Liturgia 2 domingo TO (C)
Liturgia Viva – II Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Un mismo Espíritu, el Espíritu Santo,
distribuye dones diversos a diferentes personas
tal como a él mismo le place.
Que por medio del mismo Espíritu,
Jesús, el Señor, nos dé los dones que necesitamos
para edificar su Iglesia.
Y que él esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante
1. Agua Convertida en Vino
El Señor quiere decirnos hoy que la vida es una fiesta. ¿Una fiesta, la vida? ¿Con todos sus problemas y miserias? Sí, una fiesta, si aprendemos a mirarla con ojos de fe; si llegamos a percibir lo que hace bella la vida. Todos nosotros tenemos nuestras afanes y preocupaciones diarios, tenemos días de luto y muchos problemas, pero la realidad más profunda es que no estamos solos, que tenemos a Dios que nos invita a beber el vino de su amor; un Dios que nos da a Jesús para llevarnos a sí mismo.
En esta eucaristía: ¡Bebamos, y brindemos con el vino de la alegría!
2. Una Boda, Fiesta de Matrimonial
Cuando dos jóvenes comienzan juntos un viaje hacia la aventura de una vida matrimonial, están afirmando que creen el uno en el otro; que creen en el amor, en la vida, en el futuro. Éste es el mensaje que nos da Dios hoy. Él se ha entregado a sí mismo a nosotros, su pueblo, en una alianza de amor, tan hermosa y duradera como la del matrimonio, cuando su Hijo se hizo hombre en la persona de Jesús.
En él se nos ha dado a sí mismo para siempre, para lo mejor y para lo peor, aceptando que su Hijo entregara su vida por nosotros, para que tengamos vida. Él sigue transformando para nosotros el agua de nuestra rutina y de los fracasos de nuestra existencia en vino abundante de alegría. Y el mejor vino se reservará para el fin, para la felicidad eterna. En esta eucaristía Jesús transforma para nosotros el pan y el vino en alimento y bebida de vida.
Acto Penitencial
¿Dónde radica nuestra alegría como cristianos? Preguntémonos ante el Señor.
(Pausa)
Señor Jesús, por medio de tu perdón
transforma la tristeza de nuestro pecado
en alegría de reconciliación y amistad:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, Señor de vida,
álzanos desde nuestra angustia y desolación
y haznos alegres y felices:
R/ Cristo, ten piedad de nosotros
Señor Jesús, alegría de nuestra vida,
enséñanos a encontrar felicidad en compartir
y en hacer felices a los demás:
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Con tu bondad, Señor, perdona nuestros pecados, haz que irradiemos tu amor a los demás y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Oremos para que sepamos vivir siempre
en el amor de la alianza con Dios.
(Pausa)
Oh Dios, siempre fiel y lleno de amor:
Tu Hijo Jesús compartió con gente ordinaria
la alegría de una boda, en Caná.
Prepara la mesa para nosotros
y escáncianos el vino sabroso de tu alianza,
atráenos más cerca hacia ti
y envíanos a acercarnos más a los hermanos.
Caldea nuestros corazones con tu mismo amor.
Haz que nuestras vidas se conviertan en fiesta,
canto sin fin de alegría y alabanza
dirigido a ti, nuestro Dios vivo,
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Primer Lectura (Is 62,1-5): Dios, “Casado” con su Pueblo
A pesar de que su pueblo le había sido infiel, Dios le perdona su infidelidad. Porque él está “casado” con él para siempre.
Segunda Lectura (1 Cor 12,4-11): Un solo Espíritu, muchos Dones
Uno y el mismo Espíritu ofrece una diversidad infinita de dones a su Iglesia, para hacerla una en su rica variedad.
Evangelio (Jn 2,1-11): Jesús el Novio
Jesús “ofrece su primer signo” (milagro) de que él es el novio, que se ha unido al pueblo en un vínculo de amor. Él les dará el vino abundante que trae vida y felicidad.
Oración de los Fieles
Jesús nos ha invitado ahora a su banquete de fiesta, la eucaristía; él se nos da a sí mismo como pan de fuerza y como el más sabroso vivo. Roguémosle por todos aquellos cuya vida ha sido mezclada con el agua del dolor, la tristeza y el sufrimiento, y digamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor, sirve a tu Iglesia el buen vino de tu perdón, porque nuestro amor sigue estando tibio, y no tenemos suficiente fe en ti ni confianza en los hermanos; que sepamos también perdonarnos unos a otros, de todo corazón. Y así te rogamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor, sirve a nuestras familias el vino del amor, para que el padre y la madre en el hogar sean fieles y entregados el uno al otro, y para que los hijos aprendan de sus padres a preocuparse por los demás y a servirte a ti fielmente, y así te rogamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor, vierte el vino de tu fortaleza y tu esperanza en todos los que sufren. Y en todos los que pueden ayudarles derrama el vino de su compasión y solidaridad, y así te rogamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor, sirve a nuestras comunidades cristianas el vino de la unidad y la amistad, para que todos seamos uno en ti, y todos juntos lleguemos a ser tu propio cuerpo para servirnos unos a otros y también al mundo entero, por medio de nuestro espíritu de participación y de atención de los unos a los otros, y así te rogamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor, vierte el vino de tu alegría y de tu vida a todos nosotros que participamos en esta eucaristía, y danos el pan de ti mismo para que vivamos siempre en ti, y así te rogamos:
R/ Señor, escucha a tu pueblo.
Señor Jesús, no permitas que nuestra vida se convierta en banal y superficial, como un vino aguado. Permanece cercano a nosotros y cólmanos con tu alegría, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, siempre fiel:
Tú nos permites experimentar tu amor
en este banquete de amistad de la eucaristía,
sentados a la mesa de tu Hijo Jesucristo.
Que él parta para nosotros el pan de vida
y nos sirva su vino de alegría,
para que seamos fieles a ti
y seamos de verdad hermanos los unos de los otros,
gracias a aquel que derramó por nosotros
el precioso vino de su sangre,
Jesucristo, nuestro Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias al Padre, porque se ha unido a nosotros con un vínculo inquebrantable de amistad y amor, y así nos ha hecho su pueblo santo.
Invitación al Padre Nuestro
Invitados a la mesa del Señor
y unidos por su Espíritu,
rogamos ahora a nuestro Padre bondadoso, diciendo:
R/ Padre nuestro…
Oración por La Paz
Señor Jesucristo:
Por medio de tu Santo Espíritu
enlazas a tu pueblo santo, todos juntos,
en un solo cuerpo y en un mismo amor.
Que los diversos dones que él derrama en nosotros
nos hagan edificar, en la paz,
una Iglesia que sepa cómo amar y servir,
hasta que tú nos des la paz y alegría
que dura para siempre,
por los siglos de los siglos.
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que nos invita a la fiesta
de su cuerpo y de su sangre,
como promesa y anticipo
del banquete de boda eterno.
Dichosos nosotros
que hemos aceptado esta invitación
a este banquete de vida y salvación.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Te damos gracias, oh Dios, Padre nuestro,
porque tu Hijo Jesucristo
nos ha dirigido en esta eucaristía
palabras de ánimo y alegría;
y porque ha escanciado para nosotros
el vino de su nueva y eterna alianza.
Queremos que nuestra vida se convierta
en una fiesta de perdón, de mutuo servicio
y de entrega a ti, nuestro Dios vivo.
Que esta celebración sea para nosotros
un degustar anticipado
de la felicidad que nos preparas en tu casa del cielo.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Una boda, una fiesta matrimonial, es siempre importante, como fiesta de amor y de amistad.
Ahora, en esta eucaristía, acabamos de celebrar
el amor de Dios para su pueblo: Dios se “casa” con nosotros, Jesús se “casa” con su Iglesia.
Dios es siempre fiel en su amor. Que todos nosotros sepamos también responderle fielmente con amor.
Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.
Vivamos en unidad y paz, como pueblo querido de Dios.
R/ Demos gracias a Dios.
«Haced lo que Él os diga»
Después del tiempo de Adviento y de las fiestas de Navidad, retomamos el camino del tiempo ordinario. Sabiendo que “ordinario” no significa “aburrido”, sino más bien “acostumbrado”, “habitual”. Las lecturas, para que entremos en este tiempo con fuerza, hablan de los carismas en la comunidad y nos presentan el milagro de las bodas de Caná. Porque con Jesús, cualquier situación se convierte en fiesta.
Ya la primera lectura nos coloca en situación. “Como se regocija el marido con su esposa, se regocija tu Dios contigo.” El profeta Isaías presenta la relación de Israel con su pueblo como la de un matrimonio. Una relación de amor, en definitiva. Una promesa de ese Amor que hemos celebrado en la pasada Navidad, el Amor de Dios para con la humanidad.
Ese amor que se manifiesta en los diversos dones que el Señor reparte entre todos. Los carismas, de los que habla la segunda lectura. Carisma significa “don gratuito de Dios” y es, por tanto, un regalo, una gracia de gran valor; sin embargo, en la comunidad de Corinto reinaba una gran confusión justamente a causa de los carismas, cuyos agraciados se servían de ellos para darse importancia y buscar los primeros puestos en la comunidad, con el resultado de divisiones, envidias y celos.
Hay muchos carismas. Esta diversidad refleja la riqueza y la creatividad del Espíritu Santo. Cada creyente es único e irrepetible y tiene un papel específico que desempeñar en la comunidad, pero todos están unidos por el mismo Espíritu que los capacita y guía. Los dones espirituales son capacidades sobrenaturales dadas por Dios para el servicio y la construcción de la comunidad de fe. Porque los carismas son concedidos para favorecer el amor mutuo, no la competencia. Que no se nos olvide, para que contribuyamos a la unidad, y no a la división, porque todos tenemos algún carisma.
Y el Evangelio nos habla de una boda que, por la falta de vino, podía haber acabado mal para los novios. La vergüenza de no haber calculado bien sus necesidades, quedando en ridículo ante sus invitados. No sabemos mucho de ellos, porque aparece sólo el marido, y al final, pero seguro que ese día quedó grabado en su memoria.
Una boda es siempre una fiesta. Es que Jesús estaba a las duras y a las maduras. Sabe hacerse presente en las alegrías y en las penas. En todas las situaciones y en todos los lugares humanos. Está en Caná y está en Betania. También, por tanto, en los momentos festivos de la vida; también en medio de nuestras alegrías terrestres. No es un Dios cascarrabias. No quiere que estemos siempre renunciando a lo bueno de la vida. Él, como Creador, nos ha dado los alimentos para nutrirnos, con sabores variados, para que los podamos gustar.
También sabe hacerse presente en los momentos de dolor: el mismo evangelio de san Juan nos refiere la presencia de Jesús en Betania, donde acababa de morir Lázaro, el hermano de Marta y María. El Señor es Aquel que puede dar un vuelco a las situaciones desesperadas por que atravesamos. Cambia el agua el vino; la tristeza en alegría; el sufrimiento en gozo; el destierro en vuelta a la patria. La muerte, en vida. Ese será el último signo de Jesús narrado por el cuarto evangelio, que va haciendo una revelación progresiva. Y el de hoy es el primer signo: va a ser en Caná, en este banquete de bodas, donde va a empezar, según el evangelista Juan, a dar señales de quién es Él.
En Caná se reveló el poder transformador, salvador de Jesús, así como la necesidad de la fe y la obediencia en la relación con Él. Nos invita a confiar en su providencia y a seguir sus indicaciones, sabiendo que puede convertir los escenarios más difíciles en momentos de bendición y de gracia.
Este milagro sobre el que reflexionamos tuvo lugar por la mediación de la Virgen María. Ella estaba atenta a lo que sucedía, e intercedió ante su Hijo. Gracias a ella, llega la hora de Jesús, su misión se empieza a realizar. “Haced lo que Él os diga”. Con ese gesto, nos marca cómo debe vivir también la Iglesia: con los ojos abiertos, atentos a lo que pasa alrededor, suplicando por los demás, orando a Dios por los que pasan apuros, por los que sufren. Y con fe, sabiendo que Él siempre escucha, aunque a veces parezca que no.
Es un buen día hoy para pedirle al Señor que nos haga fieles administradores de los carismas que nos ha dado, siempre atentos a lo que ocurre a nuestro alrededor, siempre disponibles, confiando, y todo para mayor gloria de Dios y salvación de los hermanos. Amén
2º domingo Tiempo ordinario (C)
EVANGELIO
En Caná de Galilea Jesús realizó el primero de los signos.
Lectura del santo evangelio según san Juan 2,1-11
En aquel tiempo, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí.
Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda.
Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo:
- No les queda vino.
Jesús le contestó:
- Mujer, déjame, todavía no ha llegado mi hora.
Su madre dijo a los sirvientes:
- Haced lo que él diga.
Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una.
Jesús les dijo:
- Llenad las tinajas de agua.
Y las llenaron hasta arriba.
Entonces les mandó:
- Sacad ahora y llevádselo al mayordomo.
Ellos se lo llevaron.
El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llamó al novio y le dijo:
- Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora.
Así, en Caná de Galilea Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria, y creció la fe de sus discípulos en él.
Palabra de Dios.
UN GESTO POCO RELIGIOSO
"Había una boda en Galilea". Así comienza este relato en el que se nos dice algo inesperado y sorprendente. La primera intervención pública de Jesús, el Enviado de Dios, no tiene nada de religioso. No acontece en un lugar sagrado. Jesús inaugura su actividad profética "salvando" una fiesta de bodas que podía haber terminado muy mal.
En aquellas aldeas pobres de Galilea, la fiesta de las bodas era la más apreciada por todos. Durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas festivas y cantando canciones de amor.
El evangelio de Juan nos dice que fue en medio de una de estas bodas donde Jesús hizo su "primer signo", el signo que nos ofrece la clave para entender toda su actuación y el sentido profundo de su misión salvadora.
El evangelista Juan no habla de "milagros". A los gestos sorprendentes que realiza Jesús los llama siempre "signos". No quiere que sus lectores se queden en lo que puede haber de prodigioso en su actuación. Nos invita a que descubramos su significado más profundo. Para ello nos ofrece algunas pistas de carácter simbólico. Veamos solo una.
La madre de Jesús, atenta a los detalles de la fiesta, se da cuente de que "no les queda vino" y se lo indica a su hijo. Tal vez los novios, de condición humilde, se han visto desbordados por los invitados. María está preocupada. La fiesta está en peligro. ¿Cómo puede terminar una boda sin vino? Ella confía en Jesús.
Entre los campesinos de Galilea el vino era un símbolo muy apreciado de la alegría y del amor. Lo sabían todos. Si en la vida falta la alegría y falta el amor, ¿en qué puede terminar la convivencia? María no se equivoca. Jesús interviene para salvar la fiesta proporcionando vino abundante y de excelente calidad.
Este gesto de Jesús nos ayuda a captar la orientación de su vida entera y el contenido fundamental de su proyecto del reino de Dios. Mientras los dirigentes religiosos y los maestros de la Ley se preocupan de la religión, Jesús se dedica a hacer más humana y llevadera la vida de la gente.
Los evangelios presentan a Jesús concentrado, no en la religión sino en la vida. No es solo para personas religiosas y piadosas. Es también para quienes viven decepcionados por la religión, pero sienten necesidad de vivir de manera más digna y dichosa. ¿Por qué? Porque Jesús contagia fe en un Dios en el que se puede confiar y con el que se puede vivir con alegría, y porque atrae hacia una vida más generosa, movida por un amor solidario.
LENGUAJE DE GESTOS
Jesús comenzó sus gestos.
El evangelista Juan no dice que Jesús hizo "milagros" o "prodigios". Él los llama "signos" porque son gestos que apuntan hacia algo más profundo de lo que pueden ver nuestros ojos. En concreto, los signos que Jesús realiza, orientan hacia su persona y nos descubren su fuerza salvadora.
Lo sucedido en Caná de Galilea es el comienzo de todos los signos. El prototipo de los que Jesús irá llevando a cabo a lo largo de su vida. En esa "transformación del agua en vino" se nos propone la clave para captar el tipo de transformación salvadora que opera Jesús y el que, en su nombre, han de ofrecer sus seguidores.
Todo ocurre en el marco de una boda, la fiesta humana por excelencia, el símbolo más expresivo del amor, la mejor imagen de la tradición bíblica para evocar la comunión definitiva de Dios con el ser humano. La salvación de Jesucristo ha de ser vivida y ofrecida por sus seguidores como una fiesta que da plenitud a las fiestas humanas cuando éstas quedan vacías, «sin vino» y sin capacidad de llenar nuestro deseo de felicidad total.
El relato sugiere algo más. El agua solo puede ser saboreada como vino cuando, siguiendo las palabras de Jesús, es «sacada» de seis grandes tinajas de piedra, utilizadas por los judíos para sus purificaciones. La religión de la ley escrita en tablas de piedra está exhausta; no hay agua capaz de purificar al ser humano. Esa religión ha de ser liberada por el amor y la vida que comunica Jesús.
No se puede evangelizar de cualquier manera. Para comunicar la fuerza transformadora de Jesús no bastan las palabras, son necesarios los gestos. Evangelizar no es solo hablar, predicar o enseñar; menos aún, juzgar, amenazar o condenar. Es necesario actualizar, con fidelidad creativa, los signos que Jesús hacía para introducir la alegría de Dios haciendo más dichosa la vida dura de aquellos campesinos.
A muchos contemporáneos la palabra de la Iglesia los deja indiferentes. Nuestras celebraciones los aburren. Necesitan conocer más signos cercanos y amistosos por parte de la Iglesia para descubrir en los cristianos la capacidad de Jesús para aliviar el sufrimiento y la dureza de la vida.
¿Quién querrá escuchar hoy lo que ya no se presenta como noticia gozosa, especialmente si se hace invocando el evangelio con tono autoritario y amenazador? Jesucristo es esperado por muchos como una fuerza y un estímulo para existir, y un camino para vivir de manera más sensata y gozosa. Si solo conocen una "religión aguada" y no pueden saborear algo de la alegría festiva que Jesús contagiaba, muchos seguirán alejándose.
ALEGRÍA Y AMOR
No les queda vino.
Según el evangelista Juan, Jesús fue realizando signos para dar a conocer el misterio encerrado en su persona y para invitar a la gente a acoger la fuerza salvadora que traía consigo. ¿Cuál fue el primer signo?, ¿qué es lo primero que hemos de encontrar en Jesús?
El evangelista habla de una boda en Caná de Galilea, una pequeña aldea de montaña, a quince kilómetros de Nazaret. Sin embargo, la escena tiene un carácter claramente simbólico. Ni la esposa ni el esposo tienen rostro: no hablan ni actúan. El único importante es un invitado que se llama Jesús.
Las bodas eran en Galilea la fiesta más esperada y querida entre las gentes del campo. Durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. De pronto, la madre de Jesús le hace notar algo terrible: no les queda vino. ¿Cómo van a seguir cantando y bailando?
El vino es indispensable en una boda. Para aquellas gentes, el vino era, además, el símbolo más expresivo del amor y la alegría. Lo decía la tradición: el vino alegra el corazón. Lo cantaba la novia a su amado en un precioso canto de amor: Tus amores son mejores que el vino. ¿Qué puede ser una boda sin alegría y sin amor?, ¿qué se puede celebrar con el corazón triste y vacío de amor?
En el patio de la casa hay seis tinajas de piedra. Son enormes. Están colocadas allí, de manera fija. En ellas se guarda el agua para las purificaciones. Representan la piedad religiosa de aquellos campesinos que tratan de vivir puros ante Dios. Jesús transforma el agua en vino. Su intervención va a introducir amor y alegría en aquella religión. Esta es su primera aportación.
¿Cómo podemos pretender seguir a Jesús sin cuidar más entre nosotros la alegría y el amor?, ¿qué puede haber más importante que esto en la Iglesia y en el mundo?, ¿hasta cuándo podremos conservar en tinajas de piedra una fe triste y aburrida?, ¿para qué sirven todos nuestros esfuerzos, si no somos capaces de introducir amor en nuestra religión? Nada puede ser más triste que decir de una comunidad cristiana: no les queda vino.
VINO BUENO
Tú has guardado el vino bueno hasta ahora.
A Jesús se le identifica, por lo general, con el fenómeno religioso que conocemos por cristianismo. Hoy, sin embargo, comienza a abrirse paso otra actitud: Jesús es de todos, no sólo de los cristianos. Su vida y su mensaje son patrimonio de la Humanidad.
Nadie en occidente ha tenido un poder tan grande sobre los corazones. Nadie ha expresado mejor que él las inquietudes e interrogantes del ser humano. Nadie ha despertado tanta esperanza. Nadie ha comunicado una experiencia tan sana de Dios, sin proyectar sobre él ambiciones, miedos y fantasmas. Nadie se ha acercado al dolor humano de manera tan honda y entrañable. Nadie ha abierto una esperanza tan firme ante el misterio de la muerte y de la finitud humana.
Dos mil años nos separan de Jesús, pero su persona y su mensaje siguen atrayendo a los hombres. Es verdad que interesa poco en algunos ambientes, pero también es cierto que el paso del tiempo no ha borrado su fuerza seductora ni ha amortiguado el eco de su palabra.
Hoy, cuando las ideologías y religiones experimentan una crisis profunda, la figura de Jesús escapa de toda doctrina y transciende toda religión para invitar directamente a los hombres y mujeres de hoy a una vida más digna, dichosa y esperanzada.
Los primeros cristianos experimentaron a Jesús como fuente de vida nueva. De él recibían un aliento diferente para vivir. Sin él, todo se les volvía de nuevo seco, estéril, apagado. El evangelista Juan redacta el episodio de las bodas de Caná para presentar simbólicamente a Jesús como portador de un «vino bueno», capaz de reavivar el espíritu.
Jesús puede ser hoy fermento de nueva humanidad. Su vida, su mensaje y su persona invitan a inventar formas nuevas de vida sana. Él puede inspirar caminos más humanos en una sociedad que busca el bienestar ahogando el espíritu y matando la compasión. Él puede despertar el gusto por una vida más humana en personas, vacías de interioridad, pobres de amor y necesitadas de esperanza.
DOMINGO
Jesús comenzó sus signos.
Con este domingo comienzan los cristianos el Tiempo litúrgico Ordinario. Por ello, puede ser una buena ocasión para recordar la importancia y el sentido del domingo. De su celebración depende, en buena parte, el vivir de la comunidad cristiana y la vitalidad de los creyentes.
El domingo es, antes que nada, el día de la resurrección. Aunque a veces se olvida, los cristianos celebramos la Pascua cada ocho días. Esta Pascua semanal sostiene y alimenta nuestra esperanza. En medio de una sociedad a veces tan desesperanzada, los cristianos se reúnen para recordar y renovar su esperanza última en ese Dios que ha abierto una salida a nuestra vida en Cristo resucitado. Donde no se celebra esta esperanza, pronto no habrá esperanza.
El domingo es el día de la Iglesia. Día en el que la Iglesia vuelve a sus fuentes para regenerarse y cobrar nueva vitalidad. El domingo las comunidades cristianas recuerdan su origen, su identidad, su misión y su destino. Por eso, los cristianos se reúnen cada ocho días y, por encima de diferencias ideológicas y políticas, confiesan juntos la misma fe, recitan el mismo Credo, invocan al mismo Padre y se alimentan del mismo Pan. Quien habitualmente no se reúne, va quedando descolgado de la comunidad de fe.
El domingo es el día de la eucaristía, día en el que los creyentes elevan su corazón a Dios para darle gracias por la salvación que nos ha sido ofrecida en Cristo. Esta eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana. Por eso, quien no participa de ella o sólo se preocupa de cumplir «el precepto de ir a misa» en el momento más cómodo de su programa de fin de semana, queda privado de la experiencia fundamental que podría reavivar su fe.
El domingo es el día de la Palabra de Dios. Día en el que los cristianos escuchan juntos la Palabra que ilumina su existencia. A lo largo de la semana, oímos toda clase de voces y palabras, nos invaden informaciones, noticias e imágenes de todo género. El domingo, por fin, escuchamos una Palabra diferente. Quien nunca se detiene para abrir sus oídos y su corazón al Evangelio, se queda sin «la Palabra que da vida».
El domingo es el día de la caridad fraterna. Desde el comienzo, los cristianos recordaron al Resucitado celebrando la eucaristía y repartiendo sus bienes a los pobres. El domingo no es sólo liturgia; es también solidaridad. Por eso, es el día del perdón y de la amistad, el día de damos la paz, de recordar a los necesitados y compartir con ellos nuestros bienes. Ese es el sentido de las colectas de Cáritas y de las Jornadas por las diversas necesidades. Quien sigue su camino sin recordar nunca a los necesitados no celebra el domingo.
El domingo es también el día del descanso. Fiesta que nos recuerda que no todo se reduce a trabajar.
PAREJAS
Había una boda en Caná.
Entre los desajustes que pueden darse hoy en una pareja, no es menos importante el desajuste religioso. Cada vez son más los matrimonios que discrepan profundamente en su actitud religiosa. Mientras uno de ellos se siente creyente, el otro vive su fe de manera vacilante o ha abandonado toda vinculación con lo religioso.
Esta situación relativamente nueva entre nosotros requiere una mayor reflexión. El hecho de que el marido o la esposa se declare más o menos increyente no tiene por qué conducir a la pareja al abandono total de Dios. Al contrario, puede ser un estímulo para plantearse juntos el verdadero sentido de la vida desde su raíz.
Ante todo, es necesario extremar más que nunca el mutuo respeto, profundo y sincero. Cada uno es responsable de su propia vida. Ni el agnóstico ha de menospreciar al que cree como si su fe fuera fruto de la ingenuidad, ni éste ha de sentirse superior porque tiene unas creencias o acepta unas prácticas religiosas.
Lo importante es exigirse coherencia. Que cada uno se esfuerce por actuar de manera coherente con sus propias convicciones. Son los hechos los que ponen de manifiesto la verdad de nuestra vida o la frivolidad de nuestros planteamientos verbales. El creyente no ha de olvidar que la fe se encarna en la vida diaria: en el trabajo y en el descanso, en el amor conyugal y en la dedicación a los hijos, en la convivencia familiar y en la vida social.
Lo que se ha de evitar a toda costa es la polémica crispada o la mutua agresividad en temas religiosos. Por lo general, este tipo de reacciones proviene de una falta de seguridad, acomplejamiento o confusión. El que habla desde una experiencia interior gozosa, lo hace con actitud abierta y comprensiva.
En el terreno de las creencias, el diálogo ha de comenzar por mostrar qué es lo que a cada uno le aportan sus propias convicciones. El creyente debería comunicar cómo le estimula su fe en Dios a vivir de manera responsable y esperanzada. El que ha abandonado toda referencia religiosa debería exponer desde dónde da un sentido último al misterio de la existencia.
Siempre hay un punto de encuentro y es el amor mutuo y el proyecto común de buscar juntos el bien de la pareja y de los hijos. El cristiano, por su parte, cree en un Dios que ama con amor infinito a todo hombre, a quien le busca con sincero corazón y a quien camina por la vida a tientas sin saber a dónde dirigir sus pasos.
La actuación de Jesús en Caná de Galilea, preocupado por la felicidad de un joven matrimonio en la fiesta de sus bodas, es un «signo» cargado de hondo significado. A Dios le interesa la felicidad de la pareja humana.
CASARSE
Había una boda en Caná.
Tengo la impresión de que la mayoría de los esposos cristianos viven su matrimonio sin sospechar siquiera la grandeza que encierra su vida matrimonial.
Escuchan de la Iglesia una cuidada predicación sobre los deberes matrimoniales, pero pocas veces se sienten invitados a vivir con gozo la mística que debería animar y dar sentido a su matrimonio.
Y, sin embargo, las exigencias morales del matrimonio sólo se entienden cuando se ha intuido de alguna manera el misterio que los esposos están llamados a vivir y disfrutar. Por esto tal vez lo más urgente y apasionante para las parejas cristianas sea entender bien qué significa «casarse por la Iglesia» y «celebrar el sacramento del matrimonio».
«Sacramento>’ es una palabra gastada que apenas dice hoy algo a muchos cristianos. Bastantes no saben siquiera que, en su origen, «sacramento» significa «signo», «señal». Cuando dos creyentes se casan por la Iglesia, lo que buscan es convertir su amor en sacramento, es decir, en signo o señal del amor que Dios vive hacia sus criaturas.
Esto es lo que los novios quieren decir con su gesto en el momento de la boda: «Nosotros nos queremos con tal hondura y fidelidad, con tanta ternura y entrega, de manera tan total, que nos atrevemos a presentaros nuestro amor como “sacramento”, es decir, como signo del amor que Dios nos tiene. En adelante, cuando veáis cómo nos queremos, podréis intuir, aunque sea de manera deficiente e imperfecta, cómo os quiere Dios.»
Pero su amor se convierte en sacramento precisamente porque cada uno de ellos comienza a ser «sacramento» de Dios para el otro. Al casarse, los esposos cristianos se dicen y prometen así el uno al otro: «Yo te amaré de tal manera que cuando te sientas querido/a por mí, podrás percibir cómo te quiere Dios. Yo seré para ti gracia de Dios. A través de mí te llegará su amor. Yo seré pequeño “sacramento” donde podrás presentir el amor con que Dios te quiere.»
Por eso, el matrimonio no es sólo un sacramento, sino un estado sacramental. La boda no es sino el inicio de una vida en la que los esposos pueden y deben descubrir a Dios en su propio amor matrimonial.
El amor íntimo que ellos celebran y disfrutan, los gestos de cariño y ternura que se intercambian, la entrega y fidelidad que viven día a día, el perdón y la comprensión que sostienen su existencia, todo tiene para ellos un carácter único y diferente, misterioso y sacramental. A pesar de todas sus deficiencias y mediocridad, en el interior de su amor han de saborear ellos la gracia de Dios, su cercanía y su perdón.
Nunca es tarde para aprender a vivir con más hondura. Aquel Jesús que iluminó con su presencia la boda de Caná puede enseñar a los esposos cristianos a beber todavía un «vino mejor».
ANTE TODO, HONESTOS
Creció la fe de sus discípulos.
La fe se despierta y aviva en nuestro corazón cuando somos capaces ‘de captar en medio de la vida signos que nos invitan a abrirnos al misterio de Dios.
Según el cuarto evangelista, la fe de los discípulos comenzó a crecer cuando pudieron ver “los signos” que Jesús inició en la aldea de Caná.
Hoy la mirada del hombre moderno apenas parece percibir señal alguna que le oriente hacia Dios. Su corazón no parece escuchar ninguna llamada que lo eleve hacia El.
¿Nos hemos quedado “sin noticias” de Dios o es más bien que nos hemos hecho sordos a sus invitaciones? ¿Ya no hay en la vida, en el hombre y en el mundo “indicios” de Dios o más bien es nuestra mirada la que se ha nublado?
No hemos de olvidar que para percibir las señales que nos hablan de Dios es preciso tener un corazón honesto. Antes de tomar cualquier decisión ante El, la primera actitud ha de ser la honestidad.
Se está extendiendo entre nosotros una postura que parece tener cada vez más adeptos y según la cual, no tiene sentido preguntarse por “el sentido de la vida”.
Ciertamente es más cómodo no remover nuestro corazón, no escuchar las preguntas ni las llamadas que hay en la vida, y decir sencillamente que no tiene sentido alguno buscar un sentido a la vida y, mucho menos, buscarlo en Dios.
Pero no deberíamos olvidar la observación que hacía K. Rahner. “Es más fácil dejarse hundir en el propio vacío que en el abismo del misterio de Dios, pero no supone más coraje ni tampoco más verdad”.
Eludir el problema del sentido de la vida, vivir cerrado a toda llamada o interrogante, pasarse la vida en una postura de “neutralidad”, sin tomar decisión alguna ni a favor de la fe ni en contra de ella, es ya tomar una decisión. La peor de todas.
Una decisión que si es responsable ha de ser honesta y ha de estar apoyada en razones bien meditadas, como cualquier otra decisión seria ante la vida.
Aunque, tal vez, no nos atrevemos a confesarlo nunca ni siquiera a nosotros mismos, nuestro mayor riesgo es pasarnos la vida entera intentando engañarnos a nosotros mismos. Muchos hombres y mujeres no se acercan a Dios porque en su corazón no hay “verdad interior”.
Por eso, es bueno siempre recordar aquellas palabras de S Agustín: “Puedes mentir a Dios, pero no puedes engañarle. Por tanto, cuando tratas de mentirle, te engañas a ti mismo”.
FALTA VINO
No les queda vino.
El episodio de Caná es de gran riqueza para quien se adentra en la estructura y la intención teológica del relato. Esta boda anónima en la que los esposos no tienen rostro ni voz propia, es figura de la antigua alianza judía.
En esta boda falta un elemento indispensable. Falta el vino, signo de alegría y símbolo del amor, como cantaba ya el Cantar de los Cantares.
Es una situación triste que sólo quedará transformada por el «vino» nuevo aportado por Jesús. Un «vino» que sólo lo saborean quienes han creído en el amor gratuito de Dios Padre y viven animados por un espíritu de verdadera fraternidad.
Vivimos en una sociedad donde cada vez se debilita más la raíz cristiana del amor fraterno desinteresado. Con frecuencia, el amor queda reducido a un intercambio mutuo, placentero y útil, donde las personas sólo buscan su propio interés. Todavía se piensa quizás que es mejor amar que no amar. Pero en la práctica, muchos estarían de acuerdo con aquel planteamiento anticristiano de S. Freud: «Si amo a alguien, es preciso que éste lo merezca por algún título».
Uno no sabe qué alegría puede sobrevivir ya en una sociedad modelada según el pensar de profesores como F. Savater que escribe así: «Se dice que debo preocuparme por los otros, no conformarme con mi propio bien, sino intentar propiciar el ajeno, incluso, renunciar a mi riqueza o a mi bienestar personal o a mi seguridad para ayudar a conseguir formas más altas de armonía en la sociedad, o para colaborar en el fin de la explotación del hombre por el hombre. Pero, ¿por qué debo hacerlo?... ¿No es signo de salud que me ame ante todo a mí mismo?».
Uno comprende que cuando no se cree en un Dios Padre sea tan fácil olvidarse de los hermanos. En la nueva constitución de nuestro país ha desaparecido el término «fraternidad» sustituido por la palabra «solidaridad». Cabe preguntarse si sabremos comprometernos en una verdadera solidaridad cuando no nos reconocemos como hermanos.
¿Es suficiente reducir la convivencia a una correlación de derechos y obligaciones? ¿Basta organizar nuestra vida social como una mera asociación de intereses privados?
Esta sociedad donde cualquier hombre puede ser secuestrado e instrumentalizado al servicio de tantos intereses, necesita la reacción vigorosa de quienes creemos que todo hombre es intocable pues es hijo de Dios y hermano nuestro.
El amor al hombre como alguien digno de ser amado de manera absoluta es un «vino» que comienza a escasear. Pero no lo olvidemos. Sin este «vino» no es posible la verdadera alegría entre los hombres.
CUANDO EL MATRIMONIO FRACASA
No les queda vino.
La posible aparición de una ley sobre el divorcio civil ha comenzado ya a levantar diversas reacciones en nuestra sociedad. Es fácil que dentro de unos meses se viva entre nosotros una fuerte controversia entre los divorcistas y los antidivorcitas.
La presencia de Jesús en las bodas de Can, presentada por el evangelista Juan como el primer «signo» de su servicio salvador a los hombres, puede ser una buena ocasión para una reflexión serena.
La comprensión de Jesús ante aquel matrimonio que «se queda sin vino» y su intervención salvadora que «deja un buen sabor de vino nuevo» en todos, nos puede ayudar a comprender mejor la actitud cristiana ante el matrimonio fracasado.
Es triste observar que no son pocos los que en el fondo de su corazón comienzan a sospechar que Jesús ha venido a «aguar la fiesta del matrimonio» con una pesada ley, insoportable ya para el hombre contemporáneo.
Todavía no han comprendido que la postura y el mensaje de Jesús no viene a destruir o anular la felicidad matrimonial, sino a ofrecer la posibilidad de vivir el amor conyugal de una manera verdaderamente humana y plena.
Precisamente por eso anuncia y exige Jesús un matrimonio indisoluble. Un matrimonio fundado en un verdadero amor conyugal, llamado a ser exclusivo, total e incondicional para toda la vida.
El proyecto de Jesús no es una agresión al matrimonio sino precisamente la exigencia verdadera del amor conyugal que nace en aquellos esposos que se aman sincera y totalmente.
Por eso, ante el fracaso matrimonial no es suficiente discutir teóricamente sobre la indisolubilidad del matrimonio o votar afirmativamente un proyecto de ley sobre el divorcio civil.
Todos nos debemos interrogar sobre las raíces profundas de tanto fracaso matrimonial en nuestra sociedad. Las causas y los factores condicionantes son muchos y diversos. Pero todos debemos sentirnos interpelados por tantos esposos fracasados que soportan una vida matrimonial vacía y desgarrada o buscan liberarse de su soledad en una nueva relación amorosa.
Una ley divorcista no resolverá nunca el problema profundo de una sociedad que engendra tantos hombres y mujeres inestables, inmaduros, frágiles, incapaces de vivir el amor en fidelidad.
Nuestra sociedad necesita hoy hombres y mujeres que sepan defender el proyecto de un amor indisoluble, y comprendan al mismo tiempo a los que son incapaces de vivirlo.
Los creyentes tenemos un modelo de conducta a seguir en Aquél que defendió el matrimonio como nadie y, al mismo tiempo, no quiso lanzar piedras sobre la mujer adúltera.
EL VINO NUEVO QUE NOS TRAE JESÚS
Fray Marcos
Jn 2, 1-11
CONTEXTO
El evangelio de Juan que acabamos de leer, está fuera de contexto. Estamos en el ciclo B y debíamos leer a Lucas. El motivo es que antiguamente se celebraba el día de la Epifanía tres acontecimientos: la adoración de los Magos, el Bautismo de Jesús y las Bodas de Caná. Como el día de Epifanía se celebra hoy solo la adoración de los magos, la liturgia quiere recordar en los dos domingos siguientes, los otros dos acontecimientos. Por esta razón leemos el evangelio de Juan, que es el único que relata la Boda de Cana.
Si nos empeñamos en entenderlo literalmente, encontraremos muchas incoherencias. La primera podría ser que el mayordomo no hubiera previsto el vino suficiente y que no se diera cuenta que se estaba acabando, cuando era su principal cometido. Es difícil de entender que fuera una invitada la que se diera cuenta y se preocupara por solucionar el problema. Está dentro de toda lógica la respuesta de Jesús: "¿Qué nos importa a ti y a mí?". A pesar de la respuesta negativa, ella manda a los servidores que hagan lo que él les diga. Tampoco es lógico que sea Jesús el que solucione el problema.
No es normal que en una casa particular hubiera seis tinajas de unos cien litros, dedicadas a las purificaciones. Por último, no tiene sentido que el maestresala increpe al novio por haber dado el vino malo al principio, porque era él, el que tenía que ordenar qué vino se servía en cada momento.
EXPLICACIÓN
El relato no es una narración de lo sucedido en una boda. Como todo el evangelio de Juan, es fruto de una minuciosa y seguramente larga elaboración. No nos dice ni quiénes eran los novios ni qué relación tienen con Jesús. Lo que normalmente llamamos "el milagro" pasa casi desapercibido. Ni siquiera nos dice cuándo se convierte el agua en vino.
Como siempre, sería imposible separar lo que pudo suceder realmente, de los símbolos que envuelven el relato. Solo Juan lo narra, y ya sabemos que para Juan, lo importante es el mensaje espiritual, no los sucesos. Sin duda ninguna, Jesús asistiría a muchas bodas, y en cualquiera de ellas pudieron pasar cosas parecidas. Pero lo que hoy nos cuenta Juan, es teología.
La clave para entender los símbolos es el trasfondo del AT, y la "hora" de la glorificación de Jesús en la cruz. El relato empieza diciendo: a los tres días (primer símbolo).
Desde Os, la boda era el signo más empleado para designar la alianza de Dios con su pueblo. La idea de Dios novio y el pueblo novia se repite una y otra vez en el AT. La boda lleva inseparablemente unida la idea de banquete; símbolo de tiempos mesiánicos. El vino era un elemento inseparable del banquete. En el AT, era signo del amor de Dios a su pueblo. La abundancia de vino era la mejor señal del favor de Dios.
La Madre estaba allí. El verbo utilizado significa, en griego y en latín, "estar de pie", firme y plantado, destacando la importancia de la presencia. Ella es símbolo de la Alianza que está ya caducada. Jesús y los discípulos son el nuevo pueblo, que están allí de paso.
Es completamente inverosímil que María pidiera a Jesús un milagro. Nunca se había atribuido al Mesías hacer milagros. Pero es que Jesús aún no se había manifestado como tal. Menos sentido tiene (como se dice con frecuencia) que la petición de María adelantara la hora de hacer milagros. La hora a la que se refiere Juan es siempre la hora de la muerte.
El vino es símbolo del amor entre el esposo y la esposa. En la boda, (Antigua Alianza) no existe relación de amor entre Dios y el pueblo. La Madre, por pertenecer a la boda se da cuenta de la falta. No le llama hijo, ni Jesús le llama Madre. No se trata aquí de una relación familiar. María representa al Israel fiel que espera en el Mesías. Jesús nace del verdadero Israel y va a dar cumplimiento a las promesas.
El primer paso es mostrarle la carencia: "No tienen vino". No se dirige al presidente, ni al novio. Se dirige a Jesús, que para Juan es el único que puede aportar la salvación que Israel necesita.
Que Jesús la llame "mujer" no significa falta de respeto. Jesús lo utiliza para llamar a su madre (2,4; 19,24), a la Samaritana (4,21) y Magdalena (20,15). En los tres casos se trata, no de personas concretas, sino de símbolos.
ü La Madre simboliza la comunidad-esposa de la alianza antigua.
ü La Samaritana la esposa-adultera, que vuelve al esposo.
ü Magdalena, la comunidad-esposa, que con Jesús restablece la nueva pareja primordial.
Jesús invita a su madre a desentenderse del problema. No les toca a ellos intervenir en la alianza caducada. Está indicando la necesidad de romper con el pasado. Ella espera que el Mesías arregle lo ya existente, pero Jesús le hacer ver que aquella realidad no se puede rehabilitar. Jesús aporta una novedad radical.
Juan está constantemente haciendo referencia a la "hora" (la cruz). Jesús invita a la esperanza, pero la realización no va a ser inmediata. El vino nuevo depende de aquella hora. Pero al anunciar la hora, ha hecho ver a la madre-Israel que la salvación no está lejos. Interpretarlo como que Jesús adelantó la hora de hacer el primer milagro porque se lo pidió María no tiene ningún sentido. Para Juan, la "hora" no depende de la voluntad de Jesús, sino que es una decisión del Padre.
"Haced lo que él os diga". Sólo en el contexto de la Alianza la frase puede cargarse de sentido. El pueblo en el Sinaí había pronunciado la misma frase: "Haremos todo lo que dice el Señor". También el Faraón dice a los servidores: haced lo que él (José) os diga. Se ve con claridad el trasfondo del relato y lo que quiere significar. Como en el AT, el secreto de las relaciones con Dios está en descubrir su voluntad y cumplirla.
Las tinajas estaban allí como la madre. Personalizadas. "Colocadas" sin movilidad alguna. Con ello denota la importancia que van a tener en el relato y su carácter simbólico. El número seis (siete menos uno) es el signo de lo incompleto. Es el número de las fiestas de los judíos que se relatan en este evangelio. La séptima será la Pascua.
Eran de piedra, como las tablas de la ley, y están significando la Antigua Alianza. La ley de piedra es inmisericorde, sin amor (vacías, sin agua ni vino). La ley creaba un sentimiento de impureza que exigía incesantes ritos de purificación. La ley mostraba a un Dios cicatero que no perdía ocasión de alejar al hombre de sí. Toda relación con Dios estaba condicionada por el temor. La ley es la causante de la falta de amor (vino). Esa conciencia de pecado era consecuencia de la infinidad de preceptos, imposibles de cumplir. Jesús les hace tomar conciencia de que están vacías; es decir que el sistema de purificación era ineficaz.
Jesús ofrece la verdadera salvación, pero ésta no va a depender de ninguna ley (tinajas). El agua se convertirá en vino fuera de ellas. "Habían sacado el agua". La nueva purificación no se hará con agua que limpia el exterior, sino con vino que penetra dentro y transforma el interior del hombre. Sólo después de beberlo se da cuenta el mayordomo de lo bueno que es. Esta interioridad es la oferta original de Jesús. La acción de Dios no admite intermediarios. El vino-amor establece una relación inmediata e íntima.
Lo que sacan los criados de las tinajas, es agua. El mayordomo (que representa a la clase dirigente) no se enteró de la falta de vino. Significa que los jefes se despreocupan de la situación del pueblo. Les parece normal que no se experimente el amor de Dios, porque esa es la base de su poder. No conoce el don mesiánico, los sirvientes sí. El vino-amor como don del Espíritu, es el que purifica, lo único que puede salvar definitivamente.
El vino es de calidad. "Kalos" indica siempre excelencia. El maestresala reconoce que el vino nuevo es superior al que tenían antes. Pero le parece irracional que lo nuevo sea mejor que lo antiguo. Por ello protesta. Lo antiguo debe ser siempre lo mejor. Esta actitud es la que impidió a los jefes religiosos aceptar el mensaje de Jesús. Para ellos la situación pasada era ya definitiva.
Los detentadores del poder no ven la necesidad de que el viejo régimen mejore. Toda novedad debe ser integrada en la continuidad con el pasado o aniquilada. Hoy, seguimos haciendo lo mismo. No; al que innova se le debería premiar, aunque se equivoque, porque sólo en esa actitud, tendrá futuro la Iglesia.
Curiosamente el último versículo es la clave para la interpretación de todo el relato. Nos habla del primer signo de una serie que se va a desarrollar durante todo el evangelio. Además, como signo, va a servir de prototipo y pauta de interpretación para los que seguirán.
El objetivo de todos los signos es siempre el mismo: manifestar "su gloria". Ya sabemos que la única gloria que Jesús admite es el amor de Dios manifestado en él. La gloria de Dios y de Jesús consiste en la nueva relación que establece Dios con el hombre, haciéndole hijo, capaz de amar como él ama.
APLICACIÓN
El mensaje para nosotros hoy es muy simple, pero demoledor. Ni ritos ni abluciones pueden purificar al ser humano. Solo cuando saboree el vino-amor, quedará todo él limpio y purificado. Cuando descubramos a Dios dentro de nosotros e identificado con todo nuestro ser, seremos capaces de vivir la inmensa alegría que nace de la unidad. Que nadie te engañe. El mejor vino está sin escanciar, está escondido en el centro de ti.
Meditación-contemplación
(agua - vino)
Sacan de las tinajas agua. Llevan al mayordomo agua.
Sólo después de beberla, se convierte en vino.
El agua simboliza la Ley, la programación que sólo limpia por fuera.
Si no se interioriza y se hace Vida, no puede salvar.
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La única manera de interiorizar las formulaciones, las normas, los ritos,
es meditando, rumiando, saboreando...
hasta descubrir que se identifican con tu verdadero ser y surgen de él.
Si la exigencia que me llega de fuera es auténtica, está ya dentro de mí.
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Tienes que transformar el agua de la religión en el Vino.
Es muy fácil, sólo tienes que beberla y asimilarla.
Todo lo que llega a ti del evangelio, conviértelo en Vida
Sólo dentro de ti puede actuar el Espíritu.
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EL SIMBOLISMO DE LAS BODAS DE CANÁ
Enrique Martínez Lozano
Jn 2, 1-11
Con el relato de las "bodas de Caná", situado al inicio del evangelio, el autor busca transmitirnos el primer retrato de Jesús. Por eso, una lectura del mismo en clave literal lo desfigura, al reducirlo a un episodio anecdótico que roza lo mágico, y lo priva de su significado para nosotros.
En efecto, ¿qué sentido podría tener imaginar a un Jesús dotado de poderes mágicos, que los utilizara para cambiar el agua en vino en una fiesta de bodas? Cuando se ha leído de esa forma literal, se ha puesto el acento en el "poder" y en la "bondad" de Jesús, así como en la "preocupación atenta" de María. Nada de eso se niega, pero parece evidente que el autor no ha querido empezar su evangelio –sumamente elaborado- con una mera anécdota familiar.
Sabemos que los relatos evangélicos que han llegado a nosotros tuvieron un largo recorrido hasta quedar plasmados en la forma en que hoy los leemos. Fueron textos transmitidos oralmente, adaptados a las diferentes situaciones de las comunidades primeras, elaborados y trabajados con fidelidad al trasfondo histórico pero, al mismo tiempo, con una gran creatividad, de cara a responder a las nuevas situaciones y hacerlos comprensibles en los nuevos contextos.
Todo ello ha dado como resultado unos textos magníficos, cargados de simbolismo, que operan como catequesis que intentan, a la vez, vehicular la fe en Jesús y mostrar un estilo de vida coherente con su mensaje.
En aquel proceso primero de elaboración, el cuarto evangelio alcanza las cotas más altas. Todo él es un relato minuciosamente cuidado que juega con un rico simbolismo, con el que busca presentar a Jesús como el revelador del Padre.
El propio autor nos ha revelado su intención al terminar su propio escrito (el capítulo 21 es un añadido posterior) con estas palabras: "Estos (signos) han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo, tengáis en él vida eterna" (20,31).
Por lo que refiere al relato de hoy, si lo leemos con atención, descubriremos algunos "guiños" del autor, que nos hacen caer en la cuenta de su carácter simbólico y así evitar leerlo de un modo literalista. Planteó algunos en forma de interrogantes:
¿Cómo puede ser que, en una fiesta de bodas, no hayan preparado vino suficiente.? (teniendo en cuenta, además, de que se trata de gente importante y que la comida está a cargo de un "mayordomo").
¿Cómo entender que esa falta escapa al propio mayordomo que está al tanto de todo y, sin embargo, es advertida por una invitada (María)?
¿Por qué Jesús se dirige a su madre llamándola "mujer", un término que designaba a la esposa?
¿Qué sentido tiene que hubiera nada menos que seiscientos litros de agua (!) para el rito simple de las purificaciones?
¿Por qué la insistencia del autor del evangelio en que se trata del "primer signo" de Jesús? ¿Cuál es su significado? ¿A qué otros remite?
Todos estos interrogantes, irresolubles desde una lectura literalista, encuentran pleno sentido cuando acogemos el relato desde la que fue, probablemente, la intención del autor.
Pero, además de estas cuestiones, una lectura atenta y conocedora del transfondo histórico, cultural y religioso de nuestro evangelio, encuentra una serie de elementos portadores de significado preciso. Entre ellos, hay que destacar los siguientes:
la boda,
la referencia a la "hora",
el tercer día,
el número seis,
que las tinajas sean "de piedra" y utilizadas para la purificación,
la carencia de vino,
el hecho de llenarlas de agua "hasta arriba",
la presencia de la madre de Jesús (a quien nunca llama María, sino "mujer"),
la frase: "Haced lo que él os diga", etc.
Ante tal presencia de elementos simbólicos, Ch. Dodd, uno de los mejores especialistas en el estudio de este evangelio, llega a plantear que el presente relato sería, en su origen, una parábola que tendría como "motivo central", igual que tantas otras, una fiesta nupcial. Posteriormente, el relato parabólico se habría convertido en una "historia de milagro".
A partir de los elementos que el evangelista nos ofrece, parece que pueden detectarse fácilmente las claves que hacen posible la comprensión de nuestro relato en profundidad.
El agua simboliza la religión vacía; el vino, la alegría y la vida abundante que proceden de Dios; María es la "mujer", el resto fiel de Israel, "desposado" con Dios; las bodas son el símbolo de la unión (alianza) de Dios con el pueblo; las tinajas de piedra (seis es el número de lo imperfecto e incompleto) representan a la Ley, que pretende purificar al ser humano, pero que en realidad es algo vacío; la expresión "haced lo que él os diga" es prácticamente idéntica a la que pronunció el pueblo el día de la alianza (pacto, desposorio) del Sinaí: "Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho" (Libro del Éxodo 19,8); que sea el "comienzo de los signos" hace de éste el prototipo y clave de interpretación de los que seguirán (en total, serán "siete", el número que expresa la plenitud).
Con estas claves, podemos comprender que lo que ocurre en Caná preanuncia las bodas de la Cruz (19,25-27) y de la mañana de Pascua (20,1-18):
María será llamada de nuevo "mujer", como símbolo del pueblo fiel del Antiguo Testamento que ha generado al Mesías y al nuevo pueblo (el "discípulo amado": "Mujer, ahí tienes a tu hijo");
María Magdalena, por su parte, es la otra "mujer", símbolo de la iglesia que se desposa con Jesús en el huerto o jardín (imagen del Edén y del huerto del Cantar de los Cantares).
Con todo ello, Caná declara que el judaísmo está caducado; y, con él, la religión. De hecho, a continuación, el evangelio presentará a Jesús...
como el "nuevo templo" "«destruid este templo y en tres días yo lo levantaré de nuevo»: el templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo": 3,19-21) y proclamando que "para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén... Ha llegado la hora en que los que rindan verdaderamente culto al Padre, lo harán en espíritu y en verdad... Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad" (4,21-24).
La boda en la que falta el vino simboliza la antigua alianza que va a ser sustituida por la nueva, en la que se dará el vino del Espíritu. Jesús inaugura una nueva relación del hombre con Dios, que no estará mediatizada por la Ley, sino creada por el mismo Espíritu de Dios. Jesús, el nuevo Esposo (1,15.30) o centro de la nueva comunidad humana, anuncia el cambio, que tendrá lugar cuando llegue su hora, la de su muerte-resurrección.
Así leído, descubrimos la hondura y centralidad de este relato. El texto, en el conjunto del evangelio de Juan, significa la obra entera de Jesús, que proclama y posibilita las "bodas" de Dios con el ser humano (que en el Antiguo Testamento se entendían como alianza). Para el evangelista, la nueva alianza se inicia ahora con la vida pública de Jesús; su consumación vendrá en la cruz. Esa será la "hora" de Jesús.
En este evangelio, la obra de Jesús, desde sus mismos comienzos, está revestida de nupcialidad. Por eso, desde el comienzo mismo –desde el "primer signo"- anuncia el cumplimiento: el "nuevo pueblo" vive unas bodas con Dios, en las que el "vino" -la Vida, el Gozo y el Amor- se muestra sabroso y desbordante.
Es comprensible que, desde un nivel "racional" de conciencia, aun reconociendo el carácter simbólico del relato, se lea este texto en clave de dualidad. Dios y la humanidad (la creación) serían "dos entidades" capaces de entrar en relación, pero se seguiría pensando a "Dios" como un ser separado.
Sin embargo, de acuerdo con la vivencia del propio Jesús, tal como queda reflejada en este mismo evangelio, y en sintonía con la percepción no-dual que se va abriendo camino, de un modo cada vez más generalizado, en nuestro momento cultural, y que es expresión de un nuevo nivel de conciencia (transpersonal), emerge una lectura del texto que adquiere una profundidad mayor.
Las "bodas" son el símbolo de lo real. Todo se halla "desposado" con todo, constituyendo una gran Red que se sostiene en la misma interrelación. Todo es divino-humano-cósmico al mismo tiempo. No como realidades sumadas, ni siquiera unidas, sino como expresión no-dual de la Realidad única que en todo se expresa y manifiesta.
El viejo Sutra del corazón nos recuerda que "Vacío es forma, y forma es Vacío". Lo divino y lo humano no son realidades paralelas, sino las "dos caras" –magníficas en su diferencia- de la misma Realidad.
En las "bodas de Caná", el agua puede bien simbolizar la ignorancia en que nos encerramos cuando nos reducimos al ego y a la mente: una ignorancia que es carencia y sufrimiento. El vino, por el contrario, es expresión de la Vida y el Gozo y, como Jesús, accedemos a él en cuanto nos liberamos de nuestra perspectiva egoica (nos desidentificamos de nuestra "identidad" mental), para empezar a percibir nuestra verdadera identidad, no-separada de lo Real. La persona que lo descubre –como si se tratara, dirá Jesús, de "un tesoro en el campo"-, experimenta su existencia llena del "vino" de la Alegría.
HISTORIA Y SÍMBOLO EN EL EVANGELIO DE JUAN
José Enrique Galarreta
Jn 2, 1-11
Con este relato Juan empieza lo que se ha llamado "el Libro de los Signos". Juan recoge solamente siete "signos", siete milagros de Jesús, y éste es el primero.
Son los siguientes:
- las bodas de Caná
- el funcionario real
- el paralítico de Betseda
- la multiplicación de los panes
- camina sobre el mar
- el ciego de nacimiento
- la resurrección de Lázaro.
De ellos, las bodas de Caná, el paralítico de Betseda, el ciego de nacimiento y la resurrección de Lázaro no están en los sinópticos. Encontramos aquí, una vez más, una muestra de cómo cada evangelista ha recogido diversas fuentes, y las ha seleccionado y organizado según su intención.
Juan elige siempre sus relatos porque cuenta con que ya son conocidos los hechos y las palabras de Jesús, y está ofreciendo una gran elaboración teológica. No se trata ya de informar: eso ya está hecho. Se trata de una reflexión, para la cual Juan selecciona lo que más le interesa.
En la narración de sucesos, Juan siempre hace lo mismo: cuenta lo que sucedió como medio de comunicar su mensaje. Lo que sucedió tiene valor por lo que significa. Así, en su narración es inseparable el hecho de su contenido, de su significado y su simbolismo.
Y no es que el suceso le da una oportunidad para expresar una idea. Lo que pasa es que Juan "ve" lo que significa lo que sucedió. Es una antiquísima manera de expresarse de toda la Biblia. Cuando Israel escapa del faraón en el Mar de las Cañas, el suceso que ven los ojos es una fuga con suerte. El suceso verdadero es la acción de Dios liberando a Israel. Ése "suceso" es el que nos cuenta el Libro del Éxodo. Del mismo modo, en Caná nos cuenta Juan lo que sucedió, lo que verdaderamente sucedió aunque no lo vieron los ojos.
En Caná, sobre el hecho de la presencia de Jesús en una boda y la "multiplicación" del vino, se construye toda una elaboración teológica sobre quién es Jesús, los Nuevos tiempos, la Plenitud que Jesús significa.
Por otra parte, de los pequeños detalles, de los diálogos, no deben sacarse excesivas conclusiones. Se han dicho miles de cosas sobre esto: Jesús cayó de repente a la boda con sus discípulos y no había vino para todos... María hizo que se precipitara "la hora" de Jesús... No va por ahí.
El estilo de Juan nos lleva a sacar conclusiones más profundas, no aplicaciones piadosas inmediatas. En el Evangelio de Juan es imposible separar historia y símbolo. Este es precisamente su género literario, de tal manera que intentar distinguirlos equivale a destruir su manera de transmitir el mensaje. De hecho, en este relato hay tanta teología que resulta completamente imposible reconstruir lo que realmente sucedió.
Para nuestra mentalidad, esto es a veces una dificultad. Nos han convencido de que los evangelios narran solamente historias sucedidas y que todos y cada uno de los detalles que se cuentan sucedieron realmente. No es así. Sobre la base de un suceso se crea un relato teológico, en el cual el significado es mucho más importante que el suceso.
Nos guste o no, así tenemos que leer el evangelio de Juan, porque así lo escribió su autor. Por lo tanto, en vez de interesarnos tanto en reconstruir el suceso, nuestra atención se debe centrar en el mensaje que Juan nos dirige. Y el mensaje, como veremos, es riquísimo.
LAS BODAS
Demasiadas veces hemos hablado de Dios como "El Señor", "El Juez". Y sin embargo, la Biblia está llena de esta otra imagen: El Esposo, el Novio enamorado. Lo hemos visto en el precioso texto de Isaías. Un libro entero, el Cantar de los Cantares, presenta a Dios así (tal es al menos la lectura que hace la iglesia). Y ésta será la esencia de la última revelación de Jesús, y el eje fundamental del Evangelio de Juan: Dios es Amor. ¿Por qué nos interesan más las imágenes de poder o de juicio que las imágenes de abundancia, de felicidad y de amor?
Nada hay en las relaciones humanas tan estupendo como una boda, la celebración del amor, esa cualidad específicamente humana que significa estar una persona loca por otra, incluso contra toda razón, prudencia o justicia. Una boda es la fiesta que todos organizamos para celebrar esa locura. Es el triunfo del amor sobre la vida cotidiana, sobre lo razonable, sobre lo justo. Es como el descanso de fin de semana, en que celebramos nuestra liberación del trabajo y de la utilidad. Y La Biblia ha elegido esta locura para hablar de Dios, de cómo es Dios con nosotros.
La boda, y la abundancia. Seiscientos litros de estupendo vino. El tema conecta con la multiplicación de los panes, con la harina y el aceite que nunca se acababan en los milagros de Elías y Eliseo, con el Banquete que la Sabiduría preparaba a los hombres... Y empieza a avanzar una catequesis de la Eucaristía, en que no es el maná ni la ley lo que nos alimenta, sino la Palabra y el Amor de Dios hechos presentes en Jesucristo.
Juan empieza sus SIGNOS por aquí. Una boda, en que Jesús colabora a la estupenda abundancia de vino. Sin Jesús, la boda hubiera sido triste. Con Jesús, fue lo nunca visto. Increíble Juan. Es estupenda le expresión de este evangelio: "manifestó su gloria".
Nos sentimos tan sorprendidos como en aquella "señal" que se ofreció a los pastores en Belén (un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre). Entonces decíamos: ¡extraña señal, un niño pobre nacido en una cuadra! Ahora pensamos: ¡escasa gloria, una boda pueblerina en que se soluciona el problema del vino! Pero la lección es en ambos casos la misma: la gloria de Dios, su señal, es la alegría del reino, que es cosa de sencillos, de pobres; la gloria de Dios fuera del Templo y del poder y de la ley: la gloria de Dios que es siempre la felicidad de sus hijo.
EL VINO NUEVO
Todo el Evangelio de Juan está basado en que Jesús es "la Palabra hecha carne", "la luz que resplandece en las tinieblas", "el Pan de la Vida". Estos son los grandes temas-síntesis que provienen de su propia experiencia personal con Jesús y de una honda reflexión sobre lo que vio, una especie de síntesis y profundización final en la fe.
El vino nuevo y los odres viejos es un tema presente en los Sinópticos. Cambiar el agua vieja por el vino nuevo, entrar en el Banquete del Reino, apreciar la riqueza y la novedad del "Dios con nosotros Salvador que nos invita a la vida de Hijos, a la plenitud humana que produce la presencia de Dios..." En la narración de Caná se hace presente todo esto a partir del suceso histórico. El banquete de bodas, el agua de los antiguos ritos superada por la abundancia y la calidad del vino nuevo, la manifestación de Dios-amor en Jesús, los discípulos que creen en Él...
Está claro que la contemplación del suceso de manera meramente histórica no es suficiente. Juan está presentando quién es Jesús. A veces reducimos el sentido de estos "signos" de una manera casi mágica, como si los milagros de Jesús fueran prodigios que demuestran su poder; como una demostración de fuerza para que quede claro que es más que humano. No es así: los signos revelan cómo es Dios: este signo muestra, a través de Jesús, que Dios es la abundancia, la novedad, la plenitud muy por encima de lo que la razón puede saber de Él. Esto lo hemos visto en Jesús
EL REINO ES UN BANQUETE, ES UNA FIESTA.
"El Reino se parece a un mercader de perlas, que encuentra una extraordinaria y vende todo lo que tiene y la compra... se parece a un tesoro que un hombre encuentra en un campo, y lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar el campo".
"Os anuncio una gran Alegría: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido el Salvador".
Y el anuncio del Reino es, desde el principio, el Evangelio, la Buena Noticia.
Es imprescindible que vivamos así nuestra fe en Jesús, como una fiesta. El centro del mensaje es una Noticia increíble: Dios me quiere; todo lo demás se debe entender en ese marco. Es el fondo de la fe: aceptar en lo más íntimo que Dios me quiere.
Esta es la fe a que llegó el autor de la profecía de Isaías, que se permite la osadía de presentar a Dios como un novio enamorado. Es la fe que nos ha hecho leer el Cantar de los Cantares como un poema de amor entre Dios y el hombre. Esta es la fe que nos hace ver en el matrimonio un signo de la presencia de Dios. Esta es la primera Buena Noticia, la que lo cambia todo.
Lo primero que se cambia es el sentido del pecado: Dios me quiere como soy, como se ama al hijo enfermo. Porque el amor no surge del aprecio, sino al revés. No se ama a alguien porque es maravilloso. Primero se ama, y luego todo es aceptable, excusable...
Esto se entiende a veces mejor en la mera amistad. "Somos amigos"... Y mi amigo puede ser lo que sea, pero le quiero y puede contar conmigo siempre. No le quiero porque es bueno: le quiero.
Mis pecados no estorban el amor de Dios. Cuento con Él para que mis pecados no me abrumen. Él es el que quita el pecado, el Salvador, el Libertador. Él quita el pecado porque es la fuerza para librarme del pecado, y porque es el amigo al que no le ofenden mis enfermedades. Es la primera Fiesta: en mi vida no manda el Juez; en mi vida manda mi Madre.
Lo segundo que se cambia es el sentido de "los otros". El amor es contagioso. Descubrimos con alegría que se puede vivir amando y sirviendo. Descubrimos que así el mundo es mejor, más fácil, más "como debe ser".
La Gran Noticia hay que anunciarla, hay que compartirla. Hay que hacer un mundo de Hijos que pelean contra el mal, con la fuerza del perdón, con la intransigencia plena contra todo lo que hace sufrir a los Hijos. Esto da sentido a la vida: Dios no está, pero yo sí estoy. Dios no está, pero sus hijos sí están.
Toda mi vida está pensada para anunciar la Buena Noticia, tiene valor, tiene sentido. ¿Cuáles son "mis carismas", como les llama Pablo? Es decir, ¿qué instrumentos se me han dado para poder servir, para poder anunciar la Noticia, para hacer creíble el amor de Dios?
EL NOVIO... UNA COPA DE MÁS
Le dijeron a Jesús: "¿Por qué tus discípulos no ayunan, como lo hacen los discípulos del Bautista...?" Y contestó: "¿Pueden los invitados a una boda estar de luto mientras el novio está con ellos? ..."
No sé si hay cosa más preciosa que una pareja de novios: mirando cada uno por los ojos del otro, identificados, dispuestos a todo uno por otro... Nada más verlos se siente alegría, envidia, ganas de que todo les salga bien.
Dios, el novio, estupenda imagen. Sentirlo siempre presente: en cuanto la mente se desocupa un poco, se va hacia él. Se le quiere más que a uno mismo, se siente uno ante Él querido como si uno fuera perfecto y maravilloso... no hay mejor imagen ni más atrevida, exceptuando, quizá, Abbá... (mi madre).
Jesús nos sitúa bien ante Dios, en el campo del enamoramiento, de lo apasionado. Va más lejos, hasta lo provocativo. El exceso de vino... la embriaguez. Ese estado de euforia, de sentirse capaz de todo, de sobrevalorarse... en que nos sentimos con una copa de más. Así es el Reino, así se siente uno con Dios/Abbá, con el mundo como familia en proyecto, con las cualidades como inversiones del Padre para todos los hijos... Motivado, comprendido, comprometido, estimulado, aceptado, exigido... el Reino es un vino embriagador.
F I E S T A
Una fiesta, creer en Ti es una fiesta.
¿Qué es la vida sin fe? ¿Qué mediocre aventura?,
¿qué gris pasar hacia morir?, ¿qué sin sentido?
En esta esclavitud de querer siempre más,
de estar preso de mil necios deseos,
de envidiar, codiciar, humillar, disfrutar siempre más
hasta la muerte, suprema esclavitud,
en esta esclavitud, pensar en Ti
como Libertador, ¡qué alivio, Dios, qué alivio!.
¡Cuántas veces
fuiste un peso más entre los pesos de la vida!
Nacer, vivir, trabajar, pelear, codiciar, buscar placer
y además someterme a tu juicio y temerte: hacerlo todo
cuidando de evitar tu ojo de juez.... ¡Qué religión,
cargando con la vida y con los ídolos
de las leyes de piedra!
Pero Tú eres el vino de la boda y el agua del desierto.
La luz del caminante,
perdido a media noche, eres la senda
descubierta con júbilo
entre las zarzas del bosque impenetrable.
Una gota de Jesús en la tinaja de piedra de mi vida
me cambia en vino el agua sosa
de tener que vivir.
Sé para qué trabajo, por qué sufro,
sé que mis ojos sólo ven la materia, pero hay más,
que no se encorva mi cuerpo hacia la muerte
sino que va anunciando que estoy cerca de Casa.
Sé que todas las cosas que no entiendo
tienen sentido, y lo sabré algún día.
Sigo sufriendo, estoy enfermo y muero, pero es fiesta
sufrir, y hasta morir puede ser fiesta
y bodas y abundancia de vino.
Sé que me quiere, sé que no le importa
que sea feo o viejo, insoportable
nene gritón o joven petulante,
que no le importa, y que me quiere así
¡porque está enamorado!.
Y es tan grande
la sorpresa que tengo cuando leo
que un tal Juan lo escribió, va para veinte siglos,
que mi asombro se cambia en fe y no tengo más remedio
que confesar que no fue Juan quien se inventó esta fiesta,
y que es tan grande el gozo, la verdad, la evidencia,
- más allá de razón y certeza y prudencia, -
que es allá, tan en el fondo del alma, allá donde se juntan
las fronteras del alma y del espíritu
donde siento esta fiesta,
que me siento tocando tu Presencia,
tocado por tu dedo,
seguro de que en Juan está cantando
irrefrenable, indiscutible, clara, no inventada,
tu incesante Palabra.
¿SABOREAMOS EL VINO DE CANÁ EN LA BODEGA?
Marifé Ramos González
Jn 2, 1-11
Vamos a acercarnos al evangelio de este domingo desde dos perspectivas complementarias:
En primer lugar, a través de las costumbres de la época, como si fuésemos invitados de la boda y observáramos atentamente todo lo que ocurre.
A continuación, nos acercaremos a través de la teología que utiliza san Juan a lo largo de su evangelio. Esta perspectiva nos ayudará a comprender que este texto es más teológico que histórico.
En este evangelio se nos presentan siete signos (traducidos como milagros) entre los capítulos 2,1 y 12,50, que forman un bloque llamado “Libro de los signos”. Los siete signos reenvían a la idea de una nueva creación. Juan nos dice a lo largo de esos capítulos que se está produciendo algo nuevo y esa novedad es mucho más importante y profunda que el supuesto milagro.
Cada uno de los signos va acompañado de una explicación teológica para que comprendamos mejor su sentido y no nos quedemos en las apariencias, en el envoltorio del regalo.
Costumbres de la época:
Caná era una aldea de Galilea. El evangelio de Juan la nombra varias veces; por ejemplo, después de expulsar a los mercaderes del templo y del encuentro con la samaritana, Jesús volvió a Caná (4, 46-53). Natanael era de allí (21, 2).
La boda era uno de los acontecimientos más importantes de la vida social de Israel. Era una ocasión para hacer alianzas entre familias. A menudo se casaban entre primos hermanos, o el tío con la sobrina, etc., así la herencia no salía de la familia.
Muchas veces se concertaba la boda a través de arduas negociaciones, por lo que su celebración era como el broche final.
A veces los padres de familia comprometían a sus hijos cuando todavía eran niños y esperaban a que los chicos tuvieran 13 años y las chicas 12 para celebrar el matrimonio. En buena parte el sentido de la vida de los adolescentes consistía en casarse y tener hijos. Así engrandecían el pueblo y experimentaban la bendición de Dios. Tenían tanta importancia social y religiosa las bodas que no existía un término equivalente a “celibato”.
La celebración podía durar una semana. Se reunían las familias (en un sentido muy amplio) y las amistades. Los invitados solían aportar víveres para contribuir a los gastos que suponía comer y beber en abundancia durante esos días. Cuando había una boda se suspendían los ayunos religiosos habituales.
María estaba invitada y se le nombra como “madre de Jesús”. Muchas veces se silenciaba el nombre propio de las mujeres y se hacía alusión a un hombre que les servía de referencia: eran madres de…, o hijas de…, o esposas de…
No se nombra a José. Cuando un padre de familia moría solía ocupar su puesto en los actos de la vida pública el hijo varón primogénito. ¿Habría muerto?
El vino tenía mucha más importancia que la que tiene ahora. En determinadas estaciones no era fácil encontrar agua potable y abundante en los manantiales, por lo que el vino era imprescindible como bebida habitual. En los viajes se solía llevar un cuerno de un animal, vaciado como si fuera una cantimplora, y lleno de vino (pensemos en texto del buen samaritano). Salvo que la pobreza lo impidiera, cada familia intentaba tener en casa algunas cántaras de vino para su propio consumo.
Era impensable que en una boda en la que había mayordomo y sirvientes se acabara el vino, ni por falta de previsión ni por tacañería. Había familias que se endeudaban para celebrarla por encima de sus posibilidades; era un honor “tirar la casa por la ventana” en estas ocasiones. Las bodas eran una de las pocas ocasiones que tenía la gente sencilla de comer y beber en abundancia. Se recordaban y se hablaba de ellas.
Si se había acabado el vino ¿se podía conseguir inmediatamente, en abundancia, en una aldea? ¿Una mujer invitada a la boda es la que se tuvo que encargar de solucionar el problema? ¿Ella se dirigió a los sirvientes? De acuerdo con las costumbres de la época el texto hace aguas.
Juan nos presenta de nuevo el término “mujer” en boca de Jesús, cuando está en la cruz y le dice a María: “Mujer, he ahí a tu hijo” (19, 26). Nos está dando pistas muy claras que nos conducen a una interpretación teológica del texto, como veremos más adelante.
Las tinajas para guardar el agua solían ser de barro (como nuestros botijos), pero el barro podía guardar impurezas, por eso había también grandes tinajas de piedra que se consideraban más puras y apropiadas para conservar un agua que era imprescindible en las ceremonias de purificación.
¿Quién vivía en una casa de una aldea, en la que había tinajas con capacidad para 600 litros de agua para purificarse? No deja de ser curioso este dato. Nos indica que la boda se celebra en una casa en la que se da mucha importancia a la purificación ritual y tienen tinajas de piedra, muy caras, que cumplen estrictamente con las normas religiosas.
En la casa había mayordomo y sirvientes, es una familia rica. Si fuera un hecho histórico, si se tratara de la narración de un suceso, no tendría sentido que fuera el novio el que hubiera guardado el vino bueno para el final y el mayordomo no lo supiera.
Además, Juan nos habría contado el alboroto que tendría que haberse producido con el cambio y cómo los invitados a la boda habrían caído rendidos a los pies de quien había hecho un milagro tan grande. También tendríamos testimonios extrabíblicos, porque 600 litros de agua convertida en vino dan mucho que hablar, sin embargo, ni siquiera los otros tres evangelistas nombran la boda de Caná.
Si nos hemos quedado con la imagen del cambio del agua en vino, como clave de este evangelio, creo que no lo hemos entendido. Es como si hubiéramos presenciado un espectáculo de magia y saliéramos comentándolo con otros asistentes.
Interpretación teológica:
El versículo 11 nos da la clave para acercarnos al texto por esta vía, para recuperar la Buena Noticia que encierra:
· Jesús comenzó sus signos.
· Manifestó su gloria.
· Creció la fe de los discípulos en él.
La presencia de Jesús, María y los discípulos son símbolo de la comunidad cristiana. Es decir, Juan nos anuncia un signo en medido de la comunidad, en un contexto de celebración, de fiesta. María ya no es sólo la madre de Jesús, tiene otra consideración, es un prototipo, es la madre universal. Es la mujer.
En la perspectiva teológica el vino era uno de los signos que mostraban que había llegado el tiempo mesiánico, tras unos siete siglos de espera. ¡Eso sí que era motivo de fiesta y celebración! El vino expresa la vida de Jesús, compartida y entregada (su sangre).
Para Juan “la hora” no se refiere al tiempo cronológico, sino a la hora de Dios, al momento apropiado (se utiliza el término kairós). Ni siquiera su madre puede marcar a Jesús esa hora en la que tendrá que entregar su vida plenamente.
Hay una imagen actual que puede ayudarnos a entender el dinamismo de esa “hora de Dios”: los surfistas. Si saben mirar con atención las olas y ven que se acerca una grande y apropiada se suben en ella y aprovechan su impulso, su fuerza, para llegar muy lejos, casi sin esfuerzo. Sería absurdo querer surfear en dirección contraria de la ola o intentar llegar lejos cuando el mar está en calma.
¿Cómo buscamos lo signos que nos ayudan a captar “la hora de Dios” en nuestra vida? ¿Cómo aprovechamos la “ola” de la voluntad de Dios para llegar a vivir experiencias y compromisos que serían imposibles con nuestras propias fuerzas?
En la teología de Juan ya no tenía sentido el agua para purificarse, porque la presencia de Jesús (resucitado) implicaba fiesta, banquete, un vino bueno que es nuevo. El agua de las purificaciones se había transformado en un vino bueno que alegraba a las familias y a los pueblos.
Pero era preciso probarlo, saborearlo. Muchos hombre y mujeres místicos describen la experiencia de bajar a lo más profundo de su ser como la bajada y estancia en una bodega en la que saborean un vino añejo y experimentan una comunión profunda con el Dios que les habita. Leer el evangelio de hoy con esta clave puede transformar nuestra vida.
En consonancia con otros textos del evangelio de Juan vemos que ya no hay que ir al pozo a buscar el agua (diálogo con la samaritana); ya no hay que llenar tinajas para la purificación, porque en nuestras propias entrañas hay un río de agua viva que conduce a la vida eterna.
“El que beba del agua que yo le daré no tendrá más sed, sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en fuente que brote para la vida eterna” (Juan 4, 14) “El que tenga sed que venga a mí y beba…” (4, 37)
Como vemos, si quitamos el envoltorio de las costumbres, este texto nos enseña claves para vivir el discipulado. La teología de Juan es mucho más profunda que lo que sugieren unos hechos extraordinarios en una boda.
¿Y si traducimos el texto en forma de parábola?
Hacía meses que no llovía en la zona y los manantiales se iban secando uno tras otro. La gente del pueblo guardaba en sus casas algunos cántaros con agua y la utilizaban con mucha prudencia, como un bien precioso y escaso.
El domingo, en la homilía, el sacerdote explicó el evangelio de las bodas de Caná. Al acabar la Misa invitó a la gente a que pasara a la sacristía:
- Vamos a sacar las botellas con agua bendita que hay en el armario. Haremos sopa y café para las familias más pobres del pueblo. Hace frío y les vendrá bien.
Así lo hicieron. Ese día el pueblo entendió el evangelio mucho mejor que otros domingos.
B. HERNANDO CEBOLLA
-EL VINO DEL PAN Y LA DIGNIDAD
Me lo decía un amigo, después de visitar la India y otros países del tercer mundo: "El paraíso está aquí, a este lado; normal que empiecen a darse movimientos migratorios y pugnen por cruzar las fronteras, normal que quieran venir al paraíso; lo bien que estamos aquí, lo mal que están allá..., y lo que sufren. ¡Si existe el cielo, el cielo es de ellos! Para ellos, el cielo; para nosotros, la tierra -pensé.
No, porque mientras llega el cielo, ellos tienen derecho "ya mismo" a la tierra y a su despensa. Por eso, Señor, oye su grito. "Señor, no tienen vino..." ni pan, ni agua, ni salud, ni higiene, ni cultura, ni presente, ni futuro..., ni dignidad.
La bomba del hambre provoca, en el nuestro, el mayor holocausto humano de todos los tiempos: cuarenta millones de muertos al año, cuarenta mil humildes e inofensivos niños diarios. Y uno se avergüenza del incontrolado despilfarro de nuestros hijos, y de sus ascos a la comida en nuestra mesa, abundante de refinada ambrosía, y de sus cuartos de juguetes abandonados, y de sus equipadas carteras de colegial, y de su computador personal, y de su prepotencia y despotismo... y de sus propinas que ya no son propina y gratuidad sino "paga".
Es verdad que se da un amplio consenso entre los países en admitir que esta situación de miseria y desigualdad es intolerable, pero, a la hora de la verdad, se queda en pura retórica: las ayudas y préstamos -cuando existen- de los países ricos al tercer mundo ni siquiera cubren los intereses de su deuda exterior, con lo que todo retorna, de nuevo, a casa del hermano rico y cuanto más riqueza, más pobreza, y a lo peor es verdad que "el hambre de millones de seres humanos" es el resultado de la opresión de algunos seres humanos sobre otros".
Este consenso parece tambalearse si contemplamos el reflorecimiento de ideologías y colectivos que, tomándose la justicia por su mano, han iniciado la "caza" de extranjeros-inmigrantes, "moros" y negros, o siguen negando el pan y la sal a etnias que desde hace siglos "coexisten" con nosotros, tipificando un nuevo estilo en su código penal: el delito de "ser distintos". Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando, el pasado noviembre, un informe de un organismo oficial revelaba este dato alarmante y descorazonador: uno de cada diez españoles votaría a un partido racista.
Para justificar los injustificable, cualquier sambenito con que podamos cargarles vale, por ejemplo, lo de "traficantes". Y la inmensa mayoría no vienen a traficar, sino que se dejan la vida a cambio de un jornal de miseria, como hicieron, en otro tiempo, nuestros padres, nuestros honrados padres, en Suiza, Francia o Alemania... "Los que llegan no son aventureros sino desesperados. No se les puede dejar morir en la puerta. Tanta dignidad tiene el parado como el que trabaja, el nativo como el extranjero. Europa no puede cerrar sus puertas a la inmigración sin dar alternativas que permitan erradicar el hambre y la miseria que empujan a ciudadanos del tercer mundo a una aventura sin retorno" (Mons. José Sánchez. Com. Episc. de Migraciones).
Va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre: Occidente tiene miedo, miedo a compartir su parcela de bienestar; por eso se cierra a la solidaridad. Si no se consigue la solidaridad y la justicia social por imperativo moral y voluntad política, se conquistará por la reacción violenta, in extremis, de los millones de oprimidos, sacudidos por la Ley de la supervivencia, por el instinto de sobrevivir. Por tanto, o la humanidad hace su opción preferencial por los pobres o todos, ricos y pobres, pereceremos por igual.
Opción que ha de hacer suya la Iglesia, con mucha más seriedad de lo que lo hizo hasta hoy, so pena de perder su propia identidad. Fue un pobre el que la fundó, un solidario, un abogado de todas las causas perdidas: Jesús de Nazaret. Sin pobres la Iglesia "pierde a su Señor"; él se identificó con ellos y les constituyó en jueces del mundo, en el examen de amor del juicio final.
Sin Solidaridad no hay nueva evangelización: "La credibilidad del evangelio pasa hoy por ahí, por la solidaridad con los perdidos: (Mons. Moacyr Grechi); "Si el hambriento no encuentra fe, la culpa recae sobre aquéllos que le rehúsan el pan" (·Bonhoeffer-D).
El primer mundo es como un pequeño, pero muy rico buque blindado (como una isla de oro, dice Jean Guitton) en medio de un inmenso océano de miseria. ¿Qué pasará cuando las olas de la infelicidad de los otros se apoderen y destrocen el blindaje? Quizá la nueva evangelización encomienda a la Iglesia la tarea hermosa de reconciliar el mundo, de unir y soldar buque y océano..., y esto sólo es posible "compartiendo la despensa".
Uno quisiera que su fe en la humanidad y en la Iglesia fuera "como un grano de mostaza" para creer en nuestra capacidad de cruz, porque si a Jesús tan sólo se le puede entender en clave de cruz, también la solidaridad exige situarse en clave de cruz, de oblación y donación. La cruz de compartir, vivir con más austeridad, necesitar menos cosas, ser más señores que esclavos, aligerar el equipaje... Creer que no puede suprimirse el sufrimiento de la vida, pero sí es posible destruir la miseria.
MAERTENS-FRISQUE
Para todos los países ribereños del Mediterráneo, el vino es una realidad excepcional. Elemento importante de la economía antigua, el cultivo de la viña se caracteriza porque depende a la vez del cambio de las estaciones y del trabajo atento e ingenioso del hombre. Regalo de los dioses y, al mismo tiempo, fruto del trabajo del hombre, el vino estaba destinado a servir de materia al proceso religioso y de punto de apoyo para la reflexión.
En todos los momentos importantes del itinerario existencial de los israelitas y de su realización en el Reino inaugurado en Jesús, nos encontramos con la realidad del vino y de la viña. El vino se ha convertido hoy en un elemento esencial del banquete eucarístico. Basta con seguir el desarrollo de los temas del vino y de la viña para poner de relieve las etapas que el hombre debe cubrir para pasar de la incredulidad a la fe en Jesucristo y en la Iglesia, Cuerpo de Cristo.
-El vino y la viña en Israel.
Como para todos los pueblos vecinos, el vino es para Israel la bendición divina por excelencia. Una tierra rica en viñedos vino en abundancia, son los signos de la prosperidad material. El hombre anda en busca de la felicidad y sigue espontáneamente tras la seguridad, y en los que le garantiza esa seguridad ve el signo de la bendición divina. Además, el vino proporciona alegría y su carácter festivo hace de él un elemento particularmente apropiado para su utilización en la liturgia. Más que cualquier otro elemento, el vino desliga al hombre de su condición profana y le introduce en el universo de lo sagrado.
Pero si sobreviven condiciones climatológicas adversas o devastaciones causadas por las invasiones y las guerras, la penuria sucede a la abundancia. En esos momentos es cuando aparece en Israel la reacción de la fe. Mientras que los demás pueblos tratan de calmar la ira de sus dioses mediante sacrificios rituales, Israel ve en la esterilidad de la viña la consecuencia de su propia infidelidad a los compromisos de la alianza. Yahvé conduce a su pueblo a través de los elementos y le castiga por su infidelidad. Como Yahvé es el Todo-Otro, no hay posibilidad de llegar hasta El por medio de prácticas mágicas cualesquiera. No hay más que un sistema de recuperar la bendición de Yahvé: el camino de la conversión y de la fidelidad.
Israel está, pues, obligado a reconocer la mano de Yahvé en las calamidades que le azotan a causa de su pecado. Pero, al mismo tiempo, se orienta siempre hacia el futuro, porque sabe que Yahvé es fiel y no dejará nunca de preocuparse de la viña que ha plantado... La desgracia de Israel dará paso algún día a la prosperidad definitiva del reino que Yahvé ha preparado para su pueblo. La tierra prometida que recibirá como patrimonio después de cuarenta años de desierto era ya una tierra rica en viñas; pero todo eso es todavía muy poco al lado de la riqueza y de la abundancia que estallarán en el día de Yahvé.
Por lo demás, en el momento mismo en que Israel se vuelva hacia el futuro, se encuentra igualmente invitado a profundizar en su fe, a interiorizar en su fidelidad. Entonces el vino es considerado como una realidad ambigua; porque si alegra el corazón del hombre, puede también conducir hacia las extravagancias de la embriaguez. Y lo que importa todavía más que el vino como bebida, es el vino de la sabiduría y del conocimiento de Dios. Sin dejar de ser una realidad material deseable, el vino adquiere valor de símbolo de realidades más esenciales.
-Jesús, viña de la nueva alianza.
La fidelidad que Yahvé esperaba del pueblo elegido la encuentra finalmente en Jesús. El es la verdadera viña. Nace una nueva alianza, porque la fidelidad de Jesús, que se traduce en la obediencia hasta la muerte de cruz, no ha sido engendrada por los recursos humanos: es la fidelidad del Hijo eterno, una verdadera fidelidad de parigual. En el Hombre-Dios se realiza más allá de cuanto cabría esperar el ansia de absoluto que anima al hombre: el "si" del hombre es por identidad el "si" del Hijo.
La viña de la nueva alianza produce fruto en abundancia. Ese vino se llama amor. Un amor a los hombres que es idéntico al amor hacia el Padre. Un amor hacia los hombres que exige el mismo desprendimiento de sí mismo que el amor al Padre. Un amor fraterno universal, en el que cada uno es reconocido como otro, como diferente de todos los demás en su misterio único e incomunicable. Un amor fraterno que no es posible sino en la donación de uno mismo hasta la donación de la vida.
Así es el vino de alianza nueva y definitiva. El judío tropieza ante la revelación de ese amor; esa revelación le escandaliza.
Aun cuando advierta que ese amor puede realizar el ansia más profunda que le anima, descubre también que exige de él un desprendimiento total, el abandono de todas las falsas seguridades, la renuncia a sus privilegios. Ante el ofrecimiento de un amor universal, el hombre judío responde clavando a Cristo en la cruz; pero el amor es más fuerte que la muerte, y el odio se ve vencido en su propio terreno.
Esa es la razón de que, en los pasajes evangélicos en donde se trata del vino nuevo, la pasión de Jesús, su "hora", se va ya perfilando en el horizonte. El vino nuevo es la sangre de Cristo ofrecida por la redención de todos. O dicho de otro modo, el tema del vino adquiere en el Evangelio un acento pascual muy pronunciado; la expresión más perfecta de todo ello la encontramos en la tarde del Jueves Santo, cuando al presentar la copa a sus discípulos, Jesús les dice: "Esta es mi sangre".
-La Iglesia bajo el signo de la viña.
La tradición recurrirá con frecuencia al tema de la viña para profundizar en el misterio de la Iglesia. Pero los principales elementos de esta reflexión están ya bien elaborados a nivel escriturístico. Vamos a detenernos en dos de ellos: "Yo soy la viña; vosotros sois los sarmientos". Es difícil afirmar con más vigor hasta qué punto los miembros de la Iglesia dependen de la mediación única de Cristo, y, más profundamente aún, no forman más que una sola cosa con El. Los sarmientos no tienen ninguna vida autónoma, y, una vez separados de la viña, ya no sirven para nada más que para ser echados al fuego. Así pues, si la vida que circula por los sarmientos es exactamente la que circula por la viña, los cristianos están llamados a someterse a la misma obediencia que Cristo, al mismo desprendimiento de sí mismo, al mismo amor a Dios y a los hombres.
Pero esta identidad de vida entre Jesús y los cristianos no implica en absoluto en ellos una actitud de pasividad. Al contrario, al hacerse participes de la vida de Jesús, los miembros de la Iglesia reciben la invitación a contribuir de manera activa a la realización de la historia de la salvación: se convierten en colaboración de Jesús en la edificación del Reino, son llamados gratuitamente a ser verdaderos obreros en la viña del Padre. Identidad de vida y contribución activa y personal caminan siempre de la mano. Nada puede hacerse sin Cristo; pero en El, con El y por El, se pide a cada uno de los bautizados que complete lo que le falta a la pasión del mediador único.
-La misión como servicio del amor.
El vino de la nueva y definitiva alianza es el amor. Jesús nos ha revelado a través de su vida que este amor es exactamente amor al Padre y amor fraterno universal. La misión no es otra que la activación de ese amor único a escala de la humanidad. Es esencial en la Iglesia, ya que sin amor no existiría la Iglesia.
La misión es, ante todo, el servicio del amor al Padre. Es cumplimiento de un designio que dimana continuamente de la iniciativa providente del Padre, y no tiene otra finalidad que la de invitar a los hombres a cantar al unísono la gloria de Dios.
La misión es, además, el servicio del amor fraterno universal.
Este doble servicio del amor no constituye, por lo demás, sino uno solo. El vino nuevo hace que estallen los viejos odres de los privilegios y de los particularismos. La Buena Nueva se dirige a todos, sin excepción alguna. A cada cual, de conformidad a como es en su diversidad concreta, le llega el llamamiento universal a la salvación, porque es una ley del verdadero amor el salir al encuentro de otro con el mayor respeto a su misterio inviolable.
Lo que Jesús ha hecho de una vez para siempre debe hacerlo la Iglesia por su parte; es preciso que salga al encuentro de los pueblos y de los universos culturales para que cada uno de ellos pueda entrar en el juego de la fraternidad que construye el Reino. Pero amando tal como El lo ha hecho, Jesús fue objeto de persecuciones; y lo será el misionero igualmente, ya que el servidor no es más grande que su señor.
Finalmente, cuando la Iglesia planta en todos los pueblos el germen del amor verdadero, lo que hace es llamar indirectamente a los hombres a cargar más correctamente con sus obligaciones de hombre. El vino nuevo de su pecado, le invita a honrar en la verdad las exigencias de su condición de criatura.
-La Eucaristía y el vino de la nueva alianza.
Para el cristiano, el vino no es tan solo el objeto de un tema bíblico, rico en armónicas, y particularmente apto para servir de vehículo a la inteligencia de su fe. Precisamente en su realidad material figura en el banquete sacramental de la Eucaristía.
"Cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga" (1 Cor. 9. 26). El vino es, junto con el pan, esa realidad material de la creación de Dios que nos inicia sacramentalmente en el acto salvador por excelencia, la muerte de Cristo en la cruz.
En la realidad del vino eucarístico confluyen las dos grandes corrientes del designio salvífico de Dios. En primer lugar, Dios lo ha creado todo por amor, y ha amado tanto a los hombres que les ha dado a su propio Hijo como víctima por sus pecados; en un sentido, la bondad del vino, al igual que la de toda la creación, estalla en toda su plenitud con el sacrificio de Cristo, signo eterno del amor de Dios hacia la humanidad. En segundo lugar, tenemos la corriente, que se articula perfectamente con la anterior, de la respuesta del hombre. Esta respuesta es también la del amor, y ha sido precisamente en la obediencia de Cristo hasta la muerte en la cruz la que ha encontrado, de una vez para siempre, su estructura definitiva. El vino es uno de los más hermosos frutos del trabajo del hombre; pero ese trabajo no se culmina sino en Jesucristo, porque en El se convierte en la contribución de un verdadero socio de Dios en la construcción del Reino.
Llegará el día en que la realidad ocupará el puesto del signo y en que Cristo podrá sentarse al banquete del Reino ya consumado junto con todos sus hermanos de adopción. Entonces será perfecta la alegría.
A. SERRA
MARÍA EN LAS BODAS DE CANÁ
Juan escribe su evangelio en torno al 90-100 d.C. Es, por tanto, el autor más tardío del NT, como tal, transmite a la iglesia una de las reflexiones más maduras sobre la persona y la obra del Salvador.
Alude a la madre de Jesús en el prólogo (1,13), con tal que se acepte la lectura de este versículo en singular. Luego, en el c. 6, v. 42, recoge este comentario de los judíos: "¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y cuya madre nosotros conocemos? Cómo dice ahora: ¿He bajado del cielo?" Pero los dos pasajes Marianos clásicos del cuarto evangelio son las bodas de Caná (2,1-12) y la escena del Calvario (19,25-27): dos episodios estrechamente relacionados, ya que se apelan mutuamente como si fueran una gran inclusión. Dedicaremos unas notas explicativas a cada uno de ellos.
* * * * *
Caná es una aldea de Galilea, mencionada tres veces en el evangelio de Juan (2,1; 4,46; 21,2). Flavio Josefo (s. I d.C.) la recuerda en su autobiografía. En cuanto a su ubicación los pareceres no van de acuerdo. Los autores medievales con algunos modernos, opinan que se trata de Kirbet Qana, localidad en ruinas situada en el límite septentrional de la llanura de Battôf al abrigo de una montaña. Está bastante cerca de Séforis, una ciudad importante de Galilea, a unos 14 kms. al norte de Nazaret. Pero de ordinario se localiza a Caná en la alegre aldea de Kefar-Kana, a unos 8 kms. al nordeste de Nazaret, en el camino que lleva a Tiberíades.
Un día, en aquella aldea, se celebraban unas bodas (Jn 2,1a). María estaba entre los invitados a su celebración, quizá por motivos de parentesco. En efecto, una tradición cristiana del s. XII (referida, por ej., por Juan de Würzburgo en 1165) dice que Séforis era la patria de Ana de la que —como atestigua el Protoevangelio de Santiago (s. II)— nació la Virgen. Y Séforis se encontraba cerca de Caná. La invitación se extendió también a Jesús y a sus discípulos (v. 2). En el origen de este gesto de cortesía había probablemente motivos de amistad. En efecto, Juan nos informa que Natanael uno de los apóstoles escogidos por Jesús (Jn 1,43-51), era precisamente natural de Caná (21,2).
Según las costumbres del AT, las fiestas de la boda duraban normalmente siete días (Gén 29 27, Jue 14,12; Tob 11,20), pero podían prolongarse durante dos semanas (Tob 8,20; 10,8). Y eran lógicamente la ocasión de un alegre banquete (Gén 29,22; Jue 14,10, Tob 7,14), servido de ordinario en casa del esposo (cf Mt 22,2). Por tanto, se necesitaba —como es fácil comprender— tener una buena provisión de vino. Y esto fue lo que falló en Caná (v. 3a).
El malestar de la situación no se le pasó de largo a la atención femenina de María, que puso al corriente de ello a su Hijo (v. 3b). Después de una respuesta un tanto enigmática (v. 4), Jesús escuchó la petición de la madre. En efecto, convirtió en vino copioso el agua contenida en las seis tinajas, puestas allí para las abluciones rituales que los judíos realizaban antes de sentarse a la mesa (vv. 6-10). De esta forma Jesús dio comienzo a sus prodigios y fue aquél el signo que suscitó la fe incipiente de los discípulos en él como mesías (v. 11). Todo esto —podemos pensarlo así— constituye el núcleo de lo que ocurrió en Caná, durante aquel banquete de bodas que estuvo a punto de terminar con una amarga desilusión.
Juan, que era probablemente uno de los comensales, registra este episodio en su evangelio. Cuando él escribe (entre el 90 y el 100), recuerda e interpreta al mismo tiempo. El Espíritu Santo, derramado por Jesús resucitado, guiaba a la iglesia hacia la comprensión más plena de las palabras y de los gestos de Jesús (cf Jn 14,25-26, 16,13-15). "Lo que yo hago —decia el Señor a Pedro durante el lavatorio de los pies en la última cena— ahora tú no lo entiendes; lo entenderás más tarde"(Jn 13,7). Gracias al don clarificador del Espíritu Juan está en disposición de penetrar en el sentido arcano que se escondía en aquel episodio de las bodas de Caná. Justamente él lo define como un signo (v. 11), es decir, como un hecho que en sus apariencias exteriores remite a una realidad más intima, más oculta, inherente en definitiva al misterio mismo de la persona de Jesús.
En las siguientes lineas nos limitaremos a algunas reflexiones sobre la presencia y la función que tuvo María en aquella epifanía incipiente de su Hijo.
a) "El tercer-día" (v. 1a). De esta forma introduce Juan el signo de Caná. Esta indicación cronológica tiene la finalidad de poner en relación el primer milagro de Jesús con el Sinaí y con la resurrección.
El Sinaí. El tercer día de Caná forma parte a su vez de los días dentro de los cuales subdivide Juan los primeros hechos del ministerio profético de Jesús. De este modo obtiene una secuencia de jornadas (una hemerología), articulada de la siguiente manera. Primer día: testimonio de Juan Bautista ante los sacerdotes y levitas enviados de Jerusalén (1,19-28), segundo día: el Bautista señala a Jesús como el Cordero de Dios (1,29-34); tercer día: vocación de dos discípulos de Juan (uno es Andrés) y de Simón Pedro (I ,3542), cuarto día: vocación de Felipe y de Natanael (1,43-51); el tercer día: bodas de Caná (2,1-1 1); no muchos días: permanencia de Jesús en Cafarnaún con su madre, sus hermanos y los discípulos (v. 12). Por tanto, éste es el orden de la mencionada secuencia de días: I, II, lIl, IV, el tercer día (el de Caná), no muchos días.
La fuente en la que se inspira Juan para este esquema cronológico es, con una discreta probabilidad, una antigua tradición judía. Partiendo de Ex 19,1.10-11.16, esta tradición solía distribuir en varios días los hechos que acompañaron la revelación del monte Sinaí, cuando Yavé hizo su alianza con Israel y le dio la ley por medio de Moisés (Éx 19-24). A partir de estas indicaciones bíblicas, la literatura judía narra la célebre teofanía del Sinaí enmarcándolo en un esquema cronológico de días, que se suceden en el orden siguiente: I, II lll, IV, el tercer día (corresponde al Vl, ya que se computa desde el IV día incluido). Hasta aquí el esquema es idéntico en casi todas las fuentes que lo recogen. Luego varía en cuanto que algunos añaden un día séptimo o (al parecer) un día octavo.
Hay que notar en particular que el tercer día (= el sexto) es aquel en que se le dio la ley a Moisés. Es indudablemente el más importante. La mencionada tradición judía —que parece remontarse por lo menos al s. I-II d.C.— presenta notables afinidades con la serie de los días iniciales del ministerio de Jesús, según Jn 1,19-2,12. Por eso se vislumbra una posible emergencia: con la adopción de este cliché literario, ¿no querrá Juan encuadrar quizá el primer signo de Jesús en la perspectiva de lo que sucedió en el Sinaí?
Efectivamente, pienso que esta relación ideal (Caná-Sinaí) tiene buenas razones en su favor. Un indicio de ello son los diversos contactos de argumentos y de términos que aparecen por diversas partes entre las tradiciones de la teofanía sinaítica y Jn 1,19-2,12. Los iremos poniendo de manifiesto en nuestra exposición. Uno de los resultados fundamentales será éste: lo mismo que en el Sinaí Yavé reveló su gloria dando su ley a Moisés, así en Caná Jesús revela su gloria dando el vino mejor, símbolo de la nueva ley que es su evangelio.
La resurrección. Además de al tercer día del Sinaí, el tercer día de Caná hace referencia al tercer día del misterio pascual, entendido como pasión-muerte-resurrección de Cristo. Por lo que se refiere al cuarto evangelio, la conexión entre el tercer día y la resurrección se basa sobre todo en Jn 2,19-21: "Destruid este templo [= muerte] y en tres días lo reedificaré [= resurrección]... Pero (Jesús) hablaba del templo que es su cuerpo". Lo que ocurrió "en tres días" tiene lógicamente su término "al tercer día". Por consiguiente, también para Juan —como para los sinópticos y para Pablo— el tercer día es el de la resurrección de Cristo. Es un elemento que pertenece al núcleo de la predicación primitiva, atestiguada, por ejemplo, en 1Cor 15,3-4.
Siempre en el ámbito de la doctrina de Juan, la fórmula el tercer día se relaciona además con la hora de Jesús, como se verá en la respuesta del mismo Jesús a su madre (v. 4). Pues bien, Ia hora de Cristo, según el cuarto evangelio, designa como una sola realidad la pasión-muerte-resurrección del Salvador. Es el momento supremo en que Jesús pasa de este mundo al Padre; momento que Juan define como su hora (2,4; 7,30; 8,20; 13,1), "la hora", con el articulo determinado en posición enfática (12,23; 17,1), o "esta hora" (12,27). Desde el principio hasta el fin de la actividad de Cristo (2,4: 13,1; 19,27) esta hora confiere una marcha dramática al evangelio de Juan. Es la cumbre de la misión de Jesús: él ha venido para esta hora (12,27). Su cumplimiento está fijado por la voluntad del Padre y no puede ser anticipado ni por las exigencias de su madre (2,4) ni mucho menos por el poder violento de los enemigos de Cristo (7,30; 8,28).
En esta hora el Padre revela la gloria del Hijo, es decir, la verdad plena de su persona. Esta revelación comprende dos aspectos: la igualdad de Jesús con el Padre en la divinidad y su comunión con los hombres. Lo afirma claramente el mismo Jesús: 'Aquel día (es decir, en el misterio pascual) sabréis que yo estoy en el Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros" /Jn/14/20.
Para terminar estas reflexiones introductorias sobre el tercer día de Caná, podemos decir por tanto que en la trama teológica del cuarto evangelio corre un hilo entre "el tercer día" del Sinaí, "el tercer día" de Caná y el "tercer día" de la pasión glorificante de Cristo: tres piedras miliarias del único itinerario de salvación. Los diversos momentos del primer signo de Jesús tienen que leerse en referencia con esta doble polaridad, sintetizada en el siguiente esquema:
SINAÍ CANÁ PASCUA
El tercer día El tercer día El tercer día
Yavé reveló su gloria Jesús reveló su gloria Jesús reveló su gloria
a Moisés
y el pueblo y sus discípulos y sus discípulos
creyó también en él creyeron en él creyeron en él
(Ex 19.11.9). (Jn 2, 1.11). (Jn 2, 19-20; 20-21).
b) Caná "de Galilea'' (v. 1 b). En los vv. 1b y 11a Juan especifica que se trata de Caná de Galilea. El motivo de esta precisión podría ser de índole geográfica; en efecto, además de Caná de Galilea, la Escritura recuerda también a Caná de Aser (Jos 19,28), que corresponde a la actual Wadi Kana.
Pero no hay por qué excluir una razón teológica, relacionada con el desprecio en que era tenida la región galilea. Tenemos también en Juan un ejemplo de este hecho. En efecto, los fariseos le responden a Nicodemo: "¿También tú eres de Galilea? Investiga y verás que de Galilea no sale ningún profeta" (Jn 7,52). En otras palabras, tendríamos aquí una prueba más de la llamada "ironía teológica del cuarto evangelio": según la opinión corriente, de Galilea no puede venir un profeta; pues bien, precisamente en Caná de Galilea tiene lugar la primera manifestación del profeta por excelencia, Jesús de Nazaret, aquel de quien escribieron Moisés y los profetas (Jn 1,45). El profeta escatológico (cf Jn 6,14) es oriundo de Nazaret, la aldea de la que no era posible (pensaba la gente) que pudiera salir nada bueno (Jn 1,46).
Diría el profeta: "Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos: dice Yavé" (ls 55,8).
c) "No tienen vino" (v. 3c). ¿Cómo entender estas palabras de la Virgen? ¿Son una simple indicación de la preocupación que empezaba a sentirse en la despensa? ¿O suenan más bien como una auténtica petición de una intervención milagrosa por parte de Jesús? En su tenor inmediato, el texto no ofrece evidencias seguras para concluir que María estuviera pidiendo un prodigio.
Quizá haya que vislumbrar una vía de solución en la manera con que Juan acostumbra narrar los milagros. Por lo menos en dos ocasiones el evangelista presenta la petición del orante en función directa del prodigio mismo; es una súplica y una esperanza de que el prodigio se realizará. Así el funcionario real de Cafarnaún y las hermanas de Lázaro recurren a Jesús porque saben que él podía escucharles (Jn 4,47; 11, 3.21-22).
Situadas en este contexto las palabras de María -inspiradas sin duda por un profundo sentimiento de misericordia-, parecen señalar la esperanza en el milagro. Ella sabe que Jesús puede hacerlo. Por lo demás, pertenecía a la espera común del judaísmo de entonces el que el mesías realizase prodigios para comprobar su misión (Jn 7,31; ICor 1,22).
Considerando además el rico simbolismo del vino nuevo ofrecido por Jesús (como diremos en seguida), la petición de María puede leerse en un nivel más profundo. En aquella súplica el evangelista pudo volcar el deseo que albergaba todo el pueblo de Israel respecto a su propia redención: las antiguas instituciones mosaicas (¡el vino que empezaba a faltar!) ya no eran suficientes. Comentó más tarde san Cirilo de Alejandría (+ 444): "La ley (de Moisés) no tiene la plenitud de los bienes; pero las divinas enseñanzas de la doctrina evangélica son portadoras de abundantísimas bendiciones" (In Johannis evangelium, II, 11-13: PG 73, 230). Y también la iglesia puede valerse de la súplica de María en Caná para dar voz a los gemidos de la humanidad: cada cultura consciente o inconscientemente, suspira por la luz de Cristo a fin de edificar cumplidamente la civilización del amor. Tal era ya la intuición de san Gaudencio de Brescia (+ 410/411) cuando escribía: "La madre del Señor... intercedió por nosotros los gentiles ante su Hijo... para que ofreciese a nuestra pobreza el gozo del vino celestial" (Tractatus IX, 3: CSEL 68,79).
En nuestros días, M. Thurian se une a la voz de los padres con las siguientes frases: "En su acto de fe y en su plegaria, María aparece como representante de la humanidad en apuros y del judaísmo en su esperanza mesiánica; ella es la figura de la humanidad y de Israel que aguardan una liberación, misteriosa para la humanidad, mesiánica pero demasiado humana todavía para Israel" (María, madre del Señor, figura de la Iglesia, 150).
d) El vino nuevo de Caná y su simbolismo (vv. 3.9.10). El elemento vino tiene un acento singular en el episodio de Caná. Se le menciona cinco veces (vv. 3.9.10). Es mejor que el que empezó a faltar (v. 10). Y es extraordinariamente abundante. En efecto, las seis tinajas colocadas allí para las abluciones de los comensales tenían una capacidad de dos o tres metretas cada una (v. 6); puesto que la metreta equivalía a 38-40 litros, cada tinaja podía contener entre 80 y 120 litros; en total, entre cinco y siete hectolitros.
Además, Juan se encarga de indicar que las tinajas estaban llenas "hasta los bordes" (v. 7): una nueva señal de la cantidad tan abundante del vino regalado por Jesús.
Efectivamente, es ésta una característica que Juan reconoce en los dones de Cristo, como la plenitud de gracia (Jn I,16), el agua de que habla Jesús a la samaritana (4,13-14), los panes de la multiplicación (6,10-13), la vida (10,10).
Pero Juan no declara expresamente cuál era el significado simbólico del vino de Caná (cf, por el contrario, Jn 2,21: "Pero él hablaba del templo que es su cuerpo"; 7,39: "Eso lo dijo refiriéndose al Espíritu que habrían de recibir los que creyeran en él"). No obstante, si nos fijamos en las tradiciones del AT, recogidas y actualizadas por el judaísmo, podremos señalar con razones válidas el simbolismo probable de este vino.
1) El AT biblico-judío. En el AT los profetas enseñaban que los tiempos de la restauración postexilica se verían alegrados por un vino sumamente copioso (Am 9,13; Jer 31,12; J1 2,19.24), de finísima calidad (Os 14,8; 1s 25,6; Zac 9,17) y dado gratuitamente (Is 55,1). Además, algunas veces este tema se combina con el de las bodas (Os 2,21-24; Is 62,59). Y también la Sabiduría prepara su mesa con su vino (Prov 9,2.4); ese vino es prácticamente la ley de Moisés.
Para completar el cuadro, citemos otros dos textos mesiánicos: la bendición de Isaac a Jacob (Gén 27,2829) y sobre todo la de Jacob a Judá (Gén 49,10-12). Con lenguaje hiperbólico, la suerte feliz del esperado reino mesiánico está también figurada por la abundancia de mosto (Gén 27,28). Si el mesías, descendiente de Judá, quiere alguna vez atar su asno, no encontrará más que plantas valiosas, como la vid; si se quiere lavar sus vestidos, sólo dispondrá de vino; su misma mirada será resplandeciente, debido a este precioso producto de la vid (Gén 49,11-12).
La tradición judía continúa y desarrolla este mismo género de simbolismo. El targum de Gén 49,12 (recensión del pseudo-Jonatán, Neophyti y Onkelos) elabora una paráfrasis muy interesante sobre las relaciones entre la era mesiánica y la vid o el vino, y el targum del Cantar de los cantares ve en el monte Sinaí (en el que se le entregó la ley a Moisés) la "cantina" de la Torá. La doctrina rabínica, por su parte, declara que el vino del siglo presente no es más que una pregustación del vino del siglo futuro. Esta misma literatura abunda además en pasajes en los que se toma al vino como uno de los símbolos preferidos de la Torá, sobre la base especialmente de Prov 9,5: "Bebed el vino que he preparado".
2) La relectura de Juan. Podemos creer que también Juan se une a los precedentes del AT y del judaísmo que no hemos hecho más que sintetizar. Efectivamente, Juan sugiere que ve en el vino de Caná un símbolo de la nueva ley de Cristo, de su palabra reveladora, que sustituye a la de Moisés y los profetas (Jn 1,45). Son muchas las alusiones que convergen en este sentido.
- Caná se contrapone idealmente al Sinaí, el monte de la ley antigua.
- El verbo guardar —utilizado en el v. 10 ("Tú has guardado el buen vino hasta ahora")— es típico del vocabulario de Juan en relación con la palabra-mandamiento de Jesús, que es a su vez la palabra del Padre. Aparece hasta veinticinco veces con este sentido 1.
- El vino suministrado por Jesús sale del agua que se había echado en las seis tinajas que servían para la "purificación de los judíos" (v. 6). Esa agua no era un agua profana, sino ritual, esto es, destinada a las abluciones prescritas por la ley de Moisés (Lev 11-16; 20,25-26; Dt 14,3-21...). Al lavarse las manos antes de comer, uno quedaba limpio de la impureza contraída por tocar elementos declarados inmundos por dicha legislación (cf Mc 7,3-4; Mt 15,2; Lc 11,38). Pues bien, precisamente ésta es el agua transformada en vino por Jesús. Esto quiere significar que ahora la purificación no viene ya de la observancia de la ley mosaica (simbolizada por el agua de las seis tinajas), sino del evangelio de Cristo, de su palabra, cuya figura es el vino mejor. Esta es realmente la doctrina de Juan sobre la purificación. Durante la última cena dirá Jesús a los discípulos: "Vosotros estáis ya limpios por la palabra que os he dicho" (/Jn/15/03). El mensaje revelador de Cristo es la verdad, capaz de liberar a los discípulos de la esclavitud del pecado (Jn 8,32.34-36). La palabra de Jesús es como una semilla (IJn 3,9; cf Lc 8,11; IPe 1,23); obrando activamente en el discípulo, le permite vencer al maligno (IJn 2,14) y lo hace cada vez menos inclinado al pecado (IJn 3,9).
- No sólo el vino de Caná es figura de la palabra reveladora de Jesús. Representa también su dimensión escatológica, es decir, la última y definitiva. El adverbio hasta ahora del v. 10 indica todas las etapas de la historia salvífica que han precedido y preparado la acción de Jesús (cf también Jn 5,17, 16,24, IJn 2 8-9). Con Cristo, el designio divino brilla con luz meridiana. Por eso Jesús manda que llenen las tinajas "hasta los bordes" (v. 7). Esto significa no solamente abundancia, sino sobre todo plenitud, perfección. Después de Cristo ya no hay un luego, un todavía no, un más allá. Su palabra colma la medida de la revelación: "De su plenitud todos hemos recibido, y gracia sobre gracia. Porque la ley fue dada por Moisés, pero la gracia y la fidelidad vinieron por Cristo Jesús" (Jn 1,16-17). En conclusión, el vino de Caná es figura principalmente de la nueva ley que tiene como revelador a Jesús. Esa ley se manifiesta en plenitud el tercer día, cuando llega su hora. La cruz es la cumbre de la revelación. Entonces los hombres conocerán totalmente la gloria del Unigénito del Padre, en el que quedó sellada la alianza definitiva de Dios con nosotros (Jn 14,20; 17,1.7-8;20,29;3,1314; 8,28). La sucesiva tradición de la iglesia producirá comentarios maravillosos sobre esta página de Caná. Entre los padres y escritores eclesiásticos muchos ven en el agua de las tinajas un símbolo de la ley y de la profecía, que Jesús transforma en la gracia de su evangelio. Por todos ellos, escuchemos a san Agustín: "Cristo ha conservado hasta ahora el vino bueno, es decir, su evangelio" (In Johannem 9,2: CCL V111, 91).
e) "¿A ti y a mi, qué?" (v. 4b). J/HORA: Esta frase es más bien familiar en el lenguaje bíblico: la encontramos quince veces en el AT 2 y cinco en el NT 3. Habitualmente indica una divergencia de puntos de vista entre dos o más interlocutores, divergencia que puede ser leve o radical. Tan sólo el contexto permite captar los matices en cada caso. También en la literatura apócrifa y en la griega esta expresión se utiliza en sentido más bien repulsivo, es decir, señalando un desacuerdo entre las personas que entran en el coloquio.
En Jn 2,4b la acepción de esta frase parece ser del mismo género. La diversidad de intenciones entre Jesús y su madre resulta mas evidente si tenemos en cuenta dos cosas. Primero: la hora de Jesús ("Mi hora aún no ha llegado": v. 4)85 —como hemos visto anteriormente— es la de la pasión-resurrección (Jn 7,30; 8,20; 12,23; 13,1...). Segundo: el vino de Caná -como también hemos dicho- está tomado por el evangelista como símbolo de la palabra reveladora de Cristo, de su evangelio; es una palabra que alcanza su plenitud precisamente cuando llega para Jesús la hora de pasar de este mundo al Padre. Entonces se hará manifiesto quién es él; entonces brillará sobre la iglesia y sobre el mundo su identidad humano-divina de mesías-Hijo de Dios (cf Jn 20,31).
Dejando en claro estas dos nociones resulta más fácil comprender en qué consiste la disparidad de opiniones entre Jesús y su madre. Es la siguiente: María se preocupa del vino material, que les falta a los comensales; por el contrario, Jesús eleva su discurso a otro nivel, o sea, el que se refiere a su hora, entendida como muerte y resurrección. En otras palabras, en la dinámica del diálogo de Caná, Jesús pasa del plano de las realidades materiales al de las realidades espirituales, de las que son figura las primeras. Es ésta una nota peculiar de la predicación de Jesús, tal como nos la documenta sobre todo el cuarto evangelio. aunque también los sinópticos (ct Jn 4,31 -34, 6,26-27; 11.11-14; Mc 3.31-35 [Mt 12,46-50; Lc 8, 19-21]; Lc 2,48-29). Y cuando Jesús habla de este modo, en parábolas (cf Jn 16,25.29), da origen a cierto malentendido, que él aclara inmediatamente después (Jn 3,3-6: 4,31-34; 6,26-27; 11,11-14; Mc 3,31-35 y paralelos); o bien será el acontecimiento pascual el que revele lo que de momento queda oscuro (Jn 2,22; 4,13- 15; [cf 7,37-39]; Lc 2,50).
En esta serie de pasajes hay que recordar también Jn 2,3-4. Es decir, mientras que María hace presente la carencia de vino material, Jesús eleva el asunto al plano de las realidades espirituales, las que se refieren a su hora. Y puesto que la falta de comprensión es habitual cuando Jesús habla de este modo, hay que creer que lo mismo ocurrió también con María en Caná, como ya antes en el templo (cf Lc 2,48-50). Solamente después de la resurrección se descubrirá el sentido arcano de lo que se había verificado en Caná. Es decir, Jesús daba ciertamente el vino nuevo, pero como signo, como figura-símbolo del otro vino que era su evangelio: evangelio del cual él diría la última palabra, cuando hubiese llegado su hora, la del tránsito de este mundo al Padre: "Cuando hayáis elevado al Hijo del hombre, conoceréis que yo soy" (Jn 8,28).
f) "Haced lo que él os diga" (v. 5). Pero hay algo muy importante. María, aunque no comprendiera cuáles eran exactamente las intenciones del Hijo, se entrega a su voluntad. Es aquí donde María, de madre de Jesús, pasa a ser sierva suya en la fe, antes de que intervenga la evidencia del signo. En efecto, les dice a los criados: "Haced lo que él os diga" (v. 5).
Este aviso suyo se relaciona de nuevo con las tradiciones del Sinaí. Efectivamente, cuando está a punto de establecer el pacto con Yavé a los pies de la montaña sagrada, toda la asamblea de Israel prorrumpe por tres veces en una respuesta coral y unánime: 'Haremos todo lo que el Señor nos ha dicho" (Éx 19,8; 24,3.7). Esta profesión de fidelidad era el sí esponsal de la nación escogida a su esposo Yavé. Por eso se convierte en objeto de mediación fervorosa e ininterrumpida por parte del judaísmo de ayer y de hoy.
Es sintomático el hecho de que Juan ponga en labios de la Virgen el mismo contenido de las palabras que el pueblo de Israel pronunció en el Sinaí: 'Haremos todo lo que el Señor nos ha dicho" (Éx 19,8; 24,3.7) "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5b). Tenemos aquí una identificación, aunque sea indirecta y alusiva, entre la comunidad de Israel y la madre de Jesús. Y como en el lenguaje bíblico-judio el pueblo elegido está representado muchas veces por la imagen de una mujer, podemos intuir por qué Jesús utiliza el término mujer, insólito en un diálogo entre la madre y el hijo, para dirigirse a su madre. En términos más claros: Jesús ve en su madre la personificación del antiguo Israel, que ha llegado a los umbrales de la redención mesiánica.
Y así como el don de la antigua ley mosaica estuvo precedido de una pronta declaración de fe por parte de Israel, así el don del vino de Caná —símbolo profético de la nueva ley de Cristo— va precedido del total abandono de María a la voluntad del Hijo: "Haced lo que él os diga".
Son éstas las últimas palabras que los evangelios nos han transmitido de María. Y es evidente la orientación cristológica de esta invitación suya. María se define por completo en relación con su Hijo. La Virgen no es la que abre las ventanas cuando Cristo parece cerrar las puertas. ¡Ay si la devoción mariana se entendiese como rebaja barata frente al rigor de las enseñanzas del evangelio! No es así, ni mucho menos. María dispone nuestros corazones para acoger las palabras graves, aunque liberadoras, del Señor Jesús. Ésta es seguramente una dimensión importantísima de su función maternal en la iglesia 4.
g) Los sirvientes de la boda (vv. 5a.7-9). Los criados tienen un papel considerable. Nótese en primer lugar cómo obedecen al mandato de Cristo, por consejo de María: "Jesús les dijo: 'Llenad de agua las tinajas'. Y las llenaron hasta los bordes. Añadió: 'Sacad ahora y llevad al maestresala'. Y lo llevaron" (vv. 7-9). Este contrapunto entre palabra-mandato de Jesús y su cumplimiento por parte de los criados hace recordar la palabra del mismo Jesús cuando dijo: "El que conoce mis mandatos y los guarda, ése me ama, y al que me ama lo amará mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él" (/Jn/14/21). Así pues, Jesús se revela a todo el que le da pruebas de su amor, observando su palabra. Él y el Padre vendrán a poner su morada en esa persona (Jn 14,23). Éste es el verdadero siervo de Cristo, a quien honrará el Padre (Jn 12,26).
He aquí, por tanto, el trinomio: servicio de Cristo-obediencia a su palabra-manifestación de Cristo. Un trinomio que encierra la siguiente doctrina: todo el que sirve a Jesús obedece a su mandamiento, y entonces Jesús se le manifiesta. Ésta es la experiencia que parecen significar ejemplarmente los sirvientes de Caná. A ellos se les concede "saber de dónde viene" el vino mejor (y, por tanto, un aspecto de la realidad de Cristo), precisamente porque "fueron a buscar agua" y "la llevaron" al maestresala, es decir, en cuanto que obedecieron a la palabra-mandato de Jesús. Dirá también Juan: "Sabemos que le conocemos en que guardamos sus mandamientos " (/1Jn/02/03).
Una exégesis de este género no ignora la doble perspectiva (histórico-teológica) que tiene tanto juego en el cuarto evangelio. En el plano de la crónica, los siervos de Caná eran simples servidores de mesa; pero en el nivel de la relectura realizada por el evangelista se convierten en el prototipo del servicio-obediencia que hay que prestar a Cristo para entrar en la nueva alianza, es decir, en la comunión con él y con el Padre: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros. Que como yo os amé, así también vosotros os améis mutuamente... Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando" (Jn 13,34; 15,14).
h) Jesús, el verdadero esposo de las bodas (v. 10). J/ESPOSO: Después de que el maestresala probó el agua convertida en vino, llamó al esposo y le dijo: "Tú has guardado el buen vino hasta ahora" (v. 10). De estas palabras del maestresala se deduce que hay otro esposo —el verdadero— que preside las bodas: ¡Jesús! Efectivamente, es él el que ha conservado el vino bueno hasta ahora. San Agustín comentaba: "El esposo de aquellas bodas era figura del Señor" (In Johannem 9,2: CCL V111, 91).
En Caná, si Cristo es el esposo, ¿quién será la esposa? Es, en primer lugar, María. Como mujer (v. 4), ella sintetiza al antiguo Israel que ha llegado ya a los tiempos de su redención definitiva; y en cuanto madre de Jesús (vv. 1.3.5.12), representa el comienzo de la iglesia, que cuenta ya con sus primeros miembros en los discípulos presentes en el banquete. Escribía así Gerhoh de Reichesberg (t 1169): "La virgen María es el cumplimiento de la sinagoga, es la hija más elegida de los patriarcas; después del Hijo, es el comienzo de la iglesia, la madre de los apóstoles" (De gloria et honore Filii hominis X, 1: PL 194,1105). Y en nuestros días observa J.-P. Charlier: "En sus gestos y en su diálogo, la Virgen y Cristo, superando ampliamente el plan humano y material de los festejos locales, sustituían a los jóvenes esposos de Caná para convertirse en el esposo y la esposa espírituales del banquete mesiánico" (Le signe de Cana..., 77).
Siempre según el cuarto evangelio (Jn 3,25-30), el Bautista señala a Jesús como el esposo esperado y declara que su función respecto a Cristo es simplemente la de ser el "amigo del esposo" (v. 29). Juan es el paraninfo, es decir, el que se encarga de los preparativos de la boda. Y realmente el Bautista es enviado delante de Jesús (v. 28), da testimonio de él (v. 26), para "darlo a conocer a Israel" (Jn 1,31). Ahora que el esposo ha llegado y tiene a su esposa (3,29) en los discípulos, Juan se alegra de oír su voz y su gozo se ve colmado (v. 29), por lo que se retira a la sombra: "El tiene que crecer y yo he de disminuir" (cf v. 30).
También el Apocalipsis (cuya tradición es semejante a la de Juan) celebra las bodas del Cordero (Cristo) con la nueva Jerusalén: "Con alegría y regocijo demos gloria a Dios, porque han llegado las bodas del Cordero, su esposa está ya preparada y a él le ha sido dado vestirse de lino fino, limpio y puro" (19,7-8); 'iY vi la ciudad santa, la nueva Jerusalém, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo" (21,2).
i) El "primero " y el "prototipo" de los signos (v. 11 a). Varios comentaristas ponen de relieve el hecho de que Juan llama al milagro de Caná el arjê de los prodigios realizados por Jesús (v. 11a). Por tanto, no era solamente el primero, sino también el arquetipo de todos los demás que habrían de seguir.
La palabra arjê (= comienzo) parece puntualizar en Juan el momento en que Jesús comenzó a revelarse a los discípulos (cf Jn 15,27; 16,4; IJn 1,1-3). Pues bien, este comienzo de revelación progresiva tuvo su primer paso en Caná de Galilea y se prolongará a lo largo de todo el evangelio.
Si valen estas observaciones, el vino nuevo de Caná, además de ser el primer signo, es también el prototipo, el arquetipo de los demás signos. A semejanza del de Caná, también los prodigios sucesivos están ordenados a manifestar la gloria de Jesús, a suscitar la fe en él, y preludian el signo máximo del tercer día, el de la hora de Cristo, es decir, el de la muerte-resurrección, sello y cumbre de toda su acción redentora.
Por tanto, los milagros (que Juan llama signos) son gestos visibles que remiten a una realidad invisible, ya que impulsan a leer en profundidad el misterio del "hombre que se llama Jesús" (Jn 9,11). Todo lo que ocurre en Jesús de Nazaret, principalmente con el acontecimiento pascual, revela la gloria del Verbo, que puso su tienda entre nosotros (Jn 1,14).
j) La fe de los discípulos (v. 11b). "Y creyeron en él sus discípulos" (v. 11b). Más concretamente: ¿qué es lo que comprendieron los discípulos después de aquel prodigio? Quizá haya que distinguir dos tiempos: el prepascual y el pospascual.
Antes de pascua, más exactamente el mismo día en que los discípulos fueron testigos del prodigio de Caná, ellos no pudieron, lógicamente, penetrar en el secreto profundo de la identidad de Cristo; es decir, no estaban en disposición de comprender su dimensión trascendente. Habiendo creído por causa del milagro-signo, es razonable pensar que su fe se refería a la mesianidad de Jesús como ya había sucedido con Natanael (cf Jn 1,47-50; luego 7,31; 10,41-42; 12,37.42).
Después de la resurrección, la iglesia queda totalmente iluminada sobre el misterio de Cristo. Por eso, al recordar lo que sucedió en Caná Juan (y con él la comunidad cristiana) comprendió que ya en aquel signo inicial Jesús comenzaba a revelarse como el esposo "divino " de las bodas mesiánicas, de aquellas bodas figurativas de la nueva alianza que habrían de sancionarse al tercer día de la pascua, cuando llegara la hora de Jesús: "En aquel día [= la pascua] vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mi y yo en vosotros" (Jn 14,20).
k) La nueva comunidad mesiánica (v. 12). La revelación del signo de Caná tiene una consecuencia que el evangelista sintetiza en el versículo que termina el episodio: "Después de esto (Jesús) bajó a Cafarnaún con su madre, sus hermanos y sus discípulos, y allí estuvieron sólo unos días" (v. 12).
En el estilo de Juan, la fórmula después de esto aparece cuatro veces, siempre en relación con Jesús (Jn 2,12; 1 1,7.1 1; 19,28); su función parece ser la de establecer una conexión lógica entre lo que precede y lo que sigue, como si el trozo siguiente fuera una consecuencia o una nueva ilustración de lo anterior.
En nuestro caso, la conexión entre los vv. 1-11 y el v. 12 podría ser ésta: el comienzo del relato presentaba a la Virgen, por un lado, a Jesús y a sus discípulos por otro, como dos grupos, que parecían llegar cada uno por su parte a la fiesta de la boda. Al final del episodio la Virgen, los hermanos y los discípulos de Jesús aparecen como un solo grupo, apretado en torno a él. Con mucha probabilidad el evangelista quiere decir que el motivo de esta fusión es la fe en Jesús, que han demostrado tanto la Virgen (v. 5) como los discípulos (v. 11). Más aún, en el plano de la fe no hay diferencias entre los parientes (la madre y los hermanos) y los discípulos 9h
Comenta M. Thurian: "Al final del relato, María y los discípulos forman la comunidad mesiánica, unida en la fe al Hijo de Dios que ha manifestado allí precisamente su gloria; allí está el núcleo de la iglesia en torno a su Señor..." (María, madre del Señor, figura de la Iglesia, 158).
CONCLUSIÓN.
Para decir la última palabra sobre la presencia de María en Caná, volvamos al principio del episodio, que Juan introduce con la indicación al tercer día (v. 1). Este inciso, como hemos explicado, tiene la finalidad de encuadrar el primer signo de Jesús también en el tercer día de la pascua. Así pues, si el evangelista establece una relación entre la revelación de Caná y la pascua, se abre camino una conclusión. Lo que ocurre en Caná es una anticipación figurativa de lo que habrá de suceder de forma duradera y permanente cuando Jesús, al resucitar el tercer día de entre los muertos, inaugure la era pascual. Con la resurrección llega la hora de la nueva y eterna alianza de Dios con los hombres (Jn 14 20, 20,19). Es una hora cuya duración se extiende durante todo el tiempo de la historia.
En la economía de este tercer día que estamos viviendo también nosotros como criados y discípulos del Señor en el banquete de las bodas mesiánicas, María sigue siendo lo que fue en Caná. Como madre de Jesús, se muestra atenta en insinuarle las múltiples carencias que puede sufrir la mesa mística, que es nuestra vida de comunión con el Cristo-esposo (cf Jn 3,29; Ap 19,7.9; 21,2). Queda aquí un espacio muy amplio para toda forma de pobreza, tanto de cuerpo como de Espíritu: la falta de fe, el hambre del ejército inmenso de pobres, las injusticias sociales, las guerras, la prostitución del dinero, del sexo, de la droga...
Sugiriendo una vez más, sin descanso, su invitación saludable: "Haced lo que él os diga", María orienta la aventura de la fe hacia un éxito feliz. Sus palabras tienen que unirse con aquellas en las que Jesús declara: "Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando" (Jn 15.14).
CARLO M. MARTINI
Me gustaría detenerme sobre todo en tres frases del relato:
La inicial: "Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí". La central, pronunciada precisamente por María: "No tienen vino". Y la final: "Allí Jesús manifestó su gloria", es decir, en este milagro hecho con ocasión de las bodas.
El misterio del tercer día
Partamos de las palabras iniciales, del misterio del tercer día.
Juan, que nunca usa casualmente ninguna palabra, introduce el episodio que abre la serie de los milagros de Jesús y la manifestación de su gloria con la mención del tercer día. ¿Qué es el tercer día? El evangelio de Juan comienza con la descripción de una intensa semana de acontecimientos, calculados casi día a día, hasta éste, que es el día último. Si leemos el cap. I, podemos fácilmente recuperar los primeros días del ministerio de Jesús. En el v. 28 encontramos "el primero", el día en que Juan Bta. anuncia la presencia de uno mayor que él.
"Al día siguiente", dice el evangelista, o sea, el segundo día, el propio Jesús entra en escena y es llamado Cordero de Dios.
"Al otro día", o sea el tercero, Jesús encuentra a dos discípulos y les dice: "Venid y veréis", y los discípulos se quedaron con él todo aquel día desde la hora décima. Por fin, "al día siguiente", el cuarto, Jesús se encamina hacia Galilea y encuentra a Felipe y Natanael. Aquí es donde empalma el evangelista: "Tres días después hubo una boda en Caná de Galilea". Si tenemos en cuenta que la frase bíblica "el tercer día" se traduce, en realidad, por "dos días después", incluyendo en el cómputo el primer día como uno de los tres, llegamos a colocar el episodio de Caná en el "Dia-Sexto" de la semana, que es el día de la creación del hombre y de la mujer.
Juan, que ha comenzado su evangelio con las mismas palabras del Gn: "En el principio...", nos hace recorrer una semana entera de acontecimientos, y el sexto día es éste, cuando en el misterio de un hombre y una mujer que hacen de sus vidas una unidad, en Caná de Galilea, Jesús manifiesta su gloria.
Puede decirse que el evangelista reconstruye una semana cronológica correspondiente a la "semana" inicial de la creación, con el intento de fechar el episodio de Caná y de hacerlo coincidir con el día en que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza y creó a la mujer para que le acompañara.
Con semejante simbolismo cronológico, San Juan subraya que lo que Jesús hará este día es la continuación y la culminación de la obra creadora de Dios a favor del hombre. Pero la intervención de Jesús se producirá al constatar cierto malestar en la situación del hombre, de la mujer y de la unión de ambos: "No tienen vino".
Por lo demás, todo el cuarto evangelio se mueve sobre afinidades que hay en toda la historia de la salvación. En los capítulos finales, Juan describirá también otro período de seis días; y la muerte de Jesús en cruz -con María, la Mujer, a su lado- será el sexto día. Allí Jesús restituirá al hombre-Juan en su plenitud.
En la cruz se manifestará plenamente la gloria de Dios que había empezado a manifestarse en el primer milagro de Caná; aquí la gloria emerge de manera inicial, si bien se da ya una idea del amor con que Dios se acerca a la situación humana percibiendo el íntimo malestar y restaurándola en su plenitud y gozo primigenio.
La incapacidad de amar.
En el cuadro que hemos tratado de esbozar, ¿qué puede significar la palabra de María: "No tienen vino?". En los evangelios hay expresiones paralelas a ésta. Me viene a la memoria, por ejemplo, la expresión: "Ya no nos queda aceite, y nuestras lámparas se apagan" (Mt 25. 8): es la misma situación de apuro y de imprevisión, también en una fiesta de bodas.
Otra exclamación semejante es la de los discípulos en el desierto: "No tienen suficiente pan (Jn 6, 1 ss).
Son, todas éstas, ocasiones en que el hombre aparece carente, no a la altura de las circunstancias, y, por lo mismo, se crea malestar en contraste con la atmósfera de fiesta, de gozo, de expectación, con la esperanza de un amor sin sombras. Allí donde se esperaba que la plenitud del amor, de la fiesta nupcial, del estar juntos escuchando la Palabra, produjera una felicidad plena y sin fin, resulta que de golpe falla la previsión humana, se agotan los recursos, la prudencia escasea y se produce una situación embarazosa que funciona como una trampa: el hombre y la mujer se ven incapaces, sin saber qué hacer.
La fiesta de bodas está a punto de cambiarse en una gran desilusión, en una señal de mala suerte que pesará siempre sobre la pareja, como si fueran personas perseguidas por el sino, incapaces de proveer, ya desde el principio, la buena marcha de la casa. Aparece, pues, el sentido profundo del grito: "¡No tienen vino!".
El hombre y la mujer, creados para realizar juntos la perfecta unidad, no tienen suficiente vino para el sexto día, cuando se debería ver actuando al hombre y a la mujer, el día de la fundación de la familia, del trabajo, de la construcción de la ciudad, que preludia al día séptimo, el del descanso.
El hombre y la mujer viven una experiencia de cerrazón y de bloqueo; todo se había fundado en el entendimiento mutuo, en la llamada a ser una cosa sola, y esta vocación se ve impedida por imprudencias, imprevisiones, carencias de todo género.
El discurso se amplía. El hombre y la mujer se sienten llamados al amor, sienten que es una vocación de la que no pueden prescindir y, sin embargo, experimentan la incapacidad de amar.
Es verdad que no siempre se tendrá la valentía de pronunciar esta palabra, demasiado dura, demasiado radical; se echará la culpa más bien a los malentendidos, las ambigüedades, los nerviosismos, las resistencias, el cansancio, el desgaste de la vida diaria, las diferencias de carácter, etc. Sólo raramente se llegará al interrogante existencial, que alguna vez un hombre o una mujer se plantean con voz fatigosamente modulada: "Pero yo, ¿soy de veras capaz de amar?" En el fondo de la existencia humana: el hombre, cada uno de nosotros llamados a amar, ¿somos capaces de amar verdaderamente? Nuestras reservas de amor, de paciencia, nuestras provisiones de vino, de aceite, de pan, ¿son suficientemente consistentes como para durar toda una vida? Cuántas veces se repite el grito: "¡Ya no tengo ganas, mi lámpara se apaga!" Y esto vale para toda vocación que entrañe opciones de unidad, de servicio prolongado y sacrificado. Y quizá tengamos cerca una persona como María, que lo dice porque ya se ha dado cuenta: "No tienen vino". No aguantamos más.
La fuerza transformadora de la Eucaristía.
La palabra final: "Allí Jesús manifestó su gloria", nos consigna el mensaje del paso evangélico que nos ha hecho entrar en lo vivo de una situación existencial tan frecuente y dramática.
La Eucaristía es la transformación del agua en vino, de la fragilidad del hombre en vigor y en sabor. Es el don del Espíritu, el único que nos da la certidumbre de ser capaces de amar.
La Eucaristía es la fuerza que alimenta toda forma de amor que crea unidad: el amor que crea unidad en el noviazgo, el amor que crea unidad en la vida matrimonial, el amor que crea unidad en la comunidad, en la Iglesia, en la sociedad. La Eucaristía es la manifestación de la potente gloria de Dios.
El hombre que se encuentra sin vino, quizá sólo con una provisión de agua incolora, inodora e insípida, necesita de la plenitud del Espíritu nuevo que le transforme el corazón y la mente. Sólo así podrá confiar en un tipo de amor que no sea únicamente entusiasmo, primer proyecto, primeras experiencias, sino fuerza duradera para toda la vida. Por eso la Eucaristía se nos presenta como aquel Jesús que, atrayéndolo todo hacia sí desde la cruz, da al hombre, a la mujer, a la humanidad, la capacidad de ser ellos mismos.
ALESSANDRO PRONZATO
MATERNAL
"...No tienen vino".
Nunca como entonces se me ha presentado la Virgen en su específica función materna: la que me hace caer en la cuenta de lo que me falta.
Una madre preocupada de lo que no tengo.
Una madre que se da cuenta de lo que no soy... Como si me dijera: corres mucho, pero siempre llegas con retraso. Con retraso, sobre todo, respecto a ti mismo.
Te inquietas demasiado. Pero concluyes bien poco. Porque en tu existencia no hay espacio suficiente para el silencio, la adoración, la contemplación, la inutilidad. Sobre tu mesa está todo. Pero te falta... el resto. Eres pobre de lo esencial.
Hablas mucho de Dios, quizás demasiado. Y te olvidas con frecuencia de hablar con Dios, de dejarlo hablar.
Párate un momento, antes que sea demasiado tarde. Vive. No te dejes simplemente vivir. Vive de vida. No vivas del vacío, de la banalidad, de tonterías.
No rellenes el vacío con cosas inútiles. No debes limitarte a mirar con ansiedad el reloj. Has de dar un significado a los días, a las horas, a los minutos. Tienes necesidad urgente de un suplemento de ser.
"... No tienen vino".
Vives sin alegría, y ni te enteras. Tu alegría, en efecto, es superficial, epidérmica, atada a la cantidad de bagatelas, y no anclada en las profundidades de tu ser. Y creo que esta función de "recordar" lo que nos falta es un quehacer de la Virgen en favor de todos los cristianos para que éstos, a su vez, lo ejerciten en favor del mundo entero.
En efecto, la función profética de la Iglesia me parece que consiste esencialmente en esto: Revelar y producir lo que falta a gente que se cree poseerlo todo. "La producción de bienes superfluos termina por hacer superfluo al hombre" (·Passolini).
Nosotros, al contrario, debemos reafirmar la primacía absoluta del hombre. El hombre como medida de todo.
Debemos recordar que "Dios espera grandes cosas del hombre".
OCARM
Lectura
a) Clave de lectura:
El Evangelio de este segundo Domingo del Tiempo Ordinario nos pone a nuestra consideración las bodas de Caná, en Galilea. Tanto en aquellos tiempos como ahora, a todos nos gusta y siguen gustando las fiestas: sea un matrimonio o un bautismo, como la fiesta de cumpleaños, la fiesta del santo patrón o de la patrona de la iglesia, la fiesta de fin de año...fiestas y más fiestas...Hay algunas fiestas que quedan clavadas en nuestra memoria y que con el paso del tiempo adquieren un significado cada vez más profundo. Así como otras fiestas caen en lo más hondo del olvido. No las recordamos más, porque han perdido su significado. La fiesta de las bodas de Caná, así como está descrita en el evangelio de Juan (Jn 2,1-12), ha quedado viva en la memoria del pueblo cristiano, y para unos pocos revela un sentido profundo.
Para entender este descubrimiento progresivo del significado de las Bodas de Caná, debemos recordar que el Evangelio de Juan es diverso de los otros evangelios. Juan describe los hechos de la vida de Jesús de tal modo que los lectores descubran en ellos una dimensión más profunda, que sólo la fe consigue percibir. Juan hace, al mismo tiempo, una fotografía y unos rayos equis. Por esto, durante la lectura, es bueno prestar mucha atención a los detalles del texto, sobretodo a estas dos cosas: (i) las actitudes y comportamientos de las personas y (ii) a la falta y abundancia que aparecen en la fiesta de las bodas de Caná.
b) Una división del texto, para ayudarnos en su lectura:
• Juan 2,1-2: Fiesta de las bodas. María presente, Jesús está invitado.
• Juan 2,3-5: Jesús y su Madre ante la falta del vino.
• Juan 2,6: Las tinajas de la purificación estaban vacías.
• Juan 2,7-8: La iniciativa de Jesús y los sirvientes.
• Juan 2,9-10: El descubrimiento del signo por parte del maestresala.
• Juan 2,11-12: Comentario del evangelista.
Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto de este texto que más te ha gustado o te ha llamado más la atención? ¿Por qué?
b) ¿Qué ha llamado tu atención en las actitudes o comportamiento de las personas? ¿Por qué?
c) ¿Qué tipo de falta o abundancia había en la fiesta? ¿Cuál es el significado de este detalle?
d) ¿Qué ha hecho Jesús para ofrecer vino en abundancia?
e) Jesús comienza el anuncio del Reino en una fiesta de boda. ¿Qué nos quiere enseñar con este gesto?
f) ¿Cuál es el mensaje de este texto para nosotros hoy?
Para aquellos que quisieran profundizar más en el tema
a) Contexto para entender la fotografía y los rayos-x:
Cuando decimos “Fotografía”, indicamos los hechos en sí, tal como aparecen delante de nuestros ojos. Cuando decimos “Rayos-x”, indicamos la dimensión más profunda, invisible a los ojos, que se encuentra en los hechos y que sólo la fe nos la hace percibir y nos la revela.
Es en el modo de describir los hechos como Juan hace los Rayos –X a las palabras y gestos de Jesús. Mediante estos pequeños detalles y alusiones, él pone de relieve la dimensión simbólica y, haciendo así, nos ayuda a penetrar más profundamente en el misterio de la persona o del mensaje de Jesús. En las bodas de Caná, en Galilea, se da un cambio del agua de las purificaciones de los judíos en vino para la fiesta de las bodas. Veamos de cerca los detalles con los que Juan describe la fiesta, de modo que podamos entender el significado más profundo de este episodio tan bello y tan conocido.
b) Comentario del texto:
Juan 2,1-2: Fiesta de las bodas. Jesús está invitado
En el Antiguo Testamento, la fiesta de las bodas era un símbolo del amor de Dios hacia su pueblo. Era lo que todos esperaban en el futuro (Os 2,21-22; Is 62,4-5). Y precisamente en una fiesta de bodas, junto a una familia y una comunidad, Jesús cumple su “primer signo” (Jn 2,11). La Madre de Jesús se encontraba en la fiesta. Jesús y sus discípulos estaban invitados. O sea, la Madre de Jesús hacía parte de la fiesta. Simboliza el Viejo Testamento. También Jesús está presente, pero con vestido de invitados. Él no forma parte del Viejo Testamento. Junto a sus discípulos Él es el Nuevo Testamento que está llegando. La Madre de Jesús ayudará al paso del Viejo al Nuevo Testamento.
Juan 2,3-5: Jesús y su Madre ante la falta de vino
En lo más alegre de la fiesta, se acaba el vino. La Madre de Jesús reconoce los límites del Viejo Testamento y toma la iniciativa para que se manifieste el Nuevo Testamento. Se acerca a Jesús y constata: “¡No tienen vino!” Aquí aparecen tanto la foto como los rayos-x. La Foto representa la Madre de Jesús como persona atenta a los problemas de los otros en tal grado que se da cuenta que la falta de vino arruinaría la fiesta. Y no sólo constata el problema, sino que toma iniciativas para resolverlo. Los Rayos-X revelan la dimensión más profunda de la relación entre el Viejo Testamento (la Madre de Jesús) y el Nuevo Testamento (Jesús). La frase “¡No tienen vino!”, viene del Viejo Testamento, y despierta en Jesús la acción que hará nacer el Nuevo. Jesús dice: “Mujer, ¿que nos va a mí y a ti?” O sea, ¿cuál es el nexo entre el Viejo y el Nuevo Testamento? “Todavía no ha llegado mi hora”. María no entiende la respuesta como una negativa, puesto que dice a los sirvientes: “¡Haced lo que Él os diga”. Obrando así, Jesús enseña cómo se pasa del Viejo al Nuevo Testamento. La hora de Jesús, en la que se hará el paso del Viejo al Nuevo Testamento, es su pasión, muerte y resurrección. El cambio del agua al vino es la indicación anticipada del Nuevo, que nacerá a partir de la muerte y de la resurrección de Jesús.
A finales del siglo primero, se discutía entre los primeros cristianos sobre la validez del Antiguo Testamento. Algunos no querían saber ya nada del Viejo Testamento. En la reunión de los Apóstoles en Jerusalén, Santiago defendió la continuidad del uso del Viejo Testamento (Act 15,13-21). De hecho, a principios del segundo siglo, Marción rechazó el Viejo Testamento y se quedó solamente con los libros del Nuevo
Testamento. Algunos sostenían incluso, que después de la venida del Espíritu Santo no se debía recordar más a Jesús de Nazaret, sino hablar sólo de Jesús Resucitado. En nombre del Espíritu Santo decían: “Anatema sea Jesús” (1Cor 12,3).
Juan 2,6: Las tinajas de la purificación están vacías
Se trata de un pequeño detalle, muy significativo. Las tinajas solían estar siempre llenas, sobre todo durante una fiesta. ¡Aquí están vacías! ¿Por qué? La observancia de la ley de la pureza, simbolizada en las seis tinajas, ha agotado todas sus posibilidades. La antigua ley ha conseguido ya preparar a la gente a poder estar en unión de gracia y de justificación delante de Dios. ¡Las tinajas, la antigua alianza, están vacías! Ya no pueden generar una vida nueva.
Juan 2,7-8: Jesús y los sirvientes
La recomendación de la Madre de Jesús a los sirvientes es la última gran orden del
Antiguo Testamento: “¡Haced lo que Él os diga!” El Viejo Testamento mira hacia Jesús. De ahora en adelante las palabras y los gestos de Jesús marcarán la vida. Jesús llama a los sirvientes y les ordena verter agua en las seis tinajas.¡En total, más de seiscientos litros! Luego ordena sacar y llevar al maestresala. Esta iniciativa de Jesús acontece sin que los dueños de la fiesta intervengan. Ni Jesús, ni la Madre, ni los sirvientes eran los dueños obviamente. Ninguno de ellos fue a pedir permiso a los dueños. La renovación pasa por las personas que no pertenecen al centro del poder.
Juan 2,9-10: Descubrimiento del signo por parte del dueño de la casa
El maestresala prueba el agua transformada en vino y dice al esposo: “Todos sirven al principio el vino bueno. Tú, sin embargo, has conservado hasta ahora el vino bueno!” ¡El maestresala, el Viejo Testamento, reconoce públicamente que el Nuevo es mejor! Donde antes estaba el agua para los ritos de la purificación de los judíos, ahora hay vino abundante para la fiesta. ¡Era mucho vino! ¡Más de seiscientos litros, y la fiesta estaba para terminar! ¿Cuál es el sentido de esta abundancia? ¿Qué se hace con el vino sobrante? ¡Lo estamos bebiendo hasta hoy!
Juan 2,11-12: Comentario del evangelista
Este es el primer signo. En el Cuarto Evangelio, el primer signo sucede para ayudar en la reconstrucción de la familia, de la comunidad, para resanar las relaciones de base entre las personas. Seguirán otros signos. Juan no usa la palabra milagro, sino la palabra signo. La palabra signo indica que las acciones de Jesús en favor de las personas tienen un valor profundo, que sólo se descubre con los rayos-x de la fe. La pequeña comunidad que se ha formado en torno a Jesús aquella semana, viendo el signo, estaba ya en grado de percibir el significado más profundo y “creyó en Él”.
c) Ampliando conocimientos
• Bodas muy esperadas
En el evangelio de Juan, el comienzo de la vida pública de Jesús acontece en una fiesta de bodas, momento de mucha alegría y de mucha esperanza. Por esto mismo, las Bodas de Caná tienen un significado simbólico muy fuerte. En la Biblia, el matrimonio es la imagen usada para significar la realización de la perfecta unión entre Dios y su pueblo. Estas bodas entre Dios y su pueblo eran esperadas desde hacía mucho tiempo, ¡más de ochocientos años!
Fue el profeta Oseas (hacia el año 750 a C.) el que, por primera vez, representó la esperanza de estas bodas cuando narra la parábola de la infidelidad del pueblo ante las propuestas de Yahvé. La monarquía de Israel había abandonado a Yahvé y su misericordia, conduciendo al pueblo hacia falsos dioses. Pero el profeta, seguro del amor de Dios, dice que el pueblo será conducido de nuevo al desierto para escuchar de parte de Dios la siguiente promesa: “Te haré mi esposa por siempre, te haré mi esposa en la justicia y en el derecho, en la benevolencia y en el amor, y te esposaré en la fidelidad y tú reconocerás al Señor!” (Os 2,21-22). Estos esponsales entre Dios y el pueblo indica que el ideal del éxodo se conseguirá (Os 2,4-25). Después de casi ciento cincuenta años, el profeta Jeremías vuelve a tomar las palabras de Oseas para denunciar a la monarquía de Judá. Y dice que Judá tendrá el mismo destino que Israel por causa de su infidelidad (Jer 2,2-5; 3,11-13). Pero también Jeremías mira hacia la esperanza de unos desposorios perfectos con la siguiente novedad: será la mujer la que seducirá al marido (Jer 31,22). Y a pesar de la crisis general del destierro en Babilonia, el pueblo no pierde la esperanza de que un día este desposorio se realizará. Yahvé tendrá compasión de su esposa abandonada (Is 54,1-8). Con el regreso de los desterrados, la “Abandonada” volverá a ser la esposa acogida con mucha alegría (Is 62,4-5). También, observando la Novedad que está llegando, Juan Bautista mira a Jesús, el esposo esperado (Jn 3,29). En sus enseñanzas y conversaciones con la gente, Jesús vuelve a tomar la parábola de Oseas, el sueño de las bodas perfectas. Él se presenta como el esposo esperado. (Mc 2,19). En la conversación con la samaritana, se presenta discretamente como el verdadero esposo, el séptimo (Jn 4,16-17). Las comunidades cristianas aceptarán a Jesús como el esposo esperado (2 Cor 11,2; Ef 5,25-31). Las bodas de Caná quieren demostrar que Jesús es el verdadero esposo que llega para las tan esperadas bodas, portando un vino gustoso y abundante. Estas bodas definitivas están descritas con bellas imágenes en el libro del Apocalipsis (Ap 19,7-8; 21,1 a 22,5).
• La Madre de Jesús en el Evangelio de Juan
Aun no siendo llamada con el nombre de María, la Madre de Jesús aparece dos veces en el evangelio de Juan: al principio, en las bodas de Caná (Jn 2,1-5), y al final, a los pies de la Cruz (Jn 19,25-27). En los dos casos representa al Viejo Testamento que espera la llegada del nuevo, y en los dos casos, contribuye a la llegada del Nuevo. María es el lazo entre lo que había antes y lo que vendrá después. En Caná, la Madre de Jesús, símbolo del Viejo Testamento, es aquella que se da cuenta de los límites del Viejo Testamento y da los pasos para que pueda aparecer el Nuevo. A los pies de la Cruz, está junto al “Discípulo Amado”. El Discípulo Amado es la comunidad que crece en torno a Jesús, es el hijo que nace del Viejo Testamento. A petición de Jesús, el hijo, el Nuevo Testamento, recibe a la Madre, el Antiguo Testamento, en su casa. Los dos deben caminar juntos. De hecho, el Nuevo no se entiende sin el Viejo. El Nuevo no tendría base, fundamento. Y el Viejo sin el Nuevo sería incompleto: un árbol si frutos.
• Los siete días de la nueva creación
El texto comienza: “¡Al tercer día!” (Jn 2,1). En el capítulo precedente, Juan había repetido ya tres veces la expresión “Al día siguiente” (Jn 1,29.35.43). Haciendo cálculos, esto ofrece el siguiente esquema: El testimonio de Juan Bautista sobre Jesús (Jn 1,29) sucede el primer día. ”Al día siguiente” (Jn 1,29), o sea, el segundo día, sucede el bautismo de Jesús (Jn 1,29-34). El tercer día ocurre la llamada de los discípulos y de Pedro (Jn 1,35-42). El cuarto día, Jesús llama a Felipe y a Natanael (Jn 1,43-51). Finalmente, “tres días después” esto es, el séptimo día, o sea en pleno sábado sucede el primer signo de las bodas de Caná (Jn 2,1). A lo largo del evangelio Jesús realizará siete signos.
Juan usa el esquema de la semana para presentar el comienzo de la actividad de Jesús, El Viejo Testamento se sirve del mismo esquema para presentar la creación. En los primeros seis días Dios creó todas las cosas llamándolas por su nombre. El día séptimo descansó, y no trabajó más (Gen 1,1-2,4). Igualmente, Jesús en los seis primeros días de su actividad llama a las personas y crea la comunidad, la nueva humanidad. El séptimo día, o sea, el sábado, Jesús no reposa, sino que realiza el primer signo. A lo largo de los capítulos siguientes, del 2 al 19 inclusive, realizará todavía seis señales, siempre en sábado (Jn 5,16,9,14). En fin, en la mañana de la resurrección, cuando María Magdalena va al sepulcro, se dice: “El primer día de la semana” (Jn 20,1) es el primer día de la nueva creación, después de aquel sábado prolongado en los que Jesús hace los seis signos.
Acusado de trabajar en sábado, Jesús responde: “¡Mi Padre siempre trabaja, y también yo trabajo!” (Jn 5,17). A través de la actividad de Jesús entre Caná y la Cruz, el Padre completa lo que falta en la vieja creación, de modo que pueda surgir la nueva creación en la resurrección de Jesús.
MISAL DOMINICAL
II DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Sal 65, 4
Toda la tierra se postra ante ti, Señor,
y canta en tu honor, en honor de tu nombre.
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno,
que gobiernas el cielo y la tierra,
escucha las súplicas de tu pueblo
y concédenos tu paz en nuestro tiempo.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Concédenos, Señor,
participar dignamente de estos misterios,
pues cada vez que celebramos
el memorial del sacrificio de tu Hijo
se realiza la obra de nuestra redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Antífona de comunión Cf. Sal 22, 5
Tú preparas ante mí una mesa,
y mi copa rebosa.
Oración después de la comunión
Infunde en nosotros, Padre, tu espíritu de amor,
para que, saciados con el único Pan de vida,
permanezcamos unánimes en la misma fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO BÍBLICO
DOMINGO SEGUNDO
Como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios
Lectura del libro del profeta Isaías 62, 1-5
Por amor a Sión no me callaré,
por amor a Jerusalén no descansaré,
hasta que irrumpa su justicia como una luz radiante
y su salvación, como una antorcha encendida.
Las naciones contemplarán tu justicia
y todos los reyes verán tu gloria;
y tú serás llamada con un nombre nuevo,
puesto por la boca del Señor.
Serás una espléndida corona en la mano del Señor,
una diadema real en las palmas de tu Dios.
No te dirán más «¡Abandonada!»,
ni dirán más a tu tierra «¡Devastada!»
sino que te llamarán «Mi deleite», y a tu tierra «Desposada».
Porque el Señor pone en ti su deleite
y tu tierra tendrá un esposo.
Como un joven se casa con una virgen,
así te desposará el que te reconstruye;
y como la esposa es la alegría de su esposo,
así serás tú la alegría de tu Dios.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 95, 1-3. 7-10a.c
R. Anuncien las maravillas del Señor por todos los pueblos.
Canten al Señor un canto nuevo,
cante al Señor toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su Nombre. R.
Día tras día, proclamen su victoria.
Anuncien su gloria entre las naciones,
y sus maravillas entre los pueblos. R.
Aclamen al Señor, familias de los pueblos,
aclamen la gloria y el poder del Señor;
aclamen la gloria del Nombre del Señor. R.
Entren en sus atrios trayendo una ofrenda,
adoren al Señor al manifestarse su santidad:
¡que toda la tierra tiemble ante Él! R.
Digan entre las naciones:
«¡El Señor reina!
El Señor juzgará a los pueblos con rectitud». R.
El mismo y único Espíritu
distribuye sus dones a cada uno como Él quiere
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Corinto 12, 4-11
Hermanos:
Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos.
En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común. El Espíritu da a uno la sabiduría para hablar; a otro, la ciencia para enseñar, según el mismo Espíritu; a otro, la fe, también en el mismo Espíritu. A este se le da el don de curar, siempre en ese único Espíritu; a aquel, el don de hacer milagros; a uno, el don de profecía; a otro, el don de juzgar sobre el valor de los dones del Espíritu; a este, el don de lenguas; a aquel, el don de interpretarlas.
Pero en todo esto, es el mismo y único Espíritu el que actúa, distribuyendo sus dones a cada uno en particular como Él quiere.
Palabra de Dios.
ALELUIA Cf. 2Tes 2, 14
Aleluia.
Dios nos llamó por medio del Evangelio
para poseer la gloria de nuestro Señor Jesucristo.
Aleluia.
EVANGELIO
Éste fue el primero de los signos de Jesús,
y lo hizo en Caná de Galilea
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 2, 1-11
Se celebraron unas bodas en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Jesús también fue invitado con sus discípulos. Y como faltaba vino, la madre de Jesús le dijo: «No tienen vino». Jesús le respondió: «Mujer, ¿qué tenemos que ver nosotros? Mi hora no ha llegado todavía». Pero su madre dijo a los sirvientes: «Hagan todo lo que él les diga».
Había allí seis tinajas de piedra destinadas a los ritos de purificación de los judíos, que contenían unos cien litros cada una. Jesús dijo a los sirvientes: «Llenen de agua estas tinajas». Y las llenaron hasta el borde. «Saquen ahora, agregó Jesús, y lleven al encargado del banquete». Así lo hicieron.
El encargado probó el agua cambiada en vino y como ignoraba su origen, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua, llamó al esposo y le dijo: «Siempre se sirve primero el buen vino y cuando todos han bebido bien, se trae el de inferior calidad. Tú, en cambio, has guardado el buen vino hasta este momento».
Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en Caná de Galilea. Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él.
Palabra del Señor.
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