5 Domingo Tiempo Ordinario (C)

 Liturgia Viva – V Domingo del Tiempo Ordinario

 

Saludo (Ver Segunda Lectura)

Por la gracia de Dios somos lo que somos.

Que su gracia no permanezca estéril en nosotros.

Lo que importa es que difundamos la Buena Nueva de Salvación.

Que el Señor, Jesús, esté siempre con ustedes.

 

 

1.   Somos Llamados y Enviados

Si nuestra fe es verdaderamente parte integral de nuestras vidas, tendríamos que ser muy conscientes de su riqueza, que no podemos guardar solo para nosotros. Lo que vemos con ella, lo que vivimos con ella, queremos compartirlo con otros. Si la fe nos hace sentirnos felices y seguros en Dios, nos damos cuenta de que la hemos recibido no para nosotros solos. Hagamos a los otros felices y ricos en la fe: ésa es la vocación de todo cristiano. Pidamos al Señor aquí en la eucaristía que sepamos revelarle y llevarle a otros, al menos por medio de nuestra conducta auténticamente cristiana.

 

2.   La Rica Palabra de Dios

Es una suerte que la nueva liturgia haya abierto la Biblia para nosotros. No solamente la oímos ahora en nuestra propia lengua vernácula, sino que también el número y selección de textos leídos ha mejorado inmensamente. No es de extrañar que mucha gente tenga ahora una Biblia y que la lea regularmente ¿Por qué y para qué leemos la Biblia? ¿Es solamente para buscar consuelo en ella en momentos de dolor, o es que queremos conocer mejor a Dios, especialmente encontrando a Jesús y su mensaje?  Cuando conocemos a Dios mejor, ¿llevamos a otros más cerca del mismo Dios? Jesús nos pide hoy que difundamos su palabra y su mensaje. Escuchémosle, mientras él nos habla.

 

 

Acto Penitencial

 

Delante del Dios totalmente santo nosotros somos simplemente pecadores. Le pedimos que purifique nuestros labios y nuestros corazones y que nos envíe a anunciarlo a los otros como a nuestro Dios que cura y salva.

(Pausa)

Señor Jesús, tú entregaste tu vida por nuestros pecados según las Escrituras:

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Cristo Jesús, al tercer día tú resucitaste a una nueva vida para traérnosla como don y compartirla con nosotros.

R/ Cristo, ten piedad de nosotros.

 

Señor Jesús, por tu gracia tú nos llamas a ser apóstoles de tu Buena Noticia de salvación.

R/ Señor, ten piedad de nosotros.

 

Por tu gran misericordia, Señor, perdónanos, y que tu gracia no sea estéril en nosotros, sino que dé frutos de santidad. Llévanos a la vida eterna.

 

 

Oración Colecta

 

Oremos para que Dios nos haga capaces de hacer creíble el evangelio.

 

 (Pausa)

Oh Dios santo, origen y culmen de nuestra felicidad: Tú confías tu Buena Nueva de vida a personas débiles y falibles. Guárdanos libres del desaliento

y danos la fuerza para proclamar tu mensaje con el lenguaje de nuestra conducta y nuestra vida.

Que Jesús, tu Hijo, actúe con nosotros y en nosotros, para que tengamos el valor de decir:

“Aquí estoy, Señor, envíame como mensajero tuyo, para compartir tus alegres noticias de felicidad con todos los que estén dispuestos a escuchar”.

Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.

 

Primera Lectura (Is 6,1-8): Aquí Estoy, Envíame

Isaías creyó en la presencia de Dios en el Templo, pero no esperaba ver una visión del Dios santo. Movido por esta experiencia, aceptó convertirse en humilde profeta de Dios.

Segunda Lectura (1 Cor 15,1-11): Soy Apóstol por la Gracia de Dios

Pablo pensó que persiguiendo a los cristianos estaba defendiendo a Dios contra una secta peligrosa. Jesús le sorprendió y le hizo su apóstol.

Evangelio (Lc 5,1-11): Les Haré Pescadores de Hombres

Pedro y sus compañeros eran pescadores expertos. Jesús los llama para ser expertos pescadores de hombres. Ellos dejaron todo para seguirle.

 

Oración de los Fieles

 

Como pueblo elegido de Dios, presentemos a nuestro Padre del cielo las necesidades y plegarias de todos, y digámosle: 

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Por el Papa y por todos los Obispos, llamados por el Señor para ser “pescadores de hombres”, para que afronten con valor y esperanza las olas tempestuosas de nuestro tiempo de renovación y continúen predicando sin miedo el evangelio de Cristo, roguemos al Señor.  

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Por los misioneros, y por todos los que difunden el evangelio, para que por su propia vida evangélica y por su apertura a todos den testimonio de la universalidad y belleza del mensaje de Cristo, roguemos al Señor. 

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Por los llamados por el Señor a un servicio especial en la Iglesia, como sacerdotes o religiosos consagrados, para que su propia experiencia de Cristo sea la fuente de su fuerza para permanecer fieles a la llamada de Dios, roguemos al Señor

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Por todos los cristianos, para que tengan el coraje de arriesgar su bienestar, su confort y su paz personal para ayudar a presos y refugiados, ancianos, enfermos y extranjeros, roguemos al Señor.  

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Por nuestras comunidades cristianas, para que la celebración de la eucaristía nos comprometa cada vez más a cuidarnos los unos de los otros, y nos dé fortaleza para trabajar juntos para hacer nuestras comunidades vivas en Cristo Jesús, roguemos al Señor. 

 

R/ Escucha a tu pueblo, Señor.

 

Señor Dios nuestro, no somos más que gente débil. Haznos aptos para cumplir fielmente cualquier tarea que tú deseas que llevemos a cabo, con la fuerza de Jesucristo nuestro Señor.

 

Oración sobre las Ofrendas

 

Oh Dios y Padre nuestro: En estos signos de pan y vino celebramos el acontecimiento central que resume nuestra fe y da sentido a lo que somos y hacemos:

la muerte y resurrección de tu Hijo. Purifica nuestros labios y corazones con su cuerpo y su sangre y envíanos a proclamar con nuestras vidas que Jesús es nuestro Señor, que vive y nos ama, y que tú eres nuestro Padre bondadoso, ahora y por los siglos de los siglos.

 

Introducción a la Plegaria Eucarística

Alabamos a Dios por los apóstoles, testigos privilegiados de Jesús, que se convirtieron en pescadores de hombres, y con ellos estamos dispuestos a difundir la Buena Nueva de salvación. En el “Santo, santo” hacemos eco de las palabras de los ángeles, a quienes (según la Primera Lectura) Isaías oyó cantar la alabanza de Dios.

 

Introducción al Padre Nuestro

Con las palabras de Jesús, que nos salvó, oremos al Padre que nos convoca y nos ama por medio del Espíritu, que nos guía.

R/ Padre nuestro…

 

 

Líbranos, Señor

 

Líbranos, Señor, de todos los males y ven a nuestro encuentro en la humildad de nuestra condición humana pecadora.

Elimina lejos de nosotros el miedo de que somos demasiado incapaces para ser mensajeros e instrumentos de tu perdón y de tu amor, ya que eres tú mismo quien nos llama. Envíanos a preparar con alegre esperanza la venida gloriosa entre su pueblo de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

R/ Porque tuyo es el reino…

 

Invitación a la Comunión

Este es el Cordero de Dios que nos salvó del pecado por su muerte y resurrección. No somos dignos de recibirle, pero él nos purifica y nos envía a proclamar su amor.

R/ Señor, no soy digno…

 

Oración después de la Comunión

 

Señor Dios nuestro: Por amor tú nos has llamado a cada uno de nosotros para una tarea de vida, una misión, y para un papel intransferible en tu plan, que ningún otro puede cumplir por nosotros; tú has elegido a tu Iglesia para ser la testigo y el signo irremplazable de la muerte y resurrección de tu Hijo. Haznos a todos y cada uno de nosotros capaces de realizar nuestra misión

y envíanos “mar adentro” con la fuerza del cuerpo y sangre de nuestro único Salvador, Jesucristo nuestro Señor.   

 

Bendición

Hermanos: El Señor nos confía su palabra y su cuerpo eucarístico. Marchemos a proclamar su palabra y a ser su cuerpo visible para el mundo. —  Que el Señor nos bendiga para que nosotros, a nuestra vez, seamos una bendición para todos.

 

Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y permanezca para siempre.

 

 

 

Rema mar adentro.

 

 

Reconozco que un poco de envidia me da leer eso de que “la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la Palabra de Dios”. En otras épocas, eso pasaba también en nuestros templos. En Rusia, donde trabajo, no suele agolparse la gente, menos en Navidad y la noche de Pascua. Será que no tenemos el carisma de Jesús. Eso, por supuesto, no impide que nos entreguemos a la causa como el que más.

 

Con lo que sí nos podemos sentir identificados es con lo que sentía el profeta Isaías: “Ay de mí, estoy perdido”. Esa sensación surge a menudo al encontrarse con el Señor, porque sentimos que no somos dignos de ese regalo. Sobre todo, cuando nos hemos propuesto muchas veces ser mejores, no volver a pecar, y no nos sale bien. Repetimos los mismos errores, una y otra vez. Surge la tentación de rendirse. “¿Para qué esforzarse, si nada cambia?”

 

El problema, quizá, es que lo queremos hacer todo nosotros. Sin dejar que Dios intervenga. Hay que dejar que el ángel purifique nuestros labios y, consecuentemente, el corazón. Entonces todo cambia, y es posible ver la vida de otra manera, y aceptar la misión que el Señor nos encomiende. Y la mies es mucha, ya lo sabemos. “¿A quién enviaré?” Cuando hemos sentido que Dios, a pesar de todo, nos acepta sin condiciones, podemos ofrecernos para ser enviados. Donde sea necesario. Para que otros también lo sepan. Hace mucha falta.

 

Es lo que sintió san Pablo, con toda seguridad, “por la gracia de Dios”, que le permitió ser lo que fue. En la segunda lectura, el Apóstol de los gentiles hace una muy buena síntesis de nuestra fe, antes de agradecer al buen Dios que le haya permitido cambiar de vida, de perseguidor a apóstol, sin mérito por su parte.

 

Pablo se aplica en serio a explicar lo que es la razón de nuestra fe. Parece ser que, en nuestros días, a muchos les pasa como a los corintios del tiempo de Pablo. Eso de creer en todo lo que dice la Santa Madre Iglesia no les va. En vez de resurrección, algunos creen en la reencarnación, diez mandamientos parecen demasiados, ciertas cosas de las que dice el Santo Padre suenan “antiguas” y hay cosas que aceptan y otras que no de la doctrina eclesial. Una fe a la carta, en definitiva. Como en los restaurantes. Como casi todo en la vida moderna.

 

Quizá el problema esté en la falta de catequesis, de preparación. Y en la ausencia de vivencias profundas. A la fe no se llega de repente, como no llegó de repente a ser apóstol san Pablo, ni se convirtieron en cristianos de repente los corintios. Es necesario un avance gradual, apoyado en la Biblia, la Tradición y empujado por el Espíritu Santo. San Pablo nos presenta su experiencia, para que también nosotros leamos personalmente la Palabra y la escuchemos en las celebraciones de la comunidad, seamos parte activa de la Iglesia, de modo que el Espíritu nos vaya empapando poco a poco y pueda guiarnos.

 

De esta manera, también nosotros, cristianos del siglo XXI, podremos vivir nuestra fe, si no igual que la vivieron los habitantes de Corinto, sí de una forma similar. Como verdaderos discípulos del Señor, en la vida cotidiana. Entregados a la causa del Reino. Como Jesús.

 

Ese Jesús que, en el Evangelio, sale de Nazaret, donde había estado en la sinagoga, y vuelve al lago de Genesaret. Está buscando, nos damos cuenta, compañeros de camino para su misión, con Él al principio, y luego, por supuesto, continuar con este proyecto cuando ya no esté físicamente presente en este mundo.

 

Antes de llamar a los que consideró adecuados, no puede evitar predicar a aquellos que están en la orilla del lago. Porque su misión le pedía permanentemente hablar de su Padre, a tiempo y a destiempo. Como hoy, cuando Jesús se acerca a nosotros, mientras estamos en las cosas de cada día, en la vida cotidiana, allá donde nos encontremos.

 

Es curioso ver cómo Cristo se dirige a Pedro y a sus compañeros. Dicen los que entienden de esto que, para lograr una buena pesca, hay que salir de noche. Si no habían recogido nada, podemos suponer que no estarían de muy buen humor. Y encima un carpintero se acerca a decirles lo que tienen que hacer. Podría Pedro haberle dicho eso de “zapatero, a tus zapatos”, o mejor, “carpintero, a tus muebles”. Pero algo vería en Cristo, le habría escuchado hablando a la gente, y ya empezaría a sentir que en ese hombre había algo especial. Así que le hace caso. Y mereció la pena.

 

La reacción de Pedro ante la pesca milagrosa no deja lugar a dudas. Simón reconoce que no es digno de estar cerca de Aquél que puede realizar ese milagro. Como el profeta de la primera lectura. Ahora ya no hay un ángel que purifique, es el mismo Jesús el que le dice “No temas”. El encuentro con Cristo ha cambiado su vida y, desde ese momento, será pescador de hombres. Junto con su hermano Andrés, con Santiago y con Juan. Comienza a formarse el grupo de los Discípulos, que irán con Cristo a todas partes, para hacer lo que Él hacía y continuar con su obra.

 

Es bonito saber que siempre hay una cita de cada uno de nosotros con Dios. No todos nos hemos llevado el susto, o hemos tenido la suerte de disfrutar de una manifestación tan clara de Dios. Pero también somos capaces, en la sencillez de la oración, en el recogimiento de la plegaria, de encontrarnos con Dios. ¡Qué hermoso es pensar que a la hora que yo quiera tengo audiencia con Dios! Que en cualquier momento que yo quiera recogerme en oración, Dios me está esperando y me está escuchando. Esto también nos lo quieren revelar estas lecturas, que todo hombre tiene esa revelación íntima de Dios en su propio corazón.

 

A veces, podemos pensar como Isaías, como Pablo, como Pedro: – “¡Señor soy un pecador!” No importa. Dios no se complace en humillarnos por nuestros pecados, sino que Dios sabe que el hombre por sí no puede pretender la amistad con Él, ni mucho menos la colaboración con su obra. Y entonces despierta este sentimiento de humildad para llamarlo el mismo Dios: – “No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.”

 

Y si piensas que no puedes predicar el Evangelio, porque no es para todos, sí puedes hacer alguna otra cosa. Pedro puso su barca a disposición del Maestro; tú quizá puedas poner tus dones, tu coche, tu tiempo, como signo de que quieres vivir de otra manera, olvidándote de ti mismo, interesándote por los demás, ayudando a los necesitados, no solo materialmente. Porque la fe en Jesús significa escuchar su voz, y no las voces que, a tu alrededor, te invitan a centrarte sólo en ti mismo, a ser egoísta, a no mirar más allá de tus muros.

 

Se trata de demostrar qué o quién rige tu vida, la sabiduría del mundo o la sabiduría del Evangelio. No se trata de cambiar de vida radicalmente, como hicieron los Discípulos – a no ser que seas un asesino a sueldo, o un atracador de bancos, entonces sí – sino de vivir para una misión, la misión de Jesús. Desde luego, da vértigo. Pero, repito, tenemos las palabras de la Escritura. “No temas” –le dice a Isaías– tú que te sientes con labios impuros, se te purifican, y se te perdona todo. Y a Pablo también, siempre reconociéndose pecador, lo ha hecho el gran colaborador de su obra. Y a cada de uno de nosotros, a ti, también. “Rema mar adentro”. Intenta vivir así, solamente por amor, pensando en dar alegría y vida a todos nuestros hermanos. Como Jesús.

 


 

EVANGELIO

 

Dejándolo todo, lo siguieron.

 

+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 5,1-11

 

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la Palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret; y vio dos barcas que estaban junto a la orilla: los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

 Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

 Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

-   Rema mar adentro y echa las redes para pescar.

 Simón contestó:

-   Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.

 Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande, que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús, diciendo:

-   Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.

 Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

 Jesús dijo a Simón:

 - No temas: desde ahora serás pescador de hombres.

 Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

 

Palabra de Dios.

 

LA FUERZA DEL EVANGELIO

 

El episodio de una pesca sorprendente e inesperada en el lago de Galilea ha sido redactado por el evangelista Lucas para infundir aliento a la Iglesia cuando experimenta que todos sus esfuerzos por comunicar su mensaje fracasan. Lo que se nos dice es muy claro: hemos de poner nuestra esperanza en la fuerza y el atractivo del Evangelio.

 

El relato comienza con una escena insólita. Jesús está de pie a orillas del lago, y "la gente se va agolpando a su alrededor para oír la Palabra de Dios". No vienen movidos por la curiosidad. No se acercan para ver prodigios. Solo quieren escuchar de Jesús la Palabra de Dios.

 

No es sábado. No están congregados en la cercana sinagoga de Cafarnaún para oír las lecturas que se leen al pueblo a lo largo del año. No han subido a Jerusalén a escuchar a los sacerdotes del Templo. Lo que les atrae tanto es el Evangelio del Profeta Jesús, rechazado por los vecinos de Nazaret.

 

También la escena de la pesca es insólita. Cuando de noche, en el tiempo más favorable para pescar, Pedro y sus compañeros trabajan por su cuenta, no obtienen resultado alguno. Cuando, ya de día, echan las redes confiando solo en la Palabra de Jesús que orienta su trabajo, se produce una pesca abundante, en contra de todas sus expectativas.

 

En el trasfondo de los datos que hacen cada vez más patente la crisis del cristianismo entre nosotros, hay un hecho innegable: la Iglesia está perdiendo de modo imparable el poder de atracción y la credibilidad que tenía hace solo unos años.

 

Los cristianos venimos experimentando que nuestra capacidad para transmitir la fe a las nuevas generaciones es cada vez menor. No han faltado esfuerzos e iniciativas. Pero, al parecer, no se trata solo ni primordialmente de inventar nuevas estrategias.

 

Ha llegado el momento de recordar que en el Evangelio de Jesús hay una fuerza de atracción que no hay en nosotros. Esta es la pregunta más decisiva: ¿Seguimos "haciendo cosas" desde un Iglesia que va perdiendo atractivo y credibilidad, o ponemos todas nuestras energías en recuperar el Evangelio como la única fuerza capaz de engendrar fe en los hombres y mujeres de hoy?

 

¿No hemos de poner el Evangelio en el primer plano de todo? Lo más importante en estos momentos críticos no son las doctrinas elaboradas a lo largo de los siglos, sino la vida y la persona de Jesús. Lo decisivo no es que la gente venga a tomar parte en nuestras cosas, sino que puedan entrar en contacto con él. La fe cristiana solo se despierta cuando las personas descubren el fuego de Jesús.

 

 

RECONOCER EL PECADO

 

Apártate de mí, que soy pecador.

 

El relato de "la pesca milagrosa" en el lago de Galilea fue muy popular entre los primeros cristianos. Varios evangelistas recogen el episodio, pero sólo Lucas culmina la narración con una escena conmovedora que tiene por protagonista a Simón Pedro, discípulo creyente y pecador al mismo tiempo.

 

Pedro es un hombre de fe, seducido por Jesús. Sus palabras tienen para él más fuerza que su propia experiencia. Pedro sabe que nadie se pone a pescar al mediodía en el lago, sobre todo si no ha capturado nada por la noche. Pero se lo ha dicho Jesús y Pedro confía totalmente en él: «Apoyado en tu palabra, echaré las redes».

 

Pedro es, al mismo tiempo, un hombre de corazón sincero. Sorprendido por la enorme pesca obtenida, «se arroja a los pies de Jesús» y con una espontaneidad admirable le dice: «Apártate de mí, que soy pecador». Pedro reconoce ante todo su pecado y su absoluta indignidad para convivir de cerca con Jesús.

 

Jesús no se asusta de tener junto a sí a un discípulo pecador. Al contrario, si se siente pecador, Pedro podrá comprender mejor su mensaje de perdón para todos y su acogida a pecadores e indeseables. «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres». Jesús le quita el miedo a ser un discípulo pecador y lo asocia a su misión de reunir y convocar a hombres y mujeres de toda condición a entrar en el proyecto salvador de Dios.

 

¿Por qué la Iglesia se resiste tanto a reconocer sus pecados y confesar su necesidad de conversión? La Iglesia es de Jesucristo, pero ella no es Jesucristo. A nadie puede extrañar que en ella haya pecado. La Iglesia es "santa" porque vive animada por el Espíritu Santo de Jesús, pero es "pecadora" porque no pocas veces se resiste a ese Espíritu y se aleja del evangelio. El pecado está en los creyentes y en las instituciones; en la jerarquía y en el pueblo de Dios; en los pastores y en las comunidades cristianas. Todos necesitamos conversión.

 

Es muy grave habituarnos a ocultar la verdad pues nos impide comprometernos en una dinámica de conversión y renovación. Por otra parte, ¿no es más evangélica una Iglesia frágil y vulnerable que tiene el coraje de reconocer su pecado, que una institución empeñada inútilmente en ocultar al mundo sus miserias? ¿No son más creíbles nuestras comunidades cuando colaboran con Cristo en la tarea evangelizadora, reconociendo humildemente sus pecados y comprometiéndose a una vida cada vez más evangélica? ¿No tenemos mucho que aprender también hoy del gran apóstol Pedro reconociendo su pecado a los pies Jesús?

 

UNA PALABRA DIFERENTE

 

La gente se agolpaba... para oír la Palabra de Dios.

 

Al llegar al lago Genesaret, Jesús vive una experiencia muy diferente a la que había vivido en su pueblo. La gente no lo rechaza, sino que se agolpa a su alrededor. Aquellos pescadores no buscan milagros como los vecinos de Nazaret. Quieren oír la Palabra de Dios. Es lo que necesitan.

 

La escena es cautivadora. No ocurre dentro de una sinagoga, sino en medio de la naturaleza. La gente escucha desde la orilla; Jesús habla desde la superficie serena del lago. No está sentado en una cátedra sino en una barca. Según Lucas, en este escenario humilde y sencillo enseñaba Jesús a la gente.

 

Esta muchedumbre viene a Jesús para oír la Palabra de Dios. Intuyen que lo que él les dice proviene de Dios. Jesús no repite lo que oye a otros; no cita a ningún maestro de la ley. Esa alegría y esa paz que sienten en su corazón sólo puede despertarlas Dios. Jesús les pone en comunicación con él.

 

Años más tarde, en las primeras comunidades cristianas, se dice que la gente se acerca también a los discípulos de Jesús para oír la Palabra de Dios. Lucas vuelve a utilizar esta expresión audaz y misteriosa: la gente no quiere oír de ellos una palabra cualquiera; esperan una palabra diferente, nacida de Dios. Una palabra como la de Jesús.

 

Es lo que se ha de esperar siempre de un predicador cristiano. Una palabra dicha con fe. Una enseñanza enraizada en el evangelio de Jesús. Un mensaje en el que se pueda percibir sin dificultad la verdad de Dios y donde se pueda escuchar su perdón, su misericordia insondable y también su llamada a la conversión.

 

Probablemente, muchos esperan hoy de los predicadores cristianos esa palabra humilde, sentida, realista, extraída del evangelio, meditada personalmente en el corazón y pronunciada con el Espíritu de Jesús. Cuando nos falta este Espíritu, jugamos a hacer de profetas, pero, en realidad, no tenemos nada importante que comunicar. Con frecuencia, terminamos repitiendo con lenguaje religioso las «profecías» que se escuchan en la sociedad.

 

TODO ES GRACIA

 

Se admiraban de las palabras de gracia.

 

Los habitantes de Cafarnaúm se admiran de «las palabras de gracia» que salen de la boca de Jesús pues, al leer en la sinagoga el libro de Isaías, sólo recoge las palabras que hablan de salvación y no las de venganza y castigo.

 

Hace unos años los cristianos hablaban de la gracia con más frecuencia. Precisamente el dilema decisivo de la vida se formulaba en estos términos: «estar en gracia» o «estar en pecado». Hoy todo eso parece haber quedado arrinconado como algo de importancia secundaria, y la palabra misma «gracia» apenas tiene para muchos creyentes un significado especial.

 

Sin embargo, la fe cristiana no ha encontrado una palabra más adecuada para expresar la bondad, el cariño y la misericordia de Dios que impregnan y penetran nuestra existencia entera. El hombre no es un ser «des-graciado». No está en «des-gracia» ante Dios. Toda persona, lo sepa o no, cuenta siempre con su gracia. Aun el más indigno, el más perdido, está siempre envuelto por la gracia de Dios que lo acoge y ama sin fin.

 

Aunque una cierta predicación haya podido sugerir lo contrario, no es que los hombres tengamos que ser buenos para que Dios nos acepte y nos ame. Dios nos ama porque es Amor y no puede ser de otra manera. Y nosotros somos buenos dejándonos transformar por ese amor.

 

A pesar de nuestra mediocridad y nuestro pecado, Dios no deja de ofrecerse y comunicarse. No se retira de nosotros. Nuestro pecado no destruye su presencia amorosa. Sólo impide que esa presencia nos vaya liberando y construyendo como personas.

 

Dios sigue ahí, sosteniendo y alentando nuestro ser con amor, respetando totalmente nuestra libertad, llamándonos silenciosamente a una vida más plena. Por eso pudo escribir G Bernanos «todo es gracia», porque todo, absolutamente todo, está sostenido, envuelto y penetrado por el misterio de ese Dios que es gracia, acogida y perdón para todas sus criaturas.

 

Por otra parte, sería una equivocación pensar que la gracia es «algo» que se recibe de Dios sólo interiormente y de manera secreta e invisible, en lo más oculto del alma. La gracia es presencia salvadora de Dios que se nos regala permanentemente y de mil maneras a todos y cada uno de nosotros a través de personas, experiencias y acontecimientos que sostienen nuestra vida, nos interpelan y nos hacen crecer hacia la Vida definitiva.

 

La gracia es Dios presente en nuestra existencia entera. Todo cambiaría para nosotros si fuéramos capaces de creer un poco lo que dice el admirable Angelus Silesius: «Yo no existo fuera de Dios; Dios no existe fuera de mí».

 

TEOLOGIA DEL GUSANO

 

No tenías.

 

La culpa como tal no es algo inventado por las religiones, sino que constituye una de las experiencias humanas más antiguas y universales. Antes de que aflore el sentimiento religioso, se puede advertir en el ser humano esa sensación de «haber fallado» en algo. El problema no consiste en la experiencia de la culpa, sino en el modo de afrontarla.

 

Hay una manera sana de vivir la culpa. La persona asume la responsabilidad de sus actos «desacertados», lamenta el daño que ha podido causar y se esfuerza por mejorar en el futuro su conducta. Vivida así, la experiencia de la culpa forma parte de lo que significa ser una persona madura.

 

Pero hay también maneras poco sanas de vivir esta culpa. La persona se encierra morbosamente en su indignidad, fomenta sentimientos infantiles de mancha y suciedad, destruye su autoestima y se anula para crecer corno persona. El individuo se atormenta, se humilla y lucha consigo mismo, pero, al final de todos sus esfuerzos, sólo se encuentra con su propia culpabilidad.

 

Lo propio de la conciencia cristiana de pecado es vivir la experiencia de culpa ante un Dios que es amor y sólo amor. El creyente reconoce que ha sido infiel a ese amor infinito. Esto le da a su culpa un peso y una seriedad absoluta. Pero, al mismo tiempo, la libera de cualquier desesperanza, pues el creyente sabe que, aun siendo pecador, es aceptado por Dios y en él puede encontrar siempre la misericordia que salvan de toda indignidad y fracaso.

 

J. V. Bonet, experto en psicología religiosa, ha publicado un pequeño libro titulado Teología del «gusano». Autoestima y evangelio (Ed. Sal Terrae, Santander 2000) en el que, de manera sencilla y sugerente, denuncia esa forma malsana y pseudoreligiosa de vivir la culpabilidad que lleva todavía a no pocos a sentirse como «gusanos» despreciables ante Dios y no como «hijos amados» con amor insondable por un Padre.

 

El relato evangélico (Lc 5,1-ii) nos habla de Pedro como un hombre que, abrumado por su indignidad, se arroja a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy pecador». La respuesta de Jesús no podía ser otra: «No temas», no tengas miedo de ser pecador y estar junto a mí. Esta es la suerte del creyente: se sabe pecador, pero se sabe, al mismo tiempo, aceptado, comprendido y amado incondicionalmente por Dios.

 

ADHESIÓN RENOVADA

 

Subió a una de las barcas, la de Simón.

 

La crisis religiosa ha modificado profundamente la actitud de las gentes ante la Iglesia. Hoy se pueden observar entre nosotros las posturas más diversas ante la institución eclesial.

 

Algunos viven anclados en la nostalgia del pasado. La Iglesia, según ellos, ha cambiado demasiado. Ya no es lo que era. Se ha roto la unidad. Falta valentía para predicar la doctrina y la moral tradicional. La Iglesia se ha acomodado a las exigencias del mundo olvidando su verdadera misión.

 

Otro grupo mucho más numeroso y heterogéneo vive de forma pacífica. No piden mucho a la Iglesia ni a sus responsables: ni talante evangélico ni compromiso social. Casi todo les parece bien. Ellos se preocupan, sobre todo, de su relación con Dios. A la Iglesia sólo le piden que organice bien los servicios religiosos.

 

Hay sectores que se sienten incómodos dentro de la Iglesia. Critican su mediocridad y se distancian de ciertas actuaciones de la jerarquía. La Iglesia se les presenta como poco sensible a los valores de la modernidad, sin espíritu democrático, incapaz de asumir los derechos de la mujer, cerrada a la aportación de los teólogos más renovadores. Todo les empuja a vivir su fe cristiana «por libre».

 

Otros se han distanciado mucho más. Sólo sienten por ella desapego y hasta antipatía. No conocen demasiado la vida interna de la Iglesia ni les interesa. Ven en ella una gran

«multinacional» que defiende sus propios intereses y que, pese a ciertos retoques renovadores, siempre favorecerá el inmovilismo y una moral poco progresista.

 

Hay, sin embargo, sectores importantes de cristianos que están viviendo en estos momentos una experiencia nueva de la Iglesia. La sienten más suya. Han descubierto que lo más importante que ella tiene es Jesucristo y su Evangelio. Y esto es lo primero que buscan en ella. Por eso, no la magnifican ingenuamente, tampoco la descalifican con agresividad. Conocen de cerca sus problemas e infidelidades. Los sufren como propios y, por eso, la critican y tratan de purificarla desde dentro.

 

Para éstos, la Iglesia es, antes que nada, una comunidad donde celebran con gozo su fe y donde escuchan, junto a otros creyentes, el Evangelio de Cristo que alimenta su esperanza. Pero es también una comunidad llamada por Cristo a hacer un mundo más fraterno, más justo y humano. Por eso, se comprometen de forma activa.

 

Son estos creyentes los que, con su crítica lúcida, su adhesión cálida y su participación responsable, pueden colaborar en la conversión y renovación de esa Iglesia que los Padres de la

Iglesia veían en la «barca de Pedro» de los relatos evangélicos

 

. ¿UNA MORAL SIN PECADO?

 

No temas.

 

Se dice a menudo que ha desaparecido la conciencia de pecado. No es cierto. Lo que sucede es que la crisis de fe ha traído consigo una manera diferente, no siempre más sana, de enfrentarse a la propia culpabilidad. De hecho, al prescindir de Dios, no pocos viven la culpa de modo más confuso y solitario.

 

Algunos han quedado estancados en la forma más primitiva y arcaica de vivir el pecado. Se sienten manchados por su maldad. Indignos de convivir junto a sus seres queridos. No conocen la experiencia de un Dios perdonador, pero tampoco han encontrado otro camino para liberarse de su malestar interior.

 

Hay quienes siguen viviendo el pecado como transgresión. Es cierto que han borrado de su conciencia algunos

«mandamientos», pero lo que no ha desaparecido en su interior es la imagen de un Dios legislador ante el que no saben bien cómo situarse. Sienten la culpa como una ruptura con la que no es fácil convivir.

 

Bastantes viven el pecado como autoacusación. Al diluirse su fe en Dios, la culpa se va convirtiendo en «una acusación sin acusador» (P. Ricoeur). No hace falta que nadie los condene. Ellos mismos lo hacen. Pero ¿cómo liberarse de esta autocondenación?, ¿basta olvidar el pasado y tratar de eliminar la propia responsabilidad?

 

Se ha intentado también reducir el pecado a una vivencia psicológica más. Un bloqueo de la persona. El pecador sería una especie de «enfermo», víctima de su propia debilidad. Se ha llegado incluso a hablar de una «moral sin pecado» (A.

Hesnard). Pero ¿es posible vivir una vida moral sin vivenciar el pecado?

 

Para el creyente, el pecado es una realidad. Inútil encubrirlo o escamotearlo. Aunque se sabe muy condicionado en su libertad, el cristiano se siente responsable de su vida ante sí mismo y ante Dios. Por eso confiesa humildemente su pecado y lo reconoce como una ofensa contra Dios. Pero contra un Dios que sólo busca la felicidad del ser humano. Nunca hemos de olvidar que el pecado sólo ofende a dios en cuanto que nos daña a nosotros mismos, seres infinitamente queridos por él.

 

Sobrecogido por la presencia de Jesús, Pedro reacciona reconociendo su pecado: «Apártate de mí Señor, que soy un pecador.» Pero Jesús no se aparta de él sino que le confía una nueva misión: «No temas; desde ahora, serás pescador de hombres.» Reconocer el pecado e invocar el perdón es, para el creyente, la forma más sana de renovarse y crecer como persona.

 

ERROR NEFASTO

 

No temas.

 

Está muy extendida la idea de que la culpa es algo introducido por la religión. Muchos piensan que, si Dios no existiera, desaparecería totalmente el sentimiento de culpa, pues no habría mandamientos y cada uno podría hacer lo que quisiera.

 

Nada más lejos de la realidad. La culpa no es algo inventado por los creyentes, sino una experiencia universal que vive todo hombre, como lo ha recordado con insistencia la filosofía moderna (Kant, Heidegger, P. Ricoeur). Creyentes y ateos, todos nos enfrentamos a esta realidad dramática: nos sentimos llamados a hacer el bien, pero, una y otra vez, hacemos el mal.

 

Lo propio del creyente es que vive la experiencia de la culpa ante Dios. Pero ¿ante qué Dios? Si el creyente se siente culpable ante la mirada de un Dios resentido e implacable, nada hay en el mundo más culpabilizador y destructor. Si, por el contrario, experimenta a Dios como alguien que nos acompaña con amor, siempre dispuesto a la comprensión y la ayuda, es difícil pensar en algo más luminoso, sanante y liberador.

 

Pero ¿cuál es la actitud real de Dios ante nuestro pecado? No es tan fácil responder a esta pregunta. En el Antiguo Testamento se da un largo proceso que, a veces, los creyentes no llegan a captar. P. Ricoeur nos advierte que «todavía queda mucho camino hasta que comprendamos o adivinemos que la cólera de Dios es solamente la tristeza de su amor».

 

Pero resulta todavía más deplorable que bastantes cristianos no lleguen nunca a captar con gozo al Dios de perdón y de gracia revelado en Jesucristo. ¿Cómo ha podido irse formando, después de Jesucristo, esa imagen de un Dios resentido y culpabilizador? ¿Cómo no trabajar con todas las fuerzas para liberar a la gente de tal equívoco?

 

No pocas personas piensan que el pecado es un mal que se le hace a Dios, el cual «impone» los mandamientos porque le conviene a él; por eso castiga al pecador. No terminamos de comprender que el único interés de Dios es evitar el mal del hombre. Y que el pecado es un mal para el hombre, y no para Dios. Lo explicaba hace mucho santo Tomás de Aquino: «Dios es ofendido por nosotros sólo porque obramos contra nuestro propio bien.»

 

Quien, desde la culpa, sólo mira a Dios como juez resentido y castigador, no ha entendido nada. de ese Padre cuyo único interés somos nosotros y nuestro bien. En ese Dios en el que no hay absolutamente nada de egoísmo ni resentimiento, sólo cabe ofrecimiento de perdón y de ayuda para ser más humanos. Somos nosotros los que nos juzgamos y castigamos rechazando su amor.

 

La escena que nos describe Lucas es profundamente significativa. Simón Pedro se arroja a los pies de Jesús, abrumado por sus sentimientos de culpa e indignidad: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.» La reacción de Jesús, encarnación de un Dios de amor y perdón, es conmovedora: «No temas. Desde ahora, serás pescador de hombres.»

 

DISFRAZADOS

 

No temas.

 

Sería ingenuo pensar que las personas se disfrazan solamente por Carnaval y que las mascaradas de los hombres duran sólo estos tres días anteriores a la cuaresma.

 

Si observamos sinceramente nuestra vida, encontramos, ciertamente, momentos de honradez, franqueza y claridad. Pero, al mismo tiempo, todos sabemos que nuestra vida es, en gran parte, una mentira.

 

En cierto modo, se puede decir que nos mentimos a nosotros mismos a lo largo de toda la vida. Nos revestimos de máscaras hacia fuera y hacia dentro. Y nos pasamos la vida recortando, falseando o desfigurando las llamadas de la verdad.

 

Y no se trata de pensar ahora en nuestras mentiras, engaños y simulaciones de todos los días, sino en la gran mentira de nuestra vida en su conjunto. En esa capacidad nuestra de gritar la verdad a grandes voces y exigir siempre a otros grandes cosas, sin escuchar nunca nosotros mismos las llamadas de nuestra propia conciencia.

 

No es fácil salir de la mentira cuando llevamos años viviendo una relación superficial con nosotros mismos. No es fácil liberarse de la propia cobardía cuando hemos envuelto nuestra vida entera, con sus proyectos, ideales y relaciones, de vaciedad y cobardía.

 

Pero el gran privilegio del hombre es la insatisfacción. En lo más profundo de su corazón, algo se resiste siempre y le impide descansar satisfecho en la mentira.

 

Por eso, hay momentos de gracia tanto para el creyente como para el increyente. Momentos en los que una “luz interior” nos ilumina con claridad ineludible y nos descubre que en nuestra vida falta belleza, bondad, veracidad, auténtica amistad, verdadero amor.

 

Momentos de transparencia que dejan temblando nuestro corazón y nos hacen prorrumpir palabras semejantes a las de Simón Pedro al encontrarse con Jesús: “Apártate de mí Señor, que soy pecador”.

 

Es entonces cuando hemos de escuchar las palabras de Jesús: “No temas”. No hay que temer descubrir a Dios la verdad de nuestra vida, por fea y oscura que sea. Dios es mayor que nuestra conciencia. Creer en Él es “aceptar ser aceptados a pesar de ser inaceptables” (J.P. Tillich).

 

Tal vez, nuestra vida se juega en esos momentos privilegiados de luz y de verdad, cuando somos capaces de verlo todo sin máscaras ni disfraces. Si, entonces, todo nos condena, escuchemos el consejo de S. Agustín: “Si sientes ganas de escapar de Dios, no trates de esconderte de Él, escóndete en Él”.

 

 

NO SOMOS INOCENTES

 

Señor, soy pecador.

 

No admite fácilmente el hombre actual ser juzgado como culpable. Nadie quiere oir hablar de su propia culpa o pecado. Una cierta irresponsabilidad parece invadirlo todo.

 

Siempre la culpa la tienen otros. Nadie se hace responsable del egoísmo, la mentira, la injusticia o la violencia que invade nuestro vivir diario y nuestras relaciones sociales. Todo el mundo echa la culpa a todo el mundo.

 

S. Freud nos ha invitado a liberarnos de la culpa y eliminar la conciencia de pecado pues, según sus análisis, ello puede destruir una personalidad sana. Por otra parte, K. Marx nos ha enseñado a ver el mal no tanto en nosotros sino en las estructuras surgidas del capitalismo.

 

Es cierto que hay una manera infantil de vivir angustiado y paralizado por un sentimiento neurótico de culpa. Cierto también que vivimos dentro de unas estructuras socio-económicas que son, en muchos aspectos, objetivamente injustas. Pero ¿quiere esto decir que podemos vivir cada uno de nosotros «inocentemente», sin sentirnos ya responsables de pecado alguno?

 

J. Lacroix ha resumido la situación actual diciendo que «el ateísmo contemporáneo no es más que el rechazo de la

culpabilidad». Lo cierto es que, en muchas personas, el olvido de Dios ha ido acompañado de una pérdida aún mayor de responsabilidad moral.

 

Sin embargo, un hombre que quiera ser libre y responsable sabe confesarse culpable siempre que destruye la vida en sí mismo o en los demás.

 

Los creyentes sabemos por experiencia que reconocer nuestro pecado ante Dios no es destruirnos, sino renacer como hombres nuevos. La culpa, cuando es asumida con responsabilidad y

cuando se la sabe perdonada por el amor de Dios, no anula al hombre, sino que le hace crecer.

 

Pocas veces un creyente se siente más humano que cuando sabe confesar como Pedro: «Señor, soy un hombre pecador». Vivo demasiado cerrado a Dios, de espaldas a la verdad, contaminando egoísmo allí por donde paso, matando la esperanza de la gente, llenando el mundo de mentira, negando el verdadero amor a todos, renunciando a lo mejor de mí mismo, dando muerte a la vida.

 

Y pocas veces crece con tanta fuerza nuestra capacidad de regeneración como cuando escuchamos con fe agradecida esas palabras inolvidables dirigidas al fondo más íntimo de nuestro ser: «No tengas miedo».

 

 

¿MAS HUMANOS SIN DIOS?

 

Por tu palabra, echaré las redes.

 

Hoy todos nos sentimos humanistas. Todos estamos de acuerdo en que, de una manera o de otra, debemos buscar la liberación plena de la humanidad.

 

El verdadero problema surge cuando nos preguntamos cómo se puede hacer al hombre más humano.

 

A partir, sobre todo, de L. Feuerbach y C. Marx, la crítica atea a la religión ha insistido en que es necesario suprimir a Dios para lograr el nacimiento del verdadero hombre. Sólo cuando «el hombre sea el ser supremo para el hombre», la humanidad se pondrá en camino hacia su verdadera liberación.

 

Que el hombre sea el dios y creador de sí mismo puede resultar ciertamente seductor al hombre contemporáneo. Pero, ello no quiere decir que lo haga más humano.

 

Quizás, la cuestión más decisiva para el futuro de la fe entre nosotros sea la de saber si el hombre puede ser más humano sin Dios. ¿Cuándo es el hombre más grande y más humano, cuando sabe vivir desde la fe en el Dios liberador de Jesús, o cuando se le diviniza y se le deja solo, como dueño y señor de su existencia?

 

El mensaje de Jesús es un verdadero reto. Según el evangelio, el hombre no puede darse a sí mismo la salvación plena que anda buscando desde lo más hondo de su ser.

 

Sólo cuando acepta a Dios como único Señor y lo sabe acoger como origen y centro de referencia de todo su ser y su quehacer, puede el hombre alcanzar su verdadera medida y dignidad. Desde Dios puede descubrir el hombre los verdaderos límites de su ser y la grandeza de su destino.

 

¿Puede alcanzar el hombre su salvación total desde su esfuerzo autónomo y solitario? ¿Puede el hombre existir alguna vez como un ser autónomo, dueño de su existencia?

 

Lo importante es verificar cuál es el «dios» al que se somete y de quien hace depender su vida. Descubrir cuál es el «dios» público o privado al que adora.

 

En realidad, para cada uno de nosotros, «nuestro dios particular» es aquél al que rendimos totalmente nuestro ser. Todos conocemos el nombre de muchos de estos dioses: dinero, salud, éxito, sexo, poder, trabajo, rendimiento, prestigio, eficacia...

 

El relato evangélico nos invita a reflexionar «en nombre de quién estamos echando las redes». Pues es fácil pasarse toda la vida luchando sin lograr llenar de contenido verdaderamente humano nuestra existencia diaria.

  

REMA MAR ADENTRO

Fray Marcos

 

Lc 5, 1-11

 

INTRODUCCIÓN

Las tres lecturas de hoy van en la misma dirección. Experiencia de indignidad ante la cercanía de lo divino y salto al descubrimiento de lo que los protagonistas son por la cercanía de Dios.

· Isaías descubre que es un hombre de labios impuros, pero una vez tocado por el fuego, se cree capacitado para llevar a cabo la misión. Aquí estoy, mándame.

· Pablo, que se considera un aborto, reconoce que ha trabajado más que todos ellos, "pero no yo, sino la gracia de Dios en mí". · Pedro se reconoce "pecador" y pide a Jesús que se aleje, pero, dejándolo todo lo siguió.

En los tres casos se trata de proclamar la palabra de Dios. Una palabra que tiene fuerza por sí misma, independientemente de la indignidad de los que la proclaman. Incluso Jesús está allí para predicar "la palabra de Dios".

 

CONTEXTO

Después de la lectura del domingo pasado, se han sucedido varios episodios que hemos saltado:

ü la primera predicación en la sinagoga de Cafarnaún,

ü la curación de un endemoniado,

ü la curación de la suegra de Pedro y otros enfermos que le trajeron.

Empezamos hoy el capítulo 5 con un episodio múltiple:

ü la multitud que se agolpa en torno a Jesús para escuchar la palabra de Dios;

ü la enseñanza desde la barca;

ü la invitación a volver al mar;

ü la pesca inesperada;

ü la confesión de la indignidad de Pedro;

ü la llamada de los discípulos;

ü el inmediato seguimiento.

 

EXPLICACIÓN

El relato de Lucas que acabamos de leer tiene mucho que ver con el que Juan narra en el capítulo 21, después de la resurrección. Allí es Pedro el que va a pescar en su barca. También allí se habla de una noche de pesca sin fruto alguno. Jesús les manda, contra toda lógica que echen las redes a esa hora de la mañana. El mismo resultado de abundante pesca. Y también la precipitada respuesta de Pedro de ir hacia Jesús.

Dado el simbolismo que envuelve todo el relato, tiene más sentido en ambiente pascual. De hecho, Pedro llama a Jesús "Señor", título que sólo los primeros cristianos le asignaron. Cuando se escribieron estos evangelios, la "barca" ya era considerada como símbolo de la Iglesia caminando en medio del mundo hostil. Jesús enseña, pero una vez desaparecido él, son los cristianos lo encargados de predicar. La palabra de Dios llega ahora a todos desde la Iglesia.

Hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada. El hecho de que la pesca abundante sea precedida de un total fracaso tiene un significado teológico muy profundo. La actuación de los hombres, por su cuenta y riesgo lleva al fracaso. Tendrá éxito cuando actúe en nombre de Jesús.

Claro que "en nombre de Jesús" quiere decir que debemos actuar de acuerdo con su manera de pensar, de actuar y de decir, que es algo muy distinto a ponerlo como coletilla al final de nuestras oraciones.

Es simbólica también la sugerencia de Jesús: "rema mar adentro". En griego "bados" y en latín "altum" significan profundidad, y expresan mejor el simbolismo. Sólo de las profundidades se puede sacar lo más auténtico del hombre. Todo lo que buscamos en vano a nuestro alrededor, está dentro de nosotros mismos.

Pero ir más adentro no es tan fácil como pudiera parecer. Exige traspasar las seguridades del yo superficial y adentrarse en lo incontrolable de nuestro ser. Confiar en lo que no controlamos exige una fe-confianza auténtica.

Decía Teilhard de Chardin: "Cuando bajaba a lo hondo de mi ser, llegó un momento en que dejé de hacer pie y parecía que me deslizaba hacia el vacío". Dejar de controlar la situación exige renunciar a lo más firme de nuestro ego.

Fiado en tu palabra, echaré las redes. El que Pedro se fíe de la palabra de Jesús, que le manda contra toda lógica echar las redes a una hora impropia, tiene mucha miga. Las tareas importantes las debemos hacer siempre fiándonos de otro. Tenemos que dejarnos conducir por la Vida. Cuando intentamos por todos los medios domesticar lo que es más que nosotros, con el pretexto de que sabemos más que nadie, aseguramos nuestro fracaso. El mismo Nietzsche dijo: "El ser humano nunca ha llegado más lejos que cuando no sabía a dónde le llevaban sus pasos". Lo que trasciende a nuestro ser consciente es mucho más importante que el pequeñísimo espacio que abarcamos con nuestra razón. Dejarnos llevar por lo que es más grande que nosotros es signo de verdadera sabiduría. La evolución ha conseguido llevarnos a lo que somos sin contar para nada con nosotros.

El mar era el símbolo de las fuerzas del mal. "Pescar hombres" era un dicho popular que significaba sacar a uno de un peligro grave. No quiere decir, como se ha entendido con frecuencia, pescar o cazar a uno para la causa de Cristo. Aquí quiere decir ayudar a los hombres a salir de la influencia del mal. Pero sólo puede ayudar a otro a salir de la influencia del mal, el que ha encontrado lo verdadero de sí mismo e invita otro a encontrarlo también.

Lo mejor que puedo hacer por el otro es ser yo mismo. Crecer en mi verdadero ser es lo mejor que puedo hacer por todos los demás y por la creación entera. La primera y principal tarea de todo ser humano está dentro de él, nunca fuera. Aquí podemos descubrir los errores de planteamiento de la propia vocación, cuando la planificamos como hacer bien al prójimo, creyendo que eso es lo que espera Dios de mí. Dios sólo quiere que seas auténtico.

En las tres lecturas se está dilucidando la diferencia entre el verdadero Dios que libera, que salva y eleva al ser humano hasta su mismo ser, dándole su misma vida, y el ídolo que mantiene al hombre alejado, humillándolo y sometiéndolo.

Es más, mientras más hundido se sienta el hombre, más grande será el ídolo. Lo triste es que nos sentimos mucho más a gusto frente al ídolo, porque lo hemos creado nosotros a nuestra imagen. Eso es lo que haríamos nosotros si fuésemos Dios. Pero, sobre todo, ese es el dios más útil para mantener, en su nombre, a los seres humanos dominados.

El Dios de Jesús no admite siervos. Lo que desea para nosotros es lo que desea para Él; por eso nos hace partícipes de su misma Vida. Y espera de nosotros que llevemos esa misma vida a los demás.

Una vez descubierto el don de Dios, nos sentiremos capacitados para llevarlo a los demás. Sentiremos que en Él lo podemos todo. No caeremos en la trampa de creer que puede darnos o no dar, que puede elegirnos o no. Dios elige a todos, y no elige a nadie en particular.

Soy muy poca cosa, pero nadie puede ocupar mi lugar en el universo. Soy sólo una nota, pero imprescindible en el coro del universo. Lo único que debo pretender es que mi ser esté en armonía con el resto de la creación y así ayudar a desplegar la sinfonía universal.

El fallo más común es querer llevar la voz cantante por encima de los demás, estropeando el coro. Descubrir que soy sólo una voz, me ayudará también a valorar a los demás como indispensables para formar el coro armónico total. Y, dejándolo todo, lo siguieron. Estamos ante un lenguaje teológico. Es imposible que Pedro y sus socios dejaran las barcas con los peces cogidos, la familia y se fueran físicamente detrás de Jesús desde aquel instante.

El tema de la vocación es muy importante en la vida de todo ser humano. La vida es siempre ir más allá de lo que somos, por lo tanto, el mismo hecho de vivir nos plantea las posibilidades que tenemos de ir en una dirección o en otra al planificar mi futuro. Con demasiada frecuencia se reduce el tema de la "vocación" al ámbito religioso. Nada más ridículo que esa postura. Quedaría reducido el tema a una mínima minoría. Todos estamos llamados por Dios y nadie es llamado de una manera externa y ostensible. Los ejemplos de vocaciones que encontramos en la Escritura y en la vida, son experiencias internas de Dios. Estamos llamados a crecer desde nuestra nada.

La vocación no es nada distinto de mi propio ser. No es un acto puntual de Dios en un momento determinado de mi historia. Dios no tiene ninguna manera de decirme lo que espera de mí, más que a través de mi ser. Elige a todos de la misma manera, sin exclusiones ni privilegios. La meta es la misma para todos. Dios no puede tener privilegios con nadie.

Al crearme, me ha puesto todas las posibilidades de ser que yo debo desarrollar a lo largo de mi existencia. Ni puede ni tiene que añadir nada a mi ser. Desde el principio están en mí todas las posibilidades que puedo desplegar, no tengo que esperar nada de Dios. El creer que Dios me puede dar una vocación o puede no dármela es absurdo.

Desde esta perspectiva, descubrir mi vocación sería encontrar el camino que me llevará más lejos en esa realización personal, aprovechando al máximo todos mis recursos, mis aptitudes, mis cualidades.

Los distintos caminos no son, en sí, ni mejores ni peores unos que otros. Lo importante es acertar con el que mejor se adecue a mis aptitudes personales.

La vocación la tenemos que buscar dentro de nosotros mismos, no fuera. No debemos olvidar nunca que toda elección lleva consigo muchas renuncias que no se tienen que convertir en obsesión, sino en la conciencia clara de nuestra limitación. Si de verdad queremos avanzar hacia una meta, no podemos elegir más que un camino. El riesgo de equivocarnos no debe paralizarnos, porque, aunque nos equivoquemos, si hacemos todo lo que está de nuestra parte, llegaremos a la meta, aunque sea con un mayor esfuerzo.

 

Meditación-contemplación

 

"Rema mar adentro". Llega a lo profundo de tu ser.

Es una invitación que se hace a todo hombre.

Sin esa profundización, no es posible la plenitud humana.

La contemplación es el único camino.

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No es necesario que recorras los mares buscando alimento.

Aprende a pescar en tu propio pozo. Lo que con tanto afán buscas fuera de ti, lo tienes todo al alcance de la mano dentro de ti.

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Si no has pescado nada, ¿qué podrás ofrecer a los demás?

Si no has aprendido a pescar, ¿cómo podrás enseñar a los demás? Da verdadero sentido a tu vida, y ayudarás a los demás a conseguirlo.

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LA CATEQUESIS DE LUCAS EN EL RELATO DE LA

PESCA

Enrique Martínez Lozano

 

Lc 5, 1-11

Parece ser que la mayor parte de los relatos sobre Jesús circulaban "sueltos", como narraciones separadas. Esto permitía, e incluso facilitaba, que los autores de los evangelios pudieran situarlos en el contexto que les pareciera más oportuno, de acuerdo con sus propios objetivos.

Ese modo de hacer queda patente en el texto de hoy. Lucas ha elaborado una catequesis, a partir de un relato de vocación (en el que sigue a Marcos 1,16-20), pero enmarcado –cosa que Marcos no hacía- en un relato de milagro (como el que se encuentra en el epílogo de Juan 21,1-14), aunque con "acentos" característicos. La escena se sitúa en el lago de Genesaret –conocido también como de Galilea o, en la designación romana, Tiberíades-, una extensión de agua de 20 kilómetros de largo por 9 de ancho, y famoso por su pesca.

Desde el comienzo mismo, nos encontramos con peculiaridades propias de Lucas. La gente "se agolpa" para "oír la palabra de Dios": para nuestro autor, Dios habla a través de Jesús. La barca simboliza la misión de la comunidad y, dentro de ella, Pedro ocupa un lugar destacado. Quizás por eso, Lucas tiene cuidado en eliminar o, al menos, limar los rasgos más negativos del personaje, tal como aparecen en el evangelio de Marcos. La catequesis se centra, pues, en la necesidad de obedecer la palabra de Jesús, si se quiere que la tarea de la comunidad sea fructífera. Vienen de una experiencia tan frustrante (la brega de toda la noche no se había visto recompensada), que ya han desistido. Sin embargo, siguiendo la invitación de Jesús, ahora van a hacer lo mismo que han estado haciendo, sólo que apoyados en la palabra del Maestro.

Lucas tiene tanto interés en subrayar la espectacularidad –y, por tanto, el contraste- del resultado obtenido, que recurre a una hipérbole: las barcas "casi se hundían". El primer mensaje de la catequesis es claro: la misión sólo es eficaz cuando se apoya en la palabra y la persona de Jesús.

Lo ocurrido produce asombro y admiración, que se concreta en reconocimiento de Jesús ("se arrojó a sus pies") como "Señor" (Kyrie), hasta el punto de hacernos pensar que estamos ante un relato de apariciones del Resucitado.

La reacción de Pedro es característica de las que aparecen en la Biblia ante las teofanías: adoración y "temor", entendido como sobrecogimiento. La luz de lo percibido o experimentado realza la comprensión del "pecado", "indignidad" o "pequeñez" del testigo.

La respuesta de Jesús, por su parte, coincide también con la del Dios bíblico: "No temas". Ante cualquier tipo de sobrecogimiento, Dios aparece como fuente de confianza, que aleja todo temor.

Y, tras este segundo tema de la catequesis –la confianza-, la narración concluye con la forma clásica de un relato de vocación: la llamada de Jesús, acompañada de una promesa, y la respuesta pronta y radical del discípulo (y sus compañeros). La promesa juega con el dato de la profesión de Simón, para dar el salto simbólico a la misión: "pescar hombres" significa sacarlos del mal (= mar) para que puedan vivir, es decir, dar vida: exactamente lo que Jesús hacía.

El relato concluye con una fórmula estereotipada: "dejándolo todo, lo siguieron". De nuevo, hacen lo mismo que había hecho el Maestro quien, abandonando su familia y su trabajo, había adoptado un estilo de vida itinerante y, en cierto modo, marginal. Este sería el tercer motivo de la catequesis: la invitación al seguimiento radical.

Siempre lo hemos sabido, pero cada vez somos más conscientes de que el modo de percibir modifica, a veces de manera radical, lo percibido. "Todo es según el color del cristal con que se mira", escribía Campoamor.

Y esto no es necesariamente relativismo –aunque alguien pudiera interpretarlo así-, sino lucidez que reconoce humildemente nuestros condicionamientos a la hora de conocer. Basta que se modifique el paradigma o marco contextual para que veamos las cosas de un modo diferente. Y si lo que cambia es el nivel o estadio de conciencia, la modificación es inmensamente más radical.

Para quien se halla en un nivel mágico de conciencia, no hay ninguna dificultad en entender el relato de la pesca, de que habla nuestro texto, de un modo literal; si es el nivel mítico, el relato de la vocación presentará unos matices cercanos al proselitismo... Pero cuando emerge el nivel racional y, más aún, el transpersonal, la lectura se modifica.

La expresión "pescar hombres", en un nivel mítico, implica una actitud proselitista: la conciencia mítica se cree poseedora de la única verdad, a la que ha de traer a quienes no la conocen. Sin embargo, desde el nivel transpersonal, se entiende como una actitud de servicio eficaz a favor de la humanidad, en la conciencia compartida.

"Seguir a Jesús", en un nivel mítico, suponía entender que la salvación venía de "fuera", de un "salvador exterior"; y que nuestra vida únicamente cobraba sentido cuando se vivía en función de él, porque –uniéndolo al punto anterior-, sólo en él se encontraba "la verdad".

Sin embargo, desde la perspectiva transpersonal, no existe nada "fuera" de nada: todo se halla todo, en una interrelación básica. No hay lugar para ninguna heteronomía, ni siquiera para un dualismo. La expresión "seguir a Jesús", en este caso, no puede significar, sino que nos reconocemos en él, en cuanto espejo que nos refleja, en la no-separación constitutiva.

Actuar "en su nombre" –"por tu palabra, echaré las redes"- no tiene ningún componente mágico. Remite, más bien, a ese

"lugar" en el que reconocemos nuestra identidad más profunda.

"En tu nombre", es decir, en la Presencia que somos, en el Misterio que nos constituye, en la Unidad amorosa de Lo que es... Justamente es la experiencia de ese Misterio la que, como a Simón, nos "sobrecoge", produciéndonos asombro, admiración, adoración...

Queda claro que, en todos los niveles de conciencia, se apunta hacia la Verdad de lo que es. Y que también, en todos ellos, se puede hacer una lectura errónea y, por tanto, perjudicial, en cuanto se la absolutiza, confundiendo los conceptos con la verdad.

Para no caer en este tipo de absolutizaciones, necesitamos experimentar lo que somos. Ello nos permitirá tomar distancia de nuestras formulaciones mentales –siempre e inevitablemente relativas- y, simultáneamente, nos capacitará para "traducir" los textos sagrados al nuevo "idioma cultural" que empieza a hablar la humanidad. Tenemos aquí una tarea urgente, si no queremos que aquellos textos, por resultar incomprensibles, terminen perdiendo toda la riqueza que contienen.

 

LA VOCACIÓN BÁSICA DE TODO CRISTIANO

José Enrique Galarreta

 

Lc 5, 1-11

Seguimos haciendo una lectura semi-continua del evangelio de Lucas, aunque saltando algunos pasajes. El domingo pasado veíamos a Jesús al principio de su predicación, en Nazaret. Lucas lo lleva después a Cafarnaúm donde empieza su predicación y sus curaciones. Su fama se extiende, de manera que todo el mundo acude a escucharle.

El tema de fondo es la vocación de los primeros discípulos, dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. La vocación de los discípulos se refiere en los cuatro evangelios:

ü Juan 1:35-51,

ü Mateo 1:16-22,

ü Marcos 1:16-20.

Mateo y Marcos dan una versión semejante: Jesús pasa por la orilla del mar y llama, sin más, a las dos parejas de hermanos. Ellos dejan las redes y le siguen. Lucas lo presenta más dramático, como consecuencia del asombro por la pesca milagrosa. Juan no hace referencia alguna ni al mar ni a la pesca: habla solamente de llamamientos personales, directos; el orden del llamamiento es distinto, y el número de los llamados es mayor.

Esto nos indica por una parte la diversidad de fuentes utilizadas por los evangelistas, aparentemente tres. Por otra parte, el escaso interés de los evangelistas por el género estrictamente histórico. Importa, mucho más que los sucesos exactos, el significado de esos sucesos. Incluso lo que sucedió puede ser modificado si esto es conveniente para dejar más claro el significado, el mensaje. En este evangelio, por ejemplo, la abundancia de la pesca es sobre todo simbólica, y se repite en varios pasajes: indica la abundancia del Reino, contrapuesta a la pobreza de la vida sin Dios.

Lucas nos muestra el reclutamiento de los primeros discípulos en el contexto de la admiración del pecador ante el poder de Dios.

Es por tanto una línea paralela a la de la vocación de Isaías. Atraídos por la santidad de Dios, a pesar del pecado, enviados por Dios. Pero esta vez no se trata de clamar anunciando los castigos futuros. Esa imagen de Dios intolerante con el pecado es ampliamente superada por Jesús. Se trata de "pescar", es decir, salvar de las aguas del pecado. No son elegidos sólo para profetas sino para salvadores, libertadores como Jesús, que es Dios-con-nosotros-Salvador.

Es claro que los tres textos por tanto dan tres "versiones" diferentes del mismo tema, la vocación del apóstol, insistiendo en los mismos aspectos: la desproporción de la misión con la pequeñez del elegido; la posibilidad de realizarlo por la fuerza de Dios.

Es claro también que los elegidos no lo son por sus méritos. Ni siquiera por sus aptitudes, por sus cualidades. Es un tema habitual en toda la Escritura. Moisés es elegido a pesar de que no sabe hablar correctamente. David es elegido siendo el pequeño, el menos importante de sus hermanos... y muchos otros casos más. El ejemplo mayor sin embargo es el mismo pueblo de Israel, el más insignificante de los pueblos, y, además, pueblo rebelde ante Dios. Todo esto se interpreta siempre así: para que veáis que no son vuestras fuerzas sino el poder de Dios que está con vosotros.

Esto podría interpretarse en el Antiguo testamento como un alarde de Yahvé. Las victorias sobre los enemigos son victorias de Dios; Israel es sólo un instrumento, patéticamente desproporcionado. Esta es sin duda una lectura adecuada del famoso Paso del Mar, en el Libro del Éxodo.

Pero esta línea llega a su madurez en el Nuevo testamento. Los discípulos no son elegidos para hacer proezas militares luchando contra otros hombres u otros pueblos. Su único enemigo es el pecado y lo es porque es el enemigo del ser humano: esa es la única batalla de Dios. Los pecadores no son enemigos, sino enfermos, víctimas del pecado.

La imagen de "pescar" tiene mucho más significado que el que nosotros percibimos desde nuestra cultura. El mar es para nosotros un elemento de la naturaleza, más bien bello, aunque inmenso. Para Israel el mar y todas las aguas caudalosas siempre son imagen del caos, de la oposición a Dios, del pecado.

· Poner las aguas en su sitio es lo primero que hace Dios al crear, inmediatamente después de hacer la luz.

· Noé el justo es salvado por Dios de las aguas del diluvio, provocadas por el pecado.

· Moisés y el Pueblo son salvados de las aguas, del Nilo y del Mar.

· La última oposición a la entrada en La Tierra es el difícil (¿?) paso del Jordán, milagrosamente resuelto por el poder de Dios. Aunque en el contexto del desierto el agua es la vida, esto se reduce a los pozos y a los manantiales. Las grandes masas de agua son el caos, el poder de lo incontrolable, el pecado del que triunfa sólo el poder de Dios.

Dios se presenta como "El que salva del Caos", en el Génesis de modo muy genérico; en el Éxodo como salvador político del pueblo y más tarde, por medio de La Ley, en la Teofanía del Sinaí. El pecado es el Caos: la palabra de Dios, los Diez 

 

Las religiones tienden, por su propio carácter, a “cosificar” e incluso “momificar” el mensaje recibido: de ese modo, la novedad de la intuición original se transforma fácilmente en institución petrificada, que no despierta gozo ni produce vida. La profundidad a la que nos invita la palabra de Jesús –“rema mar adentro”- no se halla lejos, ni tiene que ver con ningún sueño alucinatorio. Es un nombre distinto para hablar de la Presencia. El presente es siempre nuevo y fresco, lleno de riquezas insospechadas y nunca tiene fin.

Sal de los mensajes reiterativos de la mente que, como cinta grabada, repite siempre los mismos contenidos, y ven, una y otra vez, al momento presente, hasta que tu propio “yo” se diluya en él.

Ese es el “mar adentro” que nos da miedo: el lugar de la novedad, en el que no podemos controlar, donde incluso se ve modificada la percepción habitual de nuestra identidad. Ciertamente, desde ese “mar adentro”, las cosas se ven de manera diferente, y eso es lo que nos permitirá salir de nuestras acostumbradas reacciones egoístas.

Sabemos bien cómo reaccionamos desde el ego: cómo vivimos, desde él, nuestro trabajo, nuestras relaciones, nuestros compromisos… Cuando, por el contrario, al venir al presente, nos situamos en la Presencia que somos y dejamos de percibirnos como “yo”, todo se ha modificado. Experimentamos, con sorpresa y con gozo, que otra manera de ver y de vivir es posible.

Es ahí donde podemos “echar las redes para pescar”, es decir, donde es posible favorecer la vida de las personas (“pescar” = sacar a las personas del mar/mal a la tierra/vida = ayudar a vivir). Porque las transformaciones profundas no vienen de propósitos, ni de ningún tipo de voluntarismo, sino que nacen de la comprensión: cuando vemos, cambiamos. Porque cambiar no es alcanzar alguna meta que se halle alejada, o cargar con algún peso añadido; cambiar es salir de la superficialidad para vivir, sencillamente, lo que somos en profundidad. Pero eso requiere que lo veamos.

Al verlo, la vida se ilumina, el miedo se transforma en confianza, y, como Jesús, nos hacemos servicio para los demás.

 

LA VOCACIÓN DE LOS DISCÍPULOS Y DE TODOS

NOSOTROS

José Enrique Galarreta

 

Lc 5, 1-11

Seguimos haciendo una lectura del evangelio de Lucas, aunque saltando algunos pasajes. El domingo pasado veíamos a Jesús al principio de su predicación, en Nazaret. Lucas lo lleva después a Cafarnaúm donde empieza su predicación y sus curaciones. Su fama se extiende, de manera que todo el mundo acude a escucharle.

El tema de fondo es la vocación de los primeros discípulos, dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. La vocación de los discípulos se refiere en los cuatro evangelios:

Juan 1:35-51, Mateo 1:16-22, Marcos 1:16-20.

              Mateo y Marcos dan una versión semejante: Jesús pasa por la orilla del mar y llama, sin más, a las dos parejas de hermanos.

Ellos dejan las redes y le siguen.

              Lucas lo presenta más dramático, como consecuencia del asombro por la pesca milagrosa.

              Juan no hace referencia alguna ni al mar ni a la pesca: habla solamente de llamamientos personales, directos; el orden del llamamiento es distinto, y el número de los llamados es mayor.

Esto nos indica por una parte la diversidad de fuentes utilizadas por los evangelistas, aparentemente tres. Por otra parte, el escaso interés de los evangelistas por el género estrictamente histórico. Importa, mucho más que los sucesos exactos, el significado de esos sucesos. Incluso lo que sucedió puede ser modificado si esto es conveniente para dejar más claro el significado, el mensaje. En este evangelio, por ejemplo, la abundancia de la pesca es sobre todo simbólica, y se repite en varios pasajes: indica la abundancia del Reino, contrapuesta a la pobreza de la vida sin Dios.

Lucas nos muestra el reclutamiento de los primeros discípulos en el contexto de la admiración del pecador ante el poder de Dios.

Es por tanto una línea paralela a la de la vocación de Isaías. Atraídos por la santidad de Dios, a pesar del pecado, enviados por Dios. Pero esta vez no se trata de clamar anunciando los castigos futuros. Esa imagen de Dios intolerante con el pecado es ampliamente superada por Jesús. Se trata de "pescar", es decir, salvar de las aguas del pecado. No son elegidos sólo para profetas sino para salvadores, libertadores como Jesús, que es Dios-con-nosotros-Salvador.

Es claro que los tres textos por tanto dan tres "versiones" diferentes del mismo tema, la vocación del apóstol, insistiendo en los mismos aspectos: la desproporción de la misión con la pequeñez del elegido; la posibilidad de realizarlo por la fuerza de Dios.

Es claro también que los elegidos no lo son por sus méritos. Ni siquiera por sus aptitudes, por sus cualidades. Es un tema habitual en toda la Escritura. Moisés es elegido a pesar de que no sabe hablar correctamente. David es elegido siendo el pequeño, el menos importante de sus hermanos... y muchos otros casos más. El ejemplo mayor sin embargo es el mismo pueblo de Israel, el más insignificante de los pueblos, y, además, pueblo rebelde ante Dios. Todo esto se interpreta siempre así: para que veáis que no son vuestras fuerzas sino el poder de Dios que está con vosotros.

Esto podría interpretarse en el Antiguo testamento como un alarde de Yahvé. Las victorias sobre los enemigos son victorias de Dios; Israel es sólo un instrumento, patéticamente desproporcionado. Esta es sin duda una lectura adecuada del famoso Paso del Mar, en el Libro del Éxodo.

Pero esta línea es aún imperfecta y sólo llega a su madurez en el Nuevo testamento. Los discípulos no son elegidos para hacer proezas militares luchando contra otros hombres u otros pueblos. Su único enemigo es el pecado y lo es porque es el enemigo del ser humano: esa es la única batalla de Dios. Los pecadores no son enemigos, sino enfermos, víctimas del pecado.

La imagen de "pescar" tiene mucho más significado que el que nosotros percibimos desde nuestra cultura. El mar es para nosotros un elemento de la naturaleza, más bien bello aunque inmenso. Para Israel el mar y todas las aguas caudalosas siempre son imagen del caos, de la oposición a Dios, del pecado. Poner las aguas en su sitio es lo primero que hace Dios al crear, inmediatamente después de hacer la luz. Noé el justo es salvado por Dios de las aguas del diluvio, provocadas por el pecado.

Moisés y el Pueblo son salvados de las aguas, del Nilo y del Mar. La última oposición a la entrada en La Tierra es el difícil (¿?) paso del Jordán, milagrosamente resuelto por el poder de Dios. Aunque en el contexto del desierto el agua es la vida, esto se reduce a los pozos y a los manantiales. Las grandes masas de agua son el caos, el poder de lo incontrolable, el pecado del que triunfa sólo el poder de Dios.

Dios se presenta como "El que salva del Caos", en el Génesis de modo muy genérico; en el Éxodo como salvador político del pueblo y más tarde, por medio de La Ley, en la Teofanía del Sinaí. El pecado es el Caos: la palabra de Dios, los Diez Preceptos, vienen a poner orden en ese caos. Es una simbología paralela a la de la luz. El pecado es caos y oscuridad: Dios trae el orden y la luz.

En esta misma línea, cuando los evangelistas presentan a Jesús caminando sobre las aguas, calmando la tempestad, salvando a Pedro de las aguas, provocando pescas milagrosas, enlazan con toda la línea del Antiguo Testamento que acabamos de exponer y nos muestran, de manera gráfica, con imágenes más que con palabras, que ahí está el Espíritu del Señor, el mismo que puso orden en el caos primigenio, el mismo que salvó a Noé y a Moisés y al Pueblo.

Por tanto, y una vez más, lo que Jesús está anunciando es cómo es Dios; y el Dios de Jesús es otra cosa completamente distinta de lo que se había entendido. No es Dios el que castiga y condena; es el pecado el que nos castiga y nos condena. Dios no amenaza; es el pecado el que amenaza. Dios salva, Dios es el Creador, el que hace existir y vivir; el pecado es el que hace morir.

La dramática imagen de la condenación es una constatación existencial del ser humano: el ser humano puede echarse a perder, destruirse. Es el precio de la libertad. Pero Dios no es el árbitro indiferente, el notario final que certifica que se ha destruido, ni mucho menos el que condena. Dios es el que ayuda a que no pase nada de eso, el que engendra y trabaja por sacar adelante a su hijo. Ése es el Dios de Jesús.

Finalmente, existe entre muchos cristianos la idea de que los llamados al apostolado son "los apóstoles", los sacerdotes, los religiosos... Es un grave error. Todos los que siguen a Jesús son llamados por Dios para que sean creadores de humanidad como él. Esta no es una vocación especial de algunos, sino la vocación básica de todo cristiano: encendidos en la luz de Jesús para que en el mundo brille la luz de Jesús.

Esto es una invitación a ver nuestra vida cristiana de una manera "cotidiana", no "extraordinaria". No se trata de hacer cosas diferentes para ser "apóstol", ni de dedicar horas extras al apostolado, ni de pertenecer a asociaciones, meterse en actividades... que puede ser muy bueno e incluso necesario, pero sólo además. Además de la vida cotidiana, que es nuestro servicio, nuestro trabajo querido por Dios, lo que tiene valor profético. La misión de todos los cristianos es hacer visible el reino, vivir como hijos de Dios: así se anuncia la Buena Noticia. Hay en la iglesia vocaciones de consagración exclusiva. Como los profetas, o los Apóstoles. Los sacerdotes, los religiosos... que tienen un carisma propio, una función específica en la Iglesia. Sirven para la Iglesia, para alimentar a la Iglesia, al Pueblo de Dios. Pero no son ellos "los" apóstoles, "los" profetas. La vocación de anunciar el Evangelio es de la Iglesia entera. Lo que anuncia el Evangelio es la vida cotidiana de los

cristianos. Así hemos de entender la oración, los sacramentos, la Eucaristía... como medios que nos ayudan a vivir para que nuestra vida sea apostólica, profética. Ser padre, madre, esposo, esposa, médico, albañil, maestro, estudiante.... ese es nuestro trabajo querido por Dios, y eso es nuestro apostolado. Para que lo sea, necesitamos de la Palabra de Dios, de la Oración, de la Eucaristía.... Pero estarán vacías si no sirven para que la vida cotidiana anuncie el Reino.

Aquí podemos hacer una seria consideración sobre el sentido de ser cristiano, tan común. "Ser cristiano es conocer la ley de Dios y obedecerla, y poder recibir el perdón cuando se falla, y así poder salvarse". ¡Qué empequeñecimiento del mensaje! Ser cristiano es comprometerse con Dios en la Creación y en la Salvación del ser humano.

Y otra reflexión sobre la frase tan usada: "Sacerdos, alter Christus", el sacerdote, otro Cristo. Debería decir: "El cristiano, otro Cristo". Anunciar el Reino, ser Palabra de Dios en el mundo no es trabajo de los sacerdotes, sino de los cristianos.

 

ISAÍAS Y PEDRO: DOS VOCACIONES MUY DISTINTAS

José Luis Sicre

 

Después del fracaso en Nazaret (que leímos el domingo pasado),

Lucas presenta a Jesús predicando y haciendo milagros en Cafarnaúm e incluso más al sur, en las sinagogas de Judea. Pero la liturgia dominical no lee nada de esto (Lc 4,34-44), sino que pasa a la vocación de los primeros discípulos. Así titulan este episodio la mayoría de las Biblias, aunque el relato de Lucas podríamos titularlo, con más razón, “La vocación de Pedro”. A propósito de la visita de Jesús a Nazaret vimos que Lucas se basa en el evangelio de Marcos, pero lo modifica para enfocar el episodio de forma nueva. Hoy ocurre lo mismo con la vocación de los primeros discípulos. Para comprender el relato de Lucas conviene recordar el de Marcos.

 

El escueto relato de Marcos sobre la vocación de los primeros discípulos

Caminando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés que echaban las redes al lago, pues eran pescadores. Jesús les dijo: “Veníos conmigo y os haré pescadores de hombres”. Al punto, dejando las redes, le siguieron. Un trecho más adelante vio a Santiago de Zebedeo y a su hermano Juan, que arreglaban las redes en la barca. Inmediatamente los llamó. Y ellos dejando a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros, se fueron con él.

El relato, que cambiará la vida de los protagonistas, no puede ser más breve. Parecen simples notas para ser desarrolladas por Marcos en su comunidad. Dos parejas de hermanos, un lago, unas redes, una barca, el padre de dos de ellos, unos jornaleros. En este ambiente tan sencillo y cotidiano, Jesús se encuentra por primera vez con estos cuatro muchachos, los llama, y ellos lo siguen dejándolo todo. Una reacción que desconcierta a cualquier lector atento.

 

Los tres cambios que introduce Lucas

1.          El primero pretende hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos. No es la primera vez que se encuentran con él. Jesús ya ha estado antes en Cafarnaúm, incluso ha comido en casa de Simón y ha curado a su suegra. Luego ha seguido su vida de predicador itinerante y solitario, pero, cuando vuelve a Cafarnaúm, no es un desconocido. Es un maestro famoso y la gente se agolpa para escucharle. El lector no se extraña de que lo sigan.

2.          Si el primer cambio tiene su lógica, el segundo nos desconcierta: mientras Marcos cuenta la vocación de cuatro discípulos, Lucas centra su atención en Pedro, hasta el punto de que ni siquiera nombra a su hermano Andrés. Jesús sube a la barca de Simón, le pide que se aleje un poco de tierra; con él dialoga después de hablar a la multitud, ordenándole adentrarse en el lago y echar las redes; y Simón Pedro es el único que reacciona arrojándose a los pies de Jesús y reconociéndose pecador. Aunque luego se menciona a Santiago y Juan, que también seguirán a Jesús, las palabras finales y decisivas las dirige Jesús solo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”.

3.          El tercero consiste en reforzar la importancia de Jesús. No se limita a pasear por el lago (como cuenta Marcos) sino que está predicando a la gente, que se agolpa a su alrededor hasta el punto de necesitar subirse a una barca. Luego, Simón le da el título de “Maestro” y le obedece, volviendo a pescar, aunque parece absurdo. Finalmente, Simón cae de rodillas y lo reconoce como un personaje santo, no un pobre pecador como él. La vocación de los discípulos supone un mayor conocimiento de Jesús.

 

¿Qué pretende decirnos Lucas con estos cambios? La finalidad del primero es clara: hacer más comprensible el seguimiento de los discípulos.

El segundo pretende poner de relieve la figura de Pedro. Lo mismo hace Lucas al final de su evangelio, cuando pone en boca de los discípulos estas palabras: “Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón” (Lc 24,34). Simón protagonista al comienzo y al final del evangelio de Lucas. Es posible que algunos cristianos, basándose en el duro ataque de Pablo a Pedro en Antioquía (contado en la carta a los Gálatas), pusiesen en discusión su autoridad, y Lucas quisiera ponerla a salvo.

El tercer cambio nos recuerda que cualquier vocación sirve para conocer mejor a Jesús. El relato de Marcos dice que Jesús no es un francotirador cuya obra desaparecerá con su muerte; quiere y busca colaboradores que continúen su misión. Lucas añade el aspecto de la enseñanza y la autoridad. Pero sugiere también algo mucho mayor: es un personaje santo, que provoca en Simón un sentimiento de indignidad. Para comprender este aspecto hay que recordar la vocación de Isaías, primera lectura de este domingo.

 

El relato de la vocación de Isaías (1ª lectura)

Retrocedamos ocho siglos, al 739 a.C., año de la muerte del rey

Ozías. En ese momento sitúa Isaías su vocación. Pero la cuenta de un modo muy distinto. En ese encuentro inicial con Dios lo que más le llama la atención es su majestad y soberanía, que destaca mediante tres contrastes. El primero con Ozías, muerto; del rey mortal se pasa al rey inmortal. El segundo, con los serafines, a los que describe detenidamente, mientras de Dios solo puede decir que “la orla de su manto llenaba el templo”. El tercero, con Isaías, que se siente impuro ante el Señor. Tenemos tres binomios que subrayan la soberanía de Dios (vida-muerte, invisibilidad-visibilidad, santidad-impureza). Todo esto, enmarcado en un terremoto que hace temblar los umbrales y llena de humo el templo.

Basándose en la queja de Isaías (“soy un hombre de labios impuros”), un serafín purifica sus labios, como símbolo de la purificación de toda la persona. Por eso, la consecuencia final no es que Isaías ya tiene los labios puros, sino que “ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado”. Cuando Dios pregunte “¿A quién mandaré? ¿Quién irá de mi parte?”, Isaías podrá ofrecerse voluntariamente: “Aquí estoy, mándame”.

 

La vocación de Isaías y la vocación de Simón

Lucas, gran conocedor del Antiguo Testamento, parece ofrecer en su relato de la vocación de Simón Pedro una relectura de la vocación de Isaías. Al menos es interesante advertir las diferencias.

El escenario. La vocación de Isaías tiene lugar en el ámbito sagrado del templo, con Dios en un trono alto y excelso, rodeado de serafines. La de Pedro, en una barca dentro del lago, rodeado de los compañeros y jornaleros.

La persona que llama. En el caso se Isaías se subraya la majestad y santidad de Dios. A Jesús se lo presenta inicialmente de forma muy humana, aunque capaz de congregar a una multitud y de convencer a Pedro para que vuelva a pescar. Solo después de la pesca advertirá Pedro que se encuentra ante un personaje excepcional.

La reacción inicial del llamado. En ambos casos el protagonista se siente pecador. La reacción de Isaías es más trágica (“estoy perdido”) porque parte de la idea de que nadie puede ver a Dios y seguir con vida. Pedro se reconoce simplemente ante un personaje sagrado junto al cual no puede estar (“apártate de mí”). La preparación del enviado. A Isaías, un serafín lo purifica como paso previo para poder realizar su misión. Jesús no realiza nada parecido con Pedro. La forma de prepararse es seguir a Jesús. “Dejándolo todo lo siguieron”.

La misión. La liturgia ha suprimido la parte final del relato de Isaías, donde recibe la desconcertante misión de endurecer el corazón del pueblo judío y cegar sus ojos; la misión principal de Isaías consistirá en transmitir un mensaje durísimo. En cambio, la de Pedro será positiva, “pescador de hombres”.

La reacción final del llamado. Aquí no hay diferencia. En ambos casos se advierte la misma disponibilidad, aunque en los discípulos se subraya que lo dejan todo para seguir a Jesús.

Sugerencia final

Según cuenta el evangelio de Juan, en cierta ocasión comentó Jesús a los discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”. Es de los pocos casos en los que Jesús da una orden. En una época como la nuestra, en la que la crisis de vocaciones es tan fuerte, convendría recordar y poner en práctica este mandato del Señor.

 

 

LO DEJARON TODO Y LE SIGUIERON

Carmen Soto

 

Lc 5, 1-11

Tras el incidente en la sinagoga de Nazaret, Lucas sitúa a Jesús en la ciudad de Cafarnaúm, distante unos 47 km de su pueblo natal. Cafarnaúm era una ciudad pequeña situada a la orilla del lago de Genesaret, cerca de la frontera norte de Galilea y bien comunicada con las otras zonas de la región. Por su situación geografía una de las principales actividades económicas de su población era la pesca. Un trabajo que se realizaba normalmente durante la noche o en las primeras horas de la mañana. La comercialización del producto se hacía a través de redes de intermediarios y era gravado con fuertes impuestos que no dejaba grandes beneficios a los pescadores.

El relato lucano presenta a Jesús una mañana predicando a la orilla del lago cuando los pescadores de vuelta ya de su faena comercializaban su producto y arreglaban y limpiaban sus aparejos de pesca. Era un momento en que se concentraba mucha gente junto al lago y posiblemente (aunque Lucas no lo dice) entre las personas que se agolpaban para escuchar al maestro habría pescadores, recaudadores de impuestos, mendigos, comerciantes (varones y mujeres), judíos y paganos... eran tantos/as los que lo rodeaban que Jesús decide subirse a la barca de Pedro y pedirle que la distancie un poco de la orilla para que sus palabras llegasen más fácilmente a sus oyentes. El autor del evangelio no informa del contenido de la predicación de Jesús, solo que se limita a decir escuetamente que hablaba sobre la palabra de Dios. Quizá como había hecho anteriormente en Nazaret estaba interpretando la Escritura de ese modo tan liberador y sanador que le caracterizaba. Pero ahora ya no lo hacía en el espacio religioso de la sinagoga, sino en un lugar público de trabajo y ante gente de muy variada condición. Al terminar, Jesús se dirige a Pedro y le pide que salga de nuevo a pescar. Con ciertas reticencias éste acepta y consiguen una abundante. Este hecho deja sin palabras a todos los presentes y Pedro postrándose a los pies de Jesús reconoce en él la actuación portentosa de Dios. Pero Jesús lo invita a ir más allá del temor reverencial que le produce el portento realizado y le ofrece formar parte de su proyecto salvador. El relato finaliza diciendo que Pedro y sus compañeros de trabajo, después de varar las barcas lo dejaron todo y le siguieron.

Los evangelios más que biografías de Jesús, son testimonios de hombres y mujeres que se encontraron con Jesús, creyeron en él y le siguieron. Estas experiencias aparecen a veces narradas en forma de curaciones, otras a través de diálogos con el maestro y otras, como en este caso, con una llamada directa de Jesús al seguimiento. Todas ellas señalan el comienzo de la incorporación de estas personas en la comunidad de Jesús, a su proyecto y a su estilo de vida.

Seguir a Jesús y abandonarlo todo comportaba desarraigo y vida itinerante, lo que suponía, dejar la casa, la familia, el trabajo, la red de relaciones… que era lo que sostenía la vida de una persona, lo que le daba identidad y honorabilidad en aquella sociedad. Abandonar todo eso suponía asumir una conducta desviada, soportar el estigma de la marginalidad y en muchos casos vivir el rechazo de los vecinos/as y familiares. Aquella mañana a la orilla del lago, la vida de aquellos pescadores y de sus familias cambiaba definitivamente. A partir de ese momento comenzaban a construir un nuevo espacio común junto a Jesús, la comunidad del Reino. Un nuevo espacio identitario y relacional que los vinculaba entre sí como hermanos de un mismo padre, el Abba de Jesús y con un nuevo proyecto el del Reino.

La nueva comunidad del Reino a la que invitaba Jesús (Mc 3, 31-35) abría insospechados horizontes de vida y misión, de fe y esperanza. Jesús, a sus seguidoras y seguidores, les va a proponer incorporarse a una nueva familia (comunidad del reino) que va a trastocar lo establecido. En ella existe un único Padre para tod@s, un padre que él llama Abbá y que tiene entrañas maternas (Parábola del hijo prodigo), que perdona siempre y sólo desde él se puede construir la casa. Pertenecer a la comunidad reconfigura las fidelidades y hace posible una nueva identidad, la de hijo/a, y unas nuevas relaciones la de herman@s, desde una sola actitud, la del servicio.

 

 

OCARM

 

a)   Para colocar el pasaje en su contexto:  

Este relato, rico de una gran intensidad teológica, se pone como el centro de un recorrido de fe y de encuentro con el Señor Jesús, que nos conduce desde la sordera a la capacidad plena de escucha, de la enfermedad más paralizante a la curación salvífica, que nos vuelve capaces de ayudar a los hermanos a renacer con nosotros. Jesús ha inaugurado su predicación en la sinagoga de Nazaret, haciendo legibles y luminosas las letras del volumen de la Torah (4, 16 ss.), ha vencido el pecado (4, 31-37) y la enfermedad (4,38- 41), alejándolo del corazón del hombre y ha anunciado aquella fuerza misteriosa que lo ha enviado a nosotros y por la cual Él debe moverse, correr como gigante, que llega a todos los ángulos de la tierra. Es aquí, en este momento, donde emerge la respuesta y comienza el seguimiento, la obediencia de la fe; es aquí donde nace ya la Iglesia y el nuevo pueblo, capaz de oír y de decir sí.  

 

b)   Para ayudar en la lectura del pasaje: 

vv. 1-3: Jesús se encuentra en la orilla del mar de Genesaret y delante de Él está una gran muchedumbre, deseosa de escuchar la Palabra de Dios. Él sube sobre una barca y se aleja de tierra; como un maestro y como un valiente, Él se sienta sobre las aguas y las domina y desde allí ofrece su salvación, que nace de la Palabra, escuchada y acogida.

vv. 4-6: Jesús invita a pescar y Pedro se fía, cree en la Palabra del Maestro. Por fe, se adentra en el mar y echa sus redes; por esta misma fe la pesca es abundante, es milagrosa. 

v.7: El encuentro con Jesús no está nunca cerrado, sino que por el contrario empuja a la comunicación, a la participación: el don, de hecho, es demasiado grande e incontenible para uno solo. Pedro llama a los compañeros de la otra barca y el don se duplica, continuamente crece. 

vv. 8-11: Delante de Jesús, Pedro se arrodilla, adora y reconoce su pecado, su incapacidad, pero Él lo llama, con el mismo tono con el que ha removido las aguas de tantos mares, a lo largo de toda la Escritura: “¡No temáis!”. Dios se revela y se hace compañero del hombre. Pedro acepta la misión de sacar fuera del mar del mundo y del pecado a los hombres, sus hermanos, así como ha sido sacado fuera Él; deja la barca, las redes, los peces y sigue a Jesús, junto a sus compañeros.  

 

4) Algunas preguntas  

                “Sentándose, enseñaba desde la barca a la muchedumbre” Jesús baja, se sienta, mora en medio de nosotros, se abaja hasta tocar nuestra tierra y desde esta pequeñez nos ofrece su enseñanza, su Palabra de salvación. Jesús me ofrece tiempo, espacio, disponibilidad plena para encontrarlo y conocerlo, pero ¿Sé quedarme, permanecer, radicarme en Él, delante de Él?  

                “Le rogó se alejara un poco de tierra” La petición del Señor es progresiva. Después de separarse de tierra, Él pide que se adentre en el mar. “¡Aléjate de tierra! ¡Boga mar adentro!” Invitaciones dirigidas a todas las barcas de todos los hombres y mujeres. ¿Tengo fe, tengo confianza, confío en Él y por eso me dejo llevar, abandono la pesca? Me miro dentro con sinceridad y seriedad: ¿Dónde están plantados los anclajes de mi vida?  

                “Echaré las redes”. Pedro nos ofrece un ejemplo luminoso de fe en la Palabra del Señor. En este pasaje el verbo “echar” aparece en dos ocasiones: la primera está referido a las redes y la segunda a la misma persona de Pedro. El significado es fuerte y claro: delante del Señor podemos echar todo nuestro ser. Nosotros echamos, pero Él recoge. Siempre, con una fidelidad absoluta e infalible. ¿Me siento dispuesto a tomar mi vida tal como es hoy y arrojarla a los pies de Jesús, para que Él, una vez más, me recoja, me sane, me salve, haciendo de mí un hombre nuevo?  

                “Hicieron señas a los compañeros de la otra barca”. Pedro, de nuevo, me sirve de guía para mi camino y me indica la vía de apertura a los otros, de la participación, porque en la Iglesia no es posible estar aislados y cerrados. Todos somos enviados: “Ve a mis hermanos y diles” (Jn 20, 17) ¿Pero sé yo acercar mi barca a la de los demás? ¿Sé verter en la existencia de los otros hermanos y hermanas los dones y las riquezas, que el Señor ha querido confiarme en depósito?  

 

Una clave de lectura  

El mar y el tema del éxodo:  

                Jesús está en pié, junto a la orilla del mar, está de pié no importa las obscuridades amenazadoras e ignoradas de las olas del mar y de la vida. Se pone de frente a este pueblo reunido, listo para la escucha y para el éxodo, Él, el buen pastor, con el cayado de su Palabra. Quiere conducirlo a través de los mares y de los océanos de este mundo, en un viaje de salvación que nos lleva siempre más cerca del Padre. El Señor habla y las aguas se separan delante de Él, como ya aconteció en el Mar Rojo (Ex 14, 21-23) y junto al río Jordán (Jos. 3, 14-17). También el mar de arena del desierto queda vencido por la fuerza de su Palabra y se abre, convirtiéndose en un jardín, una senda llana y enderezada (Is 43, 16-21) para cuantos deciden el viaje de retorno a Dios y por Él se dejan guiar. En estos pocos versículos del Evangelio, el Señor Jesús prepara, una vez más, para nosotros el gran milagro del éxodo, de la salida de las tinieblas de muerte por la travesía salvadora hacia pastos frescos de la amistad con Él, de la escucha de su voz. Todo está preparado: nuestro nombre ha sido pronunciado con infinito amor por el buen pastor, que nos conoce de siempre y nos guía por toda la eternidad, sin dejarnos abandonados nunca de su mano.  

 

La escucha de la fe que nos conduce a la obediencia: 

                Es el segundo tramo del glorioso camino que el Señor Jesús nos ofrece a través de este pasaje de Lucas. La muchedumbre se apiña en torno a Jesús, llevada del deseo íntimo de “escuchar la Palabra de Dios”; es la respuesta a la invitación perenne del Padre, que invade toda la Escritura: “¡Escucha Israel!” (Dt. 6,4) y “¡Si mi pueblo me escuchase!” (Sal 80, 14). Es como si la muchedumbre dijese: “¡Sí, escucharé qué cosa dice Dios, el Señor!” (Sal 85, 9). Pero la escucha que se nos pide y sugiere es completa no superficial; es viva y vivificante, no muerta; es escucha de la fe, no de la incredulidad y de la dureza de corazón. Es la escucha que dice: Sí, Señor, sobre tu palabra echaré mi red”. La llamada que el Señor nos está dirigiendo en este momento es ante todo la llamada a la fe, a fiarse de Él y de toda palabra que sale de su boca, seguros y ciertos que todo esto que Él dice se realiza. Como Dios dijo a Abrahán: “¿Hay alguna cosa imposible para el Señor?” (Gen 18, 14) o en Jeremías: “¿Existe algo imposible para mí?” (Jer 32, 27); cfr. también Zac 8, 6. O como se le dijo a María: “Nada hay imposible para Dios” (Lc 1, 37) y entonces Ella dijo: “Hágase en mí como has dicho”. Aquí es a donde debíamos llegar; como María, como Pedro. No podemos ser solamente oyentes, porque nos engañaremos a nosotros mismos, como dice Santiago (1, 19-25), quedaremos engañados por la poca memoria y nos perderemos. La palabra debe realizarse, cumplirse, puesta en práctica. Es una gran ruina para el que escucha, si no pone en práctica la Palabra; se necesita excavar profundamente y poner el fundamento sobre la roca, que es la fe operativa (cfr. Lc 6, 46-49).  

 

La pesca como misión de la Iglesia:  

                La adhesión a la fe lleva a la misión, esto es, a entrar en la comunidad instituida por Jesús para la difusión del Reino. Parece que Lucas quiere ya, en este pasaje, presentar la Iglesia que vive la experiencia post-pascual del encuentro con Jesús resucitado; conocido es, de hecho, las muchas llamadas al pasaje de Juan 21, 1-8. Jesús escoge una barca y escoge a Pedro y, desde la barca, llama a hombres y mujeres, hijos e hijas, a continuar su misión. Conocido es también que el verbo “boga mar adentro” está en singular, referido a Pedro que recibe el encargo de guía, pero la acción de la pesca es en plural: “¡Echad las redes!”, referida a todos aquellos, que quieran adherirse para participar en la misión. ¡Es bella y luminosa, es gozosa esta única misión y fatiga para todos! Es la misión apostólica, que empieza ahora, en obediencia a la Palabra del Señor y que llegará bogando por el mar a todos los rincones de la tierra (cfr. Mt 28, 19; Act 1, 8; Mc 16, 15; 13, 10; Lc 24, 4548).  

                Es interesante notar que el vocablo usado por Lucas para indicar la misión que Jesús confía Pedro y con él a todos nosotros, cuando le dice: “No temas... tu serás pescador de hombres”. Aquí no se usa el mismo termino que encontramos ya en Mt. 4, 18 ss., en Mc 1, 16 o también en este pasaje al vers. 2, simplemente pescador; aquí hay una palabra nueva, que aparece sólo dos veces en todo el Nuevo Testamento y que deriva del verbo “capturar”, en el sentido de “prender vivo y mantener con vida”. Los pescadores del Señor, en efecto, echan las redes en el mar del mundo para ofrecer a los hombres la Vida, para sacarlos de los abismos y hacerlos volver a la verdadera vida. Pedro y los otros, nosotros y nuestros compañeros de navegación en este mundo, podemos continuar, si queremos, en cualquier estado en que nos encontremos, aquella misma hermosa misión suya de enviados del Padre “a salvar lo que estaba perdido” (Lc 19, 10).  

 

DABAR

 

CONDICIONES:

 

Es evidente que hay vocaciones y profesiones que requieren especiales cualidades. No todos los hombres son aptos para todo, y mientras unos descuellan por su habilidad manual, otros lo hacen por su oratoria o por su talento. Unos son excelentes operadores y otros espléndidos científicos, mientras que aquéllos, incapaces de soportar las exigencias de la investigación, descuellan en el deporte, donde desbordan la vitalidad de su especial forma de ser.

Pues también para ser cristiano hacen falta determinadas cualidades. También para seguir a Jesús, para comprometerse con Él, para dejar las redes (tantas redes como nos envuelven a menudo), es necesario que el hombre tenga un modo especial de ser. No hace falta especial talento, ni cualidades brillantes, ni sobresalir por la belleza ni por el prestigio. No. Nada de eso. Hace falta ser como aparece Pedro en la escena evangélica de hoy: Hace falta ser un hombre -o una mujer, naturalmente- capaz de:

 

a)        Fiarse de Jesús. Y no es nada fácil. No tuvo que resultarle

fácil a Pedro, pescador avezado y experimentado, echar las redes en pleno día, cuando sabía perfectamente que los peces se cogen durante la noche y aquella noche había sido un estrepitoso fracaso. No debió resultarle fácil a Pedro y lo dijo asombrado. Pero echó la red. Se fio de Jesús, que de pesca -pensaría Pedro- no sabía ni palabra, y bien que lo estaba demostrando.

 

b)        Autocriticarse. Ahora está de modo autoanalizarse. Está de moda bajar hasta las profundidades del ser para conocerse, arrojar fuera los complejos y "liberarse". Pues bien, Pedro, en este momento, se autoanalizó y llegó rápidamente a una conclusión sencilla y, sin embargo, difícil de aceptar y de confesar: soy pecador. Ante la espléndida respuesta del mar al mandato de Jesús, Pedro siente profundamente el hecho de su duda y la confiesa. Por eso se salvó.

c)Darse a los demás. Vivir en función de. Pedro recibió entonces de Jesús, una vez más, el esbozo de su vida: serás para lo otros. Vivirás para los hombres, sufrirás por ellos y gozarás por y para ellos. Los hombres serán, en adelante, la explicación de tu vida.

 

Tres cualidades, pero que no están nada mal. De las tres necesitamos los cristianos con frecuencia, porque:

 

a)          ¿No es cierto que a veces resulta difícil fiarse de Dios? ¿No es cierto que a veces surge del fondo del ser un sentimiento de rebeldía y alguna pregunta inquietante ante situaciones que se nos antojan absurdas y sin razón de ser? Es cierto y cada uno de nosotros lo habrá experimentado en su propia carne. Fiarse entonces es absolutamente necesario para seguir adelante.

 

b)         ¿Y quién es capaz, de verdad, de confesar que es pecador? Sí. Pecador. Así de llanamente. Nosotros, tan buenos, tan religiosos, tan generosos... ¿pecadores? Claro que pecadores. Es éste un sentimiento de lo más sano. Creerse capaz de todo ayuda a no escandalizarse jamás por lo que vemos (a veces, con lentes de aumento) en los demás. Ayuda a no juzgar, ayuda a comprender y ayuda -también muy interesante- a comprenderse y a soportarse.

Ayuda a no escandalizarse cuando uno se ve pequeño y mezquino, sin paliativos y sin disimulos.

 

c)          Y ¿cuántos de los cristianos somos capaces de salir de nosotros mismos y vivir de verdad para los otros? Pues muy pocos, ciertamente. Muy pocos tenemos el norte de nuestra vida orientado hacia el prójimo. Los más vivimos para nuestros "yo", al que cuidamos, mimamos y acariciamos, y apenas nos queda tiempo, tan ocupados estamos en esta tarea, de descubrir cerca de nuestra vida a "los otros" y de bogar hacia ellos para ver qué piden y cuál puede ser nuestra respuesta.

Tres cualidades del discípulo que son, desde luego, de antología.

 

JAUME GRANE

 

Si miramos a nuestro alrededor DESCUBRIMOS DISTINTAS FORMAS DE AFRONTAR LA VIDA. Nos damos cuenta de que hay personas que simplemente "VAN VIVIENDO". Y que acostumbran a ser muy conformistas, porque creen que en el mundo los problemas son tan grandes que no se puede hacer casi nada.

Otros, por el contrario, de los pequeños desengaños y de la pérdida de ilusión que la vida les provoca han sacado una

lección: que HAY QUE PREGUNTARSE POR CUESTIONES MAS PROFUNDAS, que hay que preguntarse por el sentido de la vida: ¿Quién soy yo? ¿cómo es el mundo en que vivo? ¿cómo funciona? ¿qué hago yo en este mundo? ¿qué relación tiene Dios conmigo y con el mundo en que vivo? ¿qué ocurre después de la muerte? Y muchas más preguntas que se podrían añadir.

 

1. Necesitamos a los "expertos"

EL HECHO DE QUE LAS PERSONAS NOS HAGAMOS

PREGUNTAS sobre los problemas esenciales de la vida (el sentido de nuestra existencia) y sobre los problemas inmediatos

(qué hacer, por ejemplo, para mejorar las condiciones de trabajo)

NO SIGNIFICA QUE SEA FÁCIL ENCONTRAR

SOLUCIONES. Es importante preguntarnos, pero no siempre es fácil responder.

Nos damos cuenta de que para encontrar la respuesta a menudo

DEBEMOS RECURRIR A LAS PERSONAS QUE

"ENTIENDEN MAS QUE NOSOTROS". Cuando nos preocupa la política debemos escuchar lo que dicen los políticos; y cuando nos preocupa la empresa debemos escuchar lo que dicen nuestros compañeros más líderes y los de los sindicatos. Y, en cualquier campo, sentimos esa necesidad de escuchar a los que entienden, de leer, etc., para reflexionarlo después.

Por otra parte, los entendidos, apoyados más o menos por nosotros, pueden ir encontrando soluciones reales para los problemas; a no ser que sean unos mentirosos y en lugar de buscar el bien de las personas -nuestro bien- busquen sólo sus propios intereses. 

 

2. Jesús es un gran "experto"

Toda esta problemática va muy unida al modo de ser de los hombres. No es únicamente problemática de nuestros días. Es de siempre. Por ello -como hemos escuchado en el evangelio- la gente se agolpaba alrededor de Jesús. CONFIABA EN QUE

JESÚS -un hombre lleno de Dios y de experiencia humana- PODÍA DARLES RESPUESTA a todas esas cuestiones

fundamentales, relacionadas con el sentido de la existencia. Y Jesús -que no buscaba el prestigio y otros intereses personales- procura responder a lo que es esencial. Jesús no quiere solo contentar a la gente con palabras que les suenen de modo agradable (lo veremos el próximo domingo cuando presenta su

programa con las bienaventuranzas y las malaventuranzas),

QUIERE RESPONDER A LA NATURALEZA DE LOS PROBLEMAS.

Por eso Jesús habla siempre del amor (incluso como mandamiento), porque sabe que no es un capricho personal, sino una exigencia que proviene del modo de ser del hombre. Jesús conoce totalmente a Dios y sabe cómo ha sido hecho el hombre, por eso responde a lo esencial. Y HACE QUE EL HOMBRE ENCUENTRE -trabajando en ello- soluciones a su problemas. El no nos lo da todo hecho (para ayudar a los apóstoles -lo hemos escuchado también hoy- les hace trabajar, les hace pescar). Este es el estilo del Mesías en quien tenemos puesta nuestra esperanza.

 

3 ¡Tenemos vocación de profetas!

A nosotros, como a Jesús, también SE NOS PIDE A MENUDO UNA PALABRA, una palabra que responda a los problemas de la gente. Y no la podemos rehuir. Como Isaías debemos estar siempre preparados para decir: "Aquí estoy, mándame". Nosotros -la Iglesia- debemos dar siempre esta palabra que responda a la realidad, al núcleo del problema. Y muchas veces esta palabra -si es verdaderamente evangélica- no gustará a todos (porque haría cambiar las cosas del mundo y -por tanto- los intereses de muchos). Pero NO PODEMOS CALLAR si -como Jesús- hemos optado por estar al servicio de los hombres. La opción a favor de la convivencia de todos los hombres, cuando se hace realidad, repugna a las demás opciones. Por eso los cristianos -si seguimos a Jesucristo- SEREMOS MUCHAS VECES MOTIVO DE CONTRADICCIÓN y piedra de tropiezo para los hombres. Ahora que vamos a celebrar la Eucaristía

demos gracias a Dios POR EL GRAN DON DE JESUCRISTO, que da sentido a nuestra vida, y démosle gracias también, porque, si somos colaboradores suyos, "SI SOMOS LO QUE SOMOS" -como nos decía san Pablo- es simplemente por gracia de Dios.

 

 

J. MATEOS

 

LLAMADA DE LOS PRIMEROS DISCIPULOS,

ISRAELITAS

 

La llamada de los primeros discípulos tiene como marco el lago de Genesaret. Lucas, a diferencia de Mateo y de Marcos, evita denominarlo «mar», pues su travesía connotaría la salida/éxodo del territorio judío hacia los paganos, siendo así que para Lucas el punto de partida del éxodo del Mesías ha de ser precisamente el centro espiritual de la religiosidad judía, Jerusalén (cf. Lc 24,47-48; Hch 1,8). En el encabezamiento del episodio de la pesca -anticipado en relación con el de Jn 21,1-14- Lucas establece una referencia implícita («también él») a un pasaje conocido de los lectores, la profecía de Ezequiel sobre el río de aguas salutíferas que mana del templo y sanea las aguas del mar (Ez 47,1-10): «Mientras la multitud se agolpaba alrededor de él para escuchar el mensaje de Dios, también él se paró a la orilla del lago de Genesaret y vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes» (Lc 5,1-2).

 

Se cumple la profecía: «Se pararán pescadores a sus orillas, procedentes de Engadí hasta Eglain; habrá tendederos de redes» (Ez 47,l0a). Ahora bien, en nuestro caso -como veremos inmediatamente-, los pescadores han pasado la noche bregando y no han pescado absolutamente nada (Lc 5,5), mientras que allí se prometía una «pesca variada, tan abundante como la hay en el mar Grande, una cantidad extraordinaria» (Ez 47, l0b). El contrapunto servirá para dar relieve a la actuación de Jesús.

 

Mientras que allí era el agua que manaba del templo la que saneaba las aguas, aquí será la enseñanza de Jesús la que calificará la actividad de los pescadores: «Subió a una de las barcas, que pertenecía a Simón, y le rogó que la sacase un poco de tierra. Se sentó y, desde la barca, se puso a enseñar a las multitudes» (Lc 5,3).

 

La enseñanza de Jesús revaloriza la actividad de los grupos humanos

 

Jesús se vale de dos grupos humanos ya constituidos, simbolizados por las dos barcas, liderados ambos por Simón, para ejemplarizar el alcance de la nueva enseñanza que imparte a la gente. La enseñanza de Jesús se traduce de inmediato en hechos palpables: «Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: "Sácala adonde haya fondo y echad vuestras redes para pescar"» (5,4). Simón reconoce que el liderazgo de Jesús es superior al que él ejercía sin fruto: «Jefe, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, fiado en tu palabra, echaré las redes» (5,5).

 

El término «jefe» es buena muestra del concepto que Pedro se ha formado de Jesús después de haber escuchado su enseñanza. A partir de ahora, los discípulos, siempre que se dirijan a Jesús, lo llamarán así, pues lo consideran un líder. La «noche» representa el pasado infructuoso de la actividad del grupo, que, capitaneado por Simón, ha experimentado la ineficacia de los medios humanos, en los que tanto confiaba.

 

El resultado de la nueva actividad asumida por el grupo bajo las directrices de la enseñanza de Jesús es totalmente otro: «Así lo hicieron, y capturaron tal cantidad de peces que reventaban las redes» (5,6). La nueva experiencia es compartida de inmediato por los socios de la otra barca, el otro grupo humano que había compartido hasta ese momento los ideales propugnados por Simón, llenándose de tal modo las barcas que casi se hundían (5,7). La única diferencia que existe entre su actividad anterior y la presente es el contenido nuevo de la enseñanza impartida por Jesús. El fruto abundante será una constante de la actividad humana llevada a cabo bajo las directrices de Jesús.

 

«Al ver esto, Simón Pedro (la primera vez que se presenta en el Evangelio el calificativo de "Pedro" "piedra", "duro de mollera") se postró a los pies de Jesús, diciendo: "Apártate de mí, Señor, que soy un pecador" (5,8). Pedro está en contradicción consigo mismo: si bien no es un judío practicante (cf. 4,38), se siente indigno/impuro ante Jesús, que viene a liberar precisamente a los que se tienen o son tenidos por «pecadores/descreídos» (cf. 5,32).

 

El texto evangélico insiste en la existencia de una comunidad humana y en el liderazgo de Simón, previos a la llamada de Jesús: «Es que él y todos los que estaban con él se habían quedado pasmados por la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón» (5,9-10a).

 

Jesús asume las realidades humanas, pero cambia su dirección: «No temas; desde ahora pescarás hombres vivos» (5,10b). Uno y otro grupo dejan los valores en que confiaban hasta ahora, y empiezan el seguimiento de Jesús (5,11), seguimiento al que serán invitados de ahora en adelante todos los que quieran ser sus discípulos. No se trata de un simple consejo evangélico, sino de una condición indispensable para llegar a ser miembros del grupo de Jesús. Este «dejarlo todo», por otro lado, comporta un cambio total en la escala de valores, cambio que no se realiza en un instante ni por un acto de generosidad, por muy pensado y reflexionado que se quiera hacer, sino día tras día, en la medida en que cada uno va integrando los valores del reino en la experiencia cotidiana.

 

 

P. Eduardo Martínez Abad, escolapio

 

Hilo conductor de la enseñanza de estos 5 domingos:

ü    2º- Dios está enamorado de la Humanidad. Esponsales de Caná

ü    3º- Esta promesa de amores, de esponsales, se cumple ya “hoy.

ü    4º- Esta alegría y gozo lo tienes que anunciar al mundo entero

ü    5º- ¿Quién anunciará este portento? Aquí estoy. Dejándolo todo lo siguieron

ü    6º-   ¿ ... ?

ü    7º-   ¿ ... ?

 

En este domingo se sigue insistiendo en la llamada de Dios a la gran misión, que es: Hacer un mundo nuevo, hacer una humanidad nueva, vivir la nueva alianza (boda), que es la Buena Noticia que Cristo nos revela y nos trae: “ME QUIERO CASAR

CONTIGO, CON LA HUMANIDAD”

El domingo pasado nos decía el profeta Isaías: “Antes de formarte en el vientre de tu madre yo te elegí, antes de que salieras del seno materno yo te consagré: te constituí profeta de las naciones. Ármate de valor, levántate y diles lo que yo te mando”. Y ¿cómo me debo preparar para esta misión de profeta y así anunciar esta nueva noticia de esperanza?

San Marcos, nos dirá en el capítulo 3, al narrarnos la llamada de Jesús a los doce: “Llamó a los que quiso y ellos vinieron a él. Designó a doce, instituyó, pues, a los doce”. Nos lo repite dos veces: Jesús llamó, Jesús instituyó a los doce. ¿Por qué esta insistencia, repitiendo lo mismo? ¿Qué hizo con ellos? ¿Para qué los instituyo? Marcos nos lo dice y explicita:

- Primero, para que le acompañaran; es decir, para que le conocieran, para que hicieran la experiencia de Dios. Sin la experiencia de Dios, sin la vivencia de Dios, no se puede anunciar nada, no se puede ser profeta, no se puede ser apóstol o enviado, no se puede ser cristiano.

. en segundo lugar, para enviarlos a predicar, a anunciar esta Buena Noticia, pero para ello se necesita antes haber hecho esa experiencia de Dios, mientras se está con él.

 

El profeta Isaías nos habla hoy de esa experiencia de lo divino, de su santidad, y de su gloria. Santidad, santo, quiere decir distinto de los demás, diferente a los que le rodean, es decir, es el “Todo-otro”. Si en la empresa donde yo trabajo, los empleados roban todo cuanto pueden y yo no lo hago, soy naturalmente distinto a ellos, soy diferente de los demás que roban. Y eso de ser distinto y diferente, en latín se dice “sanctus” o santo. Cuantos se relacionan con Dios aceptan y se comprometen a convertirse en “todo otros”, santos, como Dios es santo. De nada sirve saber muchas cosas de Dios, si no se hace la experiencia de Dios. Y cuando se hace la experiencia de Dios, esa experiencia repercute en toda la vida del hombre hasta convertirse en “todo otro”, es decir: diferente, distinto, santo, en una palabra. A un hombre depravado, que había hecho la experiencia de Dios, le preguntaban sus amigotes: ¿Pero tú no eres aquel, que conocimos en nuestras bacanales? Y él les respondió: yo ya no soy aquel, yo soy “todo-otro”, diferente, santo.

Cuando Isaías contempló la santidad y la gloria de Dios, con el fondo del canto de gloria de los ángeles: “Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo; toda la tierra está llena de su gloria”, exclamó: ¡pobre de mí, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo que tiene los labios manchados!”. Sintió arrepentimiento, dolor de sus pecados y de su condición de pecador.

Al hacer la experiencia vital de Dios, repercutió de tal modo en su vida, que, de hombre de labios impuros, se convirtió en profeta, en enviado, en apóstol.

El Señor de la gloria y santidad dijo entonces: “¿A quién enviaré? ¿quién será mi mensajero de la buena nueva, de la misericordia? Entonces, Isaías, ya convertido, siendo “todootro”, pudo responder con sinceridad, con autenticidad: “Aquí estoy, envíame”. Está en la misma actitud de María, cuando respondió al ángel, enviado por Dios; Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí, según tu palabra”.  

Tú, mi buena hermana, mi buen hermano, ¿puedes decir lo mismo: “aquí estoy, envíame? Ya sabes, antes, para poder decir esto de verdad, hay que convertirse, cambiar los “labios impuros”, por unos labios de santidad y de alabanza. En el evangelio de hoy vemos el mismo esquema, la misma enseñanza. Pedro hace la experiencia vital de Dios. Le sube en su barca y le escucha, haciendo la experiencia de su palabra. Así se ha comprometido con Jesús, que primero le solicita vuelva de nuevo a bogar mar adentro, volver de nuevo a su lugar de fracaso, pero, ahora no solo, sino con Jesús: “Señor, toda la noche hemos estado faenando y nada hemos conseguido, pero si tú lo deseas, echaré de nuevo las redes, en tu nombre”. La pesca fue tan abundante, que las redes estaban a punto de romperse. Era una realización de lo que los profetas habían anunciado: “Cuando llegue el último Enviado, el Mesías – Salvador, la abundancia y riqueza de lo mejor serán

manifiestas”.  Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”. La experiencia de lo divino provoca la conversión, lleva al arrepentimiento y cambio de vida, a ser “todo-otro”. Y ya, siendo “todo-otro” en su corazón, Jesús le respondió: “No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres”. Y ellos atracaron las barcas a la orilla y abandonándolo todo, lo siguieron. Fijaros bien: abandonándolo todo. La conversión fue total

Ojalá que nosotros también vayamos haciendo la experiencia verdadera y vital de Dios, no quedándonos en una experiencia

pobre, sin sabor, ni sentido y hasta algunas veces, sospechosamente mágica, para que cambiando de verdad nuestras vidas, siendo “todo-otros”, podamos responder a esta llamada de Dios: “¿A quién enviaré? ¿Quién será mi mensajero?, “aquí estoy, envíame”, le podrás responder.

Cristo designó, instituyó a los doce para:

1º.- que lo acompañaran, para que estuvieran y vivieran con él y que así pudieran hacer la experiencia de Dios y de la comunidad de hermanos, y llenos de Dios y del amor fraternal,

2º.- enviarlos, en un segundo momento, a predicar a) la Buena Noticia b) y luchar contra el mal en el hombre, y contra el pecado.

 

Iglesia, pues, que no es misionera, no es iglesia de Jesucristo. Cristiano que no es misionero, no es cristiano. Danos, pues,

Señor, la gracia de hacer la experiencia vital de Dios, en esta Eucaristía que vamos a celebrar, y que te podamos responder. “Aquí estoy, Señor, envíame a mi familia, a mi comunidad cristiana parroquial, envíame a mi barrio, a mi pueblo o mucho más allá, para que, cambiando de vida, como Isaías, podamos contar y cantar a todos los hombres tus maravillas.  

 

                                          

CARLOS OSORO

Meditación para la Iglesia en tiempos de cambio

 

En tiempos de opiniones diversas, de cambios abundantes, de formas de pensar tan distintas y a veces distantes, parece oportuno acercarse a Jesucristo para ver qué nos dice. Se trata de ver de qué forma quiere que los discípulos nos comportemos en momentos como éstos, ya que en toda ocasión debemos hacer de nuestra vida entera una acción de gracias y de todos los latidos de nuestro corazón una alabanza a su nombre.

En momentos como los que estamos viviendo, tenemos que anunciar a Jesucristo. Como todos, son momentos con horas felices y horas de miedo en las que es preciso seguir pensando que El está a la orilla del lago de Genesaret, que nunca abandona a nadie, que está atento a las necesidades de cada hombre que viene a este mundo, que nunca se aparta de nadie, que mantiene la fidelidad a base de un amor que nunca disminuye, sino que, por el contrario, cuanto más atento está el hombre, más se percibe la cercanía, la atención y el cuidado del Señor.

 

Estaba a la orilla

Cuando los hombres nos empeñamos en negar que tenemos límites, nos creemos absolutos y nos olvidamos de Dios y precisamente por este olvido utilizamos a los demás según nuestro gusto y parecer; entonces se oscurece nuestra vida y sentimos la necesidad y la sed de Dios. Si estamos atentos, descubrimos al Señor presente en la orilla de nuestra vida que sale a nuestro encuentro para indicarnos el camino. En esos momentos viene a nuestra memoria el salmo 8 que tantas veces hemos repetido y que tanto olvidamos: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?» (Sal 8,5). Entonces ves la vida de un modo nuevo, diferente, distinto, y adviertes la grandeza de sentirte amado y querido por Dios. Apuestas una vez más por vivir la vida junto a Él y desde El ya que la vida a su lado se parece al calor del sol que baña cada día, sin cansarse, la faz de nuestro mundo y da a la tierra un color alegre, nuevo, capaz de irradiar calor a todo lo que se posa en ella. Así es el hombre que pone su vida junto al Señor: se siente amado y querido por El en toda circunstancia y ocasión, observa cómo todo ha sido realizado para él.

Muchos encuentros de Jesús descritos en el Evangelio, nos ayudan a entender esto; por ejemplo, la curación del leproso. El leproso se siente impotente por sí solo, despreciado por los demás. No puede hacer una vida como la que hacen los hombres de su tiempo: ha tenido que marginarse, siente el abandono, la muerte. Vive horas de tristeza y soledad. Ahí es donde el Señor aparece en la orilla de su vida. Este encuentro con el Señor le sana, le posibilita poder volver a la vida con la alegría del encuentro con los demás y sintiendo aquello del salmo: «¡Qué glorioso tu nombre por toda la tierra!» (Sal 8,10). Para el leproso la vida aparece con unas dimensiones nuevas que le ha dado el encuentro con Jesucristo. Se trata de que los hombres de nuestro tiempo nos demos cuenta de que el Señor está a la orilla, esperando cualquier momento o circunstancia para que nos encontremos con El. En ese encuentro se dan horizontes nuevos a nuestras vidas, donde tanto el gozo como el dolor cambia, donde el dolor, cuando existe, más que convertirse en causa desesperante de la vida, se convierte en motivo de encuentro más profundo con Cristo.

Estar a la orilla significa que uno está dispuesto a no guardar nada para sí, que lo da todo, que se pone al servicio permanente de los demás. Cristo en la orilla del camino, significa que no se ha hecho su casa, sino que quiere entrar en cada una de las casas que es cada hombre que viene a este mundo y pasa por esa orilla. Jesús está en la orilla, pero solamente se encontrará con El, quien hace realidad aquellas palabras del Salmo: «¿Quién subirá al monte de Yahveh? ¿Quién podrá estar en su recinto santo? El de manos limpias y puro corazón, el que a la vanidad no lleva su alma, ni con engaño jura» (Sal 24,3-4). Es decir, el que se abandona en Dios y sitúa su vida sabiéndola salvada junto a Dios, el que no se hace ídolos de ningún tipo y cree que todo depende del Señor y que no hay otro como El que, en medio de la duda e incertidumbre nacida de la búsqueda de nuestros sentidos, es capaz de encontrar y dar sentido a todo en última instancia, desde ese saberse, sentirse y querer ser hijo de Dios. Dios ha querido hacer al hombre muy grande; tan grande que quiere identificarle con El. Pero no lo desea hacer a la fuerza sino desde la libertad del hombre mismo. Por eso, se pone a la orilla del camino en la misma vida e historia del hombre. El Señor quiere hacerse comprender desde la vida. Ahí es donde se nos presenta el Señor y donde quiere encontrarse con el hombre. La libertad del hombre es grande, es total. Dios le hace ofertas de acompañamiento. Le dice y le da su Palabra que es de vida. No es como otras muchas palabras que parecen llenar de momento, pero a la larga desecan y hacen infeliz al hombre. La Palabra de Dios llena al hombre, le compromete y, sobre todo, le hace situarse a la orilla, para que dé luz a otro, para que le dé la mano y aliente a quien se encuentre pasando a su lado. Dar la mano, la luz o el aliento no es posible sin el encuentro con el Señor. Él es quien da la capacidad y la hondura para la ayuda.

 

La gente se agolpaba junto a Él para oír la Palabra de Dios Los hombres quieren escuchar y buscar sentido a sus vidas, por eso escuchan y se paran delante de quienes hablan o traen alguna noticia. Así ha sucedido con los hombres de todos los tiempos. Todos tienen necesidad de vivir de la noticia. Pero Cristo, a diferencia de los otros, trae la gran noticia jamás oída; una noticia distinta a las demás. En ella se habla de ser y no de tener. No solamente se dice, sino que quien lo dice, hace. Por eso se presenta como una noticia de una novedad inigualable.

Hoy estamos cansados de oír noticias, aunque en su mayoría son noticias en las que se experimenta engaño, abandono o infelicidad; no llenan el corazón. Hoy como ayer tenemos necesidad de agolparnos alrededor de Jesucristo, y en su cercanía, como las de aquellas gentes del Evangelio, escuchar al Señor. Juan Pablo II definía la situación del hombre en el mundo contemporáneo así; «Si nos atrevemos a definir la situación del hombre en el mundo contemporáneo como distante de las exigencias objetivas del orden moral, distante de las exigencias de justicia y, más aún, del amor social, es porque esto está confirmado por hechos bien conocidos y confrontaciones que más de una vez han hallado eco en las páginas de las formulaciones pontificias, conciliares y sinodales. La situación del hombre en nuestra época no es ciertamente uniforme, sino diferenciada de múltiples modos. Estas diferencias tienen sus causas históricas, pero tienen también una resonancia ética propia.

En efecto, es bien conocido el cuadro de la civilización consumista. Asimismo, se da entre algunos un cierto abuso de la libertad» («Redemptor Hominis», nº. 16). Esta situación proviene de no tener en el corazón la noticia que es Jesucristo ya que cuando se recibe esta noticia provoca en quien la acoge, ansias de amar, de dar y darse, de quitar todo tipo de egoísmos, de hacer que todo hombre llegue a la plenitud que tiene que llegar, de hacer posible y viable que el hombre descubra que es hijo de Dios y que, como tal, tiene que habitar esta tierra en la que Dios nos puso a todos.

¿Qué verían en Cristo las gentes para que se agolpasen junto a El? Siempre que he querido dar respuesta a este interrogante, he tenido que observar por qué la gente se agolpa alrededor de los hombres; los hombres nos agolpamos junto a otros cuando nos dan algo pero en la línea del tener. Nos ponemos alrededor de otro, cuando nos presentan unos proyectos de vida que nos atraen, pero que casi siempre va en la línea del hacer, no importa cómo sea el ser. Nos agolpamos cuando nos dan la razón. Nos juntamos a otro, cuando estamos en búsqueda, en la

desesperanza, cuando necesitamos la felicidad, cuando queremos encontrar una seguridad; en general este juntarnos va en la línea de que el otro me ayude a tener, a hacer, a decir. Sin embargo, Jesucristo es muy distinto. Cristo me hace ser, me hace olvidarme de mi. Y lo hace porque con su vida no explica cómo se logra plenamente un hombre. Hay algo extraordinario en Jesucristo: que no hace diferencias con nadie; se puede agolpar junto a El quien quiera. Quien se junta a El, descubre lo que es la plenitud en la línea del ser. Los hombres de nuestro tiempo necesitan acercarse a Cristo y en esa cercanía descubrir quién es Jesucristo y, sobre todo, escuchar su palabra, que no engaña, sino que da vida y aliento, y que nos hace caminar siempre hacia adelante.

La cercanía de Cristo al hombre para darle su palabra, hay que leerla desde el misterio mismo de Dios. Este misterio de quien es origen de todo lo que existe y que tuvo a bien acercarse al hombre. Y lo quiso hacer identificándose con el hombre. «Mediante la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre» («Gaudium et Spes», nº. 22). Y quiere estar con todo hombre. A todo hombre quiere comunicarle sus palabras, que son verdad y vida.

Muchas de las palabras que recibimos en nuestra vida son destructoras de la vida del hombre porque le indican caminos de opresión, de mentira, de injusticia o porque le deshumanizan desde las bases más originales de su ser. Es aquí donde nosotros tenemos que agolparnos alrededor de Jesús para poder escuchar en el silencio de nuestro corazón: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Hay muchos hombres en nuestro mundo que están esperando estas palabras de Cristo. Les pasa como a los leprosos del Evangelio (cfr. Lc 17,11-19), que quieren y tienen necesidad de quitar la lepra y por eso van al encuentro del Señor. También en nuestro mundo hay lepras: el paro, la injusticia, la falta de paz, la libertad mal entendida que se convierte en esclavitud cada día más honda para el hombre, la droga, etc. También las gentes que la padecen están deseando como los leprosos encontrar a alguien que los escuche, por lo menos, y pueda decirles una palabra de integración en la vida como las que dijo Cristo: «Id y presentaos a los sacerdotes». Cuantas más lepras padecen los hombres más necesitados están de palabras. Por ello, a veces se aprovechan esas necesidades y situaciones para hablar: hay muchas ofertas en momentos de enfermedad que los hombres atienden para salir de ella. Por eso es necesario que Cristo aparezca en las vidas de todos los hombres no como una oferta más, sino como la única que ofrece palabras de vida eterna; de esa vida que cuando el hombre la tiene, vive desde una anchura y

hondura oxigenadora que nada ni nadie le puede quitar. Tenemos necesidad de oír palabras que oxigenen la vida. Los hombres tienen necesidad de oír, de escuchar la Palabra de Dios que es la única palabra que hace al hombre más hombre, que le capacita para ayudar a los otros, que le abre plenamente a la acción misericordiosa de Dios y, por ello, al experimentar en su propia vida la misericordia, ver que esa misma misericordia tiene que darla y manifestarla a los demás.

 

Cuando vio dos barcas... los pescadores habían bajado de ellas

Cristo se acerca al hombre en el lugar concreto donde está, en su historia concreta Las barcas son todo lo que acompaña al hombre y deja de hacerlo abstracto, para convertirlo en tal hombre que vive en un lugar, que tiene y hace una historia muy concreta. Los hombres llegamos a este mundo con unos padres concretos, que tienen una historia muy definida. No nacemos en todo el universo, sino en un lugar muy concreto donde nuestra vida se desarrolla y adquiere validez. Y desde ahí, vivimos una serie de experiencias; muchas veces las que la historia concreta de cada uno nos posibilita Con todo esto tenemos que encontrarnos con Jesucristo.

Existe la tentación en momentos de cambio de querer olvidar la historia que pertenece a nuestro mundo personal, que me hace ser a mí mismo y que no me confunde con otro. Por eso es importante no «bajarse de las barcas» que somos nosotros y todo lo que acompaña y define nuestra vida. Cristo no solamente no quiere dejar las barcas, sino que las utiliza para hablar a las gentes.

Cuando dejamos las barcas en la orilla y olvidamos lo nuestro, estamos como perdidos en medio de este mundo. El hombre para vivir necesita de la tierra de los demás que viven junto a él, necesita crecer y vivir sin descuidar su geografía y la historia de esa geografía. Cuando los hombres no recordamos que nuestro origen está en Dios, estamos olvidando algo que es necesario para construir nuestra vida de una manera o de otra. Dejar las barcas en la orilla supone querer vivir desde uno mismo y olvidarse de algo que es esencial: «Y dijo Dios: hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra» (Gn 1,26). No podemos olvidar que Dios nos hizo y no debemos olvidar que quiso hacernos a semejanza suya. Cuando dejamos las barcas en la orilla, echamos en olvido que Dios quiso hacerse presente entre los hombres con el porte de un hombre, desde la historia de un pueblo, con unos padres concretos: «Y sucedió que, mientras estaban allí se le cumplieron los días del alumbramiento y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento» (Lc 2,6-7).

¡Qué tentación más grande es la de querer olvidar nuestra historia! Además, hasta parece que encontramos razones para hacerlo. Pero Dios nos lo recuerda constantemente. El primer olvido suele ser el de nuestro origen y el otro, el de no querer encontrarnos con Dios en nuestra propia historia, cuando esto ha sido lo que El ha querido: se hizo hombre para encontrarse con el hombre. Y no se hizo hombre en abstracto, sino muy en concreto, en una geografía, en una historia, en una raza etc. Para no olvidar nuestras barcas, tenemos que recurrir constantemente a la Palabra del Señor, que nos recuerda de quién somos, las tentaciones que tenemos, las ayudas que poseemos. Ver a un Dios ya en el inicio de nuestra vida y observarlo a través de ella cuidándose de nosotros y mirándonos y llamándonos cuando nosotros decimos que no, es una contemplación que todos los hombres deberíamos hacer constantemente. Y ver a este Dios en su máxima cercanía al hombre, tomando su propia carne para enseñar al hombre cómo serlo de verdad, es la maravilla más grande que se puede dar en la historia de cada uno. Cuando abandonamos las barcas, estamos abandonando lo mejor que tenemos, la explicación más maravillosa que de nosotros se puede dar. Estamos quitando de nuestras vidas aquello que nos hace reconocernos como hombres y nos da seguridad en medio de las inseguridades que puedan surgir.

Un modo de destruir al hombre es borrar su historia o por lo menos hacer que la olvide. Por eso, Dios lo primero que hace cuando se acerca al hombre, es construirle su historia. Tenemos la tentación de considerarnos insuficientes. El hombre que quiere vivir así y se empeña en hacerlo, no puede hacer historia. Hace una historia sin raíces, sin profundidad, que al primer viento cambia. Es importante subir a las barcas de cada uno, ya que solamente así será posible lo que nos describe el Papa Juan Pablo II: «Se hace, pues, necesario recuperar por parte de todos la conciencia de la primacía de los valores morales, que son los valores de la persona humana en cuanto tal. Volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales es el gran e importante cometido que se impone hoy día para la renovación de la sociedad. Sólo la conciencia de la primacía de éstos permite un uso de las inmensas posibilidades, puestas en manos del hombre por la ciencia; un uso verdaderamente orientado como fin a la promoción de la persona humana en toda la verdad, en su libertad y dignidad» («Familiaris Consortio», nº. 8). Entonces no dejamos las barcas, sino que las recogemos, subimos a ellas y no explicamos nuestra vida sino desde ellas. Es preciso descubrir cómo el Señor ve las barcas y a quiénes las han dejado. El encuentro con el Señor hace subir de nuevo a las barcas a quienes las habían dejado. Cuando muchos hombres tienen la tentación de abandonar a Dios porque les han contado que es una liberación hacerlo, ver a Dios ayuda a entenderse a sí mismo, nos hace descubrir y palpar que la gran liberación consiste en poner nuestras vidas a disposición de Dios, en construir nuestras vidas desde su acción y desde su poder. Cuando hago memoria del Señor, no puedo por menos de caer rendido en bendición y agradecimiento ya que junto a El he descubierto que no hay nada bueno en mi vida ni en las vidas de los que conozco, que no tenga su origen en Dios. Y no hay nada malo en mi vida ni en las vidas de los demás que no encuentre su limite y su destrucción en el Señor. Cuando estamos junto a El y, por tanto, asumimos todo lo que nos ha dado, agudizamos nuestra mirada y sabemos descubrir la gracia y la profundidad infinitas que nos liberan de la superficialidad.

Querer vivir desde lo superficial es la tentación de querer bajar de las barcas, de querer dejar la historia más verídica que existe, que es la historia que Dios desde siempre y en su infinita bondad ha construido para el hombre.

 

Los pescadores habían bajado... y lavaban las redes

Bajar y ponerse a hacer otra cosa distinta que nos entretenga y no nos deje pensar, es algo que hacemos todos los hombres.

Mientras estamos distraídos no tenemos tiempo para pensar en lo que es importante, en lo fundamental. Cuando bajamos de las barcas y nos ponemos a lavar las redes, es como si con una mirada fría y analítica sólo fuéramos el aliento de una hierba que se marchita o una gota de rocío que se evapora con el sol del mediodía. Es decir, no tenemos fuerza transformadora de ningún tipo. Dejar la historia en la que hemos nacido, la que da explicación coherente a nuestras vidas y ponernos a vivir sin ella es lavar las redes.

El hombre que vive así lavando las redes, es sólo cifra y estadística y no pasa de ser un número de necesidades a saciar y de metas temporales a cubrir. Sin embargo, el hombre que se deja encontrar por Dios es el que está en la sabiduría que se comunica en el silencio y la contemplación; en esa sabiduría que es un latido de amor de Dios, de felicidad infinita que llena y sacia el corazón del hombre. Es ese hombre que se rebela a ser un disco de datos acumulados y desea ser una criatura de Dios, descubierta y dada a luz desde ese ser.

Es una gran tentación bajarse de las barcas y entretenerse en hacer otras cosas. Entonces perdemos nuestra originalidad, la que nos hace ser quienes somos, definirnos e identificarnos. En estos momentos históricos es importante estar atentos para no dejar nuestras barcas. Es conveniente tener tiempo para el encuentro con nosotros mismos y con los demás. Estos encuentros son los que posibilitan el encuentro con Dios ya que el hombre que no los tiene, pasa entretenido sus días y no tiene capacidad de pensar. Y por ello, baja de su barca y se pone a lavar las redes. Es decir, pierde su historia, su identidad. He descubierto lo que significa bajar de la barca y ponerse a lavar las redes al leer el pasaje de Lc 05,27-33 en que se describe la vocación de Levi. Descubrimos a un hombre lavando las redes, es decir, entretenido en cosas pasajeras como es estar sentado en el despacho de impuestos; ha perdido su originalidad; está lleno de dinero, pero vacío de sentido. En esa misma persona, encontramos a alguien con necesidad de sentido, ya que una sola palabra «Sígueme» le hace salir de sí mismo, subir otra vez a la barca y reconocerse: «Leví le ofreció un gran banquete en su casa». Ofrecer en su casa un banquete significa el reencuentro con su originalidad, significa la felicidad sentida de este reencuentro, la salida de si mismo para encontrarse con los demás y con Dios. Y todo se hace desde la vida y en la vida que este hombre estaba realizando.

Las tentaciones para lavar redes son enormes: Es más cómodo, se complica uno menos la vida, no hay que pensar mucho. Sin embargo, dar la vida, entregarla, vivirla desde el gozo que supone aceptar en mi historia a Dios, significa que ya no soy yo quien indica el camino, sino que acepto el que Dios me marca, que acepto las llaves de una existencia que solamente sabe abrir puertas y nunca cerrarlas, abrir caminos de adoración y de canto que son los que dan la felicidad y la grandeza al hombre.

 

Subiendo a una de las barcas que era de Simón

Es maravilloso pensar que Cristo eligiese a Simón y su barca, a Simón y su historia, para hablar a las gentes. Este gesto es de una profundidad muy grande y quisiera que a través de El, descubriéramos lo que el Señor nos quiere decir. Lo más grande que le puede ocurrir a un hombre, es que Dios le pida su vida entera, con todo lo que la constituye, para hacerse presente entre los hombres. Esta idea de prestar la vida nos hace recordar una vez más aquel gesto de María cuando Dios se acercó a su historia y le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,27); y ella respondió entregando su vida: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (/Lc/01/38). María nos hace descubrir que Dios se acerca a todo hombre que viene a este mundo para pedirle la vida que es de él. Las respuestas son muy diferentes. El Señor se acercó a todos los que somos sus discípulos en un momento de nuestra vida; las respuestas que le hemos dado para hacerle presente en el mundo, para prestarle la vida, han sido muy distintas: unos le entregaron la vida desde la originalidad más radical, otros desde una vida común con otra persona intentando hacer realidad la comunión de Dios. A todos se nos exige y se nos pide que prestemos la vida al Señor. Cristo «ha subido» a nuestras vidas. Lo hizo un día cualquiera tal y como estábamos, sin pedirnos nada, sin ponernos ninguna condición. Sólo quiere que hagamos verdad este prestar la vida, que tengamos una capacidad de respuesta desde nuestro ser. Como antes, también ahora recordamos a Leví; a él, simplemente se le dijo: «Sígueme». Esta palabra que significaba la petición de dejar que Cristo entrase en su vida, tuvo una respuesta inmediata de seguimiento y de aceptación del Señor. Leví prestó lo mejor que tenía, su vida, lo que era de Dios, e inmediatamente dejó el mostrador en que engañaba y robaba a los demás; esto no pertenecía a su originalidad, no era de Dios, pertenecía al mal. Cuando uno deja entrar en la barca, que es la propia persona con lo que es y tiene y vive, entonces conoce la gran bondad de Dios, porque descubre lo que El ha puesto en nosotros de original y bueno.

Dejar entrar a Cristo en nuestras vidas significa aprender y saber lo que es ser criatura de Dios, lo que ha puesto en nosotros, lo que es su bondad, lo que de imagen de Dios tenemos y lo que implica vivir con los demás desde esta imagen. Impresiona pensar que Cristo haya querido nuestra vida para hacerse presente en esta historia. Y maravilla porque una vez más comprobamos cómo el Señor quiere servirse de lo débil, de lo pequeño, de lo sencillo, de lo que no tiene valor, de lo insignificante, para mostrar que es El quien tiene fuerza y poder. La fuerza de Dios se muestra incluso donde parece que ya ha desaparecido. Recordemos el texto de la viuda de Naín, Lc 7,1117: una mujer que ha perdido lo que más quería, su hijo, y la muchedumbre que acompaña a esta pobre mujer; y el Señor que quiere hacerse presente en aquel muerto para que los que lo acompañan vean las maravillas de Dios. A las palabras de Jesús: «Joven, a ti te lo digo: levántate, el muerto se incorporó y se puso a hablar, y El se lo dio a su madre». Todos vieron tan patente la presencia de Dios que decían «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado a su pueblo». El poder de Dios aparece así incluso en un muerto, para demostrarnos lo que es su fuerza, indicarnos que el único que de la nada puede hacer algo es El, para decirnos que allí donde nosotros no podemos hacer más, donde no sirven ya nuestras fuerzas, está El para mostrarnos que su fuerza y su amor son las que sirven, las que hacen nacer y crecer.

Si vemos que Dios se hace presente incluso a través de un muerto, ¿cómo no vamos a creer y a esperar que quiera hacerlo a través de nuestras vidas, que aunque pobres, el Señor las hace ricas en favor de los demás? El Señor eligió a Simón que había dejado su historia, que había renunciado a asumir todo lo que era; le invitó a entrar en la barca a asumir la historia con todas las consecuencias. Y además lo quiso para hacerse presente entre los hombres. Esto nos hace pensar en nuestra propia lección y vislumbrar la responsabilidad que tenemos: hacer presente a Dios entre los hombres, realizarlo en el mundo concreto que nos toca vivir.

 

Enseñaba desde la barca a la muchedumbre

Cristo enseña valiéndose de Simón. La barca de Simón es figura de la Iglesia, del grupo de discípulos de Jesús, de todos esos hombres que han decidido prestar sus vidas, con sus historias, para hacer presente al Señor. Cristo quiso enseñar desde la barca, desde la de Simón, Pablo, Andrés..., que juntas forman la Iglesia; una gran barca que no se mide por el número de quienes lo forman, sino por la calidad de quien la hace que es el Señor. Porque quien enseña desde la barca es Jesús, no Pedro o Pablo o Andrés, aunque se valga de ellos para hacerlo.

Esta es la gran paradoja y a veces el gran escándalo: que Dios se haga presente desde esta pobreza. Lo importante no es la manifestación externa, sino lo que se dice desde ella. Y lo que desde ella se indica, son las mismas palabras de Jesús, son los mismos gestos del Señor. Así nos lo recuerda el Papa Juan Pablo II: «La Iglesia vive una vida auténtica, cuando profesa y proclama la misericordia—el atributo más estupendo del Creador y del Redentor—y cuando acerca a los hombres a las fuentes de la misericordia del Salvador, de las que es depositaria y dispensadora» («Dives in misericordia», nº. 13). Los judíos no entendieron que Dios se hiciese hombre; por eso cuando Cristo afirmó que era Dios, dijeron que era un blasfemo. Dios en su cercanía al hombre, pasa desapercibido para él. La Iglesia es esa presencia querida y construida por el Señor, que pasa también desapercibida o no entendida por muchos hombres.

Lo importante es que contemplemos a la Iglesia enseñando en nombre de Cristo. Enseñar desde la barca significa precisamente esto: que la Iglesia está enseñando. Ver así a la Iglesia, supone que la vemos en la realidad honda de su misión, que es la misma de Jesucristo. La vemos no mirando para sí misma, sino para el Señor y haciendo lo que El hizo. No mira para si, sino las necesidades de todos los hombres y como el Señor, sale al encuentro de ellas. Mirando a los demás intenta ser fermento de vida allá donde los hombres quieren ser o implantar la muerte. Dios no ha querido sustraerse a la historia y, por ello, asume su presencia desde la misma vida de los hombres. Pero lo que hace grande a la Iglesia es el hecho de ser realidad de Dios, impronta de su amor, fidelidad de amor a los hombres. Por ello, lo importante es ver cómo Dios está con nosotros en nuestras tareas, luchas y caminos; cómo nuestros pecados no nos hunden en el polvo o nuestros trabajos no quedan infecundos, porque la Iglesia es la pancarta de la gloria de Dios. Pancarta que constantemente tenemos que mirar para percibir si nuestro modo de llevarla hace que se reconozca la presencia de Dios entre los hombres. Tenemos que contemplarla para ver si la estamos viviendo tal y como la hizo el Señor o si la estamos haciendo a nuestra medida y estropeando la obra de Dios.

 

Boga mar adentro y echa las redes para pescar

La historia que estamos viviendo requiere hondura. Por ello, es conveniente que el Señor nos mande ir a la profundidad, más allá de lo visto, de lo conocido. Precisamente en esos lugares desconocidos por nosotros es donde nos encontramos con la realidad de Dios. Tenemos que ir mar adentro, es decir, tenemos que ser profundos e ir a la profundidad. Nuestra época lleva al hombre a vivir desde la superficie, pero requiere hombres que vayan a lo profundo, hombres de Dios, contemplativos de la vida y de la historia desde Dios. Bogar mar adentro significa vivir desde quien es origen de todo lo que existe; significa que lo que sucede y acontece lo vivimos desde Dios. Si queremos alguna explicación la tenemos que buscar en la hondura. El Señor pidió a Simón que bogase mar adentro, que fuese a la profundidad a buscar explicaciones a lo que acontecía. Solamente así, se pueden echar las redes y coger algo.

Cuando el hombre de hoy y, por tanto, cuando cada uno de nosotros queremos explicarnos tantas cosas y no podemos, cuando los hombres de nuestro tiempo entran en la angustia o la desesperanza, sería conveniente oír la voz del Señor que nos dice: boga mar adentro y echa las redes, es decir, entra en la profundidad que tiene la vida y que la adquiere desde mi y verás entonces cómo encuentras explicación a lo que sucede a tu alrededor. Recordemos el encuentro del Señor con la Samaritana: cfr. Jn 4,5-42. Lo que le pide a la mujer es que vaya a la profundidad, que lea desde dentro, que no se quede simplemente en la superficie, en el agua que saca del pozo de Jacob o en la enemistad que tienen los judíos y los samaritanos. Cuando el Señor le ha deshecho sus posiciones personales y ya no puede agarrarse a posturas superficiales, la invita y la provoca a echar las redes, es decir, a ver y descubrir dónde está ese agua que quita la sed. Ella misma es la que responde: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla».

Una de las tareas más grandes de la Iglesia en estos momentos entre los hombres de nuestro tiempo quizás sea enseñarles a bogar mar adentro y desde ahí tirar las redes. Al hombre de hoy le cuesta vivir en profundidad. Por ello insiste la Iglesia en una vida profunda, contemplativa, serena, capaz de sacar incluso de los lugares más inhóspitos e inútiles, algo útil y con capacidad de ser alimento abundante para el hombre. Bogar mar adentro y echar redes, significa quitar trabas y obstáculos para que el hombre pueda encontrar a Dios a su lado; saber que Dios está en sus destinos y que en tiempos de hambre es El quien la quita. ¡Qué tarea más bonita para la Iglesia enseñar a los hombres a vivir desde la profundidad! ¡Y qué tarea para los que formamos parte de la Iglesia, sabernos viviendo y enseñando a vivir desde la profundidad! Tenemos que ser maestros de la hondura, buceadores del sentido último, de la última y más importante explicación. Para ir hacia adentro, a la profundidad, es necesario conversar con Cristo; es El quien te lleva. Lo vemos con Simón; tira mar adentro, porque se lo manda Jesús; se fía del Señor, está con el Señor. No se puede hacer profundidad, si no se vive en amistad continua con Cristo. El Señor nos da serenidad. Su amistad, la conversación con El, nos da hondura Esta amistad es la que nos da capacidad para buscar la última explicación, la más importante, la que no nos deja vacíos. Urge pasar tiempo y tiempo con el Señor para buscar la explicación oportuna, la que es profunda, la que llena a los hombres, la que hace sentir seguridad porque procede de Dios. El diálogo con el Señor, la conversación serena y amistosa con El, se impone como modo seguro de ir a la profundidad.

Sentirme yo dueño y señor de la Iglesia para buscar todo tipo de explicaciones, me hace por una parte no encontrar ninguna y por otra situarme en el vacío. Vivir así, nos hace exclamar: «Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos pescado nada; pero en tu palabra echaré las redes». Cuando se va en nombre propio y se quieren hacer las cosas desde las fuerzas personales, no se encuentra ninguna explicación. Entre los muchos ejemplos que podríamos recoger, tenemos el de aquella mujer que padecía flujos de sangre. Sabía que no se bastaba a si misma y creyendo que podía ser curada por Jesús, tocó la orla de su manto y al punto fue curada. Necesitaba de alguien más grande que ella para curarse y por eso se acercó a Cristo. Tuvo que salir de sí misma e ir a Cristo para curarse.

Cuando los hombres estamos más seguros de nosotros mismos, cuando parece que nos bastamos con nuestras propias fuerzas, aparece Cristo en la historia para decirnos que la profundidad de la vida y de la historia no podemos alcanzarla por nosotros mismos; que es necesario bogar mar adentro y allí tirar las redes para encontrar explicaciones hondas; que los hombres necesitamos cada día más de esa hondura que procede de Dios y que, por ello, son necesarios maestros no teóricos, sino maestros que, desde una praxis vivida junto al Señor enseñen a sus compañeros de la historia a vivir tirando hacia adentro siempre, buscando la explicación desde quien es Creador y Señor de todo lo que existe.

 

Llenaron tanto las barcas que casi se hundían

Alguna vez nos hemos encontrado con hombres llenos de alegría y de gozo, plenos de sentido para todo, que ofrecían una única explicación a su manera de ser y servir: habían llenado su vida de Dios y desde ahí vivían los acontecimientos y la historia. Cuando queremos buscar alguna explicación al hecho de que Simón llenó la barca de peces, hay que decir que fue porque comenzó a vivir de la Palabra del Señor, comenzó a fiarse de El. Llenar las barcas supone llenar de sentido todas las cosas y estar desbordados de gozo por la posibilidad de tener explicación de todo desde la fuerza y la hondura que nos da el Señor.

Llenar las barcas que casi se hunden, significa que el hombre ha entrado por la senda de los pasos de Dios y que se rinde ante la evidencia de su presencia y de su amor. Significa que se toma conciencia de que sin la presencia del Señor andamos sin destino, errados.

Llenar las barcas supone que lo mismo da vivir desde la aurora que en el ocaso, ya que es el Señor quien hace que todo tiempo se torne en gozo. En tiempos de cambio es necesario vivir la profundidad nacida de Dios que nos hace sentir su caricia, que da forma y valor a los días, minutos y segundos del hombre. Una hondura que se adquiere viviendo la presencia siempre permanente y penetrante de quien es Señor de todo lo que existe.

En la profundidad que me da estar junto al Señor, reconozco mi verdad de criatura y descubro que solamente soy una nota en esa multitud que llena el universo. Al mismo tiempo percibo que solamente desde la profundidad del Señor, seré capaz de dar esa nota mía, original, distinta a todas las demás.

Llenar las barcas significa que viviendo desde la profundidad que da el Señor, somos capaces de eliminar cualquier negrura o tormenta, cualquier situación de angustia o desesperanza. La vida vivida desde la hondura quiebra los espacios que se llenan de confusión y abre pasos a una vida oxigenada por el aire que procede de Aquél que da capacidad para tener horizontes siempre nuevos.

 

 

OFRECIMIENTO

 

Aquí estoy, Señor.

Quiero ir en tu nombre adonde tú quieras. Me pongo en tus manos como el barro en las manos del alfarero. Haz de mí un testigo de la fe,

para iluminar a los que andan en tinieblas; un testigo de esperanza, para devolver la ilusión a los desencantados; un testigo de amor, para llenar el mundo de solidaridad. Aquí estoy, Señor, mándame. Pon tu palabra en mis labios, pon en mis pies tu diligencia y en mis manos tu tarea. Pon tu Espíritu en mi espíritu, pon en mi pecho tu amor,

pon tu fuerza en mi debilidad  y en mi duda tu voluntad. Aquí estoy, Señor, mándame para que ponga respeto entre los seres, justicia entre los hombres, paz entre los pueblos, alegría en la vida, ilusión en la Iglesia, gozo y esperanza en la misión.

        

MISAL DOMINICAL V DOMINGO «DURANTE EL AÑO»

 

Antífona de entrada     Sal 94, 6-7

Vengan, inclinémonos para adorar a Dios, doblemos la rodilla ante el Señor que nos creó; porque él es nuestro Dios.

 

Oración colecta

 

Dios nuestro, cuida a tu familia con incansable bondad, y, ya que sólo en ti ha puesto su esperanza, defiéndela siempre con tu protección. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos.

 

Oración sobre las ofrendas

 

Señor y Dios nuestro, que has creado los frutos de la tierra para sostener nuestra fragilidad, haz que estos dones se conviertan en sacramento de vida eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Antífona de comunión     Mt 5, 4.6

Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

 

Oración después de la comunión

 

Señor, que nos hiciste compartir el mismo pan y el mismo cáliz, concédenos vivir de tal manera que, unidos en Cristo, demos fruto con alegría para la salvación del mundo.

Por Jesucristo, nuestro Señor.

        


 

LECCIONARIO DOMINICAL

 

¡Aquí estoy: envíame!

 

Lectura del libro del profeta Isaías     6, 1-2a. 3-8

 

    El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: Y uno gritaba hacia el otro:

        «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos!

        Toda la tierra está llena de su gloria».

 

    Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa se llenó de humo. Yo dije:

        «¡Ay de mí, estoy perdido!

        Porque soy un hombre de labios impuros,

        y habito en medio de un pueblo de labios impuros;     

¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!»    

 

Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. Él le hizo tocar mi boca, y dijo:

        «Mira: esto ha tocado tus labios; tu culpa ha sido borrada        

y tu pecado ha sido expiado».

 

    Yo oí la voz del Señor que decía: «¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?» Yo respondí: «¡Aquí estoy: envíame!»

 

Palabra de Dios.

 

 

SALMO     Sal 137, 1-5. 7c-8  

R. Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

 

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque has oído las palabras de mi boca.

Te cantaré en presencia de los ángeles

y me postraré ante tu santo Templo.

 R. Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

 

Daré gracias a tu Nombre

por tu amor y tu fidelidad.

Me respondiste cada vez que te invoqué

y aumentaste la fuerza de mi alma.

R. Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

 

Que los reyes de la tierra te bendigan

al oír las palabras de tu boca,

y canten los designios del Señor,

porque la gloria del Señor es grande.

R. Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

 

Tu derecha me salva.

El Señor lo hará todo por mí.

Tu amor es eterno, Señor,

¡no abandones la obra de tus manos!

R. Te cantaré, Señor, en presencia de los ángeles.

 

 

Ustedes han creído lo que les hemos predicado

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los

cristianos de Corinto     15, 1-11

 

    Hermanos, les recuerdo la Buena Noticia que yo les he predicado, que ustedes han recibido y a la cual permanecen fieles. Por ella son salvados, si la conservan tal como yo se la anuncié; de lo contrario, habrán creído en vano.

    Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto.     Porque yo soy el último de los Apóstoles, y ni siquiera merezco ser llamado Apóstol, ya que he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no fue estéril en mí, sino que yo he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios que está conmigo. En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído.

 

Palabra de Dios.

  

O bien más breve:

 

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los

cristianos de Corinto     15, 3-8. 11

 

    Hermanos:

    Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce. Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. Además, se apareció a Santiago y de nuevo a todos los Apóstoles. Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto. En resumen, tanto ellos como yo, predicamos lo mismo, y esto es lo que ustedes han creído.

 

Palabra de Dios.

  

ALELUIA    Mt 4, 19

 

Aleluia.

«Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres», dice el Señor.

Aleluia.

 

 

EVANGELIO

Abandonándolo todo, lo siguieron

 

+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas     5, 1-

11

 

    En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y Él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: «Navega mar adentro, y echen las redes».     Simón le respondió: «Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes». Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.     Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: «Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador». El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón. Pero Jesús dijo a Simón: «No temas, de ahora en adelante serás pescador de hombres».

    Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

 

Palabra del Señor.

 

 

 

 


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