la solidaridad con el Sur. No cualquier teología, no cualquier evangelización ni cualquier acción pastoral es igualmente fiel al Espíritu de Cristo. La teología es discurso vacío si no lleva la Buena Noticia de Dios a los pobres, la evangelización no es plenamente tal si no denuncia la injusticia y el pecado que engendra marginación, la pastoral se vacía de contenido cristiano si olvida el servicio a los últimos.
Los pobres son el gran reto para los que decimos seguir a Jesús. Podemos continuar discutiendo sobre la moral sexual, los preservativos o el sacerdocio de la mujer. Pero el Espíritu de Jesús nos seguirá interpelando a todos desde el sufrimiento de los parados, los pobres o los hambrientos. Sólo él nos puede sacudir de nuestras fáciles «ortodoxias» o nuestras acomodaciones religiosas de derechas o de izquierdas.
HOMBRES SIN DERECHOS
Para dar la Buena Noticia a los pobres.
Desde hace algunos años, nos hemos convertido en país de inmigración. Por unas razones u otras, han ido llegando hasta nosotros marroquíes, portugueses, latinoamericanos. Lo hacen en un momento de grave crisis económica y plantean un problema más, de no fácil solución.
Se les llama «clandestinos», «ilegales», «sin papeles»; se les relega fácilmente a una situación marginal; malviven, por lo general, en la más absoluta indefensión. Pero son seres humanos como nosotros, que interpelan nuestra conciencia.
Lo más cómodo es la pasividad. Los que nos sentimos insertos en nuestra sociedad por nuestro origen, familia, trabajo o cultura, corremos el riesgo de no tener sensibilidad suficiente para reaccionar ante situaciones injustas de quienes, como los inmigrantes, no se encuentran en nuestra condición.
Es fácil entonces sumarse a una opinión pública desinformada, que presenta a los inmigrantes como «rivales» que vienen a quitarnos un puesto de trabajo o delincuentes peligrosos de los que hay que defenderse. Por ese camino no es difícil que se despierten sentimientos de segregación y xenofobia.
Sin embargo, la política de inmigración de un pueblo, y el trato humano que damos al extranjero, son un buen test para comprobar la verdad de nuestras solemnes proclamas sobre la igualdad de los derechos humanos y la capacidad real de nuestra solidaridad con el Tercer Mundo.
Es verdad que todo país tiene derecho a controlar sus fronteras, pero este derecho ha de concretarse en el contexto global de regulación de los flujos migratorios y desde una actitud de solidaridad elemental con los países más miserables.
Por nuestra parte, los ciudadanos no podemos ignorar su presencia entre nosotros, ni actuar como si fueran «hombres sin derechos». Aunque sean clandestinos según las leyes vigentes, son seres humanos como nosotros, con derechos humanos, sociales y cívicos inalienables, reconocidos por la Declaración Universal y la Convención Europea.
Se me dirá que suponen una «carga excesiva>) para nuestra economía. Es la objeción de quien desea un mundo más humano, pero desde el aislamiento insolidario. En el fondo, ésta es la cuestión. ¿Queremos que se vayan porque no hay pan para todos, o porque no estamos dispuesto a arriesgar en absoluto nuestro nivel de bienestar aunque otros mueran de hambre?
Aunque resulte impopular, la Iglesia ha de alinearse claramente a favor de estos hombres y defender con decisión sus derechos. De lo contrario, sería infiel a aquel que se sentía «enviado a dar la Buena Noticia a los pobres».
EVANGELIO Y OTAN
El Espíritu del Señor está sobre mí.
Como motivo de la polémica surgida en torno al documento elaborado por los Secretariados Sociales “Ante el referéndum sobre la OTAN”, no pocos políticos y comentaristas se han apresurado a decir que la postura contraria a la OTAN no es la única que se puede concluir del evangelio.
De esta manera tan sencilla se descalifica el documento y se propaga la idea de que el evangelio, en realidad, es algo abierto a cualquier clase de posturas, todos ellas igualmente aceptables.
Pero, ¿qué es ese “evangelio” al que se dice que han de acudir los cristianos para madurar su postura ante el próximo referéndum?
Se diría que para muchos es sencillamente una especie de “código doctrinal”. Un conjunto de doctrinas y principios morales de contenido tan general y amplio que, a la hora de aplicarlo a casos concretos, permite toda clase de posiciones, con lo cual no parece servir para gran cosa.
Sin embargo, el evangelio es otra cosa. El evangelio es la persona misma de Jesucristo. El Espíritu que animó toda su actuación y su mensaje. Ese Espíritu que le empuja a “dar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, a los oprimidos libertad”.
Escuchar el evangelio de Jesús es escuchar una llamada a cambiar las relaciones de los hombres en favor de los más pobres. Es aprender a mirar la vida con los ojos de aquellos que son nuestras víctimas. Es adquirir una sensibilidad para defender todo aquello que traiga a los hombres libertad verdadera, solidaridad y vida más humana.
Ante el próximo referéndum, yo no sé lo que escuchan otros en el evangelio. He aquí algo de lo que yo modestamente creo percibir: Una invitación a recordar que nuestro “bienestar europeo” se está consolidando a costa de esos pueblos cada vez más subdesarrollados y que la fabricación demencial de armamentos (también en España) seguirá impidiendo una solidaridad más efectiva con esos países que se mueren de hambre.
Una llamada a defender otra clase de relaciones entre los pueblos, que no sea el enfrentamiento de bloques que se esconde tras la OTAN y el Pacto de Varsovia.
Una llamada a resistirme a que “todo tenga que seguir así”, porque los políticos profesionales siguen preocupándose sólo de sus propios países y siguen creyendo sólo en métodos de fuerza y de poder.
Una llamada a exigir y urgir nuevos caminos de convivencia pacífica entre los pueblos, aunque todavía sean inviables y los actuales políticos no sean capaces de impulsarlos.
NO SOLO UN ASUNTO PRIVADO
Para dar la Buena Noticia a ¡os pobres...
Está muy extendida entre nosotros la tendencia a comprender y vivir la fe como un asunto puramente privado. Bastantes piensan que la presencia comprometida de la Iglesia en la vida pública es algo totalmente ajeno a la acción evangelizadora querida por Jesús.
La Iglesia tendría una misión exclusivamente religiosa, de orden sobrenatural, ajena a los problemas políticos y económicos, y debería limitarse a ayudar a sus fieles en su santificación individual.
Pero luego se observa una postura curiosa. Se bendice y aprueba la intervención eclesial cuando viene a legitimar o fortalecer las propias posiciones, y se la condena como una degradación de su misión o una intrusión ilegítima cuando critica las propias opciones.
Este doble criterio a la hora de valorar la intervención de la Iglesia, ¿no está indicando una fidelidad mayor a la propia opción socio-política que a la búsqueda sincera de las auténticas exigencias de la fe?
Es indudable que la Iglesia puede en algún caso no respetar debidamente la autonomía propia de lo político y económico. Pero lo que resulta sospechosa es esa reacción casi visceral ante cualquier posicionamiento de la Iglesia que trate de concretar las exigencias sociales de la fe, sin coincidir con nuestra propia posición.
Lo paradójico es que, con frecuencia, se le pide a la Iglesia que «se dedique a lo suyo». Pero, resulta que «lo suyo», es actuar animada por el mismo Espíritu de Jesús quien se veía «enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos.., y a dar libertad a los oprimidos».
No se quiere entender que la Iglesia, si quiere seguir a Jesús, debe buscar la salvación integral del hombre, que abarca a las personas concretas, los pueblos, las estructuras y las instituciones creadas por el hombre y para el hombre.
La Iglesia es entre nosotros una institución de gran incidencia pública, un «poder fáctico», como dicen algunos. El problema de la Iglesia es cómo convertirse en servicio evangelizador, inspirador de una sociedad más humana y fraterna, cómo poner su influencia social al servicio de los más desheredados de la sociedad.
La salvación cristiana no puede reducirse a lo económico ni a lo político o cultural, pero la Iglesia «no admite circunscribir su misión sólo al terreno religioso, desentendiéndose de los problemas temporales del hombre». Es un deber suyo «ayudar a que nazca la liberación... y hacer que sea total. Todo esto no es extraño a la evangelización» (Pablo VI).
LA OPRESIÓN MÁS DESHUMANIZADORA ES LA EJERCIDA EN NOMBRE DE DIOS
Fray Marcos
Lc 1, 01-04 + 4, 14-21
CONTEXTO
Como sabéis, este ciclo (C) nos toca leer al evangelista Lucas. Después de los relatos de infancia, narra el bautismo de Jesús y a continuación las tentaciones del desierto. En 4, 14 comienza propiamente la vida pública de Jesús con este relato de la predicación en la sinagoga de su pueblo, después de una breve introducción general en la que habla de sus enseñanzas por las sinagogas de Galilea.
En el texto queda claro que no es la primera vez que entra en una sinagoga porque dice: "como era su costumbre". Esto se da por supuesto en los versículos siguientes cuando comenta: "haz aquí lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún. De hecho, en Mateo y Marcos se narra este episodio más adelante.
EXPLICACIÓN
El texto de Isaías que Jesús mismo lee, es el punto de partida. Pero más importante aún que la cita, es la omisión voluntaria de la última parte del párrafo, que dice: "...y un día de venganza para nuestro Dios" (estaba expresamente prohibido añadir o quitar un ápice del texto).
Con ello Jesús ya está manifestando su talante, antes de empezar el comentario. Los que escuchaban conocían de memoria el texto, y se dieron cuenta de la omisión. Parece que le muestran su aprobación, pero no pasa de una nerviosa expectación. Que el hijo de José se atreva a rectificar la Escritura era inaceptable. En el texto de Isaías queda claro que la buena noticia anunciada era para los judíos, no para los demás pueblos. Jesús trae una buena noticia para todos los oprimidos. Si no es para todos no es evangelio.
No comenta un texto de la Torá, que era lo más sagrado para el judaísmo de aquel tiempo, sino un texto profético. El fundamento de la predicación de Jesús se encuentra más en los profetas que en el Pentateuco.
Debemos dejar claro que el mismo Espíritu que ha inspirado la Escritura, unge a Jesús para corregirla e ir mucho más allá de ella. El valor absoluto que se daba a la Escritura queda abolido. No se anula la Escritura, sino el carácter absoluto que le habían dado los rabinos. Ninguna teología, ningún rito, ninguna norma pueden tener valor absoluto. El hombre debe estar siempre abierto al futuro. Este era también el resumen del mensaje del domingo pasado en el relato de la boda de Caná. Para un judío era impensable que alguien se atreviera a cambiar la idea de Dios reflejada en la Escritura.
Al aplicarse a sí mismo el texto, está declarando su condición de "Ungido". Seguramente es esta pretensión la que provoca la reacción de sus vecinos, que le conocían de toda la vida y sabían quién era su padre y su madre. En otras muchas partes de los evangelios se apunta a la misma idea: la mayor cercanía a la persona de Jesús se convierte en el mayor obstáculo para poder aceptar lo que verdaderamente representa.
Con la Escritura en la mano, Jesús anuncia la raíz más profunda de su mensaje. Fijémonos bien. A las promesas de unos tiempos mesiánicos por parte de Isaías, contrapone Jesús los hechos, "hoy se cumple esta Escritura". Toda la Biblia está basada en una promesa de liberación por parte de Dios. Pero debemos tener mucho cuidado para no entender literalmente ese mensaje, y seguir esperando de Dios lo que ya nos ha dado.
Dios no nos libera, Dios es la liberación. Soy yo el que debo tomar conciencia de que soy libre y puedo vivir en libertad sin que nadie me lo impida. También debo ayudar a los demás a descubrir la posibilidad de ser libres. Como Jesús, no debo dejar que nada ni nadie me oprima. Ni Dios ni los hombres en su nombre, pueden exigirme ninguna clase de vasallaje.
La libertad es el estado natural del ser humano, cuando no ha caído bajo la opresión. La "buena noticia" de Jesús va dirigida a todos los que padecen cualquier clase de sumisión, por eso tiene que consistir en una liberación. Debemos tener mucho cuidado de no caer en una demagogia barata. La enumeración que hace Isaías no deja lugar a dudas. Llega la liberación a todos los oprimidos y de todas las opresiones, las materiales y las espirituales.
En nombre del evangelio no se puede predicar la simple liberación material. Pero tampoco podemos conformarnos con una propuesta de salvación meramente espiritual, desentendiéndonos de las esclavitudes materiales, en nombre de una salvación que nos empeñamos en proyectar para el "más allá".
Sólo encontraremos al Dios de Jesús, cuando nos acercamos al hombre. Oprimir a alguien o desentenderse del oprimido, es negar radicalmente al Dios de Jesús.
El Dios de Jesús no es el aliado de unos pocos que le caen en gracia. No es el Dios de los buenos, de los piadosos ni de los sabios. Es, sobre todo, el Dios de los marginados, de los excluidos, de los enfermos y tarados, de los pecadores. Sólo estaremos de parte Dios, si estamos con ellos.
De otro modo, podemos estar seguros que nos relacionamos con un ídolo. Una religión, compatible con cualquier clase de exclusión, es idolátrica. No solo se ve claro en la cita de Isaías que hemos leído hoy. Cuando el Bautista envía dos discípulos a preguntar a Jesús si era él el que había de venir, responde Jesús con la misma idea: "id y contarle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan... etc.
Más que nunca está buscando hoy el ser humano su liberación, pero está claro que algo está fallando en esa búsqueda. Tal vez el secreto está en que buscamos con ahínco la liberación de las opresiones externas, pero descuidamos la liberación interior que es la primera que tenemos que conseguir.
Jesús habla de liberarse, antes de hablar de liberar a los demás. Sobre todo en el evangelio de Juan, está muy claro que tan grave es oprimir como dejarse oprimir. El ser humano puede permanecer libre, aunque le lluevan sometimientos externos. Hay siempre una parte de su ser que nada ni nadie puede doblegar.
La vida de Jesús ha sido el mejor ejemplo. Para Jesús, la primera obligación de un ser humano es no admitir ninguna esclavitud. Pero el primer derecho de todo hombre es verse libre de cualquier opresión. Y debe quedar muy claro, que la opresión más deshumanizadora es la que se ejerce en nombre de Dios. Cuando nos exigen cualquier clase de sometimiento en nombre de Dios, nos están engañando.
¿Cómo conseguir ese objetivo? El evangelio nos lo acaba de decir: Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu. Ahí está la clave. Sólo el Espíritu nos puede capacitar para cumplir la misión que tenemos como seres humanos. Tanto en el AT como en el NT, ungir era capacitar a uno para una misión. Pablo nos lo dice con claridad meridiana: si todos hemos bebido de una mismo Espíritu, seremos capaces de superar el individualismo, y entraremos en la dinámica de pertenencia a un mismo cuerpo.
La idea de que todos formamos un solo cuerpo es sencillamente genial. Ninguna explicación teológica puede llevarnos más lejos que esta imagen. La idea de que somos individuos con intereses encontrados es tan demencial como pensar que cualquier parte de nuestro cuerpo pueda ir en contra de otra parte del mismo cuerpo. El individualismo instintivo sólo puede ser superado por la conciencia de unidad a la que nos lleva el Espíritu.
Pablo nos invita a aceptarnos los unos a los otros como diferentes. Esa diversidad es precisamente la base de cualquier organismo. Sin ella el ser vivo sería inviable. Tal vez sea una de las exigencias más difíciles de nuestra condición de criaturas, aceptar la diversidad, aceptar al otro como diferente, encontrando en esa diferencia, no un peligro sino una riqueza insustituible.
Si somos sinceros, descubrimos que estamos en la dinámica opuesta: rechazar y aniquilar al que no es como nosotros. Todavía hoy sigue siendo una asignatura pendiente para nuestra religión, no ya la aceptación, sino el simple soportar al diferente.
La única predicación de Jesús fue el amor, que es lo mismo que decir la unidad de todos los hombres. Eso supone la superación de todo egoísmo y por lo tanto la superación de toda conciencia de individualidad.
Los conocimientos adquiridos en estos dos últimos siglos vienen en nuestra ayuda. Somos parte del universo, somos parte de la vida. Si seguimos empeñándonos en encontrar el sentido de mi existencia en la individualidad terminaremos todos locos. El sentido está en la totalidad, que no es algo separado de mi individualidad, sino que es su propio constitutivo esencial. No sólo para sentirme unido a toda la materia, sino para sentirme identificado con todo el Espíritu.
Solo por este camino seremos capaces de superar la división que nos aniquila, que no nos deja ser nosotros mismos ni descubrir el verdadero sentido de nuestra vida.
Ya sabemos que el "Espíritu" no es más que Dios presente en lo más hondo de nuestro ser. Eso que hay de divino en nosotros es nuestro verdadero ser. Todo lo demás, no solo es accidental, transitorio y caduco, sino que terminará por desaparecer, querámoslo o no. No tiene ni pies ni cabeza que sigamos empeñados en potenciar lo que de nosotros es más endeble, aquello de lo que tenemos que despegarnos. Querer dar sentido a mi existencia potenciando lo caduco, es ir en contra de nuestra naturaleza más íntima.
Meditación-contemplación
Todo lo que es y significa Jesús, es obra del Espíritu.
Él descubrió dentro de sí esa realidad divina, y la vivió.
Por eso le llamaron Jesús el Cristo (ungido)
La buena noticia es que todos podemos llegar a la misma experiencia.
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Hoy se cumple esa Escritura en ti.
Ese mismo Espíritu que actuó en Jesús, está actuando siempre en ti.
Dios da el Espíritu sin medida.
Si no descubres y experimentas esto,
ninguna vida espiritual será posible.
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El Espíritu te llevará al amor.
El amor se manifestará en actitudes,
que siempre beneficiarán a los demás.
La fuerza del ego nos separa. La fuerza del Espíritu nos identifica.
Conecta con esa energía divina que ya está en ti,
y la espiritualidad será lo más espontáneo y natural de tu vida.
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EL "DISCURSO PROGRAMÁTICO" DE JESÚS
Enrique Martínez Lozano
Lc 1, 01-04 + 4, 14-21
En consonancia con el modo de hacer propio de los historiadores de la época, Lucas inicia su obra (Evangelio y Libro de los Hechos de los Apóstoles) con un prólogo, en el que, tras mencionar al destinatario, deja constancia de su propio trabajo de investigación.
Desconocemos si el destinatario era un personaje real –algún mecenas o personaje ilustre, conocido en la comunidad- o se trata, simplemente, de un juego literario para referirse, sencillamente, a cualquier lector: el término "theo-filos" significa "amigo/amado de Dios".
El prólogo reconoce expresamente que, entre Jesús y el autor, hay toda una generación de "testigos y predicadores de la Palabra". Entre líneas, podemos advertir que se habla de un trabajo redaccional ("muchos han emprendido la tarea de componer un relato") y otro previo tradicional ("siguiendo las tradiciones transmitidas").
Tras aludir a ese recorrido generacional, el autor certifica su trabajo de comprobación y su interés por hacer un relato ordenado, con un objetivo declarado: fijar la verdad y solidez de la doctrina ("para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido").
Desde nuestro modo moderno de concebir el trabajo historiográfico, podríamos pensar que este prólogo exige una lectura literal del texto. Pero una vez más es necesario insistir en que esa actitud es totalmente anacrónica. El concepto de "historia" que ellos manejaban no estaba en absoluto reñido con el recurso al relato simbólico ni alegórico. Para ellos era suficiente la certeza de estar transmitiendo lo que creían como "verdad"; el "modo" de transmitirlo era algo secundario.
Tras el prólogo, saltándose los relatos de la infancia, el bautismo y las tentaciones, el texto que leemos hoy nos sitúa en el comienzo de la llamada "actividad pública" de Jesús con la proclamación de lo que, en este evangelio, constituye su "discurso programático".
Lo primero que llama la atención es la presentación que Lucas hace de Jesús como alguien que es movido "por la fuerza del Espíritu". No siempre somos conscientes de las "fuerzas" que nos mueven en nuestro vivir cotidiano, ni tampoco de las motivaciones reales que nos impulsan. Jesús llamaba la atención por la claridad de sus motivaciones y la coherencia con las mismas: es el hombre íntegro y fiel, lúcido y transparente. Se deja conducir por lo más profundo de sí mismo, por el Espíritu: deja que Dios se viva en él.
Y llama igualmente la atención que Lucas haya colocado precisamente esta escena para iniciar el relato de la actividad pública de Jesús. Marcos y Mateo situarán la visita de Jesús a Nazaret bastante más tarde (Mc 6,1-6; Mt 13,53). No hay duda de que Lucas persigue un objetivo claro: hacer de este discurso en Nazaret el programa de lo que va a ser toda la actuación de Jesús en Galilea.
Parece claro, por tanto, que las cosas no pudieron ocurrir históricamente de ese modo: nos hallamos en el inicio mismo de la actividad. Se trata del modo que el autor ha elegido para decir a sus lectores quién es Jesús.
Para ello, recurre a un texto de Isaías (61,1-2), que reproduce en su literalidad..., excepto en una frase, que Jesús omite. Se trata de la expresión de Isaías que habla del anuncio del "día de venganza para nuestro Dios".
Esa omisión no es casual ni insignificante, sino intencionada y trascendental. En el texto de Isaías, como en prácticamente todas las religiones, Dios aparecía con un rostro ambiguo: podía ser fuente de bendición, pero también de maldición; podía traer buenas noticias, pero también venganza y cólera. Se trataba de un Dios demasiado parecido a nosotros, en sus sentimientos y reacciones. La omisión de esa frase significa acabar definitivamente con cualquier rastro de ambigüedad en el lenguaje sobre Dios. Dios no es gracia o castigo, buena noticia o amenaza. Según Jesús, Dios es amor y sólo amor, compasión y bondad gratuita e incondicional.
Al leerlo así, probablemente captemos mejor la intención de Lucas cuando sitúa esta escena en el inicio de la actividad. Está presentando a Jesús como el "ungido" (literalmente, "mesías") de Dios, cuya misión consiste en ser "buena noticia" para todos ("pasar por la tierra haciendo el bien", tal como recogerá el mismo Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles: 10,38). Y ser así, realizando ese programa de vida, como mostrará o desvelará el Rostro de la Divinidad.
Una vez leído el texto del profeta, la palabra de Jesús trae a todos al presente: "Hoy se cumple esta Escritura". En Lucas, se trata de un "hoy" continuado, siempre actual, con la única condición de que nos dejemos introducir en él. Es un "hoy" que bien podría traducirse por "aquí y ahora", al que venimos en cuanto detenemos la mente; el presente atemporal en el que todo está bien, donde todo es bendición, gracia, libertad y Vida. El Presente tampoco es ambiguo, sino que, abrazando los dos polos de la realidad relativa (el "bien" y el "mal"), se nos desvela como Plenitud.
Recordemos otros textos del mismo evangelio, en los que aparece este mismo "hoy". En el relato (mitológico) del anuncio del nacimiento de Jesús, los ángeles dicen a los pastores: "Hoy os ha nacido un Salvador" (2,11). Tras la curación de un hombre paralítico, símbolo de la humanidad aplastada, la gente proclama: "Hoy hemos visto cosas extraordinarias" (5,26). En el encuentro con el publicano Zaqueo, Jesús le dice: "Hoy tengo que alojarme en tu casa" (19,5), para terminar con una constatación: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa" (19,9). Finalmente, ya en la cruz, al compañero de suplicio que le pide compasión, Jesús le responde con una palabra esperanzadora y cargada de vida: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (23,43).
Cada uno de esos "hoy" remite al lector a su propio presente. Por eso no pierden nunca actualidad..., siempre que el lector los acoja en esa misma clave.
Pero, antes que nada, nos muestran a Jesús como un hombre que vive en un presente consciente y descansado, sabio y pleno.
Mientras estamos identificados con nuestra mente, nos vemos condenados a vivir entre la nostalgia del pasado y la ansiedad del futuro. Perdidos en las cavilaciones mentales, no logramos salir de la maraña de pensamientos y emociones que llevan las riendas de nuestra vida, hasta hacer de nuestro "yo" una prisión que nos encierra en la ignorancia y el sufrimiento.
Por el contrario, la persona que "ha visto" ha descubierto el engaño de esa reducción y ha experimentado el Presente –la Presencia- como el "lugar" de la Plenitud. En la Presencia, experimenta que no falta nada, y que no hay nada que "esperar". Todo está ya; sólo hace falta verlo. Pero sólo lo vemos cuando tomamos distancia del "velo" de la mente.
Jesús es, en el sentido más hondo de la palabra, el hombre de la Presencia. No es extraño que su modo de estar impactara a la gente y desprendiera tanta vida. Quien vive establecido en el "aquí y ahora" es un espejo transparente de la Divinidad, Presencia plena y atemporal.
Esa forma de vivir se halla a nuestro alcance: todos ponemos tener acceso a ella. Basta con ejercitarnos en venir al presente, sin sobreexigencias ni perfeccionismos, sin tensión ni culpabilidad por no lograrlo, sino con paciencia y perseverancia. Una vez más, en Jesús vemos lo que el ser humano es capaz de vivir.
JESÚS EXPLICA CUÁL ES LA BUENA NOTICIA
José Enrique Galarreta
Lc 1, 1-4 / Lc 4, 14-21
Según una antiquísima tradición, Lucas es un médico griego convertido por Pablo, que le acompaña en sus viajes hasta el final. El texto que hoy leemos tiene dos partes. La primera parte es el prólogo de su evangelio. En él se presenta la intención y método del autor. Un griego llegado a la fe ofrece una justificación de por qué puede creer en estos hechos, garantizados por testigos de vista, fiables.
Es un texto importante para nosotros: conocemos cómo se escribieron los Evangelios. Hubo personas, como Lucas, que recogieron cuidadosamente la información: la recogieron de personas que fueron testigos oculares de los hechos, y luego fueron predicadores de ese mensaje. Se trata de ofrecer una aportación más a la justificación de la fe en Jesús, de mostrar que no estamos creyendo en leyendas inventadas, sino que nuestra fe parte de hechos, garantizados por testigos fiables, que por esos hechos llegaron a la fe en Jesús y nos la transmiten.
La segunda parte se sitúa en el principio de la predicación de Jesús. Después del "evangelio de la infancia" (caps. 1 y 2) se presenta la predicación del Bautista, el bautismo de Jesús y la cuarentena en el desierto (cap.3). Inmediatamente después Jesús empieza su predicación en Galilea. Éste es el texto de hoy.
Jesús se presenta a sí mismo como la presencia del Espíritu, como el Mesías, anunciado en Isaías (61:1-2). Es decir, Lucas presenta a Jesús como el Mesías esperado, pero no como Mesías davídico-guerrero-triunfante, sino como el que ya vislumbran algunos profetas ("el que va a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor") El mismo pasaje está también en Marcos c.6, pero subrayando otros matices diferentes.
LA ANTIGUA Y LA NUEVA LEY
La Ley se proclama al pueblo: el pueblo llora al oírla. Se invita a una conversión gozosa. ¡Tenemos la Palabra! Aunque nuestros pecados nos han apartado de ella, la Palabra está ahí, ofrecida, para que tengamos vida. Jesús se presenta también así: la Buena Noticia, la libertad.
Los evangelistas presentan a Jesús como plenitud y también como superación del Antiguo Testamento. Y ésta es una línea clave de toda la Biblia: Dios Libertador. Se planteó el tema en el Génesis y se desarrolló ampliamente en el Éxodo.
Desgraciadamente, existió en Israel la tendencia a apropiarse del mensaje: Dios con nosotros, para que seamos un pueblo fuerte, para que todos los pueblos tengan que venir a rendir culto a Dios en nuestro Templo. Cuando el pueblo y Jerusalén y el Templo son destruidos, y al volver del destierro, los Profetas llegan a comprender mejor el mensaje y lo hacen mucho más espiritua¬l. No esperamos la protección de Dios como un mensaje político, sino espiritual. Cumplir la Ley no nos traerá el triunfo sobre otras naciones, sino sobre el pecado.
Jesús se presentará así; no sólo como cumbre de lo antiguo, sino como superación sorprendente. Tan sorprendente, que el pueblo de Israel, sus jefes y sacerdotes, lo rechazarán. Este episodio de Nazaret termina en escándalo. Sus convecinos le rechazan y hasta quieren matarlo. No es ése el Mesías que esperan.
La relación entre los dos textos es clara. La Antigua y la Nueva Ley. La Palabra de Dios realizada en Jesús. El testimonio de los que descubrieron en Jesús la Plenitud de la Alianza y de la Palabra. La Buena Noticia que se anuncia a todos los pueblos, no sólo a Israel. Y la Buena Noticia que es liberación, enorme alegría para todos los pobres, los pecadores, los que sienten necesidad de Dios. Y puede ser rechazada.
LA NOVEDAD DE JESÚS: LA BUENA NOTICIA.
"El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido. Me ha enviado a dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista. Para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor". Y, enrollando el Libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y se puso a decirles: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír"
La Buena Noticia es que para Dios todo es al revés: los de arriba tienen que ponerse a servir: los de abajo son los más queridos. Dios no es patrimonio de ricos o poderosos: ni siquiera es poder: Dios es alimento, luz, liberación.
Esta es la línea que da coherencia a toda la actividad de Jesús, hechos y dichos: Buenas Noticias: Dios no es como nos lo habían pintado, amo poderoso, juez temible, poder que reina desde templos; y por eso Jesús está a gusto entre la gente normal, cura infatigablemente, libera a los poseídos y enseña de manera que todos le entienden.
Buenas Noticias... para algunos. Para los que están bien instalados en una religión de poderes, de cultos, de misterios... malísima noticia. Esta Noticia le llevará a Jesús a la muerte. Pero los que buscan de corazón a Dios creerán en él a pesar de la cruz y verán en el la presencia de Dios: es la esencia de la primera predicación: "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal porque Dios estaba con éL".
Así que el resumen de la Buena Noticia es con quién está Dios, y que esto se ve en Jesús. Por eso creemos en él, y eso es lo que creemos de él.
La escena de la Sinagoga de Nazaret es impresionante. No es casual que Lucas la elija como punto de partida de todo el ministerio de Jesús. Llama la atención ante todo el "descaro" de Jesús: él, el carpintero del pueblo, sin cualificación alguna, se levanta en la sinagoga de su propio pueblo y se arroga la función del escriba, se presenta como maestro, ante la admiración de todos. Admiración que va a cambiarse en rechazo.
"¿No es éste el hijo de José?". Lo que viene a significar: ¿quién se ha creído éste que es? ¡Si le conocemos de toda la vida!
Reconocer a Dios es difícil cuando entre Él y nosotros se interponen nuestros modos culturales, nuestros prejuicios religiosos, nuestras conveniencias... La gente de Nazaret sería gente normal... como la de Cafarnaún, como tantos que le siguieron. Pero no pudieron reconocer a Dios en su vecino el carpintero. Quizá nosotros, la iglesia, estamos demasiado cerca de Jesús, lo conocemos de toda la vida... de tal modo que la Buena Noticia nos resulta escándalo...
LOS "CARISMAS" EN LA CARTA A LOS CORINTIOS
La primera carta de Pablo a los cristianos de Corinto tiene un contenido doctrinal muy variado. A partir del capítulo 11 trata ampliamente de la celebración de la "Cena del Señor", y del buen orden de la reunión. Dentro de estas instrucciones, se incluye la parte referida a los "carismas", los diferentes dones de cada cristiano, con la intención de ordenar su participación en la asamblea, para el bien común. Este tema se inició ya en la lectura del domingo pasado.
En este contexto, se hace una exposición de los "carismas", para mostrar que todos ellos están dados por Dios para la Iglesia, para el bien de todos, y que el mayor de ellos es la caridad, que les da sentido a todos y sin el cual todos los demás no son nada.
Para aclarar este punto, Pablo expone su imagen de la iglesia como "Cuerpo de Cristo". La intención de la imagen es mostrar que así como en un cuerpo cada órgano no tiene fin en sí, sino para el conjunto del cuerpo, y ninguno es despreciable, así también en la Iglesia, todos tienen su función, y no se aprecia más a uno por ser cabeza que a otro por ser pies, puesto que todos son necesarios en el Cuerpo de Cristo. Pero el carisma de todos, el alma de todo el Cuerpo, es el amor, sin el cual todos los demás carismas carecen de sentido. Y éste será el tema que recogerá nuestra lectura del próximo domingo.
Esto nos lleva a una consideración de la vida cristiana desde el plan de Dios. Todos pensamos que nuestras cualidades son "nues¬tras" y que al ejercitarlas contraemos "méritos ante Dios". El Evangelio, muy especialmente en la parábola de Los Talentos, invierte esta noción - como tantas otras - dándole un sentido mucho más profundo. Las cualidades son "dones", regalos que Dios ha puesto en mí para el provecho común. Es la noción que se aplica igualmente a los bienes interiores y a los exteriores. Toda propiedad, toda cualidad se entiende como algo dado por Dios para el bien de todos, de lo que el propietario es "administrador" para beneficio común.
Esta es la explicación profunda de la parábola del Fariseo y el Publicano. El Fariseo tenía razón para dar gracias, pero no tenía razón porque se creía bueno por lo que tenía, como si fuese suyo, como si no fuera eso su obligación con Dios. Son varias las parábolas que encarnan este mensaje. Los siervos vigilantes, el administrador infiel, el rico insensato, las minas y los talentos. En todas ellas, todo lo que poseemos tiene valor para sacar rendimiento de ello. Este rendimiento se logra cuando se usan para lo que Dios nos lo da. Y Dios nos lo da porque los demás lo necesitan.
Así, somos un don de Dios para los otros, y los otros son un don de Dios para mí. Soy inteligente porque mis hermanos necesitan inteligencia: tengo el don de consolar porque en este mundo hace falta el consuelo... Hasta las carencias y los defectos pueden entenderse así. Las enfermedades dan ocasión a los sanos para servir, la ignorancia da ocasión para enseñar....
Entender así nuestras relaciones es formidable. Doy y recibo, soy don de Dios para todos y todos son regalos de Dios para mí. Quizá mi falta de inteligencia me la soluciona el otro, quizá su falta de ojos se la soluciono yo...Si tenemos un poco de imaginación, veremos un mundo diferente, una fraternidad universal que comparte sus dones, para construir un cuerpo, la humanidad pensada por Dios.
PARA NUESTRA ORACIÓN
1.- Reflexión sobre la sociedad humana entendida como Dios la entiende: todo lo que los hombres necesitan, lo tienen. En unos, el don de consolar, en otros el de dirigir, en otros el de curar, en otros.... Y esta gran familia se construye en la solidaridad, en el apoyo mutuo... Pensar qué lejos ha estado siempre la sociedad de poder llamarse cristiana, aunque hayamos bautizado a sus miembros y a sus estructu¬ras. Soñar en la Ciudad de Dios, en una humanidad según la voluntad de Dios. Terminar pidiendo a Dios "venga tu Reino", "hágase tu voluntad".
2.- Pensar en mis carismas, mis dones pensados por Dios para los demás. Examinar si me creo algo por tenerlos, o si, - como debe ser - me creo obligado por ellos a servir mejor. Pensar qué reciben de mí los que me rodean: pensar si considero a los demás para mí o me considero a mí para los demás. Dar gracias a Dios porque cuenta conmigo.
3.- Dar gracias a Dios por la Palabra y los que nos la han transmitido. Desde los "testigos", que vivieron con Jesús, pasando por los evangelistas, que pusieron por escrito la enseñanza de los testigos.... hasta nuestros padres, hasta nosotros. Dar gracias a Dios por esta cadena de testigos por la que nos ha llegado el evangelio. Esta cadena es la Iglesia, en la que conocimos a Jesús. Sentirnos eslabón de esa cadena. Ese carisma es de todos: comunicar la Palabra. Y lo haremos viviendo conforme a la Buena Noticia de Jesús, haciéndo¬la visible en nuestras acciones, poniendo nuestros carismas al servicio de todos.
MIS PALABRAS PARA TI
El salmo responsorial de la eucaristía de hoy es el salmo 18, que da gracias a Dios por la Ley. Reconocemos en este Salmo que la manera de vivir que Jesús nos propone es la verdad, que no hay modo de vida imaginable mejor que éste.
Los cielos cantan la gloria de Dios
y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
No son misterios incomprensibles
En toda la tierra resuena su Palabra, hasta los confines del mundo.
La Ley del Señor es perfecta, reconforta el alma.
La Palabra del Señor es verdad, sabiduría de los sencillos.
El Mandato del Señor es luminoso, luz para los ojos.
Los preceptos del Señor son rectos, alegran el corazón.
Los juicios de Dios son verdad, justos para siempre.
Mucho más deseables que la riqueza,
más dulces que la miel son sus Palabras.
Cuanto más las conoce mi alma,
más se alegra de cumplirlas.
Pero ¿quién está libre de error?
Líbrame de mis pecados más secretos.
Preserva mi alma del orgullo,
que no tenga poder sobre mí,
entonces quedaré libre de mi peor pecado.
Acepta las palabras de mi boca
y el murmullo incesante de mi alma,
ante Ti, Señor, mi roca, mi salvador.
LA PRIMERA PREDICACIÓN PÚBLICA DE JESÚS SEGÚN LUCAS
José Luis Sicre
La peculiaridad de Lucas
Cuando Lucas escribió su evangelio, tomó como punto de partida el de Marcos. Incluso lo copió a veces al pie de la letra. Pero, en bastantes ocasiones, lo cambiaba y completaba. Uno de los casos más curioso de cambio y añadido lo tenemos en el evangelio de este domingo.
Marcos cuenta que Jesús, cuando metieron en la cárcel a Juan Bautista, se dirigió a Galilea y proclamaba lo siguiente: “Se ha cumplido el plazo y está cerca el reinado de Dios. Convertíos y creed la buena noticia”.
Lucas también dice que Jesús se dirigió a Galilea y predicaba en las sinagogas, pero no dice qué predicaba. Las primeras palabras públicas las pronunciará en la sinagoga de Nazaret, y no hablan del plazo que se ha cumplido ni de la cercanía del reinado de Dios; tampoco piden la conversión y la fe.
El reinado de Dios no está cerca, se ha hecho presente en Jesús
Lo primero que hace Jesús es leer un texto de Isaías que pretende consolar a los pobres, los cautivos, los ciegos, los oprimidos. Son imágenes que no debemos interpretar al pie de la letra. No se trata de ciegos físicos ni de presos. Este texto, escrito probablemente en el siglo VI o V a.C., describe la triste situación en la que se encontraba por entonces el pueblo de Israel, sometido al imperio persa. Una situación bastante parecida a la de los judíos del tiempo de Jesús, sometidos al imperio romano. Los presentes en la sinagoga de Nazaret podían verse reflejados perfectamente en esas palabras del libro de Isaías. Pero lo importante es lo que Jesús añade: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír”.
Cuando se comparan las primeras palabras de Jesús en Marcos y Lucas se advierte una interesante diferencia. En Marcos, lo esencial es el reinado de Dios y la actitud que debemos adoptar ante su cercanía (conversión y fe). En Lucas, la fuerza recae en el personaje sobre quien Dios ha enviado su Espíritu: Jesús. No se trata de que el reinado de Dios esté cerca, se ha hecho ya presente en Jesús.
¿Qué se cumple hoy?
El texto de Isaías se puede interpretar, a la ligera, como si el personaje del que habla (para nosotros, Jesús) fuese a llevar a cabo la mejora social de los pobres, la liberación de los cautivos, la curación de los ciegos, la libertad de los oprimidos. Sin embargo, el texto no pone el énfasis en la acción, sino en el anuncio. La traducción litúrgica usa tres veces el verbo “anunciar” (en griego sería una vez “evangelizar” y dos “anunciar”). Este matiz es importante, porque coincide con lo que hizo Jesús. Es cierto que curó a algún ciego, pero no liberó de los romanos ni mejoró la situación económica de los pobres. Lo que hizo fue “anunciar el año de gracia del Señor”, hablar de un Dios Padre, que nos ama incluso cuando las circunstancias de nuestra vida siguen siendo muy duras.
Nazaret como símbolo
Lo anterior no lo sitúa Lucas en un lugar anónimo, sino en la sinagoga de Nazaret. Los peregrinos visitan ahora esta ciudad con mucha devoción. Pero lo que cuentan los evangelios es muy distinto. En Nazaret encontró Jesús desconfianza por parte de la población y de su misma familia. Marcos cuenta que “Jesús se extrañaba de su incredulidad”. Y Juan dice que “sus hermanos no creían en él”.
Esta experiencia dolorosa para Jesús la recoge Lucas y la convierte en símbolo del rechazo que experimentó por parte de la mayoría del pueblo judío. El motivo del conflicto, como veremos el domingo próximo, es el nacionalismo. Los nazarenos quieren un Mesías al servicio de Israel; Jesús ve su misión al servicio de toda la humanidad.
Un optimismo desafiante
La liturgia ha dividido el relato de Lucas en dos domingos. El final trágico no se lee hoy, ni siquiera la reacción primera, de sorpresa, del auditorio nazareno. La veremos el próximo domingo. Lo que hoy debe quedarnos es el profundo optimismo del mensaje de Isaías, que, al mismo tiempo, supone un desafío para nuestra fe. ¿Se ha cumplido realmente esa Escritura que anuncia la mejora y la salvación a pobres, ciegos, cautivos y oprimidos? Una rápida lectura del periódico bastaría para ponerlo en duda. Cuando Lucas escribió su evangelio, cuarenta o cincuenta años después de la muerte de Jesús, también tendría motivos para dudar de esta promesa. Sin embargo, no lo hizo. Jesús había cumplido su misión de anunciar el año de gracia del Señor, había traído esperanza y consuelo. Había motivo más que suficiente para creer que esa palabra se había cumplido y se siguen cumpliendo hoy.
La 1ª lectura
Se interpreta generalmente como el punto de partida histórico de la lectura pública de los textos sagrados judíos y ayuda a comprender lo ocurrido en la sinagoga de Nazaret. La escena se sitúa en la segunda mitad el siglo V a.C., en tiempos de Esdras y representa una gran novedad. Hasta entonces, quienes hablaban en público eran los profetas. Ahora se lee el libro de la Ley de Moisés (quizá alguna parte del Deuteronomio), de acuerdo con un ritual muy preciso, que se mantuvo parcialmente en las sinagogas: Esdras se sitúa en un púlpito, la gente se pone en pie, Esdras bendice al Señor y todos adoran. Según otra versión, quienes leen son los levitas, que, al mismo tiempo, explican el sentido de lo que han leído.
SINAGOGA DE NAZARET: EL PROGRAMA DEL REINO
Gonzalo Haya
Lc 1,1-4; 4,14-21
El evangelio de este domingo III del T. O. hilvana dos textos del evangelio de Lucas: el prólogo (Lc 1,1-4) y el discurso programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret, su “discurso de investidura” (Lc 4,14-21). En medio queda la infancia, la predicación del Bautista, el bautismo y la experiencia mística de Jesús, y las tentaciones en el desierto, que han sido presentadas en días anteriores.
El prólogo
Creo que esta cita del prólogo no sólo es innecesaria sino también desorientadora. Al inicio del ciclo litúrgico, en que vamos a leer el evangelio de Lucas, nos anuncia que todo el relato ha sido investigado de nuevo y con rigor. Esto es verdad si el lector lo interpreta con la mentalidad de los libros históricos de la Biblia, a la que Lucas se adaptó; pero tendemos a interpretarlo según nuestro concepto actual de historia, que lo narrado corresponda exactamente a lo sucedido, y eso no ocurre en los evangelios.
El concepto bíblico es que lo narrado interprete el mensaje salvador de Dios. Por consiguiente el autor puede alterar honestamente la narración de lo sucedido, para expresar mejor ese mensaje, como reconoce el mismo Lucas, “para que compruebes la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido”. Esto descarta el aferrarse a una interpretación muy literal de estas narraciones.
Que Jesús naciera en Belén no quiere decir que naciera en Belén, sino que era el Mesías, porque la profecía indicaba que el Mesías nacería en Belén. Ese es el sentido, el mensaje, de ese texto. Mateo y Lucas estaban convencidos de que Jesús era el Mesías; por eso lo sitúan en Belén. Sin embargo nosotros seguimos apegados a la exactitud de lo sucedido, y nos defrauda el más mínimo cambio. Recordemos el revuelo que se armó porque Benedicto XVI dijo algo tan evidente como que el buey y la mula no estaban en el relato evangélico. Infantil, pero cierto.
Juan dice que, al atardecer del mismo día de la resurrección, Jesús se apareció a los discípulos, “sopló sobre ellos y les dijo: recibid el Espíritu Santo” (Jn 20,19-23). Lucas en cambio, para expresar el sentido de esta comunicación del Espíritu Santo, elabora toda la escenografía del día de Pentecostés (a los cincuenta días), en contraste con la fiesta judía que se celebraba en ese día por la entrega de la Ley en el Sinaí (Hech 2,1-14). Contraste entre las exigencias de la Ley y la comunicación del Espíritu.
Jesús en la sinagoga de Nazaret
Al reflexionar con una mirada de fe adulta sobre un pasaje del evangelio intento responder, dentro de mis posibilidades, a tres preguntas: qué sucedió, qué quiso transmitir el evangelista, qué percibe mi conciencia.
Qué sucedió
La narración de este episodio se completa en el evangelio que se leerá el próximo domingo. Parece bastante bien confirmado que esta narración de Lucas reelabora ampliamente la breve narración de Marcos 6,1-6, aunque algunos exégetas han interpretado que se trata de dos intervenciones distintas en la sinagoga de Nazaret. Lucas la ha adelantado a los comienzos de la predicación de Jesús como un programa de toda su actividad en Galilea. Coincide con Marcos en la admiración de los oyentes, en la desconfianza de sus convecinos, y en el reproche de Jesús, como veremos el próximo domingo; pero agrega lo más importante de este relato, la aplicación personal de la profecía de Isaías, que no recogen ni Marcos ni Mateo. ¿Mencionó Jesús y se aplicó a sí mismo esta profecía de Isaías? ¿Es elaboración de Lucas o un dato tomado de otras fuentes? Ciertamente la tensión entre pobres y ricos (el rico epulón y Lázaro), y la prioridad de la misericordia con los marginados (el buen samaritano y el padre del hijo pródigo), son características de Lucas.
Qué quiso trasmitir Lucas
Sea de Jesús esta interpretación de la profecía de Isaías, o sea elaboración de Lucas (o del autor de esa fuente) podemos decir que interpreta perfectamente la misión de Jesús. Como dicen los italianos, “se non è vero, è ben trovato”. Lucas ha querido, y lo ha logrado perfectamente, expresar en este pasaje cómo entendió Jesús su experiencia mística del Jordán; por eso ha adelantado el pasaje casi inmediatamente después de la narración del bautismo.
Jesús se sintió hijo de Dios, pero esa experiencia no se limitaba a él, Jesús interpretó que, como continuador de la obra del Padre, debía proclamar el año, el período, de la misericordia de Dios. Por eso suprimió el final de la cita de Isaías. Se reconoció enviado a “dar la buena noticia a los pobres... a poner en libertad a los oprimidos” pero no “el día de la venganza de nuestro Dios” como termina la cita del profeta (Isaías 61,1-2).
Qué percibe mi conciencia
El reconocerse Jesús como enviado a “dar la buena noticia a los pobres... a poner en libertad a los oprimidos”, y el suprimir “el día de la venganza de nuestro Dios”, despiertan ante todo en mi conciencia la imagen de un Dios amor, misericordioso, más allá de una justicia vindicativa. Despiertan igualmente una llamada de Dios para anunciar esa buena noticia, a sanar las heridas (“hospital de campaña” según Francisco) y a trabajar por una sociedad más justa, igualitaria y fraterna.
En segundo lugar me muestra un ejemplo de Jesús como hermeneuta bíblico. Considera que la profecía de Isaías es un mensaje de Dios, pero interpreta este mensaje a la luz de su experiencia mística del Jordán. Se aplica a sí mismo el anuncio de un tiempo de misericordia, pero prescinde de “la venganza de nuestro Dios”, porque eso no se compagina con su experiencia de Dios como Padre. Reconoce la profecía como mensaje de Dios, pero expresado e interpretado con palabras y conceptos humanos propios de una justicia revanchista.
No puedo olvidar que también la parábola del juicio final, y otras parábolas semejantes, adoptan un lenguaje de justicia y condena. ¿Hemos de aplicarles una hermenéutica que distinga entre el mensaje de Dios y los conceptos culturales humanos? Ya el profeta Jonás se quejaba de que Dios le enviaba a anunciar un terrible castigo y luego se arrepentía y perdonaba (Jonás 4,2). Entonces aquello de “id malditos de mi Padre al fuego eterno” no es una sentencia definitiva, sino un aviso pedagógico; a esto recurre Jesús para proteger a los más débiles.
DECLARACIÓN DEL V CONGRESO DE TEOLOGÍA. 1985:
Nosotros, participantes en el V Congreso de Teología:
DECLARAMOS
que no podemos tomar en serio a Dios,
sin creer en el Hombre;
que no podemos hacer bien a Dios,
si no es amando al Hombre;
que no podemos hacer bien al Hombre,
sin tomar en serio a los más pequeños y oprimidos.
DENUNCIAMOS
la idolatría imperialista que blasfema el nombre de Dios
utilizándolo para justificar sus programas bélicos,
su explotación de la tierra
y de los pueblos más pequeños,
y su dominio sobre la humanidad;
la idolatría religiosa
que pretende hacer un Dios cómplice de sus caprichos,
de sus intereses domésticos,
de sus complejos
y de sus debilidades por el poder;
las complicidades político-religiosas
que se levantan sobre el escarnio,
el dolor y la muerte de los débiles.
NOS COMPROMETEMOS
a tomar en serio al Dios de la vida,
asumiendo, de forma responsable,
la Causa del Hombre;
a realizar nuestro amor a Dios
en forma de justicia, de igualdad
y de liberación entre los hombres;
a apoyar y defender a los más pobres y explotados,
y a ponernos inequívocamente
del lado de los que luchan por su liberación.
OPTAMOS
por el Dios de Jesús de Nazaret,
que en él se ha mostrado
decididamente partidario de la Vida
y radicalmente en contra de los poderes satánicos
que conducen a la muerte;
por la causa de Jesús,
uniendo nuestros esfuerzos
a los que luchan por la igualdad entre las razas,
la liberación de los oprimidos,
la justicia debida a los pobres
y la paz entre los pueblos;
por el Reino de Dios,
horizonte utópico
que alienta nuestro caminar en la Historia
hacia Aquel que era,
que es y que será;
por una Tierra Nueva
madre y hogar entrañable del Hombre.
Queremos mantener incontaminada su pureza ecológica
contra las explotaciones salvajes que desertizan
y el armamentismo satánico que la destruye;
por una Iglesia que,
puesta al servicio de esta Causa,
sea testimonio comunitario
de esperanza en el mundo.
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
Hemos construido entre todos una sociedad absurda y pretendemos identificarla con la sociedad querida por Dios. En ella los cristianos nos encontramos a gusto. ¿Cómo explicar, de otra forma el fuerte conservadurismo que se observa en casi todo lo que se llama cristiano hoy?
Si nos dejáramos iluminar por la palabra de Dios, quedaríamos abrumados. El mayor peligro para nuestra vida cristiana -ambiental y rutinaria- es el habernos convencido de que todo irá bien mientras siga como está: siempre hubo ricos y pobres, "negociantes" con cuello duro y ladrones desarrapados, anulaciones de matrimonios y parejas amontonadas..., gente de "bien" y gente de "mal". Los que tienen que cambiar son siempre "los otros", sin que sepamos en realidad quiénes son esos "otros". En nuestras personas y estructuras todo debe seguir igual, porque por algo creemos en Dios. Nosotros debemos volver a lo de antes... Los pobres, los oprimidos..., deben confiar en Dios y aguantarse. Y esta vida nuestra instalada, cómoda, burguesa, injusta, la hacemos coincidir con las exigencias del evangelio. Ese es nuestro engaño: vemos la vida desde nuestros intereses y no desde el evangelio. Me tiene perplejo el hecho de ver manejado el evangelio, en todo tipo de reuniones o escritos, a trozos, para defender esta o aquella postura. Y así, en lugar de descubrir lo que realmente quiere decirnos, lo empleamos para corroborar nuestras conveniencias.
Es necesario hacer la síntesis, aclarar unos textos uniéndolos a otros, relacionándolos. Es necesario que terminemos con la lectura burguesa del evangelio. Es necesario que lo leamos en comunión con los cristianos de los primeros siglos, para los que leerlo no era un simple ejercicio intelectual, sino un contacto con la persona de Jesús resucitado.
La Biblia nos dice que todo ha surgido por el poder de la palabra de Dios. A semejanza de la palabra humana, esta palabra de Dios ha iniciado el diálogo con el mundo, se ha convertido en revelación. Es palabra inicial, que tiende necesariamente a ser proclamada siempre y en todo lugar; y es palabra terminal, que cumple y realiza lo que anuncia.
No creo que del evangelio se puedan sacar conclusiones tan dispares, y sobre todo actuaciones tan contrarias a la mente de Jesús. Los ejemplos que los ponga cada uno: los hay en abundancia. Además, lo iremos viendo al comentar los textos evangélicos.
1. La "buena noticia", palabra clara
Los habitantes de Nazaret esperaban al Mesías, un Mesías a su medida. Y el Mesías se pasó más de treinta años entre ellos, inadvertido, compartiendo su vida. Sólo después de haber compartido su vida con ellos como obrero se les presentó como Mesías.
Un sábado se encuentra en Nazaret, les lee en la sinagoga un fragmento de Isaías (61,1-2) y lo comenta brevemente: "Hoy se cumple esta Escritura".
Hay palabras desgastadas, que se han reducido a meros sonidos fonéticos, incapaces de presentar y transmitir una realidad viva. Y hay palabras que nunca pasarán, pues conservan un perenne sentido actual cargado de novedad. También hay palabras tan manoseadas y manipuladas que han dejado de decir algo al hombre de hoy, o que significan para él algo totalmente distinto: amor, libertad, popular... (la palabra amor se identifica con "hacer el amor"; la libertad, para tapar la opresión económica que ejerce la sociedad capitalista, llamada "mundo libre"; lo popular, para significar partidos de derechas... ¿Cómo calificar la "democracia orgánica" del franquismo -sin recurrir a los chistes- o la "democracia" de la República Democrática Alemana?).
La palabra de Dios es clara si queremos entenderla, y es siempre "buena noticia" para nosotros los hombres: nos convoca a reunirnos, nos incorpora a la Iglesia, nos juzga y nos exige una continua conversión, nos libera de oscuridades y desorientaciones, nos ayuda a encontrar el sentido de la vida y abre nuestros corazones a la esperanza.
Proclamar la "buena noticia" exige evitar las palabras dulces, diplomáticas, que prolongan situaciones engañosas por intereses económicos, políticos o religiosos; y hablar con claridad comprometida, despertando la conciencia de los oprimidos y marginados, promoviendo la legítima libertad y el necesario diálogo.
¿Es para nosotros el evangelio la palabra siempre nueva, la palabra liberadora que cura, nos convierte y nos libera?
2. La "buena noticia" es para los pobres
Lucas nos presenta en la sinagoga de Nazaret el discurso programático de Jesús: "Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres..."
Jesús nos quiere explicar los pasos que tenemos que dar para construir el hombre nuevo y la nueva humanidad, los pasos que tenemos que dar para poder llegar a vivir como hermanos de verdad.
¿Quién es pobre, cautivo, ciego, oprimido?
La palabra "pobre" puede ser mal interpretada. Están los pobres "de espíritu": son los que necesitan de los demás para ser ellos mismos, los que viven pendientes de los otros y olvidados de sí mismos, son los "dichosos" de la primera bienaventuranza de Mateo (/Mt/05/03). Y están los pobres "materiales": los que viven en la miseria, privados hasta de lo más elemental para vivir. Y así como los primeros son "dichosos" por la opción personal que han hecho en sus vidas, estos segundos necesitan librarse de su miseria.
Los pobres "materiales" no podrán realizarse como personas sin la esperanza de poder salir de su miseria, de su opresión, de su esclavitud. ¿Cómo luchar por algo que se cree imposible de conseguir? Tienen que escuchar, hablar y planear sobre la forma de romper sus cadenas; tienen que abrir sus ojos y sus oídos, y ver con claridad, apoyados en las palabras de Jesús, el camino que se debe seguir. El evangelio tiene que ser para ellos un mensaje de alegría y de fiesta. Lo mismo para todos los que nos llamamos cristianos, porque tenemos la obligación de luchar con su lucha. ¿Lo es?
Esta feliz "noticia" para los pobres fue el primer comunicado que se anunció después del nacimiento de Jesús:
Os traigo la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. (Lc 2,10-12)
La pobreza personal es la señal para reconocer al verdadero libertador de los pobres. Cuando algunos discípulos de Juan Bautista dudaban -junto con su maestro- sobre si Jesús sería el verdadero Mesías o no, van a preguntarle y Jesús les da la misma respuesta que en Nazaret, pero con hechos concretos: Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia. (Lc 7,22)
La "buena noticia" de la liberación de los pobres es la marca del Mesías. La señal que El mostraba para probar que era el verdadero enviado de Dios. Y debe ser también la marca de la Iglesia. Marca que nos costará sangre y lágrimas, porque el evangelio está secuestrado en nuestra sociedad occidental por los tres poderes del mundo -religioso, político-ideológico y económico- en constante alianza.
Cautivo es el que está en la cárcel. Pero también son cautivos todos los hombres que no se poseen, que están llenos de egoísmo, de vicios, de pasiones... Es el cautiverio de las modas que "nos gustan", sin pararnos a pensar si ese gustarnos no es un manejo de la sociedad de consumo, un fruto de la propaganda; cautiverio de un trabajo y estudio alienantes, preparados para defender el montaje de la sociedad capitalista -o marxista- que nos impide una visión real de la vida; cautiverio de los anuncios y programas de la televisión; cautiverio del cine y revistas..., montados en gran parte para el lucro, aunque sea al precio de la destrucción de las personas; cautiverio de la prensa, manejada por agencias; cautiverio de los "ídolos", a que es tan propensa nuestra juventud, falta de verdaderos líderes que les indiquen la dirección de la vida que realmente desean; cautiverio de unas prácticas religiosas que no llevan a ninguna parte; cautiverio de los propios pecados, que nos impiden ser plenamente hombres; cautiverio de tantas ideas y costumbres que hemos canonizado porque siempre fue así... Todos somos en gran medida cautivos, y a todos nos quiere liberar Jesús. Lo que hace falta es que lo reconozcamos y queramos liberarnos.
Ciego es el que no ve. Y son también ciegos los que no ven el mundo como Dios lo ve, los que no lo ven como una gran hermandad a conseguir. Y es ciego, además, el pobre que es víctima de la injusticia y que no sabe o no quiere salir de esa situación; el que llega a cegarse tanto que piensa que siempre será lo mismo, y se conforma, se adapta.
Oprimidos son los que sufren las injusticias de los demás. ¿Nos sentimos oprimidos? En una sociedad en la que, por lo menos aparentemente, se nos ofrecen tantas cosas con todas las facilidades, comodidades y rebajas que hagan falta, no nos gusta vivir con el sentimiento de estar oprimidos. Y, sin embargo, lo estamos en gran medida.
Jesús de Nazaret quiere liberarnos a todos los hombres de todas las esclavitudes a que nos tiene sujetos "el pecado del mundo": la ignorancia, el hambre, la miseria y la opresión. Quiere liberarnos de todo tipo de cadenas, de cualquier clase de ceguera, de todas las prisiones. Del egoísmo personal de cada uno y del egoísmo organizado de las estructuras opresoras. De las cadenas de unos estudios, trabajos, diversiones, religiosidades, relaciones humanas... deshumanizantes, alienantes, que nos incapacitan para descubrir la realidad que padecemos.
Jesús se cuidó mucho de no dejarse usar. Con una visión muy realista, se daba cuenta de que eran los escribas y fariseos los que oprimían diariamente al pueblo. Por eso no les hacía el juego de atacar a los romanos. Jesús luchó por un cambio radical de las estructuras religioso-políticas que oprimían al pueblo judío. Buscó directamente el cambio de esas estructuras de dominación y explotación del pueblo. Nosotros, después de veinte siglos, seguimos sin querer enterarnos.
Por esta razón, aquellos dirigentes religiosos miraron a Jesús como a un revolucionario peligroso y lo asesinaron, no sin antes inventarse unos motivos políticos. Nosotros, con decir que murió para redimirnos y no como consecuencia de su lucha, nos lavamos las manos de cualquier compromiso de liberación del pueblo.
Es fundamental ahondar en cómo Jesús realizó esta lucha contra las estructuras opresoras de su época. El espíritu con que realizó esta lucha debe ser el espíritu de sus seguidores sinceros. Y sus esfuerzos por adaptarse a la realidad de su tiempo deben ser la pauta para nuestro esfuerzo por adaptarnos al nuestro. Ser cristiano es luchar para que del mundo desaparezcan todo tipo de opresiones.
3. "El año de gracia del Señor"
Se refiere al año jubilar, al año de la remisión de todas las deudas, entendido en un sentido universalista, para todos. Cada semana de años terminaba para los judíos con un año sabático, en el que se debía dejar en libertad a los esclavos y a los deudores y hacer descansar la tierra (Ex 21,2; 23,10-11; Dt 15,1ss; Lev 25,3-7). Al cabo de siete semanas de años estaba previsto el año jubilar:
El Señor habló a Moisés en el monte Sinaí:
-Haz el cómputo de siete semanas de años, siete por siete, o sea cuarenta y nueve años... Santificaréis el año cincuenta y promulgaréis manumisión en el país para todos sus moradores. Celebraréis júbilo: cada uno recobrará su propiedad y retornará a su familia. El año cincuenta es para vosotros jubilar; no sembraréis ni segaréis el grano de ricio ni cortaréis las uvas de cepas bordes. Porque es jubileo. Lo considerarás sagrado. Comeréis de la cosecha de vuestros campos.
En este año jubilar cada uno recobrará su propiedad. Cuando realices operaciones de compra y venta con alguien de tu pueblo, no lo perjudiques. Lo que compres a uno de tu pueblo se tasará según el número de años transcurridos después del jubileo. El, a su vez, te lo cobrará según el número de cosechas anuales: Cuantos más años falten, más alto será el precio; cuanto menos, menor será el precio. Porque él te cobra según el número de cosechas.
Nadie perjudicará a uno de su pueblo. Teme a tu Dios.
Yo soy el Señor vuestro Dios. (/Lv/25/08-17)
Dios no quiere que acaparemos; quiere que se reparta mejor. Jamás la propiedad privada y privante fue de derecho divino.
Jesús anuncia el "año de gracia" definitivo, en el que habrá justicia y libertad para siempre en la tierra. Luchó para lograrlo.
El reino de Dios comienza cuando en el corazón del hombre se abre paso la certeza de que todos somos iguales, de que las diferencias entre los seres humanos son contrarias a la voluntad de Dios. Y, a partir de esta convicción, encuentra fuerzas para luchar por un mundo justo y libre.
4. Liberación evangélica
Antes de pasar a cualquier acción liberadora, el cristiano tiene que tomar conciencia de algo esencial al mensaje evangélico: no hay acción liberadora sin una previa concientización liberadora, sin descubrir antes su necesidad.
No podemos permanecer "sordos" y menos aún "muertos" (Lc 7,22) a la liberación proclamada por Jesús. "Sordo" es el que no oye; pero lo es más aún el pobre que no oye las voces que le hablan de liberación, porque su dolor le ha hecho perder las esperanzas de que todo puede cambiar, y termina siendo fatalista y pasivo. "Muertos" están los que nunca han vivido una vida humana; sólo han trabajado y sudado como burros, oprimidos por otros hombres que viven a costa de ellos. Cuando estos "ciegos" ven, estos "sordos" oyen y estos "muertos" resucitan de sus tumbas de miseria, el reino de Dios está llegando. Porque el evangelio es una "buena noticia" de liberación integral, que llegará más allá de este mundo, liberándonos para siempre de la misma muerte, pero que comienza ya en esta tierra.
En el lenguaje bíblico, la liberación no es algo que el hombre conquista para sí mismo, sino algo que está en función de los demás. No es una posesión o un objeto, sino una relación entre dos o más personas. Ser libre significa ser libre para el otro, para los otros, para todos los otros, para el Otro. Sólo en relación con todos los demás y con Dios somos libres. Esta libertad supone la salida de uno mismo, la muerte de nuestro egoísmo y de toda estructura que nos mantenga en él. La libertad -camino para descubrir lo mejor- se basa en la apertura a los demás. La plenitud de la liberación es la comunión con Dios y con todos los hombres. No podemos ser libres mientras otros sean cautivos. La liberación debe ser colectiva o no existirá jamás. La libertad es el camino para conseguir una sociedad justa.
La acción liberadora de Jesús, acción que debe ser la de los cristianos, no es un tópico de los cristianos "politizados", sino un elemento esencial del camino cristiano. Dios quiere la libertad para todos, porque la libertad es El mismo.
La libertad sólo perjudica a los poderosos y opresores. Es pavorosa la falta de libertad que padecemos. Una muestra es la "información" que recibimos y que nosotros no podemos ofrecer ni desmentir. Es la información una de las mayores opresiones que pesan sobre las sociedades actuales, al estar controlada y manipulada para defender los sistemas y poderes establecidos.
Quienes quieran mantener las cadenas, la opresión, no son de Jesús. Quienes tengan miedo de la libertad, quienes la quieran diluir hasta reducirla a una pura comedia, no son de Jesús. La temen por lo que ocultan.
La libertad no es algo que debamos tolerar. Quizá nos hayamos tranquilizado con la excusa de que en nombre de ella se cometen muchos errores. Tratar al pueblo como un ignorante que necesita que le impongan lo que debe hacer y que le prohíban expresarse libremente, se parece mucho al comportamiento de aquellos que mandaban en tiempo de Jesús. Nunca deberíamos olvidar que fue crucificado porque -decían los poderosos- "revoluciona al pueblo" (Lc 23,14).
No confiar en la libertad es negar el espíritu que está en nosotros actuando. Solamente seremos libres -y lo mismo la Iglesia- si sabemos acoger y valorar las voces proféticas que, siempre incómodamente, nos llaman a seguir el camino de búsqueda del reino de Dios, anunciando "la buena noticia a los pobres, a los cautivos la libertad, a los ciegos la vista, la libertad a los oprimidos", el oído a los sordos y la vida a los muertos.
El evangelio es clarísimo en decirlo. El no quererlo entender y, sobre todo, el no quererlo vivir quizá sea la raíz de tanta ambigüedad en la misión de la Iglesia y en cada uno de nosotros. Misión que debe ser la misma que la de Jesús.
5. La "buena noticia" es Jesús mismo
Jesús posee una visión penetrante de la realidad. Por ello el evangelio no es ningún juego: quema. Es la interpelación global y definitiva lanzada por Dios al mundo. Capta todo como es; va a la raíz.
Todos vemos cómo el desarrollo, y el progreso, y el aumento de la renta, al final siempre es en beneficio de los mismos, individuos o naciones. De ahí que haya necesidad de cambiarlo todo, que no sea suficiente con hacer arreglos.
Este es el reto que tenemos planteado, ahora y aquí, los creyentes: sin confundir el evangelio con ningún sistema ni ideología ni partido político, tenemos que demostrar con hechos que no es inútil, que no es opio.
El evangelio valora el pasado y lo integra, abre una puerta de esperanza hacia el futuro, pero se refiere principalmente al presente. En él no lo encontramos todo con una claridad meridiana.
Es una semilla que vale para todo tiempo, que en situaciones nuevas tiene una nueva luz.
¿Estamos nosotros, como los oyentes de Jesús en la sinagoga, ávidos, expectantes y esperanzados?
Los cristianos tenemos que irnos haciendo a la medida de la Palabra y nunca reducirla a nuestros intereses. A Jesús no nos lo podemos inventar.
Si pensamos un poco, veremos claramente que todo lo que le importa al hombre le tiene que importar a Dios, porque para eso es Padre. Y si le importa a Dios, ¿cómo no le va a importar a la Iglesia? Quizá el ser cristiano nos pida, ahora más que nunca, luchar por la promoción humana de los hombres que no tienen el mínimo de condiciones para una vida digna. Es necesario, además, que nos sintamos pobres, cautivos, ciegos, oprimidos, sordos, muertos, para poder comprender el mensaje de Jesús. De otra forma, ¿para qué lo querríamos?
En Jesús se cumplen las esperanzas de los profetas y de los pobres de Israel. Lo que el Antiguo Testamento decía por escrito se hace realidad en la persona de Jesús de Nazaret. Dios se hace transparente en El. Habla y actúa por El, como no lo había hecho ni lo hará nunca en nadie más. Encontrarse con Jesús es encontrarse con Dios. En El está la vida en toda su plenitud. Por eso puede decir: "Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír". Con El, el tiempo de gracia ha llegado para los pobres, los cautivos, los oprimidos, los ciegos... Su gran presente es la libertad: liberación de la ceguera del cuerpo y del espíritu, liberación de la miseria y de la esclavitud, liberación del pecado. liberación que siempre es actual para nosotros.
Las palabras del profeta Isaías estaban hechas a la medida de Jesús. El evangelio es una "buena noticia" para todos nosotros: Jesús nos trae coraje, libertad, esperanza, luz, justicia... a los pobres, a los cautivos... Y como todos tenemos algo -o mucho- de todo ello, podemos concluir que esta noticia es para nosotros verdaderamente buena. No lo es, naturalmente, para todos aquellos que se están oponiendo a esta liberación-salvación del pueblo.
Pero, por nuestro modo de ser, por nuestra comodidad, no acabamos de creernos estas "buenas noticias", nos cuesta reaccionar; preferimos "ir tirando".
Nos gusta la libertad que Jesús nos trae, cuando la entendemos; pero nos da miedo el "precio" que tenemos que pagar por ella. Inmediatamente nos damos cuenta de que tras la libertad cristiana está la cruz, el cáliz... Pero, y es una experiencia de muchos, cuando se procura vivir el evangelio se va descubriendo la auténtica libertad, la verdadera alegría. El estilo de vida que Jesús nos propone nos permite poder ser personas, poder ser lo que somos. El evangelio nos libera, nos permite ser y actuar de acuerdo con el sentido de la vida que todos queremos y deseamos en lo más profundo de nosotros mismos. Si la cruz y el cáliz siguen presentes en este enfoque, es debido a que, en todo progreso de maduración y crecimiento, las dificultades y el dolor son elementos tan indispensables como la satisfacción y el gozo por lo que vamos alcanzando. ¿Cómo tener lo segundo si rechazamos lo primero?
6. Rechazo de Jesús por sus paisanos
Como es natural, sus paisanos no le creyeron. ¿Cómo un compañero suyo, un trabajador como ellos, iba a tener una misión tan alta? Además, lo que planteaba era muy difícil de aceptar; ellos no eran ciegos, ni cautivos..., ¿qué les importaba aquel anuncio? Todos sabían muy bien que no era más que el hijo de José y María.
Así pasa también entre nosotros. Si viene alguien importante de fuera a hablarnos, vamos a escucharlo. Pero si es un compañero el que quiere hablarnos, no le hacemos caso, no le escuchamos. ¿Qué le va a enseñar un pobre a otro pobre, un hijo a su padre, la mujer al marido, el padre al hijo, el amigo al amigo.... ese cura que todos conocemos y que deja tanto que desear?
Tenemos que usar el evangelio constantemente, como espejo con el que comparar nuestro vivir. Estamos saturados de leyes, de cánones, de normas, de ritos, que nada o casi nada tienen que ver con el Espíritu de Jesús.
El evangelio nos interpela a través de la vida, a través de la dignidad y de los derechos de los hombres más abandonados y oprimidos. No podemos desentendernos de la realidad, tenemos que enfrentarnos con ella para mejorarla, aunque nos cueste y nos comprometa. Todos somos invitados a esta misión de liberación de toda opresión, interna a nosotros y del ambiente que nos rodea, opresión en nosotros y en los demás. liberación del vacío, de la soledad, de la incomunicación, del amor y de la amistad, tan mezclados con el egoísmo, del dolor de la demasiada ternura, de la comodidad, de la falta de compromiso, de los buenos propósitos que se quedan en eso, de los enfrentamientos en el interior de los grupos y de las familias, de la ausencia de Dios en nuestras pobres vidas, de la falta de futuro... De esa lista interminable que todos experimentamos en nosotros mismos.
¿Es práctica frecuente en la Iglesia el "discurso programático" de Jesús en Nazaret? ¿Y en nosotros y en nuestros grupos?
ALESSANDRO PRONZATO
Jesús vuelve a Nazaret, al pueblo donde ha crecido, acompañado por una fama de maestro autorizado y taumaturgo, que se ha ganado a través de Galilea entera. Entra en la sinagoga y participa en la liturgia del sábado.
Lee y comenta un pasaje del profeta Isaías (61,1-2) que anuncia la liberación definitiva de los que habían sido deportados y que actualmente se encontraban en una situación de pobreza y de opresión. Se presenta la salvación como un vuelco de la situación presente. Jesús se aplica este pasaje, es más, con él hace una especie de manifiesto programático de la propia misión.
Afirma claramente: la salvación prometida por Dios está presente u operante aquí, ahora, en mi persona.
"...Y, enrollando el libro; lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó. Toda la sinagoga tenía fijos los ojos en él. Y él se puso a decirles: hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír".
En este episodio podemos resaltar dos cosas esenciales: el mensaje de Cristo es una "alegre noticia" porque es un mensaje de liberación. Esta liberación se está realizando hoy.
"Mensaje de liberación" se ha convertido en una fórmula excesivamente devaluada e incluso se ha abusado de ella en nuestro mundo contemporáneo.
Todos hablan de liberación; todos llevan en el bolsillo un proyecto de liberación.
Es necesario, pues, subrayar lo específico de la liberación propuesta por Cristo, para evitar -como advierte E. ·Balducci-E "hacer del evangelio una ideología de liberación, como ha sido durante tantos siglos una ideología de dominación".
La liberación proclamada por Jesús es una liberación total.
Abarca al hombre en todas sus dimensiones.
No se puede limitar a liberar una parte del hombre. Todo el hombre ha de ser liberado. De lo contrario no puede hablarse de liberación. Se ensancha el espacio de su prisión, pero ciertamente no se puede decir que el hombre sea libre.
La liberación del hombre no es total si se limita a resolver el problema del pan, y descuida e incluso neutraliza su hambre de ideales, de justicia, de "significado", de razones para vivir. Puede darse una represión del instinto divino, inserto en el hombre, aún más peligrosa por sus consecuencias que la represión del instinto sexual.
Una cierta sociedad permisiva juega precisamente con este equívoco de fondo: dar al individuo la ilusión, y a veces el aturdimiento, de la libertad, dejándolo retozar a satisfacción en ciertos espacios bien definidos (el del placer, la diversión, las elecciones consumistas) para después condicionarlo, manipularlo y dominarlo en otros sectores esenciales, en donde de verdad se juega su posibilidad de "ser hombre"; en este caso la así llamada sociedad permisiva puede convertirse, fundamentalmente en una sociedad represiva. Se consigue la liberación total sólo cuando uno se hace libre para ser lo que debe ser. O sea, es una liberación que se coloca, antes que en la línea del hacer, en la línea del ser. Y el hombre tiene la posibilidad de realizarse según la verdad de la propia persona, según la propia voluntad, según la trayectoria de la propia vocación.
Otro aspecto característico. La liberación anunciada por Cristo comienza por nosotros. No es posible liberar a los demás si los "liberadores" no son interior y totalmente libres. Libres de la esclavitud de las ideologías, de las modas tiranizantes, de los ídolos varios, del instinto de dominar y poseer. Libres, sobre todo, de los horizontes sofocantes del egoísmo. Conscientes de que la primera sobreestructura que hay que derribar es el yo acaparador y engañoso.
Alguno defiende que lo primero es la liberación de nosotros mismos. Yo precisaría: la liberación por nosotros mismos.
En esta perspectiva, es necesario sobre todo tener el gusto de la libertad, sentir la libertad como una pasión, un gusto, me atrevería a decir una "enfermedad" incurable. Algo que nunca está definido, pero que se va conquistando, difundiendo y pagando día a día. "Allá donde se ha hecho sentir el soplo de la libertad, comienzan a hacer daño las cadenas" (J. ·Moltmann-J).
Las cadenas que molestan: esta es la señal de que posa sobre nosotros -como sobre Cristo- el "soplo", es decir, el Espíritu.
La libertad no nos la regalan los otros. Nos la da Cristo. A condición de reconocernos también nosotros pobres, prisioneros, ciegos, oprimidos por las cadenas que frecuentemente construimos con nuestras manos, y a las que terminamos acostumbrándonos.
He ahí, pues, la paradoja del proyecto de liberación cristiana: se trata de una libertad "dada" y que, al mismo tiempo, hay que conquistar interiormente. Una libertad que se nos ofrece gratuitamente, como aspecto fundamental de la salvación, y sin embargo, esta libertad que no depende de nosotros es una libertad que sólo nosotros podemos perder. Sobre todo cuando perdemos el gusto de ella.
O también, cuando sólo la utilizamos parcialmente.
Un cristiano que no es todo él libre (mejor, liberado), no es un individuo libre a medias. Es uno que ha perdido la libertad.
P. EDUARDO MARTÍNEZ ABAD, ESCOLAPIO
El domingo pasado vimos dos cosas importantes.
Primero, la promesa que Dios hace y el deseo vehemente que tiene de unirse amorosamente con la humanidad y por consiguiente, con cada uno de nosotros. Todo esto lo expresaba el profeta Isaías en lenguaje simbólico de enamorados y de matrimonio, porque no hay otro lenguaje y realidad de amor que mejor entendamos y que mejor lo exprese.. ¿lo recordáis? : "No te dirán más abandonada, ni llamarán a tu tierra desolada; a ti te dirán MI FAVORITA y llamarán a tu tierra desposada. Porque el Señor encuentra en ti su deleite y tu tierra tendrá un esposo: como se alegra un marido ante su esposa, así el Señor se alegrará de ti"
La segunda idea importante, que vimos también el domingo pasado, es que esa promesa de unión amorosa de Dios con el ser humano, es ya una realidad, no es algo futuro, sino presente, con la llegada de Jesucristo, hecho hombre, encarnado y que es el verdadero protagonista en las bodas de Caná. Él es el verdadero esposo. ¿Por qué? Porque la llegada de los tiempos mesiánicos o sea de la realización de las promesas: que son el perdón, la salvación y los esponsales de la humanidad con Dios, venían anunciados por los profetas en el marco de unas bodas y caracterizados:
1º, por la prodigalidad y la abundancia.
2º, por la calidad extraordinaria. Y así hemos visto como Jesucristo en el cuadro y ambiente de unas bodas, da su primer signo o señal con su pródiga generosidad y con la abundancia de los 600 litros de vino para manifestar quién es Él. Y su vino era de la mejor calidad, tan buena calidad, que hasta le extrañó al mayordomo del banquete, porque no sabía de donde había salido aquel vino excelente.
Ha llegado ya el momento en que las promesas de los profetas sean una realidad: Jesucristo, el Mesías, el Señor no nos promete, sino que nos invita ya a esa unión íntima y amorosa con la divinidad, donde toda nuestra existencia quedará transformada, porque "seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es", que nos dice San Juan. Los velos de su humanidad se esfumarán y contemplaremos la divinidad. Y así como el fuego transforma el carbón negro, oscuro y que mancha, en luminoso y cálido, así también nosotros seremos transformados en luz en contacto y unión con el fuego, la luz de la divinidad. Promesa, pues, y realidad actual. Dos ideas fundamentales del domingo pasado, que no debemos olvidar y tener muy presentes.
Y este domingo se nos vuelve a repetir el mismo esquema: una promesa y su realización ya presente y se nos da la clave para hacer realidad nuestra unión amorosa y transformante con Dios. ¿Cómo conseguir esa unión con Dios? Escuchando e interiorizando la misma Palabra de Dios, su Verbo, su decir, su manifestación, su querer. El decir de Dios, su decir es un necesario hacer. Dijo Dios, narrado en el libro del Génesis: hágase la luz y la luz fue hecha. Nuestro decir, nuestra palabra es solo descriptiva. Decimos lo que vemos, lo describimos, pero no lo creamos, no hacemos lo que decimos. Dios, en cambio, cuanto dice lo hace, su Palabra, su manifestación externa, "ad extra", su Verbo es creador de la realidad dicha.
El pueblo judío ha perdido el sentido de su vida, de su existencia, de su obrar, nos ha dicho el profeta Nehemías en la primera lectura. Caminan en la oscuridad de la desgracia y de la adversidad. Su vida es esclavitud. Hasta que el sacerdote Esdras trajo el libro a la asamblea de los hombres y mujeres y niños. Y la Palabra iluminó de nuevo su vida con sus promesas y encontraron de nuevo el sentido de su existir y caminar. Les había renacido la esperanza de poderse encontrar con Dios. Como en las bodas de Caná. Resucitar la esperanza de una promesa.. Promesa que se hace realidad en Jesucristo.
Así nos lo manifiesta hoy el texto evangélico, que hemos proclamado. Jesucristo vuelve a su pueblo, pueblo que le vio crecer. Su fama, su renombre se había extendido por toda la región. Todos le alababan. Era un seductor, dirán más tarde sus adversarios. Seductor nos hace pensar en un novio, locamente enamorado, no lo olvidéis.
Entró en la sinagoga el día de sábado, como era su costumbre, de judío fiel. Leyeron la primera lectura sobre la Ley (el Pentateuco) y la comentó un doctor de la Ley, como establecían las normas. La segunda lectura se tomaba de los profetas. La podía leer cualquier hombre, mayor de 30 años. La costumbre era confiar dicha lectura y su comentario a aquellos que tuvieran una cierta competencia, porque habían asistido a alguna de las escuelas de los rabinos. La fama de Jesús, sus discursos, que ya había proclamado por la Galilea, han hecho que le confíen hoy este ministerio.
Probablemente, de modo intencionado, escogió el texto de Isaías, donde revela el gran proyecto de Dios para toda la humanidad, bajo la acción del Espíritu, que es lo mismo que decir bajo la acción de la la plenitud del amor de Dios: "El Espíritu del Señor está sobre mí… para que dé la Buena Noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y a los ciegos, la vista, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor". Este gran proyecto de Dios es una lluvia de beneficios para todos los desdichados y la liberación de todos los que sufren.
Esta Palabra de Dios si se la escucha, pues, si se la interioriza, si se la acepta, si en ella se cree y en ella se espera, inundará de gracia del Señor nuestro corazón. Y si así lo hacemos, si así nos comprometemos a vivir la Palabra de Dios cada día, cada semana, cada mes, no tendremos que esperar que se realice esta promesa, porque ya puede ser una realidad vivida en nuestro hoy, como el mismo Jesucristo nos lo anuncia: "hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oir". En otra ocasión nos revelará que: "El Reino de Dios está ya dentro de vostros"
Todo esto, toda esta promesa "hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido esta Escritura, que acabáis de oír". Hoy, hermana, hermano. Ya. Ahora. No esperes a después, no pienses en el mañana. Hoy se ha cumplido. Poca fe tenemos, porque no vivimos la realidad de ese hoy. Auméntanos nuestra fe, Señor, en esta Eucaristía, para que vivamos ya con alegría el "hoy" que nos anuncias de tu gran promesa: vivir en intimidad amorosa con cada uno de nosotros.
Y así, a medida que nosotros le vayamos más y más conociendo, acabarémosle diciendo:
¡Ay!, ¿quién podrá sanarme? Acaba de entregarte ya de vero; -no quieras enviarme de hoy más ya mensajero –que no saben decirme lo que quiero.
Y todos cuantos vagan de ti me van mil gracias refiriendo, -y todos más me llagan, y déjame muriendo un no sé qué que quedan balbuciendo.
Y acabémosle, diciendo todos nuestros anhelos, todos nuestros amores, de conocedores de su amor:
¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no lo sanaste? –Y, pues me lo has robado, ¿por qué así lo dejaste y no tomas el robo que robaste?
AMEN.
OCARM
Meditatio
a) algunas preguntas:
• Hacer investigaciones precisas de cada circunstancia: ¿Estamos siempre de carrera en nuestro vivir diario? ¿Anidamos en el corazón el deseo de investigar cuidadosamente el significado de cuanto acontece?
• Me ha enviado para anunciar a los pobres la buena nueva: ¿Pienso siempre que los pobres son los otros y que yo formo parte de los que tienen y sabe, y por tanto no tengo necesidad de nadie?
• Hoy se ha cumplido esta Escritura: ¿Qué Escritura conocemos tan bien, como para reconocerla en nuestro hoy?
b) Clave de lectura:
Contexto histórico
El episodio de la sinagoga de Nazaret es incluso un marco programático que nos da después la clave de lectura de lo que sucederá en el curso del evangelio lucano. El enganche al Profeta Isaías es fundamental, porque se revela la continuidad de la
historia humana de Dios. El desarrollo de los gestos de Jesús, puestos en paralelo, se alzó y abrió el libro, (v.17), cerró el libro y se sentó (v.20), da a la narración un carácter litúrgico,
conocido, pero nuevo al mismo tiempo. En la homilía que actualiza la profecía emerge la novedad. Hoy, palabra determinante en Lucas, expresa la propuesta cumplida por Dios en Cristo. Y delante a este hoy, las reacciones inmediatas serán de estupor y asombro, de maravilla y escándalo hasta el rechazo ya envuelto en la pregunta que seguirá a la proclamación de Jesús, pregunta suspendida en el aire, que no recibe respuesta: ¿No es éste el hijo de José? (v.22). El contraste con la Palabra proclamada por un hombre que tiene sobre sí el Espíritu del Señor, consagrado con la unción, enviado para una misión específica que tiene sabor mesiánico: llevar el alegre anuncio, enviar, proclamar.... impone un conflicto de identidad.
Contexto literario
El episodio no tiene una precisa correspondencia en los sinópticos. La visita de Jesús a Nazaret en Mateo 13,53-58 y en Marcos 6,1-6a se limita al interrogativo sobre la procedencia de Jesús y a su rechazo. No hay una descripción del rito en la sinagoga, ni de las palabras dichas por Jesús para interpretar y actualizar la Palabra sagrada. La concordancia está, más allá de la diversidad de los contextos, en el rechazo de Jesús por parte de los Nazarenos.
Con el discurso de Jesús en Nazaret, Lucas intenta introducir e iluminar todo el misterio público de Jesús. Isaías 61,1-2 contiene en síntesis los grandes temas que caracterizan su evangelio y los que le son más queridos: el Espíritu Santo, la unción mesiánica, la liberación escatológica, el gozo mesiánico, la intervención divina en favor de los pobres y de los oprimidos, la proclamación del año de gracia. Aquel programa que en Marcos se ha inaugurado con la proclamación : “El tiempo se ha cumplido, el Reino de Dios está cerca, convertíos y creed al evangelio” (Mc 1,14-15) y en Mateo se desarrolla en el discurso de la Montaña (Mt 5,1-48), en Lucas se ofrece en el centro del culto hebraico: lo que se cumple no es el tiempo, sino la Escritura. Se le propone a quien lee, la necesidad de “caminar” junto a Cristo, imitándolo por el camino de la conformidad a la voluntad del Padre. Jerusalén, meta de un largo viaje (Lc 9,51-18,14), que conduce a Jesús al momento decisivo de su vida, es punto de llegada de su quehacer terreno (Lc 24) y punto de partida de la vida de la Iglesia naciente (Acta 1-2).
Género literario
Se puede reconocer en el pasaje una pequeña unidad literaria. La intervención redaccional de Lucas, que parte de datos tradicionales sigue un intento propio. El diseño unitario de las dos partes demuestra claridad en el interior y delineación precisa al exterior. Para Lucas son inseparables las áreas de preguntas: ¿Quién es Jesús? y ¿A quién está destinada su obra?. Es muy fuerte la relación entra palabra y acción, acción dramática de un anuncio que se actualiza en la vida. El episodio intenta introducir el ministerio público de Jesús casi limitádolo a aquellas actividades que rozan los confines de su pertenencia a Israel. El Espíritu que desciende abundantemente sobre Jesús: en el nacimiento (1,35), en el bautismo (3,22), durante la tentación (4,1) y al comienzo de su misión (4,14), es el Espíritu del que habla Isaías (v.18) que aclara la acción de Dios. Una acción que no tiene confines étnicos y que no busca notoriedad, sino que se dirige a los que están necesitados de salvación: pobres, prisioneros, ciegos, oprimidos, para inaugurar el tiempo de gracia del Señor. El profeta enviado por Dios está libre de toda pretensión limitante y obligante. De un culto sinagogal incapaz de acoger la Palabra antigua que se cumple hoy, se pasa al culto del seguimiento por los caminos del mundo. Jesús se va, sigue su camino, que de Jerusalén lo conducirá a los extremos confines de la tierra a través de la evangelización de los suyos.
Análisis detallado del texto
Analizando de forma detallada los versículos del texto, se ven peculiaridades notables que encuadradas en el contexto histórico, hacen del cuadro de la sinagoga de Nazaret una síntesis del evangelio en cuanto a contenidos y sucesos.
v. 16: La sinagoga resulta ser el lugar frecuentado por Jesús. Aquí, desde los primeros años de su juventud, Él ha escuchado la Palabra de Dios y la interpreta según la tradición del pueblo. Es significativo el hecho de que Jesús busque el centro del culto. Todo hebreo adulto podía tomar la palabra, los jefes de la sinagoga generalmente confiaban este papel a los que fuesen expertos en las Escrituras. El hecho de que Jesús se levante para leer, indica que era costumbre en Él hacerlo, como le era habitual ir a la sinagoga cada sábado. El inciso “según su costumbre” da mucha fuerza al versículo, de modo que se puede presumir que el que lee y habla no es un cualquiera, sino un hijo de Israel experto en la lectura e interpretación de la Torah o de los Profetas. La fe cristiana nace por tanto de representantes fieles del pueblo de Israel, en los cuales la espera ha llegado a la madurez. Todos los personajes de Lucas son auténticos israelitas: Zacarías, Isabel y Juan, María José y Jesús, los Apóstoles y después en los Hechos, Pablo. Es “ un acostumbrado” que lleva consigo algo nuevo. La sinagoga es el lugar de donde sale el anuncio para extenderse a las ciudades de Judá y de Galilea, a todo Israel y hasta los confines del mundo.
v. 17-19: Jesús encuentra el pasaje de Isaías 61,1-2 que probablemente se refiere a la consagración de un profeta (cfr 1 Re 19,16). Lucas elimina de la cita de Isaías el fin amenazador, porque no interesa a su propósito: subrayar que la enseñanza de Jesús toma su inicio de la Escritura (17-19 25-27) y se vuelve actual en su Persona. Las palabras de Isaías sobre sus labios adquieren pleno significado y resumen su misión: lleno de Espíritu (cfr 4,1), ungido del Señor, es enviado a anunciar a los pobres un alegre mensaje, la liberación de los prisioneros y oprimidos, la vista a los ciegos, a predicar el tiempo de gracia del Señor.
v. 20: La descripción detallada de los gestos evidencia lo que está por venir. Jesús habla sentado, la posición típica del que enseña. Los ojos fijos en Él, preparan a la importancia de lo que Jesús está por decir. Homilía breve la suya, pero comprometedora. El movimiento caracteriza este pasaje de Lucas. Jesús viene, entró, se levantó, se sentó, pasó entre ellos, se fue. También los nazarenos se levantan, pero para atraparlo. Claro contraste. Jesús se levanta para leer, los hombres se levantan para alejarlo. La espera descrita en este versículo: “Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en Él”, termina en rechazo. El problema no está en el anuncio, ya conocido y fuente de esperanza para los piadosos israelitas, sino en el anunciador que lo hace suyo.
v. 21: Jesús no comenta las palabras de Isaías, sino que las actualiza. Su palabra es palabra-acontecimiento – rhema – (Ac 10,37), una palabra que es ya salvación. La profecía se convierte en vida, es un hecho. La interpretación de Jesús supera toda expectativa. En la Palabra está presente el hoy, aquel hoy típico del evangelista que es el hoy de la salvación, el hoy del cumplimiento en correspondencia con lo escuchado (cfr Rom 10,17). Es esencial para Lucas la escucha. Y la realización de las promesas antiguas que se repite en toda la obra lucana (Lc9,51; Act 2,1; 19,21) es para los que escuchan: los anawin, los pobres, los oprimidos, los preferidos de Jhwh (Is 11,4; 29,19) y ahora los preferidos de Jesús (Mt 11,28).
c) Reflexión:
Ejemplo de actualización es la exégesis hecha por el mismo Jesús sobre Is 61, que revela el mesianismo presente y el recurso a los pasajes de la Escritura para iluminar la situación actual. Autoridad creativa la de Cristo, que pide al hombre el adecuar la propia vida al mensaje, aceptando al Ungido de Dios y renunciando a la presunción de reducirlo a su dimensión. Esta perspectiva pragmática es la clave para la actualización en todo tiempo: el hoy de la salvación resuena allí donde llega la predicación. Como también la acogida y el compromiso. En la sinagoga de Nazaret se oyen las respuestas fundamentales del hombre que espera encontrar la salvación. Jesús es enviado por Dios, sostenido por el Espíritu Santo. La unción dice que Él es el Cristo. En Él se cumplen las Escrituras. Es el hoy de Dios que llena la historia de un pasado conseguido por la madurez en Cristo y se derramará en el hoy cotidiano del mañana, que es el tiempo de la Iglesia, enviada también élla, como Palabra profética, sostenida por el Espíritu Santo. Mensaje esplendente que nos trae Lucas en este episodio es la Escritura. Ella contiene todo el secreto de Dios que vive desde la eternidad y que se hace uno entre los hombres.
MISAL DOMINICAL
Antífona de entrada Sal 95, 1.6
Canten al Señor un canto nuevo, cante al Señor toda la tierra.
En su presencia hay esplendor y majestad,
en su santuario, poder y hermosura.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
ordena nuestra vida según tu voluntad
para que, en el nombre de tu Hijo amado,
podamos dar con abundancia frutos de buenas obras.
Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Recibe con bondad nuestros dones, Señor;
y al santificarlos,
se conviertan en causa de salvación para nosotros.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Jn 8, 12
Yo soy la luz del mundo, dice el Señor.
El que me sigue no andará en tinieblas,
sino que tendrá la luz de la vida
Oración después de la comunión
Dios todopoderoso,
concédenos, a los que somos vivificados por tu gracia,
alegrarnos siempre con el don recibido.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO BIBLICO
Leían el libro de la Ley, interpretando el sentido
Lectura del libro de Nehemías 8, 2-4a. 5-6. 8-10
El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes.
Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley.
Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tarima de madera que habían hecho para esa ocasión. Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo -porque estaba más alto que todos- y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.
Esdras bendijo al Señor, el Dios grande, y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: «¡Amén! ¡Amén!» Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.
Ellos leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.
Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: «Éste es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren». Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley.
Después añadió: «Ya pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes».
Palabra de Dios.
SALMO Sal 18, 8-10. 15
R. Tus palabras, Señor, son Espíritu y Vida.
La ley del Señor es perfecta,
reconforta el alma;
el testimonio del Señor es verdadero,
da sabiduría al simple. R.
Los preceptos del Señor son rectos,
alegran el corazón;
los mandamientos del Señor son claros,
iluminan los ojos. R.
La palabra del Señor es pura,
permanece para siempre;
los juicios del Señor son la verdad,
enteramente justos. R.
¡Ojalá sean de tu agrado
las palabras de mi boca,
y lleguen hasta ti mis pensamientos,
Señor, mi Roca y mi redentor! R.
Ustedes son el Cuerpo de Cristo,
y cada uno es miembro de ese Cuerpo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 12, 12-30
Hermanos:
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Si el pie dijera: «Como no soy mano, no formo parte del cuerpo», ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él? Y si el oído dijera: «Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo», ¿acaso dejaría de ser parte de él? Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?
Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo. El ojo no puede decir a la mano: «No te necesito», ni la cabeza, a los pies: «No tengo necesidad de ustedes». Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios, y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto, ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera.
Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan, a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios. ¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría.
Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.
En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores. Después vienen los que han recibido el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas. ¿Acaso todos son apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos doctores? ¿Todos hacen milagros? ¿Todos tienen el don de curar? ¿Todos tienen el don de lenguas o el don de interpretarlas?
Palabra de Dios.
O bien más breve:
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 12, 12-14. 27
Hermanos:
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos. Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.
Palabra de Dios.
ALELUIA Lc 4, 18
Aleluia.
El Señor me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos.
Aleluia.
EVANGELIO
Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha consagrado por la unción.
Él me envió a llevar la Buena Noticia los pobres,
a anunciar la liberación a los cautivos
y la vista a los ciegos,
a dar la libertad a los oprimidos
y proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
Palabra del Señor.
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