6 Domingo Tiempo Ordinario (c)
Liturgia Viva – VI Domingo del Tiempo Ordinario
Saludo (Ver la Primera Lectura)
Que toda bendición venga sobre ustedes
que se reconocen pobres
y por tanto ponen su confianza en el Señor;
Toda bendición sobre ustedes
ya que el Señor es su esperanza.
Que la gracia del Señor esté siempre con ustedes.
Introducción
1. Aquellos a Quienes Dios Hace Felices.
La gente que tiene todo lo que necesita, o que piensa que necesita, no se abre fácilmente a Dios, ni tampoco a otras personas. Por otra parte, personas que atraviesan dificultades son generalmente más abiertas a los demás, más receptivas a la ayuda y al amor de Dios y de los hermanos, y por consiguiente, son también más abiertas para ver las necesidades de otros y para ayudarles; ya que saben por experiencia lo que significa ser pobre, preocupado, afligido y dependiente de otros. — Jesús nos pide hoy que lleguemos a ser personas dispuestas a sentir nuestras propias necesidades y a depender de Dios. Entonces nos abriremos más fácilmente a nuestro prójimo, tanto para recibir como para dar. — Reconozcamos ahora nuestra pobreza y dependencia ante el Señor.
2. Dios Está con Los Pobres.
A los torpes y desdichados, a los que sufren y son perseguidos, el Señor les asegura: “¡Considérense felices y dichosos, porque yo estoy con ustedes! Nunca les abandonaré. Les voy a cargar sobre mis hombros, porque ustedes son conscientes de su pobreza y confían en mí”. — Pidamos al Señor que nos cuente entre los pobres que se fían de él y confían en él, y que nos acoja en su reino.
Acto Penitencial
Con demasiada frecuencia somos demasiado autocomplacientes como para dejar lugar a Dios y a los hermanos… Pidamos ahora perdón a Dios y los unos a los otros. (Pausa)
Señor Jesús, tú te hiciste pobre por nuestra causa para enriquecernos con tu perdón y tu vida.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, tú viniste para unirte a nosotros en nuestras miserias, para curarnos y para traernos gozo y alegría.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, tú provocas en nosotros hambre de amor duradero para colmarnos con tu felicidad eterna:
R / Señor, ten piedad de nosotros.
Perdona nuestras debilidades, Señor, y haz que vivamos para ti y para los hermanos. Llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Pongamos nuestra confianza en Dios
y esperemos todo de Él
a causa de Jesús, nuestro Señor resucitado.
(Pausa)
Oh Dios y Padre nuestro:
Tú solicitas hoy de nosotros, por medio de tu Hijo,
que nos va a proclamar las Bienaventuranzas,
elegir libremente y con responsabilidad
el tipo de felicidad que perdure.
Que el evangelio de las Bienaventuranzas nos mueva
a reconocer la vaciedad y pobreza
de las riquezas materiales y del poder humano
y llene nuestra indigencia y pobreza
con la riqueza y la libertad
de tu verdad, tu amor y tu justicia,
que tú nos ofreces por medio de Jesucristo,
tu Hijo resucitado y Señor nuestro
por los siglos de los siglos.
Primera Lectura (Jer 17,5-8): Una Maldición o una Bendición: Esa es tu Opción
Por medio del profeta, Dios pide a su pueblo escoger entre dos caminos: los caminos humanos o el camino de Dios. Solamente el camino de Dios conduce a la felicidad.
Segunda Lectura (1 Cor 15,12.16-20): Si Cristo No ha Resucitado, Nuestra Fe Es Ilusoria.
Cristo resucitó de entre los muertos. Su resurrección es la señal y promesa de que nuestros pecados están perdonados, de que la vida vale la pena, y de que un día resucitaremos con él.
Evangelio (Lc 6,17.20-26): ¡Felices Ustedes… Ay de Ustedes…!
Considérate dichoso y afortunado, dice Lucas, si eres pobre y rechazado, porque entonces estás abierto todavía a Dios. De los autosatisfechos es de quienes tenemos que tener lástima, porque se cierran al futuro prometido por Dios.
Oración de los Fieles
Jesús nos ofreció su propia definición de quiénes son felices y de quiénes hay que tener compasión. Pidámosle que nosotros juzguemos y vivamos no según nuestros esquemas mentales sino según los suyos, y digamos:
R/ Señor, escucha nuestra oración.
– Por los pobres y afligidos, para que el Señor cumpla su promesa y les conceda sus expectaciones; por los satisfechos, para que el Señor cambie sus corazones y les haga capaces de amar generosamente, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha nuestra oración.
– Por los que padecen hambre, para que el Señor mismo les dé el pan de vida eterna, y a nosotros nos inspire a compartir con ellos nuestro pan de cada día; y por los que se sienten ahora llenos de sí mismos, que el Señor les despierte su hambre interior y abra sus corazones para que confíen en él, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha nuestra oración.
– Por los que ahora lloran, para que el Señor les consuele con su amor; y por los que ahora ríen, para que les recuerde la seriedad de la vida y les haga capaces de reflexionar y de cambiar de actitudes, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha nuestra oración.
– Por los que son insultados, odiados, rechazados, para que el Señor una sus sufrimientos a su propio sufrimiento; por los que reciben alabanzas y son halagados y adulados, para que el Señor los despierte de su autocomplacencia y les revele también a ellos el misterio de su cruz, roguemos al Señor.
R/ Señor, escucha nuestra oración.
Señor Jesucristo, tú quisiste experimentar la pobreza, el hambre, el sufrimiento y la persecución, que son el lote de tantos hombres y mujeres en el mundo de la pobreza y la miseria. Haznos participar en la novedad de tu propia vida de resucitado, y que nuestras vidas proclamen la felicidad que nos prometes y a la que nos llamas, porque tú eres nuestro Señor y Salvador por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios, Padre amoroso:
En la pobreza de nuestros corazones
tú nos das a tu Hijo Jesucristo
como nuestro alimento y nuestra bebida de vida.
Que él nos dé valor
para poner toda nuestra confianza y esperanza en él,
de modo que le sigamos, no de modo ciego,
sino con deliberación y conocimiento profundos
en su camino de lealtad y pobreza,
para que obtengamos con él tu felicidad
que permanece para siempre,
por los siglos de los siglos.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Demos gracias y alabanza a nuestro Padre del cielo, porque sabemos que estamos en sus manos. En él y por él tenemos vida y verdadera felicidad.
Introducción al Padre Nuestro
Con los que tienen hambre de pan, de amor y de felicidad,
roguemos al Padre del cielo con las palabras que su Hijo Jesús nos enseñó.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de la maldición
de poner nuestra confianza en nosotros mismos,
en nuestras posesiones, en nuestros propios planes,
en nuestros esquemas mundanos para lograr felicidad.
En cambio, danos la bendición
de caminar por tus caminos,
aunque nos parezcan inseguros,
de vivir desprendidos, aceptando nuestra pobreza,
y hambreando tu amor y tu verdad,
mientras aguardamos con gozosa esperanza
la venida gloriosa de Jesucristo resucitado,
Señor y Salvador nuestro.
Invitación a la Comunión
Este es el Señor, Jesús, que dijo:
“Dichosos ustedes que son pobres;
dichosos ustedes que ahora pasan hambre,
porque serán saciados”.
Dichosos realmente nosotros,
invitados a la mesa del Señor
para llenarnos de su vida y bendición.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
Las palabras que hoy hemos escuchado de Jesús, tu Hijo,
son difíciles de oír y de aceptar;
van en contra de nuestra mentalidad humana.
Que tu Hijo nos haga sabios
con tu propia actitud interior y tu sabiduría
y que nos dé valor
para estar al lado de los pobres y de los que sufren,
para que nuestra insuficiencia humana
atraiga las riquezas de tu gracia,
que tú nos ofreces
por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Maldición o bendición… Elijan, dice Jeremías.
Felices ustedes… Ay de ustedes, dice Jesús, por medio del evangelista Lucas. Seamos conscientes de nuestra propia indigencia; de que, después de todo, ante Dios somos mendigos que tenemos que abrir nuestras manos y extender nuestros brazos hacia él, para lograr una felicidad auténtica y duradera.
Que no nos diga nunca el Señor un “ay de ustedes” o una maldición, sino una bondadosa bendición.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
Dichosos vosotros.
Quien más, quien menos, conoce bien las Bienaventuranzas. A lo largo del año litúrgico, acaban apareciendo. Podríamos decir que son como instantáneas del propio Jesús. Se estaba retratando a sí mismo. Porque él, «siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos a todos», como declaraba san Pablo; y «renunció al gozo inmediato que se le proponía, y cargó con la cruz, sin miedo a la ignominia». Su apertura a Dios no le permitió vivir autosatisfecho («¿por qué me llamas bueno?», le preguntó al magistrado), ni contentarse con una obediencia de mínimos. Vivió una forma nueva de justicia: la que da Dios y la que pide Dios. Ahora es «santo y feliz, Jesucristo», hijo de la resurrección, vencedor de su muerte y de la mía.
Desde luego, aunque sean conocidas, no siempre entendemos el mensaje de las Bienaventuranzas. O no del todo. Las dos versiones que tenemos, la del Evangelio de Mateo y la de Lucas, que leemos este domingo, han llevado a muchos a pensar que Dios es un poco sádico, cuando para ser feliz hay que sufrir, para reír hay que llorar, etc. Claro está que no es ese el significado profundo. Más bien, quizá convenga fijarse en la experiencia de todos los humanos. Si no has sufrido la tristeza, no es posible que no puedas conocer el consuelo que Dios da. Si no has llorado, como lloró Pedro su traición, por ejemplo, es complicado conocer el consuelo que recibió de Dios.
Parece que también algo del espíritu de las Bienaventuranzas, en esta línea, podemos encontrar en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. El que lloró en la tierra encontró consuelo en el cielo, y el que vivía feliz, acabo llorando por no haber sabido aprovechar su vida. Eso era lo que Cristo tenía en mente, al proclamar las bienaventuranzas a los discípulos y las imprecaciones (o maldiciones) a los satisfechos.
“Vuestra recompensa será grande en el cielo.” Eso dice Jesús, pero ya aquí, en la tierra, se puede sentir algo de esa alegría. San Pablo conoce las tribulaciones de ser seguidor de Cristo – cuántas veces estuvo al borde de la muerte – pero conoce mejor el consuelo y ánimo que, gracias a Cristo, rebosa sobre él, en proporción al sufrimiento que le toca soportar. Es que el Reino de Dios no es como la línea del horizonte, que se aleja a medida que nosotros avanzamos. Es sobre todo un don cercano, está dentro de nosotros, o al lado. Y, si abrimos el corazón, podemos percibirlo.
No todos viven así, conforme a los valores del Reino. El profeta Jeremías nos recuerda que podemos vivir según el estilo del mundo, tal y como proponen muchos, o como nos invita Dios. Maldición o bendición, cada uno elige lo que prefiere. Los dos caminos que nos recuerda el libro del Deuteronomio, muerte y vida, ante nosotros. El problema es que el resultado de la elección no es indiferente. Muchas veces, el enfocarse en los valores equivocados supone terminar mal. Demasiado afanarse, vanidad de vanidades, para que todo acabe en nada, vacío interior y desilusión. A eso lo llama “maldito” el profeta. Una vida sin sentido.
Por el contrario, quien vive conforme a los Mandamientos, es decir, según lo que Dios propone, será bendito, aunque muchos se rían de él. Es posible que no reciba mucho reconocimiento en la tierra, pero se ha asegurado la vida eterna, porque el último juicio pertenece a Dios, no a los hombres. Merece la pena elegir bien, entonces.
Si la semana pasada san Pablo nos recordaba los puntos centrales de nuestra fe, hoy remarca, precisamente, la resurrección de Cristo. Porque “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.” Y después de estas palabras, hemos dicho juntos: “Palabra de Dios”. Porque verdaderamente es eso, Palabra viva, Palabra que ilumina. Es un anuncio de alegría de lo que Dios ha hecho por nosotros. Y esa resurrección nos anima, nos da esperanza, especialmente cuando tenemos que separarnos de un ser querido, por ejemplo. Es verdad que estamos hechos para el encuentro, no para la separación, sobre todo para las despedidas definitivas. Pero. gracias a la muerte y resurrección del Señor, podemos ver esta realidad de otra manera.
Porque sabemos lo que Dios tiene previsto para nosotros. Ese plan de Dios es un plan de amor. Disfrutaremos de la Salvación, no nos disolveremos en la nada, porque nacemos del amor, y estamos llamados a encontrarnos con el Amor. Esa convicción es la que nos ayuda a no verlo todo negro, incluso cuando la muerte nos visita. Hay esperanza, siempre. Porque Cristo ha vencido a todos los enemigos, incluso a la muerte.
A la vista de estas lecturas, quizá podamos formularnos una serie de preguntas. Por ejemplo, ¿sobre qué estoy asentando mi vida?; ¿qué objetivos me he marcado?; ¿estoy dispuesto a cambiar alguna cosa o a hacer alguna renuncia significativa?; ¿cómo afronto el sufrimiento en mi vida?; ¿busco el quedar bien ante los demás, a costa de mi conciencia?; ¿estoy dispuesto a seguir a Cristo, incluso si los tiempos o las circunstancias no acompañan?
A Jesús le escuchaba una gran muchedumbre, ansiosa de conocer lo que tenía que decirles. Muchos curiosos, sí, pero pocos fueron los que llegaron hasta el final. Entonces, ¿pertenezco a esa muchedumbre que escucha el Evangelio sin más, o he hecho la elección de ser un verdadero discípulo? ¿Qué significa para mí la resurrección de Cristo? ¿Cómo afecta a mi vida diaria y a mi relación con Dios y con los demás? ¿Es un motivo para el regocijo?
La certeza de la resurrección de Cristo es la que permite que los pobres posean el Reino, que los hambrientos queden satisfechos, que los que lloran puedan reír con alegría… Pidamos al Señor que esta verdad de nuestra fe nos inspire a vivir con confianza, sabiendo que la esperanza trasciende esta vida terrenal y termina en la vida eterna. Amén.
EVANGELIO
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 6,17.20-26
En aquel tiempo, bajó Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano, con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les dijo:
- Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros, cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten, y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos!, porque ya tenéis vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que ahora reís!, porque haréis duelo y lloraréis.
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.
Palabra de Dios.
Felicidad
Uno puede leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía.
Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué? ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.
La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada “sociedad dual”. Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica.
De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.
La parábola del hombre rico “que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día” y del pobre Lázaro que buscaba, sin conseguirlo, saciar su estómago de lo que tiraban de la mesa del rico, es una cruda realidad en la sociedad dual.
Entre nosotros existen esos “mecanismos económicos, financieros y sociales” denunciados por Juan Pablo II, “los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros”.
Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la “Sollicitudo rei socialis”, tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.
Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.
En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios.
Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios, que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.
Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos.
TOMAR EN SERIO A LOS POBRES
Acostumbrados a escuchar las "bienaventuranzas" tal como aparecen en el evangelio de Mateo, se nos hace duro a los cristianos de los países ricos leer el texto que nos ofrece Lucas. Al parecer, este evangelista y no pocos de sus lectores pertenecían a una clase acomodada. Sin embargo, lejos de suavizar el mensaje de Jesús, Lucas lo presentó de manera más provocativa.
Junto a las "bienaventuranzas" a los pobres, el evangelista recuerda las "malaventuranzas" a los ricos: «Dichosos los pobres...los que ahora tenéis hambre...los que ahora lloráis». Pero «Ay de vosotros, los ricos...los que ahora estáis saciados...los que ahora reís». El Evangelio no puede ser escuchado de igual manera por todos. Mientras para los pobres es una Buena Noticia que los invita a la esperanza, para los ricos es una amenaza que los llama a la conversión. ¿Cómo escuchar este mensaje en nuestras comunidades cristianas?
Antes que nada, Jesús nos pone a todos ante la realidad más sangrante que hay en el mundo, la que más le hacía sufrir a él, la que más llega al corazón de Dios, la que está más presente ante sus ojos. Una realidad que, desde los países ricos, tratamos de ignorar y silenciar una y otra vez, encubriendo de mil maneras la injusticia más cruel e inhumana de la que, en buena parte, somos culpables nosotros.
¿Queremos continuar alimentando el autoengaño o abrir los ojos a la realidad de los pobres? ¿Tenemos voluntad de verdad? ¿Tomaremos alguna vez en serio a esa inmensa mayoría de los que viven desnutridos y sin dignidad, los que no tienen voz ni poder, los que no cuentan para nuestra marcha hacia el bienestar?
Los cristianos no hemos descubierto todavía toda la importancia que pueden tener los pobres en la historia del cristianismo. Ellos nos dan más luz que nadie para vernos en nuestra propia verdad, sacuden nuestra conciencia y nos invitan permanentemente a la conversión. Ellos nos pueden ayudar a configurar la Iglesia del futuro de manera más evangélica. Nos pueden hacer más humanos y más capaces de austeridad, solidaridad y generosidad.
El abismo que separa a ricos y pobres sigue creciendo de manera imparable. En el futuro, cada vez será más imposible presentarse ante el mundo como Iglesia de Jesús ignorando a los más débiles e indefensos de la Tierra. O tomamos en serio a los pobres u olvidamos el Evangelio. En los países ricos nos resultará cada vez más difícil escuchar la advertencia de Jesús: «No podéis servir a Dios y al dinero». Se nos hará insoportable.
BIEN CLARO
Dichosos los pobres porque vuestro es el reino de Dios
Jesús no poseía poder político ni religioso para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Los evangelistas recogieron, uno detrás de otro, los gritos que Jesús fue lanzando por las aldeas de Galilea en diversas situaciones. Sus bienaventuranzas quedaron grabadas para siempre en sus seguidores.
Se encuentra Jesús con gentes empobrecidas que no pueden defender sus tierras de los poderosos terratenientes y les dice: Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios. Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados. Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis.
¿No es todo esto una burla? ¿No es cinismo? Lo sería, tal vez, si Jesús les estuviera hablando desde un palacio de Tiberíades o una villa de Jerusalén, pero Jesús está con ellos. No lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Es un indigente más que les habla con fe y convicción total.
Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza, ni mucho menos. Su miseria no es un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama dichosos porque Dios está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios les hará justicia.
Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos de Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. Su vida es sagrada.
Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, le tienen a él como Padre.
Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que hemos de hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios. De ahí puede nacer nuestra conversión.
FELICIDAD
Felices...
Todas las personas llevamos en lo más profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que nos hallamos ante alguien que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.
Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y como encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.
Por eso, la escucha sencilla de las bienaventuranzas provoca siempre en la persona un eco especial. Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes produce en nosotros un cierto desconcierto. Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo más hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.
A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.
Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.
Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar. Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón. Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.
Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses.
Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados.
Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los débiles. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.
FRENTE A LA SABIDURÍA CONVENCIONAL
Dichosos los pobres
Lo advirtamos o no, todos aprendemos a vivir de nuestro entorno cultural. A lo largo de los años vamos interiorizando la «sabiduría convencional» que predomina en la sociedad. Al final, es esa «conciencia cultural» la que modela en buena parte nuestra manera de entender y de vivir la vida.
Sin apenas darnos cuenta, esa «sabiduría convencional» nos va proporcionando los principios, valores y criterios de actuación que orientan nuestro estilo de vida. Este modo de funcionar no es algo propio de personas contadas. Es lo habitual. Se puede incluso decir que hacerse adulto significa para muchos interiorizar la «sabiduría convencional» que predomina en la sociedad.
Acostumbrados a responder una y otra vez a los dictados de la cultura dominante, nos cuesta advertir nuestra ceguera y falta de libertad para vivir de manera más honda y original. Nos creemos libres y en realidad vivimos domesticados: nos consideramos inteligentes, pero sólo atendemos a lo que la cultura social nos indica.
Hay algo todavía más grave. Creemos escuchar en nuestro interior la voz de la conciencia, pero lo que escuchamos en realidad son los «valores» que hemos interiorizado de la conciencia social, y que llevan nombres muy concretos: bienestar. seguridad, éxito, satisfacción, buena imagen, dinero, poder.
Uno de los rasgos que más destacan en Jesús los investigadores modernos es su empeño en liberar a las personas de esa «sabiduría convencional» que en todos los tiempos empobrece la vida de los humanos. Su mensaje es claro: hay que aprender a vivir desde otro «lugar», hay que escuchar la voz de un Dios que quiere una vida más digna y dichosa para todos, hay que vivir con un «corazón nuevo».
Frente a la «sabiduría convencional», Jesús vive y enseña a vivir de una manera nueva y provocativa, modelada por valores diferentes: compasión, defensa de los últimos, servicio a los desvalidos, acogida incondicional, lucha por la dignidad de todo ser humano.
En este contexto hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Felices los pobres... los que ahora tenéis hambre... los que ahora lloráis..., porque vuestro es el Reino de Dios». Dios quiere reinar en un mundo diferente donde todos puedan conocer la dicha y la dignidad.
RECUPERACIÓN ECONÓMICA INJUSTA
¡Ay de vosotros los ricos!
Se pueden leer y escuchar cada vez con más frecuencia noticias optimistas sobre la superación de la crisis y la recuperación progresiva de la economía. Se nos dice que estamos asistiendo ya a un crecimiento económico, pero ¿crecimiento de qué?, ¿crecimiento para quién? Apenas se nos informa de toda la verdad de lo que está sucediendo.
La recuperación económica que está en marcha, va consolidando e, incluso, perpetuando la llamada «sociedad dual». Un abismo cada vez mayor se está abriendo entre los que van a poder mejorar su nivel de vida cada vez con más seguridad y los que van a quedar descolgados, sin trabajo ni futuro en esta vasta operación económica. De hecho, está creciendo al mismo tiempo el consumo ostentoso y provocativo de los cada vez más ricos y la miseria e inseguridad de los cada vez más pobres.
Entre nosotros existen esos «mecanismos económicos, financieros y sociales» denunciados por Juan Pablo II, «los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígidas las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros».
Una vez más estamos consolidando una sociedad profundamente desigual e injusta. En esa encíclica tan lúcida y evangélica que es la «Sollicitudo rei socialis», tan poco escuchada, incluso por los que lo vitorean constantemente, Juan Pablo II descubre en la raíz de esta situación algo que sólo tiene un nombre: pecado.
Podemos dar toda clase de explicaciones técnicas, pero cuando el resultado que se constata es el enriquecimiento siempre mayor de los ya ricos y el hundimiento de los más pobres, ahí se está consolidando la insolidaridad y la injusticia.
En sus bienaventuranzas, Jesús advierte que un día se invertirá la suerte de los ricos y de los pobres. Es fácil que también hoy sean bastantes los que, siguiendo a Nietzsche, piensen que esta actitud de Jesús es fruto del resentimiento y la impotencia de quien, no pudiendo lograr más justicia, pide la venganza de Dios. Sin embargo, el mensaje de Jesús no nace de la impotencia de un hombre derrotado y resentido, sino de su visión intensa de la justicia de Dios que no puede permitir el triunfo final de la injusticia.
Han pasado veinte siglos, pero la palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, que ha de seguir viva para interpelarnos a todos.
SOBRE LA FELICIDAD
Dichosos...
Entre nosotros está ampliamente extendida la idea de que la fe es algo que tiene que ver con la salvación eterna después de la muerte, pero no con la felicidad concreta de cada día, que es la que ahora mismo interesa a las personas.
Parece que lo cristiano no es preocuparse de la felicidad, sino saber vivir sacrificadamente. Seguir a Jesucristo, ¿no es, en definitiva, renunciar a la felicidad en esta vida?, ¿no consiste el cristianismo precisamente en vivir según aquel lema tan conocido: «aquí cruz y en el más allá felicidad»?
De hecho, son muchos los que piensan que la religión no busca la felicidad actual de las personas sino su desdicha. Las bienaventuranzas pueden ser, tal vez, un camino para alcanzar la vida eterna -si existe en alguna parte-, pero no tienen ninguna influencia para la felicidad que pueden experimentar ahora las personas. Jesús ofrece la felicidad eterna, pero, ¿qué puede aportar para una vida dichosa ahora mismo?
Nos encontramos aquí ante un grave malentendido que aleja a no pocos de la religión. Y, sin embargo, hay que decirlo con claridad: la idea de «cruz aquí y felicidad en el más allá» falsea el mensaje evangélico. El cristianismo no consiste en ofrecer una salvación para la otra vida y en exigir aquí, para merecerla, el sacrificio y la represión de las tendencias a la felicidad inmediata.
Si Jesucristo es Salvador, las personas han de poder encontrar en él, no sólo una salvación futura, lejana y desdibujada, sino también algo bueno para vivir ya ahora. Es en esta vida donde el ser humano anhela ya la felicidad y la echa de menos, y es en esta vida donde Jesucristo convoca a los hombres a vivir de la forma más acertada para generar dicha y paz.
Esto no significa ignorar las exigencias de una vida cristiana y dedicarse a una búsqueda hábil de la «felicidad a cualquier precio», buscando egoístamente el propio bienestar y utilizando incluso la religión como un medio más para el disfrute o la satisfacción de los deseos inmediatos.
Las bienaventuranzas nos trazan precisamente el camino a seguir para conocer ya desde ahora una felicidad digna del ser humano. Felicidad que comienza aquí, pero que alcanza su plenitud final en el encuentro con Dios.
La pregunta que, tal vez, podría ayudarnos personalmente a hacer más luz, sería ésta: ¿Qué pasaría si yo tomara en serio las bienaventuranzas y acertara a vivir sin tanto afán de cosas, con más limpieza interior, más atento a los que sufren y con una confianza más grande en Dios?, ¿sería más feliz o menos?
PACIENCIA
Dichosos los que ahora lloráis
Hoy escuchamos de nuevo las palabras desconcertantes de Jesús: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Dichosos vosotros cuando os odien los hombres y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre. »
Estas bienaventuranzas no son una invitación al optimismo ingenuo o a la felicidad fácil, sino una llamada a vivir el sufrimiento, el mal o la persecución en la paciencia y el gozo de la esperanza.
Esa paciencia no es fruto de un ejercicio ascético que nos enseña a vivir las pruebas sin derrumbarnos. Es una paciencia que descansa en la paciencia misma de Dios que nos acompaña en el dolor o la impotencia de manera silenciosa y discreta, pero buscando siempre nuestro bien.
Dios no se impacienta ante los brotes del mal o de la injusticia, porque para él no hay prisa ni miedo al fracaso final. Dios sabe esperar. Y es esa mirada paciente de Dios, cargada de ternura infinita hacia todos los hombres, los que sufren y los que hacen sufrir, la que pone consuelo y estímulo en el creyente enfrentado a la realidad del mal.
Lo mismo que en la paciencia de Dios, también en la paciencia del creyente hay siempre amor. Un amor al ser humano, que es más fuerte que cualquier presencia del mal o de las tinieblas. En realidad, ningún mal por cruel y poderoso que sea, puede impedirnos seguir abiertos al amor. Y el amor —no lo olvidemos— es la única promesa y garantía de felicidad final.
Esta paciencia cristiana no es una actitud pasiva o resignada. Es fuerza para no dejarnos vencer por la desesperanza, y estímulo para cumplir nuestra misión con entereza y fidelidad. Esa es la recomendación bíblica: «Necesitáis paciencia en el sufrimiento para cumplir la voluntad de Dios y conseguir así lo prometido» (Hb 10, 36).
Esa paciencia del creyente se alimenta de la confianza en Dios y del abandono en sus manos. Dios, deseado y amado por encima de todo, es el que renueva las fuerzas del hombre aplastado y pone en su corazón una paz que el mundo entero no puede dar.
La Carta de Santiago proclama «felices» a «los que sufrieron con paciencia» (St 5, 11). Su felicidad no proviene del bienestar o del éxito, sino de la fe en el Crucificado que desde la resurrección dice así a todo creyente probado por el mal: «He abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra» (Ap 3, 8).
FELICIDAD AMENAZADA
Ay de vosotros los ricos...
Occidente no ha querido creer en el amor como fuente de vida y felicidad para el hombre y la sociedad. Y las bienaventuranzas de Jesús siguen siendo un lenguaje ininteligible e increíble, incluso para los que se llaman cristianos.
Nosotros hemos puesto la felicidad en otras cosas. Hemos llegado, incluso, a confundir la felicidad con el bienestar. Y, aunque son pocos los que se atreven a confesarlo abiertamente, para muchos lo decisivo para ser feliz es «tener dinero».
Apenas tienen otro proyecto de vida. Trabajar para tener dinero. Tener dinero para comprar cosas. Poseer cosas para adquirir una posición y ser algo en la sociedad.
Esta es la felicidad en la que creemos. El único camino que se nos ocurre recorrer para buscar la felicidad. Casi la única manera de llegar a «vivir mejor».
A veces, tiene uno la sensación de vivir en un mundo que, en el fondo, sabe que algo absurdo se encierra en todo esto, pero no es capaz de buscar una felicidad más verdadera. De alguna manera, nos gusta nuestra manera de vivir, aunque sintamos que no nos hace felices.
Los creyentes deberíamos recordar que Jesús no ha hablado sólo de bienaventuranzas. Ha lanzado también amenazadoras maldiciones para cuantos, olvidando la llamada del amor y la fraternidad, ríen seguros en su propio bienestar.
Esta es la amenaza de Jesús. Quienes poseen y disfrutan de todo cuanto su corazón egoísta ha anhelado, un día descubrirán que no hay para ellos más felicidad que la que ya han saboreado.
Quizás estamos viviendo momentos críticos en los que podemos empezar a intuir mejor la verdad última que se encierra en las amenazas de Jesús: «¡Ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis!».
Empezamos a experimentar que la felicidad no está en el puro bienestar. La civilización de la abundancia nos ha ofrecido medios de vida, pero no razones para vivir. La insatisfacción actual de muchos no se debe sólo ni principalmente a la crisis económica, sino, ante todo, al vacío de humanidad y a la crisis de auténticos motivos para trabajar, luchar, gozar, sufrir y esperar.
Hay poca gente feliz. Hemos aprendido muchas cosas, pero no sabemos ser felices. Necesitamos de tantas cosas que somos unos pobres necesitados. Para lograr nuestro bienestar somos capaces de mentir, defraudar, traicionarnos a nosotros mismos y destrozarnos unos a otros. Y así, no se puede ser feliz.
Y, ¿si Jesús tuviera razón? ¿No está nuestra «felicidad» demasiado amenazada? ¿No tenemos que imaginar una sociedad diferente cuyo ideal no sea el desarrollo material sin fin, sino la satisfacción de las necesidades vitales de todos? ¿No seremos más felices cuando aprendamos a necesitar menos y a compartir más?
LA FELICIDAD
Felices ….
Todos los hombres llevamos en lo ms profundo de nuestro ser un hambre insaciable de felicidad. Allí donde encontramos a un hombre, podemos estar seguros de que nos hallamos ante alguien que busca exactamente lo mismo que nosotros: ser feliz.
Sin embargo, cuando se nos pregunta qué es la felicidad y cómo encontrarla, no sabemos dar una respuesta demasiado clara. La felicidad es siempre algo que nos falta. Algo que todavía no poseemos plenamente.
Por eso, la escucha sencilla de las bienaventuranzas provoca siempre en el hombre un eco especial.
Por una parte, su tono fuertemente paradójico y su contenido lleno de contrastes produce en nosotros un cierto desconcierto.
Por otra parte, la promesa que encierran nos atrae, pues nos ofrecen una respuesta a esa sed que nace desde lo ms hondo de nuestro ser. La esperanza de encontrar un día la felicidad penetra en nuestro corazón de manera inolvidable.
A los cristianos se nos ha olvidado demasiado que el Evangelio es una llamada a la felicidad. Y que ser cristiano es sentirse llamado a ser feliz y a descubrir desde Jesús el camino verdadero de la felicidad.
Porque no todos los caminos conducen hacia la felicidad. Y aquí es donde precisamente nos encontramos con el reto de Jesús de Nazaret. La verdadera felicidad se alcanza por caminos completamente diferentes a los que nos ofrece la sociedad actual.
Según Jesús, es mejor dar que recibir, es mejor servir que dominar, compartir que acaparar, perdonar que vengarse, crear vida que explotar.
Y en el fondo, cuando uno trata de escuchar sinceramente lo mejor que hay en lo más hondo de su ser, intuye que Jesús tiene razón.
Y desde muy dentro siente necesidad de gritar también hoy las bienaventuranzas y las maldiciones que Jesús gritó.
Felices los que saben ser pobres y compartir lo poco que tienen con sus hermanos. Malditos los que sólo se preocupan de sus riquezas y sus intereses.
Felices los que conocen el hambre y la necesidad porque no quieren explotar, oprimir y pisotear a los demás. Malditos los que son capaces de vivir tranquilos y satisfechos, sin preocuparse de los necesitados.
Felices los que lloran las injusticias, las muertes, las torturas, los abusos y el sufrimiento de los hombres. Malditos los que se ríen del dolor de los demás y se alegran de la muerte de un hermano.
SÓLO EN "SER" ESTÁ LA FUENTE DE LA VERDADERA FELICIDAD
Fray Marcos
Lc 6, 20-26
CONTEXTO
Hemos dado otro salto de más de un capítulo en la lectura del evangelio de Lucas. La escena se desarrolla en un rellano al bajar Jesús del monte donde se retiró a orar y donde acaba de elegir a sus discípulos. El discurso está dirigido a sus discípulos y a un gran gentío que se había congregado para oírle. Es una enseñanza que va dirigida a todos.
EXPLICACIÓN
Seguramente es el texto más comentado de todo el evangelio, pero es también el más difícil. Invierte radicalmente nuestra escala de valores. ¿Puede ser feliz el pobre, el que llora, el que pasa hambre, el oprimido, el despreciado? Encontramos interpretaciones para todos los gustos; algunas verdaderamente disparatadas. La verdad es que no hay recetas. La comprensión de este texto, tiene que ser un logro personal.
La primera dificultad estriba en que el mensaje sobrepasa toda inteligencia. Cualquier intento de explicar las bienaventuranzas, está abocado al fracaso. Lo que quieren trasmitirnos está más allá de lo que nos exige el instinto y de lo que nos aconseja el sentido común. Todas las explicaciones que se puedan dar para comprender las bienaventuranzas no pueden convencer a nadie, porque lo que quieren decir escapa a la más alta capacidad de comprensión. Ésta es la causa de que, dígase lo que se diga, siempre se entiende mal.
La segunda dificultad la encontramos en su misma formulación, que está hecha desde una comprensión todavía mítica de Dios del hombre y del mundo. Desde la perspectiva de un Dios que actúa desde fuera en la historia para arreglar los entuertos que causa el hombre, se puede entender la expresión: "Dichoso los que ahora pasáis hambre porque quedaréis saciado". Ahora estáis pasando hambre y eso es malo, pero llegará un día en que vosotros comeréis hasta hartaros y los que ahora os están haciendo pasar hambre, serán los que lo pasarán mal.
El gran problema de esta visión es comprobar que aquí abajo eso raramente o nunca se da; y si se da no es porque Dios imponga justicia. Por otra parte, si para mantener la esperanza tenemos que acudir a un más allá, podemos caer en la trampa de dar por bueno lo que está sucediendo hoy aquí, con tal de que un día cambien las tornas.
La tercera dificultad está en que nos empeñamos en hablar de los pobres, los que nunca hemos pasado hambre ni hemos derramado más lágrimas que las del cocodrilo. ¿Qué pasó cuando los realmente pobres se reunieron para pensar el evangelio? Pues surgió la teología de la liberación, que las instancias oficiales se apresuraron en calificar de nefasta.
A mí lo que me escandaliza es que sigamos haciendo una "teología" para tranquilizar a los satisfechos pero que no libera a los oprimidos. En textos oficiales se declara que la Iglesia debe mantener una "opción preferencial por los pobres". Con lo cual está confesando que ella no es pobre, como manda el evangelio, pero, ¡qué simpatía siente por los que los son!
En los mismos evangelios encontramos ya reflejada la dificultad de expresar el mensaje. Lucas dice sencillamente: dichosos los pobres; dichosos los que ahora pasáis hambre; dichosos los que ahora lloráis.
Mateo ve la necesidad de explicar el sentido de los conceptos clave: dichosos los pobres de espíritu; dichosos los que tienen hambre y sed de justicia; dichosos lo limpios de corazón, etc.
Tanto una formulación como la otra se puede entender mal. Mal si damos por supuesto, que el pobre es dichoso sin más, por el hecho de serlo; millones de personas pasan hambre y lloran sin ser felices.
Mal, si en Mateo entendemos que al rico le basta con tener un espíritu de pobre, sin que eso le obligue a cambiar su consumismo ni su actitud para con los demás.
Se proclama dichoso al pobre, no la pobreza. Dichoso, no por ser pobre, sino porque él no es causa de que otro sufra. Dichoso porque a pesar de todos, él puede seguir creciendo en humanidad.
En la Biblia hay una riquísima tradición sobre el concepto de pobre. Para entender a Lucas hay que tener en cuenta este contexto.
Los profetas, sobre todo Amós, Isaías, Miqueas, hacen una crítica despiadada de la situación del pueblo de Israel: los poderosos se enriquecen a costa de los más pobres (aniwin).
Hay que tener muy en cuenta que no se trata de una crítica social, sino religiosa. Todos pertenecen al mismo pueblo, cuyo único dueño es Dios, pero los ricos no hacen caso a Yahvé, no reconocen su soberanía y se constituyen en dueños y señores. Dios no puede tolerar esta impiedad y reaccionará. El futuro está en manos de Dios, el de los pobres y el de los ricos, y terminará por imponer justicia.
Simplificando mucho, podíamos decir que los pobres bíblicos son aquellas personas que por no tener nada ni nadie en quien confiar, confían en Dios, su única esperanza.
Desde esta perspectiva, Lucas no tiene que explicar lo que se entiende por pobre. Mateo siente la necesidad de explicar bien el sentido, para que no haya dudas o tergiversaciones del mensaje. Éste es un punto clave para no caer en demagogias baratas ni radicalismos materialistas. En ningún momento debemos olvidar los dos aspectos. Por una parte hacen referencia a la actitud interior de cada uno. Por otra, la aceptación de esta doctrina debe tener repercusiones reales en todas nuestras relaciones con los demás.
Hay otra consideración que debemos tener en cuenta. Todos somos pobres en algún aspecto y todos somos ricos en otros. Por eso, yo haría una formulación distinta:
Bienaventurado el pobre, si no permite que su "pobreza" le atenace. Bienaventurado el rico, si no se deja dominar por su "riqueza".
No sabría decir qué es más difícil.
El colmo del cinismo llegó cuando se intentó convencer al pobre de que aguantara estoicamente su pobreza, porque Dios se lo iba a pagar con creces en la otra vida.
Pero tampoco quiere decir el evangelio que tenemos que renunciar a la riqueza para asegurarnos un puesto en el cielo. Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza ni al sufrimiento, sino un rotundo no de Dios a las situaciones de injusticia.
Lucas, al añadir: ¡Ay de vosotros los ricos!, deja bien claro que no habría pobres si no hubiera ricos. Si todos pudiéramos comer hasta saciarnos nadie nos consideraría ricos. Si todos pasáramos la misma necesidad, nadie nos consideraría pobre.
La parábola del rico Epulón lo deja muy claro. No se le acusa de ningún crimen; no se dice que haya conseguido las riquezas injustamente. El problema era no haberse enterado de que Lázaro estaba a la puerta. Sin Lázaro a la puerta, su riqueza no tendría nada de malo.
El evangelio no nos invita a valorar la pobreza en sí, sino a no ser causa del sufrimiento de otro, negándole lo que necesita para vivir. La pobreza del evangelio hace siempre referencia al otro. La riqueza también.
Para cada uno de nosotros individualmente, las bienaventuranzas quieren decir, que, aún en las peores circunstancias que podamos imaginar, las posibilidades de ser no nos las puede arrebatar nada ni nadie.
Lo verdaderamente importante, lo que da sentido a mi existencia, estará siempre al alcance de todos los que miran más allá de la materia. Recordad lo que decíamos el domingo pasado: "Rema mar adentro", busca en lo hondo de ti, lo que vale de veras.
Si creemos que la felicidad nos llega del consumir; no hemos descubierto la alegría de ser. Sólo en "ser" esta la fuente del verdadero gozo, sólo el ser puede hacer a uno dichoso. Nosotros, al poner la confianza en el poseer, en las riquezas, en las seguridades externas, estamos equivocándonos y en vez de bienaventuranza encontraremos desdicha.
No es voluntarismo lo que se nos pide, sino toma de conciencia.
No nos engañemos, las bienaventuranzas son la prueba de fuego del cristiano. Un cristianismo como capote externo que busca las seguridades espirituales, además de las materiales, no tiene nada que ver con Jesús.
Llevamos dos mil años intentando armonizar cristianismo y riqueza; salvación y poder. Nadie se siente responsable de la muerte por hambre, de millones de personas. Vivimos en el consumismo y hedonismo más absoluto y no nos preocupa la suerte de los que no tienen un puñado de arroz para evitar la muerte. Jesús nos dice claramente que, si tal injusticia acarrea muerte, alguien tiene la culpa.
La inevitable excusa es: yo no puedo hacer nada. El evangelio dice: tú lo puedes hacer todo. No se trata de hacerles un favor a ellos, aunque sea salvarles la vida, se trata de que tú salgas de cualquier inhumanidad.
Nosotros, los "ricos" somos los que tenemos que cambiar buscando esa humanidad que nos falta. Tu salvación está en no ser causa de opresión y muerte para nadie sino en ayudar a los demás a salir de toda opresión.
Por lo tanto, las bienaventuranzas, ni hacen referencia a un simple estado material o social, ni preconizan una revancha futura de los oprimidos, ni pueden usarse como tranquilizante, con la promesa de una vida mejor para el más allá (opio del pueblo).
Las bienaventuranzas presuponen una actitud vital escatológica, es decir, una vivencia del reino de Dios, que es Dios mismo como fundamento de mi propio ser. El primer paso hacia esa actitud es el superar la idea de individualidad separada que nos lleva al egoísmo. Fijaos que declara dichosas a las personas, no la pobreza. "De ellos es el reino de Dios".
Meditación-contemplación
Jesús te dice: ¡Eres inmensamente dichoso!
Pero no te has enterado todavía, porque vives en tu falso ser.
Sigues identificándote con tu cuerpo-mente.
Eres tu cuerpo, tu mente y mucho más.
.................
Tu verdadero ser es plenitud.
Eres lo que hay de Dios en ti; todo lo demás es accidental.
No te falta nada ni careces de nada.
Todo lo que te impide ser feliz pertenece a tu falso ser.
........................
Ni te sobra nada ni te falta nada.
No te identifiques con tus fallos (pobrezas);
Pero tampoco te apegues a tus logros (riquezas).
Apóyate sólo en tu ser desnudo. Ahí lo eres ya todo.
No necesitas más pero con menos, nada lograrás.
................
SOMOS "BIENAVENTURADOS" AL DESCUBRIR QUIÉNES SOMOS
Enrique Martínez Lozano
Lc 6, 20-26
El más conocido "sermón de la montaña", que en el evangelio de Mateo ocupa tres capítulos (5, 6 y 7), se convierte, en Lucas, en el "sermón de la llanura", a la vez que se reduce considerablemente (6, 17-49).
Apreciamos, una vez más, la libertad de los autores para enmarcar las narraciones que circulaban sobre Jesús, según el objetivo que cada uno de ellos pretendía.
Mateo, que presenta a Jesús como el "nuevo Moisés" –liberador y legislador-, lo sitúa enseñando –ofreciendo la "nueva ley"- en un monte, que recuerda al Sinaí, en el que la Escritura dice que Moisés recibió las tablas de la Ley. Por otro lado, si la tradición creía que Moisés era el autor de los cinco libros de la Torá –el llamado "Pentateuco"-, Mateo hará girar todo su evangelio en torno a cinco grandes discursos de Jesús: el de la Montaña es el primero de ellos.
Lucas no tiene ese objetivo, por lo que no busca agrupar dichos de Jesús en un único momento; ésa es la razón por la que su "sermón de la llanura" –tampoco tiene interés en hablar de Jesús sobre el trasfondo de la figura de Moisés- es sensiblemente más breve.
Por otro lado, si bien es cierto que ambos discursos empiezan con la proclamación de las Bienaventuranzas, también en este punto las divergencias son notables: desde el número –ocho en Mateo, cuatro en Lucas-, hasta la forma –Mateo habla de actitudes: "felices los que eligen ser pobres"; Lucas, de situaciones: "felices vosotros, los pobres"-.
Eso no significa que haya oposición entre ambas –resultan complementarias-, pero pone de relieve la libertad de los evangelistas, a la que me refería más arriba.
Lucas, pues, ofrece cuatro bienaventuranzas, tres de las cuales tienen como destinatarios a los discípulos que se encuentran en situación de pobreza: los pobres, los que tienen hambre y los que lloran conforman el mismo grupo de gente. Se trata de una misma situación dolorosa, vista desde perspectivas diferentes. A ellos se les proclama "felices", en la promesa de lo que recibirán.
El hecho de situar la "bienaventuranza" en el futuro es característico de una conciencia mítica o, en todo caso, egoica. El ego no puede ver esta tierra sino como un "valle de lágrimas", y únicamente puede pensar en la felicidad, si la proyecta hacia un futuro imaginado.
Sabemos bien que la identificación con el yo es sinónimo de sufrimiento y que el propio yo, no puede vivir en el presente. No es extraño, entonces, que la bienaventuranza posponga la dicha para un futuro, y que "suene" a nuestros oídos como "resarcimiento".
Este modo de pensar, como decía, no sólo es característico del yo, sino que, desde ese nivel de conciencia, es visto como "justicia definitiva": al fin, cada cual va a recibir lo merecido; o dicho desde cierta filosofía del siglo XX, "los verdugos no terminarán triunfando sobre las víctimas".
En esa misma clave, se leían las "malaventuranzas" que Lucas coloca a continuación, en el texto que estamos comentando, y que no aparecen en Mateo. Se trata del reverso exacto de las cuatro situaciones previamente descritas, y comienzan con un "¡ay!", que era un lamento funerario.
De ese modo, las situaciones se invierten y todo parecía quedar en su sitio: los pobres son recompensados; los que han disfrutado de la vida conocerán la desgracia. El lector sabe que se trata de un planteamiento frecuente en Lucas: el "más allá" es presentado como reverso de la situación presente, tal como ocurre en la parábola del rico y el pobre Lázaro (Lucas 16, 19-31).
Sin embargo, y por más que ese mensaje "suene bien" a nuestros oídos, desde el nivel de conciencia transpersonal, no se sostiene. El giro decisivo se produce porque es la misma identidad egoica la que es trascendida. Si el yo no es nuestra identidad definitiva, ¿quién es el objeto de las promesas?
Llegamos también a la misma conclusión cuando tomamos distancia del "modelo mental" de conocer –inevitablemente dualista-, y adoptamos la perspectiva no-dual, en la que nada está separado de nada.
¿Significa esto que todo resulta indiferente? Evidentemente, no. Pero el cambio no vendrá como consecuencia de la promesa de un premio o de la amenaza de un castigo, sino porque se incremente nuestro nivel de comprensión.
En ese sentido, las bienaventuranzas de Lucas apuntan en la dirección correcta: todos compartimos la situación de todos. Pero no porque, en un futuro, se cambien los papeles, sino ya ahora en el presente. Nuestro problema es que no lo reconocemos.
Sólo creciendo en esta comprensión, es decir, sólo a través de la transformación de la conciencia, nuestro comportamiento con respecto a los otros se modificará, porque habrá cambiado nuestra percepción de la realidad.
Pero hay más todavía. Pobres y ricos, los que tienen hambre y los que están saciados, los que ríen y los que lloran..., ¿quiénes son, en último término? Visto desde el yo –el nivel egoico o mental de conciencia-, son "identidades definitivas". Por eso mismo, lo que está en juego es también "definitivo".
Sin embargo, desde la perspectiva no-dual, son "expresiones transitorias" de la Realidad última, "papeles" que adopta la Conciencia en su manifestación dual.
Así las cosas –y aunque el yo no pueda admitirlo de ningún modo-, cae definitivamente toda idea de mérito y de culpabilidad. Somos "expresiones" de la Conciencia –de Dios-, en camino de reencontrar nuestra verdadera identidad.
No somos el "yo" que nuestra mente piensa que somos, sino la Conciencia que en ese yo se expresa. La ignorancia y el sufrimiento continuarán mientras perdure la identificación con el yo; la liberación acontece al descubrir quiénes somos. El que lo descubre es "bienaventurado"..., aunque cuando lo descubra, "él" ya no esté como una identidad separada.
«Penetra en tu propio interior y descubre lo que no eres.
Ninguna otra cosa tiene importancia.
Te basta con saber lo que no eres.
No necesitas saber lo que eres; porque lo que eres no puede ser descrito más que como la negación de todo.
Todo lo que puedes decir es: "no soy esto, no soy aquello".
No eres nada imaginable...
No eres el cuerpo, ni los pensamientos, ni los sentimientos, ni las opiniones, ni el tiempo y el espacio, ni ser o no ser, ni esto o aquello.
No eres un fenómeno entre otros.
No eres objeto ni sujeto.
No te busques en la identificación o en la oposición a algo.
Eres una dimensión diferente...
Abandona la idea de que eres lo que piensas ser y no habrá un foso entre ti y la Realidad. Has creado ese foso al creerte separado, porque te crees "algo".
No tienes que atravesar ese foso, te basta con no crearlo.
Todo eres tú, todo es tuyo.
Cuando "yo soy una individualidad" se va, "yo soy todo" llega».
HACER DE LA VIDA UN SERVICIO ÚTIL... Y SENTIRSE MUY BIEN ASÍ
José Enrique Galarreta
Lc 6, 20-26
Seguimos también una lectura semi-continua del evangelio de Lucas. El domingo anterior tratábamos del principio de la predicación y el llamamiento de los primeros discípulos. Vienen a continuación varios acontecimientos importantes, como una presentación de Jesús en sus aspectos más irritantes para la religión oficial: cura a un leproso, perdona los pecados, elige como discípulo a un publicano, discute la ley del ayuno... y le siguen las multitudes, y él cura sus enfermedades.
Una vez presentado Jesús, Lucas da lo esencial, el centro, el corazón de su mensaje. Es el capítulo sexto, el llamado "sermón del llano", paralelo al "Sermón del Monte" de Mateo 5, que se inicia y alcanza su mayor fuerza en lo que hemos llamado "Las Bienaventuranzas".
Recordemos que la versión de Lucas es probablemente la más antigua, y que Lucas recoge tradiciones, recopilaciones de dichos de Jesús muy próximas a la muerte del Maestro.
Aunque nos resulta tan conocido, detengámonos en ellas. Ante todo, recordemos que este pasaje es un fragmento de un largo compendio "doctrinal". Lo incluimos al final para dar oportunidad a una lectura continuada.
Esta recopilación de Lucas condensa en cuatro las nueve Bienaventuranzas de Mateo. Las cuatro de Lucas subrayan ante todo la oposición entre el pensar de la mayoría y el pensar de los de Jesús. Ofrece una contraposición de valores sorprendentemente actual.
Dinero >< Pobres
Consumo >< Hambre
Salud >< Sufrir
Ser apreciado >< Ser perseguido
Tener dinero, comprar, no sufrir, ser apreciados por todos, son los bienes que se ambicionan por todos los que no tienen otro fin que esta vida. Incluso los que tienen/tenemos los ojos puestos en LA VIDA, no nos libramos de tener un ojo en el futuro y otro en el presente; salud, consumo, comodidad, aprecio en esta vida... y cuando eso se acabe, ya que se tiene que acabar, la vida eterna.
Jesús proyecta la felicidad a la dimensión definitiva del ser humano, y eso lo hacemos todos. Pero nosotros lo hacemos como un futuro más bien irremediable, y Jesús lo mira como presente. Nosotros vemos en todo eso bienes, con el inconveniente de que se acaban. Jesús mira todo eso más bien como peligros, incluso mira como desgracia lo que a los ojos del mundo es bendición.
Es una de las claves importantes de la visión de Jesús sobre el ser humano en la vida: los valores no se establecen mirando a la satisfacción que las cosas producen aquí. Jesús señalará dos referencias básicas para definirlos: el futuro definitivo de cada persona y la construcción del Reino. Teniendo estos dos polos como referencia de los valores, la salud, la juventud, el dinero, el aprecio social... pueden ser negativos, estorbar la realización personal y la construcción del reino.
Resumiéndolo en una frase, el mensaje sería: "No estás en esta vida para disfrutar sino para hacerla útil para siempre, para ti y para todos".
A pesar de lo cual, es muy importante fijarse en el enunciado de este Nuevo Código, que no insiste en el aspecto negativo, costoso, de renuncia, de estas fórmulas, sino que, al revés, las enuncia como "Dichosos los que...". Dichosos, felices, afortunados, qué suerte tenéis... serían expresiones equivalentes. Y es que Jesús no está predicando una ascesis costosa y triste, que se reprime y sufre mirando a bienes superiores futuros. Esto convierte la vida en un sufrimiento constante que vale la pena por el premio futuro. Pero no es esto lo de Jesús: Jesús ofrece "otra felicidad", superior y más satisfactoria.
La felicidad que busca "el mundo" consiste en disfrutar sin pagar ningún precio; disfrutar en cada momento, satisfacer deseos, evitar lo desagradable, mirarse a sí mismo... Es, en resumen, negar la realidad de la vida, intentar hacer un oasis de satisfacciones en medio de la realidad de la vida humana. Pero La vida humana no es así, está llena de innumerables dificultades y sinsabores.
El mayor problema de este enfoque vital es que priva de sentido a la vida como conjunto, que para ella sólo lo satisfactorio de la vida puede tener sentido, pero no puede dar sentido a nada más. Esto pasa a la larga una amarga factura de insatisfacción porque no realiza a la persona ni a la colectividad.
Jesús ofrece otro código de felicidad, basado en una comprensión más profunda y más comunitaria de la persona humana. Asume la vida entera del ser humano, como individuo y como colectividad, y muestra dónde y cómo puede encontrar la satisfacción de realizarse. Y el ser humano encuentra esa satisfacción cuando asume su condición profunda que consiste en ser caminante y ser hermano. Somos hermanos caminantes, y encontramos nuestra realización y por tanto nuestra más íntima satisfacción cuando obramos como tales. Por eso el dinero, la salud, las satisfacciones y placeres, la aceptación social... pueden convertirse en trampas deshumanizadoras, porque nos instalan en esta vida impidiéndonos caminar o porque rompen la fraternidad.
Y por eso no dice Jesús "dichosos los ricos" (como pensamos nosotros), sino "pobres de vosotros" porque "ya tenéis vuestro consuelo", es decir, porque os sentís satisfechos, prisioneros de ese consuelo, os volvéis insolidarios e incapaces de aspirar a nada más... y esto, antes aún que Palabra de Dios, es experiencia cotidiana: cuanto más se tiene se suele ser menos capaz de compadecer, se suele desear más de lo mismo insaciablemente, se suele ser menos capaz de esfuerzo y de solidaridad...
El Antiguo testamento veía la salud, la larga vida y la riqueza como signo de la bendición de Dios: y se daba gracias por esas cosas. Jesús no es tan ingenuo; Jesús ve todos los días que los ricos crean la desgracia de los pobres, que muchos pobres son mucho mejores personas que la mayoría de los ricos.... Bendita pobreza, que hace personas; maldita riqueza, que destruye a la humanidad.
Es sumamente sorprendente que Jesús sea – por una parte - pobre, amigo de gente normal (en la época, pobres), seguido por gente sencilla y pobre, y sea – por otra parte – poco apreciado por los ricos, por los teólogos, por los puros y por los sacerdotes.
Pero nosotros la Iglesia estamos instaladísimos en el primer mundo, rico, estamos llenos de ricos, doctores, puros y sacerdotes... y los pobres de la tierra están muy lejos, históricamente y actualmente. Hasta nos hemos atrevido a decir, en un Concilio, que la Iglesia debe hacer "una opción preferencial por los pobres".
Pues no: la iglesia no es un colectivo de ricos que hace opciones preferenciales por los pobres. La pobreza no es algo de otros, sino una invitación a nosotros la iglesia. Y no es una opción entre otras, sino el modo de vivir de Jesús y de los de Jesús. Lo de Jesús fue y es Buena Noticia para la gente sencilla, para gente pobre, y fue y es mala noticia o no fue ni es en absoluto noticia para la gente que ante todo piensa en comprar, gastar, consumir y estar bien visto por todos. Así fue y así es.
Que nosotros la iglesia seamos en la gran mayoría del segundo grupo tiene una lectura muy sencilla: decimos que seguimos a Jesús, pero servimos a dos señores. También esto lo previó Jesús. Nosotros la iglesia hemos cortado el nudo gordiano: Jesús dijo que los camellos no pasan por el ojo de las agujas, pero nosotros hemos hecho una aguja con un ojo de veinte metros de ancho; y ya está, el camello de nuestro consumo y nuestra insolidaridad pasa ampliamente.
"El Sermón" de Lucas nos dirige palabras que nos van muy bien; quizá la más directa sería: ¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", y no hacéis lo que digo?. Nosotros la iglesia hemos puesto enormes acentos en ortodoxias, cumplimientos cultuales, etc. etc., pero la esencia de lo de Jesús es tomarse en serio que a Dios sólo se le sirve en sus hijos, y que Jesús sólo tiene un proyecto, al que Él llamaba "El Reino", una manera más humana de vivir, nosotros y todos, un Proyecto de Humanidad por construir...
Y es ese el contexto y el ambiente en que se entienden bien las Bienaventuranzas y el Sermón del Monte: no son preceptos para salvarse, mandamientos de la nueva ley, ascéticas del sufrimiento por la vida eterna... Son, simplemente, la manera mejor de vivir, que se reduce a: tomar la humanidad en serio, trabajar por ella, hacer de la vida personal un servicio útil... y sentirse muy bien así, muchísimo mejor que atendiendo a otras metas como ganar mucho dinero, estar muy instalado, salir de compras a diario, tener influencias y contactos...
Para Jesús está muy claro que "humanidad" es mucho más que darse gustos, comprarse cosas, figurar... Humanidad es una cosa muy seria, que merece la dedicación total. Y proporciona las mayores satisfacciones. Entregarse a eso, el Reino, crear la humanidad que Dios sueña, es como encontrarse un tesoro: ya todo lo demás carece de valor.
Lucas 6, 17‑49
Bajando con ellos se detuvo en un paraje llano; había una gran multitud de discípulos suyos y gran muchedumbre del pueblo, de toda Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, que habían venido para oírle y ser curados de sus enfermedades. Y los que eran molestados por espíritus inmundos quedaban curados. Toda la gente procuraba tocarle, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos. Y él, alzando los ojos hacia sus discípulos, decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tenéis hambre ahora, porque seréis saciados. Bienaventurados los que lloráis ahora, porque reiréis. Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien, cuando os expulsen, os injurien y proscriban vuestro nombre como malo, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo. Pues de ese modo trataban sus padres a los profetas.
«Pero ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto. ¡Ay cuando todos los hombres hablen bien de vosotros!, pues de ese modo trataban sus padres a los falsos profetas.
«Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen. Al que te hiera en una mejilla, preséntale también la otra; y al que te quite el manto, no le niegues la túnica. A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros igualmente.
«Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los pecadores aman a los que les aman. Si hacéis bien a los que os lo hacen a vosotros, ¿qué mérito tenéis? ¡También los pecadores hacen otro tanto! Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir lo correspondiente. Más bien, amad a vuestros enemigos; haced el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los ingratos y los perversos.
«Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá.
«Les añadió una parábola: «¿Podrá un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo por encima del maestro. Todo el que esté bien formado, será como su maestro. ¿Cómo es que miras la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo? ¿Cómo puedes decir a tu hermano:
"Hermano, deja que saque la brizna que hay en tu ojo", no viendo tú mismo la viga que hay en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna que hay en el ojo de tu hermano.
«Porque no hay árbol bueno que dé fruto malo y, a la inversa, no hay árbol malo que dé fruto bueno. Cada árbol se conoce por su fruto. No se recogen higos de los espinos, ni de la zarza se vendimian uvas. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo. Porque de lo que rebosa el corazón habla su boca. «¿Por qué me llamáis: "Señor, Señor", ¿y no hacéis lo que digo?
«Todo el que venga a mí y oiga mis palabras y las ponga en práctica, os voy a mostrar a quién es semejante: Es semejante a un hombre que, al edificar una casa, cavó profundamente y puso los cimientos sobre roca. Al sobrevenir una inundación, rompió el torrente contra aquella casa, pero no pudo destruirla por estar bien edificada. Pero el que haya oído y no haya puesto en práctica, es semejante a un hombre que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos, contra la que rompió el torrente y al instante se desplomó y fue grande la ruina de aquella casa»
FRANCISCO BARTOLOME GONZALEZ
1. Elección de los Doce
Estamos en los comienzos del segundo año de la vida pública de Jesús, en el momento en que va a elegir a los doce apóstoles para que su obra pueda perdurar después de su muerte. "Subió Jesús a la montaña a orar". El monte es en la Biblia lugar de retiro, de la proximidad de Dios. Es en la cima de los montes donde se realizan casi siempre las grandes decisiones de Dios sobre su pueblo en el Antiguo Testamento. Con ello nos están indicando los evangelistas que la decisión de Jesús, al elegir "a los que quiso" (Mc 3,13), viene de Dios.
A los que nos gusta subir a las montañas experimentamos que en sus cumbres son distintos el silencio, el paisaje, la amistad; la soledad está llena de hondura..., se ve la vida de una forma distinta, se "palpa" a Dios. Arriba la oración del creyente brota espontánea de lo más profundo de su ser, se siente renacer la vida del espíritu...
"Y pasó la noche orando a Dios". La oración -no la ritual que estaba mandada hacer tres veces al día y en horas fijas- aparece constantemente en la vida de Jesús, principalmente en el evangelio de Lucas. Frecuentemente se alejaba del pueblo y se iba al monte en busca de la proximidad de Dios. En oración tomaba sus grandes decisiones y se abría cada vez más a la voluntad del Padre.
"La noche" es tiempo de revelación e intimidad. La oración es apertura hacia lo desconocido. El contenido de esta oración lo descubrimos "cuando se hizo de día" y elige a doce para que estén siempre con él y puedan continuar su misión. Serán los encargados de extender su mensaje por todo el mundo.
Jesús vive constantemente en dos planos que se complementan: Dios y los hombres. Sólo porque se ha encontrado con Dios en la intimidad de su ser puede contagiarlo y enviar a unos hombres al mundo para continuar su obra.
"Se fueron con él" (Mc 3,13). Los separa de la gente y de los demás discípulos para que estén más cerca de él. La solidaridad con los hombres, la misión de abrirles caminos de vida verdadera, exige esta separación. También la comunidad cristiana tiene que vivir, de alguna manera, esta separación si no quiere caer en el peligro del conformismo. ¿Qué ofrecemos hoy los cristianos a la sociedad?, ¿en qué nos distinguimos de los demás hombres?, ¿ofrecemos una alternativa de vida?, ¿no nos hemos difuminado en el anonimato y en la falta de compromiso con la justicia y la libertad para todos? En lugar de haber "cristianizado" el mundo, en lugar de haberle contagiado los valores del evangelio de Jesús, han sido los "valores" del mundo los que nos han paganizado e influido en la mayoría de nuestras decisiones: búsqueda de una posición social de prestigio, pasión por tener y ser ricos, despreocupación por los marginados, seguir lo establecido... Esta separación no nace de nosotros, sino de la llamada de Dios y de la fidelidad a su palabra. Una separación que nos tiene que hacer más lúcidos para luchar por una auténtica transformación de la humanidad.
El objetivo de la llamada es la comunión con Jesús y la participación y continuación de su misión. El punto esencial es la unión con Jesús, el formar una comunidad de vida, de bienes y de acción que les llevará a entrar con él en la intimidad de Dios.
¿Cómo podrán transmitir a Dios y a Jesús sin haberse encontrado antes personalmente con ellos?
Les da sus mismos poderes: "Predicar, con poder para expulsar demonios" (Mc 3,14-15). Quiere formar con ellos una comunidad, quiere que transmitan su palabra y liberen al hombre de todas las esclavitudes a las que está sujeto por "el pecado del mundo" (Jn 1,29). Eso es lo que quiere decir para Marcos "expulsar demonios".
Las listas de los apóstoles tienen rasgos comunes en los evangelistas sinópticos (Juan no nos la transmite). El primero siempre es Pedro, y el último, Judas Iscariote. El quinto y el noveno lugar lo ocupan siempre Felipe y Santiago el de Alfeo, respectivamente. Dentro de los grupos así formados se repiten siempre los mismos nombres, aunque en orden distinto. Parece que las listas quieren indicarnos una cierta organización en el colegio apostólico: tres grupos de cuatro apóstoles cada uno.
El número de doce guardas relación con las doce tribus de Israel. Serán el comienzo del nuevo pueblo de Dios.
No es mucho lo que se nos cuenta de ellos. De alguno sólo el nombre. De otros iremos sabiendo algo más. Esta escasez de datos nos indica que únicamente hay un apóstol, un sacerdote: el Mesías.
Son de diferentes comarcas de Galilea (sólo Judas Iscariote es de Judea), de sectores humildes y marginados de la población y de profesiones distintas. Los estudiosos de las Escrituras afirman que, al menos, dos de los Doce procedían del partido radical de los zelotes (Simón y Judas Iscariote).
No es un grupo aplicado y dócil, pero tampoco adulador y servil. Le costará mucho a Jesús formarlos. Al morir el Maestro, da la impresión de que ha logrado poco de ellos. Pero cuando se convierten al Espíritu, cuando descubren que tienen que continuar la misión dejada por Jesús, pasaron a ser testigos dispuestos a morir.
Este grupo de elegidos y separados no se ve libre del misterio del mal: la tradición ha recogido, como una advertencia perenne para las comunidades cristianas de todos los tiempos y lugares, el recuerdo de la traición de Judas Iscariote.
Para nosotros, cristianos, estos doce hombres son el fundamento del nuevo pueblo de Dios, las columnas sobre las que se levantó la Iglesia.
2. Oyentes del sermón del monte
Jesús está en el centro de la escena. A su alrededor, Lucas distingue entre "los Doce", el "grupo grande de discípulos" (la Iglesia) del que han salido los apóstoles y el "pueblo" (la humanidad). Tiene un sentido muy preciso de la función de mediación que tienen los apóstoles -y sus sucesores en el tiempo- y las comunidades cristianas entre Jesús y toda la humanidad. En esta escena se refleja la estructura de la Iglesia: todo viene de Jesús pasa a través de los enviados, llega a las comunidades, para que éstas sean la levadura que haga fermentar toda la humanidad.
Jesús dirige sus palabras a todos los pueblos y naciones de la tierra. Pero sólo puede llegar a ellos a través del testimonio de sus seguidores reunidos en comunidades. Las razones son evidentes: sus enseñanzas están limitadas por el espacio y por el tiempo, como lo están la vida y las palabras de todos los hombres. Además, creo que un mensaje como el del evangelio -aparentemente contradictorio- debe "verse" vivir en comunidades que lo hagan evidente para creer que es verdadero. Sólo Jesús da respuesta plena a las inquietudes y esperanzas de los hombres... Pero es necesario irlo experimentando para creerlo.
Su fama se había ido extendiendo. De todas partes le llevan enfermos, y Jesús los cura. Esa es nuestra tarea: servir a los hombres, contagiarles nuestras ilusiones, animarles para que vivan con sentido... La sociedad está harta de discursos y palabras.
Necesita testigos comprometidos en la construcción de un mundo distinto. ¿Para qué sirve el cristianismo, si no hace nada para calmar el hambre de vida que brota del corazón de la humanidad?
3. Las bienaventuranzas, camino para el reino de Dios
El problema de la felicidad es posiblemente el principal que los hombres nos hemos planteado en todos los tiempos y lugares.
¿Qué es la felicidad? ¿Cómo lograrla? Sentirse feliz significa experimentar la vida verdadera por estar viviéndola con intensidad y compromiso; es sentirse uno mismo, persona que ocupa su puesto en la historia y lo llena.
Cuando no lo logramos -que es casi siempre-, nos sentimos frustrados y nos invade el vacío y la soledad. Tenemos la sensación de haber fracasado en la vida. ¿Estaremos de acuerdo hasta aquí todos los hombres? Las principales diferencias llegan cuando buscamos el camino para lograr la felicidad. Cada cultura, cada religión, cada edad... tiene sus propios criterios para lograrla. Pero deben ser falsos, porque no es precisamente la dicha lo que abunda sobre la faz de la tierra.
Con las bienaventuranzas, que sintetizan todo el sermón de la montaña, Jesús nos va a presentar su camino para que el hombre logre la verdadera felicidad, la verdadera vida. Es evidente, sólo con leerlas superficialmente, que no son precisamente el camino que ha elegido nuestra sociedad del tener y del consumo.
Después de la elección de los Doce, estando reunidos los discípulos y viendo el ansia de los pueblos que se le acercaban anhelantes, Jesús va a proclamar los valores humanos y cristianos verdaderos, los únicos que pueden llenar el corazón humano. Los que los acojan y los pongan en práctica serán sus discípulos. Los destinatarios de sus palabras son todos los hombres, al presentarnos unos ideales de vida que conectan perfectamente con las profundas ilusiones humanas.
La tradición, que se remonta al siglo IV, sitúa esta escena en las laderas de la colina junto al Tabgha, de doscientos cincuenta metros de altura, con una superficie aproximada de un kilómetro cuadrado, y a tres de Cafarnaún.
Hemos de tener presente que no es fácil entender el mensaje de Jesús, sobre todo cuando el hombre vive superficialmente. Si lo fuera, lo estaríamos demostrando los cristianos con nuestra vida y sobrarían las explicaciones... Aunque hay cosas muy claras y parece que tampoco las vemos.
Es posible que el texto de las bienaventuranzas nos lo sepamos de memoria y que nos resbale, como todas las cosas excesivamente conocidas -o conocidas superficialmente-, que por eso mismo ya no nos dicen nada. Y una de dos: o las bienaventuranzas no son para este mundo o juzgan sin paliativos a la humanidad que entre todos hemos ido construyendo. Las bienaventuranzas aparecen relatadas en Mateo y Lucas, aunque no con el mismo número. El primero nos transmite un número mayor -ocho o nueve, según se considere o no la novena unida a la octava-. Lucas, cuatro. Es posible que Jesús haya utilizado este procedimiento en más ocasiones, ya que es un recurso pedagógico excelente de predicación popular. Consta cada una de dos miembros rimados al modo hebreo (en hemistiquios). En el primero se señala una virtud u opción; en el segundo, el premio o promesa correspondiente. Tienen gran relación unas con otras, por lo que la recompensa es la misma en varias de ellas, aunque formulada con palabras distintas. El texto de Lucas tiene una formulación más material y sus bienaventuranzas están referidas en segunda persona. Parece que fue la forma original. Mateo destaca el aspecto espiritualista de las mismas y las formula en tercera persona. No imponen preceptos obligatorios; se enuncian como invitación.
Las bienaventuranzas resumen la enseñanza de Jesús y el sentido de su vida. Contrastan con los valores limitados que están en uso en las sociedades humanas. Nos descubren que la vida de los hombres tiene una dimensión escondida que no puede descubrirla el que vive únicamente para sí mismo.
Se refieren tanto al interior del hombre como a sus relaciones sociales. Puntualizan las actitudes humanas fundamentales, el camino para construir el reino de Dios, el camino de la nueva humanidad. Son un programa completo de vida: el de los que quieren de verdad ser seguidores de Jesús.
Para construir su reino, Dios actúa en los pobres y limpios de corazón, en los hambrientos de justicia, en los perseguidos por ser solidarios con el pueblo...
Jesús "se sentó". Es una forma de indicarnos que la esfera divina es su morada estable. La primera y la última bienaventuranza tienen en Mateo idéntico el segundo miembro y la promesa o premio en presente. Las otras seis tienen el segundo término diferente y la recompensa en futuro. De estas seis, las tres primeras mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. Las tres siguientes enuncian una actividad o disposición del hombre favorable y beneficiosa para el prójimo, que lleva también su correspondiente promesa para el futuro.
4. Dichosos los que eligen ser pobres
POBREZA/RIQUEZA: La primera bienaventuranza es la misma en ambos evangelistas, lo que prueba su importancia. Nos señala la actitud fundamental que debe tener el seguidor de Jesús. Las palabras "pobre" y "rico" tienen dos interpretaciones: es pobre el que no tiene medios económicos para vivir, y rico el que los tiene en abundancia. Es el sentido que tienen normalmente estos vocablos entre nosotros. Y es pobre bienaventurado el que responde a unas exigencias concretas de solidaridad con la sociedad; rico, el que no piensa más que en sí mismo.
¿Quiénes son los pobres en sentido bíblico? En la legislación mosaica se designa con este nombre, primeramente, a los que no poseían tierras (Ex 22,24; Lev 19,10; 23,22). Eran las gentes pobres en sentido material. Y, como consecuencia aneja a ello, gentes sin influencia social, desprovistas de apoyo y frecuentemente explotadas y humilladas. De aquí la defensa que hacían de ellos los profetas (Am 8,4; Is 3,14-15; 10,2; 14,32). Después del destierro de Babilonia se le añade a lo anterior la de persona que confía en Dios.
No son los de pocas cualidades ni los interiormente despegados del dinero, pero que lo poseen en abundancia. Este último sentido -tan extendido entre los cristianos- fue excluido explícitamente por Jesús (Mt 6,19-24; 19,21-24).
Los rabinos nunca alabaron la pobreza voluntaria. Consideraban los bienes y las riquezas como premio a la virtud personal y la pobreza como castigo. Para Jesús, la pobreza entra en el plan de Dios; el pobre desprovisto de bienes y que confía en Dios está moralmente preparado para su ingreso en el reino.
El término "espíritu" expresa fuerza y actividad vital en la concepción semita, las disposiciones interiores y habituales que orientan el actuar de la persona. Es una actitud ante la vida. Por ello, ser pobre significa optar, elegir un modo de vivir concreto, que será siempre la búsqueda del bien común, arrancando desde "abajo".
La bienaventuranza se refiere a los pobres por decisión personal, a los que deciden hacerse pobres, a los que lo eligen; y los opone a los pobres por necesidad. La pobreza evangélica no se identifica con la penuria material, sino con la indigencia del hombre que se descubre necesitado y se abre a la gracia, al bien, a la justicia, al amor, a la paz, a la libertad..., a Dios -a todo lo que representa-. Es el que renuncia a apoyarse en leyes, seguridades o riquezas de la tierra; el que opta contra el dinero y el rango social y se pone en las manos de Dios; el que vive desprendido de lo que no tiene valor absoluto y vive en la tierra como peregrino y en constante búsqueda.
Sólo un hombre que sea consciente de su vacío podrá ser llenado por algo o por alguien. Sólo sobre los que eligen ser pobres podrá Dios actuar como rey, porque podrá actuar sobre su corazón y producirle la felicidad. Lo que significará que no carecerán ya de nada necesario ni tendrán que someterse a otros para vivir y estarán dispuestos a compartir en todo momento lo que son y lo que tienen.
El pobre se concibe a sí mismo como gratuidad, nunca como posesión. Sabe que no se pertenece, que todo se lo debe al Padre. Por esa razón se hace servicio.
La opción por la pobreza realiza en plenitud lo prescrito en el primer mandamiento de Moisés: "No tendrás otros dioses frente a mí" (Dt 5,7). Lleva a la verdadera conversión, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, al rango social y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de injusticia.
¿Cuándo recibirán el premio? Aquí está expresado en presente. Pero hemos de tener en cuenta que, aunque los verbos que se usan están puestos unas veces en presente y otras en futuro, no pueden utilizarse como argumento decisivo, ya que la permuta de tiempos no afecta a la idea que se quiere expresar. En el primer caso -premio en presente- hace hincapié en lo alcanzado ahora y aquí, aunque siempre en espera de su plenitud para el futuro. En el segundo tiene un sentido escatológico, de plenitud, que siempre será para después de la muerte. Todas nos están indicando la experiencia actual de dicha que aportan y la plenitud de esa dicha para el futuro.
El que elige ser pobre goza ya ahora del reino de Dios, al estar viviendo la vida humana auténtica. Nunca en plenitud, porque tampoco podrá vivir en plenitud la vida verdadera. Es la actitud de pobreza la que hará posible todas las demás bienaventuranzas.
5. Dichosos los sufridos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia
Estas tres bienaventuranzas nos transmiten penalidades para los hombres que quieran vivir de acuerdo con sus exigencias.
"Dichosos los sufridos". Es propia de Mateo. Añade a la primera -pobreza elegida- una actitud de benevolencia y comprensión hacia los demás, fruto de su actitud interna. Los sufridos o mansos son animosos, se comprometen en la lucha por una sociedad justa, suscitan problemas e incomodidades..., pero no recurren a la violencia ni en situaciones desesperadas. No sufren con un dolor cualquiera, sino con un dolor profundo, que se manifiesta al exterior en la lucha que asumen en favor del reino de Dios.
"Heredarán la tierra". Es el premio que se les asigna. La tierra es Palestina, que se había convertido en símbolo del reino de los cielos. Lo que para los patriarcas fue promesa se había transformado en el eterno ideal del judío piadoso. Jesús promete la liberación de la opresión, del luto y el abatimiento del pueblo y de cada persona. Suya será la tierra del futuro, ese futuro en el que habrán desaparecido las armas, los odios y las violencias de todo tipo.
"Dichosos los que lloran". La tercera bienaventuranza es la misma en Mateo y Lucas. El llanto a que se refiere indica una angustia muy profunda del alma. Es un dolor real, producido en la vida concreta, aunque no nos indique su naturaleza ni extensión.
No se beatifica el llanto sin más, sino el llanto causado por el deseo de ser fieles al Dios de Jesús, lo que implica tomar la cruz de la propia vida y negarse a sí mismo por fidelidad al reino. Jesús abre una nueva perspectiva al dolor. En el Antiguo Testamento, Dios cambiaba el llanto en risa. Los judíos creían que el dolor era efecto del pecado y los paganos que era causado por la fatalidad. El libro de Job mostraba ya que el dolor tenía un hondo sentido de purificación. Jesús lo eleva a actitud privilegiada ante el reino.
"Los que lloran" son también los pobres que, por la codicia de los ricos, han perdido su independencia económica y su libertad y tienen que vivir sometidos a los que los han despojado. Viven en tal situación que no pueden expresar siquiera su protesta. ¿Cuándo "serán consolados" o "reirán"? Parece que en el cielo. Pero aunque se presente el premio en su fase final y definitiva, no excluye el premio parcial y temporal, ya ahora, cuando se vive el compartir, aunque ello haga llorar a causa de los sufrimientos e injusticias que padecen la mayoría de los seres humanos. ¿No es premio la satisfacción de estar trabajando por el mundo que Dios quiere, a pesar de las lágrimas que nos pueda ocasionar? Quizá haga falta haber llorado alguna vez para entenderlo. Las bienaventuranzas se experimentan, se viven..., pero es difícil explicarlas.
"Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia". La cuarta bienaventuranza de Mateo es formulada por Lucas en segundo lugar, aunque de forma más breve. Éste sólo habla de los que tienen hambre, pero el sentido es el mismo que en Mateo, expresado de una forma más primitiva y más de acuerdo con las palabras originales de Jesús. Los hambrientos serán bienaventurados únicamente desde una perspectiva religiosa y mesiánica, única forma de alcanzar la justicia en toda su profundidad.
No se beatifica al que desea que Dios intervenga para implantar su justicia en la tierra, sino al que ansía que la justicia de Dios se implante en la sociedad y trabaja duramente para hacerla realidad. No podemos cruzarnos de brazos ante las injusticias que cometen unos hombres sobre otros, unas naciones sobre otras.
Dos frases evangélicas del mismo sermón de la montaña nos pueden ayudar a profundizar el verdadero sentido de esta bienaventuranza: "Sobre todo, buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura" (Mt 6,33); "Si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos" (Mt 5,20).
Los hambrientos de justicia son también los sufridos y los que lloran o viven sometidos sin resignarse. Indica el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. ¿No es la justicia tan necesaria al hombre como la comida y la bebida? La justicia a que se refiere es la de ver a la humanidad libre de todas las opresiones, gozando de independencia y libertad, teniendo los bienes necesarios para una vida digna, viviendo los verdaderos ideales humanos.
El premio que se promete a estos esforzados es el de quedar "saciados". Es decir, no sólo experimentarán en ellos y en los demás la desaparición de todas las hambres, sino que verán colmadas todas sus esperanzas, todos sus sueños. En el reino del futuro, hacia el que caminamos, no quedará ni rastro de la injusticia.
6. Dichosos los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz
Son tres actividades o actitudes humanas que favorecen las relaciones con los hombres de buena voluntad.
"Dichosos los misericordiosos". Lucas no la trae. No beatifica a los temperamentos sensibles y sólo aparentemente compasivos, ni la misericordia puramente afectiva y no efectiva en la medida de lo posible. Es una misericordia que está en función del reino de Dios.
Para valorarla en toda su profundidad, lo mejor es contrastarla con otros pasajes del mismo Mateo. En ellos descubrimos dos sentidos: perdonar siempre las ofensas que nos hagan (Mt 9,13; 18,21-22.33) y hacer el bien a todos (las curaciones a Jesús), comenzando por lo corporal (Mt 25,35-36).
Debe practicarse con todos los hombres, superando el concepto de los rabinos, que la proponían únicamente para con los judíos. Jesús beatifica la misericordia universal y absoluta, realizada en función del reino.
Afirma la necesidad de hacer con los demás como queremos que los demás y Dios hagan con nosotros (Mt 7,2). Aunque la medida que Dios emplee con nosotros será siempre un secreto y superará infinitamente lo que nosotros hagamos.
La recompensa que se ofrece tiene un valor escatológico: obtener la gran misericordia del ingreso definitivo en el reino de Dios. Pero sin olvidar la recompensa que experimenta ya ahora el que vive de acuerdo con sus planteamientos.
"Dichosos los limpios de corazón". También esta sexta bienaventuranza es exclusiva de Mateo. Los hebreos usan indistintamente las palabras corazón y espíritu. Son los de conducta irreprochable, los que no piensan de una manera y obran de otra, los que han quemado todos los ídolos, los que no abrigan malas intenciones contra los demás, los de conducta transparente y sincera, los que crean confianza a su alrededor... Tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida.
Esta limpieza de corazón o de espíritu no se consigue con ritos ni con observancias religiosas, sino con una verdadera disposición hacia los demás y la fidelidad a la propia conciencia. Es una llamada a los cristianos para que superemos la moral de los fariseos, que, a fuerza de purificaciones y prescripciones legales, había degenerado en un ritualismo estéril y materialista (Mt 23, 25-28).
"Verán a Dios". Es el premio que recibirán. ¿Qué significa? Que lo experimentarán ahora como presente, al estar viviendo sus mismos gustos y actitudes, aunque la plenitud de su visión sólo será posible para después de la muerte.
¿Dónde ver hoy a Dios? En un corazón sincero, sin doblez, sin prejuicios... ¿En el rostro de un niño?
"Dichosos los que trabajan por la paz". Sólo la menciona Mateo. Jesús habla de trabajar por la paz y, él no vaciló en dividir a los hombres, en hacerse impopular y quedarse solo. ¿Qué es la paz? La paz simboliza la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Condensa las dos bienaventuranzas anteriores. En una sociedad en la que todos estuvieran dispuestos a compartir con los demás y nadie tuviera malas intenciones contra los otros, la justicia se realizaría plenamente y el hombre alcanzaría la felicidad. Es fruto de la justicia (Is 32,17). No se beatifica a los que tienen paz, ni se habla de una simple paz temperamental, ni de ausencias de guerras, sino de una paz ofrecida a los que trabajan por ella. Incluye a todos los que trabajan por la justicia, por hacer respetar los derechos de los débiles, única forma de lograr la verdadera paz.
A éstos Dios los llamará hijos suyos, porque están realizando la misma actividad del Padre. El premio en plenitud lo recibirán, como en las demás bienaventuranzas, en el futuro. Pero ya ahora experimentan la alegría de estar colaborando a la implantación del reino. Un reino que no podrá implantarse con armas ni violencias, sino con justicia, libertad, amor...
7. Dichosos los perseguidos
La octava bienaventuranza de Mateo suele considerarse unida a la siguiente. Es cierto que son muy parecidas -como lo son todas-, pero tienen una diferencia de matiz: ésta es más genérica.
Esta bienaventuranza completa a la primera al exponernos la situación en que vivirán los que hagan la opción contra el dinero. La sociedad -basada en la ambición de poder y de riquezas- no tolerará la existencia y la actividad de personas o grupos que trabajen para derribar las bases de su sistema, única forma de hacer realidad el reino de Dios. La consecuencia inevitable de esta opción por el reino será la persecución, signo de estar al lado de Cristo y en la línea de todos los verdaderos profetas. Una persecución que no representa un fracaso, sino un triunfo. Estos, lo mismo que los pobres, poseen ya el reino de los cielos, aunque no se les manifieste todavía en toda su plenitud.
"Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa". Esta ¿novena? bienaventuranza es común en Mateo y Lucas. Incluso Mateo, a diferencia de las otras, emplea la segunda persona coincidiendo con Lucas, que lo ha hecho en todas. Explicita la persecución en insultos, persecuciones y calumnias por causa de Jesús. Es necesario clarificar: no todas las persecuciones, insultos o calumnias están incluidas aquí, sino únicamente las que sean a causa de Jesús. Es fácil y cómodo, ante las críticas que la sociedad hace a la Iglesia y a los cristianos, aplicarnos sin más estas palabras de Jesús. Deberíamos saber que muchas de las críticas -quizá la mayoría- son a causa de nuestra infidelidad al evangelio. Sólo los que están dispuestos a persecuciones, insultos, calumnias... sirven para construir el reino de Dios en este mundo. La persecución es una prueba de que la vida de los discípulos está causando impacto en la sociedad. Es su éxito. ¿Nos persiguen por causa de Jesús?
"Estad alegres y contentos...'` Todo, incluso el dolor y la persecución, puede ser motivo de felicidad para el hombre que vive su vida con sentido y mirando al futuro de Dios. Las bienaventuranzas nos ofrecen la alternativa de Dios a la vida del hombre: poseer la tierra sin despojar a los demás, enfrentarse con el poderoso y alentar al débil... Unas bienaventuranzas o reino de Dios que no ofrecen su premio exclusivamente para el más allá, sino su inicio en el ahora y aquí.
Las bienaventuranzas nos hacen descubrir la falsedad de los valores mundanos al introducirnos en la realidad de Dios y posibilitarnos vivir ya en parte en la humanidad que anhelamos.
Jesús no llama dichosos a los que están en el paro, ni a los que mueren de hambre en cualquier parte del mundo, ni a los presos que son sádicamente torturados... Estos no son felices, ni pueden serlo, en la situación en que se encuentran.
Las bienaventuranzas no están de acuerdo con la alienación, la miseria o la marginación. Quien favorezca o consienta el hambre, la incultura, la injusticia, la mentira, la opresión... no es cristiano. Jesús no da la enhorabuena a quienes no son respetados en su dignidad humana, porque eso es una injusticia Y las bienaventuranzas están en las antípodas de pretender la construcción de una sociedad injusta. Son dichosos los que luchan por una sociedad mejor para todos y por ello tienen que sufrir...
Las bienaventuranzas son la explicación de lo que significa ser cristiano para Jesús. Con un estilo muy fácil de comprender alaban la actitud de los que ponen su corazón en la construcción del reino, de los que tratan de vivir cada día más de acuerdo con el evangelio y ayudan a los demás para que también lo hagan. Son la manifestación evidente de que lo que valora el evangelio no tiene nada que ver con los valores de nuestra sociedad.
¿Están nuestra Iglesia y nuestras comunidades edificadas sobre las bienaventuranzas o sobre presupuestos mundanos? En la medida en que predominan en ellas los criterios de la sociedad del prestigio y de las riquezas estarán siendo caricaturas del reino predicado y vivido por Jesús de Nazaret.
8. Las maldiciones
Lucas completa las bienaventuranzas con unas maldiciones, con las que nos alerta a no poner el corazón en los placeres, poderes y riquezas de este mundo. Parece que se refieren principalmente a los escribas y fariseos, a los que Jesús dedicará en otra sección de Lucas fuertes imprecaciones (Lc 11,42-52) -aunque menores que Mateo en su capítulo 23-; a los saduceos, que se aprovechaban de sus puestos de privilegio en la sociedad judía para llevar una vida de lujo, y a las grandes familias sacerdotales por su falta de verdadero espíritu religioso, sus grandes negocios -incluso dentro del templo- y sus triunfos mundanos, logrados sin importarles demasiado los medios. ¿A quiénes las dedicaría ahora?
No interpretaríamos correctamente las bienaventuranzas si olvidáramos su parte negativa. Sin este riesgo de fracaso, sin la posibilidad de permitir que la riqueza de la vida nos destruya internamente, las palabras de Jesús no habrían respetado nuestra libertad.
A la luz del reino de Dios se desvela el fracaso de los que viven en el poder y en la riqueza de la tierra y, a causa de ello, oprimen y destruyen la existencia de los demás.
¿Quiénes son los ricos, los saciados, los que ríen, los bien vistos por todos? Son los que han puesto el corazón en sí mismos y en sus cosas, los que viven en función de su prestigio, de comer, vestir, divertirse... Son los que no tienen necesidad de nada -ni de Dios, aunque hablen de él-, porque lo tienen todo. Son los que sólo piensan en ser más ricos, en estar más saciados, en reír más, en ser más importantes. Son los que no temen nada porque creen que con el dinero pueden resolverlo todo, los que dan de lo que les sobra, los que guardan las apariencias por miedo al "qué dirán", los que van a misa "por si acaso" y viven sin ningún compromiso y rodeados de lujo... A todos ellos les va a resultar muy difícil entrar en el reino de los cielos..., porque no lo necesitan ni lo desean. ¿A qué mejor vida, piensan, pueden aspirar que a la que llevan aquí?
Los ricos, los satisfechos, tienen bastante con los límites de este mundo; horizonte muy vulnerable, reducido y de precaria realidad, a pesar de las apariencias; horizonte corto, como lo es la vida del hombre sobre la tierra.
Una persona que contemple todas las cosas de este mundo cerrado a la trascendencia no tiene más futuro que la muerte. Ahí radica la inmensa tragedia del hombre cerrado al infinito y a la plenitud, del hombre llamado -quizá hasta a pesar suyo- al más allá.
ALESSANDRO PRONZATO
No estamos frente a una especie de consagración de la pobreza, como si fuese una condición ideal para acoger el reino de Dios. Sería entonces una legitimación de la injusticia y de la avidez humanas que, por el contrario, son desenmascaradas por Cristo y condenadas en los cuatro "ay de vosotros" sucesivos.
Y tampoco se puede creer que dependa del hecho de que los pobres sean moralmente mejores que los ricos.
No existe condición social alguna, y ningún mérito por parte de los hombres que haga idóneos para el Reino. Esto es un don gratuito de Dios, no una conquista del hombre. Dios no es un contable.
En realidad, lo que está en juego, en las bienaventuranzas, es la idea misma que nos hacemos de Dios.
Lo dice muy bien uno de los mayores "expertos" en esta materia: "Jesús proclama que Dios ha decidido establecer su Reino y manifestar su poder real. ¿Quién sacará provecho de este nuevo estado de cosas? Los pobres, los oprimidos, los pisoteados. Si Dios es verdaderamente un rey digno de tal nombre, ejercitará su propio poder a favor de los pobres, de los pequeños, y para los pobres será un bien que Dios mismo se haga su protector. Entonces serán bienaventurados. Para los pobres se abre una esperanza maravillosa" (J. Dupont).
Por eso, ese mismo estudioso dice que la bienaventuranza se podía traducir así:"Bienaventurados los pobres, porque Dios está cansado de veros sufrir, porque Dios ha decidido mostraros que os ama".
Por tanto, en la bienaventuranza, aparece con transparencia la imagen exacta de Dios, misericordioso, que pone su poder al servicio de los débiles.
Así, es necesario evitar utilizar las bienaventuranzas en clave de resignación o, peor, como pretexto "religioso" para mantener un orden social injusto.
Las bienaventuranzas no deben servir para aplastar a los pobres, sino para liberarlos. La pobreza sigue siendo un mal contra el que hay que luchar sin tregua. El mensaje de Cristo no se compendia en el amor a la pobreza sino en el amor a los pobres. El ideal no es la pobreza sino el amor que se expresa con el gesto de compartir, con el de transformar los bienes en sacramento de fraternidad.
Por otra parte, seremos juzgados precisamente por la postura que adoptemos en relación a aquellos que tienen hambre, sed, están desnudos, sin casa, enfermos, prisioneros (Mt 25). "Lo que hicisteis a uno de éstos, a mí me los hicisteis", afirma Jesús.
Los cuatro "ay de vosotros" que hacen de contraste a las cuatro bienaventuranzas, se llaman habitualmente "maldiciones". Pero la definición es impropia.
Se trata, más bien, de una constatación amarga de un dato de hecho. Es casi como decir: ¡cuán desdichados sois a pesar de las apariencias!. Y este lamento se puede entender también como una invitación a la conversión. De todos modos, estas duras palabras constituyen para toda la comunidad cristiana una severa advertencia contra el peligro de las riquezas.
¿Por qué se llama a los ricos "desdichados" (y las cuatro categorías de personas, con alguna matización, se pueden catalogar en la categoría de los "ricos")?. Del conjunto del discurso se puede afirmar que los ricos se encuentran en una situación peligrosa:
- Peligro de no ver más allá del horizonte del presente y de los bienes materiales. Los ricos se preocupan de sus propios intereses, pero no saben cuáles son sus verdaderos intereses. Son "hombres sin futuro" (R. Fabris).
- Peligro de encerrarse en sí mismos y no preocuparse de los demás, especialmente de los que están privados de los necesario. El rico está aprisionado, casi congelado en la propia soledad.
- Peligro de dejarse secuestrar el corazón por las riquezas, que terminan por monopolizar el puesto que correspondería a Dios. Los bienes materiales se convierten así en ideales a los que se sacrifica todo.
El rico, finalmente, es desafortunado porque es corto de vista, es un hombre solo, y es esclavo de las cosas. El rico está satisfecho de lo que tiene, del prestigio y del éxito que alcanza, y no cae en la cuenta de que esta satisfacción lo cierra en relación a Dios. Ese Dios que, sobre todo, lo podía enriquecer en la línea del ser.
...Solamente que el mismo Dios no tiene nada que dar a quien sostiene que ya posee todo. El pobre es bienaventurado porque tiene las manos abiertas a la espera. El rico es desgraciado porque tiene las manos cerradas y no espera nada. Bienaventurado el que espera (literalmente: tiende hacia...) y consiguientemente tiene la puerta abierta de par en par.
Desdichado quien, creyendo que ya lo tiene todo, se cierra en casa, baja las persianas y contempla el dinero. No oye la música que llega de lejos, no ve la luz que cae sobre las ventanas. No se da cuenta de que la vida está en otra parte. Se cree en lugar seguro. Y no sabe que aquella "clausura" representa una muerte anticipada. Cierto. Uno muere en el mismo momento en que ya no espera nada, en que no espera a nadie.
MEDITACIÓN LITÚRGICA
JOAN GUITERAS
Los humanos vamos todos en pos de la felicidad. Y, por lo mismo, podemos ir de decepción en decepción. La Palabra de Dios nos invita a la verdadera dicha. Es patrimonio de quien confía en el Señor. Se experimenta en la pobreza, es decir, en la apertura total del corazón a Dios. Hay que fundar la vida en lo absoluto, en el Señor. En caso contrario, la misma decepción hace desdichado. Los textos bíblicos del presente domingo advierten sobre el camino de la felicidad. Luego no valdrán ya los lamentos existenciales.
La primera carta a los Corintios expresa hoy el sentido de la fe. Está fundado en la resurrección de Cristo. Sin este hecho, no habría remisión de los pecados.
Lo absoluto y lo relativo. La aridez y el fruto
Jeremías trae a colación unas máximas de sabiduría. Las agrupa, contraponiéndolas, entre maldiciones y bendiciones. Lucas, de semejante guisa, presentará las bienaventuranzas: cuatro dichas y cuatro ayes; una manera muy original con relación a las ocho bienaventuranzas de san Mateo.
Entra en juego aquí el tema de lo absoluto y lo relativo. O, mejor, del Absoluto y de las criaturas, todas ellas sometidas a la relatividad y, por tanto, a la imperfección y a la limitación. Éstas, por su misma naturaleza, no pueden dar solidez a la vida de ninguna persona. El problema radica en dejarse deslumbrar y cautivar por las personas y las cosas. El profeta trata de la confianza absoluta en el hombre. Como si la salvación pudiera venir de éste. Los salmos advertirán también de la inutilidad de abandonarse a los jefes o de confiar la construcción de la ciudad exclusivamente a los hombres. No es demasiado difícil concretar en qué realidades tenemos puesta la esperanza. Se busca la aprobación de los hombres, la sombra de los poderosos, se ansía el mismo poder y la riqueza... Esto de muchas y múltiples maneras.
El corazón, en verdad, sólo puede confiar en Dios. Entonces el hombre echa raíces personales, mantiene su lozanía espiritual y da frutos de bondad. Éste es el realmente bendito y alabado. Éste es el verdadero santo. Ninguna decepción de la vida le defrauda. Tiene muy claro que Dios no decepciona. Y que las cosas relativas, con su valor relativo, nunca son fundantes. El hombre de fe aquilata la perspectiva exacta de la realidad. Sabe que la carne no es fuerte, que los cardos son cardos y que la aridez del desierto no da frutos. Es prudente, como el que edifica su casa sobre la roca.
En definitiva, somos llevados ante Jesús. Él nos mira, en tanto que discípulos, y nos proclama dichosos. Es bueno fijarse en el tono personal de las bienaventuranzas lucanas: «Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de los cielos». Estos «makarismos» nos implican. Jesús nos considera discípulos y lo somos. Debemos perfeccionarnos para llegar a tener la felicidad y la alegría prometidas. Usando el tono realista, hay que pedir a Dios que nos haga pobres, hambrientos, capaces de soportarlas lágrimas y el odio... por causa del Hijo del hombre. Y suplicar ardientemente que nos sea evitado el caer en la vanidad de tantas poses halagadoras, pero totalmente inanes.
El sentido de la fe
Pablo, a propósito de la resurrección de los muertos, lleva la argumentación a su cénit. Afirma rotundamente la resurrección de Cristo como hecho fundamentador de la fe y con todo su valor soteriológico o salvador.
El apóstol anuncia, porque es testigo, la resurrección de Cristo. Algunos de la comunidad niegan la de los muertos. Si éstos no resucitan, tampoco Cristo resucitó.¡Puestos a discutir, lógica por lógica! El argumento toma todo su empuje: si Cristo no ha resucitado, la fe cristiana es absurda, no hay remisión de los pecados y los muertos se han perdido. Remacha el clavo: «si nuestra esperanza en Cristo acaba con esta vida, somos los hombres más desgraciados». Pero, lo cierto es que Cristo realmente resucitó y que es el primero de todos.
La Palabra de Dios invita a sopesar la resurrección como base de la fe. Importa muy mucho que la espiritualidad cristiana valore la dinámica pascual de la salvación. Y que caiga en la cuenta del valor soteriológico de este misterio. En efecto, el misterio pascual se hace presente, con toda su fuerza, en la celebración de los sacramentos que actualizan la redención. La Pascua es la luz real de nuestra fe. Es causa de salvación. Hay que meditar esta realidad tan grande y tan básica. Hay que pedir el don de penetrar en el sentido de la resurrección del Señor. Hay que mesurar la vida cristiana, en toda su plenitud de eternidad, como consecuencia del conresucitar con Cristo. La muerte no es otra cosa que un paso pascual -valga la redundancia-, un éxodo del exilio a la patria. El Credo proclama la esperanza en la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
Una plegaria
Se pedirá hoy al Señor que descubramos la senda de la verdadera felicidad. Y que, por ello, nos haga prudentes. En el sentido de la virtud de la prudencia como consejera de la acción acertada.
La plegaria deberá clamar por la liberación de la vanidad y del espejismo de tantas cosas y de tantas personas. Porque, a menudo, la vida cristiana puede menguar y desviarse por la conversión de lo relativo en absoluto. Se da, entonces, una idolatría que desemboca en la maldición, la esterilidad y la desdicha personal.
El salmo 16 (15) brinda una oración muy cordial: «Yahvé, la parte de mi herencia y de mi copa, tú mi suerte aseguras; la cuerda me asigna un recinto de delicias, mi heredad es primorosa para mí».
También es oportuna la recitación del salmo 63(62): «Dios, tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma...»
Otra pista será la súplica del don de las bienaventuranzas.
Finalmente, en conexión con la segunda lectura dominical, cabría una recitación del Credo.
OCARM
a) Clave de lectura:
En el Evangelio de este domingo Jesús llama dichosos a los pobres, a aquellos que lloran, a los que tienen hambre y a los que son perseguidos. Y declara destinados a la infelicidad a los ricos, a los que ríen, a los que están saciados o a los que son alabados por todos. ¿En qué consiste la felicidad que Jesús atribuye a los pobres, a los hambrientos, a los que lloran, a los que son perseguidos? ¿Es felicidad? Las palabras de Jesús contrastan con la experiencia diaria que tenemos de la vida. El ideal común de la felicidad es bien diverso de la felicidad de la que habla Jesús. Y tú, en tu corazón, ¿piensas que una persona pobre y hambrienta es realmente feliz?
Teniendo en cuenta estas preguntas, que brotan de nuestra experiencia de cada día, lee el texto del evangelio de este domingo. Léelo atentamente. No intentes entenderlo todo. Deja que las palabras de Jesús entren en ti. Haz silencio. En el curso de la lectura trata de poner atención a dos cosas: (i) a las categorías sociales, tanto de las personas que se llaman felices, como las amenazadas por la infelicidad; (ii) a las personas que tú conoces y que forman parte del círculo de tus amistades y que pueden catalogarse en una o en otra categoría social.
El texto del evangelio de este domingo omite los versículos 18 y 19. Nos tomamos la libertad de incluirlos en el breve comentario que sigue, porque explican un poco mejor el público, el destinatario de las palabras de Jesús.
b) Una división del texto para ayudarnos en su lectura
Lucas 6,17: Coloca la acción de Jesús en el tiempo
Lucas 6,18-19: La gente que busca a Jesús
Lucas: 6,20-23: Las cuatro bienaventuranzas
Lucas: 6,24-26: Las cuatro amenazas
4) Algunas preguntas
para ayudarnos en la meditación y en la oración.
a) ¿Cuál es el punto que más te ha gustado o que más ha llamado tu atención? ¿Por qué?
b) ¿Por quién estaba constituida la gran muchedumbre en torno a Jesús? ¿De dónde venían o qué buscaban?
c)¿Cuáles son las categorías sociales de las personas que son llamadas felices (Lc6,20- 23)? ¿Cuál es la promesa que cada una recibe de Jesús? ¿Cómo entender estas promesas?
d) Al decir “Dichosos los pobres”¿piensas que Jesús intenta decir quelospobresdeben continuar viviendo en su pobreza?
e) ¿Cuáles son las categorías sociales de las personas que son amenazadas de infelicidad (Lc 6,24-26)? ¿Cuáles son las amenazas para cada una? ¿Cómo entender estas amenazas?
f) ¿Verdaderamente miro yo la vida y la persona con la misma mirada de Jesús?
5) Para aquéllos que desean profundizar en el tema
a) Contexto de entonces y de hoy:
Lucas presenta la enseñanza de Jesús en una revelación progresiva. Primero, hasta el versículo 6,16, Lucas dice muchas veces que Jesús enseñaba, pero no dice nada sobre el contenido de su enseñanza (Lc 4,15.31-32.44; 5,1.3.15.17; 6,6). Ahora, después de haber informado que Jesús vio una multitud deseosa de abrirse a la palabra de Dios, Lucas coloca el primer discurso. El discurso no es largo, pero sí muy significativo. Quien lo lee desprevenido, tiene casi miedo. ¡Parece una terapia de robo! La primera parte del discurso (Lc 6,20-38) comienza con un provocante contraste: “¡Dichosos vosotros los pobres!” “¡Ay de vosotros los ricos!” (Lc 6,20-26); Jesús ordena amar a los enemigos (Lc 6, 27-35); pide imitar a Dios en su misericordia (Lc 6,36-38). La segunda parte (Lc 6,39-49) dice que ninguno puede considerarse superior a los demás (Lc 6,39-42); el árbol bueno da frutos buenos, el árbol malo da frutos malos (Lc 6,43- 45); no ayuda a la persona el esconderse bajo bellas palabras u oraciones, lo que importa es poner en práctica la palabra (Lc 6,46-49).
b) Comentario del texto:
• Lucas 6,17: Coloca la acción de Jesús en el tiempo y en el espacio
Jesús ha pasado la noche en oración (Lc 6,12) y ha escogido a los doce, a los que ha dado el nombre de apóstoles (Lc 6,13-16). Ahora Él desciende de la montaña junto con los doce. Una vez que ha llegado a la llanura encuentra a dos clases de personas: un grupo numerosos de discípulos y una inmensa multitud de personas que han llegado de toda la Judea, de Jerusalén, de Tiro y de Sidón.
• Lucas 6,18-19: La muchedumbre que busca a Jesús
La muchedumbre se siente desorientada y abandonada y busca a Jesús por dos motivos: quiere escuchar su palabra y quiere ser curada de sus males. Fue curada mucha gente, poseídas de espíritus inmundos. La gente trata de tocar a Jesús, porque se da cuenta de que en Él hay una fuerza que hace bien y cura a las personas. Jesús acoge a todos los que lo buscan. Entre la muchedumbre hay judíos y extranjeros. ¡Este es uno de los temas preferidos de Lucas!
• Lucas 6,20-23: Las cuatro bienaventuranzas
* Lucas 6,20: ¡Dichosos vosotros los pobres!
“Levantando los ojos sobre los discípulos”, Jesús declara: “¡Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios!” Esta primera bienaventuranza identifica la categoría social de los discípulos de Jesús. Ellos son ¡los pobres! Y Jesús les garantiza: “¡Vuestro es el Reino de los cielos!”. No es una promesa que mira al futuro. El verbo está en presente. ¡El Reino está ya en ellos! Aun siendo pobres, ellos son ya felices. El Reino no es un bien futuro. Existe ya en medio de los pobres.
En el Evangelio de Mateo, Jesús explica el sentido y dice: “¡Dichosos los pobres en “el Espíritu!” (Mt 5,3). Son los pobres que tienen el Espíritu de Jesús. Porque hay pobres que tienen el espíritu y la mentalidad de los ricos. Los discípulos de Jesús son pobres y tienen la mentalidad de pobres. También ellos como Jesús, no quieren acumular, sino que asumen la pobreza y , como Jesús, luchan por una convivencia más justa, donde exista la fraternidad y el compartir de bienes, sin discriminación.
* Lucas 6, 21: ¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, dichosos vosotros los que ahora lloráis!
En la segunda y tercera bienaventuranza Jesús dice: “¡Dichosos vosotros los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados! ¡Dichosos vosotros los que ahora lloráis porque reiréis!” La primera parte de estas frases está en presente, la segunda en futuro. Lo que ahora vivamos y suframos no es definitivo. Lo que es definitivo será el Reino que estamos construyendo hoy con la fuerza del Espíritu de Jesús. Construir el reino supone sufrimiento y persecución, pero una cosa es cierta: el Reino llegará y “¡vosotros seréis saciados y reiréis!” El Reino es a la vez una realidad presente y futura. La segunda bienaventuranza evoca el cántico de María: “Colmó de bienes a los hambrientos” (Lc 1,53). La tercera evoca al profeta Ezequiel que habla de las personas que “suspiran y lloran por todas las abominaciones” realizadas en la ciudad de Jerusalén (Ez 9,4; cf Sl 119,136).
* Lucas 6,23: ¡Dichosos vosotros, cuando los hombres os odien...!
La cuarta bienaventuranza se refiere al futuro: “¡Dichosos vosotros cuando los hombres os odien y os metan en prisión por causa del Hijo del Hombre! ¡Alegraos aquel día y gozaos porque grande será vuestra recompensa, porque así fueron tratados los profetas!”. Con estas palabras de Jesús, Lucas indica que el futuro anunciado por Jesús está por llegar. Y estas personas están en el buen camino.
• Lucas 6,24-26: Las cuatro amenazas
Después de las cuatro bienaventuranzas a favor de los pobres y marginados, siguen cuatro amenazas contra los ricos, los que están saciados, los que ríen, los que son alabados por todos. Las cuatro amenazas tienen la misma forma literaria que las cuatro bienaventuranzas. La primera está en presente. La segunda y la tercera tienen una parte en presente y otra en futuro. La cuarta se refiere totalmente al futuro. Estas cuatro amenazas se encuentran en el Evangelio de Lucas y no en el de Mateo. Lucas es más radical en denunciar la injusticia.
* Lucas 6,24: ¡Ay de vosotros los ricos!
Delante de Jesús, en aquella llanura, hay sólo gente pobre y enferma, venida de todos los lados (Lc 6,17-19). Pero delante de ellos Jesús dice: “¡Ay de vosotros los ricos!”. Al transmitir estas palabras de Jesús, Lucas está pensando en las comunidades de su tiempo, hacia fines del primer siglo. Había ricos y pobres, había discriminación contra los pobres por parte de los ricos, discriminación que marcaba también la estructura del Imperio Romano (cf. Snt 2,1-9; 5,1-6; Ap 3,1517). Jesús critica duramente y directamente a los ricos: “¡Vosotros ricos, ya tenéis vuestro consuelo!” Es bueno recordar lo que Jesús dice en otro momento respecto a los ricos. No creen mucho en la conversión (Lc 18,24-25). Pero cuando los discípulos se asustan, Él dice que nada es imposible para Dios (Lc 18,26-27).
* Lucas 6,25: ¡Ay de vosotros los que ahora reís!
“Ay de vosotros los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros los que ahora reís, porque seréis afligidos y lloraréis!” Estas dos amenazas indican que para Jesús la pobreza no es una fatalidad, ni mucho menos el fruto de prejuicios, sino el fruto de un enriquecimiento injusto por parte de los otros. También aquí es bueno recordar las palabras del cántico de María: “Despidió a los ricos vacíos” (Lc 1,53)
* Lucas 6,26: ¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros!
“¡Ay de vosotros cuando todos los hombres digan bien de vosotros, del mismo modo hacían sus padres con los falsos profetas!” Esta cuarta amenaza se refiere a los judíos, o sea, a los hijos de aquéllos que en el pasado elogiaban a los falsos profetas. Citando estas palabras de Jesús, Lucas piensa en algunos judíos convertidos de su tiempo que se servían de su prestigio y de su autoridad para criticar la apertura hacia los paganos. (cf Act 15,1.5)
c) Ampliando informaciones:
Las bienaventuranzas de Lucas
Las dos afirmaciones “¡Dichosos vosotros los pobres¡” y “¡Ay de vosotros los ricos!” mueven a los que escuchan a hacer una elección, una opción a favor de los pobres. En el Antiguo Testamento, diversas veces Dios pone al pueblo delante de una elección de bendición o maldición. Al pueblo se le dará la libertad de escoger: “Yo te he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, por tanto, la vida para que viva tú y tu descendencia “ (Dt 30,19). No es Dios quien condena. Es el pueblo mismo quien escoge la vida o la muerte, depende de su posición delante de Dios y de los otros. Estos momentos de elección son momentos de visita de Dios a su pueblo (Gén 21,1; 50,24-25; Éx 3,16; 32,34; Jr 29,10; SL 59,6; Sl 65,10; Sl 80,15; Sl 106,4). Lucas es el único evangelista que se sirve de esta imagen de la visita de Dio (Lc 1,68.78; 7,16; 19,44). Para Lucas Jesús es la visita de Dios que pone a la multitud ante una elección de bendición o maldición “¡Dichosos vosotros, los pobres!” y “¡Ay de vosotros, los ricos!”. Pero la gente no reconoce la visita de Dios (Lc 19,44).
El mensaje de Lucas para los paganos convertidos
• Las bienaventuranzas y las amenazas forman parte de un discurso. La primera parte del discurso está dirigido a los discípulos (Lc 6,20). La segunda parte está dirigida a “ vosotros los que me escucháis” (Lc 1,27), o sea, a aquella multitud inmensa de pobres y enfermos, llegada de todas partes (Lc 6,17-19). Las palabras que Jesús dirige a esta muchedumbre son exigentes y difíciles: “amad a vuestros enemigos” (Lc 6,27), “bendecid a aquéllos que os maldicen” (Lc 6,28), “a quien te hiera en la mejilla ofrécele la otra” Lc6,29) “a quien te quite el manto, no le impidas tomar la túnica” (Lc 6,29). Tomadas literalmente, estas palabras pueden favorecer a los ricos, porque lo peor es siempre para el pobre Y estas palabras parecen decir lo contrario del mensaje de las bienaventuranzas y de las amenazas que Jesús había comunicado antes a sus discípulos.
• Pero no pueden tomarse literalmente, ni siquiera lo ha hecho Jesús: Cuando el soldado le hiere en su rostro, no ofrece su mejilla, sino que reacciona con firmeza: “Si he hablado mal, demuéstrame en qué; pero si no, ¿por qué me hieres?” (Jn 18,22-23). Entonces ¿cómo entender estas palabras? Dos frases ayudan a entender lo que estas palabras quieren enseñar. La primera frase: “¡Lo que queráis que os hagan los hombres, hacedlo vosotros a ellos!” (Lc 6,31) La segunda frase: “¡Sed misericordiosos, como es misericordioso vuestro Padre!” Jesús no pretende cambiar simplemente algo, porque nada cambiaría. Él quiere cambiar el sistema. La novedad que Jesús quiere construir viene de la nueva experiencia que tiene de Dios, Padre lleno de ternura que acoge a todos. Las palabras de amenazas contra los ricos no pueden ser ocasión de venganza por parte de los pobres. Jesús ordena el tener una conducta contraria: “¡Amad a vuestros enemigos!” El verdadero amor no puede depender de lo que recibo del otro. El amor debe
querer el bien del otro independientemente de lo que el otro haga por mí.
Porque así es el amor de Dios para con nosotros.
El discurso de la montaña, el discurso de la llanura
• En el Evangelio de Lucas, Jesús desciende de la montaña y se para en una llanura para hacer el discurso (Lc 6,17). Por esto algunos lo llaman el “sermón de la llanura”. En el Evangelio de Mateo, este mismo discurso se hace sobre la montaña (Mt 5,1) y es llamado “el sermón de la montaña”. Porqué Mateo intenta presentar a Jesús como el nuevo legislador, el nuevo Moisés. Fue sobre la montaña donde Moisés recibió la ley (Éx 19,3-6; 31,18; 34,1-2). Y es sobre la montaña donde recibimos la nueva ley de Jesús
VI DOMINGO «DURANTE EL AÑO»
Antífona de entrada Cf. Sal 30, 3-4
Señor, sé para mí una roca protectora,
un baluarte donde me encuentre a salvo,
porque tú eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre, guíame y condúceme.
Oración colecta
Dios nuestro,
que te complaces en habitar en los corazones rectos y sencillos,
concédenos la gracia de vivir de tal manera
que encuentres en nosotros una morada digna de tu agrado.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Oración sobre las ofrendas
Que esta ofrenda nos purifique y renueve, Señor,
y sea causa de recompensa eterna
para quienes cumplen tu voluntad.
Por Jesucristo, nuestro Señor
Antífona de comunión Cf. Sal 77, 29-30
Ellos comieron y se saciaron, el Señor les dio lo que habían pedido;
no fueron defraudados.
Oración después de la comunión
Saciados con el pan del cielo, te pedimos, Padre,
la gracia de desear siempre este alimento
que nos da la vida verdadera.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
DOMINGO SEXTO
Maldito el que confía en el hombre.
Bendito el que confía en el Señor
Lectura del libro del profeta Jeremías 17, 5-8
Así habla el Señor:
¡Maldito el hombre que confía en el hombre
y busca su apoyo en la carne,
mientras su corazón se aparta del Señor!
Él es como un matorral en la estepa
que no ve llegar la felicidad;
habita en la aridez del desierto,
en una tierra salobre e inhóspita.
¡Bendito el hombre que confía en el Señor
y en él tiene puesta su confianza!
Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,
que extiende sus raíces hacia la corriente;
no teme cuando llega el calor
y su follaje se mantiene frondoso;
no se inquieta en un año de sequía
y nunca deja de dar fruto.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 1, 1-4. 6
R. ¡Feliz el que pone en el Señor toda su confianza!
¡Feliz el hombre que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche! R.
Él es como un árbol plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien. R.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal. R.
Si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil
Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los cristianos de Corinto 15, 12. 16-20
Hermanos:
Si se anuncia que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo algunos de ustedes afirman que los muertos no resucitan?
Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados. En consecuencia, los que murieron con la fe en Cristo han perecido para siempre. Si nosotros hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solamente para esta vida, seríamos los hombres más dignos de lástima.
Pero no, Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos.
Palabra de Dios.
ALELUIA Lc 6, 23ab
Aleluia.
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día
porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo.
Aleluia.
EVANGELIO
Felices ustedes los pobres.
Ay de ustedes los ricos
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 6, 12-13. 17. 20-26
Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles.
Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón. Entonces Jesús, fijando la mirada en sus discípulos, dijo:
«¡Felices ustedes, los pobres, porque el Reino de Dios les pertenece!
¡Felices ustedes, los que ahora tienen hambre, porque serán saciados!
¡Felices ustedes, los que ahora lloran, porque reirán!
¡Felices ustedes, cuando los hombres los odien, los excluyan, los insulten y los proscriban, considerándolos infames a causa del Hijo del hombre!
¡Alégrense y llénense de gozo en ese día, porque la recompensa de ustedes será grande en el cielo! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los profetas!
Pero ¡ay de ustedes los ricos, porque ya tienen su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que ahora están satisfechos, porque tendrán hambre!
¡Ay de ustedes, los que ahora ríen, porque conocerán la aflicción y las lágrimas!
¡Ay de ustedes cuando todos los elogien! ¡De la misma manera los padres de ellos trataban a los falsos profetas!»
Palabra del Señor.
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