1 Domingo Tiempo Cuaresma (C)
Liturgia Viva – I Domingo de Cuaresma
Saludo (Ver Segunda Lectura)
Que la Palabra de Dios esté bien cerca de ustedes,
en sus labios y en su corazón.
Que sus labios confiesen ahora
que Jesús es nuestro Señor y Salvador.
Que su gracia esté siempre con ustedes.
Introducción por el Celebrante (Dos Opciones)
1.Jesús Experimentó Nuestras Tentaciones
El pueblo de Dios, ahora en nuestro tiempo, siente la fuerte tentación de permitir que los bienes de consumo le encarcelen y le esclavicen. Miremos a Jesús: Él rechazó dejarse fascinar por ellos, y quiere que nosotros tengamos hambre, no de cosas materiales y mundanas, sino más bien hambre de fraternidad con los hermanos, de oración, de Dios.
El pueblo de Dios siente la fuerte tentación de impresionar y de controlar a los demás. Miremos a Jesús: Él vino para instaurar el poder del amor y nos dice que sirvamos a Dios en los hermanos.
El pueblo de Dios siente la fuerte tentación de crear sus propios ídolos y hacerse a sí mismo el centro del universo. Miremos a Jesús: Él quiere que con él demos culto y adoremos solamente a Dios. Con él, que resistió y venció resueltamente las tentaciones, entramos con confianza en esta Cuaresma.
2.Con Jesús en el Desierto
En nuestro bautismo, por mediación de nuestros padrinos, dijimos NO a Satanás y a sus tentaciones, antes de decir SÍ a la Alianza de amor, que Dios nos ofrecía. Allí nos unimos a Jesús en su NO a Satanás y a sus tentaciones que intentaban hacerle abandonar su misión de hacer volver al pueblo al amor de la Alianza con Dios. — Durante la Cuaresma recibimos el reto de hacer real y verdadero ese SÍ y ese NO. ¿Estamos dispuestos, como Jesús, a ser fieles a nuestra misión en la vida, a unirnos a Jesús en su NO a todo lo malo y en su SÍ a Dios, al prójimo y a lo más sano y verdadero de nosotros mismos?
Acto Penitencial
Damos la bienvenida a esta Cuaresma como un tiempo para buscar conversión y reconciliación.
(Pausa)
– Señor Jesús, que tu Santo Espíritu nos lleve a nosotros también al desierto para recuperar nuestras mejores actitudes de oración.
R / Señor, ten piedad de nosotros.
Cristo Jesús, Que tu Santo Espíritu nos conduzca también a nosotros al desierto para redescubrir a nuestro prójimo.
R/ Cristo, ten piedad de nosotros.
Señor Jesús, que tu Santo Espíritu nos lleve también a nosotros a percatarnos de nuevo de lo que realmente importa en nuestra vida.
R/ Señor, ten piedad de nosotros.
Señor, en tu amable bondad perdona todos nuestros pecados, reavívanos, haznos nuevos y llévanos a la vida eterna.
Oración Colecta
Pidamos a nuestro Dios vivo
que sepamos volver nuestro corazón hacia él.
(Pausa)
Oh Dios, tú quieres estar cerca de nosotros;
tú nos llevas con tu Hijo Jesús
al desierto de los problemas y las tentaciones
para hablarnos al corazón
y atraernos de nuevo hacia ti con cariñosa confianza.
Abre nuestros ojos, nuestra mente y nuestro corazón
para que desechemos todo lo que nos lleva por el mal camino
para así buscarte a ti y conocer el plan que tienes
para nosotros y para el mundo.
Que tu Santo Espíritu nos otorgue
la misma mente y las mismas actitudes de Jesús
para que busquemos tu voluntad en todo lo que hacemos
y te sirvamos en nuestros hermanos y hermanas.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura (Dt 26,4-10): Un Pueblo Salvado por Dios
Como el pueblo judío, tenemos que convencernos de que es Dios quien nos hace pueblo libre: Él es nuestro Salvador.
Segunda Lectura (Rom 10,8-13): Jesús es Nuestro Señor y Salvador
Ésta es la fe que profesamos y vivimos: Jesús es nuestro Señor y solo él es nuestro Salvador, sea cual sea nuestra raza o nacionalidad.
Evangelio (Lc 4,1-13): Jesús Permaneció Fiel a su Misión
Hoy escuchamos el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Jesús, Hijo de Dios, es el nuevo ser humano que resistió las tentaciones de inmoderación, de poder y de intento de doblegar a Dios a la propia voluntad. Nosotros estamos llamados a seguirle por su camino de fidelidad y de libertad, seria y responsable.
Oración de los Fieles
Que el Espíritu Santo inspire nuestra oración al presentar ante el Padre las grandes necesidades de nuestros hermanos, de la Iglesia y del mundo entero. Y digamos:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Para que el Señor nos dé a nosotros y a todos los cristianos una fe firme y profunda, que la profesemos no sólo con nuestros labios, sino que también la vivamos con nuestras obras, roguemos al Señor:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Para que nosotros, y todos los atrapados en tareas y afanes materiales y mundanos, busquemos otro alimento, más allá del solo pan, un alimento más bien espiritual, roguemos al Señor:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Para que nosotros, y todos los que trabajan para acrecentar su influencia y poder, aprendamos a buscar al Señor y a adorarle sólo a él, roguemos al Señor:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Para que nosotros, y todos los que experimentan tentaciones, permanezcamos fieles a Dios y respondamos a su llamado para servir a Dios y a los hermanos, roguemos al Señor:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Por nosotros, y por todos los que se ven rodeados por hermanos que sufren pobreza, injusticia, desaliento y enfermedad, para que el Señor nos haga más sensibles a las necesidades de nuestros hermanos y les amemos más generosa y eficazmente, roguemos al Señor:
R/ Escúchanos, Señor, y ten piedad.
Oh Dios, Padre amoroso, tú estuviste al lado de tu Hijo Jesús en el momento de sus tentaciones. Sostén a los que esperan en ti, y guárdalos en tu amor, ahora y por los siglos de los siglos.
Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios de misericordia y compasión:
Somos conscientes de nuestra debilidad y de nuestro pecado.
Te presentamos estos dones de pan y vino
como signos de nuestras buenas intenciones
y de nuestra sincera voluntad de cambiar.
Que estos dones nos capaciten,
con la fuerza de Jesús,
para entregarnos a ti, como él,
y darnos los unos a los otros como hermanos.
Guíanos con tu Santo Espíritu
por el camino humilde de una sincera conversión.
Te lo pedimos en el nombre de Jesús, el Señor.
Introducción a la Plegaria Eucarística
Con nuestros corazones y nuestras voces demos gracias a nuestro Padre del cielo porque Jesús, sufriendo en sí mismo nuestras tentaciones, las venció, y ahora nos da fuerza también a nosotros para rechazarlas y vencerlas.
Invitación al Padre Nuestro
Con las palabras mismas de Jesús
pidamos a nuestro Padre del cielo
que esté a nuestro lado en días de prueba y tentación,
y que nos libre del mal.
R/ Padre nuestro…
Líbranos, Señor
Líbranos, Señor, de todos los males
y danos la paz
contigo y con los hermanos.
Cuando tú pruebes a los que te pertenecen,
no permitas que nos rindamos
al poder seductor del pecado,
sino que afines nuestra lealtad y amor
y nos fortalezcas con la alegría esperanzadora
de que tú completarás tu victoria en nosotros
en la venida plena y gloriosa
de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
R/ Porque tuyo es el reino…
Invitación a la Comunión
Éste es Jesucristo, el Señor,
que fue probado por nosotros
y a quien Dios lo resucitó de entre los muertos.
Si creemos en él
y comemos este pan de vida,
somos salvados.
Dichosos nosotros,
invitados a participar
en este banquete de salvación.
R/ Señor, no soy digno…
Oración después de la Comunión
Señor Dios, Padre nuestro:
Tú has querido que en esta eucaristía
encontráramos a Jesús,
tu Hijo, que fue tentado como nosotros.
Él ha reavivado nuestro valor
por su palabra, por su ejemplo y por su cuerpo eucarístico.
Por la fuerza del alimento de esta eucaristía
condúcenos en nuestra caminata de cuarenta días
y llévanos a la montaña de Pascua,
para que participemos en su poder resucitado
como pueblo renovado para amar y confiar más en ti
y para servir mejor a nuestros hermanos.
Te lo pedimos por medio del mismo Jesucristo nuestro Señor.
Bendición
Hermanos: Es bueno para nosotros saber que Alguien antes que nosotros afrontó con éxito las ilusiones y las engañosas atracciones de un mundo alejado de Dios. — Junto con él podemos vencer; podemos hacer una fuerte opción por Dios, por los hermanos y por lo mejor en nosotros mismos. — Sigamos el camino de Cristo, bendecidos por Dios.
Y así, que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes y les acompañe siempre.
EL VIRUS DE LA TENTACIÓN
Quienes encuentran virus en su computadora, saben muy bien lo que significa formatear el disco duro para borrarlos, instalar de nuevo el sistema operativo, los programas y descargar de nuevo los archivos. Algo parecido queremos hacer en Cuaresma quienes reconocemos que el sistema operativo de nuestro Bautismo se ve amenazado por virus interiores y exteriores. La Cuaresma es para recorrer de nuevo el camino de nuestro Bautismo. La instalación, la reiniciación nos llevará todo este tiempo de cuarenta días.
Es muy importante hacerlo bien. Está en juego la Alianza de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Vamos de Pascua en Pascua, de Pascua a Pascua. Si nos habitara esta certeza y la Pascua fuera para nosotros una atmósfera que envolviera y penetrara nuestro vivir, no necesitaríamos nada más. Tendríamos el mejor antivirus. Sabríamos de dónde venimos, a dónde vamos, cómo habérnoslas con lo que nos pasa, cómo sobreponernos con cara de Pascua a los hechos duros de la vida que se nos imponen.
Todos los años, en la primera semana de Cuaresma, la liturgia quiere que reflexionemos sobre las tentaciones de Jesús. Presenta la manera como el Maestro las ha afrontado para que también nosotros las podamos reconocer y superar.
Una de las armas que está siempre a mano es la Palabra. La Escritura dice: “la Palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón”. Se refiera a la palabra de fe que os anunciamos. San Pablo les dice a los primeros cristianos de Roma que Jesús es el único Señor, tanto para los judíos como para los griegos. En la sinagoga judía sólo podían entrar los judíos, pero, a partir de la muerte y resurrección de Cristo, ya no hay distinción entre judíos y griegos, porque Jesucristo es el único Salvador del mundo. Esta universalidad de la fe cristiana que predicaba Pablo es algo que debemos predicar también hoy nosotros, los cristianos del siglo XXI. Nadie está excluido de la salvación, porque Cristo vivió, murió y resucitó para salvarnos a todos. Por eso nuestra Iglesia es una Iglesia católica, es decir, universal. La tentación del exclusivismo político y religioso pudo ser una tentación judía, pero nunca debe ser una tentación cristiana. La Pascua de Cristo lo cambió todo.
El evangelio de hoy sabe todo él a Pascua. Como en los días finales, Jesús conoce en su propia carne la prueba, la lucha, la fatiga. Pero conoce también la victoria. A primera vista, aparece a merced de otros poderes: el Espíritu lo va llevando por el desierto. Y el diablo lo trae y lo lleva a lo alto, o al alero del templo. Si leemos más despacio la historia descubriremos más elementos que acaso nos permitan comprenderla mejor. La escena nos parece extraña. Pero en ella no se hace otra cosa que escenificar un combate que, cualquiera que sea el marco o contexto definido por las circunstancias exteriores, en definitiva, se produce en el interior de Jesús y se produce en el interior de nosotros mismos.
La vida del Señor no fue un tranquilo paseo de tarde de domingo. Antes de la serena tarde del Domingo está la noche del Jueves y la mañana y la tarde del Viernes, cuando lo llevan del Sanedrín a Pilatos, y de Pilatos a Herodes y de Herodes a Pilatos, y finalmente de Pilatos a un monte pequeño desde donde se divisa Jerusalén y el alero del templo. El escenario exterior es distinto, pero la prueba interior es la misma. Estas tentaciones son el modelo de cualquier otra tentación. Por ese motivo, el diablo se retira, completadas todas las tentaciones, “hasta el momento oportuno”. Ese momento será la horas de la pasión, de las tinieblas, la hora de la prueba decisiva, la de la muerte en la cruz.
¿Qué descubrimos en estas escenas y estas pruebas? Jesús se ve traído y llevado por dos espíritus. El Espíritu Santo y el espíritu malo. Pero no es simplemente una cáscara de nuez sacudida por vientos contrarios. En él hay un timón: el timón de su libre voluntad. Y aún hay más: Jesús dispone de un mapa o guía de ese albedrío: la Palabra de Dios, que es el alimento de un Hijo de Dios, su estrella polar, la que le señala las direcciones prohibidas y los tramos peligrosos, la que le marca el verdadero, aunque difícil, rumbo. Le vemos optar entre los dos espíritus; le vemos hacer sus cuentas con el malo, porque en la vida tenemos que hacer nuestras cuentas con el malo.
Oye voces que tiran de él en una dirección: dile a esta piedra que se convierta en pan; tírate de aquí abajo, déjate servir.
1ª tentación: No sólo de pan vive el hombre. «No vayas a buscar pan. Crúzate de brazos, y convierte las piedras en panes». Porque son piedras lo que pretende que te comas. Son piedras (o manzanas con gusanos) lo que te empeñas en comerte. Y sabes muy bien que las piedras no alimentan. Pero se te van los ojos detrás de todo lo que ves, y te empeñas en coleccionar ropas y caprichos, como si así fueras más que otros, como si así pudieras tapar tu vacío interior. Y te alimentas con largas horas de televisión, para no tener tiempo de pensar, y de orar, y de escuchar a otros, y hacerte preguntas, y ocuparte en algo que merezca la pena. Y te enchufas todo tipo de ruidos en los cascos para no darte cuenta de que muchos te necesitan, para no oír el sufrimiento de los hombres, para seguir en tu oasis, que no es más que un simple espejismo. Y te tragas tus problemas sin querer resolverlos. Y te empachas de vulgaridad y sensaciones.
Pues Jesús, que también sabe de esto, viene a darte un aviso, a desenmascarar al Tentador, y te dice: – Haz un hueco en tu vida a la Palabra, mastica la Palabra, vive la Palabra, cambia de vida y ábrete mucho más a Dios. Yo busqué mi pan, no tenté a Dios, y tuve pan en abundancia. Yo mismo aprendí a convertirme en Pan.
2ª tentación: Servicio. El que quiera ser el primero de todos sea el servidor de todos. ¡Qué bien te conoce el diablo! Te complicas la vida, te marchas por caminos que no te llevan a ningún sitio; te dejas llevar por tus impulsos, por tus sentimientos, por lo más fácil… Y luego tiene que venir Dios a sacarte de tus líos. Vive diciéndole a Dios que se ponga a tu servicio y que haga caso a tus antojos… Vive pidiendo que tu vida sea un puro capricho y que Dios bendiga tu comodidad. Pide cosas para ti, que tú eres el importante. Si los demás tienen problemas: ¡asunto suyo! Que tu oración empiece por «yo» y siga con el «para mí», y no se te ocurra dejar la menor ocasión para que sea Dios quien te pida algo. Vive recurriendo a Él en cada pequeño bache y pídele un milagro para que te demuestre quién es. Que Él te lo resuelva todo, y tú: ni proyectos de vida, ni sacrificios ni renuncias: ¡Vive el presente!
Pero Jesús, de nuevo, viene a desenmascarar: «No pondrás a prueba al Señor tu Dios». Él no está a tu servicio. Él no está para resolver tus problemas. ¿Aprenderás, como yo, a decirle: «Hágase tu voluntad»? ¿Te atreverás a decirle: «Aquí estoy, envíame»? ¿Le meterás de una vez en tu vida? ¿O prefieres seguir haciendo caso al diablo?
3ª tentación: ¿Para qué sirve ser hijo de Dios? Para estar fuera de peligro. Es una gran tentación. Por ser hijo de Dios, creerse con derecho a estar por encima de los límites de nuestra condición humana. Gozar de inmunidad; ser un supermán; ser invulnerable; vivir rodeado de garantías y sin riesgos. Tirarse desde el alero del templo. O tirarse desde el alero de la cruz, con las heridas restañadas, asistido por una legión de ángeles que le impidan tropezar cuando carga con la cruz. Estar por encima del dolor y de la impotencia.
Pero la réplica de Jesús es neta: ser hijo de Dios no significa contar con eso, contar con Dios para eso, para estar aquí y ahora por encima de los límites de lo humano. Y eso supone renunciar a todo signo espectacular. Los signos del Reino de Dios, del verdadero mesianismo, son la cercanía a los marginados, aquellas curaciones algo artesanales de los enfermos, el servicio a la vida de la gente maltratada por la vida, enderezar la esperanza. Así mostró un rostro de Dios desconocidamente bueno. Jesús apostó por los medios sencillos y pobres para hacer presente y mostrar ese rostro de Dios desconocidamente bueno. La vitalidad de una Iglesia y el grado de su seguimiento del Señor no se miden por la riqueza de sus medios ni por sus triunfos terrestres. Se mide por la fidelidad.
Empieza la Cuaresma. Recibes unas invitaciones. A ser un servidor, no un aprovechado; a que venza la generosidad sobre el interés. A no doblegarte, a luchar por ser fiel a los valores superiores, más exigentes, pero más humanizadores. A la profundidad frente al espectáculo: una invitación al encuentro cotidiano con Jesús. De cada uno depende aprovecharla o no.
EVANGELIO
El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado.
+ Lectura del santo evangelio según san Lucas 4,1-13
En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.
Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.
Entonces el diablo le dijo:
- Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.
Jesús le contestó:
- Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre».
Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:
- Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.
Jesús le contestó:
- Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto».
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:
- Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras».
Jesús le contestó:
- Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios».
Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.
Palabra de Dios.
NO DESVIARNOS DE JESÚS
Las primeras generaciones cristianas se interesaron mucho por las pruebas que tuvo que superar Jesús para mantenerse fiel a Dios y para vivir siempre colaborando en su proyecto de una vida más humana y digna para todos.
El relato de las tentaciones de Jesús no es un episodio aislado que acontece en un momento y en un lugar determinados. Lucas nos advierte que, al terminar estas tentaciones, "el diablo se alejó de él hasta el momento oportuno". Las tentaciones volverán en la vida de Jesús y en la de sus seguidores.
Por eso, los evangelistas colocan el relato antes de narrar la actividad profética de Jesús. Sus seguidores han de conocer bien estas tentaciones desde el comienzo, pues son las mismas que ellos tendrán que superar a lo largo de los siglos, si no quieren desviarse de él.
En la primera tentación se habla de pan. Jesús se resiste a utilizar a Dios para saciar su propia hambre: "No solo de pan vive el hombre". Lo primero para Jesús es buscar el reino de Dios y su justicia: que haya pan para todos. Por eso acudirá un día a Dios, pero será para alimentar a una muchedumbre hambrienta.
También hoy nuestra tentación es pensar solo en nuestro pan y preocuparnos exclusivamente de nuestra crisis. Nos desviamos de Jesús cuando nos creemos con derecho a tenerlo todo y olvidamos el drama, los miedos y sufrimientos de quienes carecen de casi todo.
En la segunda tentación se habla de poder y de gloria. Jesús renuncia a todo eso. No se postrará ante el diablo que le ofrece el imperio sobre todos los reinos del mundo. Jesús no buscará nunca ser servido, sino servir.
También hoy se despierta en algunos cristianos la tentación de mantener como sea, el poder que ha tenido la Iglesia en tiempos pasados. Nos desviamos de Jesús cuando presionamos las conciencias tratando de imponer a la fuerza nuestras creencias. Al reino de Dios le abrimos caminos cuando trabajamos por un mundo más compasivo y solidario.
En la tercera tentación se le propone a Jesús que descienda de manera grandiosa ante el pueblo, sostenido por los ángeles de Dios. Jesús no se dejará engañar. Aunque se lo pidan, no hará nunca un signo espectacular del cielo. Se dedicará a hacer signos de bondad para aliviar el sufrimiento y las dolencias de la gente.
Nos desviamos de Jesús cuando confundimos nuestra propia ostentación con la gloria de Dios. Nuestra exhibición no revela la grandeza de Dios. Solo una vida de servicio humilde a los necesitados manifiesta y difunde su amor.
IDENTIFICAR LAS TENTACIONES
Era tentado por el diablo.
Según los evangelios, las tentaciones experimentadas por Jesús no son propiamente de orden moral. Son planteamientos en los que se le proponen maneras falsas de entender y vivir su misión. Por eso, su reacción nos sirve de modelo para nuestro comportamiento moral, pero, sobre todo, nos alerta para no desviarnos de la misión que Jesús ha confiado a sus seguidores.
Antes que nada, sus tentaciones nos ayudan a identificar con más lucidez y responsabilidad las que puede experimentar hoy su Iglesia y quienes la formamos. ¿Cómo seremos una Iglesia fiel a Jesús si no somos conscientes de las tentaciones más peligrosas que nos pueden desviar hoy de su proyecto y estilo de vida?
En la primera tentación, Jesús renuncia a utilizar a Dios para «convertir» las piedras en panes y saciar así su hambre. No seguirá ese camino. No vivirá buscando su propio interés. No utilizará al Padre de manera egoísta. Se alimentará de la Palabra viva de Dios, solo «multiplicará» los panes para alimentar el hambre de la gente.
Esta es probablemente la tentación más grave de los cristianos de los países ricos: utilizar la religión para completar nuestro bienestar material, tranquilizar nuestras conciencias y vaciar nuestro cristianismo de compasión, viviendo sordos a la voz de Dios que nos sigue gritando ¿dónde están vuestros hermanos?
En la segunda tentación, Jesús renuncia a obtener «poder y gloria» a condición de someterse como todos los poderosos a los abusos, mentiras e injusticias en que se apoya el poder inspirado por el «diablo». El reino de Dios no se impone, se ofrece con amor, solo adorará al Dios de los pobres, débiles e indefensos.
En estos tiempos de pérdida de poder social es tentador para la Iglesia tratar de recuperar el «poder y la gloria» de otros tiempos pretendiendo incluso un poder absoluto sobre la sociedad. Estamos perdiendo una oportunidad histórica para entrar por un camino nuevo de servicio humilde y de acompañamiento fraterno al hombre y a la mujer de hoy, tan necesitados de amor y de esperanza.
En la tercera tentación, Jesús renuncia a cumplir su misión recurriendo al éxito fácil y la ostentación. No será un Mesías triunfalista. Nunca pondrá a Dios al servicio de su vanagloria. Estará entre los suyos como el que sirve.
Siempre será tentador para algunos utilizar el espacio religioso para buscar reputación, renombre y prestigio. Pocas cosas son más ridículas en el seguimiento a Jesús que la ostentación y la búsqueda de honores. Hacen daño a la Iglesia y la vacían de verdad.
TENTACIONES
Era tentado por el diablo.
Los cristianos de la primera generación se interesaron muy pronto por las tentaciones de Jesús. No querían olvidar el tipo de conflictos y luchas que tuvo que superar para mantenerse fiel a Dios. Les ayudaba a no desviarse de su única tarea: construir un mundo más humano siguiendo los pasos de Jesús.
El relato es sobrecogedor. En el desierto se puede escuchar la voz de Dios, pero se puede sentir también la atracción de fuerzas oscuras que nos alejan de él. El diablo tienta a Jesús empleando la Palabra de Dios y apoyándose en salmos que se rezan en Israel. Hasta en el interior de la religión se puede esconder la tentación de distanciarnos de Dios.
En la primera, Jesús se resiste a utilizar a Dios para convertir las piedras en pan. Lo primero que necesita una persona es comer, pero no sólo de pan vive el hombre. El anhelo del ser humano no se apaga alimentando su cuerpo. Necesita mucho más.
Precisamente, para liberar de la miseria, del hambre y de la muerte a quienes no tienen pan, hemos de despertar el hambre de justicia y de amor en nuestro mundo deshumanizado de satisfechos egoístas.
La segunda escena es impresionante. Jesús está mirando el mundo desde una montaña alta. A sus pies se le presentan todos los reinos con sus conflictos, guerras e injusticias. Ahí quiere él introducir el reino de la paz y la justicia de Dios. El diablo, por el contrario, le ofrece el poder y la gloria si se le somete.
La reacción de Jesús es inmediata: Al Señor tu Dios adorarás. El mundo no se humaniza con la fuerza del poder. No es posible imponer el poder sobre los demás sin servir al diablo. Quienes siguen a Jesús buscando gloria y poder viven arrodillados ante el diablo. No adoran al verdadero Dios.
Por último, en lo alto del templo, el diablo le sugiere a Jesús buscar en Dios seguridad. Podrá vivir tranquilo, sostenido por sus manos y caminar sin tropiezos ni riesgos de ningún tipo. Jesús reacciona: No tentarás al Señor tu Dios.
Es diabólico organizar la religión como un sistema de creencias y prácticas que dan seguridad. No se construye un mundo más humano refugiándose cada uno en su propia religión. Es necesario asumir a veces compromisos arriesgados, confiando en Dios como Jesús.
EQUIVOCARSE
Era tentado por el diablo.
Toda persona que no quiera vivir alienada, debe saber mantenerse lúcida y vigilante ante las posibles equivocaciones que puede cometer en la vida. Quizás una de las aportaciones más válidas de Jesús de Nazaret es la de poder ofrecer a quien le conoce y sigue, la posibilidad de ser cada día más humano. En Jesús podemos escuchar el grito de alerta ante las graves equivocaciones que acechan siempre a la persona.
La primera equivocación es la de considerar la satisfacción de las necesidades materiales como el objetivo último y absoluto. Pensar que la felicidad última del hombre se encuentra en la posesión y el disfrute de los bienes.
Según Jesús, esa satisfacción de las necesidades materiales, con ser muy importante, no es suficiente. El hombre se va haciendo humano cuando aprende a escuchar la Palabra del Padre que le llama a vivir como hermano. Entonces descubre que ser humano es compartir, y no poseer; dar, y no acaparar; crear vida, y no explotar al hermano.
La segunda equivocación es la de buscar el poder, el éxito y el triunfo personal, por encima de todo y a cualquier precio. Incluso siendo infiel a la propia misión y cayendo esclavo de las idolatrías más ridículas.
Según Jesús, el hombre acierta, no cuando busca su propio prestigio y poder, en la competencia y la rivalidad con los demás, sino cuando es capaz de vivir en el servicio generoso y desinteresado a los hermanos.
La tercera equivocación es la de tratar de resolver el problema último de la vida, sin riesgos, luchas ni esfuerzos, utilizando interesadamente a Dios de manera mágica y egoísta.
Según Jesús, entender así la religión es destruirla. La verdadera fe no conduce a la pasividad, la evasión de la realidad y el absentismo ante los problemas. Al contrario, quien ha entendido un poco lo que es ser fiel a un Dios, Padre de todos, se arriesga cada día más en el esfuerzo por lograr una sociedad de hombres más libres y más hermanos.
PERDER O GANAR
Era tentado por el demonio.
En la vida no todo es crecer, avanzar o ganar. Hay muchos momentos en que la persona puede conocer la crisis sicológica, la enfermedad física o el oscurecimiento de la luz. Algo se rompe entonces en nosotros. Comenzamos a experimentar la vida como pérdida, límite o disminución. Ya no estamos tan seguros de nada. Ya no hay alegría en nuestro corazón. No somos los mismos.
Podemos entonces rebelarnos y vivir ese momento como algo totalmente negativo que nos hace daño y mutila nuestro ser. Pero lo podemos vivir de otra manera, como un desprendimiento o una pérdida que nos llevará a asentar nuestra vida sobre bases más firmes. Jesús hablaría de una poda necesaria para dar más fruto.
Si sabemos recorrer un itinerario humilde y confiado, «perder» nos puede conducir a «ganar». Hemos de empezar por aceptar nuestra situación. No es bueno negar lo que nos está pasando, ni disimularlo ante nosotros mismos y ante los demás. Es mejor reconocer nuestra limitación y fragilidad. Ese ser frágil e inseguro, poco acostumbrado a sufrir, también soy yo.
La crisis nos obliga a preguntarnos por nuestras raíces: ¿cuál es la verdad última que nos motiva e inspira?, ¿dónde se apoya realmente nuestra vida? Hay una verdad rutinaria que nos mantiene en el día a día, pero hay una verdad más honda que, tal vez, sólo emerge en nosotros en momentos de crisis y debilidad.
El creyente vive este proceso como una experiencia de salvación. Ahí está Dios sanando nuestro ser. Y el mejor signo de su presencia salvadora es esa alegría interior humilde que poco a poco se puede ir despertando en nosotros. Una alegría que nace del centro de la persona cuando se abre a la luz de Dios.
Tal vez estas experiencias nos pueden ayudar a entender ese lenguaje difícil de Jesús que, en contra de toda lógica de apropiación y seguridad, propone la desapropiación y la pérdida como camino hacia una vida más plena: «El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece en este mundo, se guarda para la vida eterna». El relato evangélico nos presenta a Jesús como el hombre que, en el momento de la tentación o la crisis, sabe «perder» para «ganar» la vida.
HOMO VIDENS
No sólo de pan vive el hombre.
La revolución de la telecomunicación está cambiando los hábitos de la sociedad, el modo de vivir de las personas y hasta la forma de pensar. Los expertos nos advierten que el hombre contemporáneo comienza a moverse en unas coordenadas distintas de las que imperaban hasta hace poco. Hay quien habla ya del nacimiento del «homo videns».
Hace unos años R. Gubern (El simio informatizado, Ed. Fundesco, Madrid 1987) hablaba de la televisión como de «una gran fábrica de consenso social» y de alienación masiva. Es ella la que dicta las ideas, los centros de interés social, los gustos y las expectativas de las gentes. Desde la pequeña pantalla se nos impone la imagen del mundo que hemos de tener, los temas de los que hemos de hablar. los acontecimientos por los que nos hemos de interesar.
Ahora G. Sartori (Homo videns. La sociedad teledirigida, Ed. Taurus, Madrid 1998) nos pone en guardia ante un cambio cultural que puede transformar radicalmente la personalidad del hombre moderno. Según el analista italiano, el «homo sapiens» se ha ido desarrollando hasta ahora en la esfera de lo «inteligible» y de la reflexión. Hoy, por el contrario, está emergiendo el «homo videns» configurado por la atracción de lo «sensible». La televisión produce imágenes y anula conceptos, desarrolla el puro acto de ver y atrofia la capacidad de reflexión. Se da primacía a la visión sobre el raciocinio, al espectáculo sobre la explicación, a lo raro e insólito sobre lo real. En la sociedad moderna se almacena información, se procesan datos, se transmiten imágenes, pero cada vez se reflexiona y se medita menos.
A pesar de estudios tan críticos y pesimistas, sería un error «demonizar» la cultura de la televisión, pero también dejarnos devorar por ella. El ser humano se disuelve cuando se deja arrastrar sólo hacia la visión de lo exterior. Para crecer como persona es necesaria la atención a lo interior, la reflexión, la capacidad de interpretar y vivir la propia vida desde dentro.
Es significativo el lenguaje bíblico: a Dios no se le ve, se le escucha. Para encontrarse con él, es necesario descender al fondo de uno mismo y escuchar el misterio que se encierra en nuestro propio corazón. En esa dirección apunta también la invitación evangélica: «No sólo de pan vive el hombre.» Para vivir no basta alimentarse desde fuera. Es necesario escuchar el misterio de la vida en nosotros. Es necesario escuchar la presencia de Dios en nuestro corazón.
NO ES FACIL
No sólo de pan vive el hombre.
Se le da mucha importancia a la estructura política de la sociedad, y la tiene. Se insiste una y otra vez en los «valores democráticos», y, ciertamente, han de constituir el marco indiscutible para b convivencia. Pero, como advertía el sabio J. Krishnamurti, se atiende mucho menos a la «estructura psicológica» de la sociedad, que es la que moldea realmente el comportamiento de las gentes.
Sin embargo, es en este nivel más profundo donde se están produciendo hoy los cambios de repercusiones más graves. Casi sin darnos cuenta, ha cambiado sustancialmente el modo de entender y de vivir la existencia, sin que se puedan prever todavía todas sus consecuencias.
Así, para muchas personas, la vida no es ya sino un breve trayecto que conduce a la nada. De poco sirve entonces proclamar los grandes valores. Lo que mueve realmente las vidas son los intereses de cada cual. Sólo interesa de verdad aquello que puede servir a la propia seguridad egotista.
Por otra parte, son bastantes los que están vaciando su vida de todo lo que podía tener un significado transcendente. Apenas se percibe en su existencia algo realmente santo y sagrado. Todo da igual. Ha llegado la hora de liberarse de extrañas invenciones religiosas y morales. Hay que vivir de lo inmediato. No hay más. No es extraño que la vida de muchos se haya hecho más inconsistente y vulnerable. Cuántos son hoy los que no encuentran seguridad fuera -en la política, la economía, la sociedad- pero tampoco la pueden hallar en su mundo interior.
La vida de no pocos está hoy muy vacía. Se trata de llenarla con noticias e información, con música o vídeos, con cosas y relaciones. Pero no es fácil. Muchos siguen buscando «algo diferente» en medio de sus luchas y trabajos.
No parece perder su vigencia la sentencia de Jesús: «No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. » El hombre actual se afana por alimentar su existencia de muchas cosas, pero lo hace con frecuencia suprimiendo de su vida la religión. No quiere sentirse «religado» a Dios, pero tampoco sabe cómo sustituir dignamente su ausencia.
No acertamos a alimentar nuestra vida interior. No somos capaces de vivir abiertos a Dios. No tenemos tiempo para sentimos amados con amor infinito. Estamos incomunicados con lo trascendente. Y, no obstante, pretendemos conocer una vida plena y gratificante. No es fácil.
¿VIDA HUMANA O SIMPLE BIENESTAR?
No sólo de pan vive el hombre.
El hombre actual ansía vivir cada vez más, cada vez mejor, cada vez más intensamente. Pero, ¿vivir qué?, ¿vivir para qué? Se dice que estamos mejor equipados que nunca para vivir una vida sana y de mejor calidad. Pero, ¿qué es un hombre sano? ¿Qué es una vida de calidad humana?
Hemos hecho la vida más larga, más cómoda y placentera, pero, ¿no la hemos hecho también más vacía, superficial y absurda? ¿Es éste el camino para satisfacer la necesidad profunda de vida que se encierra en el ser humano?
Hay además un hecho cultural sobre el que parece existir una conspiración de silencio y es que cada vez se medita menos sobre el sentido último de la vida. Desconectada de toda relación con el Creador, privada de destino trascendente, la vida del hombre contemporáneo se está convirtiendo en un episodio irrelevante que hay que llenar de bienestar y de experiencias placenteras.
Sin embargo, ¿es verdadero progreso entender y vivir la vida de manera tan rudimentaria y tan pobre de contenido, de horizonte y de sentido como lo hacen hoy no pocos hombres y mujeres?
Por otra parte, para muchos, «bueno» es lo que produce bienestar, y «malo» lo que causa malestar. Pero el concepto de bienestar es ambiguo y no coincide necesariamente con la verdadera realización del ser humano.
Un joven puede tomar alcohol o droga para sentir «bienestar», pero, evidentemente, su actuación no es sana. Una persona puede sentirse bien en medio de una sociedad injusta, ocupándose exclusivamente de su bienestar y olvidando el sufrimiento de los más débiles y marginados, pero difícilmente podrá decirse que es sana esa insensibilidad.
Por eso, no es superfluo preguntarse qué bienestar buscamos, qué contenido le damos a nuestro deseo de calidad de vida y en qué hacemos consistir el progreso del ser humano.
Estas son las cuestiones e interrogantes a los que los Obispos del País Vasco quieren dar una respuesta desde la fe cristiana en su importante Carta Pastoral de Cuaresma-Pascua, titulada de manera significativa «Al servicio de una vida más humana».
En realidad, su mensaje no es sino el eco actualizado de esas palabras de Jesús que también el hombre de hoy necesita escuchar: «No sólo de pan vive el hombre.»
La verdadera calidad de vida no debe ser confundida con el «índice de renta nacional», el desarrollo industrial o el crecimiento del consumo. No es bueno todo lo que aumenta el bienestar material, ni malo lo contrario. Es bueno aquello que le ayuda al hombre a crecer como persona en todas sus dimensiones.
Por su parte, los Obispos plantean una pregunta que no se ha de soslayar. Calidad de vida, ¿para quién? ¿Calidad de vida para todos, o sólo para mí y los míos? ¿Calidad de vida para los parados, o bienestar exclusivo para los instalados? ¿Calidad de vida sólo para los europeos o para todos los hombres?
CREER EN DIOS
Al Señor tu Dios adorarás.
Tal vez, a más de uno le sorprenda que los Obispos del País Vasco hayan dedicado su tradicional Carta Pastoral de cuaresma a hablar de Dios al hombre de hoy.
¿Qué necesidad tenemos ahora de plantearnos el problema de Dios? ¿No hay asuntos más importantes que abordar? ¿Para qué nos puede servir realmente creer en Dios?
Con frecuencia, los increyentes no pueden sospechar todo lo que significa creer en Dios. Y, por su parte, los creyentes no valoramos a veces toda la riqueza y las posibilidades que encierra la adhesi6n confiada a Dios.
Es bueno recordar todo lo que puede significar para un cristiano creer en Dios.
Creer en Dios supone descubrir el mundo como una realidad cargada de sentido. Saber que el mundo no es algo cerrado, que termina en sí mismo, sin profundidad ni misterio, sino un punto de partida que nos abre a una plenitud mayor.
Creer en Dios supone descubrir la vida como un regalo llamado a desplegarse de manera insospechada. Un proceso misterioso que nos puede conducir a esa libertad que todos anhelamos.
Creer en Dios supone descubrir en toda su hondura y radicalidad mi propia dignidad y responsabilidad, sintiéndome estimulado y sostenido por El para irme realizando en el amor.
Creer en Dios supone reconocer a los otros hombres y mujeres con la dignidad misma de hijos de Dios, amigos y hermanos intocables con los que estoy llamado a compartir y construir la historia.
Creer en Dios supone entender y orientar la vida de los hombres al servicio y la defensa de los más olvidados, los más solos y maltratados.
Creer en Dios supone optar por la creatividad. Sentirse comprometido en crear una sociedad siempre más fraterna, más reconciliada, más liberada.
Creer en Dios supone descubrir que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. La vida termina en Dios y es más grande que “esta vida”.
Creer en Dios supone vivir ya desde ahora anticipando de alguna manera la libertad, la fraternidad y la paz que esperamos al final para el hombre.
Creer en Dios supone encontrar en el corazón de la vida y de uno mismo la esperanza verdadera: “El que pone su esperanza en el cosmos, en el conjunto de lo de aquí, tendrá más tarde o más temprano que enterrar su esperanza” (T.S. Eliot).
CONVERTIRLO TODO EN PAN
No sólo de pan vive el hombre.
Es nuestra gran tentación. Reducir todo el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos y empeñarnos en convertirlo todo en pan con que alimentar nuestras apetencias.
Casi sin darnos cuenta, lo hemos convertido todo en pan. Nuestra mayor satisfacción y, a veces, casi la única es digerir y consumir comidas, artículos, objetos, espectáculos, libros, televisión. Hasta el amor ha quedado convertido, con frecuencia, en mera satisfacción y técnica sexual.
Corremos la tentación de buscar el placer fuera y más allá de los límites de la necesidad, incluso, con detrimento de la vida y la convivencia.
Porque falseamos la vida y la empobrecemos cuando lo reducimos todo a mera utilidad y provecho. Y, por otra parte, terminamos luchando por satisfacer nuestros deseos aun a costa de los demás, provocando así la competencia y la guerra entre nosotros.
La carta cuaresmal de nuestros Obispos nos pone en guardia ante las actitudes hedonistas de nuestra sociedad «que consisten en la búsqueda del placer por encima del deber, del servicio y del compromiso».
Nos engañamos si pensamos que es ése el camino de la liberación y de la vida. Al contrario, ¿no hemos experimentado nunca que la búsqueda exacerbada del placer lleva pronto al aburrimiento, el hastío y el vaciamiento de la vida?
¿No estamos viendo que una sociedad que atiza nuestras apetencias de consumo y satisfacción, no hace sino generar insolidaridad, irresponsabilidad y violencia creciente?
Esta civilización que nos «ha educado» para la búsqueda del placer fuera de toda razón y medida, está necesitando un cambio de dirección que nos pueda infundir nuevo aliento de vida.
Hay que «volver al desierto». Aprender de aquel Jesús que se negó a hacer milagros por pura utilidad, capricho o placer. Escuchar la verdad que se encierra en sus inolvidables palabras: «No sólo de pan vive el hombre sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios».
Al escucharlas, nos damos cuenta de que no estamos vivos, que nuestra vida no es vida. Que necesitamos liberarnos de nuestra avidez, egoísmo y superficialidad, para despertar en nosotros el amor y la generosidad. Necesitamos escuchar a Dios que nos invita a gozar creando solidaridad, amistad y verdadera fraternidad.
EQUIVOCARSE
Era tentado por el diablo.
Todo hombre que no quiera vivir alienado, debe saber mantenerse lúcido y vigilante ante las posibles equivocaciones que puede cometer en la vida.
Quizás una de las aportaciones más válidas de Jesús de Nazaret es la de poder ofrecer a quien le conoce y sigue, la posibilidad de ser cada día más humano.
En Jesús podemos escuchar el grito de alerta ante las graves equivocaciones que acechan siempre al hombre.
La primera equivocación es la de considerar la satisfacción de las necesidades materiales como el objetivo último y absoluto. Pensar que la felicidad última del hombre se encuentra en la posesión y el disfrute de los bienes.
Según Jesús, esa satisfacción de las necesidades materiales, con ser muy importante, no es suficiente. El hombre se va haciendo humano cuando aprende a escuchar la palabra del Padre que le llama a vivir como hermano.
Entonces descubre que ser hombre es compartir, y no poseer; dar, y no acaparar; crear vida, y no explotar al hermano.
La segunda equivocación es la de buscar el poder, el éxito y el triunfo personal, por encima de todo y a cualquier precio. Incluso siendo infiel a la propia misión y cayendo esclavo de las idolatrías más ridículas.
Según Jesús, el hombre acierta, no cuando busca su propio prestigio y poder, en la competencia y la rivalidad con los demás, sino cuando es capaz de vivir en el servicio generoso y desinteresado a los hermanos.
La tercera equivocación es la de tratar de resolver el problema último de la vida, sin riesgos, luchas ni esfuerzos, utilizando interesadamente a Dios de manera mágica y egoísta.
Según Jesús, entender así la religión es destruirla. La verdadera fe no conduce a la pasividad, la evasión de la realidad y el absentismo ante los problemas.
Al contrario, quien ha entendido un poco lo que es ser fiel a un Dios, Padre de todos, se arriesga cada día más en la lucha por lograr una sociedad de hombres más libres y más hermanos.
OCARM
Meditatio
a) Clave de lectura:
• Lucas con el esmero de un narrador cuenta en 4,1-44 algunos aspectos del ministerio de Jesús después de su bautismo, entre los cuáles se encuentran las tentaciones del demonio. En efecto, narra que Jesús “lleno de Espíritu Santo, se volvió del Jordán y era conducido por el Espíritu en el desierto durante cuarenta días” (4,1-2) Tal episodio de la vida de Jesús es preliminar en su ministerio, pero también, puede ser entendido como el momento de transición del ministerio de Juan Bautista al de Jesús. En Marcos este relato de las tentaciones es más genérico. En Mateo se cuenta de Jesús que “fue conducido por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). Estas últimas palabras atribuyen la experiencia de las tentaciones a un influjo que es al mismo tiempo celestial y diabólico. El relato de Lucas modifica el texto de Mateo de tal manera que muestra que “Jesús lleno de Espíritu Santo” se aleja de su iniciativa del Jordán y es conducido por el Espíritu al desierto por cuarenta días, donde Él “es tentado por el diablo” (4,2). El sentido que Lucas quiere dar a las tentaciones de Jesús es que ellas fueron una iniciativa del demonio y no una experiencia programada por el Espíritu Santo (S, Brown). Es como si Lucas quisiese tener bien claros y distintos el personaje del diablo, de la persona del Espíritu Santo.
• Otro elemento a tener en cuenta es el orden en el que Lucas dispone las tentaciones: desierto – panorámica de los reinos del mundo – pináculo de Jerusalén. Por el contrario, en Mateo el orden varía: desierto – pináculo – alto monte. Los exégetas discuten cuál sea el orden original, pero no llegan a encontrar una solución unánime. La diferencia podría ser explicada a partir de la tercera tentación (la culminante): para Mateo el “monte” es el vértice de las tentaciones, porque en su evangelio pone todo su interés sobre el tema del monte ( baste recordar el sermón de la montaña, la presentación de Jesús como “el nuevo Moisés”); para Lucas, sin embargo, la última tentación adviene sobre el pináculo del templo en Jerusalén, porque uno de los intereses mayores de su evangelio es la ciudad de Jerusalén (Jesús en el relato lucano está en camino hacia Jerusalén donde se cumple de modo definitivo la salvación) (Fitzmyer).
• El lector puede hacerse legítimamente una pregunta: Tanto en Lucas como en Mateo ¿hubo posibles testimonios en las tentaciones de Jesús? La respuesta es ciertamente negativa. Por la narración de Lucas aparece claramente que Jesús y el diablo están uno frente al otro, totalmente solos. Las respuestas de Jesús al diablo son sacadas de las S. Escrituras, son citas del Antiguo Testamento. Jesús afronta las tentaciones, y en particular al culto que el diablo pretende del mismo Jesús, recurriendo a la palabra de Dios como pan de vida, como protección de Dios. El recurso a la palabra de Dios contenida en el libro del Deuteronomio, tenido por los exégetas como una larga meditación sobre la ley, muestran el intento de Lucas de narrar este episodio de la vida de Jesús con el proyecto de Dios que quiere salvar al hombre.
• ¿Han sucedido históricamente estas tentaciones? ¿Por qué, algunos, creyentes y no creyentes, piensan que tales tentaciones son fantasías de Jesús, totalmente inventadas? Esta cuestión es tremendamente importante en un contexto como el nuestro que trata de vaciar de contenido histórico y de fe los relatos de los evangelios. Ciertamente no se puede dar una explicación literal e ingenua, ni pensar que pudieron suceder de modo externo. Nos parece la opinión de Dupont bastante plausible: “Jesús habla de una experiencia que Él ha vivido, pero traducida en un lenguaje figurado, apto para atraer la atención de sus oyentes” (Les tentationes,128). Mas que considerarlas como un hecho externo, las tentaciones son consideradas como una experiencia concreta en la vida de Jesús. Esta es, me parece, la razón principal que ha guiado a Lucas y a los otros evangelistas al transmitirnos estas escenas. Están faltas de fundamento las opiniones de quien retiene las tentaciones de Jesús, ficticias o inventadas, como tampoco se puede compartir la opinión del mismo Dupont, cuando dice que son “un diálogo puramente espiritual que Jesús tuvo con el diablo” (Dupont 125).
Dando una mirada al interior del Nuevo Testamento (Jn 6,26-34; 7,1-4; Heb 4,15; 5,2; 2,17ª) resulta claro que las tentaciones fueron una realidad evidente en la vida de Jesús. Interesante y aceptable es la explicación de R. E. Brown: “Mateos y Lucas no hubiesen hecho ninguna injusticia a la realidad histórica dramatizando tales tentaciones dentro de una escena, y enmascarando al verdadero tentador poniendo estas provocaciones sobre sus labios (The Gospel Accordino to John, 308). En síntesis, podemos decir que la historicidad de las tentaciones de Jesús o el enraizamiento de ellas en la experiencia de Jesús han sido descritas con un lenguaje “figurado” (Dupont) o “dramatizado” (R.E. Brown). Es necesario distinguir el contenido (las tentaciones en la experiencia de Jesús de su contenedor (el lenguaje figurado o dramatizado). Es cierto que estas dos interpretaciones son mucho más correctas que aquéllas que las interpretan en un sentido ingenuamente literal.
• Lucas, además, con estas escenas intenta recordarnos que las tentaciones han sido dirigidas a Jesús por un agente externo. No son el resultado de una crisis sicológica o porque se encuentra en un conflicto personal con alguien. Las tentaciones, más bien, nos llevan a las “tentaciones” que Jesús ha experimentado en su ministerio: hostilidad, oposición, rechazo. Tales “tentaciones” han sido reales y concretas en su vida. No ha recurrido para resolverlas a su poder divino. Estas pruebas han sido una forma de “seducción diabólica” (Fitzmyer), una provocación a usar su poder divino para cambiar piedras en pan o para manifestarse de modos excéntricos.
• Las tentaciones terminan con esta expresión: “después de haber acabado toda tentación” el diablo abandona a Jesús (4,13). Luego las tres escenas que contienen las tentaciones se han de considerar como expresión de todas las “tentaciones o pruebas” que Jesús ha debido afrontar. Pero el punto fundamental es que Jesús, en cuanto Hijo, ha afrontado y vencido la tentación. Todavía más: ha sido probado en su fidelidad al Padre y ha sido encontrado fiel.
• Una última consideración sobre la tercera tentación. En las dos primeras tentaciones el diablo ha provocado a Jesús a que use su filiación divina para negar la finitud humana: evitar el procurarse el pan como todos los hombres; le pide, pues, una omnipotencia ilusoria. En ambas pruebas Jesús no responde diciendo: ¡No quiero! Sino que apela a la Ley de Dios, su Padre: “Está escrito… se ha dicho…” Maravillosa lección. Pero el diablo no se arredra y le dirige una tercera provocación, la más fuerte de todas: el liberarse de la muerte. En el fondo el lanzarse desde el pináculo significa el arrojarse a una muerte segura. El diablo cita la Escritura, el Salmo 91, para invitar al uso mágico y espectacular de a protección divina, y al fin de cuentas, a la negación de la muerte. El pasaje del evangelio de Lucas me lanza una fuerte advertencia: el uso errado de la Palabra de Dios, puede ser ocasión de tentación. ¿En qué sentido? Mi forma de relacionarme con la Biblia se pone en crisis sobre todo cuando la utilizo sólo para dar enseñanzas morales a los otros que están en dificultad o en crisis. Aludimos a ciertos discursos pseudo-espirituales que se dirigen a quienes están en dificultad: ¿Estás angustiado? No te queda más que orar y todo se arreglará. Esto significa ignorar la consistencia de la angustia que toma una persona y que depende muchas veces de un hecho bioquímico o de una dificultad a nivel psicológico social, o de estar delante de Dios de un modo errado. Sería más coherente decir: Ruega al Señor que te guíe al recurrir a las mediaciones humanas del médico o de un amigo sabio para que te ayuden a soportar o curar la angustia. No se pueden proponer frases bíblicas a los otros de modo mágico, pasándose por alto las mediaciones humanas. “La tentación frecuente es la de hacer una Biblia de la propia moral, en vez de escuchar las enseñanzas morales de la Biblia” (X. Thévenot).
En este tiempo de cuaresma estoy invitado a acercarme a la palabra de Dios con las siguientes formas: asiduidad incansable y orante de la Palabra de Dios, leerla conforme a la gran tradición de la Iglesia, y en diálogo con los problemas de la humanidad de hoy.
FELIPE BORAU
«Mi padre fue un arameo errante». La larga marcha hacia la tierra prometida. Envueltos en una nube, en las sombras, en la promesa, a través de caminos de arena y agua, hasta llegar al fondo de la Luz. En esta cuarentena hacia la Pascua, un desierto, como un paréntesis de desnudez y aridez. Hoy todos estamos caminando en el desierto de una sociedad convulsionada, transformada en un campo de batalla entre la verdad y la mentira, entre el amor y el egoísmo. Un sinfín de ídolos quieren repartirse el espacio humano. Continúa hoy en nuestro tiempo la larga marcha hacia la libertad. Todos los tiempos tienen sus peculiares experiencias de desierto.
El miércoles de ceniza es el pistoletazo de salida del comienzo de los cuarenta días penitenciales. El camino de preparación para la Pascua, la gran fiesta de todos los cristianos. La cuaresma evoca en nosotros un tiempo de penitencia, de desierto, de tentaciones, de encuentro con Dios. De conversión. De afirmación de nuestras convicciones, o mejor, del valor que tienen nuestras convicciones ante una coyuntura de prueba y tentación. Al final del camino, la Pascua, una fiesta de resurrección y de vida. Prepararse, caminar por el desierto de nuestra soledad, coger distancia para vivir en una fiesta de la Vida. En una fiesta de libertad, la libertad gozosa de los Hijos de Dios. La fiesta de nuestra liberación y nuestra esperanza.
El sueño dorado de ir al encuentro con Dios no puede ocultar nuestras evasiones o deserciones. Durante la cuaresma pueden surgir en nosotros unos deseos enormes de retirarnos, de encontrar el desierto para la realización de no sé qué sueños. Es sencillamente la cobarde tentación de huir la realidad cotidiana y de hacer dejación de nuestras responsabilidades, porque no queremos llegar a Dios a través esfuerzo del personal que supone la transformación de nuestras realidades cotidianas. La Cuaresma, un tiempo también para reavivar nuestro compromiso.
La Cuaresma es un tiempo interior de búsqueda sincera y valiente en nuestro caminar de hombres cristianos. Ir al encuentro de nuestra geografía interior, de nuestros peculiares desiertos y desde allí reafirmarnos en nuestra fe en el Resucitado. Hoy, en 1995, debemos volver a preguntarnos, ¿Quién soy? ¿Qué busco? ¿Cuál es el objeto de mi vida? ¿Qué significa vivir como cristiano? ¿Cuál es el valor del dinero y del poder?
Caminar por el desierto es la pedagogía de Dios que lleva los hombres a buscar dentro de sí mismos su propio camino. Caminos de liberación y de salvación para renovar cada día nuestra ilusión de vivir. El desierto no es algo pretérito. No es arena pasada. Todos los cristianos somos llamados permanentemente al desierto, a la purificación, a la presencia íntima del espíritu.
Entrar en el desierto sin más impedimenta que nuestra total desnudez y pobreza interior. Entrar en el desierto desnudos, sin peso, para descubrir nuestra aridez interior, para tener el coraje de mirarnos tal cual somos. La conquista de nuestra libertad interior como forma de conseguir otros valores fundamentales en nuestro vivir diario. La cuaresma es un tiempo para llenarnos de esperanza y de razones de vivir.
El tiempo del desierto es como un banco de pruebas. Necesitamos los cristianos unos tiempos de crisis para ir al encuentro de los auténticos valores evangélicos. Solamente a través de las pruebas responderemos del valor de nuestras convicciones. Hoy tendría que ser para nosotros una buena noticia el saber que Jesús fue tentado. Una respuesta esperanzadora. El creyente tentado no es un creyente más débil, sino quien más posibilidades tiene de mostrar su fortaleza. Nuestras tentaciones diarias no son un obstáculo para encontrarnos con Dios, sino la ocasión para responder de nuestra fidelidad a Dios y a su mensaje.
En el vacío del desierto nos encontraremos con la plenitud de la Palabra. El desierto nos deparará la gran ocasión de interiorizar la palabra, de hacerla nuestra y transformarla en nuestra suprema norma de conducta. La Palabra de Dios marca el verdadero itinerario del desierto, el camino de auténtica liberación interior.
Cuaresma hoy en nuestro tiempo de vivir. Un tiempo que desde Jesús nos ofrece la posibilidad de ser cada día más humanos, porque cada día se hace más profunda e interior nuestra vocación a vivir como hermanos. He pasado de los ritos, de las cosas, del poder y de los triunfos a la serena riqueza de que ser cristiano es compartir, y no poseer; dar y no aceptar; crear vida y posibilitar todos los caminos de transformación humana.
Siempre de camino, con un denodado y renovado esfuerzo. En esta Cuaresma de 1995 deberíamos descubrir que para ser fieles a Dios debemos arriesgarnos cada día más en la lucha por conseguir una sociedad de hombres más libres y más humanos. En definitiva, un compromiso.
PERE LLABRES
LAS TENTACIONES DE HOY Y LA CONVERSIÓN
Cada año, este primer domingo nos propone el modelo de nuestra Cuaresma: Jesús, conducido por el Espíritu a través del desierto, ayunando, tentado por el diablo. Las tentaciones de Jesús, actualizadas, nos indican de qué tenemos que convertirnos hoy: el materialismo consumista, el afán del poder y de la competitividad, hacerse un dios a la medida de los caprichos, un dios de bolsillo. Son los ídolos de hoy, contra los que debemos luchar, que tenemos que vencer por la fuerza del Espíritu que actuó en Jesús y que actúa en nosotros si, como hijos de Dios, nos dejamos conducir por él.
Habría que despertar la atención de la gente sobre hechos concretos que -hoy, en la sociedad en que vivimos- nos tientan, nos desvían del plan salvador de Dios: nos arrastran hacia el pecado. Si estamos en esta situación de pecado, tenemos que convertirnos para salir victoriosos, como Cristo en el evangelio de hoy.
La tentación primera sería, actualmente, creer que poseyendo cada vez más, vamos a ser cada vez más felices. Los ídolos de ahora (segunda tentación) son llegar cada vez más alto, tal vez pasando por encima de los demás, compitiendo con los que nos rodean; vender el alma al diablo (un tema tan frecuente en las frases populares y literaturas), es decir, esclavizar al mal nuestra personalidad para obtener una felicidad fuera del plan de Dios.
La tentación tercera es más propia de gente practicante: con nuestras "prácticas religiosas" tenemos satisfecho a Dios, y también nosotros mismos: nos servimos de Dios, no somos servidores de Dios. ¿Cuántas veces hacemos que Dios juegue a favor nuestro, de nuestros intereses? ¿No convertimos a veces la fe, la práctica religiosa, en una especie de garantía del éxito humano? Pensemos en tantas expresiones religiosas "cuasi comerciales": si tú me das, yo te daré...
La Cuaresma es una "milicia cristiana", un tiempo de lucha, un tiempo de conversión: ahora es el momento de deshacernos del materialismo sofocante que nos rodea, de un materialismo consumista y capitalista, de la idea de que las cosas que pasan nos pueden dar la felicidad, la salvación (que no se encuentra más que en la fe, tal como dice san Pablo en la lectura segunda); luchemos contra el afán del poder, del dominio, aprendamos a compartir cristianamente, dejemos de competir paganamente.
Reconozcamos que el Dios único y verdadero es aquel que salva gratuitamente, porque quiere: nuestra bondad no proviene de ningún mérito nuestro: nadie ni nada puede forzar a Dios.
Si nos convertimos de corazón, es Dios quien por pura gracia nos va a reconciliar (el elemento culminante y principal del sacramento de la Penitencia es la absolución), quien nos dará su Espíritu, que es la remisión de todos los pecados: aquel Espíritu que a Jesús y a nosotros nos hace salir victoriosos del materialismo; del afán de poder y de la idolatría, de cualquier falsificación o desviación de la práctica religiosa.
Antonio Izquierdo
En Jesucristo hemos vencido ya la tentación
Un gran pensador francés y un gran católico dice que cada vez que se relee el Evangelio aparece un nuevo aspecto de sus exigencias y de su libertad, terribles y dulces como el mismo Dios. Dichoso el que se extravíe para siempre en este bosque de luz, el que quede preso en los lazos de lo absoluto que resplandece en lo humano. Cuanto más basta es nuestra experiencia tanto más nos sentimos lejos de practicar las costumbres evangélicas, pero al mismo tiempo más se graban en nosotros la idea y el deseo de su misteriosa verdad.
Si ha de nacer una nueva cristiandad, una nueva civilización del amor, será una edad en que los hombres leerán y meditarán el Evangelio más de cuanto lo han hecho nunca. Estos días son precisamente días para ejercitarnos permanentemente en meditar, contemplar a Cristo en el Evangelio.
Jesucristo ha lanzado una pregunta al mundo: ¿Quién puede acusarme a mí de pecado? Es una pregunta que queda pendiente, que cada uno ha de responder. ¿Quién puede al inocente y al santo, al Hijo de Dios acusarle de pecado? No es posible, el es la santidad misma. Sin embargo, Jesucristo fue tentado. Tentado como cualquier ser humano. El Evangelio no nos dice: "Jesucristo fue igual a todos menos en el pecado y en la tentación". Lo único que se nos dice es que es en todo igual a nosotros menos en el pecado. Luego también es igual a nosotros en la tentación.
Según los Evangelios, Jesucristo, antes de comenzar su vida pública, fue tentado por el demonio. Esta contemplación de las tentaciones de Jesús tiene por finalidad el sentirnos confortados espiritualmente por Cristo tentado igual que nosotros. Como que un Cristo tentado se nos hace más cercano, más próximo; sabe lo que también nosotros sentimos en el momento de la tentación.
Nos sentiremos también fortalecidos viendo cuál fue su reacción, su postura frente a la tentación.
Ciertamente la tentación es una experiencia universal. ¿Qué ser humano puede decir que no ha sido tentado? Pueden ser tentaciones muy diversas, pero la experiencia es universal. Podemos sentir, por ejemplo, la tentación de no aceptarnos a nosotros mismos, de rebelarnos contra lo que somos o contra lo que experimentamos en determinada fase de nuestra vida. Otra tentación es la vergüenza, que anonada y aplasta, que encierra en uno mismo, que va socavando espiritualmente el alma, que entristece y crea un estado de ansiedad...Tentación de desaliento, de aburrimiento,; tentación de pereza, de lujuria; tentación de envidia y de rencor; tentación de insolidaridad y orgullo; tentaciones contra la fe, la esperanza y la caridad...Todas estas tentaciones y otras muchas más las podemos sentir, o las hemos sentido.
Composición de lugar
En este contexto, vamos a contemplar las tentaciones de Jesús. San Lucas (4,1-13) nos dice que el Espíritu Santo llevó a Jesús al desierto para ser tentado. El lugar tradicional de las tentaciones se encuentra entre la ciudad de Jericó y el inicio de las montañas de Judea. Jesucristo fue al monte a orar. Pero el demonio que es siempre muy hábil, aprovechó la ocasión de soledad, de hambre, de debilitamiento para tentar a Jesús.
Traten ustedes de recrear la escena: Jesucristo..., el monte...,la postura de Jesús: De rodillas o de pie, con los ojos hacia el cielo, hablando con Dios. O pueden elegir el momento de Jesús tentado por el diablo, sometido a la prueba de la ambición de poder, de la vanagloria, de la idolatría.
Contemplación de sentidos
¿Qué es lo que vemos con los ojos? Vemos en primer lugar a Jesucristo sereno y fortalecido espiritualmente por la oración. Las tentaciones de Jesús no son tentaciones raras, dicen referencia a experiencias humanas. Tener hambre, es una experiencia muy humana; sentir deseo de ser honrados, apreciados, es también un sentimiento muy humano; el querer influir, el tener poder sobre los demás, es algo que va muy con la psicología humana.
El diablo es muy sutil, conoce muy bien a los hombres y los tienta con una grande habilidad. Trató de entrar con grande habilidad en el alma humana de Jesucristo para tentarlo.
A) Entra con una condicional: "Si eres Hijo de Dios"...Uno no sabe si está dudando o no; si quiere provocar a Jesús, crearle perplejidad. No se atreve a negarlo, pero tampoco a decir abiertamente: "Tú que eres el Hijo de Dios...". El diablo se esperaba de Jesús una reacción tajante. Algo así como: "¡Para que veas que soy el Hijo de Dios!...". La respuesta de Jesucristo es fruto de su oración: "No sólo de pan vive el hombre...". Es una frase del Antiguo Testamento. Jesucristo se ha metido en el mundo de Dios y le resulta de lo más natural vencer la tentación con la oración, con la Palabra de Dios.
B) Otro recurso es la mentira y el engaño: "Te doy todos los reinos de este mundo, si postrándote me adoras". Es la misma tentación que usó con Adán y con Eva. Adán y Eva cayeron, Cristo el nuevo Adán venció. Es la misma mentira, la misma habilidad, la misma técnica. ¡Cuántas veces nos engaña satanás! Jesús que había estado grande tiempo en adoración sabe vencer también esa tentación. "Adorarás al Señor tu Dios y a él sólo servirás".
Contemplación teologal
Entrando en el espacio de las virtudes teologales, ¿qué misterio podemos vislumbrar en las tentaciones de Jesús?
En primer lugar, que el Hijo de Dios sea tentado. Jesús es hombre, y como hombre se comporta a la altura de la humanidad entera. Pero no sólo es hombre, el tentado es Dios, es el Hijo de Dios. ¡Qué atrevimiento de satanás: Tentar al Santo, al Señor, al omnipotente, personificado en Jesús! ¿Cómo no se va a atrever a tentarnos a nosotros, si se atrevió a tentar al mismo Hijo de Dios? El salto de la fe nos hace ver que la tentación no es pecado, es don, es ocasión para madurar en el amor, para fortalecer el espíritu. Por lo tanto, no hay que tener miedo a la tentación. Si el diablo se atreve a tentarnos, nosotros hemos de tener más osadía en nuestra fe, en nuestro amor frente a la tentación.
También, en el plano del misterio, Cristo vence la tentación. San Agustín dice: "Cristo ha vencido la tentación en ti y por ti". Jesucristo tentado no sólo es el hombre Jesús, sino el prototipo de la humanidad. Así como en la cruz él es el hombre que abraza a toda la humanidad y la salva, así en la tentación vence todas las tentaciones de la humanidad entera.
Finalmente, una contemplación del amor del Padre. Dios no ama menos a Jesús en el momento de la tentación; tampoco le abandona o se olvida de él. Dios le ama en la tentación. El Espíritu Santo le acompaña en la tentación. El amor teologal, que es una participación en el amor de Dios, nos debe llevar también a participar del amor del Padre y del amor del Espíritu a Cristo tentado. Amemos y dejémonos amar también por Cristo tentado, sometido a la prueba. En su tentación, nos ama y nos ama intensamente.
COMENTARIOS A LA BIBLIA LITURGICA NT
Los tres primeros capítulos de san Lucas constituyen como una especie de introducción general que presenta los actores del evangelio, especialmente Jesús. Sin embargo, entre Dios y el hombre queda todavía un personaje que juega un papel preponderante. Su nombre propio es "tentador" o diablo. De su intención y sus funciones habla este pasaje.
Las tentaciones de Jesús no constituyen un hecho que se ha dado simplemente en el comienzo de su vida, aunque a primera vista nos pudiera parecer que el texto así lo indica (cfr 4, 1-2. 13). Situadas todavía en el prólogo, que terminará precisamente en 4, 13, las tentaciones reflejan una nota que resuena en todo el evangelio: viniendo de Dios, y siendo un hombre de la tierra, Jesús ha tenido que enfrentarse con la fuerza amenazante del mal al que derrota.
Debemos recordar que el tentador de este relato no es un simple demonio de los muchos que de acuerdo a la manera de pensar de aquellos tiempos invadían la existencia de los hombres. Aquí se alude al diablo (o a Satán), el jefe de todos los espíritus perversos que se ha revelado contra Dios, ha roto su armonía sobre el mundo, ha pervertido nuestra tierra.
Según la concepción apocalíptica judía, en el momento actual Dios se halla oculto sobre el plano de su vida trascendente. Mientras tanto, nuestro mundo se encuentra sometido al poder de lo diabólico (4, 6). Ciertamente, Dios vendrá a mostrarse en el final y romperá la fuerza de Satán. Pero, en el momento actual, todo sucede como si Dios no existiese, como si el Diablo fuera el rey de nuestra tierra. Pues bien, en esa tierra dominada por Satán viene a mostrarse la figura y la actuación del Cristo, al que se llama "Hijo de Dios" (cfr Lc 2,22). La lucha entre Jesús y el Diablo resulta inevitable. Del sentido de esta lucha trata nuestro texto.
Las tentaciones de Satán se identifican con el riesgo de esclavitud que presuponen los poderes de este mundo. Está en principio el riesgo del "pan" por medio del cual se quiere convertir a Dios en una simple garantía de prosperidad material y seguridad económica (4, 3-4). Está después el peligro de la "política" que se concreta en el deseo de mandar y de ordenar las estructuras de este mundo, utilizando para ello los poderes de Satán, que es el principio de todo poder esclavizante (4, 5-8). Está finalmente el riesgo de la confianza radical en el milagro, el sometimiento a una verdad espectacular y externa que nos libera del humilde esfuerzo de la fe de cada día (4, 9-13).
Sólo comprenderá el valor de las tentaciones de Jesús aquél que se detenga a meditar en las razones que le ofrece el diablo. En un mundo en que millones mueren de hambre, ¿no tendrá razón Satán cuando suplica simplemente que Jesús y que la iglesia ofrezcan pan a los que esperan? En un mundo en el que oprimen toda clase de tiranos, ¿no es lógico que Cristo y que la iglesia se convirtieran en centro de poder y garantía de un imperio de paz y de confianza? Sobre una tierra en que millones de personas se sienten incapaces de llegar a la verdad, ¿no sería lógico que Cristo y que la iglesia se sirvan de milagros para hacer que todos crean? Pienso que muchos de nuestros cristianos responderían y responden hoy de una manera diferente a la de Cristo ante la urgencia de las mismas tentaciones. Pienso que muchos de nosotros hemos dado la razón al diablo.
Ante la vieja y nueva tentación conservan su valor las respuestas de Jesús. a)El verdadero pan del hombre es más que la comida. El ser humano es más que simple economía; por eso es necesario alimentar el corazón con la palabra del evangelio, de manera que los hombres se repartan mutuamente lo que tienen. b) El poder del evangelio no es simple dominio político del mundo. Toda opresión interhumana, por más orden que produzca, es don del diablo. Lo que Jesús ofrece a los suyos es la obediencia a Dios y la exigencia del servicio mutuo. c) Dios habita en el campo de la fe y no a la altura de un prodigio externo; sólo quien tenga confianza en la vida y encuentre en el fondo el amor que Jesús nos ofrece, sólo quien se arriesgue a creer y suscitar la fe en los demás, podrá entender lo que Cristo significa.
JESÚS M. ALEMANY
-Prueba y discernimiento
El evangelista Lucas altera el orden de las tentaciones de Jesús para hacerlas terminar en Jerusalén, lugar de especial importancia teológica en su Evangelio. Pero los tres sinópticos concuerdan en presentarnos las tentaciones de Jesús como marco para su ministerio y en vincularlas al Bautismo. Es el mismo Espíritu que desciende sobre Jesús en el bautismo el que empuja al desierto "cuando volvió del Jordán".
Bautismo y tentaciones forman así no un episodio aislado en la vida de Jesús, sino la clave teológica de la comprensión de su vida. En el Bautismo, queda clara la experiencia de la filiación: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto". En las tentaciones se prueba esa misma filiación, qué estilo va a tener, qué estrategia va a adoptar.
Hay tentaciones que nos apartan del bien y nos ofrecen el mal como objetivo, aunque sea bajo la capa del bien. Hay que elegir entre el bien y el mal. Entre el Evangelio y el egoísmo, entre Dios y la idolatría. Nadie hay que pueda poner la mano en el fuego y afirmar que él ya no tiene esta tentación que San Pablo llama de la "carne" en sentido teológico. Pero la prueba ante la que se encuentra Jesús es otra mucho más sutil. Es la de los hombres religiosos, los que ya han optado por Dios. Es la tentación de quien ya ha aceptado una misión. Fue la tentación de Israel precisamente en cuanto pueblo de Dios. Es la tentación de Jesús precisamente en cuanto Hijo de Dios. Será la tentación de la Iglesia precisamente en cuanto comunidad del Reino. No es una tentación al pecado. Al revés, se trata de llevar a cabo una misión recibida de Dios. La prueba versa sobre las estrategias para cumplir la misión. Porque hay dos estrategias de salvación. El espíritu evangélico y su antagónico no sólo tienen fines distintos, sino estrategias distintas.
El engaño consiste en creer que, porque fundamentalmente existe conversión a Dios, dedicación al Reino, buena voluntad, nos podemos permitir descuidar los medios, estilos y estrategias.
Porque éstos marcan radicalmente la misión que se intenta cumplir. Aquí se nos avisa con claridad. La prueba no existe sólo con respecto a los medios. Por eso hay que discernirlos. Jesús experimenta la posibilidad de ser Hijo de Dios según la imagen del tentador, que se aparta de la opción clave de la encarnación.
Y nosotros, los cristianos, los seguidores de Jesús, los hijos de Dios, haríamos muy bien en dar suma importancia al conocimiento de este "mundo" y ejercitarnos en discernir los medios que nos ofrece como salvadores y no lo son. Para nosotros pidió Jesús: "No te pido que los saques del mundo, sino que los guardes del mal". También quienes generosamente aceptan la misión del Reino se encuentran ante una encrucijada de la libertad y deben optar por el estilo de su misión.
-Dios en provecho propio
La primera tentación consiste en utilizar la filiación, esa preciosa relación privilegiada con Dios como Padre, en provecho propio, para eludir las propias responsabilidades, para escapar a la dureza de la condición humana. "Si eres Hijo de Dios, dice el tentador, aprovecha esa circunstancia y calma tu hambre". Jesús así saciaría, sí, una necesidad, pero al precio de vivir su filiación como contraria a la ley de la encarnación. Dios no quiere que sucumbamos a nuestras necesidades, sino que paguemos el precio del trabajo, del esfuerzo, de la búsqueda. La condición divina de Jesús no aligera su condición humana.
¿Cuántas veces pensamos nosotros, cristianos, que como somos apóstoles, como oramos, como nuestra tarea es el Reino, podemos saber de todo, arreglarlo todo, responder a todo, sin el duro esfuerzo de la formación, de la responsabilidad y el trabajo? Nos preocupa la paz, como valor del reino. Pero ¿aceptamos el duro esfuerzo de formarnos en los graves problemas que la paz, los bloques, la carrera de armamentos, hoy tienen planteados? Nos encomendamos a Dios, sí, pero ante temas tan cruciales como la pertenencia de España a la OTAN, ¿nos responsabilizamos de formarnos una opinión y hacerla válida por los medios cívicos existentes? La caridad es un valor del Reino, pero ante el paro desolador, el hambre en el tercer mundo, ¿nos tomamos en serio el trabajo que supone afrontar los problemas conociendo sus causas y sus soluciones? Y así podríamos hablar de mil otros asuntos en los que el necesario esfuerzo nunca se debe ver aliviado por nuestra condición cristiana, sino al revés, estimulado.
-Postrados ante el poder
La segunda tentación, según el orden que establece Lucas, es la utilización del poder ante la oposición al mensaje. "Te daré todo este poder". ¿No sería bueno tener el mayor poder posible para emplearlo en la difusión del Evangelio? El tentador muestra cómo funciona el mundo, los mecanismos por los que se logra el éxito en la sociedad, y ofrece utilizarlos para la misión de Jesús -o de los cristianos- Casi al final, subrepticiamente, hay una coletilla: "si me adorares". Pero casi no se cae en la cuenta de ella. Lo importante es que a través de los engranajes del poder el Evangelio llegará al mundo. No hay más que someterse a los mecanismos del mundo. El que no tiene poder, fracasa.
Jesús sabe que es necesario para tener poder, previamente, haber pactado y postrarse ante los poderes de este mundo. Y que el Reino de Dios nunca crecerá con la estrategia del poder. ¿No es esto también hoy sumamente actual cuando se presenta la tentación de cumplir la misión de la Iglesia desde los pobres o desde los poderosos de este mundo?
-Prestigio en lugar de cruz
La última tentación tiene lugar en Jerusalén. Es el centro de la religiosidad judía. Va a tener lugar en relación con el templo. Hacia allí se encamina Jesús según el Evangelio de Lucas. En Jerusalén su misión culminará en la cruz, y con Jesús el propio mensaje quedará crucificado. El tentador ofrece escapar a la muerte por ser el Hijo de Dios, y cambiar ese destino como camino hacia el reino por el prestigio.
Si Jesús no muere al tirarse desde el templo, a ojos de todos estará clara la verdad de su misión. Esta tentación es más sutil porque parece más desinteresada. Es utilizar la relación con Dios no ya en provecho propio, sino como ventaja en orden a la misión. ¿Cómo se conseguirá éxito mayor, a través de la muerte o escapando a ella milagrosamente? Una y otra vez el tentador ofrece también a los seguidores de Jesús escapar a la cruz como instrumento de salvación. El dinero, el prestigio, los honores, serán más provechosos a la causa de Jesús que el fracaso, el sufrimiento y la cruz. ¡Qué sutil tentación para un cristiano del siglo XX, con todos sus adelantos y posibilidades, declarar caducada la cruz! Si lo aceptamos, testimoniaríamos la buena nueva de nuestro prestigio y fuerza, pero no la Buena Nueva de Jesús, crucificado y, por ello, salvador. Cambiar a Jesús crucificado por nuestro prestigio sería el gran fraude para los hombres también del siglo XX.
LOUIS MONLOUBOU
TENTACION.
El Diablo tienta a Jesús a través del espectáculo de las cosas; el Espíritu, que "llena" a Jesús, le impulsa desde el interior, actuando en lo más íntimo de su ser. He ahí, pues, cómo estas dos potencias se enfrentan y cómo es Jesús la apuesta de su conflicto, Jesús a quien cada una de las dos quiere apropiarse. El Diablo que no tiene otro deseo que el de ver a Jesús "adorándole"; Dios que, en el bautismo, acaba de proclamar a Jesús Hijo suyo y que le impulsa a conducirse efectivamente como Hijo de Dios. Dejados atrás los generosos grupos de las riberas del Jordán, Jesús llega al desierto. Allí está él solo, completamente solo.
En este desierto, lugar de soledad, realiza Jesús la experiencia del vacío. Vacío físico, en primer lugar: tiene hambre... Vacío más profundo también: Jesús se encuentra sorprendentemente vacío.
Los verbos que le tienen por sujeto están casi todos en pasiva, como si fuese juguete de fuerzas que le arrastraran sin que él pudiera reaccionar, sin que le sea posible plantear una opción.
Jesús está "lleno" y es "llevado" por el Espíritu, antes de que el propio Diablo sea el sujeto de verbos de los que Jesús no es más que el complemento, un objeto movido de acá para allá, como a pesar suyo. Una persona, en todo caso, buena sólo para recibir órdenes tajantes: "Di que estas piedras... Tírate de aquí abajo... Adórame".
Pero este hombre solo, "vaciado", pasivo, debe mostrarse supremamente activo; ha de llevar a cabo una opción decisiva, en la que está en juego el título mismo que ha recibido en el bautismo. Proclamado Hijo de Dios, Jesús es intimado a decir cómo entiende él que ha de vivir ese título, cómo cree que ha de hacer ver que es Hijo de Dios. De un lado, el Diablo, con un proceder tragicómico, le incita a vivir su título de una determinada manera, en tanto que, en el silencio interior, el Espíritu le orienta a otra forma de expresar sus prerrogativas filiales.
Al trabar combate, el Diablo empieza arguyendo a base de cómo se encuentra Jesús al cabo de ese ayuno de cuarenta días.
Jesús está "vacío". Ser Hijo de Dios, ¿no es, por el contrario, vivir "colmado", "lleno"? Que diga , pues, la palabra que le llenará.
¡Pelea inútil! No es lo que el hombre "dice" lo que puede llenarle, alimentarle, sino la palabra que Dios le dirige. De esta forma, Jesús ha elegido su campo. A las proposiciones del Diablo :"Si eres Hijo", Jesús prefiere la Sagrada Escritura: "Está escrito". Ser Hijo de Dios no es, para él, decir una palabra autoritaria, sino escuchar la palabra que Dios ha dicho.
Su alimento en vez de irlo a buscar en el pan, lo encuentra el Hijo de Dios en la palabra divina.
Para el adversario de Dios, el Diablo, ser hijo de Dios es ser rey, poseer todo poder sobre los reinos terrestres; es ser revestido, rodeado, nimbado de la gloria que emana de esos poderes. No dice menos el Antiguo Testamento, especialmente el salmo 2, texto el más apropiado para definir la naturaleza y la misión del Hijo de Dios. Puesto que Jesús se atiene a remitirse a las Escrituras, que recurra a este salmo.
El Diablo, por su parte, se ha inspirado bien en este texto sálmico, al que sin embargo, ha hecho un discreto retoque. Aunque el Hijo de Dios pueda esperar tener la autoridad sobre todos los reinos, es de Dios sólo, según el salmo, de quien ha de esperarlo -"El me ha dicho: Tú eres mi hijo... Pídeme y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra" (Sal/002/07s)- y de ninguna otra potencia, idolátricamente divinizada, ante la que el candidato al título mundial se prosternará, como pide el Diablo.
A la Escritura "torcida" por su interlocutor, Jesús responde citándola juiciosamente interpretada. Ser Hijo de Dios es, ante todo, rehusar cualquier idolatría, cualquier práctica que no reservara a Dios el lugar absolutamente prioritario que le corresponde. El drama va a terminar en el alero del Templo, en pleno corazón de Jerusalén. El evangelio de Mateo tiene un orden diferente, haciendo pasar a segundo lugar la tentación del pináculo. Leyendo con atención, se ve que es Lucas quien ha cambiado el orden. ¿Por qué este cambio? ¿Cuál es su significado?.
El significado es grande. No existe otro lugar mejor, en donde Jesús pueda manifestar que es Hijo de Dios, que Jerusalén. Ya se ha visto claro al principio del evangelio, al final de los dos capítulos que narran la infancia de Jesús. Jesús ha sido presentado como Salvador, Cristo y Señor ante los maravillados pastores en Belén, pero es en Jerusalén y en el Templo, ante los doctores y ante María y José, no menos sorprendidos, donde Jesús dirá que él es Hijo del Padre: "¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?". Otro motivo: no existe otro lugar para Jesús, profeta acorralado, para morir sino Jerusalén. Así lo declara a sus amigos: "No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén" (13,33).
Tanto más, tercer motivo, cuanto que Jesús preve que su muerte no será una desaparición corriente; cuenta con que sea algo parecido a una "asunción" (9,51), una especie de entronización real que no podría, por lo tanto, llevarse a cabo sino en Jerusalén. ¿No dice el salmo 2: "Yahvé ha consagrado a su rey en Sión, el monte santo"?.
La última tentación, última y decisiva prueba, no podía ocurrir más que en Jerusalén, y no podía menos de anticipar la prueba de la Pasión. Cuando lleguen los últimos días, Jesús no tendrá más que una opción que hacer: esperar únicamente de Dios la gloria regia adjudicada al título de Hijo de Dios, creer que Dios es capaz de dar esa gloria, incluso más allá de la muerte, o bien forzar, de algún modo, la mano de Dios, intentar tomar en las manos su propio destino, rehusando abandonárselo a Dios.
Sabemos que Jesús confiará hasta el fin y que en el último instante no dudará de su Padre: "Padre, en tus manos pongo mi espíritu" (23,46). Esta última elección que llevará a cabo en Jerusalén, la anticipa Jesús en el alero del Templo. Mientras que el Diablo le incita, apoyándose en las Escrituras, a forzar la mano de Dios reclamando una intervención espectacular que constituyera la prueba de la filiación divina, Jesús se niega a ello. Se niega a "tentar a Dios"; quiere ser nada más aquel que sabe esperarlo todo filialmente de Dios. Así y sólo así ha demostrado ser verdaderamente "el Hijo de Dios".
Podría verse en el relato de la Tentación la representación dramática de todas las opciones que Jesús tuvo que realizar: al comienzo de su ministerio, orientándolo de una determinada manera; más tarde, cada vez que la multitud se adhiere a él y quiere imponerle su propia representación de la función mesiánica (ver Lc 4,40-43: Jesús ataja un entusiasmo acaparador para "irse a un lugar solitario" y partir luego en dirección a "otras ciudades" a las que se sabe igualmente "enviado"; ver también Mc 6,45s: después del milagro de los panes, Jesús "obligó a sus discípulos a subirse a la barca y a ir por delante... mientras él despedía a la gente", tras lo cual, "se fue al monte a orar"); cada vez que los Apóstoles quieren imponerle sus propias doctrinas mesiánicas (es bien conocido uno de esos momento, en el que Jesús llama a Pedro "Satán-Tentador", por querer desviarle de una determinada orientación, Mc 8,33); en el momento de "subir a Jerusalén", al asumir, con entera libertad, el destino que le aguarda; en el momento de acercarse la última hora, durante la agonía.
ALESSANDRO PRONZATO
Las tentaciones en el desierto constituyen el prólogo de la misión pública de Jesús. La prueba, pues, tanto para Jesús, como para nosotros viene del desierto. Toda aventura espiritual pasa necesariamente a través del desierto.
Es la prueba de la provisionalidad. La prueba de la precariedad. El desierto es el lugar donde la realidad es despojada de las apariencias, purificada de lo efímero y reducida a lo esencial, a lo indispensable.
En el desierto se encuentra uno frente a un cielo sin límites, frente a la arena y al propio ser. Nada más. Hay un gran silencio, roto solamente a ratos por una ligera brisa. Los árabes lo interpretan así: "Es el llanto del desierto que quisiera ser verde". En el desierto el hombre se ve obligado a encontrarse consigo mismo. Se vive un cara a cara consigo mismo. "Por eso el desierto fascina y asusta -garantiza un monje- . Es la tierra de la gran soledad, y el hombre, instintivamente, tiene miedo a este cara a cara consigo mismo. La esencia del desierto es la ausencia de hombres, ayuno de encuentros, abstinencia de presencias" (E. Bianchi).
Y precisamente el cara a cara consigo mismo es preludio de un compromiso cara a cara con Dios. "El hombre sabe que vivir en el desierto no significa solamente vivir sin los hombres, sino vivir con Dios y para Dios" (S.Bulgakov). El desierto entonces se convierte en lugar del encuentro con Dios. Una presencia cierta, pero escondida, secreta.
El desierto es el lugar de la liberación. Pero el "programa de la libertad" no es una lista de facilidades, de privilegios. Es un programa exigente, arduo, que se realiza en un clima de austeridad por caminos no precisamente fáciles. Dios se hace seguridad, pero a condición de que el pueblo en camino pierda sus seguridades habituales, sus pequeños conforts. Para quien camina por el desierto es obligatorio contentarse exclusivamente con Dios. Dios debe ser todo.
La gran prueba del desierto, en definitiva, es la fe. Sin fe no se puede vivir en el desierto.
Gracias a la presencia del único necesario, el desierto se libera de su aridez, se salva de su esterilidad. Y se hace tierra fecunda. Se transforma en el jardín del Edén. El desierto puede florecer. El silencio puede convertirse en mensaje. La soledad en comunión.
Pero ¿qué son, en concreto, las tentaciones de Jesús? Podemos decir que representan el intento, por parte de Satanás, de hacerlo desviar del camino de fidelidad a Dios. Un camino que pasa a través de la ocultación, la debilidad, la humillación y la cruz. Satanás propone a Jesús tres atajos para evitar aquel camino incómodo:
-El atajo de la popularidad fácil, obtenida reduciendo la salvación a la sola dimensión económica ("di a esta piedra que se convierta en pan").
-El atajo del poder ("llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo, y le dijo; Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo").
-El atajo del triunfo espectacular, de la instrumentación de la fe y de la religión para fines particulares ("lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Encargará a los ángeles que cuiden de ti").
Jesús rechazó estas tentaciones y reafirmó su elección de una misión que se desarrolla a lo largo de la trayectoria designada por el Padre.
Una misión que rechaza limitar la perspectiva del hombre al horizonte del poder o de los bienes naturales, y se preocupa de hacerles descubrir y satisfacer también otra hambre.
Una misión que rechaza las sugestiones del dominio sobre los hombres, del apremio y de los condicionamientos varios, y elige el camino de la paciencia, del amor y de la libertad, aceptando consiguientemente el riesgo del rechazo.
Una misión que no tiene como fin aturdir a las gentes a golpe de milagros, sino que lleva a la cruz, allí donde el milagro consistirá precisamente en el "no descender", como querían los tentadores, hasta ese momento todavía ávidos de milagros para creer.
Se ha dicho que las tentaciones satánicas vencidas por Jesús son las tentaciones "de todos los mesianismos en cuya base está la confianza en los poderes de este mundo" (E.Balducci).
Y otro intérprete subraya cómo la narración de las tentaciones es "un evangelio en miniatura en el que se dramatizan las opciones fundamentales de Jesús" (R. Fabris). Se trata de tentaciones ante las que debemos confrontarnos también nosotros. Sobre todo, se trata de opciones de fe que también nosotros tenemos que reafirmar cada día, si no queremos que el nombre de cristiano sea usurpado.
Y para poder recitar, con cierta convicción, la frase del Padrenuestro que dice: "Hágase tu voluntad".
DE QUE VAN LAS TENTACIONES DE JESÚS.
Lucas nos presenta un esquema y unas situaciones. En la primera tentación se da una situación de hambre. "Di que esta piedra se convierta en pan". Algunos han querido ver aquí una exploración del diablo para ver quién es Jesús, para saber ante quién se halla. Se supone que estaba algo intrigado. La tentación no estaría tanto en querer vivir sólo de pan como en utilizar a Dios para convertir las piedras en panes haciendo uso del milagro. Tentación y grande, es vivir únicamente preocupados por el pan material y reducir el hombre a relaciones de producción y economía. Y no menos tentación es refugiarse en Dios y la religión huyendo del trabajo y las responsabilidades. Ni Dios es un tapaagujeros ni la religión un seguro a todo riesgo.
La segunda condición es bien clásica y se refiere al poder. "Te daré todo el poder de estos reinos y su gloria... si te postras ante mí". El poder exige esa postración, esa adoración, que sólo a Dios se le debe. El poder, casi siempre, es cosa diabólica y corrompe al hombre. Sobre todo porque para alcanzarlo, para llegar a algo, hay que arrastrase indignamente conculcando los valores más sagrados. Significativamente alardea el mal de que el poder es un campo suyo y puede dárselo a quien quiera. El hombre sólo ha de postrarse y adorar a Dios. Todo lo demás son idolatrías que lo degradan.
La tercera tiene que ver con Jerusalén y, además, con el alero del templo. Es la más sutil y más religiosa. Se trata de controlar a Dios y a sus ángeles, y aparecer como hombre de Dios, como elegido de Dios. En el Evangelio de Lucas se tienen muy en cuenta el seguimiento de Jesús por sus discípulos y por eso en estas tentaciones hay que ver también la ejemplaridad de Jesús.
Son tentaciones unidas a la misión que el Padre le encomendó y en ellas resplandece la fidelidad y el coraje de Jesús. Jesús es el modelo a seguir.
LUIS GRACIETA
LAS TENTACIONES DE HOY.
Conviene llevar a nuestro terreno estas tentaciones, hacer una lectura de nuestra realidad y ver cuáles son nuestras tentaciones hoy. La primera es la increencia. Hacer nuestra vida sin contar con Dios. Así se cortan de raíz todo mal y toda tentación, porque si Dios no existe todo está permitido. Esta tentación es hoy especialmente fuerte. Esta tentación nos muestra lo mucho que ha cambiado el hombre, ya que de abusar de Dios hemos pasado a prescindir de El.
Otra tentación, que nace de la anterior, es pensar que sólo de pan vive el hombre, o sea, de la economía, y que por ahí va la felicidad y futuro del hombre. Esto en sentido exclusivo y determinante. Este materialismo arranca de raíz toda libertad y humanismo. Este es el mal que anida en muchos planes e informes de cara al año 2000. Y así es como proliferan cantidad de adiciones e idolatrías como el hedonismo narcisista y el culto al placer y al sexo.
Al final el hombre pierde su misión, que es la libertad y la entrega a una misión noble, y termina en una psicología rota y averiada por el vacío y la angustia. Este cuadro puede parecer un tanto dramático y general, pero de alguna forma describe la trayectoria de nuestro hombre de hoy.
Negar la tentación es negar la libertad y, en consecuencia, al hombre mismo.
EUCARISTÍA
* Estamos en Cuaresma: En este mundo secularizado, en el que a duras penas se hace sitio a la religión y sus celebraciones, hace falta un gran esfuerzo, hermanos, para que no se nos pierda también el sentido de la Cuaresma, que, en definitiva, es el sentido de la existencia cristiana: camino y peregrinación hacia la Pascua. La celebración pascual es lo que repetimos domingo a domingo durante el año y la vida, como en una anticipación gozosa de nuestro destino y de nuestro futuro esperanzador. Pero, ¿qué es la cuaresma?
-La Cuaresma es una llamada a la reflexión, en primer lugar. Vivimos tan apremiados, tan deprisa, estamos tan aferrados a los medios de vida y a sortear los obstáculos para conseguirlos, que apenas si nos queda tiempo para nosotros mismos. Y necesitamos tiempo para la serenidad y la reflexión. La Cuaresma no es ni debe ser un paréntesis en la vida, sino llamada a la reflexión y la cordura durante toda la vida.
-En segundo lugar, la cuaresma es una oportunidad para guardar silencio y escuchar la palabra de Dios. Para los creyentes la palabra de Dios, recogida en la Biblia, es palabra de vida y para la vida. Necesitamos, pues, confrontar nuestros criterios y nuestros ideales con la palabra de Dios, para no desvirtuar nuestra fe y no perder el horizonte de la esperanza cristiana.
Porque ser cristiano no consiste en hacer algunas cosas, algunas prácticas, sino en creer y esperar en la promesa de Dios en Jesucristo. Tenemos que rescatar el evangelio y leerlo con asiduidad para mantenernos en la fe.
-La cuaresma es invitación a la oración. La oración es la primera consecuencia de la fe. No podemos vivir como si tal cosa. Si somos creyentes, si escuchamos la palabra de Dios, si leemos el evangelio y lo ponemos en práctica, tenemos que entrar en comunicación con Dios y orar: manifestarle nuestros sentimientos y hacerle presente nuestras dificultades y nuestras necesidades.
Orar es principalmente participar en la liturgia de la Iglesia, en la eucaristía de cada domingo o de cada día, en el sacramento de la reconciliación y en todo lo demás.
* La Cuaresma es un prueba para la fe. Porque la vida es difícil y frecuentemente hostil para la fe. Corremos el riesgo de dejarnos llevar de lo que nos parece que hace todo el mundo y así alejarnos progresivamente del proyecto de vida de la fe cristiana. Tenemos siempre el peligro de caer en la tentación, en las tentaciones que nos asaltan diariamente. Por eso, el evangelio de hoy quiere alertarnos contra la tentación y animarnos en la lucha con la palabra de Dios y el ejemplo de Jesús, que también fue tentado.
* No solo de pan vive el hombre: Pero vivimos de pan, es decir, necesitamos comer y vestirnos y divertirnos y trabajar para ganar dinero y gastarlo. La libertad queda siempre acotada por un sinfín de necesidades, que necesitamos satisfacer para conservar la vida, que es don de Dios. ¿Hay algo más justificable que el trabajo o los negocios para ganarnos el pan? Pero el afán por ganarnos el pan puede anular otros afanes que también debemos alimentar. Porque el hombre no vive sólo de pan. Jesús nos enseña que hay otro alimento: hacer la voluntad de Dios. Y si es verdad que tenemos que ganarnos la vida, no podemos olvidar que todos somos hijos de Dios y que también los demás tienen que trabajar y ganarse la vida. En situaciones de paro, de crisis, de hambre, no podemos afanarnos por nuestro pan sin trabajar y solidarizarnos para que todos pueden tener pan, para que todos puedan vivir dignamente.
* No tentarás al Señor tu Dios: Otro peligro que pone a prueba la fe de los creyentes es el intento de reducir la religión a un sucedáneo de nuestros recursos, a un consuelo de nuestras frustraciones o de nuestra impotencia. La verdad es que con frecuencia nos acordamos de Dios o de santa Bárbara cuando truena. Querríamos que la religión sirviese para remediar nuestros infortunios y nos desconcierta el silencio de Dios ante nuestras legítimas pretensiones. Pero Dios, que es nuestro Padre, nos ha hecho responsables y jamás hará por nosotros lo que nosotros tenemos que hacer. ¿Cómo podemos pedir la paz a Dios si estamos obsesionados por la carrera de armamentos, si no hacemos nada en serio para poner fin a la locura de la guerra y de la injusticia? Creer en la providencia no es pensar que Dios está en nuestras manos, a nuestra disposición. Al contrario es creer que, sin renunciar a nuestra responsabilidad, estamos en última instancia en las manos de Dios.
* Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto: Hay con todo un gran peligro para nuestra fe y es la idolatría. Nos confesamos creyentes y reconocemos creer en Dios y en Jesús. No obstante, nuestra manera de proceder indica que nuestros dioses están muy lejos de Dios. Porque hemos puesto nuestra confianza en nuestros ídolos y hemos abandonado al Dios de nuestro Señor.
Ponemos más confianza en las obras de nuestras manos (la técnica, la ciencia, la política, el progreso...) que en nuestros semejantes. No nos fiamos de nadie y tampoco nos fiamos de Dios.
Lejos de fundar nuestra vida en el amor al prójimo, la hemos basado en el recelo, en la hostilidad y en el odio. Hemos de poner las cosas en su sitio, empezando por ponernos en nuestro sitio nosotros y luego a todos los demás. Sin endiosamientos. Porque uno sólo es el Señor y todos los hombres somos hermanos.
Nos reunimos a celebrar la eucaristía en el comienzo de este tiempo importante de Cuaresma. Hemos escuchado la palabra de Dios que nos advierte contra las posibles tentaciones que ponen a prueba nuestra fe. Que el pan y el vino, es decir, el cuerpo y la sangre del Señor nos alimenten y fortalezcan para que, superada la prueba, permanezcamos fieles en la fe, sin temor, sin dudar, sin rebajarnos o conformarnos con vivir como si no tuviéramos fe.
JAVIER GAFO
TENTACIONES: «Un hombre frágil»
La vieja tradición de la Iglesia ha situado el episodio de las tentaciones de Jesús en una montaña escarpada del desierto de Judea, cerca del lugar en que las tierras áridas se convierten en el vergel del valle del Jordán en Jericó. Los peregrinos a Tierra Santa pueden contemplar, desde la vegetación exuberante de palmeras y sicomoros de Jericó, los riscos escarpados en donde una gruta, dentro de un viejo monasterio ortodoxo, recuerda el lugar donde Jesús fue tentado. Aquella monja abadesa gallega, Egeria, que peregrinó a Tierra Santa en el siglo IV, afirma haber subido a un monte «que cae sobre Jericó, consagrado por el Señor».
Curiosamente Jericó fue una de las primeras ciudades construidas por los hombres. Vigiladas por las rocas escarpadas del monte de las Tentaciones o de la Cuarentena, se encuentran las excavaciones que muestran las ruinas de una ciudad del neolítico, de esa época histórica en que el hombre deja de ser cazador y recolector de granos y frutos para convertirse en ganadero y agricultor. Es realmente curioso que la tradición cristiana haya situado las tentaciones de Jesús precisamente allí donde el hombre dejó de vivir en hordas y comenzó a construir las primeras ciudades y habitar en ellas; cuando comienza a ser Homo politicus -zoon politikon- porque empieza a vivir en la polis, en la ciudad.
La narración de las tentaciones no debe entenderse de forma literal. El relato de los evangelios no es histórico, en el sentido que hoy se entiende por historia, aunque sí verdadero. Es verdadero porque Jesús fue realmente tentado en su vida, como lo subraya especialmente la Carta a los hebreos. Pero no se trata de un relato histórico que refleje hechos acontecidos en la vida de Jesús tal como están recogidos por los evangelios. Jesús fue semejante en todo a nosotros menos en el pecado, pero no fue distinto a nosotros en la tentación, que formó también parte de su vida.
Podemos decir que es una especie de parábola en acción en la que se nos describe de forma simbólica una verdad fundamental de la vida de Jesús: el hecho de que fue tentado, que participó de esa lucha interior que forma parte de la condición humana. L. Monloubou presenta así este episodio: Jesús es un hombre, «un hombre frágil, accesible al hambre, capaz de estrellarse si cayera del templo, y capaz también de dejarse seducir por el espectáculo de los reinos del mundo y de su gloria». Y este hombre frágil aparece en el corazón de un conflicto entre dos poderes colosales: «El mal, representado por el rostro sarcástico del diablo, y Dios, un Dios invisible, oculto pero presente».
Varias veces se dice: «Está escrito», una expresión que significa frecuentemente en la Biblia: «Dios ha escrito..., Dios ha hecho escribir». «Dios está presente -dice Monloubou-, por lo tanto, en esas frases de la Escritura que están en la memoria fiel de Jesús». El mismo autor insiste en que Jesús aparece en el relato «sorprendentemente pasivo, como si fuese juguete de fuerzas que le arrastraran sin que él pudiera reaccionar». Jesús «está lleno» del Espíritu y «es arrastrado por él». El diablo aparece dando órdenes tajantes a Jesús: «Di que estas piedras... Tírate de aquí abajo... Adórame».
«Si eres el Hijo de Dios»: así interpela el tentador a Jesús. Y es el momento en que ese hombre frágil, «vaciado», pasivo, comienza a reaccionar.
«Si eres el Hijo de Dios»: el diablo le muestra lo que él piensa que es ser Hijo de Dios. Y Jesús responde por tres veces: «Está escrito». No es el diablo, el tentador, el que debe determinar cómo debe ser el Hijo de Dios; ni lo es el mismo Jesús. es Dios mismo el que ha escrito cómo debe ser su enviado, su Hijo predilecto, a quien los hombres tienen que escuchar.
Se han dado diferentes interpretaciones a las tres tentaciones de Jesús. Hay un núcleo indiscutible en las tres: versan sobre su mesianismo, sobre su misión. El diablo presenta las expectativas de los contemporáneos de Jesús: un mesías poderoso, prepotente, que liberase a Israel del dominio romano y le devolviese su pasado esplendor.
Esta tensión va a aparecer muchas veces en los relatos de los evangelios. Más en concreto puede decirse que la tentación de convertir las piedras en panes es una invitación del diablo para que Jesús ejerza de forma prepotente su condición de Hijo de Dios; la tentación de adorar al diablo para recibir los reinos del mundo es una incitación para romper con Dios en la búsqueda del poder; finalmente la tentación de dejarse caer del alero del templo es una incitación a la utilización de Dios en beneficio propio.
Todo el relato tiene referencias muy claras al tránsito del pueblo de Israel por el desierto: dura cuarenta días en lugar de cuarenta años, hay alusiones implícitas al maná y al becerro de oro. Las respuestas de Jesús están tomadas del Deuteronomio, el libro que relata el paso de Israel por el desierto. De esta forma se nos está dando un mensaje: con Jesús comienza un nuevo pueblo de Dios, capaz de superar las tentaciones del antiguo Israel. En Jesús ha surgido ya el hombre nuevo, el que es capaz de seguir lo que «está escrito», es decir, lo que Dios quiere de él y lo que Dios quiere de todo hombre.
Es una notable coincidencia que todo ello acontezca, según la tradición, cerca de las ruinas de una de las primeras ciudades de la humanidad, en el asentamiento neolítico de Jericó. Porque puede decirse también que las tentaciones de Jesús son las tentaciones del Homo politicus, del ser humano de la ciudad: la de creer que sólo de pan puede vivir el hombre -la tentación del poseer, del tener, que se ha convertido últimamente en la fiebre del consumir-; la tentación de adorar ídolos distintos a los que se venera en el lugar del Dios único; y, finalmente, la tentación del éxito fácil y espectacular, como el dejarse caer del alero del templo, y la renuncia al trabajo del día a día, al esfuerzo oscuro y cotidiano pero que es el que realmente construye al hombre y a la ciudad de los hombres. Una tentación tan actual en la búsqueda del enriquecimiento fácil: desde las diversas loterías hasta la corrupción en sus distintos niveles.
La Fundación Santa María ha publicado un estudio sociológico sobre la religiosidad de los españoles. Muchos datos de esa encuesta, que merecería un comentario mayor, son preocupantes: la quinta parte de los españoles ha pasado desde el catolicismo al ateísmo o la indiferencia entre los años 1970 y 1989. Si en 197O un 96% de los españoles se autocalificaba como «católico», hoy lo hace sólo un 72%. El porcentaje de católicos practicantes que era del 53% en 197O se sitúa ahora en el 24%.
Sin embargo un sociólogo, Amando de Miguel, hace también el siguiente comentario: «A pesar de esa evidente secularización, el factor religioso sigue contando. Quiere esto decir que la religiosidad de las personas es hoy más auténtica que antes. Lo que ocurre también es que, paradójicamente, la práctica religiosa ha dejado de ser un indicio claro de religiosidad. El hombre religioso lo es por dentro». Y alude a la creciente tolerancia en los temas sexuales y a «la creciente severidad para los del latrocinio».
Quiero subrayar brevemente dos aspectos positivos de esta encuesta en relación con el evangelio de hoy. Por una parte, lo que significa de incremento de la autenticidad: quizá nos sentíamos felices hace veinte años porque el 96% de los españoles se confesaba católico. Esa pérdida de casi un 2O% cuestiona mucho la autenticidad del pasado.
¿Qué importa ser menos si se gana en autenticidad? Autenticidad: esa debe ser nuestra preocupación, y no tanto los números. Y, en segundo lugar, estos resultados pueden acercarnos al estilo de Jesús: al estilo del que no se dejó caer desde el alero del templo, del que no aceptó el éxito fácil, porque lo que le interesaban no eran los aplausos sino el cambio de los corazones. Desde el estilo de Jesús, que nos muestra el evangelio de hoy, podemos aproximarnos a estos datos para sacar de ellos conclusiones positivas para nuestra fe.
ELVIRA
«A MIS SOLEDADES VOY»
Así escribía Lope de Vega, decepcionado sin duda de esta «feria de vanidades» que es la vida: «A mis soledades voy, / de mis soledades vengo, / porque para estar conmigo, / me bastan mis pensamientos».
Vivimos en una época de multitudes. Verdaderos enjambres humanos llenan las avenidas, los estadios, los salones, las playas. No quiere esto decir, ni mucho menos, que el hombre se sienta más acompañado.
Al contrario, parece que la soledad, como una serpiente inevitable, se enrosca en él y lo paraliza. Nunca como en nuestros días se han escuchado tantas historias tristes de hombres solitarios. Y, sin embargo, puede existir un positivo y beneficioso encuentro del hombre con la soledad.
El evangelio de hoy nos dice: «Jesús volvió al Jordán y durante cuarenta días el Espíritu lo fue llevando por el desierto». ¿Qué fue este «a mis soledades voy» de Jesús? y ¿qué puede ser para nosotros?
1.° Soledad-encuentro con el «Yo»: No cabe duda, Jesús se encontró consigo mismo, con su misión, con su vocación: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad». El hombre que dice: «para estar conmigo, me bastan mis pensamientos», termina viendo en el espejo de esos pensamientos, la realidad de su propia estatura. La que «ha dado» hasta la fecha. Y la que «está llamado» a dar. El «conócete a ti mismo» de los antiguos siempre será un gran principio de sabiduría. Sabiduría que se adquiere en muchas horas de reflexión solitaria.
2.° Soledad-encuentro con el «tú»: No fue Jesús al desierto porque odiaba a la Humanidad como cantó Horacio:ODIO-VULGO: «Odio al vulgo profano y lo aborrezco». Al revés, fue a la soledad para prepararse mejor a ese encuentro con la Humanidad a la que iba a salvar. El cristiano, siguiendo a Jesús, «ha de amar al prójimo como a sí mismo». Y, seguramente la distancia, la larga perspectiva del desierto, puede ayudarle a conocer mejor el valor de cada hombre. Dicen que quienes caminan por el desierto agudizan su vista, consiguiendo ver muchas cosas en la infinita lejanía. Así, cuando vuelva del desierto diciendo «de mis soledades vengo», habrá aprendido el hombre a estimar mejor las peculiaridades de cada «otro».
3.° «Soledad-encuentro con El». La larga prueba, la tenaz lucha con el Malo, le llevó a Jesús al verdadero encuentro con El, con su Padre. Las tres tentaciones fueron pulverizadas gracias a «aquella Palabra que salía de la boca de Dios». Y cuando al fin «se marchó el demonio hasta otra ocasión», llegó el encuentro pleno de Jesús con el Padre. Cuando el hombre, amigos, se adentra en su profundo desierto interior, la «soledad se hace sonora» como cantaba aquel solitario que fue San Juan de la Cruz. Sí, el hombre termina dándose cuenta, con asombro y gozo, de la total presencia de El. Tagore, en los estremecidos poemas de Ofrenda Lírica, se repite mil veces: «¿No oís sus pasos silenciosos? El viene, viene, viene siempre. De pena en pena mía, son sus pasos los que oprimen mi corazón». También Jacob, en plena soledad, tuvo la experiencia de la presencia de Dios. Fue aquella escala, de la tierra al cielo, que vio en sueños. Al despertar, no pudo menos de reconocer: «Este es un lugar sagrado y yo no lo sabía». El pueblo de Israel, vivió como nadie esa plenitud de Dios en sus muchos años de desierto.
Si enfocamos bien, amigos, la cuaresma y la búsqueda de la soledad, llegaremos al «solus cum Solo», la soledad se hará «compañía». Y Lope tendrá razón: «A mis soledades voy, de mis soledades vengo...».
CARITAS
1. Tentado
Jesús es llevado y traído, impulsado y zarandeado, como un hombre cualquiera, movido por el Espíritu Santo, o movido por el diablo.
¿Quién le lleva a Jesús al desierto y para qué?, «¿Por qué razón Dios nos ha traído a este desierto?» (Ex. 16,3). Si está lleno del Espíritu Santo, ¿puede ser tentado por el espíritu malo? Si el Espíritu le lleva al destino, ¿por qué el diablo le arrastra de acá para allá?
Pero, ¿sintió de verdad Jesús la tentación? ¿La necesitaba? ¿O fue sólo por vía de ejemplo? Y ¿cuántas veces la sintió? ¿Sólo tres veces en el desierto? Porque la verdad es que el demonio fue vencido, pero no parece que se fuera muy convencido. «Hasta otra ocasión». ¿En qué otra ocasión volvieron a enfrentarse los dos espíritus en el campo de batalla: Jesús?
Sí. También Jesús fue para sí mismo un campo de batalla.
La escena dramatizada y compendiada del desierto no es más que un reflejo de un proceso duro y prolongado, en el que Jesús fue clarificando su misión, a la luz de la palabra del Padre, y fue rechazando halagos y fue venciendo resistencias y fue superando miedos y fue renovando a cada instante su entrega incondicional, hecha de una vez para siempre. Satanás se le presentará una vez revestido de parientes que quieren llevarlo a casa, o le hablará por la boca de Pedro y cualquier discípulo que sólo quieren para él -y para ellos- la gloria, o se mezclará entre la masa que le ofrece el poder, o se insinuará por medio de algún celote que le empuja a la violencia, o se encarna en los fariseos, letrados y autoridades que le resisten, o se apodera de sus sentimientos, amargándole el cáliz que ha de beber.
Jesús fue tentado, y no sólo aparentemente, lo fue de manera viva y dramática, llegando a luchas agónicas y sangrantes. Y estas tentaciones le acercan más a nosotros, «semejante en todo», iluminan nuestras luchas, estimulan nuestra esperanza.
-"Dile a esta piedra que se convierta en pan"
No pases necesidad alguna. Tienes poder para librarte de todos los peligros y para superar todos los males. Puedes convertir las piedras en pan y el agua en vino. Puedes calmar la tempestad y caminar sobre las aguas. Puedes mandar a tus ángeles que te ayuden o que te sirvan. Puedes hacer bajar fuego del cielo. Puedes bajar de la cruz y apabullar a tus enemigos.
En el fondo se trata de un mesianismo caprichoso y egoísta. Se trata de utilizar sus poderes en provecho propio. Jesús sólo los utilizaría en favor de los demás. Y está ahí también la tentación de consumo. Un Mesías rico y que enriquece. Un buen "ministro de hacienda", que llena el estómago. Concede a todos los favores que te pidan: la suerte, la lotería... Tentación de tener.
-"Te daré el poder y la gloria si te arrodillas delante de mí"
Maneja la espada y la palabra. Te seguiremos. Contigo podemos vencer a los romanos. Te coronamos rey. Que empiece el Reino de Dios, el tuyo, el nuestro. Podemos contar, en caso de apuro, con ayuda de tus ángeles. O hacer bajar fuego del cielo. Un mesianismo político. Imponer el Reino de Dios por la fuerza y el poder. Un buen «ministro de la guerra». Estos son mis poderes. Y el poder se convierte en tentación.
-"Tírate de aquí abajo"
Baja glorioso del cielo, deslumbrando a los mortales. Enséñale unos cuantos trucos a Herodes. Usa del prodigio a tu capricho. Exhíbete ante la multitud a lo supermán. Superstar. Aparécete a los niños, a las mujeres, a las multitudes y haz que gire el sol espectacularmente. Que en tu presencia todo quede impregnado del olor de las rosas. Magia. Utiliza a Dios. Tentación de la gloria.
-"Está escrito"
Hay cosas que alimentan más que los panes, y es la Palabra de Dios. Y hay cosas que engrandecen más que los reinos, y es la voluntad de Dios. Y hay cosas que glorifican más que los milagros, y es el amor de Dios.
Cristo no ha venido a enriquecer a los hombres ni a dominarlos ni a deslumbrarlos. No ha venido para ser aplaudido ni para ser servido. Sólo ha venido para servir y salvar. No ha venido para combatir al demonio con sus mismas armas, sino para quitarle sus armas. Por eso no rivalizará por ser el más fuerte, el más glorioso, el más rico, sino el más débil, el más humilde, el más pobre. No entra en terreno enemigo, sino que abre camino nuevo.
2. La Iglesia tentada
Por la riqueza, el poder y la gloria. De siempre han sido las peores tentaciones. Desde Constantino, por poner un ejemplo conocido. ¡Cuánta historia de alianzas, regateos, banalidades, fiscalismo, violencias! Es el problema de los medios. ¿Cómo se puede evangelizar al Cristo de las bienaventuranzas desde el poder, con la fuerza, por la economía? ¿Cómo se puede predicar a Cristo crucificado castigando, guerreando, condenando...? ¿Cómo se puede predicar a Cristo pobre desde la pompa y la suntuosidad? Que vengan los grandes testigos de Cristo y me lo expliquen. Y ¿cómo se puede predicar a Cristo libre con amenazas, con prohibiciones, y con leyes? Que vengan todos los santos y me lo aclaren.
-«Piedras preciosas»
El evangelizador debe desarmarse. No se puede luchar contra Goliat vestido con las armas de Saúl. Bastan una honda y cinco chinarros, que no son otra cosa que la fe y la palabra, o la fe en la palabra, o la palabra de la fe. No se puede combatir al demonio utilizando las armas del demonio: «panes y reinos, la gloria del mundo». No se puede salvar al mundo consumista y tecnificado entrando en su mismo terreno, revestido con codicioso bagaje técnico y material, y, mucho menos, mercantilizando los dones ofrecidos. La Iglesia no convertirá las piedras en pan, pero muchas veces ha convertido los panes de Dios, la palabra y la gracia, en piedras preciosas.
Panes y reinos, la gloria del mundo. ¿Presenta todavía la Iglesia una imagen rica y poderosa? Sí, si buscamos una Iglesia que se imponga por la fuerza de sus instituciones, por el magnetismo de sus líderes, por la grandeza de sus glorias; si creemos más en la eficacia de los recursos humanos: apoyatura política, economía, técnica, publicidad, que en la fuerza de la fe.
3. Nuestras tentaciones de cada día
-Pan-Droga- Consumo
Dios, dame pan. Un Dios supermercado. Dios es una buena despensa. Dios, aliméntame; que no me falten el pan y los langostinos. (No las langostas de Juan). Quizá a muchos les falte el pan, pero yo soy hijo tuyo y creo en ti. Conviérteme el pan en rosquillas, el vino en whisky, la aspirina en heroína. La palabra es un alimento poco consistente. ¡Ah!, y proporcióname una buena colocación, y que apruebe la oposición.
-Dios, enriquéceme
Que me toque la lotería. Te prometo que haré muchas obras de caridad. Que las piedras se conviertan en oro y piedras preciosas. Quiero alimentarme de cosas. Quiero tener muchas cosas. El coche, la casa, las cosas. El brillo de las cosas. El reino de las cosas.
-Dios, diviérteme
Tú nos has dado la vida para disfrutarla. Que me lo pase muy bien. Dios, cásame. El sexo es fundamental para realizarse. Dios, cúrame. No me prives del tabaco, del alcohol y del placer. Líbrame del cáncer y de los accidentes.
-Poder
Mendigamos sus migajas. Dios, hazme triunfar. Un Dios mecenas, un poder fáctico, un buen trampolín. Dios, dame poder, éxito, victorias. Anticípame un poco de la gloria futura. No aguanto el fracaso ni acepto la cruz.
A ti, Sr. Santísimo, Virgen santa, Sr. santo, Sr. muerto en olor de santidad; a ti, que ves a la Virgen, que tienes llagas, que te encierras en un convento, que estás cerca de Dios: quiero una migajita de poder; no quiero ser un desgraciado. Quiero un buen puesto, quiero entrar en la buena sociedad, quiero relacionarme con la gente bien.
Los enchufes hacen milagros. Yo estoy dispuesto a todo; a sacar el carnet del partido... que esté en el poder, y a pertenecer a la cofradía que tenga más éxito. A ti, señor poderoso, levanto mis ojos: a ti, Sr. ministro, Sr. gobernador, Sr. director, Sr. millonario, Sr. campeón, Sr. Obispo, Sr. canónigo, Sr. cura; a ti, esposa del Sr. ministro, esposa del Señor, madre superiora; a ti, amigo del Señor...
-Gloria
Buscamos el éxito; ser reconocidos y aplaudidos; salir en los periódicos y en la TV. Dios, manifiéstate en mí. Un Dios mago y milagrero, Dios, bájame de la cruz; sácame las castañas del fuego. Haz que tenga éxito y suerte. Quiero ser el primero de la clase; quiero ser estrella; quiero ser el mejor profesional; quiero ser el mejor cura, y que mi parroquia sea la que mejor funcione y que mi iglesia sea la más bonita; quiero que mi colegio sea preferido y mi congregación la más numerosa e influyente.
Señor, quiero que mi nombre sea recordado para siempre, inmortal. Hay muchas otras tentaciones: la violencia de cada día, el rencor de cada día, el desamor de cada día, la tristeza de cada día, la pereza de cada día, la omisión de cada día. Pero quizá todos puedan reducirse a las antes señaladas.
4. «Señor no nos dejes caer en la tentación»
Te lo pedimos cada día. Líbranos del consumo esclavizante, del poder oprimente, de la gloria vana. Líbranos de la idolatría del tener, de la corrupción del poder, de los caprichos del triunfar. Líbranos del vacío de las cosas, del endiosamiento de los mandos, de la borrachera del triunfo. Líbranos de la tristeza, de la envidia, del embotamiento de la gula, de la ceguera de la soberbia.
Líbranos del afán de acumular, de la pasión de dominar, de la manía del compararnos. Sí, Señor, líbranos del comparativo, raíz de nuestras luchas, desasosiegos y mezquindades.
Líbranos Señor de todo mal.
IDEAS PRINCIPALES PARA LA HOMILÍA
1. La cuaresma es una vivencia concentrada del proceso liberador de cada persona y cada pueblo. Se empieza el éxodo, se camina 40 días o años por el desierto liberado. El caminante cristiano ha de tener «fijos los ojos en Jesús».
2. Jesús fue tentado a lo largo de toda su vida. El Espíritu lo permite y aún lo quiere. Sus tres tentaciones compendian las tentaciones constantes del pueblo de Dios; el antiguo y el nuevo. Jesús vence con la oración y la escucha de la palabra.
3. Nuestras tentaciones de cada día: el consumo, el poder y la gloria; o el poder, el tener y el placer; o la violencia, la injusticia, y la frivolidad. «Señor, no nos dejes caer en la tentación».
J. Mateos
«ESPÍRITU SANTO» ES SINONIMO DE LIBERTAD;
«DIABLO», DE FANATISMO
Mal habituados a leer las escenas del Evangelio como quien lee una historieta o el relato de un héroe, estamos prácticamente incapacitados para interpretar correctamente determinadas escenas. La escena de las tentaciones de Jesús es una de las más elocuentes. La interpretación literalista ha introducido una serie de categorías más bien propias de la ciencia-ficción, desplazando unos contenidos que tenían vigencia en la realidad humana a la esfera del sobrenaturalismo que vive en las nubes. Con el Evangelio obramos de la misma manera que haría un ignorante que interpretase al pie de la letra los jeroglíficos egipcios.
Lucas emplea el lenguaje de los símbolos para expresar realidades que dificilmente podrían describirse con un lenguaje sencillo. La escena de la prueba a la que es sometido Jesús inmediatamente después de su unción como Mesías describe anticipadamente todas las tentaciones de liderazgo, poder despótico o milagrero que le sobrevendrán a partir de este momento y hasta la muerte en cruz; la triple prueba las engloba todas. El «diablo» es el adversario por antonomasia del plan de Dios sobre la humanidad, ya que justifica el fin con medios que niegan y avasallan la libertad del hombre, poseyéndolo y fanatizándolo.
Los «cuarenta días» que duraron las tentaciones reducen a escala individual los cuarenta años que, según el relato del Exodo, pasó el pueblo de Israel en el desierto: representan el tiempo de la actividad de Jesús. El empuje de la fortísima experiencia interior que ha tenido Jesús en el Jordán lo llevará a enfrentarse sin desfallecer a todas las falsas expectativas que la sociedad judía había ido depositando en torno a la figura del Mesías:
«Jesús, lleno de Espíritu Santo, regresó del Jordán, y el Espíritu lo fue llevando por el desierto durante cuarenta días, mientras el diablo lo tentaba» (4,ls). Experiencia del Espíritu y lucha interior contra toda especie de escapismo (primera tentación), de mesianismo político dominador (segunda tentación) o de provocación providencialista de Dios (tercera tentación) son concomitantes.
«El diablo» no es otro que el espíritu de poder y dominio vigente en la sociedad, indiferente a las desastrosas consecuencias que acarrea el abuso de poder para la humanidad. Contra Jesús no ha tenido éxito: «Acabadas todas sus tentaciones, el diablo se alejó de él por un tiempo» (4,13). No desiste del todo, sin embargo, de salirse con la suya: la expresión «por un tiempo» comporta que volverá a la carga, si bien ya no directamente contra Jesús; intentará hacer fracasar su plan a través de sus discípulos. De hecho lo conseguirá, en parte, haciendo prevaricar a «Judas Iscariote, que pertenecía al grupo de los Doce» (22,3.47), y a Simón Pedro / «el Piedra», cabeza del grupo (22,31 s): «Judas» / judaísmo le «traicionará» (22,4-6.47s), Simón «Pedro» / El-dispuesto-a-todo «renegará» de él (22,33s.55-62). «Satanás» (22,3.31) hará caer al primero y al último de la lista de los Doce, es decir, a todo el Nuevo Israel.
DIARIO BÍBLICO.
El libro del Deuteronomio nos está haciendo un recuento de la historia del pueblo de Israel. Esta Historia de la Salvación, expresada en una profesión de fe en los versículos 5-9, está centrada en el acontecimiento de la liberación de Egipto.
La esclavitud no es en realidad sino una forma extrema de dominación de un pueblo cultural, religiosa y militarmente más poderoso sobre otro. Esta dominación es introyectada también por el pueblo dominado; este pueblo puede repetir lo asimilado y reproducir la esclavitud dentro de su mismo pueblo.
Por eso, la única manera como el pueblo puede llegar a aquella tierra que mana "leche y miel" es pasando por el horrible desierto (Dt 1,19). Este recorrido se convierte en tiempo de prueba, pero sobre todo en tiempo de conversión, de vuelta al camino de aquel que le ha llamado, de vuelta al camino de Dios.
El Evangelio de Lucas nos presenta hoy el pasaje de la tentación de Jesús, una tentación ubicada dentro de la estadía de Jesús en el desierto. Lucas toma del relato de Marcos (cuarenta días) y del de Mateo (tres tentaciones) datos que introduce en el suyo para enriquecer su perícopa.
Jesús en el desierto vive la confrontación del ser humano con su instinto de acaparamiento, con su egoísmo y sus deseos de poder. Allí Jesús supera las tentaciones y se compromete en la línea de la perfecta humanización. El evangelio nos narrará la escena para ponernos como ejemplo la actitud de Jesús, para anunciarnos que sí es posible superar la tentación, y que podremos hacerlo mejor si estamos unidos a Dios y tenemos en mente el ejemplo de Jesús.
Este relato de los cuarenta días en el desierto es un llamado a la primitiva Iglesia, que también sufre la tentación del poder y del autoritarismo, para que se renueve a la luz del Evangelio y siempre se confronte con el testimonio que la Escritura da acerca de Jesús de Nazaret. El fue capaz de optar por el bien que humaniza y superar el mal que nos degrada; fue diferente en ese sentido. La Iglesia también necesita pasar por ese desierto y ser diferente. Tanto sus miembros individuales como la comunidad en cuanto tal deben pasar por esa purificación, para que se realice una verdadera conversión. Un cambio de mente, un cambio de estructuras, un cambio de cosmovisión.
¿No sería necesario en estos momentos históricos que nuestras comunidades eclesiales pasaran por un momento fuerte "de desierto", para empezar una nueva realidad y para asumir un nuevo compromiso a la luz de la Palabra de Dios, que es la regla de la vida cristiana?
P. Eduardo Martínez Abad, escolapio
El miércoles de ceniza ha sido como el puerto de salida para toda la Cristiandad. Más de mil millones de cristianos de toda condición, clase social y cultura. Mil millones que nos hemos embarcado en una aventura valiente, esperanzada, pero arriesgada, porque aunque el triunfo está asegurado, hay que luchar para conseguir ese equilibrio de nuestro ser y desde ya, comenzar a ser felices y hacer felices a cuantos nos rodean y a los que no te rodean, a los de cerca y los de lejos.
La travesía dura 40 días. Al pueblo de Israel le costó 40 años. A Jesús le costó también cuarenta días, hacer la prueba del desierto. A ti, lo que dure tu vida, que es también, como un cuarenta.
El número 40 significa en la Biblia, un periodo largo de prueba. En realidad, toda tu vida. Tu vida es un cuarenta. Y durante este periodo de cuarenta, como número o cantidad simbólica andamos buscando el sentido de nuestra condición humana: ¿Quién me ha traído a la vida? Mis padres. Es una respuesta infantil, porque mis padres no son dueños de la vida, que no me la han dado, sino tan solo me la han transmitido. Son como los cables de la luz eléctrica: por ellos pasa la electricidad, pero ellos no son la electricidad. Por ellos pasa la vida, pero ellos no son la vida, no la tienen en propiedad, porque ellos se mueren. ¿Por qué me han traído a esta vida y en este país, y en este siglo, y con estos padres y con esta familia? Y ¿para qué me han traído? Y nos hacemos estas preguntas o las pensamos, de vez en cuando, porque dejarse vivir, y vivir sin sentido, nos resulta un sin sentido, una estupidez. ¿Qué tengo que hacer, qué se espera de mí, si algo se espera? ¿ Y cuándo acabará esto? ¿Y después? ¿Hay algo? ¿No hay nada? ¿Qué soy, en definitiva? Y ¿cómo soy?
El miércoles de ceniza, ya se nos perfiló un poco la respuesta a esta última pregunta y hoy en el Evangelio se nos completa esta respuesta. El miércoles se nos declaraba y se nos daba el programa de cuaresma. Para lograr ser lo que somos tenemos que equilibrar nuestras tendencias, mediante la limosna, la oración y el ayuno.
Este slogan o enunciado tradicional, de la catequesis cuaresmal se presta a quedarnos con una interpretación elemental e infantil, y no alcancemos su verdadero valor, fuerza y sentido. Procuraremos aclararlo y profundizarlo en la medida de lo posible.
Hoy en el Evangelio, hemos visto al mismo Jesucristo, que en cuanto hombre, ser humano, como cada uno de nosotros, vence y equilibra las tres tendencias que todos sentimos, experimentamos y con ellas vivimos. Son TENDENCIAS BÁSICAS, APTITUDES NATURALES. Son fuerzas de nuestra propia naturaleza humana, ciegas, instintivas. Son medios privilegiados para realizarnos y hacer que seamos lo que somos. Esas fuerzas naturales, que todos tenemos, son: el deseo de tener, el deseo de ser, y el deseo de gozar. Pero estas fuerzas o tendencias se pueden desequilibrar, se pueden desbocar. Jesús sintió, como ser humano que era, la fuerza desordenada de estas tendencias que tienden entonces a destruir al hombre. Sintió la tentación del desorden de estas fuerzas. Y lo venció con la limosna, la oración y el ayuno, entendidos de manera profunda y no de modo superficial, elemental e infantil.
Intentemos verlo y reflexionar sobre este programa, porque es para toda la cuaresma; aun más, es para toda la vida.
Todo ser humano está constituido por una triple fuerza vital, de la que Dios le ha dotado.
1º.- Todos experimentamos una tendencia natural a TENER o poseer para vivir: alimentos, vestidos, vivienda o espacio vital etc. Pero esta tendencia con más o menos frecuencia experimenta la tentación de desbordarse. Y así es una tentación para el ser humano, la AVARICIA: que es querer tener y tener, poseer todo, y se traduce en el egoísmo, que es quererlo toda para sí. San Juan llama a esta tendencia desordenada la concupiscencia de los ojos. Todo lo que vemos, lo queremos. Es la ley que rige el mundo: la ley del dinero, con el que nos parece se consigue todo. “Te daré todo este poder material y la gloria de estos reinos, si te postras delante de mi”, le dijo el diablo a Jesús. Y caemos de rodillas ante el becerro de oro, como los israelitas en el desierto, junto al Sinaí , caemos por nuestro egoísmo, la avaricia y ansias posesivas.
El remedio para vencer esta tentación es la LIMOSNA, que consiste en comenzar a dar lo que tienes. Si mucho, mucho; si poco, poco, pero hay que dar. Da tu tiempo, tu dinero, tus bienes. Así, por ese camino podrás llegar a dar lo que tu eres, que es la verdadera limosna, el verdadero remedio para la primera tentación de poseer y tener. Da amor, da cariño, da compasión, da indulgencia, da perdón, DATE TÚ. Descubrirás así la dimensión divina de tu grandeza.
La 2ª tendencia, es el deseo, tendencia o fuerza vital, con la que Dios nos dotó, es el deseo de ser; de ser alguien en la vida y no un mequetrefe; de tener el prestigio debido, en mi familia, entre mis amigos, en mi centro de estudio o de trabajo, que me respeten, que no me traten como a un payaso. Deseo y búsqueda del valor de mi vida, del sentido de mi ser Es el problema fundamental de nuestra vida, De nada sirve comer y gozar, si no nos tienen en cuenta, en consideración. “Más vale honra sin barcos, que barcos sin honra”, que dijo aquel famoso marino, Hernán Cortés, al destruir su flota, en la conquista de México. Perdió los barcos, pero salvó la honra.
Cuando esta tendencia se desborda, se despierta en nosotros la actitud contraria: la SOBERBIA, el ORGULLO. Nos creemos dueños y señores de todo, determinando a nuestro aire y conveniencia, lo que es bueno y justo, y lo que es malo e injusto. “Tírate de aquí abajo, como si fueras dueño y señor de las leyes del mundo, como si fueras Dios”, le dijo Satán a Jesús, Prescindimos de Dios, negamos a Dios. Nos constituimos en señores del mundo. Y así, de esta manera, nos destruimos nosotros a nosotros mismos y aniquilamos el orden del mundo.
Un solo ejemplo escandaloso de nuestros días a nivel mundial. Los Parlamentos de muchas naciones han dictado y aprobado leyes sobre la vida y la muerte. Aprueban y autorizan el aborto, como dueños y señores de la vida, que se la dan así, por ley, al que quieren. Da tal manera, que hoy, nacer no es un derecho de la naturaleza del ser humano, es un capricho, que depende de la omnímoda voluntad de los partidos políticos y de los Parlamentos que forman.
Aprueban también el divorcio absoluto, como señores y jueces del amor y quieren determinar el fin de la vida humana, por ley de la eutanasia, que dicen es más humana y justa, y se hacen y nos hacen dueños y señores y dioses de una vida humana, que no nos hemos dado, sino que todos hemos recibido. y nos engañan y nos engañamos, cuando no aceptando nosotros, que somos contingentes y no necesarios para el mundo. Nos morimos y el mundo y la humanidad no necesita de cada uno de nosotros, siguen adelante, como si no hubiéramos existido, por muchos homenajes que nos hagan después de nuestra muerte.
El miércoles de ceniza se ponía en nuestras manos el remedio: la ORACIÓN, que es un reconocimiento de que yo no soy nada y el Señor lo es todo. Es la aceptación de mi condición humana, de ser contingente, de criatura y por consiguiente, limitada y mortal. Así, reconozco a Dios como el único Señor. Dejaré, entonces de avasallar a mis semejantes con mi prepotencia, soberbia y orgullo. Donoso Cortés decía, que “Nunca es el hombre más grande, que cuando está de rodillas”. La oración es, pues, la grandeza del hombre
Y finalmente, cuando entro en diálogo con Dios en un trato diario, a través de la oración y desarrollando así un espíritu de humildad y no de soberbia, Jesús mismo se convierte para mí como en un espejo, un modelo y al mirarme en El, me veo desfigurado por el exceso en el placer, en el gozar. Empiezo a sentir la necesidad de purificar mi vida de placeres y sensaciones desordenadas, que me degradan y desfiguran toda la grandeza de mi ser con que he sido creado.
Buscaré y sentiré la necesidad de emplear el remedio infalible para el equilibrio de mi ser. Es el tercer medio: AYUNO Y ABSTINENCIA.
Ayunar y abstenerse de todo aquello que no me deja “ser señor” y que por el contrario te esclaviza y embrutece. No se trata, con esto de ayuno y abstinencia, de comer poco o no comer carne los viernes, que eso es solo signo y señal de lo que realmente encierran esas palabras de ayuno y abstinencia. De lo que se trata es de no comer, es decir, de abstenerme de todo aquello que te degrada y no te deja ser lo que tu eres: criatura de Dios, hijo de Dios.
Come toda la carne que quieras, pero abstente de la relación carnal del concubinato o de la prostitución. De esa carne es de la que debo abstenerme y ayunar, porque me degrada, y destruye mi vida y mi hogar. Así llegaré a “ser señor” e “hijo de Dios.
La Eucaristía que vamos a celebrar será nuestra fuerza para recorrer ese camino. Cristo va delante, camino de su triunfo, de su Pascua, de la nueva vida, de la RESURRECCIÖN, luchando como cualquier hombre contra el deseo desmedido de poder, de prestigio y de bienestar, mediante la limosna, la oración y el ayuno.
P. Antonio Izquierdo
Nexo entre las lecturas
Las lecturas de hoy son toda una profesión de la fe, un "credo". Los israelites profesan su credo en el templo: "Mi padre fue un arameo errante...Él (el Señor) nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel. Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos que tú, Señor, me has dado". (Primera Lectura). Jesús responde tres veces a Satanás como reafirmación de lo que él cree: "no sólo de pan vive el hombre". "Al Señor, tu Dios, adorarás y él solo darás culto" "No tentarás al Señor, tu Dios". Finalmente la segunda lectura contiene una antigua profesión de la fe cristiana: "Jesús es el Señor".
Mensaje doctrinal
1. Jesús afirma la fe. El momento de la tentación es un momento existencial. Es un momento en que las circunstancias inclinan hacia una caída. Jesús conquista en su momento la tentación afirmando la palabra de Dios vivo. En la primera tentación, material y económica (Dile a esta piedra que se convierta en pan), Jesús afirma que hay bienes mayores que el alimento, y que el hombre no es sólo un consumidor, un oeconomicus homo. En la segunda tentación, una invitación de utilizar medios ilícitos e injustos para ganar el poder y la influencia (Todos los reinos de la tierra te daré), Jesús afirma que solamente el poder de Dios es absoluto (Adorarás al Señor, tu Dios). En la tercera tentación, Satanás lo provoca, con la Escritura y la religión, a forzar un milagro de Dios, y Jesús afirma que nunca se debe poner a Dios a prueba (No tentarás al Señor, tu Dios). Las tentaciones que Jesús experimenta en este texto del Evangelio son las tentaciones de los israelitas en el desierto y las tentaciones de toda la humanidad. Los israelitas sucumbieron, pero Jesús conquistó las tentaciones y nos permite a nosotros conquistarlas si aceptamos el misterio de la Redención.
2. La fe cristiana es historia, no sólo una serie de ideas. La profesión de fe que hacemos en la liturgia no está compuesta de una serie de ideas elevadas de la esencia de Dios, de las cualidades, de los conceptos del hombre o del mundo. El credo de los israelitas, de Jesús y de la comunidad cristiana refleja los altibajos de la historia. El credo de Israel comienza con la historia de Jacob, un arameo errante, y sus descendientes, conducidos por Dios, a través de los siglos, a la tierra prometida. El credo de los cristianos está fundado en la historia de Jesús de Nazaret, resucitado de entre los muertos y hecho Señor por su Padre. Las ideas están para pensar, no para creer. La historia de la salvación debe ser ambas cosas: alimento para el pensamiento y una profesión de fe.
3. Dios quiere dos fidelidades unidas. La liturgia claramente demuestra la increible fidelidad de Dios hacia el hombre. En medio de los tiempos oscuros y de los momentos aparentemente desesperados de la historia, Dios camina fielmente con su gente en Egipto, en el desierto, y en la tierra le prometió a Abraham (primera lectura). Cuando Cristo es tentado por el diablo y más adelante cuando parece derrotado por la muerte, su Padre le fue fiel. Dios desea unir su fidelidad con la del hombre; Jesús unió su fidelidad a la del Padre de una manera extraordinaria.
Sugerencias pastorales
1. Afirmando la fe en un mundo de tentación. La tentación nos acompaña a través de nuestra vida. El tentador está solo, y es tan arrogante que no tiene ningún escrúpulo en tentar incluso al Hijo de Dios. Mientras que las culturas y las costumbres cambian él ha ido cambiando sus tácticas, pero los ingredientes son siempre iguales: poder, conocimiento y placer. La sociedad moderna ofrece al tentador una avalancha de posibilidades para influir en la humanidad, y a menudo estamos indefensos y desprotegidos. Como creyentes afirmamos con orgullo nuestra fe en un mundo que se olvida a ratos de ella, la sofoca, o la deja de lado. Las tentaciones son una oportunidad de dar testimonio de Jesucristo, nuestro Señor y Dios, y a través de nuestro testimonio conquistar la tentación con el poder de Dios. No debemos asustarnos de la tentación. "Tu fe es la victoria que conquista el mundo".
2. No nos dejes caer en la tentación. Los cristianos somos débiles como cualquier persona y lo sabemos. Pero también sabemos que tenemos gran poder de Dios, y que si confiamos en él podemos estar seguros que los ataques del tentador, no importa cuan poderosos sean, no pueden derrotarnos. ¿Por qué si no, pediríamos al Padre en nuestra oración diaria "No nos dejes caer en la tentación"? El supermercado de la religión y de lo sagrado está hoy día lleno de dioses y de ídolos que prometan todo pero no lo cumplen, y mucha gente escoge y elige basándose en sus caprichos o gustos. Hay muchos católicos "culturales" que adoran el trabajo, la ciencia y la política más que a Dios. Como individuos y miembros de la Iglesia debemos rezar fervientemente el Padre Nuestro cada día, pidiendo al Señor humildemente "no nos dejes caer en la tentación".
AYUNO, ORACIÓN Y LIMOSNA, LOS ANTÍDOTOS DE LAS TENTACIONES
Fray Marcos
Lc 4, 1-13
INTRODUCCIÓN
Empieza la cuaresma y debemos tomar conciencia de lo que esto significa para nuestra vida espiritual. Aunque debemos superar el sentido luctuoso que ha tenido durante demasiado tiempo, podemos seguir descubriendo un sentido que nos puede hacer mucho bien en nuestra religiosidad.
No debemos insistir en el aspecto de sacrificio, pero sí en la necesidad que tenemos todos de retirarnos al desierto para conocer mejor nuestro verdadero ser y así abrir nuevas rutas que llenen de sentido nuestra existencia.
Jesús fue tentado como nosotros, porque la tentación no es algo que viene de fuera, sino que es inherente a todo ser humano. El mayor peligro que tenemos a la hora de interpretar las tentaciones de Jesús es pensar que era un extraterrestre. El mismo evangelio nos dice que el diablo se marchó "hasta otra ocasión".
Los evangelistas tematizan las tentaciones en un momento y lugar determinado, pero dejan bien claro que fueron una constante en su vida, como lo son en todos y cada uno de los hombres. Ni Jesús ni nosotros necesitamos que venga nadie a tentarnos. La lucha es contra nuestro falso ego.
EXPLICACIÓN
No debemos escandalizarnos cuando los exegetas nos dicen que estos relatos no son historia sino teología. Marcos, que fue el primero que escribió su evangelio, reduce el relato a menos de tres líneas. No son crónicas de sucesos externos, pero son descarnadamente reales.
Empleando símbolos conocidos por todos, nos quieren hacer ver una verdad teológica fundamental: La vida humana se presenta siempre como una lucha a muerte entre los dos aspectos de nuestro ser; por una parte lo instintivo o biológico y por otra lo espiritual o trascendente. Si no hay lucha, es que hemos aceptado la derrota.
El mito del mal personificado (diablo), ha atravesado todas las culturas y religiones hasta nuestros días y por lo que se puede adivinar, tiene cuerda para rato. La realidad es que no necesitamos ningún enemigo que nos tiente desde fuera. El diablo nace como necesidad de explicar el mal, que no puede venir de Dios.
Sin embargo, el mal no tiene ningún misterio; es inherente a nuestra condición de criaturas. La voluntad sólo es atraída por el bien, pero como nuestro conocimiento es limitado, la inteligencia puede presentar a la voluntad un objeto como bueno, siendo en realidad malo.
El mal es consecuencia de una inteligencia limitada. Sin conocimiento, la capacidad de elección sería imposible y no podía haber mal moral. Si el conocimiento fuera perfecto, también sería imposible porque sabríamos lo que es malo y el mal no puede ser apetecible. Si la voluntad va tras el mal, es siempre consecuencia de una ignorancia. Es decir, creemos que es bueno para nosotros lo que en realidad es malo.
Recordar lo que dice el evangelio: "la verdad os hará libres. La libertad de elección solo se puede dar entre dos bienes. Plantear una lucha entre el bien y el mal, es puro maniqueísmo. La lucha se da entre el bien aparente (mal), y el bien real.
La primera observación que debíamos hacer sobre el relato, es que al empezar se hace mención por dos veces del Espíritu. Lleno del Espíritu Santo quiere decir lleno de Dios. Jesús es un ser humano en el que Dios lo es todo y que actúa como lo haría el mismo Dios.
El tiempo de desierto es precisamente un tiempo en que esa presencia de lo divino se activa y se potencia, para que nada de lo sensible, caduco, terreno, tenga la fuerza suficiente para no dejar actuar lo divino en él. Si dejamos actuar al Espíritu, la victoria está asegurada.
Que las tentaciones sean tres, no es casual. Se trata de un resumen perfecto de todas las relaciones que puede desarrollar un ser humano. La tentación consiste en entrar en una relación equivocada con nosotros mismos, con los demás y con Dios. Una auténtica relación humana con los demás, que es lo que se manifiesta en nuestra vida real, depende, querámoslo o no, de una adecuada relación con nosotros mismos y con Dios.
PRIMERA TENTACIÓN: poner la parte superior de nuestro ser al servicio de la inferior.
Si eres Hijo de Dios... No se debe entender desde los conceptos dogmáticos acuñados en el siglo IV. No hace referencia a la segunda persona de la Trinidad. Significa hijo en el sentido semita. Jesús no es fiel a Dios porque es Hijo, sino que es Hijo porque es fiel...
Si tú has hecho en todo momento la voluntad de Dios, también Él hará lo que tú quieres. Fíjate bien que la tentación de hacer la voluntad de Dios para que después Él haga lo que yo quiero, no tiene que venir ningún diablo a sugerírnosla; es lo que estamos haciendo todos los días.
Di que esta piedra se convierta en pan. La tentación permanente es dejarse llevar por los instintos, sentidos, apetitos. Es decir hacer en todo momento lo que te apetece. Es negarse a seguir evolucionando y superarse a sí mismo, porque eso exige esfuerzo.
Los instintos nos ayudan a garantizar nuestro ser animal. Si ese fuera nuestro objetivo, no habría nada de malo en seguirlos, como hacen los animales. En ellos los instintos nunca son malos. Pero si nuestro objetivo es ser más humanos, sólo a través del esfuerzo lo podremos conseguir, porque debemos ir más allá de lo puramente biológico.
El fallo está en utilizar la inteligencia para potenciar nuestro ser animal.
No sólo de pan vive el hombre. El pan es necesario, pero, ni es lo único necesario ni es lo más importante. Para el animal sí es suficiente. Nuestro hedonismo cotidiano demuestra que no hemos aceptado aún estas palabras de Jesús.
Dar al cuerpo lo que me pide es para muchos lo primero y esencial, descuidando la preocupación por todo aquello que podría elevar nuestra humanidad.
El antídoto de esta tentación es el ayuno. Privarnos voluntariamente de aquello que es bueno para el cuerpo, es la mejor manera de entrenarnos para no ceder, en un momento dado, a lo que es malo.
SEGUNDA TENTACIÓN: Si me adoras, todo será tuyo. Olvídate de Dios y adora al ídolo. Por él conseguirás cumplir tus deseos de dominio y poder.
El poder, en cualquiera de sus formas, es la idolatría suprema. El poder lleva siempre consigo la opresión, que es el único pecado que existe.
Adorar a Dios y darle culto no significa ir en busca del dios exterior que necesita incienso y alabanza. Se trata de descubrir lo que de Dios hay en nosotros y potenciarlo, cultivarlo hasta que se haga visible a través de todos los poros de nuestro ser.
Nuestro auténtico ser no está en el ego aparente, en nuestra individualidad, sino más a lo hondo. Si descubro mi ser profundo, no me importará desprenderme de mi yo y, en vez de buscar el dominio de los demás, buscaré el servicio a todo el que encuentre en mi camino.
El antídoto es la limosna. Para no caer en la tentación de aprovecharnos de los demás, debemos hacer ejercicios de donación voluntaria de lo que tenemos y de lo que somos.
TERCERA TENTACIÓN: Tírate de aquí abajo. Realiza un acto verdaderamente espectacular, que todo el mundo vea lo grande que eres. Demuestra que tienes a Dios en el bolsillo y que eres más que nadie. Todos te ensalzarán y tu (vana) gloria llegará al límite.
Es curioso que en esta tentación el mismo diablo utilice la Escritura para tentar. Nos está diciendo que utilizar la Escritura también puede ser diabólico.
La respuesta es que dejes a Dios ser Dios. Acepta tu condición de criatura y desde esa condición alcanza la verdadera plenitud.
Dios no tiene que darte nada. Mucho menos podrá tener privilegios con nadie. Ya se lo ha dado todo a todos. Eres tú el que debes descubrir las posibilidades de ser que tienes sin dejar de ser criatura. Ya es hora de que dejemos de acusar a Dios de haber hecho mal su obra y exigirle que rectifique.
El antídoto es la oración. Al decir oración no queremos decir "rezos" sino meditación profunda. Descubrir al verdadero Dios, me librará de utilizar al dios ídolo.
Sin duda este relato es el mejor pórtico para entrar en la cuaresma. Nos obliga a plantear los tres temas que caracterizan este tiempo litúrgico:
ayuno (relación con tu verdadero yo),
oración (relación con Dios),
limosna (relación con los demás).
No debemos plantearnos la lucha contra el mal desde el voluntarismo, sino desde un mejor conocimiento de la persona, de la realidad y de Dios.
El pecado no consiste en la trasgresión de una ley, sino en deteriorar tu propio ser. La ley lo único que puede hacer es advertirte de que esto o aquello puede hacerte daño; pero eres tú el que tienes que descubrir la razón de mal si quieres que la voluntad deje de apetecer lo que te daña.
Debemos desmitificar el pecado. No se trata de ninguna ofensa a Dios sino de un deterioro de mi propio ser. El pecado sólo en una segunda instancia tiene connotación religiosa. Su primer impacto es simplemente humano.
También el que no cree se deteriora como ser humano cada vez que da preferencia al gozo inmediato dejándose llevar de los instintos que le empujan a la animalidad, perdiendo la posibilidad de una plenitud de ser.
A cada tentación Jesús responde con palabras de la Escritura. Si tenemos en cuenta que es un relato simbólico, descubriremos lo que los evangelistas nos quieren decir con esto. Dios por medio de su palabra quiere orientarnos en la toma de decisiones. Pero como decía Pablo: esa palabra está cerca de ti, la tienes en los labios y en el corazón.
Meditación-contemplación
Cuaresma es tiempo de desierto.
Camina hacia tu interior repleto de peligros y asechanzas.
Para llegar a tu verdadero ser, hay que atravesar tu propio desierto.
Libérate de todo lo que crees ser, para llegar al centro.
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Sólo en tu propio desierto afrontarás la verdadera batalla de la vida.
Eso sí, empujados por el Espíritu.
En desierto y solo, tienes que tomar la decisión definitiva.
Confía. La tierra prometida", está ya ahí, al otro lado de tu falso yo.
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Mantente en el silencio,
hasta que se derrumbe el muro que te separa de ti mismo.
Sólo la ignorancia nos mantiene alejados del SER.
Deja que la luz que ya está en tu interior te invada por completo.
Serás feliz y harás felices a los que viven junto a ti.
..........................
TENER, PODER Y APARENTAR, LAS TRES PULSIONES DEL EGO
Enrique Martínez Lozano
Lc 4, 1-13
El relato de las tentaciones de Jesús aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque con variantes.
Marcos, simplemente, lo menciona, sin especificar el contenido de las mismas: "Allí estuvo cuarenta días, viviendo entre la fieras y siendo tentado por Satanás; y los ángeles le servían" (1,13).
Mateo y Lucas narran las tres tentaciones pero, aparte otros cambios menores, las presentan en un orden distinto (Mateo 4,1-11; Lucas 4, 1-13). El motivo parece ser el interés de Lucas porque acaben en Jerusalén, en el templo.
Parece claro, en cualquier caso, que no se trata de una "crónica" de lo ocurrido, ya que no hubo testigos de la misma. Lo cual indica que nos hallamos ante una narración portadora de un contenido simbólico que trasciende tiempo y lugar.
Para empezar, el relato está inspirado y, en cierto sentido, reproduce la triple tentación que vivió el pueblo en la travesía del desierto, tal como quedó expuesta en el Libro del Deuteronomio (8,3-4; 6,13; 6,16). Con ese trasfondo, Lucas busca mostrarnos a Jesús como aquél que, a diferencia del pueblo, superó las mismas pruebas.
Por otro lado, la narración presenta la forma de un "rito de iniciación", algo conocido por diferentes culturas, y en el que el sujeto se aleja del grupo y es sometido a una serie de pruebas físicas y psicológicas, de las que habrá de salir airoso, antes de alcanzar el estatus de miembro adulto de la comunidad.
Lucas tiene cuidado en señalar que es el Espíritu el que "fue llevando" a Jesús. Desde el inicio mismo, Jesús aparece como el hombre que "se deja mover" desde dentro por el Dinamismo divino –eso es el Espíritu-, precisamente porque no está aferrado a –identificado con- su yo. Es el hombre desegocentrado –libre de conceptos previos y de intereses egoicos- en el que Dios puede expresarse con libertad.
El texto habla de "cuarenta días". Se trata de un número cargado de resonancias bíblicas –desde los cuarenta años que pasó el pueblo en el desierto (Libro de los Números 14,33-34), hasta los cuarenta días del ayuno de Moisés (Libro del Éxodo 34,28) o de Elías (Libro primero de los Reyes 19,8)- que puede entenderse como "un tiempo largo de prueba".
El tentador es nombrado como "el diablo" –personificación de las fuerzas del mal que, etimológicamente, significa "el que divide o separa"-; Marcos lo había nombrado como "Satán", que significa "Adversario".
La triple tentación recoge, de un modo sabio y sintético, las pulsiones más importantes que el ser humano experimenta y que pueden alejarlo de lo mejor de sí: el tener, el poder y el aparentar.
El autor del evangelio parece querer transmitir, con este relato, varios mensajes importantes:
· Jesús no vive para sus intereses, sino en docilidad a la Voluntad de Dios.
· Jesús no es un Mesías que se impone por el poder ni por el éxito; el suyo es un mesianismo desprendido de todo eso y cuya fuerza no es otra que la fidelidad.
· Las tentaciones acompañarán a Jesús –como a todos los humanos- durante toda su vida; de hecho, el relato termina anotando que "el demonio se marchó hasta otra ocasión".
· Al colocar el relato de las tentaciones inmediatamente después del bautismo, puede que Lucas quisiera responder también a una cuestión que inquietaba a la primera comunidad: "¿Cómo podemos ser tentados después de haber sido bautizados?".
Esas tentaciones acechan a todo ser humano, porque el ego busca afirmarse ansiosamente. Pero como en sí mismo es inconsistente y vacío, únicamente logra una "sensación" de existir cuando –y porque-, a través de los mecanismos de identificación y apropiación, se aferra a los objetos, al poder o a la imagen..., y empieza a decir: "yo tengo", "yo puedo", "yo soy esto"...
Decir frecuentemente "yo", suele ser síntoma de hallarse identificado en el estadio egoico –cuando no en un narcisismo infantil-, e implica una apropiación de la acción y de sus resultados. Cuando lo cierto es que nadie hace nada, sino que todo se hace a través de alguien. Todo se hace, pero no hay un "yo" que sea dueño de la acción.
El sol y la luciérnaga dan luz, cada cual a su medida, pero ni el uno ni la otra saben que brillan, ni presumen de ello. La luz "pasa" a través de ellos. El ser humano desapropiado brilla más que la luciérnaga y más que el sol. Pero, en cuanto hay apropiación, la luz queda opacada: se ha interpuesto el ego.
Y esto puede ocurrir del modo más sutil y, por eso mismo, más difícil de detectar. En el colmo de su "ingenio" y de su necesidad de autoafirmación, el ego llega a apropiarse incluso de la aparente no-apropiación y decir: "yo soy sólo canal, cauce...". Estamos entonces en el territorio del "materialismo espiritual", cuando el yo se cuela haciéndonos creer –¡incluso al propio interesado!- que ha desaparecido.
Se llama "materialismo espiritual" porque el yo, en una última pirueta, llega a identificarse nada menos que con su propia supuesta disolución, apropiándose de ella, como si dijera: "Yo soy el que no tiene yo"; o, en otra expresión, más sutil: "yo estoy iluminado/realizado". A algo de esto nuestros mayores llamaban "falsa humildad".
Porque no hay "nadie" que se realice ni que se ilumine; cuando esto ocurre, no hay ningún "yo" que diga: "eso ha ocurrido a través de mí", sino que, sencillamente, el yo ha desaparecido por completo.
Si todo esto no se tiene en cuenta de un modo lúcido, puede ocurrir que, tras un trabajo psicológico de años, las personas no sólo no se desidentifiquen de su yo, sino que permanezcan en un narcisismo –aunque maquillado, no menos evidente- que las hace estar "encantadas de haberse conocido".
Algunos blogs de contenido "religioso" aparecen, a veces, como un desfile de egos inflados que, instalados en actitudes narcisistas y paternalistas –probablemente inconscientes-, creen tener respuestas para todos y soluciones para todo..., llegando en algunos casos a la osadía de decir que las "reciben" de Dios.
Aprender la desapropiación significa crecer en comprensión de que es la Vida, la Conciencia, Dios... quien realmente obra, y que no existe un "hacedor individual". Por eso, cuando no hay apropiación, se produce la "acción correcta". Se trasciende la moral "relativa" (al yo), la moral convencional... y se hace "lo que se tiene que hacer".
Entre tanto, el ego busca seguridad. Y dado que no puede hallarla en sí mismo, la proyecta fuera de sí:
· en el tener, como si quisiera hacer verdad el dicho: "tanto tienes, tanto vales"; en la medida en que tiene, parece disfrutar de una cierta sensación de existencia;
· en el poder que, siendo reconocido o temido, parece otorgarle igualmente una ansiada sensación de estabilidad;
· en el aparentar, porque cree disimular e incluso ocultar su vacío esencial tras el disfraz de una imagen idealizada –eso es el ego-, con la que busca, consciente o inconscientemente, el aplauso que lo sostenga.
Y mientras dure la identificación con el yo, es imposible eludir esas tentaciones: son el "alimento" del que el yo no puede prescindir. Sólo podremos superarlas en la medida –y al mismo tiempo- que podamos tomar distancia de él.
Por eso, lo que, de entrada, apreciamos en Jesús es la libertad característica de quien no coloca su "identidad" en el "yo". Desidentificado de él, aparece como un hombre desegocentrado, porque se reconoce como Conciencia unitaria, en comunión compartida con el Ser que todo entreteje y unifica, y al que él llamaba "Abba" (Padre).
Es el reconocimiento de esta identidad profunda la que capacita para tomar distancia del yo y, con él, de todas sus identificaciones y apropiaciones. Por ese motivo, frente a las tentaciones, Jesús puede responder como lo hace: desde la sabiduría sencilla de quien "ha visto" y tiene conciencia de Quien es.
Para avanzar en el descubrimiento de quienes somos, quizás necesitemos empezar por observar eso que llamamos nuestro "yo". Si soy más que mi cuerpo, más que mis pensamientos, más que mis sentimientos, más que mis reacciones..., más que mi mente..., ¿quién soy?
Y, "buscando" a quien observa, es probable que llegue al "silencio" donde la pregunta se agota. Lo que entonces queda –el Silencio elocuente, la Presencia consciente, el Vacío habitado-, eso que no puede ser atrapado ni pensado, y que sin embargo posibilita todo lo demás, eso es lo que realmente soy.
Lo que emerge de esa "visión" es liberación, amplitud, paz, gozo, bondad... Se deshacen los estrechos límites del yo y se atisba la Unidad, hasta poder decir como Jesús: "El Padre y yo somos uno" (evangelio de Juan 10,30).
JESÚS EXPERIMENTA LAS TENTACIONES Y BUSCA FUERZA EN LA ORACIÓN
José Enrique Galarreta
Lc 4, 1-13
El Evangelio "narra" el retiro de Jesús en el desierto, en oración y ayuno, inmediatamente después del Bautismo en el Jordán, antes de empezar su predicación, con las tentaciones. Mateo y Lucas presentan dos relatos prácticamente iguales, mientras Marcos lo hace de una manera mucho más escueta.
"Y el espíritu le hizo salir para el desierto. Y estuvo en el desierto cuarenta días tentado por el diablo. Y vivía con las fieras, y los ángeles le servían."
El relato falta completamente en Juan, que empalma el Bautismo en el Jordán con la llamada de los primeros discípulos.
El relato es histórico-simbólico. Se trata sin duda de un retiro a la soledad, de un período de oración y ayuno, frecuente en las personas religiosas de la época, y practicado después por la iglesia. Pero es aquí, sobre todo, la preparación inmediata de Jesús para lanzarse a su trabajo. Treinta años de vida oculta terminan en el bautismo del Jordán. Ahora, arrastrado por del Espíritu, se va a lanzar a su misión de curar y predicar. El espíritu de Jesús necesita alimentarse en la oración.
El relato de las tentaciones parece mucho más simbólico. Se reúnen aquí y se simbolizan las tentaciones de Jesús: el mesianismo fácil, el poder, el éxito. Jesús está "aceptando la gracia del bautismo" y sintiendo la tentación de rechazarla.
Tiene para nosotros el mensaje, fuerte e inquietante, de que Jesús sufre tentación, como cualquier ser humano, y la supera con la fuerza del espíritu. Tiene también un mensaje que aquí aún no se desarrolla: el poder, el éxito, el espectáculo, como tentaciones graves para la religión, fueron tentaciones incluso para Jesús.
La escena de las tentaciones nos hace reflexionar sobre varios temas fundamentales para nuestra fe.
Jesús experimenta las tentaciones y busca fuerza en la oración. Verdaderamente, es un ser humano. Algunas cristologías parecen mostrar a Jesús como nosotros, pero menos, porque la presencia de la Divinidad altera la humanidad. Es el peligro de algunas cristologías derivadas del cuarto evangelio (que omite estas tentaciones, como omitirá la angustia de Getsemaní y el abandono de la cruz).
En cristologías de este tipo, que profesamos inconscientemente, Jesús pasa por la vida terrestre pareciéndose a nosotros, pero con "poderes especiales" que le hacen invulnerable, conocedor de todo futuro; cuando ora no hace más que actualizar y expresar su unión hipostática; camina, pero podría volar...
Las tentaciones en el desierto, la tentación de Getsemaní, la tentación de la cruz nos hacen sospechar de esa "fe" en la apariencia humana de Jesús. Es un hombre; nos parecemos en lo más íntimo de nuestro ser humano: la tentación y la necesidad de alimentar el espíritu en la oración.
Todo ser humano es un caminante. Jesús camina hacia la Resurrección. Tendrá que superar la cruz y entonces llegará, llegará hasta ser constituido Señor y glorificado a la derecha del Padre. Jesús es también modelo de caminantes, porque es caminante. Toda cristología que anule o disminuya la humanidad de Jesús es una falsa cristología. En el hombre Jesús descubrimos a Cristo el Señor. En el hombre Jesús vemos la fuerza del Espíritu divinizando sin deshumanizar.
Quizá sea éste el centro más esencial de nuestra fe: humanizar y divinizar es lo mismo. Por eso creemos en Jesús tan verdadero Dios como verdadero hombre. Decía nuestro viejo catecismo: "Sin dejar de ser Dios quedó hecho hombre". Podríamos darle la vuelta y decir que nuestra fe en Jesús cree en su divinidad "sin dejar de ser hombre". Creemos en la divinidad de ese hombre.
Esto es iluminador para nuestro camino hacia la resurrección: el camino que es toda nuestra vida y el camino representado en la Cuaresma. Ninguna deshumanización, sino divinización, que es liberación de todo lo que deshumaniza.
El camino de Jesús se inicia en el seno de su madre, pero su entrega incondicional y definitiva a la Misión arranca en el bautismo.
¿Podemos imaginar que en sus años oscuros Jesús va sintiendo la llamada a la Misión, y que en el Bautismo el Espíritu se le hace imperioso y definitivo, y Jesús se sumerge en la Misión, se tira de cabeza al agua de una vida total y definitivamente entregada a lo que el Padre le pide?
Es ir demasiado lejos, es forzar los textos, pero no deja de ser una imagen subyugadora. Y en el momento mismo de lanzarse a su misión Jesús da muestras de que sabe bien lo que esa misión significa. En el horizonte del monte de la tentación está el calvario.
Como siempre hará en su vida, Jesús afronta todos los momentos difíciles preparándose con la oración. Éste es el más difícil de todos los momentos que ha vivido hasta ahora. Podríamos decir que Jesús siente una vocación y sabe cuál va a ser el riesgo de seguirla. El Espíritu se le ha mostrado en el Jordán, se sabe Hijo, conoce su misión. Y el Espíritu es fuerte, pero la carne es débil. La oración hará que el Espíritu sea más fuerte que la debilidad de la carne.
Es frecuente desmenuzar las tentaciones que presentan los evangelistas y presentarlas como tentaciones de falso mesianismo. También es frecuente recordar que la tentación estará presente en toda la vida de Jesús. Pero es necesario que nos detengamos también en este arranque de la vida pública de Jesús, y en su primera tentación: soslayar su vocación, eludir la misión. Los discípulos le seguirán "dejándolo todo". Y él también está ahora en el trance de dejarlo todo y dejarse llevar por el Espíritu.
Es una hermosa imagen para nuestro comienzo de Cuaresma. En nuestra vida está siempre el Espíritu invitando a más: a más misión, a ser más hijos. Se nos ofrece un magnífico destino: entregarnos al Reino. Pero la carne es débil, habrá que dejar algunas cosas, muchas cosas quizá.
Nos encontramos quizá en la situación de aquel joven rico invitado por Jesús al Reino, y sentimos la gran tentación de retroceder hacia la vulgaridad de nuestra vida, cerrar las alas al Espíritu. En esa misma situación, Jesús cobra fuerzas en la oración. Bajará del monte y no volverá a Nazaret: ha vencido a la tentación y se entregará a la misión.
En este primer domingo de Cuaresma se nos ofrece la oportunidad de contemplar la vocación de Jesús, y nuestra propia vocación.
LAS TENTACIONES DE JESÚS
José Luis Sicre
El primer domingo de Cuaresma se dedica siempre a recordar el episodio de las tentaciones de Jesús. También los evangelios sinópticos abren la vida pública de Jesús con ese famoso episodio. Es un relato programático, para que el lector del evangelio sepa desde el primer momento cómo orienta Jesús su actividad y los peligros que corre en ella. Para eso, enfrentan a Jesús con Satanás, que encarna a todas las fuerzas de oposición al plan de Dios, y que intentará apartar a Jesús de su camino.
Marcos habla de ellas de forma escueta y misteriosa: “En seguida el Espíritu lo empujó al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, y Satanás lo ponía a prueba; estaba con las fieras y los ángeles le servían” (Mc 1,12-13). Tenemos los datos básicos que recogerán todos los evangelios (menos Juan, que no habla de las tentaciones): lugar (desierto), duración (40 días), la prueba. Pero Mc no habla del ayuno ni concreta en qué consistían las tentaciones; y el servicio de los ángeles es continuo durante esos días.
Mateo y Lucas, utilizando una tradición paralela, han completado el relato de Marcos con las tres famosas tentaciones que todos conocemos; al mismo tiempo, presentan a Jesús ayunando durante esos cuarenta días (igual que Moisés en el Sinaí) y relegan el servicio de los ángeles al último momento.
Las tentaciones empalman directamente con el episodio del bautismo y explican cómo entiende Jesús lo que dijo en ese momento la voz del cielo: “Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”. ¿Significa esto que la vida de Jesús vaya a ser cómoda y maravillosa como la de un príncipe?
1ª tentación: utilizar el poder en beneficio propio
Partiendo del hecho normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es la de utilizar el poder en beneficio propio. Es la tentación de las necesidades imperiosas, la que sufrió el pueblo de Israel repetidas veces durante los cuarenta años por el desierto. Al final, cuando Moisés recuerda al pueblo todas las penalidades sufridas, le explica por qué tomó el Señor esa actitud: “(Dios) te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios” (Dt 8,3). En la experiencia del pueblo se han dado situaciones contrarias de necesidad (hambre) y superación de la necesidad (maná). De ello debería haber aprendido dos cosas. La primera, a confiar en la providencia. La segunda, que vivir es algo mucho más amplio y profundo que el simple hecho de satisfacer las necesidades primarias. En este concepto más rico de la vida es donde cumple un papel la palabra de Dios como alimento vivificador. En realidad, el pueblo no aprendió la lección. Su concepto de la vida siguió siendo estrecho y limitado. Mientras no estuviesen satisfechas las necesidades primarias, carecía de sentido la palabra de Dios.
Lo que acabo de decir refleja el gran problema teológico de fondo. En la práctica, la tentación se deja de sutilezas y va a lo concreto: “Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús, el nuevo Israel, no necesita quejarse del hambre, ni murmurar como el pueblo, ni acudir a Moisés. Es el Hijo de Dios. Puede resolver el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús, el nuevo Israel, demuestra que tiene aprendida desde el comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.
En realidad, la enseñanza de Jesús en esta primera tentación es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es esa visión amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad primaria y se alimenta de la palabra de Dios.
2ª tentación: Tener, aunque haya que arrastrarse
La segunda tentación no es la tentación provocada por la necesidad urgente, sino por el deseo de tener todo el poder y la gloria del mundo. ¿Es esto malo, tratándose del Mesías? Los textos proféticos y algunos Salmos hablaban de su dominio cada vez mayor, universal, concedido por Dios. Pero Satanás parte de un punto de vista muy distinto, propio de la mentalidad apocalíptica: el mundo presente es malo, no está en manos de Dios, sino en las suyas; es él quien lo domina y entrega su poder a quien quiere. Solo pone como condición que se postren ante él, que lo reconozcan como dios. Jesús se niega a ello, citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “Está escrito: al Señor tu Dios adorarás, a él solo darás culto”.
El relato es tan fantástico que cabe el peligro de no advertir su tremenda realidad. El ansia de poder y de gloria lo percibimos continuamente (mucho más en España en tiempos de elecciones y de formación de gobierno), y también queda clara la necesidad de arrastrarse para conseguir ese poder. Pero este peligro no es solo de políticos, banqueros y grandes empresarios. Todos nos creamos a menudo pequeños ídolos ante los que nos postramos y damos culto.
3ª tentación: pedir pruebas que corroboren la misión encomendada.
En 1972, cuando todavía estaba permitido llegar hasta el pináculo del Templo de Jerusalén, tuve ocasión de contemplar la impresionante vista de las murallas de Herodes prolongándose en la caída del torrente Cedrón. Una de las pocas veces en mi vida en las que he sentido vértigo. En ese escenario sitúa Satanás a Jesús para invitarlo a que se tire, confiando en que los ángeles vendrán a salvarlo.
Esta tentación se presta a interpretaciones muy distintas. Podríamos considerarla la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedimientos extravagantes para tener éxito en la actividad apostólica. La multitud congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante: el tentador nunca hace referencia a esa hipotética muchedumbre, lo que propone ocurre a solas entre Jesús y los ángeles de Dios.
Por eso considero más exacto decir que la tentación consiste en pedir pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos acostumbrado a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1‑7), Gedeón (Jue 6,36‑40), Saúl (1 Sam 10,2‑5) y Acaz (Is 7,10‑14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre, espontáneos ante una tarea difícil, Dios concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico (Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que tranquilice y anime a cumplir la tarea.
Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11‑12 (“a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece en la piedra”), el tentador le propone una prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro si es o no el Hijo de Dios.
Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: “No tentarás al Señor tu Dios” (Dt 6,16). La frase del Deuteronomio es más explícita: “No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá”. ¿Qué ocurrió en Masá? Lo cuenta el libro de los Números 17,1-7: el pueblo, durante la marcha por el desierto, se queja por falta de agua para beber. Y en esta queja se esconde un problema mucho más grave que el de la sed: la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección de Dios: "¿Está o no está con nosotros el Señor?" (v.7). En el fondo, cualquier petición de signos y prodigios encubre una duda en la protección divina. Jesús confía plenamente en Dios, no quiere signos ni los pide. Su postura supera con mucho incluso la de Moisés.
Cuando termina el relato de las tentaciones, Lucas añade que “el tentador lo dejó hasta otro momento”. Ese momento será al final de la vida de Jesús, cuando esté crucificado.
Nuestras tentaciones
Las tentaciones tienen también un valor para cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias y nuestro grado de interés por Dios.
1) La necesidad primaria: afecto, comprensión.
2) ¿Está Dios en medio de nosotros?
3) La tentación de tener.
4) La tentación del dejarse arrastrar, dejar hacer a los demás, callar.
1ª lectura (Deuteronomio)
Recoge la oración que pronuncia el israelita cuando, después de recoger la cosecha, ofrece a Dios las primicias de los frutos. Va recordando la historia del pueblo, desde Jacob (“mi padre era un arameo errante”), la opresión de Egipto, la liberación y el don de la tierra. En el contexto de la cuaresma, esta lectura nos invita a pensar en los beneficios recibidos de Dios y a ser generosos con él. El agradecimiento a Dios es más importante incluso que la mortificación cuaresmal.
2ª lectura (Romanos 10, 8-13)
Destaca la importancia de confesar la fe en Jesús, “porque si tus labrios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó, te salvarás”. Como dice la Escritura: “Nadie que cree en él quedará defraudado”.
UN DIOS QUE NO ENTRA AL TRAPO DE LAS OSTENTACIONES DE PODER
Marta García
Lc 4, 1-13
El primer domingo de cuaresma la liturgia ofrece el episodio de las tentaciones. En el Ciclo C leemos el texto de Lucas. Otros años se leen otros evangelios ya que esta escena queda también registrada en los dos sinópticos, con ciertas diferencias en Marcos (Mc 1,12-13) y algo más similar en Mateo (Mt 4,1-11).
¿Por qué este texto al inicio del camino cuaresmal? La fiesta que cierra la Navidad es el Bautismo. Los sinópticos inmediatamente después de esta escena colocan el episodio de las tentaciones, aunque Lucas corta la narración para introducir la genealogía de Jesús.
Bautismo y tentaciones están conectados al menos por dos elementos. El primero es el Espíritu, pues ese Espíritu que desciende en el Jordán sobre Jesús ahora "le empuja al desierto". El segundo es la temática del Hijo. Si en el Jordán Jesús escuchó en la voz del Padre la confirmación de quién era - Tú eres mi Hijo -, ahora otra voz se lo cuestiona: si Tú eres el Hijo de Dios.
¿Poner a prueba o tentar?
A partir de este momento toda la existencia de Jesús, quién es, se manifestará en el modo de vivir. Y este desafío será una constante en su vida. El verbo utilizado, "tentar", puede darnos alguna clave. Cuando se utiliza en el AT, si el sujeto es Dios se traduce por "poner a prueba", mientras que si el sujeto es Satán entonces la connotación es negativa, "tentar". Aquí, en cambio, parecen concurrir dos actores con diferente protagonismo: el diablo que le tienta, pero porque el Espíritu le conduce al desierto. Parecería que se solapasen los dos significados: poner a prueba y tentar.
¿Cómo comprender esta expresión? ¿En qué sentido el Espíritu le conduce para ser tentado? O, ¿cómo comprender la expresión del AT que "Dios pone a prueba"? Acaso, ¿Dios necesita probarnos?, ¿quiere comprobar si somos fieles? La visión bíblica es siempre más teocéntrica que la nuestra y, por subrayar la primacía de Dios, le otorga acciones que nosotros desde una visión más antropocéntrica no le asignaríamos. Pero no porque la Escritura entienda algo diferente. La vida de fe es de por sí una prueba y nuestra condición de hijos un constante desafío.
Vivir el desafío de ser creyentes
En realidad lo que se está reflejando aquí es la experiencia diaria que hacemos todos. Pues vivir conforme a lo que tú eres, crees y te has comprometido es de por sí un "reto". La vida cada día nos está "probando", o mejor, en cada acto decimos dónde tenemos puesto el corazón. Pedro Arrupe lo dijo muy bellamente: "Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación, y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas los fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud”. Es decir, aquello que amamos es decisivo en lo grande y en lo pequeño.
Y ese amor decisivo constantemente está "siendo probado", porque desde la libertad está decidiendo. Porque llega la dificultad y decir "en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza" se tiñe con nuevos matices. Porque te sientes perteneciente a la Iglesia pueblo de Dios y un día descubres sus miserias, Iglesia santa y pecadora. Porque crees que es posible "un cielo nuevo y una tierra nueva" y parece que la historia desmiente constantemente la promesa de Dios. Porque ves cómo los profetas son acallados con violencia y prevalecen los intereses de unos pocos mientras otros tantos mueren. Ser creyente y vivir como tal es siempre una "prueba" o, si suena mejor, "un desafío", un reto.
Tentación, no tanto sobre el "quién" sino sobre los "cómos"
El episodio de las tentaciones encuentra ecos en el itinerario de Galilea a Jerusalén. Por eso, se propone hoy como lectura, porque no es un momento puntual del principio. Cuando se inicia la marcha hacia Jerusalén, se halla la primera confesión de Pedro (Mc 8,27-30). A la pregunta sobre la identidad, ¿quién decís que soy yo?, Pedro da una respuesta de diez en teología. Es capaz de conocer quién es, pero cuando Jesús puntualiza sobre cómo se realizará este mesianismo, Pedro se revuelve. Jesús también reacciona duramente, hasta en algunos evangelios le dice: apártate de mí Satanás porque piensas como los hombres (Mc 8,33).
Getsemaní es otro de los lugares en los que Jesús mantiene una dura lucha. Es el espacio de la libertad en el que acepta el cáliz, cuando todavía no solo sería posible irse sino hasta legítimo. Y haciendo así, acepta un Dios que no es el de la varita mágica que transforma las cosas feas en bonitas, acepta un Dios que "no quiere todo lo que puede", y no quita de repente las consecuencias a las que te lleva mantenerte fiel, luchar contra la injusticia. Su omnipotencia precisamente es la del amor y la de la misericordia.
Finalmente, el último episodio que evoca al de las tentaciones es la cruz, donde las autoridades judías utilizan la misma condicional que Satán: si Tú eres el Hijo de Dios. ¿Qué es común a estos episodios? y ¿qué nos ilumina para nuestro hoy? Que la tentación no recae tanto en la identidad sino sobre el modo de realizarla. De hecho, en las tentaciones Satán no le cuestiona que no sea el Hijo de Dios, sino que la prueba gravita en el "cómo".
La omnipotencia de la impotencia
Por eso bautismo y tentaciones están en íntima relación. En el bautismo la Voz le señala como Hijo de Dios. Pedro también sabe responder a la pregunta acerca de su identidad. El problema o lo que nos cuesta aceptar a los seres humanos son los "modos" de Dios. Porque la tentación será la de "transformar las piedras en pan" (Mt 4,3) y reafirmar quién eres por el camino fácil de la demostración: "si tú eres el hijo de Dios, baja de la cruz" (Mt 27,40). Sin embargo, Jesús muestra su identidad haciéndose un siervo sufriente y no de otro modo.
"Él pasó como uno de tantos" y no demuestra quién es a fuerza de milagros, no "entra al trapo" de las ostentaciones de poder a las que le incitan sus adversarios, cree en la fuerza del amor y convence a "golpe de toalla". Es más, esta forma es la que revela realmente quién es, el Siervo de Yhwh. Es la potencia de la cruz y del servicio, único modo de hacer creíble su Palabra. Por eso, el creyente no podrá seguir otros "modos". No hay otro camino que el de abajarse, darse, ceñirse la toalla, dejarse la piel. Es la "imaginación de la caridad", la que proviene del "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo" (Jn 13,1). Y esto es precisamente a lo que estamos invitados a vivir en cuaresma.
I DOMINGO DE CUARESMA
Antífona de entrada Cf. Sal 90, 15-16
Me invocará, y yo le responderé.
Estaré con él en el peligro, lo defenderé y lo glorificaré;
le haré gozar de una larga vida.
No se dice Gloria.
Oración colecta
Dios todopoderoso, concédenos que
por la práctica anual de la Cuaresma,
progresemos en el conocimiento del misterio de Cristo
y vivamos en conformidad con él.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo,
que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo,
y es Dios, por los siglos de los siglos.
Se dice Credo.
Oración sobre las ofrendas
Te pedimos que nos dispongas, Señor,
para ofrecer convenientemente estos dones
con los que iniciamos el camino cuaresmal.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
PREFACIO:
Las tentaciones del Señor
En verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo,
Dios todopoderoso y eterno,
por Cristo, Señor nuestro.
Él mismo, al abstenerse de alimentos terrenos
durante cuarenta días,
consagró con su ayuno la práctica cuaresmal,
y al rechazar las tentaciones del demonio
nos enseñó a superar los ataques del mal,
para que, celebrando con sinceridad el misterio pascual,
podamos gozar un día de la Pascua eterna.
Por eso, unidos a los ángeles y los santos,
cantamos un himno a tu gloria,
diciendo sin cesar:
Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Antífona de comunión Mt 4, 4
No sólo de pan vive el hombre,
sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios.
Oración después de la comunión
Te pedimos, Padre,
que reconfortados con el pan del cielo
que alimenta nuestra fe, acrecienta nuestra esperanza
y fortalece nuestra caridad,
aprendamos a tener hambre de este pan vivo y verdadero
y a vivir de toda palabra que sale de tu boca.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Oración sobre el pueblo
Señor, derrama una copiosa bendición sobre tu pueblo,
para que su esperanza crezca en la adversidad,
la virtud se afirme en la tentación,
y obtenga así la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
LECCIONARIO DOMINICAL
Profesión de fe del pueblo elegido
Lectura del libro del Deuteronomio 26, 1-2. 4-10
Moisés habló al pueblo diciendo:
Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia, cuando tomes posesión de ella y te establezcas allí, recogerás las primicias de todos los frutos que extraigas de la tierra que te da el Señor, tu Dios, las pondrás en una canasta, y las llevarás al lugar elegido por el Señor, tu Dios, para constituirlo morada de su Nombre.
El sacerdote tomará la canasta que tú le entregues, la depositará ante el altar, y tú pronunciarás estas palabras en presencia del Señor, tu Dios:
«Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.
Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre. Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y Él escuchó nuestra voz. Él vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión, y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios. Él nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.
Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo, que tú, Señor, me diste.»
Tu depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de Él.
Palabra de Dios.
SALMO Sal 90, 1-2. 10-15
R. En el peligro, Señor, estás conmigo.
Tú que vives al amparo del Altísimo
y resides a la sombra del Todopoderoso,
di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte,
mi Dios, en quien confío.» R.
No te alcanzará ningún mal,
ninguna plaga se acercará a tu carpa,
porque Él te encomendó a sus ángeles
para que te cuiden en todos tus caminos. R.
Ellos te llevarán en sus manos
para que no tropieces contra ninguna piedra;
caminarás sobre leones y víboras,
pisotearás cachorros de león y serpientes. R.
«Él se entregó a mí, por eso, Yo lo libraré;
lo protegeré, porque conoce mi Nombre;
me invocará, y Yo le responderé.
Estaré con él en el peligro,
lo defenderé y lo glorificaré.» R.
Profesión de fe del creyente en Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Roma 10, 5-13
Hermanos:
Moisés escribe acerca de la justicia que proviene de la Ley:
«El hombre que la practique, vivirá por ella». En cambio, la justicia que proviene de la fe habla así: «No digas en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo?», esto es, para hacer descender a Cristo. O bien: «¿quién descenderá al Abismo?», esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Pero ¿qué es lo que dice acerca de la justicia de la fe? «La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón», es decir, la palabra de la fe que nosotros predicamos. Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación. Así lo afirma la Escritura: El que cree en él, no quedará confundido.
Porque no hay distinción entre judíos y los que no lo son: todos tienen el mismo Señor, que colma de bienes a quienes lo invocan. Ya que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.
Palabra de Dios.
VERSÍCULO ANTES DEL EVANGELIO Mt 4, 4b
El hombre no vive solamente de pan,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
EVANGELIO
Fue conducido por el Espíritu al desierto,
donde fue tentado
+ Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 4, 1-13
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan.» Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan.»
Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá.» Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto.»
Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.
Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra.»
Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios.»
Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.
Palabra del Señor.
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